Читать книгу: «La promesa»
Título original inglés: Promise Me
© Harlan Coben, 2006.
© Traducción de Esther Roig, 2006.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF: OEBO307
ISBN: 978-84-9006-780-2
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
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57. CUATRO DÍAS DESPUÉS
AGRADECIMIENTOS
Notas
Para Charlotte, Ben, Will y Eve. Sois unos demonios,
pero siempre seréis mi mundo.
1
La chica desaparecida —no habían cesado de dar la noticia, sacando siempre aquella fotografía escolar angustiosamente corriente de la adolescente desaparecida, ya sabes cuál, con un fondo de arco iris ondulante, los cabellos demasiado lisos, la sonrisa demasiado afectada, y después una instantánea rápida de los preocupados padres en el jardín, rodeados de micrófonos, la madre en silencio y llorosa, el padre leyendo una declaración con labios temblorosos—, esa chica, esa chica desaparecida, acababa de pasar al lado de Edna Skylar.
Edna se quedó clavada en el sitio.
Stanley, su marido, dio unos pasos más hasta que se dio cuenta de que su esposa ya no estaba a su lado. Se volvió.
—Edna.
Estaban cerca de la esquina de la Calle 21 y la Octava Avenida de Nueva York. No había tráfico esa mañana de sábado, pero muchos peatones. La chica desaparecida se dirigía a la parte alta de la ciudad.
Stanley soltó un suspiro de fatiga.
—¿Y ahora qué?
—Calla.
Tenía que pensar. La fotografía de colegiala de la chica con el arco iris ondulante al fondo... Edna cerró los ojos. Tenía que evocar la imagen en su cabeza. Comparar y contrastar.
En la foto, la chica desaparecida tenía los cabellos largos y de un color castaño apagado. La mujer que acababa de pasar —mujer, no chica, porque la que acababa de pasar parecía mayor, pero tal vez la foto también era antigua— era pelirroja y llevaba los cabellos cortos y ondulados. La chica de la foto no llevaba gafas. La que se dirigía al norte por la Octava Avenida llevaba unas gafas de última moda, con la montura oscura y rectangular. Su ropa y su maquillaje eran más de persona mayor, a falta de una definición mejor.
Estudiar las caras era más que una afición para Edna. Tenía sesenta y tres años, y era una de las pocas doctoras de su edad que se especializaba en el campo de la genética. Los rostros eran su vida. Una parte de su cerebro siempre estaba trabajando, incluso cuando no estaba en la consulta. No podía evitarlo: la doctora Edna Skylar estudiaba los rostros. Sus amigos y familiares estaban acostumbrados a su mirada penetrante, aunque desconcertara a los desconocidos y a los que acababan de conocerla.
Eso era lo que estaba haciendo Edna. Pasear por la calle, ignorando, como solía hacer, las vistas y los sonidos, perdida en su propio gozo personal de estudiar las caras de los transeúntes. Observando la estructura de la mejilla y la profundidad de la mandíbula, la distancia entre los ojos y la altura de las orejas, el contorno de la mandíbula y el espacio orbital. Y fue por eso por lo que, a pesar del nuevo color de pelo y del corte, a pesar de las gafas a la última, y del maquillaje y la ropa de adulta, Edna había reconocido a la chica desaparecida.
—Iba con un hombre.
—¿Qué?
Edna no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
—La chica.
Stanley frunció el ceño.
—¿De qué hablas, Edna?
De la foto. De la angustiosa foto de la colegiala normal y corriente. La has visto un millón de veces. La ves en un anuario escolar y las emociones se agolpan. Como una ola, ves su pasado, ves su futuro. Sientes la alegría de la juventud, sientes el dolor de crecer. Percibes su potencial. Sientes una punzada de nostalgia. Ves pasar su vida por delante, tal vez universidad, matrimonio, hijos, todo eso.
Pero cuando sacan esa foto en las noticias de la noche, se te encoge el corazón de terror. Miras la cara, la sonrisa incierta y los cabellos lisos y los hombros tensos, y tu cabeza vuela hacia rincones oscuros que se rehúyen.
¿Cuándo había desaparecido Katie? Ése era su nombre, Katie.
Edna intentó recordarlo. Probablemente hacía un mes. Tal vez seis semanas. La noticia sólo había salido en la televisión local y no durante mucho tiempo. Algunos creían que se había escapado de casa. Katie Rochester había cumplido dieciocho años unos días antes de su desaparición, lo cual la convertía en mayor de edad y por lo tanto disminuía la prioridad de la búsqueda. Se creía que había problemas en casa, sobre todo con su padre, un hombre estricto, aunque le temblaran los labios.
Tal vez Edna se había equivocado. Tal vez no fuera ella.
Sólo había una forma de averiguarlo.
—Corre —le dijo a Stanley.
—¿Qué? ¿Adónde vamos?
No había tiempo para responder. Seguramente la chica ya estaba una manzana más allá. Stanley la seguiría. Stanley Rickenbak, tocoginecólogo, era el segundo marido de Edna. El primer marido había durado un suspiro, un tipo impresionante, demasiado guapo y demasiado apasionado, y evidentemente un absoluto imbécil. Probablemente esto no era justo, pero ¿y qué? La idea de casarse con un médico —de eso hacía cuarenta años— había sido un cambio agradable en comparación con el marido número uno. No obstante, la realidad no había sido tan buena con él. Había creído que Edna abandonaría su ejercicio cuando tuvieran hijos, pero ella no lo dejó, más bien al contrario. La verdad —una verdad que no había pasado por alto a sus hijos— era que le gustaba más ser médica que madre.
Se precipitó tras la chica. Las aceras estaban repletas. Ella avanzó manteniéndose cerca del bordillo y aceleró el paso. Stanley intentó seguirla.
—Edna.
—No te apartes de mí.
Él la alcanzó.
—¿Qué ocurre?
Edna buscó a la pelirroja con la mirada.
Allí. Más adelante y a la izquierda.
Necesitaba verla de cerca. Edna se lanzó a la carrera, ofreciendo un espectáculo poco habitual, una mujer elegantemente vestida, de sesenta y tantos años, corriendo por la calle. Pero estaban en Manhattan; apenas le valió una mirada de curiosidad.
Se colocó frente a la mujer, intentando no ser demasiado visible, escondiéndose detrás de otros más altos, y cuando estuvo bien situada, se volvió. La presunta Katie caminaba hacia ella. Sus ojos se encontraron un momento muy breve y Edna la reconoció.
Era ella.
Katie Rochester iba con un hombre de cabello oscuro, probablemente de treinta y pocos, cogidos de la mano. No se la veía demasiado afligida. En realidad parecía contenta, en el momento en que sus ojos se encontraron, al menos, bastante contenta. Pero por supuesto eso no significaba nada. Elizabeth Smart, la joven secuestrada en Utah, había salido a la calle con su secuestrador y no intentó nunca pedir ayuda. Tal vez sucediera algo parecido con Katie.
Pero no lo creía.
La presunta Katie pelirroja le susurró algo a aquel hombre. Aceleraron el paso. Edna vio que doblaban a la derecha y bajaban la escalera del metro. El rótulo indicaba las líneas C y E. Stanley alcanzó a Edna. Estaba a punto de decir algo, pero vio su expresión y se contuvo.
—Vamos —dijo ella.
Cruzaron corriendo y bajaron la escalera. La mujer desaparecida y el hombre moreno cruzaban el torniquete. Edna lo miró.
—Mierda.
—¿Qué?
—No tengo tarjeta de metro.
—Yo sí —dijo Stanley.
—Dámela. Corre.
Stanley sacó la tarjeta de la cartera y se la dio. Ella la introdujo en la ranura, cruzó el torniquete y se la devolvió. No le esperó. Ellos bajaron por la escalera de la derecha. Se dirigió hacia allí. Oyó el rugido del tren que llegaba y bajó corriendo.
Los frenos chirriaron. Las puertas se abrieron, y el corazón de Edna empezó a latir desenfrenadamente en su pecho. Miró a derecha e izquierda, buscando a la pelirroja.
Nada.
¿Dónde estaba la chica?
—Edna.
Era Stanley. La había alcanzado.
Ella no dijo nada. Se quedó en el andén, pero no había rastro de Katie Rochester. Y aunque lo hubiera, ¿qué? ¿Qué podía hacer Edna? ¿Subir al metro y seguirla? ¿Adónde? ¿Y después qué? Encontrar el piso o la casa y llamar a la policía...
Alguien le tocó el hombro.
Edna se volvió. Era la chica desaparecida.
Durante un tiempo después, Edna se preguntaría qué había visto en la expresión de su cara. ¿Era una mirada de súplica, de desesperación, de calma, de alegría, incluso? ¿Decisión? Todo a la vez.
Se quedaron quietas un momento, mirándose. El tráfico de personas, los indescifrables sonidos de megafonía, el aviso del tren..., todo desapareció y quedaron sólo ellas dos.
—Por favor —dijo la chica desaparecida, con un susurro—. No comente que me ha visto.
Después subió al metro. Edna sintió un escalofrío. Se cerraron las puertas. Ella quería hacer algo, lo que fuera, pero no podía moverse. Su mirada estaba fija en la otra.
—Por favor —silabeó la chica a través del cristal.
Y el tren desapareció en la oscuridad.
2
Había dos chicas adolescentes en el sótano de Myron.
Así fue cómo empezó. Más tarde, cuando Myron recordaba toda la pérdida y la angustia, aquella serie de «y si» volvía y le obsesionaba de nuevo. Y si no hubiera necesitado hielo. Y si hubiera abierto la puerta del sótano un minuto antes o un minuto después. Y si las dos adolescentes —¿qué estaban haciendo solas en su sótano, para empezar?— hubieran hablado en susurros para que él no las oyera.
Y si él se hubiera ocupado de sus asuntos.
Desde lo alto de la escalera, Myron oyó reír a las chicas. Se paró. Por un momento pensó en cerrar la puerta y dejarlas solas. Su pequeña fiesta estaba escasa de hielo, pero aún quedaba algo. Podía volver más tarde.
Pero antes de que pudiera volverse, una de las voces de las chicas subió como el humo por el hueco de la escalera.
—Entonces ¿te fuiste con Randy?
La otra:
—Oh, Dios mío, estábamos tan colocados.
—¿De cerveza?
—Cerveza y chupitos, sí.
—¿Como llegaste a casa?
—Condujo Randy.
En lo alto de la escalera, Myron se quedó rígido.
—Pero si has dicho...
—Calla. —Después—: ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Pillado.
Myron bajó la escalera trotando y silbando. Con toda la naturalidad del mundo. Las dos chicas estaba sentadas en lo que antes había sido el dormitorio de Myron. El sótano había sido «decorado» en 1975 y se notaba. El padre de Myron, que en ese momento se estaría divirtiendo con su madre en un apartamento cercano a Boca Raton, había sido espléndido con la cinta adhesiva. El forro de madera, un diseño que había envejecido tanto como el Betamax, empezaba a soltarse. En algunos puntos las paredes de cemento estaban a la vista y se desconchaban de forma palpable. Las baldosas del suelo, pegadas con algo semejante a cola, se abombaban. Crujían como un escarabajo al pisarlas.
Las dos chicas —Myron conocía a una de ellas de toda la vida, a la otra acababa de conocerla— le miraron con los ojos muy abiertos. Por un momento, nadie habló. Las saludó con un gesto.
—Eh, chicas.
Myron Bolitar se enorgullecía de su capacidad para iniciar conversaciones.
Las dos chicas estaban en el último curso de instituto, y era bonito su aire de colegialas. La que estaba sentada en el extremo de su vieja cama —la que acababa de conocer hacía una hora— se llamaba Erin. Hacía dos meses que Myron salía con Ali Wilder, la madre de Erin, una viuda que trabajaba de periodista free lance. La fiesta, en la casa donde Myron había crecido y que ahora era suya, era algo así como la celebración del «noviazgo» de ellos dos.
La otra chica, Aimee Biel, imitó su gesto y su tono.
—Eh, Myron.
Más silencio.
La primera vez que vio a Aimee Biel fue el día siguiente a su nacimiento en el St. Barnabas Hospital. Aimee y sus padres, Claire y Erik, vivían a dos manzanas de distancia. Myron conocía a Claire desde que iban juntos a la Heritage Middle School, a medio kilómetro de allí. Myron miró a Aimee. Por un momento fue como volver veinticinco años atrás. Aimee se parecía tanto a su madre —tenía la misma sonrisa maliciosa y despreocupada—, que era como entrar en el túnel del tiempo.
—Iba a por más hielo —dijo Myron. Señaló el congelador con el pulgar para ilustrarlo.
—Bien —dijo Aimee.
—Muy frío —dijo Myron—. Helado, de hecho.
Myron chasqueó la lengua. Sólo él.
Con una sonrisa tonta todavía en la cara, Myron miró a Erin. Ella apartó la mirada. Ésa había sido su reacción básica ese día. Educada pero distante.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Aimee.
—Dispara.
Ella abrió las manos.
—¿No era ésta tu habitación de pequeño?
—Lo era.
Las dos chicas intercambiaron una mirada. Aimee se rió. Erin la imitó.
—¿Qué? —preguntó Myron.
—Esta habitación... no puede ser más fatal.
Erin habló por fin.
—Es casi demasiado retro para ser retro.
—¿Cómo le llamas a eso? —preguntó Aimee, señalando debajo de ella.
—Puf —dijo Myron.
Las dos chicas volvieron a reírse.
—Y esa lámpara, ¿por qué tiene la bombilla negra?
—Hace que brillen los pósteres.
Más risas.
—Oye, iba al instituto —dijo Myron, como si eso lo explicara todo.
—¿Trajiste a alguna chica aquí? —preguntó Aimee.
Myron se llevó una mano al corazón.
—Un caballero nunca habla de sus ligues. —Después—: Sí.
—¿Cuántas?
—¿Cuántas qué?
—¿Cuántas chicas trajiste?
—Oh. ¿Aproximadamente? —Myron miró al techo, y contó con los dedos—. Más o menos... diría que entre ochocientas y novecientas mil.
Eso provocó una risa desenfrenada.
—De hecho —dijo Aimee—, mamá dice que eras una monada.
—¿Era? —dijo Myron arqueando una ceja.
Las chicas se desternillaron de risa. Myron meneó la cabeza y gruñó algo referente a respetar a los mayores. Cuando se serenaron, Aimee dijo:
—¿Puedo hacerte otra pregunta?
—Dispara.
—Hablo en serio.
—Adelante.
—Las fotos tuyas de arriba. En la escalera.
Myron asintió. Ya se imaginaba adónde quería ir a parar.
—Saliste en la cubierta del Sports Illustrated.
—Ése soy yo.
—Mis padres dicen que eras el mejor jugador de baloncesto del país.
—Tus padres exageran —dijo Myron.
Las chicas le miraron. Pasaron cinco segundos. Después cinco más.
—¿Tengo algo entre los dientes? —preguntó Myron.
—¿No te contrataron los Lakers?
—Los Celtics —corrigió él.
—Lo siento, los Celtics. —Aimee no dejó de mirarle fijamente—. Y te lesionaste la rodilla, ¿no?
—Sí.
—Se acabó tu carrera. Así sin más.
—Más o menos, sí.
—¿Y qué? —Aimee se encogió de hombros—. ¿Cómo te sentiste?
—¿Por lesionarme la rodilla?
—Por ser una superestrella, y después, paf, no poder volver a jugar.
Las dos chicas esperaban una respuesta. Myron intentó pensar en algo profundo.
—Fue una auténtica mierda —dijo.
A las dos les encantó oírlo.
Aimee sacudió la cabeza.
—Debió de ser espantoso.
Myron miró a Erin, que tenía los ojos bajos. La habitación estaba en silencio. Esperó. Finalmente levantó la cabeza. Parecía asustada, pequeña y joven. Le habría gustado abrazarla, pero vaya, eso no habría sido buena idea en absoluto.
—No —dijo Myron bajito, sin dejar de mirarla—. No fue tan espantoso.
Una voz en lo alto de la escalera gritó:
—Myron.
—Ya voy.
En aquella época estuvo a punto de marcharse. El siguiente gran «y si». Pero las palabras que había oído en la escalera —«Condujo Randy»— le fastidiaban. «Cerveza y chupitos». No podía olvidarlo sin más, ¿no?
—Voy a contaros una historia —empezó Myron. Y entonces se detuvo. Lo que quería contarles era un incidente de sus días de instituto. Se había celebrado una fiesta en casa de Barry Brenner. Eso era lo que quería contarles. Estaba en su último año, como ellas. Habían bebido mucho. Su equipo, los Livingston Lancers, acababa de ganar el torneo de baloncesto estatal, gracias a los cuarenta y tres puntos de la superestrella americana Myron Bolitar. Todos estaban borrachos. Recordaba a Debbie Frankel, una chica inteligente, llena de vida, un diablillo siempre animado, siempre levantando la mano para contradecir al profesor, siempre discutiendo y poniéndose en el bando contrario, y a quien querían por eso. A medianoche Debbie fue a despedirse de él. Llevaba las gafas bajas sobre la nariz. Eso era lo que recordaba mejor, que las gafas le resbalaban. Él se dio cuenta de que estaba colocada. Como las otras dos chicas que irían en ese coche.
Es fácil imaginar cómo acaba la historia. Cogieron la colina en South Orange Avenue demasiado rápido. Debbie murió en el accidente. El coche aplastado estuvo expuesto frente al instituto seis años. Myron se preguntó dónde estaría ahora, qué habrían hecho por fin con la chatarra.
—¿Qué? —preguntó Aimee.
Pero Myron no les habló de Debbie Frankel. Sin duda Erin y Aimee habían oído otras versiones de la misma historia. No serviría de nada. De modo que intentó otra cosa.
—Necesito que me prometáis algo —dijo Myron.
Erin y Aimee le miraron.
Él sacó la cartera del bolsillo y buscó dos tarjetas suyas. Abrió el cajón de arriba y encontró un bolígrafo que funcionaba.
—Aquí están todos mis teléfonos: casa, trabajo, móvil, mi piso de Nueva York.
Myron garabateó en las tarjetas y dio una a cada chica. Ellas las cogieron sin decir palabra.
—Escuchadme bien, ¿vale? Si alguna vez estáis en un apuro. Si estáis por ahí bebiendo o vuestros amigos están bebiendo o estáis borrachas o colocadas o lo que sea, prometedme que me llamaréis. Iré a buscaros estéis donde estéis. No haré preguntas. No se lo diré a vuestros padres. Eso os lo prometo. Os llevaré donde queráis ir. Por tarde que sea. No me importa lo lejos que estéis o lo colocadas que vayáis. A cualquier hora, cualquier día. Llamadme e iré a buscaros.
Las chicas no dijeron nada.
Myron se acercó un paso más. Intentó que su voz no sonara suplicante.
—Por favor..., no subáis nunca al coche con alguien que haya bebido.
Se quedaron mirándolo.
—Prometédmelo —dijo él.
Y un momento después —¿el «y si» final?— lo prometieron.
3
Dos horas después, la familia de Aimee —los Biel— fueron los primeros en marcharse.
Myron los acompañó a la puerta. Claire le habló al oído.
—He oído que las chicas estaban en tu antigua habitación.
—Sí.
Ella le sonrió con malicia.
—¿Les has contado que...?
—Por Dios, no.
Claire meneó la cabeza.
—Eres un mojigato.
Él y Claire eran buenos amigos en el instituto. A él le encantaba su espíritu libre. Se portaba como un chico, a falta de una definición mejor. Cuando iban a una fiesta, intentaba ligar con alguien, normalmente con bastante éxito porque, vaya, era una chica atractiva. Le gustaban los musculitos. Salía con ellos una vez, tal vez dos, y cambiaba.
Ahora era abogada. Ella y Myron habían ligado una vez, en aquel mismo sótano, durante unas vacaciones escolares, en el último año. Myron había reaccionado peor que ella. Al día siguiente, Claire estaba tan tranquila. Sin escenas, ni tratamiento de silencio, ni «tal vez deberíamos hablar de esto».
Tampoco hubo bis.
En la facultad de derecho Claire conoció a su marido, «Erik con K», según se presentaba siempre. Erik era delgado y muy puesto. Casi nunca sonreía. Casi nunca se reía. Sus corbatas eran siempre maravillosamente elegantes. Erik con K no era el hombre con quien Myron habría imaginado que acabaría Claire, pero parecían llevarse bien. Debía de ser por aquello de que los opuestos se atraen.
Erik le dio un fuerte apretón de mano y le miró a los ojos.
—¿Nos veremos el domingo?
Solían jugar partidos improvisados de baloncesto los domingos por la mañana, pero Myron había dejado de ir hacía meses.
—No, esta semana no iré.
Erik asintió como si Myron hubiera dicho algo profundo y se fue a la puerta. Aimee sofocó la risa y se despidió.
—Me alegro de haberte visto.
—Lo mismo digo, Aimee.
Myron intentó mirarla de forma que transmitiera «Recuerda la promesa». No supo si lo había conseguido, pero Aimee asintió levemente con la cabeza antes de salir al jardín.
Claire le besó en la mejilla y volvió a susurrarle al oído:
—Pareces feliz.
—Lo soy —dijo.
Claire sonrió.
—Ali es estupenda, ¿eh?
—Lo es.
—¿Soy la mejor casamentera del mundo?
—Como salida de una producción barata de El violinista en el tejado —dijo él.
—No quiero apremiarte. Pero soy la mejor, ¿a que sí? Está bien, puedo asumirlo, la mejor del mundo.
—Sigues hablando de tu faceta de casamentera, ¿no?
—Claro, en lo otro ya sé que soy la mejor.
—Eh —dijo Myron.
Ella le pellizcó un brazo y se marchó. La vio alejarse, meneó la cabeza y sonrió. En cierto modo, siempre tienes diecisiete años y esperas que tu vida empiece.
Diez minutos después, Ali Wilder, el nuevo amor de Myron, llamó a sus hijos. Él los acompañó al coche. Jack, de nueve años, llevaba encantado el uniforme de los Celtics con el viejo número de Myron. Era lo más en moda hip-hop. Primero habían sido los uniformes retro de las estrellas favoritas. Ahora, en un sitio web llamado Big-Time-Losahs.com o algo por el estilo, vendían uniformes de jugadores que habían sido estrellas o que no habían llegado a serlo, jugadores que se lesionaron.
Como Myron.
Jack, a su edad, no entendía la ironía.
Cuando llegaron al coche, Jack dio un gran abrazo a Myron. Inseguro de cómo reaccionar, Myron se lo devolvió, pero fue breve. Erin se quedó aparte. Le saludó con la cabeza y subió al asiento trasero. Jack imitó a su hermana. Ali y Myron se quedaron de pie y se sonrieron como un par de adolescentes en su primera cita.
—Ha sido divertido —dijo Ali.
Myron seguía sonriendo. Ali le miró con sus maravillosos ojos marrón verdoso. Tenía el cabello rubio rojizo y conservaba restos de pecas infantiles. Su cara ancha y su sonrisa le cautivaban.
—¿Qué?
—Estás guapísima.
—No quiero jactarme, pero sí. Soy guapa.
Ali miró hacia la casa. Win —nombre real: Windsor Horne Lockwood III— estaba de pie con los brazos cruzados, apoyado en el umbral.
—Tu amigo Win —dijo—. Parece simpático.
—No lo es.
—Lo sé. Pensé que siendo tu mejor amigo y eso, debía decirlo.
—Win es complicado.
—Es guapo.
—Lo sabe.
—Pero no es mi tipo. Demasiado guapo. Demasiada pinta de chico rico.
—Tú prefieres a los machos —dijo Myron—. Lo comprendo.
Ella se rió disimuladamente.
—¿Por qué no deja de mirarme?
—Lo más probable es que te esté evaluando el culo.
—Es agradable saber que alguien lo hace.
Myron se aclaró la garganta y apartó la mirada.
—¿Quieres que cenemos mañana?
—Me encantaría.
—Te recogeré a las siete.
Ali le puso la mano en el pecho. Myron sintió algo eléctrico al contacto. Ella se puso de puntillas —él medía metro noventa y cinco— y le besó en la mejilla.
—Cocinaré yo.
—¿En serio?
—Nos quedaremos en casa.
—Bien. Entonces será algo familiar. ¿Para que conozca mejor a los chicos?
—Los chicos pasarán la noche en casa de mi hermana.
—Oh —dijo Myron.
Ali le miró intensamente y subió al coche.
—Oh —repitió Myron.
Ella arqueó una ceja.
—Y no querías fanfarronear sobre tu elocuencia...
Se marchó. Myron vio desaparecer el coche, todavía con la sonrisa de zombi en la cara. Se volvió y fue a la casa.
Win no se había movido. Había habido muchos cambios en la vida de Myron —sus padres se habían mudado al sur, el nuevo hijo de Esperanza, su empresa, incluso Big Cyndi— pero Win seguía siendo una constante. El cabello de un rubio ceniza se le había vuelto gris en las sienes, pero aún era un blanco privilegiado prototípico. La mandíbula noble, la nariz perfecta, los cabellos peinados por los dioses: olía, merecidamente, a privilegio, zapatos blancos y bronceado de golf.
—Seis coma ocho —dijo Win—. Lo dejaré en siete.
—¿Cómo dices?
Win levantó una mano, con la palma hacia abajo, y la meneó a un lado y otro.
—Tu señora Wilder. Siendo generoso, le daría un siete.
—Vaya, no sabes cuánto me alegro. Viniendo de ti y todo eso.
Entraron en la casa y se sentaron en la sala. Win cruzó las piernas con su elegancia habitual. Su expresión se instalaba pertinazmente en la arrogancia. Parecía mimado, consentido y blando, al menos por su cara. Pero el cuerpo era otra historia. Era todo músculo, nudoso y denso, delgado pero fuerte como un alambre.
Win chasqueó los dedos. En él quedaba elegante.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—No.
—¿Por qué estás con ella?
—Estás bromeando, espero.
—No. Quiero saber qué es exactamente lo que ves en la señora Ali Wilder.
Myron meneó la cabeza.
—Sabía que no debería haberte invitado.
—Ah, pero lo hiciste. Así que déjame perorar.
—Por favor, no lo hagas.
—En nuestros años de Duke, fue la preciosa Emily Dowing. Después, tu alma gemela durante más de diez años, la exquisita Jessica Culver, un breve flirteo con Brenda Slaughter y ay las, más recientemente, la pasión Terese Collins.
—¿Esto tiene algún objetivo?
—Lo tiene. —Win separó los dedos y los juntó de nuevo—. ¿Qué tienen en común todas esas mujeres, tus antiguos amores?
—Dímelo tú —dijo Myron.
—En una palabra: suculencia.
—¿Ésa es tu definición?
—Mujeres que echaban humo —siguió Win con su acento pedante—. Todas y cada una de ellas. En una escala del uno al diez, daría a Emily un nueve. Sería la puntuación más baja. Jessica sería un once, de las que te hacen perder el seso. Terese Collins y Brenda Slaughter eran ambas casi diez.
—Y en tu experta opinión...
—Un siete siendo generoso —terminó Win por él.
Myron sólo meneó la cabeza.
—Dime por favor —dijo Win—, ¿dónde radica la gran atracción?
—¿Eres tú de verdad?
—Ya lo creo.
—Pues, te daré una noticia, Win. Primero, aunque no sea realmente importante, no estoy de acuerdo con tu puntuación.
—¿Oh? ¿Cómo puntuarías a la señora Wilder?
—No pienso hablar de eso contigo. Pero, para que lo sepas, Ali tiene esa clase de físico que te va cautivando. Al principio crees que es atractiva, pero después, cuando la conoces...
—Bah.
—¿Bah?
—Racionalización.
—Bueno, te daré otra noticia. El físico no lo es todo.
—Bah.
—¿Otra vez con el bah?
Win volvió a unir los dedos.
—Hagamos un juego. Yo diré una palabra, y tú la primera cosa que te venga a la cabeza.
Myron cerró los ojos.
—No sé por qué hablo de asuntos del corazón contigo. Es como hablarle a un sordo de Mozart.
—Sí, muy gracioso. Va la primera palabra. De hecho, son dos palabras. Tú dime lo primero que se te ocurra: Ali Wilder.
—Calor.
—Mentiroso.
—Vale, creo que ya hemos hablado bastante de esto.
—Myron...
—¿Qué?
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste a salvar a alguien?
Las caras de siempre cruzaron como un rayo por la cabeza de Myron. Intentó desecharlas.
—Myron...
—No empieces —dijo Myron suavemente—. He aprendido la lección.
—¿De verdad?
Pensó en Ali, en su maravillosa sonrisa y en la franqueza de su rostro. Pensó en Aimee y Erin en su antiguo dormitorio del sótano, en la promesa que les había forzado a hacer.
—Ali no necesita que la rescaten, Myron.
—¿Crees que se trata de eso?
—Cuando digo su nombre, ¿qué es lo primero que se te ocurre?
—Calor —repitió Myron.
Pero esta vez, incluso él supo que estaba mintiendo.
Seis años.
Hacía seis años desde la última vez que Myron había jugado al superhéroe. En seis años no había dado ni un puñetazo. No había empuñado, y mucho menos disparado, una pistola. No había amenazado ni le habían amenazado. No había chuleado con las glándulas pituitarias rebosando esteroides. No había llamado a Win, el hombre más aterrador que conocía, a que le echara una mano o lo sacara de un lío. En los últimos seis años, ninguno de sus clientes había sido asesinado, algo muy positivo en su ramo. Ninguno había sido herido o arrestado; bien, excepto la queja por prostitución en Las Vegas, pero Myron seguía sosteniendo que había sido una trampa. Ninguno de sus clientes, amigos o seres queridos había desaparecido. Había aprendido la lección. No metas la nariz en los asuntos de los demás. No eres Batman, y Win no es una versión psicótica de Robin. Sí, Myron había salvado a algunos inocentes durante sus días de casiheroicidad, incluida la vida de su hijo, Jeremy, que tenía diecinueve años —casi no podía creerlo— y cumplía el servicio militar en algún lugar desconocido de Oriente Medio.
Pero Myron también había hecho daño. Como en lo que les había sucedido a Duane, a Christian, a Greg, a Linda y a Jack... Pero sobre todo, él no podía dejar de pensar en Brenda. Todavía visitaba su tumba muy a menudo. Tal vez habría muerto de todos modos, no lo sabía. Tal vez no era culpa suya.
Las victorias tienen tendencia a desvanecerse. La destrucción —los muertos— se quedan a tu lado, te tocan en el hombro, aminoran tu paso, te obsesionan de noche.
De cualquier modo, Myron había enterrado su complejo de héroe. Los últimos seis años su vida había sido tranquila, normal, como todas, casi aburrida.
Fregó los platos. Vivía a medias en Livingston, Nueva Jersey, en la misma ciudad —no, en la misma casa— en la que había crecido. Sus padres, los queridos Ellen y Alan Bolitar, habían vuelto a su tierra natal (el sur de Florida) hacía cinco años. Myron había comprado la casa tanto por inversión, una buena inversión, de hecho, como por que sus padres tuvieran un lugar donde volver durante los meses cálidos. Myron pasaba una tercera parte de su tiempo en la casa de los suburbios y dos tercios con Win en el famoso edificio de apartamentos Dakota de Central Park West, en Nueva York.
Pensó en la noche siguiente y su cita con Ali. Win era idiota, eso estaba claro, pero como siempre sus preguntas habían dado en el blanco, si no en toda la diana. No era lo del físico. Eso era una estupidez. Y no tenía que ver tampoco con su complejo de héroe. No se trataba de eso. Pero algo le retenía y sí, tenía que ver con la tragedia de Ali. Por mucho que quisiera, no podía olvidarlo.
En cuanto a su papel de héroe, hacer prometer a Aimee y Erin que le llamarían, eso era diferente. Seas quien sea, la adolescencia es difícil. El instituto es zona de guerra. Myron había sido un chico popular. Era un jugador de baloncesto estadounidense de la revista Parade, uno de los diez primeros del país, y, utilizando el estereotipo de moda, un auténtico estudiante atleta. Si alguien podía tenerlo fácil en el instituto, era alguien como Myron Bolitar. Pero no fue así. Al final, nadie sale de esos años ileso.
Es necesario sobrevivir a la adolescencia. Sólo eso. Pasarla.
Tal vez fuera eso lo que debería haber dicho a las chicas.
4
A la mañana siguiente Myron se fue a trabajar.
Su oficina estaba en el piso doce del Lock-Horne Building —como el apellido de Win— en Park Avenue y la Calle 52, en el centro de Manhattan. Al abrirse el ascensor, lo recibió el gran rótulo —un añadido reciente— que decía
MB REPS en tipo de letra funky. El nuevo logo había sido cosa de Esperanza. La M era de Myron. La B de Bolitar. El Reps se refería a que se dedicaba a la representación. Myron había elegido el nombre solito. A menudo se callaba después de decírselo a la gente y esperaba a que los aplausos se apagaran.
Al principio, cuando sólo trabajaban en el campo de los deportes, la empresa se llamaba MB SportsReps en lugar de MB Reps. En los últimos cinco años se había diversificado, y representaba a actores, autores y celebridades de diversos ramos. De ahí la astuta abreviatura del nombre. Deshacerse de los excesos, reducir la grasa. Sí, eso era MB Reps incluso en el nombre.
Myron oyó el llanto de bebé. Esperanza ya habría llegado. Asomó la cabeza a su despacho.
Esperanza estaba dando el pecho al niño. Él bajó la mirada inmediatamente.
—Ah, volveré luego.
—No seas tonto —dijo Esperanza—. Cualquiera diría que no has visto nunca un pecho.
—Bueno, ya hace tiempo.
—Y seguro que no era tan espectacular —añadió ella—. Siéntate.
Al principio, MB SportsReps consistía sólo en Myron el superagente y Esperanza la recepcionista/secretaria/chica para todo. Puede que recuerdes a Esperanza de sus años de luchadora profesional sexy y flexible, con el nombre de Little Pocahontas. Cada domingo por la mañana, en el Canal 11 de la zona de Nueva York, Esperanza subía al ring, luciendo una cinta de plumas en la cabeza y un bikini inductor de babas de ante de imitación. Junto con su compañera, Big Chief Mama, conocida en la vida real como Big Cyndi, poseían el cinturón del campeonato intercontinental en equipo para Mujeres Fabulosas de la Lucha. La organización de lucha quería llamarlo en principio Mujeres Hermosas de la Lucha pero la cadena no estaba muy contenta con el acrónimo.[1]
El cargo actual de Esperanza en MB Reps era el de vicepresidenta, aunque de hecho llevaba la división de deportes.
—Perdona que no pudiera ir a tu fiesta de noviazgo —dijo Esperanza.
—No era una fiesta de noviazgo.
—Pues lo que fuera. Héctor estaba resfriado.
—¿Ya está mejor?
—Está estupendamente.
—Bien, ¿qué hay de nuevo?
—Michael Discepolo. Tenemos que redactar su contrato.
—¿Los Giants siguen detrás de él?
—Sí.
—Entonces no necesita agente —dijo Myron—. Creo que no es mala idea, de la forma en que está jugando.
—Pero Discepolo es un tipo leal. Prefiere firmar.
Esperanza apartó a Héctor de su pezón y se lo colocó en el otro pecho. Myron intentó no apartar la mirada con demasiada rapidez. Nunca sabía qué cara poner cuando una mujer daba el pecho delante de él. Quería comportarse con naturalidad, pero ¿qué significaba eso exactamente? No miras fijamente, pero tampoco apartas la mirada. ¿Cómo se desliza uno entre esas dos zonas?
—Tengo novedades —dijo Esperanza.
—¿Ah, sí?
—Tom y yo nos casamos.
Myron no dijo nada. Sintió una curiosa punzada.
—¿Y bien?
—La enhorabuena.
—¿Y ya está?
—Me ha sorprendido, la verdad. Pero, en serio, es fantástico. ¿Cuándo es el gran día?
—Dentro de tres semanas, el sábado. Pero quiero preguntarte algo. Cuando me case con el padre de mi hijo, ¿seguiré siendo una pecadora?
—No lo creo.
—Maldita sea, me encanta ser una pecadora.
—Bueno, a tu hijo lo tuviste fuera del matrimonio.
—Bien dicho. Me conformaré con eso.
Myron la miró.
—¿Qué pasa?
—Tú, casada. —Meneó la cabeza.
—Nunca he sido buena para el compromiso, ¿no?
—Cambias de pareja como un cineplex de película.
Esperanza sonrió.
—Cierto.
—Ni siquiera recuerdo que te mantuvieras con el mismo género más de un mes.
—Las maravillas de la bisexualidad —dijo Esperanza—. Pero con Tom es distinto.
—¿Ah, sí?
—Le quiero.
Él no dijo nada.
—No crees que sea capaz —dijo ella—. Serle fiel a una persona.
—Yo no he dicho eso.
—¿Sabes lo que significa ser bisexual?
—Por supuesto —dijo Myron—. He salido con muchas mujeres bisexuales. Yo menciono el sexo, y ella dice «adiós».[2]
Esperanza se limitó a mirarle.
—Vale, un mal chiste —dijo él—. Es que... —se encogió de hombros.
—Me gustan las mujeres y me gustan los hombres. Pero si me comprometo es con una persona, no con un género. ¿Me entiendes?
—Claro.
—Bien. Ahora cuéntame qué pasa con Ali Wilder.
—No pasa nada.
—Win dice que todavía no lo habéis hecho.
—¿Eso ha dicho Win?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y ha venido a decir eso?
—Primero ha hecho un comentario sobre el aumento de mi talla de copa desde que di a luz, y después sí, ha dicho que salías con una mujer desde hace más de dos meses y todavía no habíais hecho nada malo.
—¿Por qué lo dice?
—Lenguaje corporal.
—¿Eso ha dicho?
—Win entiende en lenguaje corporal.
Myron sacudió la cabeza.
—¿Tiene razón entonces?
—Esta noche ceno en casa de Ali. Los chicos se quedan en casa de su hermana.
—¿Lo ha planeado ella?
—Sí.
—¿Y todavía no...? —Con Héctor todavía mamando, Esperanza hizo un gesto muy clarificador.
—No.
—Tío.
—Estoy esperando una señal.
—¿Cómo qué? ¿Un matorral en llamas? Te ha invitado a su casa y te ha dicho que los niños no estarán.
—Lo sé.
—Ése es el signo internacional de «Sáltame encima».
Él no dijo nada.
—Myron.
—Sí.
—Es viuda, no minusválida. Seguro que está aterrada.
—Por eso me lo tomo con calma.
—Es muy amable y noble, pero es una tontería. Y no ayuda nada.
—O sea que me sugieres...
—Que te lances a lo bestia, sí.
5
Myron llegó a casa de Ali a las siete.
Los Wilder vivían en Kasselton, una ciudad a quince minutos al norte de Livingston. Myron había realizado un extraño ritual antes de salir de casa. ¿Con colonia o sin colonia? Eso era fácil: sin colonia. ¿Slips o boxers? Eligió algo entre los dos, ese híbrido que son unos boxers estrechos o unos slips largos. Boxer briefs, decía el paquete. Y los eligió en gris. Se puso un jersey café claro Banana Republic con una camiseta negra debajo. Los vaqueros eran de Gap. Mocasines sin cordones de la tienda de saldos de Tod adornaban sus pies del cuarenta y cinco. No habría parecido más informal estadounidense de haberlo intentado.
Ali le abrió la puerta. Las luces detrás de ella estaban bajas. Llevaba un vestido negro escotado delante. El pelo recogido. A Myron le gustó. A los hombres solía gustarles el pelo suelto. A él siempre le había gustado más el pelo apartado de la cara.
La miró un buen rato y después dijo:
—Uau.
—Creía que habías dicho que tenías facilidad de palabra.
—Me controlo.
—Pero ¿por qué?
—Si me lanzo a hablar —dijo Myron—, las mujeres de todo el estado se empiezan a desnudar. Necesito limitar mi poder.
—Por suerte para mí. Pasa.
Nunca había ido más allá de su recibidor. Ali fue a la cocina. A él se le hizo un nudo en el estómago. Había fotografías familiares en la pared. Myron echó un rápido vistazo. Vio la cara de Kevin. Estaba en al menos cuatro fotografías. Myron no quería mirarlas, pero se quedó fijo en una imagen de Erin. Estaba pescando con su padre. Su sonrisa era conmovedora. Myron intentó imaginar a la chica del sótano sonriendo de aquella manera, pero no resultó.
Miró a Ali. Algo cambió en su expresión.
Myron olió el aire.
—¿Qué estás cocinando?
—Estoy preparando Pollo Kiev.
—Huele de maravilla.
—¿Te importa si hablamos antes?
—No.
Fueron al salón. Myron intentó no centrarse. Buscó más fotografías. Había una foto enmarcada de la boda. Ali llevaba el pelo demasiado ahuecado, pensó, pero quizá fuera el estilo entonces. Pensó que era más guapa ahora. Eso les pasa a algunas mujeres. También había una fotografía de cinco hombres con esmoquin negro y pajarita, todos iguales. Los padrinos, pensó Myron. Ali siguió su mirada. Se acercó a la foto de grupo y la cogió.
—Éste es el hermano de Kevin —dijo, señalando al segundo hombre por la derecha.
Myron asintió.
—Los otros trabajaban en Carson Wilkie con Kevin. Eran sus mejores amigos.
—¿Ellos también...? —empezó Myron.
—Todos muertos —dijo ella—. Todos casados, todos con hijos.
El elefante en la habitación... fue como si todas las manos y todos los dedos lo hubieran señalado de repente.
—No hay por qué hacerlo —dijo Myron.
—Sí, Myron, tengo que hacerlo.
Se sentaron.
—Cuando Claire nos preparó la cita —empezó—, le dije que tú tendrías que sacar el tema del once de septiembre. ¿Te lo dijo?
—Sí.
—Pero no lo hiciste.
Él abrió la boca, la cerró y lo intentó de nuevo.
—¿Y cómo debía hacerlo exactamente? Hola, cómo estás, me han dicho que eres viuda por el once de septiembre, ¿te apetece un italiano o un chino?
Ali asintió.
—Te comprendo.
Había un reloj antiguo en un rincón, enorme y ornamentado. Decidió tocar las campanadas entonces. Myron se preguntó de dónde lo habría sacado Ali, de donde habría sacado todo lo demás, qué es lo que era de Kevin, en casa de Kevin.
—Kevin y yo empezamos a salir al principio del instituto. Nos tomamos un descanso durante el primer año de universidad. Yo iba a la Universidad de Nueva York. Él se iba a Wharton. Era lo más razonable. Pero cuando volvimos a casa por Acción de Gracias, y nos vimos... —Se encogió de hombros—. Nunca he estado con otro hombre. Nunca. Ya está dicho. No sé si lo hacíamos bien o mal. ¿No es raro? En cierto modo aprendimos juntos.
Myron se quedó callado. Ella no estaba a más de un metro de distancia. No estaba seguro de lo que debía hacer: la historia de su vida. Acercó la mano a la de ella. Ella la cogió y la apretó.
—No sé cuándo me di cuenta de que estaba preparada para empezar a salir con hombres. He tardado más que la mayoría de viudas. Hablé del tema, evidentemente, con otras viudas. Hablamos mucho. Pero un día simplemente me dije a mí misma, vale, puede que haya llegado la hora. Se lo dije a Claire. Y cuando me propuso que saliera contigo, ¿sabes qué pensé?
Myron negó con la cabeza.
—Está fuera de mi alcance, pero tal vez eso sea lo divertido. Pensé... te parecerá una estupidez, pero recuerda por favor que no te conocía de nada, pensé que sería una buena transición.
—¿Transición?
—Tú ya me entiendes. Eras un atleta profesional. Probablemente habías tenido muchas mujeres. Pensé que quizá sería divertido ligar contigo. Algo físico. Y que tal vez después encontraría algo bueno. ¿Me entiendes?
—Creo que sí —dijo Myron—. Sólo me querías por mi cuerpo.
—Más o menos, sí.
—Me siento fatal —dijo él—. No, emocionado. Dejémoslo en emocionado.
Eso la hizo sonreír.
—Por favor, no te ofendas.
—No me ofendo. —Y después—: ¡Fresca!
Ella se rió. Sonó melódico.
—¿Cómo resultó tu plan? —preguntó.
—No fuiste lo que esperaba.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé. Salías con Jessica Culver. Lo leí en una revista People.
—Sí.
—¿Iba en serio?
—Sí.
—Es una gran escritora.
Myron asintió.
—También es guapísima.
—Tú eres guapísima.
—No tanto como ella.
Myron iba a discutirlo, pero supuso que sonaría demasiado condescendiente.
—Cuando me invitaste a salir, pensé que buscabas algo, no sé, diferente.
—¿Diferente cómo? —preguntó él.
—Por ser una viuda del once de septiembre —dijo ella—. La verdad es, y detesto reconocerlo, que me da una especie de halo de celebridad.
Él lo sabía. Pensó en lo que había dicho Win, sobre lo primero que se le ocurría cuando oía su nombre.
—Así que pensé..., y no te conocía, pero sabiendo que eras un atleta profesional guapo que salía con mujeres que parecen supermodelos, me imaginé que podía ser una muesca interesante en tu cinturón.
—¿Porque eras una viuda del once de septiembre?
—Sí.
—Eso es enfermizo.
—No lo es.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho. Es cómo si se me hubiera pegado un halo de celebridad. Gente que no me daba ni la hora, de repente quería conocerme. Todavía me sucede. Hace un mes, empecé a jugar en el nuevo equipo de tenis del Racket Club. Una de las mujeres, esa esnob rica que no me dejaba pisar su jardín cuando se mudó al barrio, se acercó a mí poniendo morritos.
—¿Morritos?
—Así lo llamo yo. Poner morritos. Es algo así.
Ali le hizo una demostración. Apretó los labios, frunció el ceño y pestañeó.
—Pareces Donald Trump echándose colonia.
—Ésa es la cara de morritos. Me la ponen continuamente desde que Kevin murió. No les culpo. Es normal. Pero esa mujer poniendo morritos se acercó a mí, me cogió las manos con las suyas y me miró a los ojos, y con esa formalidad que dan ganas de gritar, me dijo: «¿Eres Ali Wilder? Oh, estaba deseando conocerte. ¿Cómo estás?» Tú ya me entiendes.
—Te entiendo.
Ella le miró.
—¿Qué?
—Has puesto la versión novio de los morritos.
—No estoy seguro de entenderte.
—No dejas de decir que soy guapa.
—Lo eres.
—Me viste tres veces estando casada.
Myron no dijo nada.
—¿Pensaste entonces que era guapa?
—Intento no pensar esas cosas de las mujeres casadas.
—¿Recuerdas siquiera haberme visto?
—No, la verdad es que no.
—Pero si hubiera sido como Jessica Culver, aunque estuviera casada, te acordarías de mí.
Esperó.
—¿Qué quieres que te diga, Ali?
—Nada. Pero ya va siendo hora de que dejes de tratarme como las morritos. Da igual por qué quisiste salir conmigo. Lo que importa es por qué estás aquí ahora.
—¿Puedo?
—¿Qué?
—¿Puedo decirte por qué estoy aquí ahora?
Ali tragó saliva y por primera vez no parecía muy segura de sí misma. Hizo un gesto con la mano invitándole a hablar.
Él se lanzó.
—Estoy aquí porque me gustas de verdad, porque puedo estar confundido sobre muchas cosas y puede que tengas razón con lo de los morritos, pero la verdad es que ahora estoy aquí porque no puedo dejar de pensar en ti. Pienso en ti todo el día y, cuando lo hago, se me pone una sonrisa tonta en la cara. Algo así. —Fue su turno de hacer una demostración—. Por eso estoy aquí, ¿vale?
—Ésa —dijo Ali, intentando no sonreír— es una buena respuesta.
Él estuvo a punto de decir algo ingenioso, pero se contuvo. Con la madurez viene la contención.
—Myron...
—¿Sí?
—Quiero que me beses. Quiero que me abraces. Quiero que me lleves arriba y me hagas el amor. Quiero que lo hagas sin expectativas porque yo no tengo ninguna. Podría dejarte mañana o podrías dejarme tú. No importa. Pero no soy frágil. No voy a describirte el infierno que han sido estos últimos cinco años, pero soy más fuerte de lo que podrías imaginarte. Si la relación sigue después de esta noche, serás tú el que tendrá que ser fuerte, no yo. Es un ofrecimiento sin obligaciones. Sé que quieres ser bueno y noble. Pero no es lo que quiero. Lo único que quiero esta noche eres tú.
Ali se inclinó hacia él y le besó en los labios. Primero suavemente y después con más pasión. Myron sintió una ola dentro de él.
Ella volvió a besarle. Y se sintió perdido.
Una hora después —o tal vez sólo fueran veinte minutos— Myron se dejó caer de espaldas.
—¿Y bien? —dijo Ali.
—Uau.
—Dime más.
—Espera a que recupere el aliento.
Ali se rió, y se acurrucó más contra él.
—Las extremidades —dijo—. No me siento las extremidades.
—¿Nada de nada?
—Una cosita tal vez.
—No tan cosita. Y tú tampoco has estado mal.
—Como dijo una vez Woody Allen, practico mucho cuando estoy solo.
Ella apoyó la cabeza en su pecho. El corazón acelerado de Myron empezó a calmarse. Miró al techo.
—Myron.
—Sí.
—Él nunca saldrá de mi vida. Y tampoco dejará a Erin y a Jack.
—Lo sé.
—La mayoría de hombres no podrían soportarlo.
—Yo tampoco sé si podría.
Ella le miró y sonrió.
—¿Qué?
—Eres sincero —dijo—. Me gusta.
—¿No más morritos?
—Oh, eso lo he liquidado hace veinte minutos.
Él apretó los labios, frunció el ceño y pestañeó.
—Espera, creo que ha vuelto.
Ella volvió a apoyar la cabeza en su pecho.
—Myron...
—¿Sí?
—Nunca saldrá de mi vida —dijo ella—. Pero ahora no está aquí. Ahora estamos sólo tú y yo.
6
En el tercer piso del St. Barnabas Medical Center, condado de Essex, la investigadora Loren Muse llamó a la puerta donde decía DRA. EDNA SKYLAR, GENETISTA.
Una voz de mujer dijo:
—Adelante.
Loren giró la manilla y entró. Skylar se puso de pie. Era más alta que Loren, como la mayoría de la gente. Skylar cruzó la habitación con la mano extendida. Se estrecharon con firmeza y mirándose a los ojos. Edna Skylar le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza al estilo hermandad. Loren lo había experimentado antes. Las dos estaban en profesiones todavía dominadas por los hombres. Eso creaba un vínculo.
—Siéntese, por favor.
Se sentaron las dos. La mesa de Edna Skylar estaba inmaculada. Había carpetas, pero estaban apiladas y sin papeles que asomaran por los bordes. La consulta era de tamaño normal y estaba presidida por una gran ventana que ofrecía una estupenda vista del aparcamiento.
La doctora Skylar miró con atención a Loren Muse. A Loren no le gustó. Esperó un momento y Skylar siguió mirándola.
—¿Algún problema? —preguntó Loren.
Edna Skylar sonrió.
—Perdone, es una mala costumbre.
—¿De qué tipo?
—Me fijo en las caras.
—Ah.
—No es importante. O puede que sí. Por ese motivo me encuentro en esta situación.
Loren quería ir al grano.
—Le dijo a mi jefe que tenía información acerca de Katie Rochester.
—¿Cómo está Ed?
—Está bien.
Ella sonrió contenta.
—Es un buen hombre.
—Sí —dijo Loren—, es genial.
—Hace tiempo que le conozco.
—Eso me dijo.
—Por eso llamé a Ed. Hablamos un buen rato sobre el caso.
—Exacto —dijo Loren—. Y por eso me ha enviado.
Edna Skylar desvió la mirada hacia la ventana. Loren intentó adivinar su edad. Sesenta y tantos probablemente, pero los llevaba bien. La doctora Skylar era una mujer guapa, con el pelo gris y corto, los pómulos altos, y sabía llevar con informalidad un traje beige sin parecer demasiado marimacho o descaradamente femenina.
—Doctora Skylar.
—¿Puede contarme algo sobre el caso?
—¿Disculpe?
—Katie Rochester. ¿Está oficialmente en la lista de personas desaparecidas?
—No entiendo por qué ha de ser relevante.
Los ojos de Edna Skylar volvieron lentamente a posarse sobre Loren Muse.
—¿Cree usted que se vio metida en algún lío?
—No puedo hablar de eso con usted.
—¿O cree que huyó? Cuando hablé con Ed, me dio a entender que había huido de casa. Sacó dinero de un cajero del centro, según dijo. Su padre es un indeseable.
—¿El fiscal Steinberg le ha contado todo eso?
—Sí.
—Entonces ¿por qué me pregunta?
—Conozco su versión —dijo ella—. Quiero conocer la suya.
Loren estaba a punto de seguir protestando, pero Edna Skylar volvía a mirarla con demasiada intensidad. Buscó fotos de familia en la mesa de Skylar. No había ninguna. No supo qué pensar y lo dejó correr. Skylar esperaba.
—Tiene dieciocho años —dijo Loren, no demasiado segura.
—Eso ya lo sé.
—Eso significa que es mayor de edad.
—Eso también lo sé. ¿Y el padre? ¿Cree que abusó de ella?
Loren no supo qué contestar a eso. La verdad era que no le caía bien el padre, desde el principio. La ley Anticorrupción y Crimen Organizado decía que Dominick Rochester estaba liado con la mafia y tal vez eso era parte del problema. Pero también había que saber interpretar la aflicción de una persona. Por otra parte, cada uno reacciona de forma diferente. Era bien cierto que no se podía decidir la culpabilidad basándose en la reacción de alguien. Algunos asesinos soltaban lagrimones que habrían dejado chiquito a Pacino. Otros eran como robots. Con los inocentes pasaba lo mismo. La cosa era así: estás con un grupo de personas, lanzan una granada en medio de una multitud, y nunca sabrás quién se lanzará a buscarla y quién se lanzará a cubierto.
Dicho esto, el padre de Katie Rochester... tenía algo falso en su aflicción. Era demasiado fluida. Era como si intentara ser diferentes personas, probando cuál resultaba mejor en público. Y la madre. Parecía realmente destrozada, pero ¿eso era producto de la aflicción o de la resignación? Era difícil decirlo.
—No tenemos pruebas de eso —dijo Loren en el tono menos comprometedor que pudo.
Edna Skylar no reaccionó.
—Estas preguntas... —siguió Loren—. Son un poco raras.
—Eso es porque todavía no estoy segura de lo que debo hacer.
—¿Sobre qué?
—Si se ha cometido un delito, quiero ayudar. Pero...
—¿Pero?
—La vi.
Loren Muse esperó un segundo, con la esperanza de que dijera algo más. No dijo nada.
—¿Ha visto a Katie Rochester?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El sábado hará tres semanas.
—¿Y no nos lo dice hasta ahora?
Edna Skylar estaba mirando otra vez hacia el aparcamiento. El sol se ponía y los rayos penetraban a través de las persianas venecianas.
Con aquella luz parecía mayor.
—Doctora Skylar...
—Me pidió que no dijera nada. —Su mirada seguía posada en el aparcamiento.
—¿Katie?
Sin dejar de mirar hacia fuera, Edna Skylar asintió.
—¿Habló con ella?
—Un segundo tal vez.
—¿Qué le dijo?
—Que no le dijera a nadie que la había visto.
—¿Y?
—Y ya está. Acto seguido se marchó.
—¿Se marchó?
—En un metro.
Las palabras ya salían con más facilidad. Edna Skylar contó a Loren toda la historia: que estudiaba las caras mientras paseaba por Nueva York, que había identificado a la chica a pesar del cambio de aspecto, que la había seguido hasta el andén del metro y que se había desvanecido en la oscuridad.
Loren lo apuntó, pero el hecho era que aquello encajaba en lo que había creído desde el principio. La chica había huido. Como le había dicho Ed Steinberg a Skylar, había sacado dinero en un cajero del Citibank del centro, poco después de desaparecer. Loren había visto la cinta del banco. Se cubría la cara con una capucha, pero probablemente era la chica de los Rochester. No había duda de que el padre era demasiado estricto. Era siempre el caso de los chicos que huían. Los hijos de padres demasiado liberales solían engancharse a las drogas. Los de los demasiado conservadores huían y acababan metidos en temas sexuales. Dicho así puede sonar a estereotipo, pero Loren había visto pocos casos que rompieran la regla.
Hizo algunas preguntas más de seguimiento. Ya no había nada que pudieran hacer. La chica tenía dieciocho años. Con aquella descripción no había razón para sospechar juego sucio. En la tele, los federales se encargan y asignan un equipo al caso. Eso no sucede en la vida real.
Pero a Loren algo le daba mala espina. Llamémoslo intuición. No, no era la palabra. Corazonada... Tampoco. Le habría gustado saber lo que Ed Steinberg, su jefe, querría hacer. Probablemente nada. Su oficina se ocupaba con el fiscal del estado en dos casos, uno relacionado con un presunto terrorista y otro con un político corrupto de Newark.
Con recursos tan limitados como los suyos, ¿debían dedicarse a lo que parecía un caso evidente de huida? Era difícil decidirlo.
—¿Por qué no? —preguntó Loren.
—¿Qué?
—No ha dicho nada en tres semanas. ¿Qué le ha hecho cambiar de idea?
—¿Tiene hijos, investigadora Muse?
—No.
—Yo sí.
Loren volvió a mirar la mesa, el archivador, la pared. Ninguna foto de familia. Ni rastro de hijos o nietos. Skylar sonrió, como si comprendiera lo que hacía Muse.
—Fui una madre malísima.
—No sé si la entiendo.
—Era, ¿cómo le diría?, laissez-faire. Ante la duda, dejaba hacer.
Loren esperó.
—Eso —dijo Edna Skylar—, fue un gran error.
—Sigo sin entender.
—Yo tampoco. Pero esta vez... —Su voz se apagó. Tragó saliva, se miró las manos y la miró—. Sólo porque parezca que todo va bien, no tiene que ser así. Tal vez Katie Rochester necesite ayuda. Tal vez se deba hacer algo en vez de dejarlo estar.
La promesa hecha en el sótano volvió a atormentar a Myron a las 2:17 de la madrugada exactamente.
Habían pasado tres semanas. Myron seguía saliendo con Ali. Era el día de la boda de Esperanza. Ali le acompañó. Myron entregó a la novia. Tom —nombre completo Thomas James Bidwell III— era primo de Win. No había muchos invitados. Curiosamente, la familia del novio, miembros diplomados de las Hijas de la Revolución Estadounidense, no estaba encantada con la boda de Tom con Esperanza Díaz, una latina del Bronx. Quién lo iba a decir.
—Es curioso —dijo Esperanza.
—¿Qué?
—Siempre pensé que me casaría por dinero, no por amor. —Se miró al espejo—. Pero aquí me tienes, casándome por amor y consiguiendo dinero.
—La ironía no ha muerto.
—Eso es bueno. ¿Vas a ir a Miami a ver a Rex?
Rex Storton era una estrella de cine ya mayor a la que representaban.
—Cogeré un avión mañana por la tarde.
Esperanza se volvió, abrió los brazos y le dedicó una deslumbrante sonrisa.
—¿Y bien?
Estaba espectacular.
—Uau —dijo Myron.
—¿Tú crees?
—Ya lo creo.
—Pues vamos. Vamos a casarme.
—Vamos.
—Una cosa primero. —Esperanza le llevó a un lado—. Quiero que seas feliz por mí.
—Lo soy.
—No voy a dejarte.
—Lo sé.
Esperanza le miró a la cara.
—Seguimos siendo amigos íntimos —dijo ella—. ¿Está claro? Tú, yo, Win, Big Cyndi. No ha cambiado nada.
—Por supuesto que sí —dijo Myron—. Todo ha cambiado.
—Te quiero, ya lo sabes.
—Y yo te quiero a ti.
Ella volvió a sonreír. Estaba preciosa. Siempre había tenido un halo rústico alrededor. Pero ese día, con ese vestido, la palabra «luminoso» era sencillamente demasiado poco. Era tan alocada, un espíritu tan libre, había insistido tanto en que nunca sentaría la cabeza con otra persona. Pero allí estaba, con un hijo, a punto de casarse. Incluso había madurado.
—Tienes razón —dijo ella—. Pero las cosas cambian, Myron. Y a ti nunca te han gustado los cambios.
—No empieces con eso.
—Fíjate. Viviste con tus padres hasta los treinta y tantos. Te has comprado la casa de tus padres. Sigues siendo amigo de tu compañero de universidad, quien, las cosas como sean, no puede cambiar.
Él levantó una mano.
—Lo he pillado.
—Pero es curioso.
—¿Qué?
—Siempre pensé que tú serías el primero en casarte —dijo ella.
—Yo también.
—Win, bueno, francamente es mejor no entrar en eso. Pero tú siempre te has enamorado con tanta facilidad, sobre todo de esa bruja de Jessica.
—No la llames así.
—Como quieras. Tú eras perfecto para el sueño americano: casarte, tener dos coma seis hijos, invitar a los amigos a barbacoas en el patio, todo el rollo.
—Y tú nunca.
Esperanza sonrió.
—¿No fuiste tú quien me enseñó lo de Men tracht und Gott lacht?
—Vaya, me encanta cuando las profanas os ponéis a hablar yiddish.
Esperanza le cogió del brazo.
—Esto puede ser bueno.
—Lo sé.
Ella respiró hondo.
—¿Vamos?
—¿Estás nerviosa?
Esperanza le miró.
—Ni un poquito.
—Pues adelante.
Myron la llevó por el pasillo. Creía que sería halagador hacer el papel de su difunto padre, pero cuando entregó la mano de Esperanza a Tom, cuando Tom sonrió y le estrechó la mano, Myron sintió ganas de llorar. Se apartó y se sentó en la primera fila.
La boda no fue tanto una mezcla ecléctica como una fantástica colisión. Win era el padrino de Tom y Big Cyndi la dama de honor de Esperanza. Big Cyndi, la antigua compañera del equipo de lucha, medía metro noventa y pesaba más de ciento veinte kilos. Sus puños parecían jamones en lata. Había dudado mucho sobre su atuendo: un vestido clásico de dama de honor de color melocotón o un corpiño negro de piel. Se había decidido por la calle de en medio: piel de color melocotón con flecos, sin mangas, luciendo unos brazos con unas dimensiones relativas y una consistencia de columnas de mármol de una mansión georgiana. Llevaba el cabello al estilo mohawk y en malva, y en lo alto un adorno de pastel de boda.
Mientras se probaba el... traje, Big Cyndi había abierto los brazos y dio una vuelta ante Myron. Las mareas de los océanos habían cambiado de curso y los sistemas solares de sitio.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—¿Malva y melocotón?
—Es lo último, señor Bolitar.
Siempre le llamaba «señor». A Big Cyndi le gustaba la formalidad.
Tom y Esperanza intercambiaron votos en una iglesia singular. Los bancos estaban adornados con amapolas blancas. El lado del pasillo de Tom iba vestido de blanco y negro: un mar de pingüinos. El lado de Esperanza estaba tan lleno de color que Crayola habría mandado a un explorador. Parecía el desfile de Halloween en Greenwich Village. El órgano tocó hermosos himnos. El coro cantó como los ángeles. El escenario no habría podido ser más sereno.
Sin embargo, para la recepción, Esperanza y Tom querían un cambio de ritmo. Habían alquilado un club de S&M cerca de la Onceava Avenida llamado Leather and Lust. Big Cyndi trabajaba allí de gorila y a veces, a altas horas de la noche, salía al escenario a hacer un número que los dejaba a todos alucinados.
Myron y Ali aparcaron en un espacio al salir de la West Side Highway. Pasaron frente a King David’s Slut Palace, una tienda porno abierta veinticuatro horas. Las ventanas estaban enjabonadas. Había un gran rótulo en la puerta que decía CAMBIO DE PROPIETARIOS.
—Vaya —dijo Myron señalando el rótulo—. Ya era hora.
Ali asintió.
—Hasta ahora lo han llevado fatal.
Cuando entraron en Leather and Lust, Ali se paseó como si estuviera en el Louvre, mirando las fotos de la pared, observando los aparatos, los trajes, el material para atar. Meneó la cabeza.
—Soy una ingenua sin remedio.
—Sin remedio no —dijo Myron.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—No tengo ni idea.
—¿A ti te...?
—Oh, no.
—Lástima —dijo Ali. Y después—: Es broma. Broma broma.
Su relación progresaba, pero la realidad de salir con alguien con hijos pequeños se estaba imponiendo. No habían pasado toda una noche juntos desde aquella primera. Myron sólo había podido saludar brevemente a Erin y a Jack desde la fiesta. No estaban seguros de cuán rápidos o lentos debían avanzar en su relación, pero Ali era muy firme en cuanto a que debían proceder lentamente con los chicos.
Ali tuvo que marcharse temprano. Jack tenía que hacer un trabajo para la escuela y ella le había prometido ayudarle. Myron la acompañó fuera, y decidió quedarse a pasar la noche en la ciudad.
—¿Cuánto tiempo estarás en Miami? —preguntó Ali.
—Sólo un par de noches.
—¿Te darían ganas de vomitar si te digo que te echaré de menos?
—No muy violentamente, no.
Ella le besó suavemente. Myron la observó alejarse, con el corazón acelerado, y después volvió a la fiesta.
Como ya había decidido quedarse, se puso a beber. No era lo que se podría decir un gran bebedor —aguantaba la bebida tan bien como una niña de catorce años— pero esa noche, en aquella maravillosa aunque rara celebración, se sentía de humor para emborracharse. Win también, aunque él necesitaba más para ponerse ciego. El coñac era como leche materna para Win. Apenas se le notaba el efecto, al menos en apariencia.
Esa noche no importaba. La limusina de Win les esperaba fuera. Les llevaría de vuelta a la ciudad.
El piso de Win en el Dakota valía mil millones de dólares y tenía una decoración que recordaba a Versalles. Cuando llegaron, Win se sirvió un oporto de un precio obsceno, Quinta do Noval Nacional 1963. La botella había sido decantada varias horas antes porque, como explicó Win, debes dar al oporto vintage tiempo para respirar antes de consumirlo. Myron normalmente se tomaba un chocolate, pero su estómago no estaba de humor. Además no le daría al chocolate tiempo de respirar.
Win puso la televisión y vieron Antiques Roadshow. Una mujer esnob con un acento arrastrado llevaba un horrible busto de bronce. Le contaba al tasador la historia de que Dean Martin, en 1950, había ofrecido a su padre diez mil dólares por aquel retorcido amasijo de metal, pero su padre, dijo ella con un dedo insistente y una mueca a juego, era demasiado astuto. Aquello podía valer una fortuna. El tasador asintió pacientemente, esperó a que la mujer acabara y después bajó el martillo:
—Vale veinte dólares.
Myron y Win chocaron los cinco en silencio.
—Disfrutamos de la desgracia de los demás —dijo Win.
—Somos penosos —dijo Myron.
—Nosotros no.
—¿Ah, no?
—Es el programa —dijo Win—. Nos ilumina sobre todo lo malo de nuestra sociedad.
—¿Ah, sí?
—A la gente no le basta con que su baratija valga una fortuna. No, es mejor, mucho mejor, habérselo comprado barato a un pobre palurdo. Nadie tiene en cuenta los sentimientos del pobre infeliz que vendió su casa en el jardín, al que lo perdió.
—Bien pensado.
—Ah, pero hay más.
Myron sonrió y se acomodó para escuchar.
—Olvida la codicia un momento —siguió Win—. Lo que realmente nos fastidia es que todos, absolutamente todos, mienten en Antiques Roadshow.
Myron asintió.
—¿Te refieres a cuando el tasador pregunta: «¿Tiene idea de lo que vale?»?
—Exacto. Hace esa pregunta cada vez.
—Lo sé.
—Y el señor o la señora Córcholis se comportan como si la pregunta les pillara por sorpresa, como si nunca hubieran visto el programa.
—Es un coñazo —convino Myron.
—Y luego dicen algo como «Vaya por Dios, no lo había pensado. No tengo ni idea de lo que vale». —Win frunció el ceño—. Por favor. Arrastraste tu armario de granito de dos toneladas a no sé qué centro de convenciones impersonal e hiciste doce horas de cola, pero ¿nunca jamás, ni en tus sueños más alocados, te preguntaste cuánto podía valer?
—Mentira —convino Myron, sintiéndose colocado—. Es como lo de «Su llamada es muy importante para nosotros».
—Y por eso —dijo Win—, nos encanta que le den un buen chasco a una mujer como ésa. Las mentiras. La codicia. Por lo mismo que nos gusta el panoli de La rueda de la fortuna que sabe la solución pero siempre apuesta por el último giro y se queda sin nada.
—Es como la vida —pronunció Myron, acusando la bebida.
—Y que lo digas.
Entonces sonó el intercomunicador de la puerta.
Myron sintió que se le apretaba el estómago. Miró el reloj. Era la una y media de la madrugada. Miró a Win. Él le devolvió la mirada con placidez. Win seguía siendo guapo, demasiado guapo, pero los años, los abusos, las noches en vela por violencia o, como ésta, por sexo, empezaban a notarse un poquito.
Myron cerró los ojos.
—¿Es una de...?
—Sí.
Suspiró y se levantó.
—Ojalá me lo hubieras dicho.
—¿Por qué?
Ya habían pasado por eso antes. No había respuesta.
—Es de un sitio nuevo del Upper West Side —dijo Win.
—Sí, qué práctico.
Sin más palabras Myron se fue a su habitación. Win abrió la puerta. Aunque le deprimiera mucho, Myron echó un vistazo. La chica era joven y bonita. Dijo «hola» con una animación forzada en la voz. Win no contestó. Le hizo una señal para que le siguiera. Ella le siguió tambaleándose sobre los altos tacones. Desaparecieron en el pasillo.
Como había dicho Esperanza, hay cosas que no cambian, por mucho que te gustaría que cambiaran.
Myron cerró la puerta y se echó en la cama. La cabeza le daba vueltas por la bebida. El techo se movía. Lo dejó moverse. Se preguntó si vomitaría. Creía que no. Apartó de su cabeza los pensamientos sobre la chica. Lo consiguió más rápidamente de lo que solía, un cambio que estaba claro que no era para mejor. No oyó ningún ruido —la habitación que utilizaba Win (no su dormitorio, evidentemente) estaba insonorizada— y finalmente Myron cerró los ojos.
Recibió la llamada en su móvil.
Lo tenía en vibración. Vibró contra la mesita. Myron se despertó de su duermevela y lo cogió. Se dio la vuelta y la cabeza le dolió. Fue entonces cuando vio el reloj digital de la mesita.
Las 2:17.
No miró el identificador de llamadas y contestó.
—¿Diga? —rugió.
Primero oyó el sollozo.
—Diga —repitió.
—¿Myron? Soy Aimee.
—Aimee. —Myron se sentó—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?
—Dijiste que te llamara. —Otro sollozo—. A cualquier hora.
—Claro. ¿Dónde estás, Aimee?
—Necesito ayuda.
—Vale, no hay problema. Tú dime dónde estás.
—Oh, Dios...
—¿Aimee?
—No se lo dirás, ¿verdad?
Él vaciló. Pensó en Claire, la madre de Aimee. Recordó a Claire a esa edad y sintió una curiosa punzada.
—Lo prometiste. Prometiste no decírselo a mis padres.
—Lo sé. ¿Dónde estás?
—¿Me prometes que no se lo dirás?
—Te lo prometo, Aimee. Pero dime dónde estás.
7
Myron se puso unos pantalones de chándal.
Tenía el cerebro un poco nublado. Todavía tenía bebida en el cuerpo. La ironía no se le escapó: había dicho a Aimee que le llamara porque no quería que subiera a un coche con alguien que había bebido, y él mismo estaba achispado. Intentó concentrarse y juzgar su sobriedad. Decidió que estaba bien para conducir, pero ¿no es eso lo que piensan todos los borrachos?
Pensó en pedírselo a Win, pero estaba ocupado en otras cosas. Win incluso había bebido más, a pesar de su fachada sobria. De todos modos, no debía precipitarse, ¿no?
Buena pregunta.
Acababan de pulir el hermoso suelo de madera del pasillo. Myron decidió poner a prueba su sobriedad rápidamente. Caminó por una tabla como si fuera una línea recta, como si un policía le hubiera parado. Aprobó, pero la verdad era que Myron, modestia aparte, tenía una gran coordinación. Probablemente podría pasar esa prueba estando colocado.
En fin, ¿qué alternativa tenía? Aunque encontrara a alguien que le llevara a esas horas, ¿cómo reaccionaría Aimee si se presentaba con un desconocido? Había sido él quien le había hecho prometer que le llamaría si se presentaba aquella situación, dándole a guardar su tarjeta con sus números de teléfono. Y, como le había recordado ella, le había jurado confidencialidad.
Tenía que acudir él.
Había dejado el coche en el aparcamiento de la Calle 17. La puerta estaba cerrada. Myron llamó al timbre. El conserje apretó el botón de mala gana y se levantó la puerta.
Myron no era amante de los coches grandes, y por eso seguía conduciendo un Ford Taurus, al que apodaba «Imán de chicas». Un coche le llevaba del punto A al punto B. Nada más. Más importante que los caballos de potencia y V6 era tener el mando de la radio al volante, para cambiar de emisora constantemente.
Marcó el número de Aimee en el móvil. Ella respondió con una vocecita.
—Diga.
—Voy para allá.
Aimee no contestó.
—¿Por qué no sigues ahí? —dijo él—. Para que sepa que estás bien.
—Tengo la batería fatal. Es por ahorrar.
—No tardaré más de diez minutos, quince máximo —dijo Myron.
—¿Desde Livingston?
—Estoy en la ciudad.
—Oh, qué bien. Nos vemos.
Colgó. Myron miró el reloj del coche: las 2:30. Los padres de Aimee debían de estar desesperados de ansiedad. Esperaba que los hubiera llamado ya. Estuvo tentado de llamarles él mismo, pero no, no era cuestión de hacerlo. Cuando ella subiera al coche, la convencería de que lo hiciera.
Aimee estaba en el centro de Manhattan y le había sorprendido oírlo. Le había dicho que le esperaría en la Quinta Avenida con la 54. Eso era más o menos en el Rockefeller Center. Y era raro que una chica de dieciocho años en la Gran Manzana con intención de beber estuviera allí porque el centro estaba muerto por las noches. Durante la semana, la zona estaba llena de empresas. Los fines de semana, se llenaba de turistas. Pero un sábado por la noche había poca gente en la calle. Nueva York será la ciudad que nunca duerme, pero cuando Myron llegó a la Quinta Avenida en las Cincuenta y pico, el centro estaba echando una buena siesta.
Se paró en un semáforo de la Quinta Avenida y la Calle 52. La manilla de la puerta se abrió y Aimee subió al asiento de atrás.
—Gracias —dijo.
—¿Estás bien?
Desde atrás, una vocecita dijo:
—Estoy bien.
—No soy un chofer, Aimee. Siéntate delante.
Ella dudó, pero finalmente hizo lo que le pedía. Cuando cerró la puerta, Myron se volvió a mirarla. Aimee miró fijamente al parabrisas. Como tantos adolescentes, se había puesto demasiado maquillaje. Los jóvenes no necesitan maquillaje, y mucho menos tanto. Tenía los ojos rojos como un mapache. Llevaba puesto algo muy ajustado, una especie de gasa fina y envolvente, la clase de cosa que, aunque tengas muy buen tipo, más vale que no te pongas después de los veintitrés.
Se parecía mucho a su madre a esa edad.
—Se ha puesto verde —dijo Aimee.
Myron arrancó.
—¿Qué ha pasado?
—Algunos estaban bebiendo mucho. No quería irme con ellos.
—¿Dónde?
—¿Dónde qué?
Myron volvió a pensar que el centro no era un lugar de reunión para jóvenes. La mayoría frecuentaba los bares del Upper East Side o tal vez los del Village.
—¿Dónde estabais bebiendo?
—¿Importa eso?
—Me gustaría saberlo.
Aimee por fin se volvió a mirarle. Tenía los ojos húmedos.
—Me lo prometiste.
Él siguió conduciendo.
—Me prometiste no hacer preguntas, ¿recuerdas?
—Sólo quiero asegurarme de que estás bien.
—Lo estoy.
Myron giró a la derecha, para cruzar la ciudad.
—Entonces te llevaré a casa.
—No.
Él esperó.
—Estoy en casa de una amiga.
—¿Dónde?
—Vive en Ridgewood.
Él la miró y después volvió la vista a la calle.
—¿En el condado de Bergen?
—Sí.
—Preferiría llevarte a casa.
—Mis padres saben que estoy en casa de Stacy.
—Quizá deberías llamarles.
—¿Para decirles qué?
—Que estás bien.
—Myron, creen que he salido con unos amigos. Si les llamo no harán más que preocuparse.
Tenía razón, pero a Myron no le hizo gracia. Se encendió la luz de la reserva. Tendría que poner gasolina. Se dirigió hacia la West Side Highway y cruzó el George Washington Bridge. Se paró en la primera estación de servicio de la Ruta 4. Nueva Jersey es uno de los dos estados que no permiten autoservicio de gasolina. El empleado, con un turbante y una novela de Nicholas Sparks, no se emocionó al verle.
—Diez dólares —dijo Myron.
Les dejó solos. Aimee empezó a sorber por la nariz.
—No pareces borracha —empezó Myron.
—No he dicho que lo estuviera. Era el chico que conducía.
—Pero sí que parece que hayas llorado —siguió él.
Ella hizo aquel gesto adolescente que podía pasar por un encogimiento de hombros.
—¿Dónde está tu amiga Stacy?
—En su casa.
—¿No ha ido a la ciudad contigo?
Aimee meneó la cabeza y después la apartó.
—Aimee...
Su voz era baja.
—Creía que podía confiar en ti.
—Y puedes.
Ella volvió a menear la cabeza. Después cogió la manilla de la puerta como si fuera a abrirla. Empezó a salir. Myron la cogió de la muñeca izquierda un poco más fuerte de lo que pretendía.
—Eh —dijo ella.
—Aimee...
Ella intentó desasirse. Myron no le soltó la muñeca.
—Vas a llamar a mis padres.
—Sólo necesito saber que estás bien.
Ella tiró de los dedos de Myron, intentando zafarse. Myron sintió sus uñas en los nudillos.
—¡Suéltame!
La soltó. Ella saltó fuera del coche. Myron quiso salir tras ella, pero aún tenía abrochado el cinturón. La cinta del hombro lo retuvo en el asiento. Se soltó y salió. Aimee caminaba por la autopista con los brazos cruzados desafiadoramente.
Él corrió a su lado.
—Por favor, sube al coche.
—No.
—Te llevaré, ¿vale?
—Déjame en paz.
Ella salió corriendo. Los coches pasaban rozándola. Alguno le tocó la bocina. Myron la siguió.
—¿Adónde vas?
—He cometido un error. No debería haberte llamado.
—Aimee, vuelve al coche. No estás segura aquí fuera.
—Vas a contárselo a mis padres.
—No lo haré. Lo prometo.
Ella dejó de correr y después se paró. Pasaron más coches zumbando por la Ruta 4. El empleado de la gasolinera les miró y abrió los brazos en un gesto de desesperación. Myron levantó un dedo como indicando que necesitaban un minuto.
—Lo siento —dijo Myron—. Sólo me preocupa tu bienestar. Pero tienes razón. Hice una promesa. La mantendré.
Aimee todavía tenía los brazos cruzados. Le miró con los ojos entornados, de ese modo que sólo pueden mirar los adolescentes.
—¿Lo juras?
—Lo juro —dijo él.
—¿No más preguntas?
—No.
Volvió al coche.
Myron la siguió. Dio su tarjeta al empleado y después se marcharon.
Aimee le dijo que cogiera la Ruta 7 Norte. Había tantos centros comerciales, tantos grandes almacenes, que parecía una sola línea continua. Myron recordaba que su padre, siempre que pasaban frente al centro comercial de Livingston, meneaba la cabeza, señalaba y se quejaba: «¡Fíjate cuántos coches! Si la economía va tan mal, ¿por qué hay tantos coches? El aparcamiento está lleno. Fíjate».
Los padres de Myron vivían actualmente en una comunidad vigilada cerca de Boca Raton. Su padre había vendido por fin la ferretería de Newark y ahora se pasaba la vida maravillándose con lo que la mayoría de personas llevaban haciendo años: «Myron, ¿Has estado en Staples? Por Dios, tienen toda clase de papeles y plumas. Y precios especiales. No quiero ni hablar de ello. He comprado dieciocho destornilladores por menos de diez dólares. Siempre que voy compro tantas cosas, que le digo al hombre de la caja, no veas cómo se ríe, Myron, siempre le digo, “he ahorrado tanto dinero que estoy en bancarrota”».
Myron miró de soslayo a Aimee. Recordaba sus años de adolescencia, la guerra que es la adolescencia, y pensó en todas las veces que había engañado a sus padres. Había sido un buen chico. No se metía en líos, sacaba buenas notas, estaba bien considerado por su destreza en el baloncesto, pero había ocultado cosas a sus padres. Todos los chicos lo hacen. Tal vez era saludable. Los niños que están demasiado vigilados, que están bajo la constante vigilancia de los padres, son los que acaban saliendo por la tangente. Todos necesitan una salida. Hay que dejar sitio a los chicos para que se rebelen. Si no, la presión no para de aumentar hasta que...
—Coge esa salida —dijo Aimee—. Linwood Avenue West.
Hizo lo que le decía. Myron no conocía bien la zona. Nueva Jersey es una serie de pueblecitos. Sólo se llega a conocer bien el propio. Él era un chico del condado de Essex. Aquello era Bergen. Se sentía fuera de su elemento. Cuando se pararon en un semáforo, suspiró y se recostó en el asiento, y aprovechó el movimiento para mirar bien a Aimee.
Parecía joven, angustiada e indefensa. Myron pensó en lo último un momento. Indefensa. Se volvió y la miró a los ojos, y encontró un desafío en ellos. ¿Indefensa era la palabra correcta? Por estúpido que fuera pensarlo, ¿cuánto jugaba el sexismo en eso? Pongámonos chauvinistas un momento. Si Aimee fuera un chico, por ejemplo un muchachote del equipo de fútbol del instituto, ¿estaría tan preocupado?
La verdad era que la trataba de forma diferente porque era una chica.
¿Eso estaba bien o era presa de una tontería de correcciones políticas?
—Coge la siguiente a la derecha, después a la izquierda hasta el final de la calle.
Así lo hizo. Pronto se vieron metidos en un laberinto de casas. Ridgewood era un pueblo antiguo pero grande, con árboles en las calles, casas victorianas, calles serpenteantes, colinas y valles. La geografía de Jersey. Los suburbios eran piezas de rompecabezas, interconectadas, con partes metidas dentro de otras partes, pocos límites claros o ángulos rectos.
Le guió por una calle en cuesta, hacia abajo por otra, a la izquierda, después a la derecha, y después otra vez a la derecha. Myron obedeció en piloto automático, con los pensamientos en otra parte. Intentó elaborar algo correcto que decir. Aimee había estado llorando, de eso estaba seguro. Parecía en cierto modo traumatizada, pero a su edad, ¿no es todo un trauma? Probablemente se había peleado con su novio, el tal Randy que había mencionado en el sótano. Quizás el tal Randy la había dejado. Los chicos hacían esas cosas en el instituto. Se dedicaban a romper corazones. Les hacía sentirse hombres.
Se aclaró la garganta y probó algo informal.
—¿Sigues saliendo con Randy?
Respuesta de ella:
—La siguiente a la izquierda.
La obedeció.
—La casa está allí, a la derecha.
—¿Al final del callejón sin salida?
—Sí.
Myron paró enfrente. La casa estaba cerrada y totalmente a oscuras. No había farolas. Myron parpadeó un par de veces. Todavía estaba cansado, tenía el cerebro más nublado de lo que debería a consecuencia de la fiesta. Pensó en Esperanza un momento, en lo bonita que estaba, y, por egoísta que pareciera, volvió a pensar cómo cambiaría las cosas el matrimonio.
—No parece que haya nadie —dijo.
—Stacy estará durmiendo. —Aimee sacó una llave—. Su dormitorio está junto a la puerta trasera. Siempre entro por ahí.
Myron apagó el motor.
—Te acompaño.
—No.
—¿Cómo sabré que estás a salvo?
—Te haré una señal.
Otro coche pasó por la calle. Los faros deslumbraron a Myron por el retrovisor. Se tapó los ojos con la mano. Qué raro, pensó, dos coches en esa calle a esas horas de la noche.
Aimee le llamó la atención.
—¿Myron?
Él la miró.
—No les digas nada de esto a mis padres. Se pondrían como locos.
—No se lo diré.
—Las cosas... —Calló, miró por la ventana hacia la casa—. Las cosas no van demasiado bien con ellos ahora mismo.
—¿Con tus padres?
Ella asintió.
—Sabes que eso es normal, ¿no?
Ella volvió a asentir.
Myron tenía que tratarla con guantes de seda.
—¿Puedes contarme algo más?
—Es sólo que... no haría más que crear tensión. Que se lo cuentes, quiero decir. No se lo cuentes, ¿vale?
—Vale.
—Mantén tu promesa.
Después, Aimee bajó del coche. Fue corriendo hacia la puerta de atrás. Desapareció detrás de la casa. Myron esperó. Volvió a salir. Le sonrió y le hizo un gesto de que todo iba bien. Pero había algo en aquel gesto que no encajaba.
Myron estaba a punto de bajar del coche, pero Aimee le detuvo meneando la cabeza. Después se dirigió al jardín de atrás y la noche la engulló.
8
En los días siguientes, cuando Myron recordaba aquel momento, la forma como Aimee sonrió, le saludó y se desvaneció en la oscuridad, se preguntaba qué había sentido. ¿Había tenido una premonición, una sensación de inquietud, una punzada en la base del subconsciente, algo que le avisara, algo que no podía quitarse de encima? No lo creía. Pero era difícil acordarse.
Esperó diez minutos más en aquel callejón sin salida. No pasó nada.
Así que Myron elaboró un plan.
Tardó un rato en encontrar el camino de vuelta. Aimee le había guiado por aquel laberinto suburbano, pero tal vez Myron debería haber dejado miguitas de pan por el camino. Se abrió camino al estilo rata en un laberinto durante veinte minutos hasta que dio con Paramus Road, que le condujo por fin a una arteria principal, la Garden State Parkway.
Pero para entonces, Myron no tenía pensado volver al piso de Nueva York.
Era sábado a la noche —bueno, domingo por la mañana— y si se iba a la casa de Livingston, podría jugar al baloncesto por la mañana antes de ir al aeropuerto a coger el avión hacia Miami.
Erik, el padre de Aimee, jugaba todos los domingos sin falta.
Ese era el plan inmediato de Myron, por patético que fuera.
Así que, a primera hora de la mañana —demasiado temprano, francamente— Myron se levantó, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, quitó el polvo a las rodilleras, y se fue al gimnasio de la Heritage Middle School. Antes de entrar, Myron llamó al móvil de Aimee. Salió inmediatamente su contestador, y su voz era alegre y al mismo tiempo muy adolescente en su «Bueno, deja un mensaje».
Estaba a punto de colgar cuando le sonó en la mano. Miró el identificador de llamadas. Nada.
—¿Diga?
—Eres un hijo de puta. —La voz sonaba sofocada y baja. Parecía un joven, pero era difícil saberlo—. ¿Me oyes, Myron? Un hijo de puta. Y pagarás por lo que has hecho.
Se cortó la llamada. Myron marcó sesenta y nueve y esperó a oír el número. Una voz mecánica se lo dio. Prefijo local, eso sí, pero por lo demás no le sonaba de nada. Paró el coche y lo apuntó. Lo buscaría más tarde.
Cuando Myron entró en la escuela, tardó un segundo en adaptarse a la luz artificial, pero, en cuanto lo hizo, aparecieron los fantasmas familiares. El gimnasio tenía el olor rancio de todos los institutos. Alguien regateó con la pelota. Algunos chicos rieron. Los sonidos eran siempre los mismos, todos contaminados con el eco.
Myron hacía meses que no jugaba porque no le gustaban aquellos partidos de guante blanco. El baloncesto, el deporte en sí, todavía significaba mucho para él. Le encantaba. Le encantaba la sensación de la pelota en los dedos, la forma como palpaban las estrías al saltar para tirar, el arco de la pelota dirigiéndose al aro, el efecto de retroceso, el posicionamiento para el rebote, el pase perfecto. Le encantaba la decisión en un instante —pasar, rebotar, tirar— las aberturas repentinas que duraban centésimas de segundo, la forma como el tiempo se detenía para escabullirse por la rendija.
Le encantaba todo eso.
Lo que no le gustaba era el machismo típico de la mediana edad. El gimnasio estaba lleno de Amos del Universo, de varones alfa en potencia que, a pesar de su gran casa y su cartera repleta y el coche deportivo compensador del pene, seguían necesitando derrotar a alguien en algo. Myron había sido competitivo de joven. Quizá demasiado. Estaba loco por ganar. Había aprendido que ésa no era siempre una buena cualidad, aunque a menudo separara a los muy buenos de los grandes, a los casi profesionales de los profesionales: el anhelo —no, la necesidad— de ser mejor que otro hombre.
Pero lo había superado. Algunos de esos hombres —una minoría seguramente, pero suficientes— no lo habían superado.
Cuando los demás vieron a Myron, el antiguo jugador de la NBA (aunque fuera por tan breve tiempo), vieron la posibilidad de demostrar lo hombres que eran. Incluso ahora. Incluso ahora que la mayoría ya pasaba de los cuarenta. Y cuando la destreza es menor pero el corazón todavía anhela la gloria, puede ser física y directamente desagradable.
Myron echó un vistazo al gimnasio y encontró su razón de haber ido allí.
Erik se estaba calentando en un rincón. Myron corrió hacia él y le llamó.
—Erik, eh, ¿cómo va?
Erik se volvió y le sonrió.
—Buenos días, Myron. Me alegro de que hayas venido.
—No soy muy madrugador normalmente —dijo Myron.
Erik le lanzó la pelota. Myron tiró. Cayó fuera del aro.
—¿Trasnochaste? —preguntó Erik.
—Mucho.
—Te he visto mejor.
—Vaya, gracias —dijo Myron—. ¿Cómo va todo?
—Bien, ¿y a ti?
—Bien.
Alguien gritó y los diez hombres corrieron al centro de la cancha. Así funcionaba. Si querías jugar en el primer grupo, tenías que ser de los diez primeros en llegar. David Rainiv, que dominaba los números y era vicepresidente de una empresa de la lista Fortune 500, siempre hacía los equipos. Tenía maña para equilibrar habilidades y formar equipos competitivos. Nadie cuestionaba sus decisiones. Eran finales y vinculantes.
Así que Rainiv dividió los equipos. A Myron le tocó jugar contra un joven que medía metro ochenta. Eso era bueno. La teoría sobre los hombres con complejo de Napoleón puede ser discutible en el mundo real, pero no en deportes de equipo. Los bajitos querían fastidiar a los altos: hacerse ver en un circo normalmente dominado por el tamaño.
Pero por desgracia, ese día la excepción demostró la regla. El chico era todo codos e ira. Era atlético y fuerte, pero no tenía habilidad para el baloncesto. Myron hizo lo que pudo para mantener la distancia. La verdad es que, a pesar de la rodilla y la edad, Myron podía puntuar a voluntad. Durante un rato eso fue lo que hizo. Le salía de forma natural. Le costaba jugar con más calma. Pero finalmente se reprimió. Necesitaba perder. Habían llegado más hombres. Sólo jugaban los ganadores. Quería salir de la cancha para hablar con Erik.
Así que, después de ganar los tres primeros partidos, Myron tiró una pelota.
Sus compañeros no se alegraron mucho cuando tropezó y falló. Tendrían que sentarse en el banquillo. Se lamentaron un poco, pero se consolaron con el hecho de que llevaban una buena racha. Como si eso importara.
Erik tenía una botella de agua, por supuesto. Sus pantalones cortos hacían juego con la camiseta. Sus zapatillas estaban perfectamente anudadas. Sus calcetines llegaban exactamente al mismo punto en ambos tobillos, y tenían la vuelta de la misma anchura. Myron bebió de la fuente de agua y se sentó a su lado.
—¿Cómo está Claire? —empezó Myron.
—Bien. Ahora hace una mezcla de Pilates y yoga.
—Ah.
Claire siempre estaba metida en algún ejercicio de moda u otro. Había pasado por el aeróbic de Jane Fonda, las patadas de Tae Bo y el Soloflex.
—Ahora se dedica a eso —dijo Erik.
—¿Está en clase?
—Sí. Durante la semana da una a las seis y media de la mañana.
—Demonios, eso es muy temprano.
—Somos madrugadores.
—Ah. —Myron vio la oportunidad y la aprovechó—. ¿Y Aimee?
—¿Qué?
—¿Ella también es madrugadora?
Erik frunció el ceño.
—Ni hablar.
—Así que tú estás aquí —dijo Myron— y Claire en clase de yoga. ¿Y Aimee?
—Anoche se quedó en casa de una amiga.
—Ah.
—Adolescentes —dijo el padre, como si eso lo explicara todo.
Tal vez fuera cierto.
—¿Problemas?
—No tienes ni idea.
—Ah.
Otra vez el «Ah».
Erik no dijo nada.
—¿De qué tipo? —preguntó Myron.
—¿Qué?
Myron deseaba decir «Ah» otra vez, pero no quería abusar demasiado.
—Problemas. ¿Qué tipo de problemas?
—No sé si te comprendo.
—¿Está malhumorada? —dijo Myron, intentando parecer despreocupado—. ¿No escucha? ¿Sale hasta tarde, hace campana, pasa demasiado tiempo en Internet o qué?
—Todo lo que has dicho —dijo Erik, pero ahora sus palabras fueron más lentas, incluso más mesuradas—. ¿Por qué lo preguntas?
Frena, pensó Myron.
—Era hablar por hablar.
Erik frunció el ceño.
—Normalmente aquí hablamos de lo malos que son los equipos locales.
—No es nada —dijo Myron—. Es sólo que...
—¿Sólo qué?
—La fiesta en mi casa.
—¿Qué pasa?
—No lo sé, al ver allí a Aimee, me puse a pensar en lo difíciles que fueron los años de adolescencia.
Los ojos de Erik se empequeñecieron. En la cancha alguien había gritado falta y otro estaba protestando.
—¡No te he tocado! —gritó un hombre con bigote y coderas.
Entonces empezaron los insultos, algo que en una cancha de baloncesto no se puede evitar ni con la edad.
Los ojos de Erik seguían en la pista.
—¿Te comentó algo Aimee? —preguntó.
—¿Como qué?
—Cualquier cosa. Recuerdo que estuvisteis en el sótano con Erin Wilder.
—Sí.
—¿De qué hablasteis?
—De nada. Se burlaron de mí por lo anticuada que era la habitación.
Erik miró a Myron. Él quería mirar a otro lado, pero no lo hizo.
—Aimee puede ser rebelde —dijo Erik.
—Como su madre.
—¿Claire? —Erik parpadeó—. ¿Rebelde?
Vaya por Dios, cuándo aprendería a tener la boca cerrada.
—¿De qué forma?
Myron recurrió a la respuesta del político.
—Supongo que depende de lo que signifique para ti rebelde.
Pero Erik no lo dejó pasar.
—¿A qué te referías tú?
—Nada. Es algo bueno. En Claire había tensión.
—¿Tensión?
Calla, Myron.
—Ya sabes a qué me refiero. Tensión. Buena tensión. Cuando viste a Claire la primera vez, ese segundo, ¿qué te atrajo de ella?
—Muchas cosas —dijo él—. Pero la tensión no fue una de ellas. Había conocido a muchas chicas, Myron. Hay unas con las que quieres casarte y otras con las que sólo quieres... ya sabes.
Myron asintió.
—Claire era de las que quieres para casarte. Eso fue lo primero que pensé cuando la vi. Y sí, sé como suena. Pero tú eras amigo suyo. Ya sabes a qué me refiero.
Myron intentó parecer despreocupado.
—La quería mucho.
La quería, pensó Myron, sin decir palabra esta vez. Había dicho «la quería», no «la quiero».
Como si le leyera el pensamiento, Erik añadió:
—Aún la quiero. Tal vez más que antes.
Myron esperó el «pero».
Erik sonrió.
—Supongo que ya sabes la buena noticia.
—¿Cuál?
—Aimee. De hecho te estamos muy agradecidos.
—¿Eso por qué?
—La han aceptado en Duke.
—Eh, es estupendo.
—Nos enteramos hace dos días.
—Felicidades.
—Tu carta de recomendación —dijo—. Creo que ha sido el empujón definitivo.
—No —dijo Myron, aunque probablemente Erik tenía bastante más razón de la que creía. No sólo había escrito la carta, sino que había llamado a uno de sus antiguos compañeros, que ahora trabajaba en admisiones.
—No, en serio —siguió Erik—. Hay tanta competencia para entrar en buenas universidades. Tu recomendación tuvo mucho peso, estoy seguro. O sea que gracias.
—Es una buena chica. Fue un placer.
Se acabó el partido y Erik se levantó.
—¿Listo?
—Creo que ya tengo suficiente —dijo Myron.
—¿Te duele?
—Un poco.
—Nos hacemos mayores, Myron.
—Lo sé.
—Tenemos más dolores y achaques ahora.
Myron asintió.
—A mí me parece que, cuando duele, tienes dos posibilidades —dijo Erik—. O te sientas, o sigues jugando con dolor.
Erik se fue corriendo y dejó a Myron preguntándose si se referiría al baloncesto.
9
En el coche, el móvil de Myron volvió a sonar. Miró el identificador.
De nuevo nada.
—Eres un hijo de puta, Myron.
—Sí, ya lo he pillado la primera vez. ¿Tienes algo nuevo que decir o vamos a seguir con la frase original de que pagaré por lo que he hecho?
Clic.
Myron se estremeció. En la época en que jugaba al superhéroe, había sido una persona muy bien relacionada. Ahora probaría si todavía lo era. Buscó en la agenda de teléfonos del móvil. El nombre de Gail Berruti, su antiguo contacto en la compañía de teléfonos, seguía allí. A la gente le parece poco realista que los detectives privados de la tele tengan un contacto en la compañía telefónica. La verdad es que es lo más fácil del mundo. Cualquier detective privado que se precie tiene un contacto en la compañía telefónica. Pensemos en la cantidad de gente que trabaja para ella. Pensemos en cuántas personas estarían dispuestas a ganarse unos dólares extras. La tarifa corriente había sido de quinientos dólares por factura entregada, pero Myron se imaginaba que el precio habría subido en los últimos seis años.
Berruti no estaba —probablemente estaba fuera el fin de semana—, pero le dejó un mensaje.
—Soy una voz del pasado —empezó Myron.
Le pidió a Berruti que le llamara con la identificación del número de teléfono. Probó otra vez el móvil de Aimee. Le salió el contestador. Cuando llegó a casa, encendió el ordenador e introdujo el número en Google. No encontró nada. Se dio una ducha rápida y después comprobó sus mensajes. Jeremy, su más o menos hijo, le había mandado un mensaje desde el extranjero:
Hola, Myron:
Sólo nos permiten decir que estamos en la zona del Golfo Pérsico. Estoy bien. Mamá está como loca. Llámala si puedes. Todavía no lo entiende. Papá tampoco, pero al menos hace como que sí. Gracias por el paquete. Nos encanta recibir cosas.
Tengo que dejarte. Volveré a escribir, pero puede que esté un tiempo ilocalizable. Llama a mamá, ¿vale?
JEREMY
Myron lo leyó una y otra vez, pero las palabras no cambiaron. El mensaje, como casi todos los de Jeremy, no decía nada. No le gustó la parte de «estar ilocalizable». Pensó en la paternidad, en lo mucho que se había perdido y en cómo encajaba ahora ese chico, su hijo, en su vida. Iba bien, pensó, al menos para Jeremy. Pero era difícil. El chico era su mayor lo-que-podría-haber-sido, el mayor si-lo-hubiera-sabido, y casi todo el tiempo le dolía mucho.
Todavía repasando el mensaje, Myron oyó sonar el móvil. Maldijo en voz baja, pero esta vez el identificador le dijo que era la divina señora Ali Wilder.
Myron sonrió mientras respondía.
—Servicios Semental —dijo.
—Calla, imagínate que fuera uno de mis hijos.
—Fingiría que soy un vendedor de caballos —dijo él.
—¿Vendedor de caballos?
—¿Cómo se les llama a los que venden caballos?
—¿A qué hora es tu vuelo?
—A las cuatro.
—¿Estás ocupado?
—¿Por qué?
—Los chicos estarán fuera una hora.
—Uau —dijo él.
—Eso pensaba yo.
—¿Estás sugiriendo un virtuoso clavo?
—Sí —dijo—. ¿Virtuoso?
—Tardaré un poco en llegar.
—Ajá.
—Y tendrá que ser rápido.
—¿No es tu especialidad? —dijo ella.
—Eso duele.
—Era broma. Semental.
Myron relinchó.
—Eso en lenguaje equino significa «Ya voy».
—Bien —dijo.
Pero cuando él llamó a su puerta, abrió Erin.
—Hola, Myron.
—Hola —dijo él, procurando no parecer decepcionado.
Miró por detrás de él. Ali hizo un gesto de «lo siento».
Myron entró y Erin se fue arriba corriendo. Ali se acercó más.
—Ha llegado tarde y no ha querido ir al club de teatro.
—Oh.
—Lo siento.
—No te preocupes.
—Podríamos ponernos en un rincón y besarnos —dijo ella.
—¿Se puede tocar?
—Más te vale.
Él sonrió.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Sólo pensaba.
—¿Qué pensabas?
—En algo que me dijo ayer Esperanza —dijo Myron—. Men tracht und Gott lacht.
—¿Es alemán?
—Yiddish.
—¿Qué significa?
—El hombre propone y Dios dispone.
Ella lo repitió.
—Me gusta.
—A mí también —dijo él.
Entonces la abrazó. Por encima del hombro vio a Erin en lo alto de la escalera. No sonreía. Los ojos de Myron encontraron los de ella y de nuevo pensó en Aimee, y en cómo la noche se la había tragado y en la promesa que había jurado mantener.
10
Myron tenía tiempo antes de su vuelo.
Se tomó un café en el Starbucks del centro de la ciudad. El que le atendió tenía la actitud malhumorada marca de la casa. Mientras daba el café a Myron, dejándolo sobre la barra como si pesara una tonelada, la puerta de la calle se abrió con un bang. El del bar levantó los ojos al cielo al ver quién entraba.
Eran seis ese día, arrastrando los pies como si pisaran un metro de nieve, con la cabeza baja y temblores varios. Sorbían por la nariz y se tocaban la cara. Los cuatro hombres iban sin afeitar. Las dos mujeres olían a meados de gato.
Eran pacientes mentales. De verdad. Pasaban casi todas las noches en Essex Pines, una institución psiquiátrica de la ciudad vecina. Su cabecilla —siempre que caminaban, él iba delante— se llamaba Larry Kidwell. El grupo se pasaba casi todo el día vagando por la ciudad. Los livingstonianos se referían a ellos como los locos del pueblo. Myron pensaba poco caritativamente en ellos como un grupo de rock grotesco: Larry Litio y los Cinco Medicados.
Ese día parecían menos aletargados de lo normal, de modo que probablemente se acercaba la hora de la medicación en Pines. Larry estaba especialmente tembloroso. Se acercó a Myron y le saludó.
—Hola Myron —dijo demasiado fuerte.
—¿Qué pasa, Larry?
—Cuatrocientos ochenta y siete planetas en el día de la creación, Myron. Cuatrocientos ochenta y siete. Y yo no he visto un penique. ¿Entiendes a qué me refiero?
Myron asintió.
—Y que lo digas.
Larry Kidwell se fue arrastrando los pies. Largos cabellos fibrosos asomaban de su sombrero Indiana Jones. Tenía cicatrices en la cara. Llevaba los vaqueros gastados tan caídos que enseñaba suficiente raja para aparcar una bici.
Myron fue hacia la puerta.
—Cuídate, Larry.
—Tú también, Myron.
Fue a estrechar la mano a Myron. Los demás del grupo se quedaron paralizados de repente, con los ojos muy abiertos, unos ojos brillantes de medicación, todos sobre Myron. Él alargó la mano y estrechó la de Larry. Larry le agarró y tiró de él. Su aliento, no era de extrañar, hedía.
—El próximo planeta —susurró Larry— podría ser tuyo. Sólo tuyo.
—Me alegro de saberlo, gracias.
—¡No! —seguía siendo un susurro, pero ya más áspero—. El planeta. Es luna en cuarto menguante. Va a por ti, ¿me comprendes?
—Creo que sí.
—No lo olvides.
Soltó a Myron, con los ojos muy abiertos. Myron dio un paso atrás. Vio la agitación del hombre.
—Está bien, Larry.
—No lo olvides, Myron. Golpeó el cuarto menguante, ¿me entiendes? Te odia tanto que golpeó el cuarto menguante.
Los demás del grupo le eran desconocidos, pero Myron conocía la trágica historia de Larry. Iba dos cursos por delante de Myron en la escuela. Era inmensamente popular, un guitarrista increíble y tenía éxito con las chicas, incluso había salido con Beth Finkelstein, la belleza del pueblo, en su último año. Fue el portavoz de su clase en la graduación. Acudió a la Universidad de Yale, el alma máter de su padre, y según decían, fue un gran estudiante el primer semestre.
Luego todo se desmoronó.
Lo más sorprendente, lo que lo hacía más aterrador, fue la forma como pasó. No hubo ningún suceso terrorífico en la vida de Larry, ninguna tragedia familiar, drogas o alcohol ni desengaño amoroso.
El diagnóstico del médico: un desequilibrio químico.
¿Cuál es la causa del cáncer? Fue lo mismo que le pasó a Larry. Sencillamente tenía una enfermedad mental. Empezó como un ligero trastorno depresivo, después se agravó y al final, por mucho que hicieron, nadie pudo parar el declive. En su segundo año Larry ponía trampas para ratas y se las comía. Empezó a sufrir delirios. Tuvo que dejar Yale. Después hubo intentos de suicidio y grandes alucinaciones y problemas de toda clase. Larry irrumpió en una casa porque los «Clyzets del planeta trescientos veintiséis» estaban intentando hacer un nido allí. La familia estaba en casa en ese momento.
Larry Kidwell había entrado y salido de instituciones psiquiátricas desde entonces. Supuestamente, había momentos en los que Larry está totalmente lúcido, y es tan doloroso para él ver en lo que se ha convertido que se hiere la cara —de ahí las cicatrices— y grita con tal desesperación que tienen que sedarlo inmediatamente.
—Vale —dijo Myron—. Gracias por el aviso.
Myron salió y se sacudió la angustia. Pasó por Chang’s Dry Cleaning, al lado de la cafetería. Maxine Chang estaba detrás del mostrador. Como siempre, parecía agotada y sobrecargada de trabajo. Había dos mujeres de la edad de Myron esperando. Hablaban de los hijos y de universidades. Eso era de lo único que hablaba la gente actualmente. Cada abril, Livingston se convertía en una bola de nieve de admisiones en universidades. Si se escuchaba a los padres, lo que había en juego no podía ser más alto. Esas semanas —esos sobres gruesos o finos que llegaban a los buzones— decidían lo felices y exitosos que serían sus vástagos el resto de su vida.
—Ted está en lista de espera para Penn pero le han aceptado en Lehigh —dijo una.
—¿Te puedes creer que a Chip Thompson lo han aceptado en Penn?
—Su padre.
—¿Qué? Ah, claro, es un antiguo alumno, ¿no?
—Les ha donado un cuarto de millón de dólares.
—Tendría que haberlo imaginado. Chip tenía unas notas horribles.
—Dicen que contrataron a un profesional para que le escribiera los ensayos.
—Yo debería haber hecho eso con Cole.
Y así sin parar.
Myron saludó a Maxine. Maxine Chang solía tener una buena sonrisa para él. Hoy no. Sólo gritó:
—¡Roger!
Roger Chang salió de la trastienda.
—Hola, Myron.
—¿Qué hay, Roger?
—Esta vez querías las camisas en una caja, ¿no?
—Sí.
—Vuelvo enseguida.
—Maxine —dijo una de las mujeres—, ¿sabe algo ya Roger de las universidades?
Maxine ni siquiera levantó la cabeza.
—Le han aceptado en Rutgers —dijo—. Está en lista de espera en otras.
—Vaya, felicidades.
—Gracias.
Pero no parecía animada.
—Maxine, ¿no es el primero de la familia que va a la universidad? —dijo la otra mujer. Su tono sólo podría haber sonado más condescendiente si estuviera acariciando un perro—. Es maravilloso.
Maxine le entregó el resguardo.
—¿Dónde está en lista de espera?
—En Princeton y en Duke.
Oír nombrar a su alma máter hizo que Myron volviera a pensar en Aimee. Se acordó de Larry y su estremecedora alusión a los planetas. Myron no tenía tendencia a pensar en malos presagios ni cosas así, pero tampoco le apetecía tentar la suerte. No sabía si volver a llamar a Aimee, aunque ¿de qué serviría? Pensó otra vez en la noche pasada, la repasó en su cabeza y se preguntó si podría haber hecho algo diferente.
Roger —Myron había olvidado que el chico estaba en el último curso del instituto— volvió y le dio la caja de camisas. Myron la recogió, le dijo a Roger que lo apuntara en su cuenta y se encaminó a la puerta. Todavía le quedaba tiempo antes del vuelo.
Así que se fue a visitar la tumba de Brenda.
El cementerio seguía dando al patio de una escuela. Eso era lo que no conseguía superar. El sol brillaba con fuerza como siempre que iba de visita, como si se burlara de su tristeza. Estaba solo. No había más visitantes. Una excavadora cercana hacía un agujero. Myron se quedó quieto. Levantó la cabeza y dejó que el sol le diera en la cara. Odiaba poder sentirlo: el sol en la cara. Brenda evidentemente no podía. Nunca más podría.
Un pensamiento simple, pero así era.
Brenda Slaughter sólo tenía veintiséis años cuando murió. De haber sobrevivido, cumpliría treinta y cuatro al cabo de dos semanas. Se preguntó dónde estaría ella si Myron hubiera mantenido su promesa, si estaría con él.
Cuando murió, Brenda estaba de residente en medicina pediátrica. Medía metro ochenta y era espectacular, afroamericana, modelo. Estaba a punto de jugar al baloncesto profesional, la cara y la imagen que lanzaría la nueva liga femenina. Hubo amenazas y el dueño de la liga contrató a Myron para protegerla.
Buen trabajo, estrella del baloncesto.
Miró al suelo con los puños cerrados. Nunca hablaba con ella cuando iba al cementerio. No se sentaba ni intentaba meditar ni nada de eso. No intentaba recordar los buenos momentos, ni su risa, ni su belleza, ni su extraordinaria presencia. Los coches pasaban zumbando. El patio de la escuela estaba silencioso. No había críos jugando. Myron no se movió.
No iba allí porque todavía llorara su muerte. Iba porque no lo hacía.
Apenas recordaba la cara de Brenda, el beso que se dieron... Lo evocaba más por imaginación que como recuerdo. Ése era el problema. Brenda Slaughter se le estaba escabullendo. Llegaría a ser como si no hubiera existido. Así que Myron no iba allí en busca de consuelo o para presentarle sus respetos, sino porque necesitaba sentir el dolor, que la herida se mantuviera fresca. Todavía quería sentirse indignado, porque progresar —sentirse en paz con lo que le había sucedido— era demasiado obsceno.
La vida sigue. Eso era bueno, ¿no? La indignación cede y se va diluyendo lentamente. Las heridas se curan. Pero cuando dejas que eso suceda, tu alma muere también un poco.
Por eso iba allí y apretaba los puños hasta que le temblaban. Pensaba en el día soleado que la habían enterrado y la forma horrible como la había vengado. Rememoraba la indignación. Volvía a él hecha una furia. Las rodillas le fallaron. Se tambaleó pero se mantuvo en pie.
Todo salió mal con Brenda. Había querido protegerla. Había ido demasiado lejos y había provocado que la mataran.
Myron miró la tumba. El sol seguía calentándole, pero sintió un estremecimiento en la espalda. Se preguntó por qué, entre todos los días, había decidido ir a visitarla aquél, y después pensó en Aimee, en ir demasiado lejos con el afán de proteger, y con otro escalofrío, pensó —no, temió— que quizás hubiera vuelto a suceder.
11
Claire Biel estaba junto al fregadero de la cocina y miraba al desconocido que llamaba esposo. Erik comía un bocadillo cuidadosamente, con la corbata metida en la camisa. Tenía un periódico perfectamente doblado en cuatro. Masticaba lentamente. Llevaba gemelos en los puños. Su camisa estaba almidonada. Le gustaba el almidón. Le gustaba todo planchado. En su armario los trajes estaban colgados a medio palmo de distancia uno de otro. No lo medía para hacerlo. Le salía así. Sus zapatos, siempre lustrosos, estaban alineados como en un desfile militar.
¿Quién era ese hombre?
Sus dos hijas pequeñas, Jane y Lizzie, devoraban mantequilla de cacahuete con plan blanco. Charlaban con la boca llena. Hacían ruido. Salpicaban la mesa. Erik seguía leyendo. Jane preguntó si podían levantarse. Claire dijo que sí. Las dos corrieron a la puerta.
—Alto —dijo Claire.
Se pararon.
—Los platos, al fregadero.
Suspiraron y levantaron los ojos al cielo —aunque sólo tenían diez y nueve años habían aprendido bien de su hermana mayor—. Volvieron dificultosamente como si estuvieran cruzando los Adirondacks nevados, levantaron los platos como si fueran pesadas rocas y escalaron como pudieron la montaña hacia el fregadero.
—Gracias —dijo Claire.
Salieron. La habitación quedó en silencio. Erik masticaba silenciosamente.
—¿Queda café? —preguntó.
Ella le sirvió. Él cruzó las piernas cuidadosamente para no estropear la raya de los pantalones. Llevaban diecinueve años casados, pero la pasión se había ido por la ventana en menos de dos. Ahora pisaban arenas movedizas, pero hacía tanto tiempo que las pisaban que ya no parecía tan difícil. El mayor estereotipo del mundo es lo rápido que pasa el tiempo, pero era cierto. No parecía que hiciera tanto tiempo que hubiera desaparecido la pasión. A veces, como ahora, recordaba la época en que sólo mirarlo le cortaba la respiración.
Sin levantar la cabeza, Erik preguntó:
—¿Has sabido algo de Aimee?
—No.
Estiró el brazo para levantarse la manga, miró el reloj y arqueó una ceja.
—Son las dos de la tarde.
—Acabará de despertarse.
—Deberíamos llamarla.
No se movió.
—¿Con «deberíamos» —dijo Claire— te refieres a mí?
—Lo haré yo si quieres.
Claire cogió el teléfono y marcó el número de móvil de su hija. Habían regalado un teléfono a Aimee el año pasado, y ella se empeñó en añadir una tercera línea por diez dólares al mes. Erik se negó. Pero Aimee gimió, todos sus amigos —¡todos!— tenían uno, un argumento que siempre siempre hacía que Erik observara: «No somos todos, Aimee».
Pero Aimee ya estaba preparada para eso. Cambió rápidamente de táctica y tiró de los hilos de la protección paterna: «Si tuviera mi propio teléfono, siempre estaría en contacto. Podrías encontrarme veinticuatro horas al día. Y si tuviera una urgencia...»
Eso cerró la venta. Las madres entendían esa lógica básica: el sexo y la presión de los iguales puede vender, pero nada vende más que el miedo.
La llamada fue a parar al contestador. La voz entusiasmada de Aimee —había grabado su mensaje inmediatamente después de tener el teléfono— dijo a Claire que, «bueno, deja tu mensaje». El sonido de la voz de su hija, por familiar que fuera, le dolió, aunque no sabía por qué exactamente.
Cuando sonó el tono, Claire dijo:
—Hola, cariño, soy mamá. Llámame, ¿vale?
Colgó.
Erik seguía leyendo su periódico.
—¿No contesta?
—Caramba, ¿cómo lo has adivinado? ¿No será cuando le he dicho que me llamara?
Él frunció el ceño ante el sarcasmo.
—Seguramente no tiene batería.
—Seguramente.
—Siempre se olvida de cargarlo —dijo, meneando la cabeza—. ¿En casa de quien dormía? La de Steffi, ¿no?
—Stacy.
—Sí, eso. Podríamos llamar a casa de Stacy.
—¿Por qué?
—Quiero que vuelva a casa. Tiene que terminar un trabajo para el jueves.
—Es domingo. Acaban de admitirla en la universidad.
—¿Y crees que es el momento de relajarse?
Claire le pasó el inalámbrico.
—Llama tú.
—Bien.
Le dio el número. Él marcó los dígitos y se puso el teléfono junto a la oreja. Al fondo, Claire oía reír a sus hijas pequeñas. Entonces una gritó: «¡No es verdad!». Cuando descolgaron el teléfono, Erik se aclaró la garganta.
—Buenas tardes, soy Erik Biel, el padre de Aimee Biel. Me gustaría hablar con ella si está aquí.
Su cara no cambió. Su voz no cambió. Pero Claire vio que apretaba más fuerte el teléfono y sintió que algo se hundía muy dentro de su pecho.
12
Myron tenía dos pensamientos semicontradictorios sobre Miami. Uno, el tiempo era tan hermoso que podría haberse ido allí. Dos, el sol... Hacía demasiado sol. Todo era demasiado brillante. Incluso en el aeropuerto tuvo que entornar los ojos.
Eso no era un problema para los padres de Myron, los queridos Ellen y Al Bolitar, que llevaban enormes gafas de sol que se parecían sospechosamente a gafas de soldador, pero sin tanto estilo. Le esperaban los dos en el aeropuerto. Él les había pedido que no fueran, que ya tomaría un taxi, pero su padre había insistido: «¿No te recojo siempre en el aeropuerto? ¿Recuerdas cuando volviste de Chicago después de aquella tormenta?».
—De eso hace dieciocho años, papá.
—¿Y qué? ¿Crees que he olvidado el camino?
—Eso fue en el aeropuerto de Newark.
—Dieciocho minutos, Myron.
Myron cerró los ojos.
—Me acuerdo.
—Dieciocho minutos exactamente.
—Me acuerdo, papá.
—Eso es lo que tardé en ir de casa a la Terminal A del aeropuerto de Newark. Lo cronometré, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo, sí.
Y ahí estaban los dos, con bronceados y manchas de vejez recientes. Cuando Myron bajó la escalera, su madre se acercó rápidamente y abrazó a su hijo como si fuera un prisionero de guerra de vuelta a casa en 1974. Su padre se quedó atrás sonriendo con satisfacción. Myron abrazó a su madre. Le pareció más pequeña. Eso era lo que sucedía en Miami. Tus padres se marchitaban y encogían y oscurecían, como cabezas menguantes gigantes.
—Vamos a por tu equipaje —dijo su madre.
—Lo tengo aquí.
—¿Eso es todo? ¿Una bolsa?
—Sólo me quedo una noche.
—Aun así.
Myron la miró a la cara y después le miró las manos. Cuando vio que el temblor era más acusado, sintió una punzada en el pecho.
—¿Qué? —dijo ella.
—Nada.
Su madre sacudió la cabeza.
—Siempre has sido un mal mentiroso. ¿Recuerdas aquella vez que Tina Ventura y tú dijisteis que no pasaba nada? ¿Crees que no lo sabía?
Primer año en el instituto. Pregunta a tus padres qué hicieron ayer y no se acordarán. Pregúntales cualquier cosa de su juventud, y es como si vieran las reposiciones por las noches.
Myron levantó las manos como si se rindiera.
—Me has pillado.
—No te hagas el listo. Y eso me recuerda...
Se acercaron al padre. Myron le besó en la mejilla. Siempre lo hacía. Nunca eres demasiado mayor para eso. La piel estaba más suelta. El aroma a Old Spice seguía allí, pero más débil de lo normal. Había algo más, otro olor, y Myron pensó que era el olor a viejo. Fueron hacia el coche.
—A ver si adivinas a quien me encontré —dijo su madre.
—¿A quién?
—A Dotte Derrick. ¿Te acuerdas de ella?
—No.
—Por supuesto que sí. Tenía aquella cosa, aquel como-se-llame, en el patio.
—Ah, sí. Ella. Con aquella cosa.
No tenía ni idea de a quién se refería, pero así era más fácil.
—Bueno, el caso es que vi a Dotte el otro día y nos pusimos a hablar. Ella y Bob se mudaron aquí hace cuatro años. Tienen una casa en Fort Lauderdale, pero Myron, es horrible. No se le ha hecho ninguna reforma. Al, ¿cómo se llama ese sitio de Dotte? Sunshine Vista, o algo así, ¿no?
—¿Qué más da? —dijo su padre.
—Gracias por la ayuda. En fin, ahí es donde vive Dotte. Y es un lugar espantoso. Está hecho polvo. Al, ¿a que la casa de Dotte está hecha polvo?
—Al grano, El —dijo su padre—. Ve al grano.
—Ya voy, ya voy. ¿Por dónde iba?
—Dotte no sé qué —dijo Myron.
—Derrick. Te acuerdas de ella, ¿no?
—Muy bien —dijo Myron.
—Bien, bien. En fin, Dotte todavía tiene primos en el norte. Los Levine. ¿Te acuerdas de ellos? No hay razón para que los hayas olvidado. En fin, uno de los primos vive en Kasselton. Sabes dónde está Kasselton, ¿no? Jugabas contra ellos en el instituto...
—Sé dónde está Kasselton.
—No te pongas así.
Su padre abrió los brazos desesperado.
—Al grano, El. Ve al grano.
—Vale, perdona. Tienes razón. Cuando tienes razón, tienes razón. Así que para abreviar...
—No, El, tú jamás has abreviado nada —dijo su padre—. Vaya, tú conviertes una historia corta en larga. Pero jamás, jamás has abreviado una historia.
—¿Puedo decir algo, Al?
—Como si alguien pudiera detenerte. Como si una ametralladora o un tanque del ejército pudieran detenerte.
Myron no pudo evitar sonreír. Señoras y señores, les presento a Ellen y Alan Bolitar, o, como solía decir mamá: «Somos El Al, ya sabes, como las líneas aéreas israelíes».
—Bueno, en fin, estaba hablando de Dotte de esto y aquello. Ya sabes, lo normal. Los Ruskin se mudaron. Gertie Schwartz tuvo piedras. Antonietta Vitale, que es una preciosidad, se casó con un millonario de Montclair. Ese tipo de cosas. Y entonces Dotte me dijo... Dotte me dijo, por cierto, no me lo dijiste tú, Dotte me dijo que estás saliendo con una mujer.
Myron cerró los ojos.
—¿Es verdad?
Él no dijo nada.
—Dotte dijo que salías con una viuda con seis hijos.
—Dos hijos —dijo Myron.
Su madre se paró y sonrió.
—¿Qué?
—Te pillé.
—¿Eh?
—Si hubiera dicho dos hijos, tú lo habrías negado. —Su madre agitó un dedo triunfal—. Pero sabía que si decía seis, reaccionarías. Así que te he pillado.
Myron miró a su padre. Él se encogió de hombros.
—Ha visto mucho a Matlock últimamente.
—¿Hijos, Myron? ¿Sales con una mujer con hijos?
—Mamá, voy a decir esto lo más amablemente posible: déjalo ya.
—Escúchame, listillo. Cuando hay niños por medio, no puedes ir a lo tuyo alegremente. Debes pensar en las repercusiones que puede tener para ellos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
—¿Entiendes tú lo que significa «déjalo ya»?
—Bien, haz lo que te dé la gana. —Y se rindió burlonamente. A tal palo, tal astilla—. ¿Qué más me da?
Siguieron caminando: Myron en medio, su padre a la derecha, su madre a la izquierda. Siempre caminaban así. Ahora caminaban más despacio. Eso no le preocupó mucho. Estaba más que dispuesto a reducir el paso para adaptarse al de ellos.
Fueron en coche al piso y aparcaron en su plaza. Su madre cogió a propósito el camino largo junto a la piscina para poder presentar a Myron a la aturdidora variedad de propietarios de pisos. Su madre no cesaba de decir: «¿Recuerdas a mi hijo?» y Myron fingía recordarles a ellos. Algunas mujeres, muchas de más de setenta años, estaban en muy buena forma. Como advertían a Dustin Hoffman en El graduado: «Plástica». Sólo que diferente. Myron no tenía nada contra la cirugía estética, pero pasada cierta edad, por discriminatorio que fuera, le daba escalofríos.
También el piso era demasiado brillante. Se diría que con la edad deseas menos luz, pero no. Sus padres, de hecho, se dejaron las gafas de soldador puestas durante cinco minutos. Su madre le preguntó si tenía hambre. Myron fue lo bastante prudente para decir que sí. Ella ya había pedido una fuente de bocadillos calientes de ternera —la cocina de su madre sería cualificada de inhumana en Guantánamo— a un local llamado Tony’s, que era «igual que los de nuestra charcutería» en casa.
Comieron y charlaron, y su madre intentó limpiar los pedacitos de col que se pegaban a las comisuras de la boca de su padre, pero le temblaba demasiado la mano. Myron miró a su padre a los ojos. El Parkinson de su madre estaba empeorando, pero no querían hablar de ello con Myron. Se hacían viejos. Su padre llevaba un marcapasos. Su madre tenía Parkinson. Pero su primer deber seguía siendo proteger a su hijo de todo ello.
—¿A qué hora tienes que irte a tu reunión? —preguntó la madre.
Myron miró su reloj.
—Ahora.
Se despidieron, besándose y abrazándose otra vez. Cuando se marchó, se sintió como si estuviera abandonándoles, como si ellos se quedaran enfrentándose solos al enemigo mientras él se iba sano y salvo. Tener padres mayores era absorbente, pero como le había dicho Esperanza, que había perdido a ambos padres joven, era mejor que la alternativa.
Una vez en el ascensor, Myron miró su móvil. Aimee todavía no le había devuelto las llamadas. Volvió a probar a llamarla y no se sorprendió de oír el contestador. Basta, pensó. La llamaría a casa. A ver qué pasaba.
Le llegó la voz de Aimee: «Lo prometiste...»
Marcó el número de la casa de sus padres. Respondió Claire.
—Diga.
—Hola, soy Myron.
—Hola.
—¿Qué pasa?
—No mucho —dijo Claire.
—He visto a Erik esta mañana —vaya, ¿era posible que fuera esa mismo día?— y me ha dicho que habían aceptado a Aimee en Duke. Sólo quería felicitarla.
—Sí, gracias.
—¿Está aquí?
—No, ahora mismo no.
—¿Puedo llamarla después?
—Sí, claro.
Myron cambió de táctica.
—¿Va todo bien? Pareces un poco distraída.
Iba a decir algo más pero las palabras de Aimee —«Me prometiste que no se lo dirías a mis padres»— flotaban en su mente.
—Estoy bien —dijo Claire—. Mira, tengo que dejarte. Gracias por escribir la carta de recomendación.
—No fue nada.
—Fue mucho. Los chicos en el cuarto y el séptimo puesto de su clase solicitaron la admisión y los han rechazado. Supuso la diferencia.
—Lo dudo. Aimee es una gran candidata.
—Puede, pero gracias igualmente.
Se oyó un gruñido de fondo. Parecía Erik.
En su mente volvió a oír decir a Aimee: «Las cosas no van muy bien en casa ahora mismo». Myron pensó en intentar algo más, otra pregunta quizá, pero Claire colgó.
A Loren Muse le había tocado otro nuevo caso de homicidio: doble homicidio, de hecho, dos hombres muertos a tiros frente a un club de East Orange. Se decía que las muertes eran por encargo de John «El fantasma» Asselta, un famoso asesino a sueldo que había nacido y crecido en la zona. Asselta había estado tranquilo los últimos años. Si había vuelto, iban a estar muy ocupados.
Repasaba el informe de balística cuando sonó su línea privada. Lo cogió y dijo:
—Muse.
—Adivina.
Ella sonrió.
—Lance Banner, viejales. ¿Eres tú?
—Soy yo.
Banner era un policía de Livingston, Nueva Jersey, el pueblo donde los dos habían crecido.
—¿A qué debo este placer?
—¿Sigues investigando la desaparición de Katie Rochester?
—La verdad es que no —dijo ella.
—¿Por qué no?
—Primero, no hay indicios de violencia. Segundo, Katie Rochester tiene más de dieciocho años.
—Apenas.
—Ante la ley, dieciocho es como si fueran ochenta. Así que oficialmente no hay una investigación en marcha.
—¿Y extraoficialmente?
—He visto a una doctora llamada Edna Skylar.
Le contó la historia de Edna, utilizando casi las mismas palabras que había utilizado cuando se lo había contado a su jefe, el fiscal del condado Ed Steinberg. Steinberg la había escuchado un buen rato hasta que concluyó como era de prever: «No tenemos recursos para investigar algo con tan baja prioridad».
Cuando terminó, Banner preguntó:
—¿Cómo te asignaron el caso al principio?
—Como te he dicho, no había caso, en realidad. Es mayor de edad, no hay indicios de violencia, ya sabes cómo va. Así que no asignaron a nadie. También es cuestionable la jurisdicción. Pero el padre, Dominick, armó mucho jaleo con la prensa, seguramente ya lo viste, y conocía a alguien que conocía a alguien, y eso condujo a Steinberg...
—Y eso condujo hasta ti.
—Eso mismo. La palabra clave es «condujo». En pasado.
Lance Banner preguntó:
—¿Me puedes dedicar diez minutos?
—¿Has oído hablar del doble homicidio en East Orange?
—Sí.
—Lo llevo yo.
—¿Como en presente?
—Tú lo dices.
—Me lo imaginaba —dijo Banner—. Por eso sólo te pido diez minutos.
—¿Es importante? —preguntó ella.
—Digamos... —se calló, buscando la palabra— que es muy raro.
—¿Y tiene que ver con la desaparición de Katie Rochester?
—Diez minutos máximo, Loren. Sólo te pido diez minutos. Qué demonios, me conformo con cinco.
Loren miró el reloj.
—¿Cuándo?
—Estoy en el vestíbulo de tu edificio ahora mismo —dijo él—. ¿Puedes buscar una sala?
—¿Para cinco minutos? Vaya, tu esposa no bromeaba con lo de tu entusiasmo en la cama.
—Sigue soñando, Muse. ¿Oyes ese ding? Estoy subiendo al ascensor. Busca una sala ya.
Lance Banner, el detective de la policía de Livingston, llevaba un corte militar. Tenía rasgos grandes y una constitución que hacía pensar en ángulos rectos. Loren le conocía desde la escuela elemental y todavía no lograba quitarse de la cabeza esa imagen, cómo era entonces. Las personas que conociste de pequeño siempre las ves como párvulos.
Loren le vio vacilar al entrar, como si no supiera cómo saludarla: un beso en la mejilla o un apretón de manos más profesional. Ella se adelantó y se acercó a besarle en la mejilla. Estaban en una sala de interrogatorios, y los dos se dirigieron a ocupar la silla del interrogador. Banner se dio cuenta, levantó ambas manos y se sentó frente a ella.
—Tal vez deberías leerme mis derechos —dijo.
—Esperaré a tener suficiente para un arresto. ¿Qué tienes sobre Katie Rochester?
—No hay tiempo para charlas banales, ¿eh?
Ella se limitó a mirarle.
—Vale, al grano. ¿Conoces a una mujer llamada Claire Biel?
—No.
—Vive en Livingston —dijo Banner—. Se llamaba Claire Garman cuando éramos pequeños.
—No me acuerdo.
—Era mayor que nosotros. Cuatro o cinco años probablemente. —Se encogió de hombros—. Lo he comprobado.
—Ajá —dijo Loren—. Hazme un favor, Lance. Finge que soy tu esposa y ahórrame los preliminares.
—Vale, allá va. Me ha llamado esta mañana. Claire Biel. Su hija se fue anoche y no ha vuelto.
—¿Cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir dieciocho.
—¿Algún indicio de juego sucio?
Él puso cara de estarlo pensando y después dijo:
—Todavía no.
—¿Y?
—Normalmente esperamos un tiempo. Como dijiste tú por teléfono, es mayor de edad y no hay indicios de violencia.
—Como con Katie Rochester.
—Sí.
—¿Pero?
—Conozco un poco a los padres. Claire iba a la escuela con mi hermano mayor. Viven en el mismo barrio. Están preocupados. Pero la verdad es que se imaginan que la chica está por ahí haciendo el tonto. La aceptaron en la universidad el otro día. Irá a Duke. Su primera elección. Fue a celebrarlo con unos amigos. Ya sabes a qué me refiero.
—Lo sé.
—Pero he pensado que no haría ningún daño echar un vistazo. Así que he hecho lo más fácil. Para contentar a los padres, para que sepan que su hija..., se llama Aimee, por cierto, que Aimee está bien.
—¿Y qué has hecho?
—He investigado su tarjeta de crédito para ver si había pagado algo o había utilizado un cajero.
—¿Y?
—Lo ha hecho. Sacó mil dólares, el máximo, en un cajero a las dos de la mañana.
—¿Tienes el vídeo del banco?
—Lo tengo.
Eso se conseguía al momento. Ya no se usaban las antiguas cintas. Eran vídeos digitales y se podían mandar por correo y descargar enseguida.
—Era Aimee —dijo él—. No hay ninguna duda. No intentaba ocultar su cara ni nada.
—¿Y?
—Así que crees que se ha fugado, ¿no?
—Sí.
—Una canita al aire —siguió él—. Cogió el dinero y se fue de fiesta, o lo que sea. A pegarse una buena juerga al final de su último año.
Apartó la mirada.
—Venga, Lance. ¿Cuál es el problema?
—Katie Rochester.
—¿Porque hizo lo mismo que ella? ¿Fue a un cajero antes de desaparecer?
Él inclinó la cabeza adelante y atrás en un gesto de «algo parecido». Sus ojos seguían puestos en otra parte.
—No es que hiciera lo mismo que Katie —dijo—. Es que hizo exactamente lo mismo.
—No te entiendo.
—El cajero que utilizó Aimee Biel está situado en Manhattan, más concretamente —ahora habló con más lentitud— en el Citibank de la 52 con la Sexta Avenida.
Loren sintió un estremecimiento desde la nuca hacia abajo.
—Es el mismo que utilizó Katie Rochester, ¿no? —dijo Banner.
Ella asintió y después dijo algo totalmente estúpido:
—Podría ser una coincidencia.
—Podría ser —convino él.
—¿Tienes algo más?
—Acabamos de empezar, pero hemos buscado el registro de su móvil.
—¿Y?
—Hizo una llamada justo después de sacar el dinero.
—¿A quién?
Lance Banner se echó atrás y cruzó las piernas.
—¿Te acuerdas de un chico un poco mayor que nosotros, un jugador de baloncesto, Myron Bolitar?
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