Читать книгу: «En Sicilia con amor - El despiadado griego»
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N.º 409 - septiembre 2020
© 2008 Spencer Books Limited
En Sicilia con amor
Título original: Sicilian Millionaire, Bought Bride
© 2009 Julia James
El despiadado griego
Título original: The Greek’s Million-Dollar Baby Bargain
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-614-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
En Sicilia con amor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
El despiadado griego
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
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Capítulo 1
ESCUETA y enigmática, la carta reposaba en el tocador de Corinne Mallory. Al principio había decidido ignorar la citación que había en la misiva, pero la había detenido el nombre que la firmaba. Raffaello Orsini había estado casado con su mejor amiga, y Lindsay había estado loca por él… hasta el día de su muerte. Eso había logrado que Corinne se tragara su orgullo. Fuera cual fuera el motivo de la visita de él a Canadá, la lealtad que le guardaba a Lindsay había hecho que aceptara verse con Raffaello.
Pero en aquel momento, cuando faltaban menos de dos horas para que se viera con aquel hombre cara a cara, no estaba tan segura de haber tomado la decisión adecuada.
Miró la poca ropa que tenía en su armario y decidió que algo de color negro sería lo más adecuado. Lo combinaría con perlas ya que una cena en el Pan Pacific, el hotel más prestigioso de Vancouver, requería un toque de elegancia… aunque las perlas no fueran verdaderas y el vestido negro fuera de seda falsa.
Por lo menos sus zapatos negros llevaban grabado el emblema de un conocido diseñador, lo que suponía un recordatorio de la época en la cual había podido permitirse algunos lujos.
También era un recordatorio de Lindsay, una pequeña mujer llena de sueños que no había creído en la expresión «no puedo hacerlo».
–Compraremos un edificio destartalado en una buena zona de la ciudad –le había dicho su amiga–. Y lo convertiremos en un hotel, Corinne. Yo me encargaré de la gestión y de la decoración y tú de la cocina. Podemos hacer lo que nos propongamos. Nada nos detendrá. ¿Y si nos enamoramos y nos casamos? Tendrá que ser con hombres que compartan nuestra visión de la vida.
En aquel momento su amiga había esbozado una gran sonrisa.
–¡Y ayudaría si fueran muy, muy ricos! –había continuado–. ¿Y si no lo son? No importa porque nosotras labraremos nuestra propia suerte. Podemos hacerlo, Corinne. Sé que podemos. Lo llamaremos Hotel Bowman-Raines. Cuando cumplamos treinta años seremos famosas por nuestra hospitalidad y nuestra cocina. La gente matará para hospedarse en nuestro hotel…
Pero todo aquello había sido antes de que Lindsay fuera a Sicilia de vacaciones y se enamorara de Raffaello Orsini, que era muy, muy rico, pero que no había tenido ningún interés en absoluto en compartir los sueños de ella. En vez de ello, la había hecho suya. Y Lindsay se había olvidado de su sueño de crear un bonito hotel y se había mudado al otro extremo del mundo para convertirse en su esposa y crear una familia.
Pero la suerte en la que su amiga había creído tanto la había golpeado con ferocidad ya que con sólo veinticuatro años había enfermado de leucemia y su pequeña hija de tres años se había quedado huérfana…
Corinne parpadeó para apartar las lágrimas de sus ojos y se aplicó máscara de pestañas.
En la planta de abajo, oyó cómo la señora Lehman, su vecina y niñera ocasional, colocaba los platos para darle de cenar a Matthew.
Al pequeño no le había hecho gracia enterarse de que su madre iba a salir.
–Odio cuando vas a trabajar –había dicho mientras le temblaba el labio inferior.
Corinne tenía que admitir que su hijo tenía razón ya que muchas veces no podía llegar para acostarlo. Frecuentemente su trabajo le exigía trabajar hasta tarde y durante las vacaciones de su pequeño. Pero no había mucho que pudiera hacer para evitarlo, no si quería tener dinero para pagar el alquiler y poner comida sobre la mesa.
–No llegaré tarde y prepararé tortitas con arándanos para desayunar –le había prometido a Matthew–. Pórtate bien con la señora Lehman y no le hagas pasar un mal rato cuando te acueste.
–Quizá lo haga –advirtió el pequeño. Aunque sólo tenía cuatro años, había desarrollado un alarmante talento para el chantaje.
Mientras se ponía el vestido negro pensó que debía quedarse en casa y se sintió invadida por un sentimiento de culpa. Pero la carta que había recibido no se lo permitía. La agarró y la leyó de nuevo.
Villa di Cascata,
Sicilia,
Seis de enero, 2008.
Signora Mallory:
Estaré en Vancouver a finales de mes para atender una urgencia que se me ha presentado y de la que deseo hablar con usted en privado.
Tengo una habitación reservada en el hotel Pan Pacific y apreciaría mucho si me acompañara a cenar el viernes veintiocho de enero, fecha que espero estime conveniente. A no ser que usted me diga lo contrario, mandaré un coche a buscarla a las siete y media del citado día.
Un saludo cordial,
Raffaello Orsini.
Pero exactamente igual a la primera vez que había leído la misiva, no pudo intuir nada. No tenía ni idea de lo que se podía tratar. Oyó el jaleo que había en la cocina y supuso que Matthew le iba a dar a la señora Lehman otra noche de pesadilla.
–Será mejor que esto merezca la pena, señor Orsini –murmuró, apartando la carta.
Entonces se miró por última vez en el espejo antes de bajar a la planta de abajo para apaciguar a su pequeño, el cual no tenía ningún recuerdo de su padre y cuya madre no parecía estar ejerciendo bien de padre y madre a la vez.
Raffaello pensó que las vistas eran espectaculares. Al norte se podían divisar las montañas nevadas y casi debajo de su suite podía ver un gran yate amarrado en el puerto.
No era Sicilia, pero igualmente era fascinante sobre todo porque había sido el hogar de Lindsay. Era un lugar salvaje y sofisticado, bello e intrigante… exactamente igual a ella.
Dos años atrás, incluso sólo uno, no habría sido capaz de ir allí. El dolor todavía había sido demasiado intenso y su duelo había estado riñéndose con el enfado. Pero el tiempo tenía la capacidad de curar incluso las heridas más profundas.
–Lo haré por ti, amore mio –murmuró, mirando al cielo.
Oyó cómo las campanas de una iglesia de la ciudad daban las ocho. Corinne Mallory llegaba tarde. Impaciente por comenzar con lo que tenía que hacer aquella noche, tomó el teléfono y marcó para hablar con recepción y recordarles que debían guiar a la señorita Mallory a su habitación. Si llegaba… Lo que tenía que proponerle era algo que no podía hacerse en público.
Pasaron diez minutos más antes de que llamaran a la puerta.
Raffaello se levantó y se recordó a sí mismo que ella había sido la mejor amiga de Lindsay, pero que eso no implicaba que fuera a serlo de él. Aunque por el bien de todos lo que tenía que lograr era una cierta cordialidad.
Había visto fotografías y pensaba que sabía lo que esperar de la mujer que estaba al otro lado de la puerta. Pero ella era más delicada de lo que él había esperado. Tenía una piel muy blanca y unos ojos de un azul muy intenso.
–Signora Mallory, gracias por acceder a verme. Por favor, pase.
Corinne vaciló un momento antes de entrar en la suite.
–Creo que no me ha dado mucha opción, señor Orsini –contestó.
El acento de aquella mujer le recordó mucho a Raffaello el de Lindsay… tanto que por un momento se quedó desconcertado.
–Como tampoco esperaba que nuestra reunión se fuera a celebrar en su habitación –continuó ella–. No puedo decir que esté muy cómoda con ello.
–Mis intenciones son completamente honestas –contestó él.
Corinne le permitió agarrar su abrigo y se encogió de hombros.
–Será mejor que así sea –dijo.
–¿Le apetece beber algo antes de cenar? –preguntó Raffaello, señalando el bar de la suite.
–Tomaré un vino que sea suave, por favor.
–Así que… –comenzó a decir él, sirviéndole vino a ella y un whisky para sí mismo– hábleme de usted, signora. Sólo sé que mi difunta esposa y usted eran grandes amigas, así como que usted se ha quedado viuda y que tiene un niño pequeño.
–Pues ya es bastante más de lo que yo sé de usted, señor Orsini –contestó ella–. Y como no sé de qué trata esta reunión, preferiría que fuéramos al grano en vez de perder el tiempo contándole la historia de mi vida… historia que estoy segura no tiene el menor interés en escuchar.
Raffaello se acercó a Corinne y le dio el vaso de vino que le había servido. Entonces levantó su vaso de whisky a modo de brindis silencioso.
–Se equivoca. Por favor, comprenda que tengo una razón legítima y convincente para querer saber más de usted –aseguró.
–Está bien. Entonces comprenda que hasta que no comparta esa razón conmigo no voy a satisfacer su curiosidad. No sé cómo son las cosas en Sicilia, pero aquí ninguna mujer con un poco de sentido común accede a verse a solas con un hombre que no conoce en su habitación de hotel. Si hubiera sabido que éste era su plan, no habría venido.
Corinne dejó su vaso sobre la mesa de la suite y miró su reloj.
–Tiene exactamente cinco minutos para explicarse, señor Orsini. Después me marcho de aquí.
–Puedo ver por qué mi esposa y usted eran tan buenas amigas –comentó Raffaello–. Ella también iba directa al asunto. Era una de las muchas cualidades que yo admiraba en ella.
–Le quedan cuatro minutos y medio, señor Orsini, y ya estoy perdiendo la paciencia.
–Muy bien –dijo él, agarrando una carpeta de cuero que había dejado sobre la mesa. De ella sacó una carta–. Esto es para usted. Creo que su contenido le resultará muy claro.
Ella miró brevemente la carta, que estaba escrita a mano, y palideció.
–Es de Lindsay.
–Sí.
–¿Cómo sabe de qué trata?
–La he leído.
–¿Quién le dio el derecho? –exigió saber Corinne, sonrojándose.
–Me lo di yo mismo.
–Recuérdeme que no deje correspondencia privada cuando usted esté alrededor –dijo ella con la indignación reflejada en los ojos.
–Lea su carta, signora, y entonces le permitiré leer la mía. Tal vez cuando lo haya hecho sentirá menos hostilidad hacia mí y comprenderá mejor por qué he venido hasta aquí para conocerla.
Corinne le dirigió una última mirada dubitativa antes de centrar su atención en la carta. Al principio sujetó la hoja con firmeza, pero cuando terminó de leer le temblaba la mano.
–¿Bueno, signora?
–Esto es… ridículo. Lindsay no podía haber estado en sus cabales cuando lo escribió –contestó ella con la impresión reflejada en los ojos.
–Mi esposa estuvo lúcida hasta el final. La enfermedad dañó su cuerpo, no su mente –dijo Raffaello, acercándole su propia carta–. Aquí está lo que me pidió a mí. Ambas cartas fueron escritas el mismo día. La mía es una copia de la original. Si lo desea, puede quedársela para leerla con más calma.
A regañadientes, Corinne tomó la segunda carta, la leyó rápidamente y se la devolvió a él.
–Me cuesta creer que Lindsay sabía lo que estaba pidiendo –dijo, incrédula.
–Analizándolo fríamente tiene cierto sentido.
–No, para mí no –respondió ella rotundamente–. Y no puedo creer que para usted lo tenga, de lo contrario me las hubiera enseñado antes. Estas cartas fueron escritas hace más de tres años. ¿Por qué ha esperado hasta ahora para enseñármelas?
–Yo mismo las descubrí por accidente hace pocas semanas. Lindsay las había metido dentro de un álbum de fotografías y tengo que admitir que cuando las leí por primera vez mi reacción fue muy parecida a la de usted.
–Espero que no esté queriendo decir que ahora está de acuerdo con los deseos de Lindsay.
–Por lo menos requieren que los consideremos.
Corinne Mallory tomó su vaso de vino.
–Finalmente quizá vaya a necesitar algo más fuerte que esto.
–Comprendo que acostumbrarse a la idea requiere tiempo, signora Mallory, pero espero que no la desestime sin pensarlo. Desde un punto de vista práctico, un acuerdo como ése tiene muchas cosas buenas.
–No tengo intención de ofenderle, señor Orsini, pero si realmente cree eso, no puedo evitar pensar que está un poco loco.
–No tiene razón… y pretendo convencerla de ello durante la cena –aseguró él, sonriendo.
–Después de leer estas cartas, no sé si cenar con usted es tan buena idea.
–¿Por qué no? ¿Tiene miedo de que le haga cambiar de idea?
–No –contestó Corinne, completamente convencida.
–¿Entonces cuál es el problema? Si al final de la cena usted sigue pensando lo mismo, no trataré de persuadirla. Yo también tengo dudas y no estoy convencido de la viabilidad de las peticiones de mi esposa. Pero en honor a su memoria, lo menos que puedo hacer es intentarlo. Ella no esperaría menos de mí… ni, me atrevo a señalar, de usted.
–Está bien –concedió Corinne Mallory tras unos segundos–. Está bien, me quedaré… por Lindsay, porque esto significaba tanto para ella. Pero, por favor, no albergue ninguna ilusión de que cumpliré sus deseos.
Raffaello levantó su vaso de nuevo.
–Por Lindsay –concedió, señalando el comedor de la suite al oír que llamaban a la puerta–. Ésa será nuestra cena. Pedí que la sirvieran aquí. Ahora que usted conoce el asunto a tratar, seguro que estará de acuerdo en que no es algo que deba discutirse en público.
–Supongo que tiene razón –contestó ella, mirando a su alrededor–. ¿Hay algún lugar donde pueda refrescarme antes de sentarnos a cenar?
–Desde luego –respondió él, indicándole el cuarto de baño de invitados–. Tómese su tiempo, signora. Supongo que el chef y su personal necesitarán unos minutos para prepararlo todo.
¡Corinne necesitaba mucho más que unos minutos para recomponerse! Cerró la puerta del cuarto de baño y se miró en el espejo. Ruborizada, vio que tenía los ojos brillantes. Estaba muy alterada y lo había estado desde que había llegado a aquella suite y había conocido al hombre más guapo que jamás había visto.
Lindsay le había mandado fotografías de la boda, pero hacía muchos años de aquello. En realidad ninguna cámara podía captar el magnetismo sexual que desprendía aquel hombre…
Raffaello tenía la piel aceitunada, un brillante pelo oscuro y era muy alto y fuerte. Poseía una boca muy sensual y unos ojos grises en los cuales perderse…
Pensó que si no hubiera reconocido la letra de Lindsay jamás habría creído que aquellas cartas eran auténticas. Sacó la que estaba dirigida a ella y la leyó de nuevo.
Doce de junio, 2005
Querida Corinne.
Esperaba poder volver a verte una vez más y que pudiéramos hablar… de la manera en la que siempre solíamos hacer, siendo muy sinceras. También esperaba poder estar con Elisabetta para celebrar su tercer cumpleaños. Pero ahora sé que no voy a estar aquí para hacer ninguna de esas dos cosas y que tengo muy poco tiempo para dejar todo arreglado. Y por eso me he visto forzada a escribirte esta carta, algo que nunca fue uno de mis puntos fuertes.
Corinne, llevas viuda casi un año y yo sé mejor que nadie lo duro que ha sido para ti. Yo estoy aprendiendo de primera mano lo terrible que el sufrimiento puede llegar a ser. Pero tener problemas económicos que sumar al dolor, como tú continúas teniendo, es más de lo que nadie debería soportar. Por lo menos yo no tengo que preocuparme por el dinero. Pero el dinero no puede comprar la salud ni puede compensar a un niño la pérdida de un progenitor, algo que tanto tu hijo como mi hija tienen que soportar. Y eso me lleva al asunto que quiero tratar.
Todos los niños se merecen tener dos padres, Corinne. Una madre que les dé un beso cuando se hagan daño y que enseñe a una hija a convertirse en mujer y a un hijo a ser sensible. También merecen un padre que les defienda de un mundo que puede llegar a ser muy cruel.
He sido muy feliz con Raffaello. Es un hombre estupendo, un magnífico modelo en el que un niño pequeño que crece sin padre puede fijarse. Él sería magnífico para tu Matthew. Y si yo no puedo estar ahí para mi Elisabetta, no puedo pensar en nadie que quisiera que ocupara mi lugar que no seas tú, Corinne.
Te he querido casi desde el día que nos conocimos en segundo grado. Eres mi hermana del alma. Así que te estoy pidiendo que, por favor, consideres mi último deseo, que es que Raffaello y tú unáis fuerzas…y sí, me refiero a que os caséis… y que juntos llenéis los espacios que han quedado vacíos en las vidas de nuestros hijos.
Ambos tenéis mucho que aportar a un acuerdo como ése y también mucho que ganar. Pero hay otra razón que no es tan desinteresada. Elisabetta es demasiado pequeña para mantener recuerdos de mí… y odio que sea así. Raffaello lo hará lo mejor que pueda para mantenerme viva en su corazón, pero nadie me conoce tan bien como tú. Sólo tú, amiga mía, le podrás contar cómo era yo de niña y de joven. Sólo tú le podrás hablar de la primera vez que me enamoré, de la primera vez que me rompieron el corazón y de mi primer beso, de mi libro, canción y película favoritos y de tantas cosas más de las que ahora no tengo tiempo de escribir.
Es suficiente decir que tú y yo compartimos una historia muy larga y que jamás hemos guardado secretos entre nosotras. Tener la posibilidad de recurrir a ti sería estupendo para ella.
Te confiaría mi vida, Corinne, pero ahora ya no vale nada, así que te estoy confiando la de mi hija. Deseo vivir con todas mis fuerzas y tengo muchísimo miedo de morir, pero creo que podría afrontarlo más fácilmente si supiera que Raffaello y tú…
La carta terminaba de aquella manera, como si a Lindsay se le hubieran terminado las fuerzas para continuar escribiendo. O quizá había tenido la visión borrosa por las lágrimas, lágrimas que habían dejado manchas acuosas en el papel… manchas que se estaban haciendo incluso más grandes por las lágrimas que la propia Corinne estaba derramando en aquel momento.
Desesperada porque Raffaello no la oyera llorar, tiró de la cadena y se secó la cara con unos pañuelos.
–Oh, Lindsay… sabes que haría lo que fuera por ti… lo que fuera. Aparte de esto.
Capítulo 2
CUANDO regresó a la sala principal de la suite vio que la mesa en la que iban a cenar estaba iluminada por velas, lo que agradeció ya que la luz que daban éstas era tenue y ayudaría a disimular sus enrojecidos ojos.
Raffaello Orsini le separó una silla antes de sentarse frente a ella. Entonces asintió con la cabeza ante el camarero para que les sirviera. Todavía impresionada por el contenido de la carta de Lindsay, Corinne apenas pudo probar bocado y se arrepintió de haber aceptado la invitación de su anfitrión. Sabía que tenía un aspecto horrible.
Por lo menos él tuvo la educación de no comentar nada acerca de ello ni de su falta inicial de respuesta a la conversación. En vez de ello, lo que hizo fue explicarle los lugares a los que había ido de turismo aquel mismo día. Y, casi sin percatarse de ello, Corinne comenzó a comer la deliciosa cena que tenía delante.
Cuando les sirvieron los postres, una apetitosa mousse de chocolate a la que no se pudo resistir, ya estaba bastante más tranquila. Aquel hombre irradiaba confianza. Observándolo y disfrutando de su conversación, casi le fue posible apartar de su mente la verdadera razón por la que estaban allí y fingir que simplemente eran un hombre y una mujer disfrutando de una cena.
Reconfortada por la agradable luz que ofrecían las velas y por aquella voz exótica que sugería una intimidad que merecía la pena descubrir… si se atreviera… casi se relaja. Raffaello era un hombre complejo; estaba claro que tenía mucho dinero, aquella suite y la ropa que llevaba puesta lo dejaban claro, pero a la vez se le veía muy sencillo y fuerte, capaz de escalar una montaña sin una gota de sudor. Era la sofisticación personalizada, demasiado encantador y guapo para su propio bien.
O para el de ella.
–Hasta el momento he sido yo el que he estado hablando todo el tiempo, signora. Ahora es su turno. Dígame, por favor, ¿qué tiene usted que yo pueda encontrar de interés?
–Me temo que no mucho –contestó ella, desconcertada por la pregunta–. Soy una madre trabajadora con muy poco tiempo para hacer algo de interés.
–¿Se refiere a que está demasiado ocupada ganándose la vida?
–Sí, más o menos.
–¿En qué trabaja?
–Soy chef profesional.
–Ah, sí. Recuerdo que una vez mi esposa lo mencionó. A usted la contrató un restaurante de lujo de la ciudad.
–Antes de mi matrimonio, sí. Después de casarme me quedé en casa y crié a mi hijo. Cuando mi marido murió yo… necesité más dinero, así que abrí una pequeña empresa de catering.
–Entonces ahora es autónoma, ¿verdad?
–Sí.
–¿Tiene personal a su servicio?
–No siempre. Al principio pude llevar yo sola el negocio, pero ahora que mi clientela ha aumentado, a veces sí que contrato personal para que me ayude. Pero aun así soy yo la que siempre preparo casi toda la comida.
–Estoy seguro de que ofrece un servicio excelente a sus clientes.
–Sí. Normalmente quieren que supervise eventos especiales en persona.
–Es un negocio que exige mucho, ¿no le parece? ¿Qué la llevó a meterse en algo así?
–Me permitió estar con mi hijo en casa cuando éste era un bebé.
–Es usted una persona de recursos y emprendedora, cualidades que admiro en una mujer. ¿Cómo lo lleva ahora que su hijo no es un bebé?
–Ya no es tan fácil –admitió Corinne–. Mi hijo ya ha pasado la época en la que se conforma con jugar en una esquina mientras yo preparo el banquete para una boda.
–No lo dudo –comentó Raffaello–. ¿Y quién cuida de él mientras usted está fuera ocupándose de las necesidades sociales de otras personas?
–Mi vecina –contestó ella–. Es una mujer mayor y viuda. Tiene nietos y es de confianza.
–Pero estoy seguro de que no le tiene tanto cariño al niño como usted.
–¿Puede alguien sustituir a una madre, señor Orsini?
–No, como muy a mi pesar he aprendido –contestó él, cambiando de tema a continuación–. ¿En qué clase de lugar vive?
–No vivo en una pocilga, si es eso lo que está sugiriendo –espetó Corinne. Se preguntó cuántas cosas le habría contado Lindsay acerca de sus apuros económicos.
–No he sugerido eso –respondió él–. Simplemente estoy tratando de conocer más cosas de usted. Estoy intentando poner el fondo apropiado a un retrato muy atractivo, si lo prefiere así.
Más calmada, Corinne contestó en una actitud menos defensiva.
–Tengo alquilada una casa de dos habitaciones en un barrio al sur de la ciudad.
–En otras palabras; un lugar seguro en el que su hijo pueda jugar en el jardín
Ella pensó en el estrecho patio que había detrás de su cocina, donde el césped no ocupaba más espacio que una toalla de baño. Los vecinos con los que colindaba por ese lado, los Shaw, una pareja de ancianos, siempre se estaban quejando de que Matthew hacía mucho ruido.
–No exactamente. En realidad no tengo jardín. Le llevo a que juegue al parque más cercano. Y si yo no puedo, lo lleva mi hermana.
–¿Hay otros niños con los que pueda jugar en su propia comunidad? ¿Niños de la misma edad y con los mismos gustos?
–Desafortunadamente no. La mayoría de los vecinos son mayores… y muchos, como mi niñera, están jubilados.
–¿Tiene por lo menos su hijo un perro o un gato que le haga compañía?
–No podemos tener animales en la casa.
Impresionado, Raffaello levantó sus elegantes y oscuras cejas.
–Dio, es como si estuviera en la cárcel.
Si era sincera, Corinne no podía discutir con una opinión que ella misma compartía. Pero eso no se lo iba a decir a él.
–Nada es perfecto, señor Orsini. Si así fuera, nuestros hijos no crecerían con un solo progenitor ejerciendo por dos.
–Pero así es –contestó él–. Lo que me lleva a mi próxima pregunta. Ahora que ha tenido tiempo de recuperarse de la impresión inicial, ¿qué opina del contenido de las cartas?
–¿Qué? –preguntó Corinne, impresionada.
–Su opinión –repitió Raffaello–. ¿No se habrá olvidado de la verdadera razón por la que está aquí, signora Mallory?
–Por supuesto que no. Simplemente… no he pensado mucho en ello.
–Entonces le sugiero que lo haga. Ya ha transcurrido demasiado tiempo desde que mi esposa escribió sus últimos deseos. No quiero retrasar su cumplimiento más de lo necesario.
–Bueno… y yo no quiero que me intimiden, señor Orsini, ni usted ni nadie. Pero como está tan ansioso por obtener una respuesta, permítame ser directa. No creo que alguna vez llegue a aceptar las peticiones de Lindsay.
–¿Su amistad significaba tan poco para usted?
–Guarde el chantaje emocional para otra persona –espetó Corinne–. Conmigo no va a funcionar.
Los ojos grises de él se oscurecieron y ella no pudo intuir si era por enfado, dolor o frustración.
–Las emociones no tienen nada que ver con esto. Es una propuesta de negocios, pura y simple, creada únicamente por el bien de mi hija y el mío propio. Y la manera más conveniente de ponerla en práctica es que ambos unamos fuerzas y nos casemos.
–Algo que a mí me parece completamente inaceptable. Por si no lo sabe, los matrimonios de conveniencia dejaron de estar de moda en este país hace mucho tiempo. Si decido casarme de nuevo, que lo dudo, será con alguien que yo elija.
–A mí me parece, signora Mallory, que no está en una situación que le permita ser tan exigente. Según ha reconocido usted misma, la casa donde vive no es suya, lo que la deja a la clemencia de un casero, trabaja demasiado y su hijo pasa mucho tiempo bajo los cuidados de una persona que no es usted.
–Por lo menos tengo mi independencia.
–Por la cual tanto su hijo como usted misma pagan un precio muy alto –comentó Raffaello–. Admiro su espíritu, cara mia, ¿pero por qué está tan empeñada en continuar con su estilo de vida cuando yo le puedo ofrecer mucho más?
–Para empezar, porque no me gusta que me impongan aceptar caridad –contestó ella, pensando que el que él la hubiera llamado cara mia no iba a cambiar nada.
–¿Es así como ve esto? ¿No comprende que en nuestra situación ambos salimos ganando… que mi hija ganaría tanto como el suyo?
Distraídamente, Corinne tocó los suaves pétalos de una de las rosas que había sobre la mesa. Le recordaron la piel de Matthew cuando era un bebé, antes de haberse convertido en un tirano.
–¿Tiene usted miedo de que yo vaya a reclamar mis derechos como marido en la cama? –quiso saber Raffaello.
–No lo sé. ¿Pretende hacerlo? –espetó ella muy irritada.
–¿Le gustaría que lo hiciera?
Corinne fue a abrir la boca para negarlo, pero la cerró a continuación al pasársele por la cabeza la imagen del aspecto que tendría el cuerpo desnudo de Raffaello. La respuesta de su cuerpo, la manera en la que le ardió la sangre en las venas, la consternó.
Durante los cuatro años anteriores se había movido como un autónoma y había encauzado toda su energía en lograr un hogar adecuado para su hijo. Había tenido que mantener apartadas sus propias necesidades. Pero aquella exaltación física que había sentido de repente, aquella aberración… ¿cómo podía describirlo si no?… era ridícula.
–No tiene que decidirse ahora mismo –sugirió Orsini–. El bienestar de dos niños es el asunto principal, no las posibles relaciones sexuales entre usted y yo. No la presionaría a consumar el matrimonio contra sus deseos, pero usted es una mujer atractiva y, como buen siciliano de sangre caliente, no la rechazaré si intenta acercarse a mí.
–No hay la menor posibilidad de que eso ocurra, por la simple razón de que no tengo ninguna intención de acceder a su proposición. Es una idea asquerosa.
–¿Por qué? ¿Qué hay de malo en que dos adultos se unan para crear una apariencia de familia normal para sus hijos? ¿No le parece que ellos se lo merecen?
–Ellos merecen lo mejor que podamos darles… y eso no incluye que sus padres se casen por las razones equivocadas.
–Eso sería cierto si nos estuviéramos engañando a nosotros mismos haciéndonos creer que nuestros corazones están comprometidos, signora, lo que no es cierto. En vez de eso estamos tratando este tema de una manera inteligente. Y eso, según mi opinión, aumenta las posibilidades de que la unión funcione.
–¿De una manera inteligente? –repitió Corinne. Casi se ahoga con el café que se estaba tomando–. ¿Es así como lo define?
–¿De qué otra manera podría hacerlo? Después de todo, no es como si alguno de los dos estuviera buscando amor en un segundo matrimonio ya que ambos encontramos, y perdimos, a nuestras almas gemelas la primera vez. No albergamos ninguna ilusión romántica. Solamente estamos interesados en un contrato para mejorar la vida de nuestros hijos.
Nerviosa, Corinne se levantó y se acercó a la ventana.
–Ha omitido mencionar de qué manera me voy a beneficiar yo económicamente de tal acuerdo.
–Apenas lo considero suficientemente importante como para prestarle atención.
–Lo es para mí.
–¿Por qué? ¿Porque piensa que se la está comprando?
–Entre otras cosas, sí.
–Eso es ridículo.
–Finalmente estamos de acuerdo en algo –respondió ella, encogiéndose de hombros–. De hecho, toda la idea es ridícula. La gente no se casa por ese tipo de razones.
–¿Por qué se casa?
–Bueno, como bien ha señalado usted antes, por amor.
En realidad, lo que ella había creído que era amor había resultado ser lujuria. Encaprichamiento. Una ilusión. Lo único bueno que había resultado de su matrimonio había sido Matthew y si Joe hubiera vivido, ella sabía que habrían terminado divorciándose.
Desde el otro lado de la habitación, la hipnotizadora voz de Raffaello Orsini rompió el silencio.
–En esta ocasión también se estaría casando por amor. Por amor hacia su hijo. Piense en él, cara mia. Imagínese su risa mientras corre y juega en un enorme jardín, mientras construye castillos de arena en una playa segura y aislada. Imagínese a usted misma viviendo en una amplia villa sin problemas económicos y con todo el tiempo del mundo para dedicarle a su hijo. Y entonces dígame, si se atreve, que nuestra unión es una idea tan mala.
Aquel hombre le estaba ofreciendo a Matthew más de lo que ella jamás podría incluso soñar con darle. Y, aunque el orgullo le ponía muy difícil aceptar aquello, como madre tenía que preguntarse si tenía el derecho de privar a su hijo de una vida mejor. Pero venderse al mejor postor… ¿en qué clase de mujer se convertiría?
–Señor Orsini, se ha esmerado usted mucho en explicarme cómo me beneficiaría el acuerdo, pero… ¿qué obtiene usted de él? –le preguntó, observando de reojo cómo él se acercaba al bar y servía dos copas de coñac.
–Cuando Lindsay murió… –contestó Raffaello, acercándose entonces a Corinne y ofreciéndole una de las copas– mi madre y mi tía se mudaron a mi casa para cuidar a Elisabetta y, si tengo que ser sincero, para cuidarme a mí también. En aquella época yo estaba demasiado enfadado y ensimismado en mi propio dolor como para ser la clase de padre que mi hija merecía. Estas dos buenas mujeres dejaron su vida a un lado y se dedicaron a nosotros.
–Tuvo usted mucha suerte de que ellas estuvieran allí cuando las necesitó.
–Tuve mucha suerte, sí, y también les estuve muy agradecido –respondió él con cierta reserva.
–¿Pero…? –preguntó ella, mirándolo fijamente.
–Pero han mimado tanto a Elisabetta que se está convirtiendo en una niña difícil de controlar y yo no sé cómo ponerle fin a la situación sin herir los sentimientos de mi madre y de mi tía. Mi hija necesita mano firme, Corinne, y yo no lo estoy haciendo muy bien, en parte porque mi trabajo me exige que esté fuera de casa frecuentemente, pero también porque… porque soy un hombre.
Al percatarse de que él la había llamado por su nombre, Corinne sintió un gran placer y no supo qué decir. Pero decidió también tutearle.
–Ya me he dado cuenta, Raffaello –dijo. Pero entonces, consternada ante la manera en la que él pudiera interpretar aquello, se apresuró a explicarse–. Lo que quiero decir es que como la mayoría de los hombres parece que piensas que porque digas algo se tiene que cumplir.
Él se rió ante aquello.
–Tú has leído las cartas de Lindsay y sabes lo que quería. Lo que tú puedes hacer por mí, Corinne, es cumplir sus últimos deseos y ocupar su lugar en la vida de Elisabetta. Convertir a mi hija en la clase de mujer de la que su madre se sentiría orgullosa. No será una tarea fácil, te lo aseguro. A lo que yo te ofrezco se le puede poner un precio, pero es imposible ponerle precio a lo que tú me puedes ofrecer a mí.
–Eres muy persuasivo, pero los hechos son los hechos; la logística hace que la idea no sea práctica.
–Cifra una cantidad.
–He firmado un contrato de arrendamiento por mi casa.
–Yo lo pagaré por ti.
–Tengo obligaciones… deudas.
–Yo te liberaré de ellas.
–No quiero tu dinero.
–Lo necesitas.
–¿Y si no te gusta mi hijo? –preguntó ella, adoptando una táctica diferente.
–¿Crees que a ti no te gustará mi hija?
–¡Por Dios! Es sólo una niña. Una pequeña inocente.
–Exactamente –contestó él–. Nuestros hijos son inocentes y nosotros somos sus tutores legales.
–Tú esperarías que yo desbaratara la vida de mi hijo y que me fuera a vivir a Sicilia.
–¿Qué te retiene aquí? ¿Tus padres?
En realidad no era así ya que ellos se habían desencantado de ella cuando todavía era una quinceañera. No les había gustado la idea de que su hija se convirtiera en chef.
Pero aquello no había sido nada comparado con la reacción que éstos habían tenido cuando Joe había entrado en la vida de su hija. Incluso la habían amenazado con dejarla sola.
–No –contestó–. Se marcharon a vivir a Arizona y rara vez nos vemos.
–¿Estás distanciada de ellos?
–Más o menos –respondió ella sin entrar en detalles.
Raffaello se acercó a Corinne y le puso una mano en el hombro.
–Entonces una razón más para que te cases conmigo. Yo tengo una gran familia.
–No hablo italiano.
–Aprenderás, así como también lo hará tu hijo.
–Quizá a tu madre y a tu tía no les vaya a hacer gracia que una extraña entre en la casa para hacerse cargo de todo.
–Tanto mi madre como mi tía accederán a mis deseos.
¡Raffaello tenía siempre una respuesta para todo!
–¡Deja de darme la lata! –gritó ella, desesperada. Si no detenía a aquel hombre, terminaría accediendo a su petición por pura fatiga.
–Ti prego, pardonami… perdóname. Estás impresionada, al igual que lo estuve yo cuando leí por primera vez las cartas de mi esposa. No puedo esperar que llegues a una conclusión en este momento… sería irrazonable.
–Exactamente –respondió Corinne–. Necesito un tiempo para asimilar las ventajas y desventajas de todo esto y no puedo hacerlo si tú estás encima de mí.
–Lo comprendo –concedió él, acercándose al escritorio y regresando con un sobre en el que había varias fotografías. Lo dejó sobre la mesa del café–. Quizá esto te ayude a comprender. ¿Quieres que te deje sola durante un tiempo para que veas las fotografías?
–No –contestó ella con firmeza–. Me gustaría irme a casa para tomarme mi tiempo y decidirme sin la presión de saber que tú estás rondando alrededor.
–¿Cuánto tiempo necesitas? Debo regresar a Sicilia cuanto antes mejor.
–Mañana te daré una respuesta –respondió Corinne, que en realidad ya tenía una en aquel mismo momento. Pero no era la que él quería oír, así que decidió callarse para poder escapar mientras podía. Cuanto antes pusiera distancia entre ambos menos posibilidades habría de que accediera a una petición que sabía debía apartar de su cabeza.
–Está bien –concedió Raffaello, agarrando de nuevo el sobre y metiéndoselo en el bolsillo de su chaqueta. Entonces le puso a ella su abrigo por encima de los hombros y tomó el teléfono–. Dame un momento para avisar al chofer de que ya estamos preparados.
–No tienes que venir conmigo –dijo Corinne una vez él hubo telefoneado–. Puedo regresar sola.
–Seguro que sí –contestó él–. Me pareces una mujer que siempre logra lo que se propone. Pero aun así te voy a acompañar.
Ella deseó que Raffaello no fuera a acompañarla hasta su casa ya que estar durante cuarenta minutos con él en la privacidad que ofrecía la parte trasera de una limusina no garantizaba cuál sería su respuesta ante la proposición que le había hecho.
Pero Raffaello sólo la acompañó hasta la entrada del hotel, donde esperaba la limusina. Esperó a que estuviera sentada en la parte trasera del vehículo y, en el último minuto, sacó de nuevo el sobre de su chaqueta y lo depositó en el regazo de ella.
–Buona notte, Corinne –murmuró–. Estoy deseando tener noticias tuyas mañana.
Capítulo 3
CORINNE le dirigió una funesta mirada y trató de devolverle el sobre, pero éste se abrió y su contenido cayó por el asiento. Cuando hubo tomado todas las fotografías la puerta de la limusina ya se había cerrado y el chófer ya había arrancado.
Metió el sobre con las fotografías en su bolso ya que solamente porque Raffaello le había dicho que debía aceptarlas no significaba que tenía que mirarlas. Pretendía devolvérselas por correo al día siguiente, junto con su negativa a la propuesta de él.
Cuando por fin el chófer aparcó la limusina frente al complejo residencial en el cual vivía, se sintió embargada por una sensación de alivio. Aquello era su hogar y lo que a ella más le importaba en el mundo estaba bajo el techo de su casa. Bajó del vehículo y se apresuró hacia la puerta de entrada de su casa. Pero cuando entró, se percató de que todo estaba demasiado silencioso. Normalmente la señora Lehman veía la televisión en el saloncito que había junto a la cocina. Pero aquella noche salió a su encuentro en el vestíbulo. Llevaba las llaves en la mano, como si no pudiera esperar para marcharse. Aquello en sí ya era extraño, pero lo que consternó a Corinne fue la sangre seca y el moretón que tenía la niñera en el pómulo, justo debajo del ojo izquierdo.
–¡Cielo santo, señora Lehman! –exclamó, dejando caer su bolso al suelo y acercándose a ella–. ¿Qué ha ocurrido? ¿Y dónde están sus gafas? ¿Se ha caído?
–No, querida –contestó la mujer sin mirar a Corinne a los ojos–. Mis gafas se han roto.
–¿Cómo? ¡Oh…! –exclamó Corinne, sintiendo una horrible premonición–. ¡Por favor, dígame que Matthew no es el responsable!
–Bueno, sí, me temo que sí que lo es. Discutimos un poco acerca de la hora en la que debía acostarse y… me tiró uno de sus camiones de juguete. No ha sido hasta después de las diez cuando por fin se ha calmado.
Corinne se sintió físicamente enferma. No podía creer el comportamiento de su hijo con aquella dulce mujer.
–No sé qué decir, señora Lehman. Una disculpa no es suficiente –dijo, acercándose a examinar el corte que tenía la niñera. No parecía profundo, pero le debía doler–. ¿Hay algo que pueda darle? ¿Hielo, quizá?
–No, querida, gracias. Simplemente me gustaría irme a la cama, si no te importa.
–Entonces vamos, la acompañaré a su casa –tomándola del brazo, Corinne la guió hacia la puerta.
–No te molestes, Corinne. Está aquí al lado, puedo ir yo sola.
Pero Corinne la acompañó igualmente. Había escarcha por el camino y no quería correr el riesgo de que la pobre mujer se cayera y se rompiera una cadera.
–Mañana Matthew y yo iremos a verla… después de que yo haya hablado con él –dijo.
Aquella noche apenas pudo dormir debido a la preocupación. No paró de preguntarse si la herida de la señora Lehman sería más seria de lo que parecía. La mujer tenía setenta y tantos años y a esa edad…
Entonces se centró en la causa subyacente de tanta angustia. Se preguntó qué le estaba ocurriendo a su hijo, por qué tenía tan mal comportamiento. Ella misma había tenido algunos altercados con el pequeño similares al que aquella noche había sufrido la señora Lehman.
Finalmente, más o menos a las cuatro de la madrugada, se quedó dormida. Pero no fue un sueño tranquilo, sino que tuvo muchas pesadillas.
Se despertó justo después de las ocho con el pulso acelerado. Vio que su hijo se había metido en la cama con ella y que estaba dormido y acurrucado a su lado. Era la imagen de la inocencia y sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
Quería a su hijo más que a su propia vida. A veces pensaba que lo quería demasiado para poder mantener la disciplina. Cuando las cosas marchaban mal, como había ocurrido la noche anterior, la responsabilidad de ser madre y padre a la vez le pesaba en la conciencia. Pero sabía que, aunque hubiera vivido, Joe no habría compartido con ella esa responsabilidad.
Se levantó de la cama, se duchó y se vistió con unos cómodos pantalones de lana y una camiseta. Entonces bajó a la cocina para preparar el desayuno. Se preguntó si debía prepararle a su hijo unas tortitas tal y como le había prometido o si ello implicaría que estaba aprobando su mala conducta.
Todavía estaba planteándose qué hacer cuando Matthew apareció en la cocina y se subió al taburete que había junto a la mesa del desayuno. Tenía el pelo alborotado y las marcas de las sábanas en un lado de la cara. Al mirarlo, a Corinne se le derritió el corazón.
Mientras le servía un vaso de zumo se dijo a sí misma que le prepararía tortitas, pero sin arándanos. Ella necesitaba una taza de café muy fuerte ya que le hacía falta mucha cafeína para afrontar el día que tenía por delante.
Durante la noche el cielo se había encapotado y la humedad se colaba en la casa. Oyó cómo en la casa de sus vecinos la señora Shaw le gritaba a su marido que bajara a desayunar antes de que lo que le había preparado se enfriara. En su propia cocina, un adormilado Matthew comenzó a comerse las tortitas y a mancharse de sirope por todas partes.
Ella esperó a que su hijo terminara de desayunar antes de tratar el tema de lo que había ocurrido la noche anterior. Como esperaba, la conversación no fue muy bien.
–No tengo que hacerlo –contestó el niño cuando su madre le dijo que debía obedecer a la señora Lehman–. Ella no es mi madre. Es tonta –añadió, bajándose del taburete–. Ahora me voy a jugar con mis trenes y caballos.
Rápidamente, Corinne le impidió salir de la cocina y le llevó de nuevo al taburete.
–No vas a hacerlo, jovencito. Vas a escucharme y una vez te hayas vestido vamos a ir a ver a la señora Lehman para que le digas que sientes haberle hecho daño.
–No –contestó Matthew–. Tú también eres tonta.
Ya eran casi las nueve. Cuando fue a llevar a su hijo a su dormitorio, el pequeño se tiró al suelo y comenzó a llorar. Todavía estaba gritando cuando sonó el timbre de la puerta. Corinne se dirigió a abrir y vio que había sido la señora Lehman quien había llamado. Tenía el ojo muy hinchado y un gran moretón.
–No, querida, no voy a pasar, gracias –contestó su vecina ante la invitación de Corinne–. Voy a quedarme en casa de mi hija, la que está casada, para ayudarla con el nuevo bebé. Llegará en cualquier momento para buscarme.
–¡Qué bien! –dijo Corinne, a quien le costaba mirar a la mujer a la cara–. Pero debería simplemente haber telefoneado, en vez de haber salido con este tiempo. Y si está preocupada porque no va a poder cuidar a Matthew, por favor, no se inquiete. El negocio nunca va muy bien en enero y estoy segura de que puedo…
–Sí, bueno, acerca de eso. Me temo que no voy a cuidarlo nunca más, querida, porque no voy a vivir aquí durante mucho más tiempo. Mi hija y su marido me han estado insistiendo desde hace mucho para que me vaya a vivir con ellos y he decidido aceptar. Por eso he venido. Tú siempre has sido muy amable conmigo y quería decírtelo personalmente. Y devolverte la llave.
–Ya veo –respondió Corinne, que tenía todo demasiado claro. Lo ocurrido la noche anterior había sido el colmo–. Lo siento tanto, señora Lehman. Me siento como si la estuviéramos empujando a marcharse de su casa.
–¡Qué tontería! La verdad es que no hay nada que me ate a este lugar desde que perdí a mi marido. Pero para ser sincera, aunque no me mudara con mi hija, no iba a poder seguir cuidando de tu pequeño durante mucho más tiempo. Tiene mucha más energía de la que puede quemar y yo ya estoy demasiado mayor para eso –explicó la señora Lehman, esbozando una irónica sonrisa al oír los llantos de Matthew–. Bueno, será mejor que te deje volver con él. Parece que vas a estar ocupada esta mañana.
Justo en ese momento llegó un coche que aparcó frente a la puerta de su vecina.
–Ahí está mi hija. Y todavía tengo que meter un par de cosas en la maleta –comentó la señora Lehman, dándole a Corinne un papel–. Esto es lo que me debes. Simplemente déjame un cheque en el buzón de correos y yo lo recogeré cuando vuelva a por el resto de mis cosas –añadió, sonriendo con tristeza–. Adiós, querida. Espero que te vaya muy bien.
Corinne observó cómo la hija de su vecina se bajaba del coche y cómo, impresionada, exclamaba al ver el aspecto de su madre. Entonces la miró a ella con mala cara. Ante aquello, se apresuró a entrar de nuevo en su casa y cerró la puerta tras de sí.
Se dirigió a la cocina, donde encontró a Matthew recuperado de su pataleta y jugando con sus trenes y caballos.
Deseó poder dejar las cosas como estaban, poder olvidar el incidente de la noche anterior y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Pero por muy pequeño que fuera su hijo debía ser responsable de sus acciones. Y si no le enseñaba ella… ¿quién iba a hacerlo?
Suspiró y se preparó para lo que sabía sería una gran batalla. Trató de razonar con él. Trató de utilizar la calma en vez de la histeria. Pero nada funcionó. Matthew se resistió a ella durante todo el tiempo, se lanzó al suelo y volvió a llorar y a gritar.
Le rompió el corazón con sus lágrimas y enfado. Sabía lo que le ocurría a su pequeño; necesitaba una madre que se ocupara permanentemente de él. Y ella no le podía satisfacer. El saber que estaba haciendo todo lo que podía dadas las circunstancias no lograba tranquilizarle la conciencia. Algo tenía que cambiar… y rápido, pero no sabía el qué.
Una vez el pequeño subió castigado a su dormitorio, ella se sirvió una taza de café y anduvo por la cocina considerando las opciones que tenía. Podía contratar más personal para su negocio y así pasar más tiempo en casa con su hijo. Pero era muy caro y difícil contratar a personas que fueran buenas. Había tenido muchos problemas desde que Joe había muerto y su situación económica había ido cada vez a peor debido a las deudas que él había contraído.
Poco después de su muerte, el banco había ejecutado la hipoteca y se había quedado con su casa. Corinne se había visto forzada a dejar el agradable barrio en el que vivían, barrio en el que había nacido Matthew y donde casi todas las familias eran jóvenes y con niños. También había tenido que vender su fiable coche y comprar una furgoneta de segunda mano que fuera lo suficientemente larga como para poder llevar en ella los pedidos del catering.
Pero aunque fuera ella la que estaba metida en aquella situación económica, era Matthew el que estaba pagando las consecuencias. Y no se atrevía a pensar cuál podría llegar a ser el precio final.
Con tristeza pensó que su hijo y ella ya no se lo pasaban bien juntos. Ella solía jugar con él, cantarle, hacerle reír. Pero en aquel momento sólo le hacía llorar.
También se había obligado a tener ganas de que llegara el día siguiente y disfrutar al máximo de la vida. Pero en aquella época, cuando se despertaba por las mañanas se preguntaba cómo iría a sobrevivir al día. Vivía permanentemente con miedo.
Se preguntó qué clase de ejemplo le estaba dando a su hijo.
La noche anterior Raffaello Orsini había dicho que sus hijos eran los inocentes.
Raffaello Orsini… incluso sólo su nombre era suficiente para que él llenara la casa con su presencia invisible, con su lógica implacable.
Él le había dicho que pensara en su hijo.
Involuntariamente miró la mesa donde había dejado el sobre con fotografías que él le había dado y se acercó a ella. Se sentó en una silla que había al lado, tomó el sobre y se atrevió a examinar su contenido.
Descubrió las fotografías de una villa. Había unos originales cuadros colgados en la pared y unas antiguas alfombras cubrían los suelos de mármol. Había frescos pintados en el techo.
Era la típica casa que le había gustado a Lindsay; espaciosa, fresca y encantadora. Los jardines de la villa estaban repletos de palmeras y flores de llamativos colores sobre un césped de un intenso color verde. Desde la casa se veía el mar.
Corinne levantó la mirada y observó lo que le rodeaba… el lugar que Matthew llamaba «casa». La vivienda era antigua y tenía unas diminutas habitaciones que, en días como aquél, estaban muy oscuras. Las paredes eran tan finas que por la noche podía oír a su vecino, el señor Shaw, roncar en la cama.
Pensó en el diminuto patio en el que jugaba su hijo, patio demasiado pequeño como para que él jugara con su triciclo. Recordó cuando el verano anterior la señora Shaw había acusado a Matthew de haberle dado un pelotazo a las macetas que contenían sus geranios y de haberlas roto.
–Mantén a ese mocoso en tu parte de la propiedad –había espetado su vecina.
Pensó en que su hijo nunca quedaba para jugar con otros niños porque en el barrio no había y en que constantemente le estaba diciendo que no hiciera ruido ya que podía molestar a los vecinos. Pero se suponía que los niños pequeños hacían ruido, se suponía que debían jugar hasta quedar agotados. A su pequeño, que era como una delicada flor joven, le faltaban el sol y el agua suficientes para poder crecer bien.
Desde esa perspectiva, la petición de Lindsay no parecía tan alocada como le había parecido la noche anterior.
Raffaello Orsini había dicho que sería sólo un acuerdo de negocios por el bien de sus hijos.
Y si, como él también había dicho, los sentimientos no podían formar parte de aquello, tal vez pudieran hacer que funcionara.
Se dijo a sí misma que con una actitud como la suya era normal que Matthew se comportara mal. Su propio desencanto había afectado a su pequeño. Pero en aquel momento el poder para cambiar todo aquello reposaba en sus manos.
Horrorizada, se percató de que su resolución para rechazar la propuesta de Raffaello Orsini estaba flaqueando y, como para terminar con su resistencia, una última fotografía cayó del sobre. Al verla se quedó petrificada. No era como las otras, no tenía nada que ver con el lujo ni con paisajes. La cámara había captado la cara de una niña pequeña.
Aunque la fecha que aparecía en la fotografía indicaba que ésta se había tomado durante los seis meses anteriores, la cara que mostraba era idéntica a la de Lindsay. La vivaz sonrisa, los ojos y los hoyuelos eran idénticos a los de su amiga. Sólo el pelo era diferente. Era más oscuro, más grueso.
Lindsay le había dicho que le confiaba a ella la vida de su hija y que tenerla a su lado sería estupendo para la pequeña.
Corinne acarició las delicadas facciones que la fotografía mostraba de la niña.
–Elisabetta –dijo, suspirando. Se sintió derrotada.
La paciencia no era una de sus virtudes, sobre todo no cuando se trataba de asuntos de negocios. Y la propuesta que le había hecho a Corinne Mallory la noche anterior era completamente de negocios. Pensó que una mujer inteligente se daría cuenta de que las ventajas eran mucho más cuantiosas que los inconvenientes. Pero eran casi las cuatro de la tarde y no había tenido noticias de ella.
Decidió que había esperado mucho tiempo y agarró el teléfono. Entonces, cuando estaba a punto de marcar su número, cambió de opinión. Telefoneó a la recepción del hotel y pidió que pusieran a su disposición un coche y un conductor. Poco más de una hora después, cuando ya casi estaba anocheciendo, se encontró frente a la casa de Corinne.
Y el hecho de que ella no esperaba encontrárselo allí quedó claro en cuanto abrió la puerta.
–¿Qué estás haciendo aquí? –quiso saber Corinne, tan nerviosa que apenas pudo articular palabra.
–Preferiría no estar aquí –contestó él–. De hecho, lo que me hubiera gustado habría sido que tú te hubieras puesto en contacto conmigo como prometiste. Pero como dicen por ahí, si la montaña no viene a ti tendrás que ir tú a la montaña, ¿no es así?
–Si hubieras esperado un poco más, te habrías ahorrado la molestia –contestó ella, acercándole un gran sobre a la cara–. Aquí tengo tu respuesta. De hecho, cuando oí que llamaban a la puerta, pensé que era el mensajero que venía por esto.
–Bueno, como no pretendo marcharme sin obtener ningún resultado, será mejor que telefonees y canceles la orden de que vengan por ello.
–Supongo que será mejor que lo haga. Como estás aquí de todas maneras, lo más inteligente sería que hablemos del tema. Por favor, pasa.
El comportamiento de ella indicaba que le parecía haber invitado a entrar a su casa a una plaga de ratas.
–Grazie tante –comentó él con cierto toque de ironía.
Corinne se dirigió a la cocina, donde agarró el teléfono. Él miró a su alrededor. Vio los muebles que había y lo que parecía una caja de juguetes en una esquina. Las paredes estaban pintadas de amarillo, en el suelo había una alfombra vieja y sobre la encimera había un vaso con narcisos. El aire estaba impregnado de la fragancia que desprendía una tarta recién cocinada. Pero aunque ella era una mujer con buen gusto y había hecho que el lugar fuera lo más acogedor posible, para él aquél no era un lugar adecuado y carecía del confort que él mismo podía ofrecerles.
Se preguntó si ella había mirado las fotografías que le había dado la noche anterior y si había tomado una decisión conveniente para ambos. Se sentó en uno de los taburetes que había junto a la encimera y se dirigió a agarrar el sobre que ella había dejado allí. Pero cuando Corinne terminó de hablar por teléfono se adelantó a él y agarró el sobre repentinamente.
–Ahora que estás aquí podemos hablar cara a cara –dijo.
–Como desees.
–Acabo de preparar té. ¿Te gustaría tomar un poco?
–Preferiría tratar el asunto que nos traemos entre manos. Después, si tenemos la oportunidad, podemos tomarnos un té.
–Muy bien –contestó Corinne–. Después de pensarlo mucho, he decidido aceptar tu oferta.
En el mundo de los negocios, a Raffaello se le conocía por su gran capacidad para enmascarar sus emociones y reacciones de tal manera que sus socios nunca podían predecir su comportamiento. Pero aquella mujer, con muy pocas palabras, casi desnuda sus más profundos sentimientos.
Con dificultad trató de recomponerse.
–Estaba esperando una respuesta distinta –dijo.
–¿Estás decepcionado?
–Sorprendido, desde luego, pero no decepcionado –contestó él, acercándose a ella y examinándola de cerca.
Tenía una piel exquisita, unos ojos muy azules y una bonita melena que aquel día llevaba peinada en una coleta.
–Anoche me dejaste con la sensación de que nada podía persuadirte para que aceptaras mi propuesta. ¿Qué ha hecho que cambiaras de idea?
–Mi hijo –respondió Corinne, mirándolo abiertamente–. Permíteme ser muy sincera contigo; si hubiera alguna manera en la que pudiera rechazar tu propuesta, lo haría. Pero he visto tus fotografías y me he hecho una buena idea de la clase de vida que llevas. Y tú has visto suficientes partes de esta casa como para hacerte una buena idea de la mía. Anoche dijiste que todo esto era por el bien de los niños y tenías razón. Si, al venderme a ti, puedo ofrecerle a Matthew una vida mejor, eso es lo que quiero hacer. A cambio, haré todo lo que pueda para ser una buena madre para tu hija.
–¿Y como mi esposa?
Corinne se ruborizó de tal manera que parecía que era una mujer virgen enfrentándose a la idea de tener intimidad por primera vez con un hombre, en vez de una mujer viuda con un hijo.
–Haré honor a mis votos en la medida que tú quieras.
–En otras palabras; serás consciente de tus deberes, ¿no es así?
–Lo haré lo mejor que pueda. Y si quieres que firme un acuerdo prematrimonial, también estoy dispuesta a hacerlo –respondió ella.
–¿Por qué iría a pedirte una cosa así?
–Como muestra de mi buena fe. No soy tan materialista como para casarme contigo sólo por tu dinero y después divorciarme apresuradamente.
–Me alegra oír eso –dijo él–. Aunque para ser sincero debo señalar que, si hubieras planeado hacer algo así, seguramente fallarías. Yo no creo en el divorcio y mi opinión de la gente que sí que cree en él es que son unos peleles sin carácter que no son capaces de luchar por algo que una vez les resultó atractivo. Por eso te sugiero que lo pienses detenidamente antes de que te sacrifiques por el bien de tu hijo. Si te casas conmigo serás mi esposa durante el resto de tu vida.
–Comprendo –comentó Corinne–. Para ser sincera yo también debo decir que creo que debes conocer a mi hijo antes de que te comprometas conmigo.
–¿Está él en casa?
–Sí. Hemos tenido una… mañana un poco dura, así que le he dicho que durmiera un poco la siesta. Pero si no le despierto pronto, tendré problemas para que duerma esta noche.
–Entonces me gustaría mucho conocerlo.
Durante un momento ella lo miró a los ojos y Raffaello pudo ver la derrota que reflejaba la mirada de Corinne.
–Una vez lo hayas hecho, quizá te arrepientas durante el resto de tu vida de habernos pedido que compartamos nuestra vida contigo.
Raffaello se percató de que el muchacho estaba metido en problemas y que su madre ya no sabía cómo manejarlo. Sintió lástima ya que él conocía de primera mano las dificultades de ser padre y madre a la vez.
–Si estás tratando de hacer que me eche para atrás, Corinne, debes saber que jamás me he retirado de ningún reto.
–Todavía no has conocido a Matthew –contestó ella.
Capítulo 4
UNA VEZ que subió a la planta de arriba, Corinne se encerró en su habitación y, temblando, se echó sobre la cama. La impresión de haber encontrado a Raffaello Orsini en su puerta la había dejado sin facultades. ¿Cómo si no podría justificar haberle dicho que estaba dispuesta a casarse con él?
Haber accedido a aquella propuesta había sido una locura, pero haber solicitado un mensajero para que le llevara la respuesta había sido incluso peor. Pero durante todo ese tiempo había tenido la esperanza de que antes de darle la carta al mensajero entraría en razón. O que Raffaello Orsini recuperaría la cordura y retiraría su oferta antes de que nadie saliera herido.
Pero que él hubiera aparecido en su puerta y no le hubiera dejado ninguna opción más que decirle a la cara su respuesta era chantaje emocional. Como también lo era el hecho de que Raffaello era tan guapo como recordaba de su primera cita. No se podía esperar que ninguna mujer actuara racionalmente si se la enfrentaba con un espécimen de tanta belleza masculina.
Oyó cómo Matthew se revolvía en la cama en la habitación de al lado. Se levantó apresuradamente y se cambió de ropa. Se puso unos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos planos del mismo color que los pantalones. Se quitó la coleta y se peinó hasta que logró un cierto estilo. Al mirarse en el espejo se percató de que tenía un aspecto muy triste, por lo que se puso unos pendientes de aro rojos, se aplicó brillo en los labios y colorete en sus pálidas mejillas.
Sintió cómo su hijo le daba una patada a la pared, señal de que se estaba inquietando ante su reclusión.
–Tenemos compañía, cariño –le dijo al pequeño al entrar en su dormitorio. Le puso unos pantalones vaqueros limpios–. Compórtate bien, ¿sí?
A continuación tomó de la mano a su hijo y ambos bajaron a la planta de abajo para que él conociera al hombre que quizá se iba a convertir en su padrastro.
Raffaello Orsini estaba leyendo el periódico que había en la cocina, pero lo dejó a un lado al verlos entrar.
–Éste es mi hijo –dijo Corinne–. Saluda al señor Orsini, Matthew.
Durante un momento ella pensó que el niño no iba a decir nada, pero finalmente Matthew se separó de sus piernas y habló.
–Hola –fue todo lo que dijo.
Raffaello se agachó y le estrechó la mano.
–Ciao, Matthew. Es un placer conocerte.
–¿Sabes qué? Tengo una colección de trenes –comentó el pequeño, a quien claramente le gustó aquella interacción masculina.
–¿De verdad? –contestó Raffaello–. ¿Me la enseñas?
–Está bien.
Apoyada en la mesa de la cocina, Corinne observó cómo sacaron la colección de trenes de la caja de juguetes y cómo comenzaron a hablar de cuál sería la mejor manera de construir la vía férrea. Se preguntó qué tendrían los trenes para cautivar a los hombres y a los niños pequeños. El traje que llevaba puesto Raffaello Orsini seguramente costaba más de lo que ella ganaba en seis meses, pero a él no pareció importarle echarse sobre su vieja alfombra para poder construir la vía férrea junto al pequeño.
–¿Cuántos años tienes, Matthew? –le preguntó al niño.
–Cuatro –contestó el pequeño, levantando cuatro dedos al aire–. ¿Y tú cuántos años tienes?
–Treinta y cinco –contestó Raffaello, ajustando una de las vías–. Soy muy mayor.
–¿Eres mi nuevo papi? –preguntó entonces Matthew.
–Todavía no –respondió el señor Orsini, dirigiéndole a Corinne una divertida mirada–. No.
Consternada, ella se percató de que debía haber previsto algo así. Frecuentemente Matthew preguntaba por qué él no tenía papi como los otros niños que veían en el parque y, aunque ella le había explicado que Joe había muerto cuando él todavía era un bebé, su hijo no había comprendido por qué ella no podía simplemente salir y comprarle uno nuevo.
–Me gustan los caballos –dijo Matthew, ignorando la tensión que se había creado.
–A mí también –respondió Raffaello–. ¿Cuáles te gustan más?
–Los marrones.
–Una elección muy buena.
–Y los negros.
–¿Grandes o pequeños?
–Grandes.
–A mí también –concedió Raffaello, levantando su palma para chocar los cinco.
Matthew sonrió y chocó los cinco con gran entusiasmo. Corinne soltó el aire que había estado conteniendo y tuvo que reconocer que estaba muy aliviada ante el hecho de que ambos se llevaran tan bien. Deseaba con todas sus fuerzas que alguien viera a su hijo de una manera positiva.
Sobre la cabeza de Matthew, Raffaello le dirigió una intensa mirada.
–Parece que tu chico y yo nos llevamos muy bien. Es algo para celebrar, ¿no te parece?
–Supongo que sí –contestó ella, ruborizada–. Se está haciendo un poco tarde para tomar el té. ¿Querrías… acompañarnos a cenar?
–Tengo una idea mejor –respondió él, alborotando el pelo de Matthew al levantarse–. ¿Por qué no os invito yo a cenar fuera?
–Oh, creo que no, gracias. No hay muchos restaurantes agradables en este barrio, sólo lugares para familias.
–Pero a mí me gustan esos lugares, Corinne.
–Me estoy refiriendo a restaurantes con sillas altas para niños, cartas con comida apetecible para los pequeños y manteles de papel para colorear –explicó Corinne.
–Pero también pueden cenar allí hombres y mujeres, ¿verdad?
–Bueno, los padres de los niños desde luego.
–Entonces tú y yo estamos autorizados, ¿no es así?
Corinne pensó que él siempre tenía respuesta para todo.
–Está bien –concedió–. Pero luego no digas que no te advertí.
Fueron a un lugar que estaba lo suficientemente lejos como para que tuvieran que ir en la limusina que él había dejado esperando a las puertas del complejo residencial. Matthew estaba emocionado, fascinado al ver al chófer con su uniforme y la sillita de cuero para niños del vehículo. Quiso saberlo todo sobre los canales de televisión que tenía la limusina.
–Está interesado en esta nueva experiencia –dijo Raffaello cuando Corinne se disculpó por la cantidad de preguntas que estaba haciendo su hijo–. Me parecería extraño si no lo estuviera.
Una vez sentados en el restaurante, ella miró a su alrededor. Todo estaba diseñado para atraer a los niños, desde la carta hasta los platos. Se les acercó una cariñosa camarera.
–¿Qué vais a tomar?
–Alitas de pollo para mi hijo, sin salsa, por favor –contestó Corinne.
–¿Y tú qué vas a tomar, Corinne? –preguntó Raffaello.
–No me he decidido todavía –murmuró ella, fingiendo estudiar la carta.
–¿Qué nos recomienda, signora? –le preguntó entonces Raffaello a la camarera.
–Las hamburguesas –contestó la mujer sin vacilar–. Sencillas, con queso, con champiñones, con beicon o con cualquier otra combinación. Son las mejores de la ciudad.
–Entonces eso es lo que yo tomaré. Una hamburguesa con champiñones.
–¿Quieres café para acompañar, cariño?
–Sí, per favore –contestó él.
–Eso es italiano, ¿verdad? Lo reconozco por esa película tan antigua de Marlon Brando, El Padrino –comentó la camarera–. ¿No serás parte de la mafia, verdad?
–No que yo sepa –respondió él, sonriendo de manera encantadora.
–Yo tomaré lo mismo que mi amigo –terció Corinne–. Y un vaso de zumo de manzana para mi hijo.
Hasta que llegó la comida, que gracias a Dios no tardó mucho, Raffaello entretuvo a Matthew ayudándolo a colorear su mantel de papel y a la vez habló con Corinne. Pero ella no contribuyó mucho a la conversación; todavía estaba demasiado nerviosa.
No había esperado que la noche fuera a desarrollarse de aquella manera, pero suponía que podía haber sido peor. Matthew estaba contento y comía al mismo tiempo que pintaba su mantel. Y, a pesar de sus dudas, Raffaello parecía estar muy cómodo.
Se preguntó cómo podía un hombre italiano tan sofisticado como él disfrutar de la experiencia de comer patatas fritas con ketchup… y cómo podía ella plantearse casarse con él. También se planteó que pronto Matthew se cansaría de portarse tan bien y comenzaría a protestar. Incluso en ese momento ya estaba retorciéndose en la silla y pidiendo que le dejaran levantarse.
–Ya se ha hartado de este lugar –comentó Raffaello al percatarse de ello.
–Me temo que sí.
–Entonces como ya hemos terminado de comer, nos marcharemos.
Rápidamente Raffaello pagó la cuenta y les guió bajo la lluvia a la limusina que les esperaba fuera.
–Este tiempo… –gruñó, ayudando a Corinne a subir al vehículo– no es civilizado.
Ella casi le responde que seguramente pensaba que ellos tampoco lo eran al ver cómo Matthew gritó cuando no le permitieron pasar por encima de la mampara que dividía la zona del conductor de la de los pasajeros. El pequeño puso sus pegajosos dedos por todo el cristal.
–Lo siento tanto, Raffaello –se disculpó ella tras lograr calmar al pequeño rebelde.
Pero pareció que aquello no alteró a Raffaello.
–Relájate, Corinne. No ha pasado nada grave.
–No me puedo relajar –admitió ella–. Quiero que te guste mi hijo.
–¿Qué hay en él que no me pueda gustar? Simplemente tiene una curiosidad de niño del mundo que le rodea. Me sorprendería si no fuera así.
Pero cuando llegaron a la casa de ellos, el comportamiento de Raffaello la desconcertó. Aunque les acompañó a la puerta principal y llevó a Matthew en brazos ya que el pequeño se negó a andar la corta distancia que había entre la limusina y la casa, se negó a entrar y rechazó el ofrecimiento de ella de probar la tarta.
–Grazie, pero no –dijo–. Tengo demasiadas cosas que hacer antes de regresar a Sicilia.
Entonces, tras darle un beso en ambas mejillas, se apresuró a marcharse.
Confundida, ella se preguntó cómo estaban las cosas en aquel momento, si la propuesta de matrimonio seguía en pie o no. Se planteó que quizá había fallado alguna prueba silenciosa que le había puesto él. Tal vez había mostrado que no era muy adecuada para ser su esposa ni para ser una madre sustituta para su hija.
Raffaello no se puso en contacto con ella ni al día siguiente ni al siguiente a éste. Sin estar segura de si sentirse insultada o aliviada, Corinne hizo todo lo que pudo para apartarlo de su mente. En realidad, toda la idea del matrimonio era absurda y se alegró de que él se hubiera dado cuenta de ello antes de que dieran otro paso más. Y si se sentía un poco decepcionada era por la leve atracción que había sentido hacia Raffaello.
Hacía mucho tiempo que no le había interesado ningún hombre. Aparentemente demasiado tiempo. Si no, ¿por qué le estaba costado tanto apartarlo de sus pensamientos?
Entonces, cuando finalmente había aceptado el hecho de que no volvería a verlo nunca más, él volvió a entrar en su vida una tormentosa tarde de enero, tres días después de su primera visita. Por lo menos en aquella ocasión la telefoneó primero para que estuviera preparada cuando fuera a su casa, lo que hizo bastante tarde.
–Ciao, otra vez –dijo al llegar, dándole dos besos en las mejillas–. He traído esto para después.
«Esto» era una botella de champán.
–¿Por qué?
–Para sellar nuestro contrato y celebrar nuestro próximo matrimonio.
Logrando contener la perturbadora emoción que le causó oír aquello, Corinne se sinceró con él.
–Pensé que te habías echado para atrás, que lo habías pensado mejor y que habías regresado a Sicilia.
–¿Sin tu hijo y sin ti? –respondió Raffaello, que parecía perplejo–. ¿No habíamos llegado a un acuerdo?
–Sí, pero…
–¿Entonces por qué supusiste que yo había cambiado de idea?
–Seguramente por la manera en la que dejaste las cosas en el aire tras tu última visita. Por la manera en la que te marchaste; dijiste que tenías asuntos de los que ocuparte. Me diste la impresión de que nosotros ya no formábamos parte de tus planes.
–He estado ocupado encargándome de que un abogado redactara los términos de nuestro acuerdo y arreglándolo todo para que seáis debidamente recibidos en mi casa.
–Así que después de todo has decidido protegerte con un contrato prematrimonial.
–No –contestó él, que la siguió hasta el salón. Una vez allí sacó un documento y lo puso sobre la mesa–. Decidí que debía protegeros tanto a ti como a tu hijo por si enviudas una segunda vez. Si no me crees, míralo tú misma.
–Ya veo –comentó ella, tragando saliva.
–Espero que así sea –dijo él, mirándola fijamente–. Quizá nuestro matrimonio no sea uno convencional… pero aun así requiere que ambos pongamos en él nuestra confianza si queremos que tenga éxito. Yo no soy un hombre que incumpla mi palabra y, aunque te parezca que me faltan otras muchas cualidades, puedes confiar en eso.
Lo tranquilo y directo que fue Raffaello hizo que ella se sintiera tonta y avergonzada. No todo el mundo era tan irresponsable con la verdad como su difunto marido.
–Te creo, Raffaello –contestó–. Y por todo lo que Lindsay me dijo acerca de ti, también sé que puedo confiar en ti. No contemplaría la posibilidad de poner el futuro de Matthew en tus manos si no lo hiciera. Es sólo que, cuando se trata de él, soy… débil. Quiero lo mejor para mi hijo.
–Ésa es la manera en la que actúan todas las buenas madres.
–Me gustaría pensar que así es, pero últimamente no lo he estado haciendo muy bien. La noche que nos conocimos dijiste que nuestros hijos son inocentes y que se merecen lo mejor que podamos darles. Cuanto más pensé en ello más me di cuenta de que tenías razón. No es la única razón por la que cambié de idea sobre nuestro acuerdo, pero es la que tuvo mayor importancia.
–¿Entonces por qué has perdido repentinamente la confianza en mí?
–Porque cuando mi marido murió y yo me encontré sola y con un bebé, me dije a mí misma que no debía confiar en nadie más ya que la única persona de la que podía depender era de mí. Decidí que desde ese momento en adelante íbamos a estar sólo mi hijo y yo y que jamás haría nada que arriesgara su felicidad o seguridad. Entonces apareciste tú y casi de repente todo eso no tenía sentido. Pero tras lo que pareció un principio prometedor, no tuve noticias de ti durante dos días y me impresiona lo cerca que he estado de romper mi promesa y de poner en peligro el futuro de Matthew.
–Siento si te he causado una preocupación innecesaria. No era mi intención –aseguró Raffaello, acercándose a ella. Le tomó las manos con firmeza–. Sea lo que sea lo que depare el futuro, te doy mi palabra de que ni tu hijo ni tú sufriréis como resultado de este matrimonio.
Las manos de él estaban frías, pero aun así aquella caricia inundó el cuerpo de Corinne de calidez. No podía recordar la última vez que se había sentido tan segura.
–Yo haré todo lo que pueda para asegurar que no te arrepientes de haber hecho esa promesa.
–Entonces tenemos un acuerdo, ¿no es así?
–Así es.
Corinne había esperado que en aquel momento él le soltara las manos y que abriera la botella de champán… pero no lo hizo. En vez de ello la acercó hacia sí y posó los labios sobre los suyos en un beso tan fugaz que ella se preguntó si lo había imaginado. Pero la explosión de calor que sintió en una zona casi olvidada bajo su cintura le aseguraba lo contrario.
Impresionada, se apartó de él.
–¿Qué es lo próximo?
–Por ahora… –contestó él– sugiero que leas el contrato. Entonces, si es de tu agrado, ambos lo firmaremos y brindaremos por nuestra aventura conjunta.
–No tengo que leerlo. Ya te lo he dicho, confío en ti.
–No puedo estar de acuerdo con eso. Jamás debes firmar nada, por no hablar de un documento legal, sin haberlo leído –contestó él, señalando con la cabeza el documento que reposaba sobre la mesa–. Adelante, Corinne. Es claro y conciso. Dudo que vayas a tener ninguna dificultad en comprenderlo, pero si tienes alguna preocupación éste es el momento para hablar.
Raffaello tenía razón y ella leyó el contrato, que era muy específico. Corinne accedía a vivir con él en Sicilia lo antes posible una vez el acuerdo estuviera firmado.
Ambos compartirían las responsabilidades paternales tanto de la hija de él como del hijo de ella.
Si Raffaello fallecía antes que ella, Corinne heredaría la mitad del patrimonio de él, mientras que la otra mitad le correspondería a Elisabetta. Si era Corinne la que fallecía antes que su marido, sería Matthew el que heredaría su parte de la herencia.
Si alguno de los dos fallecía antes de que sus hijos alcanzaran la mayoría de edad, el que sobreviviera se ocuparía del cuidado de los dos menores.
Si ambos fallecían antes de que sus hijos alcanzaran la mayoría de edad, un tutor, que debían elegir entre ambos, sería el encargado de administrar los fondos y de encargarse de la tutela legal de los pequeños.
–¿Qué te parece? –quiso saber él cuando ella dejó de leer.
–Estoy impresionada ante tu generosidad. Si tengo alguna reserva ante todo esto es que yo no estoy aportando suficientes cosas al acuerdo.
–Estás satisfaciendo los últimos deseos de mi esposa. Eso es suficiente para satisfacerme a mí.
A Corinne le bajó el ánimo oír que él seguía refiriéndose a Lindsay como «mi esposa» y se preguntó cómo se iría a referir a ella cuando se casaran. Mientras firmaba el acuerdo pensó que quizá la fuera a llamar «mi cónyuge sustituto» o «mi esposa suplente».
–Ahora que ya hemos arreglado los negocios, podemos celebrarlo –dijo entonces Raffaello, descorchando la botella de champán–. ¿Dónde guardas las copas, Corinne?
Afortunadamente ella tenía un par de copas, aunque no eran muy finas ni elegantes. Pero si él se percataba de ello era lo suficientemente educado como para no comentar nada.
–¡Por el futuro! –brindó Raffaello.
–Y por nuestros hijos. En realidad esto versa sobre ellos –comentó Corinne, indicándole que se sentara en el sofá–. ¿Y ahora qué?
–Mañana obtendré una licencia de matrimonio. Nos casaremos tan pronto como podamos, lo que seguramente será esta semana.
–¡No seas ridículo! –exclamó ella–. ¡En una semana no tendré tiempo para nada! Tengo que cerrar mi negocio, hacer las maletas, hablar con mi casero…
–Eso son sólo detalles, Corinne. Ahora que ya has tomado tu decisión, todo lo que debes hacer es decidir qué cosas quieres llevar contigo a Sicilia. Yo me encargaré del resto.
–Pero…
–Y estoy seguro de que comprenderás que no quiero estar alejado de Elisabetta durante más tiempo del necesario.
–Sí claro, desde luego –contestó Corinne, consciente de que si la situación fuera a la inversa ella estaría deseando volver con Matthew.
Pero aun así le parecía imposible hacer lo que proponía Raffaello en sólo un par de días.
–Confía en mí, cara mía –pidió él, acariciándole la mejilla.
–Lo hago –dijo ella, sorprendida al percatarse de que era cierto–. Simplemente no estoy acostumbrada a que se ocupen de mí, eso es todo.
–Pues acostúmbrate ya que ése será mi regalo de boda –ordenó Raffaello–. Estás frunciendo el ceño, ¿dudas de mi palabra?
–No. Simplemente me acabo de dar cuenta de algo que hemos pasado por alto. Matthew iba a comenzar el colegio en septiembre, pero no podrá hacerlo en Sicilia ya que no conoce el idioma.
–Te preocupas por nada, querida. Elisabetta tiene una institutriz que le enseña en inglés aparte de en italiano. Matthew encajará a la perfección y para navidades ya hablará italiano con fluidez. ¿Hay algún otro problema por el que creas que debemos retrasar la boda?
–No –contestó ella–. Nada.
Las cosas ocurrieron con mucha rapidez después de aquella conversación ya que, como Corinne aprendió a toda prisa, Raffaello no era un hombre que dejara que los obstáculos se interpusieran en su camino. En muy poco tiempo arregló la situación con su casero, pagó sus deudas y envió un equipo de mudanzas para que embalaran las pertenencias de Matthew y de ella. También lo dispuso todo para que su empresa de catering pasara a ser propiedad de tres mujeres que habían trabajado para ella y que querían hacerse cargo del negocio. Lo único que no consiguió fueron pasaportes para su hijo y para ella… pero eso fue porque Corinne los había conseguido ella misma hacía dos años, cuando había viajado a México.
Por consiguiente, diez días después de haber conocido a Raffaello, Corinne estaba frente a un juez y se convirtió en la señora Orsini. Ese mismo día por la tarde, acompañada de su recién estrenado esposo y de su hijo, embarcó en un avión de la compañía Air Canada con destino a Roma. Allí comenzaba su nueva vida.
Capítulo 5
LAS FOTOGRAFÍAS que había visto de la casa de él apenas hacían justicia al lugar. La Villa di Cascata era, para decirlo claramente, impresionante. Era enorme, lujosa, parecía la residencia de alguien de la realeza y, teniendo en cuenta la manera en la que habían llegado a ella, a Corinne no debía sorprenderle. Habían viajado en primera clase a Roma, donde habían tomado un avión privado que les había llevado a Sicilia. Aquél era un mundo muy distinto al que ella había estado acostumbrada.
Y esa diferencia se hizo aún más palpable en cuanto llegaron a la villa y él le presentó a su madre y a su tía. Malvolia Orsini y Leonora Pacenzia, dos mujeres extremadamente elegantes, estaban en la gran puerta de entrada de la villa y la miraron de manera precavida.
–Bienvenida –le dijeron–. Encantadas de conocerla –añadieron, hablando en un inglés casi tan impecable como el de Raffaello.
Pero aquellas palabras carecían de ninguna calidez y, para ser sincera, Corinne tuvo que reconocer que no podía culparlas si pensaban que era una cazafortunas. Ella misma se había acusado de ello más de cien veces durante la semana anterior.
A su lado se sentía inepta y muy simple. Su traje de boda, un vestido gris que le había parecido estupendo cuando lo había comprado dos días atrás, en aquel momento le parecía insulso al lado del vestido negro de su suegra. La mujer incluso casi arruga la nariz con desagrado al analizar la falda que llevaba ella, la cual estaba manchada por los dedos pegajosos de su hijo.
–¿Éste debe ser…? –comenzó a decir Malvolia, refiriéndose a Matthew.
–Mi hijo –respondió Corinne, incapaz de ocultar su tono de enfrentamiento. No sería responsable de sus acciones si la mujer mostraba el más mínimo signo de desaprobación con respecto a Matthew.
Fuera cual fuera la opinión que tenía Malvolia de la nueva esposa de su hijo, la impresión que le causó Matthew fue difícil de ocultar. Se agachó hasta poder mirarlo a la cara.
–Ciao, pequeño. ¡Qué guapo eres! ¿Cómo te llamas?
–Matthew –contestó el niño, acercándose a ella–. ¿Y tú cómo te llamas?
–Yo soy la signora Orsini.
–¿Eres mi nueva niñera?
–No –contestó la mujer, apartándole el pelo de la frente–. Soy tu nueva abuela, pero puedes llamarme Nonna –entonces se levantó y señaló a su hermana–. Y ésta es tu nueva tía, Zia Leonora.
La hermana de Malvolia, una mujer levemente menos intimidante que ésta, le dio un abrazo al pequeño y miró a Corinne a continuación.
–Tiene un hijo muy agradable, signora –le dijo.
–Estoy de acuerdo –concedió Corinne.
–Y en alguna parte por aquí yo tengo una hija muy agradable –le comentó Raffaello a su madre, abrazando a Corinne por la cintura–. ¿Cómo es que no está aquí para conocer a su nuevo hermanastro?
–Le dije que fuera a los establos con Lucinda. Lorenzo prometió darle una clase de equitación.
–¿Por qué ahora, madre mia? Sabías cuándo llegaríamos y seguramente eres consciente de las ganas que tengo de verla y de presentarla a los nuevos miembros de la familia.
–Pensé que era mejor no agobiar a tu… esposa con demasiadas cosas tan pronto –contestó Malvolia, poniéndose imperceptiblemente tensa.
Puso énfasis en la palabra «esposa» para dejar claro que no consideraba a Corinne más que una arribista que no tenía que entrar por la puerta delantera de la villa cuando había una trasera para los sirvientes.
–Preferirá refrescarse antes de conocer a Elisabetta, ¿no es así, signora? –continuó diciendo.
–Gracias –respondió Corinne con la misma formalidad–. Así es.
–Una decisión acertada –comentó Malvolia, inclinando la cabeza–. Después de todo, sólo tiene una oportunidad para dar una buena primera impresión.
Aquel insulto sutil casi desestabiliza a Corinne. Hacía mucho tiempo había aprendido que las lágrimas no aportaban otra cosa que no fuera terminar con los ojos hinchados y la nariz roja, así como que la única manera de vencer los obstáculos era luchando contra ellos. Pero en aquel momento no le quedaban fuerzas para luchar. Era sábado y no había dormido casi nada desde el jueves por la noche. Y no sólo eso. A pesar de los inconvenientes de su antigua vida, romper con ella había resultado ser mucho más difícil de lo que había esperado. La casa en la que había estado viviendo durante años no había sido gran cosa, sobre todo para los elevados estándares de Malvolia, pero había sido su hogar, mientras que aquel lugar…
Tratando de no sentirse deprimida miró a su alrededor. La casa era realmente impresionante. Tenía una gran escalera central que otorgaba una gran solemnidad a la vivienda. Las paredes estaban decoradas con obras de arte y adornos.
Pero aquella villa era un territorio extraño para ella, que se sentía como un extraterrestre.
Leonora debió haberse dado cuenta de que Corinne estaba a punto de perder la compostura ya que se acercó a ella y le habló con amabilidad.
–Venite, signora, y le enseñaré sus habitaciones.
–Yo mantendré a este pequeñín entretenido –dijo Malvolia, poniéndole a Matthew una mano sobre la cabeza–. Estará muy contento conmigo, signora.
En cualquier otro momento, Corinne se hubiera opuesto a aquello, pero en lo único que podía pensar era en escapar de la fría mirada de su suegra.
Al verlas alejarse, Raffaello se dio cuenta de lo tensa que estaba Corinne, tensión que le había acompañado desde que habían salido de Canadá.
Cuando ella se había dado la vuelta para seguir a Leonora, él había podido ver la desolación que reflejaban sus ojos y fue consciente de quién la había hecho sentirse de aquella manera. Entonces llamó a un miembro del personal para que se ocupara de Matthew y, cuando estuvo a solas con su madre, la agarró con fuerza por el codo y la condujo hacia el soggiorno.
–Esperaba que esto no fuera a ser necesario y suponía que había pasado suficiente tiempo para que aceptaras mi nuevo estilo de vida, madre. Pero como obviamente no lo has hecho, vamos a tener que llegar a un acuerdo de cómo vas a tratar a mi familia. Quizá desapruebes…
–¡Desde luego que lo desapruebo! –exclamó ella, apartando el brazo–. Que nos informaras de que ibas a volar al otro extremo del mundo para convencer a una mujer que no habías visto antes de que se casara contigo ya fue bastante impresionante. Pero me dije a mí misma que estabas actuando en un arrebato del momento, guiado por tu devoción por Lindsay, y que entrarías en razón antes de realizar ninguna tontería.
–Entonces es que subestimaste mi determinación ya que te telefoneé para informarte de que la boda era un hecho consumado.
–¿Crees que presentarme a esta mujer… a esta extranjera que no tiene más conocimiento ni comprensión que una pulga de nuestro estilo de vida… es suficiente para convencerme de que has hecho lo correcto?
–Esta extranjera a la que desprecias con tanto desdén resulta ser mi esposa, madre.
–¿Es así como te refieres a ella? –respondió Malvolia–. Hubiera pensado que «souvenir» sería un término más apropiado.
–Entonces te sugiero que cambies de idea –contestó Raffaello sin siquiera tratar de ocultar su desagrado–. Te guste o no, Corinne está aquí para quedarse y no voy a tolerar que la trates sin respeto.
–Lo siguiente que me vas a decir es que esto ha sido una unión por amor –dijo su madre.
–En absoluto. Es un acuerdo al que hemos llegado en beneficio de nuestros hijos.
–Y de ella. ¿O vas a fingir que es una mujer con recursos económicos y que no le ha influido tu riqueza y posición?
–No. Te voy a recordar que tomaste la misma actitud cuando traje a Lindsay a casa por primera vez tras haberme casado con ella. Pero aun así, al final, lamentaste su muerte tan profundamente como cualquier otro de nosotros.
–Lindsay te adoraba… y tú a ella. Te dio una hija y a mí me dio una nieta. ¿Qué otra cosa va a aportar esta nueva esposa tuya que no sean ganas de comodidad y de seguridad financiera?
–Eso queda entre ella y yo.
Malvolia se sentó en su silla favorita cerca de la chimenea.
–Si encontrar a una mujer que te haga sentir cómodo te importaba tanto, Raffaello, te puedo nombrar por lo menos a una docena de aquí, de Sicilia, a quienes les hubiera encantado llamarse signora Orsini. Mujeres de categoría y clase, que hubieran compartido nuestras costumbres e idioma. Pero en vez de eso tú apareces con una extraña. ¿Qué la hace tan especial?
–Ella conocía y quería a Lindsay. Será una buena madre para Elisabetta.
Ante aquello, su madre emitió un grito en el que se mezclaban la indignación y la angustia.
–¿Y qué pasa conmigo y con tu tía? ¿Dónde quedamos nosotras en este nuevo régimen? ¿O ya no somos útiles y debemos retirarnos de aquí?
–Tú siempre serás la querida abuela de Elisabetta y Leonora será su tía abuela. Incluso me atrevería a decir que Corinne espera que con el tiempo encontréis un huequito en vuestros grandes y amorosos corazones para su hijo.
La expresión de Malvolia se dulcificó ante la mención de Matthew.
–Es un pequeño encantador, tengo que admitirlo. Te mira a los ojos de una manera muy directa. Y es cierto que a Elisabetta le vendrá bien tener un compañero de juegos de más o menos su edad. A veces pienso que pasa demasiado tiempo con mujeres mayores.
–¿Entonces nos vamos comprendiendo?
–Sí. Y me disculpo por los comentarios que he realizado. He sido demasiado dura y, quizá, me he apresurado en mis conclusiones. Pero tengo miedo por ti, hijo mío. Reconozco que esta mujer parece suficientemente respetable, ¿pero cuánto sabes de ella?
–Todo lo que tengo que saber. Hubiera pensado que me conocías lo suficiente como para confiar en mi juicio y que podía contar con tu apoyo en este momento.
–Y así es, Raffaello. Yo siempre estoy de tu parte –contestó su madre, suspirando–. Lo que significa que, en última instancia, también estoy de parte de ella.
–Gracias –otorgó él, dándole un beso en la mejilla a Malvolia y marchándose a continuación.
Raffaello encontró a Corinne de pie en medio del salón de las habitaciones de ambos. Se acercó a ella y, con delicadeza, le levantó la barbilla para que lo mirara.
–¿Qué ocurre, Corinne?
–Estoy tratando de comprender qué hago aquí.
–¿En qué otro lugar ibas a estar, cara mia? Éste es tu nuevo hogar.
–No, Raffaello –respondió ella con los ojos empañados–. Es tu hogar, pero jamás será el mío.
–Si te estás refiriendo al poco amable recibimiento de mi madre…
–Ella estaba dejando claro lo obvio… que yo no pertenezco a este lugar.
–Sí que perteneces aquí. Eres mi esposa.
–Califícame como quieras, pero no cambiará el hecho de que no encajo en tu casa en absoluto.
–Eso no es cierto. Yo te veo como un enlace vital entre el pasado y el futuro. Recuerda que esto no es sobre tú y yo, y desde luego que no sobre mi madre o mi tía. Nos casamos por Matthew y Elisabetta.
Como para recalcar lo que acababa de decir él, se oyeron unas risas de niños en el jardín.
–Quienes obviamente se han conocido y se llevan divinamente –añadió él.
Entonces tomó de la mano a Corinne y la guió hacia unas de las puertas francesas que había en el salón. Ambos salieron a la amplia galería que rodeaba toda la planta de arriba de la casa.
Vieron que justo debajo de ellos, sobre el hermoso césped que había en el jardín de la villa, los niños estaban jugando con unos cachorros de perro. El cielo estaba despejado, pero hacía frío, aunque los pequeños no parecían sentirlo.
–¿Ves, Corinne? Ya se han hecho amigos. Mira a tu hijo y dime otra vez que has cometido un error trayéndolo aquí.
Corinne observó cómo Matthew jugueteaba sobre el césped y parte de la tensión de su cara se disipó.
–No le había oído reírse así desde hacía mucho tiempo –admitió.
–Seguro que eso es suficiente para disipar tus dudas, ¿no es así? ¿O te resulto tan repulsivo como marido que nada puede hacer que te sientas contenta de haberte casado conmigo?
–No es por ti, Raffaello. Es por mí –contestó ella, mirándolo a los ojos–. Míralo como quieras, pero no hay ninguna duda de que, entre ambos, yo soy la que obtengo más beneficio.
–Estás hablando de ventajas materiales, pero…
–Bueno, sí –interrumpió ella, riéndose compungidamente–. ¡Por el amor de Dios, mira a tu alrededor! Los dos pisos de mi casa de Vancouver cabrían en sólo estas habitaciones y todavía quedaría sitio de sobra.
Entonces señaló las sillas, los sofás, las lámparas y los cuadros que había en aquel salón.
–Por no hablar de los suelos de mármol, los muebles exóticos y las invalorables obras de arte. Me has introducido en un nivel de lujo que va más allá de lo que yo sabía que existía.
–Jamás te oculté el hecho de que tenía dinero, Corinne.
–Pero tampoco me dejaste claro cuánto tenías.
–No me lo preguntaste.
–¡Nunca sería tan grosera como para preguntar algo así! –exclamó ella.
–Exactamente –dijo él–. Me aceptaste en confianza, tal y como hice yo contigo. A eso no le puedes poner precio, así que no sigamos hablando de riqueza ni de bienes ya que no tiene nada que ver con la razón por la que estamos aquí. Por favor, apártalo de tu mente y deja que te presente a tu nueva hijastra.
Tras un momento de vacilación, Corinne asintió con la cabeza.
–Está bien, pero tu madre tenía razón… tengo que arreglarme un poco primero. Y gracias.
–¿Por qué?
–Por tomarte tu tiempo para hacerme sentir mejor y por recordarme por qué nos casamos ayer –contestó ella, sonriendo–. Por ser tú.
Aquella sonrisa desestabilizó a Raffaello, que la acercó hacia su cuerpo.
–La ceremonia de ayer no fue muy tradicional. No hubo tarta de boda, ni baile, ni champán… ni te tomé en brazos para pasar por la puerta de tu nueva casa, pero esto último lo puedo hacer.
En ese momento la besó. No lo hizo de forma profunda, ni con urgencia, ni con pasión, sino simplemente como muestra de que sellaban su unión y de que ella podía contar con él.
Pero lo que no había previsto había sido el impacto que el cuerpo de Corinne tuvo en el suyo. La respuesta que sintió al sentirla presionando su piel le impresionó. Lo que había previsto que fuera algo sumiso se convirtió en algo salvaje… primitivo, caliente, hambriento y profundamente sexual.
Él no era un santo. Su apetito sexual no había muerto con Lindsay. Había sentido necesidades físicas y deseo durante los años posteriores a que ella les hubiera dejado y las había satisfecho con mujeres que no habían pedido nada más de él que no fuera una noche de mutuo placer. Pero aquellas mujeres jamás le habían llegado al corazón.
Besar a Corinne no debía haber sido tan diferente. Lo ideal habría sido que ambos hubieran disfrutado el momento y que tal vez lo hubieran utilizado como paso para lograr mayor intimidad. Eran un matrimonio y él no tenía ninguna intención de ir a la cama de otra mujer. Pero ella no debería haber ocupado su corazón con su fragilidad y vulnerabilidad. Incluso si su cuerpo respondía con un entusiasmo desenfrenado, su mente no debía haberse empañado con emoción…
Corinne le puso las manos en el pecho y lo separó de ella.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó, gritando. Las lágrimas le caían por la cara.
–Ha sido un error… y asumo toda la culpa –contestó él–. No ha significado nada y no ha supuesto una traición a las personas con las que un día estuvimos casados. No tienes por qué sentirte culpable.
Ella se quedó mirándolo con el dolor y la impresión reflejados en sus azules ojos.
–Olvídalo, Corinne –rogó él, sacando un pañuelo del bolsillo de su camisa y secándole las lágrimas–. Actúa como si nunca hubiese ocurrido. Dijiste que te tenías que arreglar un poco antes de conocer a Elisabetta, ¿no es así?
–Sí –respondió Corinne, mirando a su alrededor con los ojos empañados–. ¿Dónde puedo lavarme la cara?
–Los cuartos de baño están por aquí –le indicó él, señalando la puerta que había al otro lado del pequeño vestíbulo–. El tuyo es el que está a la izquierda. ¿Por qué no te das un relajante baño y después duermes un poco? Tendrás mucho tiempo para vestirte para la cena. Normalmente tomamos un cóctel sobre las siete y media.
–¿Y qué pasa con Matthew?
–Ahora mismo Matthew está en buenas manos y pasándoselo demasiado bien como para echarte de menos –contestó Raffaello, guiándola hacia el dormitorio y abriendo la puerta para ella–. Has tenido unos días muy ajetreados, Corinne. Hazte un favor y permite que otra persona se encargue de tus responsabilidades durante un rato. Ya habrá tiempo para imponerles la rutina a los niños. Durante las próximas horas olvídate de todo y concéntrate en ti.
Corinne no pensaba que fuera a ser posible. ¿Cómo podría concentrarse cualquier mujer cuando su mundo había dado un giro de ciento ochenta grados en un segundo?
Quizá Raffaello había sido suficientemente galante como para culparse por lo que había ocurrido entre ambos, pero no había sido culpa suya en absoluto. Había sido culpa de ella… que jamás sería capaz de olvidar aquello.
Aparte de la noche en la que había firmado su acuerdo de matrimonio e inmediatamente después de la boda, él sólo la había besado en las mejillas, de la manera en la que lo hacían los europeos. Por lo que cuando fue a besarla antes de que se diera un baño, ella había supuesto que sería más de lo mismo y levantó la cara.
Pero el problema fue que sin percatarse de cómo había ocurrido sintió la boca de él sobre la suya. Sus labios se fusionaron y ella se quedó sin aliento. Impresionada, se echó sobre Raffaello. Su boca era la clase de boca con la que las mujeres fantaseaban. Autoritariamente seductora y persuasivamente erótica.
Consciente de que él se había excitado, había sentido cómo algo se movía en su interior, como si su cuerpo, sus partes íntimas, se estuvieran despertando de un largo letargo invernal y se estuvieran preparando para disfrutar del verano.
La sensación le había parecido tan excitante y poderosa que se le habían llenado los ojos de lágrimas ante el milagro que ello suponía. Un hambre inmensa se había apoderado de su cuerpo y había deseado tanto a Raffaello que se había visto obligada a apartarlo de ella para no hacerles pasar a ambos por la vergüenza de suplicarle que le hiciera el amor.
Pero sabía que en lo más profundo de su corazón él había estado besando a Lindsay y se había equivocado al haber supuesto que ella también estaba pensando en Joe. ¿Por qué si no le había dicho que no tenía por qué sentirse culpable?
Se preguntó qué diría Raffaello si le confesara que sabía muy bien a quién estaba besando y que la pasión que había compartido con su marido se había acabado muy pronto y había dejado sólo desilusión y resentimiento entre ambos.
Decidió aceptar la propuesta de él y tomarse un tiempo para ella misma.
Su cuarto de baño, conectado con el de Raffaello por una puerta que daba a un vestidor, era enorme. El lujo que la rodeaba parecía indicarle de nuevo que aquél no era su lugar.
–¡Oh, deja de pensar en eso! –se reprendió a sí misma–. Estás aquí por los niños, no por el hombre. Y definitivamente no por ti. Y si eso significa tener que soportar a una suegra llena de sospechas y más lujo del que nunca supusiste pudiera existir, por lo menos no tienes que plantearte de dónde va a salir el dinero para pagar el alquiler del mes que viene. Gánate la estancia en este lugar, haz bien el trabajo para el cual se te ha contratado y no pidas la luna.
Entonces llenó la bañera de agua, se desnudó y se tumbó hasta que la cálida agua le llegó por el cuello. Una vez se hubo relajado, salió del cuarto de baño y se echó sobre la cama, donde se quedó profundamente dormida.
Cuando se despertó, la habitación estaba a oscuras y en el reloj que había sobre la mesita de noche vio que eran las seis y diez. Era hora de ver de nuevo a su marido, por no mencionar el dragón que éste tenía por madre.
Pero mientras se vestía se dijo a sí misma que no estaba siendo muy justa al condenar a aquella mujer por las reservas que tenía. Ella misma sentiría lo mismo si estuviera en su situación.
Comprobando su aspecto por última vez en el espejo del vestidor, se sintió razonablemente contenta con lo que vio. Tenía su rubio pelo brillante, se había aplicado colorete en sus pálidas mejillas y se había puesto su vestido negro.
Esbozó una sonrisa y se dispuso a afrontar la noche que tenía por delante.
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