Читать книгу: «Golpe de efecto»

Título original: Drop stop
© Harlan Coben, 1996.
© de la traducción: Xavier Llobet.
© de esta edición digital: RBA Libros S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO876
ISBN: 9788491878063
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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AGRADECIMIENTOS
HARLAN COBEN. MYRON BOLITAR
OTROS TÍTULOS DE HARLAN COBEN EN RBA
NOTAS
PARA ANNE Y CHARLOTTE,
DE PARTE DEL HOMBRE MÁS AFORTUNADO DEL MUNDO
1
—César Romero —dijo Myron.
—No lo dirás en serio, ¿no? —contestó Win mirándolo.
—Es que empiezo con una fácil.
En el Stadium Court, los jugadores cambiaban de campo. Duane Richwood, el cliente de Myron, estaba dándole una paliza sensacional al decimoquinto cabeza de serie, Ivan Algoterminadoenokov, por 5-0 en el tercer set después de haber ganado los dos primeros por 6-0 y 6-2. Un debut impresionante en el Open de los Estados Unidos para tratarse de un advenedizo literalmente salido de las calles de Nueva York.
—César Romero —repitió Myron—. ¿O es que no te lo sabes?
—El Joker —respondió Win exhalando un suspiro.
—Frank Gorshin.
—El Enigma.
Estaban en la pausa de noventa segundos para la publicidad. Myron y Win se entretenían con el ingeniosísimo juego de «Adivina el nombre del malo de Batman». El Batman de la serie de televisión, en el que salían Adam West y Burt Ward, y todos aquellos Pow! Bam! y Slam! El Batman auténtico y genuino.
—¿Y quién interpretó al segundo? —quiso saber Myron.
—¿Al segundo hombre enigma?
Myron asintió con la cabeza.
Duane Richwood les dirigió una breve sonrisa chulesca desde el otro lado de la pista. Llevaba gafas de sol de aviador muy chillonas con patillas de color verde fluorescente muy horteras. Eran el último grito en Ray-Ban y Duane iba a todas partes con ellas. Aquellas gafas de sol no sólo habían llegado a identificarlo, sino también a definirlo. Y la casa Ray-Ban estaba bastante contenta de haberlo logrado.
Myron y Win estaban sentados en uno de los palcos de lujo reservados a la gente famosa y a los allegados de cada jugador. En la mayoría de los partidos se llenaban todos los asientos del palco. La tarde anterior, en el partido de Agassi, el palco estaba hasta los topes de familiares, amigos, pelotilleros, chicas jóvenes, estrellas de cine defensoras del medio ambiente, mechones de pelo implantados... como si se tratara de una fiesta privada de Aerosmith. No obstante, Duane sólo tenía tres personas en el palco: Myron, su agente; Win, su asesor financiero y Henry Hobman, su entrenador. Wanda, el gran amor de Duane, se había puesto demasiado nerviosa y había preferido quedarse en casa.
—John Astin —contestó Win.
Myron asintió en silencio.
—¿Y Shelley Winters?
—Ma Parker.
—Milton Berle.
—Louie el Lila.
—Liberace.
—Chandell.
—¿Y?
—¿Y qué? —preguntó Win confundido.
—¿A qué otro malo interpretó Liberace?
—¿Pero qué estás diciendo? Liberace sólo salió en un episodio.
—¿Estás seguro? —dijo Myron recostándose en el asiento y esbozando una sonrisa.
En el asiento situado junto a la silla del juez, Duane acababa de beberse tranquilamente y de un trago una botella entera de Evian sosteniéndola de modo que las cámaras de televisión enfocaran el nombre del patrocinador. Qué chico más listo. Sabía cómo dejarlo contento. No hacía mucho, Myron le había conseguido un contrato muy sencillo con el magnate de Evian, el agua mineral, que lo comprometía a beber en botellas claramente etiquetadas durante el US Open. Y a cambio, recibía diez mil dólares. Eso respecto al agua, porque Myron también estaba negociando un contrato de refrescos con Pepsi y otro de bebidas isotónicas con Gatorade.
Ah, el mundo del tenis...
—Liberace sólo salió en un episodio —afirmó Win.
—¿Es tu respuesta definitiva?
—Sí. Liberace sólo salió en un episodio.
Henry Hobman seguía escudriñando la pista, la inspeccionaba con la máxima concentración y la recoma con la vista de arriba abajo. Qué pena que en ese momento no hubiera nadie jugando.
—Henry, ¿juegas a adivinarlo? —propuso Myron.
Henry no les hizo caso. Como de costumbre.
—Liberace sólo apareció en un episodio —repitió Win dándose humos.
Myron hizo un ruido parecido al zumbido que se oye en los concursos cuando el participante da la respuesta equivocada.
—Pues lo siento mucho —dijo—, pero la respuesta no es correcta. ¿Qué es lo que tenemos para nuestro concursante? Pues bien, Windsor se lleva a su casa un juego de nuestro concurso, el abrillantador Turtle Wax para todo un año. ¡Y, por supuesto, nuestro más sincero agradecimiento por haber jugado con nosotros!
—Liberace sólo salió en un episodio —comentó Win impasible.
—¿Es un nuevo mantra tuyo?
—Hasta que me demuestres lo contrario.
Win, cuyo nombre completo era Windsor Horne Lockwood III, juntó las yemas de los dedos de sus cuidadas manos. Poner las manos de aquella manera era algo que solía hacer mucho y, por cierto, le sentaba a la perfección. Tenía el mismo aspecto que se desprendía de su nombre completo, es decir, el del típico blanco anglosajón protestante de clase adinerada por excelencia. Toda su actitud apestaba a arrogancia, elitismo, páginas dedicadas a fiestas de la alta sociedad de revistas de belleza como Town and Country, debutantes que usan jerséis con iniciales bordadas y alhajas con nombres grabados tan ridículos como Babs, dry-martinis en el bar del club privado y montones de dinero de papá... Pelo rubio y fino, cara de patricio y niño bien, cutis blanco y acento de Exeter muy afectado. Y sin embargo, en el caso de Win algún tipo de anomalía genética se había impuesto a generaciones enteras de cuidadosos aparejamientos porque, en determinados aspectos, era exactamente lo que parecía, pero en muchos otros, algunos incluso terroríficos, era todo lo contrario.
—Estoy esperando —dijo Win.
—Te acuerdas de que Liberace hizo de Chandell, ¿no? —preguntó Myron.
—Por supuesto.
—Pues te has olvidado de que, en el mismo episodio, Liberace también hizo de Harry, el hermano gemelo de Chandell.
—No puedes estar hablando en serio —dijo Win haciendo una mueca de reproche.
—¿Cómo?
—Que los hermanos gemelos maléficos no cuentan.
—¿En qué parte del reglamento dice eso?
Win cerró la mandíbula de aquella manera tan suya.
Había demasiada humedad en el ambiente para usar ropa interior, sobre todo en el estadio de Flushing Meadows, por donde no corría ni pizca de aire. El estadio, que curiosamente llevaba el nombre de Louis Armstrong, era como una valla publicitaria inmensa que por casualidad tuviera una pista de tenis en el centro. IBM tenía una valla sobre el velocímetro que marcaba la rapidez del saque de cada jugador. Citizen informaba tanto de la hora real como de la duración del partido. Visa tenía el nombre impreso tras la línea de servicio. Reebok, Infiniti, Fujifilm y Clairol aparecían allí donde hubiera un espacio libre. Y lo mismo podía decirse de Heineken, la cerveza oficial del Open de Estados Unidos.
El público era una amalgama total de clases sociales. Abajo, en los buenos asientos, se veía a la gente con dinero. Pero respecto a la ropa había de todo. Desde gente vestida con traje y corbata (como Win) hasta gente con ropa más informal al estilo república bananera (como Myron); había gente con téjanos y gente con bermudas, aunque los preferidos de Myron eran los que iban vestidos con el equipo completo de tenis: polo, bermudas, calcetines, zapatillas de tenis, sudaderas, muñequeras y raqueta de tenis. Sí, sí, raqueta de tenis. Como si alguien fuera a invitarlos a jugar. Como si de repente Sampras, Steffi o cualquier otro jugador fuera a señalar a las gradas y decir: «Eh, tú, el de la raqueta, necesito un compañero para jugar dobles».
Llegó el turno de Win.
—Roddy McDowall —comenzó.
—Ratón de biblioteca.
—Vincent Price.
—Cabeza huevo.
—Joan Collins.
—¿Joan Collins? —dijo Myron sorprendido—. ¿La de Dinastía!
—No pienso darte pistas.
Myron empezó a repasar episodios mentalmente. En la pista, el juez de silla dijo: «Tiempo», avisando que la pausa de la publicidad de noventa segundos había terminado, y los jugadores se pusieron en pie. Myron no habría puesto la mano en el fuego, pero le pareció ver a Henry pestañear.
—¿Te rindes? —quiso saber Win.
—¡Shhh! Están a punto de jugar.
—Y tú te crees hincha de Batman...
Los jugadores se situaron en sus puestos. Incluso ellos mismos eran vallas publicitarias, aunque más pequeñas. Duane iba con zapatillas y ropa deportiva Nike, usaba raqueta marca Head y llevaba las mangas adornadas con los logotipos de McDonald’s y Sony. Su contrincante iba de Reebok y sus logotipos eran de Sharp y Bic. Increíble, pero cierto: Bic, la compañía de bolígrafos y maquinillas de afeitar. Como si los espectadores, al ver el logotipo, fueran inmediatamente a comprar un bolígrafo.
—De acuerdo, me rindo —le susurró Myron a Win inclinándose hacia él—. ¿A qué villana interpretaba Joan Collins?
—No me acuerdo —dijo Win encogiéndose de hombros.
—¿Cómo?
—Sé que salió en un episodio, pero no me acuerdo del nombre del personaje.
—Eso no vale.
—¿En qué parte del reglamento dice eso? —preguntó Win con una sonrisa que dejó ver sus dientes blancos y perfectos.
—Tienes que saber la respuesta.
—¿Y por qué? —preguntó Win—. ¿Acaso Pat Sajak se sabe todas las preguntas de La rueda de la fortuna! ¿Se sabe Alex Trebeck todas las preguntas de Jeopardy!!
—Bonita analogía, Win, en serio —dijo Myron tras un momento de silencio.
—Gracias.
—La sirena —dijo de repente una voz.
Myron y Win miraron al otro lado. La voz parecía haber sido la de Henry.
—¿Has dicho algo?
—La sirena —repitió Henry casi sin mover la boca y con la mirada todavía fija en la pista de tenis—. Joan Collins hizo de la sirena. En Batman.
Myron y Win intercambiaron miradas de asombro.
—Los sabelotodos no les caen bien a nadie, Henry.
A Myron le pareció que Henry movía la boca. Tal vez para sonreír.
En la cancha de tenis, Duane empezó el juego con un tanto directo de saque que estuvo a punto de atravesar a un recogepelotas. El velocímetro de IBM marcó 205 kilómetros por hora y Myron hizo un gesto de incredulidad al verlo, igual que Ivan Comosellame. Justo cuando Duane se preparaba para lanzar el segundo saque, sonó el móvil de Myron.
Él lo sacó rápidamente del bolsillo. No era el único de las gradas que fuera a hablar por teléfono, pero sí de entre los de la primera fila. Ya iba a pulsar el botón de desconexión cuando cayó en la cuenta de que podía tratarse de Jessica. Jessica... Sólo de pensar en ella ya hacía que se le acelerara el pulso.
—¿Diga?
—No soy Jessica —comentó Esperanza, su colega del trabajo.
—No esperaba que lo fueras.
—Seguro —dijo ella—. Siempre suenas como un perrito abandonado cuando coges el teléfono.
Myron agarró el móvil con fuerza. El partido continuaba sin interrupción, pero ya había gente en las gradas con cara de pocos amigos, buscando el origen del desagradable tono de llamada del móvil.
—¿Qué quieres? —preguntó susurrando—. Estoy en el estadio.
—Ya lo sé. Seguro que ahora mismo pareces un gilipollas pretencioso por estar al teléfono en pleno partido.
«Si yo te contara...», pensó Myron.
Las caras de pocos amigos ya empezaban a acribillarlo con la mirada. En opinión de quienes lo rodeaban, Myron acababa de cometer un pecado imperdonable. Como si hubiera abusado de un menor o estuviera utilizando el tenedor de la ensalada con el segundo plato.
—Oye, ¿qué quieres?
—Un momento, ahora mismo estás saliendo por la tele. Madre mía, es cierto.
—¿Qué?
—La televisión te hace más gordo.
—Mira, Esperanza, ¿quieres decirme de una vez qué es lo que quieres?
—Bueno, nada importante. Se me ocurrió que te gustaría saber que te he concertado una reunión con Eddie Crane.
—Estás de broma.
Eddie Crane era uno de los juniors de tenis más destacados de todo el país. En principio sólo iba a entrevistarse con las cuatro agencias más importantes: ICM, TruPro, Advantage Internacional y ProServ.
—Lo digo en serio. Estás citado con él y con sus padres en la pista dieciséis cuando termine el partido de Duane.
—Te quiero, ¿sabes?
—Pues súbeme el sueldo —repuso ella.
Duane marcó un tanto con un drive diagonal ganador. Treinta a cero.
—¿Alguna cosa más? —quiso saber Myron.
—No, bueno, Valerie Simpson. Ha llamado tres veces.
—¿Qué quería?
—No me lo ha dicho, pero la reina de hielo parecía un poco irritada.
—No la llames así.
—Bueno, pues eso.
Myron colgó. Win se quedó mirándolo.
—¿Algún problema? —preguntó Win.
Valerie Simpson. Un caso extraño, pero triste. La que en otro tiempo fuera niña prodigio del tenis había acudido hacía dos días a su despacho en busca de alguien, quien fuera, que la representara.
—No, no creo —respondió Myron.
Duane iba cuarenta a cero. Estaba a un tanto de partido. Bud Collins, el columnista por antonomasia del mundo del tenis, ya lo esperaba en el pasillo de los vestuarios para hacerle la entrevista habitual sobre el encuentro. Eos pantalones de Bud, que siempre llevaba prendas en Technicolor muy atrevidas, eran especialmente horrendos ese día.
Duane cogió dos pelotas de manos del recogepelotas y se acercó a la línea. Era un personaje raro de ver en el mundo del tenis. Para empezar, era negro. Y no de la India ni de África; tampoco de Francia. Era de Nueva York. Al contrario que casi todos los demás jugadores del torneo, no se había pasado la vida preparándose para aquel momento. Sus padres no eran los típicos ambiciosos que lo hubieran presionado para que se dedicara al tenis. Tampoco había trabajado con los mejores entrenadores del mundo en Florida o California des de que fue capaz de sostener una raqueta. Duane pertenecía al extremo opuesto del espectro.
Era un chico criado en las calles, que se había escapado de casa a los quince años y había logrado arreglárselas por su cuenta. Aprendió a jugar al tenis en las pistas públicas. Se pasaba el día entero en ellas y retaba a todo el que fuera capaz de sostener una raqueta.
Y estaba a punto de ganar su primer partido de Grand Slam cuando se oyó el disparo.
El ruido sonó amortiguado porque procedía del exterior del estadio. La mayor parte del público no se dejó asustar. Supuso que el ruido había sido provocado por algún petardo o por un tubo de escape. Sin embargo, Myron y Win habían oído aquel ruido muchas veces; por eso, cuando empezaron a oírse gritos, ellos ya se habían levantado del asiento y estaban en movimiento. En el interior del estadio la gente comenzó a murmurar. Se oyeron más gritos. Gritos fuertes e histéricos. El juez de silla, en su infinita sabiduría, se acercó al micrófono y gritó: «¡Cálmense, por favor!».
Myron y Win subieron corriendo la escalera metálica, saltaron por encima de la cadena blanca que ponían los acomodadores para que nadie saliera o entrara de la cancha hasta que los jugadores cambiaran de campo y salieron afuera. En el lugar al que la gente se refería muy generosamente como «el salón comedor» estaba empezando a reunirse una multitud. Con mucho esfuerzo y paciencia, aquel «comedor» tenía la esperanza de llegar a alcanzar algún día el nivel de calidad gastronómica correspondiente a la zona de restaurantes de un centro comercial.
Se internaron entre la multitud abriéndose paso a empujones. Entre algunos había cundido el pánico sin traba alguna, pero otros ni se habían inmutado. Al fin y al cabo se trataba de Nueva York y, por otro lado, las colas de los puestos de refrescos eran muy largas y a nadie le hacía gracia perder la tanda.
La chica estaba tendida boca abajo delante de un puesto que servía champán Moét a 7,50 dólares la copa. Myron la reconoció de inmediato, incluso antes de agacharse y dar vuelta al cuerpo. Pero cuando le vio la cara, cuando vio aquellos fríos ojos azules devolviéndole la mirada y observándolo con la atención imperturbable de la muerte, se le encogió el corazón. Miró a Win, pero el rostro de éste, como de costumbre, carecía de expresión.
—Pues vaya un regreso al mundo del tenis —dijo Win.
2
—Tal vez deberías dejar de darle vueltas —dijo Win.
Win tomó la FDR Drive en dirección sur con su Jaguar XJR. Llevaba la radio sintonizada en la WMXV, i o 5.1 FM, en un espacio dedicado al soft rock. En ese momento se oía a Michael Bolton haciendo una nueva versión de un viejo clásico de los Four Tops. Lamentable. Como ver a Bea Arthur hacer la nueva versión de una película de Marilyn Monroe.
Tal vez «soft rock» significara en realidad «rock de la peor clase».
—¿Te importa que ponga un casete? —dijo Myron.
—Claro que no.
Win cambió de carril de un volantazo. La manera más suave de definir la forma de conducir de Win sería la de «creativa». Myron, que intentaba no mirar la carretera, insertó el casete de la versión original de How to Succeed iu Business Without Really Trying. Al igual que Myron, Win tenía una gran colección de musicales de Broadway. En la cinta, Robert Morse cantaba a una chica Hamada Rosemary, pero la mente de Myron seguía fija en una chica llamada Valerie Simpson.
Valerie estaba muerta. De un balazo en el pecho. Le habían disparado en la zona de los puestos de comida del United States Tennis Association National Tennis Center durante la primera ronda del Grand Slam estadounidense y, aun así, nadie había visto nada. O, por lo menos, nadie había dicho nada.
—Ya vuelves a poner esa cara —dijo Win.
—¿Qué cara? —preguntó Myron.
—La cara de «quiero ayudar al mundo» —respondió Win—. No era dienta tuya.
—Pero iba a serlo.
—Cosa muy diferente. Su destino no te concierne.
—Hoy me había llamado tres veces —dijo Myron—. Y al ver que no podía ponerse en contacto conmigo por teléfono, ha venido a las pistas. Y entonces ha sido cuando la han matado.
—Una historia muy triste —dijo Win—, pero no te concierne.
El velocímetro rondaba los ciento treinta.
—Oye, Win.
—Dime.
—Estás yendo por la izquierda, vas en dirección contraria.
Win dio un volantazo, cruzó dos carriles y tomó la salida de la autopista. Minutos más tarde, el Jaguar entraba en el parking Kinney de la Calle 52. Después de aparcar el coche le dieron las llaves a Mario, el encargado. En Manhattan hacía calor. Mucho calor. La acera abrasaba los pies a través de la suela de los zapatos. El humo de los coches se unía a la humedad que pendía del aire como los frutos de un árbol. Respirar suponía todo un esfuerzo. Sudar, en cambio, no. El truco consistía en reducir el sudor al mínimo mientras se caminaba y esperar a que el aire acondicionado secara la ropa sin provocar una neumonía.
Myron y Win fueron en dirección sur por Park Avenue hacia el rascacielos de Inversiones y Valores Lock-Horne. El edificio entero pertenecía a la familia de Win. El ascensor se detuvo en la planta número doce, Myron salió y Win se quedó dentro. Su despacho de la compañía Lock-Horne estaba dos pisos más arriba.
—Yo la conocía —dijo Win antes de cerrarse las puertas del ascensor.
—¿A quién?
—A Valerie Simpson. Fui yo quien le dio tu número de teléfono.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—No tenía ningún motivo para hacerlo.
—¿Erais amigos íntimos?
—Eso depende de lo que entiendas por amigo íntimo. Ella era de una familia adinerada de Filadelfia, como la mía. Los dos éramos miembros de los mismos clubes privados, de las mismas asociaciones benéficas, todo eso. De niños de vez en cuando nuestras familias veraneaban juntas. Pero llevaba años sin saber nada de ella.
—¿Y te llamó así, sin más?
—Podría decirse que sí.
—¿Y qué es lo que tú dirías?
—¿Es un interrogatorio?
—No. ¿Tienes alguna idea de quién puede haberla asesinado?
—Ya hablaremos luego —dijo Win con total tranquilidad—. Ahora mismo tengo asuntos que atender.
Las puertas del ascensor se cerraron y Myron se quedó allí de pie un momento, como esperando a que las puertas volvieran a abrirse. Después recorrió el rellano y abrió la puerta en la que se leía: «MB Representante Deportivo Inc».
—Madre mía, vas hecho un cromo —dijo Esperanza desde su mesa al verlo entrar.
—¿Te has enterado de lo de Valerie?
Esperanza hizo un gesto afirmativo con la cabeza. En caso de sentirse culpable por haberse referido a ella como «la reina de hielo» momentos antes del asesinato, no se le notaba.
—Tienes sangre en la chaqueta.
—Ya lo sé.
—Ned Tunwell, de Nike, está en la sala de reuniones.
—Pues supongo que tendré que verlo —dijo Myron—. Deprimiéndome no voy a arreglar nada.
Esperanza se quedó mirándolo, inexpresiva.
—No hace falta que te pongas así —añadió Myron—, estoy bien.
—Estoy conteniendo las lágrimas —dijo ella.
La viva imagen de la compasión.
Cuando Myron abrió la puerta de la sala de reuniones, Ned Tunwell se le tiró encima como un cachorro contento, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y le dio una gran palmada en la espalda. Myron pensó que sólo faltaba que le saltara al regazo para lamerle la cara.
Ned Tunwell parecía tener unos treinta y pocos, más o menos como Myron. Todo él estaba siempre de buen talante, como un hare krishna con sobredosis de anfetaminas o como Flipper en medio de un parque acuático. Llevaba chaqueta azul, camisa blanca, pantalones caqui, corbata chillona y, lógicamente, zapatillas de tenis Nike. Tenía el pelo muy rubio y llevaba uno de esos bigotes que parecen la marca que deja la leche.
Al cabo de un rato, Ned consiguió calmarse y sacó una cinta de vídeo.
—¡Ya verás cuando veas esto! —dijo muy emocionado—. Myron, te va a encantar. Es fantástico.
—Veámoslo entonces.
—En serio, Myron, es fantástico. Absolutamente fantástico. Increíble. Ha quedado mejor de lo que esperaba. Manda al traste todo lo que hicimos con Courier y Agassi. Te va a encantar. Es fantástico. Fantástico de verdad.
La palabra clave estaba clara: fantástico.
Tunwell encendió el televisor y puso la cinta en el reproductor. Myron se sentó e intentó dejar de pensar en el cadáver de Valerie Simpson. Necesitaba concentrarse. Lo que Ned iba a enseñarle, el primer anuncio publicitario de Duane, era crucial. De hecho, aquellos anuncios contribuían más a crear la imagen de un deportista que ninguna otra cosa, ni siquiera lo bien que jugara o cómo lo retrataran los medios de comunicación. Eran los anuncios lo que definía a los deportistas. Todo el mundo conocía a Michael Jordan como Air Jordan. La mayoría de los aficionados no sabrían decir si Larry Johnson había jugado con los Charlotte Hornets pero, en cambio, lo sabían todo sobre la personalidad de su abuela. La campaña adecuada definía. En cambio, una mala campaña podía acabar con la carrera de cualquiera.
—¿Cuándo va a salir por la televisión?
—Durante los cuartos de final. Vamos a bombardear todas las cadenas a lo bestia.
La cinta terminó de rebobinar. Duane estaba a punto de convertirse en uno de los jugadores de tenis mejor pagados del mundo. Y no por ganar partidos, aunque ayudara bastante, sino por los contratos publicitarios. En la mayoría de los deportes, los deportistas más famosos ganaban más dinero por los patrocinadores que por sus equipos. Y en el caso del tenis, mucho más. Muchísimo más. Los diez mejores jugadores del mundo sacaban el quince por ciento de sus ingresos de los partidos que ganaban, pero el resto lo ganaban gracias a contratos publicitarios, los partidos de exhibición y las cuotas, es decir, el dinero que se pagaba a los mejores jugadores por participar en un torneo sin tener en cuenta el resultado.
El tenis necesitaba sangre nueva y Duane Richwood era la transfusión más estimulante que iba a obtener en años. Comparados con él, Courier y Sampras parecerían tan interesantes como la comida deshidratada para perros. Los jugadores suecos siempre eran un tostón. El circo de Agassi empezaba a cansar. McEnroe y Connors ya eran historia.
Así que ahora le tocaba el turno a Duane Richwood: llamativo, divertido y ligeramente polémico, pero no lo suficiente como para resultar odioso. Era negro y había salido de la calle, pero de una calle que se consideraba «segura», era un negro «seguro», la clase de tipo a quien hasta los racistas podrían apoyar para demostrar que en realidad no lo eran.
—Mira esta preciosidad, Myron. Este spot, te lo prometo, es... es que es totalmente... —Tunwell miró al techo, tratando de encontrar la palabra adecuada.
—¿Fantástico? —sugirió Myron.
—Tú míralo y ya verás —dijo Ned haciendo chasquear los dedos y señalando la pantalla—. A mí se me pone dura cuando lo veo. ¿Pero qué digo? Se me pone dura sólo de pensar en él. Te lo juro por lo que más quieras, es buenísimo.
Ned pulsó el botón de «PLAY».
Dos días antes, Valerie Simpson había estado sentada en aquella misma sala, justo después que Duane Richwood. El contraste era espectacular. Los dos tenían veintitantos años, pero mientras la carrera de uno apenas empezaba a despegar, la de la otra ya se había estrellado. A los veinticuatro años, a Valerie le habían colgado el cartel de vieja gloria o falsa promesa del tenis. Aquel día estuvo fría y arrogante (y de ahí el comentario de Esperanza sobre la reina de hielo), aunque tal vez sólo estuviera distante y distraída. Era difícil saberlo con exactitud. Y sí, Valerie era joven, aunque no precisamente lo que se dice «una persona llena de vida». Resultaba muy extraño decirlo ahora, pero sus ojos le parecieron más vivos cuando la vio muerta, más animados en su mirada perdida que cuando se sentó en la sala de reuniones con Myron.
¿Por qué, se preguntó Myron, iba nadie a querer matar a Valerie Simpson? ¿Por qué había tratado de ponerse en contacto con él con tanta urgencia? ¿Por qué había acudido al estadio de tenis? ¿Para ver el torneo? ¿O para hablar con Myron?
—Mira esto, Myron —volvió a repetir Ned—. Es tan fantástico que me corrí de gusto al verlo. De verdad, te lo juro por Dios. Me manché los pantalones.
—Qué pena habérmelo perdido.
Ned soltó un grito de placer.
El anuncio empezó por fin. Se veía a Duane con sus gafas de sol yendo de arriba abajo en la cancha de tenis. Luego muchas sucesiones rápidas de primeros planos, la mayoría de las zapatillas deportivas. Muchos colores brillantes. Un ritmo de latidos fuertes mezclado con el ruido de las pelotas que pasaban por encima de la red a toda velocidad. Tenía un estilo tan a lo «MTV», que podría haberse tratado perfectamente del videoclip de un grupo de rock. Entonces se oía decir a Duane:
—Ven a mi cancha...
Luego se veían unos cuantos golpes y unos cuantos primeros planos en rápida sucesión. Y entonces todo se detenía. Duane se desvanecía y el color se iba perdiendo hasta quedar por completo en blanco y negro. Y en silencio. Después la escena cambiaba y se veía a un juez de aspecto severo mirando a la cámara desde lo alto de su estrado. En ese momento volvía a oírse la voz de Duane:
—...y mantente alejado de la suya.
Volvía a oírse la música rock, volvía el color y aparecía Duane, que golpeaba la pelota, sonreía a pesar del sudor, y la luz se reflejaba en sus gafas de sol. Después aparecía el símbolo de Nike y debajo la frase: «VEN A LA CANCHA DE DUANE ».
Fundido en negro.
Ned Tunwell dejó escapar un gemido de satisfacción, de verdadera satisfacción.
—¿Quieres un cigarrillo? —le preguntó Myron.
—¿Qué te había dicho, eh, Myron? —dijo Ned aumentando la potencia de su sonrisa—. ¿Es fantástico o no?
Myron asintió con la cabeza. Era bueno. Muy bueno. Era moderno, estaba bien hecho y tenía mensaje, sin llegar a la monserga.
—Me gusta —contestó.
—Ya te lo había dicho. ¿O no te lo había dicho? Se me ha vuelto a poner dura. Te lo juro por Dios, me gusta tanto que se me pone dura. Hasta puede que vuelva a correrme. Aquí mismo, mientras hablamos.
—Gracias por avisar.
Ned se puso a reír como si le hubiera dado un ataque y le dio una palmada en el hombro a Myron.
—Ned...
Tunwell fue reduciendo el volumen de sus carcajadas como si fuera el final de una canción y luego se secó los ojos.
—Es que un día me vas a matar, Myron. No puedo parar de reír. De verdad que un día me matas.
—Sí, es que soy la leche. Por cierto, ¿te has enterado de lo del asesinato de Valerie Simpson?
—Y tanto, lo han dicho por la radio. Una vez trabajé con ella, ¿sabes? —dijo Ned sin dejar de sonreír y con los ojos muy abiertos y vivaces.
—¿Estuvo con Nike? —preguntó Myron.
—Pues sí. Y te diré una cosa, nos costó un riñón. Es que, ¿sabes qué?, parecía una apuesta segura. Sólo tenía dieciséis años cuando firmamos el contrato con ella y ya había llegado a la final del Roland Garros. Y además era atractiva, americana de pura cepa, lo tenía todo. Y estaba muy desarrollada, ya me entiendes. No era la típica niña mona que iba a transformarse en una mala bestia cuando creciera un poco, como Capriatti. Valerie estaba realmente buena.
—¿Y qué pasó?
—Pues que tuvo una crisis nerviosa —dijo Ned encogiéndose de hombros—. Joder, si salió en todos los periódicos.
—¿Por qué motivo?
—Y yo qué sé. Pero hubo muchos rumores.
—¿Como por ejemplo?
Ned abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.
—Se me han olvidado.
—¿Que se te han olvidado?
—Mira, Myron, la mayoría de la gente pensó que había sido demasiado, ¿me entiendes? Por tanta presión. Valerie no pudo con todo. La mayoría de esta gente no lo consigue. Tienen cuanto quieren, llegan muy arriba y luego ¡puf!, desaparecen. No puedes ni imaginarte cómo debe ser perderlo todo como... Esto... —Ned tartamudeó un poco y se calló. Luego inclinó la cabeza—. Mierda, joder...
Myron siguió en silencio.
—Perdona que haya dicho eso, Myron. A ti precisamente.
—No pasa nada.
—No, en serio, o sea, es que he metido la pata hasta el fondo...
—Una lesión en la rodilla no es lo mismo que una crisis nerviosa, Ned —comentó Myron tratando de quitarle importancia.
—Sí, ya lo sé, pero aun así... —dijo Ned, y volvió a callar—. ¿Cuando los Celts te ficharon estabas con Nike?
—No, con Converse.
—¿Y te echaron? Quiero decir, ¿así por las buenas?
—No les culpo.
Esperanza abrió la puerta sin llamar. Como siempre. Nunca llamaba antes de entrar. Ned Tunwell no tardó en recuperar la sonrisa. No se deprimía fácilmente. Se quedó mirando a Esperanza, mirándola atentamente. Como la mayoría de los hombres.
—¿Puedo hablar contigo un momento, Myron?
—Hola, Esperanza —dijo Ned saludándola con la mano.
Ella se volvió hacia él y lo atravesó con la mirada, uno de sus múltiples talentos.
Myron se disculpó y la siguió afuera. La mesa de Esperanza estaba despejada salvo por dos fotografías enmarcadas. Una era la de su perra, una perrita muy peluda y muy mona que se llamaba Chloe, en un concurso que había ganado. Esperanza estaba muy metida en los concursos de perros, afición que los latinos del centro de la ciudad no es que dominaran precisamente, pero que a ella parecía dársele bastante bien. Y en la segunda foto salía Esperanza con otra mujer, librando un combate de lucha libre. La encantadora y ágil Esperanza había sido profesional de lucha libre bajo el nombre artístico de Pequeña Pocahontas, la princesa india. Durante tres años consecutivos, la Pequeña Pocahontas fue la favorita del público de la organización Radiantes Estrellas Guerreras de la Lucha Atlética, popularmente conocida como la REGLA (alguien había sugerido llamarla simplemente Guerreras Unidas de la Lucha Atlética, pero el acrónimo resultaba problemático para los locutores). La Pequeña Pocahontas de Esperanza era una fantasía sexual ligera de ropa (básicamente un bikini de ante), a quien los admiradores animaban y repasaban con la mirada de arriba abajo mientras ella se enfrentaba todas las semanas contra enormes y malévolas adversarias que siempre hacían trampas. Algunos lo veían como una alegoría moral, la típica representación de la lucha del bien contra el mal. Sin embargo, para Myron, el combate de la semana se parecía más a una de esas películas de mujeres encarceladas de serie Z, donde Esperanza representaba a la bella e ingenua prisionera encerrada en el ala C; su contraria era Olga, la sádica matrona de la prisión.
—Es Duane —dijo Esperanza.
Myron respondió directamente con el teléfono de su socia.
—Hola, Duane, ¿qué hay de nuevo?
—Vente para aquí, colega, ya estás tardando —dijo Duane hablando muy rápido.
—¿Qué ocurre?
—Tengo a la policía aquí delante. Y están haciéndome un montón de preguntas muy jodidas.
—¿Sobre qué?
—Sobre esa chica a quien han matado hoy. Creen que yo he tenido algo que ver.
3
—Pásame con el policía —pidió Myron a Duane.
—Al habla el detective de homicidios Roland Dimonte —comentó una voz al otro lado de la línea telefónica con el típico tono impaciente de los policías—. ¿Quién narices es usted?
—Me llamo Myron Bolitar y soy el abogado del señor Richwood.
—Conque el abogado, ¿eh? Pensaba que era su agente.
—Soy las dos cosas —contestó Myron.
—¿Lo dice en serio?
—Sí.
—¿Ha hecho la carrera de Derecho?
—Tengo el título colgado en la pared, pero puedo llevárselo si quiere.
Dimonte hizo un ruido parecido a una media sonrisa.
—Ex jugador de baloncesto, ex federal ¿y ahora va a decirme que es usted un puto abogado?
—Soy lo que podría llamarse un hombre del Renacimiento —dijo Myron.
—¿Ah, sí? Y dígame, señor Bolitar, ¿qué universidad iba a admitir a alguien como usted?
—Harvard —respondió Myron.
—Vaya, menudo personaje está hecho.
—Usted me ha preguntado.
—Está bien, tiene media hora para venir aquí. Después me llevaré a su chico a la comisaría, ¿entendido?
—Ha sido un placer hablar contigo, Rolly.
—Le doy veintinueve minutos. Y no me llame Rolly.
—No quiero que le hagan ninguna pregunta a mi cliente hasta que yo llegue, ¿está claro?
Roland Dimonte no respondió.
—¿Está claro? —repitió Myron.
Más silencio. Y de repente:
—Creo que hay interferencias y no le oigo muy bien, señor Bolitar.
Dimonte colgó.
Un tipo la mar de agradable.
—¿Quieres ocuparte de Ned por mí? —le dijo Myron a Esperanza mientras le devolvía el auricular del teléfono.
—No te preocupes.
Myron bajó a la planta baja por el ascensor y salió hacia el parking Kinney corriendo. «¡Corre, corre, O. J. Simpson!», oyó que le gritaba alguien a su espalda. En Nueva York parece que todo el mundo fuera cómico profesional. Mario lanzó las llaves a Myron sin apartar la vista del periódico que tenía en las manos.
El coche de Myron estaba aparcado en la planta baja. Al contrario que Win, Myron no era precisamente un amante de los grandes coches. Para Myron, el coche era un medio de transporte y nada más. Myron tenía un Ford Taurus. Un Ford Taurus gris. Por eso cuando conducía las chicas no se le tiraban precisamente encima.
No había recorrido más de veinte manzanas cuando vio que un Cadillac azul pálido con techo amarillo canario lo seguía. Aquel coche tenía algo raro. Y probablemente fuera el color. ¿Azul pálido con el techo amarillo? ¿En Manhattan? Podía imaginarse un coche como aquél en un complejo para jubilados de una ciudad tipo Boca Raton y en manos de algún tipo llamado Sid, que siempre se dejaba el intermitente de la izquierda encendido, pero no en Manhattan. Además, Myron recordaba haber pasado corriendo junto a ese mismo coche de camino al parking.
¿Estaría siguiéndolo alguien?
Era una posibilidad, pero poco probable. Se encontraba en el centro de Manhattan y Myron se dirigía en línea recta hacia la Séptima Avenida, seguido por un millón de coches más. Quizá no tuviera ninguna importancia. O quizá sí. Myron tomó mentalmente nota al respecto y siguió adelante.
Duane había alquilado hacía poco un piso en la esquina de la Calle 12 con la Sexta Avenida, en el edificio John Adams, justo a las puertas de Greenwich Village. Myron aparcó en una zona prohibida delante de un restaurante chino de la Sexta Avenida, pasó por delante del portero y subió en ascensor hasta el apartamento 7G.
Le abrió la puerta un hombre que sólo podía ser el detective Roland Dimonte. Llevaba téjanos, camisa verde con estampado de cachemira y chaleco de cuero negro. También llevaba el par de botas de piel de serpiente más feas que Myron había visto en su vida, color blanco nuclear con motas color lila. Tenía el pelo graso y varios mechones pegados en la frente como con cola. De la boca le salía un mondadientes, un mondadientes de verdad. Tenía los ojos encajados firmemente en una cara regordeta, como si alguien le hubiera encajado dos cuentas marrones a último momento.
—Hola, Rolly —dijo Myron sonriendo.
—Vamos a dejar clara una cosa, señor Bolitar. Sé muy bien quién es usted. Lo sé todo sobre su época de esplendor con los federales y sé lo mucho que le gusta jugar a ser policía, pero a mí nada de eso me importa una mierda. Y me importa una mierda que su cliente sea un personaje público. Yo tengo un trabajo que hacer, ¿está claro?
—Creo que hay interferencias y no te oigo muy bien —dijo Myron poniéndose la mano detrás de la oreja.
Roland Dimonte se cruzó de brazos y lanzó a Myron la mirada más asesina que seguramente sabía hacer. Las botas de piel de serpiente debían de tener alguna clase de plataforma que le hacía pasar el metro ochenta de altura, pero aun así, Myron seguía siendo ocho o nueve centímetros más alto. Pasó un minuto entero y Roland seguía mirándolo lleno de odio. Luego pasó otro minuto más. Roland masticó un poco el mondadientes, manteniendo aquella mirada asesina sin pestañear.
—No lo parece, pero por dentro estoy temblando de miedo —dijo Myron.
—Que le den por culo, señor Bolitar.
—Masticar el mondadientes ha sido un verdadero detalle. Un poco clásico, tal vez, pero a ti te queda bien.
—Ándese con cuidado, listillo.
—¿Me dejarías pasar antes de que me mee encima de miedo? —dijo Myron.
Dimonte se apartó. Lentamente. Su mirada asesina seguía puesta en piloto automático.
Myron encontró a Duane sentado en el sillón. Llevaba puestas sus Ray-Ban, como de costumbre, y se acariciaba aquella barba tan corta que tenía con la mano izquierda. Wanda, la novia de Duane, estaba junto a la cocina. Era alta, mediría un metro sesenta más o menos. Podría decirse que era de constitución atlética, sin llegar a ser musculosa, y desde luego una mujer despampanante. Sus pupilas no paraban de mirar a todos lados como si fueran bolas de pinball.
El apartamento no era muy grande. La decoración, la típica de los apartamentos de alquiler de Nueva York, dado que Duane y Wanda se habían mudado allí hacía sólo unas semanas. Además, el contrato se renovaba al cabo del mes, por lo tanto no había motivo para arreglar demasiado el piso. Y con el dinero que Duane estaba a punto de empezar a ganar, muy pronto iban a poder vivir donde quisieran.
—¿Le has dicho algo? —le preguntó Myron.
—Todavía no —dijo Duane negando con la cabeza.
—¿Quieres hacerme el favor de explicar qué está pasando aquí?
—No lo sé —comentó Duane negando de nuevo con la cabeza.
En la habitación había otro policía. Un tipo joven. Muy joven. Tan joven que parecía tener alrededor de doce años. Probablemente acababan de ascenderlo a detective. Tenía un bloc de notas en la mano y el bolígrafo a punto para empezar a escribir.
Myron se volvió hacia Roland Dimonte, que tenía las manos en las caderas y emanaba autosuficiencia por todos los poros.
—¿De qué se trata? —le preguntó Myron.
—Sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas a su cliente.
—¿Sobre qué?
—Sobre el asesinato de Valerie Simpson.
—Yo no sé nada —contestó Duane ante la mirada que le dirigió Myron.
Dimonte se sentó, convirtiendo el hecho en todo un acontecimiento. Igual que en El Rey Lear.
—¿Entonces no le importará que le hagamos unas preguntas? —dijo Dimonte.
—No —contestó Duane en tono no muy convencido.
—¿Dónde se encontraba cuando se produjo el disparo?
Duane miró a Myron y éste asintió en silencio.
—Estaba en el estadio.
—¿Qué hacía allí?
—Jugar al tenis.
—¿Quién era su rival?
—Eres realmente bueno, Rolly —dijo Myron.
—Cállese la puta boca, señor Bolitar.
—Ivan Restovich —contestó Duane.
—¿Siguió el partido después del disparo?
—Sí. Al fin y al cabo era un partido decisivo.
—¿Oyó el disparo?
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—¿Cómo que qué hice?
—Al oír el disparo.
—Pues nada —dijo Duane encogiéndose de hombros—. Me quedé ahí esperando hasta que el juez de silla nos dijo que siguiéramos jugando.
—¿No abandonó la cancha en ningún momento?
—No.
El policía joven no paraba de anotarlo todo sin levantar la vista del bloc.
—¿Y después qué hizo? —preguntó Dimonte.
—¿Cuándo?
—Después del partido.
—Me hicieron una entrevista.
—¿Quién le hizo la entrevista?
—Bud Collins y Tim Mayotte.
El policía joven alzó la vista un momento poniendo cara de no haber entendido.
—Mayotte —le dijo Myron—, eme, a, i griega, o, te, te, e.
El policía hizo un gesto afirmativo con la cabeza y anotó el nombre a toda prisa.
—¿De qué hablaron? —preguntó Roland.
—¿Cómo?
—En la entrevista. ¿Qué le preguntaron?
Dimonte le lanzó a Myron una mirada desafiante llena de odio y éste le respondió con un gesto afirmativo muy cordial con la cabeza y otro de aprobación con los dedos pulgares al estilo de los pilotos de aviones.
—No pienso repetírselo más, señor Bolitar. Deje de hacerse el gilipollas.
—Sólo estaba admirando tu técnica.
—En menos de un minuto podrá admirarla desde la celda de la cárcel.
—¡Uy, que me da algo! —contestó Myron con sorna.
Roland Dimonte volvió a lanzarle otra mirada asesina y luego volvió a centrarse en Duane.
—¿Conocía a Valerie Simpson?
—¿En persona?
—Sí.
—Pues no —dijo Duane negando con la cabeza.
—Pero habían hablado en alguna ocasión.
—No.
—¿No la conocía de nada?
—Así es.
—¿Nunca había tenido ningún tipo de contacto con ella?
—Nunca.
Roland Dimonte se cruzó de piernas dejando descansar una de sus botas sobre la rodilla y se acarició con los dedos la piel de serpiente color blanco y lila. Myron no lograba entender cómo a alguien podía gustarle acariciar aquello, pero Dimonte lo hacía como si fuera su mascota.
—¿Y usted, señorita?
—Perdón, ¿cómo dice? —comentó Wanda un tanto asustada.
—¿Conocía usted a Valerie Simpson?
—No —respondió Wanda en un tono apenas audible.
Dimonte volvió a centrarse en Duane.
—¿Había oído hablar de Valerie Simpson en anteriores ocasiones?
Myron puso los ojos en blanco, pero esta vez consiguió contenerse. No quería pasarse. Dimonte no era tan tonto como parecía. Nadie suele serlo. Estaba intentando que Duane se confiara para lanzarle entonces un revés devastador. La misión de Myron consistía en romperle el ritmo con unas cuantas interrupciones bien colocadas. Pero no demasiadas.
Myron Bolitar, el amante de la cuerda floja.
—Sí, había oído hablar de ella —dijo Duane encogiéndose de hombros.
—¿En qué términos?
—Había estado en el circuito. Hace un par de años, creo.
—¿En el circuito de tenis?
—No, en el circuito de los clubes nocturnos —interrumpió Myron—. Solía hacer el número previo al de Anthony Newley en Las Vegas.
Menuda capacidad de contención...
—Señor Bolitar, me está usted empezando a cabrear —dijo Dimonte lanzándole de nuevo su mirada asesina.
—¿Piensa ir al grano de una vez?
—Yo hago los interrogatorios poco a poco. No me gusta precipitarme.
—Pues deberías hacer lo mismo al comprar calzado —repuso Myron.
A Dimonte se le enrojeció el rostro.
—Señor Richwood, ¿cuánto tiempo lleva en el circuito? —preguntó Dimonte sin dejar de mirar a Myron con un odio cada vez más profundo.
—Seis meses —contestó Duane.
—¿Y en esos seis meses no había visto nunca a Valerie Simpson?
—Exactamente.
—Muy bien. Ahora veamos si lo he entendido bien. Usted estaba jugando un partido cuando se disparó el arma. Terminó el partido. Le estrechó la mano a su rival. Porque supongo que le estrechó la mano a su rival, ¿no es cierto?
Duane asintió con la cabeza.
—Y entonces concedió la entrevista.
—Eso es.
—¿Se duchó antes o después de la entrevista?
—De acuerdo, ya es suficiente —dijo Myron llevándose las manos a la cabeza.
—¿Tiene algún problema, señor Bolitar?
—Pues sí. Las preguntas que le estás haciendo son totalmente estúpidas. Voy a aconsejarle a mi cliente que deje de contestarlas.
—¿Por qué? ¿Acaso tiene su cliente algo que ocultar?
—Sí, mira Rolly, es que eres demasiado listo para nosotros. Fue Duane quien la mató. Varios millones de personas estaban viéndolo por televisión en el momento del disparo. Y varios miles de personas más estaban viéndolo en directo. Pero no era él quien estaba jugando, era su hermano gemelo, de quien fue separado en el momento de nacer. Eres demasiado listo para nosotros Rolly. Confesaremos.
—No he descartado esa posibilidad —dijo Dimonte.
—¿Qué posibilidad? —preguntó Myron.
—La de ese «confesaremos» en plural. Tal vez usted tuviera algo que ver. Usted y ese yuppy psicópata amigo suyo.
Se refería a Win. Había muchos policías que conocían a Win. A ninguno de ellos le caía bien. Pero el odio era mutuo.
—Estábamos en el estadio en el instante en que se oyó el disparo —dijo Myron—. Hay una docena de testigos que pueden confirmárselo. Y si algo sé de Win, es que nunca ha usado un arma a tan corta distancia.
Aquello hizo dudar a Dimonte y al final acabó asintiendo. Por una vez estaban de acuerdo en algo.
—¿Ha terminado ya de interrogar al señor Richwood? —quiso saber Myron.
Y, de repente, Dimonte esbozó una sonrisa. Era una sonrisa satisfecha de sí misma y a la vez llena de ilusión, como la de un niño sentado junto a la radio mientras fuera nieva. A Myron no le hizo ninguna gracia.
—Si me permite sólo un momento más —dijo el detective con falsa educación. Luego se puso en pie y se dirigió hacia su compañero, el anotador profesional, que seguía tomando notas sin parar—. Su cliente afirma que no conocía a Valerie Simpson.
—¿Y? —preguntó Myron.
El anotador profesional alzó al fin la vista. Tenía la mirada tan perdida como la del estenógrafo en el tribunal. Dimonte le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y el anotador profesional le dio un librito de cuero con funda de plástico.
—Éste es el diario personal de Valerie —dijo Dimonte—. La última anotación es de ayer.
Dimonte amplió la sonrisa mientras mantenía la cabeza erguida. Tenía el pecho henchido como el de un gallo a punto de copular.
—Muy bien, cara de póquer—dijo Myron—. Vamos, dilo, ¿de qué se trata?
Dimonte le entregó una fotocopia de una página del diario. La anotación del día de ayer era bastante simple. De un extremo a otro de la página se leía: D. R. 555-8705. ¡Llamar!
555-8705. Era el número de teléfono de Duane. D. R., Duane Richwood.
Dimonte irradiaba perversa felicidad.
—Me gustaría hablar con mi cliente —dijo Myron—. A solas.
—Ni hablar.
—¿Cómo dice?
—No voy a dejar que se me escape ahora que le tengo contra las cuerdas.
—Soy su abogado...
—Me importa una mierda, como si fuera usted juez del Tribunal Supremo. Si se lo lleva de aquí, me lo llevo a usted también esposado.
—Oye, no tienes ninguna prueba contra mi cliente —dijo Myron—. De acuerdo, su número de teléfono estaba en el diario de la chica, pero eso no quiere decir nada.
Dimonte asintió en silencio y luego dijo:
—¿Pero qué diría la gente? Qué diría la prensa, por ejemplo. O los hinchas. Duane Richwood, el nuevo héroe del tenis, es arrastrado a la comisaría esposado. Apuesto a que no sabría muy bien qué decirles a los patrocinadores.
—¿Nos estás amenazando?
—Por Dios, claro que no —dijo Dimonte con la mano en el pecho—. ¿Sería yo capaz de hacer algo así, Krinsky?
—No —dijo el anotador profesional sin levantar la mirada del bloc.
—¿Lo ve?
—Te voy a meter una denuncia por arresto improcedente —dijo Myron.
—Y hasta es posible que la gane, señor Bolitar. Pero dentro de unos años, que será cuando se celebre el juicio. Mientras tanto piense en la clase de publicidad que la noticia le reportaría.
Dimonte ya no parecía tan tonto.
Duane se puso en pie de un salto y atravesó la habitación. Se quitó las Ray-Ban de golpe y luego, tras pensarlo mejor, volvió a ponérselas.
—Mira, colega —dijo Duane—, no sé por qué mi número de teléfono está en ese diario. Yo no la conocía. Nunca hablé con ella por teléfono.
—Su teléfono no sale en la guía, ¿no es cierto, señor Richwood?
—Sí.
—Y acaba de mudarse. Su teléfono sólo lleva conectado hace ¿cuánto? ¿Dos semanas?
—Tres —dijo Wanda, que estaba abrazándose a sí misma como si tuviera frío.
—Tres —repitió Dimonte—. ¿Y cómo consiguió Valerie su número de teléfono, señor Richwood? ¿Cómo puede ser que una mujer a quien no conocía de nada tuviera su número de teléfono nuevo, que no aparece en la guía?
—No lo sé.
Roland se saltó el escepticismo y pasó directamente a la incredulidad total. Durante los siguientes sesenta minutos no paró de bombardear a Duane, pero éste se mantuvo fiel a su declaración. No la conocía, no había hablado nunca con ella, no tenía ni idea de cómo podía tener su número de teléfono. Myron no dijo nada durante todo ese tiempo. Tas gafas de sol hacían que fuera más difícil saber lo que Duane estaba pensando, pero su lenguaje corporal denotaba un nerviosismo evidente. Y el de Wanda también.
Finalmente, Roland Dimonte se puso en pie y exhaló un suspiro de indignación.
—¿Krinsky?
El anotador profesional alzó la vista.
—Vámonos de aquí.
El anotador profesional cerró el bloc y se unió a su compañero.
—Volveré —ladró Dimonte—. ¿Me ha oído, señor Bolitar? —dijo señalando a nadie en particular.
—Sí, has dicho que volverás —dijo Myron.
—Cuente con ello, capullo.
—¿No vas a aconsejarnos que no salgamos de la ciudad? Me encanta cuando los polis decís eso.
Dimonte puso la mano en forma de pistola, apuntó a Myron con ella y bajó el pulgar que hacía de percutor. Acto seguido, el anotador profesional y él desaparecieron por la puerta.
Nadie dijo nada durante varios minutos. Myron ya estaba a punto de decir algo cuando Duane empezó a reír.
—Menuda lección le has dado, Myron. Lo has dejado con un palmo de narices...
—Duane, tenemos que...
—Estoy cansado, Myron —dijo el tenista fingiendo un bostezo—. La verdad es que necesito dormir un poco.
—Tenemos que hablar de esto.
—¿De qué?
Myron se lo quedó mirando fijamente y al final Duane dijo:
—Qué coincidencia más extraña, ¿no?
Myron se volvió hacia Wanda, que seguía abrazándose a sí misma, pero ésta apartó la mirada.
—Duane, si tienes cualquier problema... —empezó a decir Myron.
—Oye, cuéntame lo del anuncio —le interrumpió Duane—. ¿Cómo ha quedado?
—Bien —contestó Myron.
—¿Y cómo salgo yo? —dijo Duane sonriendo.
—Demasiado guapo. Me va a costar rechazar todas las ofertas de Hollywood.
Duane soltó una sonora carcajada. Demasiado sonora. Wanda no rió. Y Myron tampoco. Después, Duane fingió otro bostezo, estiró los músculos y se puso en pie.
—La verdad es que necesito descansar un poco —dijo—. Me espera un partido muy importante y no me gustaría que toda esta tontería me distrajera.
Luego Duane acompañó a Myron hasta la puerta. Wanda aún no se había movido de donde estaba, pero finalmente le devolvió la mirada a Myron.
—Adiós, Myron —dijo Wanda.
La puerta se cerró. Myron bajó a la calle en ascensor y fue caminando hasta el coche. Había una multa bajo el limpiaparabrisas. La cogió y puso el coche en marcha.
Myron volvió a ver el mismo Cadillac azul con el techo amarillo canario a tres manzanas de distancia.
4
Aquello era Yuppylandia.
La decimocuarta planta de Inversiones y Valores Lock-Horne le recordaba a Myron una fortaleza medieval. Tenía un inmenso espacio en el centro y una muralla gruesa e imponente —los despachos de los peces gordos— protegiendo el perímetro. La zona central albergaba a cientos de trabajadores, en su mayoría hombres, gente joven, soldados de combate fácilmente sacrificables y reemplazables; formaban un mar en apariencia interminable que se balanceaba y se mezclaba con la moqueta color gris corporativo, las mesas idénticas, las sillas con ruedas también idénticas, las terminales de ordenador, los teléfonos y los faxes. Y como soldados que eran, todos llevaban uniforme: camisa blanca, tirantes, corbata de colores vivos que les ahogaba la carótida y americana colgada en el respaldo de las sillas con ruedas, todas ellas idénticas. Había ruido, gritos, teléfonos sonando y hasta algo parecido a chillidos agónicos. Todo el mundo estaba en movimiento. Todo el mundo se dispersaba en distintas direcciones, como presa del pánico y bajo constantes ataques.
Sí, aquél era uno de los últimos bastiones del auténtico yuppismo, un lugar donde el hombre tenía total libertad para practicar la religión de la avaricia de los ochenta, la codicia a toda costa, sin pretensiones de estar haciendo lo contrario. No había hipocresía. Las casas de inversión no se dedicaban a ayudar al prójimo. Su objetivo no era ofrecer un servicio a la humanidad ni hacer nada por el bien común. Aquel refugio tenía una meta básica, simple y muy clara: hacer dinero y punto.
Win tenía un despacho muy amplio en un rincón desde el que se veía Park Avenue y la Calle 5 2. Una vista de lujo para el gestor número uno de la compañía. Myron llamó a la puerta.
—Pase —dijo Win.
Myron se lo encontró sentado en el suelo en la posición del loto, con expresión serena en el rostro y formando un círculo con cada mano mediante la unión del índice y el pulgar. Meditación. Win lo hacía todos los días sin falta. Y normalmente más de una vez.
Sin embargo, al igual que la mayoría de las cosas relacionadas con Win, sus momentos de soledad interior no llegaban a ser convencionales del todo. Por un lado le gustaba mantener los ojos abiertos al meditar mientras la mayoría de la gente los mantenía cerrados. Por otro, no se imaginaba escenas idílicas de cascadas o ciervos en el bosque; Win prefería ver cintas caseras de vídeo, con sí mismo y una interesante variedad de amiguitas emitiendo toda una gama de jadeos pasionales.
—¿Quieres apagar eso? —dijo Myron poniendo cara de asco.
—Lisa Goldstein —dijo Win señalando una masa de carne contorsionada en la pantalla.
—Encantado de haberla conocido, vamos.
—No estoy seguro de habértela presentado.
—Pues no sabría decírtelo —dijo Myron—. Quiero decir, ni siquiera sé muy bien dónde tiene la cara.
—Una chica encantadora. Judía, por cierto.
—¿Lisa Goldstein? Estás de broma.
Win sonrió. Descruzó las piernas y se puso en pie de un salto con mucha agilidad. Apagó el televisor, pulsó el botón de «EJECT» y guardó la cinta en una caja con etiqueta marcada como «L. G.». Luego colocó la caja en la sección «G» del armario de roble que contenía otras muchas cintas.
—¿Eres consciente de que estás muy trastornado? —dijo Myron.
Win cerró el armario con llave. Qué discreción.
—Todo el mundo necesita una afición.
—Eres un golfista nato y campeón de artes marciales. Eso sí son aficiones. Pero lo otro es un trastorno. Aficiones; trastorno. ¿Ves la diferencia?
—Ahora me das sermones —dijo Win—. Muy amable de tu parte.
Myron no respondió. Llevaban manteniendo conversaciones parecidas desde su primer año en la Universidad de Duke y Myron sabía que no conducían a nada.
El despacho de Win era del todo elitista y claramente perteneciente al típico estilo de la clase blanca protestante anglosajona. Las paredes revestidas de madera estaban decoradas con cuadros de la caza del zorro. Sillas de cuero color burdeos complementaban a la perfección la moqueta color verde bosque oscuro. Un globo terráqueo de época descansaba junto al escritorio de madera de roble que habría podido muy bien usarse como pista de squash. La sensación que daba el conjunto podía resumirse en dos palabras: muchísimo dinero.
—¿Tienes un momento? —dijo Myron sentándose en una de las sillas de cuero.
—Por supuesto —respondió Win.
Abrió un armario del bar que había detrás de su mesa y dejó ver una pequeña nevera. Sacó un Yoo-Hoo y se lo pasó a Myron. Éste agitó la lata siguiendo las instrucciones que rezaban «¡Agítalo! ¡Es genial!», mientras Win se servía un dry martini muy seco.
Myron comenzó contándole la visita de la policía al apartamento de Duane Richwood. Win se mantuvo impasible y sólo se permitió una sonrisa cuando oyó que Dimonte lo había llamado yuppy psicópata. Después Myron le comentó lo del Cadillac azul. Win se recostó contra el respaldo de la silla y juntó las yemas de los dedos. Escuchó toda la historia de Myron sin interrumpir y, cuando éste terminó, se levantó y cogió un putter.
—Así que nuestro amigo el señor Richwood se está callando algo.
—No lo sabemos seguro.
Win enarcó una ceja en señal de escepticismo.
—¿Y tienes alguna idea de qué relación puede existir entre Duane Richwood y Valerie Simpson? —preguntó Win.
—Pues no. Pero tenía la esperanza de que tal vez tú sí.
—¿Moi?
—Tú la conocías —dijo Myron.
—Sólo era una conocida.
—Pero aun así tienes alguna idea.
—¿Sobre la posible relación entre Duane y Valerie? No.
—Pues entonces ¿qué?
Win fue paseando hasta un rincón donde había doce pelotas de golf alineadas y empezó a golpearlas suavemente.
—¿De verdad tienes la intención de seguir con esto? Con el asesinato de Valerie, me refiero.
—Pues sí.
—Pues a lo mejor no es asunto tuyo.
—A lo mejor... —dijo Myron asintiendo con la cabeza.
—O tal vez descubras algo desagradable.
—Cabe dentro de las posibilidades, sí.
Win asintió sin decir nada y examinó la disposición de la moqueta.
—No sería la primera vez —dijo Win.
—No. No sería la primera vez. ¿Puedo contar contigo?
—Nosotros no vamos a poder sacar nada de esto —dijo Win.
—Quizá no —dijo Myron haciendo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Ningún beneficio económico.
—Ninguno en absoluto.
—De hecho nunca hay ningún beneficio económico que sacar de tus cruzadas.
Myron se limitó a esperar.
Win se preparó para golpear otra pelota.
—Deja de poner esa cara —dijo Win—. Puedes contar conmigo.
—Bien. Y ahora dime qué es lo que sabes de este asunto.
—No mucho, en realidad. Es sólo una idea.
—Te escucho.
—Pues bueno, supongo que ya sabrás lo de la crisis nerviosa de Valerie —dijo Win.
—Sí.
—Fue hace seis años. Ella apenas tenía dieciocho. La versión oficial es que no pudo soportar la presión.
—¿La versión oficial, dices?
—Y tal vez sea la verdad. La presión que debía soportar era realmente impresionante. Podría decirse sin exagerar que su ascenso fue meteórico, pero ni mucho menos tanto como las expectativas que se habían creado en el mundo del tenis a 1 rededor de ella. Su consiguiente declive, por lo menos hasta el momento de sufrir la crisis nerviosa, fue lento y doloroso. Ni mucho menos como el tuyo. Tu caída, si no te importa que use esa palabra, fue mucho más rápida. Como una guillotina. Un día eras el número uno de los Celtics y al siguiente estabas acabado. Fin. Pero, al contrario que Valerie, tú sufriste una desafortunada lesión y por lo tanto no se te pudo criticar. La gente sintió pena por ti. Diste una imagen emotiva. En cambio, la caída de Valerie dio la impresión de ser culpa suya. Se le llamó fracasada y fue ridiculizada, pero aun así no era más que una niña. De cara al público en general, fue la veleidosa mano del destino quien puso fin a la carrera de Myron Bolitar. Sin embargo, en el caso de Valerie Simpson, ella y sólo ella fue la culpable de su desgracia. De cara al público, no tuvo la fortaleza mental necesaria para seguir adelante y, por consiguiente, su caída fue lenta, tortuosa y brutal.
—¿Y qué relación tiene eso con el asesinato?
—A lo mejor ninguna. Pero siempre he pensado que las circunstancias que rodearon la crisis nerviosa de Valerie fueron un poco inquietantes.
—¿Por qué?
—Su calidad de juego se había deteriorado, eso está claro. Pero su entrenador, aquel famoso caballero a quien tanto le gusta rodearse de celebridades...
—Pavel Menansi.
—Como se llame. Seguía creyendo que Valerie podía jugar de nuevo y volver a ganar. Siempre lo decía.
—Y de ese modo le ponía aún más presión encima.
—Tal vez —dijo Win con parsimonia tras un momento de vacilación—. Pero existe otro factor. ¿Te acuerdas del asesinato de Alexander Cross?
—¿El hijo del senador?
—Del senador de Pensilvania —añadió Win.
—Fue asesinado por unos atracadores en su club de campo. Hará cinco o seis años.
—Seis. Y era un club de tenis.
—¿Lo conocías?
—Por supuesto —dijo Win—. Los Horne han conocido a todos los políticos importantes de Pensilvania desde William Penn. Yo me crié junto a Alexander Cross. Fuimos juntos a Exeter.
—¿Y qué tiene eso que ver con Valerie Simpson?
—Pues que Alexander y Valerie podría decirse que fueron la pareja del momento.
—¿Iban en serio?
—Y tanto. Estaban a punto de anunciar su compromiso cuando asesinaron a Alexander. Precisamente fue esa misma noche.
Myron hizo ciertos cálculos mentales. Hacía seis años. Valerie podía haber tenido dieciocho años.
—Deja que lo adivine. La crisis de Valerie se produjo justo después del asesinato de Alexander —dijo Myron.
—Exacto.
—Pero hay algo que no entiendo. El asesinato de Cross salió en las noticias todos los días durante semanas. ¿Cómo es que no se mencionó nunca el nombre de Valerie?
—Esa es la razón por la que encontré las circunstancias un poco intrigantes —dijo Win recogiendo la pelota.
Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada.
—Tenemos que hablar con la familia de Valerie —dijo Myron finalmente—. Y quizá con el senador también.
—Sí.
—Tú vives en ese mundo. Tú eres uno de ellos. Estarán más dispuestos a hablar contigo.
—No, no lo harían —dijo Win haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Ser «uno de ellos», tal y como tú dices, es un impedimento. Con alguien como yo estarán con la guardia alta. Pero contigo no les preocupará tanto mantener las apariencias. Te considerarán alguien que no importa, alguien inferior, alguien por debajo de ellos. Un don nadie.
—Uf, eso ha sido muy halagador.
—Así es como funciona el mundo, amigo mío —dijo Win sonriendo—. Hay muchas cosas que cambian, pero esas gentes todavía se consideran a sí mismos los verdaderos y auténticos americanos. Tú y los de tu ralea no sois más que temporeros enviados desde Rusia, Europa oriental, del gulag o del gueto de donde procedieran los tuyos.
—Espero que no me hablen en ese tono —dijo Myron.
—Te concertaré una cita con la madre de Valerie para mañana por la mañana.
—¿Crees que querrá hablar conmigo?
—Si se lo pido yo, sí.
—Qué guay.
—Y que lo digas —dijo Win mientras guardaba el putter—. Y mientras tanto, ¿qué sugieres que hagamos?
Myron miró el reloj y luego dijo:
—Uno de los protegidos de Pavel Menansi va a jugar en el estadio dentro de una hora más o menos. He pensado que podría ir a verlo.
—¿Y pour moi?
—Valerie se pasó la última semana en el Plaza Hotel —dijo Myron—, me gustaría que fueras a echar un vistazo y ver si alguien recuerda algo. Comprueba las llamadas de teléfono.
—¿Para ver si de verdad llamó a Duane Richwood?
—Sí.
—¿Y de ser así?
—Entonces también tendremos que investigarlo a él —respondió Myron.
5
El USTA National Tennis Center se halla cómodamente instalado justo en el centro de las principales atracciones de Queens: el Shea Stadium (sede de los New York Mets), el Flushing Meadows Park (sede de la Exposición Universal de 1964-1965) y el aeropuerto de La Guardia (sede de, mmhm... retrasos).
Hacía años, los tenistas se quejaron del ruido de los aviones que pasaban volando encima del estadio por la sencilla razón de que estar en ese momento en el estadio era como estar en la plataforma de lanzamiento de un Apolo. El alcalde de aquel entonces, David Dinkins, persona siempre dispuesta a poner solución a cualquier terrible injusticia, se puso de inmediato manos a la obra. El excelentísimo alcalde de Nueva York, que por extrañas casualidades de la vida era un acérrimo aficionado al tenis, utilizó todo su poder político para detener el funcionamiento de La Guardia durante la celebración del Open. Los millonarios del tenis le estuvieron muy agradecidos y, en una demostración de mutuo respeto y admiración, el alcalde David Dinkins les compensó tanta gratitud acudiendo todos los días a los partidos durante las dos semanas que duraba el campeonato, a excepción, también muy casualmente, de los años en que se celebraron elecciones.
Para las sesiones nocturnas sólo se usaban dos canchas: la del Stadium Court y la del adyacente Granstand Court. Las sesiones diurnas, en opinión de Myron, eran mucho más divertidas. Podían llegar a celebrarse quince o dieciséis partidos a la vez.
Uno podía dar una vuelta, ver un gran partido de cinco sets en alguna cancha apartada, descubrir a un jugador revelación en otra, ver individuales, dobles y dobles mixtos, y todo bajo la gloriosa luz del sol.
Sin embargo, por la noche, la cosa se reducía básicamente a quedarse sentado viendo un partido iluminado con luz eléctrica. Y durante los dos primeros días del Open, ese partido solía constar de un cabeza de serie destrozando sin piedad a un clasificado normal.
Myron dejó el coche en el aparcamiento del Shea Stadium y cruzó el paso por encima del tren número siete. Se había instalado una caseta con radar de pistola para que el público marcara la velocidad de su propio saque y la gente hacía cola para probarlo. Los revendedores de entradas también estaban muy ocupados. Y lo mismo podía decirse de los que vendían camisetas falsas del US Open. Las camisetas falsas se vendían a cinco dólares, mientras que las que se vendían de puertas adentro costaban veinticinco. No estaban mal de precio, aunque, claro, después de un lavado, la camiseta falsa sólo se la podía poner una muñeca Barbie. Pero aun así merecía la pena.
Pavel Menansi estaba en uno de los palcos para los entrenadores, el mismo donde Myron y Win habían estado sentados por la mañana. Eran las 18:45 pm. El último partido de la sesión diurna ya había terminado y el primero de la sesión nocturna, en el que participaba la última protegida de Pavel, Janet Koffman, de catorce años, no iba a empezar hasta las 19:15 pm. Durante la transición entre las dos sesiones la gente se dedicaba a dar vueltas. Myron se encontró con el acomodador de la sesión diurna.
—¿Cómo le va, señor Bolitar? —dijo el acomodador.
—Muy bien, Bill. Sólo quería pasar un momento a saludar a un amigo.
—Claro, no hay problema, pase, pase.
Myron empezó a bajar los escalones y entonces, sin previo aviso, un hombre vestido con americana azul y gafas de sol de aviador se interpuso en su camino. Era un tipo enorme, de un metro noventa y cinco de alto y setenta centímetros de ancho, más o menos como Myron. Llevaba el pelo atusado sobre un rostro de expresión amable pero inflexible. El tipo ensanchó el pecho formando un muro y le bloqueó el paso.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor? —dijo amablemente, aunque su tono de voz quería decir: «Lárgate, chaval».
Myron se quedó mirándolo.
—¿Te han dicho alguna vez que te pareces mucho a Jake Lord?
El tipo ni se inmutó.
—Sabes quién es, ¿no? —dijo Myron—. Jack Lord, el de la serie Hawaii 5-0...
—Tengo que pedirle que se marche, señor.
—Oye, que no te estoy insultando. Había mucha gente que consideraba a Jack Lord una persona muy atractiva.
—Señor, será la última vez que se lo pida amablemente.
Myron observó detenidamente la cara de aquel tipo.
—Es que hasta tienes la misma sonrisa hosca que tenía Jack Lord. ¿Te acuerdas?
Myron imitó la sonrisa, por si acaso el tipo no había visto nunca aquella serie.
—Muy bien, colega, vete de aquí —dijo el tipo haciéndole una mueca.
—Sólo quiero hablar un momento con el señor Menansi.
—Pues me temo que ahora mismo no es posible.
—Ah, de acuerdo —dijo Myron—. Por favor, dile al señor Menansi que el agente de Duane Richwood quería hablar de algo muy importante con él. Y si no le interesa, me marcho —dijo Myron elevando el tono de voz.
Pavel Menansi volvió la cabeza como si le hubieran tirado de una cuerda y su sonrisa vaciló igual que la llama de un mechero. Se levantó de su asiento con los ojos medio abiertos e irradiando aquel extraño encanto por todo su ser que algunas mujeres encontraban tan irresistible, y otras tan repulsivo. Pavel era rumano, había sido uno de los primeros «rebeldes» del tenis y el ex compañero de dobles de Ilie Nastase el Malo. Tenía cerca de cincuenta años y la cara tan bronceada que parecía de cuero. Cuando sonreía, el cuero se agrietaba de tal modo que casi podía oírse.
—Perdone —dijo con voz melosa, parte americana, parte rumana y parte Ricardo Montalbán hablando sobre cuero corintio—, usted es Myron Bolitar, ¿me equivoco?
—Lo soy.
Menansi hizo un gesto con la cabeza indicando a Jack Lord que se retirara. Al otro no le hizo demasiada gracia, p e ro se apartó de todas formas moviendo el cuerpo como si fuera una puerta metálica y dejando pasar a Myron solo. El entrenador rumano le extendió la mano y, por un segundo, Myron pensó que quería que se la besara. Pero todo terminó con un breve apretón.
—Por favor —dijo Pavel—, siéntese aquí. A mi lado.
Quienquiera que estuviese en ese asiento se esfumó de inmediato. Myron se sentó y Pavel hizo lo mismo.
—Le pido disculpas por el celo que pone mi guardaespaldas en su trabajo, pero tiene que entenderme, la gente quiere autógrafos, los padres quieren hablar de cómo ha jugado su hijo... Pero éste —dijo extendiendo los brazos— no es el momento ni el lugar adecuado.
—Comprendo —dijo Myron.
—He oído hablar bastante de usted, señor Bolitar.
—Por favor, puede llamarme Myron.
—Sólo si usted me llama Pavel. —El entrenador tenía la sonrisa de un fumador de toda la vida, pero sin la higiene dental apropiada.
—Trato hecho.
—Perfecto. Fue usted quien descubrió a Duane Richwood, ¿me equivoco?
—Alguien me lo señaló.
—Pero fue usted quien vio el potencial antes que nadie —insistió Pavel—. No jugó en los juniors ni tampoco fue a la universidad. Por eso les pasó inadvertido a las agencias, ¿no es cierto?
—Supongo que sí.
—Así que ahora tiene a uno de los mejores jugadores de tenis. Y ahora compite con los grandes, ¿verdad?
Pavel Menansi trabajaba para TruPro, una de las agencias de representación de deportistas más importantes del país. Trabajar para TruPro no te convertía automáticamente en un mezquino, pero te dejaba peligrosamente cerca. Pavel valía millones para ellos, no tanto por los beneficios que les reportaba sino por los jóvenes talentos que reclutaba. Pavel tenía una habilidad especial y perversa para hacerse con prodigios de ocho o diez años, cosa que proporcionaba a TruPro enorme ventaja para llegar a firmar un contrato con ellos. TruPro nunca había sido una agencia de reputación muy elevada, aunque pareciera bastante paradójico pero, a lo largo del último año, había caído bajo el control de la mafia y ahora la dirigían los hermanos Ache de Nueva York. Eos hermanos Ache estaban metidos en todos los negocios favoritos de la mafia: drogas, loterías ilegales, prostitución, extorsiones, apuestas. Bellísimas personas, los Ache.
—Su Duane Richwood —continuó Pavel— ha jugado un buen partido, hoy. Muy buen partido. Su potencial es infinito, ¿no cree?
—Se entrena mucho —respondió Myron.
—Seguro que sí. Dígame, Myron, ¿quién es el actual entrenador de Duane? —preguntó Pavel.
Había dicho «actual», pero pareció haber querido decir «ex».
—Henry Hobman.
—Ah —dijo Pavel asintiendo vigorosamente con la cabeza como si su respuesta explicara algo muy complejo, aunque, lógicamente, ya lo sabía. Probablemente sabía quién entrenaba a todos los jugadores del circuito—. Henry Hobman es un hombre excelente, y un entrenador competente —dijo. Había dicho «competente», sin embargo, sonó como si hubiese querido decir «patético»—. Pero creo que puedo ayudarle, Myron.
—La verdad es que no he venido para hablar de Duane —dijo Myron.
—¿Ah, no? —Pavel puso cara de sutil matiz de preocupación.
—Quiero hablar de otro cliente mío. O mejor dicho, de alguien que podía haber llegado a ser mi cliente.
—¿Y de quién se trata?
—De Valerie Simpson.
Myron estuvo atento a cualquier posible reacción por parte de su interlocutor y detectó una. Pavel se llevó las manos a la cabeza.
—Oh, Dios mío.
Pavel simuló a la perfección estar abrumado por el pesar. Varias personas le pusieron la mano en el hombro para tratar de consolarlo y pronunciaron su nombre en voz baja, pero él las apartó de sí, haciéndose el valiente.
—Valerie vino a verme hace unos días —continuó Myron—. Quería volver a jugar.
Pavel inspiró profundamente e hizo el numerito de irse recuperando poco a poco.
—Pobre niña, no me lo puedo creer, es que no puedo... —dijo cuando se sintió con fuerzas para continuar—. Se calló un momento, presa de dolor—. Yo fui su entrenador, ¿sabe? Durante su época de esplendor.
Myron asintió sin decir nada.
—Y que le dispararan de esa manera... Como a un perro —dijo Pavel. Luego agitó la cabeza muy dramáticamente con gesto de incredulidad.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a Valerie?
—Hace unos años —contestó Pavel.
—¿La vio después de que sufriera la crisis nerviosa?
—No. No la vi más desde que ingresó en el hospital.
—¿Y tampoco habló más con ella? ¿Por teléfono, tal vez?
Pavel volvió a negar con la cabeza y luego la bajó.
—Yo tuve la culpa de lo que le pasó. Debí haberme preocupado más por ella.
—¿A qué se refiere?
—Cuando te ocupas de entrenar a alguien tan joven, tienes responsabilidades que van más allá de la vida dentro de la cancha. Era una niña, una niña que crecía siendo el centro de atención de todo el mundo. Los medios de comunicación son despiadados, ¿sabe? No comprenden las consecuencias de lo que hacen para vender más periódicos. Yo intenté amortiguar algunos de los ataques. Intenté protegerla, no dejar que se carcomiera por dentro. Pero al final, fracasé.
Parecía estar diciendo la verdad, pero Myron sabía que eso no significaba nada. Algunas personas son profesionales de la mentira. Cuanto más sinceras sonaban sus palabras, cuanto más aguantaban la mirada y más de fiar parecían, más sociópatas eran.
—¿Tiene alguna idea de a quién podría interesarle matarla? —preguntó Myron.
—¿Por qué me lo pregunta, Myron? —dijo Pavel con cara de no entender la pregunta.
—Estoy investigando una cosa.
—¿Qué cosa? Si me permite la pregunta.
—Es algo un tanto personal.
El entrenador se lo quedó mirando unos segundos. El aliento le olía tan intensamente a tabaco que Myron se vio obligado a respirar por la boca.
—Le diré lo mismo que le dije a la policía —comentó Pavel—. En mi opinión, la crisis nerviosa de Valerie no fue a causa de las presiones normales del tenis.
Myron se limitó a asentir para animarlo a continuar hablando.
Pavel alzó las palmas de las manos, como pidiendo la intervención divina, y dijo:
—Quizá me equivoque. Quizá sólo quiera creerlo para, ¿cómo se dice eso?, para aliviar mi sentimiento de culpa. No lo sé, pero he entrenado a mucha gente joven y nunca me ha pasado nada como lo de Valerie. No, Myron, sus problemas se los causó algo más, aparte de las presiones del tenis profesional.
—¿Qué fue entonces?
—Yo no soy médico, ¿entiende? No puedo saberlo con certeza. Seguramente recordará que Valerie sufrió amenazas.
Myron esperó a que Pavel desarrollara el tema, pero al ver que no iba a hacerlo, dijo:
—¿Amenazas? —Los interrogatorios mediante preguntas sonda eran una de las especialidades de Myron.
—Acoso —comentó Pavel haciendo chasquear los dedos—. Es la palabra que se utiliza hoy en día. Valerie sufría acosos.
—¿De quién?
—De un hombre muy enfermo, Myron. Un hombre malísimo. Después de todos estos años todavía me acuerdo de cómo se llamaba. Roger Quincy. Una mala bestia. Le escribía cartas de amor. La llamaba sin parar. Merodeaba cerca de su casa, en los hoteles, en todos los partidos que jugaba...
—¿Cuándo ocurrió todo eso?
—Cuando participaba en los torneos, claro. Empezó, no sé, seis meses antes de ingresar en el hospital.
—¿Intentó detenerlo?
—Pues claro. Fuimos a la policía, pero no podían hacer nada. Intentamos obtener una orden judicial, pero ese tal Quincy no la había amenazado nunca. Sólo le decía «te quiero», «quiero estar contigo» y cosas así. Hicimos todo lo que pudimos. Cambiábamos de hotel, firmábamos con varios nombres falsos, etcétera. Pero claro, como usted recordará, Valerie no era más que una niña. Se volvió paranoica. La presión que tenía que soportar era ya tremenda, pero entonces tuvo que empezar a mirar por encima del hombro en todo momento. Y ese Roger Quincy era una mala bestia, eso es lo que era. Fue él a quien deberían haberle disparado.
Myron hizo un gesto afirmativo y aguardó un momento antes de lanzarse al ataque.
—¿Qué reacción tuvo Alexander Cross a lo de Roger Quincy?
La pregunta dejó a Pavel tan aturdido como un gancho de izquierda salido de la nada. Como el de Lennox Lewis contra Frank Bruno. El famoso entrenador vaciló, tratando de volver a recuperar el equilibrio. Justo entonces, los tenistas salieron del túnel y empezaron a oírse los aplausos. La distracción funcionó igual que una cuenta atrás hasta el número dos, que le dio a Pavel el tiempo necesario para recomponerse.
—¿Por qué me pregunta eso? —preguntó.
—¿No eran novios Alexander Cross y Valerie Simpson? —preguntó Myron.
—Supongo que podría decirse que sí.
—¿De verdad?
—Ella lo veía poco porque siempre estaba de viaje. Pero al parecer se tenían mucho cariño.
—Y supongo que ya habían iniciado su relación cuando Quincy empezó a acosar a Valerie, ¿no?
—Creo que las dos cosas sucedieron al mismo tiempo, sí.
—Pues entonces es una pregunta muy normal —dijo Myron—. ¿Cómo reaccionó el novio de Valerie?
—Tal vez sea normal —respondió Pavel—, pero no me negará que es una pregunta un tanto extraña. Alexander Cross ya hace años que murió. ¿Qué tiene que ver aquello con lo que le ha pasado ahora a Valerie?
—Pues, para empezar, que los dos han sido asesinados.
—¿Está usted sugiriendo que hay relación entre las dos muertes?
—No estoy sugiriendo nada —contestó Myron—. Pero no entiendo por qué no quiere responder a mi pregunta.
—No se trata de querer o no querer —contestó Pavel—. Sólo se trata de hacer lo que uno cree que es correcto. Está usted hurgando en asuntos que no le atañen. Asuntos personales. Asuntos que es imposible que tengan nada que ver con el presente. Me siento como si estuviera traicionando la confianza de ciertas personas. ¿Me entiende?
—No.
Pavel miró por encima del hombro hasta encontrar a Jack Lord y éste hizo un gesto nervioso con la boca. El entrenador se puso en pie de nuevo sacando pecho.
—El partido está a punto de comenzar —dijo Pavel—. No me gusta ser maleducado, pero tengo que pedirle que se marche ya.
—He puesto el dedo en la llaga, ¿eh?
—Sí. Yo me preocupaba mucho por el bienestar de Valerie.
—No era eso lo que quería decir.
—Márchese, por favor. Tengo que concentrarme en este partido.
Myron no se movió de donde estaba. Jack Lord le puso una mano en el hombro.
—Ya lo has oído —dijo—. Largo de aquí.
—Quítame la mano de encima —dijo Myron.
—Se acabaron los juegos, amigo —dijo Jack negando con la cabeza—. Es hora de marcharse.
—Si no me quitas la mano —le aclaró Myron en tono pausado—, voy a hacerte daño. Quizá mucho daño.
Jack sonrió desde detrás de sus gafas de sol y le apretó el hombro con más fuerza. Myron le cogió el pulgar rápidamente con la mano derecha, le bloqueó la articulación y se lo empujó hacia el lado contrario. Jack cayó de inmediato arrodillado en el suelo.
Myron se acercó al oído de Jack y le dijo:
—No quiero hacer ningún numerito, así que voy a dejarte en paz —le susurró—. Pero si haces algo más aparte de sonreír, pienso hacerte daño. Y ahora seguro que te haría mucho daño. Si me has entendido, asiente con la cabeza.
Jack asintió en silencio con la cara pálida.
—Nos vemos, Pavel —dijo Myron dejando ir el pulgar de Jack.
Pavel no respondió.
Myron pasó junto a Jack y, tal y como le había ordenado, éste no hizo más que sonreír.
—¡Arréstalos, Danno! —le dijo Myron imitando a Steve McGarrett.
6
Un pretendiente obsesivo.
¿Podía ser tan sencillo? ¿Podía ser que un admirador chalado le hubiera disparado una bala a Valerie Simpson porque unas voces le dijeron que lo hiciera? Eso no explicaba la relación con Duane Richwood. Aunque quizá no hubiera tal relación. O tal vez la relación no tuviera nada que ver con el asesinato y, lo más importante de todo, no era asunto de Myron.
Myron entró por la Hobart Gap Road Street. Estaba a menos de dos kilómetros de su casa en Livingston, Nueva Jersey. El Cadillac pálido y techo amarillo canario por fin dejó de seguirlo al tomar el desvío de la JFK Parkway. Quienquiera que lo siguiera, debía haberse figurado que Myron se dirigía a su casa para pasar la noche y por eso ya no tenía sentido seguirlo más. Sin embargo, si el Cadillac volvía a aparecer tras él al día siguiente, Myron iba a tener que ocuparse del asunto y desenmascarar la verdadera identidad del señor del coche azul y amarillo.
Ahora mismo tenía que concentrarse en la pista del enamorado.
Si Roger Quincy era quien había matado a Valerie Simpson, ¿por qué se había inquietado tanto Pavel al mencionar a Alexander Cross? ¿O se trataba nada más que de lo que Pavel le había dicho y no quería traicionar confidencias? Porque, de hecho, ¿no tenía más sentido que Pavel prefiriera mantener la boca cerrada?
El senador Cross era un hombre inmensamente poderoso. Y empezar a contar historias de su hijo asesinado no era en absoluto recomendable, así que por ahí no podía haber nada. Aunque también podría tratarse de algo muy gordo. O de algo sin importancia.
Pensamientos profundos como aquellos eran lo que convertían a Myron en un gran detective.
Aparcó el coche en la entrada. El de la madre estaba en el garaje y el del padre no estaba a la vista. Abrió la puerta con la llave.
—¿Myron? —dijo una voz desde el interior de la casa.
Myron. Menudo nombre... Cualquiera creería que a aquellas alturas ya se habría acostumbrado pero, de vez en cuando, el horror volvía a apoderarse de él. Le habían puesto Myron de nombre de pila. Una decisión de último minuto, según sus padres. Algo que se le ocurrió a su madre en el hospital. ¿Pero ponerle a un niño Myron Bolitar? ¿Era justo? ¿Era ético?
Mientras fue un chaval, Myron intentó ponerse sobrenombres como Mike, Mickey y hasta Sweet J. por su famosa forma de tirar a la canasta. Sí, tal vez fue una suerte que no se le quedara el nombre de Sweet J, pero bueno.
Aviso a todos los padres que estén pensando nombres para sus hijos: id con cuidado con ese tema, es muy delicado.
—¿Myron? ¿Eres tú? —dijo su madre.
—Sí, mamá.
—Estoy en el estudio.
Su madre iba vestida con ropa de hacer ejercicio y miraba una cinta de gimnasia. Tenía una pierna levantada en la posición de la grulla como en Karate Kid. Una voz conocida decía por la televisión: «Y ahora un paso suave a la izquierda...».
El Tai Chi de David Carradine. Fabuloso.
—Hola, mamá.
—Llegas tarde —dijo ella.
—No sabía que hubiera toque de queda.
—Me dijiste que llegarías hacia las siete y son más de las nueve.
—¿Y?
—Pues que estaba preocupada. He visto en las noticias lo de esa chica a quien han asesinado en el Open. ¿Cómo iba a saber yo que no te habían matado?
Myron contuvo un suspiro.
—¿Dijeron en las noticias que me habían matado? ¿Algo sobre cadáveres sin identificar? ¿O sólo que habían disparado a una chica que se llama Valerie Simpson?
—Podrían haber mentido.
—¿Cómo dices?
—Pasa a menudo. La policía suele mentir a los periodistas hasta que lo notifican a los familiares más próximos.
—¿Pero no has estado en casa todo el día?
—¿Y qué? ¿Tú crees que la policía va a tener mi número de teléfono?
—Pero podrían... —Myron se detuvo a media frase. No tenía sentido seguir por ahí—. La próxima vez que se produzca un asesinato en un radio de un kilómetro a mi alrededor, te prometo que llamaré a casa.
—Muy bien.
Su madre apagó el televisor. Luego colocó una almohada en un rincón e hizo el pino sobre ella.
—Mamá...
—¿Qué?
—¿Qué haces?
—¿A ti qué te parece? Estoy haciendo el pino. Es un buen ejercicio. Ayuda a que la sangre fluya mejor. Me hace tener mejor aspecto. ¿Sabes quién solía hacer el pino todos los días?
Myron hizo un gesto negativo.
—David Ben Gurion.
—Y todo el mundo sabe lo guapo que era —dijo Myron.
—No te pases de listo con tu madre.
Su madre era una gran paradoja viviente. Por un lado había sido abogada durante veinte años. En su familia, pertenecía a la primera generación nacida en Estados Unidos. Sus padres salieron de Minsk o de algún sitio así, donde llevaban una vida que, por lo que Myron sabía, era como las de El violinista en el tejado.
En los sesenta se había convertido en una radical, en una genuina quemadora de sostenes, y había experimentado con diversas drogas psicotrópicas (de ahí lo de ponerle Myron a su hijo). No cocinaba. Nunca. No tenía ni idea de dónde estaba guardada la aspiradora. No sabía qué aspecto tenía una plancha y nunca le había preocupado tenerla. En los juzgados, sus repreguntas eran legendarias. Comía testigos de cargo para desayunar. Era muy inteligente, terriblemente perspicaz y muy moderna.
Sin embargo, todo aquello desapareció al tener un hijo. Se desinfló por completo. Se convirtió en su madre. Y en la madre de su madre. Peor. Fue como si Murphy Brown, de la serie Murphy Brown, se hubiera convertido de repente en la abuela Tzietl de El violinista en el tejado.
—Tu padre ha ido a buscar un poco de comida china. Habrá de sobra para ti.
—No tengo hambre, gracias.
—Costillas, Myron. Pollo con sésamo. —Su madre hizo una pausa significativa y luego siguió—: Gambas con salsa de langosta.
—De verdad, no tengo hambre.
—Gambas con salsa de langosta...
—Mamá...
—Son de El Dragón de Fong.
—No, gracias.
—¿Cómo? Pero si a ti te encantan las gambas con salsa de langosta. Si te gustan muchísimo.
—Bueno, venga, comeré unas cuantas.
Ella seguía haciendo el pino, y se puso a silbar como si tal cosa.
—Y... —empezó a decir tratando de sonar lo menos cotilla posible—, ¿cómo está Jessica?
—No te metas, mamá.
—Pero si yo no me meto. Sólo he hecho una pregunta.
—Y yo te he dado una respuesta. No te metas.
—Muy bien. Pero luego no me vengas llorando si algo sale mal.
Como si eso fuera a ocurrir.
—¿Pero por qué lleva tanto tiempo fuera? ¿Qué está haciendo allí?
—Gracias por no meterte en los asuntos de los demás.
—Es que me preocupo —dijo su madre—. Espero que no haya pensado hacer nada malo.
—Que no te metas...
—¿Eso es lo único que sabes decir? ¿No te metas? ¿Qué eres, un loro? Pero ¿dónde se ha ido esa chica?
Myron fue a abrir la boca pero, con gran esfuerzo, la mantuvo cerrada y se fue al sótano hecho una furia. Allí era donde él vivía. Tenía casi treinta y dos años y seguía viviendo en casa de sus padres. Durante los últimos meses no iba mucho por allí. La mayoría de las noches las pasaba en casa de Jessica, en la ciudad. Llegaron incluso a hablar de irse a vivir juntos, pero decidieron tomar las cosas con calma. Con mucha calma. Y eso era más fácil de decir que de hacer. El corazón no sabe ir con calma. Por lo menos el de Myron, no. Y como siempre, su madre le había tocado la fibra. Jessica estaba en Europa en aquel momento, pero Myron no tenía ni idea de dónde. Llevaba dos semanas sin saber nada de ella. La echaba de menos. Y ya empezaba a hacerse preguntas.
De repente sonó el timbre.
—Tu padre —oyó decir a su madre—. Probablemente se ha vuelto a olvidar la llave. Si es que este hombre se está poniendo senil...
Segundos más tarde oyó a alguien abrir la puerta del sótano. Vio aparecer los pies de su madre y luego el resto del cuerpo. Le hizo señas de que se acercara a ella.
—¿Qué?
—Ha venido una chica que dice que quiere hablar contigo —dijo. Y luego añadió en voz baja—: Es negra.
—¡Dios mío! —dijo Myron poniéndose la mano sobre el pecho—. Espero que los vecinos no llamen a la policía.
—No quería decir eso, listillo, y lo sabes muy bien. Hay una familia negra en el barrio ahora. Los Wilson. Son gente muy amable. Viven en Coventry Drive. En la antigua casa de los Detchman.
—Ya lo sé, mamá.
—La estaba describiendo. Lo mismo podría haber dicho que era rubia o que tenía una sonrisa muy bonita. O un labio leporino.
—Ya.
—O que era coja. O alta. O baja. O gorda. O...
—Creo que ya te he entendido, mamá. ¿Le has preguntado quién era?
—No, no he querido parecer indiscreta.
Perfecto.
Myron subió las escaleras. Era Wanda, la novia de Duane. Por alguna razón, a Myron no le sorprendió su visita. Wanda sonrió muy nerviosa y le dirigió un rápido saludo con la mano.
—Siento molestarte en tu casa —dijo.
—No hay ningún problema. Pasa, por favor.
Fueron al sótano. Myron lo había dividido en dos habitaciones. La sala de estar, muy pequeña, que no usaba casi nunca, estaba limpia y presentable. La otra habitación, en cambio, donde él vivía, parecía la casa de cualquier universitario después de haber celebrado una juerga.
Wanda miraba de un lado para otro sin parar, como cuando Dimonte había estado en su apartamento.
—¿Vives aquí abajo?
—Desde que cumplí los dieciséis.
—Creo que es encantador. Que vivas con tus padres, quiero decir.
—Si tú supieras —se oyó decir a una voz en el piso de arriba.
—Cierra la puerta, mamá.
¡Blam!
—Por favor —dijo Myron—. Siéntate.
Wanda dudó un momento pero acabó sentándose en una silla. No paraba de estrujarse las manos de puro nervio.
—Me siento un poco estúpida —dijo.
Myron le respondió con una sonrisa comprensiva y alentadora, su sonrisa Phil Donahue, el famoso presentador de talk-shows.
—Le caes bien a Duane. Le caes muy bien —dijo Wanda.
—El sentimiento es mutuo.
—Los demás agentes no paran de llamar a Duane día y noche. Todas las grandes agencias. No dejan de repetirle que eres de muy poca monta para representar a Duane. Siempre le dicen que ellos pueden ayudarle a ganar mucho más dinero.
—A lo mejor tienen razón —dijo Myron.
—Duane no piensa lo mismo —dijo Wanda haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Y yo tampoco.
—Me alegra que no penséis lo mismo.
—¿Sabes por qué no ha querido Duane entrevistarse con todos esos agentes?
—¿Porque no le gustaría verme llorar?
Wanda sonrió. Mr. Graciosillo atacaba de nuevo. Myron era todo modestia.
—No —dijo Wanda—, Duane confía en ti.
—Me alegro.
—Tú no te ocupas de él sólo por dinero.
—Te agradezco que pienses así, Wanda, pero Duane me está haciendo ganar un montón de dinero, eso no te lo puedo negar.
—Lo sé —comentó—. No quiero parecer ingenua, pero él te interesa. Te importa más que el dinero. Te preocupas por Duane Richwood como ser humano que es. Te preocupas por él.
Myron no dijo nada.
—A Duane no lo respalda demasiada gente —continuó Wanda—. No tiene familia. Ha vivido en la calle desde que tenía quince años, sobreviviendo como podía. Y no fue un angelito durante todo ese tiempo. Hizo algunas cosas que ahora le gustaría olvidar, pero nunca le hizo daño a nadie ni nada que fuera grave. En toda su vida no tuvo en quien confiar y se cuidó de sí mismo.
Silencio.
—¿Sabe Duane que has venido a verme? —dijo Myron.
—No.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Se ha ido sin decir a dónde. Es algo que hace a veces.
Silencio de nuevo.
—Pero bueno, como iba diciendo, Duane no tiene a nadie más. Confía en ti. Y también confía en Win, pero porque es tu mejor amigo.
—Wanda, todo lo que me estás diciendo es muy amable de tu parte, pero no todo lo hago por altruismo. Consigo bastante dinero por lo que hago.
—Pero te preocupas por tus clientes.
—Henry Hobson también.
—Puede. Pero su carrera está unida al éxito de Duane. Duane es su pasaporte para volver a estar entre los grandes.
—Hay mucha gente que podría decir lo mismo de mí —repuso Myron—. Salvo por lo de «volver», porque yo nunca he estado entre los grandes. Duane es el único jugador estrella del tenis que tengo. De hecho, Duane es el único jugador que tengo que esté en el US Open.
—Tal vez tengas razón —contestó Wanda después de pensar un momento—, pero cuando las cosas se han puesto feas, cuando hoy se ha visto en problemas, Duane ha acudido a ti. Y cuando esta noche se han puesto las cosas feas para mí, yo también he acudido a ti. Eso es lo que importa.
De repente se abrió la puerta del sótano.
—Niños, ¿queréis algo de beber?
—Sí, ¿por casualidad no tendrías un poco de Tang, mamá?
Wanda se echó a reír.
—Oye, listillo, a lo mejor tu invitada tiene hambre.
—No, gracias, señora Bolitar —dijo Wanda.
—¿Estás segura, nena? ¿Un poco de café? ¿Coca-Cola?
—No, nada, de verdad, gracias.
—¿Y una pasta de hojaldre? Acabo de comprar unas recién salidas del horno en una tienda de productos suecos. Es la pasta favorita de Myron.
—Mamá...
—De acuerdo, no hace falta que me lo repitas.
Genial. Su madre era una auténtica profesional para captar indirectas. La puerta del sótano se cerró de nuevo.
—Es un encanto —dijo Wanda.
—Uy, sí, adorable. Oye, ¿por qué no me dices por qué has venido? —dijo Myron inclinándose hacia delante.
—Estoy preocupada por Duane —respondió Wanda volviéndose a retorcer las manos.
—Si es por la visita de Dimonte, no le hagas caso. Ser tan capullo forma parte de su trabajo.
—No se trata de eso —dijo Wanda—. Duane no le haría daño a nadie. Estoy segura. Pero le pasa algo. Está muy tenso todo el rato. Da vueltas arriba y abajo por el apartamento. Se pone histérico por cualquier cosa.
—En este momento está muy presionado. Estará demasiado nervioso.
Wanda hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Duane aguanta la presión de maravilla. Le encanta competir, ya lo sabes. Pero estos últimos dos días está muy cambiado. Hay algo que le preocupa mucho.
—¿Se te ocurre qué podría ser?
—No.
—Déjame que te haga una pregunta tonta —dijo Myron inclinando el cuerpo hacia delante—. ¿Recibió Duane alguna llamada de Valerie Simpson?
—No lo sé —contestó Wanda después de pensarlo un momento.
—¿La conocía?
—Tampoco lo sé. Pero conozco a Duane. Llevamos tres años juntos, desde que teníamos dieciocho. Cuando le conocí todavía vivía en la calle. Mi padre se puso hecho una furia cuando se enteró. Es quiropráctico. Se gana bien la vida y siempre se ha esforzado mucho por mantenerme apartada de toda mala influencia. Y en eso voy yo y empiezo a salir con un chico de la calle, con un pillo.
Wanda rió al recordarlo. Myron esperó a que siguiera hablando.
—Todo el mundo pensaba que lo nuestro no iba a durar —continuó—. Dejé la universidad y me puse a trabajar para que él pudiera dedicarse al tenis. Y ahora es él quien me paga los estudios en la Universidad de Nueva York. Nos queremos. Ya nos queríamos mucho antes de que empezara todo esto del tenis, y nos seguiremos queriendo después de que tenga que dejar la raqueta para siempre. Pero ésta es la primera vez que noto que me oculta algo.
—¿Y crees que Valerie Simpson tiene alguna relación con el asunto?
—Supongo que sí —dijo tras dudar un instante.
—¿En qué sentido?
—No tengo ni idea.
—¿Qué quieres que haga?
Wanda se levantó y empezó a caminar por la salita.
—Escuché hablar a esos policías. Dijeron que Win y tú habíais tenido algo que ver con el gobierno, dentro del FBI, después de que te recuperaras de la lesión de la rodilla. ¿Es verdad?
—Sí.
—Pensé que tal vez tú podrías, no sé, investigar un poco.
—¿Quieres que investigue a Duane?
—Está ocultando algo, Myron. Tiene que revelarlo.
—A lo mejor no te gusta lo que descubra —dijo Myron recordando las palabras de Win.
—Me da más miedo seguir como ahora. ¿Lo ayudarás? —dijo Wanda mirándole a los ojos.
Myron asintió con la cabeza y contestó:
—Haré lo que pueda.
7
Sonó el teléfono.
Myron estiró a tientas el brazo medio dormido y cogió el auricular.
—¿Diga? —dijo con voz ronca.
—¿Es la línea erótica Zorras de Alquiler?
Aquella voz lo despertó de golpe.
—¿Jess?
—Ay, mierda —dijo Jessica—. Estabas durmiendo, ¿no?
—¿Durmiendo? —Myron entrecerró los ojos para ver la hora en el reloj digital—. ¿A las cuatro y trece de la madrugada? ¿Yo, el Capitán Medianoche? Estás de coña.
—Lo siento. No he pensado en la diferencia horaria.
—¿Dónde estás? —dijo Myron sentándose en la cama.
—En Grecia. Te echo de menos.
—Lo que pasa es que estás cachonda.
—Bueno, puede ser.
—Pues el Capitán Medianoche está aquí para ayudarla en lo que haga falta —dijo Myron.
—Mi héroe. Supongo que tú no estás nada cachondo.
—El Capitán Medianoche vive una vida muy casta.
—¿Es parte de su imagen?
—Exacto —dijo Myron.
—No es nada divertido estar lejos de ti —dijo ella.
A Myron le dio un brinco el corazón.
—Pues vuelve a casa.
—Lo haré.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Jessica Culver. La concreción personificada.
—Dime cómo te ha ido —añadió.
—¿Te has enterado de lo del asesinato en el Open?
—Claro que sí. En el hotel hay CNN.
Myron le contó el asesinato de Valerie Simpson. Cuando terminó, el primer comentario que hizo Jessica fue:
—No deberías haberle doblado el pulgar a ese cazurro.
—Pero quedó muy macho —dijo Myron.
—Sí, seguro que las volviste locas a todas.
—Deberías haber estado allí —dijo Myron.
—Supongo. ¿Así que vas a descubrir al asesino?
—Voy a intentarlo.
—¿Por Valerie? ¿O por Wanda y Duane?
—Supongo que por los tres. Pero sobre todo por Valerie. Tendrías que haberla visto, Jess. Se esforzaba tanto por resultar hosca y antipática... Una chica de su edad no tendría por qué ser así.
—¿Tienes algún plan?
—Pues claro. Primero voy a ir a ver a la madre de Valerie mañana por la mañana. A Filadelfia.
—¿Y luego?
—Bueno, todavía no he desarrollado del todo el plan, pero estoy en ello.
—Ve con cuidado, por favor.
—El Capitán Medianoche siempre va con cuidado.
—No es sólo el Capitán Medianoche quien me preocupa, sino su álter ego.
—¿Y quién es ése?
—Mi bollito dulcecito.
Myron sonrió.
—Oye Jess, ¿sabías que Joan Collins salió en Batman?
—Pues claro —contestó Jessica—. Hizo el papel de la sirena.
—¿Ah, sí? Muy bien, ¿pues a que no sabes qué papel hizo Liberace?
8
Myron se pasó el resto de la noche soñando con Jessica, aunque, como siempre, al despertarse sólo recordaba fragmentos sin ningún tipo de interés. Jessica volvía a estar en su vida, pero todavía era algo muy nuevo para él. Demasiado nuevo. Tenía que contenerse, ir poco a poco. Temía acabar otra vez debajo de su tacón, de pillarse el corazón en la puerta del amor.
«En la puerta del amor.» Madre mía, sonaba como una canción de country verdaderamente horrible.
Iba en dirección sur por la autopista de Nueva Jersey, seguido a cuatro coches de distancia por el Cadillac azul pálido con el techo amarillo canario. Aquella autopista había originado más chistes sobre Nueva Jersey que ninguna otra cosa. Pasó por delante del aeropuerto de Newark. Era un poco feo, pero ¿hay algún aeropuerto que no lo sea? Después pasó por delante del plato fuerte de la autopista, seguramente lo más célebre de ella: una central eléctrica industrial enorme situada entre la salida doce y la trece, que se parecía mucho al mundo de pesadilla del principio de las películas Terminator. Despedía humo por todos los orificios y a pesar de estar a plena luz del día, el edificio parecía sombrío, metálico, amenazante y siniestro.
Por la radio, un grupo de rock llamado The Motels no paraba de cantar «take the L out of lover, and it’s over».1 Qué profundo. Poco imaginativo, pero aun así muy profundo. The Motels. ¿Qué habría sido de ellos?
Myron cogió el móvil y marcó un número. Te respondió una voz familiar.
—Al habla el sheriff Courter.
—Hola, Jake, soy Myron.
—Lo siento. Debe haberse equivocado de número. Adiós.
—Muy buena —dijo Myron—. Se nota que esos cursos de cómico que haces por la tarde empiezan a hacer efecto.
—¿Qué quieres, Myron?
—¿Es que no puede llamarte un amigo simplemente para decir «hola»?
—¿O sea que es una llamada porque sí? —preguntó Jake.
—Sí.
—Me siento profundamente halagado.
—Pues prepárate porque aún hay más. En un par de horas llegaré a tu barrio.
—No corras demasiado, amorcito.
—He pensado que tal vez podríamos comer juntos. Pago yo.
—Ya. ¿Viene Win contigo?
—No.
—Entonces de acuerdo. Ese tipo me pone los pelos de punta.
—Y eso que no lo conoces del todo.
—Mejor. ¿Y ahora qué es lo que quieres, Myron? Seguro que te sorprende, pero yo trabajo para ganarme la vida.
—¿Todavía tienes amigos en la policía de Filadelfia?
—Claro que sí.
—¿Sería posible que alguien te enviara por fax el archivo de un caso de homicidio?
—¿Es reciente?
—Eh... no exactamente.
—¿De cuándo?
—De hace seis años.
—Estás de broma, ¿no?
—Pues espera porque la cosa es aún peor. La víctima fue Alexander Cross.
—¿El hijo del senador?
—Exacto.
—¿Y para qué narices lo quieres?
—Te lo explicaré cuando llegue.
—Alguien va a querer saber el porqué.
—Pues inventa cualquier cosa.
Jake masticaba algo que parecía corteza de árbol.
—Lo que tú digas. ¿A qué hora llegarás?
—Probablemente hacia la una. Ya te llamaré.
—Me vas a deber una gorda, Myron. Una bien gorda.
—¿Pero no te he dicho ya que pago yo?
Jake colgó el teléfono.
Myron tomó la salida seis. El peaje le costó casi cuatro dólares. Tuvo la tentación de pagarle el peaje al Cadillac, pero cuatro dólares era pasarse un poco por el detallito.
—Sólo quería conducir por la autopista, no comprarla —dijo Myron al tipo del peaje mientras le daba el dinero.
Myron no obtuvo ni siquiera una sonrisa de simpatía del tipo del peaje. Luego pensó que quejarse del peaje de la autopista era una de esas cosas que indican que te estás convirtiendo en tu padre. El siguiente paso iba ser pegarle un grito a alguien por haber encendido el termostato.
En total, el trayecto hasta uno de los barrios más ricos de Filadelfia le llevó dos horas. Gladwyne era sinónimo de familia adinerada. De familia ancestral. En aquel lugar, la línea de sangre era tan importante como la de crédito. La casa en la que se había criado Valerie Simpson tenía reminiscencias a la del Gran Gatsby, pero con ligeras señales de abandono: el césped no estaba del todo bien cortado, los arbustos un poco invadidos por la maleza, la pintura saltada en algunos sitios y la hiedra que cubría las paredes demasiado espesa.
Pero la finca era enorme. Myron tuvo que aparcar tan lejos de la casa que le dio la impresión de que iba a tener que coger el autobús para llegar hasta ella. Al acercarse a la puerta delantera vio que los detectives Dimonte y Krinsky salían de la casa justo en ese momento. Y por la cara de susto que puso, Dimonte no parecía muy contento de ver a Myron. Se puso las manos en las caderas, dándoselas de importante y fingiendo impaciencia.
—¿Qué cojones está haciendo aquí? —espetó Dimonte.
—¿Sabe qué fue del grupo de rock The Motels? —preguntó Myron.
—¿De qué?
—Qué pronto olvida uno —dijo Myron haciendo un gesto negativo con la cabeza.
—Maldito sea, señor Bolitar, le he hecho una pregunta. ¿Qué ha venido a hacer aquí?
—Anoche te dejaste la ropa interior en mi casa —dijo Myron—. Unos calzoncillos largos. Talla treinta y ocho. Con estampado de conejitos.
Dimonte se puso rojo como un tomate. La mayoría de los polis eran homófobos, así que la mejor forma de chincharlos era aprovechándose de ello.
—Será mejor que no se haga el chulo de mierda conmigo, gilipollas. Usted y su colega yuppy psicópata.
Krinsky se rió al oír a su compañero decir « yuppy psicópata». Y es que cuando el bueno de Rolly se ponía gracioso no paraba.
—Aunque ya da igual —continuó Dimonte—. El caso está a punto de quedar cerrado y bien cerrado.
—Y yo podré decir que conocí al policía que lo resolvió.
—Supongo que le alegrará saber que su cliente ya no es mi principal sospechoso.
Myron asintió en silencio.
—Entonces será Roger Quincy, el moscón enamorado.
A Dimonte no le hizo ninguna gracia oír aquello.
—¿Cómo coño se ha enterado de eso?
—Porque soy vidente y omnisciente.
—Lo que no significa que su cliente esté libre de sospecha. Seguro que tiene algo que ver en todo esto. Usted lo sabe muy bien, yo también, y hasta Krinsky lo sabe.
Krinsky hizo como que asentía. Menudo adlátere.
—Pero ahora acabamos de enterarnos de que su cliente se la follaba.
—¿Tienes alguna prueba?
—Ni falta que me hace, Myron. Me importa una mierda. Estoy buscando a quien le disparó, no a quien se la tiró.
—Estás hecho un poeta, Rolly.
—Que le den por culo, no estoy de humor para sus ingeniosos comentarios.
Myron les saludó tímidamente con la mano al pasar.
—Ha sido un placer hablar contigo, Krinsky.
Krinsky hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Myron llamó al timbre, que emitió un sonido espectacular, parecido al de una orquesta. Chaikovski, tal vez. O tal vez no. Le abrió la puerta un hombre de unos treinta años. Llevaba camisa Oxford color rosa abierta en el cuello. Ralph Lauren. Tenía un gran hoyuelo en la barbilla. Y el pelo tan negro que era casi azul, como el de Superman en los cómics.
El hombre se quedó mirando a Myron como si fuera un vagabundo orinándose en la entrada.
—¿Sí?
—He venido a ver a la señora Van Slyke.
La madre de Valerie había vuelto a casarse.
—Ahora no es buen momento.
—Estaba citado con ella a esta hora.
—Tal vez no me haya oído bien —dijo en ese tono tan altivo y tan parecido al de Win—. Ahora no es buen momento.
—Dígale por favor a la señora Van Slyke que ha venido a verle Myron Bolitar —insistió Myron—. Me está esperando. Windsor Lockwood habló anoche con ella.
—La señora Van Slyke no piensa recibir hoy a nadie. Ayer asesinaron a su hija.
—Ya lo sabía.
—Entonces comprenderá que...
—Kenneth... —se oyó decir a una voz de mujer.
—No pasa nada, Helen —dijo el hombre—. Ya me ocupo yo.
—¿Quién es, Kenneth? —dijo la voz.
—Nadie.
—Myron Bolitar —dijo Myron.
Kenneth le lanzó una mirada airada y él se resistió a la tentación de sacarle la lengua, cosa que no le resultó fácil.
La mujer apareció en el vestíbulo. Iba toda vestida de negro. Tenía los ojos rojos y el lagrimal también. Era una mujer atractiva, aunque Myron supuso que probablemente hubiera sido aún más atractiva veinticuatro horas antes. Tendría unos cuarenta y muchos. Llevaba el pelo rubio ligeramente teñido, muy bien peinado y no demasiado decolorado.
—Pase, señor Bolitar, por favor.
—No creo que sea buena idea, Helen —dijo Kenneth.
—No pasa nada, Kenneth.
—Pero necesitas descansar.
—Por favor, le ruego que disculpe a mi marido, señor Bolitar. Sólo trata de protegerme.
¿Marido? ¿Había dicho marido?
Helen lo acompañó hasta un salón ligeramente más grande que la Acrópolis de Atenas. Sobre la chimenea colgaba un retrato descomunal de un hombre con las patillas muy largas y bigotazo de morsa. Daba un poco de miedo. Media docena de apliques en forma de vela iluminaban el salón. Los muebles, pese a ser de buen gusto y estilo antiguo, parecían un tanto desgastados. Lo único que faltaba en aquel salón era el juego de té de plata. Myron se sentó en una silla de época igual de cómoda que llevar un pulmón de acero. Kenneth no le quitaba el ojo a Myron. Seguramente querría asegurarse de que no se metiera un cenicero o cualquier otra cosa en el bolsillo.
Helen se sentó en el sofá frente a Myron y Kenneth se situó de pie tras ella, apoyando las manos en sus hombros. Parecían posar para hacerse una foto. Estaban solemnes. De repente, una niña que tendría si acaso tres o cuatro años, entró trastabillando en el salón.
—Le presento a Cassie —dijo la señora Van Slyke—, la hermana de Valerie.
Myron esbozó una amplia sonrisa y se inclinó hacia la niña.
—Hola, Cassie.
La niña respondió con un berreo tan fuerte que parecía que le hubieran clavado un puñal.
Helen Van Slyke consoló a la pequeña y ella, al cabo de soltar unos cuantos sollozos, dejó de llorar. De vez en cuando se quedaba mirando a Myron desde detrás de sus puñitos apretados. Quizá también estuviera preocupada por los ceniceros.
—Windsor me dijo que es usted agente deportivo —dijo Helen Van Slyke.
—Sí.
—¿Iba a representar a mi hija?
—Estábamos considerando esa posibilidad.
—No veo por qué no puedes dejar esta conversación para otro día, Helen —interrumpió Kenneth.
—¿Y por qué quería verme, señor Bolitar? —dijo Helen haciendo caso omiso del comentario de su marido.
—Sólo quería hacerle unas preguntas.
—¿Qué clase de preguntas? —preguntó Kenneth con desconfianza y en tono despectivo.
—Por favor, continúe —dijo Helen silenciando a su marido con un gesto de la mano.
—Tengo entendido que Valerie fue hospitalizada hace alrededor de seis años.
—¿Y a usted qué le importa? —dijo Kenneth.
—Kenneth, por favor, déjanos hablar.
—Pero Helen...
—Te lo ruego. Elévate a Cassie a dar un paseo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Kenneth protestó, pero no era capaz de contrariarla. Helen cerró los ojos como indicándole que diera por acabada la discusión y, a regañadientes, Kenneth se llevó a su hija de la mano.
—Es un poco sobre protector —dijo Helen cuando el marido ya no podía oírla.
—Es comprensible —comentó Myron—, dadas las circunstancias.
—¿Por qué le interesa el hecho de que Valerie hubiera estado hospitalizada?
—Estoy tratando de atar algunos cabos.
Helen se quedó observándolo un instante y preguntó:
—Está intentando descubrir al asesino de mi hija, ¿verdad?
—Sí.
—¿Puedo preguntarle el porqué?
—Hay varias razones.
—Dígame una.
—Valerie trató de ponerse en contacto conmigo justo antes de ser asesinada —dijo Myron—. Me llamó al despacho tres veces.
—Eso no es motivo para que usted se sienta responsable.
Myron no dijo nada.
Helen Van Slyke inspiró profundamente y preguntó:
—¿Y cree que su asesinato tuvo algo que ver con la crisis nerviosa?
—No lo sé.
—La policía está bastante segura de que el asesino de Valerie es un hombre que la acosaba.
—¿Y usted qué opina?
—No lo sé —dijo ella sin cambiar de expresión—. Roger Quincy parecía ser incapaz de hacerle daño a nadie. Pero supongo que todos dan la misma impresión hasta que ocurre algo así. Solía enviarle cartas de amor sin cesar. Eran bastante dulces, pero un tanto espinosas.
—¿Todavía las guarda?
—Se las di a la policía.
—¿Recuerda lo que decían?
—Iban desde las palabras normales de cualquier cortejo hasta la obsesión más absoluta. En algunos casos sólo le pedía una cita. En otros escribía sobre el amor eterno y sobre el hecho de estar destinados a vivir juntos para siempre.
—¿Y cómo reaccionaba Valerie a esas cartas?
—A veces le daban miedo y a veces la divertían, pero por lo general se limitaba a no hacerles caso. Todos hacíamos lo mismo. Nadie se lo tomaba muy en serio.
—¿Y Pavel? ¿Estaba preocupado por el tema?
—No demasiado.
—¿Contrató a algún guardaespaldas para Valerie?
—No. Se negó rotundamente a hacerlo. Pensaba que un guardaespaldas no serviría más que para asustarla.
Myron hizo una pausa. Es decir, Valerie no necesitaba guardaespaldas para protegerse de alguien que la acosaba y, sin embargo, Pavel sí lo necesitaba para protegerse de los padres pesados y de los cazadores de autógrafos. Era algo que daba que pensar.
—Si no tiene inconvenientes, me gustaría hablar de la crisis nerviosa de Valerie.
—Creo que es mejor no tocar ese asunto, señor Bolitar —dijo Helen poniéndose un poco tensa.
—¿Por qué?
—Fue muy doloroso. No puede imaginarse hasta qué punto. Mi hija sufrió un colapso mental, señor Bolitar. Apenas tenía dieciocho años. Era muy guapa, tenía mucho talento, era una atleta profesional, se mire como se mire estaba triunfando en la vida, y de repente sufrió una crisis nerviosa. Fue muy estresante para todos. Hicimos todo lo posible por ayudarla a recuperarse, para que no saliera en los periódicos y se hiciera público. Hicimos todo lo posible para que no se supiera.
Helen se detuvo y cerró los ojos.
—¿Señora Van Slyke? —dijo Myron.
—Estoy bien.
—Estaba diciéndome que hizo todo lo posible para que no se supiera —le recordó Myron tras unos momentos de silencio.
La señora Van Slyke volvió a abrir los ojos. Sonrió y se alisó la falda.
—Sí, bueno, yo no quería que aquello le arruinara el futuro. Ya sabe cómo es la gente. Iban a hablar del asunto durante el resto de su vida. Yo no quería que le ocurriera eso. Y sí, a mí también me daba vergüenza. Era más joven que ahora, señor Bolitar. Temía el efecto de su crisis nerviosa para el apellido Brentman.
—¿Brentman?
—Mi apellido de soltera. A esta finca se la conoce como Brentman Hall. Mi primer marido se llamaba Simpson. Pero fue una equivocación. Lo único que quería era subir posiciones en la escala social. Kenneth es mi segundo marido. Sé que las malas lenguas no dejan de hablar de nuestra diferencia de edad, pero los Van Slyke son una familia muy antigua. Su tatarabuelo y mi bisabuelo fueron socios.
«Un buen motivo para casarse», pensó Myron.
—¿Cuánto tiempo llevan ustedes casados?
—En abril hizo seis años.
—Ya veo. De modo que se casó con él más o menos al mismo tiempo que hospitalizaron a Valerie.
—¿Qué ha querido decir exactamente con eso, señor Bolitar? —dijo Helen lentamente, entrecerrando los ojos.
—Nada —respondió Myron—. No quería decir nada. En serio. —Bueno, tal vez un poquito—. Hábleme de Alexander Cross.
—¿Qué ocurre? —dijo la señora Van Slyke volviéndose a poner tensa de nuevo, casi como si sufriera un espasmo.
—¿Iban en serio Valerie y él?
—Señor Bolitar —dijo Helen Van Slyke con tono impaciente—, Windsor Lockwood es un viejo amigo de la familia. Por eso he accedido a hablar con usted. Antes se ha presentado usted como alguien a quien le interesa encontrar al asesino de mi hija.
—Y así es.
—Pues entonces, hágame el favor de decirme qué tienen que ver Alexander Cross, la crisis nerviosa de Valerie o mi matrimonio con lo que se propone.
—Me baso en una suposición, señora Van Slyke. Me baso en la suposición de que este asesinato no fue simplemente porque sí, sino que la persona que mató a su hija no era un desconocido. Y eso implica que investigue detalles de su vida. Todo. No le estoy haciendo estas preguntas porque las encuentre divertidas, sino porque necesito saber quién temía a Valerie, quién la habría odiado tanto o quién tenía mucho que ganar asesinándola. Y eso significa escarbar en los aspectos menos agradables de su vida.
Helen le aguantó la mirada bastante tiempo, pero acabó apartándola.
—¿Qué es lo que quiere saber de mi hija, señor Bolitar?
—Lo esencial —dijo Myron—. Valerie se convirtió en la niña prodigio del tenis en Francia cuando sólo tenía dieciséis años. Las expectativas estaban por las nubes, pero la calidad de su juego no tardó en igualarlas. Luego la cosa fue a peor. Un hincha obsesivo llamado Roger Quincy empezó a acosarla. Tuvo una relación con el hijo de un político muy famoso, que más tarde fue asesinado. Y después sufrió un colapso mental. Ahora lo que necesito es ir rellenando los huecos y reunir todas las piezas de este rompecabezas.
—Me resulta muy difícil hablar de todo esto.
—Lo entiendo —dijo Myron en tono comprensivo.
Esta vez optó por la sonrisa Alan Alda en vez de la Phil Donahue. Más dientes, ojos más tiernos.
—No hay nada más que pueda contarle, señor Bolitar. No sé por qué querría nadie matarla.
—Quizá pueda contarme cómo fueron los últimos meses de su vida —dijo Myron—. ¿Cómo se sentía? ¿Le pasó algo fuera de lo común?
Helen se puso a juguetear con el collar de perlas, retorciéndolo entre los dedos hasta hacerse una señal roja en el cuello.
—Al final empezó a mejorar —comentó Helen con voz un tanto entrecortada—. Creo que el tenis la ayudó. No quiso tocar una raqueta durante años. Y luego empezó a jugar de nuevo. Sólo un poco al principio. Solamente para divertirse.
Dicho eso, la falsa serenidad que había mantenido Helen Van Slyke hasta ese momento se derrumbó por completo y no pudo contenerse más. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos sin parar. Myron le tomó la mano y ella se la apretó con fuerza, pero temblando.
—Lo siento —dijo Myron.
La señora Van Slyke hizo un gesto negativo con la cabeza y se esforzó por pronunciar las siguientes palabras:
—Valerie comenzó a jugar todos los días. La hacía sentirse más fuerte. Tanto física como emocionalmente. Al final parecía estar recuperándose del todo. Y entonces... —Helen volvió a detenerse y se quedó de repente con la mirada perdida—. Ese hijo de puta.
Myron pensó que tal vez se refiriera al asesino desconocido, pero que le pareció que la rabia de su interlocutora se centraba en algún otro.
—¿Quién? —dijo Myron probando suerte.
—Helen... —se oyó decir entonces a una voz masculina.
Kenneth había vuelto. Atravesó el salón a toda prisa y abrazó a su esposa. Por un instante, a Myron le pareció que ella se apartaba al entrar en contacto con él, pero no estaba seguro del todo.
—¿Ha visto lo que ha hecho? —dijo Kenneth mirando a Myron por encima del hombro—. Márchese de aquí.
—Señora Van Slyke...
—Márchese, señor Bolitar, se lo ruego —dijo Helen asintiendo—. Será lo mejor.
—¿Está segura?
—¡Márchese! —gritó Kenneth—. ¡Ahora mismo! ¡Antes de que tenga que echarlo yo mismo!
Myron se quedó mirándolo, pero pensó que no era el momento ni el lugar apropiado.
—Siento la molestia, señora Van Slyke. Mi más sentido pésame.
Y tras decirlo, se marchó.
9
Cuando Myron entró en la pequeña comisaría de policía, vio que Jake tenía algo rojo y pegajoso en la barbilla. Seguramente de un donut de mermelada. Aunque también podía tratarse de algún animal de granja pequeño. En el caso de Jake era difícil saberlo.
Jake Courter hacía dos años que había sido elegido sheriff de Reston, Nueva Jersey. En vista de que era negro y en el vecindario prácticamente sólo vivían blancos, la mayoría de la gente se sorprendió del resultado de las elecciones; pero Jake no. Reston era una ciudad universitaria y las ciudades universitarias estaban atestadas de intelectuales liberales con ganas de echarle una mano a un hombre negro. Jake opinaba que, dado que el color de su piel le había supuesto un impedimento durante bastantes años, era mejor aprovechar la oportunidad. «Es el sentimiento de culpa de los blancos», le había dicho a Myron. Daba más votos que los anuncios de Willie Horton.
Jake tenía cincuenta y tantos años. A lo largo de su carrera había sido policía en muchas ciudades diferentes: Nueva York, Filadelfia y Boston, por mencionar algunas. Cansado de perseguir a la escoria urbana, se trasladó a los tranquilos barrios de la periferia para perseguir a la escoria periférica. Myron y Jake se habían conocido hacía un año, durante la investigación sobre la desaparición de Kathy Culver, la hermana de Jessica, que había estudiado en la Universidad de Reston.
—¿Qué hay, Myron?
—Hola, Jake.
Como siempre, Jake tenía aspecto ajado. Todo él estaba ajado. La ropa también. Incluso su mesa parecía ajada como una camiseta de algodón en el fondo de la cesta de ropa sucia. Sobre la mesa había una serie de cosas ricas. Una caja de Pizza Hut, una bolsa de Wendy’s, un vasito de helado de Carvel, un sandwich a medio comer de Blimpie y, lógicamente, una lata de polvos dietéticos Slim-Fast. Jake pesaba cerca de ciento veinticinco kilos. Los pantalones nunca le quedaban bien. Eran demasiado estrechos para su barriga y demasiado grandes para su cintura. No paraba de reajustárselos, siempre en busca de aquel punto escurridizo donde dejaban de moverse. Pero esa búsqueda habría requerido un equipo de científicos de alto nivel y un microscopio potentísimo.
—Vamos a comer unas hamburguesas —dijo secándose la frente con una toallita húmeda—. Me muero de hambre.
Myron cogió la lata de Slim-Fast y esbozó una tierna sonrisa.
—Un delicioso batido para desayunar y otro para comer. Y luego una cena moderada —dijo leyendo las indicaciones de los polvos dietéticos.
—Chorradas. Lo he probado y no sirve de nada.
—¿Durante cuánto tiempo lo estuviste tomando?
—Casi un día entero. Y nada de nada. No adelgacé ni un gramo.
—Deberías ponerles una demanda.
—Y además sabe a pólvora usada.
—¿Has conseguido el caso de Alexander Cross?
—Sí, lo tengo aquí mismo. Vámonos.
Myron siguió a Jake por la calle. Se pararon en un lugar que ostentaba el generoso nombre de Cafetería La Corte del Rey, que, en realidad, era un tugurio. Si algún día llegaban a reformarla podría alcanzar el nivel de un retrete público de autopista.
—Bonito, ¿eh? —dijo Jake esbozando una sonrisa.
—Se me hinchan las arterias sólo de olerlo —comentó Myron.
—Por el amor de Dios, hombre, no respires por la nariz.
Había una de esas gramolas automáticas típicas de las cafeterías. Hacía mucho tiempo que no le cambiaban los discos. Según el anuncio, la canción número uno del momento era Crocodile Rock de Elton John.
La camarera era también la típica de ese tipo de cafeterías. Una cincuentona de mal genio y el pelo con mechas color lila imposibles de encontrar en estado natural.
—¿Qué hay, Millie? —dijo Jake.
La camarera le lanzó las tarjetas con el menú sin decir nada y sin detenerse apenas ante su mesa.
—Ésa es Millie —dijo Jake.
—Parece una chica muy amable —contestó Myron—. ¿Me dejas ver el expediente?
—Primero pidamos la comida.
Myron cogió la tarjeta del menú. Era de vinilo. Y estaba pegajosa. Muy pegajosa. Como si alguien le hubiese derramado sirope por encima. En el pliegue también había restos de huevos revueltos coagulados. A Myron se le estaba pasando el hambre por momentos.
Tres segundos más tarde apareció Millie, exhaló un suspiro y dijo:
—¿Qué va a ser?
—Ponme una hamburguesa con queso del bueno —pidió Jake—. Con doble ración de patatas fritas en vez de la ensalada. Y una Coca-Cola light.
Millie se volvió hacia Myron con cara de impaciencia.
—¿Tenéis un menú vegetariano? —preguntó Myron sonriéndole.
—¿Un qué?
—Deja de hacer el gilipollas —dijo Jake.
—Un sandwich de queso —pidió Myron.
—¿Quieres patatas fritas para acompañar?
—No.
—¿Y para beber?
—Una Coca-Cola light como mi amigo. Es que estamos a dieta.
Millie miró a Myron de arriba abajo y luego dijo:
—Eres bastante mono.
Myron contestó con una sonrisa de falsa modestia. La típica que quería decir: «Ay, no, ¡pero qué dices!».
—Y tu cara me resulta familiar.
—Es que soy de los que tenemos esa clase de cara —contestó Myron—: mona pero familiar.
—¿Saliste alguna vez con una de mis hijas? Con Gloria, a lo mejor. Trabaja en el turno de noche.
—No creo.
—¿Estás casado? —preguntó Millie después de volver a mirarlo de arriba abajo.
—Estoy saliendo con alguien.
—No me has contestado —dijo Millie—. ¿Estás casado?
—No.
—Perfecto —dijo Millie, y acto seguido dio media vuelta y se marchó.
—¿A cuento de qué todo eso?
—Espero que no haya ido a buscar a Gloria —dijo Jake, encogiéndose de hombros.
—¿Por qué?
—Se parece un poco a mí, pero en blanco —dijo Jake—. Sólo que con más bigote.
—Suena tentador.
—¿Todavía estás con Jessica Culver?
—Supongo que sí.
—Colega, eso sí que es harina de otro costal —dijo Jake negando con la cabeza—. No he visto nunca en persona a ninguna tía que esté tan buena.
—No te voy a decir que no —dijo Myron tratando de no sonreír de satisfacción.
—Además te tiene totalmente a su merced.
—No te voy a decir que no.
Millie volvió con las dos Coca-Colas light. Esta vez hasta consiguió dirigirle una sonrisa a Myron.
—Un hombre tan guapo como tú no debería estar soltero —dijo la camarera.
—La policía me busca en varios estados —dijo Myron.
A Millie no pareció importarle. Se encogió de hombros y se marchó. Myron volvió a dirigirse a Jake.
—Muy bien. ¿Dónde está el expediente?
Jake lo abrió y le dio a Myron la foto de un hombre bien parecido, moreno, en forma y con shorts de tenis. Myron ya lo había visto en la foto del periódico tras el asesinato.
—Te presento a Alex Cross —dijo Jake—: veinticuatro años en el momento del asesinato. Graduado en Wharton. Hijo del senador Bradley Cross de Pensilvania, Estados Unidos. En la noche del 24 de julio, hace seis años, se encontraba en la fiesta del club de tenis Old Oaks de Wayne, Pensilvania. El excelentísimo senador también estaba allí. Es un lugar bastante lujoso: comida refinada, pistas cubiertas y descubiertas, de tierra batida, con focos, sin focos, de todo. Incluso tienen pistas de césped.
—Ya veo.
—Lo que ocurrió después no está del todo claro, pero esto es lo que hay. Alexander Cross y tres compañeros suyos estaban dando un paseo por los jardines.
—¿De noche? ¿En una fiesta?
—No es tan extraño.
—Pero tampoco es muy normal.
—Sea como sea —dijo Jake encogiéndose de hombros—, oyeron un ruido que venía de la zona oeste del club. Fueron a ver de qué se trataba y se encontraron con unos jóvenes de aspecto sospechoso.
—¿De aspecto sospechoso?
—Los jóvenes eran, ¿cómo se los llama ahora? Ah, sí, americanos de origen africano.
—Ah —dijo Myron—. ¿O sea que cabe suponer que en Old Oaks no tenían demasiados miembros americanos de origen africano?
—Más bien ninguno. Es muy selecto.
—Eso quiere decir que ni tú ni yo podríamos ser miembros de ese club.
—Una auténtica pena —dijo Jake—. Estoy seguro de que nos habría encantado esa fiesta.
—Bueno, ¿y qué pasó luego?
—Según los testigos, los jóvenes blancos se acercaron a los negros. Uno de los jóvenes negros, al que más tarde se identificó como Errol Swade, reaccionó sacando una navaja.
—¿Una navaja? —dijo Myron haciendo una mueca.
—Sí, ya lo sé. No puede ser más típico. Qué falta de imaginación. En fin, se produjo un altercado, Alexander Cross fue apuñalado y los dos jóvenes salieron corriendo. Horas más tarde, la policía los atrapó al norte de Filadelfia, cerca de donde vivían. Durante la detención, uno de esos gamberros sacó una pistola. Un tal Curtis Yeller. Tenía dieciséis años. Un agente de policía le pegó un tiro. Por lo que se ve, la madre de Yeller estaba presente. Tenía al chico en brazos cuando murió.
—¿Vio cómo le disparaban?
—No lo dice —comentó Jake, volviendo a encogerse de hombros.
—¿Y qué le pasó a Errol Swade?
—Pues que huyó. Se inició la búsqueda por todo el país. Su foto apareció en todos los periódicos y se envió a todas las comisarías. Lógicamente, se asignó a un montón de policías al operativo de la búsqueda, teniendo en cuenta que la víctima era el hijo de un senador de la nación y todo eso. Y a partir de aquí es cuando la cosa se pone interesante.
Myron le dio un sorbo a la Coca-Cola light sin pestañear.
—No encontraron a Errol Swade —dijo Jake.
—¿Nunca? —dijo Myron sintiendo que se le caía el alma a los pies.
Jake negó con la cabeza.
—¿Me estás diciendo que Swade consiguió escapar?
—Eso parece.
—¿Cuántos años tenía?
—Diecinueve en el momento del incidente.
Myron meditó un momento.
—Eso quiere decir que ahora tendría veinticinco años.
—Caray, eres un as de las matemáticas.
Myron no sonrió. Millie sirvió la comida y le hizo otro comentario, pero él ni siquiera lo oyó. Veinticinco años. Myron no podía evitar hacerse preguntas. Era una idea muy tonta. E imperdonable. Y tal vez incluso racista. Pero ahí estaba. Veinticinco años. Duane decía que tenía veintiuno, ¿pero quién iba a asegurárselo?
Pero no, no podía ser.
Myron tomó otro sorbo de la Coca-Cola.
—¿Qué sabes de Errol Swade? —preguntó.
—Pues que era un gamberro con pedigrí. Ya había estado tres veces en prisión. El primer delito fue robar un coche. Tenía doce años. Luego le siguieron toda una variedad de delitos más graves. Agresiones, atracos, robo de coches, atracos a mano armada, drogas... También formaba parte de una banda callejera ultra violenta. ¿A que no adivinas cómo se llamaba la banda?
—¿Josie and the Pussycats?
—Casi. Las Manchas. Abreviatura de Las Manchas de Sangre. Siempre llevaban una camiseta empapada de sangre de una víctima. Más o menos como si fuera la insignia de los Boy Scouts.
—Qué bonito.
—Además, Errol Swade y Curtis Yeller eran primos. Swade vivía con los Yeller desde que había sido puesto en libertad, hacía un mes. A ver qué más. Swade era un marginado social. Menuda sorpresa. Adicto a la coca. Menuda sorpresa, también. Y un idiota integral.
—¿Y cómo ha conseguido eludir a la policía durante tanto tiempo?
Jake cogió la hamburguesa y le dio un mordisco. Un gran mordisco. La mitad de la hamburguesa desapareció.
—No lo ha conseguido.
—Perdón, ¿cómo dices?
—Es imposible que no se haya metido en problemas durante tanto tiempo. Ni por asomo.
—Espera un momento. ¿Me he perdido algo?
—Oficialmente, la policía sigue buscándolo —comentó Jake—. Pero en versión extraoficial, están convencidos de que está muerto. El chaval era un gamberro atontado. Sería incapaz de encontrarse el culo con las dos manos y mucho menos escapar de una operación policial de captura.
—¿Y qué pasó entonces?
—Según los rumores, el senador le pidió un favor a la mafia. Fueron ellos quienes se lo cargaron.
—¿El senador Cross hizo que se lo cargaran?
—¿Qué pasa? ¿Te sorprende? Ese tipo es político. Eso es como estar un nivel por debajo de pederasta.
—Oye, ¿y tú para ser sheriff no tuviste que salir elegido?
—Pues eso mismo —dijo Jake asintiendo.
Myron se arriesgó a probar el sandwich. Sabía un poco a bayeta.
—¿Tienes una descripción física de Swade? —preguntó Myron, deseando prácticamente que la respuesta fuera negativa.
—Tengo algo mejor que eso. Tengo la foto de la ficha de Swade.
Jake se sacudió las migas de las manos y se las restregó en la camisa por si acaso. Luego miró dentro de la carpeta y sacó una fotografía. Se la entregó a Myron, y éste la cogió intentando no delatar las ganas que tenía de verla.
No era Duane. Ni por asomo. Ni siquiera con cirugía plástica. Para empezar Errol Swade tenía la piel mucho más clara. Su cabeza tenía forma de bloque y era totalmente distinta a la de Duane. Tenía los ojos demasiado separados entre sí. Todos sus rasgos eran diferentes. Según la fotografía, mediría uno noventa de altura, siete centímetros más que Duane. Y lo de ser bajo no es algo que se pueda aparentar.
Myron estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio.
—¿Y ese expediente menciona a Valerie Simpson? —preguntó.
—¿A quién? —dijo Jake con un súbito atisbo de interés en la mirada.
—Ya me has oído.
—Vaya, Myron, ¿no te referirás a la que asesinaron ayer?
—Pues mira, curiosamente, sí. ¿Sale su nombre?
—Y yo qué sé —dijo Jake pasándole el expediente entero—. Ayúdame a buscar.
Lo repasaron todo de principio a fin. El nombre de Valerie sólo aparecía en una de las hojas, en una lista de invitados a una fiesta. Su nombre salía entre otros cien. Myron anotó los nombres y las direcciones de los testigos del asesinato, que eran tres amigos de Alexander Cross. El expediente no contenía nada más de interés.
—Bueno —dijo Jake—, ¿y qué tiene que ver la encantadora y difunta Valerie Simpson con todo esto?
—No lo sé.
—¡Por Dios Santo! —dijo Jake negando con la cabeza—. ¿Todavía te atreves a vacilarme?
—No te estoy vacilando.
—¿Qué has descubierto hasta ahora?
—Nada de nada.
—Eso mismo me dijiste con lo de Kathy Culver.
—Pero éste no es tu caso, Jake.
—A lo mejor puedo ser de ayuda.
—De verdad que no he descubierto nada. Hace unos días Valerie Simpson vino a verme al despacho. Quería volver al mundo del tenis, pero alguien la mató antes. Quiero saber quién fue, eso es todo.
—No me creo ni una palabra.
Myron se encogió de hombros.
—En la tele dijeron que podía haber sido un acosador —dijo Jake.
—Tal vez lo fuera. Probablemente.
Se hizo el silencio.
—Te estás volviendo a callar algo —dijo Jake finalmente—. Igual que con lo de Kathy Culver.
—Es confidencial.
—¿No me lo vas a contar?
—Confidencial —repitió Myron—. Confidencial no puede revelarse. Para comunicar sólo en la más estricta confidencialidad. Secreto.
—Muy bien, lo que tú digas —dijo Jake—. ¿Qué tal está el sandwich?
—Tal vez el ambiente no sea lo mejor, pero por lo menos la comida apesta.
Jake soltó una carcajada.
—Oye, ¿tienes entradas para el Open?
—Sí.
—¿Podrías conseguirme dos?
—¿Para cuándo?
—Para el último sábado.
Las semifinales masculinas y femeninas.
—Está complicado —dijo Myron.
—Pero no para un agente de tu nivel, ¿no?
—Si te las consigo, ¿estaremos en paz?
—Sí.
—Te las dejaré a tu nombre en la taquilla.
—Que sean buenos asientos.
—¿Con quién vas a ir?
—Con mi hijo Gerard.
Myron había jugado contra Gerard en la liga universitaria. Gerard era una mala bestia. Su estilo de juego no tenía nada de elegante.
—¿Todavía trabaja en la sección de homicidios de Nueva York?
—Sí.
—¿Me podría hacer un pequeño favor?
—Mierda. ¿Como por ejemplo?
—Es que el policía que lleva el asesinato de Valerie es un capullo integral.
—Y quieres saber lo que ha descubierto hasta el momento.
—Sí.
—De acuerdo. Le diré a Gerard que te llame.
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