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Esteban Levin
La clínica psicomotriz
El cuerpo en el lenguaje

Levin, Esteban
La clínica psicomotriz : el cuerpo en el lenguaje / Esteban Levin. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Conjunciones / 68)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-840-6
1. Psicomotricidad. 2. Clínica Psicoanalítica. 3. Lenguaje Corporal. I. Título.
CDD 152.3
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustración de cubierta:: Esteban Levin
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, junio de 2021
Edición en formato digital: septiembre de 2021
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina
Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-840-6
Conversión a formato digital: Libresque
ESTEBAN LEVIN es Licenciado en Psicología. Psicomotricista. Psicoanalista. Profesor de Educación Física. Profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Director de distintos cursos de formación en psicomotricidad, psicoanálisis, clínica con niños y trabajo interdisciplinario.
Es autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales y de los libros La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Noveduc 2017); Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor: la infancia en escena (Noveduc, 2017); Autismos y espectros al acecho, la experiencia infantil en peligro de extinción (Noveduc, 2018); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Noveduc, 2018); La dimensión desconocida de la infancia. El juego en el diagnóstico (Noveduc, 2019); Pinochos: ¿marionetas o niños de verdad? (Noveduc, 2020), Las infancias y el tiempo. Clínica y diagnóstico en el país de Nunca Jamás (Noveduc, 2020) y La niñez infectada: Juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento (Noveduc, 2020).
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre el autor
Prólogo a la nueva edición. Esteban Levin
Prólogo. Alfredo Jerusalinsky
Introducción
Capítulo 1. Historia de la psicomotricidad Los cortes epistemológicos Primer corte epistemológico Segundo corte epistemológico Tercer corte epistemológico
Capítulo 2. El cuerpo y el Otro El cuerpo en apertura Sujeto y cuerpo El cuerpo: su superficie y el Otro El cuerpo en lo imaginario, en lo real y en lo simbólico El cuerpo en el discurso Imagen y esquema corporal
Capítulo 3. El lenguaje como constituyente del universo humano y del humano en el universo El cuerpo en el lenguaje: el cuerpo del animal y el cuerpo del sujeto
Capítulo 4. El gesto, del signo al significante Las praxias y la mirada del Otro El lenguaje como estructura y el cuerpo El gesto como significante El gesto, la metáfora y la metonimia El gesto y la mímica El gesto: lo visible y lo invisible El órgano ojo, el gesto y el Otro
Capítulo 5. La clínica psicomotriz en transferencia Inicio del tratamiento: del pedido a la demanda Desarrollo de la transferencia. Intervención. Especificidad Corporificación La inhibición psicomotriz de Pablo La operación clínica en lo instrumental
Capítulo 6. La estructura del síntoma psicomotor: la metáfora en el cuerpo El síntoma psicomotor como defensa Inestabilidad e inhibición psicomotrices I. La inestabilidad psicomotriz II. La inhibición psicomotriz 7
Capítulo 7. La transferencia en la terapia psicomotriz1
Capítulo 8. El abordaje psicomotor del autismo y la psicosis en la infancia Psicomotricidad y psicosis El cuerpo en la psicosis y el autismo ¿Cuál es el efecto de la castración simbólica en el cuerpo? Clínica psicomotriz del autismo y la psicosis Marina El campo psicomotor en el tratamiento de la psicosis
Capítulo 9. Esbozo de una clínica psicomotriz en pacientes adultos psicóticos crónicos La experiencia hospitalaria ¿Cómo se articula esa sensación en la historia del sujeto?
Capítulo 10. Lo que el psicoanálisis aporta a la psicomotricidad ¿El cuerpo de la mentira o la mentira del cuerpo? El cuerpo: enunciado y enunciación Un necesario retorno a Freud Marcelo y sus gestos Confusiones epistemológicas Acerca del fantasma El límite del cuerpo: el adentro y el afuera La simetría en el cuerpo. Espacio y espejo Simetría en el cuerpo Sobre el tema de la “vivencia” Cuerpo y comunicación Conclusiones. El placer y el goce
Capítulo 11. La dirección de la cura en la clínica psicomotriz Sin la marcha. Marcos en marcha El camino recorrido Técnica, estrategia y táctica El destino del síntoma psicomotor El final del tratamiento psicomotor La mirada psicomotriz y la representación La simbólica del cuerpo
Capítulo 12. La ética del psicomotricista De la etología a la psicomotricidad Ética y saber El análisis personal La formación relativa al decir corporal del sujeto Arte y psicomotricidad La imagen motriz La supervisión La formación teórico-clínica
Bibliografía
Prólogo a la nueva edición
Por Esteban Levin
El movimiento que introduce este escrito anticipa, resignifica y recrea el campo psicomotor de la infancia y, en ella, los problemas que a diario viven los niños en los cruciales momentos del desarrollo y la estructuración subjetiva.
Este libro se publicó por primera vez hace muchos años; tuvo luego numerosas reediciones, que marcaron los orígenes clínicos e históricos de la psicomotricidad. Las ideas y pensamientos que actúan y se despliegan en esta obra no solo tienen hoy total vigencia sino que resultan cada vez más actuales.
No existe un primer cuerpo del origen; siempre hay una anterioridad y una posterioridad que anticipan, preceden y suceden. El sujeto empieza antes del nacimiento, con la herencia vivida, actuante. A los niños no les queda más remedio que entretejer y enlazar al mundo que les toca vivir las palabras, las imágenes, las sensaciones corporales y las sensibilidades cenestésicas (propio e interoceptivas). La comunidad los aloja, pero también los coacciona a aprender, a anudar lo real, lo que para ellos no tiene explicación ni sentido.
La primera imagen corporal de un sujeto no está en el cuerpo, sino en el Otro; desde ella toma vida la sensibilidad gestual. La gestualidad psicomotriz que está en juego no tiene sustancialidad material, sino que se basa en la experiencia transmitida por una herencia afectiva que produce como efecto dramático la plasticidad simbólica articulada a la neuronal.
La psicomotricidad es un punto de encuentro entre la realidad neuromotriz del desarrollo y la constitución subjetiva, a través de la realización en acto de una experiencia significante cuya travesía deja huellas que historizan cada subjetividad.
Entre el movimiento del cuerpo y la imagen corporal se juega el “alma psicomotriz”, que remite a la relación entre ellas, entreverada por la experiencia escénica llena de intensidades y ritmos que conforman el quehacer cenestésico de la gestualidad.
Un gesto nunca implica solo al cuerpo, aunque él es imprescindible para realizarlo. La vida gestual no reside exclusivamente en el desarrollo sensoriomotriz y tampoco en el movimiento biomecánico, sino en la imagen del cuerpo.
En el campo psicomotor es esencial la realización del gesto como experiencia fundante de la subjetividad. La gestualidad permite que los niños se emancipen del órgano carnal y los introduce a un mundo imaginario (pleno de imágenes para reflejarse, atravesar y refractarse), simbólico (conformado por la legalidad del lenguaje y la cultura) y real (en tanto límite y causa de la experiencia).
El eje postural corporal está sustentado en el deseo de relacionarse con otros que también hacen uso de la imagen corporal y ponen en juego la plasticidad que, a su vez, recrea la experiencia y la manera de existir en ella.
Así como un titiritero debe olvidar su mano para devenir títere-personaje y entrar en la trama dramática que le permita jugar la escena, en la clínica, en lugar de etiquetar a un niño en un diagnóstico-pronóstico debemos intentar relacionarnos con él, incluirnos en el modo de existir que nos propone. Para eso resulta esencial dejarnos captar, tocar por la fuerza de la problemática que nos presenta.
Somos sensibles a las dificultades de los niños; nos despojamos de nuestros propios ideales para poder comprender su historia familiar, escolar, comunitaria. De esta manera, donamos el deseo de relacionarnos con ellos mucho más allá de sus signos, trastornos o síntomas. Damos lugar y tiempo para que se produzca otra experiencia psicomotriz.
Al hacer la ficción, los niños necesariamente improvisan, juegan a lo incalculable del azar. Sin darse cuenta, aprenden que los cambios vienen después del “antes”, en el devenir de una escena, a medida que la experimentan. En ellos, el deseo de ficción desborda lo establecido al jugar las potencialidades rebeldes al compás rítmico de la escena. Donar el afecto ficcional implica una experiencia de desposesión de sí, de vaciamiento, pérdida, cambio y diferencia.
Jugar es una forma de existir en la que los niños devienen aquello que no son sino en el artificio ficcional. Plenos de ambigüedad, pululan entre la fantasía y la realidad, transitan y componen la experiencia infantil. El ritmo desigual, multiforme, nómade, ensambla un movimiento psicomotor irregular, insólito por lo impensado y plural por la plasticidad. El acto lúdico implica aceptar la metamorfosis de la transformación y la desmesura del gesto en el cual los niños ponen en acto la imagen corporal.
Prólogo
Por Alfredo Jerusalinsky
Si la clínica de los “humores” se abrió paso trabajosamente en el oscurantismo de la “resignación divina”, así como la de las entidades microbianas debió horadar la neblina del anatomismo ingenuo, hoy la clínica que intenta desentrañar los lazos del significante con lo real se defronta duramente con el reduccionismo biologista.
Proponerse conceptualizar la clínica psicomotriz implica aceptar este desafío, ya que, si tomamos con rigor tal título, en él va de suyo verse inmediatamente tomados en los nudos que articulan la mecánica del cuerpo al campo del lenguaje.
Es en este camino que el texto de Esteban Levin nos encauza, colocando en causa y, al mismo tiempo, valiéndose de lo hasta aquí producido.
En ese sentido, mientras desliza lo motriz fuera de la mera mecánica osteomuscular, se niega a abandonar lo “psico” en el tembladeral del intuicionismo emotivo.
La psicomotricidad atraviesa, hoy en día, la incógnita acerca de su especificidad: su práctica y sus referenciales conceptuales interrogan, al que allí se arriesga, sobre su pertinencia clínica, sobre dónde reside el núcleo fuerte de sus intervenciones (¿el toque, la mirada, la palabra?), sobre sus fronteras tanto en el terreno de las patologías como en relación con otras disciplinas.
Para desenredar esta incógnita es menester no dejarse arrastrar por ese tan moderno eclecticismo pragmático. Por el contrario, se requiere lo que estas páginas se proponen: actualizar en cada paso las claves de sus operaciones clínicas en cuanto a la responsabilidad que le cabe sobre el sujeto que allí está en juego.
Reconocemos en ello los efectos de lo que ya venía en curso en el trabajo de equipo en el Centro “Dra. Lydia Coriat”. Es, entonces, particularmente grato reencontrarnos con los obstáculos y preocupaciones que tan intensamente compartimos, ahora formulados un paso más adelante bajo la versión que al autor le ha marcado el esfuerzo de su clínica cotidiana.
El aporte que este libro constituye merece, más que el elogio, una precisión conceptual al presentarlo: en un campo donde habitualmente no se logra mucho más que una colección de ideas y casos, él ahonda en el desciframiento.
Alfredo Jerusalinsky
Porto Alegre, enero de 1991
Introducción
Introducir es dar entrada, es dar cabida a alguien en algún nuevo lugar. Introducirnos en la lectura de un libro implica siempre inaugurar un espacio y un tiempo diferentes. Toda lectura genera y produce interrogantes.
Como una película cuyo final se anticipa al comienzo, esta Introducción es el último capítulo que escribió en mí este libro. Me encuentro escribiendo el final del libro en su principio. Escritura que continúa reinscribiéndose en la lectura que lo precede y lo anticipa en una secuencia.
Este escrito espera generar en el lector un espacio de trabajo, de apertura, de interrogantes que promuevan cuestionamientos, allí donde las preguntas y las respuestas permanecen fijas y anquilosadas en un saber enciclopedista o linealmente uniforme. ¿Quién desafía y resquebraja el saber instaurado de la técnica? ¿Quién se introduce en el campo psicomotor y qué lugar ocupa? Es el sujeto, que permanece perdido en la mirada del técnico, quien nos interpela a mirarlo, leerlo y escucharlo desde el registro simbólico. Es él quien se introduce en la clínica psicomotriz luego de un sinuoso y arduo recorrido.
Este verdadero desafío nos introduce en la búsqueda en la que el mismo sujeto participa –y no un formulario o recetario ya dado–, de lo que no se representó de ese cuerpo en el encadenamiento simbólico. Un desafío que nos lanza el niño, con su cuerpo, sus posturas, sus gestos, al darse a ver del otro lado de los recursos y métodos técnicos, ya sean listados de ejercitaciones y programas de actividades, así como también modalidades de intervención basadas en la valorización de lo emocional, de la empatía, la adaptación, lo relacional, la motivación, etcétera.
Es el sujeto con su sufrimiento en juego, encapsulado en su síntoma psicomotor, el que inaugura y da cabida a este espacio clínico. El mismo impulsa preguntas que generan nuevos laberintos, conduciéndonos continuamente a reformulaciones teórico-clínicas. Este escrito es producto y consecuencia de estos efectos.
Son precisamente ellos, los niños, los que en la dinámica psicomotriz arman y conquistan nuevos espacios, movimientos y cuerpos, que reclaman ser leídos e interpretados fuera de los presupuestos, de los prejuicios ya establecidos por un saber absolutista, propio de los Amos, que solo se relacionan por su imperativo omnipotente con el de los pequeños conquistadores.
Es en este espacio donde surge la pregunta por el sujeto. Él, en la clínica psicomotriz, nos hace recurrir al psicoanálisis, que de allí en adelante atraviesa nuestro acto clínico, sin dejar por ello de lado la propia especificidad. Por el contrario, su inclusión redimensiona el ámbito psicomotor, permitiendo otra mirada, otra lectura-escritura simbólica y, en definitiva, otro camino inexplorado.
El psicoanálisis posibilita diferenciar el cuerpo en lo real, en lo simbólico y en lo imaginario. Que el cuerpo humano en tanto tal es un real, simbolizable y, en consecuencia, susceptible de representación imaginaria.
El cuerpo neuroanatómico, el tono muscular, los brazos, las piernas, la nariz, los ojos, la boca, el sistema nervioso, digestivo, circulatorio –en una palabra, todos los órganos, componentes y sistemas del cuerpo– están tomados por una estructura que subvierte y modifica el equilibrio homeostático del mismo; esta particular estructura es el lenguaje.
A la realidad neuromotriz corporal se le sobreimprimen las huellas y marcas del lenguaje; con ellas el cuerpo pasa a residir no solo como un conjunto de músculos y nervios, sino también como una posición inscripta por el deseo del Otro en la cultura. Tenemos la realidad del cuerpo (condición de posibilidad), pero eso que es el cuerpo no es la realidad: el lenguaje lo atraviesa, lo transgrede y trasciende, hasta hacerlo existir fuera de su pura sensación carnal.
Para que una vivencia corporal se constituya, necesariamente tendrá que pasar por el lenguaje, y, por ello, dejará de ser solo vivencia-cuerpo, todo junto. El cuerpo no es el organismo y, dialécticamente, el organismo biológico no es el cuerpo.
El cuerpo libidinal, pulsional, erógeno, que Freud se ocupó de descifrar, retorna constante y al mismo tiempo azaroso en la práctica clínica de la psicomotricidad: no podemos ya eludirlo, desconociéndolo.
Tanto los ojos como las posturas, los gestos, el tono muscular y el movimiento no son solo eso, sino también significación determinada por el deseo del Otro que pulsionaliza ese cuerpo, que lo introduce en el mito familiar.
Jean Bergès, en su extenso recorrido por el campo psicomotor, lo puntualiza de este modo:
(...) es pues del cuerpo en cuanto receptáculo, suponiendo una inscripción, que se puede captar la significación de los disturbios y establecer una terapéutica en cuyo centro estará el cuerpo, el cuerpo del hombre que habla (Bergès, 1986).
Este libro se ocupa en particular de este viraje y esta articulación. Pues no es un mero cambio teórico, un simple agregado yuxtapuesto o una modificación, sino que, a partir de la inclusión de lo inconsciente en el ámbito psicomotor, proponemos un cambio a la vez ético y epistemológico en la lectura, en la mirada y en la intervención misma del psicomotricista. Esto nos posibilita continuar avanzando y pensando la clínica psicomotriz desde el lugar de lo posible, desde lo simbólico.
La inclusión del psicoanálisis en el campo psicomotor produce como efecto otra forma de comprender a un niño que en su cuerpo y en su motricidad da a ver su padecimiento, donde lo “psico” de la motricidad no está ya dado por los hábitos, la memoria, los patrones de conducta, los afectos, las fusiones, la sensibilidad, la percepción, entre otros, sino que se constituye y se instala desde el lugar del Otro, del lenguaje, del significante. Espacio simbólico que no es constituido sino constituyente del sujeto y con él de su cuerpo y su movimiento. Es por esto que lo “psico” de la psicomotricidad no proviene más de la psicología, sino del psicoanálisis.
El Otro no es un estímulo ni un estimulante, sino la instancia que, desde su mirada, organiza en el niño su autoimagen corporal y, desde su discurso, recorta, en el ojo, en la boca, en cada “agujero” del niño, la sombra de un objeto inexistente que, por ello, será incesantemente buscado (Jerusalinsky, 1988, p. 77).
Si bien lo inconsciente es descifrado y, por lo tanto, descubierto por el psicoanálisis, este hecho no determina de por sí que el mismo le pertenezca con exclusividad, pues como tal, no es propiedad de nadie.
Diferentes praxis clínicas (como la psicomotricidad, la psicopedagogía, la fonoaudiología, la estimulación temprana, etcétera) podrán incluir dentro de lo “psico” de su especificidad a lo inconsciente, siempre y cuando se lo haga intentando descifrarlo en el único lugar en que es posible hacerlo, en la trama transferencial, pues es allí donde el sujeto aparece y donde aspiramos a no desconocer desde la propia práctica específica.
Pretendemos rescatar al sujeto, a su singularidad. Algo que no es general, que no es una totalidad en sí misma ni tampoco una globalidad uniforme, sino un cuerpo en falta. Es el deseo que alude en el cuerpo a una falta, que hace de él un recorte respecto al cual solo puede informar una repetición significante. Lo interesante de este punto es que no hay tipificación posible de este singular recorte, ya que el Otro recorta el cuerpo en una posición de uno irrepetible en el plural, lo que le confiere al cuerpo la misma singularidad del sujeto.
Por este recorrido singular que es armado y fabricado por el recorte del Otro en el cuerpo podemos enunciar que el cuerpo es en transferencia referido a una red significante, red histórica que lo hace existir.
La operación clínica en el campo psicomotor (nos referimos específicamente a la lectura, la mirada, la intervención, la “corporificación”, la interpretación, la observación) es efecto de esta red transferencial, que se transforma en uno de los ejes centrales del tratamiento, ya que el cuerpo adquiere su consistencia en relación con lo simbólico, con la ley (la prohibición), que introduce la castración en el cuerpo y, con ella. la hiancia, por donde emerge el deseo.
Surge tal vez aquí un interrogante que, aunque parezca ingenuo, resulta esencial para continuar pensando en el suceder clínico del ámbito psicomotor: ¿qué entendemos por lo inconsciente?
Lo inconsciente ha tenido, desde Freud hasta nuestros días, diferentes lecturas y escrituras en el campo psicoanalítico, lo que trajo aparejadas distintas posiciones clínicas y éticas. Si bien “aparentemente” todas se refieren a la letra de Freud, de su desciframiento y análisis se desprenden inconscientes distintos, e incluso, en algunos casos, opuestos y contradictorios.
Es válido, por lo tanto, aclarar que consideramos lo inconsciente tal como lo definió Jacques Lacan en su retorno a Freud: lo inconsciente es estructurado como un lenguaje.
De esta definición y de sus consecuencias se desprenden efectivamente un modo particular de interrogar y teorizar la dimensión subjetiva que se pone en escena en la clínica psicomotriz, cuando nos desprendemos del tecnicismo ya establecido.
Esta perspectiva, sin descuidar la especificidad psicomotriz, nos permite sostener una práctica transdisciplinaria, que privilegia al sujeto que allí se está constituyendo1. Este acuerdo en torno de la concepción de sujeto (que implica ocuparnos necesariamente de los efectos transferenciales que se generan en la clínica) facilita no solo el intercambio con profesionales de otras áreas, sino que posibilita que el verdadero protagonista sea el niño y no el terapeuta.
La óptica que impulsamos es opuesta a aquellas que en el campo psicomotor y “corporal” intentan reducir lo inconsciente a una sustancia, a algo material, que hasta incluso es ubicable “en las profundidades” del cuerpo, donde se encontraría el ello, y el yo equivaldría, en este contexto, a la piel del cuerpo, tomado este como organismo.
Estos postulados empíricos-manifiestos desestiman la estructura que verdaderamente subyace.
¡Es tan cómodo para la pereza intelectual refugiarse en el empirismo, llamar a un hecho, un hecho, y vedarse la investigación de una ley! (...) Es un empirismo no solo evidente, es un empirismo coloreado. No hay que comprenderlo, solo basta verlo (Bachelard, 1985).
Diferentes posturas en el ámbito psicomotor permanecen estancadas en lo que podríamos denominar las doctrinas mundanas del siglo XVIII, basadas en una realidad empírica evidente, que se fundamenta en el realismo empírico, visible y objetivo del fenómeno corporal. Solo hace falta verlo, y no comprenderlo; se piensa al cuerpo como se lo ve, como se presenta a la vista en forma inmediata.
Estos postulados psicomotores adaptacionistas, que solo toman en cuenta la realidad empírica del cuerpo, se basan en lo que hace o juega el niño, para que este se adapte “mejor” o “bien” a esa siempre supuesta realidad objetiva. Este es el origen de los test psicomotores que abundan y que se aplican indiscriminadamente en nuestro medio. Freud demostró que ni la realidad ni el cuerpo son entes empíricos objetivos, y que no son dados de una vez y para siempre. La realidad y el cuerpo se construyen en relación al Otro. Son una realidad y un cuerpo conformados por historias, demarcaciones, mitos, deseos, representaciones, relacionados indefectiblemente con el discurso que les da origen.
En nuestra opinión, hay que aceptar para la epistemología el siguiente postulado: el objeto no puede designarse de inmediato como “objetivo”, en otros términos una marcha hacia el objeto no es inicialmente objetiva. (...) El hombre es hombre porque su conocimiento objetivo no es ni inmediato, ni local (Bachelard, 1985).
En nuestros días, y particularmente en el espectro de lo corporal, estas afirmaciones adquieren cada vez más validez, pues se hace del cuerpo un reinado donde la expresión y la emoción son súbditos de su majestad: el cuerpo visible y objetivado.
Contrariamente a estos postulados, seguimos la enseñanza de Freud porque ya no se trata de la observación empírico-positivista, determinada por la interpretación concreta y objetiva de la “realidad”. La verdad no está del lado del terapeuta en psicomotricidad, sino que surgirá del deseo del sujeto en el transcurrir de la clínica misma. Por eso, tampoco queremos transformar la psicomotricidad en un psicoanálisis, ya que ambos se ocupan de problemáticas diferentes. El psicomotricista se interesa por el cuerpo y la motricidad de un sujeto en sus diferentes variables: privilegia la mirada. El psicoanalista, en cambio, se ocupa de escuchar el discurso de un sujeto, fundamentalmente en sus fallidos, sueños, olvidos, lapsus, etcétera, donde emerge el inconsciente: privilegia la escucha. Del cuerpo, las posturas, los gestos y el movimiento que no funcionan se preocupa la psicomotricidad, que pondrá en juego su mirada particular.
Para apropiarse del cuerpo, un niño tendrá que realizar sucesivamente importantes conquistas, en relación con su espacio, sus movimientos, sus posturas, sus gestos, sus tiempos; tenemos un cuerpo (órgano) que –como lo dice la expresión “el propio cuerpo”– tendrá que ser de alguien (un sujeto) para ser propiamente un cuerpo y no una pura carne (como sería el caso de los niños autistas).
Por las fallas e interferencias en esta ardorosa conquista surge la clínica psicomotriz. Con los aportes del psicoanálisis se produce una transformación clínica conceptual en la práctica psicomotriz, que modifica las perspectivas hasta hoy planteadas. Impulsando este cambio, proponemos esta nueva mirada psicomotriz de un sujeto.
Esta propuesta no implica desconocer la historia de la psicomotricidad hasta nuestros días (de hecho aquí damos una versión posible de la misma), sino que, por el contrario, pretendemos provocar en ella un sesgo diferente, produciendo así una apertura.
Las propuestas de Dupré, de Wallon, de Ajuriaguerra, entre otros, pasan a incluirse dentro de una red simbólica. Ocurre lo mismo con aquellos recursos del campo psicomotor que nos son útiles en determinado momento para operar en lo instrumental del cuerpo o el movimiento. Por ejemplo, facilitar un desplazamiento, la prensión de un objeto, una nueva postura, la marcha, un salto, etcétera.
Lo que varía es el punto de partida y por lo tanto de mira, ya que se trata del cuerpo y la motricidad de un sujeto.
No deberíamos olvidar las enseñanzas que nos deja la práctica clínica en psicomotricidad; los problemas que ella nos plantea no se resuelven con recursos y recetas técnicas, ni con consejos o artificios mágicos. Justamente, estos ocultan y taponan las dificultades, en lugar de transcribirlas en el universo simbólico. De esta manera, la historia del ámbito psicomotor no solo no se elimina, sino que se redimensiona dentro de la especificidad clínica.
Interrogarnos acerca de lo que no se sabe del cuerpo de un sujeto remite concomitantemente a su singularidad, que rompe con la primacía del saber uniforme del cuerpo empírico-objetivable. Su majestad pasa a ser nuevamente, como lo introdujo Freud, el niño. Podríamos agregar: con su cuerpo, sus gestos, sus posturas, su tono muscular, que hablan al ser leídos y hablados por otros. Este libro se propone como una invitación a trabajar, a articular, impulsando interrogantes que en tanto tales impliquen transformaciones, o sea, tal como ocurre en el cuerpo, cuyo registro es el de las formas que cambian: así pretendemos que suceda con quienes nos lean.
Se plantea aquí un itinerario, un desmontaje del saber ya establecido y constituido, no con la finalidad de instalar otro saber absoluto y verdadero, sino para abrir un espacio diferente que desemboque en la reflexión, discusión y transmisión teórico-clínicas de las que hasta ahora carecíamos.
El recorrido pretende, de este modo, conceptualizar y formalizar el espacio de la clínica psicomotriz en el cual estamos implicados, explicitando nuestra posición y, desde ella, la interpretación que hacemos de otras posturas psicomotrices. La nuestra nos ha llevado a seleccionar los problemas que hoy consideramos nodales en el acontecer clínico de la práctica psicomotriz, con el afán de rescatar siempre allí el cuerpo subjetivado del niño.
Esta es nuestra convicción al emprender esta tarea de escritura. Su horizonte, lejos de estar completo y acabado, sitúa el punto de búsqueda en el que nos encontramos al escribir estas líneas.
Nota
1. Para mayor ampliación, véase Jerusalinsky (1988). Esta temática anticipa, sin saberlo, lo enunciado en diferentes escritos producidos en años posteriores, relacionados con el desarrollo psicomotor, la constitución subjetiva, la experiencia escénica, la función del hijo, la plasticidad simbólica, el diagnóstico diferencial de la imagen del cuerpo, el tiempo y la dimensión desconocida de la infancia, entre muchos otros temas. (Levin, 2004; 2005; 2013; 2018a; 2018b; 2018c; 2019; 2020a; 2020b y 2020c).
Capítulo 1
HISTORIA DE LA PSICOMOTRICIDAD
En el devenir histórico, diferentes sucesos van modificando y haciendo más compleja una práctica que tiene como eje central el movimiento y el cuerpo de un sujeto deseante.
En la Argentina, la influencia de la psicomotricidad europea (especialmente la francesa) fue delineando una práctica en la que la utilización de los gestos, los movimientos y el cuerpo, no solo en el ámbito clínico sino también en el campo educativo, fue conquistando numerosos adeptos.
Es necesario, entonces, realizar un sucinto análisis histórico para marcar los diferentes puntos de apoyatura teórica que fundamentan e influyen en el “campo psicomotor” y que nos abren nuevos interrogantes acerca de nuestra tarea.
Históricamente, el término “psicomotricidad” aparece a partir del discurso médico, más precisamente neurológico, cuando, a fines del siglo XIX, fue necesario nombrar las zonas de la corteza cerebral situadas más allá de las regiones “motoras”.
Sin embargo, la historia de la psicomotricidad (en realidad, su “prehistoria”) comienza desde que el hombre es humano, es decir, desde que el hombre habla, ya que a partir de ese instante hablará de su cuerpo.
No es el hombre el que constituye lo simbólico, sino que es lo simbólico lo que constituye al hombre. Cuando el hombre entra en el mundo, entra en lo simbólico que está ya allí. Y no puede ser hombre si no entra en lo simbólico (Barthes, 1983).
El recorrido histórico de este cuerpo discursivo y simbólico (eje del campo psicomotor) está marcado por las diferentes concepciones acerca del cuerpo que el hombre va construyendo a lo largo de la historia.
Deberíamos tener en cuenta que la palabra “cuerpo” proviene, por un lado, del sánscrito garbhas, que significa embrión; por otro, del griego karpós, que quiere decir fruto, simiente, envoltura y, por último, del latín corpus, que significa tejido de miembros, envoltura del alma, embrión del espíritu.
Si bien la psicomotricidad se desarrolla en el siglo XX como una práctica independiente, tiene su nacimiento allí donde el cuerpo deja de ser pura carne para transformarse en un cuerpo hablado.
La historia de la psicomotricidad es solidaria de la historia del cuerpo. A lo largo de la misma se fueron registrando preguntas tales como de qué modo decodificar; cómo explicar las emociones, las sensaciones del cuerpo; cuál es la relación entre el cuerpo y el alma y por qué diferenciarlos.
Históricamente surgieron respuestas diferentes. Desde una vertiente artística, como los espectáculos griegos de la época clásica (el ditirambo, el drama satírico, la tragedia y la comedia) “donde se manifiesta la libertad de transformar su cuerpo en órgano del espíritu” (Barthes, 1986), hasta las respuestas filosóficas como la de Platón, que considera al cuerpo como el lugar transitorio de la existencia en el mundo de un alma inmortal.
En el siglo XVII, Descartes (1979, p. 84) establece “principios fundamentales” a partir de los cuales se acentúa la dicotomía: el cuerpo, “que solo es una cosa externa que no piensa”, y el alma, sustancia pensante por excelencia, que “no participa de nada de aquello que pertenece al cuerpo”.
El dualismo cartesiano se radicaliza y se formula de la siguiente manera: “Es evidente que yo, mi alma, por la cual soy lo que soy, es completa y verdaderamente distinta de mi cuerpo, y puede ser o existir sin él”. Sin embargo, en la misma meditación metafísica no hay “duda” de que esta “verdad” duda de sí misma:
La naturaleza me enseñó también por esas sensaciones de dolor, de hambre, de sed, etcétera, que no habito mi cuerpo, sino que estoy unido a él tan estrechamente y de tal modo confundido y mezclado con mi cuerpo, que componemos un todo. Si así no fuera, cuando mi cuerpo está herido no sentiría yo dolor, puesto que soy una cosa que piensa, y percibiría la herida únicamente por el entendimiento, como el piloto percibe por su vista el desperfecto de su barco; cuando mi cuerpo necesita comer o beber, me limitaría a conocerlo simplemente, hasta sin ser advertido por las confusas sensaciones del hambre y de la sed, porque estas sensaciones, no son, en efecto, más que ciertas maneras confusas de pensar, que dependen y provienen de la unión y como mezcla del espíritu y el cuerpo (Descartes, 1979, p. 85).
Por lo tanto, el dualismo cuerpo-alma marca, por un lado, la separación, pero, al mismo tiempo y contradictoriamente, su unión. Separaciones y uniones que se continúan y articulan a lo largo de la historia, intentando encontrar explicaciones del cuerpo y del “alma” del sujeto.
Ya en el siglo XIX, con el desarrollo y los descubrimientos de la neurofisiología, comienza a constatarse que hay disfunciones graves, sin que el cerebro se encuentre lesionado, o bien sin que la lesión se halle localizada claramente.
Se descubren “disturbios de la actividad gestual”, “de la actividad práxica” (Le Camus, 1986), sin que anatómicamente estén circunscriptos a un área o porción del sistema nervioso. Por lo tanto, el “esquema estático” “anátomo-clínico”, que determinaba para cada síntoma su correspondiente lesión focal, no podía ya explicar algunos fenómenos patológicos. Justamente, es la necesidad médica de encontrar un área que explique ciertos fenómenos clínicos la que nombra por vez primera la palabra psicomotricidad, en el año 1870.
Las primeras investigaciones que dan origen al campo psicomotor corresponden a un enfoque eminentemente neurológico. Dupré afirma que:
En una serie de trabajos, describí, bajo el nombre de síndrome de debilidad motriz, un estado patológico congénito de la motilidad, a menudo hereditario y familiar, caracterizado por la exageración de los reflejos tendinosos, la perturbación del reflejo de la planta del pie, la sincinesia, la torpeza de los movimientos voluntarios, y finalmente por una variedad de hipertonía muscular difusa en relación con los movimientos intencionales y que tienen a la imposibilidad de realizar voluntariamente la resolución muscular. Propuse para designar este último problema el término de paratonía. Casi todos los sujetos paratónicos son poco aptos para la ejecución de movimientos delicados, complicados o rápidos. Se muestran en la vida cotidiana inhábiles, torpes, desmañados, como se dice (Dupré y Mercklen, 1909).
Es Dupré, entonces, quien, en 1909, a partir de sus estudios clínicos, define el síndrome de debilidad motriz, compuesto de sincinesias, paratonías e inhabilidades, sin que sean atribuibles a un daño o lesión extrapiramidal. La figura de Dupré es de fundamental importancia para el ámbito psicomotor, ya que es él quien afirma la independencia de la debilidad motriz (antecedente del síntoma psicomotor) de un posible correlato neurológico. Este neurólogo francés rompe con los presupuestos de la correspondencia biunívoca entre la localización neurológica y las perturbaciones motrices de la infancia.
Como señala Bergès (1988): “Es de este modo que la psicomotricidad se separó progresivamente de la neuropsicopatología del movimiento”, si bien Dupré establece cierta correspondencia entre la debilidad motriz y la debilidad mental:
Es natural observar la insuficiencia del desenvolvimiento del cerebro motor y de sus dependencias en los individuos que presentan, al mismo tiempo, insuficiencia en el desenvolvimiento del cerebro psíquico. Por eso se constata frecuentemente la asociación de la debilidad motriz con la debilidad mental (Dupré y Mercklen, 1909, citado por Le Camus, 1986).
También puntualiza la diferencia y la no correspondencia entre la debilidad mental y la debilidad motriz. Remito para ello al Seminario dictado por Bergès en Buenos Aires:
Lo que él [Dupré] puso sobre el tapete, lo que discutió y criticó con este título, es que se podía ser torpe sin ser idiota. E inicialmente el “psico” de psicomotricidad es de ahí que toma su fuente. La fuente está en la diferencia establecida por Dupré entre la cognición y la motricidad (Bergès, 1988).
Henry Wallon, en 1925, se ocupa del movimiento humano y le da una categoría fundante como instrumento en la construcción del psiquismo. Como señala Jean Le Camus, Wallon estudia la relación entre motricidad y carácter, a diferencia de Dupré, que correlaciona la motricidad con la inteligencia. Esta diferencia le permite a Wallon relacionar el movimiento con lo afectivo, lo emocional, el medio ambiente y los hábitos del niño. Así, para este autor, el conocimiento, la conciencia y el desarrollo general de la personalidad no pueden ser aislados de las emociones.
Estas primeras relaciones de similitudes y diferencias entre la debilidad motriz y la debilidad mental, más el aporte de Wallon, en tanto acción recíproca entre movimiento, emoción, individuo y medio ambiente, delinean un primer momento del campo psicomotor: es el momento del “paralelismo” y, por lo tanto, de la relación (intento de superación del dualismo cartesiano) entre el cuerpo expresado básicamente en el movimiento y la mente expresada en el desarrollo intelectual y emocional del individuo.
La práctica psicomotriz empieza con Edouard Guilmain en 1935, que establece, continuando las perspectivas teóricas que abrió Wallon, un examen psicomotor: “El examen psicomotor no tiene un simple estatuto de instrumento de medida, sino también de medio de diagnóstico, indicación terapéutica y pronóstico. En este registro Guilmain figura como un innovador” (Le Camus, 1986, p. 26).
Guilmain determina un nuevo método de trabajo: la reeducación psicomotriz, que establece, por medio de distintas técnicas (provenientes de la neuropsiquiatría infantil), un modelo de ejercitaciones: ejercicios para reeducar la actividad tónica (ejercicios de mímica, de actitudes y de equilibrios), la actividad de relación y el control motor (ejercicios rítmicos, de coordinación y habilidad motriz, y ejercicios tendientes a disminuir sincinesias).
Este primer acercamiento “práctico” entre la conducta psicomotriz y el carácter del niño fue utilizado posteriormente como modelo para distintas reeducaciones pedagógicas y psicomotrices (como, por ejemplo, aquí en la Argentina, la línea teórica que sustenta Dalila Molina de Costallat).
Parece situarse allí un punto de origen clínico pedagógico de la práctica psicomotriz, sustentado básicamente en la neurología infantil y en las ideas wallonianas, que Guilmain intenta llevar a la práctica por medio de ejercitaciones para niños inestables, torpes o débiles motores, es decir, niños que presentan un déficit en su funcionamiento motor y que, por lo tanto, no manejan eficazmente su cuerpo, lo que ocasiona una serie de problemas en su entorno social.
En este primer momento de la práctica psicomotriz se establece una correlación entre la debilidad mental y la debilidad motriz, entre el carácter y la actividad cinética, en donde la disfunción motriz ocupa el lugar preponderante, juntamente con el déficit instrumental.
En 1947-48, De Ajuriaguerra y Diatkine redefinen el concepto de debilidad motriz y la consideran como un síndrome con sus propias particularidades. De Ajuriaguerra y Soubiran acentúan estas concepciones en una carta a la Escuela Francesa de Terapia Psicomotora, en el año 1960.
Es De Ajuriaguerra quien, en su Manual de psiquiatría infantil, delimita con claridad los trastornos psicomotores, “que oscilan entre lo neurológico y lo psiquiátrico”. Ubica entonces en esta oscilación los trastornos propiamente psicomotores y, dentro de ellos:
(...) entrarán ciertas formas de debilidad motriz, en el más definido sentido de la palabra, las inestabilidades e inhibiciones psicomotoras, ciertas torpezas de origen emocional o causadas por trastornos de lateralización, dispraxias evolutivas, ciertas disfragias, tics, tartamudeos, etcétera. (…) El objetivo de una terapéutica psicomotora será no solo modificar el fondo tónico (sincinesias o cualquier tipo de actos) e influir en la habilidad, la posición y la rapidez, sino sobre la organización del sistema corporal, modificando el cuerpo en conjunto, el modo de percibir y de aprehender las aferencias emocionales (De Ajuriaguerra, 1984, p. 238).
Con estos nuevos aportes, la psicomotricidad se diferencia de otras disciplinas y adquiere su propia especificidad y autonomía. Se perfecciona el examen o balance psicomotor, con sus pruebas respectivas (control motor, tónico, estructuración del espacio, del ritmo, de las coordinaciones, habilidad motriz) y se establece un método y un diagnóstico destinados a delimitar el trastorno psicomotor y sus características, y a orientar las modalidades de intervención del terapeuta. Así, se establece un examen psicomotor tipo y una programación de sesiones de acuerdo con las categorías de los disturbios motores que el sujeto presenta:
En este sentido, al hablar de terapéuticas psicomotoras, nos referimos no solo a terapéuticas puramente motrices, sino también al cambio psicomotor funcional evolutivo (De Ajuriaguerra, 1984).
Ya en la década del 70, distintos autores (Bergès, Diatkine, Jolivet, Launay, Lebovici) definen la psicomotricidad como “una motricidad en relación” (De Ajuriaguerra, 1984).
Comienza a delimitarse una diferencia entre una postura reeducativa y una terapéutica que, al despreocuparse de la técnica instrumentalista y al ocuparse del cuerpo en su “globalidad” (concepto del que nos ocuparemos más adelante), va dándole progresivamente mayor importancia a la relación, la afectividad, lo emocional.
Es por esta vía que varios autores del psicoanálisis comienzan a ser citados. Así, Freud, Melanie Klein, Winnicott, Reich, Schilder, Lacan, Mannoni, Dolto y Sami Ali, entre otros, son tomados desde esta preocupación que se les plantea a los psicomotricistas, de un modo fragmentario, en apoyo de sus hipótesis sobre la vida emotiva y afectiva. Lapierre y Aucoutourier delinean sus posturas y, para la misma época (1977), Sami Ali propone un esbozo de una teoría psicoanalítica de la psicomotricidad.
Entonces, con el aporte del psicoanálisis se introducen en los últimos quince años diferentes conceptos (lo inconsciente, la transferencia, la imagen corporal, etcétera). Conceptos que marcan un viraje en las perspectivas clínico-teóricas del campo psicomotor.
La clínica psicomotriz en la Argentina tiene una sucinta historia que es preciso recorrer brevemente para que, incluidos en ella, podamos redimensionar nuestra propia práctica clínica.
Los orígenes de la psicomotricidad en nuestro país se relacionan estrechamente con la creación de los primeros institutos de reeducación para deficientes mentales de diversos grados. Uno de los primeros fue fundado en 1946/47 por la doctora Tobar García, y se llamó Instituto Argentino de Reeducación. Estaba integrado por médicos, psicólogos y profesores de distintas áreas. En 1949 se crean tres escuelas diferenciales más y durante un par de décadas son las únicas estatales en funcionamiento. En su reglamento se plantea la generación de un área de psicomotricidad, siendo esta la primera vez que en la Argentina se reglamenta e inscribe el quehacer psicomotor dentro de este ámbito particular de la enseñanza especializada.
Pero es solo en la década de 1970 cuando la psicomotricidad clínica registra sus comienzos fuera del campo específicamente educativo, partiendo de la influencia de la psicomotricidad francesa.
En esta primera época, en Francia, la práctica clínica era básicamente reeducativa, a partir de los trabajos de De Ajuriaguerra desde los años 60, y del reconocimiento que principalmente se hacía de autores como Wallon y Piaget.
En esos momentos, las respuestas técnicas se basaban en ejercicios programados previamente y en evaluaciones muy bien estructuradas y definidas. La actividad lúdicra, generalmente, se subdividía en una porción de juego libre, y en otra de juego orientado y dirigido, donde transcurría lo esencial de la sesión terapéutica. Son fundamentalmente estas propuestas de trabajo las que marcan el verdadero origen de la terapia psicomotriz en la Argentina, que podríamos situar entre el primer y el segundo corte epistemológico, de los que hablaremos más adelante, según el recorrido histórico de la clínica psicomotriz que estamos proponiendo.
En nuestro país, durante los años 70, se crea en la ciudad de Córdoba el profesorado doctor Domingo Cabred, que desde esa época es el único que posee una carrera de psicomotricidad autorizada oficialmente, otorgándose el título de Profesor en Educación Psicomotriz.
En 1974, Delia de Votadoro edita el que sería el primer y único número de los Cuadernos de Terapia Psicomotriz (número especial de la Sociedad Internacional de Terapia Psicomotriz, para países de lengua española).
Aproximadamente en 1975, Lydia F. de Coriat plantea por escrito a las autoridades educativas la necesidad de la existencia de la carrera de Psicomotricidad en la Universidad de Buenos Aires.
En dicho escrito justifica esa necesidad en los siguientes términos:
Que sería útil para el estudio y tratamiento de niños y jóvenes con problemas corporales vinculados a alteraciones de su afectividad, de su esquema corporal y de su lateralidad y su maduración; que el determinismo psicógeno de los procesos nosológicos que se incluyen dentro de los cuadros psicomotores sugiere una preparación más específicamente orientada hacia el estudio y la terapéutica de los mismos; (...) que sería importante reunir en una carrera con título habilitante todos los conocimientos y técnicas necesarios y que hasta ahora se encuentran dispersos entre diversas carreras tales como Fonoaudiología, Kinesiología, Educación Física, Docencia especializada, etcétera; que en países donde fue particularmente investigado el problema de la psicomotricidad existen carreras universitarias dedicadas al tema (Francia, Suiza y Bélgica, donde es de postgrado para psicólogos) (Coriat, 1975).
A la escasa bibliografía traducida del ámbito psicomotor en la década del 70 (fundamentalmente, Wallon y De Ajuriaguerra), se agregan con el pasar del tiempo diferentes autores franceses, como Le Bouch, Aucoutourier, Pick, Vayer, Bergès, Sami Ali, Bucher, Lebovici, Coste, Lapierre, y otros. A ellos se suman autores de la Argentina como Molina de Costallat (cuyo primer libro se edita en el año 1969), Esparza y Petroli, que específicamente se ocupan de la psicomotricidad en el jardín de infantes.
En el año 1977 se crea la Asociación Argentina de Psicomotricidad y a partir de 1980, la difusión y extensión de la psicomotricidad en nuestro país se acrecienta y propaga, aunque aún sin un reconocimiento que legalice su práctica. El auge del psicoanálisis en la Argentina, juntamente con la corriente clínica de psicomotricidad francesa, son los que en los últimos años han tenido mayor influencia en nuestro campo. En su conjunción y determinación podremos encontrar el fundamento de este escrito.
LOS CORTES EPISTEMOLÓGICOS
Históricamente, desde el año 1900 hasta la fecha, el recorrido y la evolución del campo psicomotor se despliega, desde nuestro punto de vista, de acuerdo con diferentes cortes que van modificando y delineando un accionar clínico específico.
Primer corte epistemológico
Encontramos, en primer término, las prácticas reeducativas determinadas por el concepto del paralelismo mental-motor. Un primer corte epistemológico que intenta superar el dualismo cartesiano a través de esta relación y correspondencia.
En esta primera etapa, la influencia de la Neuropsiquiatría es determinante, en una clínica que se centra en lo motor y en un cuerpo instrumental, herramienta de trabajo para el reeducador que se propone arreglarlo.
Segundo corte epistemológico
En un segundo término, con los nuevos aportes del ámbito psicológico –en especial, de la Psicología genética– ubicamos un pasaje de lo motor al cuerpo, en donde este se transforma en un instrumento de construcción de la inteligencia humana. Un segundo corte epistemológico, donde el acento pasa de lo motor al cuerpo como productor en su acción de la vida intelectiva. La mirada estará puesta ya no en lo motor, sino en un cuerpo en movimiento.
Entonces, ya no se trata de una reeducación sino de una terapia psicomotriz, que se ocupa, observa y opera en un cuerpo en movimiento, que se desplaza, que construye la realidad, que conoce a medida que comienza a moverse, que siente, se emociona, y manifiesta esta emoción tónicamente.
Así, el tono muscular, las posturas, el gesto y la emoción (representante del orden de lo psíquico en el cuerpo) serían producciones del cuerpo que podrían abordarse en un encuadre terapéutico psicomotor.
Este encuadre y enfoque “global” del cuerpo de la persona estaría determinado por tres dimensiones en las que el psicomotricista centrará su mirada: una dimensión instrumental, una dimensión cognitiva y otra dimensión tónico-emocional.
Tercer corte epistemológico
En tercer término, con el aporte de la teoría psicoanalítica, surge un giro conceptual fundamental, que es el que se expone en los próximos capítulos, y que ya no centra su mirada en un cuerpo en movimiento, sino en un sujeto con su cuerpo en movimiento.
Ya no se trataría entonces de una “globalidad”, de una “totalidad”, sino de un sujeto dividido, escindido, con un cuerpo real, imaginario y simbólico: este tercer corte epistemológico fundaría una clínica psicomotriz centrada en el cuerpo de un sujeto deseante, y no ya en una terapéutica basada en objetivos y técnicas.
Así, la inclusión de lo inconsciente en el ámbito psicomotor, por sus consecuencias teórico-clínicas subvierte su mirada, diferenciándose claramente de las relaciones terapéuticas empáticas o destinadas a la expresión o la catarsis emocional (posturas “vivenciales”, “relacionales”, “expresivas”, “vinculares”, etc.) que, aunque intentan tomar en consideración conceptos del psicoanálisis como transferencia, regresión, sublimación, etc. desde la mira que proponemos, vacían y desvirtúan el carácter que el psicoanálisis dio a los mismos, perdiéndose así la posibilidad de que se articulen con la práctica psicomotriz. Esta posibilidad de articulación y diferencia es la que intentamos bosquejar en este texto.
Resumiendo: a lo largo de la historia del ámbito psicomotor se pueden precisar diferentes pasajes: de lo motor al cuerpo, y de este al sujeto con un cuerpo en movimiento. Ya no es posible confundir el cuerpo con el sujeto, o el sujeto con el cuerpo. No son sinónimos, ni tampoco equivalentes, y es justamente porque tampoco son desanudables que la psicomotricidad es nombrada y, por ende, existe.
Estos cortes y pasajes no solo responden a un devenir histórico sino, fundamentalmente, a diferentes interrogantes que la práctica clínica nos fue generando. Son pasajes lógicos y no cronológicos; responden a una lógica determinada, sustentada en una concepción particular acerca del sujeto, lo que trae aparejadas diferentes respuestas teóricas, clínicas y éticas.
La práctica clínica que se lleve a cabo dependerá de la concepción que se postule acerca del sujeto.
Actualmente, encontramos la reeducación psicomotriz, la terapia psicomotriz y, por último, el motivo de este libro: la clínica psicomotriz.
A partir de la concepción del sujeto que se desprende de cada práctica-clínica, analizaremos ahora los diferentes momentos lógicos del campo psicomotor.
A finales del siglo XIX y principios del XX, con el auge de la mirada empírico-positivista, surge desde el campo de la Neuropsiquiatría una demanda particular: que se sepa curar aquello que la Neuropsiquiatría no sabe cómo se produce, a qué responde, ni cómo se cura.
Dicha demanda particular secciona y parcela al sujeto en lo motor, en el lenguaje y en el aprendizaje. Surgen así diferentes prácticas: la psicomotricidad (para lo motor), la fonoaudiología (para el lenguaje) y la psicopedagogía (para el aprendizaje y el conocimiento).
Es necesario detenernos a analizar sucintamente los antecedentes que dieron origen a estas prácticas clínicas. Todas ellas tienen una raíz común, que partió de los descubrimientos de la Neurología, especialmente de la Fisiología nerviosa de mediados del siglo XIX. Nos referimos a los descubrimientos que permitieron iniciar la discriminación y localización de las diferentes funciones de los centros corticales.
La Neurofisiología, impulsada por hallazgos histológicos y por el uso de técnicas electrofisiológicas, llega a caracterizar biológicamente los actos reflejos.
Sherrington (1857-1952) describe los fenómenos de excitación y de inhibición centrales y los distintos niveles del sistema nervioso que gobiernan los reflejos. Él distingue la sensibilidad exteroceptiva, la interoceptiva y diferencia una tercera, la sensibilidad propioceptiva. Relaciona la actividad tónica con las actividades y movimientos viscerales y del conjunto hace una misma función a la que denomina función postural (que será luego fundamental para la práctica psicomotora).
Los estudios de Sechenov (1829-1905) profundizan y amplían la concepción de los reflejos. Él puntualiza cómo los actos motores están regulados por los niveles superiores cerebrales y varían según un estado de inhibición o excitación. Su obra Los reflejos del cerebro influye en su discípulo, Pavlov (1849-1936), cuya concepción tiene también un sentido localizacionista. El período denominado “localizacionista” se origina en 1861 con la primera presentación de Broca. El método anatomoclínico adjudicaba una relación directa y casual entre la lesión y los síntomas, lo que decretó la doctrina de los centros cerebrales que intervenían directamente en las funciones, por ejemplo, en la motricidad, en el lenguaje y en el conocimiento. (Para Broca, por caso, la pata de un animal estaría en la porción superior y externa del cerebro, a ambos lados de la cisura de Rolando, con la representación motriz por delante y la sensitiva por detrás).
A partir de esta etapa de localizaciones cerebrales, comienzan a constatarse disturbios en las funciones, como la afasia, perturbaciones práxicas (apraxias, dispraxias), agnosias, alexias, dislexias, trastornos en la actividad gestual, etcétera. Al mismo tiempo empieza a verificarse que, para ciertas perturbaciones y trastornos, falla la correspondencia biunívoca entre el centro cortical y la función o sea que ciertas disfunciones no tienen una localización fija en el cerebro. De este modo comienza a detectarse que hay disfunciones que no se corresponden punto por punto con una lesión cerebral.
Para subsanar estas disfunciones surgen diferentes prácticas, como la ortofonía y la logopedia, antecedentes inmediatos de la Fonoaudiología, y la Pedagogía diferencial, antecedente de la Psicopedagogía (cabría mencionar aquí a Pringle Morgan, quien en 1896 se ocupó de los problemas en el aprendizaje de niños con inteligencia normal y a los que atribuye a una “condición cerebral congénita”, haciéndolos depender de un “disturbio anatómico” –Azcoaga, 1983–) y la Fisioterapia y Kinesiología, antecedentes de la Psicomotricidad. Debemos mencionar también otros antecedentes del campo psicomotor, a saber, la gimnasia terapéutica y la psicodinamia.
Colocamos como antecedente a la gimnasia terapéutica que preconizó Daniel Gottlieb Moritz Schreber (padre de Daniel Pablo Schreber, conocido por sus célebres Memorias de un neurópata, que Freud analizó detenidamente), debido no solo a la vasta repercusión de su obra en Alemania y en toda Europa, sino también a la gran similitud con ciertas reeducaciones psicomotrices.
Tan solo entre 1850 y 1860, Schreber escribió diez libros y numerosos artículos, cuya temática preponderante giraba alrededor de la belleza del cuerpo y la Pedagogía. En sus textos se describen, especialmente, sistemas de ejercicios y técnicas gimnásticas tendientes a obtener y lograr la armonía del espíritu y el cuerpo (Imago Nº 9).
Entre los postulados de la gimnasia terapéutica se encuentran los métodos y las técnicas necesarias y obligatorias para lograr una correcta postura. Además, inventa aparatos para que los niños se ubiquen adecuadamente, de acuerdo con las normas establecidas en sus libros.
Asocia una buena postura física con la rectitud moral, y considera necesario realizar adecuadamente las ejercitaciones corporales todos los días:
No solamente emplea un aparato llamado der Geradhalter, que mantiene sentado al niño bien derecho, sino una cantidad de otros pequeños aparatos adaptados a todos los “defectos corporales” posibles (Imago Nº 9, pp. 114 y 115).
En su libro Calipedia o educación de la belleza del cuerpo y del espíritu mediante el armonioso perfeccionamiento de toda la naturaleza humana, escrito en 1858, D. G. M. Schreber señala que habrá que emplear castigos corporales si encontraran obstáculos en la instauración de los sanos hábitos que deben regir las conductas del lactante durante el primer año de vida.
Tal procedimiento será necesario una sola vez solamente, a lo sumo dos, y uno se convierte en dueño del niño para siempre. A partir de entonces, bastará con una mirada, una palabra, una actitud amenazadora para dirigir al niño (Imago Nº 9, p. 100).
También define el período de entre los dos y los siete años como la época de los castigos corporales con acción terapéutica.
Este método de gimnasia terapéutica se propone curar a los enfermos, cultivar el cuerpo humano y de este modo modificar al hombre y a la sociedad en su conjunto, gracias a la educación física.
El otro antecedente que ubicamos es la psicodinamia de Philippe Tissié. Es J. Le Camus quien plantea a la psicodinamia del Dr. Tissié a comienzo del siglo XX como el antecedente más inmediato de la práctica psicomotora en Francia. Tissié se opone a la educación física militarizada y plantea una educación por el movimiento (planteo que luego retomará Le Bouch), intentando darle un carácter científico a su método de trabajo a partir de la integración de los diferentes descubrimientos y conquistas de fines del siglo XIX. Según Le Camus (1986), “Tissié puede ser considerado, con razón, el precursor de los psicomotricistas actuales”.
En el recorrido histórico que estamos proponiendo deberíamos rescatar el papel de la Neuropsiquiatría infantil, ya que son sus demandas las que comienzan a imponer la necesidad de incluir técnicas que resuelvan los problemas práxico-motores (apraxias, sincinesias, paratonias, inhabilidades, etc.) que no tenían solución, y para los que no se encontraba una correspondencia puntual con una localización cerebral. Así se crean distintos listados de operaciones técnicas tendientes a reparar y evaluar el déficit instrumental-funcional que, en realidad, desconocen lo que está en juego en un niño. Ejemplo de ello es el examen psicomotor que nos propone Vayer, en base al prototipo de examen psicomotor que en 1935 introduce Guilman, dando origen a la reeducación psicomotriz.
Vayer nos plantea distintas pruebas de coordinación dinámica de las manos, coordinación dinámica general, control postural, control segmentario, organización espacio-temporal, observaciones de la lateralidad, rapidez y conducta respiratoria, a partir de las cuales se elabora un perfil psicomotor y se determinan los ejercicios a realizar para sanear el déficit que el perfil registra.
Por ejemplo, en el ítem coordinación dinámica de las manos, Vayer se basa en el test de Ozeretsky (1921) revisado por Guilman en 1948 en su libro Tests moteurs et tests psicho-moteurs, donde un niño de siete años debe hacer:
Una bolita con un trozo de papel de seda (5 cm x 5 cm) con una sola mano, palma hacia abajo y sin ayuda de la otra mano. Tras quince segundos de reposo, el mismo ejercicio con la otra mano. Fallos: tiempo límite sobrepasado, bolita poco compacta. Duración: 15 segundos mano derecha y 20 segundos mano izquierda. Número de intentos: dos para cada uno (Vayer, 1977a, p. 211).
Luego de efectuar todos los ítems y acorde al perfil, se le atribuye una edad y se observan los distintos “tipos de inadaptación infantil”. De acuerdo con las dificultades evaluadas se establecen los ejercicios a realizar, no solo en las sesiones sino también en la casa. Por ejemplo:
Una niña de cinco años y tres meses con una incoordinación y torpeza (niño hiperprotegido). (...) Modalidades de la reeducación: la periodicidad ha sido la siguiente: una sesión semanal (seguida muy regularmente) hecha en presencia de la madre a quien dábamos, al finalizar la sesión, las nociones de las situaciones de ejercicios a realizar durante la semana. Duración de las situaciones de ejercicios con el niño: unos treinta minutos. La sesión de trabajo estaba compuesta de dos situaciones: 1) educación del esquema corporal; 2) el niño frente al mundo de los objetos: organización perceptiva y conocimiento (Vayer, 1977b, p. 178).
La psicomotricidad surge con respuestas técnicas y uniformes por la demanda propiciada básicamente por la neuropsiquiatría de principios de siglo. De allí que en la primera práctica psicomotriz que instrumentó Guilman se proponía como objetivo:
Reeducar la actividad tónica (con ejercicios de actitud, equilibrio y de mímica); mejorar la actividad de relación (con ejercicios de disociación y coordinación motora con apoyo lúdicro), desenvolver el control motor (con ejercicios de inhibición para los inestables y de desinhibición para los emotivos) (Le Camus, 1986, p. 27).
Así surge, en 1935, con este verdadero plan de ejercicios, la reeducación psicomotriz.
Bucher instrumenta un método de reeducación psicomotriz, en el que nos plantea las modalidades de trabajo para desarrollar las distintas posiciones y desplazamientos del cuerpo.
Nos describe, de este modo, un ejemplo práctico de la utilización de los ejercicios:
Descripción de un ejercicio haciendo intervenir posiciones de pie y sedente. Modalidades: Determinar un recorrido cerrado en el que el sujeto deberá seguir la marcha constituyendo el “fondo” del ejercicio, sobre el que se destacarán las diferentes posiciones (esta marcha puede ser ritmada con un metrónomo o un tamboril).
Cuando marcha y recorrido son automatizados y el sujeto es receptivo, dar la advertencia: “Atención a la señal (cuando diga ¡ya!), tomarás la posición siguiente: de pie contra la pared, procurando tocarla con todo tu cuerpo, quedarás en esta posición hasta nueva orden”. Dejar pasar unos instantes antes de dar la señal. Repetir la advertencia si es necesario. Dejar el sujeto de 10 a 15 segundos en la posición antes de hacerle continuar la marcha. Anunciar así, respetando las mismas modalidades, posiciones variadas, por ejemplo:
“- parado de pie delante de un espejo, verificar si el cuerpo está bien derecho;
- parado de pie, alzándose al máximo;
- sentado, apoyando la espalda contra la pared, piernas extendidas;
- parado de pie totalmente inmóvil;
- sentado en el suelo, piernas dobladas;
- sentado sobre la alfombra, piernas cruzadas”.
Cuando una posición es desconocida por el sujeto, hacerle una demostración; hacérselo efectuar y volver a dar la advertencia unos instantes después (Bucher, 1978).
Molina de Costallat, fiel exponente de esta línea de trabajo reeducativo, es quien introduce la práctica psicomotriz en la Argentina. Él nos plantea que a cada edad motriz le corresponde un plan (ejercicios) de reeducación, que se adecua a diferentes ítems, por ejemplo: coordinación estática, coordinación dinámica manual y visomotora, dinámica general, etcétera. Él afirma:
Para los desórdenes de la coordinación estática –equilibrio– recurrimos a ejercicios de tipo gimnástico. Los métodos corrientes de gimnasia que se dirigen al desarrollo muscular no bastarán para el débil mental; para que alcancen sus fines de educación psicomotora deberán demandar un esfuerzo de atención que ponga en juego la psiquis, constituyendo así un verdadero método de ortopedia mental. (…) los ejercicios de equilibrio seguirán la progresión determinada por edades motrices en el Test de nivel motriz de Ozeretzki, revisión Guilman, y formarán parte de los planes de reeducación de la actividad tónica juntamente con los ejercicios de inmovilidad, de inhibición y de silencio (Molina de Costallat, 1986, p. 10).
Desde esta concepción reeducativa se instrumentan las técnicas graduadas y clasificadas de acuerdo con la edad motriz. Así, dentro del ítem de coordinación visomotora, se subdividen los ejercicios de picado, bordado, recortado a dedo, recortado con tijeras, coloreado y contorneado, modelado y dibujo, cada uno de ellos con su correspondiente graduación y frecuencia.
Por ejemplo, dentro de los ejercicios de bordado, para niños de cuatro/cinco años de edad motriz, como todavía no tienen destreza suficiente, se plantean “los ejercicios de enhebrado de perlas y ensartados, que, al ser de coordinación delicada, preceden y preparan especialmente para la ejecución del bordado”.
En relación al bordado, siguiendo sus escalas y parámetros para niños de seis años de edad motriz, Molina de Costallat indica, entre otros ejercicios, los siguientes:
1 Pasar hilo plástico en punto hilván por una tablilla perforada. Los ojalillos deben tener 1 cm de distancia entre uno y otro. Variación: agregar una perla o un fideo en cada puntada.
2 Pasar hilos plásticos en punto hilván en línea horizontal y luego vertical, utilizando una tablilla de 12 cm x 12 cm, de madera liviana o cartón fuerte, perforada. Usando la misma tablilla, ejercitar los siguientes puntos: bastilla, cosido y sobrecosido, punto atrás y punto cruz.
3 Usando dos tablillas perforadas, unirlas primero con pasado paralelo y luego en cruz. Usar tres tablillas siguiendo el mismo proceso.
4 Usando dibujos grandes y de contornos sencillos, perforados en cartón fuerte o madera, coserlos con hilo plástico utilizando los puntos conocidos.Observación: a esta altura de la ejercitación los niños habrán realizado los ejercicios de enhebrado de agujas correspondiente al programa de educación manual de la misma etapa de desarrollo motor (seis años), de modo que podrán comenzar ya a bordar con agujas de agujero grande enhebradas con hilo Lucero (Molina de Costallat, 1986, p. 81 y 82).
Con respecto al examen psicomotor, esta autora plantea diferentes estrategias de acuerdo con los resultados obtenidos en los ejercicios:
De acuerdo, entonces, con el examen psicomotor de base, emitiremos la designación correspondiente a la categoría lograda por la forma de comportamiento puesta en evidencia: normalidad psicomotora, debilidad psicomotriz ligera, debilidad psicomotriz neta, debilidad psicomotriz profunda, imbecilidad psicomotriz, idiocia psicomotriz (Molina de Costallat, 1984, p. 140).
Esta reeducación psicomotriz responde a una concepción de sujeto que trae aparejado el concepto del cuerpo como una máquina de músculos que no funcionan y, por lo tanto, hay que reparar, y al hacerlo, mejorarían “paralelamente” (doctrina del paralelismo mental-motor), la inteligencia y el carácter del infante, aunque de este modo sabemos ya que lo que se pierde como resto es el cuerpo de un sujeto deseante.
Por otro lado, la terapia psicomotriz, como dijimos anteriormente, da importancia a la emoción, la expresión y la afectividad, considerando el cuerpo, la motricidad y la emocionalidad como una globalidad y una totalidad en sí mismos.
De este modo se resaltan constantemente la globalidad y la totalidad de la persona. De esta postura se desprendería el concepto de sujeto que subyace: ente bio-psico-social, concepción totalizadora e integracionista cuyas respuestas ante las preguntas por las causas son tautologías, ya que responden que las causas son bio-psico-sociales, dejando vacante la demanda que el sujeto manifiesta en su perturbación psicomotriz.
Al respecto, Lacan afirma:
Todo el tiempo nos dan la lata con que se lo aborda en su totalidad. ¿Por qué iba a ser total? Nada sabemos de esto, ¿es que han encontrado ustedes seres totales? Tal vez sea un ideal, yo nunca vi ninguno. Por mi parte, yo no soy total. Ustedes tampoco. Si fuéramos totales, cada uno sería total por su lado y no estaríamos aquí, juntos, tratando de organizarnos, como se dice. Es el sujeto, no en su totalidad sino en su abertura (Lacan, 1986, p. 365).
A partir de la comunicación y la expresión del cuerpo, la terapia psicomotriz centra su mirada en el intercambio y el vínculo corporal, en la relación corporal entre la persona del terapeuta y la persona del paciente, en el diálogo y la empatía tónica. El pasaje de la terapia a la clínica psicomotriz implica ocuparnos del sujeto y ya no de la persona; ocuparnos de la transferencia y no de la empatía, el vínculo o la comunicación corporal; ocuparnos de la vertiente simbólica y no de la expresiva. O sea, implica detenernos en la estructura de los trastornos psicomotrices y no solamente en sus signos.
Por lo tanto, la clínica psicomotriz es aquella donde el eje es la transferencia y, en ella, el cuerpo real, imaginario y simbólico se da a ver a la mirada del psicomotricista. El sujeto dice con su cuerpo, con su motricidad, con sus gestos y, por lo tanto, espera ser mirado y escuchado en la transferencia desde un lugar simbólico. Esta concepción de sujeto, como veremos a continuación, implica una escisión que lo lanza a una división en lo real, en lo imaginario y en lo simbólico.
El psicoanálisis como referente –así como en otro tiempo de la historia lo fueron la Neuropsiquiatría o la Psicología genética– nos ha permitido redimensionar nuestra clínica desde otra posición hasta ahora eludida; esta es la posición simbólica que fundamenta nuestro acto clínico y nos interpela constantemente.
Específicamente, nuestra clínica se ocupa de los problemas psicomotores del niño, si bien hay experiencias clínicas en adultos y adolescentes (ver capítulo 9).
Si interpelamos al niño de acuerdo con los tiempos lógicos que acabamos de situar, encontraremos diferentes respuestas. Si interpelamos a una máquina (modelo cibernético) y no a un niño, la respuesta será la de una máquina que funciona motrizmente bien o mal.
Si, por otro lado, interpelamos a la “totalidad”, no se encontrará nada en “singular”, quedando el deseo del niño naufragado en la generalidad.
Si interpelamos a un sujeto, no es primeramente para obtener algo de él (como, por ejemplo una respuesta global o un resultado motor), sino, por el contrario, como lo ha demostrado la clínica, el niño es un sujeto, y por lo tanto en su “hacer”, en su “no hacer”, en su palabra o en su silencio, tiene algo particular para decirnos que necesita ser mirado, escuchado, desde una posición simbólica. Por allí transcurre la interrogación clínica acerca del sujeto, que se pone en “juego” en la transferencia.
Luego de este recorrido histórico, podemos situar a la psicomotricidad como una praxis eminentemente clínica, cuyos postulados teóricos constituyen un conjunto de nociones que le sirven al psicomotricista para fundamentar, guiar y guiarse en una práctica. De allí surgen la fundamentación y explicación de esta praxis. Por lo tanto, constantemente estas nociones van siendo puestas a prueba por la propia marcha clínica.
La práctica, la praxis de la psicomotricidad, señaló y sigue indicando el camino. Las modificaciones y momentos de cambio son producto y efecto de la dinámica clínica, que nos interpela y cuestiona constantemente, pues allí hay un sujeto que, en su sintomatología psicomotriz, habla y es hablado por otro.
La psicomotricidad es una praxis en el doble sentido que tenía para los griegos esta palabra. Por un lado, como un quehacer (con el hacer) y, por el otro, en su vertiente ética. La clínica psicomotriz implica estos dos sentidos, conformando el quehacer y los interrogantes en los que hoy estamos sumergidos.
Capítulo 2
EL CUERPO Y EL OTRO
EL CUERPO EN APERTURA
Como afirmamos anteriormente, hasta hoy suele considerarse el enfoque y encuadre psicomotor compuesto de tres dimensiones de funcionamiento que constituyen el concepto de “globalidad psicomotriz”.
Es habitual en nuestro medio que, ante la pregunta “¿De qué se ocupa la psicomotricidad?”, la respuesta inmediata sea: “Del cuerpo en su globalidad”; es decir, en sus tres dimensiones, la instrumental, la cognitiva y la tónico-emocional.
Los tres niveles delinean fenómenos del orden de la conciencia. Tanto el nivel instrumental como el cognitivo son observables, evaluables, medibles, testeables. El nivel tónico-emocional es también del orden de lo consciente, ya que la emoción, como bien sitúa Freud, es una descarga en percepción. Por ejemplo: un espasmo, la risa, el llanto, un temblor, el sonrojarse, son descargas tónicas del cuerpo que denotan un factor emotivo, pero ¿cuál es su sentido? O, dicho de otro modo, ¿qué sentido tienen?
Tanto los afectos como las emociones:
(…) no son constituyentes, sino meros epifenómenos de lo que a través del significante se opera en el deseo. Lo que permite que el deseo se constituya es el hecho de que Otro coloque en juego una marca (el Nombre) que aliena al sujeto de su objeto, que lo separa, esa marca es del orden del lenguaje. Lenguaje no ya como función psicológica sino como estructura que captura al sujeto y lo sitúa en relación con la cultura (Jerusalinsky, 1988, p. 22).
A lo inconsciente no se lo discrimina del nivel emocional, se lo engloba dentro de un mismo “paquete”, que es la “globalidad”. El concepto de globalidad remite a la idea de un globo, de un círculo cuyas líneas se cierran y encierran estos niveles. Al no discriminar la emoción y su correlato tónico de lo inconsciente, a este se lo ignora y no se lo analiza, aunque se afirme que se lo tiene en consideración dentro de lo emocional.
Sin embargo, lo inconsciente opera como efecto de estructura1, no basta con afirmar que se lo considera, sino que para considerarlo en nuestro acto clínico hay que analizarlo, operando, interviniendo en la transferencia, Es decir, el hacer, la experiencia psicomotriz, da cuenta de un discurso donde opera el inconsciente del sujeto. Clínicamente, la única manera de considerarlo es en la transferencia que se genera en el espacio psicomotor que debemos analizar, descifrar, para permitir que se despliegue el sufrimiento que el niño vive en su cuerpo.
Pero, ¿de qué cuerpo se trata?, ¿qué cuerpo mira la psicomotricidad?, ¿qué lectura tiene de él?
Al incluir lo inconsciente, el concepto de globalidad, de totalidad, queda perimido, ya que el incluirlo implica el desconocimiento de sí mismo por parte del sujeto. El deseo implica búsqueda, que algo ha caído, que falta y que faltará como causa de su deseo.
Es Freud quien puntúa y explicita, basándose en el discurso de sus pacientes, cómo la sexualidad se pone en juego desde el inicio de la vida del niño y es determinante de su constitución subjetiva. Es a partir de Freud que se la considera un factor estructurante del futuro sujeto (y no ya como un hecho biológico que tiende únicamente a la reproducción de la especie).
Una figura que tal vez lograra explicitarlo sería, probablemente, una forma abierta, espiralada, o en espiral (tal como esos caracoles que no cesan de repetirnos melodías que invocan nuestro oído).
El simbolismo de la espiral es el opuesto al del círculo, que es religioso, teológico; la espiral, en cuanto es un círculo remitido al infinito, es dialéctica; sobre ella las cosas retornan, pero a otro nivel: hay retorno en la diferencia y no repetición en la identidad...
La espiral regula la dialéctica entre lo viejo y lo nuevo; gracias a ella, no nos sentimos obligados a pensar: todo (o nada ha sido dicho, pero más bien lo que pasa es que nada sucede por primera vez y, no obstante, todo es nuevo (Barthes, 1986, p. 223).
No se trata entonces de un cuerpo global sino del cuerpo de un sujeto, cuerpo receptáculo, parlante, erógeno, instrumental, investido, discursivo y simbólico.
En el fenómeno psicomotor estarán en juego, por un lado, lo instrumental-cognitivo que privilegia el funcionamiento motor (el cuerpo como instrumento y herramienta del desarrollo madurativo y de crecimiento) y los procesos cognitivos relativos al propio cuerpo (en su relación con el espacio, el tiempo y los objetos).
Dentro de la mirada psicomotriz incluimos lo instrumental y lo cognitivo, pero no como un hecho aislado e independiente, sino como parte del decir corporal del sujeto.
Por otro lado, lo tónico, tomado y atravesado por el lenguaje, que “dice” al tocar y al ser tocado (diálogo tónico que se inscribe en un sujeto desde su nacimiento, a partir del deseo del Otro, que en una primera instancia encarna su madre, o quien cumpla esa función). De este modo, estas inscripciones, estas demarcaciones quedarán grabadas en lo inconsciente y determinarán al sujeto como tal, es decir, inscripto por el deseo del Otro en el universo simbólico.
Es esta dimensión psíquica (que se eclipsaba y se confundía con lo emocional y afectivo) la que en la clínica psicomotriz no puede seguir ignorándose.
Es necesario detenernos a precisar a qué nos referimos cuando mencionamos el decir corporal de un sujeto. Con él hacemos referencia a la inscripción corporal en el lenguaje. Al cuerpo legible en el lenguaje, ya que este, al funcionar como inscripción, lo torna legible, y es por esta vía que las posturas, el tono muscular, los gestos, dicen para un Otro. El cuerpo es tomado en el lenguaje por la mediación de la letra. Por lo tanto, el cuerpo es “fonológico” y no hablante por sí mismo. El que habla es el sujeto a través del cuerpo, de las variaciones tónico- motrices, del movimiento, los gestos y el esquema corporal.
La zona erógena es Letra, pero letra perdida e inscripta como marca; ella no dice lo que falta, no encuentra en el cuerpo, en lo corporal, quién se lo diga; se ve lanzada al significante, a la investidura, al plano de las sustituciones. Ciclo de repeticiones, en donde cualquier objeto puede advenir en la búsqueda de la satisfacción pulsional sin que la falta (la diferencia irreductible) sea colmada. Pues el deseo es la vertiente histórica del cuerpo de un sujeto, cuyo reconocimiento solo puede concebirse en la primacía del significante.
El cuerpo no es el organismo, de este último se ocupa la Medicina. El cuerpo de un sujeto es Letra, es gramática, y como tal es leída por otro (lo que implica una reconstrucción). Se lee el sentido y por eso el cuerpo es del orden de lo imaginario, ya que la imagen no dice, necesita de un Otro que inscriba un decir en el cuerpo, que lo torne imagen del cuerpo, que lo metaforice en su “toque” significante.
Tomamos el cuerpo en lo imaginario como efecto de lo simbólico (del significante) en lo Real del cuerpo. De allí que la psicomotricidad estará en condiciones de realizar una lectura simbólica del decir corporal de un sujeto: es este el camino que estamos inaugurando y proponiendo.
Freud realiza una crítica a las concepciones que, si bien reconocen al psicoanálisis, no aceptan lo inconsciente, intentando igualar lo inadvertido con lo inconsciente sin considerar las constelaciones históricas reprimidas decisivas para ese sujeto.
Por último, con respecto a estas concepciones (tenidas muy en cuenta en el ámbito psicomotor y corporalista), Freud concluye: “Por lo tanto, referir lo inconsciente a lo poco notado y a lo no notado es un retoño de prejuicio que decreta para siempre la identidad de lo psíquico con lo consciente”. La postura freudiana sobre esta temática no varía a lo largo de toda su trayectoria. Como observamos, la psicomotricidad (tal como lo indica la palabra) cabalga a modo de puente, entre una estructura psíquica (psi) y una estructura neuromotriz, a modo de articulación, constituyendo su propia estructura, que es efecto y consecuencia y, para ser más precisos, se constituye como pasaje entre una y otra estructura.
La psicomotricidad es una articulación, a partir de un orden simbólico (el lenguaje) que posibilita tomar el cuerpo, los gestos, el movimiento, el tono, el espacio, las posturas, los objetos y el tiempo como el decir corporal de un sujeto; decir que se mira y se dice.
De este modo, la psicomotricidad se aleja, por un lado, del discurso que toma al cuerpo como objeto en y por sí mismo, el cuerpo como “cosa”. Y, por otro lado, se aleja de la terapéutica del juego corporal por el juego corporal mismo, para constituirse, entonces, en la clínica que se ocupa de las perturbaciones psicomotrices del sujeto.
SUJETO Y CUERPO
Es necesario diferenciar y discriminar el cuerpo, lo corporal, del sujeto. “El hombre habla pues, pero (agrega Lacan, 1984, p. 206) es porque el símbolo lo ha hecho hombre”. Al ser captados por el lenguaje, los seres humanos nos diferenciamos del reino animal, no somos ya puro cuerpo, sino que, por el ingreso al universo simbólico podemos tenerlo y, por lo tanto, ser sujetos con un cuerpo.
Si el cuerpo es algo que el sujeto tendrá que tener y conquistar, es que el sujeto no es lo mismo que su cuerpo, y por eso puede jugar a tenerlo. Esta apropiación del cuerpo por parte del sujeto demanda un arduo trabajo de descubrimientos y conquistas. Si todo va bien (como diría Winnicott), el niño pasará primero de una dispersión corporal efectuada y producida por el lenguaje, a una apropiación del cuerpo imaginario especular (estadio del espejo), a una apropiación simbólica (con el juego del Fort-Da).
Por efecto del lenguaje se produce esta separación entre sujeto y cuerpo. Un animal, a diferencia de un sujeto, no podrá decir que tiene un cuerpo, o que percibió, sintió, vivenció el cuerpo, o que el cuerpo es de él, porque el animal es solo cuerpo que, por no estar inmerso en el lenguaje, nunca podrá distanciarse para tenerlo.
Ya en el año 1637 Descartes se ocupó de diferenciar el cuerpo de un hombre del de una máquina y del cuerpo de un animal. Para ello recurrió al pensamiento (aunque ya sabemos que para pensar es necesaria la estructura del lenguaje):
Nunca una máquina podrá usar palabras ni signos equivalentes a ellas como hacemos nosotros para declarar a otros nuestros pensamientos. Es posible concebir una máquina tan perfecta que profiera palabras a propósito de actos corporales que causen algún cambio en sus órganos –por ejemplo: si se le toca en un sitio que conteste lo que determinó que contestara el autor de la máquina–; lo que no es posible es que hable contestando con sentido a todo lo que se diga en su presencia, como hacen los hombres menos inteligentes (Descartes, 1979, p. 31).
Acerca de la diferencia con el cuerpo animal, afirma:
No hay hombre, por estúpido que sea, que no coordine varios vocablos formando partes para expresar sus pensamientos; y ningún animal, por bien organizado que esté, por perfecto que sea, puede hacer lo mismo.
Y no procede esta incapacidad de la falta de órganos, porque la urraca y el loro pueden proferir palabras lo mismo que nosotros, y, sin embargo, no hablan del mismo modo, puesto que no piensan lo que dicen, y los sonidos que emiten no constituyen un lenguaje porque este requiere un fondo que es el pensamiento. En cambio los sordomudos, privados de los órganos que los hombres empleamos para hablar, inventan una serie de signos para comunicarse con sus semejantes. Estos hechos nos indican, no que las bestias tienen menos razón que el hombre, sino que carecen por completo de ella, porque no se necesita tener mucha para saber hablar (Descartes, 1979, p. 31).
El planteo de Descartes ubica el pensamiento y la razón como causas de la diferencia con el animal, donde el pensamiento es la causa del lenguaje.
El planteo que proponemos es diferente, pues, tal como lo enunció Freud, el pensamiento es secundario, lo primario es el universo simbólico del lenguaje, tomando este como estructura que determina a un sujeto. Y de lo que carecen los animales es de este órgano estructurante de lo humano, el “órgano” del lenguaje, el “órgano” simbólico. Por lo tanto, el cuerpo humano, por serlo, se constituye por efecto del lenguaje, y son estos efectos dados por el Otro los que marcan al cuerpo de un sujeto como deseante.
Es decir que lo simbólico, el lenguaje, preexiste al nacimiento del niño. El sujeto preexiste al cuerpo y subsiste tras la muerte de él, por ejemplo en el recuerdo, o sea en el nombre que nombra a este cuerpo.
Preexiste, pues son los padres quienes, antes que el niño tenga un cuerpo, ya se lo imaginan (por ejemplo, como médico, ingeniero, futbolista, policía, arquitecto, etcétera). Piensan un nombre para él, y también imaginan cómo será su cuerpo, si tendrá “ojos claros” o no, “será alto”, “flaco”, o “se parecerá al abuelo”.
Antes del nacimiento del niño ya hay un sujeto en juego, o se comienza a jugar la constitución del sujeto. Podríamos decir, incluso, que ya hay un cuerpo de “hecho”, ese que imaginan los padres. Antes de que nazca, ya hay un cuerpo para ese hijo que va a llegar, hay deseos, hay palabras, tiene un nombre, un lugar, una posición, es decir: un cuerpo sin cuerpo, un primer cuerpo simbólico (cuerpo de representaciones, de deseos parentales, de palabras, de lenguaje).
En el deseo de hijo, de tener un hijo, ya se empieza a jugar el futuro de este sujeto. Por eso, nosotros, psicomotricistas, tomamos una historia clínica en la que nos interesa, por ejemplo, el discurso de la madre en relación con el cuerpo de su hijo, cómo se lo imaginaba, si este niño fue o no deseado, si tiene alguna problemática orgánica, etcétera. |
Así, nos ocupamos de la historia del sujeto con su cuerpo y del recorrido y la ubicación del cuerpo, o de lo corporal, en el mito familiar. Lo que no es otra cosa que el pasaje de lo carnal a la letra.
Hablar del cuerpo significa entonces hablar de la existencia de dos ámbitos simultáneos, de dos realidades que se encabalgan, siendo que la primera (la anatómica) es límite de posibilidad y de significación de la segunda (la erógena), la que es, a su vez, quien otorga la dimensión de sentido a la primera. Por ello es que el cuerpo es palabra, pero también letra; es fonología, pero también tatuaje; es deseo, pero también pulsión o y fuente (Godino Cabas, 1980, p. 98).
El cuerpo se construye, se constituye, a partir de una historia que comienza y se desarrolla sin que el niño pueda elegir nada de ella; está en su origen, lo constituye, lo hace humano.
EL CUERPO: SU SUPERFICIE Y EL OTRO
No nacemos con un cuerpo constituido, él mismo debe constituirse. El cuerpo humano, por serlo y para serlo, depende para su subsistencia de un Otro (que, como referimos anteriormente, en un primer momento, encarna la madre como función), ya que, cuando nace, el niño es inmaduro, prematuro, sin mielinización de las vías nerviosas2 y sin el Otro no se podrá constituir en un cuerpo subjetivado. A tal punto que si no hay un Otro, el bebé puede perder el reflejo de succión, cosa que no ocurre si hay un Otro que lo desee y estimule para ello, es decir, que le demande al bebé que le demande algo a él.
Esta demanda del Otro rompe el estado de necesidad con el que nace el niño (pasaje del cuerpo de la necesidad al cuerpo pulsional). El Otro, de quien depende, tiene la función (del lenguaje) de presentarle el cuerpo al niño. ¿Cómo se le presenta el cuerpo al niño? Es el Otro quien va creando en ese puro cuerpo “cosa”: agujeros, bordes, protuberancias, tatuando de este modo un mapa corporal producto del deseo del Otro, que lo erogeniza, lo pulsionaliza, es decir, le crea en el cuerpo una falta, una manera, una forma de faltarle algo.
Estas faltas primordiales generan la caída de ese cuerpo “cosa”, “carne”, puro real, que al caerse se reencuentra sujeto al Otro. Estas marcas, estas maneras de faltarle algo en el cuerpo, lo transforman en un cuerpo erógeno y simbólico.
En verdad, el niño al nacer tiene la mayoría de las vías aferentes mielinizadas, lo que no está mielinizado aún, es la posibilidad de respuesta. El niño tiene inervaciones sensoperceptivas, lo que no puede es asociar. Lo que no está mielinizado son las áreas de asociación, por lo tanto, no puede coordinar ni integrar la respuesta corporal. ¿Cómo logra entonces superar esta insuficiencia corporal propia de la especie? El problema se presenta en el desfasaje entre lo que el niño al nacer recibe (vías aferentes) y en lo que tiene que responder (vías eferentes), por eso depende de los ojos y el toque del Otro para organizar su respuesta.
Ocurre que en este niño, el Otro operó una separación que lo distanció de su cuerpo real: su madre tomó como regalo su caca, pero no la retuvo, la canción y la modulación de su voz hizo ausencia en sus oídos, el sostén hizo falta en su equilibrio, el pecho hizo nostalgia en su boca, y así en cada repliegue del cuerpo. En ese corte su cuerpo pasó a residir, como imagen, mucho más en la mirada del Otro que en su propiocepción (Jerusalinsky, 1988, pp. 29 y 30).
Por ejemplo: cuando la madre acuna en los brazos a su niño, en este particular balanceo tónico-motriz, le da la posibilidad de experimentar sensaciones laberínticas, lo que le está presentando, lo que está construyendo: es justamente el laberinto, órgano fundamental para el futuro movimiento corporal del niño. Además, de este modo está armando la postura, la representación postural de donde se desprenderá la acción motriz, pues el movimiento parte de la postura del cuerpo.
La madre (el Otro) le presenta el cuerpo y el mundo, mientras que el niño determina en la mujer una nueva condición, su posición como madre. Es él el que al ser nombrado como hijo la nombra a ella como madre. Para que esto ocurra, debe haber otro personaje: el personaje paterno, que tiene como cualidad, como función, la posibilidad de nominación, que afirma la falta en la madre. Por eso, alrededor del complejo de castración se afirma el nombre del padre, posibilidad paterna de nominar.
La madre afirma: “Me llama mi bebé”, y así el niño “sabe” llamar a la madre, pero no a la mujer, la mujer tuvo que ser llamada por el padre, la figura paterna que supuestamente supo cómo llamarla.
Afirmación paterna, afirmación “primordial”, que retroactivamente ubica cómo se afirma la primacía del decir paterno (ley del padre) en la relación madre-niño, que permite la circulación del deseo (cuerpo castrado-cuerpo simbólico).
El niño conoce en primer lugar a su cuerpo. Pero que lo pueda conocer o no, no es algo que dependa de él, ya que para crecer, conocerse y conocer depende de un Otro al que algo le falta, lo que determina que al niño también le falte, creando en su Cuerpo una discontinuidad.
La necesidad, el puro pedido del niño se transforma, al pasar por el Otro, en demanda. El estado de necesidad, lo puramente biológico en su cuerpo, cae, se pierde, y se transforma en Cuerpo del lenguaje, tomado y transformado por él, es decir, por los significantes que vienen de ese Otro que le da el don del lenguaje. De allí en más, lo que retorna constantemente no es ya el cuerpo de la necesidad, sino lo que un sujeto desea a través de su cuerpo.
El cuerpo es un significante, lo que no quiere decir que no sea material; por el contrario, es un material visible y audible. Todo lo que pertenece al orden de lo corporal está regido e incluido en la cadena simbólica. No hay duda de ello: lo vemos claramente no solo en los trastornos psicomotores sino, por ejemplo, en el síndrome de Gotard, donde el sujeto supone que en su cuerpo hay un órgano que le falta, sostiene la creencia de que carece de un órgano (por ejemplo: el hígado, un pulmón, etcétera). De lo que se trata en estos casos es de una imagen del cuerpo que no se construye como unidad porque ella misma está agujereada. Esta creencia solo es pensable dentro de un universo simbólico. Fuera de él, lo animal es cuerpo, y no habla.
Es a partir de los cortes, de las marcas, de las inscripciones que irá realizando el Otro, que el cuerpo subjetivado se constituirá, y no al revés, como se entiende habitualmente en el campo psicomotor. No es que el niño nace con un esquema corporal, con una superficie corpórea ya dada, y así el cuerpo va creciendo, sino que son los cortes, las inscripciones, los que van construyendo la superficie corpórea de un sujeto. “El cuerpo aparece así como un receptáculo de la inscripción por el fantasma y, en particular, de los efectos de captura de la postura y del mirar” (Bergès, 1986).
Para que el niño diferencie yo-no yo, adentro-afuera, continente-contenido, interno-externo, se tiene que producir una transformación por la cual el sujeto asumirá una imagen como suya. Esta transformación es la identificación especular. Lacan especifica: “La identificación es la transformación que se produce en el sujeto cuando asume una imagen” (Lacan, 1984, p. 87).
EL CUERPO EN LO IMAGINARIO, EN LO REAL Y EN LO SIMBÓLICO
La imagen corporal narcisista tiene como precursor el rostro materno. Es Winnicott quien afirma que, cuando el niño mira a su madre, se ve reflejado en la mirada de ella. “En otras palabras, la madre lo mira y lo que ella parece se relaciona con lo que ella ve en él” (Winnicott, 1982, p. 148).
Sami Ali (1979, p. 116) también se ocupa del rostro, la mirada y el narcisismo: “Percibir el rostro de la madre en su diferencia respecto de otros es, pues, presentir la posibilidad de tener un rostro diferente del de la madre”. No es en su organicidad biológica que el niño reconoce a su cuerpo como forma entera, como unidad, sino que se reconoce en esa imagen que viene de afuera y que la madre desea. Este es un proceso mental que se produce por identificación con una forma que no está en el cuerpo del niño, pero que le da la posibilidad de ser uno.
El niño es esa imagen y así posee la imagen unida de su cuerpo. Desde esta perspectiva, hay una diferencia respecto del planteo de Wallon, pues no es a partir de las sensaciones intero, propio y exteroceptivas que se constituye la superficie, la imagen unida del cuerpo, como él lo plantea. Para Wallon, el reconocimiento especular es “un procedimiento más o menos episódico” al que hay que considerar como parte de otros que van formando desde el inicio la conciencia del propio cuerpo. Lo que Wallon no considera es el proceso mental que se produce, la identificación con una imagen a partir de la cual el niño se reconoce.
Lacan ubica este estadio alrededor de los seis a los dieciocho meses (estadio del espejo), un momento fundante pues desde entonces el niño podrá ser uno (rasgo unario) y así podrá diferenciarse de otros. Ser uno para un Otro, diferente de otros.
Antes de ese momento fundante, el niño, por el grado de insuficiencia constitucional con que nace (proceso de mielinización de las vías nerviosas), no puede unificar e integrar sus sensaciones corporales. Por lo tanto, a partir de sus sensaciones y experiencias corporales (estímulos propio, intero o exteroceptivos) no puede llegar a formar una imagen unida de su cuerpo.
A raíz de su insuficiencia madurativa, el niño no puede formarse por sus sentidos o por sus movimientos corporales esa imagen entera que lo integra y lo unifica. Es el poder de la imagen el que anticipa en el niño esa unidad que no puede conquistar por su prematuridad corporal; es este proceso mental del pequeño (proyección mental de la superficie del cuerpo) el que se anticipa al dominio corporal que todavía no puede ejercer.
Esta anticipación de la imagen viene a resolver este problema de la falta de maduración a nivel corporal, esto es que encuentra en la imagen una unidad que es problemática a nivel de su cuerpo y por eso es que se “prende” a esa imagen, se “cuelga” de ella, se identifica con ella (Marchilli, 1985, p. 77).
Desde un primer momento, el niño reconoce su deseo a través del deseo materno. Para que el niño acceda a su cuerpo, esta es la condición. Pero, conjuntamente, es imprescindible que haya un cuerpo para ese deseo: el cuerpo del niño y, al mismo tiempo, el cuerpo de su madre, ya que el niño no solo reconoce el deseo por medio de su imagen especular, sino que además lo hace por medio del cuerpo del Otro.
El reconocerse como cuerpo solo es posible porque los otros tienen también un cuerpo. El cuerpo ocupa así una posición de referente y de diferencia. Por lo tanto, para que se produzca esta anticipación y fascinación por la imagen, tiene que haber Otro que libidinice esta imagen, que la desee, para que el niño pueda identificarse con ella. Este efecto estructurante de la dimensión humana que precede a la maduración neuromotriz es consecuencia y efecto del lenguaje, tomado este como estructura que captura al sujeto, dándole una posición simbólica.
Cuando el proceso de maduración fisiológica, neuromotriz, le permita al niño ejercer el dominio real de su propio cuerpo y de su funcionamiento motor, este dominio se ejercerá, pero dentro de lo que previamente se constituyó, se transformó, en el estadio especular.
Insisto en este punto, en mi teoría del estadio del espejo: la sola visión de la forma total del cuerpo humano brinda al sujeto un dominio imaginario del suyo, prematuro con respecto al dominio real. Esta formación se desvincula así del proceso mismo de la maduración, y no se confunde con él. El sujeto anticipa la culminación del dominio psicológico y esta anticipación dará su estilo al ejercicio ulterior del dominio motor efectivo.
Es esta aventura imaginaria por la cual el hombre, por vez primera, experimenta que él se ve, se refleja y se concibe como distinto, otro de lo que él es: dimensión esencial de lo humano, que estructura el conjunto de su vida fantasmática (Lacan, 1985, p. 128).
La condición para que uno se vea es que haya un ideal; uno se ve desde allí donde supone que es visto de alguna u otra forma, desde el Otro, que hace imaginar la condición de unidad del cuerpo.
Forma que forma la función del yo, yo ideal, en tanto forma proveniente del exterior, yo formado por el efecto de esa imagen que hace suya, se asume, se hace propia, se hace a esa imagen, “se es” ese ideal de unidad negando que es de otro para asumirla como propia conservándola como identidad. Alguien debe ser para poder amarse y ofrecerse (Levin y Bruner, 1986, p. 47).
Freud, en El yo y el Ello (1923), afirma: “El yo es sobre todo una esencia-cuerpo, no es solo una esencia superficie, sino él mismo la proyección de una superficie”. Otra traducción del mismo párrafo, sostiene que: “El yo es, ante todo, un ser corpóreo, y no solo un ser superficial, sino incluso la proyección de una superficie”. Textualmente, en alemán, la frase es la siguiente: “Das Ich ist vor allem ein kórperliches, es ist nichit nur ein Oberfláchen wesen, sondern selbst die projektion einer Oberfláche”. La traducción de esta frase al castellano es compleja. Sin embargo, es llamativo cómo en ambas traducciones se niega que el yo sea solo una superficie, pues para él es la proyección de una superficie. En la edición inglesa de 1927, Freud agrega una nota al pie de la página, reafirmando lo anterior: “O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones corporales, principalmente las que parten de la superficie del cuerpo. Cabe considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la superficie del cuerpo”
Para Freud, entonces, no se trata de la superficie del cuerpo como la piel o una coraza muscular que sería el yo, sino de una proyección psíquica. Hay que diferenciar que, para él, el yo no es el cuerpo biológico, sino que es la superficie que se constituye por un proceso mental.
Numerosos autores en psicomotricidad y en el ámbito corporalista postulan erróneamente que el yo es el cuerpo biológico, o el cuerpo biológico es el yo. Y que, por lo tanto, al trabajar con este cuerpo se trabaja con el yo, y así se fortalecen y se adaptan mejor al medio ambiente.
De este modo se confunden conceptos fundamentales: el yo, el cuerpo y el sujeto. Se habla constantemente de ellos mezclándolos y yuxtaponiéndolos de tal modo que pareciera que al hablar de uno, se hablara de los tres al mismo tiempo. Esta indiscriminación genera diferentes tipos de prácticas clínicas, que van desde las que se basan en ejercitaciones técnico-reeducativas del déficit instrumental (por ejemplo, Vayer) hasta los que pretenden elaborar, por medio de las relaciones corporales, las “proyecciones fantasmáticas” (Lapierre et al., 2015).
Vayer, autor de diversos libros en el campo psicomotor, afirma acerca del yo: “Entendemos por ‘yo corporal’ el conjunto de reacciones y acciones del sujeto que tienen por misión el ajuste y adaptación al mundo exterior (Vayer, 1977, p. 18). Aquí no importa el deseo, sino que esté bien adaptado a la “realidad”.3
Este autor propone que a partir de diferentes test se llegue a un “perfil psicomotor” del cual se desprenda un diagnóstico, y así desde un comienzo se sabrá qué hacer, qué decir, qué escuchar y qué mirar en el niño, en pos de su adaptabilidad al medio externo. De allí su interés por lograr un índice psicomotor, un perfil “objetivo” de adaptación al “mundo exterior”.
Para Vayer, entonces, la salud se relaciona estrechamente con el concepto de adaptación al medio: “Tras haber examinado la significación del perfil psicomotor, parece indispensable ver cómo se traducen a través de este examen los distintos tipos de inadaptación infantil”.
Para estas posturas, un niño bien adaptado (con un correcto perfil psicomotor) es un niño que estará bien de salud, que estará sano. Por el contrario, a los que les va mal en ese “examen” psicomotor es porque su yo corporal está debilitado e inadaptado, y no solo esto, sino que además de su inadaptación habrá que ver a qué tipo de “inadaptación infantil” corresponde.
Es en sus libros, por supuesto, donde se marca y se muestra de qué modo y dónde se está adaptado al mundo. Ser sano es estar adaptado; y esta adaptación se basa en los parámetros (índices y coeficientes psicomotrices) propuestos por el autor. Así, queda tautológicamente definido qué es ser sano.
Este enfoque psicomotor, basado en la concepción del “yo corporal” adaptado al mundo, acaba cayendo en una postura “dictatorial” que se propone ejercer el dominio y el control del cuerpo del niño. Nada más opuesto a las concepciones freudianas de cuerpo, de deseo y transferencia (Freud se aleja de la sugestión y de la inducción para postular que el deseo del terapeuta será justamente un deseo de no dominio, para que lo que se ponga en escena sea el deseo del sujeto, y no el suyo).
En estas posturas psicomotrices, las concepciones y lecturas defectuosas y particulares de Freud producen como efecto una confusión generalizada donde se equipara el yo con el cuerpo orgánico, o el cuerpo orgánico con el yo; la salud con la adaptación al mundo externo; la ilusión de completud imaginaria del cuerpo con el yo; las proyecciones fantasmáticas con el cuerpo y, en definitiva, el yo y el cuerpo físico como sinónimos. confundiéndose con el sujeto.
Continuando con los pensamientos freudianos, Lacan es taxativo:
Freud señala que el yo debe tener una relación muy estrecha con la superficie del cuerpo. No se trata de la superficie sensible, sensorial, impresionada, sino de esa superficie en tanto está reflejada en una forma. No hay forma sin superficie; una forma se define por una superficie: por la diferencia en lo idéntico, es decir, por la superficie. La imagen de la forma del otro es asumida por el sujeto. Está situada en su interior, es gracias a esta superficie que en la psicología humana se introduce esa relación del adentro con el afuera por la cual el sujeto se sabe, se conoce como cuerpo (Lacan, 1985, p. 253).
Justamente, para que no queden dudas, Freud afirma: “No, no es solo una esencia superficie, sino él mismo la proyección de una superficie”. Lo que Freud nos está diciendo es que lo importante no es la sustancia ni la materialidad, pues de este modo el yo, y con él el narcisismo, serían una cosa o un elemento aprehensible y modificable empíricamente. Por ejemplo: se podría llegar a pregonar ridículamente (como se lo hace) que si se masajea el cuerpo, o si se le realiza alguna ejercitación para modificar su tono muscular, lo que se modifica y masajea es el yo, el narcisismo de ese sujeto.
Nada más lejos de lo que Freud nos quiso decir en este tan utilizado párrafo, y de lo que día a día se nos presenta en la clínica. Suponer que si se masajea el tono muscular se masajea el narcisismo es un disparate conceptual desde cualquier punto de vista.
Finalmente, y también en El yo y el Ello, Freud nos dice:
No solo lo más profundo, sino también lo más alto en el yo puede ser inconsciente. Es como si de este modo nos fuera de-mostrado lo que antes dijimos del yo consciente, a saber, que es sobre todo un yo-cuerpo (Freud, 1984).
Utiliza aquí dos sustantivos bien diferentes: Korper-Ich (yo-cuerpo). El yo como la proyección mental de la superficie del cuerpo, bien diferenciado del cuerpo como organismo biológico.
Por lo tanto, y tal como sostuvo Freud y retomó luego Lacan, el yo está constituido por identificaciones con objetos amados que le posibilitaron trans-formarse, o sea, tener una forma, que, como tal, será la suya, la forma del yo.
Posteriormente, en Introducción al narcisismo, Freud agrega:
Haremos ya observar que la hipótesis de que en el individuo no existe desde el principio una unidad comparable al yo es absolutamente necesaria. El yo tiene que ser desarrollado. En cambio, los instintos autoeróticos son primordiales. Para construir el narcisismo ha de venir a agregarse al autoerotismo algún otro elemento, un nuevo acto psíquico (Freud, 1967).
Justamente es este acto psíquico que deja entrever Freud (El estadio del espejo) el que le da al niño la posibilidad de ser uno, y así emprender el camino de la diferenciación. Antes, se puede hablar de cuerpo, pero únicamente de partes de este, es decir: partes de ninguna totalidad, partes que representan parcialmente la función que las produce. La parte por el todo (autoerotismo), el niño es “pis”, es “caca”, es “incoordinación”, es “dolor”, pero es a partir del estadio del espejo que se puede hablar del todo (imagen unida del cuerpo), y las partes de ese todo; por ejemplo, en la fragmentación, pues para que algo se fragmente, antes tuvo que estar unido. Fragmentación que no ocurre antes de que el niño experimente la fascinación y el júbilo frente a la imagen unida de su cuerpo. Lo imaginario como ilusión de completud, de totalidad.
Primeramente, el cuerpo del niño se constituye por proyección mental y solo luego, “si todo va bien”, ejercerá el dominio del propio cuerpo. De allí que las nociones de interno-externo, continente-contenido, adentro-afuera y yo-no yo, se podrán constituir recién cuando el niño juegue la presencia y la ausencia (Fort-Da), solo después de la fase especular o fase llamada narcisista.
Esta fase narcisista es precedida por el autoerotismo, donde no hay noción de superficie unida, de cuerpo propio, entero, y por lo tanto, si bien hay erogeneidad, porque hay zonas erógenas y hay displacer (dolor corporal), estas no pertenecen todavía a ningún cuerpo, pues no hay noción de unidad. Hay partes de sensaciones corporales desorganizadas.
Es a partir de la unificación especular que se constituye el esquema mental del cuerpo y, a partir de allí, podemos hablar del cuerpo como unidad imaginaria y de fantasías de fragmentación corporal, diferenciándose así de las sensaciones caóticas, divididas y desorganizadas del cuerpo que hasta ese momento acosaban al niño.
El cuerpo imaginario es el cuerpo de las imágenes. Efecto de identificación con una imagen, esta imago imaginaria de unidad, espacio ilusorio y virtual constituye el “yo ideal”, “ideal” de perfección a alcanzar, y es inconsciente. Imagen que no es constituida sino que es constituyente del cuerpo de un sujeto. Imago que hasta podríamos decir es la causa del cuerpo, subvirtiendo el andamiaje de la función anatómica.
Así, el sujeto cree ser esa imagen que él hizo de sí, pero como nunca coincide totalmente con ella, siempre busca reasegurarse y volver a reconocerse, situación imaginaria que se repite constantemente. Por eso, por ejemplo, si un sujeto durante un tiempo prolongado no se mira en el espejo, necesitará hacerlo para reasegurarse de esta imagen corporal que nunca lo satisface del todo y que perpetúa incesantemente esa búsqueda de completud imaginaria.
El cuerpo en lo imaginario es así lo referente a las imágenes. El niño, para constituir su espacio y su cuerpo, no solo deberá identificarse con la imagen especular, sino que también deberá separarse de ella. Para eso generará un espacio y un cuerpo diferentes del cuerpo materno.
De ser uno con la madre, a poder separarse de ella. Es en este pasaje en donde surge la zona transicional, tanto en el pequeño como en la madre. Al niño, esta zona transicional le permitirá soportar la ausencia de la madre, y a la madre la ausencia del hijo.
Es claro que lo transicional no es el objeto. Este representa la transición del bebé, de un estado en que se encuentra fusionado a la madre, a uno de relación con ella como algo exterior y separado (Winnicott, 1982, p. 32).
De este modo, el niño comenzará a soportar la ausencia materna, y este camino lo va a recorrer jugando. Estos juegos de presencia y ausencia le permitirán finalmente al infante encontrar una puerta entreabierta para separarse del cuerpo materno.
Es lo que Freud explicitó con respecto al ya célebre juego del Fort-Da en 1920. Juego “primordial”, conquista simbólica que marca el cuerpo del niño, posibilitándole representar la ausencia en la presencia, y la presencia en la ausencia.
Esta separación simbólica implica cierta agresividad para poder abrirse a un nuevo espacio correspondiente a la tridimensionalidad o, dicho de otro modo, un espacio de dimensión tres, lo que implica un cuerpo, un movimiento, un mundo de tres dimensiones.
En el juego de Fort-Da aparece una nueva dimensión en el espacio: al lanzar el carretel allá, el niño se define simultáneamente aquí, donde él se encuentra, y se sitúa en relación con un afuera, que solo existe como correlato de una intención agresiva que parte del aquí (Sami Ali, 1976 p. 49).
Al partir de este jugar se producirán una serie de transformaciones y diferenciaciones en el sujeto, por ejemplo entre el yo-no yo, cerca-lejos, continente-contenido, interno-externo.
Hay un pasaje, entonces, a partir de la operación del Fort-Da: el niño pasa de ejercer un dominio imaginario del cuerpo a ejercer un dominio simbólico. Es la dimensión del Otro lo que desde el nacimiento genera en el cuerpo del niño una discontinuidad, es decir una diferencia, un más y un menos, la ausencia y la presencia, lo que en él producirá a posteriori, après-coup, la agresividad necesaria que le permitirá no quedar esclavizado en lo imaginario.
El cuerpo real es el cuerpo “cosa”, ese imposible que al decir de Lacan “no cesa de no inscribirse”. Puro cuerpo “cosa” que está siempre en el mismo lugar, sin alcanzar el nivel de la representación. El cuerpo en lo real es este cuerpo no ligado, no investido, ese resto no articulado a la combinatoria significante, por lo tanto no tiene realidad para el sujeto, ya que esta supone el registro imaginario y simbólico en juego. Sin embargo el cuerpo real tiene existencia, aunque carece de realidad. Esa pura existencia del cuerpo en lo real, esa pura “cosa”, es lo imposible, lo no representable.
Ya ubicamos el cuerpo en lo simbólico (con relación al lenguaje), en lo imaginario (con relación a las imágenes) y el cuerpo en lo real (con relación a lo imposible, lo no representable). Es necesario para nuestra mirada psicomotriz que nos detengamos ahora brevemente en el cuerpo biomecánico, la “entidad física”, en ese particular andamiaje motor que se sustenta en sus particulares leyes de maduración y crecimiento.
El movimiento evoluciona de lo automático a lo voluntario para que luego ciertos movimientos vuelvan a automatizarse. “Los reflejos son una reacción automática estereotipada y localizada del organismo ante un estímulo específico” (Coste, 1978).
Los primeros movimientos automáticos, subcorticales, son los llamados reflejos arcaicos, ligados a la estructura neurológica y madurativa del sistema nervioso. Estos primitivos reflejos irán desapareciendo con las nuevas adquisiciones madurativas del organismo. No nos detendremos aquí a mencionar todos los reflejos arcaicos, los pasos o secuencias madurativos del cuerpo ni sus progresivas adquisiciones, pues de estas se han ocupado generalmente todos los autores en el campo psicomotor y psicogenético. Enunciaremos, sí, las leyes generales de la maduración motriz del cuerpo: la dirección del crecimiento y de la maduración se dan en forma invariable con la siguiente direccionalidad: céfalo-caudal, próximo-distal. La dirección céfalo-caudal implica que la maduración y el crecimiento van desde la cabeza a los pies. Todos los organismos que tienen cabeza y cola cumplen indefectiblemente esta ley biológica.
La dirección próximo-distal es desde el eje del cuerpo hacia la periferia. Así, el niño dominará primero los movimientos de cuello y cabeza que la postura de sentarse. Y adquirirá el dominio de la motricidad gruesa (movimientos globales, amplios, generales) antes que el de la motricidad fina (movimientos discriminados, pequeños y específicos).
La dirección del desarrollo se da entonces de lo simple a lo complejo, de lo general a lo específico y de lo homogéneo a lo heterogéneo. Este desarrollo motor concerniente al cuerpo en lo biológico, con todo su aparataje biomecánico, no se puede constituir en humano si no está ordenado en un universo simbólico. Que esté ordenado simbólicamente implica que hay prohibiciones, leyes que lo rigen, y toda ley está hecha de palabras, de lenguaje.
El niño por sí mismo no puede ponerse un nombre, no puede darse un ser, no puede tener un cuerpo. Pero habiendo recibido un cuerpo y un nombre del Otro, puede ser; es decir, ser diferente de las cosas y, por eso, nombrarlas y nombrarse.
Accedemos a tener un cuerpo solo a partir de lo que el otro con su cuerpo pone, del lenguaje, en acto, y es este Otro (que la madre encarna) quien seduce, quien libidiniza su cuerpo. Y, sin embargo, es quien luego está prohibido, prohibición edípica que delinea su cuerpo sexuado.
No hay cuerpo del hombre sin ley y no hay ley sin palabras, sin una palabra que hable al cuerpo. (...) La ley, al someter al cuerpo a la palabra, articula al hombre con las fuentes mismas de su origen simbólico. (...) La ley no es en un primer lugar una ley ética o moral, sino la instancia que articula la conducta, la producción del cuerpo al don de la palabra; ella signa la transmisión y generación de vida (Vasse, 1977, p. 122).
La ley, lo simbólico, nos diferencia de los animales. Ellos se mueven instintivamente, o sea, su movimiento responde a una necesidad instintiva, hay un objeto para su necesidad. En cambio, en el hombre, el deseo es polívoco, no hay un objeto para el deseo humano, por eso puede elegir, mentir y hablar.
Al ser inscripto por el deseo del Otro, el cuerpo humano dice; lo hace en sus posturas, en sus actitudes corporales, en sus gestos y en sus movimientos, por eso no se trata de una mera acción motriz sino de un acto, de una praxis, de un acto de decires, deseante. Por eso es psicomotor: porque toda la motricidad humana está tomada por el lenguaje. No es que al moverse comenzará a hablar o a conocer el mundo que lo rodea, sino que, al nacer en un universo simbólico que le permite desear, el niño deseará moverse y deseará ser eso que desea el Otro, y así conocerá el mundo parlante que lo circunda y lo determina como sujeto de discurso. El lenguaje envuelve, captura, palpa y entrelaza al cuerpo del sujeto.
Cuando se observa a un niño con una perturbación severa, como por ejemplo el autismo, se tiene la impresión de que el cuerpo lo domina a él, que el niño no puede apropiarse de su cuerpo (el goce y el cuerpo están unidos). Es el puro cuerpo, la pura “carne”, la no ley, la ausencia de legalidad, el puro real, pero allí no hay un sujeto. Este puro cuerpo “cosa” no cae, presentifica la inercia, la no diferenciación, la no diferencia, ya que no ha sido marcado, no ha sido inscripto por ninguna ley, pues no ha tenido un Otro donde reflejarse y a partir de quien diferenciarse.
De lo que se trata es de generar faltas en esa corporalidad, para que así comience a demandar, a desear, a hablar, a emitir un discurso. Transcripción que ubica al cuerpo en ese tránsito de lo carnal a la letra; de lo motor a lo psicomotor.
EL CUERPO EN EL DISCURSO
El sol se levanta, el sol se pone/ y camina presuroso hacia su lugar,/ donde nace de nuevo./ Todos los ríos van al mar,/ y el mar nunca se llena,/ al lugar de donde los ríos vienen,/ allá vuelven para correr de nuevo./ Así los ojos nunca se hartan de ver,/ ni los oídos se llenan de oír. Eclesiastés
¿Por qué el cuerpo es discursivo? Porque el cuerpo de un niño se metaforiza en el lenguaje, esta es la condición del cuerpo humano. Cuando la madre mira, habla, o acaricia a su niño, le da un sentido a esta experiencia corporal, le da el lenguaje; ella decodifica y comprende la pura experiencia corporal y la transforma en un decir, o sea, lo articula en una cadena discursiva.
El niño llora, y la madre, de este llanto, se pregunta: “¿tendrá hambre?”, “¿tendrá sueño?”, o “¿le dolerá alguna parte del cuerpo?”, etcétera. ¿Qué es lo que en ese acto realiza la mamá? Ella decodifica una acción (por ejemplo, el llanto) pero esto solo no basta. Si la madre toma esa acción unívocamente, es decir que para ella significa siempre lo mismo, el llanto se transforma en signo de una misma idea. Así, cada vez que su hijo llore, le dará de comer. Esta certeza materna de la acción de su hijo no permite el deslizamiento discursivo, quedando congelada, como ya dijimos, en un signo, sin posibilitar un encadenamiento significante que dé curso a un acto de articulación simbólica.
En esta certeza materna no hay lugar para la duda, para la falta; es la “certeza psicótica” que psicotiza al niño, transformando su cuerpo y su accionar en una “cosa” para sí, en donde ella goza con este cuerpo “cosa” que la completa.
Una madre “suficientemente buena” (madre castrada) no solo deberá decodificar, sino comprender la acción del niño, y esta comprensión implica la duda, la pregunta acerca de la significación de este llanto. Así, este se desliza en una cadena significante y se transforma en cada ilación discursiva.
Entonces, cuando la madre decodifica la acción y se pregunta sobre aquello que a su niño lo lleva a llorar, lo hace a través del lenguaje, o sea que lo puramente carnal, corporal, empieza a tener significación y palabras, en un principio, para la madre, y esto es lo que permite que también tenga un sentido y una significación para el niño.
El lenguaje significa la experiencia corporal, le da un sentido y una forma. Esta es la condición de todo cuerpo humano.
IMAGEN Y ESQUEMA CORPORAL
En esta línea de reflexión, se hace necesario diferenciar dos conceptos que son confusos, tanto en el ámbito corporalista como en el campo psicomotor, y que provocan numerosos equívocos no solo en su contextualidad teórica sino también en la práctica clínica. Estos conceptos son los de esquema e imagen corporal. Muchas veces son tomados como sinónimos o se yuxtaponen de tal manera que no se pueden discriminar. La complejidad se acrecienta cuando se los asimila y confunde con otros conceptos tales como “imagen espacial del cuerpo” (de la cual se ocupó en primera instancia Pick en el año 1908: “El enfermo autotopoagnósico que, a causa de lesiones cerebrales, es incapaz de hacer coincidir las sensaciones que experimenta con el cuadro visual que tiene de su cuerpo” (Bemard, 1980, p. 22).
Otro concepto muy usado y que se presta a confusión es el de “esquema postural del cuerpo”, que otorga una importancia fundamental al modelo y los cambios posturales: “Por medio de las perpetuas alteraciones de la posición (de nuestro cuerpo) estamos siempre construyendo un modelo postural que constantemente cambia” (Head, 1982, p. 21).
También se utilizan términos como “imagen de sí”, “cenestesia”, “imagen del propio cuerpo”, etcétera. Si bien estos conceptos abrieron nuevos rumbos en la investigación y reflexión, nos vemos en la necesidad de realizar la crítica de su ambigüedad, justamente para dar un paso más en la dirección que los mismos nos propusieron históricamente.
La palabra esquema, en relación con el cuerpo, fue utilizada en el año 1905 por un médico francés llamado Bonnier:
Los caracteres esenciales del concepto de “esquema” propuesto por Bonnier consisten en una configuración topográfica y, por consiguiente, espacial del cuerpo; esa configuración permitiría la posición vertebral equilibrada y la localización de excitaciones y de las correspondientes reacciones (Bemard, 1980, p. 31).
Un neuropsiquiatra y psicoanalista austríaco retoma conceptos de Head y de Freud e intenta hacer “una investigación empírica sobre la imagen del cuerpo humano” (Schilder, 1983). Este intento, si bien trajo aparejadas confusiones y yuxtaposiciones de ideas por haber recurrido a distintos modelos teóricos (gestalt, psicoanálisis, sociología, fisiología, neuroanatomía) marcó un camino lleno de ideas e interrogantes que quedan abiertos en las articulaciones teóricas que él realiza en su investigación. Allí afirma: “El esquema corporal es la imagen tridimensional que todo el mundo tiene de sí mismo; podemos llamar a esta imagen, “imagen corporal” (Schilder, 1983).
Como observamos, este estudio empírico, al intentar definir el esquema corporal lo confunde con la imagen, y a esta con el esquema, y le da un carácter dinámico de constante “autoconstrucción y destrucción internas”. La importancia de este autor, más allá de las dificultades conceptuales, radica en centrar la mirada en el cuerpo, pero desde otro lugar, intentando darle un carácter dinámico y clínico. Por otro lado, incorpora el psicoanálisis al estudio de lo corporal, aunque sea en una primera aproximación empírica que, lejos de colmarla, avizora nuevas líneas de investigación.
Partiendo de esta apertura, es nuestra intención, reformular y ampliar esta vertiente, basándonos en los diferentes aportes del psicoanálisis (Mannoni, Dolto, Lacan, Sami Ali, Pankow) en lo que se refiere a los conceptos de imagen y esquema corporal.
El esquema corporal es lo que uno puede decir o representarse acerca de su propio cuerpo, la representación que tenemos del mismo. Es del orden de lo evolutivo, de lo temporal.
Dentro del esquema corporal se encuentran las nociones de propioceptividad, interoceptividad y exteroceptividad (es en esta temática y en relación con el tono y la emoción donde son más fructíferos los aportes wallonianos).
En la evolución psicomotriz (desarrollo psicomotor) del niño se irá construyendo el esquema corporal. Cuando a este se lo interroga acerca de las partes de su cuerpo que más le gustan, puede responder, pues tiene noción del mismo. Esta noción, este concepto que el niño se hace de su cuerpo es el esquema corporal.
Pero, ¿por qué el niño elige una parte y no otra? ¿Por qué esta zona corporal es para él más placentera; lo es para él o para el otro? Estas preguntas no son algo que él se pueda responder, pues que las conteste o no ya no depende de su esquema corporal, sino de su imagen.
Es así que el niño, ante el interrogante acerca de qué parte de su cuerpo le gusta más?”, puede respondernos con otras preguntas, por ejemplo: “¿Qué partes del cuerpo, las de adentro o las de afuera?” o “¿Cuando estoy vestido, con ropa, o cuando estoy desnudo?”. De este modo, el niño empieza a responder desde su deseo, mostrando y a la vez ocultando el posicionamiento que ocupa su cuerpo en una trama histórica.
La imagen corporal es constituyente del sujeto deseante y, como tal, es un misterio; no es en absoluto del orden de lo evolutivo, se va constituyendo en el devenir histórico de la experiencia subjetiva. Por eso se relaciona con la inscripción, con la demarcación mnémica.
¿Dónde se inscribe la memoria? En el cuerpo, constituyendo una discontinuidad, un corte, una alteridad, una marca, producto del lenguaje que da la posibilidad de generar imágenes que recubren la falta sin agotarla. Por eso, la imagen corporal es un misterio, una incógnita, y es inconsciente.
El esquema corporal puede ser explicado, en una parte responde a una generalidad de la especie humana (por ejemplo: tener dos ojos, una boca, dos brazos, etcétera). El esquema corporal puede ser trabajado; por ejemplo, un profesor de Educación Física puede ocuparse de implementar “ejercitaciones pertinentes” para enseñar el esquema corporal (también hay lineamientos psicomotores que así lo proponen).
Si se observan dos cuerpos de igual tamaño, conformación física y peso, ambos tienen un corazón, un aparato digestivo, dos pulmones, etcétera, Pero, ¿en qué se diferencian uno de otro más allá de lo fisionómico? La misma pregunta cabría para el caso de gemelos univitelinos.
Justamente, la diferencia fundamental no radica en el esquema corporal, sino en que cada uno ha sido marcado, tatuado, mapeado, en forma distinta. La imagen corporal es singular, propia de cada sujeto, incomparable e inmedible, y en este sentido torna singular y propio al esquema.
El esquema corporal es susceptible de ser medido, de ser comparado con otro; por ejemplo, las medidas estándar, que señalan que a cada edad le corresponde a cada niño un peso, una altura, un determinado perímetro cefálico, etcétera. Medición corporal que implica una testificación de su masa corpórea.
El esquema corporal especifica al individuo en cuanto representante de la especie, sean cuales fueren el lugar, la época, o las condiciones en que vive. (...) La imagen del cuerpo, por el contrario, es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia (Dolto, 1986, p. 21).
Si bien concordamos con Dolto en que el esquema corporal especifica ciertas características de la especie, sostenemos como diferencia con su propuesta que el esquema corporal se interrelaciona de tal modo con la imagen del cuerpo que también él está íntimamente ligado a la constitución subjetiva e histórica de ese sujeto y que, como tal, es efecto del lenguaje que a su vez lo atraviesa hasta darle existencia. Por lo tanto, el esquema corporal posee su lado generalizable y al mismo tiempo su escritura-representacional que lo constituye como único.
Así, podemos decir “yo soy psicomotricista”. Cuando decimos “yo” nos referimos al “yo” como pronombre personal: en lo relativo al cuerpo sería “este cuerpo que tengo, que posee dos brazos, dos piernas, cicatrices, etcétera”. Nos referimos al esquema corporal. El “soy psicomotricista” se relaciona con la imagen en la cual como psicomotricista nos reconocemos, que implica de por sí un desconocimiento, por ejemplo, de las identificaciones que nos llevaron a reconocernos como tales. Esta imagen corporal es inconsciente y se relaciona con el recorrido libidinal que esquematizó el Otro en el cuerpo.
Ocuparse de la imagen del cuerpo y del cuerpo y sus imágenes supone siempre un cuerpo simbólico que las sustenta y las sostiene. “El cuerpo no es simplemente una cosa vista de hecho (yo no veo mi espalda), es visible por derecho” (Merleau Ponty, 1970). Este cuerpo es el cuerpo simbólico del que hemos venido hablando.
Gisela Pankow, psiquiatra y psicoanalista, plantea que la imagen del cuerpo está definida por dos funciones simbolizantes:
Llamo simbolizantes para subrayar que cada una de esas funciones, como “conjunto de sistemas simbólicos”, apunta a “una regla de intercambio”, a una ley inmanente del cuerpo que está dada implícitamente por la función fundante de la imagen del cuerpo (Pankow, 1979, p. 21).
La primera función fundante y fundamental de la imagen del cuerpo es la función de unidad, de gestalt, de forma unida. La autora se refiere “únicamente a la estructura espacial del cuerpo” y a la dialéctica entre las partes y el todo. Es necesario incluir en estas ideas el reconocimiento y júbilo del niño frente al espejo (el estadio especular), rasgo unario fundante para el reconocimiento de lo uno y de lo otro, en tanto reconoce las partes del cuerpo como partes de una unidad (imago).
Esta autora discrimina que en la psicosis se vive una “disociación corporal”4. Hay una vivencia de la parte por el todo. Por ejemplo, el estómago no es parte del aparato digestivo de todo un cuerpo, sino que el sujeto pasa a ser imaginariamente el estómago.
En cambio, en la neurosis se puede reconocer que una parte del cuerpo puede causar una molestia, puede doler, puede ser un problema, pero lo que nunca se pierde es la noción de unidad corporal.
Para Pankow, la segunda función de la imagen corporal no se refiere a la forma, a la unificación, sino al contenido y sentido de cada parte del cuerpo. En algunas psicosis hay un desconocimiento del funcionamiento corporal, pese a que se mantiene la unificación corpórea.
No debería olvidarse que la introducción del concepto de imagen corporal por parte de esta autora es solo “a título de reconocimiento de una dinámica espacial”. Así como la imagen corporal es inconsciente, el esquema corporal es preconsciente. Se hace consciente en nuestro cuerpo por medio de, por ejemplo, un dolor, el frío, la transpiración, cuando se padece una enfermedad, cuando se habla de él. Así, somos conscientes de una muela o de la espalda cuando nos causa molestias O nos duele, o por algún accidente. En este sentido, la conciencia del cuerpo es fugaz y nunca totalizante.
Imaginemos, por un momento, si a cada instante, si continuamente estuviéramos pensando y preocupados por el funcionamiento corporal o por la integridad física. Esta actitud sería paralizante, pues no se podría hacer otra “cosa” que estar pendientes de nuestro cuerpo, que de este modo estaría tan presente (no estando ausente) que limitaría todo nuestro accionar (discurso hipocondríaco o también del fisicoculturista).
Tomemos un ejemplo de la vida cotidiana: si una persona tiene una ampolla en la planta del pie, cada vez que camina y utiliza ese pie, este se presentifica en cada apoyo, y cada vez que pisa siente su pie, no solo dolido, sino que toma conciencia de él a cada paso. Incluso podríamos decir: cada paso toma conciencia de él. Se torna presente, presentifica su pie de tal modo que no puede sostenerse parado, pues este en cada instante ocupa todo su tiempo, y así se tornan insostenibles el caminar y el cuerpo para el sujeto.
La imagen corporal se da “a ver” en el esquema corporal, es decir que ambos conceptos se diferencian, pero también se correlacionan. Por ejemplo: una perturbación en el esquema corporal de un niño –en el plano de la lateralidad o una gran paratonía de miembros superiores– puede tener su origen (descartando la organicidad) en la imagen corporal de este niño.
Otro caso sería, por ejemplo, el de un niño zurdo, en edad escolar, con su lateralidad bien definida, pero en cuya familia la zurdería no es aceptada, pues acarrea dificultades; esto determina que para el niño ser zurdo sea un problema. Por este hecho, los padres realizan una consulta, pues temen que se atrase “en su desarrollo”.
Vemos entonces cómo los conceptos de esquema e imagen corporal se especifican y se intrincan en un cuerpo que, para humanizarse, debe recorrer un largo camino compuesto de prohibiciones, de leyes, de imágenes, de deseos.
El esquema corporal de un niño autista se encuentra seguramente perturbado, pero no es por una falla en el esquema corporal, sino por la ausencia, la carencia de ese Otro que no inscribió, no contorneó ese cuerpo, no generó deseo, imágenes, que para ser generados necesitarán de un Otro que imagine que allí hay un sujeto y no una “cosa”.
Así, el niño podrá reflejarse en esas imágenes (en la mirada deseante), en el Otro que da así la posibilidad de constituir un esquema y una imagen corporal.
Concluyendo: de la concepción que tengamos del cuerpo de un sujeto devienen la ética, la intervención y la posición en la que el terapeuta se ubica frente al paciente.
Si se considera al cuerpo como una máquina de músculos y nervios que aprenden lo que se les enseña, se utilizarán diferentes técnicas y recetas estandarizadas, que se aplicarán a ese cuerpo-máquina. Mannoni cita un ejemplo de ello. Se trata de Itard y el salvaje, en donde se refiere a la reeducación del salvaje de Aveyron, realizada hace más de un siglo y medio, y los métodos reeducativos y pedagógicos imaginados por el Dr. Itard, su reeducador.
Al Dr. Itard, el mejor reeducador de sordomudos por esa época, se le confía la educación del salvaje. La reeducación feroz, mecanicista y “salvaje” de Itard no provoca ningún efecto. Por ejemplo: el salvaje (llamado Víctor) demuestra su interés por la leche; el Dr. Itard, entonces, le muestra la leche, pero no se la da hasta que Víctor no pronuncie esa palabra. Luego de transcurrido un tiempo sin haber logrado que el salvaje pronuncie nada en absoluto, se da por vencido y decide darle la leche. Víctor la bebe alegremente y luego, jubilosamente y por sus propios medios, comienza a decir “leche, leche”.
De esta escena, el Dr. Itard concluye:
La palabra pronunciada en lugar de ser el signo de la necesidad no era sino una vana exclamación de alegría. Si la palabra hubiese brotado de su boca antes de la conclusión de la cosa deseada (la leche), todo estaba resuelto: el salvaje hubiera comprendido el verdadero uso del lenguaje, se hubiera establecido entre él y yo un punto de comunicación. En cambio, todo cuanto yo acababa de obtener era una expresión insignificante para él e inútil para nosotros del placer que él experimentaba (Mannoni, 1979, p. 144).
Por supuesto, si para el Dr. Itard la palabra y la muestra de placer son una expresión inútil e insignificante, lo serán también para el salvaje5 y su cuerpo pasará a residir más como salvaje que como sujeto (Víctor) pues no habrá quién se lo presente y lo inscriba en el universo simbólico.
Si se toma al cuerpo únicamente como una herramienta de uso, se preconiza lo que el Dr. Itard realizó en el siglo XVI con su “salvaje”. Si solo se toma la expresión emocional como principio clínico fundamental, se intentará establecer un buen vínculo emocional y afectivo, una buena relación persona a persona, creando para ello un espacio de seguridad basado entre otras cosas en la empatía, para la “catarsis” emocional. El cuerpo, liberado, rompería así las cadenas del lenguaje, y el cuerpo emocional se expresaría libremente.
¿Puede un cuerpo liberarse de las redes del lenguaje, de lo simbólico, para desplegar su emoción? ¿Existen acaso imágenes, relaciones, emociones en el campo humano, fuera del lenguaje?
La experiencia clínica indica una respuesta precisamente negativa, ya que es en la transferencia (imaginaria y simbólica) donde el cuerpo del sujeto (en lo real, en lo imaginario y en lo simbólico) dice, hace, y nos conduce a preguntarnos por el posicionamiento en que se ubica el cuerpo del niño, en el cual se da a ver su sufrimiento. Así, articulándose a lo largo del tratamiento psicomotor en un encadenamiento de gestos, posturas, palabras, gritos, movimientos y juegos irá delineando un decir corporal que analizaremos (desde dónde es enunciado, hacia dónde, de qué modo, dirigido a quién, para qué, ya que se trata de restituir o instalar las posibilidades enunciativas sobre este cuerpo) en la relación transferencial que se genera.
Notas
1. La sexualidad infantil existió siempre, desde que el hombre es hombre, pero antes de Freud nadie la discriminaba ni se ocupaba de ella, no se la tenía en cuenta. Hasta ese entonces, se consideraba que la sexualidad irrumpía recién en la pubertad, con los cambios hormonales, y que el niño carecía de ella hasta ese momento.
2. El chico nace en un estado que un embriólogo llamado Bolk llamó fetalización, es decir que, aunque hayan pasado los nueve meses de su gestación, embriológicamente habría que considerarlo un feto, pues todavía no se han mielinizado los haces piramidales que le permitan coordinar movimientos (Marchilli, 1985, pp. 76). El cuerpo del pequeño le devuelve al otro su propia imagen en forma invertida. Estos movimientos espontáneos se especularizan; es el otro quien arma y recrea el espejo. De este modo, tendríamos un juego de doble espejo, que se daría en este orden: el niño funciona como espejo para la madre y ella, al reconocerse en el cuerpo de su hijo, funciona como espejo para él (Levin, 2017, p. 46).
3. En cuanto a estas temáticas que tienen generalmente su origen en las ideas y propuestas terapéuticas de Homey, Hartman, Kris y Loweinstein, entre otros, ya hicimos mención de ellas en el capítulo anterior. Sin embargo, cabría aclarar que no se trata, como plantean estas concepciones, de la autonomía primaria o secundaria del yo (ego), ni de las funciones autónomas del mismo, sino que, por el contrario, el yo en tanto tal se constituye como forma y mascarada del sujeto, y de este modo no se confunde con él ni mucho menos lo abarca o lo agota.
4. Reformularemos este concepto en el capítulo correspondiente a psicosis en adultos. (Levin, 2018a)
5. “Fue el salvaje quien le enseñó a comprender que no era necesaria la palabra para pedir leche (...) el salvaje jamás aprendería a hablar puesto que cuando utilizaba las palabras, ellas ya no le servían para nada” (Manoni, 1979).
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