Читать книгу: «Una mujer con alas»


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Las mujeres siempre nos hacemos preguntas.
Leticia quiere saber qué queda del amor en su matrimonio, dónde fue a parar su pasión por la justicia, y en qué momento sus hijos crecieron tanto que ya ni siquiera parecen necesitarla.
Carolina a veces querría seguir sintiéndose una adolescente despreocupada, pero sus casi 40 años la desafían a enfrentar su deseo de maternidad y su propio lugar de hija que debe resolverlo todo en la vida de sus padres.
Lola está entusiasmada por su nuevo trabajo, donde puede ayudar a las personas más vulnerables, pero la burocracia le pone obstáculos. Tampoco sabe qué hacer con ese sentimiento nuevo que ha llegado a su corazón y que pone su vida en jaque.
Unidas pero independientes, cada una transitará un camino de aprendizaje, con alegrías, desamores y redescubrimientos.



CAPÍTULO 1
Lo que urge

LETICIA
—Mamá, me voy.
La voz de Magui suena desde la planta baja y yo bajo las escaleras a toda prisa para hacer las preguntas de rigor.
—¿A qué hora volvés?
—Calculo que a las dos, más o menos, después del partido nos quedamos en el club… Ah, Pili y Lucre se vienen a dormir acá.
—Mejor, no quiero que te vuelvas sola.
—¡Mamá! —ya empieza con ese clásico tono que los hijos suelen aplicar cuando creen que sus padres están siendo demasiado sobreprotectores. Sin embargo, su modo no me hace escarmentar y le consulto:
—¿Quieren que las busque?
—¡No, ma! Vayan a hacer algo lindo con papá. Salgan a comer o al cine…
No me da tiempo a decir nada más. Me estampa un beso y se va con su bolso y su ropa deportiva. Ella es mi debilidad. Cristian y Gabriel, los gemelos, fueron más independientes. Magui, en cambio, es mi “nena”, mi gran compañera. Vamos a comprar ropa juntas, miramos series, nos quedamos charlando en la galería durante las noches de verano…
De pronto, viéndola partir, siento un dolor punzante en el pecho. Al terminar la secundaria se tomó un año sabático, pero la cuenta regresiva ya comenzó. En pocos meses se irá de casa y de la ciudad para empezar sus estudios. La voy a extrañar demasiado…
Sin premeditarlo me miro en el espejo del recibidor. Me redescubro en este rostro de mujer madura. La imagen que tengo de mí es aún la de una persona joven y vigorosa, pero estas arrugas delatoras, esta piel gastada y este cabello, cuyo tinte cobrizo tapa con esfuerzo las canas, dicen lo contrario. O más bien dicen la verdad.
El silencio que me rodea me resulta excesivo.
Sin pensar, sonrío con nostalgia al recordar cómo me gustaba el silencio cuando mis hijos eran pequeños. Había algo de felicidad culposa cuando los dejaba en el colegio y regresaba sola a casa. Encontrarme con un café humeante entre mis manos sin tener que berrear con ellos era un deleite. Más de una vez, los fines de semana, inventaba que me dolía la cabeza o que estaba descompuesta para que Beto se llevara a los chicos a jugar a la plaza. En ese momento, me encerraba en la intimidad de mi cuarto a divagar por los canales de TV, a leer con avidez un libro o simplemente a sumergirme en la bañera y quedarme allí un largo rato sin la presión de tener que estar con la puerta semiabierta, pendiente de sus reclamos y peleas.
El tiempo pasó rápido… Cristian y Gabriel se fueron a estudiar: uno, Arquitectura; el otro, Ingeniería. Y si bien ellos aún se refieren a esta como “su casa”, sé que ya no van a volver más que para las vacaciones o para algún fin de semana largo. Magui va por el mismo camino.
Me cuesta transitar estos cincuenta y tantos (esa extraña edad en la que a veces se tiene la certeza de que lo mejor tal vez ya pasó) y me cuesta también aceptar una vida sin la rutina de los hijos. Se fueron emancipando sin que me diera cuenta del todo. Vivimos en un mundo demasiado veloz…
“Debería volver a terapia”, me digo. Pero después de tantos años de psicoanálisis, uno ya sabe qué esperar del diván. Varias charlas en torno a lo mismo, algunas pautas para trabajar y un gasto excesivo que bien podría invertir en un lifting o en levantarme las tetas…
Al fin de cuentas, todos sabemos que la vida es así. Períodos de estabilidad y períodos de cambios. A mí ahora me toca el de los cambios… De repente, debemos reconstruirnos en una vida nueva, diferente.
Aquello de “nuestro tiempo sin hijos” que añorábamos con Beto cuando los gemelos tenían ocho años y Magui, tres, está por hacerse realidad. Y, al menos en mi caso, no es como lo imaginaba. No me siento feliz ni libre. Me siento sola.
Me alejo de ese maldito espejo que me devuelve una imagen que no sé si quiero ver. Voy al equipo, conecto el bluetooth y busco alguna canción, de esas que me regresan a los años de la juventud… Es raro, en mi cabeza aún me veo como esa chica que abrazaba todas las causas sociales y políticas que encontraba en el camino. Mi viejo había sido un sindicalista honesto y comprometido. Nos transmitió ese espíritu de lucha. “Sos quilombera, como yo”, me solía decir. Pero, con el tiempo, pasaron dos cosas que me alejaron de aquella que fui: primero, con mis hijos me volví excesivamente temerosa y, luego, el sistema me fue ganando… Incluso cuando papá murió, fue más fácil dejarme vencer. En el fondo, los hijos hacemos muchas cosas para enorgullecer a nuestros padres, aun cuando somos adultos y ellos viejos.
“Leti, estoy saliendo para casa. Ya terminó la reunión. ¿Querés que hagamos algo a la noche?”. El mensaje de Beto me sobresalta. “Vemos…”, le respondo.
Mientras la música suena de fondo, decido que para combatir esa extraña nostalgia que me invade al atardecer no hay nada mejor que matar el tiempo en redes… Las redes, el lugar de la catarsis, de la exposición. Un sitio en el que la gente parece más feliz de lo que realmente es. Ayer, sin ir más lejos, colgué fotos del fin de semana en la casa de campo familiar. Todos sonreíamos: Beto, Magui, mi mamá, mis hermanos, mis sobrinos, yo. Sin embargo, durante el día habíamos estado apagados, preocupados por mil cosas. No…, definitivamente no nos parecíamos en nada a los de las fotos. Entro al álbum: cinco likes de gente que apenas conozco, de gente que apenas me conoce.
“¿Qué quiero?”, me pregunto… Hubo un tiempo en el que me sentía poderosa y lo quería todo. Pero luego llegaron otros tiempos y cada vez que aparecía el interrogante, respondía con evasivas. Me decía: “Quiero hacer esto, pero cuando los chicos crezcan”, “si cambio de trabajo voy a hacer tal o cual cosa”, “haré esto cuando pasen las fiestas”, “haré esto cuando Beto esté menos sobrecargado de obligaciones”… Durante muchos años mi existencia fue una carrera que siempre tenía como objetivo la frase “después de…”. Pasaron los veranos, los otoños, los inviernos, las primaveras y yo hice poco y nada de aquello que deseaba.
De manera inconsciente fui edulcorando las frustraciones. De manera inconsciente fui adormeciendo mis sueños. Ahora, con cinco décadas a cuestas, tal vez ha llegado la hora de volver a preguntarme: “¿Qué quiero?”.
Un mensaje privado de Carolina me sorprende: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.

JUAN
Llevo más de diez minutos juntando fuerzas para levantarme de esta cama. Cada 31 de diciembre me pasa lo mismo. Es como si quisiera que ese día, solo ese día, el mundo quedara detenido, y yo, libre de todo lo que hace a esta fecha de mierda. Mi vieja murió el 31 de diciembre, hace tres años. En el primer aniversario hice guardia, luego, cuando me vine a La Colonia, fue todo un poco más sencillo. No tenía que dar excusas a nadie y me permitía quedarme solo, abrirme un vino, comer algo hecho a la parrilla, sentir el calor y el crepitar del fuego y esperar la medianoche mirando las estrellas o escuchando algunas de esas canciones que a ambos nos gustaban: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… El típico programa que mi hermano definiría como “un bajón total”. Lo que él no entiende es que para mí es más triste y agotador caretear la felicidad del Año Nuevo cuando todavía me pesa la tristeza. He superado el duelo, he encontrado las razones suficientes para sentirme bien y útil. Pero es hoy, y solo hoy, cuando necesito unos minutos más para levantarme de la cama. Requiero una energía extra para ponerme en movimiento.
Logro levantarme, pongo el agua, preparo el mate y empiezo el día tarareando “Al final de este viaje en la vida quedarán / nuestros cuerpos hinchados de ir / a la muerte, al odio, al borde del mar”.
“Qué tipo tan pelotudo y sentimental que soy a veces”, me digo.
Suena el WhatsApp. Leo el mensaje: “Esta noche te venís a comer con nosotros. No acepto excusa. Además Lucio compró un champancito y vamos a brindar por la Gaby, mi amiga del alma”… Mariana, esa sí que le cumplió a mi vieja. Eran amigas de la infancia y estuvo cerca de nosotros siempre, una de esas tías que nos heredan las amistades de nuestros padres. El día que me llamó y me contó del puesto de médico en La Colonia, no lo dudé. Fue una locura, pero fue y sigue siendo la mejor aventura de mi vida.
Abro las ventanas, me voy al patio, empiezo a cebar y de pronto me concentro en ese jazminero que ya venía con el jardín de esta casa que alquilé. Está lleno de flores, el aroma es exquisito… Sonrío. Mi vieja amaba los jazmines, siempre cuando empezaban a crecer los botones me decía: “Mirá, Juanse, qué lindo están creciendo”. Yo le respondía: “Sí, lindo, pero no me empecés a hablar de plantas que para mí un jazmín o un cardo son lo mismo, vieja”.
Y entonces con picardía sentenciaba: “Bueno, el día que te des cuenta de que crecieron los jazmines, ojo… Mirá que tu abuela decía: ‘Hombre que se da cuenta de las flores a su alrededor, hombre al que se le viene el tiempo del amor’”.

CAROLINA
Después de los treinta viví cada cumpleaños como un peso y este no es la excepción.
En el trabajo tuve que aguantarme los chistes obvios sobre la edad y alguna otra que trató de atemperar el tema con la típica frase: “Lo llevás muy bien, parecés menos”. Me dieron ganas de preguntarle cuánto menos. Solo para escuchar respuestas boludas como “treinta y tres, treinta y cuatro”… Como si uno cambiara mucho entre los treinta y cuatro y los treinta y ocho.
Incluso, un técnico al que he cruzado no más de cinco veces se le ocurrió largar la típica: “¿Ya treinta y ocho y con el pescado sin vender?”. No podía creer que un tipo de mediana edad, en estos tiempos, dijera semejante huevada. “¿Y el pescado qué simbolizaría?”, consultó Leticia con malestar. Silencio total. Ella, siempre tan dispuesta a incomodar, volvió a la carga: “¿Sería la vagina?”. Silencio doblemente incómodo. “Porque nosotras no tenemos que andar vendiendo nada por ahí, querido. Te lo dejo pasar porque creo que todavía te falta bastante para deconstruirte, pero empezá de una vez; si no, vas a terminar llevando a tu mujer de los pelos arrastrándola por todo el barrio, muy a lo cavernícola”. Su tono fue cortante, pero a mí me sacó una sonrisa. La miré y le agradecí la intervención. El técnico salió espantado. “Sos tremenda”, le dije. “Pero no, qué desubicado. Es para darle una buena patada en el culo, de esas que te hacen volar tan alto que pasás hambre en el aire”, respondió. Largué una carcajada, las ocurrencias de Leticia podían transformar una tragedia en comedia.
Igual, y pese a las risas, a mí los treinta y ocho me pesan… Más aún, los siento como si ya fueran cuarenta y más.
Después del trabajo me fui a lo de mis viejos, a los que adoro, pero que tienen todas las ñañas propias de la edad. Los achaques, las anécdotas repetidas sobre mi nacimiento y esa especie de penumbra en la que habitan los mayores. Me los traje hace cuatro años del pueblo en el que crecí y en el que ellos vivieron siempre. Con dos hermanas en el exterior, era imposible resolver todo a la distancia. Tras muchas discusiones, y gracias a mi persistencia, logré que aceptaran la proposición de instalarse en la ciudad y dejar la casa intacta para que regresaran al pueblo cada vez que quisieran. Me da culpa admitirlo, pero juro que descanso cada vez que se van para allá. Más de una vez detesto a mis hermanas, cuya misión es solo enviar dinero para pagar gastos altísimos de empleadas, dos propiedades y una pila interminable de remedios.
Me volví la hija-enfermera, la hija-banquera, la hija que inventa programas para que tengan un día diferente, la hija que debe resolverlo todo: “Caro, el celular suena muy bajo”, “Caro, el techo de la pieza se llueve”, “Caro, me duele el hombro… ¿será el corazón?”, “Caro, no me acuerdo dónde dejé la tarjeta de débito”, “Caro, ¿me acompañás al cajero que no sé cómo se hace?”... Caro, Caro, Caro.
Soy algo así como una especie de hija única, lo que encima me vuelve el blanco de sus críticas: “Te dedicaste mucho a la profesión y poco a tu vida personal, por eso te quedaste soltera”, repite Yolita, mi madre, con ese tono imperativo que la caracteriza. Habitualmente no respondo. ¿Qué le voy a decir? ¿Que hace varios años mantengo una relación clandestina con un tipo casado? ¿Que el tipo en cuestión es además mi jefe y que no tiene ni tendrá jamás las pelotas de dejar a su esposa por mí?
“Ajá, puede ser”, respondo. He aprendido a no discutir. Digo “ajá” y pienso y hago lo que se me canta. Es una buena forma de sobrevivir.

Ya son más de las nueve de la noche. Para matar el tiempo abro el Face (una antigüedad de la que no logro desprenderme) y veo que tengo muchos saludos de cumpleaños. ¡Qué locura! Montones de mensajes que dicen cosas así como “feliz cumple, que la pases lindo”, “feliz cumple, bendiciones”, “feliz cumple y que tengas un gran festejo con tus seres amados”, “feliz cumple y…”.
“¡La puta que los parió!”, me digo. Tantos mensajes y aquí estoy, sola en el living, a medio vestir y esperando que Ernesto me responda a qué hora nos encontramos en el restaurante.
Veo que Leticia también anda navegando, estoy a punto de escribirle, pero me llega un mensaje por WhatsApp. “Perdón, Caro, no puedo hoy, tengo que resolver problemas en casa. No te enojes”. Como siempre, un mensaje seco, breve, de los que no pueden despertar demasiadas sospechas. Aunque suele borrar audios y mensajes, intenta ser cuidadoso a la hora de escribir… Estoy por romper la diplomacia y mandar a la mierda a Ernesto, pero me detengo. Prefiero no decirle nada.
Mi indignación me empuja a regresar al Face y contabilizar cuántos mensajes de cumpleaños tengo. Son setenta y seis; setenta y seis… y estoy sin nadie alrededor. ¡¿Qué hice para llegar a esto?! Tal vez fui demasiado intolerante con cada relación que tuve y “patológicamente” tolerante con Ernesto.
Hace unos cuantos años empezamos a salir, luego, la enfermedad de su único hijo instaló un intervalo. Cuando el niño se recuperó, regresamos. Entre nosotros hay algo fuerte, profundo, que va más allá del sexo. Pero en momentos como este me siento una infeliz.
Si a eso le sumo que dediqué mi vida a estudiar no una sino dos carreras, y a trabajar y a cuidar de otros y que tengo ese aire de mujer que todo lo puede y…
Trato de callar mi mente, esconder los motivos. Me permito lloriquear como una estúpida. Mi mente, con su habitual mecanismo de defensa, se traslada a un recuerdo feliz, a aquel cumple de diecisiete con mis amigos del pueblo, con Diego y los chicos de la banda tocando en un bar de mala muerte… El grupo se llamaba Los Orson Welles y hacíamos covers. No sé si éramos buenos, pero nos divertíamos.
Era la época del frenesí, los años de las ilusiones, los tiempos en los que se sueña con cambiar el mundo. Por eso estudié Trabajo Social y luego seguí con Psicopedagogía. Trabajé en cada sitio en el que sentí que podía hacer grandes cosas. Pero visto en perspectiva, no fueron tan grandes, ni tantas cosas.
“Todavía estoy a tiempo, puedo ir por algún sueño”, me repito. Sueno como esas estúpidas comedias norteamericanas y me avergüenzo de esa reflexión naïf que se instala en mi cabeza.
Yo, que siempre me burlé de la cursilería, quisiera que alguien me tocara el timbre con un ramo de flores, una caja de bombones… “Cosas que solo pasan en la ficción”, me reprendo.
El timbre no suena. No hay bombones, ni flores. Ni siquiera hay alguien. Estoy sola, con un par de zapatos altísimos que me interpelan desde el costado del sillón.
Con una convicción de esas que suenan a locura y a escaso sentido común, le escribo a Leticia: “Ya lo decidí, me tomo una licencia sin goce de sueldo y mando a la mierda al boludo de Ernesto. Es el cumpleaños más choto de mi vida”.
Una cosa es pensarlo, otra escribirlo…, más difícil será ejecutarlo.
Abro una cerveza y brindo por esos setenta y seis mensajes sin alma, por esta soledad que a veces sirve para decir basta. En YouTube la voz de Lila Downs suena a ruego: “Urge, una persona que me arrulle entre sus brazos / a quien contarle de mis triunfos y fracasos / que me consuele y que me quite de sufrir”.

LOLA
¡Al fin voy a comenzar a trabajar! Necesitaba volver a sentirme útil, ganar mi propio dinero. No fue fácil convencer a Pablo, pero al verme tan cabizbaja, claudicó.
Hace algunos meses estábamos en Córdoba, buscando una casa cerca de la de mis padres y, de pronto, él apareció con la idea de irnos a vivir a su ciudad.
—Mi primo, el que es ministro de Gobierno, me consiguió un puesto de asesor en el área de Comunicación. Es una gran oportunidad y el sueldo es muy bueno. Le quedan dos años y medio de gestión, pero podemos hacer una buena diferencia de guita y después vemos si podemos volvernos para acá o irnos al exterior.
Me costó asimilar la propuesta. En primer lugar, porque yo no soy de las que le dan demasiada importancia al dinero y, por otra parte, porque eso de irnos un tiempo para luego volver me sonaba a excusa para hacer menos doloroso el desarraigo.
Llevábamos tres años de novios y estábamos proyectando vivir juntos. Pero una cosa era dejar la casa paterna y otra muy distinta instalarnos a tantos kilómetros de mi hogar, de mi mundo. Me costó horrores asimilar la idea de alejarme de mis viejos, de mis abuelos, de mis hermanos, de mis amigos. Soy una persona sociable por naturaleza; en realidad, habría sido imposible no serlo en una casa con seis hijos, en la que siempre hay gente desparramada por los rincones.
—¿Qué voy a hacer yo allá? —le pregunté.
—Lo que quieras. No vas a necesitar trabajar, así que vas a poder viajar para acá cuando quieras.
—Trabajo desde que tengo veinte y me encanta —repliqué. Siempre me gustó trabajar, incluso más que estudiar.
—Bueno, entonces trabajá allá. No vas a decirme ahora que vas a extrañar tu puesto en el hospital. Volvés llorando todos los días, quejándote de la burocracia, angustiada por las enfermedades graves, por la indigencia, por la ignorancia. ¡Ni te digo cuando se muere un chico!
—Una cosa es llorar todos los días y otra es dejar de trabajar.
—Podés ejercer tu profesión donde sea. Encima, lo de acá es un contrato, algo que puede terminarse en cualquier momento.
—Igual, es mi laburo.
Me miró con firmeza y me advirtió:
—Bueno, no sé, yo me voy.
Sabía que entre nosotros no funcionaría una relación a distancia. Al menos no para mí.
Sabía también que Pablo ya tenía su decisión tomada.
No le respondí en ese momento y le pedí unos días para pensarlo.
Cuando se lo conté a mis padres, no ocultaron la sorpresa. En el fondo, ya les dolía un poco que me fuera de casa y ahora además venía con esto de instalarme en otra ciudad. Igualmente ellos son de los que apoyan las decisiones de sus hijos. Ni siquiera era una situación extraña. Benjamín vivía en España hacía ya unos cuantos meses y Carla se había ido hacía dos años a vivir con su pareja. En casa solo quedábamos Vico, Matías y Lautaro, y yo.
—Si es bueno para los dos, vayan. No estamos tan lejos, vamos a poder vernos seguido —dijo mi mamá. Mi papá no agregó mucho más.
Mis hermanos hicieron chistes como: “¡Qué bueno! Nos queda un cuarto libre”, “nadie va a estar molestándonos para que ordenemos”, “por fin Dios escuchó nuestro ruego” y ese tipo de cosas. Pero lo cierto es que no paraban de abrazarme y besuquearme. Sobre todo Vico; es dos años mayor que yo, pero siempre hemos sido muy unidas.
Cinco días me tomé para pensar. En ese tiempo no me encontré ni hablé con Pablo. Nos mandamos algunos mensajes, a los que yo simplemente respondía: “Necesito un poco de distancia para decidir”. Finalmente opté por irme con él. No porque estuviera tan convencida, sino porque en esas pocas jornadas de lejanía me di cuenta de que lo extrañaba y lo quería.
Nos habíamos conocido algunos años atrás, en un congreso de la universidad. Yo jamás escuché lo que explicaba el disertante, solo me dediqué a mirarlo. Era perfecto: sus ojos claros, su piel tostada, su cuerpo torneado… Estaba impecable y tenía un perfume exquisito. Cuando se organizaron los grupos de trabajo rogué al cielo que me tocara con él. Y así fue. Éramos cinco en el equipo. En ese momento no me prestó demasiada atención. Su inteligencia y esa capacidad de comunicar me dejaron encantada. Días después armamos una salida nocturna entre todos los participantes. Recuerdo que dejé atrás mis pollerones coloridos y mis musculosas claras, para ponerme un vestido negro y ceñido que me marcaba las curvas. Me maquillé, me planché el pelo y utilicé todos los artilugios necesarios para que me mirara. Finalmente lo logré. A las tres semanas estábamos saliendo. No tenemos demasiado en común, pero nos gustamos, nos amamos y respetamos. Tres años juntos no es poca cosa.

El 3 de enero. Esa fue la fecha de la partida. Era una mañana lluviosa y eso le imprimió más dramatismo a la despedida. Igualmente me mantuve estoica y sonriente; recién cuando tomamos la ruta me permití soltar alguna lágrima. Pablo manejaba con una mano y con la otra me acariciaba la cabeza, mientras me repetía una y otra vez: “Vamos a estar bien”.
Puse lo mejor de mí para adaptarme a un departamento caluroso en el corazón de la ciudad. Traté de vincularme a algunos de sus viejos amigos (cuyas mujeres no hacían grandes esfuerzos por integrarme) y sobrellevé de la mejor manera esa primera etapa. Llegué a llamar hasta tres veces al día a mi casa, y cuando de fondo escuchaba a mis hermanos y a sus amigos en la pileta o me contaban que eran un montón y que iban a preparar un asadito porque la noche estaba divina, sentía que mi soledad era inconmensurable. Colgaba y lloraba.
La familia de Pablo es pequeña y distante. Su hermana Virginia siempre está ocupada, mi suegra es más bien fría y mi suegro habla lo justo y necesario. No hay abuelos vivos y el vínculo entre tíos y primos no es muy cercano, así que por ese lado tampoco recibía contención.
Además, Pablo salía a trabajar cerca de las siete de la mañana y volvía a las ocho de la noche. “Este es un mes clave para ponerme al día con todo. Pero te prometo que desde febrero van a ser solo ocho horas, así que cerca de las cuatro y media voy a estar en casa”. Era obvio que sentía culpa, porque, aunque yo trataba de mostrarme animada, mi tristeza era evidente.
“Enero es un mal mes, las ciudades están desiertas”, comentaba como para alentarme.
En febrero mis padres vinieron a visitarnos. La pasamos muy bien, pero se me hizo tan breve… En cuanto se marcharon, volví a sentir ese vacío de la soledad. Casi sin querer, me empecé a transformar en una voyerista de las redes. Daba vueltas y vueltas, “stalkeando” las cuentas de amigos y conocidos. Cosa horrenda, eso de andar metiéndome en cuentas ajenas era casi lo mismo que mirar por la ventana del vecino. Pero se me hacía inevitable. Instagram estaba sacando lo peor de mí: las fotos de mis amigas reunidas en las clásicas noches de jueves de mujeres solas y cosas por el estilo me despertaban envidia, bronca, angustia… Me estaba volviendo una persona odiosa. Tenía que hacer algo al respecto.
Los primeros días de marzo empecé a buscar opciones de cursos o deportes, pero nada me entusiasmaba. Encima todo representaba gastos y, aunque Pablo es un tipo generoso, yo no estaba dispuesta a hacerle pagar ninguna actividad recreativa. Lo que necesitaba era trabajar, no tenía dudas. Se lo expuse a Pablo una noche, en medio de un brote de angustia. Seguramente aquello lo movilizó, porque cinco días después llegó con la noticia. “Mi primo te consiguió un puesto en el área de Desarrollo Social. Es una suplencia, pero creo que te va a gustar. Están buscando a alguien con tu perfil”. Me le colgué del cuello gratificada.
“Te voy a pedir un favor, no hables de tu vida personal. Podés decir que estás en pareja, pero evitá los detalles, ni se te ocurra decir que tu novio es el primo del ministro de Gobierno, porque, si no, todo el mundo va a empezar a manguearte cosas”, me recomendó.
Y acá estoy yo ahora. Mirando mi pantalón oscuro, mi camisa blanca, mi cabello ondulado amordazado con una trenza larga y mi alma llena de entusiasmo.
A punto de salir de casa, me llega un WhatsApp de mi mamá: “Buen comienzo, hija”. Ese mensaje me anima para salir desafiante por la calle, dispuesta a comerme el mundo. Estoy segura de que allí, en ese “puesto piola”, como lo calificó Pablo, está mi lugar. Mi espíritu romántico agrega: “Seguramente hay mucho para hacer”.
Llueve, pero nada puede quitarme la sonrisa de los labios. Salgo caminando con mi paraguas, feliz como una loca. Me calzo los auriculares y pongo a Rod Stewart con un tema que mis viejos solían cantar en un pésimo inglés y que a mí me encanta: “I want to know, have you ever seen the rain?”.

ERNESTO
“Sos una mina egoísta y además impulsiva. Estás tomando la decisión equivocada”, le escribo.
Espero su respuesta… Una rayita, dos rayitas, rayita celeste. La pantalla se apaga, vuelvo a encenderla y sigo atento. Está escribiendo, el mensaje tarda y, finalmente, leo: “Yo egoísta e impulsiva. Vos cagón e incapaz de tomar decisiones. Por eso no funcionó”.
La llamo, no da para seguirla por mensaje. Pero no me atiende. Quiero decirle que hubo y hay muchas razones por las cuales no funciona. Ella nunca quiso hablar de eso, pero no tiene idea de lo que es cargar con la enfermedad de un hijo pequeño. Cuando a Joaquín le diagnosticaron su leucemia fueron dos años en los que viví con miedo, como si el aire no fuera suficiente para llenar mis pulmones. Exámenes, tratamientos, el trasplante, los casi sesenta días de vivir en una burbuja con un niño inmunodeprimido… Y encima de eso, Claudia, con su depresión, sus brotes de locura, esa forma tan suya de hacerme sentir el culpable de todo. No pude contar con ella para nada. Preferí que se quedara en casa, haciéndose la mártir, a tener que tolerar sus ataques de llanto, sus enojos y sus histerias. Soy de los que creen que quien no te suma, te resta. Bien podría recriminarle a Caro que en ese tiempo ella tampoco sumó, tomó distancia, se alejó de mi dolor y me dejó solo. Tal vez fue mejor así.
Pero el cuerpo tira, el deseo es una pulsión que no tiene reglas ni límites… Cuando las cosas se fueron acomodando, aquello que alguna vez tuvimos renació. No lo programamos, simplemente una noche, en la reunión de fin de año de la oficina, nos miramos y con eso fue suficiente. Ella se fue, yo la seguí y a los pocos minutos terminamos cogiendo desenfrenadamente en el auto, como si fuéramos dos adolescentes.
Volvimos a construir nuestra rutina en esta incómoda clandestinidad. A mí me basta y sobra, pero al parecer para ella es insuficiente. Y ahora, cuando pienso que tal vez con el tiempo las cosas se pueden acomodar, me sale con esto: la licencia, el viaje… En fin, la distancia.
El día del cumple de Caro, Claudia se encerró en el baño y amenazó con tomar pastillas. Sé que es su modo de manipularme, pero lo logró. No me pude ir y me quedé alerta, junto a la puerta, pidiéndole de mil maneras que saliera de allí y se tranquilizara.
Al otro día fui a lo de Caro, le llevé de regalo un perfume carísimo, de los importados, pero me lo devolvió. No quería ni perfume ni nada mío.
Desde entonces no dejamos de hacernos daño. Nos decimos cosas ofensivas, nos mandamos mensajes hirientes… Mensajes que se escriben y se borran, pero que nos quedan resonando en el alma.
Ella no sabe lo que siento, ella cree que mi vida es simple y que todo es cuestión de cobardía. ¡Si supiera…!
Miro el reloj, tengo que ir a buscar a mi hijo a su taller de arte. Me calzo la careta del padre ejemplar y sonriente, y parto en silencio. En el auto suena “Ese maldito momento” de No Te Va a Gustar.

CAPÍTULO 2
Lola,
sin Dolores

A Lola le hubiese gustado que Pablo la llevara a su primer día de trabajo, pero había viajado a Buenos Aires para hacer una capacitación. De todas maneras, estaba tan entusiasmada que nada podía atentar contra su buen ánimo. Dio unas cuantas vueltas por el gigantesco edificio estatal hasta que halló la oficina que buscaba. Era una sala pequeña, con tres escritorios.
—Hola, soy la nueva asistente social, Dolores Albariño —se presentó. Las dos mujeres estaban enfrascadas en una conversación que, según percibió, no tenía mucho que ver con lo laboral.
—Ah, ¿como estás? Soy Carolina Acosta, vos venís a reemplazarme a mí. —A Lola, la mujer le pareció encantadora. Le dio un beso y la invitó a que se sentaran para hablar un poco. La otra, en cambio, fue formal y algo distante:
—Hola, soy Leticia Mirabal.
—Mirabal, como las hermanas a las que mandó a matar Trujillo —agregó Lola con la intención de congraciarse.
—Siempre que me presento me dicen lo mismo. —Leticia sonó más molesta que halagada y volvió a concentrarse en su computadora. Lola intuyó que su comentario era una obviedad que no servía para congraciarse con su compañera. Habría deseado que la de la licencia fuera Leticia y no Carolina.
—Mirá, Dolores…
—Lola, todos me dicen Lola. Dolores es un nombre que suena triste, en cambio Lola es más… no sé, alegre.
—Sí, es cierto, Lola es nombre de mujer audaz —aventuró Carolina—. Te cuento que yo voy a venir hasta el jueves para ayudarte y comentarte un poco lo que hacemos en esta área. Te voy a dejar mi celular y mi mail para lo que necesites. El único problema es que el sábado me voy de viaje.
—¿Adónde? —consultó; quería aprovechar la buena predisposición de Carolina para hablar sobre algo más que trabajo. Recién ahora se daba cuenta de cuán sola y callada había estado durante todo ese tiempo.
—Me voy a España. Mis hermanas viven allá y llevo a mis viejos para que los vean. Ellos son un poco mayores y no pueden hacer semejante viaje solos.
—Mi hermano anda por Barcelona, trabajando de todo un poco.
—Está bueno para los jóvenes. Mis hermanas viven en Madrid, hace bastante ya. Están muy instaladas.
—Qué bueno. —Aunque a Lola le hubiera gustado continuar indagando más sobre la vida de Carolina, le pareció que no era correcto seguir preguntando, así que se decidió por una consulta laboral—: ¿Cuánto te tomás de licencia?
—En principio son seis meses, pero mi idea es ver si puedo extenderla a un año.
—En esta área trabajamos principalmente en la zona de La Colonia —agregó Leticia sin levantar la vista de su computadora.
—Escuché hablar de ese lugar.
—¿Vos no sos de acá, no? —sondeó Leticia con cierta desconfianza.
—No.
—Raro que te hayan dado esta suplencia, siempre el requisito es que sea gente que ya viene trabajando o que al menos conozca la zona. Pero, bueno, estos hacen lo que quieren… Ojo, no es nada contra vos —aclaró.
A Lola el comentario la incomodó. Sin prestar demasiada atención a la situación, Carolina prosiguió:
—La Colonia es una de las regiones más indigentes de la provincia. Está integrada por unos diez parajes. Nosotros trabajamos específicamente con ellos, es una población muy variada, rural. Ya te voy a explicar bien sus características socioculturales. Nuestra función es estar en contacto con las fuerzas vivas del lugar, en especial con el área de Salud. Vos receptás las necesidades que luego vas a trasladar a Leticia. Ella y Víctor, un compañero que hoy faltó, arman los informes, los presupuestos, y los elevan a nuestro jefe, Ernesto Sánchez Oribe. ¿Ya te lo presentaron?
—No, cuando llegué me dijeron que no estaba y me mandaron para acá —dijo Lola, quien no pudo ocultar su desilusión. Ella había imaginado un trabajo en el que podría hacer grandes cosas y, por lo visto, solo se trataba de enumerar necesidades. Carolina estaba por seguir, pero Lola la interrumpió—: ¿Yo puedo proponer proyectos?
—No, para eso hay un área de Planificación —Leticia fue tajante.
Carolina edulcoró la respuesta:
—Nosotros no podemos proponer mucho, pero a veces, muy cada tanto, respetan nuestras sugerencias. Igualmente, en La Colonia hay gente que hace cosas muy buenas y nosotros tenemos que tratar de conseguir que el Estado les otorgue los recursos para que ellos puedan desarrollar sus iniciativas.
—Claro, debemos acompañar esos dispositivos de intervención. —Lola se esforzó por sonar técnica, no le gustaba cómo la miraba Leticia y quería demostrarle que no era una acomodada, sino alguien que conocía del tema—. Y esas fuerzas vivas, ¿quiénes son?
—Es complejo. Por un lado, hay dos médicos que trabajan en dispensarios desparramados por los parajes. Ellos tienen un consultorio central en Jacinta, que es el pueblito principal, y cuentan además con una ambulancia móvil. Lo que hacen a nivel salud es muy básico, cuando las cosas se complican, tienen que trasladar a la gente a hospitales aledaños. También hay algunos grupos religiosos, una ong que se dedica a la promoción de las mujeres, también una unidad regional que trabaja con infancias, adolescencias y familias, algunas escuelitas rurales y varios proyectos a cargo de artistas o movimientos que se acercan para cuestiones puntuales.
—Contale lo de la fundación —agregó Leticia, ahora enfrascada en unas carpetas rebasadas de papeles.
—Ah, sí. Hace poco se instaló allí una fundación, pero tiene ciertas diferencias con los referentes sociales que te nombré. Nosotros debemos mediar entre ellos. —Miró hacia los lados y dijo en voz baja—: Tenemos que tratar de integrar a la fundación porque están medio acomodados con el gobierno.
Lola se puso incómoda. Le molestaba tener que ocultarles a sus compañeras de trabajo la relación entre su pareja y el ministro. Pero así se lo había solicitado Pablo y ella, pese a que no era afecta a obedecer, en ese punto decidió respetar su pedido.
—¡La fundación es una pantalla! —Leticia no era tan discreta como Carolina; no hablaba por lo bajo, sino que vociferaba—. Un montón de viejas chetas, esposas de funcionarios o con ínfulas de políticas tardías, que quieren hacer cosas en favor de la mujer. Cosas muy del siglo xxi además: enseñarles a coser, a bordar… y en lo posible a no abrir la puerta ni menos aún salir a jugar.
Carolina se rio, Lola también.
—Pará, Leti, que la vamos a aturdir a esta pobre chica.
—Hasta ahora vamos bien, entiendo todo. Una duda: ¿cómo relevamos las necesidades?
—¿No te dijeron que tenés que viajar una vez por semana a La Colonia? —Leticia volvió a su modo áspero.
—No. —Lola sintió que el puesto le empezaba a gustar.
—Quedate tranquila, que es dentro del horario laboral —le aclaró Carolina—. La Colonia queda a unos noventa kilómetros. El camino es complicado, así que son casi dos horas de viaje. Salimos a las ocho, llegamos allá cerca de las diez. Te juntás con la gente en el dispensario; esas reuniones duran hasta el mediodía. Recorrés un poco y a las dos te estás volviendo.
—Pensé que el trabajo era hasta las dos de la tarde.
—Todavía no empezaste y ya estás con reclamos gremiales… Me empezás a caer mejor —bromeó Leticia.
—No, no es eso, solo que no sabía…
—Tranquila, para compensar, el viernes te dejan salir dos horas antes, te vas a las doce —dijo Carolina.
El resto de la mañana fue para leer carpetas, balances, informes y ver algunos detalles técnicos. Ese día no pudo conocer a su jefe, pero al regresar a su casa se sintió feliz.
Recién el martes se presentó el tal Ernesto Sánchez Oribe. No era como lo imaginaba. Pensaba encontrarse con un hombre viejo y, en cambio, quedó impactada ante el porte de un tipo de unos cuarenta y cinco años, muy buen mozo, impecable, formal y con un perfume de los buenos.
Fue cordial y dijo algo que Lola no terminó de dimensionar: “No va a ser fácil reemplazar a Caro, pero intuyo que vas a andar bien”. Carolina lo fulminó con la mirada. No era la forma en la que una empleada observaba a su jefe, menos aún si este la estaba halagando. Algo raro había entre ellos, podía notarlo.
De Leticia supo que era psicóloga social y de Víctor, que era contador. “Víctor falta mucho, tiene problemas con su hijo”, fue todo lo que le dijo su compañera.

Por fin había llegado el miércoles. Salió del trabajo feliz y a las seis partió rumbo al aeropuerto a buscar a Pablo. Cuando lo vio bajar, no pudo evitar sonreír. En cuanto traspasó la puerta, se lanzó a sus brazos. Lo besó y él le respondió con el mismo fervor.
—¿Cómo te fue? —preguntó ella.
—A mí, bien, pero vos contame cómo te fue.
—¡Genial! —Lola detalló todo y dejó para el final lo de los viajes semanales a La Colonia.
—Mi primo no me comentó nada de eso.
—Pero recupero las dos horas extras saliendo los viernes más temprano —se justificó ella.
—Bueno, fijate. Si se te hace muy pesado, podés dejarlo.
—Por favor, Pablo, ni que fuera un trabajo tan duro…
Esa noche programaron una cena romántica. Fueron a un restó, comieron pescado, bebieron un buen vino y luego caminaron un rato, tomados de la mano, hablando de todo un poco.
Al llegar a la casa, Pablo le dijo en tono lujurioso: “¿Tenés proyectos para lo que resta de la velada?”.
Ella no tuvo que responder. Devoró sus labios con tal ímpetu que en pocos minutos acabaron en la cama.
Después de tres meses, Lola volvía a sentirse plena.

CAPÍTULO 3
Una chica
Orson Welles

Pablo estaba tratando de explicarle al vocero de prensa el funcionamiento de unas aplicaciones que bien podrían servir para instalar temas gubernamentales. Trataba de concentrarse en los aspectos técnicos, aunque le costaba. El teléfono celular no paraba de vibrar. Las llamadas eran de Lola.
Cerca de las seis de la tarde pudo salir de esa reunión y en cuanto estuvo afuera se comunicó.
—¿Qué pasa, Loli?
—Perdón, ¿estabas ocupado?
—Sí, estaba en una reunión. Pero todo bien; ¿necesitás algo?
—Te quería contar que me invitaron a la despedida que le hacen esta noche a Carolina, la chica a la que voy a reemplazar. Es en Posit, un local del centro. ¿Querés que vayamos?
—Andá sola, mejor. ¿A qué hora es eso?
—Nos juntamos cerca de las nueve.
—Bueno, vos andá y yo aprovecho para reunirme con mis compañeros del secundario. Parece que una vez a la semana hacen una especie de after office y me invitaron. En todo caso, nos llamamos a la noche y te paso a buscar para que volvamos juntos. Lo mío es en el centro también.
—Dale, amor, quedamos así. Besos.

Lola llegó puntual y en el bar no había casi nadie, solo Caro y otra chica que creía haber visto en las oficinas.
—Ella es Laura, de Mesa de Entrada, y ella, Lola, mi reemplazante —las presentó la anfitriona.
Poco a poco, Carolina le contó a Lola que había decidido tomar la licencia para descansar un poco y desarrollar otros proyectos.
—En realidad, además de asistente social, soy psicopedagoga. Una amiga tiene unos consultorios y me pidió que me sumara a su equipo. Es un desafío y todo un riesgo, pero creo que puede ser una buena experiencia. Necesito un cambio de aire.
A Lola le fascinó que Carolina se atreviera a dejar ese trabajo estable para asumir proyectos nuevos. También se enteró de que estaba soltera, sin pareja y que no tenía hijos. Estaban hablando del tema cuando llegó Víctor. Era un tipo de unos cincuenta años, pelado, antiguo en su modo de vestir y con la mirada apagada. Volvieron las presentaciones y a Lola le gustó que fuera tan amable con ella. Luego apareció Leticia acompañada por Alberto, su esposo. Lola se sorprendió de que alguien tan cortante como Leticia pudiera estar junto a un hombre tan encantador como Alberto. Ella la saludó formalmente, con esa especie de desconfianza que había demostrado desde el momento en que se conocieron, pero él fue muy amable. Además, intuía que lo de Leticia era una coraza, se le notaba su buen sentido del humor. Y le agradaba su franqueza.
Fueron sumándose uno a uno a la mesa.
Ya habían pasado las diez cuando vio llegar a un grupo que evidentemente no pertenecía a la oficina. Dos mujeres de pantalón oscuro y camisa con una cruz de madera en el cuello. Enseguida se dio cuenta de que eran religiosas. También un treintañero, alto, con barba de algunos días y facciones firmes, un matrimonio de unos cincuenta años, y una chica jovencita, rubia, preciosa y sin una gota de pintura en la cara.
—¡Qué suerte que vinieron! —Carolina se levantó y los recibió con cariño sincero.
—No podíamos dejar de venir, se nos va nuestro “San Expedito” —comentó el más joven.
—Vengan que les presento a la nueva “San Expedito” de la oficina.
Carolina se acercó hasta Lola y le dijo:
—Ellos son de La Colonia. Juan es médico, Mariana es la otra doctora; Lucio, su esposo, al que hemos bautizado con el apellido “de todo”, porque es al que le toca hacer “de todo”. —Se miraron con complicidad y sonrieron—. Las hermanas Lourdes y Victoria trabajan desde su comunidad y Lisa es maestra, hace un año que está en la escuela rural de Jacinta.
Intercambiaron algunas palabras cordiales. A Lola le gustó esa gente, aunque supo que iba a ser difícil ocupar el lugar de Carolina. Así lo había dicho el propio Ernesto Sánchez. En eso pensaba cuando lo vio llegar… ¡Por Dios! Ese hombre podía adueñarse de todas las miradas. Sin embargo, no se detuvo en él, sino que observó de soslayo a Carolina. Hubo algo que mutó en su rostro y ya no tuvo dudas: entre ellos el vínculo excedía lo laboral.
Carolina se acercó a Ernesto y Lola creyó leer en sus labios la palabra “viniste”. No supo qué respondió el jefe, pero sí le pareció que le hablaba demasiado cerca, casi rozándole la oreja.
A Lola le costó encontrarse en esa reunión, aún no pertenecía a ninguno de los dos grupos: ni al de la oficina, ni al de La Colonia.
No estaba cómoda y cada tanto consultaba si le llegaba algún mensaje de Pablo. Pero nada. Por suerte, había tomado la iniciativa de comprar cigarrillos. A Pablo no le gustaba que fumara, pero en esos meses había vuelto al vicio. No más de dos o tres por jornada, pero vicio al fin.
Aprovechó la excusa de salir a fumar y se escurrió hacia un patio interno que tenía el bar. Era una noche preciosa, prendió el cigarrillo y se puso a mirar a la gente que estaba dando vueltas. Adoraba los bares, la noche… No llevaba más de cuatro pitadas cuando sintió una presencia.
—Parece que vamos a trabajar juntos.
Era el médico. Creía recordar que se llamaba Juan, pero por las dudas consultó:
—Así parece. ¿Tu nombre era Juan, no?
—Sí, y el tuyo, Lola… Bah, supongo que así te dicen. —Encendió su cigarrillo también, y ella miró sus manos. Eran lindas manos, propias de un hombre con personalidad.
—Me llamo Dolores, pero no me gusta mucho y todos me dicen Lola.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Conocés La Colonia?
—No. —Estaba por explicar que ella no era de allí, pero se contuvo. No quería ahondar en detalles, en especial porque le molestaba tener que mentir u ocultar ciertas cosas.
—Es duro, no es un trabajo para cualquiera.
—¿Estás buscando desalentarme?
—No, te estoy alertando, porque me da la sensación de que sos muy joven y tal vez tengas una idea digamos “romántica” de la pobreza.
—No tengo ideas románticas sobre la pobreza —respondió con firmeza.
—Perdón —se excusó él bajando la vista—. Pongo mi voto de confianza en vos, intuyo que vas a andar bien.
—Si te habías propuesto intimidarme, lo estás logrando. —Lola volvió a sonreír.
—No es mi intención, no suelo intimidar a las mujeres. —Juan le devolvió el gesto con un toque de seducción que la descolocó. Sin pensarlo, Lola se detuvo en su boca. Rodeada por una barba bien recortada y tupida, esa boca parecía devorarlo todo… incluso a ella.
El sonido del teléfono celular la sobresaltó. Era un mensaje de Pablo diciéndole que la recogía en la esquina.
—Me voy, me están pasando a buscar. Nos vemos pronto. Un gusto.
—Claro, calculo que nos veremos la semana que viene.
—Sí, creo que el miércoles viajo a La Colonia. —Tiró la colilla y le dio un beso de despedida.
Volvió al interior del bar, recorrió esa mesa gigantesca para saludar a todos, le deseó suerte a Carolina y se marchó.
Juan la observó desde el vidrio. Era bonita, le fascinó el tintinar de sus pulseras, el movimiento de su pollera llena de piedras y colores, ese cabello castaño claro y ondulado que
le llegaba hasta la cintura. En su hombro se veían los últimos trazos de un tatuaje, parecía una mariposa, un ángel, algo con alas, seguro. Lola era de una sensualidad volátil, lo dejó envuelto en un exquisito aroma a cítricos.
Al regresar a la mesa, se acercó a Caro y le consultó:
—Carito, ¿la nueva es casada, tiene hijos?
—No, pero vive con su pareja y parece estar muy enamorada. No te hagas el vivo, que te conozco. Además, ¿cómo se te ocurre andar preguntando por una desconocida cuando llegás muy de la mano con esa otra pobre chica? —Carolina miró a Lisa y Juan le sonrió con un gesto pícaro.

Todos se fueron marchando de a poco, los últimos en irse fueron los de La Colonia. Ernesto no veía la hora de quedarse a solas con Carolina. Finalmente lo logró.
—Bueno, parece que la despedida llegó a su fin —dijo ella sentándose a su lado.
—¿Nos pedimos un martini?
—Prefiero no tomar nada más.
—Me estás evitando.
—Me estoy preservando.
—¿Y lo de la licencia? ¿Eso también es preservación?
—¿A vos qué te parece? No preguntes obviedades, Ernesto, por favor. Sí, me quiero alejar de vos, quiero hacer algo por mí, quiero cambiar, quiero proyectar otras cosas.
—Ya te perdí como pareja y te extraño demasiado. Ahora me hacés esto, me negás la posibilidad de verte todos los días.
Carolina sonrió de mala gana.
—Vos me podrías haber tenido como pareja si realmente hubieras querido darme ese lugar. Pero me relegaste al de una amante. Y yo ahora quiero otra cosa.
—Dale con lo de la amante, por Dios. La pasábamos bien, estábamos bien juntos.
—¿Vos estabas bien? Yo estaba como el culo. Siempre yendo a fiestas y a reuniones sola, como una viuda. Pasé mi cumpleaños sola mientras estabas resolviendo no sé qué historia nueva con Claudia. Dejate de joder, Ernesto… ¿Creés que no me dolió decirte basta? ¿Que no me duele dejar mi laburo, la seguridad de un sueldo fijo, el ir todas las semanas a La Colonia?
—Y yo soy el culpable de ese dolor —expresó con un dejo de resignación.
—No, Ernesto. No empecemos con las culpas. Yo acepté estas reglas y también tengo mi parte de responsabilidad. Pero no quiero seguir así…
Llegó el martini y Carolina terminó pidiendo otro para ella. Ya estaba claudicando, la bebida no le haría bien y tener a Ernesto tan cerca, tampoco.
—¿Creés de verdad que no te amo, que no me volvés loco? Hoy, cuando vi llegar al trastornado ese del médico…
—¡¿A Juan?! —Carolina sonó sorprendida.
—Sí, a Juan, porque desde que llegó a La Colonia, hace unos años, no parás de hablar de él.
—No metas a Juan en el medio, estás diciendo una estupidez.
—¿Por qué no? Es un tipo buen mozo, de carácter, combativo, como te gustan a vos. El tipo se cree el Che Guevara de La Colonia.
—Mirá, no sé qué historia armaste en tu cabeza. No hay otro hombre, ni Juan ni nadie. Acá hay un solo hombre: vos. Un tipo indeciso por el que llevo esperando unos cuantos años.
—¿Te olvidás de la enfermedad de Joaquín?
—¿Ahora metés a tu hijo? ¡Qué bajeza! Eso ya fue y en ese momento yo tomé distancia sin quejas ni reclamos. Pero cuando él se recuperó y volvimos, ¿qué? Todo igual que antes.
—Claudia es una mujer enferma también, inestable… No puedo divorciarme de la noche a la mañana.
—Entonces no hay nada más que hablar. Quedate arreglando los quilombos de tu casa, con tu hijo, con tu mujer, y dejame a mí hacer mi historia.
—Sos una mujer egoísta, Carolina.
—Es probable… Tal vez por eso estoy sola. —Tomó un trago grande del martini que recién llegaba a su mesa. Respiró
hondo y suplicó—: No terminemos mal, por favor, no es eso tampoco lo que quiero.
—No terminemos, entonces. Andá a Europa y cuando vuelvas, hablamos tranquilos.
—¿Vas a dejar a Claudia cuando vuelva? —Era la última esperanza que le quedaba.
—Sabés que no puedo, no por ahora. Joaquín es mi prioridad y dejarlo bajo el cuidado de su madre es casi como abandonarlo dentro de una jaula de leones. Tengo que resolver las cuestiones legales. —Ernesto bajó la vista apesadumbrado.
Carolina tuvo un sentimiento encontrado: por un lado, detestaba su falta de decisión y, por el otro, comprendía que estaba en una encrucijada. Sin embargo, debía pensar en ella.
Tomando coraje, se puso de pie y se fue hasta la barra a pagar la cuenta. Mientras estaba de espalda, sintió la mirada de Ernesto en su piel. Llevaba un vestido ceñido y corto que mostraba sus piernas, uno de sus mejores atributos. Pasaron unos minutos y él se dio por vencido. Dejó dinero en la mesa y se marchó. Carolina respiró, aunque la tentación seguía latente.
Se dispuso a pagar y a tomar lo último que quedaba en su vaso. Se debatía entre quedarse allí un rato más o salir como una loca hacia la calle, interceptarlo y pedirle que se fueran juntos para tener una última vez, esa mentirosa “última vez” que tantas veces se habían dicho.
Sin embargo, el destino decidió por ella. Una voz la alertó:
—No sabía que una chica Orson Welles tomara martini, en nuestros años eran solo cervezas o alguna sangría hecha con vino barato.
Hubiera reconocido ese modo, ese tono, esa voz, aunque tuviera noventa años.

CAPÍTULO 4
La Colo

—¿No venís? —Alberto hizo la pregunta por pura formalidad. Era evidente que Leticia no iba, estaba descalza, desarreglada, con un pantalón viejo y una camisola suelta.
—No, prefiero quedarme. No conozco a nadie.
—Me conocés a mí. —No ocultó su malestar pese a que ya se había acostumbrado a ir solo a esos eventos—. Como quieras. Yo tengo que ir. Voy a volver lo antes posible.
Le dio un beso suave, de esos que no provocan nada. Pero ella valoró el gesto; al fin de cuentas Alberto aún ponía algo de su parte por mantener cierta dulzura en una relación que se iba apagando.
Cuando cerró la puerta, se sintió liberada. La verdad era que la contrariaba un poco negarse a salir con él o esquivar sus pequeñas manifestaciones de cariño.
Abrió una bolsa de caramelos y se metió en la cama sin más compañía que su teléfono celular. Entró al Instagram de sus hijos. Vio sus fotos de nuevo. De alguna manera era como sentirse aún parte de sus vidas. Los veía sonriendo con amigos a los que desconocía, en fiestas, y hasta tenía la tentación de reprenderlos cuando aparecían con vasos gigantescos de fernet o cerveza. ¿En qué momento se habían ido? ¿Cuándo dejaron de necesitar sus caricias y besos? ¿Cuándo dejaron de llamarla por la noche porque tenían miedo o les dolía la panza? ¿Cuándo se les volvió tan sencillo estar lejos del hogar? Sintió deseos de llorar, pero se resistió. Algo se iba secando dentro de ella.
¡Los extrañaba tanto! Tenía un esposo encantador, un buen trabajo, una excelente posición económica, salud, familia, amigos, pero nada de eso le era suficiente.
Dejó el aparato con hastío. Dio unas cuantas vueltas por el cuarto y encendió la computadora. Le gustaba ver Facebook en la notebook, era más sencillo para su presbicia. Su mundo era más cercano a Face que a IG. Vio algunas fotos de sus hermanos, mandó unos saludos de cumpleaños y se encontró con tres solicitudes de amistad. Una era de Lola, su nueva compañera, y más por respeto que por interés terminó aceptándola. La otra era de una desconocida que se hacía llamar “Madame Bovary”. “Esta está peor que yo”, se dijo y la rechazó.
La tercera la puso en alerta. Ella, que creía adormecidas sus emociones, sintió de pronto un aleteo vital. “Miguel Martínez”. No lograba ver bien la foto de perfil. ¿Sería el Miguel Martínez de la universidad? Habían tenido un romance breve, pero contundente. El primer hombre con el que se había acostado.
Leticia pertenecía a una generación amedrentada bajo el discurso de que se debía llegar virgen al matrimonio. Su madre machacaba: “Todos buscan lo mismo y cuando lo tienen, chau…, desaparecen”. Si a eso le sumaba la mirada intimidatoria de su padre, se podría decir que fue realmente una audacia que tuviera su primera relación a los diecinueve, siendo soltera y con un muchacho al que no había conocido lo suficiente.
Igual, el amor duró poco y le dejó el corazón destrozado. Muchas veces pensó que su madre había tenido algo de razón y se horrorizó cuando años más tarde le repitió una frase similar a Magui.
Por suerte, meses después del abandono de Miguel, apareció Alberto. La pérdida se fue borrando lentamente. Él dejó la facultad y no se vieron nunca más. Sin embargo, Miguel estaba ahora allí, enviándole una solicitud de amistad… Dudó un rato; finalmente, la aceptó.
Estaba por meterse en su muro para indagar un poco más, cuando el chat se activó y Miguel Martínez apareció preguntando: “¿Sos vos, Colo?”.
Colo… hacía años que nadie la llamaba así. Después de esa herida de amor, resolvió dejar atrás el Colo y asumir el Leti. Alberto apoyó la iniciativa y fue el primero en incorporar el cambio.
Sin embargo, ese “Colo” la conectó con aquella Colo que había sido. Esa que se reía con fuertes carcajadas, esa que siempre tenía algún programa para el fin de semana, esa que no tardaba en hacer amistades, esa que hacía gala de su inteligencia e ironía, esa que peleaba y discutía por todo lo que consideraba justo, esa que había festejado en las calles el advenimiento de la democracia, la misma que había abrazado con pasión las causas de los derechos humanos, la que había integrado la lista del Centro de Estudiantes… Esa Colo de las peñas, de las asambleas estudiantiles, de las discusiones acaloradas, de las noches de boliches, de las largas horas de estudio, de la avidez por los libros de historia latinoamericana, no solo había desaparecido detrás de una tintura castaño cobriza, sino también detrás de una vida plagada de obligaciones, comodidades y rutinas.
Tardó en escribir. Si había sentido culpa en aceptar la solicitud de amistad, responder el mensaje le parecía un pecado mortal.
Finalmente, tecleó nerviosa cual una púber: “Sí, soy yo. ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?”.

CAPÍTULO 5
Aprendizajes

Al reencontrarse con sus hermanas, Carolina corroboró aquello de que a veces se solía idealizar la vida ajena, en especial cuando no se estaba bien con la propia. Más allá de la felicidad que le produjo compartir con ellas y ver a sus padres tan entusiasmados con el viaje, observar sus realidades de cerca le ayudó a poner en valor su existencia.
Luisa, que en las fotos parecía tener la familia soñada, con un marido elegante y dos niños perfectos e intelectuales, se la pasaba trabajando todo el día. El trato con su pareja era de una frialdad espeluznante y sus sobrinos, aunque brillantes, parecían dos adultos en miniatura. Maribel, con trece años, no reflejaba ni una pizca de las rebeldías propias de esa edad, y Teo, con ocho, parecía un muchachito de los que trabajan en Wall Street. Se sorprendió cuando una tarde, jugando al Juego de la Vida, expuso una serie de planteos sobre el uso e inversión del dinero que eran impropios para alguien de su edad.
En cambio, su otra hermana, Carmen, estaba sumida en una constante preocupación. La crisis de España los había afectado económicamente. Ella había optado por el silencio y la sumisión, mientras Ricardo, su marido, ordenaba y decidía cual jeque árabe. Un día llegó a su casa a media tarde y era un caos. Tres niños de seis, cuatro y dos años pueden ser algo peor que un ataque de los tártaros. Trepaban a las mesadas, desparramaban juguetes, se peleaban, ensuciaban pisos y paredes, y la pobre Carmen era como un pulpo tratando de hacerse cargo de una situación que se le volvía inmanejable.
Sintió un poco de pena por ella. Estaba al borde de un ataque de nervios, del llanto, de todo. Obviamente que en medio de esa especie de guerra civil era imposible mantener un diálogo. Avanzaban con un tema y en el medio aparecían frases como “basta, no peleen”, “bajen de ahí”, “quiero hablar con mi hermana, no la veo nunca”, “no me faltes el respeto”, etcétera.
Así fue como una mañana, mientras caminaba por la ciudad, Carolina aceptó que su vida era bastante mejor de lo que creía. De todas maneras, debía admitir que su euforia, en parte, se debía al encuentro que había tenido en la fiesta de despedida. El recuerdo se le vino de inmediato: estaba pensando en la estúpida idea de “la última noche juntos con Ernesto”, cuando una voz del pasado —quizá de la mejor etapa de su pasado— borró las intenciones. Era Diego, el Diego de la juventud, el de la banda, ese primer gran amor que nos hace creer que el mundo es un sitio perfecto en el que solo bastan dos personas.
Se habían conocido a los catorce años y a los dieciséis se pusieron de novios. Siempre lo había querido, desde el primer día. Al principio forjaron una extraña amistad de canciones, histeriqueos y confidencias. Él siempre estaba rodeado de chicas, un muchacho adolescente que tocaba la guitarra ya tenía ganada la mitad de la conquista. Ella estudiaba canto y por eso —junto con otros que se dedicaban a la batería y al bajo— formaron Los Orson Welles, un grupo de covers. Aunque eran chicos, tocaban en las fiestas de los colegios y en alguna otra movida juvenil. En la zona se hicieron más populares que los Rolling.
Luego, llegó el frenesí del noviazgo y, a los pocos meses, el final. Él era el típico picaflor y la engañó con Guadalupe, que además era su amiga. No la perdonó jamás y su mayor alegría, aunque ahora le diera vergüenza admitirlo, fue cuando luego Diego engañó a Guada con otra, y a esa otra con otra, y así indefinidamente.
Diego era el chico popular del pueblo. Se terminó la banda y entre ambos quedó una incipiente e incómoda relación. Incluso más de una vez intuyó que una de sus motivaciones para mudarse a la ciudad fue el no querer verlo más. Siempre tuvo la certeza de que a él le dolió su partida. A los dos o tres años Diego se mudó también, pero casi nunca se cruzaron. Solo un par de veces. En esos encuentros intercambiaron teléfonos. Ninguno de los dos llamó. Poco a poco fue quedando solo el recuerdo de esos años… Sin embargo, encontrarlo esa noche fue movilizador. Tal vez porque estaba sensible, tal vez porque aparecía en el momento indicado.
No se dijeron mucho. Él hizo un chiste sobre que ahora tomaba martini y no cerveza o sangría barata. Y Caro retrucó diciendo que por lo visto él no cambiaba sus gustos, mientras hacía un gesto elocuente hacia las dos jovencitas que lo esperaban en una mesa. “Son artistas, tienen una banda y quieren que les produzca un show”, se justificó. Hicieron un breve recorrido por sus vidas. Ella le contó que acababa de romper con su pareja (sin dar demasiados detalles) y él le confesó que se había separado de su esposa hacía más de un año.
Diego se dedicada a producir bandas chicas y tenía dos pubs. Sacó una tarjeta y le dijo: “Espero que me llames esta vez”. Caro sonrió y le explicó que se estaba yendo de viaje. “Entonces a la vuelta”, insistió él.
Se marchó diciendo que los años le sentaban. Ella estuvo a punto de hacerle un chiste sobre su estado físico, pero lo cierto era que se mantenía bien, demasiado bien.
Durante el viaje, Ernesto la había llamado en varias oportunidades y le había mandado mensajes por WhatsApp, pero ella no respondió ni a unos ni a otros.
Un impulso la hizo apretar su cartera. En el bolsillo interno había guardado la tarjeta de Diego.

Estaba ansiosa. No sabía qué esperar de La Colonia, aunque le fascinaba la idea de salir de la oficina. Leticia no era demasiado comunicativa y Víctor comunicaba demasiado, solo que todo en clave de drama. En pocos días le había contado que tenía un hijo de dieciséis años que había dejado los estudios varias veces y que se le escapaba durante días enteros de la casa, que su mujer no estaba bien de salud, que su hija menor solía quedarse todos los fines de semana en lo de la abuela porque evitaba estar con ellos y unas cuantas otras cosas. A Lola le gustaba escuchar a la gente, pero intuía que Víctor era de los que giraban alrededor de círculos enfermizos.
Era un miércoles radiante, aún estaba cálido. Su chofer resultó ser un hombre de una alegría desbordante, la antítesis de Víctor. Se llamaba Oscar, tenía siete hijos, tres nietos, hablaba maravillas de su mujer y de todo lo que lo rodeaba. “Es la felicidad de la gente simple”, habría dicho su madre. Ahora entendía a qué se refería.
Al llegar, se sorprendió. El primer paraje al que arribaron en La Colonia era una larga calle de tierra con algunas casitas, una iglesia, una escuela, un almacén, el dispensario y un puesto pequeño que rezaba “Comuna y Policía”. Todos en el trabajo decían que era una región grande con muchas necesidades y habitantes, y ella, como buen bicho de ciudad, se preguntada dónde diablos vivía la gente y a qué se referían cuando decían “grande”.
—Bajamos acá primero, porque hoy la doctora anda por estos lados. Si no, cualquier cosa la llevo después para Jacinta, ¿quiere? —consultó Oscar. Lola asintió sin entender muy bien qué le decía.
Mariana salió a recibirlos con una sonrisa.
—¡Bienvenida! Llegaron temprano.
—No había nadie en la ruta —explicó Oscar.
—Vení con nosotros en el auto hasta Jacinta. De paso, conocés un poco y te voy comentando el informe de esta semana.
Lola estaba mareada, tanto que ni siquiera recordaba todas las instrucciones de lo que debía hacer. Miró a Oscar en busca de ayuda:
—Vaya con ellos, que yo la sigo.
Subió al coche que manejaba Lucio, el esposo de la doctora.
Mariana la sacó de su aturdimiento.
—¿Traés las planillas? Hay mucho para llenar… Necesitamos urgente unas cuantas dosis de vacunas contra la gripe.
—Ay, me dejé la carpeta en el otro auto, pero tengo una agenda; voy tomando nota y después lo paso, ¿puede ser?
—Está bien, pero para que lo tengas en cuenta, siempre llevá las planillas con vos.

Lola había menospreciado lo que era La Colonia. Al meterse por unos estrechos senderos, aparecían casitas sencillas, algunas extremadamente sencillas y otras tantas viviendas que bien podían definirse como absolutamente precarias.
Los paisajes podían cambiar, tal vez el clima, la flora, la fauna, el relieve, pero las postales de la marginalidad siempre se parecían. Niños descalzos o con zapatillas estropeadas correteando a la deriva, madres y abuelas cargando racimos de infancia, ropas viejas y averiadas, de esas que suele donar la gente con la convicción de que está haciendo un gran acto de caridad. “Si no lo podemos usar nosotros, ¿qué nos hace creer que el resto de la gente sí?”, solía decirles su madre cuando ella y sus hermanos querían regalar calzados con las suelas destrozadas o remeras agujereadas.
Mariana hablaba con su marido y con Lola alternadamente. Con él se quejaba de que no habían llegado los subsidios para las cooperativas de las mujeres, del desastre que eran
los caminos y de cómo se estaba secando el arroyo Marapacho. Con ella insistía en que debían armar con urgencia una campaña de vacunación para la gripe.
—Estamos casi en abril y, si no nos apuramos, vamos a tener problemas. Acá los niños y los viejos sufren muchas enfermedades bronquiales.
Después le comentó que tenían unos diez casos que debían trasladar a la ciudad para hacer estudios de alta complejidad que no les autorizaban, y así siguió con muchas otras cosas.
Lola sintió pavor. No entendía cómo esos reclamos iban a solucionarse en oficinas donde los jefes no estaban nunca, donde había muchísima gente inoperante, y donde las cajas y los archivos rebasaban de papeles que nadie leía.
Supuso que esa sería su responsabilidad: lograr que las cosas se agilizaran.
Llegaron a Jacinta, un pueblo un poco más grande que el anterior. Mariana se sentó junto a ella en el banco de una plazoleta y en cuanto llegó Oscar, buscó la carpeta para que ambas avanzaran con las planillas.
Una mujer se acercó, saludó con una sonrisa desdentada y les obsequió un pan casero, calentito. Mariana midió su reacción. Tal vez esperaba alguna incomodidad de parte de Lola, pero no. Ella lo comió con gusto.
El pan estaba exquisito. A veces las comidas toman un sabor especial según el lugar en el que se comparten. Adoraba el mate cocido de los campamentos scout y sin embargo
odiaba tomarlo en su casa. Esas cosas extrañas que tienen el hombre y sus circunstancias.
Mariana le dijo que se iba a una comuna cercana, que aprovechara para quedarse allí a terminar con los papeles. “Cualquier cosa, Juan está en el dispensario del frente”, remarcó.
Quedaron que cerca de la una regresaría para compartir el almuerzo y ultimar detalles.
Lola empezó a buscar algún lugar para comprar agua fría. Ahora entendía por qué Mariana y su esposo andaban con sus botellitas a cuestas. No sobraban los kioscos en Jacinta.
Cruzó la calle y antes de entrar al dispensario, vio llegar a una familia en un carro tirado por caballos. La mujer llevando las riendas, tres niños con la piel bronceada y el pelo aclarado por el sol y un hombre con la mano envuelta en un trapo lleno de sangre.
Guardó los papeles en la carpeta, le pidió a Oscar que llevara todo al auto y se lanzó a preguntarles si necesitaban algo.
La mujer explicó que su esposo se había cortado mientras estaba aserrando. Y si bien Lola no era de las que se descomponían con facilidad, tanta sangre mezclada en un trapo sucio le revolvió el estómago.
Los ayudó a bajar, les pidió que esperaran afuera con los niños e ingresó al dispensario pidiendo a los gritos por el doctor Juan. Se sintió una estúpida, primero, por no saber el apellido del médico y, segundo, porque el dispensario
era un sitio pequeño en el que no había razón para entrar gritando como si se tratara de un nosocomio gigante.
Juan apareció en medio de una fila de personas que lo esperaban, le hizo unas preguntas al hombre, este respondió a media voz y entonces le indicó:
—Pedile a la gente que salga un rato, que despejen el lugar. Lavate las manos, ponete ese alcohol en gel que está ahí y entrá al consultorio, voy a necesitar tu ayuda ahora que Mariana no está.
Lola quiso decirle que de medicina no sabía nada, pero no hubo tiempo para explicaciones. Hizo lo que le había indicado, mientras le afloraba un egoísmo superfluo. Lo primero que pensó fue que seguramente se mancharía su remera de color natural. Hasta tuvo el tupé de preguntarse, en lo más profundo de su ser, si la sangre saldría con facilidad o si tendría que llevarla a una tintorería… Movió la cabeza de un lado al otro como para borrar esas estupideces.
La máquina había mordido la carne de la parte frontal del brazo. Juan trabajó con una concentración increíble. No tenía muchos elementos, pero fue limpiando, observando y cosiendo con serenidad y palabras tranquilizadoras hacia el paciente que estoicamente soportaba el dolor. “No tengo anestesia”, le había dicho. “Haga tranquilo, doctor, yo aguanto”.
El hombre era de los que habían aguantado tanto en la vida que una sutura no era problema. Ese aguante se le notaba en los surcos de la cara, en la hondura de sus ojos, en las manos ajadas y en la piel curtida y seca.
Lola pasaba gasas, alcohol, tiraba lo usado y cada tanto le preguntaba al hombre si quería agua. Este negaba con la cabeza y volvía a aguantar. Se le vino a la cabeza el tema de Calle 13: “Nacimos para aguantar lo que el cuerpo sostiene, / aguantamos lo que vino y aguantamos lo que viene”.
Pasaron casi cuarenta minutos. Juan le dio unos remedios, una caja de gasas y unas cuantas indicaciones. “A cuidarse”, fue la última recomendación.
Lola estaba muda, no lograba salir de su estupor.
—Lo hiciste bien —le dijo Juan, mientras tomaba agua de una botella pequeña con una fruición que jamás había visto antes, solo en las películas.
—Pobre hombre…, y sin anestesia. ¿Cómo es eso de que no hay anestesia?
—Hay, pero poca. Tenemos que cuidarla para casos extremos.
—¿Y este no lo era?
—No, tratamos de dejarla para los niños, los ancianos...
—Parece el Titanic; mujeres y niños primero.
—Al menos el Titanic se hundió en medio de lujos y violines resonando… Esta gente se hunde sin saber por qué y sin haber conocido nada mejor —el doctor sonaba desalentado.
Ella estaba por decirle que era pesimista, pero se quedó en silencio. Había sincero abatimiento en su rostro.
—¿Ya tenés todos los pedidos listos?
—Sí —respondió, aunque rápidamente se retractó—. No, voy a sumar anestesia.
Él sonrió y esa boca volvió a impactarle. Para preservarse no quiso mirarlo más y dirigió sus ojos a la puerta.
—Había bastante gente esperándote —señaló.
—Sí, ya lo sé. Me lavo un poco y los hago pasar. Deciles que entren, el sol está fuertísimo.

Llegó la hora del almuerzo. Para Lola habían vivido toda una aventura, pero para Juan, Mariana, su esposo e incluso el chofer no era nada demasiado relevante. Ellos habían llevado su vianda con comida; Lola, nada. A su favor, debía decir que nadie se lo había advertido.
Juan se sentó a su lado:
—Sacá, hay milanesas de sobra —le ofreció.
—No se me ocurrió traer…
¿Qué pensaba? ¿Qué iba a Río de Janeiro y que seguramente al mediodía encontraría algún barcito de mala muerte para picotear algo como si se tratara de la avenida Atlántica? Se sintió una estúpida.
Aceptó la generosidad de Juan y se sirvió una milanesa.
—Gracias. Para la próxima…
—No hay problema —respondió sonriendo. Ambos se dieron cuenta de que había algo extrañamente íntimo en eso de compartir la comida, pero ninguno hizo alusión al hecho.
Mariana firmó todos los pedidos y, antes de marcharse, Lola le comentó lo de la necesidad de contar con más dosis de anestesia. La doctora no dijo nada al respecto, solo volvió a lo que realmente le preocupaba: “Vos insistí con lo de las vacunas y el traslado de esa gente que necesita los estudios de alta complejidad, nos vemos en quince días”.
Antes de irse, Juan la despidió con una pregunta:
—¿Qué hacés metida acá, nena? —No comprendió si lo de “nena” era algo despectivo o una pose de conquistador. Cualquiera fuera la razón, ese “nena” no le gustó.
—Lo mismo me preguntaba hace un rato, mientras te veía rodeado de toda esa gente. ¿Qué hacés metido vos acá?
—Soy médico.
—Y yo, asistente social… Y no soy “nena”, estoy grandecita para que me llamen así.
Se fue con paso firme. Supo que él la miraba. Supo también que sonreía. Supo que darse vuelta para enfrentar esos ojos sería una audacia. Supo, aunque no lo quisiera admitir, que estaba metiéndose en problemas.

Miró una y otra vez la vidriera de la joyería. ¿Qué podía llevarle a Leticia para el aniversario? Últimamente no le acertaba con los regalos. Había dos opciones que nunca fallaban: un anillo o un perfume. Lo cierto era que para otro anillo ya no le quedaban dedos disponibles y el perfume carecía de sorpresa. Hacía más de treinta años que usaba la misma fragancia: Chanel Nº 5. Él le decía “Mi Marilyn”…
Mi Marilyn… Se habían conocido en una toma de la facultad. Los dos eran estudiantes y los dos querían sacar del medio a esa fuerza represiva que, aun con la llegada de la democracia, seguía impregnada en las aulas. Se hablaba de “los topos”. Todavía había miedo, todavía había amenazas, todavía existían esos mecanismos que había legado la dictadura. Ese día charlaron muchísimo. Y desde entonces, empezaron a encontrarse “de casualidad”. No era fácil encontrarse en esa ciudad universitaria, pero él solía cambiar su trayecto solo para buscar la manera de cruzarla.
Los dos venían de la misma ciudad, aunque jamás se habían visto antes. Luego, el destino los unió en otra donde decidieron construir su futuro juntos. Eran demasiadas coincidencias. Después, vinieron todas las demás. Él no podía quitarle los ojos de encima a esa colorada cuyas curvas eran una perdición para sus pasiones juveniles. En una asamblea tomó la palabra y lo conquistó. No tardó en apoyar su moción. Días más tarde, salieron a una peña, cantaron a viva voz “Cambia, todo cambia”… Y de ahí se fueron al departamento de un amigo. Era un sucucho, pero para ellos fue suficiente para amarse por primera vez. A Alberto le sorprendió su modo libre y entregado, ella le confesó que había estado antes con otro chico. Días más tarde, Alberto lo conoció: un fanfarrón que se jactaba de haber tenido una “historia con la Colo”. Él lo puso en su lugar. Nunca más se vieron, nunca más se enfrentaron.
Leticia vivía en una residencia para chicas y Alberto no tardó en buscar un laburo para alquilar un monoambiente minúsculo.
Desde entonces, ambos supieron que esa relación sería para siempre… Sin embargo, los últimos años habían puesto en jaque aquella certeza.
Últimamente se parecían a esos amigos que fueron alguna vez inseparables y que, cuando se reencontraban después de largo tiempo, ya no tenían en común más que aquel pasado.
Pero Alberto se resistía y buscaba la manera de construir algún camino para volver a ella. Lo que no tenía muy en claro era si esa Leticia de la que alguna vez se había enamorado seguía viva en esta Leticia de ahora.
Volvió a la vidriera. “Anillo, mejor no”, se dijo. Caminó unos pasos hasta una perfumería cercana. Pidió un Chanel Nº 5. Mientras le armaban un envoltorio precioso, Sabina cantaba de fondo “Amor se llama el juego”.

CAPÍTULO 6
Los
"martirios"

—¿Qué pasa? ¿La zorrita esa no te responde los mensajes?
Claudia sonreía con sarcasmo, la ira contenida titilaba en sus pupilas. En los últimos tiempos se le había dado por utilizar esa manera irónica y violenta para dirigirse a Ernesto. Entre ellos no había un muro, sino un campo minado en el que cada uno aguardaba en su trinchera y cualquier paso en falso podía detonar las bombas. Claudia era quien atacaba. Ernesto, quien se replegaba. Aunque ya se estaba cansando de esa táctica.
—Te pregunté algo —volvió a decir con tono inquisidor.
—¿De qué hablás, Claudia? Siempre viendo fantasmas donde no hay, siempre acechando… ¡Me tenés podrido! —Que lo tenía podrido era verdad, lo de los “fantasmas”, no. En realidad sí estaba revisando su teléfono, comprobando si tenía mensajes de Caro.
—¿Fantasmas? ¿Te creés que soy estúpida?
—No, simplemente creo que sos una loca.
—Claro, desacreditame, eso es lo único que tenés para decir en mi contra. Ah, si yo hablara…
Ernesto se levantó violentamente del sillón y se dirigió hacia su mujer.
—Si hablaras, ¿qué? Quiero escucharte… A ver, ¿qué dirías?
Claudia se asustó, no esperaba esa reacción. Pero en pocos segundos volvió a ganar terreno y le recriminó:
—Diría que me metés los cuernos. Y tal vez no una, sino infinidad de veces.
—Delirios tuyos —mintió con cierta incomodidad.
—Ojalá, porque, si llegara a ser verdad, estarías en problemas. Sos el único que perdería con esta situación. Si mi viejo se entera, te juro que te inicia una demanda y a Joaquín no lo ves más.
Ernesto no pudo evitar la furia y, arrinconándola, le lanzó todo aquello que llevaba tiempo soportando:
—¡¡¡El puto discurso de que tu viejo es un intachable juez de familia, la puta costumbre de usar a tu hijo como botín de guerra y la putísima manía de amenazarme me tienen las pelotas al plato!!! Tu viejo puede ser muy poderoso, pero la verdad está de mi lado. Yo también conozco jueces a los que puedo contarles cosas realmente graves. Por ejemplo, que más de una vez te fuiste de la casa dejando a nuestro hijo solo porque no soportabas sus llantos, que vivís medicada todo el día, que no fuiste jamás a la guardería, ni al jardín, porque siempre tenés un dolor o un malestar que te lo impide, y que pese a estar en primer grado ni siquiera pudiste acompañarlo el primer día de clases. Ni que hablar de cuando se enfermó…
—No hables de eso, sabés que esa enfermedad fue la que me devastó. —Bajó su beligerancia, quedó vulnerable—. Sentía que no podía hacerlo, los hospitales me generan pánico. Soy una mujer débil, Ernesto.
—Sos débil para lo que te conviene. Para amenazar, para hablar con cinismo o para enloquecerme con tus indirectas no sos nada débil. Pero para hacerte cargo de tu hijo venís con el discurso de tus nervios, de tu ansiedad, de tus ataques de pánico y todas esas huevadas de niña rica. Andate a la mierda, Claudia, dejame de joder y dejale de joder la vida a Joaquín. Si sigo en esta casa es por él.
—Desagradecido, cuando te casaste conmigo se te abrieron todas las puertas, antes no eras nadie.
—Puede ser y pagué cara mi ambición. Tal vez soy un pelotudo y hasta un hijo de puta, pero no metas a Joaquín en el medio, porque me vas a conocer… Y tu familia, también.
Se alejó. En lo más profundo de su ser habría querido tener el poder de borrarla de su vida.
—¿Adónde te vas? —preguntó Claudia cuando lo vio agarrar sus cosas para salir.
—¿No sabías? —Ahora el irónico era él—. Joaquín tiene hoy solo dos horas de clases. Lo busco y lo llevo a casa de un compañerito con el que se va a quedar hasta la tarde. De ahí me voy al trabajo. Preguntale a Marta, como vos siempre estás al borde del colapso, es ella quien lleva nuestro cronograma.
—Sos cruel… —Bajó la cabeza y luego, tratando de apaciguar los ánimos, consultó—: ¿A qué hora vuelven?
—Volvemos los dos después, cerca de las seis. Tenés tiempo de sobra para andar por la casa con el pijama, simulando malestares y dedicarte a jugar a “la loquita”… Llamá a tu mamá o a tu papá para contarles la mala vida que llevás entre estas paredes. Contá bien cada detalle, así tu viejo lo va sumando a la causa.
No esperó respuesta, simplemente se fue. En la puerta de salida, Marta le dijo que se quedara tranquilo, que cualquier problema con la señora lo llamaba. Ernesto tampoco respondió a eso. Solo saber que Joaquín no pasaría el día en esa casa de locos sin su supervisión ya lo tranquilizaba. Marta era una buena mujer, pero no tenía carácter para manejar los arranques de Claudia.
Al subir al auto se quedó pensativo unos minutos. No encontraba la manera de liberarse de su esposa. Él temía que, en caso de divorciarse, la ley priorizara que Joaquín se quedase con ella. Su suegro le haría la vida imposible. Era demasiado condescendiente con Claudia. Él no podía permitir que su niño terminara conviviendo en ese manicomio disfrazado de hogar. Ya bastante había pasado durante los últimos años.
Le sorprendía que una persona pudiera comportarse de manera tan distante con su hijo. Aunque no siempre había sido así. Al principio, había sido maternal, lo llevaba a las juntadas con sus amigas y lo mostraba con orgullo. Por momentos era insoportablemente obsesiva. Se levantaba mil veces a la noche para ver si respiraba. Si Joaquín lloraba más de la cuenta, partía desesperada al pediatra o a las eternas guardias de las clínicas. Le limpiaba las manos con toallitas humectadas en alcohol cada vez que alguien lo acariciaba o lo besaba… Pero cuando a los tres años le diagnosticaron leucemia, Claudia tomó una distancia absurda. Esa actitud también terminó por destruir una relación de pareja que ya estaba deteriorada. La psicóloga se lo había explicado así: “Tal vez por miedo a perderlo, Claudia alejó a Joaquín de su vida. Fue su mecanismo de defensa”. Pero Ernesto no era tan condescendiente. Él creía que para Claudia su casamiento, su hijo, eran los pasos esperados y necesarios para cumplir un mandato familiar y cultural. Mientras todo estaba bien, el mandato funcionaba. Pero ante el primer obstáculo (en este caso, un hijo enfermo), ya no pudo o no quiso seguir sosteniendo nada más. Ahora que lo pensaba bien, tal vez jamás había logrado maternar, con todo lo que implicaba esa palabra.
Frente a una Claudia distante y desequilibrada, a él le había tocado acompañar cada instancia del tratamiento. Estuvo a su lado durante la quimioterapia, fue quien calmó los llantos y malestares, quien llenó de energía su cansancio, quien le obsequió su sonrisa en los momentos más duros. Acompañó cada internación, lloró de felicidad solo cuando apareció el donante, padeció las interminables horas de hospital y se encontró solo durante la enorme ansiedad y angustia del proceso de remisión.
Sus suegros y su familia acompañaron cuanto pudieron, pero su mayor sostén fue su propio hijo. Joaquín era un ser resiliente, como un corcho pequeño que flota en medio del océano. Ahora que lograba mantener el fantasma de la enfermedad a raya, Ernesto debía admitir que su pequeño estaba hecho para la vida.
Ese fue también un tiempo de culpas. Dejó a Carolina con el convencimiento de que debía dedicarse solo a su familia y dar por finalizada esa relación clandestina.
Caro había aceptado esa distancia. A él le hubiese gustado que se involucrara con lo de su hijo, pero no. Acató su deseo sin replicar. Eso también le dolió. Para Ernesto, ella no era una amante ocasional. Se había quedado embelesado desde el primer momento en que la vio. Después aprendió a amarla. ¡Querer a Carolina era tan sencillo…! En cambio con Claudia…
Su esposa era una muñeca: preciosa, fina, culta… Pero él se había casado con ella más por convencionalismo (al fin de cuentas era todo lo que en su casa denominaban “buen partido”) y cierta atracción. En ese momento, pensó que tal vez eso era amor, pero al parecer no. Pero ¿acaso alguien sabe a ciencia cierta qué es el amor? Cuando el convencionalismo y la atracción se esfumaron, quedaron un hijo con una enfermedad que los destrozó, muchas mentiras, demasiados ataques y una hostilidad insoportable.
Volvió a revisar el teléfono, no había mensajes. Se tomó unos segundos para escribir: “Entiendo que ya volviste de viaje. ¿Podemos vernos?”.
Aguardó unos segundos más. La respuesta no llegó.

Carolina se sentía Hamlet. No se trataba ya de “ser o no ser”, sino de “llamar o no llamar”. Había vuelto de España. Estaba ultimando detalles para iniciar su trabajo en los consultorios de Lara, su amiga. Le había pasado tres casos que quedarían a su cargo: una niña disléxica, que estaba comenzando el cuarto grado; un pequeño con déficit atencional, que estaba en segundo; y un tercero con síndrome de Down, al que debería acompañar tres veces a la semana al colegio en calidad de integradora.
Repasaba apuntes y diagnósticos, pero su cabeza no lograba abstraerse del teléfono celular.
Ernesto le había enviado varios mensajes a los que tuvo la tentación de responder, pero no lo hizo. Lo de Diego en cambio era distinto. No había nada peligroso en discar su número… ¿Por qué no la había llamado él? “Basta, me estoy comportando como una adolescente estúpida”, se reprendió.
Se pasó todo el día buscando excusas, hasta que cerca de la tardecita encontró el pretexto perfecto. Marcó. Las manos le temblaban. Sonó tres veces, y estuvo a punto de cortar, pero él atendió. Ya no había escapatoria.
—Hola.
—¿Diego?
—Sí. ¿Quién habla?
—Yo, Carolina Acosta.
—¡Hola! ¿Cómo andás? —Él no era de mostrar sus sentimientos, pero a ella le tranquilizó saber que le había gustado escucharla.
—Perdón que te moleste…
—No es molestia, decime.
—Cuando nos vimos vos me contaste que manejabas grupos musicales y esas cosas, y quería saber qué chances habría de organizar algún recital a beneficio o algo así para la gente de La Colonia. Yo antes trabajaba para esa zona, cuando estaba en Desarrollo Social. —Le sonaba que había pasado una eternidad de aquello.
—Sí, estaría bueno. Podés contar conmigo… para lo que sea. —Eso último había sonado intencional—. ¿Cuándo nos vemos para organizar?
—Bueno, en realidad no sé si sería ya, tan pronto. Es algo que se me ocurrió ahora, tendría que hablarlo con la gente de La Colonia.
—Igual, ¿cuándo nos juntamos? Podemos hablar de otras cosas también, ¿no?
—Sí, obviamente. Te mando un mensaje en estos días y vemos de tomarnos un café.
—Prefiero una cervecita por la noche, ¿qué te parece? A no ser que quieras un martini —dijo con sorna.
Carolina sonrió imaginando el gesto seductor con el que habría dicho aquello.
—Mejor cerveza.
—Organicemos ahora, porque si no después no vas a llamarme.
—Está bien. —Caro volvió a sonreír, Diego tenía razón—. Decime vos, que sos el que conoce más la noche, ¿adónde nos vemos?
—¿Por qué no te venís el viernes a mi pub, a Martirio? Toca una banda.
—Dale, ¿a qué hora?
—Cerca de las diez. Picoteamos algo y a la medianoche largan los músicos. ¿Te parece?
—Perfecto, nos vemos el viernes.
—¿Sabés dónde queda, no?
—Sí, nos vemos ahí. Besos.
—Besos.
Carolina cortó rápido.
Era extraño, se sentía como aquella vez cuando Diego le había pedido que lo acompañara a los quince de su prima. “Vamos como amigos, ¿qué problema hay?”. Pero para ella fue una salida reveladora, fue cuando comprendió que lo amaba, con ese modo de amar tan visceral y propio de la adolescencia. ¿Había vuelto alguna vez a sentir de esa manera?
“Por Dios, no puedo ponerme así. Me estoy convirtiendo en una reverenda boluda”, se dijo justo en el preciso momento en el que estaba por contar los días para saber cuánto faltaba para el viernes.
Eliminó esa cuenta absurda y se concentró en el diagnóstico de sus pacientes.
Esa fue la primera noche que no sintió su corazón abrumado por la lejanía de Ernesto.

CAPÍTULO 7
La
domesticación

—Me acaban de devolver esta solicitud, completaste mal unos datos, fijate. —Leticia volvía con los papeles y se los dejó a Lola en la mesa sin dar demasiadas explicaciones.
—¿Qué falta? —Lola se puso nerviosa al comprobar que era uno de los pedidos de dosis de vacunas.
—Hay que especificar bien las edades y en el ítem en el que se pregunta si es de urgencia no basta con contestar que sí, tenés que justificarlo… Mirá, acá es donde lo tienen que completar los médicos de allá, así que cuando vayas de nuevo a La Colonia, acordate de hacerlo.
—¡Uy, pero se va a retrasar todo! —Lola recordaba que las dosis se habían pedido en tandas. En las otras planillas habían completado todo, pero entre tanta charla en la última le había quedado pendiente ese punto. Detestaba llenar planillas, aunque fuera algo sencillo siempre la ponía nerviosa. Detestaba también la burocracia.
—Y sí, por ahí esta partida se retrasa un poco... La próxima vez prestá más atención. Acá son muy detallistas y exigentes. —Ese día Leticia estaba insoportable, de muy mal humor.
—¿Quiénes son detallistas y exigentes? —Lola sacaba a relucir su carácter cuando algo le molestaba.
—Los jefes y la gente del área de Autorizaciones. —Leticia volvió a su escritorio y se enfrascó en la computadora.
—Sí, se nota —la ironía de Lola sorprendió a Leticia—. Los de Autorizaciones deben de ser tremendamente exigentes…, pero con la yerba del mate, porque se la pasan la mitad del día metidos en la preparación y en el cebado. Y los jefes, bue…; nunca vienen a trabajar, así que no podría precisar lo exigentes que son.
Víctor entró en ese momento. No entendía muy bien los reclamos de Lola, pero tampoco preguntó. Ese día tenía una nueva preocupación familiar y no estaba para liarse con cuestiones laborales.
—Voy hasta el área de Autorizaciones para ver si se puede hacer algo. —Lola partió con las planillas.
Víctor comentó:
—Es brava la piba.
—Acá, estos inoperantes la van a “domesticar” de a poco —respondió, sumida en el armado de una planilla de cálculo.
—Vos eras así cuando entraste —le recordó Víctor.
En ese momento, Leticia levantó la vista y trató de visualizarse en aquellos primeros años, peleando de oficina en oficina para que le autorizaran pedidos y proyectos. Más de una vez amenazó a sus colegas y hasta recibió unos cuantos apercibimientos por discutir con sus jefes… Tuvo el deseo de ir hasta Autorizaciones y apoyar el reclamo de Lola, pero se quedó en su silla, inmovilizada. Tal vez a ella sí la habían domesticado, pero deseó de corazón que con Lola no lo lograran.

La jornada de trabajo fue fatal. Discutir con los de Autorizaciones era lo mismo que hablar con una pared. Cerrados, fríos, inoperantes. Lola volvió a su oficina indignada. Víctor ya no estaba y Leticia hablaba con alguien por teléfono, intuyó que sería alguno de sus hijos.
Se dejó caer en su silla y empezó a refregarse los ojos en señal de abatimiento. Leticia la observaba de reojo. En cuanto terminó de hablar, se acercó a ella.
—Lola, no te pongas así… ¿Qué te dijeron los de Autorizaciones?
—Lo mismo que me dijiste vos, que lo arreglase la próxima vez que fuera.
—A ver, dame los papeles… Ya vuelvo.
Se sentía una estúpida, pero agradeció la intervención de Leticia. Debía admitirlo: no quería llegar a La Colonia y decir que se había olvidado un detalle y que por eso faltaría una partida de vacunas. Le avergonzaba quedar como “la tonta nueva” que hizo mal las cosas.
No pasaron más de diez minutos hasta que Leticia regresó.
—Mirá, se quedaron con las planillas. Van a tratar de hacer una excepción. Mañana a primera hora vamos las dos y les insistimos hasta que lo autoricen. Yo soy una rompehuevos infernal y me parece que vos también sos buena para quemarles la cabeza. Acá nada se gana por sentido común, sino por insistencia. Lamentablemente es así… Yo creo que lo vamos a lograr.
—¡Gracias! Me queda mucho por aprender.
—Tranqui, ya le vas a ir encontrando la vuelta a este laberinto burocrático.
Tras ese día agotador, al llegar a su casa sintió la necesidad de hablar con sus padres. Estuvo casi veinte minutos en el teléfono.
Cerca de las cinco de la tarde, Pablo le mandó un mensaje recordándole que esa noche tenían un asado en la casa de unos amigos: Vanina y Sebastián. Ya los había visto en otra oportunidad y en verdad no había congeniado con ellos. ¡Era lo que le faltaba para terminar un día complicado!
Al arribar a lo de los supuestos “amigos”, se encontraron con otros tres matrimonios, todos con niños pequeños.
Los hombres permanecían reunidos en torno al fuego de la parrilla hablando de trabajo. Ellas, en cambio, estaban en el comedor comentando los sucesos de sus pequeños: a una ya le habían sacado los pañales, otro comenzaba la guardería, Fulanita aún no dormía bien de noche, Menganito había estado con fiebre, etcétera. Si bien a Lola le gustaban los niños, esos temas la aburrían muchísimo. Encima, las mujeres no se esmeraban por incluirla en la charla; evidentemente, el hecho de no ser madre la situaba en una especie de categoría inferior frente a ellas.
—¿Y vos a qué te dedicás? —preguntó Lorena, las más ñoña del grupo. Tenía un modo insufrible de usar diminutivos para todo y además una voz de ardilla que le resultaba chocante.
—Soy trabajadora social.
Los ojos de las cuatro se clavaron en Lola.
—Sos de las que están en villas y ese tipo de lugares, ¿no? —Vanina habló con tanta naturalidad, que Lola no pudo evitar pensar: “¿Esta mina es boluda o se hace?”.
—Depende, hay trabajadoras sociales en muchos ámbitos, incluso en empresas.
—Ah, mirá vos —dijo una tercera mientras le limpiaba los mocos a su hijo de dos años—. Igual no es una profesión muy glamorosa.
Lola empezó a envalentonarse.
—No, no lo es. Pero ustedes saben de tareas poco glamorosas, ¿o no? Digo, cambiar pañales, escarbar en cacas, andar a cuestas con esas telitas para limpiar vómitos, que las tetas te exploten de leche, no es algo muy glamoroso que digamos tampoco. —No debería haber dicho todo eso, pero empezaba a darle una especie de ataque de incontinencia verbal.
—La maternidad es algo muy sublime. Pero hay que ser madre para entenderlo. —Vanina sonó malintencionada.
Como para bajar el nivel de beligerancia, Lola decidió apaciguar los ánimos con un poco de humor:
—Ya lo creo. Era solo un chiste. Y sí, la mía es una profesión poco glamorosa. Pero por suerte, porque esa palabra me cae mal. Siempre me pregunto ¿qué diablos es el glamour? ¿Oler rico, vestir elegante? Siempre recuerdo que en el casamiento de Máxima Zorreguieta mi mamá hizo un chiste al respecto. Cuando entraban todos esos nobles a la boda, dijo: “Dios nos libre del glamour si tiene que ver con los sombreros que llevan esas mujeres en la cabeza”… Algunas parecían un pájaro carpintero. —Lola no pudo evitar una carcajada. Las otras cuatro sonrieron por obligación, hasta que Lorena dijo:
—A mí me encantó la boda de Máxima y los sombreritos eran encantadores, muy bonitos. —Las otras tres reafirmaron con la cabeza y Lola decidió que era el momento de callar. No estaba logrando congeniar con el grupo.
Se disculpó y salió a la galería con la excusa de pedir fuego a los hombres para fumar un rato.
Ellos hablaban de trabajo, variables económicas y política. “Al menos no están discutiendo sobre si los bebés deben dormir boca abajo, boca arriba o de costado”, se dijo para sí y trató de quedarse junto a Pablo, escuchando.
Fumó ante la mirada reprobatoria de su novio, hasta que finalmente Sebastián la incluyó en la charla.
—Me contó Pablo que estás trabajando en La Colonia.
—Sí, hasta ahora he ido pocas veces, pero creo que es una buena experiencia.
—Debe de ser duro, ¿no? —dijo otro al que le decían Pepo.
—En realidad toda situación de marginalidad e indigencia es dura. No es sencillo sobrevivir cuando un ser humano no puede cubrir sus necesidades básicas.
—Sí, pero no hacen nada por cambiarlo, es algo cultural —opinó un tercero mientras pinchaba los chorizos. Lola hizo mala cara. Odiaba a la gente que decía ese tipo de cosas. Por eso lo desafió:
—¿A qué te referís con que es cultural?
—Que están acostumbrados a ser pobres, a no tener nada; ni siquiera les interesa trabajar o estudiar.
—Bueno, no es tan así. —“No debo entrar en esta discusión”, se advirtió, pero ese tercero estaba dispuesto a hacerla engranar.
—Mi empleada doméstica, por ejemplo. Siempre la tuvimos como una reina, ahora la blanqueamos y lo primero que hizo fue preguntarnos en qué fecha le daríamos las vacaciones. La tipa se va de vacaciones… ¿qué me dicen?
—Guau, ¡qué sacrilegio! —Lola fue lo suficientemente irónica como para obligar a Pablo a intervenir.
—Los derechos deben respetarse —resumió Pablo y Lola sintió su mano apretándola con firmeza en el hombro. Era el modo sutil que él tenía para decirle “no te enganches”.
—Igual, yo creo que sitios como La Colonia no cambian más. Viven desde siempre en la miseria y así van a seguir.
—Hay gente que genera proyectos para que vivan mejor —retrucó Lola.
El cuarto, que había permanecido callado, comentó:
—Una tía mía está en una fundación que trabaja allá, pero dice que la gente no participa, quieren todo sin esfuerzo y rápido.
—Esa gente se esfuerza hasta para llevarse un vaso de agua a la boca. Muchos ni siquiera tienen agua corriente. El concepto de “esfuerzo” no es igual para todos. Vos, por ejemplo, tu mayor esfuerzo en este momento es abrir esa botella de vino, en cambio para un niño que vive en La Colonia es lograr dormir aunque la panza le retumbe de hambre. Es fácil hablar cuando no se ha pasado hambre nunca…
—Yo hice dieta una vez —dijo Pepo y todos se rieron. “Definitivamente son unos boludos”, pensó Lola. No tenía sentido discutir con gente así.
—Nos vamos —dictaminó Pablo, y Lola lo adoró por esa actitud.
—Che, no se enojen, es un chiste —expresó Pepo.
—No nos enojamos, simplemente es que no me gusta que se le falte el respeto a mi pareja. Podemos coincidir o no en lo que cada uno piensa, pero la burla no me agrada. Igual entre nosotros todo está más que bien, cuando sea una reunión de hombres solos me avisan, por ahí puedo llegar a venir.
—No te calentés… —volvió a intervenir Pepo, esta vez un poco avergonzado.
—Los dejo, que la van a pasar mejor; es evidente que no les gustan las mujeres con ideas propias. —Pablo sacó de su bolsillo unos cuantos billetes de cien pesos y los puso sobre la mesa—. Aquí les dejo nuestra parte del asado.
—No, es mucha guita y además no comieron nada —replicó Sebastián, claramente incómodo con la situación.
—Es para que no pasen hambre. —Pablo era diplomático, pero también podía ser hiriente si se lo proponía.
Tomó a Lola del brazo, saludó uno a uno con cordialidad. Lo mismo hizo ella, pasaron por la sala, repitieron el rito con las mujeres y salieron de allí sin decir una palabra.
Ya en el auto, Lola dijo:
—Gracias.
—No hay nada que agradecer, son unos pelotuditos que han llegado a tener lo que tienen por legado familiar, no cuentan con inteligencia ni iniciativas propias. Igualmente, preferiría que hicieras un esfuerzo por ser menos vehemente. —Pablo estaba molesto con sus amigos, pero también con ella.
—Estaban diciendo estupideces.
—A veces hay que saber callarse. Uno no va por la vida diciendo todo lo que piensa, menos cuando el receptor es un idiota que no entiende nada.
—Perdón. —Lola estaba angustiada, en el fondo era consciente de que le estaba causando problemas a Pablo.
Él se movía en ese mundo y, aunque coincidiera o no, estaba inmerso allí con un objetivo claro: capacitarse, crecer y ganar dinero. Era un estratega, de los que diseñan todo. A él nada lo iba a sorprender más que una fatalidad. Todo lo demás, en su vida, estaría calculado.
Lola rozó su mano, que estaba sobre el cambio de marchas, y él le respondió el gesto con una caricia entre los dedos.
—Voy a aprender a controlarme, te lo juro.
—¿Justo ahora que te quiero descontrolada? —Sonrió con picardía, y a ella la invadió de pronto una tremenda excitación. Faltaban unas pocas cuadras para llegar a la casa.

CAPÍTULO 8
El efecto Diego

A Carolina le encantaba producirse. Rara vez alguien la iba a encontrar “así nomás”. Se tomaba su tiempo para elegir la ropa, combinar colores, buscar accesorios, encontrar los zapatos y la cartera adecuados. Además, jamás salía de su casa a cara lavada. Podía ser un maquillaje natural y fresco, pero maquillaje al fin. Sin embargo, esa noche tenía la sensación de que se estaba probando demasiadas cosas. “Es solo una reunión”, se repetía. Aunque era consciente de que no se trataba de una reunión cualquiera, sino de un reencuentro con Diego después de muchos años sin verse.
Lo primero que buscó fue una pollera corta y una camisola semitransparente, pero al verse en el espejo le pareció que era mucho. Al fin de cuentas iba a un pub, a escuchar una banda. Recorrió sus pantalones y los dos o tres que se probó la hacían ver vieja. Finalmente se decidió por un jean y una remera casual que le sentaba muy bien.
Tenía que admitirlo: estaba alterada con la “cita”. Quería gustarle a Diego, quería que la volviera a mirar como alguna vez lo había hecho. Le incomodó saberse tan vulnerable a su presencia. Durante su juventud ella se refería a esa sensación como el “efecto Diego”. Cuando él la llamaba, ella iba. Cuando él la buscaba, ella no lograba resistirse. Cuando él la lastimaba, ella lloraba en soledad. Cuando él aparecía, todos sus fundamentos para mantenerlo a distancia se desvanecían. Ahora, más de veinte años después de ese frenesí adolescente, el “efecto Diego” volvía a alterarla.
Eran casi las nueve y media de la noche cuando sonó el timbre. Debía de ser algún vecino de los departamentos. Ni siquiera preguntó quién era y abrió. Se quedó petrificada: Ernesto estaba allí, con una botella de vino en la mano, símbolo de una noche prometedora.
—¿Qué hacés acá? —Carolina no pudo ocultar su nerviosismo.
—Esperaba mejor recibimiento —admitió Ernesto y entró a la casa sin esperar su aprobación.
A ella no le quedó otra que cerrar la puerta y quedarse allí, observando un poco sorprendida cómo él se quitaba su saco y dejaba la botella sobre la mesa.
Al verlo así, de espaldas, con esos hombros anchos y su aroma exquisito logró quitarse de encima el “efecto Diego” para caer en otro peor: el “efecto Ernesto”.
—No me devolvías las llamadas, ni lo mensajes, te extrañaba y vine. —Se acercó y le pasó una mano sobre su cuello como para reafirmar sus palabras. Estaba a punto de besarla, pero, en un arranque de dignidad, Carolina se alejó.
—Deberías haberme avisado que venías. No es que me paso las noches encerrada.
—Ah, entonces tenías planes —expresó molesto. Pero no demostró la mínima intención de marcharse. Por el contrario, abrió el mueble en el que se guardaban las copas y sacó dos.
—Tengo una reunión —dijo ella.
—¿Reunión? Suena a algo laboral. Pero a estas horas es raro. ¿En qué andás, Caro?
—Es una reunión medio laboral y medio de encuentro con viejos amigos —prefirió el plural como para no quedar tan expuesta.
—Te pido disculpas si te molestó que viniera, no pude evitarlo. Ha sido mucho tiempo de no vernos…
Un Ernesto enojado era más fácil de esquivar. Este Ernesto sincero y tierno era irresistible.
Carolina se vio de pronto frente al cajón, buscando el destapador y supo que si esa botella de vino llenaba las copas, ya no habría retorno. Se sentía como una adicta en recuperación a punto de caer.
—¿Vos me extrañás, al menos?
—Sí, te extraño. —Carolina entregó el destapador, que fue casi lo mismo que entregarse a sí misma.
—¿Entonces por qué ese empeño en alejarte, en alejarme? Caro, nosotros nos amamos a nuestra manera. ¿Cuánta gente hay que tiene un matrimonio y no se ama, no se desea y hasta la pasan mal juntos?
—Como Claudia y vos —ella sonó mordaz.
—Sí, como Claudia y yo —admitió Ernesto.
—¿Y entonces, si sos tan infeliz con ella, por qué no la dejás?
—Porque no puedo, ya hablamos muchas veces de esto. ¿De verdad necesitás una libreta civil, un casamiento, una formalidad para que nos amemos?
Supo que la estaba engatusando, Ernesto era bueno para envolver con las palabras. Pero no solo la envolvió con palabras, sino que se acercó y con los dedos empezó a recorrer sus hombros. Sin pedir permiso, sus labios comenzaron a transitar por su cuello. Tal vez hubiera podido resistirse, pero no quiso hacerlo. Lo deseaba, había pasado noches enteras deseándolo. Se mintió repitiéndose aquella frase que usaba como pretexto infantil: “Solo una vez más, una última vez”.
Él olfateó su debilidad y la arrinconó contra la pared. Tomó el control de la situación. Besó su boca con autoritarismo y sus manos empezaron a transitar descontroladas por debajo de su remera, apretando sus pechos, descendiendo por su jean. Ella también se dejó arrastrar y deslizó sus dedos dentro de su pantalón, clavando con ímpetu las uñas en sus nalgas. “Sigue teniendo un culo perfecto”, pensó. En pocos minutos se quitaron la ropa para terminar en el sillón, exaltados, inmersos en un revolcón descontrolado. Fue algo tan urgente que no hubo lugar para romanticismos, ni delicadezas. Acabaron rápidamente, agitados, con el sexo palpitante y la piel ardiente.
Al verse desnuda, entre los brazos de Ernesto, Carolina se sintió un poco desdichada. Ese hombre había llegado con un puñado de palabras bonitas, un buen vino, y ella había claudicado. Lo había disfrutado, sí. Pero le temía al después, a las horas venideras, a encontrarse de nuevo sola sabiendo que él regresaría a su hogar, a la cama que compartía con su mujer, a las obligaciones familiares, a los juegos con su hijo… Debía admitirlo: aunque se mostrara como una mujer libre e independiente, ella también soñaba con eso. Quería un entorno familiar, quería alguien con quien pasar la noche entera y compartir al día siguiente un café en pijama. ¡Hasta quería hijos! Todo eso se le había revelado a lo largo de esas últimas semanas.
—Lo que tenemos es demasiado bueno para perderlo —afirmó él.
—No, no es bueno para mí. —Carolina se levantó, se puso su vedettina y el corpiño velozmente. Siguió por la remera y para el último dejó el jean.
Él estaba por replicar cuando sonó el teléfono celular.
Carolina atendió preocupada. Miró el nombre y se sintió incómoda, como si estuviera por ser descubierta en medio de un engaño.
—¿Caro?
—Sí, Diego, ¿cómo estás?
—Yo, bien, pero como no llegabas, me preocupé. ¿Venís o no?
—Estoy un poco retrasada. —Comprobó con placer que Ernesto seguía atento la charla, tratando de atar cabos. Ella le hizo un gesto como para que empezara a cambiarse y él obedeció de mala gana.
—Bueno, esto recién va a largar en un rato… ¿Te espero?
—Dale, dame una media hora y estoy allá.
—¿Estás bien?
—Sí, después te cuento.
En cuanto cortó, Ernesto consultó incisivo.
—¿Quién era?
—Un amigo.
—¿Qué amigo?
—Uno con el que quedé para juntarme hoy, así que acelerá que tengo que salir.
—Con razón estabas tan cambiadita. Debe de ser un pendejo, por el look que llevás.
—Sí, es un pendejo —mintió.
—¿Y después venís a recriminarme lo de Claudia? Sos una hipócrita.
—¡Ay, Ernesto, por favor! Vos sos el que tenés una mujer a la que le metés los cuernos conmigo ¿y venís a lanzarme este discurso moralista? Dejame de joder. Terminá de cambiarte que me tengo que ir.
Antes de marcharse le recriminó:
—Ahora entiendo por qué no me llamaste más. Fue fácil olvidar con tanta sangre joven de por medio.
—No seas tarado, no hay ningún pendejo. Es un amigo de la juventud —se sinceró.
—Ah…, peor. —Cuando la escuchó decir ese nombre intuyó que podía ser alguien de quien había oído hablar varias veces, pero quiso desestimarlo. Ahora ya no tenía dudas—. ¿Es el famoso Diego ese con el que cantabas?
—No tengo por qué darte explicaciones.
—No las necesito, estoy seguro de que es ese Diego. Bueno, disfrutalo, por ahí se les ocurre armar una nueva banda y salir de gira por los pueblos.
—Chau, Ernesto —se despidió cortante y le dio la espalda. Él cruzó la puerta derrotado y se marchó en silencio.
Carolina volvió a rociar su cuerpo de perfume, volvió a cepillarse el cabello, volvió a delinearse los ojos y los labios. Hizo todo lo posible por borrar el paso de Ernesto. Diego la esperaba.

Arribó al pub pasadas las once. Había bastante gente y tardó en encontrar a Diego. Finalmente, lo vio apoyado en la barra, hablando con el barman y dos pibes. Caminó hacia él y durante esos pocos pasos corroboró su estado de nerviosismo. Se saludaron casi a los gritos, la música estaba fuerte.
—Al fin llegaste, ¿qué te pasó?
—Nada, justo cayó un amigo y…
—¿Amigo? —Su sonrisa burlona contagió a Caro.
—Un ex que ahora es amigo —aclaró. Se conocían demasiado y no había razón para engaños.
—Vamos al patio, reservé una mesa para nosotros, ahí vamos a poder hablar más tranquilos.
Se sentaron, Diego encargó una cerveza y empezó a preguntar lo del recital a beneficio. Carolina había olvidado que esa era la excusa de la reunión. Se sintió una tonta al vivir todo aquello como una cita cuando en realidad había otro objetivo de por medio. Tuvo que sincerarse, explicarle que había sido una idea de ella, pero que aún no lo había discutido con la gente del lugar. Diego preguntó más sobre La Colonia, y de pronto el nerviosismo de Carolina se fue disipando. Hablar de La Colonia, de su gente, de sus necesidades, la ayudó a relajarse.
—Y si tanto te gustaba ese trabajo e ir a ese lugar, ¿por qué lo dejaste?
—Necesitaba tomar distancia.
—Ah… Me imagino. Lo que necesitabas era tomar distancia de un hombre, no del trabajo —afirmó sin concesiones.
—Algo de eso —admitió.
—Tan propio de vos. Cuando un hombre te lastima, te vas.
Carolina sentía que estaban por empezar a transitar un tema engorroso y por eso no respondió. Pero Diego siguió:
—Como cuando te fuiste del pueblo. Esa mañana fui a la terminal.
—¿Qué mañana?
—Esa mañana en la que te tomaste el colectivo para venirte acá, viajaste con tu vieja, llevabas puesta una musculosa de los Guns.
—Yo no te vi y eso que te busqué. —A Carolina le conmovió que recordara ese detalle.
—Me escondí, no quería que supieras que iba a extrañarte. Cuando el colectivo se fue, supe que te había perdido para siempre. —Diego tenía espíritu de artista y por eso le gustaba hablar así, con los silencios y las pausas, como si se tratara del protagonista de una telenovela. En eso residía tal vez uno de sus mayores encantos.
—Ya me habías perdido antes, cuando te fuiste con Guada y después con otra, con otra, con otra y con otra… —rio Caro como para quitarle tensión a la charla.
—Era un pendejo.
—Eras un pendejo y además un idiota.
—Sí, también. ¿Nunca te pusiste a pensar qué hubiera pasado si...?
—Algunas veces. Pero quedate tranquilo, no habría funcionado.
Ambos sonrieron con complicidad. Carolina aprovechó el momento para indagar sobre un tema que le causaba curiosidad.
—¿Por qué te separaste de tu mujer?
—Ella me dejó.
—Seguro que le metiste los cuernos —ella también afirmaba, sin concesiones.
—Sí. Bah, cuernos, me encontró en una pavada, pero no era la primera. Se hartó de mi vida noctámbula, de la desconfianza, de los engaños y se volvió al pueblo con Manuela, mi hija.
—¿Cuántos años tiene?
—Cumplió cuatro hace dos meses. Es hermosa. —Diego fue sincero al decir eso y a Caro le gustó esa ternura en sus ojos.
Volvieron a quedarse callados. La noche, la música de fondo, las confidencias… Una cercanía que rozaba la intimidad.
—Bueno, hablá con la gente de La Colonia, sabés que contás conmigo. Podemos hacer uno o dos shows a beneficio. Igual no son cosas sencillas, requieren varios trámites —propuso Diego, dispuesto a cambiar ese clima embarazoso.
—Dale, lo voy charlando y te aviso. —Caro no supo qué más agregar.
—Ya larga la banda, ¿me acompañás adentro y la escuchamos?
—OK.
Al levantarse, él la abrazó y dándole un beso en la sien, le confesó:
—Me encanta que nos hayamos reencontrado. Necesitaba a alguien como vos en este momento.
—Yo también —reconoció ella.
“Suficiente por hoy”, se dijo Carolina por dentro y avanzó al interior del pub sin darle a Diego tiempo para agregar o hacer nada más.
Comenzó el grupo y, entre tema y tema, iban compartiendo sus apreciaciones. De pronto, ella se dio cuenta de que había permanecido demasiado tiempo alejada de la música. En sus años más jóvenes había sido algo inherente a su vida y ahora algo en su ser volvía a vibrar entre los acordes de la guitarra y el ritmo de la batería.
Tras cinco canciones, Carolina se excusó diciendo que al día siguiente debía levantarse temprano, tenía que llevar a sus padres a unas consultas médicas. Se despidieron sin promesas de reencuentro ni indirectas. Con la naturalidad de quienes se conocen desde siempre y no tienen nada que simular.
Al acostarse se sintió extraña. Había estado en una misma noche con dos hombres. Diciéndolo así sonaba más audaz de lo que realmente había sido.

CAPÍTULO 9
Encuentro
de chat

—El negocio es bueno. —Alberto observaba las proyecciones y características del contrato, su socio Matías lo miraba expectante—. El tema es que hay que instalarse sí o sí en San Pablo, al menos uno o dos meses.
—Dos meses, diría yo. No es tanto tiempo, pero yo estoy complicado con Gise y los chicos, están en una edad difícil, plena adolescencia. En cambio, a lo mejor para vos es más fácil… —dejó abierta la frase para ver cómo reaccionaba su amigo.
—Mmm, no sé. Leticia no va a querer ir; no me acompaña a una cena, mucho menos dos meses al Brasil.
—Podés ir solo también y viajar dos veces en el medio, tenemos recursos para costear esos gastos.
—Qué sé yo... Está muy sola, desde que se fue Magui anda medio apagada.
—Che, Albert, no quiero ser metido, pero por la amistad que tenemos te voy a hacer una pregunta: ¿qué le pasó a Leticia? Cambió mucho en los últimos tiempos. Cuando la conocí era un cascabel: puteaba, se reía, le encantaban las reuniones sociales. ¿Y después…?
—No sé, para mí también es un misterio. En un momento ella se dedicó a los chicos, yo a la empresa. Los dos siempre con quilombos, cansados, resolviendo cada uno las cosas como mejor podía, y un día, cuando los chicos crecieron y mis negocios también, éramos estos. —Alberto dejó los papeles, se levantó y empezó a prepararse un café.
Con Matías tenían una sociedad hacía dieciocho años; sin embargo, hablaban poco y nada de su vida personal. Pero en ese momento Alberto deseó compartir con alguien un tema que le preocupaba: la relación con su mujer.
—Con Leticia nos conocemos hace más de treinta años. Me acuerdo perfectamente el momento en el que me enamoré de ella. Estaba arengando a los compañeros en el Centro de Estudiantes de la facultad. Me encantó: era inspiradora. ¡Y su pelo colorado, lleno de rulos! Era como esas mujeres medievales que quemaban en las hogueras.
—Una bruja —dijo en tono de humor Matías.
—Una bruja de magia blanca —agregó Alberto sonriente—. En esa época ella creía que podía cambiar el mundo y yo también. Y desde entonces peleamos todas las batallas que creímos necesarias. Y cuando digo todas, son todas: las propias y las ajenas. Eran los primeros años de la democracia, imaginate… Ahora, si me preguntás cuándo se enfrió todo, no tengo idea.
Alberto levantó los hombros y Matías se quedó callado. Por un momento temió que con Gise, su esposa, le pasara algo similar.
—Ella era audaz, luchadora, risueña, estaba convencida de que las cosas iban a salir siempre bien. Confió en mí y en esta empresa mucho antes que yo. Llegaron los gemelos, Gabriel estuvo grave al principio y eso la volvió temerosa.
—Y claro, siempre me contaba que habían sido prematuros y que Gabriel fue el que peor la llevó.
—Después con Magui empezó a ser obsesiva y durante la infancia de los tres me costó verla sonreír. Llegaba a casa y siempre estaba agotada, puteando, llorando, embolada por el colegio, por el compañero que le había dicho no sé qué a quién, por el cumpleaños al que no habían invitado a Cristian y así. Luego se transformó en una especie de remisera, llevando, trayendo, buscando chicos de un lado a otro. Más de una vez me quedé a laburar hasta tarde en la oficina para no volver y encontrar ese quilombo y ese rosario de reproches. Volver a trabajar la conectó un poco con aquel entusiasmo, pero con el tiempo también se desilusionó. Quería hacer mil cosas y la puta burocracia le ganó. Se la comió el sistema. Se dio cuenta de que no podía cambiar nada y se resignó.
—Tal vez el viaje al Brasil sea una buena oportunidad para reencontrarse como pareja. —Matías no sabía muy bien qué aconsejarle.
—No, vos no conocés a Leticia. Es más fácil mover una montaña que sacarla a ella de casa.
—Y vos, ¿qué? ¿La seguís queriendo?
—Uy, qué pregunta… —Pensó unos segundos y respondió dudoso—: Sí, la quiero. Pero también uno se cansa de esa frialdad, de percibir que el otro no responde a tus atenciones. A veces me reprocho que por dedicarme tanto al trabajo la dejé un poco sola, sobre todo en la crianza de los chicos.
—Pero le construiste un palacio, una vida sin privaciones. ¿Qué más?
—No sé si era lo que ella quería. Detesta la monarquía, mirá si le va a entusiasmar vivir en un palacio, como vos decís… —Por primera vez Alberto sonrió—. Tal vez habría sido mejor tener menos cosas materiales y más tiempo juntos… Bah, conjeturas. —Tomó de un sorbo lo que le quedaba del café, y propuso—: Bueno, terminemos con esto que parece un culebrón mexicano. ¿Qué hacemos con la sucursal de San Pablo?

Leticia había chateado con Miguel unas cuantas veces. Entre charla y charla le contó que vivía en los Estados Unidos, que iba por el tercer matrimonio y que tenía cinco hijos. Dos con la primera esposa, uno con una segunda mujer con la que jamás legalizó, otro con una tercera y ahora uno pequeño con la cuarta. Le iba bien, aunque no tiraba manteca al techo; se había dedicado a una infinidad de negocios chicos y ahora tenía un polirrubro.
A Leticia, su vida, que todos creían perfecta, le sonó aburrida a la hora de describirla. El mismo esposo desde hacía casi treinta años, tres hijos, comodidades, vacaciones todos los veranos e inviernos, un trabajo estándar…
“Así que finalmente el tipo ese que te arrebató de mi lado se quedó con vos”, había escrito Miguel. Era la primera vez que aparecía una alusión a aquel pasado. Ella podría haber replicado y decirle que nadie la arrebató de su lado, que fue él quien la apartó. Pero prefirió el silencio, desde hacía muchos años prefería callar antes que decir, enmudecer antes que pelear. Como si parte de su carácter estuviera anestesiado.
Sin embargo, debía admitir algo. Desde que chateaba con Miguel se sentía más animada. Hasta procuraba colgar fotos en las que saliera bien. Buscaba aquellas que disimulaban sus arrugas o los rollos afincados en la cintura y en su cadera. De él no había visto casi fotos, solo dos o tres con su niño pequeño y su última esposa.
Estaba por cerrar la compu cuando lo vio conectado. El chat se reactivó con una pregunta: “¿Estás ahí?”.

CAPÍTULO 10
El vuelo
de la libélula

Lola se sentía mal. Las partidas de vacunas eran insuficientes y no les habían enviado la totalidad de los otros insumos solicitados. Temía que todo eso, en parte, se debiera a su error con el llenado de planillas. Mariana trataba de tranquilizarla, pero la preocupación no se le borraba de la cara. Juan, aunque parecía molesto, lo disimulaba bastante bien.
—Bueno, ¿armamos por sectores, por grupos etarios, priorizamos a los pacientes más riesgosos? —En medio de eso interrogantes, los médicos se pusieron a trabajar en una logística que parecía imposible.
Lola tenía deseos de llorar. Sentía que si alguien se moría por una neumonía seguramente ella sería la culpable. Sin embargo, con criterio y creatividad, Juan y Mariana fueron trazando un plan viable.
—Uy, es tarde. Tengo que ir hasta casa a buscar unas cosas. Ya vuelvo. Si tenés que ir a los parajes, andá yendo, Juan. Yo calculo que en veinte minutos estoy de regreso —anunció Mariana.
Juan, que hasta ese momento había estado absorto con el plan de vacunación, se detuvo a observar a Lola. Era evidente que estaba afectada.
—No te pongas así —se arrodilló frente a ella y le levantó el mentón para mirarla a los ojos—. No es la primera vez que pasa, si eso te deja más tranquila.
—No me deja tranquila, para nada. La verdad es que me siento mal.
—No es culpa tuya, sino de esos hijos de puta que ponen trabas para todo, hasta para una partida de vacunas.
—No son solo las vacunas, faltan insumos también.
—Faltan desde que empecé a trabajar acá. No te amargues ni te persigas.
Lola bajó la cabeza abatida, pero Juan buscó su mirada y le dijo:
—Lola, acá la gente no se muere solo por las vacunas. Tienen estudios retrasados, mala nutrición, viven en lugares inhóspitos, sufren diabetes, problemas cardiológicos… Ni que hablar de los casos de violencia y abuso. Las causas son miles, las vacunas no cambian demasiado las cosas. Tenemos un sistema sanitario colapsado, programas que no funcionan… y mucha burocracia.
—Ni siquiera me autorizaron los estudios de alta complejidad, necesitaban una auditoría y todavía no la tenían —a Lola se le quebró la voz. Juan la abrazó para contenerla.
—Arriba ese ánimo, mirá que yo puse todas mis fichas en vos. —Estaba demasiado cerca al decir aquello. Lola lo percibió, pero no quiso apartarlo.
—Apostaste demasiado —replicó.
—No. Más aún, estoy seguro de que vas a volver a la ciudad y vas a conseguir lo que falta. —Estaba siendo condescendiente con ella, pero Lola aceptó su voto de confianza—. Vení, acompañame a recorrer otros parajes que no conocés.
Lola no se resistió. Necesitaba irse de ahí, respirar otros aires, calmar su congoja.
Salieron en camioneta e ingresaron por un sendero estrecho. El olor a verde era embriagador y borraba tiernamente las culpas.
—¿Hace cuánto que estás acá? —le consultó Lola sin dejar de mirar por la ventana el paisaje.
—Dos años y pico.
—¿Por qué viniste a La Colonia?
—Es una historia larga —Era evidente que no tenía muchos deseos de abrevar en ella.
—La quiero escuchar —insistió Lola.
—Me recibí rápido, a los veintiséis tenía mi título con un muy buen promedio. Hice la residencia en un hospital público; una experiencia buenísima, aunque dura también. Me quedé ahí y después entré a trabajar en una clínica privada, el dueño era un amigo de mi papá; de hecho, mi viejo es el abogado de la clínica. Al principio estaba entusiasmado, pero después vi tanta frialdad, tanto negociado con la salud, que me empecé a asquear. La situación del hospital tampoco ayudaba, veía a la gente esperando siglos para ser atendida, falta de insumos; bueno, algo de lo estás viendo ahora acá. En ese momento llegué a cuestionarme mi vocación, sentía mucha impotencia.
—Supongo que es algo que les debe de pasar a muchos médicos cuando empiezan…
—Tal vez. Pero a mí se me sumó la muerte de mi vieja, un cáncer de páncreas fulminante. Sentía que con todo lo que había estudiado no había encontrado la manera de salvarla.
No pudo seguir. Lola tampoco tuvo el coraje de preguntar más.
Se quedaron en silencio. Fue él quien decidió volver a hablar:
—Mi papá y mi hermano continuaron enfrascados en su estudio y yo no sabía qué hacer de mi vida. Estaba un poco perdido. Fueron tiempos horribles. Dejé la clínica privada, me dediqué a full a la salud pública y fui llevando mi duelo como pude.
—¿Y La Colonia? ¿Cómo apareció entre tus opciones?
—Cosas del destino. Mariana era amiga de mi mamá, se conocían desde chicas, eran vecinas, se criaron en la misma cuadra. Ella me llamaba siempre, conmigo tenía una relación especial. Una mañana se comunicó para ver cómo estábamos y me contó que andaba buscando un médico joven, para La Colonia, le habían autorizado un puesto más y quería saber si conocía a alguien a quien le interesara la experiencia. No sé, en ese momento sentí que el puesto era para mí.
—Guau… Fuerte, seguro sentiste que tu mamá te estaba marcando el camino.
—Algo así, aunque mi viejo no pensó lo mismo. Su sueño de “m’hijo el dotor” no tenía mucho que ver con esto. Discutimos demasiado. Ya no le había gustado mucho que dejara la clínica, pero lo de La Colonia fue un baldazo de agua fría. Recuerdo sus palabras: “Es una locura tirar un título en medio de la nada”.
—A veces los padres anteponen sus expectativas a las de sus hijos. No creo que lo hagan por maldad, pero les cuesta entender que somos personas diferentes de ellos, que tenemos otros sueños, otros anhelos… Igualmente, venir a La Colonia debe de haber significado todo un cambio para vos.
—Sí, yo vivía rodeado de comodidades, nunca me faltó nada; es más, ahora que lo pienso bien, creo que a nivel material me sobró todo. ¡Y acá es tan distinto! Uno empieza a reconocer el valor real de las cosas. Además, este sitio me ayudó a sobrellevar mejor el duelo de mi vieja, porque yo venía a los tumbos. Acá sentí que mi vocación tenía sentido. —Juan paró la camioneta e indicó—: Bajemos, vamos allá, a esa escuelita, quiero hacerles una revisión general a los chicos y a Flora, la maestra. Ella está con un problema cardiológico complicado, es uno de los estudios que necesitamos con urgencia.
Lola, que hasta ese momento había logrado relajarse, sintió nuevamente el peso de que la vida y el bienestar de alguien dependieran de sus gestiones. Juan percibió el cambio y, tomándola de los hombros, le remarcó:
—Lola, en este laburo vas a encontrar muchas cosas que te superan, no todo es tu responsabilidad. Te traje para distenderte, no para sufrir. Ya vas a ver que tanto Flora como los chicos de la escuela son divinos.
En cuanto escucharon el auto, salieron de la escuelita unos quince niños que tenían entre cinco y catorce años. Llegaron corriendo a recibirlos y los abrazaron con una ternura que la emocionó. Ni siquiera la conocían e igualmente estaban allí, queriéndola porque sí. Detrás, salió una mujer de más de cincuenta años, la seño Flora. Era gordita y sonriente. Lola se sintió tan plena que por un momento deseó quedarse por siempre allí. No tenía nada que ver con su casa paterna, pero el escuchar los juegos, los correteos de los chicos y sus risas, fue como conectarse con ese mundo ruidoso que había dejado atrás.
Los niños le mostraron la huerta, el aula y sus cuadernos, mientras Juan los llamaba uno a uno para revisarlos.
Lola cada tanto lo observaba. Él les hacía chistes y cosquillas, mientras los auscultaba, los medía y completaba el procedimiento médico. Ese hombre era una caja de sorpresas. Sonreía, aunque en su rostro era fácil entrever la sombra de la preocupación. Igualmente a cada uno de sus pequeños pacientes le infundía confianza. Sus manos daban palmadas
tiernas, tal vez uno de los pocos gestos de ternura y protección que esos chicos recibirían ese día. Parecía hipnotizada por Juan. Volvía la mirada hacia él cada dos por tres, pero dejó de hacerlo cuando sus ojos negros la descubrieron. Se sintió traspasada y un poco avergonzada también.
Luego, lo vio ingresar a la escuela con Flora. Pasaron más de diez minutos y después salieron hablando animadamente, aunque a Lola le pareció que Juan estaba intranquilo.
Llegó la hora de marcharse y los chicos le obsequiaron montones de flores silvestres y unas cuantas naranjas. Dibujitos sin colores y coronas hechas de ramas de sauces también fueron parte de los regalos.
Lola se sentía feliz. Flora y sus alumnos los despidieron sonrientes, y ella por largo rato se quedó mirando hacia atrás, moviendo su mano de un lado al otro.
—Tenías razón, hace bien este lugar.
—Sí, aunque también te enfrenta a cosas demasiado duras.
—¿Qué le pasaba a esa nena, la rubiecita más grande?
—Cosas que suelen pasarles a algunas de las niñas de acá. Tenía signos de violencia, temo que pueda haber abuso… Ahora, en cuanto llegue al dispensario, me pongo en contacto con una de las casas que trabaja para la defensa de los derechos de niñas, niños y adolescentes, para que puedan intervenir. Hay que revisarla bien, necesito que una psicóloga hable con ella. Lo charlé con Flora, por suerte en estos días vamos a tratar de que duerma en el cole.
—¡Ay, qué espantoso! Había muchos casos así cuando trabajaba en el hospital de niños. Esas infancias que sufren y que casi nunca son escuchadas…
—También hay adultos que no ven o no quieren ver, o sea, doble sufrimiento.
Se quedaron en silencio gran parte del viaje, cada uno ensimismado en sus pensamientos. Finalmente, Juan preguntó:
—¿Y vos? ¿Qué hacés acá?
—Mi historia es mucho más simple. Vine a la ciudad para acompañar a mi novio que fue trasladado por razones laborales.
—Pero ¿cómo llegaste a este trabajo?
—Necesitaba trabajar, no tanto por dinero, sino para sentirme útil. Y bueno, un poco de suerte y otro tanto de acomodo.
—Ah, la familia de tu novio está bien acomodada entonces.
—Parece, no los conozco casi —no le gustaba mentir, por lo que buscó una respuesta discreta.
Бесплатный фрагмент закончился.
