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Para todos los profesionales de la salud mental, defensores y pioneros. Gracias por esparcir la luz. Y a todos los trabajadores esenciales que recientemente redefinieron la palabra heroísmo.


PRÓLOGO

UN REGRESO JUSTO
Comenzó a mitad de la noche, mientras el mundo dormía. Ni bien la luz de los faroles de la calle se desvaneció y su intensidad disminuyó en el Reino del Sur, cientos de hombres de todo el reino (trescientos treinta y tres para ser exactos), de pronto, salieron de sus casas al mismo tiempo.
Esta actividad peculiar no había sido planeada ni ensayada. Los hombres nunca habían hablado de esto y ni siquiera conocían la identidad de sus compañeros. Provenían de distintas aldeas, de distintas familias y orígenes, pero todos estaban secretamente unidos a una causa maléfica. Y esta noche, luego de permanecer un largo tiempo en silencio, esa causa finalmente cobraba vida.
Cada uno de ellos salió a la noche con una túnica plateada inmaculada que prácticamente brillaba a la luz de la luna. Llevaban máscaras del mismo color con dos ranuras sobre sus ojos, cubriéndolos casi por completo, y un lobo blanco y feroz en el pecho. Los uniformes ominosos los hacían ver más como fantasmas que como humanos, aunque, en muchos sentidos, sí eran fantasmas.
Después de todo, habían pasado siglos desde la última aparición de la Hermandad de los Justos.
Los hombres abandonaron sus hogares y se aventuraron hacia la oscuridad, todos en la misma dirección. Viajaban completamente a pie y caminaban tan lento que sus pisadas no emitían ningún sonido. Una vez que dejaron sus pueblos y aldeas atrás y se aseguraron de que nadie los hubiera seguido, encendieron sus antorchas e iluminaron el camino por delante. Sin embargo, no avanzaron por los caminos de piedra por mucho tiempo; su destino se encontraba más allá de cualquier ruta transitada y no figuraba en ningún mapa.
La hermandad cruzó colinas verdes, atravesó pantanos densos y arroyos someros mientras caminaban por territorio inexplorado. Nunca habían ido a su destino ni lo habían visto con sus propios ojos, pero tenían tan presentes las indicaciones que cada árbol y roca se sentía como un recuerdo.
Algunos hombres habían viajado desde mucho más lejos que otros. Algunos avanzaban rápido y otros mucho más lento, pero dos horas pasadas la medianoche, los primeros de los trescientos treinta y tres viajeros empezaron a llegar. Y el lugar era exactamente como esperaban.
En la parte más al sur del reino, a los pies del cordón montañoso del Mar del Sur, se encontraban las ruinas antiguas de una fortaleza caída en el olvido. Desde lejos, la fortaleza parecía el esqueleto de una criatura enorme que el mar había arrastrado hacia la orilla. Tenía paredes de piedra escarpadas que estaban horriblemente dañadas y destruidas. Había cinco torres a punto de derrumbarse que se elevaban hacia el cielo como dedos de una mano esquelética y numerosas rocas filosas que colgaban sobre un puente levadizo como dientes de una boca gigante.
La fortaleza no estaba ocupada desde hacía más de seiscientos años, incluso las gaviotas la evitaban cuando volaban por la brisa nocturna. Pero más allá de su aspecto tenebroso, era sagrada para la Hermandad de los Justos, ya que era el lugar de nacimiento de su clan, un templo para sus creencias, y había servido de cuartel general durante los días en los que imponían su Doctrina Justa sobre el reino.
Pero luego llegó un tiempo en el que la hermandad había impuesto con tanto éxito su doctrina que ese centro de operaciones ya no era necesario. De este modo, cerraron las puertas de su amada fortaleza, colgaron sus uniformes y se recluyeron. Con el paso del tiempo, su existencia se convirtió en un mero rumor que luego se transformó en un mito, un mito que casi cayó en el olvido. Durante siglos, generación tras generación de la hermandad permaneció al margen y en silencio mientras admiraba la forma en la que sus ancestros habían moldeado al Reino del Sur y, por consiguiente, al resto del mundo.
Pero el mundo estaba cambiando. Y el silencio de la hermandad estaba llegando a su fin.
Temprano ese día, una serie de banderas con la imagen de un lobo blanco aparecieron a lo largo de los pueblos y aldeas del Reino del Sur. Las banderas eran pequeñas y la mayoría de los ciudadanos apenas las notaban, pero para estos trescientos treinta y tres hombres, las banderas acarreaban un mensaje inconfundible: era hora de que la Hermandad de los Justos regresara. Y entonces, más tarde esa noche, cuando sus esposas e hijos dormían, los hombres recuperaron sus uniformes de sus escondites, se vistieron con sus túnicas plateadas, se pusieron las máscaras plateadas sobre sus rostros y abandonaron sus hogares para dirigirse a la fortaleza del sur.
Los primeros en llegar tomaron sus posiciones en el puente levadizo y vigilaron la entrada. A medida que llegaba el resto, formaron una fila y recitaron un antiguo pasaje antes de ingresar: “Todos han de temer a los tres treinta y tres”.
Una vez que se les permitió entrar, la hermandad se reunió en un patio inmenso en el corazón de la fortaleza. Los hombres se quedaron parados en completo silencio, mientras esperaban a que el resto del clan llegara. Se miraban entre sí con extrema curiosidad, ya que ninguno de ellos había visto a otro compañero del clan antes. Se preguntaban si reconocían a alguno de los ojos que los miraban a través de las máscaras, pero no se atrevían a preguntar. La primera regla de la Hermandad de los Justos era nunca revelar la identidad, en especial entre compañeros. Según ellos, la clave del éxito de una sociedad secreta era que todos se mantuvieran en secreto.
Cinco horas pasada la medianoche, los trescientos treinta y tres miembros finalmente estaban presentes. Una bandera plateada con la imagen de un lobo blanco se mecía en el viento sobre la torre más alta para marcar el regreso oficial de la hermandad. Una vez izada la bandera, el Alto Comandante del clan se presentó y colocó una corona con espinas de metal sobre su cabeza. El resto de los hombres hicieron una reverencia ante su superior mientras subía a la plataforma de piedra, donde el resto de los trescientos treinta y dos pares de ojos podían verlo.
–Bienvenidos, hermanos –dijo el Alto Comandante, extendiendo sus brazos–. Es una vista gloriosa verlos a todos reunidos aquí. Hace más de seiscientos años que no llevamos a cabo una reunión de estas características y estoy seguro de que nuestros padres fundadores se sentirían orgullosos de saber que la hermandad ha sobrevivido el paso del tiempo. Durante generaciones, los principios y las responsabilidades de esta hermandad pasaron de padre a hijo mayor en las trescientas treinta y tres familias más puras del Reino del Sur. Y en el lecho de muerte de nuestros padres, juramos dedicar nuestra completa existencia, en esta vida y lo que siga en el más allá, a proteger y preservar nuestra Doctrina Justa.
El Alto Comandante hizo un gesto con una de sus manos y comenzaron a recitar apasionadamente la Doctrina Justa al unísono con perfección:
–La humanidad debe dominar y los hombres deben dominar a la humanidad.
–Así es –continuó el Alto Comandante–. Nuestra doctrina no es solo una simple opinión, sino que es el orden natural. La humanidad es la especie más fuerte e inteligente de este planeta. Fuimos creados para dominar y nuestro dominio es la clave de la supervivencia. Sin hombres como nosotros, la civilización colapsaría y el mundo caería en el caos de los tiempos primitivos.
»Durante miles de años, esta hermandad luchó contra fuerzas oscuras y antinaturales que amenazaron el orden natural, y nuestros ancestros trabajaron incansablemente para asegurar la supremacía legítima de la humanidad. Desestabilizaron comunidades de trolls, goblins, duendes, enanos y ogros para que las criaturas hablantes nunca pudieran organizarse y atacarnos. Privaron a las mujeres de educación y oportunidades para evitar que el sexo débil subiera al poder. Y lo más importante de todo, nuestros ancestros fueron los primeros en declararle la guerra a la blasfemia de la magia y hacer caer a todos sus practicantes enfermos en el olvido.
Los hombres del clan levantaron sus antorchas alto sobre sus cabezas y celebraron los actos heroicos de sus ancestros.
–Hace seis siglos, la hermandad logró su mayor proeza –continuó el Alto Comandante–. Nuestros ancestros idearon un plan meticuloso para ubicar al Rey Champion I en el trono del Reino del Sur. Luego rodearon al joven rey con un Consejo Asesor de Jueces Supremos que estaban bajo el control de la hermandad. Pronto, la Doctrina Justa sentó las bases del reino más poderoso de la Tierra. Las criaturas hablantes fueron segregadas y perdieron sus derechos, las mujeres tuvieron prohibido leer libros y la magia se convirtió en una ofensa criminal castigable con la muerte. Durante seiscientos magníficos años, la humanidad gobernó sin oposición. Una vez que la Doctrina Justa estuvo a salvo, nuestra hermandad lentamente desapareció en las sombras y disfrutó un descanso prolongado.
»Pero nada es para siempre. La hermandad se ha reunido esta noche porque una nueva amenaza ha emergido. Una amenaza inimaginable hasta ahora. Y nosotros debemos eliminarla de inmediato.
El Alto Comandante chasqueó los dedos y dos miembros del clan salieron corriendo del patio. Regresaron un momento más tarde, con una pintura grande y la ubicaron sobre la plataforma de piedra junto a su superior. La pintura era un retrato de una joven mujer de ojos azules y cabello castaño claro. Su ropa resplandecía y algunas flores blancas adornaban su larga trenza. Si bien tenía una especie de sonrisa que podía transmitirle calidez incluso a los corazones más fríos, la joven tenía algo que incomodaba a la hermandad.
–Pero es solo una niña –dijo un hombre desde el fondo–. ¿Qué tiene de amenazante?
–Esa no es solo una niña –respondió un hombre ubicado al frente–. Es ella, ¿verdad? ¡La que la gente llama Hada Madrina!
–No se confundan, mis hermanos, esta joven es peligrosa –les advirtió el Alto Comandante–. Debajo de esas flores y esa sonrisa encantadora se encuentra la mayor amenaza que la Hermandad de los Justos jamás ha enfrentado. Mientras hablamos, este monstruo… esta niña… ¡está destruyendo todo lo que nuestros ancestros crearon!
Un murmullo nervioso se esparció por todo el lugar, lo que llevó a otro hombre dar un paso hacia adelante y dirigirse a todo el clan inquieto.
–Yo he investigado mucho a esta Hada Madrina –anunció–. Su nombre real es Brystal Evergreen y ¡es una criminal de Colinas Carruaje! El año pasado fue arrestada por leer bajo la condición de ser mujer y ¡por perpetrar actos de magia! Debió haber sido ejecutada por sus crímenes, pero le perdonaron la vida, ya que su padre, el Juez Evergreen, utilizó sus contactos para atenuar la condena y, en lugar de la pena de muerte, la sentenciaron a trabajo forzoso en el Correccional Atabotas para Niñas Perturbadas. ¡Pero Brystal Evergreen solo estuvo allí unas pocas semanas antes de escapar! ¡Se marchó hacia el sureste del Entrebosque y se unió a un aquelarre maléfico de hadas! Vive allí desde entonces, desarrollando sus habilidades pecaminosas con otras paganas como ella.
–Me atrevería a decir que sus habilidades ya están muy desarrolladas ahora –agregó el Alto Comandante con un tono juguetón–. ¡Recientemente, Brystal Evergreen embrujó al Rey Champion XIV para que cambiara las leyes del Reino del Sur! ¡El Entrebosque fue dividido en distintos territorios para que las criaturas hablantes y las hadas pudieran tener sus propios hogares! ¡Incluso se le dio permiso a las mujeres para que leyeran y se educaran! ¡Pero lo peor de todo es que Brystal Evergreen orquestó un plan mundial para legalizar la magia! Prácticamente, de la noche a la mañana, ¡todo rastro de la Doctrina Justa fue eliminado de la constitución del Reino del Sur!
»Pero el reinado de terror de Brystal Evergreen no termina allí, mis hermanos. Desde entonces, abrió una escuela de magia atroz en el Territorio de las Hadas e invitó a miembros de la comunidad mágica para que vivieran allí y desarrollaran sus habilidades antinaturales. Cuando no está enseñando, Brystal Evergreen viaja por los reinos con un grupo de degeneradas coloridas conocidas como el Consejo de las Hadas. Han conseguido la atención y el afecto del mundo, ya que pretenden “ayudar” y “curar” a aquellos que lo necesitan, pero nuestra hermandad no se dejará engañar. El objetivo de la comunidad mágica es el mismo de hace seiscientos años: lavarle el cerebro al mundo con sus hechizos y esclavizar a la raza humana.
La hermandad bramó tan fuerte que la fortaleza tembló.
–Alto Comandante, me temo que llegamos demasiado tarde –dijo un hombre desde la multitud–. Desde la aparición del Consejo de las Hadas, el público le ha tomado mucho afecto a la magia. He oído a las personas discutir sobre los beneficios sorprendentes que trajo esta legalización. Aparentemente, las enfermedades están en decadencia gracias a las nuevas pociones y elíxires que se venden en las farmacias. También comentan que las cosechas están en su mejor momento gracias a hechizos que se encargan de protegerlas de las heladas y plagas. Y el pueblo incluso le atribuye el crecimiento de nuestra economía a la popularidad que ganaron los productos encantados. Todos los hombres quieren un carruaje autónomo, todas las mujeres quieren una escoba autónoma y todos los niños quieren un columpio autónomo.
–La opinión pública también está empezando a cambiar con respecto al resto de las enmiendas –acotó otro hombre en la multitud–. De hecho, a la mayoría en el Reino del Sur le gusta los cambios que el Rey Champion le hizo a la constitución. Dicen que permitirles a las mujeres leer y educarse ha elevado los debates en nuestras escuelas y generó que las personas de todos los géneros sean más creativas y originales. Además, dicen que haber dividido el Entrebosque en distintos territorios ha logrado que las criaturas hablantes sean más civilizadas y que los viajes y el comercio entre los reinos sean mucho más seguros que antes. Después de todo, la gente cree que la legalización de la magia ha despertado una nueva era de prosperidad y se pregunta por qué no ocurrió antes.
–¡Esa prosperidad es solo una fachada! –gritó el Alto Comandante–. Una hortensia puede verse hermosa y su aroma puede ser placentero, ¡pero no deja de ser venenosa si la consumes! ¡Si no restauramos la Doctrina Justa, nuestro mundo comenzará a pudrirse desde adentro! Tanta diplomacia nos volverá débiles, tanta igualdad matará la iniciativa y tanta magia nos hará flojos e incompetentes. ¡La comunidad mágica nos dominará, el orden natural se desmoronará y sucederá el pandemonio absoluto!
–Pero, ¿cómo restauramos la Doctrina Justa? –preguntó un miembro del clan–. El Rey Champion opera bajo la influencia de Brystal Evergreen ¡y necesitamos al rey para cambiar las leyes!
–No necesariamente –el Alto Comandante rio levemente–. Necesitamos un rey, no al rey.
A juzgar por los pliegues de su máscara, la hermandad podía ver que su superior estaba sonriendo.
–Y ahora pasemos a las buenas noticias –dijo el Alto Comandante–. El Rey Champion XIV tiene ochenta y ocho años y no falta mucho tiempo para que un nuevo rey asuma el trono del Reino del Sur. Y resulta que el próximo rey apoya con mucha intensidad nuestra causa. Él respeta el orden natural de las cosas, cree en la Doctrina Justa y, al igual que nosotros, no se dejó engañar por las muestras de compasión del Consejo de las Hadas. El próximo rey aceptó prohibir los cambios introducidos por el Rey Champion con una condición: que lo nombremos como el nuevo líder de nuestra hermandad y le sirvamos como el Rey Justo.
Los miembros del clan no pudieron contener su entusiasmo. Hasta ahora, nunca habían imaginado un mundo en el que el soberano de la Hermandad de los Justos y el soberano del Reino del Sur fuera la misma persona. Si procedían con inteligencia, ese desenlace podría solidificar la Doctrina Justa durante generaciones.
–¿Qué hay de la comunidad mágica? –preguntó un miembro del clan–. Son más poderosos y populares que nunca. Es evidente que se revelarán en contra del nuevo rey o lo embrujarán, tal como hicieron con el viejo rey.
–Entonces debemos exterminarlos antes de que el próximo rey ascienda al trono –dijo el Alto Comandante.
–Pero ¿cómo? –preguntó el miembro del clan.
–Del mismo modo que nuestra hermandad eliminó a la comunidad mágica hace seiscientos años. Y créanme, hermanos, nuestros ancestros estaban armados con mucho más que solo una doctrina.
El Alto Comandante bajó de la plataforma de piedra y luego la levantó como si fuera una escotilla gigante. Para la sorpresa de la hermandad, se encontraron con un arsenal masivo de cañones, espadas, ballestas, lanzas y cadenas. Había suficientes armas como para movilizar a todo un ejército de miles de hombres, pero estas armas no se parecían en nada a las que los miembros del clan alguna vez habían usado. En lugar de estar hechas con hierro o acero, todas las espadas, las puntas de flechas, las cadenas y las balas de cañón estaban hechas con una roca roja que brillaba, como si tuviera fuego atrapado en su interior. La luz carmesí bañó por completo el patio gris y dejó perplejos a todos los presentes.
–¡Es hora de que la Hermandad de los Justos salga de las sombras! –anunció el Alto Comandante–. Debemos honrar la promesa que le hicimos a nuestros padres y atacar antes de que nuestros enemigos tengan tiempo de organizarse. ¡Unidos con nuestro Rey Justo, preservaremos el orden natural, restauraremos la Doctrina Justa y exterminaremos a la comunidad mágica de una vez por todas!
El Alto Comandante tomó una ballesta cargada del arsenal y le disparó tres flechas al retrato de Brystal Evergreen: una en la cabeza y dos en el corazón.
–Y como en todo control de plagas, primero debemos matar a la reina.

CAPÍTULO UNO

EL DAÑO A LA REPRESA
A demás de contar con una industria exitosa de madera (y algunos escándalos reales), el Reino del Oeste era reconocido por su icónica Represa del Oeste, ubicada en la ciudad capital de Fuerte Longsworth. La estructura tenía más de trescientos metros de altura y estaba hecha de más de cinco millones de bloques de roca, de modo que protegía a la ciudad de quedar bajo el agua del Gran Lago del Oeste. Tenía dos siglos de antigüedad y su construcción había tardado tantos años en concretarse que, cuando finalmente terminó en el verano de 452, se declaró un feriado nacional para celebrar este logro histórico.
El Día de la Represa era una fecha muy querida por los ciudadanos del Reino del Oeste y un momento muy importante del año. La gente tenía el día libre de su trabajo, los niños y las niñas no asistían a la escuela y todos se reunían a jugar, comer y brindar por la represa que protegía a la ciudad capital.
Desafortunadamente, todos esperaban que el Día de la Represa de ese año fuera una desilusión. Luego de una serie de terremotos inesperados, los cimientos de la Represa del Oeste se movieron y le hicieron una grieta inmensa a la estructura. El agua brotaba con fuerza por la abertura angosta y cubría Fuerte Longsworth con una lluvia constante. El daño solo empeoraba con el tiempo, ya que la grieta se hacía cada vez más grande y el agua cubría aún más a la ciudad.
Necesitaba tareas de mantenimiento urgente, pero el soberano del reino, el Rey Belicton, no estaba decidido a ordenar eso. Más allá de que se tratara de una hazaña costosa y urgente, la reparación sería una tarea peligrosa, ya que toda la ciudad de Fuerte Longsworth tendría que ser evacuada en el proceso. El rey pasó muchas noches desvelado, rascándose su cabeza calva y girando su bigote mullido, mientras intentaba encontrar una solución alternativa.
Para su suerte (y la de sus muy, muy mojados ciudadanos), había nuevos recursos a su disposición y usarlos solo le costaría un poco de su orgullo. Al principio, el rey rechazó la idea, pero mientras miraba la interminable neblina que transformaba las calles de Fuerte Longsworth en pequeños arroyos, comprendió que ya no tenía otra opción. Fue así que el Rey Belicton solicitó una porción de su papel más fino y su pluma más elegante, y escribió una carta para pedir lo único que más odiaba: ayuda.
Querida Hada Madrina:
El último año se ha ganado la gratitud del mundo entero luego de sus valientes hazañas en el Reino del Norte. Yo, junto a mis súbditos, nunca le agradecimos lo suficiente por habernos librado de la Reina de las Nieves y haber salvado al planeta de la Gran Tormenta de 651. Desde ese entonces, ha fascinado e inspirado al mundo con actos de profunda generosidad. Ya sea construyendo orfanatos y refugios, o alimentando a los hambrientos y curando a los enfermos, usted y el Consejo de las Hadas han tocado nuestros corazones con su compasión y caridad.
En este momento, le escribo con la esperanza de que considere compartir su compasión con el Reino del Oeste. En las últimas semanas, la Represa del Oeste en Fuerte Longsworth sufrió daños que deben ser reparados de inmediato. Una reparación tradicional nos tomaría gran parte de la primera mitad de la década y obligaría a miles de ciudadanos a abandonar sus hogares. Sin embargo, si usted está dispuesta a brindarnos una solución mágica, mi pueblo no tendrá que atravesar dicho agravio. Si es posible realizar este gesto, las hadas se ganarán el respeto eterno del Reino del Oeste y nos darán una razón más para celebrar nuestro tan querido Día de la Represa.
No es un secreto que el Reino del Oeste, al igual que nuestras naciones vecinas, tiene una historia complicada con la comunidad mágica. No podemos borrar la discriminación y las injusticias del pasado, pero con su amabilidad, podríamos marcar el comienzo de una nueva etapa para las relaciones entre el Oeste y la magia.
Le ruego que nos perdone y nos ayude en estos momentos tan difíciles.
La saludo con humildad,
Su Excelencia,
Rey Belicton del Reino del Oeste
El rey quedó exhausto luego de tanta humillación. Dobló la carta con cuidado y le estampó su sello oficial, antes de entregársela a su mensajero más veloz.
La mañana siguiente, el mensajero llegó a la frontera del Territorio de las Hadas, pero no pudo encontrar una forma de entrar. Un seto enorme protegía el perímetro del territorio como una pared inmensa de hojas. Estos arbustos eran demasiado altos como para saltarlos y demasiado densos como para atravesarlos, por lo que el mensajero debió bordear toda la frontera hasta que eventualmente encontró una entrada.
Se sorprendió cuando encontró un grupo bastante grande de otros mensajeros y, a juzgar por sus ropas elegantes, todos parecían llevar mensajes de familias destacadas. Pero lo más sorprendente aún era que la entrada estaba vigilada por un caballero aterrador que montaba un inmenso caballo de tres cabezas. El caballero tenía el doble del tamaño de un hombre promedio y dos astas sobre su celada. Si bien el caballero vigilaba a los mensajeros en completo silencio, no hacía falta que dijera nada para dejar algo perfectamente claro: nadie cruzaba sin su permiso.
En el suelo había dos cajas con correspondencia, una estaba destinada a los PEDIDOS y la otra a los ELOGIOS. Uno a la vez, los mensajeros temerosos se acercaban al caballero y colocaban sus mensajes en la caja correspondiente y luego se marchaban tan rápido como podían. El mensajero del Rey Belicton esperó su turno y, con una mano temblorosa, dejó la carta del rey en la caja marcada para los PEDIDOS y regresó a toda prisa al Reino del Oeste.
Unas horas más tarde, luego de entregar su carta, el Rey Belicton recibió una respuesta. Mientras disfrutaba de su cena en el Castillo del Oeste, un unicornio apareció repentinamente en su comedor con un sobre dorado en la boca. Detrás del corcel mágico aparecieron dos docenas de guardias que no habían podido impedirle la entrada al castillo. Los guardias persiguieron al unicornio en círculos por todo el comedor y, en su quinta vuelta alrededor de la mesa, el unicornio dejó caer el sobre dorado sobre el tazón de sopa del rey.
De inmediato, el animal se marchó tan rápido como había llegado. Mientras los guardias lo perseguían, el Rey Belicton secó el sobre con su servilleta, lo abrió con un cuchillo para mantequilla y leyó el mensaje que contenía en su interior.
Querido Rey Belicton:
Le hice llegar su pedido al Hada Madrina y ella le envía su más profunda empatía por sus problemas con la represa. Ella, junto a mí y el resto del Consejo de las Hadas, aceptamos ayudarlo. Llegaremos a Fuerte Longsworth al mediodía del Día de la Represa para reparar el daño.
Por favor, avísenos ante cualquier cambio, conflicto o información adicional previo a nuestra visita. Le agradecemos desde ya y le deseamos que tenga un día mágico.
Sinceramente,
Emerelda Stone,
Directora de Correspondencia del Hada Madrina
P.D.: Le pedimos disculpas por reunirnos con usted durante un feriado nacional. El Consejo de las Hadas está muy ocupado con numerosos pedidos en este momento.
El Rey Belicton se sintió lleno de alegría de oír las buenas noticias y lo vio como una victoria personal. Decidió hacer que la visita del Consejo de las Hadas fuera una ocasión especial y les ordenó a sus empleados que corrieran la voz de su pronta visita. Colocaron pancartas y banderas mojadas sobre las calles de la capital. Instalaron algunas gradas a los pies de la Represa del Oeste y un escenario donde el rey podría entregarle al consejo una muestra de su gratitud.
Este tipo de arreglos no se llevaba a cabo desde su coronación, pero el interés público en el Consejo de las Hadas estaba seriamente subestimado.
En la víspera del Día de la Represa, cientos de miles de ciudadanos de todas partes del reino llegaron a Fuerte Longsworth. Para el amanecer, las gradas estaban repletas y había multitudes en distintas partes de la ciudad mirando la represa. Las familias utilizaban los techos de sus casas, los vendedores subían a los techos de sus tiendas y los monjes se sentaban sobre los chapiteles de sus iglesias, desde donde podían ver todas las festividades. La represa rota empapaba a todos los espectadores a lo largo de toda la ciudad; la mayoría temblaba por el frío de la mañana, pero sus corazones se sentían cálidos por la promesa de la magia.
El Reino del Oeste jamás había presentado una celebración de esta magnitud y era común escuchar que la llamaran “el evento de la década”, “la celebración del siglo” y “un Día de la Represa para la historia”.
Pero incluso, con esas expectativas, nadie pudo predecir lo memorable que sería este día…

Durante la mañana del Día de la Represa, Fuerte Longsworth estaba tan lleno de gente que al Rey Belicton le tomaron tres horas viajar la corta distancia entre el Castillo del Oeste y la Represa del Oeste. Su carruaje se abrió paso por las calles saturadas y llegó a la represa con solo unos pocos minutos de sobra. Una vez que el rey se sentó en su palco privado en las gradas, un presentador energético se subió al escenario y saludó a los cientos de miles de personas que rodeaban la estructura.
–¡Hoooolaaaaa, Reino del Oeste! –vociferó–. ¡Es un gran honor darles la bienvenida a lo que seguro recordarán como el mejor Día de la Represa de nuestra vida!
La voz bulliciosa del presentador resonó a lo largo de toda la ciudad congestionada y todos los habitantes festejaron cada una de sus palabras. Su grito de entusiasmo fue tan fuerte que casi hace caer al presentador.
–En solo unos minutos, el Consejo de las Hadas llegará a Fuerte Longsworth para reparar los daños en la Represa del Oeste. Una hazaña de estas características normalmente nos llevaría años terminar, pero con la ayuda de un poco de magia, ¡la represa será reparada de manera instantánea delante de nuestros ojos! Por supuesto, nada de esto habría sido posible de no ser por las negociaciones veloces llevadas a cabo por nuestro brillante y audaz Rey Belicton. Adelante, Su Excelencia, ¡salude a esta multitud!
El soberano se puso de pie y saludó a sus adorables ciudadanos. Su festejo de respeto eventualmente se apagó, pero el Rey Belicton permaneció en pie, disfrutando de su propia gloria.
–Ahora, prepárense –continuó el presentador–. ¡En cualquier momento presenciaran un espectáculo que les garantizo que estimulará todos sus sentidos! Pero, tal vez se pregunten, ¿cómo hará el Consejo de las Hadas para reparar la Represa del Oeste? ¡Bueno, quizás lo hagan con el fuego de mil antorchas! ¡Quizás la sellen con una capa de diamantes brillantes! ¡O quizás lo hagan con cientos de tallos invisibles de hiedra! ¡No lo sabremos hasta que ocurra! Pero la puntualidad debe ser parte de su proceso porque, ¡aquí vienen!
A lo lejos, sobre la superficie del Gran Lago del Oeste, había seis jóvenes muy coloridos que se acercaban a la ciudad sobre un arcoíris en movimiento.
El grupo estaba liderado por una niña de once años con una colmena anaranjada en lugar de cabello y un vestido hecho con parches de un panal. La llevaba por el aire un enjambre de abejas vivas, el cual la bajó sobre la Represa del Oeste y se refugió dentro de su cabello. Detrás de ella, la seguía otra niña de once años, que avanzaba por la superficie del Gran Lago del Oeste en una ola solitaria. Llevaba un traje de baño color zafiro y de su cabeza fluía una cortina de agua que bañaba todo su cuerpo y se evaporaba al llegar a sus pies. Cuando la ola estaba cerca del borde de la represa, la niña saltó del lago y aterrizó junto a la niña con el vestido de panal.
–Una de ellas es la que mejor sabe lucir su aguijón y la otra es la única persona que está más mojada en todo Fuerte Longsworth. Por favor, un gran aplauso para ¡Tangerina Turkin y Cielene Lavenders! –exclamó el presentador.
Todo Fuerte Longsworth estalló en aplausos para las primeras integrantes del Consejo de las Hadas.
Tangerina y Cielene no podían creer lo que estaban viendo. Nunca habían presenciado una reunión tan inmensa.
–¿Están haciendo rebajas en todos los comercios? –le preguntó Cielene a su amiga.
–No, creo que vinieron a vernos a nosotras –dijo Tangerina.
La multitud festejó aún más fuerte cuando aparecieron otros dos miembros del Consejo de las Hadas. Una niña de trece años de hermosa piel morena y cabello negro rizado apareció navegando por el Gran Lago del Oeste en un bote cubierto de joyas. Llevaba una túnica con esmeraldas incrustadas, sandalias con adornos de diamantes y una tiara destellante. La niña llevó el bote hasta la orilla del lago y se unió a Tangerina y Cielene en la Represa del Oeste. Por detrás, la seguía un niño de doce años que avanzaba por el cielo como un cohete. El niño llevaba un traje dorado, tenía llamas sobre su cabeza y hombros y viajaba por el aire como si tuviera dos propulsores en sus pies. Las llamas disminuyeron cuando llegó a la Represa del Oeste y se paró junto a la niña cubierta de esmeraldas.
–Ella es hermosa y fuerte como un diamante. Y él no teme jugar con fuego. Ellos son ¡Emerelda Stone y Amarello Hayfield! –anunció el presentador.
Al igual que Tangerina y Cielene, Emerelda y Amarello quedaron fascinados por el mar de gente que rodeaba a la represa. Las llamas sobre la cabeza y hombros de Amarello se encendieron levemente por los nervios y se ocultó detrás de Emerelda.
–¡Mira a todos esos manifestantes! –gritó el niño–. ¿Deberíamos irnos?
–Parecen demasiado felices como para ser manifestantes! –agregó Cielene.
–Eso es porque no son manifestantes –les dijo Tangerina–. ¡Lean los carteles!
El Consejo de las Hadas ya estaba acostumbrado a ver a grupos que se manifestaban en su contra siempre que hacían apariciones públicas. Por lo general, esos manifestantes tenían carteles con mensajes como DIOS ODIA A LAS HADAS, LA MAGIA ES LA PERDICIÓN, y EL FIN ESTÁ CERCA. Sin embargo, su visita a Fuerte Longsworth no había reunido a la clase de manifestantes a los que estaban acostumbrados. Por el contrario, a medida que las hadas miraban a la multitud, notaron que solo había mensajes positivos como GRACIAS DIOS POR LAS HADAS, LA MAGIA ES HERMOSA, y NO SEAS TRÁGICO, SOLO SON MÁGICOS.
–Ah –dijo Amarello, más tranquilo–. Lo siento, me olvidé que ahora la gente nos quiere. Las viejas costumbres nunca mueren.
Emerelda gruñó y se cruzó de brazos.
–El Rey Belicton debería haber mencionado que habría público –se quejó–. Debería haberlo sabido. Los monarcas hacen un escándalo por todo.
De pronto, el ambiente quedó inundado por numerosos graznidos. Una bandada de gansos transportaba a la quinta integrante del Consejo de las Hadas hacia la Represa del Oeste. Era una niña de catorce años que llevaba un bombín, un enterizo negro, un par de botas que le quedaban grandes y un collar de tapitas de metal. Los gansos la dejaron junto al resto de las hadas y cayó sentada con un golpe seco.
–¡Auch! –les gritó a las aves–. ¿A eso le llaman aterrizar? ¡Los meteoritos caen con más suavidad!
–Será mejor que no le saquen las plumas. ¡Denle la bienvenida a Lucy Gansa! –anunció el presentador.
–¡Se pronuncia GAN-SAI! –le gritó, poniéndose de pie–. La próxima vez, investiga un poco antes de… –se quedó en silencio y boquiabierta cuando vio la cantidad de gente que las había ido a ver–. ¡Cielo Santo! ¡Miren a toda esa multitud! ¡Es más grande que la que nos observó construir el puente del Reino del Este!
–Me atrevería a decir que todo el Reino del Oeste está aquí –dijo Emerelda–. Quizás más.
Lucy esbozó una sonrisa de oreja a oreja mientras observaba a todos los presentes. Un grupo de niños le llamó la atención y se sintió muy entusiasmada cuando los vio que cada uno de ellos tenía una muñeca que se asemejaba a un integrante del Consejo de las Hadas.
–¡Incluso tienen muñecas de nosotras! –declaró Lucy–. Dios, es una lástima tener que hacer estas cosas por la bondad de nuestros corazones. Haríamos una fortuna si cobráramos una comisión.
Al cabo de un rato, el silencio se apoderó de Fuerte Longsworth, ya que anticipaban a la sexta y última integrante del Consejo de las Hadas. Solo cuando los ciudadanos empezaban a preocuparse de que no vendría, una hermosa muchacha de quince años con ojos azules deslumbrantes y cabello castaño claro descendió de las nubes dentro de una burbuja. Llevaba un traje de pantalón y saco brillante, guantes que hacían juego con el resto de su atuendo y una cola que caía desde su cintura, así como también algunas flores blancas sobre una trenza larga en su cabeza. La burbuja aterrizó con suavidad sobre la Represa del Oeste junto al resto de las hadas y la niña la hizo estallar con su varita de cristal.
–Ten cuidado, Reina de las Nieves, ¡no eres contrincante para nuestra próxima invitada! –anunció el presentador–. Ella es la compasión personificada y se la considera una diosa para los hombres… ¡Por favor, denle una cálida bienvenida al mejor estilo del Reino del Oeste a la única e inigualable Haaadaaaa Maaaadrinaaa!
Los ciudadanos celebraron tan fuerte que la Represa del Oeste vibró bajo los pies del Consejo de las Hadas. La gente al frente de la represa comenzó un cántico que se extendió hacia el resto de los presentes.
–¡Hada Madrina! ¡Hada Madrina! ¡Hada Madrina! ¡Hada Madrina!
Brystal Evergreen se sintió con el corazón lleno de amor por esta bienvenida tan apasionada. Nunca había visto a tanta gente reunida en un solo lugar y cada uno de los presentes aplaudía y lloraba de la alegría por ella. Sostenían pinturas de su rostro y pancartas con su nombre por lo alto. Algunas niñas más pequeñas (y algunos hombres adultos) estaban vestidas como ella, mientras movían sus varitas hechas a mano de un lado a otro.
La admiración del Reino del Oeste era un honor increíble, pero por razones que Brystal no podía explicar, todo el entusiasmo la hacía sentir incómoda. Más allá de la felicidad de las personas que alentaban por ella, Brystal no creía merecer ese reconocimiento y, a pesar de su bienvenida enérgica, no podía luchar contra la necesidad de irse. Después de todo, tenía trabajo que hacer. Así que se obligó a sonreír y saludó a la multitud con modestia.
El resto de las hadas parecía disfrutar mucho más la atención que Brystal, en especial Lucy.
–Guau, esta multitud de verdad ama ese nombre de Hada Madrina –dijo Lucy–. ¿Estás contenta de tener ese título?
–Ya te había dicho que no quería uno –le contestó Brystal–. Me hace sentir como un objeto.
–Bueno, como mi madre solía decir, si te van a cosificar, es preferible que lo haga tu familia –dijo Lucy y le dio una palmada en la espalda a Brystal–. Solo agradece que eligieron llamarte Hada Madrina, ya nos han llamado de muchas formas peor.
–Disculpa, ¿Brystal? –la interrumpió Emerelda–. Creo que será mejor que nos encarguemos rápido de esto. Tenemos que reparar un molino a las tres de la tarde y descongelar una granja a las cinco. Además, la gente está empezando a enfurecerse allí abajo.
–No podría estar más de acuerdo –dijo Brystal–. Hagamos lo que vinimos a hacer y acabamos con esto de una vez por todas. No hace falta causar más escándalo del necesario.
Sin perder más tiempo, Brystal se paró al borde de la Represa del Oeste y movió su varita hacia el daño a sus pies. La grieta gigante de pronto se llenó mágicamente con un sello dorado y, luego de más de una semana de neblina constante, la lluvia finalmente se detuvo. Para estar más segura, Brystal movió su varita una vez más y esta vez una brisa poderosa sopló por toda la ciudad, secando las calles, tiendas y hogares. La brisa voló algunos sombreros y derribó a algunas personas al suelo, pero se pusieron de pies completamente secos.
Todo ocurrió tan rápido que les tomó un minuto a los ciudadanos comprender que habían resuelto sus problemas. Su grito de celebración fue tan poderoso que era un milagro que la Represa del Oeste no se agrietara otra vez.
–Bien, todos satisfechos –concluyó Brystal–. Ahora vamos para…
–¡Magnífico! –vociferó el presentador–. ¡Con solo un movimiento de su muñeca, el Hada Madrina reparó la Represa del Oeste y salvó a Fuerte Longsworth de una década de lluvia! ¡Ahora el Consejo de las Hadas acompañará al Rey Belicton en el escenario para recibir una muestra de agradecimiento de parte de nuestro reino!
–¿Qué cosa? –dijo Emerelda.
Las hadas miraron hacia abajo y vieron al Rey Belicton en el escenario con un trofeo de oro inmenso. Tangerina y Cielene estaban muy entusiasmadas.
–¡Quieren darnos un premio! –dijo Cielene–. ¡Me encantan los premios!
–¿Podemos quedarnos y aceptarlo? –le preguntó Tangerina al resto–. ¿Por favor?
–Absolutamente, no –dijo Emerelda–. Si el Rey Belicton quisiera darnos un premio, me lo hubiera aclarado primero. No podemos permitir que la gente se aproveche de nuestro tiempo.
–Oh, relájate, Em –la instó Tangerina–. Trabajamos demasiado para ganarnos la aprobación del mundo y ahora ¡finalmente la tenemos! Si de vez en cuando no le damos a la gente una oportunidad de admirarnos, ¡quizás perdamos su admiración!
–Creo que Tangerina tiene razón –intervino Amarello–. El Rey Belicton puede haber roto las reglas, pero su gente no lo sabe. Si no tienen la ceremonia que esperaban, probablemente nos culpen a nosotros. Y no deberíamos darles otra razón para que empiecen a odiarnos otra vez.
Emerelda gruñó y puso los ojos en blanco. Se levantó las mangas de su vestido y revisó el reloj de sol que tenía en su muñeca.
–Está bien –dijo Emerelda–. Les daremos otros veinte minutos, pero eso es todo.
El hada chasqueó los dedos y un tobogán mágico de esmeralda apareció frente a ellos. Se extendía desde la parte superior de la represa hasta el escenario abajo. Emerelda, Amarello, Tangerina y Cielene se deslizaron y acompañaron al Rey Belicton en el escenario, pero Brystal se detuvo antes de seguirlos. Notó que Lucy no había dicho nada desde que habían reparado la represa y, en cambio, estaba parada muy quieta, observando a la multitud con gran profundidad.
–Lucy, ¿vienes? –le preguntó.
–Sí, ya bajo –le contestó–. Solo estoy pensando.
–Oh, oh –dijo Brystal–. Debe ser algo serio si te estás perdiendo la oportunidad de estar en un escenario.
–¿Estamos haciendo suficiente?
Brystal se sintió confundida por la pregunta abrupta.
–¿Qué?
–Reparamos represas, construimos puentes, ayudamos a la gente… pero ¿es suficiente? –le aclaró Lucy–. Todas estas personas viajaron hasta aquí para ver algo espectacular y ¿qué les dimos? Un poco de sellador y viento.
–Sí –le contestó Brystal–. Les dimos exactamente lo que necesitaban.
–Sí, pero no es lo que querían –dijo Lucy–. Si tocar con la Tropa Gansa me enseñó algo es la psicología de una audiencia. Si estas personas regresan a sus casas decepcionadas, incluso en lo más mínimo, estarán enojadas con nosotras. Y tal como dijo Amarello, no deberíamos darles ninguna razón para que nos odien. Si empiezan a resentir al Consejo de las Hadas, pronto comenzarán a resentir a todas las hadas y ¡bum!, la comunidad mágica volverá a donde empezó. Creo que sería inteligente quedarse un rato y darles un espectáculo.
Brystal miró a la ciudad mientras pensaba en lo que acababa de decir Lucy. Era obvio que la gente quería más magia, parecían estar obsesionados con el Consejo de las Hadas desde su llegada, pero Brystal no quería consentirlos demasiado. Ella y el resto tuvieron que trabajar mucho para llegar hasta este punto. La idea de trabajar aún más para mantener su posición era agotadora con solo pensarla. Y Brystal no quería pensar en nada, solo quería marcharse y alejarse de la multitud.
–Somos filántropas, Lucy, no artistas –le dijo–. Si la gente espera un espectáculo de nuestra parte, siempre tendremos que darles un espectáculo y ¿a dónde nos llevará eso? Sería más fácil complacer a la gente y contener sus expectativas si mantenemos todo simple. Ahora aceptemos el premio del rey, estrechemos algunas manos y sigamos adelante.
Brystal se deslizó hacia el escenario antes de que Lucy tuviera oportunidad de oponerse, pero ambas sabían que su conversación estaba lejos de terminar.
–En nombre del Reino del Oeste, me gustaría agradecerle al Hada Madrina por sus enormes actos de generosidad –dijo el Rey Belicton a sus ciudadanos–. Como muestra de nuestra eterna gratitud y aprecio, le entrego el más prestigioso premio de nuestro reino, la Copa de la Represa.
Antes de que el Rey Belicton pudiera entregarle el trofeo a Brystal, Cielene se lo quitó de las manos y lo sostuvo como un bebé. Tangerina empujó a Brystal hacia adelante, obligándola a improvisar un discurso de aceptación.
–Ehm… bueno, primero me gustaría decirles gracias –comenzó Brystal y se recordó ser simple–. Siempre es un privilegio visitar al Reino del Oeste. El Consejo de las Hadas y yo nos sentimos muy honrados de que confíen en nosotros para reparar una estructura tan importante para su pueblo. Espero que, de ahora en más, siempre que la gente mire la Represa del Oeste, recuerden el potencial que la magia tiene para ofrecer…
Mientras Brystal continuaba con su discurso, Lucy estudiaba a los ciudadanos de la multitud. Parecían atentos a cada palabra que Brystal decía, pero a Lucy le preocupaba que fuera solo cuestión de tiempo para que perdieran su interés. No querían escuchar sobre la magia, ¡querían ver magia! Si Brystal no estaba dispuesta a darles el espectáculo que deseaban, entonces Lucy se haría cargo. Y confiaba que su especialidad para los problemas la ayudara.
Cuando se aseguró de que todos los ojos estaban sobre Brystal, se bajó del escenario y se acercó en puntillas de pie hasta la base de la Represa del Oeste. Frotó las manos, las colocó sobre la estructura de piedra y conjuró un poco de magia.
–Esto hará que todo sea más interesante –se dijo a sí misma.
De pronto, la Represa del Oeste comenzó a quebrarse como la cáscara de un huevo. Parte por parte, se desplomó y el agua del Gran Lago del Oeste atravesó toda la estructura. Lucy sabía que algo extraño pasaría, como siempre que usaba magia, ¡pero nunca imaginó que toda la represa se hiciera pedazos! Gritó y regresó corriendo a sus amigos tan rápido como pudo.
–… si les dejamos algo, que sea una nueva gratitud, no solo con el Consejo de las Hadas sino con la magia en general –continuó Brystal concluyendo su discurso–. Y en el futuro, espero que la humanidad y la comunidad mágica sean tan unidos que sea difícil imaginar una época en la que hubo conflicto entre ellos. Porque al final del día, todos queremos lo mismo para…
–¡Brystal! –gritó Lucy.
–Ahora no, Lucy, estoy terminando mi discurso –le dijo Brystal sin mirarla.
–¡Represa!
–¡Lucy, no seas grosera! Hay que ser un ejemplo para los niños…
–¡NO! ¡MIRA LA REPRESA! ¡DETRÁS DE TI!
El Consejo de las Hadas volteó justo a tiempo para ver a la Represa del Oeste colapsar por completo. El Gran Lago del Oeste avanzó hacia Fuerte Longsworth como una ola inmensa de trescientos metros de altura.
–¡Lucy! –dijo Brystal, boquiabierta–. ¿Qué has hecho…?
–¡CORRAN POR SUS VIDAS! –gritó el Rey Belicton.
Fuerte Longsworth quedó consumido por el pánico. Los ciudadanos se empujaron y corrieron de un lado a otro mientras intentaban abandonar la ciudad, pero estaba tan repleta de gente que no tenían ningún lugar a dónde ir. Con la ola inmensa a solo unos pocos metros de las víctimas, Brystal entró en acción. Una ráfaga de viento con la fuerza de cien huracanes brotó de la punta de su varita y bloqueó la ola como un escudo invisible. Brystal tuvo que usar toda su fuerza para mantener su varita firme y logró detener la mayor parte del agua, pero no podía hacerlo sola.
–¡Amarello! ¡Emerelda! –gritó Brystal hacia atrás–. ¡Ustedes dos detengan el agua que se escapa por los bordes de mi escudo! ¡Cielene, asegúrate que el agua no rebalse por arriba! ¡Tangerina, ayuda a las personas a ponerse a salvo!
–¿Qué hay de mí? –preguntó Lucy–. ¿Qué hago?
Brystal la miró furiosa.
–Nada –respondió–. ¡Tú ya has hecho suficiente!
Lucy observó la escena desconsolada mientras el resto del Consejo de las Hadas seguía las órdenes de Brystal. Amarello corrió hacia la izquierda de Brystal y lanzó una pared de fuego hacia el muro de agua, la cual se evaporó y desapareció. Emerelda creó una pared de esmeraldas para bloquearla en el lado derecho, pero la ola era tan poderosa que la derribó, obligándola a construirla una y otra vez. Cielene movió la mano en un círculo grande y toda el agua que había rebalsado por el borde del escudo de Brystal regresó al Gran Lago del Oeste. Mientras sus amigos bloqueaban el agua, Tangerina envió sus abejas hacia la multitud frenética y el enjambre levantó a los niños y ancianos antes de que quedaran atrapados en una estampida.
Si bien el Consejo de las Hadas levantó una barrera rápida y efectiva, Lucy sabía que sus amigos no podrían bloquear el agua para siempre. Ignoró las instrucciones de Brystal y pensó en un plan para ayudarlos. Lucy llamó a sus gansos y la bandada se deslizó hacia abajo y la levantó del suelo.
–¡Llévenme hacia la colina que está junto al lago! –les dijo–. ¡Y que sea rápido!
Los gansos la llevaron hacia la colina lo más rápido que pudieron. La soltaron sobre la ladera de la colina y, una vez más, Lucy aterrizó sentada con un golpe seco, pum. Pero no tenía tiempo para regañar a las aves. Desde la colina, Lucy tenía una vista perfecta del Consejo de las Hadas mientras luchaba contra la ola monstruosa. Podía notar que sus amigos se estaban cansando, pero el agua estaba cada vez más cerca de la ciudad.
–Espero que funcione –rogó Lucy.
Conjuró toda la magia en su cuerpo y golpeó el suelo con su puño. De pronto, cientos de pianos aparecieron de la nada y rodaron por la colina, provocando una conmoción estruendosa y, por qué no, musical. Todos los ciudadanos asustados se quedaron mirando la avalancha extraña, atónitos. Los pianos se estrellaron contra el suelo y se amontonaron entre el Consejo de las Hadas y la ola enorme. Los instrumentos no dejaban de caer y, pronto, la pila superó a las hadas en altura. En pocos momentos, se creó una nueva represa y Fuerte Longsworth quedó a salvo gracias a una barrera de pianos rotos.
Fueron los cinco minutos más estresantes y caóticos de toda la historia del Reino del Oeste, pero los ciudadanos también acababan de presenciar una de las cosas más espectaculares de sus vidas. Aplaudieron y alentaron con tanta energía que se llegó a sentir en los reinos vecinos.
Lucy bajó de la colina para ver cómo estaban sus amigos. Las hadas estaban tan furiosas que ninguna la pudo mirar a los ojos.
–Bueno, eso fue inesperado –dijo Lucy con una risa nerviosa–. ¿Están bien?
–¡Eres una pesadilla andante! –le gritó Cielene.
–¿Qué rayos estabas pensando? –le preguntó Tangerina.
–¡Podrías habernos matado a todos! –exclamó Emerelda.
–¡Y destruido a toda una ciudad! –continuó Amarello.
Lucy se encogió de hombros inocentemente.
–Oigan, al menos no me ahogué en un vaso de agua –rio–. ¿Lo entienden? ¿Eh?
Brystal dejó salir un suspiro largo y agotado para asegurarse de dejar su ira perfectamente clara. Lucy estaba acostumbrada a enfurecer al resto, pero no podía recordar la última vez que había decepcionado tanto a Brystal. Bajó la cabeza, avergonzada, y mantuvo las manos en sus bolsillos por el resto de la visita.
–Hablaremos luego –le dijo Brystal a las hadas–. Ahora mismo debemos disculparnos por el comportamiento de Lucy ¡y marcharnos antes de perder la confianza de la humanidad para siempre!
El Consejo de las Hadas siguió a Brystal de regreso al escenario, pero de inmediato comprendieron que no era necesario disculparse. Los ciudadanos estaban tan maravillados por la magia que nunca dejaron de festejar. El Rey Belicton regresó al escenario y les estrechó las manos a las hadas profusamente. Incluso él parecía estar encantado con los eventos del día.
Mientras las hadas estaban ocupadas con los elogios interminables, un grupo de personas enganchó cuatro ruedas y ataron a seis caballos al escenario. El escenario empezó a avanzar, inesperadamente, por las calles de Fuerte Longsworth como una carroza inmensa.
–¿Qué está pasando? –preguntó Amarello.
–¿Qué? Es hora del desfile, claro –le contestó el Rey Belicton.
–¡Nunca mencionó nada de un desfile! –se quejó Emerelda.
–Ah, ¿no? –le contestó el Rey Belicton, haciéndose el distraído–. Es una tradición del Reino del Oeste darles a nuestros invitados de honor un desfile por la capital.
Emerelda gruñó y resopló.
–¡Está bien, eso es todo! –exclamó–. Ya tuvimos que soportar una audiencia inesperada, fuimos lo suficientemente buenos como para aceptar su premio, pero definitivamente no participaremos de este estúpido…
–Em, solo déjalo hacer el desfile –intervino Tangerina–. Nos lo merecemos.
–Es lo menos que podemos hacer luego de que Lucy casi destruyera toda su ciudad –agregó Cielene.
Emerelda no estaba contenta, pero sus amigas tenían razón, ya habían tenido suficientes conflictos por un día. Miró al Rey Belicton y le levantó un dedo a la cara.
–Recibirá una carta de mi oficina mañana por la mañana –dijo–. Y le advierto que tendrá palabras fuertes.
El Consejo de las Hadas desfiló por cada calle de Fuerte Longsworth y, si bien la experiencia duró más de lo anticipado, las hadas terminaron disfrutándolo. Los ciudadanos estaban totalmente entusiasmados y su felicidad era contagiosa. Las hadas sonrieron, rieron y, ocasionalmente, se sonrojaron ante las muestras excéntricas de afecto.
–¡Te amo, Hada Madrina!
–¡Quiero ser como tú cuando sea grande!
–¡Te ves fabulosa hoy, Hada Madrina!
–¡Eres mi heroína!
–¡Cásate conmigo, Hada Madrina!
Brystal sonrió y saludó tanto como el resto de las hadas, pero por dentro, no estaba tan alegre como sus amigos. De hecho, estar cerca de los ciudadanos la hacía sentir más incómoda que antes. Estaba desesperada porque el desfile terminara así podría alejarse de todas las sonrisas, pero aun así, no podía explicar por qué sentía eso.
Puede que el desfile haya sido inesperado, pero también fue un acontecimiento muy importante para las hadas. La multitud jovial era prueba de que el Consejo de las Hadas había cambiado al mundo: ¡la comunidad mágica finalmente era aceptada y estaba a salvo de la persecución! No tenía sentido que Brystal se sintiera de otra forma que no fuera triunfante, pero por alguna razón, su corazón no se lo permitía.
Porque nada de esto es real…
La voz apareció de la nada y la desconcertó. Miró alrededor del escenario viajero, pero no encontró a quién había hablado.
Muy en el fondo, sabes que no durará…
Era suave como un susurro, pero a pesar de la conmoción del desfile, la voz sonaba clara como el agua. No importaba hacia dónde giraba o dónde se paraba, era como si alguien le estuviera hablando directo a sus dos oídos a la vez. Y quien quiera que fuera, sonaba muy familiar.
Su afecto…
Su entusiasmo…
Su alegría…
Solo es temporal.
Brystal dejó de intentar encontrar la voz y se concentró en lo que estaba diciendo. ¿Acaso el afecto de la humanidad era tan inestable como sugería la voz? Lo que opinaba la gente sobre la magia había cambiado muy rápido, ¿era posible que volviera a suceder lo mismo? O peor aún, ¿era inevitable?
Hace no mucho tiempo, la gente que celebra tu desfile habría celebrado con la misma intensidad tu ejecución…
Me pregunto cuántas hadas fueron arrastradas por estas mismas calles antes de ser quemadas en la hoguera…
Me pregunto cuántas otras fueron ahogadas en el lago del que acabas de salvar a la ciudad.
La voz hacía que Brystal se sintiera insegura. Mientras miraba a la multitud, vio a los ciudadanos con otros ojos. Había algo siniestro detrás de sus sonrisas y algo primitivo sobre sus alabanzas interminables. Ya no se sentía una apreciada entre admiradores: era solo un trozo de carne entre depredadores. Pero esta no era una epifanía nueva. Esta era la razón por la que Brystal se había sentido incómoda desde el momento de su llegada, solo que no había podido descifrarlo hasta ahora.
La humanidad puede haberse olvidado de los horrores de la historia, pero Brystal nunca olvidaría lo que ellos le habían hecho a las brujas y hadas como ella en el pasado. Y nunca los perdonaría.
Ellos pueden celebrarte hoy…
Pero eventualmente, se cansarán de hacerlo…
La humanidad te odia a ti y a tus amigos, tanto como antes.
De pronto, Brystal descubrió por qué la voz le sonaba tan familiar. No era nadie que estuviera cerca, sino que provenía de su propia cabeza. Ella no estaba oyendo voces, esos eran sus pensamientos.
La historia siempre se repite…
El péndulo siempre se mueve…
Siempre…
Y será mejor que te prepares.
El pensamiento oscuro se desvaneció como si acabaran de activar un interruptor, pero Brystal no sabía dónde estaba ni qué era ese interruptor. La sensación era distinta a cualquier otra cosa que jamás había experimentado. No era ajena a tener ideas peculiares y emociones inquietantes, pero esto parecía ser algo completamente aleatorio y fuera de su control.
Estos pensamientos tenían mente propia.

CAPÍTULO DOS

FELICIDAD
Luego de un día largo de multitudes enérgicas, caridad mágica y desastres no tan naturales, Brystal ansiaba tener una noche tranquila a solas. Desafortunadamente, apenas el Consejo de las Hadas regresó a la Academia de Magia, comprendió que la soledad no estaba disponible para ella en ese momento.
–Brystal, ¿podemos hablar de lo que ocurrió? –le preguntó lucy–. No me has dicho nada desde que nos marchamos del Reino del Oeste.
Con total sinceridad, Brystal sí estaba furiosa con ella, pero el comportamiento de Lucy en la Represa del Oeste no era la razón de su silencio. No podía quitarse de la cabeza los pensamientos extraños que la habían consumido durante el desfile. Cuanto más pensaba en la experiencia, más confusos e inquietantes se tornaban. Esperaba que un descanso breve la ayudara a encontrar una explicación, pero Lucy no parecía estar dispuesta a darle privacidad.
–¡Vaaamooos, Brystal! –se quejó Lucy–. ¿Cuántas veces quieres que te pida perdón?
–Hasta que te crea –le contestó.
Brystal avanzó por la escalinata del frente de la academia y subió por la escalera flotante en el vestíbulo de entrada, pero Lucy insistía.
–Una vez más, me disculpo sinceramente por mi comportamiento de hoy –le dijo Lucy, haciendo una reverencia dramática–. Lo que hice fue infantil, imprudente y completamente peligroso… peeeerooo, tienes que admitir que funcionó.
–¿Funcionó? –le preguntó Brystal, sorprendida por la elección de palabras de Lucy–. ¡No puedes estar hablando en serio!
–¡Claro que sí! ¡La multitud lo amó! –dijo Lucy–. ¡Les dimos un espectáculo que nunca olvidarán y una razón para amar a la magia por siempre!
–¡Casi nos matas y destruyes una ciudad entera!
–¡Sí, pero luego los salvé!
–¡Por una situación que tú causaste! ¡Eso no te convierte en una heroína!
–Ya te lo dije, nunca quise destruir la represa. Honestamente, no sabía qué haría mi magia, solo quería darle un espectáculo al Reino del Oeste. Si solo me hubieras escuchado, ¡nada de esto hubiera ocurrido!
Eso enfureció aún más a Brystal. Se detuvo a mitad de los escalones flotantes y volteó hacia Lucy con una mirada furiosa.
–¡No me eches la culpa a mí! –le dijo Brystal–. ¡Tú pusiste a miles de personas en peligro! ¡Tú casi destruyes una de las ciudades más grandes del mundo! ¡Tú casi arruinas la relación de la comunidad mágica con la humanidad! Y hasta que entiendas eso, lo siento, Lucy, ¡pero quedas fuera del Consejo de las Hadas!
Lucy estaba tan sorprendida que su mandíbula parecía estar a punto de caerse al suelo.
–¡¿Qué?! ¡No puedes echarme del Consejo de las Hadas!
Brystal tampoco estaba segura de poder hacerlo. Hasta ahora, el consejo nunca había necesitado un protocolo para el mal comportamiento.
–Bueno… acabo de hacerlo –contestó Brystal, asintiendo con confianza–. Desde este instante, pierdes todos tus privilegios del consejo hasta que madures lo suficiente para ser responsable por tus acciones. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Brystal dejó a Lucy en estado de shock en los escalones flotantes y se marchó hacia su oficina en el primer piso. Cruzó la pesada doble puerta y suspiró aliviada cuando encontró la habitación vacía.
La oficina era una habitación circular y espaciosa con estantes de libros, gabinetes de pociones y muebles de cristal. Tenía ventanas que llegaban al techo y le ofrecían una vista imponente del terreno de la academia y del océano deslumbrante a lo lejos. Algunas nubes blancas y mullidas se movían suavemente por lo alto del techo, mientras numerosas burbujas brotaban de la chimenea y flotaban por el aire.
La habitación estaba repleta de objetos únicos que Brystal y su predecesora, Madame Weatherberry, habían coleccionado durante los años. En la pared de la chimenea había una réplica inmensa del Mapa de Magia. Estaba lleno de miles de luces brillantes, una para cada bruja o hada que vivía sobre la tierra. Las luces mostraban su ubicación a lo largo de los cuatro reinos y los seis territorios.
Al fondo de la oficina, junto al escritorio de cristal de Brystal, había una esfera muy especial que le permitía ver cómo se veía el mundo desde el espacio. De este modo, Brystal podía monitorear huracanes que surcaban los mares y tormentas que golpeaban la tierra, pero lo más importante de todo era que podía usar este globo terráqueo para vigilar las luces que destellaban sobre las Montañas del Norte.
–Gracias a Dios –se susurró a sí misma–. Todavía estás ahí.
Brystal se sintió aliviada de ver que las luces del norte no se habían movido durante su ausencia. Nunca le contó a nadie por qué esas luces eran tan importantes, pero la verdad era que nadie notaba la frecuencia con la que las revisaba a lo largo del día. Era lo primero que hacía en la mañana y lo último que hacía a la noche, y durante los días en los que el Consejo de las Hadas debía viajar, siempre lo inspeccionaba antes y después de sus viajes.
Las luces significaban que Brystal podía quedarse tranquila, al menos, por una cosa. El día parecía estar lleno de preocupaciones y ni siquiera había terminado.
–¡Estás cometiendo un grave error! –declaró Lucy cuando entró a la oficina por la fuerza.
Durante una fracción de segundo, Brystal se vio tentada de quitarle la magia, pero entendió que no serviría de nada.
–¿Y por qué?
–¡Porque echar a un miembro de la banda siempre termina en desastre! –le explicó Lucy–. ¡Eso mismo ocurrió con los Tenores Globin! Hace unos años, uno de los goblins fue expulsado del grupo por comerse a sus seguidores. ¡Pero la decisión produjo el efecto indeseado! ¡Sin el cuarto miembro de la banda, la gente sintió que les faltaba algo a sus espectáculos y todos dejaron de ir a verlos en vivo!
–¡O quizás dejaron de ir porque se comían a las personas!
Lucy se detuvo por un momento (nunca lo había pensado de esa forma), pero con un gesto rápido de su mano hizo a un lado el comentario y siguió con su punto.
–Mira, entiendo que lo arruiné y merezco un castigo, pero no deberías poner al Consejo de las Hadas en riesgo solo para enseñarme una lección. Todo el mundo sabe que somos seis… ¡y eso es lo que la gente quiere ver! Si empiezan a aparecer solo cinco a nuestros eventos, la gente se sentirá decepcionada. Tal como te lo dije en la Represa del Oeste, si los decepcionamos comenzarán a resentirnos y pronto ¡odiarán a todos los miembros de la comunidad mágica!
–Lucy, sinceramente dudo que el destino de la comunidad mágica dependa de tu asistencia.
–Al principio no, ¡pero luego sí! –insistió Lucy–. Ahora mismo, el Consejo de las Hadas es el número más importante del mundo, pero cuanto más importante sea, más rápido se puede apagar. Lo he presenciado tantas veces que ya perdí la cuenta. Cuando los artistas crecen demasiado rápido, empiezan a cometer errores. Se ponen cómodos y dejan de trabajar para complacer a la gente. Empiezan a invertir menos, rompen promesas y dan por sentado al público. Y justo cuando creen que son imparables… ¡bam!, ¡el público los deja de seguir por un acto que sí cumple con sus expectativas!
–Lucy, ¡este no es el mundo del espectáculo!
–¡Todo es el mundo del espectáculo! ¿Por qué no lo ves?
Brystal respiró profundo y se sentó en la silla detrás de su escritorio de cristal.
–No estoy intentando molestarte, solo estoy cuidándonos –dijo Lucy–. La comunidad mágica está a salvo porque la gente ama al Consejo de las Hadas y si queremos mantener al público de nuestro lado, no podemos arriesgarnos a hacerlos sentir mal. Darle a la gente lo que quiere, cuando lo quieren, es la mejor forma de asegurar nuestra supervivencia.
Tiene razón, lo sabes…
Una vez más, el pensamiento apareció de la nada, desconcertando a Brystal por completo.
Nunca tendrás la aprobación de la humanidad…
Tendrás que ganártela una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.
Brystal escuchó a los pensamientos con tanta claridad que se recordó a sí misma que solo estaban en su cabeza.
Puede que te traten como una salvadora, pero la verdad es que no eres nada más que una esclava…
Un bufón en la corte de la humanidad…
Un payaso en sus circos…
Brystal se sentía muy perturbada por lo que le decían los pensamientos. Intentó concentrarse en saber de dónde venían, pero cada vez que aparecía uno, abandonaba tan rápido su mente que no podía trazar un hilo lógico para encontrar su origen. Era como si alguien más estuviera soltándo ideas en su cabeza antes de irse corriendo.
–Me doy cuenta de que lo estás pensando –le dijo Lucy–. No me considero una experta en muchos ámbitos, pero, por primera vez, estoy segura de lo que estoy diciendo. No importa cuánta compasión y caridad le demos a la gente, no estarán satisfechos a menos que los entretengamos. Y, con suerte, yo soy la persona indicada para eso.
Ella no quiere ayudarte…
Solo quiere ayudarse a sí misma…
Te traicionará por un poco de atención…
Te abandonará solo por un poco de gloria.
Brystal intentó ignorar los pensamientos, pero cuanto más lo intentaba, más fuertes parecían hablarle. Se cubrió las orejas para bloquearlos, pero los escuchaba con la misma claridad que antes. Lucy levantó una ceja cuando vio a Brystal y tomó el gesto como un ataque muy personal.
–¿De verdad te vas a tapar los oídos? –le preguntó.
–Lucy, por favor, no quiero seguir hablando de esto –le rogó Brystal.
–¿Tanto te cuesta escucharme?
–Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza y yo…
–Es por lo de la Represa del Oeste, ¿verdad? ¿Qué tendré que hacer para volver a tener tu confianza?
–No, no tiene nada que ver con…
–Entonces, ¿cuál es tu problema? ¿Por qué actúas así?
Brystal suspiró y se hundió en la silla detrás de su escritorio. Una parte de ella quería contarle a alguien sobre los pensamientos inquietantes que tenía en su cabeza, pero aún estaba tan confundida que no sabía qué decir. Además, no era un gran momento para tener una conversación profunda con Lucy.
No lo entendería…
Nadie lo entendería…
Todos creerán que estás loca…
Encontrarán una forma de usarlo en tu contra…
Estarán esperando a que aparezca un motivo para deshacerse de ti.
Brystal no quería pensar esas cosas horribles, pero ya no tenía control sobre sus pensamientos. Lucy se cruzó de brazos y la estudió como si fuera un acertijo humano.
–Algo te está perturbando –le dijo–. Puedo sentirlo… Los problemas son mi especialidad.
–Ya te lo dije, no quiero hablar –le contestó Brystal.
–¿Por qué no? ¡Yo te conté todo sobre mí!
–Por favor, detente…
–¡No, no me detendré! ¡No me iré de esta oficina hasta que me digas qué está pasando!
–¡Está bien! ¡Entonces yo me iré!
Brystal se puso de pie y avanzó hacia la puerta, desesperada de tener tiempo a solas. Pero justo cuando estaba a punto de salir de su oficina, la puerta doble se abrió de golpe. Tangerina y Cielene entraron con las cajas de correspondencia de ELOGIOS y PEDIDOS. Ambas estaban repletas de sobres.
–¡Tenemos más correo de nuestros seguidores! –anunció Tangerina.
–¡No creerán cuánto recibimos esta semana! –agregó Cielene.
Las muchachas estaban acompañadas por el caballero inmenso con las astas sobre su cabeza que vigilaba la entrada. El caballero llevaba dos bolsas enormes que contenían muchos más sobres.
–¿Qué está haciendo Horence con el correo? –preguntó Brystal.
–La frontera está bastante más segura desde que el mundo se enamoró de la magia –dijo Tangerina–. Necesitábamos que alguien se encargara del correo, por lo que le dimos un nuevo trabajo.
–Brystal, ¿dónde quieres que ponga tus cartas? –quiso saber Cielene.
–¿Algunas son para mí? –preguntó Brystal.
Tangerina y Cielene la miraron como si estuviera bromeando.
–Todas son para ti –dijo Tangerina.
Brystal no podía creer la cantidad de gente que se había tomado el tiempo de escribirle. Había cientos, quizás miles de cartas y cada una de ellas estaba dirigida al Hada Madrina.
Ninguna de estas personas se preocupa por ti realmente …
Solo quieren algo de ti…
Siempre quieren más y más…
Nunca estarán contentos.
Brystal se quedó inmóvil y lo más estoica posible para que el resto no notara cuánto le estaban afectando el estado de ánimo sus pensamientos.
–Solo déjenla junto a la mesa de té –indicó–. Las leeré más tarde.
–¡Nos encantaría revisar el correo, si quieres! –le dijo Tangerina.
–¡A veces la gente envía regalos! –agregó Cielene.
Lucy se cruzó de brazos y les lanzó una mirada furiosa.
–¿Nos pueden dejar solas? –les preguntó–. Brystal y yo estábamos en medio de una conversación antes de que nos interrumpieran.
–De hecho, ya me iba –aclaró Brystal–. Siéntanse libres de mirar el correo y quedarse con cualquier regalo que encuentren.
Tangerina y Cielene se sentaron en el sofá de cristal y hurgaron entre todo el correo con mucho entusiasmo. Pero, una vez más, antes de que Brystal llegara a la puerta, apareció otra invitada. Emerelda entró a la oficina con un paso firme, mientras escribía en un anotador de esmeraldas.
–Brystal, ¿tienes un minuto? –le preguntó Emerelda–. Estaba repasando nuestros horarios para la próxima semana y tengo algunas preguntas. Estoy intentando ordenar los detalles para que no haya sorpresas. No permitiré que ningún otro miembro de la realeza se aproveche de nosotras otra vez. Si lo hacen una vez, su culpa. Si lo hacen dos veces, mi culpa.
–Honestamente, Em, no es un buen momento.
–No te preocupes, no me tomará mucho –dijo Emerelda y repasó sus notas–. La Reina Endustria quisiera nombrar a un barco con tu nombre durante nuestra visita al Reino del Este la próxima semana. Le dije que depende de qué tipo de barco sea. No quiero que nadie use al Hada Madrina para cazar ballenas.
–Bien pensado –indicó Brystal, acercándose lentamente hacia la puerta–. Estoy de acuerdo, depende del tipo de barco.
–Ahora bien, próximo asunto. El Rey White quiere ponerle tu nombre a un feriado –continuó Emerelda–. Quieren conmemorar el día que pusiste a la Reina de las Nieves en reclusión. No veo un problema con esto siempre y cuando nosotras elijamos el nombre del feriado. Deberíamos ver qué tipo de festividades se llevarán a cabo ese día. No queremos que la gente juegue a ponerle la varita al hada para celebrarte.
–Suena bien –dijo Brystal–. ¿Eso es todo?
–No, todavía no –respondió Emerelda–. El Rey Champion XIV quiere levantar una estatua en tu honor en la plaza central de Colinas Carruaje. Si estás cómoda con esto, sugiero que nosotras elijamos al escultor. Lo último que queremos es algo abstracto que traume a los niños.
–Dile al rey que yo misma le escribiré sobre ese asunto –dijo Brystal, empujando la puerta–. Ahora, si me disculpas, voy a tomar un poco de aire fresco.
–¡Brystal! –reclamó Lucy–. ¿De verdad te marcharás antes de que terminemos de hablar?
–¡Brystal! –gritó Tangerina–. ¡Alguien del Reino del Norte te envió el brazalete más hermoso que jamás vi! ¡Y me queda muy bien!
–¡Brystal! –la llamó Cielene–. ¡Alguien del Reino del Sur te envió una oruga muerta! Ah, espera, la carta dice que se suponía que debía ser una mariposa hermosa cuando la abrieras. Bueno, qué lástima.
Cuando Brystal abrió la puerta, una anciana alegre entró a la oficina. Tenía cabello violeta, un delantal púrpura y estaba muy contenta de ver a Brystal, pero Brystal estaba agotada de tener que lidiar con otra visita.
–Oh, ¡qué bueno que estás aquí! –dijo la anciana–. Eres muy difícil de encontrar. ¡O estás muy ocupada o eres muy buena evitándome! ¡JA-JA!
–Hola, señora Vee –saludó Brystal–. ¿Qué puedo hacer por usted?
–Me preguntaba si ya tomaste una decisión sobre el pedido que te envié –le dijo la señora Vee.
–Ehm… sí, claro que sí –le contestó Brystal–. ¿Me puede recordar cuál era el pedido?
–Quiero derribar una pared y expandir la cocina –le contestó la señora Vee–. Tenemos muchas más bocas que alimentar. ¡Una imagen puede valer más que mil palabras, pero un solo horno no puede cocinar para mil personas! ¡JA-JA!
–Claro que puede expandir su cocina, señora Vee –le contestó Brystal–. Mis disculpas por no responderle antes. El consejo ha estado muy ocupado.
Mientras Brystal pasaba junto a la señora Vee, Amarello apareció corriendo y le bloqueó la salida.
–¡Brystal! ¡Vengo de la sala suroeste de la academia! –anunció respirando con dificultad.
–¿Qué? ¿Qué pasó? –le preguntó.
–¡Un hechizo salió muy mal durante las lecciones de esta tarde! –le avisó Amarello–. ¡Todas las hadas del quinto piso se encogieron y ahora son diminutas!
–¿Y me necesitan para cambiar eso?
–De hecho, quieren tu permiso para permanecer pequeñas. Supuestamente, notaron los beneficios de las reducciones, pero no entiendo qué le ven de bueno. De todas formas, quieren una respuesta antes de que les suba el ánimo…. ¿O baje, quizás?
Brystal se quejó y puso los ojos en blanco.
–¡Claro! ¡Lo que quieran! ¡No me importa!
Brystal empujó a Amarello y avanzó por el corredor. Estaba acostumbrada a tomar decisiones y encontrar soluciones, pero hoy se sentía como si se estuviera ahogando en los pedidos y preguntas.
Es demasiado…
Son demasiadas decisiones…
No deberías cargar sola con todo esto.
Por primera vez, Brystal estaba de acuerdo con los pensamientos extraños. Lo único que quería era tener un momento a solas. Lo único que necesitaba era un momento de silencio, pero eso parecía imposible.
Tus amigos nunca sabrán lo que sientes…
Estallarían con tanta presión…
Quedarían aplastadas por las responsabilidades.
Los pensamientos le aceleraron el corazón más y más. Si no se alejaba del resto, temía explotar. Desafortunadamente, cuando Brystal avanzó por el corredor, sus amigos la siguieron.
–¡Brystal! ¿Te gustaría enviar una nota de agradecimiento por mi brazalete?
–¡Brystal! El Rey Champion necesita una respuesta para mañana.
–¡Brystal! ¿Las hadas pequeñas deberían preocuparse de los grifos?
–¡Brystal! ¿Conoces algún hada con una especialidad para las renovaciones? ¡JA-JA!
–¡Brystal! ¿Deberíamos hacerle un funeral a la oruga?
–¡Brystal! ¿Cuándo vamos a terminar nuestra conversación?
–¡CIERREN LA BOCA!
Su crisis nerviosa desconcertó a las hadas, pero ninguna parecía tan sorprendida como Brystal misma. Se sentía avergonzada de haberles levantado la voz, pero por primera vez en todo el día, finalmente tenía silencio, dentro y fuera de su cabeza.
–Yo… yo… yo… lo siento –les dijo–. No quería gritarles… Es solo que fue un día muy largo y quiero estar sola… Por favor, déjenme sola…
Brystal se marchó por el corredor antes de que sus amigos pudieran responder. Las hadas respetaron su pedido y no la persiguieron.
–¿Qué le pasa? –le susurró Tangerina al resto.
Lucy observó a Brystal con determinación.
–No tengo idea –le respondió con otro susurro–. Pero lo voy a descubrir.

Brystal tomó una larga caminata para aclarar su cabeza y, por suerte, los pensamientos desagradables no la siguieron. Estaba desesperada por encontrar cómo y por qué escuchaba esas cosas, pero desafortunadamente, la paz y la tranquilidad no le dieron ninguna respuesta. Los pensamientos la dejaban peor cada vez que ocurrían y, cuanto más intentaba comprenderlos, más frustrada se sentía.
Caminó por el Territorio de las Hadas, con la esperanza de que el lugar pintoresco la hiciera sentir mejor. Mientras caminaba, Brystal se concentró en todas las cosas positivas que tenía a su alrededor y se recordó a sí misma todas las razones por las que debía ser feliz.
Durante el último año, la ahora Academia de Magia “Celeste Weatherberry” había cambiado tanto que era irreconocible. El castillo se había expandido casi diez veces su tamaño original para albergar a todas las hadas que se habían mudado allí. Sus torres radiantes se elevaban treinta pisos y sus paredes doradas cubrían una extensión de diez acres. Y cada vez que llegaba una nueva hada, el castillo se volvía más grande.
Los unicornios, grifos y las pequeñas hadas aladas ya no eran especies en peligro y deambulaban por la propiedad con sus rebaños y grupos llenos de salud. Los animales ayudaban a fertilizar la tierra, lo que permitía que crecieran flores más coloridas y árboles más verdes que antes.
Mirara donde mirara, Brystal veía hadas practicando su magia y enseñándole a otras a desarrollar sus habilidades. Las hadas saludaban a Brystal y le hacían leves reverencias cuando pasaban a su lado, y ella podía sentir la gratitud que irradiaba de sus corazones. Gracias a ella, la pequeña academia de Madame Weatherberry había transformado el Territorio de las Hadas y por primera vez en la historia, la comunidad mágica tenía un lugar seguro para vivir en paz y prosperar.
Todas las hadas sabían que Brystal era la responsable de su felicidad, pero, más allá de la alegría que creaba para el resto, ella no parecía guardar nada para sí misma.
Al atardecer, Brystal bajó por el acantilado hacia la playa de la academia. Se sentó sobre una banca de rocas y observó la puesta de sol. El cielo estaba cubierto por nubes rosadas y el océano brillaba a medida que el sol se hundía en el horizonte. Era una vista asombrosa, uno de los atardeceres más espectaculares que Brystal jamás había visto en el Territorio de las Hadas, pero ni siquiera eso le levantó el ánimo.
–Solo tienes que ser feliz… –se dijo Brystal a sí misma–. Ser feliz… ser feliz… ser feliz…
Lamentablemente, sin importar cuántas veces se lo repitiera, su corazón no parecía escucharla.
–¿Con quién hablas?
Brystal giró sobre su hombro y vio a una niña de ocho años detrás de ella. La niña tenía ojos castaños y estaba despeinada, y llevaba una ropa elástica que había hecho con sabia de árbol. Si bien había crecido un poco en el último año, para Brystal siempre sería la pequeña niña que conoció en el Correccional Atabotas.
–Hola, Pip –le dijo Brystal–. Lamento mucho que me hayas encontrado hablando sola.
–No te preocupes. Algunas de mis mejores conversaciones las tengo conmigo misma. ¿Quieres que te haga compañía?
Más compañía era lo último que Brystal quería, pero como estar sola no la había ayudado como esperaba, le vendría bien una distracción. Le dio una palmada a la banca de rocas y Pip se sentó a su lado.
–¿Cómo vienes con tus clases? –le preguntó Brystal.
–Bien –le contestó Pip–. Ya completé las de mejoras, rehabilitación y manifestación. Mañana empezaré a trabajar en imaginación.
–Eso es grandioso. ¿Estuviste trabajando en tu especialidad también?
–¡Sí! ¡Mira esto!
Pip tomó un anillo de su bolsillo y le mostró a Brystal cómo podía apretujar su brazo entero para pasarlo a través de este, como si su extremidad estuviera hecha de arcilla.
–Muy impresionante –la animó Brystal.
–Ayer metí mi cuerpo entero en un envase de pepinillos –le contó Pip–. Desafortunadamente, me quedé atrapada allí por tres horas. Meterse en las cosas es mucho más fácil que salir, pero supongo que así es la vida.
–Desearía haber estado allí para ayudarte. El Consejo de las Hadas ha estado tan ocupado que apenas tengo tiempo para mí.
–Todos están hablando de su visita al Reino del Oeste. Oí que fue todo un éxito.
–Fue demasiado memorable para mi agrado pero ayudamos a mucha gente y los hicimos muy felices en el proceso. Supongo que eso es todo lo que importa.
–Pero no luces muy feliz –notó Pip–. ¿Hay algo que te molesta?
Brystal miró hacia la puesta de sol y suspiró, no tenía fuerzas para seguir ocultándolo.
–La felicidad me está costando mucho en este momento –confesó–. No lo entiendas mal, quiero estar feliz. Hay tantas cosas por las cuales estar agradecidas, pero por alguna razón, no puedo evitar tener pensamientos negativos sobre todo lo que me rodea. Siento que estoy atrapada en mi propio envase de pepinillos.
–¿Estás segura de que estás siendo negativa? –le preguntó Pip–. Por mi experiencia, hay una línea muy delgada entre ser negativa y simplemente realista. Cuando vivía en el Correccional Atabotas, había días en los que me levantaba pensando, Guau, voy a estar aquí para siempre; y otros en los que me despertaba pensando, Maldición, voy a estar aquí para siempre. Pero eran puntos de vista completamente diferentes.
–No, yo definitivamente estoy siendo negativa –dijo Brystal–. Mis pensamientos me ponen de un humor horrible y hacen que me preocupe y me sienta paranoica. Dios, desearía que Madame Weatherberry aún estuviera aquí, ella sabría exactamente cómo ayudarme.
–Y si estuviera aquí, ¿qué te diría? –le preguntó Pip.
Brystal cerró los ojos e imaginó a Madame Weatherberry sentada a su lado. Esbozó una sonrisa triste cuando recordó los ojos violetas de su mentora y el tacto suave de sus manos enguantadas.
–Probablemente me alentaría a llegar al fondo del problema –respondió Brystal–. Honestamente, creo que ser el Hada Madrina me está agotando. Sabía que sería mucha responsabilidad, pero todo eso vino con un componente emocional que nunca esperé.
–¿En serio? –le preguntó Pip–. ¿Cómo es eso?
Brystal se quedó en silencio mientras pensaba una respuesta. Le resultaba tan difícil explicarse a sí misma lo que sentía, que era mucho más complicado explicárselo a otra persona.
–El mundo me conoce y me adora por una cualidad que solía ocultar y odiar de mí. Y si bien sé que no tengo nada que temer ni sentirme avergonzada, muy en lo profundo, aún cargo con ese miedo y vergüenza. En algún momento, me ocupé tanto de cambiar al mundo que me olvidé de cambiarme a mí. Y ahora creo que estas emociones viejas están empezando a jugar con mi mente.
Este nuevo descubrimiento no resolvió sus problemas, pero la hizo sentir un poco mejor. Pip miró hacia el océano con una expresión sombría, como si ella supiera exactamente lo que Brystal estaba diciendo.
–Creo que te entiendo –le dijo–. Cuando estaba en el Correccional Atabotas, nunca sentí que perteneciera a ese lugar. Es decir, habría sido raro si pensaba eso. Pero si bien ahora vivo en el Territorio de las Hadas, el vacío sigue conmigo. Como nadie me enseñó a pertenecer a ningún lugar, simplemente me siento vacía en cada lugar al que voy. Supongo que yo también cargo con esas emociones viejas.
Brystal sentía lástima por Pip y deseaba sentirse mejor para ayudarla.
–Quizás pertenecer no se puede enseñar –reflexionó–. Quizás solo sea algo que debamos practicar.
Pip asintió.
–Quizás la felicidad también –le dijo.
Las niñas intercambiaron sonrisas algo desanimadas y admiraron el atardecer en silencio. La tranquilidad solo fue interrumpida cuando oyeron un susurro.
–¡Ah, mira! ¡Allí está!
–¡Shh! ¡No hagas movimientos bruscos!
Brystal volteó y vio a Tangerina y Cielene en la playa detrás de ella.
–Está bien. No les voy a gritar.
–Lo siento, sabíamos que querías estar sola –se disculpó Tangerina.
–Es solo… ehm… hay algo que vino en el correo que deberías ver –le dijo Cielene.
–¿De quién es? –preguntó Brystal.
Tangerina y Cielene se miraron preocupadas.
–De tu familia –respondieron.
De pronto, Brystal sintió un nudo en el estómago. No había hablado con ningún miembro de su familia desde hacía un año. Debía ser importante si la estaban buscando. Brystal se puso de pie y Tangerina le entregó un sobre cuadrado. A diferencia de las otras cartas, este sobre estaba dirigido a Brystal Evergreen, en lugar de al Hada Madrina, y la dirección de su familia figuraba en el remitente. Brystal abrió el sobre y se encontró con una tarjeta gruesa con unas letras pomposas:

–Oh, por Dios –exclamó Brystal.
–¿Qué ocurre? –preguntó Tangerina casi sin aliento.
–¡Mi hermano se va a casar!
–¡Oh, gracias a Dios! –dijo Cielene–. ¡Tenía miedo de que se hubiera muerto alguien!
Brystal no sabía qué era más increíble: la idea de que Barrie se estuviera por casar o el hecho de que la invitaran a ella a la boda.
–Felicitaciones –le dijo Pip–. Eso debería hacerte feliz.
Brystal estaba de acuerdo, pero más allá de las buenas noticias, se sentía igual de melancólica que antes.
–Tienes razón –le respondió Brystal–. Debería hacerme feliz… Debería…

CAPÍTULO TRES

UNA PRESENTACIÓN JUSTA
Cuando Brystal recibió la invitación a la boda de Barry, parecía faltar una eternidad para el dieciséis de champviembre, pero gracias a la agenda ajustada del Consejo de las Hadas, los días pasaron mucho más rápido de lo que hubiera querido. Durante las últimas semanas previas a la boda, Brystal comenzó a temerle a la fecha del mismo modo que le temería a una tormenta. Estaba acostumbrada a tener reuniones a diario con los diplomáticos y funcionarios más respetados del mundo, pero el hecho de ver a su familia otra vez le resultaba un futuro aterrador.
La última vez que vio a sus hermanos Brooks y Barrie, apenas evitó ser ejecutada en la corte. La última vez que vio a su padre, el Juez Evergreen, Brystal lo humilló frente a todos los Jueces del Reino del Sur. Y la última vez que vio a su madre, la señora Evergreen le pidió que se fuera y encontrara una mejor vida.
Debido a lo dramática que habían sido las despedidas, Brystal no tenía idea de qué esperar ni cómo prepararse. Sin ninguna duda, el Juez Evergreen estaría ofendido con ella hasta el día de su muerte, pero su opinión no era lo que más le preocupaba. A Brystal le preocupaba cómo reaccionarían su madre y sus hermanos al verla otra vez, y se preguntaba si este último año había cambiado lo que sentían por ella.
La invitación probablemente fue un error…
Tu familia no quiere verte…
Probablemente te odien por cómo cambiaste al mundo…
Probablemente estén avergonzados de la persona en la que te convertiste.
La situación era un caldo de cultivo para pensamientos perturbadores y, cada día que pasaba, Brystal se sentía más tentada a no asistir a la boda. Sin embargo, ella sabía que nada le haría sentirse peor que perderse un día tan importante para la vida de su hermano. Así que, a pesar de todos sus miedos y ansiedades, la mañana del dieciséis Brystal se despertó determinada a ir.
A las tres de la tarde, Brystal abandonó el Territorio de las Hadas y flotó hacia el Reino del Sur en una burbuja enorme. A medida que avanzaba por el cielo, Brystal causaba una gran sensación en las aldeas y granjas debajo. Los civiles salían corriendo de sus hogares para saludarla, los perros ladraban y perseguían su burbuja gigante, incluso las vacas y ovejas dejaban de pastar para observarla volar.
Disfruta el afecto mientras puedas…
No recibirás la misma bienvenida en casa…
Los extraños te aman más de lo que tu familia jamás te amará.
A las cuatro y media de la tarde, Colinas Carruaje apareció en la distancia y Brystal descendió en los campos del este. Su primera vista de la casa de los Evergreen la hizo sobresaltarse, como si sus nervios acabaran de conseguir piernas y le hubieran pateado el estómago. La casa modesta de su infancia lucía exactamente igual. Lo único diferente eran todos los arreglos para la boda que habían montado en el jardín del frente.
Había una inmensa tienda blanca bajo la cual habían acomodado una docena de filas de sillas blancas y una glorieta del mismo color. Varios carruajes esperaban en una fila larga por el camino del este, donde los pasajeros descendían de a uno a la vez. Los invitados a la boda eran un grupo ecléctico de aristócratas y plebeyos, ancianos y jóvenes, y estaban reunidos en una zona de barras y puestos de tragos. La decoración era clásica y tradicional, pero era mucho más elaborada de lo que Brystal había imaginado. Si su padre se hubiera encargado de todo, Barrie de seguro se habría casado en un granero sucio.
Brystal aterrizó en el centro del jardín y estalló la burbuja con su varita de cristal. Los invitados estaban muy entusiasmados de verla y empezaron a rodearla como una jauría de lobos hambrientos.
–¡Es el Hada Madrina!
–¡No puedo creer que la esté viendo en persona!
–¿Creen que quiera hablarme?
–¡Sabía que debería haberme vestido mejor!
Todos los susurros la hicieron sentir un poco incómoda, no por la atención, sino porque reconocía muchas caras entre la multitud. Vio a familias de amigos y primos lejanos, antiguas compañeras de escuela y maestras, y vecinos con los que había crecido. La mayoría la conocían desde que era una niña pequeña, pero ahora la miraban boquiabiertos como si fuera de otro planeta.
–¡Hada Madrina! ¿Me da su autógrafo?
–¡Hada Madrina! ¿Puede besar a mi bebé?
–¡Hada Madrina! ¿Me da un abrazo?
–¡Hada Madrina! ¿Puede hacer algo de magia para nosotros?
Las únicas personas que no estaban entusiasmados de verla era un grupo de jueces del Reino del Sur que estaban amontonados en un rincón del jardín. Los hombres llevaban sus túnicas negras típicas y sus sombreros negros altos, y la miraban como una bandada de buitres. Irónicamente, Brystal prefería las miradas de odio de los jueces que la reacción del resto de los invitados.
–¡Hada Madrina! ¿Nos trajo regalos?
–¡Hada Madrina! ¿Puede convertir mi vestido en un vestido de boda?
–¡Hada Madrina! ¿Puede hacerme crecer el cabello?
–¡Hada Madrina! ¿Puede darme una buena voz para cantar?
Ni bien su tío abuelo se arrodilló y le besó los pies, Brystal empezó a buscar un lugar para esconderse, pero solo había un lugar a donde ir. Sin tener otra opción, se abrió paso entre la multitud entusiasmada y entró a toda prisa a la casa de los Evergreen.
Una vez que cerró la puerta detrás de ella, Brystal suspiró aliviada, pero adentro de la casa el ambiente era incluso más caótico que afuera. Docenas de damas de honor y padrinos de boda se movían frenéticamente por la casa como si esta se estuviera incendiando.
–¿Alguien vio mi moño?
–¡Oye! ¡Ese es mi zapato!
–¡OH, POR DIOS! ¡Perdí los anillos!
–¿Cómo terminé con dos ramilletes?
–¡Falsa alarma! ¡Tengo los anillos!
Por suerte, como todos los partícipes de la boda se estaban ocupando de los últimos detalles de sus trajes y vestidos, no notaron a Brystal en la entrada. Al principio, Brystal se quedó tan distraída por la gente que corría de un lado a otro que no vio nada más. Una vez que las damas de honor y los padrinos se dispersaron, se quedó boquiabierta repentinamente. A diferencia del exterior de la casa, el interior había cambiado tanto que creyó haberse equivocado de lugar.
En el pasado, el Juez Evergreen era tan conservador que le negaba a la familia tener algo que considerara extravagante. Todas las pertenencias de los Evergreen, desde su ropa hasta el empapelado de las paredes, eran de segunda mano. La mera idea de tener sirvientes era imposible, lo que obligaba a Brystal y a la señora Evergreen a encargarse ellas solas de la cocina, la limpieza y la jardinería. Sin embargo, mientras Brystal admiraba su casa con nuevos ojos, comprendió que eso ya no era así.
Todas las habitaciones tenían muebles nuevos que combinaban entre sí. Los platos y tazones en el gabinete tenían el mismo color y la platería era del mismo juego. Las cortinas estaban hechas de la misma tela y todas las paredes parecían recién pintadas con un tono gris perla. Pero lo más sorprendente de todo, fueron las sirvientas que empezaron a limpiar una vez que los padrinos y las damas de honor se marcharon, y la cocinera que preparaba la comida en la cocina.
Era una imagen tan impactante que Brystal se sentía como si hubiera entrado a otra dimensión, y se preguntaba si habían redecorado todas las habitaciones por igual. Antes de poder evitarlo, la curiosidad se apoderó de Brystal y subió por las escaleras hacia su antigua habitación en la parte más alta de la casa.
Lentamente, abrió la puerta de su dormitorio y entró. La cama tenía las mismas sábanas, la mesa de noche tenía la misma vela, el espejo y el aparador estaban en el mismo rincón, incluso nadie había tocado las tablas flojas del suelo desde que se había ido. El dormitorio lucía exactamente como lo recordaba, pero, extrañamente, se sentía completamente distinto. Brystal no podía creer lo pequeño y frío que era, y aun así, el tamaño y la temperatura nunca eran lo que más resaltaba en su memoria.
Quizás la habitación parecía más pequeña porque ella había crecido mucho como persona y, quizás, la habitación se sentía fría porque sabía lo que se sentía la calidez de un verdadero hogar.
Algunas lágrimas brotaron de sus ojos al recordar cómo solía ser su vida en la casa de los Evergreen. Recordó todas las noches que había llorado sola hasta dormirse, los días que había vivido con miedo y todas las pesadillas en el medio. Recordó la ira de ansiar una vida mejor, el dolor de sus plegarias ignoradas y la asfixia de sentirse atrapada. Pero Brystal no solo recordaba las emociones, sino que también las sentía. Todos los miedos y la tristeza reflotaron desde las profundidades de su mente, más fuerte que antes.
Nunca te desharás de ella…
No importa a dónde vayas o lo que hagas…
Una parte de ti siempre será esa niña asustada y reprimida…
Siempre estará en tu interior…
Siempre.
Brystal no entendía por qué sentía y pensaba esas cosas. Su vida había cambiado tanto que era prácticamente una persona distinta. Entonces, ¿por qué cargaba con el mismo dolor de su pasado? Se miró al espejo en busca de consuelo, pero desafortunadamente, su reflejo solo la hizo sentir peor. No había diferencia entre la expresión de tristeza que Brystal tenía este día y la de su niñez.
Quizás su vida no había cambiado tanto como creía.
–¡Volviste! –dijo una voz por detrás de ella.
Brystal se secó las lágrimas a toda prisa y giró. Una mujer hermosa de mediana edad con un vestido verde azulado brillante estaba parada junto a la puerta. La mujer estaba tan feliz de verla que entró corriendo a la habitación y la abrazó.
–¿Mamá? –preguntó Brystal, boquiabierta–. ¿Eres tú?
La señora Evergreen se veía tan diferente que Brystal no la reconoció de inmediato. Su cabello ya no era un tenso moño sobre su cabeza, sino que caía libremente hasta su cintura. Las ojeras debajo de sus ojos habían desaparecido y, por primera vez desde que Brystal tenía memoria, la señora Evergreen lucía descansada. El vestido verde azulado también le resaltaba sus ojos verdes, los cuales Brystal nunca había notado hasta ahora.
–Oh, querida mía –dijo la señora Evergreen y abrazó a Brystal con más fuerza–. ¡Te extrañé tanto! ¡No sabes lo feliz que estoy de verte!
–¡Mamá, te ves fantástica! ¿Qué ocurrió?
–Bueno, intenta de no mostrarte tan sorprendida –bromeó la señora Evergreen.
–Claro que no, ¡no lo dije por eso! –le contestó Brystal–. Discúlpame, es que todo se ve tan diferente. No esperaba que la casa se viera así. No esperaba que tú te vieras así. Hay muebles nuevos, vajilla nueva, cortinas nuevas. ¡Incluso tienen sirvientas! ¿Cómo es que papá está permitiendo todo esto?
–Finalmente le di una última oportunidad –le contó la señora Evergreen–. Le dije que, si no contrataba sirvientas y una cocinera para ayudarme en la casa, lo dejaría. Y le recordé que, si yo me iba, no tendría más opción que contratar sirvientas y una cocinera. ¡Deberías haber visto su cara! La idea de perderme debió ser demasiado tenebrosa para él, porque desde entonces no me niega nada.
Brystal estaba increíblemente orgullosa de su madre, pero sus pensamientos rápidamente borraron la sensación y la reemplazaron con vergüenza.
Tú deberías haberla ayudado…
Si no fuera por ella, aún estarías en el Correccional Atabotas…
Pero tú la abandonaste para ayudar a unos extraños…
Tú le fallaste y ella tuvo que hacerlo todo sola.
–¿Qué ocurre, Brystal? –le preguntó la señora Evergreen–. ¿Por qué estás triste?
–Oh, no es nada.
La señora Evergreen la miró con firmeza. No importaba cuánto tiempo había pasado, la señora Evergreen siempre sabía cuándo Brystal le estaba mintiendo.
–Me siento muy culpable –le confesó Brystal–. Luego de que tú firmaras el permiso para que yo pudiera asistir a la escuela de Madame Weatherberry, siempre me repetí a mí misma que debería haber regresado para salvarte de este lugar, pero nunca lo hice. Estuve ayudando a extraños de todo el mundo, pero nunca te ayudé a ti.
La señora Evergreen parecía desconsolada y contenta por la confesión de Brystal. Colocó una mano con suavidad sobre el rostro de su hija y la miró fijamente a los ojos.
–Brystal, tú no eres responsable por la felicidad de nadie más que la tuya, y eso me incluye a mí –señaló la señora Evergreen–. La última vez que hablamos, te dije que te marcharas de este lugar horrible y que nunca más regresaras porque eso es lo que era, un lugar horrible. No creí que fuera posible cambiar eso. Pero luego algo sorprendente ocurrió, apareció alguien y me mostró que nada es imposible.
–¿Quién? –quiso saber Brystal.
–Tú, cariño –respondió la señora Evergreen–. Pensé, si mi hija puede cambiar a todo el mundo, entonces yo también puedo hacer cambios. Sin tu ejemplo, nunca habría tenido el coraje de enfrentar a tu padre. Entonces, de muchas formas, tu sí me salvaste. Y no solo a mí, también inspiraste a otros miles de personas a mejorar sus vidas. Espero que sepas lo especial que es eso.
Brystal sabía lo importantes que eran las palabras de su madre, pero su estado mental actual no le permitía terminar de aceptar ese sentimiento. Se encogió de hombros como si la señora Evergreen le estuviera dándole un pequeño cumplido.
–Es agotador a veces –confesó.
–Estoy segura de eso. He visto cómo reaccionan esas multitudes cuando te ven a ti y a tus amigos.
–¿Quieres decir que fuiste a uno de nuestros eventos? –le preguntó Brystal con incredulidad.
–Ah, no me perdí ni uno solo en el Reino del Sur –le dijo la señora Evergreen con una sonrisa de orgullo–. Estuve presente cuando reconstruyeron el orfanato que se incendió, estuve presente cuando le dieron un nuevo techo al hospital para los soldados heridos y estuve allí, la semana pasada, cuando el Rey Champion te presentó con una estatua en la plaza principal de Colinas Carruaje. De hecho, llevé un cartel gigante con tu nombre. Había tanta gente, así que imagínate lo difícil que era verme.
–¡Desearía haber sabido que estabas allí! ¡Me habría gustado mucho verte!
–Lo único que importa es que ahora estás aquí –señaló la señora Evergreen–. Es un milagro que recibieras la invitación a la boda. Temía que ese caballero enorme la perdiera.
Brystal estaba segura de haber escuchado mal.
–Espera un segundo… ¿Tú entregaste la invitación?
–Claro. Era importante –le contestó la señora Evergreen–. Me acerqué directo al caballero y le dije, no me importa lo tenebroso que te veas, si esta carta no le llega a mi hija, yo seré la persona más tenebrosa que jamás conocerás. No parecía muy asustado, pero debió haber funcionado.
Brystal estaba sin palabras, incluso sus pensamientos estaban en silencio. Claramente, la señora Evergreen no sentía otra cosa más que amor y apoyo incondicional por su hija, y la mente de Brystal no podía encontrar nada negativo en eso.
–¡Mamá! ¿Dónde estás? ¡Necesito tu ayuda!
La señora Evergreen puso los ojos en blanco.
–¡Estoy en la habitación de tu hermana! –le gritó.
–¿Ese es Barrie? –le preguntó Brystal–. Suena más estresado que de costumbre.
–Tu hermano es una maraña de nervios desde que le propuso matrimonio a esa chica. Cualquiera podría pensar que es la primera persona de la historia en casarse.
Oyeron unas pisadas frenéticas que subían por las escaleras y avanzaban a toda prisa por el corredor. Al cabo de un rato, Barrie entró al dormitorio de su hermana a la velocidad de la luz. Llevaba un traje negro y tenía un puñado de botones que se suponían que debían estar en su saco. Barrie estaba tan en pánico que le tomó un momento notar que su hermana estaba parada junto a su madre.
–¡Mamá, ocurrió otra vez! ¡No me di cuenta que estaba tocando los botones hasta que los arranqué todos! Ah, hola, Brystal. ¡Lo siento, mamá! ¡Por favor, no te enojes conmigo! ¡Estoy tan nervioso que siento que tengo murciélagos en el estómago! ¿Crees que puedes arreglarlos antes de… ¡¿BRYSTAL?!
De inmediato, el pánico de Barrie se transformó en un ataque de risas. Le dio un abrazo enorme a su hermana y la giró por toda la habitación.
–¡Brystal! ¡Brystal! ¡Brystal! –gritó Barrie–. ¡Es tan maravilloso verte!
–¡Es maravilloso verte a ti también, Barrie!
–¡No puedo creer que estés aquí! ¡Dios, vaya que has estado ocupada! ¡Todo lo que has hecho es increíble! ¡Significa mucho para mí que hayas venido!
–No me perdería tu boda por nada del mundo –le aseguró Brystal.
–Es gracioso, de todas las personas que me dijeron eso hoy, tú eres la primera que lo dice en serio –señaló Barrie–. Estuve siguiendo tus logros en el periódico. Penny me ayudó a empezar un álbum con todos los recortes que encontré sobre ti. Ah, sí, así se llama, Penny, pero supongo que ya lo sabías por la invitación.
–No puedo esperar a conocerla –dijo Brystal–. ¿Cómo es? ¿Dónde se conocieron?
Una enorme sonrisa apareció en el rostro de Barrie mientras pensaba en su futura esposa. Brystal nunca lo había visto tan feliz. De hecho, nunca había visto a nadie tan feliz.
–Ella… ella… es la persona más increíble que conocí –le contestó Barrie–. Nos conocimos hace once meses en la Biblioteca de Colinas Carruaje. Ah, por cierto, ¡gracias por cambiar la ley! ¡No nos habríamos conocido si las mujeres tuvieran prohibido leer! De todas formas, estábamos en el mismo sector y los dos intentamos agarrar Cerrajeros: La llave del mercado al mismo tiempo. ¡Resulta que a ella también le fascinan las llaves y las cerraduras al igual que a mí! Obviamente, le dije que se llevara el libro, pero ella insistió en que yo me lo llevara primero. Estuvimos así por un largo rato hasta que finalmente acordamos compartirlo. ¡Y el resto es historia!
–Barrie, si quieres tener un matrimonio exitoso, te sugiero que aprendas a cocer botones –le dijo la señora Evergreen con el ceño fruncido–. ¡Me tomará una hora entera ponerle todos estos botones a tu saco! ¡Y la ceremonia ya está por empezar!
–De hecho, yo puedo ayudarte –le dijo Brystal.
Con un gesto de su varita, todos los botones flotaron de la mano de Barrie y se sujetaron a su saco. Brystal también buscó en uno de los bolsillos de sus pantalones y tomó un pequeño regalo con un lazo dorado.
–Toma –le entregó el regalo–. Te traje un juego de costura encantado como regalo de boda. Solo tienes que enhebrar la aguja y hará el resto solo. Tenía pensado guardarlo para más tarde, pero creo que deberías llevártelo ahora en caso de que necesites reparar tu saco otra vez.
Barrie estaba conmocionado por el regalo.
–Vaya que me conoces bien. Gracias.
El momento de ternura se vio interrumpido por otro par de pisadas que subieron por las escaleras y esta vez Brystal las reconoció de inmediato. Era el sonido que más temía cuando era niña. El Juez Evergreen entró a la habitación respirando con pesadez y con el ceño fruncido.
–¡La ceremonia empieza en cinco minutos y ninguna dama de honor o padrino está vestido!
El padre de Brystal ya estaba furioso, pero verla a ella lo enfureció más. Todo su cuerpo quedó tenso y su rostro se tornó encendido. El juez se negaba a mirarla, en cambio, la señaló con el dedo mientras miraba furioso a su esposa.
–¿Qué está haciendo esa cosa aquí? –le preguntó.
–Yo la invité –le dijo la señora Evergreen como si fuera obvio.
El Juez Evergreen cerró los ojos e intentó reprimir su ira. Brystal notaba que era un ejercicio nuevo para su padre, porque no era muy bueno haciéndolo.
–Lynn, habíamos acordado que no…
–¡No acordamos nada! –lo interrumpió la señora Evergreen, levantándole la voz–. Tú me dijiste que no la querías aquí y yo te escuché, pero nunca te di la impresión de que no la invitaría. Puedes fingir que no existe todo lo que quieras, pero Brystal sigue siendo mi hija y tiene todo el derecho de estar en la boda de su hermano.
Brystal estaba sorprendida por la facilidad con la que su madre le había hecho frente a su padre. La señora Evergreen debatía con su esposo como si fuera un nuevo pasatiempo divertido. El juez se encendió tanto que casi parecía púrpura.
–¡Le permitiré quedarse en la boda, pero no en mi casa! –refutó entre dientes.
La señora Evergreen levantó un dedo y dio un paso hacia el juez, pero Brystal se paró en el medio antes de que la discusión escalara. No quería que nada arruinara el día especial de Barrie, mucho menos una discusión sobre ella.
–Mamá, está bien –le dijo con tranquilidad–. Esperaré afuera con mucho gusto hasta que empiece la boda.
Brystal caminó para salir de la habitación, pero se detuvo en la puerta.
–Aunque –le susurró a su padre–, por lo que se ve, esta ya no parece ser tu casa.

Brystal salió de la casa de los Evergreen y se unió al resto de los invitados afuera. Esperaba encontrar un lugar para ocultarse antes de que alguien viera que había regresado, pero casi todos ya la estaban esperando en la puerta del frente. El número de asistentes se había duplicado desde su llegada y, claramente, les habían avisado a los recién llegados que ella estaba allí.
–¡Hada Madrina! ¿Puede darme una casa más grande?
–¡Hada Madrina! ¿Puede curarme la indigestión?
–¡Hada Madrina! ¿Puede achicarme la nariz?
–¡Hada Madrina! ¿Puede enseñarles modales a mis hijos?
Los invitados se acercaban más y más, mientras Brystal esquivaba todas las manos que intentaban tocarla. Comenzó a preocuparle quedar atrapada en el porche de los Evergreen todo el día, pero afortunadamente la rescató una voz beligerante y distante.
–¡AAAAAAH, LARGO! ¡TODOS USTEDES!
Todos en el jardín del frente voltearon hacia un hombre desaliñado que estaba en el puesto de las bebidas. Su cabello desprolijo necesitaba con urgencia un estilista y su traje color café ajustado necesitaba con la misma urgencia un sastre. El hombre fumaba una pipa de madera frenéticamente y, por la forma en la que estaba recostado sobre la barra, era obvio que ya había disfrutado de muchos tragos.
–POR EL AMOR DE CHAMPION, ¡ES SOLO BRYSTAL! ¡UN PAR DE TRUCOS DE MAGIA NO LA CONVIERTEN EN UNA SANTA!
–¿Brooks? –preguntó Brystal, boquiabierta.
A diferencia de su madre, el último año no había tratado muy bien a su hermano mayor. Su complexión muscular había caído hasta su barriga, su rostro atractivo estaba más desaliñado, tenía una barba de varios días y su actitud pretensiosa había sido reemplazada por una más rencorosa. Lentamente, todos los invitados se alejaron de Brystal y ella se abrió paso entre la multitud para acercarse a su hermano.
–Gracias por eso. Hola, Brooks… Te ves… Es agradable… Hola, Brooks.
–No –le dijo.
–¿No qué? –le preguntó.
–Ni te molestes en usar toda esa porquería de hadas en mí. Yo no soy como esos idiotas. Un poco de cariño y algunas chispas no me van a convertir en uno de esos aduladores desquiciados. No me importa quién eres o en lo que te convertiste, siempre serás mi molesta hermanita sabelotodo. Así que no vengas esperando que coma de la palma de tu mano…
Brystal de repente se acercó a su hermano y le dio un fuerte abrazo.
–¡No tienes idea lo lindo que es escuchar que alguien me diga eso! –confesó.
Brooks se sintió sorprendido por su reacción.
–Bueno… lo digo en serio –agregó–. Ahora, suéltame antes de que me contagies tu magia. No quiero que esos lamebotas me pidan favores a mí.
Brystal lo soltó y Brooks le pidió otro trago al barman detrás del mostrador, pero como no estaba sirviendo tan rápido como él quería, Brooks le sacó la botella de la mano y se sirvió él mismo. Brystal miró a su hermano con detenimiento. Intentó acomodarle un mechón de su cabello desprolijo, pero Brooks le dio una bofetada en la mano para apartársela.
–Entonces… ¿cómo estás? –le preguntó Brystal, aunque la respuesta ya era bastante obvia.
–¡Oh, taaaaaaaan bien! –respondió Brooks–. No podría estar mejor. Veamos, mi hermano menor se está por casar con una de las solteras más codiciadas del Reino del Sur, mi hermana menor es la persona más influyente que jamás vivió, y ¡yo estoy trabajando en una zapatería! ¡Noooooooo me puedo quejar! ¡La vida es tan fantástica!
–¿Estás trabajando en una zapatería? –le preguntó Brystal y rápidamente corrigió el tono–. Quiero decir, ¡estás trabajando en una zapatería! ¡Qué alegría! ¿Por qué ya no eres un Juez Adjunto?
–El Juez Oldragaid me inhabilitó.
–¡¿Qué?! ¡¿Cuándo?!
–Luego de tu juicio el año pasado, reportó mi comportamiento negligente a los Jueces Supremos. Me quitaron el título, mis túnicas y me expulsaron del sistema legal de por vida.
–Brooks, lamento mucho oír eso. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte, no dudes en avisarme.
–No te preocupes, no fue tu culpa –la consoló Brooks–. Todos saben que Oldragaid lo hizo para vengarse de papá. A veces creo que todo valió la pena con tal de ver la cara de indignación de Oldragaid cuando papá entró a su corte y te salvó la vida.
–Asumo que papá se arrepiente de haberlo hecho. De todos modos, lamento que tú hayas tenido que pagar por ello.
Brooks le dio una pitada larga a su pipa y exhaló lentamente.
–Probablemente fue lo mejor. Seamos honestos, no era un Juez Adjunto muy bueno. Nunca me importó defender ni procesar criminales, solo fui a la Universidad de Derecho para complacer a papá. Ahora finalmente soy libre para seguir mi pasión.
–¿Y cuál es? –le preguntó Brystal.
No quería sonar irrespetuosa, simplemente no sabía la respuesta. Mientras crecían, lo único que le preocupaba a Brooks era él mismo. Abrió la boca para responder, pero él tampoco sabía la respuesta.
–Ahora finalmente soy libre para encontrar una pasión –se corrigió y Brystal le dio una palmada cariñosa en el hombro.
–Estoy segura de que te irá bien. Tienes el autoestima demasiado alta como para estar en una mala racha por siempre.
–Sí, es verdad.
De pronto, Brystal tuvo una extraña sensación: era como si la estuvieran observando, pero todo lo opuesto. Por primera vez desde su llegada, los invitados de la boda ya no la miraban boquiabiertos. Su atención estaba puesta en algo que se movía a lo lejos. Una procesión de guardias armados escoltaba un carruaje elegante por el camino. Los guardias soplaron sus cuernos para anunciar su llegada y levantaron las banderas con el emblema real del Rey Champion XIV.
–¿El rey viene a la boda de Barrie? –preguntó Brystal.
–Supongo –le contestó Brooks con hipo–. Barrie se va a casar con su sobrina.
Brystal quedó atónita.
–¿En serio? No tenía idea.
–Como si no fuera lo suficientemente humillante que mi hermano menor se casara antes que yo, también logró convertirse en parte de la realeza. De ahora en adelante, Barrie será conocido como Lord Evergreen, y se supone que debo hacer una reverencia y llamarlo señor cada vez que esté con él.
Todo eso era demasiado para Brooks. Se lanzó sobre la barra de tragos y empezó a beber de la botella más cercana.
El carruaje real se detuvo en el jardín y todos los invitados de la boda lo rodearon. Los guardias extendieron una alfombra roja para los pasajeros y luego se quedaron en guardia a un lado mientras los miembros de la realeza descendían del vehículo. Un hombre de mediana edad fue el primero en salir del carruaje. Llevaba una capa aterciopelada roja con un bordado de piel y un sombrero grande de plumas. El hombre tenía una barba negra que era demasiado oscura como para ser natural y una sonrisa arrogante que nunca se desvaneció de su rostro. Resopló al ver por primera vez la residencia de los Evergreen, como si él fuera demasiado importante como para estar aquí.
–¿Quién es ese? –le preguntó Brystal a su hermano.
–Ese es el Príncipe Máximus Champion, el futuro Rey Champion XV –le contestó Brooks.
–Me pregunto por qué no lo conocí antes.
–Probablemente porque te detesta –le contestó Brooks–. El Príncipe Máximus es extremadamente anticuado y detesta cómo cambiaste la constitución. Oí rumores de que le rogó a su padre para que reinstalara las antiguas leyes, pero el rey no escuchó ni una de sus plegarias. Aparentemente, desde que derrotaste a la Reina de las Nieves, tú eres la única persona a la que el Rey Champion escucha.
Al Príncipe Máximus lo siguieron cinco hombres jóvenes, todos entre doce y veinte años. Parecían versiones más jóvenes del príncipe y llevaban las mismas capas y sombreros de plumas. Inspeccionaron la propiedad de los Evergreen con una mirada vacía, como si ninguno de ellos nunca hubiera tenido un pensamiento profundo.
Los invitados de la boda hicieron una reverencia ante cada uno de los miembros de la realeza que bajaban del carruaje. Brystal esperaba que el Rey Champion XIV saliera, pero el soberano nunca apareció.
–Asumo que esos son los hijos de Máximus –dijo Brystal.
–Sus nombres son Triunfo, Conquista, Victorius, Logro y Maravilla –señaló Brooks–. Pero no me pidas que te diga quién es quién. Dudo incluso que su padre sepa diferenciarlos.
–¿Por qué el rey no está con ellos? –preguntó Brystal.
–Oí rumores de que su salud está empeorando.
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