Читать книгу: «Dígame, ¿quién le ha dicho?»
Durante casi un siglo, los miembros de cuatro generaciones, quienes aparecen secuencialmente inscritos en un Tablero familiar, nos muestran en simultáneo un poco de la historia política, social, religiosa y futbolística en el Perú republicano. Inesperados sucesos que tienen la curiosa capacidad de repetirse en el tiempo y hacerlos trastabillar, hacen que sus vidas alternen entre el romance y la tragedia, sin embargo el amor que se prodigan prevalecerá hasta el final.

«Esa noche, en la privacidad de su cuarto en San Miguel, apuntaba en las páginas ahora amarillentas de aquella libreta Minerva al nieto número veinticuatro en el Tablero familiar. En su interior, ella presentía que este sería el último, por varias circunstancias: sus hijos casados y mayores, por cuestiones de edad, difícilmente serían otra vez visitados por la cigüeña; Fina siempre le comentó que deseaba tener solo dos hijas; y porque sus solteras hijas Nena y Otilia, habían sobrepasado su tiempo para contraer nupcias y, fundamentalmente, poder encargar bebés. Este augurio, con el tiempo, se consolidaría inamovible. Ella dibujó una complaciente sonrisa, recordando la tarde en que su desaparecido compañero con atrevimiento pronosticó, muchísimos años atrás, que tendrían una abundante descendencia» (DL).



Dígame, ¿quién le ha dicho?
Primera edición electrónica: enero de 2022
© David Loayza 2022
© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2022
para su sello Narrar
APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,
San Martín de Porres, Lima
http://paracaidas-se.com/
editorial@paracaidas-se.com
Composición: Juan Pablo Mejía
Fotografía de portada: David Loayza
Retrato del autor: Archivo personal
ISBN ePub N.° 978-612-48825-1-7
Se prohibe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.
Producido en Perú.
A mi esposa Gabriela y a mis hijos Regina, Rebeca y Francisco por alentar y respaldar siempre este proyecto.
Cuando te vaya bien, disfruta ese bienestar; pero cuando te vaya mal, ponte a pensar que lo uno y lo otro son cosa de Dios, y que el hombre nunca sabe lo que ha de traerle el futuro.
Ecleciastes, 7:14
La abolición de la esclavitud en el Perú, decretada oficialmente por el progresista e innovador presidente Ramón Castilla el 3 de diciembre de 1854, benefició a 25 505 esclavos. Esta medida, que reconoció la libertad a los afroperuanos, ocasionó insuficiencia de mano de obra en la agricultura —específicamente en las haciendas de algodón y caña de azúcar—, en el trabajo en la instalación de los rieles ferroviarios, en las islas guaneras y en la servidumbre urbana; afectando gravemente la economía del país, regentada por los hacendados y comerciantes. Ante esta vicisitud, se dictaminó la «Ley China», que permitía el ingreso multitudinario e indiscriminado de trabajadores provenientes de diversas provincias de la China imperial. Esta infortunada gente —que subsistían entre la indigencia y la desventura— fue engatusada a través de contratos de semiesclavitud que los obligaban a trabajar bajo la presión de ciertas deudas asumidas por su traslado y manutención. Mediante esta modalidad llegaron durante cuatro décadas, entre noventa y cien mil ciudadanos chinos. Cada travesía naviera era una auténtica odisea, demoraba cerca de ciento veinte días este itinerario. De esta forma, a mediados de abril de 1890, llega la embarcación danesa Valdemar II al muelle de Salaverry, situada a unos catorce kilómetros al oeste de la localidad de Trujillo, departamento de La Libertad; ciudad portuaria creada veinte años antes en honor al prócer de la independencia peruana, general Felipe Santiago Salaverry, y que después del Callao era considerado el segundo más importante en el Perú. En esta embarcación llegó Félix de veintiún años, nativo de la provincia de Guangdong o Cantón, primer puerto al sur de China, ubicado a ciento veinte kilómetros de Hong Kong. Se mostraba muy flaco, casi esquelético, medía tan solo un metro sesenta y cinco, de cabello hirsuto largo y negro, sus oscuros ojos pardos apenas se podían encontrar escondidos en un rostro amarillo pálido, el cual intentaba disimular cuánto sufría por tener lejana a su familia. Sus patrones lo bautizaron así, aunque su verdadero nombre chino nadie lo supo o quizás nadie jamás se lo entendió porque sonaba algo como Fhe-Lee. Su apellido original era Athón, pero al escucharlo se burlaban pronunciándolo «ratón», motivo por el cual él decide modificarlo, empezando a escribirlo como Athó. Poseía una personalidad muy reservada y temperamento tranquilo, era completamente independiente y siempre buscaba sus propios caminos. Quizás esta idiosincrasia fue el factor detonante que lo impulsó a salir de su tierra natal, aunque alimentaba la ilusoria y remota esperanza de regresar a su casa. Su cuerpo se encontraba allí, pero en su interior aún conservaba los lazos y la nostalgia ancestral. El primer contrato de trabajo establecía un vínculo de ocho años con don José Celestino Mundaca, propietario de la Hacienda Santa Catalina, a orillas del Valle de Moche, distrito situado a solo siete kilómetros al sur de Trujillo, lugar que además conserva como patrimonio histórico la denominación de una de las culturas precolombinas más importantes de América. Aquí empieza a trabajar en la siembra y cosecha de la caña de azúcar. Ya no extrañaba las altas temperaturas y la humedad asfixiante de su nativa localidad. Fácilmente se acostumbró al exquisito clima trujillano, al recio quehacer de diez a doce horas diarias, los siete días de la semana, y también a beber ron de caña para amortiguar la fatiga agobiante de la faena. Y como la mayoría de sus coterráneos, aceptó «la yapa», es decir, extender por seis meses más, repetidas veces, su relación contractual con su patroncito, porque ya se había acostumbrado a esa rutina laboral.
A principios del siglo del Vanguardismo o comúnmente llamado siglo XX, Félix, luego de intentar, con aciertos y tropiezos, aprender el idioma castellano y las costumbres peruanas —desechando por completo su inicial plan de retorno a China— se animó a constituir una panadería a un par de calles de la Plaza de Armas de Moche. Su sentido de la observación le ayudó a descubrir que al peruano le encanta el pan; religiosa y diariamente consumen este alimento, y que además se podía comerciar allí otros productos complementarios como en una bodega: mantequilla, queso, café, té, fósforos, azúcar, fideos, entre otros; y que, obviamente, la mercantilización de estos agregados artículos era lo que le reportaría mejores ganancias. Luego de entrevistarse con un baqueteado panadero, construyó su propio horno a leña, con paredes revestidas de ladrillo lo suficientemente grande para cocer con capacidad y comodidad conveniente. Como resultado de sus preliminares ensayos, obtuvo panes deformes, desabridos, ahumados y/o quemados; errores de principiante que debería enmendar. Subsanados los primigenios inconvenientes, decide inaugurar su negocio. Resultando muy práctico dejar listos por la tarde los bollos a base de harina, levadura y especies; levantarse a las tres de la mañana para empezar a prender las leñas y avivar un fuego homogéneo; colocar y retirar las bandejas oportunamente; con el fin de ofrecerlo al público a partir de las seis y media de la mañana. Poco a poco fue generando una fiel clientela.
Casi un año después, este laborioso y pujante panadero, que con las damas era muy alegre y encantador, conoce y se encandila con Rosa, una jovencita de dieciséis años nativa de Moche, que poseía una peculiar hermosura, como la flor. Era amable, simpática y divertida; vivía con sus familiares, quienes aún trabajaban en la Hacienda Santa Catalina atendiendo la cocina de los patrones. El «chinito» gradualmente conquista, con humildad y espontaneidad, el corazón de Rosa y posteriormente, con la aprobación de sus padres, ambos se entregan intensamente a esta relación persiguiendo su bienestar y equilibrio como pareja. Ella empieza a trabajar en el negocio, atendiendo a los clientes, y por las tardes preparando postres: camotillos, cocadas y sanguito. Como resultado de esta unión de etnias y culturas distintas, el mismo día en que Francia celebraba desde 1789 la Toma de la Bastilla, y con ello la caída del régimen monárquico e inicio de la Revolución Francesa, nace su primera hija, a la que nombran Felicita en honor a su progenitor; pequeña que inmediatamente los llenó de gozo. Tres años después tendrían a un varoncito al que bautizaron con el nombre de Manuel. Ambos heredarían los rasgos orientales, además de la vitalidad y energía del padre.
Un lustro después de iniciado el negocio, la panadería había incrementado considerablemente el número habitual de clientes, debido al crecimiento de la población en Moche. Ellos no podían estar solos al frente, abastecerse de suministros y de mercaderías, mantener la limpieza, elaborar el pan, preparar los postres, y encima cuidar a sus dos traviesos y pequeños hijos. Ante esta necesidad, Félix decide emplear a Gilberto Urbano para que se encargue por las noches de la elaboración del pan, pero el chinito se lamentaría con el correr del tiempo de haberlo contratado. Este no resultó tan gil como su nombre decía. Era un joven mulato, resultado del efímero amorío entre don Teodoro, un apuesto lugarteniente criollo, y Carlota Urbano, una bella afroperuana libertada en tiempos del mariscal Castilla. Gilberto medía un metro setenta de altura y era solo dos años mayor que Rosa; sus hombros eran ligeramente más anchos que su cadera mostrando una silueta armónica. Aprendió raudamente el oficio y llegaba todas las noches para empezar a realizar su trabajo, rutina que consistía en amalgamar la harina con agua, sal y levadura. Este proceso de sobar y presionar firme y constantemente la masa hasta que agarre consistencia, con el tiempo le ayudaría a fortalecer sus habilidosas manos, desarrollar su caja torácica, bíceps y tríceps, aumentando su atractivo varonil. Mientras que Félix dormía, Rosa observó en más de una ocasión cómo Gilberto amasaba imperturbable con el torso desnudo, provocando en ella numerosas fantasías eróticas, imaginado ser ella la masa del pan, soportando la presión de sus palmas en sus desatendidas nalgas, caderas y pechos, soñando y excitándose hasta alcanzar varias veces una lubricación vaginal. Bajo esta premisa, ella, en las pocas oportunidades que tenía a solas con él, no reparaba en comentarle abiertamente cómo había mejorado su contextura física desde que trabajaba en la panadería, evidenciando su licencioso interés.
—Mi marido está contento con la rapidez con que aprendió usted a preparar el pan —adulándolo y esbozando una sonrisa coqueta.
—Me alegra escucharlo —mientras que el ayudante vaciaba la harina a un contenedor— porque a veces no le entiendo bien lo que me dice.
—Ah, sí —ríe de compromiso, mostrando una fingida alegría—, don Félix tiene un limitado vocabulario en castellano, pero yo entiendo más sus gestos.
—Y usted, ¿qué opina? —interroga y fija la mirada en ella.
—Bueno, para mí —baja la mirada, trata de reír, pero solo titubea— usted aprendió muy pronto su trabajo —volviendo a mirarlo fijamente.
Mientras tanto, Gilberto empezó paulatinamente a abstraerse con la belleza, gracia, simpatía y ocultos flirteos de Rosa. Ella, además, era una mujer muy intensa y exigente, que deseaba mantenerse emocionalmente satisfecha y estable con su pareja; al parecer, el chinito, quien superaba los cuarenta y cinco años, no estaba cumpliendo proporcionalmente con los demandados deberes para con su joven y encendida mujer, dedicaba más su tiempo al trabajo y a sus responsabilidades de comerciante y padre de familia. El diestro aprendiz se presenta ante Rosa como el personaje con quien alcanzaría esos negados objetivos, ofreciéndole satisfacer cabalmente esas exigencias. Ella, decidida, perseverante y luchadora por alcanzar sus ambicionados ideales, pero fundamentalmente seducida por la súbita pasión ofrecida por el incendiario amante, luego de acumular secretamente una mediana cantidad de dinero ahorrado, no dudó demasiado en tomar una osada determinación: abandonar a don Félix y a sus dos menores hijos. Así, sin importarle nada, se traslada inmediatamente junto con su nuevo marido a la ciudad capital, Lima, para reiniciar su vida. Alejándose principal y estratégicamente de las conservadoras críticas y comentarios que definitivamente le arrojarían sus cercanos familiares y amigos. En esta nueva ciudad nadie conocería su pasado.
Rosa era la segunda de tres hijos. Todos se caracterizaban por la piel morena clara, ojos pardos oscuros y redondos, cabello lacio negro, contextura delgada y con una talla promedio del metro cincuenta y cinco. Pedro era el único varón e hijo mayor. A diferencia de sus hermanas, era más alto, poseía un espíritu muy generoso y desprendido, además de un alma de innato buen mercader; pocos años atrás había establecido una tienda de abarrotes en el centro de Trujillo, y cada día le iba muy bien, por su perseverancia y cualidades administrativas, siendo el único en su infancia que disfrutó y se benefició de la educación primaria impartida en la escuela fiscal de Moche. Mientras tanto, Isabel, la hermana menor, aún soltera, seguía viviendo y laborando en la casa de sus patrones en la Hacienda Santa Catalina. Don Félix, fracturado sentimentalmente por el accionar de su fugada compañera, luego de reflexionar y conduciéndose con absoluta frialdad asiática, irreversiblemente transfiere sus vástagos a la joven cuñada, quien los recibió con el corazón y los brazos extendidos. El hecho de que Isabel no tuviera un esposo ni hijos a quien brindarle un desmesurado amor, fue el esencial factor para que ella ofreciera inmediatamente la ternura y afectos que los retoños demandaban de la figura maternal.
Felicita de seis años y Manuel de tan solo tres, al principio, quizás por su corta edad, no comprendieron por qué sus genuinos padres habían renunciado a ellos; se hacían muchas preguntas, sin imaginar siquiera una eventual respuesta. Cuando alguno consultaba a la tía Isabel sobre el paradero de sus padres, ella sutilmente les cambiaba el tema. Después de varios meses se alejó de ellos el recuerdo paternal, porque no existía fotografía alguna para rememorar o acordarse de él. La última vez que lo vieron fue aquella tarde en la puerta de la casa de Isabel, donde dimitió y se despidió de ambos con un abrazo prolongado y fuerte, una cascada de lágrimas cubría su rostro desarticulado, y balbuceando algunas indescifrables súplicas y frases entre castellano y chino mandarín. Tan solo unos años más tarde, completamente abandonado y desamparado, el chinito, luego de contagiarse de la funesta peste bubónica, fallece en un lazareto en las afueras de Trujillo junto a cientos de personas contaminadas con esta enfermedad, aún no se conocía medicina alguna para sanarse o sobrellevarla.
* * *
Rosa y Gilberto se instalaron en el corazón de los Barrios Altos, una zona muy criolla y vernacular de la metrópoli limeña, estableciendo juntos una fonda, que en esos momentos eran los populares y económicos restaurantes donde la gente iba, de lunes a domingo, a comer. Por aquel entonces en el Perú se acostumbraba almorzar a partir de las once de la mañana, y la cena o comida después de las tres de la tarde. Con el correr del tiempo y los cambios de hábitos, usos y costumbres, en nuestros días estos horarios se fueron retrasando un par de horas más tarde, agregándose el desayuno como primera comida del día. En esta aventura para sobrevivir y salir adelante, doña Rosa había desarrollado su arte y amor por la cocina, preparando a diario para decenas de clientes los más deliciosos platillos limeños con un sutil e indiscutible toque mochano: desde el menestrón, causa limeña, arroz con pollo y el escabeche, hasta terminar la tarde con los postres: el arroz con leche, el frejol colado, la mazamorra morada y el ranfañote.
Producto del intenso amor que se prodigaban, rápidamente los autodesterrados norteños encargaron niños, teniendo primero a Teófilo, luego a Carlota y, después, a Blanca. Este aumento en la población del hogar motivó a que doña Rosa le requiera a su hermana Isabel la presencia de su hija mayor en Lima. Felicita, que ya contaba con doce años, podía resultar de gran ayuda a la incrementada familia. Ella significaría un excelente apoyo para atender la fonda y también cuidar a sus mediohermanos. Juntas empiezan a compartir y alternar labores, doña Rosa no solamente se encarga de enseñarle a cocinar todos los guisos y dulces que ofrecía a sus comensales, sino además todos los detalles del cuidado de la casa: lavado de ropa y pañales, lavado de platos y ollas, limpieza de los cuartos, entre otros. En los años siguientes tuvieron dos descendientes más: Iris y Mario. Así, Felicita se convertiría técnicamente en la madre de estos dos últimos, debido a que la verdadera progenitora dirigió todos sus esfuerzos a la conducción del establecimiento y atenciones al concupiscente marido.
A mediados del primer año de la segunda década del siglo veinte, Felicita, apenas cumplidos los diecisiete años de edad, conoce y es pretendida por don Juan Sarrazino, de veinticuatro años, un distinguido y adinerado limeño que pertenecía a una notable y respetada familia de origen vasco. Tan sobresaliente que su hermana menor, Lucrecia, era una cantante soprano que luego destacaría y se presentaría frecuentemente en el Teatro Municipal de Lima y en diversos escenarios en el Perú y Europa. Don Juan había terminado sus estudios en el colegio La Recoleta, ubicado en la Plaza Francia, en el centro de Lima, y era un próspero comerciante que quedó subyugado por la gracia e inocencia peculiar de Felicita. Él le promete amor y una vida diferente; así, al siguiente verano, después de unos meses de un entusiasmado noviazgo, los novatos enamorados deciden sellar este romance contrayendo nupcias. El último sábado de febrero, al promediar el mediodía, por ante la Iglesia de la Santísima Cruz, ubicada en el corazón de Barranco, distrito próximo al mar —de allí proviene su nombre—, Felicita estrenaba un moderno y hermoso traje de novia, medias y zapatos blancos, con un velo sobre la cabeza, el cual además le cubría la espalda; mientras que don Juan lucía un pulcro y elegante frac, sombrero de copa alemán, zapatos y corbata, todos de color negro, finamente combinado con un chaleco gris y guantes blancos. La ceremonia fue realizada ante la presencia de algunos familiares y amigos de los novios. Ella no podía creer lo que estaba experimentando, una jovencita que tan solo unos años atrás aún corría descalza en Moche, llena de polvo en sus humildes prendas, sin mayores obligaciones que atender sus tareas en la escuela fiscal y ayudar en las labores a la tía Isabel, hoy se estaba uniendo en matrimonio en la capital, con una instruida persona que se ocuparía, aparentemente, de todas sus necesidades. Felicita estaba muy inquieta y entusiasmada por iniciar una nueva etapa en su corta vida. Tomando además esta acelerada decisión por las recomendaciones y exhortaciones de su madre, se transformaría en una señora socialmente importante, motivada particularmente por emprender y guiar a su propia familia. Como consecuencia de este matrimonio procrearon, una semana antes de la Navidad de ese mismo año, a Haydeé, quien heredaría los ojos redondos color marrón de su padre y la sonrisa Mona Lisa de su madre. Fue su cónyuge quien le sugiere el nombre a Felicita, este lo había leído primero en los poemas de Don Juan, obra satírica del inglés Lord Byron, donde ella se enamora apasionadamente del personaje principal, y, con posterioridad, en El Conde de Montecristo, obra cumbre de Alejandro Dumas, donde esta era una de sus amantes. Por cosas del destino, al poco tiempo del nacimiento de la hermosa niña, esta relación no floreció, tuvieron un cúmulo de conflictos maritales y, básicamente, desacuerdos familiares, por el lado de él muy cultos y encopetados, por el de ella, muy rústicos e insignificantes, motivando la inevitable e irreversible separación. Felicita y su pequeña niña regresaron a la fonda para ayudar a doña Rosa.
Barrios Altos, nombrado así por su singular ubicación geográfica en Lima, donde se fueron estableciendo monasterios, teatros, iglesias y plazas públicas; denominada también por la pluralidad de diversos barrios: Cercado, Carmen, Maravillas, Santa Catalina, Santa Ana, entre otros. Aquí residía Absalón con toda su familia, en una formidable y virreinal Casa Huerta, heredada desde principios de la conquista por sus ancestros españoles, entre la calle de Conchucos y la Iglesia de Santo Cristo. Don Absalón, como lo llamaban todos sus conocidos, era un criollo limeño alegre, respetable, educado y extremadamente atractivo, nacido en el segundo semestre del primer año de la última década del siglo diecinueve. Dueño de una inconfundible y cautivante sonrisa; amigable, entretenido conversador y fundamentalmente preocupado por el prójimo; hijo de la unión entre misiá Gliceria —en ese tiempo se usaba esta antigua palabra para nominar a las señoras— y don Adolfo. Ambos provenían de ilustres, honorables y acomodadas familias de origen hispánico. Esta dichosa y encantadora pareja tuvo a Absalón, quien fuera el primogénito, y al que le sucedieron, con intervalos entre sí de tres años, sus hermanas Paula, Otilia y María Luz. Al fallecer repentinamente don Adolfo, al hijo mayor le correspondió asumir el rol protector y cuidador de la familia, responsabilizándose que ellas se labren una profesión. Paula se encaminó para estudiar farmacia, mientras que Otilia y María Luz optaron por la docencia.
* * *
En tiempos posteriores a la segunda elección de don Augusto B. Leguía como presidente del Perú, don Absalón acostumbraba frecuentar a un entrañable y cercano pariente; sus padres fueron hermanos, compartían al mismo abuelo paterno, enorgullecidos del mismo apellido. Era el primo Francisco, quien ostentaba el título de cónsul y trabajaba en el Palacio de Torre Tagle, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, en el centro de Lima; él era un recorrido diplomático que superaba los cincuenta años de edad, mientras que Absalón bordeaba la edad de Cristo al morir. A pesar de la diferencia de edades —casi dos décadas—, gozaban de largas y cautivadoras tertulias. Francisco, siempre bien informado, poseía una insaciable vocación por la lectura; por su parte, Absalón no solo era un privilegiado oyente, sino que colaboraba con suculentos cuestionamientos y satíricos puntos de vista, dándole ese ingrediente apetitoso al diálogo, resultando muy provechosa y rica su atinada crítica. Una tarde de julio, posterior a la celebración de la fiesta de independencia, el plenipotenciario le comentaba a su interlocutor lo rápido que transcurrían los días, porque se cumplían siete años del asesinato de su amigo, el doctor Benjamín De La Torre Mar.
—Conocí a Benjamín cuando ingresamos a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos —mirando con nostalgia un escudo de madera de álamo que representaba su Alma Mater y que orgullosamente exhibía en la pared de su oficina—, dos años después transitamos juntos a la Facultad de Derecho. El decidió ser abogado y yo me desvié por el sendero de la diplomacia.
—Sabes, primo, siempre fue mi sueño convertirme en un abogado sanmarquino —replicaba con amargura Absalón—, pero las cosas son como son, todos cumplimos un objetivo en esta vida, las cartas en este juego de naipes no las elegimos, solo se presentan y debemos continuar jugando.
—Efectivamente, el destino de cada uno está marcado —coincide.
Este hace un breve paréntesis, esperando que Absalón continúe, pero prefiere dejar el tema ahí y así, respetuosamente, decide continuar con su tema inicial.
—Luego, Benjamín se orientó por la política, convirtiéndose en diputado primero y luego senador por el Cusco. Él era dueño de una granja en el poblado de Huyro, en el distrito de Huayopata, provincia de La Convención, en el Cusco.
Mientras narraba empezó a buscar algo en un anaquel de madera de cerezo.
—Hace quince años me desempeñaba como cónsul del Perú en Yokohama, Japón. Ahí conocí muchos mercaderes asiáticos que se dedicaban a la comercialización del té. Esta bebida intentaba competir industrialmente con el café. Ellos me presentaron las bondades de esta infusión, y también me explicaron cuál sería el mejor clima para cultivarlo y cosecharlo, de preferencia en una región calurosa y húmeda, con lluvias regulares, temperatura promedio de dieciocho grados centígrados. Como siempre estuve en comunicación epistolar con mi buen amigo Benjamín, en una de ellas le comenté acerca del té, este se interesó de forma inmediata, al extremo que presentó una propuesta técnica ante el Congreso de la República para iniciar un experimento agrícola en su chacra.
Finalmente, encontró lo que buscaba, un álbum de fotos.
—Absalón, mira este recorte de El Comercio —enseñando con orgullo—, era 1913. En este barco a vapor japonés, Anyo Maru, trajimos desde Yokohama ciento veinte libras de semillas para ser sembradas en su granja, dos años después se hizo la cosecha obteniendo con éxito un té de alto rendimiento. Lamentablemente, su antiguo capataz decidió acabar con su vida por un lío de faldas. Menos mal sus herederos transformaron el proyecto constituyendo la Hacienda Huyro, la cual produce hoy en día un té de excelente calidad.
—¿Y nadie reconoció tu gestión? —preguntó el primo—, porque gracias a ti hoy disfrutamos de un té nacional.
—Tampoco al buen Benjamín —concluyó.
Luego de beber juntos una taza de té, alrededor de las cuatro de la tarde, en honor del desaparecido compañero universitario, Absalón emprendió solitario su ruta de regreso a casa. A la altura de la calle Los Naranjos se percató de que existía una fonda denominada «Misiá Rosita», la cual anunciaba en la puerta uno de sus postres predilectos. Como un oso atraído por la miel, decide hacer un alto en su caminata.
—Buenas tardes, ¿me puede traer un Frejol Colao? —preguntó al encargado, don Gilberto, luego de ingresar y empezar a explorar el interior del comedor.
—Sí, señor, enseguida lo atenderemos —aseguró.
A los pocos minutos apareció la joven Felicita transportando el dulce solicitado por Absalón. A primera vista, ambos intercambiaron acentuadas e interrogantes miradas. Ella se acercó al desconocido revelando una modesta sonrisa, dejándole en su mesa el solicitado manjar al apetente visitante, además de una extraña sensación nunca antes percibida. Fue en este instante donde surge el amor entre ellos. A partir de este momento, don Absalón se convirtió en un asiduo consumidor. Siempre ella lo atendía. Mostrando primero su exótica belleza, producto del mestizaje de una india peruana y un ciudadano de la China, y progresivamente fue advirtiendo la inteligencia, espiritualidad, ternura y fortaleza que delineaban su personalidad. Absalón era trece años mayor que Felicita, pero esto no constituyó ningún impedimento para empezar una amistad. Ella contemplaba que él era educado, auténtico, un verdadero caballero y, concretamente, poseía un extremado sentido del humor; le narraba algunas anécdotas personales o extractos de novelas e historias leídas, jactándose siempre de haber observado transitar más agua que ella por el río Huatica. Semanas posteriores, sin importarle ni preocuparle que ella hubiera tenido un fracasado matrimonio anterior y que la pequeña Haydeé, de casi dos años, fuera parte de su vida, le propone emprender una nueva relación en la Casa Huerta. Al principio, fueron el punto de críticas e inusitadas interpretaciones coloquiales de algunos familiares y circunvecinos, pero poco o nada les significó, ambos tenían cristalinos sus sentimientos y sus proyectos como pareja.
Aquella propiedad de estilo colonial perteneció a los padres de misiá Gliceria, quien a su vez lo heredó y comparte junto con sus hermanos solteros Pascual y Josefina. El ingreso principal era a través de un zaguán pavimentado de enormes adoquines de piedra lisa por la calle Conchucos, y que a ambos lados de la entrada tenía empotrados dos grandes faroles de cobre que lo iluminaban por la noche; para traspasar al interior existía un gran portón de roble que poseía dos aldabas de hierro fundido con la forma de cabezas de león en cada hoja, ocho bisagras, cerradura, cerrojo, y una mirilla para observar al exterior. Al interior inmediato había una sala amplia, finamente decorada con muebles estilo victoriano de cedro y caoba, cortinas de paño europeo, una enorme araña de bronce con dieciséis bombillos que iluminaban plenamente este ambiente, diversos óleos de ancestros y pinturas religiosas provenientes de la escuela limeña y cusqueña, y un hermoso piano negro de cola Bosendorfer donde, con relativa frecuencia e indistintamente, las hermanas menores de don Absalón interpretaban desde un «Nocturno Op. 9 N.° 2», de Chopin hasta «Sonata para piano N.° 11 en La Mayor», de Mozart, derrochando cultura, arte y, esencialmente, alegría a sus familiares y amigos. Una rica y variada biblioteca particular que contenía libros de historia, arte, diccionarios, biblias en español y en latín, atlas geográficos, enciclopedias y un sinnúmero de obras literarias, que reforzaban académicamente a Josefina en su labor como maestra; también los libros sobre medicina del doctor Pascual; finalmente, los textos farmacéuticos de Paula, así como los de pedagogía de Otilia y María Luz. En el comedor principal existía una enorme mesa y doce sillas de fino roble, para albergar a igual número de comensales y, además, dos aparadores de cedro tallados a mano que contenían la fina vajilla de plata y de porcelana importada de Europa, que se usaban para ocasiones especiales. Estos primeros tres ambientes: sala, biblioteca y comedor, tenían completamente el piso blanco de mármol Carrara. Existían ocho recámaras donde dormían cómodamente todos los miembros de la familia, tenían pisos enchapados en selecta madera de roble y amplios ventanales frente al huerto. Esto hacía determinar que la cocina poseía una amplitud suficiente para preparar convenientemente los alimentos diarios a esta familia. Sí, en este tiempo y específicamente en esta Casa Huerta, la tradición familiar era preparar el almuerzo y la cena, cuyos guisos diferían los unos de los otros, no existía la mínima ni remota posibilidad de repetir el mismo manjar en el día, ni tampoco durante la misma semana, la costumbre era degustar una comida recientemente elaborada y variada. Era inconcebible el «calentado». Es aquí donde encajó perfectamente Felicita, en base a su experiencia en el negocio que compartió junto con su madre tiempo atrás. Quizás este fue el elemento adicional que conquistaría el corazón y el paladar de don Absalón, acaso no dicen que «el amor entra por el estómago».
Entre la cocina y el amplio patio que daba acceso al huerto se encontraban las caballerizas, donde con bastante recelo se cuidaba y procuraba el mantenimiento de los equinos; con cubetas de agua fresca, heno, alfalfa, y zanahorias se les alimentaba a diario; se encontraban cabezadas, herraduras, riendas, cinchas, monturas, estribos y cepillos por doquier, sin contar las palas y carretillas para recoger el hediondo e insalubre estiércol por lo menos tres veces al día, y que servían felizmente de abono para los jardines. Poseían un hermoso caballo albino, al que llamaban Moby Dick por su gran tamaño, y como homenaje al personaje principal de la popular novela del norteamericano Herman Melville escrita a mediados del siglo XIX, acerca de una gigantesca ballena blanca que habitaba en medio del océano Pacífico. Este corcel blanco era propiedad del doctor Pascual, acertado y campechano médico cirujano, muy aficionado a la literatura y también a los caballos, que acostumbraba realizar visitas a sus dolientes clientes montando este bello potro, y que siempre formulaba la misma prescripción a sus pacientes: «la mejor receta es la olla, para evitar enfermedades hay que alimentarse bien». Los fines de semana se le veía a él con relativa frecuencia en el hipódromo de Santa Beatriz —hoy Campo de Marte, en Jesús María—, algunas oportunidades solo observando las carreras con sus amistades, y otras veces, haciendo una que otra apuesta. Se sumaban a Moby Dick tres caballos palomino, de color pardo con mucho pelaje, que por lo regular se le enganchaba a alguno de los dos carruajes que existían; el más grande era de color negro con un techo que protegía del sol o la lluvia a sus pasajeros, tenía un asiento al frente para el cochero y dos asientos más, uno frente al otro, con una capacidad de hasta seis personas. El otro carro un poco más pequeño, de color rojo, y al descubierto, podía albergar hasta tres viajeros incluyendo al conductor. La familia tenía la costumbre de usar a diario estos vehículos porque eran la única forma de transportarse, además para darle actividad física a los cuadrúpedos.
El conquistador español Francisco Pizarro, al fundar Lima como capital de la Nueva Castilla, estableció el primer cabildo limeño en 1535 y le encargó a Diego de Agüero que diseñara el plano de la nueva urbe, quien trazó la división en ciento diecisiete manzanas, cincuenta y dos en el centro de la ciudad, y las restantes entre el Rímac y los Barrios Altos; cada una integrada por cuatro solares o casas huertas, todas de un solo piso. Esta Casa Huerta provenía de esa época y poseía una superficie cercana a las dos manzanas. Los españoles trajeron sus sistemas para edificar las ciudades, y una manzana correspondía a una medición de cien varas, o sea diez mil varas cuadradas, cada vara cuadrada tenía aproximadamente setenta centímetros cuadrados, en este sentido, cada manzana tenía unos siete mil metros cuadrados; en conclusión, la Casa Huerta bordeaba los catorce mil metros cuadrados. Al interior de esta podíamos no solo deleitar nuestra vista y olfato con extensos jardines de rosas, azucenas, orquídeas y hasta flor de amancaes, atiborrando de diversos colores y aromas a sus moradores; asimismo podíamos encontrar enormes y frondosos árboles de guayaba, palta, papaya, pacay, níspero, saúco, y la chirimoya, más conocida como «la reina de las frutas», que embellecían y oxigenaban esta propiedad, alimentaban sana y deliciosamente a sus residentes, y servía de lugar de entretenimiento perfecto para los niños y grandes. Sucedió precisamente aquí que la pequeña Haydeé, fascinada con el fruto del níspero y que de tanto comerlo, perdió más de un diente de leche.
En la parte posterior del gran huerto se encontraban más de una docena de pequeñas viviendas independientes las unas de las otras, las cuales fueron construidas en la era republicana de un solo piso, sus paredes de quincha y adobe, revestidas con yeso. Estos materiales de construcción fueron muy populares en esa época, no solo por ser muy económicos, sino porque la flexibilidad de la caña de la quincha tenía un sistema antisísmico. La ciudad de Lima ha sufrido muchísimos movimientos telúricos debido a que se encuentra en el Círculo de Fuego del océano Pacífico, zona que concentra el ochenta y cinco por ciento de la actividad sísmica mundial. Todas estas casitas tenían primero una pequeña sala-comedor, luego dos dormitorios, y al final una cocina y un baño que se conectaban a un gran silo que compartían entre ellas. Estas poseían acceso de ingreso por la calle de Los Incas; estaban dadas en arriendo y sus rentas servían para solventar todas las necesidades económicas de la familia. A raíz de la prematura muerte de don Adolfo hacia finales de la primera década de ese siglo, don Absalón se encargó de administrar estas rentas, cuyos ingresos hasta ese momento eran más que suficientes para todos.
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A mediados del siguiente año se estrenaría, a nivel mundial, uno de los mejores filmes del cine mudo: La Quimera de Oro, escrita, dirigida, producida y protagonizada por Charles Chaplin. En Lima fue proyectada en el cinema Teatro de la calle La Merced. Fue aquí la primera vez que presenciaron juntos una película en blanco y negro don Absalón y doña Felicita. Quedaron fascinados con esta comedia donde un vagabundo, un buscador de oro y un peligroso bandido comparten varios días en una cabaña en Alaska después de una gran nevada. Luego de esta sorprendente experiencia, descubrieron la magia del séptimo arte. Así, a los pocos meses, asistieron a la sala Excélsior en la calle Baquijano para el estreno de El Fantasma de la ópera, una mezcla de romance y terror, donde Lon Chaney interpreta al enmascarado fantasma que vive en la Ópera de París, y que comete asesinatos y mutilaciones con la finalidad de obligar a los empresarios de ese recinto a designar como estrella del espectáculo a la actriz Christine Daaé, a quien él amaba profundamente. A partir de esta revelación, nuestra pareja se convertiría en vehementes aficionados del cine silente primero y, posteriormente, del cine sonoro, cultivando este entretenido pasatiempo, asistiendo a estos escenarios con relativa frecuencia.
En esta etapa inicial de conocerse, comprenderse y relacionarse el uno al otro, saborean un moderado y acaramelado idilio. Bajo esta atmósfera de flirteos y galanteo mutuo, conciben a su primogénito. Así, al casi concluir el siguiente verano, aguardan ilusionados e inquietos el primer embarazo. Don Absalón, en consideración a que este se convertiría en el primero de sus descendientes, generosamente le otorga la potestad de seleccionar el nombre a su mujer.
—¿Cómo deseas llamar a nuestro hijo? —lanza la interrogante.
—Rubén —confirma con contundencia— siempre me gustó muchísimo este nombre.
—Pues así se llamará —sentenció complaciente.
A ella le había llamado la atención este personaje bíblico, quien fuera el primer heredero de Jacob y su esposa Lia, patriarca que posteriormente diera nombre a la tribu de los rubenitas. Anhelando interiormente que este varoncito, al ser el hermano mayor, encabece y se erija como líder para sus menores hermanos, que estarían por venir.
Ellos estaban muy entusiasmados con el recién nacido, natural resultado de su enardecido sentimiento. Este hijo, sin proponérselo, acrecentó la llamarada de la pasión, incrementando cierto delirio y efervescencia en la relación, el proceso posparto modificó la conducta de ambos en una desbordante voluptuosidad. Cuando el sol se empezaba a posesionar en un horizonte no visible, se dedicaron mutuamente a explorar y colonizar zonas reservadas de sus cuerpos. Como si este bebé les hubiese advertido que se encontraban en una interminable y deliciosa luna de miel. Absalón emprendía intrépidos esfuerzos por ilustrar y recrear íntimamente a Felicita, su personal exégesis de las más excitantes escenas de Madame Bovary, del francés Gustave Flaubert, y de Cumbres Borrascosas, de la inglesa Emily Bronte, sus clásicas e inspiradoras novelas literarias. En estas encarnecidas y apasionadas sesiones, Felicita ratificó con sumo placer la alargada erudición que poseía su amartelado marido, porque volcó en ella su destreza amatoria cultivada en su lectura predilecta.
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Era imposible dejar de advertir la exuberante belleza y singular inteligencia de Paula, quien fue una de las primeras y poquísimas mujeres en esa Lima ultra conservadora en ingresar al Instituto de Farmacia de la Universidad de San Marcos, creada por el presidente Augusto B. Leguía en 1919. Concluyendo, luego de tres años, satisfactoriamente sus estudios farmacéuticos. Ella poseía unos enormes y acaramelados ojos castaños claros, piel canela, una silueta curvilínea, estremeciendo y cautivando a más de un espectador, derramando lisura a su paso. Conforme a los calendarios gregorianos, doña Chabuca Granda y Paula nunca pudieron reunirse, no coincidieron en los tiempos. Pero de haberse relacionado con la cantautora, ella quizás hubiese sido su fuente de inspiración para componer el vals peruano más representativo.
Al concluir su instrucción, Paula resuelve, con el apoyo económico de su familia, establecer su propia botica, instalándola en un inmueble en el jirón Áncash 986, al costado del monasterio de Santa Clara. Conveniente ubicación por encontrarse a unas siete cuadras de su casa. Dentro de las aulas de estudios conoce a José Luis Gálvez, sobrino nieto de José Gálvez Egúsquiza, héroe del combate del Callao del Dos de Mayo de 1866, a quien recluta para trabajar juntos. Este acepta sin dudas la oferta laboral porque se sentía físicamente atraído hacia ella, admiración que Paula causaba irreflexivamente en muchos caballeros. Con el correr de los meses, por méritos propios, este joven farmacéutico se convertiría en su socio en el negocio, y luego en su compañero emocional. Era una mujer con singular personalidad, independiente, libre de prejuicios, despreocupada por «el qué dirán». Al ver que su hermano Absalón tuvo la osadía, dejando de lado la formalidad nupcial, de emprender con Felicita una relación cuasi matrimonial, ella, al mismo tiempo y forma, decide entregarse al romance con José Luis. Aquel sentimiento de amor puro, lleno de pasión, desencadenó en un feliz embarazo y un exitoso parto. Casi cuatro meses después de la llegada de Rubén, nacería su primo hermano Andrés. Con este bebé la Casa Huerta empezaba a poblarse y alegrarse con tres bulliciosos niños. Tras este alumbramiento, Paula le insiste a José Luis para que empiecen a vivir juntos, hechos aprobados por misiá Gliceria, quien veía la felicidad de sus hijos.
Para principios del consecutivo verano, precisamente la noche de navidad, Felicita quedaría encinta de su tercer bebé, dando a luz a su segundo varoncito en la subsecuente primavera, esta vez don Absalón elegiría el nombre.
—Si tenemos la dicha de procrear muchos hijos, me encantaría ponerle el nombre de alguno de nuestros distinguidos antepasados —intentando persuadir a la puérpera.
—Me parece que existen más personajes apreciables por tu lado —pronunció denotando un poco de amargura—, porque mi memoria familiar no me recuerda a nadie digno de admiración.
—Qué te parece ponerle Pascual a este niño, en consideración del matasano de mi familia —sonrieron juntos, en señal de complicidad.
A partir de esta nomenclatura, la denominación de los posteriores descendientes, en su mayoría, continuarían con la propuesta tradición de homenajear a los amados y recordados ancestros paternos.
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A mediados del siguiente año habrá un hecho que transformará y marcará completamente a esta familia. Don Absalón era un tipo alto y grueso, aproximadamente medía un metro con setenta y cinco centímetros y probablemente pesaba unos ochenta kilos, y ya cumplía los treinta y siete años de edad. Los que lo conocieron en persona cuentan que tenía una personalidad muy encantadora, además de gran valentía y coraje, pero ante la mortificación e indignación podía relucir su ira y desmesurado carácter, pudiendo perder el control.
En los últimos meses, Paula había contratado en la botica a Estuardo Pérez, de unos treinta años, soltero, con ascendencia chilena, para que les ayude en la elaboración de pociones y medicamentos. Se presentó con buenos pergaminos profesionales, recomendado por un antiguo profesor sanmarquino. Instantáneamente fue cautivado por la belleza de Paula, quien estaba acostumbrada a estos devaneos del sexo opuesto, restándole importancia, porque ella siempre marcaba sus límites de conexión con las demás personas. Discretamente obsesionado con su patrona, empezó a hilvanar un perverso plan. Llegó a sus manos la hidrocodona, una sustancia analgésica derivada de la codeína, que se suministra vía oral para reducir los dolores, pero que en determinadas cantidades provoca una inmediata relajación corporal, euforia y placer. Todos los días, cuando el reloj marcaba las siete de la noche, Paula y José Luis se encargaban de cerrar juntos la farmacia. Pero en aquella oportunidad este tenía que atender una ineludible reunión familiar y se retiró muy temprano por la tarde. Se encontraban aquella noche el asistente Estuardo y doña Margarita, quien hacía las veces de cajera. Este se percata que la honrada empleada solicita retirarse a las seis y media de la tarde porque tenía que llegar temprano a su casa esa noche, concediéndosele el permiso. En la parte posterior de la botica, donde se preparan las prescripciones, Paula había instalado una mesita con una cocina de una hornilla a kerosene, además de una tetera para hervir agua, tazas y azúcar para hacer alguna infusión caliente cuando a alguno de ellos se les antoje. Minutos antes de cerrar, Estuardo se dispone a preparar té, suficiente para dos tazas, una para él y una para la dueña de la farmacia. Ella ingenuamente acepta tomar esa bebida, sin percatarse que diluida se encontraba una buena dosis de la droga. Inmediatamente surtió efecto el narcótico, dejándola despierta pero alejada de la realidad, sin conciencia de lo que pasaba. El miserable asistente sabía que la dosis administrada solo duraría unos treinta minutos, apresurándose en dar riendas sueltas a sus degeneradas fantasías; pero antes del tiempo previsto Paula recobra la lucidez y, al verse completamente desnuda, se aparta con extrema violencia de su agresor sexual, recobra la serenidad, recupera sus prendas íntimas, ropas, zapatos, y huye velozmente a su hogar. Ingresa a la Casa Huerta y procura buscar a José Luis, pero este aún no regresaba. En su desesperación, encuentra a su hermano Absalón. Avergonzada, le cuenta los desagradables sucesos. Este, intentando mantener el equilibrio, le pidió las llaves de la botica para ir en busca del atacante. En aquel lugar no había nadie. Al inspeccionar en el libro contable halló los datos de todos los empleados, tomó nota de la dirección de Estuardo y se fue a buscarlo. Como consecuencia de la fuerte discusión y posterior pleito, el desalmado transgresor resultó con heridas muy severas en la cabeza, el rostro y abdomen, conducido luego por algunos vecinos al área de emergencias del Hospital Dos de Mayo. Allí los traumatólogos advirtieron que, debido a la gravedad de la fuerte golpiza recibida, existían altas probabilidades de que no sobreviviera. Bajo este inquietante pronóstico, y especialmente frente a este contexto, sus familiares más cercanos le sugirieron a Absalón que, ante el riesgo de ser denunciado y arrestado por ocasionar lesiones graves, lo mejor era irse de este escenario por una temporada.
—Absalón, creo que debes ausentarte de la ciudad hasta que las aguas se amansen —advertía el tío Pascual con autoridad.
—Pero, ¿adónde? —consultaba con angustia.
—Tu mujer tiene familia en Trujillo, ¿por qué no los visitan? —propone con sabiduría.
En el norte Felicita aún conservaba a su hermano menor Manuel y demás familiares maternos. De esta manera, don Absalón decide marcharse de Lima acompañado de su mujer y sus tres menores hijos. Porque él a la pequeña Haydeé, desde el principio, le brindó su legítimo cariño, como si fuera su hija natural, e incluso usaba su propio apellido para referirse a ella, porque su padre biológico, don Juan Sarrazino, desde que se separó de Felicita, dejó de atenderlas y verlas por completo a ambas.
La única forma de traslado —conveniente, económica y segura— era a través de barco a vapor, las carreteras interprovinciales aún no existían, y las vías ferroviarias estaban recién en emergente construcción. A principios de esa década existían embarcaciones que habían sido adquiridas desde los Estados Unidos, algunas habían ingresado al país por el océano Atlántico a través del río Amazonas, y proporcionaban servicio de transporte a los pobladores peruanos, colombianos, ecuatorianos y brasileños, que además se conectaban a través de los ríos Huallaga, Marañón, Ucayali y Napo. En el caso de la costa, habían llegado por el océano Pacífico, y la pionera empresa naviera ofrecía sus servicios al norte del país solo una vez al mes. Así, al promediar las seis de la mañana del primer sábado de octubre de ese año, mientras que el cielo limeño aún estaba oscuro, los cinco integrantes de la familia, acompañados por el doctor Pascual, misiá Gliceria y la joven Otilia, se dirigieron en sus dos carruajes rumbo al puerto del Callao con ligero equipaje, para no levantar sospechas entre los vecinos. Pasadas las ocho de la mañana empezarían a abordar La Libertad, una embarcación a vapor cuyo nombre original había sido Queen Regina, que fuera construida por la compañía naval estadounidense Detroit & Cleveland el 5 de enero de 1875, con una longitud de 244 metros y 24 metros de ancho, con tres cubiertas y una capacidad máxima de doscientos camarotes. Este vapor, impulsado por un motor de 2500 hp de dos cilindros y cuatro calderas de carbón, aún conservaba su inusual belleza y lujo, con preciosos acabados de madera y acero. Los tripulantes de este barco contaban a sus pasajeros una leyenda —quienes la escucharon a su vez de sus antiguos propietarios— que tiempo atrás el famoso escritor Mark Twain escribió Las Aventuras de Tom Sawyer en ese barco acerca de sus hazañas mientras viajaba por el río Mississippi.
Minutos posteriores a las diez de la mañana, La Libertad inició su rumbo hacia el puerto de Salaverry, y a pesar de existir una distancia de tan solo quinientos sesenta kilómetros entre ambas ciudades, este viaje se desarrolló en tres días. Antes de partir, doña Felicita, siempre preocupada por los detalles, recordó lo que años atrás le sugirieron en su primer viaje a la capital; que existen dos formas simples de intentar evitar el mareo a los inexpertos navegantes: una era comer un par de manzanas verdes, frutas que felizmente encontraron a buen precio en el puerto, y el otro era hacerse un lazo fuerte en ambas muñecas, pues la presión de la arteria sanguínea también ayudaba a contrarrestar la sensación marítima. Al parecer, las ataduras y este natural antiácido funcionaron inmejorablemente con nuestros primerizos y huidizos viajeros. Todas estas nuevas experiencias, ver el crepúsculo y la aurora en alta mar, observar a lontananza un grupo de ballenas, lobos marinos y delfines, sin contar diversos tipos de gaviotas y pelícanos, dormir en estrechos camarotes escuchando el «ronquido infinito» de algunos «gordinflones» vecinos, bañarse en espacios reducidos, almorzar y cenar con mucha gente desconocida a la vez, sumado a las rutinarias y aburridas actividades en cubierta durante esos días, resultó todo un anecdótico acontecimiento familiar.
Ya en Salaverry, don Absalón, muy lejos de sus propiedades, ingresos económicos, amistades y comodidades, ante su ineludible responsabilidad como jefe del hogar, no tuvo más opción que buscar trabajo para sobrevivir y mantener a su esposa e hijos. Don Pedro, el tío de doña Felicita, quien se había convertido en un floreciente comerciante, y que además tenía negocios entre Trujillo y Cajamarca, donde conocía muchas personas, fue quien le consiguió ayuda, recomendándolo para que trabaje en el muelle. Allí conoció al maestro Álvaro, un soldador cerrajero, con mucha experiencia y paciencia, quien lo guio para empezar a trabajar recién a su edad madura. Al principio fue muy duro para él trabajar con sus manos, pero poco a poco fue aprendiendo con aceptación, humildad y decisión el oficio artesanal y acostumbrándose, primordialmente, a ganar su sustento con persistencia y con el sacrificio físico de una faena férrea. Oficialmente, la luna de miel de Absalón y Felicita había concluido. Esta nueva vida, en una ciudad diferente, en un hogar con niños muy pequeños, y con una situación económica limitada a los recursos que generaba don Absalón, lejos de hundirlos en conflictos maritales, como muchas veces sucede en tiempos de crisis, unió más a esta pareja. Doña Felicita, al ver el esfuerzo, positivismo, determinación y valentía de su marido por tratar de salir adelante con entereza ante estas adversidades, no solo aumentó cualitativamente su amor hacia él, sino que, además, observaba con respeto, admiración y gratitud cómo él se estaba reinventando como persona y, asimismo, reorientaba el rumbo de su familia.
Las edificaciones en Salaverry eran completamente diferentes a las casas de la ciudad capital. El embarcadero se encuentra ubicado en un arenal frente al océano Pacífico, por lo que aquí era casi imposible realizar construcciones de adobe como en Lima. En esta época se realizaba con mucha frecuencia, a través del puerto, la mercantilización de fina y variada madera que provenía de empresas negociantes de las provincias de Celendín, San Marcos y Cajabamba, del departamento de Cajamarca. Los comerciantes y autoridades portuarias empezaron a sobrealmacenarlo, motivando a los primeros pobladores de esta localidad a construir sus viviendas completamente de madera, en primera instancia por lo fácil y rápido que significaba el proceso de construcción en este terreno arenoso y, fundamentalmente, por su bajo costo; así podíamos observar que las puertas, ventanas, paredes, pisos, techos, balcones, escaleras, patios de ingreso, eran de pura madera. Cualquier visitante, al llegar a esta población, parecía encontrarse dentro de una réplica de las ciudades norteamericanas del siglo XVIII y XIV. Razón por la que muchos de los contemporáneos niños jugaban a ser cowboys, siendo muy popular la fabricación de sus propias escopetas, pistolas, e incluso caballitos de madera.
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Extremadamente lenta y prolongada fue la recuperación física del infame abusador, este tuvo que recluirse en un lugar de reposo por más de un año en las afueras de la ciudad. Su víctima nunca interpuso denuncia alguna por vergüenza a exhibirse ante organismos y autoridades públicas. Ella no podía dejar de recordar aquella turbadora y repugnante escena en la cual se profanaba su intimidad. También se sentía culpable por la forzada deportación de su respetado y estimado hermano mayor. La actitud de su compañero José Luis fue decepcionante, con críticas y ataques constantes en su contra, como si ella hubiese provocado todo lo acontecido. Al poco tiempo, este decide retirarse de la Casa Huerta, dejándola con el pequeño Andrés. Sin embargo, su excompañero sentimental se quedó administrando la farmacia, reportando con frecuencia el movimiento económico. Entre misiá Gliceria y las hermanas Otilia y María Luz la atendían a ella y a su hijo. Todas estas circunstancias desencadenaron que entrara en una honda depresión. Su tío Pascual intentó prescribirle alguna medicina, pero se desconocía de beneficiosos fármacos antidepresivos. En ese escenario aparece Octavio Vigil, un contador egresado de la Universidad de San Marcos, natural de Arequipa, una importante ciudad del sur, quien se desempeñaba como empleado del Banco Mercantil y que era uno de sus inquilinos de las casitas de Los Incas. Atraído por su belleza, empezó a observarla por las tardes detenidamente en los jardines interiores de la Casa Huerta, lugar donde ella consumía la mayor parte de su tiempo, en búsqueda de alivio y tranquilidad anímica. Se acercó intentando descifrar qué le producía ese estado de frustración y tristeza. Poseía una carismática personalidad y rápidamente descubrió que solo necesitaba un amigo con quién compartir sus reflexiones y desconsuelos. Al percibir que su presencia le ayudaba a recuperar su confianza y seguridad consigo misma, decidió lanzar sus premeditadas cuerdas y profundizar en esta relación. A las pocas semanas, ambos evidenciaron que existía una férrea y mutua atracción física y se entregaron a una pasión sin ataduras. Ella se fascinó con los apetecibles métodos que practicaba su vigoroso e impetuoso amante. Con José Luis florecieron sus sentimientos de amor y afecto hacia un hombre, pero con Octavio aprendió a explorar y colonizar las partes más sensibles y sensuales de su propia anatomía y, sobretodo, en esta oportunidad quedó fascinada con el volumen y prolongada firmeza del miembro viril de su actual compañero de alcoba. Su madre y hermanas buenamente consintieron este nuevo enamoramiento por la complaciente metamorfosis que estaban observando. Cuando era el turno de contestar a alguna misiva proveniente del norte del país, evitaban entrar en pormenores de la embriagante y vibrante recuperación de Paula. Solo le comentaron a Absalón que su hermana se distanció de José Luis, que encontró una nueva pareja, que ese noviazgo le había inyectado energía positiva y nuevos ánimos. Tanto así que se atrevió a retomar sus labores profesionales en la botica; no obstante, esta iniciativa no le provocó mucha felicidad al padre de Andrés, que no solo estaba celoso sino resentido porque jamás había visto a Paula tan dinámica y radiante. José Luis poco tiempo tardó en ser desplazado del negocio por Octavio, quien luego de ser despedido por problemas económicos de la institución financiera donde laboraba, convence a Paula para encargarse de la administración bajo el argumento de su experiencia como contador. Además, existía un camuflado argumento: la obligó a desvincularse de su primer amor, porque lo veía todo el tiempo como un potencial rival, sospechaba que aún existían cenizas de ese romance. Siete meses después de comenzado este tórrido episodio en su vida, Paula, a pesar de haber tomado muchísimas precauciones, advierte que se encuentra gestando, acontecimiento que aparecía en inmejorable circunstancia para ella, por su fantástico redescubrimiento como mujer. Empero para Octavio este embarazo no estaba en sus planes, no obstante, la acompaña en este proceso con complacencia.
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Corría la época de la Gran Depresión, lapso en que empieza el declive financiero mundial, que derivó en el Crac de 1929 en la Bolsa de Valores de Nueva York. En el Perú, los pocos más de tres millones de habitantes afrontaban una enorme crisis fiscal, similar a los tiempos posteriores a la Guerra con Chile de 1879; el Banco del Perú y Londres, una de las más sólidas instituciones bancarias, entró en quiebra y tuvo que cerrar sus sucursales en todo el país; la Libra peruana —coyuntural moneda— se devaluó drásticamente, y el Gobierno de Leguía entraba a su recta final. La clase acomodada empezó a usar sus ahorros para mantenerse, frenando tajantemente las inversiones, y la gran clase media iniciaba su tránsito y descenso a la pobreza. En estos tiempos difíciles, en la aurora del tercer día del mes de la patria, en esta ciudad costeña, es donde nace el tercer hijo varón de esta unión. El nombre es elegido por doña Felicita, ella lo leyó en un magazine español en su última travesía marítima, le encantó y lo reservó para esta específica ocasión. Hasta ese momento a nadie habían escuchado llamarse Raúl, por ello decidió bautizarlo así. La designación original y novedosa de la madre saturó de inmediato regocijo al dichoso papá, quedando sin argumentos para siquiera intentar sugerir nombre alguno.
En la precisa mañana del alumbramiento, una multitud de curiosos vecinos, fotógrafos y periodistas, custodiados por guardias civiles y algunos miembros de la Marina, se congregaron en el Puerto de Salaverry, a solo dos calles de la vivienda de Absalón y Felicita. Ambos pensaron, jocosamente, que era por el nacimiento de su primer hijo en esta ciudad; pero en realidad era que el presidente Leguía y su hija Carmen Rosa llegaban en visita oficial, a través del vapor Independencia, a la ciudad portuaria para juntos apadrinar e inaugurar, al día siguiente, el Monumento a la Libertad, obra del escultor germano Edmund Moeller, quien se había adjudicado el premio de mil libras concedido por la Comisión del Centenario de la Libertad, concurso convocado en 1920. La colosal obra tallada en mármol había llegado completa meses antes en cajones especiales desde la ciudad de Dresden, Alemania, para ser ensamblada e instalada en la Plaza de Armas de Trujillo como emblema de sus pobladores.
A pesar de la recesión, afortunadamente este niño «llegó con el pan bajo el brazo». Su alumbramiento trajo un mejoramiento económico a la familia; a pesar de las dificultades, don Absalón incrementó su clientela como soldador cerrajero, aumentó la demanda de sus servicios y quehaceres del oficio aprendido. Había descubierto que poseía varios talentos ocultos: creatividad, confianza y compromiso. Ejecutaba las peticiones con mucha sapiencia, y los entregaba en el tiempo acordado. Estas virtudes fueron sus mejores cartas de presentación y recomendación ante otras personas. Trabajo y dinero no les faltaba. Como eximio pupilo, siguió fielmente este fundamento, y poco a poco fue creando su propio predicamento, los elogios y las recomendaciones no tardaron en llegar. Su maestro le había inculcado un principio básico en la labor artesanal.
—Absalón, siempre tienes que hacer tu obra a conciencia —revelaba don Álvaro— que tus obras perduren en el tiempo.
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