Читать книгу: «Nombrar a los muertos»
Título original: The Naming of the Dead
© John Rebus Limited, 2006.
© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2007.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO133
ISBN: 9788490568965
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Citas
Cara uno. La sangre obliga
Viernes, 1 de julio de 2005
Capítulo 1
Capítulo 2
Sábado, 2 de julio
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Cara dos. Bailando con el diablo
Domingo, 3 de julio
Capítulo 6
Capítulo 7
Lunes, 4 de julio
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Martes, 5 de julio
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Cara tres. Ni Dios, ni amo
Miércoles, 6 de julio
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Jueves, 7 de julio
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Cara cuatro. Empuje final
Viernes, 8 de julio
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Sábado, 9 de julio
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Capítulo 29
Agradecimientos
Notas
A TODOS LOS QUE ESTABAN EN EDIMBURGO EL 2 DE JULIO DE 2005
En nuestra mano está intentar crear un nuevo mundo, decir lo que sabemos de la verdad y llevar a cabo pequeñas acciones todos los días.
A. L. KENNEDY, en su escrito sobre la marcha a Gleneagles
Escríbannos un capítulo del que estemos orgullosos.
BONO, en un mensaje al G8
CARA UNO
VIERNES, 1 DE JULIO DE 2005
1
En lugar de himno al final se oyó la música de «Love Reign O’er Me», de The Who. Rebus lo reconoció nada más empezar, al tiempo que los truenos y una intensa lluvia sacudían la iglesia. Estaba en el primer banco: Chrissie se había empeñado. Él habría preferido situarse atrás del todo, su lugar habitual en los funerales. A su lado estaban sentados el hijo y la hija de Chrissie. Lesley consolaba a su madre llorosa pasándole un brazo por los hombros. Kenny miraba fijamente al frente, conteniendo sus emociones para más tarde. Aquella mañana, en la casa, Rebus le había preguntado qué edad tenía. Iba a cumplir treinta años el mes siguiente. Lesley tenía dos años menos. Hermano y hermana se parecían a la madre, y Rebus recordó que la gente decía lo mismo de Michael y él: «Sois el vivo retrato de vuestra madre». Michael... Mickey si lo preferís. Su hermano más joven estaba allí muerto, en un ataúd reluciente, con cincuenta y cuatro años; la tasa de mortalidad de Escocia era la de un país tercermundista. El estilo de vida, la dieta, los genes... Había muchas teorías. Aún no se conocían los resultados de la autopsia. Un derrame cerebral masivo, le había dicho Chrissie por teléfono, y añadió que había sido «súbito», como si eso cambiase algo.
Súbito significaba que Rebus no había podido despedirse de él. Significaba que lo último que le había dicho a Michael hacía tres meses y por teléfono era un chiste facilón sobre su adorado equipo de fútbol, los Raith Rovers. Junto con las coronas, habían puesto sobre el féretro un pañuelo de los Raith blanco y azul marino. Kenny lucía una corbata de su padre con el escudo del Raith, un extraño animal que sujetaba una hebilla de cinturón. Rebus le preguntó qué significaba, pero Kenny se había encogido de hombros. Rebus miró a lo largo del banco y vio que, a un gesto del oficiante, todos se ponían de pie. Chrissie echó a andar por la nave lateral flanqueada por sus hijos. El oficiante miró a Rebus, pero él no se movió del sitio. Volvió a sentarse para darles a entender a los demás que no le esperasen. La canción iba ya por un poco más de la mitad. Era la última de Quadrophenia. Michael era un gran admirador de The Who, mientras que él, Rebus, prefería los Stones, aunque tenía que admitir que, en álbumes como Tommy y Quadrophenia, The Who hacían una música de la que los Stones nunca habrían sido capaces. Daltrey daba alaridos pidiendo un trago. Rebus no podía estar más de acuerdo, pero había que tener en cuenta la vuelta en coche a Edimburgo.
Habían alquilado la sala de actos de un hotel de la localidad. Estaban todos invitados, tal como había dicho el sacerdote desde el púlpito. Habría whisky y té, y sándwiches. Se contarían anécdotas, se hablaría de recuerdos, con sonrisas, frenando con el dedo alguna lágrima furtiva, todo sin levantar la voz, y los camareros se moverían sin hacer ruido, con respeto. Rebus trataba de preparar mentalmente frases, las palabras con que iba a excusarse.
«Tengo que volver, Chrissie. Hay mucho trabajo».
Podía mentir y alegar lo de la reunión del G8. Aquella mañana, en la casa, Lesley había comentado que tendría que estar ocupado con el dispositivo de organización. Podría haberle dicho: «Soy el único policía que, por lo visto, está de más». Iban a recibirse refuerzos de agentes de todas partes. Solo de Londres se esperaban quinientos. Y, sin embargo, el inspector John Rebus estaba en excedencia. Alguien tenía que tomar el timón del barco: eso había dicho el inspector jefe James Macrae, mientras detrás de él sonreía satisfecho su acólito, el inspector Derek Starr, que se consideraba el candidato indiscutible a heredar el trono de Macrae. Algún día dirigiría la comisaría de policía de Gayfield Square. John Rebus no era rival para nadie, pues apenas le quedaba un año para la jubilación. El propio Starr lo había comentado: «Nadie te reprocha que te lo tomes con calma, John. A tu edad es lo normal». Tal vez, pero los Stones eran más viejos que él; y Daltrey y Townshend, también. Y todavía tocaban, todavía salían de gira.
La canción estaba a punto de terminar, y Rebus volvió a ponerse en pie. Estaba solo en la iglesia. Echó una última mirada al biombo de terciopelo morado. Tal vez el féretro seguía detrás; o quizá lo habían trasladado a otro lugar del crematorio. Pensó en la adolescencia; dos hermanos que compartían habitación, que ponían discos de 45 comprados en High Street de Kirkcaldy. «My Generation» y «Substitute». Mickey le preguntó un día sobre aquel tartamudeo de Daltrey en el primero, y él le contestó que había leído que era por las drogas. La única droga que habían probado ellos dos era el alcohol, o bien en tragos robados de las botellas de la despensa, o bien una lata de cerveza dulzona compartida después de apagar las luces en casa. Los dos parados en el paseo marítimo de Kirkcaldy, mirando el mar, y Mickey cantando «I Can See For Miles». Pero ¿había sucedido realmente aquello? El disco salió en el 66 o el 67, y él entonces estaba en el ejército. Tuvo que ser durante algún permiso en casa. Sí, los dos: Mickey con su pelo largo hasta los hombros, imitando a Daltrey, y él, con el corte militar al rape, inventándose historias para que la vida de cuartel pareciera más emocionante, cuando aún no había ido a Irlanda del Norte.
En aquella época estaban muy unidos, y él le escribía cartas y postales. Su padre se sentía orgulloso de él, orgulloso de los chicos.
«El vivo retrato de vuestra madre».
Salió. Llevaba ya en la mano la cajetilla abierta. Había más gente fumando. Le dirigieron inclinaciones de cabeza, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra. Ahora las coronas y las tarjetas estaban en fila junto a la puerta y la concurrencia las miraba. Se oirían las palabras de rigor a la familia: «pésame», «pérdida», «dolor» y «os acompañamos en el sentimiento». No se pronunciaría el nombre de Michael. La muerte tiene su protocolo. Los más jóvenes comprobaban si tenían mensajes en el móvil. Rebus sacó el suyo del bolsillo y lo encendió. Cinco llamadas, todas del mismo número. Se lo sabía de memoria. Pulsó los botones y se acercó el aparato al oído. La sargento Siobhan Clarke contestó de inmediato.
—Llevo toda la mañana llamándote —dijo, dolida.
—Lo tenía apagado.
—Bueno, pero ¿dónde estás?
—Sigo en Kirkcaldy.
Se oyó un hondo suspiro.
—Hostia, John, me había olvidado por completo.
—No te preocupes.
Vio a Kenny abrirle la puerta del coche a Chrissie. Lesley le hizo seña de que iban al hotel. El coche era un BMW, pues a Kenny le iba muy bien como ingeniero mecánico. No estaba casado. Tenía novia, pero ella no había podido asistir al funeral. Lesley estaba divorciada, y sus hijos, chico y chica, de vacaciones con el padre. Rebus asintió con la cabeza y ella subió al asiento de atrás.
—Pensé que era la semana que viene —dijo Siobhan.
—O sea, que llamabas para regodearte —replicó Rebus echando a caminar hacia su Saab.
Siobhan llevaba dos días en Perthshire acompañando a Macrae para un reconocimiento de seguridad sobre el G8. Macrae era muy amigo del subcomisario de Tayside, y lo que menos deseaba era que su solícito amigo metiera la nariz en todo. La reunión de los líderes del G8 se celebraría en el Hotel de Gleneagles, en las afueras de Auchterarder, aislado en la campiña y rodeado de un perímetro de vallas de seguridad. La prensa abundaba en artículos sobre el riesgo de amenazas y los tres mil marines estadounidenses preparados para desembarcar en Escocia y proteger a su presidente. Mencionaban una conjura anarquista para bloquear carreteras y puentes con camiones tomados en autostop. Bob Geldof quería que invadieran Edimburgo un millón de manifestantes que la gente alojaría en sus habitaciones de invitados, cocheras y jardines; se enviarían barcos a Francia para recoger manifestantes. Grupos con nombres como Basta Ya y el Black Bloc sembrarían el caos, y la People’s Golfing Association pretendía romper el cordón de seguridad y jugar unos hoyos en el famoso campo de Gleneagles.
—Son dos días con el inspector jefe Macrae —dijo Siobhan—. ¿Qué regodeo ves tú?
Rebus abrió la portezuela del coche y se inclinó para meter la llave de contacto. Volvió a estirarse, le dio una última calada al cigarrillo y tiró la colilla a la calzada. Siobhan decía algo sobre un equipo en el escenario del crimen.
—Un momento —la interrumpió Rebus—. ¿Cómo dices?
—Es igual. Tú ya tienes bastante sin esto.
—¿Sin qué?
—¿Te acuerdas de Cyril Colliar?
—A pesar de mi edad no he perdido la memoria.
—Ha sucedido algo muy raro.
—¿El qué?
—Creo que he encontrado la pieza que faltaba.
—¿De qué?
—De la chaqueta.
—No lo entiendo —dijo Rebus, percatándose de que ya estaba sentado.
—Yo tampoco —replicó Siobhan con una risita nerviosa.
—¿Dónde estás en este momento?
—En Auchterarder.
—¿Y es ahí donde ha aparecido la chaqueta?
—Por así decirlo.
Rebus metió las piernas en el coche y cerró la portezuela.
—Pues voy a echar un vistazo. ¿Está ahí Macrae?
—Se ha ido al centro de control del G8 en Glenrothes. —Hizo una pausa—. ¿Estás seguro de que podrás hacerlo?
—Primero tengo que dar el pésame —respondió Rebus encendiendo el motor—, pero puedo estar ahí antes de una hora. ¿Se puede llegar a Auchterarder sin problemas?
—En estos momentos se vive la calma que precede a la tempestad. Cuando cruces el pueblo, busca el indicador de la Fuente Clootie.
—¿De la qué?
—Mejor será que vengas y lo veas tú mismo.
—Eso es lo que voy a hacer. ¿Está en camino el equipo de la científica?
—Sí.
—Lo que significa que la noticia volará.
—¿Se lo comunico al inspector jefe?
—Decídelo tú —respondió Rebus, sujetando el móvil entre el hombro y la mejilla para tomar el laberíntico camino que conducía hacia las puertas del crematorio.
—Rompes la camaradería —dijo Siobhan.
«No, si puedo evitarlo», pensó Rebus.
A Cyril Colliar lo habían asesinado seis semanas antes. Cuando tenía veinte años fue encerrado en la cárcel con una condena de diez años por violación con ensañamiento. Al cumplir la sentencia le habían puesto en libertad, pese a las reservas de la dirección de la cárcel, la policía y los servicios sociales. Sabían que todavía era un gran peligro, pues no mostraba arrepentimiento y negaba su culpabilidad pese a las pruebas del ADN. Colliar regresó a su Edimburgo natal. Toda la gimnasia que había hecho en la cárcel le vino bien, pues trabajó de gorila por la noche y de matón por el día. Su jefe en ambas tareas era Morris Gerald Cafferty. Big Ger era un viejo malhechor, y fue Rebus quien tuvo que inquirir sobre su reciente empleado.
—¿A mí qué me cuenta? —había replicado Cafferty.
—Es peligroso.
—Tiene más paciencia que un santo para aguantar su acoso.
Cafferty se balanceaba de un lado a otro en su sillón giratorio de cuero tras la mesa de MGC Lettings. A Rebus le constaba que si alguien se demoraba en pagar el alquiler mensual de alguna de las viviendas de Cafferty, era Colliar quien entraba en juego. Cafferty era asimismo propietario de minitaxis y de al menos tres bares de bronca en las zonas menos salubres de la ciudad. Trabajo de sobra para Cyril Colliar.
Hasta la noche en que apareció muerto. Con el cráneo fracturado; un golpe por detrás. El forense creía que había muerto como consecuencia de este, pero para mayor seguridad le habían inyectado una jeringuilla de heroína pura. No había pruebas de que el finado fuese heroinómano. «Finado» era la palabra que emplearon, entre dientes, la mayoría de los policías que intervinieron en el caso. Nadie utilizó el término «víctima». Ni nadie fue capaz de decir en voz alta: «El cabrón tuvo lo que se merecía». Eso ya no se hacía.
Pero no por eso dejaban de pensarlo, compartiéndolo con miradas y asintiendo con la cabeza. Rebus y Siobhan habían trabajado en el caso, pero como en uno de tantos. Había pocas pistas y demasiados sospechosos; interrogaron a la víctima de la violación, a su familia y a su novio de entonces. Y cuando se hablaba del fin de Colliar, todos coincidían en un vocablo: «Estupendo».
El cadáver apareció junto al coche en una bocacalle cerca del bar donde trabajaba. No había testigos ni pruebas en el escenario del crimen. Solo algo curioso: de aquella característica cazadora de nailon habían recortado el emblema «CC Rider» de la espalda con un filo aguzado, y dejado al descubierto el forro interior. No abundaban las hipótesis. O bien se trataba de un torpe intento de enmascarar la identidad del muerto, o bien el forro ocultaba algo. Los análisis sobre restos de droga dieron resultados negativos, y los policías se encogieron de hombros y se rascaron la cabeza.
A Rebus le pareció una venganza. O Colliar se había hecho algún enemigo, o alguien le mandaba un mensaje a Cafferty. Pero ninguna de las entrevistas con el jefe del muerto había dejado sacar nada en claro.
Cafferty solo supo reaccionar de una manera:
—Mala cosa para mi reputación. Porque o atrapa a quien lo hizo...
—¿O...?
Pero Cafferty no necesitaba contestar. Y si Cafferty aparecía como el principal sospechoso, se la había jugado para siempre.
En ambos casos era mal asunto. Las pesquisas quedaron en suspenso casi por las mismas fechas en que los preparativos del G8 comenzaban a distraer la atención de todos (en su mayoría, animados ante la perspectiva de las horas extra) hacia otros emplazamientos. Y, además, habían surgido otros casos con víctimas, víctimas de verdad, y el equipo que investigaba el homicidio de Colliar quedó disuelto.
Rebus bajó el cristal de la ventanilla, agradecido por la fresca brisa. No sabía cuál era el camino más rápido para Auchterarder; le constaba que a Gleneagles se iba por Kinross, y hacia allí se dirigió. Dos meses atrás había comprado un navegador para el coche, pero no había tenido tiempo de leer las instrucciones. Lo llevaba en el asiento del pasajero con la pantalla apagada. El día menos pensado iría al taller donde le habían instalado el reproductor de CD. Su inspección ocular del asiento trasero, suelos y maletero no le había revelado nada de The Who, y por eso escuchaba a Elbow, una recomendación de Siobhan. Le gustaba la canción «Leaders of the Free World». Apretó el botón de repetir: el cantante pensaba que algo se había echado a perder después de los años sesenta. Rebus estaba básicamente de acuerdo, aunque sus enfoques eran diferentes. Sabía que al cantante le habría gustado que las cosas cambiaran más a fondo, un mundo dirigido por Greenpeace y los antinucleares, en el que no hubiera pobreza. Él también había participado en alguna manifestación en los años sesenta, antes y después de alistarse en el ejército. Era una manera de conocer chicas, cuando menos, y después, generalmente, siempre había una fiesta en algún sitio. Pero ahora, él veía los años sesenta como el final de una época. Habían apuñalado a un admirador de los Stones en uno de sus conciertos en 1969, y la década echó el cierre. Los años sesenta le habían inculcado a la juventud una buena dosis de rebeldía; no creían en el viejo orden, ni les inspiraba el menor respeto. Pensó en los miles de personas que acudirían a Gleneagles y en los enfrentamientos que se producirían. Costaba imaginarlo en aquel paisaje de granjas y colinas, ríos y glens o vallecitos. Sabía que el emplazamiento aislado de Gleneagles había sido determinante a la hora de elegir la sede de la reunión. Los mandatarios del mundo libre estarían allí seguros para firmar sus decisiones previas. El grupo del disco entonaba un tema sobre un terremoto. La imagen se le quedó grabada a Rebus hasta las afueras de Auchterarder.
No había estado allí nunca. Pero era como si conociera el lugar. Un típico pueblo escocés con una calle principal bien definida, con sus bocacalles, construido según el criterio de que la gente fuese a comprar a los comercios a pie. Tiendas pequeñas, independientes, desde luego; nada susceptible de exacerbar a los manifestantes antiglobalización. En la panadería vendían incluso alguna tarta anti G8.
Recordó que a las buenas gentes de Auchterarder las habían sometido a una investigación, encubierta bajo el pretexto de proporcionarles la tarjeta de identidad necesaria para cruzar las barreras. Pero tal como le había comentado Siobhan, reinaba una extraña tranquilidad en el pueblo. Solo se veía a algunas personas que iban de compras, y a un carpintero que debía de estar midiendo escaparates para instalar tableros de protección. Los coches eran todoterrenos embarrados que probablemente habían rodado más tiempo por pistas rurales que por carreteras. Una mujer al volante de uno de ellos se cubría la cabeza con un pañuelo, algo que Rebus llevaba tiempo sin ver. Al cabo de un par de minutos estaba en el otro extremo del pueblo, de camino a la A9. Dio una vuelta casi en redondo, bien atento a cualquier indicador. El que buscaba estaba junto a un pub y señalaba un camino. Puso el intermitente y pasó por el desvío, cruzando setos y entradas de coches hasta una urbanización nueva. Ante él se extendía un paisaje con colinas en el horizonte. De pronto se encontró fuera del pueblo, rodando entre setos bien recortados que le arañarían el coche si tenía que arrimarse para cederle el paso a un tractor o una furgoneta. Había un bosque a la izquierda, y gracias a otro indicador vio que por allí se iba a la Fuente Clootie. Aquella palabra escocesa le recordaba un postre, envuelto en «paño», que hacía su madre, de sabor muy parecido al pudín de Navidad. Su estómago le dio un aviso recordándole que llevaba horas sin comer. Había hecho un breve alto en el hotel para susurrarle algunas palabras a Chrissie. Ella le dio un abrazo, igual que por la mañana en la casa. Qué pocos abrazos se habían dado, con la de tiempo que hacía que la conocía. Al principio, en realidad, a él le gustaba; cosa rara, dadas las circunstancias, pero parecía que ella lo había notado. Luego, él fue el padrino de boda, y cuando la sacó a bailar, ella le susurró maldades al oído. Después, en las pocas ocasiones en que se habían visto tras separarse de Mickey, Rebus se había puesto de parte de su hermano. Se imaginaba que habría podido llamarla y decirle algo, pero no lo había hecho. Y cuando Mickey se metió en aquel asunto y acabó en la cárcel, él no fue a verla tampoco. La verdad es que tampoco había ido muchas veces a visitar a Mickey, ni a la cárcel ni después.
Pero eso no era todo: cuando Rebus se separó de su esposa, Chrissie solo tuvo reproches para él. Ella se llevaba bien con Rhona y después del divorcio las dos se mantuvieron en contacto. Eso era la familia. Tácticas, campañas y diplomacia: la política era más fácil en comparación.
En el hotel, Lesley siguió el ejemplo de su madre y le abrazó también. Kenny dudó un instante, pero Rebus le sacó del apuro al tenderle una mano. Se preguntaba si habría algún altercado, cosa frecuente en los funerales. El dolor acarrea reproches y resentimientos. Mejor no haberse quedado. En lo tocante a enfrentamientos, John Rebus tenía más empuje de lo que daba a entender su nada desdeñable corpulencia.
Había un aparcamiento junto a la carretera. Parecía recién construido, habían talado árboles y en tierra quedaban restos de corteza. Tenía capacidad para cuatro coches, pero allí no había más que uno. Siobhan Clarke estaba recostada en él y cruzada de brazos. Rebus echó el freno y se bajó del Saab.
—Bonito paraje —dijo.
—Llevo un siglo aquí —replicó ella.
—Pues no me parecía haber conducido tan despacio.
Ella se limitó a fruncir ligeramente los labios y se encaminó hacia el bosque con los brazos cruzados. Iba más formal que de costumbre: falda negra hasta la rodilla con leotardos negros. Tenía los zapatos manchados de barro por recorrer aquella senda.
—Fue ayer cuando vi el indicador —prosiguió ella—. El de la calle principal. Y decidí echar un vistazo.
—Bueno, entre esto y Glenrothes, la elección...
—Hay un panel informativo en el claro que cuenta la historia del lugar. Toda clase de brujerías a lo largo de los años. —Subían por una cuesta que rodeaba una gruesa encina retorcida—. La gente del pueblo concluyó que lo habitaban duendes, porque se oían gritos en la oscuridad y ese tipo de cosas.
—Seguramente serían los jornaleros —aventuró Rebus.
Siobhan asintió con la cabeza.
—En cualquier caso, empezaron a dejar ofrendas —añadió, mirando en derredor—. Tú que eres el único escocés aquí presente, ¿sabes lo que significa clootie?
A Rebus le vino a la mente la imagen de su madre sacando el pudín de la cazuela. El pudín envuelto en...
—Paño —respondió.
—Y ropa —añadió ella en el momento en que entraban en otro claro.
Se detuvieron y Rebus respiró hondo. Paño mojado..., húmedo, paño podrido. Hacía medio minuto que lo olía. Era el olor que, en la casa de su infancia, desprendían los paños tendidos cuando se enmohecían. De los árboles del paraje pendían trapos y jirones de tela, y había trozos en el suelo pudriéndose en una especie de mantillo.
—Según la tradición —añadió Siobhan con voz queda—, los dejaban aquí para propiciar la buena suerte. Abrigan a los duendes y ellos impiden las maldades. Otra tradición asegura que, cuando moría un niño, los padres dejaban algo aquí a modo de recuerdo —añadió con voz apagada y aclarándose la garganta.
—No soy tan frágil —dijo Rebus—. Puedes decir palabras como «recuerdo», que no voy a echarme a llorar.
Siobhan asintió con un cabeceo. Rebus dio la vuelta al claro. Pisaba hojas y musgo blando, se oía el rumor de un arroyo y un sordo borboteo de agua, y había velas y monedas en las orillas.
—No es gran cosa como fuente —comentó.
Ella se encogió de hombros.
—Estuve aquí hace unos minutos y no me gustó el ambiente. Pero advertí que hay algunas prendas nuevas.
Rebus las vio de inmediato. De las ramas de los árboles colgaban un chal, un mono, un pañuelo rojo moteado y una zapatilla de deporte casi nueva con los cordones fuera. Incluso ropa interior y algo que parecían unos leotardos infantiles.
—Dios, Siobhan —musitó Rebus sin saber qué decir. El olor era más intenso. Tuvo otro fogonazo del pasado: después de una borrachera de diez días, hacía muchos años. Descubrió que se había dejado la ropa en la lavadora, sin tender, y al abrirla le asaltó aquel mismo olor. Lo volvió a lavar todo, pero tuvo que tirarlo—. ¿Y la cazadora?
Siobhan se limitó a señalarla. Rebus se acercó despacio al árbol. El nailon estaba atravesado en una rama corta y el viento lo agitaba con suavidad. Estaba deshilachada, pero se veía perfectamente la marca.
—CC Rider —musitó Rebus mientras Siobhan se pasaba las manos por el pelo. Imaginó que se habría estado planteando preguntas, dándoles vueltas en la cabeza mientras lo esperaba—. Bien. ¿Qué hacemos? —añadió.
—Es el escenario de un crimen —respondió ella—. Va a venir un equipo de la científica de Stirling. Hay que precintar el lugar y peinar la zona en busca de pruebas. Habrá que reunir el equipo originario de homicidios y comenzar a preguntar de puerta en puerta en la localidad.
—¿Incluyendo Gleneagles? —interrumpió Rebus—. ¿Tú sabes las veces que han investigado al personal del hotel? ¿Cómo vamos a ir preguntando de puerta en puerta en plena semana de manifestaciones? Aislar el lugar no supondrá problema. Ten en cuenta que dispondremos de todos los agentes secretos que queramos...
Por supuesto, ella habría tomado en consideración todas aquellas circunstancias. Se dio cuenta y dejó de hablar.
—No le daremos publicidad al asunto hasta que acabe la semana —dijo ella.
—Me gusta —añadió él.
—Solo porque te da a ti una buena posición de salida —comentó ella sonriendo.
Él lo corroboró con un guiño.
—Hay que decírselo a Macrae —añadió Siobhan con un suspiro—. Lo que significa que él se lo comunicará a la policía de Tayside.
—Pero el equipo de la científica viene de Stirling —replicó Rebus—, y Stirling pertenece a la comandancia de la Zona Central.
—Así que tendremos que informar a tres departamentos de policía... No habrá ningún problema en mantenerlo en secreto.
—Si al menos pudiésemos hacer un examen y tomar fotos —dijo Rebus mientras echaba un vistazo a su alrededor—, y llevar la prenda al laboratorio...
—¿Antes de que comiencen los festejos?
Rebus lanzó un bufido.
—Empiezan el miércoles, ¿no?
—El G8 sí, pero mañana es la Marcha contra la Pobreza, y hay otra prevista para el lunes.
—En Edimburgo, no en Auchterarder...
En aquel momento comprendió a qué se refería ella: incluso con la prueba en el laboratorio, todos los lugares estarían en estado de sitio, y para ir de Gayfield Square al laboratorio de Howdenhall había que cruzar Edimburgo. Siempre y cuando los técnicos pudiesen llegar a sus lugares de trabajo.
—¿Por qué lo dejarían aquí? —inquirió Siobhan, escrutando otra vez el trozo de tela—. ¿Como una especie de trofeo?
—Y si es así, ¿por qué aquí en concreto?
—Tal vez sea uno del pueblo. ¿Existirá alguna relación con la familia en esta zona?
—Creo que Colliar era de Edimburgo.
Ella le miró.
—Me refería a la víctima de la violación.
Rebus hizo una «O» con la boca.
—Es una posibilidad —añadió ella. Hizo una pausa—. ¿Qué es ese ruido?
Rebus se dio unas palmaditas en el estómago.
—Hace un buen rato que no he comido. ¿Crees que en Gleneagles habrá algún sitio abierto para merendar?
—Al alcance de tu cuenta corriente, no, pero los habrá en el pueblo. Uno de los dos tiene que quedarse hasta que llegue la científica.
—Será mejor que te quedes tú. No quiero que me acusen de protagonismo. De hecho, creo que mereces que te inviten a una buena taza de té de Auchterarder —dijo él, y se dio la vuelta para irse, pero ella le detuvo.
—¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? —preguntó, abriendo los brazos.
—¿Por qué no? —respondió él—. Digamos que es el destino.
—Ya sabes a lo que me refiero.
Él se volvió hacia ella.
—Lo que quiero decir —añadió Siobhan despacio— es que no estoy segura de querer que los detengan. Si los detienen y ha sido por mi intervención...
—Si los detienen, Shiv, será por su jodido crimen —dijo Rebus señalando la senda—. Eso, y tal vez cierto trabajo en equipo...
Al equipo de Escenario del Crimen no le hizo mucha gracia que Rebus y Siobhan hubiesen entrado en el paraje. Habría que tomar huellas de sus pisadas, para eliminarlas, y muestras de pelo.
—Con cuidado —se quejó Rebus—. No es que me sobre.
El de la científica se excusó.
—Tengo que sacarlos con raíz. De lo contrario, no servirán para el ADN.
Al tercer intento con las pinzas lo consiguió. Uno de sus colegas casi había terminado con el vídeo del escenario, otro continuaba haciendo fotos y un cuarto le preguntaba a Siobhan qué otros trozos de tela había que retirar para el laboratorio.
—Solo los más recientes —contestó ella mirando a Rebus.
Él asintió, para mostrarse de acuerdo con su composición de lugar. Aunque lo de Colliar fuera un aviso para Cafferty, ello no era óbice para que hubiese otros mensajes.
—Las camisetas tienen marca —comentó el de la científica.
—Más fácil para su trabajo —dijo Siobhan sonriente.
—Mi trabajo es recoger. El resto es cosa suya.
—A propósito —terció Rebus—, ¿podríamos llevárnoslo todo a Edimburgo en vez de a Stirling?
El de la científica se puso rígido. Rebus no le conocía, pero sabía la clase de individuo que era: casi cincuentón y con años de experiencia. Existía mucha rivalidad en la policía entre las diversas zonas, claro. Alzó las manos con gesto conciliador.
—Lo que quiero decir es que se trata de un caso de Edimburgo, y es lógico que no tengamos que estar yendo y viniendo a Stirling cada vez que los jefes pidan algo.
Siobhan sonrió otra vez, por la mención a los jefes, pero asintió con un ligero cabeceo. Debía admitir que Rebus era hábil.
—Y ahora, con más motivo —añadió él—, con las manifestaciones y todo lo demás.
Alzó la vista hacia un helicóptero que volaba en círculo. Tenía que ser la vigilancia de Gleneagles. Les había llamado la atención que hubieran aparecido de pronto en la Fuente Clootie dos coches y dos furgonetas blancas sin distintivo. Miró hacia el de la científica y comprendió que el helicóptero había sido determinante. En semejantes circunstancias, la colaboración era fundamental. Se lo habían machacado en un memorando tras otro. El propio Macrae no había dejado de repetirlo en las últimas diez o doce reuniones en la comisaría. «Sean amables. Colaboren. Ayuden a los demás. Porque en estos pocos días el mundo tiene puestos los ojos en nosotros».
Tal vez el de la científica hubiera asistido también a ese tipo de reuniones, porque asintió despacio con la cabeza y dio media vuelta para proseguir su trabajo. Rebus y Siobhan intercambiaron otra mirada, y él se metió la mano en el bolsillo para sacar el tabaco.
—No pise el terreno, por favor —comentó otro del equipo científico.
Rebus se retiró hacia el aparcamiento. Estaba encendiendo el pitillo cuando llegó otro coche. «Cuantos más sean, más divertido», dijo para sus adentros mientras veía al inspector jefe Macrae bajar de un salto. Llevaba traje nuevo, corbata nueva y camisa blanca impecable. El pelo canoso ya le escaseaba, y tenía cara fofa y nariz bulbosa con venillas rojas.
«Si tenemos la misma edad, ¿por qué parece más viejo que yo?», pensó Rebus.
—Buenas tardes, señor —dijo.
—Creí que estaba en un funeral —comentó Macrae en tono de reproche, como si Rebus se hubiera inventado lo del fallecimiento para tener el viernes libre.
—La sargento Clarke interrumpió la ceremonia —respondió Rebus— y yo he venido voluntariamente —añadió en un tono como de sacrificio, que surtió efecto, porque Macrae relajó un tanto la tensión de la mandíbula.
«Estoy en racha —pensó Rebus—. Primero el de la científica, y ahora el jefe». En realidad, Macrae se había portado bien y en cuanto llegó la noticia de la muerte de Mickey le había dado luz verde. Le dijo que se tomase un día libre, añadió un «vete a la mierda» (la manera escocesa de tratar las defunciones), y Rebus no se hizo rogar. Se vio en una parte de la ciudad que no conocía, adonde había llegado sin saber cómo, y entró en una farmacia a que le orientaran. Estaba en Colinton Village. Compró aspirinas como muestra de agradecimiento.
—Lo siento, John —dijo Macrae con un profundo suspiro—. ¿Qué tal ha ido? —añadió haciéndose el preocupado.
—Bien —replicó Rebus con tono lacónico. Miró el helicóptero bajar en picado. Era evidente que iba rumbo a la base.
—Espero por todos los santos que no sea la televisión —comentó Macrae.
—No hay mucho que ver, aun suponiendo que sí lo fuese. Perdone que le hayamos hecho venir de Glenrothes, señor. ¿Qué tal va Sorbus?
La Operación Sorbus era el dispositivo policial para la semana del G8. A Rebus le había sonado a edulcorante de los que le echas al té en lugar de azúcar cuando estás a dieta, pero Siobhan le explicó que era un tipo de árbol.
—Estamos preparados para cualquier eventualidad —replicó Macrae, con tono enérgico.
—Salvo esta, quizá —se sintió obligado a añadir Rebus.
—Todo puede esperar hasta la próxima semana, John —musitó su jefe.
Macrae siguió la mirada de Rebus y vio que se acercaba un coche. Un Mercedes plateado con cristal opaco en las ventanillas traseras.
—Tal vez el helicóptero no fuera de la televisión —comentó Rebus para información de Macrae.
Estiró el brazo hasta el asiento del pasajero de su coche y cogió los restos de un panecillo relleno. Jamón con ensalada. Se había tragado el jamón.
—¿Qué demonios es esto? —exclamó Macrae entre dientes.
El Mercedes frenó junto a una de las furgonetas de la científica. Se abrió la puerta del conductor, bajó este, dio la vuelta al coche y abrió la portezuela del lado del pasajero. El recién llegado tardó unos instantes en bajar. Era alto y delgado y ocultaba los ojos con gafas de sol. Mientras se abrochaba los tres botones de la chaqueta, escrutó las dos furgonetas blancas y los tres coches sin distintivo de la policía. Por último, alzó la vista al cielo, le dijo algo al chófer y se alejó del coche, pero en vez de ir hacia Rebus y Macrae se acercó al tablero de información turística sobre la Fuente Clootie, mientras el conductor volvía a sentarse al volante sin dejar de mirar a Rebus y a Macrae. Rebus hizo una mueca y le lanzó un besito como de satisfacción por quedar a la espera de que el recién llegado se dignara presentarse. También en este caso sabía de qué clase de individuo se trataba: frío y calculador, haciendo gala de su poder. Tenía que ser de algún departamento de seguridad, y haber acudido en respuesta al aviso del helicóptero.
Macrae estalló al cabo de unos segundos. Se dirigió a zancadas hacia el desconocido y le preguntó quién era.
—Soy del SO12, ¿quién demonios es usted? —replicó el hombre en tono mesurado.
Tal vez no había asistido a las reuniones sobre colaboración amistosa. Tenía acento inglés, advirtió Rebus. Era lógico. El SO12 era un departamento especial con sede en Londres. Puerta con puerta con el de los espías.
—Vamos a ver —prosiguió, sin dejar de simular que estaba leyendo el cartel—, yo sé quién es usted. Es de Homicidios. Y esas furgonetas son de la científica, y en ese claro hay unos hombres con mono blanco protector que están efectuando un minucioso examen de los árboles y el suelo. —Se volvió finalmente hacia Macrae, se llevó la mano a la cara y se quitó las gafas de sol—. ¿Voy bien?
Macrae había enrojecido de furor. Durante toda la jornada le habían tratado con la deferencia que merecía y ahora se encontraba con aquello.
—¿Me permite ver su tarjeta de identidad? —espetó.
El hombre le miró fijamente y esbozó una sonrisa torcida como diciendo: «¿Eso es cuanto tiene que decir?». Mientras metía la mano en el bolsillo interior sin molestarse en desabrocharse la chaqueta, desvió la mirada de Macrae hacia Rebus sin dejar de sonreír, como invitándolo a que captara el mensaje, y esgrimió una cartera de cuero negra, que abrió para que Macrae la viera.
—Ahí tiene —dijo, cerrándola de golpe—. Ahora ya sabe cuanto tiene que saber de mí.
—Es usted Steelforth —dijo Macrae con un carraspeo. Derrotado, se volvió hacia Rebus—. El comandante Steelforth está al mando de la seguridad del G8 —añadió. Pero Rebus ya se lo había imaginado. Macrae se volvió hacia Steelforth—. Estuve esta mañana en Glenrothes invitado por el subdirector Finnigan. Y, ayer en Gleneagles... —añadió, y dejó la frase en el aire al ver que Steelforth se apartaba y se acercaba a Rebus.
—No estaré interfiriendo entre usted y su tasa de colesterol, ¿verdad? —inquirió mientras miraba el panecillo.
Rebus lanzó el eructo que creyó adecuado a la pregunta, y Steelforth le miró con ojos como ranuras.
—No todos podemos permitirnos un almuerzo a costa del contribuyente —replicó Rebus—. Por cierto, ¿qué tal se come en Gleneagles?
—No creo que tenga oportunidad de comprobarlo, sargento.
—No se equivoca, señor, pero su vista le engaña.
—Le presento al inspector Rebus —terció Macrae—. Yo soy el inspector jefe Macrae de Lothian y Borders.
—¿De qué comisaría? —preguntó Steelforth.
—De Gayfield Square —contestó Macrae.
—De Edimburgo —añadió Rebus.
—Están muy lejos de su demarcación, caballeros —comentó Steelforth mientras echaba a andar por la senda.
—Mataron a un hombre en Edimburgo —le explicó Rebus—, y en la fuente se ha encontrado ropa suya.
—¿Sabemos por qué?
—Voy a tratar de seguir la pista, comandante —añadió Macrae—. Intervendremos en cuanto los de la científica hayan acabado.
Iba pisándole los talones a Steelforth y Rebus le iba a la zaga.
—¿No entra en el programa que algún presidente o primer ministro venga a hacer una ofrenda? —preguntó Rebus.
En lugar de replicar, Steelforth entró en el claro, pero el encargado del equipo de la científica le detuvo poniéndole la mano en el pecho.
—Ya está bien de pisotearlo todo —refunfuñó.
—¿Sabe quién soy? —replicó Steelforth mirando enfurecido aquella mano.
—Me importa un huevo, amigo. Si me deshace el escenario del crimen, aténgase a las consecuencias.
El del Departamento Especial se lo pensó un instante, pero al final retrocedió unos pasos hasta el borde del claro, mirando satisfecho lo que hacían. Sonó su móvil y contestó, apartándose de ellos para que no lo oyeran. Siobhan hizo un gesto inquisitivo y Rebus articuló sin voz «después» y sacó del bolsillo un billete de diez libras.
—Tenga —dijo dándoselo al del equipo científico.
—¿Esto por qué?
Rebus hizo un guiño y el hombre se guardó el dinero, con un discreto «gracias».
—Siempre doy propina por servicios más allá del deber —le comentó Rebus a Macrae.
Este asintió con la cabeza, metió la mano en el bolsillo y le dio un billete de cinco libras.
—Vamos a medias —dijo el inspector jefe.
Steelforth volvió del claro.
—Asuntos más importantes me reclaman. ¿Cuándo habrán terminado aquí?
—Dentro de media hora —contestó uno de los del equipo científico.
—O más, si es necesario —añadió la bestia negra de Steelforth—. El escenario del crimen es el escenario del crimen, al margen de cualquier otra consideración.
Igual que Rebus momentos antes, había comprendido enseguida el papel de Steelforth.
El del Departamento Especial se volvió hacia Macrae.
—Informaré al subdirector Finnigan y le diré que cuento con su plena colaboración y aquiescencia, ¿le parece?
—Lo que usted crea, señor.
Steelforth ablandó un tanto la expresión de su rostro y le dio un codazo a Macrae.
—Me atrevería a decir que no ha visto todo lo que hay que ver. Pásese por Gleneagles cuando haya acabado aquí y yo le brindaré un recorrido «de verdad».
Macrae se derritió de gusto, como un crío el día de Navidad, pero recobró la compostura y se puso firme.
—Gracias, mi comandante.
—Puede llamarme David.
Agachado, como si estuviera buscando pruebas, a cierta distancia detrás de Steelforth, el encargado del equipo de la científica hizo un gesto exagerado metiéndose un dedo en la boca como si se atragantara.
Iban a regresar a Edimburgo en tres coches. Rebus tembló pensando en lo que dirían los ecologistas. El primero en largarse fue Macrae, camino de Gleneagles. Rebus había pasado ya por delante del hotel. Mucho antes de llegar a Auchterarder, desde Kinross, se veían el edificio y los terrenos circundantes; miles de hectáreas con pocos indicios de vigilancia, salvo un tramo de valla que atisbó al llamarle la atención una estructura improvisada que supuso sería una torre de observación. Rebus se colocó detrás de Macrae y el jefe hizo sonar el claxon al entrar en el camino privado del hotel. Siobhan consideró que la ruta de Perth era la más rápida, pero él decidió seguir el mismo recorrido que a la ida y luego tomar la M90. El cielo aún estaba azul. Los veranos en Escocia eran una bendición, un premio después del largo invierno crepuscular. Bajó el volumen de la música y llamó al móvil de Siobhan.
—Manos libres, espero —dijo ella.
—No seas lista.
—Pues que sepas que estás dando mal ejemplo.
—Antes que nada, ¿qué te ha parecido el amigo de Londres?
—Yo, a diferencia de ti, no tengo esas manías.
—¿Qué manías?
—Con la jerarquía..., con los ingleses..., con... —Hizo una pausa—. ¿Sigo?
—Oye, si no recuerdo mal, todavía soy tu superior.
—¿Y bien?
—Que podría dar parte por insubordinación.
—¿Para que los jefes se carcajearan?
Sobrevino un silencio más que elocuente. O ella empezaba a irse de la lengua con los años o él se hacía viejo. Las dos cosas, probablemente.
—¿Crees que podremos convencer a los cerebritos del laboratorio de que trabajen el sábado? —preguntó.
—Depende.
—¿Qué me dices de Ray Duff? Una palabra tuya y seguro que accede.
—Y a cambio yo tendré que pasarme todo un día con él, rulando en ese coche viejo que apesta.
—Es un modelo clásico.
—Sí, no se cansa de decírmelo.
—Reconstruido a partir de cero.
Oyó su profundo suspiro.
—¿Y los forenses? —añadió ella—. Todos tienen sus aficiones.
—¿Se lo pedirás?
—Se lo pediré. ¿Sales de pubs esta noche?
—Tengo turno de noche.
—¿El mismo día del funeral?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Me apuesto algo a que insististe en hacerlo.
Rebus no contestó y le preguntó qué planes tenía ella.
—Descansar. Quiero tener la cabeza despejada para levantarme temprano para la marcha.
—¿Qué servicio te ha tocado?
Siobhan se echó a reír.
—No tengo servicio, John... Voy porque quiero.
—Hostias.
—Tú también deberías venir.
—Sí, claro. Como si yo fuera imprescindible. Prefiero quedarme en casa para protestar.
—¿Contra qué?
—Contra el puto Bob Geldof. —Oyó que se reía—. Porque si acude tanta gente como él quiere, parecerá que ha sido cosa suya. Eso no lo aguanto, Siobhan. Piénsatelo antes de unirte a la causa.
—Voy a ir, John. Porque además tengo que estar con mis padres...
—¿Tus padres...?
—Vienen de Londres, y no por lo que haya dicho Geldof.
—¿Vienen a la marcha?
—Sí.
—¿Me los presentarás?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque eres la clase de policía en que temen que me convierta.
Se suponía que tenía que reírse, pero solo era una broma a medias.
—Cuánta razón —contestó.
—¿Te has librado del jefe? —Un cambio de tema muy adecuado.
—Le dejé en ese aparcamiento con mayordomo.
—No te rías. En Gleneagles lo hay. ¿Tocó el claxon como despedida?
—¿Tú qué crees?
—Sabía que lo haría. Este viaje le ha quitado años de encima.
—Y le ha escaqueado de la comisaría.
—Así todos salen ganando —Hizo una pausa—. Piensas que es tu gran oportunidad, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—A Cyril Colliar. La semana que viene no habrá quien te meta en cintura.
—No sabía que ocupara tan alto puesto en la escala de tu estima.
—John, te falta un año para la jubilación. Y sé que quieres lanzarle el último envite a Cafferty.
—Por lo visto, además, soy transparente.
—Escucha, solo quería...
—Lo sé; me conmueves.
—¿Crees de verdad que Cafferty puede andar detrás de esto?
—Si no lo está él, irá a por quien lo esté. Escucha, si te pone nerviosa que conozca a tus padres... —¿quién cambiaba de tema ahora?—, mándame un mensaje de texto y tomamos una copa.
—De acuerdo, lo haré. Ya puedes subir el volumen del CD de Elbow.
—Ah, te has dado cuenta. Hasta luego.
Rebus cortó la comunicación y le dio al botón siguiendo el consejo de Siobhan.
2
Estaban montando las barreras. Los obreros las colocaban ya en George IV Bridge y en Princes Street. Habían retirado los andamios y pasarelas de las obras en las calles y de los edificios en construcción para evitar que se desmontaran y sirvieran de proyectil. También habían sellado los buzones y reforzado las tiendas. Se había dado aviso a las instituciones financieras para que el personal no acudiera trajeado y, de ese modo, no lo pudieran identificar. La ciudad estaba tranquila para ser viernes por la tarde. Las furgonetas de la policía patrullaban las calles del centro con protectores de tela metálica en el parabrisas. Había más furgonetas discretamente aparcadas en las bocacalles. Los agentes antidisturbios bromeaban en su interior, contándose historias de anteriores enfrentamientos. Algunos veteranos habían intervenido en la última ola de las huelgas mineras, y otros trataban de integrar en sus historias anécdotas de refriegas futbolísticas, manifestaciones contra los impuestos municipales o de protesta por la ronda de circunvalación de Newbury. Y se intercambiaban rumores sobre la previsible magnitud del contingente de anarquistas italianos.
—Génova los endureció.
—Como a nosotros nos gusta, ¿eh, chicos?
Bravatas, nervios y camaradería. Las conversaciones se interrumpían cada vez que crepitaban los transmisores.
En la estación de ferrocarril patrullaban policías con chaqueta amarilla reflectante. También allí levantaban barreras y bloqueaban los accesos, dejando solo una vía de entrada y salida, y había agentes con cámaras para fotografiar a los pasajeros que llegaban en los trenes de Londres. Habían dispuesto vagones especiales para los manifestantes. Así podrían identificarlos mejor, aunque apenas era necesario porque desembarcaban cantando, con sus mochilas, y era fácil distinguirlos por las insignias, camisetas y muñequeras, las banderas que enarbolaban y la indumentaria: pantalones desgastados, chaquetas de camuflaje y botas de excursionista. Los informes de Inteligencia señalaban que del sur de Inglaterra habían salido autobuses repletos; según los primeros cálculos, cincuenta mil personas, pero de acuerdo con los últimos, más de cien mil. Lo que, añadido a los turistas estivales, incrementaría sobremanera la población de Edimburgo.
Se había convocado una concentración en algún punto de la ciudad para anunciar el programa de actos alternativos al G8, una semana de marchas y reuniones. Allí habría más policía. Y en caso necesario, agentes a caballo y un buen número con perros, cuatro de ellos en Waverley Station. El plan era sencillo: exhibición de fuerza. Que los alborotadores vieran a lo que se exponían. Viseras, porras y esposas; caballos, perros y furgonetas de patrulla.
La fuerza numérica. Las herramientas del oficio. La táctica.
En los primeros tiempos de la historia de Edimburgo, la población, presa fácil de invasiones, se refugiaba tras las murallas, y si el enemigo abría brecha en ellas se retiraba a las madrigueras del subsuelo del castillo y de High Street, dejando al invasor una ciudad vacía, una victoria huera. Era un recurso que los ciudadanos repetían todos los años en el Festival de Agosto. Cuando la población aumentaba, los naturales se diluían en el entorno. El hecho explicaría también ese apego de Edimburgo por industrias incorpóreas como la banca y los seguros. Hasta fechas bien recientes se decía que St. Andrews Square era el lugar más rico de Europa, por ser la sede central de grandes corporaciones. Pero la plusvalía del espacio, la construcción de nuevos edificios había desplazado la zona a Lothian Road y, en dirección oeste, hacia el aeropuerto. La sede del Royal Bank en Gogarburn era uno de ellos, recién terminado y considerado uno de los blancos de las protestas, así como los edificios de Standard Life y Scottish Widows. Mientras circulaba por las calles para matar el tiempo, Siobhan se dijo que Edimburgo iba a enfrentarse en los siguientes días a una situación nueva en su historia.
La adelantó un convoy de coches de policía haciendo sonar la sirena. Era evidente la sonrisa pueril de entusiasmo del conductor, encantado de tener Edimburgo por pista de carreras particular. Lo seguía un Nissan rojo que chupaba rueda y estaba cargado de jovenzuelos. Siobhan le dio diez segundos y puso el intermitente para volver a incorporarse al tráfico. Iba camino de un campamento provisional en Niddrie, una de las zonas menos agradables de Edimburgo, donde se recomendaba a los participantes de la marcha plantar sus tiendas para que no lo hicieran en los jardines privados.
El ayuntamiento había designado una pradera contigua al centro Jack Kane. Esperaban unos diez mil campistas, tal vez quince mil, y habían instalado lavabos portátiles, duchas, y de la seguridad del recinto se encargaba una firma privada; probablemente no fuera para disuadir a los manifestantes, sino a las pandillas locales, pensó Siobhan. En el barrio se decía en broma que aquella semana se trapichearían en torno a los pubs no pocas tiendas y artículos de acampada. Siobhan les había ofrecido el piso a sus padres. Lógico, pues ellos la habían ayudado a comprarlo. Dormirían en su cama y ella se las arreglaría en el sofá. Pero no había habido manera: ellos se empeñaron en viajar en autobús y acampar «con los demás». Estudiantes en los años sesenta, la pareja no había soltado amarras con aquella época. Su padre, ya casi sexagenario (de la generación de Rebus), aún llevaba el pelo recogido atrás, en una especie de cola de caballo, y su madre solía ponerse un caftán de vez en cuando. Siobhan pensó en lo que le había dicho a Rebus: «Eres la clase de policía en que temen que me convierta». La verdad era que, en parte, se había enrolado en la policía más que nada porque sabía que no les iba a gustar. Después de todos los cuidados y el cariño que había recibido tenía que rebelarse; hacérselo pagar por las veces en que, dada su profesión de maestros, había cambiado de casa y de colegio. Hacérselo pagar por la sencilla razón de que podía. Se lo dijo. Le pusieron tales caras que estuvo a punto de arrepentirse, pero habría sido una muestra de debilidad. Claro está, no se habían opuesto, aunque le dieron a entender que la profesión de policía tal vez no fuese lo más adecuado para «realizarse». Y eso fue lo que reforzó la decisión de mantenerse en sus trece.
Se hizo policía. No en Londres, donde ellos vivían, sino en Escocia, un lugar que ella conocía únicamente por haber estudiado en la universidad. Un último ruego de sus padres: «Donde quieras, menos en Glasgow».
Glasgow: con su imagen de hombres duros y puñaladas, su sectarismo. Sin embargo, a ella le parecía un lugar genial para ir de compras. Un sitio adonde iba a veces con sus amigas, en esas salidas de chicas solas que las llevaban a pasar allí la noche en algún hotel de diseño, degustando la vida nocturna, evitando los bares de entrada vigilada por gorilas, un protocolo convenido entre ella y Rebus cuando iban a tomar copas. Edimburgo, por el contrario, había resultado más peligroso de lo que sus padres habrían podido imaginar.
Eso no iba a decírselo, claro. Cuando les llamaba los domingos trataba de eludir las preguntas de su madre y era ella quien preguntaba. Se había ofrecido a esperarlos a la llegada del autobús, pero ellos tenían que montar la tienda. Detenida ante el semáforo, la imagen la hizo sonreír. Una pareja casi sexagenaria montando una tienda de campaña. Se habían prejubilado hacía un año y tenían una casa bastante grande en Forest Hill con la hipoteca pagada. Siempre le estaban preguntando si necesitaba dinero...
«Yo os pago un hotel», les había dicho ella por teléfono, pero le respondieron que ni hablar. Al arrancar en el semáforo pensó si no sería cosa de demencia senil.
Aparcó ante The Wisp, sin hacer caso de los conos naranja de tráfico, y puso el cartón de «policía de servicio» por dentro del parabrisas. Al oír su motor al ralentí, se acercó un vigilante de seguridad con chaqueta amarilla, que le hizo un gesto negativo con la cabeza señalando el cartón, cruzando la garganta con el dedo y señalando con la barbilla el bloque más cercano.
Siobhan quitó el cartón pero dejó allí el coche.
—Aquí hay pandillas —dijo el vigilante— y un letrero como ese es como agitar un trapo rojo ante un toro —añadió mientras metía las manos en los bolsillos—. ¿Qué la trae por aquí, agente?
Tenía el cráneo rapado, pero lucía una buena barba negra y cejas pobladas.
—Obligaciones sociales, en realidad —contestó Siobhan, y le enseñó el carné de policía—. Busco a un matrimonio llamado Clarke con el que tengo que hablar.
—Pues entre —dijo el vigilante cruzando la puerta de la valla.
El recinto era una especie de Gleneagles en miniatura. Había incluso algo parecido a una torre de observación y un vigilante más o menos cada diez metros a lo largo de la valla.
—Tenga, póngase esto —añadió su nuevo amigo, entregándole una muñequera— y pasará más inadvertida. Con ello mantenemos mejor vigilados a nuestros alegres campistas.
—Y que lo diga —dijo ella mientras cogía la muñequera—. ¿Qué tal va todo de momento?
—A los jóvenes de la localidad no les hace mucha gracia. Por ahora se han contentado con acercarse —respondió, y se encogió de hombros.
Caminaban por un paso de metal y tuvieron que apartarse para hacer sitio a una niña en patines a quien su madre observaba con las piernas cruzadas delante de la tienda de campaña.
—¿Cuántos acampados hay? —preguntó Siobhan ante la dificultad de hacer un cálculo.
—Mil, tal vez. Mañana habrá más.
—¿No registran a los que entran?
—Ni apuntamos los nombres... Así que no sé cómo va a encontrar a sus amigos. Lo único que estamos autorizados a exigir es la tarifa de acampada.
Siobhan miró a su alrededor. Tras el seco verano, la tierra que pisaban era sólida. Más allá de los bloques y las casas se veían otras moles más antiguas: Holyrood Park y el Arthur’s Seat. Sonaban canciones en voz baja y alguna guitarra y flautas de baratillo; niños que reían y un bebé que lloraba de hambre; aplausos y charlas, que cesaron de pronto al oírse por el megáfono a un hombre de voluminosa pelambrera a guisa de sombrero, con pantalones de patchwork a la altura de la rodilla y chancletas.
—En la tienda blanca grande se sirve arroz con verduras, a cuatro libras, por gentileza de la mezquita local. Solo cuatro libras.
—A lo mejor los encuentra ahí —aventuró el guía de Siobhan.
Ella le dio las gracias y el hombre regresó a su puesto.
La «tienda blanca grande» era un entoldado que debía de hacer la función de centro de reunión general. Otra persona anunciaba que un grupo se disponía a ir al pueblo a tomar una copa: el punto de reunión en cinco minutos junto a la bandera roja. Siobhan dejó atrás una fila de váteres portátiles, grifos y duchas. Tan solo le faltaba mirar en las tiendas. La cola para la comida era ordenada. Le ofrecieron una cuchara de plástico, y nada más negar con la cabeza recordó que llevaba un buen rato sin comer. Con el plato de plástico bien lleno, decidió dar una vuelta despacio por el campamento. Vio gente que cocinaba en hornillos, y un individuo la señaló con el dedo.
—¿Se acuerda de mí de Glastonbury? —gritó.
Siobhan se limitó a negar con la cabeza. Y en ese momento vio a sus padres y sonrió. Estaban acampados a lo grande con una tienda espaciosa, roja, con ventanas y porche cubierto, mesa y sillas plegables, y una botella de vino tinto con vasos de cristal. Se levantaron al verla y se dieron abrazos y besos. Luego se disculparon por no haber llevado más que dos sillas.
—Me sentaré en el césped —dijo ella, decidida.
Había otra mujer joven sentada así, que no se había movido al verla llegar.
—Estábamos contándole cosas de ti a Santal —dijo la madre de Siobhan.
Eve Clarke aparentaba menos edad de la que tenía. Tan solo las arrugas de la sonrisa delataban sus años. Del padre, Teddy, no podía decirse lo mismo: había echado panza, le colgaba la piel, tenía menos pelo y su cola de caballo era más escuálida y gris que nunca. Volvió a llenar los vasos con entusiasmo sin dejar de mirar la botella.
—Seguro que a Santal le habrá fascinado —comentó Siobhan aceptando un vaso.
La joven hizo un leve esbozo de sonrisa. Llevaba el pelo rubio ceniza, con fijador o mal peinado, cortado a la altura del cuello y alborotado en mechones y trenzas. No iba maquillada, pero exhibía múltiples perforaciones en las orejas y otra en el lateral de la nariz. Su camiseta sin mangas dejaba ver unos tatuajes celtas en los hombros y en su estómago al descubierto destacaba otro piercing en el ombligo. Lucía numerosos colgantes en el cuello y debajo de ellos pendía lo que parecía una cámara digital de vídeo.
—Usted es Siobhan —dijo con una especie de ceceo.
—Eso me temo —contestó Siobhan mientras brindaba por los presentes.
Habían sacado otro vaso y una botella más de vino de una cesta.
—No te pases, Teddy —le advirtió Eve Clarke.
—Tengo que rellenar el de Santal —replicó el padre, aunque Siobhan no pudo por menos de advertir que el vaso de Santal estaba casi tan lleno como el suyo.
—¿Habéis viajado los tres juntos? —preguntó.
—Santal hizo autostop desde Aylesbury —le comentó Teddy Clarke—. Después del viajecito que hemos tenido en autobús, creo que la próxima vez haré como ella —añadió mientras ponía los ojos en blanco y se rebullía en la silla, dispuesto a abrir la botella de vino—. Vino de tapón de rosca, Santal. No digas que el mundo moderno no tiene sus ventajas.
Santal no dijo nada. Siobhan no se explicaba su súbito desagrado por la desconocida salvo por el sencillo hecho de que fuera una desconocida, y de lo que ella tenía ganas era de estar a solas con sus padres. Ellos tres.
—Santal tiene la tienda de al lado —dijo Eve—. Menos mal que nos echó una mano...
Su marido se echó a reír de pronto con ganas y se rellenó el vaso.
—Hacía tiempo que no íbamos de acampada —añadió.
—Es una tienda nueva —comentó Siobhan.
—Nos la prestaron unos vecinos —susurró su madre.
—Tengo que irme —terció Santal mientras se levantaba.
—Por nosotros no lo hagas —replicó Teddy Clarke.
—Es que vamos en grupo a un pub.
—Qué cámara tan bonita —comentó Siobhan.
—Si un poli me hace una foto, yo se la hago también. Es justo, ¿no? —respondió con una mirada penetrante que exigía conformidad.
Siobhan se volvió hacia su padre.
—Le habéis hablado de mí —comentó imperturbable.
—Y no se avergüenza, ¿verdad? —añadió Santal escupiendo las palabras.
—Todo lo contrario, en realidad —replicó Siobhan mirando sucesivamente a su padre y a su madre.
Ambos, de pronto, no apartaban la vista de la botella de vino. Cuando volvió a mirar a Santal, vio que la enfocaba con la cámara.
—Una foto para el álbum familiar —dijo—. Se la enviaré en un archivo de imagen.
—Gracias —respondió Siobhan con frialdad—. Santal es un nombre raro, ¿no es cierto?
—Significa «madera de sándalo» —terció Eve Clarke.
—Y al menos es fácil de escribir —añadió Santal.
Teddy Clarke se echó a reír.
—Le conté a Santal que te hicimos cargar con un nombre que nadie es capaz de pronunciar en el sur —dijo.
—¿Le habéis contado alguna historia más de familia? —le espetó Siobhan—. ¿Alguna cosa embarazosa sobre la que deba estar prevenida?
—Qué suspicaz —le comentó Santal a la madre de Siobhan.
—Es que a nosotros no nos gustaba que fuese... —añadió Eve Clarke dejando la frase en el aire.
—¡Mamá, por Dios bendito! —exclamó Siobhan.
Pero su protesta quedó interrumpida de pronto por ruidos procedentes de la valla y vieron que unos vigilantes corrían hacia aquel lugar. Fuera del recinto, unos jóvenes vestidos con anoraks militares negros y capucha hacían el saludo nazi diciendo a gritos a los vigilantes que echaran de allí a «esa basura hippy».
—¡Aquí ensayan la revolución! —gritó uno de ellos—. ¡Al paredón con esos capullos!
—¡Patético! —dijo entre dientes la madre de Siobhan.
Comenzaron a volar proyectiles por el cielo del atardecer.
—Agachaos —les previno Siobhan, y empujó a su madre dentro de la tienda, no muy segura de que ofreciera protección contra aquella lluvia de piedras y botellas.
Su padre dio dos pasos en dirección al altercado, pero ella le retuvo. Santal, sin moverse del sitio, enfocaba la escena con su cámara.
—¡No sois más que turistas! —gritó otro de los alborotadores—. ¡Largaos a casa en los carricoches en que habéis venido!
Hubo risotadas, abucheos y aspavientos. Los acampados no salían, pero querían que lo hicieran los vigilantes. Estos no estaban por la labor. El que había acompañado a Siobhan pidió refuerzos por radio. Una situación como aquella podía apagarse en cuestión de segundos o degenerar en una batalla campal. El vigilante vio por encima del hombro que Siobhan se le había acercado.
—No se preocupe —dijo—. Supongo que tendrá seguro.
Ella tardó un momento en comprender a qué se refería.
—¡Mi coche! —exclamó mientras se dirigía a la salida.
Tuvo que abrirse paso a codazos entre otros vigilantes y echó a correr por la calle. Tenía el capó abollado y rayado, y la ventanilla trasera rota. Habían hecho una pintada con espray: «EJN». Equipo Joven Niddrie.
Y la miraban, en fila, riéndose de ella. Uno de ellos alzó el móvil para hacer una foto.
—Haz todas las fotos que quieras —dijo ella—. Será incluso más fácil para identificarte.
—¡Polis de mierda! —espetó otro que estaba en el centro, flanqueado por dos lugartenientes.
El cabecilla.
—Los polis están muy bien —replicó ella—. Con diez minutos en la comisaría de Craigmillar sabré más cosas de ti que tu propia madre —añadió mientras lo señalaba con el dedo para darse énfasis.
Pero el jovenzuelo hizo un gesto de desdén. Solo se le veía un tercio de la cara, pero a Siobhan no se le olvidaría. Llegó un coche con tres hombres y ella reconoció al del asiento de atrás: un concejal de la localidad.
—¡Largaos! —gritó el hombre al bajarse, agitando los brazos como quien mete ovejas en un redil.
El jefecillo hizo un remedo de tembleque, pero Siobhan vio que su tropa parecía indecisa. Acudieron media docena de vigilantes de seguridad del recinto con el de barba en cabeza, al tiempo que se oía el ulular de sirenas al acercarse.
—¡Largo de aquí, joder! —insistió el concejal.
—Ese campamento está lleno de tortis y maricas —replicó con un gruñido el cabecilla—. ¿Y quién lo paga todo? ¿Eh?
—Dudo mucho que seas tú, hijo —replicó el concejal, a quien flanquearon sus dos acompañantes, dos tipos robustos que probablemente no se habían arredrado en su vida ante una pelea. La clase de recaudadores de votos ideales para un político de Niddrie.
El cabecilla escupió en el suelo, dio media vuelta y se alejó.
—Gracias por su intervención —dijo Siobhan tendiéndole la mano al concejal.
—No hay de qué —replicó este, como dispuesto a olvidar el incidente.
Siobhan se acercó a estrecharle la mano al de la barba, a quien, evidentemente, conocía.
—¿No ha sucedido nada aparte de eso? —preguntó el concejal.
El vigilante contuvo la risa.
—¿Qué le trae por aquí, señor Tench?
El concejal miró a su alrededor.
—He creído conveniente acercarme para decirle a esta encantadora gente que mi distrito electoral apoya firmemente su lucha contra la pobreza y la injusticia en el mundo. —Ya se había congregado medio centenar de campistas al otro lado de la valla—. En esta zona de Edimburgo sabemos bien lo que son esas dos cosas —añadió a voces—, pero eso no quiere decir que olvidemos a quienes están peor que nosotros; quiero creer en nuestro gran corazón. —Vio que Siobhan examinaba los desperfectos del coche—. Desconsiderados no faltan, claro, pero ¿dónde no los hay? —añadió sonriendo y abriendo a continuación los brazos como un predicador exaltado—. ¡Bienvenidos a Niddrie! ¡Bienvenidos todos!
Rebus estaba solo en el DIC. Había tardado media hora en encontrar las notas de la investigación sobre el homicidio: cuatro cajas y varias carpetas, más disquetes flexibles y un solo CD. Dejó estos últimos en la estantería del archivo y desplegó parte de la documentación sobre media docena de mesas, despejadas de sus respectivas bandejas de entrada de correspondencia y teclados de ordenador. Así, yendo de un extremo al otro de la sala podía examinar las diversas fases de la investigación; desde el escenario del crimen hasta los primeros interrogatorios; el perfil de la víctima y los interrogatorios sucesivos; el expediente de la cárcel; su relación con Cafferty, la autopsia y los análisis de toxicología. El teléfono del compartimento del inspector titular había sonado un par de veces. No contestó: quien se encargaba de esas cosas no era él, sino Derek Starr. Al ser viernes por la noche, el zalamero cabrón andaría por ahí en Edimburgo, según le contaba él mismo a todo quisque los lunes por la mañana: un par de copas en el Hallion Club, y luego a casa, darse una ducha y cambiarse para volver a salir y de nuevo al Hallion si estaba animado, pero a continuación e inexorablemente, a George Street, al Opal Lounge, el Candy Bar y el Living Room. Última copa en el Indigo Yard si la suerte no le había acompañado en el periplo. Estaba prevista la apertura de un nuevo local de jazz en Queen Street, propiedad de Jools Holland, y Starr ya había preguntado por las condiciones para hacerse socio.
Volvió a sonar el teléfono, pero Rebus no hizo caso. Si era urgente, llamarían a Starr al móvil, y si era una llamada a través de recepción, sabían perfectamente que estaba trabajando. Lo lógico sería que no le pasasen la llamada a Starr, sino al DIC. Quizá pretendieran tomarle el pelo. Rebus conocía perfectamente el lugar que ocupaba en la cadena alimentaria: él se situaba en los aledaños del plancton; en premio a años de insubordinación y conducta temeraria. No importaba que hubiese conseguido éxitos también; lo único que contaba para los jefazos actuales era «la manera» de obtener los buenos resultados; la eficiencia y la contabilidad, la percepción del público, las reglas estrictas y el reglamento.
El código de Rebus era no pillarse los dedos.
Se detuvo ante una carpeta con fotografías, de la cual había sacado ya unas cuantas que tenía esparcidas sobre la mesa. Examinó el resto. Historia pública de Cyril Colliar: recortes de prensa, polaroids de la familia y amigos, fotos oficiales de su detención y el juicio. Alguien había tomado una no muy nítida de su estancia en la cárcel, tumbado en la cama y con las manos en la nuca mirando la tele; era la que había publicado en primera página la prensa amarilla: «¿Habrá vida más cómoda para la fiera viola dora?».
Pero había acabado su vida.
Siguiente mesa: datos sobre la familia de la víctima de la violación y su nombre no revelado al público. Se trataba de Victoria Jensen, que tenía dieciocho años en el momento de la agresión. Vicky, para los íntimos. La habían seguido al salir de una discoteca cuando se dirigía con dos amigas a la parada de autobús y, a quinientos metros escasos de su domicilio, él se lanzó sobre ella, le tapó la boca con la mano y la arrastró hasta un callejón.
En las imágenes de las cámaras de seguridad se le veía salir de la discoteca detrás de ella, subir al autobús y sentarse. Las muestras de ADN de la agresión fueron determinantes. Al juicio habían asistido algunos amigos suyos que amenazaron a la familia de la víctima. No se presentó denuncia.
El padre de Vicky era veterinario y su esposa trabajaba en Standard Life. El propio Rebus les había dado la noticia de la muerte de Cyril Colliar a los padres, residentes en Leith.
—Gracias por decírnoslo —añadió el padre—. Se lo comunicaré a Vicky.
—No me entiende, señor —replico Rebus—. Tengo que hacerle unas preguntas.
«¿Lo hizo usted?».
«¿Se lo encargó a algún sicario?».
«¿Sabe de alguien que haya podido hacerlo?».
Los veterinarios tenían acceso a drogas. Tal vez no a heroína, pero sí a fármacos que podían cambiarse por heroína. Los camellos vendían ketamina a los discotequeros (era una observación del propio Starr), y los veterinarios la usaban para el tratamiento a caballos. A Vicky la habían violado en un callejón y a Colliar lo habían matado en otro. Thomas Jensen se mostró ofendido por las insinuaciones.
—¿De verdad que nunca pensó en hacerlo, señor? ¿No pensó en alguna clase de venganza?
Por supuesto que sí: había fantaseado con escenas en las que Colliar se pudría en el calabozo y ardía en el infierno.
—Pero eso nunca sucede, ¿verdad, inspector? Al menos, en este mundo.
Habían interrogado también a las amigas de Vicky, pero ninguna declaró nada.
Rebus pasó a la siguiente mesa. Morris Gerald Cafferty le miraba desde unas fotografías y transcripciones de entrevistas. Rebus tuvo que dar explicaciones para que Macrae le dejara intervenir en aquel caso porque reinaba la impresión de que entre el gánster y él existía una relación ambigua, y, aunque había quienes sabían que eran enemigos irreconciliables, no faltaban otros que pensaban que eran tal para cual y demasiado amigos. Starr en cierta ocasión expresó su preocupación delante de Rebus y el inspector jefe Macrae, y Rebus agarró con un gruñido a su colega por la pechera de la camisa.
—Otro de tus numeritos, John —comentó Macrae después del incidente.
Cafferty era hábil y andaba mezclado en numerosos asuntos delictivos. Saunas y protección; matones e intimidación. Y en drogas; por lo que tendría acceso a la heroína. Y si no él en persona, seguro que los gorilas compañeros de Colliar sí. No era de extrañar que clausuraran discotecas al descubrir que los supuestos porteros controlaban el flujo de droga en el local. Cualquiera de ellos podría haber decidido deshacerse de la «fiera violadora», o incluso podría tratarse de un asunto personal, por un comentario ofensivo, por un desaire a una novia. Se habían analizado los muchos y variados posibles móviles, pero de manera muy superficial, y a ello siguió una investigación de manual; eso no se podía negar. Sin embargo... Rebus era consciente de que el equipo investigador no se lo había tomado con interés. Había omisiones esporádicas de ciertas preguntas y no se habían indagado algunas pistas. Eran notas mecanografiadas con negligencia, algo que solo alguien que estuviera muy al corriente del caso podía detectar. Los esfuerzos se habían dirigido exclusivamente a demostrar lo que pensaban los agentes de la «víctima».
La autopsia, por el contrario, había sido escrupulosa. No era la primera vez que el profesor Gates lo decía: a él le tenía sin cuidado de quién fuese el cadáver que tenía en la mesa de disección. Todos eran seres humanos, hijos o hijas de alguien.
—Nadie ha nacido malo, John —musitó inclinado, escalpelo en mano.
—Tampoco nadie les obliga a ser malos —replicó Rebus.
—Ah, esa es la incógnita que han tratado de desentrañar durante siglos y siglos cerebros más privilegiados que el nuestro —admitió Gates—. ¿Qué impulsa al ser humano a cometer atrocidades como esta contra sus semejantes?
Él no contestó. Pero aún resonaba en su mente otra frase del profesor cuando se acercó a la mesa de Siobhan a por las fotos de la autopsia de Colliar. «En la muerte, todos regresamos a la inocencia, John». Era cierto que Colliar presentaba un rostro sereno, como exento de preocupaciones.
El teléfono sonó de nuevo en el despacho de Starr. Rebus dejó que sonara y cogió el de la mesa de Siobhan. En el lateral del disco duro había un papelito adhesivo con nombres y números, pero sabía que no era cuestión de llamar al laboratorio, por lo que marcó un número de móvil.
Ray Duff respondió casi de inmediato.
—Ray. Soy el inspector Rebus.
—¿Para hacerme la rosca invitándome a copas un viernes por la noche? —Ante el silencio de Rebus, lanzó un suspiro—. ¿Por qué no me sorprende?
—A mí sí que me sorprendes, Ray, rehuyendo tu deber.
—No duermo en el laboratorio, ¿sabe?
—A los dos nos consta que es mentira.
—De acuerdo, me quedo alguna tarde.
—Y eso es lo que me gusta de ti, Ray. Ya ves, a los dos nos anima la misma pasión por el trabajo.
—Una pasión que iré a olvidar esta noche participando en el concurso de preguntas de mi pub habitual.
—No es asunto mío juzgarte, Ray. Solo quería saber cómo iba esa prueba de Colliar.
Rebus oyó una leve risita contenida y cansada al otro extremo de la línea.
—No para nunca, ¿verdad?
—Yo nunca, Ray. Estoy echándole una mano a Siobhan. Y esto podría ser un paso importante en su carrera si lo resuelve, pues fue ella quien descubrió el trozo de tela.
—No hace ni tres horas que hemos recibido la prueba...
—¿Sabes eso de que hay que machacar el hierro cuando está caliente?
—La cerveza que tengo delante está bien fría, John.
—Siobhan te lo agradecería mucho. Está deseando que ganes el premio.
—¿Qué premio?
—La posibilidad de que le enseñes tu coche. Un día en el campo, los dos, por esas tortuosas carreteras. Quién sabe, tal vez una habitación de hotel al final de la excursión si sabes jugar bien tus bazas. —Rebus hizo una pausa—. ¿Qué es esa música que suena?
—Hay que acertarla con diez preguntas.
—Parece Steely Dan. «Reeling in the Years».
—Pero ¿de dónde tomó el nombre el grupo?
—De un consolador que salía en una novela de William Burroughs. Bien, asegúrame que después irás directamente al laboratorio.
Más que satisfecho con el resultado, Rebus se ofreció una taza de café mientras estiraba las piernas. El edificio estaba tranquilo. Había sustituido al sargento de recepción un joven agente a quien Rebus no conocía, pero le saludó con una inclinación de cabeza.
—Intento pasar una llamada al DIC y no responden —dijo el agente, aflojándose con el dedo la presión del cuello de la camisa, donde su piel presentaba acné o algún tipo de erupción.
—Entonces es para mí —dijo Rebus—. ¿Qué ocurre?
—Problemas en el castillo, señor.
—¿Ya han comenzado las protestas?
El agente negó con la cabeza.
—Comunican que se han oído gritos y que desde la muralla ha caído un cuerpo al parque de Princes Street.
—El castillo no está abierto a estas horas —observó Rebus, frunciendo el ceño.
—Celebran en él una cena de capitostes.
—Ah. ¿Y quién es el que ha caído?
El agente se encogió de hombros.
—¿Digo que aquí no hay nadie?
—No seas tonto, hijo —replicó Rebus mientras echaba a andar y recogía la chaqueta.
Aparte de importante atracción turística, el castillo de Edimburgo servía de puesto de operaciones. Así se lo recalcó el comandante David Steelforth a Rebus nada más interceptarlo frente al rastrillo.
—Qué movilidad la suya —dijo Rebus por toda respuesta.
El hombre del Departamento Especial iba vestido de gala: pajarita, fajín, esmoquin y zapatos de charol.
—Lo cual significa en concreto que está bajo la égida de las fuerzas armadas.
—No sé muy bien qué quiere decir «égida», comandante.
—Quiere decir —replicó Steelforth entre dientes, exasperado— que será la Policía Militar la que se encargue de investigar las circunstancias de lo ocurrido.
—¿Ha cenado bien? —preguntó Rebus sin dejar de caminar.
El sendero ascendía y los dos estaban sufriendo el azote de las rachas de viento.
—Inspector Rebus, los comensales son gente importante.
En ese preciso momento surgió, por una especie de túnel, un coche camino de la salida. Rebus y Steelforth tuvieron que apartarse. Rebus atisbó un rostro en el asiento de atrás y un brillo de gafas con montura de metal; era un rostro delgado, pálido, con aire de preocupación. La verdad es que el secretario de Asuntos Exteriores siempre parecía preocupado, como le comentó a Steelforth. El del Departamento Especial frunció el ceño, fastidiado porque Rebus le hubiera reconocido.
—Espero no tener que interrogarlo —añadió Rebus.
—Escuche, inspector...
Pero Rebus ya echaba a andar.
—Resulta, comandante —dijo por encima del hombro—, que la víctima ha caído o ha saltado, o las «circunstancias» que sean, y no le discuto que fuese asunto del ejército en el momento en que sucedió, pero ha aterrizado en los jardines de Princes Street, y el caso es de mi competencia —añadió, con una sonrisa.
Sin detenerse, trató de recordar cuándo había estado por última vez en las murallas del castillo. Sí, había llevado a su hija allí, pero de eso hacía más de veinte años. El castillo dominaba Edimburgo y se veía desde Bruntsfield e Inverleith. Al acercarse a la ciudad desde el aeropuerto aparecía como una guarida siniestra de Transilvania que hacía pensar a quien lo contemplaba si no padecía un deterioro de la visión cromática. Desde Princes Street, Lothian Road y Johnston Terrace, sus laderas volcánicas aparecían cortadas a pico e inexpugnables, como la historia había demostrado, mientras que, desde Lawnmarket, ascendía en una pendiente suave que no impedía hacerse una buena idea de su carácter monumental.
Poco le había faltado a Rebus para quedar detenido en el trayecto en coche desde Gayfield Square. Unos agentes uniformados le impedían cruzar el puente de Waverley, donde ya colocaban entre chirridos y ruidos metálicos unas barreras en previsión de la marcha del día siguiente. Él tocó con insistencia el claxon, ajeno a los aspavientos para que se desviara. Cuando se le acercó un agente, bajó el cristal de la ventanilla y enseñó el carné de policía.
—Está cerrado —replicó el hombre, con acento inglés, tal vez de Lancashire.
—Soy del Departamento de Investigación Criminal —alegó Rebus—. Y detrás de mí van a llegar una ambulancia, el forense y una furgoneta de la científica. ¿Va a decirles lo mismo?
—¿Qué ha ocurrido?
—Uno que ha aterrizado en el parque —contestó Rebus mientras señalaba con la barbilla hacia el castillo.
—Malditos manifestantes. Ayer uno se quedó bloqueado en las rocas y tuvieron que bajarlo los bomberos.
—Bien, por mucho que me encante la cháchara...
El agente le miró furioso, pero le abrió la barrera.
Y ahora se encontraba con otra barrera: el comandante David Steelforth.
—Este es un juego peligroso, inspector. Mejor será que nos lo deje a los expertos en Inteligencia.
Rebus entrecerró los ojos.
—¿Me está llamando burro?
—Ni mucho menos —replicó Steelforth con una carcajada seca.
—Ah, bueno —dijo Rebus mientras reanudaba el camino hacia su destino. Ya había miembros de la policía militar inclinados sobre el parapeto de la muralla. Había un grupo de hombres mayores de aspecto distinguido vestidos de etiqueta. Merodeaban por las inmediaciones y fumaban puros.
—¿Cayó desde aquí? —les preguntó Rebus a los soldados, con el carné preparado, aunque decidió no identificarse como policía civil.
—Más o menos —contestó uno.
—¿Alguien lo vio?
Varios negaron con la cabeza.
—No es el primer incidente —añadió el mismo soldado—. Un idiota se quedó bloqueado subiendo por las rocas y nos han advertido que a lo mejor hay más que lo intentan.
—¿Y?
—Y el soldado Andrews dice que le pareció ver algo en la muralla del otro lado.
—Pero no es seguro —alegó el tal Andrews.
—¿Y todos salisteis pitando para el lado contrario? —preguntó Rebus haciendo una aparatosa inspiración—. En mis tiempos eso se llamaba «deserción del puesto».
—El inspector Rebus no tiene jurisdicción en el castillo —le dijo Steelforth al grupo.
—Y habría sido considerado traición —sentenció Rebus.
—¿Se sabe quién falta? —preguntó uno de los hombres mayores.
Rebus oyó que otro coche se acercaba al rastrillo, y vio en la muralla las sombras fantasmagóricas que proyectaban sus faros.
—Es difícil saberlo si todo el mundo se escaquea —dijo en voz baja.
—Nadie se «escaquea» —espetó Steelforth.
—Sí, claro, será que todos tienen que acudir a otro compromiso —añadió Rebus.
—Son gente muy ocupada, inspector, y están adoptando decisiones que pueden cambiar el mundo.
—No cambiarán lo que le ocurrió al infeliz de ahí abajo —replicó Rebus mientras señalaba con la barbilla hacia la muralla y se volvía hacia Steelforth—. ¿Qué se resolvía aquí esta noche, comandante?
—Era una cena de trabajo, previa a la ratificación.
—Buenas noticias para todo quisque. ¿Quiénes son los comensales?
—Representantes del G8, ministros de Asuntos Exteriores, personal de seguridad y altos funcionarios.
—Sí, seguro que no les habrán servido pizza con un par de cajas de cerveza.
—En estas reuniones se solventan muchos asuntos.
Rebus se asomó a la muralla. Nunca le habían gustado las alturas y se limitó a echar una breve ojeada.
—No se ve nada —comentó.
—Nosotros le oímos —dijo un soldado.
—¿El qué, exactamente? —preguntó Rebus.
—El grito que dio al caer —contestó el soldado, que miró a sus compañeros como si buscase confirmación.
Uno de ellos asintió con la cabeza.
—No dejó de gritar mientras caía —dijo con un estremecimiento.
—No sé si eso descarta el suicidio —especuló Rebus—. ¿Qué cree usted, comandante?
—Creo que usted no tiene nada que averiguar aquí, inspector. Y creo que es muy raro que aparezca tan de repente donde acaba de ocurrir un hecho tan luctuoso.
—Tiene gracia, yo estaba pensando lo mismo... —replicó Rebus mirando a Steelforth a los ojos— de usted.
Los agentes con chaqueta amarilla del servicio de barreras colaboraron con el equipo de rescate. Gracias a las linternas, dieron pronto con el cadáver. Los auxiliares médicos afirmaron que estaba muerto, cosa que habría podido decir cualquiera. Tenía el cuello torcido de un modo antinatural, una pierna doblada en dos por efecto del impacto y el cráneo lleno de sangre. Había perdido un zapato en la caída y la camisa estaba totalmente desgarrada, quizá por haber rozado con un saliente. La jefatura había enviado un equipo de la policía científica, que fotografiaba los restos.
—¿Apostamos algo sobre la causa de la muerte? —le preguntó uno del equipo a Rebus.
—Ni hablar, Tam.
El tal Tam solo había perdido veinte de sesenta apuestas similares.
—O bien saltó, o bien lo empujaron. ¿Es eso lo que está pensando?
—Lees el pensamiento, Tam. ¿Se te dan tan bien las huellas dactilares?
—No, pero les hago fotos. —Para demostrarlo se acercó a una mano de la víctima—. Las muescas y arañazos pueden ser muy útiles, John. ¿Sabe por qué?
—A ver, ¿por qué?
—Si le empujaron, intentaría aferrarse, y se habrá escoriado las uñas con la piedra.
—Añade algo que yo no sepa.
El de la científica tomó otra foto con un fogonazo del flash.
—Se llama Ben Webster —añadió, volviéndose para ver la reacción de Rebus y contento con el resultado—. Lo he reconocido por la cara. Bueno, por lo que queda de ella.
—¿Le conocías?
—Sé quién era. Un miembro del Parlamento, natural de Dundee.
—¿Del Parlamento de Escocia?
El hombre negó con la cabeza.
—De Londres. Se ocupa de algo relacionado con Desarrollo Internacional... Al menos, la última vez que lo vi.
—Tam... —dijo Rebus con tono exasperado—. ¿Cómo demonios sabes todo eso?
—John, tiene que ponerse al día en política. Es lo que mueve el mundo. Y, además, nuestro joven amigo tiene el mismo nombre que mi tenor preferido.
Rebus bajaba ya a saltitos por la cuesta de césped. El cadáver había aterrizado en una repisa a unos cinco metros de los senderos que serpenteaban por la base de la antigua afloración volcánica. Steelforth, que estaba allí en el sendero, hablando por el móvil, lo cerró de golpe al ver llegar a Rebus.
—¿Recuerda que vimos al secretario de Asuntos Exteriores saliendo en coche con chófer? Es curioso que se marchara sin uno de sus ayudantes.
—Ben Webster —dijo Steelforth—. Acabo de hablar con el castillo, y él es el único que falta.
—Desarrollo Internacional.
—Está muy bien informado, inspector —comentó Steelforth mirando a Rebus de arriba abajo con aire de admiración—. A lo mejor le he subestimado. Pero Desarrollo Internacional es un departamento que no pertenece a Asuntos Exteriores. Webster era SPP, secretario privado del Parlamento.
—Lo que quiere decir...
—Que era la mano derecha del ministro.
—Perdone mi ignorancia.
—No tiene importancia. Aún no salgo de mi asombro.
—¿Y ahora va a engatusarme para que me quite de en medio?
—No suele haber necesidad —replicó Steelforth, sonriente.
—Tal vez en mi caso sí.
Pero Steelforth negó con la cabeza.
—Dudo mucho que se le pueda disuadir de esa manera. No obstante, ambos sabemos que en pocas horas le habrán arrancado este caso de las manos. ¿Por qué perder el tiempo? Los batalladores como usted suelen saber cuándo es el momento de retirarse a recuperar fuerzas.
—¿Me está invitando al Gran Hall a un oporto con puro?
—Le estoy diciendo la pura verdad.
Rebus vio que por la calzada inferior al lugar en que estaban subía otra furgoneta. Sería del depósito de cadáveres para recoger al muerto. Otro trabajo para el profesor Gates y su equipo.
—¿Sabe lo que creo que le molesta a usted, inspector? —añadió Steelforth acercándose mientras sonaba el móvil sin que él contestara—. Que considera esto una intromisión porque Edimburgo es «su ciudad» y está deseando que nos larguemos.
—Más o menos —replicó Rebus sin pensárselo dos veces.
—Dentro de unos días habrá acabado todo, y solo habrá sido un mal sueño. Pero mientras tanto... se aguanta —añadió casi susurrando al oído de Rebus y alejándose.
—No parece mal tipo —comentó Tam irónico.
Rebus se volvió hacia él.
—¿Hace rato que estás aquí?
—No mucho.
—¿Puedes decirme algo?
—Ya se lo dirá el forense.
Rebus asintió despacio con la cabeza.
—Claro; es que pensé...
—No hay ningún indicio en contra del suicidio.
—Pero cayó gritando hasta estrellarse. ¿Crees que un suicida haría eso?
—Yo sí lo haría. Pero, claro, padezco vértigo.
Rebus se frotó el maxilar y miró hacia arriba al castillo.
—Así que o bien se cayó o bien se tiró.
—O le empujaron de pronto sin que le diera tiempo a pensar en agarrarse a algo —añadió Tam.
—Gracias por decirlo.
—Tal vez animaba la cena música de gaita y se le quitaron las ganas de vivir.
—Eres un fanático del jazz, Tam.
—Y que lo diga.
—¿En la chaqueta no llevaba ningún papel?
Tam negó con la cabeza.
—Pero no sé si darle esto o no —añadió tendiéndole una carterita de cartón—. Por lo visto se alojaba en el Balmoral.
—Gracias mil —dijo Rebus abriendo la carterita, que contenía una tarjetallave. La cerró y miró la firma de Webster y el número de habitación.
—Tal vez encuentre allí alguna nota de despedida —le comentó Tam.
—Solo hay una manera de saberlo —contestó Rebus, mientras se guardaba la llave en el bolsillo—. Gracias, Tam.
—No olvide que fue usted quien la encontró. No quiero líos.
—Entendido.
Permanecieron un instante en silencio. Eran dos veteranos del cuerpo que habían visto de todo en su profesión. Llegaron los del depósito de cadáveres, uno de ellos con una gran bolsa al efecto.
—Hace una buena noche —comentó—. ¿Has acabado ya, Tam?
—Pero el médico aún no ha venido.
El empleado miró su reloj.
—¿Tú crees que tardará?
—Depende de quien esté de guardia —contestó Tam con un encogimiento de hombros.
—Esta noche sí que acabaremos tarde —añadió el del depósito de cadáveres mientras expulsaba aire.
—Bien tarde —repitió su compañero.
—¿Sabe que nos han hecho despejar el depósito de cadáveres?
—¿Y eso por qué? —preguntó Rebus.
—Han vaciado también los calabozos de los juzgados —añadió Tam.
—Intervención y Emergencia están alerta —añadió su compañero.
—Habláis como si fuese Apocalypse Now —dijo Rebus.
Sonó su móvil y se apartó unos pasos. Era Siobhan.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó Rebus.
—Necesito tomar una copa.
—¿Has tenido problemas con los del barrio?
—Me han estropeado el coche.
—¿Les sorprendiste en el acto?
—En cierto modo. Bueno, ¿qué te parece el bar Oxford?
—Me gustaría, pero estoy con algo. ¿Y si en vez de eso...?
—¿Qué?
—Podríamos quedar en el Balmoral.
—¿Vas a gastarte las horas extra?
—Podrás juzgar por ti misma.
—¿Dentro de veinte minutos?
—Muy bien —dijo él cerrando el móvil.
—La tragedia se ceba en esta familia —comentó Tam.
—¿En cuál?
El de la científica señaló hacia el cadáver con la barbilla.
—La madre fue víctima hace unos años de una agresión a consecuencia de la cual murió. —Hizo una pausa—. Tal vez, a raíz de eso, algo le estuvo reconcomiendo...
—A veces basta con un simple detonante —añadió otro de los empleados del depósito.
Rebus se dijo para sus adentros que todos se las daban de psicólogos.
Decidió dejar el coche allí e ir andando. Era más rápido que volver a discutir en las barreras.
Al cabo de dos minutos estaba en Waverley, aunque tuvo que superar un par de obstáculos. Unos desafortunados turistas acababan de llegar en tren y, ante la ausencia de taxis, aguardaban aturdidos y desamparados tras la barandilla de la estación. Los esquivó, giró en la esquina hacia Princes Street y llegó al Hotel Balmoral. Algunos todavía lo llamaban North British pese a haber cambiado de nombre hacía años; el gran reloj luminoso de la torre iba unos minutos adelantado para que los viajeros no perdieran los trenes. Un portero uniformado acompañó a Rebus al vestíbulo, donde un conserje de mirada sagaz lo catalogó de inmediato como un posible problema.
—Buenas noches, señor. ¿En qué puedo servirle?
Rebus le enseñó el carné de policía con una mano y la carterita de cartón con la otra.
—Tengo que inspeccionar esta habitación —dijo.
—¿Por qué motivo, inspector?
—Porque el huésped se marchó antes de lo previsto.
—Lo siento.
—Y me da la impresión de que alguien querrá pagar su cuenta. En realidad, usted podría comprobarlo.
—Tengo que consultarlo con el director de guardia. Serán dos minutos...
Rebus le siguió hasta el mostrador de recepción.
—Sara, ¿Angela está en el hotel?
—Creo que ha subido a una planta. La llamo por el busca.
—Y yo miraré en la oficina —le dijo el conserje.
Le dejó junto al mostrador viendo cómo la recepcionista tecleaba los números en el teléfono y a continuación colgaba. Alzó la vista hacia él y sonrió. Sabía que ocurría algo y quería enterarse.
—Es un cliente que acaba de morir —dijo Rebus.
—Qué tragedia —comentó ella con ojos muy abiertos.
—El señor Webster, de la habitación 214. ¿Se alojaba solo?
La mujer manipuló sobre el teclado.
—Es una habitación doble. Se entregó una sola llave. No creo recordarle...
—¿Tiene indicada la dirección de su domicilio?
—Londres —contestó ella.
Rebus se imaginó que sería una segunda vivienda para los días laborables. Se inclinó sobre el mostrador como quien no quiere la cosa, pensando en qué preguntas haría para sonsacarla.
—¿Pagaba con tarjeta de crédito, Sara?
La mujer miró la pantalla.
—Con cargo a... —Dejó la frase en el aire al advertir que se acercaba el conserje.
—¿Con cargo a...? —repitió Rebus.
—Inspector —dijo el conserje alzando la voz, pues se había percatado de que tramaba algo.
Sonó el teléfono de Sara y la mujer lo cogió.
—Recepción —gorjeó—. Ah, hola, Angela. Aquí hay otro policía...
«¿Otro?».
—¿Baja o le hago subir?
El conserje llegó junto a Rebus.
—Yo acompaño al inspector —le dijo a Sara.
«Otro policía arriba». A Rebus le dio mala espina y en cuanto oyó el ruido de apertura de las puertas del ascensor se dio la vuelta y vio salir a David Steelforth. El hombre del Departamento Especial esbozó una leve sonrisa y meneó despacio la cabeza de un lado a otro. El significado no podía estar más claro: «Amiguito, tú no vas a entrar en la habitación 214». Rebus se volvió hacia el mostrador y giró hacia sí la pantalla del ordenador. El conserje le hizo una llave en el brazo, Sara lanzó un grito al teléfono que probablemente ensordecería a la directora y, mientras, Steelforth llegó hasta ellos en dos zancadas.
—Esto es inconcebible —dijo entre dientes el conserje.
Le apretaba con la fuerza de un torniquete, y Rebus, comprendiendo que debía de haber sido hombre de acción, optó por ceder. Soltó la pantalla, que Sara hizo girar hacia dentro.
—Suelte ya —ordenó, y el conserje así lo hizo.
Sara le miraba estupefacta con el teléfono en la mano. Rebus se volvió hacia Steelforth.
—Va a decirme que no puedo inspeccionar la habitación 214.
—Yo no —replicó Steelforth con una amplia sonrisa—. Al fin y al cabo, eso es potestad de la directora.
Como movida por un resorte, Sara se acercó el teléfono al oído.
—Ahora mismo viene —dijo.
—Ya me lo imagino —rezongó Rebus, que no apartaba la vista de Steelforth.
Detrás de él vio otra figura: Siobhan.
—El bar sigue abierto, ¿no? —le preguntó al conserje.
El hombre habría deseado con toda su alma decir que no, pero habría sido una flagrante mentira.
—No es para invitarlo a usted —añadió Rebus, dirigiéndose a Steelforth.
Se apartó de ambos, subió la escalinata del Palm Court y, mientras se apoyaba en la barra esperando la llegada de Siobhan, lanzó un profundo suspiro y echó mano al bolsillo para coger un pitillo.
—¿Tenías problemitas con la dirección? —preguntó Siobhan.
—¿Has visto a nuestro amigo del SO12?
—Vaya chollo que tienen los del Departamento Especial.
—No sé si él se aloja aquí, pero un tal Ben Webster sí que tenía una habitación.
—¿El diputado laborista?
—Exacto.
—Tengo la impresión de que andas en alguna historia.
Rebus advirtió que hundía levemente los hombros y recordó que ella también había tenido sus aventuras aquella tarde.
—Cuenta la tuya primero —espetó.
El camarero puso ante ellos un cuenco con algo para picar.
—Un Highland Park para mí y vodka con tónica para la señorita —dijo Rebus.
Siobhan asintió. Al alejarse el camarero, Rebus cogió una servilleta de papel, sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió algo. Siobhan inclinó la cabeza para ver mejor.
—¿Qué es eso de Pennen Industries?
—No lo sé, pero tienen dinero y un código postal de Londres.
Con el rabillo del ojo vio que Steelforth observaba desde la puerta; le dijo adiós con un gesto exagerado agitando la servilleta, después la dobló y la guardó en el bolsillo.
—Bueno, ¿quién la tomó con tu coche, los de la campaña antinuclear, Greenpeace o los pacifistas?
—Niddrie —respondió Siobhan—. El Equipo Joven de Niddrie, para ser más exactos.
—¿Crees que podremos convencer al G8 para que los incluya en la lista de células terroristas?
—Unos miles de marines arreglarían este asunto divinamente.
—Pero, por desgracia, en Niddrie no hay petróleo —dijo Rebus mientras estiraba el brazo para coger el vaso de whisky. Notó tan solo un levísimo temblor.
Brindó por Siobhan, el G8 y los marines, y hasta lo habría hecho por Steelforth.
Pero ya no había nadie en la puerta.
SÁBADO, 2 DE JULIO
3
Rebus se despertó a la primera luz y comprobó que no había corrido las cortinas por la noche. El televisor daba el primer informativo; la principal noticia era el concierto de Hyde Park, y entrevistaban a los organizadores sin mencionar Edimburgo. Lo apagó y fue al dormitorio. Se quitó la ropa de la víspera y se puso una camisa de manga corta y pantalones amplios de algodón. Tras echarse agua en la cara, miró los resultados en el espejo y comprendió que necesitaba algo más. Cogió las llaves y el móvil (lo había puesto a cargar por la noche, así que no debió de llegar muy borracho) y salió del piso. Dos tramos de escalera hasta el portal. El barrio en que vivía (Marchmont) era zona de estudiantes y su ventaja era la tranquilidad en verano cuando a finales de junio levantaban el campamento, cargando de cosas sus coches o los de los padres, forzando los edredones en los resquicios posibles. Antes habían tenido sus fiestas para celebrar el final de los exámenes. La consecuencia de esos acontecimientos era que, dos veces al año, Rebus tenía que quitar conos de tráfico del techo de su coche. Se detuvo en la calzada a respirar el escaso frescor que había dejado la noche y acto seguido se encaminó a Marchmont Road, donde el quiosco acababa de abrir. Al ver pasar dos ruidosos autobuses de un piso, pensó que se habrían equivocado de itinerario, pero enseguida recordó el motivo cuando empezaron a sonar los martillos neumáticos: estaban arreglando un circuito de altavoces. Le pagó al tendero y abrió la botella de IrnBru, que despachó de un trago; daba igual porque había comprado una de reserva. Peló el plátano y se lo fue comiendo por el camino. No fue directamente a casa, sino hasta el final de Marchmont Road, que desembocaba en los Meadows. Siglos atrás los Meadows eran prados a las afueras de Edimburgo, y el propio Marchmont, una simple granja entre campos de labor. En la actualidad se utilizaban para jugar al fútbol y al críquet, correr e ir de pícnic.
Aquel día no.
Melville Drive estaba ya cortada, y la importante arteria urbana se había convertido en una cochera de autobuses. Había docenas; la fila llegaba hasta más allá de la curva, con tres en batería en algunos tramos. Procedían de Derby, Macclesfield y Hull, Swansea y Ripon, Carlisle y Epping. De ellos descendía gente vestida de blanco. Blanco: Rebus recordó que habían anunciado que todos acudieran vestidos igual para configurar una inmensa cinta bien visible cuando la marcha cruzara la ciudad. Miró su propio atuendo: iba con unos pantalones de color café con leche y camisa azul claro. Menos mal.
Muchos de los viajeros eran gente mayor; algunos, casi provectos ancianos. Pero todos llevaban su respectiva muñequera y la camisa con el emblema. Se veían pancartas caseras y se notaba que estaban encantados de encontrarse allí. Más allá había entoldados y comenzaban a llegar las furgonetas de venta de patatas fritas y hamburguesas vegetarianas a las masas hambrientas. Habían levantado escenarios e instalado una exposición de piezas gigantes de rompecabezas junto a una serie de grúas. Tardó unos segundos en leer las palabras ACABAD CON LA POBREZA. Había policías de uniforme por los alrededores, pero no conocía a ninguno . Seguramente ni serían de Edimburgo. Miró el reloj. Las nueve pasadas, tres horas hasta el cambio de turno. Apenas había una nube en el cielo. Un furgón policial decidió que lo más rápido era subirse al bordillo y Rebus tuvo que apartarse pisando el césped. Miró furioso al conductor, que sostuvo la mirada y bajó el cristal de la ventanilla.
—¿Pasa algo, abuelo?
Rebus le hizo el gesto obsceno de levantar dos dedos para ver si se detenía y podía cruzar unas palabritas con él. Pero el del furgón siguió su camino. Ya había terminado el plátano y estuvo a punto de tirar la piel, pero pensó en las normas ecológicas y de reciclaje y se dirigió a un contenedor.
—Tenga —dijo una joven tendiéndole una bolsa.
Rebus miró en el interior y vio un par de pegatinas y una camiseta con el lema «Ayuda a los ancianos».
—¿Para qué demonios me da esto a mí? —gruñó.
La joven retiró la bolsa tratando de recomponer su aire risueño.
Rebus se alejó abriendo la Irn-Bru de reserva. Se sentía más despejado, pero advirtió que le sudaba la espalda. Un recuerdo difuso trataba de abrirse paso en su mente, y de pronto cristalizó: Mickey y él en las excursiones de catequesis a Burntisland, en autobuses, haciendo ondear banderines en la ventanilla; la hilera de autobuses aguardando al regreso después de la excursión; los concursos de carreras por la hierba... Mickey siempre le ganaba, y él acabó por desistir. Su única arma contra el pertinaz tesón físico de su hermano... La caja de cartón con el almuerzo: bocadillo de jamón, pastel helado y a veces un huevo duro; el huevo duro siempre se lo dejaban.
Aquellos fines de semana estivales eran interminables y monótonos. Ahora Rebus los odiaba. Odiaba que fueran tan monótonos. Los lunes representaban su verdadera liberación del sofá, el taburete del bar, el supermercado y el restaurante indio. Sus colegas volvían al trabajo contando cosas, hablando de compras estupendas, partidos de fútbol o paseos en bicicleta con los niños. Siobhan habría ido a Glasgow o Dundee para no perder contacto con sus amigas; habrían ido al cine o a dar un paseo en Leith a la orilla del mar. A él ya nadie le preguntaba cómo había pasado el fin de semana. Sabían que se encogería de hombros.
«Nadie te reprocha que te lo tomes con calma».
Pero precisamente él no tenía tiempo para tomárselo con calma. Sin su profesión era como si dejara de existir. Por eso marcó un número en el móvil y aguardó hasta oír la señal del contestador.
—Buenos días, Ray —dijo en cuanto cesó—. Aquí el despertador. Te llamaré cada hora hasta que contestes. Hasta luego.
A continuación, hizo otra llamada y dejó el mismo mensaje en el contestador automático del teléfono del domicilio de Ray Duff. Cubiertos los expedientes del móvil y el fijo, lo único que podía hacer era esperar. El concierto de Live 8 empezaba hacia las dos, pero se imaginaba que The Who y Pink Floyd no actuarían hasta más tarde. Tenía tiempo de sobra para repasar las notas del caso Colliar, continuar con el de Ben Webster y apurar el sábado hasta que fuese domingo.
Estaba convencido de que aguantaría.
Los únicos datos que obtuvo del listín sobre Pennen Industries fueron el número de teléfono y una dirección del centro de Londres. Llamó, pero el contestador le respondió que la centralita no atendía llamadas hasta el lunes por la mañana. Tenía un recurso mejor y llamó al cuartel general de Operación Sorbus en Glenrothes.
—Aquí el Departamento de Investigación Criminal, división B de Edimburgo —dijo mientras cruzaba el cuarto de estar y miraba por la ventana. Un matrimonio, cuyos niños iban con la cara pintada, se dirigía a los Meadows—. Hemos oído rumores sobre un tal Clown Army que por lo visto ha puesto sus miras en una empresa llamada... —Hizo una pausa efectista, como si consultase un documento— Pennen Industries. Estamos en blanco y hemos pensado si sus cerebritos podrían aclararnos algo.
—¿Pennen?
Rebus lo deletreó.
—Y usted es...
—El inspector Starr... Derek Starr —mintió Rebus con humor. Ni se le pasaba por la cabeza que Steelforth pudiera enterarse.
—Espere diez minutos.
Rebus iba a dar las gracias, pero habían colgado. Había contestado una voz masculina, con un fondo de sonidos de un centro informativo en plena actividad, y comprendió por qué no había tenido necesidad de preguntarle el número de teléfono, que habría aparecido sobre alguna pantalla o dispositivo, quedando registrado. Y localizable.
—Ay —musitó en voz baja, yendo hacia la cocina para tomarse un café.
Recordó que Siobhan le había dejado en el Balmoral después de tomar dos copas y que él tomó otra más y luego cruzó la calle para rematar la noche con una última en el Café Royal. Vio que tenía vinagre en los dedos, indicio de que había comido patatas fritas camino de casa. Sí, recordó que el taxista le dejó al final de los Meadows porque él le dijo que seguiría a pie. Pensó en llamar a Siobhan para saber si había llegado bien; pero a ella le molestaba que lo hiciera. Seguramente habría salido ya para reunirse con sus padres en la marcha. Tenía muchas ganas de ver a Eddie Izzard y a Gael García Bernal, y había otros que darían discursos: Bianca Jagger, Sharleen Spiteri... Siobhan hablaba de aquello como si fuese una fiesta de carnaval. Esperaba que así fuera.
Además, ella tenía que llevar el coche al taller de reparaciones. Rebus conocía al concejal Tench; bueno, sabía cosas de él. Era una especie de predicador laico que solía situarse en un mismo lugar al pie de la montaña del castillo instando al arrepentimiento a los compradores del fin de semana. Solía verlo allí cuando iba camino del Oxford a almorzar. Tenía buena fama en Niddrie por conseguir fondos para el municipio, las organizaciones de beneficencia y hasta la Unión Europea. Se lo había comentado a Siobhan antes de darle el número de teléfono de un chapista de Buccleuch Street, un especialista en Volkswagen que le debía un favor.
Sonó el teléfono. Se llevó el café a la sala de estar y contestó.
—Usted no está en la comisaría —dijo desde Glenrothes la misma voz de antes.
—Estoy en casa.
Oyó el sonido de un helicóptero a través de la ventana. Tal vez la vigilancia o la televisión. ¿O sería Bono lanzándose en paracaídas para dar un sermón?
—Pennen no tiene oficinas en Escocia —añadió la voz.
—Entonces no hay problema —dijo Rebus, como sin darle importancia—. En las circunstancias actuales la rumorología hace horas extra, igual que nosotros —añadió riendo, y estaba a punto de hacer un comentario impertinente, pero la voz lo evitó.
—Son contratistas de Defensa, así que los rumores pueden merecer consideración.
—¿De Defensa?
—Era una empresa del ministerio, pero la vendieron hace unos años.
—Sí, creo recordarlo —comentó Rebus con énfasis—. Pero ¿la central no estaba en Londres?
—Sí. Pero el director se encuentra ahora aquí.
—Un posible objetivo —comentó Rebus con un silbido.
—De todos modos, figura en la lista de individuos con riesgo y estará seguro —dijo el joven sin gran aplomo.
Rebus comprendió que le habían aleccionado con la fórmula no hacía mucho.
Tal vez Steelforth.
—Se aloja en el Balmoral, ¿cierto? —preguntó Rebus.
—¿Cómo lo sabe?
—Son rumores. Pero ¿dice que tiene protección?
—Sí.
—¿Propia o nuestra?
El del centro de Operación Sorbus hizo una pausa antes de contestar.
—¿Por qué quiere saberlo?
—Por cuenta del contribuyente —replicó Rebus, y se echó a reír otra vez—. ¿Cree que deberíamos hablar con él? —añadió en tono de consulta como si su interlocutor fuera el jefe.
—Puedo pasar su aviso.
—Cuanto más tiempo esté en Edimburgo, más riesgo... —Rebus no completó la frase—. Además, ni siquiera sé su nombre —añadió.
De pronto intervino otra voz.
—¿Inspector Starr? ¿Es el inspector Starr quien está al habla?
Era Steelforth.
Rebus respiró hondo.
—Oiga —insistió Steelforth—. ¿Se ha quedado mudo?
Rebus cortó la comunicación. Se maldijo para sus adentros y marcó el número de la centralita de un periódico local.
—Póngame con redacción de artículos, por favor —dijo.
—Creo que no hay nadie —contestó la telefonista.
—¿Y en noticias?
—Ni un alma, dadas las circunstancias —replicó la mujer como si estuviera deseando ausentarse también ella, pero pasó la llamada, que tardaron un rato en contestar.
—Soy el inspector Rebus, del Departamento de Investigación Criminal de Gayfield.
—Encantado de hablar con un representante de la ley —contestó el periodista con voz jovial—. Oficial y extraoficialmente.
—No es para ninguna noticia, hijo. Solo quiero hablar con Mairie Henderson.
—Ella trabaja por libre. Y es de artículos, no de noticias.
—Ah, sí, en primera página se publicó un artículo suyo sobre Big Cafferty, ¿no es cierto?
—Se me ocurrió a mí hace unos años, ¿sabe? —dijo el periodista como con ganas de charla—. No solo de Cafferty, sino de entrevistas con todos los gánsteres de las costas Este y Oeste. Cómo habían empezado, sus códigos de conducta...
—Bien, gracias por explicármelo, pero es que he sintonizado con Parkinson ¿o qué?
El periodista lanzó un bufido.
—Solo quería darle conversación.
—No me diga. Ahí no hay nadie, ¿verdad? ¿Están todos fuera portátil en mano, intentando convertir la marcha en elegante prosa? Bien, se trata de lo siguiente: anoche cayó un hombre desde las murallas del castillo y no he visto la menor mención de ello en su periódico esta mañana.
—La noticia nos llegó demasiado tarde —contestó el periodista—. Un suicidio evidente, ¿no es eso?
—¿Usted qué cree?
—Yo he hecho la pregunta primero.
—En realidad, fui yo quien preguntó primero, al pedir el número de teléfono de Mairie Henderson.
—¿Para qué?
—Deme su número y le diré algo que no le diré a ella.
El periodista pensó un instante y a continuación pidió que esperase. Volvió al cabo de medio minuto, tiempo durante el cual el aparato de Rebus emitió un zumbido indicador de que entraba una llamada. No hizo caso y anotó el número que le dio el periodista.
—Gracias —dijo.
—Bien, ¿y lo prometido?
—Plantéese lo siguiente: si es suicidio evidente, ¿por qué un tipo impresentable del Departamento Especial llamado Steelforth impide cualquier averiguación?
—¿Cómo se escribe Steelforth?
Pero Rebus había cortado la comunicación. Justo después comenzó a sonar el teléfono. No contestó, pues de sobra se imaginaba quién sería. Operación Sorbus tenía el número y Steelforth no habría tardado ni un minuto en averiguar dirección y abonado. Y otro minuto para llamar a Derek Starr y comprobar que él no sabía nada del asunto.
Breeeep-breeeep-breeeep.
Rebus volvió a enchufar la tele y pulsó el botón de sin sonido en el mando a distancia. No había noticias, solo programas para niños y vídeos de pop. El helicóptero volvía a volar en círculo. Fue a comprobar que no lo hiciese alrededor de su casa.
—John, no seas paranoico —musitó.
El teléfono dejó de sonar y él marcó el número de Mairie Henderson. Hacía unos años habían sido buenos amigos e intercambiaban información por artículos y datos por información. Luego, ella se desapegó y escribió la biografía de Cafferty, con la colaboración del gánster, y le pidió una entrevista a Rebus, quien se negó. Al cabo de un tiempo volvió a pedírsela.
—Por lo que dice Big Ger de ti —alegó ella zalamera—, pensé que debería conocer tu versión.
Rebus distaba mucho de pensar lo mismo.
Lo que no había impedido que el libro fuese un éxito sonado, no solo en Escocia sino también fuera de ella, en Estados Unidos, Canadá, Australia, amén de las traducciones a dieciséis idiomas. Durante cierto tiempo no podía leer el periódico sin tropezarse con el tema. Había obtenido un par de premios y espacio en programas de debate de la televisión. No bastaba con que Cafferty hubiera dedicado toda su vida a hacer el mal a la gente y a la sociedad, a sembrar el terror: ahora era un famoso en toda regla.
Ella le envió un ejemplar del libro, pero Rebus se lo devolvió al remitente. Después, dos semanas más tarde salió a comprar uno a mitad de precio en Princes Street. Lo hojeó pero no tuvo ánimo de leerlo. Nada le daba más náuseas que el arrepentimiento.
—Diga.
—Mairie, soy John Rebus.
—Perdone, el John Rebus que yo conozco está muerto.
—Vamos, no es para tanto.
—¡Me devolviste el libro! ¡Después de que te lo había dedicado y todo!
—¿Me lo habías dedicado?
—¿Ni siquiera leíste la dedicatoria?
—¿Qué decía?
—Decía: «No sé qué querrás, pero que te zurzan».
—Lo siento, Mairie. Te ofrezco un desagravio.
—¿A cambio de un favor?
—¿Cómo lo has adivinado? —dijo sonriendo—. ¿Vas a la marcha?
—Me lo estoy pensando.
—Te invitaría a una hamburguesa sin carne.
—Hace tiempo que dejé de ser una cita tan barata —replicó ella con un bufido.
—Y a una taza de descafeinado.
—¿Qué demonios quieres, John? —preguntó con voz fría pero algo más condescendiente.
—Necesito datos sobre una firma llamada Pennen Industries. Era contratista del Ministerio de Defensa. Creo que esta semana están en Edimburgo.
—¿Y a mí me aporta algo?
—A ti no, pero a mí sí. —Hizo una pausa para encender un cigarrillo y expulsó humo mientras hablaba—. ¿Te has enterado de lo del amigo de Cafferty?
—¿Qué amigo? —replicó ella como haciéndose la desinteresada.
—Cyril Colliar. Ha aparecido el trozo que faltaba de su cazadora.
—¿Con la confesión escrita? Ya me dijo Cafferty que tú nunca te das por vencido.
—Pensé que debía decírtelo. No es de dominio público.
Ella guardó silencio un instante.
—¿Y Pennen Industries?
—Eso es algo totalmente distinto. ¿Has oído hablar de Ben Webster?
—He leído la noticia.
—Pennen le pagaba la estancia en el Balmoral.
—¿Y?
—Y me gustaría saber algo más sobre esa empresa.
—El nombre del director es Richard Pennen —dijo ella riendo. Se imaginó su estupor—. ¿Has oído hablar de Google?
—¿Lo has buscado mientras hablábamos?
—¿Tienes ordenador en casa?
—Me he comprado un portátil.
—Pues tendrás Internet.
—En teoría —admitió él—. Pero solo soy especialista en jugar al Buscaminas.
Ella se echó a reír otra vez y Rebus comprendió que iba a restablecerse la relación. Oyó un silbido y entrechocar de copas de ruido de fondo.
—¿En qué café estás? —preguntó.
—En el Montpelier. La calle está llena de gente vestida de blanco.
El Montpelier estaba en Bruntsfield, a cinco minutos en coche.
—Puedo acercarme y te invito a ese café que he prometido. Y me enseñas cómo funciona el portátil.
—Yo ya me marcho. ¿Quieres que nos veamos después en los Meadows?
—No especialmente. ¿Y si tomamos una copa?
—Quizá. Veré lo que puedo averiguar sobre Pennen y te llamaré en cuanto lo tenga.
—Eres un sol, Mairie.
—Y una superventas, por añadidura —Hizo una pausa—. Oye, Cafferty entregó sus haberes a obras de beneficencia.
—Bien se podía permitir ser generoso. Hasta luego.
Cortó la comunicación y optó por comprobar los mensajes. Solo tenía uno. La voz de Steelforth masculló una docena de palabras y Rebus cerró el aparato. La amenaza truncada resonó en su cabeza mientras se acercaba al tocadiscos para llenar el cuarto con música de los Groundhogs.
«No se las dé de listo conmigo, Rebus, o acabará con...».
—«... los huesos principales rotos» —dijo el profesor Gates, encogiéndose de hombros—. Con semejante caída ¿qué puede esperarse?
Estaba practicando la autopsia porque Ben Webster era noticia y un caso urgente que todos deseaban ver cerrado lo antes posible.
—Un claro dictamen de suicidio —acababa de decir Gates.
Le secundaba en la autopsia el doctor Curt, pues, según la ley escocesa, era necesaria la presencia de dos patólogos para corroborar los resultados y que todo estuviera claro ante el juez. Gates era el más robusto de los dos, con un rostro marcado por venillas, nariz deforme por su pasión juvenil por el rugby (según su versión) o alguna pelea estudiantil adversa. Curt, cuatro o cinco años más joven que él, era algo más alto y mucho más delgado. Ambos eran catedráticos de la Universidad de Edimburgo. Ahora, terminado el curso, habrían podido estado tomando el sol en cualquier lugar, pero nunca los habían visto de vacaciones, como si tanto uno como otro lo hubiesen considerado signo de debilidad.
—¿No va a la marcha, John? —preguntó Curt.
Estaban los tres en torno a una mesa de acero en el depósito de cadáveres de Cowgate. Detrás de ellos, un ayudante movía recipientes e instrumentos metálicos que emitían diversos ruidos y chirridos.
—Para mí tiene poco aliciente —contestó Rebus—. El lunes sí que me echaré a la calle.
—Con los demás anarquistas —añadió Gates, mientras le practicaba una incisión al cadáver.
El depósito tenía una zona de espectadores algo más retirada y separada por un panel de metacrilato, donde Rebus solía situarse, pero Gates había dicho que como era fin de semana, podían prescindir de formalismos. No era la primera vez que Rebus veía las interioridades de un cadáver, pero, de todos modos, apartó la mirada.
—¿Qué edad tenía, treinta y cuatro o treinta y cinco años? —preguntó Gates.
—Treinta y cuatro —confirmó el ayudante.
—Y bastante bien llevados, teniendo en cuenta...
—La hermana comentó que era aficionado a correr y a nadar y que iba al gimnasio.
—¿Es ella quien le ha identificado? —preguntó Rebus.
—Sus padres han muerto.
—Lo publicaron los periódicos, ¿verdad? —añadió Curt arrastrando las palabras sin quitar ojo de las manipulaciones de su colega—. ¿Está bien afilado el escalpelo, Sandy?
Gates no contestó.
—La madre murió cuando entraron a robar en la casa. Una verdadera desgracia. Y el padre fue incapaz de vivir sin ella.
—Se dejó morir, ¿verdad? —añadió Curt—. ¿Quieres que siga yo, Sandy? No me extraña que estés cansado con la semana que hemos tenido.
—Deja de dar la lata.
Curt lanzó un suspiro y se encogió de hombros mientras miraba a Rebus.
—¿La hermana vino desde Dundee? —le preguntó Rebus al ayudante.
—Trabaja en Londres. Es policía y muy guapa, no como otros.
—Te quedas sin regalo del día de San Valentín —espetó Rebus.
—Mejorando lo presente, por supuesto.
—Pobre muchacha —comentó Curt—. Perder a toda la familia...
—¿Estaban muy unidos? —añadió Rebus sin poder evitar la pregunta, que causó extrañeza en Gates. Este alzó la vista; pero Rebus permaneció imperturbable.
—Creo que últimamente no se veían mucho —dijo el ayudante.
«Como Michael y yo».
—En cualquier caso, se encuentra muy afectada.
—Pero no habrá venido sola, ¿verdad? —inquirió Rebus.
—No había nadie con ella en la identificación —respondió el ayudante como si no tuviera importancia—. Después, la acompañé yo a la sala de espera y le ofrecí una taza de té.
—¡¿No seguirá allí todavía...?! —espetó Gates.
El ayudante miró a su alrededor sin saber qué mal había hecho.
—Yo tenía que preparar las cizallas —dijo.
—No hay nadie en el depósito aparte de nosotros —ladró Gates—. Ve a ver si se encuentra bien.
—Iré yo —dijo Rebus.
Gates se volvió hacia él con las manos llenas de relucientes entrañas.
—¿Qué pasa, John? ¿Se le ha revuelto el estómago?
En la sala de espera no había nadie. Tan solo, en el suelo, junto a una silla, una taza vacía con la insignia del Glasgow Rangers. Rebus la tocó y vio que estaba tibia. Fue a la entrada principal, aunque la del público era por un callejón de Cowgate, y miró en la calle de arriba abajo, pero no vio a nadie. Dobló la esquina de Cowgate y la vio sentada en el murete que rodeaba el edificio del depósito, observando la guardería de la otra acera. Rebus se detuvo frente a ella.
—¿Tiene un cigarrillo? —preguntó la mujer.
—¿Quiere uno?
—Es una ocasión como cualquier otra.
—Lo que quiere decir que no fuma.
—¿Y qué?
—No estoy dispuesto a enviciarla.
Ella le miró. Era rubia con el pelo corto y un rostro redondo de barbilla prominente. Llevaba falda hasta la rodilla y dejaba ver dos centímetros de pierna por encima de unas botas marrones con reborde de pelo animal. En el murete, a su lado, tenía un bolsón, seguramente con lo que había recogido aprisa y al azar para salir corriendo hacia el norte.
—Soy el inspector Rebus —dijo—. Siento lo de su hermano.
Ella asintió con la cabeza despacio, y volvió la vista hacia la guardería.
—¿Ese establecimiento funciona? —preguntó señalando el edificio con un gesto.
—Que yo sepa, sí. Hoy no está abierto, por supuesto.
—Una guardería... Justo enfrente de «esto» —añadió ella, y se volvió a mirar el depósito, a su espalda—. Muy cerca, ¿no, inspector Rebus?
—Sí, tiene razón. Siento no haber estado presente cuando identificó el cadáver.
—¿Por qué? ¿Conocía a Ben?
—No... Lo decía por... ¿Cómo no la ha acompañado nadie?
—¿Nadie, de dónde?
—De su distrito electoral... Del partido.
—¿Cree que al Partido Laborista le importa algo él ahora? —replicó ella con una risita sarcástica—. Estarán todos encabezando esa mierda de marcha, preocupados por salir en la foto. Ben no dejaba de hablar de lo cerca que estaba de llegar al poder. De poco le ha servido.
—Ojo con lo que dice —la interrumpió Rebus—. Parece más bien simpatizante de la marcha. —Ella lanzó un resoplido, pero no replicó—. ¿Tiene idea de por qué...? —añadió Rebus, y dejó la pregunta en el aire—. ¿Sabe que es mi obligación?
—Soy policía, como usted —contestó ella, mirando cómo sacaba la cajetilla—. Solo uno —suplicó.
No podía negarse. Encendió dos y se recostó en la pared a su lado.
—No pasa ningún coche —comentó ella.
—La ciudad está sitiada —dijo él—. Será difícil encontrar taxi, pero tengo el coche...
—Iré a pie —le interrumpió ella—. No dejó ninguna nota —añadió—, si es eso lo que quería saber. Anoche parecía estar bien, muy relajado, y todo eso. Los colegas no se lo explican... No tenía problemas en su trabajo. —Hizo una pausa y levantó la vista hacia el cielo—. Pero «siempre» tenía problemas en el trabajo.
—¿Debo entender que estaban muy unidos?
—Él pasaba en Londres los días laborables. Llevábamos sin vernos quizás un mes, bueno, tal vez dos, pero nos enviábamos mensajes de texto, correos electrónicos... —añadió mientras le daba una calada al cigarrillo.
—¿Tenía problemas en su trabajo? —inquirió Rebus.
—Trabajaba en el sector de ayuda al Tercer Mundo, intervenía en las decisiones de adjudicación de ayuda a algún decrépito dictador africano.
—Eso explica su presencia en Edimburgo —dijo Rebus casi para sus adentros.
Ella asintió despacio con la cabeza, llena de tristeza.
—Camino del poder, en un banquete en el castillo para hablar de los pobres y los hambrientos del mundo.
—¿Él era consciente de la ironía? —aventuró Rebus.
—Oh, sí.
—¿Y de la futilidad?
Ella le miró a los ojos.
—Jamás —respondió en voz queda—. No era propio de Ben. —Pestañeó para contener las lágrimas, sorbió por la nariz y suspiró, tirando el cigarrillo casi entero al suelo—. Tengo que irme —añadió. Sacó una cartera del bolso que llevaba en bandolera y le entregó una tarjeta en la que solo figuraba su nombre y el número de un teléfono móvil.
—¿Cuánto tiempo lleva en la policía, Stacey?
—Ocho años. Los tres últimos en Scotland Yard —dijo mirándolo a los ojos—. Tendrá que interrogarme, ¿no? Si Ben tenía enemigos, problemas económicos, si se había enemistado con alguien... Pero más tarde, por favor. Deme un día o dos y llámeme.
—De acuerdo.
—¿No hay indicios de que...? —Le costaba pronunciar la palabra, y aspiró aire para hacerlo—. ¿No hay indicios de que no se arrojara él?
—Si había tomado un par de vasos de vino, a lo mejor estaba mareado.
—¿No hay testigos?
Rebus se encogió de hombros.
—¿De verdad que no quiere que la lleve en mi coche?
—Necesito caminar —replicó ella, negando con la cabeza.
—Un consejo: no se acerque al itinerario de la marcha. Quizá volvamos a vernos... Siento de verdad lo de Ben.
—Lo dice en serio, como si lo sintiera —replicó ella mirándolo de hito en hito.
Estuvo a punto de sincerarse con ella —«Ayer mismo despedí a mi hermano en un féretro»—, pero solo respondió con un rictus nervioso, pues temía que le preguntase: «¿Estaban muy unidos?». «¿Se encuentra muy afectado?». Vio cómo emprendía su largo y solitario paseo por Cowgate y entró en el depósito para asistir al final de la autopsia.
4
Cuando Siobhan llegó a los Meadows, la cola de los que se incorporaban a la marcha llegaba hasta el lateral del antiguo hospital y llenaba los campos de juego junto a la fila de casas. Uno, provisto de un megáfono, advertía a quienes la formaban que tal vez tardaran un par de horas en comenzar a moverse.
—Es por la bofia —comentó alguien—. Solo dejan avanzar en grupos de cuarenta o cincuenta.
Siobhan estuvo a punto de salir en defensa de aquella táctica, pero se habría delatado. Avanzó despacio al paso de la masa pensando en cómo encontrar a sus padres. Habría cien mil personas, quizás el doble. Nunca había visto tanta gente. En el concierto del festival T in the Park cupieron sesenta mil; un partido de los dos equipos locales, si hacía buen día, atraería a unas dieciocho mil, y en Nochevieja, en torno a Hogmanay y Princes Street se congregaban casi cien mil personas.
Allí había más.
Y todos con la sonrisa en los labios.
Apenas se veía policía de uniforme ni servicio de orden. Había un aluvión de familias de Morningside, Tollcross y Newington y se había tropezado con media docena de conocidos y vecinos. El alcalde iba en cabeza. Se decía que también estaba Gordon Brown y que más tarde se dirigiría a la multitud, abrigado por la Patrulla de Protección de la policía, aunque él, en la Operación Sorbus, era un personaje conceptuado «de bajo riesgo» por sus fervientes declaraciones a favor de la paz y del comercio justo. A Siobhan le habían enseñado una lista de famosos que habían anunciado su presencia en Edimburgo: Geldof y Bono, por supuesto; tal vez incluso Ewan McGregor (quien, de todos modos, tenía que asistir a un acto en Dunblane); Julie Christie; Claudia Schiffer; George Clooney; Susan Sarandon...
Después de abrirse paso entre la muchedumbre desde delante hacia atrás, se dirigió al escenario principal. Tocaba una banda y había gente bailando con entusiasmo, pero la mayoría miraba sentada en el césped. En el pequeño campamento de tiendas de campaña instalado allí mismo había actividades infantiles, botiquín, mesa de firmas y exposiciones, se vendían productos de artesanía y se repartían octavillas. Por lo visto, un tabloide había distribuido carteles de ACABAD CON LA POBREZA y la gente recortaba el encabezamiento suprimiendo la mancha del rotativo. Globos hinchados con helio surcaban el cielo, una improvisada banda de metales daba la vuelta al campo seguida de otra de percusión africana. Más bailes, más sonrisas. Siobhan comprendió que no iba a pasar nada. Que en aquella marcha no habría disturbios.
Miró el móvil. No tenía mensajes. Había llamado dos veces a sus padres, pero estos no contestaban. Decidió dar otra vuelta al recinto. Junto a la caja de un camión habían erigido un pequeño escenario con cámaras de televisión donde hacían entrevistas a la gente. Reconoció a Peter Postlewhaite y a Billy Boyd, y en un momento dado vio a Billy Bragg. Ella quería ver a Gael García Bernal para comprobar si en persona era tan estupendo.
Las colas en las camionetas de comida vegetariana eran más largas que las de las hamburguesas. También ella había sido vegetariana, pero lo abandonó años atrás por culpa (decía) de Rebus y los panecillos de tocino que se zampaba en su presencia. Pensó en mandarle un mensaje de texto para que fuera. ¿Qué otra cosa tendría que hacer que tumbarse en el sofá o sentarse a la barra del Oxford? Pero lo que hizo fue enviar un mensaje de texto a sus padres y volver a mirar en las colas. Ahora, con las pancartas en alto, tocaban silbatos y redoblaban tambores. Tanta energía en el aire... Rebus diría que era un despilfarro. Había comentado que los acuerdos políticos ya estaban adoptados, y tenía razón; era lo mismo que habían dicho los del cuartel general de Sorbus. Gleneagles servía para las alianzas secretas y para salir en la foto. La verdadera negociación la habían llevado a cabo, sin publicidad, unos personajes menos conocidos; el más importante de ellos, el ministro de Hacienda. Se había preparado todo para la ratificación de las ocho firmas el último día de la reunión del G8.
«¿Cuánto costará todo esto?», pensó Siobhan.
—Ciento cincuenta mil millones, más o menos.
La respuesta se produjo con una profunda aspiración de sorpresa del inspector jefe Macrae. Siobhan frunció los labios sin decir nada.
—Sé lo que estás pensando —prosiguió su interlocutor—. Que con esa cantidad se pueden comprar muchas vacunas.
Todos los paseos de los Meadows estaban ya abarrotados de filas de manifestantes de cuatro en fondo y se había formado otra cola de espera que llegaba hasta las canchas de tenis y Buccleuch Street. Mientras se abría paso entre la gente sin encontrar ni rastro de sus padres, vio de reojo algo de color que se movía. Eran chaquetas amarillo brillante que avanzaban deprisa por Meadow Lane. Vio como daban la vuelta a la esquina de Buccleuch Place y se quedó de piedra.
Había unos sesenta manifestantes acorralados por el doble de policías. Los manifestantes emitían un sonido quejumbroso y ensordecedor con sus bocinas, llevaban gafas de sol y pañuelos negros que les cubrían la cara y algunos se tapaban con capucha; vestían pantalones negros de combate y botas, y unos cuantos se cubrían con casco. Aquel grupo no llevaba pancartas ni esgrimía sonrisas. Entre ellos y la policía solo se interponían los escudos transparentes antidisturbios, en uno de los cuales alguien había pintado con aerosol el símbolo anarquista. La masa de manifestantes trataba de abrirse paso hacia los Meadows, pero la policía aplicaba inflexible la táctica de la contención a toda costa. Un manifestante contenido era un manifestante neutralizado. Siobhan quedó impresionada: sus colegas debían de saber que aquel grupo de protesta iba camino de aquel lugar concreto por la rapidez con que habían tomado posición para impedir que los hechos fueran a más. Había mirones, indecisos entre quedarse o unirse a la marcha, y vio que algunos sacaban los móviles con cámara. Miró a su alrededor para asegurarse de que no aparecieran más antidisturbios y quedar bloqueada. Del grupo acorralado surgían voces que parecían extranjeras, gritos en español o italiano. Ella conocía alguno de aquellos colectivos, Basta Ya y Black Bloc, pero no veía allí nada estrafalario como en el caso de los Wombles o del Rebel Clown Army.
Metió la mano en el bolsillo y apretó su carné de policía, dispuesta a tenerlo preparado y enseñarlo si las cosas se ponían feas. Oyó un helicóptero que sobrevolaba el lugar y vio a un policía que filmaba con vídeo desde la escalinata de los edificios de la universidad barriendo la calle con la cámara. La fijó en ella un instante y volvió a enfocar al resto de los curiosos. Pero de pronto le llamó la atención otra cámara que la enfocaba directamente.
Era Santal, quien, al otro lado del cordón policial, lo filmaba todo con su vídeo digital. Iba vestida como los demás, con una mochila colgada al hombro y ensimismada en su tarea, sin secundar cantos ni consignas. Los manifestantes también querían grabar aquella escena para verla después y reconocerse, aprender las tácticas de la policía y saber contrarrestarlas, y por si se producían (quizá deseándolos) malos tratos. Estaban versados en técnicas de comunicación y tenían abogados entre los activistas. La película de Génova había causado sensación en todo el mundo y, sin duda, una filmación reciente sobre una acción policial violenta sería igualmente eficaz.
Siobhan se percató de que Santal la había visto. Ahora enfocaba la cámara hacia ella y, bajo el visor, su boca era un rictus de furor. Pensó que no era precisamente el momento de acercarse a preguntarle si había visto a sus padres. Oyó el zumbido del móvil indicándole que entraba una llamada y miró el número, pero no lo conocía.
—Siobhan Clarke —dijo llevándose el aparato al oído.
—¿Shiv? Soy Ray Duff. Que sepas que me estoy ganando a pulso esa excursión.
—¿Qué excursión?
—La que me debes. —Hizo una pausa—. A menos que no sea eso lo que has convenido con Rebus.
Siobhan se echó a reír.
—Depende. ¿Estás en el laboratorio?
—Trabajando como un burro por ti.
—¿En la muestra de la Fuente Clootie?
—A lo mejor tengo algo que te interesa, aunque no sé si te gustará. ¿Cuánto tardarás en llegar?
—Media hora —contestó ella, volviendo la cabeza al oír de pronto un bocinazo.
—No hace falta que me digas dónde estás —añadió Duff—. Lo estoy viendo en el noticiario.
—¿La marcha o la manifestación?
—La manifestación, por supuesto. Los felices y legales caminantes de la marcha apenas son noticia, a pesar de que suman un cuarto de millón.
—¿Un cuarto de millón?
—Eso dicen. Nos vemos dentro de media hora.
—Adiós, Ray.
Cortó la comunicación. Vaya cifra... Más de la mitad de la población de Edimburgo, y equiparable a tres millones si se hubiera celebrado en las calles de Londres. Y solo unos sesenta individuos vestidos de negro iban a acaparar las noticias en las dos horas siguientes.
Porque a continuación, todas las miradas se volverían hacia el concierto Live 8 de Londres.
«No, no, no —pensó—, eres demasiado cínica, Siobhan; piensas como el maldito John Rebus. Nadie puede ignorar una cadena humana que rodea la ciudad, una cinta blanca llena de pasión y esperanza».
Ella sí.
¿Había pensado realmente en incorporar su humilde ser a aquella estadística? Ahora ya era tarde. Ya se disculparía después con sus padres. De momento, tenía que alejarse de los Meadows. Lo mejor era llegar a St. Leonard, la comisaría más cercana, y que la llevara un coche patrulla, o hacer autostop si era preciso, porque tenía su coche en aquel taller que le había recomendado Rebus y el mecánico le había dicho que llamase el lunes. Recordó que el dueño de un 4 × 4 lo había sacado de la ciudad mientras durase aquello, en previsión de destrozos. Otra noticia agorera; al menos es lo que había pensado ella.
Santal no pareció percatarse de que se marchaba.
—... No se puede ni echar cartas —se quejó Ray Duff—. Han precintado los buzones por si meten alguna bomba.
—En Princes Street hay escaparates protegidos con tableros —añadió Siobhan.
—Bueno, ¿vamos al grano? —terció Rebus.
—Ya veo que teme perderse el gran acontecimiento —comentó Duff con un resoplido.
—¿Qué gran acontecimiento? —preguntó Siobhan mirando a Rebus.
—Pink Floyd —respondió él—. Pero si hay algo como McCartney y U2, paso.
Estaban los tres en uno de los laboratorios de la Unidad Científica Forense de Lothian y Borders de Howdenhall Road. Duff, con treinta años cumplidos, pelo castaño y un pronunciado pico de viuda, se limpiaba las gafas con un extremo de la bata blanca. En opinión de Rebus, el éxito televisivo de CSI había ejercido un efecto nocivo en los cerebritos de Howdenhall. Pese a su carencia de recursos, glamur y banda sonora estridente, todos parecían creerse actores. Además, algunos inspectores jefes habían comenzado a aceptarlo y les pedían que imitaran las técnicas forenses más enrevesadas de las teleseries. Por lo visto, Duff había decidido adoptar el papel de genio excéntrico y, en consecuencia, había prescindido de sus lentes de contacto, volvía a usar gafas de pasta con montura a lo Eric Morecambe y aumentaba visiblemente el surtido de rotuladores de color en el bolsillo superior de la bata. Y, además, en la solapa, llevaba una batería de gruesos clips. Tal como Rebus había comentado nada más entrar, parecía salido de un vídeo de Devo.
Y ahora les iba encarrilando hacia la información.
—Cuando quieras —dijo Rebus.
Estaban delante de un banco de trabajo con varios trozos de tela a los que Duff había adosado unos cuadraditos numerados, y dispuesto otros más pequeños (al parecer, según un código de colores) junto a las manchas o deterioros de cada pieza.
—Cuanto antes terminemos, antes podrás volver a sacar brillo al cromado de tu MG.
—Por cierto —terció Siobhan—, gracias por ofrecerme a Ray.
—Tendrías que haber visto a la del primer premio —musitó Rebus—. ¿Qué es todo eso, profesor?
—Barro y mierda de pájaro la mayor parte —contestó Duff apoyando las manos en la cadera—. Marrón lo primero y gris lo segundo —añadió mientras señalaba los cuadrados con la barbilla.
—Y el azul y el rosa...
—El azul es algo que requiere más análisis.
—No me digas que el rosa es de pintalabios —dijo Siobhan con voz queda.
—De sangre —replicó Duff con gesto teatral.
—Ah, bien —comentó Rebus mirando a Siobhan—. ¿Cuántas manchas hay?
—De momento, dos... Número uno y número dos. Uno, en unos pantalones de pana marrón. La sangre resulta muy difícil de distinguir sobre fondo marrón, porque parece óxido. Y dos, en una camiseta de deporte, amarillo claro, como puede ver.
—No la veo. —Rebus se inclinó para mirar más de cerca. La camiseta estaba toda sucia—. ¿Qué es eso de la izquierda de la pechera, una insignia?
—Para ser más exactos, dice: TALLERES KEOGH. La salpicadura de sangre está por detrás.
—¿Salpicadura?
Duff asintió con un cabeceo.
—Que coincide con un golpe en la cabeza con algo parecido a un martillo que hace contacto, rompe la piel y, al retirarlo, provoca que la sangre brote en todas direcciones.
—¿Talleres Keogh? —le preguntó Siobhan a Rebus, quien se encogió de hombros, pero Duff carraspeó.
—No aparece en el listín telefónico de Perthshire. Ni en el de Edimburgo.
—Ha sido un trabajo rápido, Ray —comentó Siobhan con gesto de aprobación.
—Ray, aquí hay otro punto marrón —dijo Rebus con un guiño—. ¿Relacionado con el número uno?
Duff asintió con la cabeza.
—Pero este no es de salpicadura. Es un pegote en la pernera derecha, a la altura de la rodilla. Cuando alguien recibe un golpe en la cabeza se producen gotas como esa.
—O sea, que tenemos tres víctimas... ¿y un solo agresor?
Duff se encogió de hombros.
—No se puede demostrar, por supuesto. Pero ¿qué probabilidades hay de que sean pruebas relativas a tres víctimas y a tres agresores distintos que vayan a parar a tan extraño lugar?
—Tienes razón, Ray —convino Rebus.
—Así que se trata de un asesino en serie —añadió Siobhan—. Supongo que serán grupos sanguíneos distintos —añadió mirando a Duff—. ¿Tienes idea del orden en que murieron?
—La muestra del CC Rider es la más reciente. Y creo que la de la camiseta deportiva es la más antigua.
—¿No hay ninguna pista en la del pantalón?
Duff negó con la cabeza despacio y a continuación metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó una bolsita de plástico.
—A menos que se tenga esto en cuenta, claro.
—¿Qué es eso? —preguntó Siobhan.
—Una tarjeta de cajero automático —respondió Duff, recreándose un instante—. A nombre de Trevor Guest. Así que no me digas que no me he ganado el premio.
En la calle, Rebus encendió un cigarrillo, mientras Siobhan paseaba a lo largo del aparcamiento con los brazos cruzados.
—Un asesino —dijo.
—Pues sí.
—Dos víctimas con nombre, y la tercera, un mecánico.
—O un vendedor de coches —puntualizó Rebus pensativo—. O alguien con una camiseta con el anuncio de un taller.
—Gracias por ampliar el campo de investigación.
Él se encogió de hombros.
—Si hubiéramos encontrado un pañuelo de los Hibs, ¿nos concentraríamos en el equipo de fútbol?
—De acuerdo; entendido —dijo ella, y se detuvo de pronto—. ¿Tienes que volver a la autopsia?
Rebus negó con la cabeza.
—Uno de los dos tendrá que darle la noticia a Macrae —advirtió.
Siobhan asintió con la cabeza.
—Lo haré yo —se ofreció.
—Hoy poco más se puede hacer.
—Entonces, ¿vas a ver el concierto Live 8?
Rebus alzó los hombros.
—¿Y tú vas a los Meadows? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza pensando en otra cosa.
—¿Por qué habrá tenido que ocurrir en una semana como esta?
—Para eso nos pagan una pasta —respondió Rebus, y aspiró con fruición la nicotina.
Un gran paquete aguardaba a Rebus a la puerta de su piso. Le había dicho a Siobhan que después de los Meadows pasara por su casa a tomar una copa. Advirtió que la sala de estar necesitaba ventilarse y abrió la ventana de par en par. Llegaban ruidos de la marcha y voces de megáfono, tambores y silbatos. La tele retransmitía ya el Live 8, pero no había ningún grupo que él conociera. Bajó el volumen y abrió el paquete. Dentro había una nota de Mairie («NO TE LO MERECES») seguida de páginas y páginas impresas: noticias sobre Pennen Industries a partir de su segregación del Ministerio de Defensa, recortes de las páginas de negocios con datos sobre aumentos de beneficios, y perfiles con elogios y fotos de Richard Pennen. El perfecto hombre de negocios: acicalado, bien vestido, bien peinado, pelo canoso a pesar de sus escasos cuarenta y tantos años, gafas de montura metálica y una mandíbula cuadrada bajo una dentadura impecable.
Richard Pennen había sido empleado del ministerio, algo así como un as del microchip y de los programas de ordenador, insistía en que su empresa no vendía armas sino simplemente componentes para hacerlas lo más eficaces posible, y citaban su afirmación: «Que en resumen es la mejor alternativa para todos». Rebus hojeó a toda prisa entrevistas y datos sobre antecedentes. No había nada que vinculase a Pennen con Ben Webster, salvo que los dos pertenecían al ámbito del «comercio». No era de extrañar que la empresa le pagase a un parlamentario un hotel de cinco estrellas. Cogió otro grupo de páginas grapadas y le dirigió un «gracias» silencioso a Mairie. La periodista le adjuntaba hojas y más hojas sobre Ben Webster. No hablaba gran cosa de su carrera parlamentaria, pero cinco años antes la prensa había dedicado atención a la familia tras la extraña agresión a la madre de Webster. Ella y su marido pasaban unas vacaciones en Borders, en un chalé alquilado cerca de Kelso. Una tarde, el padre salió al pueblo a comprar y a su regreso se encontró con que habían allanado el chalé y a su mujer estrangulada con un cordón de las persianas venecianas. Agredida, pero sin violación. Tan solo faltaban dinero del bolso y el móvil.
Calderilla y un teléfono. Y la vida de una mujer.
La investigación se había alargado varias semanas. Rebus miró las fotos del chalé, la víctima, el dolido esposo y los hijos, Ben y Stacey. Sacó del bolsillo la tarjeta que Stacey le había dado y pasó los dedos por los bordes mientras proseguía la lectura. Ben era diputado por Dundee Norte; Stacey, agente de policía de Londres, calificada por sus colegas de «diligente y muy apreciada». El chalé estaba en el linde de unos bosques, en un terreno de colinas ondulantes y sin vecinos a la vista. Al matrimonio le gustaba dar largos paseos, y se mencionaba su presencia regular en bares y restaurantes de Kelso. Pasaban las vacaciones en aquella comarca desde hacía años. Los concejales de la zona hacían hincapié en que en Borders «casi no se cometen crímenes y es un remanso de paz». Por no espantar al turismo.
No se descubrió al culpable, y el caso saltó de la primera página a las interiores y luego a las de atrás, hasta reaparecer esporádicamente en algún párrafo de los perfiles de Ben Webster. Había una amplia entrevista de la época en que pasó a ocupar el cargo de secretario privado del Parlamento, pero en ella se negó a hablar del trágico acontecimiento.
Trágicos, en realidad; en plural, porque el padre no había sobrevivido mucho tiempo al asesinato de su esposa. Muerto por causas naturales. «Había perdido las ganas de vivir. Ahora está en paz con el amor de su esposa», decía un vecino de Broughty Ferry.
Rebus volvió a mirar la foto de Stacey el día del funeral de la madre. Al parecer, había salido en televisión para hacer un llamamiento a quien pudiera dar alguna pista. Era más fuerte que su hermano, que no quiso acompañarla en la conferencia de prensa. Rebus esperaba que conservara esa fortaleza.
El suicidio parecía la conclusión definitiva: la pena había podido finalmente con el hijo huérfano. Salvo que Ben Webster cayó gritando y los soldados de guardia habían advertido la presencia de algún intruso. Además, ¿por qué precisamente aquella noche y en aquel lugar, con todos los medios de comunicación mundiales en Edimburgo?
Era un gesto público.
Y Steelforth... Sí, Steelforth quería echar tierra al asunto. Que nada distrajera la atención del G8, que no se perturbase la estancia de las delegaciones. Rebus, muy a su pesar, tenía que reconocer que si insistía en aferrarse al caso era tan solo por fastidiar al hombre del Departamento Especial. Se levantó de la mesa y fue a la cocina, se hizo un café cargado y se lo llevó a la sala de estar. Cambió el canal de la televisión, pero no encontró noticias sobre la marcha. La multitud de Hyde Park parecía pasarlo bien, aunque había un recinto justo delante del escenario medio vacío. Sería seguramente para los miembros de seguridad, o para los medios. Geldof no pedía dinero esta vez; Live 8 pretendía centrar mentes y corazones. Rebus pensó cuántos asistentes al concierto responderían al llamamiento y se desplazarían seiscientos kilómetros hasta Escocia. Encendió un cigarrillo y se sentó en un sillón mirando la pantalla con el café en la mano. Volvió a pensar en la Fuente Clootie y el ritual del paraje. Si Ray Duff estaba en lo cierto, había al menos tres víctimas, y un asesino había erigido una especie de santuario. ¿Tendría alguna relación con la localidad? ¿Hasta qué punto era conocida la Fuente Clootie fuera de Auchterarder? ¿Figuraba en las guías de viaje o en los folletos turísticos? ¿Lo habían elegido por su proximidad a la cumbre del G8, porque el asesino pensó que con tal número de policías patrullando era muy probable que descubrieran su siniestra ofrenda? Y en tal caso, ¿había ya acabado de matar?
Tres víctimas. No habría manera de ocultárselo a los periodistas. CC Rider, Talleres Keogh y una tarjeta de banco... El asesino se lo ponía fácil; quería que supieran que andaba rondando. La prensa mundial estaba concentrada en Escocia como nunca antes lo había hecho, y ello le procuraba un protagonismo global. Y Macrae estaría relamiéndose por tamaña oportunidad, y se presentaría ante los periodistas, sacando pecho al contestar a sus preguntas, acompañado de Derek Starr.
Había quedado con Siobhan en que ella llamaría a Macrae desde la marcha para comunicarle los hallazgos del laboratorio. Ray Duff, mientras tanto, proseguiría sus análisis para ver si hallaba restos de ADN en la sangre, tratando de aislar algún pelo, alguna fibra que identificar. Rebus pensó de nuevo en Cyril Colliar. No podía decirse que fuera la típica víctima. Los asesinos en serie solían atacar a los débiles y a los marginados. ¿Sería la casualidad de haberse encontrado en el lugar en que no debía en el momento menos oportuno? Lo habían matado en Edimburgo, pero el trozo de la cazadora había ido a parar al bosque de Auchterarder, justo cuando se iniciaba la Operación Sorbus. Sorbus: una especie de árbol, el trozo del CC Rider dejado en el claro de un bosque... Si había alguna relación con el G8, sabía que los de espionaje les arrebatarían el caso a Siobhan y a él. Steelforth no cedería. Mientras, el asesino se burlaba de ellos y les dejaba tarjetas de visita.
Llamaron a la puerta. Tenía que ser Siobhan. Apagó la colilla, se levantó y echó un vistazo a la habitación; no estaba muy desordenada ni había latas de cerveza vacías ni envases de pizza; recogió la botella de whisky, que estaba junto al sillón, y la puso en la repisa de la chimenea. Cambió el canal de la televisión y fue a la puerta. La abrió de par en par y al ver aquella cara se le encogió el estómago.
—Se te ha removido la conciencia, ¿no? —dijo fingiendo indiferencia.
—La tengo más limpia que la puta nieve, Rebus. ¿Puede decir lo mismo?
No era Siobhan. Era Morris Gerald Cafferty, con la camiseta blanca del emblema ACABAD CON LA POBREZA y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, que sacó despacio, alzándolas para que se viera que iba desarmado. Su cabeza era del tamaño de una esfera de jugar a los bolos, brillante y sin apenas pelo, con ojillos hundidos y labios relucientes y casi sin cuello. Rebus hizo gesto de cerrarle la puerta, pero Cafferty se lo impidió con la mano.
—¿Esas son maneras de tratar a un viejo amigo?
—Vete al infierno.
—Ya veo que me ha superado. ¿Le ha quitado esa camisa a un espantapájaros?
—¿Y a ti quién te viste, Trinity & Susannah?
Cafferty lanzó un resoplido.
—Pues en realidad las conocí en un desayuno de la tele. ¿No es mejor que charlemos un ratito?
Rebus ya no intentaba cerrar la puerta.
—¿Qué demonios quieres, Cafferty?
Cafferty se miró la palma de las manos y se limpió una mugre inexistente.
—¿Cuánto hace que vive aquí, Rebus? Por lo menos treinta años.
—¿Y qué?
—¿No ha oído hablar de la jerarquía habitacional?
—Dios, no vendrás ahora con lo de «Inmejorable situación. Se alquila».
—No hace nada por mejorar su situación, y no lo entiendo.
—Tal vez debería escribir un libro explicándolo.
Cafferty sonrió.
—Y yo podría escribir una continuación contando algunos de nuestros pequeños «desacuerdos».
—¿A eso has venido? Quieres refrescar vivencias, ¿verdad?
—He venido por lo de mi muchacho, Cyril —replicó Cafferty con rostro sombrío.
—¿Qué pasa?
—Me he enterado de que la investigación progresa. Y quería saber.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¿Así que es cierto?
—¿Y crees que iba a contarte algo si así fuese?
Cafferty profirió un gruñido, estiró los brazos y empujó a Rebus hacia el pasillo, haciéndole chocar contra la pared, y volvió a agarrarlo, enseñando los dientes, pero Rebus, una vez recuperado de la sorpresa, logró asirlo de la camiseta. Forcejearon, zarandeándose y dando vueltas, impulsados por la inercia pasillo adelante hasta la puerta de la sala de estar sin decir palabra: solo hablaban los ojos y la fuerza corporal. Pero Cafferty miró el cuarto y se quedó de piedra.
—Dios bendito —exclamó contemplando las dos cajas del sofá.
Eran las notas del caso Colliar que Rebus se había llevado la noche anterior de la comisaría de Gayfield. Encima estaban las fotos de la autopsia, y por debajo de ellas asomaba una vieja foto del propio Cafferty.
—¿Por qué tiene aquí todo esto? —preguntó Cafferty, jadeante.
—No es asunto tuyo.
—No renuncia a tratar de hundirme.
—Ahora ya no tanto —respondió Rebus. Fue hasta la repisa de la chimenea a coger la botella de whisky; recogió el vaso del suelo y se sirvió—. Pronto se hará pública la noticia —añadió, e hizo una pausa para beber—. Creemos que Colliar no es la única víctima.
Cafferty entrecerró los ojos tratando de comprender.
—¿Quién más? —preguntó.
Rebus negó con la cabeza.
—Ahora lárgate —dijo.
—Puedo ayudar —se ofreció Cafferty—. Conozco gente.
—¿Ah, sí? ¿Te suena Trevor Guest?
Cafferty reflexionó un instante y al cabo dijo que no.
—¿Y Talleres Keogh?
Cafferty cuadró los hombros.
—Puedo averiguarlo, Rebus. Tengo contactos en lugares que le harían temblar.
—Todo lo tuyo me hace temblar, Cafferty; por miedo a la contaminación, supongo. ¿Por qué te sulfuras tanto por lo de Colliar?
Cafferty miró hacia la botella de whisky.
—¿Hay otro vaso? —preguntó.
Rebus fue a buscarlo a la cocina. Cuando volvió, Cafferty leía la nota de Mairie.
—Ya veo que la señorita Henderson le echa una mano —dijo con fría sonrisa—. Conozco su escritura.
Rebus, sin replicar, sirvió un poco de whisky en el vaso.
—Preferiría malta —dijo Cafferty en tono de reproche balanceando el whisky bajo la nariz—. ¿A qué viene ese interés por Pennen Industries?
—Ibas a hablarme de Cyril Colliar —replicó Rebus.
Cafferty se dirigió al sofá.
—No te sientes —ordenó Rebus—. No vas a estar mucho tiempo.
Cafferty apuró el whisky y dejó el vaso en la mesa.
—No es en realidad Cyril en sí quien me interesa —dijo—. Es que cuando ocurre algo así... empiezan a correr rumores. Rumores de una venganza. Y eso no es bueno para el negocio. Como bien sabe, Rebus, tuve enemigos en mis tiempos.
—Sí, de quienes ya no veo ni rastro, curiosamente.
—Hay por ahí muchos chacales deseando repartirse los despojos; mis despojos —añadió señalándose el pecho con un dedo.
—Te estás volviendo viejo, Cafferty.
—Igual que usted. Pero en mi tipo de negocio no hay pensión.
—¿Y entretanto aparecen chacales más jóvenes y hambrientos? —aventuró Rebus—. Y tú tienes que demostrar quién eres.
—Yo nunca me he arrugado, Rebus. No pienso hacerlo.
—Pronto se hará público, Cafferty. Si no existe relación entre las otras víctimas y tú ya no habrá motivos de venganza.
—Pero mientras tanto...
—Mientras tanto, ¿qué?
—Talleres Keogh y Trevor Guest —añadió Cafferty con un guiño.
—Déjanoslo a nosotros, Cafferty.
—Quién sabe, Rebus. A lo mejor miro a ver qué puedo averiguar sobre Pennen Industries —dijo Cafferty echando a andar hacia el pasillo—. Gracias por la copa y la gimnasia. Creo que me uniré a la cola de la marcha. La pobreza siempre me ha preocupado mucho. —Hizo una pausa en el vestíbulo, mirando a su alrededor—. Pero nunca había visto una tan flagrante —añadió mientras salía al rellano.
5
El muy honorable Gordon Brown, ministro de Hacienda, ya había iniciado su intervención cuando entró Siobhan. Novecientas personas se habían congregado en la Sala de Asambleas en la cumbre de The Mound. La última vez que ella había pisado aquel local era aún sede provisional del Parlamento de Escocia, que ahora albergaba un nuevo y lujoso edificio en Holyrood frente a la residencia de la reina, por lo que la Sala de Asambleas era de nuevo propiedad de la Iglesia de Escocia, coorganizadora de aquel acto vespertino junto con Christian Aid.
Siobhan acudía al encuentro del jefe de la policía de Edimburgo, James Corbyn, que llevaba poco más de un año en el cargo, en sustitución de sir David Strathern. Su nombramiento había sido objeto de habladurías. Era inglés, un jefe «obsesionado por los números» y «demasiado joven», pero había demostrado ser un policía entregado que hacía visitas habituales en primera línea. Vio que estaba sentado en una de las primeras filas de atrás, con uniforme de gala y la gorra en el regazo. Siobhan sabía que la esperaba y se situó cerca de la entrada, conformándose con escuchar desde allí las cuitas y promesas del ministro de Hacienda. Cuando dijo que le condonarían la deuda a los treinta y ocho países más pobres de África hubo un aplauso unánime en la sala. Al cesar los aplausos, Siobhan oyó una voz disidente. La de un único descontento que, puesto en pie, alzó su falda escocesa y enseñó una foto de Tony Blair en los calzoncillos. Los ujieres entraron rápidamente en acción secundados por el público cercano al hombre, y mientras le arrastraban hacia la salida, recibieron otro unánime aplauso. El ministro, que había aprovechado la interrumpción para ordenar sus notas, prosiguió su parlamento en el punto en que lo habían interrumpido.
Pero el incidente le sirvió de oportuna excusa a James Corbyn para abandonar la sala. Siobhan le siguió al vestíbulo y se presentó. Ya no había rastro del alborotador ni de sus captores, solo algunos funcionarios, a la espera de que su jefe concluyera el discurso, que paseaban de arriba abajo con carpetas de documentación y móviles y cara de agotados por los acontecimientos de la jornada.
—Me ha dicho el inspector jefe que tenemos un problema —afirmó Corbyn sin andarse con rodeos ni preámbulos.
Pasaba de los cuarenta años y llevaba el pelo negro con raya a la izquierda. Era de complexión robusta y de más de un metro ochenta de alto y con un gran lunar en la mejilla derecha, a propósito del cual Siobhan iba prevenida.
«Es muy difícil mirarlo a los ojos con esa maldita mancha en el campo visual», le había dicho Macrae.
—Es posible que haya tres víctimas —dijo Siobhan.
—¿Y un escenario del crimen puerta con puerta del G8? —espetó Corbyn.
—No exactamente, señor. No creo que allí encontremos cadáveres; solo restos de pruebas.
—El viernes se marchan de Gleneagles. Podemos aplazar la investigación hasta ese día.
—Pero por otro lado —insinuó Siobhan—, los mandatarios no llegan hasta el miércoles, lo cual nos da tres días.
—¿Cuál es su plan?
—Mantener el asunto con discreción y trabajar cuanto podamos. Para entonces, los forenses habrán hecho un examen completo. La única víctima confirmada es competencia de Edimburgo y no hay necesidad de importunar a los mandatarios.
Corbyn la miró un instante.
—Es usted sargento, ¿verdad?
Siobhan asintió con la cabeza.
—Es un poco joven para encargarse de un caso como este —añadió Corbyn. No era una crítica sino una mera constatación.
—Me acompaña un inspector de la comisaría, señor, que trabajó conmigo en la investigación inicial.
—¿Cuántos agentes necesitará?
—Me temo que no habrá muchos disponibles.
—La situación es muy delicada estos días, sargento Clarke —le explicó Corbyn sonriente.
—Lo sé.
—No me cabe la menor duda. Y ese inspector que dice... ¿es de confianza?
Siobhan asintió con la cabeza sin dejar de mirarlo a los ojos sin pestañear, mientras pensaba: «Tal vez sea demasiado nuevo en la plaza como para haber oído hablar de John Rebus».
—¿Le gusta trabajar en domingo? —inquirió Corbyn.
—A mí sí, pero no estoy tan segura con respecto al equipo forense.
—Le servirá de ayuda que yo diga una palabra. No ha habido incidentes en la marcha —añadió pensativo—, y tal vez resulte todo más fácil de lo que pensábamos.
—Sí, señor.
Corbyn volvió a mirarla con atención.
—Su acento es inglés —comentó.
—Sí, señor.
—¿Le ha causado algún problema?
—Alguna burla de vez en cuando.
Él asintió con la cabeza.
—Muy bien —añadió poniéndose firme—. Haga lo que pueda antes del miércoles. Si surge cualquier problema, comuníquemelo. Pero no le pise el terreno a nadie —añadió, mirando hacia los funcionarios.
—Señor, hay un funcionario del SO12 llamado Steelforth que tal vez plantee alguna objeción.
Corbyn miró su reloj.
—Remítalo a mi despacho —dijo mientras se calaba su gorra con galones—. Ya tenía que estar en otro sitio. ¿Se da cuenta de la enorme responsabilidad que...?
—Sí, señor.
—Que su colega se haga cargo igualmente.
—Lo entenderá, señor.
—Muy bien —dijo Corbyn tendiéndole la mano—. Suerte, sargento Clarke.
Se estrecharon la mano.
Emitieron por la radio un reportaje sobre la marcha, y al final, en un añadido, dieron la noticia de la muerte del secretario de Desarrollo Internacional Ben Webster comentando que se consideraba «un trágico accidente». Pero la noticia más importante era el concierto de Hyde Park. Siobhan había oído numerosas quejas de la muchedumbre reunida en los Meadows comentando que los artistas pop iban a hacer sombra a los actos de Edimburgo.
—Publicidad y venta de discos, eso es lo que buscan. Son unos hijos de mala madre, egocéntricos —comentó un hombre.
Los últimos datos sobre el número de asistentes a la marcha eran de doscientos veinticinco mil. Siobhan no sabía cuántos asistirían al concierto de Londres, pero dudaba mucho que llegasen a la mitad de esa cifra.
Ya era de noche y se veían las calles llenas de coches y peatones, y muchos autobuses saliendo de la ciudad en dirección sur. Vio al pasar tiendas y restaurantes con carteles de APOYAMOS A ACABAD CON LA POBREZA, SOLO VENDEMOS PRODUCTOS DE COMERCIO JUSTO, PEQUEÑO COMERCIO DETALLISTA Y BIENVENIDOS LOS DE LA MARCHA. También había pintadas: símbolos anarquistas y mensajes instando a los peatones a «Activistas 8, Agitadores 8, Manifestantes 8». Una de ellas rezaba: «No se saqueó Roma en un día». Pensó que ojalá no se equivocara el jefe de policía; pero quedaban muchos días por delante.
Fuera del campamento de Niddrie habían aparcado autobuses. El poblado de tiendas de campaña había crecido. El vigilante de la víspera estaba de servicio. Siobhan le preguntó cómo se llamaba.
—Bobby Greig.
—Me llamo Siobhan, Bobby. Sí que hay movimiento esta noche.
Él se encogió de hombros.
—Unos dos mil, quizá. Seguro que no habrá más.
—Lo dice como decepcionado.
—El ayuntamiento se ha gastado un millón en las instalaciones, y con esa suma podía haberles pagado un hotel en vez de aparcarlos en pleno campo. Ya veo que trae vehículo de sustitución —añadió, señalando con la cabeza el coche que acababa de cerrar.
—Es del parque móvil de St. Leonard. ¿Ha habido más conflictos con los pandilleros?
—No han vuelto a molestar —contestó el vigilante—. Pero tenga en cuenta que ahora es de noche y es cuando salen. ¿Sabe lo que parece esto? —añadió mirando el recinto—. Una de esas películas de zombis.
Siobhan sonrió.
—Eso le convierte a usted en la última esperanza de la humanidad, Bobby. Debería sentirse halagado.
—¡Yo acabo el turno a medianoche! —gritó a su espalda mientras se dirigía a la tienda de sus padres.
No había nadie. Abrió la cremallera de la entrada y miró el interior. La mesa y las sillas estaban plegadas, y los sacos de dormir, enrollados. Arrancó una hoja de su libreta y dejó un mensaje. Como en las tiendas contiguas tampoco vio signos de vida, pensó si habrían ido con Santal a tomar una copa.
Santal: la última vez la había visto entre los manifestantes de Buccleuch Place, lo que significaba que podría dar problemas..., buscarse problemas.
«¿Te das cuenta de lo que estás pensando? Tienes miedo de que tus padres se hayan dejado embaucar...».
Se dijo que era una tonta y decidió matar el tiempo dando una vuelta por el campamento. Había cambiado poco desde el día anterior: un rasgueo de guitarra, un corro de cantores sentados con las piernas cruzadas, niños jugando descalzos en el césped, colas para la comida barata del entoldado. A los recién llegados, cansados de la marcha, les entregaban la muñequera indicándoles dónde plantar la tienda. Aún había en el cielo una luz crepuscular y se divisaba una extraña silueta del Arthur’s Seat. Pensó que a lo mejor subiría allí al día siguiente; se tomaría una hora de asueto. La vista desde arriba era estupenda. Suponiendo que pudiera tomarse una hora libre. Tenía que llamar a Rebus para ver cómo iban a enfocar el caso. Probablemente estaría en casa viendo la tele. Tenía tiempo de sobra para hablarlo con él.
—Bueno, es sábado por la noche —dijo Bobby Greig, detrás de ella, con una linterna y su emisor-receptor—. ¿No debería estar por ahí, divirtiéndose?
—Por lo visto, debe de ser lo que hacen mis amigos —replicó ella mientras señalaba con la cabeza la tienda de sus padres.
—Yo voy a tomar una copa cuando termine —insinuó él.
—Yo tengo que trabajar mañana.
—Espero que sean horas extra.
—De todos modos, gracias por... Tal vez otro día.
Él se encogió de hombros.
—Era por no sentirme fuera de servicio. —Su transmisor cobró vida con un chasquido de parásitos y él se lo acercó a la boca—. Repite, torre.
—Ahí vuelven —se oyó decir a una voz distorsionada.
Siobhan miró hacia la valla, pero no veía nada. Siguió a Bobby Greig hasta la puerta. Sí; eran una docena de jóvenes, con cazadora de capucha bien ajustada a la cara y los ojos en sombra bajo las viseras de sus gorras de béisbol. Sin armas, aparte de un botellón que se pasaban unos a otros. Media docena de vigilantes se habían congregado junto a la puerta por dentro del recinto esperando a que llegara Greig. Este volvió la cabeza como fastidiado por la aparición.
—¿Llamamos a la policía? —preguntó uno de los vigilantes de seguridad.
—No llevan armas —replicó Greig—. Podemos solventarlo.
La pandilla se fue acercando a la valla. Siobhan reconoció en el centro al cabecilla del viernes. El mecánico del taller que le había recomendado Rebus había calculado una reparación de unas seiscientas libras.
—Puede que el seguro pague una parte —añadió como único consuelo. Ella le preguntó si le sonaba el nombre de Talleres Keogh, pero el hombre negó con la cabeza.
—¿Se lo puede preguntar a alguien más?
El mecánico dijo que lo haría y a continuación le pidió una señal y ella tuvo que sacar cien libras de la cuenta del banco; le quedaban quinientas por pagar y ahora allí estaban los culpables, a menos de tres metros. Deseó tener la cámara de Santal para tomar unas instantáneas y ver si en la comisaría de Craigmillar podían poner nombres a las caras. Allí, en Niddrie, seguro que había videovigilancia en algún lugar. Quizá podría...
Claro que podía, pero no iba a hacerlo.
—Largaos —dijo Bobby Greig con voz firme.
—Niddrie es nuestro —espetó el cabecilla—. ¡Largaos vosotros!
—Te entiendo, pero no podemos.
—Te crees muy importante, haciendo de canguro de un montón de hippies de mierda, ¿eh?
—Gracias por decírnoslo —fue el comentario de Bobby Greig.
El cabecilla soltó una carcajada, uno de ellos escupió en la valla y otro le secundó.
—Podemos cogerlos, Bobby —comentó uno de los vigilantes en voz baja.
—No hay necesidad.
—Gordo, hijo de puta —exclamó el cabecilla, para provocar.
—Gordo mariconazo —añadió uno de sus lugartenientes.
—Pedófilo.
—Borracho.
—Calvorota de ojos saltones, lameculos.
Greig miraba fijamente a Siobhan, como dispuesto a tomar una decisión. Ella meneó despacio la cabeza: «Que no se salgan con la suya».
—Enganchado.
—Barbudo.
—Gordinflón grasiento.
Bobby Greig volvió la cabeza hacia el vigilante que estaba a su lado y asintió levemente con la cabeza.
—Cuenta hasta tres —añadió en voz baja.
—No vale la pena, Bobby —dijo el vigilante, mientras llegaba a la puerta seguido por sus compañeros.
La pandilla se dispersó, pero se reagrupó al otro lado de la calle.
—¡Venga, venid aquí!
—¡Cuando queráis!
—Aquí estamos.
Siobhan sabía lo que pretendían. Querían que los vigilantes les persiguieran por el laberinto de calles. Guerrilla urbana en la que el dominio del terreno podía prevalecer sobre la capacidad de fuego. Tal vez tuvieran armas, preparadas o improvisadas, o a lo mejor había más pandillas ocultas tras los setos y en los callejones oscuros. Y, mientras, el campamento se quedaba sin vigilantes.
No lo dudó más y llamó por el móvil. «Agente pidiendo ayuda». Dio las indicaciones sobre dónde se encontraba. Llegarían en dos o tres minutos. La comisaría de Craigmillar no estaba tan lejos. El cabecilla se agachó dando la espalda a Bobby Greig y le mostró el trasero. Uno de los vigilantes respondió a la afrenta por él y echó a correr hacia el jefecillo, que hizo lo que Siobhan temía: retroceder por el paseo hacia el centro de los bloques.
—¡Cuidado! —le advirtió ella.
Pero nadie escuchaba. Se volvió y vio que algunos de los acampados miraban la escena.
—La policía está a punto de llegar —les tranquilizó.
—Cerdos —comentó uno de los acampados sin ocultar su disgusto.
Siobhan echó a correr hacia el paseo. La pandilla se había dispersado; al menos, eso parecía. Siguió por el camino que había tomado Bobby Greig hacia un recodo sin salida. Eran bloques de poca altura en una de las últimas calles, vieja y desastrada; en la calzada había un esqueleto de bicicleta, y junto al bordillo, los restos de un carrito de supermercado. Sombras, discusiones, gritos y el ruido de cristales rotos; era una pelea, pero no veía nada. Aquellos jardincillos traseros servían de campo de batalla, igual que las escaleras de los edificios. Vio caras en las ventanas que se ocultaban rápido. En las habitaciones solo quedaba el resplandor azulado y frío de los televisores. Continuó, mirando a derecha e izquierda, preguntándose si Greig habría reaccionado de aquel modo si ella no hubiera estado presente. Malditos hombres y su maldito machismo.
Final de la calle: nada. Giró a la izquierda, y después a la derecha. En un jardín delantero había un coche sobre soportes de ladrillos y un poste de alumbrado con la caja de inspección rota y los cables arrancados. Aquello era un laberinto. ¿Por qué no se oían ya las malditas sirenas? Tampoco oía ya gritos, solo una discusión aislada en uno de los bloques. Un crío en monopatín (diez u once años como mucho) iba hacia ella sin dejar de mirarla descaradamente hasta que la rebasó. Pensó que doblando a la izquierda saldría a la calle principal, pero fue a meterse en otro callejón y lanzó una maldición para sus adentros: no se veía ni la acera. Sabía que la ruta más rápida sería dar la vuelta a la última casa de la hilera y saltar la valla. Un bloque más y estaría en el punto de partida.
Tal vez.
—De perdidos al río —dijo, continuando por las losetas rotas de la calzada.
Pero después de la hilera de casas no había más que malas hierbas y abrojos y los restos de un tendedero rotatorio. La valla estaba vencida y se podía pasar a la siguiente hilera de patios traseros.
—Este parterre es mío —dijo una voz con fingido tono de protesta.
Siobhan se dio la vuelta y se vio cara a cara con el cabecilla, que la miraba con sus ojos azul lechoso.
—¡Estás buenísima! —añadió recorriendo con la vista su cuerpo de arriba abajo.
—¿Qué quieres, buscarte más líos? —inquirió ella.
—¿De qué líos hablas?
—Del coche que me estropeaste ayer.
—No sé a qué te refieres —replicó él mientras avanzaba un paso hacia ella.
A su espalda, a derecha e izquierda, Siobhan vio dos siluetas.
—Lo mejor que podéis hacer es largaros —les advirtió.
Ellos respondieron con risas sordas.
—Soy policía, y si sucede algo lo pagaréis de por vida —añadió, preocupada de que no le temblara la voz.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tiemblas tanto?
Siobhan no se había movido ni había retrocedido un centímetro y ya casi se tocaban las caras. Lo tenía a tiro de un rodillazo en el bajo vientre y sintió que recuperaba entereza.
—Lárgate —dijo en voz baja.
—Será si quiero.
—A lo mejor sí —tronó una voz profunda.
Siobhan miró a su espalda y vio al concejal Tench, con las manos cruzadas y las piernas levemente separadas, llenando su campo visual.
—Esto a usted ni le va ni le viene —replicó el cabecilla apuntando al concejal con un dedo.
—Todo lo que sucede aquí tiene algo que ver conmigo. Quien me conoce lo sabe. Ahora largaos a vuestras madrigueras y a callar.
—Se cree un tío importante —dijo uno de la pandilla con tono despectivo.
—El único tío grande de mi mundo, hijo, está ahí arriba —replicó Tench señalando al cielo.
—Siga soñando, predicador —se mofó el cabecilla; pero dio media vuelta y se perdió en la oscuridad con sus acólitos.
Tench separó las manos y relajó los hombros.
—Podría haber ocurrido algo grave —dijo.
—Podría —respondió Siobhan, presentándose.
—Ya lo pensé el otro día: esta joven debe de ser policía.
—Se diría que hace usted su patrulla de pacificación habitual —añadió Siobhan.
El concejal hizo un ademán de modestia, como quitándose importancia.
—Es rara la noche en que ocurre algo, pero ha venido usted en una mala semana.
Se oyó una sirena que se acercaba.
—¿Llamó a la caballería? —comentó Tench mientras echaba a andar hacia el campamento.
El coche que le habían prestado en St. Leonard lucía una pintada con las siglas EJN.
—Esto es el colmo —musitó Siobhan entre dientes, y le preguntó a Tench si podía darle nombres.
—Nombres no —respondió él.
—Pero sabe quiénes son.
—¿Y qué lograría?
Ella se volvió hacia los agentes uniformados de Craigmillar y les dio la descripción de la estatura, la ropa y los ojos del cabecilla, pero ellos negaron con la cabeza despacio.
—En el campamento no ha ocurrido nada —comentó uno de ellos—. Eso es lo que cuenta —añadió en un tono que daba a entender que era ella quien les había llamado y allí no tenían nada que ver ni hacer; tan solo se habían producido insultos y algunas supuestas bravuconadas. No había vigilantes heridos, circunstancia por la que parecían eufóricos, ya que se trataba de compañeros de fatigas. El campamento no corría peligro y no se apreciaban daños. Salvo su coche, pensó Siobhan.
En resumen: había hecho el viaje en vano.
Tench iba de tienda en tienda presentándose y estrechando manos y acariciando cabezas de niños y hasta aceptó una taza de infusión. Bobby Greig se curaba unos nudillos magullados, que lo único que habían golpeado, a decir de uno de los vigilantes, era una pared.
—Para animar un poco el ambiente, ¿no? —le comentó a Siobhan.
Ella no respondió. Se acercó al entoldado y le dieron una taza de manzanilla. Se fue con ella en la mano soplando el líquido cuando vio junto a Tench a una mujer con una grabadora portátil. Conocía a aquella periodista, amiga de Rebus y que se llamaba... Mairie Henderson. Se acercó y oyó que Tench discurseaba sobre el barrio.
—El G8 está muy bien, pero el gobierno debería prestar más atención a su propio país. Los muchachos de aquí no ven ningún futuro. Inversiones, infraestructuras e industria es lo que haría falta para recuperar una comunidad hecha trizas. Esto es un barrio depauperado, pero la depauperación puede atajarse y, con un programa de ayuda, estos chicos tendrían algo de qué enorgullecerse, algo que los mantuviera ocupados y productivos. Tal como dice el eslogan, es muy bonito pensar en términos globales... pero no debe desatenderse la intervención local. Muchas gracias.
Tras sus declaraciones, continuó recorriendo el campamento, estrechando manos y acariciando la cabeza de algún niño. La periodista vio a Siobhan y se acercó a ella, grabadora en mano.
—¿Le importaría añadir algún comentario desde la perspectiva policial, sargento Clarke?
—Pues sí.
—Me he enterado de que ha estado aquí dos noches seguidas... ¿Debido a qué?
—No estoy de humor, Mairie —dijo Siobhan—. ¿Va a escribir realmente un artículo sobre esto?
—El mundo tiene los ojos puestos en nosotros —respondió la periodista mientras apagaba la grabadora—. Dígale a John que espero que haya recibido el paquete.
—¿Qué paquete?
—Uno con información sobre Pennen Industries y Ben Webster. No sé si le servirá para sacar algo en limpio.
—Algo encontrará.
Mairie asintió con la cabeza.
—Espero que no me olvide si así es —añadió mirando la taza de Siobhan—. ¿Eso es té? Estoy rabiando por tomar uno.
—Ahí, en el entoldado —dijo Siobhan señalando con la cabeza—. Es algo flojo. Pida que se lo sirvan fuerte.
—Gracias —dijo la periodista, alejándose.
—No hay de qué —respondió Siobhan, y tiró la infusión al suelo.
En el último informativo de la noche comentaron algo sobre el concierto Live 8. No solo se celebró en Londres, sino también en Filadelfia, el Eden Project y en otras localidades. Se calculaba una asistencia de cientos de miles de espectadores y se temía que, si se prolongaban las actuaciones, las multitudes tuvieran que dormir aquella noche a la intemperie.
—¡Vaya! —comentó Rebus mientras apuraba los restos de la última lata de cerveza.
Apareció en pantalla la marcha de Acabad con la Pobreza y un famoso afirmó vociferante que había creído necesario «estar allí, haciendo historia y contribuyendo a que la pobreza sea cosa del pasado». Rebus cambió al canal 5: «Ley y orden: Unidad de víctimas especiales». No comprendía aquel título. ¿No eran todas las víctimas algo especial? Pero pensó en Cyril Colliar y admitió que la respuesta era «no».
Cyril Colliar, matón de Big Cafferty, que en principio parecía una víctima específica y ahora ya no tanto: estaría donde no debía en el momento menos adecuado.
Trevor Guest; de momento era solo un trozo de plástico, pero por los números del código averiguarían su identidad; él había buscado en el listín telefónico y los apellidados Guest totalizaban una veintena; llamó a la mitad, solo contestaron cuatro y ninguno de ellos conocía a nadie llamado Trevor.
Talleres Keogh. En el listín de Edimburgo figuraban una docena de Keogh, pero Rebus había descartado el criterio de que las tres víctimas fuesen de Edimburgo. Trazando un amplio círculo en torno a Auchterarder se situaban Dundee y Stirling, además de Edimburgo, e incluso, ¿por qué no?, Glasgow y Aberdeen. Las víctimas podrían ser de cualquier procedencia. Hasta el lunes no podía hacer nada más.
Nada, salvo estar sentado en casa, triste, bebiendo una cerveza tras otra, con una escapada a la tienda de la esquina a por un plato preparado de salchichas de Lincolnshire con salsa de cebolla y parmesano y otras cuatro cervezas. La gente que hacía cola en la caja le sonrió. No se habían quitado las camisetas blancas y le comentaron «qué tarde tan fantástica».
Rebus asintió con la cabeza.
La autopsia de un diputado y tres víctimas de un misterioso asesino.
A él no acaba de parecerle tan «fantástica».
CARA DOS
DOMINGO, 3 DE JULIO
6
—¿Y qué tal The Who? —preguntó Siobhan.
Era ya media mañana del domingo y había invitado a Rebus a almorzar. Este aportó un paquete de salchichas y cuatro panecillos blandos. Ella lo dejó aparte y preparó huevos revueltos, a los que añadió ya en el plato lonchas de salmón ahumado y alcaparras.
—The Who estuvieron bien —contestó Rebus apartando las alcaparras con el tenedor al borde del plato.
—Prueba una al menos —le reconvino ella, pero él arrugó la nariz y no lo hizo.
—Los Floyd también estuvieron bien —añadió él—. No hubo grandes fallos.
Estaban sentados cara a cara en una pequeña mesa plegable de la sala de estar. Siobhan vivía en un piso en Broughton Street, a cinco minutos a pie de Gayfield Square.
—¿Y tú? —preguntó él echando una mirada a la habitación—. No veo señales del desenfreno del sábado por la noche.
—Qué más quisiera yo —replicó ella con una sonrisa que se desvaneció al contarle lo de Niddrie.
—Suerte que saliste indemne —comentó Rebus.
—Vi allí a tu amiga Mairie, que preparaba un artículo sobre el concejal Tench, y me mencionó algo sobre unas notas que ella te había enviado.
—Sobre Richard Pennen y Ben Webster —asintió él.
—¿Sacaste algo en claro?
—Algo he profundizado, Shiv. Probé también a llamar a unos cuantos Guest y Keogh, pero sin resultado. Más me habría valido andar persiguiendo encapuchados por los bloques. —Limpió el plato, dejando a un lado las alcaparras, y se arrellanó en el asiento. Le apetecía un cigarrillo, pero había que esperar a que ella terminase de comer—. Ah, y, por cierto, tuve un encuentro interesante.
Le contó lo de Cafferty y cuando acabó vio que ella tenía ya el plato limpio.
—El que faltaba —comentó Siobhan levantándose.
Rebus hizo gesto de ofrecerse a retirar la mesa, pero ella le señaló la ventana con la barbilla. Sonriendo, Rebus se acercó a abrirla; entró aire fresco y él se inclinó para encender el pitillo y echar el humo hacia la calle, manteniéndolo fuera entre calada y calada. Eran las normas de Siobhan.
—¿Quieres más café? —preguntó ella alzando la voz.
—Sí, vale —contestó él.
Ella trajo de la cocina café recién hecho.
—Más tarde hay otra marcha de Abajo la Coalición de Guerra —comentó.
—A buenas horas, diría yo.
—Y hay actos alternativos al G8. Va a hablar George Galloway.
Rebus dio un resoplido y aplastó la colilla en el alféizar de la ventana. Siobhan había limpiado la mesa, y puso en ella la caja que le había pedido a Rebus.
El caso de Cyril Colliar.
La oferta de paga doble —aprobada por James Corbyn— sirvió de acicate para que la científica organizase un equipo que se ocupara de la Fuente Clootie. Siobhan les recomendó que trabajaran con discreción: «Que no metan la nariz los de la comisaría local». Y al comentarles que dos días antes había examinado el lugar un equipo de Sterling, un miembro del equipo de Edimburgo esbozó una sonrisa.
—Los veteranos nos hacemos cargo —comentó.
Siobhan no tenía grandes esperanzas. Pero daba igual; lo del viernes no era más que una simple recogida en bolsas de plástico de pruebas de un crimen, pero ahora los indicios apuntaban a dos más. Valía la pena una nueva inspección y una selección.
Comenzó a vaciar los archivadores y las carpetas de las cajas.
—¿Lo has repasado tú ya? —preguntó.
Rebus cerró la ventana.
—Y lo único que he sacado en claro es que Colliar era un gran hijo de puta y que es muy posible que tuviera más enemigos que amigos.
—¿Y en cuanto a la posibilidad de que fuera víctima de un homicidio casual?
—Escasa; eso ya lo sabemos.
—Pero parece que así ocurrió.
Rebus levantó un dedo.
—Estamos distorsionando dos simples trozos de tela de dueño desconocido.
—Yo traté de comprobar si el nombre de Trevor Guest figuraba entre los de personas desaparecidas.
—¿Y?
Siobhan negó con la cabeza.
—En los archivos locales no hay nada —dijo mientras arrojaba la caja vacía sobre el sofá—. Es un domingo por la mañana del mes de julio, John. Poco podemos hacer hasta mañana.
Él asintió con la cabeza.
—¿Y la tarjeta bancaria de Guest?
—Es del HSBC, que solo tiene una sucursal en Edimburgo y pocas más en toda Escocia.
—¿Eso es bueno o malo?
Siobhan lanzó un suspiro.
—Llamé a uno de sus teléfonos de información y me dijeron que hablara con la sucursal el lunes.
—¿La tarjeta tiene el número del código de la agencia?
Siobhan asintió con la cabeza.
—Pero esa información no la dan por teléfono.
—¿Y Talleres Keogh? —preguntó Rebus sentándose a la mesa.
—Lo buscaron en información de abonados, pero no figura en la red.
—Es un apellido irlandés.
—En el listín hay una docena de Keogh.
—Ah, ¿también miraste tú? —preguntó él sonriendo.
—En cuanto envié al equipo forense.
—Sí que has estado ocupada —comentó Rebus abriendo una carpeta que ya había revisado.
—Ray Duff me prometió ir hoy al laboratorio.
—Está encandilado con el premio.
Ella le miró seria y vació la última caja con cierto esfuerzo por el peso de los papeles.
—Así que día de descanso, ¿eh? —dijo Rebus.
Sonó un teléfono.
—Es el tuyo —dijo Siobhan. Él fue al sofá y sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta.
—Rebus —contestó, escuchando un instante con cara de preocupación—. Eso es porque no estoy yo ahí. —Volvió a escuchar—. No, iré yo. ¿Dónde nos vemos? —Miró el reloj—. ¿Cuarenta minutos? Espérame ahí —añadió mirando a Siobhan y cerrando el móvil.
—¿Cafferty? —aventuró ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se te nota en la voz y en la cara. ¿Qué quiere?
—Ayer fue a mi piso y ahora dice que tengo que ver una cosa. No iba a consentir que se presentara aquí.
—Se te agradece.
—Está en tratos para la compra de un terreno y ha ido a verlo.
—Te acompaño.
Rebus no podía negarse.
Queen Street, Charlotte Square, Lothian Road. Iban en el Saab de Rebus; Siobhan de pasajera recelosa, agarrada al marco de la ventanilla con la mano izquierda. Les pararon en las barreras y tuvieron que enseñar el carné a varios agentes de uniforme. Aquel domingo llegaban más refuerzos a Edimburgo; era el día del gran despliegue de fuerzas policiales al norte; Siobhan se había enterado en aquellos dos días en que había acompañado a Macrae y se lo dijo a Rebus.
—Ahora eres especialista en un nuevo tema para Masterbore —comentó él.
Mientras esperaban en el semáforo de Lothian Road vieron gente a la puerta del Usher Hall.
—Ahí se celebra la Cumbre Alternativa —dijo Siobhan—. Hablará Bianca Jagger.
Rebus puso los ojos en blanco y ella le propino un puñetazo en el muslo.
—¿Viste la marcha en la tele? ¡Doscientas mil personas!
—Un éxito para los interesados —comentó Rebus—. Pero no cambiará el mundo en que vivo —añadió mirándola—. ¿Y qué tal Niddrie anoche? ¿Llegaron allí también las ondas de las buenas vibraciones?
—No eran más que una docena, contra dos mil en el campamento.
—Yo tengo claro por quién apostaría.
Continuaron en silencio hasta llegar a Fountainbridge.
Antigua zona de cervecerías, Fountainbridge era el lugar donde se había criado Sean Connery, y cambiaba a ojos vista. Las viejas industrias estaban a punto de desaparecer y en la zona se iba infiltrando el barrio financiero. Ya había bares elegantes y uno de los pubs preferidos de Rebus había sucumbido a la piqueta. Estaba seguro de que el bingo de al lado (el llamado Palais de Danse) no tardaría en caer; habían limpiado el canal, poco menos que una alcantarilla en otra época, y ahora podrían pasear por él familias en bicicleta que les echarían comida a los cisnes. Cerca del CineWorld destacaban las puertas cerradas de una decrépita cervecería. Rebus detuvo el coche y tocó el claxon. Un joven con traje apareció junto a la verja, abrió el candado y empujó una hoja de la puerta lo justo para dar paso al Saab.
—¿Es usted el señor Rebus? —preguntó junto a la ventanilla del conductor.
—Sí.
El joven aguardó a ver si Rebus presentaba a Siobhan y al cabo le dirigió una sonrisa nerviosa y le entregó un folleto. Rebus lo miró por encima y se lo dio a ella.
—¿Es agente de la propiedad?
—Trabajo para Bishop Solicitors, señor Rebus. Propiedad comercial. Le daré mi tarjeta —añadió mientras metía la mano en el bolsillo.
—¿Dónde está Cafferty?
El tono en que Rebus hizo la pregunta puso más nervioso al joven.
—Está ahí estacionado; al doblar la esquina.
Rebus no hizo más preguntas.
—Se cree que eres del equipo de Cafferty —observó Siobhan—. Y, a juzgar por el sudor sobre el labio superior, yo diría que sabe quién es Cafferty.
—Al margen de lo que crea, es bueno que Cafferty haya llegado.
—¿Por qué?
—Porque así es menos probable que sea una trampa —contestó Rebus mirándola.
El coche de Cafferty era un Bentley GT azul oscuro, junto al que estaba, de pie, apretando sobre el capó un plano del terreno para impedir que volara.
—Sujete esa punta, ¿quiere? —le dijo Cafferty a Siobhan, quien obedeció. Le dirigió una sonrisa—. Sargento Clarke, es un placer volver a verla. Poco debe de faltarle para el ascenso, ¿eh? Y más ahora que el jefe de la policía le confía un caso tan importante.
Siobhan miró a Rebus, quien negó con la cabeza, dándole a entender que no era la fuente de información.
—Filtraciones del Departamento de Investigación Criminal, que es un coladero —añadió Cafferty—. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
—¿Qué es lo que le interesa de este lugar? —preguntó Siobhan intrigada.
Cafferty dio una palmada sobre el rebelde papel.
—Los terrenos, sargento Clarke. No somos del todo conscientes del enorme valor que representan en Edimburgo. Con el Firth of Forth al norte, el mar del Norte al este y las montañas Pentland al sur, los promotores no paran de buscar solares para construir, ni de presionar al ayuntamiento para que recalifique el Cinturón Verde. Y esto es un terreno de ocho hectáreas apenas a unos minutos a pie del barrio financiero.
—¿Y qué piensa hacer aquí?
—Aparte de... —Rebus hizo una pausa— enterrar varios cadáveres en los cimientos.
Cafferty optó por reírse.
—Mi libro me ha dado algo de dinero, y tenía que invertirlo.
—Mairie Henderson anda convencida de que destinaste tu parte a obras de caridad —comentó Rebus.
Cafferty hizo caso omiso.
—¿Lo ha leído, sargento Clarke? —preguntó.
Siobhan guardó silencio.
—¿Le gustó? —insistió Cafferty.
—La verdad, no me acuerdo.
—Hay un proyecto para hacer una película. De los primeros capítulos, en todo caso —añadió mientras cogía el plano, que dobló y tiró en el asiento del Bentley—. No estoy muy decidido con esta fábrica —continuó mirando a Rebus—. Ha hablado de cadáveres, y eso es precisamente lo que me hace pensar... Todos los que trabajaron aquí... muertos, y con ellos, la industria escocesa. En mi familia hubo muchos mineros. Me apuesto algo a que no lo sabía. —Hizo una pausa—. Rebus, usted es de Fife y seguro que se crio entre carbón. —Hizo otra pausa—. Siento lo de su hermano.
—La compasión del diablo1 —dijo Rebus—. Lo que me faltaba.
—Un asesino con conciencia social —añadió Siobhan en voz baja.
—No sería el primero —comentó Cafferty como en un eco, restregándose por debajo de la nariz—. Bueno, tengo esto para ustedes —añadió, y estiró el brazo y abrió la guantera, de donde sacó unos papeles enrollados que le entregó a Siobhan.
—Dígame de qué se trata —dijo ella con las manos en las caderas.
—Se trata de su caso, sargento Clarke. Pruebas de que nos las vemos con un gran hijo de mala madre. Un malvado cabrón que va a por otros hijos de mala madre.
Ella cogió los papeles sin mirarlos.
—¿«Nos» las vemos? —inquirió con la mirada.
Cafferty se volvió hacia Rebus.
—¿No sabe lo del trato? —preguntó refiriéndose a ella.
—Trato no hay ninguno —replicó Rebus.
—Lo quiera o no, yo en este caso estoy de su lado —añadió Cafferty mirando de nuevo a Siobhan—. Esos papeles me han costado mis buenos favores, pero si les sirven para capturarlo, pues bien. Pero yo también intentaré cazarlo; con o sin ustedes.
—¿Y por qué nos ayuda?
Cafferty esbozó un rictus.
—Le da emoción a la caza —replicó mientras empujaba el asiento del pasajero hacia delante—. Atrás hay espacio de sobra. Pónganse cómodos.
Rebus y Siobhan ocuparon el asiento trasero mientras Cafferty se sentaba al volante. Los observaba para ver qué efecto causaba su información.
Rebus hizo verdaderos esfuerzos por no mostrarse impresionado. Lo cierto era que, más que impresionado, estaba asombrado.
Talleres Keogh estaba en Carlisle. Uno de los mecánicos, Edward Isley, había aparecido asesinado tres meses atrás en un basurero de las afueras de Edimburgo, con un golpe en la cabeza, una dosis mortal de heroína y desnudo de cintura para arriba. No había testigos, pistas ni sospechosos.
Siobhan miró a Rebus a los ojos.
—¿Tiene un hermano? —preguntó él.
—¿Es alguna referencia musical críptica? —aventuró ella.
—Lea, lea, Macduff —terció Cafferty.
Eran simplemente notas recuperadas de los archivos policiales en los que constaba que Isley había trabajado poco más de un mes después de salir en libertad tras una condena de seis meses por agresión y violación. Las dos víctimas eran prostitutas: una recogida en Penrith y la otra más al sur, en Lancaster, donde trabajaban la M6 al acecho de camioneros; se mencionaba la posibilidad de que hubiese más agredidas que no lo hubieran denunciado por temor a que las reconocieran.
—¿Cómo has conseguido esto? —inquirió de pronto Rebus, lo que provocó una risita de Cafferty.
—Las redes son algo estupendo, Rebus. Debería saberlo.
—Sí, claro, habrás untado a unos cuantos.
—Dios, John —exclamó Siobhan entre dientes—, mira esto.
Rebus volvió a la lectura. Las notas sobre Trevor Guest comenzaban con datos sobre el banco y el domicilio: Newcastle. Guest no había encontrado ningún trabajo desde que lo pusieron en libertad tras una condena de tres años por repetidos robos con allanamiento de morada y agresión a un hombre a la puerta de un pub. En uno de los robos intentó agredir sexualmente a una canguro menor de veinte años.
—Otro buen elemento —musitó Rebus.
—Que siguió el mismo destino que los otros —comentó Siobhan, señalando con el índice las palabras clave.
Cadáver tirado a orillas del Tynemouth, al este de Newcastle. Con la cabeza machacada... Dosis letal de heroína. Lo habían matado hacía dos meses.
—Llevaba dos semanas fuera de la cárcel.
Edward Isley: hacía tres meses.
Trevor Guest: dos meses.
Cyril Colliar: mes y medio.
—Al parecer, Guest ofreció resistencia —comentó Siobhan.
Así era: cuatro dedos rotos; magulladuras en rostro y pecho, y todo el cuerpo vapuleado.
—Así que se trata de un asesino que se carga a cabronazos —añadió Rebus a guisa de resumen.
—¿Y está pensando: «Pues que se cargue a más»? —aventuró Cafferty.
—Es un francotirador que nos limpia de violadores —añadió Siobhan.
—Nuestro amigo el ladrón no violó a nadie —se sintió impulsado a puntualizar Rebus.
—Pero lo intentó —dijo Cafferty—. Vamos a ver. ¿Todo eso le facilita el trabajo o se lo complica?
Siobhan se encogió de hombros.
—Actúa a intervalos regulares —le comentó a Rebus.
—Tres meses, dos meses y mes y medio —añadió él—. Lo que significa que hay otro al caer.
—A lo mejor ya ha caído.
—Pero ¿a cuento de qué vienen las pistas de Auchterarder? —preguntó Cafferty.
Era una buena pregunta.
—A veces recogen trofeos.
—¿Y los cuelgan a la vista del público? —quiso saber Cafferty, frunciendo el ceño.
—A la Fuente Clootie no acude mucha gente —añadió Siobhan pensativa. Volvió a la primera página para releerla.
Rebus bajó del coche. El olor del cuero comenzaba a fastidiarle. Intentó encender un pitillo, pero el viento apagaba la llama. Oyó que la portezuela del Bentley se abría y se cerraba.
—Tenga. —Cafferty le tendió el encendedor cromado.
Rebus lo cogió, encendió el cigarrillo y se lo devolvió con una imperceptible inclinación de cabeza.
—Rebus, siempre había buen rollo conmigo, en los viejos tiempos.
—Eso es un mito que os traéis todos los criminales. No olvides, Cafferty, que sé todo lo que le hacías a la gente.
—Era otro mundo —replicó Cafferty con un encogimiento de hombros.
Rebus expulsó humo.
—De todos modos, puedes estar tranquilo. A tu hombre lo mataron, pero no por nada relacionado contigo.
—Quien lo hizo actuó por resentimiento.
—Y bien grande —asintió Rebus.
—Y tiene datos de los presos, cuándo los dejan en libertad y lo que hacen a continuación.
Rebus asintió y rascó con el tacón los surcos del asfalto.
—¿Va a echarle el guante? —preguntó Cafferty.
—Para eso me pagan.
—Usted nunca se ha movido por dinero, Rebus, como los que hacen un simple trabajo.
—Tú qué sabes.
—Sí que lo sé —replicó Cafferty asintiendo con un cabeceo—. Si no, habría podido tentarlo con mi nómina, como he hecho con tantos de sus colegas durante todos estos años.
Rebus tiró el resto del cigarrillo al suelo y el viento hizo volar unas motas de ceniza hacia la chaqueta de Cafferty.
—¿En serio vas a comprar esta porquería? —preguntó.
—Probablemente no, pero podría permitírmelo —respondió Cafferty.
—¿Y eso te satisface?
—La mayoría de las cosas son alcanzables, Rebus. Pero lo que ocurre es que nos da miedo pensar lo que nos espera una vez las hayamos conseguido.
Siobhan bajó del coche y señaló con el dedo al final de la última hoja.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras daba la vuelta al Bentley que se acercaba a ellos. Cafferty entornó los ojos, pensativo.
—Supongo que un sitio de Internet —dijo.
—Claro que es un sitio —espetó ella—. Del que proviene casi toda esta información —añadió agitando los papeles en los morros de Cafferty.
—¿Quiere decir que es una pista? —preguntó él con aire de suficiencia.
Ella le dio la espalda y se dirigió al Saab de Rebus. Le hizo un gesto con el brazo para indicarle que se iban.
—Se está adaptando muy bien al trabajo, ¿verdad? —le dijo Cafferty en voz baja a Rebus.
Pero a él no le pareció un cumplido, sino una insinuación de que el mérito era suyo.
En el camino de vuelta a Edimburgo, Rebus sintonizó otra emisora. En Dunblane se celebraba una cumbre alternativa infantil.
—No puedo oír ese nombre sin estremecerme —dijo Siobhan.
—Te diré un secreto: el profesor Gates fue uno de los forenses.
—Pues nunca se lo he oído decir.
—No habla de su trabajo —añadió Rebus, subiendo un poco el volumen de la radio. Bianca Jagger le hablaba al público en el Usher Hall.
«Han impulsado con brillantez nuestra campaña para poner fin a la pobreza...».
—Se refiere a Bono y compañía —dijo Siobhan.
Rebus asintió con la cabeza.
«Bob Geldof no solo ha bailado con el diablo sino que también ha dormido con él...».
Sonó un cerrado aplauso y Rebus bajó otra vez el volumen. Según el locutor, no parecía que el público de Hyde Park fuese a emprender la marcha hacia el norte. En efecto, muchos de los que habían acudido a la marcha del sábado de Edimburgo ya habían regresado.
—Baile con el diablo —comentó Rebus—. Es una canción de Cozy Powell, si no recuerdo mal.
Calló de pronto dando un frenazo y pisando el embrague. Un convoy de furgones blancos llegaba a toda velocidad hacia el Saab en dirección contraria haciendo señales con los faros pero sin tocar la sirena; tenían parabrisas con protector de alambre e invadieron el carril del Saab para adelantar a otros dos vehículos. A través de los vidrios vieron policías con equipo antidisturbios. El primer furgón, que casi rozó el Saab, maniobró hacia el carril que le correspondía, seguido por los otros.
—Hostia —musitó Siobhan.
—Viva el estado policial —añadió Rebus. Se le había calado el motor y volvió a accionar la llave de contacto—. Habrás visto que habría aprobado el examen de frenazo de emergencia —comentó.
—¿Eran de los nuestros? —preguntó Siobhan mientras se volvía en el asiento para ver cómo se alejaba el convoy.
—Yo no he visto ningún distintivo.
—¿Crees que habrá algún disturbio? —dijo ella, pensando en Niddrie.
Rebus negó con la cabeza.
—Me parece que volvían a sus alojamientos en Pollock Halls a tomar el té e hicieron el numerito porque pueden.
—Hablas de ellos como si no fuésemos en el mismo barco.
—Está por ver, Siobhan. ¿Te apetece un café? Necesito algo que reanime mi viejo corazón.
Había un Starbucks en la esquina de Lothian Road y Bread Street, pero sin sitio para aparcar. Rebus comentó que estaban muy cerca del Usher Hall y optó por dejar el coche en línea amarilla, poniendo el tarjetón de POLICÍA en el parabrisas. En el café, Siobhan le preguntó al jovencísimo cajero si no tenía miedo de las manifestaciones. El muchacho se encogió de hombros.
—Nos han dado instrucciones.
Siobhan echó una moneda de una libra en el bote. Al llegar a la mesa sacó el portátil del bolso en bandolera y lo encendió.
—¿Vamos a dar clase? —dijo Rebus soplando la superficie de su café.
Optó por uno de filtro, quejándose de que por el precio de las ofertas más caras se pudiera comprar un tarro. Siobhan metió el dedo en la nata de su chocolate.
—¿Ves la pantalla? —preguntó, y Rebus asintió con la cabeza—. Pues mira esto.
Se puso a teclear nombres en una casilla: Edward Isley. Trevor Guest. Cyril Colliar.
—Hay muchas respuestas, pero solo una con los tres nombres —dijo ella mientras movía el cursor por la página y volvía al principio.
Hizo doble clic con el ratón y aguardó.
—Teníamos que haberlo comprobado, desde luego —comentó.
—Desde luego —repitió Rebus.
—Bueno... Alguno de nosotros debería haberlo hecho. Pero para ello habríamos tenido que tener el apellido Isley —dijo mirando a Rebus—. Cafferty nos ha ahorrado la tarea de un día.
—No por eso me voy a afiliar a su club de admiradores.
Apareció un portal de bienvenida. Siobhan lo examinó. Rebus se acercó un poco para ver mejor. El sitio se llamaba «Vigilancia de la Bestia». Aparecían fotos granulosas hasta la altura de los hombros de media docena de hombres con un texto a la derecha.
—Escucha esto —dijo Siobhan siguiendo con el dedo las líneas de la pantalla—. «Como padres de una víctima de violación, nos consideramos con perfecto derecho a saber por dónde anda el agresor tras salir de la cárcel. El propósito de este portal es dar la oportunidad a las familias y amigos (y a las propias víctimas) de enviar datos sobre la fecha de puesta en libertad, junto con fotos y descripciones, para mejor prevención de la comunidad adonde vaya la bestia...».
Su voz se fue apagando hasta vocalizar en silencio el resto de la introducción. Había vínculos de una galería de fotos llamada «La Bestia a la Vista», un tablón de avisos y un grupo de debate, así como una ficha de afiliación en línea. Siobhan movió el cursor hasta la foto de Edward Isley e hizo clic. Apareció una página con datos en la que figuraba la fecha prevista de salida de la cárcel de Isley, su apodo —Fast Eddie— y las zonas que solía frecuentar.
—Dice «fecha de libertad prevista» —comentó Siobhan.
Rebus asintió con la cabeza.
—Y está muy al día, pero no parece que supieran dónde trabajaba.
—Pero señala que era mecánico de coches y también menciona Carlisle. Enviado por... —Siobhan buscó el remitente—. Solo consta «Preocupado».
A continuación miró en Trevor Guest.
—El mismo procedimiento —comentó Rebus.
—Y remitente anónimo.
Siobhan volvió a la página principal e hizo clic en Cyril Colliar.
—Es la misma foto de nuestros archivos —dijo.
—Es la de los periódicos sensacionalistas —añadió Rebus mientras miraba otras fotos de Colliar que iban apareciendo.
Siobhan farfulló algo.
—¿Qué pasa?
—Escucha: «Este es el bestia que hizo sufrir a nuestra querida hija y que arruinó nuestras vidas. Pronto saldrá de la cárcel, sin dar muestras de arrepentimiento ni reconocer su culpabilidad a pesar de las pruebas. Nos ha conmocionado de tal modo tenerlo de nuevo entre nosotros que quisimos hacer algo: esta página es el resultado. Queremos dar las gracias a cuantos nos alentaron. Creemos que debe de ser la primera de este tipo en Reino Unido, aunque en otros países ya existen, y han sido en particular nuestros amigos de Estados Unidos quienes en gran medida nos han ayudado a ponerla en funcionamiento».
—¿Son los padres de Vicky Jensen? —preguntó Rebus.
—Por lo visto.
—¿Y cómo no lo sabíamos?
Siobhan se encogió de hombros y siguió leyendo con atención.
—El tío los selecciona ahí, ¿no es eso? —añadió Rebus.
—El tío... o la tía —puntualizó Siobhan.
—Tenemos que saber quién ha entrado en esa página.
—Eric Bain de Fettes puede ayudarnos.
Rebus la miró.
—¿Te refieres a Cerebro? ¿Seguís hablándoos?
—Llevo tiempo sin verlo.
—¿Desde que le diste calabazas?
Ella le miró furiosa y él alzó las manos en gesto de paz.
—Vale la pena probar —añadió—. Si quieres se lo digo yo.
Ella se arrellanó en la silla y se cruzó de brazos.
—Te fastidia, ¿verdad? —inquirió.
—¿El qué?
—Que yo sea sargento y tú inspector, y que Corbyn me haya encargado a mí el caso.
—A mí ni me va ni me viene —replicó Rebus tratando de no dar importancia al reproche.
—¿Estás seguro? Porque si vamos a trabajar juntos en esto...
—Simplemente te he dicho si querías que hablase yo con Cerebro —añadió Rebus ya un tanto irritado.
Siobhan desplegó los brazos y agachó la cabeza.
—Perdona, John.
—Menos mal que no has tomado un café solo —replicó él.
—Habría estado bien tener el día libre —dijo ella sonriendo.
—Bueno, pues vete a casa y descansa.
—¿O bien?
—Podríamos ir a hablar con el señor y la señora Jensen —dijo él mientras acercaba la mano al portátil—. A ver qué nos dicen de su modesta contribución a Internet.
Siobhan asintió despacio con la cabeza y volvió a meter el dedo en la nata.
—Pues probablemente haremos eso —dijo.
Los Jensen vivían en una casa de cuatro pisos con vistas al campo de golf de Leith. La planta baja era la vivienda de Vicky, con entrada propia a la que se accedía por una breve escalinata de piedra; la puerta tenía candado, unas rejas protegían las dos ventanas que la flanqueaban y había una pegatina advirtiendo a los intrusos de la existencia de un sistema de alarma. Medidas todas innecesarias antes de la agresión de Cyril Colliar, cuando Vicky era una buena alumna de dieciocho años de la Universidad de Napier. Al cabo de diez años seguía viviendo con sus padres.
Rebus permaneció parado frente a la puerta, indeciso.
—La diplomacia nunca ha sido mi fuerte —comentó.
—Pues hablaré yo —dijo Siobhan, y acto seguido estiró el brazo y presionó el timbre.
Thomas Jensen abrió mientras se quitaba las gafas de leer. Se quedó atónito al reconocer a Rebus.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada que pueda preocuparle, señor Jensen —lo tranquilizó Siobhan, a la par que le enseñaba el carné de policía—. Solo queremos hacerle unas preguntas.
—¿Aún buscan al asesino? —aventuró Jensen. Era un hombre de estatura media de más de cincuenta años con las sienes plateadas. Vestía un jersey de cuello en pico nuevo y caro. Tal vez de cachemir—. ¿Por qué demonios piensan que iba yo a ayudarlos?
—Nos interesa su página de Internet.
Jensen frunció el ceño.
—Es algo muy corriente en la actualidad, si uno es veteri...
—No la suya, señor —dijo Rebus.
—La de Vigilancia de la Bestia —añadió Siobhan.
—Ah, esa —dijo Jensen, con un suspiro, bajando la vista—. Es un capricho de Dolly.
—¿Es su esposa?
—Sí, Dorothy.
—¿Está ella en casa, señor Jensen?
El hombre negó con la cabeza y miró más allá de ellos dos, como si observara la calle a ver si llegaba.
—Ha ido al Usher Hall.
Rebus asintió con la cabeza como si aquello lo aclarase todo.
—El caso es que tenemos un problema, señor.
—Dígame.
—En relación con esa página. Si lo permite —añadió Rebus señalando hacia el vestíbulo—, lo podríamos hablar.
Jensen no parecía muy dispuesto a dejarlos entrar, pero prevaleció la cortesía. Les hizo pasar a la sala de estar, contigua a un comedor con la mesa llena de periódicos.
—Me paso el día leyéndolos —dijo Jensen, y se guardó las gafas en el bolsillo.
Les invitó a sentarse y Siobhan se acomodó en el sofá mientras él ocupaba un sillón. Rebus permaneció de pie junto a las puertas cristaleras del comedor, observando a través de ellas los periódicos, pero no veía nada relevante: ni artículos ni párrafos marcados.
—El problema, señor Jensen, es el siguiente —dijo Siobhan, midiendo cada una de sus palabras—: Cyril Colliar ha muerto, y les ha sucedido lo mismo a otros dos hombres.
—No lo entiendo.
—Y creemos que se trata de un único culpable.
—Pero...
—Un culpable que puede haber seleccionado los nombres de las tres víctimas en su página de Internet.
—¿Qué tres?
—Edward Isley y Trevor Guest —recitó Rebus—. Y hay muchos más nombres en su galería de la infamia. No sé quién será el próximo.
—Debe tratarse de un error —dijo Jensen, pálido.
—¿Conoce Auchterarder, señor? —inquirió Rebus.
—Pues... no, no.
—¿Y Gleneagles?
—Estuvimos una vez allí... en un congreso de veterinaria.
—¿No fueron tal vez en autobús a la Fuente Clootie?
Jensen negó con la cabeza.
—No hubo más que seminarios y una cena con baile —replicó aturdido—. Miren, creo que no puedo ayudarles.
—¿Lo de la página de Internet fue idea de su esposa? —preguntó Siobhan con parsimonia.
—Fue un modo de tratar de... Entró en la red para buscar ayuda.
—¿Ayuda?
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