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Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO CORTÉS GABAUDAN .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1996.

www.editorialgredos.com

REF: GEBO326

ISBN 9788424932558.

INTRODUCCIÓN GENERAL

Pese a estar incluido desde la Antigüedad en el canon de los diez oradores áticos, Iseo no es un autor excesivamente conocido, al haber quedado oscurecida su imagen a la sombra de otros grandes oradores que se toman como punto de referencia para definir y describir su obra: Isócrates, de quien se dice fue discípulo; Lisias, con cuyo estilo se establecen constantes comparaciones; y Demóstenes, de quien Iseo fue maestro, circunstancia esta a la que, sobre todo, debe su fama. Admitida, no obstante, la importancia de este último dato, parece justo reivindicar el interés que la obra de Iseo tiene por sí misma.

I. VIDA DE ISEO

«Del nacimiento y la muerte del orador no puedo indicar una fecha exacta, ni decir nada sobre su vida privada, ni sobre sus principios políticos —ni siquiera si prefería un régimen autocrático o la democracia—, ni dar ningún detalle sobre cuestiones como éstas, porque no he encontrado ninguna información». Estas palabras de Dionisio de Halicarnaso 1 explican bien el escaso conocimiento que se tiene de la vida de Iseo.

En efecto, las fuentes (Hermipo de Esmirna 2 , Demetrio de Magnesia 3 y Cecilio de Caleacte 4 ) de las que Dionisio se sirvió para componer su estudio sobre Iseo dentro de su tratado Sobre los oradores antiguos 5 , no proporcionaban muchos datos y de entre ellos, además, Dionisio seleccionó sólo los más contrastados y objetivos, prescindiendo de los detalles anecdóticos. La obra de Dionisio fue, a su vez, fuente ineludible para otras biografías, como la que figura en las Vidas de los diez oradores , incluida en el Corpus Plutarcheum 6 , o una anónima conservada en los manuscritos que transmiten la obra de Iseo. Los lexicógrafos Harpocratión y Suda 7 completan este árido panorama sin aportar mucha más información.

Con respecto a su origen, la tradición antigua recoge dos versiones que le hacen proceder bien de Atenas, bien de Calcis: mientras Dionisio de Halicarnaso no se define, Hermipo lo presenta decididamente, según Harpocratión, como ateniense, pero Cecilio, Demetrio y el Pseudo Plutarco lo sitúan en Calcis. El autor de la mencionada biografía anónima proporciona, sin embargo, un dato relevante: su padre se llamaba Diágoras, un nombre no ático, pero documentado en cambio en Eubea 8 . Así las cosas, la crítica moderna parece inclinarse por su procedencia calcídica, lo que explicaría —al tratarse de un meteco— el hecho de que Iseo no interviniera en la vida política ateniense. No han faltado, sin embargo, intentos de aunar todos los datos, haciendo de Iseo un hijo de un colono ateniense establecido en Calcis, que habría regresado a Atenas después de la pérdida de Eubea en el año 411 a. C. 9 .

Lo cierto es que en el siglo IV a. C., el siglo de la retórica, encontramos a Iseo en Atenas dedicado a su actividad logográfica y como maestro de elocuencia, y es en relación con estos menesteres con los que se pueden reconstruir algunos detalles personales.

Dice Dionisio de Halicarnaso que «su madurez se sitúa después de la guerra del Peloponeso, como se puede inferir de sus discursos, y continuó produciendo hasta la llegada al poder de Filipo» 10 . Las fechas que los filólogos atribuyen hoy día a la obra de Iseo no hacen sino confirmar esta información: el discurso V, considerado el más antiguo de los conservados, fue problablemente pronunciado en el 389 a. C. y el XII, tal vez el más reciente, puede ser del 344-343 a. C. 11 . Su actividad profesional permite, pues, postular como fecha aproximada de su nacimiento los años 415-410 a. C. y, en todo caso, el 344-343 a. C. como término post quem para su muerte.

Sin ningún dato, pues, sobre su vida privada 12 , todas las fuentes antiguas coinciden en presentar a Iseo como discípulo de Isócrates 13 . Tan limitadas son las coincidencias de estilo entre ambos oradores que podría sospecharse de la autenticidad de esta información, pero la unanimidad con que se transmite la noticia y algunas semejanzas formales no dejan lugar a la duda.

Es asimismo incontestable que Iseo fue maestro de Demóstenes, sobre el que, sin duda, ejerció una notable influencia. Con relación a esta parte de su vida han trascendido algunas anécdotas de las que, por su condición de tal, prescindió Dionisio de Halicarnaso, pero que muestran el interés que la relación entre ambos oradores despertaba. Así, mientras la Suda afirma que Demóstenes recibió sus clases gratuitamente, Cecilio de Caleacte y Pseudo Plutarco 14 establecen en 10.000 dracmas el precio de su enseñanza y, más aún, recogen el rumor según el cual habría sido el propio Iseo (tras abandonar su escuela para reservarse a este único alumno) el autor de los discursos de Demóstenes contra sus tutores. Para Plutarco 15 , el orador ateniense habría acudido a Iseo, no por no poder pagar —como algunos sostenían— las diez minas que Isócrates pedía por sus lecciones, sino porque prefirió su elocuencia «eficaz y llena de habilidad práctica».

II. LA OBRA DE ISEO

La tradición atribuye a Iseo sesenta y cuatro discursos y algunos tratados de retórica 16 . De estos últimos, enteramente perdidos, nada sabemos, aunque debieron de ser conocidos, ya que Dionisio de Halicarnaso 17 menciona a Iseo entre los autores de este tipo de obras. De los cincuenta y seis discursos cuyo título conocemos 18 , sólo cincuenta eran considerados auténticos; nos han llegado once de ellos y algunos fragmentos —transmitidos por Dionisio y los lexicógrafos—, el mayor de los cuales, por su extensión e importancia, se presenta como discurso duodécimo.

Dice Dionisio de Halicarnaso que «Iseo no practicó más que un género de elocuencia, la elocuencia judicial» 19 y así debió de ser porque, de los doce discursos conservados, once corresponden a causas de herencia y el último a un litigio por pérdida de ciudadanía 20 . Era, pues, esta faceta de la oratoria —y en concreto los asuntos relacionados con problemas de sucesión— la que hizo célebre a Iseo y en la que despuntó sobremanera entre sus contemporáneos. Que nuestro orador dedicara su talento por voluntad propia a la elocuencia civil o no tuviera siquiera posibilidad de elección por estarle vedada la política depende de su incierta condición de ateniense o de meteco; en cualquier caso, tampoco cultivó el género demostrativo, una prueba de lo alejados que sus gustos e intereses estaban de la elocuencia pomposa y de aparato.

1. Lengua y estilo

El juicio que el estilo de Iseo ha merecido viene marcado desde la Antigüedad por su semejanza con el estilo de Lisias, su predecesor. Sin que se tengan noticias de una relación maestro-discípulo entre ambos oradores 21 , ya Cecilio de Caleacte destacaba su parecido en el arte de la composición y tanto el propio Dionisio de Halicarnaso como el autor anónimo de su Vida hablan de imitación, hasta el punto de que sería difícil distinguir los discursos de uno y otro: la pureza, la precisión, la claridad, la propiedad y la concisión son cualidades formales de Lisias que aparecen también en Iseo; sin embargo, a la naturalidad y encanto de Lisias contrapone Iseo una apariencia más técnica, más trabajada y caracterizada por el empleo de figuras variadas. Lo que pierde en gracia -dicen-, lo gana en habilidad. En cuanto al contenido, Iseo supera a Lisias en la divisón en partes del tema y la ordenación y ejecución de las ideas, en recursos como la insinuación, las exposiciones preliminares y el uso de figuras dramáticas y patéticas y en astucia contra su adversario.

«La diferencia entre Lisias e Iseo —dice el biógrafo anónimo en una sentencia célebre— es que Lisias, aun en una causa injusta, lograba convencer, mientras que Iseo, incluso en una justa, levantaba sospechas». Para Dionisio, Lisias es comparable a los cuadros antiguos, con colores simples, sin variedad de matices, pero con un dibujo preciso y por eso mismo llenos de encanto; Iseo, en cambio, es semejante a los cuadros más modernos, peor dibujados pero más perfectos, con efectos de sombra y luz y valiosos por la cantidad de matices: «Lisias persigue sobre todo la verdad, Iseo el arte; aquél busca la gracia, éste el virtuosismo» 22 .

Si ya su profesión de logógrafo no había de reportarle gran estima entre sus vecinos, Iseo, además, pese a la efectividad de su obra —quizá por eso—, tenía entre sus contemporáneos fama de «seductor y embaucador» 23 y se le criticaba su habilidad para componer discursos para las peores causas. A ello probablemente se refería Piteas, orador antiguo y enemigo de Demóstenes 24 , cuando acusaba a éste de tener reunidas toda la perversidad y maldad de los hombres, defectos alimentados de la obra de Iseo y de todos los artificios de su elocuencia 25 . Dionisio de Halicarnaso reconoce, en efecto, un cierto aire sospechoso en ambos oradores, debido a la cantidad de artificios que utilizaban; sin embargo, «el germen y el origen del virtuosismo de Demóstenes, que, en opinión de todos, ha alcanzado la perfección, está en Iseo» 26 .

Pues bien, los mismos términos que los antiguos empleaban para describir y definir la obra de Iseo siguen siendo todavía un lugar común entre la crítica moderna.

Gran conocedor de los recursos de la oratoria judicial, Iseo es un innovador y aporta a la oratoria forense algunas características que abren el camino a la perfección que alcanzará su discípulo Demóstenes. Abogado antes que artista, busca en su obra la máxima efectividad: a ella queda subordinado todo. Alejado, pues, de los discursos de aparato, el principal logro de Iseo es haber dado a la argumentación una importancia nueva: la consistencia de sus demostraciones, la sutileza de su dialéctica, la habilidad en el tratamiento de las cuestiones legales, la exposición vehemente y detallada de hechos y pruebas, todo está encaminado a producir el mayor efecto posible en el auditorio.

En efecto, el jurado ante el que los clientes de un logógrafo van a pronunciar 27 su discurso está compuesto por ciudadanos 28 que, generalmente poco objetivos y desconocedores de las cuestiones legales, se dejan influir, más que por la verdad de los hechos, por la elocuencia y habilidad de un buen orador. Interesa, pues, mantener la atención, atraer y persuadir a los miembros del tribunal.

Con vistas a ello —y aquí radica, como se ha dicho, la principal novedad de su elocuencia— Iseo divide con ingenio el discurso, dando especial relieve y originalidad a la argumentación 29 . Así, aunque no faltan las partes esenciales establecidas por la Retórica, todas ellas quedan subordinadas a la argumentación, ya que el discurso se concibe como una obra de razonamiento: el exordio ocupa un lugar reducido, pues sobra cuando las razones son suficientes, y el epílogo —que se convierte en una especie de recapitulación— no se ajusta exactamente a las recomendaciones de los tratados de retórica 30 ; la narración y la argumentación, donde Iseo esboza el plan preciso de su demostración, se mezclan alternando los hechos con los razonamientos, sin que puedan separarse con el rigor del modelo tradicional. Ya Dionisio 31 había llamado la atención sobre la manera especial que tenía Iseo de construir sus demostraciones: se apoya en argumentos o demostraciones lógicas (epiqueremas), en lugar de en premisas probables (entimemas) como hace Lisias; en otras palabras, Iseo expone con precisión, sin omitir ninguna premisa por obvia que sea, cada uno de los pasos de su argumentación. En su desarrollo acude a argumentos sofísticos como el de lo eikós , lo symphéron o lo díkaion , con los que intenta convencer a los jueces de que lo probable o verosímil, lo conveniente o lo justo tiene más valor que lo verdadero 32 .

Consciente, además, de lo importante que es ganar el ánimo del jurado a favor de su causa e indisponerlo con la parte contraria, hace uso de una vehemencia inusitada que llega incluso al ataque personal y convierte la invectiva en un recurso decisivo. En este sentido, el retrato de los caracteres de los personajes es, a diferencia de la característica etopeya lisíaca, monótono y escueto: en contraste con la generosidad y bondad de quien pronuncia sus discursos, sus adversarios son siempre perversos, incívicos y ambiciosos 33 , cargados de una maldad cuya descripción le da ocasión de mostrar escenas cargadas de patetismo que, sin duda, habrían de conmover a su auditorio 34 . En la misma línea, sabe ganarse hábilmente la atención de los jueces haciendo que se fijen sólo en lo que beneficia a su cliente y les pase desapercibido lo inconveniente; disimula, en definitiva, sus puntos débiles y ataca los aspectos vulnerables de su adversario. Acude, en fin, a los lugares comunes 35 de la oratoria forense según su interés, presentando las leyes y los testigos en el momento y del modo más útil para su cliente, como parte esencial de su propia argumentación y sin que le importe utilizar los mismos argumentos legales para defender posturas contrarias, en función del lado en que se encuentre 36 .

En busca de una mayor viveza para sus discursos, con la intención constante de mover el espíritu de su auditorio, Iseo hace uso de figuras del pensamiento, como las preguntas y respuestas imaginarias, los apóstrofes, la ironía y el sarcasmo 37 . Con expresiones parentéticas, menciones al discurso de los adversarios, indicaciones al tiempo y otros ardides, Iseo intenta, además, dar un aire de (elaborada) improvisación y espontaneidad a la intervención de su cliente 38 . Las repeticiones, que se han calificado de psicológicas 39 , y las recapitulaciones constituyen otros de los procedimientos más frecuentes y característicos de Iseo para mantener la atención y el interés del jurado 40 .

Desde otro punto de vista, la antítesis —menos frecuente que en Lisias—, la evitación de hiato —menos atenta que en Isócrates—, la simetría, el hipérbaton, la enumeración o efectos sonoros como la paronomasia y el homeoteleuton son recursos formales utilizados en ocasiones por Iseo más «con la intención de hacer resaltar un argumento que por agradar el oído de su auditorio» 41 .

La lengua y estilo de Iseo han sido objeto de especial estudio por parte de J. M. Denommé, quien describe en nuestro orador un orden de palabras normal, que le permite evitar lo artificial, pero romper la monotonía cuando se sale de lo habitual 42 . En cuanto al vocabulario, Iseo manifiesta su fuerza y agresividad contra su adversario en la elección de términos de acción; como era de esperar dado el contenido de los discursos, es una lengua técnica altamente especializada, con expresiones pertenecientes sobre todo al campo de la administración de justicia, la organización de la ciudad y las prácticas religiosas de los atenienses del siglo IV a. C. La claridad y precisión que la lengua jurídica exige no impide, sin embargo, el uso del lenguaje corriente: un buen logógrafo ha de tener en cuenta la personalidad de su cliente, ya que es él quien va a pronunciar su discurso; para que gentes sencillas, a menudo poco instruidas, parecieran sinceras ante los tribunales, la retórica judicial debía aproximarse lo más posible a la lengua ordinaria. Así, Iseo, aun evitando lo excesivamente familiar, se sirve de numerosísimos pronombres demostrativos e indefinidos, utiliza verbos a la moda (como los contractos en -eîn , por ejemplo), acude a perífrasis y expresiones más o menos coloquiales: habla, en definitiva, la lengua de su auditorio 43 .

Pese al valioso análisis llevado a cabo en estos trabajos, «es una falacia —de acuerdo con F. Cortés— investigar la abundancia de ciertos rasgos lingüísticos en un determinado autor y a partir de los datos obtenidos especular sobre sus características, si previamente no se compara para saber si efectivamente el uso investigado es o no abundante respecto a otros oradores. Por ejemplo, contar el número de contraposiciones mén/dé de Iseo y a partir del número obtenido, sin comparar los datos con otros oradores, decir que Iseo muestra una fuerte tendencia a la simetría, para nosotros es decir muy poco» 44 .

Si en general resultan interesantes los estudios contrastivos que permitan valorar la obra de un autor —por lo que de continuista o de innovador tiene frenta a otros—, argumentar sobre la autenticidad de las obras a él atribuidas, comprobar la evolución que ha experimentado o establecer la cronología de sus composiciones, especialmente interesantes resultan este tipo de estudios en un autor como Iseo que, ya desde la Antigüedad, ha venido analizándose a la luz de otros oradores. Con esta finalidad la crítica moderna ha acudido a criterios diversos como el cuidado del hiato 45 , el uso de las cláusulas rítmicas 46 o el empleo de las fórmulas retóricas 47 .

Así, la influencia de Isócrates en Iseo, considerada insignificante ya por los antiguos, ha querido verse fundamentalmente en el cuidado de Iseo por evitar el hiato 48 , rasgo isocrateo por excelencia acorde con su búsqueda de la perfección formal. Sin embargo, F. Blass 49 y W. Wyse 50 rechazan la ausencia o presencia de hiato como criterio fiable para analizar la obra de Iseo: en su opinión, sólo cuando se le pagaba por ello y tenía bastante tiempo a su disposición, nuestro orador se esforzaría por dar a su obra un aire isocrático intentando evitar el hiato. Con todo, no queda más remedio que admitir rasgos comunes a ambos oradores 51 como la disposición de las partes del discurso o el tipo de razonamientos. Recientemente F. Cortés, en un magnífico trabajo en el que el estudio de las fórmulas retóricas (la presentación de pruebas, las súplicas a los jueces, la introducción a la narración) se revela como criterio decisivo para el análisis de la oratoria judicial ática, concluye que «Isócrates influyó sobre Iseo en lo relativo a usos formularios concretos y, lo que es más importante, en la mentalidad con la que se enfrenta a ellos, en el sentido de que Iseo prosigue la línea de Isócrates tendente a una economía de las fórmulas y a una sistematización, sin llegar, es verdad, a un grado tan alto como el maestro» 52 .

Reconocida, pues, en su justo término la influencia de Isócrates sobre nuestro orador, es incontestable, sin embargo, la importancia de la relación entre Lisias e Iseo, respecto a la cual la crítica moderna coincide e insiste en las apreciaciones de los antiguos antes expuestas.

Pero es sin duda la condición de Demóstenes como alumno de Iseo la que más interés ha despertado: desde las noticias antiguas acerca de la autoría de Iseo de los discursos epitrópicos atribuidos a Demóstenes, hasta la postura radicalmente contraria que niega no sólo una relación directa, sino incluso el hecho mismo de que Iseo enseñara a Demóstenes 53 , se hace necesario determinar hasta dónde ha llegado el influjo del maestro sobre el discípulo.

Así, rechazada hoy en día la posibilidad de que Iseo compusiera los discursos de Demóstenes contra sus tutores 54 , se ha tratado de limitar su influencia a estos epitrópicos, que presentan coincidencias literales con el discurso VIII del maestro 55 . Sin embargo, el propio F. Blass 56 , pese a su empeño en demostrar la originalidad de Demóstenes destacando rasgos diferenciadores como un mayor cuidado por evitar el hiato, el uso de ritmos isocráticos o un mayor páthos , ha de admitir semejanzas importantes, como la división de las partes narrativas en la argumentación, el uso de transiciones, recapitulaciones o la repetición de los mismos tópicos en el proemio y el epílogo. Estudios estilísticos más detallados como el de A. Tramontano 57 o el trabajo ya mencionado de F. Cortés vienen a demostrar que la influencia del maestro no se limitó a los primeros discursos de su discípulo, sino que «hay que darle una importancia a Iseo en la formación oratoria de Demóstenes mucho mayor que la que se le viene dando» 58 .

Algunos de los criterios mencionados, utilizados en el análisis estilístico de la obra de Iseo y en el estudio de las influencias recibidas o ejercidas por nuestro orador, se han esgrimido también para determinar la cronología de sus discursos. En este sentido habría que destacar trabajos como el ya citado de G. E. Benseler, a cuyas propuestas, basadas en la idea de que Iseo fue evitando progresivamente el hiato, no se otorga en la actualidad excesiva fiabilidad 59 . El también mencionado de R. F. Wevers, que establece una cronología relativa —muy alejada en ocasiones de la tradicional— para los discursos a partir del estudio de las cláusulas, en el sentido de que Iseo se inclinaría paulatinamente al final de los períodos por las cláusulas métricas recomendadas por Aristóteles. Y más recientemente, el estudio de F. Cortés, cuyas conclusiones acerca de la fecha de composición de estos discursos se fundamentan en el análisis de las fórmulas retóricas utilizadas por Iseo; desde esta perspectiva, es de destacar la «modernidad» 60 de nuestro orador no sólo por el uso de las fórmulas relativas a la presentación de pruebas o al campo de las peticiones, sino muy especialmente, «porque la mayoría de su producción se sitúa después del cambio procesal» —fijado entre 390 y 378 a. C.— por el que se obligaba a que las deposiciones de los testigos se presentaran, no oralmente, como había venido haciéndose, sino por escrito» 61 .

Apreciado por los aticistas de época imperial, pero ignorado casi totalmente por los romanos (Cicerón ni siquiera lo menciona y Quintiliano 62 simplemente cita su nombre junto al de otros oradores griegos) 63 , Iseo no ha corrido mejor suerte entre la crítica moderna, que lo ha tenido por un autor mediocre 64 o ha visto en él sólo un abogado 65 . No sabemos si fueron sus cualidades de lengua y estilo, como defiende J. M. Denommé 66 , las que hicieron que fuera incluido en el canon de los diez oradores áticos o, simplemente, su condición de maestro de Demóstenes. Lo cierto es que los estudios que a lo largo de este siglo se han ocupado de su obra han venido a reivindicar su justo lugar en la oratoria ática, un lugar ganado por méritos propios, pero en el que inevitablemente hacen sombra su predecesor Lisias y su discípulo Demóstenes: «de las cualidades que dan valor (a la obra de Iseo), unas son inferiores a las de Lisias, a quien imitaba; las otras han sido sobrepasadas por aquel a quien había formado. Pero si se quiere estudiar con cuidado la historia de la elocuencia griega, no se puede, creemos, descuidar los discursos de Iseo: ellos son la transición necesaria entre Lisias y Demóstenes» 67 .

Sería, pues, faltar a la verdad decir que Iseo es un orador de primera fila, pero también lo sería negarle el lugar destacado que ocupó. No pasan desapercibidos, es verdad, los razonamientos a veces ingenuos, a veces engañosos, las verdades a medias, la falta —en ocasiones— de pruebas o esa sospechosa insistencia suya; sin embargo, las características de su estilo, los recursos de su habilidad y astucia, en fin, todo lo que de innovador hay en su elocuencia y que sus contemporáneos apreciaron, pone de manifiesto el interés que la obra de Iseo tiene por sí misma.

Por otra parte, dada su especialización en asuntos de herencias, Iseo es la principal fuente para el estudio de este aspecto concreto del derecho ático y ofrece asimismo valiosa información sobre otras cuestiones de la vida cotidiana y familiar como el matrimonio, el divorcio, el concubinato, el epiclerado, la adopción, las relaciones familiares y el parentesco, etc., todo lo cual hace de estos discursos una lectura imprescindible desde el punto de vista del derecho privado ático, pero también interesante para conocer, simplemente, el lado humano de la sociedad ateniense.

2. El texto

La clasificación en época alejandrina de la obra de Iseo —probablemente publicada en vida de su autor para servir de modelo a sus discípulos 68 — agrupó por temas los discursos, de suerte que encabezaron el corpus todos los que trataban cuestiones de herencias, tal vez por ser considerados los más importantes y representativos de nuestro autor. De éstos, sólo el primer grupo, constituido por trece discursos, nos ha sido transmitido, pero las últimas hojas del códice arquetipo desaparecieron antes de ser copiado y ello supuso la pérdida del final del discurso XI y de los discursos XII y XIII.

Las ediciones modernas han fijado el texto a partir de sólo dos manuscritos, para cuya descripción y estudio minucioso remitimos a la obra de W. Wyse 69 : el Crippsianus (A) y el Ambrosianus (Q). El Crippsianus (British Museum Burneianus 95), de la segunda mitad del siglo XIII , contiene Andócides, los once discursos de Iseo, Dinarco, Antifonte, Licurgo, Gorgias (Helena y Palamedes) , Alcidamante (Ulises) , Lesbonacte y Herodes; el Ambrosianus (D 42 sup.) comprende una colección de obras diversas entre las que se encuentran, en una parte datada en el s. XIII o XIV , sólo los discursos I y II de Iseo. Los otros manuscritos que contienen discursos de Iseo —Laurentianus (B), Marcianus (L), Burneianus (M), Ambrosianus (P) y Vratislauiensis (Z)— son todos descendientes de A.

Algunos fragmentos, incluido el que por su larga extensión e importancia —es el único que no aborda un tema de sucesión— figura como discurso XII, fueron transmitidos bien por los lexicógrafos, bien por Dionisio de Halicarnaso, cuyos manuscritos han sido agrupados por H. Usener y L. Rademacher 70 en dos familias, la del Florentinus (F) y la del Ambrosianus (M), el Parisiensis (B) y el Vaticanus (P). La procedencia exacta de los fragmentos que traducimos se hará constar en cada uno de ellos.

3. Ediciones y traducciones

La editio princeps de la obra de Iseo es la Aldo Manuzio (Venecia, 1513), a la que siguieron las de H. Estienne (París, 1575) y J. J. Reiske (Leipzig, 1773). En estas primeras ediciones, basadas en los manuscritos inferiores L, M, P y Z, falta la mitad del discurso I y casi todo el II. Estas lagunas fueron completadas en las ediciones de Th. Tyrwhitt (Londres, 1785) y A. Maio (Milán, 1815), que usaron los manuscritos B y Q, respectivamente; el manuscrito A fue utilizado por primera vez por E. Bekker (Oxford, 1823), al que siguieron las ediciones a cargo de W. S. Dobson (Londres, 1828), G. S. Schömann (Greifswald, 1831), J. G. Baiter y H. Sauppe (Zúrich, 1840), C. Müller (París, 1847) y C. Scheibe (Leipzig, 1869).

Las ediciones modernas se inician con la de Th. Thalheim (Leipzig, 1903) y la de W. Wyse (Cambridge, 1904), que va acompañada de un comentario imprescindible. Más modernas son las de P. Roussel (París, 1922; 2.a ed. 1960), E. S. Forster (Londres-Cambridge Mass., 1927) y, por último, J. Vergés (Barcelona, 1930-1931) 71 .

Por lo que a las traducciones respecta, hay que destacar las más recientes al francés, inglés y catalán que acompañan a las ediciones citadas de P. Roussel, E. S. Forster y J. Vergés. Entre las versiones a otras lenguas cabe mencionar la italiana de F. Caccialanza (Turín, 1901) o las alemanas de G. F. Schömann (Stuttgart, 1830) y K. Münscher (Zeitschrift für vergleichende Rechtswissenchaft , 37, 1919, págs. 32-328). Hasta la fecha no existe, que sepamos, ninguna traducción al español.

Para la presente traducción hemos seguido la edición de P. Roussel, Isée. Discours , 2.a ed., París, Les Belles Lettres, 1960. La única vez que nos hemos apartado de ella es en VI 1, por las razones que allí se explican. Esta edición, junto con las otras que en todo momento hemos tenido presentes (las de Th. Thalheim, E. S. Forster y J. Vergés, así como la edición con comentario de W. Wyse), aparecerán citadas en la traducción, para abreviar, simplemente con el nombre de sus autores.

1 DIONISIO DE HALICARNASO , Iseo , 1, 2.

2 HERMIPO (ss. III-II a. C., ed. C. MÜLLER Fragmenta Historicorum Graecorum III, págs. 34-35), bibliotecario de Alejandría sucesor de Calímaco, escribió una gran obra sobre los autores famosos —elaborada probablemente a partir de datos de su maestro Calímaco— que fue muy utilizada por Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Favorino, Diógenes Laercio o Ateneo. Las referencias a Iseo debían de figurar en su tratado Sobre los discípulos de Isócrates , al que Dionisio hace alusión y que parece haber sido una de las obras más conocidas de Hermipo.

3 DEMETRIO (s. I a. C., ed. C. MÜLLER , Fragmenta Historicorum Graecorum IV, pág. 382) escribió una obra Sobre los poetas y escritores homónimos .

4 Amigo de Dionisio de Halicarnaso y crítico prolífico, escribió Sobre el carácter de los diez oradores , obra importantísima, que, además de configurar el canon de los diez oradores, sirvió de fuente a muchos autores a los que proporcionó información sobre la vida y la obra de los oradores estudiados.

5 Según P. COSTIL (L’esthétique littéraire de Denys d’Halicarnasse , París, 1949, pág. 373), la redacción de Iseo le surgió a Dionisio de Halicarnaso a partir de ciertas reflexiones hechas con ocasión del Tratado crítico sobre Lisias (perdido) o de Lisias , pues es la relación entre ambos oradores lo que verdaderamente interesa a Dionisio en este obra.

6 Moralia 839E-F.

7 HARP ., s. v. Isaîos; Suda I 2, pág. 1070 BERN .

8 Cf. Inscriptiones Graecae , XII 9, pág. 146, 1. III sig.

9 Así, G. F. SCHÖMANN , Isaei Orationes XI cum aliquot Deperditarum Fragmentis , Greifswald, 1831 o LIEMANN , De Isaei vita et scriptis , Halle, 1831. Cf., asimismo, L. MOY , Étude sur les plaidoyers d’Isée , París, 1876, págs. V-VI.

10 Iseo , 1, 1.

11 Véanse las Introducciones correspondientes a estos discursos.

12 Cecilio de Caleacte y Ps. Plutarco afirman que el autor cómico Teopompo (uno de los últimos representantes de la comedia antigua, ss. V-IV a. C.) habla de él en su obra Teseo , pero es imposible saber en qué términos; en todo caso, este dato prueba que Iseo era bien conocido por el público ateniense. Por otra parte, la Vida de Iseo de autor anónimo da cuenta de una juventud desenfrenada y licenciosa, tan contradictoria con la personalidad de su madurez que atribuye a su vida una transformación radical; el autor deja claro, sin embargo, de acuerdo con la fuente de esta información (FILÓSTRATO , Vidas de los sofistas , 512-514), que tal referencia no puede atribuirse a nuestro Iseo, sino al sofista asirio del mismo nombre que vivió entre los siglos I-II d. C.

13 Isócrates abrió su escuela en Atenas en el 393 a. C. (cf. R. C. JEBB , The Attic Orators from Antipho to Isaeus , 2.a ed., Londres, 1893, pág. 216). Además, Iseo frecuentaba a los mejores filósofos de su época (cf. DION . HALIC ., Iseo 1, 2).

14 Moralia 839F.

15 Demóstenes V 6.

16 Ps. PLUTARCO , Moralia 839F.

17 Carta a Ameo I 2.

18 Cf. la lista en F. BLASS , Die attische Beradsamkeit, II: Isokrates und Isaios , Leipzig, 1892, pág. 492.

19 Iseo II 1. Asimismo, el autor anónimo de la Vida de Iseo .

20 A juzgar por los títulos trasmitidos, sólo dos discursos, con un contenido presumiblemente político, podrían ser la excepción, Sobre lo que se dijo en Macedonia y Contra los megarenses , el último de los cuales era considerado dudoso. Cf. F. BLASS , op. cit ., II, pág. 487.

21 Un pasaje del Ps. PLUTARCO (Moralia 839E), que parecía hacer de Iseo un discípulo de Lisias, fue corregido por Dübner en el sentido de que siguió las lecciones de Isócrates, pero le sirvió de modelo Lisias.

22 DION . HALIC ., Iseo 18, 1.

23 Ibid ., IV 3.

24 PÍTEAS (fr. 3 BAITER -SAUPPE , Orat. Att ., II, 51, pág. 311), orador conocido por su facilidad de improvisación, había sido designado por la Asamblea como acusador de Demóstenes en el proceso intentado contra el orador tras el asunto de Hárpalo en el 324 a. C.

25 Cf. DION . HALIC ., Iseo 4, 4.

26 Ibid ., XX 5.

27 Cf. M. LAVENCY , «Lecture et récitation dans les plaidoyers logographiques», LEC 26 (1958), 225-234.

28 Cf. Is., I, n. 2.

29 Cf. L. MOY , op. cit ., págs. 21-80.

30 El discurso III carece, por ejemplo, de ambas partes, lo mismo que sucede en el V; el VI es prácticamente todo él (3-50) argumentación; en el VII y el XI el proemio convencional es sustituido por la exposición directa de los puntos en discusión.

31 Iseo 16, 3-5.

32 Así, por ejemplo, todo el discurso III, en el que realmente no se presentan pruebas, está construido sobre este tipo de argumentos; cf. también Is. I 29, 44; IX 7-8, 11-15, etc.

33 Son durísimas, por poner algún ejemplo, las acusaciones vertidas contra sus adversarios en V 35-40, VIII 40-44 o IX 17, donde los tacha de ruines, incestuosos o asesinos.

34 Impresiona, ciertamente, en V 9-11 el comportamiento cruel y despiadado de Diceógenes (III) hacia sus pupilos huérfanos, a quienes priva incluso de lo imprescindible para cada día; conmueve también, en VI 18 sigs., el relato sórdido de cómo sus adversarios se aprovecharon de la ancianidad y demencia de Euctemón.

35 Cf. M. LAVENCY , «La technique des lieux communs de la rhétorique grecque», LEC 33 (1965), 113-126. Para una exposición detallada de los lugares comunes de Iseo, véase. L. MOY , op. cit ., págs. 4-20: el heredero natural argumentará siempre que el derecho de parentesco es evidente y no da lugar a errores ni permite la manipulación, hablará de la reciprocidad en el derecho de sucesión, de su relación íntima y familiar con el difunto, mientras el heredero instituido acudirá, en cambio, al aspecto religioso y el carácter sagrado de la adopción, a la libertad que otorgan las leyes para testar, a la relación de amistad y los favores prestados al difunto; el orador demostrará la validez de sus testigos y negará la de los testigos de sus adversarios, insistirá en que el comportamiento y los argumentos de sus oponentes vienen a darle la razón, sacará a colación la diferencia de fortuna entre las partes, haciendo ver que la parte contraria ha conseguido la suya de forma ilícita o que no contribuye al bien común de la ciudad, etc.

36 En los discursos I y IV solicita de los jueces que, en la adjudicación de una herencia, den prioridad al parentesco sobre el testamento, mientras en II demanda todo lo contrario; en III y VIII defiende también posturas opuestas respecto a la legitimidad de una esposa y su hija; o, en el colmo de su habilidad, en XI invoca una ley para negar a su adversario cualquier derecho sobre la herencia en litigio y oculta, en cambio, que esa misma ley niega a su cliente todo derecho a poseer la herencia que le reclaman.

37 J. M. DENOMMÉ , Recherches sur la langue et le style d’Isée , Hildesheim-Nueva York, 1974.

38 A. P. DORJAHN -W. D. FAIRCHILD , «Improvisation in Isaeus», CB 48 (1972), 59-61.

39 A. PALAU CATALDI , «Repetizioni come espediente oratorio in Iseo», Aevum 50 (1950), 137-141.

40 Todo el discurso III, con repeticiones y recapitulaciones constantes, ilustra bien esta técnica recurrente y envolvente que impide que el oyente distraiga su atención y olvide los razonamientos con los que el orador intenta convencerle. Pueden verse otros ejemplos en Is., I 48; II 17; IV 4; VI 62-65; X 4-8, etc.

41 J. M. DENOMMÉ , Recherches sur ..., pág. 256.

42 «L’ordre des mots dans les discours d’lsée», Revue de Philologie 47 (1973), 281-295, y Recherches sur ...

43 J. M. DENOMMÉ , «Le choix des mots dans les discours d’Isée», LEC 42 (1974), 127-148 y Recherches sur ...; H. W. MILLER , «Isaeus’ vocabulary», Classical Journal 31 (1936), 442-44, había llamado la atención sobre la relativa pobreza del vocabulario de Iseo, que no pondría demasiado empeño en variar sus fórmulas y evitar las repeticiones; cf. también su The participle in Isaeus , resumido en Transactions and Proceedings of the American Philological Association , 1936, págs. XLIII-XLIV .

44 Fórmulas retóricas de la oratoria judicial ática , Salamanca, 1986, pág. 232.

45 G. E. BENSELER , De hiatu in oratoribus Atticis et historicis Graecis , Friburgo, 1841.

46 F. BLASS , op. cit ., II; R. F. WEVERS , Isaeus, Chronology, Prosopography and social History . La Haya-París, 1969.

47 F. CORTÉS , op. cit .

48 Cf. G. E. BENSELER , op. cit .

49 Op. cit ., II, págs. 488-489.

50 The Speeches of Isaeus , Cambridge, 1967, págs. 178-179.

51 Así tiene que hacerlo F. Blass, op. cit ., II, págs. 486, 521, 523.

52 F. CORTÉS , op. cit ., pág. 290.

53 Así, P. HOFFMANN , Demosthene, Isaei discipulo , Berlín, 1872, quien se basa para ello en un pasaje de ISÓCRATES (XV 41) en el que éste afirma que los logógrafos, aunque fueran numerosos, no eran lo bastante estimados como para se les confiara alumnos y sólo él los tuvo.

54 Cf. F. BLASS , op. cit ., III, 1, págs. 225-226, que niega incluso la posibilidad, razonable por otra parte, de que Iseo corrigiera la obra de su alumno, como defiende A. SCHÄFER , Demosthenes und seine Zeit I, Leipzig, 1885 (=1966), págs. 303 y sigs.

55 Sobre estas imitaciones, cf. O. NAVARRE , Essai sur la rhétorique grecque avant Aristote , París, 1900. Véase también la n. 3 de la Introducción al discurso VIII.

56 Op. cit ., III 1, págs. 228-231. Cf. F. CORTÉS , op. cit ., pág. 310.

57 «Gli epitropikoí demostenici», Studi Italiani di Filologia Classica 25 (1951), págs. 169-187, quien destaca coincidencias en la disposición de los discursos, en la construcción de los períodos, en el uso de las figuras del pensamiento y otras características que no han podido llegar a Denióstenes sino a través de Iseo.

58 F. CORTÉS , op. cit ., pág. 312.

59 Para las razones, cf. supra , y notas 49 y 50.

60 Cf. op. cit ., págs. 305-306.

61 Cf. Is., I 16, n. 15 y II 16, n. 25.

62 II 10, 22.

63 En una carta de PLINIO EL JOVEN (II 3) y en una sátira de JUVENAL (III 74) se mencina a un Iseo que no es nuestro orador, sino su homónimo, el sofista asirio mencionado en la n. 12 (cf. P. GRIMAL , «Deux figures de la Correspondance de Pline», Latomus 14 [1955], 370-383).

64 Cf. H. OUVRÉ , Les formes littéraires de la pensée grecque , París, 1900, págs. 495-496.

65 Cf. G. PERROT , L’éloquence politique et judiciaire à Athènes , París, 1873, pág. 400.

66 Recherches sur ..., pág. 261.

67 L. MOY , op. cit ., pág. III.

68 Cf. P. ROUSSEL , Isée. Discours , París, 1960, pág. 7.

69 Op. cit ., págs. I-LXIII.

70 Dionysii Halicarnasei opuscula , I, Leipzig, 1899.

71 Ni la edición de W. WYSE ni la de J. VERGÉS contienen los fragmentos que sí recogen, en cambio —aunque con diferencias entre ellas—, las restantes ediciones.

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I

INTRODUCCIÓN

A la muerte de Cleónimo, sus sobrinos, hijos de su hermana, impugnan el testamento en el que Cleónimo nombraba herederos a otros parientes y reclaman su herencia. Se ignora cuál era el grado de parentesco de éstos últimos con Cleónimo —en todo caso más lejano que el de los sobrinos— 1 , así como su identidad: además de los hermanos Posidipo y Ferenico, en el discurso se mencionan otros nombres cuya relación con Cleónimo no queda clara 2 .


Pese a la evidencia que supone la existencia del testamento mencionado, Iseo, sabedor de que los jueces atenienses tendían a dar prioridad, en las causas de sucesión, al parentesco, construye el discurso en torno a dos argumentos básicos: la nulidad del testamento existente y el estrecho parentesco de los sobrinos con el difunto.

Así, contra el único punto a favor de sus adversarios, el testamento, los demandantes (en su nombre, probablemente, el mayor de ellos) aparecen en posesión de múltiples razones que los acreditan como los auténticos herederos: en primer lugar, incluso los familiares y amigos de sus oponentes, en un arbitraje previo al proceso, les habían reconocido su derecho a una parte en la herencia de Cleónimo. Además, habían sido excluidos del testamento no porque el difunto tuviera algo en su contra, sino por la enemistad que éste sentía hacia Dinias, tío de los demandantes, bajo cuya tutela se encontraban después de haber quedado huérfanos. Sin embargo, muerto Dinias, Cleónimo se hizo cargo de ellos y desde entonces les había manifestado siempre la más favorable disposición. Por otra parte, Poliarco, abuelo de los demandantes y padre de Cleónimo, había ordenado a este último que, si no tenía hijos, les dejara toda su fortuna. Por último, la relación íntima y familiar que Cleónimo tenía con sus sobrinos contrasta con su abierta enemistad hacia Ferenico, uno de los beneficiarios efectivos del testamento.

Todos estos argumentos —sostienen los sobrinos— hicieron que Cleónimo reconsiderara su testamento. La muerte, sin embargo, le impidió cualquier modificación: estando enfermo solicitó la presencia del astínomo en cuya casa había depositado el testamento 3 , pero los otros parientes —sabiéndose los beneficiarios de la herencia— impidieron la entrevista. Es aquí donde las dos partes en litigio discrepan en la interpretación de la intención de Cleónimo: los sobrinos alegan que quería cambiar el testamento a su favor y que había llamado al astínomo para revocar el documento anterior, lo que explicaría las trabas de sus adversarios; éstos, en cambio, sostienen que simplemente quería hacerles firme su donación.

Se mire por donde se mire, concluyen los sobrinos, la herencia es suya: si en verdad Cleónimo deseaba únicamente reafirmar su primera voluntad (algo de lo que, por otra parte, no tenía ninguna necesidad legal), es evidente que no actuaba con plenas facultades mentales, pues de todos era sabida la estrecha relación, familiar y afectuosa, que le unía con sus sobrinos, frente a la enemistad que mantenía con los otros; y si su voluntad era revocar su testamento, es obvio que, no sólo por la intención del difunto, sino por su parentesco, la sucesión les correspondía a ellos.

No se han propuesto fechas concretas para este discurso. Así, mientras Benseler 4 , apoyándose en el especial cuidado de Iseo en evitar el hiato 5 , concluye que se trataría de uno de sus discursos más recientes 6 , W. Wyse rechaza la ausencia o presencia de hiato como un criterio fiable de datación 7 y señala la imposibilidad de fijar una fecha. Recientemente F. Cortés 8 sostiene que el estudio formulario de este discurso 9 no permite más que postular como cronología verosímil una fecha no muy reciente.

1 Probablemente primos hermanos o hijos de primo hermano. Dado que, en ausencia de testamento, el orden de sucesión estaba regulado por ley según el grado de parentesco (cf. DEM ., 43, 51; Is., XI 11-12), de haber sido familiares más lejanos Iseo habría sido más explícito en este dato.

2 La mención de Simón en el Argumento , junto a Posidipo y Ferenico, ha hecho que se pensara en él como otro de los hermanos beneficarios del testamento (cf. W. ROEDER , Beiträge zur Erklärung und Kritik des Isaios , Jena, 1880, págs. 23-24), si bien la referencia de §§ 31-32 hace dudar de tal relación y hoy en día esta mención se considera un error. Por otra parte, Th. THALHEIM (Isaei orationes , pág. XXIX) incluye a Diocles entre los herederos testamentarios, pero las alusiones a él en el discurso (§§ 14, 23) no permiten demostrarlo.

3 Cf. § 15, n. 13.

4 De hiatu in oratoribus Atticis et historicis Graecis , Friburgo, 1841, pág. 192

5 Tan sólo hay cuatro casos de hiato, en §§ 1, 11, 29.

6 A este argumento añade F. BLASS (op. cit ., II, pág. 531) el uso de las cláusulas rítmicas para sumarse a una cronología reciente.

7 Cf. la introducción general, II I.

8 Op. cit ., págs. 291-295 y 298.

9 Las fórmulas de presentación de testigos (cf. § 16, n. 15), la fórmula de introducción a la narración, etc. (cf. la introducción general, II 1).

SOBRE LA HERENCIA DE CLEÓNIMO
ARGUMENTO

A la muerte de Cleónimo sus sobrinos reclaman la herencia en virtud de su parentesco, admitiendo que Cleónimo escribió realmente el testamento que presentan en su favor Ferenico, Simón 1 y Posidipo y que lo depositó en casa de los magistrados, movido por su enfado con Dinias, su tutor; después, cuando intentó anularlo y mandó llamar al astínomo, murió repentinamente; además, Poliarco, su abuelo y padre de Cleónimo, ordenó que si a Cleónimo le pasaba algo, les dejara a ellos su fortuna. La cuestión de debate es la doble interpretación de un hecho controvertido: los unos se apoyan en el testamento existente desde el principio y los otros, alegando que mandó buscar al magistrado para anularlo, en los últimos actos de Cleónimo.

Grande ha sido para mí el cambio, ciudadanos 2 , a la [1] muerte de Cleónimo, pues en vida nos dejaba su fortuna, pero al morir ha hecho que ésta peligre. En el pasado fuimos educados por él con tanta prudencia que jamás acudimos a un tribunal, ni siquiera para oír, y ahora, en cambio, hemos venido a litigar en defensa de todos nuestros bienes; porque nuestros adversarios reivindican no sólo los de Cleónimo, sino incluso los nuestros propios, ya que andan [2] diciendo que le debíamos dinero por ellos. Los familiares y allegados de éstos consideran legítimo que, de lo que se admite que Cleónimo dejó 3 , tengamos también nosotros una parte igual a la de nuestros oponentes 4 ; pero estos individuos han llegado a tal punto de desvergüenza que incluso pretenden quitamos nuestros propios bienes, no porque ignoren lo que es justo, ciudadanos, sino porque advierten [3] nuestro gran desamparo. Mirad, pues, en qué hemos confiado cada una de las dos partes al presentamos ante vosotros: nuestros contrincantes se apoyan en un testamento que él dispuso en semejantes términos no por reprobarnos, sino porque estaba enfadado con uno de nuestros parientes, y que anuló antes de su muerte, puesto que envió a Posidipo a [4] la magistratura; nosotros, en cambio, somos por nacimiento sus parientes más próximos y, de entre todos, los que hemos tenido con él un trato más íntimo y a quienes otorgan la herencia no sólo las leyes, de acuerdo con el derecho de parentesco, sino el propio Cleónimo por el afecto que nos tenía y, más aún, Poliarco, el padre de Cleónimo y abuelo nuestro, que ordenó que, si Cleónimo moría sin hijos, nos dejara sus bienes 5 . Así pues, a pesar de que nos asisten tantos argumentos, [5] a nuestros oponentes, que son parientes nuestros y no pueden alegar nada justo, no les importa metemos en un pleito por algo por lo que sería vergonzoso litigar incluso para los que no tienen ningún vínculo. Sin embargo, me parece, [6] ciudadanos, que no tenemos la misma disposición los unos con los otros. Pues el hecho de que yo esté corriendo injustamente un riesgo creo que no es el mayor de los males presentes, sino el enfrentarme a unos familiares, de los cuales no está bien siquiera defenderse; porque perjudicar, en mi defensa, a los que son mis parientes no lo consideraría una desgracia menor que haber sido perjudicado por ellos desde el principio. Sin embargo, nuestros adversarios [7] no tienen la misma opinión, sino que han venido contra nosotros después de llamar en auxilio a sus amigos y de procurarse oradores 6 y sin escatimar influencia alguna, como si fueran, ciudadanos, a castigar a unos enemigos y no a perjudicar a unos familiares y parientes.

Ciertamente su desvergüenza y codicia las conoceréis [8] todavía más cuando lo hayáis oído todo. Empezaré mi explicación desde donde creo podréis comprender más rápidamente por qué litigamos.

[9] Dinias, el hermano de nuestro padre, fue nuestro tutor, por ser nuestro tío y estar nosotros huérfanos 7 . Pero resultó, ciudadanos, que era adversario de Cleónimo. Cuál de los dos era realmente el responsable de la desavenencia tal vez no es asunto mío revelarlo; tan sólo este reproche podría hacerles a ambos con toda justicia: que, siendo amigos hasta entonces y sin ninguna justificación, concibieran tan a la [10] ligera, por ciertas palabras, una mutua enemistad. Es entonces cuando, a causa de este enojo, Cleónimo redacta su testamento, no por reprobarnos, como dijo después 8 , sino porque veía que éramos tutelados por Dinias y por temor a morir dejándonos todavía pequeños y que, al ser nuestra su fortuna, Dinias se adueñase de ella: le parecía terrible dejar a su mayor enemigo como tutor de sus familiares y dueño de sus bienes y que, hasta nuestra mayoría de edad, le hiciese los ritos funerarios acostumbrados 9 aquel con quien en vida estaba enfrentado. Con esta idea, sensata o no, dispuso [11] este testamento. E inmediatamente, al preguntarle Dinias en ese mismo instante si tenía algo que censuramos a nosotros o a nuestro padre, respondió delante de todos los ciudadanos que no nos reprochaba nada malo y confesó que había testado en esos términos movido por su enfado con él y como consecuencia de una incorrecta decisión. Porque, ¿cómo, si hubiera pensado con sensatez, ciudadanos, habría decidido hacemos daño a nosotros, que no le habíamos causado ningún perjuicio? 10 . He aquí lo que para nosotros [12] constituye la mayor prueba de que en absoluto lo hizo con intención de perjudicamos: cuando Dinias murió y nos encontrábamos en una difícil situación, no consintió vemos privados de nada, sino que, después de llevamos a su propia casa, se hizo cargo de nuestra educación, nos salvó de los acreedores que tramaban quitamos nuestra fortuna 11 y se ocupó de nuestros asuntos igual que de los suyos propios. En verdad, hay que valorar su intención de acuerdo con estos [13] hechos y no por su testamento, y utilizar como prueba no las cosas que hizo en un momento de ira (en las cuales todos por naturaleza somos propensos a equivocarnos), sino aquellas por las que después puso de manifiesto su propósito. Pues en los últimos momentos hizo aún más evidente cuál era su disposición hacia nosotros. Estando ya aquejado [14] de la enfermedad de la que murió, quiso anular el testamento y ordenó a Posidipo que hiciera venir al magistrado. Pero Posidipo no sólo no lo trajo, sino que a uno de ellos que llegó hasta la puerta lo despachó. Irritado por ello, Cleónimo ordenó de nuevo a Diocles que citara a los magistrados al día siguiente 12 . Aunque no se encontraba tan enfermo —todavia había muchas esperanzas—, repentinamente esa misma noche murió.

[15] Por todo ello os presentaré en primer lugar testigos de que estableció estas disposiciones testamentarias no por reprobarnos, sino por su enfrentamiento con Dinias; luego, de que, a la muerte de éste, se ocupó de todos nuestros asuntos y de nuestra educación después de habernos llevado a su propia casa; y por último, de que envió a Posidipo al astínomo 13 , pero Posidipo no sólo no lo fue a buscar personalmente, sino que echó a uno que llegó a la puerta 14 . Así [16] pues, en prueba de que digo la verdad, llámame a los testigos 15 .

TESTIGOS

Y a continuación, además, llámame también testigos de que sus amigos y Cefisandro 16 consideraban justo que se repartiese la fortuna y nosotros tuviéramos la tercera parte de todos los bienes de Cleónimo.

TESTIGOS

Creo, ciertamente, ciudadanos, que a todos los que litigan [17] su parte en una herencia, cuando demuestran que ellos son —como es nuestro caso— los primeros por parentesco y afecto con el difunto, les resulta superfluo presentar los demás argumentos; pero ya que nuestros adversarios, aun sin tener ninguna de estas razones, se atreven a reclamar lo que no les corresponde y preparan falsas alegaciones, quiero [18] hablar brevemente también acerca de estas últimas. Se basan en el testamento, alegando que Cleónimo había mandado a buscar al magistrado no porque quisiera anularlo, sino porque quería rectificarlo y hacer firme la donación en su favor. Vosotros, sin embargo, mirad, respecto a este testamento hecho en un momento de cólera, si es lógico que Cleónimo quisiera anularlo, después de haber tenido una relación familiar con nosotros, o estudiar la forma de privanos [19] aún más firmemente de sus bienes. Porque los demás se arrepienten de las injusticias que cometen con sus parientes en un momento de irritación. Éstos, en cambio, declaran que Cleónimo, al mismo tiempo que nos manifestaba una gran familiaridad, deseaba ratificar el testamento que realizó cuando estaba enojado. De modo que, aunque nosotros lo reconociéramos y vosotros mismos lo creyérais, pensad que [20] le están acusando de la mayor demencia. Porque, ¿qué locura podría haber mayor que ésta: cuando estaba enemistado con Dinias, nos perjudicaba a nosotros y disponía semejante testamento, por el que no le castigaba a él, sino que agraviaba a sus parientes más próximos; en cambio, cuando tenía trato con nosotros y nos estimaba por encima de todos, sus sobrinos fuimos los únicos, según afirman estos individuos, a los que quiso dejar sin participación en sus bienes? ¿Quién en su sano juicio, ciudadanos, habría tomado semejante [21] decisión respecto a su fortuna? De modo que con estos argumentos os han facilitado el fallo sobre su caso. Pues si mandó a buscar al magistrado con la intención —como nosotros afirmamos— de anular el testamento, nuestros adversarios no tienen ningún argumento; pero si resultó estar tan loco como para seguir menospreciándonos a nosotros, que éramos los primeros en parentesco y los que más intimidad teníamos con él, haríais sin duda justicia invalidando tal testamento 17 .

Además, pensad que, aunque andan diciendo que Cleónimo [22] había llamado al magistrado para hacerles firme la donación, no se atrevieron a hacerle pasar, como les había sido ordenado, sino que despacharon a un arconte que llegó hasta la puerta. Y de las dos alternativas que sopesaban, asegurarse más la fortuna o enemistarse con él por desobedecer, prefirieron la enemistad a esta cesión. Y en verdad, [23] ¿podría haber otra cosa más inverosímil que quienes estaban a punto de obtener tan gran beneficio de la situación evitaran el cumplimiento del deber —como si fueran a salir perjudicados—, y que Cleónimo se preocupara por sus intereses hasta el punto de irritarse con Posidipo por su negligencia y volver a pedir a Diocles lo mismo para el día siguiente?

Si, en efecto, ciudadanos, como mis oponentes afirman, [24] les dejó su fortuna en el testamento de acuerdo con su actual redacción, me parece justo preguntarse también con qué correcciones creía que podría hacerlo más válido; pues para [25] los demás éste es, ciudadanos, el límite de la donación 18 . Y además, aun en el caso de que quisiera añadir alguna cláusula en su beneficio, ¿por qué no lo consignó en otro documento, dado que no había podido recuperar de los magistrados el escrito? Porque no podía, ciudadanos, anular más documento que el que estaba en poder del magistrado, pero sí le era posible escribir en otro si quería, y no dejamos esta [26] posibilidad de réplica 19 . Pues bien, si admitimos que deseaba modificar el testamento, es evidente entonces para todos vosotros que no lo consideraba correcto. También en este punto estáis viendo la desvergüenza de nuestros oponentes, que estiman válido un testamento que ni siquiera su propio redactor creía correcto e intentan convenceros de que votéis [27] contra las leyes, la justicia y la intención del difunto. Además, el más atrevido de todos sus argumentos es cuando osan decir que Cleónimo no quería que nosotros recibiéramos nada de su fortuna. Sin embargo, ciudadanos, ¿qué otras personas habría preferido que la tuvieran sino aquellos parientes a quienes, también en vida, más había ayudado con sus bienes? Pero lo más asombroso de todo sería que [28] Cefisandro, que es pariente de nuestros adversarios, considerara justo que cada uno de nosotros tuviera una parte de la fortuna 20 y en cambio Cleónimo, que era nuestro familiar más próximo y que, habiéndonos acogido en su propia casa, nos cuidaba y se ocupaba de nuestros asuntos como de los suyos, fuera el único que quisiera dejamos excluidos de su herencia. ¿Quién de vosotros podría creer que nuestros adversarios [29] son más favorables y moderados hacia nosotros que nuestros parientes? ¿Aquél, para quien constituía un deber hacemos bien y una vergüenza abandonamos, no nos dejó nada de lo suyo, y en cambio éstos, que no tienen ninguna obligación ni les reporta ningún deshonor, nos hacen partícipes de lo que, según afirman, no nos corresponde? Esto, ciudadanos, es poco verosímil.

Además, si hubiera mantenido con ambas partes en el [30] momento de su muerte la misma relación que cuando hizo este testamento, sería lógico que alguno de vosotros creyera las palabras de nuestros contrincantes. Pero en realidad descubriréis todo lo contrario: en el pasado se enemistó con Dinias, nuestro tutor, y a nosotros nos trató del mismo modo, mientras que con todos nuestros oponentes tuvo una disposición favorable; ahora, en cambio, se había enemistado con algunos de ellos y era con nosotros con quienes tenía una relación más familiar. No hay necesidad de explicar la [31] causa de su enfrentamiento con nuestros adversarios 21 ; pero os daré indicios importantes, de los cuales también podré proporcionar testigos. Primeramente, un día que hacía sacrificios a Dioniso y había invitado a todos sus familiares y a muchos otros ciudadanos, no ofreció a Ferenico un sitio a su lado. Luego, poco antes de morir, cuando iba a Panormo 22 con Simón 23 y se encontró con él, no osó dirigirle la [32] palabra. Y además, cuando Simón le preguntó por esta desavenencia, le contó los detalles de la enemistad y amenazó además con que alguna vez le revelaría cuál era su disposición hacia Ferenico. En prueba de que digo la verdad, llámame a los testigos.

TESTIGOS

[33] ¿Creéis, por tanto, ciudadanos, que alguien que tenía esta disposición hacia cada una de las partes iba a actuar de manera que no nos dejara ningún legado a nosotros, a quienes trataba con más familiaridad, y, en cambio, mirara la forma de asegurar toda su fortuna en beneficio de nuestros adversarios, de algunos de los cuales incluso era rival? ¿Y que a éstos los tenía ahora en más estima, a pesar de la enemistad que subsistía, mientras a nosotros, pese a haber tan gran familiaridad y afecto, intentaba perjudicarnos más? [34] No sé qué otra cosa habrían podido deciros si hubieran pretendido censurar el testamento o al difunto: declaran que el testamento ni era correcto ni satisfacía al testador y le acusan de una locura tal que afirman estimaba más a los que estaban enfrentados con él que a aquellos con los que mantenía relaciones familiares, y que dejaba toda su fortuna a unos con los que ni siquiera se hablaba en vida, mientras que a aquellos con los que tenía un trato más íntimo no los consideraba dignos siquiera de una mínima parte. En consecuencia, [35] ¿quién de vosotros podría votar que son válidas estas disposiciones testamentarias, unas disposiciones que el testador rechazó como incorrectas, que nuestros oponentes, de hecho, anulan (puesto que están dispuestos a tener la misma participación en la fortuna que nosotros) y que, además, nosotros os estamos demostrando que son contrarias tanto a la ley, como a la justicia y a la intención del difunto?

A mi juicio podéis conocer claramente nuestros derechos [36] por los argumentos de nuestros propios adversarios. En efecto, si alguien les preguntara por qué se consideran legítimamamente herederos de Cleónimo, podrían decir que tienen con él un cierto parentesco por linaje y que durante algún tiempo les dispensó un trato favorable. ¿No hablarían, entonces, en favor nuestro más que suyo? Pues si es por el [37] grado del parentesco por lo que algunos han de ser herederos, nosotros estamos más estrechamente emparentados por nacimiento. Y si es por el afecto existente, todos saben que mantenía con nosotros una disposición más familiar. Así pues, no hace falta enterarse de lo que es justo por nosotros, sino por nuestros propios adversarios. Y lo más absurdo de [38] todo sería que votéis a favor de los demás cuando aleguen una de estas dos razones, que son los primeros por linaje o por afecto con el difunto, y, en cambio, seamos nosotros, a quienes nos han sido reconocidos por todos ambos requisitos, los únicos a los que consideréis legítimo dejar excluidos de la herencia de Cleónimo.

Si Poliarco, el padre de Cleónimo y abuelo nuestro, estuviera [39] vivo y careciera incluso de lo imprescindible, o Cleónimo hubiese muerto dejando en la indigencia a sus hijas, seríamos nosotros quienes estaríamos obligados por el parentesco a sustentar en la ancianidad a nuestro abuelo 24 y a tomar nosotros mismos a las hijas de Cleónimo como esposas o darlas en matrimonio a otros entregando una dote 25 : nos obligarían a hacerlo el parentesco, las leyes y la vergüenza ante vosotros o, de lo contrario, incurriríamos por [40] fuerza en los mayores castigos y los peores reproches. Pero si lo que se ha dejado es una fortuna, ¿vais a considerar legítimamente herederos a cualquiera antes que a nosotros? Así pues, no tomaréis con vuestro voto una decisión justa ni conveniente para vosotros mismos ni acorde con las leyes, si obligáis a los parientes más próximos a participar de las desgracias, pero, cuando hay dinero de por medio, consideráis con más derecho a cualquiera antes que a ellos.

Es necesario, ciudadanos, no sólo por el parentesco, sino [41] por lo incuestionable de los hechos, votar, como venís haciendo, a favor de los que litigan basándose en el parentesco más que a favor de los que lo hacen acogiéndose a un testamento 26 . Porque la relación de parentesco la conocéis todos y en esto no hay posibilidad de engaño; en cambio, son muchos ya los que han presentado testamentos falsos: unos, testamentos inexistentes, otros, concebidos sin razón 27 . En [42] esta ocasión, nuestro parentesco e intimidad con Cleónimo —armas con las que luchamos—, los conocéis todos vosotros; pero el testamento, en el que se basan estos individuos para calumniamos, ninguno de vosotros sabe si es válido. Además, descubriréis que nuestro parentesco es reconocido incluso por nuestros adversarios, mientras que el testamento es discutido por nosotros porque éstos impidieron a Cleónimo anularlo contra su voluntad. De modo, ciudadanos, [43] que para vosotros es mucho mejor votar conforme al parentesco, admitido por ambas partes, antes que conforme al testamento, que no es justo. Además, tened en cuenta que Cleónimo lo anuló en plenas facultades mentales, pero lo había dispuesto irritado y con el juicio trastornado, de manera que sería completamente absurdo que diérais más validez a su cólera que a su reflexión.

Creo que vosotros consideráis lícito heredar —y os indignáis [44] si no lo conseguís— de aquellos que, llegado el caso, podrían también heredaros a vosotros mismos. Así pues, en el caso de que Cleónimo estuviera vivo y se hubiera extinguido nuestra casa o la de nuestros rivales, mirad de cuál de las dos sería él heredero: en justicia tendrían sus bienes [45] aquellos de los que él también habría debido heredar 28 . En efecto, si Ferenico o alguno de sus hermanos hubiese muerto, sus hijos y no Cleónimo habrían sido dueños de la herencia dejada; pero de haber estado nosotros en esa misma situación, el heredero de todo habría sido Cleónimo, puesto que no teníamos hijos ni otros parientes salvo él, que por nacimiento era el familiar más próximo y por trato el más [46] íntimo de todos 29 . De manera que por esta razón no sólo las leyes se lo habrían otorgado, sino que nosotros no habríamos considerado digno de esta cesión a ningún otro. En efecto, en vida no habríamos puesto en su mano nuestra fortuna, hasta el extremo de que su voluntad tuviese más autoridad sobre nuestros bienes que la nuestra, pero al morir no habríamos querido como heredero a alguien que no fuera [47] nuestro familiar más íntimo. Así que en ambas circunstancias, al legar y al recibir, hallaréis que nosotros somos parientes, mientras que estos individuos no tienen vergüenza y alegan el vínculo familiar y el parentesco porque esperan sacar algo; pero en el momento de legar habrían encontrado a muchos parientes y amigos más allegados que Cleónimo.

[48] He aquí el resumen de lo dicho, al que todos vosotros debéis prestar atención: en la medida en que, al decir esto, aleguen e intenten persuadiros de que Cleónimo dispuso este testamento y nunca después se arrepintió, sino que incluso ahora quería que no recibiéramos nada de lo suyo y [49] hacer firme la donación para ellos, y en la medida en que, al decir y sostener todo esto, no aleguen ninguna otra cosa —ni que son los parientes más próximos por nacimiento ni que tenían una relación más íntima que nosotros con Cleónimo—, pensad que es a él a quien están acusando, pero no os demuestran que su causa sea legítima. De modo que si [50] creéis sus argumentos, conviene que no los hagáis herederos suyos, sino que advirtáis la locura de Cleónimo; si confiáis, en cambio, en los nuestros, es justo creer que Cleónimo había tomado una decisión correcta al querer anular el testamento y que no levantamos falsas acusaciones, sino que nuestra reivindicación es enteramente justa. Además, ciudadanos, [51] pensad que no es posible juzgar sobre el tema por los argumentos de estos individuos: sería, en efecto, completamente absurdo que, mientras nuestros oponentes creen justa nuestra participación en la herencia, vosotros decidáis dársela toda entera, y que consideréis han de recibir más de lo que ellos mismos reivindican para sí y no nos estiméis merecedores de lo que nuestros adversarios nos conceden.

1 Hay unanimidad en considerar que esta mención de Simón entre los herederos de Cleónimo es un error (cf. la introducción).

2 Los jueces eran ciudadanos atenienses, miembros de la Helia, tribunal popular por excelencia al que todos los atenienses de más de 30 años y en plena posesión de sus derechos civiles podían pertenecer. Los jueces de un tribunal ordinario, que normalmente comprendía 501 miembros (cf. Is., V 20), eran elegidos por un complicado sistema de sorteo (ARISTÓTELES lo describe en la Constitución de Atenas ) —para evitar fraudes y corrupción— y recibían una indemnización económica en compensación por el tiempo perdido (Aristófanes critica en Las Avispas este sistema que, en su opinión, fomentaba la presencia de ociosos y parados en los tribunales).

3 Es decir, su fortuna real, al margen de la deuda que supuestamente los sobrinos tenían con él (cf. § 12, n. 11).

4 Antes de llegar a este juicio habría tenido lugar un arbitraje en el que intervendrían amigos y parientes de ambas partes. Puesto que el resultado final de dicho arbitraje fue favorable a los sobrinos (a pesar de lo cual éstos, que aspiraban a algo más que una parte de la fortuna, han preferido arriesgarlo todo e ir a juicio), Iseo falazmente atribuye esta sentencia arbitral sólo a los representantes de la parte contraria.

5 L. BEAUCHET (op. cit ., III, pág. 705) cita este caso como una prueba de la existencia de fideicomisos en Atenas.

6 Hacer pronunciar un discurso a una persona conocida por dedicarse a ello estaba mal visto y quien así lo hiciera debía esperar de su adversario la acusación de intrigante y codicioso. Por eso, cuando se quiere imputar al contrario esos defectos, se le acusa a menudo de ir al tribunal con oradores pagados.

7 Muy probablemente la ley ateniense otorgaba la tutela de los huérfanos menores de edad al hermano del padre muerto (cf. el Argumento de X). Sin embargo, en este caso es también posible que Dinias recibiera expresamente la custodia de sus sobrinos por el testamento del difunto, lo que significaría, como señala W. WYSE (pág. 176), que el padre de los demandantes tenía una relación más íntima con Dinias, su hermano, que con el propio Cleónimo, su cuñado, razón por la cual se entiende que Iseo no insista demasiado en este punto y presente a Dinias simplemente como el tutor más natural.

8 Como muestra de los problemas textuales que plantea este pasaje, cf. M. MARCOVICH , «Cleonymus’ Anger. Isaeus 1, 10», Ziva Antika 27 (1977), 399-400.

9 Tras el funeral, los familiares más próximos del difunto renovaban los sacrificios y banquetes fúnebres los días tercero, noveno y trigésimo; pero el culto a los muertos obligaba también a visitar anualmente —el día del aniversario— la tumba del fallecido y a ofrecer allí libaciones y sacrificios, que concluían con una comida fúnebre.

10 Primera alusión a que Cleónimo no hizo el testamento en su sano juicio, sino cegado por el odio hacia Dinias. Cf. § 21, n. 17.

11 Ésta es probablemente la deuda con Cleónimo que los herederos testamentarios atribuyen en § I a los sobrinos.

12 Si verdaderamente Cleónimo hubiera querido anular su testamento y Posidipo, con su comportamiento, se lo había impedido, lo más lógico habría sido que Cleónimo diera el encargo de llamar al magistrado a otra persona que no fuera del grupo de Posidipo y aún más lógico que se lo hubiera dado a uno de sus sobrinos, a los que supuestamente quería favorecer con la anulación. Si Diocles hubiera sido uno de los sobrinos, Iseo con toda seguridad habría insistido en ello como argumento de su defensa. El hecho de que Cleónimo no encomendara esta misión a ninguno de sus sobrinos quiere decir que éstos no vivían con él; ahora bien, de este pasaje no se concluye necesariamente que viviera con Posidipo o alguno de sus hermanos ni que Diocles fuera uno de ellos. Por otra parte, como señala L. BEAUCHET , op. cit ., III, pág. 671, los hechos referidos en este pasaje no demuestran tampoco la necesidad de la conformidad de los herederos instituidos para la revocación del testamento (cf., no obstante, Is., VI 27-32, n. 36).

13 Los astínomos eran un colegio de magistrados —constituido por diez miembros, cinco por Atenas y cinco por el Pireo— cuya función era la vigilancia de la ciudad: eran la policía de las costumbres, del orden y limpieza de las calles, de las fiestas, etc. (cf. ARIST ., Ath . 50. 2, Pol . VI 8, 1321b18, etc.). Entre las funciones de los astínomos no se encontraba, pues, la de recibir en custodia testamentos; por lo tanto, el hecho de que Cleónimo depositara el suyo en casa del astínomo tiene el mismo valor que si se lo hubiera confiado a cualquier particular. Cf. R. HÄDERLI , Die hellenischen Astynomen und Agoranomen vornehmlich im alten Athen , Leipzig, 1886.

14 La edición de Th. Thalheim, así como la de J. Vergés, dan por válida una lectura en la que se atribuye al astínomo el nombre de Arcónides.

15 Esta fórmula de presentación de testigos, que se repite a lo largo de todo el discurso, parece indicar que en este proceso las deposiciones eran todavía orales. Sobre el estudio de las fórmulas de presentación de testigos y testimonios, véase F. CORTÉS , op. cit ., págs. 25-106 (cf. la introducción general, II 1) y para su aplicación a la cronología del discurso, véase la introducción.

16 Era un pariente de los adversarios y uno de los que participó en el arbitraje previo al juicio (§ 28). Es evidente que Cefisandro no acude al proceso como testigo.

17 La ley ateniense daba por nulo todo testamento que hubiera sido hecho bajo cualquier tipo de influencia que pudiera perturbar el juicio y la voluntad del testador (cf. PLUT ., Sol . 21; DEM ., 46, 14). En este caso, Iseo ha insinuado que el testamento de Cleónimo era ya sospechoso, puesto que lo había hecho cegado por el odio, pero pensar que quería reafirmarse en él es admitir su locura. Nuestro autor deja hábilmente este argumento en el aire, pues no va a basar su defensa en él, sino que prefiere defender que el testamento había quedado revocado por la intención de Cleónimo de llamar al astínomo; con ello consigue presentar ante el jurado una imagen tal de respeto hacia el difunto que no le es posible admitir su demencia.

18 En efecto, si el testamento era válido no había necesidad de añadir ninguna otra cláusula ni era preciso ningún otro requisito para que los herederos allí establecidos recibieran la sucesión. Por esta razón, E. F. BRUCK (Die Schenkung auf den Todesfall im griechischen Recht . Breslau, 1909, págs. 125-134) propone la posibilidad de que Cleónimo quisiera sustituir el testamento originario por otro en el que adoptaba como hijos a los herederos (cf. Is. III, n. 54).

19 Contra quienes sostienen (J.-H. LIPSIUS , Das attische Recht und Rechtsverfahren , Leipzig, 1905-1915, pág. 571) que un segundo testamento no podía anular el primero —estas palabras de Iseo carecerían, entonces, de sentido—, se tiende a considerar que, de la misma manera que con un codicilo era posible modificar un testamento, así también con un simple codicilo se podía revocar. L. BEAUCHET (op. cit ., III, pág. 669 sigs.; cf. también W. WYSE , pág. 208) presenta este caso y el de Is., VI 31 como ejemplos de ello y añade como condición imprescindible para la validez de este segundo documento el que previamente se hubiera reclamado la restitución del anterior a su(s) depositario(s) o, al menos, se declarara en presencia de las personas que asistieron a la confección del antiguo testamento o, en su defecto, a otros testigos, que se anulaban las primeras disposiciones. Según esta interpretación, pues, si Cleónimo sólo quería introducir alguna modificación podía haberlo hecho en un codicilo, pero su interés por llamar al astínomo probaría que lo que quería era revocarlo.

20 Cf. § 2 y n. 4.

21 L. MOY (op. cit ., pág. 144) llama la atención sobre esta nueva «inexactitud» — «más hábil que leal»— de Iseo, pues presenta a todos los adversarios enemistados con Cleónimo cuando, en realidad, sólo puede demostrar rivalidad con Ferenico.

22 Puerto de la costa sureste del Ática.

23 Cf. la introducción, n. 2.

24 Una ley (ho lês kakṓseōs nómos) , atribuida a Solón, castigaba con la atimía o pérdida de los derechos civiles a quienes no cuidaran de sus padres o sus abuelos: cf. Is., VIII 32; LISIAS , XIII 91, ARISTÓF ., Av . 757, 1354; DEM ., XXIV 103, 107; ESQUINES , I 13, 28; DIÓG . LAERC ., I 55; PLAT ., Leyes 931a, d, e, JEN ., Mem . II 2, 13; LICURGO , 144, 147, etc. Parece que la ley contemplaba al menos cuatro ofensas: golpearlos, no alimentarlos, no ofrecerles vivienda y no tributarles las honras fúnebres.

25 Las hijas llamadas a suceder a su padre difunto —ante la ausencia de hermanos varones o descendientes de éstos o del abuelo paterno—, las llamadas «epicleras», debían casarse, según establecía la ley, con el pariente más próximo de su padre que las reclamara, con el fin de tener un hijo varón a quien transmitir la herencia y el culto doméstico. En la hipótesis que propone Iseo los atenienses evitarían emplear el nombre de «epicleras», ya que las hijas no irían unidas (epi-) a ninguna herencia (-klêros): dada su situación social y económica serían llamadas thêttai o penichraì kórai ; en este caso concreto la ley obligaba taxativamente al pariente paterno más próximo a desposarlas o a entregarles una dote que les permitiera encontrar otro marido. El texto de esta ley (nuevamente atribuida a Solón), en el que se especifica las diferentes cuantías de la dote —en función de la fortuna y la clase censataria a la que pertenecía el pariente—, ha sido transmitido por DEM ., XLIII 54. Para otros aspectos del epiclerado, véase la introducción de III.

26 En cambio, en el discurso II, Iseo solicita de los jueces que den prioridad al testamento sobre el parentesco.

27 Cf. supra , n. 17.

28 Este lugar común de la reciprocidad del derecho de sucesión aparece también en Is., IV 20 y VIII 32.

29 Los comentaristas de Iseo coinciden en destacar el carácter sofístico de este argumento: sólo si ambas partes carecieran de hijos sería pertinente la comparación. Lo cierto es que, si la casa de Ferenico no tuviera descendientes, Cleónimo sería, muy probablemente, su heredero.

II

INTRODUCCIÓN

Menecles, viudo y sin hijos, se casó en segundas nupcias con la hija de su difunto amigo Epónimo; tampoco en esta ocasión tuvo descendencia de su joven esposa, por lo que, para no privarla de hijos, se separó amistosamente de ella, permitiendo así que fuera entregada a otro marido. Dada su avanzada edad y su soledad, adoptó como hijo a uno de los hermanos de su ex-esposa. Veintitrés años después Menecles murió y fue entonces cuando su hermano, alegando la nulidad de aquella adopción (que se habría realizado, según él, por influencia de su segunda mujer), reclamó la herencia.


Según el derecho ateniense, un hijo adoptado inter vivos tenía los mismos derechos que un hijo legítimo: a la muerte del padre entraba en posesión de la herencia sin tener que reclamar su adjudicación, como sí debían hacer los hijos adoptados por testamento. Algún pariente, no obstante, podía reclamar judicialmente la herencia; en ese caso, se seguía el procedimiento especial llamado diamartyría o protesta: el heredero —hijo adoptivo o legítimo— respondía al demandante presentando un testigo que declaraba que la herencia no estaba sujeta a adjudicación judicial porque existía un hijo heredero directo. El demandante iniciaba entonces contra dicho testigo una acción por falso testimonio. Este proceso, en el que se juzgaba la inocencia o culpabilidad del testigo, se convertía, en realidad, en una causa sobre la legitimidad o no del heredero: si el testigo era declarado inocente de la acusación de falso testimonio, significaba el reconocimiento del hijo y, por tanto, de su derecho a suceder directamente a su padre, por lo que el demandante debía renunciar a sus pretensiones. Si el testigo, en cambio, era considerado culpable, significaba que no había tal hijo, heredero directo, y el demandante, en consecuencia, podía ya aspirar a la adjudicación de la herencia por vía judicial.

Pues bien, este discurso fue pronunciado tras un procedimiento de diamartyría en relación con la fortuna de Menecles: a pesar de que éste había dejado un hijo adoptivo, el hermano del difunto reclama la herencia; el heredero presenta entonces un testigo —Filónides, su suegro 1 — que declara sobre la existencia de ese hijo adoptivo. El hermano de Menecles ataca al testigo, acusándole de falso testimonio: sostiene que la adopción no es válida porque se hizo bajo el influjo de una mujer que, además, ni siquiera había sido esposa legítima de Menecles, ya que sus hermanos no la habían dotado 2 . El hijo adoptivo pronuncia este discurso en defensa de su testigo y, en último término, por tanto, en defensa de su legitimidad como hijo y heredero de Menecles.

Tras presentar el testimonio de que su hermana fue entregada en matrimonio a Menecles con una dote de 20 minas, dote que le fue restituida tras el divorcio, el heredero trata de demostrar la legalidad de su adopción: su hermana no influyó en la decisión del difunto porque para entonces ya estaba casada y tenía dos hijos (habría sido más lógico, en todo caso, que la influencia fuera para que adoptara a uno de ellos, no a su hermano); la estrecha relación que había entre Menecles y la familia de Epónimo —fortalecida por el matrimonio con una de las hijas—, la soledad, la avanzada edad de Menecles y el hecho de que no tuviera ningún pariente a quien poder adoptar justificaban su decisión; la adopción cumplía todos los requisitos legales, pues el hijo fue introducido en la fratría e inscrito en el demo del padre adoptivo 3 ; durante los veintitrés años que Menecles sobrevivió a la adopción nadie objetó nada, sino que su decisión fue alabada por todo el mundo.

Iseo enfoca desde el principio el discurso en una dirección que le permita llegar, una vez más, a los sentimientos más íntimos de los jueces: en este caso, el aspecto religioso de la adopción y el carácter sagrado de la relación paternofilial. Así, la idea de que el heredero se encuentra allí no para reivindicar la fortuna de Menecles, sino para defender la memoria y el nombre de su padre, contrasta con la acusación hacia el demandante de irreverencia y falta de respeto a los dioses familiares.

En efecto, el hermano de Menecles no sólo quería la fortuna del difunto, una fortuna que ya le había arrebatado en vida, sino que deseaba privarle del derecho elemental a la adopción de un hijo que perpetuara su nombre y su casa y, a su muerte, le tributara las honras fúnebres. El heredero, en cambio, había cumplido hacia Menecles todos los deberes que un hijo tiene con su padre: le había cuidado en vida durante veintitrés años, le había enterrado y hecho los ritos fúnebres acostumbrados; le había puesto incluso su nombre a su hijo. Al solicitar la absolución del testigo en este discurso, el orador está reclamando, en realidad, la única herencia que Menecles le dejó: no su fortuna, que era ya insignificante, sino su nombre.

Una mención a la expedición de Ifícatres a Tracia y la indicación velada de que el hijo adoptivo de Menecles y su hermano habrían participado en ella como mercenarios (§ 6) permiten situar cronológicamente el discurso: se descarta, en efecto, la intervención de Ifícrates, al servicio de Atenas, en el Helesponto y el Quersoneso contra Anaxibio 4 en el 389 ó 388 a. C. o su estancia en estas regiones hasta la paz de Antálcidas 5 en los años 387-386 a. C.; se trataría, probablemente, de la expedición que Ifícrates dirigió, con soldados mercenarios, a cuenta de su suegro el rey Cotis I y que, con discrepancias en la fecha, se suele situar en el 383 a. C. 6 . Si los hermanos estuvieron allí un par de años, la adopción habría tenido lugar a su regreso en torno al 378 a. C. Como Menecles murió 23 años después, este discurso habría sido pronunciado hacia el 354 a. C.

A esta cronología reciente —se trataría, en efecto, de uno de los últimos discursos conservados de Iseo— se suma el estudio formular del discurso: las fórmulas de presentación de testimonios, el uso de núcleo complejo en las fórmulas de súplica, etc., confirman «sus lazos con los discursos de época reciente» 7 .

1 Filónides, mencionado en § 18 y 36 como suegro del heredero, es identificado en el Argumento del discurso como el testigo en cuya defensa compuso Iseo esta pieza. W. WYSE (pág. 237) y, con él, todos los demás, acepta la validez de esta información, derivada, tal vez, de otro título atribuido al discurso (En defensa de Filónides , probablemente), más acorde con el fin que persigue.

2 Este aspecto resulta relevante porque, aunque legalmente el adoptante no estaba sujeto a ninguna obligación y tenía absoluta libertad de elección (cf. DEM ., XX 102), por lo general el hijo adoptado era un pariente más o menos próximo. Pues bien, el hijo que supuestamente había adoptado Menecles no tendría con éste más relación familiar que el ser hermano de la mujer en cuestión; si se demostraba que ésta no era su esposa legítima, no existiría siquiera este grado de parentesco.

3 La introducción en la fratría estaba en relación con el interés religioso de la adopción: el hijo adoptivo se iniciaría así en el culto del cual será el continuador; la inscripción en el demo tiene que ver con el interés político de la adopción y estaría destinada a regular los derechos y deberes cívicos del adoptado para con su nueva familia. Estas dos formalidades no eran, en realidad, obligatorias para legalizar una adopción: bastaba una manifestación de voluntad del adoptante y la aceptación del adoptado (o su kýrios , en caso de ser menor de edad). Sin embargo, generalmente se cumplían, porque constituían una prueba palpable de que la adopción se había llevado a cabo y servían de garantía contra las acciones de nulidad de que ésta pudiera ser objeto.

4 Cf. JENOFONTE , Helénicas IV 8, 34 sigs.

5 Cf. Ibid ., V 1, 25.

6 Así F. BLASS , op. cit ., II, pág. 533, n. 2. Cf. W. WYSE , págs. 236-237; P. ROUSSEL , pág. 35; E. S. FORSTER , pág. 39; J. VERGÉS , I, pág. 18, y R. F. WEVERS , op. cit ., págs. 9-33.

7 F. CORTÉS , op. cit ., págs. 301-302.

SOBRE LA HERENCIA DE MENECLES
ARGUMENTO

A pesar de que Menecles había adoptado un hijo y sobrevivió a la adopción veintitrés años, sus hermanos 1 reclamaron la sucesión y un tal Filónides 2 testificó que la herencia no estaba sujeta a atribución judicial porque Menecles había dejado un hijo. Los hermanos atacan a Filónides por falso testimonio y el hijo emprende su defensa contra ellos. Este discurso es opuesto al de la herencia de Cleónimo, pues allí habló en favor del parentesco y aquí, en cambio, en favor del testamento. El debate consiste en una controversia sobre una cuestión de hecho 3 : sostiene el derecho de Menecles a adoptar un hijo, pero luego lo que se discute es: «me adoptó sin ser seducido por una mujer».

Creía, ciudadanos, que si alguien había sido adoptado [1] por otro de acuerdo con las leyes, ése era yo y que jamás nadie se atrevería a decir que Menecles me adoptó en un momento de locura o por la seducción de una mujer 4 . Pero puesto que mi tío 5 , sin buen criterio, como yo afirmo, intenta por todos los medios privar de hijos a su propio hermano muerto, sin respetar a los dioses familiares 6 ni a ninguno de vosotros, tengo la necesidad absoluta de acudir en defensa [2] del padre que me adoptó y de mí mismo. Así pues, os demostraré desde el principio que la adopción se hizo debidamente y conforme a las leyes, que la herencia de Menecles no está sujeta a adjudicación judicial, puesto que yo soy su hijo, y que el testigo ha declarado la verdad. A todos vosotros os pido, os ruego y suplico que acojáis con benevolencia mis palabras 7 .

[3] Epónimo de Acarnas 8 , nuestro padre, era, ciudadanos, amigo y pariente de Menecles y tenía con él un trato íntimo; nosotros éramos cuatro vástagos, dos hijos y dos hijas. A la muerte de mi padre entregamos en matrimonio a nuestra hermana mayor, cuando tenía la edad 9 , a Leucólofo, dándole como dote veinte minas 10 . Tres o cuatro años después [4] nuestra hermana pequeña tenía casi edad para casarse y a Menecles se le murió su anterior esposa. Así que después de tributarle los ritos acostumbrados, Menecles nos pidió a mi hermana, en recuerdo de su amistad con mi padre y por la disposición que tenía hacia nosotros mismos. Sabiendo que [5] nuestro padre no la habría entregado a nadie más gustosamente que a él, se la dimos en matrimonio, no sin dote, como dice mi adversario en cada ocasión, sino con la misma dote que habíamos dado también a nuestra hermana mayor 11 . Y de esta forma, si antes éramos amigos suyos, nos convertimos en parientes. Quiero presentar, en primer lugar, este testimonio 12 de que Menecles recibió con mi hermana las veinte minas de la dote.

TESTIMONIO

Después de haber dado en matrimonio a nuestras hermanas, [6] ciudadanos, y estando nosotros mismos en edad, nos entregamos a la milicia y salimos con Ifícrates hacia Tracia 13 . Allí nos hicimos merecedores de cierta estima y conseguimos algunos beneficios, tras lo cual regresamos a casa y encontramos a nuestra hermana mayor con dos niños y a la pequeña, con la que estaba casada Menecles, sin hijos. [7] Éste, uno o dos meses después, sin escatimar elogios a mi hermana, estuvo hablando con nosotros y nos dijo que le preocupaba su edad y su falta de hijos; dijo que ella no tenía por qué obtener en pago a su bondad el quedarse sin hijos por haber envejecido a su lado, pues bastaba, decía, con que [8] fuera desgraciado él. Entonces nos pidió que le concediéramos este favor: que la entregáramos, con su consentimiento, a otro. Nosotros le sugerimos que fuera él quien intentara [9] persuadirla: dijimos que aceptaríamos su decisión 14 . Ella, al principio, no consentía siquiera oírle hablar, pero con el tiempo se dejó convencer de mala gana 15 . De esta forma la entregamos en matrimonio a Eleo de Esfeto 16 , Menecles le remitió a él la dote (pues acababa de obtener una participación en la administración de la casa de los hijos de Nicias 17 ) y a ella le dio los vestidos con los que había llegado a su casa y las joyas de su propiedad 18 . Transcurrido cierto tiempo, [10] Menecles estudiaba la forma de no quedarse sin hijos y de tener a alguien que le cuidara en la vejez mientras viviera, lo enterrara al morir y después le tributara los ritos fúnebres acostumbrados 19 . Veía que mi adversario tenía sólo un hijo, de modo que le parecía vergonzoso pedirle que se lo entregara en adopción, dejándole privado de hijos varones 20 . No [11] encontraba, pues, a nadie más próximo a él que nosotros 21 ; nos explicó, por tanto, sus argumentos y nos dijo que le parecía hermoso, puesto que la fortuna se le había presentado de tal modo que no había tenido hijos de nuestra hermana, adoptar un hijo de una casa de la que habría querido tener hijos de forma natural. «Quiero, dijo, adoptar a uno de vosotros dos, al que le parezca bien». Mi hermano, después de [12] oír esto, aprobó sus palabras y respondió que su edad y su actual soledad precisaban de alguien que lo cuidara y viviera con él. «Yo, dijo, vivo fuera, como sabes, pero mi hermano aquí presente —refiriéndose a mí— se ocupará de tus asuntos y los míos, en caso de que quieras adoptarlo». Menecles dijo que había hablado acertadamente y de esta forma me adoptó.

[13] Quiero demostraros ahora que la adopción se hizo conforme a las leyes. Léeme 22 la ley misma, que prescribe que es lícito disponer de los bienes de uno como le venga en gana en caso de no tener hijos varones legítimos 23 . Pues el legislador, ciudadanos, estableció la ley así porque vio que el único escape a la soledad y consuelo en la vida para los hombres sin hijos es la posibilidad de adoptar a quien quieran.

[14] Así pues, como las leyes le permitían realizar una adopción por no tener hijos, me adoptó, ciudadanos, sin registrarlo en su testamento a punto de morir, como hacen otros, ni siquiera enfermo; por el contrario, me adoptó en plenitud de facultades físicas, psíquicas e intelectuales y me introdujo en su fratría en presencia de éstos y me inscribió en su [15] demo 24 y en su cofradía 25 . Entonces mis oponentes en absoluto objetaron que no estaba en su sano juicio; en verdad habría sido mucho mejor intentar convencerlo en vida, si querían algo, que injuriarlo una vez muerto 26 y destruir su casa. Porque él sobrevivió a la adopción no uno o dos años, sino veintitrés; y durante este tiempo tan prolongado no modificó nada de lo que había hecho, ya que todos admitían que había tomado la decisión correcta. En prueba de la verdad [16] de mis palabras, os presentaré como testigos de la adopción a los miembros de la fratría, la cofradía y el demo y, en prueba de que la adopción era lícita, os leerá la ley misma por la que la adopción tuvo lugar. Léeme estos testimonios 27 y la ley.

TESTIMONIOS . LEY

La propia ley os demuestra que, en efecto, Menecles [17] podía adoptar como hijo suyo a quien quisiera; y los miembros de la fratría, la cofradía y el demo os han atestiguado que la adopción tuvo lugar. Por lo tanto, hemos demostrado con evidencia, ciudadanos, que el testigo ha declarado la verdad y mis adversarios, al menos en lo que a la adopción en sí misma se refiere, no podrían hacer objeción alguna. Hecho esto, Menecles empezó a buscarme una mujer y decía [18] que debía casarme: yo tomé por esposa a la hija de Filónides. Menecles me prestaba la atención lógica de un padre hacia su hijo, y yo, del mismo modo que si fuera mi padre por nacimiento, le cuidaba y respetaba; y lo mismo hacía mi mujer, de manera que nos alababa ante todos los miembros del demo.

Os será fácil comprender por lo que voy a decir a continuación [19] que Menecles no me adoptó con la razón trastornada ni seducido por una mujer, sino en su sano juicio. En primer lugar, mi hermana —sobre la cual mi oponente ha construido la mayor parte de su discurso, en el sentido de que Menecles me adoptó por influencia suya— había sido entregada en matrimonio mucho antes de que mi adopción tuviera lugar, de modo que si ella hubiera influido en la adopción, Menecles habría adoptado a uno de sus hijos, [20] puesto que tenía dos. Pero, ciudadanos, no me adoptó persuadido por mi hermana, sino persuadido, sobre todo, por su soledad; en segundo lugar por las razones que acabo de exponer y por el afecto que le tenía a mi padre y, en fin, porque no tenía ningún otro pariente de quien pudiera adoptar un hijo. Éstos son los motivos que entonces le llevaron a adoptarme; parece claro, pues, que no estaba demente ni obedecía a una mujer, sino que, más bien, mi adversario quiere llamar por este nombre a su soledad y a su falta de [21] hijos. Por mi parte, creo que escucharía con agrado de mi oponente, que afirma estar en su juicio, a cuál de sus parientes debía haber adoptado Menecles. ¿Quizá a su hijo? Sin embargo, él no se lo habría entregado, pues se habría quedado sin descendencia 28 ; no es tan avaricioso. ¿Entonces al hijo de su hermana o de su prima o de su primo? 29 . Pero, para empezar, Menecles no tenía ningún pariente de este [22] grado. Por lo tanto, le era necesario adoptar algún otro antes que envejecer sin hijos, como mi adversario le reclama ahora. A decir verdad, todos vosotros —creo— reconocéis que, de llevar a cabo una adopción, no habría podido adoptar a otro más allegado que a mí. Que mi adversario os muestre otro: jamás podría, pues éstos eran los únicos familiares que Menecles tenía.

En realidad, mi oponente parece reprocharle no que no [23] adoptara a su hijo, sino simplemente que realizó una adopción y no murió sin descendencia; esto es lo que le censura, incurriendo en un acto de envida e injusticia, pues mientras él tiene hijos, se muestra crítico con el difunto, que no los tenía y era desgraciado. A todos los demás hombres, sean [24] griegos o bárbaros, les parece bien la existencia de esta ley sobre la adopción y por eso se sirven de ella. Pero mi tío, aquí presente, no se avergüenza de privar ahora a su propio hermano de la posibilidad de una adopción, que hasta ahora nadie había negado nunca ni siquiera a los que no tienen ningún parentesco por nacimiento. Y si alguien le preguntara [25] qué habría hecho él de encontrarse en la misma situación que Menecles, creo que mi adversario sólo habría podido responder que habría adoptado a alguien que le cuidara en vida y le enterrara al morir 30 ; y, evidentemente, la adopción habría tenido lugar conforme a la misma ley que la mía. En consecuencia, él, si hubiera estado sin hijos, habría efectuado una adopción, y, en cambio, de Menecles, que hizo lo mismo que él hubiera hecho, dice que estaba demente y que actuó influido por una mujer. ¿No es evidente, por tanto, [26] que está diciendo barbaridades? Pues yo creo que es más bien mi adversario quien está loco, por lo que ahora dice y hace. Porque está claro que dice lo contrario a las leyes, a la justicia y a lo que él habría hecho y no se avergüenza de considerar válida la ley de adopción para sí mismo y, en cambio, intentar invalidarla para su hermano.

[27] Y ahora merece la pena escuchar, ciudadanos, por qué pretende éste dejar a su propio hermano sin hijos. Pues si es por el nombre por lo que se enfrenta conmigo y niega que yo sea hijo de Menecles, ¿no es un envidioso? Y si es el dinero en lo que se basa su argumento, que os muestre qué tierra, qué vivienda común o qué casa dejó aquél que posea yo ahora 31 . Y si no dejó nada de esto y lo que le quedaba, después de devolver el dinero al huérfano 32 , mi adversario se lo apropió estando todavía vivo Menecles, ¿no está manifiestamente [28] probado que es un sinvergüenza? Os explicaré los hechos. Cuando Menecles debía restituir el dinero al huérfano y no tenía de dónde sacarlo por haber acumulado los intereses de mucho tiempo 33 , puso a la venta su tierra. Entonces este individuo, aprovechando la circunstancia y deseoso de vejar a Menecles por mi adopción, intentó impedir que se vendiera la finca, para que fuese embargada y se viera obligado a cedérsela al huérfano. Le reclamó, pues, una parte de la propiedad —una reclamación que nunca antes había hecho— y desaconsejó a los compradores su adquisición. Menecles estaba indignado, a buen seguro, y se [29] vio obligado a ceder la parte que mi oponente había reclamado. El resto se lo vende a Filipo de Pito 34 por sesenta minas y da así la liquidación al huérfano devolviéndole un talento y siete minas del precio de la tierra; intenta contra mi adversario un proceso por obstrucción. Al aumentar las discusiones y los enfrentamientos, nos pareció necesario, para que nadie dijera jamás que yo era codicioso y que había enemistado a los hermanos, encomendar al cuñado de mi adversario y a los amigos comunes que mediaran como árbitros. Nos dijeron que si era dilucidar el aspecto legal lo que [30] les confiábamos, rechazarían el arbitraje porque no tenían ninguna necesidad de distanciarse de ninguno de nosotros; pero si les permitíamos decidir lo que convenía a todos, aceptarían este arbitraje. Nosotros, para evitar problemas —así al menos lo creíamos—, cedimos con esa condición. Entonces los árbitros, después de jurarnos ante el altar de [31] Afrodita en Céfalo 35 que decidirían lo más conveniente, sentenciaron que entregáramos lo que nuestro adversario había reclamado y le hiciéramos un regalo, pues decían que no había otra salida si nuestros oponentes no recibían una parte de los bienes de Menecles. Resolvieron que en el futuro [32] nos favoreciéramos unos a otros, de palabra y de obra, y nos obligaron a ambas partes a jurar ante el altar que así lo haríamos; nosotros juramos que en adelante nos haríamos bien, en lo posible, unos a otros de palabra y de obra. En [33] prueba de que el juramento se hizo, de que estos individuos tienen en su poder lo que les fue adjudicado por los parientes de mi oponente 36 y de que, a pesar de ello, ahora nos «favorecen» queriendo dejar al difunto sin hijos y a mí echarme de la casa después de deshonrarme, os traeré como testigos a los mismos que lo decidieron, si es que quieren comparecer —pues son parientes de mis oponentes—, y si no, a [34] los que estuvieron presentes. Léeme estos testimonios; y tú, para el reloj 37 .

TESTIMONIOS

Ahora tráeme los testimonios de que la tierra se vendió por setenta minas y el huérfano recibió sesenta y siete de su venta.

TESTIMONIOS

[35] Es, por tanto, mi tío, aquí presente, ciudadanos, quien ha heredado los bienes de Menecles de hecho, y no de palabra como yo, y quien tiene una parte mayor que la mía: yo recibí las trescientas dracmas sobrantes del precio de la tierra y una casita que no vale tres minas; en cambio éste, que posee una tierra de más de diez minas, ha venido ahora además [36] a extinguir la casa del difunto. Yo, el hijo adoptivo, le cuidé mientras vivía —no sólo yo, sino también mi mujer, que es hija de Filónides, aquí presente—, y le puse su nombre a mi hijito para que su familia no perdiera su nombre y le tributé al morir unas honras fúnebres dignas de su persona y de mí mismo y le puse una hermosa lápida e hice las ceremonias del tercer y noveno día y las restantes en torno a la tumba 38 de la mejor manera posible, de modo que todos los del demo me elogiaban. En cambio éste, su pariente, que [37] le reprocha haber adoptado un hijo, le quitó mientras vivía la tierra que le quedaba y, una vez muerto, quiere dejarlo sin hijos y sin nombre. Así es este individuo. En prueba de que yo le enterré e hice las ceremonias del tercer y noveno día y las demás en torno a la tumba 39 , os leerá las deposiciones de los que lo saben.

TESTIMONIOS

Como testigos de que Menecles, ciudadanos, me adoptó [38] sin estar trastornado ni influido por una mujer, quiero presentaros también a mis propios adversarios, para que testifiquen en mi favor, de hecho y no de palabra —a juzgar por su comportamiento—, que digo la verdad. Pues es evidente que estos dos hicieron el acto de conciliación conmigo y no con Menecles y que me prestaron juramento a mí y yo a ellos. En verdad, si la adopción no hubiera tenido lugar conforme [39] a las leyes y yo no fuera el heredero de Menecles reconocido por ellos mismos, ¿qué necesidad tenían de prestarme juramento o recibirlo de mí? Ninguna, desde luego. Por tanto, al haberlo hecho es evidente que ellos mismos están atestiguando en mi favor que la adopción se hizo de acuerdo con las leyes y que soy legalmente heredero de [40] Menecles. Está claro —creo— para todos vosotros que también todos ellos han reconocido que Menecles no estaba demente, sino que lo está mucho más ahora mi adversario, quien, pese a haber celebrado con nosotros el acto de conciliación y haber prestado juramento, se ha vuelto a presentar ahora transgrediendo los compromisos y juramentos y pretende [41] quitarme lo poco que me queda. Si no me pareciera un acto auténticamente vergonzoso y censurable traicionar al padre cuyo nombre recibí y que me adoptó, le hubiera cedido inmediatamente sus bienes 40 , pues no queda nada, [42] como creo que también vosotros os dais cuenta. Pero, a mi juicio, sería un acto indigno y deshonroso por mi parte permitir que, cuando Menecles tenía algún patrimonio, me adoptara como hijo suyo y, gracias a su fortuna, antes de que se vendiera la tierra, haber sido gimnasiarca 41 en su demo y buscar con mi liberalidad honores como hijo suyo y prestar servicio en su tribu en cuantas expediciones militares tuvieron lugar en aquel tiempo; pero traicionarle, una [43] vez muerto, y marcharme poniendo fin a su casa, ¿no parecería un acto indigno e irrisorio, además de ofrecer una excelente oportunidad a los que quieren criticarme? No son éstas las únicas razones que me hacen tomar parte en este pleito; por el contrario, la posibilidad de parecer un hombre tan insignificante y miserable que no habría podido ser adoptado por alguien en su pleno juicio, ni siquiera por un amigo, sino por un demente, eso es lo que me duele.

Así pues, os pido a todos, ciudadanos, os ruego y suplico [44] que os compadezcáis de mí y que absolváis a este testigo. Os he demostrado, en primer lugar, que fui adoptado por Menecles de la manera más legal que alguien podría haberlo sido y que la adopción tuvo lugar no de palabra, ni por disposición testamentaria, sino de hecho; y de todo esto os [45] he presentado como testigos a los miembros de la fratría, del demo y de la cofradía; y os he probado que Menecles sobrevivió veintitrés años. Luego, os he mostrado las leyes que permiten a todos los hombres sin hijos adoptarlos. Además, he puesto de manifiesto que le cuidé mientras vivía y le enterré a su muerte. Sin embargo, mi adversario [46] quiere ahora excluirme de la herencia paterna, sea mayor o menor, y dejar al difunto sin hijo y sin nombre para que nadie celebre los ritos familiares en su lugar, ni le haga los sacrificios fúnebres cada año y para privarle de sus honras. Como Menecles lo preveía, siendo como era dueño de sus bienes, me adoptó para asegurarse todo esto. Por tanto, no [47] me privéis, ciudadanos, persuadidos por mis adversarios, de mi nombre, que ya es lo único que me queda de la herencia, y no invalidéis su adopción. Pero, puesto que el asunto ha llegado a vosotros y sois vosotros los que tenéis la autoridad, ayudadnos a nosotros y al que está en el Hades y no permitáis —os lo pido por los dioses y los démones— que Menecles sea insultado por mis adversarios, sino que, recordando la ley y el juramento que habéis prestado y lo que se ha dicho sobre la cuestión, votad lo justo y lo honrado de acuerdo con las leyes.

1 Realmente Menecles no tenía más que un hermano, de modo que este plural debe considerarse un error inducido por §§ 14, 15, 17, 31, 38 y 47, pasajes en los que se utiliza el plural para referirse al hermano y al hijo de éste, presente también en el juicio.

2 Véase la introducción, n. 1.

3 Sobre el sentido preciso de este término (stochasmós) , cf. WYSE , págs. 179 y 237 y J. MARTIN , Antike Rhetorik. Technik und Methode , Múnich 1976, págs. 30-32.

4 Utiliza los mismos términos de la ley que anula los testamentos hechos bajo algún tipo de influencia y cuyo texto transmite DEM ., XLVI 14.

5 Es fácil comprender que el título de «tío», un recurso para presentar como irrebatible la adopción, conmovería a los jueces e irritaría al adversario.

6 El orador recurre desde el principio y varias veces a lo largo del discurso al carácter sagrado de la adopción.

7 Para el estudio de las fórmulas de súplica a los jueces, cf. F. CORTÉS , op. cit ., págs. 106-204.

8 Demo ático de la tribu Eneide en la región de Pames.

9 Aunque la mujer podía ser comprometida en matrimonio a cualquier edad (la hermana de Demóstenes lo fue a los cinco años: DEM ., XXVII 4-5), éste no podía consumarse hasta que la mujer llegaba a la pubertad y era apta para los fines del matrimonio. La edad, no obstante, varía según los testimonios: parece que el mínimo serían los doce años, aunque lo normal sería hacia los catorce o quince (cf. DEM ., XXIX 43, JEN ., Económico VII 5). Cf. S. ISAGER , «The Marriage Pattern in Classical Athens. Men and Women in Isaios», C&M 33 (1981-82), 81-96.

10 Muerto el padre, los hermanos varones habían pasado a ser los kýrioi de sus hermanas, de modo que éstos, aunque no estaban obligados legalmente a hacerlo, sí tenían una obligación moral de entregar en matrimonio a sus pupilas. Son ellos, por tanto, quienes, en calidad de kýrioi y de herederos de los bienes paternos, han de constituir la dote cuya cantidad, no estipulada por la ley, varia en función del patrimonio familiar y la generosidad de los hermanos. En este caso, la suma asignada indica que la fortuna familiar era modesta: en Is., XI 40 el propio Iseo califica de pequeña una dote de 20 minas.

11 Puesto que apenas había matrimonios sin dote (algunos ejemplos en DEM ., XL 20, LISIAS , XIX 14-15), ésta se interpreta como el signo que permite distinguir la unión legítima del concubinato (cf. Is., III).

12 Cf. infra , n. 27.

13 Véase la introducción, a propósito de la cronología del discurso.

14 Aunque legalmente la mujer no tiene libertad ni participación en la elección de su marido y su consentimiento no es necesario para la validez de un matrimonio, en casos excepcionales, y éste podría ser uno de ellos, la mujer puede ser consultada.

15 Si bien el marido puede repudiar a su mujer sin necesidad de alegar ningún motivo concreto, el cariño que Menecles sentía por su joven esposa explica que el divorcio se hiciera por consentimiento mutuo. En estas condiciones no se requería ninguna formalidad: bastaba la manifestación expresa o tácita de este consentimiento y el divorcio se daba por hecho cuando la mujer regresaba a casa de su kýrios , en este caso los hermanos, y el marido restituía la dote.

16 Demo de la tribu Acamántide situado al sureste de Atenas.

17 No siempre el marido disponía de dinero en efectivo para restituir la dote, así que Iseo disipa cualquier posible duda al respecto con el dato de que Menecles había recibido del arconte el encargo de administrar una parte de la herencia dejada por Nicias a sus hijos menores.

18 El marido no está obligado a devolver más que los bienes comprendidos en la declaración dotal que, acompañada de una estimación, se hace en el momento de los esponsales o engýē (cf. Is., III, n. 6). Los vestidos y las joyas aquí mencionados no parecen haber sido incluidos en esa declaración (sólo las 20 minas), de modo que el hecho de que Menecles los restituya ha de interpretarse como prueba de su buena relación con su mujer y los hermanos de ésta.

19 Cf. Is., I, n. 9.

20 Cf. n. 28.

21 Tras el divorcio, en realidad ya no había lazos familiares entre ellos. Cf. introducción, n. 2.

22 Dirigido al secretario del tribunal.

23 Parte de la ley ha sido transmitida por DEM . XLVI 14. El texto de la ley será leído en § 16.

24 Cf. introducción, n. 3.

25 Con relación a este último término se han propuesto dos interpretaciones: para P. ROUSSEL (pág. 40) podría tratarse de un grupo constituyente de la fratría; W. WYSE (págs. 250-251) sostiene, en cambio, que los términos usados por Iseo, así como el orden en que son mencionados —primero la fratría, luego la cofradía— indican que la inscripción en la cofradría era una ceremonia distinta de la admisión en la fratría y el registro en el demo: se trataría, en su opinión, de una asociación religiosa privada, a la que pertenecería Menecles y en la que incluiría a su hijo adoptivo, como sucede en Is., IX 30.

26 Cf., no obstante, §§ 28-29.

27 Las deposiciones de los testigos se han hecho, en este proceso, por escrito: el secretario las lee y el testigo, presente, las confirma o rechaza. Sobre la utilización de las fórmulas de presentación de testimonios como criterio para la datación reciente de este discurso, véase la introducción al discurso y la introducción general, II 1.

28 Por lo expresado en § 23, parece que el hermano de Menecles tendría, además de un hijo varón, una o varias hijas; luego de haberse llevado a cabo la adopción, no se habría quedado auténticamente sin descendencia. W. WYSE (pág. 246) señala que a Menecles le habrían cabido, no obstante, dos posibilidades: haber adoptado al hijo de su hermano en condiciones especiales de regreso a la casa de su padre natural (cf. Is., X 11) o bien haber adoptado a una hija para que fuera el hijo de ésta quien perpetuara su casa y su nombre (cf. Is., VII 9; XI 8, 41, 45).

29 Cf. Is., VII 22 y XI 2.

30 Cf. Is. I, n. 24.

31 Cf., no obstante, § 35.

32 El hijo mayor de Nicias, a su mayoría de edad, se hizo cargo del patrimonio familiar y la tutela de sus hermanos, de modo que Menecles tuvo que devolver el dinero cuya administración le había sido encomendada (§ 9) hasta ese momento.

33 Para que el hermano de Menecles se opusiera a la venta de la tierra y le reclamara su parte, ésta debía de pertenecer a los dos hermanos. No se entiende entonces qué interés podría tener en que fuese embargada. Es probable que en este confuso pasaje Iseo, en beneficio de su cliente, no aportara todos los datos. En este sentido, cf. L. HUCHTHAUSEN , «Betrachtungen zur II. Rede des Isaios», Klio 46 (1965), págs. 241-261, para quien las reclamaciones del cliente de Iseo, en relación con la propiedad rural de Menecles, carecen de fundamento.

34 Se desconoce la situación de este demo de la tribu Cecrópide.

35 Los arbitrajes privados como éste se celebraban a veces en los templos (cf. DEM ., XXXIII 18, XXXVI 16, XL 11, LIX 46). Céfalo, demo ático de la tribu Acamántide.

36 Se presenta a los árbitros como amigos o parientes sólo de la parte contraria, cuando, evidentemente, no es así: cf. § 29.

37 Los procesos se desarrollan sin interrupción y deben terminar el mismo día, salvo que alguna causa extraordinaria haga suspender la sesión. Por eso se limita el tiempo concedido a cada una de las partes, utilizando para su control una clepsidra o reloj de agua que, al cuidado de uno de los miembros del jurado elegido por sorteo (ARIST ., Const. de los at . 66, 2) se hace parar en el momento de leer las leyes y deposiciones de los testigos (cf. DEM ., XLIII 8).

38 Cf. Is., I, n. 9.

39 La obligación de celebrar los funerales correspondía al heredero; por eso en las reivindicaciones de herencias éste era un argumento importante (cf. Is., IV 19, 26; VI 40; VIII 21-24; IX 4, 32).

40 Este pasaje suscita una polémica relativa a si los hijos adoptados inter vivos eran o no herederos necesarios. No resulta, sin embargo, concluyente, ya que aquí parece proponerse más bien una cesión de la herencia que una renuncia propiamente dicha.

41 La gimnasiarquía , una de las liturgias para las que eran designados los ciudadanos ricos, que contribuían así al bien público, implicaba costear los gastos de organización y suministros de cualquier competición, especialmente las carreras de antorchas de ciertas fiestas como las Panateneas o las de Prometeo. De acuerdo con la descripción de los bienes de Menecles presentada por el orador, éste y su hijo adoptivo no estaban obligados a desempeñar una liturgia, ya que la fortuna mínima de la que se requería este servicio era de dos talentos (para otros filólogos tres, o más de tres). Este hecho probaría, pues, su generosidad. No obstante, al tratarse de una fiesta municipal —ésta es, por cierto, la única mención conocida de una gimnasiarquía al servicio de un demo— los gastos serían más reducidos que en las grandes fiestas nacionales.

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30 января 2026
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9788424932558
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