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Santiago de Chile.

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FÉLIX GUATTARI

LAS LUCHAS DEL DESEO

CRISTÓBAL DURÁN, MARÍA LUISA FIGUEROA

Y LUCAS SÁNCHEZ

(EDITORES)

(COLECCIÓN PUNTOS SINGULARES)

DIRECTOR DE LA COLECCIÓN

CRISTÓBAL DURÁN

ISBN: 978-956-9441-35-6

ISBN DIGITAL: 978-956-9441-53-0


© 2020, Pólvora Editorial

DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA: CAMILA GONZÁLEZ S.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com .


Índice

Sobre esta edición

Félix Guattari en Chile:Sobre transiciones y captura, a más de treinta años

DE CARTOGRAFÍAS DEL DESEO (CHILE, 1989)

El Capitalismo Mundial Integrado y la revolución molecular

El capital como “integral” de formaciones de poder

Micropolítica del deseo

“Cracks in the Street”

Las luchas del deseo y el psicoanálisis

Las dimensiones inconscientes de los servicios asistenciales

Ciudad / Estado

Las nuevas alianzas

DE EL DEVENIR DE LA SUBJETIVIDAD.CONFERENCIAS, ENTREVISTAS, DIÁLOGOS (CHILE, 1991)

La producción de subjetividad del Capitalismo Mundial Integrado

Las tres ecologías

Antipsiquiatría, psicoanálisis e institución

Referencias bibliográficas

Sobre esta edición

Para comenzar, nos encontramos aquí frente a un gesto doble. En lo concreto se trata de un libro, hecho curiosamente a partir de la adjunción, traducción y montaje de otros libros. En rigor, quizá como cualquier libro que se precie de tal, ha sido construido a través de ensambles, montajes y desmontajes. Segundo, es un libro que inaugura una colección, pero donde “inaugurar” parece ser una trampa. Un libro hecho con otros libros en él y a sus costados, inaugura una serie de libros que de algún modo ya están implicados en él, como avant la lettre. Este libro ya está en medio, en medio de historias que pareciera urgente reconstruir. Una colección venidera se “inaugura” con un libro que consigna transiciones, que se abre para encordar más de treinta años que no dejan de dirigirse y distribuirse de maneras heterogéneas. Esta colección se pone en medio de un presente que no termina de enrollarse en su superficie.

Puntos singulares es una colección que busca abordar el problema de la singularidad de cada libro, de cada escritura, de cada enunciado, pero sin por esto empatar o reducir su potencia a una lógica de lo particular o lisa y llanamente individualista. Al contrario, se trata de un esfuerzo por mantener la paradoja que permite afirmar lo singular en una potencia común y en un cuerpo social. En esta lógica, como editorial damos la bienvenida a Cristóbal Durán, quien toma a su cargo la dirección de esta colección. Le deseamos largo aliento y libros por venir.

***

Los textos que componen este volumen dan cuenta de tonos y circunstancias diversas. Ambos suponen diferentes ejercicios de traducción, así como diferentes escenas de recepción posibles. En cualquier caso, se trata del resultado de un rescate, de un intento de abrir la memoria a un ejercicio de reactualización. Se trata de reunir, acogidos bajo la apariencia de unidad, escritos que vieron el suelo chileno antes y después de la muerte de Félix Guattari. Por un lado, un conjunto de escritos que fueron seleccionados por él y por su traductor Miguel Denis Norambuena, para preparar su visita a Chile en 1991, y por otro, conferencias impartidas aquel año, en lugares que se pensaba podrían activar un diálogo con los interlocutores chilenos.

En total, se trata de textos dirigidos a distintas audiencias, textos que se quieren encontrar con distintas escuchas. Frente a esto, habría que preguntarse por qué reeditar textos pertenecientes a dos volúmenes distintos en uno solo. Unos son textos publicados completa o parcialmente en libros de la autoría de Guattari, junto a conferencias y a escritos hechos para su lectura pública y para incitar inmediatamente a una discusión. El primero de los libros del cual se extraen los textos que conforman este nuevo volumen (Cartografías del deseo, traducido por Miguel Denis Norambuena y publicado en Santiago por Francisco Zegers Editor en 1989), guarda una gran distancia con El devenir de la subjetividad. Conferencias, Entrevistas, Diálogos (Chile, 1991), traducido por Cristóbal Santa Cruz y publicado en Santiago por Dolmen Ediciones en 1998. Ambas publicaciones están separadas por el tiempo, desde la visita a Chile y luego la muerte de Guattari en 1992. Si bien ambos libros son introducidos por Miguel Denis Norambuena, se trata de equipos de trabajo distintos que marcan, en esa distancia de nueve años, las transformaciones que se vivían en el Chile de aquel periodo. De hecho, y esto quizá sea lo más relevante para quienes damos hoy a leer esta “nueva” compilación, hay textos marcadamente diferentes en términos estilísticos y en las apuestas traductivas que promueven.

Nuestra labor ha sido dejar un testimonio de esa diferencia en este volumen. Por lo mismo, se trata de un volumen abierto, heterogéneo y arrojado al porvenir, entendiendo que aquellos dos primeros libros de Guattari publicados en Chile parecían abrir y cerrar un diálogo posible. Nuestro trabajo de edición obedece a una serie de premisas:

Quien lee, tiene ante sí un tercer libro. Ya no se trata simplemente de una reedición de Cartografías y de El devenir. Hemos recogido algunos textos y apartados otros, lo que exige preguntarse el porqué de las anteriores selecciones y qué relación mantiene con la que hemos hecho hoy;

Estableciendo un contraste entre las dos versiones previas de los contenidos, hemos optado por tratar de atenuar las diferencias radicales en términos estilísticos y en la traducción de conceptos que, desde los años 1990, se han revelado manifiestamente como centrales, y que ya han adquirido su carta de ciudadanía en el pensamiento de las últimas décadas. En ocasiones nos vimos en presencia de textos casi completamente distintos, casi como si se tratara de dos viñetas de los Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau. Intentamos que textos que se leían muy distintos, en un intervalo de nueve años, pudieran ser leídos, más de 20 años después, estableciendo un diálogo entre ellos;

En este sentido, hemos optado por seleccionar textos que son de autoría exclusiva de Guattari, con dos importantes excepciones seleccionadas por el mismo Guattari para ser introducido en Chile: un fragmento de Mil mesetas (publicado originalmente en 1980, y escrito en coautoría con Gilles Deleuze), y el texto “Las nuevas alianzas”, coescrito junto a Toni Negri entre y publicado en 1985. Ambos resuenan fuertemente con los restantes textos del volumen, y poseen una actualidad indiscutible y urgente: hoy, quizá más que nunca, los diagnósticos y análisis diagramáticos impulsados por Guattari sobre las subjetividades neoliberales son extraordinariamente urgentes para interrogar y enfrentar nuestro presente.

***

Las luchas del deseo presenta algunos de los ensayos que habían sido contenidos originalmente en la edición de Cartografías del deseo (FZE, 1989). Dichos textos fueron sugeridos por Guattari. Si bien el plan inicial suponía traducir sólo textos pertenecientes a La révolution moléculaire (Éditions Recherches, 1977 / 1980), el texto era muy extenso y quizá muy acabado en su organización como para servir de “introducción” o de muestra amplia y panorámica del rango de preocupaciones que recorría el ojo guattariano. El primero de los textos que aquí presentamos “El Capitalismo Mundial Integrado y la revolución molecular”, no forma parte bajo esa denominación de La révolution moléculaire, pero una contribución con ese nombre fue presentada en unas jornadas del CINEL en 1981, y fueron luego recogidas en castellano en la revista Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 1, de 1989. El segundo texto, “El capital como ‘integral’ de formaciones de poder”, antes de su edición en el libro publicado en Chile en 1989, formó parte de la edición francesa de RM, y publicado antes de eso en la revista Recherches en 1980. El ensayo que lleva por título “Micropolítica del deseo” está contenido íntegramente bajo el título “Micropolitique du fascisme” en RM en la edición de 1980. El ensayo siguiente, “Cracks in the Street”, fue publicado en inglés en el número 135 de la revista de arte Flash Art, en 1987. También dio el título a una conferencia presentada en la Modern Language Association, en New York, el 28 de diciembre de 1988 en el Sheraton Center. Una versión en francés apareció en el libro de Guattari, Cartographies schizoanalytiques (Editions Galilée, 1990).

“Las luchas del deseo y el psicoanálisis” figura en RM, en el índice de la edición de 1977. El ensayo siguiente, “Las dimensiones inconscientes de los servicios asistenciales”, no está publicada en ninguno de los libros de Guattari, previos a su aparición en el volumen chileno de 1989. Según Miguel D. Norambuena, se trata de un artículo publicado en una revista de filosofía y política italiana de la época. “Ciudad/Estado” corresponde a un fragmento extenso del capítulo “Aparato de captura”, contenido en Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, escrito por Guattari y Gilles Deleuze, y aparecido originalmente en 1980 como Mille Plateaux (París: Les éditions de Minuit). “Las nuevas alianzas” es un ensayo más extenso, coescrito junto a Toni Negri entre 1983 y 1984, y publicado originalmente bajo el título Les Nouveaux espaces de liberté por la editorial Dominique Bédou, en 1985. Cerca de la edición que aquí publicamos se lo puede leer en inglés bajo el título Communists Like Us: New Lines of Alliance, New Spaces of liberty (Semiotext(e), 1990).

Por otro lado, optamos por seleccionar exclusivamente tres conferencias del conjunto del material que significó la visita de Guattari a Chile, y que fueron publicadas en El devenir de la subjetividad, a saber: “La producción de subjetividad del Capitalismo Mundial Integrado”, “Las tres ecologías” y “Antipsiquiatría, psicoanálisis e institución”. Estas tres conferencias fueron dictadas en Santiago (en RENACE, en el Instituto Chileno Francés de Cultura y en la Universidad Diego Portales). Además, corresponden a la primera parte del libro tal como fue publicado en 1998. Con la excepción de “La producción de subjetividad del Capitalismo Mundial Integrado” que fue publicada originalmente en el Nº 4 de la Revista de Crítica Cultural, estas conferencias llegaron a un público más amplio con El devenir. Por varios motivos hemos optado por dejar fuera de esta edición las entrevistas y diálogos, que sí fueron incluidos en El devenir: desde el punto de vista editorial que perseguimos, las conferencias fueron preparadas considerando a las audiencias que visitó, pudiendo marcar sus textos con los énfasis que el mismo Guattari querría para la discusión; por otra parte, existe un material más amplio y vasto de entrevistas y diálogos que no fueron publicados en El devenir que aún cabría por revisar para próximas publicaciones, y que abren preguntas sobre las elecciones, ausencias, olvidos u omisiones; y, también, porque en las conferencias ocurre un fenómeno curioso: son los traductores y editores de éstas quienes varios años después introducen una serie de subtítulos que orientan la lectura, que “presentan” a Guattari.

Por último, nos gustaría precisar cuestiones de carácter editorial. Por una parte, mantuvimos las notas de introducción realizadas por Miguel D. Norambuena y Francisco Zegers provenientes de Cartografías, así como las notas del traductor y subcapítulos que introdujo el equipo que trabajó en la publicación de las conferencias en El devenir. Las notas del traductor entonces corresponden a Miguel Denis Norambuena y a Cristóbal Santacruz, respectivamente. Además, agregamos las propias con el respectivo N. de los E., para marcar esta reedición. Así también, los errores de carácter “técnico”, como aquellas notas al pie que están inscritas como notas del traductor en Cartografías pero que pertenecen a Guattari, sea de RM u otra publicación de la cual fueron compiladas, han sido corregidas cuando es necesario. Finalmente, esperamos que el lector se encuentre con una edición trabajada cuidadosamente, con cariño y afecto, que busca relanzar la actualidad del pensamiento guattariano en nuestro país.

CRISTÓBAL DURÁN

MARÍA LUISA FIGUEROA

LUCAS SÁNCHEZ

Félix Guattari en Chile: Sobre transiciones y captura, a más de treinta años

Cristóbal Durán

Juan Luis Martínez: ¿La visita a Chile le ha dado una perspectiva nueva sobre el país, sobre la democracia? ¿Esperaba ver algún cambio?

Félix Guattari: Es muy pronto para contestar eso.

JLM: Personalmente, creo que no hay muchos cambios.

FG: Durante años se dijo que esto no cambiaría, pero la realidad lo ha desmentido. Y el cambio va a ser cada vez más acelerado…

JLM: Usted tiene todavía muchas esperanzas.

FG: Es una visión geopolítica global.

JLM: Creo que las cosas se van a acabar, lo que es mucho más importante.

FG: Desde luego, si las cosas siguen igual, la gente en Santiago va a morir ahogada, todo se va a terminar…

FÉLIX GUATTARI, CONVERSACIÓN CON JUAN LUIS MARTÍNEZ, VILLA ALEMANA, 19 DE MAYO DE 1991

Félix Guattari fue y sigue siendo un pensador singular, qué duda cabe. Y esto no sólo lo deberíamos advertir en el empleo de dicho adjetivo, que ya marca abiertamente una línea de inclinación para su pensamiento. Hoy consideramos que su visita a Chile, en mayo de 1991, da cuenta de esta singularidad de un modo excepcional; creemos que hay que volver a reconstruir la escena de esta visita, tomando distancia. Reconstrucción que ahora se muestra urgente, que requiere poner sobre la mesa hipótesis para las razones de esta visita y, sobre todo, para proporcionar nuevas entradas para recorrer los estratos y captar las fuerzas que animan nuestro presente, sus gérmenes y sus devenires.

Nacido el 30 de abril de 1930, el parcours de Guattari nunca se pudo resolver entre la militancia política y la salud mental. Si somos justos: se mantuvo en el medio. Analizado por Jacques Lacan y miembro de la École Freudienne desde 1969, nunca dejó de estar comprometido con la extrema izquierda antiestalinista. Jean Oury, fundador y director médico de la Clínica Psiquiátrica de La Borde, le abrirá las puertas en 1950, y le permitirá desarrollar un trabajo sistemático, en un entorno hospitalario caracterizado por la libre circulación de los enfermos, la rotación del personal y por romper la dicotomía impuesta por el poder médico. Esa orientación hacia la psicoterapia y el análisis institucional tiene como testimonio la fundación del Centro de Estudios, Investigaciones y Formación Institucionales (CERFI), que se mantuvo en operaciones entre 1965 y 1987), y que publicó la revista Recherches. Primero concentrado en la lucha contra la guerra de Argelia (fundó la “Voie Communiste”, que funcionó entre 1955 y 1965) y luego en el mayo francés, desde los años 1970 sus preocupaciones se volcaron a la defensa de militantes de la Autonomía Obrera italiana, a participar activamente en el movimiento de radios libres en Europa, y, desde los años 1980, como un activista comprometido con los movimientos ecologistas.

Todo lo anterior nos da una idea muy discreta de sus preocupaciones al momento de interesarse por Chile y llegar a visitarlo. Pero, es preciso recordarlo, aguardando, antes de su visita, hay un diálogo. Si bien este diálogo de Félix Guattari con Chile podría datarse con varias actas de nacimiento, y sin saber todavía qué quiere decir dicho “diálogo”, lo cierto es que hay un hecho crucial. Hecho que, precisamente, hace treinta años, imprime por anticipado el sentido del volumen que aquí presentamos. En 1989 aparece publicado el libro Cartografías del deseo, bajo el sello de Francisco Zegers Editor. Se trataba de una compilación de textos, de un trabajo editado “para presentar a Guattari al lector chileno”,1 asumiendo probablemente que Guattari era prácticamente un desconocido para quienes rondaban nuestras lenguas.

Hoy podemos decir, luego de pasados treinta años, que sus escritos han sido copiosamente traducidos a varios idiomas, entre ellos el inglés, el alemán, el portugués y el japonés. Las Cartografías fueron un primer gesto para Chile, pero no solitario, por probar la suerte de un pensamiento inaudito en nuestros territorios más próximos: es la segunda traducción de Guattari hecha en Latinoamérica en lengua castellana (en 1976 apareció Psicoanálisis y transversalidad, en Siglo XXI de Argentina y México, y en 1981 se había publicado una selección especial para presentarlo a los lectores brasileños, Revolução Molecular: Pulsações Políticas Do Desejo, una recolección de escritos especialmente reunidos y editados por Suely Rolnik en Editora Brasiliense). Con dificultades, sin hacer concesiones simples al marxismo o al psicoanálisis, se venía fraguando un territorio que todavía quedaba abierto en su trazado.

Cartografías del deseo contiene un conjunto de textos seleccionados y traducidos por Miguel Denis Norambuena, un chileno radicado en Ginebra, y formado por el mismo Guattari en la clínica de La Borde.2 Tal como señala Norambuena, el volumen “gozó de una total libertad de confección, libertad no sólo para la selección y recopilación temática, sino también para la traducción, pues Félix, que aborrecía los lazos de dependencia fantasmática o pragmática hacia su persona, sólo era abordable en un contexto empático de recíproca autonomía de vuelo”.3 Guattari se había interesado fuertemente por Latinoamérica y Chile, por razones evidentes. Por un lado, por lo que significó el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), con sus procesos inéditos a nivel social y político, y por la violencia impactante del Golpe de Estado que destruyó su proyecto. Por otro, por cómo se podía experimentar a nivel subjetivo y cuáles serían las implicaciones de ello en un escenario posdictatorial. Su relación de amistad con Norambuena de seguro lo mantuvo al tanto de la imbricación de estos procesos. Dada la inmensa sensibilidad y el cuidado de Guattari con la naturaleza heterogénea de los procesos de reorganización política, resistencia y recuperación de la democracia, su interés por Chile, más que orientarse a la política de las grandes relaciones de poder, lo llevarían a detenerse en los laberintos de una micropolítica.

Para poder entender las razones que lo llevaron a Chile, y que lo llevaron a conjeturar sobre su proceso, es indispensable tener en consideración su temprano vínculo con Brasil. Lo visitó repetidas veces, un total de siete visitas, y lo recorrió con una frecuencia cada vez mayor a medida que pasaban los años.4 En Brasil, como es bien sabido, Suely Rolnik jugó un papel fundamental a la hora de hacer presente la obra de Guattari. La relación de Rolnik con Guattari data de inicios de la década de 1970, cuando Rolnik escapa de la dictadura militar hacia París. Conoce a Guattari mientras asiste al seminario de Deleuze, y empieza a ser analizada por él y a participar en La Borde. Una vez que regresa a Brasil, traduce y publica una selección de textos de La révolution moléculaire5 bajo el título de Revolução Molecular: Pulsações Políticas Do Desejo. Sin duda, se trata de un primer intento por dar a conocer el pensamiento de Guattari en este rincón del planeta, poniéndolo explícitamente en comunicación con las producciones de subjetividad en Latinoamérica. Así mismo, el libro contribuyó a preparar el ambiente para las reuniones y discusiones que Guattari mantendría en Brasil durante los años siguientes con militantes sindicalistas, miembros de organizaciones de trabajadores y con personajes del entorno psiquiátrico y psicoanalítico de Brasil.6

El caso de Chile es muy interesante. Según lo documenta François Dosse de una manera muy sucinta, Guattari se interesa por la historia de Miguel D. Norambuena, a quien conoce hacia finales de la década de 1970, por mediación de David Cooper. Guattari viaja con Norambuena a Chile en mayo de 1991, y “poco después publican una obra en español, con una introducción de Norambuena, compuesta de una compilación de conferencias pronunciadas por Guattari en Chile”.7 Puntualmente, sobre las consecuencias de la visita de Guattari a Chile, Dosse entrevistó a Norambuena y a partir de dicha conversación pudo escribir que “las tesis del esquizoanálisis tuvieron un efecto innegable y notorio”.8 Si bien es cierto que el lazo que se estrechó entre Guattari —su persona, su pensamiento— y las realidades latinoamericanas, se formó a pulso en el intercambio singular con quienes buscaron hacerse camino ante la brutalidad de las represiones políticas y su concomitante destrucción de los tejidos sociales, y que, desde esos lugares, ello permitió abrir muchas de las ideas de Guattari hacia nuestras experiencias recientes, quizá todavía sea muy pronto para afirmar que estas ideas tienen “un efecto innegable y notorio”. Y quizá sea, recién hoy, que podemos empezar a advertir esta herencia.

***

Cartografías del deseo, el libro publicado en Chile en 1989, nace como resultado del intento de dar a conocer el pensamiento de Guattari en nuestro país, en un momento especialmente decisivo. El 5 de octubre de 1988 se votó el plebiscito nacional que hizo posible decidir si Pinochet seguía o no el poder hasta 1997. El resultado fue el “No”: a finales de 1989 se realizaron elecciones presidenciales democráticas, iniciándose la llamada transición democrática con el gobierno de Patricio Aylwin, desde marzo de 1990. Encontrándose con esa situación en Chile, Norambuena, quien vivía desde hace años en Ginebra, empieza a buscar quién podría publicar a Guattari en Chile. Ni el mundo académico, ni el político, ni siquiera el psicoanalítico, se mostrarán receptivos. Por medio de la escritora Diamela Eltit, Norambuena tomará contacto con Francisco Zegers, editor, publicista y pintor chileno, quien finalmente llevará a cabo la tarea de edición y publicación.

Como cuenta Norambuena en su “Introducción” al libro de 1989, su intención era originalmente traducir La révolution moléculaire, pero rápidamente se encontró con la necesidad de hacer un volumen más pertinente a nuestro continente y nuestra lengua. En una breve semblanza escrita por Norambuena, aparecida en el catálogo #30 Francisco Zegers Artista / Editor, en 2013,9 éste recuerda el interés de Guattari por la dictadura de Pinochet, la represión y el quehacer de los opositores. Decide entonces traducir y editar algunos textos de Guattari en Chile. La apuesta de Guattari para el Chile que iniciaba su “transición” ofrecía “una temática totalmente trasversal (sic) fuera de todo dogma. Un posicionamiento heterodoxo, que no gozaba en ese momento de ningún espacio de acogida, ni cultural, menos sicoanalítico (sic), como tampoco sociopolítico de parte de la intelligence Santiaguina” (s.n.)

Durante la década de 1980, la labor editorial de Zegers permitió sostener el trabajo de una serie de artistas y escritores, y publicar sus libros. Entre ellos, la misma Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld, Carlos Leppe y Eugenio Dittborn. En ese concierto, la publicación de Guattari proporciona coordenadas de lectura que le planteaban fuertes exigencias al momento que se vivía en Chile. En su “Nota del Editor” del libro de 1989, Zegers nos propone una imagen de la que no tardará en extraer su fuerza política: el lector podría ser una máquina, máquina como siempre conectada a tantas otras, que experimenta desplazamientos y una paisajística que empezaba, a tientas, a quitarle crédito a ciertos códigos. El libro se le pedía a sus lectores que intentasen pararse en medio, es decir, donde ya no cabe detención alguna, puesto que se trata de un “gabinete de lectura móvil”, y así “sacar la cabeza por la ventanilla del tren”.10

Una nueva mirada sobre lo político, que implicaría a su vez a la salud mental y a las artes visuales, Zegers tiene muy presente, demasiado, la exigencia que Guattari plantea: si la política de hoy (¿1989? … ¿2020?) desborda sus marcos “para tener que retornar a su legalidad para hacerla avanzar en su institución -como un viajero inmóvil”, se trataría de recorrer las cosas de otro modo, de hacer otra política, una “política para hoy”. Pero no sería una labor sencilla: para ello habría que, en plena retirada de las teorías de la dependencia, advertir que ya no era suficiente con diagnosticar el modelo arborescente que ponía al Sur subordinado al Norte. Desde un principio Zegers veía claramente que con Guattari habría elementos de sobra para “interpela[r] al escenario político latinoamericano, que con tanto rigor e ingenuidad se aferra a los modelos arborescentes”.11

El trabajo de Guattari en Chile se inscribiría en paralelo, adyacente al proceso molar de transición democrática. Si la transformación que supone esta última implica captar procesos regulares y trascendentes a los flujos que componen al socius, y que interpretarían, entre otras, la recepción de los llamados movimientos sociales en una institucionalidad en gran medida anquilosada, nunca habría que perder de vista el carácter rizomático de las fuerzas en curso, no formadas ni consumadas. Tal como sucedió en el caso del libro preparado por Suely Rolnik en 1981, lo que estaba en juego era hacer sensible las revoluciones moleculares, de un modo plural y en su compostura singular. Para ello, habría que diluir los “cálculos renales” que, extendiendo la expresión de Zegers, parece que nuestras políticas siguen cargando, hoy, justo en el momento en que preconizamos haberlos abandonado. Ahora mismo, cuando el capitalismo parece saludar su fluidez, y empiezan justamente en Latinoamérica los retornos más o menos interminables de nuevas formas gubernamentales de fascismos (a falta de un término mejor), para mostrar la falibilidad congénita de la transición. A Zegers (y, como veremos, a Guattari) le interesaba la transición a la democracia, pero la necesitaba para entender en ella no un simple banal paso o momento de pasaje, ni mucho menos un cambio de un estado definido a otro.

Zegers nos decía que los gestos de lectura que Guattari nos proponía ya en esos años nos podrían dar la posibilidad de advertir, entre otras cosas, la naturaleza de los movimientos sociales. Movimientos estos, que ya no deberíamos entender, simplemente, como bloques homogéneos. No sólo rechazar el binarismo que reparte con fijeza entre izquierda y derecha, tan nebuloso para nosotros hoy, habitantes de neoliberalismos descarnados. Guattari nos pide que afinemos el oído, para captar los movimientos que germinan al interior de otros movimientos, y que ya no nos permiten identificar amigos y enemigos y ponernos de inmediato en el lugar que más nos convenga, y que más bien nos exigen estrategias, argumentos y cartografías, antes que herencias moralistas o trampas acomodaticias. Izquierdas y derechas al interior de los partidos, sea de donde sean y se reconozcan en la tradición que sea que lo hagan.

Hacia fines de los años 1970, Guattari empezaba a evaluar en detalle las transformaciones de la subjetividad, individual y colectiva, producto de las mutaciones de los mass media. Otros cuerpos, otras imágenes, otras distancias y velocidades, y desde luego, otros inconscientes. Eso se tendría que repetir en el libro mismo. Zegers decía, de la edición de Cartografías, que se trataba de un libro-máquina-de-acción, “disociante, convergente, zigzagueante, contra el libro-perspectiva-apa-rato-de-estado”, y tenía muy presente que no se trataba únicamente de una serie de textos propuestos, sino más bien de una “mirada pragmática de creatividad” con la cual habría que dejar abiertos los territorios de libertad que se van haciendo.12

Porque se trata de un libro sobre el deseo, una máquina deseante. Tantas veces queremos arrojarnos encima de lo espacios de lo real, y la interpretación colapsa los procesos. Y la inmanencia del deseo al campo social no implica que uno se deje subsumir o ahogar por el otro. La única chance de abrir una brecha es mapear relaciones de fuerzas, no seguir programando, no ceder ante las anticipaciones. Se precisan mapas, pero no de territorios que se presuponen o que se tengan como ya constituidos. Se trata de captar cómo las fuerzas, que siempre son relaciones, producen existencialmente sus referentes, sus reales. Las cartografías no pueden verse limitadas a representaciones extrínsecas; participan directamente del engendramiento de sus objetos. Como lo dice Deleuze, a propósito de Foucault, “el diagrama ya no es el archivo, auditivo o visual; es el mapa, la cartografía, coextensiva a todo el campo social. Es una máquina abstracta. Se define por funciones y materias informales, ignora cualquier distinción de forma entre un contenido y una expresión, entre una formación discursiva y una formación no discursiva”.13

Si se trataba de pesquisar líneas de fuga, de inestimable valor para descubrir la fuerza de escape que crece en cada movimiento, fuerza que porta altos coeficientes de creatividad, no es de extrañar que el ejercicio mismo de diagramar y cartografiar se haya encontrado con la persistente dificultad de tener que lidiar con núcleos de poder tan cristalizados, que repelían toda diferencia. ¿Pero acaso no correríamos hoy la misma suerte?

Un lugar casi inexistente

En la última página de la edición chilena de Cartografías, Justo Pastor Mellado se encargaba de consignar cierto aire de familia para el volumen, aparentemente para facilitar la recepción de Guattari en un escenario tan aislado como autorreferente. Proporcionaba “Una chilena biblio(carto)grafía”, con la cual parecía indicar implícitamente que se leyera a Guattari junto a otros textos determinados, para dar posibilidad a un encuentro. Efectivamente muy pocos de dichos textos acusaban recibo explícito de la existencia de Guattari, y se podría sospechar si compartían algún “aire de familia”. Todavía nos queda evaluar si hubo cita, si acaso algo así se puede especular.

El volumen publicado por Zegers fue un volumen urgido, movido y conmovido por la urgencia. En mayo de 1991, Guattari viaja a Chile junto a Norambuena, y Zegers junto a Guadalupe Santa Cruz coordinan e implementan su visita a Santiago, Valparaíso y Villa Alemana.14 Sus encuentros dan inmediatamente cuenta de donde quería apuntar Guattari. Durante un poco más de una semana de reuniones, hizo lazos con ONG de mujeres, con organizaciones de mapuche, con psiquiatras, estudiantes universitarios, artistas, escritores, y expuso o participó de discusiones sobre ecología, cambios sociales, la Amazonía, el capitalismo, economía, política y democracia, antipsiquiatría, comunidad y medicina, feminismo, entre muchos otros tópicos que se pueden encontrar como inquietudes más o menos insistentes a lo largo de sus años de reflexión. Una parte muy escueta del registro de la visita de Félix Guattari podemos encontrarlo en la publicación El devenir de la subjetividad, libro editado por Cristóbal Santa Cruz con la ayuda de Norambuena, y publicado por Ediciones Dolmen en 1998, el cual contiene algunas conferencias, entrevistas y conversaciones que Guattari sostuvo durante su paso por Chile en 1991.

Además de las conferencias realizadas durante la última semana de mayo de 1991 (que son reeditadas en este volumen) y de los diálogos (que contemplan intervenciones de distintos intelectuales chilenos y que Guattari sólo se limita a comentar, además de una conversación sostenida con el poeta Juan Luis Martínez en Villa Alemana, y de un texto leído de Pedro Lemebel leído como intervención en el encuentro de Guattari con alumnos de la Universidad ARCIS), El devenir publica en castellano “Para una refundación de las prácticas sociales”, escrito previo que reelabora luego de su visita a Chile, y que se publica póstumamente en la edición de octubre de 1992 de Le Monde Diplomatique. El devenir también contiene tres entrevistas realizadas en Chile, y publicadas el mismo 1991 en Revista de Crítica Cultural, Hoy y Página Abierta. El valor de éstas es que permitieron hacer públicas las posiciones de Guattari respecto a la situación de Chile y a lo que podría revelarse como fundamental para los años venideros.

Podríamos decir que ambos volúmenes editados en Chile consignan ejercicios de experimentación, casos que ponían en conexión la actualidad chilena con sus energías potenciales, con sus cargas, y con sus energías liberadas. Pero constituyen tan sólo un botón de muestra para dar cuenta de la gran cantidad de intercambios que sostuvo Guattari en su visita a Chile, y que tendrán que ver la luz en los próximos años. Intercambios que podemos suponer extraordinariamente relevantes para comprender distintas dimensiones del proceso transicional. Lo interesante es que lejos de que podamos afirmar que el trabajo de Guattari tuvo, en Chile “un efecto innegable y notorio”, como Dosse parece leer en su conversación con Norambuena, parece que sus discusiones y encuentros permanecieron dormidos en el tiempo. Entre la publicación de Cartografías, que proponía preparar la llegada de las ideas de Guattari y la publicación de El devenir, que recogía algunos testimonios variopintos de su visita, encontramos escasas menciones explícitas. Una es la temprana aparición de Guattari en Cuerpo correccional de Nelly Richard, escrito en 1980 a propósito de la obra de Carlos Leppe, y editado por Francisco Zegers. Richard vincula el problema guattariano del significante en la institución con la posibilidad de leer en Leppe una labor semiótica que se emancipa “de las normas comunes de información verbal o visual, de contestación de la uniformidad totalizante de los patrones sígnicos lingüísticos.15

La cuestión de la minoridad o del devenir minoritario —y de los devenires—, así como la crítica del significante es un tópico que podemos encontrar explícita y tácitamente en los escritos de Richard, así como en los de Justo Pastor Mellado,16 quien tradujo además la conversación que mantuvo Guattari con Roberto Matta en 1987.17 Una tercera voz que recurrió a Guattari de manera temprana fue Willy Thayer. En La crisis no moderna de la universidad moderna (Santiago, Cuarto Propio, 1996), emplea el concepto de Capitalismo Mundial

Integrado para dar cuenta de uno de los rasgos decisivos de la transición chilena, y que mostraría cómo ella se basa en una unidad compleja de control informacional planetario, que se sostiene en un proceso recíproco de telematización del mercado y de mercantilización de la telemática.

Además de dichas menciones, es poco lo que se puede constatar en un nivel explícito sobre su recepción en nuestro país, en los momentos cercanos a su visita. La singularidad del pensamiento guattariano quizá no pudo ser atendida en su momento, y quizá incluso se pueda especular que su visita no produjo un gran impacto inmediato, un impacto que, sin embargo, ha tenido que irse elaborando paulatinamente en una serie de prácticas. Contra ello también conspira la sostenida obliteración o subrogación de la firma de Guattari debajo de aquella de Gilles Deleuze. Aun cuando sea cierto que la escritura firmada por ambos sea una multiplicidad en sentido estricto, siempre parece primar el nombre de Deleuze por sobre el de Guattari,18 incluso en los casos en que se apuesta a su complicidad.19 El lugar casi inexistente de Guattari no puede ser enfrentado sin apelar al hecho de que su visita fue escandida por su interés de los procesos dictatoriales y posdictatoriales en Chile. Casi podríamos imaginar a Guattari muy interesado con qué sucedería con lo que él advertía en su visita como una gran capacidad de inteligencia colectiva que constituía una posibilidad de resistencia inaudita para el Capitalismo Mundial Integrado.20 ¿Qué sería la transición, esa transición interminable que ha revelado ser la transmutación estabilizadora del régimen militar? ¿Qué habría podido ver Guattari de la captura de las Organizaciones No Gubernamentales, captura “necesaria” para asegurar el planteamiento de la transición?

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Félix Guattari murió de un ataque al corazón la noche del sábado 29 de agosto de 1992, a los 62 años, en La Borde. Desde este otro lado del planeta, la transición a la democracia ya se encontraba en pleno, exactamente a dos años y medio de asumir Patricio Aylwin, figura moderada de la Democracia Cristiana y un reconocido opositor al programa de Salvador Allende y la UP. Hoy no hemos abandonado el régimen transicional, y hoy, más que nunca, el Capitalismo Mundial Integrado opera con un brazo armado implacable.21 Quizá sea preciso afirmar hoy, más que nunca, la urgencia de leer y discutir a Guattari, de volverse hacia su “caja de herramientas”. Pese a no verse explicitadas —pese a no fijarse y a pujar por su soltura—, sus tesis se aferraban a persistir. Volvían a quienes seguíamos asombrados por ellas, y a quienes las podíamos reconocer en otros lados: cuando se extenuaban las lecturas y las matrices, había que ponerse creativos, es decir, atentos a las fuerzas, a los movimientos, a lo que conectaba con los afectos, con los deseos.

En su visita quiso explorar los procesos de producción de subjetividad en el CMI en distintos dominios. En lugar de hallarnos frente a la imagen de un capitalismo controlador, lo que Guattari destaca es más bien la idea de un momento del capitalismo basado en la capacidad de producir la subjetividad, y sostenido en la capacidad de homogeneizar los modos de producción, circulación y control social. El CMI, basado precisamente en la capitalización de la subjetividad, se transformaba en un concepto excepcional para entender las capturas de los territorios existenciales y del cuerpo social. Integral por su potencia integradora e integrista, por su virtud in-dife-renciadora que logra, entre otras cosas, que por primera vez el destino de todo el planeta esté en manos de la especie humana… eso sella el fracaso patente del capitalismo.

Como lo definía en “Las nuevas alianzas”, escrito junto a Toni Negri a mediados de la década de 1980: el CMI es esta figura del mando/dominación que recoge y exaspera la unidad del mercado mundial sometiéndola a instrumentos de planificación productiva, de control monetario, de sugestión política, con características casi estatales. El Capitalismo Mundial integra en este proceso, junto a los países metropolitanos y directamente dependientes, al conjunto de los países del socialismo real y dispone además de los instrumentos de absorción de la economía de numerosos países del Tercer Mundo, cuestionando la antigua posición de éstos, denominada como de “dependencia periférica”. El mando/dominación estatal y los Estados nacionales están sometidos así a una verdadera desterritorialización. El CMI no se obstina en recomponer, de acuerdo con nuevas formas de unificación, los flujos y las jerarquías de los poderes estatales tradicionales. Engendra funciones estatales suplementarias que se expresan a través de una red de organizaciones internacionales, una estrategia planetaria de los medios de comunicación de masas, una rigurosa toma de control del mercado, de las tecnologías, etc.”.

En ese escenario, en un Chile todavía completamente sensibilizado por las heridas dictatoriales, no parece extraño que uno de los textos reunidos en Cartografías, precisamente el más extenso y quizá el que más apelaba a un registro estratégico, “Las nuevas alianzas” (coescrito junto a Toni Negri, por ese entonces exiliado en Francia y todavía acusado en Italia de ser el autor ser el autor intelectual del asesinato del primer ministro italiano Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas), haya omitido el subtítulo de su primer capítulo. La borradura sobre “Nous appellons communisme…” (“Llamamos comunismo…”) podría haber sido una toma de resguardo, pero no únicamente frente a los poderes, que todavía mantenían hacia finales de los años 1980 al nombre “comunismo” bajo un veto y una interdicción. También podrían haber buscado separar —puesto que hacían falta nombres en el Chile de fines de los ’80 para indicar eso que con “comunismo” se quería decir en los textos de Guattari— ese significante de sí mismo, y se haya buscado con eso preparar una circulación y recepción de sus ideas, a distancia tanto del régimen militar como del tejido de los Partidos.22

Ya en 1991, Guattari hablaba a sus interlocutores sobre la necesidad, en este escenario de fomentar el disconsenso, como modo de producir y liberar la alteridad, dado que las luchas en curso puestas en el CMI son luchas de subjetividades. Ese disconsenso sería “no sólo aceptar la diferencia del otro, sino que además desearle, trabajar para que esa diferencia se acentúe”.23 Eso sería parte de una política a la vez coherente y deseosa de la diferencia, de la singularización de las posiciones del otro”.24 El deseo de consenso habría sido, a sus ojos, una clara señal de un riesgo totalitario patente. Dado que “la subjetividad capitalista lo homogeneiza todo” se requiere “una revolución molecular [que] implica una heterogénesis de los valores”25 y de un análisis de los procesos de producción de la subjetividad que aspiren a construir “territorios existenciales”. Estos territorios existenciales no serían otra cosa que el objeto de una ecología que, ahora política, tendría que darse las condiciones de inventar su propia ecología social y mental, atenta a las microprácticas de todo tipo. Una ecología que no pasa únicamente por marcar el trazado de las relaciones entre especies y entornos, sino que también requiere la integración de una dimensión virtual e incorporal, de los acontecimientos que difícilmente se dejan captar en entramados relacionales entre individuos constituidos.

Algo similar a lo que podía observar en su conferencia “La producción de subjetividad del capitalismo mundial integrado”, cuando se refería a la visita que realizó a la “Casa de todos”, “centro ecológico de personas de la tercera edad, ubicado en Santiago”: “La gente describía el momento en que, a fuerza de verse, reunirse, tomar juntos iniciativas, se sentían perteneciendo a algo que trascendía su propio yo. Pero este ir más allá del yo, que implica un trabajo de años en una institución psiquiátrica, no es solo una subjetividad que nace entre individuos como fenómeno microsocial de grupo; es algo que compromete todo tipo de dispositivos: dispositivos de intercambio económico, dispositivos de diseño plástico en el espacio, aquello que yo denomino “ritornelos”, pequeños ritmos sociales”.26

Precisamente en ese sentido se dirigían los intereses de Guattari. Si en la misma conferencia podía preguntarse por el sentido que podría tener hoy seguir haciendo política, y constataba con ello las dificultades para discernir las diferencias entre los programas de los distintos sectores políticos y el profundo desinterés por la política partidos, que advertía tanto en su Francia natal como en Chile. “Es como si los poderes políticos tradicionales estuvieran completamente fuera de las mutaciones sociales fundamentales que están ocurriendo y que en definitiva le hubieran delegado al CMI la tarea de administrar las ciudades, la subjetividad, las universidades, etc.”.27 “El partido tradicional sólo se preocupa de las relaciones de poder. Es incapaz de pensar la multiplicidad de los territorios existenciales en el seno de los cuales hay circulación del deseo. Todo el problema consiste en encontrar un estatuto de coexistencia entre las instancias analísticas institucionales que trabajan la textura molecular de la subjetividad sin jamás centralizarla, jerarquizarla, y máquinas de afirmación social vinculadas a las relaciones de fuerzas molares. Me parece que éste es uno de los desafíos mayores de las próximas décadas”.28

Frente a ello, ya no bastaría con confiarse a los políticos, a los posibles intelectuales, o las guías que programen las relaciones entre la política y el socius. El interés de Guattari por Chile, recordémoslo, estribaba en que parecía ser un lugar excepcional para el desarrollo de dispositivos intelectuales colectivos. Como le respondía a Nelly Richard, a propósito de la imagen de un intelectual capaz de conmover los entramados institucionales: “La intelectualidad y la sensibilidad se desarrollan siempre más en el cuerpo social. Están llamados a tener un lugar cada vez más importante. […] Ahora vendrá el tiempo de la intelectualidad experimentadora, creadora, que tiene influencia por su eficacia real. […] Lo alternativo, lo menor, lo disidente se reencuentran constantemente en el interior de los procesos creativos. Los poderes recuperaron mucho el deseo, pero el deseo está en condición de fugarse siempre cuando agenciamientos maquínicos le permitan desplegar sus dimensiones ontológicas propias”.29

Días antes de regresar a Francia, y de volver a La Borde, Guattari le confiaba lo siguiente a Nelly Richard, en la entrevista que ya mencionamos:

Lo poco que conozco de América Latina me hace pensar que existen fuertes capacidades de resistencia a lo que llamo el laminado capitalístico de las subjetividades. Por tradición de lucha, por sobrevivencia étnica, por la enormidad de los problemas ecológicos, demográficos, urbanísticos, etc. Me he interesado, por ejemplo, en seguir la experimentación de una nueva forma de organización en Brasil con el Partido de los Trabajadores. No es algo perfecto, pero marca una voluntad de repensar las relaciones entre la acción política global y los problemas locales; las relaciones entre religión y laicidad entre hombre y mujer, blanco y negro, etc. Demasiado a menudo, los modelos ideológicos y de organización provinieron de Europa. Quizás ahora deba invertirse la dirección. No entiendo la fascinación de muchos intelectuales latinoamericanos por la cultura del ‘Norte’. Me parece que el laboratorio del futuro está en América Latina y que es aquí donde se debe tratar de pensar y experimentar.30

Los lectores y lectoras tendrán que evaluar y juzgar, en cada caso, en qué textos aquí contenidos coexisten o más bien en qué encuentros se pueden producir “territorios existenciales” que desafíen la integralidad del capitalismo y su modo de producir subjetividades. Encuentros que permitan cartografíar otros y diversos modos de existir. En un hoy lleno de estratos, pero también de líneas de fuga, muchas quizá todavía inadvertidas, esta tarea es urgente, a más de medio año de una sublevación sistemática y sin precedentes, en un Chile que pide con insistencia dignidad y justicia.

1 Francisco Zegers, “Nota del Editor”, en Félix Guattari, Cartografías del deseo (Santiago: Francisco Zegers Editor, 1989), 11.

2 Norambuena se radicó en Suiza, luego de ser exiliado por la dictadura cívi-co-militar de Pinochet en 1973. Previo a su partida, militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y realizaba una labor de apoyo a los comuneros Mapuche en el sur de Chile. Años después, en Ginebra, fundaría el Centro Racard en 1981, y luego, en 2005, el Centro Dracar.

3 Miguel Denis Norambuena “Introducción”, en Félix Guattari, El devenir de la subjetividad (Santiago: Dolmen, 1998), 10.

4 François Dosse, Gilles Deleuze y Félix Guattari: Biografía cruzada (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009), 622.

5 La révolution moléculaire es el segundo libro publicado por Guattari, y recoge diversos artículos y ensayos. Una primera versión apareció en 1977 en Éditions Recherches, y una segunda apareció en 10/18 en 1980, que considera otros textos aparecidos hasta ese año. Es importante mencionar que ambas versiones no sólo incluyen textos diferentes; además, cuando se presentan los mismos textos se los hace con grandes modificaciones. En 2012 apareció, en Les Prairies Ordinaires, una edición que reúne el material de ambos libros. En 2017 apareció una traducción castellana, basada en esta última, por Errata Naturae.

6 Sobre la experiencia brasileña, se editó en 2005 Micropolítica: Cartografías del deseo de Félix Guattari y Suely Rolnik (Madrid: Traficantes de Sueños); también existe una versión más extensa, publicada en 2013 en Buenos Aires por Tinta Limón, que incluye las diversas entrevistas y encuentros sostenidos durante cada visita. La edición brasileña original data de 1999.

7 Dosse se refiere evidentemente a El devenir de la subjetividad, publicado en 1998. Sin embargo, a continuación (Dosse 2009, 627), comete el error de mencionar a Norambuena como autor de la introducción al volumen publicado en Argentina en 1995, por La marca, donde figura como compilador y prologuista Gregorio Kaminsky y titulado de la misma forma que el libro aparecido en Chile en 1989. Es importante mencionar que, en el volumen argentino, que recoge casi los mismos escritos que el libro chileno, se reconoce la antecedencia de este último, aparecido 6 años antes, pero que lamentablemente contó con una distribución muy reducida.

8 Dosse, Gilles Deleuze, 627. Esta afirmación es hecha a partir del testimonio que Norambuena entrega luego de una visita a Chile en 2005: “‘Si Deleuze y Guattari fueran hoy a Chile, no podrían creer lo que ven’, afirma Miguel Norambuena a su regreso de Chile, a fines de 2005. Invitado por tres universidades para hablar de esquizoanálisis, en cada una de ellas se encuentra con salas repletas de estudiantes” (Dosse 2009, 627). Norambuena nos comenta que este comentario fue hecho a partir de la nutrida acogida que se le hizo en la Universidad Bolivariana y en la UMCE, cuando viajó a Chile ese año.

9 Miguel D. Norambuena, “Pancho, un alegre y jovial paradigma rizomático”, en Catálago #30 Francisco Zegers Artista/Editor (Santiago: D21 Arteproyecto, 2013). https://issuu.com/departamento21/docs/cat_30_zegers

10 Francisco Zegers, “Nota del Editor”, en Félix Guattari, Cartografías del deseo (Santiago: Francisco Zegers Editor, 1989), 11.

11 Zegers, “Nota del Editor”, 12.

12 Zegers, “Nota del Editor”, 13.

13 Gilles Deleuze, Foucault (Barcelona: Paidós, 1987), 61.

14 Esta información fue señalada por Miguel D. Norambuena.

15 Nelly Richard y Carlos Leppe, Cuerpo correccional (Santiago: Francisco Zegers Editor, 1980).

16 Mellado es parte del equipo de edición de Cartografías. Véase http://www.ceda.cl/antecedentes-comprender-la-no-realizacion-del-trabajo-propues-to-gonzalo-diaz-participar-seminario-trabajos-intervencion-del-espacio-ur-bano-organizado-i/. También se puede consultar el libro de Mellado, Escenas locales: ficción, historia y política en la gestión de arte contemporáneo (Córdoba: Curatoría Forense, 2015).

17 Félix Guattari y Roberto Matta, “‘El oestrus’. Primera parte”. Revista Estudios Públicos 44 (1991) y Félix Guattari y Roberto Matta, “‘El oestrus’. Segunda parte”. Revista de Estudios Públicos 45 (1992).

18 La obliteración reiterada de la obra de Guattari y de su relación con Chile (pese a la importante visita de 1991) cuenta sólo con una excepción. Paulina Varas viene a hacer justicia a ese silencio de décadas, para recordar la figura de Guattari en su vínculo con Chile, aunque ello se haga desde una veta sobre todo testimonial, donde se recuerda a Guattari a través de Norambuena, “Transversal Polyphonies: A Reflection with Miguel D. Norambuena on Félix Guattari’s Trip to Chile”. Deleuze and Guattari Studies 13 (2019): 377-394.

19 Sergio Witto, “La comunidad interrumpida. Deleuze & Guattari”. Actuel Marx Intervenciones 4 (2005).

20 Félix Guattari, “La revolución de los deseos”, entrevista realizada por Roberto Brodsky, Página “Cultura”, Revista Hoy (edición del 20 al 26 de mayo de 1991), en El devenir de la subjetividad (Santiago: Dolmen, 1998), 79.

21 El 27 de febrero de 2020, Amnistía Internacional publicó un informe titulado “Los derechos humanos en las Américas: retrospectiva 2019”, donde se consigna que “Chile cerró el año 2019 con la peor crisis de derechos humanos desde la dictadura cívico militar del general Augusto Pinochet”. Más de 13 mil personas heridas durante los dos primeros meses de protestas, 2.500 denuncias por violaciones a los derechos humanos, registradas por la Fiscalía Nacional, 31 muertos en el marco de las protestas.

22 Sería muy interesante confrontar esta idea con la tachadura de los nombres de personeros comunistas (Sanfuentes y Baltra, junto al también tachado nombre del nuncio Einaudi) en Sueños Privados, Ritos Públicos, de Justo Pastor Mellado, publicado en enero del mismo 1989, en ocasión de la muestra de Lonquén 10 años, de Gonzalo Díaz (Santiago: Ediciones de la cortina de humo, 1989).

23 Félix Guattari, “¿Qué se hace con la revolución?”, entrevista realizada por Ignacio Iñiguez, Revista Página Abierta (Edición del 27 de mayo al 9 de junio de 1991), en El devenir de la subjetividad (Santiago: Dolmen, 1998), 72.

24 Félix Guattari, “La revolución de los deseos”, en El devenir de la subjetividad (Santiago: Dolmen, 1998), 80.

25 Guattari, El devenir de la subjetividad, 38.

26 Guattari, El devenir de la subjetividad, 36.

27 Guattari, El devenir de la subjetividad, 34.

28 Félix Guattari, “Nuevas formas de intelectualidad crítica”, entrevista realizada por Nelly Richard, Revista de Crítica Cultural, N°4, noviembre de 1991, en El devenir de la subjetividad (Santiago: Dolmen, 1998), 69.

29 Guattari, El devenir de la subjetividad, 68, ligeramente modificada.

30 Guattari, El devenir de la subjetividad, 70.

DE

CARTOGRAFÍAS DEL DESEO (CHILE, 1989)

El Capitalismo Mundial Integrado y la revolución molecular

Un concepto sin parangón en la historia de la modernidad atormenta nuestro planeta: el de “riesgo tecnológico mayor”.31 Este concepto ya tiene endosado a su cuenta un terrible inventario de muertes y malformaciones. Me referiré a los últimos acontecimientos de mayor relevancia internacional: Seveso, Therre Mile Island, México 84 (explosión de un depósito de stock gas, con la proyección de fierros por sobre varios kilómetros y más de 1.000 muertos de un solo golpe, 7.000 heridos graves con el éxodo de 2.000.000 de personas durante el incendio); Bhopal, diciembre 84 (nube tóxica, 2.300 muertos, 60.000 heridos); Chernóbil 86; Bale (Suiza) 1986 (polución química del Rhin, simbolizada por la imagen de ese pez buscando agua para “respirar”); el descubrimiento en 1987 de la grave alteración de la capa de ozono que nos protege de los rayos cósmicos; la reciente “marea amarilla” que se puso a invadir y a devorar todo el ecosistema del mar del Norte…; en fin, a este inventario habría que agregarle —ya que evidentemente no es exhaustivo— la categoría de “muerte por hambre” o la de “muerte por hambruna” que deja sin vida, por minuto que pasa, a más de un millar de niños en el continente latinoamericano.

La dicotomía que prevaleció hasta nuestros días entre conocimiento y ética o entre “saber” (desvinculado de los agenciamientos concretos) y cotidianidad, se hace cada vez más evidente. Tanto las catástrofes ecológicas como las mayores miserias sociales están hoy a la orden del día.

El Capitalismo Mundial Integrado (CMI) tiende cada vez más a desplazar sus núcleos de poder de las estructuras productivas de bienes y de servicios hacia estructuras productivas de signo —código— y de subjetividad (M. N.). 32

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El capitalismo contemporáneo puede ser definido como Capitalismo Mundial Integrado: 1. Porque sus interacciones son constantes con países que, históricamente, parecían habérsele escapado (los países del bloque soviético, China, los países del Tercer Mundo). 2. Porque tiende a que ninguna actividad humana, en todo el planeta, escape a su control.

Podemos considerar que el capitalismo ya ha colonizado todas las superficies del planeta y que lo esencial de su expresión reside actualmente en las nuevas actividades que pretende sobrecodificar y controlar.

Este doble movimiento, el de una extensión geográfica que se encierra sobre sí misma y el de una expansión molecular proliferante, es correlativo con un proceso general de desterritorialización. El CMI no respeta las territorialidades existentes; tampoco respeta los modos de vida tradicionales, como los de la organización social de aquellos conjuntos nacionales que parecen hoy día firmemente establecidos. Recompone tanto los sistemas de producción como los sistemas sociales en sus propias bases; sobre aquello que llamaría axiomática propia (“axiomática” en tanto opuesta en este caso a “programática”).33 En otras palabras, no hay un programa definido de una vez por todas; siempre es posible, en el contexto de una crisis o de una dificultad imprevista, agregar axiomas funcionales suplementarios o sustraer otros. Ciertas formas capitalistas parecen derrumbarse frente a una guerra mundial o una crisis como la de 1929, pero luego renacen bajo otras formas, encontrando otros fundamentos. Esta desterritorialización/recomposición permanente concierne tanto a las formaciones de poder como a los modos de producción (prefiero hablar de formaciones de poder en vez de relaciones de producción, noción demasiado restrictiva en relación con el tema aquí considerado). Abordaré el problema del CMI desde los ángulos siguientes:

1. De sus sistemas de producción, de expresión económica y de axiomatización del socius;

2. de las nuevas segmentaridades que éste desarrolla: a) a nivel transnacional, b) en el marco europeo y c) a nivel molecular;

3. de lo que yo llamo: las máquinas de guerra revolucionaria, los agenciamientos de deseo y las luchas de clase, desde el punto de vista de sus objetivos, de sus referencias y de sus modos de acción.

Los sistemas de producción, de expresión económica y de axiomatización del CMI

a) Sobre la evolución de los sistemas de producción del CMI seré breve e incluso esquemático, dado que este tema ya ha sido largamente desarrollado en otros lugares. Señalemos para empezar que hoy ya no sólo no existe una división internacional del trabajo, sino una mundialización de la división del trabajo, una captación general de todos los modos de actividad, incluidos aquellos que escapan formalmente a la definición económica del trabajo. Los sectores de actividad más “atrasados” y los modos de producción marginales, las actividades domésticas, el deporte, la cultura, etc., que hasta ahora no incumbían al mercado mundial, están cayendo uno tras otro bajo su dependencia.

El CMI integra el conjunto de sus sistemas maquínicos34 al trabajo humano, de modo que se hace cada vez más difícil el pretender dar cuenta de los valores económicos únicamente a través de una noción cuantitativa de “trabajo socialmente necesario”; dado que lo que resulta pertinente en la asignación de un trabajador a un puesto productivo, no es sólo su capacidad de proporcionar un cierto tiempo de trabajo, sino el tipo de secuencia maquínica que va a introducir en el proceso de producción, donde se considera, evidentemente, un trabajo físico, pero de manera cada vez más relativa. Así, las reivindicaciones sindicales que apuntan a la disminución del tiempo de trabajo, pueden volverse perfectamente compatibles con el proyecto de integración del Capitalismo; y no sólo compatibles, sino incluso deseadas, para que el trabajador pueda dedicarse a actividades financieramente improductivas, pero económicamente recuperables. El ámbito de la integración maquínica ya no se limita únicamente a los lugares de producción, sino que se extiende también a todos los demás tipos de espacios sociales e institucionales (agenciamientos técnico-científicos, equipamientos colectivos, medios de comunicación de masas, etc.). La revolución infor mática acelera considerablemente este proceso de integración, que contamina también la subjetividad inconsciente tanto a nivel individual como social.

Esta integración maquínico-semiótica del trabajo humano implica, en consecuencia, que se tome en cuenta, dentro del proceso productivo, la modelización de cada trabajador no sólo a nivel de su saber —eso que ciertos economistas llaman el “capital de saber”—, sino también en el conjunto de sus sistemas de interacción con la sociedad y con el entorno maquínico (imbricando en este entorno, tanto las máquinas propiamente dichas, máquinas técnicas, como las máquinas semióticas y las máquinas deseantes, que funcionan como un logiciel35 en los comportamientos sociales, en los tejidos urbanísticos, en todos los niveles de sensibilidad, de interiorización de los sistemas jerárquicos, etc.).

b) La expresión económica del CMI, su modo de sujeción semiótica de las personas y de las colectividades, no sólo atañe a una serie de sistemas de signos como el sistema monetario, el bursátil, los aparatos jurídicos relativos al salario, a la propiedad, al orden público, etc. Descansa igualmente en sistemas de servidumbre, pero en el sentido cibernético del término.36 Los componentes semióticos del capital funcionan siempre en un doble registro: de la representación (donde los sistemas de signos son independientes y se encuentran distanciados de los referentes económicos) y del diagramatismo (donde los sistemas de signos se encadenan directamente con los referentes, como instrumentos de modelaje, de programación, de planificación de los segmentos sociales y de los “agenciamientos” productivos). De este modo, el capital es mucho más que una simple categoría económica relativa a la circulación de bienes y a la acumulación. Es una categoría semiótica que concierne al conjunto de los niveles de producción y al conjunto de los niveles de la estratificación de los poderes. El CMI se inscribe primeramente en el marco de las sociedades divididas en clases sociales, en clases raciales, burocráticas, sexuales, clases de edad, etc., y en segundo lugar, en el seno del tejido maquínico proliferante. Su ambigüedad con respecto a las mutaciones maquínicas materiales y semióticas características de la situación actual, está en el hecho de que utilizan toda su potencia maquínica, toda la proliferación semiótica de las sociedades industriales desarrolladas, al mismo tiempo que la neutraliza a través de sus medios de expresión económicos específicos.

El CMI favorece las innovaciones y la expansión maquínica sólo en la medida en que puede recuperarlas y consolidar los axiomas sociales fundamentales sobre los cuales no puede transigir: un cierto tipo de concepción del socius, del deseo, del trabajo, del tiempo libre, de la cultura, etc.

c) Abordemos el tercer punto, que se refiere a la axiomatización del socius por el CMI. Ésta se caracteriza en el contexto actual, por tres tipos de transformación: de clausura, de desterritorialización y de segmentaridad.

- La clausura. A partir del momento en que el capitalismo ha invadido el conjunto de las superficies económicamente explotables, deja de mantener el impulso expansionista que lo caracterizaba durante sus fases coloniales e imperialistas. De este modo, su campo de acción queda clausurado y esto lo obliga a recomponerse constantemente sobre sí mismo, sobre los mismos espacios, profundizando sus modos de control de sujeción de las sociedades humanas. Su mundialización, lejos de constituir un factor de crecimiento, corresponde de hecho a una reformulación radical de sus bases anteriores, que puede desembocar, ya sea en una involución completa del sistema, ya sea en un cambio de registro. El CMI tendrá que encontrar sus medios de expansión y de crecimiento, trabajando las mismas formaciones de poder, retransformando las relaciones sociales y desarrollando mercados cada vez más artificiales, no sólo en el ámbito de los bienes, sino también en el de los afectos. Propongo la hipótesis siguiente: la característica de la crisis actual —que en el fondo no es tal, sino más bien una gigantesca reconversión—, es precisamente esta oscilación entre la involución de un cierto tipo de capitalismo que tropieza con su propia clausura y un intento de reestructuración sobre bases diferentes, que conduce al CMI a aceptar, tal cual, su finitud —en particular la de sus mercados— y la necesidad de redefinir permanentemente sus campos de aplicación (inclusive en los espacios “socialistas”, URSS, China, etc.). En otros términos, le es necesario operar una reconversión decisiva, aunque esto implique liquidar completamente sistemas anteriores, ya sea a nivel de la producción o a nivel de los compromisos nacionales, de la democracia burguesa, de la socialdemocracia, etc. Fin, pues, de los capitalismos territorializados, de los imperialismos expansivos y paso a imperialismos desterritorializados e intensivos. Abandono de toda una serie de categorías sociales, de sectores de actividad, de zonas básicas de implantación y, por otra parte, remodelación, domesticación de las fuerzas productivas, tendiente a adaptarlas al nuevo modo de producción. Integración desterritorializada, que no es necesariamente incompatible con la existencia de regímenes diversificados y que puede incluso estimular esta diversificación, a condición de que se establezca sobre la base de su axiomática segregativa.

- La desterritorialización del capitalismo sobre sí mismo es aquello que Marx había llamado “la expropiación de la burguesía por la burguesía”, pero, esta vez, a una escala muy diferente. El CMI no es universalista. No pretende generalizar la democracia burguesa sobre el conjunto del planeta, ni tampoco, por otra parte, un sistema dictatorial. Pero requiere, sin embargo, una homogeneización de los modos de producción, de los modos de circulación y de los modos de control social. Esta es la única preocupación que lo conduce a apoyarse sobre regímenes relativamente democráticos en algunos lugares e imponer regímenes dictatoriales en otros. De manera general, esta orientación tiene por efecto relegar las viejas territorialidades sociales y políticas o, por lo menos, despojarlas de sus antiguas fuerzas económicas. Pero esto sólo es posible si funciona a partir de un multicentraje de sus propios núcleos de decisión.

Hoy en día, el CMI no posee un centro único de poder. Inclusive su rama norteamericana es policéntrica. Los centros reales de decisión están repartidos por todo el planeta. Y no se trata solamente de estados mayores económicos “de cumbre”, sino también de engranajes de poder que se escalonan en todos los niveles de la pirámide social, desde el “mánager” hasta el padre de familia. En cierto modo, el CMI instaura su propia democracia interna. No impone necesariamente decisiones que vayan en el sentido de sus intereses inmediatos, ya que mediante mecanismos extremadamente complejos mantiene “interconsulta” con los otros centros de interés, con los demás segmentos con que debe componer. Esta “negociación” ya no es política a la manera antigua, sino que pone en juego sistemas de información y de manipulación psicológica a gran escala, utilizando los medios de comunicación de masas (asistimos hoy día, por ejemplo, a una especie de negociación inconsciente del CMI, a propósito de las opciones energéticas: petróleo, energía nuclear, nueva energía, etc.).

La degeneración de las localizaciones concéntricas, de los modos de poder y de las jerarquías que se escalonan desde aristocracias a proletariados, pasando por las pequeñas burguesías, etc., no es incompatible con su mantenimiento parcial, sin embargo, ya no corresponden a los campos reales de decisión. El poder del CMI está siempre en otra parte, al interior de mecanismos desterritorializados. Esto lo hace aparecer hoy como algo imposible de aprehender, de localizar y de atacar. Esta desterritorialización engendra también fenómenos paradójicos como, por ejemplo: que se desarrollen zonas tercermundistas dentro de países más desarrollados y que, inversamente, aparezcan centros hipercapitalistas desarrollados en zonas de subdesarrollo.

- El sistema general de segmentaridad. Hemos visto que el capitalismo, al no estar ya en una fase expansiva a nivel geopolítico, debe reinventarse sobre los mismos espacios, de acuerdo con una especie de técnica de palimpsesto. Tampoco puede desarrollarse según un sistema de centro y periferia a transformar sincrónicamente. Actualmente, su problema consiste en descubrir nuevos métodos de consolidación de sus sistemas de jerarquía social. Henos aquí frente a un axioma fundamental: para mantener la consistencia de la fuerza colectiva de trabajo a escala planetaria, el CMI tiene que hacer coexistir zonas de superdesarrollo, de superenriquecimiento en beneficio de las aristocracias capitalistas (localizadas no sólo en los bastiones capitalistas tradicionales) y zonas de subdesarrollo relativo; e incluso verdaderas zonas de pauperización absoluta, de tal modo que la pirámide social se vaya socavando por otro lado. Estos son los extremos entre los cuales se puede establecer una disciplinarización general de la fuerza colectiva de trabajo y una compartimentación, es decir, una segmentación de los espacios mundiales. La libre circulación de bienes y de personas está reservada a las nuevas aristocracias del capitalismo. Todas las demás categorías de la población están condenadas a residir en algún rincón de un planeta que se ha convertido en una verdadera fábrica mundial, a la que son agregados campos de trabajo forzado o campos de exterminio a la escala de países enteros (Camboya). Así, el CMI puede hacer coexistir una perspectiva de “progreso social” en las zonas ricas (mejoramiento de las condiciones de trabajo desde el punto de vista de la duración de la jornada y de la cantidad de relaciones humanas, etc.) y una verdadera política de exterminación de la fuerza colectiva de trabajo en otras regiones.

Esta segmentación social, esta segregación acondicionada a escala planetaria, es la consecuencia del fenómeno de clausura del CMI. Si el CMI logra cohesionar todos estos segmentos, atravesar las disparidades por él instituidas y ser rey y señor de los más variados sistemas, es gracias a la desterritorialización y a su multicentraje. Esta redefinición no sólo afecta las cuestiones económicas, sino que es el conjunto de la vida social el que se encuentra remodelado. Allí en el Este de Francia, donde se vivía por generaciones de la industria del acero, el CMI decide liquidar el paisaje industrial. Otros espacios serán transformados en zona turística o en zona residencial para las élites; se alteran los niveles de vida a escala de regiones enteras. Se ha visto hasta qué punto la instauración del Mercado Común ha reactivado los sentimientos nacionalistas corsos, vascos, bretones, etc. Nuevas interacciones, nuevos antagonismos surgen entre los segmentos del CMI y los agenciamientos humanos que tratan de resistir a su axiomatización y de reconstituirse sobre bases diferentes.

No enumero aquí los demás axiomas de segmentaridad que tienden a regir el conjunto de los agenciamientos moleculares (relaciones familiares, relaciones conyugales y domésticas, función de educación, de justicia, de asistencia, etc.). Todos ellos se ensamblan para modificar y adaptar el modo de valorización de la vida social y económica. ¿En/con qué condiciones merece la pena seguir viviendo en tal sistema? ¿Qué ataduras inconscientes hacen que sigamos adhiriendo a pesar de nosotros mismos?

Todos estos axiomas de segmentaridad están conectados entre sí. El CMI no solamente interviene a escala mundial, sino también en los niveles más personales. Inversamente, las determinaciones moleculares inconscientes no cesan de interactuar sobre componentes fundamentales del CMI.

Las nuevas segmentaridades del CMI

La segmentaridad transnacional

El antagonismo Este-Oeste tiende a perder consistencia. Incluso en las fases de tensión, dicho antagonismo adopta un giro artificial, de juego teatral. Esto responde a que lo esencial de las contradicciones ya no se sitúa en el eje Este-Oeste, sino más bien en el eje Norte-Sur; estando claro que para el CMI se trata siempre, a fin de cuentas, de asegurarse el control de todas las zonas que tienden a escapársele, y que existen nortes y sures al interior de cada país. ¿Bastaría con decir, entonces, que la nueva segmentaridad descansa en el “cruce” entre un fenómeno esencial, que sería una guerra permanente y escondida entre Norte y Sur, y un fenómeno secundario, el de las rivalidades Este-Oeste? Me parece que eso sería insuficiente. La separación Tercer mundo en vías de desarrollo (o incluso hiperdesarrollado: países petroleros) y Tercer mundo en vías de pauperización absoluta, en vías de exterminación, se ha vuelto un elemento permanente de la situación actual. Pero también intervienen otros factores. La oposición entre el capitalismo transnacional, multinacional, lobbies internacionales, por un lado, y el capitalismo nacional, por otro (oposición que sigue siendo el principio clasificador exclusivo de la mayor parte de los puntos centrales locales), ha dejado de ser pertinente desde un punto de vista global, a pesar de subsistir localmente. De hecho, todas estas contradicciones internacionales se organizan entre sí, se cruzan, desarrollan combinaciones complejas que no se resumen en sistemas de eje Este-Oeste, Norte-Sur, Nacional-Multinacional, etc. Proliferan más bien, como una especie de rizoma multidimensional, incluyendo innumerables singularidades geopolíticas, históricas, religiosas, etc. Nunca estará de más insistir en el hecho de que la axiomatización, la producción de nuevos axiomas en respuesta a esas situaciones específicas, no proviene de un programa general, no depende de un centro conductor que dictaría esos axiomas. La axiomática del CMI no está fundada en análisis ideológicos, es parte integrante de su proceso de producción. En semejante contexto, cualquier perspectiva de lucha revolucionaria circunscrita a espacios nacionales, cualquier perspectiva de toma del poder político por la dictadura del proletariado, aparece cada vez más ilusoria. Los proyectos de transformación social están condenados a la impotencia, si no se incluyen en una estrategia de cambio a escala mundial.

La segmentaridad europea

La oposición entre Este y Oeste dentro de Europa también está llamada a evolucionar considerablemente en los próximos años. Aquello que nos parecía un antagonismo fundamental se revelará quizás progresivamente “fagocitable”, negociable a todos los niveles. En consecuencia, nada de modelo germano-norteamericano, nada de retorno al fascismo de la preguerra, etc., sino más bien evolución por aproximaciones sucesivas hacia un sistema de democracia autoritaria de un tipo nuevo. Los métodos de represión y control social de los regímenes del Este y del Oeste, tienden a aproximarse mutuamente; un espacio represivo europeo de los Urales al Atlántico amenaza con reemplazar el actual espacio jurídico europeo. Y los partidos comunistas europeos no son los últimos en obrar en este sentido. Durante un tiempo ha podido pensarse que la desaparición relativa de la oposición Este-Oeste en Europa, se vería acompañada por una intensificación de la oposición entre Europa del Norte y la Europa del Sur. Pero en esta dirección tampoco es probable que lleguemos hasta una nueva guerra de secesión. Aquí una vez más el CMI acomoda su segmentaridad económica y social, en referencia a una estrategia esencialmente mundial. Por otra parte, las amenazas secesionistas dentro de los países de Europa del Este, considerablemente reforzadas por el problema polaco, estimularán a los dirigentes occidentales y soviéticos a negociar entre ellos un nuevo statu quo, un nuevo Yalta.

La segmentaridad molecular

En los espacios capitalistas encontramos constantemente dos tipos de problemas fundamentales:

a. Las luchas de interés; las luchas económicas, las luchas sociales, las luchas sindicales en el sentido clásico.

b. Las luchas relativas a las libertades que yo asociaría con las luchas de deseo, los cuestionamientos de la vida cotidiana, del medio ambiente, etc., en el registro de la revolución molecular.

Las luchas de interés, los problemas de nivel de vida, continúan siendo portadores de contradicciones esenciales. No se trata, en ningún caso, de subestimarlas; sin embargo, podemos plantear la hipótesis de que, a falta de una estrategia global, estas reivindicaciones darán pie cada vez más a su propia recuperación, a su integración por la axiomática del CMI. No conducirán jamás por sí mismas a una verdadera transformación social. No volveremos a asistir a enfrentamientos tipo 1848, Comuna de París o 1917 en Rusia; ya no asistiremos más a una ruptura neta, clase contra clase, que inicie la redefinición de un nuevo tipo de sociedad. En caso de conflicto grave, el CMI está en condiciones de poner en marcha una especie de plan ORSEC internacional y de un plan Marshall permanente. Los países europeos, el Japón y los Estados Unidos pueden subvencionar a pérdida, y durante un buen período, la economía de un bastión capitalista en peligro. Se trata de la supervivencia del CMI, que funciona, en este caso, como una especie de compañía internacional de seguros, capaz, tanto en el plano económico como en el plano represivo, de hacer frente a las pruebas más difíciles.

¿Entonces qué va a ocurrir? ¿La crisis actual desembocará en un nuevo statu quo social, en una normalización “a la alemana”, una guetización de los marginales, un Welfare (Estado de Bienestar), acompañado de la habilitación parcial de algunos nichos de libertad? Es una posibilidad, aunque no la única. En cuanto nos salimos de los esquemas simplificadores, nos damos cuenta de que países como Alemania o Japón no están exentos de grandes trastornos sociales. Sea como sea, parece que, por lo menos en Francia, la situación evoluciona hacia una liquidación del equilibrio sociológico que, desde hacía varias décadas, se manifestaba por una relativa paridad entre las fuerzas de izquierda y las fuerzas de derecha. Nos orientamos hacia una ruptura de tipo: 90% de una masa conservadora amedrentada, embrutecida por los medios de comunicación de masas, y 10% de minoritarios más o menos refractarios. Pero si abordamos este problema desde un ángulo distinto, no sólo desde aquel de las luchas de interés, sino también a nivel de las luchas moleculares, entonces el panorama cambia. Lo que aparece en esos mismos espacios sociales, aparentemente encasillados y aseptizados, es una especie de guerra social bacteriológica, algo que ya no se afirma según frentes de lucha claramente delimitados (frentes de clase, luchas reivindicativas), sino bajo la forma de trastornos moleculares difíciles de aprehender. Distintos tipos de virus de esta índole están trabajando el cuerpo social en su relación con el consumo, con el trabajo, con el tiempo libre, con la cultura, etc., (autoreducciones,37 cuestionamiento del trabajo, del sistema de representación política, radios libres, etc.). En la subjetividad consciente e inconsciente de los individuos y de los grupos sociales, no dejarán de aparecer mutaciones de consecuencias imprevisibles.

Nuevas máquinas de guerra revolucionaria, agenciamientos de deseo y lucha de clases

¿Hasta dónde podrá llegar esta revolución molecular? ¿No está condenada, en el mejor de los casos, a vegetar en los guetos “a la alemana”? ¿El sabotaje molecular de la subjetividad social dominante se basta a sí mismo? ¿Debe la revolución molecular establecer alianzas con fuerzas sociales del nivel molar (global)? La tesis principal que aquí se sostiene es que los axiomas del CMI (clausura, desterritorialización de los antiguos espacios nacionales, regionales, profesionales, etc., multicentraje, nuevas segmentaridades), jamás lograrán terminar con ella. Los recursos del CMI son quizás más infinitos en el orden de la producción y de la manipulación de las instituciones y de las leyes. Pero se enfrentan y se enfrentarán de un modo cada vez más violento, con un verdadero muro o más bien con una maraña de hostigamientos infranqueables en el terreno de la economía libidinal de los grupos sociales. Esto proviene del hecho de que la revolución molecular no sólo tiene que ver con las relaciones cotidianas entre hombres y mujeres, homo y heterosexuales, niños, adultos, etc., interviene también y, ante todo, en las mutaciones productivas como tales. La encontramos en el corazón de los procesos mentales puestos en juego por la nueva división mundial del trabajo, por la revolución informática. El desarrollo de las fuerzas productivas depende de ella. Por esta razón, el CMI no podrá esquivarla. La revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables, irrecuperables por el sistema dominante. Esto no significa que dicha revolución molecular sea automáticamente portadora de una revolución social capaz de parir una sociedad, una economía y una cultura liberadas del CMI. ¿No era acaso una revolución molecular la que sirvió de fermento al Nacional Socialismo? De aquí puede resultar lo mejor y lo peor. La conclusión de este tipo de transformaciones depende esencialmente de la capacidad que tengan los agenciamientos explícitamente revolucionarios para articularlas con luchas de interés, políticas y sociales. Esta es la cuestión esencial. A falta de tal articulación ninguna mutación de deseo, ninguna revolución molecular, ninguna lucha por espacios de libertad logrará impulsar transformaciones sociales y económicas a gran escala.

¿Cómo imaginar, entonces, que máquinas de guerra revolucionarias de nuevo tipo logren injertarse, a la vez, en las contradicciones sociales manifiestas y en esta revolución molecular?

La actitud de la mayoría de los militantes profesionales con respecto a estos problemas consiste, frecuentemente, en reconocer la importancia de esos nuevos terrenos de contestación, pero añaden enseguida que nada positivo se puede esperar de ellos por el momento: “Es necesario que hayamos alcanzado primero nuestros objetivos políticos, antes de poder intervenir en cuestiones de vida cotidiana, de escuela, de relación de grupos, de convivencia, de ecología, etc.”

Casi todas las corrientes de izquierda, de extrema izquierda, de la autonomía, etc. (esto era manifiesto en Italia en el período del 77), convergen en esta posición. Cada uno a su manera está dispuesto a explotar los “nuevos movimientos sociales” que se han desarrollado desde los años sesenta, pero nadie plantea el problema de forjar instrumentos de lucha realmente adaptados a estos movimientos. En cuanto se trata de entrar en este universo vago de los deseos, de la vida cotidiana, de las libertades concretas, una extraña sordera y una miopía selectiva aparecen en los portavoces “oficiales”. Les produce pánico la idea de que un desorden pernicioso pueda contaminar las filas de sus organizaciones. Los homosexuales, los locos, las radios libres, las feministas, los ecologistas, en el fondo todo eso es un poco sospechoso. En realidad, esta perturbación proviene del hecho de que lo amenazado es su persona de militante, su funcionamiento personal; no sólo sus concepciones en materia de organización, sino también sus “intereses” afectivos en un determinado tipo de organización.

Todo el problema está en que estas organizaciones son asimilables, en un grado u otro, a los equipamientos del poder. Independientemente del hecho de que aquellos que las animan se declaren de derecha o izquierda, funcionan en el sentido del conformismo. Trabajan de modo que los procesos moleculares entran en conformidad con las estratificaciones globales (molares). La verdad es que el sistema del CMI se alimenta precisamente de este tipo de equipamiento de poder. Las economías occidentales podrían funcionar hoy en día sin los sindicatos, los comités de empresa, las mutuales, los partidos de izquierda y, quizás también… los grupúsculos de extrema izquierda. No se puede, pues, esperar gran cosa por ese lado. Al menos en Europa, porque en países como los de América Latina, por ejemplo, puede que este tipo de formación tenga todavía que cumplir una función importante. Aunque allí también los problemas relativos a la revolución molecular se plantearán, sin duda, con una agudeza cada vez mayor (problemas raciales, problemas de la mujer, problemas de las poblaciones marginales, etc.). Toda clase de compromisos, de combinaciones reformistas seguirán gestándose. Toda clase de manifestaciones simbólicas o violentas seguirán animando la actualidad, pero nada de eso nos acercará a un verdadero proceso de transformación revolucionaria.

Henos aquí enfrentados de nuevo con la lancinante pregunta: ¿cómo “inventar” nuevos tipos de organizaciones capaces de obrar en el sentido de esta confluencia, de este cúmulo de efecto de las revoluciones moleculares, de las luchas de clase en Europa y de las luchas de emancipación en el tercer mundo; organizaciones capaces de responder caso por caso, cuando no golpe por golpe, a las transformaciones segmentarias del CMI que tiene por consecuencia que ya no se pueda seguir hablando de masas indiferenciadas? ¿Cómo conseguirán semejantes agenciamientos de lucha (a diferencia de las organizaciones tradicionales), procurarse los medios de análisis que les permitan no ser sorprendidos ni por las innovaciones institucionales tecnológicas del capitalismo, ni por los brotes de respuesta revolucionaria que los trabajadores y las poblaciones sometidas al CMI experimentan en cada etapa? Nadie puede definir hoy en día lo que serán las formas futuras de coordinación y organización de la revolución molecular, pero lo que parece evidente es que implicarán —como premisa absoluta— el respeto a la autonomía y singularidad de cada uno de sus segmentos. Desde ahora resulta claro que la sensibilidad de estos segmentos, su nivel de conciencia, sus ritmos de acción, sus justificaciones teóricas no coinciden. Parece deseable e incluso esencial que no coincidan jamás. Sus contradicciones, sus antagonismos, no deberán ser “resueltos” ni por una dialéctica imperativa, ni por aparatos de dirección que los dominen y opriman.

Entonces, ¿qué forma de organización? ¿Algo vago, poco definido? ¿Un retorno a las concepciones anárquicas de la Belle Époque? No necesariamente, e incluso seguro que no. A partir del momento en que este imperativo de respeto a los rasgos de singularidad y heterogeneidad de los diversos segmentos de luchas se pusieran en marcha, sería posible desarrollar, sobre objetivos delimitados, un nuevo modo de estructuración —ni vago ni fluido—. Las realidades con las que se enfrentan la revolución molecular y la revolución social, son difíciles; requieren la constitución de aparatos de lucha, de máquinas de guerra revolucionaria eficaces. Pero para que tales organismos de decisión lleguen a ser “tolerables” y no sean rechazados como injertos nocivos, es indispensable que no comporten ninguna “sistemocracia”, tanto a nivel inconsciente como a nivel ideológico manifiesto. Muchos de los que han experimentado el carácter pernicioso de las formas tradicionales de militantismo, se contentan hoy con reaccionar de manera sistemáticamente hostil frente a cualquier forma de organización e incluso, frente a cualquier persona que quisiera asumir la presidencia de una reunión, la redacción de un texto, etc. A partir del momento en que la preocupación primera y permanente ha pasado a ser la de una auténtica confluencia entre las luchas globales (molares) y moleculares, el problema de la instalación de organismos no sólo de información, sino también de decisión se plantea bajo una nueva luz (a escala global, a escala de la ciudad, de la región, de un sector de actividad, a escala europea e incluso más allá). Con todo lo que eso puede suponer en cuanto a rigor y disciplina de acción, aunque respondiendo a métodos radicalmente distintos de aquellos usados por los socialdemócratas y por los bolcheviques: no programáticos, sino diagramáticos.

Qué más decir acerca de esta complementariedad (y no sólo coexistencia pacífica) entre: 1. Un trabajo analítico-político relativo al inconsciente social; 2. Nuevas formas de luchas sobre las libertades; 3. Las luchas de las múltiples categorías “no garantizadas”,38 marginalizadas por la nueva segmentaridad del CMI; 4. Las luchas sociales más tradicionales.

Los pocos esbozos que han surgido en este sentido, a partir de los años 60 en los EE. UU., en Italia, en Francia, etc., no podrían servir de modelo. Sin embargo, no avanzaremos en la reconstrucción de un verdadero movimiento revolucionario más que a través de múltiples y sucesivas aproximaciones de este tipo, parciales y llenas de altibajos. En esta perspectiva, debemos prepararnos para los encuentros más imprevistos.

Los movimientos obreros y los movimientos revolucionarios, a todos los niveles, están lejos aún de haber comprendido la importancia del debate sobre todos estos asuntos de organización. Les vendría bien ponerse al día siguiendo la escuela del CMI, que por su parte se ha dado los medios de forjar nuevas armas para afrontar los trastornos que engendran sus reconversiones y su nueva segmentaridad. El CMI no posee teóricos en estos asuntos. No los necesita. Le basta con una práctica sistemática; sabe lo que es el multicentraje de las decisiones; no le plantea mayor problema el hecho de no disponer de estado mayor central, ni de una súper comisión política para orientarse en las situaciones complejas. (Aunque haga creer en la existencia de estados mayores; de ahí el mito orquestado en torno a la famosa “Comisión Trilateral”. Se deja creer que “ahí es por donde va la cosa”, que ahí es donde hay que apuntar, mientras los verdaderos “actantes”, los verdaderos centros de decisión, están en otro lado).

Mientras nosotros mismos sigamos dominados por una concepción de los antagonismos sociales, que ya no tiene mayor relación con la situación presente, seguiremos caminando en círculo en nuestros guetos, nos mantendremos indefinidamente a la defensiva, incapaces de apreciar el alcance de las nuevas formas de resistencia en los campos más diversos. Antes que nada, se trata de darse cuenta del grado en que estamos contaminados por los engaños y trampas del CMI. La primera de estas trampas es el sentimiento de impotencia que conduce a una especie de “abandonismo” a las fatalidades del CMI. Por un lado, el Gulag; por el otro, las migajas de libertad del capitalismo y, fuera de eso, aproximaciones confusas hacia un vago socialismo del que no se ve ni el inicio del comienzo, ni sus verdaderas finalidades. Ya seamos de izquierda o de extrema izquierda, ya seamos políticos o apolíticos, tenemos la impresión de estar encerrados en el interior de una fortaleza o, más bien, de un enrejado de alambres de púa que se despliegan no sólo sobre toda la superficie del planeta, sino también en todos los rincones del imaginario. Y, sin embargo, el CMI es mucho más frágil de lo que parece y, por la naturaleza misma de su desarrollo, está destinado a fragilizarse cada vez más. Sin duda, en el futuro, el CMI logrará resolver todavía innumerables problemas técnicos, económicos y de control social. Pero la revolución molecular se le escapará progresivamente. Otra sociedad está gestándose desde ya en los modos de sensibilidad, en los modos relacionales, en los vínculos con el trabajo, con la ciudad, con el medio ambiente, con la cultura, en una palabra: en el inconsciente social. En la medida que se sentirá sobrepasado por esas olas de transformaciones moleculares, cuya naturaleza y contorno se le escapan, el CMI se endurecerá. Ese es el sentido del temible recrudecimiento reaccionario en París, Roma, Londres, New York, Tokio, Moscú, etc. Pero los cientos de millones de jóvenes que hacen frente a lo absurdo de este sistema en América Latina, en Asia, en África, constituyen del mismo modo una ola portadora de otro futuro. Los neoliberales de toda especie se hacen dulces ilusiones si piensan realmente que las cosas se arreglarán por sí mismas en el “mundo feliz” capitalista. Podemos conjeturar razonablemente que las más diversas pruebas de fuerza revolucionaria irán desarrollándose en los próximos decenios.

Nos corresponde a todos considerar en qué medida —por pequeña que sea— cada uno de nosotros puede trabajar en el levantamiento de máquinas revolucionarias políticas, teóricas, libidinales y estéticas que puedan acelerar la cristalización de un modo de organización social menos absurdo que el que toleramos hoy en día.

31 Patrick Lagadec, Le risque technologique majeur, politique et processus de développement (París: Ed. Pergamon Press, 1981).

32 Esta es una de las varias notas introductorias para la edición Cartografías del deseo que acompañan los artículos del libro. Se trata de una escritura que la mayoría de las veces es a cuatro manos entre Miguel D. Norambuena y Francisco Zegers, traductor y editor respectivamente. Hemos señalado a quien corresponde el texto introductorio indicando las iniciales de los nombres de Miguel Denis Norambuena o Francisco Zegers. Así como, respecto a las notas al pie, se han mantenido para esta nueva edición aquellas que pertenecen al traductor y agregado otras que corresponden a los editores de esta nueva edición. Para efectos de legibilidad, en esta nota, como en aquellas que se encuentran a pie de página, se indicará las siglas N. del T. o N. del E. según corresponda.

33 Para el caso podría decirse que el concepto de “axiomática” opera en dos dimensiones complementarias: Primeramente, los principios del sistema dominante aparecen como verdades materializadas que no requieren demostración. Por lo tanto, las reestructuraciones necesarias a la reproducción del sistema se realizan a partir de su propia práctica, de su condición de “sociedad en movimiento” y no a partir de una teorización previa [N. del T.].

34 “Grosso modo”, la noción de “sistemas maquínicos” sobrepasa el concepto de máquina en el sentido estricto (el sistema cerrado, instrumento, función). La máquina técnica aparece como la extensión instrumental de una dinámica inscrita en el funcionamiento global de la realidad o de sus componentes individuales. En ese sentido, “lo maquínico” recubre cualquier fenómeno procesual físico o abstracto. Todo fenómeno procesual articula niveles y elementos heterogéneos; así, lo maquínico subyace como matriz, acto o resultado (producción) en todo momento o segmento de lo real. Las primeras máquinas técnicas (herramientas) completan funciones que no puede cumplir el “sistema maquínico” del cuerpo humano, amplifican la capacidad operativa de algunos segmentos (brazo, voz, etc.); estos segmentos responden a un sistema maquínico orgánico, metabólico, que a su vez constituye un segmento de sistemas maquínicos ecológicos, etc. En el seminario de 1984 titulado “La machine” dictado en París, Félix Guattari precisa: “Los sistemas maquínicos exceden todos los modos de territorio, de territorialización, incluso cuando son considerados en su integración a una cierta mecanósfera, a una cierta etología maquínica, siendo, al mismo tiempo, históricos” [N. del T.].

35 Concepto de informática que se refiere al conjunto de procedimientos de análisis, de programación y a la matriz lógica necesaria para el funcionamiento de un sistema de tratamiento de información (computador) [N. del T.].

36 El sentido cibernético de servidumbre remite a la noción de servo-mecanismo; sistema de control automático con retroalimentación —feedback— ampliamente utilizada en la industria de mecanismos como amplificador de energía, cuya especialidad es el control de elementos. El término “servo” marca aquí una servidumbre mecánica. En este contexto, las personas son concebidas como dispositivos que procesan información para una acción que obedece a las necesidades de un sistema dado. Desde este punto de vista, las acciones humanas se limitan a ser pensadas como “adecuadas” o no, en cuanto funciones de un sistema global. Para Guattari, entonces, existe una diferencia entre “sujeción” (del francés: assujetissement) que engloba tanto “servidumbre” (control de elementos infrapersonales e infrasociales), como “alienación social” (control de las personas globales y de las representaciones subjetivas), y “servidumbre” en el sentido antes descrito [N. del T].

37 Reducir uno mismo y colectivamente el monto de las facturas, cuando el Estado aumenta los impuestos, los arriendos, las tarifas de los servicios. Cuando el mecanismo de fijación de precios se convierte en una máquina de guerra contra los asalariados, la lucha directa de los “consumidores”, las huelgas de usuarios, pueden desembocar en “desobediencia civil”. Este movimiento tuvo una cierta relevancia en las luchas políticas, culturales, etc., que tuvieron lugar en Italia y Francia entre 1972 y 1976 [N. del T.].

38 “No garantizados”: Expresión difundida por los sectores vinculados a la “Autonomía italiana” (Potere operaio, Autonomía operaia), que distingue dentro de las fuerzas de trabajo una serie de sectores de trabajadores no-calificados y no-sindicalizados. Trabajadores que no se benefician de la seguridad social ni laboral. Este término incluye a los desempleados.

Los llamados “garantizados” responden a todos los trabajadores sindicalizados. Esta diferencia categorial apuntaba a distinguir las posturas reivindicativas (y subjetivas) de ambos sectores. Los “garantizados” —de obediencia sindical—luchaban casi exclusivamente por más salarios y por la seguridad del empleo. Los “no garantizados” al mismo tiempo que reivindicaban el derecho al trabajo, incluían —como diría Guattari— los tres niveles de la ecología: lo mental, lo social y el medio ambiente, cuestionando, por lo tanto, el modo de explotación y de producción, y la finalidad de esta última, como también el “disciplinamiento” del hombre social de la fábrica y el Gran Kronos industrial, como único medidor de los tiempos sociales [N. del T.].

El capital como “integral” de formaciones de poder

Desde la revolución industrial —que dio un nuevo rumbo a la historia— hasta la actual era de la informática postindustrial (Capitalismo Mundial Integrado), el capital como eje del sistema económico reinante ha sufrido transformaciones profundas. Félix Guattari habla del surgimiento de un nuevo capitalismo, que no reemplaza al antiguo, sino que coexiste con éste, generando capitalismos de niveles distintos en una misma realidad.

Es así como el capitalismo, que luego del acelerado desarrollo maquínico ocupa todos los espacios de la vida social, somete al hombre mucho más allá de la sola relación capital-trabajo.

A esta capacidad “algorítmica” de adicionar y recodificar nuevas áreas de sujeción, apunta el presente esbozo económi-co-analítico (M. N).

Todas las notas relativas a la obra de Karl Marx, presentes en este capítulo, pertenecen a la edición francesa de Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade (F. Z).

***

El Capital no es una categoría abstracta, es un operador semiótico al servicio de formulaciones sociales determinadas. Su función es asumir el registro, el equilibrio, la regulación y la sobrecodificación de:

1. Las formaciones de poder propias a las sociedades industriales desarrolladas.

2. Los flujos y las relaciones de fuerza relativos al conjunto de las potencias económicas del planeta. Bajo múltiples formas, encontramos sistemas de capitalización de poderes en las sociedades más arcaicas (Capital de prestigio, capital de poder mágico encarnado en un individuo, un linaje, una etnia). Sin embargo, es sólo al interior del modo de producción capitalista que se ha autonomizado un procedimiento general de semiotización de la mencionada capitalización. Este procedimiento se ha desarrollado en torno a los siguientes dos ejes:

- Una desterritorialización de los modos locales de semiotización de poderes; modos locales que caen bajo el control de un sistema general de inscripción y de cuantificación del poder;

- Una reterritorialización de este último sistema sobre una formación de poder hegemónico: la burguesía de los Estados naciones.

El capital económico, expresado en lenguaje monetario, contable, bursátil, etc., descansa siempre, en última instancia, sobre mecanismos de evaluación diferencial y dinámica de poderes enfrentados en un terreno concreto. Un análisis exhaustivo de un capital, sea cual fuere su naturaleza, implicaría, por ende, la consideración de componentes extremadamente diversificados, relativos tanto a prestaciones más o menos monetarizadas, por ejemplo de orden sexual o doméstico (los regalos, las ventajas adquiridas, los “beneficios secundarios”, el dinero para el bolsillo, los peculios, etc.), como a gigantescas transacciones internacionales que —bajo la cobertura de operaciones de crédito, de inversiones, de implantaciones industriales, de cooperaciones, etc.— no son otra cosa que enfrentamientos económico-estratégicos. Desde este punto de vista, toda puesta en referencia demasiado insistente del Capital hacia un equivalente general o bien de las monedas hacia sistemas de paridad fijos, etc., no puede sino esconder la verdadera naturaleza de los procesos de sujeción y de servidumbre capitalistas; a saber, la puesta en juego de relaciones de fuerza, sociales y microsociales, de deslizamientos de poder, de avances y retrocesos de una formación social con respecto a otra, o bien, de actitudes colecticas de arranques inflacionistas a fin de sortear una pérdida de terreno, o incluso imperceptibles tomas de poder que no llegaron a hacerse visibles. Los patrones de referencia no tienen otro rol que el de cómputo, de operador relativo y de regulación transitoria. Una verdadera cuantificación de poderes sólo puede descansar en modos de semiotización conectados directamente con formaciones de poder y con agenciamientos productivos (tanto materiales como semióticos) debidamente localizados en las coordenadas sociales.

Trabajo maquínico y trabajo humano

El valor del trabajo puesto en venta en el mercado capitalista, depende de un factor cuantitativo —el tiempo de trabajo— y de un factor cualitativo —la calificación media del trabajo—.

Bajo este segundo aspecto de servidumbre maquínica,39 el valor no puede estar circunscrito a un nivel individual. Primeramente, porque la calificación de una performance humana es inseparable de un medio ambiente maquínico particular.

Luego, porque su competencia depende siempre de una instancia colectiva de formación y de socialización.

Marx habla frecuentemente del trabajo como la resultante de un “trabajador colectivo”; pero para él, esta categoría continúa siendo una entidad de orden estadístico: “el trabajador colectivo” es un personaje abstracto salido de un cálculo que se sustenta en el “trabajo social medio”. Esta operación le permite superar diferencias individuales en el establecimiento del valor del trabajo, que se encuentra de este modo ajustado a factores cuantitativos unívocos, como el tiempo de trabajo necesario para una producción y el número de trabajadores concernidos. A partir de allí, este valor puede descomponerse en dos partes:

- Una cantidad correspondiente al trabajo necesario para la reproducción del trabajo.

- Una cantidad constitutiva de la plusvalía, que es identificada con la extorsión de un sobretrabajo por el capitalista.40

Una semejante concepción de la plusvalía encuentra, quizás, su correspondencia, en una práctica contable del capitalismo, pero ciertamente no en su funcionamiento real, particularmente en la industria moderna. Esta noción de “trabajador colectivo” no debería ser reducida a una abstracción. La fuerza de trabajo se representa siempre a través de agenciamientos concretos, mezclando íntimamente las relaciones sociales con los medios de producción, el trabajo humano con el trabajo de la máquina. También, el carácter esquemático de la composición orgánica del Capital —que Marx divide en Capital relativo a los medios de producción (Capital constante) y Capital relativo a los medios de trabajo (Capital variable)—debería ser cuestionado.

Recordemos que Marx distingue la composición de valor del Capital (Capital constante, Capital variable) relativo a la masa real de medios de producción comprometidos en la valorización de un Capital y la cantidad objetiva de trabajo socialmente necesario para su puesta en marcha. Pasamos así, de un juego de valor de signo, a un juego de relación de fuerza material y social. El modo de producción capitalista —con los progresos del maquinismo— desembocaría inevitablemente, según Marx, en una disminución relativa del Capital variable con respecto del Capital constante, de la cual él deduce una ley de baja tendencial de la tasa de beneficio (ganancia), que sería una especio de destino histórico del capitalismo. Pero en el marco real de los agenciamientos de producción, el modo marxista del cálculo de la plusvalía absoluta, basado en la calidad de trabajo social medio —del cual una parte sería hurtada por los capitalistas—, está lejos de ser evidente. De hecho, el factor tiempo no constituye más que un parámetro de la explotación, entre otros. Sabemos, hoy día, que la gestión del Capital del conocimiento, el grado de participación en la organización del trabajo, el “espíritu casero”, la disciplina colectiva, etc., pueden adquirir igualmente una importancia determinante en la productividad del Capital. Desde este punto de vista, podemos incluso admitir que la idea de un promedio social de rendimiento horario para un sector dado casi no tiene sentido por sí mismo. Es en los equipos, los talleres, las fábricas, donde aparece por x razones una disminución local de la “entropía productiva”, son ellos quienes empujan, quienes “pilotean” de algún modo este tipo de promedio en un sector industrial o en un país, mientras que la resistencia obrera colectiva, el burocratismo de la organización, etc., lo frena. Dicho de otro modo, son agenciamientos complejos —relativos a la formación, a la innovación, a las estructuras internas, a las relaciones sindicales, etc.— lo que delimitan la amplitud de las zonas de beneficio capitalista y no una retención de tiempo de trabajo. Por otro lado, el mismo Marx había detectado perfectamente el desfase creciente que se instituía entre los componentes maquínicos, los componentes intelectuales y los componentes manuales del trabajo. En los Grundrisse, Marx subrayó que el conjunto de los conocimientos tiende a transformarse en una “potencia productiva inmediata”. “A medida que la gran industria se desarrolla, la creación de la verdadera riqueza depende menos del tiempo y de la cantidad de trabajo que de la acción de factores puestos en movimiento en el curso del trabajo, cuya poderosa eficacia no guarda ninguna relación con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta la producción; depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso tecnológico, de la aplicación de esta ciencia a la producción”.41 El insistía entonces en la absurdidad y en el carácter transitorio de una medida del valor a partir del tiempo de trabajo. “Cuando en su forma inmediata, el trabajador ha dejado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo dejará y deberá dejar de ser la medida del trabajo, del mismo modo que el valor de cambio dejará de ser la medida de los valores de uso”.42

Señalemos de paso la fragilidad de este último paralelismo: en efecto, si en nuestros días pareciera que el reinado absoluto de la medida del tiempo de trabajo está, quizás, a punto de esfumarse, eso no es en ningún caso lo que ocurre con el valor de cambio. Es verdad que si el capitalismo parece capaz de rescindir del primero, no es imaginable que sobreviva a una desaparición del segundo, desaparición que sólo podría ser el resultado de transformaciones sociales revolucionarias. Marx considera que la supresión de la oposición diversión-traba-jo coincidiría con el control del sobretrabajo por las masas obreras.43 Lamentablemente, es perfectamente concebible que sea el mismo capitalismo quien se vea inducido a flexibilizar progresivamente la medida del tiempo de trabajo y llevar adelante una política de recreación y de formación (¿Cuántos obreros, empleados, funcionarios, pasan sus veladas y sus fines de semana preparando el paso de los escalones promocionales?). La modificación de la cuantificación del valor a partir del tiempo de trabajo no habrá sido entonces, como pensaba Marx, el tributo de una sociedad sin clases. Y, de hecho, a través de los medios de transporte, de los modos de vida urbana, doméstica, conyugal, a través de los medios de comunicación de masas, la industria de la recreación e incluso, de los sueños…, bien pareciera que ya ningún instante escapa al dominio del Capital.

No se paga al asalariado un momento, un instante, un lapso, un intervalo de funcionamiento de “trabajo social medio”, sino una puesta a disposición, una compensación por un “poder” que excede aquel que se ejerce durante el tiempo de presencia en la empresa. Lo que cuenta aquí es la ocupación de una función, un juego de poder entre los trabajadores y los grupos sociales que controlan los agenciamientos de producción y las formaciones sociales. El capitalista no hurta una prolongación de tiempo, sino un proceso cualitativo complejo. El no compra fuerza de trabajo sino el poder sobre agenciamientos productivos. El trabajo aparentemente más serializado —por ejemplo, mover una palanca, vigilar un intermitente de seguridad—, siempre supone la formación previa de un capital semiótico multicompuesto: conocimiento de la lengua, de los usos y costumbres, de las reglamentaciones, de las jerarquías, del dominio de procesos de abstracción progresivos, de itinerarios, de interacciones propias de los agenciamientos productivos, etc.

El trabajo ya no es —si alguna vez lo ha sido— un simple ingrediente, una simple materia prima de la producción. Dicho de otra manera, la parte de servidumbre maquínica que se incluye en el trabajo humano, nunca es cuantificable en tanto tal. Por el contrario, la sujeción subjetiva, la alienación social inherente a un puesto de trabajo o a no importa qué otra función social, es perfectamente mensurable. Es, por lo demás, la función que se le otorga al Capital.

Los dos problemas concernientes, por una parte, al valor trabajo, su rol en la plusvalía y, por otra parte, a la incidencia del aumento de la productividad generado por el maquinismo sobre la tasa de beneficio, están indisolublemente ligados. El tiempo humano se substituye cada vez más por un “tiempo maquínico”. Como dice todavía Marx, ya no es el trabajo humano el que se inserta en el maquinismo: “Es el hombre que, frente a ese proceso, se conduce como vigilante y regulador”. Bien parece que la sobrevivencia del trabajo en serie y las diferentes formas de taylorismo en los sectores más modernos de la economía, están pasando a depender más bien de métodos generales de sujeción social, que de métodos de servidumbre específicos a la fuerza productiva.44

Esta alienación taylorista del tiempo del trabajo, estas formas neoarcaicas de sujeción al puesto de trabajo, continúan siendo medibles, en principio, a partir de un equivalente general. El control del trabajo social medio siempre puede —en teoría— encarnarse en un valor de cambio de poderes (podríamos así comparar el tiempo formal de alienación de un campesino senegalés al de un funcionario del ministerio de Hacienda o de un técnico de IBM). Pero el control real de los tiempos maquínicos, de la servidumbre de los órganos humanos a los agenciamientos productivos, no podría ser medido de un modo válido, a partir de un tal equivalente general. Se puede medir un tiempo de presencia, un tiempo de alienación, una duración de encarcelamiento en una fábrica o en una prisión; no pueden medirse sus consecuencias sobre un individuo. Se puede cuantificar el trabajo aparente de un físico en un laboratorio, no el valor productivo de las fórmulas que elabora. El valor marxista abstracto sobrecodificaba el conjunto del trabajo humano concretamente destinado a la producción de valores de cambio. Pero el movimiento actual del capitalismo tiende a que todos los valores de uso se transformen en valores de cambio y que todo trabajo productivo dependa del maquinismo. Los mismos polos del cambio se han pasado al lado del maquinismo, los computadores dialogan de un continente a otro y dictan a los managers las cláusulas de cambio. La producción automatizada e informatizada ya no obtiene su consistencia a partir de un factor humano de base, sino de un phylum maquínico que atraviesa, contornea, dispersa, miniaturiza, recupera todas las funciones, todas las actividades humanas.

Estas transformaciones no implican que el nuevo capitalismo substituya completamente al antiguo. Hay más bien coexistencia, estratificación y jerarquización de capitalismos de diferentes niveles, poniendo en juego:

1. Los capitalismos segmentarios tradicionales, territorializado sobre los Estados naciones y que secretan su unificación a partir de un modo de semiotización monetario y financiero.45

2. Un capitalismo mundial integrado, que ya no se apoya sólo sobre el modo de semiotización del Capital financiero y monetario, sino fundamentalmente sobre todo un conjunto de procedimientos de servidumbre técnico-científicos, macro y microsociales, massmediáticos, etc.

La fórmula de la plusvalía marxista está ligada esencialmente a los capitalismos segmentarios. No permite dar cuenta del doble movimiento de mundialización y miniaturización que caracteriza la situación actual. ¡Por ejemplo, en el caso límite en que una rama industrial fuera completamente industrializada, ya no se ve qué ocurre con esta plusvalía! Ateniéndose rigurosamente a las ecuaciones marxistas, ésta debería desaparecer por entero; ¡lo que es absurdo! ¿Deberíamos entonces cargarla a la cuenta, únicamente, del trabajo maquínico? ¡Por qué no! ¡Podríamos anticipar una fórmula según la cual una plusvalía maquínica correspondería a un sobretrabajo “exigido” de la máquina, más allá de su costo de mantenimiento y de su renovación! Pero, de seguro, no es tratando de readecuar de esta manera la vertiente cuantitativista del problema, que podremos ir muy lejos. En realidad, en un caso como este —pero también en todos los casos intermediarios de fuerte disminución del Capital variable en relación con el Capital constante— la extracción de la plusvalía escapa en buena parte a la empresa, a la relación inmediata patrón-asalariados y nos devuelve a la segunda fórmula del capitalismo integrado.

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