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© LOM ediciones Primera edición, abril 2019 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 978-956-00-1146-6 eISBN: 9789560012593 «Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme Gabriela Mistral d'aide à la publication, a bénéficié du soutien de l’Institut Français du Chili». «Esta obra, publicada en el marco del Programa Gabriela Mistral de ayuda a la publicación, contó con el apoyo del Institut Français du Chili». Edición, diseño y diagramación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) 2860 68 00 lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro Nº: 103.019 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile

Ciertamente, somos niños, unos y otros. Jamás pretendimos ser héroes; no hay que exigirnos demasiado.

Fernand Zalkinov, fusilado el 9 de marzo de 1942

en el Mont Valérien.

Índice

  Capítulo 1

  Capítulo 2

  Capítulo 3

  Capítulo 4

  Capítulo 5

  Capítulo 6

  Capítulo 7

  Capítulo 8

  Capítulo 9

  Capítulo 10

  Capítulo 11

  Capítulo 12

  Capítulo 13

  Capítulo 14

  Capítulo 15

  Capítulo 16

  Capítulo 17

  Capítulo 18

  Capítulo 19

  Capítulo 20

  Capítulo 21

  Capítulo 22

  Capítulo 23

  Capítulo 24

  Bibliografía

  Agradecimientos

Capítulo 1

Willy fue a estacionar su motoneta cerca de la orilla, frente a la fachada del Floréal. El frío entumecía la punta de sus dedos, a pesar de los guantes de aviador encontrados en una tienda de ropa americana en el portal Saint-Ouen. Se cruzó de brazos y deslizó sus manos bajo sus axilas, mientras Louis Dragère, el periodista con el que estaba haciendo equipo y que acababa de hacerle una seña a través del vidrio empañado, se tomaba su café. El joven salió, sujetó los resortes del sillín para poder sentarse en el portaequipaje con las piernas separadas por las alforjas llenas con el equipamiento de Willy, y tembló al entrar en contacto con el metal congelado. Hizo un nuevo esfuerzo al inclinarse hacia el casco de cuero que recubría la cabeza del conductor.

–Hola, Willy... Pensaba que iban a estar ahí, pero hubo un cambio de planes... nos esperan en les Folies, en Belleville bajo, al lado del cine. ¿Ubicas dónde es?

–Sí, tomo la calle Julien Lacroix. Ya estoy empezando a conocer el barrio.

Willy enganchó la primera velocidad. Los temblores del motor hicieron vibrar la patente, que tenía forma de cresta de hurón y se encontraba en el guardabarros delantero. Él mantenía la máquina treintañera con cuidado, sin lograr rellenar los agujeros de aire que frenaban la aceleración apenas la temperatura se volvía negativa. Tenía los medios para adquirir una de esas nuevas serie Z que hacían milagros en el Bol d’Or, pero no se decidía a separarse de su antigua compañera. La moto era lo único que le quedaba del taller de su padre, una tienda de fotógrafo del boulevard Rochechouart que tuvo que rematar a pérdida algunos meses antes del Frente Popular, cuando su enfermedad había empezado. Abandonando las fotos de matrimonio, Willy había preferido meterse en los cortejos, igual de alegres y determinados, que se habían tomado las calles de París. En algunos meses se había especializado en los reportajes de las uniones más importantes que se publicitaban en lo que quedaba de Europa libre e incluso en América. Antes del joven periodista, varias decenas de amigos se habían ido sobre el portaequipaje, en salidas a los bosques a la orilla del Marne. Luego, la tormenta se desató y las fuerzas de la naturaleza quedaron sueltas. Se acordaba, con una punzada en el corazón, de aquellos a los que solo podía unirse con su recuerdo: la resplandeciente Gerda Taro, aplastada por un tanque en la batalla de Brunete, en España... Endre Ernô Friedmann, su amado, a quien ella le inventó el seudónimo de Robert Capa, y que acababa de ser despedazado, hace seis meses, por una mina, en Tonkin...

Willy cerró rápidamente los ojos para poder alejar a sus fantasmas. Disminuyó la velocidad para girar a la derecha a través de la calle de Belleville, evitando andar en zonas muy brillantes donde llegaban a reflejarse las luces amarillas del alumbrado. Los transeúntes, embutidos en abrigos abultados, se amontonaban alrededor de los puestos antes de desaparecer en los pasillos y los corredores de los edificios. Otros iban a apoyar los codos en la barra de un café para aprovechar el calor que les hacía falta en su departamento. Tres jóvenes escuálidos hacían circular un cigarrillo poniéndose a cubierto del viento detrás de un afiche publicitario que anunciaba la proyección de Pane, amore e fantasia. El más esbelto se separó del grupo apenas vio la moto. Se acercó a la calzada poniendo la punta de sus zapatos hacia adelante. El resto del cuerpo la siguió como atravesado por una onda, las piernas se desplegaban una al lado de la otra, las caderas se soltaban y la espalda contoneaba, dándole aspecto de felino. Levantó la mano al reconocer a Dragère, y dirigió al equipo hacia un pórtico. Un pasaje estrecho conducía a un vasto patio interior sumergido en la oscuridad. Estallidos de voces y fragmentos de juegos radiofónicos flotaban en el aire húmedo que olía a sopa y fritura. El periodista bajó primero. Esperó a que Willy pusiera la pata de la moto para presentar a Georges Malewski, gracias a quien había negociado el encuentro con la banda de los Fauch’man.

–Es Jojo, del que te hablé...

El fotógrafo se sacó sus guantes, pausadamente, para darle la mano.

–¿Usted es el que trabaja como torneador en Givet, en la plaza Voltaire?

–Sí. Mi padre también trabaja ahí, pero él trabaja en el corte...

–Por lo que creí entender, deberíamos poder hacer un reportaje en la fábrica... ¿Están todavía de acuerdo?

Esbozó una mueca mientras pasaba sus dedos separados por su densa melena.

–No había problemas la semana pasada, aunque desde hoy día se ha vuelto un poco más complicado. Para la grifería, habíamos quedado en doscientas piezas por hora, y de repente, sin avisar, nos hacen pasar a doscientos veinte... estamos peleando, y el jefe que antes teníamos en la palma de nuestra mano va a estar obligado a volver a abrir los ojos... hay que esperar...

–Bueno, ustedes vean...

Los otros jóvenes los habían alcanzado. Se dirigieron juntos hacia el fondo del patio, donde estaban apilados los basureros de los edificios que los rodeaban dibujando un rectángulo alargado en el cielo huérfano de estrellas. Unos gatos interrumpidos en su comida se alejaron maullando, acompañados por un ruido de tapas cayendo. Habiendo llegado cerca del muro, Malewski, ayudado por uno de sus compañeros, movió una placa de lata que escondía una especie de tragaluz por el cual un hombre de corpulencia media podía pasar.

–Es la única forma de entrar a nuestro escondite. Tienen buen perfil. Voy a pasar primero para abrir el camino. Los otros ya llegaron; nos están esperando.

El periodista se adentró siguiéndolo, poniendo sus suelas, tanteando, sobre las barras invisibles de una escalera cuya madera crujía al menor movimiento. Un olor a hollín y tierra mojada subía desde el suelo. Tendió el brazo hacia la apertura para recibir las cámaras fotográficas de Willy y lo guio gradualmente sosteniéndole el tobillo. Se dispusieron en un pasillo en fila india, a lo largo de ciertos metros, antes de que Jojo empujara una puerta armada con planchas mal ajustadas. La gran ampolleta que se balanceaba en un extremo de su cable hacía nacer sombras fugitivas en los rostros de unos veinte jóvenes niños sentados alrededor de una mesa de cantina. Georges Malewski se levantó sobre las puntas de sus pies para deslizarse hacia el sillón de cuero dañado, destinado al jefe. Carraspeó su garganta varias veces para captar la atención.

–Como les había explicado en nuestra última reunión, el diario L’Humanité está interesado en nuestras actividades. Debería publicar toda una serie de reportajes sobre las pandillas de jóvenes que se organizan en París y su región. Los Peignotins del XV, los Cols Roulés de Montmartre, los que quedan de los Floréal...

Jojo saboreó los silbidos que recibieron la evocación de la pandilla rival. Hizo durar el placer antes de retomar.

–Los Floréal, estuvimos juntos durante seis meses, pero terminaron creyendo que, como vivían en las alturas, éramos sus inferiores... La única diferencia es que aquí tenemos menos dinero en los bolsillos. ¡Es por eso que nos bautizamos los Fauch’man, los «sin un peso»! El compañero periodista que vino hoy se llama Louis Dragère, y normalmente escribe sobre varios hechos... está acompañado...

Dirigió su mirada al fotógrafo, al que trató de usted.

–Disculpe, no conozco su nombre...

–Willy Ronis. Haga como si yo no estuviera aquí.

Louis Dragère tomó la dirección de las operaciones, pidiendo a todos los jóvenes reunidos en torno a la mesa que se presentaran. Anotaba incluso el menor detalle en su libreta, los apellidos y los sobrenombres, las direcciones de sus trabajos, las calificaciones, las señas distintivas. Yves Maingam, fletero en Guillaumet; Serge Crescente, llamado Tic-Tac, aprendiz de relojero (con pecas); Victor Rombaut, llamado Gavroche, pintor de construcción; Jacques Richard, llamado Haut et Bas, eléctrico en Roux y Combaluzier (bigote delgado al estilo de Errol Flynn); Léon Herment, alias 40 de fièvre, aprendiz de matarife en la Villette...

Un cuarto de hora más tarde era como si el periodista hiciera parte de la pandilla desde su creación. Ya no era necesario hacer la menor pregunta, una confianza llevaba a otra, y cuando el silencio amenazaba, las risas servían de transición.

–¿Se reúnen a menudo en esta guarida?

–Dos veces...

–¿Dos veces? Dos veces al mes, dos veces a la semana....

–Dos veces a la semana, pero si dependiera de nosotros sería dos veces al día. Pareciera que sólo aquí se vive realmente.

–¿Y qué quiere decir eso, «vivir realmente»?

Las miradas se dirigieron hacia un extremo de la mesa desde donde presidía Malewski. Willy se subió a un banco para ponerlo en el centro de la escena, aunque sabía, tirando el flash, que la luz, demasiado violenta, quitaría todo misterio a su toma.

–Vivo a cien metros de aquí, donde mis viejos, en una casucha que fue derribada por los bombardeos, hace ya once años. La casa es inestable. ¡Sólo el propietario no se mueve! Además, estamos sobre arcilla como gran parte de Belleville... Apenas empieza a llover pareciera que vivimos en un acuario. Solo me siento bien aquí, con los amigos.

Louis Dragère dio vuelta a la página de su libreta, por su espiral.

–Todos ustedes tienen entre 16 y 19 años... Leen los diarios, escuchan la radio, miran las noticias Pathé en el cine...

Haut et Bas dejó de alisarse su bigote para hablar.

–Sí, no somos cavernícolas. ¿Por qué nos preguntas eso?

–Esta mañana anunciaban combates en los montes Aurés, en Argelia. ¿No tienen miedo de que les pidan que vayan?

–No. Los argelinos seguramente están hartos de que estemos instalados donde ellos hace rato, pero no le hacen el peso al ejército. En seis meses no se va a hablar más de eso.

Un corte de corriente sumergió la guarida en una oscuridad total. A lo largo de los segundos que siguieron, la noche fue penetrada por la luz inestable de una decena de fósforos que encendieron el mismo número de velas, dándole a la junta la apariencia de un cuadro flamenco. Los destellos cambiantes esculpían los perfiles, cavaban órbitas, afiebraban las miradas, daban gravedad a los movimientos, solemnidad a la menor pose. Willy se había adaptado inmediatamente a la situación, su índice no dejaba de apretar el chispero de la Leica para captar eso que parecía ahora, gracias a una pana de electricidad, una reunión de conspiradores.

Se fueron apenas se restableció la luz, aprovechando el mismo tragaluz que daba sobre el patio. La moto se hizo camino entre los clientes frecuentes del cine, que estaban saliendo en ese momento, y se dirigió hacia la plaza de la République. Algunos copos bailaban en el haz de la luz delantera antes de ser aspirados por la velocidad. Después de haber atravesado el cruce, Willy giró levemente la cabeza hacia atrás gritando:

–Si quieres te puedo dejar en tu casa...

Dragère se apegó a la espalda del fotógrafo.

–No, prefiero volver al periódico. Voy a estar más cómodo para escribir mi artículo. Déjame en los Boulevards, voy a caminar un poco.

Se separaron en el ángulo de la calle Montmartre. Dragère vio la moto alejarse, después se subió el cuello de su cazadora y se puso a caminar hacia Les Halles. Desistió de entrar a los restaurantes frecuentados por los periodistas para instalarse en el Café Español, ante una paella que tragó releyendo las notas tomadas en la guarida de Belleville. Era casi medianoche cuando se acercó a la sede de L’Humanité, un edificio Art déco de cuatro niveles en forma de transatlántico que había alojado a un diario colaboracionista durante la guerra. Se decía que los arquitectos se habían inspirado en la silueta del Normandie para hacer las crujías y la popa. Dragère subió al segundo piso, se instaló en un escritorio adornado cuyo ventanal daba hacia la circulación del bulevard. Deslizó una hoja de papel calibrada entre los rodillos de una máquina de escribir y golpeó las letras con la sola ayuda de sus índices el título de su artículo: «Los Fauch’man son otra cosa». Lo miró durante un largo tiempo antes de decidir atacar el primer párrafo. Era parte de esos periodistas que necesitan concentrarse en el agarre, que lleva en sí toda la lógica de la crónica. Bastaba con que las falanges se apoyaran sobre las teclas para que el pensamiento tomara forma.

Durante toda esta semana, vamos a seguir a las pandillas que uno encuentra en París como en toda su periferia. La elección es amplia: están los Cols Roulés, los Rôdeurs des Courtilières, la tropa de Butte à Coco, los del 140, los Rebelles des Poissoniers... Algunas cuentan con cinco o seis miembros, generalmente una treintena. ¡La más provista agrupa hasta doscientas personas! Escuchándolos, entendí que no les gustaban los patrones ni los que dan lecciones. En su sistema de valores, los nervios a menudo tienen prioridad sobre la discusión. Los más viejos tienen 20 años, ¡y si uno no es rebelde a esa edad es que los años pesaron el doble o el triple!

Dos horas más tarde, la primera entrega de la serie estaba lista. Se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón del tercer subsuelo. Los operadores ventilaban cerros de L’Humanité* con la tinta aún fresca en los casilleros de los distintos revendedores, antes de que otro empleado los atara y los echara en la parte de atrás de una camioneta. Recogió un ejemplar demasiado arrugado para ser puesto a la venta. El hangar estaba silencioso. Los rotadores sacaban los cilindros de las formas del diario comunista para montar, en su lugar, aquellas de la primera edición de Le Figaro**, cuya impresión equilibraba las cuentas de la empresa de la prensa. Un marginador que había terminado de sostener una bobina de papel le ofreció un café. Se lo tomó hojeando el diario. El frío persistente, así como las subidas del Sena, del Marne, peleaban en primera página con la campaña emprendida contra la reconstitución y rearmamento de la Wehrmacht. Su única contribución a la edición del día consistía en una breve nota de un despacho de una agencia:

Goliath, 62 toneladas, evita la guardería. El circo dueño de la ballena Goliath, su principal atracción, no tenía el permiso para circular con el mamífero. Resultado, doce horas de custodia, tiempo para encontrar un acuerdo.

* L' Humanité, diario del Partido Comunista Francés (N. del E.).

** Le Figaro, diario de derecha francés (N. del E.).

Capítulo 2

Louis Dragère subió al hall por las escaleras. Como cada noche, una decena de militantes enviados por la Federación del Sena del Partido Comunista hacían guardia para oponerse a un eventual ataque a los locales del diario. El agresor podía tener muchas caras: un grupo de facciosos, un movimiento gaullista o el brazo armado del poder. Cada distrito parisino, cada ciudad del departamento enviaba su destacamento por turnos. Las industrias de la región alimentaban igualmente a los contingentes, Panhard y Renault, La Bakélite y Malicet, cuando no era Snecma, Gévelot o Hispano-Suiza. Al principio, los obreros que regalaban una noche a la causa eran recibidos por los directores, los jefes de rúbrica. Después, a lo largo de los años, su presencia se había banalizado. Se habían vuelto tan invisibles como los guillotinadores, los que llevaban la tinta o las mujeres del aseo. Dragère era uno de los pocos periodistas que los iba a visitar al antiguo guardarropas transformado en dormitorio, que tomaba lugar en torno a la mesa donde se mataba el tiempo revolviendo las cartas, rehaciendo el mundo. Le gustaba escuchar cómo se contaba el día a día del trabajo en la lengua de los talleres, o cómo contaban, los más antiguos, episodios desconocidos de la lucha incansable de los explotados contra los succionadores de sudor. Algunos evocaban otras épocas más peligrosas, la Resistencia, la deportación, y todos se sentían de pronto investidos del deber sagrado de honrar el sacrificio de los ausentes. Esa noche, luego de dos horas, mientras la nieve comenzaba a cubrir totalmente la calle du Louvre, un tipo de una treintena de años, eléctrico de Bendix, en Drancy, se había puesto a hablar de lo que había bendecido su juventud. Huérfano de padre, se había puesto a trabajar desde muy joven como temporero en una finca entre Dole y Lons-le-Saunier. Maltratado por el aparcero, cansado de trabajar como un «sufre dolores», había resuelto fugarse. El azar le hizo encontrar a los maquisards que operaban en el sector de los montes de Arbois.

– Cuando cumplí 19 años, el 8 de septiembre de 1944, participé en la liberación de Besançon, como apoyo de la 3era división americana. De paso, me integraron en el ejército francés. Incluso me pregunté en un momento si es que me volvería soldado de profesión. Difícil de creer, pero lo encontraba menos difícil que el trabajo de esclavo, en el campo. Siguiendo los consejos de un sargento, me contenté con firmar por lo que durara la guerra. Con dirección a Alemania, hasta el nido de águila del Führer en Berchtesgaden... Creí que habíamos terminado, ¡no había pensado en el hecho de que la pelea seguía con los japoneses! Estaba ya en el puente Pasteur, en Marsella, en ruta hacia Vietnam. Cuando llegamos, el Imperio se había rendido, después de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En vez de perseguir a los aliados de los nazis, empezamos a perseguir a los independentistas vietnamitas en el sector de Can Tho. Estaba bajo las órdenes del teniente coronel Massu. Estábamos respaldados por la Legión Extranjera, de la que gran parte de sus efectivos había sido de la Wehrmacht, de restos de la Legión SS Charlemagne y milicianos. Pensé que me había vuelto loco. Un día, tenía que suceder... Me cayeron encima y me tuvieron por muerto.

Había levantado su suéter y luego su camisa para mostrar las cicatrices que atestiguaban los golpes recibidos.

–Volví a tomar el barco en junio de 1948, después de haber sido declarado no apto para el servicio. Desde entonces, paso mis domingos llenando expedientes para agarrar alguna pensión. No los soltaré, ¡créanme!

El periodista había saludado a aquellos que debían ser vigilantes, antes de sacar una manta gris de un montón que estaba cerca de la puerta. Después se acostó en una cama de campaña, a una distancia respetable de un militante resfriado, cuya nariz emitía unos silbidos tan regulares como horripilantes. Cuando se despertó, se preguntó por una fracción de segundo si es que había soñado: era el único en medio de una sala vacía; todo el mundo se había ido. Le gustaba tomar su café acompañado de una tostada, en la barra del Singe Pèlerin, un café con los muros decorados de lozas con diseños (el patrón decía que no eran dibujos animados, sino dibujos fundidos), que representaban todas las profesiones de Les Halles, cuyos movimientos metálicos dominaban el barrio. La nieve de la madrugada se mantenía aún en los rincones expuestos en el norte, así como sobre los parabrisas de los autos, de los camiones. Cerca de la iglesia de Saint Eustache, una nube de espigadores saqueaba los techos cubiertos de cajones destripados bajo la mirada habitual de dos policías municipales. Las bolsas se llenaban de hojas de repollo, de papas arrugadas, de lechugas viejas, de cabezas de pescado. Él había bajado al subsuelo para llamar a Odette. Ella se había ausentado desde hacía tres días para ocuparse de su madre, que se sentía cansada desde hace semanas y que debía pasar una serie de exámenes médicos. El único aparato del edificio estaba instalado en la conserjería. Debió esperar a que la conserje subiera para avisarle. Él sabía que la parlanchina se mantenía escondida en su cocina, escuchando las conversaciones, lo que obligaba a Odette a cuidar sus frases.

–Hola, ¿estás bien?

–Sí, un poco cansada. ¿Y tú?

–No realmente. ¿Sabes que me haces falta? ¿Cuándo vuelves?

–Pensaba pasar el domingo aquí, un tiempo suficiente para poner todo en orden en la casa. Creía poder tomar el tren el lunes en la mañana, pero no sé si será aún posible... Eso depende de lo que digan...

Louis Dragère se hizo a un lado para dejar pasar a un cliente apurado por alcanzar el baño.

–No voy a poder aguantar... Yo también me siento un poco exhausto, no le encuentro el gusto a nada...

–No es muy amable hacer presión así, Louis... Ella no está bien. Nunca se quejó, es la primera vez... Además, aquí estamos mal, por todo lo que cae desde hace semanas. El Sena y el Orge pasaron la cota de alerta ayer en la noche. Todo el barrio de Belles Fontaines tiene los pies en el agua. Esta mañana, alcanzaba el centro de Juvisy, por la Grande Rue. Mudaron el correo para instalar ranuras a prueba de agua, en el edificio. Todas las bodegas están inundadas. Se han empezado a ver barcas en la parte baja de las líneas de tren, y por lo que me han dicho, la SNCF está a punto de anular la mitad de sus trenes hacia París. ¿Y tú qué haces?

Volvió a poner una moneda en la rendija del teléfono público.

–Sigo con mi investigación sobre las pandillas, con Willy. Escribí mi artículo sobre los Fauch’man mirando la nieve caer. Los copos me inspiran. Esta noche tengo una entrevista con los Enragés, en la calle de la Lune, no lejos de la Puerta de Saint Denis. Apasionados de Milton Mezz Mezzrow, de Lionel Hampton, de Sidney Bechet. Me ofrecen un concierto de jazz en un salón privado... Así me tratan, mientras otros prefieren despreciarme...

Ella dejó escapar una pequeña risa.

–No seas tonto, yo también pienso en ti... debo dejarte. Vuelve a llamarme alrededor de las seis, no antes, esperaré cerca de la cabina. Besos.

–Para ti también, mi pequeña Odette, y no solamente en la boca...

Volvió a ir por la calle Montmartre evitando a los pobres diablos cargados de cartones y de cajas de conserva, con las manos embutidas en los grandes bolsillos de su cazadora, tarareando con los labios una canción de moda. Con la voz clara de Odette en la cabeza se sentía ligero, confiado, listo para enfrentarse al mundo. Rechazó la proposición de una prostituta matinal que probó su suerte pidiéndole fuego para su cigarro americano. Varias personalidades bajaban rápidamente de autos negros que se estacionaban delante de la entrada del periódico. Reconoció a Roger Vailland que discutía con Pierre Daix, luego a André Stil y a André Wurmser, de quien apreciaba sus notas. Había tenido la oportunidad de intercambiar algunas palabras con este último, una de las pocas veces que fue invitado al bar del séptimo piso. Armand Quérin, un veterano del Red Star, un club donde se había codeado con el legendario Fred Aston, y que ahora trabajaba para las páginas deportivas, lo detuvo mientras se dirigía a los ascensores.

–Vastard te busca por todas partes desde hace una hora. Está corriendo en todas direcciones.

–Gordo como está, eso no le puede hacer mal. ¿Dijo algo?

–No. No sé qué quiere, pero me da la sensación de que es serio además de urgente.

Louis Dragère mantenía muy buenas relaciones de trabajo con Roland Vastard, uno de los pocos redactores de titulares que llegaron desde el centro de formación de periodistas donde hacía clases. Sin desconocer la necesidad del combate político en todos los frentes, había logrado liberar un espacio para temas más transversales. Desde la indagación cultural a la investigación en torno a un hecho emblemático variado. Profesaba que la lucha de clases ya no estaba presente solamente en la fábrica, en la calle, sino que un ojo atento podía distinguir sus efectos en los lugares más inesperados. Sabía ser provocador. Dragère lo había escuchado defender su punto de vista en una conferencia de redacción, no habiendo titubeado al afirmar:

–Un filósofo produce ideas, un poeta versos, un cura sermones, un profesor libros... Un criminal produce criminalidad. ¿Habría alcanzado la profesión del cerrajero un grado tan alto de perfección si no hubiese habido ladrones? ¿La fabricación de cheques bancarios habría alcanzado un tal grado de excelencia si no hubiese habido estafadores?

Había esperado a que su interlocutor levantara los hombros para revelar teatralmente el nombre del autor, poniendo sobre la mesa el texto que no hacía más que citar.

–No me estaba sino refiriendo a Karl Marx, de quien le recomiendo particularmente la conclusión: «El crimen, por el desarrollo sin fin de nuevos medios de atacar la propiedad, forzó la invención de nuevos medios de defensa, y sus efectos productivos son tan grandes como aquellos de las huelgas con respecto a la invención de las máquinas industriales».

En realidad, si bien la idea de una inmersión en los grupos de jóvenes venía de Dragère, la luz verde la había dado su jefe. Esperó varios minutos ante la puerta cerrada del ascensor, mirando de vez en cuando la señal luminosa, que se mantenía bloqueada en el número 2. Terminó por abandonar la máquina para volver a dejar su confianza en las escaleras. Vastard estaba en el teléfono tomando nota de lo que le decían desde la otra línea. Esbozó una sonrisa de bienvenida, le hizo un gesto para que se sentara. Escribió una decena de líneas y luego cortó dejando caer el peso de su mano sobre la baquelita.

–Una llamada de Casablanca... Acaban de fusilar a seis patriotas marroquíes en la penitenciaría de Adir, cerca de Mazagan... Condenados por intrigas independentistas por el tribunal permanente de las fuerzas armadas. ¡Querrían prenderle fuego a toda África del Norte! ¡Con ella no actuarían de otra manera! Te noto cansado...

–Un poco... Estuve hablando hasta tarde con los chicos del servicio del orden...

Dragère había visto, al sentarse, su trabajo sobre los Fauch’man cerca de la máquina de escribir, pero después de lo que acababa de escuchar, el pudor le impedía preguntarle a Vastard lo que pensaba de él. Fue el último el que abordó la cuestión.

–Leí el primer artículo de la serie, y el primer artículo a propósito de tu expedición a Belleville, con Ronis. Muy buen material. Después de tres líneas uno ya hace parte del equipo, baja la escalera, enciende las velas. Solo una observación: habría que ver si, en todo lo que escuchaste, no había una alusión más marcada a la política del Partido en lo que concierne a la dirección de la juventud... No es necesario que sea largo. Una frase o dos. Piensa en ello, pero no es por eso que quería verte... Me pregunto qué quieren de ti...

–No estoy en nada más. ¿De quién hablas?

Vastard se tiró contra el respaldo de su sillón y se estiró bostezando.

–Recibí una llamada de André Vieuguet, el secretario de Duclos. En persona. Necesitan reunirse contigo. Tendrías que presentarte esta tarde en la sede del Comité Central, a las cuatro en punto...

–¿El Comité Central? ¿De qué se trata todo esto? Deben haberse equivocado de persona. ¿Estás seguro de que se trataba de mí?

–Hay solo un Louis Dragère en redacción, hasta donde sé... No puedo decirte más sobre eso. Intenté obtener precisiones, pero no soltó ni la más mínima información. Es tan difícil como intentar abrir una ostra con la mano.

El joven periodista mató el tiempo que lo separaba de su reunión paseando por el barrio. Pasó el tiempo despedazando unas castañas asadas, ante todos los espectáculos que le ofrecían los bulevares: las siluetas de las peatonas, un falso faquir que se acostaba sobre vidrio molido y le pedía a un peatón obeso que subiera sobre la plancha que había equilibrado sobre su vientre, un halterófilo bigotudo que rompía cadenas, caniches disfrazados como doncellas saltando por unos aros, un oso con la nariz perforada errándole tristemente a la cadencia de un tamboril... Luego terminó aterrizando en una sala oscura, el Helder, que proyectaba desde el mediodía Ça va barder de John Berry. Había leído una crítica bastante tibia de la película en su diario, pero era sobre todo la personalidad del director refugiado en Francia, escapando del macartismo, así como su actor principal Eddie Constantine, lo que lo había atraído delante de la pantalla. Salió con reservas de energía. Aunque la historia no era la gran cosa, una enésima variación del tema del tráfico de armas, la combinación del juego de los comediantes, de la dirección de los actores, del encuadre, de la luz y del montaje no le dejaba ningún respiro al espectador. Volvió a subir hasta la plaza de l’Opéra, bajo una lluvia fina y gélida, diciéndose que hablaría de ella con el crítico del diario, luego dobló por la calle La Fayette. Aunque lo había visto mil veces, mientras pasaba por el cruce Châteaudun afirmándose de las manillas del autobús, Dragère no había entrado nunca al edificio del 44, en la calle Le Peletier. Un edificio opulento de seis o siete pisos, el último apartado circundado por un corredor, ladrillos y cemento que daban la impresión de una arquitectura masiva, y sobre todo dos inmensas puertas de fierro forjado que no se abrían más que por unos segundos, tiempo en el que un auto se lanzaba al interior. La ubicación era ideal, en la frontera del París popular y del París de todos los poderes. Recorrió la fachada sin saber cómo dejar manifiesta su presencia. Terminó notando un timbre eléctrico medianamente disimulado por una excrecencia de chatarra. Apretó brevemente el botón, como si tuviera miedo de molestar a los ocupantes. Una voz, curiosamente salida de un punto por sobre su cabeza, se hizo escuchar:

–¿De qué se trata?

Levantó la nariz para responder.

–Me pidieron venir a las cuatro. Estoy un poco adelantado. Tengo reunión con el señor André Vieuguet...

–¿Quién es usted?

–Louis Dragère. Soy periodista de L’Humanité...

–Gracias. Tendré que hacerlo esperar unos instantes.

Su mirada cruzó aquella de un peatón cuyo rostro estaba totalmente cubierto de tatuajes. Una especie de pulpo desplegaba sus tentáculos desde su frente. Sus apéndices iban rodeando sus ojos, su nariz, su boca, sus orejas, al estilo de una mano sin cuerpo, de un azul transparente.

–Puede entrar...

Una puerta se abrió en el metal macizo del pórtico, y, aun teniendo todo a la vista, sostuvo el marco con su talón y casi pierde el equilibrio.

–Sígame.

Se dirigieron a la derecha para ingresar en una pieza ocupada por tres personas. Un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje gris, de apariencia marcial, se encontraba detrás de un escritorio sobre el cual se encontraba una placa alargada, parecida a la que se encuentra en las administraciones: «General Joinville». Retratos gemelos de Maurice Thorez y de Stalin decoraban el muro. El periodista reconoció a uno de los que estaban sentados en la recepción, un obrero que iba a veces a hacer de guardia en la calle du Louvre, pero el hombre hizo como si nada.

–El compañero Vieuguet lo recibirá a usted. ¿Tiene documentos de identidad?

Abrió su billetera y extendió su tarjeta profesional.

–No sabía... tengo solo esto...

–Está bien, eso bastará.

El chico con el que se había cruzado antes lo registró rápidamente, luego subieron los pisos, pasando delante de la pieza triangular, de techo bajo, donde se reunía el Consejo Político. A través de la puerta entreabierta, percibió las mesas estrechas, la placa de mármol que rendía un homenaje a los dirigentes muertos durante la Resistencia. Jacques Duclos avanzaba dando zancadas por el mismo pasillo, en sentido inverso. Miró de arriba a abajo a Dragère y luego se detuvo para tenderle la mano. El acento de los Pirineos era tan grueso como la silueta de donde salía la voz.

–Estoy contento de que hayas respondido a nuestra invitación... André te va a recibir. Me habría gustado explicarte en persona lo que esperamos de ti, pero debo preparar una intervención en la Asamblea. ¡No dejaremos que rearmen a Alemania!

Louis Dragère permaneció atónito por un instante, era como si una estatua se hubiese puesto a hablarle, luego se volvió a poner en movimiento al modo de un autómata. El secretario de Duclos, ante el cual estuvo durante el minuto siguiente, era bastante menos impresionante. Desplegó un ejemplar de L’Humanité para dejar visible un artículo. Dragère reconoció la foto de la fábrica de productos químicos Kuhlmann que acompañaba a uno de sus reportajes, coronada por un título de shock encontrado por Vastard: «Sopa de gusanos».

–¡Excelente trabajo! Es este artículo el que atrajo nuestra atención hacia ti. Cuando apareció, hace seis meses, me hablaron de él por lo menos veinte veces durante la jornada siguiente. Nombres muy grandes tienen la amabilidad de confiar artículos a nuestras publicaciones, y debo decir en verdad que el eco es a menudo menor...

Acercó el artículo a su rostro y se puso a leer un pasaje después de carraspear su garganta.

–«Hay un olor en Aubervilliers, un olor del que nadie puede escapar: ¡se les pega a todos al fondo de la garganta, colma sus pulmones, todos lo respiran, y lo respiran en todas partes! Se cierne de pronto en ráfagas, a voluntad del viento inestable del oeste y se vuelve insoportable. Es con vagones de huesos venidos de los mataderos cercanos que se fabrica el pegamento y el abono animal. A estos olores agregue el polvo de los fosfatos. ¡Este olor a caldo de gusanos, olor a carroña, a horrorosa cocina de cadáveres, es Kuhlmann! Este es el panorama». Rara vez tiene uno la ocasión de toparse con algo tan potente, en la mañana, tomándose el café... He investigado, he reunido todo lo que has escrito desde hace dos años. Las investigaciones en terreno sobre todo. Por eso, cuando Jacques me puso al tanto de lo que le preocupaba, pensé inmediatamente en ti... Seguramente has escuchado hablar del Afiche Rojo, esa porquería que los nazis y sus lacayos hicieron pegar en los muros de Francia en febrero de 1944...

–Tenía 15 años en esa época. Me acuerdo como si fuera ayer. Lo habían pegado en todo el barrio de la Goutte d’Or. No estuvieron ahí mucho tiempo; con los compañeros nos ocupamos de limpiar los muros.

Vieuguet sacó una caja de medicamentos del bolsillo de su chaqueta y puso una pastilla verde sobre su lengua.

–Se me cansó la voz la semana pasada en un mitin en Sallaumines. Una hora de discurso en plena corriente de aire. He aquí el resultado... Bueno. A principios de marzo está decidido inaugurar la primera calle en homenaje al grupo Manouchian, cerca de la plaza Saint Fargeau en el distrito XX. Además de una concentración, se prevé depositar coronas en el cementerio d’Ivry, en el Mont Valérien, y una gran velada cultural en la Mutual. Varios ministros confirmaron su presencia, así como los embajadores de Polonia, de Rumania, de Hungría y de Italia, países de donde eran originarios los combatientes. La viuda del general Delestraint, así como de Jean Zay estarán ahí también. Esperamos la respuesta de un representante de la República soviética de Armenia y de un delegado de la República española en el exilio. Para darle mayor esplendor a la ceremonia, la dirección del Partido le encargó al camarada Louis Aragon la tarea de redactar un poema a la gloria de Missak Manouchian y sus acompañantes.

Dragère interpretó el silencio que se instaló como una invitación a expresarse.

–¿Qué debo hacer? ¿Preparar material para el periódico?

–Eso es el quehacer del 37, no del 44...

El tono se había vuelto tajante para ponerlo en su lugar, evocando los números de calle respectivos de L’Humanité y de la sede del Comité Central. Vieuguet prosiguió.

–Lo que te voy a decir es confidencial. Esto deberá quedar estrictamente entre nosotros. No debes reportárselo a nadie. ¿Entendido?

–Sí...

–Nuestros enemigos aprovechan todas las oportunidades para atacarnos, ensuciarnos. Algunos golpean incluso desde el interior de nuestra organización, donde han podido ocultarse. Fue el caso del fraccionario Tillon y del policía Marty. Esperamos que se desate una campaña con ocasión de esta inauguración. Debemos prepararnos para ello, estar listos para confundir a los calumniadores. No les hemos dado el mínimo crédito a los rumores que circulan sobre Missak y su grupo. El ataque de nuestros adversarios se apoyará sobre ellos, seguramente. Es de la más alta importancia que nosotros sepamos exactamente a qué atenernos. Es por eso que te confiamos esta tarea. Dispones de un mes para recoger la mayor cantidad de información posible sobre Manouchian y sobre lo que se dijo de él. Informaré a la dirección del periódico de tu ausencia momentánea. Julien Godart, el presidente del Comité Francés por la Defensa de los Inmigrantes, preparó un expediente que debería permitirte avanzar en esto.

Una hora más tarde, Louis Dragère se sobresaltaba por el ruido que hizo la pesada puerta que se cerraba detrás suyo. Apretó contra su pecho la carpeta de cartón que le había entregado el secretario de Jacques Duclos. Contenía en total tres hojas dactilografiadas y otros dos documentos. Se puso en camino hacia la estación de París Este bajo un cielo cuyo gris amenazaba con derramarse a cada instante. Los primeros copos empapados de agua se estrellaron a sus pies a la altura del restaurant Les Diamantaires, cuando las seis horas sonaban en una campana cercana. Se refugió en una cabina de la plaza Montholon para llamar a Juvisy. Unas diez personas que vivían en la calle instalaban un campamento improvisado a lo largo de las rejas con ayuda de planchas y telas, recubiertas de lona y telas impermeables. Allá, la conserje contestó después de haber dejado sonar el teléfono en el vacío durante varios minutos. Le informó con el aire que le sobraba que la «señorita Odette» había salido.

Capítulo 3

Odette y él habitaban una gran pieza situada sobre el taller de un fabricante de sellos de tinta hechos a medida, en la rue de l’Aqueduc. Se habían acostumbrado al ruido de la máquina de estampas, al rechinar de la cortina de fierro que se levantaba al mismo tiempo que el día. El rumor del tráfico de la estación de París Este les llegaba, sobre todo en verano, cuando el sol les obligaba a dejar las ventanas grandes abiertas. Su vecino de piso, un hombre pequeño y regordete que vivía con una mujer joven afectada por una cojera notoria, siempre tenía un negocio para proponer. Cigarrillos americanos a mitad de precio, rilletes de origen controlado, vino de productores, muebles nuevos que habían estado en liquidación, trajes a medida... Louis se lo había cruzado un poco tiempo antes, a la salida de un cierre de edición, por la madrugada. Vestido con un uniforme violeta y una gorra en la cabeza con la visera levantada, captaba a los provincianos alegres que pasaban delante del Tabarin, un club de striptease del barrio de Pigalle que no tenía problemas con que asistieran bobos. Dragère había rechazado su invitación, que incluía una copa de champaña por parte de la casa.

Prendió una yesca con madera de cajas recogidas en Les Halles para encender la leña que estaba en la chimenea antes de tomar conocimiento de la información que le había dado el secretario de Jacques Duclos. Puso de lado la lista de contactos, aterrorizado por la mera idea de tener que llamar a Louis Aragon. Supo que Missak Manouchian había nacido el 1 de septiembre de 1906 en Adiyaman, Turquía. Huérfano, había sido acogido, al igual que su hermano, por una institución religiosa del Líbano. Exiliado en Francia en 1925, había pasado por Marsella antes de llegar a trabajar en Citroën. Afiliado al Partido Comunista en 1935, había dirigido un periódico, Zangou. En la misma época, había sido la cabeza de una organización de solidaridad con la Armenia soviética, el HOG, donde había conocido a su futura mujer, Mélinée Assadourian. Detenido por la policía francesa en junio de 1941, al mismo tiempo que comenzaba la invasión de la URSS por parte del ejército nazi, se había vuelto, poco después de su liberación, uno de los responsables de la sección armenia de la Mano de Obra Inmigrante (MOI). Habiendo sido asignado a los Francotiradores y Partisanos (FTP) en febrero de 1943, participó al mes siguiente en su primera operación armada. Fue promovido a comisario técnico de los FTP en julio del mismo año, luego a comisario político en agosto, teniendo autoridad sobre unos cincuenta combatientes. Bajo su dirección se llevaron a cabo unas treinta acciones militares en París contra las tropas de ocupación, entre las cuales la más bullada fue la ejecución del general Julius Ritter, un cercano de Hitler, organizador del saqueo de Francia por medio del Servicio de Trabajo Obligatorio. Detenido por la Brigada Especial N°2 de la Dirección de Inteligencia el 16 de noviembre de 1943, Missak Manouchian es juzgado sumariamente por un tribunal militar alemán, junto con 22 de sus compañeros, y fusilado en el Fuerte del Mont Valérien durante la mañana del 21 de febrero de 1944. Dos documentos acompañaban la biografía. Una reproducción, en primer lugar, del Afiche Rojo puesto por los nazis en los muros, con diez rostros en medallones, encuadrados por estas palabras: «¿Liberadores? ¡La liberación del ejército del crimen!». Luego, una transcripción de la última carta escrita a su mujer Mélinée, de parte de aquel que firmaba «Michel» para darle un saludo a su país de adopción. Dragère leyó las palabras moviendo sus labios en silencio:

Mi querida Mélinée, mi pequeña huérfana amada,

En algunas horas ya no estaré en este mundo. Seremos fusilados esta tarde a las 15 horas. Esto me llega como un accidente en mi vida, no creo en ello, sin embargo, sé que nunca más te veré.

¿Qué puedo escribirte? Todo está muy confuso en mí y al mismo tiempo muy claro.

Me había alistado en el Ejército de Liberación como soldado voluntario, y muero a dos dedos de la Victoria y de la meta. Felicidades para todos aquellos que van a sobrevivir y gozar de la dulzura de la Libertad y de la Paz de mañana. Estoy seguro de que el pueblo francés y todos los combatientes por la Libertad sabrán honrar nuestra memoria dignamente. Al momento de morir, declaro que no tengo ningún odio contra el pueblo alemán y contra quien sea, cada uno tendrá lo que se merece como castigo y como recompensa. El pueblo alemán y todos los otros pueblos vivirán en paz y en fraternidad después de la guerra, que no durará mucho más. Felicidades para todos... Tengo un gran dolor por no haberte hecho feliz, habría querido tener un hijo contigo, como siempre quisiste. Te ruego entonces que te cases después de la guerra, sin falta, y que tengas un hijo por mi felicidad, y para cumplir mi última voluntad, cásate con alguien que pueda hacerte feliz. Todos mis bienes y todas mis cosas te las dejo a ti, a tu hermana y a mis sobrinos. Después de la guerra, podrás hacer valer tu derecho de pensión de guerra como mi esposa, ya que muero como soldado regular del Ejército Francés de Liberación.

Con la ayuda de los amigos que quieran honrarme, haz que editen mis poemas y mis escritos... Llevarás mis recuerdos, si es posible, a mis parientes en Armenia. Moriré con mis 23 camaradas en un momento, con el coraje y la serenidad de un hombre que tiene la conciencia muy tranquila... Hoy hay sol. Es mirando el sol y la bella naturaleza que tanto quise que diré adiós a la vida y a todos ustedes, mi querida mujer y mis queridos amigos... Te doy un fuerte abrazo, así como a tu hermana y a todos los amigos que me conocen de lejos o de cerca, los abrazo a todos en mi corazón. Adiós. Tu amigo, tu camarada, tu marido.

Manouchian Michel.

No estaba descubriendo el texto, ya lo había escuchado dos años antes, en un homenaje a la Resistencia, leído por el actor Gérard Philippe, pero la emoción era igual de profunda. Súbitamente, la soledad se le volvió insoportable. Bajó a tomarse unos vasos a la barra del Archiduc, un café con varios clientes frecuentes, situado a dos pasos del puente que unía las vías de París Este. Volvió a intentar llamar a Juvisy discando el número en el dial del teléfono puesto sobre el bar. La voz de Odette fue un relajo para él. Bajó el tono para no ser escuchado por los otros clientes.

–Te llamé a las seis... Tú habías fijado la hora... ¿Dónde fuiste?

–¡Estaba chapoteando! Transfirieron a mi madre al hospital de la calle Camille Flammarion. Van a tenerla algunos días en observación. Cuando volví a casa, el bus había quedado bloqueado por la subida de las aguas abajo en el cruce d’Estienne d’Orves. Sé que no es agradable para ti, pero tengo que quedarme todavía cerca de ella.

–Juvisy no está al fin del mundo...

–Por supuesto que no, en tiempos normales. Quizá no me crees porque no ves cómo estamos cercados aquí... El Sena ha vuelto a subir diez centímetros desde esta mañana. El patio de maniobras está inundado. No puedo volver a París con el riesgo de no poder regresar si pasa cualquier cosa.

No insistió. Odette y su madre, era una historia complicada, llena de separaciones y de reencuentros. En España primero, en un servicio sanitario, de Madrid a Barcelona, cuando la niña no tenía más de 4 años; luego varias giras en provincia, con una tropa de comediantes que querían dar a conocer el repertorio clásico a la clase obrera... Apenas cortó, llamó a Willy Ronis para pedirle que lo pasara a buscar a las ocho. No había tenido la posibilidad de anular la reunión con la banda de la calle de la Lune y había decidido no comenzar su nueva investigación antes del día siguiente. De cierta manera, la ausencia de Odette le facilitaba la tarea. Tendría que haberse esforzado por esconderle su actividad, mentirle sin la menor esperanza de que le creyera, y con mayor razón aun si André Vieuguet había sido tan categórico: nadie debía enterarse de sus investigaciones al servicio del Partido, ni los colegas de trabajo, ni los amigos cercanos, ni el entorno familiar. El fotógrafo llegó antes de lo acordado. Tuvieron el tiempo de comer un bocadillo en un bar antes de ir al encuentro de los aficionados al jazz. Willy le ofreció un pequeño formato de uno de los negativos del reportaje de la noche anterior, del momento en que los Fauch’man habían encendido sus fósforos.

–¿Sabes?, hace siete u ocho años que me muevo por este barrio. Desde noviembre de 1947, para ser exactos. Está anotado en una de mis libretas...

–¿Cómo te interesaste en eso? Para la gente, París no es eso, es la torre Eiffel, Montmartre, Montparnasse, los bordes del Sena...

–Puro azar. Un amigo pintor, Daniel Pipard, me invitó a su taller que quedaba al final de un callejón sin salida, rodeado por calles en forma de escalera. Me sirvió de guía. Descubrí una especie de campo suspendido por sobre la ciudad, con jardines escondidos donde los animales de patio estaban en libertad, una naturaleza casi salvaje que ha desaparecido de los otros distritos de la capital, talleres de impresión, fábricas familiares de zapatos, todos los oficios de la marroquinería, comercio de viejos, y también varios artistas pobres instalados en casas tambaleantes. Y sobre todo eso, te diste cuenta, una luz que no acepta ponerse fuera de los barrios de colinas. Tomé centenares de fotos, para mí, entre dos trabajos a pedido...

–Tienes que mostrármelas...

–Hice un libro con ellas el año pasado. Si pasas a mi casa uno de estos días, recuérdamelo para ofrecerte un ejemplar. No es que esté muy satisfecho, pero existe... Si en algún momento el editor decidiera reimprimirlo, me las arreglaré para poder poner ahí esta foto de los «conspiradores», me gusta bastante.

Se subieron a la motoneta y partieron hacia la Puerta de Saint Denis, con el rostro ardiendo luego de unos cien metros de desplazamiento por un aire glacial. La banda de los Enragés disponía de un local cercano a la iglesia de Notre Dame de Bonne Nouvelle. Nuevamente, solo encontraron jovenzuelos. El sexteto estaba compuesto de varones jóvenes, entre 18 y 20 años, que estudiaban a dos pasos de ahí, en la escuela técnica de radiodifusión. Apasionados por el jazz, habían formado su conjunto para romper con la monotonía de los estudios y para intentar también asegurar su financiamiento con fiestas. Tenían el sueño de firmar un contrato con uno de los numerosos clubes que tenían reputación en el barrio Saint Germain. Tocaban sin equivocarse, con la misma aplicación que debían ocupar para aprender ecuaciones. La desgracia no estaba en la reunión, tampoco el dolor.

Dragère se abstuvo de decir lo que pensaba verdaderamente, que los Enragés eran niños buenos que respetaban el pentagrama como si se tratara de un paso peatonal.

Al momento de retomar la moto, Louis le anunció a Willy que la redacción acababa de confiarle una nueva investigación (inventó, pensando quizá en la madre de Odette, una sumersión en el mundo de los hospitales), que la serie sobre la juventud parisina fue suspendida por un mes. Le pidió que lo dejara en la calle du Louvre, en el periódico, donde quería consultar los archivos.

En la mañana, después de los múltiples intentos de los días anteriores, la nieve había terminado de recubrir la ciudad. Un trazo blanco, algodón luminoso, subrayaba las ramas de los árboles, y los pájaros, posando sobre ellos, lo transformaban en puntos. Dragère se mantuvo un largo momento ante la ventana, con una manta sobre la espalda, como un niño en su primera navidad. Su respiración imprimía un halo temporal en el vidrio. Repartió las pequeñas brasas que quedaban aún bajo la ceniza, luego acercó un taburete a la chimenea para beber su café junto al calor renaciente. La mitad de la mañana fue dedicada a la lectura de los viejos números de L’Humanité sacados la noche anterior de los viejos montones de ejemplares. Leyó los informes de las más recientes manifestaciones organizadas en homenaje a los fusilados de febrero de 1944, descubriendo en el cuerpo de los artículos algunos fragmentos de lo que escribían los periódicos colaboracionistas, ya sea Le Matin, Paris-Soir, L’Oeuvre o Aujourd’hui, con respecto a Manouchian y sus camaradas.

Manouchian tiene un rostro moreno, sus pómulos son altos, pero a la altura de sus labios sus mejillas son flácidas y bajas, con un pliegue como de perro... Spartaco Fontano es asqueroso. Rubio hinchado, con la piel pálida, de parpadeo constante... Estos veinticuatro judíos nos costaron la muerte de ciento cincuenta franceses... Todos son extranjeros. Ninguno de origen francés. Su líder es espantoso. El sadismo judío se despliega en sus ojos de desprecio, las orejas en forma de coliflor, los labios gruesos y colgantes, la cabellera crespa y gruesa...

Hacía ya suficiente calor en la pieza como para lavarse de la cabeza a los pies, desnudo ante el lavamanos. Se cambió completamente, puso fin a su metamorfosis domesticando su cabellera con Pento y se puso la cazadora para enfrentar al invierno. Ya en la acera, se cruzó con Petit René, que empujaba la carreta en la que su compañera, Mado, ya borracha, estaba echada en medio de objetos encontrados en el camino: una marmita abollada, una jarra con un borde roto, una cabeza de muñeca de celuloide fijada sobre el mango de una escoba... Dragère pasó ante el Archiduc sin detenerse. Dirigió sus pasos hacia Le Celtic, en el boulevard de la Chapelle, que disponía de una verdadera cabina telefónica. El número de la calle de la Sourdière no respondía. Contó una veintena de tonos antes de colgar y marcar el número del molino de Saint Arnoult. Una voz masculina se escuchó inmediatamente.

–Sí, aló...

Lanzó de una sola vez todo el monólogo que había pensado mientras se preparaba y que luego había repetido durante todo el trayecto.

–Buenos días, me llamo Louis Dragère, soy periodista en L’Humanité y llamo de parte del secretario del señor Jacques Duclos... Me gustaría hablar con el señor Louis Aragon a propósito de Missak Manouchian... O mejor juntarme con él, si su agenda lo permite...

–El señor Aragon está en una reunión de trabajo... Le daré su recado lo antes posible. ¿Puede llamar a mediodía? Si no respondo yo, pregunte por Ernest.

Mató el tiempo desbrozando las escasas notas tomadas la noche anterior en la calle de la Lune, estructurando el artículo que esperaba sacar de ellas. Lo más importante siempre era el inicio, el anzuelo que pescaría al lector desprevenido:

Algunos podrán sorprenderse de que en este periódico nos interesemos en jóvenes que no parecen tener más que una pasión: el jazz, ¡un estilo de música americano! Estudian técnicas de radiodifusión en una de las mejores escuelas del país, sus padres hacen el sacrificio de 1000 francos por trimestre en su escolaridad... Y, sin embargo, propónganles dejar todo en suspenso, los audífonos, las conexiones eléctricas, y tocar Saint James Infirmary en una guarida llena de humo, y no lo dudarán ni un segundo. ¿Su nombre? Les Enragés...

Cuando volvió a llamar al molino, Ernest le explicó que el escritor debía ausentarse por varios días, que no iba a disponer más que de unos instantes, hacia el comienzo de la noche, para recibirlo.

–Dígale que le agradezco y que estaré en Saint Arnoult a las siete en punto.

Dragère tomó el metro para dirigirse a la estación Montparnasse. Como le quedaba tiempo aún, fue hasta la calle de la Gaîté para comprar una tartaleta de cerezas en el Lapin Blanc, una pastelería que su madre consideraba la mejor de París. Saboreó el pastel mientras miraba las fotos de un cantante desconocido, Jacques Brel, expuestas en el vestíbulo de Bobino, luego se dirigió hacia el Texas, un cine en lo alto de la calle. El espectáculo de la pantalla desbordaba hacia la sala, ya que la pantalla estaba rodeada por ambos lados de figuras en tubos fluorescentes que representaban a imponentes cowboys que hacían girar sus lazos por sobre sus Stetson. Todo aquí era de otra época, sillones con el acolchado hundido, sillas plegables en su agonía, pantallas parchadas, la cortina publicitaria que mostraba comerciales desparecidos desde hace años. Incluso las copias proyectadas, llenas de rayaduras, rompiéndose más veces de las que se proyectaban. De hecho, uno no compraba un boleto en el Texas por la película, sino para fundirse en el público, matarse de la risa con las réplicas, subrayar las debilidades de las historias, burlarse del juego de los comediantes. Al inicio de aquella tarde, los espectadores no estaban muy en forma y él siguió las peripecias de El rebozo de Soledad, interpretado por Pedro Armendáriz, a quien ya había visto responderle a John Wayne en Fuerte Apache. Esperando la partida del tren, anunciado para las cuatro y media, sacó una pequeña pinza niquelada del bolsillo y procedió a cortarse las uñas metódicamente.

Capítulo 4

Una vez pasado el suburbio, transformado en un barrial por el mal tiempo, la nieve seguía en el suelo, primero en las grietas de las zanjas, en las orillas de los pastos, luego de manera cada vez más extensa, cubriendo las ondulaciones del paisaje. Una vez llegado a Rambouiller, debió esperar más de tres cuartos de hora para disponer de un taxi cuyo chofer, un fumador de pipa con el rostro redondo rodeado por una barba densa, permaneció en silencio durante la carrera. Bajo pretexto de que su servicio había terminado, rechazó la propuesta que le había hecho Dragère de que lo esperara, para llevarlo a la estación y así estar seguro de poder tomar el último tren en dirección a París. Bajó del vehículo y se adentró en el pavimentado patio interior, iluminado por el haz de luz de los faroles. Un hombre de unos cuarenta años, vestido con un pantalón de terciopelo negro y un suéter ancho del mismo color, vino a su encuentro.

–Usted habló conmigo por teléfono. ¿Tuvo un buen viaje?

–Sí, pero el taxi no quiso quedarse...

–No se preocupe por eso... Llamaremos a otro. La reunión con las visitas de esta tarde se ha alargado un poco, pero el señor Aragon debería recibirle en pocos instantes...

Entraron en el viejo molino y se dirigieron directamente al gran salón que ocupaba el corazón de la antigua fábrica de harina. Era una pieza de alrededor de diez metros por siete, de techo muy alto. Una especie de entrepiso albergaba, bajo las vigas, esculturas, cuadros, grabados. Una ventana redonda permitía observar los movimientos de la Rémarde, un afluente del Orge, en una caja donde giraba antiguamente la rueda que daba su energía a las poleas, los engranajes, las muelas, las tolvas. Los muros estaban totalmente disimulados por impresionantes bibliotecas con vidrios, semejantes a las de una abadía. Cuatro hombres estaban de frente, sentados sobre unos bancos dispuestos en torno a una interminable mesa de madera maciza. Un quinto atizaba el fuego que crepitaba en una chimenea de piedra. Cuando se enderezó, Dragère reconoció al poeta de la Resistencia, que en ese instante hizo un signo discreto a su secretario. Ernest apoyó su mano en la espalda del periodista haciéndole una seña para que se dirigiera hacia la puerta que conducía a un escritorio cubierto de una centena de libros puestos aleatoriamente sobre los estantes, las mesas, el suelo, la campana de la chimenea... Un océano de papeles.

–Puede esperar aquí, hay cosas para leer... Aragon fue convocado mañana al Palacio de Justicia de París. Está preparando su declaración con sus abogados y los co-inculpados, el coronel Manhès y Marc Shafier...

–Nadie ha hablado de eso todavía... Lo ignoraba... ¡Es increíble! ¿De qué está siendo inculpado?

–Una vieja historia que vuelve a ser de actualidad. Hace cuatro años, cuando era director de Ce soir, publicó un llamado a manifestarse en contra de la presencia de antiguos generales nazis invitados a París por el gobierno francés. Está siendo acusado de difamación en calidad de responsable de un periódico que dejó de aparecer desde hace meses...

Ernest se detuvo, su atención había sido desviada por un teléfono que acababa de ponerse a sonar de un extremo del pasillo. En su ausencia, Dragère le dio una vuelta al escritorio, evitando pasar muy cerca de las torres inciertas de libros, echando una mirada desde la ventana a la naturaleza despojada por el invierno. Se acercó al escritorio cubierto de hojas manuscritas, sobre las cuales caía la luz dulce de una lámpara de opalina. A pesar de estar descifrando una frase al revés, creyó reconocer unas letras que formaban el nombre de Manouchian. Alargó la mano para volver el papel hacia sí, pero la conciencia de estar cometiendo un sacrilegio suspendió su gesto. Empujó el viejo sillón de cuero raído para ponerse frente a la mesa de trabajo. Había leído bien. El manuscrito que tenía ante los ojos tenía por título Grupo Manouchian. La sangre latía con fuerza en sus sienes. Manteniéndose atento a los ruidos, temiendo la vuelta de Ernest, se puso a descifrar el esbozo de un poema, incapaz de comprender su sentido preciso por el desorden de sus rayaduras:

Oh, ustedes no piden ni el órgano ni las lágrimas

Ni los gritos ni el rezo a los agonizantes

Hace cuánto ya Ya once años

Ustedes se han servido simplemente de sus armas

La muerte no deslumbra los ojos de los partisanos

Oh Polonia Armenia España cuando florecieron

Los fusiles delante de vosotros para quienes el último canto

Fue de nuestro país

El ritmo de su corazón se aceleró aún más cuando, desbordando una esquina del manuscrito, descubrió la ampliación fotográfica de la carta escrita por Manouchian unas horas antes de ser fusilado. Recorrió las líneas trazadas por una escritura fina, decidida, y la idea se impuso a su espíritu de que esas palabras eran como gotas de sangre. A pesar de que le enorgullecía entregar a los tipógrafos unos artículos con una ortografía irreprochable, listos para ser impresos, le conmovieron las aproximaciones de aquel cuya lengua materna era el armenio: «Estoy seguro de que el pueblo francés y todos los combatientes por la Libertad sabrán honrar nuestra memoria dignamente». Iba a volver a su lugar, cerca de la ventana, cuando una frase atrajo su atención, una frase denunciante que no recordaba haber leído en la transcripción que se le había entregado en la sede del Comité Central de la calle Le Peletier. Sacó las tres hojas del bolsillo de su cazadora, las desplegó para asegurarse y las puso al lado de la reproducción. Tres puntos seguidos indicaban simplemente que se le había hecho un corte al original, justo antes de estas palabras cargadas de sentido: «Perdono a todos los que me hicieron daño o quisieron hacerme daño, excepto al que nos traicionó para salvarse el pellejo y a los que nos vendieron». La copió rápidamente en el reverso de uno de sus papeles y se alejó del escritorio. Acababa de agarrar un libro de título enigmático, Historia de O, cuando la silueta de Aragon ocupó el marco de la puerta. Estaba vestido de un traje cruzado de buen corte, y miraba a su huésped con una vaga sonrisa en los labios.

–Veo que tiene lecturas sanas... Entonces, me dijeron que usted también está interesado en los mártires del grupo Manouchian. Es al menos lo que Ernest me contó...

Dragère puso el volumen sobre el montón de libros más cercano. Balbuceó, prisionero de su indiscreción.

–Sí, en realidad es Jacques Duclos, más bien su secretario, André Vieuguet, el que me confió este trabajo que, según él podría serle útil...

Aragon dio algunos pasos para tomar el manuscrito del poema que estaba sobre el escritorio, lo llevó ante su rostro.

–No recuerdo haberle pedido alguna cosa a Jacques, o quizá me expresé mal... La carta a Mélinée contenía todas las posibilidades... Ya casi terminé. Tenga, es la última versión, para que no haya venido hasta aquí por nada... Nadie la ha escuchado todavía, ni siquiera Elsa...

Se puso a leer con énfasis, con su mano sobre la frente desabastecida, mientras iba y volvía en la habitación.

Ustedes no exigieron la gloria ni las lágrimas

Ni el órgano ni la oración por los agonizantes

Once años ya que pasan rápido once años

Ustedes se sirvieron simplemente de sus armas

La muerte no deslumbra los ojos de los Partisanos

Un escalofrío recorrió el cuerpo del periodista durante toda la antepenúltima estrofa que declamaba su autor.

Un gran sol de invierno alumbra la colina

La naturaleza es bella y el corazón se me rompe

La justicia vendrá sobre nuestros pasos triunfantes

Mi Mélinée oh mi amor mi huérfana

Te digo que vivas y que tengas un hijo

El silencio que le siguió alargó el poema. Dragère abandonó la oficina con un ejemplar de Diario de una poesía nacional, con dedicatoria, un fascículo de tapa café que no conocía, aparecido el otoño anterior en Henneuse, un editor lionés.

Ernest se dispuso para conducirlo a Rambouillet en el imponente Hotchkiss Anjou negro del poeta. Se instaló en el asiento trasero, cerca del chofer, que manejaba nerviosamente la palanca de velocidades, una vara curva cubierta de madera. Las luces potentes abrían dos brechas convergentes en las tinieblas, alarmando, al salir, a una cierva y su pequeño. Intentó varias veces, en el tren que lo llevaba a París, penetrar en el misterio del libro abierto entre sus manos, pero no logró sobrepasar los cuatro versos trazados con tinta azul que estaban en la página de guarda después de su nombre, cuya ortografía Aragon le había consultado:

Es ese pueblo que comienza

Su historia en Roncevaux

Roland el antiguo romance

Y Missak el nuevo canto

Todo otro texto se ocultaba, la frase más simple se oscurecía, desprovista de sentido, las palabras flotaban unas al lado de las otras, sin relación aparente, como si estuvieran compuestas con ayuda de un alfabeto extraño que diluía la atención. Renunció pronto, con la nariz pegada al vidrio frío, cuando a lo lejos de repente las luces de una granja iluminaban lenguas de nieve congelada. Solo las palabras faltantes, las de Manouchian, resonaban en su cabeza, acompañando la cadencia del tren, «aquel que nos traicionó», «aquellos que nos vendieron», sin que alcanzara a entender a qué hacían alusión. En Montparnasse, dudó ante una cabina telefónica. Lo que lo retenía no era la idea de molestar a la conserje cerca de las nueve de la tarde, ya le había pasado; no, era más bien el hecho de tener la obligación de mentirle a Odette, de hablarle de su visita al molino de Villeneuve y de ocultarle las razones... Esperando el metro, comió su caliente galette de jamón que había comprado en el stand de calle del Cadran breton. En el vagón se dio cuenta, mirando por sobre el hombro de un pasajero, que France-Soir tenía un titular sobre las inundaciones. La estatua del zuavo del puente de l’Alma tenía el agua hasta las rodillas. En Île Saint Denis, el barrio des Allumettes estaba sumergido, se echaba el agua con baldes en Choisy, pero nada, en negrita, en Juvisy.

A la mañana siguiente, atravesó París hacia el sur con una dirección en su bolsillo, copiada de la lista de contactos. El desfile de un circo, payasos, caballistas, malabaristas, llamas, dromedarios, fieras con el pelo cortado, precedidos por unos trompetistas y tamborileros, daba la vuelta a la plaza cuando salió del metro, en la alcaldía de Issy les Moulineaux. Se permitió admirar un momento el espectáculo de las fieras en su jaula con ruedas y luego fue en dirección al fuerte. A los edificios del centro le seguían, mientras más se acentuaba la pendiente, unas casas bajas, construidas con cualquier cosa, algunas barracas de madera, interminables zonas de construcción con la hojalata oxidada que se levantaban en medio del cemento ennegrecido. Detuvo a una peatona.

–La calle de la Défense, por favor... ¿falta mucho?

–¿A quién busca?

Extrajo el papel del bolsillo interior de la cazadora.

–Gabriel Vartarian.

–¡Ah, usted va donde los «ian-ian»! Ellos le llaman la calle de la Dé... Tiene que seguir derecho, no tiene cómo equivocarse.

Los letreros del comercio alternaban los nombres italianos y armenios: tienda de abarrotes Paolosi, Diguin Vartoujin, farmacia Aslanian, Diguin Kenar, Porsia electricidad, café Zadikian... Había solo una tienda española, los vinos Sánchez, como si estuviera perdida. Una mujer minúscula con el pelo tomado le abrió cuando golpeó la puerta del número 38. Apenas le contó la razón de su visita se dio vuelta hacia el pasillo para gritar el nombre de su marido.

–Gabriel, es para ti...

El hombre medía dos cabezas más que su compañera, y su rostro cuadrado estaba atravesado por un denso bigote entrecano.

–Me llamo Louis Dragère. Me gustaría hablar con usted de Manouchian. Me dijeron que usted lo había conocido... Soy periodista de L’Humanité...

El rostro se le iluminó al enunciar el nombre. El hombre tendió la mano, que Dragère sostuvo con la suya, y luego se volvió para descolgar del perchero una chaqueta acolchada.

–Vamos a tomar un café, si no le molesta. Acá se está en pleno aseo...

Caminaron sin decirse nada hasta Hago, ocupados en mantener el cuello levantado para protegerse de los mordiscos de un viento de frente. Se instalaron al fondo de la sala, cerca de la estufa, a distancia de los jugadores de backgammon, entre los cuales algunos ya habían empezado a ponerle algo de agua a sus dosis de raki. El dueño se acercó con la cafetera en la mano para llenar las tazas. Gabriel Vartarian se inclinó por sobre la mesa.

–Usted tuvo suerte de encontrarme en casa. Normalmente comienzo a trabajar en Ripolin desde las siete. Pero la fábrica cerró desde ayer: la ribera de Issy está inundada, entra en los talleres... ¡Y Ripolin no tiene pintura a prueba de agua! ¿Qué quiere saber exactamente sobre Manouchian? Porque yo no sé mucho más que los periódicos sobre la época de la Resistencia. Somos de la misma región, es todo... ¿Qué está pasando que se habla de él?

–La Alcaldía de París va a inaugurar una calle con su nombre, a principios de marzo... ¿Dónde está esta región?

–Al sudeste de Turquía, a cien kilómetros más o menos de la frontera con Siria. Es la parte baja de Anatolia. Las montañas están más al norte. Allá el clima es verdaderamente agradable, el paisaje también. Colinas con bosques, pastizales, lagos azules. Un paraíso para los peces. En la provincia había alrededor de cinco mil armenios antes de la Gran Guerra. Algunos artesanos y comerciantes en las ciudades, pero una gran mayoría de campesinos. Se cultivaba todo lo que crecía; los más ricos tenían animales. Vivíamos ahí desde hace siglos, al punto de que algunos de entre nosotros se habían vuelto musulmanes incluso. Eso no impidió nada. Vivíamos al borde de un río que salía al Éufrates, pero nadie llegó más lejos que el agua. Yo soy de 1895, debo tener unos buenos diez años más que Missak. Su madre, Vardouï, era una Kassian, una prima lejana de mi propia madre, y su padre, si me acuerdo bien, se llamaba Gevorka.

Palpó su chaqueta en búsqueda de un paquete arrugado de Gauloises, sacó uno antes de ofrecerle a Dragère, que rechazó la oferta con un «gracias».

–En Adiyaman estábamos un poco apartados del mundo, las noticias de masacres nos llegaban, pero éramos incapaces de imaginar que nos alcanzaría... El infierno se abrió a nuestros pies el 14 de mayo de 1915, cuando las tropas de Haci Mehmed Ali Bey arrasaron los barrios armenios de nuestra ciudad, llegando por la ruta de Behesni, donde habían hecho lo mismo. Centenares de hombres fueron asesinados con arma blanca, golpes de bastón, ahogados en el río con las manos atadas en la espalda con un alambre de fierro... Los kurdos, los zirafkan... Los Zeynel de Kölük sobre todo, con los que creíamos vivir en buenos términos, aprovecharon para saquear nuestras pobres casas, llevarse a las mujeres más jóvenes y degollar a las madres... Toda mi familia desapareció en esta primera tormenta... Soy el único sobreviviente. Cuando los tiros empezaron a sonar, como yo era muy deportista, mi padre me pidió que me subiera a un gran roble en el borde del bosque, para ver lo que pasaba. Ya era muy tarde, los jinetes atravesaban los campos como flechas afiladas; los campos estaban incendiándose... Me escondí en medio del follaje, estirado sobre una rama central. Mordía la madera, la rasguñaba para no gritar... Todos murieron ante mis ojos. Me quedé tres días y tres noches enteras con sus cadáveres, abajo, despedazados por los pájaros y los perros errantes... Aun hoy no entiendo, por qué me salvé yo...

Un cliente frecuente que acababa de terminar su servicio en La Gadoue, la industria de tratamiento de desechos, vino a saludarlo. Volvió enseguida a la barra a tomar una caja de backgammon, mientras le pedía al dueño que llenara las tazas de Gabriel y Louis.

–¿Y qué les pasó a los Manouchian?

Con una sola mano, bajo la presión de su pulgar, deshizo un cubo de azúcar, haciendo que la mitad se deshiciera en su cuchara.

–En un primer momento, por más curioso que pueda parecer, los turcos no tocaron a los niños menores de diez años, y era el caso de los niños Manouchian... se alejaron del pueblo con su madre mientras varias columnas de deportados hambrientos atravesaban la región, por decenas de miles, para ser conducidos a los campos de concentración de los desiertos de Arabia, en torno a Dyar az Zawr. La gente moría por centenares, las mujeres embarazadas daban a luz al borde de la ruta. Los soldados las obligaban a retomar su lugar en la fila apenas cortaban el cordón...

Sacó su billetera y meticulosamente sacó un papel amarillo que estiró antes de tendérselo a Louis.

–Tenga, está escrito...

212 individuos fueron llevados del pueblo de Adiyaman, de los cuales 128 (60%) llegaron a Alepo; 11 mujeres y 56 hombres fueron asesinados en el camino, 3 niñas y 4 niños fueron raptados y 5 personas faltaban.

En otro lote de 696 personas que fueron deportadas de ese mismo lugar, 321 (46%) llegaron a Alepo; 57 mujeres y 206 hombres fueron asesinados en el camino; 70 niñas y mujeres jóvenes y 19 niños fueron vendidos; faltaban 23.

–Es en ese momento que Gevorka desapareció. Poco tiempo después, mientras centenares de los nuestros estaban siendo masacrados en Karakayik, de camino a Urfa, se difundió el rumor de que un grupo de armenios había tomado las armas.

Dragère se enderezó.

–No me diga que el padre de Manouchian formaba parte de él...

–¡Justamente! Se dice incluso que era el que daba las órdenes. Se habla a menudo de la resistencia heroica de Moussa-Dagh, pero olvidaron la de Adiyaman y de todos los focos de guerrillas que nacieron en todo el Imperio Otomano. A menudo jóvenes. Llevaron a cabo acciones de guerrilla contra las fuerzas de gendarmería, de la policía, impidieron matrimonios forzados de jóvenes armenias, atacaron mezquitas donde se practicaban conversiones obligatorias. Una de sus operaciones, es lo que me han dicho, tenía por objetivo a Nureddinoglu Siddik, uno de los peores carniceros de la provincia... Fallaron por poco. El ejército turco respondía a cada uno de sus golpes con el incendio de pueblos enteros, fusilamiento de rehenes... Su lucha era desesperada. Cayeron combatiendo, en las colinas que están en los alrededores del lago de Adiyaman... Allá también habría que inaugurar una calle Manouchian... Habría simplemente que cambiar el nombre... Gevorka Manouchian...

Permaneció sin decir nada un largo rato, mientras los dados rodaban en las mesas de los jugadores, y los peones sonaban en los dameros. Fue Dragère el que rompió el silencio.

–¿Volvió a ver a Missak luego?

–No. Jamás. Me tomaron prisionero, y terminé por suerte entre los deportados que tomaron el camino hacia Palestina. Lo que se llamó el «tercer eje»... Ahí es donde hubo más sobrevivientes. Nos volvimos esclavos de los beduinos, en las tribus del desierto, hasta que el ejército inglés, guiado por el general Allenby, ocupó toda la zona desde el Sinaí hasta el centro de Siria y nos liberó... Fui recibido por la Unión General Armenia de Beneficencia, que me puso en un orfanato en Beirut... Ahí me dijeron que Vardouï, la madre de Manouchian, había muerto de hambre, que Missak y su hermano, Karabet, habían sido recibidos por una familia kurda. Había algunos que eran solidarios...

–Usted me dice que nunca lo volvió a ver, pero usted fue resistente también...

Gabriel Vartarian encendió un segundo cigarrillo después de haber apretado el tabaco en el borde de la mesa.

–Sí, pero vine a vivir a Issy les Moulineaux ya terminada la guerra. Durante años trabajé en el puerto de Marsella como estibador; luego en los astilleros. Entré a la Resistencia cuando los americanos desembarcaron. Estaba bajo las órdenes de un compañero, Sarkis Bedoukian, que fue asesinado en los combates de liberación de la ciudad. No supe inmediatamente del Afiche Rojo. Lo supe en agosto de 1944, por un artículo en el periódico del Frente Nacional Armenio. Quizá usted pueda ir a ver a la señora Aradian, en Saint Germain. Está a un cuarto de hora a pie. Nos conocimos en un matrimonio el año pasado. Hablando de todo y de nada, en la mesa, el nombre de Manouchian apareció en la conversación. Me acuerdo de que ella me dijo que lo había encontrado en el Líbano, antes de que atravesara el Mediterráneo... Quizá incluso que habían estado juntos en el barco... Habría que preguntarle. ¿Usted se acordará? La señora Aradian... Otra «ian-ian» como dicen en el barrio los kaghiatsi...

–¿Los qué?

–Los kaghiatsi, los galos... ¡así los llaman los «ian-ian»! Deje los cafés. Son para mí.

Capítulo 5

Una vez atravesada la avenida Verdun, la ciudad comenzaba a perder densidad, las construcciones se deshilvanaban, reemplazadas por vastos espacios con hangares y fábricas cuyos techos tenían forma de sierra, un universo cruzado por vías de tren rodeadas por hierba blanca. Dragère dejó a su izquierda la estación de trenes con mercancías, a la altura del enclavamiento, y caminó a lo largo del muro café de los vagones estacionados, para luego dirigirse al patio de maniobras de los trenes. Ráfagas de viento cargadas de una nieve fina y endurecida le golpeaban el rostro. Aceleró el paso en dirección al puente que pasaba sobre un pequeño brazo del Sena, hacia los techos empinados de las tiendas de subsistencias militares, edificios entre los cuales los más bajos albergaban armas y explosivos. La bruma espesa que recubría el río disimulaba los ramajes de una alameda, por lo que no se podía ver nada más que unos troncos alineados como postes en el paisaje. El agua bajo sus pies golpeaba los pilares del puente, la agitación hacía subir un nauseabundo olor a cambio de aceite, el cual recordaba a la fábrica de Renault, tan cercana como invisible. Tomó el antiguo camino de sirga para llegar al pueblo establecido cerca de la otra punta de la isla Saint Germain. De vez en cuando, alambres de púas delimitaban los terrenos de entrenamiento. Se afirmaba de los palos de las cercas para no resbalarse al cruzar pozas que lo obligaban a pisar las partes más elevadas del suelo. Un pantano había reemplazado un campo cercano a la ciudad de planchas de madera y lata, de lona, de alfombras deshilachadas, donde se encontraban unas cien familias armenias. No hubo más remedio, para atravesarlo, que sacarse los zapatos y los calcetines, y arremangarse los pantalones hasta la rodilla. Al otro lado, unos hombres, probablemente unos diez, construían un dique irrisorio con ayuda de cemento y bloques de hormigón para proteger las primeras casas. Uno de ellos se le acercó y le tendió una especie de trapo para que se secara los pies.

–¡Va a contraer la muerte! Esta mañana estaba la superficie congelada. Nadie viene por ahí... Hay que venir por el otro puente.

Se sentó sobre la pequeña muralla para masajearse los dedos de los pies con el paño antes de volver a ponerse los calcetines y los zapatos.

–Me dijeron «calle de la Dé», pero me perdí.

–En todo caso, bienvenido a Erevan sur Seine.

–Gracias... ¿Puede decirme dónde puedo encontrar a la señora Aradian?

–Depende. ¿Aradian madre o Aradian hija?

Lo pensó rápidamente, y optó por una mujer de la edad de Gabriel Vartarian.

–Debe tener unos cincuenta años...

–Entonces es la madre. Porque ya no se hablan... Tome la calle principal, el camino Billancourt. Es simple, cuando llegue al salón de belleza, gire a la derecha. Es la casa un poco alejada, con conejos delante...

Logró llegar hasta ella, sin dañar tanto su vestimenta, dando grandes zancadas para caminar sobre los montones de paja enlodada que hacían de vereda. Las conejeras estaban protegidas por una barrera. Le sacó el pestillo a la puerta de la cerca y golpeó a la ventana de la baja casa. Una mujer que llevaba una larga falda blanca, cargada con bordados, con sus largos cabellos negros ondulados en su espalda, apareció inmediatamente en el marco de la puerta. Frunció el ceño al ver a Dragère. Aparentemente esperaba a alguien más, pero se hizo a un lado para dejarlo entrar apenas le habló de Gabriel Vartarian, el obrero de Ripolin, y explicó el fin de su visita. La habitación era de tres metros por cuatro, amueblada con una mesa, dos sillas, un aparador y una cocina a carbón. Dos aperturas estrechas escondidas por cortinas daban a una pieza y a un trastero. Otra puerta, del lado opuesto, daba a una cocina protegida por un toldo y era seguida por un pequeño jardín interior. Sacó agua de una cubeta, con ayuda de una cacerola que puso sobre la cocina, para el té.

–Debe estar sorprendido de verme vestida así en esta casa...

–Sería mentira decirle que no... Está muy hermosa, sobre todo con los diseños de pájaros. ¿Son hilos de oro?

–Sí, efectivamente... Formo parte de un grupo folclórico y estamos terminando de preparar nuestros nuevos trajes escénicos... Cuando usted golpeó, yo creía que era la costurera, que debe pasar a hacer algunos retoques... Siéntese... Yo voy a tener que quedarme de pie para no arrugarla... ¿Qué quiere saber usted exactamente?

Dragère eligió quedarse de pie también. Aprovechó para acercarse a la cocina.

–Gabriel me contó que usted conoció a Missak en Beirut, al principio de los años 1920... Solo quería tener alguna precisión... ¿Cuándo lo vio usted por primera vez?

Ella vertió agua en una tetera de metal plateado que puso sobre la mesa, entre las tazas.

–La primera vez fue en un partido de fútbol, en un terreno de la Karantina, cerca del puerto de Beirut... La Karantina, es decir, «la cuarentena», es donde ponían a las personas que tenían enfermedades contagiosas, a menudo mortales. Los enfermos de peste. Era el campo de refugiados adonde había llegado con mis dos hermanos y el único tío que nos quedaba. Hasta hoy, siempre he vivido entre la madera y la lona... Veníamos de Alepo, Siria, y antes de eso de la región del Diyarbakir, no muy lejos de Adiyaman, donde nació Manouchian, donde siempre vivieron los suyos... En Alepo, trabajaba en una de las hiladoras de algodón construidas por los turcos. El sueldo era un bol de sopa a mediodía y otro en la tarde. Para no morir de hambre, los niños iban a los negocios... Es el ejército británico el que nos liberó, al final de la guerra. Mi tío logró tener un trabajo en un pequeño hospital francés, bajo las órdenes del doctor Louis Rolland. Creíamos haber encontrado una salida, pero la población árabe de la ciudad se alzó contra los armenios en febrero de 1919, acusándonos de ser los responsables de la hambruna. Casas quemadas, asesinatos, ataques a los orfanatos... Los franceses de la Oficina de Repatriación dieron entonces diez piastras a cada persona que aceptara salir de la ciudad. Así es como llegamos a la primavera siguiente a la Karantina...

–¿Missak Manouchian también estaba en Alepo?

Levantó la tapa de la tetera para ver el color del líquido.

–No. Él y su hermano habían sido acogidos por una familia kurda. A ellos los habían tratado bien, mientras los niños, en su gran mayoría, eran esclavos, algunos eran obligados a prostituirse... Esta familia tenía el proyecto de casar a Missak con una de sus hijas... Apenas volvió la paz, las instituciones religiosas organizaron un trabajo de recuperación de los huérfanos. Al mismo tiempo, algunos armenios que habían sido obligados a servir en el ejército otomano, pero que habían aprovechado la derrota para desertar, se habían puesto a patrullar en todas las zonas liberadas para comprar a los niños. Lo más difícil era justamente en los territorios de mayoría kurda. Las familias rechazaban las monedas de oro, y había que quitarles a los niños a la fuerza... Manouche era muy púdico. No reservado, púdico. No sé si lo compraron o si fue el fusil el que habló.

–¡Manouche! ¿Le llamó Manouche?

Dragère tomó la taza que ella le estaba ofreciendo.

–Sí, los niños decían Missak y las niñas Manouche. Yo formo parte de los niños a los que se les había enseñado el turco como si fuera la lengua de sus ancestros. Pensábamos en turco, cantábamos en turco. Las hermanas tenían como misión la purificación de nuestras almas de aquellas manchas que ensuciaban nuestras ideas, nuestras expresiones, nuestras emociones, nuestra lengua. Ellas debían hacernos reencontrar con una «armenidad inmaculada»... Era su expresión. Ellas lo lograron, aunque todavía me toque soñar en turco... Manouche y su hermano habían tomado otro camino. La suerte hizo bien las cosas: los pusieron en una antigua escuela francesa al norte del Líbano, en Jounieh, al borde del mar... Durante la guerra, el director lo había transformado en un orfanato para «turquizar» a los niños kurdos, y luego se volvió una institución católica francesa. Los dos hablaban armenio, pero aprendieron todo del mundo desde la lengua francesa. El equipo de fútbol de Jounieh fue hasta Karantina para jugar contra el de mi hermano menor, el Homenmen, un club que todavía existe en el Líbano... Mis ojos se fijaron de inmediato en Manouche, aunque él era el que tenía la mirada más cerrada... O quizá por eso mismo... Era también el más fortachón de todos. Supe después que hacía atletismo, que no pasaba un día sin entrenar, sin correr kilómetros. Caminaba en sus manos, hacía la rueda, se paraba de cabeza. Su cuerpo estaba acostumbrado a los sacrificios, a soportar el esfuerzo. Pienso que eso le sirvió durante la guerra contra los nazis, en París.

Se detuvo para acercar la taza a sus labios y soplar sobre el líquido caliente. El periodista se inclinó hacia una foto colgada en el muro de madera. Unos obreros posaban, con el torso desnudo, con la gorra o el turbante enrollado en la cabeza, ante las murallas de una casa en construcción. En segundo plano, unos obreros tiraban y empujaban una carreta atascada en el barro, cargada con bloques de piedra. Ella avanzó para señalar con el dedo tres rostros, sucesivamente.

–Mi tío y mis dos hermanos, en 1923, sobre la colina de Achrafieh... Es nuestra casa, aquella donde nunca viví. Mi tío compró el terreno a diez piastras el pic, que equivalía a la mitad de un metro cuadrado... Poco a poco, hizo construir, gracias al dinero ganado con su taller textil instalado entre las tiendas del campo de Karantina...

–¿Por qué no se quedó usted junto a él?

Sonrió, dejando un silencio para poder dosificar la sorpresa.

–Por Manouche... En el orfanato de Jounieh aprendió el oficio de carpintero, sabía de carpintería metálica, conocía el trabajo con fierro. Alrededor de los 17 años vino a ganarse la vida en las obras que aparecían en todos los lugares de la vieja ciudad de Beirut. El ejército francés había dado barracas Adrian, de madera, pero se instalaban habitaciones de ladrillo entre el depósito de los tranvías y la iglesia maronita de Mar Mijael, que se dice Saint Michel en francés, alrededor del campo de Adana, en Gueundereli, al otro lado de la vía férrea. Nos volvimos a ver en el terreno donde entrenaba el club Homenmen. Era diferente a los otros niños de su edad. Hacía mucho deporte, pero no hablaba. Lo que le interesaba eran los libros. Leía los textos en armenio literario, pero también Romain Rolland, Victor Hugo, Balzac. Muchos poetas... Ronsard, Villon, Verlaine... En la época quería irme del Líbano. Dudaba entre dos direcciones opuestas: la Armenia soviética y los Estados Unidos. Manouche también miraba hacia otros horizontes, pero en su cabeza no había ninguna duda: era a Francia que había que ir. A París. La capital de la patria de los poetas, de la literatura, de la libertad. Había escrito un poema en armenio cuyo título era algo así como «Pronto Francia» o «A Francia» ... Lo tradujo durante el viaje. Me acuerdo solamente de los primeros versos:

Dejando tras de mí mi niñez soleada alimentada por la naturaleza

Y mi negra existencia de huérfano tejida con privaciones y miserias

Aún adolescente, ebrio del sueño de los libros y los escritos

Me voy a madurar por el trabajo de la conciencia y de la vida

Finalmente, tomamos el mismo barco. Treinta años después, todavía no tengo casa...

–¿Ustedes tenían pasaportes franceses?

–No, éramos apátridas. Un diplomático noruego, Nansen, se preocupó bastante por los pueblos desplazados, después de la Gran Guerra, creando un certificado que permitía ir a instalarse en un país que aceptara recibir refugiados. Recibió el Premio Nobel por eso. En ese momento, Francia necesitaba mano de obra. El «Alto Comisariado en los Estados de Siria, el Gran Líbano, los Alauitas y el Yébel Druz» (es lo que veíamos en todas partes en las pancartas) entregaba los papeles fácilmente si uno podía demostrar una promesa de trabajo. Bastaba con pagar un sello de cinco francos de oro y se obtenía el certificado con el timbre «retorno prohibido». Gracias a mi tío había recibido una carta del taller de alfombras France–Orient, en Saint Jérôme, donde me esperaba un puesto de tejedora... Para Missak y su hermano estaban las construcciones navales de La Seyne sur Mer, de La Ciotat, en la carpintería. En el barco estaba también Krikor Bedikian, un pintor del que se habló en los periódicos el año pasado. Antes de llegar a Marsella, tuvimos que esperar en una isla de cuarentena, el Frioul, otra Karantina, mientras las autoridades se aseguraban de que todo estaba en orden, que nadie estaba enfermo. Desinfección, desparasitación, ducha colectiva... Tuve la suerte de tener una pieza en el Gran Hotel del Levante, en la calle des Dominicains, como llamaban «el hotel armenio». Éramos cinco en diez metros cuadrados. Ellos fueron conducidos en un primer momento a un campo de tránsito instalado detrás del puerto, no muy lejos del cruce de Arenc. Algunas viejas barracas del ejército alineadas en ninguna parte, doscientas personas por instalación, con mantas o alfombras como separación. Nos volvimos a ver solo una vez para festejar la Navidad armenia, el 6 de enero.

Ella notó el fruncimiento del ceño de Dragère.

–El 6 de enero. Es la verdadera fecha del nacimiento de Jesús, y por eso los reyes magos vinieron a traerle regalos ese mismo día. El papa Gregorio cambió toda la cosa... Nuestro último encuentro tiene gusto a börek, a dolma, a baklava...

Dragère la escuchó mientras vaciaba sus recuerdos hasta que la costurera tocó la puerta para darle retoques a la falda tradicional que llevaba Gumilia Aradian. Se despidió y atravesó el precario barrio, por la paja esponjosa, hasta el puente por el que no había pasado en la mañana. Delante de un café, un caballo de tiro sujeto a una carreta llena de sacos de carbón comía el heno que desbordaba del saco que tenía en su hocico. El periodista entró, se instaló cerca de una ventana empañada que aclaró con el revés de su manga. La sala estaba llena de marineros cuyas barcazas, amarradas a los duques de Alba a lo largo de la costa, estaban bloqueadas por la subida de la marea, que les impedía pasar bajo los puentes. También estaban los estibadores de los puertos de carbón y de madera, que se habían vuelto inaccesibles. Cada uno contaba lo que recordaba. Los más viejos contaban por centésima vez la gran subida de las aguas de 1910, cuando los cadáveres de animales ahogados, perros, gatos, caballos, flotaban por decenas en las calles, que había que entrar por el segundo piso a las casas de Issy les Moulineaux, y que algunas, por consiguiente, se habían derrumbado, dañadas en sus débiles cimientos. Pidió el plato del día, un poco de cerdo salado con lentejas acompañado de una jarra de Côtes du Rhône. Habiendo limpiado el plato con pan fresco, sacó su libreta para anotar lo que había investigado en la mañana con Gabriel Vartarian y la señora Aradian. Las masacres, la deportación, los niños vendidos, la resistencia del padre, los kurdos, la recuperación de los niños por asociaciones religiosas y los desertores, la instalación en el Líbano, las construcciones en Beirut... Luego resumió las últimas confidencias de Gumilia Aradian, escribiendo en letras mayúsculas el nombre del transatlántico de Messageries maritimes, el Mariette-Pacha, en el que Manouchian había probablemente trabajado en La Seyne sur Mer o en La Ciotat, un navío destinado a la línea del Levante, Marsella-Alejandría-Beirut. Subrayó todas estas palabras desconocidas que se prometía buscar en los diccionarios: Diyarbakir, Jounieh, Alauitas, Nansen, Achrafieh, dolma, baklava... Cerró la libreta. Ahora se sentía listo para encontrarse con Mélinée.

Capítulo 6

Antes de tomar el bus a París, había intentado comunicarse con Odette en Juvisy y dejó sonar el tono unas veinte veces en la conserjería vacía. La conserje no aguantaba más de quince cuando andaba haciendo aseo, acompañada por su mal humor. La última edición del France-Soir, comprada en el quiosco de la estación de metro de Issy, dedicaba su titular al asesinato, en Mans, de un soldado profesional que había vuelto de Indochina y de Corea. La asesina había sido su esposa, una enfermera militar que había conocido, cinco años antes, en un hospital de Saigón. Leyó igualmente el relato de otro drama ocurrido dos días antes en Mazenay, en Saona y Loira. Ahí se trataba de un plomero que trabajaba con zinc que, exasperado por la lentitud con la que su mujer preparaba la cena, la había asesinado a golpes de sartén. Una vez satisfecha su curiosidad, miró el artículo que detallaba las reformas que el ministro del Interior François Mitterrand proponía para retomar el control de Argelia, entre ellas el derecho a voto para las mujeres musulmanas. Bajó a Châtelet. Los pasillos, las escaleras, la plaza, estaban invadidos por grupos de comerciantes, artesanos que agitaban pancartas con reivindicaciones y entonaban eslóganes que exigían la disminución de los impuestos y las cargas. La dirección de «Mélinée Assadourian, esposa de Manouchian», el 19 de la calle Au Maire, a la altura de la calle Beaubourg, cerca de Arts et Métiers, correspondía a una pequeña vía estrecha, con edificios de unos cinco o seis pisos que acogían en el primer piso a los inevitables talleres. Subió por las escaleras después de haber verificado la presencia del primer apellido en un buzón. Golpeó varias veces la puerta sin que nadie apareciera. Iba a irse cuando de repente otra puerta del piso se abrió. Una anciana con la espalda encorvada, enteramente cubierta por un chal negro, se acercó deslizándose lentamente, incapaz de levantar sus pies.

–No hay nadie.

–Voy a esperar...

Se dio cuenta de que estaba contando las perlas de un rosario entre sus dedos.

–No le va a servir de nada. Se fueron hace ocho días a visitar a su familia en Marsella. No volverán antes de mañana en la noche... ¿A quién quiere ver?

–A Mélinée Manouchian... ¿Ella vive aquí?

–No, ella venía, hace tiempo, pero ahora ahí están su hermana y sus pequeños... Sigo diciendo «pequeños» aunque me sobrepasen por una cabeza los dos...

Asintió con la cabeza.

–¿Y usted sabe dónde puedo encontrarla? Tengo que hablarle a propósito de su marido...

–Va a tener que darse muchas molestias... Ella tomó un barco para irse a Armenia, hace ocho años, junto con una docena de sobrevivientes que se había instalado en el barrio.

–No es mi día de suerte...

Ella se llevó el rosario a los labios para marcar una estación, murmurando las palabras de una oración.

–El hermano de Hampartsoumian, el mayorista de tejidos de la calle des Gravilliers, era parte de ellos. A él lo contactan de vez en cuando... Cartas, tarjetas postales. Él envía encomiendas. Sin embargo, parece que todo va bien... Podría quizá darle informaciones, mientras espera a Armène. Es muy cerca de aquí, una calle más arriba...

Dragère agradeció a la anciana antes de volver a bajar las escaleras. El interior de la tienda de Stepan Hampartsoumian (una razón social resumida en StepHam en su letrero) parecía una bombonera afelpada. Después de años de colores oscuros, la moda se inclinaba definitivamente por el rosa. En todas sus variantes. Desde el rosa persa hasta el rosa viejo, pasando por los matices del rosa desteñido, pálido, suave, claro, salmón o malva. Las obreras abrían los sacos a punto de reventar, llenos de suéteres, chalecos, polerones tejidos en los talleres, las bodegas de Alfortville, Décines, Valence o Issy les Moulineaux. Ellas verificaban la calidad del trabajo, la regularidad del punto jersey, arroz, elástico, jacquard, y luego los separaban por modelos en unos cajones de madera que otras empleadas llevaban a un taller donde se cosía a máquina la marca del mayorista. Stepan Hampartsoumian, un hombre regordete de unos sesenta años, estaba ocupado cargando unos lotes de ropa en una camioneta estacionada detrás de la tienda. Transpiraba a pesar del intenso frío y se secó el rostro con su pañuelo antes de estrechar la mano de Dragère. Después de que el periodista le explicara el objeto de su visita, sin darle el título de la publicación para la cual trabajaba, Stepan le pidió que lo siguiera a una oficina del segundo piso que podría haber sido la de un redactor jefe en una noche de elecciones, tomando en cuenta solo la cantidad de papel tirado en los muebles, el piso y los estantes.

–Entonces, ¡usted está interesado en la Armenia soviética!

–No, en realidad, no es lo que dije... Estoy interesado sobre todo en Missak Manouchian, cuya mujer, Mélinée, se fue a la Armenia soviética...

Apartó varios portafirmas, y puso sobre el espacio liberado una botella de raki, dos vasos y una jarra de agua.

–Una bella estupidez, pero ella no es la única... Son cinco mil allá los arrepentidos, desde hace ocho años... ¿Qué quiere de ella, Mélinée?

–Me hubiera gustado hablarle... O enviarle una carta, hacerle algunas preguntas...

Le tendió un vaso generosamente lleno de alcohol suavizado con agua fría.

–¡Por su salud! Puede hacerlo, si no está muy apurado... La última vez que envié un correo a mi hermano se demoró tres meses en llegar a Erevan. Luego su respuesta hizo el recorrido inverso en un tiempo récord de siete semanas... Con un poco de suerte, tendrá noticias de ella en Pascua, si no se pierde el correo en el camino.

Dragère estaba enojado por el tono de la conversación. Bebió un largo trago anisado, apretando el vaso un poco más fuerte de lo necesario.

–¿Quién le dice que son los rusos los que tienen mala voluntad? El camino de una carta es bastante misterioso, ¿no?

–Escuche, tengo familia en el mundo entero, en Canadá, en Australia, en Italia. Es parecido con ellos. ¡El correo de ellos se demora! No me siento perjudicado personalmente. Yo sé que hago negocios con mis tejidos, pero de ahí a imaginar que hay un complot planetario para atrasar el correo de los Hampartsoumian hay un margen... De lo que estoy seguro es de que están siendo retenidos como prisioneros...

–¿Todos? ¿Los cinco mil?

–Sí... Agop tanto como Mélinée. Si pudieran elegir, volverían a casa todos juntos...

–¿Dónde leyó eso, en Le Figaro?

A Stepan le bastó con levantar los hombros.

–En ninguna parte. Si se lo digo es simplemente porque lo pienso. Nadie habla de los armenios franceses que se fueron a construir el socialismo en Armenia. Nadie. ¡Ni Le Figaro ni L’Humanité! Silencio en la oreja derecha, silencio en la oreja izquierda. Ya no existen fuera del corazón de sus cercanos, de sus amigos...

–Al escucharlo, uno diría que se los llevaron... No se fueron a la fuerza... Fueron voluntarios...

Vertió un poco de raki en el agua turbia.

–Lo peor, es que es la pura verdad... Pasamos noches enteras aquí, en 1947, discutiendo con Agop... Quería convencerme de ir. ¡Yo intentaba hacerle comprender que teníamos que quedarnos! Me mostraba su certificado Nansen y el timbre «Regreso prohibido» gritándome: «¿Quién tiene el derecho de prohibirnos volver a Armenia? Desde hace veinte años que estoy aquí con este trozo de papel. Allá tendré un verdadero pasaporte, seré un ciudadano plenamente». Qué podía responderle... Todavía soy apátrida. Para él, allá estaba El Dorado, donde todo surgía sin esfuerzo, mientras en Francia vivíamos aún con tickets de racionamiento. Como la mitad de la empresa le pertenecía, compartíamos los stocks, las máquinas. Pusimos su parte en el camión, con la inscripción «Hampartsoumian Hermanos» sobre la cubierta. Como no tenía el permiso, yo lo acompañé hasta Marsella, a principios de septiembre, con su mujer y mis dos sobrinas. No sabíamos el nombre del muelle. En un primer momento, los gendarmes nos condujeron a Port de Bouc, creyendo que éramos judíos decididos a retornar a Israel en el Exodus, que estaba en el golfo de Fos... Cuando llegamos al rompeolas Léon Gourret, ahí sí creí que Agop había encontrado su buque, el Rossia. No había visto nunca un barco tan bello, tan limpio, una tripulación tan disciplinada. Eran más de tres mil los que se embarcaban, y había una multitud cercana a las diez mil personas sobre el puerto para despedirlos en su partida. Usted quizá no me creerá, pero, tomado por el ambiente, canté el himno soviético y La Internacional... La Marsellesa también, varias veces. En la borda habían desplegado lienzos que decían «Viva la República francesa», «Viva la Armenia soviética», «Gracias, Francia, por tu hospitalidad generosa».

–Ve... Con respecto al resto está inventando cosas...

–Si usted lo cree sinceramente, solo puedo proponerle una cosa...

Dragère sonrió, sorprendido de haber puesto en dificultades al dueño de la sociedad StepHam tan fácilmente.

–¿Sí? ¿Qué cosa?

Stepan Hampartsoumian sacó una carta entre las diez que estaban dobladas en una caja de hojalata. El periodista, intrigado, la abrió con precaución.

–Le pido simplemente que lea la primera carta que me hizo llegar mi hermano Agop, seis meses después de haberse instalado en Armenia...

Empezó a leer en voz alta.

Erevan, 12 de febrero de 1948

Mi muy querido Stepan. Como puedes ver, te escribo con tinta negra, a pesar de que desde la escuela, siempre preferí escribir con tinta roja, el color de mis convicciones, pero se me dio vuelta la botella y no he tenido el tiempo para ir a la tienda a comprar otra. No me arrepiento de la decisión que tomé de venir con mi esposa Nouritza y mis dos hijas, Adriné y Ovsanna. Ellas se suman a esta carta con un saludo. Desde que llegamos nos han instalado en una gran casa. A la semana siguiente pude comenzar a trabajar en un taller de tejidos. La comida es buena y abundante. También es muy barata, por lo que nuestros sueldos alcanzan vastamente para pagar todo. Nuestros vecinos nos adoptaron inmediatamente, y nos llevamos todos muy bien. Te equivocaste al no venir con nosotros y querer seguir con esa vida de refugiado, mientras aquí somos considerados ciudadanos soviéticos en toda regla. La policía nos protege, así como nuestro salvador, el mariscal Stalin. Aunque me dé pena estar separado de mi hermano querido, por nada del mundo aceptaría hacer el viaje de regreso. Espero que algún día, el buque Rossia vuelva a hacer una escala en Marsella, y así podamos volver a encontrarnos. Tu hermano para siempre. Agop Hampartsoumian.

Dragère bebió el fondo de su vaso de raki, luego volvió a doblar la hoja de papel que devolvió al mayorista.

–No se puede ser más claro. No entiendo por qué usted está obstinado en defender un punto de vista contrario al de su hermano... Él está bien, ¡sabe por dónde va la cosa, claramente!

–Sí, pero antes de ser tan tajante, señor periodista, permítame precisarle una cosa. Antes de que se embarcaba en el Rossia, con flores en los brazos, hice un acuerdo con Agop. Fue por el nombre del barco que se me ocurrió, el Rossia, es decir, el rojo... Le había pedido que me escribiera con tinta roja si es que las cosas no estaban bien, y de dar vuelta las frases de tal manera que yo debería leer exactamente lo contrario de lo que había en el papel... ¿Entiende usted ahora? Por las restricciones, tiene solo tinta negra a su disposición, ¡entonces me está diciendo que debo leerlo como si estuviera escrito en rojo! Usted me dice que Agop «sabe de qué se trata». La expresión no podría ser más exacta. Mire, por si no le basta...

Y dio vuelta la caja de hojalata sobre la bandeja, dejando al descubierto las otras cartas, todas recubiertas de una fina escritura roja.

–¿Usted trabaja para qué periódico, por cierto? No se lo he preguntado...

Por primera vez, Dragère pronunció el nombre del periódico sintiendo algo de vergüenza.

–L’Humanité.

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291 стр. 3 иллюстрации
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9789560012593
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