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Pausa
D.R. Quintanilla Ediciones
© Gerardo Castillo Rodríguez
Imagen de portada: “28/01/’20”
De la serie Hibernación
Piel de nopal, tela y lana
36 x 32 cm
Autora: Laila Castillo Silva
ISBN: 978-607-9417-83-3
Primera edición: 2020
Impreso y hecho en México

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Sextil Online, S.A. de C.V./ Ink it ® 2020.
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Esa piel queda inmóvil;
el tiempo le dio su forma;
ahora trata de unir los pedazos;
juega con los hilos que la atan,
se ata a la nada.
Hace una pausa y se mira inmóvil.
Profunda, estática, se mira a sí misma.
Contenido
D E D I C A T O R I A
P R Ó L O G O
C A P Í T U L O I El momento de la reflexión
C A P Í T U L O I I Lo cotidiano de la vida
C A P Í T U L O I I I Despertar de la conciencia
C A P Í T U L O I V ¿Vale la pena cuestionarse o dejamos que la vida siga?
C A P Í T U L O V Pausa
C A P Í T U L O V I La vida
C A P Í T U L O V I I Las actitudes
C A P Í T U L O V I I I El propósito
C A P Í T U L O I X Dios
C A P Í T U L O X Pensamientos finales
D E D I C A T O R I A
Este escrito es el resultado de una vida maravillosa que he podido experimentar; por tanto, dedico esta novela a todas las personas que han estado en mi vida: padre y madre, con su excelso ejemplo de vida matrimonial; hermanos y hermanas, que me cobijaron en el hogar paterno; maestros que compartieron su saber con un servidor; alumnos y alumnas, quienes son mis mejores referentes y que, además, me enseñaron a través de tantas vivencias.
Pero, sobre todo, dedico la novela a mi pareja bella, quien se está ganando el cielo con sólo estar conmigo en esta aventura, en la que ya tenemos más de cuatro décadas de convivir y compartir la vida. Señora, con mayúscula, que ha sabido modelar la pasión de educar a sus hijos y trasferir ese amor y pasión a su comunidad escolar. Soñadora permanente y realizadora tenaz y persistente, generosa en su entrega y exitosa en sus resultados.
También la dedico a mis hijos, quienes han gestado con sus parejas un espacio de amor y respeto, que da a sus vástagos una certeza en los principios en los que son educados y una madurez que se manifiesta en el crecimiento integral de mis tesoros: mis nietos.
Mi profesión docente me dio la oportunidad de conocer a muchos jóvenes que ahora son exitosos seres humanos, y mi faceta de consultor empresarial en el área de desarrollo humano ha agregado más personas con quienes la interacción ha sido maravillosa, y que han enriquecido mi existencia.
La gran ventaja obtenida en el cúmulo de enseñanzas que se asimilan en el roce entre seres humanos, es la certeza de que todos buscamos la misma meta: ser felices.
P R Ó L O G O
La capacidad de introspección del ser humano le permite adentrarse en sí mismo para reencontrar todo aquello que, por lo agitado de la vida, pudiera pasar desapercibido. Esa capacidad de reflexión consciente nos da la oportunidad de revisar y readaptar pensamientos, metas, logros, expectativas y, muy particularmente, nos permite darle un nuevo sentido a nuestra existencia.
Hacer una Pausa en la vida significa tomar aire, respirar profundamente y poner en “blanco y negro” situaciones cotidianas que, confundidas entre el vértigo del día a día, nos conducen a tomar decisiones al vapor, pues la siguiente circunstancia ya está a la vuelta de la esquina y, en el afán de solventar lo urgente, nos perdemos de lo importante.
En esta “Pausa”, Gerardo Castillo nos propone un interesante viaje hacia nuestro interior y nos guía de manera inteligente, a través de sus propias reflexiones, invitándonos a redescubrir los más grandes motivos que nos llevan a tomar las decisiones que nos definen como individuos.
Es un documento en donde el autor mezcla el género de novela con lo que pudiéramos llamar “un libro de superación personal y auto conocimiento”; lo hace de manera ágil y sumamente digerible, nos lleva a descubrir nuestras propias interrogantes y a valorar las particularidades que, en muchas ocasiones, pasan desapercibidas cuando tomamos importantes decisiones; propone, mediante un interesante relato, revisar los motivos, las acciones y las consecuencias de aquello que decidimos en el pasado y que nos sigue impactando positiva o negativamente en el presente; nos invita indirectamente a diseñar un esquema que haga viable la posibilidad de replantear lo que hasta este momento hemos podido concebir como nuestro inminente futuro, y deja muy claro que cada uno de nosotros estaremos sujetos a imaginar, planear y ejecutar desde la muy particular óptica que se encuentra definida por nuestra conciencia existencial y nuestra experiencia vivencial.
Esta “Pausa” es una invitación hacia la reflexión y se convierte en un verdadero reto que nos lleva a cuestionarnos acerca de la realidad que estamos viviendo dentro y fuera de nuestros hogares y dentro y fuera de nuestro círculo familiar más cerrado. Esa reflexión nos enfrenta con la realidad, y termina por hacernos concebir la posibilidad de que gran parte de nuestra vida diaria la vivimos sin darnos cuenta cabal de lo que es verdaderamente importante, y preferimos pasar el tiempo escondidos detrás de lo cotidiano, sin hacer frente a la reconstrucción personal que pudiera ser inaplazable, si quisiéramos mejorar los resultados que siempre serán consecuencia de nuestras acciones.
Esta novela es, en verdad, una propuesta literaria que busca despertar los procesos asertivos del lector, para propiciar las condiciones necesarias que lo lleven a redescubrir el valor intrínseco de lo cotidiano y, con ello, dar el justo valor a lo que no siempre resulta evidente. Es una invitación a escudriñar dentro de nuestra conciencia, tratando de dar sentido a cada una de las decisiones, y es ―a la vez― un reto a cuestionarnos si vale la pena seguir haciendo lo mismo, o debemos diseñar una nueva estrategia que nos permita mejorar nuestra actitud ante los eventos del día a día, y ante los momentos más comunes y aparentemente intrascendentes que compartimos con el núcleo principal de nuestra familia, y que impactan, de forma indiscutible, con la manera de socializar con nuestros más cercanos amigos y compañeros del interminable viaje al que llamamos “vida”.
En este contexto, Gerardo Castillo utiliza personajes imaginarios para colocarnos ante interesantes disyuntivas, y con ello iniciar lo que pudiera ser el inevitable encuentro con nuestra verdadera realidad, partiendo de un análisis profundo que nos pondrá de frente con la necesidad de realizar un diagnóstico objetivo de lo que hemos vivido, de lo que quisiéramos vivir y de lo que realmente estamos viviendo.
Desde el inicio de la novela, se nos presentan reflexiones que son verdaderos cuestionamientos existenciales, que llevarán al lector a reconsiderar los motivos de sus más trascendentes decisiones y a revisar objetivamente las implicaciones positivas y negativas derivadas de su actuar. Es un enfrentamiento con uno mismo, que abre la posibilidad de cambiar el rumbo de nuestra vida o reafirmar lo que consideremos positivo pero, de una manera o de otra, cualquier decisión que tomemos y vaya seguida de una acción, traerá como consecuencia lógica y natural un crecimiento personal que definirá, en parte, la calidad de vida que podremos concebir para el futuro.
La lectura del presente libro capta la atención desde las primeras líneas, y es a partir del capítulo IV que la novela se convierte en todo un reto para la superación personal, propiciando cuestionamientos acerca del significado de La Vida, la trascendencia de Las Actitudes, La Existencia ―o no― de un ser superior al que llamamos “Dios” y, sobre todo, el valor de tener claro un Propósito que nos ayude a dar soporte a las decisiones que seguirán impactando nuestra muy particular existencia.
Éste es un plausible documento literario que te invita a ser mejor, te lleva a reconsiderar tu realidad, te reta a seguir adelante con una renovada visión de lo importante y lo trascendente y, de forma eventual, te obligará a dejar de lado lo irrelevante. Es un libro de mucha profundidad conceptual, que hábilmente el autor plantea de manera simple y atractiva, con lo que capta la atención desde la primera línea, poniendo énfasis en los valores sociales, dando ejemplos claros y contundentes de lo que significa actuar con honestidad y dejando abierta la propuesta de ser mejores cada día, para luego plantearse la posibilidad de ayudar a mejorar, con nuestra manera de actuar, a los que forman parte de nuestro más estrecho círculo social.
Al leerlo te verás reflejado en la mayor parte de sus razonamientos vivenciales, y te resultará difícil sustraerte al gozo que representa la mejora sustancial del autoconocimiento.
Mis más sinceras felicitaciones para Gerardo Castillo, a quien considero mi amigo y de quien tanto he aprendido.
Raúl David Martínez
C A P Í T U L O I
El momento de la reflexión
Aquella tarde regresé temprano de la oficina y, al llegar a casa, no había nadie. Por alguna razón, desde hace ya mucho tiempo, no he estado consciente de la dinámica de la casa en esas horas.
Hace ya casi 20 años que trabajo en la empresa, teníamos cinco años de casados cuando me contrataron y la economía parecía irse resolviendo con aquel ascenso. Cuando empecé a trabajar ahí, mis hijos Mary y Javier tendrían tres y un año y medio, respectivamente. Desde entonces enfoqué todos mis esfuerzos a no perder el trabajo, como había sucedido las veces anteriores; no era fácil conseguir dónde laborar, y menos en las condiciones que lo había logrado, con un excelente sueldo y un puesto que me otorgaba status y autoridad dentro y fuera de la compañía; así que las jornadas de trabajo se hicieron interminables, y me convertí en un elemento insustituible para la empresa.
Sin embargo, aquella tarde llegué temprano a la casa y la encontré vacía. Me dije a mí mismo una de las mentiras que nos decimos ―y nos creemos― todos: “Qué bueno que no hay nadie, así podré descansar a mis anchas”.
Por azares del destino, y quizá por el cansancio que me amodorraba en ese momento, me tiré en la sala y, tumbado en aquel sillón, oyendo música y degustando una copa de coñac, empecé a recordar.
Martha, la chica más guapa de la facultad, había sido la escogida para convertirse en mi esposa. Realmente no sé qué la conquistó, si mi apariencia de triunfador y mi aspecto físico, que en realidad no era para apantallar a nadie aunque, siendo honesto, “Verbo mata carita”, y soy de una charla agradable y envolvente; al enfocar todas mis baterías hacia Martha, ¡¡lo logré!! La convencí de que fuera mi novia, y empezó una excelente relación. Al paso del tiempo, y sin forzar mucho las situaciones, se fueron dando las cosas: mantuvimos el noviazgo y, dos años después de graduarnos, volvimos a participar en otra ceremonia: la del matrimonio.
Los augurios de felicidad y alegría, por parte de los amigos y familiares, para nuestra vida de casados… los regalos recibidos aquel sábado de junio de 1998… Tuve que hacer un esfuerzo mental para recordar exactamente el día, creo que fue el 20. En la actualidad, Martha es la que programa alguna fiesta o reunión con los amigos para celebrar la fecha y, como siempre la planea para el sábado más cercano, ya no sé cuál es la fecha real de nuestro aniversario. En otras ocasiones no hemos podido celebrarlo, porque ando de viaje o los compromisos con la empresa no me dejan hacer demasiada vida social con la familia, pero eso sí, cuando llegan visitas a la planta o me toca viajar a otras ciudades donde la empresa tiene sucursales, si “tengo que” hacer vida social, pues es parte de mi trabajo.
Volviendo a mis recuerdos, la boda que incluyó todos los elementos del rito, el vestido blanco de Martha, mi traje de gala (rentado, por supuesto), la fiesta, el pastel, los padrinos de anillos, de arras, de lazo, de álbum, de copas y otros más, inventados para poder cumplir con los compromisos con ambas familias, para que no se sintiera la tía Conchita, pues invéntale que es la madrina de cojines, y para que el tío Ramón se sintiera a gusto, apúntalo como padrino de… champagne, etcétera.
Apoltronado en el sillón, y en un ambiente muy agradable, los recuerdos me abrumaron y llegaron en cascada, amontonándose en mi cerebro: la “tornaboda” con el mariachi y todo, el viaje de luna de miel, el regreso a la primera casita de renta ―nuestro “nidito de amor”―, la apertura de los regalos, las miradas suspicaces de mi mamá y de mi suegra ―como que ya nos habían dado su anuencia para tener relaciones sexuales, aunque en realidad no la necesitábamos mucho, pues… ya se imaginarán.
Una vez terminada la luna de miel, y al enfrentarnos a la realidad, regresé a mi trabajo; Martha, en su afán de colaborar en el forjado de nuestro patrimonio, también continuó trabajando. Así, nuestra vida en pareja se fue haciendo muy interesante, ya no había que pedir permisos para asistir a una fiesta o a una “disco” ―antes los “antros” eran considerados como lugares de muy baja estofa―. Nos la pasábamos muy bien, felices y contentos; las visitas de cuando en cuando a las familias, los primeros pleitos al llegar la primera Navidad ―pues cada uno de nosotros quería pasar la Nochebuena con su respectiva familia―, y luego de interminables diálogos, que muchas de las veces terminaron en reproches hacia la familia política, llegamos al acuerdo de estar un rato en una casa y otro rato en la otra, con el resultado que no disfrutamos completamente ni en una ni en otra casa.
Continuamos la vida, y pronto nos acomodamos al nuevo estilo de vivir cada uno en su oficina, compartiendo los problemas que se viven a diario en las empresas. Un buen día me despidieron de mi trabajo, Martha se tuvo que hacer cargo de la economía de la casa, mientras yo buscaba un nuevo empleo que, afortunadamente, llegó pocos meses después.
La situación económica no ha sido muy estable y en esos años anduve cambiando de trabajo, en la búsqueda de mejorar cada vez el peldaño anterior, hasta que pude consolidar un empleo que, gracias a Dios, coincidió con el anuncio del embarazo de Martha. Una vez que llegó el momento del nacimiento, Martha renunció a su trabajo (la renunciaron) y se concentró en atender a Mary, hermosa criatura que, desde que nació, llenó de una nueva alegría nuestro hogar. Poco tiempo después nació Javier y, con él, se completó el cuadro familiar, ya éramos una familia con los dos niños y toda una vida por delante. Se sucedieron los años y cada uno de nosotros asumió el rol que le tocaba desempeñar.
La abnegada madre, el padre proveedor, los hijos en desarrollo y generando cada vez más necesidades que había que satisfacer; la ropa, el futuro kínder. Poco a poco se fueron espaciando nuestras “salidas” a divertirnos, pues ¿quién cuidaría de los niños? Así que nos adaptamos nuevamente a otro estilo de vida, nos dábamos nuestros espacios y yo cuidaba de los niños cuando Martha salía con sus amigas y cuando el trabajo de la oficina me lo permitía. Confieso que en muchas ocasiones fue el pretexto ideal para no estar con los niños y, veladamente, no permitir que Martha saliera a divertirse. Yo seguí teniendo miedo de que al ser tan independiente como había sido siempre, y al saberse capaz de generar ingresos a la familia, no fuera a suceder que quisiera cambiar de estilo de vida y, al cambiar éste, se modificaría el mío; así que me di a la tarea de buscar un nuevo empleo que le garantizara la tranquilidad de tener ciertas comodidades y que no tuviera la necesidad de buscar empleo.
¡Qué días aquellos! Teníamos todo el tiempo para estar en casa y disfrutar los ocurrencias de los niños, los adelantos en su crecimiento, el día de campo, enseñarlos a andar en bicicleta, ayudarlos a subir a un árbol, dos o tres caídas con raspones nada serios pero que permitían a Mary y a Javier demostrar sus capacidades de actuación, pues hacían un drama increíble que bien les hubiera valido un Oscar a la mejor actuación. Esos momentos además permitían que Martha o yo nos sintiéramos totalmente protectores y, de alguna manera, indispensables para lograr la tranquilidad y la felicidad de los niños. Como ésa, se daban muchas situaciones que reforzaban mi creencia de ser el superhombre que solucionaba, como por arte de magia, los problemas cotidianos, y que mis hijos y mi esposa veían en mí al héroe de fantasía que, con la sola presencia, da fortaleza y tranquilidad a los suyos.
Sumido en mis recuerdos, no me había dado cuenta que ya eran más de las 9:00 de la noche y la casa seguía sola. No había movimiento, ni Martha ni “los niños”; al mencionarlos de esa manera me reí para mis adentros, a Mary ―de 20 años― y Javier ―de 18― no creo que les gustaría mucho la idea de ser llamados “niños”; sin embargo, la realidad de ese momento era que la casa seguía vacía y yo empecé a sentirme solo.
Traté de acomodarme nuevamente en el sillón, pero ya no me sentía cómodo; la conciencia de estar solo y de que yo ya no era “indispensable” para la felicidad de mis hijos y de mi esposa me tenía inquieto. El hecho de estar en una casa que yo construí, en un sofá que yo compré, oyendo mi música en mi equipo, en mi sala… Empecé a observar alrededor todas las cosas que habíamos acumulado al paso de nuestra vida matrimonial. Inicié un “inventario” visual o, como decimos en la planta, “un diagnóstico situacional”.
Sin duda la soledad es una de las situaciones que el ser humano trata de evitar a toda costa, por eso tienen tanto éxito los negocios que te introducen a un estado de ruido externo o de emociones fuertes que te hacen evadir la realidad que vives, aunque sea por medios “socialmente aceptados”, como los bares, los table dance, los sport bar, etc., donde encuentras la compañía que desees para que no alcances a hacerte consciente que vives otra realidad, lo cual no deja de ser una adicción, “socialmente aceptada”, por supuesto.
Al llegar a este punto de “mi reflexión” recordé también un audio cassette, ¡imagínense lo antiguo!, con canciones añejas y realmente poco atractivas para escucharlas con los amigos o en una fiesta, por lo que se fue relegando hasta los rincones más oscuros del estéreo. Lo busqué y afortunadamente lo encontré, rogué a Dios que funcionara el reproductor de audio cassettes y me di la oportunidad de escuchar nuevamente aquellas melodías.
El cantante era Alberto Cortés, y lo que yo andaba buscando era un poema, “El vino”; me pregunté si algo tenía que ver con la realidad de que casi siempre el vino está asociado a situaciones emocionales intensas: alegrías, tristezas, tragos amargos, momentos de euforia, pero cuando empecé a escuchar con atención el poema me surgieron nuevas interpretaciones y cuestionamientos sobre mi propia persona.
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