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Hélène en su propia arena

Guadalupe Loaeza

El destino de Hélène Blocquaux hizo que llegara un día a México. Fue un 2 de marzo del año 1988, fecha que nunca olvidará la autora de Cuentos de arena, ya que ese día, clarito sintió que su vida daba un vuelco de 180 grados. Nunca se imaginó que este país la atraparía cuerpo y alma; de allí su gana de entregarse a él. Hemos de decir que Hélène venía de Francia muy bien preparada para su nueva misión, después de estudiar la carrera de Lenguas Extranjeras en Clermont-Ferrand, la ciudad donde naciera el filósofo, Blaise Pascal. Al llegar a México, su compromiso era bien específico, enseñar la lengua de Molière en la Universidad Autónoma de Morelos. Lo que entonces no sabía era que unos años después inauguraría la primera Alianza Francesa en Cuernavaca; tampoco sabía que en la “Ciudad de la eterna primavera” nacerían sus dos hijos y menos sabía que el destino le tenía otra misión, para unos años después, muy lejos de México. No, Hélène, nunca se imaginó que viajaría a la ciudad donde se encontraba la biblioteca más famosa del mundo, ¡¡¡Alejandría!!! Una biblioteca que formaba parte de las siete maravillas del mundo. ¿Qué le esperaba en Egipto, país donde su bisabuelo, un siglo atrás, había ejercido su misma vocación? Aparte de haber sido nombrada, en el 2002 como la directora del Centro Francés de Alejandría, ¿quién más la aguardaba con tanta impaciencia? Nada menos que la escritura, así como la fotografía, dos artes que la acompañaron durante toda su estancia. Hay que decir que fue en Alejandría donde realmente Hélène empezó a escribir, es decir en un país que no era el suyo, ni por adopción, pero que sin embargo, resultaba sumamente inspirador.

No obstante la gratísima e interesante compañía de su amiga la escritura, Hélène empezó sentir nostalgia por Francia. A pesar de no conocer su ciudad natal, Grenoble, donde nació el 15 de julio de 1966, por extraño que parezca, echaba de menos sus montañas, pero sin duda por lo que sentía más nostalgia era por sus hijos. Es cierto que, para ella, mudarse de un país a otro se había convertido en una costumbre en su vida. No pasó mucho tiempo en viajar a París, donde se inscribió en el Conservatoire Européen d’écriture audiovisuelle. Allí se especializó en series televisivas.

Un buen día gris y frío, mientras caminaba por Saint-Germain-des-Prés, súbitamente le vino un cafard terrible por México. Nada más llegar a su departamento y sin pensarlo dos veces tomó el teléfono para hacer la reservación de su boleto con destino al país de sus hijos, pero sin fecha de regreso. Corría el año de 2006. De nuevo, el destino le tenía preparada otra cita impostergable: la escritura de su primer libro, Cuentos de arena. Su inquietud por contar historia había empezado desde su escolaridad en Francia. Aún conserva dos momentos muy reveladores: haber visto, un buen día, de qué manera la pluma fuente se ponía a escribir impulsada por algo misterioso. Así empezó a crear un poema muy cáustico para una tarea de inglés. El segundo momento, se trata de la descripción de un personaje para un examen de francés. Ella pensaba que para escribir había que tener un don o bien un poder especial, así que leyó con absoluto fervor la experiencia de otros: Marguerite Duras, Paul Auster, Amélie Nothomb, etcétera. En tanto los leía, Hélène intentaba descifrar los secretos del acto de escribir. Y sin darse cuenta, ya los había descubierto y hasta puesto en práctica.

Andando el tiempo y no conforme por haber escrito su primer libro, Hélène se dio a la tarea de narrar un monólogo musical titulado “Lilah, el juego de la vida y cómo se juega” para la cantante Lila Déneken. En 2013, escribió la serie “Sonoro 2013”, para el Instituto Morelense de Radio y Televisión, la cual consistía de diez documentales sobre la música de cámara. Después de un año, algo continuaba haciéndole falta a Hélène: la enseñanza francesa y su literatura. Fue así que empezó a colaborar con la Editorial Hachette, formando maestros de francés en el uso de formatos audiovisuales, lo cual le permitía viajar por todas las ciudades de México. Más tarde, impartió talleres de guión en la uninter de Cuernavaca. Y en 2016 desarrolló storytellings empresariales para México y España. Escribió los documentales “Cuernavaca histórica” y “Campo experimental universitario”. Y en 2017, regresó como coordinadora y docente en la recién creada licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la uaem.

Una vez escrita la presentación de los cachitos de la vida de Hélène Blocquaux, nos preguntamos, bueno pero ¿qué fue lo que realmente encontró en el mundo de la lucha libre donde se pelea el bien y el mal? Un tema nada fácil y complejo. Sabemos que le llamó particularmente la atención lo que representa para ella esta tradición tan mexicana, lo que descubrió Hélène, después de una ardua investigación, fue una cultura pletórica de trajes, máscaras y rituales; una cultura llena de colores, de lenguaje florido y de público (de todas las clases sociales) que desahogaba sus emociones gracias a las canciones (las que acompañan a cada rudo o técnico al ring); le llamaban la atención el réferi (vendido o leal), las edecanes, los vendedores, en suma, se sintió atraída por un deporte-espectáculo sonoro y colorido donde los golpes sí son reales, aunque muchos espectadores todavía no lo creen. Para ella, la lucha libre define a la perfección lo que es México, un país de gente valiente que nunca se rinde ni siquiera cuando el dolor o el miedo apremia o cuando en la situación más desesperada aparece, como solución, la magia.

Entre pláticas y entrevistas con las estrellas del ring, Hélène escuchó decir a una luchadora canadiense (retirada del país y de la lucha libre) Dark Angel, un lema de vida, cuya consigna es fundamental para llegar a ser un buen luchador: “si te caes siete veces, levántate ocho veces”. Y reflexiona: “A lo mejor todos somos luchadores, héroes de la vida, por los golpes y riesgos que se parecen a los saltos desde la tercera cuerda. ¿Cuáles son las historias que apenas se atreven a comentar los luchadores entre ellos cuando conviven en el vestidor, en el camión, bajo la regadera o durante la comida de fin de año? Algo sucede que nunca se ha contado ni escrito, ahí es cuando empiezan”.

Una vez por semana, Hélène iba a las luchas libres, una vez por semana, intercalando la de los jueves y las del domingo. Al mismo tiempo leía todo lo que encontraba sobre la lucha libre, vio todas las película de “El Santo” y las de “Blue Demon”. Una noche de insomnio, de pronto se le ocurrió el título de su libro: Cuentos de arena, “donde nacen las historias inexplicables de la lucha libre, después de la función”, como dice su autora y pensando en el lugar de los combates. Primero escribió once cuentos para un programa de televisión. Estos fueron leídos, con gran éxito, por Sophie Alexander, en diferentes escenarios.

Desafortunadamente, se acabó el presupuesto, pero ella, siguió escribiendo sus cuentos que se publicaban, cada semana en Bajo el Volcán, la Sección Cultural de la Unión de Morelos. Llegó a juntar 52 historias. En 2009 demolieron la “Arena Isabel” y Hélène quiso rendirle homenaje al lugar donde habían nacido sus relatos.

Un día, fue a recoger a su hijo a la casa de Miriam Cacho (hermana de Lydia) y ella le dijo que su madre, Paulette Ribeiro, también de origen francés, había escrito asimismo, un libro sobre la lucha libre. No lo podía creer, alguien más como extranjera se había sentido atraída por el mismo tema. Vaya casualidad. De inmediato se puso a buscarlo y no nada más le encantó, sino que le inspiro para escribir otros cuentos.

A mí también me encantaron e inspiraron los cuentos de Hélène. Al terminar de leer su libro, concluí, que los mexicanos nos deberíamos de sentir orgullosos de la lucha libre, una tradición que existe desde hace muchas décadas, gracias al primer luchador mexicano, Enrique Ugartechea, “el luchador enmascarado” y quien en 1863 creara las bases de lo que sería la lucha libre mexicana. Lo que es un hecho irrefutable es que ya es Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México. Un verdadero fenómeno cultural, como dice el cronista Carlos Monsiváis y gran admirador de Blue Demon Jr. Este deporte-espectáculo dice en su decreto expedido en el marco de la Ley de Fomento Cultural que: “exige de sus protagonistas conocimiento, técnica, fortaleza y valor simbólico”. En esta declaratoria se considera que: “la lucha forma parte de las industrias culturales y ha convocado a las clases populares al encontrar formas de expresión y difusión como el cine y otros espectáculos”, (Proceso). A pesar de lo que digan sus detractores, la lucha libre goza de muy buena salud y sigue tan popular como hace años. La Parca (Jesús Alfonso Escoboza), el gran luchador mexicano quien trabajara para la Lucha Libre AAA Worldwide, comenta con toda su contundencia: “Estamos muy emocionados todos los luchadores; por ser un deporte popular a veces no nos toman en serio, pero es una realidad, hoy podemos gritar orgullosamente que somos parte de la cultura mexicana y de verdad esto lo hacemos con amor. Algunos vamos al extranjero y ahí nos reconocen el arte de luchar, por eso me siento muy contento, decir que la lucha libre es cultura ya no son palabras sino un hecho”.

Confieso que cuando Hélène me invitó amablemente a prologar su libro, me pasmé: “cómo lo escribiría si no sé nada de este deporte, el cual encuentro hostil y totalmente ajeno a mis intereses?”, pensé. Pero bastó con que leyera el libro Cuentos de arena, para darme cuenta de lo errada que estaba. Para mi sorpresa, mientras intentaba informarme aún más sobre este deporte-espectáculo, mi marido me confesó que en su juventud había sido un gran amante de la lucha libre. Sabía todo sobre Wolf Ruvinskis, quien primero fue boxeador, para convertirse después en un gran luchador, junto con la Tonina Jakson formó lo que se llamó “la pareja infernal” y se enfrentó a leyendas como el Santo, Tarzán López, Blue Demon, Black Shadow, el Médico Asesino y el Lobo Negro”. Todo esto me lo contó Enrique con mucha nostalgia. Igualmente me habló de “El murciélago enmascarado” y de las películas del Santo y las que filmó Crox Alvarado, especialmente “Una rosa sobre el ring” y “Los Tigres del Ring”. De todo lo que me platicó mi compañero sentimental, como dice la revista ¡Hola!, lo que más me impresionó fue la historia de André René Roussimouf, un luchador francés al que llamaban: el Gigante, porque tenía una enfermedad llamada acromegalia, que quiere decir que su hormona de crecimiento seguía funcionando aún a la edad adulta. Desafortunadamente André René de 2.24 de altura, murió a los 46 años. El Gigante llegó a ser Campeón Mundial de Parejas de la WWF y Campeón Mundial Peso Pesado. Curiosamente también él nació, como la autora, en Grenoble. De niño era tan grande y ocupaba demasiado lugar en el transporte escolar, por ello un amigo de su padre, el dramaturgo y Premio Nobel de Literatura, Samuel Backett, se ofreció llevarlo todos los días, en su camioneta, al colegio. “¿De que hablaban en el camino?”, le preguntó, en una ocasión, un periodista al gran luchador. “No hablábamos de otra cosa, que no fuera el cricket”, contestó el Gigante.

A pesar de que llevamos veinte años de casados, Enrique jamás me había comentado su pasión por la lucha libre y todas las historias que se sabía de los luchadores: “¿Por qué nunca me has invitado a la lucha libre?”, le pregunté intrigada. “Pensé que no te gustaría para nada”. Vaya prejuicio que a veces tienen los hombres respecto a los gustos de su esposa. He de decir que tampoco yo le había contado que en una ocasión, hace muchos años, había ido a una lucha libre en la Arena México. No recuerdo quiénes luchaban, pero de lo que sí me acuerdo es del público eufórico y totalmente entregado a su respectivo héroe. También tengo muy presente lo que gritaba este público tan imaginativo y creativo: “¡El racimo, el racimo!”, gritaban a todo pulmón. Cuando le pregunté a mi amigo Nicolás Sánchez Osorio quien nos había invitado, qué quería decir “el racimo”, se echó una carcajada y como buen esnob, me contestó en francés: “les bijoux de famille!!!” Claro, ya me lo había imaginado, pero quería corroborar que se trataba, efectivamente, de los testículos. De allí que cada vez que el luchador quería darle gusto a su público, sus manos se dirigían de inmediato hacia “el racimo” de su contrincante, lo cual a éste le resultaba sumamente doloroso, pero divertidísimo para los admiradores de su luchador. Seguramente se me fueron muchas expresiones de este tipo, porque eso sí, eran muchísimas las que exclamaban desde las gradas y todas ellas, naturalmente, tenían que ver con los típicos albures muy mexicanos. Parece ser que muchos de estos “fans” nada más van a las luchas especialmente para gritar todo aquello que han guardado en su “corazoncito” durante una semana.

No hay duda de que las máscaras son parte fundamental de este espectáculo. Es sabido que los luchadores invierten grandes sumas de dinero en su respectiva máscara, mallas y capas. Dice Octavio Paz que el mexicano lleva dos máscaras: la que muestra al mundo y la otra que es su auténtico yo, porque en realidad se siente muy solo y porque no quiere que nadie conozca su mundo. Buena definición de nuestro premio Nobel, especialmente en lo que se refiere a los luchadores mexicanos. En relación con este tema tan seductor, recomiendo al lector, el capítulo 9 del libro de Hélène, titulado: “Biografía de una máscara”. En él, la autora nos cuenta, de una forma fluida y con una narrativa llena de sensibilidad y conocimiento del tema, el misterioso destino de la “Máscara de Jade”.

Como dice Hélène Blocquaux: “La lucha libre nunca muere sino todo lo contrario: al verse moribunda es cuando renace de la bravura de los gladiadores de los barrios con la misma fuerza de su nacer. Con la valentía intacta y sin dejarse desmoronar por ningún obstáculo por más grande que sea”. Para entender aún mejor lo que nos quiere decir la autora, los invito a leer Cuentos de arena, escrito con pasión y amor por este verdadero fenómeno cultural mexicano.

7 de octubre de 2020


Cuentos de arena


Marcado por la lucha

La noche iba a ser larga, tal vez interminable, para Efrén quien no sabía cómo ocupar a Camilo y a Marcial a esta hora avanzada de la noche. ¿Quieren ir a las luchas?, preguntó al azar, cuando pasaban delante de la arena. Los niños habían oído hablar de los gladiadores, los héroes que llenaban las revistas con sus glorias semanales, pero nunca habían entrado a una función. Efrén les compró unas habas enchiladas a cada uno, entregó los boletos y les dejó por primera vez unas monedas para sus antojos. “Regreso a medianoche, no se separen”. Emocionados, Camilo y Marcial entraron corriendo, sin despedirse de Efrén, ansiosos por alcanzar un buen lugar.

Camilo no sabía que mientras estaba ovacionando al Escapista Volador, gritándole “¡Tú puedes!”, su padre libraba su última lucha a dos cuadras de ahí, en una cama del hospital de la ciudad, junto a su madre inconsolable. Mientras devoraba el espectáculo con su mirada cándida, Marcial preguntó a su primo: “¿Crees que nos compren una máscara del Pirata?” “Prefiero la del Barón, es mi ídolo, cuando sea grande quiero ser como él, y también como mi papá”, contestó. El impacto del espectáculo para Camilo y Marcial era total, se sentían parte de los combates. Los luchadores ejecutaban sus llaves en exclusividad para los que se quedaron de pie durante toda la función a pesar de las quejas y refunfuños permanentes de la familia sentada atrás. La lucha los había atrapado, absorbidos por su encanto. No existía más ruido que el grito del distinguido público, ni más color que el de las máscaras y del atuendo deslumbrante de los luchadores.

El padre de Camilo se despidió discretamente de la vida, con una última mirada amorosa dedicada a la compañera de su existencia, mientras que en la arena Camilo sentía súbitamente que lágrimas más fuertes que su edad llenaban su corazón y la piel enrojecida de su rostro por tanto defender verbalmente al Barón. “¿Qué te pasa?”, trató de indagar Marcial. “No sé, se me salpicó el refresco a la cara”, respondió avergonzado. Aprovechó el relevo de luchadores para secarse rápidamente con la manga de su camisa. “Los hombres no lloran”, le repetía siempre su padre. Al terminar la función, Camilo recogió y sacudió su chamarra pisoteada en el suelo, junto a su butaca. En la bolsa derecha se encontraba la pipa favorita de su padre. La acarició con respeto y temor a la vez, pensando que de seguro su padre la estaba buscando y se iba a hacer acreedor de un regaño injusto.

Camilo no supo, sino hasta varios años después, que su padre había fallecido. La funesta noticia fue escondida por la versión familiar: su padre estaba ausente por motivo de un largo viaje. Pasó mucho tiempo y Camilo sigue asistiendo a la arena por la fuerza de la costumbre, como alguien que tiene una cita, un compromiso inaplazable qué atender. A veces, se queda afuera, platicando con los mascareros o los luchadores. Insiste cada semana en que su primo lo acompañe, como cuando eran niños.

Del aserrín a la lona

Desde que la lucha existe, el ring ha sido el escenario espectacular del pancracio. Y en algunos casos, seguramente muy contados, ha servido de dormitorio para algunos aventureros en busca de emociones nuevas o para los deseosos de ahorrarse el costo del boleto de entrada a la arena. Aquella sonada noche, víspera del gran estreno del nuevo cuadrilátero, el equipo de herreros encargados de instalarlo se quedó a dormir en él. La viuda Florencia Méndez, madre de Marcial, había suplido con diligencia las funciones de vigilante para ganarse la vida desde el fallecimiento de su marido. Aun sin él, la arena seguía siendo su vida, su casa.

Pablo ajustaba las cuerdas del ring en cada función con la precisión de un relojero.

“Vamos a descansar un rato”. Memo, Lalo y el Guayabas instalaron los colchones sobre la lona antes de caer en un sueño profundo.

El relleno de aserrín iba a desaparecer de la arena, para ser remplazado por una capa rechoncha y amortiguadora de hule espuma debajo de la lona extendida con orgullo a los cuatros postes. El cuadrilátero recién montado estaba reluciente un día antes de su estreno.

Memo despertó, aturdido por una pesadilla. Maldito café que había tomado en exceso para permanecer despierto y terminar su trabajo. Dio un paseo por las gradas. La luz de la calle se filtraba por las ventanas y lo guiaba por los asientos de madera. A pesar de los ronquidos sonoros de sus compinches, concilió nuevamente el sueño. Un tablazo, o algo que parecía serlo, hizo brincar a los herreros desconcertados y asustados. El nuevo relleno no absorbió el ruido sino al contrario, lo expandió por toda la arena. Memo revisó la entrada, Lalo las ventanas y el Guayabas las butacas de una en una sin que apareciera por lo menos un pedazo de madera. El cansancio no venció el susto tremendo que se habían llevado. Intentaron dormir de nuevo. Imposible. Memo, Lalo y el Guayabas hablaron hasta el amanecer de sus amoríos de la infancia para olvidar el ruido de sus propios suspiros que se hacían eco en la arena vacía. Lalo imaginó a las tres de la mañana que un señor los observaba, sentado en una butaca de las primeras filas, pero sus compañeros lo callaron, suplicándole que no se bajara del ring para averiguarlo. Se refugiaron entonces en la oficina de la arena.

Al día siguiente, doña Florencia Méndez llegó sonriente con una charola de pan dulce recién salido del horno de la panadería y cuatro vasos de café humeante: “El mundo pertenece a los que se levantan temprano”.

Su rostro se crispó al contemplar el nuevo ring: “Ay Basilio, ahora sí te hubiera dado un infarto”.

Despertando para desafiar el pasado, el espíritu de Basilio que antes se dedicaba a barrer el aserrín después del combate, seguía errando para afirmar: “Yo soy el vigilante de la arena”. Tomó de la mano a su esposa y ambos salieron por la puerta cerrada.

¡Réferi vendido!

La lucha libre era la pasión de Pepe, pero su temperamento lo hizo réferi porque no le gustaba pegar. La recomendación había surgido unos meses atrás cuando su entrenador advirtió el umbral de resistencia al dolor extremadamente bajo y el sentido agudo de la justicia que conformaban la personalidad del que fuera en su tiempo El Mixteco. Acto seguido, Pepe optó por colgar su máscara y revestir la camisa rayada blanquinegra. Faltaba por consiguiente, además de conseguir el respeto del público, ganarse la consideración de los luchadores desarrollando un estilo peculiar para referear. Pepe había aprendido a mediar la cantidad de poder concentrado en sus manos: tres palmadas aplicadas en la lona enjuiciaban al bien contra el mal que debatían en el ring, bajo la mirada del respetable jurado quien rendía su veredicto a gritos. Sin embargo, eso no era todo. En la lucha libre si el réferi no vio el faul, entonces no existió.

Aquella noche de máscara contra cabellera, concertada desde meses atrás, el ambiente en la arena olía a guerra declarada contra el odiado rudo. El réferi sentía el sudor recorrer su nuca y escurrir desde sus palmas húmedas. Estaba consciente del peso del compromiso que yacía en sus hombros de representante de la ley luchística. Retumbaron como la sentencia final en la lona los tres golpes reglamentarios. Pepe no había visto la falta. Alzó la mano del vencedor mientras que el técnico, furioso, lo levantaba para entregarlo como carnada viva al público, que ya había invadido el cuadrilátero. Cuando la decisión no es del agrado de la afición, ésta es capaz de enfurecer y de enloquecer con tal de defender al luchador merecedor de la victoria. Pepe se debatió hasta lograr saltar a la tercera cuerda y brincar acertadamente hasta la pasarela. Sacudido por tantos golpes inmerecidos, se refugió en los vestidores. A través de la puerta, llegaban todavía los gritos desesperados del enemigo aficionado como flechas envenenadas. Adentro del vestidor sitiado, las propuestas se enunciaban en plena confusión. ¿Cómo salir de la arena sin que Pepe resulte herido en un probable ataque? El Guardián encontró la solución. “¿Y si le presto mi máscara?” Rudos y técnicos, ya reconciliados, asintieron sobre la estrategia de retirada a adoptar. Pepe cambió su camisa de rayas por una playera promocional del Guardián que por suerte hacía juego con su máscara. La manija de la puerta despertó un miedo sudoroso en la mano de Pepe justo antes de abrirse ante la multitud desconcertada que dejaba el paso a los luchadores. “¡Guardián, un autógrafo!” “Pídanlos al Vengador por favor, hoy tengo prisa”. Los luchadores se dirigieron en fila india hacía la salida de la arena, observando un paso cada vez más acelerado. Un aficionado ingresó finalmente al vestidor. Tomó la camisa abandonada por el réferi despechado en el perchero. “¡Se escapó el réferi vendido!”, gritó desesperadamente el hombre frente al público burlado. Como referí, aquella noche ocurrió la primera derrota de Pepe. Declararse a favor de uno de los bandos, aunque sea involuntariamente, conlleva consecuencias que la afición difícilmente perdona. El título carente de honorabilidad iba a acompañar a Pepe lucha tras lucha hasta que la gente se cansara o se interesara por un caso más sonado.

Pura calma

Después de cada enfrentamiento, Régulo, el Ciclón Blanco, inicia la tregua. Al emprender el camino por la pasarela que lo lleva a los camerinos, empieza la cuenta regresiva, es decir la mutación del personaje luchístico en la persona civil. Pero su recuperación nunca se completa del todo, pues la piel conserva una herida sin sanar o hay un músculo resentido. El dolor es parte del combate, aparece cuando menos se lo espera, recordándole que su cuerpo requiere más atención que la carrocería de los coches que colecciona.

Marcial, vigilante, es el testigo privilegiado de la vida de los luchadores, quien recoge no sólo muchas historias inexplicables sino también contadas confidencias de sus mujeres. Mónica siempre acompaña a Régulo a la arena. Llegan por lo menos una hora y media antes para que el luchador se pueda preparar físicamente. Mientras él se concentra respirando hondamente y realiza los últimos ejercicios de estiramiento, su esposa instala el puesto de máscaras y de playeras para la venta nocturna.

El último pensamiento del gladiador antes de afrontar a sus adversarios está dedicado a su familia y su público. Por ellos, él se encuentra ahora en el ring. Al franquear las cuerdas, Mónica sabe que Régulo desaparece temporalmente de su universo, sustituido por Ciclón Blanco hasta terminar la sesión de autógrafos y de fotos con los aficionados.

Pero a veces, Régulo no logra deshacerse de la adrenalina y de la concentración almacenada en el cuerpo durante la lucha. Sigue tenso, distante, como si fuera otro hombre, una persona ajena a cualquier vida humana. Alguien que no logra reposar porque en su mente, permanecen los gritos de los aficionados que lo apoyan y lo alientan a mostrar un desempeño óptimo. El espíritu guerrero de Ciclón Blanco habita todavía el cuerpo de Régulo cuando Mónica desarma el puesto de artículos promocionales. Saliendo de la arena, Mónica descubre en los ojos de su esposo si ya operó el desprendimiento de su personaje y se separó del ánimo despiadado del rudo.

Esta noche, observó que el personaje no se había apartado de su dueño. Por lo tanto, quien se estaba subiendo al automóvil no era Régulo, sino su avatar luchístico. La inquietud la invadió, acompañada con cierto recelo. El luchador no se quitó la máscara hasta encontrarse adentro de la sala de su casa. Régulo volteó entonces a ver a su esposa con una conocida sonrisa traviesa. “¿No te diste cuenta verdad?” y prosiguió, satisfecho del efecto ocasionado en Mónica desbancada de su calma legendaria. “Un coche nos siguió hasta el último semáforo. De seguro, un aficionado más vivo que otros que me quería sorprender sin máscara”.

En ocasiones, los luchadores tienen que cuidar a capa y espada su identidad más afuera que adentro de la arena. Esta noche, Régulo se sintió cansado. Guardó sus botas y su máscara en el closet y se sentó con un largo suspiro. A partir de ahora comenzaba la lucha más difícil de todas: ser un hombre común y corriente con sus responsabilidades y retos más que ordinarios… hasta el siguiente combate.

Vigilante anónimo

¿Quién conoce al vigilante de la arena? Aquel anónimo nocturno que toma su turno cuando el público se retira y se va cuando la luz del día llega. El vigilante tiene la arena bajo su control durante ocho horas. Nadie puede penetrar en su recinto, ni siquiera un gato vagabundo en busca de comida abandonada debajo de una butaca por el distinguido público. Marcial está acostumbrado a su trabajo solitario. Al paso de los años, ha perdido la capacidad de conversar y de comunicar sus emociones, puesto que nadie lo toma en cuenta. Cultiva su anonimato como los luchadores su fama: con ahínco.

Carla y Emilio aprendieron a gritar en la arena desde que se retiraron el chupón de la boca. Ahora, sus gustos de adolescentes se concentran más en las máscaras y en las playeras de sus héroes del ring que en las palomitas de maíz e incluso en la ropa de marca. Les encanta el misterio que rodea la arena, los sustos que atemorizan a los gladiadores invencibles.

Sobre el anuncio de la tercera caída, Carla murmura al oído de Emilio: “Ahora sí nos quedamos después de la función”. Se colocan su respectiva máscara del Rostro Azul antes de desparecer debajo de su silla entre los vasos desechables y las bolsas de dulces y comida.

Marcial apaga las luces del ring, escuchando su propio suspiro con gusto y alivio, lo que marca el inicio de su labor de vigilancia.

Angustiados y felices por los ruidos indescifrables que empiezan a escuchar, Carla y Emilio salen de su guarida y caminan de la mano entre las gradas. “Emilio, ¿escuchas lo mismo que yo?”, balbucea Carla. Emilio, paralizado, no contesta. Los pasos se acercan más y más. Carla prefiere afrontar su miedo y voltea. Percibe una forma negra encaminada hacía ellos. La fuerza de su grito estremece a Emilio y ambos corren con la fuerza de sus doce años, aventando sus máscaras. Pero les faltó pericia para escapar de las sombras de la arena. Dos manos vigorosas se plantaron en sus hombros. “¿Qué hacen aquí niños? ¿Dónde están sus padres?” En vez de espantarlos, la voz humana les confirió más valor para preguntar: “¿Es usted el fantasma de la arena?”, pregunta Emilio excitado de hablar por primera vez con un ser sobrenatural. “¿Fue luchador cuando vivía?”. “No soy luchador, pero a ver si sus padres no les dan una buena regañiza regresando a casa”, contesta Marcial.

Cuerda rota

Cuando los fenómenos rebasan las explicaciones científicas, se califican de alucinaciones, chismes o cuentos dirigidos a algunas personas realmente muy crédulas.

El cuerpo humano es un jardín cuyas partes se tienen que regar con un bombeo incesante de mangueras internas que lo unen. Cuando una de ellas se rompe y deja de cumplir su función de alimentar con oxígeno una parte afectada, la consciencia abandona su envoltura terrestre y se dirige hacia un estado transitorio de observación.

¿Quién mejor que un luchador para relatar los golpes recibidos, los desmayos consecuentes y las ausencias involuntarias del ring? En ocasiones, parece que el cuerpo del luchador es el de un héroe de carne y huesos: se auto compone para seguir el combate pese al dolor. Antes de cada lucha Black Bull, rudo por convicción, se creía tan invencible como las cuerdas del ring amarradas a los postes metálicos del cuadrilátero. El mano a mano contra Fulgor Dorado era el encuentro previo a la disputa del título de campeón y para ello, Black Bull había duplicado su entrenamiento y triplicado sus ganas de vencer. El rudo se quería llevar la cabellera del técnico, tal el indio Sioux merecedor de su premio cabalgando y gritando de felicidad.

Black Bull trató de amortiguar la fuerza del lance de Fulgor Dorado, usando su cuerpo como amortiguador, pero al ceder la cuerda intermedia del ring, se deslizó hasta impactarse aturdido en el piso de madera.

Ahí se rompió la frágil línea del espacio temporal. La vista nublada del luchador se abrió y su cuerpo emprendió un viaje con rumbo desconocido. El luchador se elevó y atravesó un túnel oscuro. ¿Cuánto tiempo se quedó flotando en otra dimensión, atrapado en un presente eterno? Recuperó el conocimiento sin los recuerdos. Los ojos abiertos mirando el techo, Black Bull estaba sentado en la banca del vestidor. ¡Báñate, vamos a perder el camión de regreso!, le dijo su pareja luchística. “A ver si con el agua fría, se me quita la vergüenza de haber sido descalificado”, le contestó Black Bull. “Estuviste a punto de serlo, pero te levantaste justo a tiempo después del golpe. ¡Qué señora llave le aplicaste a Fulgor Dorado en la tercera caída!”, exclamó Black Bull.

Afirma la ciencia que sólo se debe asumir aquello que se pueda demostrar. Por si acaso, después de cada caída, Black Bull se pincha ligeramente la piel de la mano para saber de qué lado de la frontera del temporal se encuentra.

Una lucha de película

Si Blue Giant no hubiera perdido su máscara aquella noche, el equipo de producción lo hubiera escogido entonces para convertirse en el héroe de la pantalla grande por décadas. ¿Pero en verdad, éste hubiera podido ser el desenlace final del combate de máscara contra máscara contra su archirrival Silver? “El que conserve puesta la máscara terminada la lucha será el héroe de mis próximas películas”, gritó Bartolo el productor sentado en primera fila de las butacas unos segundos antes de que retumbara hasta el techo ya de por sí estropeado de la arena el silbato estridente. El aviso surtió efecto. Los dos contrincantes retiraron sus capas y las lanzaron cerca del público que se levantó con la esperanza de quedarse con una prenda de sus estrellas. Detrás de las máscaras, dos gladiadores se retaban en la cúspide de su rivalidad, gestada desde su primer mano a mano meses atrás, jugándose sus respectivos destinos cinematográficos.

El público ansiaba descubrir el rostro del perdedor o, por qué no admitirlo, el nombre verdadero del técnico adulado. Pero la tercera caída revirtió todas las apuestas, cuando, a pesar de su elasticidad espectacular, Blue Giant no logró aplicar una de las llaves de su creación. Silver logró liberarse del último movimiento que estaba a punto de inmovilizarlo y rindió a su contrincante con la llave que llevaba su propia firma: la Silveriana. Sobre los tres golpes en la lona, Bartolo tachó sin pestañear, de un trazo de pluma, el nombre de Blue Giant en el contrato de exclusividad para filmar una serie de películas sobre el deporte del pancracio. Se acercó al triunfante de la noche para conseguir su firma al calce del documento. Mientras tanto, las aficionadas descubrían los rasgos del ídolo caído con un suspiro de satisfacción, aunque hubieran preferido conocer los del enmascarado cuya identidad permanecía intocada. Los hombres por su parte festejaban con grandes ovaciones el nombre de Silver.

De haber conseguido la tapa de su adversario en aquella fecha, la fama del legendario Blue Giant como actor hubiera alcanzado entonces la del gladiador afamado y todo el cine de luchadores hubiera llevado el sello de una sombra azul en vez del color plateado del equipo mítico de su rival. Cuando caen las máscaras es para siempre, al menos que el luchador espere un tiempo razonable antes de crear un nuevo personaje para ofrecer a la aguerrida afición. A partir de entonces, el personaje de Silver empezó a invadir las salas oscuras mientras que la carrera de Blue Giant despuntaba sobre las cuerdas del ring con sus míticas llaves aéreas.

Secretos de la arena

Las mujeres luchan por la vida, pero algunas contadas se atreven a hacerlo también en el ring. Dicen los aficionados que las gladiadoras dan el mejor espectáculo de la cartelera luchística. La Dama Blanca sabe por qué y por quiénes arriesga su vida varias veces a la semana. Tiene que dar la mejor lucha con sonrisas y besos lanzados al público aunque al bajar del ring abrace a sus dos hijos todavía asustados por los lances y llaves ejecutados por su madre. “No pasa nada, aquí sigo y aquí seguiré”, les contesta sin vacilar e invariablemente la Dama Blanca.

El entrenamiento previo al campeonato es un día sagrado para los luchadores. Para aquella ocasión de gala, la Dama Blanca había decidido alargar su rutina.

Corriendo entre las gradas, sintió que no se encontraba sola en la arena sino que una presencia la acompañaba, siguiendo sus pasos cada vez más acelerados. La Dama Blanca volteó con preocupación. La silueta mal esbozada que acababa de ver se iba tal vez a pegar a su cuerpo como una segunda piel de luchador. Pensó que podía tratarse de una broma de sus hijos que la estaban esperando en el vestidor e intentó sorprenderlos para regañarlos. Bajó de las gradas conservando el mismo ritmo de su correr y se asomó al vestidor. Su ropa se encontraba colgada tal como la había dejado y el lugar seguía luciendo tan solitario como su vida sentimental. ¿Quién sería el valiente que se atrevería a subirse al ring de la vida con ella? Armándose de valor y recogiendo sus fuerzas, subió nuevamente a las gradas. La Dama Blanca tenía que ser la mejor en el ring al día siguiente. Al terminar la primera vuelta, oyó además de su trote regular y su respiración, unos suspiros de rebote. Sus pasos se escuchaban dos veces debido al eco que golpeaba las paredes de la arena como si algún luchador le estuviera haciendo segunda.

En los días muy cotidianos de la Dama Blanca, no cabe el miedo. El valor que le confiere su soledad de mujer y las pláticas con sus hijos llenan cada momento libre entre dos luchas. Pero en este preciso momento, los pretextos y las hipótesis múltiples ya no eran suficientes para evacuar el sentimiento de temor que estaba a punto de paralizarla. Antes de que sucediera, recogió a sus retoños y huyó de la arena procurando callar lo sucedido.

Existe la creencia indestructible entre luchadores que los murmullos de voces mezcladas o suspiros que invaden la arena, aparecen fugitivamente como remembranzas de las grandes figuras de la lucha libre mexicana. Sus luchas, penas, heridas y alegrías quedaron impresas como huellas de esfuerzos intensos en las paredes de la arena que a veces salen para contar una hazaña de antaño o alentar a su manera muy particular las futuras estrellas del pancracio.

Biografía de una máscara

La máscara es la tapa más segura para cubrir los rasgos verdaderos del luchador. Amolda a la perfección el rostro original creando así la segunda identidad de su dueño. Pero la faz enmascarada del luchador, aquella que fascina al público en el ring, es tan insegura como su propiedad misma. Los objetos no son pertenencias propias sino prestadas y cuando quieren irse, encuentran el medio más insólito para lograr su propósito. Al igual que las personas, su destino es imprevisible.

Elías salió del taller del mascarero de la ciudad con el nuevo diseño para su personaje: Máscara de Jade. No pudo resistir a la tentación de probarse la máscara antes de llegar a su casa. A partir de ese momento, una serie de acontecimientos misteriosos que congelarían la sangre de por sí fría de cualquier valiente luchador empezaron a desencadenarse. Elías estaba fascinado por su nueva apariencia. La privacidad que le confería el porte de una faz artificial era total. Ni siquiera se la quitaba para bañarse. La máscara se volvió su segunda piel. Las dos facetas identidarias que conforman el gladiador se adhirieron. Elías era Máscara Jade de día y de noche, viviendo al máximo los poderes de seducción de su personaje. Sin embargo, en la plenitud de su invencibilidad empezó su proceso de quebrantamiento con un grito de Bertha, su mujer, al borde de la estallido. “¡Quítate la máscara por lo menos para dormir, apenas si me acuerdo de tu cara!” Bertha obtuvo una respuesta favorable aunque insuficiente, a su gusto. Primero, escondió la máscara, provocando así la anulación de una función. Más adelante, decidió lavarla sin que Elías se enterara. Observó que la tela había encogido ligeramente pero se quedó callada. La noche siguiente, Máscara de Jade no entendió por qué tenía tanta dificultad para colocársela pero insistió. A fuerza de estirones consiguió finalmente ajustársela como guante. Durante el combate, las costuras cedieron una tras otra. El réferi descalificó al rudo bajo la sospecha de que había intentado arrancarle la máscara. Aquella noche, Máscara de Jade fue el primero en salir de la arena, con su máscara en la mano, avergonzado por la pérdida de su incógnito. Advirtió la presencia de un niño frente al cartel de la arena. “¿No pudiste entrar mi hijo?”, preguntó. “No señor”, contestó el niño decepcionado. “Sabes, no te perdiste de nada, en cambio ganaste una máscara”, prosiguió entregándole su rostro de guerra descosido, antes de desaparecer furtivamente. “¡Máscara de Jade!”, exclamó el niño con una alegría que hubiera conmovido al luchador. El niño no pudo resistir a la tentación de probársela antes de llegar a su casa empoderado.

Los objetos cuentan con una vida propia. Pasan de dueño en dueño al cumplir sus propósitos. Nunca se conoce con exactitud su fecha de creación y mucho menos el final de su destino. A cada llegada en manos de un nuevo propietario, corresponde una nueva historia por contar.

Muerte de una estrella

Ramiro terminaba su cigarro mirando el cielo que a esta hora de la noche se parecía más bien a una ciudad celeste iluminada por los astros. ¿Cómo nacerá una estrella?, se preguntaba. A su izquierda observó la caída inusual de una estrella fugaz que entró en el mundo de los meteoros. Un escalofrío inexplicable recorrió su espalda y todavía permanecía cuando tomó asiento en su butaca de la arena. El presagio no podía ser cierto. ¿Acaso existen avisos de los sucesos?

El Guardián y Viento Solar se encontraban desafiantes en el ring. El rudo estaba determinado a acabar con su rival, tal y como lo había anunciado por el micrófono ante la afición la semana anterior. Viento Solar aspiraba al cinturón de campeonato de peso medio y nadie iba a contrarrestar su ambición; mucho menos su oponente. El Guardián era el técnico consentido del público en general e ídolo de las adolescentes en especial. Sin demorar, el rudo lo derribó por sorpresa con una patada en el pecho. Un grupo de aficionadas ostentando la playera del Guardián se levantaron con la indignación reflejada en sus rostros. Pese a un dolor intenso, El Guardián ganó la segunda caída. Un lance fallido lo mandó a la tarima en la que se pegó en la nuca justo al iniciar la tercera caída. El público exclamó un “ohhh” de sorpresa inquieta. Pero El Guardián no se iba a rendir nunca. Se levantó, apoyando sus manos en el ring y encontró valor para retar a Viento Solar antes de caer inconsciente sobre el tensor. La exclamación del público se tornó en gritos de espanto en torno a su gladiador favorito que yacía en el piso de cemento.

El doctor estaba en estado de choque y le dijo a Ramiro que su mejor amigo de veinticuatro años se había ido. Contrariamente a lo que afirmaba Ramiro, los ojos abiertos del Guardián no indicaban una señal de vida. Ramiro se enfureció y volcó su desesperación en contra del médico de la arena. Como si el mismo acto lo fuera a librar del sentimiento de impotencia tan grande que lo invadía, Ramiro agarró al médico y por poco lo sepulta en la pared de la enfermería.

En el espacio infinito de las posibilidades, una de las milésimas oportunidades para un luchador de volverse ídolo del pancracio acababa de desaparecer en el último suspiro estelar de Alberto alias El Guardián. Aunque muy breve, su ciclo de vida se había completado. El Guardián, promesa luchística, estrella a futuro de la lucha libre, leyenda interrumpida había fallecido de golpe. Ramiro se quedó toda la noche llorando bajo las estrellas. Recordó sin embargo, a manera de consuelo, que todos somos herencia de alguna estrella albergada en el universo y formuló el deseo de honrar la memoria de Alberto volviéndose luchador.

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9786079895020
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