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Miradas egipcias
Prefacio
Zamen,1 en 2002 llegué por primera vez a Alejandría. “No baje en Sidi Gaber, hay que esperar Mahatta Masr la última parada del tren. Después, cruce la plaza y camine dos cuadras para llegar al Centro Cultural Francés Shera Nabi Daniel”. Mi cita con el cónsul es a las 7 p. m. El hall monumental del antiguo palacio del siglo xix está vacío. Sigo la música y bajo los escalones que llevan a la cafetería donde se encuentra congregada la gente. Tocan las notas de “Mi libertad” de Georges Moustaki.
“Aquí será, Madame Hélène, ahlan wa sahlan”,2 me dijo el cónsul al concluir la entrevista.
Cuatro meses después, aterrizó mi avión de madrugada en tierra alejandrina donde trabajé durante tres años.
Kan ya makan,3 en 1912 Paul Stévenin mi bisabuelo paterno llegó a Egipto en bicicleta, dice la leyenda familiar, pedaleando desde Chaumont, al este francés, como si cada kilómetro recorrido pudiera borrar los momentos de la tragedia apenas ocurrida en la que perdió a su primera esposa Jeanne Doléans al dar a luz a Pierre, su primogénito.
En Alejandría trabajó de maestro en un establecimiento jesuita o de la misión laica. Paul mandaba postales a su familia, en particular a su hermana, quien se había hecho cargo de su hijo recién nacido. Regresó el siguiente año a Chaumont donde siguió trabajando en una farmacia. Conoció a Marthe Debucand.
Inició la Primera Guerra Mundial y fue a combatir. Herido por una bala, se casó con mi bisabuela en 1915. Nacieron sus hijos René y Thérèse, mi abuela. Ella viajó mucho a Egipto, pero su destino era siempre el monasterio ortodoxo de Santa-Catarina del Sinaí.
Maktub,4 unos días antes de instalarme en Alejandría, mi tío Jean me contó la historia de Paul Stévenin. De no haber sido por él, no hubiera conocido la historia alejandrina anterior a la mía y tampoco hubiera escrito Miradas egipcias. Caminando por las calles, a la orilla del mar o por los mercados, me preguntaba qué venía a hacer en Egipto casi un siglo después de mi bisabuelo.
Miradas egipcias fueron escritas con la luz del mediterráneo y mi primera cámara digital. De regreso en México, con la nostalgia por Egipto metido en la piel, escribí los relatos que conforman ahora este libro.
Yáser

En Jan-El Jalili, el suq5 más fascinante y popular del corazón histórico de la ciudad cairota, hasta las brújulas se pierden en su laberinto de callejuelas. Antes de alcanzar la parte balizada reservada a los turistas, anduve en los dédalos del suq de los alimentos. Me senté en la terraza del café Fishawi, lugar de inspiración de Naguib Mahfuz, y consulté mecánicamente mi reloj de cifras arábigas. Allí, el tiempo no se mide, se vive observando la posición del sol y escuchando las cinco llamadas a la oración por el altavoz de la mezquita más cercana. A unos días de mi llegada, no sabía hablar el árabe dialectal así que aprendí primero a mirar para descubrir la realidad egipcia. Esta tarde presencié una escena contada por los espejos, que comunican e interpretan imágenes entre ellos. La foto podría ser más fiel que mi recuerdo incierto, pensé al sacar la cámara.
Esperando la llegada de los turistas entre Bab Al Futuh6 y Bab An-Nasr,7 Yáser se había ofrecido como guía para que Dorothy pudiera comprar regalos para sus sobrinos londinenses. Sentados en la terraza del café, la turista se resistió al té verde que le ofrecía su guía. “Quien bebe el agua del Nilo está destinado a regresar”, advierte la sabiduría egipcia. Dorothy no se arriesgó y prefirió calmar la sed con un refresco negro. El sombrero de paja la protegía del sol y escondía al menos su cabello cortado sin estilo, pero no la resguardaba de las miradas.
Experto en estadísticas, Yáser trabaja en la administración pública desde su titulación y completa su sueldo los viernes y sábados haciendo uso de su don para conversar en varios idiomas y oficia como guía. Hablaba en voz baja, procurando que las palabras quedaran en la intimidad. La confusión se había apropiado de Dorothy. Mirando a Yáser a los ojos, soñaba con una cancelación imprevista de su vuelo de esta noche rumbo a Inglaterra. La mano de Yáser se deslizó en la pierna de Dorothy, como un descuido y la duración de su permanencia quedó supeditada a la decisión de la mujer quién no la retiró. El gesto por debajo de la mesa se reflejó en todos los espejos del café.
El mesero recogió mi vaso de agua de limón apenas terminada y las bebidas de la mesa de la pareja.
Tarde o temprano, el regreso a Egipto se impone, el Nilo irrigado en las venas de quien alguna vez probó su agua, queda como una huella líquida que corre invariablemente hacia su lugar de origen.
Mona

La música lánguida y melosa de la musalsal8 de las ocho de la noche se instala en la casa de Mona, como una invitación para ver el romanticismo actuado por otros que se filtra a través del televisor. Desde su sofá, Mona entra a la sala donde ocurren las escenas de amor, traición o venganza carentes de suspenso, pero cuyas emociones salpimientan su vida. Abre una bolsa de pepitas para empezar a mondarlas mientras espera ferviente la llegada del hombre de ensueño que ocupa sus pensamientos todos los días a la misma hora, antes de que regrese su esposo Farid del trabajo, habitualmente hastiado por la insatisfacción que le procura su oficio de albañil. Mona suspira, no por los cinco años de matrimonio sino porque siempre ha soñado con el príncipe azul. En sus años mozos, nunca obtuvo el permiso materno para acercarse a un hombre en la universidad, tampoco en el club ni en el trabajo cuando era enfermera. Obediente, declinaba una y otra vez las salidas en grupo cuando éstas incluían un hombre. Su madre le explicaba en aquel entonces que algún día podría satisfacer todos sus antojos, pero con su marido. Mona había esperado hasta la fecha de su boda para descubrir los sentimientos extraordinarios vertidos y declamados en las canciones y en las novelas. Ahora, ilusionada por la historia televisiva de moda, Mona exclama el nombre del protagonista de la pantalla. Presencia la escena del amor perfecto actuada por Amir y Fátima tomados de la mano en el balcón alumbrado por la luz blanca de la Luna. Nombrado como el marido ideal por todas las revistas femeninas, Amir cumple en cada episodio los deseos de su público seguidor con una maestría sentimental inigualable. Con la mirada proyectada en la pantalla, Mona sigue las aventuras de la pareja, con alegrías o desdichas, como si su propia vida dependiera de ello, entre ensoñación, risas o incluso llantos cuando el genérico final la deja con el corazón desalentado. “Fátima tiene que decir que sí”, reacciona a veces por sus adentros, “¡Amir la quiere tanto!”
Sentado en la banca frente a la joyería de su viejo amigo Walid, en la Shera Faransa,9 Farid comparte sus desengaños amorosos. La princesa desposada hace media década se desencantó al paso de los años; fue perdiendo su encanto. Nabil lo invita a jugar tawla10 en el Brazilian Coffee. “Imposible, hoy es día de San Valentín”, le contesta Farid despidiéndose, “Mona me espera”, agrega sin pizca de convicción.
Después de haber pasado un tiempo considerable para explicarle al dependiente en mi árabe incipiente lo que quería comprar, salgo finalmente de la joyería con un anillo de matrimonio envuelto en una bolsita aterciopelada. Extraño día para la compra de una prenda ostentosa destinada a ahorrar explicaciones de índole administrativo. A pesar de haber indicado que se trataba de un regalo para una boda, noto que Walid sigue dudando de la credibilidad de mi argumento. ¿Quién compra una sola argolla?
Rafik

Cuando un tren arranca, son muchas las historias que se ponen en marcha, trayectos de vida que toman el camino de un nuevo destino, citas con el futuro cercano o más lejano. Más que la hora en la que salen de la estación, los trenes que van y vienen entre El Cairo y Alejandría son conocidos como El Faransawi,11 El Turbini o El Asbani.12 La primera clase helada por el aire acondicionado abierto hasta el extremo contrasta con la segunda clase generalmente irrespirable debido el calor humano acumulado en un viaje acompasado por los sobresaltos en los rieles. La distancia se recorre en dos horas y media o tres, tierra adentro del campo egipcio, alcanzando finalmente la ciudad de Banha y la orilla fértil del Nilo.
Rafik observa discretamente a una pasajera cuya presencia destaca entre las demás. Acaba de sentarse unas filas más adelante de su lugar después de haber acomodado a sus acompañantes músicos en el mismo vagón, con la intervención del controlador. El paso del carrito de comida invita a los pasajeros entrados en pláticas animosas a retomar sus asientos. Abogado como su padre y su abuelo, el corazón de Rafik resiente su estado de soltería desde la ruptura del compromiso con Rasha, la novia elegida por su familia y los comadreos de los vecinos que finalmente se habían apaciguado. Rafik declina los alimentos ofrecidos con tal de no perderla de vista. Nota que la mujer pide un café capuchino, por el sencillo placer de ver al encargado encender la mini batidora y colocarla en la taza humeante de un café instantáneo de sabor indefinido, para conseguir elevar una espuma bien elaborada hasta el punto del desborde. Rendida, la mujer toma unos sorbos simbólicos antes de abandonar la bebida en la mesita plegable junto con la cuenta y la propina reunida por un par de libras. Coloca su bolsa como almohada y cierra los ojos mientras la vida campesina sigue desfilando por las ventanas.
Alejandría, Damanhur, Tanta, Birkat El Saba, Quesna, Banha, El Cairo, un plano secuencia de 200 kilómetros cuyo rodamiento crea un ritmo acompasado sobreimpreso, acentuado por los frenos en cada parada. El campo extiende su alfombra verde, sus escenas de vida que detrás de la ventana transcurren como rollos de película que se graban en cada vuelta de rueda en los rieles. Los celulares vibran o suenan al entrar en Mahatta Masr.13 Disculpas puntuadas por un sinnúmero de fatalistas malesh.14
“Usted estaba en el Turbini, hace una semana, y…” Rafik se quita las gafas oscuras y me mira intensamente con la sonrisa irresistible de los vencedores del destino férreo. “Tardé dos días en encontrarla”.
Yúsef y Nabila

Son aproximadamente las cuatro de la tarde y en el cielo aún se advierte un azul declaradamente fuerte, pero dentro de media hora se verá teñido de pardo. Desde los tiempos del Egipto antiguo, el viento que recorre el desierto de Egipto a Israel marca la temporada del Khamsín,15 una serie de ráfagas de arena que acechan por cincuenta días seguidos varias ciudades egipcias en una carrera airosa desenfrenada. En cuestión de minutos, el cielo caerá sin remedio sobre Alejandría y la arena se introducirá por los mínimos espacios dejados abiertos en las habitaciones. Resistir será entonces inútil, el Khamsín seco y polvoroso se infiltrará en la boca, oprimiendo así la respiración, y en los ojos de los transeúntes que seguirán platicando por las calles. Más bien será preciso regresar a casa para encerrarse, esperando que el mensajero de arena haya cumplido con su tormentosa tarea estacional.
En este momento, Nabila llega su hogar después de haber limpiado el departamento del edificio de enfrente. La casa de Yúsef y de Nabila es una construcción armada provisionalmente arriba del techo de un edificio cuya vista da al mar. Habitar en medio de la profusión de las antenas parabólicas no ilustra ningún sueño, sino que más bien representa la única posibilidad para la pareja de vivir cerca de la costa. Nabila se apresura en recoger la ropa tendida antes de que el viento se encargue de repartirla por toda la ciudad. Todavía sentado en las rocas rompeolas que protegen la Corniche16 de los desbordes marítimos, Yúsef, con la paciencia innata de los pescadores, espera hasta el último momento para replegarse. Las palmeras envueltas en fundas lucen derechas como paraguas cerrados que quieren defenderse del viento violento cargado de polvo que amenaza con arrancarlas. Ahora es cuando la lluvia podría desatar su furia al instante. Al igual que todos los días, Yúsef había madrugado para escoger el mejor punto y aprovechar el momento cuando los peces suben a la superficie del agua para comer, pero hoy, inicio del calendario de las tormentas, era seguro que no habría pescado para cenar. ¡Ojalá Nabila tenga un poco de ful17 servido con esh18 para ofrecerle! Pensó Yúsef al recoger su mochila vacía.
Cierro mis ventanas, corro las cortinas y coloco trapos para tapar las aperturas por las que se podrían colar las partículas de arena. Prefiero no imaginar de qué manera podría desaparecer la casa improvisada en el techo durante los primeros días de la primavera.
Sherín

En el suq19 de Mansheya, la calle más angosta se llama Shera es-setta.20 Ahí, en medio del tumulto femenino, los artículos colocados en un orden atrevido son regateados hasta el agotamiento por el vendedor y la desesperación de la clientela. Las mujeres deambulan en unifila para surtirse de retales, botones, hilos o perlas. En este espacio, que amenaza con encogerse en cada instante por el desbordamiento humano, resulta imposible rebasar al de enfrente sin tropezarse contra uno de los muchos puestitos bizarros que lo bordean. Los colores se mezclan con las esencias y los anuncios sonoros vanaglorian el mejor precio o calidad. Sherín saca delicadamente de su bolso un velo de tela delgada y frágil para entregárselo al costurero; Noha, su amiga de la infancia, curiosea por las tiendas de telas.
Los ojos casi cerrados y la respiración contenida, Sherín ya no puede mirar de frente; la impresión de encontrarse súbitamente frente a su amor anterior a unos días del festejo de su nuevo compromiso con un ejecutivo bancario se convierte en una lista de dulces recuerdos que no hacen más que entrechocarse. Sherín toma asiento para recuperar el aliento. Su relación con Hazem estaba hecha de sentimientos amorosos y bellas palabras mientras las familias calculaban o emprendían negociaciones interminables en torno de los bienes.
Regresan de golpe las agujas del reloj temporal para llegar al instante cuando la unión entre Sherín y Hazem se deshiló brutalmente por decisión paternal. Al no haber alcanzado un capital que le permitiera comprar un departamento, Hazem había tenido que renunciar a la boda y al amor de Sherín. Sabía que su prometida nunca iba a aceptar casarse sin la aprobación de sus padres.
La tela rosa corre debajo de las agujas de la máquina procurando no romperla. Es el velo nupcial revelador del compromiso inminente de la mujer. ¿Se puede remendar una vida o reparar el pasado con tal de intentarlo nuevamente? Noha saca a Sherín de su ensoñación sin percatarse de la presencia sutil de Hazem. Procura admirar el rosa sutil del velo y lo dobla rápidamente para convencer a la futura desposada de acudir a la imprenta a recoger las invitaciones.
Recorriendo las calles alejandrinas, siento mis pasos despertar un pasado que no era mío. Si de alguna esquina surgiera un hombre de otro siglo para contarme su historia olvidada por mi familia ¿lo escucharía o bien seguiría con paso redoblado mi propio camino?
Mohamed

El edificio número 9 de la calle Sultán Hussein es el territorio asignado a Mohamed el bawab21 como lo había sido también el de su padre y su abuelo, un campesino desarraigado llegado de su Nubia22 natal para probar su suerte alejandrina medio siglo atrás. Cada mañana, Mohamed saca un banquito consolidado precariamente con pegamento para sentarse en la calle a escuchar los pájaros matutinos y saludar a los empleados madrugadores o a los niños de uniforme escolar. Cuando no se encuentra en la calle, Mohamed vigila la entrada del inmueble desde su diminuto cuarto ostentosamente llamado portería, ubicado del lado izquierdo del elevador. Adentro, un colchón desgastado ocupa casi la totalidad del lugar y se alcanza a ver hasta el fondo una puerta de acceso al patio interior para revisar de vez en cuando, los contenedores de basura. Aunque no se separe la basura, la mayoría de los desechos se recuperan e inician un nuevo ciclo de vida útil.
Los egipcios están acostumbrados a contar con la ayuda del indispensable bawab, enterado de la vida de todos y en particular del estado civil de cada uno de sus habitantes. Guardián sigiloso y salvador de la moral del lugar, Mohamed pide que la puerta no se cierre cuando Fuad visita a su prometida a solas, resuelve las compras de último momento en la tienda más cercana o lava el coche mediante un generoso bakshish23 cuyo monto queda a la apreciación del locatario solicitante. Mohamed sueña con regresar a vivir a la tierra de su abuelo y volverse labrador, sin embargo, Iman su esposa insiste en que la vida es más amena aquí en la nostálgica Alejandría, la segunda capital de Egipto, lugar aspiracional de un futuro más alentador.
Una noche, al llegar, no veo a Mohamed ni en la calle ni en la portería cuya puerta está abierta. Las paredes despintadas cubiertas de adornos y recuerdos resumen la vida de Mohamed: un calendario del año y otro de diez años atrás, la foto sus cinco varones escalonados y diversos papeles con apuntes y números sostenidos por tachuelas. Un discreto raspado de garganta me hace sobresaltar, Mohamed se encuentra detrás de mí. Le explico que probablemente he perdido mis llaves y que necesito llamar a un cerrajero. “Primero, hay que avisar a la policía”. Presiento que se avecina una larga noche de desvelo. Mohamed frunce el ceño y recoge un juego de llaves dejado seguramente por Imán. “¿No serán éstas sus llaves?”
Abrir la puerta de mi departamento unos minutos antes de la medianoche fue un momento de peculiar alegría.
Mina

Mina apresura el paso para llegar puntualmente a la cena organizada por el grupo de arqueólogos internacionales con motivo del último gran descubrimiento submarino. Unos días atrás, las aguas azuladas y apacibles que esconden tesoros desde épocas milenarias entregaron a la búsqueda de los buceadores una estatua femenina cuya identidad seguía sin revelar. En descendencia directa de los faraones, Mina el copto24 siempre ha reivindicado su condición de egipcio auténtico al no celebrar ninguna celebración musulmana, ni siquiera la fiesta del Aíd El kebir25 en la que un tercio de la carne se regala a los pobres mientras que los demás alimentos se comparten durante la comida familiar. La ofrenda de los animales no es parte de sus tradiciones, al menos que despose una mujer de otra confesión y se convierta al islam. La hermosa Alejandría se encuentra envuelta en sutiles fragancias marinas mezcladas con el tabaco perfumado de las shishas que acostumbran fumar los egipcios a cualquier hora. Este aroma tan característico como inolvidable desaparece en estos días religiosos debido a la concentración de sangre de los corderos derramada en los patios de los edificios y en las calles. Una fetidez tan fuerte, que para caminar por las calles me tengo que tapar la boca y respirar sin parar el perfume impregnado en un pañuelo, procurando no voltear hacía las banquetas todavía maculadas. A lo lejos, sólo el silencio imponente del mar, aunque tengo la sensación de escuchar todavía los balidos desesperados de los borregos cautivos en los balcones, esperando la hora de su sacrificio. En el restaurante, los arqueólogos se deleitan con el pan árabe recién horneado que acompañan con una amplia variedad de salsas antes de decidirse por ordenar el platillo principal. Mina lee la carta y Jean pregunta si desean pedir una botella de vino. “No les puedo servir nada de alcohol, señores, durante Ramadán”,25 interviene categóricamente el mesero, “pero tengo un té delicioso”, agrega con un tono de complicidad. Sorprendido por su atrevimiento, Mina prefiere quedar callado. El hombre regresa unos instantes después. Un vino tinto de cuerpo oscuro escurre de la tetera para ser degustado por los comensales en tazas de porcelana blanca.
Desde la ventana de mi departamento en este día de asueto, contemplo la tranquilidad del Mediterráneo que ofrece la tarde. Pasarán días antes de que desaparezcan el olor y las huellas de la sangre expuesta por la cohorte de los corderos sacrificados.
Murad

Si bien el colorido de los taxis alejandrinos es invariablemente bicolor,26 tanto el modelo como su estado pueden resultar de peculiar aspecto y llegar hasta lo insólito, si pensamos en la edad del chofer que suele sumar menos años que los de su vehículo. Conduciendo al ritmo del tumulto y tomando el pulso de su gente en la calle, Murad recorre diariamente la ciudad por todos sus puntos cardinales. Pero su ritmo cardiaco se acelera conforme su coche se aproxima a la Biblioteca Alexandrina27 en los horarios de entrada y de salida de los empleados. Murad está enamorado de una mujer cuyo nombre logró conseguir después de varios meses de investigación y de preguntas a los guardias de la biblioteca. Nihal, de cabello teñido de rubio y peinado siempre a la perfección, es bibliotecaria. Detenido en un embotellamiento, Murad se empieza a desesperar y toca el claxon a pesar de la prohibición oficial. En Alejandría, tocar el claxon es hacerse acreedor de una multa; por lo tanto, los conductores hacen un uso menos frecuente que sus homólogos cairotas quienes no conciben manejar sin el ruido continuo del mismo. Ahí, circular por las calles es un espectáculo auditivo y acrobático que procura la misma sensación que la práctica de un deporte extremo agregando los decibeles. Por ejemplo, el cruzar la Corniche sin resultar atropellado es una hazaña merecedora de un premio a la vida. Cuentan los Alejandrinos que los peatones fueron olvidados durante la construcción de los 30 kilómetros al haber muy pocos accesos subterráneos. Murad enciende el radio para distraerse tratando así de olvidar que Nihal seguramente ya salió del trabajo y que hoy será un día sin disfrutar de su presencia efímera. Un pasajero sube apresurado y pide a Murad llegar cuanto antes a la biblioteca para recoger a su novia. Acostumbrado a recoger las confidencias de sus clientes, Murad sonríe, pero en esta ocasión, con un extraño apretón en el corazón. Bromea con el hombre, mirándolo a través del retrovisor con tal de indagar más. Parece abogado por su vestimenta y por la seguridad con la que cree llegar a tiempo pese al tráfico incesante. Murad se seca la frente con un pañuelo y logra rebasar en zigzag a varios coches. “Mafish mushkela28 ya Basha,29 ya casi estamos”. Murad se percata súbitamente que nunca ha preguntado si su amada tiene novio o, por qué no, marido. ¿Y qué tal si…? Sería demasiada coincidencia reflexiona el chofer estacionándose a unos pasos de la entrada principal. Una mujer íntegramente velada de negro sube al taxi, Murad arranca y sube el volumen del radio para celebrar una tarde tan feliz.
“Arabi kwayyes ya madam”.30 Después de decirme que hablaba bien el árabe local y enseñarme alguna palabra nueva o nombre de calle, seguía invariablemente preguntándose sobre el esposo que inventaba: diplomático alemán, matemático francés, maestro americano para evadir la pregunta.
Malak

Las líneas de kohl ablandadas por el calor en su pleno apogeo empiezan a derretirse lentamente sobre el rostro maquillado de Malak cuando el director manda a corte. Con el astro solar elevado hasta el zenit, la temperatura desértica asciende a cifras prohibitivas para la supervivencia del equipo de producción de la película. La actriz retira sus joyas faraónicas delicadamente, como si fueran de oro verdadero y se va despidiendo del personaje que interpretó durante varias semanas el papel estelar de su carrera actoral. La reina Nefertiti saldrá en la pantalla grande el próximo verano, será el éxito y la admiración de todas las egipcias jóvenes o mayores. Malak se aleja del escenario, se sienta en una duna, toma un puñado de arena caliente que deja pasar entre los dedos y medita contemplando la inmensidad dorada alrededor suyo. Cautivada por el silencio absoluto del horizonte sin fin que impera en el paisaje de la nada desértica, cierra los ojos dejándose invadir por un sentimiento embriagante de soledad absoluta.
La película, aunque su final siga inconcluso, relata la historia dramatizada de la célebre reina del Egipto antiguo. El equipo de guionistas todavía no ha escrito el desenlace, puesto que a pesar de ser la más famosa, se sabe relativamente poco acerca de la vida de la heroína. ¿Por qué razón, gozando de una fama tan grande, Nefertiti desapareció súbitamente del lado de su amado esposo Akhenatón? Hasta la fecha, se desconoce dónde fue enterrada y tampoco hay indicios que confirmen la ubicación de su momia. ¿Cuál será entonces la escena escogida para finalizar el largometraje? Malak se levanta y prosigue su camino sin rumbo como quien emprende un viaje onírico en busca de sí mismo. A lo lejos, uno de los camarógrafos advierte la ausencia de la afamada protagonista. Grita su nombre, pero las palabras resuenan sin eco en un vacío ensordecedor. Enmudecida, disuelta en el cielo o bien en la arena, la voz del hombre se apaga; Malak desapareció. Las huellas de los jeeps en su camino de regreso al oasis de Siwa no tardarán en ser borradas por el viento cuando llegue la noche fría. La calma total y angustiante se reinstala en el lugar de filmación como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente, mientras delineo mis ojos con un crayón de kohl obsequiado por una niña del pueblo, me sorprende la increíble noticia que corre por todas las estaciones de radio y las televisoras del país: la reina Nefertiti desapareció por segunda vez. El silencio desértico tiene el poder de absorber para siempre las ilusiones, las palabras y las promesas incumplidas de amor. Aprovecho mi primer paseo para abandonarlas ahí, sin pesar alguno.
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