Читать книгу: «Roger de Artús»
A Lola, por su fe en mí
ÍNDICE
Capítulo 1. Harim
Capítulo 2. Ahmed
Capítulo 3. Abd al-Kadir
Capítulo 4. Habib ibn Hishâm al-Halebi
Capítulo 5. Mauro
Capítulo 6. Haskhalim
Capítulo 7. Amina
Capítulo 8. Los riesgos de la equitación
Capítulo 9. Escaramuza con los cruzados
Capítulo 10. Misión en tierras cristianas
Capítulo 11. La familia Hartcourt
Capítulo 12. Elizabeth de Hartcourt
Capítulo 13. Los proyectos del jeque
Capítulo 14. El visir
Capítulo 15. Con los templarios
Capítulo 16. De nuevo con las armas
Capítulo 17. Kirikhan
Capítulo 18. Marguerite
Capítulo 19. El regreso a Baghrás
Capítulo 20. El gran maestre
Capítulo 21. De nuevo con los Hartcourt
Capítulo 22. Acre
Capítulo 23. Ibrahim Abd al-Karim
Capítulo 24. Jerusalén
Capítulo 25. Amalarico I de Jerusalén
Capítulo 26. Hacia el Nilo
Capítulo 27. Al-Babein
Capítulo 28. Cercados
Capítulo 29. El jeque
Capítulo 30. Con la familia del jeque
Capítulo 31. Abd al-Rahim
Capítulo 32. En Alepo de nuevo
Capítulo 33. El canje
Capítulo 34. El caballero De Quercy
Capítulo 35. El príncipe
Capítulo 36. Bâhir al-Batriq
Capítulo 37. El delator
Capítulo 38. Neferet
Capítulo 39. Las confidencias de Segimón
Capítulo 40. Caballero Roger de Artús
Capítulo 41. En Vilaferma
Capítulo 42. Anna de Garnier
Capítulo 43. Con los monjes
Capítulo 44. Enfrentamiento en el castillo
Capítulo 45. El duelo
Capítulo 46. El duelo concluye
Capítulo 47. El encuentro
Epílogo. Tierra Santa a la vista
CAPÍTULO I
Harim
Agosto de 1164
A pesar de irse acercando al ocaso, un sol abrasador calcinaba lo que a primera hora de la mañana se mostraba como un reseco campo de batalla, donde los ejércitos contendientes se aprestaban a combatir. Se trataba de fijar la soberanía del territorio. Al crepúsculo vespertino y después de una intensa y asfixiante batalla a muerte, la tierra aparecía enrojecida con la sangre de miles de cuerpos de hombres y caballos mutilados y desangrados. La sangre, huesos y despojos en estado de putrefacción bajo un inclemente sol de agosto exhalaban un hedor irrespirable. Los cada vez más escasos gemidos de los moribundos se entremezclaban con el zumbido de nubes de insectos que revoloteaban en torno a sus inmóviles presas y con los graznidos de los buitres que planeaban al acecho, antes de lanzarse sobre sus indefensas víctimas. Estandartes, banderas, insignias y pendones con los símbolos de los cruzados, que al amanecer eran portados enhiestos por orgullosos soldados, yacían ahora por tierra pisoteados y ensangrentados o sirviendo de pasto de llamas de humeantes hogueras, a las cuales se iban arrojando los restos de catapultas, torretas y otros artilugios bélicos.
La batalla de Harim había culminado con una derrota total para el ejército cristiano de los cruzados. Los pocos supervivientes que no habían caído muertos o malheridos huían ante la fuerza avasalladora de las huestes musulmanas acaudilladas por su gran estratega, Nur al-Din; perseguidos y masacrados por un ejército árabe sediento de venganza. En lo que fuera zona de combate, varias patrullas de soldados recogían y daban agua a sus compañeros heridos, al tiempo que remataban a los caídos del bando contrario, quitándoles armas y escudos. No faltaban en este caótico escenario de muerte y desolación varios grupos de desvalijadores de cadáveres, hurgando en las pertenencias de los abatidos, con especial atención a aquellos que por su armadura o vestimenta militar permitían intuir una alcurnia superior, con la esperanza de encontrar algún botín en monedas, medallas y anillos.
«Estoy muerto y el diablo me lleva al infierno ―alucinaba Roger, tendido en la dura tierra―. Me está clavando sus garras para arrastrarme. Ya no tengo fuerzas para moverme y alejarle de mí. Y ¿qué está pretendiendo ahora? ¡Sacarme los ojos! ¡Fuera de aquí, Belcebú!, aún me quedan energías para ensartarte con mi espada». Cuando Roger volvió a abrir sus obnubilados ojos, pudo sentir un escalofrío de terror al vislumbrar a escasos centímetros la cabezuela de un buitre y su aterrador pico, martirizándole el rostro y acercándose amenazadoramente a sus globos oculares. Quiso incorporarse para echar mano a su espada y ahuyentar a la rapaz, pero solo lo consiguió a medias, resultando un esfuerzo excesivo para sus lastimosas condiciones. El brusco movimiento le provocó de nuevo un profundo sopor, no sin antes haber creído apreciar un revoloteo de alejamiento del ave de presa.
El súbito aletear del buitre atrajo la atención de un grupo de saqueadores de víctimas que merodeaban por las inmediaciones, quienes, acercándose, pudieron apreciar que aún quedaba un soplo de vida en aquel cuerpo ensangrentado, joven y con llamativa vestimenta militar. Si no moría, les podría proporcionar un sustancioso rescate o cuando menos una buena venta como esclavo. Tras desposeerle de sus armas y de una pequeña bolsa de cuero con algunas monedas, le dieron un breve trago de agua, aplicaron a sus profundas heridas unos malolientes ungüentos y le tendieron en un carro tirado por un par de bueyes. Otros cuerpos inertes o mínimamente animados yacían en el rudimentario transporte.
La pequeña caravana, de apenas media docena de carretas, se deslizaba lentamente por los parajes desérticos de la Siria musulmana, cargada de moribundos. Algunos eran desalojados y abandonados en tierra a medida que iban pereciendo en el curso de su último viaje al más allá. Ciertos heridos se agitaban inquietos, doloridos y sedientos reclamando un agua que nadie les daba. Otros recuperaban una vaporosa conciencia, cuestionándose un negro porvenir al conseguir recordar los acontecimientos que les habían conducido a su triste situación. En las breves y esporádicas recuperaciones de conciencia, Roger se iba percatando de la magnitud del desastre y de que todo estaba perdido. De que aquel aguerrido ejército de cruzados del que formaba parte y del que tan orgulloso se sentía había sido barrido por los sarracenos de Nur alDin. ¿Qué había pasado? ¿Qué había fallado? ¿Por qué su estrategia de combate, que les había generado victoriosos resultados en otros enfrentamientos, había fracasado tan estrepitosa y cruentamente? ¿Les había dejado de asistir Dios? ¿Había sido más enérgica y eficaz la protección dispensada por Alá a aquellos infieles? Imposible. Su religión era la verdadera, la única. No, Dios no podía haberles fallado. «Pero qué poco importa la causa de la derrota y de quién sea la culpa. Lo único cierto es que aquí estoy vencido, medio muerto y compartiendo carreta con otros moribundos y más de un cadáver. Si salgo de esta, ¿quién estará dispuesto a pagar un rescate por mí, sin familia ni medios para afrontarlo? Mi único y negro destino será la esclavitud y la muerte prematura, y peor aún si mis lesiones y heridas no me permiten recuperar energías. Me venderán como esclavo y todo habrá acabado para mí. Todas las ilusiones y esperanzas que me animaron a dejar el monasterio de Artús para enrolarme en la cruzada y llegar a ser un hombre de armas respetable y respetado, e incluso alcanzar el sueño de ascender a caballero cruzado, se han esfumado, han muerto. Deberé olvidarme de la anhelada presentación ante mi padre cubierto de honor y gloria. Todo ha concluido. Hubiera sido mil veces mejor morir en la batalla, como un soldado al servicio de la Santa Cruz y como un escudero de su señor, el caballero Arnau de Montesquieu, que no tener que arrostrar la vida miserable que me espera entre infieles, para ser vejado, ofendido, trabajar sin tregua ni descanso y acabar muriendo como un perro viejo y abandonado, cosido a latigazos».
La lenta caravana llegó al fin al miserable poblado del que procedía. A pesar de la avanzada hora nocturna, fue recibida en medio de una atmósfera de hostilidad con gritos, imprecaciones, insultos y escupitajos para los vencidos. Sin embargo, no todo eran muestras de desagrado. Una velada satisfacción se dejaba entrever en algunos rostros. Había supervivientes capturados. Había esclavos jóvenes, aguerridos hombres de armas. Habría mercado. Habría beneficios.
CAPÍTULO II
Ahmed
Octubre de 1164
Los restos del lucido uniforme de escudero que aún portaba Roger, su juventud, estatura, complexión ―que se adivinaba ágil y vigorosa― y rostro viril hicieron pensar a sus captores que habían atrapado una buena presa, por la cual, bien como rescate, bien como venta, obtendrían un sustancioso beneficio. Para exhibirlo en condiciones presentables no dudaron en prodigarle las mejores atenciones sanitarias a su alcance, recurriendo incluso al curandero del poblado para mayor efectividad. Afortunadamente, las lesiones y heridas, aunque profundas y con abundante pérdida de sangre, no habían afectado a órganos vitales ni tampoco habían supuesto fracturas de huesos.
Descartada una operación de rescate, ya que, por lo que se pudo averiguar del propio muchacho, nula posibilidad había de que nadie pudiera estar dispuesto a pagar ni media pieza por él, pronto se tuvo claro que la opción más rápida y viable sería su venta. Conscientes sus captores de que carecían de estructura para una subasta pública de su prisionero, dado además el lamentable estado en que se encontraba, optaron por recurrir a un tratante de esclavos muy conocido en el entorno llamado Ahmed. Habían cerrado con él algunas operaciones anteriores y siempre lo encontraban abierto a recibir ofertas de hombres y mujeres jóvenes bien dotados. Aunque de entrada fingía un cierto desinterés y regateaba su precio hasta la extenuación, casi siempre llegaban a lo que ambas partes consideraban su mejor trato. Así ocurrió con Roger. Si bien, y a pesar de las curas, presentaba un aspecto débil, pálido y macilento por fiebres y hemorragias, el mercader pudo apreciar en él un valor potencial que no dudaba le proporcionaría una segura ganancia, por lo que desde el primer momento decidió que había que rematar la operación adquiriéndole.
Una vez que Roger fue conducido a las posesiones de Ahmed, se le trasladó a su presencia. Era un árabe de unos cincuenta años, de barba canosa, piel curtida y quemada por el sol, túnica y turbante blanco no muy limpios, rostro con profundas arrugas en las comisuras de boca y ojos, y ceño permanentemente fruncido. De mirada fija, persistente, siempre examinando, siempre valorando. Permanecía sentado en el porche de la casa, frente a un vaso de un humeante brebaje rojizo y acompañado de un hombre más joven, de pie, con vestimenta similar a la de los esclavos que pululaban por el dominio.
Roger, que aún tenía algunas cicatrices sangrantes y escasas fuerzas para mantenerse erguido, apreció, con disgusto, que su nuevo amo no le invitaba a sentarse. El árabe, dirigiéndose a él y al otro hombre que permanecía a su lado, pronunció unas palabras en su lengua, que este último pasó a traducirle.
―El amo dice que te indique que él es Ahmed, tu dueño, y que yo soy Hubertus, esclavo como tú, a su servicio, que haré de mediador en esta conversación, y quiere hacerte una serie de preguntas y observaciones, que espera por tu bien que contestes sin mentir, y sin pretender engañarle ni ocultarle nada. ¿Entiendes? ―le inquirió Hubertus.
―Entiendo ―asintió Roger, dando a su voz la máxima firmeza y voluntad que sus mermadas condiciones le permitían, consciente de que estaba en juego su destino más inmediato.
Sin esperar la traducción de Hubertus, Ahmed continuó con una larga parrafada, que, acto seguido y no sin cierta dificultad, el cristiano se aprestó a trasladar a Roger.
―Dice Ahmed, en primer lugar, que puedes considerarte afortunado de ser uno de sus esclavos. Que, si bien él se dedica a este comercio, no deja de ser justo con aquellos que pasan a su servicio y se portan como él espera. Que nos da unas enseñanzas y educación durante un tiempo, para que no seamos brazos y manos sin ningún tipo de cualidades y así podamos ser adquiridos por acaudalados propietarios que valoren nuestros conocimientos y habilidades y sobre todo le paguen mucho más de lo que le hemos costado. Que no nos alimenta e instruye por altruismo y caridad, sino para obtener un beneficio de su compra. Y que, cuando se dirija a ti, siempre deberás contestar utilizando la expresión «amo» o «señor». ¿Entendido? ―inquirió Hubertus.
―Sí, entendido…, amo ―contestó Roger, consciente cada vez más de su nueva y triste condición de esclavo.
Y, aunque no acababa de fiarse de ningún tipo de justicia de un tratante de esclavos, no podía por menos que deducir que una actitud rebelde y contraria por su parte no haría sino agravar, aún más, su ya más que miserable situación.
Nueva parrafada de Ahmed, que Hubertus pasó a traducir.
―Una cuestión muy importante ―siguió Hubertus―, que desde el principio interesa que quede muy clara, es que Ahmed exige que haya buena voluntad y máxima colaboración. Que, si él no lo ve así, no tardará en vendernos, despachándonos sin más a otros tratantes que se dedican a reclutar esclavos para las obras de construcción de una fortaleza que se está levantando a dos días de aquí, y cuya misión será la de extraer piedras y rocas, partirlas y llevarlas desde la cantera al alcázar. Trabajo pesado y muy duro que provoca un elevado número de muertes por extenuación, insolación y accidentes, sin excluir las picaduras mortales de serpientes y escorpiones. Y, por supuesto, que cualquier intento de huida será castigado con la muerte inmediata. ¿Lo captas?
―Sí, amo.
―Otro punto importante ―siguió Hubertus traduciendo― es el de la lengua. En estos primeros contactos ejerceré yo de traductor, pero te tendrás que ir espabilando y aprendiendo, porque aquí todas las órdenes e instrucciones serán en árabe y, si no lo entiendes, será tu problema. Si se te manda algo y no lo cumples, lo entiendas o no, podrá ser considerado como desobediencia y lo pagarás con latigazos. Así que, por la cuenta que te trae…
―Ya, entiendo.
Roger ponderó que, si Hubertus lo había conseguido, quizá también él pudiera, aunque, por lo que había oído hasta entonces en la lengua del lugar, sin ninguna similitud con las que había conocido o entrado en contacto, calculó que su comprensión le iba a costar unas buenas tandas de latigazos.
―Ahora el amo te hará unas cuantas preguntas sobre quién eres. Contesta claro y sin mentir.
―Veamos ―siguió Ahmed, por boca de Hubertus―, dime qué has hecho, qué trabajos has tenido en tu vida hasta ahora.
―Me crie en un monasterio de monjes hasta los dieciséis años, en que se me permitió enrolarme en la tropa de mi señor, el caballero Arnau de Montesquieu, para, si aprendía y servía, poder venir a combatir con los cruzados ―contestó Roger.
―¿Qué es eso de que te criaste en un monasterio de monjes? ¿Te cedieron tus padres para tu educación? ¿Ibas para religioso, un muchacho fuerte y no mal parecido como tú? ―inquirió Ahmed con un cierto atisbo de sorna en su voz.
―Más que cederme, mi madre, antes de morir desangrada a consecuencia del parto, me dejó de recién nacido a la puerta del convento. En cuanto a mi padre, no sé quién es, nadie lo sabe ―mintió Roger.
―Y ¿a qué te dedicaste durante estos dieciséis años de convento? Supongo que, aparte de rezar, también aprenderías a leer y escribir y a algo más.
―Así es, señor. Me instruían para llegar a ser uno de los suyos. Sé leer y escribir. Y, aparte de la oración y de otras enseñanzas, debía auxiliar al hermano Doménico, que lo sabía todo sobre animales. A él acudía toda la comarca para que atendiera los partos, trastornos y padecimientos de caballos, mulas y asnos sobre todo. Y también me encargaba de las cuadras del convento.
―¿Has visto parir alguna vez una yegua? ―se interesó Ahmed.
―En muchas ocasiones, señor. Cuando se ponían de parto y este se presentaba complicado, los lugareños llamaban al hermano Doménico y allá que acudíamos los dos. Además, como continuamente estaba haciendo estudios y cruces para la mejora de la ganadería, le prestaba mucha atención al tema de los nacimientos y procuraba no perderse ninguno. A veces, y últimamente ya casi siempre, me mandaba a mí solo. Y también ayudaba al herrero cuando había que calzar herraduras.
―Vaya, vaya... ―Ahmed parecía cada vez más interesado―. Así resulta que tenemos un buen mozo, instruido, que sabe leer y escribir, y que además está familiarizado con todo lo relativo a caballos. ¿Y por qué dejaste tu tranquila vida de aprendiz de monje para hacerte hombre de armas? ―siguió Ahmed, sin perder detalle de la gesticulación y expresiones de Roger.
―Porque la vida monacal que se me ofrecía no me atraía demasiado, señor. Quería, necesitaba salir de los muros del convento y del pueblo para ver un poco del mundo que había intuido en los libros. Así que, cuando el padre prior, que me conocía bien y no me veía muy convencido para la vida religiosa, me habló de las cruzadas y de que también podía servir a Dios, nuestro Dios, combatiendo por los Santos Lugares, pensé que eso era lo que yo anhelaba. El propio prior me indicó que el caballero Arnau de Montesquieu buscaba muchachos jóvenes para adiestrarlos en las armas y formar parte de sus huestes para combatir en Tierra Santa. A partir de mi asentimiento, mi vida ha sido la de aprendiz de soldado, soldado y finalmente de escudero de mi señor. Hasta nuestra hecatombe en la batalla de Harim, que supongo ya conocéis.
―De modo que ―continuó Ahmed a través de Hubertus― tenemos un hombre de letras, y un hombre de armas, que además conoce y por lo que dices domina el tema de los caballos. ¿Qué tipo de caballos? ―siguió Ahmed con el sondeo, comenzando a apreciar favorables perspectivas de negocio con la adquisición de Roger.
―De tiro y carga mientras estaba en el monasterio, aparte de algunas mulas para los monjes, y de silla y entrenados para el combate desde que pasé a ejercer de soldado ―contestó Roger.
―De los de silla de raza árabe, supongo que no conocerás gran cosa.
―Directamente no, señor. Pero sí que he podido observar y, si me lo permitís, padecer su rapidez, agilidad, incluso fiereza en combate. Para un admirador de las razas como yo, puedo deciros que me han llamado vivamente la atención.
Notaba el muchacho que, a medida que se desarrollaba el interrogatorio con Ahmed, que más bien iba adquiriendo tintes de conversación, se encontraba menos cohibido con el árabe. Estaban descendiendo a hablar de una materia que siempre le había atraído y de la cual se consideraba un buen conocedor, apreciando en el islamita un interés por encauzar su servicio hacia el campo de los cuadrúpedos.
―Sí, ciertamente es una excelente raza ―concedió Ahmed―, que, bien tratada y con un buen método de mejora de la especie, produce unos resultados muy superiores a los de vuestros caballos, más grandes y aparentemente más poderosos, pero menos versátiles. Aunque a mí lo que me interesa del asunto es que hay árabes ricos y apasionados por sus caballos que no reparan en gastos a la hora de conformar y mantener una buena cuadra para satisfacción propia y envidia de los demás. ―Mientras decía esto a través de Hubertus, Ahmed se atusaba la barba en un gesto pensativo que parecía habitual en él―. Bien, dime cuál es tu nombre.
—Roger, señor. Roger de Artús.
—Bien, Roger, aquí serás solo Roger. ―Para sorpresa de Roger, estas palabras y las que continuaron, las pronunció Ahmed en su propia lengua, en la de los francos, en la de los cristianos―. Por hoy ya es suficiente. Hubertus ―dijo dirigiéndose a este―, acompáñale al alojamiento. Preséntale a Abd al-Kadir para que le dé las primeras instrucciones y, a continuación, le dices que venga a verme. ―De nuevo se dirigió a Roger y le clavó sus inquisitivos ojos―. Y tú no olvides que mi vista y oído están siempre abiertos y vigilantes. No trates de engañarme ni de escapar. Lo pagarías caro.
―Bien, señor.
A una señal de Hubertus, le siguió a través del vasto dominio de Ahmed, apreciando de entrada, lo que no dejó de tranquilizarle, que, si bien se observaba mucha actividad en el personal que veía en el recinto, no parecían esclavos famélicos al borde la extenuación.
CAPÍTULO III
Abd al-Kadir
―Tal y como ha ido el interrogatorio, me parece que tu destino aquí va a estar entre los caballos ―le manifestó Hubertus mientras se dirigían al encuentro de Abd al-Kadir.
―¿También se comercia con caballos? ―inquirió Roger.
―Digamos que es uno de los múltiples negocios del amo, al que le tiene particular afición. Compra caballos salvajes o potros sin domar a precios ínfimos, que nosotros debemos amansar y amaestrar. Una vez que ya son útiles para silla o para carga, los vende a buen precio. Así consigue doble ganancia: de una parte domestica al animal y se beneficia con su venta ya domado y, al propio tiempo, consigue que el esclavo a fuerza de caídas, coces y revolcones, aprenda a tratar a las bestias y pueda ser vendido con cualificaciones de experto en caballerías. Si no se ha roto antes la crisma ―concluyó Hubertus.
―¿Tan indomables son los caballos de por aquí?
―Ya los verás y los padecerás ―suspiró Hubertus―, sobre todo cuando nos traen uno de esos equinos asesinos porque su dueño ya está más que harto de que maltrate y lance a todo el mundo por el aire y no haya manera de amansarlo. Ya te puedes ir preparando. Y en guardia también, porque allí veo al animal de tu capataz, Abd alKadir, que se nos acerca. Verás que tiene pinta, y lo es, de bruto. Su aspecto mete miedo, pero si no le creas problemas, le sigues la corriente, le obedeces ciegamente y te ve con buena predisposición, no te amargará demasiado la vida ―anunció Hubertus con una sombra de temor reverencial cuando vieron dirigirse hacia ellos a semejante individuo.
Al reparar en él, y apreciar al propio tiempo que el bípedo centraba en ellos su mirada, Roger no pudo evitar sentir un escalofrío próximo al espanto. Efectivamente, el capataz Abd al-Kadir era un tipo gigantesco de una edad indefinida, pero fuerte y robusto, de piel oscura, cabeza grande, cubierta con un turbante azul oscuro que algún día debió de ser más claro, rostro de nariz achatada, con una enorme cicatriz que nacía sobre su ojo izquierdo, afectaba parcialmente al párpado, que mantenía siempre semicerrado, y descendía hasta casi la mandíbula. Imagen que daba a la escrutadora mirada de sus ojos oscuros un aspecto siniestro y de constante riesgo, a lo que él voluntariamente contribuía potenciando la agresividad que en ella se reflejaba. Tenía la barba hirsuta y no muy poblada, cuello de toro, torso poderoso, anchas espaldas, brazos macizos que acababan en unas manazas como palas, y sostenido todo ello por unas piernas hercúleas. Vestía una especie de chaleco sin mangas y abierto que dejaba a la vista buena parte de su poderosa humanidad y que completaba con unos amplios zaragüelles. «La viva imagen de la fuerza bruta», pensó Roger.
De su vigor físico no tardó Roger en tener inmediata muestra cuando, sin mediar palabra ni previo aviso y a pesar de su buena estatura, se sintió agarrado por las axilas y levantado en vilo por el gigantón hasta ponerle a la altura de sus ojos agresivos, mientras este le soltaba una parrafada, de fétido aliento, que Roger ni oyó, bloqueado como estaba, ni mucho menos entendió, pero que Hubertus se aprestó a traducir.
—Esclavo miserable, mira de cumplir bien y rápidamente lo que se te ordene, porque, si no, te las verás conmigo y te aseguro que no te gustará.
Dicho lo cual lo lanzó al suelo y problema tuvo el muchacho para no perder el equilibrio al caer.
El mundo de Roger, a partir de entonces, quedó reducido a convivir con los caballos en los inmensos establos de Ahmed. En ellos tenía su camastro donde reposar, no mucho, sus martirizados huesos tras la dura brega diaria con los indómitos ejemplares que se le adjudicaban en suerte.
Al menos las heridas de la batalla iban cicatrizando y su cuerpo, a fuerza del duro ejercicio impuesto, fue recuperando vigor y elasticidad. No tardó en acostumbrarse a la convivencia con los cuadrúpedos árabes. Siempre sostenía que se entendía mejor con los caballos que con las personas. Apreciaba que la raza aportaba unos ejemplares que quizá fueran un tanto más ágiles y veloces que los de su tierra, pero no diferían demasiado en cuanto al trato, maneras y reacciones. Su secreto para una buena relación siempre era el mismo. En primer lugar, que le conocieran por la voz, olor, gestos y forma de mandarles. Además, que no se sintieran cohibidos ni temerosos delante de él; que estuvieran cómodos ante su presencia, pero al propio tiempo que le respetaran y cumplieran sus mandatos. A partir de aquí era cuestión de irlos conquistando gradualmente, compaginando el continuo ejercicio con muestras de afecto y palmadas que los nobles brutos agradecían. Pero nunca fiarse de ellos; algunos, en cuanto veían posibilidades de escapar y recuperar su libertad salvaje, lo intentaban; tenía que ser diestro y rápido con el lazo. Lo más difícil venía cuando se tenía que abordar la monta final tras las primeras fases de la doma. Invariablemente, el animal, al sentir sobre su grupa un cuerpo ajeno, aunque fuera conocido, lo rechazaba e intentaba desembarazarse violentamente de él, poniendo todo su vigor y estrategia en su propósito. Aquí es donde venía el descoyuntamiento de huesos, caídas, coces y lesiones varias, hasta que al cabo de unos cuantos asaltos el animal cedía y se amansaba al acatar el dominio del jinete. Si no era de un esclavo al que dejaba inútil, temporal o definitivamente, era de otro o de otros hasta que finalmente el hombre, con arduo trabajo, se imponía sobre la bestia.
Abd al-Kadir no dejaba de observarle, pero, viendo su voluntad y maneras, no arremetía demasiado contra él. Roger tuvo que espabilarse rápidamente con el idioma, ya que el capataz ni tan siquiera le permitía dirigirse a los caballos en el suyo propio; se irritaba, y ello era peligroso. Lo mismo ocurría con sus instrucciones, que siempre daba por entendidas. Afortunadamente, su léxico, que siempre acompañaba con gestos, no era muy extenso y permitía a Roger captarlo, si no totalmente, sí en proporción suficiente para resultarle inteligible.
Un grave incidente, que Roger nunca llegó a descifrar si le había beneficiado o perjudicado, se produjo en una mañana en la que Abd al-Kadir, como era habitual en él, estaba particularmente irritable. Todos los esclavos eran conscientes de que su primera obligación matinal era la de limpiar y hacer que brillara la piel de los caballos asignados. Objetivo que no tenía problema cuando se trataba de animales domesticados y acostumbrados a la rasqueta y al cepillo. Incluso les era placentero el enérgico frote de las púas metálicas de la primera para sacarles la suciedad adherida a su piel y patas durante la noche, en que solían tumbarse sobre la paja, y se aprestaban gustosamente a ello. Se completaba con la acción del cepillo de cerdas, que eliminaba la caspa y el polvillo que la actividad de la rasqueta había ido acumulando, hasta dejar la piel tersa y brillante. Sin embargo, cuando se trataba de caballos salvajes, no domesticados aún, incluso atados se alteraban al tocarles. La acción de tales útiles sobre sus capas se presentaba más que complicada, especialmente a la hora de rascar panza y patas. Se movían inquietos, lanzaban dentelladas a su cuidador, le pisaban y coceaban. Todo ello daba lugar a que, en ocasiones, cuando a primera hora Abd alKadir pasaba revista por las caballerizas, la limpieza de los equinos no tuviera el grado de mínima excelencia que él exigía.
Aquella mañana la reprimenda le había caído a un esclavo de origen sardo llamado Giacomo. Al apreciar Abd al-Kadir que sus caballos no estaban presentables, le agarró por un brazo y de una fuerte bofetada de revés le arrojó por el suelo al pie de los caballos. A Giacomo le sobrevino el ramalazo de su ardiente sangre mediterránea, cogió la rasqueta metálica y se la lanzó al corpachón de Abd al-Kadir, a quien, si bien el impacto no le produjo mayor daño, sí ocasionó que su irritación pasara a auténtica ira. Asió el látigo que siempre llevaba al cinto y se ensañó con el cuerpo de Giacomo, que se retorcía en el suelo, intentando protegerse como podía de la lluvia de latigazos que le martirizaban. Cuando decidió poner fin al castigo, agarró el cuerpo ensangrentado del esclavo, lo puso en pie al lado del caballo y, dando a su vozarrón la máxima intensidad, le conminó a que continuara y se esmerara en sus tareas. Con esto dio por conclusa la revista y salió de las caballerizas.
Roger, que, no lejos de la escena, procedía a ensillar un caballo para someterle a un ejercicio de galopada, observó con inquietud que su compañero de cautiverio, tras el duro castigo recibido, preso de una fuerte excitación y al cabo de una breve vacilación, se dirigió al extremo de la cuadra donde se depositaban los útiles para manipular el forraje, agarró una de las puntiagudas horcas y salió hacia los corrales anexos, donde se oían las voces del capataz. Al verlo, Roger saltó sobre su caballo, espoleándolo en pos de Giacomo, que, horca en ristre y con obsesión en la mirada, encaminaba sus pasos hacia la espalda de Abd al-Kadir. Antes de que consumara su propósito se vio sorprendido por el roce del caballo de Roger, que le hizo perder el equilibrio y dar con sus huesos en tierra. Momento en el que el gigantón, alertado por el alboroto a sus espaldas y por las miradas sorprendidas de los esclavos a su alrededor, se giró justo para ver la última fase de la maniobra de Roger y la caída de Giacomo. Pausadamente se acercó a un Giacomo yacente y aterrorizado en el suelo, se detuvo ante él y, tras una mirada conmiserativa, le agarró con ambas manos por el cuello y la entrepierna hasta elevarlo por encima de su cabeza, caminó unos pasos hacia las caballerizas con él en alto y lo lanzó con fuerza contra estas acompañando la acción con un fuerte bramido. De vuelta sobre sus pasos, su mirada se cruzó con la de un Roger expectante aún a caballo. No hubo mención ni comentario. Solo su mirada sombría. El incidente había concluido.
Ahmed acudía con frecuencia a los campos de adiestramiento de hombres y animales. Elegía siempre un rústico banco de madera, a la sombra de una higuera, desde el cual observaba con atención las evoluciones y progresos de unos y otros. A veces departía con Abd al-Kadir y las más permanecía en solitario. No resultaba extraño que ordenara que le ensillaran algún caballo para probarlo personalmente. Mientras se lo preparaban, inquiría de sus esclavos los rasgos más relevantes del animal y sobre todo si era de fiar. Si, a pesar de la opinión favorable, el caballo le tiraba, el esclavo de turno sufría en sus carnes la ira, no de Ahmed, sino de su capataz. A Roger le había preguntado en algunas ocasiones. Afortunadamente, había visto regresar satisfecho a su amo. Uno de los méritos que apreciaba en el mozo, aparte de su tenacidad en la doma y de no darse nunca por vencido, era que, cuando elegía uno de los jacos domados por él, le avisaba, con indiscutible acierto, de las prevenciones que debía observar y sobre todo de la manera de obtener sus mejores rendimientos.
Cuando ya se habían cumplido más de siete meses de estancia en los dominios de Ahmed, una mañana se acercó este acompañado de Abd al-Kadir y, sin detenerse en su asiento habitual bajo la higuera, se dirigió directamente a Roger, le cogió del brazo y le habló al tiempo que le invitaba a caminar a su lado.
―Roger, te he venido observando y he decidido que tu estancia con nosotros va a concluir. ―Ignorando la mirada de sorpresa, no exenta de temor, del esclavo, continuó―: Estás bien preparado, eres hábil y tenaz con los caballos, e incluso percibo en Abd al-Kadir una cierta consideración hacia ti. Tú sabrás cómo te has hecho acreedor. Mañana me vendrá a ver un jeque de Alepo y acaudalado comprador. Nos conocemos desde hace años y creo que nos apreciamos. Siempre he procurado quedar bien con él. Se trata del jeque Habib ibn Hishâm al-Halebi, de noble y poderosa familia, apasionado de los caballos, que cuenta con una de las más envidiadas cuadras de la región. Continuamente tiene que ir reponiendo personal cautivo. Le gustan los caballos purasangre, complicados de domesticar, que le causan continuas bajas en los mozos de cuadra. Me ha pedido un esclavo que conozca el oficio y sepa tratar a semejantes brutos; te he elegido a ti. Has de saber que, como hombre de armas, AlHalebi, como se le conoce por aquí, forma parte de la plana mayor del ejército del visir, cuya confianza le distingue. Confío en que estés a la altura de las circunstancias y no nos defraudes ni a él ni a mí. No te lo perdonaría. Mañana vendrá con su capataz y, si les agradas, habrá trato. Espero hacer un buen negocio y quedar bien con Al-Halebi. Además, estoy convencido de que también será mejor para ti. El trato en la casa del jeque no es tan duro como el que impera aquí.
―Cumpliré, señor ―se limitó a contestar Roger, sin tener muy claro la incierta mejora que le auguraba su patrón.
―Así lo espero ―concluyó Ahmed iniciando la retirada. Sin embargo, antes de alejarse, titubeó un instante y, volviéndose de nuevo hacia el muchacho, le dijo con un asomo de sorna en la voz―: Lo que no me acabo de creer es que un muchacho listo e instruido como tú no haya podido averiguar quién es su padre. No me encaja. ―Y, ante el ademán de Roger de rebatirle, zanjó el asunto diciendo―: No, no pretendas convencerme, no lo conseguirás. Por una vez en la vida, respetaré tu secreto mejor guardado.
Aquella noche, en la soledad y oscuridad de su jergón de paja, meditaba Roger con desconsuelo: «Se me compra, se me vende, se me vuelve a comprar… ¿Hasta cuándo? No soy más que un objeto. Como mucho, me asemejo a un perro pastor de mis montañas, al que se alimenta para que cuide el rebaño, hasta que un potro malnacido me descoyunte o me lance por los aires y me rompa la cabeza o el espinazo. Entonces ¿qué?, esperarán a que me muera, si es que no me conceden la gracia de ahorcarme para no prolongar agonías. Es lo que eres, Roger. Es cierto que sigues vivo y no como tus compañeros de Harim, muertos, podridos o carnaza de buitres y hienas, pero para esto… Quizá la muerte sea mi liberación. ¿En qué manos vas a caer ahora? No depende de ti, así que mejor que no te atormentes».
CAPÍTULO IV
Habib ibn Hishâm al-Halebi
Julio de 1165
Cuando la comitiva formada por Ahmed, Abd al-Kadir y tres desconocidos más se acercó a los corrales de las caballerizas, Roger estaba intentando domar un joven potro tordo. Ahmed dio instrucciones a su capataz para que el esclavo dejara lo que estaba haciendo y se presentara ante ellos. Al oírlo uno de los recién llegados, al cual se dirigía con mayor asiduidad y respeto Ahmed, le rogó que no le interrumpiera. Le interesaba conocer las maneras del joven esclavo.
Roger, mientras controlaba al animal con una larga correa de unos ocho metros ligada al cabezal, le azuzaba haciendo restallar en el aire el látigo que sostenía en su mano derecha. Combinando el látigo con su voz, hacía correr en círculo al caballo, pasando del trote al galope, y de este al paso, para volver de nuevo al trote. El sudor que perlaba su piel hacía brillar sus musculosos cuartos traseros. Roger recogiendo correa le hizo detenerse, se le acercó, le palmeó amistosamente la grupa, hasta pasarle la mano por la testuz y belfos, al tiempo que no paraba de susurrarle palabras de tranquilidad y ánimo. El caballo mantenía las orejas tiesas y expectantes. Al percatarse Roger de que el grupo de recién llegados le observaba, optó por continuar con su trabajo ante la ausencia de órdenes en contra, aunque era conocedor del motivo de la visita.
Ahmed, al ver que la doma podía prolongarse, hizo acomodar a sus invitados al tiempo que aprovechaba para irles informando de las cualidades de su siervo, así como de las características del animal que pretendía amansar.
Por su parte, Roger, al apreciar que el potro estaba a punto, decidió arriesgarse para la monta final. Veía posibilidades en el tordo. Podía quedar bien o quedar mal, pero ¿qué más le daba? Entró en el establo para salir al cabo de poco con una trotada silla de montar que entregó al esclavo que sujetaba al caballo; le dio instrucciones para que se la fuera poniendo con precaución, mientras él le sujetaba firmemente por el cabezal de cuero. Al iniciarse el ensillado y notar el bruto que le estaban poniendo las cinchas, que se apretaban en torno a su panza, pegó un fuerte tirón pretendiendo elevarse en el aire, mientras intentaba desembarazarse de las molestas cargas que le habían colocado encima, así como de la presión del hierro entre sus dientes, que le impedía moverse. Relinchaba y piafaba nerviosa y convulsivamente golpeando la tierra con sus pezuñas. La férrea sujeción que mantenía Roger evitaba que se soltara. Tolerada al fin, con renuencia, la silla ante la firmeza de su dominador y superado el primer momento de rebeldía, se imponía para Roger el remate final de la doma: el encaramarse al animal y aguantar. Algo que venía haciendo habitualmente desde hacía meses, aunque por experiencia sabía que no era fácil precisar las reacciones del caballo y su límite de rechazo. Lo normal era que, al verse libres de la sujeción del cabezal, se encabritaran, brincaran soltando coces y se pusieran a galopar como posesos con frecuentes paradas bruscas con la esperanza de ver pasar por encima de sus orejas al intruso jinete.
Los cinco visitantes mantenían sus ojos clavados en él.
―Vamos allá, tordillo ―le susurró al potro―, demuéstrales a nuestros amigos la sangre, raza y coraje que tienes; ponte de patas si quieres, corre y lánzate lo que te parezca, haz algún que otro viraje cerrado, demuéstrales que no me quieres encima, pero no me lo pongas demasiado difícil elevándote por detrás y haciéndome paradas en seco. Cuantas más faenas me hagas, más tendré que clavarte las espuelas y no te gustará. Hemos de procurar ser buenos amigos. Además, si te portas bien, a lo mejor te compra el visitante y te saca de esta pocilga. Venga, vamos allá. Ludovicus ―llamó al esclavo que le ayudaba―, sujétamelo por el cabezal mientras monto.
Unas últimas palmadas en la grupa y, con un rápido movimiento, se alzó sobre el animal al tiempo que gritaba a Ludovicus un «¡suéltalo ya!». Como movido por un resorte, con agilidad juvenil, el tordo se puso en pie sobre sus patas traseras hasta casi alcanzar la verticalidad, girando sobre sí mismo y agitando las manos. Movimiento que ya se esperaba Roger y que pudo aguantar afianzándose en los estribos y aferrándose al pomo de la silla. Acto seguido y con las patas en tierra, optó por elevarse de cuartos traseros y lanzar coces a diestro y siniestro. Diversas tandas de virajes en redondo a derecha e izquierda. Roger, al tiempo que resistía como podía el ciclón que se movía entre sus extremidades, no dejaba de observar que no se trataba de un caballo asesino o resabiado, no le intentaba morder la pierna ni otras perversidades, incluso en las cabalgatas y parones súbitos con que le obsequió en un par de ocasiones apreció que lo hacía sin demasiada malicia para hacerle volar.
―Tienes sangre, tienes coraje, pero eres noble. Serás un buen caballo ―le murmuró cerca de sus pabellones auditivos plegados hacia atrás.
Percibiendo el potro que todas sus argucias eran inútiles para desembarazarse de la molesta carga que se le había adherido, enfiló a galope tendido hacia la cerca de madera que cerraba el corral, no lejos de la posición que ocupaban Ahmed y sus huéspedes. A todos sorprendió con un brillante y airoso salto que pasó por encima de las tablas sin apenas rozarlas, para entregarse a continuación a un furioso galope con sus crines y cola enhiesta al viento, con todo el inmenso campo desértico frente a él, donde podía desahogar su fiereza y librarse del extraño ser que le martirizaba los flancos.
―Ya te tengo, amiguito, ya eres mío ―le musitó Roger a las orejas―. Ya solo es cuestión de mantenerme, mientras tú te desbravas a lo bestia. Dale al galope tendido todo lo que tú quieras, que no tardarás en fatigarte y amainar poco a poco. Te vas a asegurar una buena ración de forraje.
El rostro de Ahmed se iluminó cuando vislumbró a lo lejos a un jinete a caballo, sosteniendo un pausado y tranquilo trote, bien enhiesta y en alto la cola blanquinegra, cual correspondía a un purasangre árabe. Antes de que llegara a la cerca se separó del grupo de invitados, acudiendo al encuentro de Roger.
―Bien, Roger, bien ―le manifestó cuando se acercaba a su altura―, bonito espectáculo y lección de doma. Al-Halebi ha quedado satisfecho y no solo se te lleva a ti, sino también al potro. No está mal el negocio. Siento desprenderme de los dos, pero en mi mundo no hay lugar para los afectos ―así decía mientras palmeaba amistosamente el arqueado cuello del caballo, sin importarle el abundante sudor que transpiraba de sus poros―. Por cierto, ya que os vais a ir juntos, os entendéis bien y aún está sin nombre, ¿cómo te gustaría llamarle?
―Liberto ―contestó Roger espontáneamente, mientras ponía pie en tierra.
―Así sea ―concedió Ahmed tras una escrutadora mirada al muchacho―. A propósito, si algún día accedes a la libertad, quieres continuar en esta tierra y no tienes mejor trabajo que hacer, ven a verme. Serías un buen maestro de doma.
Una leve palmada del tratante completó el comentario.
―Se lo agradezco, señor.
―Bien. Atendamos a tus nuevos dueños. Ya verás que a Habib ibn Hishâm alHalebi le acompaña su hijo mayor y su jefe de servicios domésticos. No les hagamos esperar. Que Ludovicus se haga cargo del caballo y tú ven conmigo.
El porte y maneras de Habib ibn Hishâm al-Halebi, en sus cuarenta y tantos años, le recordaban a Roger los rasgos que él había observado en algunos miembros de la nobleza; aquellos que seguían imperando en sus individuos tras varias generaciones. Su mirada tranquila pero aguda, junto con sus palabras y movimientos en los que se reflejaba seguridad y determinación, los asoció Roger con lo que Ahmed le había comentado sobre su condición de hombre acostumbrado al mando de ejércitos. Le acompañaba su joven hijo Abd al-Rahim, que se limitaba a ver y escuchar atentamente las reflexiones y comentarios de su padre, y Fâdel, el máximo capataz de su casa y responsable de todos los servicios domésticos. Iban los tres ataviados pulcramente con prendas amplias que les facilitaran la cabalgadura y tocados con sus respectivos turbantes.
Al llegar a su altura, fue Al-Halebi el que se dirigió a Roger.
―Dime, muchacho. Roger, me dice Ahmed que es tu nombre. Veo que eres hábil en el trato con los caballos. ¿Lo has aprendido todo aquí con la gente y ejemplares de Ahmed o ya te viene de antiguo?
―Señor ―contestó Roger procurando dar a su voz y maneras un tono de respetuosa disposición―, es mucho lo que he aprendido y practicado aquí, especialmente en materia de doma, pero anteriormente ya conocía lo que era la cría caballar.
―Ya ―siguió el noble árabe―. ¿Y dónde lo aprendiste y con qué tipo de caballos?
―En mi lejano lugar de nacimiento, señor, al pie de las montañas de los Pirineos, allá en la península ibérica; durante mis primeros dieciséis años coincidentes con mi larga estancia en el monasterio de Artús y más tarde en el ejército del caballero Arnau de Montesquieu. Y, en cuanto al tipo de caballos ―continuó Roger―, puedo decir que de todos, tanto de silla como de carga, de las razas ibéricas, muy distintos, por cierto, con los que me he tenido que enfrentar aquí.
―Todos los conocimientos y prácticas nos serán útiles, no lo dudes. Además has sido soldado en el ejército cruzado ―no preguntó, sino afirmó el jeque árabe.
―Así es, señor, durante cuatro años, hasta que en la batalla de Harim fuimos derrotados. La inmensa mayoría de mis compañeros cayeron muertos, y algunos, que no sé cómo sobrevivimos, fuimos apresados. Por desgracia ―se lamentaba Roger para sus adentros―, en tan solo unos pocos meses he pasado de la gloria de un ejército cristiano vencedor, temido y respetado, al infierno del cautiverio. De ser un orgulloso soldado de esa milicia a no ser nadie ni nada. Suerte ―ironizó― que al menos mi tiempo está más entre caballos, con los que me entiendo y no me desprecian ni maltratan, que con las personas.
―Bien, ya tendremos ocasión de comprobarlo más adelante ―concluyó AlHalebi―. Recoge tus cosas, si es que tienes algo, y súbete al caballo que has estado domando. Partimos de inmediato ―ordenó con autoridad―. Debemos regresar antes de que anochezca.
―Sí, señor.
Aunque pensó para sí: «Espero que Liberto aguante la cabalgata. Es muy joven y recién domado. Será su primera gran marcha ensillado y con un jinete que le hará emplearse a fondo. Pero está en plena juventud, es muy ágil y cabe confiar en que musculatura, pulmones y corazón no le abandonen».
Al momento de la partida, se unieron al séquito cuatro hombres armados de escolta y dos mozos de cuadra, cuya misión era la de velar por los caballos y conducir dos más de refresco.
Con el recuerdo en su retina de la palmada de Ahmed y el sorprendente ademán de despedida que con su brazo en alto le obsequió Abd alKadir, pronto se vio inmerso Roger en un grupo de hombres a caballo que no tardaron en iniciar un galope sostenido por el páramo sirio con un jeque a la cabeza marcando la dirección y el ritmo. A pesar de ser consciente de su pobre condición de esclavo, no pudo evitar Roger que le embargara una cálida sensación de bienestar al verse cabalgando sobre un tordo joven, que le estaba respondiendo de buen grado, con la brisa del desierto acariciando su rostro, en medio de un grupo de jinetes entre los cuales él no desmerecía ni se rezagaba y con leguas y leguas aún por recorrer. Era como apreciar que la vida tornaba a él, a su encuentro. No tardó en reconocer que era la primera sensación agradable que tenía en su vida de cautiverio. Sin duda vendrían situaciones mucho más ingratas, pero las afrontaría. Había recuperado sus fuerzas y sentía que la voluntad de vivir pugnaba por aflorar de nuevo. Si bien su destino seguía siendo negro e incierto, era el momento de dejarse llevar por el placer que la cabalgata le estaba deparando y por el pensamiento de que quizá su mundo no se iba a acabar con su actual estado de cautividad.
CAPÍTULO V
Mauro
Noviembre de 1165
Llevaba más de tres meses en los dominios de Habib ibn Hishâm alHalebi, una amplia superficie de terreno no lejos de la ciudad de Alepo. En el centro de la propiedad se erigía la fortaleza rectangular almenada sede de la familia desde hacía dos siglos; un sólido alcázar de piedra que había resistido impávido diversos ataques enemigos, que proclamaba orgulloso su condición de inexpugnable y donde actualmente imperaba el jeque Habib ibn Hishâm alHalebi. Próximas a la edificación principal se levantaban una serie de construcciones de planta baja destinadas al alojamiento de esclavos y personal de servicios, así como establos, caballerizas y corrales. Tanto las dependencias de la soldadesca como graneros, cisternas y pozos se ubicaban en el interior del alcázar.
Al igual que le ocurriera en los dominios de Ahmed, su lecho de paja radicaba en el propio establo, compartiendo techo y ambiente con los cuarenta y ocho caballos allí estabulados, en dos hileras de veinticuatro piezas abiertas a un amplio pasillo central. A todos ellos debía de atender, junto con Mauro, uno de sus compañeros de cautiverio, un joven maltés sobreviviente como Roger de la cruenta derrota de Harim.
Su capataz Abdel ya le había avisado desde el primer momento que, más que hablar él, quien lo haría sería su látigo, que nunca se separaba de su mano derecha. Así, pudo comprobar, se reflejaba en las líneas rojizas que buena parte de los esclavos lucían en sus espaldas. Personaje siniestro, de mediana edad, complexión corpulenta aunque no robusta, rostro flácido, barba hirsuta y grisácea, mirada huraña, ceño fruncido, siempre ordenando, amenazando, haciendo patente su autoridad con frases secas, ofensivas, humillantes, castigando a latigazos los mínimos descuidos y negligencias. Para él los esclavos solo significaban tareas que encomendar y castigos que imponer.
―Perra vida de esclavo que ni siquiera puedes dormir tranquilo ―se lamentaba Mauro, mientras Roger intentaba mitigarle el dolor con paños de agua fría sobre su espalda. Se la veía en carnes vivas, surcada por las huellas sanguinolentas de la última tanda de latigazos propinada por Abdel―. Abandona uno la miseria de su tierra, donde, si no tienes título o propiedades, no eres nadie, animado por las recompensas que te ofrecen por enrolarte en las cruzadas y acabas en manos de estos infieles que Dios confunda. Aquí malvives y trabajas como una mula, lo único que te dan es un plato de bazofia, y te azotan al menor descuido. Al final acabas pensando que tu única esperanza es morirte cuanto antes para liberarte del cautiverio. Que con el trato que recibimos no creo que tarde en llegar.
―¿Sabes, Mauro? ―le rebatió Roger―, varias, por no decir muchas veces, yo he tenido este mismo pensamiento, el de la muerte como única liberación de la esclavitud, pero, cuando venía cabalgando hacia aquí junto con nuestro amo y su séquito, yo no sé si fue el viento del desierto al darme en el rostro, pero sentí como un mensaje o una corazonada que me decía que, si bien mi situación era de haber caído en desgracia y que sería muy difícil salir de ella, seguía vivo y la esclavitud quizá no iba a ser definitiva. Muchos de nuestros amigos y compañeros murieron en Harim. Pero nosotros sobrevivimos y aquí estamos. Y, si salimos de aquella, ¿por qué no vamos a salir de esta? Empiezo a tener claro que vivir amargado, maldiciendo a cada momento tu triste suerte, a lo único que te lleva es a afligirte aún más, y la vida es corta para perderla en continuos lamentos.
―Supongo que no te falta razón ―prosiguió Mauro―, no te lo discutiré, pero, después de haber recibido una tanda de latigazos de la mala bestia de Abdel y con más posibilidades de lo mismo para mañana, no me negarás que no es fácil la resignación. Ya sabes que yo vine huyendo del hambre y la miseria de mi tierra maltesa para caer en esto, pero tú pareces un cristiano instruido. ¿Se puede saber qué es lo que te ha traído hasta aquí?
―Lo mismo que a ti y a todos. Te lo puedes imaginar. Pero no es el momento ahora de contarnos nuestras vidas. Tiempo habrá para ello. Aprovechemos para dormir. Mañana, como dices, tendremos más de lo mismo.
¿Había sido realmente el hambre y la miseria? «No», se respondió a sí mismo. Lo suyo era más irracional. Era una pura y simple sed de venganza; sed de imponer una reparación de agravios inferidos.
La relativa tranquilidad de su establo se vio alterada en el curso de la mañana siguiente al entrar un brioso ejemplar de pura raza árabe, totalmente negro, salvo unas manchas blancas en su testuz. Se le alojó en uno de los compartimentos que habían quedado vacíos tras el sacrificio, por viejo y enfermo, de su anterior ocupante. El esclavo que manejaba las correas venía dando muestras de nerviosismo ante las continuas tarascadas que le lanzaba el bruto; ya le había mordido en brazo y hombro, y no cesaba de tirar del cabezal pretendiendo soltarse. Un nuevo estirón más enérgico que los anteriores, cuando el mozo se estaba palpando la zona mordida, hizo que el corcel consiguiera su propósito y quedara suelto. Mauro, próximo a la escena, se acercó de inmediato para hacerse con las riendas, pero un duro cabezazo del caballo lo lanzó sobre el corredor central. Suelto el animal, empezó a moverse libremente por las secciones de los otros caballos mordiéndolos y pateándolos. Al sentirse estos atacados, su reacción fue la de tirar de sus anclajes para desatarse y defenderse. Algunos lo consiguieron. Pronto los relinchos, piafadas y ruidos de cascos en alocado movimiento se dejaron sentir en el exterior. Al oír el estrépito y las voces, rápidamente acudieron Abdel y varios mozos de cuadra. El capataz, irritado ante el escenario que se ofrecía a su vista, sacó su inseparable látigo y, como primera medida, la emprendió a latigazos con el negligente esclavo a quien se le había soltado el caballo. Mientras tanto, visto que la revuelta en las caballerizas aumentaba por momentos, con varios equinos sueltos peleándose a mordiscos y coces, y que los otros esclavos no sabían qué hacer salvo ponerse a salvo de los brutos, Roger empezó a dar órdenes prescindiendo de Abdel, al apreciar que solo tenía ojos para su látigo y para ver contra qué espalda lo descargaba. Era urgente, voceó, asegurar bien las puertas para evitar una desbandada de los animales cada vez más nerviosos y excitados. Seguidamente, debían dividirse en grupos de dos o tres para ir reduciendo a cada uno de los ejemplares sueltos y volverlos a sus plazas. Por su parte, él, junto con Mauro, se centró en calmar al negro, recuperando las bridas sueltas, y hablándole y palmeándole con suavidad.
Cuando los ánimos empezaban a calmarse y los caballos, conducidos por los mozos, iban volviendo a sus puestos, Abdel, aún sofocado y dando una tregua a su castigo, observó cómo Roger daba instrucciones a los esclavos que estos cumplían y que la caótica situación se iba superando. Ello le enfureció aún más. Azote en mano se dirigió a Roger, recriminándole a gritos el haber dado unas órdenes que solo él, el capataz, podía dar, y a los demás siervos el haberlas secundado, al tiempo que empezaba a blandir amenazadoramente su recurso favorito. Fue el momento en el que las puertas del establo se abrieron cautelosamente para permitir el paso de dos hombres, seguidos de Fâdel. Este, tras hacerse cargo de la situación de un vistazo, se dirigió a Abdel en demanda de explicaciones. Fiel a su línea de repartir culpas y culpables, Abdel cargó contra la inutilidad de unos esclavos a quienes se les escapaban los caballos y contra la osadía de otros que se dedicaban a dar órdenes estando él presente, culpando también a los que las obedecían.
Fâdel esperó unos instantes hasta que entre unos y otros se logró pacificar el establo y cada cuadrúpedo quedó en su sitio. Entonces, dirigiéndose a un magullado Mauro, le preguntó:
―Veamos, Mauro. Tú, como esclavo más veterano y fijo de esta cuadra, dime qué es lo que ha pasado.
Mauro tragó saliva ante el dilema que se le planteaba. Armándose de valor, contestó:
―Es cierto que a Benedetto se le escapó el caballo negro y que este empezó a entrar en los compartimientos de los demás alterándolos a todos. Ante los relinchos histéricos, piafadas y ruidos de cascos por el corredor, vinieron más esclavos y Abdel. Entre Roger y yo pretendimos controlar la situación. Como yo estaba aún aturdido por el cabezazo que me había dado el caballo lanzándome por el suelo, Roger pidió que se cerraran las puertas y que se organizaran grupos para sujetar a los animales y volverlos a su sitio. Y así, hasta que lo fuimos consiguiendo. Y eso es todo lo que le puedo decir, señor ―concluyó Mauro.
―¿Y tú, Roger, tienes algo que decir?
―Nada que añadir, señor, simplemente que pensé que procedía sofocar como fuera el caos organizado por el negro.
Volviéndose hacia Abdel con mirada seria le dijo:
―Bien, Abdel, supongo que tú no tienes nada más que decir. Ya hablaremos más tarde. Vamos, desalojemos y que se queden únicamente Mauro y Roger como encargados de la cuadra.
Antes de que iniciara el movimiento de salida, Abdel se adelantó para justificarse ante su superior.
―Señor, permítame que insista en que consideré que lo primero que había que hacer era mantener la disciplina y castigar al inútil de Benedetto por su grave negligencia, para inmediatamente después aplacar la revuelta.
Sin detenerse ni mirarle, Fâdel se limitó a concluir el encuentro de forma escueta.
―Bien, Abdel, informaré al jeque y ya hablaremos.
La reacción del jeque Al-Halebi no tardó en producirse. En el curso de la misma mañana, se personó en el establo donde faenaban Roger y Mauro, acompañado de Fâdel y Abdel. Tras entrar en la pieza asignada al negro, palmeó cautelosamente su aún sudada y brillante capa negra, extasiándose unos momentos en su contemplación. Vuelto al pasillo donde aguardaban los demás, les hizo saber:
―Si bien me dirijo a vosotros dos, Roger y Mauro, quiero que tanto Fâdel como Abdel estéis al corriente de mis instrucciones. Este caballo negro es un joven potro de poco más de dos años que acabo de adquirir. Conozco sus antecedentes de indómito, revoltoso y generador de problemas. El episodio de esta mañana que me habéis comentado es buena prueba de ello. Habrá que domarlo y amansarlo, y, una vez que consigamos dominarlo, no dudo será un extraordinario ejemplar, orgullo de la familia. Se llamará Haskhalim. Precisamente tengo intención de regalárselo a mi hija pequeña Amina por su próximo cumpleaños. Quiero que tanto Mauro como Roger os dediquéis especialmente a él. Que le saquéis a los corrales, le hagáis correr, moverse, acostumbrarse a las órdenes y a un principio de doma, pero sin montar. Ya veremos quién lo hace. Conocí a su progenitor cuando era un joven potrillo y me consta que dejó tullido a más de un buen jinete que pretendió dominarlo. Y, por lo que veo, su vástago sigue en la misma línea. No quiero experimentos con él hasta que yo lo indique y con quien yo elija. Para evitar incidentes como el de esta mañana, lo dejaremos un poco aislado de los otros, colocándolo en el último módulo de la cuadra y dejando vacíos los dos contiguos, que podrán ser utilizados para que Roger y Mauro instalen en ellos sus jergones de paja. Pero para que no se sienta excesivamente separado de sus semejantes, le pondremos enfrente al Liberto, de aproximadamente su misma edad y también de buena raza árabe. Sin perjuicio de que en determinadas ocasiones pueda ser tocado por otras manos, preferentemente lo harán las de Roger y Mauro. Será la manera de que Haskhalim empiece a tomar confianza con alguien para facilitar su doma. Abdel proveerá para que la dotación de la cuadra se complete con dos mozos más. Espero ―y aquí hizo una pausa para proyectar una seria mirada que pretendió alcanzar a los cuatro― que estas mis instrucciones se cumplan debidamente.
Un unánime «sí, señor, bien, señor» fue la rápida respuesta.
―Amigo Mauro ―comentó Roger una vez que el jeque y sus capataces abandonaron la nave―, me da la impresión de que este caballito negro va a significar un cierto cambio en nuestras tristes vidas. Al menos la presión de Abdel sobre nosotros no va a ser tan dura, después del repaso que le deben de haber dado y las instrucciones del patrón. Si tenemos contento al tal Haskhalim, tendremos contento al patrón. Ya te dije que no debíamos desesperar. Por cierto, ¿conoces a su hija Amina?
―No mucho ―contestó Mauro―, la he visto en alguna ocasión por aquí, cuando su padre o sus hermanos le han enseñado los purasangres. Pero los que monta ella son los más mansos de la otra cuadra. Los que tenemos aquí supongo son demasiado bravos para ella. Debe de tener unos dieciséis o diecisiete años.
―Una edad ideal en la mujer ―apuntó Roger.
―Sí, pero no para nosotros. Será una fruta no prohibida, sino prohibidísima.
CAPÍTULO VI
Haskhalim
Diciembre de 1165
Para la doma de Haskhalim se estaba procediendo según las instrucciones del jeque. Eran únicamente Roger y Mauro los que le cuidaban y sacaban a ejercitarse en los corrales. El caballo, una vez superados los momentos iniciales de encierro en un lugar desconocido y rodeado por unos personajes que ni entendía ni le entendían, se iba tranquilizando paulatinamente a medida que asumía cuál era su hábitat usual. Familiarizado con la cercanía del Liberto y con las voces y gestos de ambos mozos de cuadra, no tardó en acostumbrarse y seguir sus órdenes. Se estaba creando el necesario ambiente de confianza. Colaboraba de buen grado con ellos, sobre todo cuando a primeras horas de la mañana le aplicaban rasqueta y cepillo para su higiene diaria. Era lo más parecido a un vigoroso masaje sobre su peluda piel, crines, cola y patas, que limpiaba su piel al tiempo que estimulaba una mejor circulación sanguínea y calidad muscular. Cuando salía al exterior con la cola bien enhiesta, el sol hacía relucir las cerdas de su lustrada capa negra lanzando destellos brillantes. Se entregaba sin remilgos a los ejercicios que ambos cuidadores le imponían haciéndole evolucionar al paso, al trote y al galope, siempre en círculo, siempre sujeto por largas correas de cuero atadas a su cabezal. Sentía que su joven musculatura necesitaba ejercitarse y desfogarse. El espíritu de manada entre ambos cuidadores y caballo se iba fortaleciendo.
Habib ibn Hishâm al-Halebi, cuando no estaba ausente por sus obligaciones y compromisos, procuraba acercarse a los establos para apreciar la evolución del caballo.
Viendo que tanto Roger como Mauro ya tenían un cierto dominio sobre el bruto, una mañana se acercó a ellos, planteándoles:
―Como veo que os va teniendo un cierto respeto, será conveniente que le vayáis ensillando. No le gustará, pero tendrá que pasar por ello. Empecemos ya con la silla más liviana que tengamos.
Decidieron que, mientras Roger sujetaba a Haskhalim por el cabezal, Mauro se la iría colocando. A pesar de estar relajado, atento a los susurros de Roger, una vez que el potro sintió sobre su grupa el peso de la silla de montar, no tardó en erguir rápidamente sus orejas, al tiempo que se le erizaban las cerdas de su piel. Inmediatamente empezó a brincar y levantar sus cuartos traseros, hasta que la silla, sin sujeción todavía, saltó por los aires.
―Así no va a ser fácil ―comentó el jeque―. Hay que cincharle más rápido, para que no pueda lanzar la silla. Hagámoslo de otra manera. Mientras yo sujeto al caballo, Mauro que le ponga la silla y tú, Roger, agarras rápidamente uno de los extremos de la cincha, la pasas por debajo de la tripa y la enlazas con el otro extremo que Mauro ya te tendrá preparado.
―Pero, señor ―adujo Roger―, puede ser peligroso para vos, el caballo se encabritará y podría lesionaros. Si me lo permitís, llamaré a otro mozo.
―Mira, muchacho ―dijo el jeque, al tiempo que le cogía a Roger la correa del cabezal―, cuando tú aún no habías nacido, ya estaba yo harto de tratar con estas bestias y conozco sus reacciones y su fuerza. No estoy muy seguro de la mía, pero calculo que aguantará. Venga, no perdamos el tiempo. Mauro, silla arriba; y tú, Roger, atento a la cincha y, cuando la tengas enlazada, te pones a mi lado para sujetar también el cabezal. Vamos. ¡Ya!
Haskhalim, ya tenso y nervioso al ver a Mauro de nuevo con la silla, no tardó en iniciar el proceso de rechazo tan pronto sintió el peso sobre su piel. Roger ágilmente llevó por debajo de la panza el extremo de la cincha, eludiendo como pudo los brincos y coces que lanzaba el animal, para finalmente enlazarla y apretarla con el otro extremo que Mauro se aprestó a ofrecerle. El jeque por su parte aguantó firmemente los primeros embates del caballo sujetando férreamente su cabeza, viéndose aliviado cuando Roger acudió a sostener el otro lado del correaje frontal. Los tirones, brincos y coces, con estentóreos relinchos, continuaron durante un tiempo más, hasta que, agotado Haskhalim, se fue apaciguando, no sin dejar de resoplar sonoramente.
―Bien, muchachos, de momento ya tenemos un punto importante de la doma ―comentó Al-Halebi, al tiempo que le devolvía a Roger la correa―. Este ya sabe lo que es la silla de montar. Ahora tendréis que hacerle acostumbrarse a ella. Ya sabéis que el inicial rechazo de hoy es previsible que se siga produciendo durante algunos días más, hasta que se habitúe y lo considere natural. El duro paso siguiente será la monta. Pero para ello ya conocéis mis instrucciones. Nadie debe subírsele encima.
―Así será, señor ―contestaron los dos criados. No lejos de allí, un expectante Abdel, con su ceño fruncido, no perdía detalle de la escena.
Una mañana, cuando estaban en pleno entrenamiento, aparecieron en el corral Fâdel, Abdel y un esbelto y bien parecido joven distinguidamente ataviado. El primero de ellos les habló a los muchachos:
―El jeque ha dispuesto que mañana sea el gran día. Ha invitado al excelente jinete y amigo de la familia Suleiman al-Ashmafi para que sea él quien primero monte al Haskhalim. Se hará una pequeña fiesta para celebrar el decimosexto cumpleaños de Amina, su hija pequeña. Asistirá toda la familia y un buen número de invitados, todos entusiastas de los purasangres árabes y de la cría caballar que no quieren perderse el espectáculo que seguro les ofrecerá la doma del caballo. Suleiman, que ya cuenta en su haber con numerosas domas complicadas, se ha ofrecido a su buen amigo AlHalebi, para contribuir con su exhibición a la fiesta y añadir a su lista de adiestramientos la del Haskhalim. Así es que mañana el animal deberá ofrecer un aspecto impecable. Suleiman os dará ahora algunas instrucciones sobre cómo le deberéis preparar para el evento.
Mientras Fâdel hablaba, Suleiman se había acercado lentamente al caballo, palmeándole suavemente la grupa y rascándole la testuz, al tiempo que le hablaba de forma queda y pausada, procurando relajar las señales de nerviosismo que las puntas de sus atiesados pabellones auriculares indicaban ante la presencia de un desconocido.
―Mis instrucciones ―siguió Suleiman la indicación de Fâdel― no pueden ser más claras ni más sencillas. Normalidad y rutina absolutas. No quiero que introduzcáis ninguna variación en sus planes cotidianos. Cualquier cambio podría alterarle. Quiero que salga de la cuadra al cercado como cualquier otro día. Nada de limpieza ni esmero de gala y, en esto ―se interrumpió un instante mirando a Fâdel―, me permitirás Fâdel que discrepe de ti. Al caballo se le ve limpio y cuidado y tampoco es cuestión de que brille como nunca. Yo vendré temprano para que se vaya acostumbrando a mi voz y presencia y para indicaros cómo ajustar el cabezal, silla y estribos. He traído mi silla habitual para que se la pongáis hoy y no extrañe su contacto mañana.
―Bien, señor, así lo haremos ―dijo Roger.
―Otra cosa, Fâdel ―continuó Suleiman―, en el interior del vallado no quiero más presencia que la de estos dos. Por fuera vigilantes los que queráis, tampoco muchos, pero no dentro. Debo insistir con lo de rutina absoluta. Y si pensáis poner gradas para los posibles espectadores, no las coloquéis pegadas al cercado, sino separadas a una prudente distancia y concentradas en una parte del perímetro. No quiero que el caballo vea gente moviéndose y haciendo aspavientos por todas partes.
―Así se hará, señor ―aseguró Fâdel.
Dirigiéndose esta vez a los dos cuidadores, les planteó:
―Y vosotros que estáis todo el día con el caballo, ¿tenéis algún comentario que hacerme sobre sus virtudes, vicios o defectos?
Mauro y Roger se miraron sorprendidos por el hecho de que se les consultara a ellos, unos esclavos, sobre el objeto de la doma. Tomando finalmente la palabra Roger, le dijo:
―Si me lo permitís, señor, yo os diría únicamente que la inteligencia de Haskhalim supera a la de la mayoría de caballos que conozco.
―Interesante criterio ―reconoció Suleiman―, bueno para la vida del caballo, pero no sé si tan bueno para mí. Lo habré de tener en cuenta y no bajar la guardia.
A la mañana siguiente, uno de los primeros en acudir al magno acontecimiento fue Ahmed. Aprovechando la salida de la cuadra de Roger para recorrer todo el perímetro del vallado y cerciorarse de su buen estado, abordó a su antiguo esclavo para preguntarle:
―Dime una cosa, Roger, ¿cuándo ha sido el primer contacto de Suleiman alAshmafi con el caballo?
―Ayer antes del mediodía. Se le acercó, le observó, le palmeó, le habló y, ya sabéis, todo eso que les hacemos para dar confianza y despejar temores.
―Justo, muy justo ―chasqueó Ahmed―. Tendrá que ser un buen domador para que, con tan poco tiempo de contacto y un caballo como Haskhalim, salga airoso del trance. Tú, con tus facultades y con tu convivencia con él, estarías en las condiciones óptimas para domarlo.
―Le he advertido de su inteligencia y es consciente del riesgo. En cuanto a que sea yo, la prohibición del jeque es absoluta.
―¡Lástima! ―se limitó a rezongar Ahmed.
Cuando finalmente el caballo salió de la cuadra al cercado, la plaza ofrecía el aspecto de las grandes solemnidades. Banderas, estandartes y gallardetes habían sido colocados con profusión en todos los postes disponibles dando colorido y emotividad a la escena. Varias hileras de gradas habían sido instaladas respetando las distancias con los maderos de la valla; justamente enfrente de la puerta de salida del establo a la cerca. Destacaba en lugar preeminente una tribuna reservada al jeque AlHalebi y a la familia que le acompañaba, compuesta en aquellos momentos por tres varones, que supuso Roger serían sus hijos, y una muchacha joven, probablemente la homenajeada Amina, al lado de su padre. El resto de la concurrencia, mayoritariamente varones y no pocos adolescentes, ya dirigía su mirada con expectación hacia la espectacular presencia de Haskhalim, refulgente al sol su negro pelaje y con la oscura cola bien tiesa y firme. Iba flanqueado y sujeto por ambos lados del cabezal por Mauro y Roger y al lado de este por un tranquilo Suleiman alAshmafi, que correspondía, alzando su brazo y saludando, a los aplausos y ánimos con que fue recibido por la asistencia.
Fue al llegar ante la tribuna familiar y detenerse para saludar con una leve inclinación de cabeza, cuando las miradas de Roger y Amina coincidieron y se cruzaron por primera vez. A pesar de llevar ella la cabeza y el rostro cubiertos, estaba seguro de que sus ojos se habían detenido en él, pero, conscientes ambos del terreno vedado que pisaban, desviaron sus miradas con rapidez, él por mirar directamente a una mujer de la familia de su patrón y ella por hacerlo a un esclavo. No obstante, ninguno pudo evitar que sus imágenes quedaran grabadas en el fondo de sus respectivas retinas. Tanto a la vuelta para ir ocupando posiciones como durante la fase de calentamiento a que sometió al caballo, Roger no pudo por menos que percatarse del desasosiego que le había producido la sensación de aquellos ojos fijos en él. Una mezcla de alivio y al mismo tiempo de lamento le recorrió el pecho al comprobar que la muchacha se evadía de su presencia y movimientos para centrarse en Suleiman y en el noble bruto, su regalo de cumpleaños. De su decimosexto aniversario.
Cuando ya el sudor inundaba buena parte de la negra capa del caballo, tras las continuas vueltas a que se le estaba sometiendo incluso al galope, Suleiman decidió que había llegado el momento de la verdad, de subirse al caballo, dominarlo y culminar con ello su doma, frente a una entendida concurrencia que esperaba con delectación este momento.
―Bien, muchachos, vamos allá. Sujetadme el caballo mientras monto y, tan pronto esté con las botas en los estribos, soltáis y os retiráis. Bism Allah. In sha Allah.
Tras una última comprobación del correcto encinchado y sujeción de la silla, con un rápido y ágil movimiento se encaramó sobre el caballo. Este no tardó en reaccionar a la brava.
Silencio en las gradas, solo roto por los sonoros relinchos, gruñidos y resoplidos del caballo, mientras se encabritaba, elevaba y agitaba sus manos apoyándose en sus patas hasta alcanzar casi la verticalidad, brincos, trancos, vueltas y revueltas sobre sí mismo, coces al aire, elevación de sus cuartos traseros con apoyo en las manos. Todos los ardides que sus genes y cerebro le indicaban que serían útiles para desprenderse de la molesta carga que tanto le martirizaba y de unas puntas afiladas que se le clavaban en sus ijares y le rasgaban la piel tiñéndola de rojo. Un diestro Suleiman aguantaba todos los embates, bien atenazado al caballo con manos que sujetaban con firmeza las bridas y completando el control con rodillas, piernas y espuelas; contorsionándose lo indecible para no perder la verticalidad. De cuando en cuando lanzaba gritos, expresiones y no pocas maldiciones, más que para templar al negro, para desahogarse y darse fuerza y ánimos ante el vendaval que se agitaba bajo sus piernas. Apreciando el animal que su estrategia para desembarazarse del desconocido a su grupa no daba resultados, optó por lanzarse a desenfrenadas galopadas dentro del cercado, con súbitas paradas con clavada de manos y elevación trasera, pero un avispado jinete que ya contaba con este peligroso ardid sabía evitar el temido vuelo sobre la cabeza del equino, aferrándose a la silla con todas sus fuerzas y sentidos.
La concurrencia, que no perdía detalles de la titánica lucha entre el hombre y la bestia, cada vez se admiraba más de la destreza del caballero, maravillándose de que no hubiera dado con sus huesos en tierra.
―Aguanta, aguanta y no te fíes. Ojo con las clavadas de manos. Bien ―musitaba y animaba Roger―, aunque se está cansando, aún lo tienes muy entero.
Esa era la sensación que tenía Ahmed y el público. AlAshmafi a base de coraje y maestría iba ganando la batalla, pero aún no había vencido. Todas las miradas estaban concentradas en los contendientes. Todas excepto las de Amina, que las compartía con las evoluciones sobre la pista de un Roger siempre atento a auxiliar ante una posible caída del caballista.
Llegó un momento en que los frenéticos e interminables episodios de forcejeo empezaron a declinar. Haskhalim, sudando copiosamente y con sanguinolentas marcas en sus ijares, seguía dando galopadas en círculo con eventuales paradas, cada vez más esporádicas, que el jinete iba controlando. Galopes que no tardaron en convertirse en trote ligero, para cambiar a un sosegado paso.
Grada y jinete comenzaron a respirar más relajadamente. Suleiman palmeó cuello y grupa del que había sido su enemigo, haciéndole dar varios círculos al trote en pura exhibición de su control, con miradas al público que ya empezaba a aplaudir.
―Ojo, no te fíes ―rezongó Ahmed por lo bajo.
―Cuidado, que no lo tienes del todo dominado ―musitó Roger para sí.
―Atento, que aún no es tuyo ―pronunció en un susurro Al-Halebi.
―¿Seguro que ya eres mío? ―se preguntó y le preguntó Suleiman a su caballo, sin estar aún convencido de que ya lo tenía dominado.
El agudo cerebro de Haskhalim no tardó en detectar que el férreo control y sujeción de quien le tenía atenazado y le estaba martirizando se iba relajando. Se sentía más libre y con fuerzas aún. La lucha no había acabado. Fue el momento que eligió para lanzarse a un violento galope que cogió a Suleiman de improviso y desconcentrado, saboreando el inminente triunfo, y que culminó con una salvaje hincada de manos en tierra que, esta vez sí, dio lugar a que el jinete volara por encima de su orejas y diera con sus huesos y cabeza en el duro suelo donde quedó inerme. Viéndose liberado del desconocido que le había torturado sin tregua ni piedad durante un interminable ejercicio, el caballo comenzó a ensañarse con el desvalido caballista en tierra, castigándole con su no menguado repertorio de mordiscos, coces y pisoteos de sus pezuñas, elevándose de manos y dejándose caer, una y otra vez, sobre el cuerpo inmóvil.
La multitud en las gradas contuvo la respiración al tiempo que, expectante, se levantaba de sus asientos.
―¡Vamos, Mauro! ―gritó Roger ya corriendo en rápido movimiento―. Mientras yo intento atraparle, tú saca de ahí a Suleiman antes de que le mate.
Obcecado como estaba Haskhalim con su venganza sobre Suleiman, no le fue difícil a Roger hacerse con las riendas, pero, a pesar de sus enérgicos tirones, nada conseguía ante la fuerza bruta y obstinación de su oponente. «Solo hay un medio de sacarlo de aquí», pensó. Y sin dudarlo dos veces y sin soltar las riendas, consiguió encajar su bota izquierda en el estribo de la silla, saltar e izarse como pudo sobre un caballo en alocado movimiento. El corcel, inmediatamente, cejó en el objetivo de castigo sobre el cuerpo en tierra para, de nuevo, dirigir sus esfuerzos a desembarazarse del enojoso lastre que tenía sobre su grupa. Momento que aprovechó Mauro para arrastrar fuera del recinto a un semiinconsciente Suleiman.
La repentina acción de Roger provocó que la guardia en torno al jeque echara mano a la empuñadura de sus alfanjes, prestos a desenvainar y con la mirada atenta a las instrucciones de AlHalebi. Sin embargo, este, que no perdía detalle de lo que ocurría en la cerca, levantó su mano con la palma abierta, imponiendo calma y desoyendo a un atribulado Abdel que le patentizaba la indisciplina de Roger al incumplir sus órdenes.
―Solo pretende salvarle ―se limitó a musitar por toda respuesta y sin dejar de mirar al escenario de los hechos.
Unas varas más allá, un entusiasmado y expectante Ahmed, en pie, totalmente ajeno a la grada, no cesaba de gritar:
―Bien, Roger, bravo por tus pelotas. Demuéstrales lo que tú sabes y lo que tú puedes. Sé que lo conseguirás. Duro con él. No te fíes. No bajes la guardia. ―Y en un tono ya más bajo y desenfadado, mientras recuperaba su asiento, añadió―: Si aún resultará que te vendí barato.
Dentro de la empalizada, Haskhalim, con los bríos renovados, procedió a emplearse a fondo en defensa de lo que consideraba su integridad. Sabía que quien tenía encima no era un enemigo desconocido, que era uno de los suyos, de su manada, pero no estaba dispuesto a tolerarle. Ni verticales, ni círculos, ni rodeos conseguían su caída. Probó con las plantadas súbitas de manos. Tampoco.
En los tendidos, unos, apreciando su gesto, animaban al joven esclavo; otros, en silencio, deseaban verle saltar por los aires para no hacer de menos a uno de los suyos y para darle más juego al espectáculo. AlHalebi le observaba sin perder detalle. Con la mirada puesta en la pista, ordenó a Fâdel que bajara a informarse del estado de Suleiman y se encargara de la asistencia y atención sanitaria si la precisaba. Amina sentía, atónita, como el corazón le latía apresuradamente.
Sobre la grupa, Roger, aferrado a la silla y a las riendas, se sujetaba como podía procurando no castigar en demasía a la montura, aguantando sus embates y plantadas en seco, y acercándose a los pabellones auditivos para lanzarle mensajes de tranquilidad y calma. Todo en vano. A pesar del sudor que perlaba su piel y de los espumarajos que se desprendían de los belfos, Haskhalim parecía más entero que nunca. Ante la inutilidad de esfuerzos, llegó un momento en que desde uno de los extremos del vallado enfiló al galope tendido por toda la pista hacia el otro extremo en una alucinada carrera sin fin, haciendo elucubrar a todos los presentes sobre los previsibles salvajes propósitos del bruto al tiempo que les hacía contener la respiración.
La acción que mayoritariamente preveía la grada era la de una nueva y espectacular plantada ante los maderos para lanzar al jinete contra estos, estrellarle y descoyuntarle.
―Lo mismo que el Liberto. Va a hacer lo mismo que el Liberto. Saltar ―musitó para sí Ahmed al tiempo que se elevaba lentamente de su asiento.
Al-Halebi se alzó expectante.
―¿Qué diablos se propone el muy loco?
Amina se angustió.
―Lo acabará matando.
―Me vas a saltar. Me vas a saltar, maldita bestia. Me vas a saltar, condenado. Y será la primera vez que lo hagas en tu vida. Y no sé si no será la última. Para ti y para mí ―le gritó a los oídos un atento Roger ante el duro trance que se le venía encima.
Nada pudo oponer Roger sino bajar aún más su cabeza hasta tocar las negras crines del animal, liberar la presión sobre los flancos y dejarle hacer. Se resignó.
―Tú mandas. Demuestra a toda esta gente quién es Haskhalim.
Poco antes de alcanzar el vallado y cuando la multitud esperaba la clavada súbita y el inevitable desastre, el caballo flexionó la musculatura de sus remos traseros, los distendió para estirarlos al máximo, plegó las manos, replegó las orejas sobre el occipital y, con una soltura y maestría impropia de un novato, se alzó y voló limpiamente por encima del vallado, para, tras una firme toma de tierra, entregarse a un galope veloz por los espacios abiertos.
―Bien por mi potrillo, bien, bravo por tu coraje. Desfógate ahora a gusto. Solo tienes que fijarte dónde pones las pezuñas. Ya volveremos. Que esperen.
La relajada voz de Roger ya le sonaba a Haskhalim más de la manada. De su manada.
Superada la conmoción del momento y con la admiración aún reflejada en el rostro del público por la bella estampa que habían presenciado, el jefe de la guardia no tardó en acercarse al jeque, para recibir instrucciones.
―¿Desea que le sigamos y le apresemos, señor?
―No. Aunque dudo que lo consiguierais, lo tengo por un muchacho inteligente y calculo que volverá. Si en un tiempo prudencial no lo hiciera, ya os avisaría ante la eventualidad de un accidente. Pero no lo creo. Nos ha demostrado que sabe de caballos.
Mientras duraba la espera, un exultante Ahmed se acercó a la tribuna del jeque para, no sin cierta sorna, quejarse ante este.
―Amigo Al-Halebi, qué buen negocio has hecho con este hombre, y yo, pobre de mí, qué mal trato hice. Pero ya ves que Ahmed nunca engaña. Siempre da garantía.
―Lo sé, Ahmed, lo sé. Y espero que sigamos haciendo buenos tratos. Y también creo que tenemos que felicitarnos los dos por haber tenido a nuestro servicio a Roger. Esto pudo haber acabado en tragedia para Suleiman, con Mauro y Roger huyendo asustados y con una pésima celebración de una fiesta de cumpleaños. Afortunadamente y gracias a la serenidad y coraje de un esclavo, no ha sido así. Pero, mira, aquí parece que se acerca ya nuestro hombre, nuestro héroe del día.
―Para algunos. Que no para todos ―le replicó Ahmed.
Efectivamente, al trote relajado se acercaba Haskhalim, con un erguido Roger al lomo que sostenía las riendas y le permitía ir a su aire. Al llegar al cercado accedieron por la puerta que Mauro les había abierto y al paso se dirigieron hacia la tribuna. El jinete se detuvo ante esta, saludando con una leve inclinación de cabeza, para acto seguido desmontar y, tirando suavemente de los cueros, iniciar el camino de regreso al establo. Algunos bravos y aplausos se oyeron desde las gradas; los más sonoros los de Ahmed, pero la mayoría optó por guardar un circunspecto silencio. Había sido un bello y emocionante espectáculo, pero también había sido una humillación para aquel significado caballero árabe. Amina, consciente de que debía abstenerse de mostrar su contento, se fue retirando discretamente.
CAPÍTULO VII
Amina
Al día siguiente de la doma y mientras limpiaban los caballos, Mauro, dirigiéndose a Roger, le comentó:
―¿No te entró la tentación de largarte y huir cuando saltaste la valla?
―Quizá sí, no puedo negarte que me pasó por la cabeza, pero rápidamente lo descarté ―contestó Roger.
―Tenías un caballo de primera ―insistió Mauro.
―Sí, un caballo de primera, pero muy castigado. No hubiera aguantado la persecución de unos caballos frescos y bien entrenados.
―Nadie salió a darte alcance. Hubieras podido adquirir una buena ventaja y esconderte. Esperar la noche e intentar llegar hasta zona cristiana.
―Mira, Mauro, estoy seguro de que, si me hubiera demorado en la vuelta, el jeque hubiera dado la orden de captura. Toda la zona que nos rodea es de tierra y arena, con algunas piedras. El amo posee exploradores que no tendrían mayor problema en seguir el rastro y cazarme antes de la noche. Además, aún no conozco bien el territorio para orientarme. Y ya sabes con qué dureza se castiga la huida. Y también, por qué no, me hacía una cierta ilusión que Al-Halebi, los suyos, Ahmed y el público, vieran volver triunfante al miserable esclavo cristiano.
―¡Ah, ya! Demos paso a la vanidad. Por cierto, me pareció que la hija del patrón no te quitaba los ojos de encima. Es más, cuando te subiste al caballo se la veía preocupada.
―Todo el mundo estaba pendiente. Y es lógico que miraran con expectación, incluso que desearan que el caballo se desembarazara rápidamente de mí.
―Sí, pero es que ella lo hacía también cuando estábamos los dos en tierra. Es lucida la muchacha. Una mirada tierna de ella me dejaría fuera de combate. No me extraña que quisieras volver para recibir el regalo de sus ojos puestos en ti.
―Venga, Mauro, déjate de soñar imposibles y dedícate al caballo; no me extrañaría que el jeque apareciera esta mañana por aquí. Querrá ver su joya después de la paliza que recibió ayer y apreciar si está ya más domesticado.
Efectivamente, en el curso de la mañana apareció Habib ibn Hishâm alHalebi con su inseparable Fâdel, a los cuales se unió Abdel. Roger y Mauro estaban sobre el cercado haciendo mover y correr a Haskhalim y a Liberto.
―Bien, ya veo que los caballos están en forma ―dijo AlHalebi tras una superficial revista, para dirigirse, acto seguido, a Roger indicándole que dejara los caballos y le acompañara.
Una vez fuera de la empalizada, Roger se permitió hablar en primer lugar dirigiéndose a su superior.
―Si el señor me lo permite, debo deciros sobre lo sucedido ayer que no estaba en mi ánimo desobedecer vuestras órdenes, pero la situación…
―Dejemos eso ―le cortó AlHalebi―. Está claro que actuaste oportunamente y, por fortuna y gracias a ti, Suleiman ya está bastante restablecido; aparte de darles a mis invitados un bonito espectáculo. ¡Qué salto! No creo que lo olvide nadie de los que lo vimos. Pero... ―tras una pausa de varios pasos, continuó― no es esto de lo que venía a hablarte, sino de otra cosa que es muy importante para mí. Verás, Haskhalim es el regalo para mi hija Amina al cumplir los dieciséis años. Sabe montar y no es mala amazona. Ha sido mi empeño y a ella le gusta. Pero el negro puede ser mucho caballo para ella. Ambos necesitan entrenamiento, conocimiento mutuo y compenetración. Pensaba contratar un entrenador profesional de equitación para ella. Pero, visto lo visto, creo que nuestro hombre has de ser tú. Tú conoces mejor que nadie a la fiera y ella te conoce y te acepta. Una vez que ha empezado a amansarse, quiero que le enseñes todo lo que sabes. A ser una buena jinete. Pero no solo para pasear y lucirse con él, en plan de exhibición y lucimiento, sino también para lo que nos es necesario en estos tiempos de luchas y refriegas continuas, para que sepa luchar y defenderse desde y con el caballo ante un eventual ataque de tus cruzados. De tanto en tanto nos sorprenden con algunas escaramuzas. Incluso para que sepa huir. El rapto de doncellas hijas de jeques es una golosina muy apreciada entre los tuyos, incluso entre algunos míos. Sé que, aparte de excelente jinete, has sido soldado. Soldado de caballería, por tanto, algo sabrás de cómo defender y atacar. Transmítele todo lo que esté en tu mano.
Según iba oyendo al amo y captando sus órdenes, los cielos y los infiernos se le juntaban a Roger. Enseñar y estar buena parte del día al lado de aquella hermosura, pero…
―Pero, señor... ―adujo un abrumado Roger―, ella…, ella es vuestra hija. La hija del señor de esta casa. Y yo soy un esclavo. Si tengo que ejercer de maestro o de entrenador, o de lo que sea, tendrá que haber contactos, contactos físicos entre ella y yo. ¿Cómo se lo tomará vuestra hija? ¿Cómo lo verá vuestra familia?
La contestación de AlHalebi no se hizo esperar. Se detuvo y, volviéndose hacia Roger, le dijo:
―Mira, Roger, aquí el jeque soy yo, y toda mi gente, soldados y servidores acatan sin rechistar mis decisiones. De todas maneras ―continuó―, por tus antecedentes y por lo poco que nos hemos tratado, me consta que eres una persona instruida, que sabes leer y escribir en tu lengua y aceptablemente lo estás empezando a hacer en la nuestra, y que tu educación debe de ser suficiente para tratar a la hija del dueño. Y en cuanto a los contactos que dices, ya lo sé y acepto que serán inevitables. Yo también soy soldado, soy guerrero. Y quiero que mi hija lo sea. Sé que no es habitual entre las mujeres de nuestro pueblo, pero al diablo con tales convencionalismos. Quiero que sepa defenderse por sí misma cuando la ataquen, en lugar de perder el tiempo esperando que alguien acuda a salvarla. Y, si te he de decir verdad, tanto su madre como sus hermanos están en contra de mi idea. Pero al menos ella no la rechaza y la acepta. Aunque no sé si muy convencida o no.
―Bien, señor ―contestó Roger con resignación―, se hará como ordenáis. ¿Cuándo empezaremos?
Algo le decía que la designa que se le anunciaba, si bien era una consideración para él, presentía que no dejaría de causarle problemas, precisamente por el trato de favor que supondría. Con los de su clase, de envidias y recelos. Con Abdel, que vería que se le escapaba de las manos. Con los de la guardia del jeque, prestos a denunciar cualquier irregularidad en el trato. Con la familia, que no veía con buenos ojos la encomienda. Y sobre todo con ella. ¿Cómo se lo tomaría Amina? Nunca había tratado con muchachas árabes y mucho menos de la nobleza. Seguramente sería una joven estirada que a la primera mirada directa o contacto le iría con la queja a su padre.
―Esta misma mañana ―continuó el jeque―, en un momento vendrá. Por otra parte, debo decirte que se te puede dar un cierto margen de confianza. Ayer tuviste la oportunidad de intentar huir, pero no lo hiciste. Más por sentido común que por lealtad hacia mí, supongo. Ya me vale. Has de saber que Amina es una joven sensible, que hasta ahora no ha estado maleada por la vida y que se ha criado en un ambiente de excesivo, para mi gusto, bienestar y acomodamiento. No es que sea caprichosa, pero, al ser la pequeña de la familia, siempre ha tenido un trato indulgente. Reconozco que es mi debilidad. Con ello te pretendo decir ―prosiguió el jeque, mirando directamente a Roger― que cuanto menos tolerante seas con ella, mejor. Alguien tendrá que serlo. Sé duro si lo consideras preciso. Y, si se me queja, ya sabré qué decirle. Insisto en que quiero que sepa pelear a caballo y a pie. Lo que no admitiré de ninguna manera, y actuaré muy enérgicamente ―aquí el semblante de AlHalebi tornó a endurecerse― ante cualquier conocimiento que me llegue al respecto, es que te propases o abuses de ella. Ya me entiendes. Te podría costar la vida.
«Difícil se me pone ―caviló Roger―. Actuar con dureza con una joven de dieciséis años, que es la hija del jeque, en un país donde mirar de frente a una mujer ya se castiga y donde el menor contacto voluntario o involuntario te puede costar la cabeza, seguro que va a tener sus riesgos».
―Bien, señor. Espero no defraudaros.
―Más que a mí, a la propia Amina. Ella disfruta cabalgando. Ayer se asustó ante la fuerza, tretas y locuras de Haskhalim. Pero sé que estará contenta si un día llega a dominarlo y consigue que la reconozca como una de los suyos. Trabajo no va a faltarte para ello.
―Gracias, señor. El caballo es bruto, muy bruto, pero confío en hacerle aflorar la nobleza que no dudo tiene ―asintió Roger.
—Bien. Está todo dicho, entonces ―concluyó Al-Halebi.
La aparición de Amina en los establos de caballos no se hizo esperar. Venía tocada con un hiyab blanco que le cubría cabeza y parte superior del busto y vestía una holgada camisa azul sobre la cual lucía un chaleco sin mangas de color claro. Completaba su atuendo con unos amplios zaragüelles azules y las imprescindibles botas de montar. No ocultaba el tocado el óvalo de su rostro de tez fina y blanca que se adivinaba adornado por una negra cabellera y en el cual lucían unos llamativos ojos de un color verde aceituna, que habitualmente miraban hacia un plano inferior, salvo cuando lo hacían hacia su padre. A Roger le dedicó una fugaz y cohibida mirada, correspondiendo a la inclinación de cabeza que este le hizo.
―Bien, Amina ―tomó la palabra el jeque―, aquí tienes a tu caballo Haskhalim, a tu preparador Roger y a su compañero Mauro, que también os asistirá. Ya hemos hablado y ya saben lo que espero de ellos y de ti. Y repito, delante de Fâdel y de Abdel ―que se habían unido al grupo―, que te tratarán con la consideración que te mereces, pero sin excesivas contemplaciones, ni las derivadas de tu condición de mujer ni las de hija del amo. Quiero, por tu bien, verte convertida en una buena caballista y en una mujer que sepa defenderse de las agresiones de los cruzados y de quien sea. Y eso, querida hija, espero que comprendas no se logrará con un trato exquisito ni con excesivos miramientos. Sé que lo conseguiremos o, mejor dicho, lo conseguirás. ―Apoyó sus anchas manos de guerrero sobre los finos hombros de ella, al tiempo que le dirigía una sonrisa de ánimo que fue contestada por una leve de Amina, a quien por unos instantes se le iluminó el rostro―. Vámonos, Fâdel, dejémosles que pongan manos a la obra.
En la quietud y oscuridad de su alojamiento, ubicado dentro del mismo establo, ambos compañeros, tendidos en sus respectivos camastros, se entregaban a sus confidencias.
―Parece que te empiezan a pintar bien las cosas. Maestro de doma del Haskhalim y de equitación de la hija del jeque, con consideraciones especiales.
―No, Mauro, no ―le dijo apesadumbrado Roger―, desengáñate. Esto no creo que acabe bien. Llegará un momento en que algo fallará y todo este trato de favor se volverá en mi contra, me lo harán pagar caro. Hubiera preferido seguir como estaba, siendo uno más.
―¿Por qué? ―cuestionó Mauro―. No veo por qué tiene que fallar. ¿No te sientes capacitado? ¿Te da miedo la muchacha?
—No, no es eso, Mauro. El problema que veo es que más de uno en esta casa no acabará de asimilar que un esclavo, como tú o como yo, deba dar instrucciones a la hija del amo y la maneje y luche cuerpo a cuerpo con ella y la haga cabalgar en una mala bestia como Haskhalim. Me temo que nos estarán observando continuamente, bien Abdel, que no me traga y espera cualquier oportunidad para pisarme, bien la guardia, bien la familia, bien otros capataces. Estoy seguro de que más de uno le formulará sus reticencias al jefe. Y por supuesto sin contar los comentarios que Amina le pueda hacer a su padre. Al final se hartará y aquí puede pasar lo peor de lo peor.
—Tómatelo como un reto más en tu vida. Tú que eres hombre de retos, ¿no?
Y Mauro se dio la vuelta en su jergón, dando por conclusa la breve conversación.
Un reto más en su vida. El pensamiento de Roger se detuvo en la expresión que acababa de formular Mauro. ¿Conseguiría algún día salir triunfante del gran reto de su vida? De comparecer ante su padre, el noble ―o más bien innoble― señor de Rocabert, allá en su villa de Artús, revestido de su condición de cruzado, nombrado caballero por el rey de Jerusalén, y no para pedir ni reclamar derechos, títulos ni herencias, sino para demostrarle, o mejor para tirarle a la cara, que su hijo, su hijo bastardo, aquel que su pobre madre, ante el desentendimiento paternal, tuviera que abandonar al lado del portón del monasterio de Artús, había conseguido ennoblecerse sin contar con alta alcurnia ni con ayuda de nadie. Soñaba también con verse entrando en el familiar monasterio, regocijándose al ver las caras de estupefacción de sus buenos monjes, al reconocer en el caballero ante sus ojos al niño y mozalbete que durante los dieciséis primeros años de su vida había correteado por claustros y corredores, convertido ahora en un paladín de la fe. Pero, desgraciadamente, después de siete largos años desde que decidiera enrolarse en las huestes del señor Arnau de Montesquieu, para unirse algún día al ejército cruzado, pocas etapas positivas se habían cumplido de su reto personal. Por el contrario, todas eran negativas. Pero también era cierto que seguía vivo y ahora se le ofrecía una nueva oportunidad, envenenada, sí, pero una oportunidad de mejorar. ¿Un nuevo reto, como decía Mauro? ¿Por qué no? Sí, su vida no dejaba de ser un continuo reto de supervivencia.
Y su siguiente reto, mal que le pesara, o no, estaba centrado en una persona que no era de su raza, ni de su religión, ni tampoco de su cultura. Pero aquellos ojos, aquella mirada... Reconocía que se ponía especialmente sensible cuando Amina le observaba directamente a las pupilas mientras él le trasmitía algo. Incluso admitía que, a veces, alargaba sus comentarios de manera innecesaria, solo por el placer de disfrutar de la cálida atención de aquellos ojos verdosos. Sin embargo, la joven se mostraba muy remisa con respecto a él. Durante el primer día no había sido capaz de obtener de ella ninguna sonrisa. Únicamente había visto la dedicada a su padre. Siempre seria, siempre concentrada en las indicaciones que iba recibiendo. Afortunadamente, se iba entendiendo con el caballo. No había llegado todavía a montarlo. Estaban en la fase de conocimiento y aceptación mutua. Pronto formaría parte de la manada y ya todo empezaría a ser más fácil.
¿Fácil? Nada lo era en el mundo del cautiverio. Por el contrario, todo tendía a complicarse.
CAPÍTULO VIII
Los riesgos de la equitación
Enero de 1166
Tal y como había predicho Roger, la nobleza de Haskhalim se iba apreciando día a día. Aceptaba de buen grado a Amina, en respuesta al buen trato de ella hacia él regido por frases amables, palmadas y suaves rascadas en su negra testuz. Todo lo distendida que actuaba con el caballo era tensión y timidez en su relación con el esclavo que se le había asignado. Se apreciaba un esfuerzo en irlas venciendo, pero no le resultaba fácil. Escatimaba sus miradas y sus palabras hacia él. Por su parte, Roger, consciente de ello, de su educación y de la posición de ambos, tampoco pretendía forzar la relación. Le entregaba las correas sujetas al cabezal del cuadrúpedo y, permaneciendo a su lado, le daba instrucciones para que le hiciera correr y moverse en círculos. Se superó, sin mayor problema y a pesar de sus reticencias, la primera vez que la joven se izó a la silla. Un Haskhalim ya acostumbrado a las montas de Roger y Mauro no opuso mayor resistencia, bien es cierto que Roger, desde el centro del vallado y con las riendas en su mano, controlaba la situación a distancia. El caballo aceptaba a la muchacha. Gradualmente la iba obedeciendo y siguiendo sus instrucciones.
Superada esta primera fase, Roger decidió sacar al mismo tiempo a Liberto para que, montándolo él y poniéndose al lado de Haskhalim llevado por Amina, pudiera haber un más cómodo y fluido adiestramiento, al tiempo que los caballos se sentían más voluntariosos.
Pero aquella mañana, en que los caballos ya empezaban a mostrarse un tanto irascibles y cansados tras unas interminables y repetitivas sesiones de ejercicios, se apercibió Haskhalim de que la portilla del corral se abría para dar salida al carro cargado con los desechos y detritos de la limpieza de las cuadras. Aprovechando la oportunidad, inició una violenta carrera hacia la abertura, sin que los mozos, a pesar de interponerse en su camino, pudieran hacer nada por detenerle. Amina, inestable sobre su silla, constató que no obedecía a los tirones de las riendas, ni a sus espuelas, ni mucho menos a sus voces de alto. Peor: cuanto más se esforzaba por castigar al caballo, más se entregaba este a una furiosa y descontrolada carrera ya fuera del recinto vallado y de las posesiones del jeque.
En pleno campo abierto y desértico corría desbocado. Un traspié del bruto daría lugar a una caída de ella, o de los dos al mismo tiempo. No había fuerza humana capaz de detenerlo. A la velocidad con que se desplazaban y a pesar de ir agarrada a la silla y a las bridas, incluso a las negras crines del largo cuello, ante el frenético desbocamiento de Haskhalim, Amina presentía que no podría aguantarse durante mucho tiempo más antes de ser lanzada al vacío y romperse la crisma. ¿Y Roger? ¿Dónde estaba el esclavo? Echando un vistazo rápido a sus espaldas, vio aproximarse a Roger a lomos de Liberto. «Roger viene detrás», pensó con un cierto alivio; pero era tal la fortaleza que un alienado Haskhalim imprimía a sus remos que la distancia no parecía acortarse. Sobre el trepidante sonido de los cascos de los caballos, creyó oír la voz de su adiestrador lanzándole mensajes de tranquilidad y calma. ¿Podría llegar a tiempo de controlar y detener a su endemoniado caballo? Liberto, el tordo, era un buen ejemplar, joven y con energías, que, bien gobernado por su maestro, esperaba que pudiera alcanzarles. ¡¡Pero que fuera pronto!!
Siguiendo la estela de su compañero, Liberto intentaba, por todos los medios a su alcance, ponerse a la altura de su predecesor, pero el endiablado ritmo de este se lo ponía cada vez más difícil.
Roger, por su parte, lanzaba continuas miradas al terreno. Afortunadamente, no se apreciaba ningún fuerte desnivel de la superficie. Todo llano e infinito. Confiaba en que Amina pudiera seguir conservando el equilibrio. «¡Vamos, Liberto! ¡Vamos, que ya los tenemos cerca! Un esfuerzo más y los alcanzamos».
La destreza en el gobierno de su montura, unido al cansancio que iba haciendo mella en la vitalidad de Haskhalim, le permitió a Roger ponerse a su altura. Frente a la mirada de angustia que recibió de Amina, él contestó con un gesto tranquilizador. Él estaba a su lado y todo se iba a solucionar. Antes de iniciar maniobra alguna para detener al Haskhalim, hizo que ambos equinos cabalgaran juntos durante un buen trecho. La presencia a su lado de su compañero y hermano tranquilizaría los ánimos del díscolo. Cuando juzgó que ya estaba más sosegado, no le fue difícil echarle mano a la correa del cabezal y atraerlo hacia sí mientras le intentaba apaciguar. Impuso al Liberto un paulatino descenso del galope, para dar tiempo a que los animales se fueran relajando y recuperando una respiración y unas pulsaciones normalizadas.
Detenidos finalmente los caballos, Roger saltó a tierra para sujetar al negro y permitir que la atribulada Amina pudiera desmontar. Pero esta, aún con la tensión del momento, no se movía de su posición; seguía firmemente asida a las riendas; hasta que estalló en un incontenible llanto con sollozos, gemidos e hipados de todo tipo, cada vez más violentos. Finalmente, con gesto vehemente, se tiró del caballo, lanzando con fuerza, sobre su cabeza, las riendas que aún tenía en la mano, al tiempo que ya en tierra, entre lágrimas y gimoteos, le gritaba histéricamente:
―¡Hijo de mala madre! Has estado a punto de estrellarme y matarme. Me has dado un susto de muerte. Pero de esta te acordarás. Por las barbas del profeta que le diré a mi padre que te venda y te aleje para siempre de mi vista. Maldito hijo de puerca. Que te pudras tirando de carros y carretas. Nunca más conmigo.
Roger, sorprendido y desconcertado por la virulenta e inesperada reacción de la muchacha, la observaba sin atreverse a intervenir, mientras ella, con lágrimas en los ojos, no cejaba en sus imprecaciones al animal pasando de los gritos a los fuertes palmetazos en grupa y cuello, intentando descargar toda su furia contenida contra el equino. Este, asustado por el repentino furor de la joven, se limitaba a moverse de un lado para otro, bien sujeto por Roger, piafando y resoplando, con ojos y pabellones auriculares desplegados, atentos al vendaval de voces y golpes que se le venía encima.
Aliviada su adrenalina, Amina acabó apoyando la cabeza sobre su antebrazo izquierdo que hizo descansar sobre la silla del corcel, para entregarse esta vez a un ya más tranquilo y sosegado llanto. El hiyab blanco que cubría su cabeza se había deslizado hacia atrás y sobre sus hombros, consecuencia de la fulgurante carrera contra el viento. Su negra y corta cabellera quedaba al descubierto.
Roger, fascinado aún por la sorprendente reacción de Amina y las lágrimas sobre su rostro, consideró que debía intervenir.
―Vamos, vamos, Amina, tranquila, que ya ha pasado todo. Afortunadamente sin accidente que lamentar. ―Como si se tratara de un maestro con un aprendiz novato, tímidamente, posó su mano sobre los aún convulsos hombros de ella, atrayéndola suavemente hacia sí, para separarla del Haskhalim―. Vamos, debemos regresar. Vuestro padre estará intranquilo y sin duda habrá enviado alguna patrulla en nuestra búsqueda. Quizá él mismo.
Roger, lejos de propiciar la vuelta, la habría dilatado al máximo, sintiendo el rostro de ella muy próximo al suyo y que se dejaba llevar, sin mayor resistencia, por la leve presión de él.
―Sí, regresemos ―concedió finalmente, separándose sin brusquedad―, pero será mejor que yo vuelva sobre Liberto y tú sobre Haskhalim. Le temo, no me fío y no me atrevo a volver con él.
―No. No sería oportuno ―repuso Roger―. Permitidme que ejerza mi autoridad de maestro de equitación, tal y como me ha confiado vuestro padre, y os insista en que lo montéis de nuevo. Aparte de que ya está más calmado y no creo que vuelva a salir lanzado, debéis demostrarle no solo que no le teméis, sino que sois vos su dueña y quien manda. Además ―añadió con una sonrisa de complicidad―, después de la bronca que le habéis propinado y los furiosos manotazos que ha recibido, no creo que se atreva a salir de madre de nuevo.
―Ahora que lo dices ―en su rostro apareció ¡por fin! una ligera sonrisa―, pienso que tendría que disculparme por mi comportamiento. Si me hubiera oído mi madre, se habría horrorizado ante lo que salía por la boca de su hija. Pero el maldito caballo se lo merecía. No le perdonaré el pánico que me ha hecho pasar. Y también debo reconocer que, de no haber sido por tu intervención, no sé si no habría acabado volando por los aires y rompiéndome la cabeza.
―Bien, dejemos eso ahora y volvamos. Vuestro padre debe de estar muy inquieto.
Uniendo la acción a la palabra, Roger procedió a sujetar el estribo izquierdo de Haskhalim, para facilitar la monta de ella.
―Sí, de acuerdo, regresemos. ―Y ya a punto de poner el pie en el estribo, le dijo―: Pero, como no me fío del malnacido este, no te separes mucho de nosotros. A ambos nos inspiras confianza.
«A ambos nos inspiras confianza», sencilla frase de sus labios que el muchacho recibió con una cálida sensación de acercamiento. Las barreras persistían, pero ya no se veían tan insuperables.
―Estaré pendiente. Aunque ya veréis como no será necesario. Sigo pensando que el caballo es noble. Es más, presiento que a partir de hoy seréis buenos amigos y no tendréis que llamarle malnacido ni las otras lindezas que le habéis dedicado.
―De él dependerá.
En el camino de regreso coincidieron con dos de los soldados que el jeque había enviado en su persecución. Al apreciar que la muchacha volvía sin problemas y dominando al caballo, se limitaron a cabalgar a su lado.
Ansioso e impaciente les esperaba el padre. A su lado, Abdel y otros esclavos. Era consciente de que Haskhalim era mucho caballo para su hija pequeña. Y muy peligroso en una situación de riesgo como la que estaba sucediendo. Con alivio, vislumbró el grupo seguido de una nubecilla de polvo. Afortunadamente eran cuatro los que volvían. Y, por encima de todo, Amina sobre su caballo.
«Y vuelve con el negro ya apaciguado y dominándolo ―se dijo para sí―. Valiente muchacha. Ha hecho lo que tenía que hacer, pero hay que echarle valor».
Padre e hija se fundieron en un emocionado abrazo al poner esta pie en tierra. No mediaron palabras. Había satisfacción y al mismo tiempo emoción contenidas en sus rostros.
Tras el abrazo a su hija, el jeque se dirigió al recién descabalgado Roger. Se paró frente a él, le miró y sin más descargó sobre su rostro un par de sonoras bofetadas que, por la sorpresa y por el brío empleado, a punto estuvieron de hacerle perder el equilibrio.
―¡Pero, señor! ―inició Roger un tímido farfulleo.
―¡Pero, padre! ―protestó Amina―, si es gracias a él que…
―Ya hablaremos de esto, Amina ―le cortó―. Vete para la casa, que por hoy ya no habrá más ejercicios. Y no te olvides de que las negligencias se deben sancionar.
―Bien, padre.
Después de la contrariedad ante un trato injusto, la sumisión volvió al rostro de Amina, quien, sin más palabra, procedió a entregar a Roger las riendas de Haskhalim. Entrega sostenida por una leve fracción de tiempo.
Con Amina ya de regreso al hogar y Roger haciéndose cargo de los caballos, el jeque se puso un instante a la altura del muchacho para obsequiarle, esta vez, con un par de suaves palmadas en la espalda. Sorprendido de nuevo ante la reacción del jeque, se giró para mirarle, encontrándose con un gesto de asentimiento de este.
―Permitidme, señor ―un agitado Abdel abordó a su amo, mientras este volvía a su residencia―. He presenciado el castigo a Roger por su grave negligencia. Sigo sin fiarme de este esclavo, señor, al que, si me lo permitís, encuentro que se le dan demasiadas libertades y competencias sin merecerlas y que me temo que un día aprovechará para huir. Creo que se ha hecho merecedor de una buena tanda de latigazos de castigo y sobre todo para recordarle qué y quién es.
El jeque se paró, miró a Abdel y, con ademán serio, le contestó:
―No pases por alto, Abdel, que la negligencia de que me hablas ha sido de más de uno, y es tu deber y misión el vigilar y organizar las tareas de unos y otros en evitación de que se produzcan. Por hoy ya está bien de castigos, aunque debes reprender, sin utilizar el látigo, a los que sacaban el carro. En cuanto a lo que me dices de Roger, no olvides que ha sido él quien nos ha evitado lo peor y subsanado la negligencia; déjale hacer su trabajo, según las instrucciones recibidas, pero no desistas de vigilarle y, ante cualquier actitud sospechosa, se lo comunicas a Fâdel o a mí directamente.
―Bien, señor. Así se hará.
CAPÍTULO IX
Escaramuza con los cruzados
Mal que le pesara, la vida de Roger de Artús había entrado por unos cauces de tranquilidad y complacencia que, si bien le satisfacían, no dejaban de mortificarle al hacerle sentirse culpable de traicionar su causa e incluso de traicionarse a sí mismo. Él no se había enrolado en las cruzadas para hacer de mozo de cuadra y estar todo el día metido entre caballos y tratado como un siervo más de un gran señor. La misión que le había conducido hasta allí y que él mismo se había impuesto era la de combatir precisamente todo lo que ahora le rodeaba y conseguir su objetivo en la vida. Pero no solo no lo combatía, sino que cada vez se sentía más plácido e integrado en este extremo del islam al que su destino le había conducido. Siempre le había agradado el trato y la relación con los animales, especialmente con los equinos, y ahora se encontraba entre unos magníficos ejemplares de una de las mejores razas conocidas, la legendaria raza árabe. Se entendía bien con ellos. Le aceptaban, respetaban y obedecían. Se le había asignado una función específica, que incluso le motivaba, y era consciente de que contaba con la confianza y hasta cierto punto consideración de su amo el jeque; y, aunque no olvidaba que tenía por superior inmediato a Abdel, que siempre le miraba torvamente y con desconfianza, se le alcanzaba que mientras no incurriera en torpezas su capataz distaría mucho de abalanzarse sobre él. Si bien entre los esclavos que le rodeaban había de todo, él tenía un buen amigo, compañero y colaborador en la persona de Mauro, con quien compartía buena parte de su actual vida. Las condiciones de alimentación con total observación de las dietas islámicas y el alojamiento no eran, por otra parte, ni mejores ni peores que aquellas con las que había contado a lo largo de su vida, tanto allá como aquí.
Y sobre todo estaba Amina. Había irrumpido en su vida con una fuerza y unas emociones hasta ahora desconocidas para él. La amalgama de sentimientos confusos que ella le provocaba le desconcertaba y al propio tiempo le aportaba cálidas sensaciones que a ratos le alegraban la vida, para posteriormente hundirle en la miseria. Había conocido a algunas muchachas cristianas, más bien pocas, pero con esta todo era diferente. Se despertaba por las mañanas esperando ansioso el momento de reunirse con ella para las diarias sesiones de equitación y defensa personal. Soñaba y se recreaba con la queda sonrisa que se reflejaba en su rostro y en sus ojos con la inicial salutación matinal. Los ejercicios con ella eran para él los más preciados y apetecibles juegos con que gozar de la vida. No los cambiaría por nada. Nunca había disfrutado tanto. Y contribuía poderosamente a esta situación de disfrute el hecho de apreciar que también a ella le agradaba su compañía, e incluso, más que su compañía, su proximidad, no solo física, sino también, y mucho más importante, la corriente de mutua atracción que entre ellos se había creado. Sí, no lo podía negar. Se sentía atraído por ella. Atracción gloriosa, pero al mismo tiempo fatal, imposible. Le constaba que era una relación condenada al fracaso. Sin futuro. Que podía complicarle peligrosamente la vida. Que, en definitiva, debía quitarse de la cabeza. Pero ¿cómo? ¿Por qué no disfrutar de uno de los pocos placeres que la esclavitud le deparaba? ¿Cómo prescindir de las emotivas sensaciones que su adorable cuerpo le transmitía al rozarse con el suyo? ¿Cómo hacerse insensible a las cálidas miradas de aquellos ojos verdes oscuros?
Pero esta contradictoria existencia se vio violentamente sacudida aquella mañana invernal, en la que una cuarentena de jinetes, enarbolando símbolos y pabellones de los cruzados, irrumpieron, espadas en ristre, en los dominios de Habib ibn Hishâm alHalebi, sembrando el pánico y la confusión en el tranquilo devenir de la jornada. Sonaron los gongs y las alarmas. No era la primera vez que ocurría. Se dejaron oír voces anunciando la presencia de los ladrones de ganados. Había que cerrar residencias, establos, caballerizas, almacenes de grano, forrajes y víveres. La milicia armada del jeque salió en defensa de personas y bienes, urgiendo el repliegue de todos hacia la gran casa.
Un pequeño grupo de cuatro asaltantes se dirigió al vallado anexo al establo, donde evolucionaban Haskhalim y Liberto montados por Amina y Roger, con Mauro en tierra, si bien con su caballo ligado a un poste de la cerca. Al verlos, conscientes de que estaban desarmados frente a las espadas cristianas, trataron de refugiarse en el interior del establo, y aguantar allí hasta la llegada de los soldados del jeque; pero ya no había tiempo. Los invasores se habían introducido dentro del corral dirigiéndose hacia ellos. Mauro corrió al rincón donde se recogían las horcas para distribuir el forraje, entregando una de ellas a Roger y quedándose para sí la otra. En la mano derecha de Amina se vio aparecer una gumía.
Considerando que su principal obligación era salvaguardar los caballos que había dentro del establo, Abdel hizo cerrar y asegurar todos los accesos. Era consciente de que Amina con Roger y Mauro habían quedado fuera, obligados a defenderse por sí mismos de la fuerza invasora, pero él no podía atenderlo todo. Además, la hija del jeque podría ser amparada por los dos esclavos y por los soldados de la guardia que acudirían presurosos en su auxilio; y, si no fuera así, la culpa recaería en su maestro de equitación por descuidar la vigilancia y seguridad de esta. Por otra parte, debía evitar que los esclavos cristianos que estaban dentro con él se sublevaran, se unieran a los ladrones de ganado y huyeran con ellos.
Dos de los asaltantes se dirigieron a las puertas del establo para forzar su apertura, mientras que los otros dos, apreciando la fina vestimenta de Amina, el hermoso ejemplar que montaba y la defensa que de ella se aprestaban a realizar sus servidores, no dudaron en considerarla como presa interesante, probable familiar del jeque y susceptible de proporcionarles un sustancioso rescate. Hacia la muchacha dirigieron sus caballos y, mientras uno de ellos se enfrentaba a Roger, a caballo y con una rústica arma, y a Mauro, que desde tierra poco podía hacer, el otro consiguió acercarse a Haskhalim y pasarle un ronzal por su largo cuello, del cual inmediatamente comenzó a tirar hacia el exterior del cercado. Amina, valiéndose de la gumía que portaba en la mano, procedió a cortar el grueso lazo. Al apercibirse de ello el cruzado, maniobró para acercar su caballo al de la muchacha y agarrarlo por el cabezal, situación que aprovechó esta para hundir su afilado puñal en la pierna izquierda de su agresor. La incisión provocó un aullido del herido y no tardó en teñir de rojo sus ropajes. En ese momento de confusión, Amina logró sacar del cuello de su caballo el lazo opresor. Ciego de dolor y de irritación por la inesperada reacción de la sarracena, el cristiano volvió de nuevo a la carga, blandiendo la espada en dirección a ella. Atento, Roger, que con la madera de su horca había conseguido derribar de su montura al otro invasor, el cual ahora se estaba enfrentando en tierra con Mauro, hizo interponerse a su Liberto entre atacante y atacada, valiéndose de su ocasional arma para repeler la agresión. Fue la puntiaguda parte metálica de los pinchos de la horca la que recibió el mandoble de la espada agresora, evitando que esta descargara sobre Amina, si bien saltó hecha trizas.
―¡Aléjate de aquí, cristiano! ¡Los cruzados no hemos venido a Tierra Santa a robar ganado ni a secuestrar doncellas! ―le voceó Roger en su propia lengua.
―¡Maldito renegado, lo pagarás! ―acertó a responderle el desconcertado franco.
Frustrados en sus intentos y herido su cabecilla, los francos advirtieron que un nutrido grupo de hombres de armas se dirigía hacia los establos. Una voz crispada ordenó la retirada, que fue inmediatamente secundada por los integrantes del grupo invasor.
Roger saltó de su montura para acercarse a auxiliar a Amina. Fue este el momento en que Mauro, sorprendiendo a Roger, se izó sobre su caballo para gritarle:
―¡Me voy con ellos, Roger! Son de los nuestros. Aprovechemos la ocasión. Ahora o nunca. Coge al Liberto y vente con nosotros. ¡Vamos, rápido!
Confundido por la repentina reacción de Mauro, miró indeciso a los asaltantes que abandonaban su presa, a los guardias que se aproximaban y a Amina, que, ya pie en tierra, intentaba reponerse del ataque sufrido.
―No. Así no, Mauro. Así y ahora, no ―le contestó sin dejar de mirar a la joven.
―Tú te lo pierdes. Te equivocas. Te arrepentirás. Nada debemos a esta gente. ―Y mirando a Amina, le espetó al tiempo que picaba espuelas―: Ella nunca será tuya. Queda con Dios.
Y se lanzó al galope tras de los suyos.
―¡Maldito seas, Mauro! ¡Vuelve aquí! ―gritó Roger ante la ya inevitable huida de su compañero.
En ese momento, el propio Al-Halebi hizo irrupción en el escenario de la refriega, al frente de un buen número de sus efectivos. Haciéndose cargo de la situación, optó por dedicar a sus hombres a defender vidas y propiedades y a repeler los focos de agresión que aún se mantenían vivos antes que destinarlos a una más que incierta y probablemente inútil persecución de unos prófugos. Se había conseguido abortar el ataque sin tener que lamentar graves pérdidas, especialmente la de Amina, que había corrido peligro, y esto era lo más importante.
Las puertas del establo se abrieron de nuevo, para hacer emerger a Abdel, que exultante se dirigió a su señor.
―Señor, los ladrones de ganado no han conseguido llevarse ni un solo caballo de los custodiados por mí, y ni un solo esclavo ha conseguido escapar.
―Bien, Abdel, bien ―había sorna en las palabras del jeque―, pero celebraré que te enteres de una vez por todas ―su rostro se iba endureciendo y encolerizando por momentos― de que para mí la vida y la integridad de mi hija vale más, mucho más, que todos mis caballos y todos mis siervos juntos. Me la has dejado aislada y a merced del ataque de unos invasores que iban a por ella, para raptarla o matarla. Solo ha podido contar con la protección de dos esclavos. Uno de los cuales ha desertado y se ha largado con los ladrones. Suerte tienes de que el otro no haya hecho lo propio y, con su defensa, mi hija haya podido salir ilesa del ataque. De no ser así te hubiera podido costar la vida. Pon atención en el futuro. No admitiré más errores ni actitudes negligentes que pongan en peligro a mi familia.
Tragándose la rabia por la dura humillación sufrida ante Amina, Roger, los esclavos y los guardias, Abdel, bajando la cabeza, únicamente acertó a balbucear:
―Bien, señor. No volverá a suceder.
Y desapareció tras las puertas del establo.
Dirigiéndose el jeque a su hija y a Roger, les comentó:
―No son infrecuentes estos ataques a nuestras propiedades. Hay que estar siempre alerta. Los cientos de miles de personas y animales que se integran en las huestes de los cruzados están siempre hambrientos y necesitados de víveres, ganados y caballos. Deben organizar estas feroces incursiones para abastecerse y sobrevivir. Desgraciadamente, forma parte de nuestra ya larga guerra santa. ―Y mirando la ensangrentada gumía que Amina aún mantenía en su mano derecha, le comentó―: Ya veo, hija, que has utilizado y bien utilizado la gumía que te regalé al cumplir los quince años. Como te dije entonces y te repito ahora: nunca dejes de llevarla contigo. Y también valoro, Roger, que las prácticas en equitación y defensa de algo estén sirviendo. Continuaremos con ellas.
Mientras Amina limpiaba y enfundaba su daga y daba instrucciones para que llevaran al Haskhalim al establo, el jeque cogió por un brazo a Roger, invitándole a caminar a su lado, al tiempo que le comentaba:
―Quiero que sepas, Roger, que soy consciente de tu gesto de lealtad. Al igual que Mauro, podías haber huido, pero no lo has hecho. ―Y ante el ademán de abrir la boca de Roger, le cortó y continuó―: No, no quiero que me expliques nada, con lo que he podido ver y oír me es suficiente. Tengo y tendré la duda, en la que prefiero no profundizar, de si, más que por fidelidad hacia mí, que tampoco tienes por qué tenerla, obedece tu conducta a otros… estímulos. Pero de momento me basta para saber que puedo confiar en ti y asignarte una misión que desde hace algún tiempo me está comentando mi pariente y buen amigo, el visir de la zona de Alepo. Le he venido dando largas al asunto por falta de una pieza fundamental que no tenía, pero creo que esta pieza ya la tengo y tú puedes jugar un papel importante en la misión. Ven a verme mañana por la mañana a primera hora, después de dejar listos tus caballos, y lo hablaremos.
―Bien, señor, así lo haré ―le respondió intrigado.
CAPÍTULO X
Misión en tierras cristianas
Febrero de 1166
Los aposentos privados del jeque no dejaron de sorprender a Roger. Aunque hasta entonces no había estado en ninguna residencia importante de los sarracenos, su imaginación y algún libro a que había tenido acceso en la biblioteca del monasterio de Artús representaban a tales mansiones con profusión de alfombras, sedas y satenes, tapices, cojines y almohadones, así como abundancia de orfebrería en piezas de oro, plata y bronce. En lugar de ello se le introdujo en un austero gabinete, que debía de ser el de trabajo habitual del jeque Habib ibn Hishâm alHalebi, desprovisto de lujos y ornamentaciones suntuosas. Allí ya se encontraba este, sentado tras una mesa sobre la cual estaba desplegado un rudimentario mapa.
Una vez dadas las instrucciones al servicio de que nadie entrara ni se les interrumpiera, el jeque procedió a abordar el tema objeto de la llamada.
―Como sabes, tanto nosotros como vosotros los cristianos tenemos cautivos en nuestro poder a personas nobles que se pudren en celdas, mazmorras y, en algunos pocos casos, en alojamientos mínimamente habitables. Todos estos cautivos y sus familias tienen la esperanza de que se les libere por la fuerza de las armas en una acción bélica, o bien mediante el pago de un crecido rescate en función del grado de nobleza e importancia; en algunos casos, también, dependiendo de la cercanía con su emir. Este es el caso de Faisal alSabah, amigo, pariente y colaborador de nuestro visir, con cuya amistad y confianza también me honro; tuvo la desgracia de ser abatido y hecho prisionero por las huestes cristianas en la misma batalla que tú caíste, la de Harim. Ciertamente fue una batalla desastrosa para vuestro ejército, ¡qué te voy a contar a ti! ―interrumpió el jeque su discurso con una mueca―, pero en la que una de las pocas presas obtenidas por tus compañeros fue precisamente Faisal alSabah. Actualmente está prisionero en una fortaleza entre Homs y Trípoli que vosotros denomináis el Krak de los Caballeros. Lo tienes señalado aquí ―con una pequeña regla se la indicó en el mapa― y está muy bien custodiado por la Orden Militar de los Caballeros Hospitalarios de San Juan, que supongo ya conoces. ―Ante el gesto de asentimiento de Roger, continuó―: Descartada la liberación por la fuerza, ante la práctica inexpugnabilidad del Krak, y ante la muy elevada suma que se exigía a la familia por su rescate, el visir me comentó la posibilidad de organizar un canje de prisioneros. Nosotros tenemos cautivo, precisamente desde Harim, a un noble franco, Hugo de Hartcourt, que, si bien no puede decirse que sea un personaje relevante en la corte de vuestro rey, sí lo es su padre, el barón Henri de Hartcourt, persona de confianza y adjunto usual al rey de Jerusalén. El barón reside en el castillo que los Hartcourt tienen aquí, cerca de Lataquia, en lo que vosotros denomináis el Principado de Antioquía. ―Señaló de nuevo en el mapa sobre la mesa―. Para llegar hasta allí ―prosiguió el jeque― calculo que necesitaríamos al menos dos jornadas a caballo y a buen ritmo, de las cuales, una podría ser por territorio musulmán, sin mayor peligro, y la otra, ya con más riesgos, debería serlo por zonas cristianas, a partir de este punto aproximadamente, una vez que crucemos el río Orontes. ¿Me he explicado? ―inquirió el jeque.
―Perfectamente, señor ―le contestó Roger, que hasta entonces había seguido atentamente y en silencio la exposición de su señor―. Pero, si me lo permitís...
―Un momento, Roger ―le detuvo Al-Halebi―, antes de que me expliques tus peros al plan, quiero indicarte que, como te adelanté ayer, es una idea que el visir tiene desde hace tiempo en su mente y de la cual no va a desistir por múltiples razones, entre otras, la presión de la familia del cautivo e incluso el interés de nuestro emir. Para aceptar yo el proyecto necesitaba a una persona que conociera y se expresara sin problemas en la lengua de los francos y en la nuestra. Y no solo eso, sino que dominara, hasta un cierto nivel, su cultura, costumbres y demás formas de trato. Y, si a esto le añadimos de formación militar y de confianza, completamos la descripción de la persona que quisiera que me acompañara y que estaba buscando. Es cierto que, si bien te podría obligar por la fuerza, no dejo de ser consciente de que una actitud negativa por tu parte, para una misión como esta y en territorio enemigo, podría dar al traste con la operación. Riesgo que no voy a asumir. En definitiva, te estoy proponiendo que me acompañes voluntariamente. Pero también debo decirte que, contigo o sin ti, iré a ver a los Hartcourt. Ya le he dado mi palabra al visir ―concluyó el jeque.
Roger, por unos instantes, se removió inquieto en su asiento antes de tomar la palabra:
―Señor, admiro vuestra valentía para acometer el canje encomendado ―arguyó―, pero debéis tener presente el riesgo de ser capturados y aprisionados en cuanto entremos en zona cristiana. Y ahorcado yo como desertor y renegado.
―Todo lo que me dices y piensas ―prosiguió el jeque―, lo he tenido en cuenta y soy plenamente consciente. Además, debo decirte que no iremos en plan furtivo ni pretendiendo pasar por lo que no somos. Cabalgaremos en formación cerrada, con nuestros propios escudos y estandartes, si bien con banderas blancas, conforme no vamos en actitud ofensiva. Nos acompañarán una veintena de mis mejores hombres para espantar a posibles atacantes solitarios. Caso de que alguna facción formal de militares pretendiera interceptarnos, tendríamos que parlamentar con ellos y explicarles nuestra presencia, con especial énfasis en lo interesante que resultaría para su rey que la misión fructificara. Para que les hables y convenzas cuento contigo. Es cierto que no se les escapará tu condición de cristiano y probablemente te consideren traidor y renegado, incluso es posible que te ofrezcan la posibilidad de pasarte a sus filas. Si esto acaeciera, y no es una falsa amenaza, siempre podrías decirles que un comportamiento desleal por tu parte hacia tu actuales amos daría lugar a la ejecución inmediata de un buen número de esclavos cristianos. Asimismo, les explicarías que, si se diera una aniquilación masiva de nuestro grupo, supondría la ejecución inmediata de Hugo de Hartcourt y de diez importantes cautivos cristianos más. Creo haber sopesado pros y contras ―reflexionó unos instantes―, sin embargo, confío en que no tengamos que llegar a tales extremos. Aunque no estoy muy seguro, espero que haya gente sensata en vuestro bando.
―Perdón, señor, ¿puedo saber si vuestra familia está al corriente del plan? ―se atrevió a preguntar Roger―. ¿No os han dicho que aprovecharé para huir y unirme a los míos?
―¡Mi familia es cosa mía y no te permito que hagas alusiones a ella! ―Fue la seca e irritada contestación del jeque―. Ahora bien, como reconozco que también tú puedes aventurarte a serios peligros y tienes derecho a saber con qué nos vamos a enfrentar, no puedo ocultarte que mis hijos varones reprueban la operación; no quieren que la afronte, y mucho menos que me fie de ti. Pero, como te he dicho antes, he dado mi palabra y la misión se pondrá en marcha. Es lo único que puedo asegurar.
―Bien, señor, pero, si me lo permitís, hay una cuestión que quisiera… ―inició Roger tímidamente.
―Sí, ya sé lo que me vas a decir ―le dijo el jeque antes de que continuara― y te lo abordo yo para evitarte el esfuerzo. ¿Qué ganas tú? ¿Qué interés puedes tener en este asunto? ¿Qué razón hay para que te juegues la cabeza? ¿Era esto lo que tenías en mente?
―Quizá no con esas palabras, pero sí, así es señor.
―Aparte de ganar en mi consideración ―prosiguió el jeque―, lo cual quizá no te mueva demasiado, sí te diré que te podría servir para que tus propios compatriotas te conozcan y valoren. Mira, Roger, no creo que tu actual condición de esclavitud vaya a durar toda la vida. Algún día, aunque no tengo claro cómo, saldrás de aquí para unirte a los tuyos y tendrás que buscarte la vida. Te convendrá poder aportar alguna referencia. En esta misión, si sale conforme a lo previsto, conocerás gente principal. De entrada te mirarán seguramente como un indeseable, un renegado, pero tú les dejarás entrever que estás trabajando en favor de la causa cristiana. Que no eres un enemigo, sino un aliado. No es esta una misión bélica, sino más bien pacífica, o diplomática si quieres. No habrá, espero, armas ni violencia, sino inteligencia, razón, diálogo y buena voluntad, y tú podrás ejercer una activa participación. Mi familia, quizá con alguna excepción, no te lo agradecerá, pero yo sí y, si salimos con bien, verás mejoradas tus condiciones de vida aquí.
―Bien, señor ―se avino Roger, consciente de su situación―. Alea jacta est, que decían los romanos.
―Aquí decimos Bism Allah ―concluyó el jeque con una ligera inclinación de cabeza―. Celebro contar contigo.
Una vez cruzado el río Orontes y ya en tierras cristianas, el grupo procuró evitar las cercanías de los núcleos de población. No obstante, fueron conscientes de haber sido avistados por algunas gentes.
―De momento no nos atacan, señor ―comentó Roger, que cabalgaba en cabeza a su lado―. Seguramente no se atreven o no ven necesidad y prefieren evitar riesgos, pero cabe suponer que algún emisario ha denunciado nuestra presencia y no creo que tardemos en tener compañía.
―Así es ―contestó el jeque―, desde hace unos instantes veo una nubecilla de polvo que viene tras nuestras huellas. Caballos al galope. Continuaremos sin alterar ni variar nuestro ritmo hasta que ordene un alto para esperarlos. Espadas envainadas. Evitemos el combate.
No tardó en divisarse la identidad de los perseguidores.
―Son templarios, señor. Caballeros templarios ―confirmó Roger.
El escuadrón templario, formado por una cincuentena de jinetes a caballo, fue aminorando su velocidad a medida que se aproximaban al grupo árabe, que, detenido y mirándoles de frente, permanecía en formación compacta y con su alfanjes envainados, bien desplegados sus estandartes y ondeando las banderas blancas. A una orden del jefe templario, el escuadrón se fue abriendo y alineando en formación de combate, hasta detenerse totalmente a una prudencial distancia frente a los invasores. Iban cubiertos con cascos y cotas de malla, sobre las cuales vestían túnicas y capas blancas. Bien visible la cruz en el pecho, escudo, casco e incluso en las espadas.
―Adelante, Roger, es tu momento ―le musitó AlHalebi―. Atento a su formación de combate.
―¿Yo solo, señor?
Roger giró inquisitivamente la cabeza buscando una respuesta en el rostro impenetrable de su amo, que no apartaba su vista de la patrulla templaria.
―Sí. Tú solo. Conoces la misión. Sabrás qué decirles. Mi presencia complicaría las cosas.
Consciente Roger de que no habría más comentarios y sin una clara idea en su cabeza, azuzó a su caballo a un trote corto hasta detenerse a unas pocas varas de quien, ligeramente adelantado, figuraba como el superior jerárquico de la tropa.
―Que la paz de Dios sea con vosotros, caballeros templarios ―dijo en alto, procurando dar a su voz una seguridad que no tenía.
La irritada réplica no tardó en dejarse sentir en la recia voz del barbudo templario que tenía enfrente.
―La mención de Dios, de nuestro Dios, por boca de un infiel, aunque sea en nuestra lengua, suena a blasfemia. No me provoques, sarraceno, y no precipites la orden de ataque que estoy a punto de dar. Tú caerás el primero. Dime ya quiénes sois y qué hacéis aquí. Y rápido, que no estamos para contemplaciones.
Su dura mirada dejaba claro que no amenazaba en vano.
―No soy sarraceno, señor. Soy cristiano y no hace mucho fui cruzado. Mi nombre es Roger de Artús.
―Entonces, ¿qué diablos haces con esta cuadrilla de infieles a tus espaldas? No pretendas engañarme. Tu cuello no resistirá el primer golpe de mi espada.
La irritación del templario iba subiendo de grado.
―Yo combatía con el ejército cruzado en la batalla de Harim, donde tuve la desgracia de caer herido y se me dio por muerto. Pero unos sarracenos, saqueadores de cadáveres, vieron que aún vivía y decidieron llevarme con ellos para pedir un rescate o venderme como esclavo. He pasado por diversos dueños hasta pertenecer finalmente al jeque Habib ibn Hishâm alHalebi, que tengo tras de mí.
―¿En la batalla de Harim? ¿Cuándo tuvo lugar? ―preguntó el caballero.
―El 12 de agosto de 1164. Hace más de un año, señor ―contestó Roger.
―Deja de llamarme señor. Ni yo soy tu señor ni tú mi esclavo. Solo hay un Señor, nuestro Dios. Y, exactamente, ¿a las órdenes de quién combatías en Harim?
―A las órdenes del señor Arnau de Montesquieu.
―Murió en Harim, como muchos. También cayeron demasiados de los míos. ―Más relajado, el templario siguió preguntando―. Bien, ¿querrás decirme de una vez qué estáis haciendo aquí tú y tus amigos o tus amos, o lo que sea, lejos de vuestras líneas, de paseo por territorio enemigo y provocando nuestro enfurecimiento?
―Pretendemos dirigirnos al dominio del barón Henri de Hartcourt, en misión de paz, para proponerle el canje de un cautivo vuestro por el de su hijo Hugo de Hartcourt, prisionero en poder de los musulmanes.
―¿Hugo de Hartcourt? Un perfecto inútil por el que nadie, creo, estará dispuesto a dar un paso a su favor. Si será inútil que en la batalla de Harim, donde se le capturó, se metió él solo en las líneas sarracenas; por error, sin duda, ya que su valentía y temeridad aún están por ver. Debía de estar borracho. Y ¿a quién pretendéis que se os entregue a cambio? ―preguntó el templario con sorna en su voz.
―Al jeque Faisal al-Sabah, preso desde hace tiempo en el Krak de los Caballeros.
―No conozco al individuo, pero, a poco que valga, seguro que valdrá más que el inútil de Hugo de Hartcourt. Dudo que el rey Amalarico, que se supone deba de dar la autorización, acceda al canje.
―Su padre, Henri de Hartcourt, es persona muy valorada y habitual colaborador de vuestro rey ―terció Roger.
―No te equivoques y no me provoques de nuevo, Artús. Los templarios no tenemos ni obedecemos a ningún rey. Nuestra autoridad es nuestro gran maestre y por encima de él solo el papa. El papa de Roma. ¿Entiendes? Bien. Acabemos. Ya está bien de verborrea. Vistas vuestras intenciones, no vamos a organizar una carnicería aquí. Allá vosotros con vuestra misión. Pero lo que no vamos a consentir es que una fuerza enemiga se pasee por territorio cristiano con todas sus armas y estandartes, como si estuvieran en su casa. Que tus amigos nos entreguen sus armas y os acompañaremos custodiados hasta el castillo de los Hartcourt. Allí os dejaremos y que decidan ellos vuestra suerte. No sé ni me concierne apreciar si sois unos valientes, unos insensatos, o ambas cosas.
―Pero, señor, perdón, caballero templario, no podemos quedar indefensos. Nos pueden atacar ―protestó Roger.
―Tranquilo. Nadie osará atacaros yendo con nosotros. Y, si así fuera, ya veríais cómo las gastamos los templarios. Habla con tu gente y que entreguen las armas si quieren seguir viendo la luz del sol. Y rápido, que empiezo a impacientarme ―urgió el monje guerrero.
Roger le hizo al jeque un breve relato de la conversación y de la condición impuesta por el caballero templario.
―Bien ―comentó Al-Halebi―, ya me lo esperaba. Todos mis hombres entregarán sus armas, pero el jeque no las entregará nunca.
―¡Pero, señor!...
―No hay peros que valgan ―le dijo su amo secamente―. Un jeque árabe nunca entrega su arma al enemigo sin mediar combate. Y si es causa de lucha que lo sea. Ya veremos quién dejará de ver el sol. Vuelve y explícaselo. Estamos preparados para lo peor.
―Bien, señor.
Una vez que Roger expuso la posición de los árabes al templario, este comentó con una creciente irritación en su voz:
―O sea, que, si mal no lo he entendido, aceptáis que os acompañemos custodiados y la entrega de las armas de todos vuestros soldados, salvo la de vuestro jefe, que se niega terminantemente. ¿Es así?
―Así es ―confirmó Roger sin más comentario, pero con el tono más suave que supo y pudo.
―Y ¿puedes darme, cristiano, renegado o lo que seas, una explicación medianamente convincente de las razones de tu jefe para desobedecer mi mandato que me haga cambiar la señal de ataque que estoy a punto de ordenar?
La clara amenaza del caballero llegó a los oídos de todos sus hombres, que, ante el negro cariz que tomaba la situación, empezaron a tantear las empuñaduras de sus espadas.
Análogo movimiento se produjo en las filas sarracenas al oír el tono de voz del caballero y ver las manos cristianas acercándose a las empuñaduras de las espadas.
Roger suspiró y, no sin temor, se atrevió a decir:
―Sí, señor, solo hay una.
―Pues dila de una maldita vez y no me consumas más la paciencia ―bramó el templario con crispación.
―El jeque prefiere morir atravesándose con su propia cimitarra antes que ser ensartado por una espada cristiana.
La inesperada respuesta de Roger dejó descolocado por unos instantes a su interlocutor. El muchacho creyó apreciar que el rostro del templario se iba distendiendo hasta que al final pudo oírle decir:
―Valiente respuesta, vive Dios. Un templario no la mejoraría, aunque nunca se mataría. Sea. Organicémonos y partamos ya de una vez.
CAPÍTULO XI
La familia Hartcourt
Como había asegurado el superior del escuadrón de templarios, la escolta de estos al grupo sarraceno de Habib ibn Hishâm al-Halebi resultó efectiva. Aunque pasaron cerca de núcleos de población y se cruzaron con grupos de soldados y civiles, nadie osó inmiscuirse ni preguntar quiénes eran los infieles que avanzaban rodeados de templarios ni a dónde los llevaban. Eran prisioneros o iban custodiados por los templarios, eso era suficiente. La institución religioso-guerrera, con sus grandes cruces rojas sobre las túnicas blancas de sus hombres y sobre sus banderas y estandartes, era más que conocida, temida y respetada no solo por los musulmanes, sino también por los propios cristianos. Ello facilitó que llegaran al castillo del barón Henri de Hartcourt sin mayores contratiempos.
El jefe templario y su lugarteniente accedieron en primer lugar al interior del castillo para poner en antecedentes al barón, mientras el resto de las dos formaciones esperaban descabalgados, sin alejarse de sus monturas, en el patio de armas. Al cabo de una tensa espera, reaparecieron de nuevo los dos templarios acompañados esta vez por dos caballeros, noblemente ataviados, de porte altivo, cejas enarcadas y gesto displicente. Uno de ellos era de edad madura, con pelo y barba canosa, y caminaba con dificultad apoyándose en un grueso bastón debido a una leve cojera de su pierna derecha. Iba seguido de otro más joven, que procuraba adecuar sus pasos al que le precedía. No bajaron del todo la escalinata, sino que se quedaron a la espera en el primer rellano.
El caballero templario encaminó sus pasos hacia donde le esperaba su caballo, montó y dirigiéndose a Roger le comentó:
―Bien, muchacho, Roger me dijiste que te llamabas, ¿no es así?
―Así es, señor ―contestó Roger.
―Ya te he dicho que no me llames señor ―le replicó el monje en tono más distendido que en las anteriores ocasiones―, yo no soy señor de nadie. Los templarios ya hemos cumplido con nuestro cometido de traeros sanos y salvos hasta aquí. El barón Henri de Hartcourt y su hijo Etienne ya están al corriente de vuestra misión y acceden a escucharos, pero imponen como condición que no se os devuelvan las armas; quedarán bajo la custodia del maestro armero. Dos de vosotros podréis subir para parlamentar con ellos. El resto de la tropa se abstendrá de entrar. Se les ofrecerá unos cobertizos y establos adosados a la parte interior de la muralla, donde podrán descansar hombres y caballos. Si bien no se muestra muy convencido de vuestras intenciones, me ha dado su palabra de que se respetarán vuestras vidas mientras no se aprecien movimientos extraños entre vosotros. ¿Entendido?
―Entendido, señor, perdón, caballero templario ―se corrigió Roger, ante la seria mirada del monje guerrero―. Solo nos resta agradeceros vuestra colaboración en esta que consideramos una buena causa para ambos bandos y no quisiera despedirme de vos sin saber a quién debemos el honor, y el favor, de habernos acompañado en esta, arriesgada para nosotros, misión por tierras cristianas.
―Vive Dios, joven ―le comentó el templario al tiempo que enfilaba su caballo hacia el portón de salida―, que con esta gente, además de su lengua has aprendido buenos modales. Nunca sobran. Mi nombre es Cristian de Montmiral. Y, si algún día quedas libre de esta plaga de infieles sarracenos y no tienes dónde caerte muerto, puedes venir a verme a una de nuestras encomiendas templarias de Antioquía, la del castillo de Baghrás, de la cual soy su mariscal. No está muy lejos de aquí. Buena suerte y que Dios te acompañe. El nuestro; con el de ellos no me trato.
Cuando Roger quiso agradecerle el ofrecimiento, el escuadrón de caballería capitaneado por Cristian de Montmiral ya había picado espuelas y trotaba de regreso a su encomienda. Comenzaba a atardecer.
Roger le tradujo a Al-Halebi las manifestaciones del templario. Inmediatamente el jeque dio instrucciones a su jefe militar Ghassân, para que asumiera el mando de la tropa en su ausencia y se acomodaran en las instalaciones que el barón les había asignado. A continuación, ascendieron por las escaleras que conducían a la planta noble del castillo, donde esperaban los Hartcourt. Con rostros adustos, sin contacto físico alguno ni muestra de bienvenida hospitalaria, los protocolarios saludos se limitaron a unas leves inclinaciones de cabeza, a las que tampoco dedicaron excesivo esfuerzo para que pareciesen corteses. Los señores del castillo les hicieron señas de que les siguieran por amplias salas y pasillos, decorados y amueblados con una austeridad que al musulmán, según la apreciación de Roger, no dejó de causarle extrañeza, al compararlas con la magnificencia de las dependencias de su residencia. Finalmente llegaron a una sala no excesivamente espaciosa y con dos menguados ventanales al exterior, a través de los cuales se filtraba la decadente luz del atardecer. En la estancia destacaba una gran chimenea apagada, sobre la cual lucía una espectacular panoplia que alojaba una completa colección de espadas y puñales con artísticas empuñaduras. Además, estaba dotada de un mobiliario que pretendía ser confortable y no tan austero como lo visto hasta entonces. Una docena de recios sillones de madera alineados hacían juego con una amplia mesa adornada con unos artísticos paños bordados en los que descansaba un juego de reluciente plata. Al lado de la chimenea y ligeramente separada de la gran mesa, se había dispuesto una mesita baja rodeada de tres pequeños y mullidos sillones. Las paredes estaban decoradas con tapices que mostraban escenas de caza, junto a algunos retratos de damas y caballeros encuadrados en solemnes tonos oscuros. Del techo se desprendía una gran lámpara de hierro forjado que alumbraba con tres niveles de velas.
Al entrar los varones en la sala, una joven dama inclinada sobre su labor de bordado posó esta con gesto mesurado sobre la mesita cercana y se levantó para obsequiar a los recién llegados con una ligera inclinación, sin asomo de sonrisa en sus bien dibujados labios, discretamente pintados. Al erguirse, pudo apreciar Roger con admiración que se trataba de una dama de fina tez blanca y ojos azules, enmarcados en un terso rostro de bellas y bien moldeadas facciones, de nariz levemente afilada y rubios cabellos recogidos en un elegante moño trenzado que realzaba su esbelto cuello. Más bien delgada y de buena estatura, lucía un rico pellote de seda azul y verde con hilos entorchados de oro y plata, levemente escotado; atuendo que daba lucidez a un grácil talle y a un busto que se adivinaba bien proporcionado.
―Caballeros ―tomó la palabra por primera vez el barón de Hartcourt dirigiéndose a los recién llegados―, permítanme que les presente a Elizabeth, esposa de mi hijo Hugo, quien fervientemente me ha pedido estar presente en las conversaciones que se tengan sobre la suerte que haya corrido y vaya a correr su esposo, actualmente en poder de vuestros compatriotas. Espero que no tengan vuestras dignidades inconveniente en que nos acompañe ―dicho esto último dirigiendo su mirada directamente al jeque―. Y, como sea que no nos hemos presentado en las escalinatas, permítanme que les diga que yo soy el barón Henri de Hartcourt y él es mi hijo Etienne.
Actuando en las funciones encomendadas, Roger se dirigió a su señor en árabe, traduciéndole las palabras del barón de Hartcourt. Inmediatamente el noble sarraceno, poniendo su mano derecha sobre el pecho y con leve reverencia, expresó en voz alta su nombre, a lo que añadió en su lengua y dirigiéndose a Roger y posteriormente a los Hartcourt que no había inconveniente por su parte en que la esposa estuviera presente en las conversaciones.
De nuevo tomó la palabra Roger, esta vez en la lengua de los francos, para, orientado hacia ellos, expresarles:
―Mi nombre es Roger de Artús. Formando parte del ejército cruzado, fui abatido, malherido y hecho prisionero en la batalla de Harim el pasado agosto de 1164 y posteriormente vendido como esclavo. Actualmente mi señor Habib ibn Hishâm alHalebi es mi dueño y quien me ha unido a su expedición para que le sirva de traductor ante vuestras señorías. Les ha dicho su nombre y me indica que les exprese que no tiene inconveniente en que la señora Elizabeth de Hartcourt ―al mencionar el nombre de la dama se dirigió hacia ella, quedando inmediatamente impactado ante la cálida mirada de unos ojos claros, increíblemente azules― esté presente en todo cuanto ella y sus señorías consideren apropiado ―consiguió concluir Roger con no poco esfuerzo después del efecto de la discreta ojeada de ella sobre él.
Fue esta vez Elizabeth de Hartcourt quien tomó la palabra con su bien modulada voz para, dirigiéndose primero a Habib ibn Hishâm y posteriormente a Roger, decirles:
―Le estoy, señor, muy agradecida por el favor que me dispensa, y más aún lo estaría si me pudieran indicar, aunque sea brevemente, cómo está Hugo y cómo soporta su ya largo cautiverio.
No se apreciaba angustia en las palabras de Elizabeth, pero sí ansiedad.
Tras una nueva interlocución entre Al-Halebi y Roger, se dirigió este a la dama, deleitándose con la intensidad de su mirada puesta en él, para expresarle:
―Podéis estar tranquila, señora. Vuestro esposo goza de buena salud y procura llevar su cautiverio serenamente.
Esta vez fue Roger quien, de respuesta, recibió de la dama unas apagadas «gracias» acompañadas de una fugaz sonrisa de gratitud.
―Bien, caballeros ―tomó de nuevo la palabra el barón, al tiempo que invitaba a sus visitantes a ocupar asiento en torno a la gran mesa―. Hechas las presentaciones a través de la eficaz colaboración de Roger de Artús ―y se detuvo un momento para introducir un leve paréntesis mirando a Roger―, cuya suerte como compatriotas suyos no podemos sino lamentar, e informados del estado de mi hijo Hugo, creo que procede que pasemos a comentar los términos del plan sobre el canje de prisioneros. Pero antes ―hizo una breve pausa para dirigirse a Elizabeth con relación al ama de llaves y al mayordomo― te ruego que indiques a Genevieve que prepare dos aposentos aquí en el castillo para nuestros visitantes y a Fabián que disponga cena para seis. ―E interpeló directamente a Habib―: Es decir, siempre y cuando no tenga inconveniente su merced en compartir mesa con nosotros y con mi esposa.
Las palabras del barón fueron traducidas por Roger, quien creyó oportuno omitir las referentes al lamento sobre su situación. Después hizo lo propio con la contestación del jeque.
―Mi señor celebra que podamos iniciar de inmediato las conversaciones y acepta de buen grado el ofrecimiento de vuestra merced, si bien no quisiera que se tomara como ofensa su rechazo de cualquier tipo de bebida alcohólica ni de carne de cerdo.
―No debe preocuparos. No habrá problema en tal sentido. ―Fue la contestación del barón.
La negociación sobre el canje se inició sin más preámbulos. Elizabeth se ausentó para cumplimentar la instrucción recibida y volvió al cabo de unos instantes para integrarse en las conversaciones. Las condiciones del posible pacto, expuesto por Roger siguiendo el plan que se le iba transmitiendo, eran claras y no ofrecían lugar a dudas: una vida por la otra. Un hombre por otro. Un preso por otro. Faisal al-Sabah por Hugo de Hartcourt. Faisal al-Sabah estaba preso y custodiado por los caballeros de la Orden de los Hospitalarios de San Juan en la fortaleza del Krak de los Caballeros, situada entre Homs y Trípoli; Hugo de Hartcourt estaba bajo la custodia del visir de Alepo. El intercambio de prisioneros, caso de ser aceptado el plan, podría efectuarse en uno de los vados del río Orontes, considerado como frontera de los respectivos territorios.
A medida que se avanzaba en la conversación con la exposición de los pormenores del plan de su jeque, al tiempo que recogía las preguntas y no demasiadas objeciones del barón y de su hijo, Roger no dejaba de apreciar el sustancial cambio de actitud que se iba produciendo en los Hartcourt. De un inicial trato cortés pero frío y displicente, con no pocas desconfianzas y recelos, iban pasando a un más animado interés. Desde su obligado protagonismo se atrevía a captar los pensamientos que circulaban por la mente de los negociadores, lo cual le permitía incidir en aquello que más podría propiciar el acuerdo. Era evidente que los Hartcourt difícilmente hubieran podido imaginar una solución que, como la que se les ofrecía, mejor resolviera el drama de la cautividad de Hugo. Hasta entonces eran conscientes de que cualquier intento de rescate pasaba por pagar ingentes cantidades de oro a los sarracenos, lo cual les repugnaba y atentaba contra su economía no muy holgada, o bien instar a una acción de liberación armada contra los captores, lo que supondría un riesgo de carnicería para muchos, incluso para la vida de su propio hijo y hermano. Suponía Roger que el barón ya se lo habría planteado a su rey, Amalarico I de Jerusalén, quien, con buenas palabras, le habría quitado la idea de la cabeza, descartándola, al no estar en sus planes ni en sus prioridades del momento la toma de la ciudad nunca conquistada de Alepo. Sin embargo, la solución que ahora se les brindaba era la óptima para ellos. Sin coste de fuertes desembolsos ni de vidas humanas. El único precio sería liberar a un noble del bando contrario, de cuya existencia y situación apenas si tenían referencias, y cuya suerte, en definitiva, les traía sin cuidado. ¿Qué diría el rey? ¿Lo aprobaría?
Por su parte, Al-Halebi también tenía sumo interés en resolver el proyecto favorablemente. Consolidaría su posición ante el visir como hombre resolutivo, no solo en las batallas, sino también en las misiones diplomáticas; ello quizá le diera puntos ante el emir, para aspirar a suceder al ya avejentado visir. Y podría contar, sin duda, con el eterno agradecimiento de una influyente personalidad como la de Faisal alSabah.
Elizabeth de Hartcourt, si bien apenas intervenía en la conversación, seguía con atención todas sus manifestaciones sin perderle de vista. «Qué afortunado debe de ser el tal Hugo de Hartcourt al poder gozar del amor de una mujer como Elizabeth», se lamentaba Roger.
―Bien, caballeros ―se sintió de nuevo la voz firme y autoritaria del barón―, el jeque Habib ibn Hishâm nos ha explicado, de forma completa y yo diría exhaustiva, el plan de canje de prisioneros. Por nuestra parte, tanto mi hijo Etienne como yo y como Elizabeth creo que estamos de acuerdo en que lo aprobamos sin reservas. ―Se detuvo por unos instantes para comprobar el asentimiento de Etienne y de Elizabeth―. Pero, como su señoría puede comprender, no depende de nosotros, sino de la venia de nuestro rey Amalarico el que se pueda llevar a efecto. Mañana antes de amanecer partirá un mensajero para Jerusalén, aunque... ―en este punto se detuvo pensativo durante unos instantes para finalmente dirigir su vista a Etienne― creo que, al tratarse de un asunto que exige la máxima confidencialidad y el mínimo de personas interventoras, deberías ser tú, Etienne, quien portara las nuevas al rey y nos trajera su respuesta.
El aludido no pareció aceptar de buen grado el criterio del barón.
―Es un largo viaje hasta Jerusalén, padre. Al menos supondrá tres o cuatro días de cabalgar sin parar, si no más. Y eso contando con que el rey se encuentre en Jerusalén y no ausente, de campaña.
―Que yo sepa, y en esto estoy bien informado, no hay actualmente previsiones de batidas ni de enfrentamientos ―contestó el barón―. Por otra parte, tú eres un experto y resistente jinete, y estoy seguro de que sabrás acortar los tiempos. Deberás elegir dos o tres hombres de confianza que te acompañen. Etienne, se trata de tu hermano.
―Bien, padre, iré ―contestó Etienne, levantándose de la mesa―. Y, si se me permite, me voy a ausentar de la reunión para hacer los preparativos de la marcha. Padre, señores, Elizabeth...
Con una leve reverencia ante unos y otros se encaminó hacia la puerta de salida.
―Gracias, hijo. Toda la familia aprecia tu gesto. ―Y continuó dirigiéndose a los visitantes―. Creo que podemos dar por conclusa la reunión. Les invito a retirarse a sus habitaciones para asearse y descansar si lo desean y, cuando oigan la campana, nos volvemos a reunir aquí para la cena. Les prometo que por mi parte no se hablará ni de la situación de enfrentamiento entre musulmanes y cristianos ni de la operación que nos ocupa. Creo que todos debemos relajarnos. De lo que sí podremos hablar es de si prefieren aguardar aquí el regreso de Etienne o si, por el contrario, estiman más apropiado regresar a sus tierras y volver dentro de unos días. Por nosotros no habrá inconveniente en que se queden.
Traducidas que fueron sus palabras, el jeque se limitó a contestar con una leve inclinación de cabeza, musitando un escueto «Gracias, lo concretaremos».
En el camino hacia sus habitaciones, Habib ibn Hishâm no se privó de expresar sus pensamientos a Roger.
―Todo facilidades, demasiadas. Veremos qué dice el rey.
A la cena se les unió la señora de Hartcourt, esposa del barón. Mujer algo más joven que su esposo, no ocultó su desarraigo por el país en que debía residir desde hacía años, comparándolo continuamente con las excelencias de su amada Valonia. Ni se había adaptado a Siria ni deseaba hacerlo. Únicamente añoraba volver a la tierra que la vio nacer y crecer hasta que un mal viento la sacó de allí para traerla a estas inhóspitas tierras. Sus comentarios merecieron en más de una ocasión la mirada reprobadora de su marido, sin que ello pareciera importarle demasiado.
Afortunadamente para Roger, el hecho de haber tenido que compartir durante años mesa, manteles y cubiertos con los monjes del monasterio de Artús le supuso estar a la altura de las circunstancias a la hora de utilizar el menaje a su alcance y no desentonar entre la nobleza que le rodeaba, que, por otra parte, no cesaba de observarle al ser el eje de todas las conversaciones.
En la mesa, conforme había adelantado el barón, se evitó tocar temas que suscitaran enfrentamientos propios de rivales, llevando la conversación a aspectos más distendidos y en los que todos podían participar. Particularmente animado estuvo el asunto caballar. El jeque alabó la velocidad, inteligencia, belleza y versatilidad de los de la raza árabe y sus purasangres, mientras que los Hartcourt ponderaban las razas de los purasangres ingleses, si bien los descartaban para las batallas; de los teutónicos Holstein, grandes y poderosos, incluso de los hispanos árabes. Otro foco que mereció una amplia participación fue el de los aceros de las espadas. El barón les mostró su panoplia de espadas de fino acero toledano con toda una explicación de sus aleaciones de hierro y acero que las hacían sumamente flexibles, resistentes y manejables. Por su parte, el jeque alabó y se mostró particularmente orgulloso de los aceros de Damasco por la dureza y flexibilidad de sus aleaciones, lamentando no tener a mano su cimitarra para hacerles una breve demostración de cómo podía cortar su filo un tejido de seda lanzado al aire, o partir una roca sin quedar mellada. Todos coincidían en que el secreto estaba en el temple, si bien Al-Halebi añadía que la maestría en ello venía de los árabes, ya que incluso la técnica de los aceros toledanos no dejaba de ser de procedencia árabe.
La corriente de distensión imperaba. Todos, menos la señora de Hartcourt, procuraban estar atentos en no molestar al rival. El interés común del proyecto hacía que se extremaran las precauciones. Una frase o palabra inoportuna podría dar al traste con el plan. Elizabeth pretendió entablar conversación con Roger acerca de la vida que sufrían prisioneros y esclavos en la Siria musulmana, pero la rápida intervención del barón formulando una nueva observación sobre los llamados damasquinados hizo que la sobremesa se centrara en los cauces establecidos. Corrección que lamentó Roger al verse privado de una conversación directa con la bella Elizabeth.
La oportuna reflexión del barón, haciendo referencia a lo avanzado de la hora y a la agotadora jornada padecida por el jeque y su traductor, hizo que se diera por conclusa la cena, momento que el jeque aprovechó para pronunciarse en el sentido de aceptar agradecido la invitación de sus anfitriones de quedarse hasta la vuelta de los mensajeros. Las idas y venidas a sus lugares podrían generar riesgos, con independencia de los retrasos en la ejecución del proyecto.
Ya bien entrada la noche, la agotadora jornada a caballo completada con una no menos extenuante sesión de negociaciones en dos lenguas, con determinadas carencias en una de ellas, hizo que Roger, con la mente puesta en la imagen de Elizabeth, no tardara en caer profundamente dormido.
CAPÍTULO XII
Elizabeth de Hartcourt
El leve chirrido de los goznes de una puerta, en sigiloso movimiento, alertó la sensibilidad del guerrero ante una señal de peligro que rápidamente le hizo despertar del profundo sopor en que estaba sumido. Roger fijó su vista en el espacio que ocupaba la puerta de su aposento, sin que, a pesar de la oscuridad, apreciase un mínimo de apertura, ni ruido de los gruesos correajes con abundancia de piezas metálicas que había dejado a propósito en el suelo tocando la puerta. Al mirar a su derecha y vislumbrar una sombra acercándose con una vela encendida, saltó del lecho lamentando no tener a mano la daga que había debido entregar junto con todas las armas. Una voz, que imponía silencio con un leve siseo, le hizo detenerse petrificado, alucinando ante la posibilidad de estar viviendo una pesadilla.
A medida que la vacilante luz de la bujía se le iba aproximando, Roger, confundido y en retroceso ante la extraña aparición, se apercibió de que quien la portaba sobre una palmatoria era una mujer envuelta en un manto oscuro. Al percatarse ella de la turbación del joven, se dirigió a él con voz susurrante:
―Tranquilizaos, no temáis, soy Elizabeth.
Superado el sobresalto inicial y algo más sereno, Roger acertó a decir:
―Pero ¿cómo es posible que hayáis podido entrar si la puerta está cerrada y no se ha abierto? ¿Acaso sois un fantasma?
―Tranquilizaos. Nada de eso. Mi habitación está comunicada con la vuestra a través de una puerta secreta disimulada en la pared de ambas cámaras ―le musitó ella procurando no levantar la voz―. Era la que utilizaba Hugo para venir a yacer con alguna de mis damas. A raíz de su captura y posterior cautiverio, pude, aunque no me fue fácil, descubrir la puerta y el resorte que accionaba el mecanismo de apertura.
A medida que la llama de la palmatoria iba ganando estabilidad e iluminaba tenuemente figuras y contornos, Roger no daba crédito a la situación en que se encontraba. Apenas vestido él con una camisola, tenía ante sí a Elizabeth, luciendo su rubia melena que se desparramaba en informal cascada sobre sus hombros. Bajo el manto que la cubría y que había retirado de su cabeza, se entreveía una camisa de dormir parcialmente abierta bajo el cuello. Saliendo de repente de su ensimismamiento y aún con la duda de si todo era un sueño, Roger acertó a recoger, en la penumbra reinante, su sayón y echárselo apresuradamente por encima.
―No temáis nada de mí, Roger. ―Su nombre pronunciado por ella le aportó una tibia sensación de caricia―. Aunque he utilizado un acceso oculto, no vengo con ningún mal propósito. Al contrario, me gustaría ayudaros a escapar. Por si vuestra puerta estuviera vigilada, podríais salir a través de la mía y aprovechar la oscuridad de la noche para huir. Yo os podría indicar el camino a seguir hasta ganar el exterior de los muros.
―Gracias, señora, os lo agradezco vivamente, pero no puedo aceptar vuestro ofrecimiento ―dijo Roger, tras leve vacilación sopesando la propuesta―. En primer lugar, porque no quisiera arrastraros a una situación comprometida para vos en caso de que se sospechara de vuestra ayuda. Por otra parte, una huida mía significaría no solo el fracaso de la misión, sino también el riesgo de ejecución de veinte compañeros míos de cautiverio, según tengo advertido por mi jeque. Finalmente, debo deciros que he prestado palabra a mi señor de que no aprovecharé esta misión para huir, y siempre he procurado respetar la palabra dada. Os reitero las gracias, pero os ruego que no insistáis.
―Bien, no insistiré si así lo deseáis, pero permitidme, entonces, que os facilite una información que podrá serviros para culminar con una cierta dignidad ante el jeque vuestro papel en la misión encomendada ―expresó Elizabeth con calma, al tiempo que depositaba la palmatoria sobre una mesita auxiliar de la cámara―. Puedo deciros que la propuesta de canje ya está aceptada por mi familia y no dudan que el rey la aceptará sin reparos. Son muchas las asistencias que en dineros y soldados se le está prestando de continuo por el barón. No puede negarse, pero ―añadió― la razón de introducir la autorización del rey Amalarico, aparte de ser obligada, no deja de ser un simple pretexto para negociar, bajo la supuesta exigencia de este, un incremento del precio del rescate. Bien pudiera ser la inclusión de algún otro caballero más en el trueque o simplemente de uno o dos centenares de jóvenes caballos de pura sangre árabe. Sabed que, al adaptarse mucho mejor que los nuestros a esta tierra, estamos muy necesitados de ellos. Vengo a deciros con ello que vuestro jeque puede insistir en su inicial postura de hombre por hombre, sin más concesiones. Si le aconsejáis esto, haciéndole ver que es una vulgar treta de los cristianos para sacar más partido del canje y ocultándole, por supuesto, la fuente de vuestra información, cabe suponer que ganaréis en consideración ante sus ojos.
Sin la palmatoria en la mano, ella se arrebujaba en su manto mientras hablaba con voz queda y mirándole con desconcertante naturalidad. No era la misma dama que, discreta, reservada, de tímidas ojeadas y muy en su papel de esposa desconsolada, había conocido y tratado aquella misma tarde noche.
La extraña fascinación de aquellos ojos azules, a pesar de la escasa luz de la vela, así como los encontrados sentimientos que su proximidad le provocaba, unido al efecto de lo furtivo de la situación, no fueron suficientes para impedir a Roger apreciar que algo se escapaba a la lógica. Algo superaba su capacidad de comprensión.
―Veamos, Elizabeth ―se sorprendió a sí mismo al sentir que había apeado el tratamiento para pasar a utilizar el de su nombre de pila; en definitiva, ella también se dirigía a él por su nombre―, aquí hay algo que no acierto a comprender ―inició Roger, al tiempo que invitaba a Elizabeth a sentarse en una de las dos sillas de madera y cuero en torno a la mesita donde lucía la vela, y sin dejar de usar el tono bajo de voz, acentuando la atmósfera de clandestinidad imperante―. De entrada me ofrecéis vuestra ayuda para huir, lo cual vuelvo a agradecer, pero ante mi rechazo me hacéis una confidencia que nos permitiría una cierta posición de fuerza en la negociación. Pero ¿es que acaso no teméis que una excesiva intolerancia por nuestra parte, al no aceptar variación alguna del plan propuesto, podría provocar el fracaso de la misión y la persistencia del cautiverio de vuestro esposo?
―No, en absoluto lo temo ―movió ella la cabeza haciendo oscilar vivamente su melena―. Es más, como desconocido que sois y con quien muy probablemente no me vuelva a encontrar más en la vida, no tengo inconveniente en confesaros que la suerte de mi marido, aunque aquí haga el papel de esposa triste e inconsolable, me importa muy poco y, si se pudriera en vuestras prisiones, no sería yo quien lo lamentara.
Aquella expresión amistosa de su rostro se había borrado por completo. Ahora era dura y no dejaba lugar a dudas. Todo lo convencional había quedado fuera de las paredes del aposento. Siguió con su monólogo.
―Vos desconocéis el infierno en que se ha convertido mi vida desde que, al poco tiempo de someterme a un matrimonio pactado entre familias, descubrí que me había casado con un malnacido. Y que empeoró cuando, apenas transcurrido un año de nuestro desgraciado matrimonio y viendo que no quedaba embarazada a pesar de sus continuos y salvajes asaltos, en muchas ocasiones borracho, empezó a humillarme ante su familia por mi supuesta infertilidad, además de engañarme acostándose con unas y otras. No, no me importa su maldita suerte ―concluyó con rotundidad.
Roger contemplaba absorto cómo la mujer que tenía enfrente se desahogaba ante él, un desconocido, con un torrente imparable de palabras, expresando vivamente sus sentimientos de odio y rencor hacia el cautivo objeto del canje. En ningún momento apreció un asomo de lágrimas en sus ojos.
―No sé qué deciros, señora ―acertó a pronunciar―. Únicamente puedo manifestaros que lamento vuestra situación, pero lo cierto es que mi deber, en estos momentos, es intentar que vuestro marido vuelva a esta su casa.
―Y no os culpo por ello. Aunque ello signifique retornar al infierno de su compañía y de sus salvajes acometidas para lograr el ansiado varón. Pero estoy segura de que la descendencia difícilmente vendrá y no por culpa mía. Mi madre engendró hasta siete hijos; tengo tres hermanas y las tres no han dejado de parir, no sé cuántas veces. No, juraría que el infértil es él. Sin duda la bebida le ha atrofiado sus facultades reproductivas. Además, que yo sepa, no ha dejado embarazada a ninguna de las damas, mozas o sirvientas con las que se ha acostado.
Elizabeth culminó su larga perorata fijando pensativamente su mirada en Roger, que no sabía a ciencia cierta si lamentar o congratularse en su fuero interno, con todo lo que ella le estaba contando.
―Perdonad mi atrevimiento, señora, al expresaros que, sin dudar por supuesto de vuestras palabras, se me hace difícil entender cómo puede tener un comportamiento tan indigno un caballero con su esposa, una dama tan bella y sensible como vos.
―Deduzco de vuestras palabras ―dijo Elizabeth al tiempo que se levantaba lentamente de su silla― que no acabáis de creer cuanto os estoy diciendo.
―No, no, por favor ―se apresuró a responder, poniéndose también él en pie―, os ruego que no os lo toméis como incredulidad con respecto a vos. Simplemente pretendía deciros que… ¡Pero, señora! ¿Qué hacéis?
―Demostraros que no miento.
Elizabeth, al tiempo que esto decía, había comenzado a desprenderse del manto, abriendo también la camisa de dormir hasta dejar plenamente al descubierto unos prietos y firmes senos, que captaron la mirada de un atónito Roger. A pesar de su aturdimiento y de la débil llama de la vela, el muchacho pudo apreciar sobre la parte superior de los mismos una rosácea línea de cicatriz.
―Ya veis, ese es el recuerdo que me dejó Hugo una noche; fue una noche en la que me negué a yacer con él ebrio como estaba. Admito que no lo hiciera a propósito, quiero creer que pretendía intimidarme y obligarme, pero se le fue la mano debido a la borrachera que llevaba encima, y su afilada daga me marcó para toda la vida, según podéis ver.
Al decir esto, Elizabeth se acercó, tomó la mano derecha de un paralizado Roger y, mirándole fijamente a los ojos, hizo pasar la yema de sus dedos por el surco deforme de la herida sobre el pecho, al tiempo que le hechizaba con un sensual y susurrante «comprobadlo».
Roger la atrajo hacia sí. Ella no opuso resistencia. Un leve soplido apagó la vela.
Las primeras luces del alba que se iban filtrando a través del menguado ventanal de la alcoba sorprendieron a Roger insomne. Acostumbrado a los duros suelos y camastros que como aprendiz de monje, soldado y esclavo había tenido, no se acababa de adaptar al mullido lecho sobre el que reposaba ahora. El alucinante episodio de la visita de Elizabeth le hubiera parecido un sueño de no ser porque sentía a su lado la calidez de su cuerpo y oía su apacible respiración. Queriendo, no obstante, cerciorarse de ello, le acarició suavemente la mano. Ella, al notarlo, se despertó y giró levemente hacia él, tomando sus dedos al tiempo que se le quedaba mirando sin dejar de apoyar la cabeza en la almohada.
―Decidme una cosa, Elizabeth ―rompió el silencio de la habitación con la mirada puesta en el artesonado―, ¿no teméis quedar embarazada en vuestra actual situación?
Sin incorporarse ni abandonar su posición de reposo, ella no tardó en despegar sus labios hablándole pausadamente, reflexionando lo que decía:
―Al contrario, nada me importaría menos. O mejor aún, me encantaría. Una feliz oportunidad como esta dudo mucho que se me vuelva a presentar.
―Pero no os dais cuenta de que... ―empezó Roger, a la vez que se giraba hasta ponerse frente a ella.
―No, el que no se da cuenta sois vos ―le atajó ella―. Pensad que, si todo el plan del rescate funciona, y no dudo de que así será, ¿qué suponéis que hará mi esposo la primera noche que nos acostemos juntos? Ya me puedo ir preparando. Es de suponer que después de una tan larga abstinencia vendrá con unos ímpetus fieros que no sé cómo voy a poder resistir. Si, a resultas de vuestra... ―dudó antes de decir la palabra― colaboración, logro quedar embarazada, ya que desconfío de que las facultades de él hayan mejorado, sería la solución de todos mis problemas. Nadie, por las fechas, pondría en duda su paternidad. Paternidad que, por otra parte, me rehabilitaría a mí ante su familia, devolviéndoseme el respeto que se me debe. Y, por si lo anterior no fuera suficiente, durante una buena temporada quedaría liberada de sus asaltos. Ya se aliviaría con alguna de sus busconas habituales. ¡Ojalá quede embarazada!
Roger se la quedó mirando antes de decirle con una sonrisa de complicidad:
–Sospecho, Elizabeth, que me estáis utilizando, o más bien seduciendo.
―Pudiera ser así ―reconoció ella en tono desenfadado, al tiempo que se incorporaba y le daba un fugaz beso en los labios―, el problema es que me atraéis y, aunque mis malvados propósitos no lleguen a buen fin, no lo lamentaré. Sé que la primera vez que nuestras miradas se cruzaron os causé un cierto impacto, pero no es menos verdad que también vos me lo causasteis a mí. Sois un buen mozo y tenéis una apostura no muy clásica, pero sí muy varonil, que, unida a la destreza con que habéis activado las conversaciones, no ha dejado de cautivarme. Así es que cuando el barón me dio la oportunidad de asignaros un aposento vi la gran ocasión. Lo demás ya lo sabéis.
―Difícil relacionar que bajo esa adorable cabellera rubia se pueda alojar una mente tan calculadora como la vuestra.
―No hay nada como la necesidad acuciante para agudizar el ingenio. Y ahora, perdonadme, pero debo volver a mi habitación, no sea que Genevieve empiece a merodear por allí y no me encuentre. ¿Qué os parece si esta noche me reserváis un sitio en vuestro lecho para continuar con nuestro plan particular?
―Esperando ansioso estaré. Pero ¿no sería interesante para vos que, antes de abandonarme, añadiéramos una cuantas posibilidades más a vuestro plan?
―Me estoy inclinando a pensar, querido Roger ―los labios y ojos de ella se aliaron para lucir una traviesa sonrisa al tiempo que se pegaba a su cuerpo―, que os estáis tomando muy en serio lo de la colaboración.
Al anochecer del cuarto día regresó Etienne con un caballero de mediana edad y rostro grave y severo que fue presentado a Habib ibn Hishâm al-Halebi, por mediación de Roger, como Marcel de Foix, encargado por el rey Amalarico para mediar y en su caso resolver la cuestión del canje de prisioneros. En atención al cansancio de las muchas horas de ininterrumpida cabalgada de los recién llegados, se acordó fijar la reunión para la primera hora del día siguiente.
Esa misma noche Roger insistió privadamente ante su amo en que, siguiendo las tretas habituales de los cristianos en semejantes situaciones, se procuraría obtener alguna ventaja adicional al canje, bajo la amenaza de romper la negociación si no se aceptaba. Todo teatro, y más en este caso, en que el rey, condicionado por la amistad y sobre todo por la deuda que tenía con Henri de Hartcourt, ya debía de haber dado su aprobación al canje, sin más condiciones adicionales.
Ante los comentarios de Roger, un cauto Habib, dudoso entre la credibilidad que le merecía su esclavo y el interés en salvar a toda costa su misión, le prometió que reflexionaría durante la noche sobre la estrategia a seguir.
―Bien, caballeros ―tomó la palabra el barón Henri de Hartcourt ante la concurrencia formada por el enviado real Marcel de Foix, su hijo Etienne de Hartcourt, el jeque AlHalebi y Roger de Artús―, como ya se les indicó anoche, el caballero Marcel de Foix se pondrá al frente de las deliberaciones sobre el canje de prisioneros, conforme a las instrucciones de nuestro rey. Debo asimismo comunicarles que, por voluntad propia, Elizabeth me ha expresado que prefería no estar presente a fin de no condicionar con su voz y con su voto la decisión final a adoptar. Gesto que sin duda le honra. Y sin más preámbulos y una vez que mi introducción se traduzca al jeque AlHalebi, cedo la palabra al caballero Marcel de Foix.
―Caballeros y jeque ―con voz grave y severa cual correspondía a su rostro y protagonismo, el enviado real inició su parlamento―, las breves y concisas instrucciones que tengo de nuestro rey son las de que, si bien agradecemos la iniciativa de vuestro visir de canjear la libertad de nuestro valeroso caballero Hugo de Hartcourt por la de vuestro Faisal alSabah, la cual estamos dispuestos a aceptar, así se hará siempre y cuando ―centró su vista sobre el jeque― junto con Hugo de Hartcourt se nos entregue una manada de doscientos caballos de pura raza árabe, con edades comprendidas entre los tres y los cinco años. Ello se debe al entender que la superior valoración de un prisionero respecto al otro ha de ser compensada con la expresada aportación de caballos. Antes de darnos su respuesta, puedo indicarles que aceptaremos una suspensión de las conversaciones con el fin de darles tiempo, si así lo desean, para desplazarse hasta la sede de su visir y obtener su aprobación. Podéis traducir, Artús.
Roger tradujo. El jeque mantuvo su rostro inmutable.
―Antes de pronunciarnos ―cuestionó Habib a través de Roger―, ¿puedo preguntar al caballero Marcel de Foix qué criterio ha utilizado vuestro rey para determinar la superior valía de un prisionero sobre el otro?
Ante la cuestión planteada, el de Foix enarcó sus cejas, contestando con gesto displicente:
―Sus consejeros reales así lo han determinado, por lo que no consideramos oportuno entrar ahora en discusión sobre valoraciones. Esta es nuestra postura y a vos corresponde aceptarla o rechazarla. Por mi parte, debo añadir que personalmente la considero sensata y razonable.
―¿Los señores de Hartcourt ―el jeque dirigió su mirada a padre e hijo― están plenamente de acuerdo con la posición que el caballero presenta?
Padre e hijo se miraron sorprendidos ante la pregunta; hasta que al final el barón tomó la palabra con voz conciliadora.
―Bien, sí, por supuesto que aceptamos y compartimos la propuesta. Creemos que es sumamente razonable y ventajosa.
Antes de que Roger acabara de expresar las palabras del barón, Habib ibn Hishâm ya había empezado a levantarse de la silla. Una vez totalmente erguido y ante la expectación de los tres cristianos por su repentino movimiento, se pronunció:
―Bien, caballeros, permítanme que les diga que lamento su decisión. Y, contrariamente a lo que han hecho sus señorías de no dar razones sino imposiciones, les diré por qué lo lamento. En primer lugar y sobre todo, porque nosotros no hemos venido aquí a pedir ni a rogar, sino a proponer, a proponer un canje que considerábamos equitativo e interesante para ambos bandos y, aunque hubiéramos podido entrar a hablar largo y tendido sobre las valoraciones de uno y otro prisionero, conscientes de que ello hubiera podido dar lugar a serias disensiones, preferimos obviarlo, siguiendo con nuestra inicial línea de un cautivo por otro, una vida por otra, sin más adiciones ni condiciones. En segundo lugar, porque no deja de ser un insulto para nuestra delegación que se nos diga que su hombre vale más que el nuestro, con la agravante de no querer dársenos explicación o razón alguna de la regla de valoración utilizada. Inaceptable. Y, en tercer lugar, porque después de lo visto y oído no puedo por menos que atenerme estrictamente a las instrucciones de mi visir sobre el tema: hombre por hombre, sin más. Lamento, pues, dar por conclusas y finiquitadas las conversaciones y solo me resta añadir nuestro agradecimiento al barón de Hartcourt y a su familia por la hospitalidad que nos han dispensado durante nuestra estancia aquí. Partiremos al mediodía. Caballeros... ―concluyó el jeque con un discreto movimiento de cabeza e iniciando la salida.
A medida que Roger iba traduciendo la larga parrafada de su amo, los rostros de los Hartcourt y del De Foix se iban poniendo tensos y empezaban a palidecer. Únicamente el barón se atrevió a despegar sus labios para emitir con angustia:
―Pero, por favor, no se vayan todavía. Hablemos. Lleguemos a un acuerdo.
―No ―le contestó Al-Halebi con voz firme y rotunda, con la mano ya puesta en la puerta de la sala―. Hablen vuestras mercedes si así lo desean. De Artús y yo vamos bajando para dar instrucciones a nuestra gente sobre la partida al mediodía. Si antes hay novedad relevante, agradeceremos su comunicación.
El canje de los prisioneros se produjo cuatro días más tarde en el vado del río Orontes, previamente pactado. A una señal convenida, tanto Faisal alSabah como Hugo de Hartcourt espolearon sus caballos al paso, cruzándose ambos en el río con miradas de soslayo. El franco tiraba de las riendas de un joven potro de pura raza, no como concesión negociada, sino como regalo del jeque árabe al barón de Hartcourt en agradecimiento por la hospitalidad recibida en su residencia. Desde márgenes opuestas y sobre sus respectivos caballos, las miradas de Roger y de Elizabeth se buscaron sin que ningún músculo de sus rostros reflejara emoción alguna. Atrás quedaban, para no repetirse, unas noches gloriosamente apasionadas. En ellas, si bien el sexo había sido parte importante, ambos eran conscientes de que algo más les había unido: un cálido vínculo sentimental había nacido entre ellos, mas sin ningún futuro y destinado al olvido, o como mucho a un grato recuerdo. La vida seguía, pero con rumbos diametralmente opuestos para cada uno.
CAPÍTULO XIII
Los proyectos del jeque
Marzo de 1166
Las primeras leguas del recorrido de vuelta, ya en zona musulmana, discurrieron a un buen ritmo. Había deseos de volver y de poner tierra de por medio. La operación se había coronado con éxito y tanto el jeque como el propio Faisal alSabah se deleitaban ante la triunfal acogida que no dudaban se les dispensaría. El visir acudiría a recibirlos y a fundirse en un abrazo con ellos. No obstante, interesaba una llegada digna y en buenas condiciones. No debían presentarse en Alepo sedientos y fatigados, ni con los caballos extenuados y a punto de desfallecer. Se imponía un ritmo ágil pero relajado en la medida de lo posible. Tampoco había excesivas prisas por llegar cuanto antes, querían saborear el regreso. Se optó, pues, por combinar las marchas de descanso al paso con las de trotes y galopes. Ello permitiría al jeque y al noble recién rescatado hablar en su lengua después de un largo cautiverio y comentar lo que había sido su vida en la fortaleza del Krak de los Caballeros, donde había estado sometido a la custodia de los caballeros de la Orden de los Hospitalarios de San Juan.
Mientras los dos nobles árabes iban enfrascados en animada conversación, Roger, a lomos de su caballo, iba sumido en sus propias reflexiones. Era consciente de que su estatus en los dominios del jeque probablemente cambiaría. Así se lo había prometido antes de la misión, cuando habló de que sabría recompensarle. De otra parte, no se le escapaba que su amo había quedado impresionado por la soltura y fluidez con que había llevado las conversaciones, así como de la oportunidad y eficacia de los consejos que se había permitido ofrecerle sobre la postura de firmeza a mantener en las negociaciones. No, no podía volver a ser un simple mozo de cuadra con más o menos atribuciones. Estaba seguro de que contaba con el aprecio de su señor, no solo por sus cualidades, sino también por su demostrada lealtad. Tampoco es que él tuviera muchas ambiciones en cuanto al puesto a ocupar en la organización del jeque. Lo que más le importaba en aquellos momentos era que el posible cambio no se interpusiera ni hiciera peligrar sus relaciones de trato habitual con Amina.
¡Amina! Al pensar en la joven una cálida sensación invadió su cuerpo. Pronto se verían de nuevo y las horas correrían veloces al estar y sentirse junto a ella. En esta deriva mental y sentimental ocupada por Amina no tardó en emerger el rostro sonriente de Elizabeth, recostada sobre la almohada, envolviéndole con su mirada azul y con sus rubios cabellos revueltos enmarcando sus inolvidables facciones. Su imagen desplazó a la no menos deseada de Amina. Un cierto desasosiego le provocó esta su reacción. ¿Le estaba o le había sido infiel a Amina? ¿Qué había habido entre él y Elizabeth? ¿Sus sentimientos hacia esta podrían llegar a mover los que le atraían hacia Amina?
Pero no, no cabía hablar de infidelidades hacia Amina cuando ni siquiera sus labios se habían rozado en un simple beso. Era Elizabeth la que le había seducido a él, si bien con su placentera colaboración. Y por unos intereses alejados de los puramente amorosos, como los que le acercaban a Amina. Sin embargo, algo de Elizabeth, más allá del sexo, le había cautivado y era consciente de que difícilmente la olvidaría. Pero la tendría que olvidar. Nada había pasado. Nada había cambiado. En breve, tras el insólito paréntesis de la misión ante los Hartcourt, volvería a la dura realidad de la esclavitud, con sus luces y con sus sombras. Cierto que las circunstancias no la hacían excesivamente dolorosa, incluso tenía unos alicientes que nunca hubiera podido incluir en los negros presagios que sucedieron a los primeros momentos del cautiverio, pero él se había impuesto un objetivo en su vida que no debía abandonar. No. No debía dejarse llevar por la dinámica que le iban marcando los acontecimientos. Tenía que dar un fuerte golpe de timón que le hiciera saltar de la deriva que le estaba alejando de su objetivo. El dilema estaba claro: o seguir en una relativamente cómoda situación en los dominios del jeque, disfrutando de la compañía de Amina, o huir en busca de su libertad y de los suyos. Empezar a labrarse su propio porvenir dejando atrás ¿qué?, ¿un amor imposible que nunca llegaría a consumarse? Aunque los presentía, tampoco estaba muy seguro de los sentimientos de Amina hacia él. Veía claro que ambos disfrutaban de la mutua compañía y tenía fundadas esperanzas de ser correspondido, pero, aun en el supuesto de que fuera así y ella se decidiera a seguirle, los suyos no le recibirían con los brazos abiertos. De otra parte, tampoco podía descartar un fracaso en su anhelo de hacerse con un nombre y una reputación que le permitieran ascender a la ambicionada categoría de caballero, pero lo tendría que intentar. No podía quedarse allí eternamente. Tendría que huir mal que le pesara.
Concluida la misión y de regreso a Alepo con el rescatado Faisal alSabah, Habib ibn Hishâm alHalebi recibió la calurosa felicitación del visir y de los familiares de Faisal previamente avisados de su llegada. Toda la gloria y honores para el jeque. Ni la más mínima mención para su esclavo asistente.
También se esperaba a la comitiva en el retorno a los dominios del jeque. Dos de sus hombres se habían adelantado para anunciar el acontecimiento y allí estaba la familia, expectante en primer lugar, seguida de buena parte del personal de la hacienda. Al-Halebi, a caballo y al frente de sus hombres, contempló con satisfacción que en los rostros de sus seres queridos brillaba la alegría de tenerle de nuevo con ellos. Todas las miradas se concentraban en él. Sin embargo, pudo observar que la de Amina no tenía la misma dirección que la del resto de la familia, sino que se dirigía más bien hacia el centro del séquito y más concretamente hacia la posición que él sabía que ocupaba Roger de Artús.
A primera hora del día siguiente al de su llegada, el señor hizo llamar a Roger a su ya conocido gabinete de trabajo.
―Quiero que sepas, Roger ―inició Al-Halebi después de ofrecerle asiento―, que, como has podido apreciar, he recibido los plácemes del visir y de muchos cargos más. Probablemente me otorgarán alguna condecoración y no me extrañaría que también un cargo de cierta importancia. La operación, que a todos les constaba como difícil y arriesgada, se ha saldado con un innegable éxito. Buena parte de este éxito, aunque los demás lo ignoren, yo soy plenamente consciente de que se debe a tu impecable intervención. No voy a entrar en detalles; los conoces perfectamente. Después de la experiencia vivida y de otros antecedentes y circunstancias, debo reconocer que eres para mí un elemento valioso, incluso me atrevería a decir que te tengo un cierto aprecio, y no quisiera desperdiciar tus facultades manteniéndote al servicio de la cuadra donde estás. Por otra parte, hace tiempo que vengo dando vueltas al tema y creo que lo que te conviene es buscarte una buena compañera y empezar a organizar tu vida.
Ante esta última mención, a Roger empezaron a sonarle las alarmas. ¿Qué pretendía ahora el jeque? ¿Le iba a organizar también su vida personal? Este seguía con su discurso.
―Un joven bien parecido como tú, con tu cultura, valor e inteligencia, no tendrá mayor problema en encontrar esposa entre las jóvenes cristianas, cautivas o no, o, por qué no, entre las musulmanas. Yo te podría ayudar, incluso nombrarte encargado de una finca que tengo a varias leguas de aquí dedicada a la cría caballar. Ese sería un magnífico lugar para instalar tu propio hogar, viviendo entre caballos y criando nuestros valiosos purasangres. Es lo que te va y con lo que disfrutas, aparte de tener buenos conocimientos sobre ello. Y podría seguir contando contigo para misiones como la que hemos vivido, que mucho me temo se repetirán.
Roger tragó saliva y se removió en su asiento. No se le hizo difícil captar la intención del jeque amparada en la oferta que le presentaba. Algo había visto que no le gustaba y que tenía que cortar. Se limitó a contestar con respeto.
―Bien, gracias, mi señor, os agradezco vuestros consejos y generosos ofrecimientos, pero comprenderéis que, ante esta sugerencia que me presentáis de improviso y que es trascendental para mí, creo que debo sopesar mesuradamente mi respuesta. Quisiera pediros que me concedierais un tiempo para ello. Lo que sí os puedo prometer es que lo pensaré y no lo dilataré.
―Bien, que así sea si así lo deseas ―acertó a contestar el jeque un tanto contrariado por la respuesta, que adivinaba evasiva y escasamente receptiva―, pero no me lo demores demasiado. Es un trato de favor el que te ofrezco y no acostumbro a mantener indefinidamente mis ofrecimientos. ¡Retírate!
Después de la conversación con el jeque y siguiendo con los programas de entrenamiento, había salido a cabalgar con Amina. Ella delante, dominando y extrayendo de Haskhalim todo su potencial salvaje. Detrás y con serias dificultades para seguirla, a lomos de Liberto cabalgaba Roger, en cuyo cerebro aún resonaban las palabras recién pronunciadas por el amo. Mientras contemplaba a la grácil amazona, cuyo pañuelo verde de seda anudado al cuello no dejaba de ondear con la brisa, sus pensamientos volaban en torno a ella: «Se ha convertido en una magnífica amazona y en una adorable mujer. ¡Lástima que nuestros destinos no puedan llegar a unirse!».
Para que los caballos pudieran descansar y abrevar, se detuvieron en el palmeral del oasis, parada habitual de sus excursiones ecuestres. Contrariamente a lo que cabría esperar después de un ansiado encuentro al cabo de varios días de ausencia, ambos se mostraban esquivos y evitaban que sus miradas coincidieran. Se sentaron sobre los hierbajos al pie de una solitaria acacia en medio de palmeras, al borde de la charca; miraban distraídamente cómo los caballos succionaban con delectación el agua fresca del manantial. Sin decir palabra, él tomó la mano de ella llevándosela a los labios y reteniéndola allí. Ella no hizo el menor intento de retirarla a la vez que dirigía sus ojos hacia él con una sonrisa triste en su rostro. Fue Roger quien finalmente rompió el silencio.
―Recelo, mi querida alumna, que algo bulle en vuestra cabeza que os inquieta y desasosiega. Inquietud que mucho me temo podríamos compartir, al tener demasiados puntos en común. ¿Me equivoco?
Un lento movimiento afirmativo de ella fue su silenciosa respuesta. Después de varias semanas de diarios encuentros, consideró Roger que era el momento de abrir corazones y exteriorizar sentimientos.
―Esta misma mañana vuestro padre, aparte de congratularse por el éxito de la operación del canje, me ha aconsejado que debo buscar muchacha para formalizar relaciones y que cuente con su ayuda. Ofreciéndome incluso el puesto de encargado de la finca que tiene a varias leguas de aquí, dedicada a la cría caballar. Allí podría instalar mi hogar familiar.
―¿Y cuál fue vuestra contestación? ―preguntó ella con una no disimulada agitación.
―Sospecho que no fue muy de su agrado. Me limité a decirle que agradecía su generosidad, pero que, dado el trascendental paso que ello supondría para mí, le rogaba que me diera tiempo para pensarlo.
Tras una breve pausa y animado por el discreto alivio que pudo percibir en las facciones de Amina, Roger, sin dejar de mirarla y de estrechar su mano, continuó:
―Dime una cosa, Amina. ¿Tú consideras que tu padre es una persona perspicaz, inteligente?
―Sí, yo diría que lo es, incluso en alto grado. Pero no acabo de entender...
―Y siendo como es una persona perspicaz, ¿tú no crees que empieza a sospechar que entre nosotros existe algo?
―Es muy posible que así sea, sí ―confirmó ella tras una ligera vacilación.
―Ello me lleva a hacerte la siguiente pregunta: ¿tú crees que tu padre está en lo cierto al pensar así?
Amina, sin soltarse de la mano de Roger, reflexionó por unos instantes y mirándole con una tímida sonrisa, le contestó:
―¿Y si yo te devolviera a ti la pregunta?, ¿qué responderías?
―Mi única respuesta sería esta.
Pasando su brazo sobre los hombros de la muchacha y atrayéndola hacia sí, lentamente aproximó sus labios a los de ella, quien los recibió con los ojos cerrados deleitándose con la suave caricia. El beso iniciado con un ligero roce fue ganando en intensidad y embeleso, que ninguno de los dos deseaba que concluyera. Fue finalmente Roger quien rompió el encanto del momento al apartar su rostro del de ella para ponerse en pie. Tomando su mano y ayudándola a levantarse, le dijo quedamente:
―Vayámonos, Amina. No sea que comiencen a intranquilizarse con nuestra ausencia.
Ella se incorporó lentamente alisándose el chaleco y los amplios zaragüelles, para reconocer en voz apenas audible:
―Sí, vayámonos. Será mejor.
A la vuelta de la cabalgada, un servidor de la casa les esperaba para comunicar a Amina que su padre deseaba que se presentara inmediatamente en la residencia. Habían recibido una visita importante y quería que Amina asistiera.
―Bien ―le dijo al servidor―, adelántate tú para decirle que ya estoy aquí y que ahora mismo me presento, una vez que recoja mis cosas y me arregle rápidamente.
Suspiró una vez desaparecido el criado.
―Supongo que se trata de la familia de la que ya me han hablado mis padres. Vendrán acompañados de su hijo para que nos conozcamos y sobre todo para que su familia me examine y vea si me aprueba.
―Sí, está claro que el plan de tu padre pasa por atar dos cabos que tiene sueltos, pero por separado. Atarlos juntos no cabe en su cabeza o, peor aún, lo rechaza abiertamente. Anda, ve y no te demores. No sea que se impaciente. Y, si me lo permites, yo te diría que no te mostraras huraña con el pretendiente y su familia. Ello no haría sino confirmar las sospechas de tu padre y le obligaría a tomar medidas en contra de los dos, tanto de ti como de mí. Creo que debes procurar mostrarte afable con ellos.
―No me será fácil ―musitó al tiempo que se alejaba.
A primera hora de la mañana siguiente, Abdel entró violentamente en el establo e, interrumpiendo el cepillado que de Haskhalim estaba realizando Roger, le conminó para que de inmediato se presentara en la casa grande. El jeque quería verle.
Personado en la morada, rápidamente fue introducido en el gabinete del amo, quien, de pie y con las manos a la espalda, interrumpió, al verle, sus breves desplazamientos por la estancia. Con rostro serio y grave le ordenó, más que pidió, que se sentara, mientras que él continuaba moviéndose por la estancia.
―Roger, te he hecho venir para contarte una breve historia que mis hijos ignoran y para resolver de una vez por todas el problema que tú conoces perfectamente. Me atrevería a decir, sin riesgo de equivocación, que mejor que yo. Y no, no pierdas el tiempo mostrándote sorprendido. Será inútil.
«Me lo temía», pensó Roger, ante el presentimiento de que algo funesto se cernía sobre su cabeza. Los modos y palabras del jeque no daban lugar a muchas dudas al respecto.
―Hace ya muchos años ―la voz del jeque y sus movimientos denotaban una profunda agitación interior―, en el intervalo de unos pocos días se produjeron en la casa de mi familia dos partos, dos niños vinieron al mundo. Uno de ellos era yo y el otro una niña, hija de una esclava cristiana que estaba al servicio exclusivo de mi madre. Crecimos juntos siendo atendidos ambos por la madre de ella. La confianza y, por qué no decirlo, el afecto que tenía mi madre con su doméstica, unida a la semejanza de sus situaciones maternales, hizo que, con la comprensible tolerancia de mi madre, aquella niña se moviera con una cierta libertad por la casa e incluso fuera mi compañera de juegos. Al ser el último de los hijos, mis hermanos mayores me sacaban ya algunos años y no estaban para entretenerse a jugar con el benjamín de la familia. Mi padre, sin embargo, no aprobaba tal convivencia y familiaridad al considerar que la criatura debía estar en su alojamiento al cuidado de otros familiares o de otros esclavos mientras su madre servía en la casa grande. El problema era que la niña, Agnés era su nombre, no tenía padre conocido. Se supuso que lo era otro esclavo que había conseguido huir al conocer el embarazo. Tampoco tenía otros familiares, y las demás esclavas rechazaban hacerse cargo de una pequeña nacida del pecado, como decían. Debía ser quien la había traído al mundo la que cargara con las consecuencias. Pero mi madre necesitaba a su criada y no veía inconveniente en que la hija de esta estuviera cerca de ella mientras cumplía sus funciones domésticas. Mi padre, que me consta amaba a mi madre, lo toleraba, aunque a regañadientes. Y así fuimos creciendo, correteando por campos, corrales y caballerizas hasta que, ya adolescentes, comprendimos que sentíamos algo más que amistad el uno por el otro. Aún recuerdo ―al rememorar hizo una pausa recreándose visiblemente en la evocación― el impacto que me causó en la fiesta que dio mi padre para todo el personal de la finca el día de la boda de mi hermano mayor. Agnés acababa de cumplir los trece años y apareció ataviada con un vestido que había sido de una de mis hermanas. Por primera vez la vi como mujer, preciosa. No apartaba los ojos de ella, ni los suyos se apartaban de mí, que también iba vestido con las mejores galas que un muchacho de mi posición pudiera tener. Desde aquel día todos mis pensamientos fueron para ella. Pero también lo vieron mis padres. Imposible. No lo iban a tolerar. Nos separaron. A la muchacha se le restringió el acceso a la casa. Se le dieron ocupaciones en los campos de labranza para mantenerla alejada del hogar familiar. Pero nos seguíamos viendo. A escondidas y en la noche; nada ni nadie podía apartarnos. Advertencias y admoniciones de padres y hermanos fueron inútiles. Lo nuestro era más fuerte, más firme. Ilusos, así lo creíamos. Antes de cumplir los catorce años, mi padre, desoyendo los ruegos de mi madre, la vendió. La adquirió un rico hacendado casi cuarenta años mayor que ella, para destinarla a su harén particular. La desfloró la primera noche que pasó bajo su techo. A la mañana siguiente Agnés amaneció ahorcada. ―Al llegar a este punto, Habib ibn Hishâm interrumpió la narración y por unos instantes paseó en silencio por la cámara, mirando abstraídamente los dibujos del suelo alfombrado y con las manos enlazadas a la espalda―. El resto ya te lo puedes imaginar. Auténtica tragedia familiar. Sentimientos de culpa. Barrera infranqueable cargada de odio entre hijo y padre. Abismo insalvable entre mis progenitores, rompiendo la felicidad de un matrimonio en el cual nunca había habido una segunda esposa, y desolación en toda la familia. Durante algún tiempo fuimos incapaces de mirarnos a los ojos. ―Nueva pausa para mirar al muchacho―. ¿Entiendes, Roger, por qué te he explicado esta historia?
―Me temo que alcanzo a entenderlo, señor ―contestó un resignado Roger. Sus peores temores se habían cumplido.
―Bien, lo celebro. Mejor así. Nos facilitará las cosas ―admitió el jeque con gesto adusto―. Reconozco que tengo la sensación de haber cometido el mismo error que se cometió en esta casa hace años y que, a pesar de la triste experiencia que te he comentado, no supe apreciar el riesgo que corría al ponerte al lado de mi hija. Pero estamos a tiempo de resolverlo por el bien de todos sin que me hagáis recurrir a la solución de mi difunto padre. La situación ha llegado a su límite. Sabes bien por qué y no me lo niegues. Uno se va haciendo viejo, pero aún conservo ciertas facultades de observación y más aún si se trata de mi familia y sobre todo de la menor de mis hijas. Por un lado, tú me das largas a la generosa oferta que te hago para desaparecer de su entorno y, por el otro, si bien Amina procura mostrarse cortés con un posible pretendiente, su actitud de rechazo al proyecto es patente. Relacionando la serie de gestos y detalles que me habéis ofrecido, supongo que, a pesar vuestro, no es difícil llegar a la determinación de que hay que cortar ya. ―La firmeza en la voz del jeque le recordó a Roger, el momento en que, días antes, se había levantado indignado de la mesa de negociaciones del canje de cautivos―. La equitación y demás contactos se han acabado. Mejor que no te acerques a ella más. Abdel te vigilará y ya sabes el cariño que te tiene. Hoy mismo has de acompañar a Fâdel a inspeccionar unos caballos que me ha ofrecido tu viejo conocido Ahmed y mañana irás a Alepo a portar un mensaje y realizar una gestión ante nuestro visir. En los desplazamientos procura pensar en lo que te he dicho y a tu vuelta abordaremos la cuestión para resolverla definitivamente. Puedes retirarte.
―Bien, señor ―dijo Roger levantándose e iniciando la salida de la estancia.
―A título personal ―dijo el jeque imponiendo un alto en el movimiento de Roger―, quiero decirte que me disgusta profundamente esta situación y que hubiera celebrado que acabara de otra forma, pero hay ciertas barreras que, espero comprendas, son infranqueables, y yo como musulmán y como jeque de mi pueblo debo respetar y acatar sin reserva ni excepción.
―Lo comprendo, señor. Lo tendré en cuenta. Pensaré en lo que me ha dicho.
―Bien. Así lo espero ―concluyó el jeque.
CAPÍTULO XIV
El visir
Marzo de 1166
En cumplimiento de las órdenes, Roger había ensillado a Liberto y se había puesto en marcha hacia Alepo a primeras horas del día, cuando aún no había despuntado el sol. No era un trayecto excesivamente largo, pero le consumiría buena parte de la mañana. El jeque le enviaba para entregar un mensaje escrito al visir, enrollado con cinta roja en su papel más noble, lacrado y sellado con su anillo personal, y con instrucciones de recibir de este una respuesta verbal o escrita. Desconocía por completo el contenido del mensaje, así como las razones de enviarle a él, solo, en lugar de designar a alguno de sus habituales mensajeros o personal de su confianza en asuntos de su administración. Aunque no tenía clara ni la encomienda ni el método, sentía que su situación personal se iba precipitando hacia un desenlace incierto. Estaba claro que su señor le quería tener apartado de la casa, y sobre todo de Amina. La recogida de los caballos de Ahmed, junto con Fâdel, le había alejado el día anterior y la misión de hoy también le mantendría ausente. Y a su vuelta debía comentar con el jeque la posición a adoptar sobre su caso. Si no aceptaba sus condiciones de alejamiento, le vendería. En todo caso, tendría que actuar rápido y bien, ya que, ante la más mínima posibilidad de ser vendido, su única opción sería la de la huida inmediata.
¿Podría ahora mismo desviarse de su camino hacia Alepo e intentar ganar territorio cristiano? Aparentemente nadie le vigilaba. Quizá no le fuera difícil conseguirlo, pero ¿y si le seguían los hombres del jeque? ¿Y si le estaba tendiendo una trampa? Su amo era más astuto que nadie y bien pudiera haber previsto una posible tentación de huida ante la confirmación de su relación sentimental con Amina y los perjuicios que por ello le vendrían. Además, si huía ahora con el desconocido mensaje que llevaba para el visir, podrían acusarle no solo de quebrantar su condición de esclavo, sino, peor aún, de poner en riesgo la seguridad del país intentando facilitar al enemigo secretos de Estado, o de robo de documentos de suprema importancia. Ello podría suponerle la pena de muerte por decapitación o al menos de muchos años de prisión en las lóbregas mazmorras de la ciudadela de Alepo. Sería su fin. No, no debía cometer semejante imprudencia. Tenía que actuar con la máxima cautela y no cometer errores. También cabía pensar que en el documento que portaba figurase una petición de AlHalebi a su amigo el visir para que le aprisionara mientras se decidía su destino. Pero no, ello sería impropio de su dueño. Sería extraño, aunque nada se podía descartar. No, mejor dejarse de estratagemas. Cumpliría su mandato, se presentaría ante el visir, volvería a la casa del amo y esperaría a la decisión que tomara este. La suya, mal que le pesara, estaba prácticamente decidida. Giró su cabeza hacia atrás. En apariencia nadie le seguía.
Al entrar en Alepo, una vez superada la puerta oeste de la muralla, tuvo que desmontar y echar pie a tierra; nadie se lo exigió, pero lo atestado de las calles de la ciudad así lo imponía. El Liberto daba muestras de nerviosismo al verse rodeado de una humanidad bulliciosa y en cualquier momento podía ocasionar un altercado; era lo que menos le interesaba, no debía arriesgarse; guiado por el cabezal iba más relajado. Allí debían de vivir miles de personas. Las mujeres, envueltas de la cabeza a los pies en sus oscuros ropajes, deambulaban presurosas portando toda suerte de objetos y alimentos en cestos y canastas. Un buen número de varones permanecían sentados tranquilamente en las terrazas de los establecimientos, contemplando indolentes la algarabía de la ciudad a su alrededor mientras tomaban sus brebajes y fumaban con delectación unas extrañas pipas. El vocerío de los vendedores pregonando sus géneros se entremezclaba con el de los carreteros intentando abrir paso para sus transportes y con el de los caravaneros haciendo lo propio para sus reatas de camellos, cargados de mercaderías. El ambiente estaba repleto de aromas, efluvios y zumbidos de insectos; olía a humanidad, a fragancias más o menos agradables como las de especias y perfumes, que se fundía con las de comidas, putrefacciones y pestilencias de los excrementos de los animales. En su camino hacia la ciudadela, que alta y majestuosa se apreciaba en el centro de la ciudad, pasó por delante de unas grandes mezquitas desde cuyos esbeltos minaretes los muecines llamaban a los fieles a la oración. Algunas de ellas, aún en reconstrucción, mostraban las secuelas, según se le informó, de un devastador terremoto que había asolado la ciudad hacía unos veintitantos años, causando incontables víctimas y derrumbes de numerosos edificios. Aparte de las mezquitas, no le pasaban desapercibidas otras edificaciones como escuelas ―madrasas las llamaban ellos―, casas de baños, albergues para los hombres y camellos de las caravanas, además de los zocos, donde se concentraban multitud de pequeños comercios con toda clase de tejidos, especias y productos a la venta. Y cientos de casas, espléndidas algunas y humildes la mayoría, que se agrupaban en calles y plazas. Era sin duda, junto con Constantinopla, por la que había pasado unos años antes, la ciudad más grande y abigarrada de oriente que había tenido ocasión de conocer. No pudo por menos de reflexionar que aquello que tantas veces había oído decir sobre los bárbaros infieles sarracenos del Lejano Oriente no se adecuaba mucho con la realidad que estaba viendo con sus propios ojos. Consciente de que se estaba extasiando demasiado en la contemplación de tanta novedad para él, apresuró su paso hacia la ciudadela.
Ubicada en el centro de la ciudad, la ciudadela se alzaba sobre una loma. Alta y majestuosa, auténtica fortaleza. Albergaba en sus murallas de piedra de gruesos espesores la numerosa guarnición de la ciudad, así como el palacio del visir. También se apreciaba en ella que había sufrido algunos efectos del terremoto, pero mantenía su impresionante estampa de alcázar inexpugnable, a lo cual contribuían poderosamente no solo sus muros, sino también sus gruesas y enormes puertas blindadas de hierro forjado, con sus enormes clavos decorados con diversos motivos. Completaba su imagen de poderío el amplio foso que la circundaba.
Llegado a su destino, tuvo que explicar en varias ocasiones las razones de su presencia y misión encomendada. Primero al centinela del cuerpo de guardia de la torre exterior; desde esta se controlaba y custodiaba el acceso a un puente de piedra de seis arcadas que salvaba el foso hasta el nivel superior en que estaba la fortaleza. El guardián, a la vista del pliego sellado y lacrado y de que provenía del jeque Habib ibn Hishâm alHalebi, le permitió el paso hasta la gran portalada que se abría al final del puente. Nueva exposición de su cometido al oficial de la entrada principal, quien, tras ordenar su registro y apreciar que no portaba armas, le franqueó el camino al tiempo que ordenaba a uno de sus soldados que indicara al mensajero dónde debía dejar su caballo y le acompañara hasta las dependencias del visir. Más controles y explicaciones en palacio, esta vez ante secretarios y cortesanos, quienes le pedían que les entregara a ellos el documento. Ante la rotunda negativa de Roger, con la alegación de que las órdenes del propio visir eran las de presentarlo en mano a él directamente, un lacayo le condujo hasta una amplia sala en la cual aguardaban su turno varios grupos de varones; doce personas llegó a contar. Todos ellos lujosamente ataviados con sus mejores galas para la audiencia del visir. Al entrar Roger no dejaron de mirar con una cierta arrogancia las muy corrientes prendas que lucía: una aljuba y sobre esta un burnus de lana con capuchón, con las que Fâdel, por orden del jeque, le había provisto el día anterior para que su comparecencia ante el visir no fuera humillante. Resignado a soportar con su mejor paciencia la larga espera que se le avecinaba, tomó el asiento que se le ofreció.
Cuando estaba enfrascado en la contemplación de la sobria y austera decoración de la sala, propia de una fortaleza militar, pero impropia, según él consideraba, del palacio de un visir, el ligero sonido metálico seguido del movimiento de una gran puerta al abrirse cortó de raíz todos los murmullos de conversaciones de la sala. Todas las miradas de los presentes se concentraron expectantes en el hayib palaciego que apareció tras ella. Uno de los grupos se puso en pie, atusándose sus almejías de seda, prestos a entrar.
―Deberá pasar ahora el enviado especial del jeque Habib ibn Hishâm alHalebi ―anunció en voz alta el hayib.
Sorprendido, Roger tardó unos instantes en reaccionar y levantarse al oír el nombre de su señor. No menos perplejos se mostraron quienes pacientemente aguardaban su audiencia, al constatar que era el último llegado, con un dudoso aspecto de servidor, quien se les adelantaba a todos ellos en las preferencias de su visir.
El empleado palaciego le condujo a través de una sala, en el fondo de la cual se enmarcaba una gran puerta de doble hoja con ornamentaciones doradas. La flanqueaban dos robustos soldados de piel oscura, que lucían el lujoso uniforme de palacio. Sostenían cruzadas unas lanzas que se asemejaban a las alabardas que él había conocido en los ejércitos cristianos y que se plegaron con movimiento rítmico y marcial al aproximarse el hayib. Abiertas las puertas por su guía de palacio, este le anunció en voz alta.
―Roger de Artús, mensajero del jeque Habib ibn Hishâm alHalebi.
Hecha la presentación, el hayib se retiró, cerrando el acceso tras de sí y dejando a Roger en una amplia estancia en la que los vistosos tapices que colgaban de las paredes y las gruesas alfombras que se extendían por los suelos rompían la austeridad que hasta entonces había podido percibir en los pabellones de la ciudadela. Contribuía notablemente a ello un labrado artesonado sobre sus cabezas. Cuatro musculosos soldados con las piernas separadas y los brazos desplegados, apoyadas ambas manos sobre la empuñadura de sus alfanjes, permanecían apostados, rígidos e inmóviles, en cada una de las cuatro esquinas de la estancia, sin apartar la vista de su visir ni del recién ingresado.
No era la primera vez que Roger coincidía con el visir Abd Allah ben Hussair. Había tenido ocasión de verle desde una segunda posición, cuando les había recibido en la gran explanada interior de la ciudadela al regreso de la misión de rescate de Faisal alSabah. Ahora le tenía allí, de frente, mirándole con aparente curiosidad desde el centro de la sala, erguido en toda su elevada estatura, con las manos a la espalda. De complexión delgada y aparentemente fibrosa, vestía una almexía de seda azul con lujosos bordados de hilos de oro y plata en cuello y mangas, y se tocaba con un turbante blanco, del mismo tejido, prendido al cual lucía un rutilante rubí de apreciables dimensiones.
Roger le prodigó una discreta reverencia a la vez que pronunciaba el saludo ritual de as-Salam Aleikum, inmediatamente correspondido por la voz grave y profunda del visir al contestar con el Aleikum as-Salam. Viendo que este no alteraba su posición de permanente observación, optó por adelantarse unos pasos con el brazo derecho extendido ofreciéndole el pliego que portaba para él. El visir, sin dejar de observarle, tomó finalmente el rollo en sus manos y, de una rápida y enérgica estirada de la cinta, hizo saltar el lacre. Una vez liberado, alargó el pliego para proceder a su lectura.
Mientras leía, Roger observaba su rostro para poder apreciar alguna reacción. Su piel y facciones surcadas por múltiples y profundas arrugas, parcialmente ocultas por una corta y bien cuidada barba blanca, permanecían estáticas mientras duraba la breve lectura del documento. Leído este, parsimoniosamente lo enrolló de nuevo y, ofreciéndoselo al muchacho, le dijo:
―Tomadlo. Más que para mí, es para vos.
―Perdón, señor ―se atrevió a balbucear un sorprendido Roger, extendiendo la mano para recoger el pliego que el visir le ofrecía―, temo no comprender. Mi señor Habib ibn Hishâm me lo entregó para su… señoría. Ruego me excuséis si no os doy el tratamiento que vuestra dignidad merece, pero es la primera vez que hablo personalmente con un visir. Asimismo me indicó que debía esperar vuestra respuesta.
―Pues bien, esta es mi respuesta, afortunado Roger de Artús. Os devuelvo el documento porque, como podréis apreciar de su lectura, es vuestra carta de libertad. Sí, repito. Vuestra libertad. A partir de aquí y ahora sois un hombre libre, dejáis de ser un esclavo, si bien con unas limitaciones que no constan en el pliego, pero que deberemos comentar. El texto lo dice. Leed.
Por primera vez apreció Roger en el rostro de la autoridad que tenía enfrente una mueca de divertimento al observar la perplejidad que se reflejaba en su interlocutor no solo por sus palabras, sino por la lectura que iba haciendo del escrito.
Siguiendo la indicación recibida, Roger se entregó a la lectura del texto. No le fue fácil, ya que su dominio del árabe escrito estaba muy lejos de ser eficiente a pesar del tiempo e interés dedicado a ello y del auxilio de otros siervos sarracenos. Leído el pliego, comprendió su contenido, pero estaba lejos de entenderlo.
―Sinceramente, señor, si bien es cierto que así parece desprenderse del documento y que vuestra autoridad lo ratifica, permitidme que os diga que no acierto a entender las razones de esta decisión de mi señor, la cual por supuesto agradezco muy sinceramente. Ni tampoco entiendo muy bien el procedimiento seguido para comunicármelo. No conozco a fondo las costumbres de vuestro país, pero, con todos los respetos, me inclino a pensar que no debe de ser esta la forma más habitual de comunicar la libertad a un esclavo.
Ante la escrutadora mirada del visir, Roger se creyó en la obligación de añadir:
―Y le ruego, señor, que me excuse de nuevo si acaso estoy hablando demasiado y quizá sugiriendo explicaciones de vuestra señoría, cuando quizás mi obligación sea la de escuchar, callar y hacer lo que se me ordene.
Por toda respuesta, el visir se adelantó un paso y, apoyando su mano derecha sobre el brazo izquierdo del muchacho, le invitó a caminar a su lado por los alfombrados espacios del vasto salón.
―Es cierto, debo daros la razón, De Artús. ―Nueva sorpresa para Roger al sentirse llamado por su nombre y apreciar que la mano del visir se apoyaba sobre su brazo―. No es habitual, pero en este caso concurren una serie de circunstancias que así lo aconsejaban y que trataré de resumiros. En primer lugar ―prosiguió el visir iniciando un lento paseo por el salón y con un tono de voz ligeramente amistoso―, el que fuera vuestro amo y vos mismo, por lo que él me ha dicho, me habéis prestado un gran servicio al conseguir la liberación de Faisal alSabah. No solo porque siempre ha sido un colaborador muy eficiente para mí, sino también porque continuamente tenía que oír los comentarios reiterados de su familia, instándome a ejercer algún tipo de acción para rescatarle. Incluso nuestro propio emir, el venerado Nur alDin, me lo llegó a comentar en un par de ocasiones. AlHalebi se resistió a encargarse de la misión, pero, finalmente, consideró que tenía la pieza que le faltaba. Es decir: vos. No tengo inconveniente en reconoceros que vuestra exitosa misión me ha hecho ganar méritos en la consideración y respeto de mis súbditos y, más importante, en la de mi propio emir, y no digamos del interesado y de su importante familia. Así las cosas, cuando Habib vino a verme y, entre otros asuntos, me comentó vuestro caso...
―¿Mi caso, señor? Oh, perdón por la interrupción.
―Sí, vuestro caso. Sabéis bien de lo que hablo ―afirmó rotundo y contrariado el visir, deteniéndose por unos instantes―, y nunca, ¿entendéis?, nunca se os ocurra interrumpir a un visir cuando habla. A una mínima señal mía cualquiera de estos cuatro colosos que nos miran os seccionan la mano o la cabeza si es preciso. Vuestro caso ―continuó andando―, sí, vuestro caso es que habéis cometido el mayor error que puede cometer un esclavo: fijarse en la adorada hija pequeña de su dueño. Agravado en esta ocasión ―dijo alzando la entonación de su voz y apuntándole con su dedo índice― con el hecho de que ella, según parece, también se ha fijado en vos. Error fatal, imperdonable. Y la cosa se complica, aún más, cuando el señor se resiste a eliminar, vender o simplemente castigar a su esclavo e indirectamente a su hija.
Ante la mirada muda, expectante e intrigada de Roger, el visir se detuvo nuevamente girándose hacia él y, mirándole de frente, continuó.
―Como supongo comprenderéis, y vos mismo lo habéis comentado antes, el visir tiene asuntos mucho más importantes que tratar como para detenerse en los amoríos de un siervo y la hija de su dueño, pero la preocupación de mi amigo y eficaz colaborador Al-Halebi lo es también para mí. Él es un hombre inteligente y muy acertadamente consideró que, al tiempo que me transmitía su disgusto y malestar con la situación, debía proporcionarme también una posible vía de solución. Vía que requeriría una pequeña colaboración por mi parte. Y debo decir que el desenlace que me propuso me pareció de lo más razonable y acertado.
Al llegar a este punto el visir hizo una pausa para observar en el cristiano el impacto de sus reflexiones.
No osó Roger tomar la palabra esta vez, pero la expectación reflejada en su rostro, que no apartaba la vista de la faz del visir, hizo lucir en él un asomo de maléfica sonrisa.
―Pues bien ―retomó la palabra el visir, al tiempo que reiniciaban sus pasos―, la solución pasa por concederos la libertad, esa que ya tenéis en la mano, pero con una condición o, mejor dicho, con una imposición, en la cual gustosamente voy a colaborar.
Nueva parada en su discurso para mirar a Roger y complacerse con la expectación que estaba creando en el muchacho, quien, ante el silencio escrutiñador del visir, se atrevió a decir un tímido y apagado «¿señor?».
―La imposición que, como comprenderéis, no será objeto de discusión alguna, es la de que saldréis inmediatamente de esta ciudadela y de Alepo, custodiado o, si lo preferís, acompañado de una veintena de mis hombres que os aguardan en la sala contigua y que os conducirán hasta el límite de nuestro territorio en la zona de Harim, precisamente allí donde caísteis prisionero. Allí os dejarán para que podáis dirigiros a la cercana Antioquía o a donde os plazca, salvo volver a tierras musulmanas. Excuso deciros que, aunque os será difícil, cualquier intento de huida por vuestra parte dará lugar a que mis soldados, cumpliendo mis estrictas órdenes, os corten la cabeza y dejen vuestros despojos allí donde caigan. Y si pasa por vuestra mente la tentación de volver por aquí como un liberado, sabed que un cristiano que no sepa dar una razonable justificación de su presencia en tierras musulmanas probablemente será considerado como un espía y ajusticiado con la decapitación.
Aunque ya lo veía claro, Roger se atrevió a manifestar:
―Perdón, señor, ¿me permitís que diga una palabra?
―Sí, pero que sea muy breve y no para discutir mi decisión. Como habréis podido observar, tengo mucha gente esperando audiencia, que además estará contrariada por esta deferencia que he tenido con Al-Halebi. Así que no pienso concederos mucho más tiempo. Hablad.
―Simplemente, señor, si en el camino de vuelta pudiera pasar por la casa de mi amo, para recoger algunas de mis cosas y despedirme de mis caballos.
―Denegado, absolutamente denegado. Ni se os ocurra ―le cortó el visir en su papel de autoridad suprema―. El esclavo nada es y nada tiene. De todas maneras, algunas de vuestras pertenencias han sido recogidas y las encontrarás en las alforjas del caballo que os ha traído y del cual podrás disponer como último regalo de tu señor. Los hombres de Habib que os siguieron esta mañana... ―ante la sorpresa que mostró Roger, el visir puntualizó―, sí, que os siguieron, y no me miréis con cara de extrañeza, ¿qué os pensabais? Ellos han puesto todo en las alforjas. Finalmente y a título personal ―ya más calmado―, puedo deciros que, si bien tanto vos como ella os consideraréis víctimas y desgraciados por la decisión de mi buen amigo, a poco que reflexionéis, no dejaréis de apreciar que es la mejor solución para todos. Y no se hable más.
A una señal suya, uno de los soldados procedió a abrir la puerta de la sala, y el hayib, que aguardaba fuera, entró a recibir instrucciones.
―Perdón, señor ―a pesar del rostro irritado que mostraba el visir al girarse hacia él, Roger se atrevió a seguir―, simplemente os pediría que hicierais llegar, si tenéis ocasión, mi agradecimiento y lealtad al jeque Al-Halebi por el trato que he recibido en su casa; lamentando que nuestra relación haya tenido que concluir de esta manera y reiterándole mi agradecimiento por la libertad que me ha otorgado.
―Bien. Sea. Así se lo manifestaré. Que tu Dios te acompañe. Bism Allah.
Confusos pensamientos y contrapuestos sentimientos bullían en la mente de Roger mientras cabalgaba al trote corto de su tordo en dirección oeste, para alcanzar los territorios cristianos de Siria. Al inicio de la partida, el capitán del escuadrón que le escoltaba le había advertido severamente:
―Marcharemos en formación cerrada. Tú irás detrás de mí, en medio del escuadrón. Espero que seas consciente y no olvides, por tu bien, las estrictas órdenes que tenemos del visir. Cualquier movimiento sospechoso significará tu muerte.
―Os doy mi palabra de que vuestras órdenes y las del visir serán respetadas.
―Bien. Así lo espero. Adelante.
Nadie hablaba. Solo se oía el sordo rumor de los cascos de los caballos al impactar contra la dura tierra. Ello le evocaba los sonidos similares de sus cabalgatas junto a Amina. Amina. Su amada Amina. Ahora que veía claro que sentía amor por ella y que, pese a su condición de esclavo, ella le correspondía, el destino les separaba. Sí, era el destino. No había sido ni Al-Halebi ni el visir de Alepo. Había sido el triste sino de ambos quien se había pronunciado posicionándose en su contra. No podía ser. Su unión estaba fuera de todas las posibilidades. Y ellos lo sabían. La barrera infranqueable que siempre había existido entre ambos, ahora se consolidaba definitivamente con el alejamiento y posiblemente con el olvido. ¿La olvidaría? Difícilmente. Había calado demasiado fuerte y hondo en su corazón. Distinto sería el caso de ella. Su familia concertaría su boda y la obligaría a casarse con algún varón de su alcurnia. Vendrían los hijos, y el recuerdo de aquel Roger se iría difuminando con los años, en la nostalgia de la juventud pasada. Pero la vida continuaba y de nuevo, aunque había perdido al ser más querido, era y debía sentirse libre. Volvía a tener la oportunidad de seguir en pos de su objetivo vital. La fortuna le había sonreído y, pese a los negros presagios, había conseguido salir victorioso, primero, de su lucha contra la muerte tras la batalla sostenida a pocas leguas de donde ahora cabalgaban y, seguidamente, de su situación de esclavitud. No. No olvidaría el agridulce recuerdo de lo pasado en tierras sarracenas, pero ahora que todo había concluido debía centrarse en lo que le esperaba al otro lado de la línea fronteriza.
Un nombre quería recordar, sí. ¿Cómo se llamaba aquel rudo templario? ¿Cristian? Sí, Cristian de Montmiral, de la encomienda templaria de Baghrás, en Antioquía. Ese era su próximo destino.
―¡Vamos allá, mi buen Liberto, Antioquía nos espera! ―le espoleó palmeándole el sudoroso cuello.
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