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Fernando Mansilla
Conocimos a Fernando Mansilla muy tarde y fue a través de su música o, más bien, ese híbrido entre música, poesía y teatro que eran sus espectáculos de spoken word con su grupo Mansilla y los Espías. Nos impactó ese pequeño hombre que se hacía grande en el escenario —y no solo porque su inseparable sombrero le añadiera un par de centímetros—, nos encandiló su voz grave y profunda y nos entusiasmaban sus letras afiladas.
Pocos años después tuvimos la suerte de conocer personalmente a Fernando y descubrimos que detrás del artista había una persona amable, sencilla y humilde, con el que daba gusto pasar el rato compartiendo una cerveza.
Mansilla nació en Barcelona y se instaló en Sevilla en 1981 atraído por la forma de vida, el clima y el buen hachís del sur. Se ganó la vida como músico callejero y con diversas producciones teatrales con las que poco a poco se hizo un nombre como artista underground. Su poesía fue recogida en Poemas para la no posteridad (Cangrejo Pistolero) y en los discos Literatura de baile, Dejad que los colgados se acerquen a mí y Lucy, sus piezas teatrales (una de las cuales, Libertino, fue nominada a los Premios Max) fueron estrenadas regularmente desde los primeros noventa y su narrativa se inició con esta novela, Canijo, publicada originalmente por El Rancho Editorial y que ahora tenemos el placer de hacer llegar a toda España como ya hicimos con Relatos faunescos, Matar cabrones y Mansilla Street View.
Falleció en junio de 2019 descansando «en el puto sofá».
Seguramente tú también has conocido a Fernando Mansilla muy tarde, pero nunca es demasiado tarde.
Hoy es un buen día.

Pablo Peña
Cuando tuvimos el manuscrito de Canijo en nuestro poder, inmediatamente pensamos en Pablo Peña para diseñar la cubierta. De sus manos salió el mítico clarinete-jeringuilla que ilustraba la edición de El Rancho Ediciones. Además, siempre hemos sido muy fans de Pony Bravo, y Pablo es componente de este grupo desde sus comienzos en 2006.
Estudió Bellas Artes en la Universidad de Sevilla y ha trabajado como músico, pinchadiscos, artista sonoro e ilustrador. Además de bajista en los mencionados Pony Bravo, es compositor e intérprete en el grupo Fiera, donde también se encarga del diseño de la parte gráfica, y ha participado en proyectos con Niño de Elche y Los Voluble. Ha producido el disco Autoficción de Las Odio y es cocreador de la obra escénica Wildworking. De forma paralela, ha trabajado en la composición de música y ambiente sonoro para obras de danza contemporánea y escrito e interpretado en directo la música para diversos espectáculos teatrales. Junto a Fran Torres ha fundado Música Prepost, un proyecto con el que han realizado varios espectáculos de live cinema o la gala de presentación del Festival Alcances en Cádiz, numerosas sesiones como djs, videoclips, etcétera. Pablo sigue caminando por el lado más gráfico de la vida, cuidado.
Título original: Canijo | Publicado en 2013 por El Rancho Editorial, colocó a Fernando Mansilla como indiscutible representante de la Sevilla underground.
Primera edición: marzo de 2022
© del texto: Fernando Mansilla
© del diseño de cubierta: Pablo Peña| argamasijo.com | @nosfieratu
Agradecemos a Terry Ware Sinclair por aportarnos un toque especial con el mapa interior, extraído de La guía verde. Guía urbana y callejero oficial de Sevilla
© de la fotografía de la biografía: Lola Cordero y Julieta Mansilla
© de la edición: Editorial Barrett | editorialbarrett.org
Comunicación y prensa: Belén García | comunicacion@editorialbarrett.org
Primera impresión: 1000 ejemplares
ISBN: 978-84-18690-24-2
Producción del ePub: booqlab
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.

Para Nano y Ada

1. Sevilla, barrio de San Julián, verano de 1982. Aterrizamos en Sevilla. La Sofía y yo. Alquilamos una buhardilla en el barrio de San Julián, en el 6 de la plaza de la Moravia. Vivíamos en la azotea de aquel edificio de tres pisos, blanco y vetusto, castigado por el sol. Yo recuerdo con agrado aquella solana maldita, las macetas de geranios, las duchas con manguera en el terrado, las tumbonas donde nos derretíamos al sol, las tetas de Sofía. En aquella buhardilla me pegué yo buenos atracones de esperarte, me cago en mí, Sofía, porque mira que he pasado yo ratos esperándote. Esperar mujeres. Esperar hombres. Esperar cosas.
Esperar que a las musas se les ocurra soplarte en la cara un día de estos. Esperar a Sofía. Mal asunto. No me gusta esperar, me pongo malo. He pasado muchas horas de mi vida esperando mujeres, camellos, dinero y buenas ideas. Y nunca tuve una espera agradable. Nunca, por ejemplo, mientras esperaba a mi novia en una esquina cualquiera, me encontré una cartera repleta de billetes. Así le he cogido esta fobia a las esperas, malditas esperas, y al verbo esperar, verbo maldito. Maldita aquella noche que esperaba a mi mujer y no venía. Eran cerca de las diez y media de la noche y llevaba esperándola desde las ocho de la tarde, pues habíamos dicho de ir al Ideal, un cine de verano en la calle Jesús del Gran Poder —ya no recuerdo qué película… ah, sí, Mujeres Enamoradas, de Ken Russell si no me falla la memoria—. Es igual, el caso es que yo esperaba en el comedor de la buhardilla, y por aquello de no perder el tiempo me senté en mi sillita de estudiar —como nene aplicado—, dispuse el atril con la partitura y dale ahí con el clarinete, tiru-tiru-boo, me dedico a machacar escalas para arriba y para abajo, pues en aquellos tiempos era mi ilusión y mi vanidad llegar a ser alguien en el mundo de los artistas; Sofía no viene, mucho tarda Sofía, ¿le habrá pasado algo? La película empieza a las diez y media de la noche y si tarda cinco minutos más nos vamos a perder el principio, maldita sea, con lo que me molesta perderme el principio de cualquier película, por mucho que la haya visto cuarenta veces, y ya son las diez y veinte. Olvídate de las mujeres enamoradas.
Cuarenta minutos pasan volando. Escuché las once campanadas de las veintitrés horas en el reloj de la iglesia de la Hiniesta, le pegué una patada al atril y salieron volando las partituras por el aire, flas flas, Sofía por ahí, con sus amistades, o vaya usted a saber con quién, y yo como un idiota, esperándola, esperándola, esperándola. Otra vez: esperándola.
Y me dije: Se acabó, no te espero ni un minuto más, empiezas a caerme mal, Sofía, me decía yo sin querer creérmelo demasiado, pero empezaba a ser verdad, Sofía estaba acabando con mi paciencia. Mi vapuleada paciencia. Y sin recoger las partituras desparramadas por el suelo, ni el atril volcado, dejo el clarinete sentado en el único sillón de la casa y me quedo como un pasmarote, sin saber qué hacer.
Sofía y yo llevábamos una vida sencilla y austera. No teníamos ni televisión, ni vídeo, ni coche, ni lavadora. Un solitario radiocasete, una nevera y el clarinete eran nuestras posesiones. Vivían con nosotros, compartiendo incluso cama, dos hermosas gatas hermanas. Una era romana, es decir, a rayas grises y blancas, la otra negra por entero excepto su antifaz blanco y los calcetines, que también eran blancos. Eran suaves aquellas gatas, más peluda la romana, más cariñosa la del antifaz blanco, que se llamaba Samara, nombre que fue impuesto por Sofía y del que yo siempre discrepé. La otra gata la bauticé yo. Le impuse el nombre de Camelia. Menos mal que había dos gatas. Yo, por artista, me sentía con más derecho a imaginar nombres. Sofía no consentía ese tipo de autoatribuciones, también ella se sentía artista, y por tanto, con derecho a decidir por cuenta propia nombres y títulos.
La buhardilla era silenciosa, no se oían automóviles ni motores, el tráfico era escaso en la plaza, los vecinos gente tranquila, una pareja de recién casados que sonreían con candor cuando te los cruzabas por la escalera, una mujer muy mayor que se llamaba Gracia y que nos miraba con cariño, otra vecina que adoraba las gatas y cuyo nombre olvidé. La buhardilla era silenciosa. Aquella noche, sin Sofía, con las gatas de inmutable rostro ovilladas en sendas sillas, la buhardilla daba hasta un poco de miedo. ¿Era miedo? De haber tenido un televisor y un periódico donde consultar la programación, hubiera buscado una buena película para dejarme absorber por ella y tranquilizar así mis temores. Pero no. Ni televisión ni tranquilidad y el vacío instalado en la buhardilla. Pon música, me dije, pero maldita la gana de ponerme a escuchar música. ¿Músicas celestiales con el cabreo que llevo en todo lo alto? No. Otra idea me empezaba a hacer cosquillas en alguna parte del cerebro. Más que una idea fue una sisa, porque entré en nuestro dormitorio, abrí el cajón de la pequeña cómoda, extraje el sobre donde Sofía y yo guardábamos el dinero del alquiler, conté los billetes, distraje uno de mil, devolví el resto al sobre y el sobre al cajón. Sin pegas, mil del ala, suficiente para darse un homenaje y olvidar el inmenso coñazo de esperarte, Sofía, querida. El coñazo inmenso de quererte.
Voy a darme un homenaje. Voy a darme un homenaje. Voy a darme un homenaje.
Bajo la escalera, el portal, la calle, encamino mis pasos hacia la plaza del Pumarejo, el Espumarejo, como la llaman los vecinos del barrio. Era cerca de la medianoche y desasosegado por la espera, el amor y los calores, con un billete verde alumbrando el bolsillo trasero de mis tejanos, enfilo por Duque Cornejo flanqueado por un quieto desfile de casitas bajas y encaladas. Cuando desemboco en San Luis ya me siento algo mejor y para celebrarlo me detengo y fijo la mirada en las doradas torres de una iglesia que pasaba por allí, luego la desvío a las estrellas. Ya me voy sintiendo algo más fuerte. ¿Qué es eso de sentirse morir porque tu mujer ya no te quiere como antaño, de morir ante la desdicha de saber que ya nunca te dirá cosas tiernas al oído? Responded, querubines y dioses del amor, responded, malas bestias, qué pasa, ¿nos desmoronamos en cuanto nuestra chica cesa de concedernos este baile?
Sigo mi camino por la calle San Luis y dejo a mis espaldas la iglesia de las torres doradas y sus cúpulas con mosaicos azules. Antes de llegar al Pumarejo un camello se insinúa, surge de las esquinas ofreciendo su mercancía prohibida. Ofrece sin ofrecer, desde el silencio. Los camellos de caballo no entran a sus clientes, no pregonan su mercancía. No hablan. Te miran a los ojos y esperan. Son los amos.
—¿Tienes algo? —le pregunto en voz muy baja. Es Luis Molina, de los Molina de las Tres Mil, gente de peso en el barrio, cuyos negocios dirige la madre, María, mientras el padre purga una muerte entre las rejas de Sevilla Uno.
2. Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980. Once en punto de la mañana. El gran gánster salió del edificio de ladrillo visto al gran patio de cemento y tierra, cruzó el terreno de juego donde enloquecidos seres humanos triscaban detrás de un melón volador. No es que el melón volara, más bien ellos lo hacían volar a patadas para perseguirlo luego lanzando alaridos y coces a diestro y siniestro, y los más risueños alegres risotadas que se confunden con los alaridos y hacen sonreír al gran gánster que viene a colocarse detrás de una de las devastadas porterías, ya despojada de red y hasta de larguero. Allí el patio fabrica un acogedor recoveco donde es agradable pasar la media hora del descanso sentado sobre la casetucha de los contadores del agua. Frente al edificio de ladrillo visto el señor García consulta su reloj, cinco minutos pasan de las once. El gran gánster no le quita ojo a la figura canija y calva del señor García. Luego imitará sus gestos, sus tics y sus posturas para algazara y regocijo de sus compañeros.
Comienza a llover, cae una fina lluvia pulverizada y no hay donde resguardarse en el gran patio desnudo de tierra y cemento. Pedro Molina, el pequeño camello que jugaba a ser el gran gánster, consulta su elegante reloj de oro, pasan diez minutos de las once y Manulitu no aparece. Y ni un cliente. Cosa más rara… La lluvia humedece la tierra y arranca fragancias del cemento; el gánster aspira con placer y agradecimiento el olor a tierra mojada que le trae recuerdos de otros tiempos, otros lugares: la hierba, el río, los charcos que rodeaban la chabola donde nació. La peste. Las chabolas del Roto olían fuerte y poderoso.
Ni un cliente. Y Manulitu Rodríguez, su socio, su aguaor —el que le da el agua: ¡Agua!— se retrasa, o aún peor: no viene, no ha venido; o aún peor: no vendrá. Y el pequeño camello despliega sus antenas y detecta ese algo extraño y amenazante en el aire húmedo de la mañana, algo que no le gusta, algo que no le encaja hoy en esta mañana de lluvia y viento.
Bordeando el terreno de juego, evitando balonazos, haciendo caso omiso de silbidos, procacidades, bromas de mal gusto, piropos sin gracia y algún que otro insulto, se acercan cuatro muchachitas, las mismas que todas las mañanas pasan la media hora de su descanso tras la misma portería que el gran gánster escoge para vender sus posturas de hachís y fumar su Bob Marley, que así llaman por aquellos barrios a los porros liados con dos papeles. Las chicas no fuman. Nunca le han comprado a Pedro Molina un gramo de costo, nunca le han pedido una calada del porro mañanero que se fuma todos los días detrás de las porterías con su socio y amigo Manulitu. Al gran gánster le gusta que estén ahí todas las mañanas, oír sus cuchicheos, mirar furtivamente esos muslos dorados, los de la Manoli, que tiene los muslos dorados y lleva siempre falda corta; la cola de caballo de la Rosi Martínez hasta la grupa; la risa suave y dulce de la Paqui; las trenzas de Isabela… Y le encanta saber que hablan de ellos, del pequeño camello y de su socio Manulitu, aunque Manulitu diga que no, que a él no le gusta, que no le hace demasiada gracia verlas ahí, enterándose de todo, de lo que se vende o se trapichea o se deja de trapichear, de lo que se fuma o de los clientes que vienen todas las mañanas a dejarse la pasta detrás de la portería. Dice, ha llegado a decir Manulitu, que las envía el señor García para saber lo que se trajina en el rincón de los contadores. Espías. Pedro Molina sabe que eso son disparates.
A Pedrito le gusta Isabela, su aceitunada piel morena y sus negros cabellos recogidos en dos trenzas larguísimas hasta la cintura encandilan al gran gánster. Pero el amor es a distancia. Nunca se han besado. Nunca se han dicho te quiero.
—Qué guapa es Isabela —reconoce Pedro Molina, lo piensa en alta voz, siente cosquillas en el estómago solo de pronunciar su nombre: Isabela. Le encanta esa originalidad de la a añadida, no Isabel, Isabela, con a, y esa tontería lo enternece y por primera vez en su vida susurra: Te quiero, te quiero, te quiero. Se atreve a decirlo: Te quiero. Quizás porque nadie lo oye, nadie está a su vera. Está solo en la caseta de los contadores. Esta mañana no vino ni un cliente a dejarse la plata. Ni uno, ni siquiera el inútil del Caravaca, que le cambia todas las mañanas su bocadillo de sardinas en aceite por una chinita ínfima de hachís, y el señor García mira su reloj, faltan escasos siete minutos para el regreso a las cotidianas tareas. Llueve ahora con más ganas que nunca, pero el señor García decide no suspender el partido. Que se mojen, que se jodan, ojalá se ahogaran todos, sueña despierto el señor García. Llueve y Pedro Molina, el pequeño camello, está nervioso. No se concentra. Ni se atreve a sacar su pequeña y olorosa bola de hachís marrocano para liarse un joint de dos papeles, un Bob Marley, también conocido como un dospa, de dos papeles. No, no se atreve. No tiene a nadie que le dé el agua. ¿Dónde carajo te metes, Manulitu? Y tiene hambre. Ah, coño, todas esas sensaciones en el estómago… a ver si va a ser que lo tiene vacío. No ha comido su bocadillo de sardinas y el estómago se lo reclama. ¿Dónde carajo te metes, Caravaca?
Cinco minutos faltan para las once y media cuando alguien viene a avisar al señor García de que algo terrible está sucediendo, ¿dónde?, en los servicios, dentro del edificio de ladrillo visto, corra, corra señor García, una pelea, corra, que se están matando. Y el señor García abandona sin pensárselo su puesto de vigilancia en el patio de tierra y cemento, ni siquiera mira su reloj cuando entra a la carrera en el interior del edificio, ¿qué pasa, qué pasa?, corra, corra, señor García, a los ascensores, no, por las escaleras, más rápido, han apuñalado a Manuel Rodríguez en los servicios del tercer piso. Y el señor García corre, está a punto de rodar escaleras abajo cuando pisa un bocadillo de sardinas y resbala con la pringue, ¡qué asco! ¿Quién ha dejado ahí esa porquería?
El gran gánster ya no es el gran gánster. Se acabó el juego. Solo le queda ser quien es: el indefenso camello detrás de la devastada portería que ve venir a los cuatro hijos del Chino, y sabe que no vienen precisamente a comprarle grifa. Vuelve su mirada al grupo de muchachas y ya no están, las ve correr, alejarse por donde vinieron, hacia el edificio de ladrillo visto. No todas, Isabela se queda. Aterrorizada, pero ahí está, se queda. El melón vuela por los aires, coces, alaridos, porrazos… Cuatro minutos para las once y media. No hay tiempo que perder: Ismael Martínez Guardia, el primogénito del Chino, camina ligero por el patio de tierra y cemento, sus tres hermanos le siguen a un par de pasos, cruzan el terreno de juego evitando balonazos y jugadores, directos a la caseta de contadores donde el que fuera gran gánster espera sentado y solitario. El señor García desapareció en el interior del edificio y no vuelve. No se ven otros barandas en el patio. Isabela se acerca tímida hacia Pedro, llegará casi al mismo tiempo que Ismael. ¡Vete!, se atreve a decirle la muchacha al gran gánster, y es la primera vez que le dirige la palabra: ¡Corre! Pero no se va, no corre. Ismael sonríe. Ya están todos ahí, alrededor de la casetucha de los contadores. Los temidos hijos del Chino, los hermanos Martínez Guardia.
A Isabela no le sienta bien el miedo, le crispa el rostro, le descompone el cuerpo, ya no es serena su mirada, ni burlona su voz, ni bonitas sus trenzas. De hecho no puede ni hablar. Ismael, cosa en él rarísima, enarbola un bolígrafo en la diestra. Parece que en vez de bolígrafo porte un puñal, una navaja, un arma diabólica. Lo empuña a la altura de la cadera. Es un bolígrafo plateado, muy grueso, cargado con minas de tintas diferentes que le permiten escribir en cuatro colores: azul, rojo, verde y negro, según el resorte que se pulse. Ismael no abandona la cruel sonrisa, sus hermanos le imitan la sonrisa, los gestos, la pose. Son clavados entre sí los hijos del Chino, y, tal como el Chino, nos recuerdan a los mogoles con sus ojos rasgados, sus narices chatas, sus cuerpos menudos. Se han plantado frente a la caseta de los contadores donde Pedro Molina permanece sentado. Con una gran, enorme sonrisa, uno de los hermanos, aquel que está a la diestra del primogénito Ismael, se mete la mano por dentro del jersey de lana y saca de ahí, por la parte del cuello, una negra, flexible y correosa picha de toro. Isabela a dos o tres metros, temblando, sin saber qué hacer, se quiere marchar pero ya no puede. Imposible ahora. Justo en ese momento deja de llover.
Se miran con largueza, Pedro muy serio, los cuatro hermanos con mucha guasa, Isabela les mira a todos con terror. Pronto se dará cuenta, sin embargo, de que en realidad la ignoran. Ismael finge sorprenderse de que no esté ahí Manulitu, el socio del gran gánster.
—¿Estás solo, primo? ¿Y tu compi, no ha venío hoy?
Se desternillan de la risa los tres hermanos de Ismael. Risas falsas, forzadas, estridentes. Ríen a grandes carcajadas. Igual que Pedro Molina, ellos también son gitanos, pero de otra pasta, como dice siempre Isabela. Risas agudas y molestas, falsas, crueles, obscenas. Otra pasta.
Pedro no contesta. Ya sabe que algo chungo le han hecho a su socio. Seguro. Algo terrible que por lo visto les hace tanta gracia a esos mal nacidos, porque no paran, no dejan, no acaban nunca de reír. El pobre Manulitu… Entonces, Pedro Molina lanza su primer farol.
—¿Es que no te has enterao? —dice a Ismael, ignora a los tres hermanos comparsas, como si no existieran—. El Manulitu y yo ya no semos socios, se acabó, mi viejo me ha quitao de vender. No tengo ná.
Se miraron entre ellos con duda: ¿Qué dice este idiota ahora? ¿Con qué cuento nos quiere camelar?
—¿Qué chamullas? ¿Que no tienes grifa?
—¿No te enteras? No hay ná, no tengo ná. ¿No te has coscao de que no he vendío ná en toa la mañana?
El gran gánster observó las caras escépticas de los cuatro hermanos. Isabela seguía allí plantada, sin que nadie le echara cuenta. Como banda sonora los alaridos y las risotadas de los enloquecidos jugadores de la coz.
Dentro del edificio de ladrillo visto el señor García, a todo lo que le dan sus cortas piernas, sube al tercer piso por las escaleras precedido por Rafael Carmona, que tiene el espanto en los ojos, le tiembla la voz:
—En los servicios. Está en los servicios.
Cada vez tiene el señor García más miedo de lo que se va a encontrar en los servicios. Atraviesan el pasillo, una, dos, tres, la cuarta puerta es el servicio de los hombres, abre de un empellón, hay pisadas de sangre en el suelo, en un rincón, de rodillas y encogido sobre sí mismo, parece que esté orando, Manulitu se sujeta el estómago y la sangre corre por sus nudillos, entre los dedos. El señor García se queda sin habla.
—Pues líate un joint, primo —dice Ismael con mucha guasa, con mucho tonillo, al gran gánster, y detrás de él brillan los ojos de sus tres hermanos con ansia y deseo de soltar un par de hostias.
—No puedo —declara Pedro Molina con su cara más seria—. No tengo grifa —miente con gran franqueza mirando fijo a los ojos de Ismael.
—¿Qué ha pasado? ¿Pero qué coño ha pasado?
Manulitu quiere responder, decir algo, pero cuando abre la boca estalla en sollozos. Con delicadeza el señor García le aparta las manos del ensangrentado estómago.
Isabela no se ha movido un paso. No le quita ojo al bolígrafo que sigue empuñando Ismael.
—Venga, compi —insiste meloso el mayor de los Martínez Guardia—, no seas tan chungo. Invítate a un peta.
Déjate de rollos, Pedrito,
déjate de rollos,
invítate a un jointcito.
Canta y desafina aposta, hace el burro Simplicio, el benjamín de los cuatro hermanos.
Tacatacatacataca, se arrancan repentinamente los Martínez con las palmas, redoblan a tiempo y a contratiempo, se ayudan chascando la lengua contra los dientes.
—Déjame ver, déjame ver —pide el señor García, desabrocha la camisa y alza un poco la camiseta para indagar en la herida que presenta Manulitu en el estómago, por encima del ombligo—. ¡¿Quién ha sido, joder?! ¡¿Quién te ha hecho esto, coño, Manuel?! ¡¿Quién te ha hecho esto?! ¡¡Joder, joder, joder!! —Se desespera el señor García, suelta, en contra de su costumbre, algunos tacos, parece que le va a dar algo. Es realmente desesperante ver a ese niño de once años ahí tirado en los urinarios, ensangrentado bajo la panza del sucio lavabo.
—El mejor sitio para que pesque una infección de cojones. Sacadlo de ahí, joé —sugiere con tino el profesor de gimnasia que acaba de llegar al lugar, como también el de lengua, la de francés… Van llegando los profesores. Manuel Rodríguez está muy asustado y los mira con ojos desorbitados.
—Me pincharon con algo —cuenta con un hilo de sollozante voz.
—No parece muy grave —opina un bedel.
Alguien llama a una ambulancia.
Benito Martínez empuña la picha de toro cual si fuera un micrófono y canta mientras sus hermanos se tronchan de la risa sin dejar nunca de hacer palmas:
Déjate de rollos, Pedrito,
déjate de rollos
y líate un jointcito.
Los hijos del Chino forman un siniestro equipo donde cada uno tiene sus habilidades. Para esto de la música el mejor es Benito, que es el que ahora está cantando eso de: Y líate un joint, Pedrito. Y líate un porrito, Pedrito, por favorcito. La autoridad es para el mayor, Ismael, catorce años. Candelario es la fuerza bruta. Los inventos son de Simplicio, el menor, los mismos once años que Pedrito. El bolígrafo, por ejemplo, lo ha trucado él de forma que cuando se acciona el pequeño resorte para escribir con la mina de tinta roja, aparece en su lugar una larga y fina aguja de coser cuero. Ahora están muy animados con las palmas y las coplillas que Benito improvisa y canta con absoluto malaje, además esta mañana anda un poco repetitivo en la confección de letras.
Déjate de rollos, primo,
y líate un porrito, Pedrito,
no te tangues, colega,
y sácate la grifa, Pedrito,
colega, primo, Pedrito,
no te enrolles chungamente.
Canta y desafina a conciencia, hace el payaso con poca o ninguna gracia, se contorsiona, berrea, chupa el improvisado micrófono de manera obscena para que sus hermanos rían con sus risas forzadas, estridentes y amenazantes.
Tacatacatacatacataca, suenan bien las palmas, sin esfuerzo, tacatacatacataca, doblan y redoblan. Déjate de rollos, mi compi, déjate de rollos y sácate la grifa y sácate la grifa y líate un Bob Marley, Pedrito, canalla, no te enrolles chungamente y líate un Bob Marley. Tacatacatacataca.
A compás, brillantes los ojos, siniestras las sonrisas, a compás. Una larga aguja surge por la punta del bolígrafo plateado.
El señor García mira la hora en la esfera de su reloj extraplano.
—Oye, son más de las once y media. Hay que avisar el fin del recreo —le dice a un bedel, y el bedel corre a secretaría para accionar la sirena que pondrá fin al recreo. También el bedel está a punto de descalabrarse cuando pisa el aceite que pringa el suelo al final de las escaleras.
—¿Pero quién ha sido el guarro…?
El gordito Caravaca podría explicar qué hace ese bocadillo tirado en el suelo, las sardinas desparramadas, pero está en el cuarto trastero entre escobas, fregonas y otros útiles de limpieza, con un ojo morado, un pichazo de toro en la coronilla y pinchazos de aguja en muslos y brazos. Ahí se lo acaba de encontrar la Presen, la mujer de la limpieza. No hay manera de que explique qué carajo le ha pasado. Presentación tampoco insiste en saber. Le da auténtico terror. Por las noches tiene pesadillas con el alumnado del Padre Ocampo.
Manulitu Rodríguez descansa reclinado en la pared, le han cortado la hemorragia, ya no sangra. No eran profundas las heridas, pero persisten en él los rastros del terror.
En el patio de cemento y albero, detrás de la portería, Pedrito ya no juega más a los gánsters. Ahora sí se acabó el juego donde los gánsters eran gente de honor y él realizaba sus negocios sin trucos ni engaños. Ahora tendrá que ser rápido como una serpiente, y si puede, será traicionero. Y si puede, los engañará. Pero no va a poder. Ve salir esa aguja por el agujero negro del bolígrafo apuntado a sus ojos; no ve como Simplicio y Benito le dan la vuelta a la casetucha para situarse a sus espaldas. O si lo ve no hace nada por evitarlo. Isabela sale de su marasmo y corre hacia ellos cuando agarran a Pedrito por la espalda, lo traban, lo inmovilizan.
—¡Dejadlo, dejadlo ya, cabrones! —grita, se planta Isabela frente a Ismael—. ¡Maricón! —le insulta la chiquilla.
Ismael, sin mediar palabra, le larga tal revés que la hace volar, cae, se da contra la pared de la casetucha, sale la sangre por un feo corte en la sien.
—¡Venga, maricona, dame ya la grifa, perra! —exige Ismael sin mirar siquiera a la chiquilla que acaba de enviar al limbo. También Candelario se encara con Pedrito, lo mira, le sonríe, no habla, se mira la mano, la abre, la cierra, sopla en sus nudillos, lanza su puño contra el estómago de Pedrito, se lo empotra en el vientre.
—¡Toomaaa! —jalean Benito y Simplicio—. ¡Hostia, qué hostia! —Se ríen, hacen gestos, se burlan. No veas qué hostia. Magnífica. Lo sueltan y Pedrito se dobla, no puede respirar, antes de caer al suelo Ismael clava en la molla de su muslo la aguja del diabólico bolígrafo. Una mancha de sangre roja y caliente aparece en la tela del elegante pantalón del gran gánster, un círculo deforme, húmedo y viscoso que se agranda hasta la rodilla. Pedrito quiere gritar espantado pero no puede, no salen sonidos de su boca de gruesos y tiernos labios, no puede ni respirar. Está acurrucado en el suelo, nadie lo sujeta ya, no hay necesidad, prefieren dedicarse a golpearlo y reír, siempre las risas forzadas y falsas. Risas y patadas, patadas a la barriga, a los riñones; sin olvidar un par de trallazos en los lomos con la picha de toro que ahora se pasan los hermanos, de uno a otro cual si fuera el testigo de una carrera de relevos. Por fin, Ismael se agacha y apoya la punta de la aguja en el ojo de Pedrito.
—Muévete y te dejo tuerto, maricona.
El gran gánster se hace estatua. No mueve un músculo, un pelo, se mea, se humilla. Estatua de terror mientras la otra mano de Ismael Martínez registra afanosa los bolsillos del pantalón elástico de Pedrito Molina. Rebuscan, revuelven, palpan los finos y nerviosos dedos de Ismael, encuentran la bola de grifa, triunfo, una patada en el estómago para celebrarlo. Ahora la pasta:
—¿Dónde escondes el parné, maricona?
Pedrito no responde, no ve, no respira, no puede hablar, el dolor y el miedo lo paralizan; pinchazo en la espalda, patada en el estómago y pinchazo en la mejilla para ver si se anima, nada, no responde, por delante y por detrás arrecian los golpes, cada golpe una carcajada y exclamaciones de admiración:
—¡¡Jodeeer… ese ha sonao!!
Más pinchazos en la mejilla, debajo del ojo.
—Sácale los acais, Isma —sugiere con excitada voz Benito.
Otra vez se hace estatua el apaleado gran gánster, otra vez los dedos hábiles, intuitivos de Ismael dan rápido con los billetes —pocos, pues no ha vendido nada en toda la mañana— en el bolsillo chico delantero de los pantalones de Pedrito. Ismael, para celebrarlo, le endiña un tortazo que hasta le sienta bien, le devuelve la respiración, respira, qué alivio, y por fin oye y ve, pero sobre todo respira, respira, respira. Oye el llanto de Isabela que está tirada por ahí. Las carcajadas forzadas, los tacos, las voces nasales, estridentes, insultantes. Los insultos, los insultos, los insultos.
Entonces sonó la alarma, ¡uuuuhhhhhaaahhhh!, clara y potente, dejaron de jugar y de correr los jugadores, y todos los niños que había en el patio de cemento y albero se dirigieron hacia un punto, frente al edificio de ladrillo visto, y se formaron colas, una cola para cada curso, los de primero, los de segundo, los de tercero… Todos en cola no, faltaban algunos alumnos. Isabela y Pedrito quedaron tirados en el cemento, tras la devastada portería sin redes ni larguero. Tirados y despojados, pues se lo han quitado todo: dineros, droga, relojes. Hasta el pequeño reloj de Minnie Mouse que le regalaron a la pobre Isabela el día de su primera comunión. El gran gánster escucha la sirena y quiere, intenta ponerse de pie. Medio lo consigue, queda mirando la figura desmochada de Isabela. Se palpa los bolsillos, se palpa el cuerpo, toca con sus dedos en leve caricia las manchas de sangre en sus pantalones. Tres, cuatro veces lo han pinchado. Y qué. Se lo han quitado todo. Los pinchazos se curarán, de hecho ya ni siquiera le duelen, pero la grifa no la va a recuperar, ni la pasta. Eso fijo. Ni la tranquilidad. Sin grifa, sin dineros… Pedrito no sabe qué tal le va a sentar eso al viejo. A Pedrito Molina le va a costar hoy volver a la queli, decirle a su papa que le han sirlao, que ni siquiera se pudo defender. Que por su culpa recibió también una prima que vino a dar la cara por él. No, eso mejor se lo calla.
El señor García está pálido, no mira su reloj, a su lado el profesor de educación física da la señal de entrada a las aulas y las colas empiezan a desfilar, una por una entran en el edificio, cada curso a su aula correspondiente. Se está despejando la mañana, un rayo de sol hace brillar el cemento. Ismael avanza el último de la cola con las manos en los bolsillos, la derecha soba billetes, la izquierda la bola de hachís marrocano. Feo y renegrido, Ismael sonríe y enseña las mellas de su boca. Nos insulta.
Afilad armas, aprestad escudos,
dad un buen pienso a los ligeros corceles
e inspeccionad los carros con esmero,
apercibiéndoos para la lucha,
ya que durante todo el día
ha de poneros a prueba el siniestro Ares.
HOMERO, La Ilíada
3. Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980. Iluminaban la escalera con los mecheros, no con la llama, sino con el chispazo breve y continuo que se produce al hacer rodar la ruedecilla que fricciona la piedra, chas chas, no queda ya ni gas en los mecheros. Pero es igual, la chispa alumbra, el chispazo es suficiente para que los furiosos primos, los encrespados cuñados, los tíos furibundos y demás varones aliados de los Molina sigan subiendo la escalera —ya van los de vanguardia por el primer piso— y ojo que los escalones mojados resbalan. En primera línea avanza el padre, José Molina, vestido de negro desde el sombrero hasta los zapatos, con su cayado de nudos y la recortada medio oculta en la camisa negra; detrás, armados con sendas albaceteñas de siete muelles y la correspondiente vara gitana flexible y puntiaguda, van los dos hijos mayores, Luis y Rafael Molina Fernández. Eduardo, el hermano que le sigue a Rafael, se protege con un azadón —ya usado otras veces con fines bélicos y buenos resultados— y sube tras sus dos mayores pero delante de los tres primos Fernández que suben accionando los mecheros, y uno, el Fernández más chico, guarda un revólver con las cachas nacaradas en el bolsillo trasero de sus pantalones. Sus hermanos gastan hacha y machete de una cuarta. Y por atrás más familia todavía, hombres jóvenes y no tan jóvenes que siguen entrando en el bloque donde en el tercer piso letra B se refugia el Chino con su familia y compinches más allegados. Entra en el bloque la última tanda de gitanos y cuidao con ese charco, cuidao con la escalera que patinan los peldaños, y sobre todo mucho cuidao a la entrada porque no es broma que vuelan las bolsas de basura, y no precisamente la cotidiana lluvia de basuras y desperdicios que se dirige desde las ventanas de los pisos al sitio donde alguna vez hubo un contenedor, sin otra intención que la muy humana de sacar la basura a la calle. Esta vez, esta noche, son muchas las ventanas con vistas al descampado que se abren para que las gitanas —porque son las mujeres quienes se ocupan de tales labores artilleras— saquen por ellas sus orondos y morenos brazos y dejen caer la humillante inmundicia sobre las huestes enemigas, bolsas de basura que revientan en explosiones mudas de olores y porquerías al tomar contacto contra el suelo o contra las personas si hay suertecilla y se acierta. Algunas de estas bolsas van abiertas y sueltan su contenido por los aires para que vuele la mierda y los papeles cagados, y caigan vacías latas de sardinas abiertas con filos traidores que cortan como el diablo y cuidao con los cascos vacíos de las cervezonas, que eso si te da en la chola, acabate.
—¡Pero… serán guarros!
—¡Cuidao con las ventanas, que están tirando la basura! —avisa a gritos un gitano joven y guapo. Una monda de patata le asoma apoyada en la oreja.
—Primo, llevas una monda de papa en la oreja.
—No me extraña, con la que está cayendo… —No se extraña el primo que además se lame la sangre de una mano que se fue a cortar con los filos traicioneros de una de esas latas de sardinas.
Pero es igual porque consiguió entrar y ya está dentro del bloque, en el portal y dispuesto a iniciar el ascenso junto con los últimos rezagados que lucen peladuras de naranja y zurrapa de café en calvas y melenas.
Ya suben los gitanos iluminando las oscuras escaleras con los mecheros, chas chas, es la costumbre, quedan en las Tres Mil pocos bloques a los que llegue la corriente eléctrica. La luz. En la tienda de la suegra del Chino tienen el monopolio de las velas y no permiten ningún tipo de competencia en el barrio. Como fieras se ponen si alguien se atreve a vender otras velas que no sean las velas de la suegra del Chino.
—Cuidao con el Chino… Lo quiere tó el hijo la gran puta.
José Molina sube la escalera consciente de que ya no es posible retroceder y le da un poco de yuyo; él se conformaría con que le devolvieran la grifa que le han sirlao a su Pedrito, su hijo más chico, incluso cree que le bastaría con una disculpa, claro que habría de ser muy sentida y muy sincera:
—Un reconocimiento de mi autoridad como gitano viejo, coño, que por mucho que quieras tú no habías nacido aún cuando yo ya era un hombre, Chino, y me debes un respeto, y un cierto acatamiento, como hombre y como gitano —ensayaba José un pequeño discurso mientras proseguía el ascenso hacia las posiciones del Chino. Él, antes de lanzarse al degüello, quisiera hablar, intentar un arreglo, pero mira hacia atrás, no a sus hijos, que a sus hijos les dice por aquí y es por aquí, sino a sus cuñados, los Fernández, que son tela marinera y están llegando al descansillo del primero, y más atrás, a toda la patulea que acaba de entrar en el bloque, y sabe que ya no hay retroceso. Tela marinera los Fernández.
No han llegado al segundo piso cuando se oye el chirrido de un cerrojo que se descorre, voces, gritos, más cerrojos, puertas que se abren en el segundo, dos más en el primero, no se sabe cuántas en el tercero, da igual, las que sean, lo que importa son los gitanos que de pronto salen de los pisos y rodean a los Molina y sus aliados, por arriba, por abajo y por los flancos. Los mecheros, chas chas, centellean ahora en todos los rellanos y escaleras del bloque. Los gitanos se miran en silencio, los dos bandos, las manos posadas en los puños de los bastones, tamborilean los dedos en los mangos de las hachas, acarician las culatas. Se miran y se remiran sin insultarse ni maldecirse, en tétrico silencio. Quietos. Se miran y hay deseo de guerra en los ojos entornados y los labios prietos. No tan quietos. Alguien con los nervios patina en el peldaño mojado y va a caer, se agarra del primo y cerca están de caer los dos.
—¡Coño, Julián, que me caes!
—¡Joé, primo, perdona! ¡Esto patina como dios!
No caen pero se inicia un amago de movimiento en las filas de ambos bandos. Desde el tercero, donde está atrincherado con sus leales, el Chino asoma la cabeza por el hueco de la escalera y lanza un aviso.
—¡Molina! ¡Te vas a buscar una ruina! ¡Nájate por donde has venío!
José Molina detiene su ascensión y con él todo aquel que le acompaña. Toma aire pausadamente antes de decir:
—Chino, ¿podemos hablar?
—Habla.
Y entonces se le queda la mente en blanco a José Molina, huye de su cerebro el pequeño discurso que preparó en el camino. Por el hueco de la escalera la cabeza del Chino aparece y desaparece iluminada o no por las chispas de los mecheros. ¿Qué decir? Lo único que se le ocurre.
—¡Chino, devuélveme la grifa!
—¿Se están riendo? —pregunta Luis, el hijo mayor. Le parece oír que se ríen por allí arriba, en el tercero. Han dejado de sonar los mecheros y todo queda a oscuras por un momento, y efectivamente, parece que se oyen risas. José Molina siente algo parecido a un desfallecimiento, ¿qué le pasa? Qué ganas le están entrando de irse. Pero no puede. ¿Por qué no puede? Es lo mismo que si quisiera volar, o no morir nunca, o ser jefe de Estado: imposibles. Y el caso es que su situación en la escalera es delicada, rodeados por los fieles del Chino que los miran en silencio, quietos, preparadas las armas. Otra vez los mecheros, chas chas chas, vuelve la luz de chispas, el centelleo intermitente hace que las escaleras semejen una discoteca y parece todo una fotografía tras otra tras otra pasando a gran velocidad. A ese ritmo contesta el Chino:
—¿Tu grifa? Me la he fumao, o la he vendío. O las dos cosas.
—Chino… me has faltao el respeto.
—Cucha… el respeto.
—¡Se están riendo! —acusa Luis Molina, y es verdad, suenan risotadas en el tercero, y en complicidad con el buen humor del Chino se sonríen sus vigilantes compinches, armados y empalmados con los cuchillos en las puertas que se abrieron, en los rellanos, en las escaleras, rodeando y sin quitar nunca el ojo a los Molina y familiares. Les ha hecho gracia: «Cucha… el respeto».
Ciertas cosas jamás las consentirá un gitano, entre ellas que el hijo de la gran puta de oros venga a reírse de sus mayores.
—¡Vamos! —ruge Eduardo—. ¡Vamos ya! ¡Qué esperamos!
Y blande Eduardo el Bizco el azadón con sus poderosos brazos. El clamor estalla. Molinas y aliados suben, los compinches del Chino bajan, salen de los pisos en oleadas, atacan desde todos los puntos agitando bastones, cuchillos, hachas y puños, pero no hay distancia para tomar demasiada carrerilla y el encontronazo se produce rápido y violento. Los tres hijos de José Molina son los primeros en trabar contacto. Luis Molina, la mente fría y el rostro inexpresivo, ha desplegado la hoja de su albaceteña —clac clac clac, hasta siete veces sonaron sus muelles— y con la otra mano empuña su fina y flexible vara de bambú. Será precisamente esa vara la que produzca la primera herida de la noche —swisss— un fino silbido en el aire hasta encontrar el rostro del mayor de los hijos del Chino, Ismael, uno de los cerdos que le quitó la grifa a su hermano y que por ser responsable de la guerra va en primera línea, en la vanguardia, según lo dispuso su padre, Antonio Martínez el Chino. Cuando la vara se aleja ya del rostro de Ismael una delgada raya encarnada aparece en su mejilla, y no se ha repuesto de la sorpresa cuando la albaceteña de Luis raja el dorso de su mano y el dolor y la impresión de la sangre le hacen soltar la picha de toro, la misma con la que golpeó a Pedrito para quitarle la grifa, y no sabe todavía de dónde le llueven los golpes cuando un rodillazo en el muslo le deja definitivamente fuera de combate. Un pariente de los Chinos quiere evitar más castigo y se lanza a defenderlo blandiendo contra Luis un bastón de hierro.
—¡Para, hijo de puta, que lo vas a marar! —aúlla y descarga el bastón contra la cabeza de Luis, pero ahí está su hermano Rafael al quite interponiendo su vara. El bastón, más pesado, quiebra el bambú pero se desvía lo suficiente para que Luis Molina esquive el bastonazo y el primo pierda la posición para no volver ya a recuperarla, pues, por la espalda, como es su estilo, Eduardo remata la faena con un azadonazo que quita de en medio al pariente entrometido.
Entrecortadas, fotográficas, intermitentes las imágenes por el curioso efecto de la chispa azul de los mecheros, dan un cierto ambiente de boîte; solo faltaría un poco de música para que esto degenerase en baile, pero no la hay, la única música son las pavorosas maldiciones que se cruzan por las escaleras, que rebotan de rellano en rellano, los terribles juramentos y el crujido de los huesos al quebrarse.
Han caído gitanos de uno y otro bando y se forma un tapón entre el primer y segundo piso, así los gitanos de atrás no tienen forma de seguir avanzando, de acceder a la batalla. José Molina, ajeno a tapones, detiene su ascenso y, protegido por sus hijos, prepara la recortada, la abre y con suma parsimonia —rodeado por el caos y los alaridos de los descalabrados— introduce los dos cartuchos, la cierra con seco movimiento —cle clac— y dirigiendo su voz al negro hueco de la escalera vocea:
—¡Chino! ¡Chino! —Destaca su vozarrón sobre el fragor formidable de la batalla.
—¡Dejadme pasar, joé! ¡Dejad paso! —No hay manera de que uno de los Fernández, el Genaro, pueda acceder a la refriega, atascado entre el primer y segundo piso.
—No te empeñes, Genaro. No te hagas mala sangre, que ya ves que cuando no se puede no se puede.
—¡Chino! ¡Chino, da la cara! —Poco a poco, escalón por escalón, José se acerca al tercer piso. Hace ya algún rato que el Chino ha enmudecido, no se le oye bravuconear, y mucho menos reír. A pesar de la inicial desventaja, a pesar de ser menos y peor situados, los Molina y sus aliados están ganando las mejores posiciones.
—¡A tomar por culo! —celebra su triunfo Juan Fernández cuando descalabra al hermano pequeño del Chino, Isidoro, diecinueve años, con su larga porra de policía, ¡plom!, en toda la coronilla, salpica la sangre, le brillan los ojos, grita salvaje en la oscuridad mientras el cuerpo abatido cae por las escaleras, rueda hasta que lo frenan las botas con puntera de hierro del Fernández Genaro, que pasa por encima suyo pisándole la cara y entra por fin en batalla repartiendo mandobles a ciegas.
—¡¡Canallas!! ¡¡Perros!! ¡¡Sus vais a enterar!!
Solo hay luz donde los taponamientos —gitanos que mientras no entran en batalla siguen dale que te pego con los mecheros, chas chas— y en los rellanos donde gitanas y niños mantienen alguna vela encendida con la puerta de su casa abierta y preparada para la pronta huida. Porque ahí donde se reparte la leña están casi a oscuras, ningún combatiente se entretiene en darle a la ruedecilla para que salte la chispa.
Qué diestro es Eduardo con su azadón, no lo haría tan bien ni con tanto entusiasmo si tuviera que emplearlo en el campo para remover la tierra o escachifar la remolacha. Eduardo es quizás el hermano Molina que más disfruta la violencia. El azadón es arma letal, pero su pericia llega al punto de golpear lo justo para romper sin matar, lo hace con el azadón de lado, de forma que te descalabra sin asesinarte. Ataca siempre que puede por la espalda, sin descuidar las suyas. El mismo caos de la batalla le ayuda a aplicar su estrategia, pero ahora un gitano enjuto y largo como un fideo le ataca de cara, debe ser pariente cercano del Chino porque tiene los mismos ojos rasgados, la misma nariz aplastada. Ataca con un machete de doble filo con la punta rota para desgarrar mejor. Eduardo establece una distancia conveniente con el azadón pero el rival es rápido y hábil con su arma, lanza viajes que Eduardo ve pasar preocupantemente cerca, tiene que ceder terreno y en una de esas, al esquivar un machetazo dirigido a su costado, despega su espalda de la protección de la pared y el gitano del machete ya no le deja recuperar la posición. Luchan en el primer tramo de escaleras que media entre el segundo piso y el tercero, situado el achinado rival unos peldaños más arriba que Eduardo, quien ahora, cuando el enemigo le come más y más el espacio, tiene serios problemas para manejar el azadón, es más, sin querer, y debido a la proximidad entre sí de todos los combatientes, ha golpeado a su hermano Rafael al echar hacia atrás el apero.
—¡Ay! ¡Me cago en tus mulas toas, Eduardo, coño! —se queja el hermano, se lleva la mano a la frente donde golpeó sin querer y de refilón la temible azada.
—Si es que no quepo —se disculpa Eduardo.
Y es verdad, no hay sitio, el poco que había se lo quita ahora otro rival que acude en ayuda del chinoide.
—¡Te vas a tragar esa azada con papas, perra! —amenaza el recién llegado blandiendo una pesada tubería de plomo.
No se sabe nunca dónde coño mira el Bizco. Por eso el de la tubería cree que Eduardo mira hacia su hermano en busca de ayuda, cree que Eduardo ha descuidado la vigilancia, y en ese momento en el que piensa que su rival ha desviado la mirada, en ese momento ataca. Craso error. En realidad es cuando más pendiente estaba, más que nunca, porque aunque mirara hacia su hermano lo que veía eran los ojos del rival, y los ojos lo dicen todo, cuando van a atacar y cuando no, así que cuando la tubería quiere golpear tras tomar impulso la cabeza del Bizco ya no está, solo encuentra el vacío, y no se ha recuperado aún del fallido golpe cuando el azadón le golpea en dos tiempos, uno: con el mango en el estómago; dos: con el canto de la hoja en la chola, y suelta la tubería —clon clon, rueda por los peldaños— y así desarmado, sangrante la cabeza, dolorido el estómago, huye el gitano escaleras abajo.
Clon clon clon, rueda la tubería un buen trecho, escalón tras escalón pasa justo por el lado de Santiago Martínez, el hermano mayor del Chino que recién acaba de enviar al limbo a Paco Romero, el del kiosco de chucherías en Las Vegas. Clon clon clon, pisa Santiago la rodante tubería con sus botos camperos de Ubrique, la detiene, se agacha, la recoge. Es zocato, así que la empuña con su mano izquierda, la aprieta con mucha fuerza —blancos los nudillos— y dirigiendo su torva mirada hacia Eduardo Molina sube despacio los peldaños que le separan del Bizco, quien ya tiene al luchador del machete acorralado y a punto de asestarle el azadonazo definitivo, tan seguro de su victoria que descuida las espaldas, y al alzar el apero para descargarlo contra el machetero descubre en los ojos del rival algo que no es el terror esperado, y eso le hace dudar, por un brevísimo instante queda arriba la azada, suspendida, y entonces y de repente entiende, intuye, sabe que tiene alguien a sus espaldas, pero ha pasado medio segundo y ha perdido todas las opciones, no le da tiempo de volverse pero sí para ver el triunfo reflejado en los ojos del acorralado rival casi al mismo tiempo que su coronilla recibe por detrás el plomo de la pesada y gris tubería. Suelta el azadón, cae de rodillas, inclina la cabeza y ofrece la nuca. Alza el machete su enemigo y se dispone a darle la puntilla.
—¡No! —Tiene un punto de piedad o de prudencia Santiago Martínez cuando el gitano del machete se dispone a la ejecución.
—¡Se han cargao al Eduardo! ¡Le han dao mulé al Eduardo! —Llega la noticia a oídos de su padre que duda entre seguir su camino directo al Chino o bajar y atender al hijo descalabrado.
—¿Lo han marao? —pregunta con angustia.
—Vámonos de aquí, quillo, aligera —sugiere Santiago de la Tubería cuando el machetero mira el cuerpo del Bizco que se desplomó definitivamente y yace boca abajo, con la duda de si por lo menos, y ya que no lo va a matar, meterle o no una cuarta de machete por el culo.
—¿Pero lo han marao? —Nadie contesta la pregunta de José Molina.
—Yo me voy —asegura Santiago Martínez, pero no se va. Agarra del brazo al compañero del machete y tira de él.
Demasiado tarde. Como verdaderas bestias se les echan encima dos de los Fernández, la tubería de plomo sale volando por la violencia del choque, caen los cuatro sobre el cuerpo yaciente de Eduardo, cae también el machete peldaños abajo, uno, dos, tres, hasta detenerse y quedar sin dueño, libre y solitario, su hoja mellada teñida de sangre. Los Fernández machacan cabezas y estómagos, sin armas, a puñetazo limpio, la vengativa furia se cierne como un pajarraco sobre sus oponentes y ciega sus ojos, castiga sus rostros, nubla su mente, grazna en sus oídos hasta ensordecerlos. Santiago Martínez y el gitano del machete son vencidos. Los Fernández se levantan victoriosos y estrechan sus manos.
Hay muchos heridos ya por ambas partes y los combatientes no se calman, siguen empujando los Molina, aguantando los Chinos.
—Chino, haz algo, joé, devuélveles la grifa, coño, que nos van a marar a tós —sugiere un pariente del Chino cuando ve con desesperación que la guerra llega sin remedio al rellano del tercero, donde los familiares más próximos, hermanos, cuñados, primos, hijos y el mismo Chino en persona aprestan sus armas y se preparan para el combate.
Escaleras abajo las imprecaciones, los insultos de uno y otro bando se cruzan, se enredan y se desenredan, forman bucles sonoros, juramentos que se rizan por el hueco de la escalera, maldiciones en los descansillos. Cae, se desprende la cal y la pintura de las paredes, grandes desconchones, salta el yeso a pedazos y flotan esquirlas de ladrillo por el hueco de la escalera.
Regados por el sudor y la sangre, los Molina aúllan, golpean, insultan, avasallan y avanzan quebrando la moral de los enemigos. Más de uno quisiera huir, pero los tapones en la escalera lo impiden. Aquellos que salieron de los pisos creyendo que emboscaban a los Molina se dan cuenta de que la maniobra resultó inútil —el poco espacio entre los contendientes anuló cualquier ventaja— y ahora intentan volver a sus viviendas.
—¡No huyáis, mamonas! ¡Dad la cara! —ruge Juan Fernández ebrio de sangre y victoria, patea la puerta del segundo A tras la cual quiso escabullirse nada menos que el suegro del Chino y la derriba de formidable coz con sus botas militares, salta el cerrojo, vuelan los tornillos que lo sujetaban a la madera, entra Juan enarbolando su hacha y destroza lo que encuentra, que no es mucho, la mesa camilla, un florero, la televisión, alguna silla, un sillón que seguro era exclusivo de las posaderas del suegro que debe estar escondido en la cocina, o tras el pestillo del cuarto de baño.
—¡Sal a pelear como los tíos, mujereta!
Fueron sus últimas palabras. Ni siquiera vio desde dónde le dispararon, oyó el estruendo seco del primer disparo y lo sintió penetrarle en el costado, pero ya no oyó el segundo, el que lo acabó de rematar cuando todavía estaba de pie, y eso que la bala le entró por una oreja y salió por la otra, como para no oírla. Pues no la oyó. Murió de pie, y de pie estuvo aún unos segundos en misterioso equilibrio, hasta que se doblaron sus rodillas. Muerto. La primera muerte. Va a caer al suelo, pero Genaro Fernández entra justo después del segundo disparo y tiene tiempo de recogerlo en sus brazos antes de que el cadáver se derrumbe y caiga definitivamente; es su hermano y lo tiene muerto entre sus brazos con los grandes ojos abiertos que parece que le miren. Mana la sangre por grandes boquetes en la cabeza y el costado izquierdo, y Genaro no puede evitar que un ligero mareo haga temblar la mano que ya dirige hacia el bolsillo trasero de sus pantalones de pana donde apalanca su viejo revólver con las cachas nacaradas. Raimundo Cuéllar, autor de los disparos y suegro del Chino, contempla el cuadro de los hermanos y la muerte desde la barricada que con prodigiosa rapidez ha levantado en la cocina, contempla y apunta al hermano vivo, vuelve a disparar su pistolón y la bala se lleva de paseo el lóbulo de la oreja del mareado Genaro.
—Cagüen la leche jodía. Qué suerte tiene ese calorro —se lamenta Raimundo por el disparo fallido.
Todavía bajo los efectos del inoportuno mareo y con media oreja menos Genaro quiere sacar el revólver, no puede, lo tiene como atrancado en el bolsillo. Aguanta el cadáver de su hermano, pero lo suelta, lo deja caer cuando ve que Raimundo apunta cuidadosamente y aprieta el gatillo. Cierra Genaro los ojos en espera del impacto mientras el cuerpo del hermano resbala lentamente de sus brazos al suelo de frías losas moteadas. Aprieta el gatillo Raimundo… y nada, está encasquillado, aprieta una y otra vez, nada. La lentitud con que ha caído el finado Fernández contrasta con el nervio de Raimundo y sus intentos de desencasquillar el atorado pistolón. Genaro lo mismo, algo se le engancha en alguna parte del revólver que le impide sacar el arma de su bolsillo. Desiste finalmente Genaro y se decide por el ataque frontal.
—Es igual, sin pipa. A puñetazos, como los tíos.
Raimundo se estremece. Los Fernández son terroríficos, lo sabe, son temibles, lo sabe, y él ha matado a uno y tiene a otro delante, vivo, ganoso de vengar a su hermano. Aprieta desesperadamente el gatillo, una y otra vez, clic, nada, clic, nada, clic, nada.
—¡Estás muerto, hijo de puta! —aúlla Genaro, pasa por encima de su hermano Juan Fernández, un pie y el otro pie, un paso hacia la barricada, Raimundo frenético insiste con el gatillo borde, el gatillo sin fruto, el gatillo estéril, ni siquiera intenta la huida, o encerrarse en el baño cuya puerta está ahí, junto a la cocina donde levantó la barricada. Dos poderosas manos alzan su cuerpo de gitano viejo y lo hacen atravesar en volandas la improvisada protección de mesas, sillas y trastos que fabricó en un santiamén Raimundo Cuéllar, suegro del Chino, matador de Juan Fernández.
—Me voy a buscar una ruina, fijo —pronostica Genaro Fernández cuando sus manos hacen crujir el cuello de Raimundo.
Y mientras tanto, el avance hacia los puestos del Chino es imparable.
Disparan desde el tercero, una vez, otra vez, otra vez, disparos de pistola; un movimiento de terror y retroceso se produce entre los asaltantes y son varios los cuerpos que ruedan por las escaleras. Contra viento y marea, ajeno al formidable estruendo de los disparos, José Molina prosigue la ascensión, sube, zumban a su alrededor las balas, silban siniestras en la oscuridad, pasa por encima del cuerpo de su hijo Luis, que resbaló, ha quedado tendido en los escalones y no se atreve a ponerse de pie.
—¡Papa! ¡Papa! ¡Tírate al suelo, papa! ¡Al suelo! —suplica Luis Molina, le agarra desde el suelo la pernera del negro pantalón, tironea hacia abajo.
—¡Lo han marao! ¡Han marao al Juan! —clama desesperado Julián Fernández—. ¡Tito! ¡Tito! ¡Le han dao mulé! ¡Lo han marao!
José oye el fúnebre lamento de Julián y de violenta patada se libera de la garra del hijo en la pernera de su pantalón.
—¡Déjame, leches!
Prosigue la ascensión.
—¡Tito! ¡Tito! ¡Han marao a mi Juan! ¡Tito, han marao a mi Juan! ¡Le han dao mulé!
No son, por supuesto, los únicos y desgarradores lamentos. Ayes, alaridos, insultos, juramentos, maldiciones y porrazos se siguen escuchando por todo el bloque. Nadie se da cuenta de que José Molina asoma por el tramo final de la escalera, sube pegado a la pared, despacio, muy despacio, todo a oscuras, no queda ya ni piedra en los mecheros, lento y silencioso como sombra ajena a la lucha que tiene lugar en la escalera, ajeno a los gitanos que pelean a su mismísimo lado, él avanza, avanza hacia el resplandor que en el descansillo del tercer piso produce una linterna de pilas aportada por un cuñado del Chino. Nadie lo vio, nadie se dio cuenta.
—Chino.
—¿Eh? Me cago en D… —Tiene a José Molina enfrente de él, ha salido de las sombras. La blasfemia, automática, surge de los labios del Chino, y le hubiera gustado completarla, pero ya están los dos cartuchos, más veloces que las palabras, saliendo por los cañones mutilados de la recortada que apunta justo entre los rasgados ojos por los que todos en las Tres Mil te llamaron «el Chino», Chino.
4. Barrio de la Macarena, junio de 1982. Calle San Luis, a la vera de la plaza del Pumarejo. El Espumarejo, la llaman los vecinos. Aquella noche de junio, pesada en calores y desgraciada en amores, noche sin Sofía y sin cine de verano, una figura vestida de negro con fina vara de bambú en la diestra se insinuaba en las sombras con su mercancía prohibida. Era Luis Molina, gitano de pro, gitano auténtico. En eso salió al padre, José Molina. En la planta gitana. Eran los dos, padre e hijo, de cuerpo enjuto y palabra escasa. Les gustaba vestir de negro, desde el sombrero hasta los botos de Ubrique. Y no salían de casa sin su fina y flexible vara gitana.
—¿Tienes algo? —le pregunto en un susurro, pero Luis Molina no contesta, no habla, no afirma, no se digna abrir la boca, solo te mira y su mirada te dice si tiene algo, o si por el contrario no hay ná. Las tres palabras más odiosas en los oídos de un yonqui: no hay ná. Luis Molina no habla, o habla poco, muy poco. Solo te mira y su mirada te traspasa, su mirada barre la calle San Luis hacia adelante, hacia la plaza San Marcos, su mirada vigila y barre, controla los cruces. Por el Pumarejo, por Relator, o viniendo desde el Arco de la Macarena, por cualquier sitio, por donde menos te lo esperes se te encaloman los señores sin que te des ni cuenta, y eso es peligrosísimo cuando llevas más de cincuenta paquetillos ocultos en los calzoncillos, como es el caso. Luis afloja su cinturón y medio abre la bragueta, mete la mano derecha por dentro de los pantalones y tras breve exploración por tan íntimos lugares extrae un pequeño atadillo de plástico. Me brillan los ojos, Luis Molina no abandona la vigilancia, no deja nunca de mirar a derecha, a izquierda, de controlar cruces y esquinas, quién viene, quién va, y hasta lanza algún vistazo a las ventanas y balcones de estas casas bajas y blancas de la calle San Luis.
—Aguanta —me dice el camello Molina entregándome su fina vara de bambú mientras él deslía el atadillo de plástico. No pasa un alma por la calle.
Ahí estaban, paquetillos confeccionados con papel de cuaderno cuadriculado —de las libretas escolares que jamás usó, ni usará ya nunca su hermano chico, Pedrito Molina—. Paquetillos siempre limpios, impolutos, no manoseados, no como los de otros camellos más descuidados que los llevan hechos una guarrada, llenos de huellas de dedos y carbonilla; parece carbonilla eso negro, pero debe ser el tizne de la plata al ser abrasada por la llama del mechero Bic en el momento de fumar la droga. Los dedos se manchan al tocar el rastro que deja el fuego en el papel de aluminio, luego esos mismos dedos son los que tocan los paquetillos. Los paquetillos y todo lo que se les ponga por delante, que no hay más que ver las caras de algunos de estos individuos, tiznadas las mejillas, las narices y los ojos, pues cada vez que les pica, al rascarse, dejan el negro rastro de la droga en sus rostros. Y les pica muy a menudo, porque el caballo tiene eso, que pica, y es agradable, pero pica mucho y los chavales se rascan con frenesí, sobre todo las narices, que es donde más pica. Pero Luis Molina llevaba los paquetillos impolutos y a rebosar de droga.
—¿Uno? —preguntó con voz y gesto severo.
—Sí, sí… —contesté mientras apretaba las mil pesetas en mi mano, presto ya para el intercambio.
Tras palpar algunos paquetillos —un pequeño teatrillo para hacer ver que buscaba los más gordos—, escogió uno y me lo entregó.
—Qué buena pinta —alabé con una sonrisa. Pero Molina no contestó a mi cortesía. Estaba vendiendo, concentrado. Nada de cortesías. Y menos conmigo. Esto es un negocio, payo.
Me despachó serio y rápido. Un paquetillo de heroína turca. Mil pesetas, un talego, lo justo. Entregué el dinero y me despedí.
—Bueno, hasta la próxima.
No contestó, nunca usó de tales fórmulas de cortesía. Se guardó el dinero, devolvió el atadillo a sus calzoncillos, recuperó la vara de mis manos y se perdió por entre las mismas sombras por las que había aparecido. Luis Molina, impoluto. Con la droga en la mano para arrojarla lejos de mí por si un mal encuentro, y sin apretar demasiado para no sudar el paquetillo de papel —la humedad le sienta fatal a la droga—, inicié el camino de retorno.
De regreso a casa encontré por el camino una farmacia de guardia, la que se ubica justo al final de Duque Cornejo. Compré una jeringuilla. El farmacéutico imperturbable.
—Buenas noches —saludo muy simpático, pero el farmacéutico, al igual que minutos antes el camello, no contesta a mi saludo—. ¿Me da una jeringuilla de insulina? —pido con la más cordial de mis sonrisas.
El farmacéutico es grande y calvo, la bata blanca, la expresión adusta, se da la media vuelta y desaparece en la trastienda. Tarda. El paquetillo se humedece en mi mano sudada y aflojo la presión. El hombre regresa con la máquina, la envuelve en fino papel de farmacia.
—Treinta y cinco pesetas —informa.
Rebusco en mi bolsillo, pago con una moneda de cincuenta. El hombre es de movimientos lentos y estoy a punto de decirle que se quede el cambio, impaciente por llegar a la buhardilla, pero no me atrevo, igual se ofende, le sienta mal. Mejor mostrarse paciente. Recibo por fin mis quince pesetas. Media vuelta y a la calle.
—Buenas noches —me despido.
El farmacéutico calla.
Plaza de la Moravia. El número 6, abro el portal con la llave del portal, luego la cancela. Subo las escaleras despacio. Que esté en casa, rezo, que esté Sofía en casa, que esté Sofía en casa, que haya llegado y me esté esperando en el dormitorio, ya acostada, quizás desvestida, esperándome su cuerpo moreno y caliente. Llego al rellano, abro la puerta, directo a la cocina sin mirar en el resto de la casa, es posible que Sofía haya llegado y esté en la habitación, quizás despierta, esperándome, quizás dormida, soñando quimeras. En el fondo de mi corazón siento que no, que no ha llegado, que soy yo el que espera, el que sueña quimeras. La habitación de la alcoba está entornada, ¿abrirla?, luego, luego. Lo primero es lo primero: preparo el chute en el falso mármol de la cocina. Pincho mi vena azul. Inyecto. La nada y el calor inundan mi cuerpo, expanden mi alma. Mi cerebro se detiene. Puedo verme. Si atiendo con atención puedo asistir a la lucha del poderoso deseo: «que esté Sofía en casa», contra la fría indiferencia que la heroína derrama en mi corazón.
Vomité con saña, con fuerza y resolución. El amor era ahora un sentimiento bajo control. Busqué la tristeza y no daba con ella, quise estar triste y no podía, no le encontraba el sentido, como cuando repites mucho una palabra y pierde el significado, así la tristeza, quizás de tan repetida, perdía su sentido. No solo la tristeza, las cosas, yo, todo, perdíamos el significado. Avanzaba peligrosamente hacia la nada.
Empezó a picarme la nariz y me la rascaba con sumo gusto, ras ras, rasca con las uñas delicadamente, y así, mientras me rascaba con suaves caricias, me olvidaba de mis penas de amor. ¿Estaría Sofía en el dormitorio? Capaz. La puerta está entornada. Me rasqué el codo, ella podía haber llegado y estar en la habitación, o podía no haber llegado y no estar en la habitación. Decliné averiguar sobre la presencia de Sofía, no quise asomarme al dormitorio: si Sofía no estaba, esa decepción igual me costaba algún microgramo del bienestar que me inundaba. Me rasqué las manos con gustosa ansia, al límite, ras ras ras. En la cocina todo estaba tranquilo y en silencio, como yo, sereno, incluso con ganas de hacer algo, lo que fuera, así que me puse un sobrio delantal encarnado y fregué la vajilla sucia apilada en el fregadero, muy concentrado en la tarea, con ganas de hacerlo bien: enjabonar, aclarar y secar. Desde la cocina, de vez en cuando y mientras acababa con el fregoteo, giraba la cabeza y echaba miradas hacia el trocito de puerta entornada del dormitorio que se divisa desde el fregadero si buscas el ángulo adecuado.
Entonces se abrió la puerta, muy despacio, se fue abriendo la puerta del dormitorio, muy poco a poco, con un leve chirrido, y cuando se había abierto un palmo, lo justo para que cupiera su cuerpo, salió ella, la gata negra con una mancha blanca sobre los ojos en forma de antifaz, y vino a saludarme:
—Hola, mi cuate, ¿todo bien? —No, mentira. No me dijo nada. No hablaba. Pero sí que vino a restregarse contra mis pantorrillas, sí que dijo miau, y sí que dejó la puerta lo suficientemente abierta para que yo pudiera atisbar en su interior y comprobar que, tal como indicaban todos los indicios, pálpitos y corazonadas, Sofía no había vuelto. No estaba. Entré en el dormitorio seguido de mi gata Samara, yo flotando, la gata deslizándose ingrávida, orbitando alrededor de la cama vacía. Me rasqué algo, un dedo, ras ras, ¿estaba preocupado?, no, no, un poco perplejo quizás. Yo tenía la íntima y segura convicción de que no debía preocuparme. Tranquilo, no pasaba nada extraño, no había muerto atropellada, ni asesinada, ni agredida, no estaba en ningún hospital, ni en la morgue, ni en comisaría. Quizás, eso sí, estaba con algún maromo, algún amante ocasional, o no tan ocasional, y eso… ¿me preocupaba? Me rasqué la coronilla, me quité el delantal que aún conservaba puesto, me rasqué el codo, ras ras, ¿me preocupaba? Oí cómo las agujas del despertador se clavaban en la una en punto de la noche, ¡tchak! Preocupado o no, lo cierto es que estaba más que harto de tener que preocuparme o enfadarme o desesperarme por las tardanzas de Sofía, por la conducta de Sofía, por Sofía, coño, que ya parecía casi una obligación eso de sufrir por los desplantes, los plantones, los abusos de Sofía. No. Al cuerno. Aterricé sobre la cama, me rasqué bien las dos pantorrillas, y así, tumbado tal cual sin descalzar ni desvestir, con la gata ronroneando en mi regazo, me dormí sobre las sábanas en el reino de la fría indiferencia.
Dormí tranquilo y sedado por la droga, pero cuando desperté ya no estaba tranquilo, ni sedado. Palpé el lado vacío de la cama y como un desagradable latigazo cobré conciencia de que Sofía no había aparecido en toda la noche. Más grave, eran las ocho menos siete minutos de la mañana y ella entraba en su trabajo a las ocho en punto, lo que significaba dos posibilidades: o cuernos o tragedia. Salté angustiado de la cama, desvanecida en humo la fría indiferencia del caballo, ya estaba calzado y vestido, de modo que solo tuve que juntar cinco duros por los recovecos de la casa donde intiman las pelusas y la calderilla y salir deprisa, puerta, rellano, escaleras, portal, calle, cabina, 4374231, ¿estará Sofía en el trabajo? ¿Le habrá pasado algo? ¿Habrá ido por lo menos a trabajar?
Rrringgg. Rrrrinnngg. Un teléfono suena en las oficinas del INSS, calle Sánchez Perrier.
—Dígame…
—Hola, me pone con Sofía Casasas, por favor.
—A ver, un momentito… ¡Sofía! ¡Teléfono!
Alivio, respiro. Está viva. Por lo menos está viva.
—Diga… —La soñolienta voz grave de Sofía.
—¿Sofía? —Mil pesetas costaba un paquetillo con buenas dosis de fría indiferencia.
—Cani… ¿eres tú?
Efectivamente, era yo. El canijo, yo. Pero no le respondí, no me despedí, cosa rara en mí, tan amigo de las despedidas, y colgué el teléfono. No quería enfadarme, no quería preocuparme. No quería amarte, Sofía. Y regresé veloz hacia la buhardilla. En pos de la fría indiferencia.
5. Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980. Son las siete menos veinte de la mañana. Por los descampados del Este asoma ya la roja bola del sol. En los soportales del bloque número 27 de la calle de la Esclava del Señor, justito a la vera de donde la suegra del Chino vende sus velas y sus bombonas de Campingaz, los gitanos celebran su Consejo, como siempre que la guerra asoma su feo hocico. El día amanece gris y neblinoso, la brisa arrastra bolsas de plástico y su aliento es frío y desapacible, algún gitano se ha venido con una manta en la que arrebujarse y protegerse de la humedad del alba. Un círculo de cascotes y ladrillos rotos protege del viento las llamas de la candela que algún primo encendió con maestría, alrededor del círculo de piedra otro círculo de enlutadas y taciturnas personas, gitanos sentados en cajas de fruta vacías y puestas del revés, o en cuclillas, o de pie algunos.
Antonio Martínez, el Chino, ha muerto. Sus desconsolados familiares no le olvidarán jamás etc., etc.; sus desconsolados familiares reclaman venganza. Si no hay venganza, compensación. Alguien tendrá que pagar por la muerte del Chino. Claro que la del Chino no fue la única muerte. A Juan Fernández también le dieron mulé. Y lo mismo: sus afligidos deudos ruegan una oración por su alma etc., etc. A Juan Fernández lo mató, si os acordáis, Raimundo Cuéllar, el mismísimo suegro del Chino. Ahora, Raimundo yace medio muerto en una cama del Hospital Virgen del Rocío, con el cuello quebrado por la presión que ejercieron en él las poderosas zarpas vengativas de Genaro Fernández, hermano del difunto Juan.
El Kako Ramiro preside el Consejo sentado en la silla que con todo respeto le trajeron de un piso cercano. Una silla de enea pintada de negro, bajita y gastada, para que descanse en ella su respetado rulé. La bestí. La silla negra de la reunión.
Además del Kako Ramiro y de los gitanos que representan a las familias en litigio, asisten también al Consejo otros gitanos ilustres de las Tres Mil, imparciales en esta guerra y cuya voz, consejos y experiencia deberán ser oídos y respetados por los afectados. Uno de estos ilustres, el padre de los Casimiros, ha sacado del bolsillo de su negra y gastada chaqueta de terciopelo un paquete de Winston americano de contrabando —patanegra—, y rasga con la muy larga uña de su dedo meñique el celofán que lo envuelve. Abre y da los golpecitos correspondientes, tap tap tap, hasta que los filtros de dos o tres cigarrillos asoman y se destacan de entre los demás. Entonces ofrece, los doce gitanos que forman el Consejo aceptan y el Kako Ramiro lo interpreta como una señal favorable. Aun así, la faena se presenta complicada. Los Chinos son gente muy esaboría. Eso es algo que se da por sabido, pero el Kako sabe lo que quieren y hay posibilidad de negociar con ellos.
—Nusotros ni habemos venío aquí por er parné, ni pa reclamar venganza, ni ná de ná de ná. No nos camela la sangre —comienza su parlamento el hermano mayor del Chino, cuarenta años, Santiago Martínez, vestido de luto, un brazo en cabestrillo. No le camela la sangre pero le brilla en los ojos un punto salvaje.
—No le camela la sangre, dise er tío. Veremo a vé si chamulla lo mesmo cuando le hayan dao sepultura a su planó Antonio —masculla el padre de los Casimiros al oído del Kako Ramiro. Y el Kako asiente. La violencia acostumbra a estallar después de los entierros. Es decir, según la ley calé, mientras los difuntos estén de cuerpo presente nadie derramará la sangre de nadie. Ahora, aquí, en el Consejo, las palabras suenan razonables y nadie desea la guerra. La presencia del Kako y de los ilustres impone y los litigantes no se atreven a expresar lo que de verdad bulle dentro de ellos, el deseo de vengar a sus muertos, que ningún asesino quede impune.
Además de Santiago, otro hermano del difunto Chino asiste al Consejo, Isidoro Martínez, la cabeza vendada, magullado de los pies a la coronilla, resalta la blancura de las vendas con el luto de sus prendas de vestir. Isidoro es muy joven, diecinueve años, y está de pie porque no se puede sentar, recibió una mojá en la nalga izquierda. Isidoro clava la mirada en el suelo y deja que hable su hermano. Es la primera vez que ha sido herido de cierta consideración y todavía no acaba de asimilarlo. Isidoro se creía intocable. Ahora está asustado. Esta noche, si es capaz de conciliar el sueño, soñará con el ojo bizco de Eduardo Molina.
Cada familia envió un par de representantes a la asamblea. Hombres adultos, porque ni las mujeres ni los niños asisten a los Consejos de las Tres Mil. Por parte de los Molina vinieron al Consejo los dos hijos mayores, Luis y Rafael, porque el padre, José, se entregó a la policía horas después de asesinar de certero cartuchazo en el rostro a su rival, Antonio Martínez, el Chino.
Santiago Martínez habla, los gitanos escuchan.
—Nusotros no queremos más desgracias, ni más sangre, ni más gitanos descalabraos. Si argo hemos hecho mal lo habemos pagao de sobra, y yo me creo que mi planó, que en la gloria esté, no se merecía que le dieran mulé por unos gramos de grifa.
Se forma un pequeño revuelo tras las palabras del hermano del Chino, opiniones a favor y en contra, ¿fue de justicia la terrible venganza de José Molina? El Kako hace señas con la mano a los gitanos que aún no se sentaron para que lo hagan, para que se sienten, o para que se agachen, en cuclillas, como sea. Es necesario un poco de orden. Hasta Isidoro, con su agujereada nalga, es conminado a sentarse, y lo consigue apoyando su medio culo bueno en una caja que fue de manzanas golden, a la vera de su hermano. Un solo gitano de pie, el que tiene la palabra. Y solo un gitano habla, el que está de pie. Santiago prosigue su parlamento.
—Pero aunque me hayan marao a un planó… —una pausa, lágrimas que se agolpan en los ojos marrones de Santiago—, aunque me lo hayan dao mulé, y aunque la rabia me tenga consumía el arma, he venío aquí con el Isidoro p’arreglar este laberinto y poner fin a las venganzas. Arreglarlo de arguna forma pa que no mueran más calós. No camelamos más sangre, queremos vivir en paz; y también queremo argo a cambio.
Sentado como un faraón en la silla de enea, la espalda erguida, la mano derecha descansando en su vara de olivo borde, el Kako Ramiro escucha con gesto atento y concentrado las palabras que Santiago deja caer despaciosamente.
—Sabemos que er José se ha entregao a los payos. Pero hemos pensao que lo mejor pa tós es que su rumí y los chavorés de su rumí se vayan der barrio y cuanto antes muncho mejor pa nusotros y pa ellos, si es que de verdad nos camela acabar la reyerta. Y, por contra, nusotros nos comprometemos acana, delante de este Consejo de Calós, a renunciar a cualquier forma de venganza. Y si hay que firmar pa mayor tranquilidá, se firma lo que haga farta.
Santiago Martínez acabó de hablar y tomó asiento en una caja de vacíos botellines de la Cruzcampo. Sus palabras no sorprenden a ninguno de los once gitanos que con él forman esta mañana el Consejo. Por antigüedad —porque los Chinos llevan toda la vida en las Tres Mil, mientras que los Molina llegaron hace un par de años junto con los hermanos Fernández— y porque una sirla entre chavales no será considerada motivo suficiente para desencadenar la guerra, los Martínez tienen casi todas las opciones a su favor. Los ilustres apoyarán el trato propuesto por los hermanos del difunto Antonio Martínez, el Chino.
Toma la palabra Julián Fernández, un ojo morado, seis puntos de sutura en el antebrazo —esa noche hubo trabajo extra en las urgencias del Virgen del Rocío—. Julián es el hermano mediano de los Fernández. Asiste al Consejo junto con su hermano Genaro, un año más chico que él. Luto absoluto.
—Primo… yo esto lo veo muy delicao. Porque acana to er mundo se pira, er José se entrega a la pestañí… Si su familia se naja del barrio, nusotros… primo… por mucho que acana tós juren que se han acabao las venganzas, yo, primo, te lo juro… me da canguelo de pensar qué va a pasar con nusotros.
—No tiene que pasar ná. Ya has oído er trato que propone Santiago —razona el Kako.
—Sí, Santiago habla con muy buenas vardás, pero ya veremo si mañana lo ve der mismo color.
—Julián, esto es un trato entre calós de honor —insiste el Kako, borra la sonrisa de su rostro, endurece la expresión, afila la mirada—. No quiero ni pensar en que naide se atreva a desafiar un trato firmao en er Consejo. Y yo te digo, Julián Fernández, que eso nunca ha pasao desde que me siento en esta bestí.
Le irrita sobremanera al Kako Ramiro que se dude de las garantías dadas por el Consejo. Además tiene razón, desde que se sienta en la silla negra de los Kakos nunca nadie ha osado romper un pacto, traicionar un juramento. Queda saber si los Molina están dispuestos a marchar del barrio. Sin añadir más a lo que ya dijo, Julián Fernández toma asiento. El Kako Ramiro pregunta a Genaro si tiene algo que agregar a las palabras de su hermano. Genaro está apesadumbrado y confuso, se lo piensa unos segundos, finalmente se levanta y toma la palabra.
—Yo solo digo que si tuviera que dar la fila por mis parientes vorvería a darla.
Respira profundo Luis Molina. Mira de reojo a su hermano. Ambos tienen a sus tíos en gran estima. Genaro continúa tras una breve pausa.
—Pero Julián tiene razón, toa la razón der mundo. Nos quedamos acana solos y desprotegíos. Y a nusotros también nos han marao a nuestro planó. ¿Por qué no se van los Chinos der barrio? Aquí los que más han perdío habemos sío nusotros, que por dar la fila por la familia nos la han partío bien partía.
—Aquí tós habéis perdío, Genaro.
—Pero nusotros más, don Ramiro. Y ni la grifa era nuestra ni ná ni ná. No es justo.
No importa la justicia. Sentado en un peñasco que está ahí, en mitad de la acera desde tiempos inmemoriales, Luis Molina escucha las inútiles palabras de su tito Genaro, porque Luis sabe que nada podrá impedir que los Molina se marchen del barrio de las Tres Mil Viviendas. Luis, pálido y delgado, vestido de negro desde el sombrero que su padre le acaba de regalar hasta los botos de Ubrique, es el único gitano que no lleva vendajes —fuera aparte los ilustres que no estuvieron en la batalla—, ni un vendaje, vamos, es que ni una tirita, ni un esparadrapo, porque Luis no recibió ni golpes, ni mojás, nada, y no porque no batallara, que ahí estuvo el primero, el más valiente. Simplemente, no le alcanzaron las embestidas de los Chinos. El Kako Ramiro ha sido el primero en darse cuenta: Ozú —se dijo para sí—, ese Luis ha venío sin un arañazo, el hijoputa. Tiene el mismo don de su tío abuelo Pancracio Molina, que fue inmune a las mojás hasta que palmó de viejo.
Luis Molina, en su peñasco, contempla el paisaje, los bloques baratos en el amanecer brumoso y húmedo, escucha el apesadumbrado tono de voz de su tío Genaro, siente en su piel los primeros rayos de sol, detecta casi de reojo el brillo salvaje en los ojos de Santiago Martínez, pero también el gesto grave del Kako y los ilustres mientras esperan que él, como primogénito de la familia que representa, tome la palabra y decida.
Todo está decidido, sabe que esto es una despedida bajo los soportales, se marchan, todo se encaja en una sola dirección, un solo sentido. Luis siente que es el momento de partir, salir del círculo, desgajarse de sus tíos, de su barrio. El momento es inmejorable. La excusa perfecta. Los echan, se van. Horas antes su padre le regaló el sombrero negro que ahora apoya en su rodilla derecha —pues es costumbre no llevar la cabeza cubierta en los Consejos—, un excelente sombrero de fieltro. José Molina se lo regaló inmediatamente antes de subir, en compañía de su socio y compadre Joaquín Camarasa, al automóvil que lo llevaría directo a la Comisaría de la Gavidia, en el corazón de la ciudad. Mientras José le hacía entrega del negro sombrero, el compadre Camarasa le metía en el bolsillo de la chaqueta un papelito doblado con una dirección: San Luis 65. Y le dijo que ahí tenía su nuevo hogar.
Todo está dicho y el Consejo llega a su fin. No. Rafael Molina se levanta del peñasco donde tomó asiento y habla dirigiéndose a su tío Julián.
—Tito… hemos pensao que… ya que nos vamos der barrio… —dice mientras extrae del bolsillo de su pantalón un llavero con el escudo del Betis— que os quedéis con la queli. Nusotros no la vamos a necesitar, así que… mi may quiere dárosla pa ustedes. Como un tributo por la muerte del tito Juan.
—El ofrecimiento de tu sobrino me parece justo —asiente complacido el Kako Ramiro—. Quedaos con el piso de vuestra plañí.
—Si ustedes queréis, acana mismo, antes de salir del barrio, mi planó Luis os hace un documento firmao que diga que la queli es vuestra —ofrece Rafael.
Los Molina marcharán de las Tres Mil, los Fernández se quedarán con el piso que se desocupa. El Consejo garantizará la paz entre las familias enfrentadas. Queda poco más de un par de horas para el primer entierro, el de Juan Fernández, a las diez en el Cementerio Provincial de San Fernando. Una hora más para el segundo, el de Antonio Martínez, en la otra punta del mismo cementerio. Según la ley calé la guerra no comienza hasta que los muertos son enterrados, pero esta vez no habrá guerra. El Consejo cumplió su objetivo y el Kako y sus venerables respiran satisfechos. Los gitanos se levantan de sus improvisados asientos. El Kako Ramiro llama a los litigantes, Molinas, Chinos y los Fernández. Los coloca junto a la candela, enfrentados cara a cara. En torno a ellos se cierra un apretado círculo formado por el resto de los asistentes al Consejo. El momento es tenso, algo violento.
—Darse la mano como gitanos —recomienda con voz lenta hipnótica el Kako Ramiro.
6. Calle San Luis, marzo de 1980. La iglesia de la plaza de San Marcos es mudéjar. Un momento para contemplarla y luego sigue tu camino por San Luis y verás que la calle se estrecha, caminas flanqueado por casas bajas y encaladas y pasas por delante de lo que fue el Metralleta, un oscuro semisótano donde se estuvo vendiendo grifa durante tantos años con total impunidad. Y si continúas llegarás a la iglesia de San Luis de los Franceses, pasarás bajo sus tres cúpulas de tejas azules sobre torres doradas; cruza Divina Pastora, cruza Arrayán y llegarás a San Luis 65. San Luis 65 fue una dirección mítica para los yonquis de Sevilla.
Llegaron una mañana alegre y soleada del mes de marzo de 1980. Finalmente, fue el tito Julián quien los trasladó —a ellos y a sus escasos enseres— desde el piso de las Tres Mil hasta su nuevo hogar en el barrio de la Macarena. Fue un viaje triste, dentro de una mañana alegre, con mucho tráfico; un viaje triste y lento en la destartalada furgoneta de los Fernández. María iba deshecha, su marido preso, su hermano mayor, Juan —que en gloria esté—, muerto, descansaba ya en el cementerio de San Fernando. Por si fuera poco, habían sido expulsados de las Tres Mil, por mucho que el Kako Ramiro insistiera en que el cambio de barrio les iba a resultar beneficioso. Durante el trayecto recordaba María a su hermano fallecido, su Juan, que era, siempre fue, su predilecto. De hecho, Juan fue el único de sus hermanos que la trató con cierto cariño. Se llevaban poco tiempo, once meses, y se entendían. Juan era el menos prejuicioso de los Fernández, por ejemplo con los cigarrillos. Con ningún otro hermano se hubiera podido fumar María un cigarrillo tan a gusto como lo hacía con Juan. Él fue quien le enseñó a tragarse el humo y a coger el cigarrillo con la derecha, como las mujeres. Según Juan, los hombres fumaban con la zurda, las mujeres con la diestra. Fumándose un Winston, hace ahora ya tantos años, a orillas del Guadalquivir, María confesó a su hermano que estaba enamorada de José Molina, el gitano andarríos que había llegado a las chabolas del Roto, procedente de algún lugar de la provincia de Huelva. José llegó una mañana de amanecida, por el caminillo que viene de las huertas de Santa Teresa y acaba en el embarcadero del Roto. Pese a ser tan temprano había ya cierta actividad en la ribera del Guadalquivir, pues era la mejor hora del día para lanzar los aparejos desde las pequeñas embarcaciones fondeadas en mitad del río y dedicadas en su mayoría a la pesca del albur. José llegó a las lindes del campamento y pidió agua y permiso para tumbarse un rato y descansar. El primer gitano que le atendió fue precisamente Juan Fernández —que en la gloria esté— y lo llevó inmediatamente a la chabola que habitaba con sus padres y sus hermanos. En la chabola todos habían tomado ya su café con leche y su trozo de pan tostado con manteca colorá, pero Isabel Barrul, la madre de los Fernández, no tuvo pereza en aviarle a José Molina un buen desayuno, más café, más pan tostado en la candela que María preparaba todas las mañanas y que era su primera obligación. Mientras los hermanos varones apañan los aparejos en la orilla del río, María y su madre atienden al recién llegado. Pero José Molina habla poco. Dice que viene de Huelva, de la sierra, no precisa mucho más. Un frenazo brusco interrumpe los recuerdos de María. Han llegado ya a la calle San Luis. El barrio parece animado. Desde la plaza San Marcos hasta el cruce con Divina Pastora —donde están en estos momentos—, Rafael Molina ha contado por lo menos siete camellos, vendedores de hachís, apoyados en tapias, paredes y esquinas, sentados en poyetes y escalones. Lo comentó dentro de la furgoneta, donde el ambiente era más bien fúnebre, y arrancó alguna sonrisa de sus hermanos. Mes de marzo, mañana radiante, negocios en las esquinas… parece que a los hermanos Molina les sube un poco el ánimo. En el aire se percibe el dulzón olor del hachís; por Arrayán, por Divina Pastora, por la calle Macasta, los camellos, ataviados al chulesco estilo barriobajero de la Macarena, venden sus bolas de hachís cortado en posturas de doscientas, trescientas, quinientas, mil pesetas. Jóvenes y no tan jóvenes, que también pululan por el Espumarejo los grifotas viejos de toda la vida, tanto con ánimo de compra como de venta. Tradicionalmente, el mejor hachís lo tienen siempre los más viejos. Los puretas, como se les llama en el barrio.
Aparcó el tito Julián su vieja furgoneta frente a la iglesia de Santa Marina. Descargaron la poca cosa que traían. Los inquilinos del 65 salieron al patio, a curiosear la llegada de los nuevos. El 65 es un corral de vecinos, un gran patio central alrededor del cual se reparten en dos plantas las viviendas que constan, como mucho, de dos habitaciones. Ascendiendo una escalera de madera, que era preciso subir sin prisas y con bastante tiento, se arribaba a la galería descubierta que daba toda la vuelta por encima del patio central. En la segunda puerta de esa galería tenía su nuevo hogar la familia Molina. La primera vecina que les dio la bienvenida fue la señora Emilia. Una señora de edad, delgada, de mirada astuta y sonrisa atractiva. Era también la dueña de Taco, un canario viejo y minúsculo que se desgañitaba trinando en una pequeña jaula colgada de una alcayata en una pared del patio. Trinaba excelentemente. Lo hacía tan bien que a María le llamó la atención; también a Pedrito. Sonrió la gitana por primera vez aquella mañana. Se acercó al pájaro, Pedrito a su lado; la señora Emilia hacía propaganda del animal.
—Se llama Taco, y canta como los ángeles.
—Desde luego, desde luego —admitía la gitana—. Vaya que sí.
Pedrito le metió el dedo índice entre los barrotes de la jaula. Dejó Taco de trinar y vino a picotear el dedo del niño.
—Pedrito… —le llamó su hermano Rafael la atención— deja la pulía y ven a echar una mano, que te tangas tú mucho, tunante.
Pedrito está contento. Le ha gustado la calle, el barrio, Taco, lo que ve en esos primeros momentos de recién llegados.
—En el patio se pueden aviar buenas candelas —opina con gesto de entendido Eduardo el Bizco mientras sube las escaleras con dos maletas. Aquella extraña mañana de marzo, cuando los Molina se debatían entre la tristeza y la excitación, Eduardo parecía un hindú con el turbante de vendas que envolvía su descalabrada cabeza. Le faltó poco para no contarlo, pero lo contó, y ahora conservaba entre sus objetos personales, cual pieza de museo, la pesada y gris tubería de plomo que le había abierto la cabeza. La guarda junto con el azadón, que sigue siendo su arma preferida para la guerra.
—Niño, ¿estás sordo o qué? —insiste Rafael a su hermano absorto frente a la jaula.
—Mi Pedrito tiene un don espesiá con los bichos —contaba María a la señora Emilia que escuchaba complacida cualquier historia que tuviera algún animal de protagonista.
—Huy, yo igual. A mí me encantan los animales.
—Sí, pero mi Pedrito, fueraparte que le gusten, es que tiene un don.
Sonrió la señora Emilia con indulgencia. Evidentemente, no se lo creía mucho. María empezó a contar una historia:
—En Coria, porque nusotros antes de venir a Sevilla vivíamo en Coria, ¿sabe usté?
—¿Sí? qué casualidad. Mi marido es de Coria —apuntó la vecina—. Es decir, era, porque el pobre ya murió. Tres años hará en noviembre. Desde entonces, ¿ve usted?, estoy sola. Bueno, sola no, me queda mi Taco. Es más bueno el pobre… Y canta como los ángeles.
—Pues le decía que en Coria, mi Pedrito se encontró un canario a la vera der río, ¿sabe usté? Estaba herío, hecho porvo, pues bueno, mi niño lo curó, le dio gloria bendita, y no vea si er pájaro estaba agradesío con to lo chico que era. Le enseñó a trinar a compás. Hasiendo parmas. ¿Verdá Pedrito que el pájaro del río cantaba a compás y tú le hacías parmas?
Afirmó Pedrito con la cabeza, luego introdujo el dedo índice entre los barrotes para que Taco lo picoteara levemente, a modo de bienvenida. La señora Emilia estaba un poco celosa. A ella nunca su canario le había picoteado el dedo. Ni a ella ni a nadie. Todo lo contrario, el pájaro solo toleraba la presencia humana a distancia. Incluso cuando su dueña le arreglaba la jaula o le ponía su comida procuraba mantenerse siempre a la mayor distancia posible de las invasoras pero imprescindibles manos que le daban de comer.
—Mire, mire… Me parese que se va a arrancar —anunció María.
Efectivamente, Taco dejaba su picoteo de bienvenida y subido a su palo de trinar —siempre trinaba encaramado al mismo palo— lanzó unos gorgoritos, primero de prueba, y luego, ya consolidado el tono, se lanzó a ejecutar una complicada escala, solo al alcance de las siringes más privilegiadas. La destemplada voz de Rafael puso el punto final a la actuación de Taco.
—¡Niño, me cago en tus mulas, joé! ¡Quieres dejar ya er canario, recopón! ¡Cómo te tengo que decir que dejes de hacer el paró y vengas a echar una mano!
María reprendió a su hijo mediano:
—Rafaé, hay que ver el malange que tienes con tu planó.
Eduardo ascendía cansino las escaleras, repetía lo de las candelas y nadie le hacía caso.
—En este patio se pueden aviar buenas candelas.
En la calle todo es nuevo para los Molina Fernández.
7. Plaza de la Encarnación, finales de junio de 1982. Esto es el pleno centro de Sevilla ciudad. Vas caminando bajo los soportales de la calle Laraña, doblas por la esquina de Juguetes Cuervas y entras en la plaza de la Encarnación. A tu izquierda la English School, pasas por el 32, el 34, el 35. Aquí, en el 35, vivía mi amigo y colega Ulises Campos. Y Rafael Narváez, el Gamba.
Acababa yo de comprar un Jean Martin de madera de ébano fabricado en París, un negro clarinete de baja calidad que adquirí en Casa Tejera, que es una tienda de música de la calle Feria. Un clarinete negro con su maletín también negro. Para celebrarlo, el día que lo estrené, yo también me vestí de negro. Ese tipo de cosas eran las que tanto entusiasmaban a Sofía. Y así lo hice, para complacerla, para agradecerle que me hubiera encontrado un trabajo de clarinetista en un grupo de teatro de calle. Un trabajo compartido con gigantes de tarlatana, cabezudos de tela y cartón, altísimos zancudos, acrobacias y juegos malabares; los zancudos eran impresionantes, los gigantes asustaban a los niños y la banda se hacía escuchar. Tocando el clarinete gané mis primeros duros en Sevilla. Un sueño cumplido. Cierto que cuando en Cáceres, mi primer bolo, me colocaron unas ajustadas mallas negras con lentejuelas de colores tuve un primer impulso de dejarlo todo y olvidar el teatro para siempre jamás, pero conseguí dominar el impulso y aguanté en mi sitio. Mucho corte y mucha risa.
A mi lado, con su dorado saxofón tenor, Ulises era el alma musical de la orquestina. Él fue quien me inició en los misterios de la síncopa y el contratiempo, con su bendita impaciencia y su sonrisa, porque Ulises era tímido y risueño, y visionaba el pentagrama con tanta lucidez y facilidad que se desesperaba con el resto de los músicos, algo torpones comparados con él. La orquesta era más bien menguada: caja, bombo, platillos, Ulises saxofón tenor, y yo con el clarinete en si bemol. Llevábamos un repertorio con temas de Scott Joplin, una docena de ragtimes. Ulises hacía los bajos con el saxo tenor y yo punteaba la melodía con el clarinete. Además de ensayar en el local por las mañanas, Ulises y yo estudiábamos luego por las tardes, en su casa o en la mía, las lecciones del método de métodos, el Klosé. Ambos estábamos matriculados en el Conservatorio —en clarinete yo, en saxo y clarinete y en cursos superiores Ulises— y los exámenes de junio estaban al caer. Yo prefería ir a su casa a estudiar porque en la buhardilla de Moravia se respiraban los aires del desamor. Una tarde…
—¿Cómo te va con Sofía, cani?
—Fatal, pero luchando. Como los buenos.
Ulises hizo gesto de comprender. Era por la tarde, se presentía ya el crepúsculo y cerraban los comercios. Caminábamos por la calle Imagen.
—¿Os vais a separar? —preguntó Ulises.
—Estamos en ello.
Ulises Campos no era cotilla, si me preguntaba era porque se interesaba por mí de verdad. Sabía que Sofía y yo andábamos a la greña. Yo estaba tranquilo. Muy tranquilo. Sofía estaba a punto de desaparecer de mi vida, y yo estaba cada vez más engolosinado con la heroína. El caballo era el más formidable enemigo de mis penas de amor. El más despiadado. ¿Sufrir porque alguien no está por tus huesos? No tenía sentido.
Así que la Campana, calle Imagen, calle Laraña. No recuerdo de dónde veníamos, quizás de El Corte Inglés, doblamos por Juguetes Cuervas, la plaza de la Encarnación, unos metros y el 35, su casa. Portalón de madera abierto, adelante, verde cancela de hierro cerrada, stop, saca la llave, abre, entramos, escaleras, subimos despacio. El maletón del saxo pesa lo suyo, ligero como el viento el maletín del clarinete (hay una sensible diferencia de tamaño y peso entre un saxo tenor y un clarinete).
—No veas las escaleras, canijo… —habla con la respiración algo fatigada por el esfuerzo Ulises.
No respondo. Subo en silencio. Ulises se detiene en el descansillo.
—Cani, he descubierto una partitura genial para El Cuéndrago.
—No me digas.
Ulises tenía la voz más bien aguda, un poco nasal, y los movimientos algo autómatas, de robot tímido. Y muy rubio, el flequillo cortado a tiralíneas y la cara infantil. Más joven que yo. Su novia era más joven todavía, tendría los veinte recién cumplidos, delgada, de rostro risueño y muy morena. Se llamaba Candela y era de Córdoba.
De modo que Ulises había dado con una partitura maravillosa.
—Es un ragtime —informa y continuamos el ascenso hacia el tercer piso donde vivía—, pero este suena como la hostia, cani.
—¿Cómo se llama?
—Eh… Heliotrope Bouquet.
Llegábamos al rellano del tercero. La escalera tenía cierto empaque, con su gran zócalo de azulejos y sus elegantes puertas de madera oscura con sus grandes mirillas doradas, llamadores de bronce y esmaltados cartelitos en perfecto estado: 1º B; 2º A…
—¿Está tu novia en casa? —cambio de tema.
—Ni idea, cani. Ahora lo sabremos.
Sonríe Ulises, saca la llave de un bolsillo, se abre la puerta del vecino justo al lado de la casa de mi amigo, Ulises introduce la llave en la cerradura, sale del piso vecino un hombre en calzoncillos negros, descalzo, tatuado el torso desnudo. Ulises no lo ha visto, gira la llave, no puede abrir la puerta. Empuja y no lo consigue.
—¿Qué pasa? —insiste Ulises, la llave gira en la cerradura pero la puerta no se abre. Algo lo impide. Debe estar el pestillo echado. Sigue sin ver al hombre del torso tatuado. Yo sí he visto al hombre de los calzoncillos negros, veo como sale de su casa, camina descalzo y silencioso, veo que es un hombre joven, veo sus tatuajes, veo que lleva una temible hacha de leñador en la mano diestra, veo que sus manos son grandes y poderosas, que su ceño está fruncido y su torva mirada se clava en Ulises.
Ulises llama al timbre de su casa, intrigado de que el pestillo esté echado. Nunca lo está. Rrrriiinggg.
—¡Ulises! —Es la voz de Candela, su novia, desde el interior de la vivienda. Voz que suena extraña. Con mucho susto.
—¿Candela? —La extrañada voz de Ulises.
—¡Ulises! —Ahora es mi voz. Mi susto. El tipo se ha situado detrás de mi amigo, mi amigo se vuelve, descubre al hombre, descubre el hacha en manos del hombre, veo cómo su cara palidece al instante.
—¡¡Ulises!! —llama la novia con angustia desde dentro del piso. Aterrorizada, desesperada. ¡¿Pero qué pasa?! Ulises no entiende nada, yo tampoco, los dos petrificados por el susto y la sorpresa. El hombre coge ahora a Ulises con una de sus poderosas manos por el cuello, con la otra alza el hacha que al rozar levemente la pared hace saltar la pintura, esquirlas de ladrillo, un desconchón justo por encima del zócalo de azulejos. Mis ojos desorbitados por el espanto.
—¡Hijo de puta! ¡¡Hijo de puta!! ¡¡¡Hijo de puuuuuuuuuuta!!! —alarga el hombre tatuado la u de puta hasta que le sale un gallo: puuuuu(gallo)ta. Coloca el filo del hacha bajo la nariz de Ulises y a mí me olvida, ni me mira, podría pegarle un maletinazo en la nuca, por detrás, pero no me atrevo. Rasga la camisa blanca de Ulises al agarrarlo por el cuello, lo arrincona como un pelele contra la pared, bajo los contadores de la luz.
—¡¡Ulises!! —La desesperada voz de Candela al otro lado de la puerta.
—¿Pero qué pasa? —Blanco como papel de fumar recobra Ulises un hilo de voz.
—¡¿Que qué pasa?! ¡¡¿Que qué pasa?!! —Le arrea una patada al maletón de Ulises, se lo arranca de la mano y de otra patada lo envía deslizándose por el suelo hasta golpear con gran estruendo la puerta del tercero C—. ¡¿Que qué pasa?! ¡Que estoy hasta aquí, mira, hasta aquí! —Se lleva la mano a los testículos y se los coge con grosero meneo de arriba a abajo—. ¡¿Te enteras?! ¡¡Hasta aquí!! ¡¡Hasta los putos cojones!! ¡¡Eso es lo que pasa!!
—Pe… pero…
La puerta del tercero C se abre, asoma la cabeza de un anciano, mira a un lado, a otro, nos descubre. El hombre del hacha gira su cabeza y enfoca al anciano. El anciano ve al hombre del hacha y comprende. Mejor si cierra la puerta y olvida. Y va a cerrar la puerta cuando descubre a sus pies el maletón del saxo tenor de Ulises. Es igual. Con maletón o sin maletón el anciano cierra su puerta. Y olvida.
—¡Hasta los santos cojones del pito, de tener que aguantar la puta mierda del pito todas las tardes! ¡Chufla, que eres un chufla y te voy a cortar el gañote, hijoputa, que me voy a buscar una ruina por tu culpa, maricón, chufla! ¡Yo iré al talego, pero a ti te envío yo al cementerio! ¡No sabes tú lo loco que estoy yo, te lo digo yo que no lo sabes! ¡Vamos, es que ni te lo imaginas, hijo de puta!
Pausa.
Miradas. Ulises y el hombre de los calzoncillos negros se miran. Yo miro a los dos. Ulises baja la vista. No sé qué hacer, ¿tengo que hacer algo? Mejor no. Por un momento me parece que la cosa se está calmando. El hombre mantiene alzada el arma, de tan afilada le salen estrellitas del impoluto acero. Por la puerta entornada de su casa se desliza lejana la voz de una mujer.
—Faé, deja a lo chavale en pá, homme. Y entra ya pa entro, cojone.
Pero Rafael no oye otra cosa que la ira que alimenta su corazón. Y vuelve a la carga:
—¡¡Y ahora, por si fuera poco con un pito, como si no tuviéramos bastante con un pito… otro pito!!
Cuidado, parece que habla de mí, ese otro pito no puede ser otro que mi clarinete. Todo son pitos para el hombre del hacha que suelta estrellitas por el filo. El saxofón, el clarinete, la flauta e incluso la trompeta. Los pitos. Cualquier instrumento que vaya a la boca para ser soplado. El oboe, el fagot, el trombón: pitos. Vi subir otra oleada de ira por el semblante del sujeto:
—¡Me voy a buscar una ruina contigo, so mamona! —Agarró de nuevo a mi amigo por las solapas y saltaron, uno por uno, todos los botones de su camisa, clac clac clac clac clac.
—Vale, vale, vale… —Me decido a intervenir con apaciguador gesto.
Entonces suelta a Ulises y dispara contra mí su manaza abierta, agacho la cabeza, esquivo el bofetón, su poderosa palma se estampa contra la pared, da justamente en el timbre del piso de mi amigo y lo destroza, saltan sus componentes, el botoncillo que se aprieta, los tornillos que fijan el plástico a la pared, el mismo plástico, todo salta al tiempo que —¡¡rrringggggg!!— empieza a sonar. Y no se detiene.
—¡¡Rrrrinnggg!! —No se detiene.
—¡¡Ulises!! —llama Candela a su novio desde el interior. Está ahí mismo, pegada a la puerta, intentando adivinar las cosas espantosas que están pasando fuera de su vista, en el rellano de la escalera. El tipo se ha quedado mirando el destrozo causado por el impresionante sopapo y escuchando el timbre que no se detiene y que empieza a ser ya tan fastidioso. Al fondo del corredor se abre la puerta del tercero D, alguien mira, no le gusta lo que ve, cierra. ¡¡Rrrringgg!! Ulises está lívido, parece que quiere decir algo, tampoco a mí me salen las palabras.
—¡¡Rrrrinnggg!!
—¡Candela, corta la luz! —Le sonó por fin la voz a Ulises—. ¡Corta la luz!
—¡¡Rrrri…!!
Silencio
Al otro lado de la puerta Candela ha cortado la luz, cesa el sonido del timbre y se queda a oscuras oyendo las amenazas del encrespado sujeto. El hombre del hacha imponente estaba dispuesto a rajarle el forro de los huevos al primero que se atreviera a soplar un pito en el 35 de la plaza Encarnación. Así dijo: el forro de los huevos. Esto nos dejó muy impresionados. Desde el interior del piso llegó otra vez la voz lejana de la mujer:
—Rafaé, deja ya en pá a lo chavale y anda ya pa entro, homme.
De todo su cuerpo lo más impresionante de Rafael el Gamba eran las manos, enormes, poderosas y estilizadas, con largos dedos de pianista que jamás tocarían las teclas de un piano. Causaba gran pavor cuando entornaba los ojos, apretaba los labios y desplegaba las poderosas manos. Terror.
Pero se calmó. Nos calmamos todos, recuperamos el resuello, el habla. Desde que se cortó la luz y se detuvo el sonido del destrozado timbre no se oía la voz de Candela llamando a su novio, pero seguro que estaba ahí, pegada a la puerta, escuchándolo todo. Escuchando cómo aquel salvaje abominaba de los pitos, de la música, y no solo eran los pitos y la música, había más quejas. No le gustaban las amistades de Ulises todo el día escaleras arriba y abajo con unas pintas que lo decían todo: colgaos, putas y drogadictos, porque las tías que venían en busca de Ulises —y su novia la primera— eran todas unas guarras y no entendía cómo a Ulises no se le caía la cara de vergüenza, y que si aquello iba a continuar en el mismo plan, es decir, pitos a todas horas acompañado de ininterrumpido desfile de guarras y drogadictos, que llevara pero que muchísimo ojo porque él, el Gamba, se encargaría de poner orden aunque fuera buscándose una ruina. Y que tuviera mucho cuidado porque era muy capaz de rajarle el forro de los huevos.
Otra vez con lo del forro.
—¡Porque a ver si te enteras de que quiero ver el tele en pá, sin pitos ni corridas y gritos por la escalera!, ¿te enteras o no te enteras?
Ulises, blanco como la cera, recuperaba el control. Entendía que antes que nada había que apaciguar a la fiera y le aseguraba que ni lo del pito ni lo del desfile de drogadictos y demás canalla volvería a repetirse nunca jamás: Nunca, te lo juro, Rafael. Esto no vuelve a pasar. Que él no sabía que estaba molestando —seguía disculpándose Ulises—: Y de ahora en adelante ensayaremos en casa de mi amigo, que era yo y que asentí inmediatamente y sin sombra de duda y hasta con gesto como de decir: Caray, no saben mis vecinos la que les espera. Esto pareció calmar las iras del Gamba. Se permitió una leve, desganada sonrisa, pero no dejaba de fruncir el ceño.
Parecía Rafael mostrarse convencido por las voluntariosas disposiciones de su vecino, mas para asegurarse del total cumplimiento de las promesas de mi amigo nos hizo pasar al recibidor de su vivienda. En él, colgadas por las cuatro paredes, mostraban filos y puntas su colección de sables samuráis, puñales toledanos, dagas argelinas, una gigantesca hacha de doble filo metida en el paragüero junto a un paraguas terminado en mortífero punzón, navajas de Albacete, estiletes, facas, puntillas y estoques de torero. Y la cosa no acababa en el recibidor, seguía por las paredes que iban hacia el resto de la casa: espadines, floretes, lanzas, mandobles, chafarotes, alfanjes y espadas entre las que destacaba la réplica de la espada del Cid, la Tizona, colgada horizontal sobre un azulejo de adorno con la leyenda: Sed bienvenidos. Con cuánto orgullo nos enseñó el Gamba su colección. Ya más calmado nos contó que guardaba en su habitación una ametralladora de fabricación alemana, muy utilizada en la Segunda Guerra Mundial y que, según él, estaba en perfecto estado de uso. Rafael nos dijo que en otra ocasión estaría encantado de enseñarnos su ametralladora, no aquella tarde, porque su mujer le tenía prohibido llevar gente rara a su casa.
Se ha calmado la tormenta. El hombre del hacha está tranquilo. Seguimos en su casa, cual vecinos de visita. Impresionantes los tatuajes en la espalda, brazos y pecho de nuestro anfitrión en calzoncillos.
Rato hacía que no se escuchaban ni la voz de Candela con tonos desesperados, ni la otra voz, la voz lejana que venía del interior de la vivienda del agresor vecino. Callaron las mujeres. Rafael el Gamba acomoda el hacha en su sitio, ¡por fin!, entre la Tizona y un estoque torero. ¿Qué estamos esperando? Ulises y yo hacemos gesto de marchar. Nadie nos detiene, la puerta está entornada, nos deslizamos por ella, el Gamba deja escapar su última advertencia:
—Ea… pues ya sabéis… lo dicho.
—Vale… vale… —Oigo la vocecita de Ulises. Yo también quiero decir algo, pero parece que se me atascan las palabras, no me encuentro la voz. Resultados del miedo.
Un portazo. El Gamba ha cerrado la puerta de su casa de un portazo, y la colisión, además de nuestro sobresalto, provoca alguna grieta sobre el dintel, y no es la única, hay grietas por alrededor de todo el marco, resultado de los muchos portazos que se han dado en la casa del Gamba. Una costumbre. Según, ¡BAM!, se cierra la puerta del Gamba, se abre la puerta de la casa de mi amigo y aparece su novia, Candela, que se lanza a sus brazos, se funden en un abrazo.
—Llevaba toda la tarde llamando a casa, advirtiéndome de que te iba a matar de un hachazo. Y dice que tú… vosotros
—amplió Candela el cupo tras descubrir mi discreta presencia en el rellano — le habéis arruinado la vida con los pitos. Que no le dejáis ver la televisión, que no puede dormir por las noches. Qué sé yo todas las cosas que me ha dicho ese tío. Y cada vez se ponía más agresivo, más violento y más amenazante.
—No llores. No llores, bonita. Cálmate, tranquila… no llores.
—Y me ha dicho —los sollozos no la dejaban hablar—, me ha dicho…
—¿Qué? ¿Qué te ha dicho?
—Me ha dicho que te iba a matar.
Explosión de llanto, recuerdo del terror reciente. Lágrimas deslizándose por las mejillas suaves de la muchacha, mojando su nariz, sus labios…
—Ya le he prometido que no iba a escuchar más el saxo —indica Ulises.
—Ni el clarinete —amplío la información.
—¡Pero está loco! Está…
—…como una cabra —confirmo.
—Oye, tened cuidado, a ver si está escuchando detrás de la puerta —la voz aguda de Ulises.
—Capaz —admito.
Candela se asusta.
—No, no, tranquila, mujer, que era una broma. Tranquila. Ahora ya no tiene motivos para… —busca Ulises la expresión adecuada.
—…rajarnos el forro de los huevos —completo la frase. Reímos Ulises y yo. Candela sigue igual de llorosa y asustada.
—Cuando me dijo que te iba a matar le cerré la puerta en las narices y eché el pestillo —relata Candela—. Se puso furioso, empezó a aporrear la puerta… luego llegasteis ustedes.
—Vamos, que el tío llevaba ya un buen rato dando por culo —comento.
—Y me llamó puta. Dice que somos todas unas putas, y que nuestros amigos son unos drogados.
—¿Y él qué es? ¿Una joya?
Han estado abrazados todo el tiempo, mientras Candela hilaba el relato de las pasadas desventuras. Ahora, Ulises deshace el abrazo, recoge el maletón del saxo que quedó junto a la puerta del tercero C, nos quedamos los tres mirándonos en el rellano.
—Si queréis nos vamos a mi casa —incluyo a Candela en el ofrecimiento—. Podemos estudiar en la buhardilla.
—No, canijo. Gracias. Mejor nos quedamos. Hoy no tengo ganas de estudiar. Y quiero ver si arreglo el timbre.
—Es verdad. El timbre. Oye…
—¿Qué pasa? —pregunta Ulises.
—Este tío… tu vecino, digo.
—¿El Gamba?
Rafael Narváez, el Gamba. Yo había oído hablar muchas veces de un tal Gamba. En los mentideros del Pumarejo los chavales hablaban del Gamba. El Gamba vendía heroína en el semisótano diminuto que regentaba la Mari en la confluencia de Relator con San Luis y la plaza del Pumarejo. El Amparito. Yo nunca había entrado en el Amparito. Todavía no.
Se contaban cosas tenebrosas de Rafael Narváez, el Gamba.
8. Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980. Los Molina no eran oriundos de la Macarena. Antes de instalarse en el pequeño cuartucho de la calle San Luis tuvieron un piso en el barrio gitano de las Tres Mil Viviendas, y aún antes vivieron en las chabolas del Roto, en la margen derecha del Guadalquivir a pocos kilómetros de su paso por Coria del Río. En las chabolas del Roto fue donde María Fernández y José Molina se conocieron, donde concertaron matrimonio y donde María parió a sus cuatro vástagos: Luis, Rafael, Eduardo y Pedrito, por ese orden. Antes de casarse María vivía en la chabola familiar, con sus padres y con sus hermanos, los terribles Fernández, caudillos de las chabolas del Roto, gente muy bragada que dominaban todo lo que se cocía en la margen derecha del Guadalquivir desde su paso por Coria hasta el embarcadero del Roto, de donde habían tomado el nombre las chabolas.
Yo conocí a Pedrito cuando acababa de cumplir los trece años y los Molina vivían ya en el barrio de la Macarena, en el 65 de la calle San Luis. San Luis 65 fue una dirección mítica entre los yonquis de la Macarena. Pedrito era un niño pálido y canijo, no muy alto y sí muy rubio. No parecía gitano. A pesar de que tenía fácil la sonrisa, a pesar de que era un chaval de trato suave y no violento, uno veía a Pedrito y se ponía automáticamente en guardia. No sé qué tenía el pobre Pedrito que se hacía tan difícil confiar en él. Quizás porque era tan niño, tan niño chico y tan drogado que uno no podía menos que desconfiar. A Pedrito le encantaba drogarse. Era lo que más le gustaba. Pedrito pasó los primeros nueve años de su vida conviviendo con los peces, los patos y las ratas del Guadalquivir. Llegó a ser un consumado pescador de carpas, albures y blablás, pero entonces, poco antes de cumplir Pedrito sus diez años, fue cuando demolieron las chabolas del Roto y los Molina, junto con los Fernández, se trasladaron a las Tres Mil Viviendas. Y no fueron los únicos, casi toda la población de las chabolas del Roto fue realojada en los bloques baratos de las Tres Mil. Hubo división de opiniones, a María, por ejemplo, le pareció de perlas: un piso en la ciudad con agua corriente y electricidad. A Pedrito la cosa no le gustó tanto: había pasado los primeros nueve años de su vida con los patos, las culebras y los habitantes del Guadalquivir. Pero llegaron las excavadoras, demolieron las chabolas del Roto, y Pedrito, además de perder sus contactos con la fauna del río, perdió su libertad, pues tuvo que ser escolarizado, quisieran sus padres o no. Que tampoco querían.
Pedrito iba al colegio por razones estratégicas. Su padre, José, nunca tuvo especial interés en que sus hijos estudiaran las cosas de los payos; ya se cuidaba él de que se enseñaran a sobrevivir. Pero José era gitano muy avisado, y entendía que era peligroso que en una de esas pillaran al chico dando tumbos por ahí en horas de clase, y no te digo ná si además lo pillaban fumándose un porro. O cargado de droga. Y vendiendo. No te digo ná, José. Nada, nada, el chico a la escuela, que los municipales se han puesto muy severos y capaces son de retirarte la tutela de tu hijo si consideran que no lo cuidas debidamente. Además de que no por ir a la escuela dejaba Pedrito de vender sus barritas de hachís, no bellota ni polen, que eso quedaba para los hermanos mayores, pero sí un costo muy aceptable, lo que ahora se conoce como apaleao y entonces llamaban un primera que se deja fumar.
El negocio funcionaba fluido y próspero. Pedrito vendía sus barritas de hachís en el colegio y sus tres hermanos mayores —Luis, Rafael y Eduardo— en las calles de las Tres Mil, porque en ningún sitio más barato, canijo, y goma como esta no la vas a encontrar, vamos, ni que te vayas a Ceuta, asegura Rafael Molina mientras muestra furtivamente parte del huevo de hachís en su mano, visto y no visto, y mira a uno y otro lado de la encharcada calle porque hay mucho mosqueo y son las ocho de la tarde, mala hora para estar con el marrón en todo lo alto. Aun así, permite Rafael que su cliente acerque la nariz a la postura y aspire, huela a culo, porque el hachís culero se transporta en culos y vaginas, y huele a culo. A culo del bueno.
José Molina trabajaba con hachís culero —el mejor, el más reputado— y dirigía el negocio desde su piso de las Tres Mil Viviendas. Le gustaba a José presumir de vender el mejor chocolate del barrio; y no decía mentira. Cuando la temporada acompañaba José conseguía bellota, que es hachís de primerísima calidad en forma de bolas. Si no había bellota, entonces trabajaba el polen, hachís no mezclado, de color verde claro y aceitoso grano. José se encargaba personalmente de enseñar a sus hijos el arte del trato y el regateo. Pedrito, escuchaba a su padre con respeto y veneración.
—Escúchame, Pedro, tienes que enseñarte a llevar siempre el consumao en una sola postura, ¿ves? —Y le mostraba un tabletón de grifa de mediana calidad—. Así, si te cogen los payos, tú les dices que es pa ti, pa fumártelo tú, pero si lo llevas partío en posturas queda claro que lo estás bisnando, ¿lo chanelas?
Pedrito asentía y su padre continuaba la lección.
—Ahora tú siempre con el bardeo a punto pa cortar lo que el cliente te pida. Que te pide cuarenta duros, pués ná, coges tu bardeo y le cortas sus cuarenta duros. Ya sabes, veinte duros una cañita chispa más o menos, cuarenta duros un cigarrito bueno, tres libras un cigarrito mejor, cien duros tres cigarritos buenos, ¿eh? Y siempre mirando pa ti, que no te pilles nunca los panrós y les vayas a dar más de lo que les toca, ¿eh, Pedro? Que si alguien pierde no seas tú. Tú nunca.
—Sí, papa.
Lecciones que daba José Molina en el comedor del piso, sentados el uno al lado del otro en la desnuda mesa camilla de conglomerado, el tele a toda mecha y flores de plástico en los huecos del único mueble en el comedor del piso que se les había concedido en el número 33 de la calle Esclava del Señor, en el corazón de las Tres Mil: dos habitaciones, un pequeño salón recibidor, una cocina sin ventanas, un diminuto cuarto de baño.
Pedrito se adaptaba con rapidez de superviviente. Ya no se acordaba de los peces del Guadalquivir. Le gustaba escuchar a su padre. Le gustaba aplicar todo lo que aprendía. Y lo aplicaba bien. Pedrito y Luis, el pequeño y el mayor, son los preferidos de José Molina. José lo ha sentido así desde siempre. Lo acepta y no le pesa tener preferencias, lo encuentra natural. Rafael, el hermano que le sigue a Luis, siempre fue algo descastado, desabrido incluso, y muy contestón, motivos que le acarrearon más de un disgusto con el padre. La palabra de José Molina era la ley y había que cerrar el pico cuando él hablaba. Regla no siempre acatada por Rafael. En cuanto al tercero, Eduardo, solo hay que ver cómo lo mima su madre, cómo lo disculpa de todos sus desmanes: Es que el pobre, es tan cortito… Se compadece María de su hijo estrábico. Tampoco José le exige las responsabilidades debidas que sí exige a los demás, aunque Pedrito no necesita que nadie le exija tales responsabilidades, él las acepta encantado, le gusta tener responsabilidades, le hace sentirse mayor, es su juego preferido.
Ya en las Tres Mil, Pedrito vendía sus posturas de hachís en el colegio público Padre Ocampo. Tenía muy buenos clientes entre sus compañeros de clase, y mejores todavía entre los alumnos de clases superiores. En el recreo se retiraba a un rincón de su agrado para dedicarse tanto a vender como a fumar lo que los chavales de entonces llamaban un Bob Marley, porros de dos papeles doblemente cargados de grifa. ¿Y en clase? En clase se comportaba, se sentaba en la última fila y permanecía tranquilo, sin alborotar. Y sin libros, sin material escolar de ningún tipo, ¿para qué?, no le hace falta. Mientras la señorita explica la lección, Pedrito deja vagar el pensamiento, o se duerme, aunque no le gusta dormirse en clase. Le da la sensación de que dormido quedará a merced de los buitres que a su alrededor, sentados en los pupitres, acechan la ocasión de quitarle la grifa o los dineros que guarda en los bolsillos de sus pantalones.
Once años tenía Pedrito el día que llegó del colegio con la cabeza gacha y los ojos colorados de haber llorado. María se da cuenta de que le pasa algo, pero Pedrito no la mira siquiera, directo al sofá que es su lecho por la noche, y se tumba, entierra la cara abrumada por las lágrimas en el negro escay y ahí se queda, sin decir palabra.
—Pedrito, mi arma, qué te ha pasao —insiste su madre con preocupación; pero no está su marido en la casa, tampoco ninguno de los hermanos, y la rubia gitana sabe que hasta que no llegue algún varón Pedrito no abrirá la boca.
Ya es de noche cuando llaman a la puerta. María reconoce el tamborileo suave de los dedos en la madera.
—Ya está ahí tu pae —anuncia María con alivio pero sin abandonar el gesto trágico. Pedrito sigue lo mismo: inmóvil y silencioso, boca abajo en el sofá. No veas si le da corte que le vea llorar su vieja, a él, que ya es un tío.
Abre la madre, entran los varones pero José queda automáticamente frenado en la puerta cuando descubre a su hijo Pedro ahí aplastado contra el sofá. A los hermanos, tan tranquilos, les parece todo como siempre. Van hablando de sus cosas:
—Ese payo que me ha comprao los dos talegos viene tos los jueves del año y me liga eso, dos o tres talegos, pero lo quiere de bellota, si no pasa de tó —comenta sus trapicheos Luis, el mayor, y los hermanos escuchan con atención y respeto, pero José quila de inmediato que ha pasao algo chungo.
—Pedro, ¿qué haces ahí tirao?
—Ná.
—¿Cómo que ná?
—Que ná.
—Mírame.
Muy lento, muy despacio, levanta Pedrito su cara llena de restregones. Un lagrimón escapa de su lagrimal y, ¡ploc!, se estrella contra el brazo izquierdo del sofá, resbala en el escay y sigue viaje hasta las losetas del suelo.
—Coño, Pedro… dile a la mama que te dé un pañuelo.
María se busca en los bolsillos de su floreada bata hasta dar con un paquete de pañuelos de papel.
—Toma, mi arma. Límpiate.
La vergüenza y la rabia descomponen el rostro del niño. Su padre imagina qué puede haber sucedido, pero le faltan los detalles. Y los nombres. Así que formula la pregunta:
—¿Has vendío la grifa?
—No.
—Te la han quitao, ¿verdá?
—Sí.
—Y los dineros también te los han quitao, ¿verdá?
—También.
La ira sacude el flaco cuerpo de José Molina y hay un momento en que no se sabe contra qué o quién la va a descargar. A ver si va a ser contra mí, piensa Pedrito con alarma. Lo cierto es que Pedrito se acusa de no haber sabido defender la grifa que le confió el padre. Y sabe que ahora está decepcionado. Pedrito alza la mirada y enfoca con nobleza los ojos duros de su viejo. Ahí está, José Molina, gitano antiguo vestido de negro, pañuelo al cuello y cayado de nudos, plantado en el quicio de la puerta, justo bajo el dintel. No entra, no sale. Justo en el límite. No se da prisa en moverse hacia un lado u otro, sabe que ha de esperar hasta que se le pase esta rabia sin control. Sin abandonar su puesto entre las jambas de la puerta quiere saber quién fue el osado que se atrevió a robarle la grifa a su Pedro.
—¿Quién ha sío?
—El Ismael y sus planós. Los chavorés del Chino.
—¿Los chavorés? ¿No había ningún grande con ellos?
—No, papa. Pero eran cuatro contra mí. Y el Isma tiene ya quince brejés.
—Los envía el Chino, papa —aclara Rafael—. Sirlan a tó el que pueden.
—Por supuesto que los envía su pae —asiente con rabia José Molina—. Pero esta vez ese hijo de puta nus va a devolver hasta el último gramo de grifa.
9. Plaza del Pumarejo, julio de 1982. Desde bien temprano Luis Molina vendía heroína en su esquina adjudicada del Pumarejo. Era Luis camello mañanero, madrugador, como suelen ser todos los yonquis del mundo. Desde bien temprano, como hoy, que ya sale el sol y amanece inquietante por callejones y tapias un día entre gris y dorado. En el filo de la otra esquina apoya su angulosa espalda Rafael el Gamba y caen trozos de pintura y cal de los desconchones de la pared. Alrededor del Gamba, de lo que es su zona de influencia, los días más que pasar se desmoronan. No demasiado lejos, acuclillado al amparo de las tapias de la calle Macasta, Pedrito Molina observa y cavila. Pedrito no ignora que hay cierta y desagradable inquina entre el Gamba y sus hermanos. Sobre todo la cosa va con su hermano mayor, Luis. Quizás porque ellos —el Gamba y Luis— fueron los primeros camellos que traficaron con heroína en el Pumarejo, cosa que les otorga un cierto prestigio, pero también una no desdeñable rivalidad. Y luego está lo de la Mari, la dueña del Amparito. Luis adora a esa gachí y no soporta que el Gamba la utilice, la engañe, coño, si parece su chulo, si le saca todo el parné que quiere, por no hablar de la droga. Mala compañía, mal socio, mal cómplice se ha buscado la pequeña Mari aliándose con un ser tan temible como ciertamente es Rafael el Gamba. Hasta Pedrito, a sus trece años, intuye que Rafael el Gamba es un hombre perverso. Pero a Pedrito no le asusta la perversidad. Está acostumbrado a ella, la huele, la reconoce a leguas, la ve venir.
Los Molina, el Gamba, el Pureta, el Spuknaka… y tantos otros. Los camellos del Espumarejo.
Ya asoma la bola roja del sol por encima de los tejados, sube, se mantiene un instante en perfecto equilibrio encaramado sobre la punta de una antena de televisión, deja pasar una nube, pero ya se remonta en el cielo, nos mira y nos guiña su gran ojo de fuego con el improvisado párpado de un negro nubarrón.
Ya es cálida la temperatura a las ocho de la mañana. En los campanarios de las iglesias del barrio, como la señal del cotidiano prodigio, las campanas volteadas llaman a misa; los primeros feligreses, los primeros rezos y los primeros camellos del día.
Ya Perales, a la vera de la iglesia de Santa Marina, abre su kiosco de chucherías.
—Perales, dame un cigarrito suelto y un papel de fumar —pide el Plátano. Tres perrillos triscan sueltos a su lado.
—Ahora mismo, mi arma. —Abre Perales un paquete de Winston patanegra, lo abre al revés, por abajo, dice que para no tocar con los dedazos los filtros que después irán a la boca—. Lo hago así por higiene —explica Perales.
—Ya, higiene espumareja —se ríe el Plátano, enseña las encías de su boca desdentada. Cada vez que se ríe viene uno de sus chuchos a lamerle la mano.
Y ya, al lado del kiosco, en la misma acera, abre también —alza su metálica persiana verde— la bodega del Cateto, y en la parte más sur de la plaza, abre el Fausti, la cafetería reina del Pumarejo, donde los camareros, cuando hay apuro, guardan detrás de la barra las bolas de hachís, las bolsitas de paquetillos y los fajos de billetes ganados por los muchachos. La confianza es total. Los desayunos muy bien servidos.
—¿Qué va a ser, caballero?
—Café con leche en taza pequeña, corto de café y la leche templada, por favor.
—¿Algo de comer?
—Sí, una tostada.
—¿Entera?
—No, no. Media.
—Muy bien. ¿Qué le va a poner a la tostada?
—¿Qué hay?
—Aceite, colorá, amarilla, sobrasada, paté, jamón…
—Amarilla. Y un vaso de agua fría, por favor.
Es Joaquín Camarasa, el compadre de José Molina, que está citado esta mañana con su mujer, María. Dos años y pico lleva ya el gitano en presidio. Dos años y pico desde que mató al Chino. El tiempo que lleva la familia Molina en el 65 de la calle San Luis.
El compadre escoge asiento en una de las mesas, junto al gran ventanal desde el que se divisa la plaza y sus gentes. La cita es a las nueve de la mañana en la casa de los Molina, falta un buen rato, pero Camarasa ha querido venir antes. Pura curiosidad, espionaje. Afuera, el bullicio mañanero aprieta junto con el calor, las mujeres suben por Relator con sus carritos de la compra rumbo hacia el mercado de Feria. Un niño cruza la plaza en carrera loca perseguido por otro más grandullón, sortea los coches atascados en el tráfico de San Luis, dobla veloz por la calle Ruiz de Gijón y pasa como una centella por delante de Pedrito, un libro vuela a espaldas del corredor —las matemáticas Vives— y pasa rozando por encima de su cabeza dejando tras de sí una estela de páginas sueltas y apuntes variados para acabar dando contra la tapia. Agotado por la intensa carrera, el perseguidor y lanzador de libros se detiene y desploma agotado y muerto de la risa. Ríe también el perseguido. Otros niños se suman al jolgorio y vuela algún libro más. Pedrito les observa con ojo crítico; son payos. Bah… pardillos, diagnostica Pedrito en su pensamiento. Ya el sol comienza su prometido desplome de fuego y las mujeres sus cotidianas quejas y suspiros.
—¡Ozú, mi arma, qué bochorno!
—Y lo que quea.
—Tó el verano.
—Qué mala leche.
Oficinistas, albañiles, estudiantes, desocupados de todas las edades… Ya llegan los primeros clientes y los camellos preparan sus olorosas bolas de verde negro hachís que transportan empetás en sus lugares más íntimos. Algunos llevan las camisetas levantadas a la moda pumareja, es decir, arremangadas por debajo de los sobacos, de modo que enseñan piel y tatuajes desde el ombligo hasta el esternón. Calzan zapatillas deportivas, botines les llaman, de largos cordones y respetables lazadas. Pantalones elásticos muy ceñidos, peine y baldeo en el bolsillo trasero. Los años del caos no han llegado todavía y los chavales están tranquilos. Quien más, quien menos, tiene su casa, su familia, sus amigos y su bola de grifa. Algunos camellos venden ya caballo por las esquinas del barrio, la heroína respira ya cercana, pero aún no ha pasado a la acción, está en fase de luna de miel y la devastación ni se huele todavía. No ha golpeado todavía con saña la heroína entre los chavales del Pumarejo con sus camisetas horteras y su agresivo acento nasal. La peña, recién acabados los mundiales del 82, todavía no está devastada.
Caminando hacia el Espumarejo. Caminante, ¿hay camino para mí? Camino no sé, pero posturas de hachís sí que me ofrecen los camellos que salieron con el sol, insinuados en las esquinas antes de llegar al corazón de la plaza, al reino del hachís, el Espumarejo. Salieron de sus cubiles con la amanecida, están ahí, veladas sus caras por las primeras sombras del día, la mirada inquieta, la droga oculta en los huevos. Volátiles, los camellos del Pumarejo, a punto siempre de la desaparición por detrás de los contenedores, o de las esquinas, asustadizos como las avutardas desaparecen los camellos cuando llegan los monos en sus rugientes motocicletas. Ya casi nadie les llama así, pero no hace tanto los agentes de la Policía Nacional eran los monos. El peligro máximo y absoluto de los monos.
—Quillo, qué… Tengo la crema —dice y se adelanta a todos Eduardo Molina, el Bizco, que no me deja ni la posibilidad de escoger entre los demás vendedores. Me considera su cliente y se cree con derecho a ser el primero , o el único, y lo que es peor y más peligroso, me cree en la obligación de comprarle siempre y únicamente a él. Total porque le he comprado un par de veces, nada del otro mundo, posturas de cuarenta duros. No me gusta el Bizco, pero su ojo estrábico produce cierta parálisis en mi voluntad y me cuesta un mundo desestimar su material, ignorar su llamada. Por otra parte, los demás camellos tampoco insisten, guardan sus bolas de hachís, no van a discutir, el cliente es del Bizco. Y a nadie le interesa, ni le motiva, discutir con el Bizco.
—Un porro quiero —le digo mirando fijo la negra bola de hachís que sostiene en la diestra mientras corta de ella con su pequeña navaja una chinita. Un porro. Cuarenta duros. Dos libras. Doscientas pesetas.
—Ahí tienes. —Me entrega Eduardo la pequeña china y tiende la mano para recibir el dinero. Pero el Bizco hay días que se pasa de tacaño.
—Echa un poquito más, ¿no, Eduardo? Venga, tío, enróllate.
—Canijo, que está la cosa mu mala pa jugarse la libertá por doscientas pe’eta.
—Ya, pero… por una chinita…
—Otro día.
—Ya, bueno… toma. —Entrego las doradas monedas que Eduardo toma con cara de asco mientras murmura: tampoco vamos a estar aquí to er día bregando por dos libras asquerosas.
—Adiós —me despido siempre educado, y, como siempre, Eduardo calla.
Sigo hacia el Pumarejo. Busco al hermano, a Luis Molina. Una china en el bolsillo chico y delantero de mis pantalones tejanos. Ahora quiero un paquetillo de heroína. Tengo la sensación de haber vivido ya esta escena. Paso por delante del Fausti, veo y casi puedo oler los suculentos desayunos tras las paredes de cristal. Café, tostadas y el humo de los cigarrillos, espeso y ascendente, que los ventiladores destripan implacablemente. No son ni las nueve de la mañana y ya giran las palas de los dos grandes ventiladores instalados en el techo. Hoy va a hacer mucho calor. Entro en el Fausti, la cafetería es amplia, mesas aquí y allá, los camareros de uniforme blanco y negro, me aproximo a la barra. Un taburete de esos que giran. Me monto en él y doy un par de vueltas.
—Buenos días, caballero, ¿qué va a ser?
—Café con leche y una entera, por favor.
En la mesa del rincón más alejado de la barra, pegada al gran ventanal, Joaquín Camarasa da ya los últimos sorbos a su café con leche. Desde su posición descubre a través de los cristales la presencia del Gamba, que se dirige al kiosco de prensa para comprar el periódico.
—¿Qué pasa? —saluda Rafael el Gamba, fruncido el ceño, la mirada seria, la voz profunda y dirigida a las oscuridades interiores del kiosco.
—Hola, Faé —responde el dueño del kiosco, Cirilo, al saludo, y sin mediar más palabras sale de la garita por su puerta de atrás, un paso hasta la pila de periódicos del día y escoge entre ellos el ABC. Se lo da al Gamba. El Gamba dobla el periódico, se lo coloca bajo el brazo y se va sin despedirse. Y sin pagar. Nunca paga el ABC. Cirilo, que es un hombretón fuerte y seguro de sí mismo, no quiere problemas con el Gamba. Prefiere poner de su bolsillo lo que valga el periódico, todos los días si es preciso, antes de tener que buscarse una ruina. Porque no está loco. No le gusta la sangre. Y conoce al Gamba desde chico. Sabe cómo las gasta. Lo único que le pide a Rafael es que no lo comente, que no se vaya a enterar nadie. Porque le da vergüenza y porque se le podría llenar el kiosco de colgados sin un duro.
Quien no le quita ojo a Rafael es Camarasa. Está muy interesado en seguir sus pasos, lo ve entrar en el Fausti, acomodarse en la barra, no muy lejos de donde estoy yo pidiendo mi desayuno.
—¿Qué le va a poner a la tostada?
—Sobrasada. —Escojo el potingue colorado. Otro par de vueltas en mi taburete. Una y dos.
El Gamba desdeña dos taburetes vacíos y queda de pie en la barra, abre el ABC y busca la sección de cartas al director, a ver qué chamulla el personal. Los camareros preparan su café y su cruasán sin preguntarle qué va a ser. No sé si me ha reconocido. El episodio del hacha con mi amigo Ulises está reciente y estoy seguro de que me recuerda, pero no lo demuestra. Tampoco es su estilo.
Acaban de servirle el café con leche con el cruasán cuando se abre la puerta doble de la cafetería y entra en ella un individuo joven, alto y muy delgado, gruesas gafas de concha, muy serio y algo desastrado, que se acerca hasta la barra, al lado del Gamba, y le murmura algo al oído; el Gamba asiente, se introduce la mano en el bolsillo del pantalón y soy testigo de lo que ningún otro camello osaría nunca hacer en el interior del Fausti: saca el Gamba de su bolsillo una pequeña bolsita de plástico y extrae de ella un paquetillo. Yo lo veo, cualquiera que esté en el bar lo puede ver. Todos lo ven menos los camareros que miran hacia otro lado y hacen ver que no se percatan de nada. El individuo entrega a cambio del paquetillo un billete de mil y se va igual de silencioso que llegó, pero ahora el alivio le relaja el rostro.
También yo quisiera comprar uno de esos paquetillos, pero soy cliente de Luis Molina. Y no tengo ninguna gana de hacer negocios con el sujeto que puso un hacha en el cuello de mi amigo.
Joaquín Camarasa acaba su desayuno, pide una copa de coñac, enciende un cigarrillo rubio. Yo pago mi consumición, pero no me voy, estoy sobre mi taburete girador y doy vueltas, el Fausti da vueltas, me mareo una chispilla, invierto el sentido del giro y doy vueltas hacia atrás, vueltas y vueltas, venga vueltas y más vueltas. Vueltas atrás hasta desembocar en el pasado. Me detengo. Estoy mareado. Vomito recuerdos.
Ayer noche volvió a suceder. A eso de las doce y media de la noche llegó Sofía a casa con un respetable coloque de gin-tonics y otras mierdas similares. La llevaba esperando desde el mediodía, la comida preparada en la mesa. No vino a comer. No vino otra vez. Mierda. Otra vez a sufrir. Otra vez el reloj, las implacables horas, los pasos en la escalera. Hasta que sí, ya, la escucho llegar y yo reprimo las feroces ganas de estrangularla cuando por fin abre la puerta con su llave, entra, el pasillo, el comedor, yo, ya, me sonríe. Son las doce y media de la noche. La mesa puesta en el comedor desde las tres de la tarde, la ensalada podrida, la cerveza reventó en el congelador. La miro, me mira y sonríe. Sonríe, mira la mesa con los platos servidos ya fríos, el agua caliente, la ensalada aceitosa y desmayada, los macarrones tiesos. Pero Sofía me sonríe, la miro, me gusta su sonrisa, se desvanecen al instante las ganas de matarla con mis propias manos. La quiero. Ese es el problema.
—Creía que ya estarías acostado —dice con voz suave, susurrante.
—¿Ya? ¿Yo? No. ¿Por qué?
—¿No tienes ensayo mañana muy temprano? —Con voz acariciante. Se acerca.
—Estaba esperándote.
Sonríe con tristeza infinita. Se prepara un mazazo. Lo huelo.
—¿Tienes tabaco? —pregunto mientras me atrinchero.
Sofía asiente. Fortuna. Me sabe a plomo. Humo y silencio. Se acerca. Ya está a mi lado, me coge de la mano, me acaricia. Se avecina un mazazo y me pilla en mala postura, indefenso. Débil. Uno de esos días en que cualquier cosa me hace llorar. Y estoy cansado. Mucho. Y no tengo ganas de nada, nada me apetece. Solo una cosa: darle empleo a la jeringuilla. Ya. Y si hay algo que no me apetezca en especial, eso es que me den un mazazo. Ahora no, por favor. No ya. Nunca ya.
—He conocido un chico —empieza el espectáculo…—, en el trabajo —…el espectáculo de mi cara envuelta en humo y distorsionada en horribles muecas.
Me suelto de su mano, escapo de su caricia, la miro a los ojos.
—Y me parece que estoy enamorada.
Las horribles muecas las producen mis inútiles esfuerzos para no llorar, porque odio llorar. También ella tiene los ojos anegados en lágrimas. Mejor. Suframos ambos y comprendámonos mejor.
—Entonces… — musito, fumo, exhalo débiles columnas de humo—. Entonces… entonces…
Lloramos ambos, pero no es mejor.
Entonces quién es, cómo se llama, qué hace. Preguntas que Sofía no contesta. Calla y enciende otro cigarrillo, me ofrece, no quiero fumar más cigarrillos. Miro la alianza de oro en mi anular y calculo cuánto me darán por ella los joyeros de la calle Alcaicería.
—Se llama Vicente. Es un funcionario del INSS, de mi oficina —confiesa por fin Sofía.
—Bueno… bueno… —murmuro cuando Sofía quiere cogerme de nuevo las manos, me aparto, ella insiste, me niego con energía. Me mira a los ojos con ojos de sufrir mucho, y otra vez intenta asir mi mano derecha, la izquierda, las dos. ¿Pero qué quiere esta mujer?
Por lo menos un par de billetes verdes tenía que valer aquella alianza de oro.
Entra en el Fausti como un ciclón, una fuerza de la naturaleza, abre la puerta y entra con él una corriente de aire que hace volar las servilletas de papel, arremolina las pelusas del suelo, gira los cuellos de los parroquianos; todas las cabezas se vuelven para mirarlo y él no lo duda, va directamente hacia Rafael el Gamba, el único que no se volvió a mirarle y que acodado en la barra termina su cruasán y da los últimos sorbos a su café con leche mientras lee en el ABC la sección de cartas al director. El Gamba está de espaldas, no se ha girado pese a que ha sentido cómo se abría la puerta y entraba el viento de la violencia, ha sentido la brisa agitándole el rubio flequillo y las pelusas haciéndole cosquillas en los desnudos tobillos, algo torrencial que se le aproxima, pero aguanta, no se gira, prosigue su concentrada lectura, finge no sentir cómo ese individuo se sitúa a sus espaldas. Solo cuando le pone la mano en el hombro se vuelve, al tiempo que súbito estalla el vaso de café con leche en su mano, una lluvia de cristales pulverizados y tibio líquido marrón que mancha la camisa y los pantalones del recién llegado que se sobresalta con la explosión del vaso y retira inmediatamente la mano del hombro del Gamba. El aroma del derramado café con leche se esparce en el ambiente del Fausti.
—¡Pero tío, qué pasa! ¡Qué susto me has dao! —miente el Gamba. Ni una sola gota de café con leche ha tocado su impecable camisa azul.
Reconozco al sujeto. Es el mismo individuo que no hace ni diez minutos le ha comprado un paquetillo de heroína ahí mismo, en ese mismo trozo de barra que sigue ocupando el Gamba.
—Oye tío —susurra feroz el sujeto—, esto que me has vendido no es polvo.
—Qué dices… —hace ver que se asombra el Gamba— ¡eso es imposible!
—Digo que eso que me has vendido no es polvo —repite, aprieta los puños, se indigna, se contiene—. Es puto Cola-Cao.
—Tú estás colgao. Eso es imposible. A ver que vea ese paquetillo.
Los camareros inquietos, sus miradas preocupadas, Faustino acude con una bayeta, la pasa por la barra manchada de café con leche, escoba, fregona, retira los fragmentos del vaso estallado. Todo el bar al loro de lo que se cocina entre el Gamba y el sujeto. Entre los más interesados el compadre de los Molina, Joaquín Camarasa, alias el Viejo.
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