Читать книгу: «Una historia en imágenes»
Aurelio González
UNA HISTORIA
EN IMÁGENES
1957-1973

Montevideo, enero de 2020
Se aconseja usar el dispositivo en orientación VERTICAL para mayor comodidad en la lectura.

Si me lo permiten, quisiera dedicárselo a ustedes, trabajadores y estudiantes. Sin su entrega y coraje este libro no hubiese sido posible.
Ahí están ustedes, son sus imágenes.

Prólogo
En los relatos y fotos que encontrarán en este libro, el tema es la peripecia de nuestro pueblo en su lucha por lograr mejores condiciones de vida y su resistencia ante el autoritarismo.
Todas estas fotografías fueron hechas para la prensa, y recorren, desde 1957 a 1973, años de publicación del diario El Popular en su primera época hasta su clausura por la dictadura cívico-militar. Tuvieron como objetivo informar sobre los acontecimientos, vistos desde la óptica de los trabajadores organizados, en un diario comprometido que fue también un bastión contra el golpe de Estado de 1973.
La trayectoria personal de Aurelio González, que además de fotógrafo fue jefe de fotografía de El Popular, sirve de hilo conductor. Allí donde había una manifestación, una asamblea, una fábrica ocupada, estaban Aurelio y su equipo, testigos y protagonistas de las luchas de nuestro pueblo. Con el tiempo, las fotografías se transforman en parte importante de la memoria individual y colectiva, de la memoria de un país y de toda la humanidad.
Sin que esto implique una contradicción, la historia no puede decir «yo estuve ahí» o «mi abuelita me contó de cuando estaban ocupando…», ni decir «cuando miré esta fotografía me di cuenta de que…», y desde ahí comenzar a contar alguna anécdota. La memoria colectiva se forma con los recuerdos que van pasando de una generación a otra y, con excepción de las palabras, hay pocas cosas tan poderosas para su construcción como las imágenes.
Las fotografías de este libro están rodeadas, además, de una especie de realismo mágico que uno imagina contando a sus nietos. Escondidos los negativos por Aurelio para evitar su destrucción por las fuerzas represivas en 1973, estos fueron recuperados 30 años después. Por arte de magia, la humedad, en vez de estropear los negativos, selló las latas. Ya vuelto del exilio, Aurelio los fue a buscar varias veces al lugar donde los había escondido, y no estaban. Un niño los encontró. Jugaba con ellos sin que nadie supiera y los volvía a dejar donde los había hallado. Y un día todo se junta; el niño, ya grande, se encuentra con un fotógrafo, le cuenta su historia, este ata cabos y… tenemos final feliz. Es el cuento de un mago que nunca perdió la fe en que recuperaría ese montón de memoria en formato de negativos y que, acompañado por un grupo de duendes, vencerían el tiempo y las dificultades.
Por suerte para los uruguayos, esos negativos están preciosamente cuidados, y las fotografías, a disposición de investigadores y pueblo en general en el Centro de Fotografía de la Intendencia de Montevideo.
Los invitamos a detenerse en cada imagen y a leer lo que nos cuenta Aurelio, este protagonista de su tiempo que siempre nos recuerda que solo fue uno más en la peripecia colectiva por forjar un mundo mejor. Los invitamos también a dejar este libro bien a mano, ahí donde nuestros hijos y nietos puedan encontrarlo. Seguramente disparará en la familia intercambios valiosos.
Annabella Balduvino y Carlos Sanz
Introducción
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarte.
Miguel de Cervantes Saavedra acerca de su obra magna,
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
En el Lapido también resurgió un ave fénix
Caro lector... ¿Lector? No sé cómo definir a las personas que adquieran este libro, pues más que lectura encontrarán en él una historia en imágenes. No es una vieja historia. Es y se trata nada más y nada menos sobre lo que nos ocurrió a nosotros en los años 1957, 1958 hasta julio de 1973. Sí, aquí, en Uruguay.
Sin lugar a dudas, muchos al hojearlo no encontrarán cosas y hechos que sucedieron, pero que no fueron incluidos en este libro; seguro que será así. Y, por supuesto, tiene su explicación: o bien mi propia incapacidad, o bien mi poca experiencia en estos menesteres. También es posible que los negativos de esos acontecimientos no los tengamos con nosotros: son miles los que aún no han aparecido, aunque pudimos rescatar más de cincuenta y siete mil que estuvieron extraviados por más de treinta y tres años. Para ser más exactos: treinta y tres años y ocho meses.
Estimado lector: le adelanto que esta es una historia con un final feliz. Fíjese que este archivo del diario El Popular fue escondido en el edificio Lapido, en 18 de Julio y Río Branco (lugar donde se editaba el diario), el 6 de julio de 1973, en un oscuro pasadizo entre el primer y el segundo piso, y fue hallado en ese mismo edificio el 31 de enero de 2006.
Tuvo algo de mágico, mucho de sorprendente, yo diría que es hijo de la solidaridad, aunque, más que ninguna otra cosa, lo que primó fue la firme voluntad de buscarlo y nunca haberlo dado por perdido.
Pero en toda esta historia maravillosa tuvo mucho que ver Quique, joven formidable que con sus pocos años, doce o trece, después de ayudar a su padre y empleados a acondicionar lo que iba a ser un estacionamiento de autos, se iba por vericuetos oscuros, con cierto encanto por descubrir en esos lugares que se le antojaban misteriosos un no sé qué que le hacía sentir cosquillas en su infantil barriga. Él, este muchacho inquieto, fue el primero en encontrar una de las latas; en otras recorridas supo dónde había decenas de ellas. Allí quedaron, no olvidadas, pero allí quedaron. El lugar era, hasta para un muchacho travieso como él, de muy difícil acceso.
Pasaron los años, Quique creció. Quizá ya no era tan travieso, pero nadie puede negar su altruismo y generosidad. ¿Qué más puedo decir de él? Sin Quique quizá hubiesen pasado años antes de que aparecieran los negativos.
Les quiero contar algo: este archivo de nuestro querido diario no lo hallamos en el entrepiso donde lo dejáramos aquel 6 de julio de 1973. No, alguien lo había encontrado allí antes. ¿Quién? No sé, pero si hubo escombros, ladrillos, mezcla, cuchara, maceta y cortafierro, ahí tuvo mucho que ver algún o algunos obreros de la construcción.
Él o ellos lo encontraron. Cuando al llegar al final de ese estrecho y oscuro túnel vieron un monte de latas superpuestas y en cierto orden, habrán pensado que no era algo tirado así nomás; a las claras se veía que eso había sido escondido prolijamente por alguien. ¿Qué cosa esconderían esas latas? ¿Qué tesoro o secreto encerrarían? Me quiero imaginar a ese o esos hombres cuando al tomarlas en sus manos las latas pesaban, al zarandearlas sonaban, al abrirlas… Bueno, al abrirlas sus ojos incrédulos quizá —y sin quizá— se habrán desilusionado.
No había monedas de oro ni había joyas, no era un tesoro. Vaya usted a saber qué era esa masa oscura que al dar vuelta la lata se desparramó sin ruido como si fueran plumas.
¡Increíble! No lo habrán podido creer. ¡Eran negativos! ¡Montones de negativos! A la luz del farol que forzosamente tenían que haber llevado para trabajar en ese lugar de sombra, polvo y silencio, con sorpresa habrán reconocido rostros y cosas que no hacía tanto tiempo eran cotidianas.
En esas latas llenas de historia había jóvenes muy jóvenes ocupando centros de enseñanza cuyas puertas, ventanas y paredes estaban agujereadas por balas policiales o de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP). Allí, esos trabajadores de la construcción se encontraron con su propio gremio, el Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA), o bien en multitudinarias asambleas, o en una interminable hilera de camiones camino al Palacio Legislativo.
Tampoco faltaba la fachada del edificio central de la Universidad de la República con un gran pizarrón abarrotado de flores y con una sola inscripción: «silencio». Ese día habían matado a Líber Arce.
En esas latas se veían fábricas y obras en plena labor o con grandes carteles que denunciaban despidos o arbitrariedades. Ahí estaba también el querido compañero Ismael Weinberger, responsable de la página sindical de El Popular, reporteando a dirigentes del gremio de la carne; luego estaría preso por más de siete años en el penal de Libertad, por lo que fue y por lo que hizo en la dura clandestinidad. No faltaban las fotos de la Guardia Republicana a caballo, sable en mano y carabina a la espalda.
También aparecían en esos fotogramas las valientes textiles, bajo lluvia y un mar de paraguas multicolores, reclamando trabajo y reapertura de fábricas cerradas.
Incluso estaban el general Liber Seregni, el doctor Juan José Crottogini y el doctor Hugo Villar. El diputado Rodney Arismendi, primer secretario del Partido Comunista del Uruguay (PCU), y junto a él, en la caja de un camión, se veía a los senadores Zelmar Michelini y Juan Pablo Terra. Y más, y más, y más.
Sí, encontraron de todo lo que había o se movía en aquel Uruguay que, a brazo partido, defendía sus conquistas logradas en duras luchas.
Estoy seguro de que después de acomodar en su cerebro tamaña sorpresa intuyeron de qué se trataba todo aquello, supieron qué material era ese y qué valor tenía. Lo escondieron, lo protegieron y, en vez de entregarlo, lo hicieron desaparecer pensando que algún día podría ser rescatado.
Es claro que estos hombres de andamios y cimientos no tenían la menor idea de la fragilidad de ese material ni de todos los problemas que le acarrea el excesivo calor, el polvo y la más que destructora humedad. Es cierto que los negativos estaban dentro de unas latas, hasta con tapa. Es posible que hayan pensado que eso era suficiente para que permanecieran ocultos sin peligro de deterioro.
Y aparecieron. Como les cuento: aparecieron. Pero no en un lugar cualquiera. Fue… de película, increíble. Y, para peor —y también para mejor—, en un lugar de difícil acceso. Estaban en un ducto de ventilación que llegaba al subsuelo del emblemático edificio. Justo ahí fue donde años después las descubrió Quique: fue él quien nos guió y nos ayudó en la apasionante historia del rescate.
Esas latas cargadas de historia hicieron un recorrido de treinta o cuarenta metros en caída libre, y allá abajo, entre escombros, polvo, humedad, frío o intenso calor estuvieron por años.
Para qué seguir contándoles estas cosas que tienen bastante de cinematográficas… Pero además esto tiene un plus: son muy pocos los ejemplos de algo similar que hayan ocurrido en el mundo.
Sinceramente, lector amigo, pensé que esta introducción la debería haber escrito alguien que supiera de letras y que tuviera una buena redacción. O alguien que podría haber sido un dirigente sindical de la época. O, por qué no, un politólogo que con su sapiencia y oficio supiera desmenuzar en estas imágenes lo que fueron aquellos años..., nada fáciles, nada fáciles.
Pero lo bueno y lo positivo es que fueron años intensos, de movilización, de creación, durante los cuales sindicatos y sociedad, involucrando a miles de voluntades, fueron capaces de crear las condiciones para que existiera y se realizara el multitudinario primer Congreso del Pueblo. Y ahí, sobre la marcha, nacía la Convención Nacional de Trabajadores (CNT), hoy PIT-CNT. Más tarde, pero sin pausa, nacía el Frente Amplio, una organización política progresista y sin exclusiones, que rompía con más de un siglo de bipartidismo.
Claro, también lo podría haber escrito un político, algún diputado o senador. Sí, un político de aquel entonces, con años de cámaras, de polémicas reñidas, que en su legislar cotidiano dentro de ese palacio de las leyes más de una vez haya tenido que asomarse a ventanas y puertas para ver, entre carteles y con el estruendo de bocinazos de ómnibus del transporte colectivo, a miles de obreros, jubilados, inquilinos desalojados o a punto de serlo, funcionarios del Estado, municipales y trabajadores de los entes, a maestros y profesores cercando ese edificio de leyes y debates.
En esa explanada del palacio no faltaron los universitarios que montaron aulas en plena vía pública, con alegría e ingenio. Lo hicieron a los cuatro vientos y a pleno sol, con frío y hasta con lluvia. Cualquiera que pasara por ese lugar vería con asombro a profesoras y profesores prestigiosos dando clase, protegiéndose con paraguas o pedazos de nailon, en reclamo de un presupuesto justo para la enseñanza.
Ese era el Uruguay. Combativo, politizado, antiimperialista, solidario con los pueblos que luchaban por libertad y justicia. Solidario con la revolución triunfante de Cuba y el heroico pueblo de Vietnam. Solidario con los perseguidos por dictaduras feroces. Solidario con otros gremios, con su clase.
Los legisladores vieron, primero con sorpresa y más tarde con preocupación, que a todos aquellos reclamos en el Parlamento se les agregó algo nuevo: la venida de ese otro Uruguay, el siempre olvidado, el de los trabajadores del interior. Pero no venían en ómnibus o en camiones, lo hacían a pie caminando centenares de quilómetros.
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