Читать книгу: «El amor de sus sueños»

Шрифт:


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2006 Julie Cohen

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El amor de sus sueños, n.º 299 - septiembre 2020

Título original: Featured Attraction

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1348-959-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

Jack Taylor estaba haciendo el amor con la mujer más hermosa del mundo.

No la podía ver, pero tampoco lo necesitaba. Sus manos acariciaron su perfecta piel. Sus dedos descubrieron la curva de su espalda y su columna. Fue subiendo poco a poco, deteniéndose en su cintura y sus costillas. Ella comenzó a gemir en cuanto él cubrió sus pechos con las manos y empezó a jugar con sus erectos pezones.

El sonido de su voz hizo que se le acelerara el pulso. No recordaba haberse sentido así antes. Estaba más excitado que nunca. Y eso que Jack Taylor tenía mucha experiencia en ese terreno.

Su amante giró la cabeza hacia él y su cabello le acarició la cara. Saboreó su boca. Sus labios y lengua eran dulces como la miel. Toda ella era dulce. De una manera increíblemente sexy y excitante.

–Te deseo, te deseo ahora –le susurró ella haciendo que un escalofrío le recorriera el cuerpo.

–Y yo a ti más que he deseado a nadie en mi vida. Más que he deseado nada –le dijo él.

Y supo que estaba diciéndole la verdad.

Entonces ella lo tomó entre sus manos, dirigiendo su miembro hasta su interior. Y Jack sintió como su mundo se iluminaba y se llenaba de un éxtasis que era más brillante que la propia luz.

Ella tomó su mano y se llevó los dedos a la boca, recorriendo con ellos su sonrisa mientras comenzaba a moverse bajo él. Jack siguió su ritmo. Comenzaron muy despacio, disfrutando de esa exquisita danza de los cuerpos.

No había nada más en el mundo, sólo ellos dos. Sus movimientos ganaron velocidad y él se introdujo más dentro. Era una sensación increíble. La mejor de su vida. Todo su cuerpo se estremeció y sintió cómo se preparaba para el clímax. Sólo había una cosa que necesitaba conseguir antes de dejarse llevar, antes de permitir que su cuerpo se abandonara al placer…

–¡Jack! –gritó ella entonces.

Su dulce voz recorrió sus venas y le dijo que era el momento. Su cuerpo se unió al de ella. Su mente y su corazón estaban completamente aturdidos. No pudo aguantar más… Él también alcanzó el orgasmo y en ese momento vio por fin sus ojos.

Verdes. De un verde primaveral. De un verde que invitaba a la vida y a las promesas eternas. Esos ojos, aún temblorosos por el éxtasis, se miraron en los de él.

Y de repente todo se volvió negro.

Jack se despertó jadeando. Se pasó una mano por el pelo, que estaba empapado en sudor, y se sentó. La sábana, también mojada, estaba retorcida alrededor de su cintura.

–¡Vaya! –exclamó.

No era una noche muy oscura. Podía ver las estrellas por la ventana abierta de su dormitorio. Aun así, tuvo que palpar al lado suyo en la cama para asegurarse de que estaba solo.

Se levantó y fue al baño. La luz le hizo daño en los ojos. Se echó agua en la cara y recordó lo que había soñado. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos enrojecidos y sus pupilas dilatadas. No pudo evitar esbozar media sonrisa. Tenía el aspecto de un hombre que acababa de tener la mejor experiencia sexual de su vida. Y así había sido.

Su sonrisa se amplió para después desaparecer poco a poco.

Lo más patético de todo era que había tenido su experiencia sexual más intensa y había sido en un sueño.

Salió deprisa del baño y bajó las escaleras. Desnudo como estaba llegó al salón. Colocó algunas astillas y algo de papel en la chimenea y los prendió fuego. Después puso un par de leños encima de la pila. Observó cómo las llamas iban tomando fuerza poco a poco. Recordó el sabor de su amante en el sueño que acababa de tener y cómo lo había abrazado.

Cuando vio que el fuego ya estaba fuerte, se levantó y fue hasta su escritorio. Sin apenas mirar, encontró el pequeño libro en el primer cajón. Se arrodilló con él de nuevo frente a la chimenea.

Se lamió los labios y pensó que podía saborear de nuevo la dulzura de su amante. Pero era sólo su imaginación. Ella había sido sólo una fantasía. Pero, por alguna razón, parecía más real que todo lo que había experimentado hasta entonces.

Jack rasgó una a una las páginas de su agenda, deshaciéndose así de los nombres y teléfonos de todas las mujeres que allí tenía apuntados.

Capítulo 1

«A veces la vida es un asco», pensó ella.

–Entonces, ¿cuánto me daría por mi Mercedes? –preguntó Kitty Giroux Clifford al hombre que tenía frente a ella mirándolo directamente a los ojos.

El vendedor de coches usados se rascó la barbilla y dudó un segundo.

–Tiene muchos kilómetros para ser un modelo del año pasado… Y aquí en Maine no se venden muy bien los descapotables. El invierno es demasiado duro.

Kitty se enderezó en la silla. Necesitaba cada céntimo que pudiera sacar de la venta del coche para pagar sus deudas y mantener su negocio a flote. Pero no quería parecer desesperada.

Aunque lo estaba. Y el vendedor lo sabía. La gente no vendía un Mercedes a no ser que se estuviera pasando una crisis económica.

–Bueno, a lo mejor en el concesionario de Scarborough tienen más demanda de descapotables –dijo ella mientras se abotonaba la chaqueta de su traje de marca y se disponía a levantarse.

–Un momento, señorita Clifford –la interrumpió el hombre–. Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.

Sonrió, supo que había ganado. Pero en ese momento su bolso vibró y el corazón le dio un vuelco, siempre le pasaba cuando sonaba el teléfono móvil.

«Esta llamada podría ser la que espero».

–Perdone –se disculpó mientras sacaba el aparato–. Pero tengo que contestar.

Vio en la pantalla que era su madre, para variar, la que llamaba. Pero decidió contestar de todas formas. Le vendría bien que el vendedor de coches pensara que era una mujer ocupada.

–¿Diga? –saludó saliendo al aparcamiento.

–¡Kitty! –gritó su madre entusiasmada–. ¡Te acaba de llamar alguien que quiere contratarte! Y, ¿a que no adivinas para dónde?

Su pulso se aceleró. Había iniciado su negocio como diseñadora de interiores en Maine seis meses atrás y ésa era la primera llamada de interés que conseguía.

–¿Dónde?

–¡Te va a encantar! Ha comprado el cine Delphi y lo está restaurando.

–¡Sí! –gritó Kitty dando un salto en el aire.

El cine Delphi era el edificio más elegante de Portland. Nunca había sido una cinéfila pero siempre le había gustado el Delphi, desde pequeña. Parecía un palacio desvencijado, el tipo de sitio donde podría encontrar a un príncipe azul. Quizá a un príncipe azul también un poco deslustrado pero un príncipe azul al fin y al cabo.

Ya no tenía ese tipo de sueños. Pero, desde su vuelta a Maine, se había parado a admirar el cine en ruinas cada vez que pasaba por allí. Había sido descuidado durante años pero aún conservaba su elegante estilo art decó. Restaurar un sitio así era el sueño de cualquier decorador.

Parecía que su suerte podía empezar a cambiar.

–Dijo que estaría esta tarde en el cine y espera que puedas pasarte –le dijo su madre–. He anotado su número por si quieres llamarlo.

–¡Es genial, mamá! ¿Cómo se llama? –le preguntó mientras volvía a la oficina del vendedor.

–Taylor.

Se quedó parada en mitad del aparcamiento. Recordó que a Jack Taylor le encantaban las películas. Pero no podía ser.

–¿Qué?

–Taylor, se llama Taylor.

–¿Y su nombre de pila?

–No lo recuerdo. Me ha parecido encantador.

Era la primera oportunidad real que tenía en su nuevo negocio y desde su divorcio. No podía creer que su cliente pudiera ser…

–¿Cómo se deletrea?

–Lo he anotado como T, A, I…

–¿Estás segura de que no se escribe con «y» griega?

–Bueno, no lo sé. A mí me sonó de la otra forma. Pero ¿qué más da? Es el trabajo que has estado esperando.

Sí, ese trabajo parecía un sueño. Pero Jack Taylor era su peor pesadilla. Era el chico del que había estado enamorada en el instituto, el que pisoteó su corazón y la humilló enfrente de todo el colegio durante el baile de fin de curso. Era la única persona en el mundo a la que no quería volver a ver en su vida.

Llevaba seis meses viviendo en la ciudad donde había crecido y no se había encontrado con él durante ese tiempo. Eso le hizo pensar que quizá se hubiera ido a otro sitio. Portland era una ciudad pequeña y pensaba que en ella no había suficientes mujeres para tener satisfecho a Jack.

Aunque pensándolo mejor, Kitty decidió que en el mundo no había mujeres suficientes para mantenerlo contento. Tenía más novias y aventuras que pelos en la cabeza.

Eso si no había cambiado desde sus tiempos en el instituto. Y no creía que lo hubiera hecho. Era rico, atractivo y lo suficientemente encantador como para que las féminas cayeran rendidas a sus pies. Igual que le había pasado a ella trece años antes.

–¿Cariño? ¿Quieres el número? Así puedes preguntarle tú misma cómo escribe su apellido.

La voz de su madre hizo que regresara a la realidad y se dio cuenta de que estaba en medio de un aparcamiento retorciendo entre sus dedos un mechón de su pelirrojo cabello mientras agarraba con fuerza el teléfono en la otra mano. El vendedor de coches la miraba por la ventana. Se imaginó que la habría visto saltar de alegría segundos antes. Pero eso ya no le importaba. Si tenía trabajo, no tendría que deshacerse de su coche. Podría hablar con el banco y reorganizar el pago de sus deudas de algún modo…

–Mamá, tengo la agenda en el coche. Te llamo dentro de un minuto para que me des el teléfono del señor Taylor, ¿de acuerdo? Además, necesito hablar con alguien antes.

Kitty metió el móvil de nuevo en el bolso y entró en el despacho. El hombre no se molestó en levantarse al verla pasar.

–He decidido no vender mi coche, señor Dawson –le dijo tomando las llaves que estaban sobre la mesa–. Perdone las molestias.

Se quedó tan sorprendido que Kitty no pudo evitar sonreír al salir de allí. Su suerte estaba cambiando por fin. El cine Delphi era un gran paso.

Salió deprisa hasta su coche, tenía ganas de llamar a su madre y conseguir ese teléfono pronto. Quería ese trabajo. Por el dinero y por sí misma. Había tenido éxito en California pero su matrimonio con Sam había sido un fracaso. Se suponía que volver a Maine debería haberle servido como nuevo comienzo. Quería probar que podía valerse por sí misma. Pero hasta el momento no había sido capaz de conseguirlo y sus ahorros estaban desapareciendo.

Estaba convencida de que toda su vida dependía de que consiguiera ese trabajo y lo hiciera bien. Un cine era un trabajo muy importante. Era como un escaparate para su talento que le proporcionaría más trabajo en el futuro.

Llegó al coche con una amplia sonrisa en la cara. Llevó la mano al bolso para abrirlo pero vio que la cremallera ya estaba abierta. Se le borró la sonrisa, metió la mano y vio que el bolso estaba vacío.

–¡No!

Miró hacia atrás en el aparcamiento. Su monedero, las llaves del coche, su espejo, varios lápices, un pintalabios, un cepillo y su elegante y extremadamente caro teléfono móvil estaban esparcidos formando una especie de camino tras ella.

Comenzó a recoger sus cosas pero tuvo que pegar un salto cuando oyó un claxon muy cerca y vio como un Lexus de color rojo pasaba por encima de su teléfono haciéndolo crujir.

–¡Eh! –gritó enarbolando su bolso vacío contra el coche–. ¡Imbécil! ¡Acabas de aplastar mi móvil!

Corrió tras el coche, pero éste no paró. El conductor ni siquiera miró por el retrovisor.

–¡Espero que compres el coche y te estafen! –exclamó exasperada mientras se agachaba para recoger el resto de sus cosas.

Miró lo que había sido su teléfono. Estaba claro que había muerto y no podía permitirse comprarse otro. Ahora tenía que concentrarse en otras cosas, como en conseguir el contrato para la restauración del Delphi y hacerlo muy bien.

Su madre le había dicho que podía simplemente pasarse por el cine y hablar con el dueño. Así que eso era lo que iba a tener que hacer.

Afortunadamente, llevaba con ella su portafolios a todas partes. Siempre preparada por si aparecía una oportunidad. Además, estaba vestida adecuadamente, llevaba su mejor traje, uno de marca en seda de color marfil. Su intención había sido impresionar al vendedor de coches. Su pelo tampoco estaba mal.

Kitty había aprendido que las apariencias eran importantes. Sabía que una diseñadora de interiores tenía que tener una apariencia elegante. También era esencial que pareciese tener éxito. El llevar ropa cara y conducir un coche lujoso daba confianza al futuro cliente. Al menos eso creía. No siempre le había ido bien. Desde luego no había ayudado con su matrimonio ni había hecho que consiguiera trabajo en Maine hasta el momento.

Pero Kitty entró en su Mercedes convencida de que eso estaba a punto de cambiar. Y si su nuevo cliente era Jack Taylor, tendría que aceptarlo, por mucho que le costase la idea.

Pero sabía que no lo sería. Había cientos de Taylors y Tailors en la guía telefónica. Había muy pocas posibilidades de que su nuevo cliente fuera el chico del que estaba enamorada en el instituto. Sabía que era imposible.

–Jack, ¿no has considerado la posibilidad de que te estés embarcando en un proyecto tan complejo sólo para distraerte de tu frustración sexual? –le preguntó Oz.

Jack gruñó y arrancó el último trozo de la vieja moqueta.

–Te equivocas. Sabes que hace años que quería hacer esto. Recuerda que siempre que pasábamos por aquí pensábamos en cómo habría sido cuando era nuevo.

–Tú lo pensabas. Yo sólo decía: «Tío, este sitio es una ruina».

Jack ignoró el comentario de su amigo.

–¿Y recuerdas lo que escribí en el anuario sobre nuestros proyectos futuros? Yo quería tener mi propio cine y que mi vida fuera una película. Bueno, ya he cumplido la primera parte y sólo he tardado diez años –dijo mientras arrastraba la moqueta a un lado dejando al descubierto los suelos de parqué–. Si a alguien le interesara hacer una película sobre lucha libre con moquetas malolientes también podría cumplir la segunda parte de mi sueño de juventud.

–No creo que tuviera mucho éxito –contestó Oz mientras estudiaba el suelo.

–Por otro lado, eso de frustración sexual que has dicho parece implicar que no puedo tener relaciones sexuales, y sí que puedo. De hecho, anoche me encontré con Sally McKenna y parecía muy interesada en revivir experiencias pasadas conmigo.

–¿Sally quiere acostarse contigo de nuevo? ¿Después de que la rechazaras? ¿Le diste mi teléfono?

–Búscate una novia sin mi ayuda, Oz. La cuestión es que si quisiera acostarme con alguien podría hacerlo. Pero he decidido no hacerlo. Hasta que llegue el momento apropiado.

Oz pasó su mano por el parqué y empujó con fuerza.

–Espero que tu cuerpo esté resistiendo la desatención mejor que este suelo. ¿Cuánto tiempo hace que elegiste el camino de la castidad? ¿Un año?

–Once meses, seis días y ocho horas. Aproximadamente –contestó Jack suspirando–. Y a mi cuerpo no le pasa nada.

–Me alegro mucho de que estés tan seguro porque la adquisición de esta inmensa erección arquitectónica podría ser interpretada como una respuesta compensatoria a las insuficiencias de tu rendimiento físico.

Jack no pudo evitar reír con ganas mientras se limpiaba el sudor de la frente y se echaba su oscuro pelo hacia atrás.

–Muy bien, doctor Strummer. No necesito más lecciones de psicología barata. Compré el cine Delphi porque me gustaba. No tiene nada que ver con mi miembro viril.

Oz levantó la vista para mirar a Jack y abrió la boca para responder pero sólo sonrió.

–Di lo que quieras pero no necesito un título de psicólogo para interpretar eso –dijo señalando algo que había tras Jack.

Éste se dio la vuelta para ver el enorme rollo de moqueta apoyado de pie en la pared. En ese momento, comenzó a doblarse por la mitad y caer poco a poco hasta precipitarse en el suelo.

Jack echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reír.

–De eso nada, Oz –le dijo yendo hacia su amigo–. Eso no significa nada. Yo no tengo ningún problema de… ¡Aaaah!

El suelo se venció bajo los pies de Jack y cayó a una especie de oscuro sótano. Se quedó tendido sobre su espalda sin poder moverse. Al momento vio la rubia cabeza de su amigo aparecer sobre él en el agujero.

–¿Estás bien?

–Sí, sí. Sólo algo sobresaltado –repuso Jack sentándose y pasándose la mano por el pelo.

–Creo que te caíste por la trampilla. Supongo que tu peso rompió las bisagras y la puerta cedió.

–Parece que así es como se accede al sótano. ¡Está bien saberlo! –dijo Jack mirando a su alrededor.

Un montón de trapos sucios le habían suavizado la caída, que había sido de unos dos metros. No entraba mucha luz, pero parecía un espacio bastante amplio.

Oz comprobó el estado del suelo y parecía sólido. Se sentó al borde de la trampilla.

–No tengo que explicarte el simbolismo de que te hayas caído dentro de un negro agujero, ¿verdad?

–Ja, ja. Cada día eres más gracioso, Oz. ¿Me vas a sacar de aquí?

–Aún no. Me alegro de tenerte atrapado, Jack, porque así puedo decirte que estoy de verdad preocupado por ti. No puedo creerme que el rey de las conquistas lleve once meses sin sexo. Ése no eres tú. Y todo por culpa de un sueño…

–No fue un sueño cualquiera, fue el mejor de mi vida. Hizo que me diera cuenta de que estaba perdiendo el tiempo pasando de una mujer a otra. Lo que experimenté en ese sueño fue increíble y no veo por qué iba a volver a acostarme con nadie hasta que pueda encontrar alguien con quien pueda tener algo así.

–Jack, los sueños son parte de la fantasía. La realidad no puede ser tan buena como nuestros sueños. Por eso son sueños.

–No, no con este sueño. Va a pasar, lo sé –le dijo Jack mientras se sacaba astillas de la camiseta––. ¿Te conté que mi abuela era adivina? Solía predecir el futuro de la gente. Creo que todos hemos heredado ese talento.

–Tú no crees en esas tonterías, ¿verdad?

–¡Eh! Estás insultando a mi abuela. ¡Debería pegarte una paliza!

–Muy bien –repuso Oz de nuevo con su tono de psicólogo–. Me creo lo que dices del sueño y la fe que tienes en que algún día te encontrarás con alguien en tu vida que te ofrecerá una experiencia igual. Aunque fuera verdad, cuando la conozcas, ¿cómo vas a saber que esa mujer es con las que vas a tener esa increíble conexión sexual?

–Simplemente, lo sabré.

–¿Cómo?

–Lo sabré y ya está.

Oz miró a su amigo con desesperación y suspiró.

–Por esto me preocupas, Jack. Nunca te has comprometido con nada ni con nadie. Has pasado por la vida sin implicarte y ahora de repente te metes en este proyecto descomunal con el cine y renuncias a una vida sexual muy activa y envidiable por culpa de un sueño. ¿De verdad crees que estás preparado para comprometerte con la mujer de ese sueño si es que algún día la encuentras?

–Poco a poco, chico. Quiero encontrarla y acostarme con ella, eso lo tengo claro. En cuanto a lo de comprometerme, eso son palabras mayores…

–¿Nunca has pensado que quieres hacer una película de tu vida porque las películas sólo duran dos horas?

–Lo que el viento se llevó dura más de tres horas y media…

–Ya sabes a qué me refiero. Las películas no son tan complicadas como la realidad. Las ves y después te vas. No tienes por qué implicarte, tus emociones están seguras. ¿Es por eso por lo que quieres que tu vida sea una película?

Jack se encogió de hombros.

–¿Qué quieres decir con todo eso?

–¿Cuánto tiempo has permanecido fiel a algo? ¿Un trabajo, un proyecto, una mujer? Y ahora de repente, tomas todos estos compromisos. Porque son compromisos lo llames como lo llames. Y no sé si estás preparado.

–Deja de psicoanalizarme, Oscar. Puedo prestar atención a algo durante más de dos horas. Puedo probarlo. Te prometo que en menos de un año este cine será un precioso cine funcionando a pleno rendimiento y que habré tenido la mejor experiencia sexual de mi vida. Y estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario por conseguir ambas cosas –le dijo ofreciéndole la mano.

Oz tomó la mano de su amigo para sellar el acuerdo.

–Y ahora, ¿vas a ayudarme a salir?

La mano de Oz dejó de moverse.

–Sí, espera un segundo –dijo soltándole la mano y desapareciendo.

–¿Oz? ¡Oz!

Se subió a una pila de ladrillos que había en el sótano pero, aun así, no llegaba hasta el agujero. Oyó pasos alejándose y una puerta que se abría.

–Hola. ¿Es usted el nuevo propietario? –oyó preguntar a una voz femenina.

Jack sintió algo extraño en su pecho. Algo así como una sacudida. Dejó de intentar salir del agujero y se detuvo para escuchar sin hacer ruido.

–No, el propietario está ahora atrapado en un agujero simbólico. Pase, por favor.

–Soy Katherine Clifford, la diseñadora de interiores. Creo que es el señor Taylor con quien tengo que hablar, ¿no?

Jack se dio cuenta que era la diseñadora que había elegido de la guía telefónica. Su voz le resultaba familiar. Había algo en su entonación cantarina o algo en cómo había pronunciado su nombre. No estaba seguro, pero le sonaba de algo.

Sus latidos se aceleraron y las manos comenzaron a sudarle. Tenía el cuerpo tenso, intentando averiguar por qué su voz le era familiar, por qué le sonaba, por qué sentía que quería salir de un salto del agujero en el que estaba.

–Bueno, como puede ver, aquí tiene mucho trabajo –le dijo Oz mientras andaban.

Jack escuchó que sus pasos se paraban de repente.

–¡Escucha! ¿No te conozco de algo? ¿No eres de por aquí? Soy Oscar Strummer.

–¡Oh! ¿Eres Oscar Strummer? ¿Oz?

–El mismo.

–Entonces, el propietario del cine, Taylor…

–Es Jack Taylor. Yo soy el amigo idiota que se ha ofrecido a echarle una mano en su tiempo libre. Entonces, ¿de qué te conozco, Katherine?

–Sí, Katherine, ¿de qué te conozco? –murmuró Jack en las tinieblas del sótano preguntándose si la habría conocido once meses antes en su sueño.

–¿Jack Taylor es el propietario del Delphi? –preguntó ella–. Fuimos al instituto juntos –contestó ella después de un momento–. Los dos erais un año mayores. No te reconocí cuando entré. Eres mucho más alto ahora.

–Sí, di el estirón bastante tarde –repuso Oz–. Yo te reconocí en cuanto vi tu pelo. Pero el nombre de Katherine Clifford no me sonó.

Jack se dio cuenta de que si había reconocido su voz había sido porque habían ido al mismo instituto. Se movió para intentar oír mejor pero tiró uno de los ladrillos y el ruido hizo que se perdiera parte de su contestación.

–… volví a Portland hace unos seis meses para empezar mi propio negocio. Y, sí, la gente suele recordarme por mi pelo –repuso.

Ella rió y Jack comenzó a sudar. Intentó calmarse. Al fin y al cabo, se conocían del instituto, no de su sueño. Si su cuerpo estaba reaccionando así era porque habían estado hablando del sueño minutos antes. Y seguramente estuviera soltando adrenalina con retraso tras la caída. Si eso era posible.

Tenía que salir de allí. Miró de nuevo a su alrededor. Sus ojos se habían adaptado a la oscuridad y podía distinguir algunos bultos grandes cubiertos con sábanas. Oz seguía preguntándole cosas, qué había hecho desde el instituto, si su familia aún vivía en la ciudad y cosas así. No podía concentrarse en sus respuestas, sólo en su voz, dulce y algo ronca. Le acariciaba los oídos con gran sensualidad. No podía dejarla sola con Oz, que también era soltero y atractivo.

Descubrió uno de los bultos, era una vieja silla de terciopelo. La llevó hasta la pila de ladrillos que había bajo el agujero.

Se preguntaba una y otra vez quién sería ella. No podía recordar a ninguna Katherine del instituto y no entendía qué tendría su pelo de especial.

Ella rió de nuevo y cuando la oyó, el cuerpo de Jack rebosó de adrenalina, pero no fue por la caída. Se subió a la silla, agarró el borde de la trampilla y se impulsó para salir del agujero.

Se puso en pie y se apresuró a acercarse hasta donde Oz y Katherine estaban charlando. El corazón le latía con fuerza. Ella, una esbelta mujer, le daba la espalda. Tenía un precioso cabello del color de las hojas en otoño, y lo llevaba recogido sobre la nuca. Le resultaba familiar.

Se paró a su lado y le tendió la mano.

–Hola, soy Jack.

Ella tardó tanto en girarse que le pareció una eternidad. La observó como en una escena a cámara lenta. Su cuello y barbilla eran delicados, su nariz fina y recta, su boca rosada y jugosa, su tez pálida. Y el pelo… El pelo era del color del fuego.

Vaya que si la conocía.

Era probablemente la única persona en el mundo que lo había llegado a odiar.

Capítulo 2

–¿Kitty Giroux? –le preguntó Jack tragando saliva.

–Ahora me llamo Katherine Clifford –lo corrigió ella mirándolo de arriba abajo–. Vaya. Parece que era verdad que ha estado en un agujero.

Jack se miró. Su ropa estaba cubierta de polvo y sus vaqueros estaban rotos en una de las rodilleras. Se pasó las manos por la camisa y una nube de polvo se formó delante de él. No pudo evitar toser. Tragó saliva, la miró e intentó recuperar algo de su habitual encanto.

–Sí, me gusta hacer entradas dramáticas.

–Ya veo –contestó ella.

Parecía haberle cambiado la voz. Había perdido el tono dulce y meloso con el que había estado hablando hasta hacía un segundo con Oz. Sus palabras eran ahora cortantes y secas.

–Bueno, señor Taylor. Le he traído algunas muestras de mi trabajo que supongo que querrá ver antes de que hablemos de lo que este proyecto necesita.

Se fijó por primera vez en su atuendo. Llevaba un elegante traje color crema y portaba una gran cartera de cuero.

–Jack. Llámame Jack, por favor. Al fin y al cabo fuimos juntos al instituto, ¿te acuerdas? –dijo mientras le ofrecía su mano.

Ella lo saludó con brevedad. Su mano estaba helada.

–Lo recuerdo. ¿Tiene una mesa o un escritorio donde pueda dejar mi portafolios?

La mujer que tenía delante no se parecía en nada a la que había estado hablando con Oz. Mucho se temía que después de once meses, ocho horas y veinte minutos, Jack Taylor estaba perdiendo su magia con las mujeres, estaba claro que ya no caían rendidas a sus pies. O se trataba de eso o quizá ella aún estuviera enfadada con él por lo que pasó en el instituto. Pero no le parecía posible, al fin y al cabo, el baile de fin de curso había sido diez años atrás.

–Bueno, creo que será mejor que antes te muestre el sitio –le dijo–. El cine necesita un montón de reparaciones antes de empezar a pensar en la decoración. Pero quería que un diseñador se implicara cuanto antes en el proyecto para ver qué podemos conservar de los elementos de época. Si no sales corriendo, deduciré que quieres el trabajo.

Hasta la más leve de las sonrisas lo dejó temblando. Quizá fuera porque llevaba casi un año sin tocar a una mujer, pero el caso era que aquélla le pareció la más bella que había visto nunca… Al menos en la realidad.

Para empezar, su pelo era más vívido de lo que recordaba. Su color era cálido y parecía estar lleno de vida. Algunos mechones se habían escapado de las horquillas y se enroscaban alrededor de su cara y su blanco cuello.

En cuanto a su cuerpo… Recordaba que en el instituto era mona pero estaba claro que se había desarrollado desde entonces. Iba vestida de forma seria, pero el traje no escondía sus curvas. Sus hombros eran delicados y entre las solapas de las chaquetas asomaban delicadas clavículas cubiertas de pecas. Tenía un escote generoso, cintura estrecha y unas caderas por las que cualquier hombre perdería el sentido. Sus piernas eran largas y terminaban en zapatos color crema de tacón alto.

Pensó que se parecía a Nicole Kidman y en peinarlo con los dedos, hundir en él la cara e inhalar su perfume. Olería a vainilla y canela. Se lo imaginó sobre su pecho desnudo, esparcido sobre su piel, con cada tirabuzón acariciándolo…

–Esa cartera parece pesada. Deja que lo lleve yo, Kitty –se ofreció Oz devolviendo a Jack a la tierra.

Éste lo miró fastidiado. Acababa de aconsejar a su amigo que se buscara una novia y parecía estar siguiendo su consejo. Oz, su atractivo, soltero y considerado amigo Oz, estaba adelantándose a él. Parecía que el encanto de Jack estaba más que oxidado.

–Gracias –contestó ella sonriéndole.

–Bueno –comenzó con voz temblorosa Jack aclarándose la garganta y mostrándole la habitación a Kitty.

–Bueno –lo intentó de nuevo–. El cine Delphi. Fue construido en 1926, en principio como sala de conciertos. Pasó a ser sala de proyecciones en los años treinta y estuvo mostrando películas hasta que cerró en 1996. Desde 1999 se convirtió en el cine X más grande de Portland. He dado vueltas por todo el edificio buscando reliquias de esos años pero no he encontrado nada aún.

Oz rió su comentario pero Kitty se quedó callada. Jack siguió hablando, sintiéndose algo estúpido.

–Éste es el vestíbulo. Aún puedes ver detalles de la decoración art decó en las paredes y en el techo. Me han dicho que las manchas negras son de un pequeño fuego que hubo el año pasado. Algunos chicos celebraron aquí una fiesta y se les fue la mano. Tendrías que haber visto las bolsas y bolsas de latas de cerveza que Oz y yo sacamos de este sitio en cuanto lo compré.

Jack cruzó la espaciosa sala mientras señalaba los distintos aspectos. Kitty lo seguía.

–Ésta es la taquilla y ahí está la tienda de palomitas y refrescos. El alicatado original está casi intacto aunque en algunos sitios tendrá que ser reemplazado –dijo pasando su mano por los azulejos azules del mostrador de la tienda–. Allí está el lavabo de hombres y al otro lado el de mujeres. Y en el centro del vestíbulo está la trampilla rota que da al sótano. Que he estado examinando muy de cerca, como ya sabes.

Jack la miró a la cara, pero seguía sin expresar nada y sin mirarlo a los ojos. Reanudó la marcha y llegó hasta unas puertas de madera. Las abrió. Daban a un corto y oscuro pasillo al final del cual había otras puertas.

–Esto se llama una trampa de luz. Es para que la luz no entre en la sala donde se está proyectando la película cada vez que pasa un cliente. Las puertas principales del cine tienen vestíbulos como éste pero creo que es para que no entre el frío en invierno.

Abrió las otras puertas para que pasaran Kitty y Oz.

–Y éste es el verdadero corazón del Delphi –dijo.

El orgullo, la ilusión y la expectación hicieron que sonriera mientras encendía las luces. Puede que Kitty Giroux no se dejara impresionar por él, pero ese sitio seguro que la dejaba sin palabras.

Y así fue.

Las filas de butacas creaban un complicado diseño, como las escamas de un pez de terciopelo rojo. Bajaron por el pasillo hacia el escenario, donde una gran pantalla blanca estaba flanqueada por enormes pilares de oro. Hojas doradas, frutas doradas, flores doradas y llamas doradas adornaban las paredes allá donde miraba, trepando por los paneles de caoba hasta un techo pintado en azul y con miles de estrellas plateadas.

Era el templo de ilusiones. Un palacio de visiones. El mejor sitio del mundo.

–Es precioso –murmuró ella, de nuevo con dulzura en su voz.

Jack la miró a la cara, buscando asombro en su expresión. Y allí estaba. Tenía la boca ligeramente abierta, los ojos enormes, sin querer perderse un detalle. Dio un paso adelante y acarició el terciopelo de una de las butacas, después hizo lo propio con la siguiente.

Viéndola, Jack no pudo evitar fijarse en la sensualidad de sus caricias, en cómo sus dedos tocaban el suave tejido, el sitio donde cientos de cabezas habían descansado, perdiéndose en las fantasías que ofrecía la pantalla un sábado por la tarde.

Podía imaginarse cómo sería tener esos dedos sobre la piel, cómo recorrerían su cara y después su cuerpo.

No pudo evitarlo y le tocó el brazo, justo por encima del codo, hablándole muy cerca del oído.

–Este sitio hace que sientas que tus sueños pueden hacerse realidad, ¿verdad? –le susurró.

Kitty se contrajo al instante. Se movió para zafarse de su mano.

–Así es –repuso ella con la misma dureza del principio–. Pero necesita mucho trabajo.

Esas palabras hicieron que la ilusión se desvaneciera en el aire y Jack pudo ver de nuevo los desgarros en el terciopelo rojo, las sospechosas manchas, la raja en la pantalla y las pintadas de graffiti en una de las paredes. El aire olía a moho y humedad y probablemente hubiera ratones.

Sabía que Kitty también veía todo eso o incluso más.

Llenó sus pulmones de aire y lo soltó poco a poco. De repente se sintió muy cansado. Ese sitio no era una película, era la pura y dura realidad. Tenía mucho trabajo. Iba a tener que invertir mucho dinero en ese proyecto y probablemente dejarse la piel en él.

Y aunque Kitty Giroux era preciosa y despampanante, había estado equivocado. No era la mujer de sus sueños, sólo era una antigua amiga del instituto, con la que ni siquiera se había llevado bien antes de graduarse.

Lo único que le pasaba era que llevaba demasiado tiempo sin estar con nadie. Era frustración sexual. Pensó que tendría que darle la razón a Oz.

–Sí –repuso él por fin–. Necesita mucho trabajo. ¿Sigues interesada, Kitty?

–Ahora prefiero que me llamen Katherine –dijo ella saliendo de nuevo al vestíbulo–. Entonces, quiere restaurarlo y dejarlo más o menos como estaba, ¿no? Quiere que compre los muebles y accesorios que faltan, ¿verdad?

Jack asintió. Aún estaba recuperándose de su contestación. No sabía por qué le importaba tanto. Si no era la mujer de sus sueños, no iba a tener nada con ella, por mucho que lo atrajese.

–Quiero que este sitio vuelva a tener su gloria y brillo original, pero con la tecnología y comodidad de hoy en día –le dijo él.

–Exacto. Tendré que hacer un trabajo de investigación además de diseño. Y me imagino que habrá muchas cosas que habrá que encargar para que nos hagan a la medida. Será todo un reto pero creo que los resultados serán espectaculares. Si es que está de verdad comprometido con la idea, claro. Y dispuesto a gastarse el dinero.

–Estoy más que comprometido y tengo el dinero necesario para este proyecto –repuso Jack.

Ella sonrió de nuevo, esa vez con más dulzura.

–Muy bien, señor Taylor. Entonces, estaré encantada en aceptar su proyecto.

–¡Genial! –contestó él con una sonrisa de oreja a oreja.

Se sentía defraudado porque ella no fuera la mujer que estaba buscando pero, aun así, y aunque ella pareciera despreciarlo, le gustaba que viera las posibilidades que había en el Delphi. Sabía que ella lo ayudaría a conseguir su sueño de recuperar el esplendor del cine. Y podrían volver a ser amigos de nuevo.

Le extendió la mano.

–Estoy deseando trabajar contigo. Y, por favor, llámame Jack.

Ella se la estrechó y esa vez sus dedos estaban algo más cálidos. Jack los rodeó con la mano, saboreando la sensación de sentir su piel contra la suya, incluso llegó a tirar de ella, acercándola más a él. No iba a tener nada con aquella mujer pero, aun así, estaba empeñado en que su relación laboral fuera por buen camino.

Entonces, Kitty, aún sonriéndole, lo miró por primera vez a los ojos. Jack se quedó helado, fulminado por algo tan fuerte como un rayo. Sus sentidos desaparecieron, igual que el suelo bajo sus pies. Y todo él se quedó ensimismado observando los ojos que lo miraban.

Sus ojos eran verdes. De un verde primaveral. De un verde que invitaba a la vida y a las promesas eternas.

Era ella.

Fue una conmoción, un sobresalto. Se quedó sin aliento y se le erizó cada vello del cuerpo.

–Jack.

Su rico tono de voz dotaba de sonoridad a su nombre. También había sido así en su sueño. Al oírla, la electricidad que lo había sacudido con la fuerza de un rayo se volvió puro fuego.

La deseaba. Era más que eso. La necesitaba. Con una urgencia que nunca antes había sentido, después de toda una vida jugando.

Inspiró profundamente y cada átomo de ese aire iba cargado de su esencia. Su entrepierna respondió al instante, endureciéndose y latiendo.

Su boca ansiaba devorar la de Kitty. Su piel anhelaba sentir la de ella contra la suya, deslizándose a la vez, lustrosa por el sudor y el calor. Sintió cómo su mano temblaba, aunque quizá fuera la del propio Jack. No estaba seguro de nada, sólo de que la deseaba.

No dejó de mirarla ni un segundo, pero sus ojos parecieron transformarse. Vio cómo sus pupilas se dilataban y sus ojos se agrandaban.

Ella también lo deseaba.

Jack se acercó un poco más. Sólo estaba a unos pocos y tentadores centímetros de su cuerpo. Inclinó su cabeza hacia Kitty. Sólo pensaba en besarla, abrazarla y rodearla con su cuerpo. Quería saborearla en todas partes y por todas partes. Ella separó los labios y suspiró. Otro segundo más, otro movimiento y Jack estaría en el cielo.

Pero el momento pasó.

Kitty quitó la mano y se echó hacia atrás.

–Ehhh… –farfulló ella intentando recuperarse–. Tengo que irme.

–¿Irte?

–Sí. Tengo… Tengo otras cosas que hacer –añadió mordiéndose el labio inferior para tormento de Jack–. Vamos que… Que tengo una reunión. De trabajo, ya sabes… Pero estoy muy contenta de hacer este proyecto. Este edificio es absolutamente increíble. Será…

Hablaba con rapidez, parecía que le faltaba el aliento. Hasta que se detuvo y frunció el ceño para pensar en el adjetivo apropiado.

–Será genial. Bueno, hasta luego –añadió girándose y yendo hacia la puerta de repente.

Jack la observó. Sin saber si era su cabeza lo que giraba o el edificio a su alrededor.

–¡Kitty! ¡Se te ha olvidado la cartera!

Se sobresaltó al oír la voz de su amigo. Se había olvidado de Oz y de que éste hubiera estado a su lado todo el tiempo.

–¡Gracias! –repuso ella tomándola.

Después miró de nuevo a Jack, que seguía clavado en el sitio.

–Te llamaré mañana, Ja… –tartamudeó ella por un momento–. Jack. Hasta mañana. ¡Adiós!

Cerró la puerta tras ella.

Él pudo por fin moverse, corrió a la puerta, la abrió de golpe y la vio doblar la esquina.

–¿Qué demonios acaba de pasar aquí? –le preguntó Oz.

Jack se apoyó en el umbral. Era muy buena pregunta. Se sentía como si acabara de correr una maratón, cuesta arriba y con una gran erección.

–Pasan dos cosas, Oz. La primera es que acabo de conocer a la mujer de mi sueño –dijo mientras se limpiaba el sudor de la cara y se ajustaba los vaqueros–. Y la segunda es que he demostrado de una vez por todas que no le pasa nada a mi miembro.

–¿Kitty es la mujer de tu sueño? Excelente.

–Sí… Excelente.

Oz lo miró con suspicacia.

–No pareces tan entusiasmado como deberías estar.

–Porque hay un problema. Le rompí el corazón hace diez años, ¿te acuerdas?

–Soy una profesional, soy una profesional, soy una… ¡Ahhh!

Kitty se estremeció de dolor cuando se torció el tobillo en el aparcamiento. Se tambaleó hasta el Mercedes como pudo y se apoyó en él en cuanto llegó.

Se miró en la ventana. Parecía muy pálida.

Había estado orgullosa de sí misma. Se había convencido de que podría con lo que el destino le pusiera delante. Cuando entró en el Delphi, sólo vio al hombre alto y rubio, que la recibió con una enorme sonrisa. Había suspirado aliviada. Jack era moreno.

Pero cuando le dijo cómo se llamaba el estómago le dio un vuelco. Oscar Strummer había sido el mejor amigo de Jack en el instituto. Entonces se dio cuenta de con quién se iba a enfrentar.

Intentó mantenerse calmada, convencerse de que era una adulta, que tenía mucho que ganar con ese contrato y que ya no importaba lo que había pasado años atrás en el instituto.

Pero había estado equivocada. La voz de Jack casi acaba con ella. Sintió como si su cuerpo se cerrara. Le había costado muchísimo trabajo girarse para mirarlo y mucho más, después de verlo, no deshacerse en un charco a sus pies.

Tenía un aspecto fantástico. A pesar de estar cubierto de polvo y suciedad y de su ropa de trabajo, estaba guapísimo. El chico más apuesto del instituto se había convertido en un hombre de lo más atractivo.

Los mismos ojos marrones, el mismo pelo negro peinado hacia atrás, la misma piel fresca… Pero su rostro era más fuerte, igual que su cuerpo. Sin dejar de ser esbelto pero ahora también era musculoso. Y más alto.

Habían pasado diez años y lo que no había cambiado para nada era su energía. Se movía con rapidez y fluidez. Sus ojos y su boca estaban en constante movimiento. Era tan fascinante como recordaba. O más. Cuando le dio la mano había levantado una ceja en una expresión que era a la vez infantil y sexy. Era un hombre encantador.

Pero había conseguido sobrevivir. Se había mantenido fría. Y creía que lo había hecho tan bien que estaba orgullosa de sí misma. Cuando le ofreció el contrato, Kitty supo que había ganado.

Pero después tuvo que mirarlo a los ojos y echarlo todo a perder.

–¡Dios mío! –exclamó golpeando la cubierta de su coche–. ¿En qué lío me he metido?

En cuanto lo miró, se sintió paralizada, igual que en el instituto. Le bastaba una mirada de esos ojos marrones para que se derritiera, se quedara congelada y sintiera un millón de cosas más. Su corazón dejó de latir, ella dejó de respirar. Le pareció que se le hacía un nudo en la garganta y no podía hablar. Sólo podía pronunciar la única sílaba que tenía sentido para ella entonces.

Jack.

Era como si volviera a tener catorce años, atrapada por esos ojos marrones en el pasillo del instituto cuando él se dignaba a mirarla. Y ella sentía entonces que le temblaban las rodillas, le sudaban las manos y el estómago se le encogía.

Él había tomado toda su profesionalidad, todo su control y hecho que desaparecieran con sólo una mirada.

–¿Por qué no se ha puesto gordo o calvo? –protestó Kitty en voz alta.

Pero no, estaba mejor que nunca. Y había algo más, algo que no podía olvidar, algo que aún hacía que sus rodillas temblaran, algo que había pasado entre ellos y que iba mucho más allá que una simple mirada en el pasillo del instituto. Porque ahora los dos eran adultos y las señales que se habían cruzado eran señales de adultos.

Puramente sexuales.

A pesar de lo claro que era el traje que llevaba, se apoyó en un viejo coche y una ola de calor la invadió de nuevo. Cuando Jack la miró a los ojos sintió mucho más que atracción. Incluso más que simple lujuria.

Era como si hubieran hecho el amor allí mismo, en medio del vestíbulo del viejo cine. Incluso había sentido las manos de Jack en su cuerpo, acariciándola y haciendo que alcanzara cotas de placer que nunca antes había sentido. Había sentido su cálida y húmeda boca recorriendo su piel. Hasta lo había podido imaginar dentro de ella, llenándola de vida y pasión.

Y aún podía sentirlo. Kitty cerró los ojos e inclinó hacia atrás la cabeza. Era una sensación poderosa y demoledora. Y muy excitante. Sentía su propia ropa acariciándola de una forma de la que antes no había sido consciente. Todo su cuerpo era una zona erógena esperando ser satisfecha.

Kitty se acarició el cuello y pensó en cómo sería si Jack la tocara así. No pudo evitar pensar en lo que habría hecho si él se hubiera acercado un poco más y la hubiera besado.

Pero sabía que tenía que escapar. Tenía mala suerte pero no era tonta. No iba a caer rendida a sus pies. Era el chico que le había roto el corazón en el instituto y el hombre que podía levantar o hundir su carrera con sólo tomar una decisión.

Era la persona que representaba todo lo que ella temía.

Kitty abrió lo ojos de golpe y toda la sensualidad que la había embargado se esfumó, dejándola avergonzada. Recordó que algunas de las expresiones que había usado con Jack habían sido propias de una colegiala, de alguien de quince años. Le habían bastado diez minutos con él para perder la compostura.

Pero no tenía alternativa, no podía permitirse renunciar a ese proyecto. Lo necesitaba y estaba claro que no iba a poder evitar a Jack. Así que iba a tener que intentar ser lo más profesional posible y no dejar que Jack la convirtiera en una adolescente nerviosa y hormonal.

–No dejaré que Jack Taylor me convierta en una adolescente nerviosa y hormonal –prometió en voz alta–. Soy una mujer adulta de veintisiete años. Los chicos ya no me afectan así –añadió enderezándose y retirándose el pelo de la cara.

Pero después se agachó detrás del Volkswagen en el que estaba apoyada porque Jack Taylor acababa de doblar la esquina frente a ella.

Había estado corriendo y lo hacía con la misma agilidad que hacía todo. Era perfecto. Todo menos su personalidad. Y ahí estaba ella, odiándose por estar escondida tras un coche, con su traje más caro, tacones altos y rezando para que no la hubiese visto.

Decidió arriesgarse y mirar. Jack estaba en la acera. Mirando hacia el aparcamiento con su mano sobre la frente a modo de visera.

Comenzó a andar encorvada. Se sentía ridícula, quería salir de allí pero no sabía cómo. No podía llegar hasta su Mercedes sin ser vista o sin que su traje sufriera las consecuencias de arrastrarse por el suelo. Era un traje muy caro.

Miró de nuevo y tuvo suerte. Jack había echado a correr en dirección contraria y aprovechó para ir hacia su coche deprisa. Se metió en él sin perder un segundo y salió pitando del aparcamiento, dejando dos marcas en el pavimento al salir marcha atrás a toda prisa.

Fue en dirección contraria a su casa durante unas cuantas manzanas, pero lo prefería antes que arriesgarse a pasar al lado de Jack. Cuando paró en el primer semáforo en rojo se echó un vistazo. Sus medias tenían varios agujeros que se había hecho al arrodillarse en el suelo. La falda estaba muy sucia y uno de los zapatos tenía una marca marrón.

Todo aquello era ridículo, pero no pudo evitar sonreír.

–Estás muy equivocada Kitty –se dijo en voz alta–. No eres ninguna adulta y aún no sabes cómo tratar con chicos.

Бесплатный фрагмент закончился.

358,37 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
171 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413489599
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги