Читать книгу: «El hilo invisible»

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Se produce un cruce casual y atrevido en un tren suburbano. Encuentro por el cual termina formándose una pareja especial, a la que ambos, por momentos, hasta parecen predestinados.

A partir de ese día, Mercedes y Federico construyen un dúo de amor y sexo que se percibe como indestructible. Dos seres con pasados intensos y distintos, donde ella parece más fuerte, pero él tampoco es débil, y donde ambos son esencialmente honestos.

En paralelo y entrelazada con esta historia, se transparenta la trama social que nos marca desde el siglo diecinueve hasta nuestros días. Así aparecen los tres mojones escalonados claves (Marx, Lenin, Mao) que expresan saltos cualitativos y nos introducen en el horizonte que se le abre a nuestra especie: más humano, más vivible y más civilizado. Situaciones y realidades que la pareja va descubriendo por separado y gradualmente.

La novela se adentra en los personajes hasta sus vivencias más profundas con un relato claro y comprensible.

Como novela política, refiere de alguna manera a La Libreta Negra, anterior novela del mismo autor. También, como aquella, te atrapa hasta el final. El hilo invisible nos introduce en un mundo diferente, atractivo, por momentos divertido y con una firme sugerencia geopolítica esperanzadora.

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“Braga Menéndez es un narrador que hace crecer situaciones vertiginosamente, a través de la chispa de diálogos rápidos que mantienen al mismo tiempo la verosimilitud y el absurdo, y culminan en un remate gozoso.

Su libro entrelaza en todo momento los rasgos de seducción amorosa, entre lo visible y lo invisible, y el otro hilo histórico que atraviesa toda la trama. Vista así, Fernando Braga Menéndez ha escrito una novela profética”.


Fernando Braga Menéndez

Siendo muy joven, Fernando Braga Menéndez dejó la Facultad de Filosofía y Letras porque escribir unitarios para TV le exigía dedicación exclusiva. Cuando lo presionaron en la TV para que escribiera cosas más livianas, optó por la publicidad, donde lanzó marcas hoy muy famosas. Ha vuelto a su primer amor: estrenó Rosalinda en el Konex, publicó Textos, un libro de poesías que le valió la invitación al Festival Internacional de Poesía de La Habana, y la novela La Libreta Negra, que tuvo buena venta y un muy buen grado de aceptación y comentarios. Hoy, El hilo invisible: una novela para aventurarse en un amor en serio y una prospectiva muy positiva y posible.

fbragamenendez@gmail.com

Fernando Braga Menéndez

El hilo invisible Un amor inolvidable en el nuevo horizonte mundial

NOVELA

Prólogo de Horacio González


Índice

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  Biografía del autor

  Portada

  Prólogo

  El hilo invisible

  Créditos

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Prólogo

El hilo invisible juega con la perspectiva de ser una novela de tesis, pero su fuerza narrativa reposa en los momentos minuciosos donde el hilo es el amor –el amor entre Mercedes y Federico–, mostrado con desenfado y gracia. Braga Menéndez es un narrador que hace crecer situaciones vertiginosamente, a través de la chispa de diálogos rápidos que mantienen al mismo tiempo la verosimilitud y el absurdo, y culminan en un remate gozoso. Sus personajes juegan el doble papel de vivir en estado de juego –lo que les da un singular aire de travesura– y abierto permanentemente al retozo. Pero también cumplen con un destino que se expresa emotivamente: el de cargar con la demostración de que hay un “hilo invisible”. Es el de la historia mayor, una historia que nace en la voz del profesor Luzuriaga, que abre la novela y es el encargado de trazar, en forma pedagógica aunque picaresca, el cuadro de los acontecimientos relevantes del siglo XX, derivados del día en que un puñado escaso de sombras dolientes entierra a un gran personaje en el cementerio de Highgate, en Londres. Es el sepelio de Carlos Marx, comienzo de una cuerda tendida que a primera vista no se ve, pero que luego de diversos avatares concluye en los tiempos actuales con la enigmática Revolución China, y su poderosa actualidad que siempre es motivo de controversias.

Se podría decir que la “tesis” de Braga Menéndez es que hoy en China se está expresando una porción muy importante de la humanidad a través de una experiencia única que antes que una mixtura de capitalismo y comunismo, es el ascenso a una conciencia humana más feliz y constructiva, que mantiene en su trasfondo no adulterado el mensaje que destilaba aquel núcleo primigenio de personas, unas pocas, que acompañaban a Marx a su última morada. Ahora millones de habitantes de China reencarnan la epopeya, en la cual se inserta aquel cortejo fúnebre londinense.

Para mostrarlo, Braga Menéndez salta con destreza y espíritu risueño a la historia de amor de Federico, el personaje aventurero surgido de enredos familiares desatinados, seductor, de conciencia libre y artística, pero socialmente indiferente, y Mercedes, una bella mujer, curiosa por las hendiduras y desigualdades que muestra el mundo. Mercedes, entre el candor y el llamado de aquel “hilo”, hace su opción política y profesional en el regazo argentino del peronismo. Mercedes y Federico no son arquetipos; son seres que hablan en el estilo singularísimo del coqueteo, el erotismo y el atrevimiento que les prepara Braga, con escenas familiares de sutil pintoresquismo, detallismos risueños y a la vez emotivos. Las atmósferas son aéreas y a la vez concisas.

La novela sostiene un espíritu hilarante pero con seriedad en las piezas que va montando: la apología emotiva de la actual vida china, donde se luce Braga con imaginativas pinceladas, con un optimismo formulado sin ligereza, del momento por el que pasa esta gran nación, que cruje por dentro a través de sus grandes realizaciones tecnológicas y la incorporación de millones de personas a una vida feliz.

En el final, la novela adquiere una dimensión íntima y trascendente donde en ambos protagonistas se percibe un amor mutuo e incondicional, y en particular resalta la desprejuiciada apertura de Federico que al mantener siempre vivo el hilo de la historia política, transmite que se abre una utopía mayor, un esperanzador mundo nuevo.

La generosa alegoría así construida entrelaza en todo momento los rasgos de seducción amorosa, entre lo visible y lo invisible, tanto como el otro hilo histórico que atraviesa toda la novela. Vista así, Fernando Braga Menéndez ha escrito una novela profética.

HORACIO GONZÁLEZ

El profesor Luzuriaga era un tipo, diríamos, atípico.

Su clase en la universidad comenzó con diecisiete alumnos, pero se fue corriendo el rumor y en esa tarde fría y lluviosa de agosto en Buenos Aires el aula ya contaba con casi sesenta oyentes.

El rumor decía que eran exposiciones sorprendentes, curiosas, entretenidas.

Luzuriaga no tendría más de cuarenta y cinco años, parecía bastante ensimismado o introvertido, aunque tenía una sonrisa amplia y generosa y era ágil y atractivo.

Aquel martes empezó la clase con una descripción tétrica.

Habló, en un histriónico y deliberado tono lúgubre, como para asustar niños, de un cementerio en Londres, un día también frío y lluvioso de 1883, con ese viento helado de los inviernos ingleses.

A veces parecía que amoldaba el tema de sus clases a la temperatura, la humedad y el clima del momento y el lugar. Quizás era para poner más en situación a los alumnos o, a lo mejor, sólo era que el clima le inspiraba los temas que a él siempre le brotaban distintos, interesantes y a borbotones.

Muchas veces parecían improvisaciones inventadas, aunque guardaban siempre una lógica y un rigor histórico, estilístico y político.

Pues bien, en ese cementerio inglés se estaba terminando el funeral de un personaje de sesenta y cinco años bastante paradojal: intelectualmente portentoso y personalmente muy carenciado.

Al protagonista del entierro –el muerto– lo habían expulsado de varios países, ya se le habían muerto cuatro de sus siete hijos, hacía un año y pico había quedado viudo, siempre fue pobre y muy apasionado, vivía en un cuartucho frío y venía acumulando variados dolores, pleuritis y pulmonías.

El cortejo se componía, a lo sumo, de seis o siete de sus seguidores y tres o cuatro vecinos. Y una mujer, su hija Eleonora.

Un amigo hizo un discurso breve y encendido y luego, cabizbajos, todos se retiraron, caminando lentamente, bajo el frío y la llovizna.

Creo que a Luzuriaga le surgía naturalmente crear suspenso y cierto misterio en sus relatos de clase. Esperó a describir que el grupito de los cabizbajos ya se perdía en los confines del cementerio, para finalmente decir que quien acababa de morir y ser enterrado, aquel día neblinoso de Londres, era Carlos Marx.

En el aula se murmuraron algunos comentarios y sonrisas cómplices.

Pero a cartón seguido, sin ni siquiera medir o registrar si causaba sorpresa su revelación, continuó con su narración.

–Ese hombre, de joven, había estudiado Derecho, Historia y distintas filosofías, entre ellas la de Hegel, aquel pensador, alemán como él, que vimos hace unos meses. ¿Se acuerdan? –agregó–. Los planteos de Hegel le resultaron muy válidos, inteligentes, pero él los dio vuelta.

Y agregó en una voz más baja pero audible y como diciéndoselo a sí mismo:

–También podría decirse que vino a esta vida para dar vuelta todo, no sólo a Hegel, para intentar dejar al mundo patas para arriba, a como pudiera.

Ahí, las risas y sonrisas se generalizaron.

–¿Qué quería decir que dio vuelta la filosofía de Hegel? Explicándolo someramente, Hegel decía que el espíritu, los conceptos y las ideas preexistían, y que al mundo que nos rodea lo preformateaban, o sea, que la realidad concreta era una proyección, una derivación de aquellos conceptos. Y desarrollaba asimismo una serie de leyes dialécticas interesantísimas, que regían ese mundo, espejo y reflejo de aquellos conceptos abstractos. A esas reglas, nuestro protagonista las estudió y adoptó, porque le resultaban inteligentes, muy correctas y, quizás, aplicables a sus futuras pasiones y designios. Dio vuelta a Hegel en el sentido de que sostenía que la realidad no era una consecuencia o reflejo de abstracciones espirituales o conceptuales, sino justamente al revés: la dinámica propia de la realidad, los intereses y luchas concretas de los hombres por la supervivencia, el afán de minimizar los esfuerzos y maximizar los resultados o las ganancias, la disputa entre las clases sociales, los hechos empíricos y las relaciones de producción y poder, eran los que terminaban generando las ideas y conceptos complejos –como enumerando, siguió– como los sistemas jurídicos, las ideologías, las religiones, los regímenes políticos, las instituciones internacionales, el arte, etcétera. Esa era su visión y luchó con tesón duramente, para hacerse entender y, en lo posible, imponerla. Hegel era brillante, pero… Nadie hubiera podido suponer, en aquel cementerio, que de ese grupito exánime y castigado por el frío podría trascender algo y, menos, resultar duradero y conmovedor en todo el mundo, a lo largo de décadas. Aunque ese cadáver dejaba escritos muchísimos textos y pensamientos, la mayoría apuntando a una sociedad mundial igualitaria y destinados siempre a desbaratar los argumentos de quienes tenazmente se oponían a esa sociedad realmente igualitaria, aunque dijeran lo contrario. Las muchas semillas que plantó fueron todo un desafío, no sólo a Europa, a todo el planeta. Ya comentamos en otras ocasiones que las transformaciones las logran los pueblos y no tanto los héroes. Aunque, además de los pueblos, siempre hay hombres y mujeres que surgen como emergentes de esos caldos de cultivo que son las sociedades –dijo Luzuriaga–. Seres singulares que explican, aceleran u orientan esos cambios. Hoy vamos a hablar de uno de esos emergentes, de Carlos Marx, no uno cualquiera, uno muy especial por su trascendencia en el tiempo y porque sus retos y desafíos teóricos lograron transformaciones que sobrepasaron su tiempo de vida y las regiones geográficas donde ésta transcurrió.

Y Luzuriaga agregó con una sonrisa y fingida sorpresa:

–Transgredió tanto, que en los hechos, casi se transgredió y contradijo a sí mismo, en lo central de su propia teoría. Porque su pensamiento, el del muerto ya hace más de 120 años, sigue inspirando e interpelando a las sociedades y desencadenándoles transformaciones –continuaba Luzuriaga–. No es sólo su pensamiento, por supuesto, son enfrentamientos sociales, luchas y contradicciones, como él mismo sostenía, pero, además, también es su pensamiento el que hoy sigue generando cambios, aunque a él no le gustaría reconocerlo (risas) y no querría darle ni un poquito la razón a Hegel (otra vez risas). O sea, el pensamiento no es el único actor, pero es parte muy importante de las transformaciones sociales. Como desde el día en que nació pasaron más de 200 años, hay miles de interpretaciones sobre sus trabajos y propuestas, por eso les anticipo que en la hipótesis que les voy a plantear hoy, que creo que es arriesgada pero muy atendible, omitiremos esas miles de polémicas. Eso lo veremos en próximos encuentros. No se me escapa que muchos de ustedes conocen bien de qué hablo, pero repito algunos conceptos, porque veo que hay gente nueva en el aula. Además, también les anticipo, que todas esas polémicas giran básicamente a favor o en contra de intrincadísimas teorías que se han inventado y se siguen inventando, deliberada o inconscientemente, para engatusar a la gente y que nada cambie.

Y agregó sonriendo como reprochándose a sí mismo:

–Estás en una Universidad, Luzuriaga, tenés que ser imparcial y objetivo… ¡Pero ya mostraste la hilacha! –provocando la carcajada de toda la concurrencia–. De todas maneras tuvieron que pasar más de treinta años, desde aquel día de los viejitos castigados por el frío y la llovizna, para que, a los tumbos, uno de sus pronósticos sociales comenzara a concretarse.

Continuó Luzuriaga:

–A 3.800 kilómetros de Londres, en la ciudad rusa de Ulianovsk, nació Vladimir Ilich Uliánov, llamado popularmente Lenin. Un estudioso y pensador que terminó conociendo los libros y manifiestos de aquel alborotador muerto ya hacía tantos años. Leyó fascinado su obra, la creyó inteligente y adecuada, se apasionó, pero, al igual que lo que su nuevo maestro dijera respecto a Hegel, él afirmó: “El señor Marx tenía mucha razón pero…”. Sostenía que si sólo quedaba escrito en el papel, o como ideología de organizaciones que sólo discuten y teorizan, tamaño plan doctrinario no servía. Esto hay que llevarlo real e inteligentemente a la práctica. Intentarlo lo llevó a la cárcel, exilios, agresiones y polémicas agotadoras. Algo muy parecido a la existencia de su mentor. Y así, la clarividencia teórica y el pragmatismo y tesón de este discípulo, se terminó encarnando en la realidad. Transformó a su país, Rusia, en algo totalmente nuevo, distinto y bastante parecido a lo que había soñado aquel iniciador tan combatido y cuestionado. Así comenzaba, muy luchado también, el comunismo real en el mundo. El nuevo régimen asombró y admiró a media humanidad… y aterrorizó a la otra mitad. Gente de todos los rincones del mundo sintió una esperanza y otros tantos tomaron las armas para extirpar el peligroso tumor. Pero el soñador de Londres, sin proponérselo, ya había comenzado a mejorar la existencia de millones en el orbe. El temor a que se repitiera el fenómeno en otros países hizo que estos comenzaran rápidamente a repartir un poco mejor la riqueza. Lo llamaron Socialdemocracia o Estado de Bienestar. Algo importante, en forma indirecta, ya se había logrado.

«Y no sólo eso, también sus postulados tuvieron mucho que ver con la liberación de Vietnam, Mozambique, Angola, Cuba y algunas otras tierras.

»Así las cosas, tienen que pasar otros más de treinta años y una larga y terrible guerra civil en China, para que quien la terminó ganando en 1949, un chino llamado Mao, también admirador y estudioso de aquel despreciado pensador londinense, tomara el poder en su país con cientos de millones de habitantes paupérrimos, hambrunas, epidemias, guerras entre etnias y otras calamidades que, si bien eran desastrosas, también fueron el caldo de cultivo que lo habilitó a Mao, junto con su pueblo, a intentar e iniciar la transformación. Una vez en el poder, y agradecido a la patria de Lenin por la ayuda que le brindaba, decidió estudiar en profundidad el modelo soviético de Lenin y luego viajó para conocerlo mejor. Todo no sucedió en un día, fueron algunos años y, finalmente, Mao, y el pequeño grupo que lo rodeaba, todos admiradores de aquel portentoso teórico alemán, repitieron el mismo fenómeno que se venía dando y se dijeron “lo de Rusia está buenísimo, pero…”.

»Llegaron a la conclusión de que era imposible e infantil, pensar que a los humanos se los podía transformar de golpe y por decreto en seres abnegados, solidarios, cooperativos y altruistas.

»Todo por decreto.

»No fue una vuelta de tuerca tan sencilla, fue muy complejo, pero yo les quiero transmitir lo que creo que fue la esencia del fenómeno. Un hombre nuevo de repente, y también nuevas sus expresiones más profundas, porque hasta controlaban el arte sometiéndolo a la vigilancia oficial, obligándolo a que se circunscribiera a la exagerada y árida racionalidad del “realismo socialista”.

»Para lograr una transformación profunda hacía falta tiempo, hacer las cosas bien, administrar justicia, aplicando infinita paciencia, sintonía fina y una gran flexibilidad. Eso sí, el objetivo final debía ser fanáticamente inamovible: “una sociedad verdaderamente igualitaria”. En todo lo demás, en las etapas intermedias hacia ese objetivo estratégico, serían muchísimo más flexibles y mucho menos dogmáticos que los ridículamente rígidos soviéticos. Ridículos y rígidos, pero sin esa etapa en Rusia, que no terminó del todo bien, es probable que no se hubiera llegado nunca al fenómeno que se iniciaba en China. Llevaría tiempo pero se lograría, y sería con solidez y buenas bases. A eso apostaron. Les llevó cincuenta años, algo que, en las magnitudes del tiempo histórico, es nada. Hoy el Banco Mundial sostiene que el de China es el único caso en la historia de la humanidad en el que se logró, en sólo veinticinco años, que ochocientos millones de seres humanos que vivían en la peor miseria, pasaran a ser una clase media activa, profesional e hiperproductiva. El plan es que en muy breve plazo ese nivel le llegue a toda la población. China está a punto de transformarse en la primera potencia económica mundial y ya lo es en muchas disciplinas. Sin ánimos bélicos, sin entrometerse en la política interna de otros países, sin sembrar el planeta de bases militares, sin prepotear a los países más débiles, financiando desarrollos en todo el mundo, investigando y compartiendo ciencia de vanguardia, y, muy importante, con la filosofía en los emprendimientos conjuntos de “ganemos los dos”. Fíjense que acaban de construir un telescopio gigantesco cuyo lente tiene quinientos metros de diámetro, sí, ¡cinco cuadras de diámetro! No hay otro igual en el planeta y se puede escrutar muchísimo más en detalle el espacio infinito, y no sólo no es secreto militar ni nada por el estilo, sino que se lo ofrecen gratuitamente a todos los astrónomos de cualquier país del mundo. Y se rumorea que con el 5G, el 6G y la inteligencia artificial, van a lograr innovaciones que ya serían algo así como... delirios... alucinantes... unas transformaciones mundiales hoy inimaginables. Con treinta y cinco veces la población de la Argentina y tomando en cuenta el punto de partida calamitoso de 1949, ustedes se imaginarán la cantidad de errores y desastres que se cometieron. Pero, en el balance a hoy, es extraordinario lo que han logrado. De paso les aclaro que esos errores y desastres tienen bastante poco que ver con los inverosímiles vicios y monstruosidades que les atribuye la prensa del Occidente capitalista. Podría enumerarles ejemplos pero la clase ya está terminando.

»Para finalizar y antes de las preguntas, la síntesis:

»Aquel grupito desolado bajo la fría llovizna de Londres, sin futuro, al borde de la perdición y el olvido, por el que nadie hubiera dado un peso, había sembrado la semilla correcta y detectado el instinto inconsciente de supervivencia y justicia de la humanidad. Luego se fue traspasando la intención inicial de posta en posta, de Marx a Lenin, de Lenin a Mao, en un camino durísimo y largo, con marchas y contramarchas, en una lucha que todavía no terminó, pero, por cómo se viene dando, creo que se parecerá bastante a la idea original de aquellos pioneros. El Gran Dialéctico, autor de El Capital, obstinado en sus certezas, hoy, a más de 130 años de su muerte, fue quien, con sus ideas decisivas, aportó muchísimo para crear una potencia mundial indiscutible: China. Si hoy él se enterara quizás no lo podría creer. Es una nación dispuesta a pisar fuerte por la paz mundial y a jugar limpio, asumiendo responsabilidades en todos los temas trascendentes relativos a la ciencia, las naciones y los seres humanos. Afirmando y negando simultánea y dialécticamente a su pensador original, respecto a que las luchas transformaban al mundo y no las ideas. A pesar del inalterable ateísmo de nuestro protagonista, este final parece una máxima de la Iglesia que tanto lo difamó –añadió Luzuriaga con una sonrisa–: “deseá el bien al prójimo, que en algún tiempo o lugar te volverá… serás recompensado”.

Luzuriaga, que pareció algo emocionado, agregó:

–Ahora, las preguntas.

Ahí se escuchó la voz inconfundible de Joaquín:

–Pero el éxito de China, que nadie cuestiona, se debe a que se volcó al capitalismo.

Luzuriaga, sin inmutarse, le dijo:

–Aceptás ahora el éxito de China porque ya es poderosa, pero hace unos pocos años todo Occidente le inventaba miles de calumnias y la despreciaba porque era China... Comunista… Y respecto a tu pregunta, lo que decís es aparentemente cierto, pero sólo aparentemente. Yo te diría que si se lo decís a cualquier chino adulto medianamente informado por la calle lo más probable es que te diga algo que te va a sorprender: “No, nosotros somos marxistas-leninistas y todavía estamos yendo hacia el socialismo, hemos mejorado y avanzado mucho pero falta, llevará tiempo, todavía tenemos un socialismo imperfecto”. “No estamos ni en el capitalismo ni en el comunismo, todavía estamos en el presocialismo”. “Hay que tener paciencia para hacer las cosas bien”.

»Es al revés de lo que repiten los occidentales y difunde la prensa malintencionada. Están trabajosa y lentamente acercándose al ideal socialista y no justo a lo contrario. A veces pareciera que Occidente entiende todo al revés o, mejor dicho, somos incapaces de sacarnos las anteojeras y ver la realidad desde una óptica distinta y quizás mejor –señaló–. A la prensa malintencionada y los intereses que representa le horroriza una sociedad igualitaria. La resistencia es feroz, se miente, se mata y se desencadenan guerras para no llegar a dicha igualdad, aunque hipócritamente y de la boca para afuera prediquen todo lo contrario las sociedades tan occidentales y tan cristianas. Por algo será que hace siglos Occidente se proclama intensamente deseoso de la igualdad pero el mundo está cada vez más desigual y a esa igualdad nunca se llega. Además, Joaquín, lo más importante, lo que dice el Banco Mundial sobre el rápido rescate de ochocientos millones de paupérrimos que ya son una clase media activa, preparada, con un altísimo porcentaje de universitarios y muy productiva, te demuestra claramente que China no se volcó al capitalismo. Sacar a ochocientos millones de pordioseros de la pobreza en pocos años es impensable en un país capitalista. Más bien sería justo al revés.

Invitó con la cabeza a la audiencia a preguntar y vinieron las de siempre: “¿acaso le prestan gratis a los países?”, “me dijeron que son muy sucios y van escupiendo por la calle”, “censuran Internet”, “los obligan a trabajar sin descanso y como esclavos”, “progresaron a costa de destrozar el medio ambiente del planeta”, “¿y la base militar en Neuquén?”, “le robaron las patentes y los inventos a los norteamericanos”, “es zafar de un imperialismo para caer en otro”, “a los nueve años todos los chicos entran en un estado de psicosis”... y algunas otras.

Luzuriaga respondió tranquila y pausadamente una por una y dio por finalizada la clase.

Mercedes hacía ya tres años que seguía las clases de Luzuriaga.

Con la inédita y breve explicación de hoy, que enhebraba e interpretaba casi dos siglos de historia, quedó exaltada.

Se le revivían incógnitas poco claras que abrigaba desde los quince años, y ya tenía treinta y nueve.

Había evidentemente una continuidad lógica entre Hegel, Marx, Lenin y Mao. Era evidente que pocos establecían esa progresión.

La tesis de Luzuriaga era desestructurante, el enfoque, novedoso y a ella le disparaban varias hipótesis.

El hilo conductor invisible de la historia, que acababa de explicar Luzuriaga, estaba segura de que ella lo había intuido en su adolescencia. Más que intuido, pensado.

Juntó sus cosas y no sabía si salir con sus compañeros a tomar algo o irse a un bar, tomar un café y meditar a solas.

No se sentía bien y no era que Luzuriaga la hubiera descolocado, al contrario.

Sintió que el malestar le empezó con las preguntas finales.

Sí, era eso.

Sí, el tema era Federico.

¿Federico podría haber hecho las preguntas mediocres y prejuiciosas que acababa de escuchar de sus compañeros?

Le horrorizaba darse cuenta de que sí, o por lo menos, de que era bastante posible.

Se conocieron en un tren, ella viajaba sentada entre la ventanilla y un asiento vacío y de golpe subió en una estación un tipo de algo más de cuarenta años que, a primera vista, le resultó terriblemente atractivo. En el vagón había cuatro o cinco asientos vacíos pero al muchacho no se le ocurrió nada mejor que sentarse junto a ella. Los primeros minutos fueron de silencio, mientras él intentaba armar un pequeño y evidentemente difícil rompecabezas de madera. Ella pensó que los que se dedican a los rompecabezas, como los de las palabras cruzadas, son gente que no tiene nada más atractivo que hacer, con la cantidad de cosas interesantes que tiene la vida. Pero a la vez registraba qué lindas manos tenía y la elegancia con que las movía. Lo relojeaba disimuladamente de costado hasta que él intempestivamente le dijo señalando la ventanilla de vidrio del tren:

–Siempre me pregunto cómo nuestros ojos pueden ver a través de algo sólido como este vidrio, no entiendo, ¿a vos qué te parece?

Y estiró el brazo y golpeó con el nudillo el vidrio como para constatar y demostrar la solidez que tenía. Ella lo imitó y también lo golpeó con su nudillo. Notó que él se había ocupado deliberadamente de no tocarla ni rozarla cuando se estiró para golpear el vidrio.

Mercedes sonrió francamente frente a la pregunta y ante toda la situación.

Si no le hubiera parecido tan buen mozo hubiera pensado “este es un chiflado, un colifato”, pero no –quién sabe por qué–, le pareció pertinente, interesante, y hasta muy profunda la pregunta.

–Tenés razón –le dijo– nunca lo había pensado. Yo estudio Sociología, deberías preguntárselo a un físico.

Federico pensó contestarle “es que los físicos no son tan lindos”, pero se reprimió, recién la conocía y temía ahuyentarla.

Ella continuó:

–¿Vos sos físico?

–No, veterinario –contestó.

–Qué lindo –dijo ella–, me cansé de comprobar que a los que le gustan los animales son buena gente. De chica en casa tenía dos gatos y un perro, eso oficialmente, pero extraoficialmente tuve escondidos, en diferentes épocas, una lechuza lastimada que curé, patitos que llevaba a nadar en la bañadera del baño sin que nadie me viera, conejos, sapos, codornices, de todo, o sea, yo debo ser buena gente –agregó sonriendo.

Federico, semisonriente, la miraba y escuchaba mitad sorprendido y mitad curioso.

–Hasta creo que los animales piensan. Me encantan.

–A mí no –contestó Federico, para tener de qué hablar, con esa sonrisa compradora con la que luego, a través de los años, la sedujo mil veces.

Esa sonrisa y otros muchos aspectos de Federico la derritieron siempre.

–¿Y por qué hiciste la carrera? –preguntó.

–Nunca ejercí.

–¿Por qué? –insistió ella.

–Fue imposición de un abuelo mío, un viejo tiránico y con mucha guita, multimillonario, era tan retorcido y escondedor, que creo que pocos sabían de su carácter y muchos menos de su fortuna.

–¿Imposición?

–Sí, yo era un “pendex” y me coaccionó, me di cuenta de que él quería un veterinario gratis para sus campos… aunque me vino bárbaro, porque yo estaba muy desorientado, no sabía qué carrera elegir, y gracias a él me saqué el problema de la cabeza. Luego, “Veterinaria” me empezó a despertar mucha curiosidad. Después la carrera me encantó, me entusiasmó muchísimo, pero no para ejercerla.

A Mercedes la sorprendió tanta confesión de cada uno con el otro, habiendo recorrido sólo siete estaciones y siendo absolutamente desconocidos, pero él era tan lindo y tenía esa sonrisa.

Le dijo:

–Yo me bajo en la próxima –soñando en coincidir con él.

Pero él le contestó:

–Yo no. Voy tres estaciones más –ella sintió un breve bajón–, pero si vos te bajás ahora, me bajo con vos.

Mercedes no sabía si sentirse halagada o atemorizada. ¡Era un extraño! Pero optó por lo primero y le dijo:

–Bueno, bajá.

Tenía plena conciencia de que siempre les resultaba un bocadito muy apetecible a casi todos los hombres. Además, ya hacía más de dos meses que se había separado definitivamente de Máximo y andaba suelta por la vida.

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9789507547089
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