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Esteban Bieda
Platón y la voluntad : Acción, razón y deseo en la obra platónica
1° ed. - Barcelona /Buenos Aires: Miño y Dávila editores, 2021
Archivo Digital (Descarga y online)
ISBN 978-84-18095-04-7
Edición: Primera. Agosto 2021
Lugar de edición: Barcelona / Buenos Aires
ISBN: 978-84-18095-04-7
Depósito legal: M-1-2021
Imagen de tapa: Copia romana en mármol de Tyche de Antioquía de Eutíquides (ca. 300 a. C.) conservada en el Vaticano. Fotografía del autor
Códigos IBIC: 2AHA (Griego antiguo [clásico]); JMAF (Teoría psicoanalítica [psicología freudiana])
Código Thema: NHC / Ancient history; QDHA / Ancient philosophy
Código Bisac: HIS002010 / HISTORY / Ancient / Greece; PHI000000 / PHILOSOPHY / History & Surveys / Ancient & Classical
Código WGS: 923 / Non-fiction book / Philosophy: antiquity until present day; 550 / Humanities, art, music / History
Armado y composición: Laura Bono
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Índice de contenido
Introducción general
I. La voluntad
II. Algunos antecedentes del problema de la voluntad
Reconocimientos
Capítulo 1. El sofista Gorgias y el conglomerado heredado
Introducción
I. Dioses, azar y necesidad
II. Violencia
III. La fuerza engañadora del lógos, poderoso psico-fármaco
IV. El éros: ¿pasión divina o divinidad pasional?
V. Conclusión: la ‘cosmética’ gorgiana para eximir a Helena.
Capítulo 2. Querer, saber y poder en el Protágoras. Alcances y límites del llamado “intelectualismo socrático”
Introducción
I. El dominio del saber: la analítica socrática de la prâxis
II. El placer y el bien son tipos de conocimiento
III. Querer, saber y poder: los límites del “Intelectualismo socrático”
Conclusión: monologismo psicológico-intelectual
Apéndice 1: El testimonio aristotélico
Capítulo 3. Boceto de una des-integración psíquica en el Gorgias
Introducción
I. El “Intelectualismo socrático” en el Gorgias
II. El tirano: la inmoralidad como caso límite del “Intelectualismo socrático”
III. Cuerpo y alma. Alma y almas: boceto de una des-integración psíquica
IV. Conclusión: orden del alma y transición a la ética platónica
Capítulo 4. La tripartición del alma en República
Introducción
I. Análisis político y análisis psíquico: la ciudad en el alma
II. Las partes del alma
III. La parte apetitiva
IV. La parte racional
V. La parte impulsiva
Conclusión: La irracionalidad interna del alma tiránica y la supervivencia del “Intelectualismo socrático”
Apéndice 2: La fundación de la justicia en el alma y la alianza entre impulsividad y racionalidad
Apéndice 3: La unidad cuantitativa y cualitativa del alma en República
Capítulo 5. La superación del intelectualismo socrático en Leyes
Introducción
I. Los primeros libros
II. El tratamiento de la akrasía en el libro IX
Conclusión general
Bibliografía general
Para Antonio.
Para Juan.
Introducción general
Alguna vez, en mis risibles ensayos poético-filosóficos, había sostenido que la existencia del hombre se desarrolla ordenadamente merced al equilibrio de dos presiones: una que obra desde su adentro hacia su afuera, y resiste la presión del mundo externo, que sería la otra.
L. Marechal, El banquete de Severo Arcángelo
I. La voluntad
Ha sido común entre los helenistas del siglo XX afirmar que la Grecia clásica no llegó a acuñar un concepto de “voluntad” capaz de satisfacer las condiciones filosóficas que recién la modernidad habría de establecer. Según Ross, “siempre se ha dicho que la psicología de Platón y Aristóteles no tiene un concepto nítido de voluntad”.1 Gauthier sentencia que “en la psicología de Aristóteles la voluntad no existe”.2 MacIntyre coincide en que “Aristóteles, como cualquier otro autor pre-cristiano, no tenía un concepto de voluntad; no hay espacio conceptual en su esquema para una noción tan extraña en la explicación del defecto y el error”.3 En general, quienes defienden posiciones como estas reconocen que los filósofos griegos dan explicaciones de la acción en función de las opiniones y deseos del agente, pero sin llegar a satisfacer los requisitos del concepto de “voluntad”. Poca duda cabe de que estas interpretaciones son correctas, porque ningún filósofo griego ha concebido el concepto de voluntad… tal como lo concibió la modernidad y, a partir de ella, los siglos posteriores. Para dar cuenta de este complejo problema es necesario, ante todo, recordar la clásica distinción entre “concepto” y el “término” que lo expresa.
a) El concepto
El anacronismo es algo mucho más sutil y complejo que preguntarse si Platón reflexionó sobre el Estado (concepto ausente como tal en la Grecia clásica) o si Aristóteles fue el primer biólogo fijista de la historia (hasta que el evolucionismo lamarckiano-darwiniano lo echara por tierra). Me refiero a que, si las tintas de la aversión al anacronismo se cargan en exceso, tampoco podríamos afirmar que para Aristóteles la luna delimitaba los ámbitos sublunar y supralunar, dado que con la palabra “luna” estaríamos refiriéndonos a un objeto diferente al que, con ese mismo término, se refería Aristóteles: nuestro satélite natural era, para su concepción geocéntrica del universo, un planeta puro y perfecto. Stricto sensu tampoco podríamos hablar del “geocentrismo” de Aristóteles o de la “psicología” de los filósofos griegos –a excepción, quizás, del De anima– y, sin embargo, ya en Platón encontramos diversos tratamientos más o menos sistemáticos de la psykhé. Es cierto que todo concepto filosófico, científico o artístico tiene una definición delimitada por su época, pero ello no implica (no debe implicar) que no se pueda reflexionar sobre dicho concepto desde nuestro presente, incluso cuando la palabra para referirse a él no haya existido como tal. Quizás el término “metafísica” sea el ejemplo más obvio de esto: ningún filósofo griego clásico denomina de ese modo su teoría y, sin embargo, nadie se atrevería a negar que Platón o Aristóteles han diseñado un andamiaje metafísico como causa y explicación de la realidad.
En lo que al presente libro respecta, entiendo que algo similar a lo que ocurre con “metafísica” ocurre con “voluntad”. Si nos atenemos a definiciones medievales, modernas, decimonónicas o contemporáneas, resultará sin dudas imposible hablar de “voluntad” en la Grecia clásica. Sin embargo, si deflacionamos la carga conceptual de la modernidad y despojamos el término de su referencia a un “sujeto” y a su vínculo con el problema del libre albedrío –tema ausente como tal en la Grecia clásica–, podremos recuperar su sentido primordial: la voluntad como facultad de decidir y de ordenar la propia conducta, de admitir y de rehuir, de querer y de repudiar, tanto si se trata de arbitrar entre creencias racionales contrapuestas, como de deseos o emociones irracionales contrapuestos frente a distintos cursos de acción.4 Una voluntad así entendida, en su sentido “primordial” de arbitrio –ni absoluto ni necesariamente racional– entre diversos cursos de acción, no parece tan ajena a la filosofía práctica griega, que sí ha teorizado sobre la decisión y la conducta, sobre admitir o rehuir, sobre querer o no querer, aun cuando no haya podido aislar una “intención” independiente de su motivación y de la materialización en un acto.
El problema más delicado que encuentro en negar la existencia de cualquier clase de concepto de “voluntad” son sus consecuencias. Si en el ser humano griego tal como lo pensaron la literatura, la historia y la filosofía no hubiese alguna clase de voluntad primordial como la que definí hace un momento; esto es: si ningún agente tuviese la facultad de decidir y ordenar su conducta –aunque más no sea en forma parcial, repito– conforme sus creencias, emociones y deseos, entonces se diluiría la potencia dramática de la tragedia y la ética no tendría ninguna razón de ser, por cuanto el ser humano no sería sino un autómata natural o un títere del destino y de los dioses, sin moralidad, ni responsabilidad, ni legalidad posibles. Pero nada de esto último es así: los personajes trágicos padecen las consecuencias de sus decisiones, los tribunales atenienses juzgan la responsabilidad de los ciudadanos en función de la voluntariedad de sus actos, y la filosofía se pregunta por las condiciones de la deliberación, el deseo, la emoción y la razón práctica. Por lo tanto, algo así como una “voluntad primordial” –se la llame como se la llame– reconducida a sus primeros elementos conceptuales sí formó parte de la cosmovisión griega. Caso contrario, la potencia de muchas de las manifestaciones artísticas y teóricas de esa cultura habrían sido lo que no fueron: huecas.
Es cierto, por otro lado, que, incluso cuando este modo de concebir al ser humano en su dimensión práctica se materializó en numerosas teorías filosóficas, en ningún caso se llegó a algo así como a una “metafísica” de la voluntad, en la que el puro concepto de “intención” fuera considerado condición trascendental o a priori de la moralidad o de la acción. En el caso griego, la voluntad se pensó en función de la agencia humana –el deseo, la emoción y la deliberación– pero siempre asociada con el acto.5 No obstante, esto no quita que, aunque no con una metafísica, los filósofos del siglo V a.C. en adelante sí hayan dado forma a una antropología y a una psicología de la voluntad capaces de reflexionar sobre los resortes conforme los cuales se decide y se rechaza. A su vez, a esta antropología y psicología se les añade, desde el siglo V, un abordaje político, dado que el ser humano que protagoniza los análisis de los filósofos atenienses del período clásico es siempre un ciudadano. Todo esbozo que las propuestas socrática, platónica y aristotélica aportan sobre este punto está supeditado a y enmarcado en el estudio del ser humano entendido como una criatura que habita en una pólis. No hay, en el pensamiento griego, ‘cosas que piensan’ o ‘cosas que desean’; ni siquiera hay stricto sensu seres humanos que piensan y desean. Hay atenienses que piensan. De allí que, como veremos a lo largo del libro, en los diversos análisis de la voluntad humana conviven elementos antropológicos, psicológicos y políticos, por cuanto el querer se halla inevitablemente atravesado por la humanidad, por el alma y por valores morales pensados en el marco de una ciudad, ya sea existente, ya sea ideal a fundar.6
b) Algunos términos
No existe en griego una palabra que contenga todos los rasgos del concepto de “voluntad”, término castellano que, por otra parte, deriva del latín. Sin embargo, sí existe un conjunto de términos que han expresado, cada uno de ellos de manera parcial, aquel sentido primordial de la voluntad del que he hablado.7
Ya Homero distingue tres instancias humanas que concurren en la decisión: pensamiento y planificación con phrénes y nóos (intelecto); emoción agresiva e impulsos con thymós (impulsividad, ánimo); emociones corporales con êtor y kardíe (corazón), y stêthos (pecho).8 El entrecuzamiento de factores humanos y no humanos (dioses, destino) en las decisiones de los personajes homéricos permite la coexistencia de elementos que, en otros contextos, difícilmente podrían combinarse: en la explicación de Agamenón conviven la intervención divina y la asunción de responsabilidad humana, con la consiguiente necesidad de compensar el error.9 También se encuentra en Homero uno de los términos que será central en la filosofía práctica platónica: el verbo boúlesthai (“querer”), claramente diferenciado de (e)thélo, que recién en el siglo V a.C. se volvería su sinónimo.10 Tal como ocurrirá a lo largo del período clásico, no existe en la épica término para expresar una voluntad abstracta en tanto pura intención del agente sin referencia al origen de dicha intención. Si la acción del verbo boúlomai expresa una voluntad surgida de la reflexión intelectual, el thymós expresa una voluntad surgida de la afectividad sentimental.
Otro término propio del campo semántico del querer es tólma/tólme, con el que se expresa la audacia propia de quien tiene la voluntad de sobreponerse a los impedimentos que le impiden avanzar en una situación riesgosa.11 No se trata de un impulso surgido de una emoción –como sería el caso de orgé o thymós–, sino de uno surgido de la conciencia del agente, por lo que el término siempre supone un juicio moral.12
En la tragedia del siglo V la distinción entre elementos racionales e irracionales permanece: el Penteo de Eurípides actúa “con un pensamiento (gnóme) criminal y una ira (orgé) fuera de la ley” (Bacantes, 997), mientras que en Medea entran en conflicto las deliberaciones racionales y su pasión (Medea, 1078-1080). Es en el marco de la tragedia donde el término “gnóme” adquiere el sentido que prevalecerá en la filosofía, en tanto decisión de actuar conforme una reflexión acerca de la realidad: “resolución”, “juicio”, “determinación reflexiva”, pero también “plan”, “intención” o… “voluntad”.13
En lo que respecta a la filosofía griega, las primeras tematizaciones del problema no partieron del agente humano, sino de su entorno cósmico: para Parménides, “lo mismo es pensar (noeîn)y ser” (B3), mientras que para Heráclito el pensamiento (phrónesis) recto no es el individual, sino aquel que se enrola en el lógos universal.14 Será recién en el siglo V cuando la filosofía investigue el problema moral y político en relación específica con el ser humano como eje. El sofista Antifonte (B44, col. 3) combina gran parte de esta terminología para postular leyes que indican lo que la inteligencia (noûs) no debe desear (epithymeîn), vinculando así elementos racionales y no racionales del comportamiento. Sin embargo, como ya adelanté, este ser humano que actúa nunca fue el único eje de la reflexión ética. Quizá ni siquiera fue el eje principal, habida cuenta de la permanente atención a factores exteriores a lo humano o, si interiores, ajenos al control humano.
Los verbos de querer ocupan, evidentemente, un lugar central en este ámbito, especialmente boúlomai y el sustantivo boúlesis, en tanto deseo mediado por cierta reflexión o deliberación.15 Ambos términos son, como veremos a lo largo del libro, centrales en las explicaciones platónicas de la acción. Ya fuera de contexto platónico –y, por eso mismo, del presente libro– aparece la prohaíresis (“decisión deliberada”) aristotélica, quizás uno de los términos que más condensa el concepto de voluntad primordial. Compuesto por la preposición pro (“antes”, “pre”) y la raíz del verbo hairéo (“tomar”, “agarrar”, “elegir”), la proaíresis es definida como un “deseo deliberado” (órexis bouleutiké, Ética nicomaquea 1139a23), es decir: como un deseo que “toma”, “agarra” o “elige” conforme una silueta delineada reflexivamente de antemano. Pero Aristóteles va más allá. Ese “deseo” (órexis) puede ser de tres clases: apetito de placeres corporales como sexo y comida (epithymía), deseo de gloria y victoria en el plano del reconocimiento público (thymós), o deseo de bienes racionales o tales que pueden ser asimilados por la racionalidad (boúlesis).16 Y es en la boúlesis donde encontramos, quizás, el punto conceptualmente más cercano a lo que habría de ser la “voluntad”, por cuanto Aristóteles logra aislar un anhelo o querer en el que conviven (i) la capacidad motora privativa del deseo y (ii) la capacidad intelectual para configurar el objetivo de tal deseo. Si no es posible traducir boúlesis sin más por “voluntad” es porque, aun con todo el poder de abstracción que el término expresa, Aristóteles no llega a aislar de manera completa el fenómeno de la pura intencionalidad independientemente de su origen: la boúlesis no deja de ser un anhelo, intención o voluntad cimentada en la razón.
Si bien de modo excesivamente resumido y esquemático, sirva lo dicho para concluir que, aunque no de modo claro y mucho menos terminológicamente uniforme, la cultura griega logró delinear un concepto más o menos primario de voluntad, vinculado con aquello que los agentes humanos quieren y rechazan en conformidad con sus objetivos, ya sean deliberados, ya sean deseados irracionalmente. De modo que, si bien no existe un único término que exprese tal concepto, sí existe un conjunto de términos que, cada uno con su aporte, nos hace sospechar que la cultura griega fue más o menos consciente de que el ser humano tiene, de maneras variadas, intenciones. Se trata de lo que, como veremos a continuación, algunos han denominado “esbozos” del concepto de voluntad.
c) Algunos antecedentes
Es justo decir que no todos los helenistas del último siglo han afirmado la inexistencia de cualquier clase de concepto de voluntad en la Grecia clásica. En un fundamental artículo de 1992, Irwin ha mostrado convincentemente cómo la recepción e interpretación de Tomás de Aquino de la ética aristotélica da lugar a pensar que en la boúlesis del estagirita se puede rastrear la voluntas del aquinate. Algo similar había afirmado Kenny en un libro de 1979.17
En lo que al presente libro respecta, un influyente artículo de Vernant (1982), titulado “Esbozos de la voluntad en la tragedia griega”, ha sido central. Allí afirma el helenista francés que los griegos no habrían llegado a acuñar un concepto de “voluntad” en el sentido de subjetividad individual, i.e. moderno. No obstante, el título mismo del trabajo de Vernant da cuenta de que sí habrían existido entre los griegos ciertos “esbozos” o tematizaciones de una voluntad que se fueron delineando con el correr de los diversos abordajes intelectuales y literarios. Discutiendo explícitamente con Vernant, Castoriadis (1994) retomó lo que parecía un debate ya cerrado en torno a estos “esbozos”. Apelando a Aristóteles como pensador que llevó al límite el análisis del actuar humano, Castoriadis insistió en que el hecho de que no haya una palabra que refleje sin más el concepto moderno de “voluntad” –argumento ex silentio sostenido v.g. por Snell– no implica que dicho concepto no formara parte de la cosmovisión griega clásica, incluso desde Homero, cosa que también habría de sostener el fundamental trabajo de Gill (1996). Si es recién Aristóteles quien habría de tematizar de un modo más o menos explícito esa “voluntad”, ello se debe, según Castoriadis, a que antes que él no estaba claro que dicho concepto tuviese algún problema o “enfermedad” dignos de ser analizados.18 Este aporte de Castoriadis ha resultado fundamental para mi trabajo, dado que encuentra en la admisión aristotélica de la incontinencia la razón necesaria y suficiente para llevar a cabo su estudio en torno a los distintos motores de la prâxis. Y resultó fundamental porque, a mi entender, la posición de Castoriadis puede trasladarse al propio Platón: si Aristóteles encontró el problema de la voluntad en la akrasía es, cuando menos en parte, porque Platón –y Sócrates antes que él– ya lo habían detectado como problema, aunque dándole una solución distinta. Que la respuesta socrático-platónica (fórmula unificadora que, como mostraré en el último capítulo, no puede sostenerse) haya sido distinta a la aristotélica no significa que el problema también lo haya sido. Parto de la base, pues, de que Platón también vio un problema teórico-práctico suficientemente complejo como para dedicarle gran parte de su obra. Tan complejo resultó el problema que, como se verá a lo largo de los sucesivos capítulos del libro, las respuestas platónicas fueron variando de una posición eminentemente socrática hacia una perfectamente asimilable con la que acabaría siendo la posición aristotélica.
En el presente libro seguiré la propuesta de Vernant de rastrear los “esbozos” de tematizaciones de la voluntad en diversos pensadores pre-aristotélicos, pero también la propuesta de Castoriadis, que me llevó a hacer de las diversas tematizaciones de la incontinencia el faro orientador del desarrallo de los sucesivos “esbozos”. La selección de las diversas obras que analizo en cada uno de los capítulos del libro obedece a dos criterios. Primero, la posibilidad cada vez mayor de concebir y explicar una acción incontinente, partiendo de su imposibilidad absoluta en diálogos tempranos, pasando por una imposibilidad atenuada en diálogos de madurez, hasta su admisión en la vejez. En segundo lugar, intentaré mostrar que esta progresiva admisión de la incontinencia coincide con una progresiva interiorización de los factores relevantes para la toma de decisiones: de una exterioridad absoluta heredada por Platón de Homero y algunos pensadores del siglo V, hasta la completa interiorización de las emociones.
II. Algunos antecedentes del problema de la voluntad
Desde la época arcaica, el imaginario ateniense había considerado que las decisiones del hombre eran digitadas por su entorno divino, desde la áte de Agamenón en Ilíada, hasta los dioses firmando la paz en Euménides, de Esquilo. En este sentido, las interpretaciones clásicas de Ilíada y Odisea suelen ver allí un querer humano subsumido casi por completo a los designios de los dioses que controlan, sin parámetros inteligibles para el hombre, el orden de los acontecimientos. Podría decirse, conforme esta lectura tradicional, que el hombre homérico es prácticamente heterónomo.19 Por su parte, y más allá de dioses y hombres, el “destino” (moîra) representa un orden trascendente, orden que ni siquiera la divinidad puede alterar.20 Algo similar ocurre con los dioses hesiódicos quienes, no obstante el trabajo realizado por los hombres, acaban siendo “dadores” de felicidad o miseria.21 Ya en el siglo V a.C., esta herencia comenzó a cuestionarse tanto desde el ámbito de la literatura como desde el pensamiento argumentativo-filosófico. Dos fenómenos serían determinantes en tanto puntos de inflexión sobre los cuales se delinearía la filosofía griega posterior: la tragedia y la sofística. Con respecto a la tragedia, Esquilo suele presentar a un hombre aún sumido en la heteronomía, identificada o bien con la divinidad, o bien con la moîra.22 Por su parte, si bien en la obra de Sófocles se advierte cierto resquebrajamiento del imperio de los dioses, estos suelen ser quienes manejan los destinos humanos.23 Las innovaciones euripídeas –fundamentalmente vinculadas con el lugar del ser humano en sus dramas–conducen, debido a su proximidad con ella, a la sofística, el segundo y más directo antecedente de la filosofía socrático-platónica. Encontramos, asimismo, fragmentos de filósofos preplatónicos que afirman que “el carácter (êthos) es un daímon para el hombre” (Heráclito, DK B 119), o que “la felicidad no se halla ni en los ganados ni en el oro: el alma es la residencia del daímon” (Demócrito, DK B 171), a la par de versos de tragedias que apuntan en la misma dirección: “el intelecto (noûs) es un dios (theós) para cada uno de nosotros” (Eurípides, fr. 1018N). Lo que tradicionalmente se ubicaba en el exterior del ser humano comienza, poco a poco, a trasladarse a su “interior”.24
Los sofistas representan, sin dudas, uno de los principales referentes al momento de analizar diversos problemas de la filosofía socrático-platónica, dado que muchos de ellos han sido sus contendientes teóricos principales. En este sentido, el primer capítulo del presente libro está dedicado a lo que podría denominarse la “antropología gorgiana” tal como se la puede pensar a partir del Encomio de Helena (EH = DK B 11). La razón por la cual comienzo por Gorgias responde a que, como intentaré mostrar, si no directamente contra la suya, es contra una posición como la suya que las primeras propuestas socrático-platónicas a propósito del querer humano discuten. En este sentido, veremos que el homo gorgianus aún puede ser incluido dentro de una línea homérico-hesiódica, al ser pensado como un ser dependiente de agentes que le son externos, ya se trate del mundo (dioses, azar, destino) o de otro ser humano (que lo fuerza, lo persuade o lo enamora).
Con respecto al segundo momento histórico-conceptual que trataré, suele colocarse a la filosofía socrática como una de las primeras reflexiones cuyo objeto habría sido eminentemente el ser humano.25 Según veremos en el Protágoras, su propuesta permite ver con mayor claridad un primer esbozo de la voluntad humana, esbozo que descansa fundamentalmente en un ser humano desprendido de sus anclajes exteriores. El así llamado “Intelectualismo socrático” (IS) sentencia que el ser humano solo obra mal por ignorancia de una alternativa mejor y no debido al influjo de un agente externo que lo enceguece y lo conduce por caminos equivocados. Quien determina el buen obrar no es otro que el ser humano mismo, a través de su estado epistémico. Sofistas como Protágoras también afirmarían que todos los seres humanos obran conforme lo que consideran bueno para sí mismos, pero agregando que eso que consideran mejor es efectiva y realmente bueno, precisamente porque un ser humano así lo consideró. Como contrapartida a este relativismo sofístico, la innovación socrática consiste en afirmar que tales consideraciones son falibles, i.e. el ser humano puede estar equivocado y, así, creyendo que se procura un bien, en realidad ignora el daño que se está haciendo a sí mismo. La indagación socrática intenta definir aquellos valores de los que hay que valerse para vivir en la ciudad y, de ese modo, alcanzar la felicidad: la acción virtuosa supone, según Sócrates, el conocimiento. No obstante, si bien el homo socraticus se ha desembarazado de la heteronomía característica de su par gorgiano, la plena autonomía no es una posibilidad: en primer lugar, debido a que, al hacer descansar la decisión humana en resortes estrictamente epistémicos –esto es, al postular que quien conoce el bien intentará seguirlo indefectiblemente en sus actos–, Sócrates acota la autonomía del hombre a la dependencia de su propio saber. Esto problematiza la posibilidad misma de un poder de decisión absoluto, aun cuando el polo que determina el curso de acción se haya trasladado del mundo exterior al interior del hombre: Sócrates no concibe la posibilidad de que quien conozca el mejor curso de acción entre los posibles decida obrar en contra de ello. El encadenamiento al universo físico típico de la época arcaica ha cedido al encadenamiento al universo psíquico. En segundo lugar, instancias irracionales como las emociones (páthe) son adscriptas a la esfera de lo corporal y, así, quedan fuera del alma en tanto sede de la toma de decisiones. De este modo, sobreviven factores que, si bien no externos al modo de los dioses, tienen la capacidad de perturbar desde el cuerpo en tanto sede exterior al alma.
El camino iniciado por Sócrates es retomado y desarrollado por Platón en sus textos de madurez: retomado porque la doctrina socrática según la cual se obra mal por ignorancia del bien es adoptada por Platón; desarrollado porque se le añaden elementos ausentes en la propuesta socrática, tales como el rol de las emociones y apetitos irracionales en la decisión y ciertas indagaciones del alma humana de corte metafísico. En este sentido, si en el Protágoras el alma se cierra exclusivamente sobre aspectos racionales-intelectuales, de modo que todo viso de irracionalidad queda fuera de su esfera, en el Gorgias el proceso de interiorización se anima a incluir los apetitos irracionales como parte de la economía psíquica. Si bien el IS permanece vigente, el relato de los toneles en el Gorgias da cuenta de que la principal y más peligrosa causa de error práctico para el ser humano se halla ínsita en el alma. Sin embargo, este boceto de des-integración psíquica no cuestiona la máxima fundamental según la cual solo se obra mal por ignorancia de una alternativa mejor. Según veremos, las decisiones del agente siguen manando de su racionalidad.
La interiorización se consuma recién en República, por cuanto racionalidad-calculadora (logismós), irracionalidad-colérica-impulsiva (thymós) e irracionalidad-apetitiva (epithymía) conviven en el alma humana en igualdad condiciones, pues cualquiera de las tres partes puede gobernar al ser humano. Si bien Platón insiste en que la naturaleza indica que la razón debe gobernar, que la impulsividad debe oficiar de auxiliar y que los apetitos deben obedecer, la evidencia fáctica lleva a contemplar la posibilidad de luchas facciosas intra-psíquicas que pueden dar como resultado hombres gobernados por el impulso-colérico o por los apetitos. Esto abre las puertas a nuevos y más complejos conflictos en el alma que, a criterio de algunos, llegarían incluso hasta la aceptación de la incontinencia.26
Pero Platón no siempre fue socrático. En su último diálogo, Leyes, el esquema intelectualista que se sostiene desde el Protágoras hasta República es revisado conforme un cambio profundo de la antropología subyacente: el ser humano de Leyes sí puede obrar contra lo que su racionalidad considera lo mejor (en principio para él mismo), dado que su naturaleza es intrínsecamente débil. El querer del homo socraticus era eminentemente fuerte, pues, como ya he dicho, todas las decisiones estaban encadenadas a lo que tal querer determina conforme lo que el agente considera el mejor curso de acción (en principio, para sí mismo); el error no se explica por debilidad volitiva, sino por ignorancia intelectual. En Leyes, en cambio, la naturaleza humana ya no es fuerte, sino débil: aun sabiendo que determinado curso de acción no es el mejor, un ser humano puede realizarlo, vencido por sus emociones irracionales.
De este modo, en Leyes se cierra la parábola que, en el recorrido propuesto en el presente libro, comenzó en la absoluta exterioridad de los dioses en tanto primera causa del viaje de Helena a Troya en el Encomio de Helena gorgiano, hasta una interioridad compleja y conflictiva, cuya independencia del agente es tal que lo lleva, incluso, a obrar en contra de sí mismo.
* * *
Conforme todo lo dicho, el presente libro se organiza en cinco capítulos en los que se aborda cada uno de los momentos conceptuales recién comentados. En el capítulo 1 analizo el Encomio de Helena gorgiano en tanto uno de los conglomerados heredados por Platón a propósito del problema de la voluntad humana. En el capítulo 2 analizo la presentación quizás más ortodoxa del intelectualismo socrático en el Protágoras platónico y su consecuente concepción monológica del alma, esto es: un alma sin fracturas internas, cerrada sobre la racionalidad. En los Capítulos 3 y 4 veremos las progresivas modificaciones que Platón hizo al esquema socrático, sobre todo en lo que al alma respecta, pues en el Gorgias se insinúa una bipartición del alma que luego, en República, se consuma como tripartita. No obstante, en ningún caso se abandona el intelectualismo socrático, por lo que la incontinencia no es una posibilidad, ni teórica, ni práctica. Finalmente, en el Capítulo 5 asistimos a la ruptura más tajante con la teoría de la acción socrática, pues veremos cómo en Leyes sí se acepta la posibilidad de una acción incontinente, conforme un cambio profundo de la antropología platónica en relación con los diálogos de juventud y madurez.
Reconocimientos
El presente libro fue escrito en el marco de un Proyecto de Investigación Científica y Tecnológica (PICT 0189-2016), financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT) del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación. Vaya mi reconocimiento a las instituciones estatales que siguen financiando la investigación científica incluso en áreas no directamente vinculadas con la producción e innovación tecnológica, sino con la formación y expansión de la sociedad en un aspecto menos tangible que la tecnología: la cultura. La formación cultural, clásica en particular, de los grandes científicos de los últimos siglos es testimonio más que suficiente de que la distinción entre ciencias blandas y ciencias duras, entre las exactas y las humanidades, no es más que otra trampa de un mercado que aboga por el vaciamiento de sus productos en pos de una mercantilización absoluta, incluso de los saberes.
Deseo agradecer, asimismo, a Gerardo Miño y, en su nombre, a la editorial Miño y Dávila, por recibir el libro con la mejor predisposición y apoyo. Valga también esto último para Julián Gallego, Director de la colección “Estudios del Mediterráneo Antiguo”, de cuyo honroso catálogo forma parte el presente volumen.
Esteban Bieda
Buenos Aires, Abril de 2020
Capítulo 1
El sofista Gorgias y el conglomerado heredado
Introducción
Yo, Helena, la más admirada y, con todo, la más injuriada…
Goethe, Fausto, Parte Segunda, III.1
El Encomio de Helena (EH) del sofista Gorgias tiene como objetivo relevar las causas que podrían haber llevado a Helena a huir junto con Alejandro hacia Troya. Dado que la intención de Gorgias es, contra ciertas versiones tradicionales de los hechos, eximir a Helena de responsabilidad, el texto recorre minuciosamente cada uno de los motivos que pudieron haber provocado que la más bella de las mujeres acabe embarcándose hacia la ciudad de Príamo. En el presente capítulo intentaré mostrar que, prestando atención a estas distintas alternativas, es posible ver, en primer lugar, que en todos los casos se trata de instancias eminentemente externas a Helena. En segundo lugar, mostraré cómo la enumeración de estas causas describe una cierta curva que va desde la exterioridad absoluta de la fortuna, los dioses y la necesidad hasta otro tipo de exterioridad que acaba internándose en lo más profundo del hombre: el amor (éros). Visto esto, concluiré que en el EH Gorgias insinúa una distinción que será fundamental para la filosofía práctica posterior: existen, por un lado, factores causales externos que inciden en el obrar humano –frente a los cuales el hombre no puede ser considerado responsable– y factores internos –ninguno de los cuales es presentado como tal por el sofista, ya que su intención es, como dije, eximir a Helena de responsabilidad–. Si bien el éros, caso más extremo de interioridad analizado por Gorgias, se halla en el interior del hombre, no es lo suficientemente independiente del exterior como para que Helena sea responsabilizada por lo hecho bajo su influjo.
Tal como adelanté en la “Introducción”, considero que en la concepción gorgiana del ser humano que aparece en el EH se condensa el estado de la cuestión que el propio Platón hereda en torno a estos mismos temas: un agente considerado dependiente de factores externos. Es esto lo que la propuesta socrático-platónica hereda y contra lo que, como veremos, opera su giro antropológico.
I. Dioses, azar y necesidad
En el primer grupo de causas por las que Helena puede haber viajado a Troya (A) hallamos: (i) “los propósitos de la fortuna”, (ii) “los mandatos de los dioses” y (iii) “los decretos de la necesidad”; luego vendrán (B) el secuestro con violencia física, (C) la persuasión mediante la palabra y, finalmente, (D) el enamoramiento. Cabe destacar que, según Gorgias, estas serían causas por las cuales Helena “hizo lo que hizo” (épraxen hà épraxen), de lo que se desprende que Gorgias no dice que Helena no haya actuado u obrado, sino que, según intentará mostrar, hizo lo que hizo por causas que la eximen de responsabilidad.
Comencemos, pues, por el análisis del primer grupo de causas que consiste, de manera evidente, en factores externos y ajenos a Helena.
(A) Con respecto a los propósitos de Fortuna (Týkhe), la orden divina y los decretos de Necesidad, es evidente que se trata de elementos externos que han incidido para que la mujer de Menelao hiciera lo que hizo. En efecto, en cualquiera de estos casos la divinidad es responsable, dado que “es imposible impedir el anhelo (prothymía) de un dios con la previsión humana” (§6). Resulta fácil eximir a Helena, pues se trata de razones naturales: lo naturalmente inferior –los hombres– no puede impedir a lo naturalmente superior –los dioses–, sino que, a la inversa, lo inferior es naturalmente gobernado y conducido (árkhesthai kaì ágesthai) por lo superior.
II. Violencia
Gorgias presenta la segunda causa, (B) el secuestro violento, mediante el siguiente tríptico: “si fue raptada con violencia, violentada (ebiásthe) ilegalmente e injustamente ultrajada, es manifiesto que el raptor (ho harpásas), en la medida en que ultrajó, cometió injusticia, mientras que la que fue raptada (he harpastheîsa), en la medida en que fue ultrajada, fue desafortunada (edystýkhesen)” (§7). En este breve parlamento están planteados, a mi entender, los elementos fundamentales de cualquier filosofía moral que se precie de tal, i.e. que intente hallar un criterio para adscribir responsabilidad. Nótese, en primer lugar, la oposición entre el participio pasivo referido a Helena y el participio activo para referirse al agente del rapto. Con esta diferenciación Gorgias deja abierta la puerta para la absolución de la esposa de Menelao utilizando como criterio el hecho de que el supuesto agente –sc. Helena– no es stricto sensu agente, sino objeto de esa fuerza: el hecho de que se haya movido hasta Troya no implica que haya actuado. Por otro lado, nótese que quien cometió injusticia fue el raptor, mientras que su presa fue víctima de la týkhe: se ve, pues, una oposición clara entre cometer un crimen (adikeîn) y ser desafortunado (dystykheîn). El verbo dystykhéo conecta esta segunda causa con el primer grupo, en el que se consideró a la Fortuna (Týkhe) como una de las causas. Si bien con el rapto por la fuerza ya no estamos ante un dios que ejerce una omnipotencia frente a la cual solo cabe la resignación, aquí también se trata de una desgracia, de un infortunio, pero de un infortunio no materializado ni llevado a cabo por la diosa Fortuna, sino por un agente humano, el raptor, que encarna y realiza el infortunio de su víctima. Esta segunda causa, pues, ya no es plenamente ajena a la realidad de Helena, dado que quien la habría forzado es un ser humano de carne y hueso.27 Nótese, así, que al no tratarse de una fuerza divina sino de la violencia de un ser humano sobre otro, estamos ante una alternativa menos exterior o ajena a Helena, por cuanto ella, si bien probablemente imposible de facto, podría haber impedido, de iure, que Paris la arrancara de Esparta.28 Comentando el primer grupo de causas vimos cómo los hombres no podían impedir la acción de los dioses, cosa que, respecto de esta segunda causa, ya no se puede afirmar. Estamos, evidentemente, ante un factor externo que determina lo que le ocurrió a una Helena que sigue desempeñando un papel eminentemente pasivo, pero que, a diferencia del caso anterior, ya no necesariamente pasivo. En este caso tampoco le cabe plena responsabilidad, pero sí, podríamos decirlo, más responsabilidad que si hubiese sido manipulada por los dioses.
Encarnada la fuerza, como en este caso, en un ser humano, la persuasión podría haber tenido lugar.29 Evidentemente, en caso de haber sido raptada por un agente humano, la violencia habría podido más que la palabra. Y esto es fundamental para mi interpretación del texto, dado que la persuasión mediante la palabra es la tercera causa relevada por Gorgias, causa que tendrá, así, menos condimentos externos que las anteriores. Los dioses, la Necesidad y la Fortuna son definitivos y terminantes; la violencia física de un tercero, si bien difícil de eludir, ya no es algo necesario, pero evidentemente es más determinante que la palabra, tercera causa más cercana a la esfera subjetiva del agente y a su campo de acción y posibilidades de elección.
Gorgias concluye el tratamiento de esta segunda causa dejando sentada, nuevamente, la oposición clara que existe entre quien actúa y quien padece: “él, en efecto, hizo cosas terribles; ella, en cambio, <las> padeció; es justo, por lo tanto, sentir piedad por ella y odio por él” (§7).
III. La fuerza engañadora del lógos, poderoso psico-fármaco
La tercera causa considerada por Gorgias consiste en (C) la posibilidad de que el agente que condujo a Helena no haya sido físico sino simbólico: la persuasión mediante la palabra (§§8-14). Como veremos en el desarrollo de este punto, el lógos persuasivo está íntimamente ligado con su capacidad de engañar: “si fue el lógos el que <la> persuadió, es decir, el que engañó su alma, entonces tampoco en relación con esto es difícil hacer una defensa y disipar la causa, del modo siguiente” (§8).
Lo primero que cabe destacar es que, si bien Gorgias habla del lógos –en tanto palabra o discurso– independientemente del hablante que lo profiere, lo cierto es que detrás del discurso se halla, en este caso puntual, Paris mismo. Esto es, si bien el lógos es considerado un “poderoso soberano (dynástes mégas)”, es preciso tener en cuenta que detrás de este soberano se encuentra el hablante. Esto se relaciona directamente con el modo de traducir la cláusula “lógois peistheîsa”, que a mi juicio no debe traducirse sin más como “persuadida por los lógoi”, sino “persuadida con los lógoi”.30 Más allá de las razones formales, se podría objetar el hecho de hacer del lógos gorgiano un mero instrumento, dado que se lo presenta, justamente, como algo capaz de “llevar a cabo (apoteléo) las obras más divinas” (§8). A mí entender, los parágrafos dedicados al lógos deben ser considerados de dos maneras distintas: en un sentido, Gorgias presenta las características y aptitudes formales y generales del lógos: su capacidad de llevar a cabo obras divinísimas, de engañar, de hechizar, etcétera; se trata de aquellas cosas que la palabra puede hacer debido a su propia naturaleza. En otro sentido, el lógos no es algo lo suficientemente autónomo como para materializar dichas aptitudes, esto es: no actualiza sus potencias sino por medio del hablante –ya sea del poeta o del retórico– que es quien a fin de cuentas aporta las intenciones concretas que la palabra, por sí misma, no tiene. Gorgias se despacha con una considerable descripción de los poderes del lógos para luego aplicarla al caso concreto de Helena, en el que alguien (Paris) quiso utilizarlo para convencer a otro alguien (Helena) de que hiciese algo determinado (viajar a Troya). El lógos mismo, si bien “gran soberano”, carece de las intenciones concretas capaces de direccionar su potencia hacia un fin determinado; dichas intenciones las aporta, en definitiva, el hablante. Así, la palabra es, en cierto sentido, agente de una acción –en la medida en que hace que ese otro al que persuade obre de un modo determinado–, pero al mismo tiempo es también instrumento de quien lo utiliza para persuadir de ese modo específico y no del contrario.
El lógos tiene, según Gorgias, un gran poder, una capacidad que, canalizada mediante la persuasión, puede resumirse en lo siguiente: la palabra engaña al alma, hace que el alma se equivoque. La aparición del engaño (apáte) en el contexto del tratamiento gorgiano del discurso trae a colación lo que numerosos especialistas remarcan: la herencia que recibe el sofista de la tradición poética.31 En este sentido, lo que más parece atraerle a Gorgias de la poesía, “lógos con medida”, es su capacidad de engañar:
La tragedia floreció y fue publicitada por haber sido, entre los hombres de entonces, un maravilloso espectáculo visual y auditivo, y por haber provisto a los mitos y pasiones <representadas> de un engaño (apáten) en relación con el cual, como dice Gorgias: “el que engañó es más justo que quien no lo hizo y el engañado más sabio que el no engañado” (B23).32
Gorgias consideró tan positivo el engaño poético como para afirmar, según Plutarco, que el engañado acaba siendo más sabio que quien no se deja engañar. Esto tiene que ver, como el propio Plutarco interpreta, con la sensibilidad del oyente que se deja llevar por el placer de las palabras, palabras que, si bien falsas, dejan su huella en el alma. Cuando Gorgias dice que el engañado es “más sabio” que el no engañado está queriendo decir que se vuelve, debido a su sensibilidad a las palabras, un connoisseur.33 Del mismo modo que el discurso poético, el lógos puede regocijar y deleitar o producir dolor y compasión (§14). Ahora bien, con respecto a la poesía como discurso engañador y la supuesta tradición en la que Gorgias se enrolaría, cabe señalar que es posible hacer un rastreo de autores cronológicamente anteriores a Gorgias que dan cuenta de la potencia engañadora de la poíesis. Si bien, al decir de Homero, las Musas son diosas que lo saben todo (íste pánta) (Ilíada II, 485), ya Hesíodo nos advierte sobre su capacidad de mentir:
Sabemos decir muchas falsedades semejantes a verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar cosas verdaderas (Teog. 27-28).
La verosimilitud de las falsedades que profieren las Musas –verosimilitud que viene dada por su semejanza con lo real-verdadero– nos recuerda tanto la verosimilitud buscada por Gorgias en su Encomio (mentada mediante el término “eikós”) como la exigencia de Aristóteles según la cual una tragedia tiene que narrar hechos verosímiles para así poder generar las pasiones correspondientes en el auditorio.34 En esta misma línea, ya entrado el siglo V, Píndaro canta:
Sí, es verdad que hay muchas maravillas, pero a veces también el rumor de los mortales va más allá del verídico relato: engañan por completo las fábulas tejidas de variopintas mentiras. El encanto de la poesía, que hace dulces todas las cosas a los mortales, dispensando honor, a menudo incluso hace que lo increíble sea creíble (Olímpicas I 28-33).
El léxico del engaño tal como es utilizado por Gorgias se hace presente en la lírica: los mŷthoi “engañan” (exapatônti) adornados con mentiras de toda clase y logran, de ese modo, el desideratum mismo de la retórica: que lo inverosímil o increíble (ápiston) se vuelva creíble (pistón). Siendo esto así, ¿cómo no servirse de las armas aportadas por la poesía, ese “lógos con metro”? Gorgias ve en esta capacidad connatural a la poesía un arma que, utilizada con habilidad y destreza, puede dar lugar a lo que la poesía arcaica no llegó a ser –porque tampoco lo pretendía–: una técnica articulada conforme regulaciones generales, es decir: una tékhne. Así, a diferencia del aedo inspirado o del canto de las Musas, el portador del lógos gorgiano prescinde de la intervención divina y hace un uso discrecional de los poderes de aquél.
El engaño del que habla Gorgias, diferente de la fuerza física, es mucho más efectivo que esta dado que hace que el persuadido obre por su propia cuenta creyendo que hace lo correcto. Ya no se trata de sucumbir a las fuerzas naturales de los dioses, la fortuna o la necesidad, ni a la fuerza física de otro hombre, sino de que el persuadido esté convencido de que debe hacer esto o aquello como para hacerlo motu proprio.35 Así, la causalidad pierde parte de su dimensión exterior al agente y gana en interioridad. Si Helena fue persuadida mediante la palabra, la involuntariedad de su acción estaría originada en la ignorancia: no conocía la (verdadera) dimensión de lo que hacía, puesto que fue engañada mediante el lógos. Esta capacidad de engañar se materializa, según enumera Gorgias, en los siguientes efectos: hacer cesar el temor, extraer el dolor (o la pena), infundir alegría, incrementar la compasión.
En lo que sigue, hasta el parágrafo §14, Gorgias se dedica a describir con precisión los efectos de la palabra en el oyente. En primer lugar, la poesía –“lógos con metro”– hace que el alma padezca una cierta afección propia de ella misma a partir de la fortuna de las acciones de los personajes. El poder del canto consiste en seducir, persuadir y, en definitiva, transformar el alma mediante un hechizo tal que hace de aquella algo distinto a lo que era antes de oír el canto en cuestión.36 Todo lo dicho hasta aquí confluye en la conclusión que Gorgias parece ir preparando desde el comienzo de su tratamiento del lógos:
Así pues, ¿qué causa impide que también en Helena, incluso no siendo joven, hayan entrado cantos del mismo modo que si hubiese sido raptada con violencia? (§12).37
El poder del lógos, considerado en este pasaje un canto (hýmnos), es comparado con la fuerza de la que se habló supra en el §7. De esta manera, Gorgias relaciona la tercera causa con la inmediatamente anterior –tal como antes había hecho con la fuerza, vinculándola con la týkhe al decir que la raptada fue, en cierto sentido, “desafortunada”–: la palabra es mutatis mutandis una especie de fuerza violenta capaz de movilizar al oyente del mismo modo que esta última a su víctima. De esta relación entre la palabra y la violencia, el sofista se remonta, una vez más, al primer grupo de causas para, de este modo, sacar a relucir el hilo que articula el argumento general: “en efecto, lo relativo a la persuasión posee un renombre contrario a la necesidad, pero posee, sin embargo, el mismo poder” (§12). Esto le sirve al sofista para enfatizar el carácter pasivo de Helena ante el poder del lógos, poder que, como decía más arriba, roza peligrosamente la interioridad del persuadido, que ya no es literalmente forzado a hacer algo sino que, persuasión mediante, lo hace por sí mismo. Ante una posible objeción que apunte a señalar que el persuadido, qua persuadido, no es forzado ni física ni materialmente a hacer lo que hace –motivo por el cual cargaría stricto sensu con cierta dosis de voluntariedad y por ello de responsabilidad–, ante esta posibilidad, decía, Gorgias extrema, finalizando su tratamiento, el alcance de las capacidades del lógos. Equiparar su poder con el de la necesidad le permite una conclusión como la siguiente:
En efecto, el discurso que persuadió al alma obligó (enánkase) a la que persuadió a obedecer las cosas dichas y a estar de acuerdo con las hechas. Por lo tanto, el que persuadió comete injusticia en la medida en que ha obligado, pero la persuadida, por el contrario, es gratuitamente difamada en la medida en que fue obligada mediante la palabra (§12).
Si al comienzo del Encomio se ha dicho que un alma ordenada es aquella que posee sabiduría (sophía), lo que hace el lógos parece ser, precisamente, desordenar un alma que ya no es sabia, sino presa fácil del engaño. Una vez más, la causa del obrar de Helena es puesta fuera de ella, en una persuasión que imprime su marca desde el exterior internándose en lo más profundo del alma. Los hechos no hubiesen sido como fueron si la palabra no hubiese re-formado la realidad “como quería” (§13).
Gorgias concluye su argumento en torno al lógos dando todavía un paso más en dirección a la contaminación externa que habría sufrido Helena: lo que una droga es a la phýsis corporal, lo mismo es el lógos a la disposición del alma (§14). En efecto, la palabra, como un phármakon, es capaz de dos efectos contrarios: puede generar placer y regocijo, pero también dolor y temor, puede envenenar (pharmakeúein) el alma “mediante una cierta persuasión malvada”. Obrando bajo los efectos de una droga, de lo que llamaríamos, literalmente, un “psico-fármaco”, la acción de la esposa de Menelao no puede haber respondido a su propio querer, querer atrapado por el bozal de las palabras de Alejandro que, como un sello caliente, dejaron su marca en el alma de la bella mujer. Esto le permite a Gorgias retomar la línea general del argumento:
Se ha dicho, en definitiva, que si fue persuadida mediante el lógos, no cometió injusticia, sino que fue víctima de la fortuna (etýkhesen) (§15).
Una vez más, y repitiendo un recurso ya utilizado, el argumento apunta a señalar que la verdadera causa, en caso de considerar al lógos, acaba siendo la týkhe: la persuadida tuvo la desgracia de ser persuadida. No se la puede juzgar por haber sucumbido a las garras del discurso por el mismo motivo que no se puede juzgar a quien, bajo los efectos de un somnífero, se queda dormido. Una vez más, la dependencia del exterior es lo que termina primando en la absolución. Cabría preguntarse, de todas maneras, en qué consiste específicamente la desgracia de Helena. Gorgias afirma que, de haber sido presa del discurso, no habría cometido injusticia, sino padecido una desgracia. Pero, ¿cuál es esta desgracia? Su desgracia fue haber escuchado a Paris, haber estado en el peor lugar y en el peor momento. La desgracia no consiste en que el phármakon haya hecho efecto, pues una vez tomado el somnífero, los efectos son necesarios. De lo que se trata aquí es de que Helena no sabía que en su copa, mezclada con el agua o con el vino, había una droga, una droga terrible y poderosa llamada lógos, cuyo progenitor era el huésped que su propio marido albergaba en su palacio.
IV. El éros: ¿pasión divina o divinidad pasional?
Que el éros resulta una cuarta causa entre las relevadas por Gorgias podría resultar evidente a partir del texto mismo del §15. Si bien el éros no aparece en la enumeración original de las causas que se realiza en el §6, llegados a este punto leemos lo siguiente: “pero <ahora> expongo la cuarta causa (tetárten aitían) con un cuarto argumento (tetártoi lógoi): en efecto, si fue éros el que hizo todas estas cosas, no será difícil escapar a esta <nueva> causa de la falta que, se dice, ha sido cometida” (§15).38
Tradicionalmente, el éros era concebido como una fuerza exterior al agente que, merced a la incidencia de alguna divinidad, se internaba en su alma en forma de una pasión frente a la cual el ser humano se hallaba indefenso. Si bien en los poemas homéricos no se alude al dios Éros, es posible ver cómo en ciertas ocasiones el éros se comporta de este modo, conquistando incluso al rey de las divinidades.39 En la Teogonía de Hesíodo (vv. 114 ss.), Éros existe, luego de Caos y Gea, desde el comienzo del cosmos; mas no se dan, allí, mayores precisiones sobre su incidencia en la estirpe mortal. Yendo hacia los tiempos de Gorgias, es nuevamente la obra de Eurípides un lugar paradigmático donde hallamos un éros que se introduce en el ser humano y lo domina: en el Hipólito asistimos al drama de una mujer, Fedra, cuyo sentimiento amoroso por su hijastro la invade y enferma:
Cuando el éros me hirió, buscaba cómo sobrellevarlo del mejor modo. Comencé, pues, por esto: callar y ocultar mi enfermedad (nósos) […] En segundo lugar, preví sobrellevar bien mi insensatez, venciéndola con la cordura. En tercer lugar, como no logré con estos medios gobernar a Cipris, me pareció que morir sería –nadie lo negará– la mejor de las resoluciones” (392-402).
Las palabras de Fedra son por demás elocuentes: éros es una enfermedad (nósos) que anula la posibilidad de pensar. Quien se halla bajo los influjos del amor no puede gobernarlo; la única manera de eludir la acción signada por el éros es la anulación de toda capacidad de acción: la muerte. El Coro canta la tiranía erótica que Eurípides describe con minuciosidad:
¡Amor, Amor, que desde los ojos chorreás deseo, introduciendo en aquellos a quienes declarás la guerra un dulce regocijo para el alma, jamás te me aparezcas junto al vicio ni vengas desproporcionado! Pues ni el dardo de fuego ni el de los astros es tan fuerte como el que sale de las manos de Afrodita… (525-532).40
Si bien el éros gorgiano no llega a ser una realidad plenamente interior al hombre, sí se acerca notablemente a su interioridad. La posibilidad de un sentimiento infundido totalmente desde el exterior –y, por ello, acabadamente heterónomo– no es contemplada en el Encomio, dado que el movimiento de progresiva interiorización que vengo rastreando en sus páginas exige que nos adentremos aún más en el alma humana. Superados los dioses, la fuerza y las palabras, Gorgias se aboca, pues, al amor.
En el §15 se presenta esta cuarta causa. Nótese, en primer lugar, que en ningún momento abandona Gorgias la idea de que Helena, aun cuando haya actuado, cumplió, con todo, un rol pasivo. En efecto, lo primero que se dice de éros es que fue “quien hizo” las cosas que ocurrieron. Es importante tener en cuenta este dato, dado que, si bien con este cuarto argumento se inaugura un nuevo momento en el plan general de la obra, ello no significa que estemos ante una Helena que, a diferencia de las otras tres alternativas, desempeña un rol voluntariamente activo. La pasividad de Helena es una constante que nunca se abandona en el Encomio: todas las absoluciones suponen, de hecho, este dato fundamental. No obstante ello, estamos, efectivamente, ante un nuevo tipo de causa: la progresiva interiorización que he rastreado en las tres causas anteriores se consuma en la incidencia que tiene el éros en el comportamiento humano, éros que extrema su inmersión en el alma a tal punto que puede provocar la ilusión de que el responsable absoluto por la acción es el enamorado.
Curiosamente, a esta presentación de la cuarta causa sigue un extenso excursus sobre la vista (ópsis) en tanto puerta de entrada al alma humana:
En efecto, las cosas que vemos no tienen la naturaleza que nosotros deseamos, sino la que a cada una <de ellas> tocó en suerte. Asimismo, el alma es moldeada, respecto de sus modos de ser, a través de la vista (§15).
En estas pocas palabras se resume el argumento general en torno a la incidencia de éros. Nótese, en primer lugar, cómo Gorgias se encarga de deslindar el aspecto físico de las cosas visibles del campo de acción humano: la naturaleza (phýsis) es independiente del deseo. Así pues, no se nos puede responsabilizar porque algo o alguien luzcan bien o mal a la vista. El deseo se dirige hacia aquello que tiene una forma determinada, forma que no depende de nosotros.
La verdadera potencia de la visión respecto de su capacidad para alterar la conducta humana es presentada como sigue:
Algunos, después de ver cosas temibles, hasta renunciaron a la posesión del pensamiento que estaba presente en aquel momento: a tal punto el temor extinguió y derrotó a la inteligencia. Y muchos abrazaron enfermedades vanas, dolores terribles y locuras incurables: a tal punto la vista inscribió en el pensamiento imágenes de las cosas vistas (§17).
Gorgias distingue la percepción sensible de la esfera intelectual señalando que la segunda es proclive a sucumbir a lo captado por la primera: la vista puede derrotar, incluso extinguir, al pensamiento del mismo modo que el agua extingue el fuego. Esto genera, como es lógico, enfermedades características de un alma que enloquece al encontrarse rodeada de imágenes inscriptas por la vista, imágenes que la rodean y pervierten: “por medio de los ojos, de la vista, no solo nuestra retina es impresionada, sino que se determina toda nuestra actitud en relación con el mundo. Por medio de la ópsis ‘vemos’ el mundo de una cierta manera, y esta manera de ‘ver’ el mundo deriva de una relación particular según la cual nosotros somos siempre los actores y no simples espectadores”41. Una vez más, Gorgias da cuenta de una situación en la cual el alma es deformada por un elemento exterior que la violenta lo suficiente como para enfermarla, pero no tanto como para anular su capacidad de actuar. A esto último se refiere Casertano cuando dice que, aun víctima de la incidencia de un mundo que la hiere mediante la vista, el alma no se vuelve simple espectadora, sino que sigue actuando. Si bien el pensamiento ha sido ‘extinguido’ por la aísthesis, esto no impide que el alma siga determinando un curso de acción. Lo que sí impide es que dicho curso de acción responda a los dictados de la inteligencia, agobiada, mareada por las imágenes visuales. Las decisiones ulteriores ya no responderán a las deliberaciones y consideraciones racionales que el alma del individuo pueda llevar a cabo, sino a las reacciones suscitadas por los estímulos visuales: “muchas cosas <visibles> infunden en muchos <seres humanos> amor y deseo de muchos objetos y cuerpos” (§18). Se ve aquí, pues, el fuerte lazo con el que Gorgias anuda cuerpo y alma: la visión toma su objeto del exterior, pero tiene consecuencias en el alma del ser humano.
Ahora bien, ¿de dónde surge esta antropología gorgiana? ¿Cuáles son sus fundamentos o antecedentes filosóficos? La respuesta a estos interrogantes se encuentra en el objetivo mismo del Encomio: hubiese sido inverosímil, evidentemente, presentar un alma capaz de liberarse del influjo de la percepción sensible. ¿Quién habría de negar que las imágenes visuales engendran en el alma apetitos y deseos? Un buen orador no puede ir contra el sentido común y Gorgias es un buen orador: “existe un lazo tan estrecho entre el cuerpo y el alma, entre la visión de los ojos y la del espíritu (esprit), que si surge la tentación de separar estos dos elementos, habría riesgo de perder de vista el sentido verdadero de ser humano y de no comprender para nada su relación con el mundo”.42
Finalmente, dicho todo esto a propósito de la vista y de su poder de modificar el alma humana, la conclusión llega en el §19:
Por lo tanto, si el ojo de Helena, complacido con el cuerpo de Alejandro, proveyó a su alma un anhelo (prothymía) y un conflicto de amor, ¿qué es lo asombroso? Si éros, siendo un dios, tiene la potencia divina de los dioses, ¿cómo podría quien es inferior ser capaz de apartarlo y repelerlo? Pero si, por otra parte, <éros> es una enfermedad humana (anthrópinon nósema) y un error-por-desconocimiento (agnóema) del alma, no hay que censurarlo como si fuera un error-por-desmesura (hamártema), sino considerarlo una desgracia (atýkhema). Pues llegó como llegó debido a los lazos del alma, no a las deliberaciones del juicio; debido a las constricciones del éros, no por los recursos del arte.
En este pasaje confluyen todos los temas y argumentos relevados desde el comienzo. Tratándose de las consecuencias generadas por el éros en el alma humana, sentimiento que penetra en lo más profundo del ser humano a través de la vista, Gorgias considera dos posibilidades. Hallándonos en el nivel más cercano al interior del agente, en un sentimiento característico de la psykhé, se hace, a su vez, una nueva distinción: éros puede ser considerado un dios –que ha invadido al agente– o una enfermedad humana. En ambos casos estamos ante una instancia que manda desde el interior, de una instancia que, si bien originada en o motivada por el exterior, se interna para operar desde allí. En cuanto a la primera alternativa, que éros sea un dios, la absolución de Helena es sencilla: basta con releer lo dicho a propósito de los dioses en el §6.
La segunda alternativa nos ubica lo más cerca del hombre que podemos llegar en el Encomio: si éros fuese una enfermedad humana, esto es, una instancia con la que los dioses nada tienen que ver, incluso en ese caso Helena quedaría eximida. Gorgias dobla la apuesta en una partida que ya tenía ganada: habiendo podido quedarse con la concepción tradicional del éros qua divinidad, opta por dar un último paso que deja a la bella mujer en el filo mismo de la responsabilidad al hacer del éros una instancia específicamente humana. Esta segunda alternativa se completa cuando se lo llama “agnóema” del alma, término que he traducido “error-por-desconocimiento”. Se trata de un tipo específico de error originado en la falta de gnôsis por parte del agente.43 Diferente de este tipo de yerro es el hamártema: deudor de cierto tipo de falta o culpa (hamartía), el hamártema sí implicaría cierta responsabilidad para su ejecutor.44 Finalmente, si se trata de una enfermedad que hace que el alma obre sin saber lo que realmente hace –de modo tal que pierde su forma y se interna en los abismos de la ignorancia–, el viaje a Troya no solo no es una injusticia, sino que se lo debe considerar, con toda propiedad, un infortunio (atýkhema). En palabras de Mazzara: “Gorgias no dice nunca que Helena obró bien, solo describe un fenómeno conforme sus leyes naturales, que son las que son y que no dependen de nosotros. Ha habido un error, mas se trata de un infortunio, de un atýkhema, en el cual el nóema ha sido abrumado (travolto) por una verdad que no era la suya sino aquella de los ojos”.45 Una vez más, como hemos visto en los parágrafos anteriores, Gorgias cierra su argumento para eximir a Helena señalando a la týkhe como verdadera culpable por los acontecimientos.
Como hemos visto a lo largo del análisis del Encomio, la fortuna ocupa un papel primordial en las sucesivas absoluciones de Helena. No solo es la primera de las causas posibles entre las relevadas –oportunidad en la que la presenta, míticamente, como una Diosa–, sino que constituye el punto al cual se vuelve en cada una de las alternativas restantes. Es llamativo, al mismo tiempo, que el sofista no tenga necesidad de justificar que, de haber sufrido un atýkhema, Helena quedaría ipso facto absuelta. Cada uno de los pasos de la argumentación consiste, a fin de cuentas, en mostrar que Helena ha sido víctima de la týkhe.46
V. Conclusión: la ‘cosmética’ gorgiana para eximir a Helena.
Mi objetivo en el presente capítulo ha sido rastrear una progresiva interiorización de las sucesivas causas presentadas por Gorgias en el EH. Conforme este criterio, el esquema del argumento gorgiano, el kósmos del lógos, sería algo como lo que sigue:
A) Un primer grupo de causas integrado por el tríptico:
A.1) Fortuna
A.2) Dioses
A.3) Necesidad
B) Una segunda causa identificada con la violencia física (de un tercero).
C) Una tercera causa identificada con la palabra (de un tercero).
D) Una cuarta causa identificada con el éros (producido por un tercero)
Según vimos, tras superar rápidamente el primer grupo de causas (A), Gorgias concluye que, de haber sido forzada por un tercero (B), Helena no sería culpable pues en realidad habría padecido un infortunio (A.1). Asimismo, de haber sido persuadida mediante la palabra (C), tampoco sería culpable, pues esto sería equivalente a decir, o bien que fue forzada (B) –lo cual implica, como se dijo recién, que estaríamos ante un infortunio (A.1)–, o bien que fue compelida (A.3) o infortunada (A.1). Por último, de haber huido a causa del éros (D), si éste es un dios, entonces quedaría eximida por las mismas causas que en (A.2), pero si es una enfermedad humana, habría padecido un infortunio (A.1).
Como se ve, todos los caminos coinciden en la týkhe: las tres causas (B), (C) y (D) acaban siendo reconducidas a la primera de todas (A.1). Mientras tenemos una sola recurrencia a la Necesidad (A.3) –al tratar el lógos– y una sola recurrencia a los dioses en general (A.2) –al tratar el éros–, Gorgias recurre a la týkhe en tres oportunidades al tratar las tres causas (B), (C) y (D). El kósmos del lógos es, pues, claro. No es casual que en el extremo superior quede la fortuna, punto que, por ser el más exterior según la presentación hecha en el Encomio, es aquel al que Gorgias vuelve una y otra vez al concluir cada uno de los argumentos. La týkhe es, evidentemente, lo más alejado de las capacidades humanas, aquello que algunas décadas más adelante Aristóteles calificaría como una causa “al margen de lo calculable” (parálogos).47 En el otro extremo, no casualmente tampoco, el éros encarnado, dándole forma al alma enamorada.
En el §21 Gorgias concluye: “quité, mediante el discurso, la infamia de una mujer; permanecí en la norma (nómos) que coloqué al principio del discurso…”. En el presente capítulo he querido mostrar que este nómos, la “norma” que guía la exposición gorgiana, es justamente este movimiento de progresiva interiorización que va desde la týkhe hasta el éros, pero sin que la interiorización se consume por completo. Incluso en el caso de la mujer que huye presa del amor –instancia más interior entre las relevadas–, dicho sentimiento tiene su origen, o bien en un dios –con lo cual se reconduce al exterior–, o bien en el aspecto físico del ser que lo genera. En este último caso, la causa del viaje también es reconducida hacia el exterior: no solo se trata del cuerpo de un otro, sino que haberse enfrentado a ese cuerpo para, así, caer en el estado de enamoramiento, es calificado como un infortunio.
En definitiva, en ningún caso se contempla la posibilidad de que algo interno haya operado como resorte último del obrar de Helena. La antropología gorgiana del EH describe a un ser humano que, a fin de cuentas, se halla inevitablemente sujeto a lo que sus circunstancias externas disponen. Nada parece quedar para el agente que, incluso en lo que a sus sentimientos eróticos respecta, es una mera víctima del mundo.
Con respecto a esta conclusión, se podrá objetar que Gorgias no está intentando, en el EH, una descripción histórica de lo ocurrido con Helena ni, mucho menos, una “antropología” con una raigambre teórica sistemática; más bien, continuará la objeción, se trata de un discurso epidíctico cuyo objetivo es ensayar una defensa verosímil y persuasiva de un personaje mítico, sin comprometerse, por ello, con una concepción determinada de la relación entre el ser humano y su entorno cósmico. Esta objeción, a mi entender pertinente, me obliga a precisar todavía más el alcance de la conclusión del presente capítulo. No pretendo afirmar que la antropología gorgiana describe un ser humano cuya identidad no alcanza, en ningún caso, para sobreponerse a las imposiciones del medio circundante. Más bien he querido resaltar el hecho de que, en el marco de las pretensiones retóricas del sofista, están dadas las condiciones simbólicas y conceptuales para que afirmar algo por el estilo resulte verosímil. Dicho de otro modo: poco me importa si Gorgias cree o no que la situación del ser humano en el mundo es tal como la que describe en el EH, donde la responsabilidad por los actos recae inevitablemente en agentes o circunstancias externas. Lo que sí quiero destacar es que, en su opúsculo, dicha situación es posible, y es posible porque es verosímil. Gorgias, quizás uno de los mayores retóricos de la antigüedad clásica entre los que conocemos, evalúa que las condiciones de su auditorio le permiten construir un argumento en el cual todas las causas posibles del obrar humano sean reconducidas hacia el exterior. De allí que resulte también verosímil que haya sido, en parte al menos, sobre esta base que la antropología platónica que veremos en los capítulos que siguen se construye: un retórico exquisito consideró verosímil hacer del hombre un ser fatalmente sujeto a la fortuna, desconociendo la relevancia de los resortes internos del obrar. Como veremos en lo que sigue, frente a este “conglomerado heredado”, Sócrates-Platón irrumpe con un ser humano cuya interioridad irá siendo, con el correr de los textos, cada vez más relevante, en detrimento de las incidencias del medio externo.
Capítulo 2
Querer, saber y poder en el Protágoras. Alcances y límites del llamado “intelectualismo socrático”
Introducción
Yo, por mi parte, creo que es mejor para mí que la lira desafine y desentone, y también el coro que podría dirigir, y que muchísimas personas no estén de acuerdo conmigo y digan cosas contrarias a mí, antes que, siendo yo uno solo, sea disonante conmigo mismo.
Platón, Gorgias 482b-c
¿No te parece que me pasé la vida preparándome para defenderme?
Jenofonte, Apología de Sócrates §3
En mi análisis de la tríada querer-poder-saber en el Encomio de Helena de Gorgias vimos un querer humano que, si bien diferenciado de los resortes externos tradicionales que lo manipulaban, no logra desprenderse de la constante e inevitable incidencia exterior de la fortuna (týkhe). No obstante ello, Gorgias representa un paso decisivo en la progresiva autonomización del querer que me propongo analizar. Dicho avance consiste, fundamentalmente, en haber hecho de pasiones humanas como el éros una instancia específicamente humana y no una marca divina. En contraste con ciertas manifestaciones de la tragedia de la época, donde el éros es una enfermedad que el hombre recibe desde afuera de sí,48 el sofista también lo considera una enfermedad, pero una enfermedad humana: Helena no debe ser eximida porque el amor es algo ajeno a su persona, sino que debe ser eximida, en todo caso, por haber tenido la desgracia de enfrentarse con el ser amado. El hombre gorgiano elige y hace todo aquello que su querer le indique siempre y cuando ello esté en su poder, esto es: cuando la fortuna no se interponga en su camino. La responsabilidad por la acción supone, asimismo, que el agente sabe lo que (verdaderamente) hace al momento de hacerlo. Querer, saber y poder se conjugan, así, dando lugar a una teoría de la acción en la que la libertad de actuar reconoce los impedimentos externos como único obstáculo para seguir el curso de acción deseado. El hombre gorgiano está, si se me permite la expresión, preso en el mundo.
En lo que sigue analizaré la concepción del querer humano tal como aparece formulada en el Protágoras platónico,49 donde encontramos una de las grandes novedades para mi línea general de trabajo: la inclusión del saber del agente como variable central para analizar los resortes formales de la acción. Sócrates no solo centra su atención en lo que el agente quiere y puede, sino fundamentalmente en lo que sabe o cree que sabe al momento de actuar. De este modo, a los componentes fáctico-materiales (poder) y desiderativo-volitivos (querer), que Gorgias privilegiaba en el Encomio, se añade un tercer elemento necesario para completar el complejo andamiaje que se activa en la toma de cada decisión: el componente epistémico (saber).
Como veremos, si bien Sócrates también tiene en cuenta la incidencia de factores externos al momento de considerar los resortes formales del actuar, frente a la acechanza de dichos factores privilegia los propios impedimentos y obstáculos interiores que aquejan al agente: si alguien sabe que esto está bien o cree que esto está bien, entonces, toda vez que le sea materialmente posible hacerlo, lo hace. Más importante aún, no puede sino hacerlo. Si lo mejor a criterio del agente no llegara a ser materialmente posible –y, por ello, irrealizable–, entonces el agente optará por el mejor curso de acción incluso entre alternativas que, de ser otras las condiciones materiales, no serían elegidas.
El querer del agente socrático es, pues, presa inalienable de su estado epistémico. Actúa, mas está obligado a actuar siempre en conformidad con su querer, querer que, a su vez, está obligado a tener por objeto siempre lo que se sabe o lo que se cree bueno.50 Se intuye, así, el porqué de la fundamental e inclaudicable importancia dada por Sócrates a la constante revisión de los propios saberes, revisión plasmada en la máxima délfica del “conócete a ti mismo”: el problema de las opiniones falsas no radica en sus consecuencias epistemológicas, sino en las acciones moralmente defectuosas a las que darán lugar.
I. El dominio del saber: la analítica socrática de la prâxis51
I’m sinking in the quicksand
of my thoughts.
And I ain’t got the power anymore…
D. Bowie, “Quicksand”
a) Breve contextualización del problema en el diálogo
El Protágoras resulta una de las mejores fuentes para analizar la teoría socrática de la acción, dado que es allí, entre las páginas 350a y 359a, donde tiene lugar una de las exposiciones más complejas del así llamado “Intelectualismo socrático” (IS). De visita en Atenas, el sofista Protágoras, huésped de Calias, se presenta frente a un público selecto que incluye a otros grandes sofistas como Pródico e Hipias. Sócrates se muestra entusiasmado por la visita de quien considera “el más sabio” de los hombres (309d). En un primer momento, la polémica gira en torno a la enseñabilidad de la areté –defendida por Protágoras y criticada por Sócrates–. La conversación con Protágoras se inicia a propósito de la profesión de este último, quien reconoce ser sophistés y educar a los hombres (317b). El primer episodio resulta, pues, de la consabida pregunta socrática a propósito del tipo de conocimiento que imparten los sofistas: ¿en qué se beneficiaría alguien aprendiendo de Protágoras? La respuesta del abderita es contundente: “el objeto de mi enseñanza es el buen consejo acerca de los asuntos domésticos –de modo que < el alumno> pueda administrar su casa del mejor modo– y acerca de los asuntos de la pólis –de modo que pueda ser el más poderoso de la ciudad, tanto en el hacer como en el decir–” (318e-319a).52 Lo que Protágoras enseña es, en definitiva, la “ciencia política” (politikè tékhne). Para responder a la objeción de Sócrates de que la politikè tékhne –así como la areté en general– no es enseñable, Protágoras narra su famosa versión del mito de Prometeo. La conclusión del relato es que Zeus ha repartido la justicia (díke) y la moralidad (aidós)53 entre los hombres para posibilitar, por un lado, que se unieran en defensa de las bestias –que, de vivir solos, los devorarían– y, por el otro, para evitar que ellos mismos se atacaran entre sí, cosa que ocurriría debido a la falta de la sabiduría política (politikè sophía) –el ser humano solo poseía la “sabiduría técnica” (éntekhnos sophía) que Prometeo robara a Hefesto junto con el fuego–. Lo fundamental de todo esto es que, a diferencia de las demás tékhnai, repartidas una a una a cada ser humano en particular, la díke y la aidós fueron repartidas por Zeus por igual, “a todos los hombres y que todos participen <de ellas>” (322d). Esto le permite a Protágoras afirmar que la areté no es natural, no es constitutiva de la naturaleza humana, sino enviada posteriormente por Zeus.54 Así, al no ser algo ni natural ni puramente azaroso, se trata de un producto del cuidado (epiméleia), de la práctica (áskesis) y de la enseñanza (diadokhé) (323d-e). La prueba de esto es el castigo a los malhechores: dado que se los castiga no para vengar su crimen, sino con vistas al futuro para que no obren mal de nuevo, “si se tiene este pensamiento, se considera que la areté es pasible de ser adquirida mediante la educación (paideutén)” (324b). Luego de esto el diálogo se abre al problema de la unidad de la areté (329c ss.), problema que desemboca en un violento desacuerdo entre Sócrates y Protágoras a propósito del modo en que se deben examinar estas cuestiones: si con discursos breves o con discursos largos (334a-335c). Ante la amenaza de que Sócrates abandone la contienda, intervienen Calias, Alcibíades, Pródico e Hipias dando distintas razones para que la discusión continúe. Finalmente, acuerdan seguir con el debate pero primero según las reglas de Protágoras y luego según las de Sócrates.
Entre las páginas 339a y 347a, bajo la guía del sofista, tiene lugar uno de los primeros ejemplos de análisis literario de los que tenemos noticia a propósito de un poema de Simónides de Ceos. Luego, desde 348a en adelante, la investigación continúa según las reglas propuestas por Sócrates. Tanto en el segmento dedicado al análisis del poema como en lo que le sigue, el IS es presentado en detalle.
b) El dominio del saber: la analítica socrática de la prâxis
Los versos de Simónides que analizan Sócrates y Protágoras no son casuales. La intención de Platón es, evidentemente, ingresar en el tema que lo ocupará hasta el final del diálogo: la relación entre saber, querer y poder. Dicho de otro modo, la relación entre la areté, el estado epistémico del agente, sus deseos, y sus capacidades de actuar en virtud del medio circundante. Luego de una serie de discusiones a propósito del alcance de algunos términos, Sócrates cita los siguientes versos de Simónides a propósito de una polémica en torno a un dicho de Pítaco:
Pero alabo y aprecio a todo <hombre>,
quienquiera que no hiciere nada vergonzoso voluntariamente (hekón);
contra la necesidad, sin embargo, ni siquiera los dioses hacen la guerra (345d).55
La cita le sirve al hijo de la partera para introducir el tema de la posibilidad o no de actuar mal a sabiendas. Si bien de los primeros dos versos se desprende que de hecho es posible hacer algo vergonzoso voluntariamente, la sentencia proverbial que clausura la cita descarta dicha posibilidad en aquellas oportunidades en que la necesidad está presente. Hay aquí una sutil pero fundamental alternativa en lo que hace a la traducción: he traducido el adjetivo hekón dependiendo del verbo hérdei, como predicativo de hóstis (“hacer voluntariamente nada vergonzoso”), en virtud de la exégesis que se hará del pasaje luego de citar los versos. Sin embargo, hekón también podría depender, como hace notar Sócrates en 345e4, de epaínemi y de philéo y funcionar así como predicativo del sujeto de dichos verbos –i.e. de Simónides mismo–. La traducción, en este segundo caso, sería:
Pero alabo y aprecio voluntariamente a todos y a cada uno,
quienquiera que no hiciere nada vergonzoso;
contra la necesidad ni siquiera los dioses hacen la guerra.56
A mi entender, esta segunda alternativa de traducción desvirtúa el tema de la posibilidad del mal obrar voluntario y es producto de la violencia que ejerce Sócrates sobre el texto del poeta a fin de generar la ambigüedad necesaria para lo que discutirá posteriormente, a saber: la involuntariedad de Simónides mismo al momento de tener que alabar a ciertos tiranos (345b-c). En esta misma línea, Croiset señala que “Simónides opone las faltas voluntarias a aquellas que la necesidad excusa. Aquí, otra vez, Sócrates violenta el texto. Esto le permite traer una idea que estima y dirigir una crítica a Simónides a propósito del reproche de mantener relaciones con dinastías poderosas o tiranos tales como Scopas, Hiparco o Hierón”.57 Por su parte, Taylor, quien traduce como yo, señala que “la asimilación de Sócrates del pensamiento del poeta con una de sus propias tesis implica una perversión descarada (blatant) del sentido llano del poema”.58
Volviendo al texto, se ve cómo Sócrates tergiversa su sentido para concluir que no es posible hacer algo vergonzoso de manera voluntaria:
Simónides, en efecto, no era tan ignorante como para alabar a aquellos que no hicieren nada malo voluntariamente (hekón), como si existieran algunos que hacen males voluntariamente. Yo, en efecto, estoy casi seguro de esto: ninguno de los varones sabios cree que alguno de los hombres yerra voluntariamente (hékonta examartánein) o realiza cosas vergonzosas y malas voluntariamente, sino que tienen bien sabido que todos los que hacen cosas vergonzosas y malas las hacen involuntariamente (ákontes) (345d-e).
Hallamos aquí una de las clásicas presentaciones del IS. La cita se inicia con una sutil ironía socrática que apela a la buena reputación intelectual de Simónides y a su crítica a Pítaco: ante lo que podría pensar quien se acercase sin cautela al poema –a saber, lo que sostiene Pítaco: que es posible obrar mal voluntariamente pero que él solo alaba a quienes no lo hacen–, Sócrates advierte que Simónides no era tan carente de educación como para afirmar lo que, tal como lo presenta el filósofo, es una imposibilidad de suyo. En un primer momento, pues, Sócrates afirma que el poeta no habla como si existiese alguien que realiza acciones malas voluntariamente. En lo que sigue se precisa lo que el poeta habría querido decir: apelando a la anónima autoridad de “los sabios”, el filósofo comenta los versos del poeta casi en los mismos términos puntualizando que lo malo y lo vergonzoso no se hacen voluntariamente (hekón) sino invountariamente (ákon). Pero además de esto, Sócrates incluye subrepticiamente algo que no se hallaba explícito en el poema: junto a la imposibilidad de realizar acciones éticamente reprobables voluntariamente, se agrega la imposibilidad de errar (examartánein) voluntariamente. La aparición del error acerca la discusión hacia el tema de la relación entre el actuar y el saber del agente: el error se comete, al menos entre otras causas posibles, por ignorancia de lo que realmente se quería hacer. Como observa Vigo, “errar” no debe entenderse aquí como algo moralmente negativo, i.e. en tanto “hacer el mal”, sino como una simple desviación respecto del curso deseado, desviación que se debe eminentemente a una falla cognitiva.59 El yerro del que se habla aquí no es de índole moral, sino cognitiva: en definitiva, como mostrará Sócrates, si no se sigue el curso deseado de acción, i.e. si se yerra, es porque no se sabía qué era lo que se hubiese querido hacer. Se creyó que lo mejor era algo que a posteriori resultó peor que otra alternativa posible. El error no ocurre porque el agente es malo, sino porque el agente es ignorante. Dado que de haber estado al tanto de ese segundo curso de acción, mejor que el elegido, el agente lo hubiese seguido, su acción es considerada involuntaria, lo cual permite afirmar, así, que “nadie yerra voluntariamente” sino solo por ignorancia.60
Ya desde la antigüedad este planteo ha resultado poco intuitivo: quién puede negar que hay personas que obran mal sabiendo que lo están haciendo. Basta con observar los hechos y encontraremos infinidad de casos.61 En este punto se hace necesario, tratándose de una discusión en la que se está analizando el poema desde un punto de vista filosófico o, cuando menos, conceptual, precisar un poco los términos. ¿Qué quiere decir Simónides cuando utiliza los términos “voluntariamente (hekón)” e “involuntariamente (ákon)”? En 348c ss. la discusión pasa a manos de Sócrates que, conforme sus propias reglas dialécticas, guía una indagación a propósito de la naturaleza de la areté directamente relacionada con los tópicos tratados hasta aquí.
La pregunta socrática es la siguiente:
La sabiduría, la moderación, la valentía, la justicia y la piedad, aun siendo cinco nombres, ¿acaso se refieren a un único asunto o para cada uno de estos nombres subyace una esencia (ousía) particular, es decir: una cosa que tiene, cada una, una capacidad propia, no siendo cada una de ellas como la otra? (349b).
A lo cual Protágoras responde:
Yo te digo, Sócrates, que, por el contrario, todas estas cosas son partes de la areté y que cuatro de ellas son bastante similares entre ellas, aunque la valentía es algo que difiere mucho y por completo de todas ellas. Sabrás que yo digo cosas verdaderas de este modo: encontrarás, en efecto, que la mayoría de los seres humanos, siendo injustísimos, harto impíos, harto intemperantes y harto ignorantes, son, con todo, eminentemente valientes (349d).
Como se ve, Protágoras ha hablado de cinco aretaí en términos de partes; la prueba que da para ello es que no siempre conviven en el mismo ser humano, esto es, hay personas injustas e impías pero valientes. Si bien Sócrates ha sido, como se sabe, un defensor de la unidad de la areté,62 a esto hay que sumarle el hecho de que Protágoras afirma que puede existir un hombre que, siendo máximamente ignorante, es también valiente. ¿Se puede ser virtuoso sin tener conocimiento? ¿O acaso la práctica misma de la areté supone ser conocedor?63 En lo que sigue Sócrates muestra que el valiente no puede ser ignorante: quien realiza actos de supuesta valentía sin saberlo es más bien audaz o temerario (tharraléos) que valiente (andreîos).64 En efecto, de quien actúa siguiendo los parámetros de lo que se considera valiente pero sin estar al tanto de ello sino que marcha “enloquecido” (mainómenos), resultan acciones moralmente vergonzosas, no valientes.65 Esta discusión abre las puertas a la analítica socrática de la prâxis, centrada no tanto en la acción resultante, sino los resortes sobre los cuales descansa. Una acción puede ser a simple vista valiente, pero si el estado epistémico del agente al momento de realizarla no es el de la sabiduría –esto es, si el agente no es un “conocedor” (epistémon) de lo que está verdaderamente haciendo sino que obra bajo los efectos disruptivos de una locura momentánea–, entonces no se trata stricto sensu de una acción valiente, dado que su ejecutor no obra según los parámetros de lo valiente.66
En 351b el argumento sufre un quiebre: el examen de la valentía se desvía hacia la contribución del placer a la vida buena. Este desvío no implica, con todo, un abandono del tema central –i.e. la unidad (o no) de la areté–, tema que, como veremos, es retomado hacia el final del diálogo. Al comienzo mismo de este debate Sócrates se aboca a la cuestión del conocimiento, cuestión que interesa particularmente para lo que estoy tratando:67
¿Cómo te encontrás, <Protágoras>, en relación con el conocimiento? ¿Acaso también a vos, como a la mayoría de los seres humanos, te parece esto o <te parece que es> de otro modo? Acerca de conocimiento, la mayoría opina algo de esta clase: que no es algo ni fuerte, ni capaz de guiar, ni capaz de gobernar. No piensan, acerca de él, que es algo así, sino que, cuando a menudo el conocimiento está presente en alguien, no lo gobierna el conocimiento, sino algo diferente: a veces el impulso-pasional, a veces el placer, a veces el dolor, otras veces el amor y a menudo el miedo. <Y opinan esto> por pensar sin pericia acerca del conocimiento, tal como <lo harían> acerca de un prisionero-de-guerra, arrastrado en derredor por todas esas cosas. Entonces, acerca del conocimiento, ¿acaso también a vos te parece que es algo de esa clase? ¿O <te parece> que es algo noble y capaz de gobernar al ser humano, y que, toda vez que alguien conozca las cosas buenas y las malas, no podría ser dominado por nada –de modo de hacer otra cosa distinta a la que el conocimiento ordenase–, sino que la sensatez sería suficiente para auxiliar al ser humano? (352b-c)
En pocas líneas Sócrates presenta los postulados básicos de su teoría de la acción. La mayoría opina que el conocimiento es débil y que, por ello, no puede gobernar a un ser humano que sucumbe a ciertas fuerzas irracionales: el thymós, el placer, el dolor, el éros y el miedo. Pero esta mayoría, denuncia Sócrates, piensa sin pericia y por eso llegan a concluir que la epistéme es un esclavo, dominado por los placeres. De aquí en más, y hasta el final del diálogo (358d), la argumentación consistirá en descifrar qué es realmente eso que la mayoría llama “ser dominado por los placeres”.
Pero la posición de Sócrates no es esta sino la que presenta inmediatamente a continuación, a saber: que el conocimiento es algo noble y que gobierna sin más al hombre. En la extensa pregunta que estoy analizando aparecen tres términos fundamentales del léxico político: la epistéme “gobierna” (árkhein) al ser humano, que “es sometido” (kratethênai) por ella, y le “ordena” (keleúein) lo que debe hacer.68 La dominación que ejerce el conocimiento es, como se ve, prácticamente igual a la que el dolor, el thymós, el placer, el éros y el miedo ejercían sobre su esclavo en la opinión de la mayoría. Es por ello que el querer del homo socraticus en ningún caso deja de ser un botín de guerra, esto es: Sócrates en ningún momento tiene la intención de liberarlo. Lo que el hijo de la partera pretende es que el vencedor en la batalla que se libra para gobernar en el ser humano no sean bajas e innobles pasiones, sino la verdad, el bien, la justicia, la moderación. Y estas cosas, las aretaí, son, en el marco de su pensamiento, contenidos epistémicos. De allí su afán no tanto por liberar al ser humano de todo tipo de sujeción, sino por que dicha sujeción inevitable se corresponda con los valores más elevados. Esa era su misión en Atenas: instar a cada ciudadano a autoconocerse y a purgarse de falsos conocimientos y creencias con el fin de obedecer a lo que vale la pena obedecer. La epistéme le “ordena” al agente lo que debe hacer tal como el dios le ordena a Sócrates su misión en Atenas: frente al hecho de que los atenienses le ordenan que debe morir, las leyes de la pólis le ordenan quedarse y no escapar.69 Se trata, pues, de un mandato, de una orden que el ser humano, indefenso, siempre obedece. Se trata, en definitiva, de un saber omnipotente que, una vez adquirido, no puede ser desobedecido. Algunas páginas antes, y a propósito del supuesto poder de la enseñanza de los sofistas, hay un pasaje fundamental para este tema:
Y en efecto, existe, por cierto, un peligro mucho mayor en la compra de aprendizajes que en la compra de alimentos. Porque es posible apartar en diferentes vasijas los alimentos y bebidas comprados al traficante y al comerciante y, antes de recibirlos en el cuerpo, tomando o comiendo, se puede pedir consejo tras depositarlos en la casa […]. Pero no es posible apartar los aprendizajes en una vasija antes de incorporarlos, sino que, tras depositar el pago, tras haber recibido el aprendizaje en el alma misma, esto es: tras haber aprendido, es necesidad salir dañado o beneficiado (314a-b).
¿Por qué, luego de aprender, alguien sale necesariamente dañado o beneficiado? ¿En dónde radica la diferencia con los alimentos? Si conectamos este pasaje con lo que vengo comentando, ocurre que el aprendizaje, es decir: el conocimiento, guía indefectiblemente las acciones. Si dicho aprendizaje es genuino, el agente saldrá beneficiado; pero si no es genuino, obrará mal. Allí radica la verdadera preocupación socrática frente a la sofística y sus enseñanzas dudosamente fidedignas: partiendo del supuesto de que lo aprendido indefectiblemente “ordena” al ser humano lo que debe hacer y que este se halla indefectiblemente “sometido” a lo que su repertorio epistémico le ordena, la fase decisiva resulta previa al momento en que se aprende, pues, una vez incorporado, el aprendizaje no puede sino operar de manera efectiva en la toma de decisiones. De este modo, Sócrates adelanta lo que será un punto fundamental de su posición: no solo el conocimiento (verdadero de suyo) tiene poder para dirigir el obrar del agente, sino también las falsas creencias como las que comercian los sofistas. Mientras tales creencias sigan siendo verdaderas a criterio del agente, operarán como guías efectivas del obrar. Es en este mismo sentido que Aristóteles, analizando y discutiendo precisamente la teoría socrática de la acción, afirma que el intemperante (akólastos) es incurable, a diferencia del incontinente (akratés), que puede curarse: este último se arrepiente de lo realizado mientras que el primero no. Y eso ocurre debido a que en el incontinente “se salva lo mejor: el principio (arkhé)” (EN 1151a25). Esta “arkhé” que se salva en el incontinente es, precisamente, el conocimiento de lo real y verdaderamente mejor, conocimiento que el intemperante no solo no tiene sino que, peor aún, es reemplazado por la creencia de que lo mejor es la vida voluptuosa. Emulando el pasaje del Protágoras recién citado, el intemperante ya no puede apartar sus falsas creencias en otra vasija, pues ya las ha incorporado; es, al decir de Aristóteles, incurable (aníatos): “parece, en efecto, que la maldad <como en el caso del intemperante> es propia de enfermedades como la hidropesía y la tisis, mientras que la incontinencia es como en el caso de los epilépticos: la primera es una maldad continua y la segunda no continua” (EN 1150b32-35).
Volviendo al pasaje 352b-c, es por todo lo dicho que Sócrates concluye que la sensatez (phrónesis) es suficiente para auxiliar, para rescatar al ser humano: esta phrónesis se basta a sí misma para guiar al hombre por el buen camino. En efecto, al agente socrático le basta con saber que una alternativa es la mejor o bien con creer que es así para quererla y, en la medida en que le resulte materialmente posible, seguirla.
El mal se debe, así, a una falla epistémica del agente y no a una falla vinculada con su querer: se trata de una falla cognitiva, no volitiva. El querer nunca falla, siempre se dirige a lo que se considera bueno. La falla puede darse en lo que el agente tiene por “bueno” y “malo”, pero no en sus ansias de realizarlo.70 En palabras de Vigo: “toda vez que un agente elige algo, y precisamente en la medida en que lo elige, lo elige por considerarlo al mismo tiempo como bueno […] El fin de una acción, en tanto objeto del deseo que motiva la producción de dicha acción, es intencionado siempre al mismo tiempo como un bien (sub specie boni)”.71
El pasaje 352b-c termina con una pregunta. La respuesta de Protágoras no se hace esperar: “parece que es, Sócrates, como decís; al punto que, si realmente para otro es vergonzoso, también lo es para mí decir que la sabiduría y el conocimiento no son, en modo alguno, lo más dominante de todas las cosas humanas” (352c-d).72 Luego de este primer acuerdo entre Sócrates y el abderita a propósito de que es siempre el conocimiento el que domina, se pasa al análisis específico de lo que cree la mayoría: qué significa “ser dominado por los placeres y no hacer lo mejor debido a estas cosas”.
II. El placer y el bien son tipos de conocimiento
a) La monarquía del bien
La mayoría de los hombres cree que, cuando son gobernados por los placeres corporales, hacen cosas que se saben inmoralmente-dolorosas (ponerá). El adjetivo “ponerós” que utiliza Sócrates en 353c7 no es casual y debe entenderse con precisión. Platón utiliza varios sinónimos para dar cuenta de lo moralmente reprobable –aiskhrón, kakón, phaûlon– pero en este caso puntual elige “ponerós”, adjetivo estrechamente ligado con el sustantivo “pónos”, usualmente traducido por “trabajo”, “fatiga”, “dolor”.73 El término tiene, además, un sentido moral negativo altamente atestiguado que, debido a su valor originario, no debe confundirse con otros adjetivos del mismo campo semántico: algo “ponerón” es algo doloroso pero, en algunos casos puntuales, algo “inmoralmente-doloroso”, algo que provoca un tipo específico de dolor, un dolor vicioso o vergonzoso, un dolor no-virtuoso. Visto de este modo, se entiende por qué Sócrates detecta la contradicción en la que incurre la mayoría de los hombres al afirmar que algo placentero puede ser, al mismo tiempo, inmoralmente-doloroso (ponerón). La respuesta que, según Sócrates, daría la mayoría es que dichas cosas no son ponerá debido al placer que procuran en el momento en que se realizan, sino debido a las enfermedades y miserias que causan en el futuro. Desambiguada la cuestión de que la maldad de las acciones placenteras no tiene que ver con un dolor-inmoral concomitante, sino con eventuales dolores-inmorales futuros, sí se las puede calificar de “moralmente-malas” (kaká) en sentido estricto: “no son malas por la acción del placer presente mismo, sino a causa de las cosas que surgen después, enfermedades y otras por el estilo” (353d-e). Las acciones placenteras catalogadas como viciosas no lo son tanto por el placer que generan en el momento, sino porque, tras haberlas realizado, generan un malestar a futuro. A la inversa, así como hay cosas placenteras-viciosas también hay, en el mismo sentido, cosas buenas-dolorosas (agathà aniará) como la gimnasia y los cuidados médicos que, si bien molestos y dolorosos al momento de realizarlos, conllevan un bienestar futuro. Hay, efectivamente, una distinción entre el corto y el mediano/largo plazo que implica, a su vez, una distinción entre medios y fines, distinción que hace de la acción presente un medio con vistas a lo que es objeto verdadero de nuestro deseo: el fin. Sócrates se centra, como se ve, en el placer mismo, que de inmediato se identificará con el bien, antes que en sus consecuencias. “Placer” significa, en definitiva, “mayor placer que dolor” en términos de cierta evaluación que el agente debería realizar entre el presente y las consecuencias futuras de sus actos.
En este punto (355a-b) el argumento llega a una conclusión que ya había sido adelantada en 351c-e: Sócrates le hace aceptar a la mayoría que lo bueno no es otra cosa que placer y que lo malo no es otra cosa que dolor. Según lo dicho más arriba, los hombres persiguen el placer en la medida en que es un bien y huyen del dolor por ser un mal: en efecto, el sometimiento a dolorosos tratamientos médicos solo se explica debido a que se considera que el bienestar futuro es un bien mayor que el mal que implican los dolores del tratamiento. Ahora bien, tras realizar esta especie de cálculo hedonista que incluye una reflexión a propósito de las consecuencias futuras del acto, si acaso los dolores –y, por lo tanto, los males– futuros fuesen mayores que los placeres presentes, en ese caso la acción ya no sería catalogada como buena, sino como mala. Sócrates volverá sobre la posibilidad concreta de realizar este cálculo hedonista más adelante, cosa que también haré yo.
El siguiente pasaje, aunque extenso, da cuenta de esta primera conclusión a la que llega Sócrates; le habla a esa mayoría que cree que la incontinencia es posible:
Pues les digo que, siendo esto así, el argumento se torna ridículo, toda vez que ustedes digan que un ser humano, sabiendo a menudo que los males son males, de todos modos los realiza –cuando le es posible no hacerlo– conducido y transportado por los placeres. Y de nuevo, al mismo tiempo, ustedes dicen que el ser humano, conociendo los bienes, no quiere realizarlos a causa de los placeres presentes, dominado por ellos. Resultará del todo manifiesto cuán ridículas es eso si no nos sirviéramos de múltiples nombres: para “placentero” y “doloroso”, por un lado, y para “bueno” y “malo”, por el otro. Dado que, por el contrario, estas cuatro cosas se revelaron como siendo dos, llamémoslas también con dos nombres: en primer lugar, con “bueno” y “malo”, y luego, a su vez, con “placentero” y “doloroso”. Ahora, tras poner las cosas de este modo, digamos que el ser humano, sabiendo que los males son males, de todos modos los realiza. Si alguien, entonces, nos preguntara:
– ¿Por qué?
– Dominado –diremos.
– ¿Dominado por quién? –nos preguntará aquél. Pero ya no nos es posible decir “por el placer”, pues “placer” ha adoptado otro nombre en lugar de “placer”: “bien”. Respondámosle, por lo tanto, y digamos:
– Porque es dominado.
– ¿Por quién? –dirá.
– ¡Por el bien! –diremos– ¡por Zeus!
Entonces, si el que nos pregunta fuese un chistoso, se burlará y dirá:
– Si alguien realiza males sin tener la necesidad de realizarlos, sabiendo que son males, dominado por los bienes, ustedes dicen algo verdaderamente ridículo (355a-d).
El recurso de la reducción al absurdo permite a Sócrates concluir que, incluso en aquellos casos en los que decimos que alguien obra mal a sabiendas, no lo hace queriendo el mal ni movido por el vicio, sino a causa del bien. No se puede obrar mal a sabiendas; cuando creíamos que era posible, Sócrates mostró que lo que en realidad manda es el bien.
Este argumento ha recibido una crítica según la cual Sócrates, a diferencia de la mayoría que tiene una concepción corto-placista del placer –i.e. consideran que el placer que los vence contra lo que saben mejor es el placer inmediato, el placer del corto plazo–, tiene una concepción del placer que lo compromete con el largo plazo. Gosling y Taylor, representantes de esta crítica, sostienen que no es cierto que el agente esté uniformemente motivado por el deseo de una única meta última, sino que “al tiempo que su última meta es el mejor balance de placer sobre dolor, el agente es extraviado por el deseo de un placer inmediato, independientemente de los efectos a largo plazo”.74 Si esto fuese efectivamente así, no tendría sentido lo que Sócrates afirma en 355c, a saber: que el incontinente sería vencido por un bien que ya ha sido identificado con el placer. Y no tendría sentido porque, según la postura de Gosling y Taylor, no es el placer inmediato el que Sócrates identifica con el bien, sino el placer del largo plazo. Sin embargo, en ningún momento del diálogo Sócrates diferencia el placer inmediato del placer a largo plazo respecto de la posibilidad o no de identificarlo con el bien. Según vimos, el placer es un bien en sí mismo, sea presente o futuro, más allá de lo que de él resulte posteriormente:
Al preguntar si el placer mismo (tèn autèn hedonén) no es un bien, digo esto: si, en tanto que placenteras (kath’ hóson hedéa), no se trata de cosas buenas (351e).
La aclaración “kath’ hóson hedéa” pretende dar cuenta de que se está preguntando por el placer mismo y no por sus consecuencias. Es cierto que Sócrates está especialmente interesado en las consecuencias futuras de los actos presentes, pues es allí donde se explican, por ejemplo, aquellas acciones catalogadas como viciosas en las que aparentemente domina el placer (inmediato). Sin embargo, en el Protágoras no parece estar en juego una distinción explícita entre placeres buenos y placeres malos.75 Por este motivo, el único aspecto en virtud del cual se pueden diferenciar dos placeres distintos no es cualitativo, sino cuantitativo. Todos los placeres, en tanto placeres, son buenos. La diferencia radica en la mayor o menor cantidad de placer que dos instancias reporten para el agente. Homogeneizando las motivaciones que pueden llevar al agente a tomar sus decisiones, eliminando toda diferencia cualitativa en nuestros objetos de deseo, Sócrates logra eliminar las instancias irracionales como orígenes posibles del actuar: si la homogeneidad cualitativa de dos cursos de acción alternativos es absoluta; si su heterogeneidad se reduce, por lo tanto, a aspectos cuantitativos; y si, por otra parte, dichos aspectos cuantitativos, en tanto que cuantitativos, pueden ser racionalmente calculables y reducidos a valores numéricos, entonces toda instancia humana que esté por fuera de su capacidad calculadora queda descartada como origen de la toma de decisiones.
Así, el hecho de realizar una acción dolorosa en el presente se explica por la mayor cantidad de placer que dicha acción proveerá en el futuro. Como se ve, es posible sostener que Sócrates está pensando (también) en el largo plazo sin tener que comprometerse con la interpretación de Gosling y Taylor. No se trata de que solo es bueno el placer futuro, sino de que lo que hoy guía mi acción lo hace por el hecho de ser cuantitativamente más placentero que el bien que me podría reportar realizar una acción dolorosa con vistas a sus consecuencias futuras.
En 356a Sócrates analiza la posibilidad de que alguien objete la distinción entre bienes y males presentes y futuros: “sin embargo, Sócrates, difiere en mucho lo placentero presente de lo placentero y doloroso futuro” (356a). La objeción pretende señalar que el presente es más determinante que el futuro respecto de la toma de decisiones, con lo cual, en última instancia, siempre se tiene en cuenta el aquí y ahora.76 Esta objeción de Protágoras resuena en la descripción hecha por Tucídides de la situación que se vivió en Atenas durante la peste del 429 a.C.: “nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin considerado noble, puesto que no tenía la seguridad de no perecer antes de alcanzarlo; lo que resultaba agradable de inmediato y lo que de cualquier modo contribuía a ello, esto fue lo que pasó a ser noble y útil”.77
La respuesta de Sócrates a esta objeción apunta a la valoración de placeres y dolores independientemente del momento presente o futuro, esto es: las decisiones no se toman en virtud de cuándo tendrán lugar el placer o el dolor, sino en virtud de la obtención de mayor cantidad de placer posible y la evitación de la mayor cantidad de dolor posible. Si el presente es doloroso, pero implica un futuro con un placer mayor a ese dolor presente, entonces se buscará el dolor bajo la regencia del placer futuro:
Si se pesaran cosas placenteras frente a cosas dolorosas, y si las dolorosas fuesen sobrepasadas por las placenteras –tanto si las cercanas en el tiempo fuesen sobrepasadas por las lejanas, como si las lejanas fuesen sobrepasadas por las cercanas–, entonces se debería realizar esa acción en la que ocurriese eso <sc. donde las placenteras sobrepasan a las dolorosas> (356b).
Como se ve, es indistinto el presente y el futuro si de mayor placer se trata. El criterio de demarcación es, en el Protágoras, estrictamente cuantitativo. Es por este motivo que Nussbaum interpreta que el Sócrates del Protágoras no es hedonista, sino que iguala el placer con el bien con el fin de poder hacer del segundo algo cuantificable. A la incapacidad del bien de ser cuantificado de un modo más o menos objetivo, se le opone la posibilidad que sí tiene el placer de ser medido de un modo asequible a cualquiera.78
Hemos llegado, en este punto, a la siguiente conclusión: ser derrotado por el placer es ser derrotado por el bien, porque “placer” y “bien” son dos nombres para lo mismo. Esta derrota es inevitable: no hay posibilidad de rehuir el bien-placer que, si forma parte del repertorio epistémico del agente, gobierna indefectiblemente su querer. Incluso cuando creemos realizar una acción mala-dolorosa a sabiendas, lo que está operando como causa de nuestro querer es un bien-placer futuro. En este punto surge, sin embargo, una complicación: nuestro querer siempre desea aquello que consideramos bueno-placentero, pero, ¿qué garantía hay de que lo que tenemos por bueno-placentero es realmente bueno-placentero?
b) Bienes reales y bienes que (a)parecen tales al agente
No se puede distinguir la verdad de una ficción investida de afecto.
S. Freud, Carta 69
Se abren aquí dos cuestiones: por un lado, el tema de la diferencia entre el bien real y el bien que al agente le (a)parece tal (phainómenon agathón).79 Por el otro, se confirma que la analítica socrática de la prâxis, su “teoría de la acción”, marcha por una senda distinta –aunque complementaria, claro está– a la de su propuesta ética: una cosa es decir que el querer humano siempre aspira al bien, y otra es la discusión en torno al contenido material concreto de lo realmente bueno. En este sentido, el IS no enuncia una fórmula para obtener agentes moralmente buenos, sino que se centra en los resortes formales en los que descansan todas las decisiones humanas, las buenas y las malas, a saber: toda acción tiende a lo que el agente tiene por bueno, a lo que el agente sabe bueno o cree bueno, al menos bueno para él, independientemente de que ese bien sea realmente bueno o no.80 Como se ve, Sócrates no afirma que el agente siempre elige lo realmente bueno según los parámetros socialmente consagrados, sino que, en términos estrictamente descriptivos, muestra que todo ser humano actúa con vistas a un bien-placer que es tal en virtud de sus propias consideraciones particulares, esto es, en conformidad con lo que le (a)parece (phaínesthai) bueno, lo sea efectivamente o no.81 La única condición que las decisiones del agente deben cumplir es la de la “racionalidad interna”, esto es, cada nueva decisión debe es coherente, de facto, con todo el repertorio de decisiones pasadas y con los deseos y creencias del agente. Este requisito de “racionalidad interna” reafirma que la teoría socrática de la acción no tiene, en principio, pretensiones estrictamente morales.82 El mejor testimonio de la “racionalidad interna” de Sócrates se halla en un pasaje de la Apología de Jenofonte: al preguntarle Hermógenes si no debería preparar los argumentos para su defensa, el hijo de la partera le responde:
¿No te parece, en efecto, que me pasé la vida preparándome para defenderme? […] Pasé <toda mi vida> sin hacer nada injusto, y esto es precisamente lo que considero la mejor práctica de una defensa (§3).
La conducta de vida, el repertorio de decisiones coherentes entre sí, es la mejor defensa contra las acusaciones que pesan sobre Sócrates:
Yo, por mi parte, creo que es mejor para mí que la lira desafine y desentone, y también el coro que podría dirigir, y que muchísimas personas no estén de acuerdo conmigo y digan cosas contrarias a mí, antes que, siendo yo uno solo, sea disonante conmigo mismo. (Gorgias 482b-c).
Hay, pues, dos discusiones distintas: una, de índole descriptiva, se centra en cómo y por qué el hombre actúa como actúa, más allá del contenido material de la meta que persigue. La otra, de índole normativa, apunta a descubrir el contenido concreto-material de los bienes reales. Denomino “teoría socrática de la acción” a la primera, y “ética socrática” a la segunda.83
¿Qué rol juegan los bienes que (a)parecen tales en esta discusión? Nadie, repite Sócrates una y otra vez, obra mal a sabiendas o voluntariamente. Todo agente actúa con vistas a un bien-placer. Ahora bien, ¿cómo explicar la acción de quien, a criterio de un tercero, obra mal? Si se le pregunta por qué lo hizo, sin dudas contestará que eso era lo que consideraba mejor-más placentero en sus circunstancias particulares. ¿Cómo es posible, entonces, calificar de “mala-dolorosa” a dicha acción? Pues bien, ocurre que el agente ha seguido lo que consideraba un bien cuando en realidad, equivocado, siguió un bien que solo le (a)parecía tal, no el bien real. Paradójicamente, el agente hizo aquello que, de haber poseído conocimiento, no hubiese querido hacer. Así, en lo que hace a la materialización concreta en una acción, no hay diferencia entre lo que es efectivamente bueno y lo que al agente le (a)parece bueno, aun cuando no lo sea:
Si, por lo tanto, lo placentero es bueno, entonces nadie, ni cuando sabe ni cuando cree (oúte eidòs oúte oiómenos) que existen otras cosas mejores que las que hace, y <que son> posibles de hacer, hace estas cosas si es posible hacer las mejores (358b-c).
“Ni cuando sabe ni cuando cree” significa que nada importa, en términos formales, si el agente sabe que la acción a realizar es buena o si simplemente lo cree. Al momento de tomar una decisión concreta, el status epistemológico de lo que se tiene por bueno es indiferente: basta con creer que es así para realizarlo. Se podría dudar del tipo de oposición que Platón establece aquí entre creer y saber: si se trata (i) de un conocimiento frente a una opinión verdadera; (ii) de un conocimiento frente a una opinión falsa; o (iii) de una opinión verdadera frente a una opinión falsa. Respecto de esta triple posibilidad, si bien me inclino a creer que Sócrates está pensando en (iii), lo cierto es que poco importa a los fines de la discusión: todo ser humano, sepa o crea –verdadera o falsamente– que lo que hace es lo mejor, lo hace. De allí la insistencia socrática en someter a examen las propias opiniones. Ahora bien, dado que esta creencia puede resultar falsa a la postre, el error moral es posible pero a posteriori, es decir: sin intención previa. Su explicación, como Sócrates intenta defender en el Protágoras, tiene que ver con una falla epistemológica, con un yerro cognitivo que el agente solo podría verificar con posterioridad a la acción, pues si lo verificara antes de decidir, no lo haría.84
Esté equivocado o no en cuanto al bien material que persigue, el querer del agente se dirige hacia él por definición. La condena moral solo tendrá sentido, pues, desde la perspectiva de una tercera persona, dado que, desde el punto de vista de la primera persona, toda acción es intencionada como buena-placentera: “a quien está en el error, y en la medida precisa en que lo está, el error justamente no se le revela como error, sino que se le aparece más bien como lo contrario de lo que realmente es, es decir, como genuino saber […] Desde la perspectiva de la primera persona, la diferencia entre error y saber tiene un carácter auto-ocultante”.85 En una línea similar, Gómez-Lobo señala que “no puedo estar equivocado al querer lo que es mejor para mí, pero puedo equivocarme al pensar que X es lo mejor para mí”86. El agente moral no puede sino querer lo que, por el mero hecho de ser querido, es un bien (en principio para él), es la meta “correcta” (en principio para él). Dado que esto es así invariablemente, pasa a un segundo plano si eso que se quiere responde a un saber digno del título de “epistéme” o a una simple creencia. En este sentido, en palabras de Carone: “no parece ser verdad que solo deseamos cosas buenas; más bien parece que lo máximo que Sócrates puede reclamar es que deseamos en todos los casos lo que creemos que es bueno”.87
Todo ser humano quiere ser feliz.88 El hecho de que alguien no quiera ser feliz solo se podría explicar porque no ser feliz lo haría feliz. Así, Gulley entiende que “aun cuando nadie, excepto cuando es compelido, actuará contrariamente a lo que quiere, mucha gente, sin compulsión, hará lo que está mal sin saber que está mal. Y es posible decir de esta gente que todos ellos desean alcanzar lo que es ‘realmente’ bueno y que si supieran lo que es ‘realmente’ bueno, no harían lo que es ‘realmente’ malo”.89 Se confirma, así, lo que decía más arriba: nadie puede obrar contra lo que su querer tiene por bueno. De este modo, conceptos como “bueno” y “ventajoso” pierden toda carga moral en la teoría socrática de la acción, por cuanto hacen referencia al individuo en primera persona que, así, se vuelve, en lo que a la estructura formal de la prâxis respecta, inevitable criterio de lo mejor para sí mismo. En este sentido, no hay que perder de vista el modo en que se define la ignorancia en este contexto:
Tener una opinión falsa (pseudê dóxan) y engañarse-con-mentiras (epseûsthai) acerca de asuntos muy valiosos (358c).
Ignorar no es la ausencia de saber. Ignorar no es lo contrario a lo que denominaré “estado epistémico materialmente determinado”, esto es: ciertos contenidos proposicionales mínimos, sean o no verdaderos, que hacen que ningún agente moral sea una tabula rasa. Para Sócrates todos sabemos o creemos saber algo. Ignorar es, más bien, lo contrario a lo que denominaré un “estado epistémico proposicionalmente verdadero”. Nadie es ignorante en el sentido de que no sabe nada; todos, cuando sabemos o cuando creemos, tenemos una determinada idea acerca de lo que es bueno (en principio para nosotros). Así, a los efectos del actuar es indiferente si contamos con conocimiento o con una opinión acerca de lo bueno: en cualquier caso actuamos conforme lo que consideramos mejor, lo sea o no realmente. Esto tiene como consecuencia que las acciones que el agente realiza, sabiendo o creyendo, son, en la propuesta socrática, voluntarias, dado que lo que nadie haría voluntariamente es dejar de hacer eso que se sabe o cree bueno: “en el Protágoras no son solo aquellos que saben lo que está bien quienes actúan voluntariamente. Una acción voluntaria es cualquier acción elegida como un curso de acción posible, ya sea que se sepa o bien que se crea bueno”.90 Una acción involuntaria sería, en definitiva, la que se hace en desacuerdo con el objetivo que el agente hubiese tenido en caso de haber sabido lo que era realmente bueno (al menos para él) y, por lo tanto, lo que hubiese querido hacer verdaderamente. Este componente del IS que se podría denominar “egoísta” –según el cual el agente siempre e indefectiblemente está pensando en lo que considera un bien ante todo para sí mismo91– es explícitamente referido en una de las clásicas formulaciones de los Memorabilia de Jenofonte:
Y al preguntarle si consideraba que quienes conocen (toùs epistaménous) lo que hay que hacer pero hacen lo contrario son sabios e incontinentes (akrateîs) al mismo tiempo, <Sócrates> respondía:
– En absoluto son más <sabios> que los no-sabios (asóphous) e incontinentes, pues creo que todos, eligiendo entre las cosas posibles lo que creen que es más conveniente para ellos (autoîs), lo hacen. Por lo tanto, considero que quienes actúan incorrectamente no son ni sabios ni sensatos (III.9.4).92
Así, las diferencias entre los seres humanos en lo que hace al actuar excelente o virtuoso no se explican en función del deseo de lo bueno o de lo malo, porque que todos, inclusive el tirano –como veremos más adelante-, desean lo que consideran bueno para sí mismos. Lo que diferencia es el tipo de saber que cada quien haya alcanzado: quienes tienen conocimiento de lo bueno son sabios –i.e. desean lo realmente bueno–, mientras que quienes tienen opiniones falsas son ignorantes –i.e. desean lo que (a)parece bueno–. Pero en ambos casos hay deseo de algo bueno (para el agente).
c) El placer y el bien son tipos de conocimiento
Llegados a este punto, cabe destacar los tres movimientos centrales de la argumentación socrática:
(i) la distinción entre los placeres y dolores presentes y los futuros;
(ii) la equiparación entre placer y bien, por un lado, y dolor y mal, por el otro;
(iii) el supuesto de que es posible realizar un cálculo de los placeres y dolores, presentes y futuros.
Si (i) el dolor presente se padece pensando en el placer futuro –placer futuro que (iii) de alguna manera puede calcularse y preverse–; y si, asimismo, (ii) el dolor es un mal y el placer un bien; entonces podemos concluir que el mal (presente) se hace, en realidad, a causa del bien (futuro), con lo cual dicho mal termina siendo, stricto sensu, un bien. Ya comenté las posibles objeciones al paso (i) de la argumentación.
Tras hablar, como vimos en 356b, del placer en términos de cierto “sopesar”, Sócrates define la felicidad como el realizar las mayores magnitudes y rehuir las más pequeñas haciendo referencia, claro está, a los placeres: bajo el supuesto de la equiparación entre placer y bien, actuar bien es equivalente a obtener el mayor placer posible. Este tema nos lleva directamente al problema planteado en (iii): el de la posibilidad de una cierta técnica que nos permita medir y sopesar placeres y dolores. Para ello Sócrates introduce la “técnica de medición” o “técnica métrica” (metretikè tékhne),93 cuya función es doble: por un lado, se utiliza para calcular los placeres y dolores respecto de la variable temporal presente-futuro; por el otro, es el modo más seguro, según Sócrates, de evitar las trampas tendidas por el poder de lo que (a)parece (he toû phainoménou dýnamis):
La técnica métrica, ¿le quitaría autoridad a esa apariencia (phántasma) y, tras manifestar lo verdadero, haría que el alma tuviese tranquilidad al permanecer en lo verdadero y salvaría su vida? ¿Acaso los seres humanos acordarían que la técnica métrica nos salvaría en relación con estas cosas o <dirían que lo haría alguna> otra <técnica>? (356d-e).
Nótese, en primer lugar, que la medida ordena la experiencia humana aportando tranquilidad al alma y permitiéndole, así, descansar en el terreno firme de lo verdadero. El “poder de la apariencia” que la medida combate es falaz, inconstante, mudable y, por ello, fuente de imprevisibilidad e intranquilidad para el alma. Es la calculabilidad –como contracara de la incidencia de la fortuna– lo que, al decir de Sócrates, nos puede salvar la vida. La metretikè tékhne opone a lo que (a)parece su acción de “hacer manifiesto” (deloûn): al poder de los phantásmata contrapone el poder de lo real. Por otro lado, la técnica de medición restablece el orden jerárquico que debe imperar en el humano sano al hacer que lo que simplemente (a)parece se vuelva ákyron, carente de autoridad. Ahora bien, ¿en qué consiste esto “verdadero” que la metretiké hace evidente? El concepto de “autoridad” es fundamental aquí: no se trata tanto de que la técnica métrica modifica las apariencias descubriendo la verdad que se oculta ‘detrás de’ o ‘en’ ellas, sino de que restablece el orden jerárquico que debe existir en el alma. La apariencia sigue siendo apariencia dado que la certeza intelectual no es tan potente como para modificar, por ejemplo, el testimonio confuso de los sentidos, mas ahora dicha apariencia ya no cuenta con el poder (suficiente) como para que el agente decida conforme a ella.94
Algo similar a esta especie de clarificación de lo dudoso lo hallamos, una vez más, en el Menón, en el marco de la diferenciación entre “opinión verdadera” y “conocimiento”:
Las opiniones verdaderas, durante el tiempo que permanezcan, vuelven noble el asunto <del que se trate> y buenas a todas las cosas, pero no desean permanecer mucho tiempo, sino que escapan del alma del hombre, de modo que no son muy dignas (áxiai) hasta el momento en que alguien las ata con un discernimiento de la causa <por la cual son verdaderas> (aitías logismôi) (97e-98a).
La opinión, incluso verdadera, escapa del agente porque este, ignorante del porqué que sustenta su verdad, no tiene armas espistemológicas para sellarla definitivamnte en su alma. Por ese motivo, o bien puede sucumbir a una apariencia alternativa que, por las razones que fuere, le resulte más convincente que la opinión en cuestión, o bien puede creer que lo que está sosteniendo es en realidad falso y apartar de sí, sin saberlo, la verdad. El discernimiento de la causa, la capacidad de juzgar lógicamente el porqué de la verdad de lo verdadero, es el modo no solo de clarificar la duda que inevitablemente acosa a quien sostiene una opinión (sea o no en definitiva verdadera) sino también, como ocurre mutatis mutandis con la técnica métrica del Protágoras, el modo de quitar autoridad al poder de lo aparente, oponiendo, en su contra., el insuperable poder de lo verdadero-consciente.95
Volviendo al terreno del Protágoras, poco a poco Sócrates ha recuperado el hilo principal de su argumento. Cabe agregar que el sopesar de la técnica métrica no es, como se podría creer, cualitativo, sino cuantitativo: la prueba de ello es la equiparación que se hace entre esta técnica de medición y su par encargado de medir y calcular aritméticamente lo par, lo impar, lo mayor o lo menor; dado que en ambos casos se trata de medidas, ambas son “conocimientos”, epistêmai.96 Así, Sócrates vuelve al problema inicial de si acaso es posible que los placeres gobiernen al ser humano por encima de lo que sabe (o cree) bueno. No se da el caso, como pretende la mayoría, de que el placer mueve al agente al error moral, sino que, cuando esto ocurre, es porque el agente en realidad ignora lo que en verdad es lo mejor, ignora que el mayor placer no se halla donde creía. Esto ocurre porque quien se equivoca siguiendo al placer lo hace, en realidad, debido a la carencia de la técnica de medición que, como ya se dijo, es un tipo de conocimiento. Quien carece del conocimiento del arte de medir no puede sopesar placeres y dolores en conformidad con la verdad y, por ello, dado que el placer es equivalente al bien, es incapaz de encaminarse al bien-actuar y a la felicidad:
Y, en efecto, ustedes han acordado que quienes yerran en relación con la elección de placeres y dolores –bienes y males <respectivamente>– yerran debido a la carencia de conocimiento, y no de conocimiento sin más, sino del <conocimiento> que ya antes hemos acordado que es métrico <sc. la técnica métrica>. Así, sepan ustedes que la acción errada sin conocimiento se realiza, de alguna manera, por ignorancia, de modo que ser dominado por el placer es esto: ignorancia, la mayor <ignorancia> (357d-e).
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