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José Bengoa

LA COMUNIDAD SUBLEVADA
Ensayos y crónicas

Bengoa, José

La comunidad sublevada

Ensayos y crónicas

Santiago, Chile: Catalonia, 2022

ISBN: 978-956-324-914-9

ISBN Digital: 978-956-324-915-6

CIENCIAS SOCIALES - 300

Política y gobierno

JP

Diseño de portada: Guarulo&Aloms

Imagen de portada: fragmento del mosaico en homenaje a Gustavo Gatica, frontis Universidad Academia de Humanismo Cristiano. (Santiago de Chile)

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. Impreso en Arcángel Maggio - Uruguay Zona Franca Colonia Casanello s/n Manzana E - Predio 7, Colonia del Sacramento, República Oriental del Uruguay Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

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Primera edición: noviembre, 2021

ISBN: 978-956-324-914-9

ISBN Digital: 978-956-324-915-6

RPI: trámite v3975f (9/11/2021)

© José Bengoa, 2021

© Editorial Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

PRIMERA PARTE - LA COMUNIDAD ABUSADA

Ensayos

CAPÍTULO PRIMERO Teoría general del abuso

Comunidades abusadas

Bases culturales

A. El tiempo de la alienación del trabajo

Alienación en el período capitalista industrial

Explotación por desposesión

Primera digresión: Explotación por desposesión. Sobre la esclavitud africana y afrodescendiente

B. El tiempo del abuso contemporáneo

Ascenso e integración social

Segunda digresión: Sobre la “subordinación ascética”

Tercera digresión: La sublevación de los otros

Cuarta digresión: La patria de los hacendados

C. Abuso, ilegitimidad y desconfianza social

Quinta digresión: Operación Huracán. Las potencias infernales desatadas

Sexta digresión: El abuso eclesiástico o los feligreses abusados y sus consecuencias no previstas en la cultura del país. Una tesis audaz

D. En el origen de la rabia

E. La cultura de la prepotencia

Acerca de las nuevas (pero viejas) clases emergentes

La (hipo) tesis central

Las certezas de las clases emergentes

La cultura de la prepotencia

CAPÍTULO SEGUNDO Apuntes sobre una teoría general de la memoria

Memorias individuales y colectivas

Sobre las memorias exaltadas

Tesis de las memorias fundantes

DE LAS MEMORIAS

Primera memoria: Alexander Nevsky

Segunda memoria: Avenida 10 de Julio

Tercera memoria: The Clinic

Cuarta memoria: 33 años

Quinta memoria: “Onces” en septiembre

Sexta memoria: Los Chacarillas boys o de la amnesia chilena

Séptima memoria: La memoria de los poetas

Octava memoria: De los terremotos y otros males

Novena memoria: El sonido del silencio

Décima memoria: Emociones fugaces

CAPÍTULO TERCERO Apuntes sobre una teoría general del racismo

La búsqueda de pruebas raciales

El criminal racial

Motín a bordo

Coda La arista haitiana: Anténor Firmin

SEGUNDA PARTE - LA COMUNIDAD SUBLEVADA

Crónicas

PRIMERA SECCIÓN: La protesta

PRETEXTO: LA FUGAZ UTOPÍA

PRIMERA CRÓNICA: Que vivan los estudiantes

SEGUNDA CRÓNICA: La Alameda insurgente

TERCERA CRÓNICA: La última batalla del general Baquedano

CUARTA CRÓNICA: El día después

SEGUNDA SECCIÓN: La sublevación

BREVE ENSAYO INTERMEDIO: DE LAS NACIONES

QUINTA CRÓNICA: Los poetas de los sueños azules

SEXTA CRÓNICA: El Pacífico hirviente

SÉPTIMA CRÓNICA: La “intifada” mapuche

OCTAVA CRÓNICA: Camilo Catrillanca

CRÓNICAS FINALES: AISLAMIENTO Y ARRINCONAMIENTO EXTREMOS

NOVENA CRÓNICA: En la isla Huapi (o Wapi)

DÉCIMA CRÓNICA: En el Valle de Elicura

Notas

A Gustavo Gatica,

estudiante de la Academia, que perdió sus ojos en la revuelta

producto de la acción policial.

Y a Cristián “Cuervo” Fuentes,

que ha muerto tan joven sin tampoco ver los resultados

de esta sublevación.

ADVERTENCIA

El año 1995 fue publicado el libro La comunidad perdida. Ensayos sobre identidad y cultura: los desafíos de la modernización en Chile (Ediciones Sur). El año 2006 fue publicada la primera edición de La comunidad reclamada. Identidades, utopías y memorias en la sociedad chilena actual (Editorial Catalonia) y finalmente, el 2009, La comunidad fragmentada. Nación y desigualdad en Chile (Editorial Catalonia). Los tres libros fueron publicados nuevamente el año 2009 como parte de la Trilogía del Bicentenario, por la Editorial Catalonia. Este nuevo libro, La comunidad sublevada, se inscribe en esta colección. Se compone en su mayoría de artículos nuevos y otros publicados en diversas revistas entre los años 2019 y 2021; revisados, adaptados y completados para esta oportunidad, esperando que constituyan un todo inteligible. Los cuatro libros forman una cierta trayectoria intelectual de casi 30 años, una conversación que comparto con amigas, amigos y lectores.

SUBLEVACIÓN: “Acción y efecto de sublevar o sublevarse:

“Excitar indignación, promover sentimiento de protesta”.

Diccionario de la Lengua Española (RAE).

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO
Teoría general del abuso1

Este capítulo es un esfuerzo teórico por comprender un poco el eje de contradicción de las sociedades contemporáneas. Se trata de un fenómeno globalizado en que se producen manifestaciones de descontento extremo con la situación socioeconómica y cultural existente. Pareciera que somos muchos quienes no estamos contentos con el mundo que nos ha tocado vivir. Muchas de estas rebeliones o revueltas son destructivas, expresando una rabia profunda que tienen las personas que viven en estas sociedades. Por lo general, son países y lugares más bien desarrollados que pobres. O, como Chile, sociedades que aparentemente son ricas pero que en su interior conviven la extrema riqueza con la extrema miseria.

Comunidades abusadas

Abuso es el concepto central que explica las contradicciones de las sociedades contemporáneas. Específicamente, es la clave de comprensión de las denominadas sociedades postindustriales o, mucho mejor dicho, del “capitalismo tardío”. Estas sociedades pueden ser denominadas como Comunidades abusadas. Este concepto explica las contradicciones y sobre todo las culturas de estas sociedades y sus relaciones con el poder.2

El abuso se ha transformado en uno de los conceptos claves de este período de revueltas, en muchos países del mundo. En Chile, a partir del 18 de octubre de 2019, la sensación de abuso se ha generalizado y se ha transformado en el motor de las movilizaciones y transformaciones. En este capítulo vamos a sostener que el concepto de abuso se ha constituido en el nuevo eje de articulación de los movimientos de cambio cultural en este período histórico.3

Vamos a comparar este concepto propio del capitalismo tardío con el de alienación o trabajo alienado, propio de la fase capitalista expansiva e industrial. La comparación nos permite conocer, por una parte, las diferencias y, por la otra —mucho más importante—, el origen del concepto y sensación social de abuso. Como verá el lector, utilizamos el concepto marxista de alienación, el que nos parece mucho más actual que el de plusvalía, que como bien se sabe es mucho más propio del trabajo fabril, es decir, de la fase del capitalismo propiamente industrial.4

Abuso es un concepto subjetivo por excelencia Es el sentimiento de una persona, de un individuo/a, incluso de un colectivo, de que la sociedad o parte de ella no le retribuye adecuadamente lo que espera, que un “otro” —a veces desconocido o impersonal— lo pasa a llevar en sus derechos. Es el sentimiento del ejercicio desmedido y sobre todo impropio del poder.

Abuso es aprovechamiento del más fuerte sobre el débil o los débiles. Es la ruptura de todo sistema de derechos, que debiese consistir en que quien tiene poder debe controlarse, medirse, moderarse, frente a un conjunto de leyes y obligaciones que impiden justamente el carácter abusivo de la sociedad y el poder. Cuando la sociedad percibe que hay un grupo humano, personas de carne y hueso que se saltan las leyes y cometen todo tipo de tropelías desde el poder, surge la desconfianza en las instituciones, el menosprecio por la justicia considerada inútil y la crítica despiadada a todo sistema jurídico de derechos.

El abuso tiene muchas dimensiones, a veces contradictorias, pero las más de las veces acumulativas: a) sexuales y de género b) etnorrraciales, c) ético-morales, d) espacio-habitacionales, e) etarias (tanto de abuso infantil como de maltrato a/de los viejos), f) ambientales y de acceso a los recursos naturales (el caso del agua como ejemplo paradigmático), g) laborales y económicas, h) políticas propiamente tales... etc. No es casual el orden que acá damos a los abusos, ya que los de mayor relevancia son aquellos en que se vulnera —o se siente vulnerada— a la persona en su mismidad: género, etnia-raza, edad, dignidad, igualdad, decencia; es decir, el trato de la sociedad sobre los cuerpos humanos, etc., no siendo suficiente como explicación solamente el ingreso y su mala distribución.

El abuso es un no reconocimiento, es al mismo tiempo invisibilización, discriminación, en fin, una suerte de desprecio, es la cultura del des-conocimiento del otro. Siempre han existido diversas formas de desprecio, es evidente. Pero en este período de la “Historia” de estas sociedades con una autoimagen de opulencia, la llamada modernidad se ha transformado en “Cultura del abuso”.5

El abuso tiene como característica el ser de carácter individual, y que en la medida en que se acumula y expande se transforma en societal, sin perder su aspecto subjetivo. Cada individuo tiene su propia lista de abusos.

El abuso tiene como reacción en términos negativos el sometimiento y abatimiento. La persona abusada se siente abatida, despreciada, deprimida, e incluso fácilmente se autoculpa de la situación. La reacción hacia adelante es la violencia, la ira, rabia, el enojo violento; en fin, acciones destructivas no premeditadas, comportamiento de bandas y barras que comparten un mismo nivel de enojo, aunque no necesariamente sean los mismos abusos.6

En este libro trataremos de afirmar que el abuso es la causa profunda de la sublevación. Esta tiene tres vertientes que son concomitantes y dependientes: una, que es la mayoritaria, la aceptación silenciosa del abuso cotidiano como parte de la normalidad de la vida;7 dos, la protesta colectiva, que de acuerdo a las condiciones existentes se va transformando en revueltas y sublevación. Es la respuesta de carácter político. Y tres, la ira transformada en delincuencia, violencia individual y formación de bandas. Las tres formas de reacción se traslapan, se potencian una a una, y en ciertos momentos las personas que han aceptado la obediencia se rebelan y salen a marchar como ha ocurrido en muchos países, o votan por un cambio profundo de las reglas del juego de la sociedad. Y también los sectores iracundos y que expresan su ira de modo individual se unen a los “políticos” en un intercambio silencioso pero eficaz.8

El caso de la “pobreza por abuso”, en que se conjugan y acumulan factores abusivos, es paradigmático. La reacción negativa es la culpabilización, esto es, que se es pobre por culpa del propio pobre; las oportunidades están allí y por flojera, alcohol, en fin, por causas personales se sigue en la pobreza; la reacción positiva es la construcción de “culturas de fronteras”, esto es, sistemas de agrupamiento cultural fuera de la sociedad.9

La cultura del desprecio en Chile, del desconocimiento, ha sido dominante desde el tiempo de las haciendas, herederas de la Conquista. En esa estructura social —la hacienda rural— se formaron las bases de la sociedad chilena. No es casualidad que José Donoso denomina Casa de campo a su parábola de país, e Isabel Allende, La casa de los espíritus a la suya, además de Orrego Luco, Casa grande, y así numerosos otros pensadores y escritores que se han referido a este país como el gran fundo que sigue siendo. Ahí surgieron las castas que aún perduran en Chile (“Sociedad de castas ocultas”10), los prejuicios sociales más agudos, el patriarcalismo machista a ultranza, el hablar golpeado y cuartelero, el racismo apenas disimulado y todo aquello que aparece hoy en día como la llamada cultura tradicional a la que se aferran los sectores más duros y refractarios.

Podríamos afirmar que todo el proceso de crítica cultural y movilizaciones populares se levanta frente a este síndrome cultural hacendal rural. Por ejemplo, la noción de respeto, que es sin duda central en la vida social y comunitaria, está absolutamente contaminada con la práctica casi ancestral (tres a cuatro siglos a lo menos en este joven país) de la denominada obligación, por medio de la cual la hacienda le entregaba una “casa y goce” al inquilino y él se obligaba a trabajar en las tierras del fundo, a poner un “peón obligado” y gratuito por cierto, y un “voluntario”, que era pagado con unas pocas monedas y algo de comida (“ración”). La mujer debía sacar leche todas las madrugadas y por lo general llevar a un hijo que “amarrara los terneros”. Se pagaba en ración de comida y galleta campesina. Muy poco dinero como salario. Así quedó marcado en la mente y cultura de nuestro país, de la “gran hacienda”, hasta hoy en que los salarios son bajísimos y a los nuevos futres les parece evidente; es parte de la evidencia abusiva.11

Sin embargo, por el otro lado, la hacienda también es el origen de la idea de comunidad en Chile en la medida en que en el Valle Central a lo menos la población indígena fue aniquilada. Es ciertamente una comunidad de desiguales12. Los inquilinos y sus familias se emparentaban, se autorreconocían en un territorio determinado, comúnmente hacendal, se jerarquizaban de acuerdo a las diversas estratificaciones de la hacienda y, al mismo tiempo, comían de la misma olla de porotos con riendas y picante de grasa y color (la ración como origen de la olla común), rezaban a los mismos santos en las interminables novenas, solidarizaban frente a las desgracias y, sobre todo, no hacían grandes diferencias entre los “de adentro” de la hacienda y los de “afuera” que muchas veces eran sus parientes que se habían transformado en bandidos (“Canto por un bandido”) o que se habían ido a torreantear con sus linyeras al hombro. Los que no soportaron la “subordinación ascética” exigida a los inquilinos se fueron e inauguraron ya en ese tiempo las culturas de frontera. Miles de miles de carrilanos, miles de miles de campesinos viajaron al norte, primero a Perú con Enrique Meiggs, y luego a las salitreras, y así se fueron despoblando los campos de los más audaces, de los más atrevidos, de los más rebeldes.13

La sociedad chilena del siglo XXI, podemos afirmar, es mucho más parecida en sus fundamentos culturales a la del siglo XIX que a la sociedad semiindustrial y de clase media dominante de la mitad del siglo XX.

Bases culturales

Chile, su sociedad y Estado, al igual que todas las naciones, se ha construido sobre un conjunto de pilares o bases culturales que hoy día son profundamente cuestionadas; de su crítica podría surgir una sociedad mucho menos conservadora y más democrática, generosa y amable. Sería posible renovar la confianza en el Estado y que se lo sienta como expresión legítima de la nación y los pueblos que habitan en su territorio. Es el sueño que hace un año irrumpió.

Frente a un discurso entendido como tradicional por parte de la nación, en que lo nacional se refugia en lo territorial, entendido como fronteras, en la pura soberanía, en la sola alteridad, y no en la convivencia…, la nostalgia por esta última y el sentido dado por la acción política democrática conducen y van a conducir a cuestionar los discursos llamados tradicionales de unidad nacional y sus símbolos; en fin, las deshilvanadas proclamas republicanas. Estos símbolos patrios han pasado a ser criticados ácidamente por las masas populares y sobre todo juveniles. Es muy notable lo que ha ocurrido con las estatuas de personeros históricos como el general Baquedano, Pedro de Valdivia en una plaza de ese nombre en la ciudad de Temuco y en muchos otros espacios públicos. Se ha desatado una “guerra por la memoria”, lo que ha sido evidente en el caso de la central Plaza Baquedano o Plaza Italia, la que ha sido renombrada como Plaza de la Dignidad. El Ejército ha protestado por el uso de la estatua del general que se encontraba en el centro de ese céntrico lugar. Y la ha retirado de allí sin claro destino.14

Las culturas se construyen en largos períodos y las crisis culturales son momentos decisivos. Nadie dice que es fácil, ni menos nadie afirmaría que no son momentos de violencia y dolor. Pero también de esperanzas. Tenemos la obligación de ejercitar la crítica.

A. El tiempo de la alienación del trabajo

La alienación del trabajo o también el concepto de trabajo alienado constituyeron la piedra de contradicción central del período de crecimiento y expansión del capitalismo marcado centralmente por la industria. Alienación y abuso son dos conceptos de orígenes diferentes, pero que en este tiempo de capitalismo tardío del siglo XXI, se encuentran y combinan de manera complementaria. Es el desplazamiento no definitivo ni total desde el eje del trabajo como gozne de organización sociocultural al individuo, entendido secularmente como corporeidad, como centro de la acumulación de sensaciones de abuso.

Alienación en el período capitalista industrial

El concepto de alienación, como es sabido, se hace conocido a través de Marx, quien lo desarrolla en los Manuscritos económico filosóficos de 1844, conocidos también como Manuscritos de París. Es un texto que día a día crece en interés en la medida en que aparece el Marx humanista, el que, como es sabido, fue duramente criticado por el sovietismo y también por el afamado filósofo Louis Althusser.15

Señala Marx en los Manuscritos:16

Nuestra tarea es ahora, por tanto, la de comprender la conexión esencial entre la propiedad privada, la codicia, la separación de trabajo, capital y tierra, la de intercambio y competencia, valor y desvalorización del hombre; monopolio y competencia; tenemos que comprender la conexión de toda esta enajenación con el sistema monetario.

Menuda y actual tarea se autoasigna Marx hace 177 años. Y concluye que el trabajo, siguiendo por cierto a Hegel, es lo que hace que el ser humano se realice como tal, pero,

...el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la objetivación del trabajo. La realización del trabajo es su objetivación. Esta realización del trabajo aparece en el estadio de la Economía Política como desrealización del trabajador, la objetivación como pérdida del objeto y servidumbre a él, la apropiación como extrañamiento, como enajenación...

Alienación puede ser traducido también como enajenación, extrañamiento o desposesión (que es el término que utiliza David Harvey). Es un concepto que está ligado centralmente al trabajo y a la esfera de la producción. Tiene una connotación de emoción, de sentimiento de ausencia de sí mismo, de que “te han sacado algo propio”.17 Por ello que en la tradición marxista humanista, la Escuela de Frankfurt, en especial Herbert Marcuse y Eric Fromm, por ejemplo, será un concepto central.18 Al quitar parte de lo trabajado el trabajador se siente disminuido, arrebatado, violentado; se inicia el proceso de enajenación en todas las dimensiones que uno pueda imaginar. Este concepto fuertemente humanista fue clave en el inicio de los movimientos obreros, la organización de los trabajadores y la acción social y directa. Es lo que en definitiva caracterizó la acción social —la praxis— de los inicios de los movimientos obreros en todas partes del mundo: la sensación de vulneración de derechos, de humillación, de desposesión y robo por parte del capital y los capitalistas.

La tesis marxista central, de la pauperización creciente del proletariado y la concentración del poder económico (y por tanto político) en pocas manos, se centra en esta percepción determinante. El trabajo es expropiado. Alguna vez hubo quienes señalaron que esta tesis estaba equivocada, ya que ese proceso de empobrecimiento y concentración no se daba en los países centrales. Por cierto que Rosa Luxemburgo y numerosos dirigentes tempranos señalaron que existían transferencias y que el proceso se daba cada vez más a nivel global. Hoy no hay nadie que pueda objetar esta tesis cuando se observa, por una parte, la riqueza acumulada y crecientemente concentrada en pocas manos globales y, por otra, la miseria generalizada en los continentes africano, latinoamericano y asiático. Así, el impuesto a los grandes ricos es parte del debate actual. Los miles de ahogados y migrantes que sobrepasan todo lo imaginario es un espectáculo brutal que trae todos los días las pantallas de televisión.

Alienación es diferente al concepto equivalente de plusvalía19 o plusvalor, como traducen algunos nuevos traductores, que es un concepto de tipo estructural y no necesariamente subjetivo y que será desarrollado por Marx en sus obras de madurez, en particular en El Capital. La plusvalía no es necesariamente sentida por el trabajador, no así la alienación, por lo que la persona siente que se le expropia el fruto de su trabajo.

Las diferencias son muchas y no es necesario en este artículo señalarlas todas. Pero es evidente que el movimiento que produce el concepto de alienación es mucho más anárquico, en el sentido de que surge del sentimiento propio de la individualidad y se conjuga con otros sentimientos semejantes; en cambio, la plusvalía es un concepto que lleva directamente al concepto de clase social y, en este caso, al de la lucha de clases.

Los movimientos sociales y políticos que surgen de este concepto de plusvalía se van a caracterizar por su organicidad, racionalidad y la pretensión decimonónica de cientificidad. Hegelianamente, la salida de la extracción de la plusvalía será por medio de la “superación” dialéctica, el paso de un estadio (Hegel, Fenomenología del espíritu) a otro superior. La mirada de la alienación es, en cambio, mucho más ambigua y total, cubre una multitud de espacios en la medida en que es un sentimiento.20 Por ello su regreso en estos años del capitalismo tardío.

Habría que decir que esta experiencia, la de la alienación, surge en momentos históricos determinados, que se repiten cíclicamente y quizá son actualmente presentes: Es en primer lugar el hecho clásico del artesano, del fabricante, del trabajador manual que hace un producto y se encariña con su obra y luego “ve” que se le va de las manos y a veces por unos centavos. El valor subjetivo, que le otorga su autor, no es reconocido por el comprador o directamente por el mercado. Se produce una enorme distancia entre la autovaloración, medida por el tiempo de trabajo entregado, y la que se le otorga en el precio del mercado. Posteriormente Marx, desde una mirada mucho menos subjetiva y quizá economicista, le dará el nombre de Valor de Uso y Valor de Cambio. En segundo lugar es el caso bien conocido y tratado en que el obrero de la construcción por ejemplo, que hace casas de ricos, no tiene dónde vivir.

Explotación por desposesión

Comprender el concepto de alienación en el capitalismo tardío es un asunto de la mayor relevancia. Sobre todo porque para algunos el sentimiento de explotación no existiría y, por el contrario, el trabajo —en especial en épocas de escasez laboral— casi sería una bendición. Analicemos el asunto.

Habría por lo tanto que aventurar una definición más precisa de este fenómeno al que llamaremos Explotación por desposesión parafraseando el concepto acuñado por David Harvey. Es una suerte de teoría que plantearía, por lo tanto, una suerte de despojo permanente. Los niveles de explotación del trabajo, de extractivismo y ruptura del medio ambiental pueden llegar al infinito. Las pateras africanas subsaharianas que se lanzan al mar y las caravanas que cruzan el desierto en el norte de Chile, por dar dos ejemplos ampliamente vistos, solamente pueden ser explicadas por conceptos de esta naturaleza casi absoluta.

En definitiva, lo que caracteriza al mundo contemporáneo son formas de explotación producto de los procesos de desposesión. Es la ausencia del trabajo, pero también la aceptación pasiva y silenciosa frente a la falta de todo medio de subsistencia. La constatación, en estos meses de pandemia producto del coronavirus, de la existencia de un enorme contingente de trabajadoras y trabajadores silenciosos que hacen tareas indispensables para que otro sector esté confinado en sus hogares y frente a los computadores unidos por zoom es parte de este proceso. Barrenderos, limpiadoras, cuidadores y cuidadoras no pagados, personal de la salud invisible en tiempos de normalidad sanitaria, cuidadoras y personal de casas de viejos, y cientos de oficios, se han puesto en la mira de economistas y gobernantes.21

Primera digresión:22 Explotación por desposesión. Sobre la esclavitud africana y afrodescendiente

El caso de la esclavitud es uno de aquellos que podríamos denominar de “explotación por desposesión extrema”. Tuve por enorme suerte ser invitado un par de veces a la ciudad de Nantes al Foro Mundial de los Derechos Humanos. Esa ciudad se desarrolló económicamente durante siglos gracias a la trata de esclavos. Allí operaba un mercado de esclavos y sobre todo salían de su puerto fluvial los “barcos negreros” rumbo a las costas de África y luego seguir hacia Haití, Nueva Orleans y los mercados de esclavos americanos principalmente colonizados por franceses. Lo mismo ocurría al regreso en que traían a esa ciudad las piezaspara ser vendidas y repartidas por los mercados europeos. Esa ciudad ha planteado una suerte de “memoria contrita”, señalando sus responsabilidades históricas en ese maldito comercio humano. Por ello allí se realiza cada dos o tres años este foro multitudinario, que tiene especial dedicación a los temas africanos subsaharianos. Se ha construido un monumento al lado del río Loira en que se camina por encima de una especie de cubierta de buque y se ve abajo lo que serían las personas amarradas con grillos de fierro y el sonido de esos dolores terribles. Allí, leyendo materiales y viendo testimonios, comprendí el sentido de esos grilletes. Era por cierto para que no escaparan los esclavos secuestrados del África, pero sobre todo para que no se arrojaran por la borda —en especial las mujeres con sus hijos—, en una forma horrible de suicidio.

En el caso de la esclavitud existe por cierto en su grado máximo la conciencia del abuso. Conduce esa conciencia normalmente a la desesperación. Por ejemplo, en las “reales ordenanzas” se establecen permisos firmados —en el caso que conozco— por el rey de España, para “sacar piezas” del Golfo de Guinea, y si se daban permisos a un negrero para mil piezas (esto es, mil personas esclavizadas) se daban quinientos más de reposición, ya que se sabía muy bien que esa era la cifra promedio que moría en el camino. Por ello se los engrillaba a la cala del buque, tal como lo podíamos ver en la reconstrucción realizada por los artistas en las orillas del río Loira, en Nantes.

Afortunadamente, muchas veces asaltaron el barco negrero, se apoderaron de él y se fueron a las costas, como el caso del Chota en el río San Lorenzo en el norte de Ecuador casi fronterizo con Colombia. Cuentan las historias que varios barcos fueron llevados por los rebeldes a las costas y allí incendiados. Los cimarrones, que así se los denominaba y hasta ahora se conoce a los que huyeron, se fueron desparramando en las costas y otros se adentraron por el San Lorenzo hasta encontrarse con población indígena con la que se mezclaron, formando una sociedad en los valles del Chota. Esmeraldas, hasta el día de hoy, es una ciudad mayoritariamente de población afrodescendiente, al igual que las caletas pesqueras de la zona, tales como Atacames, una de las playas más famosas. Las costumbres africanas, a lo menos hasta la década del setenta en que conocimos bien la zona, dominaban. Enormes marimbas de sonidos pastosos se combinaban con toda clase de tambores y ritmos sabrosos propios de la vida en libertad.

La profesión como sublimación de la alienación

Probablemente no hay escapatoria humana a la alienación. Siempre habrá una brecha (gap) entre expectativas y resultados. El trabajo en sí mismo es un proceso de transferencia de energía desde el individuo a un objeto. Sin embargo, una cosa es la idea abstracta de alienación y otra el trabajo alienado del sistema capitalista expansivo y, sobre todo, de la explotación por desposesión en el capitalismo tardío. Veamos el asunto con más detalle.

Max Weber desarrolló el concepto de profesión, de indudables resonancias protestantes e incluso calvinistas propiamente tales. Consistiría, dicho en palabras coloquiales y actuales, en el sentimiento de tener una misión en la vida, consistente en colaborar mediante el trabajo en y con la creación de la naturaleza, del mundo que toca vivir, de la sociedad; es decir, completar la obra de Dios. La profesión es el camino al cielo, para decirlo con una frase fácil de comprender. La maldición divina al primer hombre, “ganarás el pan (trabajarás) con el sudor de tu frente”, fue dada vuelta por la reforma y transformada en “camino de perfección”.23

Dice Max Weber en su famoso estudio sobre el “espíritu” del capitalismo:

Evidentemente, en el vocablo alemán “profesión” (beruf) (…) existe por lo menos una remembranza religiosa: la creencia de una misión impuesta por Dios. (...) En cualquier caso, lo nuevo, de manera absoluta, era que el contenido más honroso del propio comportamiento moral consistía, precisamente, en la conciencia del deber en el desempeño de la labor profesional en el mundo. Esa era la ineludible secuela del sacro sentido, por así decir, del trabajo y de lo que derivó en el concepto ético-religioso de profesión: concepto que traduce el dogma extendido a todos los credos protestantes, opuesto a la interpretación que la ética del catolicismo divulgaba de las normas evangélicas en praecepta y consilia y que como única manera de regirse en la vida que satisfaga a Dios acepta no la superación de la moralidad terrena por la mediación del ascetismo monacal, sino, ciertamente, la observación en el mundo de los deberes que a cada quien obliga la posición que tiene en la vida, y que por ende viene a convertirse para él en “profesión”.24

En el lenguaje del Marx joven —con el que hacemos contrapunto en este escrito—, sería un caso perfecto de “falsa conciencia”. El trabajo alienado se sublima en la propuesta profesional, en la perfección, puntualidad, rigor, y en la idea de una retribución ascética que se posterga al más allá. Una vida ordenada, dedicada al trabajo se compensará con la “gloria eterna”.

El Código de la decencia

La idea de “decencia” se relaciona con la de profesión. Las personas decentes, se dice, se afirma y se cree, son aquellas que justamente trabajan de modo ordenado, consciente, respetuoso de sus mayores y de las jerarquías. La apariencia además es de una persona decente. Esto significa signos exteriores acordes con estas ideas: limpieza, cabellos cortos y bien ordenados, ropa bien planchada, corbata o, en el caso campesino, camisa blanca abotonada, y así según las costumbres.25

Cada sociedad y sobre todo las sociedades populares tienen su “Código de la decencia”. Es un conjunto de ideas, imágenes, cuidados, gustos y símbolos que expresan lo que es una persona decente y no decente. Una persona digna de consideración social, éticamente irreprochable, y por tanto valorada socialmente. La valoración social se refleja como un espejo en la autovaloración, autoestima; en fin, en una cantidad de valores de la mayor importancia social.

En el estudio citado, realizado en base a entrevistas, se observaba que a pesar de que el trabajo por cuenta propia, por ejemplo vendedor de super8 (un chocolate o galleta famoso en los noventa que se vendía en los autobuses y cruces de calles), retribuía más que el trabajo asalariado, este último era considerado como más decente. Por razones éticas, se prefería un trabajo menos remunerado a otro lleno de incertidumbres y en el borde de la marginalidad o incluso de la delincuencia. Las entrevistas señalan por ejemplo la importancia de que los vecinos vean la persona saliendo de casa temprano en la mañana rumbo al trabajo. En cambio el ambulante duerme hasta tarde y se levanta sin arreglarse al modo operario; por el contrario, busca una tenida deportiva pobre, de modo de correr entre los autos vendiendo sus productos.

Es interesante analizar que estos estudios de los años ochenta y noventa realizados en Santiago de Chile mostraban un fuerte componente de la ética de la clase obrera minero-industrial; fragmentos aún no demolidos de lo que fue el largo proceso de formación de la clase obrera chilena, the making, en la voz de W.P. Thompson.26 Por cierto que estas ideas no fueron tomadas en cuenta por los gobernantes, y ni siquiera fueron consideradas estas variables de tanta importancia en el futuro.

Con el paso de los años ese Código de la decencia se fue esfumando y ganó crecientemente sobre todo en los jóvenes el “Código del consumo”, y por tanto sin importar demasiado el origen de esos recursos e ingresos. Ya no importaba mucho si se vendía en el mercado de los microbuses, callejero, o se vendía cualquier cosa. Lo que comenzó a importar fueron las zapatillas que se usaban, por cierto de marca y caras, los pantalones abombachados, las camisetas estampadas; en fin, con el tiempo los celulares que se usan, esto es, las baratijas de la modernidad. De los super8 se pasó a vender cualquier mercadería y por cierto las que entregan mayor ganancia, como las drogas.27

Podríamos aventurar que una de las características del capitalismo tardío es la paulatina pérdida del concepto de profesión. El levantarse temprano que algunos predican aún como central es una fantasía casi ridícula, ya que es de todos bien conocido que las grandes fortunas no se han hecho por exceso de madrugación.

La liquidación de la conciencia obrera en el período del capitalismo tardío, esto es, de la conciencia colectiva de la explotación del trabajo (plusvalía), ha conducido a reacciones políticas en las antípodas de las conductas clasistas aventuradas por ejemplo por Carlos Marx. La votación inglesa del Brexit o el soporte de Donald Trump en las antiguas clases minero-industriales desmanteladas ya es un fenómeno bien analizado.28

Habría que concluir que tanto la pérdida del concepto de profesión y su derivada criolla, la decencia, están ligadas directamente al aumento del sentimiento y concepto de abuso. Es indudable que hemos asistido, en los últimos 30 años sobre todo, al desplazamiento de la centralidad del trabajo productivo, del trabajo industrial con las consecuencias éticas más profundas y por consiguiente con cambios muy radicales en las sociedades.29

Salarios en disputa

El salario está determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero. Necesariamente triunfa el capitalista. El capitalista puede vivir más tiempo sin el obrero que este sin el capitalista. La unión entre los capitalistas es habitual y eficaz; la de los obreros está prohibida y tiene funestas consecuencias para ellos. Además, el terrateniente y el capitalista pueden agregar a sus rentas beneficios industriales, el obrero no puede agregar a su ingreso industrial ni rentas de las tierras ni intereses del capital. Por eso es tan grande la competencia entre los obreros. Luego solo para el obrero es la separación entre capital, tierra y trabajo una separación necesaria y nociva. El capital y la tierra no necesitan permanecer en esa abstracción, pero sí el trabajo del obrero. (Carlos Marx. Primer Manuscrito)

La imagen del cuenta-propista e innovador

Se supondría —Marx dixit— que Robinson Crusoe es la imagen de la no alienación, del hombre libre en una isla, del self made man. Marx se burla y los llama “robinsonadas”.

La suposición es fuerte y está nuevamente de moda. Hoy se los denomina “innovadores/as” y a la actividad comercial, “emprendimiento”. Se diría que en la medida en que a la persona nadie lo manda en forma directa, que trabaja por su cuenta, y sobre todo que innova, inventa ejerce su creatividad, que realiza un “emprendimiento”, para utilizar un término que está muy en boga; en ese sentido, no habría alienación del trabajo, o a lo menos no existiría ese sentimiento como elemento central de movilización.

La experiencia del campesinado es clave para comprender este asunto. Marx, en su libro conocido como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, trata muy mal a los campesinos y les dice que son como “un saco de papas”, es decir, no hay colectivo, solo son un agregado semejante a las papas. No habría allí conciencia de clase, ni en sí, ni para sí, ya que tienen su alma dividida: son patrones y trabajadores de sí mismos al mismo tiempo. Sus conductas sociales y políticas han cambiado y caminado en zigzag a lo largo de la historia, como es de toda evidencia.

Esta aseveración no hace mejores a los obreros industriales o mineros, al proletariado, con supuesta conciencia de clase, en su actuación social y política. En 1847/48, Marx no tenía por qué suponer que esas clases obreras surgentes y revolucionarias terminarían hoy en día en posiciones tanto o más reaccionarias que los campesinos. Una corriente importante en la política occidental consideró que la existencia de una gran masa de propietarios pequeños, campesinos sobre todo, sería un freno a los extremismos y sobre todo al comunismo; una suerte de garantía de la democracia en el decir gaullista francés. De allí la historia de subsidios, apoyos estatales, etc.

Es otro caso de falsa conciencia. El cuenta-propista, comerciante pequeño por ejemplo, puede que no “vea ni sienta”, que el fruto de su trabajo se enajena, se va a otro lado y se le vuelve en contra, pero rápidamente comprenderá que la cadena de comercialización lo lleva a una situación de intercambio desigual, y, por ejemplo, que el sistema bancario financiero lo explota y esquilma, en fin, que hay también una suerte de desposesión, para seguir con la idea de David Harvey, que enriquece a unos y empobrece a los otros, siguiendo la tesis marxológica de la concentración creciente de los medios de producción y la pauperización relativa de los asalariados y, en este caso, los cuenta-propistas. Las ilusiones campesinas de trabajo con lo propio y prosperidad asegurada se golpean frente a la evidencia. Chile es un caso extremo y expresivo de esta situación. Las campañas pro pymes y los programas de innovadores individuales que se van a hacer millonarios duran lo que un vaso de agua en un canasto. Es el afamado cuento campesino de las “picanas”.30

La desocupación como abuso y al mismo tiempo alienación extrema

Y la otra derivada es la desocupación ya no solamente de los migrantes, sino que también de las poblaciones locales que salen o son expulsadas de los mercados de trabajo.

El capitalismo tardío se ha caracterizado por la mala distribución de las ofertas laborales y sobre todo por la precarización de los puestos de trabajo. Los estudios realizados en la zona sur de Santiago de Chile muestran que los abuelos y abuelas trabajaban (sobre todo mujeres) en las industrias textiles (Yarur, Hirmas, Said, etc.), los padres después de una larga cesantía trabajan por cuenta propia y parcialmente en obras públicas (peones de pala y picota) y los hijos no trabajan ni estudian, los conocidos como “ninis”.

La historia es bien conocida. Un campesino de subsistencia y mercado a la vez debía saber una cantidad de asuntos que hoy día ni siquiera son capaces de ser manejados por el nivel universitario. Debía, nuestro campesino o artesano, saber de meteorología indispensable para las siembras, saber de semillas y variedades de cultivos, conocer los tiempos por cierto y manejar las señalas del mundo simbólico religioso, sin el cual no era posible que la producción prosperara. Cultura, como es bien sabido, viene de la palabra cultivo y el primer libro o poema escrito, según se dice, fue Los trabajos y los días, de Hesíodo.

En la medida en que la división técnica del trabajo aumentó, la especialización fue ganando terreno hasta llegar a la primera gran modernidad del siglo XX (Charles Chaplin en Tiempos modernos), en que el trabajo en cadenas de montaje condujo a la parcialización casi completa del conocimiento. Un gerente de un viñedo de Aconcagua, al norte de Santiago, nos señaló en una visita con mis estudiantes que “no le gustaba la gente con iniciativas”, que el trabajador debía obedecer ciegamente lo que se le ordenaba en el trabajo. Y “sin pensar” agregó.

No hay fruto directo del trabajo individual, ni en equipo, y por lo tanto el mismo concepto clásico de trabajo alienado se disuelve en un colectivo abstracto y anónimo de la cadena de montaje. Por tanto ha variado el concepto, las sensaciones y emociones ligadas a la experiencia directa del trabajo.

La especialización que ha caracterizado a los procesos productivos del fordismo y posfordismo se ha entrometido en áreas que no necesariamente aumentan la eficiencia y más bien, por el contrario, rompen el carácter holístico necesario del saber y pensamiento humano. Dos casos. En la medicina se ha llegado al extremo de las especializaciones, tanto que a los médicos se los denomina especialistas. Cada uno de ellos se preocupa y dedica a una parte de la anatomía del cuerpo, de su fisiología, en fin, su especialidad. Se echa de menos hoy en día el médico general que se ocupa del conjunto armónico del cuerpo y de su evidente relación con el “alma”, esto es, lo psíquico. Es por ello que se está produciendo un regreso a sistemas de salud que se caracterizan por trabajar en el equilibrio corporal.31

Algo semejante ocurre en el ámbito académico, en el que la hiperespecialización se está transformando en una barrera al conocimiento. Cada disciplina pone murallas artificiales con la vecina y desata un caudal de subdisciplinas, entidades asociadas, revistas especializadas; en fin, conglomerados encerrados en sí mismos y con lenguajes crípticos inentendibles para los no iniciados. Si a eso se agregan los sistemas de promoción académica que favorecen y exigen la especialización ad nauseam, tenemos un sistema científico-técnico que es eficiente por un costado y hace agua por el otro, como es de toda evidencia en la actualidad pandémica del mundo.

El abuso en los cuerpos

El período que estamos estudiando tiene en el movimiento feminista uno de los elementos centrales, sino simplemente el central. En Chile ha habido una revolución de los cuerpos femeninos y masculinos. Hasta hace unos años era un tema de un grupo de activistas feministas y con el paso de estos años se ha transformado en fuente de transformación profunda de las bases sociocultural de la sociedad. Lo que ocurre con los desplazamientos en el ámbito del trabajo es parte de un cambio de perspectiva en todos los terrenos y sobre todo en el denominado de “género”. Hacer del propio cuerpo un ente autónomo es quizá uno de los cambios epocales más profundos que estamos viviendo: derecho a la salud reproductiva, a cambiar de sexo, a tatuarse la piel y, por cierto, el derecho al buen morir y disponer de su cuerpo a como le parezca al sujeto, sea este hombre o mujer o trans.

Se ha producido un desplazamiento desde el producto enajenado al cuerpo alienado por el cansancio, la mala calidad ambiental, las largas horas de la jornada, los medios de transporte excesivos; en fin, todo aquello que supera la simple fatiga.32

La sociedad y el Estado, sobre todo, en este período no tienen derecho a inmiscuirse en los asuntos corporales. Desde siempre quizá que el Estado —todos los Estados— era custodio del cuerpo humano, dictaba reglas de higiene, prohibiciones de todo tipo (sobre todo a las mujeres); en fin, los cuerpos eran de una u otra manera construidos por el Estado.

Desde el cambio ocurrido en estas últimas décadas, y sobre todo en estos años recientes, se critica la capacidad del Estado de actuar en estos ítems denominados como valóricos por la prensa. No cabe mucha duda de que se trata de uno de los ejes —si no el eje— más significativos de la nueva cultura postindustrial.33

En entrevistas realizadas hace ya unos años a mujeres jóvenes del campo, nos llamó la atención que las frases repetidas eran: No quiero tener el cuerpo de mi madre (gordura producto de pariciones múltiples y el trabajo de sol a sol), y también, me aburrí de trabajar con el poto pal sol, cuando se debe agachar a plantar, cosechar, etc.

Resultado de ello son las migraciones en busca de trabajos limpios. Aunque el salario sea mayor en las cosechas, se prefiere el de cajera en un supermercado o asuntos semejantes en que no se está en condiciones de violencia corporal. Si a ello se agrega una ampliación evidente de la cobertura educacional formal, una mayor exposición a la enseñanza secundaria e incluso superior, se comprenderá por qué hay sectores juveniles que no aceptan ciertos trabajos, no tanto por el salario, sino por las consecuencias que tiene sobre los cuerpos.

El síndrome del consumo infinito

La derivada siguiente es la que se refiere a las remuneraciones que no permiten acceder a las expectativas de consumo que plantea la sociedad en su conjunto y sobre todo el sistema de comunicaciones (publicidad sobre todo), basado en el concepto de consumo infinito.

Quizá en este concepto reside un elemento que caracteriza al capitalismo tardío del que estamos hablando. En este caso, el rasero de la explotación no está en la relación entre productor y producto alienado, sino entre el trabajador (como productor puede ser también...) y el consumo deseado y esperado.

Se trata de un nivel general de consumo establecido históricamente (como siempre ocurre por lo demás) por el conjunto de la sociedad y bajo del cual no es posible incluso vivir. La canasta de consumo básico está llena de elementos simbólicos y comunicacionales que tienen tanta o más importancia, hoy por hoy, que la alimentación misma (sobre todo la sana).34

El traslado de las contradicciones a la esfera del consumo es un hecho de la causa. Por cierto que hace ya ciento y tantos años era impensable esta dimensión e, incluso, Carlos Marx dejó el tema de la distribución y consumo para el final, ni siquiera se lo tocó en El Capital de manera profunda.

Si bien como se ha dicho, tanto el concepto de trabajo alienado como el de abuso se traslapan, es este último el que se entronca con mayor profundidad con el consumo. La noción postindustrial del consumo sin límites, del extractivismo sin medida, de la acción violenta contra la naturaleza, se confronta hoy día con las pandemias, la sinrazón de un mundo anclado en estas ideas propias de un neoliberalismo trasnochado y sobre todo irresponsable.

En el libro La comunidad perdida y en los siguientes libros de la serie, acuñamos el concepto de modernización compulsiva, ya que nos dimos cuenta muy tempranamente de que la sociedad chilena salía del período dictatorial altamente traumatizada y que buena parte de ella, sino toda, quería dar vuelta la página, como dijo un Presidente explícitamente. Adquirir aparatos modernos, modernizar la vida cotidiana, consumir la modernidad fue el escape “hacia adelante”, de modo de olvidar lo que se había vivido en los casi 20 años de dictadura. El mal fue el símbolo de este período.35 Un enorme espacio controlado, climatizado, donde se puede comer en un patio de comidas alimentos rápidos, productos etiquetados en inglés y que aparecen en las películas: hamburguers, cheese cake, Pizza Hut, y todo tipo de combinaciones criollas, adaptadas a los sabores locales.36 El consumo de “las baratijas de la modernidad” fue la promesa de Pinochet el año 1980 cuando ganó el plebiscito para aprobar la Constitución.37 Fue la promesa incumplida que lo llevó a perder el segundo plebiscito, en el cual ganó la opción del No, que lo obligó a dejar el ejercicio del Gobierno y mantenerse como jefe del Ejército y senador designado. La promesa del ochenta no se cambió y se le dio un nuevo significado: el consumo de la modernidad permitiría olvidar las atrocidades cometidas por los militares. Esta opción, quizá poco consciente, permitió que los civiles pasaran olvidados en la larga coyuntura, que los empresarios se adaptaran rápidamente a las nuevas circunstancias y que un proceso de “chorreo” llegara a amplias capas de la población, permitiéndoles participar en los beneficios de la modernidad. Para los ingenuos, Chile se modernizó rápidamente con la nueva democracia alcanzada.38Sin embargo, lo que hemos afirmado en estos textos es que la modernización en las cosas es muy diferente a la modernidad en las mentes y culturas, la que en este largo período se mantuvo incólume e incluso retrocedió a períodos de mayor segregación. Una sociedad de castas ocultas, como la hemos denominado, con celulares y computadoras. Con comida rápida y sistemas de delivery por doquier. Pero como todas las cosas tienen una acción y reacción, lo que no se percibió es que esa modernización compulsiva conduciría a un nuevo proceso de conciencia social, diferente al anterior pero lleno de potencialidades. De eso es lo que estamos hablando en este capítulo.39

B. El tiempo del abuso contemporáneo

Abuso pareciera ser el concepto clave en los tiempos actuales. Es un eje de comprensión cultural de un conjunto complejo de movilizaciones, demandas, desconfianzas en el sistema político y público; es también lo que explica la ira de estas sociedades y no en menor medida los traumas y problemas psíquicos de estas poblaciones, etc. Es uno de esos términos que aúnan un momento coyuntural o un período determinado.

Es un sentimiento, una emoción, como se ha dicho ya varias veces en la primera parte de este trabajo. Es por tanto altamente subjetivo en la medida en que es un sentimiento, pero es una experiencia intransferible y sobre todo frente a la cual no se puede criticar. La persona que se siente abusada no requiere que nadie le explique, ni deja espacio a que le digan palabras de buena crianza.40

Sin embargo, al igual que otros conceptos que surgen de la experiencia individual y se transforman en colectivos, en este caso se produce un encuentro con los otros, con el grupo, e incluso con masas de personas. Cada uno se siente abusado por un motivo o varios, pero en el conjunto se levanta la idea de una sociedad abusadora, la “Comunidad abusada” de la que estamos hablando.

Son muchos los autores que miran la sociedad contemporánea moderna y occidental con un enorme dejo de pesimismo. La sensación de abuso está generalizada. Las movilizaciones que surgen de estos sentimientos suelen ser muy violentas, espontáneas; en fin, diferentes a los períodos anteriores.41

Ascenso e integración social

Las bases de la integración social se fundan solo en promesas de ascenso social, ya que no hay disposición alguna de eliminar el espíritu de casta. Esto vale en Chile, pero también en Europa y muchos otros escenarios. Piketty, el economista francés, señaló con mucha exactitud que las herencias (el patrimonio acumulado) son una de las claves de comprensión de estos fenómenos. Si no hay una ruptura de los procesos de acumulación a nivel familiar y social, los llamados al ascenso social son inconducentes y sobre todo mentirosos.42

Las promesas de un consumo más amplio, de movilidad social y por tanto de integración son falsas. Ahí reside, quizá, uno de los ejes de las protestas actuales en Chile y numerosos países sacudidos por el despertar social. Cada estrato o subestrato social tiene, además de su piso, su techo, y hasta allí se asciende. El resto son consideraciones extraeconómicas: género, raza o etnia, “facha” o “pinta”, etc., que hacen su trabajo de no dejar pasar a advenedizos, por más que hayan estudiado en las universidades brillantemente.

Segunda digresión:
Sobre la “subordinación ascética”

La subordinación ascética fue el relato de la hacienda hacia los inquilinos: “Si te portas bien, ahorras, eres buen trabajador, no eres borracho, podrás reunir un dinero y comprar una pequeña propiedad en el pueblo o villorrio vecino”.43

Rafael Baraona, en su conocido libro Valle de Putaendo, señala que los inquilinos de ese valle en la zona de Aconcagua, al norte de Santiago, pensaban en el camino hacia la propiedad privada que se podía realizar ahorrando y sobre todo teniendo muchos animales, esto es, “talajes”, en el decir de esa época. Es así que el pueblo de Putaendo, formado por “quintas” y pequeños sitios, estaba formado por exinquilinos de las haciendas vecinas, especialmente de la Del Tártaro y Lo Vicuña, enormes territorios privados. Los inquilinos “mayores” tenían como regalías más talajes; esto es, muchos animales que podían pastar en las tierras de la hacienda, sobre todo en las veranadas de la cordillera. La teoría de Baraona sobre el asedio interno explica el modo cómo los inquilinos aumentaban subrepticiamente sus regalías de modo de aumentar sus ahorros en animales y así, en algún momento, salir de la esclavitud de la “obligación”, como se denominaba el cargo en trabajo que debían realizar en las haciendas. Había algunas de ellas, las de carácter rentista y con patrones ausentes, que estaban completamente ocupadas silenciosamente por dentro, carcomidas se podría decir, mediante granjerías que se iban tomando por su cuenta los inquilinos, los capataces, mayordomos; en fin, los ocupantes del interior de la hacienda. A veces les pagaban rentas a los propietarios y otras veces eran negocios propios. La “pillería”, el ocultamiento de los ingresos; es decir, todo ello era parte de la cultura hacendal y se trasladó a la cultura nacional, que en ese aspecto no ha cambiado nada.

La prédica constante de la subordinación ascética produjo una cultura de la subordinación aparente y de la rebeldía oculta. El poder hacendal era tan grande que no se podía pensar más que riendo en “el mundo al revés”, o en el pillo de Pedro Urdemales (que urdía maldades...), el que mediante la burla y la inteligencia se saltaba las normas establecidas y llegaba a ser rico.44 No es por nada que la figura faustiana del “pacto con el Diablo” es tan corriente y expandida en el medio ambiente rural chileno.

Por uno que lograba salir de la hacienda y comprar un terrenito pequeño en Putaendo u otro pueblo rural, miles se quedaban solamente con las ganas y debieron por generaciones pagar la “obligación”, ellos, su mujer (ordeñando las vacas y sacando la leche todas las madrugadas), su hijo (el peón obligado) y sus otros hijos y parientes (los peones voluntarios).45

La subordinación ascética sigue siendo el discurso dominante en Chile. Su versión contemporánea es equivalente a: “Si te portas bien, estudias, postergas ascéticamente el placer, podrás surgir”.

No es por casualidad que el verdadero himno de este período de rebeliones es la famosa canción “El baile de los que sobran”, del disco Pateando piedras, de Los Prisioneros.

Nos dijeron cuando chicos Jueguen a estudiar Los hombres son hermanos Y juntos deben trabajar

Oías los consejos, los ojos en el profesor Había tanto sol sobre las cabezas Y no fue tan verdad porque esos juegos al final Terminaron para otros con laureles y futuros Y dejaron a mis amigos pateando piedras

Únanse al baile De los que sobran Nadie nos va a echar de más Nadie nos quiso ayudar de verdad

¡Hey!, conozco unos cuentos Sobre el futuro ¡Hey!, el tiempo en que los aprendí Fue más seguro

El ascetismo como fuente de integración es por definición una promesa incumplida e incumplible. Es una promesa religiosa (“El valle de lágrimas”) que se deshace ante el fenómeno secularizador y/o el incumplimiento secular que deshace su carácter religioso.

La promesa de la subordinación ascética moderna es brutal porque es mentirosa, y los publicistas lo saben muy bien. “Si te portas bien puedes ser feliz”. Y ser feliz consiste en consumir fundamentalmente. La felicidad del mall. Adquirir todo tipo de instrumentos y artefactos de la modernidad. El fetichismo del cual se habló hace tantos años. Teléfonos celulares que se los utiliza en forma casi permanente, para quizá no sentirse solos o solas, para saber cosas inútiles; en fin, para estar allí conectado con la nada misma. Pero en ese consumo perpetuo se organiza la sociedad de la posmodernidad de la cual estamos hablando.

La promesa del propio general Pinochet la noche en que ganó el referéndum de la Constitución del 80 fue “pan y baratijas”: televisores, bicicletas, automóvil, etc., esto es, “consumo”. El consumo desatado se transformó en el centro cultural de integración de la sociedad, tanto en su sentido de comprar como (¡cuidado que es el mismo síndrome!) en el de asaltar y robar. Porque se asalta para adquirir automóviles, teléfonos celulares, y muy pocas cosas más. No se asalta una casa para robar libros, por ejemplo, que no están valorados en el ámbito del consumo utilitario y prestigioso. Hemos visto casos de niños chicos, jóvenes de pocos años que roban un auto, salen a pasear, graban un video para sus amigos, y luego dejan el vehículo botado en un lugar lejano. Son las locuras a las que conduce este modo de entender la sociabilidad, la promesa de felicidad.

Por cierto que en un momento dado se rompe el círculo de la subordinación ascética y sobre todo los jóvenes que entonan ese himno acá transcrito comienzan a gritar y surge el enojo, las ganas de incendiar justamente todo aquello que se dijo y se les dijo que era lo que había que cuidar. Ya no se cree en la promesa y mucho menos en quienes se encargaron de contar esos cuentos: “Y no fue verdad”.

Hablar mal contra los políticos es gratis en Chile. Me dicen que en otros países es igualmente gratuito. Esto significa que no tiene costo. Todos los que escuchan suelen estar de acuerdo en que los políticos son una casta despreciable. Sin embargo, en las pasadas elecciones generales fueron varios miles de personas, hombres, mujeres, indígenas, etc. que se presentaron ya sea a gobernadores, alcaldes, concejales, constituyentes, en fin, a todos cargos de carácter político; es decir, cargos públicos pagados por el Estado. Esos miles, podría decirse, querían corromperse, lo que es poco serio y falso. A los políticos se los critica —es la hipótesis que planteamos— por ser los predicadores de la gran mentira social de estos tiempos, de la subordinación ascética; esto es, de lo que en el himno de Los Prisioneros era en esos días ochenteros el profesor, en que los estudiantes de San Miguel, barrio donde surgen estas ideas, ponían los ojos.

Complicado asunto sobre todo cuando para quienes tenemos un poco más de años recordamos durante la dictadura militar chilena los martes del almirante José Toribio Merino, quien, con su voz aguardentosa, se refería a los señores políticos como humanoides y los denigraba ante la mirada risueña y boba de todo el país. También el general se refería en forma constante a los señores políticos, lo que no daba tanta risa sino temor. Su voz en este caso no era producto de los whiskies o aguardiente del almirante, sino del mando cuartelero y autoritario.46

Esas prédicas de casi veinte años penetraron en la ciudadanía construyendo un monstruo denominado “clase política”. Como es bien sabido, de clase aquello no tiene nada. Es un conjunto de gente que ocupa los más diversos espacios, que piensa del modo más diferente y que hace todo tipo de negocios, algunos legales y de bien público y otros ilegales y de aprovechamiento supremo. Estos últimos, por cierto, se han transformado en los símbolos que se sacan en forma permanente como ejemplos de la corrupción de la “clase política”.

Lo que pareciera, a nuestro modo de ver, central es que el conjunto de quienes se destacaron en la función pública en este período, esto es desde 1990 a la fecha, estuvieron de una u otra manera de acuerdo con la prédica de la subordinación ascética. Ninguno llamó a la insubordinación por ejemplo, salvo algunos sectores no sistémicos como fue el primer período del Partido Comunista en la dirección de Gladys Marín, quien por ello es recordada con positiva devoción. Los demás, desde la derecha hasta el socialismo democrático, llamaron a estudiar, a trabajar, a aceptar las reglas del juego y de ese modo poder llegar a una buena integración de la sociedad, a poder tener bienes durables importantes (créditos hipotecarios para obtener una casa, departamento... Tarjetas de crédito para obtener bienes prestigiosos y deseados como automóvil, computador, etc.). Llamaron a ahorrar, a pagarse los estudios con el desacreditado crédito con aval del Estado (CAE). En fin, llamaron al ascetismo laico, al comportamiento de ahorrar, trabajar; en fin, sacrificarse ahora para gozar mañana, que es la clave central del ascetismo.

Cuando se percibe socialmente, colectivamente, que esa promesa es falsa, se producen grandes rebeliones, a veces saqueos de rabia, y un descrédito completo de quienes fueron los predicadores o se cree que fueron de estos llamados a la subordinación ascética. Las insubordinaciones del ascetismo han sido siempre de enorme violencia. Los campesinos queman las casas patronales, en Europa, los castillos, las cosechas y no pocas veces matan a los que aparecen poderosos; en fin, no son los movimientos sociales relativamente ordenados de los obreros proletarios. Estos predican la huelga general, lo que, frente a estas sublevaciones, es de una extrema racionalidad.47

Abuso en el trabajo (positivo y negativo)

Por cierto que continúa el trabajo siendo la primera acepción del abuso. La separación entre trabajo alienado y abuso no es radical. El trabajo sigue siendo, como es de toda evidencia, fuente general de los ingresos y fuente, sobre todo, de la sociabilidad. Sin embargo, es necesario hacer las distinciones adecuadas entre el concepto de trabajo de las sociedades industriales y el de abuso en las sociedades del capitalismo tardío. Son fragmentos, memorias, tradiciones también de la antigua sociedad industrial que se mantienen como referentes, aunque sin ya la capacidad movilizadora de antaño.

En el trabajo positivo, esto es, de quienes tienen ocupación, surge el sentimiento de que el trabajo que se tiene no cumple con las expectativas laborales del mundo contemporáneo.

Por ejemplo, nadie es capaz de meterse a un socavón minero del carbón si no es por hambre extrema. En una larga entrevista que realizamos hace unos años a un ex minero de la mina de Lota, nos explicaba que había entrado a la mina desde niño y por el prestigio que significaba introducirse a las galerías más escondidas y peligrosas. Así se hacía minero, decía. Ese prestigio se reproducía adentro de la mina y también fuera de ella, en que era aceptado como “un hombre” por la comunidad. Pero ese contexto cambió radicalmente. Ya no tiene el mismo valor el “ser hombre”, el ser minero y hay muchas otras alternativas laborales. Cambió, como se ha dicho, la concepción del cuerpo, de la salud (la silicosis es bien conocida y no aceptada). Si alguien fuese obligado a ingresar en esas condiciones a las minas se consideraría como un abuso.48

El abuso por el trabajo mal remunerado es quizá el más tradicional y mucho más cerca de la noción de alienación de la fase de capitalismo industrial.

Habría que decir que en las últimas movilizaciones —derivadas del tema del abuso— no está del todo presente en los debates cotidianos y mucho menos tiene la centralidad anterior. Tal como se ha dicho, la relación del salario no está en concordancia con el producto logrado, con la cosa producida y apropiada o expropiada. Tampoco está relacionado con la productividad fordista, por ejemplo, el ritmo y nivel de la producción ya sea por trabajador o por tiempo de trabajo. El rasero, repetimos, es el nivel de consumo que permite el salario o los bonos a él asociados.49

Por ejemplo, en las discusiones sobre el salario mínimo no aparece una relación del nivel salarial con la productividad, salvo algunos empresarios desubicados que así tratan de señalarlo como dicen los manuales de economía tradicionales, sino una relación referida a la capacidad de consumo que tiene ese salario mínimo o ingreso mínimo. Se señala por lo tanto que “no alcanza” con ese monto. ¿Qué es lo que no se alcanza? No se trata en estos días del concepto marxológico de reproducción de la fuerza de trabajo, con sus dos aspectos: que el trabajador pueda regresar al frente laboral al día siguiente y que se pueda reproducir como clase trabajadora. La canasta de alimentos y bienes básicos que permitirían la reproducción física no marca el nivel del salario, marca solamente el nivel de la pobreza extrema, las conocidas líneas de pobreza. Y ni siquiera en estos casos el salario marca la satisfacción de las necesidades básicas. La prueba es que en los estratos de extrema pobreza y pobreza la mayor parte de las personas son trabajadores activos, y con su salario no llegan en su casa a las líneas de sobrevivencia.50

Por lo tanto la categoría de “abuso laboral”, estaría dada principalmente más por el nivel de consumo que permite el salario. No es casualidad que hoy se hable cada vez más de “ingreso garantizado” o desde la Iglesia de “ingreso ético”, el cual se ha desprendido de su relación con la productividad, con la producción finalmente.51

En la revuelta popular chilena del año 2019, la presencia, por ejemplo, de los trabajadores industriales y las reivindicaciones de tipo laboral fueron mínimas o inexistentes. La Central Unitaria de Trabajadores (CUT) tuvo una mínima participación aunque en algún momento sus dirigentes/as trataron de generar un polo organizado de instituciones. Ese intento fracasó y esas instituciones son vistas como parte general de la institucionalidad política, más que como líderes del movimiento.

El trabajo en su aspecto negativo —la negación del trabajo, esto es, la cesantía— es quizá el más alto nivel de abuso. El desempleo absoluto provoca el descuelgue de las personas y de grandes conjuntos de personas de la sociedad. Las consecuencias son evidentes, sobre todo cuando esos períodos son largos y comprometen a conjuntos etarios importantes. Aunque algunos individuos tengan empleos se hace dominante la cultura del desempleo y del descuelgue de la sociedad. La no integración se hace cultura y se vuelve dominante.

Culturas de frontera

Debe haber algo podrido en el corazón mismo de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su miseria, y en el que los delitos aumentan más rápidamente aún de lo que pueden recoger las estadísticas

Carlos Marx

Población, criminalidad e indigencia.

Vamos a definir como culturas de fronteras aquellas que se producen en los bordes de las sociedades actuales, tanto por arriba como por abajo; esto es, en los estratos ricos como en los pobres. Son de frontera, ya que se mantiene la relación con la sociedad y cultura mayor o mayoritaria (generalmente estatal).52

La primera consecuencia de estas culturas de frontera es la falta de ciudadanía o, dicho de modo tradicional, de conciencia de ciudadanía. Esta conciencia consistiría en la relación estrecha que el individuo tiene entre su porvenir y bienestar personal y el comportamiento colectivo. Por cierto que son conciencias que se mueven hacia adelante y también retroceden. Es por eso que insistimos en su carácter fronterizo, ya que las fronteras son construidas, cambiadas, en fin, solapadas muchas veces. En ciertos momentos se repliega esa conciencia ciudadana y se pierde en la pura identidad grupal, y en momentos de grandes movilizaciones, en cambio, se producen avances en esas conciencias incorporando las identidades fronterizas.53

***

Un acápite sobre los bonos que han estado muy en boga en la economía de los últimos años. La razón es muy simple. Han tratado de sustituir al alza de los salarios que ha sido considerada por parte de los economistas dominantes como perjudicial para las empresas. Siempre además se habla de las pequeñas empresas y de las manoseadas pymes. Se afirma que estas no son capaces de pagar salarios más altos. Y por otro lado los grandes empresarios se vanaglorian diciendo que sus trabajadores ganan mucho más que el mínimo legal. Eso es relativamente cierto y por cierto mentiroso, ya que a los trabajadores estables y permanentes de esas empresas se les paga un salario superior al mínimo, pero no cuentan cuántos son los trabajadores externalizados, que son subcontratados, por subcontratistas, empresas externas. Por ejemplo, en un supermercado posiblemente hay un puñado de trabajadores de la empresa matriz, pero el resto son todos subcontratados como es bien conocido: las cajeras y cajeros, las y los encargados de colocar y reponer los productos, los de la limpieza, en fin, es una mentira muy grande. Pero esa falacia ha funcionado y se ha transformado en verdad inamovible por parte de economistas de derecha, centro e izquierda incluso. Muy pocos se atreven a rebatirlo, ya que son tratados, somos tratados, de gasfíteres, de no tener idea de la sagrada ciencia económica.

El bono viene a salvar el asunto. Es focalizado, no es permanente, no entra en los gastos del salario y el Estado les hace un gran favor a los empresarios subsidiándolos, subsidiando el precio del trabajo. Hay que cuidar a los empresarios dijo Pinochet, en una de sus salidas emblemáticas, y vaya que los cuidó la Concertación de Partidos por la Democracia. Se volvieron inmensamente ricos. Dicen que toda la riqueza del país está concentrada en menos de cien familias, y hay unas pocas que se empinan entre las fortunas más grandes del mundo, entre ellas la del actual Presidente de Chile.

La consecuencia fruto de esta negativa de subir los salarios se ha vuelto en contra de toda la sociedad y en particular de los sectores más ricos. Los bonos de marzo, de invierno, de Navidad han minado el trabajo productivo, ya que por ser pobre y estar en las listas de la ayuda social se reciben dineros cada cierto tiempo. Pareciera ser una política humanitaria aceptable, pero las consecuencias son profundas en el sistema de trabajo de la sociedad.54

Por cierto que estas políticas de beneficencia pública masiva tienen como consecuencia desarrollar las conductas de fronteras de las que estamos hablando. Ablandan el valor del trabajo productivo y erosionan las culturas laboralistas, las solidaridades laborales de los trabajadores y son lesivas en la sociedad, destruyendo lo que va quedando de la sociedad industrial y sus valores.55

***

Las conductas de frontera tienen por lo general tres corolarios:

Una retracción a y de la política y denigración de quienes la realizan.56 Dos, crítica radical a la historia colectiva, entendida como dominante, abusiva y opresora. Y tres, ningún respeto por el cuidado —como consecuencia de lo anterior— del patrimonio cultural, de los símbolos de la nación (entidad abusiva por antonomasia) y de los espacios públicos, de tal suerte que resultan ser “espacios de los otros”, que hay que tomar, invadir o simplemente romper. Estas tres características aparecen en todas partes del mundo —sobre todo en el desarrollado— en que se están produciendo estas irrupciones de las culturas de frontera.

El movimiento que ha existido en Chile desde el año 2019 ha oscilado entre la cultura de fronteras y la de adscripción ciudadana, dándose al mismo tiempo muchas veces ambas manifestaciones culturales de modo simultáneo.57 El repudio a la institucionalidad política se hizo generalizado y la prueba, como se ha dicho, es que en las manifestaciones no había ni banderas, ni insignias de ningún partido político ni tampoco de centrales sindicales, en cambio surgieron nuevos símbolos de mucha potencia y sobre todo de conocimiento horizontal, como el famoso perro llamado “Matapacos”, todo un símbolo de las revueltas, lleno de ironías, mensajes y símbolos.

La crítica de la historia se ha transformado en despiadada. Es un análisis lleno de ironías y para quienes fueron actores del pasado de una ingratitud absoluta: “No fueron 30 pesos sino 30 años”, se ha afirmado. Posiblemente las mismas personas que expresan su crítica radical a los 30 últimos años fueron sus beneficiadas y beneficiados, y quizá en algún momento se alegraron por lo que ocurría. Da lo mismo. Lo que importa es el resultado y este hace tabla rasa con el pasado. Las consecuencias de medidas que se tomaron hace 30 años al iniciarse la transición a la democracia así llamada cobran su cuenta a través de las nuevas generaciones que se ven y perciben como estafadas, abusadas. Ese es el hecho que importa.

La falta de centralidad del concepto de trabajo productivo conduce a una noción de abuso atribuible al conjunto de la sociedad y, sobre todo, al Estado como expresión sintética de ella. Es la sociedad que se yergue sobre el individuo atribulado.

El abuso, vale repetirlo nuevamente, provoca un fuerte sentimiento de impotencia, de autodestrucción, de sentimiento de ser discriminado, no atendido, no aceptado, en fin, no reconocido. Frente a esa invisibilización solo queda la furia, las piedras, la acción antipolicial y los fuegos sin sentido. No hay objetivos estratégicos y tácticos, no hay consideraciones en que se limite la violencia a un formato de negociaciones; es respuesta espontánea y colectiva a la acción desesperante de la cultura del abuso.

A esto se agrega, quizá por la existencia de las nuevas tecnologías, los teléfonos celulares, el Facebook, Instagram, etc., de que no hay liderazgos que representen a la totalidad del movimiento; son redes y colectivos que se entrelazan y coordinan. No hay delegación del poder como es evidente dadas las características del fenómeno que estamos describiendo.

Es por ello que podemos establecer una distinción entre los movimientos sociales y políticos que surgen del mundo de la producción (alienación del trabajo y plusvalía), de aquellos que surgen de este conjunto de sensaciones de abuso.

Tercera digresión:
La sublevación de los otros

En medio de esta Pandemia y en el marco de esta “revuelta” estamos asistiendo a un aumento significativo de la delincuencia. Las pantallas de la televisión están llenas de “portonazos”,58 asaltos a mano armada, disparos con armas largas, acusaciones de narcotráfico; en fin, se ha disparado en la sociedad chilena el delito duro59 y la prensa ha hecho que este fenómeno aparezca en forma destacada y escandalosa.60¿Cómo explicar la concomitancia de estos procesos?

A riesgo de ser acusado de ingenuidad cómplice podemos hacer una breve alusión a este fenómeno de la mayor importancia en la vida cotidiana de las personas. Ya el lector se habrá dado cuenta de que nuestra hipótesis de la relación entre abuso y sublevación camina por dos senderos: uno es el de la política y los movimientos sociales de cambio, el lado que hemos llamado positivo, y el otro va por un lado contrario, que como espejo hace lo mismo pero sin el sentido de cambio, sino solamente de lucro personal, de prestigio personal, y en el que las solidaridades se transforman en organizaciones mafiosas. Si en un caso los sublevados se unen a partidos políticos, organizaciones sociales por ejemplo, en el otro se unen a bandas armadas. Destruir la sociedad e incluso destruir la propiedad en uno y otro caso son propuestas paralelas, con propósitos diferenciados radicalmente. Hay quienes, desde muchas posturas político-teóricas, no considerarían tan descabellados esos paralelos. De hecho, no es tan extraño que en las cárceles se hayan producido cambios de uno a otro sentido. Malcolm X, por citar un caso emblemático, era un preso común que conoció al líder de los musulmanes negros de Estados Unidos que estaba encarcelado por ser objetor de conciencia y no ir a la guerra de Corea. Se cambió de bando, se podría decir, y salió como uno de los mayores líderes de la negritud en ese país.

En las cárceles de La Araucanía los gendarmes de las cárceles o Gendarmería tienen claridad en estos asuntos y separan a la población penal acusada de delitos comunes, de aquellos que denominan “comuneros”, que aunque acusados de delitos que podrían ser considerados comunes, por ejemplo incendio de camiones, bosques o cosas de esa naturaleza, son considerado como “políticos”. La discusión de los gobiernos acerca de si hay o no presos políticos mapuches la resuelven en forma práctica los gendarmes que están encargados de cuidarlos. Incluso los días de visita de los familiares son diferenciados, ya que perciben que se trata de personas de entornos sociales muy diferentes.

Algo semejante ocurre en las cárceles en que se encuentran los jóvenes acusados de delitos en el contexto de las protestas y revueltas de este período. Los gendarmes señalan que es necesario separarlos por el peligro de “contaminación” de la población penal ordinaria. La conducta carcelaria comprende que los presos políticos pueden fácilmente relacionarse con los comunes y darle contenido quizá a su acción delictual. Que es un delgado hilo el que separa ambos sectores.61 Complejo asunto sin duda.

Más complejo aún es observar que las solidaridades populares son cruzadas. Hemos seguido por las redes varios funerales de personas consideradas héroes, habiendo sido catalogadas por la policía y el Ministerio del Interior como delincuentes o directamente narcotraficantes. Lo que llama la atención es la masividad de esos funerales, los que van acompañados de disparos (incluso de ametralladoras) de fuegos artificiales, de música muchas veces. Se los entierra como héroes tanto a quienes han muerto en enfrentamientos, como aquellos que como varios casos han muerto de la peste actual. Hay sin duda categorías ético-morales y códigos de conducta muy serios y estrictos. A los que han cometido femicidios y sobre todo a los que han violado niñas o niños pequeños no se les perdona. Un caso brutal ocurrió hace poco en que un delincuente acusado de violar a varias mujeres de modo bastante brutal pasó a la cárcel. El primer día que fue sacado al patio lo mataron de una cuchillada. Nadie supo nada, al igual que el famoso Fuenteovejuna lo hizo.

La revolución de las expectativas crecientes

Cuánto querrá el dios del cielo

que la tortilla se vuelva

En los años sesenta numerosos intelectuales hablaron de la “revolución de las expectativas crecientes”. Mi profesor de antropología social, Ismael Silva Fuenzalida, había estudiado en Estados Unidos donde la denominada “Curva de Davies” era muy famosa y la aplicó para varios casos latinoamericanos. Sus trabajos son sin duda interesantes a la luz de lo que ocurre hoy día. Hemos hecho algunos estudios empíricos, no todos los que quisiéramos, en diferentes partes del país con estas ideas en los últimos años. Se trata de comprender lo que los jóvenes de diversas situaciones aspiran.

No podemos generalizar, pero en un espectro de mucha diferencia comprobamos un cambio profundo en el horizonte de expectativas de los jóvenes. En jóvenes de poblaciones de Santiago se ha producido un cambio en la percepción puramente de “falta de oportunidades”. Las culturas juveniles suburbanas de hasta hace 10 años eran cerradas. No se vislumbraba alternativa y el horizonte era exclusivamente de “patear piedras”. En los últimos años, los estudios muestran una mayor ambigüedad. Se continúa con claves propias de un subsistema cerrado y en torno del cual hay que fortalecerse, pero al mismo tiempo se percibe con algún grado de contradicción que, con un golpe de suerte, se podría transitar a una situación educacional promisoria. En los últimos 10 años se ha perforado la sociedad de castas existente en Chile, en especial la sociedad de castas urbanas. El “Lalo” de los Panteras Negras de Huamachuco, con sus canciones duras y cerradas, no interpreta en forma completa ni compleja las situaciones contradictorias que se han abierto fruto de la “revolución de las expectativas crecientes”.

En los pequeños pueblos, con diversas tesis62 se ha estudiado el cambio en las expectativas de los jóvenes. No son expectativas desatadas e ingenuas, pero sí contienen una alta intención de salir de la situación en que han vivido sus padres. Todas y todos los jóvenes consideran obviamente que hay que concluir la enseñanza media y que hay que pasar a la universidad. Hay un porcentaje que se autolimita a los institutos técnico-profesionales, pero la aspiración generacional es de salir del pueblo, estudiar y ser profesionales.

El caso de la juventud mapuche es quizá el de mayor transformación en los últimos años. Colaboran a ello las becas indígenas y diversos apoyos para los estudios superiores. Hasta hace 10 o 15 años, en especial las mujeres mapuches jóvenes tenían como salida del campo el trabajo doméstico en las ciudades; parecida era también la situación campesina. Esta aspiración colectiva ha ido cambiando de un modo radical. No es que muchas jóvenes no se vean obligadas a buscar trabajo doméstico, pero la aspiración generalizada es continuar con los estudios a nivel superior incluso trabajando de empleadas domésticas para financiar esos estudios. El aumento exponencial de las matrículas de jóvenes mapuches en las universidades así lo demuestra y constituye el modelo aspiracional que posibilita la constitución de un imaginario claramente diferente. Si además se ha constituido el hecho de que no es contradictorio estudiar y ser mapuche, exponer su identidad en forma abierta, el discurso de las expectativas se multiplica.63

En jóvenes campesinos y sobre todo en jóvenes campesinas hace años se abrió un camino de salida de la situación rural o pueblerina, vía integración a las Fuerzas Armadas. La importancia social, en cuanto prestigio, de la alternativa mujer carabinera, mujer militar, mujer incluso gendarme no ha sido bien aquilatada en los estudios sociales. Esta imagen, que para una mujer joven de clase media urbana es inocua, para una joven de un pueblo como San José de la Mariquina es de un atractivo increíble. En ese pueblo tuvimos oportunidad de realizar un estudio en que la totalidad de las niñas de cuarto medio aspiraban a presentarse a esas plazas. Todas ellas veían con terror no alcanzar la “altura”, esto es el tamaño, exigido por las instituciones militares.

Las familias se ilusionan. Se hacen partícipes de esta “revolución de las expectativas”, muchas veces a pesar del escepticismo de los más viejos. Estos saben de sobra que muchas veces la ley de la vida es que los hijos sigan las huellas de sus padres y que la sociedad chilena se ha caracterizado siempre por la falta de expectativas, la ausencia de movilidad social, la sociedad de las “castas escondidas”. “Todos somos iguales, pero no todos somos iguales, mi Señor”, se dice en el campo.

Quizá el cambio ocurrido en las expectativas, es una hipótesis, de los últimos 10 años, por poner un período, no solo ha comprendido a las clases medias (medias medias) y medias altas, sino que también ha abarcado a las clases medias bajas, sector altamente amplio y difuso de nuestra sociedad. Sectores calificados por los analistas de mercados como “bajos” han ingresado en estas dinámicas ascendentes de expectativas crecientes, tanto para ellos como para sus hijos especialmente.

La educación superior ha sido una palanca tanto para provocar ese proceso, como para satisfacerlo de una manera parcial, muchas veces frustrante, la mayor parte de las veces mentirosa. Es lo que explica que en ciudades intermedias del país hayan florecido, o más bien crecido como callampas (muchas de ellas venenosas), decenas de sedes universitarias de dudosísima calidad, institutos profesionales, vendedores de ilusiones; esto es, un mercado de ofertas imaginarias que tiene en estos sectores un público adicto. Porque la mayor parte de estos sectores no tiene siquiera la alternativa de competir en “las grandes escuelas”, las “grandes ligas” de la educación chilena, y deben contentarse con esas instituciones que no exigen puntajes de ingreso, que cobran a su antojo y venden todo tipo de promesas, muchas veces no cumplidas o imposibles de cumplir.

Es por ello que la revuelta estudiantil es lo que asoma del iceberg, por decirlo con una imagen conocida. Es la expresión de un fenómeno societal, se podría decir, mucho más extenso, más complejo, más duro también. Es la crítica a la “sociedad de castas chilena”.

Las sociedades de castas justamente son aquellas en que las expectativas no son ni crecientes, ni insubordinadas. Gracias a la represión, a la convicción religiosa, a diversas otras formas de manipulación, cada casta considera que el destino le otorgó un lugar en la sociedad y que sus hijos seguirán, a veces honestamente y con dignidad, en el mismo lugar designado. Son sociedades conservadoras. Las élites se reproducen en sus propios espacios; construyen lazos matrimoniales y comerciales; se protegen, se apropian de los símbolos de la patria, de la religión: son los “mandarines” y “brahmanes”. Por su parte, los dalits, nombre hindú para designar a los “parias”, están fuera del sistema, marginados, se ocupan del trabajo físico, son los servidores. En todas estas sociedades conservadoras y de castas, las élites se ven en la obligación de preocuparse de los servidores, que no se lleguen a la inanición; la caridad en el mundo musulmán, la misericordia, es mucho más exigida incluso que en el mundo católico. La limosna es parte integrante de las sociedades de castas. Por ello “bajan” de sus aposentos a darles comida a los pobres, sabiendo que de esa manera los servirán mejor y ellos, misericordiosos, se irán a los cielos con mayor velocidad. Homo hierarchicus escribió el afamado antropólogo Louis Dumont. Una sociedad en que las jerarquías están claramente marcadas.

Chile ha sido una sociedad altamente jerarquizada, una sociedad de castas ocultas. ¿A quién le puede caber duda? ¿Quién no se fija y no se ha fijado en los apellidos de los chilenos? ¿Alguien creerá que en Chile nadie se fija en la “pinta”; esto es, en el fenotipo europeo de quienes van a buscar trabajo?... No vale ni la pena argumentar. Cuando hacemos historias de vida en nuestros cursos de antropología, vemos cómo se reproduce la pobreza por generaciones y generaciones. Los bisabuelos en el campo, en el peonaje, inquilinaje, en la miseria rural. El abuelo que migró en los años cuarenta a las poblaciones miserables de las orillas de Santiago. Los padres que salieron a trabajar de muy jóvenes en la construcción y así continúa la reproducción sin cesar. Hace 10 años, del liceo de la comuna de Tirúa solamente un solo egresado había ingresado a la universidad: uno solo. Esas son castas. Situaciones sociales inamovibles.

Podríamos decir por lo tanto, para concluir este párrafo y esta idea, que lo que estamos viviendo en estos días es la crítica más violenta a la sociedad de castas chilena. A esta sociedad de las castas ocultas.

Un modelo teórico

El centro de esta propuesta teórica, “la revolución de las expectativas crecientes”, era el siguiente, en una versión por cierto libre y personal: cuando hay un período muy largo de crecimiento económico, sea cual sea su carácter, se produciría una suerte de dinámica social ascendente. Las expectativas dormidas por la certeza de no poder cambiar la situación de vida, económica, social, de participación, en fin, ni siquiera en los hijos despiertan. Hay sociedades en que la mayoría vive en la subsistencia y hay una cierta evidencia aprendida de que esa situación no cambiará radicalmente. Sus padres y abuelos fueron campesinos por ejemplo, y probablemente los hijos y los nietos lo serán. Eso se asume y surgen muchas veces culturas de la sumisión y aceptación, en las que, además, las religiones juegan un papel central en esos casos, como hemos anotado en este texto. Vivimos en un valle de lágrimas, se dice, y se espera que “la movilidad social ascendente” se produzca exclusivamente en el más allá, en el cielo. Ahí recién seremos todos iguales, hijos de un mismo Padre. Pero cuando comienza a haber cambios económicos profundos, modernizaciones, transformaciones y por largo tiempo en la sociedad, esas mismas personas, amplios sectores sociales, inician un proceso lento pero sostenido de crecimiento de las expectativas. Quizá si el crecimiento es desigual el fenómeno puede ser más fuerte aún. Por cierto que son los sectores medios los que mayor exposición tienen a estas transformaciones. Quienes han vivido por mayor tiempo en la pobreza poseen un mayor escepticismo. Esa es la primera parte de la ecuación.


La segunda es que las expectativas crecientes dibujadas en un plano de doble entrada son como una diagonal que saliendo del punto cero, el vértice inferior, se desplaza recta hacia un punto imaginario infinito. Rompiendo con la rutina de lo repetido por generaciones, las expectativas no tienen por qué tener límites: ¿Y por qué no? Es el núcleo reflexivo de las expectativas crecientes…, ¿o por qué no yo?, más preciso aún. El fenómeno, de indudable carácter democrático, penetra al conjunto de la sociedad y se transforma en un fenómeno colectivo. Esta recta, deberíamos agregar, es y ha sido la base de todas las transformaciones democráticas en todas las sociedades. Estas expectativas tienen que ver no solamente con lo económico, sino principalmente con lo igualitario, con la ciudadanía; con la participación. Sociedades de castas donde las masas empobrecidas no tienen expectativas más que parciales y acotadas a lo posible son, por lo general, de muy bajo nivel de ciudadanía y de alto nivel de explotación. Esa es la segunda parte.

En Chile, según el cuadro que presentan los profesores de la Universidad de Chile Félix Ordóñez e Ignacio Silva, ocurrió una curva casi idéntica a la señalada de Davies, como se ve en el gráfico adjunto.64 Los autores denominan al fenómeno “brecha recesiva” (barras de color gris en el gráfico), lo que no es muy diferente a lo que venimos discutiendo.

Por cierto que estas prevenciones de los economistas críticos y de sectores empresariales afectados no son de conocimiento generalizado, pero se reflejan en disminución de la dinámica de empleo, de los salarios, etc., elementos recesivos en una sociedad que por más de dos décadas estaba acostumbrándose a un crecimiento económico sostenido. Sin ser ni mecánicos ni economicistas, cabe poca duda de que es un elemento subterráneo del malestar generalizado, de las movilizaciones, en fin, de lo que ha ocurrido en estos años en el país.

Es por ello que la tercera parte de la ecuación se pregunta acerca de lo que ocurre en situaciones de ruptura del proceso de crecimiento exponencial señalado. Allí la diagonal de las expectativas sigue derecha hacia el infinito y la curva del crecimiento o se achata y/o comienza a descender65. Ahí se produce un “hiato”, que en un primer momento es aceptado, ya que siempre hay un trecho importante entre realidades posibles y expectativas. Pero llega un momento en que se abren ambas líneas, el gap (brecha) intolerable de Davies; esto es, una diferencial, una “brecha”, entre expectativas y posibilidades reales de concretarlas que la sociedad no soporta. A medida que crecen las economías —y si crecen deformes es peor—, este “hiato” se puede hacer cada vez más profundo. Bueno es señalar en este momento que estos fenómenos son de una alta complejidad simbólica. Son representaciones colectivas y no son reductibles a cifras. Un ministro de Hacienda puede mostrar “que crecemos” más que cualquier otro país de América pero ni es creído y quizá exacerba el gap intolerable.


Fuente: Félix Ordóñez e Ignacio Silva, artículo citado.

La conclusión, o primera derivada de la ecuación anterior, señalaba que en ese momento, en ese espacio virtual, pero también real e histórico, se producirían con más facilidad disturbios sociales o revoluciones sociales. Muchos otros autores, como Charles Tilly, han tratado de complejizar más este fenómeno y sobre todo quitarle su carácter fuertemente psicologista. Por ejemplo, va a depender ese gap intolerable de la memoria colectiva (Hallwachs) de esa sociedad, como lo analizamos en el capítulo segundo de este libro; del peso que ha tenido el desarrollo anterior (path dependency); de la existencia o no de actores sociales y políticos constituidos, como ya lo analizaba Trotsky al evaluar la revolución de 1905 (en su obra 1905: Resultados y perspectivas); de las ideologías y fortalezas de los movimientos sociales (Touraine), en fin, una multiplicidad de hechos que han analizado las ciencias sociales.

Esta teoría tiene cierta base empírica o por lo menos así se lo ha pretendido. Hay estudios que han mostrado que los procesos revolucionarios, tanto en la historia larga de la modernidad como en América Latina, no se han producido en períodos de depresión económica, sino por el contrario en momentos de auge y crecimiento. En esos períodos se produce una mayor confianza en la acción pública. Comparaciones entre altas tasas de ocupación y acciones colectivas son reales. Los trabajadores tienen más confianza en que no perderán sus trabajos. En cambio la situación contraria es muy común: altas tasas de desocupación inhiben la acción colectiva.

La segunda derivada, que es más compleja, señala que en muchos de estos casos las explosiones sociales comparten, por un lado, el objetivo de obtener el logro de esas expectativas insatisfechas y, por otro lado, la conciencia de que para hacerlo se debe cambiar el conjunto de la ecuación. En particular cuando se percibe que la curva del crecimiento económico nunca logrará alcanzar o a lo menos ponerse en paralelo con la de las expectativas. El gap intolerable es por lo tanto la fuente subjetiva de las propuestas radicales de cambios estructurales. Es lo que se afirma normalmente. Con este modelo económico no se llega a ninguna parte… esto es, no se pueden satisfacer las expectativas creadas por el propio crecimiento económico. En este punto no estamos diciendo nada demasiado diferente de lo que Carlos Marx avizoró para el capitalismo: la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas —el crecimiento económico— y las relaciones de producción —la situación de empobrecimiento de las clases sociales, la ausencia de participación en los beneficios de las personas y grupos en una sociedad— provocaría las condiciones revolucionarias y la caída del capitalismo.

Y la tercera derivada, mucho más discutible, pero interesante y determinante en los estudios sobre el cambio social, desde la Revolución Francesa hasta hoy, es que este fenómeno explicaría por qué los procesos revolucionarios, al no poder satisfacer las altas expectativas, rápidamente pasan de una primavera en la que “florecen mil flores” a un período marcado por la necesidad de autoridad de modo de contener la situación imaginaria alcanzada. Habría que agregar que las grandes revoluciones triunfantes no ven otra alternativa que “suprimir” a las clases poderosas y “pudientes” de modo de alcanzar masivamente las expectativas acumuladas. Desde la Gran Revolución, como dice Kropojkin, el “terror” es una variable determinante. Agregaría, respetuosamente, así también la “restauración”.

Claro que hay una cuarta derivada. La represión y la depresión social. Si el crecimiento económico comienza a descender en forma relativa, también en forma semejante lo puede hacer la curva de las expectativas crecientes. Es la “privación relativa” de Davies. Esto es, la aceptación del no cumplimiento de las expectativas. Es lo que hay, se diría en nuestra jerga. Muchas veces, o casi todas, esa moderación en las expectativas es “a punta de palos”, y algo más que palos como lo sufrimos los chilenos de los setenta, cuando evidentemente se había producido una enorme revolución de las expectativas políticas y sociales de enormes sectores de este país. Así como estos momentos son de tipo revolucionarios, o con posibilidades de cambios, son también los típicos momentos represivos contrarrevolucionarios en que el sistema produce, a través de la fuerza, el ajuste entre expectativas y posibilidades de su logro en el marco estrecho e inmodificado anterior. Restauración es el nombre de estos procesos.

Chile inició un crecimiento económico sostenido (ni sostenible ni sustentable) el año 1997/8. Habían dado resultado, a su manera, los ajustes de todo tipo y el capitalismo criollo iniciaba una nueva fase de acumulación, en este caso despiadada y salvaje. Se constituyó en la sociedad chilena una cultura consistente en considerar que las modernizaciones valían por sí mismas, sin preguntarse cuál sería el sentido de las mismas. La modernización compulsiva tuvo con el cambio de gobierno desde la dictadura a la democracia una función profunda: ensamblar lo ocurrido en los casi veinte años anteriores de dictadura; lo que iba a ocurrir en los veinte años futuros de la Concertación de Partidos por la Democracia. Fue el horizonte político-cultural del país: Chile llegará a ser un país moderno y desarrollado en el 2000, luego en el 2010, ahora en el 2020, se dijo y se dice. Tranquilos, trabajen y esperen, ¡ya viene!, ya se vislumbra, nos dijeron y nos dicen. El horizonte, esa fina línea imaginaria que siempre se mueve más allá, como decía con tanta gracia en sus cuentos José Miguel Varas, y que nunca se podrá atrapar.

El consumo, como bien señaló Tomás Moulian, y la educación fueron los dos ejes del cambio cultural. Consumir aparatos y productos de la modernidad: dejar los “porotos con riendas” de la pobreza y pasar al pollo con papas fritas o a la “pizza de la modernidad” acelerada urbana, y luego al “suchi” que nutre de expectativas de globalización y sofisticación. Dejar el aislamiento de las comunidades encerradas y comunicarse primero por teléfonos celulares y luego por los mil medios digitales actuales. Adaptar el imaginario a las nuevas baratijas de la modernidad. Eso para quienes vivimos el instante. Y para los hijos, la promesa de una movilidad social ascendente a través de la educación, vista esta como instrumento de satisfacción de las expectativas crecientes desplegadas.

Ambos procesos conllevan una trampa. El consumo compulsivo comienza siendo un espejismo de libertad y termina en una realidad brutal de esclavitud. El pago permanente de las tarjetas de crédito es el ejemplo máximo y socorrido. Pero al mismo tiempo que muchos estratos se incorporan a esos consumos modernos, los de estratos superiores se “distinguen” consumiendo cada vez más productos, más caros y de mayor sofisticación. Como en la línea del horizonte, siempre se arrancan.

Y en la educación ocurre algo similar. La apertura masiva, sin duda de carácter democrático, de acceso amplio a la educación superior, por ejemplo, se ve atormentada por barreras extraeducacionales. Redes de clase, modos de ser y hacer, aspectos formales ligados al sexo, fenotipo o etnicidad. Cuando mi hijo llegue a ser médico… piensa una madre… pero no sabe que en ese momento la línea imaginaria del horizonte se habrá desplazado y el joven médico sin redes de clase deberá contentarse con el trabajo en un consultorio periférico. No hay nada peor que las políticas de igualitarismo supuesto, como la educación universal, en una comunidad fragmentada como la chilena, en que las barreras sociales quitan con una mano lo que la educación supuestamente da con la otra.

Pero, siguiendo el modelo de Davies, sin criticarlo demasiado en sus fundamentos, nos debemos preguntar qué hace que una sociedad pase de la “privación aceptada” al gap intolerable, la brecha intolerable en una traducción más próxima. Muchos deben ser estos elementos a considerar: se ha hablado de que en los últimos veinte años habría existido una mínima, pero simbólicamente eficaz, separación entre poder político y económico. Que al unirse ambos se cruzó el umbral de la tolerabilidad. De este tema tratamos más adelante. Un dato interesante de la Inspección nacional del Trabajo señala que en el primer semestre del 2011 ha habido más huelgas que en todos los veinte años anteriores. Quizá los sindicalistas que “no querían hacer olitas” se sintieron con las manos desatadas. Probablemente les ocurrió algo semejante a los estudiantes, que hasta los “pingüinos” demandaban moderadamente los cambios. Quizá los mapuches, con un grado mucho menor de integración al sistema, con más elementos de discriminación, se sintieron más libres de desplegar sus demandas sin complejos. Son hipótesis.

Pero la cuarta derivada de este esquema “daviesiano” es justamente la educación. La masividad en el acceso a la educación contribuye a una revolución de las expectativas crecientes mucho más amplia y sobre todo fundada. Ya no se trata de satisfacer esas expectativas mediante el consumo compulsivo, ahora se trata de algo vinculado mucho más estrechamente a la cultura, a la participación ciudadana, a los sentidos sociales profundos, esto es, a la política. La masificación de la educación superior, independientemente de su calidad, es uno de los factores determinantes, ya que allí se ubica el nudo de la transformación entre privación relativa e intolerable.

Sin duda que llama la atención el hecho de que una de las voceras de la huelga de hambre de una escuelita en Paine sea hija de una mujer temporera de la fruta. Pero al observador le llama más la atención que en su reivindicación no apareciera la demanda por mejor trabajo, mejor salario, más dignidad de los trabajadores y trabajadoras temporeras. La privación relativa de las mujeres temporeras durante las últimas tres o cuatro décadas ha estado centrada en las expectativas de que sus hijas e hijos cambien de situación mediante la educación. Hemos conocido decenas de mujeres que se “sacan realmente la mugre” cortando uva de los parronales y juntando plata para que sus hijos estudien en la universidad. En ese espacio ha costado mucho la organización y casi no la hay, hay pocas protestas colectivas; y es que es tolerable el trabajo, no porque sea de buena calidad, como creerían los empresarios, sino porque las expectativas se encuentran en otra parte, fuera del predio frutícola, fuera del propio ámbito laboral, que se percibe como un destino insoslayable. En cambio cuando esas expectativas crecientes —puestas en la educación como factor de movilidad— se ven fuertemente cuestionadas, se cruza fácilmente el fino y delgado hilo de la intolerabilidad. Yo me puedo sacar la mugre por mis hijos, para que lleguen más lejos que yo, pero si esa conclusión también es falsa, me cuestiono todo el mecanismo, incluido el trabajo en la fruta que, así, ha perdido su sentido.

Las “condiciones objetivas y subjetivas” de los movimientos sociopolíticos obsesionaron a las izquierdas revolucionarias de todos los países y tiempos. “Llegó la hora”, apuntaban con el dedo golpeando la mesa los viejos bolcheviques. A muchos se les llegó a gastar la punta del dedo. Por tanto no es un asunto sencillo interpretar la realidad social que a uno le ha tocado en suerte vivir. Estas teorías, un tanto antropológico-culturalistas, pueden servir para entregar algunos elementos, una de tantas dimensiones de lo que vivimos. Hay sin duda otras.

El consumo como la dimensión central del abuso

Ya hemos visto que la medida del abuso no es principalmente a causa del trabajo, sino que se realiza en el ámbito de la distribución y el consumo. Es aquí que aparece el concepto de desigualdad como eje comprensivo.

La historia muestra con creces que el concepto de pobreza, y más aún el de miseria, es poco movilizador. Sabemos que los grandes movimientos de este tipo han sido de carácter religioso, en cambio la distribución como eje conceptual y comprensivo discursivo es una relación altamente explosiva. Como señala Hannah Arendt, la dominación y subordinación constituyen una relación: el que gobierna debe cumplir con las promesas y así se le aceptan sus privilegios, Sin embargo, si no cumple con su promesa que lo llevó a la posición privilegiada solo queda el sentimiento de abuso.

Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son respuestas necesarias, sino respuestas posibles a la delegación de poderes de un régimen; no la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política. En todos los lugares en los que se ha permitido que se desarrollen sin control esos procesos desintegradores, habitualmente durante un periodo prolongado de tiempo, pueden producirse revoluciones, a condición de que haya un número suficiente de gente preparada para el colapso del régimen existente y para la toma del poder.

Hannah Arendt. “Condiciones y significado de la revolución”

El populismo latinoamericano ha sido eficaz en servir de suavizante a la desigualdad estructural. Desde las haciendas rurales hasta los gobiernos populistas se han basado en el clientelismo, el compadrazgo, los regalos, los asados de tijerales en las construcciones, que hasta hoy son un ejemplo. Tienen todos ellos por objetivo ser una suerte de compensación de las desigualdades y construir una conciencia —por cierto falsa pero eficaz— de integración social.

Los economistas especialmente y quienes opinan de estos asuntos (“opinólogos”) consideran que el concepto de abuso se relaciona fundamentalmente con el ingreso mínimo vital. Están, a mi modo de también opinar, totalmente equivocados. Creen además que se solucionan los problemas mediante más bonos y dineros regalados. Igualmente errados a mi modo de ver.

El abuso es una razón entre el tener y el ser; entre el ostentar y el vivir. Cuando una sociedad se vanagloria del ostentar, por ejemplo de ser los jaguares de América Latina, no tiene alternativas, ya que se han prendido todas las luces y sobre todo las fogatas.

Cuarta digresión:
La patria de los hacendados

“La patria de los hacendados” es la que está siendo cuestionada y quizá llegando a su término, con esta rebelión sociocultural en lo fundamental, que critica las bases en que se construyó en Chile la sociedad y el Estado. Hoy por hoy, es la patria de quienes se han encerrado o atrincherado en los “faldeos cordilleranos” de la ciudad de Santiago, con sus barrios hipercuidados, con los temores a los robos y portonazos, con sus colegios, universidades, malls; es decir, un mundo que reproduce la idea hacendal de autonomía e independencia. El sueño de la hacienda fue la autosuficiencia, y en su interior tenía pulpería, iglesia, escuela básica (primaria se la denominaba), a veces incluso un lugar de esparcimiento y fiestas, y sobre todo un cepo en donde se encerraba a los ladrones y bandidos. Las rejas rodeaban las casas y los guardias protegían el sueño de los patrones y sus familias de los bandidos que pululaban en el imaginario asustado de los dueños.

El barrio alto chileno ha ido concentrando a toda la clase alta del país. Las oligarquías propietarias de regiones, con excepciones que hay que anotar, tienen casa o departamento en el barrio alto, donde pasan parte del tiempo, vive parte de la familia y sobre todo los hijos e hijas van a los colegios y universidades de élites.

El comportamiento político de estos barrios se ha visto con extrema y preocupante claridad en las elecciones del nuevo proceso constitucional. En el primer caso fueron las tres comunas que en Chile se pronunciaron por el Rechazo a cambiar la Constitución. Luego votaron por “su gente” y finalmente ejercieron su “derecho a veto” en una elección suplementaria (segunda vuelta), en que mostraron una gran disciplina político-electoral desconocida hasta hoy. Son los herederos de la vieja hacienda.

La hacienda rural fue además el prototipo de esta relación edulcorada por el clientelismo y la religión de relaciones interclasistas aceptadas a la fuerza. La precarización del inquilino, su miseria material era suplantada por el favor patronal, el servilismo en las relaciones y el traspaso de responsabilidades al personal de vigilancia. La oligarquía en el Estado seguirá los mismos patrones de conducta, delegando la represión a los capataces.

En Chile además el domino oligárquico se nutrió de la “sangre derramada de la élite criolla”, siendo los “Héroes de la Concepción” el caso simbólico central, en que murieron en ese pueblito del altiplano un grupo de jóvenes y adolescentes hijos de la clase alta santiaguina. Esa imagen que en un momento tuvo una convocatoria general al conjunto de la población, que fue un llamado a construir una patria para todos, decayó de tal suerte que en una noche de trasnoche un grupo de jóvenes fascistas subió al cerro San Cristóbal y en un acto de antorchas y banderas nazis subdesarrolladas dieron su vida por el dictador Pinochet en el lugar conocido hasta hoy como Chacarillas. Hoy día esas acciones patrioteras no tienen sentido ni significado positivo, y, por el contrario, han perdido toda fuerza y quedado solamente como un cuento kitsch.

El Estado chileno se fundó en la estructura de la hacienda comandada por un señor/patrón y con la subordinación de las mujeres, en particular de las mujeres de los sectores campesinos y populares. Hacerse hombre, como en la película “Julio comienza en julio”, era ir a una casa de prostitución y tener relaciones sexuales con una “china”, o simplemente agarrarla por el campo. Producto de esto último prolifera la cantidad de niños “huachos” en Chile, situación que ha sido bien contada por Gabriel Salazar y otros autores, y no es siquiera necesario profundizar en ello.

Las clases medias del siglo XX remedaron —ciertamente con excepciones— esta figura patriarcal. No hubo grandes diferencias entre la derecha, centro e izquierda que adoptaron el mismo patrón cultural.

El señorío patriarcal llegó a su exaltación con la dictadura militar: mundo de autoridades masculinas, de hablar campechano e incluso prostibulario (la televisión estatal nunca ha mostrado más abiertamente el mundo revisteril, como parte de un mundo violento, grosero y represivo que en la década de los 80…).

Las políticas en favor de las “jefas de hogar” no criticaron la matriz patriarcal.

El patriarcalismo (“hacerse hombre”) repudia todas las formas de ser de la masculinidad, de la diversidad sexual, etc., muchas veces con violencia homofóbica…

Asistimos a una despatriarcalización de la sociedad chilena (con serias consecuencias de femicidios como reacción).

Hay una crítica, a veces iracunda, a las élites que gobiernan y han gobernado el país. Y no es menor. Esas élites en términos generales son las mismas de siempre, abuelos con los mismos nombres y apellidos, padres ocupando puestos públicos y apareciendo continuamente en los medios de comunicación, e hijos y descendientes en colocaciones privilegiadas. Se juega a las “sillas musicales” en que se cambian de la vida política a la económica con muy poco esfuerzo y en forma natural. Y ese síndrome de élites privilegiadas permeó absolutamente a buena parte de la Concertación de Partidos por la Democracia, que durante treinta años ha gobernado el país. No es demasiado difícil percibir que una persona que tenía el puesto de controlador de los sectores eléctricos por ejemplo en un gobierno, a su término, pasa a ser directivo de una empresa eléctrica. Lo mismo se da en casi todos los sectores.

Pero quizá lo que provoca más ira es la injusticia de la justicia. En los años pasados se descubrieron numerosos casos de “colusión” entre empresas, por ejemplo farmacéuticas que acordaban precios muy subidos a los remedios o —un caso grosero por lo que significa— empresas que producen el papel confort (como se llama en Chile al papel higiénico, es decir el papel con que las gente se limpia las partes innombrables). Se coludieron de la manera más ridícula, siendo descubiertos en bar de mala muerte, con celulares antiguos para no ser detectados, etc. Uno de los “ladrones del confort” pasó luego a ser el presidente de la sociedad que es dueña del club de fútbol más popular del país, Colo-Colo. Uno de los pillados en el abuso de los remedios, la colusión de las farmacias, fue premiado como directivo de la empresa de cobre estatal, Codelco. Y así se puede ver en decenas y cientos de casos, que son ampliamente conocidos por la gente joven especialmente a través de las redes, ya que los medios masivos abiertos por lo general no hablan de estas cosas. No nos cabe mucha duda de que se trata de un abuso manifiesto.

Esas personas por lo general poseen apellidos históricos en el país, de gran ascendencia hacendal. Son los descendientes de los “Señores y Rajadiablos” y se siguen comportando como ellos, incluso cuando los sorprenden en sus diabluras. Uno que otro cae en las manos de los aparatos de justicia y sus congéneres solidarizan con lágrimas en los ojos.66

Finalmente es necesario señalar que el comportamiento espacial histórico de la clase hacendal ha sido la autosegregación. Las “casas de hacienda” se fueron transformando en la zona central del país en verdaderos castillos amurallados. El Huique por ejemplo, la gran hacienda de los Presidentes de Chile, de los Errázuriz, Echeniques, etc. Tiene una entrada de altas rejas terminadas en puntas de lanzas (“las que les arrebataron a los indios”, según la imagen notable de José Donoso) y altas murallas de “adobe sentado” de fuertes dimensiones. Los patios interiores forman un enorme espacio cercado por tapiales y sobre todo segregados totalmente del resto de la hacienda. A ese espacio solamente podían ingresar los campesinos promovidos: el mayordomo que tenía su casa en el interior de ese espacio; los jardineros que entraban con el permiso del administrador obviamente, las mujeres de la cocina, en fin, el personal doméstico. ¿Cuál era el temor de los hacendados? Se ha especulado mucho sobre ello. Los bandidos, se decía. Los campesinos alzados, se podría pensar. Más bien había una mala conciencia de que la relación de dicha familiar en la hacienda (“formamos una gran familia, mis niños”, decía la señora del propietario) no era tan real. Parece que la dominación era frágil.

Esa idea culposa de la élite hacendal la ha conducido a dos fenómenos concomitantes. La endogamia es el primero y la segregación territorial es lo segundo. Allí han tratado de recuperar la estética hacendal: pastos, rejas, casas con tejas coloniales cuando se puede, mucho árbol; es decir, un ambiente urbano/rural en lo posible. La endogamia ha sido estudiada y es de evidencia para la mayor parte de los observadores, y la segregación se ha expresado de manera abierta en la última elección plebiscitaria en que se preguntaba si se quería o no cambiar la Constitución de Pinochet. Las comunas de Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea fueron las únicas del país (con excepción de una de la alta cordillera altiplánica) en que ganó la opción “rechazo”, en una expresión grosera de la segregación, de la lejanía de esas élites con el resto del país. Pero allí viven los retoños de las viejas élites hacendales, más quienes se han acercado a ellas y se han contaminado con sus costumbres.

Esa élite es fundamentalmente conservadora en el mejor y clásico sentido de la palabra. Su favorita palaba es “no”. Frente al divorcio dijeron que no, ante el aborto dijeron que no, ante el matrimonio homo-parental, que no, y así frente a todo lo que propone la modernidad ciudadana dicen que no. La llamada modernidad se ha quedado en las cosas, en los celulares, pero no ha penetrado en las mentes y mucho menos en la cultura. El cura y escritor Ignacio Valente, al parecer bibliotecario de la Universidad de los Andes, dijo públicamente que en esa biblioteca no estaban o no se prestaban los libros de Federico Nietzsche, lo que provocó más de alguna risa en la población de más abajo.

En esos “faldeos cordilleranos” están los colegios de esas élites, sus universidades, su estadio de fútbol, sus hospitales más afamados —esto es, las mejores clínicas, los hospitales militares—, sus escuelas y residencias principales. Es el poder que no se ha movido en el país en siglos quizá y que se sigue segregando como en las antiguas “casas patronales”. Esa es la patria de los hacendados.

Abuso multisistémico

Por razones del carácter teórico principalmente de este capítulo y por economía de espacio, no haremos referencia detallada a los abusos de carácter de género y sexuales, que como ya se ha afirmado son la base del contenido principal de la crítica a la concepción de la sociedad abusiva, la comunidad abusada de la que estamos hablando. El abuso etnorracial, seguramente, es el que sigue en importancia al de género y se acumula en una dualidad de alta capacidad movilizadora. Las banderas mapuches flameando en la cumbre de la estatua del general Baquedano, ya lo hemos dicho, es una expresión clara de este concepto. El abuso etario ha sido la otra arista de alto grado de movilización: por una parte, el movimiento NO+AFP que protege a los viejos de las pensiones de hambre a las que esta sociedad perversa los somete; y, por otra, el abuso infantil, en que el caso del Servicio Nacional de Menores (Sename) ha sido expresivo y dramático. El abuso sobre los niños y viejos resulta insoportable para buena parte de la sociedad. Y por cierto que está el abuso económico, el trato a las grandes fortunas, las diferencias en el pago de impuestos, las ganancias desmedidas, las colusiones que se repiten hasta la saciedad y que no son condenadas por la administración de justicia.67

A diferencia de los movimientos sociales propios de la esfera exclusiva de la producción, estos son multisistémicos; esto es, al mismo tiempo, antirracistas, antipatriarcales, antidepredadores del medio ambiente; es decir, anti todo tipo de situaciones consideradas abusivas.

Estos nuevos movimientos socioculturales son partes de un relato de alta complejidad multisistémica. El mismo individuo puede ser feminista, antirracista, pro indigenista, ecologista, etc., y podría salir a marchar con la misma convicción en cada una de esas convocatorias.

Quizá allí está la mayor diferencia con los movimientos sociales que surgen de las experiencias del trabajo alienado. Esta ha sido en la historia la fuente de los movimientos contestarios de la clase obrera centralmente. Son movimientos colectivistas en que la solidaridad intraclase es fundamental.

En cambio, el abuso es también un fenómeno generalizado y colectivo en ese sentido pero que se aplica en forma individual: cada sujeto comprende de un modo específico y diferenciado el abuso a que es sometido por la sociedad y el Estado. Desde el abuso sexual que conduce a la crítica feminista y el abordaje de género, a el abuso étnico y racista que desplaza el conflicto ya no desde un tema exclusivo de tierras usurpadas sino a una concepción mucho más amplia de territorio, y el abuso medioambiental (las zonas de sacrificio, como expresión monstruosa de aceptación de la degradación), que conduce a la crítica ecologista, y así podemos continuar, por ejemplo, con la demanda de mejores pensiones que grafica esta dualidad de modo extraordinario: se pide un aumento sustantivo del bono o pilar solidario que el Estado debe entregar, pero se prefiere que este quede colocado en la cuenta de ahorro individual.

En definitiva, podríamos aventurar que la alienación en el trabajo, como un conjunto de significados y sentimientos, conduce a la formación de movimientos sociales propiamente tales, y que este otro conjunto de sensaciones que rodean el concepto de abuso, por su parte, conduce a movimientos de carácter cultural, de crítica cultural muchas veces de las bases mismas de la sociedad.

Los primeros son de carácter más orgánico institucional y los segundos, por su misma naturaleza, son inorgánicos y críticos de la institucionalidad.

Resumiendo, señalemos que el abuso se ha transformado en el eje de contradicción de las sociedades que pasan al capitalismo tardío.

La cultura del abuso se ha impuesto en la historia de Chile y no siempre hubo conciencia de aquello. Por largos períodos, los sistemas de subordinación funcionaron a la manera hacendal/patriarcal, por una parte, en los campos de la zona central, y de modo colonizador y discriminador etnorracial en las zonas indígenas del país, especialmente en La Araucanía, y mediante la combinación compleja de garrote y zanahoria ciclos de reconocimiento y ciclos de represión de demandas y organizaciones del trabajo obrero minero y fabril. Al desaparecer el trabajo productivo como centro organizador de las demandas sociales (no es que no exista pero no las organiza), y ser reemplazado por un modelo que le otorga al consumo infinito y desmedido un sitio predominante en la sociedad, en sus sistemas de integración social, se ha roto ese esquema de subordinaciones y aparece por tanto la imagen de la insubordinación; esto es, una nueva conciencia en que se manifiestan todos los abusos históricos de la sociedad chilena en este caso.

EL RECONOCIMIENTO APARECE EN ESTE TIPO DE CONTEXTOS CULTURALES COMO EL INICIO DELA INSTALACIÓN DE UN NUEVO ORDEN. LOS ABUSADOS QUE TIENEN CONCIENCIA DE ELLO NODEJARÁN DE MOVILIZARSE POR LOS MEDIOS MÁS DIVERSOS, INCLUYENDO LOS VIOLENTOS, HASTA QUE EL ABUSO Y LOS ABUSADORES NO DEJEN DE SERLO. ESA ES NADA MENOS LAUTOPÍA QUE ESTÁ EN JUEGO.

C. Abuso, ilegitimidad
y desconfianza social

El abuso es una sensación demoledora de las personas y sobre todo de las instituciones públicas. La desconfianza en las personas y las instituciones es masiva. Las y los encuestadoras/es son unánimes en señalar que no se cree en ellas, se desconfía absolutamente, e instituciones como el Congreso Nacional no son para nada valoradas. Sin embargo, se pelean las posibilidades de acceder a ellas. Hay que tratar esta contradicción.

Desconfianza social es un concepto fundamental para comprender el contexto sociocultural contemporáneo. Es diferente a la desconfianza personal o interpersonal como se la podría definir. Una persona puede confiar en otra por cierto en el terreno íntimo y personal familiar. Por ello, mismo el encierro moderno en “la familia” es una realidad cotidiana. Se ha perdido la confianza en las personas que están en situaciones más alejadas, se ha perdido la amistad generalizada que era una de las características de la sociedad chilena anterior. La desconfianza social se refiere al contexto público e institucional. Los otros son personas a las que no se les debe tener confianza, respecto de las cuales hay que resguardarse, ya que detrás de un discurso amable y atractivo puede haber engaño. Las instituciones políticas, el Congreso Nacional, el sistema de justicia, etc. son ubicados entre los de mayor desconfianza, en los rankings que normalmente hacen los encuestadores.

En estos días en que escribimos estas líneas (invierno de 2021), se ventila en los medios de comunicación y los tribunales un robo multimillonario de altos oficiales de Carabineros. Como es relativamente sabido, la “policía uniformada” gozaba en Chile de alto prestigio. Así al menos lo decían las encuestas de opinión. Poco a poco en los últimos años se comenzaron a conocer robos mayúsculos cometidos por oficiales de esa institución. El robo de estos días es increíble, casi ridícula y jocosa, pues se ponían de acuerdo entre los oficiales encargados del tránsito en la ciudad de Santiago y una empresa de camiones grúas para sacar automóviles mal estacionados. Los llevaban a un aparcadero y ahí cobraban por días de encierro. Lo cobrado en todo ese procedimiento iba en porcentajes a la empresa y a los oficiales. El asunto, coimas se podría decir, llegó a oídos del general máximo encargado del tránsito en la capital de Chile, y en vez de denunciarlos optó por ser invitado al festín y agarrar su porcentaje de ese pingüe negociado. Ese general era quien aparecía continuamente en los programas matinales de televisión, señalando las reglas del tránsito y otras normas del convivir ciudadano. Uno se cuestiona si después de conocerse esta vergonzosa situación penal alguien le puede tener respeto a esa fuerza policial o simplemente confiar en ella.

La ilegitimidad de las instituciones es creciente en la sociedad chilena. Es una sensación de “no creer en nada” y ampliamente justificada. Por cierto que esos generales y oficiales no están presos en cárceles comunes, ni especiales; suelen estar en sus casas, con “arresto domiciliario”. Por tirar unas piedras en las manifestaciones que han ocurrido hay muchachos en prisión preventiva hace más de un año.

Mientras escribo estas líneas leo que la corte de Apelaciones de Santiago ha iniciado un juicio contra el exgeneral Santiago Ariel de Jesús Sinclair Oyanedel, de 90 años. Se le ha dado arresto domiciliario por la muerte de 17 personas de que es acusado. Salen los nombres de los 17 asesinados. Sinclair fue un muy cercano general de Pinochet, por lo cual lo nombró senador designado el año 1990.

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9789563249156
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