Читать книгу: «La condena de las élites»

Шрифт:

La condena de las élites

Javier Vasserot


Título original: La condena de las élites


Primera edición: Noviembre 2021

© 2021 Editorial Kolima, Madrid

www.editorialkolima.com


Autor: Javier Vasserot

Dirección editorial: Marta Prieto Asirón

Maquetación de cubierta: Sergio Santos

Maquetación: Carolina Hernández Alarcón


ISBN: 978-84-18811-48-7

Impreso en España


No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

A Diego y Antonio.


A Javier Fernández Aguado, por su ayuda y ejemplo.

14. Comienza la cuenta atrás


No acababa de salir del Getsemaní cuando un zumbido sacudió el bolsillo de su pantalón.

Normal. Justo recuperaba la cobertura del teléfono móvil.

Lo sacó y vio un mensaje de un remitente desconocido:


«Bernardo,No nos conocemos. Soy Abraham Montañés, de Rapid Consulting, la consultora líder del mercado nacional. Me gustaría verte el próximo martes. Tengo una propuesta que hacerte».


Guardó el móvil de nuevo en el bolsillo. Una sonrisa se dibujaba en su rostro.

Tras muchos meses de progresivo derrumbamiento de su vida, un halo de luz iluminaba su futuro. Había sido ya demasiado el tiempo en que cada noticia era peor que la anterior, provocando un desgaste que había ido laminando poco a poco su capacidad de resistencia. La suya y la de los que lo rodeaban. En especial la de María. Pero ahora las cosas iban a cambiar. Definitivamente. De eso estaba seguro.

El ser humano es así de voluble. Un signo esperanzador en medio de un mar oscuro podía convertirse en la señal inequívoca de un cambio de ciclo. En esas ocasiones se juntan el deseo con la necesidad y se activan los mecanismos positivos del organismo, que anhela salir adelante. Y funciona. No de la misma manera para todas las personas, pero funciona. Y, sin duda, lo hacía para Bernardo. No tan solo porque comenzara a resultarle urgente librarse de la ansiedad que se estaba adueñando de él, sino porque el panorama que se le abría con ese mensaje pintaba realmente bien.

Bernardo llevaba más de quince años dedicado a la abogacía de los negocios «de élite», un sector en el que lo había logrado prácticamente todo, lo bueno y lo no tan bueno. Desde conseguir ser uno de los abogados más jóvenes, sino el que más, en llegar a ser nombrado socio de un gran despacho, hasta dirigir una firma internacional que, sin embargo, pocos meses atrás se había derrumbado ante sus ojos sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Tras su despido, llevaba muchas semanas ya, incluso meses, hundiéndose de forma cada vez más profunda en una espiral negativa que le había hecho, por primera vez en su vida, perder por completo la confianza en sí mismo. Dudaba de su juicio. Se sentía inútil, culpable incluso. No sabía por dónde tirar, ni hacia dónde dirigirse.

Era difícil. Tras tantos vaivenes, iba a ser muy complicado para él encontrar acomodo en un nuevo bufete. Contaba ya con seis a sus espaldas y el mercado de la Gran Capital de la Nación no era infinito. Por eso, la llamada de Rapid Consulting constituía una oportunidad magnífica. Había que cambiar de tercio. Era preciso oxigenarse, salir del circuito de la abogacía profesional, que tanto le había dado pero que tanto le había hecho sufrir. Por añadidura, a los de Rapid Consulting los conocía de maravilla. Habían coincidido en varias operaciones. Y, por si fuera poco, era Abraham Montañés, nada más y nada menos que el responsable máximo de la multinacional consultora en la Nación, el que lo abordaba de forma directa, sin intermediarios. Realmente la cosa pintaba muy bien.

Estaba deseando contestar el mensaje, pero se contuvo. No quería hacerlo de golpe, sin haber pensado a conciencia tanto lo que quería decir como el tono más adecuado a emplear. No se podía permitir equivocaciones. Así que volvió caminando a casa mientras aprovechaba el trayecto para ordenar sus pensamientos. Entró raudo en su domicilio y allí lo recibió su mujer, tratando de aparentar despreocupación para no atribular aún más a su marido, aunque angustiada ella misma por dentro a causa de la situación profesional en la que llevaba meses atrapado y para la que parecía no poder encontrar salida.

–¿Qué tal? –inquirió ella con la voz más dulce de la que era capaz–. ¿Cómo están Daniel y Davinia?

María sabía que Bernardo venía de ver a sus amigos más cercanos, aquellos en los que de verdad confiaba y a los que más necesitaba en un momento tan duro.

–Bien, bien, han estado muy majos. Me han dado una envidia que no veas; todos parecían tan relajados, tan felices...

Se trataba de una reunión de ex-compañeros de trabajo que habían abandonado el circuito de los bufetes top para dedicarse a lo que más les gustaba. ¿Cómo no iban a estar relajados?

–Hasta les he pedido que si alguna vez se me ocurría volver a fichar por un gran despacho me encerrasen en casa por imbécil –continuó Bernardo.

–Ya, eso queda muy bonito de palabra –replicó María–, pero de algo hay que vivir, ¿no? Y tú has sido abogado toda la vida.

María siempre aplicaba su suave toque de cordura.

–Hombre, también estudié Economía. Tengo más opciones –continuó Bernardo, preparando el terreno para la buena noticia que traía.

Sin embargo, no contaba con la sagacidad de María, que le había tomado la matrícula desde el momento en que lo vio entrar por la puerta de casa. Conocía de sobra a su marido tras quince años de casados como para no ser capaz de anticiparse a sus «buenas noticias». Pero le dejó hacer. Era sabedora de que necesitaba disfrutar de ese momento.

–No está mal pensado, aunque aun así es difícil encontrar algo diferente a eso a lo que te has dedicado desde siempre. –Se lo puso en bandeja.

Bernardo entró al trapo de manera inocente.

–¿Te acuerdas de Rapid Consulting? –soltó apresurado, como si las palabras ardieran en su boca.

–Claro que sí; han sido uno de tus mejores clientes desde hace tiempo.

–Pues Abraham Montañés, su socio director, me acaba de mandar un mensaje. Quiere verme el martes que viene porque dice que tiene una propuesta que hacerme –vomitó atropelladamente.

A María le gustó más lo emocionado que estaba que la noticia en sí. ¿Qué significaba en realidad «una propuesta»? Podía ser cualquier cosa. No obstante, no quiso cortarle las alas.

–¡Qué bien, amor! ¡Enhorabuena!

–¡Sí! ¡Gracias! Estoy deseando que llegue el martes. Ya sabes que intentaron ficharme un par de veces en el pasado. Estaría genial si me hicieran una oferta ahora.

–Seguro que sí. Siempre les has encantado –le animó.

Aunque María ponía habitualmente en su justa medida las excesivamente optimistas previsiones de Bernardo, esta vez le dejó saborear esa esperanza que tanto necesitaba. Y era cierto que ya le habían tratado de tentar en el pasado, pero ¿un abogado en una consultora?

Pese a lo incipiente de la oportunidad, Bernardo se sentía, sin verdadero motivo aún, aliviado. Paladeó unos minutos más esa sensación y, tras dar muchas vueltas a las palabras exactas que utilizar, contestó a Abraham.

Por supuesto que allí estaría el martes a las once.


***


La sede de Rapid Consulting ocupaba la práctica totalidad de una de las torres más emblemáticas de la Gran Capital y, casualmente, se encontraba junto a las oficinas que ocupaba Salmons, el último bufete en el que había trabajado Bernardo hasta hacía pocos meses y del que lo habían largado de manera fulminante tras tres años en los que, aparte de ser el socio director de la oficina, había llegado a ser el candidato a CEO global de toda la firma a nivel mundial. Una buena caída libre. Pese al tiempo transcurrido, aún era incapaz de explicarse con claridad qué es lo que había pasado. Conocía a la perfección la sucesión de acontecimientos, las traiciones de los que hasta entonces consideraba amigos, sus propios errores... pero nada de ello impedía que su ocaso permaneciera en una triste nebulosa de hechos, escenas y sentimientos difuminados. Todo eso se le agolpó en el pecho cuando se acercó a las oficinas que habían sido las suyas hasta hacía tan poco. Pasó de largo sin permitirse volver a pensar en ello, autoconvenciéndose de que ese día sería el primero de una nueva vida.

La cita con Abraham iba a tener lugar en la cafetería que estaba situada en la planta baja de la torre, lo que aportaba confidencialidad y una mayor distensión. Sin embargo, esa falta de oficialidad no le acabó de gustar a Bernardo. Él había hecho exactamente lo mismo multitud de veces en el pasado cuando quería tantear a potenciales fichajes sin comprometerse en demasía e intentando no generarles prematuras expectativas.

Llegó antes de la hora prevista, como tenía por costumbre desde hacía años para poder familiarizarse con el entorno y prepararse según la situación. Pese a que se trataba de una entrevista muy importante para él, casi de vida o muerte profesional, no se encontraba nervioso en especial, lo cual era bueno. Sentía más bien el vértigo de la posibilidad de un nuevo reto, y esa sensación se imponía al temor a que de ahí no saliera nada y encontrarse en una delicada situación tras muchos meses de búsqueda infructuosa de un nuevo puesto de trabajo.

En realidad siempre había sido así. No obstante, esa temeridad disfrazada de valentía se le había acentuado tras la montaña rusa de acontecimientos que habían desembocado en su salida de Salmons. Él siempre había utilizado el mismo truco mental, que no era otro que pensar que lo peor que le podía ocurrir sería tener que vender su casa de la Gran Capital e irse a vivir junto con María y los niños a alguna ciudad pequeña de la Nación, dedicándose a cualquier actividad más tranquila. Esa reflexión, esa imagen de falsa libertad de elección, le ayudaba a poner las cosas en su sitio, a no sentir temor por algo que en el fondo no era tan grave. Además, su orgullo ya se encontraba lo suficientemente magullado como para que la vergüenza social fuera un factor a tener en cuenta.

Vio entrar a Abraham. Aunque no lo conocía en persona intuyó con certeza quién era, por lo que se acercó a darle la mano.

–¡Ya estás aquí, Bernardo! ¡Qué puntual!

–Puntualidad británica –se oyó decir Bernardo sin saber muy bien por qué estaba utilizando ese lugar común que tanto detestaba.

Abraham se rio de manera protocolaria mientras le estrechaba con firmeza la mano. De corta estatura pero gran autoestima, propia de quienes se han acostumbrado a mandar desde hace tanto tiempo que el no tener que justificar sus decisiones ya se ha convertido en una rutina, el director de Rapid no era del tipo empático. Él iba a lo suyo y, si encajabas, lo cual solía implicar cierto grado de sumisión, perfecto. Si no aceptabas que la única regla del juego consistía en que tan solo mandaba él, entonces estabas jodido. Bien jodido.

Esto aún no lo había descubierto Bernardo, aunque lo sospechaba. No hacía falta ser un lince. Bastaba con fijarse en cómo pedía su café doble cargado sin mirar siquiera al camarero. En cómo únicamente seguía el hilo de las conversaciones que le interesaban. Y, sobre todo, en cómo se conducía en la reunión, con ese aire de suficiencia propio de los que no cultivan la autocrítica.

Bernardo ya se había encontrado en muchas ocasiones con tipos así en el pasado. No le gustaban. Sin embargo, lo importante ahora era entrar en Rapid y, a partir de ahí, reconstruir su carrera. Además, se trataba de una consultora inmensa. Incluso si acababan por contratarlo, probablemente no volvería a cruzarse nunca más con Abraham.

Para su desgracia, se equivocaba.

–Bueno, Bernardo, te preguntarás por qué te he llamado y qué es lo que quería proponerte.

Pues sí, claro que se lo preguntaba. Por eso había ido a la cita.

Abraham prosiguió tras su retórica introducción.

–Me han dicho muchos colegas de tu profesión que eres un tío brillante, con un par de pelotas –le soltó con voz cascada, típica de los que han vivido mucho.

Bernardo no acababa de verse demasiado reflejado en esa descripción, pero bueno, a estas alturas daba un poco igual, así que le dejó continuar.

–Y, como seguro que sabes, en Rapid llevamos unos cuantos años tratando de desarrollar nuestra pata legal para poder ser capaces de competir con los grandes bufetes de abogados de la Gran Capital.

Bernardo sabía que eso era del todo imposible, pero era absurdo decir nada en ese momento, por lo que asintió a los ojos de Abraham en señal de conformidad.

–Y tú serías un gran fichaje para nosotros en estos momentos –concluyó.

«Caramba, la cosa se pone interesante –pensó Bernardo–. A ver si van a acabar ofreciéndome ser el socio director de la división legal de Rapid. Eso sería la pera».

Era evidente que, pese a su dilatada experiencia en la jungla de los grandes bufetes de abogados, no tenía ni la más remota idea de cómo funcionaban las consultoras, inmensas organizaciones politizadas en las que los nombramientos de relevancia tan solo se hacían tras cumplir con un pormenorizado proceso interno de apariencia democrática. Pero, además, ni la relevancia ni el contenido del puesto de socio director tenían nada que ver con lo que este significaba en los bufetes de abogados. Quizá esa era la principal razón por la cual nunca conseguirían competir con ellos.

En un gran bufete, el socio director era sin duda el líder, la persona con más visión estratégica, por lo general uno de los abogados más brillantes, sino el más, y, casi siempre, el socio con una mejor cartera de clientes, el rainmaker. Vamos, la persona respetada por todos y a la que nadie se atrevía a toser, no por miedo, sino por respeto y, en muchas ocasiones, sincera admiración. En las grandes consultoras, en cambio, el cargo de director del área legal no era más que un «correturno» que recaía religiosamente cada cierto número de años en las espaldas de uno de los socios de la casa que cumpliera con estos dos requisitos: conocer muy bien los entresijos de la firma y no resultar molesto ni peligroso para el que lo nombraba a dedo, que no era otro que el presidente.

Así que era imposible que Abraham pudiera ofrecerle un puesto que, ni existía en realidad, ni estaba en sus manos otorgar. Lo que sí podía era ficharlo como soldado cualificado con tarjeta de socio, porque de esa forma reforzaría la división legal con alguien de reconocida trayectoria en el mundo de las operaciones de M&A, las fusiones y adquisiciones de empresas, y con una gran cartera de clientes, al tiempo que haría crecer su pelotón de acólitos, o eso es lo que él creía. Si sus fieles subalternos prosperaban y traían mucha facturación, ello revertía en un aumento de su poder dentro de la firma de consultoría.

Además, Abraham no era nada tonto e intuía la situación y los problemas que debía estar experimentando Bernardo tras su sonada salida de Salmons. Y es que eso era justo lo que le abría la posibilidad de acceder a un fichaje así. En otras circunstancias Bernardo ni se lo habría planteado. Si ahora conseguía traérselo aprovechando esa situación de debilidad, no solo sería una contratación estelar, sino que le estaría eternamente agradecido por haberle salvado el culo. Y esa es una deuda de las que se cobran de por vida.

Abraham continuó sin esperar respuesta.

–Como sabes, Rapid es el líder nacional en operaciones de M&A.

«Pues no lo sabía –pensó Bernardo–, pero mucho me extraña».

Aun así, asintió de forma educada.

–Acaba de salir en la primera posición de la Nación por número de operaciones asesoradas en el año por cuarta vez consecutiva, como seguramente habrás leído en Prensa Económica Nacional.

Claro que no lo había leído. Tras los palos que le habían dado los periodistas de Prensa Económica Nacional desde que se enteraron de su salida forzosa de Salmons, llevaba semanas sin abrir ese periódico. No obstante, lo que le decía Abraham le encajaba. Si por asesorar se entiende hacer la due diligence, la revisión de los números de la empresa adquirida en la operación, entonces no cabía duda de que podían ser perfectamente los número uno. Ese año y todos los que quisieran, porque esa revisión era un paso insoslayable para poder acometer cualquier inversión, y el mercado de consultoras capaces de hacerlo era muy pequeño y Rapid la más grande de ellas.

–Claro que sí. Enhorabuena –contestó sin gran emoción Bernardo, a quien le podía mucho más su aversión a dorar la píldora que el interés por quedar bien, pese a que fuera lo que más le conviniera hacer en ese momento.

–Por eso hemos decidido aprovechar las sinergias con la pata consultora para llevarnos también la parte legal de las operaciones de M&A. Y para ello necesitamos gente como tú.

«¡Vaya!, al final la propuesta resulta menos interesante de lo que anticipaba», reflexionó Bernardo.

Aun así, lo suficientemente atractiva. Porque la misma idea, aunque formulada de otra manera, llevaba tiempo rondándole la cabeza. Sin embargo, no desde esa posición. A él lo que le habría apetecido, más que acompañar a los consultores para tratar de pescar mandatos legales, hubiera sido ser el responsable de la división legal de Rapid. Esto le habría otorgado la posibilidad de diseñar un plan estratégico que permitiera aprovechar la capacidad multidisciplinar de la empresa y así ofrecer a los clientes un producto diferencial del que ofrecía la competencia. Pero lo importante era poder arrancar, así que estaban condenados a entenderse.

–Me interesa, Abraham. ¿Y cuáles serían los siguientes pasos?


***


Incorporarse a una multinacional, con centenares de miles de empleados en todo el mundo, presente en decenas de países y con cientos de socios tan solo en la Nación, era una labor ímproba. No tenía nada que ver con los procesos de selección a los que Bernardo estaba acostumbrado en el circuito de los bufetes legales. En estos lo importante era la química, la confianza que despertase el candidato en el socio director de la firma, de tal manera que, tras una primera reunión como la que había tenido con Abraham, el pescado estaría prácticamente vendido. Los siguientes pasos eran meros formalismos para «vestir» una decisión ya tomada.

No era ese el caso de Rapid. Entre otras cosas, porque en realidad no existía esa posición de socio director. La persona que ostentaba el «correturno» en ese momento carecía de la potestad de decidir el fichaje de un socio, por muy convencido que estuviera de su valía. Antes era preciso obtener el beneplácito de muchas otras personas. De todo tipo. De todas las áreas. De todas las corrientes internas de opinión. Aparte de eso, al tratarse de una organización muy piramidal, era en extremo complicado tomar decisiones de incorporación de profesionales externos, los lateral hires, ya que estarían ocupando un puesto al que aspiraría alguno de los de toda la vida, los de «pantaloncito corto», los que llevaban en Rapid desde el principio, cuando eran casi unos niños e iban escalando posiciones hasta llegar al ansiado puesto de partner. Además, para los de arriba era mucho más cómodo y seguro acrecentar la lista de socios con los de la casa, al conocer a la perfección a quién estaban promocionando, así como sus virtudes, pero en especial sus defectos.

Así que, tras ese primer encuentro, la siguiente noticia de Rapid que tuvo Bernardo fue la llamada de su directora de Recursos Humanos, que lo convocaba para una reunión una semana después en las oficinas de la consultora. Bernardo no estaba acostumbrado a los directores de Recursos Humanos. Él, que llevaba a las espaldas seis firmas diferentes con sus correspondientes procesos de fichaje, jamás había tenido que reunirse con ninguno. Lo cual era lógico, dada la reticencia de los bufetes para considerar empleados a sus empleados. Preferían la manida relación mercantil, provechosa para el patrón y de desamparo para el abogado. Aunque tenía sus ventajas, y una de ellas era la de ahorrarse reuniones como la que inevitablemente iba a tener ahora con alguien que era muy difícil que pudiera entender qué valor podía aportar a una consultora un abogado con más de quince años de experiencia en el sector legal. Por otra parte, le resultaba muy complicado prepararse para la cita. ¿De qué se habla con una directora de Recursos Humanos cuando uno nunca ha sido antes trabajador por cuenta ajena? En fin, habría que improvisar sobre la marcha. Y eso fastidiaba, y mucho, a Bernardo.

Llegado el día acudió, esta vez sí, a las oficinas de Rapid Consulting. Atravesó el modernista hall y se identificó ante los muy educados y amables recepcionistas. Mientras comprobaban sus datos, echó un vistazo a su alrededor. Una marabunta de empleados entraban en ese momento por la puerta giratoria que daba acceso a la torre, al tiempo que otra fila inmensa se alineaba tras los tornos que conducían al patio de ascensores y una tercera multitud se agolpaba frente a los mismos, esperando para poder montarse en el que les tocase por turno.

La recepcionista que lo atendía se percató de la cara mezcla de asombro y pánico de Bernardo.

–Es que es la hora punta. Todo el mundo está entrando ahora.

«La hora punta. ¡Qué horror! Me estoy entrevistando para entrar a trabajar en una firma que tiene hora punta», pensó.

En efecto, no era la inmensidad del número de empleados lo que más impresionaba a Bernardo. Lo peor era que acudieran a trabajar ¡todos a la misma hora! Como si fueran trabajadores de una fábrica. Solo les faltaba fichar a la entrada. En realidad no faltaba demasiado para ello.

Bernardo se acomodó en los sofás del inmenso hall, aguardando pacientemente a que bajaran a recogerlo, tal y como le habían ordenado. Durante los casi diez minutos que estuvo esperando, allí no paraba de entrar gente. Ni de salir. En algunos casos veía subir a alguien y le veía bajar casi inmediatamente después. Estaba claro que lo que importaba era llegar a la hora punta. Quedarse después en la oficina a hacer algo provechoso ya tenía menos importancia. Y eso que subían a toda prisa, aunque luego bajaban de forma mucho más pausada. Estando absorto en estos pensamientos, se le acercó un azafato joven muy decidido.

–¿El señor Fernández Pinto?

–Sí, soy yo. Encantado –contestó mientras estrechaba la mano del desconocido.

–Venga conmigo, que lo acompaño a la planta setenta y uno, la planta noble.

En efecto, la planta setenta y uno era la más alta de la torre. Parecía un número bastante caprichoso para ser la última planta de un edificio. Nada más lejos de la realidad. El rascacielos más alto de la Gran Capital contaba con setenta y era imprescindible llegar a tener una más con la misma altura, más de trescientos metros.

Mientras subía en el ascensor, apiñado junto a otras treinta personas, mezcla de visitas, empleados y azafatos, Bernardo no podía evitar pensar en lo peculiar que era ese ambiente. La gente entraba y salía casi en cada planta, lo que convertía un viaje de menos de treinta segundos en toda una excursión de más de diez minutos. Y nadie paraba de hablar de temas profesionales. La confidencialidad brillaba por su ausencia.

Una vez en la planta setenta y uno, el azafato dio su nombre en la pequeña recepción satélite y lo condujeron a una extraña sala de reuniones, de reducidas proporciones pero con vistas a toda la ciudad. Allí le estaban esperando Fátima López, directora de Recursos Humanos, junto con otras dos personas de mediana edad. Muy serio el uno y con semblante en apariencia afable el otro.

–Bienvenido, Bernardo. ¿Te apetece un café? ¿Un té, tal vez? –lo abordó Fátima nada más verlo.

Bernardo devolvió el protocolario saludo y aceptó la oferta, dado que los otros dos asistentes a la reunión ya estaban sirviéndose sus cafés y, pese a que no tenía muchas ganas de tomar nada, le pareció que la convención social del momento lo requería.

–Bernardo, soy Faustino Pérez, Líder de M&A de la división legal de Rapid –se presentó el más sonriente.

Líder. ¿Y eso qué querría decir? ¿Que iba el primero en algún tipo de carrera? Sonaba extraño que alguien se catalogase como líder de nada. El que de verdad lidera no necesita decirlo.

–Encantado. Es un placer, Faustino.

Lo más curioso era que Bernardo, que llevaba toda su carrera profesional como reputado abogado de M&A de algunos de los despachos de abogados más relevantes del panorama nacional, nunca había coincidido ni oído hablar del tal Líder. Sin embargo, lo más intrigante era que, si ya había un socio responsable de M&A, le estuvieran entrevistando a él. ¿Sería que el predecesor estaba escogiendo a su sucesor? Le resultaba bastante extraño y tenía muy poco sentido a su modo de ver, aunque consideró que era mejor escuchar antes de sacar ninguna conclusión precipitada. ¿Y el otro? ¿Quién sería? ¿Y por qué no decía nada?

–Soy Fernando Borrell, el Socio Responsable de Asuntos de la Sociatura –despejó la incógnita mientras ensayaba una media sonrisa que resultaba bastante desagradable.

Esto ya era mareante. Imposible retener tantos cargos en la cabeza. ¡Si ahí todo «quisqui» tenía un título! Parecía que estuviera en un cóctel de alto copete rodeado de condes, duques o marqueses. Bernardo estaba desconcertado, pero lo disimuló. Decidió tomar la iniciativa. Cuando las reuniones se desordenaban, él se afanaba en ser quien las reordenara.

–Encantado de conoceros. Os quería agradecer, antes que nada, que me hayáis recibido hoy –comenzó.

Continuó sin dejar que nadie abriera la boca. Era lo mejor.

–Abraham me ha comentado que estabais buscando reforzar la división legal de Rapid para aprovechar aún más las sinergias con la división de consultoría y que por esa razón queríais hablar conmigo.

No era posible avanzar más sin provocar que Líder se pudiera sentir amenazado por alguien probablemente más experto y reconocido que él en el mundillo de M&A, y sin resultar demasiado directo, aunque lo que de verdad habría querido Bernardo es preguntar qué es lo que en realidad estaban pensando ofrecerle, si es que traían algo pensado.

–Efectivamente –arrancó Líder–, como sabrás somos los número uno de la Nación en asesoramiento en operaciones de M&A. Aun así creemos que tenemos mucho más upside y que accionando las palancas adecuadas podríamos salirnos del mapa. Pero para conseguirlo necesitamos más gente potente. Como tú.

«Menuda verborrea tiene Líder», pensó Bernardo.

–Muchas gracias por el comentario. Ahora no creo recordar haber coincidido en alguna operación contigo, Faustino. Sí que he trabajado con varios socios vuestros del área de consultoría y, por otra parte, Rapid ha sido cliente mío en varias ocasiones. –Lanzó el anzuelo para comprobar si estaban al tanto de su relación histórica con la casa, algo de lo que no estaba demasiado seguro, dado que habían pasado ya unos cuantos años y parecía que en la firma se había producido un relevo generacional.

–Creo que no hemos coincidido, no. Y, la verdad, desconocía que hubiéramos contratado tus servicios en el pasado. ¿En qué tipo de asuntos? –preguntó Faustino.

«¡Vaya! Parece que empezamos de cero. No me va a servir de nada el cartel que pensaba que tenía ganado con Rapid», se lamentó para sus adentros.

–Pues os he preparado opiniones legales en asuntos delicados de Competencia Desleal y he aconsejado a anteriores Ejecutivas de la Firma en procesos de compraventa de diversas ramas de negocio –aclaró.

–Muy interesante, muy interesante –concedió Faustino– y, según parece, de repente te atrae el universo de las consultoras después de una larga y exitosa carrera en algunos de los bufetes más prestigiosos de la Nación.

–Gracias por el cumplido, Faustino. Eso es. Creo que la posibilidad de ofrecer a los clientes un servicio multidisciplinar, añadiendo la parte financiera al trabajo legal, es única en el mercado. Las empresas son cada vez más exigentes y tienen equipos legales propios mejores y más amplios. Sin embargo, de lo que claramente carecen es de capacidad interna para disponer de un producto integral.

Fernando, Faustino y Fátima se miraron con una cara mezcla de interés y asombro, en lo que parecía el pistoletazo de salida para poder llevar la entrevista a cuestiones más concretas.

–Entonces, ¿de verdad te interesaría incorporarte a Rapid? –soltó sin rodeos Faustino, que no parecía muy convencido de la candidatura de Bernardo.

–Claro –¿Qué iba a decir? La pregunta era de lo más estúpida en medio de una entrevista de trabajo–. Ser socio de Rapid es un cambio de orientación que en este momento de mi carrera tiene mucho sentido.

Casi no había podido terminar la frase cuando Fernando lo interrumpió de forma abrupta.

–Antes de nada, hemos de dejar clara una cosa desde el principio: en Rapid ningún fichaje externo entra como socio directamente. Ha de incorporarse como director y, al cabo de un tiempo, pasar por la votación de la totalidad de los socios –disparó el Responsable de Asuntos de la Sociatura, cuyo puesto parecía ser más bien el de defensor del estatus de los socios ya existentes.

–Bueno, bueno, es una norma de la casa, pero tú no te asustes, pese a que pueda resultar chocante dicho de primeras –intervino, tratando de suavizar Fátima–. Así se han incorporado a Rapid ex-ministros y gente muy importante. Nunca hacemos excepciones. No obstante, desde el primer momento y de cara al exterior tendrías tarjeta de socio, aunque a efectos internos tu nombramiento habría de ratificarse por la Junta de Socios a los pocos meses.

Joder, qué retorcidos eran estos tíos. ¿Y no podían hacer como cualquier bufete y votar el nombramiento como socio antes de confirmar el fichaje? De todas formas prefirió no poner demasiadas pegas, porque parecía que no iba a tener otra opción que aceptarlo si quería incorporarse a Rapid. Y no solo quería, sino que lo necesitaba.

–Entiendo. Es raro, pero cada casa tendrá sus normas. ¿Y el nombramiento de socio está garantizado?

–Hombre, pues imagínate, porque con el sueldo que traen esos fichajes no tendría ningún sentido mantenerlos como directores. Se nos distorsionaría por completo la escala salarial –apuntilló Fernando, que seguía igual de simpático.

–Por cierto, ¿cuánto ganabas exactamente hasta ahora? –preguntó Fátima, saltando casi como un resorte al escuchar la palabra sueldo.

Bernardo les dijo con total sinceridad cuál había sido su remuneración hasta entonces en Salmons. Fátima no pudo evitar poner tal cara de susto que antes de que Faustino pudiera impedírselo soltó, como si le saliera del alma:

–¡Pero si eso es lo que gana un socio equity! Y tú serías director...

Fernando salió al quite inmediatamente.

–No te preocupes, Bernardo, que si tú sigues interesado la cosa se puede arreglar.

***

A las tres semanas y al borde de su capacidad de resistencia tras la acumulación de sinsabores durante tantos meses en los que no había sido capaz de encontrar un nuevo destino profesional, recibió al fin la llamada que llevaba tanto tiempo anhelando.

–¡Buenas tardes, Bernardo! ¿Te pillo bien? Soy Faustino.

¡Por supuesto que lo pillaba bien! No había en esos momentos necesidad más acuciante para él que la de asegurarse su futuro, por lo que nada podía ser más prioritario.

–Claro que sí –contestó modulando la voz para denotar calma, mientras se encerraba en su dormitorio para tener un poco más de sosiego para hablar con Faustino.

–Fenomenal, Bernardo. Mira, te llamo porque hoy hemos tenido reunión de la Ejecutiva de Rapid y finalmente se ha acordado hacerte una oferta de incorporación.

A Bernardo casi se le sale el corazón del pecho. Llevaba tanto tiempo deseando poner fin a la pesadilla que estaba viviendo que la emoción que experimentó fue similar a la que sintió la primera vez que le habían ofrecido ser socio de un bufete, hacía ya más de diez años.

Aguardó a que Faustino continuara.

–El proceso ha sido supersónico, el más rápido que yo recuerde desde que trabajo en Rapid, te lo puedo garantizar. Abraham ha apostado muy fuerte por tu fichaje.

Lo cierto era que en total había sido casi mes y medio. Sin embargo, tras comprobar la burocracia del lugar, a Bernardo también le pareció milagroso el poco tiempo tardado. Al cabo de los años y una vez familiarizado con la casa se acabaría dando aún más cuenta.

–Espero que la oferta te parezca atractiva, ya que ha sido muy complicado encajar tu remuneración sin que se nos revolucione el corral. Así que dime a las claras si es suficiente, puesto que, en caso contrario, no tiene sentido ni enviarte la carta oferta.

–Lo entiendo, dime –respondió Bernardo aguantando la respiración.

–Ok, ahí va. Lo máximo que podemos ofrecerte es la mitad de lo que estabas ganando como sueldo fijo y la otra mitad sería variable, aunque hay una serie de ventajas fiscales que si las aprovechas con ojo te pueden añadir un buen pellizco. Aquí hay montones de socios expertos en optimizar su salario, te lo puedo asegurar.

Bernardo no dejó que se prolongara por demasiado tiempo el silencio, al considerar que no era bueno dar sensación de decepción. Calculó a toda prisa si esa cifra era suficiente para cubrir sus gastos mensuales y contestó con decisión.

–Muchas gracias por la oferta, Faustino. Y por el esfuerzo realizado. Los términos no están mal dependiendo de lo que haya que hacer para conseguir el variable. Estoy seguro de que estará sujeto a resultados, no sé si personales o de la firma.

–Una mezcla de ambos. Por un lado hay un objetivo personal de facturación que, por lo que hemos visto en la documentación que nos has facilitado, es similar a la que llevas consiguiendo desde hace varios años. Y por otra parte se tiene en cuenta si Rapid ha tenido o no un buen año.

«Más o menos lo que esperaba. Pero mejor asegurarse».

–¿Y normalmente los socios consiguen el variable? Yo hasta ahora he tenido un fijo similar, que era entregado como un dividendo a cuenta, y luego el resto de la remuneración se pagaba a final de año. Y la práctica totalidad de los socios recibían el variable íntegro.

–Esa es la idea. Aquí se intenta que cada socio reciba al menos el ochenta por ciento de su salario total teórico, sumando fijo y variable, cada año.

La respuesta lo tranquilizó. Iba a ganar menos que en Salmons pero, dadas las circunstancias, le pareció una oferta justa. Rapid podría haber intentado aprovecharse de su situación y apretado mucho más.

–Entendido. No tengo más preguntas por ahora. Enviadme la carta oferta cuando queráis.

–¿Entonces, seguro que te encaja? –preguntó Faustino.

–Seguro.

–Pues, en tal caso, bienvenido a Rapid. En breve Fátima te hará llegar la carta. Léetela con mimo y si tienes cualquier duda me dices. Una vez la hayas revisado, quedamos para firmarla en la torre, si todo está en orden.

Bernardo colgó y se sentó aliviado en la cama, casi a punto de desplomarse. Había sido una resurrección con mayúsculas. En un instante le recorrieron la mente todos y cada uno de los horribles momentos que le había tocado vivir esos tremendos meses en los que, tras ser fulminado en Salmons, las cosas parecían ir poco a poco a peor, dirigiéndose irremisiblemente hacia un agujero profesional del que le iba a resultar muy difícil poder salir.

Y es que había llegado tan lejos en el juego legal de las élites, que se había acabado convirtiendo en un personaje público en el sector. De esos que no pueden escapar de su pasado. Así que el alivio era inefable. Y la imagen de felicidad que anticipaba en el rostro de María lo inundaba de una sensación de calidez indescriptible. Miró por la ventana hacia el jardín de la comunidad de chalets en la que vivía y dio gracias a Dios tres veces por no haberlo abandonado.

–Gracias, gracias, gracias.

***

Cuando por fin esa tarde le enviaron la carta a su mail, llevaba más de veinte consultas a su correo. No podía pensar en otra cosa. Si por él hubiera sido, la habría impreso, firmado y entregado de vuelta nada más recibirla, no fuera a ser que algo volviera a torcerse. Pero había que ser profesionales. Abrir el documento, que por lo general se trataba de una sencilla carta de dos caras, y leerlo con detenimiento por si contuviera algún detalle que él hubiese interpretado de manera errónea durante su conversación con Faustino.

Le resultó imposible.

No porque se dejara llevar por los nervios, la ansiedad o la emoción acumuladas, negándole la pausa requerida. Tampoco es que algo lo distrajera. En estos momentos el cien por cien de sus sentidos estaban concentrados en analizar con detalle el documento que acababa de recibir. No era nada de eso. Sencillamente es que la carta no había quien la entendiera. Para comenzar, se trataba de un documento de nada menos que doce páginas. Mejor dicho, de dos documentos, que no se sabía demasiado bien si se complementaban, corregían, o incluso se anulaban. Pero es que, además, pese a ser un teórico experto en contratos y negociaciones, era incapaz de descifrar la cláusula que regulaba la obtención del variable, la única que le interesaba tener cien por cien clara. La leía y releía una y otra vez y no encontraba cómo meterle mano. El texto era deliberadamente confuso y estaba mal redactado. Una vez se dio por vencido, acudió a la fórmula matemática que, con apariencia de cálculo científico, acompañaba a la regulación escrita. Leyó y releyó el supuesto algoritmo junto con las definiciones de las variables que contenía. Hasta hizo unos números a modo de comprobación.

Imposible, totalmente imposible.

La cláusula era tan retorcida y sujeta a interpretaciones que su conclusión fue que Rapid podía pagar el bonus que le viniera en gana, ya que la fórmula se podía pervertir de cualquier forma. Habría sido mucho más sencillo poner a las claras que la concesión era, sin más, discrecional. Porque resultaba evidente que eso era lo que a fin de cuentas querían decir.

«En resumen, esto no lo voy a conseguir cambiar ni aunque quisiera –reflexionó–. Tiene toda la pinta de ser una cláusula de estilo que aparece en cada uno de sus contratos de trabajo».

Por lo tanto contestó de manera educada aceptando la oferta. ¿Qué otra opción tenía?

Fátima le respondió citándolo el viernes de la siguiente semana para firmar. Otra semana más… Menos mal que había sido un proceso supersónico… Aun así, ya tenía oferta firme y aceptada, y una semana por delante para disfrutar y relajarse un poco.

Ahora lo primero de todo era decírselo a María en cuanto llegase de trabajar esa tarde. Faltaban aún unas horas y la espera se le hacía larga. Así que ocupó el tiempo dándose un largo paseo, en el que las hojas de los árboles, pese a estar bien entrado el otoño, parecían más verdes, el cielo más azul y la gente más alegre. La distorsión fruto de la felicidad. Del alivio, más bien. Cuando por fin volvió a casa, María ya había llegado. La expresión de su cara lo delataba, por lo que no necesitó decirle nada. María le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó con fuerza. Era de ese tipo de abrazos que permiten transmitir lo que se siente sin necesidad de palabras. Era el abrazo que ponía fin al sufrimiento.

***

Fue una buena semana. Bernardo durmió del tirón todas las noches, disfrutando de un merecido descanso reparador. Ocupaba su día en las mismas labores cotidianas que antes le parecían insoportables y que, sin embargo, ahora le resultaban una bendición. Está claro que la vida fluye de modo muy diferente en función de las circunstancias.

Se acercaba el viernes cuando recibió una llamada de un número muy familiar. Era el de la centralita de Salmons.

–¡Buenas tardes, Bernardo! ¡Cuánto tiempo sin hablar!

–¡Buenas tardes, Sandra! Es cierto, me alegra mucho oír de nuevo tu voz. ¡Qué sorpresa recibir tu llamada!

Sandra había sido su secretaria en Salmons durante los últimos tres años. Sin embargo, tras su abrupta salida del bufete no les habían quedado, ni a él ni a ella, ganas de seguir manteniendo el contacto.

–Es verdad. ¿Hace cuánto que no hablábamos? ¿Tres, quizá cuatro meses?

–Pues algo así debe de ser. –Bernardo estaba descansado y de buen humor, por lo que no le importó dedicar tiempo a la cháchara, cosa que, por lo general, no tenía por costumbre hacer.

–Bueno, te llamo porque acabas de recibir una notificación de la Audiencia Penal de la Gran Capital. En el sobre pone que es urgente. Pensé que podría ser algo importante.

A Bernardo ya no le daba tanta alegría volver a escuchar la voz de Sandra. ¿Penal? Eso sonaba fatal.

–Si quieres lo abro y te lo leo… –le ofreció.

Bernardo la interrumpió rápidamente.

–No, no, muchas gracias; prefiero ir a recogerla en mano.

Por supuesto que lo último que le apetecía en ese momento era pasarse por su antiguo despacho, pero la alternativa era mucho peor. Que toda la oficina se enterase de que le estaba mandando una notificación un juzgado penal. Porque el primer pensamiento que se cruzó por su mente fue que, tras el colapso de Salmons, a sus antiguos colegas de Londres se les hubiera ocurrido pedirle responsabilidades penales. Era algo que le pegaba perfectamente hacer a Duncan, el CEO de la firma que lo había ejecutado de manera inmisericorde meses atrás. Así que no quedaba otra que pasarse raudo a por la dichosa notificación.

Bernardo cogió un taxi y se dirigió con prisa a la torre en la que se encontraba Salmons. Al llegar se identificó en la recepción, saludó a los conocidos recepcionistas y subió a la planta que ocupaba su antiguo bufete, al tiempo que el corazón amenazaba con salírsele por la boca.

«Joder, ¿por qué no pueden las cosas quedarse tranquilas de una vez?», pensaba mientras se aproximaba a la mesa de Sandra preso de una creciente ansiedad.

Recogió la notificación sin apenas saludar y se marchó con ella sin abrirla. Ya habría tiempo de hacerlo en el taxi de vuelta a casa. Una vez dentro del coche y más calmado abrió el sobre y lo leyó lo más rápido que pudo.

«Le comunicamos que ha de personarse el próximo 16 de abril a las 10:00 horas en las dependencias de esta Audiencia, sitas en la calle del Foro número 1, para comparecer en calidad de testigo en el procedimiento abierto por la Hacienda Pública contra la mercantil Rapid Consulting por la adquisición de Slow Consulting».

En un primer momento respiró aliviado mientras se recostaba en el asiento del taxi. En Salmons no lo acusaban de nada. Y, además, ¿testigo en un tema de Rapid en el que él les había asesorado hacía años y que se conocía al dedillo? Encima iba a poder ayudar a su nueva firma. No solo no era algo malo sino que incluso era positivo.

«Ahora mismo llamo a Faustino y se lo cuento», pensó.

Acto seguido, dio un bote totalmente exaltado.

«¡No me jodas! ¡Si es casi peor! Vamos a ver –trató de aclararse las ideas–. Si fuera Rapid la que me hubiera incluido en su lista de testigos, no habría problema en que los llamase, pero es raro que no me hayan comentado nada durante todo el proceso de entrevistas. Sin embargo, si es Hacienda la que ha pedido que testifique, entonces no puedo decirle nada a Rapid. ¡Vaya lío!».

La situación se había vuelto incomodísima y tremendamente enrevesada. No era nada fácil decidir qué es lo que era mejor hacer en esos momentos. Se lo pensó un buen rato y acabó decidiendo que en realidad él no podía llamar a Rapid en ningún escenario. Si él era su testigo de parte, ellos seguro que ya lo tenían que saber. En cambio, si ese no era el caso, él no debía decirles absolutamente nada. Además, al día siguiente ya era viernes e iba a firmar por fin su contrato de incorporación.

Esa noche volvió a dormir mal. ¿Por qué narices se le tenían que complicar siempre tanto las cosas?

***

Se levantó temprano, se duchó y se puso el traje de las grandes ocasiones para ir a firmar su nuevo contrato con Rapid. Estaba a punto de salir por la puerta cuando recibió una llamada.

–Bernardo, soy Faustino.

Se le heló la sangre.

–Dime, Faustino; justo estaba yendo a la torre para firmar el contrato –disimuló.

–Por eso te llamaba. No vengas. Ha surgido un problema.

«¡No me lo puedo creer! No puede ser verdad», se lamentó en silencio mientras apretaba los puños con desesperación.

–Al pasar el contrato por el Responsable de Contrataciones nos hemos dado cuenta de que eres el testigo principal de nuestra defensa en el caso Slow frente a la Hacienda Pública.

«Qué sorpresa...».

Bernardo reaccionó veloz.

–Sí, ayer recibí la notificación. Lo que no entiendo es por qué es un problema. Si sois vosotros los que me habéis pedido ser testigo, entonces ya lo teníais que haber tenido en cuenta antes de realizarme la oferta.

–No es tan fácil. Rapid es muy grande y a veces no estamos tan coordinados. No obstante, vamos a intentar solucionarlo. Es por lo que te llamo. ¿Puedes venir el lunes por la tarde a reunirte con Abraham y con Federico Planeta, Socio Director de Legal?

–Claro que sí –asumió fastidiado, aunque tratando de aparentar aplomo–; allí estaré el lunes.

Otro fin de semana de angustia, de dormir mal, de maldecir su suerte, de sentirse desamparado. Y de disimularlo con María, porque la realidad era que ya lo tenía prácticamente hecho. Esto no podía acabar siendo un impedimento. No le podían dejar colgado por algo que en el fondo le estaban pidiendo hacer en su beneficio, como era testificar a su favor.

El lunes se dirigió a la torre más cansado que preocupado. Las situación se iba a resolver, de eso estaba convencido, pero el desgaste era insoportable. Llegó a la recepción, se identificó ante la misma recepcionista de la primera vez que había ido a las oficinas de Rapid y se sentó a esperar a que lo recogieran, sabiendo que lo más seguro era que dentro de poco se convertiría en uno de esos burócratas de la hora punta. En verdad no acababa de hacerle del todo gracia la idea. De nuevo subió enlatado en el ascensor, las habituales paradas en cada planta y el largo trayecto hasta la setenta y uno, donde lo recibió Faustino en la puerta.

–¡Buenas tardes, Bernardo!

Líder parecía más afable hoy. No sabía si eso lo tranquilizaba o le preocupaba. Daba igual. En unos minutos se enteraría. La suerte estaba echada.

Al entrar en la sala le estaba esperando Abraham, al que no veía desde su primera entrevista, y Federico Planeta, Socio Director de la división a la que en teoría se iba a incorporar y al que paradójicamente no había conocido hasta ese momento. Ambos se levantaron de sus asientos al verle entrar con Faustino.

–¿Qué tal, Bernardo? –lo recibió la voz ronca de Abraham mientras le daba unas hacía mucho tiempo olvidadas palmaditas en la espalda que le produjeron de modo instintivo una reacción de desconfianza.

«¡Puf! Esto pinta fatal. Todo anuncia el preámbulo de una excusa cortés para darme la patada educadamente», se temió.

–Te presento a Federico, Líder de Legal. Creo que no os conocéis.

Otro líder. La cosa tenía su gracia. ¿Quién sería más líder de los dos? ¿Faustino o Federico?

–No, no lo conozco. Encantado –saludó amable a la par que inquieto.

–Siéntate, que tenemos una propuesta que hacerte.

La introducción alivió un tanto la tensión, pero era imposible no seguir alerta.

–Mira, Bernardo, como te ha explicado Faustino, resulta que eres el principal testigo de nuestra defensa para el caso Slow, que es crucial para la firma. Y, como comprenderás, no podemos permitir que el juez te pregunte a qué te dedicas y que le contestes que eres empleado de Rapid. Perderías por completo la credibilidad –arrancó Federico.

«Y ahora es cuando llega el momento en que me dejáis en la estacada –pensó Bernardo–. Pues si me revocáis la oferta, el que va a perder por completo las ganas de ser creíble ante el juez soy yo», razonó para sus adentros.

–Aun así, vamos a resolverlo. –Federico era muy consciente de que si le hacían ese roto se tendrían que despedir del testigo y replantearse toda su defensa–. Hay que llegar a una solución que nos encaje a ambas partes. Yo nunca he dejado tirado a nadie en mi vida. Y esta no va a ser la primera vez.

A Bernardo no se le ocurría qué solución podía ser esa. Era un auténtico dilema. Aguardó expectante a oír lo que estaba a punto de proponerle Federico.

–Pese a que no es lo ideal, hemos pensado que podríamos tener una relación mercantil contigo como Senior Advisor. Es una figura que ya hemos utilizado en Rapid en el pasado y según la cual nosotros tan solo seríamos tus clientes –disparó Federico–. Además, con ese sueldo tampoco tenía sentido que fueras director.

–Eso sí –intervino Faustino–, no vamos a poder anunciar tu fichaje hasta que el juicio se haya celebrado.

–Pero no te apures –trató de suavizar Abraham–, que podrás venir a la torre cada día, con tu plaza de parking, tu tarjeta de entrada; a efectos internos es como si fueras un socio más.

Bernardo trató de digerir lo que le estaban diciendo. Había que reaccionar con premura y dejarlo zanjado de una vez por todas.

–Entiendo lo que decís y os agradezco mucho la flexibilidad. Y yo estoy encantado de hacer lo que más convenga a mi nueva casa. Lo que ocurre es que, si a efectos externos no se anuncia mi incorporación, me va a resultar inviable llegar al objetivo de facturación que me habéis fijado para lograr el variable, porque en la sombra nadie es capaz de traer nuevos clientes.

Abraham y Federico se miraron como si ya estuvieran esperando esa reacción.

–No te preocupes que el variable de este año te lo garantizamos al cien por cien –proclamaron de forma ceremoniosa.

Tampoco les había salido tan cara la cosa.


13. Un aterrizaje potente

Llegó el gran día. Por fin se iba a reenganchar a la vida «laboral», en realidad profesional tan solo, porque, una vez más, tendría que ser autónomo. Como siempre lo había sido. Pero eso ahora daba igual. La cuestión era ir a unas oficinas, trabajar todos los días, compartir tiempo de trabajo con otros colegas y, en fin, volver a cobrar a cada fin de mes. Así que se puso otra vez el traje de las grandes ocasiones y a las nueve en punto de la mañana se dirigió a la torre. No a las diez como se estilaba en los bufetes de la Nación, sino una hora antes para poder aprovechar mejor el tiempo y ordenar sus ideas mientras esperaba en la cafetería de la torre a Faustino, con quien había quedado allí precisamente a las diez.

Error. Tremendo error.

«Ya no me acordaba de la hora punta –se lamentó–. ¡Aquí todo el mundo viene a trabajar a la vez! Me va a costar media hora llegar a mi sitio…».

Se equivocaba. Tan solo la cola de entrada al parking ya le consumió diez minutos. A continuación, había que subir en ascensor por narices, puesto que no había escaleras que condujeran del parking al hall principal, lo que generaba una espera de cinco minutos adicionales. Por tanto, una vez en el hall eran ya las nueve y cuarto. Y la cosa se ponía peor. Porque allí confluían los pocos afortunados que ostentaban el privilegio de utilizar el parking con la riada de consultores y abogados junior, pasantes, administrativos, informáticos y demás miembros comunes de la familia Rapid que entraban en manada directamente desde la calle a través de las puertas giratorias de la torre hasta quedar bloqueados, ya sin distinción de clases, en las colas que se formaban frente a los tornos que daban acceso a los ascensores.

Total, otros diez minutos atrapado hasta llegar, por fin, a los dichosos elevadores. Estos disponían de un mecanismo por el cual uno marcaba el número de la planta a la que deseaba ir y una pantallita le devolvía el gesto señalándole la letra del que, en teoría, iba a llegar antes y todavía disponía de plazas libres. Ahí comenzaba la guerra. La pantallita mostraba una H, por ejemplo, y era preciso recorrer el vestíbulo de lado a lado, a educados codazos y sin que a uno se le notaran demasiado las prisas, para, una vez delante del H, comprobar que algunos no cabían, puesto que, como era de esperar, no todo el mundo utilizaba el artilugio de marras sino que se colaba con total desfachatez en el primer ascensor que ascendiera a su planta. Al fin, tras dos intentonas fallidas y sus respectivos accidentados viajes de un extremo al otro del vestíbulo, ya estaba milagrosamente dentro de un ascensor casi a las diez menos cuarto, junto con otras treinta personas que parecían acostumbradas al absurdo ritual.

«A este paso acabo llegando tarde», pensó.

Casi. El ascensor tenía parada concertada en ocho plantas diferentes y la cafetería se encontraba en la treinta y cinco, justo a mitad de la torre, para que así estuviera más a mano para todo el mundo. Por suerte tan solo había tres paradas antes de la suya, aunque en cada una de ellas todos los pasajeros tenían que salir fuera del ascensor para dejar paso a los que se querían bajar y se encontraban al fondo, para, a continuación, volver a entrar. Ríete tú del metro. Llegados a la treinta y cinco eran casi las diez. Se bajaron en tropel la práctica totalidad de los ocupantes que aún quedaban y por fin llegó, eso sí, sano y salvo, a la cafetería. Allí se encontró con otra inmensa cola. La misma aglomeración que una hora antes se agolpaba delante de los tornos ahora hacía fila para desayunar.

«¡Madre mía! ¿Para qué vendrán tan temprano si luego empiezan a trabajar a las once?», se preguntó.

Por suerte, Faustino había llegado antes que él, lo que no le sorprendió después de la tremenda excursión, y le hacía señales desde la cabecera de la cola para que se acercase. A Bernardo le gustó que el socio Líder de M&A de la división legal hiciera cola como uno más.

«Quizá he juzgado a Líder demasiado precipitadamente», consideró para sus adentros según se aproximaba al inicio de la fila, al tiempo que los empleados que llevaban un buen rato esperando lo miraban sin ocultar su indignación por estar saltándose el turno de modo tan flagrante.

–¡Buenos días, Faustino! Siento llegar tarde. Es que me he tirado una hora desde que he aparcado hasta conseguir llegar aquí.

–No te preocupes –le replicó Faustino mientras se reía–, hay que intentar llegar a las nueve menos cuarto si no quieres encontrarte con este follón.

«O mejor a las diez –reflexionó Bernardo–, sobre todo si te ahorras el paso por la cafetería y te pones a trabajar directamente».

–De todas maneras, a mí también me ha pillado por sorpresa –aclaró Faustino–, porque yo siempre vengo a la cafetería más temprano. Cuando llego tarde suelo desayunar en el comedor de socios de la planta setenta, pero no he podido quedar allí contigo dado que la entrada está reservada a los socios equity, como yo.

Pues no, no lo había juzgado precipitadamente. Era tal y como sospechaba desde el preciso instante en que se presentó, ampuloso, como Líder de Legal.

No obstante, a Bernardo no le sorprendió lo que le contaba. En el mundo de los despachos de abogados del que provenía, esos distingos, los privilegios de clase, eran bastante comunes. Siempre había prebendas a las que solo tenían acceso los socios más importantes, los denominados equity o de cuota, que eran los que de verdad tenían acciones en la firma, y de las que ni siquiera disfrutaban los socios asalariados, que no participaban en el capital pero a los que la firma había tenido la deferencia de llamar socios. Así que los directores, esto es, los socios de tercera, y, más aún, un pobre Senior Advisor como él, no podían esperar otra cosa que ir a la cafetería comunal con el resto de los mortales.

Pidieron sus cafés, Bernardo descafeinado con leche de soja como tenia por costumbre, y se aproximaron a una de las mesas alargadas situadas junto a los ventanales que se compartían democráticamente por riguroso turno con quien llegara después. Nada más sentarse y sin que le hubiera dado tiempo a dar el primer sorbo a su café, Faustino extrajo de una carpeta una hoja con fotos de carnet impresas a todo color en lo que parecía ser un organigrama. Se la mostró mientras sacaba un bolígrafo y, acercándose a él, le señaló en el papel una de las fotos.

–Mira, este soy yo, Líder de M&A, y debajo tienes a la totalidad de los socios que trabajan en el departamento. Bueno, socios, directores y Senior Advisors como tú.

Bernardo echó un rápido vistazo a la hojita, donde vio su foto, con el título de Responsable de Sector Infra Legal, unos cuantos escalones por debajo de donde se había colocado Faustino.

«¿De dónde habrá sacado este tío una foto mía?», se extrañó.

Por una parte le hacía ilusión verse en el organigrama de Rapid pero, por otra, la cosa le resultaba bastante pueril. Además, hasta ese momento nadie había tenido el detalle de comunicarle que iba a ser todo un responsable de sector. Era todo muy absurdo.

–Ya veo, Faustino. No veas la ilusión tan grande que me hace formar parte de la estructura –reaccionó al papel que le mostraba Faustino y que era evidente que tenía como único objeto dejar bien claro al recién llegado quién era Líder y lo poco importante que era él.

No obstante, a Bernardo todo esto le traía al fresco. Ya había tenido ocasión de advertir el entorno al que se estaba incorporando y era consciente de que en ese momento los títulos eran lo de menos. Lo que le interesaba de verdad era comenzar a aprovechar bien las posibilidades que le ofrecía Rapid para reorientar su carrera más allá del mundo del Derecho.

Ambos se habían acabado su café, por lo que Bernardo consideró que ese sería el momento en que lo conducirían a su despacho para dejar sus pertenencias y poder hablar con más sosiego. Sin embargo, Faustino lo miraba con cara de haba. Parecía que ahí se podía acabar su recibimiento cuando, mientras Bernardo creía que Faustino hacía ademán de levantarse para marcharse, le hizo entrega de una carpetita con el logo de Rapid.

–Aquí tienes un dossier con algunos documentos que te he mandado imprimir para que te familiarices un poco con la casa. –Le hizo entrega del mismo al tiempo que sonreía de manera vacía.

Bernardo echó un vistazo, por pura cortesía, a los papeles que le había preparado Líder, como cuando a alguien le dan una tarjeta de visita antes de comenzar una reunión de trabajo. Hojeó rápido el contenido, que consistía en algunos documentos que parecían bastante genéricos y, cómo no, el dichoso organigrama a todo color. Eso no tenía mucho sentido que se acabase ahí, en la cafetería y abandonado a su suerte, por lo que insistió, aunque el lugar no fuera el más apropiado.

–Muchas gracias por este dossier. Muy interesante –mintió–. Aparte de esto, me vendría muy bien que me contaras algunas cosas más acerca de Rapid. Su estrategia, cómo está siendo el año, lista de clientes. Yo me he preparado un plan de trabajo para poder aprovechar mejor el tiempo las primeras semanas, aunque, claro, solo será efectivo si me das un poco de información acerca de cómo opera la firma.

Faustino le sonrió bobaliconamente y, consciente de que no le quedaba otra alternativa, accedió a gastar algo más de su tiempo con ese nuevo colega que tan poco parecía interesarle.

–Claro que sí. Vamos a mi despacho y allí hablamos con más calma.

Se levantaron, dejaron cívicamente sus bandejas de comedor escolar en la estructura metálica destinada al efecto y se dirigieron juntos a la planta sesenta y ocho, que era donde estaba el despacho de Líder, en una de las plantas nobles, bien separado del resto de abogados, como ya se encargó de remarcarle Faustino al menos tres veces durante el nuevo y largo tránsito en ascensor.

Una vez allí, como comentario de bienvenida mientras le ofrecía asiento, le explicó cómo se distribuían los despachos de los socios.

–Como habrás podido comprobar, en la torre no tenemos ya demasiado espacio, por lo que la mayoría de los empleados se sientan en «praderas», espacios abiertos donde pueden escoger cada día su sitio, conectar su portátil y trabajar. Tan solo pueden tener despacho propio los socios y los directores.

–Sí, lo he visto. Esa también es la tendencia en los grandes bufetes. En Londres, incluso los socios comparten despacho –apuntó Bernardo.

Faustino lo obsequió con la típica risa falsa del que pretende parecer amigable pero que en realidad te está mirando por encima del hombro.

–Aquí no hemos llegado hasta ese punto. Es cierto que los directores comparten despacho. El más senior se sienta junto a la ventana y el más nuevo junto a la puerta. Sin embargo, los socios tenemos despacho individual. Los socios asalariados con una sola ventana y los socios equity con dos.

En efecto, el despacho de Líder disfrutaba de unas impresionantes vistas de la Gran Capital a través de sus dos alargadas ventanas. Bernardo se preguntaba lo que ocurriría si el número de socios equity no coincidiera en algún momento con el número de despachos con dos ventanas disponibles en la torre. ¿Se comunicarían dos despachos de una ventana para conseguir uno de dos? O, más sencillo, ¿se degradaría a un socio equity a socio asalariado para que así volviera a cuadrar el número de equities y despachos doblemente aventanados? Seguro que había alguien que se encargaba de esas cuestiones. Mientras estaba sumido en esos importantes pensamientos, los interrumpió Fátima, que abría la puerta del despacho.

–¿Puedo pasar? ¿Os interrumpo?

–Por supuesto, pasa Fátima –replicó Faustino con cara de alivio–. Bernardo, te acuerdas de nuestra responsable de Recursos Humanos, ¿verdad?

–Claro que sí; me alegro de verte –respondió al tiempo que se levantaba para saludarla con un apretón de manos.

–Ya veo que estás muy bien acompañado. Venía a buscarte para enseñarte tu sitio y contarte un par de cosas, pero si no habéis acabado os dejo y luego me pasas a buscar a mi despacho.

–No te apures, que lo importante ahora es que Bernardo se pueda instalar –contestó a toda velocidad Faustino, que vio la oportunidad de librarse de una charla que no le apetecía tener.

Bernardo lo notó, aunque consideró que ya habría tiempo de informarse de todo con alguien que mostrase un poco más de interés, así que volvió a levantarse de la silla, esta vez para acompañar a Fátima, mientras le tendía la mano a Faustino.

–Muchas gracias por tomarte el tiempo para recibirme. Me ha resultado muy útil. Nos vemos otro día cuando me haya instalado –se despidió sabiendo que no era en absoluto descartable que no volviera a verle el pelo a Líder.

–Claro que sí. Cuando quieras –convino Líder al tiempo que lo obsequiaba con esas palmaditas en el hombro que tan malos recuerdos le traían a Bernardo desde sus tiempos de estudiante. En su experiencia, las palmaditas en el hombro siempre han sido la antesala de una traición segura.

Salió junto con Fátima del despacho de dos ventanas y se dirigieron camino de una nueva excursión en ascensor. En el trayecto, Bernardo iba haciendo cábalas acerca del número de ventanas que tendría su despacho y si se encontraría en una planta «de las nobles».

Ni lo uno ni lo otro. Fátima lo condujo a la planta dieciocho a lo que parecía una sala de reuniones interior, sin ventanas y sin ningún tipo de luz natural. Y hacía un frío de narices. Eso sí, era más grande que el despacho de Líder. «Algo es algo».

–Bueno, Bernardo, lógicamente este no va a ser tu sitio permanente –trató de tranquilizarlo–. Por el momento te hemos instalado aquí hasta que consigamos un despacho para ti, que estamos muy escasos de espacio.

Vaya, no era lo que esperaba, pero se había propuesto ser lo más positivo posible, por lo que no dijo nada y dejó sus cosas en la silla. Fátima le entregó su tarjeta de entrada, las llaves del despacho y le dio un par de explicaciones genéricas acerca de cómo conectarse a la red de Rapid, el funcionamiento del servidor interno de mails y otra serie de informaciones básicas, a la par que poco interesantes. Al cabo de media hora de reloj, se despidió muy cortés con una sonrisa en los labios, dando por finalizada la sesión de introducción al universo Rapid, y se marchó. El pobre novato se dio cuenta entonces de que no habría más que eso. Ni presentaciones a compañeros, ni explicaciones estratégicas, ni una mísera copa de recepción en alguna de las más de cien cocinas repartidas entre todas las plantas de la torre.

Había sido una bienvenida acojonante.

***

Tras unas semanas de bastante desconcierto, desamparo y frío atroz, a Bernardo finalmente lo convocaron a una reunión de socios y directores. Pensó de manera ingenua que quizá ese sería el momento elegido en que se produciría su ansiada presentación formal, que en esas empresas tan grandes las cosas iban mucho más despacio y que simplemente había que tener algo más de paciencia. Así que, armado de esperanza y con una breve introducción preparada en la que explicaba tanto su experiencia previa como lo que había estado haciendo esas pocas primeras semanas en Rapid, se dirigió a la planta sesenta y nueve, que era donde se ubicaban las salas para reuniones internas. No disponía de demasiada información acerca de en qué iba a consistir la cosa, puesto que ni se había circulado agenda alguna, ni había lista de participantes. Tan solo sabía que el convocante era Florian Harold, Líder Global de M&A, del que hasta ese momento no había tenido ni la más mínima referencia.

Florian era el clásico alemán, rubio, grandote y de ojos azules. Llevaba más de veinte años viviendo en la Gran Capital de la Nación y todavía conservaba ese típico acento duro, áspero y fuerte propio de su tierra, arrastrando las erres, y en general cualquier consonante, de modo que sonaban siempre el doble o triple de lo normal. Oírle hablar era como escuchar una sinfonía tocada en redondas. Tras muchos años escalando posiciones en Rapid, había conseguido ascender tanto que los puestos de la Nación se le habían ido quedando pequeños y le habían acabado nombrando responsable de la práctica mundial de M&A de Rapid. Otro Líder más que se cruzaba en su camino. Eran tantos que ya había perdido la cuenta. Porque la cosa era como para marear a cualquiera. Tenía a Faustino, también Líder de M&A, aunque de la pata legal. Y a Federico, Líder de toda la división legal, pero tan solo de la Nación. Y ahora a Florian, Líder de absolutamente-todo-el-universo-de-M&A, vamos, el puto amo.

Bernardo entró en la sala. Puntual, como siempre. Estaba abarrotada de gente a la que no conocía de nada. Y, como iba a comprobar enseguida, ellos a él tampoco. ¿Cómo iban a hacerlo si nadie los había presentado? Se sentó al fondo para poder observar la escena de esos más de cincuenta desconocidos interactuando mientras se servían sus cafés, tés, o lo que narices fuera que hubiese en aquellos termos plateados, deseando encontrar alguna cara conocida con la que romper el hielo y a la que preguntarle quién era Florian.

No le dio tiempo. El Líder llegaba tarde y con prisa por comenzar la reunión, por lo que subió directamente al pequeño estrado que había delante de la pantalla, en la que supuestamente se iban a proyectar algunos datos de teórico interés y, con una sonrisa que Bernardo no acertaba a descifrar si era de alegría, emoción o cortesía, comenzó su alocución.

–Querridos socios y dirrectores, siempre que me subo a este estrado me doy cuenta del grupo tan potente que somos –arrancó–. Por esa razón mi confianza en vosotros es inmensa, porque sé que serrréis capaces de accionar las palancas necesarias para conseguirrr mover la aguja y tenerrrr un resultado histórico este ejercicio. Así que necesito que me deis algo de colorrr acerca de qué temas se van a poder cerrar en el medio año que nos falta para saberrr con qué success fees podemos contar.

«Vaya –intentó descifrar Bernardo–, eso debe de significar que, pese a que casi estemos en Navidades, la firma solo se encuentra a mitad de su año fiscal, por lo que el ejercicio económico de Rapid debe de transcurrir de julio a junio. Y todos los encargos que no estén ya muy avanzados no van a conseguir tener impacto en los resultados de este año puesto que, al contrario de lo que ocurre con los bufetes, aquí solo se cobra cuando se cierran los asuntos. No importan las horas incurridas, dado que no se facturan, sino las primas de éxito, los success fees, que solo se devengan una vez realizadas las inversiones. Poco a poco voy entendiendo cómo funcionaba el negocio», se ufanó de manera inocente.

Florian dirigió su mirada hacia el conjunto de socios y directores que le estaban escuchando como si pidiera que alguno de los presentes se animara a hacer una puja en una subasta. Hasta que el primero se lanzó.

–En consultoría vamos como un tiro y el año va a ser histórico –retumbó la ronca voz de Abraham, al que Bernardo no había visto llegar–, porque tenemos tres propuestas muy potentes, de las que mueven la aguja. Solo tenemos que aterrizar alguna de las tres. Es la palanca que necesitábamos para salirnos del mapa.

–¡Qué bueno! –convino Florian–. Es el tipo de temas con un alto scoring que nos dan un discurso potente ante los clientes.

Caras de satisfacción por toda la sala, mientras de trasfondo se escucha un murmullo de «qué bueno» como si de una letanía se tratara.

–Por nuestra parte, hemos mapeado las propuestas más potentes que teníamos en el pipeline y al menos una de ellas se cierra seguro en Q1 –intervino Félix Castañeda, uno de los veteranos de la casa.

–Y en CIP estamos a punto de cerrar un tema muy potente también, que no mueve la aguja pero que es una palanca para la refi de después si se tradea –apuntó otro de los veteranos.

Parecía de broma. «¡Esta gente solo sabe utilizar las mismas cuatro palabras! ¿Será algún tipo de rito iniciático?», se preguntó Bernardo.

Se hizo un breve silencio, un respiro momentáneo de palancas, potentes, mapeos y agujas.

–¡Qué bueno, qué bueno! –musitó Florian en tono pausado mientras dirigía su mirada a su público buscando nuevas pujas–. ¡Qué bueno, qué bueno!

Bernardo observaba las caras de los asistentes con atención. Parecían habituados a la dinámica de la reunión, con sus cafés en la mano y poca pinta de querer participar. No obstante, Florian no se iba a dar por vencido tan fácilmente. Su trabajo consistía tan solo en eso, en exprimir la información que podían darle sus socios con la que poder tomar la temperatura de la potencial facturación para, acto seguido, pedir un esfuerzo aún mayor. Por esa razón, muchas veces lo más sensato era no intervenir.

–Faustino, ¿cómo marrrchan las cosas por legal? –abordó por fin a otro Líder.

Faustino se irguió en su asiento, dando un respingo como si estuviera cuadrándose ante un oficial de superior rango en el Ejército, y tras un par de balbuceos ininteligibles y apoyado en su mejor sonrisa vacía, comenzó a desgranar cómo marchaban las cosas por Legal.

–Pues bastante bien, Florian. Ya sabéis que nuestro negocio es un poco diferente y depende menos de los success fees y más de las horas trabajadas, que es la palanca que mueve la aguja, puesto que se facturan todas y se cobran en tres meses. Y de acuerdo con esa métrica parece que va a ser un año realmente potente.

–¡Muy buen colorrr, Faustino! ¡Qué bueno! –le felicitó Florian antes de volver a la carga–. ¿Y no tenéis ningún success porrr ahí escondido? Es por tenerlos todos mapeados y así aterrizarr mejor el presupuesto de final de año.

–Bueno, Florian. Hay una propuesta que tenemos que acabar de aterrizar. Es buen tema. Para uno de nuestros clientes más potentes. Aunque aún no está aceptada.

–¡Qué bueno, qué bueno!

Bernardo casi podía escuchar el eco de una multitud de «¡qué buenos!» a su alrededor, proferidos al unísono para sus adentros por cada uno de los socios y directores de Rapid allí presentes.

Ya parecía que la reunión se iba a dar por concluida cuando Abraham tomó la palabra de nuevo.

–Faustino, aparte de lo que cuentas, que nos ha dado muy buen color, creo que nos podrías dar un update acerca de cómo va el aterrizaje del nuevo socio de Infra, Bernardo Fernández Pinto, que creo que es un fichaje potente y con muy buen discurso. Estoy convencido de que será una gran palanca para poder atraer más success fees.

Joder, alguien que se acordaba de él.

–Claro, claro –respondió Faustino, algo desconcertado y mirando a su alrededor boqueando como un pez fuera del agua–; creo que habrá venido a la reunión y así os lo presento… ¡Sí! ¡Ahí está! –exclamó mientras señalaba aliviado en dirección a donde estaba la flamante nueva incorporación.

Bernardo ya se había levantado de su asiento desde el preciso instante en que había oído a Abraham proferir su nombre. Ni en broma iba a dejar pasar la oportunidad de poder darse a conocer al grupo más granado y selecto de socios y directores de Rapid.

–Tengo el gusto de presentaros a Bernardo Fernández Pinto, que como ya os ha adelantado Abraham, es un fichaje muy potente que se acaba de incorporar a nuestra división legal –anunció Faustino más bien de mala gana.

Las cabezas de todos esos desconocidos se volvieron hacia donde estaba Bernardo. Una situación incómoda, pero por la que ya había pasado en multitud de ocasiones. La clave era hablar con firmeza, volviendo la vista unos segundos a cada punto de la sala aunque sin mirar a nadie en concreto, para que así todos se sintieran involucrados y nadie pudiera condicionar su exposición.

–Buenos días. Gracias por tu introducción, Faustino. Como señalaba Abraham, me acabo de incorporar hace unas semanas a la división legal de Rapid para llevar el sector de Infraestructuras, después de una experiencia de más de quince años en varios bufetes. Fui socio en Pearson Loft, Sandwich Panel, Scottish Fist y, por último, socio director de Salmons en la Nación. Mi especialidad siempre ha sido M&A, y el sector que más he trabajado, el de Infra. Mi objetivo es aportar lo que pueda para aumentar más aún el peso de Rapid en el mercado legal de M&A.

–¡Qué bueno! –replicó Florian

Bernardo prosiguió.

–La verdad es que, cuando me incorporé, mi intuición era que se podrían aprovechar las sinergias entre las divisiones de legal y consultoría, y por el momento está resultando muy bien, porque dos clientes ya nos han pedido sendas propuestas para refinanciaciones de proyectos de infraestructuras en dificultades.

–Muy buen tema. Muy buen tema –zanjó Florian mientras se bajaba del estrado en una inequívoca señal de que estaba dando por finalizada la reunión–. Este sí que es un aterrizaje potente.

«Y tanto –pensó Bernardo–. Y tanto».

Una vez acabada su primera reunión de socios y directores, Bernardo se volvió a la sala de reuniones que hacía las veces de despacho, abrió la puerta, se puso la chaqueta y la bufanda, que ya no se pensaba quitar hasta mayo para poder soportar mejor el frío, se sentó en la silla y, al tiempo que abría su portátil, se juró que nunca más en su vida volvería a utilizar el adjetivo potente, incluso pese a que tuviera que describir el más veloz deportivo de última generación.

***

El tiempo seguía transcurriendo inexorable y, entre el frío glaciar de su despacho-sala y el poco contacto que tenía con la multitud de abogados y consultores que lo rodeaban, Bernardo se sentía cada vez más solo y desamparado. Por otra parte, el régimen de clandestinidad al que lo habían sometido le estaba impidiendo mantener un contacto fluido con sus antiguos clientes y conocidos. Nadie sabía con certeza dónde trabajaba ahora Bernardo. Y eso, en un negocio basado fundamentalmente en el networking, era un auténtico drama. Así que un buen día decidió que cada jornada la iba a dedicar a visitar una a una todas las plantas de la torre hasta llegar a conocer a cada uno de los socios y directores de Rapid para, de esa forma, identificar oportunidades de negocio y aprender algo más de la casa. Al menos seguro que iba a pasar mucho menos frío que quedándose en su despacho.

Dicho y hecho. Setenta y una plantas, en las que no contaban la treinta y cinco, que es donde estaba la cafetería; ni la sesenta y nueve, la de las salas internas; la setenta, a la que solo tenían acceso los socios equity, pues es donde se encontraba el club equity; ni tampoco la setenta y uno, salas de reuniones con clientes. Esto dejaba sesenta y siete plantas por recorrer. Sesenta si obviaba las siete plantas de servicios generales, administración e informática. Eran demasiadas.

«Mejor me hago una por la mañana y otra por la tarde y en menos de un par de meses me he ‘pateado’ entera la torre», calculó.

Es lo que hizo. Por estricto orden numérico. El primer día, la planta ocho por la mañana y la planta nueve por la tarde. El segundo, plantas diez y once. Y así sucesivamente. Era una labor muy poco agradecida, porque parecía que la clandestinidad se había extendido a los propios empleados de Rapid. Absolutamente nadie tenía ni la más remota idea de quién era Bernardo. Pero él sí sabía quiénes eran ellos. Gracias a Dios tenía acceso al directorio completo de empleados por lo que, antes de salir cada mañana de excursión, se estudiaba los perfiles de los socios y directores de la planta que tocase. A qué se dedicaban, qué clientes tenían, si podía conocerlos de algo… cualquier excusa con la que poder iniciar una conversación.

La dinámica era bastante aburrida, puesto que el ritual se repetía de manera invariable. Bernardo se acercaba a la puerta de uno de los despachos mono o doblemente aventanado y, tras intentar hacer contacto visual, se aventuraba sin reparos.

–¡Buenos días (o tardes)! ¿Puedo pasar?

En la mayoría de ocasiones, y si escogía con habilidad el momento, siempre le dejaban entrar. Además, iba depurando poco a poco la técnica, lo que aumentaba de forma significativa la ratio de éxito.

–Soy Bernardo Fernández Pinto; me acabo de incorporar como Senior Advisor a la división legal de Rapid para llevar el sector de Infra.

Tras la inicial sorpresa mezclada con un variable grado de fastidio por la interrupción, una vez asimilaban la información, la mayoría de socios y pseudo-socios lo invitaban a sentarse. Tampoco es que les quedara otra opción.

–¿Qué tal, Bernardo? Encantado de conocerte y bienvenido. ¿Cómo está siendo tu aterrizaje?

–Bastante bueno, aunque lo cierto es que es difícil adaptarse a un entorno tan multitudinario. Yo vengo de un mundo bastante más reducido, el de los bufetes legales.

–¡Qué bueno, qué bueno!

Ese era el instante en que Bernardo se daba cuenta de dos cosas. La primera, que estaba frente a un socio de los de toda la vida, condenado por siempre y hasta el fin de sus días a hablar usando la jerga Rapid, de la que no podría librarse ni jubilado. La segunda, que ahí no había nada que rascar, porque la conversación se dirigiría sin solución posible a lugares comunes trufados de palancas y demás discursos potentes. Era el momento de levantarse educadamente y tratar de buscar suerte con el siguiente socio.

En raras ocasiones se cruzaba con alguno que sabía de su peculiar condición clandestina y de la razón que la motivaba. Eran los veteranos de guerra que estaban en la casa cuando Rapid adquirió Slow muchos años atrás. En cuanto triangulaban los datos, abogado, Senior Advisor y con pinta de estar perdido, no les quedaba duda alguna de que se trataba de él.

–¡¡¡Tú eres el del pleito contra Hacienda!!!

En ese momento la conversación derivaba hacia derroteros probabilísticos acerca del porvenir de la disputa y cómo esta podía afectar a la casa, y más en concreto al bolsillo del interlocutor. Otra pérdida de tiempo que al menos le otorgaba cierto caché y le aseguraba que alguien se iba a quedar con su nombre y su cara. De algo le serviría ese protagonismo, sobre todo si se ganaba el pleito.

Y, por último, tras decenas de insulsas charlas, muy de vez en cuando lograba entablar una conversación profesional seria y provechosa, pese a la pertinaz jerga, que era prácticamente imposible de evitar. En esas extrañas ocasiones se daba cuenta de todo el potencial que podría llegar a tener en Rapid su estrategia de combinar un producto multidisciplinar, y de lo interesante que sería su trabajo allí si llegase a conseguir romper las barreras que parecían levantarse cual vallas electrificadas entre las divisiones y departamentos. En esas escasas ocasiones apuntaba mentalmente el nombre de la persona con quien había conseguido romper esa invisible barrera, para poder reflexionar con más calma en su despacho acerca de qué servicios podrían desarrollar de manera conjunta y a qué clientes podrían abordar de forma coordinada. Era evidente que Bernardo no tenía aún ni la más remota idea de a lo que se estaba enfrentando.

Fueron seis semanas agotadoras en las que se sentía como un paria, como un desarrapado con el que nadie contaba. Le asaltaban las ganas de ir a hablar con Abraham para preguntarle para qué narices lo había fichado. Mejor no saberlo. Había que adaptarse a la situación y seguir tirando para adelante.

«Si yo no me muevo, nadie lo va a hacer por mí, eso está muy claro».

***

Al menos, y pese a las dificultades, había logrado que un par de antiguos clientes de su etapa en Salmons lo recibieran y, más aún, que incluso le hicieran encargos profesionales, mezcla de asesoramiento legal y financiero. Justo para lo que había entrado en Rapid. Satisfecho por sus logros, llegaba el anhelado momento de anunciar estos pequeños éxitos a sus «mayores» y abrir sus primeros clientes en el universo Rapid. Era algo bastante emocionante, como cualquier primera vez. Le hacía además sentirse útil a la firma, al mismo tiempo que valorado por los clientes, permitiéndole echar el telón a la oscura época pasada y sentir que se iniciaba una nueva era. Ahora tan solo tenía que bucear en el sistema y aprender cómo se abría un cliente, averiguar cómo se creaba un asunto y comenzar a rodar. Así que se sentó delante del portátil dispuesto a comenzar el proceso, ataviado con chaqueta y bufanda, y con un descafeinado bien caliente en sus manos para combatir el frío.

«Esto no puede ser muy difícil –se dijo–. A fin de cuentas, yo ya he visto de todo», reflexionó confiado.

Volvía a minusvalorar el poder de la burocracia. Para empezar, la pantalla de inicio de Rapid al abrir el ordenador era cualquier cosa menos intuitiva. Asemejaba una página web externa, con más fanfarria que información real. Mucha foto, mucho vídeo, montones de colores, pero nada interesante de verdad.

«Tengamos paciencia, que por aquí tiene que haber algo así como un apartado de apertura de clientes», trató de animarse.

Vio una pestaña en la que ponía «Client Zone». ¡Al fin! Esto debe de ser. «Clicó» dos veces y se le abrió un directorio de noticias colgadas de diversos medios, en las que cada vez que aparecía mencionada Rapid, o alguno de sus socios, salía resaltada la palabra en amarillo fosforito.

«Nada, esto no es, solo es más marketing», se dijo decepcionado.

Siguió insistiendo pestaña a pestaña.

«Paciencia, tengo todo el día; es tan solo una cuestión de ensayo y error», consideró.

Finalmente decidió entrar en un apartado de la pantalla de inicio que había desechado por parecerle que con total seguridad no sería la que buscaba. Se llamaba OPS-WOP. Sin grandes esperanzas puso el ratón encima de la pestaña y apretó el botón izquierdo dos veces. A sus ojos apareció de inmediato un mensaje que decía:

«Sitio restringido para socios y directores. No tiene autorización para acceder. Consulte al Departamento de Informática (ext. 4444) en caso de tratarse de un error».

«Joder, pues no puedo acceder. Y debería, porque Abraham me dijo que a efectos internos es como si fuera un socio más».

Así que raudo marcó el 4444 y esperó a que lo atendieran.

–¡Buenos días, Bernardo! –le contestaron casi de inmediato al otro lado de la línea.

«Vaya, seis semanas de tournée por toda la torre sin que nadie supiera quién soy y de repente me llaman por mi nombre». Resultaba muy agradable.

–¡Buenos días! ¿Y cómo sabes mi nombre?

Su interlocutora se rio.

–Muy sencillo. Cuando llamáis vuestro nombre aparece automáticamente en nuestra pantalla junto con vuestra ficha.

Bueno, daba igual. Seguía siendo de largo la conversación más agradable que había tenido desde que se había incorporado.

–¿En qué te puedo ayudar, Bernardo? –le preguntó su nueva mejor amiga.

–Pues resulta que me acabo de incorporar a Rapid y quería abrir un nuevo asunto que me había encargado un cliente. He estado indagando por el portal un buen rato y, tras descartar el resto, me ha parecido que tenía que estar forzosamente en una pestaña que se llama OPS-WOP, porque lo he intentado con todas las demás y no he encontrado lo que busco.

–Y al intentar meterte te ha dicho que no puedes, ¿verdad?

–¡Justo! –Qué gusto dar con alguien que sabía de lo que hablaba.

–Claro, resulta que ese acceso está restringido a socios y directores y, por lo que veo, tú tan solo eres Senior Advisor.

–Pero cuando me ficharon me dijeron que los Senior Advisors internamente son como socios a todos los efectos.

–Bueno, a todos todos… está claro que no. Pero habla con el socio que corresponda y en cuanto nos dé la orden te damos acceso.

–Muchas gracias, así lo haré. Por cierto, ¿cuál es tu nombre? Por si tengo que volver a llamar poder preguntar por ti.

–Bea, me llamo Bea Turdó.

–Pues encantado, Bea, eres muy profesional. Una última cuestión antes de colgar. Cuando me den acceso, el apartado de OPS-WOP es en el que puedo abrir los asuntos nuevos, ¿verdad?

Bea volvió a reírse de manera espontánea.

–No te creo. ¿Es que nadie te ha explicado cómo funcionan los sistemas de facturación y apertura de clientes? ¿Hace cuánto tiempo que te has incorporado?

–Dos meses. Y no, nadie me ha explicado nada, solo Fátima cuatro generalidades el primer día, pero de abrir clientes y asuntos nada de nada. En fin, muchas gracias, Bea. Me has resultado de gran ayuda.

Al colgar sintió de repente, como una bofetada, lo absurda que resultaba su situación. Por mucho que él tratase de adaptarse a las circunstancias, lo cierto era que no tenía ningún sentido que nadie le hubiera presentado en público y que no le hubieran explicado las normas más básicas de funcionamiento de Rapid. Si en cualquiera de las firmas de abogados en las que había estado siempre había un programa de aterrizaje que duraba semanas para los recién incorporados, ¡por muy junior que fueran!

No obstante, no era el momento de lamentarse sino de actuar, y lo que tocaba ahora era hacer valer que había conseguido atraer a dos clientes y por otra parte averiguar de una maldita vez cómo funcionaba el condenado sistema de gestión de asuntos de Rapid. Y las dos cosas las podía conseguir llamando a Faustino.

Marcó sin titubeos su extensión. Comunicaba. O quizá no quería coger. Podía ser cualquier cosa. Decidió apelar al pecado más extendido en la humanidad, el de la vanidad. Le envió un mail sin texto en cuyo asunto ponía: «Faustino, te necesito para algo en lo que solo tú puedes ayudarme como Líder de M&A».

La mezcla de engreimiento, intriga y curiosidad funcionó una vez más y a los dos minutos sonó el teléfono de Bernardo. Era la extensión del Líder. Dejó que sonara un par de veces y contestó:

–¿Sí? ¿Quién es?

–Joder, Faustino. ¿Quién si no?

–¡Ah, claro! Disculpa, que he cogido el auricular sin mirar la pantallita.

–No pasa nada. He visto tu mensaje. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?

–Mira, te cuento. Dos clientes me han aceptado sendas propuestas de honorarios y al ir a abrir los asuntos en el sistema me ha salido el mensaje de que se trataba de un área reservada a socios y directores.

–¿No tienes acceso a OPS-WOP? –le interrumpió Faustino sin poder evitar una sonrisita de satisfacción que Bernardo casi podía ver a través del teléfono.

–Me han dicho en Informática que me tenía que poner en contacto con un socio para que me dieran acceso y he pensado que el más indicado eras tú, al ser el Líder de mi área.

–Claro, claro. Ahora mismo le mando un mail a IT para que te den acceso. Aunque antes dime, ¿has hablado ya con el GRP, el SRP y el responsable del sector?

¡Toma ya! ¿Y con nadie más? Bernardo ya tenía asumido que no podría abrir el cliente a su nombre si alguno de los contactos que le había hecho el encargo resultaba que ya había trabajado en el pasado con Rapid, porque estaría ya bajo el nombre de otro socio. Pero, ¿y quién era toda esa otra gente que le decía Faustino? ¿Y por qué razón había que hablar antes con ellos? ¿antes de qué? ¿de abrir el asunto? Ya se lo indicaría automáticamente el sistema al intentar hacerlo, ¿no?

–No entiendo, ¿te refieres a que antes de abrir un nuevo asunto tengo que hablar con el que aparezca como socio responsable de ese cliente? Es justo lo que iba a haber hecho si al intentar crear el nuevo cliente hubiera visto que ya estaba bajo el nombre de otro socio.

–No, no. No es eso a lo que me refiero –le replicó un Faustino que parecía estar pasándoselo en grande con lo perdido que estaba alguien tan senior al que nadie le había explicado nada de la tremenda burocracia del lugar–. Me refiero a que si antes de ir a ver a los contactos has informado al GRP, al SRP y al responsable del sector en que están «mapeados» esos clientes.

Otra vez. ¿Le estaría vacilando?

–Faustino, no tengo ni idea de qué me estás hablando. Resulta que no sé ni lo que es un GRP ni un SRP, por lo que difícilmente puedo haber hablado con ninguno de ellos antes de ir a visitar a Citrax y a Agropecuaria Nacional.

Líder se tomó un momento que a Bernardo le sonó a titubeo.

–¿Citrax? ¿La farmacéutica?

–Sí, claro –respondió Bernardo

–¿Y no has chequeado antes el Matrix?

–¿El qué?

–El sistema que te indica si se trata o no de un cliente restringido.

–¿Un cliente restringido? ¿Y eso qué es?

–Es una base de datos que te señala los clientes para los cuales no podemos trabajar porque tenemos conflicto de interés.

–No creo que sea problema en este caso. Se trata de asuntos no litigiosos y, por su naturaleza, tampoco puede haber conflicto comercial, puesto que no tienen contraparte alguna –explicó con aplomo Bernardo.

–No es tan sencillo, Bernardo –se regodeó Faustino–, porque, como deberías saber, Rapid tiene una rama muy potente de auditoría y a los clientes auditados no se les pueden prestar ciertos servicios por razones de independencia.

Bernardo respiró aliviado.

–No te preocupes, Faustino, que a Citrax llevo teniéndolos de clientes desde hace muchos años y no los audita Rapid, estoy seguro –afirmó contento de la suerte que había tenido en esta ocasión.

Sin embargo, la risa mezcla de cruel y divertida de Líder no era para nada tranquilizadora.

–Ya, es que también tenemos conflicto con aquellos clientes a los que en un futuro querríamos auditar, y Citrax es uno de ellos –proclamó de forma sentenciosa.

Bernardo no pudo evitar un sentimiento de sorpresa e indignación.

–Pues vaya…

–Sin embargo, has tenido suerte con Agropecuaria Nacional –concedió Líder–; para ellos sí que podemos trabajar, aunque antes de ir a verlos tendrías que haber hablado con el responsable de la cuenta, que es el GRP; con el responsable de sinergias entre divisiones, que es el SRP; y con el Líder de CIP, que es el sector al que pertenece Agropecuaria Nacional.

Faustino había conseguido terminar de abrumar a Bernardo.

–Pues no he hecho nada de lo que dices. Y, aparte, ¿qué es eso de OPS-WOP?

–OPS es la base de datos en la que debes cargar cada oportunidad una vez que sabes de alguna nueva posibilidad de negocio. Es lo primero que tendrías que haber hecho antes de hablar con nadie. Y WOP es la base de datos en la que has de incluir, una vez hayas hablado con el GRP, el SRP y el Líder sectorial, y tras comprobar en Matrix que no hay conflicto, una estimación de lo que se va a cobrar por el trabajo.

«¡La Virgen! ¿Pero aquí realmente alguien consigue abrir un asunto nuevo? Con todo este proceso es imposible cumplir un presupuesto, porque no te da tiempo ni a tramitar el papeleo», se lamentó para sus adentros.

Comenzaba a desesperarse y a pensar que no iba a conseguir nunca arrancar, ni mucho menos ganar la suficiente velocidad de crucero como para traer a sus contactos y así tener una cartera respetable de clientes y asuntos. Además, no sabía cómo reaccionar teniendo en cuenta que ya tenía los encargos en firme. Decidió probar suerte.

–Entonces, resumiendo: no puedo aceptar el encargo de Citrax pero sí el de Agropecuaria Nacional aun cuando no haya seguido el protocolo, ¿no?

Se hizo un breve silencio.

–Por esta vez sí, aunque la próxima no olvides seguir el protocolo establecido. ¡Ah! Y necesitas abrir el asunto bajo el nombre de un socio, dado que los Senior Advisors no podéis tener asuntos a vuestro nombre, así que si quieres puedes usar el mío –zanjó Faustino.

Menos mal. Lo que iba a ser el primer éxito de Bernardo en Rapid se había acabado convirtiendo en una concesión acompañada de una reprimenda. Y encima sin haber podido abrir el asunto a su nombre. «Pues sí que empezamos bien».

***

Dos meses de exasperante lentitud burocrática habían pasado ya, pero al menos se acercaba la Navidad y podría disfrutar de un poco de merecido sosiego para así poder al fin dar por concluido un año horroroso. Y con las fiestas, como en toda empresa que se precie, llegaba la cena de Navidad. Ese año a Bernardo le hacía verdadera ilusión porque sería el evento en el que por fin podría conocer a sus nuevos compañeros de manera sosegada. Además, por lo que le habían contado, la cena era en realidad una gran fiesta. Rapid tiraba la casa por la ventana. Acudir como nuevo socio (o Senior Advisor, ¡qué más daba!, si en el fondo era lo mismo ¿no?) sería el modo perfecto de estrenar sus galones en un ambiente desenfadado delante de todo el mundo.

Sin embargo, pasaban los días, se acercaban las fechas «calientes» y allí nadie decía nada de la fiesta. Lo normal habría sido recibir un mail del presidente de Rapid con detalles del festejo, como ocurría en los bufetes en los que Bernardo había trabajado. Eso siempre contribuía a generar un ambiente navideño que elevaba la moral de la tropa. Pero ese mail nunca llegaba. Estaba ya avanzando diciembre, las oficinas comenzaban a estar repletas de adornos navideños y allí nadie decía nada, por lo que finalmente decidió que lo mejor sería preguntarle a uno de los consultores sentados en la pradera situada frente a su sala-despacho.

–¡Hola, buenos días! Disculpa que te interrumpa, ¿tú sabes cuándo es la cena de Navidad?

–¿La fiesta? Es el próximo jueves en el Palacio de Congresos de la Gran Capital.

–¡Ah! Perfecto. Y ¿a qué hora hay que estar allí? Es que no he recibido el mail con la información…

–¿El mail con la información? No hay ningún mail; te tienes que meter en el «Employees Zone» y apuntarte. ¿No lo has hecho todavía? Ya puedes darte prisa que las plazas son limitadas.

Lo primero que le sorprendió fue que a una fiesta de Navidad hubiera que apuntarse, más aún siendo casi-socio. Aunque todavía le llamó más la atención que las plazas fueran limitadas. ¿Quién limita las plazas para su propia fiesta de Navidad de empresa? Sin embargo, carecía de sentido elucubrar, por lo que se metió en el «Employees Zone», buscó la información y, sin más, se apuntó. Allí iba a estar el jueves siguiente sin falta con la mejor de sus sonrisas.

Llegó el jueves y, como cada año, le comenzaba a invadir una tremenda pereza de irse de casa dejando a María con Berta y Benjamín. Y, como cada año, María lo empujaba a salir.

–Venga, anímate. Que es tu primer año en Rapid y además el Palacio de Congresos tiene fama de organizar unas fiestas espectaculares –le insistía, aunque a ella también le apetecía más que Bernardo se quedase en casa haciéndoles compañía.

–Ya lo sé. Por un lado me apetece mucho, y al mismo tiempo me da un perezón que no veas –se resignaba Bernardo.

–Pero si sabes que te va a emocionar verte en tu nueva firma como socio con lo mal que lo has pasado este año. ¡Aprovecha y diviértete!

Tenía razón. María era más que consciente de la necesidad de poner punto y final a una de las etapas profesionales más duras de la vida su marido. ¿Y qué podía haber mejor que una relajada fiesta navideña? Por supuesto, siguió como siempre el consejo de su mujer y, venciendo la tentación de quedarse en casa, sacó el coche del garaje y se dirigió al Palacio de Congresos.

Nada más llegar, y tras casi media hora buscando parking, se encaminó a la entrada, sumándose a una inmensa columna de gente que se dirigía al mismo lugar. Para esto, al parecer, también había hora punta. En la puerta de acceso había un par de guardas de seguridad bastante cutres que le pidieron su tarjeta de identificación como empleado de Rapid y, tras comprobar que su nombre estaba en la lista, le dejaron pasar sin más. Nada de entregarle un badge con su nombre ni mucho menos ponerle la típica copa de champán en la mano. El comienzo no podía haber resultado más decepcionante. Era como entrar en una discoteca de la Gran Capital un viernes por la noche cualquiera. Una vez dentro, lo primero que hizo fue agarrar la primera bebida que pudo y, apoyado en esa imbatible arma de integración, se decidió a unirse a cualquier grupo. Eso ya resultó más complicado. Miraba a uno y otro lado, lanzaba panorámicas completas, pero allí no conocía a nadie en absoluto. Además, todos parecían irrealmente jóvenes. Comenzó a sentirse ahogado. Viejo y fuera de lugar.

Estaba a punto de claudicar cuando notó que alguien que se le había aproximado por la espalda le tocaba el brazo. Bernardo se giró convencido de que quien quiera que fuese se había equivocado de persona. Se encontró con que era una chica joven –todos allí lo eran para él–, aunque al menos no tanto como el resto. Debía acercarse a los treinta y llevaba unas enormes gafas redondas de montura metálica que resaltaban más aún la circunferencia de su cara y sus grandes ojos verdes. Una piel ligeramente pecosa completaba el estereotipo perfecto de pelirroja de libro, más aún gracias a un rojo vestido de fiesta que resaltaba sus curvas. No tenía ni la más remota idea de quién era.

–¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí? ¡Soy Bea Turdó!

–¿Bea? ¡Claro! Eres la informática que me ayudó el otro día con el OPS-WOP. Lo he dicho bien, ¿no?

Bea se rio con amabilidad.

–Sí, sí. Lo has dicho muy bien. ¿Pudiste acceder al final?

–Si te soy sincero, aún no. Faustino Pérez quedó en solicitar mi acceso, pero aún no lo ha hecho.

–¿Faustino Pérez? ¿El Líder de M&A de Legal? Pero qué bien te rodeas, chico… Bueno, la verdad es que es un gilipollas bastante engreído.

«Vaya, no tiene pelos en la lengua la tía. Lo que hacen un par de copas en una buena fiesta», pensó Bernardo.

No obstante, y por mucho que le hubiera encantado hacerlo, no habría sido correcto darle la razón.

–No lo conozco lo suficiente –replicó prudentemente.

Bea se quedó pensativa, como si se hubiera dado cuenta de repente de que quizá ese con quien estaba hablando bien podía ser otro gilipollas como Faustino. Bernardo notó el incómodo silencio y trató de cambiar de tercio.

–Por cierto, ¿cómo me has reconocido si no nos hemos visto nunca?

–Muy fácil. ¿Recuerdas que te dije que al llamar nos salía una ficha completa vuestra? Pues la ficha lleva foto también. Eso, unido a la pinta de despistado que traes, no hacía muy difícil el deducir que eras el nuevo con el que había estado hablando del OPS-WOP. Seguro que no conoces a nadie aquí.

–Muy lista. Y muy observadora. Gracias a Dios. Porque tienes razón. Aquí no conozco absolutamente a nadie. De verdad que comenzaba a sentirme fuera de sitio.

Bea lo miró con cara de extrañeza.

–¿Y te sorprende? Los de tu estirpe tienen su propia cena. ¿No te han informado de la cena de socios?

Tocado y hundido.

–No, nadie me ha dicho nada –respondió azorado.

Aguantó unos minutos más hasta que unos amigos de Bea se acercaron a hablar con ella y se marchó a casa tras despedirse. En el camino de vuelta conducía apesadumbrado pensando que, con toda certeza, no duraría en Rapid más allá de la fecha del juicio de Slow.

12. ¿De nuevo socio?

Faltaban menos de tres meses para la fecha prevista para la celebración del juicio de Slow, al que había sido citado como testigo, y Bernardo sentía que se le acababa el tiempo. Por mucho que tratara de adquirir algo de arraigo en el entorno al que se había incorporado, le resultaba de lo más hostil. Nada de lo que lo rodeaba ayudaba. Ni su exilio a la planta dieciocho, lejos de los socios más activos, ni su reclusión en una gélida sala que no invitaba a visitas espontáneas, ni la total indiferencia con la que lo habían acogido sus nuevos compañeros. Esto era precisamente lo que más lo desconcertaba. Porque él ya había experimentado con anterioridad tanto el abuso y la explotación del nuevo como el rechazo. También la hipocresía con la que algunos se presentan como grandes amigos para después traicionarte sin miramientos. Sin embargo, lo que nunca le había pasado en su vida era que lo ignorasen. Y menos de esa manera. Ni tanto tiempo. Era una situación contra la que no disponía de armas adquiridas por experiencia previa. Se enfrentaba a un enemigo desconocido, la burocracia, que lo descolocaba en la misma medida en que lo enervaba.

Había intentado de todo. Desde recorrer cada una de las plantas de la torre a la busca y captura de socios con los que congeniar, hasta acudir puntualmente a cuantas reuniones de socios y directores, grupales o sectoriales, lo convocasen. Era como tratar de perforar un pozo de agua en medio del desierto. No se cansaba de proclamar a los cuatro vientos sus deseos de poner en valor su experiencia en infraestructuras y en procesos de insolvencia, pero nada. Tantos socios, tantos clientes y no salía ni una sola oportunidad. Quizá su ubicación en la división legal fuera el problema, dado que el tipo de trabajo que hacían los abogados en Rapid era más de comparsas de los consultores que otra cosa. O simplemente pudiera ser que no encajara.

Aunque alguien parecía que sí que debió de haberse quedado con la cantinela, ya que un buen día recibió una convocatoria a una reunión con un cliente. El mail no incluía ninguna pista acerca del contenido de la misma. Siguiendo el estilo de la casa, ni se incluía agenda, ni había reunión preparatoria de ninguna clase. Tan solo una larguísima lista de distribución en la que no conocía a nadie más que a Abraham, que era quien dirigiría la reunión, y el nombre de un cliente con el que nunca se había cruzado: Power Fund.

Lo primero que hizo fue aceptar la invitación a la reunión a toda pastilla, no fuera que se tratase de un error y le acabaran desconvocando. Acto seguido comprobó en el directorio de Rapid quiénes eran las otras más de quince personas invitadas. Ninguno más era abogado, solo consultores. Y todos bastante seniors. Socios y directores expertos en asesorar en inversiones. Esperanzador. Ahora tenía que darle vueltas a por qué lo habían incluido a él en la lista y qué es lo que podría aportar. Valoró llamar a Abraham para preguntárselo, pero si él no le había advertido de la reunión sería porque no lo consideraba necesario.

«Mejor no decir nada –consideró–. A ver si al final me voy a terminar quedando fuera por tonto».

Dedicó unos cuantos días a averiguar quiénes eran Power Fund y a qué se dedicaban. Resultó que eran una cosa que llamaban hedge funds, fondos de inversión de vocación oportunista que invierten su dinero en situaciones que entrañan un riesgo muy elevado y de las que los inversores tradicionales no quieren saber nada. Por todo ello, el modo de operar de los hedge funds se cimentaba en dos elementos esenciales: buenas oportunidades en las que no hubiera mucha competencia y excelentes análisis que casi garantizasen el éxito. Y aunar los dos factores era extremadamente difícil. Una aguja en un pajar.

Bernardo nunca se había cruzado con ninguno de esos fondos hasta ese momento. Era un neófito total en ese universo. Tan solo sabía que tenían mala fama. «Fondos buitre» los llamaba la gente, puesto que en teoría acechaban a empresas moribundas y a proyectos fallidos para devorarlos. Lo que nadie contaba era que, cuando lo hacían, muchas veces esas empresas y proyectos recibían una segunda oportunidad y acababan siendo solventes de nuevo. A un coste muy alto, sí, pero es lo que compensaba a quien se metía donde nadie se atrevía, arriesgándose a perder hasta la camisa.

Una de las maneras que tenían los hedge funds para descubrir («levantar» en la jerga) nuevas oportunidades era reunirse con las consultoras para que estas les contasen situaciones interesantes respecto de las cuales hubieran trabado conocimiento. El incentivo para ellas era ser contratadas para realizar el análisis de las mismas a cambio de haber destapado el negocio. Sin embargo, rara vez funcionaba. Porque para que una oportunidad de inversión fuera buena era preciso que tuviera carácter propietario, esto es, que no la hubiera identificado nadie más en el mercado. Y era casi imposible que a oídos de un simple asesor llegara una perla que nadie más conociera. Ese era el motivo de la reunión con Power Fund. Y por eso lo multitudinario de la convocatoria bajo la batuta de Abraham, responsable máximo de Consulting.

El plan consistía en lo siguiente. Cada uno de los casi veinte socios y directores, responsables (perdón, Líderes) de las más variopintas áreas y sectores de Rapid expondrían al fundador de Power todas las posibles inversiones que habían conseguido rastrear en el mercado de la Nación. Si alguna resultaba potable y Power decidía dedicar tiempo y recursos a analizarla, entonces Abraham, que era su consejero de cabecera, se haría con el tema, pondría a un equipo ingente de consultores a trabajar y se colgaría la medalla, esto es, la suculenta factura a cobrar del fondo. El asunto era un completo chollo tanto para Power Fund como para Abraham.

Bernardo no era consciente de nada de esto y acudió a la reunión completamente virgen, tanto de prejuicios, como, en esta ocasión y en contra de su costumbre, de preparación. Seguro que asistir no podía ser negativo, así que trató de ser puntual y estar muy atento a lo que allí se hablaría para ver si podía aprender algo de provecho.

Al entrar en la reunión la situación resultaba bastante intimidatoria. La imagen de la sala de juntas de la setenta y uno, con sus impresionantes vistas sobre la Gran Capital y su reluciente mesa de roble, alrededor de la cual se sentaron los veinte asistentes a la sesión, presidida por el fundador de Power Fund, un inglés de origen indio con pinta de ser más listo que el hambre y acostumbrado a no perder ni al parchís y a cuya vera se encontraba un extremadamente serio Abraham, era como para acojonar a cualquiera. Pero no a Bernardo, que había pasado por situaciones mucho más tensas y desagradables en su pasado como abogado de bufete. Aun así, y por si acaso, optó prudentemente por sentarse en el extremo contrario a donde Abraham y su invitado de honor se habían ubicado.

–¡Buenos días a todos! Hoy tenemos la suerte de contar entre nosotros con uno de los inversores más potentes del mercado de hedge funds. Mitch Singh es el fundador de Power Fund y vamos a intentar «mapear» el mercado de la Nación para que pueda aterrizar alguna oportunidad con nosotros.

–¡Qué bueno! ¡Qué bueno! –murmuraron a coro todos los asistentes menos Bernardo.

–Mitch, bienvenido. Nos alegra una barbaridad que nos dediques un poco de tu valioso tiempo. Somos conocedores de tu interés por este país; de hecho hablas cojonudamente nuestro idioma, por lo que te he traído una selección de lo más potente que tenemos en Rapid para que te den color sobre dónde vemos las oportunidades con mejor scoring.

–Muchas gracias a ti, amigo –arrancó a hablar Mitch con un acento bastante correcto para un británico no afincado en la Nación–; el placer es mío.

Estaba claro que Mitch y Abraham eran bastante colegas. O, al menos, buenos conocidos profesionales, de esos con los que uno se da un buen abrazo al verse en lugar de un simple apretón de manos.

–Estoy deseoso de poder escuchar las apasionantes ideas de un grupo tan increíble de profesionales –continuó Mitch, sabedor de que no le costaba nada ser obsequioso con los asistentes y que el retorno en forma de oportunidades de inversión podría ser de mucho provecho. Así que ¿por qué no iba a hacerles la rosca un poquito?

Abraham paseó su dura mirada por cada uno de los que allí se encontraban escudriñando quién podría romper el hielo, de forma que al sentirse observados se vieran en la obligación de intervenir. Por lo general, el más débil era quien primero cedía a la presión.

–Buenos días, señor Singh –se decidió a intervenir Armando Farbusto, uno de los directores de consultoría más ambiciosos de Rapid y uno de los principales cachorros de Abraham.

–Mitch, por favor.

–Pues buenos días, Mitch –continuó–. Soy el Líder del Sector Hospitality de Rapid. Desde nuestra óptica, el sector hotelero va a ser una de las principales palancas de crecimiento de la Nación en los próximos años de recuperación de la Economía, por lo que las cadenas hoteleras más importantes van a necesitar financiación para poder aumentar su tamaño ante el previsible crecimiento de la demanda.

Mitch lo miró con cara de haba, mientras Abraham atravesaba con la mirada a su querido Armando, implorándole que completara su intervención con algo más de contenido. Lo malo era que Armando, que se había lanzado imprudentemente a abrir la reunión, en realidad no tenía nada más que decir. Carraspeó un poco para ganar tiempo a ver si se le ocurría algo.

–Esto… sí, efectivamente… A lo que me refiero es a que necesitamos cribar el mercado para encontrar los grupos que ya no pueden acudir a la financiación bancaria y se plantean algún tipo de financiación alternativa.

Se hizo un largo silencio.

–Ya, Army, pero si a un grupo la banca ya no le presta es porque está jodido. Y si está jodido no podrá dar garantías suficientes para devolver la «pasta» –le reprendió Abraham.

–Claro, claro, pero por esa razón estarán dispuestos a pagar doble dígito de intereses –se revolvió Armando.

–Eso no mueve la aguja, salvo que fueran high teens, vamos, casi un veinte por ciento –proclamó Abraham buscando con la mirada la aprobación del fundador de Power Fund.

–Ni siquiera, amigo. Porque si una empresa está tan jodida, puedes sacar el mismo o más retorno comprando su actual deuda bancaria a descuento…

–¡Justo! Es a lo que me refería –lo interrumpió Armando tratando de volver la situación a su favor.

–Sí, pero esa deuda se negocia en las mesas de trading en subastas abiertas. Y allí acude todo el mundo. Los brokers no paran de llamarnos a diario para eso.

–Por supuesto, por supuesto. Nosotros lo que buscamos son deals propietarios, no subastas –trató de zanjar de forma rápida Abraham–, y seguro que tenemos unos cuantos «mapeados» en esta sala para ti.

La mirada que lanzó en ese momento a la sala habría fulminado al más pintado. De todas maneras, ¿qué podía esperarse de una reunión que no preparas con antelación?

–Nosotros hemos hecho un ejercicio potente de «mapeo» de las sociedades que han solicitado recientemente el concurso de acreedores para identificar las de mejor scoring –rompió el hielo Fabricio Bielas, uno de los socios más veteranos de Rapid, Líder, uno más, de Reestructuraciones, y colega de Abraham, al que trataba de echar un capote y reconducir del mejor modo posible la reunión.

–¡Qué bueno, Fabricio! –le agradeció Abraham.

Un sinfín de «québuenos» comenzaron a retumbar por toda la sala como una sinfonía estereofónica. ¿No se darían cuenta de lo ridículo que resultaba? Bernardo se imaginaba que al cabo de unos años en Rapid probablemente uno ya ni se daría cuenta. Se prometió que eso nunca le iba a ocurrir a él.

–Podemos enviarte esa lista e introducirte a sus dueños para que puedas adquirirlas a precio de derribo, dado que tenemos una red de contactos muy potente y muchos son clientes de la casa.

–¡Fantástico, Fabricio! Por supuesto, pásanos esa lista en cuanto puedas –le agradeció Mitch, que ya tenía en su buzón de entrada otras tres listas similares enviadas por las consultoras a las que había visitado esa misma mañana.

Volvió a hacerse un desasosegante silencio en la sala. Todo el mundo permanecía inmóvil en su silla esperando a que ocurriera no se sabía muy bien el qué. Bernardo se preguntaba para qué habría acudido tanta gente a una reunión si no iban a decir absolutamente nada. Imaginó que Abraham los habría convocado en un ejercicio de rudimentario cálculo de probabilidades. Entre tanta gente sería imposible que no surgiera ni una sola oportunidad.

El silencio se prolongaba. Era su momento.

–Creo que yo tengo una oportunidad que quizá pudiera ser de su interés.

Veinte cabezas se giraron hacia Bernardo aliviadas porque les acababa de salvar del marrón de tener que intervenir, como cuando el profesor le pregunta en clase la lección a otro compañero. Al mismo tiempo, eran miradas de condescendiente lástima ante el atrevimiento de alguien que, no solo no llevaba más que unos meses en Rapid, sino que además era un simple abogado que seguro que no tenía ni idea de lo que era un hedge fund. Iba a ser divertido.

Y de hecho lo fue.

–Mira, Mitch, yo no tengo ni idea de lo que es un hedge fund. Al menos hasta ayer, que es cuando busqué a lo que se dedicaba Power Fund. Lo que sé es que lo que necesitas son cosas que nadie más esté mirando, que tengan una barrera de entrada alta y que, por consiguiente, te permitan entablar tratos de manera bilateral, en exclusiva, sin competencia.

Todos lo miraban entre sorprendidos y expectantes.

–Yo he trabajado como socio de diversos despachos y en mi experiencia más reciente he sido el abogado de cuatro empresas del sector de tratamiento de residuos que, a causa de la caída del consumo, no han conseguido tener el nivel de actividad esperado ni, por tanto, de ingresos, y se han visto obligadas a solicitar el concurso voluntario de acreedores. Ahora ya no soy su abogado, aunque conozco en profundidad los proyectos y creo que soy capaz de analizar la probabilidad real de recobro de su deuda bancaria. Hasta ahora nadie ha podido comprar esa deuda a las entidades financieras porque, al no entender bien el riesgo ni el negocio, los que lo han intentado han penalizado mucho el precio y sus ofertas no han encajado a los bancos. Pero si nosotros somos capaces de modelizar ese riesgo y poner un precio lo suficientemente alto como para que les resulte más provechoso vender que provisionar, accederán a hacerlo. Y ese precio, según mis cálculos, permitiría a Power Fund obtener un beneficio de al menos el doble de lo invertido.

Mitch había seguido toda la intervención de Bernardo sin dejar de mirarlo fijamente. Se quitó las gafas y señalándolo con el dedo le dijo:

–Yo quiero esa operación.

«Y yo –pensó Bernardo–, y yo», sin acertar a escuchar ningún «qué bueno» en toda la sala.

***

Es curioso cómo son los transatlánticos. O los trenes de mercancías. O cualquier otra cosa grande. Muy grande. Cuesta un mundo arrancarlos. Y cuando lo hacen, parece como si siguieran inmóviles. Pero luego ya no hay quien los pare. Y, producto de esa inercia, siguen su camino de manera inexorable, como si se dirigieran a un destino previamente señalado. Es entonces cuando sabes que ya no será posible detenerlos.

Esa es la sensación que se apoderó de Bernardo las semanas que siguieron a la reunión con Power Fund. Tras casi tres meses de ser un completo anónimo para la práctica totalidad de Rapid, de repente todos lo saludaban, todos lo conocían, todos querían hablar con él. El transatlántico se había puesto en marcha y ahora no había quien lo detuviera. Para comenzar, alguien decidió que no tenía sentido tenerle oculto por más tiempo en la cámara frigorífica que hacía las veces de despacho y, al llegar una buena mañana, se encontró con que sus pertenencias estaban recogidas en cajas, apiladas y bien ordenadas. En ellas habían puesto una pegatina en la que aparecía la referencia 62N-Despacho 14.

«Parece que me mudo –se dijo Bernardo–. ¡Y nada menos que a la planta 62! Una de las plantas nobles, sin duda. Casi tan alta como la de Líder. Lo cierto es que me podían haber avisado; pero da igual, dejémonos llevar un poco por la corriente, que es favorable».

Antes de emocionarse demasiado decidió llamar a Fátima López. Mejor asegurarse. Y para informarse bien había que acudir a las fuentes, y quién mejor para ello que la directora de Recursos Humanos.

–¡Buenos días, Fátima! ¿Te pillo en buen momento o estás ocupada?

–¡Hola, Bernardo! ¡Claro que sí! Dime, ¿qué necesitas?

Muy en línea con su recién estrenada popularidad.

–Nada importante. Resulta que he llegado a mi despacho, la sala que he estado ocupando estos meses, y me he encontrado mis cosas metidas en cajas. –Se hizo el despistado.

–Claro que sí. ¿No te han dicho nada? ¡Te hemos encontrado despacho! No tenía ningún sentido que siguieras metido en esa sala de la dieciocho.

«¡No me digas! ¿Y os habéis dado cuenta tras tan solo tres meses?» pensó casi en voz alta Bernardo

–Además, ¡te mudas a la planta sesenta y dos! –le comunicó Fátima con un tono como si le estuvieran anunciando que iba a ser padre por primera vez.

–¡Qué bien! ¿No? Porque eso será bueno, imagino. –Continuó haciéndose el tonto.

–¿Bueno? ¡La sesenta y dos es una de las plantas nobles! Y además vas a tener despacho individual.

–¡Qué gran noticia! –Había que evitar a toda costa decir «qué bueno»–. Pues muchas gracias por el traslado.

–No hay de qué. Si necesitas algo más durante la mudanza me dices.

Lo primero que hizo Bernardo tras colgar fue dirigirse a toda pastilla a los ascensores para ir a la planta sesenta y dos a comprobar cómo era su nuevo despacho y, por qué no reconocerlo, si tenía una o dos ventanas. Tras unos minutos de inevitable peaje ascensoril, llegó por fin al despacho 14N. Tenía tan solo una ventana, aunque daba igual. Dejaría de pasar frío y quizá por fin podría quitarse la chaqueta y la bufanda, que ya se acercaba la primavera. Además, era la planta en la que se sentaban los consultores del equipo de Abraham. Iba a estar en medio de toda la acción.

Era un cambio importante. Los primeros días en la planta lo observaban con cara de cierta extrañeza. ¿Un despacho individual monoventanal para alguien que no era ni socio? Pero nadie preguntaba nada. A los pocos días se habían acostumbrado a verle ahí. Tampoco es que le hicieran mucho caso. Sin embargo, la red que se iba tejiendo a su alrededor crecía imparable. Reuniones de sector, de socios, de área, con clientes. No paraba de conocer gente nueva que además ahora le escuchaba.

Una de las llamadas inesperadas fue la de Félix Pompadour. Se trataba de uno de los veteranos de la casa, de los pesos pesados, miembro de todos los comités habidos y por haber y, por supuesto, también con etiqueta de Líder. Félix había estado expatriado durante muchos de sus casi treinta años de servicio en Rapid, por lo que, aun siendo de la vieja guardia, no utilizaba la jerga Rapid con tanta gracia y soltura. A cambio tenía su propio sello, del que se jactaba, y que Bernardo no tardaría en descubrir.

–¿Bernardo?

–Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?

–Not yet. Soy Félix Pompadour, Líder de Sector Público. ¿Tienes unos minutos y nos tomamos un coffee?

–Claro, por supuesto.

–Pues vente a mi desk, planta sesenta y ocho.

Mientras subía por las escaleras de incendios (el ascensor era sin duda ineficiente para distancias cortas), se preguntaba por qué querría verle de manera tan repentina Félix Pompadour, de quien no había tenido noticia hasta entonces, puesto que cuando hizo su recorrido por todas las plantas no había logrado cazarlo. Subió a buen ritmo las seis plantas y llegó al despacho, que aparte de tener doble ventana, hacía esquina. Pata negra. Llamó a la puerta antes de entrar, pese a que las paredes de cristal permitían ver a la perfección si su inquilino estaba ocupado o no y si resultaba adecuado aventurarse a pasar.

–¡Hola, Félix! Encantado de conocerte.

–Pasa, Bernardo, pasa. Toma asiento, please.

–Gracias. Me habías dicho que querías tomar un café. ¿Nos acercamos a la cocina y lo cogemos de la máquina?

–¿En la máquina? Sale mucho mejor ir a la planta treinta y cinco. De todas formas, pensaba que fuéramos al club equity, en la setenta.

–¿Al club equity? Por mí encantado, aunque creo que yo no puedo pasar –señaló Bernardo recordando lo que tan amablemente le había remarcado Faustino el día de su incorporación.

–Si te invito yo sí. Así que let’s go!

El club equity era un saloncito anacrónico que ocupaba la planta setenta en su totalidad. Sus paredes estaban tapizadas en tela de gruesos listones negros y blancos, que con el desgaste del tiempo ya eran de color gris y menos gris. En el salón se disponían varias mesas de madera noble para tomar el café, el té o lo que fuera, rodeadas de butacones forrados en piel, sobre alfombras con pinta de caras pero que en realidad eran de saldo de polígono. Del lado opuesto a los grandes ventanales, que concedían una inmejorable vista sobre la sierra capitalina, se encontraba una larga barra de bar de madera, noble también, como de pub inglés aunque sin taburetes. Porque la gracia estaba en que se viera, no en usarla. Puro atrezzo. Para completar, por toda la sala revoloteaban camareros de chaqueta con mandil, que en realidad eran empleados de Rapid sin experiencia alguna en hostelería pero que daban el pego. El cuadro podría haber tenido su gracia si no hubiera sido porque el club se encontraba casi siempre vacío, lo que le otorgaba un aspecto decadente, desangelado, como si uno se adentrara en un café berlinés de la época previa a la Segunda Guerra Mundial. No obstante, a los socios «pata negra» debía de hacerles gracia, dado que lo mantenían, pese a su desorbitado coste, para poder ir de vez en cuando a desperezar a los atentos camareros y pedirles un té o unas tostadas.

Al entrar en la sala a Bernardo se le vinieron encima todas esas sensaciones, que le provocaron un regusto metálico. Esos lugares tan irreales en su experiencia nunca eran el escenario de reuniones interesantes. Así que se sentó a la mesa que le indicó Félix, expectante por saber qué es lo que le querría decir.

–Un sitio maravilloso, ¿verdad, Bernardo? –observó mientras dirigía la vista a la sala y posteriormente a la sierra.

–Sí, muy elegante y con buenas vistas –replicó Bernardo, odiándose por seguir el juego de tópicos.

–Dentro de poco podrás entrar aquí tú solo.

Vaya, no era la primera vez que escuchaba algo así. Pero si no mordió ese anzuelo la primera vez en su etapa de asociado de bufete menos lo iba a hacer ahora. Y es que a Bernardo le importaban un pimiento tanto la sala como el derecho a acceder a ella.

–Quería hablar contigo porque creo que te has convertido en la nueva rising star de Rapid –prosiguió Félix–, o al menos eso es lo que me han dicho.

–No sé quién, la verdad. Yo todavía no he hecho nada.

–¿Nada? Por lo que me han comentado has logrado un big win con Power Fund. Un asunto top notch.

Joroba. Casi prefería la jerga Rapid.

–Sí, lo cierto es que estoy trabajando para ellos en un asunto relevante –respondió enigmático Bernardo, sin soltar prenda, como buen abogado.

–Lo conozco, lo conozco. Abraham lo comentó el otro día en el Comité Ejecutivo. No hace falta que me cuentes los detalles si no quieres. No worries.

–No es eso, Félix. Es pura deformación profesional. Los abogados somos muy celosos con la confidencialidad.

–¡Ah! Pero, ¿todavía eres abogado? Pensaba que al estar en la sesenta y dos serías consultor.

–Bueno, en realidad no sé ni lo que soy, porque no acabo de tener muy claro qué es un Senior Advisor.

Félix arqueó las cejas.

–Interesante, interesante. Y, ¿dónde está «mapeado» el asunto de Power Fund?

Bernardo le miró con cara de extrañeza.

–¿«Mapeado»?

–Me refiero a en qué sector aparece el código del asunto.

–Pues la verdad es que no tengo ni idea. Yo me metí en el sistema de apertura de asuntos y abrí uno nuevo bajo el nombre de Power Fund.

–¿Y no señalaste sector?

–No, no sabía que hubiera que hacerlo.

Félix hizo como que pensaba durante unos instantes.

–Claaaaro. Es que al ser Senior Advisor formalmente tú no abres los asuntos a tu nombre, sino al de un socio, para que sea un empleado de la firma quien asuma la responsabilidad frente al cliente y así podamos estar cubiertos por el seguro de responsabilidad civil. Al abrir el tema en Power Fund se habrá asignado de forma automática al GRP y a su sector.

–Imagino –replicó aburrido Bernardo.

–Y ese GRP es Abraham Montañés, ¿no?

–Creo que sí. Al menos es quien me invitó a la primera reunión con el cliente.

–Y el deal era algo relativo a waste management, ¿verdad? Contratación pública, ¿no es así?

–Sí, la deuda es de proyectos de plantas de tratamiento de residuos.

–Bueno, no te preocupes, que ya nos encargaremos de moverlo to the right place –sentenció el Líder de Sector Público mientras pedía la cuenta para abonar los debidamente subvencionados tés.

***

Fueron semanas muy ajetreadas las de marzo y abril de aquel año. Bernardo tenía multitud de frentes abiertos. De todo tipo. Por un lado, se encontraba atareado con gran intensidad en la preparación de un modelo financiero con el que poner precio a la deuda de las plantas de residuos. Era una labor ardua. Había que tener manos de cirujano. Y era aún más complicado para alguien que, como él, tres meses antes ni recordaba de sus estudios financieros que la TIR era la tasa interna de retorno y que la primera vez que le hablaron del money multiple, el número de veces que se consigue multiplicar la cantidad invertida en una operación o MM, le pareció que le estaban hablando de cacahuetes recubiertos de chocolate. Suerte que estaba rodeado de un equipo de verdaderos expertos que, además, le hacían caso. Cosas de su recientemente adquirida fama. En un abrir y cerrar de ojos había pasado de estar más solo que la una en su fría sala-despacho y sin un mísero papel sobre la mesa a verse sepultado por cajas de documentos, contratos y escrituras relativas a financiaciones de plantas de residuos y un ejército de consultores a sus órdenes revoloteando de forma permanente a su alrededor.

No pasaba un día sin que le llamara un nuevo socio por teléfono o directamente se le plantara en su despacho para proponerle iniciativas que acometer de manera conjunta o para requerir de su presencia en reuniones con clientes actuales o potenciales. Se había convertido en la novedad, en el mono de feria que mostrar, famoso por «tener muy buen discurso», lo que en el fondo no quería decir nada más que era un abogado con planteamientos de abogado entre consultores, y que era capaz de expresarse sin utilizar en la misma frase más de una vez las palabras «palanca», «potente» o «aterrizar». En una especie de condena circular, Bernardo estaba recibiendo de vuelta cada una de las visitas que él mismo había realizado semanas atrás a todos los socios y directores de Rapid. Por esa razón no le resultó nada extraño cuando vio a la puerta de su despacho a Félix Pompadour con una sonrisa de oreja a oreja y dos cafés «de los caros».

–¿Puedo pasar?

–Por supuesto –contestó atribulado mientras trataba de despejar la mesa de documentos.

–¡Big deal! ¿Es nuestro tema? –inquirió Félix al tiempo que se sentaba frente a él cogiendo al azar de manera distraída una de las carpetas que estaban esparcidas sobre la mesa.

–¿Nuestro tema? –preguntó con extrañeza Bernardo.

–Sí. El de la compra de la distressed debt de las plantas de waste management.

–Eh..., claro; es todo del asunto de Power Fund que te comenté cuando nos vimos.

–Lo sospechaba. Por eso venía a verte. Para saber cómo ibas. ¿En fase de pricing?

–Todavía no, pero vamos bien. El retraso se debe a que es necesario leer mucha documentación para después volcarla en el modelo que está preparando el resto del equipo. Parece todo lo mismo, pero cada planta es diferente y el precio de su deuda también.

–¿Y qué probabilidades hay de que haya closing antes del treinta de junio?

La pregunta desconcertó un poco a Bernardo.

–Pues no lo sé; puede que el contrato se firme alrededor de esa fecha.

–Sería importante que se cerrase para antes del year-end.

–¿Y eso?

–Porque así entra en el budget de este ejercicio.

A Bernardo lo cierto es que le daba un poco igual si se cerraba en ese ejercicio o no. Lo realmente diferencial era cerrarlo cuando fuera, puesto que se trataba de una gran operación que podía cambiar para siempre su futuro profesional. Además, ya tenía garantizado por contrato el variable de ese año, por lo que no tenía especial prisa. Sin embargo, a Félix parecía importarle mucho. Cosas de socios equity, pensó, que cuidan al máximo el número anual por el beneficio de la firma y, en el fondo, por el suyo propio.

–Y ¿es muy relevante esa facturación para llegar a presupuesto?

–Para Global no, pero para Sector Público sí.

Ahora todo cobraba sentido. Félix debía de haber movido el asunto «al sector correcto» para que computara en los números de Sector Púbico. Así se entendía el motivo de la visita y el interés en su fecha de cierre.

–Además –continuó Félix–, sería muy importante de cara a tu nombramiento como socio, puesto que la facturación del «deal Power» te haría superar el hurdle mínimo de facturación exigible a los socios.

Bernardo le miró sin saber muy bien si le estaba aconsejando o presionando. En cualquier caso, no dependía de él cuándo se cerrase el asunto, así que no podía decirle nada a Félix.

–Haré todo lo posible.

Que realmente no era mucho.

–Perfecto, manténme informado de los developments… Y ¡empuja a tope! Push! Push!

Es lo que hizo a duras penas, porque de forma simultánea tenía que prepararse a conciencia para su declaración en el inminente juicio contra la Hacienda Pública por el caso Slow. Había aprovechado la gélida inactividad de sus primeras semanas en Rapid para repasar a conciencia el dossier del caso, que, curiosamente y dada su meticulosidad, estaba más completo en su archivo personal que en de la propia consultora. Tras multitud de horas de revisión había conseguido encontrar la línea de defensa adecuada, la que permitía liberar por completo a Rapid de responsabilidad. Había sido como encontrar una aguja en un pajar, pero lo había conseguido. Ventajas de haber sido el abogado del caso muchos años atrás. Con su hallazgo redactó una extensa nota en sus ratos libres, mientras seguía sumergido en el asunto de las plantas de residuos, y se la envió a Federico Planeta, quien como Líder de Legal era el responsable de llevar la dirección de la defensa, cuando quedaban pocas semanas para la fecha marcada en rojo para su cita para declarar como testigo.

Esa misma tarde recibió la llamada de Federico, con quien no había cruzado una sola palabra desde su incorporación hacía ya casi seis meses. Cosas del ministerio. Lo convocaba a una reunión en su despacho de la sesenta y ocho para hablar del caso Slow, señal inequívoca de que la nota había dado en el clavo y querría conocer mejor los detalles.

De nuevo por la escalera, más por ahorro de tiempo que por hacer ejercicio, Bernardo se dirigió a la planta noble para recoger las impresiones de Federico y comenzar la preparación final de la vista, que se iba a celebrar en poco más de quince días. Llegó al despacho del Líder de Legal y golpeó la puerta de manera protocolaria.

–Adelante, Bernardo. ¡Cuánto tiempo!

–Pues sí; creo que no nos vemos desde la reunión con Faustino y Abraham en la que me comunicasteis lo de ser Senior Advisor por el tema de Slow.

–Cierto, y de aquello harán seis meses o así.

–Algo más, quizá.

–Pues justamente quería que habláramos de ese asunto.

¡Bingo! La nota había llegado en el momento justo…

–¿Has visto la nota sobre la estrategia del caso que te he enviado? –inquirió Bernardo.

–¿La nota?

Bernardo se quedó desconcertado.

–Sí, claro. La que te envié esta mañana. Pensé que la habías leído y que por esa razón me habías llamado.

–No la he visto, aunque la verdad es que ya no hace falta.

–¿Y eso?

–Porque el presidente de Rapid ha decidido llegar a un acuerdo con la Hacienda de la Nación y evitar el juicio. El solo hecho de que se celebrara tenía un coste reputacional muy grande para Rapid.

Bernardo no se esperaba ese giro de los acontecimientos.

–¿Y es un acuerdo favorable?

–Bueno, ya sabes cómo funcionan estas cosas. Nunca se queda uno plenamente satisfecho. En realidad ninguna de las dos partes de un acuerdo debe quedarse del todo satisfecha si se trata de un acuerdo equilibrado.

–Vaya. Me alegro, si eso era lo que queríais. En cierto modo también me da un poco de rabia, ya que pienso que con lo que sugiero hacer en mi nota el caso lo tendríamos muy de cara.

–A estas alturas, eso ya da igual, por lo que despreocúpate, que no va a haber juicio y ya no vamos a necesitar que testifiques en nuestro favor.

Bernardo se marchó, como si de una buena negociación se tratase, con una sensación agridulce del despacho de Federico. Le habría encantado haber podido testificar después de tanto tiempo como había dedicado a prepararse y, por añadidura, habiendo sido capaz de encontrar la pieza clave para la defensa que dejaba sin argumentos a Hacienda. Sin embargo, ahora se libraría del engorro de tener que declarar. Y, sobre todo, por fin iba a desaparecer el único impedimento por el que no habían podido contratarlo con todas las de ley. Iba a convertirse, tras más de seis meses, en un verdadero empleado de Rapid y, si conseguía cerrar la operación de Power Fund antes del treinta de junio, lo haría, de nuevo y tras un pequeño paréntesis en su vida profesional, como socio.

***

Y lo consiguió.

Al menos cerrar la operación. Y a principios de mayo, bastante antes de que acabase el ejercicio de Rapid. Eso le abría las puertas de la sociatura de par en par, puesto que ya no concurría el impedimento de tener que declarar por el caso Slow y, además, sus números eran los requeridos para la promoción. Ahora bien, no tenía ni idea de cómo plantear el asunto ni a quién. ¿A Federico Planeta, Líder de Legal? ¿A Abraham, que había sido quien lo fichó? ¿O quizá a Faustino, Líder de M&A de legal, que fue quien le comunicó la oferta? La estructura de Rapid era tan pesada que, al final, no había un canal de comunicación claro. Una estrategia muy kafkiana. «El Proceso» en estado puro.

Sin embargo, la duda se iba a resolver sola cuando Félix lo invitó a comer a mediados del mes de mayo a un restaurante próximo a la torre para «hablar de su futuro próximo en la firma». Tras el éxito con Power Fund sonaba de lo más sugerente. Superados los cuarenta, Bernardo seguía siendo un optimista y un ingenuo impenitente. Tampoco era algo malo, ya que acudió a la cita relajado. No obstante, y de la misma forma, con la guardia baja.

El local donde lo había citado Félix era un restaurante bastante campechano, de los de comida casera en mesas con mantel a cuadros rojos y blancos, jarra de agua y vino de la casa. Muy concurrido. Porque comer se comía muy bien. Aunque el jaleo resultara insoportable.

Por una vez, quizá fruto del exceso de relajación, se le habían adelantado, y al entrar en el restaurante allí ya estaba Félix tomando el aperitivo en la barra.

–¡Hola, Bernardo! ¿Qué tal estás? Espero que te guste el arroz.

–Claro que sí. Me gusta mucho. Deduzco que es la especialidad de la casa.

–Of course. ¿Nunca has estado aquí? Me encanta este sitio.

–No, nunca. Y mira que soy muy de arroz.

Félix ya le había pedido una cerveza sin preguntar si la quería y había ordenado que se la llevaran directamente a la mesa.

–Bueno. Tenemos buenas noticias, ¿no? Has cerrado el deal de Power Fund. ¡Brindemos por ello! –propuso exultante mientras levantaba su copa de cerveza en dirección a la de Bernardo en un inequívoco gesto universal de enhorabuena.

Bernardo no pudo sino alzar la suya y brindar con Félix como si fueran parte de un mismo equipo y hubieran trabajado todos esos meses codo con codo.

–Ya te dije que eras una rising star.

–Muchas gracias, Félix. Estoy muy contento. No ha sido nada sencillo.

–Lo sé. Lo sé. You totally earned it. Te he invitado a comer hoy porque tenemos una propuesta que hacerte.

Ahí llegaba la promoción. Le dejó continuar.

–Hemos decidido pasarte de la rama legal de Rapid a la consultora.

No era lo que estaba esperando escuchar, pero parecía tan solo el preámbulo del anuncio de su próximo nombramiento como socio.

–Anda, ¿y eso?

–En la Ejecutiva de Rapid hemos decidido que no tenía sentido que alguien como tú estuviera en Legal, puesto que el trabajo que haces no tiene nada que ver con el que se hace en esa división. Lo tuyo son los deals.

Eso era bueno. Un verdadero cambio profesional. Dejó que Félix se explayara.

–Es un move bastante excepcional. Hasta ahora solo hemos tenido un caso similar de switch entre divisiones en toda la historia de Rapid. Puedes estar orgulloso, dado que pasar de Legal a Consulting es un big win.

Bernardo se tomó un tiempo para digerir a velocidad supersónica la información que acababa de recibir. Sus implicaciones, sus consecuencias.

–Me parece que tiene sentido. Además, en cierto modo es la razón principal por la que me vine a Rapid –aparte de porque no le quedaba otra opción–, ya que siempre he pensado que combinar el trabajo legal y el de consultor sería una apuesta ganadora. Y muy divertida. Y es cierto que quizá desde Consulting esa mezcla sea mucho más poderosa.

Bernardo tenía un cuidado extremo en no usar las palabras Rapid aunque vinieran a cuento. Antes morir.

–¿Y cómo va a ser el cambio? ¿Hay algún proceso interno que seguir? –Introdujo la idea de su prometida promoción a socio poniendo en bandeja la contestación que estaba seguro que iba a recibir de Félix.

–No te sigo.

«Pues es bastante evidente», pensó.

–Me refiero a cómo se instrumenta el cambio.

«A ver si ahora cae».

–Muy sencillo, renovamos tu contrato de tal forma que a partir de ahora la receptora de tus servicios sea Rapid Consulting en vez de Rapid Legal. As simple as that.

Félix se resistía. Como siempre, todo tan enigmático. Ya estaban en los postres, por lo que decidió ser directo. Lo más frontal de que fuera capaz para evitar malentendidos.

–Lo que quiero decir es que, aprovechando que el cambio coincide con el nuevo ejercicio y, dado que he cumplido mi presupuesto y ya no tenemos la limitación del caso Slow, imagino que finalmente me nombraréis socio, tal y como me prometisteis en la carta oferta –expuso Bernardo de la manera más cristalina posible para que no quedase duda alguna, incluso en un entorno tan ministerialmente oscurantista.

Félix puso cara de sorpresa, sin estar muy claro de si se trataba de una pose teatral o si, por el contrario, no se esperase en realidad la pregunta.

–¿Partner? Eso no es tan fácil. Hay un largo proceso que cumplir que ya comenzaron en marzo los candidatos que se van a nombrar este año.

–Entiendo, pero en marzo todavía estaba pendiente mi testifical por el caso Slow y no sabíamos que finalmente se solucionaría mediante un acuerdo extrajudicial con la Hacienda de la Nación.

–Fair enough, pero no podemos hacer nada, I’m afraid. Los plazos son los plazos y la Ejecutiva ya ha aprobado las promociones de este año. Tan solo queda la votación del resto de los socios, que es un formalismo, dicho sea con todos los respetos.

«¡Pues menudo jarro de agua fría!».

–Y, ¿entonces?

–Muy sencillo. Te vamos a enviar un nuevo contrato para que firmes como Senior Advisor con Rapid Consulting, que es una entidad diferente a aquella con la que habías firmado tu anterior contrato.

–¿Y las condiciones cuáles serían?

Al menos que lo compensasen de algún modo.

–¿Las condiciones? –se rio Félix–. Las condiciones son las mismas, ¡que ya tienes sueldo de socio equity!

Lo que faltaba, ¡encima tendría que dar las gracias y todo! Resultaba que, después de entrar por la puerta de atrás en Rapid sin que anunciaran públicamente su incorporación porque necesitaban que testificara a su favor en el caso Slow, y tras haber conseguido cerrar una de las operaciones del año pese a que tenía su variable asegurado por contrato, ahora no solo no le hacían socio, sino que le congelaban sus condiciones. Y debía comenzar un nuevo ejercicio sin el variable asegurado y con el marcador a cero. ¿Y para eso había forzado la máquina para conseguir cerrar el asunto Power antes de que finalizase el ejercicio?

Bernardo acabó su postre mientras Félix pedía la cuenta. Al objeto de no calentarse demasiado, se recordó a sí mismo la situación tan desesperada en la que se encontraba tan solo unos meses atrás. No tenía sentido luchar. Se levantaron de la mesa y trató de poner punto y final a la conversación de la manera más elegante posible.

–Fenomenal, Félix; cuando queráis me enviáis el nuevo contrato.

De vuelta a su despacho paladeaba el regusto amargo de la comida con Félix. Todo le resultaba desagradablemente familiar. ¿Por qué las cosas no podían ser más fáciles? ¿Por qué en ese asqueroso mundo profesional no podía haber una correlación más directa entre hacer bien tu trabajo y recibir una merecida recompensa a cambio?

Sintió una irrefrenable necesidad de llamar a Daniel D.

Daniel era uno de sus mejores amigos. Un reputado abogado de Derecho de la Competencia con el que había coincidido años atrás cuando ambos trabajaban en Templeton, el segundo bufete en el que había estado Bernardo en su anterior vida de abogado. Aunque hacía ya bastante tiempo que Daniel había abandonado ese círculo profesional y había decidido montar una empresa de traducciones, seguían siendo grandes amigos y Bernardo confiaba mucho en su criterio. Siempre le había dado buenos consejos. Todavía recordaba las tardes en Templeton en las que se escapaban al cine los jueves a las seis y cómo le había abierto los ojos acerca del funcionamiento de las firmas legales. Seguro que, pese a no conocer nada en absoluto del funcionamiento de las consultoras, sería capaz de escucharlo y, quizás, de darle algún buen consejo. O quién sabe si regañarlo por estúpido e ingenuo.

Marcó su número. Solo el hecho de hacerlo actuó como un bálsamo. Simplemente marcar el número amigo. Es la magia de la amistad verdadera. Acercarse a ella ya tiene un efecto curativo perceptible inmediato, similar al que produce la mano de una madre al ponerla sobre el pecho de su bebé.

–¡Hola, Bernardo!

Ese era otro de los elementos que distinguen una verdadera amistad. Descuelgas el teléfono y, aunque hayan pasado semanas, meses o años, parece como si todo estuviera como antes. Ni un reproche, ni la necesidad de disculparse. Nada. Simplemente alguien que te quiere, que te comprende y que no te juzga al otro lado de la línea.

–¿Qué tal, Daniel? ¿Tienes un momento para hablar?

–Claro. Siempre. Tengo una traducción a medias, pero es un coñazo, así que me vienes genial.

–Tenemos que vernos. Que creo que no lo hemos hecho desde la quedada en el Getsemaní, antes de incorporarme a Rapid. Quería contarte cómo me van las cosas, porque esto es como un ministerio, todavía peor que Templeton, y mira que aquello era grande.

–¡Qué tiempos! Lo pasamos bien en Templeton, ¿eh? Aunque no volvería allí en la vida.

Bernardo se quedó un instante pensativo.

–Ya… Por eso precisamente necesitaba hablar contigo. Llevo ya unos meses aquí y esto me parece que es un poco más de lo mismo.

–¿Sí? ¡No jorobes! Menuda sorpresa. ¿Y qué te esperabas? –le recriminó de manera dulce su amigo–. Y ahora me llamas para que te rescate cumpliendo mi promesa de hacer que te despidieran si volvías a dejarte atrapar por ese mundillo de mierda, ¿verdad?

–Más o menos –reconoció Bernardo, que hasta ese momento no se había dado cuenta de que esa era la principal razón por la que había sentido la necesidad de hablar con su querido amigo.

–Venga, cuéntame…

Bernardo le detalló sus primeros meses en Rapid. Desde su estrambótico fichaje hasta la comida que había tenido hacía una escasa hora con Félix, pasando por la indiferencia con que lo habían recibido y su posterior éxito, culminado con la oferta que este le había realizado de saltar de Legal a Consulting. Daniel lo escuchaba al otro lado de la línea sin interrumpirlo. Era muy bueno en eso. Dejó que le soltara todo hasta que ya no hubiera nada más que decir. Reflexionó unos segundos acerca de lo que le estaba contando su amigo antes de darle su visión de las cosas.

–Mira Bernardo –comenzó mientras hacía revivir en su amigo la misma sensación que experimentó aquella vez que, volviendo del cine ese jueves que Bernardo jamás olvidaría, le abrió los ojos respecto al mundo de los bufetes–, yo nunca he estado en ninguna de esas grandes consultoras, aunque parece que tienen bastante en común con los grandes despachos, un poco más ministeriales, más burocráticos y más lentos aún, si cabe, pero nada muy diferente.

–Entonces no tiene mucho sentido que siga por aquí, ¿no?

–No estoy de acuerdo. Hay una gran diferencia. Aquí tú estás consiguiendo dar un salto tremendo. Ya no eres un simple asesor. ¿No te das cuenta de que has identificado una oportunidad de inversión que finalmente se ha hecho realidad? Es algo que nunca habrías podido hacer trabajando en un bufete. Y Rapid, dentro de lo miopes que me dices que son, han sido capaces de ver que tu sitio no está como simple abogado, sino un paso más cerca de la acción. Ahora eres algo diferente.

–Bueno, un consultor no es algo muy diferente.

–Claro que no lo es, pero es que tú tampoco eres un consultor. Tú antes esperabas a que una operación existiera y viniera a ti para poder intervenir. Y ahora estás ahí desde el principio, antes de que nazca. Porque en realidad lo que tú eres es un originador.


11. De nuevo socio


Dicen que la primera vez que a uno lo engañan es culpa del que embauca, pero que la segunda vez que esto ocurre es culpa del que ha sido engañado. Y no es cierto. El problema sigue residiendo en los que engañan. Porque la víctima simplemente continúa siendo fiel a una escala de valores que le impide asumir que los demás solo son capaces de prosperar a base de embustes. Y eso es lo que le acababa de ocurrir a Bernardo. Una vez más. Aunque para él, volver a tropezar con la misma piedra no significaba otra cosa que la constatación de que conservaba la virginal inocencia del principio y seguía manteniendo su propia manera de entender el éxito como una evolución personal y profesional. Lisa y llanamente. Sin dobleces. Sin reservas mentales. Sin laberintos burocráticos.

No obstante, uno suele tardar un tiempo en descubrir que ha sido víctima de un engaño. Es evidente que el que trata de embaucar a otro es taimado y no le facilita la información suficiente para que sea capaz de apercibirse con premura. En caso contrario, el ardid no sería efectivo. Y a Bernardo le faltaban piezas del rompecabezas. Él sabía que algo no acababa de encajar. Era consciente de que alguien se estaba aprovechando de él y de su peculiar estatus en la firma. Pero no era capaz de identificarlo. Quizá le faltaba perspectiva, trienios en Rapid o, sencillamente, ganas de darle vueltas a las cosas. Le iba mejor la acción, y buscaba avanzar y no enquistarse analizándolo todo, lo que le impedía descifrar el funcionamiento del particular universo en el que se había metido, que no era otro que el imperio del pseudo-trabajo.

El pseudo-trabajo es una invención moderna. Representa una de las grandes aportaciones de las mega-corporaciones al progreso de la Humanidad. Se compone del pre-trabajo, el post-trabajo y el para-trabajo. Y Rapid andaba sobrada de los tres, mucho más que cualquier bufete en que hubiera trabajado antes Bernardo, por grande que fuera. En esencia, el pseudo-trabajo no es más que aquello que concede al que lo ejecuta la apariencia de estar trabajando aunque en realidad no aporte nada de verdadero valor a la empresa. Al observador externo es capaz de despistarlo, trasladándole una primera impresión de productividad, cuando en realidad se trata de una pérdida de tiempo más o menos elegante.

La historia comienza con el pre-trabajo, que son todos aquellos formalismos que se necesitan cumplimentar antes de ponerse a hacer algo útil de verdad. En Rapid gustaba mucho el pre-trabajo. Con anterioridad a dar comienzo a un asunto o a acometer una nueva iniciativa comercial, había un sinfín de trámites administrativos que era preceptivo completar. De entrada, antes de mover un solo dedo era necesario introducir en el sistema OPS una descripción lo más fidedigna y completa posible de la oportunidad de negocio que se había presentado o que a uno se le había ocurrido. Era obligatorio señalar el área concreta (legal, consultoría, auditoría), el sector específico (seguros, financiero, consumo…) y, muy en especial, si se trataba de un potencial asunto de fertilización cruzada, esto es, que pudiera involucrar a más de una de las áreas o sectores de Rapid. Cargar una oportunidad en el OPS era la espoleta que disparaba el pre-trabajo a lo bestia. Porque OPS era la herramienta favorita de los veteranos del lugar para avistar asuntos que ellos no habían logrado ver venir ni de lejos, pero sobre los que consideraban que tenían derecho de pernada. De este modo, al introducir una nueva OP en el sistema era cuestión de minutos verse inundado de llamadas o mails convocando al imprudente socio o director que había activado la diabólica maquinaria a montones de reuniones de lo más variopintas. De sector, con los jefes de área, de GRP... cualquiera con tarjeta de Líder podía llamar a tu puerta y honrarte con su atención.

Pero ahí no acababa la aventura. Todavía quedaba el Matrix, la base de datos de conflictos de interés (en el sentido más amplio que uno imaginar pudiera) que discriminaba a los clientes con los que se podía trabajar de aquellos con los que no. Bucear en ella no era nada sencillo. Al introducir el nombre de la empresa que iba a ser cliente, Matrix escupía un listado de lo menos intuitivo con montones de nombres, que podían aparecer con un círculo rojo, amarillo o verde a su lado, como si de un semáforo se tratase. Rojo, los que suponían conflicto directo, prohibición absoluta de trabajar con ellos; ni se te ocurra intentarlo. Eran los clientes de la pata auditora de Rapid. Amarillo, los que no lo eran, pero su actual contrato de auditoría con la competencia vencía en breve espacio de tiempo, de tal manera que Rapid, al que le gustaría ser su nuevo auditor, debía mantener plena independencia con la suficiente antelación. Así que, por si las moscas, mejor no tener ninguna relación comercial con esas empresas al menos durante dos años. Verdes, al fin, los que sí podían ser clientes, si es que a esas alturas todavía quedaba alguno. Lo curioso era que el listado de empresas que aparecía en la pantalla tras introducir un nombre, que solía ser una relación inmensa al contener a todas las empresas con la misma denominación, filiales por lo general, podía arrojar una mezcla desordenada de verdes, amarillos y rojos. Es decir, que un cliente podía estar restringido pero no así una de sus filiales. O la filial sí, pero no la matriz. Un auténtico galimatías y un filón para los adictos al pre-trabajo. Había gente que justificaba un sueldo solo por saber cómo funcionaba la herramienta de marras.

En resumen, que antes de dar un simple paso eran necesarios varios días, semanas o meses incluso, hasta poder arrancar. Además, tras el rosario de reuniones, llamadas y notas internas, la visita al potencial cliente acababa por no tener absolutamente nada que ver con el plan inicialmente diseñado por el padre de la OP, que había pasado a ser el ejecutor de una idea que en un principio había sido suya y que ahora se había convertido en hija de otra persona, que ya le indicaría qué es lo que tocaba hacer, si es que seguía contando con él para perpetrarla.

Si, aún y con todo, el intrépido profesional al que se le había ocurrido desafiar al régimen establecido seguía con ganas de marcha tras las semanas de burocracia pre-laboral; si, además, el potencial cliente todavía no se había aburrido de esperar; y si, por último, la reunión, llamada o lo que fuera, acababa teniendo lugar, entonces, y solo entonces, se ganaba el derecho a disfrutar de la segunda etapa del pseudo-trabajo: el post-trabajo.

El post-trabajo era un arte diferente. La ciencia del reporting, de contar a los demás lo que se había hecho, o lo que se pretendía haber hecho, de la manera lo más rimbombante posible. De detallar cómo había ido el encuentro, al objeto de que el nuevo padre del asunto pudiera dirigir adecuadamente el futuro encargo, orientando al sufrido socio o director. Esta fase solía llevar menos tiempo, tan solo unos días, una semana a lo sumo, dependiendo de la disponibilidad del reportado. Sin embargo, la cosa también tenía su miga. Porque lo delicado de verdad en esta etapa era reportar a la persona adecuada, no fuera a ser que se equivocase de Líder y para qué queríamos más.

Pero aún había más. Al mismo tiempo de encargarse del post-trabajo y, en especial, si de manera milagrosa al final surgía algún encargo, era preciso no olvidarse del para-trabajo. Este solía transcurrir en paralelo y consistía en ocuparse de la ubicación y consiguiente reparto del asunto en el universo Rapid. Cuando comenzaba a vislumbrarse que alguien había sido capaz de sobrevivir a la maraña burocrática del pre y del post-trabajo, se encendían todas las alarmas que avisaban de que por ahí pululaba una jugosa facturación a repartirse. Esto era muy goloso, y obviamente más cuanto mayor fuera el potencial ingreso. Y, aunque a esas alturas el nuevo encargo tenía ya varios padres (desde el responsable de sector hasta el GRP, pasando por los más diversos Líderes) distintos de aquel al que se le había ocurrido originalmente la idea, había que satisfacer a cada familia del particular ecosistema «rapidiano». Esto solía conducir a una negociación entre áreas o a una lucha entre sectores. Porque, comprar deuda de un proyecto de infraestructuras ¿era sector financiero o sector Infra? Y financiar un litigio ¿era un proyecto legal o un proyecto de consultoría? No era nada sencillo dilucidar estas cuestiones, así que era preciso dedicar unas cuantas semanas más a decidir el reparto más equitativo entre áreas y a señalar de modo definitivo el sector ganador. Esta fase solía involucrar a los socios directores de cada área afectada, en una cascada de visitas de los correveidiles de los Líderes para negociar con el uno en el nombre del otro, lo que, dadas las apretadas agendas de los sumos gestores, podía desesperar al más pintado.

Todo esto lo intuía Bernardo. Sin embargo le daba una pereza mayúscula tratar de comprender con detalle cómo funcionaba el aparato interno de la consultora. En tanto en cuanto pudiera evitarlo, preferiría mantenerse al margen. Además, en su posición de Senior Advisor, que ni podía abrir asuntos, ni clientes, ni firmar propuestas, no era difícil mirar para otro lado y evitar entrar en contacto con esa burocracia que tanto le espantaba. La contrapartida era que estaba ciego, carente de información y a merced de las jugarretas que los veteranos de la casa quisieran hacerle.

A los pocos días, y con la resaca aún reciente de su fallida promoción a socio y las palabras de Daniel todavía retumbándole en la cabeza, Bernardo acudió a la treinta y cinco a por un descafeinado «de los baratos». Ir a la cafetería constituía todo un ritual. Dependiendo de la hora del día podía robarte diez minutos o casi una hora de la jornada laboral. Y eso era muy atractivo para muchos. Otra forma más de pseudo-trabajar. A Bernardo le servía para poner en orden sus ideas y, si evitaba las horas punta, al final conseguía no desperdiciar tanto tiempo.

Estaba absorto haciendo cola cuando notó unas palmaditas amistosas en la espalda que le resultaron familiares.

–Muy concentradito te veo –le dijo una voz que le sonó conocida.

–¡Bea! ¡Cuánto tiempo sin verte! –saludó, tras girar sobre sus talones, a una de las pocas caras amigas que tenía en Rapid.

–Sí... normal; esto es muy grande. Desde la fiesta de Navidad, y ya ha pasado medio año. ¿Has conseguido adaptarte ya a esta jungla?

–Pues no sabría decirte... –contestó Bernardo mientras encargaba su descafeinado de costumbre junto con el café con leche que Bea le acababa de solicitar que pidiera para ella.

–¿Y eso? –insistió Bea.

–¿Tienes un par de horas? –le contestó Bernardo al tiempo que se reía de manera sarcástica y le entregaba el café a su amiga.

–Para ti siempre –le siguió el juego Bea.

–Bueno, será más corto que dos horas, pero si tienes un rato te lo cuento.

Se dirigieron a una de las mesas comunes, tratando de que estuviera lo más vacía y retirada posible.

–Tú dirás. Soy toda oídos.

Bernardo no sabía si resultaba prudente contarle su periplo en Rapid a alguien a quien casi no conocía de nada, aunque tenía la corazonada de que Bea, pese a que no era abogada, ni consultora, ni auditora, o precisamente por esa misma razón, podría darle un juicio más objetivo. Tampoco tenía nada que perder, puesto que nada de lo que le fuera a contar representaba ningún secreto. Por lo tanto se lanzó y le describió en orden cronológico cada uno de los pasos que había ido dando desde su incorporación, hasta llegar a la comida con Félix Pompadour y su salto de la rama legal a la consultora. Bea lo escuchaba con atención, sin apartar la mirada, haciéndole sentir que lo comprendía todo mediante unos leves pero perceptibles movimientos afirmativos de cabeza. Una vez hubo concluido, Bernardo ignoraba si se habría enterado de algo o si tan solo había sido educada mientras le dejaba desahogarse.

Bea apuró su café de manera parsimoniosa, acercó su cara a la de Bernardo y le dijo en voz baja:

–Ven a mi sitio, que tengo algo que enseñarte.

La reacción de Bea descolocó algo a Bernardo, aunque su proposición resultaba bastante intrigante. Además, después de toda la paciencia que había demostrado escuchando su historia hasta el final, ahora no podía negarse a hacer lo que ella le pedía. Así que se dirigieron juntos a la planta cinco, donde se encontraban la mayor parte de los informáticos de Rapid y donde Bea tenía un minúsculo cubículo.

–Jopé. Es curioso. Los abogados y los consultores están en praderas abiertas y sin sitio fijo, y vosotros tenéis vuestro propio despacho –soltó Bernardo, al mismo tiempo que se arrepentía de proferir un comentario tan clasista.

–Ya ves. Es que, aunque seamos tan poco importantes, al entrar continuamente en remoto en los ordenadores de los grandes jefes, es preciso preservar la confidencialidad y que nadie pueda ver lo que nosotros estamos viendo en ese momento.

Dulce y firme tirón de orejas.

–Claro, claro, tiene todo el sentido. No iba con segundas –se disculpó de manera torpe Bernardo.

Bea se rio. Disfrutaba con haber puesto en evidencia a su reciente amigo.

–No te preocupes, hombre. Que lo entiendo. Y no me molesta. Llevo ya más de cinco años escuchando cosas mucho peores. Acércate, que quiero enseñarte algo que creo que te interesa.

Encendió su ordenador mientras le indicaba con la mano a Bernardo que se sentase a su lado.

Бесплатный фрагмент закончился.

897,27 ₽