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DOS

De Eva Forte

Traducido por: Mariano Bas

A quien me ha dado el valor para empezar esta nueva aventura.

Prólogo

Cada uno de nosotros tiene dentro de sí muchas historias ligadas a su vida, pero también a su fantasía. Historias listas para nacer y terminar sobre el papel, para tomar vida bajo la pulsación de los dedos sobre el teclado.

Dos nace así y, como en la vida real, ha tomado forma día tras día, aprendiendo a conocer a los protagonistas y su voluntad de jugar y conocerse yendo más allá de las convenciones y de las relaciones sentimentales normales que siguen rutas bien definidas.

El redescubrimiento de los cinco sentidos, del saber recuperar el pasado incluso dentro del presente, del saber superar la soledad buscada durante mucho tiempo.

Un viaje por la ciudad, el campo y lugares lejanos para entender qué es verdaderamente el amor que nace de una mirada que ofrece un refugio seguro cada mañana.

CAPÍTULO 1
EL CAMPO

No hay nada mejor que levantarse pronto por la mañana, cuando la ciudad duerme todavía y el silencio nocturno comienza a quebrarse con la irrupción de los primeros sonidos del día. En invierno parece que estás incluso acunado por la luna, con el frío que te envuelve en cuanto sales de la cama, abandonando la calidez nocturna y el aroma del suavizante sobre las sábanas.

El calor del edredón, con toda su blandura, deja paso a pequeños escalofríos que me ayudan a despertar mientras atravieso la casa todavía oscura y silenciosa. Después de encender la máquina del café, mis ritos matutinos comienzas a sucederse uno tras otro. Pongo la ducha con un fuerte chorro caliente que disuelve la espuma. Mi albornoz está ya listo ahí cerca, para evitar que el frío se convierta en molesto y cortante. Con las primeras noticias del día, saboreo el café caliente y humeante, recién hecho mientras me vestía. Pequeñas cosas que me ponen de buen humor, incluso antes de salir de casa y afrontar la vida cotidiana. Como todos los lunes, la alegría de volver a verla es tanta, después de dos días dedicados a fantasear sobre su vida y sobre lo que podría haber estado haciendo en cada instante del día. En los últimos años he perdido el entusiasmo por tener una relación duradera con una mujer, dado que los últimos periodos transcurridos de pausa entre cada relación están produciendo beneficios. Cuando la encontré después, la idea de atarme a otra ya se había desvanecido, al menos por el momento, y esta nueva aventura hecha de encuentros platónicos y de miradas robadas se hace más excitante cada día, casi con la esperanza de que todo se mantenga en este plano, sin un contacto real, sin saber quién es o a qué se dedica.

Oigo al perro del vecino que ladra y, regular como un reloj, se abre la puerta del rellano para el habitual paseo matinal a Villa Borghese. Una anciana tiene la tarea de sacar a pasear ese minúsculo perrito, tan ruidoso que no se puede creer que sea tan pequeño. Una señora simpática, ya sola y sin otros intereses que ayudar a que el ingeniero no tenga que dar un corto paseo a su animalillo, por el cual no tiene mucho interés. Envuelta en su gran abrigo apelmazado, toma la correa y baja las escaleras, paso a paso, con el pequeño perro tirando impaciente por llegar a la calle después de una larga noche bajo techo. Espero siempre hasta que deje de ladrar antes de salir de casa. La simpática anciana muestra un cariño especial en nuestros encuentros y parece tener siempre el deber de informarme de todas sus vicisitudes médicas sin perder nunca el aliento y cuando eso ocurre, siempre corro el riesgo de perder mi encuentro matinal con mi fascinante desconocida, cosa que generalmente me pone de mal humor. Hasta hoy, pocas veces ha ocurrido que no nos hayamos encontrado en el bar o al menos en la calle que la aleja del local, para ese encuentro visual que basta para darme fuerzas para todo el día.

En cuanto oigo cerrar el portal estoy de inmediato delante de la puerta con las llaves en la mano y la mochila en la espalda, con el anorak bien abotonado sobre la bufanda cálida y suave sin la que estaría perdido en los meses más fríos. Ya impaciente, imaginando cómo se habrá vestido hoy, a menudo trato de imaginármela y hago apuestas conmigo mismo para ver si estamos de acuerdo también en estas cosas más frívolas. También he tratado de adivinar al menos el color de los pantalones o qué vestiría en general. Un juego infantil, pero que me hace sonreír cuando veo que he acertado algo de ella. Acelero el paso por la calle, la anciana esta mañana se ha retrasado con el ingeniero, que le ha dado algún consejo sobre a dónde llevar a su «hijo peludo», como le gusta llamarlo.

Ya en el umbral del bar, la veo, junto con su habitual compañera de desayuno, sentada en la pequeña mesa junto a la nevera de la bollería en exposición. Todos los días cruzamos nuestras miradas y ella tarda en apartar la suya, el calor de nuestras sonrisas parece solo uno. Con eso basta, nuestra no relación acaba ahí, aunque siempre trato de verla sin que se pueda dar cuenta, para contemplar cómo se mueve, como se toca el pelo. Una de las primeras veces me senté detrás de ella por la curiosidad de sentir qué perfume llevaba y para poderla recordar durante el día no solo por el destello con el que respondió a mi mirada. En estos tres meses, desde nuestro primer encuentro, no he oído nunca su nombre y esto hace todo aún más fascinante y misterioso. De ella solo sé que es muy madrugadora como yo y que no puede empezar el día sin un capuchino y un simple cruasán.

A veces me escondo detrás de la nevera, que me permite verla tras los cristales, entre las esponjosas tartas de colores de su interior. Hace unos días su amiga debió haberse dado cuenta, visto el modo en que ahora me mira en cada encuentro y por eso he abandonado mi fresco escondite para volver al lugar habitual al lado del mostrador, entre ella y la salida, para no perderme ni un momento de nuestro encuentro.

Cuando he tenido el valor de confesar mi amor platónico a Stefano, he tenido que esperar más de cinco minutos a que dejara de reírse. Debe haberle divertido mucho, sobre todo lo de que me esconda entre las tartas y la bollería del bar. Conociéndome a mí y mi facilidad de aproximación al sexo femenino, se ha sorprendido bastante por el hecho de que en estos meses no haya dado un paso adelante, pero no entiende que la belleza de mi sentimiento está precisamente en el hecho de haberla idealizado. Ir más allá acabaría con todo, sobre todo con esta sensación de lo desconocido que da a esta historia una carga de misterio.

Después de una semana de lluvia incesante, hoy por fin ha vuelto al sol y he aprovechado para tomarme un día de vacaciones para dar una vuelta por la campiña romana. Así que después de una media hora me encuentro ya lejos del caos ciudadano, de las calles atestadas y de los altos edificios que esconden el cielo. En el automóvil ni siquiera he encendido la radio, tan presente está su recuerdo mi mente. Por un momento incluso he tenido la absurda idea de presentarme y pedirle que venga conmigo. La habría llevado a uno de los hermosos parques de la Vía Flaminia, para contarle por fin todo sobre mi y saber también al menos su nombre. Al final ha prevalecido la razón y ahora estoy a punto de llegar a casa de mi madre, en un pequeño pueblecito con cuatro casas puestas en fila, que permanece paralizado en el tiempo. Se huele incluso el pan recién cocido con leña y el frío penetra hasta los huesos en cuanto entro en la calle principal. El viento te envuelve y te acompaña, mientras suena en tus oídos casi susurrándote consejos para la vida. Vengo aquí a menudo para reflexionar, en este ambiente surrealista de otros tiempos. También mi madre parece una mujer que no ha aceptado seguir los calendarios. Siempre guapa, a pesar de las arrugas que marcan los años y con las manos toscas y nudosas de quien nunca ha ahorrado un segundo en los campos ni en la cocina. Su único paso adelante ha sido el de aceptar el celular que le he regalado, a la fuerza, la última Navidad. Desde que mi padre no está, saber que está sola tan lejos de la ciudad no me deja tranquilo y poder así hablar con ella al menos telefónicamente me hace sentirme más sereno. Después de sus primeras dudas, incluso ha aprendido a usarlo y de vez en cuando me manda alguna foto y así nos sentimos más cercanos a pesar de los kilómetros de distancia.

Hoy no le he avisado de mi llegada, sé que le gustan mucho las sorpresas y además he querido esperar hasta el último momento para ver el tiempo antes de salir a la carretera. Una vez llegado a la calle principal, las primeras en darme la bienvenida han sido dos gallinas, tal vez escapadas de algún corral. Estos animales siempre me hacen sonreír, van pavoneándose y locas. En cuanto se aleja su cacareo empiezo a oír el agradable sonido de los zapatos sobre la calle, con su ligero retumbar entre las casas vacías y silenciosas. El sol comienza a calentar los muros y mis manos sin guantes. Una vez llegado a su casa, a los pies de la sombría escalinata del portal, escucho a lo lejos su voz y el ruido del rodillo sobre la encimera de mármol. Hoy debe ser día de pasta fresca, algo que la hace feliz, y así, entre una lámina y otra, se divierte cantando viejas canciones, cambiando aquí y allá las palabras que no recuerda. Mientras subo la escalera poco a poco, teniendo cuidado de no hacer ningún ruido, su voz se hace cada vez más cálida y plena y ocupa el lugar de mis recuerdos del bar, que eran los que hasta este momento dominaban mi mente. Este lugar tiene la capacidad de hacer que eche fuera todo lo demás. Es un poco como volver a ser niño, sin grandes preocupaciones, salvo la de conseguir entre un juego y otro un poco de pan con salsa recién hecha. Por un momento también he tenido ganas de volver a la calle y perseguir a esas dos presumidas gallinas en su fuga, para asustarlas un poco y llenarme los oídos de su cacareo descontrolado.

Una vez llegado a la puerta de casa, me paro un momento para recuperar el aliento, después de esas escaleras empinadas y resbaladizas, en la penumbra que deja la luz del día a mis espaldas. La puerta está abierta, como suele pasar en los pueblos pequeños, y desde la entrada la entreveo detrás de una cortina de plástico de colores, con su delantal y las mangas arremangadas, yendo de una parte a otra de la gran cocina. Lo que adoro de ella es la sonrisa siempre lista para acogerte. Me cuelo en la cocina sin hacer ruido y susurro:

—Mamá…

Como si fuera una palabra mágica e intocable. Cuando se gira sobresaltada, en sus ojos veo una mezcla de sorpresa y alegría infinitas y así acabamos abrazándonos como si no nos hubiéramos visto desde hacía mucho tiempo. Como si fuera todavía un niño, me besa las mejillas una y otra vez, en ese abrazo suave que no quiero que termine. Curiosa por mi llegada, hace que me siente junto a ella y empieza a preparar el café y a poner sobre la mesa galletas, un pastel y un bizcocho ya ha empezado, todo rigurosamente hecho por ella. Al no tener muchas visitas, cada vez que llego debe ofrecerme todo lo que haya en casa y sé muy bien que incluso un pequeño rechazo sería para ella una ofensa, así que empiezo a comer un trozo de pastel con mermelada de naranja, mi preferida. Mientras maneja la pequeña cafetera para dos, empieza a contarme todos los chismes de la zona: desde la llegada del nuevo sacerdote hasta el parto gemelo de dos potros en la granja de al lado.

Tiene un modo de hablar tan sereno que parece que sigue cantando y me quedo escuchándola sin pestañear, envuelto en esta atmósfera cada vez más lejos del mundo. Hoy tengo necesidad de hacer confidencias, así que le hablo de mi misteriosa mujer del café. Se sienta y apoyando un brazo sobre la mesa de madera me escucha como si le estuviera contando un cuento. No me interrumpe y en cuanto acabo de hablar se queda un rato en silencio, debatiéndose entre comentar mi absurda no relación y continuar permaneciendo en silencio. Luego se levanta, me sonríe y se dirige a la cafetera, que ha empezado a resoplar y a salpicar café sobre la cocina blanca e inmaculada. Después de este interminable momento de silencio, me pregunta si es por esta razón por lo que estoy ahí y si debe decirme que querría que hiciera… porque, según ella, toda historia de amor, y también locuras como la mía, deben seguir su propio curso sin que nadie pueda meter baza, arriesgándose a cambiar el curso exacto de las cosas. Mientras me pone el café en la tacita de cerámica finísima, tanto que parece de mentira, le respondo que solo quiero compartir mi vida con ella, como he hecho siempre, sin querer nada más. Me acaricia la cara, sonríe y empieza a contarme como se conocieron ella y papá, una historia que conozco muy bien, pero que me encanta oír de su boca. Sus ojos se vuelven llorosos y por primera vez veo en ella la melancolía de la soledad y de la ausencia y me doy cuenta de que verdaderamente necesita atesorar estos momentos juntos, para recordarlos para siempre, registrándolos en la memoria, esperando sin embargo que se puedan reproducir en la eternidad. Después de tomar la bolsa preparada con la pasta recién hecha, un pedazo de cada postre y con los huevos frescos y las verduras de nuestra huerta, vuelvo a la calle hacia mi automóvil. El viento ha amainado y el sol aún más alto me calienta el rostro.

Comienzan a apreciarse los primeros aromas de comida, en alguna casa están asando pimientos, de una ventana abierta llega el olor de una tarta recién sacada del horno y todo el pueblo participa de estos olores que se mezclan los unos con los otros en una bellísima alternancia que solo los pequeños pueblos pueden regalar a sus visitantes. Me bajo en el obrador para comprar la pizza blanca, siempre caliente y recién sacada del horno. Se que me voy a arrepentir de haberla comprado, ya que cada vez que la compro me siento mal porque está muy bien condimentada y es algo pesada, pero si no la como no me parece haber estado aquí, entre las pequeñas montañas del Lazio. Interrumpe mi tranquilidad, hecha de manos manchadas por el aceite y con la boca satisfecha gracias a la pizza y la sal gruesa, el sonido del celular que me sorprende y rompe el encantamiento. La próxima vez debo acordarme de apagarlo. Como un equilibrista, trato de sacarlo del bolsillo del abrigo, sin que se caiga la pizza y tratando de no romper los huevos envueltos en el periódico, dentro de la bolsa. En la pantalla veo la foto de mi ex, Lucía, pero cuando intento responder deja de sonar. La llamaré más tarde. Con ella he pasado los mejores años de mi vida, en una sincronía única durante seis años, hasta que aceptó un trabajo en el extranjero y me negué a seguirla. Entonces me di cuenta de que ya no era el gran amor que creíamos, una toma de conciencia común hasta el punto de hacernos muy cercanos todavía hoy. Estos días está en Italia y por eso hablamos más de lo habitual y no solo con mensajes de texto y correos electrónicos. Siempre es bonito volver a verla y alguna vez he pensado que hice mal al dejarle que se fuera, pero luego me doy cuenta de que solo era algo puramente egoísta y por tanto he aceptado nuestra amistad a distancia, que cada día se refuerza más. Nos veremos esta tarde, por fin solos para contarnos a la cara este último año alejados.

Me subo al coche y después de haber dejado la bolsa en el asiento de atrás, vuelvo a la capital, con los pulmones llenos de aire limpio y los zapatos sucios de tierra. Hoy de verdad que me gustaría volver a verla, pero sé muy bien que tendré que esperar a mañana por la mañana para nuestro habitual intercambio de miradas. Durante el trayecto devuelvo la llamada a Lucía y le cuento mi mañana campestre, quedamos para la tarde y me despide diciéndome que tiene que darme una noticia. Su tono de voz está lleno de entusiasmo, parece una niña delante de un árbol de Navidad lleno de regalos para ella. ¿Tal vez vuelve a Italia? La idea me hace sentir bien y empiezo a hacerme a la idea de volver a tenerla de nuevo cerca de mí, laboralmente hablando. Ambos somos fotógrafos freelance o, mejor dicho, todavía yo lo soy, mientras que ella trabaja para una famosa revista satinada de fotografía en Francia. Llegando a Roma, me paro para hacer unas fotos a las lejanas balas de heno en los campos en torno a la autovía, aprovechando una pequeña área de descanso donde puedo detener el coche. Me dan ganas de trepar la valla y correr alrededor y tumbarme en el suelo a tomar un poco de ese sol que transforma el grano en hilos de oro. Sería agradable quedarme con la espalda sobre la hierba recién cortada para luego levantarme lleno de briznas de paja en los cabellos. A lo lejos, dos caballos justo delante del sol permiten algunas fotos más vivas: parece que están corriendo dentro de sus rayos, da casi miedo a que se incendien y que su correr adelante y atrás sea un desafío contra esa bola ardiente. Luego desaparecen en el horizonte y el sol pierde su aspecto que infunde temor y pasa a ser solo el fondo de un escenario para enamorados. Perdido en mil pensamientos y tras unas pocas fotos, me doy cuenta de que estoy retrasado en mi plan de trabajo y así, a mi pesar, debo volver a la gran ciudad para ser fagocitado por las tareas cotidianas antes de que llegue la esperada cita de la tarde.

CAPÍTULO 2
MIRADAS EN EL BAR

El despertador suena como cada mañana cuando ya estoy con los ojos abiertos desde hace al menos un cuarto de hora revolcándome en la cama y sintiendo el primer frescor de la mañana que se mete bajo el edredón de plumas de oca. Un pequeño momento solo para mí, para pensar como será el día, aunque en los últimos meses el primer pensamiento es para él. Es absurdo pensar lo primero de todo en un completo desconocido, que ahora es sin embargo parte de mi vida cotidiana. Estoy tan colada por esta persona que todos los preparativos se centran en él, en tratar de saber qué le puede gustar y cómo atraer su atención. Al final solo quiero esto, atraer la atención de mi hombre misterioso, reduciéndose todo a esta primera aproximación, esperando que no pase nada, pero sin arriesgarme a que nada arruine este mágico momento del inicio de la mañana. En nuestro bar, donde nos vemos todos los días, siempre a la misma hora, me siento siempre en el mismo lugar, mirando al mostrador para poder verlo bien. Él sabe que estoy ahí y la primera mirada cuando llega es siempre para mí.

Me levanto, con los pies descalzos y el camisón por encima de las rodillas también en invierno para sentir el frescor de las sábanas junto al calor del edredón. También la almohada, escrupulosamente perfumada con el suavizante, debe estar siempre fresca y así, hasta que me duermo, le voy dando la vuelta en cuanto se calienta un poco con el calor del cuerpo para recuperar en las mejillas esa agradable sensación que solo el fresco puede dar. Antes de ducharme, caliento un poco el pequeño servicio, ese espacio solo mío en el que no entra nadie más. Mi pequeño refugio cuidado hasta los más mínimos detalles, con hilo musical y ducha con cromoterapia. Preparo mi playlist preferida, abro el agua caliente y me meto en la ducha cálida y perfumada. Acabi enseguida, hoy me acucia la idea de volverle a ver, después de un fin de semana fuera de Roma.

Es increíble lo fuerte que me hace latir el corazón un gesto tan sencillo como un intercambio de miradas. Me basta y me llena tanto que huyo de cualquier paso posterior. En esta loca historia he liado incluso a Camilla, mi compañera de trabajo. Nos conocimos cuando me encomendaron el nuevo proyecto de control de consultores familiares junto a ella e inmediatamente surgió una gran simpatía y enseguida un trato frecuente. Las dos solteras, era fácil que nos viéramos a menos una vez a la semana para ir al cine o a ver alguna pequeña exposición paseando por el centro. Conoce a tanta gente que casi siempre tenemos una invitación a algún evento y siempre nos lo pasamos bien, hagamos lo que hagamos esa tarde.

Ayer por la noche ya había preparado lo que me iba a poner esta mañana, unos vaqueros y una blusa de encaje blanco con un suéter ligero y ceñido de color violeta oscuro. No podría irme a la cama sin haber preparado todo para el día siguiente. También la cocina tiene que estar ordenada, con la taza para el café con leche ya dispuesta sobre la mesa, encima del mantelillo azul. Es una manera de no tener que correr por la mañana en busca de lo que se necesita antes de salir y también un modo de tener la casa siempre perfectamente ordenada en cualquier momento del día. Al abrir las ventanas veo que el sol ya está dispuesto a calentar ese día frío y me aparece una sonrisa en la cara. Los días bonitos en invierno me ponen siempre de buen humor, el sol me recarga y me basta con mirar por la ventana para superar también los momentos malos. Después de unos minutos, ya estoy en la calle lista para tomar el autobús que me lleva al trabajo. Por suerte no estoy tan lejos de mi trabajo que no pueda ir también a pie, pero hoy quiero apresurarme para llegar al bar antes que él. También quiero charlar con Camilla, que me tiene que contar lo último sobre su nuevo «chico», que ha conocido hace poco más de un mes en el gimnasio al que suele ir a la hora de comer. Una historia más normal que la mía y que espero que acabe bien. El sábado pasado salieron solos por primera vez y tengo que saber todos los detalles de la cita. Mi felicidad por su historia se mezcla con un poco de celos con respecto a mi amiga, que tendré que compartir con el recién llegado…

Está ya en nuestro punto de encuentro habitual y por la sonrisa que alegra su cara entiendo de inmediato que la cita debió ir mejor de lo previsto. En cuanto me ve, corre a mi encuentro, arriesgándose a tropezar en algún agujero en la acera que sostiene sus altísimos tacones, que normalmente lleva con mucha desenvoltura. De inmediato me veo rodeada en su fuerte abrazo y sus cabellos rubios y larguísimos acaban en mi cara. Me impresiona su alegría y por un momento me siento como si estuviera viviendo yo misma su felicidad. Cuando me libera de su abrazo, veo que está muy emocionada, que los ojos le brillan como nunca y por un instante me siento como si la estuviese perdiendo. Alejo de mí estos tristes pensamientos y recupero mi alegría habitual, tanto que la tomo de la mano y me dirijo rauda hacia el bar:

—¡Me tienes que contar todo!

La cita de mi amiga fue de manual. Él la recogió en casa con su potente moto, ella se dejó llevar por la euforia de correr hacia las playas de Roma para una tarde junto al mar, en un pequeño restaurante especializado en pescado que está abierto también en invierno. Decididamente romántico, habría rendido a casi cualquier mujer… Así, quitándose el casco, vaso de vino junto a varias delicias de pescado, de la mano toda la tarde y durante el paseo a la orilla del mar, finalmente se decidió a darle el beso tan esperado. Así que ahora es como si hubieran estado siempre juntos, el día siguiente lo han pasado contándose cosas una al otro y esta tarde se volverán a ver, envueltos en el mágico momento de las primeras citas. Pero todo sigue igual entre nosotras, la cita del miércoles para ir al cine y me siento más aliviada. Mientras me tranquiliza la idea de no haber perdido a mi amiga de aventuras, llega más deportivo de lo normal, me mira y me sonríe para dirigirse luego rápidamente al mostrador del bar para la conversación habitual con los clientes de primera hora de la mañana. Como es habitual, está el simpático abuelo que acaba de dejar a los nietos en la escuela, listo para pasar la mañana libre de encargos paseando por la ciudad. Poco después llega la pareja siempre bien arreglada, para tomar el café entes de volver a toda prisa al auto aparcado allí cerca. No falta la joven que estudia en la Universidad y debe tomar el metro antes de llegar a sus clases, junto al novio que trabaja en el supermercado de aquí atrás. Y luego estamos nosotras, siempre esperando cada mañana para escuchar nuestras nuevas historias en píldoras que se cuentan en quince minutos, antes de reanudar nuestra vida. Oír la historia de la nueva relación de Camilla me ha hecho recordar lo que sufrí por mi última historia con Carlo. Estuvimos juntos diez largos años sin llegar a otra cosa que al aburrimiento y la lejanía, aunque estuviéramos siempre juntos. La gota que colmó el vaso de nuestra relación fue irnos a vivir juntos y después de dos años aburridísimos nos separamos al descubrir que estábamos mejor como amigos que como amantes. Así que nos vemos con frecuencia y el tiempo que pasamos juntos es sin duda más divertido de lo que hacíamos antes. Nos hemos librado del peso de una relación que no funcionaba bien para ninguno de los dos, para redescubrirnos desde otro punto de vista más apropiado para ambos. Lo primero que me viene a la cabeza es precisamente llamarle en cuanto llegue al trabajo para contarle lo de Camilla y su nueva pasión. Por suerte, hemos sido lo suficientemente sensatos como para no dejarnos llevar por los acontecimientos, sabiendo dejarlo a tiempo. Habíamos incluso pensado en casarnos y llegamos hasta a elegir iglesia, para encontrarnos luego dentro de la nave principal, en el silencio de esta pequeña pero imponente casa de Dios, con el perfume de incienso que llega hasta los huesos, al lado de un desconocido, una sensación que tuvimos ambos. Diez años juntos para descubrirnos desconocidos dentro de una iglesia, entendiendo por fin que seguíamos adelante solo por costumbre y para simplificar nuestra vida. Nos bastó mirarnos a los ojos para empezar a reírnos, luego a llorar juntos como dos niños y luego a acabar nuestra historia diciéndonos adiós en la escalinata donde normalmente se prefiere recibir el arroz del festejo y no un abrazo que disuelve todo definitivamente. La primera noche, en la casa vacía, no fue fácil y por primera vez no dormir tuvo para mí un significado distinto del habitual. Como digo siempre, dormir roba tiempo a la vida, pero en aquella noche permanecer despierta sin cerrar los ojos ni un minuto solo sirvió para echar cuentas conmigo misma, reencontrándome de nuevo sola, pero más fuerte que antes. He echado cuentas con una mujer diez años más madura, con un bagaje sobre las espaldas lleno de cosas bellas, pero también de muchos momentos vacíos y desperdiciados, encontrándome entonces con poca arena en las manos que poco a poco se estaba desvaneciendo totalmente por los dedos entreabiertos.

Después de un primer momento de soledad buscada con todas mis fuerzas, fue Camilla la que pudo devolverme a la vida… social y, en poco tiempo, recuperé todo lo que había perdido en los años junto a Carlo. Entretanto, él se ha comprometido y está a punto de casarse y su nueva unión nos ha permitido convertirnos en grandes amigos, abandonando para siempre los recuerdos de haber estado juntos de una manera equivocada. En este último período, el cambio de trabajo y las nuevas amistades han dado paso a una serie de cambios que me han hecho redescubrirme como persona, no solo como la novia de Carlo, como un apéndice de él. He cambiado de peinado, presto mucha más atención a la decoración y trato de arreglarme, incluso para ir a la compra debajo de casa. En resumen, me quiero más que antes, lo hago por mí y ahora también por esa mirada matinal que me espera para empezar el día juntos y separarnos rápidamente dejando espacio al misterio de una «no relación» así de especial. Entre mi hombre misterioso y yo, todo funciona al revés. Una vez cruzada la primera mirada y entendido el interés recíproco, todo se acaba y no debe pasar nada más. Casi me parece revivir siempre el mismo día y por un lado esto me da una gran seguridad y serenidad. Sé que antes o después deberá acabar y tal vez se desvanezca también el interés por una simple mirada que no lleva a nada, pero por ahora no lo quiero pensar y disfruto de aquello que me da una sacudida y me hace llegar hasta la tarde con la sonrisa en las mejillas.

Hoy nos vamos del bar arregladas como siempre y mañana será otra mañana llena de historias a escuchar y miradas a esperar. Así empieza nuestra jornada, aunque luego en el trabajo todo el entusiasmo por el bello día soleado acaba en la habitual sala del consultorio fría y rancia que hemos conseguido obtener con tanto esfuerzo para poder trabajar con nuestros ordenadores portátiles teniendo al menos una silla y una mesa sobre la que apoyarnos. Hoy es el día del curso preparatorio para el parto y por eso ya a las nueve la entrada está llena de mujeres con ropa de gimnasia con sus grandes barrigas. Unas se acarician la barriga y otras buscan un lugar donde poder sentarse para relajar los primeros dolores de espalda. La mayor parte de ellas lleva un botellín de agua en una mano y una toalla en la otra. Muchas ya se conocen y por eso hay un vocerío de consejos y opiniones entre las que están viviendo más o menos los mismos momentos que luego desembocarán en el gran cambio de su vida al traer al mundo algo nuevo que las reflejará, al menos en parte. Muchas de ellas han visto cambiar su cuerpo, dejándose llevar también un poco, mientras que otras parecen listas para un desfile de premamás con ropa a la última moda y pelo y uñas bien arreglados. Atravesamos la sala con algo de dificultad, porque no queremos molestar al grupo de gestantes, que esperan a las obstetras que están allí por ellas. Por fin en nuestro despacho, cerramos la puerta a nuestras espaldas lanzando un suspiro de alivio, aunque con un poco de amargura y deseo de estar también en aquella sala antes o después. Sería bonito tener hijos a la vez, para enfrentarnos juntas y en el mismo momento a todo, siempre nos lo decimos, aunque seguramente no sea precisamente la cosa más probable y fácil el mundo.

La oficina conseguida está oscura y hoy me falta ese rayo de sol que he dejado a la entrada. Aquí todas las estaciones son iguales y si no fuera por el gran frío del invierno y el calor del verano no podríamos saber en qué periodo del año nos encontramos. Cuando salimos a las seis es horrible entrar con la luz y salir cuando ya está oscuro. Parece como si hubiéramos perdido una parte de nuestra vida entre documentos y estadísticas poco útiles para nuestra existencia. Poco después de que llegamos desciende el silencio sobre todo el consultorio: en cuanto empieza el curso las futuras mamás se sumergen completamente en los ejercicios de respiración y en la gimnasia de parto en la sala adyacente a la entrada y solo se oye a lo lejos la débil voz de Anna, nuestra obstetra faviorita, que con su voz dulce y suave guía a las mujeres en el momento más bello de su vida. Así podemos también nosotras empezar a encender los ordenadores y a preparar las cosas, ya que mañana será la reunión con la responsable de todos los consultores familiares de zona y esta quiere tener todos los datos al alcance la mano, con muchas estadísticas demográficas y los nombres de quienes han prestado servicios en los últimos seis meses.

En cuanto se enciende el PC, la imagen de mi fondo de escritorio me lleva inevitablemente a soñar unos minutos. Desaparecen en la nada todos los ruidos de fondo en mi vida y vivo solo en mi mente, con los recuerdos ligados a esa foto. La hice yo, no hay nadie en la imagen, pero sé quién está detrás del objetivo y esto la hace más especial y única, con un significado que sólo yo puedo entender del todo. Se ve un hermosísimo valle, que parece tan infinito que su fondo se confunde con el cielo al atardecer. Las hojas rojas de los árboles y el prado que comienza a amarillear en la claridad de la tarde muestran al mismo tiempo el rojo sol y la luna a un lado, que abraza tímidamente sus horas diurnas. Ninguna persona, ningún animal, ningún sonido, pero una sensación de paz y serenidad que solo puede dar una foto de este estilo. Todavía siento las manos sobre la máquina fotográfica y la mirada perdida dentro de la cámara para luego ir más allá y perderse en la infinidad de la naturaleza. La puerta se abre de repente y me devuelve brutalmente a la vida real: se asoma una cara desconocida, por un momento nos preguntamos quién puede ser, hasta que nos fijamos en su voluminosa barriga y entendemos que es alguien que se ha retrasado en el curso y se ha equivocado de habitación. La acompaño y aprovecho para tomar un poco de aire, ya que hoy, no sé por qué, me parece que me falta, y para llamar a Carlo, visto que en nuestro despacho la señal telefónica es prácticamente inexistente y telefonear se convierte una empresa imposible. Unos pocos minutos y vuelvo adentro, quiero darme prisa en terminar el trabajo para evitar permanecer encerrada aquí dentro hasta tarde.

CAPÍTULO 3
LA MARGARITA DE VILLA BORGHESE

Cansado del estupendo paseo por las afueras, acabo decidiendo volver a casa y trabajar un poco en la tranquilidad de mis cuatro paredes. Tengo un retraso de correos electrónicos que evitar y quiero trabajar sobre mis últimas fotos tomadas hace ya demasiado tiempo. También tengo que entregar el trabajo realizado hace unas semanas, que recoge en unas pocas imágenes la vida en el mar después de las vacaciones de verano. He decidido hacer todas las fotos en blanco y negro, colores que reflejan muy bien el estado de ánimo que se puede tener delante de la extensión de agua salada cuando se ha acabado el buen tiempo. Y, sin embargo, a mí, ir al mar de invierno me impacta fuerte. Fui solo, saliendo muy pronto por la mañana, capturando las primeras luces del alba que salían de dentro del mar. Armado con una manta y un gorro de lana, me coloqué sobre la arena todavía húmeda que crujía bajo mi peso. Solo yo en toda la playa, yo y lo mastodóntico delante de mí, con su dulce rumor y el ir y venir de la orilla. Así esperé a que saliera el sol, un espectáculo increíble que iría a ver todos los días si viviera más cerca de la costa. Sentado sobre mi manta, con los guantes para evitar tener las manos congeladas en el momento de tomar la primera foto, el frío en las mejillas y la nariz roja. Entonces llega el sol, delante de tus ojos con toda su belleza y el mar empieza a colorearse y a brillar como siempre, y el aire fresco se apaga poco a poco sobre la piel. En estos momentos soy una sola pieza con la cámara fotográfica y tengo avidez de fotografías, como si tuviera que detener cada instante concreto, porque sé que nada se repetirá del mismo modo. Mientras hacía las primeras fotos, se acercó un perro de tamaño mediano, que había llegado a la playa con un señor anciano que se ha quedado justo al inicio de la arena, mirando al mar con un esbozo de sonrisa que denotaba un estado de ánimo despreocupado y sereno. Entretanto, el perro corría como un loco, volviendo siempre a sus pies, para luego lanzarse de nuevo en una carrera entusiasmada hacia las pequeñas olas que mordían la arena. Para romper la soledad que probablemente debía ser la situación natural cotidiana para él, el hombre se me acercó lentamente para ver qué estaba haciendo. Después de un primer saludo de cortesía, empezamos a hablar de ese lugar encantador y de la belleza que solo puede verse en invierno. De nuevo a solas, comencé a apreciar ese lugar un poco melancólico, pero lleno de tantos matices. Los perfumes de las plantas habían empezado a hacerse más diferenciados y cerrando los ojos conseguían llevarme atrás en el tiempo, a otros lugares y otras situaciones marinas. La arena todavía fría entre las manos, con la que jugar sin dejar rastro. El mar siempre allí, con su movimiento constante, que permite ver ahí abajo algunas pequeñas conchas y que te parece que te está invitando a atravesarlo, a entrar para nadar hasta el horizonte. Solo me despierta el olor del restaurante cercano sobre el mar que está empezando a preparar la comida con mucha anticipación, probablemente para alguna fiesta o acontecimiento especial.

Todas estas son las emociones que vuelvo a sentir a semanas de distancia viendo mis fotos, esperando que también quien me encargó este trabajo pueda entender todo su valor. Revisarlas en el ordenador me genera un gran deseo de volver ahí y, por primera vez, el deseo es el de ir con mi misteriosa compañera de café, sin hablar, saboreando juntos las mismas emociones, quizá de la mano, un contacto entre nosotros que no hemos buscado hasta hoy. Acaba de trabajar y envío todo a través del correo electrónico y luego cierro rápidamente el ordenador antes de ponerme bajo la ducha y prepararme para la cena con Lucia. Como es habitual, llego al lugar de la cita mucho antes de la hora y que me pongo de perfil y me entretengo mirando a los paseantes y sus pequeñas historias hechas de pequeños momentos robados. Pasa una familia con dos niños pequeños, todos apresurándose en su anhelo de llegar a casa después de un largo día, cada uno con sus propias tareas. La madre abraza dulcemente al niño más pequeño, cansado y adormecido entre sus brazos, mientras que el mayor está contando al padre la tarde pasada, tal vez dedicada a algún deporte. Poco después llega una señora en bicicleta, vestida elegantemente y con el bolso a la espalda para no perder el equilibrio. No falta el joven que pasa inmerso en su música preferida y el hombre que, con paso veloz, habla al teléfono de sus planes para la tarde. Por fin llega ella, mi querida amiga que aparece en la esquina del fondo, siempre guapa y radiante. Hace meses que no nos vemos, pero en cuanto la vuelvo a ver parece como si nunca nos hubiésemos despedido en el aeropuerto, escondiendo cada uno una lágrima para perdernos luego en la cotidianeidad de dos países lejanos. Un largo abrazo nos devuelve al día de hoy y empezamos enseguida a jugar a quién cuenta primero las últimas novedades al otro, mientras entramos en nuestro restaurante preferido, donde solo se come pizza y pinchos de carne. El local es sencillo, con mesas de madera y manteles de papel a cuadros blancos y rojos, sillas típicas de las trattorias romanas y la calurosa acogida de los dueños de siempre, a los que conocemos muy bien. Delante de una buena pizza horneada con leña y una jarra de cerveza, Lucia tiene la cara presa de una gran excitación, con la urgencia de querer decirme la primera su verdadera noticia y yo estoy listo para festejar su retorno. Sin embargo, cuando empieza hablar, entiendo que mis esperanzas son completamente erróneas. En Francia ha conocido a un hombre, se han enamorado inmediatamente y ahora espera un hijo. De golpe se desmorona todo mi castillo hecho de la esperanza de recuperar a mi amiga para siempre conmigo y la veo nuevamente irse hacia la lejanía, esta vez para siempre de verdad. De hecho, ha venido a Roma para preparar la mudanza de sus cosas y se establecerá definitivamente con él, en una hermosa casa en el centro de París. Para mí será una oportunidad de volver a visitar la capital más romántica del mundo, pero con un ánimo distinto, cuando nazca el pequeño. Celebramos la estupenda noticia de la nueva vida que va a venir y Lucia continúa contándome sus magníficos meses franceses entre el nuevo trabajo, que le está dando grandes satisfacciones, su primera muestra fotográfica y su edificante historia de amor que ha galopado velozmente hasta la meta del embarazo inesperado, pero bien aceptado. Todo lo que me cuenta me hace entender que mi vida se ha parado, estoy en un momento de estancamiento que, sin embargo, solo me afecta a mí y estoy me fastidia un poco. Empiezo a sumirme en mis pensamientos y a no oír nada de lo que me rodea, incluida Lucia, que, al estar tan concentrada en su vida, no tiene tampoco deseos de saber qué está pasando con la mía. Vuelvo con la mente a la mañana tan tranquila y hecha de colores y ahora solo querría escapar del caos del local ahora lleno e inmerso en el jaleo de la gente que habla y come vorazmente. La idea de que en unas pocas horas volveré a mi bar a recargarme con su sonrisa me ofrece una vía de salida y el local recupera el aspecto familiar de cuando llegamos y el jaleo se transforma en un vocerío normal hecho de risas y conversaciones entre amigos. Lucia todavía está hablando mientras saca de su bolso una tablet para enseñarme las fotos de su exposición. Este es uno de mis viejos sueños, poder exponer personalmente las mejores fotos que he tomado todos estos años. Aunque no está previsto ni lejanamente, ya he empezado a elegir un tema y a decidir cuáles son las imágenes de más mérito para imprimirlas en gran formato para atraer las miradas de los visitantes. Ya me los imagino a todos con las narices hacia arriba, cautivados por mis fotos y también mis emociones, dependiendo sin embargo de cada una de sus vidas. Porque la fotografía, como la poesía o incluso las canciones puedes ponértela como si fuera ropa. Las mismas palabras encierran en su interior muchos significados y todos pueden hacerlos propios. Del mismo modo, la fotografía puede transmitir muchas sensaciones diversas y lo que para unos es triste puede dar fuerza y energía a otros. Recuerdo el mar en invierno, tan triste y melancólico para quien lo ama lleno de gente y solo lo aprecia con un sol abrasador, y refrescante en el invierno por el contrario para quien, como yo, adora los lugares solitarios y que muestran un aspecto fuera de las reglas convencionales.

La exposición de Lucia estaba verdaderamente bien organizada hasta los más mínimos detalles, en un espacio abierto con paredes muy altas e inmaculadamente blancas. Nada que impida ir de una a otra foto, todas expuestas a la misma altura y con el mismo tamaño a lo largo de las tres paredes. Una sola mesa recibía a los visitantes con algo para beber y algún tentempié para tomar durante la visita. Todas las fotos estaban trabajadas en blanco y negro con algunos detalles en color y el hilo conductor era la presencia de corrientes de agua: recodos de ríos, fuentes de las que beben niños, detalles de diversas fuentes, un lago al atardecer… el agua en todas sus dimensiones, terminando con una bellísima foto de un lavadero donde todavía las mujeres del pueblo van a lavar la ropa, mostrando todo el sabor de algo antiguo que se prolonga en el presente.

Incluso han hablado de su exposición en uno de los principales periódicos de París, dedicándole una buena reseña que ha llevado a muchos visitantes más después de su publicación. Por lo que parece, el nuevo hombre de Lucia es un pez gordo que le ha permitido prosperar de la manera apropiada y que se merece. Estoy muy contento por ella, mucho… un poco menos por mí, que deberé volver a refugiarme en el envío de correos electrónicos y mensajes a distancia con una amiga que para mí es como una auténtica hermana, la que nunca he tenido.

Su casa está un poco alejada del restaurante, así que, al acabar la cena, la acompaño hasta su viejo portal. Ahora tendrá que vender la casa y así se está cerrando otra parte de mi pasado para hacer espacio a las novedades futuras. Siempre me produce un efecto extraño saber que alguien cambia de casa, igual que cuando veo tiendas que cierran, sobre todo los que forman parte de la historia de mi infancia. Criado siempre en el mismo barrio, ya casi conozco todas, o al menos todas aquellos que todavía no han desaparecido. El periodo infeliz un poco para todos ha llevado a decisiones radicales, tanto de los comerciantes más viejos, ya cansado de luchar con todos los cambios y la crisis laboral, como de las familias que buscan casas con mejores precios y se alejan del centro. Después de años siempre con las mismas personas alrededor, he visto estos cambios como un abandono. Empezando por mi madre, que decidió vender su casa en el centro para quedarse definitivamente en el pueblo, donde ha renacido al recuperar la posesión de sí misma y de lo que siempre ha querido hacer. Mientras vivió mi padre, trabajó en una oficina pública aquí en Roma, huyendo de la ciudad a cada pequeña ocasión hacia su amado pueblecito, donde se liberaba de todo el cansancio acumulado durante la semana. A mi madre nunca le ha gustado mucho la vida en la ciudad, se sentía un poco perdida aunque siempre se ocupó de todo como la perfecta ama de casa de un buen barrio. Una señora estupenda, siempre bien vestida y con un collar de perlas invariablemente en el cuello. Las mismas perlas que hoy sigue sin abandonar, aunque prefiera ropas más cómodas sin preocuparse por marcas o tejidos finos.

Bajo el gran portal de madera, saludo a mi querida amiga, con la promesa de volvernos a ver antes de que se vaya definitivamente. Espero a que entre y me dirijo a mi casa, lleno de miles de pensamientos y con el deseo de irme pronto a la cama y son tantas las ganas de que llegue a mañana siguiente que pongo la manecilla del despertador una hora antes y me escondo bajo el edredón.

En cuanto suena, me pongo en pie. Hoy quiero dar un paseo por Villa Borghese antes del habitual ritual matutino en el bar, así que me visto rápidamente y salgo raudo del edificio hacia el parque. La villa por la mañana es un encanto: pocas personas pasean por ella, sobre todo son ancianos que pasean por motivos de salud y debido a su insomnio aprovechan las primeras horas del día, cuando todo está todavía cerrado y no hay mucho que hacer en la ciudad. Veo en el teléfono un mensaje de Lucia, que me da las gracias por la cena y me dice que si su hijo es un varón le llamarán como yo. Así consigue robarme la primera sonrisa del día cuando ya estoy bajo los árboles y a su sombra. A esta hora también se pueden encontrar ardillas, grandes y regordetas únicas dueñas de la naturaleza que se expande bajo sus apagados saltos, casi sin preocuparse por tu presencia. Llego hasta el Pincio y allí se presenta la ciudad en toda su magnificencia. Monumentos, plazas, iglesias… todos dormitando pacíficamente mientras los demás los miran y sin que el sol o la lluvia los muevan o cambien. Recojo una margarita que ha sobrevivido al frío y la llevo conmigo al bar. Hoy me siento distinto y quiero modificar el ritual de nuestros encuentros con un pequeño gesto, así que pongo la pequeña flor sobre la mesa donde dentro de poco ella se sentará para el desayuno, esperando que nadie llegue antes y pueda apropiarse así del detalle dedicado a ella. Voy rápidamente al mostrador y pido mi café habitual, invirtiendo el orden de llegada y también sin mirar a la entrada. Después de unos minutos la oigo llegar, reconozco su voz y también oigo que, al darse cuenta de que ya estoy ahí (es la primera vez desde que nos «conocemos», ya que llego cuando ya han terminado su desayuno), interrumpe por unos momentos la conversación, para continuarla mientras se acerca a la mesa. No tengo el valor para ver su cara cuando vea la flor y por otro lado no quiero tampoco que esté segura de que he sido yo la que la ha puesto en su sitio. Así que acabo el café más aprisa de lo habitual y al salir le lanzo una mirada que me responde rápidamente, pero esta vez ocultando la duda por esa florecilla que ahora tiene en la mano, como si esperara mi siguiente paso, que no llego a dar. Todo debe permanecer así y me alejo lo más rápido posible.

CAPÍTULO 4
RECUERDOS

Lo que de verdad necesito es una tarde toda para mí y en mi casa. Vuelvo después de hacer una pequeña compra y mi casa me acoge con el calor de los radiadores todavía encendidos. Me quito el abrigo y la bufanda, me quito los zapatos mientras me acerco a la cocina para meter en la nevera la leche que acabo de comprar. Sin ni siquiera encender las luces, voy al baño principal y abro el grifo del agua caliente de la bañera. No quiero ninguna otra cosa en este momento que no sea un baño caliente que aleje todo el malhumor, toda traza de cansancio que me ha dejado este día. Antes de entrar en la bañera, me sirvo una copa de vino espumoso, en su punto justo de frescor y lo apoyo sobre el lavabo mientras me desnudo antes de sumergirme en la espuma. Me suelto el pelo, tomo la copa en mi mano y entro en la bañera ya llena y tan caliente que me quema la piel en el primer momento. Para ser un baño perfecto solo faltan las velas encendidas y la música de fondo, pero por hoy está bien y, cerrando los ojos, con la cabeza apoyada en el borde empiezo a pensar en muchas cosas que ocurren en mi cabeza. Este año me gustaría hacer muchas de esas cosas que al final puedo hacer pocas veces o ninguna. Un viaje al extranjero, apuntarme a un gimnasio, tener tiempo para ir a la librería al menos una vez a la semana... y volver a correr a Villa Borghese, cuando todavía solo se oyen los pequeños pasos de las ardillas sobre la grava y la ciudad parece un lugar encantado y surreal, a años luz de las calles caóticas y llenas de automóviles.

Suenan las ocho en el reloj de la cocina y así, un poco a regañadientes, empiezo a quitarme la espuma de encima abriendo la ducha. La primera agua fría hace que me corra un escalofrío por la espalda para luego abrazarme con la nueva agua caliente que sale enseguida. Me quedaría así durante horas. Envuelta en mi blando albornoz, acabo la copa de vino y empiezo a ver qué hacer para cenar. Tomo unas sobras de la tarde anterior, que caliento al microondas y voy a comer al salón a ver una buena película, en esa habitación oscura que es toda para mí. Cuanto estoy sola siempre tengo pocas ganas de cocinar, así que me las arreglo con unas pocas cosas sencillas para no irme a dormir con el estómago vacío. Estoy tan cansada que no tengo tampoco ganas de prepárame la comida para mañana, así que escribo a mi colega para pedirle que vayamos a comer juntas. Fuera solo se oyen algunos automóviles de vez en cuando, la ciudad está descansando y recargándose para el nuevo día que va a llegar. Una atmósfera tan relajada que cuando suena el timbre del mensaje me sobresalto. El SMS es de Camilla, que acepta de inmediato mi propuesta para la comida y sugiere irnos pronto y hacer compras toda la tarde. Liquido la cuestión con un veloz «ok», ya hundida en el sofá y con la manta de lana sobre las piernas desnudas. Me despierta un disparo: son las dos de la madrugada, me debo haber dormido sobre el sofá y de inmediato me doy cuenta de que no recuerdo nada de la película que había decidido ver. En la televisión hay ahora una película policiaca y fuera está diluviando. Apago la televisión y me voy a la cama, pero ahora estoy desvelada y por tanto decido oír un poco de música para tratar de volver a dormirme. La primera canción que mi playlist es “Adagio”, de Lara Fabian. Cada vez que la oigo me palpita el corazón y recuerdo a mi abuelo y lo cercanos que estábamos. Mis padres murieron cuando era pequeña y por eso tuvo que cuidar de mí, algo que hizo hasta que una terrible enfermedad se lo llevó el año pasado, dejándome la casa donde vivo ahora y un gran vacío en el corazón. Se me viene de inmediato a la cabeza su casa de la montaña, aquí cerca de Roma, y los hermosísimos días de verano transcurridos juntos en el campo o cuidando de su pequeña huerta o los domingos invernales andando por el caminillo escuchando sus historias de la guerra y los tiempos pasados. Gran parte de los recuerdos de mi familia se los debo a él, porque recordaría muy poco de mi madre y mi padre si no fuera a través de lo que me contaba. Y así veo ante mis ojos la habitación oscura, llena de objetos recogidos con el paso de los años. La pequeña vitrina con las cerámicas propiedad de mi abuela, la foto de toda la familia sobre el aparador en el fondo del cuarto. Nosotros dos sentados en las mecedoras antiguas, con los cojines rojos y la suave alfombra en medio. La única luz venía de la chimenea encendida, entre los crujidos de la madera y el calor sobre las piernas que se iba apagando hasta llegar a la cara. Su voz aparece siempre en mis recuerdos, tan imponente y un poco ronca, que se pasaba horas contando anécdotas e historias en tono reposado y aterciopelado. Yo me perdía en sus palabras y vagaba por lugares lejanos y familiares, casi como hubiera vivido esas mismas aventuras que me sabía de memoria, pero que quería oír como si fuera la primera vez. Muchas veces era yo la que pedía esta o aquella historia, mientras que otras nos llegaban a través de los acontecimientos del día y nos traían a la memoria hechos pasados. Me gustaría recordarlo siempre así, olvidando los últimos meses pasados en el hospital, donde se había quedado indefenso como un niño, pero siempre fuerte y fiero luchando por su vida. Tampoco allí había perdido la voluntad de contar cosas y darme energías, hasta el día en que dormimos juntos en esa habitación fría donde ha sido ingresado desde hacía ya mucho tiempo: al principio de la tarde tenía ganas de hablar conmigo, de contarme cosas que quería que se grabaran en mi mente para siempre. A pesar del cansancio de un hombre ya viejo, estuvimos conversando toda la noche hasta muy tarde y esta vez conté mucho de mí y él me dio buenos consejos de alguien que había aprendido a vivir gracias a las muchas experiencias que nos indican el camino. Los ojos pesados por las medicinas, pero la sonrisa siempre presente en su rostro arrugado por la enfermedad. Una barba blanca bien cuidada y las manos grandes apoyadas sobre la sábana. Me quedé dormida en el sillón a su lado, pero él nunca volvió a abrir sus ojos desde aquella noche.

La canción ha terminado y me encuentro con los ojos hinchados y llenos de lágrimas que tratan de colmar su ausencia. Apago todo, me quito los auriculares y me dejo acunar por el temporal que todavía azota la ventana, soplando sobre las persianas que ululan al viento. Al despertar estoy todavía muy cansada, así que decido permanecer un poco más en la cama, disfrutando del calor de la noche ya terminada. Lo único que hace que quiera salir se las sábanas es el pensamiento de que voy a volver a verle.

Cuando llegamos al bar, lo que veo primero es que él ya ha llegado y esto me sorprende bastante. Por primera vez ha llegado antes que yo y tampoco se vuelve a mirarme, aunque sé muy bien que se ha dado cuenta de nuestra ruidosa llegada. Me paro en la puerta un poco molesta de que no me haga caso, pero el camarero me saluda y me pregunta:

—¿Lo de siempre?

Respondemos que sí y nos dirigimos a nuestra mesa. Estoy a punto de sentarme cuando veo una pequeña margarita justo delante de mi sitio y por segunda vez en muy pocos minutos me quedo perpleja y un poco perdida por un gesto que ha cambiado la disposición normal de las cosas. Seguro que ha sido él, pero esto no debe pasar. ¿Por qué está buscando una aproximación distinta de la misteriosa mirada de cada mañana? Me quedo sentada con esa pequeña florecilla en la mano, mirándolo de espaldas al mostrador, mientras se gira de golpe, me lanza una mirada y escapa del local de manera furtiva. Si, seguro que ha sido él el que ha puesto esa flor sobre la mesa… sobre mi mesa. Quedo sin palabras, entusiasmada y molesta al mismo tiempo, pero también un poco confundida y ya no tan segura de que realmente lo haya hecho él. Mi amiga me mira y se echa a reír, tras haber asistido a esta escena un poco infantil de dos adultos perdidos en una historia tan absurda y ausente de sentido para el resto del mundo. La miro y, después de que el camarero nos trae nuestro desayuno, me doy cuenta de que estoy sosteniendo la flor en la mano y la dejo rápidamente junto al capuchino como si fuera algo ardiendo que me quemara la piel. Comienzo a tener sensaciones diversas que se alternan rápidamente. Para empezar, me siento honrada por ese pequeño regalo, luego me siento sin embargo reticente y me pregunto si he entendido de verdad qué significa. ¿Y si era para mi amiga? ¿Y si al misterioso portador de miradas le atrajera ella y no yo? ¿Pero entonces por qué me mira siempre? No, vale, yo soy la fuente de su interés… pero si hasta hoy todo se resolvía con un intercambio de miradas y alguna sonrisa lanzada casi a escondidas, ¿qué quiere decir este «regalo»? Como si fuera una reliquia, recojo la flor y la pongo dentro de mi libro, que luego meto dentro del bolso grande y espacioso. Camilla, todavía con una media risa que no consigue controlar, me dice que ya hemos llegado a avanzar en esta absurda no relación y oírselo decir a ella me asusta y me entran ganas de huir y no volver nunca a este sitio. Pero luego pienso cómo me encuentro cuando no lo veo, no podría renunciar a estos diez minutos que compartimos, aunque sea a una breve distancia.

En cuanto acabamos el desayuno nos vamos de inmediato al trabajo, sabiendo que hoy la jornada laboral será breve y a la hora de la comida podremos escaparnos juntas para una tarde de compras. Por suerte, la lluvia de la noche ha dado paso al sol, dejando tras de sí solo alguna nubecilla dispersa. A la una, como un reloj, estamos fuera, listas para tomar el coche para pasar la tarde en el Outlet para hacer compras aprovechando las rebajas. En el automóvil, Claudio Baglioni a todo volumen y nosotras dos cantando con las ventanillas bajadas como dos adolescentes inconscientes. Al primer gallo empezamos a reírnos, mientras en lontananza aparecen los campos de cereal con las balas de paja ordenadas en filas. Son muy bonitos de ver, siempre me imagino ahí abajo, tumbada bajo su sombra para mirar el cielo, esperando ver el paso de algún avión y su estela blanca que corta el azul, para poder inventar historias sobre sus pasajeros y los viajes que los llevarán lejos, tal vez a algún lugar exótico o una ciudad desconocida. Después de unos minutos de silencio, Camilla se pone seria y empieza, por primera vez, a tomarse en serio mi no relación:

—Tienes que dar el próximo paso, el juego tiene que avanzar por parte de ambos. Te ha mandado una señal, quiere continuar de otra manera, pero sin arrojarse de inmediato a conoceros de verdad. Ahora tienes que tomar tú la iniciativa, de un modo igualmente romántico o misterioso, o sea, no banal. Sería demasiado fácil dirigirse a él y darle las gracias…

Tiene razón, el pequeño paso de la flor sirve para cambiar de camino, para elegir qué sendero seguir y debe hacerse de una forma original para mantener ese velo de misterio que desde hace tiempo nos hace mirarnos y conmovernos tanto sin más, sin decir ninguna palabra. Ni siquiera sabemos nuestros nombres respectivos y esto nos bastaba hasta hoy. Ahora tengo que decidir si seguir de otra manera o cerrar el camino. Tal vez sea él mismo el que se haya arrepentido: esta mañana se ha escapado como no había hecho nunca. Tal vez mañana no le vuelva a ver.

—Tienes que darle un giro a tu vida, tal vez el misterioso observador pueda ser el hombre que buscas y, si no lo es, tal vez sea hora de que vuelvas a vivir y encuentres a alguien con el que compartir tu vida —continúa Camilla con su tono serio a media voz.

Se despierta en mí un fuerte deseo de jugar, de romper los esquemas y de atreverme, aunque esto signifique perderlo todo. Empiezo a reír mientras el viento entra con fuerza por la ventanilla y me lanza el pelo sobre la cara.

—Vale, juguemos.

Llegadas al mágico mundo de las compras, así nos gusta llamar a estos grandes almacenes de alta costura a bajo precio, empezamos a dar vueltas sin mucha convicción mirando los escaparates hasta que nos detenemos en una pequeña pastelería donde decidimos tomar algo, porque tampoco hemos comido. Para mí, una porción de tarta de chocolate y un café, mientras que mi amiga se limita a un cruasán integral y un zumo de naranja, al tener que mantener bajo control el fiel de la balanza. Camilla es una mujer muy guapa, que con su voluptuosidad deja a su paso una sensación de serenidad y una visión agradable. Siempre bien vestida, sin ningún cabello fuera de su lugar, es la clásica mujer que hace que los hombres se giren cuando va por la calle, a pesar de algún kilito de más, pero bien proporcionado en todo el cuerpo. Un nuevo entusiasmo nos ha involucrado en el juego con el desconocido y así empezamos las dos a pensar en mi próximo movimiento. Generalmente entra en el bar, llega al mostrador donde hace una consumición de pie y luego se va. ¿Cuál puede ser mi movimiento concentrado en esos pocos momentos y sin que haya tampoco un punto concreto donde actuar como él sí ha podido hacer con nuestra mesa? Lo único que sé es que quiero dejarle también una señal tangible, tal vez al hilo de margarita para así hacerle entender con seguridad que se la envío yo. La idea se me ocurre en la pastelería: a un lado de la vitrina veo muchos bombones en envases verdes y dentro confeccionada una maravillosa margarita blanca y amarilla. Añado así a nuestra cuenta una caja de bombones y empezamos a pensar cómo entregársela, tal vez con el mismo café que toma cada mañana. Me siento como una niña, he vuelto a los tiempos del instituto, cuando la parte más bella de cada amor era justamente aquella anterior a la declaración. Las tardes pasadas con las amigas pensando si este o aquel podía estar «enamorado» de nosotras, soñando con el primer beso delante de una pizza y un vaso de Coca Cola, cuando un normalísimo «Hola» empezaba a tener tres mil posibles significados que analizábamos uno a uno. Tiempos en los que te palpitaba el corazón solo cruzando las miradas, guardando las distancias a la espera de su primer paso. Con casi cuarenta años, vuelvo a ser una joven adolescente que descubre por primera vez el amor, con muchas ganas de jugar. Me siento renacer, he vuelto a vivir y a no tener de nuevo miedo a poner a prueba mis sentimientos por alguien. Parece absurdo, pero me ha bastado esa pequeña florecilla insignificante para sacudirme de tal manera que he entendido que estaba perdiendo el tiempo y que debía hacer que las manecillas de mi reloj volvieran a ponerse en marcha.

Vuelvo a casa cuando es tarde, así que decido comer un trozo de pizza en la pizzería que hay debajo de casa. Cuando entro, no hay nadie en el pequeño restaurante, ni siquiera el propietario, al que oigo moverse en las cocinas, probablemente metiendo en el horno las últimas pizzas del día. La campanilla avisa de mi entrada y poco después le veo asomarse a la puerta, delante de los grandes hornos todavía encendidos. Nos saludamos y poco después estamos sentados juntos en las coloridas mesas de madera, conversando mientras se cocina mi pizza. Me ofrece una cerveza y empieza a hablarme de esto y de aquello y de todos los acontecimientos extraños y divertidos que han sucedido en el local durante el día. Siempre me divierte mucho oírle hablar, porque sé muy bien que tiende a exagerar mucho sus historias, añadiendo detalles que no son reales, pero que las hacen más simpáticas e interesantes. Además, generalmente tienen siempre un fondo cómico, así que hablar con él acaba siempre con risas ruidosas que atraen las miradas de los paseantes que nos oyen desde la calle. Como deprisa, ya cansada y con muchas ganas de quitarme los zapatos y meter los pies en la bañera caliente. Hemos andado realmente tanto que, a pesar del frío del día, tengo los pies tan hinchados que apenas puedo caminar.

En cuanto llego a casa y me quito los zapatos, me meto directamente en la cama con mi fiel portátil en busca de alguna información sobre mi misterioso amigo de las sonrisas. Tal vez me arriesgo a encontrar algo sobre él relacionado con nuestro bar, que tiene tanto un sitio en Internet como una página en Facebook. Accedo con mi usuario y empiezo a buscar. Ningún rastro de él, habría estado bien encontrar algún comentario suyo para descubrir así por fin su nombre y curiosear algo en el muro de la red social, al menos en la parte pública. Al pensar que quizá él también pueda tener la misma idea, empiezo poniendo un «Me gusta» en la FanPage del bar y, mirando las diversas fotos, comento una al azar, como dejando una señal. Una vez publicada, miro mi foto, que aparece al lado del comentario. Un tristísimo primer plano, elegido al azar hace mucho tiempo. Me apresuro a buscar una nueva foto donde se me vea mejor y cambio la de mi perfil. Ahora me siento más tranquila y espero infantilmente que también él se conecte y, a verme, pueda tener ganas de escribirme un mensaje. Durante diez minutos permanezco con la mirada perdida en la pantalla, esperando una señal que no llega. Actualizo varias veces la página, salgo y entro pensando que la conexión tal vez no sea la mejor y finalmente decido apagar el portátil, pero solo después de haber activado las notificaciones de Facebook en mi teléfono celular, por si el hombre misterioso decide buscarme y escribirme precisamente esta noche. Mientras que antes esperaba que nuestra no relación no pudiera variar una sola coma, ahora la idea de su contacto se ha convertido en casi obsesiva e irracional. Mañana será un gran día para nuestro juego y por tanto trato de dormirme lo antes posible, pero tengo tal agitación sobre cómo deberé comportarme tras nuestro encuentro que no consigo pegar ojo. A medianoche todavía estoy así, dando vueltas en la cama fría, cuando decido levantarme. Sin encender ninguna luz, ayudándome solo de la débil iluminación de la calle que entra silenciosa por las ventanas, llego a la cocina. En estos casos, la única solución es un buen vaso de leche con galletas. Hace años era mi abuelo el que me preparaba estos tentempiés nocturnos y me hacía compañía delante de una buena taza de achicoria que se calentaba en su cacillo de acero, hasta hacerlo hervir y a menudo derramándose sobre la llama que empezaba a chirriar y a cambiar de color por el líquido repentino. Cuando podía empezar a beberlo, ya casi había terminado mi leche y galletas y me quedaba haciéndole compañía hasta que acaba de beber su taza caliente. Por la noche siempre he sido más locuaz que de día y así me liberaba de muchos discursos y dudas sobre lo que había pasado el día anterior. Estas noches juntos en general precedían a los exámenes en la universidad, era tanta la tensión que acababa muy tarde de repasar y la taza de leche era una ayuda para tener sueño y relajarme tras el último día de estudio. Hoy, sentada junto a la mesa, siento todavía con más fuerza su ausencia, de modo concreto y no solo por un sentimiento herido, sino como una ausencia tangible. Ahora delante de mi taza de leche no puedo hablar con nadie y me falta también el perfume de la achicoria que se derramaba sobre los fuegos. Una vez, para aumentar el sufrimiento, junto a mi café preparé también achicoria en el cacillo de acero, pero esto solo sirvió para sentirme peor, así que me volví a prometer tratar de seguir adelante, abandonado lo más posible esas costumbres pasadas, pero sin perder el recuerdo de esos maravillosos momentos junto a él.

CAPÍTULO 5
HUIDA

Después de la fuga del bar continúo alejándome con paso decidido, sin darme la vuelta en ningún momento, aunque no haya hecho nada malo. Como un ladrón, con miedo a ser descubierto y la adrenalina disparada por mis últimas acciones, me alejo todo lo que puedo y me subo al primer autobús que encuentro, sin saber a dónde me llevará. Tengo una cita en el centro al final de la mañana y así podré deshacerme de toda esta excitación por esa pequeña flor abandonada entre sus manos Regalarle una flor, ¿cómo se me ha podido ocurrir? Trato de imaginarme qué puede estar pasando ahora en el bar, tal vez ha tomado y tirado esa pequeña margarita que ya se está marchitando, riéndose con su amiga. ¿Será el chiste del día? Sin embargo, mi esperanza es otra, la de haber abierto una brecha en sus pensamientos por la que poder entrar y esconderme en un rinconcito silencioso, listo para descubrir más cosas de ella. He huido por miedo a que nuestra historia de miradas pueda cambiar, pero en el fondo de mi corazón tal vez quiero en realidad que pase esto. Querría ser una pequeña mosca y revolotear ahora allí, por encima de sus cabezas, mirar sus ojos azules como el cielo y captar cada pequeño gesto de su rostro, junto con todos los pensamientos que le puedan pasar por la cabeza mirando cada pétalo blanco. Casi estoy tentado de volver atrás, pero ya estoy demasiado lejos y demasiado cansado, el autobús afortunadamente me lleva al centro y seguramente, aunque lo hiciera, ella ya no estaría allí. Encuentro un sitio y me siento, dejándome arrullar por la velocidad del gran vehículo. Mis compañeros de viaje están todos en silencio y listos para un día de trabajo o de estudio o incluso solo para el paseo matinal para matar el tiempo en las largas jornadas que se viven cuando uno alcanza cierta edad. Muchos de ellos llevan un libro abierto entre las manos, otros escuchan música y otros más están perdidos en sus pensamientos. Atrae mi atención una viejecita al fondo del autobús, vestida de rojo y con un gran carrito vacío a su lado. Tiene la mirada cansada y la cabeza se tambalea en cada curva. Empiezo a pensar cómo seré cuando sea viejo y el primer pensamiento es el de no querer estar solo, de llegar a esa edad junto a alguien con quien compartir todo, incluso las pequeñas margaritas recogidas en el camino. Vuelvo a pensar en ella mientras veo por la ventana la majestuosidad de la ciudad y sus imponentes monumentos que sirven de marco a todas las aventuras de mi vida.

Cuando llego al Monumento a Víctor Manuel II, bajo a la calle, despierto de repente de esta dicha alcanzada entre los pensamientos y el pasar de lugares muy bellos más allá del cristal. Conmigo desciende también la viejecita, ya lista delante de la puerta con su fiel carrito sostenido con una mano, mientras se agarra con la otra para no caerse. En la parada nos separamos y la sigo con la mirada hasta que gira al fondo de la calle, casi controlando que no le pase nada malo y dispuesto a socorrerla si necesitara algo. A veces basta poco para entrar en sintonía con alguien que luego tal vez desaparezca para siempre en nuestra vida, de la misma manera que entró a formar parte de ella por un breve instante. Miro el reloj: Está claro que es muy pronto para cita en el museo de Piazza Venezia, así que aprovecho para echar una mirada a los foros en este hermoso día que merece guardarse con un recuerdo visual. Como si hubiera sido a propósito, veo una pequeña margarita que brota del borde de la acera y puedo fotografiarla en primer plano, con su fondo de monumentos desenfocados que dan la sensación de estar fuera del mundo y del tiempo. Me gustaría podérsela enviar inmediatamente a mi misteriosa compañera de viaje, pero no sabría cómo hacerlo, ya que no sé ni siquiera su nombre. Una vez en casa, la guardaré también en el teléfono, pues deberá estar siempre lista en el caso de llegar a ella de algún modo más informatizado. Pasear por el centro de Roma verdaderamente te lleva fuera de lo cotidiano y entre tantos turistas se puede también perder la conciencia del espacio y del tiempo. Una sucesión constante de idiomas y de colores, entre las muchas personas armadas con cámaras fotográficas y sonrisas radiantes para recordar días enteros pasados visitando la Ciudad Eterna. Los gladiadores del Coliseo siempre dispuestos a formar parte de sus fotografías después de una generosa compensación y los carruajes que acompañan a los más dispuestos a probar nuevas dimensiones, porque en vacaciones los planes deben cambiar, al menos durante media hora, arrastrados por la ciudad en una carroza con un gran caballo. Las pezuñas sobre los adoquines ocultan el ruido de los automóviles y la ciudad vista desde ahí arriba tiene otro gusto, con un salto hacia el pasado. La cola delante del Coliseo es ya larguísima, sin preocuparse por el frío ni el tiempo de espera, dispuesta a hacer propia la visión de uno de los lugares más famosos del mundo a llevarla a su ciudad junto a fotos y recuerdos para regalar a amigos y parientes. Más tarde empezarán a llegar también las parejas de nuevos esposos, todavía vestidos de fiesta para las fotografías rituales en los escenarios más bellos de la Capital y así este espacio tendrá un aspecto y significado adicionales para quien lo haya elegido como destino. Después de haber pasado la mañana simulando ser también un turista, me dirijo con paso decidido hacia el lugar de mi cita, que no está muy lejos. Encuentro por casualidad a mi interlocutor delante del Monumento a Víctor Manuel II y así decidimos hablar de mi trabajo en el exterior, sin recluirnos en su oficina entre documentos y en la oscuridad del interior. Hay que rehacer los carteles del Monumento y por tanto necesitan nuevas fotografías, tal vez disfrutando de la vista de Roma que hay subiendo a su parte más alta, accesible solo a unos pocos elegidos. Ya he trabajado para ellos un par de veces con ocasión de exposiciones concretas en el interior de la «máquina de escribir», como se suele llamar en Roma al Altar de la Patria. Desde que en 2000 han vuelto a ofrecer la posibilidad de acceder a la escalinata, de vez en cuando me apetece pasar un tiempo visitando el monumento, ver todos sus detalles dedicados a la ciudad y a las regiones italianas y la parte que más me gusta es el santuario de las banderas de guerra, una infinidad de guiones e insignias con el sabor del pasado entre los restos de las telas consumidas.

Acepto encantado el trabajo y empiezo a tomar algunas fotos, aprovechando el acceso a áreas no accesibles a los visitantes normales. Desde ahí la ciudad te atrapa, te incorpora entre los mármoles y las antiguas construcciones medievales, hasta llegar a las grandezas de la antigua Roma, todo unido en una sola mirada. Casi parece que se puede tocar el sol y sumergirte en el límpido cielo que lanza ráfagas frescas de vez en cuando, despertándote de esta atmósfera surreal y mágica.

Me entran ganas de quedarme todo el día acurrucado en algún espacio entre las columnas y la escala infinita y ver Roma y todas esas pequeñas hormigas que se mueven adelante y atrás por las calles correspondientes. Me armo de valor y abandono ese lugar tan cargado de historia que hace que casi se oigan las voces de quienes han estado ahí antes de mí, antes incluso de que se construyera este monumento tan teatral. Decido volver a pie, aprovechando un día que nos ha ahorrado la lluvia de la noche anterior. Fotografío los charcos que hacen de espejo de las calles y en uno estoy yo, reflejado con mi abrigo azul y vaqueros, los cabellos negros y despeinados y las gafas de sol escondidas detrás del objetivo. Yo también estoy aquí, para variar, y viéndome reflejado en la pequeña poza de agua casi no me reconozco, tanto es el tiempo en el que no he pensado en mí en la vida real. Un periodo que he pasado solo trabajando, sin muchos amigos con los que compartir otras cosas y con pocas mujeres sin importancia con las que pasar alguna noche sin recordar luego emociones particulares dejadas a la espalda. Un periodo frío, solo hecho más íntimo por mis fotografías que cuentan sin embargo la vida de otra gente y de otros lugares. Hay un poco de mí en cada foto, pero nada que ver con lo que puede hacer un fotógrafo entrando dentro de su propio corazón. Debo volver a hacer fotos no encargadas, rebuscando dentro de mí mismo y tal vez la foto de la margarita sea el primer paso para redescubrirme cambiado y dar un giro a mi vida que ahora solo pertenece a los demás, como una meretriz que se abandona solo al trabajo de dar placer a otros.

Atravieso una pequeña parte de la Vía del Corso para meterme luego por las callejuelas del interior y llegar al Panteón, siempre lleno de gente y movimiento. En ese momento me llama Stefano. Este trabaja en una oficina, justo detrás del Corso Vittorio Emanuele y, como sabía de mi cita, me llama al orden para una comida rápida en su barrio. Nos encontramos en unos pocos minutos cerca del Campo dei Fiori para comer de pie uno de los riquísimos bocadillos que hacen a toda velocidad en un pequeño local sin sillas ni mesas. Mi preferido es el de berenjena con mozzarella y así, con la comida en la mano, continuamos nuestro paseo hasta sentarnos en un banco en Piazza Navona. Empiezo a contar a mi amigo mi mañana, comenzando por el Monumento a Víctor Manuel II para luego confesarle lo de la margarita. En cuanto empiezo a describirle el momento del bar, se para y deja de comer, completamente absorto por mi breve historia.

—Ahora le toca a ella —me dice sin pensar mucho en sus palabras, a las que siguen interminables minutos de silencio—. Por fin esta historia absurda puede seguir adelante, tenéis que conoceros y así descubrir si hay algo real que compartir o sencillamente descubrir que no estáis hechos el uno para el otro y así, acabando con el discurso de la mirada de la mañana, podrías empezar a pensar en tener una vida con una mujer real, que no sea solo la pasión de una noche y basta.

La idea de haber idealizado a una mujer que ni siquiera conozco me asusta: ¿y si no fuera de verdad como la pienso? Sería como perderla para siempre sin ni siquiera haberla tenido nunca. Me ocurrido varias veces pensar en ella fuera del bar, le he dado muchos nombres y la he imaginado en muchísimas situaciones distintas. Me he imaginado a su lado, mientras vemos los lugares que más me gustan. En mis sueños, la he llevado al pueblo de mi madre, hemos escalado montañas y dado largos paseos junto al mar. Incluso nos hemos besado a la sombra de árboles centenarios.

—¿Me estás oyendo? Si ella no da el próximo paso, basta… Vas allí y te presentas y que pase lo que tenga que pasar entre ambos —continúa Stefano, todavía totalmente afectado por mi historia y decidido a llegar a una conclusión, positiva o no.

Estoy de acuerdo, ya he entendido que tenemos que seguir adelante, parados en el inicio de esta no relación ya por demasiado tiempo. Pero todo tiene que hacerse sin prisas, ya que no podría, en caso negativo, salir de esta historia de un modo demasiado brusco. Aún no sé ni siquiera su nombre.

Saludo a mi fiel amigo, tomo el camino de vuelta sumido totalmente en mis pensamientos, hasta que llego a casa sin apenas darme cuenta de los kilómetros recorridos a pie. No me he fijado en las personas que me he cruzado por el camino, en los automóviles que pasaban a mi lado, en las fuentes que lanzan agua continuamente, ni en los pájaros despreocupados en el cielo. Solo he vuelto al presente al ver mi portal cerrado delante de mí, como un centinela silencioso e imponente. A lo lejos veo a la señora con el perro de mi vecino y me apresuro a entrar, con pocas ganas de quedarme en la puerta charlando con ella de medicina y de los excrementos de perros desperdigados por las calles del barrio. Una vez cerrada la puerta a mis espaldas, lanzo un suspiro de alivio y continúo moviéndome silenciosamente para que no me oigan fuera y, agotado, me tiro sobre mi cama. Cuando me levanto estoy todo sudado, todavía con los zapatos y el abrigo puestos. Son las siete de la tarde y he dormido casi toda la tarde, sumido en un sueño profundo. Después de una ducha rápida y, ya con el pijama puesto, me pongo en el ordenador y empiezo a trabajar sobre mis fotografías de hoy. Las más bonitas son la de la flor y la del charco conmigo dentro… Empiezo a reconocerme, a reencontrarme en lo que hago y esto me da la fuerza necesaria para tener el valor para dar un giro a la historia con la joven del bar.

Al día siguiente, a pesar de haber estado despierto hasta tarde trabajando con el ordenador, me despierto siguiendo la rutina semanal, para llegar al bar a la hora habitual, curioso por ver qué hará ella tras mi pequeño regalo de ayer. Cuando entro, la veo ya sentada en la mesa, como siempre, más guapa que otros días. Me lanza una mirada veloz, ruborizándose ligeramente mientras gira el cabeza hacia su amiga, que se queda quieta y la mira. Hay algo de extraño en su comportamiento, no se comportan con la misma naturalidad que otras mañanas, conversando entre ellas en voz baja. No hay nadie en el mostrador, así que me pongo en mi rincón habitual, a la espera de que llegue el camarero. La miro de reojo y apenas se da cuenta de que lo estoy haciendo desvía nuevamente la mirada que tenía fija sobre mí. Con el brazo hago caer una bolsa de papel que probablemente estaba apoyada en el azucarero de la esquina. La recojo y veo que encima está escrito «¿Para…?» y al lado hay dibujada una pequeña flor. Me paro un momento sin saber qué hacer y luego, preso de una gran curiosidad, la abro, al no haber nadie más cerca. En el interior hay un chocolate con un dibujo de una margarita sobre él. Se me dispara la adrenalina, este es su paso, la carta es para mí. Se me escapa una sonrisa cuando me doy cuenta de que dentro hay también una tarjeta, en la que está escrito con bolígrafo: «Además de la vista, tenemos otros sentidos, hoy trataré de saciar también el del gusto. A.». La releo tres veces casi queriendo aprender de memoria una frase tan breve pero tan llena de significado para mí. Cuando me doy la vuelta, me doy cuenta de que se ha ido, en completo silencio, sin actuar ni darse cuenta. Empiezo a desenvolver el chocolate tratando de no romper el papel, que guardo en el portafolios. Lo como como si no hubiera probado chocolate en mi vida, saboreando lentamente el amargor del cacao y la dulzura de la vainilla, que lo envuelve con su suavidad. Me doy cuenta de que tengo los ojos cerrados, completamente entregado a su sabor y concentrado solo en el sentido del gusto, como ha escrito A. en su tarjeta, que vuelvo a leer por cuarta vez, casi buscando algo entre las líneas, para guardarla luego en el bolsillo del abrigo para poder releerla más veces, hasta la extenuación. El sabor del chocolate se queda en mi mente y de ahora en adelante no podré comer nada con este gusto sin dejar de pensar en esta embriagadora mañana hecha de café y chocolate con vainilla. Con una gran sonrisa en la cara, saludo al camarero que entretanto me ha servido el café habitual y me voy un poco preocupado porque no veré a mi misteriosa A. en los próximos dos días, ya con el fin de semana a las puertas.

En el pasado, el sábado y el domingo eran siempre una bendición, pero desde que está ella se han convertido en dos días que vivir lo más aprisa posible, anhelando el aire que me da llegar al siguiente lunes por la mañana a través de su mirada. Estos serán todavía más largos y aburridos, aunque así tendré tiempo para pensar mi próximo movimiento. El juego está decidido, me debo centrar en los cinco sentidos y decidir si seguir lo que ella ha elegido como segundo o pasar al siguiente. Todavía siento el sabor fuerte del chocolate en la boca y espero que se mantenga aún por mucho tiempo, para fijarlo eternamente en mi memoria. Se me viene a la cabeza la magdalena de Proust, lo que este recordaba al comerla después de tantos años, y empiezo a entender cada vez más sus escritos y sus fuertes emociones evocadas por un pequeño y sencillo dulce de la infancia. Querría tener muchos de esos bombones, para así poder comerme uno cada vez que su recuerdo comience a desvanecerse o cada vez que quiera hacer más real la idea que tengo de ella, incluso cuando no está. Un sabor que, de momento, está relacionado con dos ojos límpidos y penetrantes, con su belleza y su pelo negro y liso apoyado en su espalda. Con su sonrisa apenas esbozada, enmarcada en sus labios rojos y con una piel clara y luminosa. Hoy llevaba un vestido verde oscuro con botas negras con tacón vislumbradas de reojo bajo la mesa cuando llegué. Me siento molesto por no haberle visto irse para atisbar algún detalle más de su perfecto físico, demasiado a menudo escondido por los abrigos y las botas de esta estación. Pero hoy el sentido es el del gusto y por tanto dedico mi pensamiento al chocolate encontrado en el sobre. Me pregunto si también ella lo ha probado, para compartir así la sensación aterciopelada de su sabor. Sobre su mesa, al salir, me doy cuenta de que en lugar del capuchino habitual hoy a tomado un café, tal vez para tener la misma experiencia de gusto que he disfrutado. Me parece casi como si la hubiera besado, saboreando el gusto del chocolate sobre los labios, estrechados en un abrazo hecho de aromas y sabores mezclados sabiamente. Hago una foto a la tarjeta escrita con su hermosísima letra, ordenada y redonda, y se la envío a Stefano. Su respuesta es inmediata: «Que empiece la partida

:-)».

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376,45 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
17 января 2019
Объем:
270 стр.
ISBN:
9788873048602
Переводчик:
Правообладатель:
Tektime S.r.l.s.
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