Читать книгу: «El hotel blanco»
Título original: The White Hotel
© D. M. Thomas, 1981.
© de la traducción: Jaime Zulaika, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO769
ISBN: 9788490563618
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Índice
Cita
Nota del autor
Prólogo
1. Don Giovanni
2. El diario de Gastein
3. Frau Anna G.
4. El balneario
5. El coche cama
6. El campamento
D. M. Thomas
Notas
Hemos nutrido el corazón de fantasías,
y un sustento así le ha deparado un brutal crecimiento,
nuestras enemistades le procuran
más sustancia que nuestros amores...
W. B. YEATS,
Meditaciones en tiempo de guerra civil
La cita de las líneas de W. B. Yeats en la portadilla anterior ha sido autorizada por M. B. Yeats, Macmillan Londres, y Macmillan Inc., Nueva York. Asimismo expreso mi gratitud por el uso en el capítulo V de datos tomados de la obra de Anatoli Kuznetsov Babi Yar (Nueva York, Farrar, Straus & Giroux; Londres, Jonathan Cape, 1970), en especial el testimonio de Dina Pronicheva.
El capítulo 1, Don Giovanni, se publicó como un poema independiente en la revista New Worlds (1979).
D. M. T.
NOTA DEL AUTOR
No se puede viajar muy lejos por el paisaje de la histeria —«terreno» de esta novela— sin tropezar con la majestuosa figura de Sigmund Freud. De hecho, Freud se convierte en una de las dramatis personae, como descubridor del magno y hermoso mito moderno del psicoanálisis. Por mito entiendo la poética y dramática expresión de una verdad oculta; y al hacer hincapié en este punto, no pretendo poner en tela de juicio la validez científica del psicoanálisis.
El papel que desempeña Freud en este relato pertenece por completo a la ficción. El Freud que he imaginado, sin embargo, se adapta a los hechos generalmente conocidos de la vida del Freud real, y en ocasiones he incluido, passim, citas de sus obras y cartas. Las cartas del prólogo y todos los pasajes relacionados con el psicoanálisis (incluso el capítulo 3, que adopta la forma literaria de un historial clínico freudiano) no se basan en hechos reales. Los lectores no familiarizados con los auténticos historiales clínicos —que son obras maestras literarias, aparte de todo lo demás— pueden consultar los volúmenes 3, 8 y 9 de la Pelican Freud Library (Penguin Books, 1974 - 1979).
D. M. THOMAS
PRÓLOGO
Standish Hotel,
Worcester, Massachusetts, EE.UU.
8 de septiembre de 1909
Queridísima Gisela:
¡Te envío un cariñoso abrazo de oso desde el nuevo mundo! Con el viaje, la hospitalidad, las conferencias, los honores (sobre todo a Freud, naturalmente, y, en menor grado, a Jung), apenas he tenido tiempo de sonarme la nariz, y mi cabeza es un torbellino. Pero ya está más que claro que América está ansiosa de recibir nuestro movimiento. Brill y Hall son tipos estupendos, y todo el mundo en la Clar University nos ha abrumado con su amabilidad y atenciones. Freud me maravilló hasta a mí con su genial destreza, pronunciando cinco conferencias sin ninguna nota; había compuesto sus disertaciones de antemano, durante un paseo de media hora conmigo. Apenas necesito agregar que causó una profunda impresión. Jung dio también dos excelentes conferencias sobre su trabajo, ¡sin mencionar ni una sola vez el nombre de Freud! Aunque en conjunto los tres nos hemos llevado espléndidamente, en circunstancias más bien penosas (¡incluidos, puedo decir, ataques de diarrea en Nueva York...!), ha habido una pequeña tensión entre Jung y Freud. Te cuento algo más al respecto dentro de un momento.
Pero querrás saber cómo fue el viaje. Fue agradable, ¡pero no vimos casi nada! Una densa neblina de mediados de verano descendió casi en el acto. En realidad no dejaba de ser impresionante. Jung, en especial, se sintió atenazado por la concepción de este «monstruo prehistórico» que avanza hacia su objetivo revolcándose en la oscuridad de la luz diurna, y pensó que nos estábamos deslizando hacia el pasado primitivo. Freud le pinchó por ser cristiano y, en consecuencia, místico (¡destino del que cree que los judíos han escapado!), pero confesó sentir cierta simpatía por la idea mientras miraba por la falsa ventana del camarote y escuchaba lo que denominó «el grito de apareamiento de las sirenas de niebla». Emergiendo de aquella oscuridad, Nueva York era aún más imponente e increíble. Brill nos recibió y nos enseñó muchas cosas bonitas, pero ninguna más agradable que las imágenes en movimiento, ¡una «película»! A pesar de mi estómago revuelto me pareció enormemente divertido; sobre todo se veían policías cómicos persiguiendo por las calles a maleantes más chistosos todavía. No había mucha trama, pero la gente se movía realmente de un modo convincente y muy natural. ¡Creo que a Freud no le impresionó gran cosa!
Sí, tengo que contarte el suceso bastante extraordinario que nos aconteció en Bremen la víspera de nuestra partida. Estábamos francamente agradecidos por habernos encontrado felizmente en el lugar de la cita, y naturalmente excitados por la aventura que nos aguardaba. Freud fue invitado a un lunch en un hotel muy lujoso, y persuadimos a Jung de que abandonase su habitual abstención y tomase con nosotros un poco de vino. Al no estar, probablemente, acostumbrado a beber, se puso extraordinariamente parlanchín y alegre. Desvió la conversación hacia unos «cadáveres de turbera» que al parecer habían sido descubiertos en el norte de Alemania. Se presume que son cuerpos de hombres prehistóricos, momificados por efecto del ácido húmico en el agua de ciénaga. Parece ser que los hombres se habían ahogado en los pantanos o habían sido enterrados allí. Y bien, era medianamente interesante; o lo habría sido si Jung no hubiera hablado y hablado sobre ello. Finalmente Freud saltó varias veces: «¿Por qué te preocupan tanto esos cadáveres?». Jung siguió exaltándose por la fascinación que le causaba la historia, y Freud cayó de su silla, presa de un desmayo.
El pobre Jung se quedó muy trastornado por este giro de los acontecimientos —lo mismo que yo—, y no lograba entender qué había hecho de malo. Cuando volvió en sí, Freud le acusó de querer desplazarle. Jung, por supuesto, lo negó con la mayor vehemencia. Y, a decir verdad, es un compañero amable y animado, mucho más agradable de lo que sugieren sus gafas con montura de oro y su pelo cortado al cepillo.
En el barco hubo otro breve altercado. Para entretenemos (¡en la niebla!) empezamos a interpretar los sueños de los otros dos. A Jung le interesó enormemente uno de Freud, en el que su cuñada (Minna) tenía que cargar fardos de maíz en tiempo de cosecha, como una campesina, mientras su hermana (la esposa de Freud) la contemplaba ociosa. Con muy poco tacto, Jung insistió en presionarle para que proporcionara más información. Hizo constar claramente que, en su opinión, el sueño tenía algo que ver con el afecto que Freud siente por la hermana pequeña de su mujer. Me asombró que conociera tan bien la vida privada de Freud. Naturalmente, este se sentía muy molesto y se negó a «arriesgar su autoridad», como expresó él mismo, revelando algo más personal. Jung me dijo más tarde que en aquel momento Freud había perdido su autoridad, por lo menos ante él. Sin embargo, creo que conseguí suavizar las cosas y ahora mantienen de nuevo buenas relaciones. ¡Pero por un rato me sentí como un árbitro en un combate de lucha! Todo muy difícil. No cuentes nada de esto.
Mi propio sueño (el único que pude recordar) era sobre una trivial decepción de la infancia. Freud, por supuesto, no tuvo el menor problema para averiguar que se refería a ti, querida. Vio exactamente la cosa: que yo temo que tu decisión de no divorciarte de tu marido hasta que tus hijas estén casadas sea un engaño a ti misma, y que no quieres consumar nuestra larga relación mediante un lazo tan profundo como el matrimonio. Bueno, ya conoces mis preocupaciones, y has hecho todo lo posible por ahuyentarlas; pero no pude evitar soñar con ellas, ya ves, ahora que estamos separados (y probablemente afectado por la deprimente niebla marina). Freud fue una gran ayuda, como siempre. Dile a Elma que le conmovieron sus buenos deseos, y dice que le emocionó profundamente que a ella le pareciese tan provechoso el análisis que le hizo. También te envía a ti recuerdos, y dijo con buen humor que si la madre iguala a la hija en encanto e inteligencia (¡yo le aseguré que sí!), soy un hombre envidiable... ¡Ya lo sé! Abraza y besa afectuosamente a Elma de mi parte, saluda también a tu marido.
La semana que viene vamos a visitar las cataratas del Niágara, acontecimiento que Freud considera el más importante de todo el viaje; y zarparemos a bordo del Kaiser Wil helm dentro de menos de dos semanas a partir de ahora. Así que llegaré a mi casa de Budapest casi antes de que recibas esta carta; y no acierto a expresarte cómo anhelo tu abrazo de bienvenida. Mientras tanto te beso (¡cielos!, ¡mucho peor!, ¡mucho mejor!) en mis sueños.
Siempre tuyo,
SANDOR FERENCZI
19 Berggase,
Viena
9 de febrero de 1920
Querido Ferenczi:
Gracias por tu carta de condolencia. No sé qué más puedo decir. Durante años he estado preparado para la pérdida de mis hijos; ahora sobreviene la de mi hija. Puesto que soy profundamente irreligioso no hay nadie a quien pueda acusar, y sé que no puedo dirigir mi queja a ningún sitio. «El invariable círculo de los deberes de un soldado» y «el dulce hábito de existir» harán que las cosas sigan como antes. Ciega necesidad, muda resignación. Muy profundamente puedo detectar el sentimiento de una honda herida narcisista que no va a cicatrizar. Mi mujer y Annerl están terriblemente afectadas, pero de un modo más humano.
No te preocupes por mí. Soy exactamente el mismo aunque un poco más cansado. La séance continue. Hoy he pasado más tiempo del que puedo permitirme en el Hospital General de Viena, formando parte de la comisión que investiga las alegaciones de malos tratos a los neuróticos de guerra. Me asombra más que nunca que alguien pueda pensar que la administración de corriente eléctrica a enfermos supuestamente fingidos los convertirá en héroes. Inevitablemente, al volver al campo de batalla, perdieron el temor a la corriente al encarar una amenaza inmediata: por tanto, fueron sometidos a shocks eléctricos aún más rigurosos; y así sucesivamente, sin ningún sentido. Estoy dispuesto a conceder el beneficio de la duda a Wagner-Jauregg, pero no me gustaría responder por otros miembros de su equipo. Nunca se ha desmentido que en los hospitales alemanes hubo casos de muertes durante el tratamiento y de suicidios como consecuencia del mismo. Es demasiado pronto para decir si las clínicas vienesas secundaron la inclinación típicamente alemana de conseguir sus objetivos despiadadamente. Tendré que presentar un memorándum a finales de este mes.
Me he visto asimismo impulsado a reanudar mi ensayo Más allá del principio de placer, que había dejado en suspenso, con la fortalecida convicción de que estoy en lo correcto al postular que el instinto de muerte es tan poderoso a su manera (aunque más oculto) como la libido. Una de mis pacientes, una mujer joven que padece una grave histeria, acaba de «dar a luz» unos escritos que parecen sustentar mi teoría: un grado extremo de fantasía libidinosa combinado con un grado extremo de morbosidad. Es como si Venus se mirase en el espejo y viese la cara de 1 Puede ser que hayamos estudiado los impulsos sexuales de una manera demasiado exclusiva y que nos hallemos en la situación del marino que al contemplar con tanta fijeza la luz del faro se estrella contra las rocas en la densa oscuridad.
Tal vez en septiembre presente en el congreso un artículo sobre ciertos aspectos de este tema. Estoy seguro de que la reunión nos animará a todos, después de estos años terribles y desalentadores. He oído que Abraham se propone leer un artículo sobre el complejo de castración femenino. Tus sugerencias sobre el desarrollo de una terapia activa en el psicoanálisis me parecen admirables como tema de discusión. Aún es preciso convencerme de que «se puede obtener mucho más de los pacientes si se les proporciona parte del amor que han anhelado de niños», pero escucharé tus argumentos con gran interés.
Mi mujer y yo te agradecemos tus amables atenciones.
Cordialmente,
FREUD
19 Berggasse,
Viena
4 de marzo de 1920
Querido Sachs:
Aunque sus colegas le echarán mucho de menos en Suiza, creo que tiene toda la razón en ir a Berlín. Berlín se convertirá en el centro de nuestro movimiento dentro de unos años, no me cabe duda. Su inteligencia, firme optimismo, afabilidad y amplia cultura hacen de usted la persona ideal para emprender la tarea de instruir a los futuros analistas, a pesar de que le preocupe su falta de experiencia clínica. Tengo la mayor confianza en usted.
Me tomo la libertad de enviarle, como «regalo de despedida» —si bien confío en que su ausencia no será larga— un «diario» en cierto modo extraordinario que una de mis pacientes, una mujer joven, de carácter sumamente respetable, ha «dado a luz» tras la cura de aguas en Gastein. Salió de Viena delgada y volvió rellenita; e inmediatamente me entregó sus escritos. ¡Una auténtica seudociesis!1 Pasaba las vacaciones en compañía de su tía; apenas necesito declarar que jamás ha conocido a ninguno de mis hijos, aunque es posible que yo le haya comentado que Martin fue prisionero de guerra. No le aburriré con los detalles del caso; pero si algo llama la atención del artista que hay en usted, le agradeceré sus observaciones. La joven ha visto interrumpida una prometedora carrera musical y de hecho escribió los «versos» que figuran entre los pentagramas de una partitura de Don Giovanni... Se trata, por supuesto, de una copia del manuscrito entero (el resto se hallaba originalmente en un cuaderno de ejercicios infantil), que ella ha hecho para mí con toda complacencia. La copia es, podríamos decir, la placenta, y no es preciso que me la devuelva.
Si es capaz de pasar por alto las expresiones groseras que la enfermedad ha arrancado de esta muchacha normalmente tímida y pudorosa, es posible que encuentre gozosos pasajes. Hablo como persona que conoce su temperamento rabelesiano. No se inquiete, amigo mío; ¡eso no me escandaliza! Echaré de menos sus chistes de judíos; ya sabe usted que aquí en Viena son todos terriblemente serios.
Confío en verle en La Haya en septiembre, si no antes. Abraham ha prometido un artículo sobre el complejo de castración femenino. Sin duda esgrimirá un cuchillo muy poco afilado. Es, no obstante, un hombre muy reflexivo y decente. Ferenczi tratará de justificar su reciente entusiasmo por besar a sus pacientes.
Nuestra casa sigue pareciendo vacía sin la presencia de nuestra «niña dominical», aun cuando la hemos visto poco desde que contrajo matrimonio. Pero ya basta.
Un cordial saludo. Atentamente,
FREUD
Desde el Policlínico de Berlín
14 de marzo de 1920
Querido y estimado profesor:
Perdone la postal: la juzgué apropiada a la luz del «hotel blanco» de su joven paciente, ¡por cuyo obsequio le ruego acepte mi agradecimiento! Hizo que el viaje en tren (¡de nuevo lo más idóneo!) me resultase rápido e interesante. Mis ideas sobre el diario son, me temo, elementales; las fantasías de esa mujer me impresionan como el Paraíso antes de la Caída; no se trata de que el amor y la muerte no cupiesen allí, sino de que no existía tiempo para que pudiesen tener un sentido. La nueva clínica es espléndida; no rezuma (qué lástima) leche y miel como el «hotel blanco», pero es notablemente más duradera, ¡espero! Le enviaré una carta cuando haya ordenado mis cosas.
Cordialmente suyo,
SACHS
19 Berggasse,
Viena
18 de mayo de 1931
Al secretario
del Comité del centenario de Goethe
Ayuntamiento de Fráncfort
Querido señor Kuhn:
Lamento haber tardado tanto en responder a su amable carta. No obstante, no he permanecido inactivo en ese plazo, cuando mi estado de salud lo ha permitido, y el artículo está terminado. Mi antigua paciente no tiene inconveniente en que usted publique sus escritos junto con mi texto, de modo que los mando adjuntos. Espero que no le alarmen las expresiones obscenas diseminadas entre sus pobres versos, ni el en cierto modo menos ofensivo, pero asimismo pornográfico, material que ha empleado en la exposición de su fantasía. Debe tenerse en cuenta que (a) su autora padecía una grave histeria sexual, y (b) que su poema pertenece al dominio de la ciencia, donde el principio de nihil humanum es universalmente aceptado y aplicado; y no en menor grado por el poeta que advierte a sus lectores de que no teman ni rehúyan «lo que, desconocido o desdeñado por los hombres, camina en la noche por el laberinto del corazón».
Muy sinceramente suyo,
SIGMUND FREUD
1
DON GIOVANNI
1
Soñé con árboles caídos en una furiosa tormenta,
yo estaba entre ellos cuando una playa desierta
vino a mi encuentro y corrí, muerta de miedo,
había una trampilla pero no pude alzarla,
yo había iniciado con su hijo un idilio
en un tren que cruzaba en algún sitio
un túnel oscuro, bajo mi vestido su mano
tanteaba entre mis muslos y perdí el aliento,
me llevó a un hotel blanco junto al lago,
un paraje elevado, el lago era esmeralda,
no pude frenarme, abrasada en llamas
tras el primer ensanchamiento de mis muslos,
no hubo pudor capaz de ordenarme que bajara
el vestido y apartara su mano, los dos, luego
tres dedos que me clavó dentro pese al revisor
que frotó el cristal, paró un momento, miró atento
y se fue a recorrer el largo tren, sus dedos en mi piano
teclearon y en mis ojos creció un voraz deseo,
hasta que subimos las anchas escaleras,
casi en vilo yo, llegamos al vestíbulo
donde dormía el portero, y entonces cogió
las llaves y subió arriba, arriba, mi vestido
encima de mis caderas sin parar a desvestirme,
jugos bañaban mis muslos, azul era el cielo
pero al atardecer un viento blanco desde la montaña
coronada de nieve sopló sobre los árboles,
nos quedamos allí, no sé, una semana al menos
sin abandonar nunca la cama, yo rasgada, abierta
por su hijo, profesor, quizá más rota, ¿puede
hacer algo por mí, puede entenderlo?
Fue la segunda noche, creo, el viento
rebasó impetuoso los alerces, duro como sílex,
cayó de la glorieta el techo de pagoda,
se encresparon las olas y personas se ahogaron,
oímos que corrían camareros y huéspedes
mas su hijo no quitaba la mano de mi pecho
y después hundió sobre él la boca, el pezón se hinchó,
gritos y estrépitos recorrieron el hotel
parecía que surcábamos la mar en trasatlántico,
un buque blanco, siguió chupando, chupándome,
yo quería gritar, sus labios tiraban tanto
de mis pezones suaves, que lamía y lamía
uno después de otro, los dos se erizaron,
creo que estallaron dos cristales de ventana,
entonces él entró de nuevo con su ariete,
no puede imaginar qué puras las estrellas,
grandes cual las hojas de los arces
arriba en la montaña, caían y caían en el lago,
oímos a una gente que llamaba, creemos que de Leo
procedían las estrellas caídas, y con un dedo
hurgó un momento en mí junto a su polla,
me sobraba sitio, vibró transversalmente,
sacaron en penumbras cuerpos a la orilla,
sonó rumor de llanto, su dedo me hizo daño
metiéndolo derecho hasta arriba en mi culo,
con la uña mimosa rasqué su grueso pene
donde ya no era suyo, pues lo tiene
mi coño muy escondido, un rayo cayó,
un zigzag blanco de tan rápido trazo
que no aguardó a que el trueno restallase
encima del hotel, y ya reinó de nuevo la negrura,
con unas pocas luces sobre el lago,
el salón de billar quedó inundado,
qué pena que él no pudiese desatar su chorro,
fue tan hermoso, ahora, profesor, yo me sonrojo
cuando se lo cuento, aunque entonces grité
sin ninguna vergüenza, y una hora después
se corrió dentro, oímos portazos, estaban trayendo
cadáveres del lago, el viento era aún impetuoso,
dormimos con las manos en las manos del otro.
Una noche salvaron a un gato, casi había perdido
su pelaje negro en las ramas verde oscuro del abeto,
estábamos desnudos junto a la ventana y una mano
rascaba, revolvía el follaje, llevaba allí dos días
desde la inundación, esa noche me enseñó fotografías,
y entonces noté un hilillo de sangre,
y dije ¿te importa que los árboles se estén volviendo
rojos? No digo que jamás dejásemos el lecho,
salvado ya el gatito nos vestimos,
bajamos a cenar, había sitio para el baile
entre las mesas, yo apenas conservaba el equilibrio,
llevaba la ropa que vestí al levantarme,
sentía el aire en la piel, el vestido era corto,
quise débilmente retirar su mano,
dijo que no puedo, lo he intentado en vano,
deja, por favor, déjame tocarte, las parejas
nos sonreían indulgentes, al sentarnos se lamió sus dedos
relucientes, vi su mano roja cortando la grasa,
corriendo bajamos hasta los alerces y una brisa
fría sentí que me besaba la piel y era hermoso,
no oíamos la orquesta del hotel,
crecía en ocasiones una música zíngara,
esa noche casi me reventó el coño cada vez
más cerca de mi flujo de sangre, las estrellas inmensas
contemplaban el lago, no salió la luna
pero las estrellas invadieron el cuarto,
alumbraron el techo derrumbado con forma de pagoda,
en la glorieta, y a veces un rayo
iluminaba la blanca cofia de la montaña.
2
Las sirvientas pasaron todo un día haciéndonos la cama.
Despertamos al alba, salimos del hotel blanco
para cruzar en yate el extenso lago.
Desde el amanecer hasta que el día se apagaba
navegamos en el barco de vela blanca y tres palos.
Su hijo hundía en mí hasta la muñeca
la mano derecha, piel entrelazada y
encubierta por la manta de viaje.
El cielo estaba azul, sin asomo de nubes.
El hotel blanco se fundía con árboles.
Estos se fundían con el verde horizonte marino.
Dije: Por favor, fóllame, fóllame. ¿Demasiado franca?
Sin vergüenza lo digo. Fue el sol asesino.
Pero no había sitio donde tumbarse a bordo,
por doquier había gente que bebía vino
y roía pechugas de pollo. Nos miraron fijo
dos inválidos que nunca abandonaban la manta.
Tanto me aturdía la incansable caricia de su hijo,
profesor, como un émbolo que entra y sale
hora tras hora, que una especie de fiebre me invadió.
Cuando la puesta de sol desviaron la mirada
no hacia el ocaso purpúreo, sino a la llamarada
que circundaba el hotel, nuevamente visible
entre los altos pinos. El resplandor eclipsó
la luz del cielo; un ala estaba ardiendo,
y la gente espantada corrió a proa y miró el fuego.
Entonces me puso sobre él sin previo aviso,
su hijo me empaló, fue tan dulce que chillé
pero nadie me oyó entre gritos ajenos
cuando cuerpo tras cuerpo caía o saltaba
de los pisos más altos del hotel blanco.
Yo brinqué y empujé hasta que su polla
derramó su suave y rico licor. De los árboles pendían
cuerpos abrasados, volvió a ponerse erecto,
de nuevo arremetí, oh, no puedo explicarle
qué arrebato el nuestro, el fuego asoló el ala,
se veían las camas, ignoramos la causa,
alguien dijo que acaso el sol insólito
colándose a través de las cortinas, prendiendo
nuestras sábanas aún tibias, o quizá las criadas
(se prohibía fumar) encendieron las luces, fatigadas,
y se adormilaron, o sino el fuerte espejo,
o la montaña que se estaba fundiendo.
Esa noche no dormía, tan dolorida, pienso
que se me había desgarrado algo interior
su hijo estuvo en mí toda la noche,
inmóvil y tierno. Las mujeres cantaron
su fúnebre canto sobre la terraza,
donde los cuerpos yacen, no sé si conoce
el dolor escarlata femenino; los escalofríos
duraron muchas horas mientras el lago en calma
enviaba oscuras ondas a la orilla. Al alba,
seguíamos unidos pero insomnes. Soñé, por fin
dormida, que era Magdalen, un mascarón de proa
zambulléndose en profundos mares. Fui empalada
por un pez espada y bebí la tempestad
—con mi piel de madera tallada por el tiempo—,
el viento de icebergs allí donde nacen las luces norteñas.
Al principio era blando el hielo, una ballena
que cantaba llorosa una nana a mi corsé
(de finas ballenas), no distinguí entre el viento
y el lamento ballenáceo, la joroba de blancos
bloques sin fin. Luego, poco a poco, el hielo
me hendía, éramos una nave rompehielos,
me cortaron un pecho, me sentí abandonada,
di a luz un feto de madera, sus labios lamían
abiertos la nieve que la tormenta arremolinaba,
y girando como un aspa me rajó la ventisca,
vi la matriz girando en la blancura,
¿ha visto alguna vez un útero volante?
No puede imaginar qué alivio despertar
y ver que el sol ya caliente acariciaba
los muebles con su luz serena, y su hijo
me miraba tiernamente. Tan dichosa
vi mis dos senos en su sitio
que salté al balcón. Un aroma de hojas
y de pinos perfumaba el aire, me asomé
a la baranda y él vino por detrás
y me embistió hasta dentro, tan dentro
que mi corazón aún medio invernal
súbitamente se transformó en flor,
no sabría decir qué orificio era, sentí
que el hotel blanco y también las montañas
temblaban gradualmente, serpenteos negros
surgieron donde antes era todo níveo.
3
Amigos queridos que hicimos allí,
murieron esos días. Uno era mujer, la corsetera,
tan rolliza y jovial como su oficio,
pero las hondas noches eran nuestras a solas.
Llovían estrellas lentas y continuas como inmensas rosas,
y un naranjal fragante pasó una vez flotando
ante nuestra ventana, estábamos tumbados,
temerosos, con corazón mudo viendo que caían
apagadas, siseantes, en el negro lago,
un millar de linternas ocultas bajo paños.
No imagine que nunca pudimos escuchar
suavemente el tremendo silencio nocturno,
lado a lado, sin tocarnos o tan solo con su mano
rozando blandamente ese montículo que —dijo—
le recordaba a los helechos con los que jugaba
y donde se escondía de muchacho. Sus susurros
entonces me enseñaron muchas cosas de usted,
usted y su esposa de pie junto a la cama.
Crepúsculos: las flores de nube rosadas,
deslizantes, despeinando los picos nevados,
el hotel blanco giraba, giraban mis pechos hacia la oscuridad,
su lengua removía cada puesta de sol
en mi rugiente coño y mi garganta bebía su zumo,
transformado en leche o acaso la leche nació para sus labios,
la segunda noche mis pechos estallaban,
el amor en la tarde despertó nuestra sed,
bebió un vaso de vino y se tendió a lo largo,
abrí mi vestido y el dolor saltó como una chispa
antes de que su boca apresara mi pezón
y consentí que el viejo, amable cura
que cenó con nosotros me mamara el otro,
los huéspedes nos miraban con un cierto asombro,
y también risueños, como si dijeran: bien hecho,
que en el hotel blanco solo al amor tenemos derecho
sin pagar un precio demasiado alto,
y el chef, radiante, apareció en la puerta abierta.
La leche era excesiva para dos, el cocinero vino,
colocó un vaso debajo de mi seno,
bebió de un trago y dijo que era bueno,
le felicitamos, su comida era
tan delicada como siempre había sido,
más huéspedes con vasos exigieron nata,
y la caliente, la sedienta orquesta, la luz menguante
extendió de pronto mantequilla por los árboles
del otro lado de las puertaventanas, mantequilla
sobre el lago, el viejo cura seguía mamándome,
imploraba a su madre moribunda en un tugurio,
mi otro pecho alimentó otros labios, los de su hijo,
sentí que sus dedos debajo de la mesa mimaban
mis muslos, mis muslos trémulos, abiertos.
Tuvimos que subir corriendo arriba. Su polla estaba
ya erecta en mi caverna, mi coño desbordaba
incluso antes de alcanzar el clímax, el cura
había ido a guiar el duelo por entre la arboleda
hasta la fría ladera de montaña, oímos cánticos
descendiendo hacia la orilla, tomó mi mano
y hundió mis dedos en mí, junto a lo suyo,
y nuestra amiga, la rolliza corsetera,
metió también los suyos, era increíble tanto
en mi cavidad y sin embargo yo no estaba llena,
trajeron en carretas los cadáveres de la inundación
y el fuego, las oímos traqueteando por los pinos
hasta hacerse el silencio, alcé sus faldas
porque el cinturón la sofocaba y le dolía,
y dejé que él terminase dentro de ella,
no pareció distinto, pues el amor corría como un hilo
del lago al cielo a la montaña a nuestro cuarto,
en la penumbra vimos la fila de dolientes
a la sombra del pico, de pie junto a la zanja,
una brisa transportó el recuerdo del aroma
a naranjal y rosas desplomándose
sobre aquel universo de secretos, las madres
se desmayaban, derrumbándose sobre tierra fangosa,
tañió una campana de la iglesia tras el hotel blanco
o quizá más arriba, a mitad de la cuesta
que va al observatorio, palabras de esperanza
llegaban flotando desde el cura, un hombre
solitario pescaba con sus redes en el lago,
su sombrero ante el pecho, oímos un tronido,
sus cánticos retuvieron un momento la cumbre
que colgó en el aire y cayó luego,
la avalancha sepultó a dolientes y difuntos.
El eco se esfumó, no olvidaré el silencio
que creció como una catarata de tinieblas,
porque el lago blanco absorbió esa noche
velozmente la luz y no hubo luna,
creo que él penetró sus entrañas
y ella chilló jubilosa, y tan fuerte mordieron
mi pecho sus dientes que vertió gotas lácteas.
4
Una noche en que el lago era una lámina roja,
nos vestimos, trepamos hasta la cima del monte
detrás del hotel blanco, por la tosca senda
que serpentea entre pinos y alerces, y su mano
me ayudaba a escalar, pero también vibraba
en el fondo de mi cueva, la buscaba. Llegamos
a los tejos al lado de la iglesia y descansamos;
pastando en la hierba corta, un burro atado miraba,
llegó una vieja monja con un cesto de ropa
cuando él me penetraba, y dijo: el frío
manantial borrará el pecado, proseguid.
Era el manantial que alimentaba el lago,
que el sol subía para luego soltar lluvia.
Ella lavaba la ropa. Subimos la ardua ladera
hasta la región de perennes fríos
que dominaba los árboles. El sol se acostó
justamente cuando entramos, ciegos, al observatorio.
No sé si sabe cuánto admira su hijo las estrellas,
las lleva en la sangre, mas por el cristal no vimos
ninguna, habían ido a la tierra;
no supe hasta entonces que descendían
en copos de nieve a follar la tierra, el lago.
Esa noche fue demasiado oscura para regresar
al hotel blanco, jodimos otra vez y reposamos.
Vi de él una cascada de espectrales imágenes
y oí cómo cantaban las montañas,
los montes que se juntan como ballenas cantan.
Todo el cielo nocturno bajó esa noche en copos,
tumbados muy en silencio percibimos
los alegres suspiros de cuando el universo
nacía a la vida, hace tantos años,
al amanecer todo estaba blanco
trituramos estrellas para beber la nieve,
el lago también era todo blancura
y no se vio el hotel hasta que él tumbó la lente
para mirar al lago y encontró en la ventana
las palabras que yo había escrito con mi aliento.
Movió el telescopio y vimos edelweis
ondulando en un lejano hielo de montaña,
señaló donde caían varios paracaidistas
entre dos cimas, vimos el destello de la luz solar
en el azul ahora celestial, un broche de corsé,
era nuestra amiga, su muslo mostraba el cardenal
lila que el pulgar de mi amigo había impreso,
la visión le excitó, creo, mi cabeza débil
sintió que de nuevo él se empinaba, el teleférico
pendía de un hilo, se mecía en el viento,
mi corazón latía locamente y chillé, los huéspedes
caían por los aires, mi pecho vibraba
al compás de su lengua, nunca mis pezones crecieron
tan aprisa, las mujeres caían más despacio,
casi resbalando, porque el viento inflaba
sus enaguas y faldas. Los hombres descendían
entre ellas, mi corazón se quebraba,
las mujeres parecían ascender, no caer, en una danza
donde los hombres izaban con livianas manos
livianas bailarinas sobre sus cabezas,
ellos llegaron los primeros al suelo,
ellas cayeron luego en el lago o los árboles,
brillantes esquíes aterrizaron por último en silencio.
Al bajar descansamos junto al manantial.
A pesar de la altura vimos claros
los peces en el agua transparente, un millón
de aletas argénteas y doradas, veloces, serpeando,
y me recordaron el esperma en busca de mi ovario.
Unos peces se acercaban hambrientos a los muertos.
¿Soy sexual en extremo? Creo a veces que estoy
obsesionada, no es como si Dios llenase las aguas
de enloquecidas formas que se multiplican
o colmase de uvas la viña, la palmera de dátiles,
o hiciese que el macho se dilate para horadar la manzana
o que la ciruela tiemble ante el hedor del buey
o que el sol copule con la pálida luna. Su hijo,
ciervo en celo, avasalló mi recato.
La servidumbre era gente adorable. Nunca vi
servicio semejante, los teléfonos jamás enmudecían
ni la campanilla de la recepción,
parejas en luna de miel mendigaban un lecho,
imposible admitirles, doce clientes se iban
y entraba otra docena, cedieron un rincón
a una pareja cuyo llanto oímos cuando les echaron,
la noche siguiente ella gritó en algún sitio,
principiaba el parto, camareros y sirvientas
corrían con cálida ropa blanca. Rehicieron
al cabo de unos días el ala quemada,
toda la servidumbre cooperó, una mañana
en que yo tenía la cara enterrada en la almohada
y mis nalgas se inundaban por sus embestidas,
oímos que raspaban la ventana y vimos la cara
radiante y caliente del jovial cocinero
dando a la madera una fresca mano de pintura
blanca, él nos guiñó un ojo y no me importó cuál de los dos
me penetraba, el chef preparaba filetes poco hechos
y hermosos, el zumo era ahora natural
y era bueno sentirme parte de algún otro,
nadie era egoísta en el hotel blanco,
allí el agua lacustre sabía pulir piedras
de montañas que sobrevolaban los cisnes salvajes,
de plumón tan níveo que a su lado las cumbres parecían grises,
o bajaban en vuelo entre montes al lago.
2
EL DIARIO DE GASTEIN
Tropezó con una raíz, se levantó y corrió ciegamente. No había ningún sitio adonde escapar, pero siguió corriendo. El estrépito del follaje se hizo más intenso a sus espaldas, porque ellos eran hombres y podían correr más deprisa. Incluso si llegaba al final del bosque habría más soldados aguardando para dispararle, pero aquellos momentos suplementarios de vida eran preciosos. Aunque no bastaban. La única escapatoria era convertirse en uno de los árboles. Hubiera dado con gusto su cuerpo y su preciada vida por transformarse en un árbol congelado en su humilde existencia, hogar de hormigas y arañas. Para que los soldados apoyasen los fusiles contra su corteza y se registraran los bolsillos buscando cigarros. Acallarían su leve decepción diciendo: que uno escape no importa, y volverían a casa; pero ella, un árbol, embargada de gozo, haría que sus ramas elevasen un canto de gratitud a Dios mientras el sol se ponía entre los árboles próximos.
Al final se desplomó en la amarga tierra. Su mano tocó algo duro y frío; al apartar las ramas encontró la anilla de hierro de una trampilla. Se incorporó, arrodillándose, y tiró de la anilla. Durante algún tiempo había habido silencio, como si los soldados la hubieran perdido; pero volvió a oírles abriéndose paso por la maleza, muy cerca de ella. Tiró de la anilla con todas sus fuerzas, pero no cedió. Una sombra cayó sobre las hojas caídas. Cerró los ojos, esperando que todo estallase en el interior de su cabeza. Luego alzó los ojos y vio la cara asustada de un niño. Estaba desnudo como ella, y le manaba sangre de cien cuchilladas y rasguños.
—No se asuste, señora —le dijo—. Yo también estoy vivo.
—¡Silencio! —dijo ella. La anilla de hierro no se movía, y le dijo al niño que la siguiera reptando por la maleza. Quizá los soldados confundieran la sangre que dejaban a su espalda con la mancha carmesí de las hojas. Pero mientras ella se arrastraba, sintió que las balas se hundían en su hombro derecho, con toda suavidad.
El revisor la estaba zarandeando y ella, disculpándose, luchó con el cierre de su bolso. Se sintió estúpida porque, lo mismo que la anilla de hierro, el cierre no cedía. Luego se abrió, encontró el billete y se lo entregó. Él hizo en este un agujero y se lo devolvió. En cuanto el revisor hubo cerrado la puerta del compartimento, ella se sacudió el vestido a rayas negras y blancas y adoptó una postura más cómoda y decorosa. Echó una ojeada al soldado de enfrente, que había entrado mientras ella dormía; se ruborizó al encontrar su mirada y se puso a ordenar el contenido de su bolso. Advirtió que el joven con quien había dormido (es un decir) tenía plácidos ojos verdes. Ella cogió el libro y reanudó la lectura. De vez en cuando miraba por la ventana, y sonreía.
Era muy apacible: el traqueteo de los raíles, el giro de una hoja, el crujido del periódico de su compañero.
El joven se preguntó cómo se podía sonreír al contemplar la monótona llanura ocre. No parecía una sonrisa de feliz recuerdo o expectativa, sino simplemente de placer ante el paisaje que desfilaba por la ventanilla. La sonrisa transformaba los rasgos agradables e insulsos de la mujer. Su peso era más bien excesivo, pero su silueta estaba bien proporcionada.
Una de sus sonrisas degeneró en bostezo, que ella sofocó rápidamente.
—Un buen sueño —le dijo él audazmente, doblando su periódico sobre las rodillas y dedicándole una sonrisa amistosa. Las mejillas de la mujer enrojecieron. Asintió, mirando otra vez por la ventanilla.
—Sí —respondió—. O muerta, más que dormida.
A él le desconcertó la réplica.
—Es la falta de lluvia —prosiguió ella.
—¡Sí, efectivamente! —dijo el joven. No se le ocurrió nada más que añadir, y ella reemprendió la lectura. Se enfrascó en ella durante unas páginas; luego deslizó de nuevo la mirada hacia la llanura seca, detrás de fugaces postes de telégrafo, y retornó su sonrisa.
—¿Interesante? —inquirió él, señalando a su regazo. Ella le tendió el libro abierto y permaneció inclinada hacia delante. Él miró perplejo durante un momento los puntos blancos y negros que danzaban en la página al ritmo del tren, como las rayas de su vestido. Creyendo encontrar una novela ligera, le resultó difícil adaptarse al extraño lenguaje, y al principio pensó —por alguna razón— que el libro estaba en tamul o en algún otro idioma exótico. Estuvo a punto de decir:
—¿Así que es usted lingüista?
Entonces se dio cuenta de que era música. Había palabras en italiano entre los pentagramas, y cuando miró la rígida cubierta del libro (la encuadernación crujió entre sus manos) vio escrito el nombre de Verdi. Le devolvió el libro, diciendo que no sabía leer una partitura.
—Es hermoso —dijo ella, pasando los dedos por la cubierta. Explicó que estaba aprovechando la oportunidad de aprender un nuevo papel. Pero era frustrante no poder soltar la voz, puesto que el fragmento era muy melodioso. Él le dijo que adelante, que cantara; ¡aliviaría el tedio de aquella detestable llanura! Ella respondió, sonriendo, que no había querido decir eso, que su voz estaba cansada y tenía que darle un reposo. Se había visto obligada a interrumpir su gira de repente y a volver a su casa un mes antes. El único consuelo era que vería de nuevo a su hijito. Le cuidaba su madre; pero aun cuando al niño le gustaba su abuela, no era muy divertido para él estar todo el tiempo encerrado con una anciana. Le daría un alegrón ver que mamá volvía antes de tiempo. No había enviado un telegrama para avisarles de su regreso porque quería darles una sorpresa.
El joven asentía comprensivamente a lo largo de la insípida explicación.
—¿Dónde está el padre? —inquirió.
—Ah, ¿quién sabe? —Ella enterró la mirada en la partitura de ópera—. Soy viuda.
Él murmuró un «lo siento» y sacó una pitillera. Ella rechazó el ofrecimiento, pero dijo que le gustaba el olor del humo y que no le irritaría la garganta. No iba a cantar durante un cierto tiempo.
Cerró la partitura y miró por la ventanilla tristemente. Él pensó que estaba recordando a su marido, y tuvo el tacto de guardar silencio mientras fumaba. Vio que el atractivo pecho de su vestido a rayas negras y blancas subía y bajaba agitadamente. Su largo y lacio pelo negro enmarcaba un rostro algo duro. Los labios agradablemente curvados no compensaban del todo su amplia nariz. Tenía un cutis más bien moreno y graso que a él le gustaba, porque había pasado tres años sometido a una dieta muy inadecuada.
La joven estaba pensando en el humo del tren que se alejaba de ellos. También vio a aquel simpático soldado yaciendo glacial en su ataúd. Por fin consiguió controlar el ritmo de su respiración. Para desviar su mente de aquellas cosas terribles, empezó a interrogar a su compañero y descubrió que había sido prisionero de guerra y que regresaba a la casa familiar. Su expresión compasiva (el joven era delgado y pálido) desembocó en otra de asombrado placer cuando ella captó las palabras: «Profesor Freud de Viena».
—¡Por supuesto que he oído hablar de él! —dijo ella, sonriente, olvidada toda su tristeza. Era una gran admiradora de su trabajo. Incluso en una época había pensado en acudir a su consulta; pero la necesidad había pasado. ¿Qué se sentía al ser hijo de un padre tan famoso? Como era de esperar, él arrugó la cara y se encogió irónicamente de hombros.
Pero no estaba en absoluto celoso de la fama de su padre. Simplemente quería casarse con una mujer joven y echar raíces. Ella tenía que ganarse la vida como cantante, constantemente solicitada aquí y allá, en todas partes, y qué tensión más terrible, ¿no? En realidad, no, respondió ella; normalmente no era así. Era la primera vez que había forzado la voz. Había aceptado insensatamente un papel demasiado alto para su registro y que exigía demasiada potencia. No era por naturaleza una cantante wagneriana.
El tren, que llevaba viajando unas dos horas sin hacer paradas, atravesando como una centella grandes ciudades sin disminuir siquiera la velocidad, les sorprendió deteniéndose en una estación pequeña y silenciosa, en medio de la gran llanura. Apenas era un pueblo; justo tres o cuatro casas y la aguja de una iglesia. Nadie esperaba para subir al tren, pero los pasillos se llenaron de forcejeos, confusión, gritos, y vieron un rebaño de viajeros que descendía al andén. Cuando el tren partió de nuevo observaron que la hueste apeada depositaba vacilantemente las maletas en el suelo. El villorrio pronto se perdió de vista. La llanura se volvió más polvorienta y desolada.
—Sí, ciertamente no vendría mal la lluvia —dijo el joven.
La mujer suspiró, diciendo:
—Pero usted tiene toda la vida por delante. A su edad no debería tener ideas tan melancólicas. Para mí, sin duda, es cierto. Tengo casi treinta años, estoy empezando a perder mis atractivos, soy viuda, dentro de pocos años mi voz comenzará a apagarse del todo, parece que hay poca cosa en perspectiva.
Se mordió un labio. A él le irritaba ligeramente que ella no tomara en cuenta o malinterpretase todas sus observaciones. Pero la renovada ascensión y caída de su pecho provocó en sus ingles un abultamiento que afortunadamente ocultó el periódico.
Cuando —sin soltar el periódico— recorrió el pasillo para lavarse las manos, comprobó lo vacío que iba el tren. Al parecer eran los dos únicos viajeros que quedaban. Al volver descubrió que su ausencia, aunque muy breve, había roto la intimidad. Ella estaba leyendo de nuevo la partitura y mordisqueando un bocadillo de pepino (él vislumbró sus dientes pequeños, uniformes, nacarados, mientras masticaba). Le sonrió fugazmente antes de sepultarse en la lectura.
—Qué cantidad de cuervos hay en los alambres —se sorprendió diciendo el joven. A él mismo le pareció pueril, incierto, estúpido; su torpeza le turbó.
Pero la joven asintió con una alegre sonrisa, y dijo:
—Es un pasaje muy difícil. Vivace.
Inició un ronco y agradable tarareo, subiendo y bajando las arduas semicorcheas. Se detuvo tan súbitamente como había empezado, y enrojeció.
—¡Precioso! —exclamó él—. ¡No pare!
Pero ella movió la cabeza y se abanicó la cara con el libro abierto. Él encendió otro cigarrillo y ella cerró el libro y los ojos al mismo tiempo, echándose hacia atrás.
—Turco, ¿verdad?
La mujer pensó que el cigarro olía a opio y volvió a sentirse somnolienta en el caliente y viciado compartimento.
Él había aprovechado su breve ausencia para cambiarse de ropa y ponerse un elegante traje azul claro de civil. El tren entró en un túnel, transformando en coche cama el pequeño compartimento. Ella sintió que él se estiraba y tocaba su mano.
—Está sudando —dijo él, compasivamente—. Debería darle un poco de aire en la piel.
Ella no se sorprendió al sentir que su mano le separaba las piernas.
—Está bañada en sudor.
Era muy grato y libre permitir que el joven oficial le acariciase los muslos en la oscuridad. En cierto sentido, ya había dormido con él, concediéndole la intimidad mucho mayor de contemplarla mientras dormía.
—El aire está enrarecido —dijo, soñolienta.
—¿Abro una ventana? —sugirió él.
—Como quiera —murmuró ella—. Pero no puedo quedarme embarazada.
Pareciéndole casi imposible respirar, ella espació los muslos y facilitó las cosas. Él miraba la mancha oscura de su cara, en la que de vez en cuando relucía el blanco de sus ojos. Aquellos muslos deliciosamente rellenitos bajo la seda estirada resultaban demasiado tentadores para alguien que había permanecido varios años enjaulado. Sobre los ojos de ella apareció un pequeño lunar rojo. Creció en intensidad y se ensanchó. Se desgajó en hilillos carmesíes, y él se percató de que se estaba quemando el pelo de la joven. Se quitó la chaqueta y le cubrió con ella la cabeza. Emergió sofocada, buscando aire, pero las llamas se habían extinguido. El tren entró bajo la luz del sol.
El fuego y la brusca luz habían quebrado el sortilegio, y el joven apagó el cigarrillo, enfurecido. La mujer se incorporó de un salto y se plantó ante el espejo, arreglándose el pelo y tapando la zona quemada con un liso mechón negro. Cogió de la rejilla su gorro blanco y se lo puso.
—Ya ves lo fácilmente que me excito. —Ella lanzó una risita ahogada—. Por eso es mejor que no empiece. No me cuesta mucho.
Él se disculpó por ser tan irreflexivo, y ella se colocó en el borde del asiento, tomando las manos de él preocupada y tiernamente, y le preguntó si podía quedarse embarazada. El negó con la cabeza.
—Entonces —dijo ella con alivio—, no ha pasado nada.
Él le acarició las manos.
—¿Me deseas? —preguntó ella.
—Sí. Mucho —respondió él.
Ella volvió a ruborizarse.
—Pero ¿qué pensaría tu padre si te casaras con una pobre viuda mucho mayor que tú? Y con un hijo de cuatro años. Esa es otra historia: mi hijo. ¿Cómo lo tomaría él? Tendría que conocerte y habría que ver cómo os lleváis.
El joven no supo qué responder. Decidió no decir nada y empezar a acariciarle los muslos otra vez. Observó, contento, que ella los separaba de inmediato y se dejaba caer hacia atrás, con los ojos cerrados. Su pecho palpitaba y descansó la mano libre sobre él.
—Podríamos pasar unos cuantos días juntos —sugirió.
—Sí —dijo ella, con los ojos todavía cerrados. Jadeó y se mordió un labio—. Sí, sería delicioso. Pero primero déjame que le vea y le prepare para conocerte.
—Quiero decir tú y yo solos —dijo él—. Conozco un hotel en las montañas, a la orilla de un lago. Es hermoso. ¿No te están esperando?
Negó con la cabeza, con un nuevo jadeo cuando su dedo se introdujo en la abertura. El joven perdió el interés por la mujer, absorto en el misterio de su dedo que había desaparecido dentro de ella. Él podía sentirlo deslizándose por la carne de ella, y sin embargo se había esfumado. Ella se humedeció tanto que pudo meterlo más adentro. Ella gritó; había tantos dedos hurgando en su interior, como si fuera una fruta que él estuviera pelando. Imaginó que él hundía ambas manos dentro de ella para alcanzar la fruta. Tenía el vestido levantado hasta la cintura, y los postes telegráficos pasaban veloces.
Poco a poco, entre la bruma de sus sentidos aturdidos, oyó la lluvia torrencial que golpeaba la ventana del pasillo; por el otro lado, entretanto, la llanura seguía siendo árida y polvorienta, y el cielo de un amarillo relumbrante. La lluvia cesó, y al mirar a un costado vieron al revisor limpiando la ventanilla con un suave frote. Les miró con rostro atónito, pero ellos prosiguieron lo que estaban haciendo como si él no estuviera delante. El ruido sordo de las nalgas de ella contra los dedos de él hicieron que el libro cayese al suelo, arrugando el segundo acto de El baile de disfraces.
—¿No crees que deberíamos parar? —jadeó ella, pero él contestó que necesitaba mantener allí sus dedos.
Los necesitó allí mientras dejaban atrás calles de pulcras casas y luego altas viviendas de barrios bajos, con cuerdas para la ropa tendida de una ventana a otra. Y además estaban tan atascados que dudaba de poder sacarlos aunque hubiera querido. Ella accedió, convencida de que era imposible detenerse.
Pero él liberó los dedos sin dificultad cuando el tren llegó a la estación de empalme; y en el pequeño tren que les llevó a las montañas no hubo ocasión de recomenzar. Se sentó apretada contra él, conformándose con besarle los dedos o estrujarle la mano contra su regazo. Sus compañeros de viaje estaban muy animados, abriendo la boca de admiración a medida que el tren ascendía cada vez más arriba entre las montañas.
—¡Todavía hay muchísima nieve! —comentó la señora que se sentaba enfrente; la mujer de un panadero, a juzgar por el húmedo olor harinoso que despedía su cuerpo.
—Eso creo —respondió la joven con una sonrisa—. No me siento en absoluto manchada.
La esposa del panadero sonrió vagamente y concentró su atención en su hijita, que se movía impacientemente. La chiquilla estaba excitada porque era la primera vez que le llevaban a pasar unas auténticas vacaciones.
Incluso al final de la tarde, el lago era una brillante esmeralda. Estaban contentos de volver a hallarse solos mientras recorrían la corta distancia hasta el hotel blanco. A excepción del portero situado detrás del escritorio, el vestíbulo estaba vacío; y el hombre roncaba, inducido al sueño por la sofocante tarde. Debilitada por la pasión del viaje en tren, la joven se apoyó contra el escritorio mientras su compañero —que había telefoneado desde la estación para reservar una habitación— consultaba la lista de reservas, descolgaba una llave del tablero y garabateaba un nombre en el libro de registro. Sobre el escritorio había un cuenco de melocotones amarillos y asombrosamente grandes, y el joven cogió uno, lo mordió jugosamente y se lo ofreció a su compañera. Luego aferró su mano y la fue empujando por la escalera. El dulce mordisco de melocotón la refrescó y casi subió corriendo y, mientras corrían, él ya estaba alzándole el vestido hasta la cintura. La seda susurró. La mano de la joven, tanteando, palpó su erección. Él la entró y ambos entraron en la habitación, sin que ella supiera con certeza en qué orden; y sin una pausa para examinar el dormitorio, ella se encontró de espaldas en la cama, con los muslos bien separados y recibiendo sus embestidas. No interrumpieron el acto del amor cuando él le quitó su gorro blanco y lo envió volando hacia un rincón.
La joven se sintió partida en dos, y vio el final de la relación antes de que propiamente hubiera comenzado; y su regreso a casa, hendida. Un reguero de salpicaduras corrió entre la puerta y la cama, y cuando acabaron ella hizo que llamase a una sirvienta para que lo limpiara. Mientras la criada, una muchacha oriental, se agachaba para limpiar las manchas de melocotón de la descolorida alfombra, de pie ante la ventana que daba a la veranda contemplaron con gozo el cielo azul del atardecer, los últimos minutos que preceden a la puesta de sol, en que el color del firmamento cambia.
El siguiente día trajo un azul renovado fuera de su habitación, pero la segunda noche (ella pensó que era la segunda noche, pero había perdido toda noción del tiempo) un trozo de pedernal, tan grande como un puño, cruzó como un rayo la ventana abierta. Era el viento que se había levantado durante la tarde y que ahora silbaba a través de los alerces, rompiendo el jarrón de flores que la sirvienta había colocado sobre la cómoda. El joven se plantó de un salto en la ventana y la cerró. El viento amenazaba con quebrar el cristal, y oyeron un estrépito amortiguado: el techo de la glorieta se desplomaba. La construcción tenía forma de pagoda y era pintoresca pero vulnerable, y el feroz viento la derribó. Durante un largo tiempo no recibió respuesta el timbre que tocaron, pero por fin la sirvienta subió a recoger el jarrón roto, las flores y el agua derramada. La muchacha tenía los ojos enrojecidos y el joven le preguntó qué le ocurría.
—Se han ahogado unas personas —dijo ella—. Las olas eran muy altas esta noche. Volcaron su barca.
La sirvienta miró perpleja la roca de pedernal que yacía en el punto donde había caído.
—Déjela —dijo el joven—. Será un recuerdo.
Ella la cogió del suelo y se la entregó, y él la sopesó en la mano, con asombro. No lograba concebir la fuerza que la había arrancado de la montaña e impulsado hasta el dormitorio.
Ella preguntó más tarde: «¿Es mi pecho más blando que esa piedra?». Él asintió, descansando sobre él la cabeza para poner a prueba su blandura. Oyeron claramente, aunque a lo lejos, los ruidos de personas agitadas corriendo por los pasillos; y cuando llamaron para pedir la cena les comunicaron que tendrían que contentarse con unos bocadillos, pues todos los camareros estaban ayudando a las víctimas de la inundación. Estaban famélicos, y él preguntó si podrían enviarles un poco de chocolate junto con los bocadillos. Acarició su pecho, mucho más blando que el pedernal, y se inclinó para chupar el pezón. La mujer se volvió ansiosa hacia los labios que la libaban; el pezón naranja se estiraba más y más. Paseó los dedos por sus cortos cabellos rizados mientras él seguía mamando. Oyeron el ruido de algo que se rompía —quizás una ventana o una pieza de loza—, y gritos. Tumultos del pánico. Y asimismo oyeron a huéspedes gritando. Le recordaron los lloros de su hijito, y acarició el pelo del hombre. Su seno parecía hincharse como un tambor, hasta alcanzar un tamaño tres veces más grande de lo normal. El viento azotaba la ventana. Él apartó los labios de su pecho para decir, inquieto: «Espero que no se rompa». Ella guió de nuevo el pezón hasta su boca y dijo: «No creo. Se hinchó así cuando estaba amamantando a mi niño».
El hotel se mecía en el vendaval, y ella pensó que se hallaba a bordo de un trasatlántico; oyó el crujido de las cuadernas, olió el fuerte olor salino por la portilla abierta y, desde la galera, el tenue aroma de la cena, teñido de mareo. Tendrían que cenar con el capitán y este le pediría que cantase en el concierto del barco. Quizá nunca llegasen a tocar puerto. Se sintió próxima a las lágrimas porque su pezón se dilataba tanto que empezaba a resultar doloroso; el dolor se concentraba allí, y sin embargo aquella punta nutricia en cierto sentido no le pertenecía, se alejaba flotando, como un apéndice vivo extirpado por el doctor del barco. Quiso que él descansara, pero no lo haría. Vio con alivio que los labios buscaban el otro pecho y comenzaban a estirar su otro pezón, aun cuando estaba ya bastante erecto por simpatía con su gemelo. «¿Son tiernos?», preguntó él, por último; y ella respondió: «Sí, por supuesto, se aman uno a otro». Ella oyó que la portilla del camarote contiguo, detrás de su litera, se hacía añicos.
Él abrió con la mano su vagina y forzó tan rudamente la entrada de su pene que ella se echó hacia atrás, convulsionada. Él se incorporó para mirar al sitio por donde ella, tan misteriosamente, había devorado su virilidad. Él hizo que emergiera y se hundiera a su antojo. Ella notó en el pelo el roce más suave que pudiera imaginarse, y al llevarse allí la mano tocó algo seco y de un tacto parecido al del papel. Era una hoja de arce que había entrado volando, inadvertida, cuando estalló la tormenta, antes que la piedra. Le enseñó la hoja y él sonrió, pero su sonrisa se transformó en mueca debido al placer de entrar y salir, retrasando el orgasmo. Ella le puso la mano en las nalgas y le acarició con la seca y suave hoja de arce. Él se tensó, estremecido.
La llovizna había cesado, el viento amainado; abrieron la ventana y salieron al balcón. Abrazó a su amiga por la cintura y contemplaron cómo se escindían las nubes de tormenta, descubriendo estrellas más grandes de las que jamás habían visto. Y cada pocos instantes una estrella cruzaba diagonalmente el negro cielo, como una hoja de arce que se desgaja de una rama o como la manera en que los amantes cambian de postura con suaves movimientos mientras duermen. «Es una ducha de Leo», dijo él, en voz baja. Ella descansó la cabeza en su hombro. Vagamente vislumbraron actividad abajo, junto a la orilla del lago: cadáveres sacados a tierra. Algunas personas estaban gimiendo; otra voz pidió a gritos más camillas y mantas. La pareja regresó a la cama y se perdió de nuevo el uno en el otro. Esta vez ella notó que un dedo del joven hurgaba en su interior, junto a su pene; revoloteaba transversalmente al movimiento fálico de penetración y de salida; y más aprisa. A la joven le recordó el bombardeo de estrellas a través del cielo; formaba remolinos, torbellinos como el tempestuoso lago. Era evidente que la tormenta no había terminado, puesto que un rayo blanco centelleó verticalmente sobre el lago; lo vieron con el rabillo del ojo, dividiendo en dos el espacio negro de la ventana, y las cortinas se inflaron. «Ha sido fortísimo», susurró él; y por eso ella procuró acariciarle más suavemente, con la misma punta de la uña. Al mismo tiempo uno de sus dedos se le hundió en el ano y le hizo daño, pero ella quería sentir más dolor.
Había unas luces en el punto del lago donde los botes de salvamento seguían buscando cuerpos. El equipo de socorro se estaba recuperando del estruendo del trueno que había retumbado en torno a sus cabezas justo antes —más bien antes que después— del rayo que había transformado en día la noche. El viento se alzó de nuevo y se apresuraron a remar hacia la orilla, porque aquella noche no había esperanza de hallar más cadáveres. El hotel hormigueaba de gente excitada o enloquecida; las puertas de cristal no cesaban de dar golpes a medida que traían a más muertos. El nivel del agua en la sala de billar, situada en el sótano, llegaba casi a la altura de las troneras, pero el comandante del ejército, impávido, rodeó con dificultad la mesa, resuelto a consumar su carambola. Había acabado con la última roja y todos los demás colores hasta el rosa. Era un tiro difícil en línea recta a lo largo de todo el tapete, pero su limpia tacada introdujo la bola en la tronera. El agua le llegaba a las caderas cuando dio un sorbo de cerveza y puso tiza en el taco. La bola negra se arrimó a la banda, pero imprimió a la blanca un efecto giratorio para apartarla de allí. Fue un hermoso golpe, y la bola negra cayó con ruido sordo en una sepultura acuática. El comandante había jugado solo aquella tacada, porque su adversario, un cura, había corrido a administrar los últimos sacramentos a los moribundos. Con una torva sonrisa de enhorabuena a sí mismo, el militar colgó el taco y salió nadando de la sala. En una de las habitaciones superiores los amantes dormían, a pesar del furioso viento que estremecía el cristal de la ventana; y mientras dormían conservaban las manos mutuamente enlazadas, como si temieran que de alguna forma fueran a esfumarse durante la noche. Un gato negro se agazapó, muerto de miedo, en la tenebrosa y oscilante rama de un abeto, frente a su balcón. Se tensó para saltar, pero comprendió que la distancia era excesiva.
Hasta dos días después nadie se dio cuenta de que el gato estaba atrapado en aquel árbol. Los jóvenes amantes oyeron un chirrido fuera de su ventana y salieron de la cama para ver lo que ocurría. Vieron a un comandante del ejército subiendo una larga escalera que se doblaba y crujía bajo su peso. Desde detrás de cortinas que se inflaban suavemente, observaron la difícil operación de rescate. El gato arqueó el lomo y escupió a su salvador, y le arañó cuando el hombre alargó la mano. El militar profirió una palabra obscena, y la joven amante se ruborizó porque no estaba acostumbrada a oír semejante lenguaje. Finalmente el comandante descendió por la escalera con el gato aferrado a su cuello.
En cuanto la joven vio el estigma escarlata en la mano castrense, notó la injuriosa caída de un coágulo de sangre en el interior de su propio cuerpo, y comunicó a su amante la mala noticia. Le sorprendió y alegró que él no se enfadara. Había un problema, empero. Ella no tenía el menor equipaje. Había dejado su pesada maleta en el pasillo del tren que recorría la línea principal, y cuando todos los viajeros se apearon en tromba en el minúsculo villorrio, en medio de la llanura calcinada, alguien debió de haber cogido por error su maleta. No podía creer que se la hubieran robado. De todas formas, ya había desaparecido cuando llegaron a la estación de transbordo, quedándose sin vestidos, ropa interior, objetos de aseo y regalos para su hijo y su madre.
Tuvieron que llamar a la sirvienta. La cortés muchacha, una estudiante japonesa que se costeaba trabajando los gastos de su educación, tuvo dificultades para comprender el problema de la joven. Esta se vio obligada a dibujar, en una hoja del papel de cartas del hotel, una luna creciente junto a un cartucho femenino. La sirvienta enrojeció y se retiró. Afortunadamente ella también estaba menstruando, y volvió con una compresa. Se escabulló tímidamente, rechazando una propina.
Tendidos en la cama, miraron fotografías de la familia del joven. A ella le divirtió la imagen de Freud en la playa, con un bañador a rayas negras y blancas que podía haber sido confeccionado con el mismo material que su vestido. El joven también lanzó una sonrisa ahogada; parecía que le gustaba especialmente su hermana pequeña. Su sonrisa desembocó en tristeza al contemplarla.
Bajaron a cenar y él le preguntó si se encontraba bien para bailar al compás de la orquesta zíngara. Ella asintió. Mientras arrastraban los pies entre las mesas, ella se inclinó hacia él.
—¿Sientes cómo cae la sangre? —preguntó el amante.
—Siempre —dijo ella—. Me indispongo todos los otoños. La besó, excitado por la fragancia a cereza de su barra de labios; el cálido y húmedo sabor del beso le avivó el deseo. Ella tuvo que apartarse para coger aliento, pero le encantó el sabor a cereza de su barra de labios en la boca de él, y volvieron a besarse, roces de labios interminablemente breves. Ella se separó otra vez, diciendo que la música le despertaba ganas de cantar. Pero ya les estaba observando fijamente un número excesivo de comensales y parejas bailando. Le levantó el vestido por delante; ella trató débilmente de bajárselo, pero la garganta le dolía de placer y él insistió:
—Por favor, déjame. Por favor.
Fue un ronroneo para el oído de ella, mezclado con el dardo de su lengua.
—Pero te vas a manchar de sangre —susurró ella.
—No importa —respondió él—. Quiero tu sangre.
De modo que ella le rodeó el cuello con un brazo y le dejó hacer lo que quería. Los bailarines y los comensales hicieron la vista gorda, sonriendo, y ellos les devolvieron la sonrisa.
—¿Está muy poco hecha? —preguntó él, mientras cortaba los sebos de la carne. Ella le cogió los dedos y se los besó.
—Mejor que nunca —respondió ella—. ¿No lo notas?
El filete restituyó la sangre que ella estaba perdiendo, y después corrieron hacia los árboles e hicieron el amor sobre la hierba, a la orilla del lago. A veces se abría una puerta y oían la música zíngara, y en todo momento hubo aquellas estrellas extraordinariamente grandes. No resultaba muy cómodo hacer el amor mientras perdía sangre, pero por otro lado podía abandonarse aún más porque no había temor a ninguna consecuencia. Cuando a medianoche subieron la escalera, más hojas de arce habían entrado en el dormitorio. Ella dijo, bromeando, que podría utilizarlas a modo de compresas. Tomó prestado el cepillo de dientes del amante, y mientras se los limpiaba él la rodeó con los brazos y le dio suaves besos en la nuca. Hubo más relámpagos; fucilazos sin trueno que acercaron mucho las cumbres nevadas de las montañas e iluminaron la estela de detritos dejados por la inundación y la tormenta.
POSTALES DESDE EL HOTEL BLANCO:
Una anciana enfermera:
Estoy haciendo todo lo que puedo por una dulce pareja de jóvenes paralíticos. Es muy valeroso por su parte venir a pasar las vacaciones juntos. Están erguidos en sus tumbonas y comparten una manta (estamos en un yate en medio del lago). La comida es excelente y Elise se está recuperando, envía cariñosos recuerdos. Una secretaria:
Espero que tu último día donde estás sea cálido y seco; donde estamos nosotros hace mucho calor, no hay ni una nube, está todo nublado, estamos en un barco sobre el lago, royendo huesos de pollo y bebiendo vino. El hotel es maravilloso, mejor que el folleto y buena clase de gente.
Un cura:
Veo sus tres mástiles como un emblema de la pasión de Cristo y la vela blanca como su amado sudario. Eso me hace sentirme menos culpable por haber abandonado a mi rebaño. Mamá, espero que sigas bien. Hace buen tiempo. Una dulce muchacha católica se ahogó y murió en mis brazos hace unos días. No te preocupes por mí. Estoy leyendo el librito que mandaste.
Una sirvienta japonesa:
Un prodigio que contar, mis amantes (la pareja en luna) se levantan al despuntar el alba y salen en barca. Eso quiere decir que yo y mi amiga nos pasamos el día haciéndoles la cama, su cama es indescriptible. Sin tiempo para escribir, ni siquiera un haiku.
Una corsetera:
El agua parece terriblemente fría, pero mañana tengo que darme un chapuzón. Estoy arrastrando la mano por encima de la borda. No me gustaría decir dónde ha puesto la suya el muchacho que está a mi lado con su chica. Bueno, la vida tiene que seguir. Claro que no es lo mismo cuando tu compañero ha fallecido, pero tengo que tratar de disfrutar el resto de las vacaciones en recuerdo de mi querido marido.
Un comandante del ejército:
Parece más un barco de tropas que un yate. Ha cambiado desde antes de la guerra. Estamos apretujados unos contra otros. Me gustaría tener una buena 1 para despejar el sitio. La inundación no se ha llevado a suficiente gente. ¡Cadáveres! ¡Por todas partes! Dick llega mañana en el primer tren.
Un relojero:
Prendió como un trapo untado en aceite. Estábamos disfrutando de un agradable paseo en barco y al momento siguiente pudimos ver nuestro hotel ardiendo como virutas. Perdimos de vista el sol, tan brillante era el fuego. Bueno, ahí se han quemado todas nuestras pertenencias, salvo la ropa que llevamos puesta.
Un botánico:
Desgarrador. Ayer encontré un ejemplar muy raro de edelweis. Lo dejé en el hotel, claro, y las llamas se lo han llevado.
La mujer de un banquero:
No podía dar crédito a mis ojos. Allí estaba nuestro hotel ardiendo hasta los cimientos en nuestra presencia, al otro lado del agua, ¡y ese jovencito poniendo a su chica sobre las rodillas y montándosela encima! ¿Entiendes lo que quiero decir? ¡Como en el juego de ensartar anillas! ¡Y toda aquella gente chillando como loca, algunos con parientes dentro del hotel!
Un agente de seguros:
Fue simplemente espantoso verles saltar por las ventanas de arriba. Había mangueras apagando el fuego pero no parecían servir de nada. Elinor, gracias a Dios, estaba conmigo. Yo había intentado convencerla de que hoy nos quedásemos a descansar en el hotel. En definitiva, estamos sanos y salvos y esperamos verte.
Su mujer:
Gracias al Señor que Hubert estaba conmigo. No tenía muchas ganas de salir en barco desde que tuvimos la inundación, pero le convencí de que viniese. Hace un tiempo estupendo, aunque por las noches refresca muchísimo. El cambio me ha sentado muy bien, y hemos conocido gente muy agradable.
Un niño:
Colgaban de los árboles como linternas mágicas.
Un pastor:
Pero los muertos resucitarán, no temo por eso. Y esta carne corrupta se hará incorruptible. La anciana con quien hicimos la excursión a las montañas pereció en el incendio. Pero mi alma glorificará al Señor.
Una pareja en luna de miel:
Nuestras vacaciones se han ensombrecido, pero de todas maneras somos muy felices. En la foto se ven el lago y las montañas, es un hermoso lugar, y el paisaje es impresionante.
La esposa de un panadero:
Tenemos el corazón deshecho. Nuestra querida madre ha muerto en un terrible incendio que ha quemado el hotel. Gracias a Dios estábamos en el barco, pero lo vimos todo. Ardió como papel. Y pudimos ver la habitación donde estaba. Pero era una anciana, así que no debemos afligirnos mucho. Intentamos conservar la alegría por los niños, y tú debes hacer lo mismo.
Un dependiente:
Uno de los dormitorios llevaba mucho tiempo con las cortinas corridas, pero ayer estaban abiertas y creen que eso puede haber tenido algo que ver, aunque no veo cómo.
Su amante:
Creen que probablemente fue una de las sirvientas fumando a escondidas mientras hacía las camas. He visto a la chica japonesa fumando en el pasillo, lo que parece raro, pues normalmente son muy femeninas. Afortunadamente se quemó un ala que está lejos de nuestro dormitorio, así que nuestras cosas están a salvo.
Una pareja de jubilados:
Ahora dicen que la montaña (donde todavía hay cantidad de nieve) reflejó los rayos de sol. Como las gafas que usamos para leer, supongo. De todas formas es una tragedia horrorosa, así que ten cuidado con el fuego, querido. La servidumbre del hotel es maravillosa. A pesar de todo, ha valido la pena venir, son las vacaciones de toda una vida. Gracias por haberlo hecho posible.
Una cantante de ópera:
He venido a las montañas a descansar unos días antes de volver a casa. Creo que me está sentando bien. Las últimas semanas han sido agotadoras, y es delicioso no hacer otra cosa que disfrutar de la buena comida y el maravilloso paisaje. No duermo bien, es el único inconveniente, pero empiezo a relajarme un poco. Os veré pronto.
Una costurera:
Mi hijita ha muerto. Estoy destrozada. Te prometí enviarte una postal, querido, ¡pero con esta noticia! La van a enterrar aquí. Me voy inmediatamente después.
Un abogado:
El único inconveniente es el ruido por la noche. Por supuesto que debemos compadecerles, pero nosotros también hemos sufrido una pérdida, y no es una excusa para estropear el sueño a los demás. Nos hemos quejado, pero el director no quiere o no puede controlarles.
Una prostituta retirada:
Un caballero me piropeó por mi buena silueta, así que es evidente que no se me nota. Estoy reuniendo fuerzas día a día y acostumbrándome cada vez más. Siento un poco más caído el izquierdo, pero supongo que se me pasará. Tengo suerte, aquí hay mucha gente que está aún peor. El tiempo es bueno y la comida de primera calidad.
Nadie se sentía con ánimo de bailar. Los huéspedes cenaron en silencio y escucharon más enternecidos los dulces y melancólicos compases de la orquesta zíngara. Uno de su grupo, un violinista, había sido atrapado por el fuego en el ascensor, y su cadáver quedó irreconocible. Es posible que los jóvenes amantes hubieran bailado, pero no se presentaron a cenar.
Durante una de las pausas entre melodías, cuando solo prevalecía el tono bajo de la conversación sombría y el tintineo cortésmente silencioso de los platos, el comandante se levantó de su mesa (siempre cenaba solo, en una mesita de la esquina), fue hacia el estrado, murmuró algo al regordete y sudoroso director de la orquesta —que hizo una seña de asentimiento— y habló a los huéspedes por el micrófono. Dijo que le gustaría hablar con el mayor número posible sobre un asunto de cierta urgencia, y que si no les importaba tuvieran la amabilidad de coger una copa en el bar, después de haber cenado, y de reunirse en la sala de billar. Un silencio siguió a sus palabras, y después aumentó el tono de conversación. Aproximadamente un tercio de los huéspedes decidió averiguar de qué quería hablarles el «comandante loco» (como muchos de ellos le llamaban). Tras despachar las tazas de café y recoger en el bar brandis y licores, una considerable concurrencia se encaminó hacia la sala de billar y se acomodó en las filas de asientos en torno a la mesa. El tapete verde todavía se estaba secando de la inundación, y relucía bajo el foco como una piscina rectangular cubierta de verdín.
El comandante, que era inglés y se llamaba 2 se colocó junto a la cabaña de la mesa de billar y aguardó a que los rezagados se apiñaran al fondo.
—Gracias por haber venido —empezó con voz firme y resonante—. Permítanme que rompa el hielo diciendo que no les he convocado para hablar de la muerte. La muerte y yo somos viejos conocidos y no me inspira ya ningún terror. Lloramos a quienes han muerto en la inundación y el incendio, pero no deseo hablarles al respecto. Esas cosas suceden. Son actos de Dios. No deberíamos consentir que esos sucesos arrojen una nube demasiado espesa sobre nosotros.
Un tranquilo murmullo de aprobación se elevó entre los huéspedes al oír estas palabras, y uno o dos miraron al alto y distinguido militar con un nuevo respeto.
El comandante bajó los ojos y apagó su cigarrillo muy lentamente, como si necesitase tiempo para ordenar sus pensamientos. Hubo un profundo silencio en la sala de billar, solo interrumpido por el ronroneo de un gato negro, la mascota del hotel (y el gran favorito de los clientes); se había introducido subrepticiamente entre el auditorio y estaba ovillado en el regazo de la mujer del relojero, que le acariciaba. El animal se había chamuscado malamente en el incendio, pero había sobrevivido sin gran daño.
—Han estado ocurriendo cosas raras, no obstante —prosiguió el comandante, resueltamente. Hizo una pausa para que sus palabras penetraran. Su verbo poseía el retintín de la autoridad militar. Habría tenido una buena guerra, pensó Henri Poussin, un ingeniero. Un cero a la izquierda antes y una nulidad de otro tipo después, pero cuando la tónica de los tiempos eran el apremio y la violencia, Lionheart tenía que haber sido el hombre indicado.
—¿Le importaría justificar esa afirmación, comandante? —dijo bruscamente Vogel, el abogado alemán.
El militar le miró con un desprecio apenas encubierto. Vogel era un cínico y un cobarde; le habían atrapado haciendo trampas a las cartas.
—Por supuesto que no —dijo el comandante, calmosamente—. Las estrellas que caen.
El silencio de la concurrencia se hizo aún más profundo, y todos —salvo Vogel— contuvieron al punto la respiración.
—Todo el mundo las ha visto —prosiguió Lionheart con calma—. No una o dos personas, sino todo el mundo; y no solo una noche, sino todas las noches. Grandes, brillantes, blancas estrellas.
—Grandes como hojas de arce —dijo la querida del dependiente, con voz suave y medio drogada. Se estrujó las manos, como temerosa de haber hablado claro.
—Exactamente —dijo el comandante.
—Y las hojas de los olmos son rojas —dijo el relojero, levantándose de un salto y apartando la mano de su mujer—. ¿Lo ha notado alguien más?
Miró alrededor, excitado, y varias cabezas asintieron. Se refería al grupo de olmos que había al final del césped, detrás del hotel. La gente que había asentido bajó la mirada y se lamió nerviosamente los labios. Pero otras voces agitadas declararon que no era cierto. Su protesta apenas revelaba convicción, y en seguida enmudecieron. Se hizo de nuevo un silencio total, y una neta frialdad reinó entonces en la sala. Deseoso de evitar que cundieran la alarma y el desaliento, el comandante propuso que hicieran una pausa de varios minutos para que la gente subiera a servirse otra ronda. El militar se sentó, súbitamente cansado, y en el barullo de charlas y empujones hacia las escaleras, Vogel se le acercó; sus gafas sin montura centelleaban maliciosamente.
—Me sorprende usted, Lionheart —dijo, con bastante suavidad, pero asimismo una punta de desprecio y rencor.
El comandante se recostó en su silla.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué?
—Sembrando el pánico entre las damas. ¿Por qué no las ha dejado al margen de esto? No acepto por ahora sus ideas alarmistas. Pero aun suponiendo que fuesen ciertas, ¿no podría haberlas dejado al margen?
—En primer lugar, Vogel, está subestimando la inteligencia de las mujeres. Es una costumbre de personas que ejercen profesiones sedentarias; costumbre siempre imprudente, y en algunos casos peligrosa.
Vogel se ruborizó ligeramente, pero no perdió el control.
—¿Y en segundo lugar?
—Para su propia seguridad, por la seguridad de todos nosotros, tienen que saber que pueden amenazarnos cosas que no comprendemos. Por lo menos, yo no pretendo comprenderlas. Pero es que yo no he tenido el privilegio de una educación alemana.
El abogado se alejó bruscamente. El militar, disgustado, lamentó haberse dejado incitar a una observación descortés. Pero en seguida volvió a concentrar su pensamiento en los asuntos serios que les ocupaban, pues los huéspedes habían regresado con bebidas y aguardaban a que él reanudase el coloquio. Se puso de pie. Momentáneamente mareado, tambaleándose un poco, aferró la banda húmeda de la mesa de billar.
—Lo importante —dijo— es que contemos francamente lo que hemos visto o creemos haber visto; y, si es posible, encontrar explicaciones racionales. Por ejemplo, ¿soy el único que ha visto caer un rayo en el lago? Un rayo lívido, completamente vertical.
Miró en derredor con ojos interrogantes. Tras un breve y tenso silencio, una vieja enfermera se sonrojó y dijo sosegadamente:
—No, yo también lo he visto.
«Y yo», dijo un contable demacrado y de nariz ganchuda. Su mujer también asintió con la cabeza, vigorosamente. Varias personas más hicieron gestos reprimidos y turbados de asentimiento, y dieron un sorbo pensativo y preocupado a sus bebidas. El comandante preguntó si alguien más había presenciado sucesos extraños.
—Un banco de ballenas —dijo una atractiva secretaria rubia—. Ayer por la mañana, cuando fui a bañarme temprano. Pensé que estaba viendo cosas o, mejor dicho, no viendo cosas, si entiende lo que quiero decir, porque el lago no tiene desembocadura. No es posible, simplemente. Pero ahora me ha hecho usted pensar. Estoy segura de que no eran nubes bajas.
—Quizá vio usted su propia resaca —dijo Vogel con una risita disimulada.
—No. Yo también las vi —dijo la pálida hermana de Vogel—. Lo siento, Friedrich —añadió apresuradamente—, pero tengo que decir la verdad. Tuve que levantarme al amanecer, por una razón que no necesito precisar, y me asomé a la ventana.
—¿Y vio ballenas? —la apremió el comandante, con una suave y amable sonrisa.
—Sí.
Ella retorció su pañuelo y Vogel la miró con desprecio y repugnancia.
Al parecer nadie más había visto el banco de ballenas; pero nadie estaba levantado al amanecer del día anterior y el testimonio penosamente franco de la hermana de Vogel había causado impresión.
—¿Algún otro testimonio? —inquirió secamente el comandante—. ¿Sucesos raros, visiones extrañas?
Los ojos recorrieron la mesa, en el profundo silencio reinante.
—Entonces vamos a reflexionar sobre los datos que poseemos. Estrellas que caen. Hojas rojas. Un rayo. Un banco de ballenas...
Bolotnikov-Leskov, que sentado en el rincón más alejado se acariciaba su corta y elegante barba con aspecto atento y distante, intervino en este momento. La voz de tan eminente estadista conquistó un instantáneo respeto, incluso de quienes no estaban de acuerdo con su política.
—No puedo sugerir nada con objeto de... —suspiró y extendió las manos— explicar lo de las estrellas caídas, las hojas rojas y el rayo. Pero creo disponer de una explicación para lo de las ballenas. Madame Cottin —hizo una reverencia a la señora regordeta vestida de azul, que a su vez inclinó su rostro sonriente a modo de respuesta— es corsetera. Y todos los corsés tienen, hablando llanamente, barbas de ballena. No me parece imposible que su presencia entre nosotros (que a todos nos ha alegrado mucho, gracias a su calor y vitalidad excepcionales) haya «llamado» a las ballenas, por así decirlo. Las ha atraído, cantado, convocado al hogar, llámenlo como quieran.
Madame Cottin, abanicando sus mejillas coloradas, dijo que, en efecto, había habido ocasiones en que las mujeres veían ballenas cuando ella se encontraba cerca.
Bolotnikov-Leskov le hizo una señal de gratitud con la cabeza, ruborizándose como un niño.
La explicación racional —o casi— de la aparición de las ballenas reconfortó a los presentes e infundió valor a algunos para mencionar los fenómenos que habían presenciado pero temido contar. Un pastor luterano dijo titubeando que había visto un pecho volando a través de los tejos una noche en que subía paseando camino de la iglesia, antes de cenar.
—Al principio creí que era un murciélago —dijo—, pero el pezón era claramente visible.
Una mujer de busto prominente y cabellos grisáceos declaró que recientemente le habían extirpado un pecho a causa de un bulto. El comandante Lionheart le agradeció su franqueza, y se oyó un murmullo bajo de compasión. Con el rostro marcadamente amarillo, Vogel dijo que creía haber visto un feto petrificado flotando en los bajíos del lago, pero que fácilmente podía haberse tratado de un pedazo de árbol fosilizado. Echándose a llorar, su hermana confesó haber abortado diez años atrás. Hubo un penoso y conmocionado silencio, y todo el mundo comprendió que Vogel ignoraba por completo aquel hecho. Le temblaron los músculos faciales, y el comandante sintió una ráfaga de piedad por el atónito abogado alemán.
Su hermana sollozaba inconteniblemente. Producía un sonido seco y fortísimo que casi resultaba intolerable; hombres que habían sobrevivido sin desmayo a la inundación y al incendio estaban encendiendo cigarrillos y puros, en un esfuerzo por calmar los nervios. Sobrevino un enorme alivio cuando el pastor se inclinó por delante de Vogel, asió el brazo de la mujer con un apretón amable pero firme y la sacó de la habitación, abriéndole un pasillo entre los huéspedes y la mesa de billar. En el momento en que la escoltaban fuera, los que estaban cerca vieron que la mujer del panadero daba un codazo a su marido y le cuchicheaba algo al oído, y que él meneaba la cabeza. Pero una vez restablecido el silencio el hombre se levantó y, con la voz balbuciente y apenas audible de un miembro de la clase obrera, dijo que había visto un útero patinando por el lago. Estaba solo, pescando. El útero se había limitado a pasar rozando por la superficie y había desaparecido rápidamente.
—A veces, cuando uno está pescando, empieza a ver cosas, especialmente al amanecer y al crepúsculo. Pero no hubo error posible.
Se sentó, mirando de soslayo a su mujer en busca de su apoyo.
El comandante Lionheart no pudo reprimir una sonrisa burlona de sus dientes amarillentos al oír el acento bajo y cómico del panadero, aunque trató de fingir que estaba flexionando los músculos de las mejillas; e incluso Bolotnikov-Leskov, con todas sus ideas revolucionarias, sonrió solapadamente. El militar preguntó si alguien más había visto un útero deslizante. Una voz rompió el silencio y dijo que posiblemente había visto una barra de pan, y hubo risitas entre dientes que aliviaron la tensión. Pero otra voz anónima de hombre, desde el rincón en penumbras, restalló:
—¿Alguien ha visto los glaciares? En las montañas.
La declaración disipó todas las sonrisas e instauró en la sala un nuevo escalofrío.
Varios huéspedes realizaron tentativas de explicar las estrellas que caían, el rayo, las hojas rojas y los glaciares. Ninguna de ellas resultó convincente, ni siquiera para quienes las formulaban. Poniendo término a la reunión, el comandante recomendó vigilancia. Bolotnikov-Leskov expresó su gratitud al militar en nombre de todos los presentes —hubo otro murmullo de asentimiento— y propuso que, en caso de que alguien presenciara cualquier otro suceso inexplicable, informase inmediatamente a Lionheart; este tendría facultad para convocar otra reunión siempre que lo estimase necesario. La propuesta fue aprobada por sumisa unanimidad.
Al formar en filas de dos para subir la escalera, el panadero se halló junto a la anciana enfermera. Ella se aventuró entonces a contarle que su sobrina nieta, que esa noche no se encontraba bien y se había acostado temprano, había sufrido un mes antes una operación en la que le fue extirpado el útero.
—La he traído aquí para que se recupere —dijo en voz baja, no queriendo que la oyesen—. Es muy triste, porque tiene poco más de veinte años. No he querido decirlo en público porque a ella le disgustaría que se supiera. Ya está bastante perturbada. Pero quería que lo supieran usted y su mujer.
El panadero le apretó el brazo, agradecido.
Hasta varias noches más tarde, los jóvenes amantes no se decidieron a bajar al comedor. Al hacerlo descubrieron que habían asignado su mesa a nuevos huéspedes. Prácticamente no tenía término la afluencia de esperanzados visitantes que llegaban al hotel blanco, y una mesa libre era un lujo que el establecimiento no podía permitirse. El jefe de camareros se lo explicó, disculpándose, a la joven pareja, diciendo que había supuesto que deseaban tomar todas las comidas en su habitación. Les rogó que aguardaran mientras él iba a decir unas palabras a Madame Cottin, una mujer rolliza, impúdicamente atractiva y artificialmente rubia que ocupaba sola una mesa para dos. Madame Cottin sonrió, aprobando la idea, e hizo una señal de bienvenida a la joven pareja que esperaba al otro lado del comedor. El jefe de camareros trajo velozmente una nueva silla y escoltó a los amantes hasta la mesa de la dama. Estaban muy apretados, y el joven se deshizo en disculpas por violar de aquel modo su intimidad; pero Madame Cottin desechó con risas todas sus excusas y rió con buen humor cuando las piernas chocaron embarazosamente debajo de la mesa.
Dijo que estaba encantada de tener compañía. Su marido había muerto en la inundación y la soledad no le resultaba fácil. Sacó un pañuelo y se enjugó una lágrima; pero pronto estaba, a su vez, pidiéndoles disculpas por imponerles su pena.
—Trato de no llorar muy a menudo —dijo—. Al principio estaba inconsolable, y estoy segura de que hacía desgraciado a todo el mundo. Pero me dije que debía serenarme. Era injusto con los demás, que han venido aquí a pasarlo bien.
El joven dijo que admiraba muchísimo su coraje. Había reparado en ella la vez anterior en que bajaron a cenar; la había visto riendo y bailando, era el alma de la fiesta. Madame Cottin esbozó una sonrisa forzada.
—No fue fácil —dijo. De hecho, había sido terriblemente doloroso fingir jovialidad mientras su corazón estaba en el féretro al lado de su marido.
Se había hecho un poco más llevadero, añadió, después de la espantosa tragedia del incendio. La visión de la fresca pesadumbre ajena había acabado por crear una distancia entre ella y su propio duelo. Además, comparado con morir quemado, ahogarse era una especie de muerte misericordiosa. Siempre se ve a alguien que está peor que tú, dijo. Enjugó las lágrimas de nuevo; pero luego, no queriendo estropear la velada de sus compañeros, se puso más alegre y empezó a contar hilarantes historias, en especial sobre sus clientes. Ambos quedaron prendados de Madame Cottin. Las lágrimas le corrían por las mejillas al contar sus divertidas historietas sobre cómo ajustaba corsés a señoras (e incluso a caballeros). Tras haber comido con muy buen apetito, se dio una palmada en su estómago bien alimentado y dijo que era un anuncio viviente de sus propias mercancías. «¡Realmente voy bien servida!». Rió y separó las manos como un pescador que muestra el tamaño de la pieza cobrada. El panadero, de hecho, al tropezar con su mirada desde el otro lado de la sala, malinterpretó el gesto y lo superó abriendo los brazos todo lo que pudo, con radiante sonrisa. La velada transcurrió rápidamente, como si el relojero, que estaba sentado en la mesa contigua, hubiera triplicado la velocidad de todos los relojes de pared y pulsera.
Los amantes acompañaron a Madame Cottin a su habitación, que casualmente era la siguiente a la suya, al otro lado de la cabecera de la cama. Noche tras noche habían oído desgarradores sollozos procedentes de aquel dormitorio. Su admiración y respeto por ella se acrecentaron aún más: comprendieron lo que le costaría reprimir su aflicción todo el día. Y una vez más, esa noche, al caer el uno en los brazos del otro y empezar a desvestirse mutua e impacientemente, oyeron el rumor de la congoja de Madame Cottin detrás de la pared. Pronto dejaron de oírlo, sin embargo, perdidos en su propia incontinencia.
Más tarde tuvieron su primera disputa de amantes. Fue muy alegre y en ningún momento superó el tono de un susurro. Él estaba convencido de que estaban cayendo estrellas a través del cielo negro que se veía por la ventana, y ella sostenía que eran rosas blancas. Pero entonces pasó flotando algo que indudablemente era un naranjal y, dejando los susurros, se quedaron contemplándolo, admirados. Las brillantes naranjas relucían en el oscuro follaje susurrante. Los amantes salieron al balcón para ver cómo se hundía el naranjal en el lago. Cada fruta siseó por separado y se extinguió al tocar el agua quieta.
Sin que pudieran verla, Madame Cottin se hallaba al mismo tiempo asomada al balcón. No conseguía dormir. Vio que en el lago había centenares de fanales, y un paño negro los fue apagando uno a uno. Había pasado otra noche llorando. Tras desvestirse y ponerse su camisón de algodón, vertió el frasco de cristal casi lleno de sus lágrimas.
Totalmente agotados, los amantes yacían en la cama uno junto a otro. Era extraño y refrescante no tener que escuchar ningún rumor de aflicción. No tenían idea de qué hora era. El tiempo, que había volado durante la cena, ahora se arrastraba para Madame Cottin, tumbada con los ojos abiertos en la oscuridad; y, de un modo diferente, no existía para los huéspedes dormidos, para los muertos depositados en las frías despensas ni para los amantes. Sus almas, columpiándose al borde del sueño, como alguien que oprimido por el calor se hace la cama en el balcón, peligrosamente, se acompasaron con el total silencio. El oído de ella era más fino que el de él, y oyó silencios que el joven no captaba. Ni siquiera se tocaban sus dedos. De vez en cuando la mano del joven jugueteaba cansadamente con la colina enmarañada de su vello púbico, con más afecto que lujuria; y a ella le gustaba que él le hiciera eso.
Él rompió el silencio murmurando que su montículo le recordaba una colina donde muchas veces había jugado y comido de niño. La colina estaba recubierta de helechos, y había jugado a cazador y cazado con un primo. Recordaba el temeroso placer de acechar o ser acechado a través de los rígidos helechos con su intenso olor veraniego. Era la única vez en su vida en que se había sentido realmente próximo a la tierra.
—Mi padre dice que hay cuatro personas presentes siempre que se hace el amor —dijo él—. Están aquí ahora, por supuesto. Mis padres.
La joven vio la austera figura de Freud a los pies de la cama, junto a su tímida esposa. El traje negro de Freud y el camisón blanco de su mujer se disolvían y fundían en el vestido de la joven, oscuramente tirado en el suelo, donde él lo había arrojado.
Lo que más les gustaba eran las puestas de sol. De las montañas emanaban nubes rosadas, como flores. (De hecho, la anciana enfermera vio una noche todo el cielo transfigurado en una enorme rosa carmesí, con innúmeros pétalos entretejidos; y sumisamente fue derecha a contárselo al comandante.) Aunque eternamente inmóvil, la rosa parecía girar sobre sí misma, y los amantes tuvieron la misteriosa impresión de que toda la tierra estaba girando. Así también giraban sus pechos en las manos del joven, a medida que la noche iba cubriéndoles; y asimismo daba vueltas su lengua mientras agitaba delicadamente el sexo de ella, o trataba de penetrar más y más dentro, como si quisiera forzarla en la ladera de su montaña. Ella se estaba abriendo de tal modo que sentía que su vagina se ahuecaba hasta formar una caverna, de suerte que expelió aire como una ventosidad y a su rostro afluyó el rubor, aunque ella y él sabían que no era tal cosa.
El tiempo, con sus suaves manos de cirujano, estaba curando silenciosamente a Madame Cottin. Mientras los amantes pasaban el día en el aire enrarecido de la habitación, ella salía a pasear en torno al lago con el padre Marek, el anciano y bondadoso sacerdote católico. Sus convicciones representaban un gran consuelo para ella. La apremió a retornar al seno de la Iglesia, comparando sus efectos con uno de sus corpulentos corsés. Los dogmas religiosos, le dijo sonriendo, eran las barbas de ballena del alma. La analogía la deleitó, y lanzó una risita sofocada. Tras un hermoso y largo paseo matutino a través de los bosques y las flores silvestres, el cura y la corsetera pararon a tomar un refrigerio en una agradable posada junto al lago, a kilómetros de cualquier lugar. Al llevar el pan y el queso a una de las mesas en la ribera fluvial, vieron a Vogel y a Bolotnikov-Leskov. Se sintieron obligados a reunirse con ellos, aunque ninguna de las partes deseaba el encuentro. Bolotnikov-Leskov se hallaba en mitad de una perorata política, y había cobrado demasiado ímpetu para interrumpirse. El problema, explicó mientras Madame Cottin sonreía tristemente y dejaba que la mirada errase por el lago, era que su partido era el mejor para las masas, pero desgraciadamente ellas no podían darse cuenta. Temía que la única respuesta fuese la bomba.
El ojo de águila de Vogel captó el temblor de la mano del cura mientras este bebía su zumo de ciruela; notó también su tez colorada. Su formación jurídica le reveló que el eclesiástico había sido enviado de vacaciones para desintoxicarse. Ambos corseteros, el varón y la mujer, concluyeron rápidamente el pan y el queso y se disculparon por su apresurada marcha. Dijeron que querían bordear todo el lago.
Los jóvenes amantes estaban viviendo su segundo altercado, esta vez más serio. Él la estaba interrogando celosamente acerca de la relación sexual de ella con su marido; aquello la irritó porque era improcedente y pertenecía a un remoto pasado. La discusión sacó a relucir, por primera vez, la inmadurez del muchacho; la escasa diferencia de edad no había parecido significativa hasta entonces. En realidad ella ni siquiera la había notado. Pero de pronto resultaba demasiado evidente, en aquel arrebato de celos a propósito de los difuntos. De ahí pasó a enfadarse por otras cosas, como los fétidos cigarrillos turcos que él fumaba todo el tiempo, llenando la habitación de un olor rancio e indudablemente arruinando para siempre su voz de cantante.
Al final, por supuesto, fue incluso más encantador que antes. Amorosamente acoplados en la cama, mirándose a los ojos, no podían creer que hubiesen intercambiado palabras hostiles. Pero tuvo que demostrar que pensaba más en él de lo que había pensado en su marido mediante una acción insólita: metiéndose su pene en la boca. Fue terriblemente íntimo hallarse cara a cara con aquel rico bulbo de tulipán, aquel monstruo rezumante y húmedo. En realidad, absorberlo con la boca era tan inconcebible como meterse una verga de toro. Pero cerró los ojos y lo hizo, con temor, para demostrarle que le amaba más que a su marido. Y no era desagradable, distaba tanto de serlo que sucumbió a la curiosidad; apretó, acarició y chupó el mástil de tal forma que se dilató aún más en su boca y eyaculó dentro de ella. Movido por los celos, la insultó en términos groseros, lo que a ella le excitó de un modo sumamente peculiar.
Era una excitación nueva, justamente en un momento en que pensaban que habían llegado al fin de la novedad. Por obra de una curiosa transubstanciación, aproximadamente al mismo tiempo sus pechos empezaron a dar leche; durante tanto tiempo habían sido lamidos.
Cuando bajaron a cenar, sus pechos reventaban. Disfrutaron del barullo de la actividad, la risa de los huéspedes, el dinamismo de los camareros, la vivacidad de la orquesta zíngara, el aroma de los platos; sus senos, fuertes y robustos bajo la seda mientras caminaba entre las mesas, gozaban de todo ello. La atmósfera del hotel blanco se había restablecido. El tiempo había curado. El espíritu animal había revivido. La orquesta zíngara había encontrado un huésped italiano que tocaba el violín incomparablemente mejor que el violinista muerto, de modo que los músicos, aunque lloraban a su compañero, se regocijaban con el espléndido sonido que estaban produciendo, puesto que el nuevo violín estimulaba sus modestas habilidades hasta nuevas cumbres.
Debido a la partida de varios clientes, el jefe de camareros pudo ofrecer a los jóvenes amantes una mesa mejor y más grande. Se sentaron a cenar con Madame Cottin y con el cura. La pareja mostraba un talante relajado y jovial tras pasar todo un día al sol y al aire fresco. El anciano de rostro colorado trazó con la mano un ademán aprobatorio y permisivo cuando la joven se abrió la parte delantera de su vestido, explicando lo llenos y doloridos que tenía los pechos. El cura lo comprendió, porque su madre había sufrido la misma dolencia en sus años mozos. Tras limpiarse los labios con una servilleta, el joven se inclinó para cubrir el pezón con la boca, pero antes de que pudiera hacerlo manó leche encima del mantel. Ella se puso muy roja y se deshizo en disculpas, pero el padre Marek y Madame Cottin rieron, censurando su turbación, y un camarero llegó sonriente y limpió diestramente el salpicón con un paño blanco, dejando tan solo una tenue mancha. Preguntó si querían un mantel nuevo, pero todos dijeron que no era necesario; no era más que leche inocua.
La joven vio al cura mirando ansiosamente su seno rellenito mientras su amante chupaba. El cura jugaba con un vaso de agua y en su fuero interno anhelaba una bebida más fuerte. Ella le preguntó si no le importaría ocuparse del pecho que quedaba, y beber de él.
—¿Está segura de que no le importa? —dijo el anciano sacerdote, conmovido y halagado—. Reconozco que es muy tentador.
Miró de soslayo a Madame Cottin, que sonrió, aquiescente:
—Lo es, ¡desde luego! Después de todo hemos dado un largo paseo. —Apuró su vaso de vino y se sirvió otro—. Le sentará bien. ¡El agua no es bebida de hombres!
Él parecía todavía indeciso, vergonzoso.
—Me encantaría que lo hiciera —dijo la joven—. Por favor.
Y el joven apartó la boca del grueso pezón para decir:
—Hágalo, por favor. Es demasiado para mí, sinceramente.
El cura no necesitó más invitación y pronto estaba mamando, muy contento. No menos feliz y aliviada, la joven se echó hacia atrás y acarició el denso pelo liso de su amante y la rala testa del clérigo. Ella notó que el sol había herido la parte superior de la cabeza eclesiástica. Por encima de las dos cabezas, la joven sonrió a los ocupantes de la mesa contigua: el panadero, su mujer y los dos niños. Estaban dando sorbos de sus vasos de agua. El panadero había hecho ahorros durante unos años para aquellas vacaciones, pero no podía permitirse despilfarros. No obstante, devolvió la sonrisa al sediento cuarteto.
—No se lo reprocho, ¿y tú? —comentó a la mujer y a los hijos—. Si puedes hacerlo, ¿por qué no disfrutarlo mientras puedas?
Su mujer, cuya envidia cesó ante el aroma del pato asado que le habían servido en aquel momento, omitió el ácido comentario que estaba a punto de hacer y dijo simplemente:
—Bueno, es bonito ver alegre a todo el mundo.
En efecto, no había un solo rostro mohíno en el gran comedor, como si todos hubieran decidido simultáneamente compensar esa noche la tristeza de las cenas anteriores. Por su parte, los camareros expresaban un ánimo festivo, dando saltitos al compás de la música mientras pasaban corriendo y fingían hacer juegos malabares con las bandejas cargadas. Incluso el corpulento cocinero abandonó sus hornos y se asomó a ver la causa de tanta alegría. Recibió un aplauso clamoroso e hizo una mueca para expresar su deleite, secándose el sudor que le empañaba la cara redonda. Madame Cottin se levantó, fue hacia él y le hizo entrega de su vaso de vino vacío. Le señaló a sus amigos absortos y tiró del brazo del chef. Tímido, a regañadientes, dejó que empujaran su oronda armazón por la sala, mientras su amplia sonrisa enseñaba el hueco donde le faltaba un diente. Hubo aplausos y pataleos cuando Madame Cottin le acercó hasta la mesa. La joven de busto desnudo sonrió y saludó con la cabeza al tímido gigante de sonrisa abierta, y suavemente apartó del pezón a su amante. (El cura, feliz, seguía chupando, sin siquiera haberse percatado de los joviales sucesos que tenían lugar alrededor.) El joven, con los labios manchados de blanco, otorgó sonriente su espontáneo acuerdo, y el cocinero, inclinándose, tomó tiernamente el pezón turgente con el pulgar y el índice y lo ordeñó poniendo debajo el vaso de vino. Cuando estuvo lleno, lo levantó en el aire triunfalmente y bebió la dulce leche de un único y sustancioso trago. Ante los agradecidos comentarios de todos los comensales sobre la calidad de su cocina, volvió hacia la misma con una amplia sonrisa y las puertas de batiente se cerraron tras él.
En una mesa grande que ocupaba una familia de ocho personas, la festiva algarabía rivalizó con la mesa de los jóvenes amantes, disputándoles la divertida atención de los demás huéspedes. Estaban despachando botellas de dos litros de champán en un tiempo récord; rompían vasos, pronunciaban clamorosos brindis, y voces discordantes pero alegres entonaban las canciones zíngaras. Circuló el rumor de que el cabeza de familia, un anciano holandés casi ciego, había escalado la montaña de detrás del hotel y había regresado con una tradescantia, así llamada porque solo crece en lugares elevados y en fisuras de rocas únicamente accesibles a una 3 El anciano se había consagrado tardíamente a la botánica, y el hallazgo de aquel día culminaba su sueño más querido.
Cuando oyeron todo esto, Madame Cottin y la joven intercambiaron murmullos y llamaron al camarero. Acudió prestamente, todo oídos, y a continuación, con la misma agilidad, se plantó de un salto ante la familia de holandeses para transmitirles la invitación de la joven. Casi antes de que pudiera terminar sus palabras, todos saltaron de las sillas y cruzaron el comedor como un rayo para aceptar la amable oferta. Y en cuanto acabaron su vaso de leche o bebieron directamente de su pecho, otros risueños huéspedes, ligeramente achispados, se levantaron para unirse a la cola. También la orquesta pidió su refrigerio. E incluso Vogel, sin perder por un instante su expresión altanera y su aire aburrido (como si dijera: aquí estoy, luego más vale que me una al rebaño), se acercó y mamó fugazmente del seno. Al volver junto a su hermana, se limpió la leche de los labios con una mueca sarcástica.
Declinando de repente, el sol pintó de mantequilla los árboles que se veían por las puertaventanas, y los huéspedes se serenaron. El cura, satisfecho, separó la boca del pezón y dio las gracias; entonces sintió una punzada de dolor en el corazón al recordar a su madre, le invadió un sentimiento de culpa al evocar su soledad y su pobreza, tan remota en su Polonia natal. Además, tristemente, había incumplido su voto. Tenía que prepararse para la misa de cuerpo presente en beneficio de las víctimas de la inundación y el incendio. Le tentaba más descabezar un sueño, pero debía cumplir con su deber. Se levantó y buscó al pastor. Iban a compartir las tareas de su ministerio. La joven se abrochó el vestido.
Sintió la mano de su amante tocándola por debajo del mantel. Habían bebido tanto que a ella le daba vueltas la cabeza. Su amante y Madame Cottin tuvieron que sostenerla mientras caminaba lentamente hacia la puerta del comedor. Protestó diciendo que se podía arreglar perfectamente, y pidió a Madame Cottin que subiera delante y cogiera el abrigo para ir al entierro. Pero la corsetera dijo que no iba. No podría soportarlo.
Ya en el dormitorio, Madame Cottin desnudó a la joven y la acostó con dulzura en la cama. El pene del joven amante había permanecido en su vagina incluso mientras subían despacio las escaleras; y entonces la afable viuda le dejó puestos el corsé y las medias para que él pudiera seguir dentro de ella todo el tiempo. La amante oyó vagamente los cánticos del cortejo al salir rumbo al cementerio, y tendida en la cama gozó apaciblemente de su amigo. Tenía los ojos cerrados, pero sintió que él le cogía la mano y se la guiaba adonde quería que sus propios dedos penetrasen también en la vagina, al lado de su falo. Amén de la uña acariciante de su amiga, el amante sintió la dureza del anillo de Madame Cottin.
—Me ayuda a sobrellevar la pena —murmuró la corsetera, y la joven musitó que la entendía: también su anillo de boda había sido una ayuda en la pesadumbre, y todavía no soportaba la idea de quitárselo del dedo.
Transportaban los cadáveres en carretas; las oyeron pasar traqueteando a través de los pinos antes de sumirse en el silencio. La joven se sintió vacía en donde más llena estaba, y pidió más, soñolientamente. Al abrir los ojos con esfuerzo, vio a su amante y a Madame Cottin besándose apasionadamente.
El sendero que bordeaba la orilla hasta el cementerio de montaña era muy largo, y el cura ya había recorrido a pie el trayecto ese mismo día. Además, se sentía pesado por los alimentos que había comido y el fuerte licor que había bebido. Era evidente que otros se encontraban en su mismo estado, y pronto se cansaron de cantar los himnos funerarios. Guardaron silencio, escuchando el chirrido de las ruedas de carreta sobre el camino arenoso.
El sacerdote entabló una vacilante conversación con el pastor. Era la primera vez que conversaba algo extensamente con un ministro de la fe opuesta; pero el desastre crea extrañas relaciones, pensó. Fue un diálogo interesante sobre temas de doctrina. Por lo menos podían estar de acuerdo en que el amor de Dios estaba más allá de todo análisis. Abarcaba sin costuras ni fisuras la totalidad de Su creación. Ahora se tambaleaban de fatiga —porque el pastor tampoco era joven— y dejaron de hablar para conservar las fuerzas. Los pensamientos del cura volvieron a centrarse en el pecho que le había amamantado. Trató de recordar su redondez y calor. Pensó también en Madame Cottin, que le había dado tan buen consejo, en la caminata de aquel día, sobre sus sentimientos de culpabilidad.
Las amplias carnes de Madame Cottin, liberadas de las barbas de ballena que se le clavaban después de la copiosa cena, estaba siendo cosquilleada y hurgada por sus dos jóvenes amigos, y se revolvía, chillaba y reía al debatirse por escapar de sus manos. Había confesado tontamente que tenía cosquillas, y se aprovechaban plenamente de ello. No era rival para un joven fuerte, y mucho menos para una joven que también se abalanzaba sobre ella. Una o dos veces casi llegó a zafarse y a saltar de la cama, pero en ambas ocasiones el joven hincó los pulgares en la parte más tierna de sus muslos y ella tuvo que rendirse, tendida y jadeante. Entonces, debilitada y perdido el equilibrio, le agarraron por las piernas y se las abrieron de par en par, y ella gritó y se debatió de nuevo, muerta de risa mientras le cosquilleaban los pies. El joven se instaló entre sus piernas y acalló sus gritos con un beso, y tuvo que prometer, para poder respirar, que sería buena chica y le dejaría hacer. Madame Cottin jadeó y rió, más sosegada, y su risa dio paso a rápidas inhalaciones de sus labios, que sonreían tenuemente o besaban los de él con breves y veloces toques.
Mientras una fuerte brisa tiraba del dobladillo de su abrigo castrense, el comandante Lionheart recordó otros entierros multitudinarios a los que había asistido y todas las cartas que había tenido que escribir. Cuando el color ya desertaba el cielo y el día comenzaba a oscurecer bajo la sombra de la montaña, creyó ver un naranjal que descendía flotando rumbo al lago; y también vio rosas. La impresión fue lo suficientemente vívida para decidirle a mencionar el hecho durante la próxima reunión, proyectada para la noche siguiente. Las rosas coincidían extrañamente con la visión que había tenido la anciana enfermera. Antes no le había prestado demasiada atención, pues la mujer rondaba la edad en que se chochea. Sintió pena por la callada, triste y encantadora muchacha a cargo de la anciana. Pero tal vez esta había visto realmente una rosa en el crepúsculo. La tradescantia... también eso era raro. El padre Marek empezó a dirigir la palabra a la hilera del frío y envarado cortejo, y el comandante desvió su pensamiento hacia el atractivo y joven teniente —su sobrino— que llegaría en el primer tren del día siguiente. Pasarían un buen rato esquiando. Allí arriba estaba su pendiente favorita.
El universo, pensó Bolotnikov-Leskov, es una célula revolucionaria que comprende un solo miembro: el número perfecto para la seguridad. Dios, si existiese, apretaría los dientes bajo la más cruel tortura y de sus labios no saldría una sola palabra de traición, puesto que no tendría nada que traicionar, nada sabría.
Escuchando solo a medias lo que musitaba el sacerdote, contempló a sus pies con curiosa indiferencia la tapa del féretro que ocultaba el cuerpo de la ingenua joven que había compartido su fervor; de hecho, había sido tan devota que le hablaba del advenimiento de la edad dorada incluso mientras hacían el amor.
Los gatos, pensó el violinista Enrico Mori, no tienen quien les lea consoladoras mentiras. Los gatos saben que no hay resurrección, salvo si la trasplanto a mi música. Acarició la cabeza del gato negro que les había seguido a lo largo de todo el camino desde el hotel. Descansaba ronroneando en los brazos de la prostituta aquejada de cáncer. Sabía que era una prostituta porque una vez ella le había mantenido mientras estudiaba música en Turín. Se habían reconocido la primera noche, y la ramera se sonrojó al verle y se alejó.
En su alocución, el padre Marek estaba hablando del sudario de Cristo, manchado con Su sangre. Su faz milagrosa estaba diciendo: «Confiad en mí, yo he soportado por vosotros la oscuridad y el frío de la tumba». Mori advirtió que el pastor, situado junto al sacerdote, parecía incómodo. Por supuesto, pensó, no le gusta esta charla a base de imágenes.
Cuando el pastor se hizo cargo del oficio, leyendo el entierro protestante, Mori miró abajo, a su derecha, donde reposaba un ataúd diminuto. Los llorosos padres lo cubrían de flores. Mori solo había hablado unos minutos con la niña; ella le había preguntado si podía probar su violín. Pero en tan breve tiempo se habían hecho amigos, y sufrió un sobresalto al enterarse de que había muerto abrasada.
Le divirtió, no obstante, ver que el gato saltaba de los brazos de la prostituta y salía disparado por el sendero como alma que lleva el diablo. Pronto se perdió de vista en el camino que llevaba al hotel. Convocado a vísperas, pensó Mori, porque las campanas de la iglesia de detrás y encima del hotel blanco habían empezado a repicar; el sonido se esparció débilmente a través del lago y un pescador solitario en el medio del agua comenzó a quitarse el sombrero. A la derecha de Mori, la madre de la chiquilla se desplomó en el suelo y, como obedeciendo a una señal, otras mujeres de la fila se desvanecieron. Ese era el problema de un oficio fúnebre mixto, pensó Mori: es demasiado largo, crea una excesiva tensión nerviosa.
Un trueno estalló en los oídos de todos los presentes, y Lionheart, mirando hacia arriba, supo que el final había llegado. Había oído en su vida truenos más tonantes, y siempre había escapado sano y salvo; pero esta vez no había escapatoria. El pico de la montaña se había desgajado, y gigantescos cantos rodados bajaban retumbando por las faldas del monte. Las personas en duelo habían iniciado un himno propiciatorio, y por un momento pareció que la música sostuviera las piedras en mitad del aire. La tierra se estaba abriendo a sus pies.
La joven vio cómo los dolientes caían en la zanja uno tras otro, como afligidos por una pesadumbre intolerable, uno por uno. Contempló cómo se crispaban convulsivamente y la tierra y las rocas se derrumbaban sobre ellos. La oscuridad, esa noche, cayó de un modo muy súbito mientras escuchaban, tumbados en la cama, el silencio tras el trueno. Frío bajo la sombra de la montaña, el aire seguía siendo cálido en torno al hotel blanco, y dejaron la ventana abierta. El lago bebió de un trago la luz del sol, y no hubo luna que la reemplazara. Todos tenían mucha sed, y el joven tocó el timbre para llamar a la sirvienta. La muchachita japonesa se sobresalió al ver tres cabezas en la almohada, y ellos festejaron con una risita su desconcierto. Les llevó tres vasos y una botella de litro de vino.
El vino de mucho cuerpo les revivió. La experiencia había sido incomparable para los tres y hablaron de ella, dichosos. Madame Cottin observó, complacida, que los jóvenes amantes conservaban incólume su mutuo afecto y lo demostraban por medio de besos y juguetones mordisquitos.
Lejos de dañar su amor, la experiencia lo había robustecido; o por lo menos eso creía la joven. La generosidad siempre recompensa a quien la ejerce, y su amabilidad con la mujer solitaria y afligida había estrechado aún más su vínculo. De modo que se sentía feliz. Y su amante también lo era porque estaba tumbado cómodamente entre ambas, carne sabrosa entre dos rebanadas de pan. Bebió, encendió un cigarrillo turco para Madame Cottin y se lo entregó; encendió otro para él, dio una bocanada, exhaló el humo con un suspiro de placer y se volvió para dar a su amante un beso afectuoso.
Madame Cottin les envidió sus firmes cuerpos jóvenes, pues a los treinta y nueve años sabía que había rebasado con creces sus tiempos mejores. Y las campanas de la iglesia, repicando como si viniesen de la habitación de arriba, acrecentaron su melancolía. Probablemente, lo máximo que podía esperar de la vida a su edad eran unas breves aventuras como aquella; pero la mayor parte del tiempo solo poseería soledad. Alcanzó la botella de vino y se sirvió otro vaso; pero el líquido dejó de caer cuando el vaso se hallaba medio lleno.
—¿No hay más que esto? —preguntó, excusándose.
—Es todo lo que sabemos al respecto —dijo la joven, con tono pensativo—. Es lo único de lo que podemos estar seguros. Completamente seguros.
Puesto que habían terminado el vino, el joven empezó a mimar los pechos rellenos y más bien fláccidos de Madame Cottin. Le separó las piernas y se encaramó sobre ella. La joven ofreció un pezón a la corsetera, puesto que el vino se había transformado en leche y tenía otra vez los senos doloridos y llenos. Madame Cottin se lo llevó con gratitud a la boca. Al mismo tiempo él se puso a chuparle el suyo, y el círculo del placer se hizo casi completo. El joven estaba muy excitado, con el pene muy tieso, y empujaba tan fuerte que Madame Cottin gritó; al hacerlo juntó los dientes y mordió el pezón de la joven, extrayendo sangre mezclada con leche. Era ya tarde cuando Madame Cottin se vistió y volvió a su habitación. El hotel estaba oscuro, silencioso.
El timbre nocturno despertó al adormilado portero de noche. Al abrir la puerta entraron Bolotnikov-Leskov y Vogel; parecían cansados, sucios, despeinados. Ambos pidieron que les subieran a sus habitaciones gran cantidad de café, un generoso brandi y una ronda de bocadillos, así como los periódicos habituales de la mañana. Bolotnikov-Leskov deseó cortésmente buenas noches a Vogel al separarse en el primer piso. Ni siquiera le gustaba el abogado, pero compartían los mismos principios generales en la vida. Además, Vogel era un superviviente, como él mismo, y hombres así valen lo que mil derrotados virtuosos.
Hacia el atardecer del día siguiente él estaba intranquilo y sugirió que se levantaran de la cama y salieran a pasear por las montañas. Ella estaba cansada y hubiera preferido un paseo junto al lago: quizá con Madame Cottin. Mientras sus ojos se iban acostumbrando al diluvio de luz, la joven vio que la pequeña sirvienta japonesa había estado llorando. Le preguntó si le ocurría algo, y la muchacha le habló del desastroso desprendimiento de tierra que había sepultado a los dolientes. Estaba muy trastornada porque había cogido cariño al comandante inglés, que fue una de las víctimas. Había descubierto, sorprendida, que el militar visitó antaño su patria e incluso conocía un poco de su lengua. Solo, a la espera de que llegase un sobrino suyo que era teniente del ejército, le había pedido que saliera con él de paseo durante las horas que ella tenía libres por la tarde. Se había interesado mucho por sus estudios y había demostrado ser un amigo inteligente y afable. Le echaría de menos.
Agradecida por la comprensión de la joven, la sirvienta se disculpó un momento y volvió apretando contra el pecho un libro delgado que dijo que el militar le había dado justamente la víspera, durante su último paseo juntos. La joven cogió el libro y vio escrito en la sencilla cubierta: Reina de los prados, poemas de Harold Lionheart. Hojeó rápidamente los veinte o pocos más poemitas del volumen y lo devolvió a su dueña con un gesto de entendimiento.
—Es un recuerdo suyo —dijo.
Con los ojos humedecidos, la muchacha abrió el libro por la primera página y se lo volvió a entregar. La joven vio unos versos escritos con buena caligrafía y con la siguiente rúbrica: «Con amor, el comandante Harold Lionheart». La muchacha explicó que ella le había hablado de unos pequeños versos que debía escribir durante las vacaciones por encargo de su profesor. Y el día anterior, al llevarle el té de la mañana, el militar le había regalado el libro con los versos japoneses traducidos en la primera página. El detalle conmovió tanto a la chica que le arrancó lágrimas. La joven leyó las líneas caligrafiadas:
Al ocaso,
hasta el hueso de la ciruela puede tornar
carmesí el lago verde.
La ciruela que se casa
con un buey puede esperar
gran tristeza, magno júbilo.
Como morder una ciruela
para llegar al hueso, la pasión
dura esta hora solamente.
Cuando la ciruela madura
el cisne vuela. Cuando mi amor
está cerca, mi corazón canta.
Detrás del hotel, el sendero que ascendía la montaña era rocoso y escarpado, serpenteando entre grupos de alerces y pinos. Al principio caminaron con sendos brazos en torno a ambas cinturas; pero en cuanto se estrechó la senda y se volvió más empinada, él dejó que ella fuera delante. Llevaba la ropa más inadecuada para una escalada, pero era el único vestido que tenía. En el calor muerto, el sudor le pegaba el vestido a las nalgas y a los muslos; y él no pudo resistir la tentación de deslizar su mano de vez en cuando por la hendidura entre las dos piernas. Llegaron a una terraza fresca y herbosa donde la aguja de la iglesia anidaba entre los tejos. Haciendo un alto para respirar, él le rodeó con los brazos la cintura y le giró la cara para poder besarle la garganta y los labios. La acostó sobre la hierba corta.
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