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Joaquín Berger
Las plegarias de los árboles
Crónicas del guardián del bosque


Berger, Joaquín

Las plegarias de los árboles : crónicas del guardián del bosque / Joaquín Berger. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1980-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Para Adriana, que creyó en mí.

“¿De qué mejor manera puede morir un hombre que enfrentándose a un destino terrible, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?”.

Horacio Cocles

Capítulo 1
La Fría y la Divina

Al filo de un bosque de árboles y tiempo, un grupo de guerreros se despedía de sus familias.

—No vayas, padre –rogó el hijo–. Deja la guerra a otros, a quienes la deseen. Tú quédate aquí, conmigo. Permite que sean los espíritus del bosque quienes nos libren de la maldad que acecha. Permite que sea la bella Aveleth quien le haga frente a quien nos amenaza con muerte y destrucción.

—No –repuso el padre, varón erguido de mirada firme y mejillas curtidas por el viento–. Mi deber como rey me invoca, y a él respondo. Los espíritus del bosque no luchan en nombre de los mortales, nunca lo han hecho ni nunca lo harán. Es pecado del hombre enemistarse con el hombre, y es el hombre quien debe responder por sus fallas.

Sedian no insistió. La voz sólida y decidida de su padre le hizo entender que sus palabras, si bien agradecidas, no torcerían su decisión.

El rey Sarbon despidió al infante con un beso en la frente.

—Adiós, hijo, te amo más que a los ríos y a los árboles.

Sedian contempló a su padre alejarse, era solo un niño y el dolor caló profundo en sus entrañas, contuvo el llanto.

Seguido por Nial, el gran campeón de Eirian, Baris, el primer druida del Clan de las Cenizas, y otra horda de valientes nórdicos, el monarca se internó en el bosque de Eloth. Todo el reino contempló, con las manos apretadas y los ojos vidriosos, a los valientes marcharse. Excepto Sedian, él no quiso mirar. Con la frente sobre el muslo de la reina, despidió a su padre en silencio.

Los héroes marchaban a la guerra, a enfrentarse a Maki y a sus esbirros malditos. Maki era un hechicero oscuro, un maestro de las artes ocultas. Había llegado a los bosques de Eloth maquinado por la ambición y siguiendo una vieja leyenda que prometía que, entre aquellos milenarios árboles, yacía oculto un formidable poder. Los guerreros de Eirian, negados a que su bosque fuese profanado por un alma maldita, partieron al crepúsculo a detenerlo. Y no fue hasta el crepúsculo siguiente que regresaron.

Con las montañas de Morth a sus espaldas y la fría luz matutina brillando sobre sus escudos, emergieron del bosque. Sus cuerpos abatidos y la drástica reducción en sus números evidenciaban lo cruenta que había sido la batalla.

Baris, el druida, alzó la voz y proclamó la victoria sobre el hechicero. Informó al resto del clan que, tras una larga contienda que se había prolongado toda la noche, Maki había sido satisfactoriamente repelido. A pesar del cansancio y las heridas, habló con voz clara y firme. También hizo saber que las bajas habían sido significativas, y que entre los caídos se hallaba el rey Sarbon.

—Algún día se cantarán canciones sobre este gran triunfo –agregó el sacerdote, abatido por la tristeza–. Pero hoy no.

Al escuchar la temida sentencia, Sedian sintió cómo su corazón se despedazaba dentro de su pecho. Pero aún entonces no lloró. Con movimientos mudos se alejó de su madre y sobre unos alejados pastizales se desplomó. Miró sin voluntad ni esperanza hacia el milenario bosque que su padre jamás abandonaría. Los años dulces habían terminado. Ya nunca se refugiaría debajo de su brazo protector en los inviernos, ni escucharía atento junto al fuego sus sabios consejos.

Su duelo fue interrumpido cuando una figura, abriéndose paso entre la hierba, se le acercó. Era alta, robusta y tenía sus vestiduras bañadas en sangre. Si bien notó la presencia, Sedian permaneció inmóvil y con la vigilia errante. Algo dentro de él se había marchado con la muerte de su padre y ya nunca volvería. El corpulento individuo introdujo las manos en sus vestiduras y extrajo dos magníficas espadas.

—Tuyas –exclamó Nial al momento que las enterraba en la tierra–. La Fría y La Divina, las espadas de tu padre. Llévalas con honradez o no las lleves nunca.

Tras haber hablado, el campeón se alejó por última vez. Sedian permaneció un largo rato inmóvil. Finalmente torció el cuello y volcó su atención sobre las espadas. Aún era un niño para muchas cosas, como el frío o el amor, pero ya era lo suficientemente hombre como para haber comprendido a la perfección las palabras de Nial. El joven príncipe se puso de pie lentamente y contempló las armas en absoluto silencio. Eran bellas como nada que hubiese visto antes. Se hallaba frente a una encrucijada de la cual no habría retorno, y era plenamente consciente de ello. Si las empuñaba en ese momento, ya nunca podría librarse de ellas ni del camino del guerrero. Desde la lejanía, su madre lo observaba. Ella no intervendría. Era él quien debía tomar la decisión: seguir la senda de su padre, o caminar otros rumbos, más pacíficos e insípidos. La luz del naciente sol impactaba contra los filos de las armas generando un espectáculo digno de un fresco. Sedian clavó su mirada en el verde perpetuo. Luego, arrancó las espadas de la tierra, la tierra que ahora estaría por siempre condenado a defender.

Capítulo 2
Cual fuego de las entrañas

Los años pasaron en el reino de Eirian. Como bien había anticipado Baris, lo trágico de la gran batalla se fue desdibujando con el devenir de los veranos hasta convertirse en un recuerdo glorioso. Las heridas eran ahora hermosas cicatrices. En ese mismo lapso, Sedian se había convertido en un hombre. Tenía los cabellos negros como el núcleo de la noche y un rostro andrógino de facciones perfectas. Su cuerpo era delgado y compacto, de cintura estrecha y hombros anchos. Su piel, tersa cual porcelana. No era rey como su padre, pero su osadía batalladora y el respeto que mostraba por los ancianos le habían valido una posición de privilegio dentro del clan. Era uno de los hombres más respetados –y temidos– de aquellos bosques. Lo apodaban la sombra de la libélula.

Junto a él –a la vera de un lago– una hermosa mujer lo contemplaba hechizada. Su nombre era Zura. Ella estaba enamorada de sus ojos profundos, de su piel de marfil, de su inalterable templanza.

La mujer rodeó el pecho del nórdico con el brazo y le besó el cuello.

—Desnúdame –le dijo al oído–. Permite que el calor de mi carne consuma tus deseos y los convierta en cenizas.

Zura era dueña de un atractivo hipnótico. Su voluptuosidad, su piel, sus largos y rojizos cabellos, todo en ella encantaba. Su belleza era legendaria en el reino de Eirian. Solo comparable con la de Loredana, la proverbial dama de los sauces. Pero no solo eran sus atributos físicos los que cautivaban. Había algo más, un aura silente, un componente intangible o, quizás, un aroma secreto. Alguna variable inasible convertía a Zura en un anhelo dulce e impetuoso para la carne mortal.

Las pieles de los dos ya se conocían. Muchas veces se había perdido él en un juego lívido entre sus pechos. Muchas veces ella había hincado las uñas en las carnes de su espalda.

—Hoy no, mujer cintura de miel –repuso Sedian con tajante cortesía.

Zura, sorprendida, intentó encontrar con la mirada los ojos del guerrero, y descifrar el porqué de su inhabitual desinterés. Pero este parecía estar perdido en las aguas del lago.

—¿Qué ocurre? –inquirió sin temor a mostrarse vulnerable–. ¿Ya no soy la protagonista de tus fantasías?

Sedian se volteó, envolvió a la mujer en un firme abrazo y, acariciando sus cabellos, le dijo:

—Casi puedo oír a los espíritus del bosque burlarse de mí al verme rechazar a tan perfecta mujer. Pero hoy no me siento digno de ti. Una extraña sensación de ansiedad trunca mi calma y mi deseo.

Ella sonrió con ternura y lo besó en la mejilla.

—Entonces no me toques ni me hagas el amor. Pero te pido, sujétame y hazme sentir amada.

El hombre y la mujer permanecieron fundidos en un abrazo hasta que el sol comenzó a descender detrás de las aguas.

Creyéndolo prudente, y antes que la noche terminase de adueñarse del paisaje, se marcharon hacia la Ciudad Gris, capital y corazón del reino de Eirian.

Todavía no había terminado de oscurecer para cuando llegaron. Aquella pequeña y antigua urbe, edificada sobre las costas del río Kenom, no era imponente ni embelesaba la vista de los viajeros, pero a pesar de no destacarse por su sofisticación –que no podía ni compararse a la de los elaborados núcleos urbanos del oeste– la Ciudad Gris era un lugar de ensueño. Se sentía acogedora, incluso en el más crudo de los inviernos, y parecía estar siempre adornada por una esencia dulce y protectora. Un lugar que se podía jactar de ser inmune al paso del tiempo y hermético a los cataclismos del mundo exterior.

Ni bien se acusó su presencia, un muchacho delgado y muy joven –más joven que Sedian– se les acercó. Era dueño de un caminar errático y un cuerpo desgarbado. No tenía la presencia de un guerrero, pero aun así a su derredor se percibía un aura de maciza autoridad. Sedian lo conocía muy bien, era Owen, el hombre de cristal, su primo hermano.

Cuando estuvo frente a ellos, el muchacho saludó a Zura con una educada reverencia y se expresó.

—Primo –dijo con su voz profunda–, te estábamos esperando.

—Mi rey –replicó Sedian con tono inexpresivo al momento que agachaba levemente la cabeza–. ¿En qué puedo servirle?

—Se hace preciso tratar un tema de suma urgencia –repuso el muchacho–. Por favor, acompáñame. Un concilio se ha formado en el templo y tu participación es requerida.

Mientras el rey Owen avanzaba hacia el punto de reunión, su primo, tal y como la tradición dictaba, caminaba a sus espaldas. No era ningún secreto que muchos ciudadanos de Eirian admiraban esta escena con extrañeza y desencanto. La misma extrañeza y desencanto que habían sentido cuando la corte druida le había entregado a él, y no a Sedian, el legendario anillo del rey –el mismo que Sarbon, años atrás, y vaticinando su destino, había voluntariamente depositado sobre el altar del templo antes de partir a la batalla–. Este rechazo generalizado hacia la decisión tomada por los maestros no tenía nada que ver con Owen en sí mismo, quien no solo era el último eslabón de un linaje milenario, sino que también era considerado un líder justo y ecuánime. Pero Sedian, por su parte, con todo su poder y belleza, era el perfecto arquetipo del orgulloso guerrero nórdico. Además, su padre había sido Sarbon, rey guerrero por antonomasia. Por esto, muchos hubiesen preferido ver la insigne corona sobre sus oscuros cabellos. El actual rey no era ajeno a esta disconformidad, y poco después de su nombramiento, y tomándose el atrevimiento de desafiar la decisión de los druidas, había ofrecido el anillo a su primo. Para su sorpresa, este lo rechazó alegando que él, Owen, debido a su mente expeditiva y nobleza espiritual, era el indicado para gobernar aquellas tierras. Desde entonces, Owen había demostrado ser un digno monarca, ganándose el respeto de su pueblo.

Finalmente, Sedian y Owen llegaron al templo. Allí los estaban esperando todos los druidas del Clan de las Cenizas y varios ciudadanos ilustres, todos sentados alrededor de una hoguera en el centro del templo.

Aquella ancestral edificación, al igual que la ciudad que la precedía, no se distinguía por poseer una arquitectura eximia. Consistía simplemente en once pilares de piedra descansando bajo el cielo nocturno y acogiendo, de forma casi respetuosa, un altar de cuarzo. Aquellas columnas habían sido el núcleo del Clan de las Cenizas desde los albores del mundo. Alguna vez, se decía, habían sido estatuas de los once hijos de Titbiz, árbol gigantesco que había dado nacimiento al bosque de Eloth. Pero, razón de los vientos y los años, ya todos los detalles se habían lavado y solo quedaban pilares de roca desnuda con alguna que otra arista que invitaban a imaginar la silueta de aquellos exquisitos individuos. Pero si bien la belleza artística ya había abandonado el templo, no así su magia. Nunca un mortal lo había pisado sin sentir, cual relámpago invertido, el milenario poder trepando por sus huesos.

El Clan de las Cenizas era una arcaica orden druida a la que prácticamente todos los habitantes de Eirian respondían. Un sistema regido por una economía basada en sabiduría que –según narraban las leyendas y los pergaminos– había sido fundado por los primeros hombres que se atrevieron a abandonar la espesura de los bosques, los hijos de Titbiz, según los escritos. Su nombre nacía de la creencia de que un nuevo orden basado en las leyes naturales escritas por Gálcam debía ser edificado usando como piedra fundacional las cenizas de las eras del caos y la entropía a las que la virtud del druida había puesto fin. Era un clan muy antiguo, y con muchos secretos.

El poder del ente no solo yacía en los recursos de sus druidas, también tenía una fuerte influencia política dentro del reino. Eirian contaba con un rey reconocido por todos, incluso por el mismo clan, pero la verdadera autoridad estaba, y siempre había estado, en las manos de los sacerdotes. Esta concentración de poder nunca había catalizado conflictos. Los guerreros de Eirian confiaban ciegamente en la guía de los druidas y eran, a su manera, también parte del clan.

—Por favor, siéntense y pónganse cómodos –los invitó Baris, el amable y hermoso anciano que aún entonces ostentaba la influyente posición de primer druida y, por supuesto, el anillo ligado a dicho cargo–. Hay una terrible noticia que me veré obligado a comunicarles.

Capítulo 3
La sombra de hechicero

En la cima de una escarpada montaña, una figura alta y poderosa contemplaba el bosque de Eloth con inquebrantable atención. Los vientos andinos lo azotaban y hacían bailar su abundante y eléctrica cabellera. Si bien semejaba a un hombre a primera vista, hacía mucho que la humanidad lo había abandonado.

Presentaba un rostro sin tiempo ni edad, de pletórica firmeza. Sus pómulos eran prominentes y sus ojos completamente vacíos, sin iris ni pupila, permitían al desafortunado espectador contemplar un alma muerta.

Volviendo su ya terrorífica imagen aún más atroz, toda la piel que revestía su delgada constitución evidenciaba la herida del fuego, testificaba con deformaciones el eco de quemaduras infernales, el horror de haber sido quemado vivo.

Este ente maligno no estaba solo. A sus espaldas, un centenar de individuos de similares características lo observaban. Compartían muchos rasgos de su líder, pero sus semblantes eran menos atroces. Contemplaban a su señor a la distancia, sin atreverse a interrumpir su letargo.

Entre estos esbirros había dos que se destacaban sobre el resto. Sus posturas impávidas los diferenciaban de los soldados rasos y los señalaban como superiores. A mitad de camino entre los esbirros y su líder, estos dos individuos parecían haber sido esculpidos por la misma mano que este último. El primero de ellos, Megisto, vestía una túnica púrpura y cargaba elixires y polvos de todo tipo. El otro, conocido como Idris, el terrible, estaba completamente cubierto por un manto negro del cual solo asomaba un par de manos jóvenes y ansiosas. Los dos emanaban poder y soberbia mientras que, con miradas ebrias de admiración, contemplaban a su silencioso señor.

—La batalla será difícil –dijo Maki con la mirada perdida en el paisaje de piedra y bosques que yacía frente a él–, nos enfrentaremos a adversarios poderosos. Ya he experimentado sobre mi carne la potencia de su determinación. Hasta tal punto fui fustigado que sentí las manos de mi madre, suaves sobre mis mejillas, llamándome desde el otro lado de las puertas de piedra. ¿Pero qué victoria puede ser más dulce que la que fue edificada a partir de los escombros consecuentes de una derrota absoluta?

Capítulo 4
El concilio druida

En el templo, Owen se sentó a la derecha de Baris, Sedian, a un costado. A pesar de que el rey se encontraba presente, sería el primer druida quien dirigiría el concilio.

—Camaradas y amigos, ahora que todos quienes fueron invocados se han hecho presentes, podemos iniciar –alzó la voz el sacerdote, su voz se oía quebrada y su semblante siempre amable estaba endurecido–. Les adelanto que las palabras que articularán mis labios esta noche no serán alentadoras ni optimistas. Y no sé siquiera cómo empezar a pronunciarlas.

Baris enderezó la espalda, alzó la frente y se dispuso a continuar. Pero no lo hizo. Un profundo malestar retuvo su discurso. Si bien se llevó la mano al pecho, fue claro para todos que no era dolor físico lo que lo aquejaba, sino espiritual. Era como si una daga ponzoñosa e invisible le estuviese atravesando el torso.

—Diga lo que tenga que decir, maestro –dijo Cruth, un druida joven y talentoso. Ni él ni ninguno de los sacerdotes del clan conocían el porqué del concilio que se había invocado, pero aun así apoyaban de forma incuestionable a su mentor–. Nunca han sido desalentadoras sus palabras, tampoco hoy lo serán.

El anciano se sintió confortado por las palabras de Cruth, le agradeció el respaldo con una leve inclinación de cabeza. Luego, habló con una templanza recuperada.

—Como muchos saben, hace veinticinco años Maki fue derrotado y expulsado de Eirian –dijo mientras juntaba sus poderosos puños–, hoy he recibido noticias de que ha vuelto a nuestro reino, y se encuentra en camino a la Ciudad Gris.

Un silencio macizo como roca plutónica se adueñó del templo. Las caras de los más ancianos empalidecieron, rememorando con horror aquel terrible nombre. Los más jóvenes, no tan familiarizados, se limitaron a fruncir el ceño y esperar más información. Poco sabían ellos de la sangrienta batalla librada veinticinco años atrás. Pero a pesar del desconocimiento de los novicios, Maki era un nombre que no le era completamente ajeno a nadie. Todos, alguna vez, habían oído hablar de él.

—¡Imposible! –alzó la voz un terrateniente–. ¡Usted y otros le dieron muerte a ese brujo!

—No fue así –replicó el druida casi con un susurro, como si lo avergonzaran sus propias palabras–. Maki fue derrotado, pero no conseguimos matarlo.

—Aun así –continuó el mismo hombre–, ¿acaso no basta un escarmiento para que ese viejo brujo comprenda que no es bienvenido en Eirian?

—Muchas veces, para individuos determinados, una victoria inconquistable se convierte en una obsesión. Temo que este pueda ser el caso de Maki.

—Pero ¿cómo es que le perdonaron la vida a tan horrendo individuo? –inquirió bruscamente Trout, uno de los hombres más ancianos del clan.

Trout era, quizás, el hombre más longevo de Eirian. Sus largos años habían hecho mella en su cordura y, por lo tanto, se le dejaban pasar ciertas actitudes y comentarios que a otros se les condenaría. Esto no por respeto a su longevidad, sino por temor. Contradecirlo o intentar silenciarlo implicaría arriesgarse a ser maldecido por un hombre que se hallaba en el ocaso de su existencia. En la cultura nórdica había pocas cosas más nefastas que ser injuriado por un moribundo, un terrible augurio con el que nadie quería cargar. Pero a pesar de este blindaje social que su vejez le otorgaba, intentar acorralar a Baris era imperdonable. Su comentario produjo que instantáneamente cayeran sobre él una lluvia de miradas sombrías.

—Señor Trout –le dijo Avon con firmeza, otro druida de relevante jerarquía–, opine y pregunte cuanto quiera. Pero cuide sus formas a la hora de dirigirse a nuestro primer druida.

El anciano, malhumorado, deslizó un gruñido y se echó hacia atrás.

—Está bien –calmó las aguas Baris mientras llamas emergentes de la crepitante madera le iluminaba el rostro–, tiene derecho a inquirir. Yo mismo me he preguntado muchas veces cómo es que permitimos que Maki saliese de Eirian con vida.

El silencio volvió a gobernar el templo. Mientras todos contemplaban al primer druida, una pesada lágrima comenzó a rodar por su mejilla. ¿Pero por qué? ¿Qué aquejaba a aquel noble anciano?

Otro hombre, de complexión abultada y también muy anciano, se inclinó hacia delante y lo miró con afecto. Era Eric, el único sobreviviente, aparte del mismo druida, de aquella legendaria batalla.

—Creo que es buen momento, amigo mío –le dijo– para que vuelvas a narrar lo ocurrido aquella noche. Cuéntales a estos jóvenes acerca de la valentía de sus padres.

Baris alzó la mirada y le devolvió la sonrisa al amigo.

—Como siempre, tu consejo es oportuno, Eric –contestó al momento que pasaba la mano por su abundante barba.

El druida echó los hombros para atrás, reposó sus manos sobre los muslos y habló.

—Fue una larga noche aquella –comenzó diciendo–. Habíamos dejado la Ciudad Gris temprano a la mañana. Recién cuando el sol comenzó a esconderse, y su semejante de plata a alzarse sobre el firmamento, dimos con el enemigo. Estaban en un claro, preparándose para pasar la noche, cuando los hallamos. Por aquellos tiempos nuestro poder combinado era sublime, contábamos con muchos guerreros y druidas de renombre. Pero ellos no se quedaban atrás. Más allá de Maki, su formidable líder, había varios guerreros temerarios en sus filas.

No hubo palabras ni demoras. Combatimos toda la noche. Mucha sangre se derramó sobre aquel claro. Matamos a docenas, pero también perdimos a muchos. Bajo la luna brillaron sus encantamientos, los nuestros y el metal de las espadas. Individuos recios y difíciles de matar resultaron ser aquellos hechiceros. No regalaban sus vidas ni mostraban piedad, aunque nosotros tampoco. Por las virtudes de soldados como Sarbon y Nial la batalla se desarrolló igualada las primeras horas de la noche. Pero con el pasar del tiempo el masivo poder de Maki comenzó a inclinar la balanza a su favor. Hacia la madrugada, solo dos de nosotros quedábamos en pie, Sarbon y quien les habla. Todos los demás estaban muertos o abatidos. Incluso el mismísimo Nial había sido doblegado por el brujo. Yo me encontraba rodeado por tres hechiceros. Su poder no era excelso, y además estaban agotados, pero también lo estaba yo. Hacía rato que mi enfrentamiento con ellos se hallaba estancado. Sarbon, por su parte, estaba combatiendo él solo contra Maki en una colina cercana. Nuestro difunto rey, como todos saben y al igual que su hijo aquí presente, era rápido y raudo. Razón por la cual, al hechicero negro, que para aquel momento también veía su poder mermado, se le hacía difícil conectarlo con sus artilugios. Moviéndose consistentemente errático y fundamentándose en la tracción de sus piernas, Sarbon conseguía evadir las ofensivas de su adversario. Pero la incomodidad era mutua. Él tampoco lograba acortar distancias y concretar ataques. Finalmente, y en uno de los actos más valerosos que le he visto realizar a un hombre, nuestro rey se abalanzó directamente sobre el brujo. Entendiendo que luchando a la defensiva no conseguiría nada, realizó un ataque frontal que lo expuso a los artificiosos que obviamente lo alcanzaron. Una centella de magia negra laceró el cuerpo de nuestro amado amigo y rey, liquidándolo en el acto. Pero no antes de que pudiese enterrar una de sus espadas en el plexo solar del hechicero. Recuerdo, como si hubiese sido ayer, la imagen del sagrado acero de La Fríapenetrando las blancas carnes de Maki. La estocada fue perfecta, tan profunda y potente que la hoja emergió por la espalda del brujo. El inesperado ataque suicida de nuestro rey quebró momentáneamente la concentración de mis adversarios. Lo que me dio la oportunidad de realizar una certera combinación de golpes y hechizos, y derrotarlos. Cuando alcé nuevamente la vista, observé que Maki, a pesar del terrible ataque de Sarbon, se estaba reincorporando. Les aseguro, mis queridos amigos, que nunca había visto a un hombre recibir tan demoledor castigo y no morir. El brujo arrancó la espada de su caja torácica y, sosteniendo sus propias tripas entre las manos, se puso de pie, dispuesto a seguir luchando. Le podrán, y con razón, señalar mil falencias al hechicero negro, pero jamás se atrevan a acusarlo de temeroso. Puesto que, a pesar de todo, no puedo sino admirar la tenacidad que demostró aquella noche. Por mi parte, viendo que mi enemigo se negaba a sucumbir, recurrí a mis últimas fuerzas y lo ataqué con un conjuro que lo envolvió en llamas. Aquel encantamiento casi me cuesta la vida, pero agradezco a los espíritus del bosque haberme regalado la vitalidad suficiente para, aún exhausto y herido, poder conjurarlo. Ya que fue ahí cuando se signó nuestra victoria. Maki ardió y chilló de dolor por más de un minuto antes de desplomarse calcinado. Unos instantes después se volvió a levantar. Pero en esta oportunidad, apenas vivo y con el cuerpo desecho, ya no mostró intención de perpetuar el combate. Sabía que había perdido. En ese momento me encontré frente a una disyuntiva. Y me declaro culpable de cualquier cargo del que ustedes, nobles ciudadanos, me quieran acusar. Pues opté por regresar al claro a atender a los heridos. Y, consecuencia directa de dicha decisión, permitir que Maki escape.

Todos quedaron enmudecidos tras las palabras de Baris. Por un dilatado instante, el crujido entonado por las maderas de la hoguera fue lo único que se pudo oír. Incluso Eric, quien había sido protagonista de aquella afamada batalla, se vio conmovido por el discurso de su amigo.

—Hiciste lo correcto –dijo Owen rompiendo el silencio mientras apoyaba su mano sobre el hombro del druida–. No temas de nadie juicios ni acusaciones. Porque no miento cuando digo que no conozco ni he oído de un hombre de tu integridad y valentía.

—Adhiero a las palabras del rey –se sumó Eric–, si no fuera por ti, hubiese muerto sin conocer a mis hijos más jóvenes y a mis nietos.

Baris asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa mecánica. Sus ojos perdidos y vibrantes evidenciaban que aquella decisión aún carcomía su conciencia.

—Señor druida –alzó la voz Leto, un bardo de rostro alegre muy versado en el uso del arco de cazador. Su modo despreocupado y fresco modificó la apesadumbrada tónica que se había generado–. Tengo una pregunta acerca de Maki.

—Pregunta con confianza, amigo –replicó Baris.

—¿Por qué ha vuelto? O, mejor dicho, ¿por qué vino en primer lugar? ¿Qué quiere? ¿Qué hay en este antiguo bosque que encarne en él tan fuerte obsesión?

Los labios del primer druida dibujaron una mueca de frustración y meneó la cabeza.

—Maki anhela lo que todo hombre con poder –contestó–, más poder. ¿Pero por qué viene hasta aquí buscando alcanzar dicho propósito? La respuesta a esa pregunta es trágica. Dime, Leto, ¿has oído alguna vez hablar de Aveleth?

—Aveleth –repuso el arquero mientras fruncía el ceño–, he escuchado ese nombre en algunas canciones, en las más añejas creo. Pero debo confesar que no estoy demasiado familiarizado.

—Eso es de esperar –continuó el primer druida mientras todos lo escuchaban–, es una divinidad de una mitología casi olvidada.

—Entiendo –replicó Leto mientras asentía con la cabeza–. ¿Y qué tiene que ver esta antigua diosa con Maki?

—Lo que ocurre –repuso Baris agravando la voz– es que existe una vieja profecía, leyenda mejor dicho, que afirma que Aveleth vive aquí en Eirian, más precisamente en los bosques de Eloth. Y que otorgará grandes poderes a quien consiga cortejarla. Maki ha prometido que carbonizará hasta el último de nuestros árboles con el fin de encontrarla.

—¿Y qué poder, cuenta la leyenda, obtiene quien consigue “cortejarla”? –preguntó un hombre robusto y de luenga barba que se encontraba recostado contra uno de los pilares.

—El de ser capaz de hablar con los árboles.

Ante aquella respuesta el hombre dejó escapar un largo suspiro y puso los ojos en blanco.

—Eso es difícil de creer –continuó Leto tras de una breve pausa y mientras murmullos y silenciosas risas se escuchaban por lo bajo.–Llevas razón –exclamó Avon con severidad al momento que se sumaba nuevamente a la conversación–. Pero ninguna importancia tiene lo que tú creas o no creas. Esa es, efectivamente, la razón por la que Maki insiste en invadir estos bosques.

—Ahora entiendo por qué dijo usted que la razón de su subyugación era trágica, gran druida –volvió a hablar Leto, obviando la agresión de Avon–. Resulta funesto que tantas vidas tengan que esfumarse por una fábula tan absurda. –Concuerdo contigo, bardo –le dijo Baris–. Se equivoca Maki al pretender adueñarse mediante la fuerza de un recurso que la naturaleza guarda para sí. Ignora que solo conseguirá dañarse a sí mismo, al total de su raza y a la madre de todo. Como habitantes del bosque hemos comprendido que los mortales debemos limitarnos a observar pacientes y aceptar el fruto que la naturaleza, desde su suprema sabiduría, considere el indicado para nosotros –el druida hizo una pausa, un aura guerrera lo adornó–. Pero la razón de la vuelta de Maki a Eirian resulta, a estas alturas, irrelevante. Lo importante es que él ya se encuentra cruzando las montañas de Mroth. Tus compañeros, los bardos, lo han visto. Y si sus dichos son ciertos, lo acompañan por lo menos cien hombres. Pronto llegará al bosque de Eloth, corazón de nuestro reino. No habrá emisarios ni intentos de negociación, él viene a destruir. Y nosotros debemos decidir qué haremos. He invocado este concilio con el fin de resolver si lucharemos contra él o si, por el contrario, abandonaremos la Ciudad Gris y partiremos hacia el norte, a los Bosques de Escarcha.

Capítulo 5
El comienzo de la destrucción

Mientras esquilaba sus ovejas, un anciano campesino de las montañas Morth contempló cómo de entre los pastizales emergía una centena de hombres vestidos de negro. El líder del grupo era alto como la estatua de un conquistador. El anciano se sintió encoger ante la presencia de aquel individuo.

—¿Le puedo ayudar en algo, señor? –le preguntó el campesino, lívido de terror.

Maki analizó la precaria propiedad. Hubiese seguido adelante, sin invertir ni saliva ni tiempo en aquel insignificante individuo, pero vio algo que le hizo hervir la sangre.

—He notado que crece carqueja en esta zona –dijo el hechicero, quebrando la insoportable espera a la que había sometido al campesino–, prepare infusiones para mí y mis hombres.

El humilde anciano se puso de pie de un salto y caminó con paso rápido y nervioso hasta su cabaña. Su mujer, desconcertada, lo recibió.

—¿Quiénes son esos hombres?

—No tengo idea. Pero pon a hervir toda el agua que puedas y salgamos a recolectar carqueja.

Mientras los campesinos corrían de un lado al otro en el intento de saciar el deseo del hechicero, este permanecía inmóvil, con la vista fija en un escudo sobre la puerta de la cabaña.

—¿Qué seduce su atención, maestro? –le preguntó uno de sus esbirros–. Estos individuos no son eirianos. Aún no hemos llegado a sus bosques. Y no veo en ellos la estatura característica del guerrero, ni la insoportable paciencia que ilustran los druidas.

—Orienta tu mirada al escudo sobre su puerta –replicó Maki–, la mantis de once brazos representa a los once hijos de Titbiz, la semilla cósmica. Es el escudo del Clan de las Cenizas.

Unos minutos después, el campesino y su mujer comenzaron a traer ollas llenas con la infusión que el mago había solicitado.

—Solo poseemos cinco tazas –dijo, avergonzada, la mujer de anchas caderas y cabeza redonda–. Lo siento, es todo lo que tenemos. Deberán compartirlas.

Maki clavó sus ojos sobre la mujer. Entonces ella notó que aquel hombre no tenía iris ni pupila. Sus ojos, al igual que sus cabellos, eran blancos como la nieve.

—Verá –continuó, nerviosa–, dos de ellas pertenecen a mi esposo y a mí, las otras a nuestros hijos. Pero ellos ahora viven en la Ciudad Gris, por lo que no debe usted preocuparse. Pueden quedárselas.

—No se preocupe, serán suficientes –dijo Maki al momento que introducía su mano desnuda en el agua hirviente de una de las ollas y bebía un poco de infusión.

La mujer suspiró aliviada. El campesino dio un paso al frente y envolvió a su esposa con el brazo.

—¿Hay algo más que podamos hacer por usted o sus seguidores, buen señor? –preguntó.

—Nada –replicó Maki mientras bebía un poco más y le alcanzaba la olla a uno de sus esbirros–, no guardo asuntos con ustedes.

—Si ese es el caso, señor, mi mujer y yo nos retiraremos a descansar. Bendiciones en su viaje –dijo el hombre antes de hacer una reverencia y marcharse.

Maki, para sorpresa de sus seguidores, asintió inclinando levemente la cabeza.

—¿Quiere que les dé muerte a estos asquerosos aduladores de druidas? –preguntó un esbirro al momento que los campesinos ingresaban en su cabaña.

—No guardamos asuntos con ellos –replicó, tajante, el hechicero.

Cuando los mercenarios habían perdido toda esperanza de ver a su amo verter sangre nórdica, este extendió su largo brazo con la palma abierta. Unos segundos después, un gigantesco rayo de tormenta, negro, azul y plateado cayó sobre la cabaña de los campesinos. Su entera propiedad se redujo, en una fracción de segundo, a un cráter humeante sobre la roca andina, enrojecida por el impacto. Nada quedó de las ovejas, la cabaña o el humilde matrimonio.

En el rostro de Idris, delgado y lujurioso, se dibujó una sonrisa tan gigantesca como perversa. Nada le daba más placer que ver a su amo utilizar sus devastadores poderes. Megisto, por su parte, se indignó ante la maniobra. Qué forma tan necia de malgastar energía vital, pensó para sus adentros el alquimista, podría haberle pedido a cualquiera de sus esbirros que les corte el cuello a esos campesinos, no hacía falta destruir media montaña.

—No guardaba asuntos con ellos –volvió a decir Maki– pero, al igual que todos los miembros del Clan de las Cenizas, debían morir.

Capítulo 6
La decisión del rey

—¡¿Abandonar la Ciudad Gris?! –exclamó un leñador desde el fondo al momentoen que golpeaba el suelo con los pies–. ¡Eso nunca!

—Se respeta y agradece el amor hacia tus tierras –se apresuró a intervenir Cruth–. Se hace fácil adivinar la dirección de tu voluntad. Pero, como nos ha explicado Baris, hemos sido invocados para debatir y no para pregonar. Debemos abordar ambas posibilidades desde una perspectiva lógica. No es momento de dejarnos gobernar por las emociones.

—Maki puede ser muy poderoso –continuó diciendo el leñador, cuyo nombre era Blight, apretando el puño–, pero nosotros lo somos aún más. Eirian tiene entre sus filas a individuos extraordinarios. Entre los druidas, contamos con usted, joven y valiente Cruth, con el inexorable Avon y qué decir de Baris, el hombre de los puños de roble, el más poderoso de todos quienes aman la naturaleza. Entre los guerreros, hemos sido bendecidos con los talentos invencibles de Sedian y Vricio. ¡Podemos ganar!

Una intensa disputa se generó tras las palabras de Blight. Algunos mostraban ánimo de combatir, mientras que otros, entendiendo aquella opción como carente de sentido, consideraban que migrar a otros bosques era la decisión más sabia.

—¿Tú qué opinas? –le preguntó Owen a Baris después de haber silenciado el ferviente debate–. ¿Crees que puedes vencerlo?

El primer druida meditó unos instantes. Luego, habló:

—Maki es uno de los seres más poderosos de esta era. Desde su lejano y horrendo nacimiento se ha destacado como un gran talento en la nigromancia. Tiene profundos conocimientos de casi todas las áreas que conforman las artes mágicas. Incluso se dice que fue discípulo directo del mismísimo Amatamentus, lo que lo convierte en uno de los siete Inmortales –si bien nadie lo interrogó con respecto a aquel tema, y Baris optó por no explayarse, Amatamentus era un milenario hechicero considerado por la mayoría de los historiadores como el mismísimo inventor, o descubridor, del arcanísmo. El único hombre al que los dioses temían, y los Inmortales era un muy selecto grupo de siete individuos a los que este cuasiomnipotente ser había aceptado como aprendices. Individuos que, aunque humanos, consecuencia del profundo conocimiento arcano, habían trascendido su humanidad–. Era ligeramente superior a mí hace veinticinco años –continuó el druida– y temo que la brecha entre ambos se haya ampliado. Se cuenta en los caminos que sus poderes no han hecho sino aumentar. Mientras que yo siento que he perdido mucho del vigor de antaño. El tiempo no detiene su andar por ningún hombre, y yo no soy la excepción. Temo que, si lo enfrento, saldría derrotado –finalizó.

—Entiendo –replicó Owen con una mirada afligida–. ¿Y qué hay de Eirian en conjunto? ¿Nucleando a todos nuestros mejores druidas y guerreros, tendríamos oportunidad?

Baris meneó la cabeza.

—Lo dudo. Es verdad que a fin de cuentas Maki está hecho de carne y puede morir, y también es verdad que todas las batallas están atadas a la dinámica de lo impensado, mi pronóstico es negativo. Eirian es solo un pequeño país del norte. Muy lejanos en la eterna rueda del tiempo han quedado los días de Silan y Ecrod, cuando nuestro reino y su afamado Clan de las Cenizas eran respetados y temidos en todo el mundo. Al igual que mi persona, el poder de nuestra nación ha mermado. Y si bien aún hoy contamos con individuos destacables entre nuestras filas, dudo de que nuestro poder combinado sea suficiente para doblegar a tan formidable oponente. Tampoco podemos obviar el hecho de que Maki no viene solo, muchos hechiceros de distintas jerarquías lo acompañan. Entre ellos Idris, su aprendiz más diestro, y Megisto, su mano derecha. Aquellos individuos, si bien no cuentan con el poder de su mentor, son peligrosos y no lucharán con desidia. En mi opinión, declararle la guerra a Maki no es una decisión sabia. No podemos ganar.

—La guerra ya ha sido declarada –susurró una voz perdida entre la multitud.

—Disculpen la interrupción –exclamó un hombre canoso y delgado que trabajaba como escriba–. ¿Acaso no perteneció Avon a la misma orden que Maki en un tiempo pasado? Si es verdad que alguna vez viajaron juntos, que hable y nos narre las flaquezas de nuestro enemigo.

—¡Ya he desmentido aquella falacia en diversas oportunidades! –replicó Avon, beligerante–. No pertenecí nunca a la misma orden que él. De ser eso cierto, no se me habría aceptado dentro de este clan y mucho menos otorgado un cargo como el que poseo.

—La posición que ostentas te la has ganado en buena ley, querido Avon. Con disciplina y lealtad –lo respaldó Baris al momento que ponía una mano sobre su hombro e intentaba tranquilizarlo.

—Muchas gracias, mi señor –repuso este–. Volviendo a Maki, no creo que tenga una debilidad fulminante como la que esperan. Es un ser de naturaleza isotrópica y perfeccionista. Si en los días de antaño tuvo alguna flaqueza, estoy seguro de que a estas alturas ya la debe corregido. Y, en caso de que aún la poseyese, yo no tendría forma de saber algo al respecto. Porque a diferencia de lo que muchos por aquí creen, el único contacto que tuve con él fue el hecho de que estudiamos en la misma academia por un breve período de tiempo. Nunca pertenecimos a una misma orden o clan, ni fuimos amigos. En aquellos tiempos yo era muy joven y él poco interés mostraba por los novicios. Además, estudiábamos cosas muy distintas. Yo estaba dando mis primeros pasos en el conocimiento de las lenguas naturales y él solo se había involucrado en aquella institución porque estaba interesado en la alquimia sílica.

—Para los que se preguntan, –explicó Cruth, el joven druida– la alquimia sílica es una disciplina que estudia la fabricación y manipulación de cristales de silicio.

—Exactamente –asintió Avon, más calmado–, siempre se ha dicho que los hechiceros mediocres se limitan a replicar y orientar fenómenos naturales. Mientras que los más versados son aquellos que consiguen dominar los elementos. Maki amaestró el silicio en apenas una temporada y media.

—¡Antológico! –exclamó Cruth meneando la cabeza–. Eso es talento, puro y duro.

—Todos los elementos pueden ser amaestrados a excepción de, por supuesto, el carbono –acotó Baris–, pero la velocidad y la eficiencia con la que Maki es capaz de someterlos es el reflejo de un talento especial.

—Una vez que alcanzó su objetivo, Maki se marchó –concluyó su narración Avon– y nunca más volví a verlo. No llegamos a trabar amistad.

—¿Qué tipo de hombre era? –preguntó una de las mujeres.

—Un megalómano y un déspota. Detestado por su arrogancia. Pero admirado por sus inmensas condiciones.

—¿Y qué opinas tú? ¿Puede ser vencido? –le preguntó Owen.

—Mi opinión es irrelevante, yo era muy joven, apenas si lo conocí y definitivamente no lo enfrenté –replicó Avon volviendo a adoptar su inmanente y rigurosa postura–. Además, ya han escuchado las palabras de Baris, él lo conoce mejor que yo y considera que no es sabio enfrentarlo, por lo tanto, no lucharemos.

—Mi querido Avon, olvidas que no es mía la última palabra –le explicó gentilmente Baris–. Sino de nuestro rey.

—Acertada acotación –agregó Cruth–. Aunque sea Baris el más sabio y poderoso de entre nosotros, nuestros códigos dictan que debe ser el rey quien tome esta decisión. Solo el legítimo y auténtico monarca de Eirian puede dar la orden de entregar la Ciudad Gris. Owen –se pronunció dirigiéndose al joven rey–, ¿qué haremos? ¿Lucharemos contra Maki o no?

Owen tenía impresa sobre su rostro una expresión severa y su mirada se veía vacía. Tras la pregunta de Cruth, permaneció mudo por un largo rato, sumiendo a la audiencia en tensa espera. Finalmente, se puso de pie y, con la mirada fija sobre las llamas, alzó la voz.

—Antes de revelar mi decisión –dijo con firmeza– pido que me dejen expresar el porqué de esta. He considerado las opiniones de todos y dejando de lado la voluntad de mi sentimiento. Recurriendo a la inexorable lógica, he llegado a la siguiente conclusión: si luchamos y vencemos, habremos protegido nuestras tierras, aunque también inevitablemente perderíamos muchos druidas y guerreros.

—Y también protegeríamos nuestro honor –interrumpió groseramente Trout– que es más importante que cualquier otra cosa.

Frente a esta burda intervención, Avon estiró su brazo y aferró la muñeca del anciano, apretándola con tal vehemencia que el rostro del viejo se desfiguró de dolor.

—Cállese –le susurró con voz sombría.

—Ahora bien –continuó Owen haciendo caso omiso a las palabras del veterano–, si luchamos y perdemos, habremos perdido no solo nuestras tierras, sino a todos, o casi todos, nuestros guerreros. Y quedarían solo ancianos, enfermos y niños, sin tierra, sin hogar y sin nadie que los ampare. Si, por el otro lado, migramos a otros bosques, aunque estos sean menos fecundos que Eloth, tendremos la vitalidad intacta de nuestro pueblo para refundar Eirian y edificar una nueva Ciudad Gris. Soy consciente del desencanto que generaría en muchos de vosotros tener que abandonar su hogar. No se puede obviar el hecho de que muchas familias han vivido aquí desde tiempos inmemoriales. Pero considero que el alma de este reino no es la ciudad ni el templo ni siquiera este mismísimo bosque, sino su gente. Tomará trabajo empezar desde cero, pero con nuestros esfuerzos combinados, podremos hacerlo. Por todo esto –concluyó– es que mi decisión es la de abandonar la Ciudad Gris.

Tras la sentencia del rey, un silencio sepulcral invadió la sala. Se pudo ver en muchos rostros el dolor y el desencanto frente al fallo, pero nadie alzó la voz.

—Todos hemos escuchado la decisión de nuestro rey –dijo finalmente Cruth con serenidad–. Ahora les pediremos que informen el veredicto a sus familiares y amigos, y que descansen. En los próximos días se les comunicará cómo y cuándo partiremos.

Mientras todos lentamente comenzaban a estirar sus piernas y a incorporarse, una figura –que hasta entonces había permanecido silente– se puso de pie y alzó la voz.

—Antes que se dé por concluido este concilio, me gustaría hacer una declaración –dijo.

—Por supuesto, Sedian –replicó Cruth amablemente–, exprésate con libertad.

—Tendrán que perdonarme todos los individuos sabios y sagrados presentes en este templo –dijo el guerrero con una voz apagada–, pero de ninguna forma puedo acatar la decisión que ha sido tomada.

Todos posaron sus ojos sobre el hijo de Sarbon, algunos sorprendidos y otros furiosos. Pero Sedian permaneció imperturbable. Las miradas nocivas no lo alteraban y, si bien el rechazo a su desacato se podía sentir en el aire, nadie osó desafiarlo.

—Sedian, alma valiente –dijo finalmente Baris en tono conciliador–. Owen es nuestro rey y líder, tú mismo has reconocido su sabiduría en el pasado, ¿por qué no aceptas su fallo?

Había pocas personas a las que aquel solitario guerrero verdaderamente respetase, y Baris, el hombre de los puños de roble, era una de ellas. El anciano druida había probado su coraje y nobleza en muchas oportunidades. Al igual que su padre en el pasado, él le tenía un gran aprecio. Pero por primera y única vez en su vida, y con un gran pesar sobre su pecho, se atrevió a contradecirlo.

—Lo siento –le dijo esforzándose por sostener la mirada–, pero no puedo hacer tal cosa.

Avon, furioso, se incorporó de un salto. Pero antes que pudiese hablar, alguien se le adelantó.

—Yo lucharé contigo, Sedian– dijo una voz profunda.

Quien había hablado había sido Vricio, el primogénito de Nial. Gallardo y respetado guerrero. De entre todas las personas presentes, él era el último de quien Sedian hubiese esperado apoyo, pero el que más lo alegró tener. Vricio y él habían tenido innumerables disputas a lo largo de sus vidas. Sus caracteres orgullosos y obstinados los habían llevado incluso a cruzar espadas. Pero ahora, sorprendentemente, lo respaldaba.

—¡Y yo! –se sumó Leto, alzando el puño.

—¡Esto es inaudito! –vociferó Avon–. El rey y el primer druida llegan a una conclusión y ustedes se atreven a rechazarla. ¡Están olvidando su lugar! No lucharán contra Maki. Acatarán las órdenes de sus superiores o serán castigados.

—No –replicó Sedian al momento que desenvainaba sus espadas, La Fría y La Divina.

Ante aquella inesperada respuesta, todos los druidas se pusieron de pie de un salto. Vricio también se reincorporó y se paró junto a Sedian.

—Entonces morirán aquí –dijo Avon mientras su rostro se oscurecía y sus manos comenzaban a danzar por el aire y coloridas luces a brillar entre sus dedos. A diferencia de sus análogos de otras latitudes, los druidas del Clan de las Cenizas nunca habían dejado de cultivar su poder destructivo. Eran, además de estudiosos de la naturaleza, poderosos arcanístas.

—Tendrás que respaldar esas palabras –susurró Sedian mientras se abalanzaba sobre el druida.

La audiencia ahogó un gritó. Pero la colisión entre Avon y la sombra de la libélula no se concretó. Owen la evitó dando un salto hacia adelante y posicionándose entre los dos.

—¡Basta! –gritó colérico–. ¡Basta! Yo habré muerto mucho antes que dos miembros de mi reino se maten entre ellos. ¡Sedian, envaina tus espadas! ¡Y tú, Avon, aborta tu conjuro!

Los dos obedecieron, aunque continuaron intercambiando miradas hostiles.

—Sedian –preguntó el rey con severidad–, ¿por qué no quieres aceptar la decisión a la que hemos llegado?

—Nuestro bosque es la fuente de toda vida. La posteridad no nos perdonará si lo entregamos sin luchar.

—Yo opino igual –se sumó Vricio–. Hace veinticinco años las cenizas de mi padre y la de muchos otros fueron arrojadas a lo profundo del bosque tras entregar sus vidas por defenderlo. Prefiero morir aquí antes de abandonarlo sin dar batalla –sentenció el berserker clavando sus ojos sobre la multitud–. Si alguna vez nuestros hijos cuentan la historia de sus padres, será bajo la sombra de los árboles que sus abuelos y nosotros, con valentía y coraje, supimos proteger.

Owen suspiró y agachó la cabeza.

—Comprendo –dijo tras un momento de reflexión–, es su derecho poder luchar por defender lo que les es sagrado.

—Mi rey –se pronunció Avon acercándose por detrás–. No los escuche. No es su derecho, usted es nuestro soberano y la ley del clan dicta que su palabra no puede ser cuestionada.

Owen miró al druida, pero no le respondió.

—Quien tenga la intención de oponerse a Maki que lo haga –exclamó el rey rectificando la voz–. Nosotros partiremos en los próximos días hacia los Bosques de Escarcha, pero quienes quieran quedarse y pelear que lo hagan. No me considero con la autoridad de privar a alguien del derecho a defender su tierra.

Al terminar de decir aquello, Owen se retiró del templo, dando fin al concilio.

Capítulo 7
El pergamino

Maki y sus mercenarios llegaron a un acantilado que señalaba el principio y el final de las nieves eternas. Las montañas de Moth estaban prontas a concluir. Solo faltaba descender por el valle frente a ellos, atravesar la estepa Junkana y estarían en el bosque de Eloth.

—¡Idris, Megisto! –habló el brujo mientras contemplaba el paisaje que nacía tras el filo de la roca–. Ordenen a los exploradores que se adelanten. Estamos cerca del reino nórdico, es hora de empezar a atomizarnos.

—Sí, maestro –replicaron los dos al unísono al momento que se volteaban y comenzaban a dar indicaciones a los esbirros.

Los vientos andinos azotaban con violencia a los miembros de la horda, condenándolos a moverse con torpeza y refugiarse bajo pesados abrigos. Todos caminaban encorvados, protegiendo sus rostros de las ráfagas heladas y la arenilla que quemaban la piel. Todos, menos uno. El inmortal se paraba erguido, completamente inmune al impiadoso clima andino, vistiendo solo su habitual túnica de seda negra.

—Idris, acércate un momento –volvió a hablar Maki, ahora con una voz menos potente.

—Maestro –replicó rápidamente un sonrojado Idris al momento que daba un salto y se posicionaba junto a su maestro–. ¿En qué le puedo servir?

—Mira hacia el norte –le encomendó Maki–, dime qué ves.

—Un desierto sin vida y, tras este, un horrendo bosque que debe ser destruido –replicó, determinado, Idris.

En el rostro de Maki bailó una sonrisa.

—Llevas razón –asintió el mago–, el bosque de Eloth debe, y será, destruido.

—No habrá lugar donde su diosa pueda esconderse –continuó el joven hechicero envalentonado tras sentir la aprobación de su señor.

Hubo un momento de silencio.

—Dime la verdad, Idris, y habla desde la profundidad de tus entrañas –continuó el brujo–, ¿no piensas que el paisaje frente a ti, con todos sus ríos, bosques y montañas, es, de alguna manera, una visión que inspira poesía? Sin negar la misión que no hemos asignado, ¿no encuentras un momento para reconocer y admirar la belleza de aquello que estamos signados a fulminar?

—¿Qué dice, maestro? –preguntó un incrédulo Idris sorprendido por las palabras de su señor.

Maki, sin quitar los ojos del paisaje frente a él, permaneció silencioso por unos momentos.

—Olvídalo –dijo al fin al momento que se volteaba–. Vete, corrobora que los exploradores cumplan con las órdenes.

Idris, aún confundido, contempló a su maestro alejarse. Luego alineó sus pensamientos y se dirigió hacia los mercenarios que a sus espaldas aguardaban, y comenzó la asignación de tareas. Idris era extremadamente diligente a la hora de cumplir las órdenes que Maki le asignaba. Le aterraba la idea de, por efecto de algún descuido o falla, decepcionar a su maestro. Perder su favor. A nada temía más que el poderoso hechicero lo alejase de su lado. La aprobación de su amo era lo único que le importaba y aquello para lo cual vivía.

Mientras disertaba indicaciones, el joven hechicero notó algo que lo perturbó. En el interior de un pliegue de la pared andina Megisto, el alquimista, platicaba con uno de los exploradores. Pero lo hacía de forma excesivamente cautelosa, como si no quisiese ser oído. Acto seguido –acción aún más extraña– le entregó al esbirro un pequeño pergamino y este se marchó. Algo no estaba bien. Maki no les había dado material por escrito.

—¿Se puede saber qué demonios le diste y le dijiste a ese hombre? –exclamó Idris al momento que, con pasos largos, se acercaba al alquimista.

Megisto, imperturbable, torció el cuello y miró al joven hechicero con ojos desencantados.

—Nada que sea de tu incumbencia, muchachito –replicó con frialdad el anciano alquimista.

—¿Qué era ese pergamino?

—Como dije, nada de tu incumbencia. Ahora vete y no molestes, aún no he terminado de asignar órdenes a mis exploradores.

A pesar de que los modos misteriosos de Megisto y la idea –siempre presente y bien sustentada– de que su lealtad a Maki no fuese absoluta encolerizaban a Idris, había algo en la presencia del alquimista que lo hacía temblar de terror y lo incitaba a evitar tener contacto con él.

—Maki sabrá que andas entregando pergaminos misteriosos a los exploradores –sentenció Idris con un potente chillido que camuflaba su pavor.

—Esos pergaminos que entregué llevan las órdenes de nuestro señor –respondió el alquimista en el momento en que clavaba sus ojos fríos sobre el muchacho–. Y nada más.

Idris sentía su frente sudada. Pero sabía que, frente a aquel hombre, no podía exhibir flaquezas. Megisto se alimentaba de la debilidad ajena. Si demostraba la más mínima vacilación estaría perdido.

—¡No te creo! –gritó el muchacho simulando valentía.

—¡¿Y crees que eso me importa?! –repuso el alquimista, también con un grito.

—¡Le diré a Maki que tramas algo!

—¡Dile lo que quieras! –replicó el anciano mientras exhibía unos dientes afilados y amarillos–. Solo harás el ridículo, como siempre lo haces. Quizás tu estúpida ingenuidad no te permite verlo, pero no haces más que molestarlo con tus constantes fábulas. Él ya no te soporta.

—¡¿Qué dices?! –exclamó Idris con los dientes apretados.

—Él está harto de ti, me lo ha dicho. No soporta las ridiculeces con las que lo perturbas.

Idris sintió dolor en sus entrañas. ¿Sería eso cierto? ¿Acaso Maki ya no lo amaba?

—Si te vuelvo a ver comportándote de forma sospechosa, Megisto, ¡te mataré!¡Lo juro! –declaró Idris al momento que, con su dedo índice, señalaba la frente del anciano. Sus palabras lo habían herido, pero la lealtad hacia su maestro lo abastecía de coraje.

—Inténtalo, muchachito –lo desafió Megisto con el ceño fruncido–, te licuaré en ácido antes de que puedas pronunciar un verso. Soy mucho más poderoso que tú y lo sabes.

Idris apretó el puño. No estaba seguro acerca de qué hacer. ¿Acaso debía replicar a la amenaza? ¿Sería correcto atacar a Megisto en ese preciso momento? ¿Sería eso lo que su maestro desearía si hubiese visto lo que él vio? Probablemente sí. Había algo en los modos del alquimista que nunca le había gustado. Era demasiado enigmático. Demasiado misterioso. ¿Qué podía haber cuadrado con los exploradores? ¿Qué información llevaba aquel pergamino? Nada bueno seguro. Lo más probable era que fuese efectivamente un traidor, debía proteger a su señor.

—¡Idris! ¡Megisto! –exclamó Maki a la distancia, percibiendo la tensión que se había generado entre el alquimista y el joven hechicero–. Sepárense.

—¡Maestro! –replicó Idris–. Megisto estaba intentando…

—No me interesa, Idris –respondió, tozudo–, he dicho que se separen.

—Maestro, usted no entiende, vi a Megisto…

—Interrúmpeme una vez más y te mataré, Idris –declaró Maki, molesto–, les he ordenado que se separen y eso es lo que harán. Deben terminar de asignar las tareas a los exploradores.

Idris apretó los dientes y bajó la mirada.

—Así será, maestro –alzó la voz Megisto en el momento en que se alejaba y, desde la oscuridad de sus vestiduras, le enseñaba a Idris la más mefistofélica de las sonrisas–. Así será.

Capítulo 8
Sinergia

Finalizado el concilio druida, mientras la gente se desconcentraba lenta y silenciosamente, las miradas de Vricio y Sedian se encontraron. Los dos sabían que a pesar de sus diferencias tendrían que, una vez más, pelear hombro con hombro. La situación así lo exigía.

Su relación siempre había sido difícil. Quizás por sus tajantes diferencias, o quizás por sus axiomáticas similitudes. Ambos eran muy respetados y considerados los guerreros más diestros de Eirian. Orgullosos, parcos y de caracteres difíciles. Primogénitos de leyendas. Con el pasar de los años entre los dos se había trazado una rivalidad antológica.

Vricio era arrogante y severo, siempre con el pecho inflado y la frente en alto. La clase de hombre que hace temblar el suelo bajo sus pies, no por nada lo apodaban el centauro del norte. Pero a pesar de su prepotencia, también exhibía nobleza. Era leal a sus amigos y respetuoso de los ancianos y las tradiciones druidas, incluso a pesar de considerarse agnóstico. Solía participar en bailes y fiestas, y era muy popular entre las damas, casi todas las mujeres del reino habían tenido a este magnífico berserker durmiendo en su lecho. Vricio era un guerrero que los niños, jugando sobre las calles de tierra y blandiendo sus inofensivas espadas de madera, imaginaban encarnar.

Sedian, por su parte, rara vez era visto y se mostraba siempre silencioso y enigmático. Prácticamente no se sabía en qué invertía su tiempo, un hermético gusto por la poesía soñadora era una de las pocas singularidades que se conocían sobre él. Y, si bien no se comportaba de forma altanera como Vricio, solía mostrase displicente y distante con la mayoría de los habitantes de Eirian, trato apático que se extendía a prácticamente todos, con excepción de un estrecho grupo de afectos, los ciudadanos más veteranos y los niños pequeños. Ambos eran hijos de legendarios guerreros y tenían prácticamente la misma edad. Pero a pesar de estas coincidencias nunca habían trabado amistad, a diferencia de sus padres Sarbon y Nial quienes habían sido grandes amigos. Su excelso poder, más allá de destacarlos sobre el resto, prácticamente los había condenado a la rivalidad. Siempre eran comparados, y a la gente de la Ciudad Gris le encantaba especular y debatir acerca de quién era el mejor y el más poderoso. Muchos creían que la fuerza cruda y la granítica constitución de Vricio lo convertían en el más temible berserker del norte. Mientras que otros aseguraban que Sedian, con su la velocidad y exquisitez técnica era, y por mucho, el mejor guerrero de su generación. Este claro contraste de estilos no solo intensificaba su rivalidad y la volvía más interesante, sino que además opacaba sus similitudes: excelsos atributos intangibles de corazón y mente.

Estos debates acerca de la supremacía de uno sobre el otro no eran completamente especulativos. Muchas veces los dos guerreros habían blandido sus espadas el uno contra el otro. La mayoría de estos combates había tenido lugar durante su adolescencia. Pero había existido una colisión con ellos ya convertidos en adultos. Esta había tenido lugar tres años antes del segundo ataque de Maki el Inmortal.

En aquella oportunidad, Avon, el oscuro e inflexible druida, los había convocado para realizar una sangrienta tarea: aniquilar una bestia oriunda de las montañas de Morth.

Capítulo 9
La bestia

(Tres años antes del concilio en el templo de Titbiz)

—Una bestia ha descendido de las montañas de Morth. Merodea por el bosque y se alimenta del ganado campesino. Mátenla –les ordenó Avon a Vricio, Buxo y Sedian a las puertas de la armería de la ciudad.

A pesar de que no tenían la mejor relación, era bastante habitual que los druidas invocasen a Vricio y Sedian para que trabajasen en conjunto. Resultaban sumamente efectivos y, si bien la animosidad entre ellos era evidente, funcionaban bien como equipo. Ambos completamente seguros de la competencia de su dupla.

En aquella ocasión se les había sumado Buxo, un guerrero joven y de corazón ardiente, primo de Cruth y buen amigo de Vricio. Similar a este último en algunos aspectos, aunque de condiciones bélicas sensiblemente inferiores.

A pesar de que tanto Avon como Sedian habían estado en desacuerdo con su participación, tras el visto bueno de Baris, quien consideraba que sería positivo para el novicio codearse con guerreros expertos, no les quedó más remedio que aceptarlo dentro de la misión.

Tres días y sus respectivas noches tardaron los nórdicos en dar con la bestia que se les había ordenado eliminar. La tarea no fue sencilla. Habiendo caído ya las primeras nieves del otoño, el suelo se hallaba tapizado en blanco. Seguir huellas se les hizo imposible. Pero los eirianos contaban con una infinidad de recursos a la hora de moverse por los bosques. La rastrearon guiándose por sus instintos y conocimientos. Silenciosos y abocados, los tres guerreros no dejaron escapar detalle: ni marcas en los árboles ni el nerviosismo de los animales ni siquiera un aroma fuera de lugar. Intentaron predecir sus movimientos, y lo consiguieron. Poco antes de la madrugada del cuarto día, encontraron a la criatura.

La infernal imagen que reflejaron sus pupilas aquella noche sería una que jamás conseguirían olvidar. La bestia que tanto habían buscado estaba frente a ellos, y era espantosa. Asemejaba un insecto, con todos sus cuernos y tenazas, pero tenía el tamaño de un oso adulto. Y para dramatizar aún más la primera impresión que Vricio, Buxo y Sedian tuvieron de ella, la encontraron a mitad de su cena, devorando a un lobo mientras la luz de luna estallaba sobre su caparazón y lo hacía brillar en tonos azules y violáceos.

Ninguno de los tres pudo evitar ser gobernado por el asco al vislumbrar tan atroz criatura. Era un monstruo emergido de los abismos más profundos y antiguos de las montañas de Morth. Una bestia desgraciada que, habiéndose hartado de los alimentos infectos que las nieves eternas ofrecían, había desertado de su morada.

A pesar de su sobresalto inicial, los guerreros rápidamente recuperaron la compostura, empuñaron armas y comenzaron su avance.

—Escúchame, Buxo –exclamó Vricio al momento que sujetaba a su compañero por el brazo con tal fuerza que por un momento el muchacho creyó que le rompería los huesos–, si en algún momento te invade el temor o la inseguridad quiero que retrocedas. No intentes probar tu valor y posiciónate detrás de mí o de Sedian si te encuentras agotado o herido.

—Tus palabras me ofenden –replicó Buxo con una sonrisa que evidenciaba confianza–. Soy un guerrero yo también. Si me retraigo en las batallas jamás me volveré fuerte como ustedes.

Sedian optó por no intervenir en la conversación sostenida por sus compañeros. Pero desde el silencio se adhería a la opinión del muchacho. De nada serviría intentar preservar a un guerrero en formación. Los fundamentos de Buxo aún no estaban cimentados. Para bien o para mal, debía forjarse en el calor de la batalla o morir intentándolo. Una línea de pensamiento que podría percibirse como cruel, pero Sedian sabía que quien elige el camino del guerrero debe volverse inmune a la crueldad, porque solo eso encontrará.

Al divisarlos, la criatura se incorporó. Para sorpresa de los eirianos, contaba con una morfología que recordaba a la de un hombre. Se paraba erguida y sus proporciones asemejaban –en mayor o menor medida– a las de un habitante del sur. Pero fuera de su silueta, en nada se equiparaba a un humano. Tenía cuatro brazos finalizados en tenazas, una cabeza de escarabajo, y un exoesqueleto de textura metálica.

Los nórdicos avanzaron cautelosos hacia el monstruo. Mientras que este, con un trozo de carne colgando de sus fauces, los observaba con dos gigantescos ojos amarillos.

Finalmente, Vricio soltó un grito de guerra y se abalanzó sobre la bestia. Sedian y Buxo hicieron lo propio.

La criatura, que estaba acostumbrada a destruir sin esfuerzo todo lo que en su camino se cruzaba, no tardó en descubrir que estos hombres no se asemejaban a sus anteriores contrincantes. Los enemigos que ahora enfrentaba eran de una mayor envergadura. Se movían seguros y con impecable sincronía, como si la guerra fuese un reflejo primigenio, como respirar o caminar.

Sedian danzaba entre las tenazas, desplegando una eficiencia mecánica sin igual mientras diseñaba un tramado de ausencias perfectas. Ante cada apertura enterraba sus espadas sin misericordia entre los pliegues del exoesqueleto. Se desplazaba como si tuviese un tercer ojo, secreto y mágico, que alcanzaba a vaticinar lo que aún no había sido escrito. Vricio era más estacionario, con los pies firmes sobre la tierra, revoleaba su mandoble generando estocadas extraordinariamente dañinas. A pesar de ser sustancialmente más voluminoso que sus compañeros, lejos estaba de ser lento o torpe. La suya era una musculatura funcional. No tenía la coordinación manual de Sedian –nadie la tenía– pero, para un hombre de sus dimensiones, se movía con suma fluidez. Por último, Buxo, a pesar de no contar con las aptitudes de sus compañeros, aportaba a la causa con una secuencia prolija de ataques y retrocesos. La batalla se prolongó a favor de los nórdicos. No había nada que el insecto pudiese hacer para librarse de sus enemigos.

—¡Adelante! –gritó Vricio–. La bestia está vencida. No le den respiro. ¡Ataquen su corazón!

Cuando todo parecía estar dicho, y las fuerzas del monstruo ya habían comenzado a flaquear, algo terrible ocurrió. Fruto de la inexperiencia y la arrogancia, Buxo se dispuso llevar a cabo una maniobra arriesgada. Se adelantó más de lo debido e intentó golpear al insecto con un giro invertido de su espada. Técnica osada, más valiosa por su función estética que por su capacidad de producir daño. El encuentro entre el acero y la armadura orgánica se consumó de forma imprecisa. En consecuencia, el arma salió disparada de sus manos, dejando al guerrero a completa merced de la bestia, la cual lo atacó sus filosas extremidades. La única razón por la que Buxo no murió aquel día fue porque Vricio, exponiendo su propia integridad, saltó sobre su amigo y lo protegió. El corpulento guerrero consiguió, con un movimiento defensivo de su espada, asegurar la supervivencia de su compañero. Pero no sin que una de las tenazas le atravesase el bajo vientre. Haciendo caso omiso al punzante dolor, y demostrando una fortaleza metahumana, Vricio se reincorporó y enarboló su mandoble claymore. Con un primer golpe amputó el brazo que lo había alcanzado, con un segundo cercenó los cuernos de la insectívora cabeza, y por último, enterró la hoja de su arma en la caja torácica de la criatura. La antropomórfica bestia chilló de dolor y se desplomó. El berserker, no sin antes haber sujetado a Buxo, dio un salto hacia atrás. Ni bien estuvo fuera del alcance del enemigo, arrancó de su cuerpo los filos que lo habían penetrado. La bestia, con un supremo esfuerzo, se puso de pie nuevamente. Estaba mortalmente herida, pero sabía que la única oportunidad de victoria yacía en poder eliminar a Buxo y Vricio en aquel momento de vulnerabilidad. Por lo que intentó ir tras ellos. Pero no le fue posible. Sedian dio un salto y posicionó su humanidad entre el insecto y sus compañeros, proveyéndoles una vía de escape. Luego, flexionó las piernas y preparó su ofensiva. Pero cuando alzó la vista descubrió que la bestia se había desplomado nuevamente, sin siquiera él la hubiese tocado. El golpe de gracia había sido la desesperanza de darse cuenta de que, al escapar Vricio y Buxo, su única oportunidad de victoria se había esfumado. La batalla había concluido.

—¡Amigo! –exclamó Buxo preocupado–. ¿Te encuentras bien? ¡Lo siento mucho!

Vricio permaneció contraído algunos instantes. Luego se reincorporó sin acusar daño alguno. Apenas un ligero temblor de sus labios evidenciaba que la estocada lo había afectado.

—¡No lo puedo creer! –continuó diciendo el joven eiriano mientras palpaba a su amigo–. Esa estocada hubiese partido en dos a un hombre ordinario.

—Hace falta más que un buen golpe para tumbarme –replicó Vricio con frialdad. Luego, irguió la espalda y miró a su amigo directo a los ojos–. Termina el trabajo, Buxo.

—¿Qué termine el trabajo?

—Exacto.

—¿Quieres que mate a la bestia?

—Así es.

Tras asentir con la mirada, Buxo se puso de pie, empuño su mandoble y se volteó hacia la criatura. Esta seguía de rodillas e inmóvil. Con un paso un tanto nervioso se le acercó y alzó su espada dispuesto a darle el golpe final. Pero no lo hizo, ya que un hecho completamente inesperado congeló su brazo. La criatura habló.

—Piedad –rogó una voz aguda y mecánica.

Buxo quedó petrificado, nunca hubiese imaginado que un ser de aquella naturaleza pudiese recurrir al lenguaje.

—Piedad –volvió a decir el insecto–. Pido que se me muestre piedad.

El joven guerrero se volteó y miró a Vricio. Este, con una inclinación de la cabeza, le ordenó que siguiera adelante con la ejecución. Las palabras del monstruo no lo habían conmovido. Las órdenes debían cumplirse.

—¡No he hecho ningún mal, no merezco la muerte! –gritó el monstruo con un supremo esfuerzo.

—¡Vricio! –exclamó Buxo, irresoluto, mientras la espada temblaba en sus manos–. ¿Qué debo hacer?

—¡Prosigue con la ejecución! –replicó el berserker. Su semblante duro demostraba que no sentía altruismo alguno–. ¡Mátalo!

—¿Por qué? –preguntó el insecto al entender que su destino no dependía de quien empuñaba la espada sino de quien daba las órdenes–. ¿De qué crimen se me acusa?

—Has estado atormentando a los campesinos –sentenció Vricio con rigidez–. ¡Mereces la muerte que obtendrás!

—Me he alimentado solo de animales. No le hecho daño a ningún ser humano –rectificó el insecto con voz decidida.

—Calla de una vez, bestia infernal –replicó Vricio con rabia–. Las leyes druidas dictan que cualquier criatura extranjera que invada el bosque debe morir. ¡Y hoy no habrá excepciones! ¡Buxo, mátalo de una vez! Intenta manipularte. ¡No lo permitas!

Buxo alzó nuevamente la espada. Pero luego la hizo descender lentamente. A diferencia de su amigo, las palabras de la bestia sí habían calado profundo en él, y alcanzado su inocente corazón.

—Lo siento, Vricio –dijo–, no creo que sea justo matarlo. Él lleva razón, no ha lastimado a nadie y fuimos nosotros quienes atacamos primero. Lo correcto sería que lo dejemos marcharse.

Vricio gruñó, caminó hacia su amigo con pasos largos y le arrebató la espada de la mano.

—Hazte a un lado –le ordenó–. Lo haré yo mismo.

—No es sencilla la vida bajo esta coraza –dijo el monstruo mientras inclinaba levemente la cabeza. Su voz se oía desesperanzada–. Hoy me violentaron sin que yo los haya siquiera ofendido. No es mi pecado ser quien soy. Si pudiese forjarme a mí mismo les aseguro que me diseñaría como un hombre gallardo, hermoso a la vista de todos. Pero esta es la encarnación que habito –la criatura hizo una pausa, alzó nuevamente la cabeza y miró a Vricio directo a los ojos–. Ya he recibido un inmerecido escarmiento, ruego que al menos se me permita vivir. No he cometido crimen alguno. No merezco ser ejecutado.

Les resultaba incongruente a los guerreros escuchar a tan grotesco ser expresarse de esa manera. Pero sus palabras se sentían sinceras y su semblante insectívoro, si bien duro, reflejaba de forma extraña pero nítida la desolación que se transmitía en su decir.

—No –replicó Vricio apretando la empuñadura del arma–, el castigo por entrar bosque de Eloth es la muerte, así lo dictan las leyes de Gálcam.

—¡He vivido siempre en las grietas del inframundo! Hace muy poco que emergí de la oscuridad. No conozco las leyes de los reinos bajo el sol. ¡Tampoco sé el nombre de este bosque ni quién lo gobierna!

Vricio meneó la cabeza y comenzó a enarbolar el mandoble de Buxo.

—Por favor no hagan esto, hay mucho que aún debo hacer antes de partir. Mucho que ver y oler, sentir y escuchar. Te lo pido, valiente guerrero, no me mates.

—Ahorra tus palabras para cuando seas juzgado por tus atroces dioses –sentenció Vricio con ojos fulgurantes.

Finalmente, el nórdico hizo descender su espada sobre la bestia. Pero el eximio acero de La Divina interceptó el golpe y salvó la vida de la criatura.

—¡Sedian! –exclamó Vricio confundido–. ¿Qué haces?

Tras haber desmantelado el ataque de su compañero, Sedian se dirigió al insecto.

—¿Cuál es tu nombre, criatura de los abismos? –le preguntó en la lengua antigua de los animales.

—Ingrath, me he a mí mismo bautizado –respondió, incrédulo, el hombre insecto.

—Vete, Ingrath. Tu vida ha sido perdonada. Pero tendrás que marcharte de este bosque. No eres bienvenido.

La criatura, aún sorprendida, tardó un momento en replicar.

—Gracias –dijo al fin mientras se levantaba trabajosamente–, si nuestros caminos se vuelven a cruzar, prometo saldar la deuda de la que hoy me hago acreedor –y tras haber dicho aquello, desapareció en la espesura del bosque.

Vricio dio un paso hacia al frente, intentado ir tras ella. Pero la sombra del a libélula se interpuso en su camino.

—¿Se puede saber qué demonios acabas de hacer? –preguntó Vricio con un tono calmo pero severo. Él no había comprendido la breve conversación que Sedian había tenido con el insecto–. ¿Por qué evitaste que lo mate?

Sedian no respondió.

—Esa criatura debe morir –continuó berserker–. Ahora te pido que te hagas a un lado. No podemos permitir que se aleje demasiado.

—Le he otorgado piedad. Me atendré a mi palabra –respondió Sedian, lacónico.

—Nos lo ha ordenado Avon, ese insecto debe morir –insistió Vricio, intentando encontrar con la mirada los ojos de Sedian.

—Ya no diré más.

Tras haber hablado, Sedian dio media vuelta y comenzó a retirarse. Pero un grito lo detuvo.

—¡Sedian! –exclamó el berserker pletórico de rabia, ya no tanto por el destino del insecto sino por la displicencia con la que su compatriota lo estaba tratando–, ese monstruo morirá porque así nos lo han ordenado. No podrás hacer nada para evitarlo.

La sombra de la libélula giró el torso y miró a Vricio a los ojos. Acto seguido, desenvainó sus espadas.

—Entonces no queda sino batirnos y que los espíritus del bosque decidan a quién favorecen.

En un primer momento, Vricio se mostró descolocado por la reacción de Sedian. Luego, sonrió. No era un hombre que se acobardase bajo presión. En silencio dejó caer la espada de Buxo y empuñó la propia, la cual había quedado sobre la tierra empapada en sangre de insecto. La adrenalina corría por sus venas. Al fin se presentaba la oportunidad que tanto había esperado, enfrentar a Sedian y demostrar de una vez y para siempre quién era el mejor guerrero de Eirian.

—Que así sea –respondió finalmente al momento que adoptaba una postura de combate.

Capítulo 10
Vricio vs. Sedian

Al ver que sus amigos estaban por enfrentarse, Buxo dio un salto hacia delante e intentó disuadirlos. Pero dos miradas frías cayeron sobre él y lo obligaron a retroceder. Nada podía hacer, el duelo entre los dos mejores guerreros de Eirian ya había comenzado.

Con un movimiento pausado, Vricio introdujo una mano en sus vestiduras, extrajo una falsa oronja y se la llevó a la boca. No le gustaba combatir o entrenar en contra de compatriotas bajo el efecto de hongos psicotrópicos. Temía que, perdido en el trance, pudiese excederse y matar a alguien. Pero ahora la situación lo ameritaba. El dolor que sentía en el vientre era paralizante. Necesitaría de todas sus facultades para vencer a Sedian.

Mith contempló al berserker, sus pupilas dilatadas cual soles de carbón, su masiva musculatura, las sanguinolentas vestiduras, la mirada impiadosa y los tatuajes de runas y dragones que adornaban las pieles que escapaban de su armadura. Qué terrible pesadilla, pensó, tener que enfrentar a este hombre en batalla. Pero, para su sorpresa, Sedian se veía relajado. Su mirada no reflejaba preocupación alguna, como si frente a él no hubiese más que praderas cubiertas de flores y hierba.

Por un largo rato los dos espadachines permanecieron inmóviles, analizándose, esperando. Se respetaban. Ninguno ignoraba el poder y la competitividad de su contraparte. Sabían los dos que se enfrentaban a un enemigo formidable, conscientes de que la más mínima falla sería capitalizada e implicaría una irrevocable derrota, y hasta quizás la muerte. Tampoco ignoraban el hecho de que, si bien solo habría un testigo, aquel duelo resolvería de una vez y para siempre quién era el verdadero campeón de Eirian, porque como bien se sabe, campeón solo puede haber uno. Considérese la relevancia de ostentar dicha posición a sabiendas de que a este correspondía un anillo legendario, esto solo igualado por los cargos de rey y primer druida.

Dicho anillo aún descansaba en los restos consumados de Nial en lo profundo del bosque, y si bien todos los campeones desde su muerte habían tenido el derecho a exigir que sea exhumado, por respeto al difunto héroe, nadie lo había hecho. La posición había sido ocupada durante años por Tarla, la dama Ulfberht. Pero ella había dimitido el honor cuando Sedian y Vricio concluyeron su formación militar, asegurando que sería hipócrita de su parte ocupar el puesto de campeona sabiendo que aquellos muchachos eran sustancialmente superiores a ella. Se ha iniciado la era del centauro y la libélula, había dicho Tarla en un concilio en la armería, será uno de entre ellos quien adueñe el honor de ser el campeón, y anticipó que quien sea el que lo ostente, lo hará por muchos años.

La espera no se prolongó demasiado, Vricio no era de los pacientes ni de los medidos a la hora de la guerra. Apretó los dientes para neutralizar el dolor en su vientre y cargó contra Sedian.

El hijo de Sarbon permaneció inmóvil y agazapado mientras el guerrero corría en su dirección. No fue hasta último momento, cuando Vricio se encontraba prácticamente sobre él, que flexionó las piernas y se escabulló entre el costado y el brazo de su contrincante.

Al ver que su oponente había desaparecido frente a sus ojos, Vricio se volteó rápidamente.

Sedian se hallaba a, por lo menos, seis metros. Con la guardia baja y una postura desenfadada, como si la contienda hubiese concluido.

El hijo de Nial hizo caso omiso de la actitud desinteresada de su contrincante. Alzó su espada y fue nuevamente tras él. Pero mientras corría sintió cómo unas ligeras gotas rodaban por su mejilla. Se detuvo, intrigado, y analizó su rostro con las manos. Tenía un tajo justo debajo del ojo izquierdo, fino y limpio. Estaba fresco, no había sido causada por el insecto. Era obra de una de las espadas gemelas.

—¿Cómo es posible? –se dijo mientras dejaba caer su mandoble–. ¿En qué momento?

Volvió a alzar la mirada, pero ya no había rastros de Sedian. Mucho menos de la bestia. El berserker cayó sobre sus rodillas mientras su sangrante orgullo chillaba de vergüenza tras haber sido derrotado de forma tan categórica. Un movimiento, un único movimiento, era todo lo que Sedian había necesitado para vencerlo. Su acérrimo rival lo había doblegado con una facilidad insultante. Una verdad difícil de digerir para alguien como Vricio.

Hay quienes dicen que los combates son, en esencia, metáforas de diálogos. Asumiendo como cierta dicha metáfora, se estaría confirmando la inmanencia natural de Sedian de ser un hombre de pocas palabras.

Los protagonistas no comentaron nada de lo ocurrido aquella noche, pero por boca de Buxo, nadie en el reino tardó en enterarse, con lujo de detalle, lo que había sucedido. Ese había sido el acuerdo tácito entre Sedian y Vricio. Buxo no era un muchacho malintencionado, pero era sabido por todos que era incapaz de guardar secretos.

Aquellos breves instantes en el bosque modificaron de manera sustancial la estructura jerarquía del reino. Si bien Vricio continuó siendo un guerrero respetado y las comparaciones entre los dos no cesaron definitivamente, aquella madrugada Sedian se irguió como el único y verdadero campeón de Eirian.

Capítulo 11
Los vicios del coloso

Concluido el concilio y teniendo la autorización para presentar resistencia a la subyugación del mago, Sedian, Vricio y Leto se dirigieron a Los vicios del coloso, una sombría taberna ubicada en la orilla oeste de la ciudad. Era poco frecuentada y no solía ser lugar de eventos sociales de magnitud. Siempre bajo la sombra de Elixir de la montaña, la taberna más distinguida y popular de la Ciudad Gris. Los vicios del coloso solo albergaba viajeros que por algún motivo habían terminado en las remotas tierras del norte, una estrecha pero fiel clientela que prefería el cobijo de la luz tenue y la madera húmeda a la hora de ahogar sus penas y, en esta oportunidad, a un grupo de guerreros que poca idea tenían de la épica aventura en la que estaban por verse envueltos.

A Sedian, Vricio y Leto se les sumaron otro puñado de guerreros, quienes, habiéndose enterado de la noticia, manifestaron su deseo de unirse a su causa.

Entre estos se destacaban Tarla, la excampeona, y Eric, el herrero. A pesar de su avanzada edad, Eric había optado por respaldar la causa de Sedian y los demás. Había visto a Nial y a Sarbon perder la vida a manos de Maki. Y por la amistad que lo había unido a ellos, no podía permitir que sus hijos compartiesen sus destinos. Sedian y Vricio era todo lo que quedaba de sus viejos amigos. Debía protegerlos.

Se acomodaron todos en una mesa junto a una mohosa columna de roble.

—Una ronda de hidromiel, cantinero –alzó la voz Vricio al momento que elevaba la palma de la mano.

—Agua ardiente para mí –rectificó Eric.

—Y en mi caso, vino. Si es posible –añadió Leto.

Menos de un minuto después, el cantinero, quien no era sordo a las noticias, se acercó con las bebidas. Solo unos tragos bastaron para que todos supiesen que aquella noche el anciano propietario les había dado lo más eximio que su despensa. Si poco en la vida pueden hacer los cobardes, aún menos pueden hacer en la guerra. Pero ofreciéndoles lo mejor de lo mejor al precio de lo peor, el cantinero se permitió sentir, por un momento al menos, el sabor de la redención.

—Cantinero –alzó la voz Leto, el único que aún no había bebido, al momento que levantaba su botella de vino–, ¿podría pedirle que por favor me cambie esta botella por una de Ensueño de Hada?

El cantinero lo miró extrañado.

—Ese vino que sostienes en tus manos es de lo mejor de mi despensa –dijo–, normalmente lo vendería a tres monedas de oro. Ensueño de Hada es un vino mediocre.

—Lo sé muy bien, amigo –replicó el bardo.

—¿Y aun así deseas que te lo cambie?

—Sí. Por favor.

—Como gustes –replicó el cantinero con tono cínico al momento que arrancaba la botella de las manos del bardo. Unos momentos después volvió con la bebida inferior. Leto sintió que las miradas de sus compañeros lo acosaban, incapaces de entender sus acciones. ¿Por qué prefería la mediocridad sobre la excelencia?

—Uno debe tener cuidado con el buen vino –dijo, sonriente, al momento que le daba el primer sorbo a su Ensueño de Hada–. Una vez que se paladea la excelencia, nada inferior te satisfará. El buen vino es mezquino, costoso y esquivo para los hombres del bosque y el laúd, como yo. No serán muchas las situaciones en las que accedas a él, beberlo significaría arruinar el disfrute de todos los otros alcoholes. Yo prefiero quedarme con los vinos mundanos, porque siguen siendo dulces y suaves, y siempre están prestos a llenar tu copa.

El comentario de Leto generó sonrisas en los rostros de Vricio y Eric. No así en el de Sedian.

—Está muy bien, amigo bardo –dijo el herrero encogiéndose de hombros–, cada cual disfruta a su manera. Mis pulsiones son distintas, pero lo que dices es lógico. ¡Yo jamás podría rechazar un vino de excelencia! –exclamó riendo–. Pero no te juzgaré. Allá tú y allá yo.

—¿No te intriga conocer el sabor de la exquisitez? –preguntó Sedian sin poder contenerse–. Estás por alistarte en una batalla en la que puedes morir, ¿no te perturba la idea de dejar el mundo sin haber saboreado lo mejor?

—No pienso en la muerte ni en que pueda morir –replicó el bardo con tranquilidad–. Y por supuesto que me intriga. El asunto es que, si yo lo aceptase ahora, por estar este cantinero dispuesto a obsequiarlo, en el futuro viviré añorando su sabor. No quiero eso. Si yo hoy probase lo que me ofrecen, este vino que disfruto ahora mañana se sentirá cual vinagre. No puedo pagar una buena botella, probablemente nunca pueda. En mis futuras visitas a las tabernas no haré sino añorar aquella vez cuando bebí de lo mejor, y me sentiré un miserable.

—Somos distintos –concluyó Sedian y no habló más sobre el tema. No quería prolongar un debate sobre vinos cuando había cosas más importantes de las que hablar. Pero no se identificaba con el bardo, él prefería que sus momentos de disfrute fuesen escasos pero reales. Jamás podría disfrutar un vino mediocre sabiendo que en la despensa de la cantina había uno mejor. No era una cuestión filosófica o de actitud, sino de naturaleza.

Los nórdicos se regalaron algunos minutos para disfrutar sus bebidas y distenderse. Luego, comenzaron a discutir lo que debían discutir.

—¡Ah, qué horrenda tarea ha caído sobre nosotros! –dijo Leto echando la cabeza hacia atrás y contemplando el gastado techo, entre cuyas grietas se vislumbraba el abovedado cielo nocturno y sus magníficas estrellas–. Cómo me gustaría que fuese solo un sueño maltrecho, y que todo pudiese ser sanado con un dulce despertar.

—Pero no lo es –exclamó Vricio antes de hacer una breve pausa y darle un sorbo a su hidromiel–. Este desafío ha cruzado nuestro camino y deberemos hacerle frente. No será sencillo, de eso no hay duda. Somos pocos y no contamos con el apoyo de los druidas. Pero aun así debemos encontrar la forma de triunfar sobre Maki.

—Tendremos que ser muy astutos si queremos tener una oportunidad de vencer –acotó Tarla mientras asentía con la cabeza.

—Tampoco contamos con una estrategia –agregó Eric–. Y es imperativo que tracemos una, y buena. De lo contrario, escasa oposición significará nuestro acero frente a la elaborada hechicería de nuestros adversarios.

Las miradas de todos los presentes se posaron sobre Sedian. Desde que había derrotado a Vricio tres años atrás, se había alzado como el gran referente bélico del reino. El indiscutible campeón. Debía ser él quien liderase a las fuerzas de Eirian en contra de Maki. Pero al parecer él no lo creía así. No acusaba recibo de la implícita presión de sus compañeros, obviando las miradas que lo acosaban. Permanecía silencioso y ensimismado. Oculto detrás de sus ojos.

—¿Nos sugieres algo, valiente Sedian? –inquirió Eric, el herrero–. ¿Se te ocurre alguna ingeniosa estratagema o algún plan que nos pueda ayudar a derrotar a nuestro enemigo?

—No –replicó este con los ojos a media asta.

—Déjame decirte que todos esperamos mucho de ti –agregó Tarla.

—Sedian –se pronunció Leto con voz serena–, de más está decir que todos aquí te respetamos y seguiremos a la guerra. Pero necesitamos algún tipo de liderazgo de tu parte, o al menos una participación más activa, tú encabezas esta misión. Eres nuestro campeón.

Sedian se inclinó hacia delante, apartó su vaso de agua con el revés de una mano carente de anillos, y cruzó los brazos sobre la mesa. Él jamás bebía alcohol.

—Mi alma y mis espadas están atadas a la causa –dijo– pero temo que en lo que a liderazgo se refiere, no podré ser de gran ayuda.

—¿A qué te refieres? –le preguntó Eric–. Pocos hombres en Eirian saben más de la guerra que tú. Has combatido en innumerables batallas y conoces cada pasaje del Libro de los cuatro escudos y la lanza. Tienes todo lo necesario para guiarnos a la guerra.

—Mis conocimientos bélicos son de otra naturaleza.

—Compañero –intervino nuevamente Leto–, tus palabras no están siendo claras. Por favor, explícate.

—No quiero, ni creo poder dirigir una compañía.

—¿Pero qué dices? –exclamó nuevamente el herrero, ahora irritado.

—No soy un rey ni un general, soy un guerrero.

—¡Patrañas! –alzó la voz Vricio–. ¿Acaso pretendes pelear en soledad?

—No. Simplemente les hago saber que no cuento con las aptitudes de un líder. El conflicto para mí es un fenómeno personal. No soy de los que ven la batalla como un todo y sienten a sus hombres como aprendices de su voluntad –la sombra de la libélula hizo una pausa y clavó sus ojos sobre el herrero–. Tienes razón, Eric, sé mucho sobre la guerra, he estado en la batalla de la costa y la niebla, donde los enemigos nos superaban en dieciséis a uno. También he participado del choque de los gigantes de bronce donde vi pelear a un dragón. Sí, a un dragón. Lo vi sobrevolar a nuestro ejército e incinerar a miles de hombres. Y a ambas batallas he sobrevivido. Sé mucho sobre la guerra, o al menos lo suficiente como para comprender que un buen guerrero no es lo mismo que un comandante.

—Entonces –dijo Tarla con una voz pacífica pero desencantada–, ¿rechazas el liderazgo que te ofrecemos?

—Agradezco el honor, pero sí, lo rechazo.

—¿Estás completamente seguro? –insistió Leto.

—Completamente.

—Qué lástima –finalizó el herrero–. Todos creíamos que serías el indicado para llevarnos a la victoria.

Vricio descargó sobre Sedian una mirada furibunda, pero este no respondió o no se percató.

—Bueno –dijo–, ¿alguno de los presentes quiere agregar algo? ¿Alguno tiene una idea en mente que quiera compartir?

No hubo respuesta.

—¿Y tú? –preguntó Eric dirigiéndose a Leto–. Tú solías ser un bardo, ¿no es así? Conoces los bosques y las montañas de este país mejor que nadie. ¿No se te ocurre alguna forma de aplicar ese conocimiento a la presente causa?

—Es verdad que supe ser un bardo alguna vez. De hecho, lo sigo siendo aunque ya no viva como uno. Ya no cumplo con los hábitos y las costumbres, pero mi amor por la naturaleza sigue intacto –replicó Leto al momento que llevaba sus manos a las rodillas. Su semblante fresco y despreocupado era el eco de las memorias que volvían a florecer ante sus ojos cuando recordaba su vida en los bosques–. Conozco todos los árboles de Eloth, y bajo la sombra de cada uno de ellos he disfrutado alguna vez de una siesta serena. Pero –dijo al momento que su tono de voz se volvía repentinamente más lúgubre– no se me ocurre cómo aplicar dicho conocimiento a la causa que hoy nos compete. Nunca recorrí los arbolados senderos pensando en la guerra.

—Vamos –insistió el herrero–. Tú podrías guiarnos. Tiene que haber algo de esa sabiduría que nos pueda servir en un momento como este.

—Es que no sé qué quieres que diga, amigo –repuso Leto con una sonrisa incómoda y encogiéndose de hombros–. No soy un guerrero. Eloth es un bosque gentil y rico en leyendas. Guarda sus secretos, pero estos no suelen ser oscuros ni peligrosos. Las primaveras son verdes y fértiles. Los inviernos, aunque fríos, son más piadosos que en tierras de similares latitudes. Y si bien es cierto que puede ser traicionero para aquel que se adentra en él sin el conocimiento adecuado, las tragedias son inusuales. No cuenta con ningún valor militar que, al menos yo le pueda hallar.

—Entiendo –dijo Vricio en voz baja al momento que comprimía su vaso entre las manos–, otro que tampoco puede colaborar debidamente.

El encuentro de la acéfala compañía se prolongó hasta avanzada la noche sin que los nórdicos pudiesen llegar a una conclusión satisfactoria. Eran casi las tres de la madrugada y no habían hecho más que discutir planes insustanciales. El planeamiento militar a gran escala no era su fuerte. Ninguno tenía estudios formales en dicho aspecto. Los debates con relación a las estrategias a las que podrían recurrir no eran fluidos y siempre terminaban empastándose. Cada vez que alguien proponía una estratagema, y se la empezaba a analizar, no pasaba mucho para que el resto de los presentes, y hasta el mismo autor, le hallasen cualquier cantidad de defectos e inconsistencias.

La falta de unidad lógica era un típico problema de los guerreros del norte. Porque si bien valientes y bizarros, solían ser impulsivos a la hora abordar los conflictos. Siempre habían sido los druidas, quienes, por ser individuos sofisticados, prestaban de su sapiencia para resolver aquel tipo de cuestiones. Pero en aquella oportunidad el rey había decretado que los druidas deberían escoltar a la gente fuera de la Ciudad Gris. No colaborarían en la batalla. Razón por la cual los guerreros se encontraban solos y a la deriva.

—Como ya he dicho –alzó la voz uno de los presentes–, creo que enfrentar a Maki es lo correcto y estoy más que dispuesto a hacerlo. Pero no quiero desperdiciar mi vida en vano. Si no contamos con un plan medianamente lógico, creo que optaré por unirme al éxodo. Y recomiendo que ustedes hagan lo mismo.

—Comparto tu línea de pensamiento –lo acompañó Leto–. Yo también estoy considerando desvincularme de esta misión si no llegamos a concretar una unidad lógica.

Vricio miró a sus camaradas con furia.

—¡Cobardes! –sentenció–. ¡Son unos cobardes! ¿Desde cuándo un guerrero abandona una batalla porque las probabilidades no lo favorecen? ¡Ustedes no son dignos de llamarse ciudadanos de Eirian ni miembros del Clan de las Cenizas!

—No temo inmolarme si mi sacrificio colabora en la obtención de un bien común –replicó Leto con severidad–, pero tengo demasiado respeto por la vida como para malgastar la propia sin razón alguna. Tengo una hija y la quiero ver crecer, si mi sacrificio le garantiza un futuro, a él me entrego sin miramientos. Pero no la privaré de un padre por un mero fanatismo.

—¿Fanatismo dices? –rugió Vricio en el momento en que se ponía de pie. Su porte era impresionante. Si bien no era mucho más alto que sus compañeros, el volumen de sus hombros y espalda lo hacía verse como un coloso. Daba la sensación de que, si quisiese, podría triturar el cráneo del bardo con una mano. Tal su corpulencia. A pesar de esta desigualdad, Leto no se intimidó ni esquivó su mirada–. ¿Acaso te atreves a llamar fanáticos a quienes están dispuestos a sacrificar sus vidas por su tierra y su clan? –continuó el berserker con ojos ardientes.

Leto permaneció inmóvil y silencioso tras las palabras de Vricio. Pero el fulgor de sus miradas hacía pensar que un nuevo duelo estaba por comenzar.

—Caballeros –se escuchó una oportuna voz provenir de una mesa cercana–, discutir entre ustedes no aportará nada a su causa.

Todos se voltearon a ver a quien había hablado. Era un hombre delgado que bebía vino. Tenía el rostro oculto dentro de una capucha de tela parda. Había estado sentado junto a ellos largo rato, aunque hasta entonces no había alzado la voz.

—Tu consejo es sabio, forastero –le contestó Vricio con el ceño fruncido–, pero nuestros asuntos no son de tu incumbencia.

—He oído las terribles noticias –continuó diciendo el misterioso individuo– y me encantaría poder unirme a ustedes.

—En ese caso trae tu botella a nuestra mesa –replicó el berserker en el momento en que volvía a tomar asiento–, cualquiera que pueda blandir una espada es bienvenido a nuestra causa.

El forastero se puso de pie, era alto y longilíneo. Se acercó a los guerreros y se posicionó en una esquina de la mesa. Aún entonces su rostro no pudo ser vislumbrado.

—Estoy más que dispuesto a blandir mi espada en contra de Maki –dijo con voz cavernosa–, aunque dudo de que eso sea de mucha ayuda. Los dioses no me han bendecido con un brazo fuerte como a ustedes. Pero creo que puedo proveerles una ayuda de otra naturaleza.

—Te escuchamos –le dijo Leto con un tono gentil, aunque escéptico.

—Estoy dispuesto a ayudarlos a cuadrar la estrategia y plan de batalla que tanta falta les está haciendo. Y a liderarlos, si es que ustedes quisiesen permitírmelo.

Capítulo 12
El forastero

Por un dilatado instante los guerreros contemplaron con sorpresa y desencanto al misterioso forastero.

—¿Por qué habríamos de confiarle el liderazgo de nuestra compañía a un hombre que jamás habíamos visto y que ni siquiera tiene el valor de exhibir su rostro? –cuestionó finalmente Eric.

Todos pudieron ver cómo dentro de la oscuridad de la capucha las facciones del forastero dibujaban una sonrisa. Luego, extendió su brazo hacia una vela en el centro de la mesa y se la acercó al rostro.

De entre todos los semblantes que los guerreros hubiesen podido imaginar ocultos debajo de aquel lienzo de oscuridad, el que la luz reveló fue el último. Aquel forastero no era nada menos que Owen, rey de Eirian.

—¡Mi rey! –exclamó Eric avergonzado–. ¿Qué hace usted aquí? ¡Le ruego que disculpe nuestros rudos modales!

—Por favor –susurró Owen en el momento en que extendía la mano y aferraba la muñeca del herrero–, no pronuncies mi cargo en voz alta.

—Su majestad –acotó Tarla–, su aparición, y las formas de esta, nos deja a todos desconcertados.

Owen se quitó momentáneamente la capucha, su rostro parecía haber recuperado la vitalidad que el concilio le había arrebatado.

—Vengo a ayudar –dijo–, a sumarme a quienes desafían a Maki.

—Eso es fantástico –dijo Leto volviendo a tomar la palabra–, un hombre sagaz como usted es siempre bienvenido.

—Señor –exclamó Eric–, al hacerse presente y ofrecernos su asistencia está yendo en contra de su propia sentencia. Las autoridades del clan no estarán contentas cuando su participación se haga pública, ¿o acaso ha cambiado de parecer?

—No, Eric. La Ciudad Gris será evacuada en los próximos días, tal y como fue acordado en el concilio. Nuestro pueblo debe ser protegido. Por eso es por lo que nadie puede saber de mi vínculo con esta misión, por lo menos por ahora –replicó Owen al momento que volvía a esconder su rostro dentro de la capucha.

—Entonces –dijo Vricio en voz baja e inclinándose hacia delante–, ¿usted nos guiará?

—Exactamente –repuso el rey con entusiasmo–, a eso he venido. Siempre y cuando ustedes crean conveniente delegarme la tarea.

—Para nosotros sería un honor –exclamó Eric alzando su copa.

—Le estamos profundamente agradecidos, su majestad –agregó Tarla.

Owen agradeció las palabras con una ágil reverencia. Luego se adelantó y, con una voz más seria, dijo:

—Por el momento, quiero que recluten a todos los guerreros que puedan, hombres y mujeres comprometidos y corajudos si es posible, yo haré lo propio. Díganles que vengan armados y con provisiones para una semana. Nos encontraremos dentro de dos días en la colina de Ecrod, a las afueras de la ciudad. Ahí les comunicaré el plan que habremos de seguir. Y recuerden, no comenten a nadie de mi participación, eso solo nos traería más problemas de los que ya tenemos.

—¿A qué se debe este cambio tan repentino de parecer, su majestad? –preguntó Leto.

—Nunca cambié de opinión, desde el momento en que Baris nos informó a todos del regreso de Maki supe que yo lucharía, igual que los héroes de antaño.

—¿De dónde nace su deseo tan profundo de combatir? –quiso saber Tarla–. Usted no cuenta con una formación como guerrero.

—La lógica y la sapiencia dan sus frutos –replicó Owen–, pero hay veces en que es mejor escuchar las intenciones del corazón. Por eso es por lo que he decidido luchar yo también.

El rey de Eirian se puso de pie y se dirigió hacia la puerta del recinto. A medio camino se detuvo, se quitó la capucha, se volvió hacia los guerreros y, con una gran sonrisa en el rostro, volvió a hablar.

—Ante la adversidad, todo individuo se encuentra frente a la oportunidad de convertirse en un héroe o en un cobarde. Deberemos elegir bien. Esta es nuestra oportunidad de que nuestros nombres queden grabados a fuego en las memorias de los árboles, y tras haberse pronunciado, el rey desapareció cual flecha en la oscuridad.

Capítulo 13
Viejos conocidos

—Has venido –dijo Maki con su voz metálica al momento que, sentado sobre un árbol muerto, miraba hacia la oscuridad–, ya comenzaba a pensar que tus obsoletos códigos morales se habían interpuesto entre tus deseos y tus acciones.

—Sabes que no soy esa clase de hombre –repuso Avon al momento que emergía de la niebla.

—No, no tengo idea de qué clase de hombres eres. Hace algunos años hubiese dicho que te conocía, pero ahora… Mírate, disfrazado de sacerdote.

Falaces habían sido las palabras de Avon que negaban su vínculo con Maki. Puesto que los dos habían viajado juntos muchas veces y tiempo atrás algo muy similar a la amistad los había unido. Bajo las órdenes del hechicero negro, el ahora druida había cometido innumerables atrocidades, terribles e innombrables.

—No pude ocultar mi sorpresa cuando mis hombres me informaron que habías solicitado una audiencia –continuo Maki–, no me esperaba que estuvieses viviendo en estas tierras.

—Pues en estas tierras vivo hace muchos años.

—No sé qué puede hace un hombre como tú en Eirian. Y definitivamente no comprendo cómo los druidas te han aceptado en su clan.

—He probado mi valor.

—Ahórrate las mentiras, Avon. Inútil es que intentes esconder de mí tu oscura naturaleza, pues la he presenciado desnuda –exclamó el brujo con un tono alegre y macabro–. No hay nada dentro de ti que los sacerdotes de estas tierras puedan valorar.

—De cualquier forma –dijo Avon con aire impaciente–, no he venido porque desease escuchar tu opinión acerca de mi persona. He venido con la esperanza de que podamos dialogar.

—Dialoguemos entonces. ¿Vienes en rol de emisario?

—No.

—¿Hablas en nombre de los druidas del Clan de las Cenizas?

—Tampoco, hablo solo en mi nombre.

—Ellos no saben que estás aquí, ¿verdad?

—No, no lo saben.

El mago permaneció silencioso por algunos momentos mientras penetraba al druida con la mirada. Luego, con lentitud y un tono satisfecho dijo:

—Entonces sigues siendo el mismo infame de las épocas de antaño. Siempre moviéndote por las sombras. Traicionando a quienes les has jurado lealtad.

—Gracias por expresarme tu opinión, la tendré en cuenta. Ahora, si se me permite, diré lo que he venido a decir.

—Habla rápido y conciso. Dime qué ofreces y qué pides. Y habla sabiendo que no hay palabras que puedan alterar mi curso.

—Ofrezco lo que sea que tú me pidas, y a cambio imploro que seas misericordioso.

—¿Que sea misericordioso, dices? ¿Quieres que te perdone la vida?

—No, una vez que esto termine puedes hacer conmigo lo que quieras. Lo que yo pido es…

—Te equivocas, druida –se apresuró a interrumpir el mago en el momento en que se inclinaba hacia adelante–, puedo hacer contigo lo que quiera cuando quiera. Es solo mi inconmensurable piedad, y un poco de curiosidad, debo admitir, lo que evita que no te mate en este preciso momento.

—Es verdad –contestó Avon frunciendo el ceño–, pero si me matas ahora no obtendrás de mí favor alguno.

—Supongo, aunque te sugiero que no juegues con demasiado entusiasmo esa carta. Porque de cualquier forma tus actos no modificarán de manera sustancial el devenir de las cosas.

—Si ese es el caso, mátame ahora y dejemos de perder tiempo –espetó el druida.

Tras aquellas palabras, Maki permaneció dubitativo durante un instante. En un primer momento se lo vio descolocado por el nihilismo desplegado por el druida. Pero luego estalló en una carcajada.

—Definitivamente sigues siendo el mismo, querido Avon. Llevas otras vestiduras, otros adornos, hasta tus facciones se ven más serenas. Pero es evidente que no has cambiado. Tu impaciencia, tu desdén por la vida, tu arrogancia, todo sigue ahí, intacto. Y a mí no me queda más que admitir que siempre te he encontrado fascinante. Entonces –prosiguió el brujo con un incrementado interés por las intenciones del druida– si no es tu vida la que has venido a intentar preservar. ¿A quién quieres alejar de las garras del destino?

—Pido, a cambio de mis servicios, las vidas de los ancianos, los niños y todos los que no te enfrenten ni te hayan ofendido.

Maki soltó otra sonora y macabra carcajada, aún más visceral que la anterior.

—Viéndote con las vestiduras de los druidas esa petición suena casi creíble. Como dijiste, dejemos de perder el tiempo. ¿Qué quieres?

—Lo dicho. Mata a quienes debas matar, pero perdona a quienes no guardan cuentas pendientes contigo.

—¡Rectifico mis palabras! El aire fresco del norte sí te ha cambiado. Tú rogando por vidas ajenas era algo que nunca hubiese esperado escuchar.

—Eso es lo que pido.

Los ojos del hechicero se clavaron inquisitivos sobre Avon, intentando desenmascarar el verdadero rostro detrás de sus supuestas intenciones.

—Está bien –finalizó el mago en el momento en que se llevaba la mano al rostro y acariciaba su desbarbada y granítica mandíbula–, perdonaré a los ancianos y a los niños siempre y cuando no intervengan ni se opongan a mis propósitos.

—Bien –replicó Avon asintiendo con la mirada–.

Maki repentinamente se incorporó. Su silueta, gigante y poderosa, parecía ser la obra de un dibujante demente. Incluso Avon, druida temerario, dio un paso atrás.

—Ahora –dijo con un aire malicioso– para que esta negociación llegue a buen puerto, y si quieres que me muestre magnánimo con los tuyos, deberás cumplir con un encargo.

—Habla –exclamó Avon intentando disimular el terror que lo invadía.

Maki cruzó los dedos y los apoyó contra uno de sus pómulos.

—Recuerdo bien a Sarbon y al druida, pero en la pasada batalla había un guerrero del que nunca había escuchado. Un guerrero formidable, del cual no sé su nombre.

—¿Qué recuerdas de él?

—Tenía el cabello largo y rojo, blandía un mandoble gigante.

—Nial era su nombre.

—Nial… –susurró Maki mientras el recuerdo del escarmiento que había recibido volvía a su vigilia.

—Era un guerrero muy afamado, es llamativo que no hayas oído hablar de él. Era nuestro campeón.

—¿Era? ¿Está muerto?

—Sí, murió la noche siguiente a la batalla por las heridas que tú le causaste.

—¡Ah! Si hubiese sabido esto años atrás, me hubiese ahorrado muchas noches de rabia y lamentos. Estaba seguro de que aún vivía cuando me marché del bosque.

—Estoy seguro de que a él le alegraría mucho escuchar eso –replicó Avon con tono socarrón.

Una sonrisa perversa atravesó el rostro del mago.

—Qué guerrero formidable era ese Nial, y cuánto me costó abatirlo. Llegué a Eloth ya habiendo escuchado de su gran druida y de Sarbon. Pero para mí era como si ese hombre hubiese emergido de las tinieblas con el único propósito de atormentarme. Aún recuerdo sus azotes y cómo, por un momento, creí que moriría bajo su espada.

—Pues ya no deberás preocuparte por él. Como dije, murió hace muchos años.

—¿Ha dejado descendencia?

Anticipando las intenciones del hechicero, a Avon se le cerró la garganta. Pero tras un momento de duda, se recordó a sí mismo que debía atenerse al plan que había trazado.

—Dos hijas, Kiria y Azula, y un hijo que ha heredado sus facultades como guerrero, Vricio.

—Ah, de Vricio sí me han advertido, el centauro del norte. Curioso es que sea el hijo del guerrero de cabellos de fuego que aún hoy protagoniza mis pesadillas.

—Vricio es un gran guerrero y un hombre noble.

—Tráeme su cabeza.

—No tengo la intención de convertirme en un asesino para ganarme tu favor.

—Reconvertirte en un asesino, habrás querido decir.

—Como sea, no mataré a Vricio, es un buen hombre.

—Como gustes, entonces te mantendré vivo hasta el final. Te ataré a uno de los pilares del templo y te obligaré a ver cómo arde la Ciudad Gris y cómo bebo la sangre de hasta el último de tus amados niños nórdicos. –El hechicero esbozó la sonrisa más diabólica que Avon jamás hubiese visto–. Tú me conoces bien, Avon, sabes que cumpliré.

—¡Si quieres ver muerto a Vricio enfréntalo y mátalo en combate! –exclamó el druida enfurecido–. Te recordaba desgraciado, Maki, pero no cobarde.

—No temo a ningún hombre, Avon. Eso también lo sabes. Y créeme cuando te digo que no pienso huir de mi destino. Me he enfrentado a leyendas como Jolicar, Litbrit, incluso el mismísimo Lascanon, el hijo de Dyson y el más temible de los siete Inmortales, lleva sobre su piel cicatrices de mi autoría. ¿De verdad crees que me puedo sentir atemorizado ante la idea de batirme con un insignificante berserker? En absoluto, pero debo ser pragmático. Tener al hijo de Nial fuera de mi mente me ayudará a concentrarme en los verdaderos desafíos que se avecinan.

—¡Patrañas! ¡Eres un cobarde!

Maki se acercó a Avon hasta el punto de que su rostro quedó a solo unos centímetros del druida.

—Cuida tus palabras, mi viejo y cansado Avon, y no abuses de la simpatía que sabes que te tengo. Porque de lo contrario, serás tú quien será fustigado –dijo con voz gélida en el momento en que estiraba su mano y atrapaba el cuello del druida–. Y no estamos debatiendo ni negociando. Tu flamante y benévola idiosincrasia me tiene sin cuidado. No tengo idea de por qué Baris ha depositado su confianza en una basura como tú, y no tengo interés en averiguarlo. Harás lo que digo o no obtendrás lo que pides.

Avon intentó librarse de la garra que lo apresaba, pero le fue imposible. La extremidad del nigromante se había cerrado cual argolla de hielo alrededor de su cuello.

—Vete y cumple lo que te he ordenado –dijo en el momento en que arrojaba al druida al suelo–, matarás a Vricio, porque si no obedeces o me fallas, caerá sobre tu pueblo un tormento que ni el más macabro de los dioses, en su sueño más creativo y libertino, podría recrear.

Avon se reincorporó torpemente. El cuello le dolía, lo sentía quemado. Su rostro reflejaba la furia volcánica y frustración que fraguaba en su interior. Pero no había nada que pudiese hacer más que cumplir la horrenda orden que le habían encomendado. No tenía el poder para derrotar al mefistofélico hechicero. Sin decir más, se retiró en afonía.

Capítulo 14
La doctrina absoluta

Habiéndose marchado Owen, los guerreros abandonaron El Vicio del Coloso y se separaron sabiendo que pronto deberían reencontrarse.

Sedian caminó silencioso bajo el cielo nocturno. Recorrió las mismas calles de piedra que había pisado su padre en otros tiempos. Pasó frente a las herrerías, frente al mercado, frente al templo. Habiendo dejado atrás los edificios más característicos de la ciudad, comenzó a surcar espacios más rurales, caminos de tierra y moradas simples con sus pequeñas huertas. Habiendo también dejado estas atrás, llegó a su hogar.

Su imponente pero descuidada morada, que alguna vez había sabido ser hogar de un rey, se hallaba en el extremo oeste de la ciudad, casi dentro del bosque.

Era una construcción de madera negra que descendía hacia una pequeña laguna llena de cisnes y otras aves acuáticas. Sus mejores días habían quedado en el pasado y ya nunca volverían. Los vientos que descendían de las montañas y los largos inviernos la habían envejecido, pero los ojos atentos aún podían ver en sus gastadas formas el encanto de su época dorada. En otros años, Sarbon, Nial, Eric, Baris y muchos otros habían pasado largas noches riendo y bebiendo hidromiel bajo su cálido cobijo. Y aún, firme sobre la entrada principal, se apreciaba el escudo de la familia materna de Sedian, con un gavilán emergiendo de una esfera. Una esfera que simbolizaba un nido, un círculo perfecto, un mundo nuevo. El gavilán emergía dispuesto a lanzarse hacia los cielos, dispuesto a trazar un nuevo camino, dispuesto a ignorar todos los caminos anteriores.

Una vez ahí, Sedian se desvistió y se recostó. Pero no tardó en descubrir que no tenía sueño ni le apetecía el reposo. A pesar de que ya eran altas horas de la noche, estaba tan despierto como un hombre lo puede estar. Tomó sus espadas y, con el torso desnudo y bajo las eternas estrellas, comenzó a entrenar.

La noche era calurosa, cosa inusual para un país tan al norte. Los astros brillaban rabiosos sobre el manto nocturno, haciendo que la piel del bosque fulgurase con tonos blancos y plateados.

Era un espectáculo maravilloso ver a Sedian moverse bajo la sagrada luz. Su cuerpo, ligero y poderoso, cortaba cual navaja la oscuridad que gobernaba. Existía una continuidad ininterrumpida entre sus armas y sus extremidades, como si las espadas gemelas fuesen –y siempre hubiesen sido– parte de su constitución. Sus músculos rugían y estallaban vigorosos. En contraste, su rostro inalterable reflejaba su naturaleza estoica. Sus ojos, ausentes.

Ese era el verdadero secreto detrás de su maestría como guerrero. Su dedicación, su perseverancia, sus interminables entrenamientos. Su obsesión por mejorar. En cada práctica llevaba su cuerpo al borde de la destrucción, entendiendo que solo así podría realizar el necesario salto cuántico hacia el guerrero que deseaba ser, que debía ser. Era un fiel creyente de la ley de intercambio equivalente que pregonaban los dioses de la materia: para ser el mejor espadachín debía trabajar más duro que el resto, sacrificar más que el resto, sufrir más que el resto. Debía pagar por su maestría con sangre y sudor. Según su filosofía de vida, la cual en gran medida había heredado de su padre, la dedicación ininterrumpida era el único camino hacia sus propósitos, no había atajos. De joven había viajado y buscado a los mejores maestros, y bajo su tutela había estudiado el arte de la esgrima ambidiestra. Su técnica era única, pulida hasta el hartazgo. Ilegible a los ojos del adversario. Ensueño de los puristas. Nunca había confiado en el talento innato con el que sin duda contaba. Siempre había sido consciente de que la sangre del guerrero no era suficiente para triunfar. Según él entendía, en la práctica de los fundamentos se hallaba el principio y el fin del progreso. Casi todos en el reino lo consideraban un elegido por los dioses, bendecido con el talento de la espada. Atribuyendo al azar genético su figura escultural y sus habilidades metahumanas. Eran pocos los que conocían la dedicación detrás de su excelencia, las incontables horas de trabajo en las sombras que hacían las veces de combustible al resplandor de su presencia.

—Tus movimientos son muy rápidos, mi querido Sedian –observó Baris en el momento en que emergía de la oscuridad y se bañaba en luz de luna.

—¡Baris! –exclamó el guerrero sorprendido y algo avergonzado.

—Me recuerdan a los de Sarbon –continuó–. ¡Sin duda eres su hijo! Esos pies raudos y esas estocadas endiabladas. Difícil es domar una espada, más aún dos. Pero tú, sin ser el primero ni el único, lo haces con naturalidad. ¡Ah! ¡Qué similares son todos los hombres de la casa del búho! –el viejo druida caminó hacia una roca que se erguía sobre el césped y se sentó–. Lo extraño, ¿sabes? A tu padre. Era un gran rey y guerrero, pero aún mejor amigo.

—Gran druida, ¿qué está haciendo aquí? –preguntó cortésmente Sedian.

—Es una hermosa noche para entrenar, el clima es perfecto –replicó Baris con un tono ensimismado–. No se siente frío, tampoco calor, y el perfume del bosque acompaña cada movimiento de la espada. Si mi fatigado cuerpo me lo permitiese, estaría entrenando igual que tú.

Sedian controló sus jadeos y bajó los brazos.

—Puede que sus rodillas no sean lo que solían ser, pero más de uno envidia la forma en la que los años lo han tratado.

—Sí, verdad –repuso el druida con un suspiro al momento que cerraba los puños sobre su regazo–, los años han sido gentiles conmigo. La vida en general me ha sido amable. Pero ya me siento gastado y obsoleto –el anciano hizo una pausa y bajó la mirada.

—¿Qué quiere decir, gran druida?

—Últimamente tengo la sensación de que no pertenezco a estos días, de que mi tiempo fue otro y de que ya es momento de que me marche.

—Le aseguro que no es esa la sensación que tiene uno al contemplarlo. Lejos está de verse disminuido –a pesar de lo expresado, Sedian sí veía a Baris sensiblemente más delgado y frágil que algún tiempo atrás.

El druida alzó nuevamente la mirada e intentó sonreír.

Había algo inusual en su aura. Porque si bien siempre había sido de carácter amable y comprensivo, también se caracterizaba por ser un individuo sumamente asertivo. Pero en los últimos tiempos todo ese poder parecía haberse disipado, dejando tras él a un anciano que nadie adivinaría que alguna vez había sido el druida más poderoso del mundo.

—Cuando se llega a mi edad –dijo– inevitablemente se tiende a mirar hacia el pasado, y no se puede sino añorar los placeres de la lejana juventud. Como el que tú experimentas ahora, el honor y el dulce nerviosismo de esgrimir un arma por una causa justa.

Sedian hizo una pausa y arqueó una ceja. Según él entendía, los druidas no tenían permitido empuñar armas.

—Pues si desea luchar a nuestro lado, su poder y sabiduría serían bienvenidos.

Baris dibujó en su rostro una extraña mueca y meneó la cabeza.

—Gracias, joven amigo, pero no. Es delicioso saber que no te faltarán aliados en la batalla. Pero esta vez no seré yo uno de ellos. Tú eres un guerrero, mientras que yo, por mi parte, soy un druida. Tú tienes tu pasión y tu coraje. Nosotros nuestros dogmas y leyes. Los paradigmas sobre los cuales estructuramos nuestra vida nos convierten en individuos confiables, pero también nos limitan de muchas maneras. Por eso no puedo acompañarte. No puedo desobedecer el fallo del rey. Siento un gran deseo de pelear a tu lado, tal y como lo hice con tu padre. Pero si se pierde el orden dentro del clan volveremos a los tiempos cuando reinaba el caos. Y eso no lo puedo permitir.

—Lo entiendo –contestó Sedian mientras envainaba sus espadas–. Aprecio su visita y su aprobación hacia nuestra causa.

Baris, agradecido, inclinó levemente la cabeza.

—Ahora debo descansar, gran druida–replicó Sedian al momento que devolvía la reverencia.

Mientras el guerrero se volteaba hacia su hogar, Baris –quien aún no se había levantado de la roca en la que estaba sentado– volvió a hablar.

—Dime, Sedian, ¿alguna vez te han contado la historia de tus espadas, la Fría y la Divina?

Sedian detuvo su marcha y, tras guardar silencio un momento, respondió.

—Sé que pertenecieron a mi padre, y a su padre antes que a él. Sé que están en mi familia hace muchas generaciones.

—¿Y antes de eso? ¿Conoces su historia anterior?

La sombra de la libélula miró sus armas. Las analizó por un momento. Luego, sin dibujar expresión alguna en su rostro, meneó la cabeza.

—La verdad es que no –respondió aceptando su ignorancia–. He oído alguna vez que fueron forjadas en una sola noche por un monje casto y ciego para defender un santuario. Sea cierta o no esa historia, es todo lo que he escuchado.

—Pues es muy bella, y quizás sea cierta. Aunque yo me refiero a cómo es que llegaron a manos de tus ancestros. Claramente no son espadas típicas del norte.

—Asumo que fueron hechas por alguno de mis antepasados, ya muy atrás en el tiempo. Por eso su extraño aspecto.

Baris meneó la cabeza.

—Pues no es así, amigo mío –respondió el druida–. Tus espadas no son distintas por ser añejas.

—¿No?

—Son diferentes por haber sido forjadas en un lugar muy, muy lejano.

Sedian miró al druida con una expresión inquisitiva.

—¿No fueron hechas por nórdicos?

—No.

—¿Entonces por quién?

—Fueron forjadas en el oeste

—¿En Tribilian, la ciudad de piedra y cristal?

—No, mucho más al oeste. En un lugar donde los paisajes y las criaturas son distintas. Donde el sol es naranja y las montañas verdes, y el tigre es el soberano del reino de los hombres.

—No estoy familiarizado con tales tierras.

Baris sonrió nuevamente y miró al guerrero con una expresión paternal.

—Pertenecían a un príncipe llamado Zhao Ley –le dijo.

—Tampoco conozco ese nombre.

Baris se vio satisfecho ante la ignorancia de Sedian acerca del origen de las espadas y del príncipe Zhao Ley. Se volteó un momento y, luego de contemplar las estrellas por un breve instante, se volvió nuevamente hacia Sedian.

—¿Me harías un favor, Sedian hijo de Sarbon?

—Por supuesto –replicó el guerrero, algo desorientado.

—¿Prestarías tus oídos unos momentos para que este anciano pueda darse el placer de narrar una historia hermosa una vez más?

—Por favor. Adelante.

Las cejas del druida se arquearon y en su rostro se vislumbró una alegría infantil.

—El primer dueño de tus espadas era un hombre excelente, un príncipe de tierras lejanas –exclamó con entusiasmo–, su pueblo lo amaba por ser noble y magnánimo. Vivía una vida de ensueño. Tenía todos los lujos que un hombre mundano pudiese desear. Mujeres, prestigio, riquezas, todo. Vanidoso pero amable, llevaba una existencia que cualquier mortal envidiaría. Había solo un anhelo que se le mostraba esquivo.

—¿Cuál? –preguntó Sedian sin poder contenerse.

—El de alcanzar el estado de percepción suprema, trascender su humanidad, o lo que los nórdicos conocemos como doctrina absoluta.

—De eso sí alguna vez que he oído hablar –replicó Sedian, interesado, al momentoen que se sujetaba sus cabellos para que el sudor no le molestase–, pero todo lo que sé sobre aquel tópico está guardado en mis más profundas memorias.

—Es comprensible, no es algo de lo que se hable abiertamente. De hecho, es un conocimiento que nosotros, la gente del norte, guardamos con mucho recelo.

—¿Por qué?

—Verás, este concepto es la piedra fundacional de gran parte de nuestra filosofía, es algo tan sagrado y poderoso que de ninguna forma podemos permitir que se bastardee.

—Pues han hecho un buen trabajo.

—Lo conocen quienes lo deben conocer, ni más ni menos. Solo los individuos que han elegido el camino de la rectitud merecen saber de su existencia. Si un ser maligno llegase a saber de la existencia de la doctrina absoluta, y de alguna forma consiguiese alcanzarla, el mundo estaría en serios aprietos.

Sedian se sintió extrañado al escuchar las palabras de Baris, no era usual oírlo hablar de forma tan categórica. Las enseñanzas druidas solían ser bastante simplistas. Fundamentaban el progreso en la meditación diaria, el respeto por la naturaleza y la práctica de las enseñanzas de Gálcam. Su narrativa no solía incluir grandes y ocultos poderes.

—Dime, Sedian –continuó Baris percibiendo el desconcierto del guerrero–, ¿por qué crees que los grandes imperios nunca han intentado conquistarnos?

Sedian cruzó los brazos y meditó por unos instantes.

—Por nuestra lejanía, quizás –replicó con escasa convicción.

—Los grandes dragones del oeste han hincado sus garras en reinos de latitudes mucho más extremas que la nuestra. Nos han obviado porque temen y respetan nuestro conocimiento. Durante muchos años fuimos los nórdicos quienes guardábamos la llave para alcanzar el máximo de los poderes. Un individuo que ha dominado la doctrina absoluta es capaz de elevarse sobre los demás.

Sedian comenzó a notar que su respiración se agitaba. Se sentía incómodo y, para su propia sorpresa, temeroso. Baris parecía haber incrementado su estatura, sus ojos de se veían extremadamente profundos y su voz se oía más grave de lo normal. El guerrero tenía la sensación de que un gran cofre lleno de luz y oscuridad estaba por abrirse para nunca volver a cerrarse.

—¿Y por qué me hablas de ello ahora? –preguntó con voz ansiosa–. ¿Acaso me darás acceso a este gran poder del que hablas?

—Lamentablemente eso es imposible. La búsqueda de la doctrina absoluta es un camino sin sendero. No hay rastros que seguir ni es algo que se puede enseñar o entregar. Tampoco puedo decirte cómo o dónde buscar. Se obtiene únicamente al finalizar una travesía personal. Digo lo que digo con el objetivo de hacerte saber que dicho poder existe, lo he visto, y que, si lo buscas, lo encontrarás. Mi único anhelo es inculcar dentro de ti una semilla que espero puedas hacer algún día florecer.

—Espero que sea una semilla de rápida germinación, en dos días parto para la batalla.

—Ya lleva mucho tiempo germinando. Sus frutos pueden presentarse en cualquier momento.

—¿Pero por qué me hablas de esto ahora? –volvió a preguntar el guerrero con mayor determinación.

—Te hablo de esto ahora porque este es el momento para hablarlo –replicó el druida con una sonrisa.

Eso no es cierto, pensó Sedian y se dispuso a cuestionar la insatisfactoria –y claramente improvisada– respuesta del druida. Pero el rostro del anciano se veía tan sereno y seguro que lo disuadió de sus intenciones. La atmósfera esotérica que gobernaba hace solo unos momentos ya se había disuelto. “Un individuo que ha dominado la doctrina absoluta es capaz de elevarse sobre los demás”. ¿Sería esta la llave para derrotar a Maki?

—Cuéntame, si es posible, gran druida, qué tipo de poder es el que se esconde detrás de la doctrina absoluta –preguntó al fin.

Baris sonrió con un dejo de misticismo. Él sabía que el corazón de Sedian era, detrás de su coraza estoica, puro en esencia. Pero como guerrero nato, la promesa de conquistar un gran poder le resultaría siempre irresistible.

—La información de la que dispongo está incompleta. Pero puedo afirmar que es un estado donde el individuo se desprende de todo lo superfluo y sobrante, quedando solo lo esencial. El viento pasa a ser sus oídos, la lluvia la sensibilidad de su piel, los árboles su olfato, y el cielo sus ojos. Para un ser que ha trascendido su existencia material, no hay obstáculo mundano que pueda truncar su voluntad.

—¿Alguien ha alcanzado este estado últimamente?

—“Últimamente” es una palabra muy relativa. Pero sí. Hay quienes, en esta misma era en la que vivimos, lo han alcanzado.

—¿Alguien en el norte?

—Hace ya mucho tiempo que no.

—¿Ni tú?

—Yo menos que nadie –replicó Baris con una sonrisa–. Pero explayarme significaría seguir alejándonos del núcleo de esta conversación que es, después de todo, las espadas que heredaste de tu padre. Como te iba diciendo, el hecho es que el príncipe Zhao era un hombre extremadamente virtuoso y de la larga escalera que lleva a la doctrina absoluta, la cual es distinta para cada aspirante, a él solo le faltaba el último escalón, la humildad.

—¿Humildad? –preguntó Sedian con una mirada escéptica. Él aún tenía muchas preguntas acerca de la doctrina absoluta. Pero optó por no retener el tópico. Intuía que escuchar la historia del príncipe saciaría muchos de los interrogantes que le habían quedado pendientes.

—Exactamente, carecía de humildad.

—Me cuesta concebir que a un hombre tan empoderado le resulte difícil ser humilde.

—¿Estás seguro de lo que afirmas? –replicó el druida con una pregunta que orientaba hacia la reflexión.

—Sí, lo estoy –respondió Sedian, siempre asertivo.

—La verdadera humildad, la humildad espiritual, es difícil de alcanzar. Para llegar a ella, antes hay que franquear uno de los enemigos más ferreros del hombre, el ego. Solo una vez que se doblega el ego es que uno se conecta con quien es realmente. Solo entonces nos encontramos con nosotros mismos y nos permitimos fluir y expresarnos de forma honesta. La humildad verdadera en tiempos de abundancia es humanidad en estado puro. Dejar atrás el ego es imperativo para alcanzar la doctrina absoluta.

Sedian no respondió a las palabras del sacerdote, se limitó a asentir levemente con la cabeza.

—Pero si el ego de un individuo corriente ya es un enemigo formidable –continuó Baris–, el de Zhao era como una quimera de cien cabezas. El príncipe era un esgrimista prodigioso. Con una espada es su mano no tenía rival. Esa endiablada habilidad, que tantos anhelan, era su gran maldición. Significaba el mayor obstáculo para conseguir la elevación espiritual que buscaba.

—¿Y por qué simplemente no dejó de practicar la esgrima?

—Un águila puede cerrar sus alas y jurar no volver a alzar vuelo, pero seguirá siendo un águila. Zhao podría haber arrojado sus espadas al fondo del mar, pero en su interior se seguiría considerando el mejor guerrero del mundo. Podría haberse cortado las manos, pero aun así nada hubiera cambiado. Es curioso cómo es el ego, un adversario que muchas veces se percibe como inofensivo, o incluso que empodera, el que suele truncar el camino que une a los individuos extraordinarios con sus propósitos personales. Al igual que el miedo, el ego es un enemigo que debe ser enfrentado a diario si se anhela una vida virtuosa. De lo contrario, de forma lenta pero segura, se irá aquilatando y ramificando, y terminará por destruirlo todo.

Sedian volvió a asentir.

—El príncipe, espiritualmente debilitado por los placeres terrenales que su posición le otorgaba –prosiguió Baris–, abandonó su hogar en el oeste y viajó por todo mundo en busca de una cura para su ego, es decir, un guerrero que pudiese derrotarlo. Recorrió las Tierras Negras, los bosques húmedos, los valles de hielo, los altos picos, pero no pudo dar con el individuo indicado. Luchó contra miles de guerreros durante sus viajes, pero ninguno pudo siquiera brindarle un combate digno. Zhao finalmente llegó a los bosques del norte, a nuestras tierras. Había escuchado hablar de Silan, tu antepasado, que por entonces era conocido en todo el mundo por sus formidables aptitudes bélicas. Silan era un apasionado de la esgrima y un estudioso del Libro de los cuatro escudos y la lanza, al igual que tú, que tu padre y que todos los miembros de la casa de los búhos.

—Sí, conozco bien a Silan, sus virtudes y hazañas. También he escuchado de su trágica muerte, y su descenso al delirio.

—La caída de Silan es harina de otro costal. Él era un gran guerrero, pero por hacer mal uso de las plantas sagradas terminó por volverse en contra del Clan de las Cenizas y finalmente, diluido en demencia, se suicidó sobre el altar del templo. Un triste final para uno de los más maravillosos héroes que ha dado este reino. Pero como dije, eso es harina de otro costal. La cuestión es que el príncipe, arropado en sus vestidos amarillos, se presentó con suprema modestia. Mostró respeto a los ancianos, ofrendó artesanías y hermosas piedras, y le rogó a Silan que lo enfrentase. Tu antepasado, conmovido por la trágica historia del príncipe, aceptó. Ecrod le rogó que repensara su decisión, “matarás a un buen hombre o morirás tú, cualquiera sea el caso, el mundo sufrirá una gran pérdida”, intentó convencerlo. Pero las palabras jamás detienen a los guerreros, eso es algo que he aprendido. Nunca comprenderé por qué, pero cuando sienten que es momento de combatir, para ellos, no hay argumento que valga.

Los dos se alejaron de la Ciudad Gris y a las orillas de la cascada de los Once Hermanos cruzaron sus aceros en apoteótico duelo. Lucharon todo el otoño con las marchitas hojas danzando al compás de sus aceros. Solo se detenían para comer y descansar, momentos en los cuales sostenían largas conversaciones en las que compartían sus culturas e idiosincracias. El príncipe había finalmente encontrado un rival a su altura y, curiosamente, un amigo al que consideraba su igual.

—¿Esa era la única manera de obtener la doctrina absoluta –cuestionó Sedian–, morir o arriesgarse a matar a un hombre notable?

—El poder siempre conlleva un gran sacrificio, joven Sedian, tú sabes eso.

—Hay acciones que son injustificables, no importa cuánto poder prometan.

—Estoy de acuerdo, pero “injustificable” es un término que cada individuo define según su criterio. Pero volvamos a la historia del príncipe. Los valientes lucharon todo el otoño sin poder quebrar la igualdad de sus destrezas –continuó–. Es curiosa la forma en la que una enemistad feroz siempre va dando lugar a un gran respeto. En ningún escenario la identidad de una persona se expresa con mayor honestidad que en el ardor de una batalla. Y qué mejor amigo puede tener un guerrero que un adversario que le obligue a expandir sus límites. Al extenderse la contienda, una auténtica amistad se fue gestado entre el príncipe y el guerrero. Pero para el inicio del invierno, el destino de la lid parecía por fin estar encontrando su resolución. Si bien había sido un combate reñido, Silan empezaba a comprender que Zhao Ley era demasiado para él. El príncipe estaba consiguiendo imponer su maestría. “Ya es suficiente”, habría dicho Zhao Ley al ver a su rival herido y agotado, “has peleado bien, me has regalado el combate más entretenido de mi vida, por ello te estaré eternamente agradecido. Pero ya no hay razón por la que este duelo deba prolongarse más. No quiero matarte”. Silan, como nórdico orgulloso que era, no tenía intención alguna de rendirse, por lo que nucleó las fuerzas que le quedaban y arrojó sobre el príncipe un golpe definitivo. Por suerte para él (o para los dos), en ese preciso momento el primer copo de nieve del invierno bajó de los cielos y aterrizó sobre el parpado del invencible príncipe, retrasando una céntima de segundo su reacción. Por esto, las espadas gemelas no pudieron contener la estocada de Silan. El mandoble nórdico consiguió abrirse paso entre ellas. El príncipe cerró los ojos y esperó el golpe que sin duda le pondría fin a su existencia. Noble pero arriesgada había sido su misión, encontrar al mejor de los guerreros y retarlo a un duelo a muerte. Mientras contemplaba, con estática lentitud, cómo el mandoble de Silan descendía, supo que era la justa conclusión. Un resultado posible para su ambiciosa búsqueda. Sin temor en el corazón, aceptó su destino. Pero la espada adversaria nunca lo tocó. Silan le perdonó la vida. El arma se detuvo a unos centímetros de su cuello. Se cuenta que Zhao, completamente atónito, cayó sobre sus rodillas y quebró en llanto. Un agotado Silan contempló incrédulo y en silencio la extraña metamorfosis de su contrincante. El ego del príncipe se quebró en mil pedazos. Zhao pudo finalmente liberarse de la pesada carga de deber ser un guerrero invencible. Lo habían derrotado en buena ley. Una llamarada azul lo envolvió por unos instantes y un trueno nació de su pecho y se elevó hacia el cielo. Para cuando se reincorporó, se veía como un hombre distinto. Un ser nuevo. Su piel brillaba con el fulgor de las estrellas y sus ojos, profundos y eternos, asimilaban galaxias. Sin saberlo, tu antepasado había tenido la dicha de presenciar cómo un simple hombre penetraba el hermetismo de su humanidad para convertirse en algo más. Al verse doblegado había finalmente comprendido todo lo que ansiaba comprender. Había alcanzado la doctrina absoluta. Suyo era el poder del trueno. Su viaje había concluido. En agradecimiento, obsequió a Silan el único bien material que apreciaba, las espadas que hoy tú empuñas: La Fría y la Divina.

—¿Qué fue de él? ¿Qué fue del príncipe del oeste? –inquirió Sedian.

—Nunca más se supo nada concreto. Pero he escuchado, por aquí y por allá, que ahora vive en tierras remotas, a la orilla de un lago oculto entre montañas y bosques.

Después de escuchar la conclusión, la sombra de la libélula guardó silencio un momento.

—Es una hermosa historia, Baris. Gracias por compartirla –dijo al fin.

—Gracias a ti por escucharla, amigo mío. Ha sido un placer que me permitieses narrarla –replicó el druida gentilmente al momento que se ponía de pie–. Pero como bien dijiste, ya se ha hecho tarde. Me marcho.

—Adiós, Baris.

—Adiós, Sedian.

Mientras el guerrero contemplaba al druida alejarse con su inherente parsimonia, posó sus ojos sobre las espadas. Las vio distintas.

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9789878719801
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