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El sermón en la montaña

El sermón en la montaña (2021) Emmet Fox
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D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2022
Batalla de Casa Blanca Manzana 147–A, Lote 1621
Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección
C. P. 09310, Ciudad de México
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Primera edición: enero 2022
D. R. © Portada: Angélica Carmona Bistráin
D. R. © Fotografía de portada: Shutterstock®
D. R. © Traducción: Benito Romero
Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.
Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.
Índice
1 Prefacio
2 Capítulo I · ¿Qué enseñó Jesús?
3 Capítulo II · Las Bienaventuranzas
4 Capítulo III · Cómo un hombre piensa
5 Capítulo IV · No resistas al mal
6 Capítulo V · Tesoro en los Cielos
7 Capítulo VI · Con la medida con que medirás
8 Capítulo VII · Por sus frutos
9 El Padre Nuestro (Una interpretación)
Prefacio
Este libro es el producto final de muchos años de estudios bíblicos y metafísicos, y de las muchas conferencias que he impartido. Habría sido tarea más fácil escribir una obra más amplia en lugar de esta pequeña probada; pero mi objetivo es ofrecer al lector un manual práctico de desarrollo espiritual, y con tal fin he condensado todo lo posible sobre la materia porque, como sabe muy bien todo estudiante, la concisión es indispensable para alcanzar el dominio de cualquier asunto.
Que nadie crea que será posible asimilar todo el contenido del libro en una o dos lecturas. Es necesario repasarlo muchas veces para comprender a fondo el sentido, completamente nuevo, de la vida y la gama de valores absolutamente originales que este libro presenta a la humanidad. Sólo entonces se experimentará el nuevo nacimiento.
El estudio de la Biblia no es distinto a la búsqueda de diamantes en África del Sur. Al principio, los exploradores hallaban sólo unos pocos en el barro amarillo, felicitándose por su buena fortuna, pensando que eso sería todo lo que encontrarían. Luego, a medida que iban cavando más profundo, llegaron al limo azul y quedaron maravillados al encontrar, en un día, tantas piedras preciosas como las que antes habían obtenido en un año; y lo que les había parecido una gran riqueza ahora resultaba insignificante en presencia del nuevo tesoro.
De igual manera, querido lector, en tu exploración de la verdad en la Biblia, procura no quedar satisfecho ante los primeros descubrimientos espirituales. Sigue hasta que puedas dar con el rico barro azul que se halla en el fondo. La Biblia, sin embargo, difiere de los terrenos diamantíferos por el hecho sublime de que debajo del limo azul aún quedan en ella más y más estratos. Éstos son cada vez más ricos y esperan el contacto de la percepción espiritual para toda la eternidad.
Sobre todo, mi buen lector, cuando leas la Biblia, afirma constantemente que la sabiduría divina te va iluminando.
Es el camino para recibir la inspiración del Todopoderoso.
Capítulo I · ¿Qué enseñó Jesús?
Jesucristo es, sin duda, la figura más importante que jamás haya aparecido en la historia de la humanidad. Esto hemos de admitirlo dejando de lado nuestras creencias. Esto es verdad, así le llamemos Dios u hombre; y, si lo consideramos hombre, lo tenemos por el más grande profeta y maestro del mundo, o, quizás, sólo como un bienintencionado loco que, después de una efímera y tempestuosa vida pública, sufrió el dolor, la ruina y el fracaso. Sea cual sea la interpretación personal, quedará el hecho incuestionable de que tanto su vida y su muerte, así como las enseñanzas que se le atribuyen, han influido en el curso de la historia más que las de cualquier otro hombre que jamás haya vivido. Mucho más, incluso, de lo que lo hicieron Alejandro, o César, o Carlomagno, o Napoleón, o Washington. Son muchas las personas que vivieron bajo sus doctrinas, o al menos, por las que se le atribuyen; se escriben, leen y compran multitud de libros acerca de Él; se pronuncian más discursos (o sermones) sobre su persona que sobre todos los nombres mencionados juntos.
Él ha sido la inspiración religiosa de toda la raza europea durante los dos milenios en que ésta ha dominado y moldeado los destinos del mundo entero —cultural, social y políticamente—, y durante el período en que toda la superficie terrestre fue por fin descubierta y ocupada, y sus caminos trazados por la civilización.
Estos hechos lo colocan a Él en el primer lugar de la importancia mundial.
No hay, por lo tanto, trabajo más elevado que la de inquirir e investigar acerca de Sus ideales.
¿Qué enseñó Jesús? ¿Qué quiso verdaderamente que creyéramos e hiciéramos? ¿Cuáles fueron los fines que albergaba en su corazón? Y, ¿hasta qué punto logró cumplir estos fines con Su vida y Su muerte? ¿Hasta qué punto ha expresado o representado Sus ideas el movimiento llamado cristianismo, tal como ha existido durante los últimos diecinueve siglos? ¿Qué alcance tiene el mensaje que el cristianismo de hoy presenta al mundo? Si Él volviera ahora, ¿qué diría, en general, de las naciones que se llaman cristianas, y en particular de las iglesias cristianas, de los adventistas del Séptimo Día, de los anglicanos, los bautistas, los católicos, los cuáqueros, los griegos ortodoxos, los metodistas, los presbiterianos, los salvacionistas o los unitarios? ¿Qué fue lo que enseñó Jesús?
Éstas son las preguntas que tengo intención de responder en este libro. Me propongo a demostrar que el mensaje que nos trajo Jesús tiene un valor único porque es la verdad, la única explicación perfecta de la naturaleza de Dios y del hombre, de la vida y del mundo, así como de la interdependencia que existe entre ellos. Y lo que es más, encontraremos que Su enseñanza no es una mera apreciación abstracta del universo, lo cual sólo tendría un interés académico, sino que constituye un método práctico para el desarrollo del alma, un método que nos sirve para reformar nuestra vida y nuestro destino, de manera que podamos hacer de ellos lo que queramos.
Jesús nos explica lo que es la naturaleza de Dios y lo que es nuestra propia naturaleza; nos habla del significado de la vida y de la muerte; nos enseña por qué cometemos errores; por qué caemos en la tentación; por qué enfermamos y nos empobrecemos; por qué nos hacemos viejos; y, lo que es más importante, nos dice cómo pueden ser vencidos todos estos males, y cómo podemos traer salud, felicidad y prosperidad verdadera a nuestras vidas y a la vida de los que nos rodean, si ellos lo desean realmente.
Lo primero que tenemos que comprender es un hecho de importancia fundamental, porque significa romper con los puntos de vista ordinarios de la ortodoxia. La verdad es que Jesús no enseñó teología alguna. Su enseñanza es enteramente espiritual o metafísica. El cristianismo histórico, desafortunadamente, ha puesto su mayor atención en las cuestiones teológicas y doctrinales, las que, por extraño que parezca, no tienen nada que ver con la enseñanza evangélica en sí. Mucha gente sencilla se sorprenderá al comprobar que todas las doctrinas y teologías de las iglesias son invenciones humanas, nacidas en la mente de sus autores e impuestas a la Biblia desde fuera. Pero es así. No hay absolutamente ningún sistema teológico o doctrinal que pueda ser hallado en la Biblia; sencillamente ninguno. Personas honradas que sintieron la necesidad de obtener cierta explicación intelectual de la vida, creyendo también que la Biblia era una revelación de Dios al hombre, llegaron a la conclusión de que una debía encontrarse dentro de la otra, y luego, más o menos inconscientemente, se pusieron a crear aquello que querían encontrar. Pero les faltaba la llave espiritual y metafísica. No estaban afirmados sobre lo que podemos llamar base espiritual, y en consecuencia buscaron una explicación de la vida puramente intelectual o tridimensional, y es imposible explicar la existencia con semejante criterio.
La explicación verdadera de la vida del hombre descansa en el hecho de su entidad esencialmente espiritual y eterna, y en que este mundo, y la vida que intelectualmente conocemos, no son más que lo que muestra un corte en sección de la verdad completa acerca de él. Y un corte en sección de cualquier cosa —sea una máquina o un caballo— no puede darnos ni tan siquiera una explicación parcial de lo que es el todo.
Mirando a un rinconcito del universo —y eso con ojos entreabiertos— y colocándose en un plano exclusivamente antropocéntrico y geocéntrico, los hombres han creado absurdas y horribles fábulas acerca de un Dios limitado y semejante al hombre, que rige su universo tal como un rey oriental, más bien ignorante y bárbaro, que maneja los asuntos de su pequeño reino. A este ser, así creado, se le atribuyen toda suerte de flaquezas humanas, tales como la vanidad, la inconstancia, y el rencor. Luego surgió una leyenda forzada e inconsecuente acerca del pecado original, la expiación por la sangre, el castigo infinito por transgresiones finitas, y, en ciertos casos, se añadió una doctrina increíblemente horrible de la predestinación al tormento eterno o a la felicidad eterna. La Biblia no enseña ninguna teoría semejante. Y si estuviera en los objetivos de la Biblia sostener tal cosa, aparecería claramente expuesto en algún capítulo u otro, pero no es así.
El “Plan de salvación” que figuraba con tanta prominencia en los sermones evangélicos y en los libros de teología de la pasada generación, es tan desconocido para la Biblia como lo es para el Corán. Nunca hubo tal plan en el Universo, y la Biblia no lo expone en ninguna manera. Lo que ha sucedido es que algunos textos oscuros del Génesis, ciertas frases sacadas acá y allá de las epístolas de San Pablo, y unos cuantos versículos aislados de otras partes de las Sagradas Escrituras, han sido entresacados y reunidos por los teólogos para sostener la clase de doctrina que a su parecer debería encontrarse en la Biblia. Jesús desconocía todo esto. Claro está que Él no es en modo alguno como Pollyanna o un optimista. Nos advierte, no ya una vez sino muchas, que la obstinación en el pecado trae en verdad muy serias consecuencias, y que el hombre que pierda la integridad de su alma, aun cuando gane el mundo entero, resulta extremadamente necio. Por otra parte, nos enseña que somos castigados a causa de nuestros propios errores, o mejor aún, son nuestros propios errores los que nos castigan. Jesús nos enseña también que cada hombre o mujer, por encenegados que estén en lo impuro y malo, tienen acceso directo a un Dios de misericordia, paternal y todopoderoso, quien los perdonará y les proporcionará Su propia fortaleza para ayudarles a descubrirse de nuevo a sí mismos, setenta y siete veces si es necesario.
Jesús ha sido también mal comprendido y mal representado en otras maneras. Por ejemplo, no hay ningún fundamento en su enseñanza sobre el cual establecer determinada forma de eclesiasticismo, jerarquía, o tal o cual sistema ritualista. Él no autorizó semejante cosa y, de hecho, todo el contenido de su pensamiento es definitivamente antieclesiástico. A través de toda su vida pública lo vemos frente a los clérigos y demás oficiales religiosos de su propio país. Por eso ellos se le opusieron y lo persiguieron después, llevados por un instinto de propia conservación —instintivamente sintieron que la verdad, tal como Él la exponía, anunciaba el fin de su poderío, y más tarde le hicieron matar. Él pasó por alto la pretendida autoridad que tenían ellos como representantes de Dios; y hacia su ritual y ceremonias no mostró otra cosa que impaciencia y desprecio.
Parece ser que, en materia religiosa, la naturaleza humana está más predispuesta a creer en aquello que quiere que en tomarse el trabajo de escudriñar las Escrituras con una mente abierta. Hombres realmente sinceros, por ejemplo, se han abrogado el papel de guías del cristianismo con los más imponentes y presuntuosos títulos, y después se han vestido de hábitos elaborados y magníficos para impresionar así a la gente, pese a que su Maestro, en el más claro lenguaje, ordenó estrictamente a Sus discípulos que no hicieran nada de eso: pero ustedes no se hagan llamar Rabbí, porque uno solo es su maestro, el Cristo, y todos ustedes son hermanos (Mateo 23:8). Denunció a los fariseos como hipócritas.
Jesús, como veremos más adelante, no sancionó nunca la importancia de ceremonias rituales, ni de leyes rígidas, ni de ordenanzas severas de ninguna clase. En lo que sí insistió fue en que cierto espíritu prevaleciera en la conducta de uno, siendo cuidadoso en enseñar sólo principios, conocedor de que cuando el espíritu es recto los detalles lo serán en consecuencia, “la letra mata pero el espíritu vivifica”, según lo demostraba el triste ejemplo de los fariseos. Sin embargo, a pesar de esto, la historia del cristianismo ortodoxo se compone en su mayor parte de esfuerzos encaminados a hacer observar a los fíeles toda clase de ritos externos. Un ejemplo lo tenemos en los puritanos, al querer imponer a los cristianos el sábado de los judíos como día de descanso, a pesar de que las leyes sabáticas eran una ordenanza puramente hebraica. También lo tenemos en los crueles castigos sufridos por los que descuidaban lo referente exclusivamente a la profanación del sábado; y a pesar del hecho de que Jesús no miraba con simpatía la observancia supersticiosa del sábado, diciendo que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, e insistiendo en hacer cualquier cosa que creyera oportuno en ese día. A través de Su enseñanza se advierte claramente que el hombre debe hacer de cada día un sábado espiritual, pensando y conduciéndose de una manera espiritual.
Es obvio, pues, que si el sábado hebreo fuera todavía impuesto a los cristianos, como éstos no guardan su observancia sino la del domingo, aún estarían incurriendo en las mismas consecuencias de quebrantarlo.
Muchos cristianos modernos, sin embargo, se dan cuenta de que no hay ningún sistema de teología en la Biblia, a menos que se quiera ponerlo allí de forma deliberada, y han renunciado casi por completo a la teología; pero todavía cuentan con el cristianismo porque sienten intuitivamente que es la verdad. En realidad, su actitud carece de justificación lógica puesto que no poseen la clave espiritual, que hace inteligible la enseñanza de Jesús, y por eso tratan de racionalizar su actitud de diversas maneras. Tal es el dilema de quien no posee ni la ciega fe de la ortodoxia, ni la interpretación espiritual y científica de la Biblia. Se encuentra sin sostén en todo aquello que no pertenece a la vieja Escuela Unitaria. Si no rechaza del todo los milagros, siente gran incomodidad con respecto a ellos; lo desconciertan y quisiera que no aparecieran en la Biblia, se alegraría mucho si los pudiera dejar de lado.
Un bien conocido clérigo ha publicado recientemente una Vida de Jesús que ilustra cuán falsa es esta posición. En este libro el autor concede la posibilidad de que Jesús curó a algunas personas o les ayudó a curarse a sí mismas; pero nada más. Niega rotundamente los otros milagros. Según él, éstos no fueron más que las acostumbradas leyendas que se forman alrededor de todos los grandes personajes de la historia. Cuando ocurría la tempestad en el lago, por ejemplo, los discípulos se hallaban en extremo asustados, hasta que se acordaron de Jesús, y este pensamiento sólo sirvió para calmar sus temores. Este hecho fue exagerado más tarde hasta convertirse en una historia absurda que describía a Jesús mismo andando sobre las aguas para acercarse al barco. En otra ocasión, sigue el mismo autor, parece que Jesús reformó a un pecador, levantándolo de una sepultura de pecados, y esto, años después, llegó a ser una leyenda ridícula en que se relata la resurrección de un muerto. Otra noche, mientras Jesús oraba fervorosamente, su rostro se iluminó con un extraordinario resplandor, y Pedro, que se había dormido, se despertó sobresaltado. Años después, Pedro refería, en un cuento confuso, cómo le pareció ver a Moisés en aquella ocasión. Así se creó la leyenda de la Transfiguración, y tal es el origen de otros y otros ejemplos semejantes.
Por supuesto, debemos escuchar con compasión los argumentos sinceros de un hombre que se halla impresionado por la belleza y el misterio de los Evangelios, pero, faltándole la clave espiritual, cree sentir que su sentido común y toda la erudición científica de los hombres están en contradicción con el contenido de esos Evangelios. Pero no es tan sencillo. Si los milagros no sucedieron realmente, todo el resto de los Evangelios pierde su significación real. Si Jesús no creyó que fueran posibles, tratando de llevarlos a cabo —nunca, es cierto, por ostentación, pero sí constante y repetidamente—, si Él no creyó y enseñó muchas cosas en franca contradicción con la filosofía racionalista de los siglos dieciocho y diecinueve, entonces el mensaje de los Evangelios es caótico, contradictorio y carente de todo significado. No podemos eludir este dilema diciendo que Jesús no estaba interesado en las creencias y supersticiones de su tiempo, y que las aceptó más o menos pasivamente porque lo que le interesaba en verdad era el carácter. Éste es un argumento débil, porque este carácter debe incluir una comprensión de la vida inteligente y vital a la vez. Asimismo debe incluir ciertas creencias y convicciones definidas acerca de las cosas de importancia valedera.
Pero los milagros sí ocurrieron. Todos los hechos que los cuatro Evangelios relatan de Jesús sucedieron, y muchos más. Muchas otras cosas hizo Jesús, que si se escribieran una por una, creo que este mundo no podría contener los libros (jn. 21:25). Jesús mismo justificó con sus obras lo que la gente estimó ser una extraña y maravillosa enseñanza; pero Él fue aún más lejos y dijo refiriéndose a aquellos que estudian y practican sus enseñanzas: “Las cosas que hago las harán, y muchas más aún”.
Después de todo, ¿qué es un milagro? Los que niegan la posibilidad de los milagros apoyándose en el argumento de que el universo es un sistema de leyes que funcionan perfectamente sin que quepa el más mínimo fallo, están en lo cierto. Pero olvidan que el mundo que conocemos a través de los cinco sentidos, y cuyas leyes son las únicas conocidas por la mayoría de los hombres, no es más que un pequeñísimo fragmento de todo el universo existente en la realidad, y que cada ley está subordinada a otra superior en un sentido de menor a mayor. Ahora bien, el recurrir de una ley inferior a otra superior no es realmente quebrantar la ley, porque la posibilidad de tal cosa cabe dentro de la constitución suprema del universo. Por eso, en el sentido correcto de lo que la violación de una ley implica, los milagros no son posibles. Empero en el sentido de que todas las leyes ordinarias y las limitaciones corrientes de lo físico pueden ser abrogadas y contrarrestadas por algo más alto que las comprenda, los milagros, en el sentido coloquial de la palabra, no solamente son posibles sino que pueden ocurrir y ocurren.
Supongamos, por ejemplo, que un lunes nuestros asuntos se encuentran en tal condición que, humanamente hablando, es seguro que antes que la semana termine se producirán determinados cambios. Puede tratarse de cuestiones legales, acaso alguna dura resolución judicial o problemas físicos en nuestra salud corporal. Puede que una alta autoridad médica haya decidido que es indispensable una operación muy delicada, o aún más, que estime su deber decir al paciente que no hay esperanzas de que recobre su salud. Ahora bien, si en presencia de tales condiciones el sujeto en cuestión puede elevar su conciencia por encima de las limitaciones del plano físico —lo cual no es más que una enunciación científica de lo que hacemos cuando oramos— las condiciones de ese plano serán cambiadas, y de un modo del todo imprevisto e imposible normalmente, las trágicas consecuencias esperadas se desvanecerán. La sentencia legal no se pronunciará, el paciente se recuperará en lugar de tener que sufrir la operación o de morir, y las cosas se arreglarán para el provecho de todos.
En otras palabras, los milagros, en el sentido corriente de la palabra, pueden suceder y, en efecto, suelen suceder como resultado de la oración. La oración tiene realmente el poder de cambiar las cosas.
Sí, gracias a la oración, las cosas pueden venir en forma muy diferente a como hubieran venido de no haberse orado. No importa cuál sea la dificultad que enfrentamos; no importan las causas que la hayan producido. Suficiente oración barrerá la dificultad; solamente debemos ser perseverantes en nuestra apelación a Dios.
La oración, sin embargo, es al mismo tiempo una ciencia y un arte; y fue a la enseñanza de esta ciencia y de este arte que Jesús dedicó la mayor parte de su ministerio. Los milagros de los Evangelios sucedieron porque Jesús tenía aquella comprensión espiritual que le daba un poder en la oración superior al que nadie había tenido jamás.
Encontramos otro intento de interpretar los Evangelios digno de tomarse en cuenta, que es el de Tolstoi. Éste trató de presentar El sermón de la Montaña como una guía práctica de vida, tomando sus preceptos literalmente y pasando por alto la interpretación espiritual de la cual no era consciente; asimismo, hizo exclusión del plano del espíritu en el cual no creía. Aceptando de la Biblia sólo los cuatro Evangelios y suprimiendo de ellos los milagros, hizo un esfuerzo tan heroico como vano de armonizar cristianismo y materialismo y, por supuesto, fracasó. Su verdadero lugar en la historia resulta así no el del fundador de un nuevo movimiento religioso, sino el del genio cuyo anarquismo práctico abrió el camino a la revolución bolchevique tal como Rousseau preparó el advenimiento de la Revolución Francesa.
Es la clave espiritual lo que revela el misterio del contenido de la Biblia en general, y de los Evangelios en particular. Es esa clave o interpretación espiritual lo que nos explica los milagros, y nos muestra cómo Jesús los hizo para probarnos que nosotros también podíamos hacerlos y librarnos así del pecado, de la enfermedad y de las limitaciones. Con esa clave podemos prescindir de las inspiraciones de la elocuencia, y deshacernos de interpretaciones de la Biblia literal y supersticiosa y, no obstante, entender que es ella el más preciado y auténtico tesoro que posee la humanidad.
Desde fuera, la Biblia es una colección de documentos inspirados que fueron escritos a través de siglos por hombres de todos los tipos y en circunstancias diversas. Muy contados de estos documentos que han llegado a nosotros son originales; en su mayoría se trata de redacciones y compilaciones de fragmentos más antiguos, y el nombre de los autores rara vez se sabe con seguridad. Esto, no obstante, no afecta en lo más mínimo al propósito espiritual de la Biblia; sino que en realidad carece de importancia. El libro, tal como lo tenemos, es una fuente inagotable de la verdad espiritual, no importan los caminos por los que ha llegado a su forma presente. El nombre del autor de un capítulo cualquiera no tiene más interés que el de su amanuense a quien tal vez se lo hubiera dictado. La sabiduría divina es el autor, y eso es todo lo que nos importa. La exégesis, o alta crítica, se ocupa exclusivamente del aspecto externo, de la letra de las Escrituras, pasando por alto su contenido profundo, y tal crítica carece de valor desde el punto de vista espiritual.
El mensaje profundo de la Biblia nos es presentado a través de formas diversas: historia, biografía, así como lírica y otras formas poéticas; pero, sobre todo, se emplea la parábola para expresar la verdad espiritual y metafísica. En ciertos casos, lo que nunca había sido destinado a ser más que una parábola, fue interpretado literalmente durante algún tiempo; de ahí que a menudo haya parecido que la Biblia enseña cosas en completa contradicción con el sentido común. Un ejemplo de esto lo tenemos en la historia de Adán y Eva en el Jardín del Edén. Interpretado correctamente, este relato es tal vez la más maravillosa de todas las parábolas. No fue el objetivo del autor presentar esta historia como verídica, pero muchos la han tomado así, dando origen a toda una serie de absurdas consecuencias.
La clave o interpretación espiritual de la Biblia nos libera de todas estas dificultades, dilemas y aparentes inconsecuencias. Al mismo tiempo, nos evita caer en las falsas posiciones del ritualismo, del evangelismo y también del llamado liberalismo, porque nos da la verdad. Y la verdad viene a ser nada menos que la sorprendente pero innegable realidad de que todo el mundo exterior —sea el cuerpo físico o las cosas comunes de la vida, los vientos y la lluvia, las nubes, la tierra misma— está sujeto al pensamiento del hombre, y que él puede dominarlo cuando adquiere conciencia de ello. El mundo exterior, lejos de ser una prisión de circunstancias como comúnmente se le supone, no tiene en realidad ningún carácter propio, ni bueno ni malo. Su carácter es ni más ni menos que el que nuestros pensamientos le dan. Es plástico a nuestro pensamiento, cuya forma toma, y ello es cierto, entendámoslo o no, querámoslo o no.
Los pensamientos que a lo largo del día ocupan nuestra mente, nuestro Lugar Secreto, están modelando nuestro destino hacia lo bueno o hacia lo malo. Verdaderamente, toda la experiencia de nuestra vida no es más que la proyección externa de nuestro pensamiento.
Ahora bien, está en nosotros elegir la clase de pensamientos que albergamos en nuestro receptáculo mental. Quizás sea difícil cambiar el rumbo ordinario de nuestro vicioso modo de pensar, pero puede hacerse. Podemos escoger la índole de nuestros pensamientos —y en efecto, siempre lo hacemos así—, por consiguiente, nuestras vidas son justamente el resultado de nuestra selección mental. Son, por lo tanto, la hechura de lo que nosotros mismos hemos dispuesto, y en consecuencia, existe perfecta justicia en el universo. No existen sufrimientos como consecuencia del pecado original de otro, sino que recogemos la cosecha que nosotros mismos hemos sembrado. Poseemos libre albedrío, pero este albedrío descansa en nuestra selección mental.
Tal es la esencia de lo que Jesús enseñó. Ello es, como veremos, el mensaje fundamental de toda la Biblia, pero no está expresado con igual claridad a través de toda ella. En los primeros fragmentos del libro brilla tenuemente como la luz de una lámpara envuelta en velos, pero a medida que pasa el tiempo los velos van desapareciendo sucesivamente y la claridad de la luz va haciéndose más fuerte, hasta llegar a los pasajes de Jesucristo en que la luz alcanza su máxima pureza y resplandor. La verdad nunca cambia, lo que cambia es la comprensión que de ella tienen los hombres. A través de los siglos esta comprensión ha ido mejorando. En verdad, lo que llamamos progreso no es más que la expresión exterior correspondiente a la idea cada vez más adecuada y amplia que se van formando los hombres de Dios.
Jesucristo recapituló esta verdad, la enseñó cabalmente y a fondo, y sobre todo la encarnó, es decir, la demostró en su propia persona. Ahora muchos de nosotros podemos comprender intelectualmente lo que debe significar la plenitud de este mensaje, de lo que sucedería si se llegara a alcanzar una comprensión completa del mismo. Pero lo que podemos demostrar es algo muy diferente. Aceptar la verdad es el primer paso, pero poco hemos adelantado hasta que no la probemos en nuestras acciones cotidianas. Jesús demostró todo lo que enseñó, hasta la victoria sobre la muerte en lo que llamamos la Resurrección. Por razones que no vienen al caso explicar aquí, sucede que cada vez que superamos una dificultad por medio de la oración prestamos una ayuda a toda la raza humana en general, presente, pasada y futura; y la ayudamos a vencer esa misma clase de dificultad en particular. Jesús, al vencer toda suerte de limitaciones a la que la humanidad vive sujeta, y en particular venciendo a la muerte, llevó a cabo una obra de un valor único e incalculable y por eso es lícito llamarle el Salvador del mundo.
En una ocasión de su ministerio que estimó conveniente, Jesús quiso reunir y expresar toda su enseñanza en una serie de discursos, que probablemente le llevaron varios días, hablando quizá dos o tres veces al día. Este ordenamiento ha sido comparado en ocasiones, y con bastante exactitud, a cierto sistema de escuelas de verano que tenemos hoy en día.
Jesús aprovechó aquella oportunidad para hacer un resumen de su mensaje o, lo que es lo mismo, para poner los puntos sobre las íes, como se dice vulgarmente. Es natural que muchos de los presentes tomaran apuntes, los cuales fueron más tarde debidamente reunidos y ordenados como el Sermón de la montaña. Cada uno de los cuatro evangelistas recogió material de aquel sermón de acuerdo con sus puntos de vista personales, y es Mateo quien nos da la versión más completa y coherente. La presentación que él nos ofrece es una codificación casi perfecta de la religión de Jesucristo, y es por esa razón que se ha escogido la versión de Mateo como texto fundamental para este libro. Mateo contiene lo esencial; es personal y práctico, es conciso y específico y, no obstante, su enseñanza es pictórica de luz. Una vez que el sentido de sus conceptos ha sido debidamente comprendido, no falta sino ponerlos fielmente en práctica para obtener enseguida los resultados. La importancia y el alcance de tales resultados estarán en relación directa a la sinceridad y constancia con que sus instrucciones sean aplicadas. Ésta es una cuestión individual que cada uno tiene que responderse a sí mismo “nadie puede salvar el alma de su hermano, o pagar la deuda de su hermano”. Podemos y debemos ayudamos unos a otros en determinadas ocasiones, pero es menester que cada uno de nosotros aprenda a hacer su propio trabajo y a dejar de pecar, antes que pueda sucederle una cosa peor.
Si lo que deseamos realmente es cambiar nuestras condiciones de vida; si realmente queremos transformarnos; si de verdad anhelamos la salud, la serenidad y el cultivo espiritual, debemos poner nuestra mira en el Sermón, porque allí Jesús nos dice lo que tenemos que hacer. La tarea no es fácil, pero estamos seguros de que puede realizarse porque otros lo han hecho. Mas es necesario pagar el precio, y éste consiste en aplicar estrictamente los principios de Jesús en cada aspecto de la vida y en cada hecho cotidiano, tanto si sentimos el deseo de hacerlo como si no, y especialmente en aquellos casos en que nos sentimos inclinados a no hacerlo.
Si estamos dispuestos a pagar ese precio, entonces el estudio de este magnífico Sermón de la montaña se convertirá para nosotros verdaderamente en el Monte de la Liberación.
Capítulo II · Las Bienaventuranzas
Y viendo la muchedumbre, subió a un monte; y sentándose, se acercaron a él sus discípulos. Y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo:
Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos: porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los censuren y los persigan, y digan de ustedes todo mal por mi causa, mintiendo.
Gozen y alégrense; porque su merced es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes.(Mateo, V 1–12)
El Sermón de la montaña comienza con las ocho Bienaventuranzas. Esta es, sin duda, una de las secciones más conocidas de la Biblia. Aun aquellas personas cuyo conocimiento de las Escrituras se limita a media docena de los capítulos más familiares, conoce de memoria las Bienaventuranzas. Casi nunca las comprenden, por desgracia, y generalmente las consideran como consejos hacia una perfección teórica sin aplicación alguna en la vida diaria. Tal hecho se debe a una carencia completa de la clave espiritual.
Las Bienaventuranzas constituyen un hermoso poema en prosa de ocho versos, formando un todo armonioso que es, al mismo tiempo, un resumen acabado de la enseñanza cristiana. Se considera más una sinopsis espiritual que literaria, que recoge el espíritu de la enseñanza mejor que la letra. Resúmenes de esta índole son característicos del antiguo sistema oriental de tratar una cuestión religiosa o filosófica. Nos recuerda los Ocho Caminos del Budismo, los Diez Mandamientos de Moisés y otros compendios semejantes.
Jesús se dedicó exclusivamente a enseñar principios generales, los cuales tenían siempre que ver con estados mentales, porque Él sabía que cuando se piensa con rectitud la conducta resulta asimismo recta, y, por el contrario, cuando el pensamiento toma una dirección torcida, nada puede salir bien. A diferencia de otros grandes guías religiosos. Jesús no nos da instrucciones detalladas acerca de lo que debemos o no debemos hacer; no nos manda a comer o beber ciertas cosas ni abstenernos de ellas; no nos ordena cumplir tales o cuales observancias rituales en determinados tiempos o estaciones. En realidad, todo su mensaje es antirritualista y antiformalista. Por eso fue intransigente en todo momento con el clero judío y su teoría de la salvación mediante las ceremonias verificadas en el templo, “...es llegada la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén adoraren al Padre... pero ya llega la hora y ahora es cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad”.
Los fariseos, con su terrible y detallado código de requisitos externos, fueron los únicos contra quienes Jesús mostró una completa intolerancia. Un fariseo escrupuloso de aquel tiempo —la mayoría de ellos eran extremadamente estrictos— tenía que dar cumplimiento cada día a un sinnúmero de detalles exteriores para alcanzar conciencia de que había satisfecho las exigencias de su Dios. Un rabí contemporáneo ha calculado el número de tales requisitos en unos seiscientos, y como es obvio que ningún ser humano podría llenar cumplidamente una responsabilidad semejante, la consecuencia natural sería que la víctima, sabiéndose siempre muy lejos del exacto cumplimiento de su deber, viviera perennemente bajo un crónico sentimiento de pecado. Ahora bien, creerse pecador equivale prácticamente a ser pecador con todas las consecuencias que se derivan de tal condición. La ética de Jesús contrasta con todo esto. Su objeto es precisamente liberar al corazón de poner su confianza en cosas externas, sea para lograr recompensas temporales o para alcanzar la salvación espiritual. Él quiere llevarnos a una actitud mental completamente nueva, y esto es lo que las Bienaventuranzas nos muestran gráficamente.
“Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos”.
Aquí, desde el principio, hemos de tener en cuenta un hecho de gran importancia práctica en el estudio de la Biblia y es que está escrita en su lenguaje característico, es decir, con abundancia de giros y expresiones, y algunas veces palabras, que se emplean en un sentido muy diferente al que se les da actualmente en la vida diaria. A esto tenemos que agregar el hecho de que el significado de muchos términos ha variado desde que se tradujeron.
En realidad, la Biblia es un texto de metafísica, un manual para el desarrollo del alma, y todas las cuestiones que en ella se tratan son consideradas sobre esa base. Nunca será demasiado el énfasis que se dé a este punto. Tal es la razón por la cual en la Biblia cada asunto se toma en su apreciación más amplia. Todas las cosas se consideran allí en su relación con el alma humana, y muchas expresiones comunes se usan en un sentido mucho más profundo que el que suele dárseles corrientemente. Por ejemplo, la palabra “pan”, tal como se emplea en la Biblia, significa no solamente cualquier clase de alimento para el cuerpo físico, lo cual es la interpretación literaria más comprensiva, sino todas las cosas que el ser humano requiere, tales como ropa, albergue, dinero, educación, amistades, etcétera; y, sobre todo, las cosas espirituales, como percepción, comprensión y, en especial, realización espiritual. “Danos hoy el pan de cada día”. “Yo soy el pan de la vida”. “El que coma de este pan...”
Otro ejemplo es la palabra “prosperidad”. En las Escrituras significa mucho más que la mera adquisición de bienes materiales. Su verdadero significado es eficacia en la oración. Obtener respuesta a la oración: he aquí, para el alma humana, la única prosperidad que vale la pena de ser buscada. Y si alcanzamos tal respuesta es natural también que todas nuestras necesidades materiales sean igualmente satisfechas. Claro que ciertas cosas materiales son esenciales en este plano de la existencia, pero esta clase de riqueza es, en efecto, lo que menos importancia tiene en la vida, y esto es lo que quiere decir la Biblia cuando da a la palabra “próspero” su sentido verdadero.
Ser pobre en espíritu no significa bajo ningún concepto lo que hoy en día llamamos “pobreza espiritual”. Ser pobre en espíritu significa haber renunciado a toda idea preconcebida para buscar a Dios de todo corazón. El que es pobre en espíritu está dispuesto a dejar a un lado su actual modo de pensar, sus ideas y prejuicios, y hasta su presente manera de vivir si es necesario. En otras palabras, está dispuesto a echar por la borda todo aquello que pudiera representarle un obstáculo en su búsqueda de Dios.
Uno de los pasajes más conmovedores de toda la literatura es el que se refiere al hombre rico y joven, el cual pasó por alto una de las oportunidades más grandes que se le brindaron. He aquí la historia de la humanidad en general. Rechazamos la salvación que Jesús nos ofrece —es decir, nuestra oportunidad de encontrar a Dios— porque “tenemos grandes posesiones”. Esto no significa que seamos muy ricos en lo que a dinero se refiere —los ricos son realmente una minoría. Nuestras grandes posesiones suelen ser de otra clase: opiniones preconcebidas, confianza en nuestro propio juicio y en las ideas con que estamos familiarizados, orgullo espiritual como producto de méritos académicos, predisposición sentimental o material hacia determinadas instituciones y organizaciones, hábitos de vida que nos duele abandonar, preocupación por el respeto de los demás, o quizá temor al ridículo, o un inusitado interés en los honores y distinciones del mundo. Y todas estas “posesiones” nos mantienen encadenados a la roca del suplicio que es nuestro exilio de Dios.
El hombre rico y joven es una de las figuras más trágicas de todos los tiempos, no porque fuera rico, ya que la riqueza no es de por sí ni buena ni mala, sino porque su corazón estaba esclavizado por aquel amor al dinero al cual se refiere San Pablo cuando lo relaciona con la raíz del mal o de la perversión. Aun cuando hubiera sido multimillonario en plata y en oro si no hubiese puesto su corazón en sus riquezas, habría podido entrar en el Reino de los Cielos tan fácilmente como el mendigo más pobre. Pero su confianza estaba en sus posesiones, y esto le cerró la puerta.
¿Por qué el clero de Jerusalén no recibió con regocijo el mensaje de Cristo? Porque tenían grandes posesiones, posesiones de erudición rabínica, de honor e importancia públicos, de cargos autorizados por ser ellos los maestros oficiales de la religión. Estas posesiones habrían tenido que ser sacrificadas para recibir la enseñanza espiritual de Jesús. La gente humilde e ignorante que oía complacida al Maestro era feliz, a pesar de no tener tales posesiones que les pudiesen tentar a abandonar la verdad.
¿Por qué en los tiempos modernos, cuando el mismo sencillo mensaje de Cristo anunciando la inmanencia y acercamiento de Dios, así como la luz interior que arde perennemente en el alma humana, apareció de nuevo en el mundo, fueron otra vez los sencillos e indoctos quienes lo recibieron de buena gana? ¿Por qué no fueron los obispos, los decanos, los ministros o los presbíteros quienes lo dieron al mundo? ¿Por qué no fue Oxford, o Cambridge, o Harvard, o Heidelberg el gran centro de difusión de éste, el más importante de todos los conocimientos? La respuesta vuelve a ser: porque tenían grandes posesiones; grandes posesiones de orgullo intelectual y espiritual; grandes posesiones de egoísmo y presunción; grandes posesiones de honores académicos y de prestigio social.
Los pobres en espíritu no sufren ninguno de estos impedimentos, bien porque no los han tenido nunca, o bien porque se han elevado hacia un plano superior, gracias al influjo de la comprensión espiritual. Se han liberado del amor al dinero y a los bienes terrenales, del temor al qué dirán y a la desaprobación de familiares o amigos. Ya ninguna autoridad humana, por elevada que sea, los intimida. Han abandonado toda necia confianza en la infalibilidad de sus propias opiniones. Por fin han comprendido que sus creencias más queridas pueden haber estado equivocadas, y que acaso su modo de ver las cosas y sus ideas sobre ellas podrían ser falsas y requieren de modificación. Están listos para emprender otra vez la ruta de la vida, y comenzar de nuevo a aprender su significación.
“Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados”.
La desgracia y la aflicción no son, en sí, buenas, siendo la voluntad de Dios que cada criatura conozca la alegría y alcance una vida de gozoso éxito. “He venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Sin embargo, el dolor y el sufrimiento son a menudo extremadamente útiles, porque mucha gente no se tomará la molestia de buscar la verdad hasta que la adversidad o el fracaso los fuerce a hacerlo. Entonces el dolor se convierte en algo relativamente bueno. Tarde a temprano, cada ser humano tendrá que descubrir la verdad que es en Dios, y verificar por sí mismo su propio contacto con Él. Tendrá que alcanzar aquella comprensión de la verdad que lo liberará para siempre de las limitaciones de nuestro mundo tridimensional y sus concomitantes —el pecado, la enfermedad y la muerte. Pero la mayoría no emprenderán la búsqueda de Dios de todo corazón a menos que los obligue a ello algún tipo de contrariedad. Lo cierto es que no es necesario que el hombre sufra desgracias, porque si antes buscase a Dios las desgracias nunca vendrían. Siempre es posible elegir entre aprender por medio del desarrollo espiritual o mediante las dolorosas experiencias, y si alguien escoge este último procedimiento, nadie sino él tiene la culpa.
Por regla general, sólo después que se ha perdido la salud, y todos los recursos ordinarios de la medicina han fallado en proporcionamos alivio, es cuando nos decidimos seriamente a buscar esa comprensión espiritual del cuerpo como encamación verdadera de la vida divina, única cosa que nos ofrece la garantía de superar la enfermedad y finalmente la muerte. Pero si, conocedores de nuestra verdadera naturaleza, nos volviéramos a Dios mientras nuestra salud es buena, no se daría nunca el caso de que cayéramos enfermos.
De igual manera sucede con la pobreza: sólo cuando la apretura económica se extrema, habiéndose perdido los más indispensables recursos, es cuando nos volvemos a Dios como último refugio, y aprendemos que el poder divino es en realidad la fuente de todos los bienes que la humanidad recibe, y que las cosas materiales no son sino los canales por los cuales se manifiesta la bondad de Dios.
Pero es necesario que esta lección sea aprendida a fondo antes de que un hombre pueda alcanzar experiencias más altas y amplias que las que tiene en el presente. En la Casa del Padre hay varias moradas, pero la llave de la morada superior es siempre el dominio completo de aquélla en la cual estamos. Por eso resulta muy conveniente el hecho de que debamos aprender lo antes posible de dónde y cómo nos viene nuestra prosperidad. Si los que son prósperos reconocieran a Dios como la verdadera fuente de lo que tienen, mientras aún están prósperos, y oraran regularmente por mayor comprensión espiritual acerca de este punto, jamás tendrían que lamentar pobreza o estrechez económica de ninguna clase. Al mismo tiempo, hemos de tener presente que debemos emplear bien nuestros recursos actuales, no acumulando riquezas por egoísmo sino más bien reconociendo que es a Dios a quien todo pertenece en el mundo, y que nosotros no somos más que sus agentes u hombre de confianza. La posesión de dinero lleva consigo una responsabilidad ineludible. Precisa que sea administrado con prudencia o, de lo contrario, habrá que atenerse a las consecuencias.
Este principio general es aplicable a todos nuestros problemas, no solamente a las dificultades físicas o financieras, sino también a todos los otros males a que está sujeto el género humano. Ningún motivo de pesar —problemas de familia, altercados e incomprensiones, pecados y remordimientos, etcétera— nos quitará nunca la paz si buscamos en primer lugar el Reino de los Cielos y la recta comprensión. En cambio, si no lo hacemos así, todo aquello nos vendrá, aunque el sufrimiento nos reconfortará, a pesar de su apariencia ingrata.
En la Biblia, “confort” significa Presencia de Dios, la cual es el final de toda lamentación.
Las iglesias ortodoxas nos han presentado con demasiada frecuencia un Cristo crucificado muriendo en la cruz; pero el que nos da la Biblia es un Cristo que se alza triunfante.
“Bienaventurados los mansos: porque ellos heredarán la tierra por heredad”.
A primera vista esta Bienaventuranza parece tener muy poco sentido, y los hechos ordinarios de la vida parecen contradecir el que tiene. Ningún hombre cuerdo, observando el mundo que le rodea, y estudiando la historia, podría sinceramente aceptar este dicho al pie de la letra, y la mayoría de los cristianos lo han pasado por alto en la práctica, sintiendo con pena que las cosas deberían ser así sin duda, pero que de hecho no lo son ciertamente.
Pero esta actitud no conduce a nada. Tarde o temprano el alma llega a un punto en que tiene que descartar de una vez para siempre todas las evasiones y subterfugios, y enfrentarse honradamente a las realidades de la vida, cueste lo que cueste.
Es necesario admitir que, o Jesús pensaba lo que decía, o que no lo pensaba; que sabía de qué hablaba, o no lo sabía. De lo contrario, si esto no se toma en serio, nos vemos arrastrados a una posición que ningún cristiano querría aceptar —o que Jesús decía lo que no creía en verdad, como hace la gente poco escrupulosa, o que decía disparates. Esta situación ha de ser definida en el mero principio de nuestro estudio del Sermón de la Montaña. Es decir, o tomamos en serio a Jesús, o no, y en este caso su enseñanza deberá ser abandonada del todo y la gente debe dejar de llamarse cristiana. Honrar a Jesús de labios afuera, decir que el Evangelio es la verdad divinamente inspirada, jactamos de ser cristianos y después evadimos de poner en práctica en la vida diaria todo lo que se infiere de su doctrina, es simplemente debilidad fatal e hipocresía de la peor especie. O Jesús es un guía digno de confianza, o no lo es. Y si lo es, honrémosle aceptando que Él, en realidad, sabía lo que decía, y que conocía mejor que nadie el arte de vivir. Las penas y ansiedades que padece la humanidad se deben por completo al hecho de que nuestro modo de vivir es tan opuesto a la verdad que las cosas que Jesús dijo y enseñó nos parecen a primera vista absurdas y locas.
Lo cierto es que cuando se la comprende correctamente, encontramos que la enseñanza de Jesús es no solamente verdadera, sino sumamente practicable. En verdad es la más practicable de todas las doctrinas. Llegamos a descubrir, pues, que Jesús no era un visionario sentimental ni un mero dispensador de trivialidades, sino un consumado realista como sólo un gran místico puede serlo; y la esencia total de su doctrina, así como su aplicación práctica, están comprendidas sumariamente en este texto.
Esta Bienaventuranza se halla entre la media docena de los versículos más importantes de la Biblia. Cuando se está en posesión del sentido espiritual de este texto, se posee el secreto de dominio, el secreto que nos hace aptos para superar toda clase de dificultad. Es, literalmente, la llave de la vida. Es el mensaje de Jesús reducido a una sola frase.
Estas palabras son, actualmente, como la Piedra Filosofal de los Alquimistas que transforman el metal básico de la limitación y la aflicción en el oro del “confort”, o sea, la verdadera armonía.
Notemos que hay en el texto dos palabras que obran como polos sobre la atención: “manso” y “tierra” —ambas son empleadas en un sentido muy especial y altamente técnico, el cual ha de ser bien aclarado antes de que se revele el significado oculto que llevan en el fondo. En primer lugar, la palabra “tierra” no se usa en la Biblia como mera referencia al globo terrestre. Significa manifestación; manifestación o expresión es el resultado de una causa. Es necesario que una causa se manifieste o exprese antes que podamos conocerla; y, por otra parte, toda manifestación o expresión tiene que tener su causa. Ahora bien, en la metafísica divina, y particularmente en el Sermón de la montaña, aprendemos que toda causa es mental, y que nuestros cuerpos y todo lo que nos concierne —hogar, negocios, toda nuestra experiencia— no son sino la manifestación de nuestro propio estado mental. El hecho de que seamos inconscientes de la mayor parte de nuestros estados mentales no quiere decir nada, porque de todos modos están ahí, en la mente subconsciente, no importa que ya los hayamos olvidado o que jamás hayamos sido conscientes de ello.
En otras palabras, nuestra “tierra” significa la totalidad de nuestra experiencia externa, y “heredar la tierra” significa adquirir dominio sobre esa experiencia, o sea, tener la facultad de ordenar nuestra vida en condiciones de armonía y éxito positivo. “Toda la tierra se llenará de la gloria del Señor”. “Su alma morará a gusto y su simiente (oraciones) heredera la tierra”. “El Señor reina, gócese la tierra”. Así vemos que cuando la Biblia habla acerca de la tierra —poseer la tierra, gobernar la tierra, llenar la tierra de Su gloria, etcétera—, se refiere a nuestras condiciones de vida, desde la salud corporal hasta el más mínimo detalle de nuestros asuntos personales. Y este texto está ahí para decirnos cómo podemos alcanzar pleno dominio sobre nuestra vida y ser así los dueños de nuestro destino.
Pero veamos cómo puede hacerse esto. La Bienaventuranza dice que el dominio, o sea, la capacidad de gobernar las condiciones de nuestra vida, ha de alcanzarse de cierta manera, y de la más inesperada de las formas —nada menos que siendo manso. No obstante, es también cierto que esta palabra está usada en un sentido especial y técnico. Su significación verdadera no es en modo alguno la que hoy se la da en el lenguaje moderno. En efecto, actualmente hay pocas cualidades de la naturaleza humana más desagradables que aquélla expresada por la palabra “mansedumbre”. Para el lector moderno el adjetivo sugiere generalmente la idea de una persona débil, falta de valor y de respeto hacia sí misma, y probablemente hipócrita y ruin al mismo tiempo. No ocurría lo mismo en tiempos de Dickens. El lector moderno, con estas connotaciones de la palabra en mente, se siente inclinado a menospreciar el concepto general del Sermón de la montaña, porque ya al principio se le dice que sólo siendo manso obtendrá la facultad de dominio; y tal doctrina le resulta inaceptable.
Pero la palabra “mansedumbre”, en sentido bíblico, quiere dar a entender una actitud mental que ninguna otra palabra en particular describe con exactitud, y precisamente en esa actitud mental radica el secreto de la “prosperidad” o del éxito en la oración. Es una combinación de mente abierta, de fe en Dios, y del convencimiento de que la voluntad de Dios con respecto a nosotros es siempre algo vital e interesante, que trae gozo a la existencia, y muy superior a cuanto nosotros pudiéramos imaginar. Este estado mental incluye asimismo una completa predisposición a permitir que la voluntad de Dios se manifieste en la forma que considere mejor la sabiduría divina, y no según el modo particular que nosotros hayamos escogido.
Esta actitud mental, compleja en su análisis aunque sencilla en sí misma, es la llave del poder, o sea, el éxito en la prueba. No hay palabra para ella en el lenguaje corriente porque la cosa no existe sino para quienes están afirmados sobre la roca espiritual de la palabra de Jesucristo. Si deseamos heredar la tierra, debemos absolutamente adquirir “mansedumbre”.
Moisés, que tuvo un éxito tan extraordinario en la oración, se destacaba notablemente por esta cualidad.
Sobrepasó la creencia establecida sobre la vejez, mostrando la potencia física de un joven en plenitud de vida, cuando, de acuerdo con el calendario contaba ciento veinte años de edad, y por fin trascendió completamente su ser físico, o se “desmaterializó”, sin morir. Recordamos también que Moisés, además de su éxito personal, realizó una obra maravillosa por su pueblo, liberándolo de la esclavitud en Egipto a través de increíbles dificultades (porque el afortunado Éxodo fue la “prueba” de Moisés y de unas cuantas almas superiores que le ayudaban) e influyendo en todo el curso ulterior de la historia con su enseñanza y sus hazañas. Moisés tenía una mente abierta, lista siempre para aprender y poner en práctica nuevos modos de pensar y de actuar. No rechazaba una revelación acabada de surgir con el pretexto de ser novel o revolucionaria, como habría hecho la mayoría de sus presuntuosos colegas de la jerarquía religiosa en Egipto. Él no estaba exento, por lo menos al principio, de serias faltas en su carácter, pero su alma era demasiado grande para ser tocada por el orgullo espiritual o intelectual; por eso se fue alzando poco a poco sobre tales defectos, a medida que el nuevo conocimiento de la verdad actuaba en lo íntimo de su ser.
Moisés comprendía cabalmente que acomodarse de una manera estricta a la voluntad de Dios, lejos de acarrear la pérdida de ningún bien, sólo podía significar una vida más alta, mejor y más espléndida. En consecuencia, no consideró como un sacrificio la aceptación de esa voluntad; por el contrario, la estimó como la más elevada forma de glorificación personal, en el verdadero y maravilloso sentido de esta palabra. La glorificación personal del egoísta es la vanidad vil que, al fin, conduce a la humillación. La verdadera glorificación personal, la que es realmente gloriosa, es la glorificación de Dios. “El Padre en mí. Él hace el trabajo. Yo en Ti y Tú en mí”. Moisés comprendió a la perfección el poder de la palabra hablada para hacer surgir el bien, lo cual es fe científica. Fue uno de los hombres más mansos que jamás hayan vivido, y nadie, con excepción de nuestro Señor, ha recibido la tierra por heredad hasta tal punto.
Un delicioso proverbio oriental afirma que “la mansedumbre obliga a Dios mismo”.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados”.
“Justicia” es otra de las palabras clave de la Biblia que el lector tiene que poseer si quiere penetrar en el profundo sentido del libro. De igual manera que “tierra” y “manso”, “justicia” es un término técnico usado en un sentido definido y especial.
Justicia, en su acepción bíblica, tiene que ver no solamente con rectitud de conducta, sino con el pensamiento recto en cada aspecto de la vida. A medida que nos adentremos en el estudio del Sermón de la montaña, encontraremos en cada frase una reiteración de esta gran verdad: las cosas exteriores no son sino la expresión (expresar, presionar hacia fuera), o manifestación gráfica de nuestros pensamientos y creencias internas. Encontraremos también que tenemos el dominio o poder de guiar a voluntad el curso de nuestros pensamientos, por lo cual, indirectamente, somos nosotros quienes hacemos nuestras vidas conforme a la índole de nuestro pensar. Jesús nos repetirá constantemente en estas pláticas que nosotros no podemos ejercer acción directa alguna sobre las cosas exteriores, porque éstas no son más que las consecuencias o, por decirlo así, las imágenes de lo que ocurre en el Lugar Secreto. Si nos fuera posible cambiar directamente lo exterior sin alterar nuestro modo de pensar, ello significaría que podríamos pensar en una cosa y producir otra, lo cual sería contrario a la Ley del Universo. En efecto, es esta noción, errónea, la que constituye precisamente la base falsa de todas las desgracias humanas —enfermedades, pecado, contiendas, pobreza, y hasta la misma muerte.
Sin embargo, la gran Ley del Universo es ni más ni menos ésta: lo que llevamos en nuestra mente es la causa determinante de nuestra experiencia. Tal como es lo de dentro, así es lo de afuera. No podemos pensar una cosa y producir otra. Si queremos tener control sobre las circunstancias que nos rodean para hacerlas armoniosas y felices, primero tenemos que convertir en armoniosos y felices nuestros pensamientos, y entonces lo exterior seguirá el mismo camino. Si deseamos salud, pensemos antes que nada en salud y, recordémoslo, esto no quiere decir solamente pensar en un cuerpo sano, aunque ello es importante, sino que tal estado mental incluye pensamientos de paz, de gozo y de buena voluntad para con todos, porque, como veremos más adelante en el Sermón, las emociones negativas son una de las principales causas de la enfermedad. Si queremos elevar nuestra estatura espiritual y crecer en el conocimiento de Dios, debemos imprimirles un ritmo espiritual a nuestros pensamientos, y concentrar nuestra atención (que es la vida misma) en Dios más bien que en nuestras limitaciones.
Si queremos prosperar materialmente, hemos de tener pensamientos de prosperidad, y hacer un hábito de este pensar, porque lo que mantiene a la mayoría de la gente en la pobreza es la costumbre de pensar en términos de pobreza. Si queremos vernos rodeados de amable compañerismo y tener el afecto de los demás, es preciso que en nuestros pensamientos se reflejen el amor y la buena voluntad. “Todas las cosas trabajan juntas para el bien de aquellos que aman el bien”.
Cuando un hombre despierta al conocimiento de estas grandes verdades, naturalmente trata de aplicarlas a la vida. Comprendiendo al fin la importancia vital de la justicia, o de mantener solamente pensamientos armoniosos, un hombre razonable empieza en seguida a tratar de poner en orden su casa. Pero encuentra que, aunque la teoría es bastante simple, la práctica es cualquier cosa menos fácil. Ahora bien, ¿por qué ha de ser esto así? La respuesta estriba en la extraordinaria potencia del hábito; y nuestros hábitos de pensamiento son, a la vez, los más sutiles y los más difíciles de romper. Abandonar un hábito físico es comparativamente más fácil, si uno se lo propone con seriedad, porque la acción sobre el plano físico es mucho más lenta y palpable que sobre el plano mental. Cuando se trata de hábitos mentales no podemos, por así decirlo, echarnos a un lado y mirarlos objetivamente como hacemos al contemplar nuestras acciones. Nuestros pensamientos se deslizan por el campo del conocimiento en una corriente incesante, y con tal rapidez que sólo con una vigilancia activa y constante podemos dirigirlos. Además, el teatro de nuestros actos es el lugar en que nos encontramos. No puedo obrar más que en donde estoy. Puedo, por supuesto, dar órdenes por carta o por teléfono, o puedo tocar un timbre y obtener ciertos resultados a distancia. No obstante, el acto mismo ocurre donde estoy y en el momento actual. En cambio, con el pensamiento puedo recorrer todo el panorama de mi vida, evocar a todas las personas que he conocido, y con igual facilidad puedo sumergirme en el pasado o remontarme hacia el futuro. Vemos, por lo tanto, que la tarea de lograr un equilibrio de pensamiento justo y pleno de armonía, es mucho mayor de lo que a primera vista parece.
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