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Bernardo Colipán Filgueira
Comarcas

Bernardo Colipán Filgueira, 2020
1a edición, 2020
Diseño de cubierta: Mailén Tamargo Gandía
ISBN: 978-987-47727-6-3
La presente edición difiere en su contenido de la realizada en 2013, en Puerto Montt, por EAF Impresores. El autor incorporó algunos textos inéditos y eliminó otros.
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Villa Los Aromos, Córdoba
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edicionesacapela@gmail.com
Colipán Filgueira, Bernardo
Comarcas / Bernardo Colipán Filgueira. - 1a ed. - Villa Los Aromos : Ediciones A capela, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: descarga
ISBN: 978-987-47727-6-3
1. Poesía. Título.
CDD Ch861
Una poética nampülkafe
Cuando canta un mirlo se enciende un árbol y el aliento
de un hombre se congela.
Bernardo Colipán
Comarcas, del poeta Bernardo Colipán, traza un territorio de diálogos, pleno de voces, a ambos lados de la cordillera de Los Andes. Es el mundo mapuche y fronterizo de finales del siglo XIX y principios del XX. Memorias de contrahistoria, susurros de los desposeídos, imágenes que tiemblan como fotografías azotadas por el viento; cuerpos sedientos de amor y de otras cosas, van tejiendo una poética nampülkafe hecha de múltiples registros. El lenguaje viajero de Colipán siempre impregnado de otros perfumes, de otras lenguas que amplían la percepción y la experiencia plural de las memorias.
Un lenguaje que se hace en el tráfago de todos los lenguajes y sin embargo deja también flotar y existir un diálogo interior, esas voces sordas y silenciadas que dicen más de lo humano que el discurso de la Historia o de la Prensa. Voces como aromas que el nampülkafe recoge en su tránsito para dejarlas latir o ser frente a nosotros, como una flor traída de los pantanos.
Los trayectos de Colipán tanto van por Las Guaitecas, Traiguen, Victoria durante «Pacificación de la Araucanía» como por el territorio de los exiliados de Pampa y Patagonia tras la llamada «Conquista del Desierto». Traza un mapa del Wall Mapu, el antiguo y transitado país mapuche donde las voces y los cuerpos se entrelazan, íntimos, al territorio, en una suerte de bio-poética en resistencia a esa otra «Tierra Baldía» que va dejando la modernidad chileno-argentina a su paso.
Un mundo de gente que se desvanece y sin embargo proclama la sutil y poderosa memoria de su existencia tras los visillos de los burdeles aún con pisos de tierra, en los campos de encierro, en la memoria de los poetas y de sus amantes, en los cantos de los arreados por los ejércitos nacionales; mientras avanza el latifundio, los tinterillos, los ferrocarriles, los Trizanos, los profanadores, las colecciones de cráneos de los vencidos en el Museo de La Plata.
Si, como dice Julia Kristeva, detrás de toda idea del lenguaje subyace una idea del sujeto, la tan estudiada multidiscursividad de la poesía mapuche actual, debiera leerse como una ruptura política con aquel yo monolítico y autosuficiente de la tradición moderno colonial. Aquí, la poética de Colipán cede la voz en una intimidad lírica que no teme dejarse llevar por la palabra de otros y de otras. El poeta retiene su aliento, cede, abre o se disuelve en la frontera misma en que el canto del mirlo enciende ese árbol que florece de co-presencias.
Civilización y barbarie son los términos antagónicos con que la élite criolla de la nación chilena y argentina, como los Sarmiento, Bunster, Egaña o Francisco Moreno, fueron construyendo la matriz colonial, racista y excluyente de estos modelos de país que hoy habitamos a ambos lados de la cordillera. Sin embargo, entre esas exclusiones que, hasta el presente, configuran las lógicas de la nación, está el entremedio de la vida misma, el diálogo y la lucha, la champurrea, las prácticas fronterizas de la gente y de sus sueños. En el medio de ese binarismo negacionista que cada día nos imponen, se erige esta poética como un territorio dialogante, donde no hay margen para el olvido.
Aquí todas las lenguas están contaminadas por su otro, por los espejos que reflejan la fugacidad de la existencia. Aquí las palabras, los newenes y los cuerpos están imbricados en el bullicio de la historia y en esos otros silencios que cada uno lleva consigo siempre.
Aquí dialogan poetas, prostitutas, bandidos, ejércitos de frontera, inmigrantes de toda calaña con la memoria de Pascual Coña, de Saiweke, de Inakayal, la infancia libre y luminosa de Katrülaf en contraste con las reducciones, los campos de concentración de Valcheta, Chichinales, Isla Martín García.
Pero hay algo más, este lenguaje fronterizo se sostiene en diálogo con la trizadura misma de la poesía moderna, con esa herida del alma de Occidente sobre la que apuntaron poetas como William Blacke, Ezra Pound, T.S. Elliot, César Vallejo. Como la ciudad de Kavafis, como la Comala de Juan Rulfo, o como el Dublin de James Joyce, las Comarcas de Colipán son tenaces en la memoria y en la ternura que nos falta, persiguen a sus hijos más allá de sus límites. Entran en sueños y desvelan la piel de los recuerdos:
¿Cómo podría contar que el olvido siempre viene del otro?
Por eso busco las flores en la madrugada y armo el retrato
que algún día
me hablará del vacío.
Más allá de los Remington y de la prensa, más allá de ojo binario de separarnos en guetos incomunicados, en estos territorios del nampülkafe aún se puede oler ese entremedio de piel y polvo y sueños de donde vinimos. Imagino que si hubiera un cartel a la entrada o salida de sus comarcas, sería uno que recordara aquellos versos de William Blacke:
Si las puertas de la percepción estuvieran abiertas, veríamos las cosas tal cual son: infinitas.
Dr. Jorge Spíndola Cárdenas
Universidad Nacional de la Patagonia
Puel Mapu- Pukem
(Tiempo de la peste y de las grandes heladas)
(Hace tiempo pasó por aquí un poeta)
Hace tiempo pasó por aquí un poeta.
Leyó algo en lengua desconocida para mí.
Ebrio como andaba nos amamos. Y me dijo:
huye de ti misma pero no de mis ojos.
huye de ti misma pero no de mis ojos.
Vine aquí porque me dijeron que vivía el silencio.
Mi padre me señaló el lugar antes de morir.
Solo exijo lo que me pertenece.
Por eso vine.
Traigo los ojos
con los que mi padre
pudo ver más allá del olvido.
En esta Comarca
le dije
te habitará
solitaria, la lejanía de los hombres.
Buscando un retorno para ver flores
Cruzaste muchos ríos para encontrarme.
Llegaste lejos buscando tu retorno.
Conmigo nunca volverás a ver las flores
que un día sembraron para ti.
Es medianoche en la mitad del silencio.
Ámame.
Aprenderás conmigo
que poesía se escribe
con la misma mano
que se enfunda un cuchillo.
Hay un río, no conozco su ruido, pero sé que viene de ti
Yo construyo ramos de flores con el color
del vacío que me gusta.
En cada ramo que armo se refleja lo que nunca
me has dicho.
Los hago, porque en mis ramos se muestra mi desnudez.
Mis flores blancas, rosadas y verde limón
se encuentran siempre al otro lado del estero,
junto a la piedra donde me tiendo desnuda al borde
de la barranca
y sólo me sostiene una pluma gris
que cuelga de mi oreja.
Una de las flores que un día recogí crecía sobre una piedra
marrón
y tenía figuras que hablaban del sol.
Otra flor que cogí era más callada que el resto,
sabía que no tenía fin,
por eso era sincera y vestía de blanco.
Las flores silvestres me gustan porque son cálidas y claras por dentro.
Yo busco en los pantanos oscuros a la única flor
blanca que crece en su interior.
Otros lugares recorro buscando girasoles.
Pero siempre llego desnuda a sentarme a una piedra.
Muy lejos, en las montañas, crece una rosa
que aún no conoce el olvido.
Hay lugares donde se oscurece más temprano y crecen flores
que esperan a hombres con sombrero rojo,
que las arranquen algún día.
No me pidan que vuelva ahí nuevamente.
Busco a las flores que crecen en las orillas negras,
al otro lado del camino,
lejos de los jardines, pero cerca del sol.
Hay un río, que aún no conozco, pero sé que viene de ti.
Y de seguro una flor que nacerá esta noche me hablará
de tu oscuro jardín.
Tristes son la semillas que buscan a la flor que un día
no nacerá.
Yo le rogué a una amiga que no baje a buscar la flor
nacida en el abismo.
Otra cosa habría pasado si me hubiera hecho caso.
El hombre ciego también conoce las flores.
Yo construyo ramos para él.
Por eso me tiendo desnuda en mi piedra gris.
Ahí siento los olores.
Luego camino con los ojos cerrados y las busco.
Ellas se entregan antes que yo las encuentre.
Un día, mi madre me dijo que en la primera flor
que se abra frente a mí
conoceré al hombre que un día me amará.
Mis clientes me piden que en todos sus ramos las flores
se encuentren abiertas.
Yo los entiendo, pero siempre en sus ramos
les pongo unas flores cerradas.
El viento algún día me descolgó y ahora
habito las montañas,
buscando flores.
Es mi trabajo.
Soy la mujer que hace arreglos de flores, la que nunca
arrancaron de su tierra.
¿Cómo podría contar que el olvido siempre viene del otro?
Por eso busco las flores en la madrugada y armo el retrato
que algún día
me hablará del vacío.
Triste escena es esta.
Pero no tanto.
Mira.
Los hombres compran flores para regalar a sus novias.
Los padres compran flores para los hijos que nacen.
Los hijos compran flores para los padres que se mueren.
Toda la belleza existe en las flores:
el amor,
la vida, el nacimiento y la muerte.
Ese es mi oficio.
Pero tú no sabes dónde está el viento,
el sueño,
la nube negra, el anciano que regresa al hogar
para mostrarnos la flor
que nos habitará.
Los jardines que siembran los hombres,
algún día
las langostas del verano las comerán.
No pasará lo mismo con las flores silvestres.
Un día, un silencio me quiso ahogar, pero me agarré
de una flor blanca y se dejó ir.
Era un día hermoso, no como el de hoy.
Recuerdo que resbalé y la flor blanca siempre estuvo, ahí.
¿Cuánto tiempo seré capaz de habitar desnuda en esta piedra?
Un caballo salta por los aires y busca
un pequeño trote para mí.
Finalmente me voy con él,
aun sabiendo que el viento, también me lleva al vacío.
A un lugar sin puente.
Y con las suelas de los zapatos gastadas.
Para ver al fin un rostro
reflejado en el agua
reservada en sí misma.
El Ulises de James Joyce
El Ulises de Joyce que buscas, es un libro difícil de encontrar en la Comarca.
Junto a la Tierra Baldía y el Trilce
de Vallejo apareció en 1922. La primera versión en español
la tiene Vásquez el contrabandista.
Es suyo.
Y dice cambiarlo sólo por balas, cabezas
de ganado y un par de chicas que al besar
huelan a licor de manzanilla.
Todos han huido después del malón
Todos han huido después del malón.
Han partido hasta quedar nada
más que el olvido
abrochando tu camisa.
Lloras aún por el plato
enfriado de legumbres. Dudas
de la memoria cada vez que no llena
tus bolsillos de monedas y parece
mentira que no tengas
más compañía que una piedra
molestando al interior de tu zapato.
Todos han partido, pero
en esta calle ha de verse
en pena aún oscura
todavía un alma
precisamente allí donde incrustados
se alojan tus ojos.
Ha de verse brillando por su ausencia.
Toda mordida de perros.
Sola dentro de sí
misma.
Con toda esa muerte adentro.
Ardiente como un dolor de cabeza
que molesta y no deja
rodar cuerpo fuera
a nuestro
ejercicio humano.
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