Читать книгу: «Atrapados»

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Título original: Caught

© Harlan Coben, 2010

© traducción de Ramón de España, 2012

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO302

ISBN: 978-84-9006-775-8

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE

1

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6

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9

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SEGUNDA PARTE

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EPÍLOGO

PARA ANNE,

DEL TÍO MÁS AFORTUNADO DE ESTE MUNDO

PRÓLOGO

Sabía que abrir esa puerta roja destruiría mi vida.

Sí, suena melodramático y tremendista, cosas que intento evitar, y la verdad es que no había nada especialmente amenazante en esa puerta roja. De hecho, la puerta en cuestión era de lo más normal, de madera y con una estructura de cuatro paneles, como las que encuentras en tres de cada cuatro casas de las afueras, con la pintura gastada, un picaporte a la altura del pecho, que nadie ha utilizado jamás, y una cerradura metálica.

Pero mientras caminaba hacia ella, bajo la escasa luz de una farola distante que apenas me iluminaba el trayecto, el oscuro sendero parecía dispuesto a tragárseme entero, y no se me quitaba de encima una sensación de desgracia inminente. Cada paso que daba me costaba un gran esfuerzo, como si no recorriera una acera agrietada, sino un cemento aún fresco. Mi cuerpo exhibía los síntomas clásicos de una amenaza latente. ¿Se me helaba el espinazo? Pues sí. ¿Se me estaban erizando los vellos? También. ¿Picores en la base del cuello? Ahí estaban. ¿Cosquilleo en el cráneo? Por supuesto.

La casa estaba totalmente a oscuras, sin una sola luz. Chynna ya me había prevenido. Pero ese domicilio se me antojaba demasiado mono, a la par que excesivamente anónimo. Por algún motivo, eso me molestaba. Y además, la casa estaba aislada al final de un callejón sin salida, agazapada en la oscuridad como si así mantuviese a distancia a los intrusos.

No me gustaba.

No me gustaba lo más mínimo, pero eso es a lo que me dedico. Cuando Chynna me llamó, yo había acabado de entrenar al equipo de baloncesto de cuarto grado de Newark. Mi equipo, compuesto por chavales que, al igual que yo, procedían de familias de acogida (nos llamamos los Sin-Pas, diminutivo de sin padres, pues se nos da muy bien el sarcasmo), se las había apañado para cargarse su ventaja de seis puntos a dos minutos del final. En la cancha, como en la vida, los Sin-Pas no resisten muy bien la presión.

Chynna llamó mientras yo reunía a mis jóvenes saltarines para soltarles el rollo habitual tras el partido, que solía consistir en aportaciones tan trascendentales para sus vidas como: «Os lo habéis currado», «La próxima vez nos los cargamos» o «No olvidéis que tenéis un partido el jueves»; y acabando siempre con el grito de «¡A arrasar!», algo que no solemos conseguir jamás.

—¿Dan?

—¿Quién eres?

—Soy Chynna. Ven, por favor.

Le temblaba la voz, así que me despedí del equipo y subí al coche. Y ahora estaba aquí. Ni siquiera había tenido tiempo de ducharme, y el olor a gimnasio se mezclaba con el sudor del miedo. Bajé el ritmo. ¿Qué me estaba pasando?

Para empezar, debería haberme duchado. No sirvo para nada sin una buena ducha. Nunca lo he logrado. Pero Chynna se había mostrado muy insistente. Me había suplicado que estuviera allí antes de que nadie llegara a la casa. Por consiguiente, ahí estaba yo, con la camiseta gris empapada en sudor y enganchada al pecho, dirigiéndome hacia esa puerta.

Como muchos de los jóvenes con los que trabajo, Chynna tenía serios problemas, y puede que fuera eso lo que había disparado las alarmas. No me había gustado la voz que tenía al teléfono, pero tampoco me había contagiado el menor interés por todo el asunto. Respiré hondo y eché un vistazo atrás. En la distancia, podía discernir algunas señales de vida en esa noche de las afueras —luces domésticas, el fulgor de un televisor o de una pantalla de ordenador o la puerta abierta de un garaje—, pero en ese callejón sin salida no había nada, ni un sonido, ni un movimiento, solo algún susurro en la oscuridad.

Me vibró el móvil y me pegó un susto de muerte. Supuse que sería Chynna, pero no, se trataba de Jenna, mi exmujer. Le di al botón de responder y dije:

—Hola.

—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó ella.

—Ahora ando algo ocupado.

—Solo necesito que me hagas de canguro mañana por la noche. Puedes traerte a Shelly, si quieres.

—Verás, Shelly y yo no estamos en nuestro mejor momento —le dije.

—¿Otra vez? Pero si es estupenda para ti.

—No llevo muy bien eso de conservar a las mujeres estupendas.

—A mí me lo vas a decir…

Jenna, mi adorable ex, se volvió a casar hace ocho años. Su nuevo marido es un reputado cirujano que se llama Noel Wheeler. Noel trabaja para mí como voluntario en el centro de adolescentes. Me cae bien y yo le caigo bien a él. Tiene una hija de un matrimonio anterior y, a medias con Jenna, una niña de seis años llamada Kari. Yo soy el padrino de Kari, y las dos chicas me llaman tío Dan. Soy el canguro habitual de la familia.

Ya sé que todo esto parece de lo más civilizado, y supongo que así es. Pero en mi caso podría tratarse únicamente de una cuestión de necesidad. No dispongo de nadie más —ni padres ni hermanos—, así que lo más parecido que tengo a una familia es mi exmujer. Los chavales con los que trabajo, a los que intento reivindicar, ayudar y defender, son mi vida, pero la verdad es que no estoy muy convencido de estar haciendo las cosas especialmente bien.

—Tierra llamando a Dan… —dijo Jenna.

—Ahí estaré —le dije.

—A las seis y media. Eres el mejor.

Jenna me envió un beso por teléfono y colgó. Me quedé un instante mirando el móvil y recordé el día de nuestra boda. Cometí un error casándome. Para mí, siempre es un error acercarme demasiado a la gente, pero no puedo evitarlo. Necesito poco para explayarme filosofando sobre que es mejor haber amado y perdido que no haber amado jamás. Aunque, en realidad, no creo que eso se ajuste a mí. Me temo que forma parte del ADN humano lo de repetir los mismos errores, incluso cuando deberíamos verlos venir. Así pues, aquí estoy yo, el pobre huérfano que consiguió llegar a lo más alto de su clase en una escuela pija, pero que nunca acabó de descubrir quién era. Suena cursi, pero yo quiero tener a alguien en mi vida. Lamentablemente, no parece ser ese mi destino. Soy un solitario que no desea serlo.

«Somos la basura de la evolución, Dan…».

Eso decía mi «padre» adoptivo favorito. Era un profesor universitario al que le encantaban los debates filosóficos.

«Piénsalo, Dan. A lo largo de la humanidad, ¿qué han hecho los más fuertes y los más listos? Ir a la guerra. Así fueron las cosas hasta el siglo pasado. Antes de eso, enviábamos a nuestros mejores representantes a pelear en el frente. Así pues, ¿quién se quedaba en casa y se reproducía mientras lo mejor de nuestra juventud moría en lejanos campos de batalla? Los cojos, los enfermos, los débiles, los corruptos, los cobardes… En definitiva, lo peor de cada casa. Y de ahí venimos genéticamente nosotros, Dan, tras milenios sacrificando a los que valen para mantener vivos a los inútiles. Por eso, todos somos basura, puros zurullos procedentes de siglos de malas gestaciones».

Pasé de la aldaba y golpeé suavemente la puerta con los nudillos. Cedió y se abrió una rendija. No me había dado cuenta de que estaba abierta.

Eso tampoco me gustó. Ahí había muchas cosas que no me gustaban.

De pequeño vi un montón de películas de terror, cosa extraña, pues la verdad es que las odiaba. Odiaba que me tirasen cosas encima. Y no podía soportar tanta sangre. Pero seguía viendo esas películas y se me hacía la boca agua ante la actitud previsiblemente imbécil de sus heroínas, y ahora volvía a ver mentalmente esas secuencias, aquellas en las que la susodicha heroína imbécil llama a una puerta, la puerta se abre y tú le gritas: «¡Corre, tía buena en bragas!», pero ella no se mueve, y tú no lo entiendes, y al cabo de dos minutos aparece el asesino y se la carga.

Debería largarme ahora mismo.

De hecho, estaba a punto de hacerlo, pero entonces recordé la llamada de Chynna, las palabras que había pronunciado, su voz temblorosa. Suspiré, me acerqué a la rendija y eché un vistazo al recibidor.

Oscuridad.

Bueno, basta ya de tonterías.

—¿Chynna?

Escuché el eco de mi voz. Yo esperaba un silencio absoluto. Eso sería lo siguiente, ¿no? Ninguna respuesta. Abrí la puerta un poco más, di un pasito hacia adelante…

—¿Dan? Estoy en la parte de atrás. Ven.

Era una voz apagada y distante. Eso tampoco me gustaba nada, pero ya no había manera de echarse atrás. Echarme atrás ya me había salido muy caro a lo largo de mi vida. Me deshice de las dudas. Sabía lo que me tocaba hacer ahora.

Abrí la puerta, entré y la cerré a mis espaldas.

En mi situación, otros se habrían traído una pistola o algún tipo de arma. A mí también se me había ocurrido, pero es algo que no va conmigo. Y ahora ya no era el momento de preocuparse por ello. No había nadie en casa. Eso me había dicho Chynna. Y si había alguien, pues ya me enfrentaría a esa evidencia en su momento.

—¿Chynna?

—Ve al salón, estaré ahí en un segundo.

La voz sonaba… extraña. Vi una luz al final del pasillo y me dirigí hacia ella. Oí un ruido. Me detuve y me puse a escuchar. Parecía agua corriente. Puede que una ducha.

—¿Chynna?

—Me estoy cambiando. Enseguida salgo.

Me colé en un salón en penumbra. Vi uno de esos interruptores que controlan la intensidad de la luz y pensé en darle hacia arriba, pero al final opté por dejarlo como estaba. Mis ojos se ajustaban rápidamente. La habitación tenía unas paredes de madera cutre que parecía tener más relación con el plástico que con ningún tipo de árbol. Había dos retratos de sendos payasos tristes con enormes flores en la solapa, de esos que se encuentran en tiendas donde rige el peor gusto posible. En el mueble bar había una enorme botella de vodka, abierta y de marca desconocida. Me pareció oír susurrar a alguien.

—¿Chynna? —dije en voz alta.

No hubo respuesta. Me quedé a la espera de más susurros. Nada. Eché a andar hacia la parte de atrás, hacia donde había oído el ruido de la ducha.

—Enseguida salgo —le oí decir a la voz.

Seguí adelante y me dio un escalofrío, pues cada vez estaba más cerca de esa voz. Podía oírla mejor. Y había en ella algo que se me antojó de lo más extraño: no se parecía en nada a la de Chynna. Me asaltaron tres sensaciones. Una, pánico. No era Chynna. Lárgate ahora mismo. Dos, curiosidad. Si no era Chynna, ¿quién coño era y qué estaba pasando? Tres, más pánico. La que me llamó por teléfono había sido Chynna, así pues… ¿qué le había pasado?

Ahora no podía salir pitando.

Di un paso más y fue entonces cuando todo ocurrió. Me dio un foco en toda la cara y me cegó. Trastabillé hacia atrás mientras me cubría el rostro con la mano.

—¿Dan Mercer?

Parpadeé. Voz femenina. Profesional. Tono grave. Y me resultaba extrañamente familiar.

—¿Quién está ahí?

De repente, había más gente en la habitación. Un tipo con una cámara. Otro con lo que parecía un micrófono de percha. Y la mujer de la voz familiar, una hembra impresionante vestida de ejecutiva y con el pelo castaño.

—Wendy Tynes, NTC News. ¿Qué haces aquí, Dan?

Abrí la boca, pero no me salía nada. Reconocí a esa mujer de un programa de televisión.

—¿Por qué has estado chateando de manera sexual con una niña de trece años, Dan? Tenemos tus comunicaciones con ella.

Era la que tendía trampas a los pedófilos y los grababa para que se enterara todo el mundo.

—¿Has venido para tener sexo con una niña de trece años?

Y entonces vi lo que estaba pasando allí y se me congelaron los huesos. Apareció más gente en la habitación. Productores, tal vez. Otro tío con una cámara. Dos polis. Las cámaras se acercaron. La luz se hizo más brillante. El sudor empezó a recorrerme la frente. Me puse a tartamudear, me lancé a negarlo todo.

Pero no había nada que hacer. Emitieron el programa dos días después. Lo vio todo el mundo. Y la vida de Dan Mercer, como ya había previsto yo cuando me acercaba a esa puerta, se fue a la ruina.

Cuando Marcia McWaid vio por primera vez la cama vacía de su hija no se sintió atacada por el pánico. Eso vendría después. Se había despertado a las seis de la mañana, demasiado pronto para un sábado, pero se sentía maravillosamente. Ted, su marido desde hacía veinte años, dormía apaciblemente a su lado. Boca abajo y con un brazo en torno a su cintura. A Ted le gustaba dormir con camiseta y sin calzoncillos. Desnudo de cintura para abajo. «Hay que dejar que se aireen mis amiguitos», solía decir con una mueca irónica. Y Marcia, imitando la costumbre adolescente de sus hijas, le respondía: «D-I» (Demasiada Información).

Marcia se deshizo de su abrazo y echó a andar hacia la cocina. Se preparó una taza de café con la nueva máquina Keurig. A Ted le encantaban esos chismes —los críos y sus juguetes—, pero tenía que reconocer que este era de cierta utilidad. Cogías la cápsula, la metías en la máquina y, zas, ya tenías un café. Marcia pasaba de las pantallas de vídeo, de los sistemas táctiles y de la conectividad sin cables, pero ese trasto le encantaba.

Habían acabado recientemente una ampliación doméstica: un dormitorio más, otro baño y una tronera de vidrio para la cocina. Ahora entraba el sol desde primera hora de la mañana, convirtiendo ese rincón de la casa en el favorito de Marcia. Se hizo con el café y el periódico y se sentó junto a la ventana, sobre sus propios pies.

Un leve atisbo del paraíso.

Se dedicó a leer el periódico y a disfrutar de su café. Poco después, debería revisar el horario. Ryan, que cursaba tercer grado, tenía un partido de baloncesto a las ocho en punto. Ted era el entrenador. Su equipo llevaba dos temporadas seguidas sin ganar nada.

—¿Por qué nunca ganan tus equipos? —le había preguntado Marcia.

—Porque selecciono a los chavales siguiendo un criterio muy estricto.

—¿Consistente?

—En lo simpático que sea el padre y lo buena que esté la madre.

Le había dado una colleja amistosa, pues cualquier preocupación que pudiera haberle suscitado ese comentario se desvaneció al ver a las madres que rondaban por allí y darse cuenta de que el hombre bromeaba. La verdad es que Ted era un gran entrenador, no en términos estratégicos, sino a la hora de tratar a los muchachos. Todos le querían y disfrutaban de su falta de competitividad, pues hasta los jugadores más carentes de talento, los que solían desanimarse a la largo de la temporada y acabar abandonando, aparecían cada semana. Ted consiguió incluso darle la vuelta a su favor a una conocida canción de Bon Jovi: «Conviertes la derrota en algo digno». Los chavales se reían y celebraban cada enceste: así es como deben ser las cosas cuando estás en tercer grado.

Su hija de catorce años, Patricia, tenía un ensayo para la función teatral, una versión resumida del musical Los miserables. Interpretaba varios papeles pequeños que le daban bastante trabajo. Y la hija mayor, Haley, la que iba al instituto, hacía unas «prácticas de capitana» para el equipo femenino de lacrosse. Dichas prácticas no tenían ningún tono oficial. Solo eran una manera de asomarse a la realidad del juego siguiendo las reglas marcadas por el instituto. No había entrenador, y la cosa era más bien una reunión juvenil para pasar el rato.

Como muchos padres de las afueras, Marcia mantenía con el deporte una relación de amor-odio. Sabía lo irrelevantes que eran a la larga las actividades deportivas, pero no podía evitar involucrarse en ellas.

Media hora de paz al inicio de la jornada. Eso era todo lo que necesitaba. Se terminó la primera taza de café, se hizo una segunda y pilló la sección de «Estilos de Vida» del diario. La casa seguía en silencio. Subió las escaleras para supervisar la situación. Ryan dormía de lado, con el rostro convenientemente enfocado hacia la puerta para que su madre pudiese reparar en cómo se parecía a su padre. El cuarto siguiente era el de Patricia, que también seguía durmiendo.

—¿Cariño?

Patricia se movió e hizo un ruidito. En su habitación, como en la de Ryan, daba la impresión de que alguien había colocado estratégicamente unos cartuchos de dinamita en los cajones, haciendo saltar su contenido por los aires. Había ropa tirada en el suelo, ropa a medio colocar en su sitio y algunas prendas colgando del armario cual caídos en una barricada de la Revolución Francesa.

—¿Patricia? Tienes ensayo en una hora.

—Ya voy —gruñó la chica con una voz que indicaba exactamente lo contrario.

Marcia se preguntaba a qué hora habría vuelto su hija a casa. Haley no estaba sometida a ningún tipo de toque de queda porque nunca había sido necesario imponérselo. Era mayor y responsable y nunca se aprovechaba de la situación. Marcia, cansada, se había ido a dormir a las diez. Ted, aunque estaba tan «cachondo» como de costumbre, no tardó mucho en seguirla. Estaba a punto de seguir adelante y pasar del asunto cuando algo, no supo exactamente qué, la empujó a poner una lavadora. Se encaminó hacia el baño de Haley. Sus hermanos menores, Ryan y Patricia, creían que «cesta» era un eufemismo de «suelo», o de «cualquier sitio menos la cesta», pero Haley, claro está, depositaba cada noche religiosamente en la cesta la ropa que había llevado ese día. Fue entonces cuando Marcia empezó a sentir un peso en el estómago.

La cesta estaba vacía.

El peso del estómago se incrementó cuando revisó el cepillo de dientes de su hija, y luego el lavabo y la ducha.

Todo estaba seco.

El peso seguía en aumento cuando Marcia le gritó a Ted, tratando de que no se le notara el pánico en la voz. Y así siguió cuando ambos se fueron en coche a las prácticas de capitana y se enteraron de que Haley no había aparecido. Continuó creciendo cuando llamó a las amigas de Haley, mientras Ted envió un mail generalizado y nadie supo decirle dónde estaba su hija. El peso siguió creciendo cuando llamaron a la policía local y esta, pese a las protestas de Marcia y Ted, sostuvo que Haley se había ido de casa y no era más que una cría dispuesta a quemar un poco de energía. Cuarenta y ocho horas después, cuando entró en liza el FBI, el peso del estómago era casi insoportable. Lo fue del todo al cabo de una semana, cuando seguía sin haber ninguna noticia de Haley.

Era como si se la hubiese tragado la tierra.

Pasó un mes. Nada. Pasaron dos. Sin novedad al respecto. Y entonces, finalmente, durante el tercer mes, hubo noticias… Y la piedra que le había crecido a Marcia en el pecho, la que no le dejaba respirar ni dormir por las noches, dejó de crecer.

PRIMERA PARTE

1

Tres meses después…

—¿Promete decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, con la ayuda de Dios?

Wendy dijo que sí, subió al banquillo y miró a su alrededor. Se sentía como si estuviese en un escenario, algo a lo que, por otra parte, estaba acostumbrada al ser una reportera de televisión, pero esta vez la cosa no le hacía ninguna gracia. Echó un vistazo y vio a los padres de las víctimas de Dan Mercer. Cuatro parejas. Estaban ahí cada día. Al principio, traían fotografías de sus hijos, de esas víctimas inocentes, y las sostenían en alto, pero el juez se lo acabó prohibiendo. Ahora se mantenían sentados en silencio, mirando; y curiosamente, eso resultaba aún más inquietante.

El asiento era incómodo. Wendy ajustó la posición, cruzó las piernas, las descruzó y se quedó a la espera. Flair Hickory, el defensor de los famosos, se puso de pie. Wendy, no por primera vez, se preguntaba de dónde habría sacado Dan Mercer el dinero para permitirse un abogado así. Flair llevaba su habitual traje gris a rayas rosas, camisa rosa y corbata rosa. Cruzó la sala de una manera que podría describirse discretamente como «teatral», pero que se parecía más a los movimientos de un Liberace que hubiese perdido la vergüenza por completo.

—Señora Tynes —empezó, con una sonrisa de bienvenida. Eso formaba parte de su estilo. Sí, era gay, pero lo enfatizaba ante el tribunal como si fuese un imitador de Liza Minnelli—. Me llamo Flair Hickory y le deseo unos buenos días.

—Buenos días —dijo ella.

—Usted trabaja para un programa de televisión amarillista titulado Atrapado in fraganti, ¿no es cierto?

El letrado de la acusación, un hombre llamado Lee Portnoi, dijo:

—Protesto. Es un programa de televisión a secas. No hay base alguna para sostener la alegación de que se trate de un programa populachero o amarillista.

Flair sonrió.

—¿Quiere que aporte pruebas al respecto, señor Portnoi?

—No será necesario —intervino la juez Lori Howard en un tono de voz que ya indicaba cierta preocupación. Se volvió hacia Wendy—. Por favor, responda a la pregunta.

—Ya no trabajo para ese programa —declaró Wendy.

Flair aparentó sorpresa ante la noticia.

—¿No? Pero ¿sí había trabajado en él?

—Sí.

—¿Y qué ocurrió?

—El programa fue retirado de antena.

—¿Por falta de audiencia?

—No.

—¿De verdad? ¿Por qué, entonces?

—Señoría, todos sabemos por qué —dijo Portnoi.

Lori Howard asintió.

—Avance un poco, señor Hickory.

—¿Conoce usted a mi cliente, Dan Mercer?

—Sí.

—Y se coló en su domicilio, ¿no es así?

Wendy intentó sostenerle la mirada, tratando de no parecer culpable, sin saber muy bien cómo se hacía eso.

—No me parece una descripción muy ajustada.

—¿No lo es? Pues nada, señora mía, pretendo ajustarme lo máximo posible a la realidad, así que volvamos a empezar.

Recorrió la sala como si estuviera en una pasarela de Milán. Hasta tuvo la audacia de sonreírles a las familias de las víctimas. La mayoría se puso a mirar ostensiblemente hacia otro lado, pero uno de los padres, Ed Grayson, le lanzó una mirada asesina. Flair se quedó tan ancho.

—¿Cómo conoció usted a mi cliente?

—Apareció en un chat.

Flair enarcó las cejas de manera espectacular.

—¿De verdad? —dijo como si lo que acababa de oír fuese de lo más fascinante—. ¿Qué tipo de chat?

—Un chat para niños.

—¿Y usted estaba ahí en medio?

—Sí.

—Usted no es una niña, señora Tynes. Vamos a ver, puede que no sea mi tipo, pero hasta yo me doy cuenta de que es usted una adulta de sexo femenino y de muy buen ver.

—¡Protesto!

La juez Howard suspiró.

—¿Señor Hickory?

Flair sonrió e hizo una reverencia en señal de disculpa. Se trataba de ese tipo de cosas de las que solo él podía salir bien librado.

—Bueno, señora Tynes, cuando usted estaba en ese chat, se hacía pasar por una menor de edad, ¿correcto?

—Sí.

—Y luego se lanzaba a unas conversaciones destinadas a atraer a hombres interesados en mantener relaciones sexuales con usted. ¿Estoy también en lo cierto?

—No.

—¿Cómo que no?

—Siempre les dejo dar el primer paso.

Flair meneó la cabeza e hizo unos ruiditos de reprobación.

—Si me dieran un dólar cada vez que digo eso…

La sala en pleno se echó a reír.

—Tenemos las transcripciones, señor Hickory. Podemos leerlas y llegar a nuestras propias conclusiones —dijo la juez.

—Excelente precisión, señoría, muchas gracias.

Wendy se preguntaba por la ausencia de Dan Mercer, pero entendía por qué no estaba allí. Se trataba de una sesión dedicada a aportar pruebas y, por consiguiente, Mercer no sería interrogado. Flair Hickory confiaba en convencer a la jueza para que prescindiera del material espantoso, enfermizo y vomitivo que la policía había encontrado en el ordenador de Mercer y oculto por toda la casa. Si lo lograba —aunque todo el mundo pensaba que lo tenía muy difícil—, lo más probable era que el caso contra Dan Mercer se derrumbara y las calles recuperasen a un depredador chiflado.

—Por cierto —Flair se dirigió de nuevo a Wendy—, ¿cómo supo usted que era mi cliente el que estaba al otro lado de esa conversación en la red?

—Al principio no lo sabía.

—Ah, ¿no? ¿Y con quién creía estar hablando?

—No sabía su nombre. Es parte del asunto. En esos momentos, solo sabía que era un tío que andaba en busca de sexo con menores.

—¿Y cómo lo sabía?

—¿Perdón?

Flair trazó unas comillas en el aire.

—«Un tío que andaba en busca de sexo con menores», como usted dice. ¿Cómo supo que la persona en cuestión se dedicaba a eso?

—Como ha dicho la juez, señor Hickory, lea las transcripciones.

—Oh, ya lo he hecho. ¿Y sabe a qué conclusión he llegado?

Eso puso de pie a Lee Portnoi.

—Protesto. No nos interesan las conclusiones del señor Hickory. Que yo sepa, no es un testigo.

—Admitido.

Flair se retiró a su escritorio y empezó a hojear sus notas. Wendy echó un vistazo a la sala. Le ayudaba a concentrarse. Esa gente había sufrido mucho, y ella les ayudaba a buscar justicia. Por mucho que aparentase estar quemada o que dijera que lo suyo no era más que un trabajo, lo cierto era que todo aquello significaba mucho para ella: había hecho cosas buenas. Pero cuando su mirada se cruzó con la de Ed Grayson, vio algo ahí que no le gustó. Era una mirada airada, incluso retadora. Flair dejó a un lado los papeles.

—En fin, señora Tynes, permítame que se lo diga de esta manera: si una persona razonable leyera esas transcripciones, llegaría sin duda alguna a la conclusión de que uno de los participantes era una reportera de treinta y seis años y de muy buen ver…

—¡Protesto!

—… ¿o cree usted que alguien pensaría que aquello lo escribía una niña de trece años?

Wendy abrió la boca, la cerró y se quedó a la espera. La juez Howard le dijo:

—Puede contestar.

—Me hacía pasar por una cría de trece años.

—Ajá —dijo Flair Hickory—. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez?

—Señor Hickory… —le advirtió la juez.

—Lo siento, señoría, no lo he podido evitar. En fin, señora Tynes, si yo me limitara a leer esos mensajes, no podría saber que usted estaba mintiendo, ¿verdad? Pensaría que usted era realmente una niña de trece años.

Lee Portnoi empezaba a perder la paciencia.

—¿Y la pregunta?

—Ahora voy, cariño, así que presta atención: ¿fueron escritos esos mensajes por una niña de trece años?

—Preguntado y respondido, señoría —dijo Flair.

—Solo se trata de un sí o un no. ¿Era la autora de tales mensajes una niña de trece años?

La juez Howard asintió en dirección a la testigo.

—No —dijo Wendy.

—De hecho, como usted misma ha reconocido, se estaba haciendo pasar por una niña de trece años, ¿no es cierto?

—Así es.

—Y hasta donde usted sabe, la persona al otro lado de la comunicación también podía estar haciéndose pasar por un adulto en busca de sexo con menores. Ya puestos, igual podía estar usted hablando con una monja albina con herpes, ¿verdad?

—Protesto.

Wendy miró a Flair a los ojos.

—No fue una monja albina con herpes la que se presentó en casa de la niña buscando sexo.

Pero Flair no se arredró.

—¿De qué casa se trataba, señorita Tynes? ¿De la casa donde usted colocó sus cámaras? Dígame, ¿acaso vivía allí una menor?

Wendy no dijo nada.

—Haga el favor de responder a la pregunta —le indicó la juez.

—No.

—Pero usted estaba allí, ¿verdad? Puede que quien estaba en el otro extremo de la conversación, y la verdad es que seguimos sin saber quién era a estas alturas, hubiese visto su programa de noticias —pronunció la palabra «noticias» como si le dejara un mal sabor de boca— y decidido seguirle la corriente para poder conocer a una estrella de la televisión de treinta y seis años y de muy buen ver. ¿Acaso no cabe esa posibilidad?

Portnoi se puso de pie.

—Protesto, señoría. Ese es un tema para el jurado.

—Muy cierto —dijo Flair—. Y podríamos aducir, un caso evidente de manipulación. —Se volvió a Wendy—. Sigamos en la noche del 17 de enero, ¿le parece? ¿Qué ocurrió después de que usted se enfrentara a mi cliente en su casa trampa?

Wendy esperó a que el fiscal se opusiera al término «trampa», pero lo más probable era que este pensara que ya había hecho suficiente.

—Su cliente salió corriendo.

—Después de que usted se le echara encima con sus cámaras, sus focos y sus micrófonos, ¿verdad?

Volvió a esperar una protesta antes de responder.

—Sí.

—Dígame, señora Tynes. ¿Es así como reacciona la mayoría de los hombres a los que usted atrae a su casa trampa?

—No. En general, se quedan a dar explicaciones.

—¿Aunque la mayoría de ellos sean culpables?

—Sí.

—Pero mi cliente se comportó de un modo distinto. Interesante.

Portnoi se había vuelto a levantar.

—Puede que al señor Hickory le parezca interesante. Pero a los demás, sus triquiñuelas…

—Vale, vale, lo retiro —dijo Flair como si solo aspirase a que lo dejaran en paz—. Relájese, letrado, que el jurado no está. ¿No confía en que la juez detecte mis «triquiñuelas» sin su ayuda? —Se puso bien uno de los gemelos—. Bueno, señora Tynes, el caso es que usted encendió las cámaras y los focos y se echó encima de Dan Mercer blandiendo un micrófono, momento en el que mi cliente salió corriendo. ¿Es ese su testimonio?

—Lo es.

—¿Y qué hizo usted entonces?

—Les dije a mis productores que lo siguieran.

Flair volvió a aparentar sorpresa.

—¿Sus productores son agentes de policía, señora Tynes?

—No.

—¿A usted le parece normal que ciudadanos particulares se dediquen a la persecución de sospechosos sin la ayuda de agentes de la ley?

—Había un agente de policía con nosotros.

—Oh, por favor. —Hickory se puso escéptico—. Su programa es puro sensacionalismo. Periodismo amarillo de la peor especie…

Wendy le interrumpió.

—Ya nos habíamos visto antes, señor Hickory.

Eso le cogió por sorpresa.

—¿De verdad?

—Cuando yo era una asistente de producción en Cosas que pasan. Me puse en contacto con usted como experto en el juicio contra Robert Blake por asesinato.

Flair se volvió hacia los espectadores e hizo una espectacular reverencia.

—Ya lo ven, señoras y señores, ha quedado bien claro que me muero por chupar cámara. Me han pillado. —Otro ataque de risa generalizado—. Aun así, señora Tynes, ¿intenta usted decirle a la corte que el cuerpo de policía estaba tan a favor de sus tendencias periodísticas que le ofrecía su colaboración?

—Protesto.

—Denegado.

—Pero, señoría…

—Olvídese, señor Portnoi, y siéntese.

—Teníamos una relación con la policía y con la oficina del fiscal del distrito. Para nosotros era de suma importancia mantenernos en el lado correcto de la ley.

—Ya veo. Trabajaban a medias con el Departamento de Policía, ¿no?

—La verdad es que no del todo.

—Bueno, señora Tynes, ¿en qué quedamos? ¿Montaba la trampa usted solita, sin el conocimiento y la colaboración del cuerpo de policía?

—No.

—Vale, estupendo. ¿Se puso usted en contacto con la policía y con la oficina del fiscal antes de la noche del 17 de enero para hablarles de mi cliente?

—Hablamos con la fiscalía, sí.

—Magnífico, muchas gracias. Pero me acaba de decir que puso a sus productores a perseguir a mi cliente, ¿no es así?

—Ella no lo ha verbalizado de esa manera —intervino Portnoi—. Ha dicho «seguir», no «perseguir».

Flair contempló a Portnoi como si nunca hubiese visto a un pelmazo más inaguantable.

—Vale, vale, lo que usted diga… Perseguir, seguir, ya analizaremos la diferencia en otro momento. Señora Tynes, cuando mi cliente echó a correr, ¿usted adónde fue?

—A su domicilio.

—¿Por qué?

—Supuse que, en algún momento, Dan Mercer aparecería por allí.

—¿Se quedó fuera de la residencia mientras esperaba?

Wendy hizo una mueca. Estaban llegando a ese momento. Echó un vistazo a los rostros que tenía delante y clavó sus ojos en los de Ed Grayson, cuyo hijo de nueve años había sido una de las primeras víctimas de Mercer. Podía sentir el peso de su mirada cuando dijo:

—Vi una luz encendida.

—¿En casa de Dan Mercer?

—Sí.

—Qué raro —dijo Flair en tono sarcástico—. Nunca he oído hablar de nadie que deje una luz encendida cuando no está en casa.

—¡Protesto!

La juez Howard suspiró de nuevo.

—Señor Hickory…

Flair mantenía la vista clavada en Wendy.

—¿Y qué hizo entonces, señora Tynes?

—Llamé a la puerta.

—¿Y apareció mi cliente?

—No.

—¿Apareció alguien?

—No.

—¿Y qué hizo usted a continuación, señora Tynes?

Wendy intentó mantenerse muy quieta cuando dijo lo siguiente:

—Me pareció ver cierto movimiento en la ventana.

—Le pareció ver cierto movimiento —repitió Flair—. Vaya, vaya, ¿no podría ser un poquito más imprecisa?

—¡Protesto!

—Lo retiro. ¿Qué hizo usted entonces?

—Probé el pomo de la puerta y vi que no estaba cerrada con llave, así que la abrí.

—¿De verdad? ¿Y por qué hizo algo así?

—Estaba preocupada.

—¿Preocupada por qué?

—Ha habido casos de pedófilos que se han autolesionado al ser descubiertos.

—¿Es eso cierto? En ese caso, ¿le preocupaba la posibilidad de que su trampa condujera a mi cliente al suicidio?

—Algo así, sí.

Flair se llevó la mano al pecho.

—Me ha conmovido.

—¡Señoría! —gritó Portnoi.

Flair se lo volvió a quitar de encima con un displicente manotazo al aire.

—O sea, que usted quería salvar a mi cliente, ¿no?

—Si ese era el caso, sí, quería detenerlo.

—En antena, usted ha utilizado palabras como «pervertido», «chiflado», «depravado», «monstruoso» o «escoria» para referirse a aquellos a los que tiende trampas, ¿no es cierto?

—Sí.

—Pero en su testimonio de hoy ¿afirma que estaba dispuesta a colarse en casa de mi cliente, o sea, a quebrantar la ley, para salvarle la vida?

—Supongo que se podría describir así.

La voz de Flair ya no solo desprendía sarcasmo, sino que parecía llevar días marinándose en él.

—Cuánta nobleza.

—¡Protesto!

—No era cuestión de nobleza —dijo Wendy—. Prefiero ver a esa gente ante la justicia y dar a las familias la posibilidad de cerrar su duelo. El suicidio es una salida muy sencilla.

—Ya veo. ¿Y qué ocurrió cuando se coló en casa de mi cliente?

—Protesto —dijo Portnoi—. La señora Tynes ha dicho que la puerta no estaba cerrada…

—Bueno, vale, entró, se coló, lo que mejor le parezca a este buen señor —dijo Flair con las manos en las caderas—. Pero deje de interrumpir. Señora Tynes, ¿qué ocurrió después de que usted entrara —hizo especial hincapié en esa palabra— en casa de mi cliente?

—Nada.

—¿Mi cliente no intentaba causarse daño a sí mismo?

—No.

—¿Y qué estaba haciendo?

—No estaba allí.

—¿Había alguien ahí dentro?

—No.

—¿Y ese «movimiento» que usted creyó detectar?

—No lo sé.

Flair asintió y dio un paseíto.

—Usted ha testificado que se fue en coche a casa de mi cliente casi inmediatamente después de que este saliera corriendo con su productor detrás. ¿De verdad creyó que tendría tiempo de volver a casa y suicidarse?

—Conocía el camino más rápido y llevaba cierta ventaja. Sí, pensé que tendría tiempo suficiente.

—Ya veo. Pero se equivocaba, ¿no?

—¿Respecto a qué?

—Mi cliente no se fue directo a casa, ¿verdad?

—Cierto, no fue así.

—Pero usted entró en casa del señor Mercer…antes de que llegaran él o la policía, ¿estoy en lo cierto?

—Solo fue cosa de un momento.

—¿Cuánto dura un momento?

—No se lo podría decir.

—Bueno, tendría que revisar cada habitación, ¿no? Para cerciorarse de que no se había colgado de una viga con su propio cinturón, o algo parecido, ¿verdad?

—Solo revisé la habitación que tenía la luz encendida. La cocina.

—Lo cual significa que, por lo menos, tuvo usted que atravesar el salón. Dígame, señora Tynes, ¿qué hizo tras descubrir que mi cliente no estaba en casa?

—Salí fuera y me puse a esperar.

—¿A esperar qué?

—A que llegara la policía.

—¿Y llegó?

—Sí.

—Con una orden para registrar el domicilio de mi cliente, ¿no es así?

—Sí.

—Mire, soy consciente de su buena intención al introducirse en casa de mi cliente, pero… ¿no había una pequeña parte de usted que se preocupaba por la trampa que le había tendido?

—No.

—Desde ese programa del 17 de enero, usted ha llevado a cabo una investigación exhaustiva sobre el pasado de mi cliente. Aparte de lo que la policía encontró esa noche en su domicilio, ¿ha hallado alguna otra prueba sólida de actividades ilegales?

—Todavía no.

—O sea, no —dijo Flair—. En pocas palabras, sin las pruebas que se encontraron durante el registro policial, usted no tendría nada que vinculase a mi cliente con ninguna actividad ilegal, ¿verdad?

—Apareció por la casa esa noche.

—Por la casa trampa en la que no vivía ninguna menor de edad. O sea, señora Tynes, que el caso, así como su, digamos, reputación, se basa en los materiales hallados en el domicilio de mi cliente. Sin eso, no tiene usted nada. Resumiendo: usted disponía de los medios y los motivos necesarios para plantar esas pruebas, ¿no?

Lee Portnoi saltó al oír eso.

—Señoría, esto es ridículo. Ese asunto lo debe abordar el jurado.

—La señora Tynes ha reconocido haber entrado en la casa de manera ilegal, sin una orden judicial —dijo Flair.

—De acuerdo —contraatacó Portnoi—, pues acúsela de allanamiento de morada, si es que cree poder probarlo. Y si el señor Hickory insiste en aportar teorías absurdas sobre monjas albinas o pruebas colocadas, está en su derecho, pero que lo haga durante el juicio. Ante un jurado y en un juzgado. Así yo podré presentar pruebas que demuestren lo absurdo de sus teorías. Para eso tenemos juzgados y juicios. La señora Tynes es una ciudadana particular, y a un ciudadano particular no se le aplica el mismo tratamiento que a un oficial del juzgado. No se puede prescindir del ordenador y de las imágenes, señoría. Se hallaron durante un registro legal después de que un juez firmara la orden que lo autorizaba. Algunas de esas fotos tan desagradables estaban escondidas en el garaje y detrás de una estantería… Y es imposible que la señora Tynes las hubiese colocado ahí durante los breves instantes, o minutos, que pasó dentro del domicilio.

Flair negó con la cabeza.

—Wendy Tynes se coló en la casa obedeciendo, en el mejor de los casos, a motivos muy discutibles. ¿Una luz encendida? ¿Un cierto movimiento? Por el amor de Dios… Contaba con un motivo urgente para plantar pruebas y con la manera de hacerlo, y sabía que la casa de Dan Mercer sería registrada en breve. Esto es peor que la fruta de un árbol venenoso. Cualquier prueba encontrada en la casa debe ser rechazada.

—Wendy Tynes es una particular.

—Pero eso no le da carta blanca en el caso que nos ocupa. Podría haber dejado fácilmente allí el portátil y las fotografías.

—Eso ya se lo contará usted al jurado.

—Señoría, el material encontrado puede generar prejuicios absurdos. Según se deduce de su testimonio, resulta evidente que la señora Tynes es algo más que una particular en este caso. Le he preguntado varias veces sobre su relación con la fiscalía, y ha admitido ser agente suya.

A Lee Portnoi le subieron los colores a la cara.

—Eso es ridículo, señoría. ¿Se considera ahora agente de la ley a todo reportero que investiga un delito?

—Como ella misma ha reconocido, Wendy Tynes trabajó con, y muy cerca de, su oficina, señor Portnoi. Si quiere, puedo pedirle a la estenógrafa que vuelva a leer la parte en la que se habla de un agente de policía sobre el terreno y de los contactos con la fiscalía.

—Pero eso no la convierte a ella en policía.

—Es una mera cuestión semántica, y el señor Portnoi es consciente de ello. Su oficina no tendría nada contra mi cliente de no ser por Wendy Tynes. Todo el caso, todos esos delitos de los que se acusa a mi cliente, se basa en el intento de la señora Tynes de tenderle una trampa al señor Mercer. Sin su participación, no se habría cursado ninguna orden.

Portnoi atravesó la sala.

—Señoría, puede que la señora Tynes se dirigiera a nosotros en primer lugar, pero si partimos de ahí, cualquier testigo o parte afectada que nos viene a ver acabaría siendo considerado un agente…

—Ya he oído bastante —dijo la juez Howard. Dio un martillazo y se puso de pie—. Les comunicaré mi decisión mañana por la mañana.

2

—Bueno —le dijo Wendy a Portnoi por el pasillo—, menuda mierda.

—La juez no va a descartar esas pruebas.

Wendy no estaba tan segura.

—En cierta manera, eso está muy bien.

—¿A qué te refieres?

—El caso es demasiado espectacular para que se rechacen pruebas —dijo Portnoi, señalando hacia su adversario—. Lo único que ha hecho Flair es mostrar su estrategia judicial.

Por delante de ellos, Jenna Wheeler, la exmujer de Dan Mercer, estaba respondiendo a las preguntas de una reportera de una tele rival. Aunque las pruebas contra Dan parecían irrefutables, Jenna seguía apoyando con firmeza a su exmarido, insistiendo en que se le acusaba falsamente. Esa postura, que para Wendy resultaba tan admirable como ingenua, había convertido a Jenna en una especie de paria en su propia ciudad.

Un poco más adelante, Flair Hickory sentaba cátedra ante un buen número de periodistas. Todos le querían, claro está, incluso Wendy en los tiempos en que cubría sus juicios. Flair llevaba la desfachatez hasta las últimas consecuencias. Pero ahora que estaba al otro lado del micro, Wendy se daba cuenta de que esa tendencia al espectáculo podía ir de la mano con la falta de escrúpulos. Frunció el ceño.

—No me parece que Flair Hickory sea ningún memo.

Flair cosechó unas risas entre los representantes de la prensa, palmeó unos cuantos lomos y echó a andar por su propia cuenta. Cuando por fin estuvo solo, a Wendy le sorprendió ver que se le acercaba Ed Grayson.

—Ay, ay, ay —dijo.

—¿Qué pasa?

Wendy señaló con la barbilla. Portnoi miró hacia donde le indicaban. Grayson, un tipo grandullón con el cabello gris y muy corto, estaba junto a Flair Hickory. Ambos se contemplaban con desagrado. Grayson no paraba de acercarse a su interlocutor, invadiendo su espacio personal. Pero Flair se mantenía en su sitio. Portnoi se acercó a ellos.

—¿Señor Grayson?

Las caras de ambos estaban a escasos centímetros de distancia. Grayson torció la suya en dirección a la voz y se quedó mirando fijamente a Portnoi.

—¿Todo bien? —preguntó este.

—Muy bien —repuso Grayson.

—¿Señor Hickory?

—Todo va viento en popa, letrado. Solo es una conversación amistosa.

Grayson clavó los ojos en Wendy una vez más, y a ella tampoco le gustó lo que vio.

—Bueno, señor Grayson, si no tiene nada más que añadir… —dijo Hickory.

Grayson no dijo nada. Hickory dio media vuelta y se marchó. Grayson se acercó a Portnoi y Wendy.

—¿Puedo hacer algo por usted? —le preguntó Portnoi.

—No.

—¿Puedo preguntarle de qué hablaba con el señor Hickory?

—Sí, puede. —Grayson miró a Wendy—. ¿Usted cree que la juez se ha tragado su cuento, señora Tynes?

—No era ningún cuento —repuso ella.

—Pero tampoco era exactamente la verdad, ¿no?

Ed Grayson se dio la vuelta y se alejó de allí.

—¿A qué coño ha venido eso? —dijo Wendy.

—Ni idea —dijo Portnoi—. Pero no te preocupes por él. Ni por Flair. Es bueno, pero esta partida no la va a ganar. Vete a casa y tómate una copa, que no pasa nada.

Pero Wendy no se fue a casa, sino que se dirigió a los estudios de su cadena en Secaucus, Nueva Jersey, con vistas al complejo deportivo Meadowlands. Unas vistas no especialmente agradables. Aquello era una ciénaga, una charca pantanosa que gruñía bajo el peso de una edificación constante. Revisó su correo electrónico y vio un mensaje del jefe, el productor ejecutivo Vic Garrett. El mensaje en cuestión, puede que el más largo que Vic hubiese enviado en su vida, decía: «Ven a verme ya».

Eran las tres y media de la tarde. El hijo de Wendy, Charlie, que estudiaba en el instituto de Kasselton, ya debería estar en casa. Le llamó al móvil porque nunca descolgaba el fijo. Charlie respondió a la cuarta llamada y en su estilo habitual: «¿Qué?».

—¿Estás en casa? —le preguntó.

—Sí.

—¿Y qué estás haciendo?

—Nada.

—¿No tienes deberes?

—No muchos.

—¿Los has hecho?

—Ya los haré.

—¿Y por qué no te pones ya?

—Son poca cosa. No me llevarán más de diez minutos.

—A eso voy. Si son tan poca cosa, hazlos y quítatelos de encima.

—Ya los haré luego.

—Pero ahora ¿qué estás haciendo?

—Nada.

—Entonces ¿para qué esperar? ¿Por qué no haces los deberes ya?

Un nuevo día, pero la misma conversación de siempre. Finalmente, Charlie dijo que se pondría en un minuto, lo cual significaba: «Si te digo que me pongo en un minuto, igual dejas de darme la tabarra».

—Seguramente llegaré a casa a eso de las siete —dijo Wendy—. ¿Quieres que traiga comida china?

—De la Casa de Bambú —precisó Charlie.

—De acuerdo. Dale de comer a Jersey a las cuatro.

Jersey era el perro de la familia.

—Vale.

—No te olvides.

—Para nada.

—Y haz los deberes, ¿vale?

—Adiós.

Clic.

Respiró hondo. Charlie ya tenía diecisiete años, pero seguía siendo un coñazo. Habían acabado con la búsqueda de universidad, típica actividad de los padres de las afueras a la que estos se entregan con una ferocidad que haría ruborizarse a cualquier déspota del Tercer Mundo, al ser admitido Charlie en Franklin & Marshall, de Lancaster, Pensilvania. Como todo adolescente, Charlie estaba nervioso y asustado ante un cambio tan grande en su vida, pero no tanto como su madre. Charlie, su hermoso, lunático y molesto hijo, era todo lo que tenía. Llevaban los dos solos los últimos doce años, la madre y su hijo único deambulando por las enormes y blancas afueras. Wendy no quería que Charlie se fuese. Le contemplaba cada noche y veía la pura perfección; así pues, como le sucedía desde que el crío tenía cuatro años, clamaba en silencio: «Por favor, Señor, déjame que lo congele aquí mismo, a esta edad, ni un día más joven o más viejo, déjame congelar a mi precioso hijo aquí y ahora para que me lo pueda quedar unos días más».

Porque no tardaría mucho en quedarse sola.

Apareció otro mail en la pantalla de su ordenador. También era de su jefe, Vic Garrett: «¿Qué parte de “ven a verme ya” he dejado abierta a la interpretación?».

Pulsó la tecla de respuesta y escribió: «Voy para allá».

Como el despacho de Vic estaba al otro lado del pasillo, toda esta comunicación resultaba tan absurda como irritante, pero así es el mundo en que vivimos. Charlie y ella se escribían a menudo dentro de casa. Demasiado cansada para gritar, Wendy solía enviarle mensajes: «Hora de irse a dormir», «Saca a Jersey» o el siempre popular «Basta de ordenador, lee un libro».

Wendy era una estudiante de diecinueve años en la Universidad de Tufts cuando se quedó embarazada. Había ido a una fiesta en el campus y, tras beber en exceso, se enrolló con John Morrow, un cantamañanas que jugaba al rugby y que, según el diccionario personal de Wendy Tynes, atendía por «no es mi tipo». Wendy se consideraba una estudiante liberal, una periodista alternativa que siempre iba de negro riguroso, escuchaba exclusivamente rock independiente y frecuentaba lecturas improvisadas de poesía en exposiciones de Cindy Sherman. Pero el corazón nada entiende de rock independiente, poesía improvisada y exposiciones. O sea, que a Wendy le acabó cayendo bien el apuesto cantamañanas. Era de prever. Al principio, no se lo tomaba muy en serio. Se habían enrollado y empezaban a dejarse ver por ahí en pareja, pero no salían juntos, en realidad no salían juntos. La cosa se mantuvo en ese plan durante un mes, hasta que Wendy descubrió que estaba embarazada.

Siendo, como era, una mujer moderna, Wendy era consciente de que la evolución de la situación actual, como se le había dicho durante toda su vida, dependía exclusivamente de ella y de nadie más. Con dos cursos y medio de universidad por delante y una carrera periodística en el horizonte, el embarazo no había podido llegar en peor momento, pero eso la llevó a acelerar su decisión al respecto. Llamó por teléfono a John y le dijo: «Tenemos que hablar». El hombre se presentó en su caótica habitación y ella le pidió que tomara asiento. John ocupó el puf, adoptando un aire ridículo: no se podían definir de otra manera los intentos de ese semental de metro noventa de adoptar una postura, ya que no cómoda, por lo menos equilibrada. Deduciendo por el tono de voz de Wendy que la cosa iba en serio, John intentó poner cara de solemnidad mientras pugnaba por no caerse, lo cual le hacía parecer un crío dándoselas de adulto.

—Estoy embarazada —le dijo Wendy, iniciando el discurso que llevaba ensayando mentalmente durante los últimos dos días—. Lo que suceda a partir de ahora, será cosa mía, y espero que no te opongas.

Wendy siguió en ese plan, deambulando por el cuartito, sin mirar a John y manteniendo la voz en el tono más sereno posible. Hasta concluyó su muy preparada declaración dándole las gracias por venir y deseándole lo mejor. Finalmente, se arriesgó a echarle un vistazo. John Morrow la miró con lágrimas en esos ojos tan azules que Dios le había dado y dijo:

—Pero yo te quiero, Wendy.

A ella le entraron ganas de reír, pero en vez de eso, se echó a llorar. John se deslizó del puf hasta quedarse de rodillas y le propuso matrimonio allí mismo, mientras ella reía y lloraba a la vez. Pese a las reticencias de casi todo el mundo, se casaron. Nadie esperaba nada bueno del enlace, pero los siguientes nueve años fueron una delicia. John Morrow era un tío dulce, cariñoso, guapo, divertido, listo y atento. Era su alma gemela, con todo lo que eso implicaba. Charlie nació mientras sus padres seguían en la universidad. Dos años después, John y Wendy reunieron el dinero suficiente para pagar la entrada de una casita en una calle muy concurrida de Kasselton. Wendy consiguió un empleo en una cadena de televisión local. John preparaba su doctorado en psicología. Iban muy bien encaminados.

Y entonces, en un santiamén, John murió. Y ahora la casita solo acogía a Wendy, Charlie y un gran agujero equiparable al que ella tenía en el corazón.

Llamó a la puerta de Vic y asomó la cabeza por el hueco.

—¿Querías verme?

—Creo que te han zurrado la badana en el juzgado —dijo su jefe.

—Apoyo —ironizó Wendy—. Por eso trabajo aquí. Por el apoyo que recibo.

—Si quieres apoyo, cómprate un sujetador —dijo Vic.

Wendy frunció el ceño.

—Eso no tiene ninguna gracia.

—Sí, ya lo sé. Tengo un informe tuyo, tú y tus repetitivos informes, en el que te quejas de los trabajos que te caen.

—¿Qué trabajos? Durante las últimas dos semanas, lo único que me has dado es la inauguración de una herboristería y un desfile de moda centrado en la bufanda masculina. ¿Por qué no me das algo que tenga cierta relación con la realidad?

—Espera. —Vic se llevó una mano a la oreja, como si se esforzara por oír.

Era un tipo pequeñito con una enorme barriga. Decían que tenía cara de hurón, aunque era difícil encontrar un hurón tan feo.

—¿Qué? —inquirió ella.

—¿Ahora es cuando clamas ante la injusticia de ser una tía buena en una profesión dominada por los hombres y cuando me acusas de tratarte como a un florero?

—¿Conseguiré así mejores encargos?

—No —dijo el jefe—. Pero ¿sabes cómo podrías lograrlo?

—¿Salir en directo más escotada?

—No vas mal encaminada, pero no, hoy no. Hoy la respuesta es la condena de Dan Mercer. Tienes que acabar siendo la heroína que atrapó a un pedófilo asqueroso y no la reportera metepatas que contribuyó a su puesta en libertad.

—¿Que yo contribuyo a su libertad?

Vic se encogió de hombros.

—La policía no sabría nada de Dan Mercer de no ser por mí.

Vic se llevó al hombro un violín imaginario, cerró los ojos y empezó a tocar.

—No seas capullo —le dijo Wendy.

—¿Quieres que llame a unos cuantos colegas para que te abracen en grupo? ¿Y si nos cogemos todos de la mano y cantamos el «Kumbayá»?

—Primero quiero ver cómo os la meneáis en corro.

—Grosera.

—¿Alguien sabe dónde se oculta Dan Mercer? —preguntó Wendy.

—No. Lleva dos semanas sin ser visto.

Wendy no sabía muy bien cómo tomárselo. Era consciente de que Dan había abandonado la localidad tras recibir amenazas de muerte, pero le parecía impropio de él no haberse presentado hoy en el juzgado. Estaba a punto de pedirle a Vic que lo buscaran cuando a este le sonó el intercomunicador. La recepcionista hablaba muy bajito.

—Marcia McWaid ha venido a verle.

Eso les cerró la boca a los dos. Marcia McWaid vivía en el mismo pueblo que Wendy, a menos de dos kilómetros de ella. Tres meses atrás, Haley, su hija adolescente —compañera de clase de Charlie—, se había descolgado, al parecer, por la ventana de su dormitorio para no volver.

—¿Alguna novedad en el caso de la hija? —preguntó Wendy.

Vic negó con la cabeza. «Más bien lo contrario», dijo, y eso era mucho peor, claro está. Durante dos, puede que tres semanas, la desaparición de Haley McWaid había sido un notición: ¿secuestrada?, ¿fugitiva? Había boletines constantes, sus textos corredizos en la parte inferior de la pantalla del televisor y sus sesudos «expertos» que reconstruían lo que podía haberle sucedido. Pero no hay historia, por sensacional que sea, que sobreviva sin novedades. Dios es testigo de que las cadenas lo intentaron. Siguieron cualquier rumor, de la trata de blancas a las sectas satánicas, pero lo cierto es que en este negocio la «falta de noticias» equivale a «malas noticias». Resulta muy patético lo poco que nos dura la atención, y aunque siempre le puedes echar la culpa de todo a los medios, la verdad es que es la audiencia la que dicta qué historias siguen viviendo y cuáles no. Si la gente se engancha a una historia, esa historia sobrevive. Si no es así, las cadenas se lanzan en pos del siguiente juguetito que capte la atención del público.

—¿Quieres que hable con ella? —se ofreció Wendy.

—No, yo me encargo. Para eso cobro más.

Vic le hizo un gesto con el brazo para que se marchara. Wendy echó a andar hacia el final del pasillo. Se dio la vuelta a tiempo para ver a Marcia McWaid ante la puerta del despacho de Vic. Wendy no conocía a Marcia, pero la había visto algunas veces por el pueblo, en el Starbucks local, o esperando en coche a su hija a la salida del colegio, o en el videoclub. Sería un tópico decir que esa animosa mamá había envejecido diez años de golpe. Y tampoco era el caso de Marcia. Seguía siendo una joven bastante atractiva, nada avejentada, pero era como si todos sus movimientos se hubiesen ralentizado, como si hasta los músculos que controlaban la expresión facial estuvieran bañados en melaza. Marcia McWaid se volvió y vio a Wendy. Esta la saludó con un movimiento de cabeza e intentó dedicarle una media sonrisa. Marcia apartó la vista y entró en el despacho de Vic.

Wendy regresó a su escritorio y descolgó el teléfono. Pensaba en Marcia McWaid, esa madre ideal con un marido encantador y una familia preciosa, y en cómo había perdido a su hija, con tanta rapidez y facilidad, la misma con la que cualquiera podía ser secuestrado. Marcó el número de Charlie.

—¿Qué?

El habitual tono impaciente la tranquilizó.

—¿Ya has hecho los deberes?

—En un minuto.

—Vale —dijo su madre—. ¿Sigues queriendo cena de la Casa de Bambú?

—¿No habíamos hablado ya de eso?

Colgaron. Wendy se echó atrás en la silla y puso los pies sobre la mesa. Estiró el cuello y se enfrentó a la espantosa vista que le ofrecía la ventana. Le sonó el teléfono de nuevo.

—¿Sí?

—¿Wendy Tynes?

Se le cayeron los pies al suelo al oír esa voz.

—Yo misma.

—Soy Dan Mercer. Tenemos que vernos.

3

Wendy se mantuvo callada unos instantes.

—Tenemos que vernos —insistió Dan Mercer.

—¿No soy demasiado mayor para ti, Dan? Vamos a ver, resulta que ya tengo pechos y que me viene la regla.

Le pareció escuchar un suspiro.

—Eres muy cínica, Wendy.

—¿Qué quieres?

—Hay ciertas cosas que te convendría saber —dijo él.

—¿Como cuáles?

—Como que aquí nada es lo que parece.

—Lo que parece es que eres un pervertido majareta, retorcido y depravado cuyo abogado es un genio. Eso es lo que parece.

Pero incluso mientras pronunciaba estas palabras, Wendy delataba en su tono de voz una leve duda. ¿Se la podría considerar una duda razonable? No le creía. Las pruebas no mienten. Eso era algo que había aprendido muy bien, personal y profesionalmente. La verdad era que su supuesta intuición femenina solía ser un asco.

—¿Wendy?

No respondió.

—Me montaron una encerrona.

—Caramba, Dan, eso sí que es nuevo. Déjame que lo apunte y que pille a mi productor, para que lo ponga en esos textos que corren por debajo de la pantalla: «Noticia bomba: el psicópata dice que cayó en una encerrona».

Silencio. Por un momento, Wendy creyó perderle. Había colgado. Había sido muy tonta al dejarse llevar por las emociones. Mantén la calma. Habla con él. Hazte amiga suya. Sé amable. Sácale información. Ya puestos, tiéndele una trampa.

—¿Dan?

—Esto ha sido un error.

—Te estoy escuchando. ¿Dijiste algo de una encerrona?

—Más vale que cuelgue.

Wendy quería impedirlo, tomarla consigo misma por haberse excedido con los sarcasmos, pero eso sonaría a la típica manipulación. Ya le había seguido la corriente muchas veces, desde la primera vez que intentó entrevistarle el año anterior para un artículo sobre su trabajo en el refugio, casi un año antes de que le pillaran in fraganti. No quería ceder ante él, pero tampoco quería que se largara.

—Tú eres el que ha llamado —le dijo.

—Ya lo sé.

—Pues aquí estoy, te escucho.

—Veámonos. A solas.

—Esa idea no me acaba de convencer.

—Pues olvídate.

—Muy bien, Dan, allá tú. Nos veremos en el juzgado.

Silencio.

—¿Dan?

Su voz era un susurro que a ella le puso la carne de gallina.

—No tienes ni idea, ¿verdad, Wendy?

—¿Ni idea de qué?

Oyó un ruido que podría haber sido un sollozo, o tal vez una risa. No era fácil distinguirlo al teléfono. Se apretó con más fuerza el auricular y esperó.

—Si quieres verme —dijo él—, te enviaré las señas por mail. Mañana a las dos de la tarde. Ven sola. Y si prefieres no aparecer… Pues nada, habrá sido un placer conocerte.

Dicho lo cual, colgó.

La puerta del despacho de Vic estaba abierta. Wendy echó un vistazo rápido al interior y le vio al teléfono. Vic levantó un dedo para que le diera un segundo, se despidió con un gruñido de quien estuviera al otro lado del hilo y colgó.

—Acabo de recibir noticias de Dan Mercer —dijo Wendy.

—¿Te ha llamado?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo.

Vic se arrellanó en el asiento y cruzó las manos sobre la tripa.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que le tendieron una trampa y que quiere que nos veamos. —Se fijó en la expresión de su rostro—. ¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?

Vic suspiró.

—Toma asiento.

—Ay, ay, ay —dijo Wendy.

—Exacto: ay, ay, ay.

Wendy se sentó.

—La juez acaba de tomar una decisión. Prescinde de todas las pruebas encontradas en casa de Dan Mercer. Y a causa de los prejuicios de la prensa escrita y de la televisión, desestima todas las acusaciones.

A Wendy se le cayó el alma a los pies.

—Por favor, dime que es una broma.

Pero Vic no dijo nada. Wendy cerró los ojos y sintió que se hundía en un pozo muy profundo. Ahora entendía por qué Dan sabía que acabaría acudiendo a la cita.

—¿Y ahora qué? —le preguntó a su jefe.

Pero Vic se limitó a quedársela mirando.

—¿Estoy despedida?

—Pues sí.

—¿Así de fácil?

—Más o menos, sí. Hay crisis económica. Total, los ejecutivos de arriba ya están echando a gente. —Se encogió de hombros—. ¿Quién mejor que tú para cortarle el cuello?

—Se me ocurren unos cuantos.

—A mí también, pero no han metido tanto la pata. Lo siento, chata, pero así son las cosas. Se te indemnizará. Pero recoge tus cosas hoy mismo. No quieren volverte a ver en este edificio.

Wendy estaba atónita. Se puso de pie con mucho cuidado.

—¿Saliste en mi defensa, por lo menos?

—Yo solo doy la cara cuando tengo alguna oportunidad de ganar. Si no es así, ¿para qué?

Wendy esperó. Vic bajó la vista y aparentó estar muy ocupado. Sin levantar los ojos, le dijo:

—¿Esperas un momento de ternura?

—No —dijo Wendy. Y luego añadió—: Tal vez.

—¿Piensas ver a Mercer? —le preguntó Vic.

Wendy se volvió hacia él.

—Sí.

—¿Tomarás precauciones?

Se obligó a sonreír.

—Tío, eso me lo decía mi madre cuando empecé la universidad.

—Deduzco que no le hiciste el menor caso.

—Exacto.

—De manera oficial, claro está, no trabajas aquí y no ocupas ningún cargo en la empresa. Así que debería aconsejarte que te mantuvieses a una distancia prudencial de Dan Mercer.

—¿Y desde un punto de vista extraoficial?

—Si encontraras una manera de trincarlo, en fin… Los héroes siempre son más fáciles de recontratar que los chivos expiatorios.

La casa estaba en silencio cuando Wendy regresó, pero eso no quería decir nada. De joven, sus padres sabían que estaba en casa porque la música atronaba desde el aparato que tenía en su cuarto. Pero los chicos de ahora utilizaban auriculares, o como los llamaran, las veinticuatro horas del día. Así se imaginaba ahora Wendy a su hijo, ante el ordenador y con los auriculares bien calados. Si la casa ardiera, el chaval ni se enteraría.

A pesar de eso, Wendy gritó a pleno pulmón:

—¡Charlie!

No hubo respuesta. Hacía cosa de tres años que no la había. Wendy se sirvió un trago —vodka a la granada con un chorrito de lima— y se desmoronó sobre un gastado sillón. Había sido el sillón favorito de John, y sí, puede que le diera cierta grima eso de conservarlo y desplomarse encima con una copa al final de la jornada, pero ella lo encontraba reconfortante. Wendy llevaba cierto tiempo pensando en cómo cojones iba a pagar la matrícula de Charlie con el sueldo que tenía, pero eso ya no constituía una preocupación, sino una imposibilidad. Bebió otro sorbo, echó un vistazo por la ventana y se preguntó qué hacer a partir de ahora. Nadie contrataba a nadie, y como tan delicadamente lo había expresado Vic, ella había metido mucho la pata. Pensó en algún otro tipo de trabajo que realizar, pero se dio cuenta enseguida de que carecía de ninguna habilidad especializada. Era descuidada, desorganizada e incapaz de trabajar en equipo. Si le dieran un tarjetón de evaluación escolar, pondría: «No se relaciona bien con los demás». Esa manera de ser solo era útil para un reportero detrás de una historia. No funcionaba en casi ningún otro sitio.

Revisó el correo, vio la tercera carta de Ariana Nasbro y notó un agudo pinchazo en las entrañas. Le empezaron a temblar las manos. No hacía falta abrirla. Dos meses atrás, había leído la primera y a punto estuvo de vomitar. Con tan solo dos dedos, sostuvo el sobre como si apestara, lo cual no andaba muy lejos de la realidad, se trasladó a la cocina y lo introdujo en lo más profundo del cubo de la basura. Menos mal que Charlie nunca controlaba el correo. Evidentemente, sabía quién era Ariana Nasbro: doce años atrás, Ariana Nasbro había asesinado a su padre.

Wendy enfiló las escaleras y llamó a la puerta de su hijo. No hubo ningún tipo de respuesta, naturalmente, así que la abrió. Charlie levantó la vista, molesto, y se quitó los auriculares.

—¿Qué?

—¿Has hecho los deberes?

—Ahora iba a ponerme.

Charlie se dio cuenta de que su madre se iba a cabrear de un momento a otro, así que le dedicó su mejor sonrisa, tan parecida a la de su padre que a Wendy le sentaba como una puñalada. Iba a echarle una bronca por no haber hecho todavía los deberes, pero lo cierto era que… ¿qué más daba? Era absurdo perderse en esas minucias cuando le quedaba tan poco tiempo para estar con él, un tiempo que pasaba cada vez más rápido.

—¿Le has echado de comer a Jersey?

—Eh…

Wendy adoptó una expresión fatalista.

—Olvídalo. Ya lo haré yo.

—¿Mamá?

—¿Sí?

—¿Has pillado comida en la Casa de Bambú?

La cena. Lo había olvidado. Charlie imitó el gesto fatalista de su madre.

—No te hagas el listillo. —Wendy había tomado la decisión de no darle aún las malas noticias, de esperar el momento adecuado, pero acabó confesando—. Hoy me han despedido.

Charlie se limitó a mirarla.

—¿Me has oído?

—Sí —repuso—. Vaya mierda.

—Pues sí.

—¿Quieres que vaya yo a por la cena?

—Te lo agradezco.

—Pero sigues pagando tú, ¿no?

—De momento, sí. Creo que hasta ahí aún llego.

4

Marcia y Ted McWaid llegaron al auditorio del instituto a las seis de la tarde. Haciendo honor a ese viejo tópico según el cual «la vida continúa», pese a la evidencia de que Haley llevaba noventa y tres días desaparecida. Esa noche tenía lugar el estreno de la versión que el Instituto Kasselton había hecho de Los miserables, en la que aparecía su otra hija, Patricia, en los papeles de Observadora 4, Estudiante 6 y el siempre codiciado Prostituta 2. Cuando Ted se enteró de esto, durante la vida que llevaban antes de que Haley desapareciera, no había dejado de hacer chistes al respecto, de lo orgulloso que se mostraba ante sus amigos de que su hija de catorce años se convirtiese en la Prostituta 2. Pero esos tiempos habían quedado muy atrás y su mundo ya no era el mismo.

Hubo susurros en el auditorio cuando entraron. Nadie sabía cómo comportarse ante ellos. Marcia se dio cuenta, pero ya le daba lo mismo.

—Necesito un poco de agua —dijo.

Ted asintió.

—Yo pillo los asientos.

Marcia echó a andar por el pasillo, se detuvo brevemente junto a la fuente y luego siguió adelante. En la siguiente esquina, torció a la izquierda. Al final del pasillo, un celador pasaba la fregona. Llevaba auriculares y movía suavemente la cabeza al ritmo de una canción que solo él podía oír; si reparó en su presencia, nada en su expresión lo reveló. Marcia subió las escaleras hasta la segunda planta. A ese nivel, la luz era más leve. Sus pasos resultaban ruidosos y resonaban en la quietud de un edificio que durante el día estaba lleno de vida y de energía. No hay un lugar más irreal, hueco y vacío que el pasillo de un colegio por la noche. Marcia miró hacia atrás, pero estaba sola. Apretó el paso porque tenía muy claro su destino.

El instituto de Kasselton era grande y contaba con casi dos mil alumnos repartidos en cuatro grados. El edificio tenía cuatro plantas y, como muchos institutos de esas localidades cuya población no deja de crecer, acababa siendo, más que una estructura coherente, un amasijo de añadidos. Las últimas novedades de ese edificio de ladrillo, en tiempos adorable, evidenciaban que los administradores priorizaban la sustancia sobre el estilo. La configuración era un caos y recordaba a una construcción infantil mezcla de bloques de madera, piezas de Lego y ladrillos de plástico.

La noche anterior, en el silencio aterrador del hogar de los McWaid, su estupendo marido, Ted, se había reído a conciencia por primera vez en noventa y tres días. Y qué obscena había sonado esa risa. Ted la interrumpió casi de inmediato, la eliminó de raíz con un sonido brusco que acabó convirtiéndose en un sollozo. Marcia quiso acercársele, hacer algo para consolar a ese hombre atormentado al que tanto quería. Pero, simplemente, fue incapaz.

Sus otros dos hijos, Patricia y Ryan, aparentaban llevar bastante bien la desaparición de su hermana, pero ya se sabe que los críos se adaptan a todo con más facilidad que los adultos. Marcia trató de concentrarse en ellos, dedicándoles toda su dulzura y atención, pero tampoco fue capaz de hacerlo. Cualquiera llegaría a la conclusión de que le resultaba muy doloroso. Y así era, en parte, pero había algo más. Descuidaba a Patricia y a Ryan porque, ahora mismo, lo único que le preocupaba, su único punto de atención, era Haley: traérsela de vuelta a casa. Más adelante ya encontraría la manera de compensar a sus otros hijos.

La propia hermana de Marcia, Merilee, que era la sabelotodo oficial de Great Neck, tuvo el descaro de decirle: «Tienes que concentrarte en tu marido y tus hijos y dejar de refocilarte en la desgracia», y cuando pronunció esa palabra, ¡«refocilarte»!, a punto estuvo de darle un puñetazo en la cara y decirle que se preocupara de su puta familia, pues su hijo Greg tomaba drogas y su marido, Hal, seguro que tenía un lío con alguien, así que más le valía callarse la puta boca. Patricia y Ryan saldrían de esta, Merilee, ¿y sabes qué? Su mejor manera de estar bien no se basaría en tener una madre que revisara los bolsillos del uniforme de lacrosse de Ryan o que se cerciorase de que el disfraz de Patricia fuese del tono gris más adecuado. No, lo que les ayudaría a tirar adelante, lo único, sería recuperar a su hermana mayor. Cuando eso sucediera, y solo entonces, los demás tendrían una oportunidad de sobrevivir.

Pero la triste verdad era que Marcia no se pasaba el día buscando a Haley. Lo intentaba, pero un horrible agotamiento se iba adueñando de ella. Por las mañanas deseaba quedarse en la cama. Las piernas le pesaban. Incluso ahora, esta extraña peregrinación pasillo abajo le resultaba dificultosa.

Noventa y tres días.

Marcia ya empezaba a atisbar la taquilla de Haley. Unos días después de su desaparición, algunos amigos suyos se lanzaron a decorar la metálica parte frontal como si se tratase de uno de esos altares de cuneta que se ven cuando alguien muere en un accidente de carretera. Había fotos y flores marchitas, cruces y notas. «¡Vuelve a casa, Haley», «¡Te echamos de menos!», «Te esperaremos», «¡Te queremos!».

Marcia se quedó mirando la taquilla. Extendió la mano y tocó el candado, pensando en todas las veces que Haley habría hecho lo mismo para sacar los libros, meter la mochila y colgar el chaquetón mientras hablaba con alguna amiga, ya fuese del lacrosse o de algún chico que le gustara.

Se oyó un ruido en el pasillo. Marcia se dio la vuelta y vio que la puerta del despacho del director estaba abierta. Pete Zecher, el responsable del instituto, salía con unos padres, o eso supuso ella, pues no conocía a ninguno de los dos. Nadie decía nada. Pete Zecher extendió la mano, pero nadie se la estrechó. Ambos dieron media vuelta y se alejaron rápidamente hacia las escaleras. Pete Zecher les vio desaparecer, meneó la cabeza y se volvió hacia la taquilla. Entonces la vio.

—¿Marcia?

—Hola, Pete.

Pete Zecher era un buen director, siempre accesible y dispuesto a saltarse las reglas o a cabrear a un profesor si eso era lo mejor para el alumno. Pete había crecido aquí, en Kasselton, había estudiado en ese mismo instituto, y su sueño de toda la vida se había hecho realidad cuando le nombraron director. Se acercó a Marcia.

—¿Molesto?

—En absoluto —Marcia improvisó una sonrisa forzada—. Solo quería alejarme un rato de las miradas.

—He visto el ensayo —dijo Pete—. Patricia está estupenda.

—Me alegra oírlo.

Pete asintió. Ambos contemplaban la taquilla. Marcia vio una calcomanía con las palabras «Kasselton Lacrosse» y dos palos cruzados. Llevaba una igual en el parabrisas de atrás.

—¿Qué pasaba con esos padres? —preguntó.

Pete esbozó una sonrisita.

—Es confidencial.

—Ah.

—Pero te lo podría contar de manera hipotética.

Marcia se quedó a la espera.

—Cuando ibas al instituto, ¿llegaste a beber alcohol? —le preguntó Pete.

—Yo era muy buena chica —dijo Marcia, y a punto estuvo de añadir: «como Haley»—, pero la verdad es que pillábamos alguna que otra cerveza.

—¿Cómo las conseguíais?

—¿Las cervezas? Mi vecina tenía un tío que tenía una licorería. ¿Y tú?

—Yo tenía un amigo llamado Michael Wind que parecía mayor —repuso Pete—. Ya sabes, de los que ya se afeitan en sexto grado. Era él quién compraba la priva. Ahora ya no funcionaría. Le piden el carné a todo el mundo.

—¿Y todo esto qué tiene que ver con la pareja hipotética?

—La gente cree que ahora los chavales beben con carnés falsos. No diré que no existan, pero en el tiempo que llevo aquí solo he confiscado tres o cuatro. Pero hoy día la bebida es un problema más grave que nunca.

—¿Y cómo la consiguen los chicos?

Pete miró hacia donde estaba la pareja.

—De los padres.

—¿Se la roban del mueble bar?

—¡Ojalá! La pareja con la que estaba hablando, hipotéticamente, eran los Milner. Buena gente. Él vende seguros en la ciudad. Ella regenta una boutique en Glen Rock. Tienen cuatro hijos, dos de ellos en el instituto. El mayor juega en el equipo de béisbol.

—¿Y?

—Pues que la noche del viernes, esos dos progenitores tan majos y entregados compraron un barril de cerveza y le dieron una fiesta al equipo de béisbol en el sótano de su casa. Dos de los chicos se emborracharon de tal manera que acabaron vomitando. Y otro se coció tanto que casi hubo que hacerle un lavado de estómago.

—Espera. ¿Dices que los padres compraron el barril?

Pete asintió.

—¿Y de eso iba la reunión?

—Sí.

—¿Y qué dijeron en su defensa?

—Lo de costumbre: mira, tú, si los chavales van a acabar bebiendo de todos modos, más vale que lo hagan en un entorno seguro. Los Milner no quieren que los chicos se vayan a Nueva York o a algún otro sitio peligroso, donde igual les da después por conducir o lo que sea. Así pues, almacenan a todo el equipo en el sótano, donde es difícil que se metan en algún lío.

—No deja de tener su lógica.

—¿Tú lo harías? —le preguntó Pete.

Marcia se lo pensó unos instantes.

—No. Pero el año pasado nos llevamos a Haley y a una amiga suya a la Toscana. Y las dejamos beber vino en unos viñedos. ¿Hicimos mal?

—En Italia es legal.

—Ese no es un gran argumento, Pete.

—O sea, ¿no crees que esos padres se equivocaron?

—Creo que por completo —repuso Marcia—. Y su excusa también canta un poco. ¿Comprarles la bebida a los chicos? Eso va más allá de preocuparse por su seguridad. Más bien consiste en ir de enrollados, de padres guay. De querer ser amigo de tu hijo en vez de hacer de padre.

—Estoy de acuerdo.

—Pero… —dijo Marcia volviendo a mirar la taquilla—. ¿Quién soy yo para dar consejos paternales?

Silencio.

—¿Pete?

—¿Sí?

—¿De qué va el cotilleo?

—No sé muy bien a qué te refieres.

—Lo sabes perfectamente. Cuando habláis del asunto, los profesores, los estudiantes, quién sea, ¿creéis que Haley fue secuestrada o que se dio a la fuga?

Más silencio. Marcia se daba cuenta de que Pete estaba pensando.

—Sin eufemismos, Pete. Y haz el favor de no seguirme la corriente.

—No pienso hacerlo.

—¿Y bien?

—No es más que una intuición.

—Adelante.

Ahora había carteles en los pasillos. No faltaba mucho para la fiesta de fin de curso. Ni para la de graduación. Los ojos de Pete Zecher se posaron sobre la taquilla de Haley. Marcia le siguió la mirada y vio una fotografía que la obligó a prestarle atención. Estaba toda su familia menos ella —Ted, Haley, Patricia y Ryan—, de pie junto a Mickey Mouse en Disneylandia.

Marcia había tomado la foto con el iPhone de Haley, que iba metido en un estuche de color rosa con una calcomanía de una flor púrpura. Esas vacaciones habían tenido lugar tres semanas antes de que Haley se esfumara. La policía había estudiado superficialmente ese viaje, preguntándose si la cría podría haber conocido a alguien que la hubiese seguido hasta su hogar, pero esa pista no había llevado a ningún sitio. Marcia recordaba lo feliz que había sido Haley allí, sin presiones de ningún tipo, pues en aquel lugar todo el mundo se convertía en un crío feliz durante unos días. La foto había surgido de manera espontánea. La cola para saludar a Mickey solía durar una media hora, y los niños más pequeños se ponían en fila con sus libros de «autógrafos» para que el famoso ratón se los firmara, pero Haley se percató de que en el Centro Epcot había un Mickey en concreto ante el que nadie hacía cola. Se le dibujó una gran sonrisa en la cara, agarró a sus hermanos y dijo: «¡Venga! ¡Vamos a hacernos una foto rápida!». Marcia insistió en sacarla ella, y ahora recordaba el ataque de emoción que experimentó mientras toda su familia, todo su mundo, se congregaba en torno a Mickey en perfecta armonía. Observó la foto, recordó ese momento tan pequeño y tan perfecto y se quedó mirando esa sonrisa de Haley que le partía el corazón.

—Crees conocer a un crío —dijo Pete Zecher—, pero todos tienen secretos.

—¿Incluso Haley?

Pete abrió los brazos en señal de estupor.

—Mira esa hilera de taquillas. Ya sé que te parecerá una perogrullada, pero cada una de ellas pertenece a un chaval con sueños y esperanzas que atraviesa una época dura y chiflada. La adolescencia es una guerra y está llena de presiones, tanto reales como imaginarias. Presiones sociales, académicas, deportivas… Y mientras tanto, tú vas cambiando y se te disparan las hormonas. Todas esas taquillas, todos esos seres atormentados que se sienten atrapados en este lugar siete horas al día… Estudié ciencias y cada vez que estoy aquí, pienso en esas partículas de laboratorio sometidas a un calor intensivo. Y en cómo necesitan huir.

—O sea —le dijo Marcia—, ¿crees que Haley se escapó?

Pete Zecher mantuvo la vista clavada en la fotografía de Disneylandia. También él parecía centrado en esa sonrisa que rompía el corazón. Cuando apartó la mirada de ella, vio lágrimas en los ojos de su interlocutora.

—No, Marcia, no creo que se escapara. Creo que le pasó algo. Algo malo.

5

Wendy se despertó por la mañana y puso en marcha el aparato de hacer panini, que no era más que una manera pija de describir la típica «tostadora de bocadillos», también conocida como la «parrilla George Foreman». Se había convertido, a gran velocidad, en la máquina más importante de la casa, pues tanto ella como Charlie vivían gracias a los panini. Colocó unas lonchas de panceta y queso entre sendas rebanadas de pan y bajó la tapa ya caliente.

Como hacía cada mañana, Charlie bajó la escalera al trote, como si fuera un caballo de carreras con exceso de peso y calzado con herraduras. Más que sentarse, se desplomó ante la mesa de la cocina y se puso a olisquear el bocadillo.

—¿Cuándo te vas a trabajar?

—Me quedé sin trabajo ayer mismo.

—Es verdad. Se me había olvidado.

El egoísmo típico de los adolescentes. A veces, como en ese preciso instante, puede resultar enternecedor.

—¿Me puedes llevar en coche al cole?

—Por supuesto.

El tráfico escolar matutino hacia el instituto estaba especialmente congestionado. Había días en los que eso la volvía loca, pero también había otros en los que ese trayecto cotidiano era el único momento en que su hijo y ella podían hablar; y a veces, Charlie le contaba lo que le pasaba por la cabeza, y aunque no se explayaba precisamente, siempre podía sacarle algo si prestaba atención. Pero hoy Charlie iba con la cabeza baja y se dedicaba a enviar mensajes de móvil. No abrió la boca en todo el trayecto mientras sus dedos bailaban sobre el minúsculo teclado. Cuando su madre paró, Charlie bajó del coche sin dejar de escribir. Wendy le gritó:

—¡Gracias, mamá!

—Ah, sí, perdona.

Mientras Wendy enfilaba su propio sendero de entrada, vio el coche que estaba aparcado delante de su casa. Aminoró la marcha, aparcó y se quedó con el móvil a mano. No esperaba que hubiese problemas, pero nunca se sabe. Marcó el número de la policía, mantuvo el dedo cerca de la tecla de enviar y salió del coche.

El hombre estaba acuclillado ante la parte trasera del vehículo.

—Esa rueda está muy baja —le dijo.

—¿Puedo ayudarle en algo, señor Grayson?

Ed Grayson, padre de una de las víctimas, se incorporó, se frotó las manos para quitarse el polvo y entrecerró los ojos para mirar hacia el sol.

—Hoy he ido a su cadena de televisión. Alguien me ha dicho que la han despedido.

Wendy no dijo nada.

—Supongo que se debe a la decisión de la juez.

—¿Puedo hacer algo por usted, señor Grayson?

—Quiero disculparme por lo que le dije el otro día en el juzgado.

—Se lo agradezco —dijo ella.

—Y si tiene un minuto… —continuó Ed Grayson—. Creo que tenemos que hablar, de verdad.

Después de entrar en la casa y de que Ed Grayson declinara tomar nada, Wendy se sentó a la mesa de la cocina y se quedó a la espera. Grayson deambuló por allí un poco más y, de repente, se sentó en la silla que estaba justo al lado de la de su anfitriona, quedándose a menos de un metro de ella.

—En primer lugar —dijo—, quiero disculparme de nuevo.

—No hace falta. Sé cómo se siente.

—¿Lo sabe?

Wendy no dijo nada.

—Mi hijo se llama E. J. Ed Junior, claro está. Era un chaval muy alegre. Le encantaban los deportes. Su favorito era el hockey. Yo no tengo ni idea de hockey. A mí lo que me iba era el baloncesto. Pero mi mujer, Maggie, nació en Quebec. Toda su familia juega al hockey. Lo llevan en la sangre. Así que aprendí a valorarlo. Lo hice por mi chaval. Pero ahora…Pues bueno, ahora a E. J. ya no le interesa ese deporte. Si me lo llevo a ver un partido, se pone fatal. Lo único que quiere es quedarse en casa.

Se interrumpió y apartó la vista.

—Lo siento —le dijo Wendy.

Silencio. Wendy trató de cambiar de tema.

—¿De qué estaba hablando con Flair Hickory?

—Su cliente no ha sido visto en dos semanas —dijo él.

—¿Y?

—Pues que intentaba saber dónde podía estar. Pero el señor Hickory no me dijo nada.

—¿Y eso le sorprende?

—La verdad es que no.

Más silencio.

—Bueno, señor Grayson, ¿qué puedo hacer por usted?

Grayson empezó a juguetear con el reloj, un Timex de correa flexible. El padre de Wendy había tenido uno igual tiempo atrás. Siempre le dejaba una marca roja en la muñeca cuando se lo quitaba. Después de tantos años de su muerte, era curioso recordar algo así.

—Su programa de televisión —dijo Grayson—. Se pasó usted un año cazando pedófilos. ¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué pedófilos?

—¿Y qué importa eso ahora?

Grayson intentó sonreír, pero no lo acabó de conseguir.

—Deme ese gusto —dijo.

—Buenos índices de audiencia, supongo.

—Eso es evidente. Pero hay más, ¿verdad?

—Señor Grayson…

—Ed —dijo él.

—Dejémoslo en señor Grayson. ¿Por qué no va al grano?

—Sé lo que le pasó a su marido.

A bocajarro. Wendy encajó el golpe y no dijo nada.

—Ha salido, ¿sabe? Ariana Nasbro.

Escuchar ese nombre en voz alta le dio escalofríos.

—Ya lo sé.

—¿Cree que está curada?

Wendy pensó en las cartas, en cómo le revolvían el estómago.

—Puede que lo esté —se respondió Grayson—. He conocido casos de gente que lo ha acabado logrando. Pero eso qué más le da a usted ahora, ¿verdad, Wendy?

—No es asunto suyo.

—Cierto. Pero Dan Mercer sí. Usted tiene un hijo, ¿no?

—Tampoco es asunto suyo.

—Los tíos como Dan… —continuó Grayson—. Lo único que sabemos con certeza de ellos es que no se curan. —Se acercó un poco más a ella, moviendo la cabeza—. ¿Eso no forma parte, Wendy?

—¿Parte de qué?

—De lo suyo, de perseguir pedófilos. Los alcohólicos, a fin de cuentas, se pueden curar. Pero los pedófilos son más simples: no existe para ellos ni la redención ni el perdón.

—Hágame un favor, señor Grayson: no me psicoanalice. Usted no sabe nada de mí.

Grayson dijo que sí con la cabeza.

—Tiene usted razón.

—Pues vaya al grano.

—Es muy sencillo. Si no le paramos los pies a Dan Mercer, le hará daño a otro crío. Eso es lo que hay y ambos lo sabemos.

—Eso debería decírselo a la juez, probablemente.

—Esa mujer no puede hacer nada por mí en estos momentos.

—¿Y yo sí?

—Usted es periodista. Y de las buenas.

—Me han despedido.

—Razón de más para hacer esto.

—¿Hacer qué?

Ed Grayson se inclinó hacia delante.

—Ayúdeme a encontrarlo, Wendy.

—¿Para que usted se lo pueda cargar?

—No se detendrá.

—Ya me lo ha dicho.

—¿Pero?

—Pero no quiero formar parte de sus planes de venganza.

—¿Usted cree que se trata de eso?

Wendy se encogió de hombros.

—No es cuestión de vengarse —dijo Grayson en voz baja—. De hecho, es todo lo contrario.

—Me temo que no le sigo.

—Se trata de una decisión calculada. Es práctica. Consiste en no correr riesgos. Quiero cerciorarme de que Dan Mercer no vuelve a hacerle daño a nadie.

—¿Matándole?

—¿Conoce usted alguna otra manera? Esto no va de derramar sangre o de practicar la violencia porque sí. Todos somos seres humanos, pero si haces algo como lo que él ha hecho, si tu genética o tu patética existencia te conducen a hacerle daño a un crío, pues yo creo que lo más humanitario que se puede hacer por alguien así es sacrificarlo.

—No sé qué pensarían un juez y un jurado.

Ed Grayson puso cara de que esa perspectiva hasta le parecía entretenida.

—¿Acaso tomó la juez Howard la decisión correcta?

—No.

—En ese caso, ¿quién mejor que nosotros, que sabemos de qué va?

Wendy le dio un par de vueltas al razonamiento.

—Ayer, después de la vista, ¿por qué me acusó de haber mentido?

—Porque así fue. Usted no estaba preocupada por la posibilidad de que Mercer se suicidara. Usted entró en su casa porque temía que él destruyera las pruebas.

Silencio. Ed Grayson se levantó, atravesó la cocina y se detuvo junto a la pila.

—¿Le importa si bebo un poco de agua?

—Sírvase usted mismo. Los vasos están a la izquierda.

Cogió uno de la alacena y abrió el grifo.

—Tengo un amigo —empezó Ed Grayson mientras miraba como se llenaba el vaso—. Un buen tío, trabaja como abogado y le va muy bien. Hace unos años, me contó que estaba totalmente a favor de la guerra de Irak. Me dio un montón de motivos y me aseguró que los iraquíes merecían ser libres. Yo le dije: «Tú tienes un hijo, ¿verdad?». Y él me dice que sí, y que va a Wake Forest. Yo le digo: «Sé sincero conmigo, ¿tú sacrificarías la vida de tu hijo por esta guerra?». Le dije que se tomara en serio la pregunta. Que se imaginara que aparecía Dios y le decía: «Bueno, la cosa es la siguiente. Estados Unidos gana la guerra de Irak, signifique eso lo que sea, pero, a cambio, tu hijo recibe un balazo en la cabeza y se muere. Solo él. Nadie más. El resto vuelve a casa tan tranquilo, pero tu hijo fallece». Y le pregunto a mi amigo: ¿tú harías un trato así?

Ed Grayson se dio la vuelta y bebió un gran trago de agua.

—¿Y él qué dijo? —le preguntó Wendy.

—¿Qué habría dicho usted?

—Yo no soy su amigo el abogado, el que estaba a favor de la guerra.

—Vaya respuesta más sosa —sonrió Grayson—. La verdad, reconozcámoslo, es que nadie haría un trato semejante, ¿no le parece? Ninguno de nosotros sacrificaría a su propio hijo.

—La gente envía a sus hijos a la guerra constantemente.

—Vale, de acuerdo, puede que usted esté dispuesta a que vayan a la guerra, pero no a la muerte. Hay una diferencia, aunque esa diferencia implique cierta capacidad de autoengaño. Puede que usted esté dispuesta a lanzar los dados y ver qué sale, pues no se le pasa por la cabeza que su hijo vaya a morir. Pero esto es distinto. Como le estoy diciendo, esto no es una decisión.

Se la quedó mirando.

—¿Espera que le aplauda? —le preguntó ella.

—¿No está de acuerdo conmigo?

—Su hipótesis empequeñece el sacrificio —dijo Wendy—. Y es absurda.

—Bueno, sí, puede que sea injusta, se lo reconozco. Pero para nosotros, Wendy, en estos mismos momentos, cuenta con un elemento de lo más real. Dan no volverá a hacerle daño a mi hijo, y el suyo es demasiado mayor para él. ¿Piensa dejarlo correr porque su hijo está a salvo? ¿Nos permite eso el derecho a lavarnos las manos? ¿Solo porque no se trata de nuestros hijos?

Wendy no abrió la boca.

—No puede ignorar esto, Wendy —le dijo Ed Grayson.

—No quiero tomarme la justicia por mi mano, señor Grayson.

—No se trata de eso.

—A mí me parece que sí.

—Piénselo. —Grayson se la quedó mirando fijamente, asegurándose de que le miraba y le dedicaba toda su atención—. Si pudiera viajar en el tiempo y encontrar a Ariana Nasbro…

—Basta —dijo Wendy.

—Si pudiera usted volver a la primera detención de esa mujer por conducir bebida, o a la segunda, o puede incluso que a la tercera…

—Cállese de una puta vez.

Ed Grayson asintió, satisfecho, al parecer, de haber dado en el clavo.

—Creo que ya va siendo hora de que me vaya. —Salió de la cocina en dirección a la puerta de entrada—. Piénselo, ¿vale? Es todo lo que le pido. Usted y yo, Wendy, estamos en el mismo bando. Supongo que ya lo sabe.

Ariana Nasbro.

Cuando Grayson se fue, Wendy seguía intentando olvidarse de esa maldita carta que había tirado a la basura.

Se enganchó al iPod un ratito, cerró los ojos, confió en que la música la calmase. Eligió las canciones más lenitivas de las que disponía, como Angels on the Moon, de Thriving Ivory, Please Forgive Me, de William Fitzsimmons y High Heels and All, de David Berkeley. Pero no funcionó, pues esas canciones sobre el perdón no le eran de gran ayuda. Cambió de estilo en busca de algo más contundente: Shout, de Tears for Fears, First Night, de The Hold Steady, o Lose Yourself, de Eminem. Tampoco funcionaba. No se podía quitar de la cabeza las palabras de Ed Grayson…«Si pudiera viajar en el tiempo y encontrar a Ariana Nasbro…»

Lo haría. Sin duda alguna. Wendy viajaría en el tiempo, perseguiría a esa zorra, le cortaría la cabeza y bailaría junto a su cuerpo, que aún no habría dejado de moverse.

Menudos pensamientos. Pero eso es lo que hay.

Revisó el mail. Fiel a su palabra, Dan Mercer le había enviado el punto de reunión para las dos de la tarde: una dirección en Wykertown, Nueva Jersey, de la que nunca había oído hablar. Tuvo que recurrir a Google para saber cómo llegar. Tardaría cosa de una hora. Bien. Tenía casi cuatro por delante.

Se duchó y se vistió. La carta. La maldita carta. Corrió escaleras abajo, rebuscó en la basura y encontró ese sobre blanco de lo más normal. Estudió la letra, como si eso pudiese aportarle alguna pista. No fue así. Utilizó como abrecartas un cuchillo de cocina. Extrajo del sobre dos hojas de papel rayado de color blanco, del mismo tipo que ella utilizaba cuando iba al colegio de pequeña.

Sin tomar asiento, Wendy leyó la carta de Ariana Nasbro allí mismo —una espantosa palabra detrás de otra—, frente al fregadero. No había la menor sorpresa, ninguna aportación psicológica, solo esa mierda megalómana que se nos administra desde que nacemos. Todos los tópicos, toda la sensiblería, todas las excusas de estar por casa… No faltaba nada. Cada palabra era como una navaja que le cortaba la piel. Ariana Nasbro hablaba de «las semillas de mi propia autoimagen», de «hacer las paces», de «la búsqueda de significado» y de «tocar fondo». Patético. Hasta tenía la cara dura de hablar de «los abusos que he sufrido en mi vida y como he aprendido a perdonar», o de «ese maravilloso sentimiento: el perdón», o de como hacer extensiva esa «maravilla a otros, como Charlie y tú».

Ver como esa mujer se permitía escribir el nombre de su hijo llenó a Wendy de una ira indescriptible.

«Yo siempre seré una alcohólica», decía Ariana Nasbro hacia el final de su diatriba. Otro yo. Yo seré. Yo soy. Yo quiero. La carta estaba llena de ellos.

Yo, yo, yo.

«Ahora sé que soy un ser imperfecto que merece el perdón».

A Wendy le estaban entrando ganas de vomitar. Ahí estaba la última línea de la misiva: «Esta es la tercera carta que te envío. Por favor, dame noticias tuyas para que pueda iniciarse mi curación. Dios te bendiga».

Mira, tía, pensó Wendy, vas a tener noticias mías. Y ahora mismo. Agarró las llaves del coche y salió pitando de allí. Metió la dirección del remitente en el GPS y condujo hacia la casa de acogida en la que ahora residía Ariana Nasbro.

Estaba en New Brunswick, a una hora de distancia en circunstancias normales, pero sin levantar el pie del acelerador, Wendy se plantó allí en menos de cuarenta y cinco minutos. Aparcó de cualquier manera y entró en tromba por la puerta principal. Le dio su nombre a la mujer de la recepción y dijo que quería ver a Ariana Nasbro. Le pidieron que tomara asiento. Wendy dijo que muchas gracias, pero que se quedaría de pie.

Al cabo de unos instantes, apareció Ariana Nasbro. Wendy no la había visto en siete años, desde que la juzgaron por homicidio involuntario. En aquellos tiempos, a Ariana se la veía atemorizada y digna de compasión, con los hombros hundidos, el pelo despeinado y los ojos parpadeando, como si temiera que alguien le arrease un sopapo.

La mujer de ahora, la Ariana Nasbro que había pasado por la cárcel, era diferente. Tenía el pelo blanco y corto. Se mantenía erguida y miraba a su visitante a los ojos. Extendió una mano y dijo:

—Gracias por venir, Wendy.

Pero esta la dejó con la mano colgando en el aire.

—No he venido por ti.

Ariana trató de sonreír.

—¿Te gustaría dar un paseo?

—No, Ariana, no quiero dar un paseo. En tus cartas (ignoré las dos primeras, pero ya veo que no pillas las indirectas), me preguntabas cómo podías hacer las paces.

—Sí.

—Pues he venido a decírtelo: deja de enviarme esas chorradas en plan Alcohólicos Anónimos en las que solo hablas de ti misma. No me interesan. No quiero perdonarte para que te cures o te recuperes o como coño lo llames. No tengo el menor interés en que mejores. No es la primera vez que te apuntas a AA, ¿verdad?

—No —dijo Ariana Nasbro, sin bajar la cabeza—. No lo es.

—Lo intentaste dos veces antes de matar a mi marido, ¿no es cierto?

—Así es —repuso con una voz demasiado tranquila.

—¿Habías llegado antes al Paso Número Ocho?

—Sí. Pero esta vez es distinto porque…

Wendy levantó una mano para hacerla callar.

—Me da igual. Que las cosas puedan ser diferentes ahora me tiene sin cuidado. No me importas tú ni tu recuperación ni el Paso Número Ocho, pero si de verdad quieres hacer las paces contigo misma, te sugiero que salgas afuera, te esperes un ratito en la acera y te arrojes bajo el primer autobús que pase. Sé que suena algo crudo, pero si lo hubieses hecho la última vez que llegaste al Paso Número Ocho… Si la persona a la que jorobaste y le enviaste esa misma mierda modelo yo, yo, yo y después yo, te hubiera aconsejado eso en vez de perdonarte… Tal vez, solo tal vez, le habrías hecho caso; y tú estarías muerta y mi John, vivo. Yo tendría un marido y Charlie un padre. Eso es lo que importa. No tú. No tu fiesta en AA para celebrar tus seis meses sobria. No tu viaje espiritual hacia la sobriedad. Así pues, si realmente quieres hacer las paces, Ariana, deja de pensar exclusivamente en ti misma. ¿Estás curada, totalmente curada? ¿Estás segura al cien por cien de que nunca volverás a beber?

—Nunca te curas del todo —dijo Ariana.

—Vale, unas cuantas memeces más de AA. No sabemos nada del mañana, ¿verdad? Por eso deberías hacer las paces. Deja de escribir cartas, deja de hablar de ti en grupo, deja de tomarte la vida de jornada en jornada. En vez de eso, haz lo único que te garantizará que jamás volverás a matar a otro padre de familia: tú espera ese autobús y tírate delante de él. Y si no lo haces, por lo menos déjanos en paz a mi hijo y a mí de una puta vez. Nunca te perdonaremos. Jamás. Y hay que ser tan monstruosa y egoísta como tú eres para creerte que, precisamente tú, te vas a curar.

Dicho lo cual, Wendy dio media vuelta, volvió al coche y lo puso en marcha. Había acabado con Ariana Nasbro. Ahora le tocaba ver a Dan Mercer.

6

Marcia McWaid estaba sentada en el sofá junto a Ted. Enfrente de ellos se encontraba Frank Tremont, un investigador del condado de Essex que había ido a darles la información semanal sobre el caso de su hija desaparecida. Marcia ya sabía lo que iba a decir.

Frank Tremont llevaba un traje de color marrón ardilla y una corbata raída que parecía haber pasado los cuatro últimos meses hecha una bola. Tenía más de sesenta años, se acercaba a la jubilación y mostraba ese aspecto de estar de vuelta de todo tan típico del que lleva demasiado tiempo desempeñando el mismo trabajo. Cuando Marcia había empezado a hacer preguntas sobre él, oyó rumores de que Frank estaba en las últimas y de que asistía rutinariamente a los últimos meses de su vida laboral. Pero Marcia nunca tuvo esa impresión, y por lo menos, Tremont seguía allí, visitándoles, manteniéndose en contacto. Solía haber más gente con él: agentes federales, expertos en personas desaparecidas y todo tipo de miembros de las fuerzas del orden. Pero el personal había ido menguando a lo largo de los últimos noventa y cuatro días, y ahora ya solo quedaba ese poli solitario y mayor con un traje espantoso.

Durante los primeros días, Marcia había intentado mantenerse ocupada ofreciendo, a los diferentes agentes de la ley, café y galletas. Pero ya no se tomaba esa molestia. Frank Tremont se sentaba frente a ellos, esos padres de las afueras que tan mal lo estaban pasando, y se preguntaba, Marcia estaba segura de ello, cómo decirles una vez más que no había novedad alguna sobre su hija desaparecida.

—Lo lamento —dijo Frank Tremont.

Era de prever. Siempre lo mismo.

Marcia vio a Ted arrellanarse en el asiento, echar la cabeza atrás y contener las lágrimas. Sabía que Ted era un buen hombre, un tipo estupendo, gran marido, padre y proveedor. Pero había descubierto que no era especialmente fuerte.

Marcia miró fijamente a Tremont.

—¿Y ahora qué? —le preguntó.

—Seguimos buscando —dijo este.

—¿Cómo? —inquirió Marcia—. Quiero decir, ¿qué más se puede hacer?

Tremont abrió la boca, se interrumpió y la volvió a cerrar.

—No lo sé, Marcia.

Ted McWaid dejó que le corrieran las lágrimas.

—No lo entiendo —dijo, como tantas veces había hecho—. ¿Cómo es que no tenéis nada?

Tremont se mantuvo a la espera.

—Con toda esa tecnología, todos esos avances, Internet…

La voz de Ted se fue apagando. Meneó la cabeza. No lo entendía. Era incapaz. Pero Marcia sí. Las cosas no funcionaban así. Antes de lo de Haley, eran la típica familia americana ingenua cuyo conocimiento de la actividad policial se basaba en toda una vida viendo series de televisión en las que todos los casos se resolvían. Esos actores tan acicalados encuentran un pelo, una huella de zapato o un pellejo, lo colocan bajo el microscopio e, ipso facto, se hace la luz antes de que acabe el metraje previsto. Pero la realidad no era así. La realidad, como ahora sabía Marcia, se encontraba en las noticias. Por ejemplo, esos polis de Colorado que seguían sin encontrar al asesino de una reina de la belleza infantil, Jon Benet Ramsey. Marcia recordaba los titulares de cuando Elizabeth Smart, una preciosa cría de catorce años, fue secuestrada en su habitación a altas horas de la noche. Los medios se habían obsesionado con aquel secuestro, todo el mundo estaba en vilo, todos supervisaban la labor de la policía, el FBI y los «expertos» de la escena del crimen que peinaban la casa de Elizabeth en Salt Lake City en busca de la verdad… Pero durante más de nueve meses, a nadie se le ocurrió investigar a un sin techo desquiciado que se creía Dios y que había trabajado en la casa, ¿y todo ello a pesar de que la hermana de Elizabeth lo había visto esa noche? Si ponías eso en CSI o en Ley y orden, el espectador le arrojaría el mando a distancia a la pantalla, quejándose de que aquello resultaba «inverosímil». Pero por mucho que lo adornes, esas cosas suceden constantemente.

La realidad, ahora se daba cuenta Marcia, era que hasta los idiotas se van de rositas tras los crímenes más abyectos.

La realidad era que ninguno de nosotros está a salvo.

—¿Tenéis algo nuevo que decirme? —amagó Tremont—. Cualquier cosa.

—Ya te lo hemos contado todo —dijo Ted.

Tremont asintió: hoy tenía más cara de derrotado que nunca.

—Hemos visto casos similares, en los que la adolescente desaparecida aparece de repente. Solo quería desfogarse, o igual tenía un novio secreto.

Ya había intentado vender esa moto, previamente. Frank Tremont, como todo el mundo, incluyendo a Ted y Marcia, quería que se tratara de una fuga.

—Hubo otra adolescente en Connecticut —siguió Tremont—. Se lió con quien no debía y se escapó. Al cabo de tres meses, ya estaba de vuelta.

Ted asintió y se volvió hacia Marcia para ver si esta alimentaba sus esperanzas. Marcia intentó poner buena cara, pero no había manera. Ted apartó la vista de su mujer, como si esta le acabara de dar un chasco, y abandonó el salón.

Era muy raro, pensaba Marcia, que fuese precisamente ella quien veía las cosas más claras. Evidentemente, ningún progenitor quiere creer que ha estado tan en la inopia como para no percatarse de las señales que emite una adolescente lo bastante desdichada o desequilibrada para desaparecer durante tres meses. La policía había magnificado cada decepción en la joven vida de la hija de los McWaid: no, Haley no había sido admitida en la Universidad de Virginia, su primera opción. No, no había ganado el concurso de redacción de la clase ni conseguido unas notas muy brillantes. Y sí, puede que hubiera roto recientemente con un novio. ¿Y qué? A toda adolescente le pasaban esas cosas.

Marcia sabía la verdad, la había sabido desde el primer día. Parafraseando al director Zecher, algo le había sucedido a su hija. Algo malo.

Tremont seguía ahí sentado, sin saber muy bien qué hacer.

—¿Frank? —le dijo Marcia.

Y él la miró.

—Quiero enseñarte algo.

Marcia sacó la fotografía de Mickey Mouse que había encontrado en la taquilla de su hija y se la pasó. Tremont se tomó su tiempo. Sostuvo la imagen en la mano. Nada se movía en la habitación. Marcia podía oír respirar al policía.

—Esta foto fue tomada tres semanas antes de la desaparición.

Tremont estudiaba la fotografía como si pudiese contener alguna pista sobre la desaparición de Haley.

—Me acuerdo. Vuestro viaje familiar a Disneylandia.

—Mírale la cara, Frank.

Obedeció y plantó los ojos en ella.

—¿Tú crees que a esa chica, con semejante sonrisa, le dio por escaparse sin decirle nada a nadie? ¿De verdad crees que esa chica se fugó por decisión propia y fue tan precavida que no utilizó nunca el iPhone, las tarjetas de crédito o los cajeros automáticos?

—No —repuso Frank Tremont—. No lo creo.

—Sigue buscando, Frank, por favor.

—Así lo haré, Marcia. Te lo prometo.

Cuando la gente piensa en las autopistas de Nueva Jersey piensa en el Garden State Parkway, con su mezcla de almacenes desperdigados, cementerios descuidados y adosados hechos polvo, o en el New Jersey Turnpike, con sus fábricas, sus humaredas y sus inmensos complejos industriales que tanto recuerdan al futuro de pesadilla de la saga Terminator. Pero nunca piensan en la carretera 15 del condado de Sussex, con sus tierras de labranza, sus viejas comunidades lacustres, sus venerables graneros, sus prados adorables y su antiguo estadio de béisbol de la liga menor.

Siguiendo las instrucciones de Dan Mercer, Wendy tomó la carretera 15 hasta que se convirtió en la 206, torció a la derecha por un camino de grava, dejó atrás el guardamuebles de la zona y llegó al parque de caravanas de Wykertown. Era un lugar silencioso y pequeño, y lucía ese aspecto fantasmal en el que solo falta un columpio infantil vacío y mecido por el viento. Las parcelas estaban divididas en forma de red. La Fila D, Columna 7 estaba en la esquina más alejada, muy cerca de la verja.

Wendy bajó del coche y se sorprendió ante tanta tranquilidad. No había ni un sonido. Las plantas rodadoras no corrían por el polvo, pero puede que debieran haberlo hecho. Todo el parque parecía uno de esos pueblos postapocalípticos cuya población se evaporó al caer la bomba. Había tendederos para la ropa, pero nada colgaba de ellos. Tiradas por el suelo, había un montón de sillas plegables con el asiento roto. Las barbacoas y los juguetes playeros parecían haber sido abandonados en plena actividad.

Wendy revisó el móvil. Ni una barra. Estupendo. Ascendió los dos peldaños de ladrillo y se quedó parada ante la puerta de la caravana. Una parte de ella —la parte racional, consciente de que era una madre, no un superhéroe— le decía que debería largarse y no hacer el idiota. Puede que le hubiese dado algunas vueltas más a esa posibilidad, pero la puerta se abrió y ahí estaba Dan Mercer.

Cuando vio su rostro, dio un paso atrás.

—Pero ¿qué te ha pasado?

—Entra —farfulló Dan Mercer a través de su hinchada mandíbula.

Tenía la nariz aplastada y el rostro cubierto de moretones, pero no era eso lo peor. Lo peor eran las quemaduras en el brazo y en la cara. Una de ellas parecía haberle atravesado la mejilla. Wendy señaló una de las quemaduras.

—¿Te las han hecho con un cigarrillo?

Dan consiguió encogerse de hombros.

—Les dije que mi caravana era una zona de no fumadores. No se lo tomaron bien.

—¿Quiénes?

—Era una broma. Lo de la zona de no fumadores.

—Ya lo he pillado. ¿Quién te asaltó?

Dan Mercer hizo un gesto con la mano para que lo dejara estar.

—¿Por qué no entras?

—¿Por qué no sales tú?

—Caramba, Wendy, ¿no te sientes segura conmigo? Como tú misma dijiste con excesiva crudeza, no eres mi tipo.

—De todos modos… —dijo ella.

—En estos momentos, no me apetece mucho salir —dijo Dan.

—Insisto.

—Pues adiós. Lamento haberte hecho venir hasta aquí para nada.

Dan dejó que la puerta se cerrara mientras desaparecía en el interior. Wendy esperó un segundo, pensando que fanfarroneaba. Pero no era así. Desoyendo las advertencias previas —tampoco parecía que Dan pudiese causarle mucho daño en su actual situación—, abrió la puerta y entró en la caravana. Dan estaba en el otro extremo.

—Tu pelo —le dijo.

—¿Qué le pasa?

El cabello de Dan, que en tiempos era castaño, ahora era de un espantoso color amarillo que solo alguien muy tolerante podría considerar rubio.

—¿Te lo tiñes tú mismo?

—No, acudí a Dionne, mi peluquera favorita de la ciudad.

A Wendy casi se le escapó una sonrisa.

—Ideal para pasar desapercibido.

—Ya lo sé. Parezco recién salido de un videoclip de una banda de glam rock de los años setenta.

Dan se alejó aún más de la puerta, hacia la esquina trasera de la caravana, casi como si quisiera ocultar sus heridas. Wendy soltó la puerta, que se cerró de golpe. Había muy poca luz. Algunos rayos de sol se colaban por la habitación. El suelo era de linóleo muy castigado, a excepción de una esterilla de color naranja que cubría una cuarta parte de la sala y que hasta a la tribu de los Brady se le habría antojado de mal gusto.

A Dan se le veía pequeño en esa esquina, hundido y machacado. Lo más extraño, lo que a Wendy más le indignaba, era que había intentado hacer un reportaje sobre Dan Mercer y sus «buenas obras» un año antes de que la trampa que le tendió dejara al descubierto sus genuinas tendencias. Antes de eso, Dan parecía la más rara de las bestias: un ciudadano bondadoso, un hombre que realmente quería contribuir a que las cosas cambiaran y, lo más sorprendente de todo, alguien que no confundía ese deseo con el autobombo.

Tenía que reconocer que se lo había creído. Dan era un hombre bien parecido, con ese pelo castaño alborotado y esos profundos ojos azules, y tenía la habilidad de mirarte como si fueras la única persona en el mundo. Mostraba sensatez y encanto, así como un gran sentido del humor respecto a sí mismo, y Wendy entendía a la perfección que esos pobres chavales le adorasen.

Pero ¿cómo había sido posible que ella, periodista de un escepticismo patológico, no le hubiese visto el plumero?

Le molestaba reconocerlo, pero había llegado a confiar en que él la invitara a salir. Se había producido una gran atracción cuando la miró por primera vez, una especie de chispazo, y estaba segura de que él también se había dado cuenta.

Recordar todo eso le ponía los pelos de punta.

Desde su rincón, Dan trataba de observarla atentamente, pero ya no se producían chispazos. Wendy ya no le miraba con los mismos ojos. Solo sentía compasión hacia él, pero incluso ahora, con todo lo que ya sabía, su instinto le decía que ese hombre no podía ser el monstruo que sin duda alguna era.

Pero eso era una chorrada. Había sido engañada por un timador: así de fácil. Su modestia había sido una manera de ocultar su auténtica naturaleza. Llámale instinto, intuición femenina o corazonada… Pero el caso era que Wendy se había equivocado.

—Yo no lo hice, Wendy.

Otro yo. Menudo día le estaban dando.

—Sí, ya me lo dijiste por teléfono —dijo—. ¿Podrías extenderte?

Dan parecía perdido, sin saber cómo continuar.

—Desde que me detuvieron, me has estado investigando, ¿no?

—¿Y?

—Hablaste con los chicos con los que trabajaba en el centro comunitario, ¿no? ¿Con cuántos?

—¿Y eso qué más da?

—¿Cuántos, Wendy?

Empezaba a entender adónde quería ir a parar Dan.

—Cuarenta y siete —le dijo.

—¿Y cuántos dijeron que había abusado de ellos?

—Ninguno. En público. Pero hubo algunas insinuaciones anónimas.

—Insinuaciones anónimas —repitió Dan—. Supongo que te refieres a esos blogs anónimos escritos por cualquiera, incluyéndote a ti.

—O a algún chaval asustado.

—Ni tú te los creías, pues nunca les citaste.

—Eso no prueba que seas inocente, Dan.

—Curioso.

—¿El qué?

—Creí que era al revés. Inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Wendy intentó no burlarse de él. No quería ir en esa dirección. Había llegado el momento de darle la vuelta a la tortilla.

—¿Sabes qué más descubrí mientras te investigaba?

Dan Mercer dio unos pasos atrás, hasta llegar casi al rincón.

—¿Qué?

—Nada. Ni amigos, ni familia, ni auténticas relaciones. Aparte de tu exmujer, Jenna Wheeler, y del centro comunitario, tu vida parece la de un fantasma.

—Mis padres murieron cuando yo era pequeño.

—Ya lo sé. Creciste en un orfanato de Oregón.

—¿Y qué?

—Pues que tu historial está lleno de agujeros.

—Me han tendido una trampa, Wendy.

—De acuerdo. Pero apareciste por aquella casa a la hora señalada, ¿verdad?

—Creí que iba a ver a una cría con problemas.

—Eres mi héroe. ¿Y entraste tal cual?

—Chynna me llamó.

—Se llamaba Deborah, no Chynna. Es una becaria del canal de televisión. Menuda coincidencia que tenga la misma voz que tu chica misteriosa.

—Estaba a cierta distancia —se defendió Dan—. Esa era tu trampa, ¿no? ¿Que pareciese que salía de la ducha?

—Ya veo. Pensabas que era una tal Chynna, de tu centro comunitario, ¿verdad?

—Sí.

—Evidentemente, Dan, busqué a esa tal Chynna. Tu chica misteriosa. Solo para poner los puntos sobre las íes. Pusimos a tu disposición a nuestro dibujante.

—Ya lo sé.

—Y también sabes que le mostré ese dibujo a todo el mundo en esa zona, por no hablar de cada empleado y cada residente de tu centro comunitario. Nadie la conoce, nadie la ha visto, nada.

—Ya te lo dije. Me pidió discreción.

—Muy conveniente. ¿Y quién fue el que se coló en tu ordenador para enviar esos mensajes atroces?

Dan no abrió la boca.

—Échame una mano con esto, Dan. ¿Quién descargó las fotos en tu ordenador? Ah, ¿y quién (igual era yo, si hemos de prestar atención a tu abogado) escondió en tu garaje esas fotos asquerosas de críos?

Dan Mercer cerró los ojos, derrotado.

—¿Sabes lo que deberías hacer, Dan? Ahora que eres libre, ahora que la ley no puede alcanzarte, deberías pedir ayuda. Ver a un psiquiatra.

Dan negó con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—¿Cómo?

Se la quedó mirando.

—Llevas dos años cazando pedófilos, Wendy. ¿Aún no lo sabes?

—¿Saber qué?

La voz del rincón era un susurro.

—Los pedófilos no se curan.

Wendy sintió un escalofrío. Y fue entonces cuando la puerta de la caravana se abrió de golpe. Pegó un salto hacia atrás y la pantalla de rejilla de la entrada casi la golpeó. Se coló un hombre con el rostro cubierto por un pasamontañas. Llevaba una pistola en la mano derecha.

Dan levantó las manos y dio otro paso atrás.

—No….

El tipo del pasamontañas le apuntó con su arma. Wendy trastabilló hacia atrás, alejándose de la línea de fuego, y entonces, sin más, el intruso disparó. Sin avisar, sin decirle a Dan que se moviera o que alzara los brazos, sin nada de nada. Solo un disparo, conciso y susurrante. Dan cayó de bruces al suelo. Wendy se echó a gritar. Se escondió tras el viejo sofá, como si pudiera ofrecerle la más mínima protección. Desde ahí abajo podía ver a Dan tirado en el suelo. No se movía. En torno a su cabeza se había formado un charco de sangre que estaba empapando la alfombra. El ejecutor atravesó el cuarto. Sin prisas. Tan tranquilo. Como quien da un paseo por el parque. Se detuvo al lado de Dan. Le apuntó a la cabeza con su pistola. Y entonces fue cuando Wendy se fijó en su reloj. Era un Timex con correa flexible. Como el que llevaba su padre. Durante unos segundos, lo vio todo a cámara lenta. La altura, observó Wendy, era la misma. Y el peso también. Solo faltaba el reloj.

Se trataba de Ed Grayson.

Disparó dos veces a Dan en la cabeza, haciendo unos ruidos secos. El cuerpo de la víctima se movió con cada impacto. Wendy estaba aterrorizada. Pero intentaba dominar el pánico. No le quedaba más remedio.

Tenía dos opciones.

Una, hablar con Grayson. Convencerle de que ella estaba de su parte. Dos, salir pitando. Llegar a la puerta, correr hacia el coche, huir.

Pero ambas opciones eran problemáticas. La uno, sin ir más lejos: ¿la creería Grayson? Se lo había quitado de encima unas pocas horas atrás y, de hecho, le había mentido, pues ahí estaba ella, reuniéndose en secreto con Dan Mercer, ese tipo al que acababa de ver como le disparaban a sangre fría… La opción uno no parecía gran cosa, con lo cual solo le quedaba…

Corrió hacia la puerta.

—¡Quieta!

Agachada, se arrastraba en dirección a la salida.

—¡Espera!

Ni hablar, pensó. Salió a la luz del sol. No te pares, se dijo. No dejes de correr.

—¡Socorro! —gritó.

No hubo respuesta. El parque seguía abandonado.

Ed Grayson salió tras ella. Con la pistola en la mano. Wendy siguió corriendo. Las demás caravanas estaban demasiado lejos.

—¡Socorro!

Disparos.

El único escondrijo posible estaba detrás de su coche. Wendy corrió hacia allá. Más disparos. Se parapetó tras el vehículo, como si fuese un escudo. No había cerrado la puerta con llave. ¿Había que arriesgarse? ¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarse donde estaba para que él la encontrara y se la cargase?

Sacó del bolsillo el mando a distancia del coche. Abrió la puerta. Cuando Charlie se sacó el carné de conducir, insistió en hacerse con uno de ellos porque así, durante las frías mañanas de invierno, podían calentar el coche desde la cocina. Wendy, claro está, se había quejado de tanta comodonería, de que ese niño mimado fuese incapaz de aguantar el frío unos minutos. Pero ahora le daba las gracias por ello.

El coche se puso en marcha.

Abrió la puerta del conductor y subió al vehículo con la cabeza baja. Miró por la ventanilla. La pistola apuntaba directamente al coche. Se agachó.

Más disparos.

Wendy esperaba que el cristal se hiciera añicos. Pero no pasó nada. Y no había tiempo para darle más vueltas al asunto. Medio tumbada, metió una marcha y el coche empezó a moverse. Recurriendo a la mano izquierda, apretó el acelerador y condujo a ciegas. Confiaba en no estrellarse con nada.

Pasaron diez segundos. ¿Se habría alejado mucho?

Lo suficiente, esperaba.

Se incorporó y se deslizó en el asiento. El enmascarado Grayson aparecía en el retrovisor, corriendo hacia ella, blandiendo el arma.

Apretó el acelerador, sin dejar de mirar hacia atrás, y condujo hasta que ya no hubo nadie en el retrovisor. Agarró el móvil. Seguía sin haber barras. De todos modos, marcó el número de la policía y le dio a enviar: lo único que consiguió fue un pitido y la frase «conexión fallida» en la pantallita. Continuó un par de kilómetros más. Seguían sin aparecer las barras. Dio la vuelta, hacia la carretera 206, y lo volvió a intentar. Nada. Lo logró al cabo de cinco kilómetros.

—¿Tipo de emergencia? —repuso una voz.

—Quiero informar de un tiroteo.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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360 стр. 1 иллюстрация
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9788490067758
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