Читать книгу: «El amante de las cicatrices»

«Nací el 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Un camino muy largo. Mi padre murió cuando yo era un bebé y mi madre, sin otra cosa que simple coraje, tras toda una vida de desesperación y falta de alternativas, nos crió a mí y a mi hermano. Asistí a la Universidad de Florida. Tras dos años ahogándome entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo. Estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una reserva de Montana; fregué platos en Reno; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en Colorado Springs y en Chihuahua me hice amigo de un piloto obsesionado con las alforjas de motos… Volví cojeando a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. Y así están las cosas. Actualmente doy clases de inglés en Fort Lauderdale, Florida. Estoy casado con una chica muy guapa que sabe escribir a máquina. Hemos tenido dos hijos. El mayor se ahogó en 1964. El otro tiene cuatro años.»
Desde entonces, Harry Crews bebió mucho, se drogó bastante y publicó más de veinte libros. Murió el 28 de marzo de 2012, a los 76 años, por complicaciones de una neuropatía. En su última entrevista puso las cartas sobre la mesa: «Mira, si tu intención es escribir sobre la dulzura, la luz y toda esa mierda, consíguete un trabajo en Hallmark».
EL AMANTE DE LAS CICATRICES
EL AMANTE DE LAS CICATRICES
Harry Crews
Traducción Javier Lucini

Título original:
Scar Lover
Touchstone
New York 1993
Primera edición:
Noviembre 2015
© Harry Crews, 1992
All rights reserved including the right of reproduction in whole or in part in any form by arrangement with John Hawkins & Associates, Inc., New York.
© 2015 de la traducción: Javier Lucini
© 2015 de esta edición: Dirty Works S.L.
Asturias, 33 - 08012 Barcelona
www.dirtyworkseditorial.com
Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig
Ilustración: NAN Illustration
El traductor desea expresar su agradecimiento a Marta
Velasco Merino y a Tomás González Cobos por su atenta lectura y sus siempre certeros consejos. Sin ellos esta herida jamás habría cicatrizado tan bien.
ISBN: 978-84-19288-01-1
Producción del ePub: booqlab
Este libro se lo dedico al tío más grande que conozco,
Sean Penn
La culpa es mágica.
JAMES DICKEY
Libro Uno
1
Pete Butcher no tenía intención de hablar con ella. Y lo más probable es que no lo hubiese hecho si ella no le hubiese mirado de aquel modo al salir de la sombra del roble que había frente a su casa y se hubiese plantado al sol en mitad de la acera. Hasta entonces solo la había visto en el jardín, semioculta tras el tronco del árbol, borrosa como un fantasma entre las sombras. Pero esta mañana tuvo que pasar a no más de medio metro porque le salió al paso en la acera. Por supuesto, pudo haber cruzado la calle, pero ella le miró directamente a los ojos y ya no hubo manera.
Sintió un leve escalofrío en la nuca y, seguidamente, el presentimiento de que ella quería decirle algo. Algo que él no quería escuchar. Algo personal. Y por su experiencia, algo personal significaba algo malo.
La gente siempre se empeñaba en contarle cosas que no quería escuchar. Cosas malas. La única vez que estuvo en San Francisco se encontraba un día en una esquina con una resaca terrible (acidez de estómago, la cabeza a punto de estallarle) esperando a que cambiase la luz del semáforo, cuando un sucio hombrecillo se le acercó y le soltó:
–Cago sangre.
La resaca le martilleaba la cabeza. Extendió el brazo para apoyarse en el semáforo.
–¿Cómo? –dijo.
–Sangre.
–De acuerdo. Muy bien –desvió la mirada.
–Mire esto.
Cuando se volvió a mirar, el hombrecillo se había agachado con el culo en pompa. Tenía una mancha de sangre en los fondillos de los pantalones. En aquella postura, doblado casi por la mitad, el hombrecillo añadió:
–Ya hace cuatro días que cago sangre. Mis heces están llenas de sangre.
Sus heces. Por Dios. La luz del semáforo no cambiaba. El tráfico era demasiado denso para cruzar la calle en rojo. Se había quedado atrapado en aquella esquina con aquel inmundo hombrecillo agachado y su pegote de sangre endurecida del tamaño de un tomate a la espera de su valoración. Por supuesto, pudo haberse alejado sin necesidad de cruzar. Pero se sintió incapaz de abandonar a aquel anciano que se había inclinado para presentar al mundo el sanguinolento fondillo de sus pantalones, a la intemperie, sin nadie que lo apreciase.
–Hola –dijo ella.
Él no quiso responder, pero lo hizo; lo contrario habría sido de muy mala educación.
–Hola –dijo.
Se había plantado justo en mitad de la acera y le sorprendió lo alta que era. Él medía algo más de uno ochenta y los ojos de aquella chica, hundidos bajo una frente ancha y pálida, brillaban como los de un pájaro, muy negros, y le miraban directamente con una expresión que no acertaba a identificar pero que, fuera la que fuese, anunciaba problemas. Parecía como si acabase de recibir malas noticias, o como si estuviese en posesión de malas noticias y se sintiese en la obligación de transmitírselas.
–Te veo todas las mañanas –dijo ella.
–¿A mí?
–Por la ventana de esa habitación –se volvió levemente para señalar una ventana que daba al amplio porche.
Él tuvo la impresión de que de sus pies brotaban raíces que penetraban en el pavimento y pensó que cuanto más tiempo permaneciera allí quieto más difícil le sería moverse.
Trató de pensar en algo que decir.
Entonces soltó:
–Yo te he visto una o dos veces por ahí… –alzó el brazo y señaló–. Junto al roble.
Ella cambió el peso de pierna y dijo:
–A veces salgo por la mañana a por una buena bocanada de aire fresco.
Le estaba resultando un pelín fastidiosa. No tenía ni buenas ni malas noticias, aparentemente no tenía noticias de ninguna clase. Pero si seguía reteniéndole allí, hablando de bobadas, le iba a hacer llegar tarde al trabajo.
Se concentró en mirarla, en mirarla fijamente. Pensó que eso la avergonzaría y acabaría apartándose de una maldita vez de su camino.
Pero ella permaneció inmóvil, dejándole que se despachase a gusto. Se quedó mirándole directamente a los ojos y no movió un solo músculo, ni la más leve contracción.
Su rostro formaba un estrecho triángulo. Barbilla afilada y nariz larga y elevada con un puente demasiado grueso. Pómulos altos y planos como de india. Piel casi translúcida, con venitas azules que le trazaban un tenue dibujo en las sienes antes de desaparecer bajo un cabello liso y muy rubio, fino y largo, sujeto por detrás de unas orejas hermosamente moldeadas con gruesos lóbulos perforados de los que colgaban unos aros de un oro tosco y deslucido. Dos cosas le chocaron al mismo tiempo: la rareza de su rostro, diferente a todo lo que había visto hasta entonces, y su belleza. Se dio cuenta al momento de que su cara no era de las que la gente suele considerar bonitas, no era la clase de cara en la que todo el mundo piensa cuando se habla de una cara bonita. Pero, no obstante, seguía pensando que era guapa. Extraño. Desconcertante. Quizá lo que él encontraba bonito procedía de sus ojos brillantes y hundidos, inquietos y afligidos, a pesar de aquella sonrisa tímida, una sonrisa débil, apenas sugerida, que parecía querer temblar, aunque no lo hacía.
Sus pechos eran voluminosos y turgentes, voluminosos de un modo extraño pues su cuerpo exhibía la misma delgadez que su rostro. El ligero vestido de algodón le caía directamente desde los amplios hombros sin verse interceptado en ningún momento por la tripa o las caderas y, sin embargo, lucía unas pantorrillas rellenitas y musculosas que le recordaron a las de un corredor. Llevaba sandalias y se había pintado las uñas de los pies de morado oscuro. Solo después de alzar los ojos desde las uñas oscuras de aquellos pies arqueados y tan delicadamente torneados de vuelta a su rostro, se dio cuenta de que no se había puesto nada de maquillaje. Quizá fue eso lo que le desconcertó. Su rostro bien pudiera haber sido el de un cadáver recién preparado en espera del toque final de la brocha del empleado de la funeraria que le devolviese el rubor a las mejillas y el color a su boca temblorosa.
No hizo el menor amago de apartarse, se quedó mirándole con la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda sobre aquel largo cuello de cisne en el que se le podía distinguir claramente el latido del pulso justo por encima de las clavículas, unos huesecillos apremiantes y finos como los de un pajarillo. Le dio la impresión de que se disponía a moverse para tocarle. Sin pensárselo, sin querer, retrocedió un paso.
–No suele haber mañanas tan agradables como esta –dijo ella.
–¿Perdón? –ella lo había dicho muy bajito, casi en un susurro.
–Al menos en esta época del año –insistió ella alzando un poco la voz–. No suele haber mañanas tan agradables como esta.
Él dirigió la mirada hacia el cielo que brillaba al este.
–No me había fijado. Tengo otras cosas en la cabeza.
–Por amor de Dios, espero que todos las tengamos.
–¿El qué?
–Otras cosas, en la cabeza.
Reconoció en su voz la voz de los suyos, plana, nasal, con las «r» muy marcadas, una voz que había acabado desembocando en Jacksonville, Florida, desde los llanos bosques de pinos del sur de Georgia. Era un punto a favor para que le cayera en gracia. Pero ella tenía problemas (podía sentir que estaba llena de problemas) y a él no le gustaban los problemas. Y mucho menos los problemas de otra gente. Su propia sangre ya incorporaba todos los problemas que creía poder lidiar, porque los problemas de su sangre se retrotraían a los de sus padres fallecidos y a los de su hermano lisiado, que no estaba muerto pero ojalá lo estuviera. Debería matar a su hermano. Ese pensamiento le asaltaba a veces en la oscuridad de sus noches insomnes. Debería matarlo. Lo habría hecho por un perro. Pero la liberación que, sin dudarlo, le habría concedido a un perro, no se la iba a dar, no podía dársela, a su hermano. No era de extrañar que su odio al mundo hiciese tan difícil, casi imposible, vivir en él.
–En cualquier caso, para algunos –dijo ella.
–¿A qué te refieres? –de nuevo había perdido el hilo de la conversación, no recordaba de qué estaban hablando (si es que, en realidad, estaban hablando de algo).
–Para algunos –dijo ella– ha de ser una de esas mañanas especialmente agradables.
Él había desviado la mirada hacia las ensombrecidas fachadas de las casas de la acera de enfrente que daban la impresión de haber estado deshabitadas desde siempre.
–Sí –dijo–. Supongo.
Lo que quería era hacerse a un lado y largarse. Pero no sabía cómo hacerlo de un modo decente. Su madre se había esforzado mucho en inculcarle la importancia del comportamiento decente antes de que un descomunal camión Sunoco arrollase la camioneta en la que viajaba en compañía de su padre camino del pueblo para vender un cargamento de cerdos y obtener el dinero para los médicos que, por aquel entonces, exigían más de lo que necesitaban los cerdos para alimentarse. Su hermano tullido salía carísimo.
–Pero habrá para quien ni siquiera sea un día –dijo ella, ahora también mirando las casas del otro lado de la calle–. Para algunos, el hecho de que hoy haga un buen día será lo último que se les pase por la cabeza.
Él no respondió. No iba a seguir con eso. Problemas que no eran solo problemas, sino algo al mismo tiempo muy doloroso, se desprendían de su tono de voz, y él no estaba dispuesto a seguir con eso.
–No hace mucho que vives ahí –dijo ella, señalando la pensión que había en la casa de al lado.
–No –dijo él–. No mucho.
–Yo sé desde cuándo –dijo ella–, porque se llevaron a mamá al hospital cuatro días después de tu llegada.
–Oh –dijo él, sin saber muy bien qué decir a continuación. Al final dijo–: Lo siento.
–La pilló el cáncer –dijo la chica.
Dios, Dios. Ella iba a hacerlo, como no lograse escapar iba a acabar contándoselo todo, pero no sabía cómo huir sin parecer descortés. La mención de su madre le hizo rememorar el timbre claro de voz con que la suya siempre le había prevenido contra el comportamiento indecoroso, explicándole que solo la gente mala y de lo más lamentable era la que ni se molestaba en evitar esa clase de conducta. Estiró el cuello para coger aire. Sentía una opresión en los pulmones. Una gota de sudor le cayó del sobaco izquierdo y le bajó por las costillas. Era un sudor helado.
–Primero le quitaron uno –dijo ella señalándose fugazmente el pecho izquierdo.
–Yo… yo… –él empezó a tratar de zafarse.
Ella se escurrió disimuladamente de lado y se plantó frente a él con sus poderosas pantorrillas de corredora sin hacer el menor ruido sobre la acera.
–Aunque ahí no quedó la cosa –dijo la chica.
En vez de mirarla a los ojos, de repente apagados, sin brillo, Pete echó la cabeza hacia atrás para mirar al cielo. No había nubes, ni sol.
–Espero que fuese algo que… –empezó a decir.
–Pues no –le interrumpió ella–. También le tuvieron que extirpar el otro. Pero parece que se va a poner bien. Que va a vivir, en cualquier caso. Nos dijeron que hasta dentro de unos cinco años no sabremos si volverá a reproducirse.
–Tengo que irme –se echó un vistazo a la muñeca para mirar el reloj. Pero no tenía reloj. Llevaba la muñeca desnuda. Puede que ella no se diese cuenta.
–Primero el izquierdo –dijo ella–, y luego el derecho. –Evadió la mirada hacia el lugar por donde el sol finalmente estaba empezando a espantar las sombras de las casas del otro lado de la calle y añadió con amargura–: Sabe Dios qué será lo siguiente.
A él le sonó como si lo siguiente solo pudiese ser la muerte.
–Tengo que irme. –Pero no se movió.
–Papá está allí ahora con ella –siguió diciendo–. En el hospital. Esperando a ver qué pasa. Le pueden dar el alta en cualquier momento. Dicen que mamá es bastante fuerte.
Pete había estado viendo a aquel hombre todos los días desde que se mudó a la casa de huéspedes. Se ganaba la vida vendiendo leña y trabajaba infatigablemente en la pila de troncos que había junto a la casa bajo las ramas arqueadas del roble. Todo con sus músculos y su sudor. Nada de sierras eléctricas, nada de gasolina. Solo una sierra de arco individual. Mazo, hacha y cuña. En numerosas ocasiones se preguntó cómo podría mantener a su mujer y a su hija con semejante trabajo.
–Creo que lo mejor será que me vaya –dijo.
Ella se inclinó hacia él y, casi sin darle tiempo a pensar, le soltó:
–¿Quieres pasarte a cenar conmigo esta noche?
–No creo que esta noche pueda.
–Pensé que estarías harto de la comida de esa pensión.
–Eso es muy amable por tu parte –dijo él–. Y no creas que no te lo agradezco.
Pasó con dificultad a su lado y justo cuando estaba a punto de dar la primera zancada para salir disparado, ella le dijo:
–Te he mentido. No estaba pensando en la casa de huéspedes ni en la comida. Ni siquiera estaba pensando en ti. Pensaba en mí.
Él la tenía ahora a sus espaldas. Lo único que tenía que hacer era seguir adelante. Pero la voz de su difunta madre le percutía insistentemente en los oídos. Esa chica le estaba hablando. No podía marcharse sin más mientras le siguiese hablando, así es que se quedó congelado, con medio pie en el aire, como un conejo sorprendido por los faros de un coche en la madrugada.
–Es que estoy tan sola –dijo ella–. Estoy muy asustada. Mamá se pone enferma y luego van y le extirpan toda la delantera. Y papá todo el rato en el hospital. Y yo aquí sola en…
Él, volviéndose rápidamente, exclamó:
–Vendré, vendré.
No quería que ella le siguiese hablando de la enfermedad de su madre, del sufrimiento de su padre, de su propia soledad en aquella enorme casa de dos plantas, descompuesta y oscura, a la que le hacía falta una buena mano de pintura. No podía soportar esos detalles. No tenía ni idea de lo que haría si a ella le daba por volver a empezar con todo aquello por la noche, pero de momento había conseguido que parase. Puede que hasta hubiese logrado animarla un poquito. Ahora ella sonreía.
–Me llamo Sarah –dijo antes de que pudiera retomar su camino.
–Pete, yo me llamo Pete –la voz le salió precipitada, demasiado estridente.
–Lo sé –dijo ella en el momento en que él se disponía a alejarse a toda prisa.
–¿Lo sabes?
Ella hizo un gesto impreciso hacia la casa de huéspedes.
–Por el señor Winekoff.
Él se volvió y se precipitó calle abajo sabiendo que lo que se había temido desde el principio era cierto. Max Winekoff suponía problemas. Todo anciano jubilado sin otra cosa que hacer en todo el día que recorrerse la ciudad para chismorrear y meterse en los asuntos de los demás (por no tener asuntos propios de los que ocuparse) siempre suponía problemas. Andando a toda prisa porque ya llegaba tarde, no pudo dejar de pensar ni por un segundo en el anciano Winekoff y se planteó seriamente la posibilidad de matar a aquel bastardo. Se sentía perfectamente capaz de hacerlo. Su mundo se había vuelto tan retorcido que se creía capaz de cualquier cosa.
2
La Compañía Papelera de la calle Bay, en Jacksonville, Florida, estaba separada del río St. Johns por docenas de vías férreas. Pete decidió que el río St. Johns era el río más sucio de todo el país. El viento cálido y denso que manaba de sus aguas olía a basura, a gasolina y a puro excremento humano. Una zanja llena de mierda que podía, no le cabía la menor duda, estallar en llamas con solo arrojar una cerilla encendida.
El hedor que desprendía y la colisión explosiva de los furgones que chocaban entre sí llenaban el almacén (grande como el hangar de un dirigible) que tenía que atravesar para acceder al furgón en el que trabajaba, mano a mano, con George. Nadie se refería a George como George. Le llamaban el Negrata Quemado, pero nunca a la cara. A la cara no se dirigían a él de ninguna manera. Salvo Pete. Desde el primer momento, cuando tuvo algo que decirle, recurrió a su nombre. No iba a llamarle Negrata Quemado solo porque tuviese marcada la espalda de hombro a hombro. Pete trataba de evitar conversar con él y punto, pero eso, claro está, resultaba imposible. Al fin y al cabo, los dos hombres se pasaban el día juntos, metidos en un furgón. Y George era el peor sueño de Pete hecho realidad. Tenía la costumbre de hablar durante horas sobre cosas exclusivamente personales y horribles, plagadas de muertes y amenazas de muerte, y no solo de sangre, también de demonios.
Pero Pete tenía que conservar su trabajo porque no le quedaba otra opción. Al entender, en menos de una semana, que iba a ser incapaz de seguir asistiendo a la facultad en la Universidad de Florida, subvencionado por la G.I.1, regresó a Jacksonville y, al final, pudo dar con aquel trabajo en el furgón con George antes de fundirse sus últimos veinte dólares. Pete no tenía más habilidades que la de su poderosa espalda. Y eso era todo lo que se precisaba dentro del furgón.
Se podía dar con un canto en los dientes por el mero hecho de haber conseguido un empleo. Jacksonville rebosaba de sucios granjeros del sur de Georgia en busca de trabajo que trataban de vender su sudor y sus manos callosas, pues eso era lo único que podían ofrecer. Había llovido muy poco en los últimos tres años y la sequía había forzado a miles de hombres desesperados, en compañía de sus demacradas y no menos desesperadas mujeres y niños, a inundar las calles de Jacksonville. Así que soportar a George no era más que una tarea añadida. Así de simple, no tenía elección.
–¡Maldita sea, llegas tarde otra vez! –le gritó el capataz en cuanto hubo cruzado las puertas metálicas de la parte frontal del almacén. Pete, en realidad, no llegaba tarde. El enorme reloj de la pared indicaba que aún le quedaban dos minutos de margen. Pero el capataz se lo soltaba a todo el que entraba, sin excepción, aunque llegase treinta o cuarenta minutos antes de la hora, lo que solían hacer casi todos los empleados. Algunos se presentaban hasta con una hora de antelación. No era el lugar ni el momento para quedarse sin trabajo. Así que los hombres hacían lo que fuese por complacer al capataz que, según pensaba Pete, después de tantos años de inhalar las emanaciones producidas por la combustión de la gasolina y el hedor a váter atascado procedente del río, se había vuelto majareta.
El capataz hablaba con la colilla de un puro apagado entre sus dientes negruzcos (Pete nunca le había visto sin aquel repulsivo apéndice entre los labios), sentado tras la gruesa malla de alambre que le enjaulaba junto a las puertas metálicas del almacén. Pete nunca le había visto más que de cintura para arriba porque siempre andaba metido en aquella jaula de alambre que, aparentemente, jamás abandonaba. Corría el rumor de que se pasaba la jornada entera aposentado en uno de esos cagaderos químicos, lo que le permitía gritarle sin interrupción a la gente que trabajaba para él. Pete no tenía manera de asegurarlo. Solo le veía al llegar, de camino al furgón que le aguardaba al otro lado del almacén, y de nuevo al marcharse, a la hora del cierre. También le veía en las escasas ocasiones en que iba con el Negrata Quemado a comer al almacén. En el almacén hacía tanto calor y corría tan poco aire como en el furgón, pero en cierta manera su vaga penumbra lo hacía parecer más fresco.
Todo un escuadrón de carretillas elevadoras competía peligrosamente entre los pasillos de productos de papel apilados a gran altura en su camino a los enormes camiones aparcados de culo en la amplia dársena de madera que daba a la calle Bay. El capataz lo controlaba todo desde su jaula metálica con un megáfono de pilas. Para ser un hombre tan pequeño, la verdad es que el megáfono le hacía sonar como un elefante dando bramidos cada vez que quería saber dónde estaba una de las elevadoras o por qué no se había terminado de cargar un camión. A pesar de los motores de las elevadoras, con sus eructos de petróleo, la voz cabreada, exigente y excesiva del capataz lograba siempre alzarse por encima del estruendo.
Aquel tipo fascinaba a Pete. Podría pasarse todo el día contemplándole: el modo en que la sangre le enrojecía la piel color tabaco, las venas de las sienes a punto de estallarle. Se rumoreaba que llevaba cuarenta años dentro de esa caja de alambre gritando a las elevadoras, a las que conocía solo por el número, nunca por los nombres de quienes las manejaban.
El capataz agarró en ese momento el megáfono, con el cuello hinchado de rabia, y exclamó:
–¡Diecisiete, ¿has perdido el conocimiento, te has muerto o qué coño te pasa?! ¡Tu camión ya tenía que estar cargado y en marcha!
Sin importar lo temprano que pudiese haber venido un conductor a trabajar, el almacén no llevaba abierto el tiempo suficiente para poder haber terminado de cargar un camión, pero, que Pete supiese, eso al capataz se la sudaba.
Había un teléfono con línea abierta al muelle de carga, así es que los camioneros podían comunicarse con el capataz y decirle lo lento, rápido o descuidado que era tal operario, entonces el capataz podía gritarles a los operarios de las elevadoras, dirigiéndose a ellos por sus números y, por lo general, cagándose en todos sus muertos. Los operarios no tenían modo de comunicarse con nadie. No les quedaba más remedio que soportar los insultos e ir más deprisa, lo que les convertía en un auténtico peligro. A diario se sucedían accidentes entre los pasillos oscuros y polvorientos del almacén que, a veces, terminaban con uno, dos o, en los días verdaderamente frenéticos, hasta con tres conductores de elevadoras que tenían que abandonar el almacén en camilla.
Fascinado como estaba ante la locura del capataz, Pete no se dio cuenta de que se había quedado petrificado justo en el sitio donde el capataz le había preguntado por el motivo de su demora. El megáfono se volvió de nuevo hacia él a máximo volumen y a una distancia no mayor de sesenta centímetros desde el interior de la jaula metálica.
–¿Estás esperando instrucciones, gilipollas? Ese Negrata Quemado no puede pasarse toda la vida ahí dentro él solito.
Pete dio un brinco e imprimió a su paso un trote ligero que a punto estuvo de meterle bajo las ruedas de una elevadora que giraba a toda velocidad por uno de los pasillos. Cruzó a buen paso el almacén hasta salir a la rampa de hormigón que le conducía al furgón.
A pesar del calor y de la falta de aire que se respiraba en el almacén, entrar en el furgón era como meterse en un horno. Olió a George antes de verlo. Pero el olor no le molestaba, porque sabía que él olería más o menos igual en menos de una hora, más o menos igual (apestoso, eso seguro), no exactamente igual. Pete nunca había conocido a un hombre, ya fuese negro o blanco, que desprendiese el olor que soltaba George cuando rompía a sudar. En cierta manera, ni siquiera era desagradable. Era un hedor dulce con un cierto regusto a almendras machacadas. Pero, a decir verdad, nada había en George que le recordase a los hombres que había conocido hasta entonces.
Desde la puerta del furgón, Pete se giró y vio a George, con esa ropa de colores chillones que tanto le gustaba llevar, en el oscuro recoveco, trabajando sin descanso con la misma constancia que el vaivén del péndulo de un reloj de pared. Era un negro gigantesco (tan negro que cuando la luz le daba de lleno su piel lucía un rico matiz azulado) de brazos enormes y descomunal cabeza (una cabeza que parecía aún más grande de lo que era gracias a las maromas de pelo retorcido y enroscado que le caían sobre los hombros).
Pete se había enterado de que aquellos rollos de pelo se llamaban rastas. Pero no era solo saber cómo se llamaban aquellas tiras que parecían serpientes, el caso es que sabía demasiado acerca de George, bastante más de lo que deseara saber acerca de cualquier hombre, y además en exclusiva. Pero se pasaban horas encerrados en aquel furgón y George le doblaba en tamaño, y su cuerpo, de la cabeza a los pies, estaba hecho de músculos densos y fibrosos. No era la clase de individuo al que uno quisiera decirle que cerrase la puta boca. Pete ya hacía tiempo que había dejado hasta de pensar en decirle algo así. Llevaban trabajando juntos casi tres meses y, más o menos, se toleraban.
Según lo veía Pete, de un modo bastante retorcido, habían llegado a trabar una especie de amistad. En los días buenos, cuando Pete estaba de suerte, lograba desconectar de George y ni le escuchaba. Pero hoy, aquella chica, que también tenía algo de retorcido y extraño, le había demorado en la acera para hablarle de cáncer y de muerte, así que tenía claro que no iba a poder desconectar igual que otros días. Tendría que lidiar con lo que fuese.
Aguardó en la puerta, donde de vez en cuando corría una ligerísima brisa, retrasando al máximo el momento de adentrarse en el furgón. En el extremo más alejado, donde apenas llegaba la luz, George, con las caderas inclinadas, giraba primero hacia un lado para levantar un rollo de celofán (sorprendente e increíblemente pesado para no ser más que celofán empaquetado) y luego hacia el otro para depositarlo sobre una cinta transportadora. La gravedad, más que la acción de cualquier motor, era lo que hacía que los rollos de celofán saliesen rodando del furgón hacia el almacén donde otros dos hombres se encargaban de amontonarlos sobre palés. La cinta transportadora, siempre que fuese necesario, se podía trasladar con facilidad de un extremo a otro del furgón.
George alzó la mirada, vio a Pete de pie en la puerta y su enorme sonrisa destelló en la penumbra al tiempo que sus cejas se arquearon, espesas y enmarañadas, en un remedo guasón de desmesurada sorpresa. George tenía los dientes más largos, anchos y blancos que Pete había visto en su vida. Y ni siquiera al mirarle suspendió el veloz movimiento oscilante que mantenía sin fatigarse a lo largo de toda la jornada. Ni en los peores días, cuando tenían que ocuparse de las cargas más pesadas, había logrado detectar la menor señal de cansancio en su compañero. Ni una sola vez le había escuchado respirar con dificultad, a diferencia de él, que en los días malos había momentos en que se ponía a jadear y se asfixiaba como un perro agitado y sin aliento.
–Vengaaaa, Pete-Pete, hombre –soltó George sin dejar de sonreír–. ¿Tomándote un descansito para ver cómo se desloma el bueno de George, eh, Pete-Pete, colega?
En lugar de responderle, Pete entró, ocupó su puesto al otro lado de la cinta transportadora, frente a George, y se sumó al movimiento oscilante con el que se pasarían todo el día cargando rollos de celofán.
–¿Tienes el ojete en carne viva, Pete-Pete? –dijo George–. He estado oyendo al gilipollas ese del cuerno dándote por culo hasta que has entrado en el furgón.
George seguía sonriendo como si acabase de escuchar el mejor chiste del mundo y sin que su cuerpo, descomunal pero ágil, perdiese en ningún momento el ritmo con las cargas de celofán.
Pete se limitó a alzar la vista y a agradecerle sus palabras con un leve asentimiento. George hablaba en un tono alto y melodioso con un cierto deje británico, el típico tonillo británico que Pete solo había escuchado en las películas. Tardó tres semanas en comprender totalmente lo que decía. Desde entonces se enteró de todo tipo de cosas acerca de él, a pesar del empeño que puso en desconectar por el simple procedimiento de no escucharle o de ponerse a pensar en otra cosa mientras hablaba.
Sabía que George se había traído aquella voz de Jamaica, de donde coño estuviese la isla esa. Por ahí, en algún lugar perdido del Atlántico, lejos de Florida, Pete no tenía ni puta idea, ni de dónde ni de a qué distancia, y a decir verdad se la traía bastante floja. George había acabado en Florida porque tenía una mujer que se llamaba Linga (¿qué clase de condenado nombre era ese?) a la que temía como un cristiano creyente teme al diablo. George nunca se lo dijo directamente, pero Pete lo infirió a lo largo de todas las semanas que se pasó hablando de ella. Ella se vino a Florida y le obligó a acompañarla. Eran rastafaris. De eso iba el tema del pelo retorcido en la cabeza (las rastas).
Por pura casualidad, Pete disponía de unos cuantos conocimientos, probablemente falsos, acerca de los rastafaris. Lo que sabía lo había aprendido de un negro de Georgia con quien había coincidido en el barracón durante su servicio militar en el Cuerpo de Marines. Al tío le volvía loco todo lo jamaicano, sobre todo la música jamaicana, que ponía sin parar. También admiraba mucho a los rastafaris. Tenía hasta una foto de un rastafari en su taquilla, un hombre de rostro huesudo y ojos inmensos con la misma clase de pelo retorcido y enroscado hasta los hombros que lucía George. Después de haber convivido con aquel negro seis meses antes de que le trasladasen a otra unidad, lo único que Pete sacó en claro fue que los rastafaris eran una especie de cruce entre brujo, diablo y prestidigitador del bien y del mal. Joder, él sabía de mujeres que hacían conjuros, pues había vivido en el sur de Georgia y mientras los negros se acojonaban, los blancos pensaban que no eran más que artífices de gilipolleces inofensivas. Los rastafaris también fumaban una cantidad increíble de hierba, a la que llamaban ganja, y parecían venerarla. Pete había intentado fumar marihuana con su colega negro y acabó decidiendo que prefería el bourbon Jack Daniels de mezcla agria. Pero le agradaba la música jamaicana, eso sí. En cuanto a lo que la ganja y la magia o los espíritus pudieran convocar cuando la fumabas, consideraba que no eran más que gilipolleces de negratas. Y cuando Pete empleaba la palabra «negrata» lo hacía a sabiendas. Tuvo que rendir cuentas con toda esa mierda cuando se largó de Georgia para enrolarse en los Marines. No todos los negros eran negratas. Y había un montón de blancos (y hasta de orientales, ya puestos) que eran negratas. Ser negrata no significaba otra cosa que ser un arrepentido y un rastrero de la manera más mierdosa y despreciable posible; no tenía nada que ver con el color de la piel, aun cuando se fuese tan negro como George que, según Pete había decidido, no era un negrata. A la mierda (tanta gresca y tanto follón por la palabra «negrata»), no era algo de lo que Pete soliese hablar. Pensaba que la única cabeza que tenía que aclarar era la suya. Y puede que otra no, pero esa puta cosa la tenía bastante clara.
A Pete le sangraban las yemas de los dedos de tanto introducirlas a la fuerza entre las pilas de treinta kilos de celofán (cuando empezó a trabajar allí lo intentó con toda clase de guantes pero, fuesen del tipo que fuesen, siempre acababan hechos trizas en menos de tres días, se dejó una fortuna en guantes, así es que acabó por aceptar que los dedos sangrantes formaban parte del trabajo, y punto), y tanto él como su ropa, hasta los calcetines, estaban empapados de sudor. Más o menos desde hacía diez minutos se había percatado de la enorme sonrisa resplandeciente que le dedicaba George cada vez que se volvía hacia la cinta transportadora y se quedaban cara a cara. Pero Pete prefería morir y arder en el infierno antes de preguntarle de qué cojones se estaba riendo.
El trabajo no parecía afectar a George en absoluto. Estaba tan empapado de sudor como él, pero sus dedos no sangraban. Daban la impresión de ser duros como piedras, con almohadillas amarillentas de gruesos callos que tenían la consistencia del cuero. George decía y pensaba groserías y obscenidades, pero jamás parecía hallarse lejos de una sonrisa, por muy espantoso que fuese lo que estuviese contando en ese momento. Sus rastas salvajes y oscilantes rociaban sudor por todo el furgón y sus increíbles dientes blancos resplandecían en la escasa luz cada vez que giraba la cabeza.
–Pete-Pete tiene que tragarse la mierda de ese tío. El tío del cuerno mete mierda y Pete-Pete se tiene que comer la mierda y eso le saca de quicio, le pudre el corazón. Recuerda dentro de tus entrañas que comer la mierda de ese tío no vale una mierda.
George echó la cabeza hacia atrás y más que a reír se puso a rebuznar, a proferir unas carcajadas estridentes y medio asfixiadas que a Pete le recordaron a los rebuznos de una maldita mula. Por lo general, le hacía reír en contra de su voluntad, pero hoy no. No en este condenado día con aquella condenada chica y su condenada monserga sobre el condenado cáncer.
–Yo no me como la mierda de nadie, George. Haz tu trabajo y punto –Pete no debería haber abierto la boca y se arrepintió nada más hacerlo.
George rebuznó de nuevo antes de decir:
–Yo y Yo hacemos mi trabajo y también la mitad del tuyo.
Bien, eso era cierto. En los días en que Pete se hallaba al borde del desmayo por el calor y el cansancio, George se ocupaba de toda la pila sin quejarse. Extraño cabronazo. Lo mismo que esa mierda del Pete-Pete. Y la del «Yo y Yo». A veces, al referirse a sí mismo solo utilizaba un «yo», aunque por lo general utilizaba dos. Pero en lo que se refería a Pete siempre había sido Pete-Pete, desde casi el primer momento, y no había nada que Pete pudiese hacer o decir para impedirlo.
George se detuvo de pronto y con sus dedos gruesos y duros como piedras (hábiles como los de cualquier ladrón de cajas fuertes) se desabotonó la camisa y se la quitó sin perder en el proceso el ritmo con las pilas de celofán. Pete se quedó completamente paralizado y se limitó a contemplarle. Eran las cicatrices. Dios, las putas cicatrices. Todas tenían forma de U y eran del mismo tamaño. Grandes como herraduras. Una le ardía en el hombro derecho, ocho más le cruzaban en línea recta la hípermusculada espalda, hasta acabar con la que lucía en el hombro izquierdo.
Pete sabía que eran obra de Linga, la mujer de George. No era algo que hubiese querido saber, pero lo sabía.
Ella le había marcado a fuego. Una por cada año que llevaban juntos. La carne quemada estaba hinchada, desigual y salpicada en algunos sitios por un tejido rojo brillante. Pete reemprendió su trabajo sintiendo una contracción en la garganta y el estómago revuelto, como si estuviese a punto de vomitar. Y cabía esa posibilidad. Ya le había pasado antes. Pero no por la visión de las cicatrices ni por el pensamiento de ser marcado con un hierro candente. Era porque amaba las cicatrices, y porque sabía que las amaba. Deseaba tocarlas. Lo que le hacía querer vomitar era la convicción de que si las hubiese lucido una mujer él las hubiese podido (y lo habría hecho) lamer. Esa convicción le dejaba mudo e incendiaba sus nervios con un sentimiento de autodesprecio. No podía evitar quedarse mirándolas cada vez que quedaban al descubierto. Y George sabía que él miraba. A veces hacía algún comentario. Otras no. Hoy sí lo hizo.
Sonrió y se tocó levemente el hombro derecho.
–Linga –dijo, y levantó otra pila de celofán sobre la cinta transportadora–. Vida –dijo, y alzó otra pila–, y muerteeeeee –subrayó la palabra con otra carga. No dejaba de levantar bultos al hablar, siempre sonriente como si lo que decía fuese la cosa más graciosa del mundo–. Aaaaaaaahhhh, pero Pete-Pete, tío, no te agobies la cabeza, ni el corazón. Esto –se señaló las cicatrices–. Todo esto es vida, sí. En mi cuerpo no hay señales de muerte, ¿eh? –y al ver que Pete no respondía, añadió– ¿Arriba o abajo? ¿Bien o mal? ¿Sí o no?
Aquello bastó para que Pete volviera a ponerse en marcha y retomase el trabajo, diciendo, aunque sin mirar a George:
–Para con esa mierda, George, ¿vale? Vuelve a meterla en tu puto saco y cuando te vayas te la llevas. ¿Le dejas a tu mujer que te queme? Es tu puto problema –se obligó a alzar la cabeza para mirar a George a los ojos–. Me… importa… una… mierda. Ya hemos hablado antes de esto. Ya está bien.
–Lo mismo Linga deja que el hijoputa ese del megáfono se muera, ¿te gustaría?
Pete se negó a contestar y mantuvo el ritmo en la cinta.
–Lo mismo Linga deja que uno que te caiga mal de los tuyos, uno que te haya echado el ojo, lo mismo Linga deja que se muera de una puta vez, ¿te gustaría? –comenzó con sus risitas, un sonido parecido al gruñido de un perro.
Pete no le dirigió la mirada al decir:
–Hazlo. Dile que lo haga de una puta vez y déjame en paz, George –entonces sí alzó los ojos, la furia había reemplazado el malestar de su estómago–. Eso sí que me gustaría un huevo.
A continuación estuvieron trabajando un buen rato en un silencio solo interrumpido por el gruñido de las risitas procedentes de la garganta de George que, como siempre, no daba la menor muestra de acusar el efecto del cada vez más intenso calor que hacía dentro del furgón. Pero Pete se estaba acercando a la primera muralla del día. Así era como se lo planteaba: «la primera muralla del día». Estaba asfixiado y le dolían los músculos de todo el cuerpo. Pensó que acabaría acostumbrándose al cabo de una o dos semanas pero, incluso después de tres meses de currar allí dentro, no había un solo día en que no se sintiese incapaz de llegar vivo a la media hora de descanso para el almuerzo.
Así que entonces hizo lo que hacía todos los días a esa misma hora: fijó la mente en algo ajeno al trabajo y dejó que su cuerpo se las arreglase lo mejor que pudiese. Hoy, por culpa de lo que le acababa de decir George, le tocó el turno a Linga. Al asesinato. Dejó que lo último que le había dicho George resonase en su mente, repitiéndose como un disco rayado. No le hacía falta afinar el oído para escucharlo, y se repetía una y otra vez en su cabeza con la voz del propio George: «Lo mismo Linga deja que uno que te caiga mal de los tuyos, uno que te haya echado el ojo, lo mismo Linga deja que se muera de una puta vez, ¿te gustaría?».
«Ya lo creo que me gustaría». Lo primero que le vino a la memoria fue su hermano mayor que, desde la muerte de sus padres en el brutal accidente con el camión Sunoco, le había devuelto todas sus cartas sin abrirlas. Pete ni siquiera sabía dónde andaría ahora, porque su hermano decidió quedarse en el ejército de por vida y, desde su última carta (que constaba de una única frase: «No quiero volver a hablar contigo»), Pete le había perdido la pista y no tenía ni idea de dónde podía estar. Bueno, al menos en el ejército dispondría de tres comidas diarias y una cama; lo que no estaba mal para un puto imbécil. Y hubo muchos momentos de soledad, dolor y culpa (culpa por haberle causado un daño irreparable a su hermano pequeño) en los que Pete podría haberle llegado a matar, a él o a cualquiera en realidad, hasta tal punto había enloquecido por lo que había hecho. Había sido un maldito accidente, pero aun así aquello le había llevado casi al límite. Claro que eso fue entonces, ahora había que pensar en el presente. Y pensó en esa especie de bestia enjaulada que era el capataz frente al que tenía que pasar cada mañana.
–Dile que mate al puto capataz.
Hubo una casi imperceptible vacilación en el movimiento de George con la pila de celofán que estaba alzando en ese momento:
–Repite eso, tío.
–Digo que le digas a Linga que mate a ese gilipollas de la jaula –le costaba respirar y al hablar jadeaba levemente entre palabra y palabra.
Las pestañas enmarañadas de George se alzaron y resplandeció su amplia dentadura:
–¿Matar? Tío, ¿a quién has oído hablar aquí de matar? Hay una diferencia muy grande entre matar y dejar morir. A Linga no le va lo de matar. Es una mujer Obeah. Obeah es mucho poder. Lo más poderoso. Nunca jodas a una mujer Obeah.
–Descuida –dijo Pete.
Estaba atravesando la primera muralla, seguía respirando con dificultad pero lo estaba logrando. Enseguida podría salir del furgón y comerse los dos huevos fritos y los sándwiches de mortadela que le preparaba su casera cada mañana antes de ir al trabajo. Si es que podía comer. Porque, a veces, no podía.
–No, no te preocupes, hermano George –le sentaba bien saber que ya casi había logrado superar la mañana, que había atravesado la muralla una vez más, que podía sonreír frente a la cara negro-azulada de George–. No voy a joder a tu mujer ni a la mujer de nadie. Ya tengo suficiente mierda encima.
–Hablas como loco, sin respeto, porque no crees en la magia –George se palpó uno de sus hombros cicatrizados–. Magia. Yo y Yo estamos marcados por la magia.
–Lo que llevas ahí marcado no es magia, son chorradas.
–¿Dices que George no tiene magia, colega? Te puedo contar tu vida ahora mismo, tío. Me basta con mirarte para saberlo todo.
–Pues si no te importa, prefiero no escucharlo –dijo Pete.
–No depende de George, tío. Es magia. Cuando la magia habla, la magia habla. Y tío, estás hundido en mierda, cada vez más. La magia sabe. Tú sabes.
Pete estaba ahora realmente cabreado y deseaba que llegase ya la pausa para comer.
–No sé de qué coño hablas.
George dijo:
–A ver si así. Olías a coño cuando entraste hoy en el furgón, colega. Un olor fuerte a coño blanco de categoría. Mala señal.
Pete se rió nerviosamente y siguió botando cargas de celofán.
–Más quisiera haber mojado. No me habría venido nada mal, pero llevo mucho tiempo más seco que un perro moribundo en el desierto.
–No escuchas. No he dicho que hayas pillado coño. Lo que he dicho es que el coño te ha pillado a ti. Coño en tu piel, coño en tu ropa, coño en tu pelo y me apuesto hasta la última gota de sangre de que incluso puedes saborearlo en tu boca, tío –en las últimas palabras George echó hacia atrás su enorme cabeza y sus rastas enredadas volaron a su alrededor mientras soltaba una estentórea y burlona carcajada.
Pete no le vio la gracia. La imagen de Sarah regresó a su cabeza, alta y extrañamente hermosa, de pie en la acera, balanceándose sobre sus pies primorosamente arqueados, y se le inundó la boca de algo vagamente salado pero en absoluto desagradable, salado y húmedo como debía ser la bruma que soplaba del mar. Querría poder decir que se trataba de su maldita imaginación, pero el sabor de la sal era lo bastante real para darle la sensación de que algo se estaba empezando a mover de manera extraña en su pecho.
–Amigo, un día de estos, rogarás por la magia de la mujer Obeah Linga, sí, dilo, di magia, tío.
–Hablar de magia me hace sentir como un imbécil, ya no te cuento pedirla.
–No es cierto –dijo George, ahora con total naturalidad, sin sonreír. Por primera vez en lo que iba de mañana, George se detuvo y con gran parsimonia se sacó un reloj de bolsillo de la bolsita que llevaba cosida a la cinturilla del pantalón. Era del tamaño de un bollo de pan y su oro macizo relucía débilmente incluso allí, dentro del furgón. Consultó la hora durante un tiempo excesivo antes de decir–. Es la hora, ¿te enteras? Hora de zampar. ¿Dónde está el puto cuerno, tío? ¿Dónde está el endemoniado cuerno de los cojones, tío?
Ni bien había acabado de decirlo cuando la voz del capataz, enormemente distorsionada, estalló desde el interior del almacén: «¡comed si no queda otra y volved a poner vuestros sucios culos a currar!». La voz no había parado de retumbar en toda la mañana, pero solo le prestaban atención cuando anunciaba que era la hora de comer. El resto del tiempo no era más que una especie de ruido blanco que apenas les alteraba.
–A comerlo –dijo George.
–Pero no me hables más de coños ni de magia, ¿estamos?
–Mira –dijo George. E hizo algo que nunca había hecho hasta entonces–. Quieres… –se inclinó hacia Pete asiéndose el hombro que tenía la cicatriz más irregular y espantosamente quemada–. Puedes tocar esta si te hace falta magia. No te traerá más que suerte y puedes tocarla.
Quizá fue por la manera repentina en que sucedió, porque nada semejante había pasado en todos los días que llevaban trabajando allí dentro, o quizá fue por tener el cuerpo agotado, sudado y dolorido, pero para su completo asombro, alzó la mano sin pensárselo y con el dedo índice no solo alcanzó y palpó la cicatriz, sino que siguió su trazo hasta recorrer toda la curvatura de la herradura. Al hacerlo tuvo la impresión de hallarse muy lejos, observando cómo otro que no era él estaba haciendo aquella cosa tan idiota.
–Eso está bien –dijo George, suavizando de pronto el tono de su voz retumbante, como si estuviese canturreando–. Hoy estarás seguro.
Pete retiró la mano con brusquedad.
–¡Que te jodan, que le den por culo a la cicatriz y a mi seguridad!
George volvió la cabeza y por primera vez Pete percibió cierta aflicción en su voz cuando le dijo:
–Ahora estás del lado malo. Has cabreado a la magia.
Salió del furgón, seguido de Pete que, al salir, sintió que el sudor se le helaba en la espalda.
Afuera, al sol, George se dio la vuelta y miró con dureza a Pete. Las hinchadas cicatrices marcadas a fuego en forma de herradura brillaban más rojas en su piel negra. A Pete el sudor de la espalda se le enfrío más aún.
–¿Qué? –dijo Pete.
–La magia se acordará de esto cuando acudas a ella.
–¿Para qué?
–Tu hermano.
–Ni de coña –dijo Pete–. Mi hermano ni siquiera me dirige la palabra. Ni sé dónde está ni me importa una mierda.
–No él –dijo George–. El otro, el que está encerrado en el asilo. El que te hace sentir tan culpable.
A Pete le ardieron de pronto los nervios y su helada columna vertebral se volvió de fuego. Sintió que se le enrojecía la cara. Al hablar ni siquiera fue capaz de reconocer su voz:
–Tú no le conoces. ¿Qué vas a saber de él?
George mostró todos sus dientes, e incluso amplias franjas de sus encías moradas, en lo que fue una inmensa y amarga sonrisa.
–Solo lo que cuenta Max Winekoff. Linga dice que él es más que hombre. Ese hombre es algo más.
Pete se quedó bajo el calor sofocante observando cómo George se zampaba la comida que sacaba de una bolsa marrón de una tienda de comestibles, preguntándose si ahora podría matar en serio a Max Winekoff. En el fondo estaba muy tranquilo (con aquel viento que parecía salido de un horno y que olía a mierda soplándole directamente en la cara desde el pomposo río St. Johns) y consideró la muerte de Winekoff y el modo de ejecutarla. Le asombraba la manera en que las acciones y las coincidencias, tanto grandes como pequeñas, algunas emprendidas voluntariamente, otras sin haberlas ni siquiera pensado, podían llegar a joderte totalmente la vida.
El primer accidente fue golpear a su hermano de cuatro años con un martillo en la cabeza. El segundo fue que el impacto no llegase a matarle sino que le dejase convertido en un idiota babeante obligado a llevar un casco de fútbol especialmente diseñado y sujeto con correas para que no se lo pudiese quitar pues, de lo contrario, se mataría dándose cabezazos constante y absurdamente contra la primera pared que se le cruzase. Si el golpe lo hubiese matado, probablemente Pete podría haber enterrado la culpa junto a su cadáver en vez de tener que acarrearla como una cicatriz permanente en el corazón. Y luego estaba lo del despiadado camión Sunoco que se llevó a sus padres por delante, algo de lo que su hermano mayor estaba empeñado en culpabilizarle. Y, joder, quizá también fuese culpable de eso. Si no hubiesen necesitado pasta para su hermano idiota, estaba condenadamente claro que su padre no se habría visto en la obligación de arrastrar a aquella puerca y a su cría al mercado. ¿Y quién había convertido a su hermano en un idiota? Él. Pete era el único responsable. Y, para terminar, estaba la mala suerte (¿el accidente?, ¿la coincidencia?) de haber entrado en la primera casa de huéspedes que se encontró al bajarse del autobús Greyhound (tras no haber aguantado más de cuatro días en la Universidad de Florida), ya borracho después de media botella de Jack Daniels, y, aquejado de una necesidad inexplicable, sentarse junto al viejo Winekoff, la primera persona con quien se cruzó después de alquilar el cuarto en la casa de huéspedes, y ponerse a parlotear toda la tarde y toda la noche sobre la maldición y la culpa que pesaban sobre su vida. ¿Pero cómo iba a saber él que el señor Winekoff iba a contarle a todo el mundo (al menos empezaba a parecer que eso era exactamente lo que había hecho), a todo el mundo en la ciudad, lo que le había contado en el estupor de la borrachera? ¿Cómo iba a saber él que lo único que había hecho el señor Winekoff con su vida en los últimos veinte años, desde que se retiró a los sesenta y cinco, había sido deambular desde que amanecía hasta que se ponía el sol, y ponerse a hablar con cualquiera que se molestase en escucharle sobre todo lo que había escuchado, o visto, o sabía o pensaba que sabía?
–Pete-Pete, tío –le llamó George.
Pete desvió la mirada de la corriente del río sobre la que había estado extraviando sus pensamientos y miró a George que estaba en cuclillas en la estrecha franja de sombra candente que daba el almacén a esa hora.
–Tienes la chicha en tu fiambrera –dijo George–, lo mejor será que te la metas en la tripa.
Extrajo su reloj de bolsillo del tamaño de un bollo y lo miró atentamente durante un buen rato, como tratando de memorizar algo.
–En cuatro minutos ese puto megáfono estará soltando mierda. Fijo. ¿En qué estás pensando?
–En Winekoff.
–No lo hagas.
–¿Por qué?
–Tío, por algo me llaman el Negrata Quemado.
–¿Sabías que todos te llaman así?
–Sé lo que dice la magia –George cerró de un golpe su fiambrera y se puso en pie–. Sé esto. El cuerno va a anunciar que se acabó la pausa.
Simultáneamente a la última palabra pronunciada por George, la voz amplificada del capataz bramó por todo el almacén, cruzó las vías del tren y llegó hasta el río maloliente de gasolina y excrementos: «¡levantad el culo! ¡de vuelta a los furgones! ¡a cargar como si os fuera la vida en ello: mano dura! ¡no os pagamos para que os pajeéis ni para que os folléis al perro!».
George mostró su kilométrica dentadura de resplandecientes dientes dorados:
–El condenado tío del cuerno no perdona un puto segundo.
1 Ley aprobada por el gobierno estadounidense en 1944 en beneficio de los militares para acceder al financiamiento de estudios técnicos o universitarios. (N. del T.)
3
Esa tarde se encaminó a la casa de la chica a eso de las ocho menos cuarto. El sol ya se estaba poniendo tras el roble, pero seguía habiendo bastante luz. Se había pasado cerca de diez minutos mirando por la ventana antes de decidir que había llegado la hora. Ningún movimiento, ni en el jardín ni en la casa. No se escuchaba ni el más leve sonido. Pensó que cabía la dichosa posibilidad de que no hubiese nadie.
Pero antes de que le diese tiempo a llamar al timbre, la deformada puerta de madera se abrió y se vio frente a ella, al otro lado de la mosquitera, mirándole, con la punta de la lengua atrapada entre los dientes.
–No quedamos a ninguna hora –dijo él–. No sé si…
Ella ocultó la lengua y abrió la puerta mosquitera.
–Está bien –dijo–. He preparado algo sencillo.
Lo que había preparado era pollo frito, verduras que ella misma había puesto en conserva y bolas de pan de maíz2. Él nunca había tomado bolas de pan de maíz con pollo frito.
–Nunca he tomado bolas de pan de maíz con pollo frito –le dijo.
Ella no se pronunció, se quedó mirándole durante un instante largo y tenso. No eran más que alitas y muslos. Lo más barato, supuso él.
–Me encanta. Lo mismo me da alita que muslo –dijo.
–Eso pensé. Apuesto a que eres de Georgia.
–Así es. De allí vengo.
–Lo pensé, pero no estaba muy segura porque en realidad no suenas como los de allí. Tu voz, ¿sabes?, tu forma de hablar.
–No eres la primera que me lo dice. No sé cómo pasó. Es solo una de esas cosas que ocurren sin más, ya sabes.
Pero estaba mintiendo. Sabía perfectamente cómo había logrado perder el acento. Se había pasado literalmente cientos de horas esforzándose hasta creerse que sonaba como un puto locutor de radio. Cuando bajó a Parris Island, al campamento de los Marines, tuvo la mala suerte de que le metiesen con un grupo de tíos de Brooklyn que, desde el primer momento, se burlaron sin piedad de él por su manera de hablar, por su acento sureño. Y ya tenía más dedos señalándole de los que podía soportar: el dedo de la culpa por lo que le había hecho a su hermano pequeño, el dedo inclemente de su hermano por la muerte de sus padres y, el peor de todos, el suyo propio, el dedo con el que se culpabilizaba a sí mismo, sin ayuda de nadie, y que le sumía en el autodesprecio. Así que acudió a la biblioteca de la base y se sacó todos los libros que pudo encontrar sobre gramática y pronunciación, al final incluso contrató un tutor y llegó el día en que hasta los lingüistas más expertos se las hubiesen visto negras para determinar que era del Sur. Pero él siempre fingía que su nueva pronunciación había sido un simple accidente inexplicable. Y fue gracias a su denodado esfuerzo por desembarazarse de su acento que se le ocurrió la idea de recurrir a la ley G.I. para probar suerte en la universidad. Nadie más en su familia lo había hecho, pero quizá él lo lograse.
Sarah permanecía frente a él, sin moverse.
En torno a sus ojos vibraba una tensión terrible. Pete comenzó a plantearse vagamente si su madre habría muerto. Pero no se atrevía a preguntar. No quería que ella empezase de nuevo con lo de la enfermedad y la muerte. Aunque de lo último que habían hablado aquella mañana era de la enfermedad de su madre, de su padre que continuaba esperando en el hospital para ver en qué acababa la cosa. No podía ignorarlo sin más, del mismo modo que en San Francisco no pudo alejarse sin más de aquel hombrecillo de los pantalones ensangrentados.
–Menudo día de mierda he tenido hoy –dijo él.
Ella se limitó a asentir y dejó de masticar el tiempo suficiente para aproximar los hombros un poco más al plato en un gesto que él no acertó a interpretar. No era la primera vez que lo hacía y se preguntó si aquella peculiaridad era un síntoma de su aflicción o simplemente algo que solía hacer.
–Hacía tanto calor –dijo él– que se podría haber cocinado un huevo en ese furgón.
Esta vez ella siguió masticando y asintió. A él no le pareció una respuesta normal. Quería gritarle que dentro de ese puto furgón hacía un calor de tres pares de cojones y que lo último que le apetecía en ese momento era sentarse a comer alitas de pollo y atender a respuestas anormales. ¿Por qué coño no le preguntaba de qué furgón se trataba? Por amor de Dios, ¿a cuento de qué se había puesto él también a hablarle de un furgón en el que podría cocinarse un huevo? Pero su madre estaba en el hospital y su padre, por lo visto, no había vuelto aún a casa.
–Podría, podría cocinarse, bueno, cualquier cosa y… –fue reduciendo la voz hasta callarse. No supo cómo acabar la frase. Al final, dijo:
–Descargo furgones.
Aguardó a que ella le preguntase qué tipo de cosas descargaba, pero no se lo preguntó.
–Celofán –dijo él–. Descargo celofán en la Compañía Papelera de la calle Bay. Otro tío y yo –se apresuró a añadir, sintiéndose estúpido e intimidado–. Dos tíos por furgón. Ni te puedes imaginar lo que pesa una pila de celofán de treinta centímetros.
Esperó a que se lo imaginase. No lo hizo.
–Una pila de celofán de treinta centímetros, celofán transparente normal, de cincuenta centímetros cuadrados, pesa alrededor de veintiséis kilos. Tú pásate todo el día cargando con esas nenas con un calor como el que ha hecho hoy, que hasta podía cocinarse un huevo en el furgón y…
De nuevo, fue bajando la voz hasta callarse.
Y aunque todo lo que estaba diciendo era verdad, le hizo sentir mal, en primer lugar por haber acudido a la cita, y en segundo por no haberle preguntado todavía por su madre. Ser consciente del estado de su madre le pesaba como una losa en el corazón. Y lo peor era que, por el mero hecho de estar poniendo tanto cuidado en no sacar el tema, le daba la sensación de que la pobre mujer mutilada, con los pechos rebanados como mortadela, se encontraba allí mismo, entre ellos, tendida sobre la mesa. El olor a pasillo de hospital le pellizcó las fosas nasales y supo que no iba a ser capaz de seguir comiendo pollo. Así que sostuvo un grasiento muslo entre los dedos y, sin probarlo, continuó contándole atropelladamente lo primero que se le pasaba por la cabeza.
Le estuvo hablando largo y tendido de sus experiencias en el servicio militar y del modo en que planeó matricularse en la universidad en otoño valiéndose de la ley G.I. Pudo beneficiarse de aquellas ayudas, aunque el fin de la guerra de Corea le hubiese pillado en el campo de entrenamiento. Eso fue hace tres años, al entrar en el Cuerpo de Marines. El trabajo en el furgón era solo temporal. Tenía un hermano que había estado en Corea al término de las hostilidades. Casi toda la gente que conocía de los tiempos de la granja en el sur de Georgia acabó alistándose. Era muy chunga, la guerra, aunque lo único que sabía de ella era lo que leía en los periódicos, y leer era uno de sus pasatiempos favoritos. Siempre había leído un montón. Los libros eran la cosa más fascinante del mundo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, al menos desde donde estaba sentado, no había un solo libro a la vista, por lo que tuvo que recular para aclarar que, no obstante, los libros no lo eran todo, ni muchísimo menos. Como tampoco la universidad, para el caso. Después de ocuparse de la inutilidad general de las escuelas, se puso a hablar de películas, nunca iba al cine, y una vez despachado el tema del séptimo arte comenzó a hablar de política, un discurso basado por entero en el reconocimiento de que no tenía ni puñetera idea de política. Como cualquiera en el sur de Georgia.
Estuvo más de media hora hablando, deshaciéndose de la grasa del trozo de pollo que tenía en la mano y desprendiendo la carne del hueso hasta que, por fin, pudo dejarlo en el plato. Parecía que se lo había comido. Pero, por supuesto, no había sido así y él sabía que ella lo sabía. Había estado siguiendo el curso agitado de sus dedos mientras hablaba. Él hizo varias pausas esperando que ella le dijese algo. Pero ella permaneció sentada, silenciosa como una roca, y en medio de aquel silencio él se dedicó a masacrar sin piedad el pequeño muslo. Lo único que logró sacarle fue dos síes y un gruñido aislado que lo mismo pudo haber sido un sí que un no.
«Una oyente de mierda», pensó con amargura y con una furia que le pilló desprevenido. Se dio cuenta por primera vez de que nada le hubiese gustado más que darle una paliza por hacerle luchar con aquel pollo asqueroso mientras su madre, herida de muerte, yacía tendida delante de ellos, sobre la mesa.
–Excelente almuerzo –empujó su plato hacia el centro de la mesa–, pero no puedo más.
Ella también apartó su plato y observó sus dedos llenos de grasa.
–Mira –dijo él–, odio comer y tener que largarme, pero he tenido un día de pena.
–¿No puedes quedarte a charlar un rato?
El sonido de su voz le sobresaltó. Pensó que era lo máximo que había dicho en todo el tiempo que llevaba en la mesa con ella.
–Podría –dijo él–, pero he tenido un día horrible descargando celofán de un furgón. Ni te imaginas lo que pesa una pila de treinta centímetros de… –se paró en seco al percatarse de que estaba a punto de contarle lo que ya le había contado hacía un rato.
Ella le dijo:
–Podríamos ver la tele.
Él miró a su alrededor en busca del televisor.
–Solo que ahora no tenemos tele. Pero antes teníamos una.
Él no podía creerse lo mucho que estaba hablando ahora. Tres frases consecutivas y daba la sensación de que llevaba parloteando toda la tarde. Le sobrepasaba. Se puso en pie.
–Al menos lávate las manos en el fregadero ese de ahí –dijo ella–, no vayas a ponerte perdido de grasa.
Él se dirigió aturdido al fregadero que estaba en la pared más alejada. Ella le siguió y se quedó a escasos centímetros de él, observando cómo se lavaba las manos.
–Tenemos que volver a hacer esto –dijo él y, acto seguido, pensó: «Dios mío, ¿qué estoy diciendo? ¿Me he vuelto loco?».
Pero, ¿qué coño?, lo mismo daba lo que dijese. No iba a volver a suceder. Jamás. Pasara lo que pasase.
–Toma, sécate las manos con esto –se acercó aún más a él para darle una toalla. Sus manos se tocaron cuando él se apoderó de la toalla y se quedó de piedra ante la suavidad de sus dedos, suaves como los de un bebé, aunque tuviesen un aspecto curtido, incluso escamoso. Le había arrinconado contra el fregadero y la tenía a su espalda, bloqueándole el paso hacia la puerta, por lo que no le quedó otra que quedarse quieto, restregándose las manos que ya llevaban un buen rato secas, tratando de no mirarla a los ojos, ahora enrojecidos y emborronados, como si hubiese estado llorando. Extraño que no se hubiese fijado en sus ojos en toda la noche, en lo tristes y grandes que eran, en lo imposible que resultaba determinar su color. Por primera vez en toda la velada percibió el intenso olor que desprendía su cuerpo. Se había puesto alguna clase de talco, puede que un perfume. Por razones que jamás habría podido explicar le rompió el corazón pensar en ella bañándose mientras las alitas y los muslos de pollo se cocían a fuego lento en el horno, y empolvándose luego el cuerpo, alto y delgado, mientras hervían las coles. Pero fueran cuales fuesen las razones, seguro que tenían algo que ver con el cáncer de su madre, a la que seguía sintiendo claramente tendida ahí atrás, en la mesa del comedor, entre los huesos de pollo y las bolas de pan de maíz a medio comer.
–Creemos que no tardará mucho en volver a casa –dijo ella.
–¿Cómo? –dijo él.
–Papá sigue en el hospital esperando a ver qué pasa. Tengo que volver a llamarle después de cenar. Pero dice que los médicos piensan que, para lo que le queda, va a estar igual de bien aquí que en el hospital.
¿Para lo que le queda?, se preguntó. Permaneció allí quieto con la toalla húmeda colgándole de las manos, sintiendo cómo se hundía cada vez más en la vida de aquella chica. No había nada que decir. Nada que hacer. Si su madre no volvía a casa, ¿a dónde se supone que iría? ¿Directa del hospital al hoyo? Sintió que se le aflojaban los intestinos y pensó que iba a potar. Dios, no quería escuchar todo eso, no quería hablar de esas cosas.
–Bueno, los médicos no lo saben todo –dijo él. Le tendió la toalla y ella la tomó. Pero no se apartó para cederle el paso.
–Saben mucho más de lo que te crees –dijo ella.
En contra de su voluntad, parecía ser él quien estaba alentando aquella espantosa conversación. ¿Pero por qué demonios había dicho que los médicos no lo sabían todo? ¿Dónde dejaba eso a su madre? Algo tenían que saber. Tenían que saber un huevo.
–Los buenos pueden hacer casi lo que sea –dijo él.
–Deberías ver lo que le han hecho a mamá.
–De acuerdo –dijo, sintiéndose más imbécil que nunca–. Muy bien.
Ella dijo:
–Cuando le extrajeron el primer tumor le…
Él la besó. Era el único modo, eso o golpearla, así que frenó su boca y su cháchara sobre el cáncer plantándole un beso. Ella se aferró a él de un modo que él jamás se hubiera podido imaginar. Su cuerpo alto y delgado de repente fue todo curvas, tensión y calor. Su boca le mordió los labios. Su lengua le atacó como una serpiente y siguió ensañándose hasta que él comenzó a sentirse un poco mareado. Sin pensarlo siquiera, le puso las manos en las caderas y las encontró extrañamente voluminosas, suaves y temblorosas. ¿De dónde procedía toda aquella carne? Ella, más que respirar por la nariz, resoplaba, un sonido áspero y jadeante contra su mejilla.
Al final logró desprendérsela y se apoyó en la pared. Ella se arrebujó y se apretó contra él. Pete apoyo su barbilla en la parte superior de su cabeza. El temblor de su cuerpo le llegaba a través de su cráneo y penetraba en su boca. Pero cuando ella habló lo hizo en un tono curiosamente sosegado y plano, a pesar de su agitada respiración.
–Ni se nos ocurrió que los médicos podrían llegar a quitarle toda la…
La volvió a besar y sus manos, con aparente voluntad propia, se aferraron firmemente a sus nalgas y de nuevo no pudo evitar preguntarse de dónde procedía toda aquella carne ardiente y voluptuosa. Esta vez, cuando su cuerpo se fusionó al suyo con aquella asombrosa fuerza y ansiedad, ella medio le condujo, medio le arrastró, apartándole de la pared y del fregadero en una especie de danza frenética, por el comedor, más allá de la mesa horrible, hasta un sofá andrajoso de color beige en el que le aposentó de un empujón antes de derribarse a su lado. Esta vez él dejó que le mordiese la boca hasta que se cansara porque le aterraba lo que ella pudiese decirle en cuanto dejase de devorarle. Y ella hizo exactamente lo que en lo más hondo de su corazón él sabía que iba a hacer. Siempre que alguien le contaba algo personal parecía que no iba a acabar nunca y solía despedir una peste a carne podrida.
–Puede que mamá muera –dijo ella, agarrándole ligeramente de los hombros, pero con una fuerza inusitada. Sintió que si intentaba salir corriendo por la puerta principal ella le derribaría arrojándose a sus tobillos y continuaría sin pausa aquella conversación mortífera sobre el suelo de madera del salón.
–Tienes que pensar en positivo –logró decir él con su voz seca, semejante a un graznido–. La ciencia médica avanza cada día.
¿Qué eran todas esas cosas demenciales que le estaba soltando al tuntún? Desde hacía mucho tiempo sabía que la locura era más contagiosa que un resfriado. Siempre había sentido que podía pegártela cualquiera que pasase a tu lado. Ya le había sucedido antes. Y supuso que volvería a pasarle. Pero de nada le sirvió saberlo. Ni logró desviar la conversación del rumbo que parecía estar tomando, ni consiguió desprenderse de aquellos ojos enrojecidos y borrosos que ella había fijado ahora en sus labios, a la espera. Él dijo:
–Lo que hay que hacer es mantener una actitud de vamos-a-ver-qué-pasa, tener la suficiente paciencia para aguardar los milagros de la…
–Saben todo lo que hay que saber para extirpárselas –dijo ella, bajando la mirada brevemente hacia sus pechos–. Pero nunca sabrán lo bastante para volver a ponérselas.
Él no pudo aguantarlo más. Con un gemido de desesperación alargó el brazo y le agarró del cuello con una mano como si fuese a estrangularla, pero lo único que hizo fue empujarla contra los cojines del sofá. Ella le tenía bien agarrado por los hombros y le arrastró consigo. Pudo sentir como separó las rodillas para envolverle.
–Eso es una tontería –dijo él, con la lengua tan seca e hinchada que dudó que le hubiese entendido–. Decir eso es una tontería.
Ella separó aún más las rodillas y él siguió hundiéndose en aquella asombrosa y dulce montura al tiempo que, como por arte de magia, se le fue alzando el fino vestido estampado. Llevaba unas bragas color melocotón. Y ahora olía incluso mejor, el perfume de sus polvos de baño mezclado con algo más intenso, más rico, más salado.
–Sé lo que sé –dijo ella–. Me dejaron entrar antes de que se despertase tras la operación y cuando levanté la sábana…
Él la detuvo con la boca y le pasó la mano por la banda superior de las bragas. Estaba tan húmeda y resbaladiza como una ciruela pelada.
Tras un largo instante, él se apartó y la voz plana de la chica surgió milagrosamente indemne a través del traqueteo de su respiración, para decir:
–Yo no suelo actuar así todas las noches.
Él pensó: «Sabe Dios que yo tampoco», pero en su lugar dijo:
–Lo sé. Ya sé que no.
–No hago esto con el primero que me sale al paso.
–Lo sé –dijo él pensando que, junto a lo que ya llevaba dicho, su limitado vocabulario no daba para más.
–En realidad, nunca he hecho esto.
–¿Hecho qué?
–Pues eso –dijo ella–. Hacerlo.
Él supo de inmediato que le estaba diciendo la verdad. Su siguiente pensamiento fue: «Entonces ¿por qué cojones lo estás haciendo ahora?». Parecía una buena vía de escape.
–No tenemos por qué hacerlo –dijo él.
–¿Hacer qué?
–Pues eso –dijo él–. Hacerlo.
Sus ojos se volvieron más opacos.
–¿No quieres?
–Desde luego que sí –parecía la única respuesta posible.
Ella se relajó un poco. La respiración de él se ralentizó. Sintió el pequeño corazón acelerado de ella sosegándose bajo su esternón.
–Sé que tú me respetas –dijo ella.
–Así es, así es.
Estrechó sus ojos enrojecidos.
–Y que me respetarás siempre.
–Toda la vida –dijo él–. Si hay una cosa que siempre haré será respetarte.
Apartó la mano de sus bragas húmedas.
–Hay gente que no –dijo ella–. En este mundo hay que tener mucho cuidado con lo del respeto. Fue una de las últimas cosas que me dijo mamá antes de que se la llevasen en una camilla por primera vez a…
Él le introdujo la lengua en la boca y luchó desesperadamente por volver a meterle la mano en las bragas. Ella reaccionó emitiendo un gemido y haciéndole saltar los tres botones superiores de la camisa.
Con una fuerza enorme y un vigor de los que parecía carecer por completo, ella le levantó por los hombros haciendo que sus bocas se separasen para decirle:
–Los botones. Los botones.
Al principio él pensó que hablaba de los botones que le acababa de arrancar, lo que realmente lamentaba porque era su mejor camisa, pero enseguida se dio cuenta de que se refería a los botones de la parte frontal de su delicado vestido estampado. Ella ni siquiera hizo el amago de tocarlos, se limitó a señalarle con un dedo el lugar donde empezaban a la altura de su garganta y volvió a gemir: «Los botones. Los botones».
Él se apoyó en los codos y le desabrochó el primer botón, luego el segundo. Mientras se afanaba, sudando y gimiendo, intentando imponer algo parecido a una reacción apropiada, ella hizo un rápido movimiento deslizante por debajo y él, más que verlas, sintió que sus bragas caían junto al sofá sobre el que estaban tendidos. Ella se las quitó con una gracia y una flexibilidad que habría considerado imposibles en un cuerpo tan anguloso y delgado. Era un movimiento que ya se lo había visto hacer antes a unas cuantas mujeres. Cuando una mujer deseaba de verdad desnudarse, lo convertía en un acto de pura magia. Pero, por Dios, sin embargo vaya suplicio para un hombre tener que manipular enganches, botones, broches y cintos.
A él ahora le rechinaban los dientes (descuidando por completo su intención inicial de procurar emitir los sonidos apropiados) en su intento de maniobrar con las manos por su espalda para desabrocharle el sujetador. Bajó la mirada y vio que ella no le quitaba el ojo de encima. Había alzado un poco los hombros para que tuviese más espacio de manipulación. Pero el maldito sujetador simplemente no tenía la menor intención de abrirse ahí detrás. Tanteó, comenzó a sudar la gota gorda y le rechinaron los dientes hasta que, al final, desesperado, dijo:
–No se va a soltar.
–Sí se va a soltar –dijo ella.
–¿No puedes ayudarme?
Por lo visto, no podía.
–Puedes tú solito –le dijo ella.
Ya le había hecho el truquito de las bragas y supuso que pensaba que con eso bastaba. Lo mismo obligarle a que fuese él quien le quitase el sujetador era su manera de imponer un poco de romanticismo a lo que estaban haciendo. Quizá. No tenía ni idea. Lo único que sabía era que no iba a permitirle que le siguiese contando más cosas íntimas, nada que luego tuviese que cargar hasta casa para pasar la noche. Su única opción era persistir.
Y, tal y como ella dijo, lo logró sin ayuda de nadie. Algo cedió ahí atrás, donde andaba toqueteando y, de pronto, hubo teta por todas partes. Así fue cómo lo pensó: teta por todas partes. Viéndola embutida en aquel vestido estampado, ni en un millón de años se lo hubiese podido imaginar, pero desnuda, sus pechos tenían el mismo tamaño que la cabeza de su hermano. Se sintió mejor en el acto. Después de todo, la cosa no iba a resultar tan mal. Puede que funcionase.
–Oh, cariño –dijo él, diciéndose para sus adentros que lo único que estaba haciendo era intentar que ella se sintiese mejor, pero sabiendo en el fondo que quien se estaba sintiendo cada vez mejor era él, y eso fue lo que le permitió decir semejante cosa.
Cuando ella habló, su voz había dejado de ser plana y se estremecía al ritmo de su respiración.
–¿Te parece que estoy bien?
–Estás estupenda.
–¿Más estupenda que solo bien?
A modo de respuesta él, sin pensárselo, le metió una mano ahuecada entre las piernas, se dejó caer sobre sus pechos y comenzó a chupárselos como un bebé. Y en cuanto succionó uno de sus enormes pezones oscuros, supo que algo andaba mal. Algo malo. Se separó de sus pechos y vio que ella le estaba mirando fijamente con unos ojos achicados y llenos de terror.
–¿Qué pasa?
–Nada –dijo él.
–¿Por qué paras?
–No he parado –dijo él–. Tú relájate. Tranquila.
–Vale –dijo ella con la voz más agitada que nunca.
Lo mismo se había equivocado. Lo mismo ella estaba demasiado excitada o él demasiado tenso o… No vio que le quedase otra opción que la de lanzarse al vacío. Pero al volver a aprisionar con la mano el pecho que había estado lamiendo, no pudo evitar soltar un pequeño grito y apartar de golpe la mano como si la hubiese metido en un horno ardiendo. En medio del pecho había una protuberancia del tamaño de una pelota de golf, dura y sólida como una piedra.
2 «Hushpuppies», bolas fritas u horneadas de harina de maíz. Procede de la tradición culinaria de los nativos del Sur de Estados Unidos (cheroquis, chickasaws, choctaws, creeks) y es la piedra angular de la gastronomía sureña. El nombre, cuya traducción literal sería «callacachorros», se atribuye a los cazadores o pescadores que freían una mezcla básica de harina de maíz sobrante para darle de comer a los perros y silenciar a los cachorros. También los esclavos que huían daban aquella comida a los perros guardianes de sus amos para que no les delatasen con sus ladridos. (N. del T.)
4
Esa noche, en su minúscula habitación de la casa de huéspedes, Pete no pudo dormir ni mucho ni bien. Sueños poco profundos y llenos de imágenes extrañas. No pesadillas, sino sueños, sueños extraños; en realidad ni siquiera sueños, más bien fogonazos, y no de gente, sino de espesas sombras deslizantes, habitaciones vacías y botellas destaponadas sin nada dentro. Casi toda la noche en vela, mirando el macuto que seguía en el mismo rincón donde lo había dejado el día que llegó a la ciudad, junto a la diminuta cómoda en la que solo había un peine. Llevaba sin abrirlo desde que se licenció. Todas sus pertenencias, incluyendo su ropa, seguían metidas en aquel macuto. ¿Para qué deshacerlo antes de dar con un lugar permanente? Aquella pensión solo era un apeadero momentáneo, una pausa en su vida. ¿Por qué cojones le había mentido a la chica con lo de la universidad? No había ningún motivo. Cuatro putos días y le sobró tiempo para acabar hasta los mismísimos huevos de la Universidad de Florida. Allí todo le recordaba demasiado al Cuerpo de Marines. Gente diciéndote todo el rato dónde ir y cuándo y cuánto tiempo tenías que quedarte allí una vez llegases. Fue superior a sus fuerzas. Pero sobre todo, lo que lo convirtió en una carga insoportable fue que le obligasen a compartir habitación en la residencia de estudiantes con aquellos tres condenados chavales judíos de Miami Beach. Uno de ellos no paraba de tirarse pedos. Así que decidió no deshacer su macuto y, una mañana, al salir del cuarto para ir a clase de lengua, se lo echó al hombro y se dirigió a la estación Greyhound de autobuses. Claro que todo en esta vida era temporal, momentáneo. Salvo la muerte.
Pensar eso le hizo gruñir. Quiso abofetearse por haberlo pensado, no porque se tratase de la muerte, sino por tratarse de una solemne gilipollez. Allí estaba él, un hombre maduro, recién cumplidos sus tres años de servicio en los Marines, tendido en la cama en mitad de la noche, pensando de aquel modo en la muerte. Aunque de todas maneras, y eso podía saberlo cualquiera, en efecto, nada había más permanente que la muerte. Se habían escrito un montón de soplapolleces sobre el cielo y el infierno, y también sobre lo de regresar de entre los muertos reencarnado en un perro o en algo peor. Pero no eran más que suposiciones estúpidas. Podías poner en fila a todos los hombres sagrados de la historia, Jesús inclusive, y ninguno haría por ti más que una buena taza de café. O al menos así había sido en su caso, desde que golpeó a su hermano en la cabeza con un martillo. Fue un accidente. Cualquiera con dos ojos en la cara podría haber visto que fue un accidente. Pero, accidente o no, el caso es que arruinó a su hermano de por vida y le dejó dos cicatrices idénticas e imborrables en la frente, justo encima de la nariz. Y no se lo perdonaron nunca. Nadie. Sus padres se marcharon de este mundo convencidos de que era un malvado mutilador de niños. Y su hermano mayor decidió no volver a dirigirle la palabra. Igual que sus demás parientes. Al golpear a su hermano en la cabeza con aquel martillo se desligó para siempre de su familia. Lo mismo que si estuviese muerto y enterrado. Se sentía absolutamente solo en el mundo y, por eso, aun sabiendo que fue un puto accidente (y nadie sabía mejor que él lo que había sucedido y cómo), seguía sin poder perdonarse a sí mismo. Llevaba aquellas dos cicatrices paralelas como un peso abominable en el corazón. Nunca, ni por un solo instante, conseguía librarse de ellas.
Cuando aún faltaban un par de horas para que saliese el sol, Pete, que llevaba sin fumar desde el día de su licenciatura en los Marines, decidió acercarse a la cafetería de la esquina, la que abría toda la noche, a por un paquete de cigarrillos.
Al salir por la puerta principal, ya en la acera, le sorprendió descubrir luz en una de las ventanas de la casa de al lado. En cuanto vio aquella ventana se dio cuenta de la vehemencia con que había estado evitando pensar en la chica y en lo sucedido en aquel sofá. Y más o menos lo había logrado hasta que puso el pie en la acera. Ahora el recuerdo de la lamentable velada se le vino encima de golpe. Se quedó un rato observando la ventana. Aquella ventana, ¿sería la suya? ¿Estaría allí ahora? Y, en tal caso, ¿qué estaría haciendo? Súbitamente, le asaltó la imagen de la chica de pie y medio desnuda frente a un espejo, mirándose el pecho (el que se le estaba convirtiendo en piedra) y, pese al horror, palpándoselo.
Sería muy fácil averiguar quién había en aquella habitación, suponiendo que hubiese alguien. Lo único que tenía que hacer era acercarse cobijado por las sombras profundas que proyectaban las ramas arqueadas del roble. No había persianas bajadas ni cortinas cubriendo la ventana iluminada. Ella… Detuvo el pensamiento y sintió un sabor amargo en la lengua. ¿Es que no había hecho ya bastante? ¿Iba a convertirse además en un mirón? ¿Eso es lo que quería? ¿Destellos nocturnos de una chica desnuda con… con qué?
Con cáncer. Maldita sea. Cáncer.
«Ya está», le reprendió una voz que no era del todo la suya. «Ya lo has dicho. ¿Ya estás contento? ¿Ya has tenido bastante?».
Sí y no. Renunció a la ventana y se dirigió a toda prisa a la cafetería para comprar aquellos cigarrillos que ni siquiera quería. No estaba muy lejos y logró mantener la mente en blanco durante todo el trayecto. Estaba furioso. Había otro cliente en la cafetería: un borracho de mediana edad que roncaba con la cabeza apoyada en la barra. La camarera estaba junto a la plancha, leyendo una revista de cine. Apenas alzó la vista cuando Pete entró y enseguida volvió a sumergirse en su lectura. Las caras llenas de dientes de Rock Hudson y Doris Day le miraban desde la portada de la revista que apoyaba en su tripa. Pete sacó sus cigarrillos de la máquina que estaba junto a la puerta y se sentó en uno de los taburetes. El cocinero, al que parecían dolerle los pies, salió a la barra y se plantó frente a él.
–¿Qué va a ser?
–Solo café.
El cocinero fue a por la cafetera y le sirvió.
–¿Vas a querer nata?
–Así está bien.
El cocinero no se retiró. Se quedó al otro lado de la barra observándole.
–Con el calor que hace –dijo–, tenemos que meter la nata en la nevera. Si no, se pone mala en menos de un minuto.
A pesar de que el hombre diese la impresión de estar a punto de desfallecer de aburrimiento y cansancio, Pete se alegró de tener a alguien con quien conversar, alguien con quien hablar de cosas insignificantes, cosas totalmente desprovistas de consecuencias. Lo que más deseaba en este mundo era poder mantener una buena y documentada conversación sobre tarrinas de nata echándose a perder a causa del excesivo calor del verano.
–Nunca me había parado a pensarlo –dijo Pete–, pero, claro, me imagino que con este calor se le estropeará un montón de nata.
–Ni te imaginas –dijo el cocinero.
–¿Y alguna otra cosa, aparte de la nata?
–¿Cómo? –la pregunta apenas logró abrirse paso a través del bostezo que el cocinero ni se molestó en evitar.
–Que si se echa a perder algo más aparte de la nata…
–Ni te imaginas –repitió el cocinero. Dirigió la mirada al otro extremo de la barra, donde estaba el borracho roncando. El ceño ligeramente fruncido hacía que su cara grasienta, hinchada y agotada pareciese más estricta. La camarera seguía sin moverse–. ¿Acabas de salir del trabajo?
–No –dijo Pete–. No entro a currar hasta las siete.
El cocinero trató de sonreír, pero no lo logró del todo.
–Vosotros, los jóvenes, siempre pasándolo en grande por ahí, sin otra cosa que hacer en toda la noche que andar por las calles de la ciudad, a verlas venir…
La sonrisa de Pete no estuvo mucho más lograda que la del cocinero, pero en el fondo estaba disfrutando. Aquello era justo lo que necesitaba.
–Ya sabe cómo es –le dijo.
–Casi puedo recordarlo, hijo –dijo el cocinero–. Aunque eso ya se acabó para mí. Yo no libro hasta las ocho de la mañana. Para entonces, este lugar estará hasta arriba. Por Dios santo, cada mañana es como esperar que estalle una guerra. ¿Alguna vez has trabajado de cocinero en una cafetería como esta?
–Nunca –dijo Pete, deseando iniciar una buena y seria conversación sobre gachas de maíz.
–Pues sigue así –dijo el cocinero.
Un fuerte estruendo les hizo dar un brinco. El borracho se había sacudido violentamente en sueños y había tirado la sal, la pimienta y el azucarero de la barra. La camarera alzó la mirada pero no tardó ni un segundo en volver a enfrascarse en su revista, como si nada. El cocinero se acercó con sus pies doloridos hasta el borracho y lo limpió todo.
Al volver dijo:
–Ese de ahí es mi hermano. Su parienta no le deja entrar en casa cuando está borracho, así que viene aquí a dormir. Y te diré una cosa, como el jefe vuelva a encontrárselo ahí dormido, con la cabeza sobre la barra, el que va a ir de culo soy yo –hizo una pausa, se lamió los dientes y Pete vio cómo se le desplazaron hacia un lado. Eran postizos–. Y no sé dónde iba a conseguir otro trabajo. Ya no me muevo igual. Los años no pasan en balde. Además, es mi hermano y no puedo echarle. Antes le dejaba dormir en mi coche, pero ya no tengo coche. Mi señora se lo llevó el otro día para asistir a su grupo de oración y lo estrelló contra un…
Pete arrojó un puñado de monedas sobre la barra y salió a toda prisa del local para no seguir escuchando. No fue tanto por lo que dijo o estuvo a punto de decir el cocinero, sino por todo: el hermano borracho, la camarera con Rock Hudson y Doris Day descansando sobre su vientre ligeramente hinchado y el arrastrar de los pies destrozados del cocinero; la suma de todo le hizo pensar en Sarah, le devolvió la imagen de él sobre ella en aquel espantoso sofá color beige, le recordó lo terrible que había sido, lo terrible que, con toda seguridad, seguiría siendo siempre. Cabía la posibilidad de que no pudiese olvidarlo ni superarlo jamás. El mero hecho de pensar tal cosa le hizo ponerse a fumar como un desquiciado mientras volvía a toda prisa a la casa de huéspedes.
Al retirar bruscamente la mano de aquella cosa dura que le estaba creciendo en el pecho, a la chica se le hincharon los ojos de terror, pero no los apartó de los suyos. Y él no pudo hacer la vista gorda. Claro que tampoco fue capaz de seguir con lo que estaban haciendo. ¿Sabía ella que podía tener esa cosa creciéndole ahí dentro? Lo mismo que estaba matando, o que quizá ya hubiese matado, a su madre. ¿Era consciente? Por supuesto que sí. Y además también sabía que él lo sabía. Estaba en aquel sofá, había sido conducido hasta aquel sofá únicamente para confirmar lo que ella, al menos, ya sospechaba, o para ayudarla a negarlo. Y él hizo lo que no habría hecho deliberadamente por nada del mundo. Trató de forzarse a posar los labios otra vez en su pecho y, al no verse capaz, intentó volver a agarrárselo con la mano. Pero le faltó valor. Y lo que fue aún peor, en aquel instante le asaltó un pensamiento que también le hizo apartar súbitamente la mano que le había metido entre las piernas.
Cáncer era el cangrejo. ¿Y dónde le gustaba vivir al cangrejo? En la humedad oscura de algún canal secreto. Podía imaginarse (mejor dicho, podía ver con claridad) al voraz cangrejo, al feo cangrejo devorador de carne, moviéndose lentamente por allí dentro, en el profundo canal que se abría entre sus piernas, aguardándole pacientemente. Se quedaron tendidos en el sofá, mirándose a los ojos, durante lo que a él pareció una eternidad.
Finalmente, se atrevió a decir:
–No podemos hacerlo.
–¿Por qué no? –dijo ella.
–Por lo que ya te dije antes –le respondió–. Te respeto. Es la primera vez que nos vemos. No está bien.
Los ojos de la chica evidenciaron que sabía que le estaba mintiendo y lo único que logró la mentira fue aumentar su miedo.
–A mí no me importa –dijo ella–. A mí eso no me importa.
–A mí sí.
Él dejó de mirarla y posó los ojos en la chimenea, el olor a ceniza le llegaba desde el otro extremo de la habitación, luego se fijó en el papel de pared con manchas de humedad que cubría las paredes y se le ocurrió una nueva mentira.
–Respeto esta casa.
–¿Que respetas la casa? –repitió ella con incredulidad.
Al decirlo se movió de un modo extraño y quejumbroso y él notó que le brotaba una progresiva frialdad en el estómago.
–Lo entenderás en cuanto te pares a pensarlo un momento. He venido a cenar estando tu madre… Digamos que he venido en un mal momento, y encima tu padre no está, y esta casa es su casa. –Se calló, lo estaba empeorando–. De donde yo vengo, un hombre no…
No pudo terminar.
–Dime por qué has parado –dijo ella.
–Ya te lo he dicho.
–No lo entiendo.
–No hay nada que entender. Te lo he explicado lo mejor que he podido.
–No te creo –dijo ella sorprendiéndole con la violencia sibilante de su voz.
Él se echó hacia atrás y se quedó de rodillas entre sus tobillos. Intentó no mirarle las piernas, abiertas y desplegadas inconvenientemente sobre el sofá.
–Tienes que incorporarte –dijo él–. Tu padre puede entrar en cualquier momento.
Una vez más se quedó sorprendido, incluso conmocionado, ante la violencia que detectó en la voz de la chica:
–Yo no tengo que hacer nada.
–Estás siendo injusta –le dijo él.
–No sé nada sobre lo que es justo o injusto –dijo ella.
–Por favor –le señaló la parte superior abierta del vestido y el sujetador que le rodeaba el cuello–. Vístete. –Procuró no mirarle los pechos.
Ella señaló lo mismo que señalaba él y con una voz ya no tan violenta, sino llena de amargura y malhumorada, le dijo:
–Yo no he sido la causante de todo esto, y no pienso tocarlo. –Miró hacia el recibidor–. Ni aunque mi padre entre ahora mismo por esa puerta.
Él se puso rígido.
–¿Crees que podría entrar ahora mismo?
–Podría –dijo ella–. Depende de cómo haya acabado la cosa.
Volvió a inclinarse sobre ella y le resultó tan difícil abrocharle el sujetador como, momentos antes, desabrochárselo. Pero al final lo logró. Acto seguido, le abotonó el vestido y la obligó a sentarse. Sus bragas seguían en el suelo, frente a ellos, como una acusación.
–Tengo que irme –dijo él.
–Pues vete –dijo ella–. Ya volverás. Porque respetas esta casa. Y me respetas a mí.
Se detuvo en la puerta para volver a mirarla antes de marcharse, sin decir nada.
Al volver de la cafetería se sentó en el porche a fumar y a observar la ventana que daba al roble de la casa de al lado. Dios, de haber sido capaz de continuar en aquel sofá ahora todo habría concluido o al menos se habría resuelto de algún modo. Le desagradaba haber dejado las cosas tan en el aire, con ella soltándole lo de que ya volvería y toda esa mierda acerca del respeto. Habría sido mejor si se lo hubiese dicho con sarcasmo o con furia, pero no, tuvo que soltárselo con aquel tono seco y concluyente.
Se quedó sentado en el porche de la casa de huéspedes sintiéndose cansado y miserable. En cierto momento pensó en llamar al trabajo para decir que estaba enfermo, pero decidió no hacerlo porque predijo que si se quedaba en casa no sabría cómo afrontar el día. Lo mismo si se metía en el furgón a sudar y a partirse la espalda con todas aquellas pilas de celofán, las cosas mejorarían.
Fue entonces cuando oyó a sus espaldas el ruido de la puerta y al volverse para ver quién era se encontró con el señor Max Winekoff agitando los brazos vigorosamente como si pretendiese salir volando. Fue verlo y sentir que algo se le removía por dentro; algo parecido al desplazamiento de una carga pesada en el tráiler de un camión. Pero no se trataba de una carga física y él lo sabía. Lo sabía de un modo bastante preciso y terrible. La aflicción que anidaba en su interior (la insoportable carga de autodesprecio) apuntaba ahora hacia aquel viejo bastardo que había estado propagando su nombre por ahí, y no solo su nombre sino su vida: su hermano herido y Dios sabe qué más, todo, todo lo que, en el estupor del alcohol, le había contado al condenado viejo la tarde en que volvió dando tumbos de la universidad con su macuto aún sin deshacer y una carga intolerable de desesperación al hombro.
Al ver al anciano estirarse y mover los brazos como si fuese un molino, Pete apenas fue capaz de recordar la larga e incoherente conversación (¿confesión?) que mantuvieron. A decir verdad no recordaba qué demonios le había contado. Pero de lo que sí se acordó perfectamente fue de las últimas palabras de su conversación con Sarah la mañana anterior, cuando salió a cortarle el paso en la acera.
«Pete, me llamo Pete.»
«Lo sé.»
«¿Lo sabes?»
«Por el señor Winekoff.»
De acuerdo, el viejo bastardo le había dicho su nombre a la chica de la casa de al lado. Eso no era tan malo. De hecho, no era malo en absoluto. Le podía pasar a cualquiera, en cualquier lugar. ¿Pero lo del Negrata Quemado?
Pete miró al viejo y se sintió más ligero. La monstruosa carga pesaba ahora sobre los hombros de Max Winekoff. Al incendiarle con la mirada sintió algo muy parecido al bienestar. Llevaba pantalones caqui limpios y una camisa del mismo color. Pelo corto y canoso y una sempiterna expresión de casi demoníaca felicidad en la cara. Ahora se había puesto a hacer flexiones, sin doblar las rodillas y con las palmas de las manos en el suelo.
–¿Es o no es fabuloso? –dijo Max Winekoff, cabeza abajo. Podía haber sido el abuelo ligeramente excéntrico de alguien. Pero Pete no tuvo que hacer ningún esfuerzo para recordar las palabras del Negrata Quemado.
«La magia recordará esto cuando acudas a ella.»
«¿Para qué?»
«Tu hermano.»
«Ni de coña. Ni siquiera nos hablamos.»
«No él. El otro, el que está encerrado en un asilo. El que te hace sentir tan culpable.»
«¿Qué vas a saber de él?»
«Solo lo que cuenta el señor Winekoff.»
–Para un hombre de mi edad, se entiende. Es realmente fabuloso.
Pete no le contestó porque sabía que el viejo ni acusaría su respuesta. A Max Winekoff le gustaba hablar. En realidad, parecía gustarle todo: comer, caminar y especular sobre la situación mundial, de la que estaba muy enterado gracias a la constante lectura de revistas y periódicos.
Seguía flexionado con las manos contra el suelo, sin moverse, alzando la vista en una complicada contorsión para mirar a Pete a través de sus increíbles cejas grises. Unas cejas de la misma longitud que sus cabellos. Al principio, nada más instalarse en la casa de huéspedes, a Pete le sorprendieron las constantes flexiones del señor Winekoff pero, poco a poco, se fue acostumbrando. Se lo encontraba flexionado por toda la casa, a veces en el pequeño vestíbulo que conducía al comedor, otras al abrir la puerta de su habitación, ahí mismo, en el pasillo, o en las escaleras. Al pasar a su lado no abandonaba su postura, pero se ponía a hablar.
Pero en aquel momento el señor Winekoff se incorporó de su flexión y le dijo:
–Hacer flexiones y caminar, caminar y hacer flexiones. Así ha sido toda mi vida. ¿Tú te flexionas?
Pete se oyó decir a sí mismo, pensando en el furgón:
–No suelo, aunque últimamente no he parado.
Tenía el corazón congelado por el miedo que le infundía pensar en lo que podía llegar a hacerle al anciano allí mismo, en el porche, sin importarle los testigos.
–Pues no lo dejes –dijo el señor Winekoff–, y vivirás eternamente. A ver, ¿cuántos años me echas?
Pete no tuvo que pensárselo. El viejo le había dicho más de mil veces que tenía ochenta y cinco. Se lo decía a todos los huéspedes de la casa, varias veces al día. Soltaba su edad y luego se ponía a hacer flexiones como un descerebrado.
Sonó un timbre en el interior. El desayuno. La casa de huéspedes servía dos comidas al día, desayuno y cena. Y el señor Winekoff ingería increíbles cantidades de comida en cada turno, más que cualquiera de los demás inquilinos. Una cosa formidable. Más incluso que los enormes obreros de la construcción, muchos de ellos jóvenes. El señor Winekoff miró hacia la sala donde se servía la comida al estilo familiar, varias mesas cargadas (rechinantes) de platos transportados por un pequeño ejército de hoscas muchachas negras de brazos larguísimos: inmensos cuencos de huevos revueltos, muy poco hechos, bandejas de tocino fresco que se cortaba en tiras gruesas y que luego colgaban lacias de los tenedores de los huéspedes, pilas de tortitas, claras y esponjosas por dentro, jarras de leche ligeramente azulada, y luego el café.
Al señor Winekoff no parecía importarle lo que hubiese en la mesa. Cada mañana y cada noche se metía entre pecho y espalda tres platazos llenos a rebosar de lo que hubiese, sin hacer ascos a nada, por la simple razón de que era un grandísimo flexionador, un grandísimo hablador y un grandísimo andarín. Se pasaba todo el día andando de aquí para allá como un puto chiflado, los siete días de la semana.
Y a diario, sin excepción, iba caminando al zoo de la ciudad a ver a los yaks. Siempre había sido un amante de los yaks, o eso le había contado a Pete, le gustaban desde tiempos inmemoriales. El paseo hasta el dichoso zoo, al otro extremo del Puente del Río Trucha, no llegaba a seis kilómetros, tres de ida y otros tantos de vuelta. Pero el viejo siempre insistía, con voz sosegada y sin jactancia, que se recorría al menos cuarenta y cinco kilómetros al día, a pata, y Pete no lo ponía en duda. Los obreros de la construcción de la casa de huéspedes, dispersos por toda la ciudad en sus diferentes curros, afirmaban haberle visto por todas partes, en ocasiones incluso a varios kilómetros de la ciudad.
Y se ve que en algún momento de una de sus estrambóticas excursiones fue a toparse con el Negrata Quemado y no tuvo empacho en revelarle la secreta vergüenza, la culpa y la vida maldita de Pete. Y si se lo había contado al Negrata Quemado, ¿a cuántos más no se lo habría soltado? El muy cabrón había ido sembrando por ahí historias de su hermano mutilado como si fuese avena silvestre.
El frío corazón de Pete ardía de deseo homicida y por primera vez en lo que iba de mañana sintió un remanso de paz al considerar la cantidad de dolor y los diferentes tipos de daño que podía infligirle al señor Winekoff. El anciano estaba de pie y miraba a Pete, que ahora se había sentado en la mecedora.
–Un día tendrías que levantar el culo de ahí y acompañarme al zoo –le dijo el señor Winekoff, desviando la mirada hacia el comedor, esperando que las mesas estuviesen puestas–. A ver a esos yaks.
–Va a ser que no –dijo Pete notando la extrañeza de su propia voz–. No creo que me gusten los yaks. Pero si alguna vez me decidiese a ir con usted, tendríamos que ir en autobús.
–A mí no me hace falta ningún autobús. Déjame decirte algo que te será de utilidad en la vida. ¿Me escuchas?
–Le escucho –dijo Pete.
–Si coges el coche gruñirás. Si vas a pata te regocijarás.
–Ya hago ejercicio de sobra descargando furgones –dijo Pete.
–Hay que caminar, no hay nada mejor en el mundo que caminar –dijo el señor Winekoff–. Además, tienes que ver esos yaks.
Pete ni siquiera estaba seguro de saber muy bien qué pinta tendría un yak. Pensó que lo mismo se parecería a un camello sin joroba.
–Creo que voy a hacer otra flexión antes de sentarme a la mesa.
El anciano se dobló hacia delante y volvió a poner las manos planas contra el suelo.
Pete se levantó de la mecedora y se colocó a su lado. El viejo cinturón grueso y agrietado del señor Winekoff se le arqueaba por detrás como si fuese el asa de una maleta cada vez que hacía una flexión. Y como por voluntad ajena a Pete se le ocurrió una idea maravillosamente gratificante.
–¿Alguna vez se ha caído por unas escaleras? –le preguntó.
El señor Winekoff miró a Pete desde abajo con su irritante rostro risueño.
–¿Caerme? ¿Por unas escaleras? ¿Yo? Yo no me he caído… en la vida. ¿Con estas piernas? ¿Con todo lo que camino? Ni hablar.
Pete enganchó la mano al viejo cinturón y levantó al señor Winekoff del suelo. Era increíblemente ligero. Luego se encaminó por el lateral del porche hacia las escaleras que conducían a la parte trasera del edificio cargando con él (todavía doblado) como si fuese una maleta.
–Me estás llevando como si fuese una maleta –apuntó el señor Winekoff.
–Así es –dijo Pete reanimado–, igualito que una maleta.
Daba la impresión de que al señor Winekoff le parecía maravilloso.
–Eres más fuerte de lo que parece, hijo. Y no puedo ni imaginarme lo que podrías llegar a ser si te convenciera para que iniciases un buen programa de caminatas.
Pete comenzó a subir el largo tramo de escaleras.
–Maravilloso –dijo el señor Winekoff.
–Sí, maravilloso –dijo Pete. Y es que en verdad era maravilloso. La primera cosa maravillosa que sentía desde que tenía uso de memoria.
Al llegar al final de las escaleras se detuvo, se dio media vuelta y ambos encararon el vacío.
–Lo has hecho muy bien –dijo el señor Winekoff–. Imagínate, subirme hasta aquí, nada menos. Me palpita el corazón. ¿A ti no?
–Ya lo creo –dijo Pete. Y no solo le palpitaba, canturreaba de puro gozo. «Usted dedíquese a rumorear sobre mí, siga esparciendo mi historia por toda la puta ciudad como si se tratase de un saco barato de estiércol», pensó. «Que ahora lo que se va a esparcir es usted».
–Hay un buen trecho hasta ahí abajo –señaló el señor Winekoff como si se le acabase de ocurrir.
–Lo hay –dijo Pete.
Y lo soltó.
Observó cómo caía dando volteretas y golpeándose la cabeza contra la barandilla. El sonido fue muy parecido al de un niño pasando un palo por una cerca, salvo por los gruñidos y los pequeños aullidos de dolor. Aunque no pudo evitar admirar la suavidad con que aquel maldito viejo anguloso afrontó la larga caída, doblando sus delgadas extremidades y retorciéndose en ángulos imposibles.
Hubo un momento de silencio. El señor Winekoff se puso en pie, se examinó los brazos y las piernas, se palpó el vientre, duro y plano, y solo después de comprobar que todo seguía en su sitio alzó la mirada y dijo:
–Me has dejado caer.
–Se rompió el asa –dijo Pete.
–¿El asa?
–De la maleta.
El señor Winekoff se giró y se puso a comprobar pausada y minuciosamente el estado de su viejo y resistente cinturón.
–El asa no se ha roto. Me has dejado caer.
Pete dijo:
–Sí. Así es.
Y estuvo a punto de añadir: «Y voy a volver a cargar con usted hasta aquí y a dejarle caer hasta que me canse», pero se dio cuenta de que el viejo había estirado el cuello para asomarse a la ventana que daba al salón y a la ventana de la otra pared que, a su vez, daba a la casa de Sarah (él debería saberlo mejor que nadie porque se había pasado horas ahí sentado, a oscuras y en la más completa soledad, observando la casa desde aquella ventana), así es que supo sin necesidad de bajar a comprobarlo que lo que el señor Winekoff estaba mirando como un perro de caza señalando una presa era la casa vecina y, probablemente, a la propia Sarah.
–¿Qué pasa? –dijo Pete, porque desde donde estaba no alcanzaba a divisar la casa.
–Los caminos del Señor son inescrutables, cuán insondables y asombrosos son sus designios –dijo el señor Winekoff.
Ese había sido uno de los dichos favoritos de la madre de Pete antes del golpe accidental del martillo que transformó a su hijo menor en un idiota, momento en el que perdió totalmente la fe y parcialmente el juicio; o al menos eso era lo que el padre de Pete afirmaba varias veces al día: «Tu madre solo ha perdido el juicio parcialmente».
–Eso no es ninguna novedad –dijo Pete–, ¿pero qué coño está mirando?
–¿Sabes qué? –preguntó el señor Winekoff levantando la vista hacia Pete.
–Que los putos caminos del Señor son inescrutables.
–Yo jamás diría algo así. No me expondría al riesgo de arder en el infierno.
–¿Y qué me dice del riesgo de volverse a caer por estas putas escaleras?
–El asa no se rompió. Es imposible, a no ser que intervenga el maligno.
Pete bajó a trompicones las escaleras olvidándose por completo de lo que pudiese estar mirando el viejo con la única intención de arrastrarle de nuevo hasta arriba y dejarle caer, pero esta vez con fuerza. Pero a mitad de camino, Pete oyó que alguien le llamaba a lo lejos por su nombre y al mirar por la ventana lo primero que vio fue una ambulancia blanca y después al señor Leemer haciendo bocina con las manos y llamándole sin alzar demasiado la voz (a Pete le pareció que de un modo lastimero y suplicante): «¡Peeete! ¡Eh, oye, sí, tú! ¡Peeete!».
–El Altísimo ha devuelto a su esposa al hogar –señaló el señor Winekoff–, y el señor Leemer te está llamando. Creo que es a ti, claro que mi oído ya no es lo que era.
–Él no sabe cómo me llamo –dijo Pete–. Nunca hemos hablado.
El señor Winekoff miró a Pete.
–Ahora puedo oírle perfectamente y no me cabe la menor duda de que es a ti a quien está llamando. Y sí que sabe cómo te llamas.
–Joder –dijo Pete–, ¿también le dijo eso?
–¿El qué?
–Váyase a la mierda.
–No señor –dijo el señor Winekoff–. Jamás de los jamases, yo nunca le diría, ni a él ni a nadie, que se fuese a la mierda.
Dio un brinco y volvió a encogerse en una flexión. Ni siquiera hizo el amago de mirarle al añadir:
–Yo no hablo así, nunca lo he hecho y no voy a empezar hoy.
Ahora que volvía a estar flexionado, Pete volvió a fijarse con frialdad asesina en el cinturón combado sobre la delgaducha espalda del anciano. Sin duda, parecía el asa de una maleta. Y también cumplía su función. Desvió la mirada desde el cinturón hasta lo alto de las escaleras y luego de vuelta al cinturón. No le llevaría más de un minuto, pero el señor Leemer ya había calculado bien la distancia y le estaba pidiendo ayuda a gritos como si tuviese los pies en llamas. No le quedaba más remedio que acudir. Tenía que poner fin a aquella situación. A estas alturas ya se habría enterado todo el puto vecindario.
Бесплатный фрагмент закончился.
