Читать книгу: «Puertas abiertas»

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Título original: Doors Open

© John Rebus Limited, 2008.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2009.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OBFI206

ISBN: 9788490568569

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Semanas antes

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Epílogo

Ian Rankin

Notas

La puerta abierta estaba a escasos metros y después, la calle, el mundo exterior, espantosamente ajeno a cuanto ocurría dentro de aquel salón de billar abandonado. En el suelo yacían dos hombres robustos en medio de un charco de sangre y había otras cuatro personas sentadas, atadas a la silla de tobillos y manos. Un quinto individuo se arrastraba penosamente como una serpiente hacia la puerta y su novia le dirigía unos gritos de ánimo en el preciso momento en que Odio se adelantó, cerró de golpe la puerta, meta de todos sus sueños y esperanzas, y arrastró silla y ocupante hasta el sitio previo.

—Voy a mataros a todos —exclamó entre dientes aquel hombre con el rostro manchado de su propia sangre.

Mike Mackenzie no lo dudó un solo instante. ¿Qué iba a hacer si no un tipo que se llamaba Odio? Sin dejar de mirar a la puerta, recordó que aquella secuencia de acontecimientos había comenzado inocentemente a partir de un cóctel y una charla entre amigos. Y de la codicia y el antojo. Pero sobre todo a raíz de unas puertas que se abrían y se cerraban.

SEMANAS ANTES

1

Mike vio cómo ocurría. Eran dos puertas juntas. Una permanecía constantemente abierta unos tres centímetros, salvo cuando alguien empujaba la contigua, acción que se repetía cada vez que un camarero de uniforme entraba a la sala de subastas con una bandeja de canapés. Una puerta se abría y la otra se cerraba despacio. «Es una muestra clara de la calidad de los cuadros que esté más pendiente de un par de puertas», pensó Mike. Pero no, no era cierto, en realidad no era ilustrativo de la calidad de la exposición, sino de su propia personalidad.

Mike Mackenzie tenía treinta y siete años, era rico y se aburría. Según las páginas de negocios de varias publicaciones, seguía siendo un «magnate del software hecho a sí mismo», pese a no ser ya magnate de nada, puesto que su empresa acababa de adquirirla un consorcio capitalista y corrían rumores de que estaba quemado, lo que tal vez fuera cierto. Se había iniciado en el negocio del software recién salido de la universidad, asociado a su amigo Gerry Pearson. Gerry era el auténtico cerebro de la operación, un programador genial pero que no hacía alarde de ello, por lo que recayó en Mike la responsabilidad de ser la imagen de la empresa. Tras su venta, se repartieron las ganancias y Gerry sorprendió a Mike al anunciarle que se marchaba de Escocia para iniciar una nueva vida en Sydney. Los correos electrónicos que enviaba desde Australia eran repetidos encomios sobre las delicias de las discotecas, la vida urbana y el surf. Por primera vez no hablaba de ordenadores. También le enviaba a Mike por el móvil fotos de las mujeres que iba conociendo. Gerry había pasado de ser callado y retraído a ser un alegre playboy, lo que a Mike no dejó de parecerle una especie de fraude: sabía que él, sin Gerry, no habría levantado el vuelo técnicamente en el sector informático.

Construir el negocio había sido fantástico y agotador, con tres o cuatro horas de descanso, no pocas veces en hoteles lejos de casa, mientras Gerry prefería la instalación de circuitos y programas en Edimburgo. Para los dos, pulir los fallos técnicos de sus mejores programas de ordenador era un incentivo que les duraba semanas. Y respecto al dinero..., el dinero había entrado a raudales, trayendo consigo abogados y contables, asesores y planificadores, ayudantes, secretarias que llevaban al día las peticiones de los medios de comunicación, los compromisos sociales con banqueros y directores del catálogo... y poco más. Mike se había cansado de coches de lujo: el Lambo apenas le había durado dos semanas y el Ferrari, poco más. Conducía un Maserati comprado por simple impulso al leer un anuncio clasificado. También se había cansado de los viajes en avión, de las suites de cinco estrellas y de aparatitos y artilugios tecnológicos. Su ático venía a ser una especie de exposición de revista de diseño, en el que lo mejor era la vista: el perfil urbano de Edimburgo, con sus chimeneas y agujas, y como telón de fondo el mojón volcánico sobre el que se erguía el castillo. Pero no faltaban visitas que a veces captaban de inmediato que Mike no había hecho grandes esfuerzos por adaptar su vida a aquel decorado: el sofá era el mismo del domicilio anterior, igual que la mesa y las sillas, flanqueando la chimenea tenía montones de revistas y periódicos viejos y no había pruebas evidentes de que utilizase mucho la enorme pantalla plana de televisión con altavoces surround. Por el contrario, los cuadros sí que llamaban la atención de las visitas al ático.

«El arte es una buena inversión», le había dicho a Mike uno de sus asesores, que le dio el nombre de un intermediario que le garantizaría el acierto en sus adquisiciones. «Con acierto y bien», había especificado. Pero Mike entrevió que eso significaría adquirir pinturas que seguramente no serían de su gusto, sino obra de artistas de moda cuyas arcas él no se sentía dispuesto a llenar. Y por otro lado, era avenirse a renunciar a obras que él admirase por el simple hecho de ajustarse a las fluctuaciones del mercado. Así pues, optó por hacerlo a su manera: fue a una subasta y encontró asiento en la primera fila, sorprendido de ver tantas sillas vacías y de que al público pareciera gustarle estar apiñado al fondo de la sala. Naturalmente, no tardó en descubrir por qué: los de atrás veían perfectamente a los postores y así controlaban el proceso de ofertas. Tal como le dijo confidencialmente después su amigo Allan, él había pagado casi tres mil libras de más por un bodegón de Bossun porque un galerista se había dado cuenta de que era novato y había jugado con él pujando al alta a sabiendas de que el brazo en primera fila se alzaría para aumentar la oferta.

—Pero ¿por qué diablos hizo eso? —preguntó Mike desconcertado.

—Probablemente porque él tiene unos cuantos Bossuns almacenados —respondió Allan—, y si la cotización del pintor sube, ganará más cuando él los ponga a la venta.

—Pero si yo no hubiera seguido pujando, él habría tenido que quedarse con el cuadro.

Por toda respuesta Allan se encogió de hombros sonriendo.

Seguro que Allan estaba en algún lugar de la sala de subastas, mirando posibles compras en el catálogo. No es que él pudiera permitirse grandes adquisiciones con su sueldo del banco, pero sentía pasión por la pintura, tenía buen ojo y en los días de subasta le entristecía ver que las pinturas que le gustaban a él se las quedaban unos desconocidos. Le había comentado a Mike que aquellos cuadros podían desaparecer de la vista pública durante una generación o más.

—Y en el peor de los casos, dado que los compran como inversión, acabarán encerrados en una caja fuerte. El único propósito del comprador es el interés de revalorización.

—¿Quieres decirme que no debo comprar nada?

—No como inversión, debes comprar lo que te guste.

En consecuencia, las paredes del apartamento de Mike estaban repletas de óleos de los siglos XIX y XX, de pintores escoceses en su mayoría: su gusto era ecléctico, de modo que obras cubistas convivían con temas bucólicos, y retratos, con collages, un estilo de coleccionismo con el que Allan, en términos generales, estaba de acuerdo.

Se conocieron un año antes en una fiesta de la filial de inversiones del banco en George Street. El First Caledonian Bank —First Caly, como se le conocía— poseía una impresionante colección de pintura. Enormes cuadros abstractos de Fairbairn flanqueaban el vestíbulo principal y tras el mostrador de recepción destacaba un tríptico de Coulton. El First Caly tenía su propio conservador, dedicado a descubrir nuevos talentos —muchas veces en exposiciones de fin de curso— y a vender las obras cuando se cotizaban a buen precio, sin dejar de ampliar la colección. Mike confundió a Allan con el conservador y fue así como entablaron conversación.

—Me llamo Allan Cruickshank —dijo él, tendiéndole la mano— y yo sí sé quién eres tú, por supuesto.

—Perdona el malentendido —se disculpó Mike con una tímida sonrisa—. Es que, por lo visto, somos los únicos a quienes nos interesan los cuadros...

Allan Cruickshank andaba cerca de los cincuenta y estaba, como él mismo dijo, «gravosamente divorciado», tenía dos hijos adolescentes y una hija de más de veinte años. Trabajaba en el departamento de individuos de alta rentabilidad (IAR), pero a Mike le confesó que no estaba allí por asunto de negocios. En cualquier caso, dada la ausencia del conservador, fue él quien hizo de cicerone con Mike para mostrarle parte de la colección expuesta al público.

—El despacho del director estará cerrado. Tiene un Wilkie y dos Raeburns.

En las semanas que siguieron a la fiesta intercambiaron correos electrónicos, salieron alguna vez a tomar copas y se hicieron amigos.

Mike había acudido a la muestra previa aquella tarde simplemente porque Allan le había asegurado que sería divertido. Pero, por el momento, no había visto nada capaz de estimular su desganado apetito salvo un estudio en carboncillo obra de uno de los principales coloristas escoceses, del que ya tenía en casa tres muy parecidos, probablemente procedentes del mismo bloc de dibujo.

—Tienes cara de aburrido —dijo Allan sonriendo. En una mano llevaba el catálogo con páginas dobladas por una punta y en la otra una copa de champán vacía. Unas migas minúsculas en su corbata a rayas delataban que había probado los canapés.

—Estoy aburrido.

—¿Echas de menos a alguna rubia cazafortunas que se te acerque discretamente a ofrecerte lo que te costaría rehusar?

—De momento no veo ninguna.

—Claro, vivimos en Edimburgo. Hay más probabilidades de que nos ofrezcan jugar una partida al bridge —dijo Allan, mirando a su alrededor—. De todos modos, qué velada: la mezcla habitual de gorrones, galeristas y privilegiados.

—¿Y qué somos nosotros?

—Simples amantes del arte, Mike.

—Bien, ¿ves algo por lo que pujarías el día de la subasta?

—No creo —dijo Allan con un suspiro, mirando el fondo de su copa vacía—. Aún tengo en mi mesa las facturas del colegio pendientes de pago. Sí, ya sé que vas a decirme que en Edimburgo hay colegios gratuitos muy buenos. Tú mismo fuiste a uno muy estricto y saliste indemne, pero me ata una tradición de tres generaciones que han ido al mismo centro rancio, y mi padre se revolvería en su tumba si envío a los chicos a otro colegio.

—Estoy seguro de que Margot tendrá algo que opinar.

Nada más oír mencionar a su ex mujer, Allan se encogió de hombros ostensiblemente. Mike sonrió y se abstuvo de ofrecerle ayuda económica. No pensaba repetir ese error. Para un ejecutivo de banco acostumbrado a tratar a diario con algunos de los hombres más ricos de Escocia, resultaba inaceptable recibir ayudas.

—Tendrías que hacer que Margot aportara su parte —añadió en broma—. Siempre estás diciendo que gana tanto como tú.

—Y bien que utilizó su potencia económica a la hora de elegir abogados. —Discurrió por su lado otra bandeja de canapés poco hechos. Mike sacudió la cabeza y Allan preguntó si podían tomar champán—. No es que valga la pena —comentó en voz baja a Mike—. No es auténtico, por eso las botellas van envueltas en servilletas, para tapar la etiqueta —añadió, dando otro vistazo a la sala—. ¿Ya has saludado a Laura?

—Sólo la he mirado y me ha sonreído —contestó Mike—. Hoy está muy solicitada.

—Se estrenó con la subasta de invierno —comentó Allan— y no estuvo precisamente animada. Tendrá que hacer la rosca a posibles compradores.

—¿Y nosotros no damos la talla?

—Mike, con todo respeto: eres muy transparente. Careces de lo que en el póquer se llama cara de palo. Con la mirada que le dirigiste, seguramente le diste a entender todo cuanto necesitaba saber. Es como cuando ves un cuadro que te gusta: te pasas varios minutos ante él y luego, ya decidido a comprarlo, caminas con suma cautela —dijo Allan, imitando el movimiento de andar de puntillas, al tiempo que tendía su copa para que la llenaran de champán.

—Tienes buena psicología para la gente —dijo Mike riendo.

—Es por mi trabajo. A muchos IAR les gusta que anticipes lo que piensan sin necesidad de decirlo.

—¿Y qué estoy pensando ahora? —añadió Mike a la vez que tendía la copa al camarero, que le dirigió una leve reverencia después de servirle.

Allan cerró ostensiblemente los ojos para reflexionar.

—Estás pensando que puedes prescindir de mis comentarios impertinentes —contestó al tiempo que abría los ojos—. Lo que ansías es estar junto a tu encantadora anfitriona acercándote a ella de un modo u otro. —Hizo una pausa—. Y ahora estás a punto de proponer un bar donde podamos beber algo en serio.

—Es fantástico —dijo Mike fingidamente admirado.

—Y además —añadió Allan mientras alzaba la copa en gesto de brindis— uno de tus deseos está a punto de cumplirse.

Así era, porque también Mike acababa de ver a Laura Stanton abriéndose paso entre los invitados en dirección a ellos dos. Laura, de casi un metro ochenta con tacones y pelo castaño rojizo que peinaba recogido en cola de caballo, lucía un vestido de cóctel negro sin mangas con falda hasta la rodilla y un escote que dejaba ver el colgante de ópalo que adornaba su garganta.

—Laura —exclamó Allan, besándola en las mejillas—. Enhorabuena por la excelente subasta que has organizado.

—Más valdría que les comentases a tus jefes del First Caly que en la sala hay por lo menos dos agentes de bancos de la competencia. Parece que todo el mundo quiere algo para la sala de juntas —añadió ya con la atención puesta en Mike—. Hola —dijo, inclinándose hacia él para darle dos besos—. Tengo la impresión de que no ves nada que te guste.

—No creas —replicó él, haciendo que se ruborizara.

—¿Dónde has conseguido el Matthewson? —preguntó Allan—. Nosotros tenemos uno de la misma serie frente a los ascensores de la cuarta planta.

—Viene de una finca de Perthshire. El propietario quiere comprar unas tierras contiguas para que unos promotores no le estropeen la vista. ¿Le interesaría al First Caly? —preguntó mientras se volvía hacia él.

Allan se limitó a encogerse de hombros y expulsar aire, pensativo.

—¿Cuál es el Matthewson? —preguntó Mike.

—Ese paisaje nevado —dijo Laura, señalando hacia la pared—. El de marco dorado... No es realmente lo que a ti te gusta, Mike.

—Ni a mí —se vio obligado a decir Allan—. Vacas y ovejas apiñadas para darse calor bajo unos árboles desnudos.

—Lo curioso de los cuadros de Matthewson —comentó Laura para informar a Mike— es que se cotizan más si se ven las caras de los animales.

Estaba segura de que era el tipo de dato que le interesaría, y él, efectivamente, asintió con una inclinación de cabeza.

—¿Tienes algún dato del extranjero? —preguntó Allan.

Laura hizo una mueca con los labios y se pensó la respuesta.

—El mercado ruso va muy bien... y también China y la India. Tenemos muchos postores de allí que han anunciado su presencia el día de la subasta.

—¿Y muchas reservas?

—Ahora quieres saber demasiado —replicó Laura, amagando un golpecito con el catálogo.

—Por cierto —terció Mike—, ya he colgado el Monboddo.

—¿Dónde? —preguntó ella.

—En el recibidor. —El bodegón de Albert Monboddo era el único cuadro que había adquirido en la subasta de invierno—. Dijiste que vendrías a verlo —añadió.

—Ya te enviaré un correo electrónico —dijo ella, entrecerrando levemente los ojos—. De momento, te confiaré un rumor que me ha llegado.

—Oh, oh —dijo Allan, y dio un trago.

—¿Qué rumor?

—Que has estado yendo a salas de subastas de categoría inferior.

—¿Dónde has oído eso? —inquirió Mike.

—El mundo es un pañuelo y todo se sabe —contestó ella.

—No he comprado nada —añadió Mike a la defensiva.

—Mira cómo se sonroja el muy pícaro —comentó Allan.

—No querrás que vaya a ver el Monboddo —prosiguió Laura— y tenga que irme por donde he venido al ver colgadas junto a él adquisiciones de Christie’s y Sotheby’s, ¿verdad?

Pero antes de que Mike pudiera responder una mano carnosa aterrizó sobre su hombro. Volvió la cabeza y se encontró con los ojos oscuros e inquisitivos de Robert Gissing. La enorme calva del anciano relucía de sudor. Llevaba una corbata de tweed torcida con chaqueta de lino azul arrugada y raída, casi en las últimas. Aun así, era una presencia imponente de vozarrón inmisericorde.

—¡Ya veo que están aquí los playboys para librarme de este horror! —exclamó, alzando cual un director de orquesta su batuta la copa de champán con los ojos fijos en Laura—. No te lo reprocho, querida, al fin y al cabo es tu trabajo.

—La verdad es que es Hugh quien organiza el cóctel.

Gissing sacudió ostentosamente la cabeza.

—¡No, no, me refiero a los cuadros! No sé por qué vengo a estas presentaciones lamentables...

—¿Por la barra libre? —terció Allan, pero Gissing hizo oídos sordos al comentario.

—Docenas de obras representativas de lo mejor de la maestría de cada pintor, pinceladas que son de por sí un relato, temas y objetos de minuciosa composición... —Gissing juntó el pulgar y el índice como quien sostiene un pincel—. Son nuestros, forman parte de nuestra conciencia colectiva, de la saga de nuestra nación, de nuestra historia —añadió, ya embalado. Mike cruzó una mirada con Laura y le guiñó un ojo. Los dos conocían el discurso y las variantes del tema principal—. Y no son de nuestras salas de juntas —prosiguió Ginssing—, de nuestra sede central con acceso restringido a pases de seguridad, de la cámara acorazada de una compañía de seguros o del pabellón de caza de algún magnate de la industria.

—Ni del apartamento de un millonario hecho a sí mismo —añadió Allan con toda intención, pero Gissing le amenazó con su dedo rechoncho, diciéndole:

—¡Los del First Caly sois los peores! Pagáis demasiado a esos jóvenes talentos en ciernes que luego no dan la talla. —Hizo una pausa para respirar y volvió a plantar su manaza en el hombro de Mike—. No, del joven Mike no diré nada en contra —Mike se encogió al sentir el apretón de Gissing en su hombro— y menos si va a invitarme a una pinta de whisky.

—Chicos, os dejo —dijo Laura, haciendo un ademán con la mano libre para despedirse—. La subasta es dentro de una semana. Anotadlo en vuestra agenda.

Y sin más, se alejó con una última sonrisa que a Mike le pareció exclusivamente dirigida a él.

—¿Al Shining Star? —propuso Gissing. Mike tardó un instante en comprender que se refería a la vinatería cercana.

2

El Shining Star era un sótano de techo bajo sin ventanas, con paredes recubiertas con paneles de caoba y asientos de cuero marrón, del que Gissing había comentado que se sentía como en un ataúd bien forrado.

Habían cogido la costumbre de ir allí después de las presentaciones previas y de las subastas a hacer su «análisis tras el partido», como decía Gissing. Aquella noche el local estaba medio lleno: estudiantes a juzgar por su aspecto, pero con dinero.

—Hijos de papá, con segunda residencia en Stockbridge —musitó Gissing.

—Con los que tú te ganas la vida —dijo Allan en broma.

Ocuparon una mesa vacía y aguardaron a que vinieran a tomarles nota: whisky para Gissing y Mike y champán de la casa para Allan.

—Necesito una copa de auténtico McCoy para borrar el mal recuerdo —dijo.

—Eso que dije es en serio. Es absolutamente cierto lo que comenté sobre cuadros recluidos —comentó Gissing mientras se restregaba las manos como si se las enjabonara.

—Lo sabemos —comentó Allan—, pero predicas a unos conversos.

Robert Gissing era director de la Escuela de Bellas Artes de Edimburgo, aunque no por mucho tiempo, pues le faltaban un par de meses para jubilarse, a finales de verano. Aun así, parecía dispuesto a argumentar sus opiniones hasta el último momento.

—No puedo creer que fuera ése el deseo de sus autores —insistió Gissing.

—¿Los pintores no solían buscar mecenas? —dijo Mike sin poder evitarlo.

—Mecenas que hacían donaciones de obras importantes a museos y galerías de renombre —replicó Gissing.

—También lo hace el First Caly —arguyó Mike, mirando a Allan para que lo corroborara.

—Es cierto —dijo Allan—. Hay cuadros nuestros por todas partes.

—Pero no es lo mismo —gruñó Gissing—. Hoy en día todo es negocio, cuando a lo que debería aspirarse es al placer que procuran las obras por sí mismas —añadió, dando un puñetazo en la mesa.

—Modérate —dijo Mike—. Van a pensar que estás impaciente por que nos sirvan. ¿Hay alguna camarera guapa? —añadió, haciendo gesto de volver la cabeza al advertir que Allan no quitaba ojo de la barra.

—¡No mires! —dijo Allan, bajando la voz e inclinándose sobre la mesa—. Hay tres hombres en la barra bebiendo deprisa de una botella con inquietante aspecto de Roederer Cristal...

—¿Galeristas?

Allan negó con la cabeza.

—Creo que uno es Chib Calloway.

—¿El gánster? —preguntó Gissing justo en el momento en que concluía una pieza melódica, con el resultado de que en el breve silencio su pregunta sonó más fuerte de lo normal y en el instante, además, en que estiraba el cuello para mirar a Calloway, que lo advirtió y los miró a su vez a los tres. Era un tipo de gruesa cabeza rapada sobre anchos hombros caídos que vestía una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta negra y ceñida y con una mano en la que la copa de champán parecía asfixiarse.

Allan abrió el catálogo y fingió leerlo.

—Muy presentable —comentó.

—Fui al colegio con él —añadió Mike en voz baja—, pero no creo que se acuerde.

—No creo que sea el momento de animarle a que haga memoria —comentó Allan mientras llegaban las bebidas.

Calloway era famoso en Edimburgo: protección, locales de striptease y tal vez drogas. La camarera que los atendía les dirigió por su cuenta una severa mirada de prevención antes de alejarse, pero era demasiado tarde: un hombre corpulento iba ya hacia ellos. Chib Calloway apoyó los nudillos en la mesa y se inclinó sobre ella, proyectando su sombra sobre los tres.

—Me parece que me zumban los oídos —dijo. No reaccionó nadie, pero Mike le sostuvo la mirada. Calloway, medio año mayor que él, no se conservaba tan bien. Tenía una tez macilenta y el rostro marcado, recuerdo de peleas—. Estáis muy calladitos, ¿no? —prosiguió mientras cogía el catálogo. Miró la portada, lo abrió al azar y examinó una de las primeras obras maestras de Bossun—. ¿Entre setenta y cinco y cien mil? ¿Por unos manchones? —comentó, dejando caer el catálogo en la mesa—. Pues, amigos, eso es lo que yo llamo robo a mano armada. Yo no pagaría ni un duro, y menos billetes de los grandes. —Cruzó un instante la mirada con Mike, pero como nadie abría la boca, pensó que allí no se le había perdido nada y regresó a la barra conteniendo la risa, apuró su copa y abandonó el local con sus ceñudos compañeros.

Mike vio cómo los camareros se relajaban mientras retiraban la cubitera y las copas. Allan, sin apartar los ojos de la puerta, aguardó unos segundos para hablar.

—Deberíamos haberles plantado cara —dijo mientras se llevaba la copa a los labios con mano temblorosa—. Se dice que Calloway —añadió por encima del borde de la copa— atracó el First Caly en 1997.

—Pues podría haberse retirado ya —comentó Mike.

—No todos los retirados saben administrar el dinero como tú, Mike.

Gissing había terminado su whisky e hizo un gesto en dirección a la barra para pedir otro al tiempo que decía:

—Tal vez él podría ayudarnos.

—¿Ayudarnos? —inquirió Allan.

—En otro atraco al First Caly —dijo el profesor, mirando al vaso vacío—. Seríamos luchadores por la libertad, Allan, lucharíamos por una causa.

—¿Por qué causa? —preguntó sin poder contenerse Mike, que se esforzaba por recuperar su normalidad respiratoria y cardíaca. En casi veinte años que no veía a Calloway había cambiado radicalmente. Ahora tenía un aspecto realmente amenazador y un aire de saberse invulnerable.

—La de la liberación de algunas de esas obras de arte reclusas —dijo Gissing, sonriendo al ver que llegaba el whisky—. Hace mucho tiempo que están en poder de los infieles. Es hora de vengarnos.

—Tu idea me complace —dijo Mike sonriente.

—¿Y por qué el First Caly? —replicó Allan—. Hay malvados de sobra.

—Y no tan a las claras como el señor Calloway —asintió Gissing—. ¿Dijiste que habías ido al colegio con él, Mike?

—En el mismo año —contestó Mike, asintiendo con la cabeza—. Él era el chico de quien todos querían ser amigos.

—¿Ser amigos o ser como él?

Mike miró a Allan.

—Sí, quizás tengas razón. Debe de dar gusto tener esa sensación de poder.

—El poder obtenido por temor no vale la pena —masculló Gissing. En el momento en que la camarera iba a retirarle el vaso vacío, le preguntó si Calloway era cliente habitual.

—Viene de vez en cuando —respondió ella con un acento que a Mike le pareció sudafricano.

—¿Da buenas propinas? —preguntó.

La camarera le miró con reticencia.

—Oiga, yo sólo trabajo aquí.

—No somos policías. Era simple curiosidad —añadió Mike.

—Más vale que no lo sean —comentó la camarera mientras se alejaba.

—Muy apuesta —dijo Allan con admiración cuando ella ya no podía oírlo.

—Casi tanto como nuestra querida Laura Stanton —añadió Gissing, dirigiendo un guiño a Mike, quien, como respuesta, añadió que salía a fumar un cigarrillo.

—¿Me invitas a uno? —dijo Allan como de costumbre.

—¿Y dejáis a este viejo abandonado? —protestó Gissing, haciéndose la víctima y abriendo el catálogo por la primera página—. Bueno, salid, me da igual.

Mike y Allan abrieron la puerta y subieron los cinco escalones hasta la acera. Acababa de oscurecer y por la calle circulaban taxis en busca de clientes.

—¿Qué te apuestas a que cuando volvamos adentro ya está mareando a alguien? —dijo Allan.

Mike encendió los dos cigarrillos e inhaló del suyo con ganas. Los había reducido a cuatro o cinco diarios, pero era incapaz de prescindir radicalmente. Por lo que sabía, Allan sólo fumaba cuando estaba con alguien que le ofrecía. Miró la calle arriba y abajo y no vio a Calloway ni a sus guardaespaldas. No faltaban bares en los que podrían estar. Recordó los cobertizos para las bicicletas en el colegio que sólo usaban para partidos de fútbol improvisados, detrás de los cuales se reunían a la hora del almuerzo los que fumaban, y sobre todo Chib —ya entonces conocido por aquel diminutivo—, que abría una cajetilla nueva y vendía los cigarrillos sueltos a precios abusivos e incluso cobraba algo de dinero por dar fuego. Él entonces no fumaba, pero se hacía el remolón junto al grupo como esperando que le invitaran a unirse a ellos, cosa que nunca hicieron.

—Es una noche tranquila —comentó Allan, arrojando ceniza al aire—. Se ve que no han salido los turistas. No dejo de preguntarme qué les parecerá Edimburgo. Lo digo porque nosotros somos de aquí, y es como si fuera nuestra propia casa, sólo la vemos bajo esa perspectiva.

—Allan, también para los Chib Calloway es como su propia casa. Se trata de dos Edimburgos con un sistema nervioso común.

Allan esgrimió un dedo.

—Estás pensando en ese programa de anoche del canal 4 sobre los hermanos siameses.

—Vi parte de él.

—Eres como yo, vemos demasiada televisión. Llegaremos a viejos chochos y seguiremos pensando por qué no hicimos algo más en la vida.

—Hombre, gracias.

—Ya sabes a qué me refiero. Si yo tuviera el dinero que tienes tú estaría navegando en yate por el Caribe y aterrizando con mi helicóptero en la azotea de un hotel en Dubai.

—¿Pretendes decir que desperdicio el tiempo? —replicó Mike. Entonces se acordó de Gerry Pearson y de sus correos electrónicos repletos de fotos de lanchas rápidas y practicando esquí acuático.

—Lo que quiero decir es que hay que disfrutar todo lo que se pueda, Laura incluida. Si vuelves al local de subastas aún estará allí. Proponle una cita.

—Otra cita —puntualizó Mike—. Ya sabes lo que ocurrió en la última.

—Te rindes demasiado pronto —replicó Allan, sacudiendo la cabeza—. No acabo de entender cómo fuiste capaz de ganar dinero con un negocio.

—Pues lo gané, ¿no?

—Sí, de eso no hay duda, pero...

—Pero ¿qué?

—Tengo la impresión de que no acaba de satisfacerte.

—No me gusta alardear delante de los demás, si es a lo que te refieres.

Allan parecía tener más que decir, pero por su natural prudencia se limitó a asentir con la cabeza. Distrajo su atención la música que de improviso surgió de un coche que iba en dirección a donde estaban. Era un BMW negro metalizado que parecía un M 5 y lo que sonaba era Thin Lizzi cantando The Boys are Back in Town. Ocupaba el asiento del pasajero, con el cristal de la ventanilla bajado, Chib Calloway, que tarareaba la canción y que volvió a cruzar una mirada con Mike, haciendo ademán de apuntarlos con una pistola y apretar el gatillo en el momento en que pasaba ante ellos. Cuando se hubo alejado, Mike comprendió que Allan se había dado perfecta cuenta del detalle.

—¿Sigues pensando que podríamos haberles plantado cara? —inquirió.

—No creo —contestó Allan, tirando al suelo el cigarrillo consumido a medias.

Aquella noche Mike cenó solo.

Gissing había insinuado que cenaran juntos, pero Allan dijo que tenía trabajo en casa y Mike dio también una excusa, con la esperanza de no tropezarse después con el profesor en el restaurante. La verdad era que le apetecía comer a solas. Compró un periódico en una tienda de prensa de las que cierran tarde y, caminando hacia Haymarket, se decidió por un restaurante hindú. Un restaurante no era lo más adecuado para leer, pues la iluminación solía ser mortecina, pero tuvo la suerte de encontrar mesa junto a una lámpara. El periódico decía que eran malos tiempos para los restaurantes hindúes. La escasez de arroz había hecho subir los precios y debido a las medidas restrictivas de inmigración llegaban al país menos cocineros. Al comentárselo al camarero, el joven sonrió y se encogió de hombros.

Había bastante gente. Su mesa estaba cerca de otra ocupada por cinco borrachos que habían dejado las chaquetas en el respaldo de la silla, se habían aflojado la corbata o simplemente se la habían quitado. Pensó que serían de alguna empresa y que celebraban algún buen negocio. Bien sabía en qué podían acabar aquellas noches. La gente con la que él había trabajado solía comentar que nunca llegaba a emborracharse y que apenas parecía alegrarse cuando se conseguía un buen contrato. Podría haberles dicho: «Me gusta mantener el control», pero también podría haber apostillado: «de momento». Cuando llegó su plato, los de la mesa cercana estaban en los cafés y el coñac, y casi a punto de marcharse cuando pidió la cuenta. Uno de ellos perdió el equilibrio al levantarse y ponerse la chaqueta, y Mike, al ver que se le venía encima, lo sostuvo con la mano, lo que dio pie a que el comensal volviera hacia él su cara abotargada.

—¿Qué demonios hace? —inquirió con lengua pastosa.

—Evitar que se caiga.

—¿Le ha tocado? —le espetó a Mike otro del grupo mientras se le acercaba—. ¿Te ha tocado, Rab? —añadió, dirigiéndose a su amigo.

Pero Rab estaba ocupado en mantener el equilibrio y no añadió ni una palabra.

—Sólo pretendía ayudarle —contestó Mike, mientras los otros formaban semicírculo frente a él. Era consciente de la facilidad con que un incidente así podía degenerar.

—Pues olvídese y lárguese —espetó el amigo de Rab.

—Antes de que le den para el pelo —chilló un tercero.

Los camareros miraban la escena angustiados y uno de ellos abrió la puerta batiente para dar aviso en la cocina.

—Muy bien —dijo Mike, alzando las manos en gesto conciliador mientras se dirigía a la salida. En la calle se alejó a paso rápido, mirando hacia atrás de vez en cuando. Quería poner distancia de por medio por si le perseguían. Distancia significaba tiempo para pensar y evaluar la situación: ponderar el riesgo de volver sobre sus pasos. Ya estaba a cincuenta metros cuando salieron los borrachos. Iban cogidos del brazo y señalaban su próximo destino: un pub en la acera opuesta.

«Probablemente ya ni se acuerdan de mí», se dijo Mike, aunque sabía que a él no se le olvidaría aquel incidente y que durante semanas y meses le atormentaría el recuerdo y su fantasía imaginaría escenas en las que tumbaba en tierra a los borrachos. A la edad de trece años un chico de su clase le había podido en una pelea y pasó largos años rumiando refinados métodos de venganza que nunca llevó a cabo.

En el mundo en el que vivía en aquel momento no había necesidad de mirar hacia atrás. La gente era cortés y civilizada, educada y con clase y, pese a las bravatas de Allan en el Shining Star, dudaba mucho de que él se hubiera peleado alguna vez en su vida adulta. Mientras caminaba hacia Murrayfield rememoró sus días de estudiante y sus intervenciones en algunas peleas en bares, entre ellas, cierta ocasión en la que se enzarzó con un posible rival por una novia... ¡Dios, ni recordaba cómo se llamaba ella! Y la noche aquella en la que al volver a casa con unos amigos unos borrachos les tiraron un cubo de basura: no olvidaría la pelea que siguió, que se propagó desde la calle a una casa cercana y desde la puerta trasera al jardín, hasta que una mujer dio gritos desde una ventana diciendo que iba a llamar a la policía. Él salió con un ojo morado y los nudillos desollados, pero su contrincante quedó tumbado en el suelo.

Pensó en cómo habría reaccionado Chib Calloway ante el incidente del restaurante. Pero Calloway iba con guardaespaldas. Aquellos dos que le acompañaban en la barra no eran simples contertulios. Un amigo suyo le dijo en broma una vez que debería buscarse un guardaespaldas, «ahora que se sabe que eres rico», porque lo habría leído en una lista publicada un domingo por un periódico en la que figuraba en el quinto lugar de los hombres de mayor fortuna de Escocia.

—En Edimburgo no hacen falta guardaespaldas —replicó él.

Sin embargo, al detenerse ante el cajero automático para sacar dinero, miró a derecha e izquierda oteando un posible peligro. Contra el escaparate de una tienda contigua al banco había un vagabundo sentado con la cabeza gacha, solo, soportando el frío. A Allan le habían reprochado en cierta ocasión ser un solitario —no lo negaba—, pero eso era muy distinto a no tener a nadie. Echó una libra en la escudilla del pobre y se alejó camino de casa dispuesto a oír un poco de música rodeado de sus cuadros. Recordó las palabras del profesor: «Esas pobres obras de arte recluidas» y lo que había dicho Allan: «Disfrutar todo lo que se pueda». Se abrió la puerta de un pub, del que salió expulsado un borracho. Esquivó al hombre tambaleante y siguió su camino.

«Al cerrarse una puerta otra se abre...»

3

Había sido otro mal día para Chib Calloway.

Lo malo cuando te vigilan es que, aunque uno lo sepa, no siempre puede saberse quién o quiénes lo hacen. Debía mucho dinero. Pero también debía otras cosas, y por eso se esforzaba en no hacerse notar y únicamente contestaba a un par de sus doce móviles, los de número conocido de parientes y amigos muy allegados. Tenía dos citas para la hora de la comida, pero las había anulado simplemente disculpándose, sin explicaciones. Si se llegaba a saber que le seguían, su reputación caería aún más. Lo que sí hizo fue tomarse un par de cafés en el Cento Tre de George Street, un elegante local antigua sede de un banco. Muchos bancos de Edimburgo se habían convertido en bares y restaurantes. Con tanto cajero automático, no había necesidad de bancos. Las máquinas habían traído consigo multitud de estafas: números de tarjetas falsificados, tarjetas clonadas, dispositivos acoplados a la máquina para copiar los datos en un microchip, etc. Incluso había gasolineras que te copiaban los datos para venderlos. En eso él se andaba con mucho cuidado. Las bandas que dominaban la tecnología de la estafa en cajeros automáticos eran de origen extranjero: de Albania, Croacia y Hungría. En cierta ocasión en la que él había sondeado el asunto como un posible negocio, le comentaron que aquello era coto vedado, lo cual dolía, y más en aquel momento en que esas bandas comenzaban a actuar en Edimburgo.

Era una ciudad pequeña, sólo con medio millón de habitantes, y sin entidad para atraer a los grandes, lo que significaba que el terreno era de Chib. Él tenía negocios con varios dueños de bares y discotecas y en los últimos años no había habido necesidad de disputas por territorio. Su aprendizaje lo había hecho en guerras de territorio, ganándose una sólida fama de guerrero, y trabajando de gorila para Billy McGeehan en su salón de billar y en un par de sus pubs de Leith, asuntillos de sábado por la noche, cuando los clientes se vuelven pendencieros a medida que avanza la noche y los forasteros, arrogantes con los de Edimburgo.

Antes de los veinte años, Chib se creía un buen futbolista, pero le rechazaron en la prueba del Hearts por grandullón y torpe.

—Prueba en el rugby —le aconsejó el seleccionador.

Probó en el boxeo para mantenerse en forma, pero era incapaz de controlarse. Subía al ring y pegaba con los pies, las rodillas y los codos y cuando tumbaba al contrincante seguía zurrándole.

—Prueba en la lucha libre —volvieron a aconsejarle.

Pero entonces Billy McGeehan le hizo otra propuesta que le vino de perlas: la aceptaría, fingiría que buscaba trabajo y ganaría algún dinero los fines de semana, lo suficiente para aguantar hasta cobrar la mensualidad del paro. Pero Billy poco a poco le dio confianza y así, cuando cambió de jefe y se puso a trabajar para Lenny Corkery, ya sabía bastante. Durante la guerra que estalló después, Billy optó por largarse a Florida y traspasar los billares y los pubs a Lenny Corkery, que pasó a ser el rey del territorio y Chib, lugarteniente.

Pero después Lenny cayó en el noveno hoyo en Muirfield y Chib tomó el relevo. De todos modos, hacía tiempo que pensaba hacerlo, y los hombres de Lenny no pusieron reparos, al menos cara a cara.

—Una sucesión tranquila siempre es lo mejor para el negocio —comentó el dueño de un club.

Tranquila los primeros años. Porque las cosas se estaban poniendo feas. No por su culpa, sino que los polis habían tenido la suerte de pillar un cargamento de coca y éxtasis ya pagado, lo que era doble mala pata para él, el destinatario. Era una desgracia, porque ya debía un cargamento de hierba que había entrado en un tráiler noruego y los proveedores, una banda de Ángeles del Infierno de una ciudad de nombre impronunciable, le habían dado noventa días de plazo para pagar. Y ya habían transcurrido ciento veinte. Y los que vinieran.

Podría haber ido a Glasgow a pedir un préstamo a uno de los peces gordos, pero eso era arriesgarse a que se corriera la voz. Sería perder su imagen y, al menor signo de debilidad, los buitres se arremolinarían.

Despachó los dos expresos sin degustarlos, pero por la pulsación acelerada comprendió que estaban muy cargados. Le acompañaban Johnno y Glenn en la pequeña mesa que había junto a la cristalera, mientras las mesas cercanas se iban llenando de mujeres guapas a las que no hacía el menor caso. Las conocía muy bien: eran de esas que compran en Harvey Nicks y después toman una copa en el Shining Star con una hoja de lechuga para aguantar entre comidas, mientras sus maridos o novios trabajan en un banco o son abogados. Parásitas, en definitiva, con una estupenda casa en Grange, vacaciones de esquí y salidas para cenar. Era un Edimburgo del que ya de pequeño tenía conocimiento. De joven dedicaba los sábados a ir al fútbol (si el Hearts jugaba en casa y se terciaba meter bulla con los colegas) o al pub, o a veces a seguir a chicas por Rose Street o intentar ligar en el centro comercial de St James. O en George Street, con todos aquellos escaparates de tiendas de moda y joyerías sin precios, que ya entonces le resultaba un mundo aparte. Pero eso no le disuadía de ir a aquel local. ¿Por qué no iba a ir? Él llevaba dinero en el bolsillo como cualquier otro, vestía jerséis de cuello de cisne de Nicole Fabri y chaquetas de DKNY, zapatos de Kurt Geiger, calcetines de Paul Smith, etc. Él era igual que cualquier otro hijo de mala madre y mejor que la mayoría. Él vivía en el mundo real.

—Con sus putas complicaciones.

—¿Qué dices, jefe? —preguntó Glenn, lo que le hizo ver que había pensado en voz alta. Chib no contestó, pidió la cuenta a una camarera que pasaba junto a ellos y miró a sus dos guardaespaldas. Glenn acababa de entrar después de echar un vistazo a la calle y dijo que no había nadie merodeando por los alrededores.

—¿Y en las ventanas de las oficinas?

—Tampoco.

—¿Y en alguna tienda, fingiendo mirar el escaparate?

—Ya te lo he dicho —replicó Glenn irritado—. Si hay alguien, lo disimula estupendamente.

—No tienen que hacerlo estupendamente, basta con que a ti te lo parezca —replicó Chib, mordisqueándose el labio inferior, como hacía a veces cuando reflexionaba. Tras pagar la cuenta adoptó una decisión—: Bien, podéis abriros los dos.

—¿Cómo? —terció Johnno, que no acababa de estar seguro de haberlo oído bien.

Chib no dijo nada. A su modo de ver, si eran los Ángeles o alguien como ellos, lo más probable era que entrasen en contacto cuando estuviera a solas. Y si era la pasma... La verdad es que no estaba seguro. Pero una cosa u otra. Notaba algo. Había algo.

La expresión de la cara de Glenn le daba a entender que su decisión no era precisamente la mejor.

La idea de Chib era mezclarse con el gentío que iba de compras en Princes Street. Al ser zona peatonal, si le seguían tendrían que hacerlo a pie. Luego subiría la larga escalinata junto al Mound y deambularía por calles más tranquilas de la Ciudad Vieja, donde era fácil detectar a cualquiera que le siguiera a pie.

Era un plan. Pero tampoco gran cosa, como no tardó en comprobar. Les dijo a Glenn y a Johnno que se quedaran en el coche y que les llamaría si los necesitaba. A continuación tomó por Frederick Street y cruzó al tramo tranquilo de Princes Street donde no había tiendas. El castillo se erguía en lo alto. Veía las figuras diminutas de los turistas asomados a las murallas. Hacía años que no había ido al castillo. Recordó una visita de los tiempos del colegio en la que se escabulló a los veinte minutos para escaparse al centro de la ciudad. Haría un par de años se tropezó en un bar con un conocido que le explicó un minucioso plan para robar las joyas de la corona de Escocia. Su respuesta fue una bofetada.

—El castillo no es sólo para visitas turísticas —le replicó al desventurado borracho—. Hay toda una tropa en activo. ¿Cómo vas a sacar las joyas con tanto soldado?

Cruzó el pie del Mound por los semáforos y siguió hacia la escalinata, deteniéndose de vez en cuando y mirando atrás. Nadie. «Maldita sea», pensó. Contempló la subida y se dio cuenta de lo empinada que era realmente aquella escalinata. No estaba acostumbrado a caminar, y los compradores y turistas de Princes Street le habían cansado y cruzar la calle esquivando coches y autobuses le había hecho sudar. ¿De qué valía prohibir la circulación de coches si aquello se convertía en una pista de carreras para taxis y autobuses? Vio claro que sería incapaz de subir la escalinata y se detuvo un momento a pensar una alternativa. Podía atajar por el parque de Princes Street, porque de volver por Princes Street ni hablar. Vio delante de él un edificio de estilo griego. Dos, en realidad, uno detrás de otro. Sabía que eran museos. El año anterior, en uno de ellos habían envuelto las columnas para una exposición o algo así. Se le vino a la mente lo de aquellos tres tíos del bar. Se había acercado a su mesa sabiendo que los asustaría con sólo mirarlos serio quince segundos. Aquel catálogo lleno de pinturas que tenían... Bueno, ahora se encontraba precisamente ante la puerta de la National Gallery de Escocia. ¿Por qué no entrar? A lo mejor era un mensaje del cielo. Además, si alguien le seguía, allí dentro podría comprobarlo. Al cruzar la puerta que le abrió un empleado, dudó y echó mano al bolsillo.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó.

—Es gratis, señor —contestó el portero con una leve inclinación de cabeza.

Ransome vio cómo la puerta se cerraba tras Chib Calloway.

«Vaya, esto sí que es bueno», dijo para sus adentros, metiendo la mano en el bolsillo para coger el móvil.

Ransome era inspector de la policía de Lothian y Borders. Su colega, el sargento Ben Brewster, que estaba dentro de un coche sin distintivos aparcado entre el Mound y George Street, respondió de inmediato.

—Acaba de entrar en la National Gallery —dijo Ransome.

—¿Para una cita? —La voz de Brewster sonaba floja, como si hablara desde alguna especie de aparcamiento.

—No lo sé, Ben. Me pareció que se dirigía a la escalinata de Playfair, pero luego cambió de idea.

—También yo me lo pensaría —comentó Brewster conteniendo la risa.

—No creas que yo estaba muy decidido a darme ese subidón —añadió Ransome.

—¿Sabes si te ha visto?

—Claro que no. ¿Dónde estás?

—Aparcado en doble fila en Hannover Street y aguantando improperios. ¿Vas a seguirle dentro del museo?

—No lo sé. Dentro hay más posibilidades de que se dé cuenta que en la calle.

—Bueno, sabe que le vigilan. ¿Por qué habrá prescindido de sus dos secuaces?

—Buena pregunta, Ben. —Ransome miró el reloj. No era necesario, porque una explosión a su derecha seguida de una nube de humo en las murallas del castillo le sacó de dudas: el cañonazo de la una. Empezó a salir gente del museo, pero era imposible cubrir bien con la vista las dos puertas—. No te muevas de ahí —añadió—. Aguantaré cinco o diez minutos más.

—Me llamas —dijo Brewster.

—Te llamo —dijo Ransome.

Guardó el móvil en el bolsillo y asió con las dos manos la baranda. En el parque todo parecía en orden. Un tren avanzaba por la vía camino de la estación de Waverley. Todo tranquilo y en orden: Edimburgo era ese tipo de ciudad. Podía uno vivir en ella toda su vida sin enterarse de si sucedía algo, aunque ocurriera en casa del vecino. Dirigió la atención al castillo. Había momentos en que le parecía un familiar severo, que fruncía el ceño ante cualquier indecencia de abajo. Mirando un plano de la ciudad llamaba la atención el contraste entre la Ciudad Nueva al norte y la Ciudad Vieja al sur. La primera era un proyecto geométrico y racional; la segunda, un galimatías caótico en el que se alzaban casas por todas partes. Se decía que antiguamente habían ido añadiendo pisos a las viviendas hasta que acabaron hundiéndose. A Ransome le gustaba el ambiente de la Ciudad Vieja, pero siempre había soñado con vivir en una elegante casa georgiana de la Ciudad Nueva, por lo que todas las semanas compraba un billete de lotería. Era la única posibilidad, porque si no, con su sueldo de policía...

Por el contrario, Chib Calloway, que de sobras podía permitirse vivir en la Ciudad Nueva, prefería vivir en una zona de mala muerte del extrarradio oeste a tres kilómetros de donde se había criado. Ransome razonó que de gustos no había nada escrito.

El policía pensó que Calloway no estaría mucho tiempo en el museo. Para un tipo como él, el arte debía de ser algo tan raro como la criptonita. Saldría por la puerta principal o por la del parque, una de dos, así que tendría que adoptar una decisión. Aunque, la verdad..., ¿qué más daba? Las citas que había convenido Chib —de las que él estaba enterado— no iban a tener lugar, y si no podía obtener pruebas, perdería inútilmente unas horas de su vida. Ransome, con algo más de treinta años, era ambicioso e impaciente de oportunidades; Chib Calloway sería un trofeo, por supuesto. Quizás no tanto como cuatro o cinco años atrás, pero por aquel entonces él era un simple agente uniformado sin poder para ejercer, o siquiera sugerir a sus superiores, una operación de vigilancia continuada. Ahora, por el contrario, tenía acceso a información del cuerpo, lo cual era un factor determinante entre fracaso y éxito. Uno de los primeros casos de los que se había hecho cargo en el departamento de investigación criminal fue un intento de imputación contra Calloway, pero ante el tribunal, un abogado había hecho añicos la prueba, para mal del miembro más joven del equipo de investigación.

«Agente de investigación Ransome, ¿está seguro de que ése es su título? La verdad es que he conocido agentes de uniforme más hábiles.» Recordaba la cara engreída del abogado, con sus mejillas rubicundas y la peluca, y a Chib Calloway carcajeándose en el banquillo de los acusados y apuntándole burlón con el dedo en el momento de abandonar el estrado de testigos. Más tarde, el jefe del equipo de investigación le dijo con sus mejores palabras que no tenía importancia. Pero sí la tenía, y mucho que le importó durante años.

Ahora le parecía que había llegado la ocasión..., ahora o nunca. Todo lo que sabía y lo que sospechaba cristalizaría en un resultado inminente: la vida de Chib Calloway estaba a punto de dar un tumbo. Incluso podía producirse de un modo sangriento sin que él interviniese, pero eso no le impedía recrearse en calidad de testigo presencial.

Ni excluía que él se llevase el mérito.

Chib Calloway aguardó en el vestíbulo unos minutos, pero vio que sólo entraba una pareja de mediana edad de piel morena con acento australiano. Fingió examinar el plano de las plantas del edificio y acto seguido hizo una mueca apreciativa con los labios en dirección a los vigilantes para darles a entender su complacencia por la distribución general. Respiró hondo y entró en la galería.

Había poca gente. Eran salas enormes que respondían con un eco a toses y susurros. Volvió a ver a los australianos y a unos estudiantes extranjeros con un guía. Escoceses no eran: cutis moreno, demasiado bien vestidos, y pasaban con lentitud, casi en silencio por delante de los enormes lienzos, con cara de aburridos. Vio que no había muchos vigilantes. Estiró el cuello tratando de comprobar si las cámaras de videovigilancia estaban donde él creía, pero no veía cables por detrás de los cuadros, lo cual significaba que no estaban conectados a una alarma. Algunos, no todos, parecían atornillados a la pared. Y aun así, en cosa de medio minuto, con un cuchillo Stanley te podías hacer con ellos: el lienzo y el marco, incluso. Media docena de jubilados con uniforme no eran problema.

Chib se acomodó en un asiento tapizado en el centro de una sala y sintió que sus pulsaciones aminoraban. Simuló contemplar con interés el cuadro que tenía delante: un paisaje con montañas, templos, rayos de sol y, en primer plano, unas figuras humanas con amplias túnicas. No tenía ni idea de su significado. Uno de los estudiantes extranjeros, un muchacho bronceado con aspecto de español, le tapó la vista un instante para desplazarse acto seguido a un lado a leer el rótulo informativo de la pared, ajeno a la mirada furibunda de Chib: «Eh, chaval, éste es mi cuadro, mi ciudad, mi país».

En ese momento entró otro hombre en la sala. Era mayor que el estudiante y mejor vestido: gabán negro de lana hasta los tobillos y zapatos negros relucientes, impecables. Llevaba un periódico doblado y parecía estar matando el tiempo, con los carrillos inflados. Calloway le miró como quien no quiere la cosa y, al percatarse de que aquella cara le resultaba conocida, se le encogió el estómago. ¿No sería él quien le venía siguiendo? Delincuente, no parecía. Pero tampoco un poli. ¿Dónde lo había visto antes? El hombre, sin apenas mirar el cuadro, se alejó dejando atrás al estudiante y ya salía de la sala cuando Chib recordó de qué lo conocía.

Se levantó y siguió sus pasos.

4

Mike Mackenzie reconoció al gánster inmediatamente y abandonó la sala confiando en no haber llamado la atención por la celeridad. De todos modos, los cuadros de aquel museo no eran santo de su devoción. Su incursión al centro era sólo para hacer unas compras: camisas sobre todo, pero no había encontrado ninguna que le gustara, agua de colonia, dar una vuelta por Thistle Street y asomarse a la joyería de Joseph Bonnar. Joe era especialista en piezas antiguas de calidad y Mike fue a la tienda pensando en Laura. Llevaba dándole vueltas en la cabeza a cierto ópalo que adornara su garganta, un detalle distinto fuera de lo habitual. Algo comprado por él.

Pero aunque Joe era un maestro en su oficio —Mike tenía en casa un reloj de bolsillo buena prueba de ello—, en esta ocasión no había logrado convencerle, fundamentalmente porque, de pronto, se le ocurrió pensar: «Pero ¿qué es lo que hago?». ¿Le agradecería Laura el detalle? ¿Cómo lo interpretaría? ¿Tenía la certeza de que le gustaban las amatistas, los rubíes o los zafiros?

—Espero verle pronto, señor Mackenzie —dijo Bonnar, abriéndole la puerta—. Hacía tiempo que no venía por aquí.

En resumen: ni camisas ni joyas. Y a la una se encontró en Princes Street, sin mucho apetito para almorzar y a tiro de piedra de la National Gallery. Sentía un bloqueo mental y no sabía realmente qué le había llevado a la pinacoteca. Sí, había cuadros excelentes, era el primero en reconocerlo, pero, en general, era una colección algo recargada y vetusta. «El arte es saludable. Empápate un poco», parecían decir los óleos.

Llevaba unos días dándole vueltas al razonamiento del profesor Gissing sobre el arte como garantía de transacciones y se preguntaba qué porcentaje de pinturas a escala mundial permanecía en cajas fuertes de bancos y lugares similares, como los libros que no se leen o la música que no se interpreta. ¿Tenía alguna importancia que el arte permaneciera oculto? Allí seguiría hasta una generación más tarde, aguardando al redescubrimiento. ¿Acaso él era mejor? Había estado en museos regionales para ver sus colecciones y sabía que en su casa, de algunas firmas, tenía mejores cuadros. ¿No eran en cierto modo las casas y los cuartos de estar un museo particular?

«Contribuir a liberar algunas de esas pinturas reclusas.»

No de los museos públicos, claro, sino de las cajas fuertes de los bancos y de habitaciones y pasillos excluidos al público de los financieros que las habían comprado. El First Caledonian, por ejemplo, poseía una colección valorada en decenas de millones. La mayoría de los iconos de rigor, e incluso uno de los primeros Bacon, más la flor y nata de los nuevos talentos. El conservador de los fondos del banco era el organizador de las exposiciones de fin de curso de Bellas Artes en el Reino Unido. Y había empresas de Edimburgo con botín propio, del que no se apartaban, igual que el avaro con el colchón relleno de dinero a mano.

Estaba considerando la posibilidad de abrir un museo y exponer su propia colección. ¿No lograría con su ejemplo que otros le secundaran? Hablaría con el First y otras entidades importantes. Se lo tomaría en serio. Tal vez fuera eso lo que había encaminado sus pasos a la National Gallery, el lugar idóneo para reflexionar sobre el asunto. Pero jamás se habría imaginado encontrar allí a Chib Calloway. Y ahora, al volver la cabeza, allí lo tenía, apretando el paso tras él, sonriente pero mirándole implacable.

—¿Me estás vigilando? —inquirió el gánster.

—No imaginaba que fuese un mecenas del arte —fue lo único que atinó a replicar Mike.

—Vivimos en un país libre, ¿no? —dijo Calloway irritado.

—Perdón —contestó Mike atemorizado—, lo he dicho sin intención. Por cierto, me llamo Mike Mackenzie —añadió, tendiéndole la mano.

—Charlie Calloway —respondió Chib, estrechándosela.

—Pero suelen llamarle Chib, ¿verdad?

—Ah, ¿sabes quién soy? —inquirió Calloway pensativo antes de asentir con la cabeza—. Ahora recuerdo que tus amigos no se atrevían a mirarme, en cambio tú no dejabas de hacerlo.

—Y después usted hizo gesto de dispararme cuando se iba en el coche.

—Pero era en broma, ¿eh? —dijo Calloway con una sonrisa forzada.

—¿Qué es lo que le ha traído hoy por aquí, señor Calloway?

—El recuerdo de ese catálogo de pinturas, el que mirabais en el bar. Entiendes de arte, ¿verdad, Mike?

—Algo.

—Este cuadro, por ejemplo —dijo Calloway mientras retrocedía un paso—, de un tío a caballo, me parece que no está mal como realismo. ¿Cuánto cuesta? —añadió, metiendo las manos en los bolsillos.

—No creo que lo saquen a subasta. ¿Un par de millones? —contestó Mike, encogiéndose de hombros.

—¡Qué bárbaro! —exclamó Calloway, que se acercaba al siguiente cuadro—. ¿Y éste?

—Bueno, ése es un Rembrandt. Decenas de millones.

—¡Decenas!

Mike miró a su alrededor. Un par de vigilantes con uniforme empezaban a mirarlos. Les dirigió su mejor sonrisa y empezó a alejarse en dirección opuesta. Calloway le dio alcance tras unos segundos más de contemplar el autorretrato de Rembrandt.

—No es cuestión de dinero, ¿no? —se oyó decir Mike, pese a saber que sólo una parte de sí mismo creía en la afirmación.

—Se ve que no.

—¿Qué le gustaría mirar más, una obra de arte o una serie de cheques enmarcados?

Calloway sacó una mano del bolsillo y se restregó la barbilla.

—Diez millones al contado puestos en la pared no durarían lo bastante para averiguarlo.

Rieron al unísono y Calloway se pasó la mano por el pelo. Mike se puso a pensar en la mano que mantenía en el bolsillo. ¿Tendría una pistola? ¿Una navaja? ¿Habría ido al museo sólo a curiosear o con otra intención?

—Bueno, a ver, ¿qué tienen entonces si no se trata de dinero? —preguntó el gánster.

—El dinero es una parte importante —no tuvo más remedio que admitir Mike, mirando el reloj—. Oiga, en la planta de abajo hay una cafetería. ¿Le apetece un cafetito?

—He tomado mucho café —respondió Calloway, negando con la cabeza—. Pero puedo tomar un té.

—Invito yo, señor Calloway.

—Llámame Chib.

Mientras bajaban la serpenteante escalera, Calloway no dejó de preguntar precios y Mike le contestó que sólo hacía un par de años que estaba interesado por el arte y que no era ningún entendido. Lo que menos deseaba era que Calloway se enterara de que tenía su propia colección, una colección que sin duda podía calificarse de amplia. Pero mientras hacían cola en el mostrador, Calloway le preguntó en qué trabajaba.

—Soy diseñador de programas de ordenador —dijo Mike, pensando en extenderse lo menos posible.

—Mucha competencia, ¿no?

—Agobiante, si se refiere a eso.

Calloway hizo una mueca y acto seguido empezó a hablar con la joven que atendía el mostrador sobre cuál de los tés que tenían —Lapsang, verde, pólvora u Orange Pekoe— sabía a té de verdad. A continuación eligieron una mesa con vistas al parque de Princes Street y al monumento a Walter Scott.

—¿Ha subido a lo alto del monumento? —preguntó Mike.

—Subí con mi madre de pequeño y me dio un miedo tremendo. Tal vez por eso hace unos años arrastré hasta allá arriba a Donny Devlin y le amenacé con tirarle... Me debía dinero, ¿sabes? —Calloway arrimó la nariz a la tetera—. Huele un poco raro —dijo, pero se sirvió mientras Mike revolvía su café con leche, pensando qué decir ante semejante confesión.

El gánster no parecía consciente de haber dicho nada fuera de lo normal. Al recuerdo de su madre le había sucedido la breve mención de una escena de terror. Mike ignoraba si Calloway la había sacado a colación para impresionarle. Tal vez ni fuera cierto, porque el monumento era un lugar público concurrido poco verosímil para una escena así. Allan Cruickshank había dicho que Calloway era el autor del atraco al First Caledonian, pero ahora no acababa de ver claro que fuese un cerebro criminal.

—¿Alguien ha intentado robar aquí alguna vez? —preguntó Calloway finalmente, mirando en derredor.

—Que yo sepa, no.

Calloway arrugó la nariz.

—De todos modos, los cuadros son muy grandes. ¿Dónde iba a esconderlos?

—Quizás en un almacén —sugirió Mike—. Constantemente se roban cuadros. Hace unos años un par de hombres con uniforme salieron tranquilamente de la colección Burell con un tapiz.

—¿Ah, sí? —inquirió el gánster como encandilado.

Mike carraspeó.

—Usted y yo fuimos al mismo colegio —dijo—. El mismo año, incluso.

—¿Ah, sí? Yo no te recuerdo.

—No se juntaba conmigo, pero recuerdo que más o menos era el que mandaba. Incluso a los profesores.

Calloway balanceó la cabeza, pero se notaba que le halagaba el recuerdo.

—Seguro que exageras. Yo por entonces era un gamberro. —Miró al vacío y Mike comprendió que pensaba en aquella época—. Sólo aprobé una asignatura y acabé en trabajos de metalurgia o algo así.

—El programa en el que hacíamos destornilladores —dijo Mike—. Al suyo le dio buen empleo.

—Convenciendo a los chiquillos para que dieran el dinero —dijo Chib—. Tienes buena memoria. ¿Cómo llegaste a trabajar en ordenadores?

—Seguí estudiando secundaria y después fui a la universidad.

—Seguimos caminos distintos —comentó Chib, asintiendo con la cabeza antes de abrir los brazos—. Pero aquí estamos, viéndonos de nuevo al cabo de tantos años, ya adultos y como si nada.

—Por cierto, ¿qué fue de Donny Devlin?

—¿Por qué lo dices? —inquirió Chib, entrecerrando los ojos.

—Por nada, simple curiosidad.

Chib reflexionó un instante antes de contestar.

—Se fue de Edimburgo. Pero me pagó antes, claro. ¿Te ves con alguno?

—Con nadie —contestó Mike—. Me asomé alguna vez a Amigos Reunidos, pero no había nadie a quien conociera realmente.

—Serías un solitario.

—Y me pasaba casi todo el tiempo en la biblioteca.

—Eso explica que no me acuerde de ti. Yo a la biblioteca sólo fui una vez, a sacar El padrino.

—¿Para entretenerte o para entrenarte?

El rostro de Chib se ensombreció un segundo antes de echarse a reír.

La conversación continuó fluida y desenfadada, sin que ninguno de los dos se percatara de una figura humana que pasó dos veces por delante de la cristalera. La figura del inspector Ransome.

5

Mike se situó al fondo de la sala de subastas, junto a la puerta. Laura Stanton, acomodada ya ante el atril, comprobaba si funcionaba el micrófono, flanqueada por pantallas de plasma en las que aparecerían los lotes de la subasta. Los objetos auténticos se mostraban sobre caballetes o, si colgaban de la pared, los señalaba el personal debidamente aleccionado. Mike vio que Laura estaba nerviosa. Al fin y al cabo, era su segunda subasta. Hasta entonces su actuación había merecido la calificación de sólida, como máximo. No se habían descubierto grandes tesoros ni se habían conseguido récords. Como había observado Allan Cruickshank, el mercado del arte podía seguir la misma tónica durante meses o años. Después de todo, se trataba de Edimburgo y no de Londres o Nueva York. Todo giraba en torno a la pintura escocesa.

—No va a salir a subasta un Freud o un Bacon —comentó Allan.

Allí estaba, Mike le veía sentado en la penúltima fila, sin intención de adquirir nada, sólo atento a ver por última vez algún cuadro antes de que desapareciera en una colección particular o de alguna corporación. Desde donde él estaba dominaba toda la sala, en la que reinaba un ambiente de expectación. La gente hojeaba el catálogo por última vez y el personal de la empresa subastadora ya estaba sentado junto a los teléfonos, listo para atender a los postores que llamaran, cosa que a Mike le intrigaba: ¿quiénes eran los que hablaban al otro extremo del hilo? ¿Financieros de Hong Kong? ¿Celtas de Manhattan con predilección por escenas de las Highlands y pastores con falda escocesa? ¿Estrellas de rock o de cine? Se los imaginaba haciéndose la manicura o en manos del masajista mientras gritaban su oferta por teléfono, alzando pesas en su gimnasio particular o a bordo de un jet privado. De algún modo siempre se los imaginaba más ostentosos que cualquiera de los asistentes a las subastas. En cierta ocasión quiso sacarle a Laura información sobre los que pujaban por teléfono, pero ella se hizo un gesto dando a entender que había secretos que no podía revelar.

Probablemente conocía a la mitad del público presente, casi todos galeristas interesados en la reventa de las pinturas. Y estaban los curiosos, vestidos de cualquier manera, como si hubieran entrado únicamente porque no tenían otra cosa que hacer. Quizás alguno de ellos tuviera cuadros en casa, herencia de un pariente lejano, y acudían para saber cómo se cotizaba la firma del pintor. Como él, auténticos coleccionistas que podían permitirse la compra de lo que subastasen, había dos o tres. Y sentado en primera fila, la fila de los nuevos, pero desprovisto de paleta de puja, o sea, simple curioso, Chib Calloway. Mike le había visto nada más entrar, pero por el momento había logrado pasar desapercibido. Sabía que aquellos dos hombres que estaban apoyados en la pared a la izquierda de Calloway eran los mismos que había visto una semana antes en el Shining Star. En su encuentro con Calloway en la National Gallery, el gánster no iba acompañado de sus matones, por lo que Mike pensó que quizás había cambiado y deseaba llamar la atención y que el público de la sala viera que era un hombre con escolta. Simple exhibición de su importancia.

El presidente dio un golpe con el martillo, señalando el principio de la subasta. Los primeros cinco lotes se liquidaron rápido y alcanzaron la cifra de reserva prevista. Cruzó el umbral un personaje al que Mike saludó con una inclinación de cabeza. A punto de jubilarse, Robert Gissing disponía de más tiempo para asistir a exposiciones previas y a subastas. Con su rostro congestionado y ceñudo dirigió una mirada panorámica a la sala. Si Allan lamentaba la desaparición de tantos cuadros, Gissing tenía fama de llegar al borde de la apoplejía en las subastas y abandonar repentinamente la sala, oyéndose sus voces en el vestíbulo: «¡Obras realmente geniales! ¡Vendidas como esclavos y arrebatadas a la contemplación de quienes lo merecen!». Mike esperaba que aquel día no montase una escena. Laura ya tenía bastante con que lidiar. Advirtió que Gissing tampoco había cogido paleta y empezó a pensar cuántas personas de la sala tenían verdadero interés en comprar algo. Los dos lotes siguientes no alcanzaron el precio de reserva y eso hizo aumentar el temor de Mike. Sabía que había galeristas que se reunían previamente para intercambiar sus intereses particulares y que quedaban de acuerdo en no enzarzarse en la puja, para que así el precio se mantuviera bajo si no había coleccionistas en la sala o llamadas telefónicas.

Le pareció ver que Laura se sonrojaba. Tosió discretamente, hizo una pausa entre un lote y otro y bebió un poco de agua, mientras miraba al público por si captaba a alguna persona interesada. Se notaba poco entusiasmo, era más bien como si se hubiera hecho un vacío. Se olía el polvo de marcos viejos mezclado con el tweed de las chaquetas y la cera del suelo. Elucubró sobre la vida secreta de cada uno de aquellos cuadros, pensando en el viaje que habían llevado a cabo desde la imaginación al boceto, y del boceto al lienzo. Un cuadro, acabado, enmarcado, exhibido y vendido, que había pasado de un propietario a otro, transmitido por herencia, tal vez, o abandonado por falta de interés, para un día ser rescatado de una tienda de objetos de segunda mano y obtener la gloriosa restauración. Siempre que compraba un cuadro dedicaba tiempo a examinarlo por detrás en busca de pistas: cálculos de medidas escritas con tiza por el autor en el bastidor, etiqueta de la primera galería de venta, etc. Consultaba catálogos para localizar los sucesivos propietarios. De su última compra, el bodegón de Monboddo, la fecha de creación databa de un viaje a la Costa Azul del artista y había viajado a Inglaterra para formar parte de una exposición colectiva en la ciudad de Mayfair. Finalmente se vendió meses después en una galería de Glasgow. Aquel primer comprador era el primogénito de una familia de la industria tabacalera. Casi toda aquella información se la debía a Robert Gissing, autor de varias monografías sobre Monboddo. Miró hacia Gissing y vio que estaba con los brazos cruzados y mirada severa.

Algo sucedía en la primera fila. Calloway alzó la mano para pujar por un objeto y Laura le preguntó si tenía paleta.

—¿Es que tengo pinta de decorador? —replicó Calloway, lo que provocó una carcajada a su alrededor. Laura se disculpó diciendo que sólo se aceptaban ofertas de los que se habían registrado en recepción y añadió que aún estaba a tiempo de...

—Es igual —dijo Calloway, renunciando a la puja con un ademán.

El incidente rebajó la tensión de la sala y la animación creció en el siguiente lote. Era un Matthewson: ovejas en la nieve de finales del siglo XIX. Laura había comentado en la exhibición previa que concitaba interés. En la subasta, dos postores pujaban mano a mano por teléfono y el público centraba su atención en los empleados que atendían a las llamadas. El precio fue en aumento hasta alcanzar el doble de lo previsto y finalmente el martillo cayó con la cifra de ochenta y cinco mil libras, un resultado de lo más halagüeño para Laura. Aquello le devolvió su aplomo y se permitió una broma bien acogida por el público, lo que a su vez animó algo más el ambiente y provocó una carcajada extemporánea de Calloway. Mike pasó unas cuantas hojas del catálogo sin ver nada tentador. Poco después se abrió camino entre los galeristas apiñados en la puerta y estrechó la mano a Gissing.

—¿No es ése el gánster que estaba el otro día en el bar? —musitó, señalando con la cabeza hacia la primera fila.

—No se debe juzgar por las apariencias, Robert —susurró Mike al oído del profesor—. ¿Podemos hablar más tarde?

—¿Por qué no ahora, antes de que me dé un infarto? —replicó Gissing.

Al fondo del pasillo, una escalera conducía al piso superior de la exposición de objetos antiguos, libros y joyería. Mike se detuvo al pie de ella.

—¿Y bien? —inquirió Gissing.

—¿Te ha gustado la subasta?

—Tan poco como de costumbre.

Mike asintió con la cabeza, sin saber cómo iniciar la conversación. Gissing sonrió indulgente.

—Mike, he estado dándole vueltas en la cabeza —dijo pausadamente— a lo que te dije ayer en el bar. Me di cuenta de que lo entendiste de inmediato, de que comprendiste la legítima validez de mi idea.

—Sí, pero supongo que no sería una propuesta en serio. Vamos, que no se puede ir por ahí robando cuadros. En primer lugar, al First Caledonian no le haría ninguna gracia. ¿Y qué diría Allan?

—Quizás deberíamos preguntárselo —respondió Gissing muy serio.

—Escucha —replicó Mike—, estoy de acuerdo en que es un buen planteamiento. Me gusta eso de planear una especie de... golpe.

Gissing escuchaba con atención y volvió a cruzarse de brazos.

—Yo también he estado dándole vueltas —dijo finalmente—. Y durante bastante tiempo. Es un buen ejercicio para la materia gris, como suele decirse. Pero hace ya tiempo que pensé que no podría ser en el First Caledonian, porque su instalación de seguridad es excelente. Pero ¿y si hubiera algún medio de liberar ciertos cuadros sin que se advirtiera su ausencia?

—¿De la cámara de seguridad de un banco?

Gissing negó con la cabeza.

—Tan difícil, no. ¿Tengo pinta de atracar un banco? —añadió, dándose palmadas en el vientre.

Mike dejó escapar una risita.

—Hablas de manera hipotética, ¿no?

—Porque lo digas tú.

—Muy bien, pues explícate. ¿Dónde robamos los cuadros?

Gissing hizo una pausa y se pasó la lengua por el labio inferior.

—En la National Gallery —contestó finalmente.

Mike le miró un instante antes de lanzar un resoplido.

—Sí, claro —dijo, recordando su conversación con Calloway: «¿Alguien ha robado alguna vez en este lugar?».

—Ahórrate el sarcasmo, Mike —replicó Gissing.

—O sea que vamos allí, entramos y salimos y nadie se entera de nada.

—Eso más o menos. Te lo puedo explicar mientras tomamos una copa, si te interesa.

Se miraron el uno al otro Mike fue el primero en parpadear.

—¿Cuánto tiempo hace que lo planeas?

—Tal vez más de un año. Quiero jubilarme con algo, Mike. Algo que nadie más en el mundo tenga.

—¿Rembrandt, Tiziano, El Greco?

Gissing se encogió de hombros. Mike vio que Allan salía de la sala de subastas y le hizo una señal para que se acercara.

—Tal vez ese Bossun que compraste no fue tan mala idea —dijo Allan, suspirando—. Acaban de llevarse uno por treinta y ocho mil libras. El año pasado no alcanzó las veinte mil... ¿Qué ocurre? —añadió mirando a uno y al otro—. Parece que os haya pillado sorprendidos con las manos en la masa.

—Íbamos a tomarnos una copa y a hablar de un asunto —dijo Gissing.

—¿De qué?

—Robert —terció Mike para explicárselo— me ha manifestado su intención de birlar cuadros de la colección nacional sin que se note su ausencia. Un regalo para su jubilación.

—Mucho mejor que un reloj de oro —comentó Allan.

—Pero es que lo dice en serio.

Allan miró a Gissing, que se encogió de hombros.

—Bebamos primero y luego hablamos —dijo el profesor.

El inspector Ransome vio salir a los tres hombres de la sala de subastas y caminar media manzana hasta un bar situado en un sótano llamado Shining Star. A uno de ellos le conocía porque le había visto días atrás tomando café con Chib Calloway en la cafetería de la National Gallery. Primero en el museo y ahora en una subasta. Ransome había leído el anuncio en el tablón: la subasta comenzaba a las diez. Calloway se presentó veinte minutos antes, compró un catálogo en recepción y le indicaron el acceso a la sala. ¿Qué demonios era aquello? Le acompañaban Glenn y Johnno, como si fueran a hacer algún trato. Al cabo de un cuarto de hora Johnno salió a fumar un cigarrillo con cara de aburrimiento y comprobó en el móvil si había llamadas o mensajes. No le había visto porque estaba detrás de una columna, a veinticinco metros de la entrada a la sala de conciertos, pero in albis respecto a lo que sucedía.

Aquel día estaba solo. Ben Brewster se había quedado en la comisaría despachando el papeleo acumulado en la bandeja de entrada. Tampoco faltaban papeles en su mesa, pero no podía ignorar la llamada del confidente. Y ahora tenía dos trofeos por el precio de uno: Calloway y el hombre guapo y bien vestido. No sabía si ir al bar a ver si podía oír algo o quedarse allí. Ojalá se hubiese llevado a Brewster.

Transcurrió otra media hora hasta que la sala de subastas empezó a vaciarse. Ransome, desde detrás de la columna, vio salir a Calloway flanqueado por Glenn y Johnno, que se encendió un cigarrillo en cuanto pudo. Pero entonces Calloway cambió de idea, volvió a entrar en el edificio y los dos guardaespaldas pusieron los ojos en blanco. No debía de ser fácil trabajar para un loco como Calloway. Johnno y Glenn tenían agallas. Los dos habían estado presos en la cárcel de Saughton y en otras por violencia, amenazas e intimidación. Johnno era el menos previsible, el más proclive a ponerse hecho una furia. Glenn al menos tenía algo de sentido común. Hacía lo que le mandaban, pero solía ser tranquilo.

Calloway reapareció unos dos minutos más tarde. Hablaba con una mujer a la que Ransome reconoció. Calloway gesticulaba señalando la calle, quizás sugiriendo tomar una copa, pero ella negaba con la cabeza educadamente. Aceptó un apretón de manos y volvió a entrar en el edificio. Johnno dio unas palmaditas en la espalda a su jefe, como diciéndole «bien por probar», pero a éste no le gustó y le replicó algo. Echaron a andar los tres hacia..., vaya, vaya, hacia aquel mismo bar. De nuevo era cuestión de decidirse y Ransome no se lo pensó dos veces. Cruzó la calle y atravesó la puerta, sonrió a la recepcionista, fue tras los pasos de Laura Stanton y entró en la sala de subastas, ya vacía.

No tan vacía, porque unos empleados con mono marrón aún apilaban sillas, desenchufaban los teléfonos de la pared, desmontaban el estrado y retiraban las pantallas de plasma. Una persona entregó a Laura un papel con cifras, con el total al pie de página rodeado con un círculo. Su rostro no dejó traslucir su impresión.

—Hola, Stanton —le dijo Ransome.

Ella no le reconoció de entrada, pero finalmente sonrió.

—Ransome, cuánto tiempo.

Los dos habían hecho el mismo curso en el colegio y, por un amigo común, coincidían en las mismas fiestas y salidas nocturnas. Habían perdido contacto durante diez años hasta coincidir de nuevo en una reunión en la universidad, a la que siguieron otras tantas, y unos meses atrás volvieron a coincidir en un concierto de jazz en el Queen’s Hall. Laura se le acercó y le besó en las mejillas.

—¿Qué haces aquí? —inquirió.

Ransome miró detenidamente la sala y todo lo que había.

—Recuerdo que me dijiste que trabajabas en una casa de subastas, pero no pensaba que fueras la directora.

—Qué va... —replicó ella, sintiéndose halagada.

—Si hubiera llegado un poco antes, ¿te habría encontrado en plena actuación?

—Se trata más bien de breves intervenciones sucesivas —dijo ella, mirando el extracto de cifras—. Sobre todo en la venta de invierno, pero no ha estado mal.

—No estaré estorbando —dijo Ransome, mostrando falsa preocupación.

—No, no.

—Es que pasaba por aquí y te vi charlando con Chib Calloway.

—¿Con quién?

—Con ese gorila de cabeza rapada —respondió él, mirándola a la cara—. ¿Vino a comprar algo?

Laura comprendió a quién se refería.

—No parecía estar muy enterado. Al final me preguntó qué tal había ido la subasta. ¿Está mezclado en algo? —añadió más seria.

—Desde que dejó la cuna. ¿No has oído hablar de Calloway? Tiene una estela de violencia de una milla de ancho y está metido en muchos asuntos turbios.

—¿Pretende blanquear dinero?

—¿Por qué lo preguntas? —dijo Ransome, entrecerrando los ojos.

Ella se encogió de hombros.

—Sé que es algo que se hace. Me han dicho que sucede en otras casas de subastas. En ésta no, gracias a Dios —añadió bajando la voz.

—Trataré de averiguarlo —dijo Ransome, restregándose la barbilla—. Me da la impresión de que le trajo aquí uno de sus socios.

—Venía con otros dos —dijo Laura, pero Ransome negó con la cabeza.

—No me refiero a sus monos, Johnno Sparkes y Glenn Burns. Ésos son sus mamporreros cuando él no tiene ganas de mancharse las manos. No, me refiero a un tipo alto, bien vestido, de pelo largo castaño y peinado hacia atrás que salió con un hombre obeso con pantalones de pana verde y otro delgado de pelo negro, con gafas.

Laura sonrió, divertida por la descripción.

—Yo los llamo «Los tres mosqueteros» —dijo—, porque se llevan muy bien, a pesar de lo distintos que son.

Ransome asintió con la cabeza como si le pareciera lógico.

—Eso de los tres mosqueteros...

—¿Qué?

—Si no recuerdo mal eran cuatro.

Entonces sacó su libreta y le pidió a Laura los nombres.

—Portos... ¿no era ése uno? —respondió ella en broma. Pero su antiguo compañero de colegio, el policía, no estaba para bromas. Los ojos de Laura se llenaron de angustia—. Ninguno de ellos tiene nada que ver con ese tipo —añadió a la defensiva.

—Por lo que no se explica que te niegues a decirme sus nombres.

—Son posibles clientes, Ransome. Ésa es la explicación de que no te los dé.

—Laura, no eres ni un cura ni un médico que tenga que guardar un secreto profesional —replicó Ransome con un profundo suspiro—. Recuerda que soy policía y podría interpelarlos en la calle y exigírselo. Podría llevarlos a la comisaría —añadió con una pausa para que lo considerara—. Y estoy seguro de que es cierto lo que dices y que no tienen nada que ver con Calloway, pero lo que intento es ser lo más discreto posible. Si me das los nombres puedo hacer una comprobación rápida sin que se enteren. Es lo mejor, ¿no crees?

Laura reflexionó un instante.

—Supongo —dijo, recibiendo una sonrisa conciliadora de Ransome.

—¿De acuerdo, entonces? —inquirió él—. Quedará entre nosotros —añadió sin apartar el bolígrafo de la libreta, mientras ella asentía con la cabeza y él le preguntaba qué tal le había ido últimamente.

6

Gissing no tenía prisa por contarlo. Daba vueltas al whisky en el vaso, oliéndolo de vez en cuando, como reticente a probarlo. Era demasiado pronto para Mike y Allan iba a marcharse a la oficina alegando que tenía que tomar café con un cliente. Removía la espuma del capuchino, mirando y volviendo a mirar de vez en cuando la hora en el reloj y los mensajes del móvil.

—Bueno —dijo Mike por tercera o cuarta vez. Él tomaba un expreso doble que le habían servido con una galleta de almendra que había apartado a un lado. El Shining Star estaba casi vacío. Sólo había dos mujeres que hacían una pausa en sus compras, con las bolsas en el suelo, y al fondo del local, desde donde no podían oírlas. Por los altavoces sonaba una música electrónica no muy alta.

Gissing estiró el brazo, cogió la galleta, la mojó en el whisky y comenzó a chuparla con ojos risueños.

—Bueno, me voy —dijo Allan, rebulléndose en el asiento. Estaban en el mismo compartimento de la semana anterior y les había servido la misma camarera, aunque no parecía haberlos reconocido.

Gissing reaccionó a la insinuación de Allan.

—En realidad es muy sencillo —comenzó diciendo, mientras dejaba caer unas migas de la comisura de los labios—. Pero vete si quieres, Allan. Yo mientras tanto le explicaré a Mike lo fácil que es robar un cuadro.

Allan decidió quedarse unos minutos más. Gissing se acabó la galleta, se llevó el vaso a los labios y lo apuró relamiéndose de gusto.

—Te escuchamos —le dijo Mike al profesor.

—Las galerías y los museos de nuestra gentil ciudad —Gissing se inclinó sobre la mesa y se apoyó en los codos— no tienen suficiente espacio para exhibir ni la décima parte de sus fondos. Ni la décima parte —repitió, haciendo una pausa para crear interés.

—Hasta aquí, de acuerdo —comentó secamente Mike.

—Y esos tristes objetos permanecen desamparados en la oscuridad, permanecen allí durante años, Mike, sin que nadie los vea. Óleos, dibujos, grabados, joyas, estatuas, jarrones, cerámica, alfombras, libros, etc. —añadió Gissing, enumerándolos con los dedos—, desde la Edad de Bronce. Cientos de miles de objetos.

—Y, según tú, ¿podemos llevarnos unos cuantos?

Gissing bajó aún más la voz.

—Se encuentran almacenados en un local enorme del muelle de Granton. Yo he estado allí en varias ocasiones y... ¡aquello es un tesoro!

—¿Un tesoro perfectamente catalogado e inventariado? —comentó Allan.

—Sé que hay objetos colocados en estanterías que no se corresponden y piezas que se tardaría meses en localizar.

—¿Y es un almacén? —Gissing asintió con la cabeza—. ¿Con guardianes, videovigilancia, tal vez dos pastores alemanes y algún que otro alambre de espino?

—Están muy bien guardados —admitió Gissing.

Mike sonrió. Le divertía aquel juego. Al viejo también parecía divertirle y Allan estaba intrigado.

—¿Y cómo podemos hacerlo? —preguntó Allan—. ¿Nos disfrazamos de comandos e irrumpimos en el almacén?

Gissing sonrió.

—Allan, querido, creo que podemos hacerlo de una manera más sutil.

Mike se reclinó en el asiento y cruzó los brazos.

—Muy bien, tú conoces el lugar. ¿Cómo se entra? E incluso si lo conseguimos, ¿cómo podemos salir después con algo sin que lo noten?

—Dos magníficas preguntas —dijo Gissing con aparente franqueza—. La respuesta de la primera es por la puerta principal. Y te diré más: como invitados.

—¿Y de la segunda?

Gissing alzó las manos con la palma hacia arriba.

—No faltará ningún cuadro.

—Aquí lo que falta es el mínimo sentido de la realidad —terció Allan. Gissing le miró.

—Dime una cosa, Allan: ¿el First Caledonian participa en el Día de Puertas Abiertas?

—Sí, claro.

—¿Y qué me puedes contar de ello?

Allan se encogió de hombros.

—Es tal como suena. Un día al año en el que muchas instituciones abren sus puertas al público para que éste vea sus sedes. Yo el año pasado fui al observatorio y el año anterior creo que a la logia masónica.

—Muy bien —dijo Gissing, como si encomiara a un alumno—. ¿También tú has oído hablar de eso? —añadió, dirigiéndose a Mike.

—Vagamente —contestó éste.

—Bien. El almacén de Graton también participa. Me han dicho que abrirá sus puertas al público a finales de mes.

—Muy bien —dijo Mike—, así que entramos como si fuéramos del público. Pero el problema es salir.

—Es cierto —asintió Gissing—. Y me temo que hay factores como cuartos de vigilantes y cámaras de seguridad que escapan a mis competencias. Pero el quid de la cuestión es que no se echará nada en falta. Todo quedará como estaba.

—Creo que no te sigo —dijo Allan, jugueteando con la pulsera del reloj y enviando un mensaje a su secretaria.

—Hay un pintor... —comenzó a decir Gissing, pero interrumpió la frase al advertir una sombra que se arrimaba a la mesa.

—Se está convirtiendo en algo habitual —dijo Chib Calloway, rompiendo el silencio. Le tendió la mano a Mike mientras Allan se encogía como temiéndose un puñetazo—. ¿Os ha dicho Mike que fuimos juntos al colegio? —añadió Calloway, dándole una palmada en la espalda—. El otro día estuvimos reviviendo recuerdos. Mike, no te he visto en la subasta.

—Estaba al fondo de la sala.

—Podrías haber venido a saludarme, así me habrías ahorrado perderlo todo por no llevar paleta —dijo el gánster, riendo su propia gracia—. ¿Qué quieren tomar, caballeros? Invito yo.

—No, gracias —replicó Gissing—. Tenemos una conversación privada.

—Eso es muy poco amable —replicó Calloway, mirándole.

—No queremos tomar nada, Chib —dijo Mike, tratando de evitar cualquier incidente—. Robert estaba..., bueno, iba a decirme algo.

—Ah, ¿es una reunión de negocios? —dijo Calloway, asintiendo con la cabeza e irguiéndose—. Bueno, venid a la barra cuando terminéis. Quiero preguntaros cosas sobre la subasta. Quise que me las explicara esa tía buena, pero estaba muy ocupada contando la pasta. —Se dio media vuelta para marcharse, pero se detuvo—. Y espero que no habléis de nada ilegal, porque las paredes tienen oídos.

Volvió a la barra donde estaban sus dos guardaespaldas.

—Mike, ¿ahora resulta que sois amigos? —dijo Allan sorprendido.

—Olvídate de Calloway. ¿Qué decías de un pintor? —preguntó Mike, mirando a Robert Gissing.

—Espera, antes... Toma —contestó Gissing, sacando una hoja doblada del bolsillo de la chaqueta—, creo que esto te gustará. —Mike desdobló el papel mientras Gissing seguía hablando. Era una hoja de catálogo arrancada—. ¿Recuerdas que fue en la exposición de Monboddo del año pasado en la National Gallery donde nos presentó Allan? —añadió Gissing.

—Recuerdo que me mareaste con las fuerzas y las debilidades de Monboddo... —comenzó a decir Mike, deteniéndose al ver lo que tenía en la mano.

—Ése era tu cuadro preferido, ¿verdad? —preguntó Gissing.

Mike asintió con la cabeza. Era un retrato de la esposa del pintor realizado con gran pasión y delicadeza... y de asombroso parecido con Laura Stanton, a la que también había conocido la misma tarde y de la que pensó que no volvería a verla.

—¿Está guardado en el almacén? —preguntó.

—Claro. Volvió directamente allí después de la retrospectiva. ¿Sabes cuánto mide? Poco más de cuarenta y cinco por treinta centímetros. Y, sin embargo, en el museo no tienen sitio para un retrato tan exquisito. ¿Entiendes lo que trato de decir, Mikel? Los liberamos, no los robamos. Lo haremos por amor.

—Bueno, yo tengo que marcharme —dijo Allan mientras se levantaba—. Mike..., recuerda que Calloway es algo de tu pasado y quizás sea mejor que continúe siéndolo —añadió, mirando hacia la barra.

—Sé cuidarme solo, Allan.

—Para ti también tengo un regalo de despedida —dijo Gissing, interrumpiendo el diálogo y tendiendo a Allan una página arrancada de otro catálogo—. Sé que te gustan mucho. Pues hay una docena más para elegir, si ésos no te satisfacen.

Sin salir aún de su asombro, Allan volvió a sentarse.

—Bien —prosiguió Gissing satisfecho con su reacción—, el pintor de quien iba a hablaros es un joven que conozco. Se llama Westwater.

7

Hugh Westwater, Westie para los amigos, estaba cómodamente sentado en medio del caos del último piso de la casa en la que vivía fumando otro porro. Su estudio era el salón de estar con ventanal en el que unas sábanas mugrientas cubrían el viejo sofá y un sillón recogidos en un contenedor. Tenía lienzos apoyados contra el rodapié y las paredes cubiertas con recortes de prensa y fotos de revistas y, esparcidos por el suelo, había cartones grasientos de pizzas y latas de cerveza, algunas de ellas partidas por la mitad para usarlas como cenicero. «Menos mal», pensaba Westie, «que aún dejan fumar tranquilamente en casa», porque ya lo habían prohibido en pubs, discotecas y restaurantes, en el puesto de trabajo e incluso en algunas paradas de autobús. Cuando los Rolling Stones dieron un concierto en el estadio de Glasgow y Keith Richard encendió un porro en el escenario estuvieron a punto de detenerle.

Westie siempre pensaba en la autoridad, el sistema, como ellos.

Una de sus primeras obras era un manifiesto en negro sobre fondo rojo brillante:

Están ahí y van a por ti.

Saben lo que haces. Y te ven como un problema...

Al pie del lienzo la leyenda se convertía en blanco sobre rojo y decía: «Pero soy mejor artista que ellos».

Su tutor sólo le había dado un aprobado por los pelos. Era gran admirador de Warhol, y la siguiente obra de Westie fue bien valorada: una botella de Irn Bru sobre fondo amarillo natillas. Con ella había sacado mejor nota y había sellado, además (aunque entonces no podía saberlo), su destino.

En aquel momento estaba en el último curso y tenía casi terminada la carpeta de fin de estudios. Hasta ese momento no le había llamado la atención el hecho de que había algo raro en el concepto de exposición de fin de estudios: los que cursaban ciencias políticas o filosofía no colgaban en la pared la tesina para que la leyeran unos desconocidos, y si estudias para veterinario no tienes que mostrar en público cómo cortas con el bisturí a un pobre animal o le metes la mano por el trasero. Sin embargo, todas las escuelas de arte y diseño del país obligan a los estudiantes a mostrar en público sus deficiencias. ¿Una humillación premeditada? ¿Ejercicio para las duras pruebas de la vida de artista en la filistea Gran Bretaña del siglo XXI? Westie ya tenía asignado un espacio para su exposición en las entrañas del edificio de la escuela de Lauriston Place, junto a otro asignado al escultor que trabajaba con paja y un videoinstalador cuya aspiración a la fama se circunscribía en una animación lenta e intermitente en forma de teta lactante.

—Yo conozco muy bien mis posibilidades —fue todo lo que comentó Westie.

Influido retrospectivamente por Banksy y estimulado por su experiencia con la warholesca botella de Irn Bru, la obra de Westie era un pastiche. Él copiaba con meticuloso detalle un paisaje de Constable, por ejemplo, y añadía minucias idiosincrásicas: una lata de cerveza aplastada o un condón usado (prácticamente su firma, según otros estudiantes) o cualquier residuo arrastrado por el viento, como una bolsa de Tesco o un envase de patatas fritas. En un retrato de Stubbs de un fornido caballo incluía, por ejemplo, un caza a reacción en el cielo distante. En la versión de Westie de El reverendo Robert Walter, de Raeburn, la única diferencia perceptible era que el hombre del lienzo tenía un ojo a la funerala y un costurón en la mejilla izquierda. Uno de sus tutores se había explayado sobre el anacronismo en arte como algo bueno al parecer, pero otros le reprochaban ser un simple copista, con algo muy distinto a arte, simple habilidad para el dibujo.

A Westie sólo le constaba que tenía un diminutivo con resonancias comerciales y que únicamente le faltaban unas semanas para terminar el curso. Lo que se reducía a que o bien presentaba una instancia para una beca de postgraduado o se buscaba un empleo retribuido. Se había pasado casi toda la noche trabajando en un proyecto de grafiti: unas plantillas del rostro borroso del artista Banksy con la leyenda «El dinero está en el Banksy» y unos billetes de dólar por arriba y por abajo. El rostro no era reconocible en las plantillas, y Westie esperaba que la prensa hablara del tema y convirtiera «al Banksy escocés» en objeto de la imaginería popular. Pero eso estaba por llegar. Su novia Alice quería que se hiciera artista gráfico y creara cómics. Ella trabajaba de cara al público en un cine de arte y ensayo en Lothian Road y sostenía que el modo de que Westie se convirtiera en un famoso director de Hollywood era ponerse a dibujar historietas para, a continuación, realizar vídeos publicitarios para grupos indie y rock, y luego, películas. El único problema, como le había comentado Westie en varias ocasiones, era que él no tenía ningún interés en dirigir películas. Era ella quien lo deseaba.

—Pero tú eres el que tiene talento —alegaba ella, dando una patada en el suelo, un gesto que decía mucho de Alice, hija única de padres de clase media que la adoraban y la elogiaban en todo lo que emprendía. Las lecciones de piano iban a convertirla en una Vanessa Mae del teclado. Las canciones que escribía la llevarían a compartir tablas con Joni Mitchell o con K. T. Tunstall por lo menos. Y ella estaba convencida de ser una pintora prodigiosa hasta que su profesor particular de secundaria la desengañó. Tras abandonar la universidad, donde empezó Cine y medios de comunicación y Escritura creativa, dedicaba ahora sus esfuerzos a proyectar sus vanas esperanzas en Westie. El piso era de ella, ya que él no habría podido permitirse el alquiler, propiedad de sus padres, que pasaban de vez en cuando para dejar patente su poco convencimiento por la elección filial de novio para cohabitar. Él los había oído en una ocasión preguntarle preocupados: «¿Estás segura, querida?», refiriéndose, indudablemente, a él, la mácula de su niña prodigio. Le habían dado ganas de terciar en la conversación y pregonar sus credenciales de clase obrera: las minas de carbón de Fife y Kirkcaldy High. A él no le habían puesto nada en bandeja. Pero ya se imaginaba el caso que le iban a hacer.

Cretinos.

En otra ocasión le había hablado a Alice de una academia cinematográfica que iba a abrirse en Edimburgo. En ella podía combinar sus estudios y aprender cómo hacer películas. Pero el entusiasmo de Alice por la idea duró lo que tardó en averiguar por Internet las condiciones económicas.

—Papá y mamá te lo pagarán encantados —comentó Westie, pero ella le reprochó como una furia que la tomase por una sanguijuela que chupaba la sangre a sus padres, dio otra patada al suelo y salió disparada de la habitación con un portazo que hizo caer del caballete un óleo sin secar. Él finalmente logró calmarla con un té y un arrumaco en la diminuta cocina.

—Si trabajo diez años más habré ahorrado lo suficiente —dijo ella llorosa.

—Quizás yo podría aumentar los precios en la exposición de fin de curso —aventuró él.

Pero los dos sabían muy bien que eso era una posibilidad remota, ya que lo más probable era que no vendiese nada. Por muy buena que fuese su habilidad para el dibujo, en estrictos términos artísticos seguía siendo un aprobado, al menos para las personas cuyas calificaciones eran determinantes, y para el director del departamento, el viejo profesor Gissing, no era santo de su devoción. Westie se tomó la molestia de indagar sobre Gissing y descubrió que el viejo gruñón había dejado de pintar desde los años setenta, o sea que en los últimos treinta años sólo había escrito artículos y ofrecido aburridas conferencias. Pero gustaba a la gente, la gente que aprobaría o suspendería el futuro artístico de Westie. Westie, hijo de un cartero y de una dependienta, a veces pensaba que existía una conjura para impedir que a las clases bajas se les reconociera cualquier tipo de capacidad creativa.

Tras terminar el porro, Westie se paseó por la habitación con los brazos cruzados. Alice no entraba mucho allí. Limitaba su presencia a la cocina y al dormitorio, porque el desorden la irritaba y no se atrevía a limpiar por si entorpecía su creatividad. Le contó el caso de un poeta amigo suyo de la universidad cuyos compañeros de piso le hicieron una limpieza por sorpresa en su dormitorio y él no dejó de agradecérselo, pero a raíz de ello fue incapaz de escribir poemas durante semanas. Westie quedó un instante pensativo y acto seguido le preguntó hasta qué punto habían sido amigos. Resultado: otra riña.

Al sonar el timbre de la puerta se dio cuenta de que se había quedado prácticamente dormido unos minutos mirando pasar coches por la ventana. Podía acostarse, pero Alice estaría esperando que hiciera algo antes de que acabara el día. Sonó otra vez el timbre y pensó en quién podría ser. ¿Debía dinero? ¿Querrían los padres de Alice hablar discretamente con él, darle quizás un dinero para que se largara? ¿Sería alguien pidiendo limosna o para preguntar cuál era su identidad política? Se suponía que él debía estar trabajando, dando los últimos toques, buscando en las tiendas de trastos viejos marcos dorados de segunda mano para su Stubbs, su Constable, su Raeburn, etc.

Y lo que hizo fue abrir la puerta a una de esas personas cuyas calificaciones eran tan importantes: el profesor Gissing en persona que le pedía disculpas por la interrupción.

—He estado buscándole por los talleres y fui al espacio que tiene destinado en la exposición.

—Casi todas mis pinturas las tengo aquí y suelo trabajar de noche.

—Ah, a eso se debe esa cara de sueño, ¿no? —dijo Gissing, sonriendo—. Señor Westwater, ¿le importaría que entremos un momento? Tranquilo, no le entretendremos mucho.

«Entremos», porque venía con otros dos. Gissing los presentó como «dos amigos» sin dar sus nombres, y él no los conocía. ¿Serían marchantes, o tal vez coleccionistas para hacer una entrega a cuenta de su obra en la exposición de fin de curso? No lo creía, pero los hizo pasar al cuarto de estar. Gissing fue quien, tomando la iniciativa, les hizo gesto de que se sentaran, y uno de los amigos fue a quitar la sábana que tapaba el sofá.

—Yo no lo haría —le advirtió Westie—. Lo recuperé de un contenedor y tiene algunas manchas.

—Y huele a aguarrás —añadió el segundo visitante.

—Para ocultar olores más interesantes —comentó el tercero.

Gissing olfateó el aire.

—No es a aguarrás a lo que yo huelo, señor Westwater, sino a algo mucho más parecido al conocido cannabis.

—Reconozco mi culpa —dijo Westie—. Me activa el cerebro.

Los tres visitantes asintieron con la cabeza y se hizo un silencio que Westie rompió tosiendo.

—Les ofrecería un té —dijo—, pero no nos queda leche.

Gissing descartó la posibilidad con un ademán, se frotó las manos y miró al que parecía tener más clase. Fue éste quien finalmente tomó la palabra.

—Lo que queremos —dijo— es ayudarle a que se compre un sofá nuevo y quizás algunas cosas más. —No se había sentado y miraba los cuadros de Westie. Tenía un deje local y de haber vivido siempre en Edimburgo.

—¿Es usted del mercado de la pintura? —preguntó Westie, rebulléndose al decirlo—. No sabía que el profesor admirase tanto mi obra.

—Sé que tiene talento —dijo Gissing con una sonrisita—. Y le admiro lo bastante para asegurarle que aprobará el curso con mención. Ya sabe que eso significa una buena oportunidad para ingresar en el mundo de los postgraduados.

—¿Me proponen algo así como...?

—¿Un pacto al estilo de Fausto? —aventuró Gissing—. No, en absoluto.

—Pero pensamos que debe mediar un incentivo en metálico —añadió el desconocido que había tomado la palabra.

—En mi condición de director de la escuela —continuó Gissing— he examinado su expediente, Westie, y veo que en todos los cursos ha solicitado toda clase de becas y ayudas.

—Y me las han denegado.

—¿Cuánto debe hasta el momento? Una suma de cinco cifras, supongo. Le proponemos el borrón y cuenta nueva.

—Bien, con mucho gusto les enseñaré mis cuadros.

—Estoy viendo sus cuadros, señor Westwater —terció el desconocido que llevaba la voz cantante.

—Todos me llaman Westie.

El desconocido asintió con la cabeza.

—Estoy muy impresionado —dijo, cogiendo el caballo de Stubbs. Su pelaje brillaba como una castaña—. Entiende muy bien el color. Además, basándonos en la autoridad del profesor, sabemos que domina perfectamente el arte de la copia. Pero no queremos comprar obra hecha, Westie.

—¿Se trata de un encargo? —inquirió Westie, casi saltando de júbilo, pese a que aún se sentía incómodo. ¿Por qué el otro desconocido no abría la boca y comprobaba sin cesar mensajes en el móvil?

El desconocido hablador miró al profesor.

—Escucha, Robert, ya veo que Westie no es tonto. Sospecha, y con razón. A él no podemos ocultarle el plan, ¿no? Al final lo descubriría —añadió, acercándose casi un paso hasta Westie con el Stubbs en la mano, pero hablando como si lo hiciera para Gissing—. Westie tiene que enterarse y eso implica que debemos confiar en él —apostilló, sonriendo al joven—. Me ha dicho el profesor que tienes una tendencia anárquica, que te gusta reírte del estamento del arte. ¿Es cierto?

Westie no sabía qué le convenía contestar y optó por encogerse de hombros. El que aún no había hablado carraspeó ostentosamente. Había terminado de comprobar los mensajes del móvil y ahora tenía en la mano un viejo cartel que había sacado de debajo del sofá.

—He visto unos cuantos de éstos por la ciudad —dijo. Tenía acento pijo de Edimburgo y hablaba sin levantar la voz como si temiera que le dijeran que se callase.

El otro desconocido examinó el cartel y su rostro se iluminó con una sonrisa.

—¿Quieres ser otro Banksy?

—En la prensa apareció un artículo —dijo el segundo desconocido— que explicaba que la policía tenía sumo interés en hablar con el autor.

—Ésa era la actitud antisistema a que me refería —terció el primer desconocido, mirando de nuevo a Westie a la espera de que dijera algo. Esta vez Westie decidió hacerlo.

—¿Lo que quieren es que copie un cuadro? —espetó.

—Media docena, en realidad —contestó Gissing—. De la National Gallery.

—¿Y sin que nadie lo sepa? —preguntó Westie, abriendo unos ojos como platos. ¿Estaba pirado o era su imaginación?—. Han sido robados y el museo no quiere que se sepa.

—Ya te dije que no era tonto —comentó el visitante, volviendo a dejar el Stubbs apoyado contra el rodapié—. Así pues, Westie, si te hemos hecho la boca agua, podemos ir al despacho del profesor y explicarte exactamente lo que nos proponemos.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
330 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788491872153
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Bookwire
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