Читать книгу: «Hijo de la ira»
Título original: Child of Rage
© Jim Thompson, 1972.
© de la traducción: Teresa Montaner Soto.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO271
ISBN: 978-84-9006-722-2
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
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Índice
Dedicatoria
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Notas
A Pierre Rissient
1
Yo no iba con mi madre cuando alquiló el apartamento. (¡Por supuesto!) La gente me vio cuando nos mudamos, pero supongo que me tomaron por algún crío que mi madre había empleado para ayudarla. No se dieron cuenta de la verdad hasta la mañana siguiente cuando salimos hacia el instituto donde iba a ser inscrito.
Nuestro apartamento estaba en un complejo de edificios de los llamados «ajardinados», cerca del East River. «Ajardinados» significaba que había zonas de césped que separaban los diferentes edificios. Cuando pasamos entre ellos, mi madre se aseguró de que todo el que estuviera mirando (que debía de ser la mayoría de los otros inquilinos) conociese mi verdadero estatus. Parloteaba y me sonreía con esa vivacidad tan suya, apretando mi mano de vez en cuando o dándome un rápido apretón de hombros con un brazo.
—¿No es un lugar precioso, Allen? —dijo, alegre—. Seguro que vamos a ser muy felices aquí, ¿no crees?
—Precioso. Seguro —contesté.
—¿Qué dices, cariño?
Le dije que estaba respondiendo a sus dos preguntas: era un lugar precioso y seguro que íbamos a ser muy felices allí.
Bajó la voz un poco y sus ojos mostraron preocupación.
—Esto puede ser el comienzo de una vida maravillosa para ti, Allen. Lo aprovecharás, ¿verdad? ¿No le causarás más problemas a tu madre?
—Sí y no —repliqué.
—¿Qué quieres decir, cariño?
—Sí, lo aprovecharé. No, no le causaré más problemas a mi madre.
—Veamos... ¿Cuándo tienes la cita con el psiquiatra, esta semana o la que viene?
—La que viene. El lunes por la tarde.
De nuevo me lanzó una mirada preocupada.
—Parece que no estás muy comunicativo esta mañana, Allen. ¿Te preocupa algo?
—Estaba preguntándome una cosa —le expliqué—. Un par de cosas.
—¿Sí?
—Por qué tuviste que casarte con un negro...
La alegre sonrisita desapareció de su rostro.
—¡Oh, Allen! —exclamó.
—Y si tenías que hacerlo, por qué no pudiste elegir a uno con la piel clara.
Seguimos caminando hacia el instituto por el paseo que había junto al río. A lo lejos, más allá de Hell Gate, el sol de la mañana pintaba Manhattan con asombrosos tonos pastel.
—Allen —me dijo—. Creía que me habías prometido que no ibas a causarme más problemas.
—Yo no soy el que te causa problemas. Los causan las circunstancias. Y tú controlas las circunstancias.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Piénsalo —le contesté—. Piensa en mí, cuando llegue a casa un par de horas antes que tú esta noche y todas las noches...
—¿Y qué?
—Nos hemos trasladado a un lugar bastante lujoso, todos blancos, clase media alta... Tendrán guardias de seguridad por todas partes. ¿Qué crees que sucederá cuando aparezca un negrito y se disponga a entrar en uno de los apartamentos?
—¡Tienes derecho a estar allí, Allen! ¡El mismo derecho que cualquier otra persona!
—Claro, claro que sí —repliqué.
Suspiró y volvió la cabeza para contemplar un remolcador que venía río abajo. Cuando estuvo a nuestra altura, nos separaba una distancia de unos cien metros. Dos miembros de la tripulación estaban apoyados en la borda; se habían quedado embobados mirando a mi madre y probablemente se preguntaban qué estaba haciendo con un crío negro. Alguien de a bordo, tal vez el capitán, hizo sonar la sirena simulando un silbido de admiración.
Mi madre se echó a reír y los saludó con la mano. Yo les hice burla llevándome el pulgar a la nariz. Ella volvió a suspirar, vaciló, e hizo que me sentara en uno de los bancos que había junto al río.
—No te preocupes pensando que vas a tener problemas, Allen —me explicó, tranquila—. La empresa que se ocupa de los apartamentos está haciendo grandes esfuerzos para asegurarse de que no surja ninguno. Tuve una pequeña conversación con ellos antes de alquilar el apartamento. Les hablé con gran firmeza de las realidades de la vida; además, recientemente han estado bajo considerable presión por parte de las autoridades del Departamento de Vivienda. Así que...
—Ya veo —le dije—. Soy la «prueba A», ¿no? La prueba de que ellos no discriminan a los negros. Quizá podría sacarles algo de pasta por vivir ahí.
Bajó la mirada mientras retorcía su pequeño pañuelo entre las manos.
—No quería decírtelo —explicó—. No encontraba forma de hacerlo con tacto, para que no te resultara ofensivo, así que no iba a contarte nada. Pero cuando he visto lo preocupado que estabas...
—Las tribulaciones de la maternidad —dije—. ¡Oh, haces que se me parta el corazón!
—Allen. Tan sólo dime qué quieres que haga. ¡Dímelo, y lo haré!
—No, no lo harás —repuse.
—¡Por supuesto que sí! Haré cualquier cosa por verte feliz.
—Está bien —dije—. Invierte el proceso de mi nacimiento. Devuélveme al lugar de donde vine.
Diferentes expresiones revolotearon por su cara. Desconcierto, resignación, preocupación y miedo. Después apretó los labios y su mirada se endureció.
—Está bien —exclamó—. ¡Está bien, jovencito!
Yo conocía ese tono y la expresión que lo acompañaba. Se puso bruscamente de pie y se encaminó por el paseo del río hacia el instituto. Tuve que correr para alcanzarla.
—Oye. ¿A qué viene tanto follón? —pregunté—. No he hecho nada. Te prometí que no te causaría problemas, y no lo haré.
—Y no has causado ninguno esta mañana, ¿verdad? ¡Te has mostrado tan alegre y educado como te ha sido posible!
—Lo siento —contesté—. Te pido perdón. Es que estaba nervioso, disgustado, y...
—Está bien —volvió a decir—. ¡Está bien!
Lo que significaba que no estaba bien en absoluto. Y, por supuesto, suplicarle no hubiera mejorado las cosas. Nada lo hubiera hecho, ni siquiera portarme bien como constantemente me insistía que hiciera. No importaba lo que yo hiciera; siempre me la cargaba. Así que, puesto que las cosas eran así, como siempre habían sido...
Desde luego, yo no la culpaba.
Si hubiese estado en su lugar, una tía blanca y guapísima, que había tenido la mala suerte de tener que cargar con un chiquillo negro, de cabello ensortijado, tampoco lo habría podido soportar.
No lo habría podido soportar.
2
Tome cualquier gran edificio de ladrillo rojo, cualquier edificio de tres plantas, viejo y mal diseñado. Colóquelo más o menos en una manzana de tierra con escasa hierba. Manche el poco brillo del defectuoso cristal de sus ventanas. Encere sus suelos sin fregar y mal barridos. Llénelo con el doble de estudiantes para los que ha sido edificado. El resultado: un instituto de Nueva York. Prácticamente cualquier instituto de la ciudad de Nueva York.
Este instituto en particular.
Había una verja delante del despacho exterior del director que separaba las áreas de recepción y de trabajo. Una chica de unos dieciocho años escribía a máquina en un escritorio, frente a la verja, una negra, con la piel de color marrón claro y el cabello lacio castaño oscuro. Yo me quedé unos pasos atrás mientras mi madre se dirigía al escritorio de la chica, le daba su nombre y le explicaba el asunto que nos llevaba allí.
La chica le sonrió, y tenía una sonrisa muy bonita.
—¿Una inscripción? Oh, no será necesario que vea al director para eso. Yo puedo...
—¿Cómo se llama usted? —preguntó mi madre.
—Pues, esto, Josie, quiero decir, Josephine, señora. Josephine Blair.
—¿Y no diría usted, señorita Josie Josephine Blair, que estoy mucho mejor cualificada que usted para saber lo que es necesario para mi hijo?
—Bu... bueno, sí, señora. Pero...
—Gracias —contestó mi madre—. ¡Muchísimas gracias! —Atravesó la entrada y se metió en el despacho del director antes de que Josephine Blair pudiese parpadear con uno de sus enormes y bellos ojos. Me dispuse a seguir a mi madre pero la chica se recuperó de inmediato.
—¿Sí? —preguntó colocándose delante de mí—. ¿Puedo servirte en algo?
—Soy al que van a inscribir —expliqué—. Allen Smith. —Entonces, tratando de ser justo y asegurándome de que lo entendía, añadí—: El hijo de la señora Mary Smith. La señora que ha armado tanto alboroto al pasar por aquí.
—¡Basta ya! —Dio un golpe con el pie—. ¿Qué es lo que... lo que...?
Su voz se fue apagando. A pesar de mi color y mi pelo lanudo vio mi parecido con mi madre.
—Lo siento mucho —dijo—. No me he dado... esto... cuenta...
—No pasa nada —le dije—. Sólo estoy buscando un sitio para cagar.
Le pregunté si podía prestarme un trozo de tiza porque me gustaba pintar dibujos guarros en las paredes de los cagaderos. Todavía estaba mirándome, intentando recomponerse, cuando mamá llamó: «¡Allen!». Así que entré en el despacho del director.
Su nombre, quiero decir, el del director, era Velie. Me pareció que tendría unos treinta y cinco años, más o menos la edad de mi madre, y por su constitución física podría haberse hecho pasar por un entrenador de fútbol. Enseguida me di cuenta de que mi madre se lo había metido en el bolsillo trasero del pantalón, hablando en sentido figurado, algo que, en sentido literal, estaba muy cerca de donde le hubiese gustado estar.
Mi madre tenía eso. ¿Saben lo que quiero decir? Lo tenía a toneladas. Al pobre papá lo habían volado por los aires en Corea, pero le había tocado la lotería antes de irse.
Claro que es probable que haya mujeres con tanto como mi madre: rostros tan bellos y medidas tan buenas. Pero no había visto a ninguna que supiese empaquetarlo tan bien. Uno se fijaba en su traje chaqueta de Saks Fifth Avenue, rebajado a 399,99 dólares. Se fijaba en la miniatura de sombrero de Hattie Carnegie, muy especial, 140 dólares. Se fijaba en la blusa bordada a mano de I. Magnin, sólo 112,50 dólares. Se fijaba en...
Velie se estaba fijando, aparentemente en lo mismo en que se había fijado la primera vez que la vio. Estaba contemplando todas esas cosas, y el bonito paquete que las envolvía, mientras pensaba que había regalitos en él que sobrepasaban sus fantasías más salvajes. También estaba decidiendo que podía obtenerlos, lo que era bastante razonable.
Una mujer que se acuesta con un negro es, indudablemente, bastante fácil.
Desde luego, una mujer que se acuesta con un negro estará más que dispuesta a entregarse a un blanco.
—¡Bueno, muy bien! —soltó Velie por fin, cuando pudo quitarle los ojos de encima, concediéndome una sonrisa—. Me alegro mucho de que pases a formar parte de nuestro cuerpo de estudiantes, Allen.
—Gracias, señor —dije.
—Tu madre me ha enseñado la ficha de la academia militar con tus notas. Muy buenas, Allen. Muy, muy buenas.
—Gracias...
—Señor Velie —le interrumpió mi madre abruptamente—. ¿He puesto el teléfono de mi casa en la tarjeta que le di? Oh, sí, veo que sí. Bien, quiero que usted sepa que puede llamarme a cualquier hora después de las seis de la tarde. Por supuesto, puede llamarme al trabajo durante el horario de oficina. Si en ese momento estuviese ocupada, deje usted su teléfono y le llamaré enseguida.
Velie asintió, sonriendo.
—Gracias, señora Smith, desde luego que... —Se interrumpió, vacilando y pasándose la lengua por los labios—. ¿Llamarla? —preguntó.
—Sí. Para hablar de Allen. En caso de que tenga usted algún problema con él.
—¿Problema? No entiendo qué...
—Allen roba algunas veces —dijo mi madre—. También miente. Es un embustero muy hábil y convincente. Y cuando se enfurece, tiene una lengua muy sucia. No sólo eso, sino que también...
No terminó la parte del no-sólo-eso. No podía. La verdad es que nunca se encontraron pruebas. Sólo alguna evidencia circunstancial, y no lo bastante importante como para poder servirle a la policía.
Velie se había girado y estaba mirando por la ventana, posiblemente contemplando cómo el culo de sus sueños se iba volando.
—Señora Smith —murmuró—. La verdad es que aquí no estamos preparados para tratar con niños problemáticos.
—Allen está en el último curso, señor Velie, y puesto que va a graduarse dentro de menos de un año..., siete meses, en realidad...
—Lo sé, pero es que no creo...
—Estoy segura de que usted tiene otros estudiantes que roban, señor Velie. Otros que mienten y que, de vez en cuando, dicen palabras sucias. Creo que un padre coopera mejor con las autoridades escolares siendo objetivo respecto a sus hijos, por eso le he contado todo esto. No puedo creer que usted vaya a castigarnos, a mí y a mi hijo, porque le he dicho la verdad sobre él en lugar de ocultársela.
Velie tampoco creía que fuera a hacerlo. Por supuesto, no podía castigar la verdad y premiar el engaño. Y así estaban las cosas, ¿no?
Y allí estaba ese jugoso trozo de culo, girando en pleno vuelo y agitando las alas para regresar a la ventana.
—Bien, desde luego hay mucho en lo que usted ha dicho, señora Smith —comentó Velie portentosamente, queriendo decir que había mucho dentro de la blusa bordada a mano de I. Magnin—. No estoy del todo convencido de que Allen no fuera a estar mejor en un instituto privado pero...
—Algunos psiquiatras muy buenos opinan lo contrario —declaró mi madre—. Allen va a tener que vivir su vida, la vida de un negro, en un mundo dominado por blancos, en un ambiente sin protección. En la sociedad en conjunto, y no en una parte protegida de ella. Los psiquiatras opinan que cuanto antes haga frente a esa sociedad, mejor se irá adaptando a ella.
Velie asintió de manera un poco sombría. Es cruel mencionar la psiquiatría a un hombre que está absorto en sueños sobre culos.
—¡Oh, señor Velie! —Mi madre le lanzó una mirada traviesa—. ¿No será usted uno de ésos?
—Mmm... ¿Ésos, señora Smith?
—Ya sabe... ¡Una de esas personas que palidecen ante la sola mención de la psiquiatría! —Lanzó una deliciosa carcajada—. No puedo creerlo. Usted no, seguro. ¡El director de un gran instituto no!
—Bueno...
Velie aseguró que no era de ésos. Ni pasarle por el pensamiento, etc. En realidad, él creía profundamente en la psiquiatría. Sacó del cajón de su escritorio una ficha de horarios, escribió en ella todos mis datos, seguidos del nombre de mi madre, su ocupación y demás. Luego estudió un registro de temas y clases e hizo un horario de asignaturas para mí.
—Vamos a ver —dijo mientras miraba su reloj—. La primera clase acaba dentro de unos cinco minutos. Si quieres comenzar ya, Allen...
Yo dije que sí señor y me puse en pie. Mi madre permaneció sentada.
—Ve a tu clase, cariño. Tengo que hablar con el señor Velie un poco más, si usted me lo permite.
—Por supuesto, faltaría más —declaró Velie—. Allen, dale tu horario a la chica de ahí fuera. Se llama Josie...
—Gracias, señor. Y adiós, madre querida —dije.
Me incliné hacia ella y la besé en la boca, apretando mis labios con fuerza contra los suyos. Hizo un gesto brusco para apartarse de mí, naturalmente, echando todo el peso de su cuerpo hacia atrás, y yo, con una pequeña y rápida maniobra de mi pie, tiré de las patas de la silla hacia arriba en el momento en que ella se echaba hacia atrás.
Lanzó un pequeño grito y estuvo a punto de dar una voltereta hacia atrás. Su falda voló hacia arriba, y la blusa soltó amarras, ofreciendo a Velie una buena vista de todo lo que ella tenía desde el culo hasta el apetito.
La agarré en el último instante mientras murmuraba palabras de disculpas. Estaba demasiado ocupada arreglándose la ropa para levantarse y asesinarme, como indudablemente hubiese querido hacer, así que escapé sin problemas al despacho exterior.
Le di mi horario a Josie Blair con una humilde sonrisa de disculpa en el rostro.
—Por favor, perdona la ordinariez de mi lenguaje de hace un rato —le dije—. No sé qué me pasó, pero, desde luego, no era modo de hablar a una chica tan agradable como tú.
—Fue todo culpa mía —replicó con dulzura—. Veo lógico que te enfadaras.
—No es verdad —contesté—. Fue culpa mía. Si me lo pides, me pondré de rodillas y besaré tus pies.
Me dirigió una mirada interrogante y nerviosa. Comencé a hacer reverencias y a gesticular exageradamente mientras me dirigía hacia la puerta de la verja.
—Si tuvieras la amabilidad de mostrarme dónde está mi clase...
—Oh, esto..., claro que sí. Por supuesto.
Pasé delante de ella rápidamente y mantuve la puerta de la verja abierta para que me precediera. Me dio las gracias con una sonrisa y comenzó a atravesarla, y yo...
Bueno, ya sabéis lo que hice.
La puerta le dio con tanta fuerza en las nalgas que casi la levantó en el aire. Soltó un «¡Uf!» de sobresalto y dolor y fue trastabillando hasta que chocó con la pared de enfrente. La empujé hasta el pasillo a toda velocidad, donde mamá y Velie no pudieran oírla, soltando al mismo tiempo tal chorro de disculpas que casi me las creí yo mismo.
—¡Qué horror! —dije, dándole en el trasero como si estuviese sacudiéndole el polvo—. Se me ha resbalado de las manos. Un momento antes la tenía agarrada, y al siguiente... Espero que no te hayas lastimado mucho. Nunca me lo perdonaría si te hubieses hecho daño...
Continué dándole coba y poniendo en mi cara una expresión compungida, como si estuviese a punto de llorar. La verdad es que, cuando quiero, puedo ser un buen actor. (¡Que le pregunten a mi madre!) Así pues, Josie Blair quedó tan convencida de mis buenas intenciones, aunque le costaba, que hasta sonrió un poco a través de sus incipientes lágrimas.
—Estas cosas pasan —dijo—. Vamos a olvidarlo, ¿vale?
—Eres demasiado buena —repliqué—. Debiera ponerme de rodillas y besar tus tobillos. Seguro que te duelen, ¿verdad? Con un tropezón como ése...
—Más vale que nos demos prisa —dijo, empezando a andar por el pasillo—. Llegarás tarde a tu primera clase.
—Lo prefiero a verte sufrir —contesté—. ¿Dónde te duele? Dímelo y me pondré de rodillas y...
—Veo que estamos en la misma aula —comentó mirando mi horario—. El aula de la señorita Critchett. Estoy segura de que te gustará, Allen.
—¿La misma aula? —pregunté—. ¿O sea que también estudias aquí?
—Ah, sí. Sólo trabajo en la oficina media jornada.
—¿Y a qué hora follas?
—Pues yo... ¡¿qué?! —Me lanzó una mirada furiosa, y se detuvo en seco—. ¿Qué palabra has usado?
—¿Te refieres a tocar?
—¡Eso no es lo que has dicho! Ahora, escúchame, señor Allen Smith. Te he dejado pasar mucho, he tratado de no pensar mal de ti. Pero si por un momento te has creído que yo...
—¡Espera! —la detuve—. ¡Espera un minuto, Josie! Sólo trataba de piropearte. Que tocabas el violín era una suposición, una suposición hasta cierto punto. Todos los violinistas que he visto tenían las manos como las tuyas, bien formadas, con bellos dedos alargados, así que pensé que podías tocar ese instrumento. Pero aunque no fuera así, creía que te estaba diciendo algo bonito.
Se quedó mirándome, con los labios apretados. Le devolví la mirada con una expresión seria, preocupada, confusa; la mirada de una inocente criatura a la que han abofeteado por haber ofrecido un regalo.
—Bueno —dijo con menos sospechas—. Bueno.
—Estoy seguro de que puedo apañármelas solo —dije—. Parece que, por mucho que me esfuerce, no hago más que equivocarme. De modo que si quieres darme mi horario...
Ése fue el remate. De repente sonrió, aunque un poco vacilante, diciendo que creía que ambos estábamos algo nerviosos.
Asentí rígidamente, para hacerle notar que me había ofendido profundamente. Comenzamos a subir las escaleras hacia la segunda planta, y me explicó que no tocaba el violín, aunque siempre había deseado hacerlo. Permanecí en silencio, haciendo ver que estaba demasiado ofendido para hablarle, ya sabéis, y me preguntó tímidamente si yo tocaba algún instrumento.
—La flauta —contesté—. He estado tocando la flauta desde que tengo uso de razón.
—Pero qué estupendo. Debes de hacerlo muy bien.
—Lo hago muy bien. Puedo tocarla lo mismo con una mano que con la otra.
—Eso es muy poco corriente, ¿verdad? ¿Perteneces a algún conjunto?
—No, me parece que así no me gustaría —repliqué—. Creo que algunos tipos lo hacen, pero me gusta la intimidad. Simplemente me meto en el cuarto de baño, paso el cerrojo y...
—No eres más que una cosa sucia y podrida —dijo ella con voz tensa—. Tendrían que lavarte esa boca tan sucia.
—¿La boca? —pregunté—. Mi madre sólo me obliga a lavarme las manos.
Iba a decir algo, pero se atropelló, atragantándose con sus propias palabras. Le sonreí. Entonces se detuvo delante de una puerta. La indicó con la cabeza.
—Ésta es tu aula —dijo—, y espero que tú... tú... Espero que tú...
—¿Me enjabone? —pregunté poniéndome la mano detrás de la oreja—. A mí también me gustaría enjabonarte, guapa.
Se dio la vuelta y empezó a caminar por el pasillo. Luego, sus pasos se hicieron más lentos y se detuvo. Se giró y volvió de nuevo junto a mí.
—Lo que buscas es que me queje de ti al señor Velie, ¿no es así? —interrogó—. Lo que quieres es que te expulsen del instituto.
—Vete a cagar a la vía —repliqué.
—Es difícil ser hijo de una madre blanca, ¿verdad? Y debe de ser aún más duro si la madre es como la tuya.
Contesté que todo se ponía siempre muy duro con mi madre. Que no se podía imaginar lo que me gastaba en suspensorios. Entonces, cuando no me contestó, sino que me miró con callada compasión, le dije que, por el amor de Dios, cortara el rollo.
—No me compadezcas, ¡negra idiota! Agarra tu condenada compasión y métetela por donde te...
Un timbre sonó ahogando mi voz. Era el aviso del cambio de clase. Se abrieron las puertas de las aulas y los chicos salieron a los pasillos; Josie Blair desapareció entre ellos para regresar a su trabajo o adondequiera que fuese a esa hora del día.
Así es que no tuve ocasión de decirle cuánto lo sentía.
No tuve ocasión de saltar sobre ella y borrar a golpes de su cara aquella expresión benévola y arrancarle aquellos odiosos ojos compasivos.
3
Vi muy pocos negros en los pasillos o en las aulas a las que pude asomarme. Había quizás uno por cada cincuenta blancos. A mí la verdad es que me importaba un pito, como comprenderéis. Me limito a citarlo como dato informativo. No me importaría un carajo que todos los negros hijos de puta del país se murieran de almorranas sangrantes.
Me quedé un poco retrasado, ante la puerta de la clase, observando a los otros alumnos entrar en fila en el aula. Al fin parecía que todos estaban dentro, y que todos eran blancos.
Me agaché y volví a atarme los cordones de los zapatos. Me enderecé de nuevo y comencé a mirar mi horario, haciendo ver que lo estudiaba. En realidad, me preguntaba dónde podría esconderme si me saltaba la clase, y qué haría si en la clase siguiente todos eran blancos también. ¿Qué ocurriría si todos eran blancos? Y eso me hizo recordar la academia militar, la cual yo hacía todo lo posible por olvidar, y comenzó a revolvérseme el estómago.
Mi madre había usado en la academia el mismo truco que en otros sitios, me había inscrito sin que me hubiesen visto. Estaba en Maryland (mi madre trabajaba en Washington en aquella época). La academia tenía una especie de contrato con el Ministerio de Defensa, lo que la calificaba para recibir una jugosa subvención federal. Así que con eso, y con el hecho de que mi madre era amiga íntima de varios congresistas y senadores...
¿Que si fue divertido? No lo dudéis. Un negro frente a mil quinientos blancos, lo que el viejo y simpático general (retirado del ejército estadounidense) llamaba el orgullo y la esperanza del Sur. En el comedor disponía de una mesa para mí solo. Dormía en una habitación privada, en lugar de hacerlo en un dormitorio con los demás. En el gimnasio tenía mi propia ducha, con mi nombre. Estaba exento de hacer instrucción por «motivos físicos»; de no ser así, probablemente hubiera tenido mi propia plaza de armas.
Mis notas eran buenas —siempre lo son, dondequiera que voy—, aunque yo no hacía nada por obtenerlas. Durante los nueve meses que pasé allí, jamás se me preguntó una lección, y fui incluido en la lista de honor académica entre los que estaban excluidos de hacer los exámenes escritos.
El timbre sonó de nuevo. Algunos entraron en sus aulas en el último minuto, el sonido de las puertas que se cerraban de golpe en el pasillo; pero yo seguí allí, preguntándome qué demonios iba a hacer.
Entonces oí unos pies que se arrastraban suavemente cerca de mí; un sonido que llamaba la atención. Levanté la vista y miré a mi alrededor, y ahí estaba aquel chico negro delgado, con una nerviosa sonrisa en la boca. Tenía unos diecisiete años y no era feo, por lo menos no era un cabezalanuda como yo. Llevaba un traje azul brillante que le quedaba dos tallas pequeño. Los pantalones terminaban donde sus tobillos empezaban y a las mangas de la chaqueta les faltaban también varios centímetros para llegar a donde debían.
—¿Qué pasa? —dijo.
—¿Qué pasa? —dije yo.
—¿Vas ahí dentro? —me preguntó indicando la puerta de la clase de geometría.
—¿Y tú? —dije yo.
—Bueno, aún no he entrao —contestó.
—Pues acabemos con esto —dije yo.
Entramos justo en el momento en que la profesora iba a cerrar la puerta. Examinó nuestros horarios y después nos miró con el ceño fruncido. Señaló que aquélla era la tercera semana del semestre. ¿Por qué no nos habíamos presentado en clase hasta ahora?
—Tú, Gerald..., Gerald Franklin —dijo mirando al chico delgado—, ¿dónde has estado?
—¿Yo? —respondió—. ¿Habla usté conmigo, señora? —Puso los ojos en blanco, dejando caer la mandíbula con descaro, como sólo los negros saben hacerlo—. A veeeer. ¿Dónde estaba yo?
La clase resonó con la risa. ¡Me dieron ganas de darle un puñetazo al hijo de puta! La profesora le dijo que tendría que compensar las ausencias y le ordenó que se sentara. Él fue arrastrando los pies hasta el fondo del aula seguido por una ola de risas, ya que estaba haciendo el tonto de nuevo.
—Ahora tú, Allen... Allen Smith... —Ella fijó su mirada en mí—. ¿Y tú dónde has estado?
—Yo, señora Joan... ¿Señora Joan Carter? —respondí.
—¡Sí, tú! Quiero saber... Oh —dijo suavizando el tono de voz al mirar otra vez mi horario—, lo siento, Allen. Veo que eres un alumno nuevo.
—No señó, señora, no, señora, señó —dije—. Soy el mimo alumno de siempre. Sólo que etoy en una ecuela diferente.
Más risas en la clase, pero no como las de antes. Había una inquietud en ellas, una nota con un principio de cautela.
La señora Carter impuso silencio frunciendo el ceño; entonces me preguntó dónde había ido al instituto. Le dije que había estado en el viejo Sur, sí señó, sí señora. Después de cierta vacilación me preguntó si ya había estudiado geometría plana.
—¿Plana, señora? —Me rasqué la cabeza mientras soltaba una risotada de negro feliciano—. ¡A mí no me pareció nada plana, señora! ¡A mí se me hizo mu cuesta arriba!
Eso alborotó a la clase y, ahora que la preocupación había desaparecido, rieron sin restricciones. Hasta la señora Carter sonrió, con lo que añadió otras cien arrugas o más a su cara.
—Bueno, Allen —murmuró—. No estoy muy segura de que, esto... ¿Qué clase de libro de texto de geometría usabais en el instituto del que vienes?
—¿Libro de texto, señora? Ah, quiere decir el libro pa’studiar —respondí, y, con la cabeza, señalé un libro que había sobre su escritorio—. Diría que era como ése, señora. O po lo menos se parecen un montón.
—Pero me temo que no era el mismo —contestó ella suavemente—. Ese libro ni siquiera se utiliza en esta clase. Es un texto de trigonometría.
—¿Trigo... qué, señora? —Pero me respondió que daba igual.
—Me temo que ha habido una equivocación, Allen —me explicó con una voz aún más suave—. Ésta es una clase de geometría sólida, y no puedes asistir a ella a menos que hayas aprobado geometría plana...
—La he aprobao, señora. De verdad —repliqué—. He hecho un montón de esas matemáticas y aritméticas suyas. Sí, señora, y aprobé con nota. La otra profe decía que los libros eran demasiao fáciles pa mí, así que yo me hacía unos poblemas sólo pa mí.
La señora Carter asintió, comprensiva.
—Bueno, eso me parece muy bien, Allen. Estoy segura de que siempre has hecho las cosas lo mejor que has podido y...
—Que se lo enseño —la interrumpí—. Hago un poblema de los míos ahora mismo.
Y antes de que pudiera detenerme estaba frente a la pizarra con una tiza en la mano.
—Tenemos un cono de molibdeno de un peso de 0,38. —Comencé a escribir cifras y símbolos—. La circunferencia de su base es de 194,52145 cm, con una tolerancia de 0,86/10.000. Las dimensiones en su ápex o punta son cero absoluto y, por supuesto, sin tolerancia. Ahora, teniendo un volumen del cono de 2573,02, lo que podemos llamar nuestra área de resistencia de fricción, y una velocidad de 7.408 kilómetros por hora al volver a entrar en la atmósfera terrestre, ¿cuál es la proporción de resistencia de fricción (fr) expresada en unidades de calor, respecto a la distancia que ha viajado, y la proporción de variaciones de la temperatura entre el ápex y la base?
Llené todo un lado de la pizarra y pasé al otro. Hablaba con rapidez y escribía a la misma velocidad.
Si no hubiera sido por el sonido de mi voz, se podría haber oído caer un alfiler al suelo, y dudo que alguien se hubiera movido si hubiese estallado una bomba en el centro del aula.
Después de tanto tiempo, no estoy seguro de haber planteado el problema como lo hice en aquel momento, quizá no. Sin embargo, no necesito aclarar que no me lo había inventado.
Hacía años, en Chicago o Cleveland o Los Ángeles o en alguna parte, había estado curioseando en la biblioteca pública, donde, por casualidad, encontré la tesis doctoral de un matemático. Aquel problema era uno de los muchos que había en aquella tesis y por algún motivo se había fijado en mi mente. No tengo memoria fotográfica, pero hay ciertas cosas que permanecen en mi mente. No sé cómo explicar el proceso de otra manera. Cuanto más me esfuerzo por olvidarlas, más claramente las recuerdo.
Es una especie de logro negativo. Algo que se hace tratando de no hacerlo. Por ejemplo, intente no pensar en el Empire State o en el puente de Brooklyn. Siga intentándolo. ¿Vale? ¿Ve lo que sucede?
Se me dan bien las matemáticas, pero no lo bastante como para entender el problema expuesto. Simplemente lo saqué del lugar en que estaba encerrado en mi mente y lo pasé a la pizarra. Presumiendo. Presumiendo ante ellos.
Para cuando hube terminado, había llenado toda la pizarra y casi se había acabado el tiempo de la clase. Solté la tiza y me sacudí las manos. Estaba tratando de ganar tiempo porque me sentía como un maldito idiota, y me fastidiaba mucho tener que darme la vuelta.
—Eso ha estado muy bien, Allen... —La voz de la señora Carter era seca—. Estoy segura de que todos podemos aprender muchísimo de ti, ¿no es así, chicos?
Hubo un sonido de pies que se movían. Un débil aplauso.
En ese momento, gracias a Dios, sonó el timbre y pude escaparme.
4
Mi siguiente clase, y la última de la mañana, era literatura inglesa. Además de Franklin, «el negro cómico» de la clase de matemáticas, había otros dos negros en ella, hermano y hermana.
Ambos vestían de forma muy elegante. Eran casi tan oscuros de piel como yo pero no tenían el cabello tan lanudo; ellos tenían pelo, pelo de verdad, y no una peluca, y lo llevaban tan largo como les era posible. A la chica le llegaba hasta más abajo de los hombros y a él le caía sobre el cuello.
No sé por qué los negros le dan tanta importancia a la mierda del pelo. Pero la cuestión es que se la dan. Si no pueden tenerlo en la cabeza, se lo dejan en la cara, unos bigotes de mierda tan escasos que parecen el capullo de una oruga o, a veces, una perilla con unos tres pelos y medio. Otra cosa que he notado recientemente es lo de las gafas de sol. Como regla general, las gafas y el pelo van juntas.
Dadle a cualquier timador de Harlem un par de gafas del baratillo y un poco de pelo y se cree que es el puto rey del mambo. Es todo cuanto necesita, gafas y pelo, y ya tenemos al rey de la mierda.
No me extraña que la gente se ría de los negros y los desprecie. Esos estúpidos hijos de puta con pretensiones nos dejan mal a todos.
El hermano y la hermana de que os estaba hablando no usaban gafas porque eran negros de clase alta, y te lo hacían saber de inmediato. Apenas había salido yo de la clase de inglés que ese tipo, Steve Hadley, se pegó a mí, se presentó, presentó a su hermana y me sugirió que almorzáramos juntos. Antes de que nos hubiésemos sentado en la cafetería, ya me había enterado de que su padre era médico y de que ya conocían mi pequeña exhibición en la clase de matemáticas, lo mismo que muchas otras cosas sobre mí.
Creo que debí de parecer intrigado, quizá también molesto. Él se echó a reír y me dijo que esperaba que no me hubiera enfadado, pero que él y su hermana, Lizbeth, habían sentido curiosidad por mí.
—Te diré lo que sucede, Al —me contó muy serio—. Liz y yo hemos estado un poco solos aquí. Hemos estao buscando...
—Estao, no, estado —lo interrumpió Lizbeth vivamente—. Ya sabes lo que dice papá sobre esas cosas.
—Estado —repitió Steve—. Hemos estado buscando a alguien con quien más o menos pudiéramos encajar, ¿sabes? Liz se encontró con Josie Blair justo después de que tu madre y tú hablaseis con el director esta mañana. En realidad no son amigas, pero Josie es una chica dulce, siempre con miedo de ofender, y cuando Liz quiere enterarse de algo, vaya si se entera. Así es que ya habíamos casi decidido que tú eras de los nuestros y, bueno...
«¡Caray con el mamón pretencioso!», pensé. «¡Te voy a poner fino!»
Asentí con gran seriedad. Dije que hacer amistad con alguien era un paso bastante drástico, por lo que sería mejor que lo hablaran un poco más entre ellos antes de decidirse respecto a mí.
—Después de todo, hay bastantes negros aquí. Es probable que tú y Liz podáis encontrar otro que os vaya mejor.
—No —negó con la cabeza firmemente—. No nos mezclamos con los negros. Hay gente de color, como nosotros, y luego están los negros. Igual que hay judíos y kikes[1] y esto...
—¿Católicos y beatujos?
—¡Eso, eso! Y...
—¿Alemanes y boches? ¿Italianos y macarronis? ¿Bohemios y melenudos? ¿Mejicanos y espaldas mojadas? ¿Puertorriqueños y...?
—Steve —lo interrumpió Lizbeth—, por favor, ¿puedes traerme otro vaso de leche?
Steve contestó que por supuesto y fue a colocarse en la cola ante el mostrador de la comida. Pensé que Lizbeth aprovecharía su ausencia para ponerme verde, pero no lo hizo. Los cobistas no ponen verdes a las personas a quienes están dando coba. Lo que me preguntó fue si me había gustado la academia militar.
—Oh, me encantó —contesté—. ¿Cómo no iba a gustarme? Es una de las mejores instituciones de su estilo en este país, según dicen aquí, y yo era el único estudiante negro.
Ella asintió, soñadora, con la barbilla apoyada en una mano.
—¡Maravilloso! ¡Qué oportunidad tan maravillosa! Papá daría cualquier cosa por meter a Steve en un sitio así.
—¿Y qué piensa Steve?
—¿Que qué piensa? Opinaría lo mismo que papá, desde luego. Hay que tragar muchas cosas que a uno no le gustan para llegar a ser algo en este mundo. Desde luego papá tuvo que tragar bastante para llegar a ser médico.
—Estoy seguro —respondí—. Pero ahora que lo es, ya no tiene por qué aguantar, ¿verdad? No más malos tragos para el doctor Hadley.
—Sabes perfectamente que las cosas no son así. —Bajó la cabeza—. Pero piensa que sería mucho peor si no fuese médico. Así debemos pensar, Allen —continuó diciendo con gran seriedad—. Al menos es lo que papá nos ha enseñado a Steve y a mí. Si hay oportunidades que nos están vedadas, pues aprovechemos las que están a nuestro alcance. Por otro lado, si no puedes conseguir los amigos adecuados, los que te aportarán algo bueno, es mejor que no tengas ninguno.
—Comprendo lo que tu padre quiere decir —repliqué, entrecerrando los ojos para hacerme el interesado y el enterado—. No dejes escapar ocasión alguna, ni social ni profesional, y llegarás a donde deseas. O por lo menos en parte. Tarde o temprano.
—Eso es —dijo Steve, que regresaba en ese momento con la leche—. Tienes toda la razón, Allen. Hermanita, ¿le has contado algo acerca de las grandes convenciones a las que asiste papá? ¡Un año hasta leyó un trabajo en la AMA![2]
—Figúrate —comenté.
Sonó el timbre que señalaba el final de la hora del almuerzo.
Cuando salíamos juntos de la cafetería, Steve me contó que la mayoría de los otros alumnos de color eran de otros vecindarios y tenían que ir y venir en los autobuses del instituto.
—¿Te puedes creer que muchos son de Harlem?
—¡Terrible! —exclamé.
—Josie vive por aquí —comentó Lizbeth—. Su padre trabaja media jornada como guardián de un edificio o algo por el estilo, y con el empleo les dan un apartamento en el sótano. Supongo que no debe de ser gran cosa; pero, en realidad, no lo sé. Josie me cae bastante bien, muy bien en realidad. Aunque, desde luego, no somos íntimas.
«¡Zorra!», pensé. «¡Eres una pequeña zorra orgullosa!»
—Vamos a ver —dijo Steve—. Puedes venir andando desde tu casa, ¿no es así, Al? Claro que sí. Vives en una zona increíblemente buena.
—De modo que hasta sabes mi dirección —repliqué.
—La sabemos por necesidad. Papá trató de conseguir un apartamento allí. Creímos que iba a lograrlo, porque siempre hacen excepciones para los médicos, pero... —Movió la cabeza frunciendo el ceño—. Supongo que debe de haber sido por culpa de mamá.
Lizbeth dijo que, por supuesto, había sido por culpa de mamá. En cuanto la gente la veía, todo se iba al garete.
—No sabes la suerte que tienes con una madre como la tuya, Allen. Elegante, guapa y con estilo. Seguro que nunca tendrá problemas para vivir donde quiera.
—No mientras siga siendo blanca —repuse—, ni mientras me mantenga en un segundo plano.
—En fin... —Lizbeth se encogió de hombros y cambió de tema—. Claro que nosotros también vivimos en una zona bastante buena. En Woodside. No es tan elegante como la tuya, pero es aceptable.
Steve me preguntó si tenía coche. Dije que no y, de inmediato, se ofrecieron para llevarme a casa en el suyo. Y quizá podríamos pasar antes por su casa a tomar una Coca-Cola o algo así. Su padre y su madre, que trabajaba como enfermera con él, estaban en el hospital, por lo que no tendríamos el típico problema de molestar a los padres.
Acepté la proposición y quedamos en reunirnos a la salida del instituto. Después, ellos subieron las escaleras, hacia su siguiente clase, mientras yo comenzaba a bajar a la primera planta, hacia la mía.
De repente me sentí muy bien porque, en ese momento, me di cuenta de que, comparado con un par de lastimosos mierdas como los Hadley, yo estaba bastante bien situado. Al lado de esos pelotas estirados, me sentía como un rey. Sin embargo, aunque eran unos miserables, ¡y que par de miserables!, ya no los despreciaba ni quería machacarlos. Hasta me impresionó un poco cuando recordé lo que había estado pensando. Los planes que había hecho para ellos.
Es decir, Dios mío, ¿por qué hacer daño a alguien tan apestoso que me hacía parecer perfumado? ¿Cómo podía sentir hacia ellos otra cosa que no fuera una compasión enfermiza? De todos modos soy justo, el hijo de puta más justo que os encontraréis nunca, claro que según mis propios valores. Y Steve y Liz Hadley ya habían recibido su castigo, impuesto por ellos mismos y por el cabrón de su viejo, el médico.
Así es que, como he dicho, me sentía muy bien, y tolerante. Sentía cosquillas en el estómago, alegría y buena voluntad. Después pasé por delante del despacho del señor Velie y le saludé con la cabeza y le sonreí porque estaba en la puerta, mirando por el pasillo como si buscase a alguien. Y resultó que estaba buscando a alguien.
A mí.
Su mano se cerró sobre mi brazo con un familiar apretón; una sensación experimentada miles de veces por mí, y que me llenaba de temor y de odio simultáneos. Me habló también con un tono que me era familiar, y el temor y el odio empezaron a arder con lentitud para después llamear con fuerza.
Me arrastró a través de la puerta de la verja, pasando junto a la vacía mesa de Josie Blair (¿por qué me alegré tanto de que no estuviera allí para verme?), y entramos en su despacho privado.
Cerró la puerta y ordenó que me sentara. Yo le pregunté por qué, qué problema había, o algo por el estilo. No me contestó, sólo señaló con gesto severo hacia una silla. De nuevo empecé a preguntarle qué pasaba, pero no tuve la oportunidad de terminar.
Me agarró por los hombros y, de un golpe, me hizo sentar en la silla.
Con tanta fuerza que me dolió la columna.
5
Se sentó en el borde de la mesa, tan cerca que sus rodillas rozaban las mías. Oí el timbre débilmente, el que suena durante tres minutos, anunciando el principio de un nuevo período de clase y pensé que había oído entrar a alguien en el despacho exterior. Velie balanceó su pie un poco, haciendo que la punta de su zapato golpeara mi espinilla. Pensé retirar bruscamente mi pierna; pero la dejé donde estaba, manteniéndola quieta, contra el tirón de mis reflejos. Me estaba dando golpes con el pie, una vez, y otra. Y otra vez, y otra más. Quizá doce golpes en total, pero no me moví.
No lo hubiera hecho aunque me hubiese estado dando patadas en los huevos.
Al fin se dio por vencido, y se acomodó un poco sobre la mesa.
—¿Sabes lo que me dijo tu madre, Allen? ¿Después de que te fueras esta mañana? Me dijo...
—Sí —contesté.
—Me dijo... ¿Qué?
—Que tendría que tratarme con muchísima firmeza para hacer que me comportara bien, pues yo me tomaría cualquier acto de benevolencia o de consideración como una señal de debilidad. También debe de haberle dado el permiso por escrito, como exige la ley, para que me aplique un castigo corporal si usted lo considera necesario.
—Bien, bueno... —Eso le hizo recular un poco; tal había sido la relación literal de las palabras de mi madre—. Recordarás que yo no deseaba que te matricularas aquí, bajo ninguna circunstancia, Allen. Creía que debías asistir a un instituto privado, y yo...
—Lo sé —repuse—. De manera que mi madre no le habló del permiso del castigo corporal hasta que supo que le tenía agarrado. Siempre actúa de la misma forma. Consigue que el capullo se trague gran parte del cebo, y la implícita promesa de que habrá más, antes de contar toda la verdad sobre mí.
Contestó rápidamente que yo no debía hablar así de mi madre. ¡Mi madre era una mujer estupenda y decente que sólo quería lo mejor para mí, de corazón!
—Y yo le hice algo terrible —asentí—. Me despedí de ella con un beso. Delante de usted. Un negro besando a una mujer blanca delante de un hombre blanco. Apuesto a que sintió ganas de partirme la cara, ¿verdad?
—¡Eso no importa! —Enrojeció—. ¡No cambies de tema, jovencito! Si no sintieras tanta compasión por ti mismo, tú... Yo..., yo no tengo prejuicios raciales en absoluto. Muchos de mis amigos, de mis compañeros, son negros, y yo...
—¿Qué les parece cuando usted les da patadas en la espinilla? —pregunté—. ¿O reserva usted ese trato para menores del sexo masculino con hermosas madres blancas?
Hizo un furioso gesto con la mano y entonces la extendió, con la palma abierta hacia arriba.
—Mi pluma, Allen. Devuélvemela.
—¿Pluma...? —Le miré—. ¿Qué pluma?
—He dicho que me devuelvas la pluma. ¡Hazlo o te registraré y te la quitaré yo mismo!
Alguien llamó a la puerta. Lo ignoró, y repitió su petición. Llamaron de nuevo. Esta vez más fuerte.
—¿Sí? —contestó secamente—. Estoy ocupado.
—Soy Josie, señor. Yo...
—¡He dicho que estoy ocupado! ¡Vuelve después! —repuso medio gritando, y de nuevo se volvió, furioso, hacia mí—. Tengo una pluma negra con un aro dorado. La tenía sobre la mesa cuando estuviste aquí esta mañana, y más tarde he visto que había desaparecido. Bien, ¡a menos que la devuelvas de inmediato...!
—No la tengo —contesté.
—¡Por supuesto que la tienes! Josie, ¿quieres dejar de golpear esa puerta? ¿Qué otra persona podría tenerla? Eres un pequeño ratero furtivo, tu propia madre lo dice, y...
—Bueno, vale, yo me la llevé —le dije—. Pero ya no la tengo.
—¿Dónde está entonces? ¿Qué has hecho con ella?
—La pisoteé y la tiré por el retrete —repuse.
Me abofeteó, más bien me aporreó, con la mano medio cerrada. Antes de que pudiera levantarme, Josie había irrumpido en el despacho. Se colocó con ademán protector delante de mí, los ojos echando fuego al enfrentarse al director.
—¡Tenga! —Le enseñó una pluma, una pluma negra con un aro dorado—. Ésta es su pluma, ¿verdad?
—Vaya... Qué... ¿Dónde la has...? —Tragó saliva, se mordió el labio—. Pensé, pensé...
—Usted se detuvo a hablar conmigo un momento, alrededor de las once esta mañana. No iba a regresar hasta después del almuerzo y yo tenía algunos papeles para que me firmase. Después de que se marchara...
—En tu mesa... —Fue mitad quejido, mitad susurro—. La dejé en tu mesa...
—Sí. Entonces la metí en mi bolso para evitar que se perdiera o que alguien la robara. ¡Y si usted me hubiese dado la oportunidad de explicarle, de haberme dejado entrar la primera vez que he llamado...!
—Por favor —dijo con un débil gesto—. ¿No crees que ya me siento bastante mal, sin necesidad de que...?
Josie dijo severamente que por supuesto que debía sentirse mal. Que la Junta Escolar debía ser informada y que si yo quería presentar una queja, ella me respaldaría.
—¡Lo digo en serio, señor Velie! Todas y cada una de las palabras las he dicho en serio. Y si me quiere despedir..., bien, ¡creo que no quiero trabajar para un hombre como usted!
—Por favor —dijo Velie de nuevo, con tono suplicante—. Por supuesto que no voy a despedirte, y tampoco quiero que te vayas. Si tan sólo pudieras olvidar esto y... Allen, no tengo palabras para decirte lo mucho que lo siento, pero...
—Oh, por el amor de Dios... —los interrumpí con una gran carcajada bienintencionada—. ¿Por qué todo este jaleo? Ha sido una equivocación lógica, y nadie se ha hecho daño. Así que ¿por qué no lo olvidamos y hacemos ver que nunca ha ocurrido?
—¿Hacer ver que nunca ha ocurrido? Después de que él... ¡Después de que el señor Velie casi te arranca la cabeza de una bofetada y...!
—¡Tonterías! —reí, añadiendo que el señor Velie no me había puesto la mano encima—. Me senté un poco demasiado aprisa y mi silla se volcó. Ahora, si el señor Velie está dispuesto a perdonar mi impertinencia...
Extendí la mano, sonriéndole y mirándole a los ojos. Velie la agarró y casi me la arranca. Empezó a decirme lo estupendo que yo era, mi grandeza de espíritu al tomarme las cosas de esa manera. Josie se dio media vuelta y salió indignada del despacho.
Hice un guiño a Velie, como a un camarada, y, bajando el tono de voz hasta convertirlo casi en un susurro, le dije:
—Déjemela a mí, señor. Haré que comprenda. Por cierto —me miró—, creo que debo pasar por el lavabo y arreglarme un poco. Sé que debería estar en clase, pero ha empezado hace casi media hora y...
—Hazlo, Allen. Lo que quieras —dijo con entusiasmo—. Y, si no tienes ganas de volver a clase, si prefieres irte a casa...
—Oh, estoy bien. No pasa nada —repuse.
Nos estrechamos las manos de nuevo. Le agradecí que me hubiese perdonado mis insolentes contestaciones. Entonces me marché, cerrando la puerta tras de mí.
Le hice un guiño a Josie y le sonreí cuando pasé ante su mesa, haciéndole señas para que me siguiera fuera. Lo hizo y le pregunté si me permitiría acompañarla a casa a la salida.
—Bueno... —Me miró con atención—. ¿Por qué quieres hacerlo?
—Para disculparme por lo de esta mañana —contesté—, y para agradecerte lo que acabas de hacer.
Ella señaló que ya acababa de hacer ambas cosas, así que ¿para qué pasar más tiempo con ella? Le dije que porque me gustaba y porque quería conocerla mejor. Dudó, pensativa, la punta de la lengua entre sus dientes.
—Te he visto hablando con los Hadley durante el almuerzo. Liz y Steve. No me digas que no has quedado con ellos después de clase.
—Así es, pero acabo de anular esa cita —dije—. Puedo verles en cualquier momento.
—¿Ah, sí? Vaya... Estás muy seguro de ti mismo, ¿verdad?
—De mí mismo, no —contesté—. De ellos. Son de esa clase de gente. Podría darles una patada en el trasero y ellos lo harían pasar por un masaje lumbar.
Ella soltó una risita. Sus ojos bailaron, traviesos. Dijo que Liz se molestaría bastante pero que, de acuerdo, si yo realmente quería hacerlo. Repuse que sí, y nos dimos un apretón de manos para sellar nuestro acuerdo. Entonces se fue al despacho de Velie y yo bajé al lavabo del sótano.
Me encontré con otro negro allí, un tío que llevaba pantalones y camisa negros y una cazadora de piel, también negra. Llevaba la cabeza rapada, lo opuesto al exceso de pelo al que me refería antes, y también una especie de marca de fábrica, si sabes reconocerla. Escudaba un cigarrillo con la mano, exhalando el humo por la ventana después de cada calada.
—Caramba, si es el pequeño blanco y negro. —Habló casi sin mover los labios—. ¿Cómo es que no te has traído a tu preciosa mamá contigo, medio blanco?
Le sonreí mientras movía con fingido nerviosismo la solapa de mi chaqueta, y acariciaba así la cuchilla de afeitar que llevaba escondida entre los pliegues de la tela.
—¿Por qué no te has traído tú a la negra culona de tu madre, bola de billar hijo de puta? —pregunté—. ¿Estaba demasiado ocupada vendiendo su culo a dos polvos al precio de uno?
Siempre sobresalto a la gente cuando hablo mal. Se quedan paralizados. Porque no parezco de los que se revuelven al ser insultados. Antes de que aquel tipo pudiera reaccionar, asegurarse de que era cierto lo que había oído, ya me había abalanzado sobre él.
Le hice tres cortes en el cuero cabelludo, pequeñitos, por supuesto. Sólo para demostrarle lo que podía ocurrir si me lo tomaba en serio. Se escabulló e hizo el ademán de darme un puñetazo. Sólo el ademán, y después colocó con lentitud las manos en los costados.
Porque la cuchilla descansaba contra su nuez preparada para arrancársela si hacía un movimiento equivocado.
—Eres rápido, chico —dijo con voz ronca—. Puñeteramente rápido.
—Y malo —contesté—. Rápido y malo.
—Y malo. Retiro lo que he dicho de tu madre.
—Yo retiro lo que he dicho de la tuya.
Nos sonreímos. Guardé la cuchilla y nos estrechamos las manos.
Su nombre era Dan, Doozy, Rafer. Me confesó que cuando yo aparecí en el lavabo él estaba muy furioso porque Velie se lo había hecho pasar muy mal.
—He tratado de reunir un grupo: le llamo el CEN. El Club de Estudiantes Negros. Chuleta Veil,[3] sostiene que he estado apretando demasiado a algunos chicos para que se unan al club.
—¿Y de qué va ese club? —pregunté—. ¿La mierda de los estudios sobre cultura negra? ¿Cómo aprender suajili mientras duermes?
—¡No lo llames mierda, tío! No hay nada de malo en aprender suajili.
—Para los palurdos, no —asentí—. Todo ese rollo de la cultura negra es para los palurdos. Nadie puede objetar nada en contra y resulta una buena tapadera. Pero no es eso lo que queremos. Sólo se trata de un medio para lograr un fin. Hablamos de la revolución a los palurdos, el grupo de negros buenos, y se mean en los pantalones y el blanquito busca los gases lacrimógenos. Pero llámalo revolución cultural, y ésa sí vale. ¿A quién le importa que un montón de negritos se junten para tocar los tambores y para hacer máscaras africanas? Es más barato que el béisbol y puñeteramente más divertido.
Se rascó la cabeza, mirando al suelo, pensativo.
—Sigue hablando, tío. No digo que esté de acuerdo, pero tampoco digo que no lo esté.
—Está bien —continué—. El rollo de los estudios de cultura negra es sólo un cebo. Un motivo para tener un club de estudiantes negros. Lo usamos para conseguir lo que queremos en realidad. ¿Y qué es lo que queremos? ¡Lo mejor, por Dios, lo mejor! Que es otra forma de decir que queremos lo que el blanquito tiene. Y la única forma de conseguirlo es ir a por el «blanquito» primero. Eso es todo, Doozy. —Le di unas palmaditas en el pecho—. Yo pienso que con quien hay que empezar es con el hermano Velie.
—No digo que no, Al. —Soltó una suave y fea risita—. A eso sí que no te digo que no. Velie también te lo ha hecho pasar mal, ¿verdad?
—Sólo me hizo rebotar por todo el despacho, eso ha sido todo. Trató de que reconociera que le había robado su pluma.
—¿Sí? —Sus ojos se estrecharon ligeramente—. ¿Tenía razón?
—¿Qué diferencia hay?
—Hay mucha diferencia, joder —dijo fríamente—. Nos perjudica, perjudica a todo el que tenga la piel negra. Cada vez que uno de nosotros roba algo, o hace el vago en un trabajo o se emborracha o... o nuestras mujeres se acuestan con cualquiera, todos somos los perjudicados. La gente dice: «Negro tenía que ser». Dicen: «Así son las negras». Nos... Nos...
—Para. Corta el rollo. Yo no había robado su maldita pluma.
—Tengo una hermana pequeña, una cría todavía, que ya mueve el culo ante cualquier cosa que se menea, sacando las tetas delante de ellos y prácticamente dejando que le olfateen sus partes. Y te digo, Al, te digo lo mismo que a ella.
Me dijo que la mataría si la pescaba con alguno. Que le arrancaría la cabeza a cualquier negro que deshonrara su raza. Una mirada casi demente apareció en sus ojos mientras hablaba, y su voz temblaba, como si se atragantara. Por fin logré que se calmara y que me escuchara.
—Este club tuyo, Doozy. Cuéntame cosas. ¿A cuántos tíos tienes inscritos ya?
—Bueno..., estoy yo, por supuesto, y quizás otros cuatro. Cuatro con los que realmente puedo contar.
—¿Hasta dónde puedes contar con ellos?
—Bueno, es un poco al revés —se rió—, pero da el mismo resultado. Saben que pueden contar con que les reventaría el culo si no hacen lo que les mando. Quiero decir, que tienen mucho miedo de desobedecerme. ¿Entiendes? Se hace lo que yo digo y punto.
—Cuatro bastan —dije—. Es suficiente.
Pero en realidad no lo era. No para mí. Odio a todos esos bastardos del Poder Negro. Hubiera deseado que fueran cuatro millones para hundirlos a todos en su propia mierda. Y ésa era mi intención con respecto a Doozy y su grupo.
—El viejo Velie... —dudó—. Estoy de acuerdo en ir a por él, pero es un pez bastante gordo para empezar. Quizá deberíamos comenzar con otro y, de alguna forma, llegar hasta él, ¿sí?
—No. Velie es el más importante. La autoridad. Tienes que destruir la autoridad antes de destruir cualquier otra cosa.
Se rascó la cabeza y me preguntó por qué. Le contesté que por el amor de Dios. Que si no podía comprender algo tan sencillo como eso, era inútil que siguiera hablando con él.
—¿No lees nada? ¿Mao o Marx o el Che?, ¿a nadie en absoluto?, ¿tampoco la prensa? El decano de una universidad o el director de un instituto es siempre el primero que hay que desacreditar. Siempre los hombres importantes. ¡Tiene que ser de esa manera! No se mata a una serpiente pisándole la cola. ¡Le cortas la cabeza! Pero, por Dios...
—Ya veo —me interrumpió con humildad—. Ya veo lo que quieres decir, Al. Bueno, ¿y cómo hacemos eso con Velie?
Le expliqué cómo. La verdad es que pareció sorprendido.
Se apartó un poco de mí.
—Eso es rastrero, Al. A mí, me señalas a alguien a quien deba sacarle los sesos, y lo hago. Pero eso... Lo que estás sugiriendo...
—¿Sí?
—Bueno, no me gusta. No..., bueno, ¡no está bien!
Lo miré.
Me reí en su cara.
—Adiós —dije—. Adiós, hermano.
Me volví y me dirigí hacia la puerta.
—Espera —dijo—. ¡Espera un momento, Al!
—¿Y bien? —Le miré—. ¿Y bien, Doozy?
—Bueno... No he dicho que no lo haría... Es que, por un momento, me cogió de sorpresa.
—¿Y bien? —repetí.
—Bueno, esto, vamos a considerarlo un poco. Hablarlo más.
—Considéralo tú —dije—. Háblalo tú. Contigo mismo. Cuando te hayas decidido, ven a hablar conmigo.
Y salí.
Steve y Liz Hadley se molestaron bastante cuando les dije que había cambiado de planes. En particular Liz. No se creyó el rollo de que necesitaba ver a Josie para hablar acerca de mi horario; al menos no se lo tragó del todo. Y dijo que a ella y a Steve no les importaría esperarme hasta que hubiera terminado con Josie. Contesté que no podía permitírselo. Después de todo, ellos tendrían otras cosas que hacer. Liz dijo que no tenía que permitirles nada, que la decisión era suya. Y que no tenían nada más que hacer.
—Bien, pues yo sí tengo algo más que hacer —dije—. Cuando haya terminado con Josie, tendré que irme corriendo a casa. Mi madre sale temprano del trabajo esta noche, y espera que yo tenga la cena preparada.
—Oh —repuso malhumorada, haciendo un pequeño movimiento con la cabeza—. Bien, en ese caso, por supuesto...
—Oye —añadí—, ¿por qué no venís a cenar con nosotros una de estas noches?
Se quedó boquiabierta. Su rostro se iluminó como si el sol hubiera salido para ella.
—Bueno... Bien, ¡nos gustaría mucho! Estaríamos encantados, ¿no, Steve? Yo..., esto..., ¿seguro que le parecerá bien a tu madre, Allen?
—¿Parecerle bien? —respondí—. ¿Por qué no tendría que parecerle bien?
—Bueno, esto..., ya sabes. Quiero decir, bueno...
—¿Porque sois negros? ¿Y yo qué es lo que te parezco?
—Bueno —dijo riendo—. Mientras estés seguro. ¿Qué noche quieres que vayamos?
Steve frunció el ceño y le dio un pequeño codazo.
—¡Por el amor de Dios, Liz, si acaban de mudarse!
—Le pondremos fecha en los próximos días —dije—. Tan pronto como estemos instalados del todo. Más adelante nos gustaría que también tus padres vinieran una noche. Aunque, por supuesto, mi madre se pondrá en contacto con ellos sobre eso.
Una expresión ceñuda apareció en sus rostros con la mención de su madre, y Steve comentó que ella casi nunca iba a ningún sitio.
—De cualquier forma, no encajaría —añadió Liz—. Pero sé que a papá le encantaría ir. Oh, ¿crees que tu madre le llamará pronto, Allen?
—¡Liz! —Steve puso los ojos en blanco—. ¡Por favor!
—Oh, está bien —rió Liz—. Hasta mañana, Allen.
Cuando se alejaban por el vestíbulo, la llamé diciendo que quería hablar un momento con ella, a solas. Liz volvió junto a mí y Steve se marchó solo.
—Sobre mañana —le dije—, cuando vayamos a tu casa, ¿podrás deshacerte de Steve durante un rato?
—Durante un... ¿cómo de largo? —Frunció el ceño—. ¿Y por qué tengo que deshacerme de él?
Dije que lo bastante largo como para hacerlo, y ella sabía a lo que me refería tan bien como yo. En cuanto a lo de deshacerse de Steve, yo sólo pensaba que sería mejor hacerlo sin público.
Me miró a los ojos y habló muy lentamente.
—No sé a qué te refieres, Allen. Y creo que tampoco quiero saberlo.
—Pregúntale a Steve —dije—. Él lo sabrá.
—Sí y él... ¡él te dará un puñetazo en la nariz también!
—¿Por qué? Creía que no sabías de lo que estaba hablando.
Le hice un guiño y ella se dio media vuelta para irse. Empezó a caminar, envarada, por el vestíbulo. Después de dar seis pasos, cada uno un poco más lento que el anterior, se detuvo y me miró por encima del hombro. Entonces volvió hacia mí con los hombros caídos y la mirada baja.
Empezó a hablar entre dientes, un murmullo ronco y tartamudeante. Me dio una medio explicación, una súplica, medio llorando: yo les gustaba, a ella y a Steve. Les caía muy bien. Mi madre y yo éramos el tipo de gente que deseaban conocer, la clase de personas con las que a su padre le gustaría que tratasen. Por supuesto, mi madre era blanca y hermosa; pero su padre era un médico, y la mayoría de sus pacientes eran blancos. Él apenas aceptaba pacientes negros, a no ser que fueran de clase muy alta; así que..., así que... Bueno, eso más o menos nivelaba las cosas, ¿no? Éramos bastante iguales, aunque mi madre fuese blanca y hermosa.
—Mira —dije—. ¿Adónde diablos quieres llegar? No me importa charlar un poco para conseguir echar un polvo, pero ahora te estás pasando un huevo.
Empezó a llorar, pero en silencio, cuidadosamente, para no llamar la atención de ninguno de los otros chicos o de los profesores que pasaban.
—Sa... sa... sabes, Allen, somos diferentes. No somos como los otros, sabes..., ¿los otros? Nosotros...
—¿Quieres decir que no somos negros? —dije—. ¿Entonces qué coño crees que somos?
—¡Oh, Allen!
—¡Escucha! Puedes usar blanqueador para la piel hasta que los huesos se te vuelvan amarillos y dejarte crecer el pelo hasta que te llegue al culo. Pero seguirás siendo una negra. Eres mucho más guapa y estás más buena que la mayoría, pero eres negra. Y eso significa que eres una tía fácil. Te tiras a cualquiera, y no me digas que no.
—¡Pero, no lo hago! —Un sollozo apagado recorrió su cuerpo—. ¡Nunca lo he hecho! De ve... De veras... Yo nunca...
—¡Joder! —exclamé—. ¿Qué coño creías que íbamos a hacer a tu casa?
—Bu... bueno. Pensé que podríamos ha... hablar. Y... y quizá tomar algo. Unas... Unas patatas fritas y Coca-Cola y...
La interrumpí para decirle que ella y yo tomaríamos una Coca-Cola. Una caliente. Sacude Coca-Cola caliente y se convierte en una ducha de primera clase.
—Y en lugar de comer patatas fritas, yo me comeré tu patata. Sólo un pequeño cambio de planes, ¿ves? Casi lo mismo que querías hacer. De manera que o eso, o tu hermano y tú desparecéis de mi vista para siempre.
Se mordió el labio, retorciéndose.
—Allen, ¿no podías esperar para pedírmelo? Qui... quiero decir, aquí en público, antes de haberme cogido la mano o de haberme besado, yo... yo...
—Haré todo eso mañana —prometí—, y te daré cachetes en el culo y te tocaré las tetas y todo lo demás. Pero ahora quiero una respuesta. Sí o no. Sólo mueve la cabeza si no quieres hablar.
Hubo más rodeos, más evasivas y lloriqueos. Pero, por último, asintió. Le dije que nunca lamentaría esa decisión. Estaría, al fin, en el camino que una negra tenía que seguir y, en pocos meses, sería algo innato en ella.
—No sólo eso, sino que te ayudará a ejercitar tu «yasabesqué», además de abrirte los ojos y estirarte los muslos.
—¡Oooh, Allen! —gimió.
—¡Oooh, joder! —exclamé—, y cuatro son ocho.
Entonces, ya que parecía incapaz de moverse, la hice volverse y le di un suave empujón. La contemplé alejarse por el pasillo. Cuando me aseguré de que seguiría moviéndose, salí y me senté en las escaleras de la entrada, a esperar a Josie Blair, ya que le quedaban algunas cosas por hacer en el despacho de Velie.
Sí, siendo un ser humano, o un razonable facsímil de uno, yo tenía serias dudas sobre mi conducta de aquel día y los muchos, muchos días que lo habían precedido. Dudas momentáneas y recriminaciones y, por supuesto, muchas, muchas y muy asquerosas racionalizaciones.
¿Juzgar a la gente? ¿Ser imparcial en mis juicios? ¡Despojo de búho! ¡Caca de perro salvaje!
Por supuesto que juzgo a las personas. Y siendo imparcial, considero que son culpables, y mi sentencia es colgarles por los huevos hasta que se les pongan rojos (o de algún otro color alegre). Todos son culpables, todos somos culpables. Venimos al mundo llenos de mierda pecadora, y tenemos que sacárnosla de dentro antes de que podamos subir a la gloria. (Lo pone así en el Libro Santo. El Señó e un viejo cansao, con toas las penas sobre su epalda, y seguro que no pue etá subiendo a la mierda y a lo pecadore toos al sielo.)
¿Compasión? ¿Lástima? ¡Mierda de caballo! ¡Cagada de serpiente!
Nadie siente esas emociones porque son inexistentes. Puede creer que las siente, como me había ocurrido a mí con los Hadley por un instante. Pero ni siquiera son sombras de sustancia, apenas sombras de una sombra. Falsedad, sucedáneos, y, creedme, nunca son duraderas. Siempre hay alguien como Velie para devolverte el sentido común de un puñetazo.
Es un hecho científico, repetidamente demostrado, que todos nacemos con un grifo en el estómago. Cuando creemos que amamos, estamos padeciendo un ataque de «ansias de follar», que es el término médico para definir que te apetece pillar y no sabes cómo hacerlo, y hace que el grifo gotee ácido en el duodeno. La más rápida y segura panacea para este malestar es un retrete privado, la página central del Playboy y darle una paliza, en sentido figurativo, al pene.
Otro hecho científico, repetidamente demostrado, es que nuestras cabezas están bastante vacías excepto por el martillo de un herrero. Cuando creemos sentir odio, lo que en realidad sufrimos es un ataque de «jodejefitis», o de ganas de joder a tus superiores, y eso hace que el citado martillo empiece a golpear en nuestro cráneo a lo bestia. Hay varias formas de tratar esta enfermedad, solas o combinadas, dependiendo de la gravedad del ataque: (A) mearte en la bebida del jefe en la próxima fiesta de la oficina; (B) darle a su mujercita un poquito de eso que las mujercitas necesitan más; (C) encerrar al hijo de puta en su caja de caudales y largarte a Brasil con su contenido original.
Pero llevando adelante las racionalizaciones sobre mi conducta:
¿Venganza? ¿Ansias de cobrármelas? ¡Meada de puma! ¡Meados de ornitorrinco!
No odio a nadie lo suficiente. No amo a nadie lo suficiente. Lo que resulta ser la misma puñetera cosa.
El hecho es, y era, que yo era, y soy, como soy, y era, porque era, y soy, un hijo de puta, no adulterado, 0,999 por ciento de calidad, de 24 quilates, probado a 180, cien por cien puro. El único en la historia de ficción de la que la vida está copiada.
Todos los otros llamados hijos de puta de otras razas y de la mía son simples copias, y sus putadas tienen una motivación, que es otra forma de decir que hay una razón para excusarles por ello. Y calificar el término «h.d.p.» con una razón es cometer una traición semántica.
Todas las psicosis y las neurosis, todas las motivaciones de las putadas, tienen sus raíces en el sexo, si creyésemos a Freud. Y Freud está bien, incluso para un seguidor de Jung como yo. Así pues, el hijo de puta blanco (o pseudo-hijo de puta) tiene tantas motivaciones como el número total de personas de todas las razas juntas, porque las ha jodido a todas. Miremos donde miremos, vemos el resultado de sus polvos: los bosques y los campos arrasados por sus indiscriminadas corridas, la apestosa polución de sus suspiros y jadeos, los ríos y los lagos obstruidos y envenenados con su semen cabreado. Esta continua copulación ha agrandado tanto su polla que ya no puede metérsela al mundo, y el hombre tiene que ir a la luna. Y cuando uno necesita follar en la luna o pasarse sin ello, se convierte en el favorito para ganarse el título de hijo de puta. Por supuesto, tiene motivaciones (o cualificaciones) menores como ser interceptado antes de que llegue a su destino o despedido con una meada, cosa que está ahora tratando de hacer aceptable al paladar, puesto que no hay nada más que beber. Pero el sexo se encuentra en el fondo de su problema. (Que pronto será el problema de fondo del hombre en la luna. ¡Aún no ha visto ni la mitad!)
Las dificultades del hombre negro, no hace falta decirlo, también tienen que ver con el sexo. O, para decirlo de otra forma, el amor a su raíz es la raíz de su mal.
Todos los negros son neurocirujanos. Es el único trabajo que saben hacer. A menudo trabajan todo el tiempo, masajeando la médula oblongata, astillando el cerebro y el cerebelo, fustigando y rajando los lóbulos frontales. Por supuesto que todo este trabajo de altura confunde al negro, sí, incluso en los más primordiales hechos de la anatomía elemental. Así que, cuando por fin se retira a su casa, para cabalgar sobre su esposa, trata de penetrarla por la oreja, en lugar de por el sitio adecuado, que está en cualquier sitio menos cerca de la oreja. Y justo en ese momento, la mierda entra en la centrifugadora. Tiene que hacer que alguien pague por ello, y le arden los huevos, en sentido figurativo, por supuesto, pero no por ello menos espantoso.
En su entorno natural, el gueto, en lugar de un apartamento triplex en Park Avenue, dedicado a la vocación que un sabio destino dispuso para él —limpiar letrinas—, hubiera podido vivir en paz sus días, trayendo al mundo un par de docenas de raquíticos mocosos para que fueran mordidos por las ratas. Pero ¡que pena! La bestia, la Civilización, le ha convertido en un neurocirujano, con los horribles resultados ya explicados. Su vida sexual está irremediablemente jodida, y él siempre está jodido, con lo cual ha terminado convirtiéndose en un hijo de puta.
En cuanto al piel roja, el hijo de puta, y cómo se volvió de esa manera, aquí, ateniéndonos a los preceptos del Padre Freud, tenemos otra nueva historia de culos. Una historia simple pero amarga. El piel roja cambió Isla de Fuego por el aguardiente, y ahora cuando la gente dice: «Oh, pobre indio», no bromea. Permanece sin poder hacer nada en la orilla, mientras observa con envidia cómo retoza un grupo de gays en la distancia, siempre sin el dinero para pagar el billete del transbordador e ir a visitar a los maricas, los compañeros de juegos naturales para un tipo que inventó los cosméticos para hombres y que siempre está en pelotas dispuesto a la acción.
El hijo de puta de la raza amarilla viene al mundo como todos venimos, con una diferencia vital. Viene al mundo transversalmente, ya que ésa es la posición en la cual la Puerta hacia la Vida (para emplear un eufemismo) ha sido colocada en su madre, y en todas las mujeres amarillas. No necesito abundar sobre este hecho, ya que es algo conocido por cualquier colegial.
Creo que la mayoría de nosotros estará de acuerdo en que si la rama está torcida, así crecerá el árbol, y un crío nacido transversalmente, evidentemente, está torcido de cojones. No quisiera decir que le ha tocado la china, puesto que uno nunca debe hacer juegos de palabras con las razas. También es una especie de calumnia utilizar la palabra «china», cuando lo correcto es «de raza asiática». Digamos simplemente que este rollito de primavera bastardo está jodido desde el principio. Y eso a pesar de que no fue concebido follando.
Quiero decir, no pudo serlo. Su potencial papá se ve forzado a acostarse transversalmente encima de su potencial mamá, en una posición que deja los tobillos del papá colgando fuera de la cama por un lado mientras su cabeza cuelga por el otro. De manera que, muy pronto, las piernas empiezan a dolerle horriblemente y sus ansiosas manos buscan inútilmente una teta o un muslo que acariciar, lo cual lleva a que inevitablemente acabe agarrando y volcando el omnipresente orinal. Entretanto su mujer no tiene ninguna mejilla apretada contra la suya, ninguna lengua que le haga cosquillas ni ninguna vista que estimule sus entrañas. Su única visión es la del oxidado culo de su marido. Y en lugar de oír frases tiernas, recibe exabruptos como «¡Oh, mis doloridos tobillos!» y «¡Tendrías que ver cómo he dejado la alfombra!».
Al final consiguen establecer una especie de conexión, pero no puede llamársele un verdadero polvo. El hombre se ha corrido encima y la mujer se ha dado por vencida y se ha dormido. China es el único país del mundo donde las recompensas son ofrecidas a los violadores en lugar de darlas por ellos.
Bien, no es de extrañar que la semilla engendrada por la copulación asiática esté amargada desde el principio. No es de extrañar que las primeras palabras de un bebé amarillo sean: «¡Oy, vey!», que traducidas literalmente significan: «¡Oh, mierda!». Y por esto es por lo que estamos en Vietnam.
6
Estaba sentado en los escalones de la entrada, esperando a Josie. Después de unos cuarenta minutos, salió un momento a la puerta para disculparse por el retraso y para decirme que estaba a punto de terminar.
Le dije que no había prisa, que aprovecharía para hacer un par de compras en la tienda que había al otro lado de la calle.
—Son regalos para mi madre. Por la inauguración del piso.
—Eso está muy bien —asintió—. ¿No tardarás mucho haciendo que te los envuelvan para regalo y todo eso? Se me ha hecho tan tarde que tendré que darme prisa para volver a casa y...
—No tardaré más de cinco minutos —dije. Y no los tardé.
Ella terminó de trabajar enseguida. Cruzamos la calle, hacia la orilla del río, porque ella pensaba que era más agradable caminar por allí. Entonces se acordó de los regalos y me preguntó qué le había comprado a mi madre.
—Adivina —repuse—. Seguro que no te lo imaginas.
—Bien... Debes de llevarlos en el bolsillo, así que han de ser pequeños. Ah... ¡Ya lo sé! Un lápiz de labios y polvos compactos.
—No, ni siquiera te acercas.
—A ver... ¿Un encendedor? Un encendedor y un...
—No.
—¿Ceniceros? ¿Una bandejita de dulces? Un cenicero y un...
—No.
—Está bien. Me rindo. Dímelo.
—Bien, uno de los regalos es un destornillador pequeño...
—¿Un destor...? ¡Oh! —exclamó—. Está bien. Las herramientas son muy útiles en un apartamento nuevo.
Le expliqué que éste sería muy útil de inmediato, ya que iba a utilizarlo en cierto pomo de puerta antes de que mi madre llegara a casa.
—En concreto es para el pomo de la puerta del cuarto de baño, y perdona la expresión.
—Estoy segura de que tu madre te lo agradecerá —dijo con gran seriedad—. Un pomo suelto puede resultar embarazoso, cuando menos.
—Oh, aún no está suelto —expliqué—. Voy a aflojarlo. De forma que se salga con facilidad cuando alguien intente girarlo.
—¿Que se salga? Pero... —Hizo una pausa y me miró con el ceño fruncido—. ¿Pero para qué quieres que se salga?
No le contesté. Estaba demasiado absorto mirándola, bebiéndomela como un hombre sediento se bebería el agua. En ella, el color negro sí que era hermoso. O mejor debería decir, el marrón claro. Su tipo de marrón claro. No tenía el culo ni las tetas de Liz Hadley, pero no le hacían falta. Lo que tenía era perfecto para ella, y era hermoso.
Me sacudí, desentendiéndome de mis pensamientos. Dios, ¿qué me importaba a mí si era hermosa o no?
Unos pocos años más y estaría viviendo en un tríplex en Park Avenue, con su marido escabulléndose entre operación neurológica y operación neurológica para ir a casa y metérsela por la oreja.
—Y bien —preguntó—. ¿Por qué quieres hacer eso?
—Tiene que ver con el segundo regalo —dije—. Un frasco de... —Me interrumpí, moviendo la cabeza. Por algún motivo, no quería explicarle que el llamado «regalo» era un laxante de efecto rápido que tenía la intención de administrarle a mi madre con la cena.
—No importa —dije—. Hay algo que quiero preguntarte. La pluma que le devolviste al señor Velie, ¿era suya?
—Pero... qué... ¡Por supuesto que sí! ¿De quién iba a ser si no?
Me encogí de hombros. Le dije que había una posibilidad de que fuese de ella. Después de todo, las plumas negras con un aro dorado no eran precisamente raras.
—Pensé que quizás habías oído que yo estaba pasando un mal rato y decidiste quitarme el muerto de encima.
—Pues no. —Frunció el ceño, dudando—. Pero si crees que no era su pluma, eso significa que debes de haberla...
—¿Robado? Qué va. Podría haber otra explicación. Pero dejémoslo. Hay algo más que quiero preguntarte.
—¿Sí?
—¿Has oído a los profesores comentar algo sobre mí? ¿Como qué tal estudiante soy?
—¿Quieres decir si he oído algo malo? —Rió deliciosamente, con un destello de sus blancos dientes y la sonrosada boca formando una encantadora curva—. No he oído nada interesante. Pero sí escuché por casualidad un pequeño...
—¿Y bien?
—¿De veras quieres que te lo diga? —preguntó con guasa, los ojos brillantes—. ¿En serio quieres que te lo diga?
Le contesté que sí, y ella me replicó que primero tenía que pedírselo por favor, a lo que le contesté que ¡por amor de Dios! Olvídalo.
—Ooh, pooor amooor de Dioooos —se burló, alargando la expresión de su cara—. Lo poco que oí resultaba muy halagador. Que eres un estudiante brillante, casi un genio.
—Y una mierda, casi —dije—. Soy un genio según los tests de inteligencia.
—¿Y cómo te salió el de la modestia? —ironizó. Entonces añadió con seriedad—: Me alegro por ti, Allen. Me gusta juntarme con gente inteligente.
—Bueno, no tiene demasiado mérito —repuse—. Aprendí la mayor parte de las cosas importantes de la vida sentado en las rodillas de mi madre.
—Veamos —dijo Josie—. Creo que he de contestar que tu madre debe de ser una persona muy lista, a lo que tú responderás que no, pero que llevaba faldas muy cortas, ¿verdad?
Me reí. Nos reímos. Le pregunté qué había aprendido sentada en las rodillas de su madre y su expresión cambió.
—Mi madre está muerta, Allen. Murió cuando yo era pequeña.
—Lo siento. Si te pareces a ella, debió de ser muy hermosa.
—Gracias. Lo fue, a juzgar por sus fotos, pero yo la recuerdo sólo como una inválida. Alguien que se fue extinguiendo lentamente y finalmente murió agónicamente.
Encontré su mano y la tomé en la mía. Anduvimos a lo largo del camino de carbonilla que había junto al río, con las manos entrelazadas. Y yo me abstuve de manifestar la simple verdad: todos nos vamos extinguiendo lentamente, nos vamos muriendo agónicamente. Y yo mismo estaba bien avanzado en ese proceso. Pero en lugar de decirlo permanecí en silencio. Había paz allí, y algo tan poco frecuente como la paz no debía ser turbado.
El río permanecía increíblemente tranquilo a esa hora del día, porque las mareas del océano que le prestaban movimiento en una u otra dirección en otros momentos también estaban tranquilas. Ésa era la verdadera razón, pero podía inventarme otra. La quietud del río era indecisión, una pausa mientras decidía si se daba una vuelta por Manhattan o si terminaba su día y se apresuraba hacia el mar.
A aquella hora no era un río, sino un lago. Plateado y silencioso. Un bello espejo para el cielo y los árboles y el puente levadizo de cuento de hadas sobre Hell Gate. Los días secos y amarillos habían llegado, pero los pájaros aún cantaban y, pronto, en cualquier momento, el cubierto brazo del destino rompería la superficie del agua, alzando la espada Excalibur para que el rey la cogiera. Y a través de la Tierra, todas las demás armas serían depuestas, y el hermano cesaría de matar al hermano, blanco, rojo, amarillo y negro. Y el amor reinaría para siempre.
—... Hermoso, Allen. Eso ha sido realmente hermoso. ¿Podrías escribírmelo?
—¿Qué? —dije—. ¿De qué me hablas?
—De eso que acabas de decir. Pues...
—Olvídalo —repuse—. ¿Velie te hace trabajar por las noches?
—Pero... —Me miró con el ceño fruncido, con curiosidad—. Bueno, a veces tengo que volver después de cenar. Una o dos noches a la semana, de vez en cuando.
—Conocí a un tipo que hacía trabajar a su secretaria toda la noche. En caso de que surgiera algo, ella se encargaba.
—Te dejaré aquí —dijo suavemente—. Vivo en ese edificio al otro lado de la calle.
Era una casa de tres plantas, con ladrillos como un tapiz, mucho mejor que los que había visto por la zona, excepto el complejo de apartamentos donde vivíamos mi madre y yo. No vi viviendas con sótano, a pesar de que los Hadley me habían dicho que Josie y su padre vivían en uno.
—Me dejaré caer por el instituto a visitarte una de estas noches —dije—. A ver cómo Velie y tú os enrolláis.
—No te dejarán entrar en el edificio después de las clases. No se permite la entrada a nadie.
—Excepto a ti y a Velie —dije—. ¿Te lo hace de pie o te hace plantar el culo sobre la mesa?
—¿Cómo? ¡Eres un cerdo! Déjame que te diga algo, señor Allen Smith. ¡Si alguna vez hago algo semejante, será con el hombre con quien me case! Y otra cosa: ¡jamás volveré a hablarte mientras viva y... y... debería darte una bofetada!
—¿Por qué no haces que tu viejo me pegue con la fregona? —repuse—. ¿Está demasiado ocupado limpiando las letrinas?
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—Papi Blair, el guardián de la mierda —dije—. ¡Dios, guardián! Ten la seguridad de que un negro siempre inventa un bonito nombre para hablar de fregar la mierda.
Me dio una bofetada. Tan fuerte que los oídos me zumbaron y los ojos casi se me cegaron por las lágrimas.
Apagada, débilmente, podía oír cómo me insultaba. ¿Qué me había hecho creer que su padre era un conserje? ¿Quién me había dicho que lo era? ¿Qué pensaba yo... yo...?
Su voz se alzaba y se desvanecía con el zumbido de mis oídos. Entonces, de repente, el ruido desapareció, y mi ceguera lacrimosa con él. Apareció un tono de disculpa desganado en su voz, aunque su expresión era furiosa pero contrita.
—... Supongo que yo tengo la culpa. En parte al menos. Nunca he invitado a nadie al apartamento, ni he hablado sobre mí misma, ni... ni... No creía que le importara a nadie, sólo a mí; y una vez que empiezas a dar explicaciones, tienes que seguir dándolas. Así que, de cualquier manera, eso hubiera sido suficiente con críos como los Had-ley. Lo que no saben, lo inventan o lo imaginan. Te iba a decir la verdad en su momento, e incluso te di una pequeña pista esta mañana. Teníamos algo en común, algo, y creía que lo comprenderías. Quiero decir, con tu padre y tu madre, ambos...
De repente se interrumpió, mirando por encima de mí. Los ojos agrandados por el terror, con la boca abierta para gritar.
—¡No! ¡No, no, no! ¡Papá!
Ni siquiera tuve la oportunidad de volverme. Él me hizo girar con una mano mientras echaba la otra hacia atrás para golpearme.
Un tipo grande. En realidad no era tan grande como compacto. Un tipo con todo el aspecto de ser enorme. Llevaba un sombrero gris de ala ancha. El traje era oscuro, sin color, de cualquier color, la chaqueta cortada de forma que pudiera acomodar la pistolera debajo. La pistola que sabías que estaba debajo.
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