Читать книгу: «Río negro»
Título original: Myrká
© Arnaldur Indridason, 2008.
© de la traducción: Enrique Bernárdez Sanchis, 2016.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO996
ISBN: 9788490567425
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
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Notas
1
Se puso vaqueros negros, camisa blanca y chaqueta cómoda, se calzó los zapatos de fiesta que tenía desde hacía tres años y pensó en los locales del centro que una de ellas había mencionado.
Se hizo un combinado con dos bebidas y se lo bebió delante del televisor mientras esperaba el momento de bajar al centro. No quería ponerse en camino demasiado pronto, porque alguien podía fijarse en él si se demoraba demasiado en lugares apenas transitados. Quería evitarlo. Lo fundamental era fundirse con la multitud, no llamar la atención, ser solo uno más de la concurrencia. Tenía que hacer todo lo posible para no resultar demasiado fácil de recordar por nada especial, por no destacar lo más mínimo. En el caso improbable de que alguien preguntara, estuvo solo en casa toda la velada, viendo la televisión. Si todo iba según sus deseos, nadie recordaría haberlo visto en ningún sitio.
Cuando llegó la hora, apuró lo que quedaba en el vaso y salió. Estaba un poco achispado. Vivía cerca del centro y se dirigió hacia el pub en la oscuridad otoñal. El centro estaba ya atestado de gente en busca de marcha de fin de semana. Habían comenzado a formarse colas de espera ante los locales más populares. Los porteros hacían ostentación de su fuerza física. La gente intentaba engatusarlos para que les dejaran entrar. La música se oía desde la calle. El olor a comida de los restaurantes se mezclaba con el aroma de alcohol de los pubs. Unos estaban más borrachos que otros. A él le daban asco.
Entró en el pub después de una espera relativamente corta. El local no era de los más populares, aunque esa noche allí no cabía ni un alfiler. Estupendo. Ya había empezado a echarles el ojo a las chicas y a las mujeres jóvenes mientras paseaba por el centro. Las prefería de treinta y pocos años, y preferiblemente que no estuvieran del todo sobrias. No había problema si ya estaban un poquito puestas, aunque tampoco las quería borrachas en exceso.
Procuró no destacar demasiado en el grupo y volvió a darse una palmadita en el bolsillo de la chaqueta para cerciorarse de que lo tenía allí. Se había dado varios golpecitos en aquel bolsillo durante el paseo, pensando que parecía uno de esos neuróticos que estaban siempre comprobando si habían cerrado bien la puerta, si se habían olvidado las llaves, si habían apagado la cafetera o si se habían dejado encendido alguno de los fuegos de la cocina. Él también padecía esa clase de obsesión, y recordaba haber leído un artículo al respecto en una revista femenina muy popular. En ese mismo número había un artículo sobre otra de sus obsesiones. Se lavaba las manos veinte veces al día.
Casi todos bebían jarras de cerveza, y él también pidió una. El camarero apenas se fijó en él, y tuvo la precaución de pagar en efectivo. No le resultó nada difícil perderse en la multitud. La mayoría de los asistentes eran personas de su misma edad, que iban con sus amigos y compañeros de trabajo. El ruido era atronador, pues los clientes del local intentaban hacerse oír por encima de la enloquecedora música de rap. Miró tranquilo a su alrededor y comprobó la existencia de unos cuantos grupos de amigas y de unas cuantas mujeres a las que parecían acompañar sus maridos, pero no encontró a ninguna con aspecto de estar sola. No había terminado aún su jarra cuando salió a la calle otra vez.
En el tercer local vio a una mujer que conocía de vista. Le echó unos treinta años, y parecía sola. Estaba sentada a una mesa de la zona de fumadores, y a su alrededor había mucha gente pero saltaba a la vista que ella no iba con nadie. Bebía un margarita, y se fumó dos cigarrillos en el rato en que él la estuvo mirando desde lejos. El local estaba a rebosar, pero ninguno de los que se acercó a ella parecía ser su acompañante. Dos hombres hicieron avances pero ella sacudió la cabeza y se fueron. El tercero siguió encima de ella, como si no estuviera dispuesto a aceptar un no por respuesta.
Era morena, agraciada y una pizca rellenita. Vestía con elegancia: falda y camiseta de manga corta, de color claro, y un bonito chal sobre los hombros. En la parte delantera de la camiseta ponía SAN FRANCISCO, con una florecita asomando de la F.
Consiguió librarse del hombre, que pareció soltarle alguna grosería. Dejó un momento a la mujer para que se calmara antes de dirigirse a ella.
—¿Has estado allí? —preguntó.
La morena levantó la mirada. No conseguía ubicarlo del todo.
—En San Francisco —dijo él, señalando la camiseta.
Ella se miró el pecho.
—¿Te refieres a esto? —preguntó ella.
—Es una ciudad preciosa —dijo él—. Deberías ir allí alguna vez.
Ella le miraba como si no acabara de saber si debía decirle que ahuecase el ala, como a los otros. Y además tenía la vaga sensación de haberle visto alguna vez.
—Allí pasa de todo —dijo él—. Allí, en Frisco. Muchísimo que ver.
La chica sonrió.
—¿Tú por aquí? —dijo.
—Sí, me alegro de verte. ¿Estás sola?
—Sí, estoy sola.
—¿Y qué hay de Frisco? Tienes que ir.
—Ya, he...
Sus palabras se ahogaron en el estruendo. Él se pasó la mano por el bolsillo de la chaqueta y se inclinó hacia ella.
—El vuelo sale un poco caro —dijo—. Pero bueno... Yo fui una vez, fue estupendo. Una ciudad preciosa.
Utilizaba ciertas palabras con toda intención. Ella levantó los ojos hacia él, que imaginó que estaría contando con los dedos de una mano los chicos jóvenes que conociera y utilizaran palabras como «precioso».
—Ya lo sé, he estado allí yo también.
—Vaya. ¿Te importa que me siente contigo?
La joven vaciló un instante, pero luego se desplazó a un lado para dejarle sitio. Nadie del local se fijó en ellos, ni tampoco cuando salieron juntos, como una hora más tarde, y fueron a casa de él por calles poco transitadas. La droga había empezado a hacer efecto. Se la había puesto en una de las copas de margaritas. Al volver de la barra con la tercera bebida, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó la droga y se la echó en la bebida. Se habían caído bien, y él sabía que la chica no le causaría ningún problema.
El aviso llegó a la policía de investigación dos días después. Elínborg lo tomó a su cargo y pidió la asistencia de un grupo de apoyo. Los agentes de la policía de tráfico ya tenían cerrada la calle del barrio de Þingholt cuando Elínborg llegó al lugar, y los técnicos estaban ya entrando. Vio al forense salir de su coche. Tan solo la sección técnica estaba autorizada a entrar en la vivienda en un primer momento, para llevar a cabo la investigación. En su jerga lo llamaban «congelar el escenario».
Elínborg se ocupó de organizar todo lo necesario mientras esperaba con paciencia una señal de los técnicos para entrar en la vivienda. En el lugar se habían congregado periodistas de medios escritos y audiovisuales, y ella miraba cómo trabajaban. Algunos se mostraban insistentes, y otros incluso groseros con los agentes de policía que les impedían acceder al escenario. Ella conocía a dos o tres de la televisión, un tipejo de programas de entrevistas que se había pasado a los informativos hacía muy poco, y un moderador de debates políticos. Elínborg no acababa de entender por qué andaba allí en medio de los reporteros. Recordaba sus propios comienzos, cuando era una de las pocas mujeres de la sección de investigación criminal, los periodistas eran más amables, y su número, mucho más reducido. Prefería a los que trabajaban en periódicos. Los de los medios escritos no tenían tanta prisa, eran más tranquilos y mucho menos cargantes que los que iban con la cámara de televisión sobre el hombro. Algunos incluso sabían escribir.
Había vecinos asomados a las ventanas o delante de las puertas, con los brazos cruzados, en pleno frío otoñal. En sus gestos se podía discernir que no tenían ni la menor idea de lo que había sucedido. Algunos agentes les preguntaban si habían notado algo extraño esa noche en la calle, algo fuera de lo común en los alrededores de la casa, gente que iba o venía, si conocían a quienes vivían allí, o si habían entrado alguna vez en la casa.
En tiempos, Elínborg había vivido en un piso alquilado en Þingholt, antes de que la zona se pusiera de moda. Le encantaba aquel barrio residencial tan tradicional que se erguía sobre las laderas de la colina que comenzaban en la vaguada del centro. Las casas pertenecían a distintas épocas y contaban la historia de la edificación de la ciudad a lo largo de un siglo entero: unas eran humildes viviendas proletarias; otras, grandes mansiones de empresarios. Allí siempre habían vivido juntos trabajadores y clases superiores, en paz y tranquilidad, hasta que el barrio comenzó a atraer a jóvenes que se negaban a irse a vivir a los barrios periféricos de la capital, que crecían sin cesar uno tras otro hasta lo alto de los páramos, y que prefirieron crear sus nidos en pleno corazón de la ciudad. Artistas y toda clase de beautiful people se fueron a vivir a aquellas casas mientras los multimillonarios y los nuevos ricos compraban las enormes mansiones de los comerciantes mayoristas. Los nuevos habitantes llevaban el código postal como señal de su identidad: Reikiavik 101.
El jefe de la sección técnica apareció por una esquina de la casa y llamó a Elínborg. Le advirtió que fuera con cuidado y le recordó que no debía tocar absolutamente nada.
—Esto es bastante feo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque parece un matadero.
El apartamento tenía una entrada por el patio trasero, que no se veía desde la calle. Estaba al nivel del suelo y se entraba directamente por un sendero empedrado que había detrás de la casa. Lo primero que vio Elínborg al entrar en el apartamento fue el cuerpo de un hombre joven que yacía en el suelo, con los pantalones bajados hasta los tobillos, vestido solamente con una camiseta ensangrentada en la que ponía SAN FRANCISCO, con una florecita asomando de la F.
2
De camino a casa, Elínborg se pasó por una tienda de alimentación. Habitualmente empleaba un buen rato en hacer las compras y evitaba los comercios baratos porque contaban con una oferta muy limitada y la calidad iba pareja con el precio. Pero ahora tenía que darse prisa. La habían telefoneado los dos chicos para preguntar si no pensaba preparar cena como les había prometido, y ella les aseguró que sí, aunque dijo que tendría que ser un poco tarde. Intentaba preparar la cena todos los días para poder sentarse a pasar un rato con la familia, aunque solo fueran los quince minutos que sus chicos tardaban en devorar la comida. También sabía que si no guisaba algo apetecible, los chicos se lanzarían a por carísima comida basura con el poco dinero que habían ahorrado del trabajo de verano, o se lo sacarían a su padre. Teddi, su marido, mecánico de automóviles, era una auténtica calamidad culinaria, sabía preparar gachas de avena y huevos fritos, pero ahí se acababa todo. Eso sí, estaba siempre dispuesto a recoger la mesa y fregar, y no remoloneaba a la hora de hacer las demás tareas de la casa. Elínborg buscó algo rápido y vio un preparado de pescado bastante decente, cogió un paquete de arroz, cebolla, un par de cosas más que necesitaba en casa y al cabo de diez minutos estaba otra vez en el coche.
Una hora más tarde estaban sentados a la mesa de la cocina. El chico mayor protestó por las albóndigas de pescado, porque el día anterior también habían cenado pescado. No le gustaba nada la cebolla y la dejaba en el borde del plato. El pequeño era más del estilo de Teddi y se comía todo lo que le echaban. La chica, que era la más pequeña de los tres, y que se llamaba Theodóra, había telefoneado para pedir permiso para quedarse a cenar en casa de una amiga. Estaban estudiando juntas.
—¿No hay más que salsa de soja? —preguntó el mayor. Se llamaba Valþór y acababa de empezar la secundaria. Ya sabía perfectamente lo que quería ser en la vida: al terminar la enseñanza obligatoria había optado por la Escuela de Comercio. Elínborg tenía la impresión de que estaba saliendo con una chica, aunque él no decía ni una palabra al respecto. No hizo falta investigar mucho para confirmar las sospechas. Un preservativo cayó del bolsillo del pantalón cuando Elínborg iba a meterlo en la lavadora, hacía apenas unos días. No le preguntó absolutamente nada, eran cosas de la vida, pero se alegró de que fuera prudente. Nunca había conseguido ganarse plenamente su confianza. La relación que existía entre ambos siempre estaba llena de tiranteces, el chico era siempre muy independiente y en ocasiones un tanto descarado. Aquella era una característica de su temperamento que Elínborg no aguantaba y que no sabía de dónde podía haber salido. Teddi le manejaba mejor. Los dos eran aficionados a los coches.
—No —dijo Elínborg sirviéndose el resto del vino blanco en una copa—. No tenía ganas de hacer salsa.
Miró a su hijo y pensó una vez más si sería conveniente decirle algo acerca de su descubrimiento, pero decidió que estaba demasiado cansada como para iniciar una discusión con su hijo en ese momento. Estaba segura de que el chico se sentiría molestísimo por lo que había hecho.
—Dijiste que esta noche ibas a hacernos un filete —le recordó el muchacho.
—¿Qué cadáver es ese que habéis encontrado? —preguntó el pequeño, que se llamaba Aron. Había visto las noticias de la televisión, y salía su madre delante de la casa de Þingholt.
—Un hombre de unos treinta años —dijo Elínborg.
—¿Lo mataron? —preguntó el mayor.
—Sí —dijo Elínborg.
—En las noticias dijeron que aún no se sabía si había sido un asesinato —explicó Aron—. Solo que se sospechaba que era un asesinato.
—A ese hombre lo asesinaron —dijo Elínborg.
—¿Quién era? —quiso saber Teddi.
—Nadie que conozcamos.
—¿Cómo lo mataron? —preguntó Valþór.
Elínborg la miró.
—Sabes que no debes preguntar esas cosas.
Valþór se encogió de hombros.
—¿Fue por asuntos de drogas? —preguntó Teddi—. ¿Que él...?
—¿Queréis dejar de hablar de eso? —les rogó Elínborg—. Todavía no sabemos nada.
Todos sabían que no debían insistir, pues a Elínborg no le parecía adecuado hablar de su trabajo. Los hombres de la familia siempre habían sentido mucho interés por el trabajo de la policía y, cuando sabían que ella estaba trabajando en algo que pudiera parecer emocionante, eran incapaces de reprimir sus preguntas sobre los menores detalles del caso, e incluso se permitían opinar. Por regla general solían perder el interés si la investigación se prolongaba, y le concedían una tregua.
Eran seguidores adictos de las series policiacas de la televisión, y cuando los chicos eran más pequeños les parecía de lo más emocionante y aventurero que su madre fuera detective de investigación criminal como los protagonistas de las series. Pero pronto se dieron cuenta de que había algo que no acababa de encajar, o bien por lo que ella les contaba de su trabajo o bien por lo que sabían por propia experiencia. Los héroes de las películas policiacas parecían modelos por su aspecto y sus movimientos, eran espléndidos tiradores y capaces de mantener agudas discusiones con serviles delincuentes, solucionaban en un abrir y cerrar de ojos los casos más complicados y charlaban de literatura universal en medio de una persecución de coches que te ponía los pelos de punta. En cada episodio se cometían crímenes de lo más horripilante, dos, tres o cuatro, y al criminal siempre lo capturaban al final y le daban su merecido.
Los chicos sabían que Elínborg trabajaba muchísimo a horas y a deshoras, y que tenía un sueldo bastante flojo, como ella misma decía. Según ella, nunca había participado en una persecución en coche. No tenía pistola, y no digamos fusil, pues la policía islandesa no utilizaba armas de fuego en su trabajo. Los criminales eran las más de las veces unos pobres desgraciados, unos miserables, como los llamaba Sigurður Óli, y la policía los conocía a casi todos ellos. Los casos más importantes eran atracos y robos de vehículos. Agresiones a personas. La sección de estupefacientes se encargaba de las drogas, y delitos muy serios, como las violaciones, solían llegar con regularidad a la mesa de Elínborg. Asesinatos había pocos, aunque su número variaba de un año a otro: algunos años no se cometía ninguno, y otros años podía haber hasta cuatro. En los últimos tiempos, la policía había apreciado una tendencia peligrosa: los delitos estaban mejor organizados, era más frecuente el recurso a las armas, y la violencia se estaba generalizando.
Por regla general, Elínborg volvía a casa por la tarde, muerta de cansancio, y preparaba la cena y echaba un vistazo a las recetas en que estaba trabajando, porque la cocina era su hobby, o se tumbaba en el sofá y se quedaba dormida delante del televisor.
En esos momentos, había veces en que los chicos dejaban de mirar la serie policiaca y observaban de reojo a su madre, y la policía islandesa no les resultaba demasiado emocionante.
La hija de Elínborg no era de la misma madera que sus hermanos. Enseguida se puso de manifiesto que Theodóra era superdotada, lo que le acarreaba ciertos problemas en el colegio. Elínborg se oponía a que adelantara un curso, porque quería que creciera junto a niños de su misma edad, pero los estudios le resultaban excesivamente sencillos. La chica tenía que estar siempre haciendo algo más, jugaba al balonmano, tomaba clases de piano y estaba en los boyscouts. No veía mucho la televisión y, a diferencia de sus hermanos, no le gustaban especialmente ni las películas ni los juegos de ordenador. Era un verdadero ratón de biblioteca y leía de la mañana a la noche. Elínborg y Teddi se pasaban el tiempo llevándole libros de la biblioteca cuando era más pequeña y, en cuanto tuvo edad para ello, se encargó por su cuenta de sacar los libros. Tenía once años, y hacía unos días había intentado explicarle a su madre las ideas esenciales de la Historia del tiempo.
En ocasiones, Elínborg hablaba con Teddi de sus compañeros de trabajo, cuando creía que los niños no estaban escuchándoles. Estos sabían que uno de sus colegas se llamaba Erlendur y les resultaba un auténtico misterio: a veces era como si Elínborg no tuviera la menor gana de trabajar con él, y a veces era como si no pudiera vivir sin él. Los chicos habían oído a su madre decir varias veces que le extrañaba que un padre de familia tan nefasto y un solitario con tan mal carácter pudiera ser un policía de investigación criminal tan magnífico. Admiraba su trabajo, aunque el hombre como tal no siempre acababa de caerle bien. Otro cuyo nombre le mencionaba a veces a Teddi al oído se llamaba Sigurður Óli, y lo primero que los niños sacaron en claro era que debía de ser un bicho raro. Algunas veces, su madre suspiraba con fastidio si lo mencionaba.
Elínborg estaba conciliando ya el sueño cuando oyó un leve ruido en la casa. Todos se habían ido ya a la cama menos el mayor, que seguía pegado a su ordenador. Elínborg no sabía si estaría haciendo algún trabajo para el colegio o simplemente chateando o escribiendo en su blog. El chico no se iba a dormir hasta medianoche. Valþór seguía su propio reloj, se acostaba de madrugada y era capaz de quedarse en la cama hasta la tarde si se le presentaba la oportunidad. Elínborg estaba preocupada, pero sabía que no servía de nada discutir con el muchacho. Lo había intentado muchas veces pero él era terco e independiente, y no le hacía caso a nadie.
Pasó toda la noche pensando en el hombre de Þingholt. En el espectáculo que no habría podido describirles a sus hijos aunque hubiese querido. Le habían cortado el cuello y había sangre en las sillas y las mesas del salón. El forense haría un informe exhaustivo, que aún no estaba listo. Los policías opinaban que el asesino debía de haberlo planificado todo de antemano: tuvo que llegar al lugar con la idea de llevar a cabo aquella agresión. No había huellas de pelea. Y el corte se había realizado en el punto exacto del cuello donde podía causar mayores daños. En el cuello había también cuchilladas más pequeñas, que indicaban que el cuchillo había sido presionado contra la víctima varias veces. Es muy probable que el asalto fuese rápido y pillase a la víctima totalmente por sorpresa. La puerta de la vivienda no estaba forzada, lo que podía significar que fue él mismo quien la abrió a su asesino. Pero también podía pensarse que alguien hubiera entrado en el piso con el hombre, o que algún invitado suyo hubiera realizado aquel brutal ataque sin previo aviso. No habían robado nada y no había objetos desplazados de su sitio. No cabía pensar en un atraco, aunque tampoco podía excluirse que el interfecto se hubiera topado de manera inesperada con los atracadores, con las visibles consecuencias.
En el cuerpo del hombre apenas quedaba una gota de sangre, que había encharcado el suelo de la vivienda. Aquello indicaba que siguió vivo, y con el corazón latiendo, algún tiempo después del ataque.
Elínborg ni se planteaba ponerse a freír unos filetes crudos después de aquella visión, por mucho que su hijo mayor se quejara.
3
El hombre de Þingholt se llamaba Runólfur y tenía unos treinta años. Nunca había tenido roce alguno con la policía y no figuraba en el listado de delincuentes. Trabajaba en una empresa telefónica, se había ido a vivir a Reikiavik hacía más de diez años, vivía solo y su madre no tenía demasiada relación con él. La madre seguía viviendo en su aldea natal. Un policía y un sacerdote fueron a su casa a comunicarle la noticia de la muerte de su hijo. Resultaba que el padre del joven había fallecido en accidente hacía unos años, en un violento choque con un camión en el páramo de Holtavörðuheiði. Runólfur era hijo único.
El casero habló bien de él. Pagaba siempre a su debido tiempo, era limpio y ordenado, no se oía nunca ruido procedente de su casa, e iba a trabajar todas las mañanas. El casero casi no tenía palabras para ensalzar sus virtudes.
—Toda esa sangre... —dijo mirando a Elínborg con gesto de asco y enfado a la vez—. Tendré que llamar a una empresa de limpiezas. Y probablemente tendré que tirar el revestimiento del suelo. ¿Quién es capaz de hacer algo semejante? Después de esto no va a ser nada fácil alquilar el piso.
—¿No oíste nada procedente de la casa? —preguntó Elínborg.
—Nunca oía nada —dijo el casero, de grueso vientre y con barba de tres días, calvo y de hombros caídos y brazos cortos. Vivía solo, en el piso de arriba del de Runólfur, y dijo que llevaba años alquilando el piso inferior. Hacía uno o dos años que Runólfur había entrado a vivir de inquilino.
Fue el casero quien encontró el cuerpo e informó a la policía. Había bajado a casa de Runólfur a llevarle correo que habían dejado por error en su buzón, y lo metió en el bocacartas de la puerta. Al pasar delante de la ventana del salón vio unos pies descalzos en el suelo, en medio de un charco de sangre. Pensó que lo más prudente era llamar de inmediato a la policía.
—¿Estabas en casa el sábado por la noche? —preguntó Elínborg, quien imaginó que la curiosidad del casero fue lo que le empujó a mirar al interior. Debía de resultar bastante difícil. Las cortinas estaban echadas, y solo se podía ver algo a través de una rendija entre las cortinas.
La inspección de urgencia indicaba que el crimen debió de cometerse en la noche del sábado o la madrugada del domingo. Señalaba igualmente que una persona debió de estar en casa antes de la agresión, pero no que alguien hubiera entrado por la fuerza. Debía de tratarse de una mujer, y al parecer Runólfur mantuvo relaciones sexuales poco antes de su muerte. En el dormitorio encontraron un condón en el suelo. Era probable que la camiseta que llevaba puesta cuando lo encontraron no le perteneciera a él, sino a la mujer. Lo indicaba la talla, pues la camiseta era demasiado pequeña para aquel hombre, y además en ella aparecieron cabellos femeninos morenos, idénticos a los hallados en el sofá de Runólfur. En la chaqueta de este también se encontraron cabellos, probablemente de la misma mujer. Cabría pensar que la había invitado a pasar la noche en su casa. En la cama del dormitorio al que se accedía desde el salón se encontró vello púbico.
Era fácil salir de la casa a través del patio y el jardín vecino. Este pertenecía a una casa de cemento de tres pisos que se hallaba en la calle colindante. Nadie había visto a nadie en los jardines dos días atrás.
—Yo suelo estar en casa siempre —dijo el casero.
—Nos dijiste que Runólfur había salido esa noche, ¿cierto?
—Sí, lo vi en la calle, ahí delante. Debían de ser las once. Después no volví a verlo.
—¿De modo que no te fijaste cuando volvió a casa?
—No. Probablemente estaría ya dormido.
—¿Y no sabes si lo acompañaba alguien?
—No.
—Runólfur no vivía con ninguna mujer, ¿verdad?
—No, ni con ningún hombre —puntualizó el casero con una sonrisa enigmática.
—¿Nunca, en el tiempo en que fue tu inquilino?
—No.
—Pero ¿sabes si había mujeres que se quedaran a dormir en su casa?
El casero se rascó la cabeza. Era poco después del mediodía y acababa de zamparse una salchicha de carne de caballo, y estaba sentado muy tranquilo en un sofá enfrente de Elínborg, que había visto en la cocina un plato con los restos. El olor a rancio de aquel guiso inundaba la vivienda, y Elínborg temía que impregnara su abrigo nuevo, que había comprado en las rebajas. No quería permanecer en el piso del casero más tiempo del imprescindible.
—No mucho —respondió al final—. Yo creo que nunca lo vi con una mujer. No lo recuerdo, al menos.
—¿No lo conocías demasiado bien?
—No —dijo el casero—. Enseguida me di cuenta de que prefería que lo dejase en paz, quería estar a su aire. De modo que... No, no tenía mucho trato con él.
Elínborg se puso en pie. Vio a Sigurður Óli en la puerta de la casa de enfrente hablando con los vecinos. Había más agentes tomando declaración a otras personas del vecindario.
—¿Cuándo podré limpiar el piso? —preguntó el casero.
—Pronto —dijo Elínborg—. Ya te avisaremos.
El cuerpo de Runólfur había sido retirado la noche anterior, pero los científicos seguían trabajando cuando Elínborg llegó a la casa, en compañía de Sigurður Óli, la mañana después del hallazgo. El piso mostraba a las claras que era un joven de buen gusto quien lo había convertido en un hogar agradable y cálido. Elínborg notó que se había tomado la molestia de colocar adornos de porcelana en las paredes, algo que apenas solía verse en las casas de gente joven, había una bonita alfombra encima del parqué, un sofá y un sillón a juego. El cuarto de baño era pequeño pero elegante, en el dormitorio había una cama de matrimonio, y no se veía ni una mancha en la cocina, aneja al salón. No había estanterías para libros, ni fotos de familia, pero sí una gran pantalla de plasma y tres pósters enmarcados con superhéroes del cómic: Spiderman, Superman y Batman. Sobre la mesa había unas estupendas figuritas de colección de diversos superhéroes famosos.
—¿Y dónde estabais vosotros cuando pasó? —quiso saber Elínborg dirigiendo su mirada a un póster tras otro.
—Una chulada —dijo Sigurður Óli, observando a los héroes.
—Pero si no es más que basura —repuso Elínborg.
Sigurður Óli se inclinó sobre el modernísimo sistema de audio. A su lado había un teléfono móvil y un reproductor de iPod.
—Un nano —dijo Sigurður Óli—. Lo mejor de lo mejor.
—¿Este tan fino? —preguntó Elínborg—. Mi chico pequeño dice que es solo para niñas. No sé lo que querrá decir eso, nunca he tocado un aparato de estos.
—Muy propio de ti —dijo Sigurður Óli, sonándose la nariz. Estaba ya bastante recuperado de una fuerte gripe que no acababa de desaparecer.
—¿Algún problema? —dijo Elínborg mientras abría la nevera. No contenía demasiadas cosas y no decía nada bueno sobre las artes culinarias del propietario. Un plátano y un pimiento, queso y mantequilla de cacahuete americana, huevos. Un brik de leche desnatada, abierto.
—¿No tenía ordenador? —le preguntó Sigurður Óli a uno de los dos de la científica que estaban trabajando en la vivienda.
—Nos lo llevamos para allá —respondió—. Aún no hemos encontrado nada que pueda explicar este baño de sangre. ¿Ya sabéis lo del Rohypnol?
El técnico les miró. Tenía unos treinta años, estaba despeinado y sin afeitar...; desastrado, esa era la palabra que estaba buscando Elínborg. Sigurður Óli, que siempre tenía un aspecto impecable, le había explicado con desdén que ese aspecto tan descuidado era el no va más de la moda.
—¿Rohypnol? —dijo Elínborg, sacudiendo la cabeza.
—Llevaba unas pastillas en el bolsillo de la chaqueta, y hay bastantes más en la mesa del salón —dijo el técnico, que llevaba bata blanca y guantes de látex.
—¿Te refieres a la droga de las violaciones?
—Sí —dijo el técnico—. Nos acaban de llamar para informarnos. Tenemos que organizar la investigación con arreglo a ese dato. La llevaba en un bolsillo de la chaqueta, como acabo de decir, lo que puede indicar que...
—... la utilizó el sábado por la noche —dijo Elínborg—. El casero lo vio esa noche bajando hacia el centro. Así que lo llevaba en el bolsillo cuando se fue de marcha, ¿no?
—Eso parece, si es que llevaba puesta esa chaqueta, como todo parece indicar. El resto de su ropa está perfectamente colocada en el armario. La chaqueta y la camisa están encima de esa silla, y los calzoncillos y los calcetines en el dormitorio. Estaba tirado aquí en el salón con los pantalones por los tobillos, pero no llevaba calzoncillos. Es como si se hubiera levantado un momento, quizá para coger un vaso de agua. Está al lado del fregadero.
—¿Se iba de marcha llevando Rohypnol? —dijo Elínborg, pensativa.
—Tenemos la impresión de que debió de mantener relaciones sexuales justo antes de morir —dijo el técnico—. Creemos que el condón es suyo. Y se le notaba exteriormente, si podemos expresarlo así, aunque la autopsia lo dejará todo claro.
—La droga de las violaciones —dijo Elínborg, y a su memoria acudió un caso reciente cuya investigación le habían encargado, y en el que también estaba implicada la droga de las violaciones. Un compasivo conductor que pasaba por Nýbýlavegur, en el barrio de Kópavogur, atendió a una mujer de veintiséis años de edad, medio desnuda, que estaba vomitando en el arcén. La joven no fue capaz de decir de dónde venía, no recordaba dónde había pasado la noche. Le pidió al hombre que la atendió que la llevara a su casa. Supuso que pensaba llevarla a urgencias. Le dijo que no era necesario.
La mujer no tenía ni la menor idea de qué estaba haciendo en aquel lugar. Se quedó dormida en cuanto llegó a su casa y durmió doce horas seguidas. Al despertar le dolía todo el cuerpo. Sentía un dolor punzante en los órganos sexuales, y la piel de las rodillas estaba enrojecida e hipersensible, pero seguía sin recordar lo que había sucedido durante la noche. La mujer padecía el mismo tipo de amnesia que produce el consumo de alcohol y, aunque le resultaba totalmente imposible recordar dónde había ido, estaba convencida de no haber bebido en exceso. Se dio una larga ducha y se lavó a fondo. Esa tarde llamó una amiga suya para preguntarle qué había sido de ella. Las dos habían estado de marcha con otra amiga la noche anterior y ella se fue por otro lado. La amiga la había visto marcharse con un hombre a quien no conocía.
—¡Pues vaya! —dijo la mujer—. No me acuerdo de nada. No recuerdo qué pasó.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó la amiga.
—Ni idea.
Estuvieron hablando un buen rato y la mujer fue recordando poco a poco que había conocido en aquel local a un hombre que la invitó a una copa. No lo conocía y le era casi imposible acordarse de cómo era, pero sí que le pareció amable. No había hecho más que acabarse la copa cuando apareció otra sobre la mesa. Fue al baño y, cuando volvió, el hombre le propuso ir a otro sitio. Eso era lo último que recordaba de esa noche.
—¿Adónde fuiste con él? —le preguntó su amiga por teléfono.
—No lo sé. Solo...
—¿No lo conocías de nada?
—No.
—¿Crees que pudo meterte algo en la copa?
—¿Que si me puso algo en la copa?
—Lo digo porque no recuerdas nada. Hay...
La amiga titubeó.
—¿Qué hay?
—Violadores.
Poco después acudió con su amiga al servicio de atención a víctimas de violaciones, en el Hospital Nacional de Fossvogur. Cuando el asunto llegó a la mesa de Elínborg, la joven estaba convencida de que el hombre del pub la había violado. El examen médico puso de manifiesto que había mantenido relaciones sexuales esa noche, aunque en su sangre no se encontraron restos de la droga. No era nada extraño. La droga más empleada en las violaciones, el Rohypnol, desaparecía del cuerpo al cabo de pocas horas.
Elínborg le mostró fotos de hombres condenados por violación, pero la joven no pudo reconocer a ninguno de ellos. Fue con ella al pub donde había conocido al hombre en cuestión, pero los empleados no se acordaban ni de ella ni del hombre con el que se suponía que había estado. Elínborg sabía que las violaciones realizadas con ayuda de drogas eran casos muy difíciles de resolver. No se encontraba nada en sangre ni en orina. Por lo general, la droga ya había desaparecido del cuerpo de la víctima antes de llevar a cabo el examen médico, aunque había indicios que apuntaban a su utilización: pérdida de memoria, semen en la vagina y dolores en el cuerpo. Elínborg le dijo a la mujer que probablemente la habían intoxicado con una droga de violadores. No podía excluirse que el violador hubiese utilizado éxtasis líquido, que produce los mismos efectos que el Rohypnol: es incoloro e inodoro, y puede estar en forma líquida o en polvo. Ataca el sistema nervioso central. La víctima se queda incapacitada para defenderse y suele sufrir alteraciones de la memoria o incluso amnesia total.
—Todo eso nos hace muy difícil llevar a esos canallas ante la ley —le dijo a la joven—. Los efectos del Rohypnol duran de tres a seis horas y la droga desaparece del cuerpo sin dejar huella. Bastan unos pocos miligramos para provocar un estado hipnótico, y los efectos se ven considerablemente reforzados por la ingesta de alcohol. Los efectos secundarios son alucinaciones, depresión y mareos. Incluso ataques epilépticos.
Elínborg pasó la mirada por la vivienda de Þingholt y pensó en la agresión a Runólfur, en el odio que parecía haberla provocado.
—El Runólfur este, ¿tenía coche? —preguntó a los de la científica.
—Sí, estaba ahí fuera —dijo uno de ellos—. Lo estamos examinando en el almacén.
—Os daré muestras biológicas de una mujer que fue violada hace poco. Tengo que comprobar si ella habría podido ser víctima de este hombre, si fue él quien la llevó a Kópavogur en su coche y la dejó allí abandonada.
—Perfecto —dijo el técnico—. Y hay otra cosa.
—¿Qué?
—Todo lo que hay en el piso pertenece a un hombre: todas las ropas, el calzado, la ropa de abrigo...
—Sí.
—Excepto este trapo —dijo el técnico, indicando una tela metida en una bolsa de plástico de las que utilizaba la científica.
—¿Qué es eso?
—Por lo que yo sé, debe de tratarse de un chal —dijo el hombre, levantando la bolsa de plástico—. Lo encontramos todo enrollado en el dormitorio. De hecho, eso afianza la hipótesis de que estuvo aquí con una mujer.
Abrió la bolsa de plástico y se la acercó a Elínborg a la nariz.
—Desprende un olor un tanto peculiar —observó el técnico—. Hay algo de olor a cigarrillos, al perfume que usaba y luego algo... algo así como olor a alguna especia...
Elínborg metió la nariz en la bolsa.
—Aún no hemos podido identificarlo —dijo el técnico.
Elínborg aspiró con fuerza. El chal era de lana, de color lila. Notó el olor a humo de cigarrillos y a perfume, y el técnico tenía razón: sintió también un olor que le recordó a unas especias que conocía muy bien.
—¿Lo conoces? —preguntó Sigurður Óli, que miraba atónito a Elínborg.
Ella asintió.
—Es mi favorito —dijo Elínborg.
—¿Tu favorito? —se extrañó el técnico.
—¿Tu especia favorita? —preguntó Sigurður Óli.
—Sí —dijo Elínborg—. Pero no es una especia, sino una mezcla de hierbas y especias. De la India. Es como... me recuerda al tandoori. Creo que el chal huele a tandoori.
4
Los vecinos, en su gran mayoría, se mostraron muy dispuestos a colaborar. Se decidió interrogar sistemáticamente a todos los que vivían a una determinada distancia de la casa, con independencia de que cada cual considerase o no que tenía algo que aportar. Era la policía misma la que decidía qué le resultaba útil y qué no. Los hechos habían sucedido en la parte baja de Þingholt, y casi todos declararon que a esas horas de la noche estaban dormidos y no habían notado nada desacostumbrado. Nadie conocía al inquilino. Nadie había visto pasar a nadie por las inmediaciones de la casa ni había apreciado nada anormal en los últimos días. Primero hablaron con quienes vivían más cerca, y luego fueron ampliando el círculo. Elínborg habló con los agentes que tenían a su cargo los interrogatorios y se informó de los testimonios; se detuvo en el relato de una mujer que vivía en la periferia de la zona. Decidió ir a verla, aunque las informaciones que había proporcionado eran en realidad de muy escasa calidad.
—No sé si va a valer la pena —dijo el policía que había interrogado a aquella mujer.
—¿Por qué?
—Es un tanto rara —dijo el policía.
—¿En qué sentido?
—No hacía más que hablar de ondas electromagnéticas. Decía que le provocaban un constante dolor de cabeza.
—¿Ondas electromagnéticas?
—Dice que las mide ella misma con unas agujas que tiene. Proceden fundamentalmente del interior de las paredes de su casa.
—¿Sí?
—No sé si le sacarás nada útil.
La mujer vivía en el piso superior de una casa de dos plantas en la calle más próxima, por arriba, a la de Runólfur, aunque a distancia considerable de esta, por lo que no estaba claro que lo que ella creyera haber visto fuese a resultar de mucho interés. Pero lo que dijo había despertado la curiosidad de Elínborg, y como la policía aún no tenía mucho en qué apoyarse, no venía mal prestar un poco de atención a la mujer y ayudarla a explicar con más detalle lo que había visto.
Se llamaba Petrína, andaba cerca de los setenta años y recibió a Elínborg en bata y zapatillas de fieltro, medio rotas, con el pelo enmarañado y de punta, el rostro descolorido y arrugado, y los ojos llenos de venillas rojas. Llevaba un cigarrillo en una mano. Recibió muy cordialmente a Elínborg, dijo que se alegraba mucho de que por fin le hicieran caso.
—Ya era hora —dijo—. Ahora mismo te lo enseño. Unas ondas tremendas, de verdad te lo digo.
Petrína desapareció en el interior de la casa y Elínborg la siguió. Su olfato se vio invadido por la poderosa fetidez del humo de cigarrillo. La casa estaba a oscuras, pues todas las ventanas tenían las cortinas corridas. Elínborg calculó que por las ventanas del salón se vería lo que había por debajo y por delante de la casa. La mujer entró en su dormitorio y la llamó. Elínborg atravesó el salón, pasó por delante de la cocina y entró en el dormitorio. Petrína estaba debajo de una bombilla solitaria que colgaba desnuda del techo. La cama y la mesilla estaban en el centro de la habitación.
—Preferiría echar abajo las paredes —dijo Petrína—. No tengo dinero para poner manguitos en toda la instalación eléctrica. Debo de ser la mar de sensible. Mira, mira.
Elínborg miró intrigada las dos paredes largas del dormitorio, que estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo con papel de aluminio, normal y corriente, del que se usa en la cocina.
—Me da unos dolores de cabeza horribles —dijo la mujer.
—¿Todo eso lo has hecho tú sola? —preguntó Elínborg.
—¿Yo sola? Claro. El papel de aluminio ayuda, pero creo que no basta. Tendrás que mirarlo tú.
Cogió dos varillas metálicas y las sostuvo en las manos sin apretar. Puso los extremos de ambas apuntando a Elínborg, que estaba inmóvil en la puerta. Y entonces se fueron moviendo lentamente hacia una de las paredes.
—Es el tendido eléctrico —dijo Petrína.
—¿Cómo? —dijo Elínborg.
—Ya ves que el papel de aluminio sirve de algo. Ven.
Petrína se abrió paso por la puerta apartando a Elínborg, con el pelo erizado y las varillas metálicas en las manos, como la caricatura de un científico. Fue al salón y encendió el televisor. En la pantalla apareció la carta de ajuste de la televisión pública.
—Súbete la manga —le dijo a Elínborg, que obedeció sin decir ni una palabra.
—Pon el brazo al lado de la pantalla. Pero sin tocarla.
Elínborg acercó el brazo a la pantalla, el vello se le erizó y notó el campo magnético creado por el aparato. Ya conocía la sensación, de cuando en casa encendían el televisor y ella estaba al lado.
—Así eran las paredes de mi cuarto —dijo Petrína—. Exactamente así. Me ponían el pelo de punta. Era como dormir todas las noches metida en una pantalla de televisor encendida. Hicieron cambios en la casa, no te vayas a creer. Paredes de madera. Planchas de conglomerado. Y por dentro todo lleno de cableado eléctrico.
—Pero ¿quién crees que soy yo? —preguntó Elínborg con cautela, volviendo a bajarse las mangas.
—¿Tú? —dijo Petrína—. ¿No eres de la compañía eléctrica? Ibais a mandar a alguien. ¿No eres tú?
—Lo siento —dijo Elínborg—. Yo no soy de la compañía eléctrica.
—Teníais que tomar medidas en la casa —dijo Petrína—. Ibais a venir hoy. No puedo seguir más tiempo en esta situación.
—Yo soy de la policía —dijo Elínborg—. Han cometido un crimen muy serio en la calle de abajo, delante de la tuya, y tengo entendido que desde aquí viste algo. Delante mismo de tu casa.
—Hablé con un policía esta mañana —dijo Petrína—. ¿Por qué volvéis? ¿Y dónde está el empleado de la electricidad?
—No lo sé, pero puedo llamarlo si quieres.
—Hace mucho que tenía que estar aquí.
—Quizá venga más tarde. ¿No te importa que te pregunte qué es lo que viste?
—¿Lo que vi? ¿Qué vi?
—De acuerdo con lo que le dijiste esta mañana al policía, viste a un hombre por la calle la noche del sábado al domingo. ¿No es así?
—He estado intentando que venga esa gente a mirar las paredes, pero no me hacen ni caso.
—¿Siempre tienes las cortinas echadas?
—Claro —dijo Petrína rascándose la cabeza.
Los ojos de Elínborg se habían acostumbrado ya a la oscuridad de la casa de Petrína, así que pudo ver mejor el destartalado apartamento, con muebles viejos, fotos enmarcadas en las paredes y fotos de la familia sobre las mesas. En una de estas había solo fotos de jóvenes y niños, y Elínborg imaginó que se trataría de nietos u otros parientes jóvenes de Petrína. Los ceniceros estaban todos llenos a rebosar de colillas, y Elínborg observó que en la moqueta clara había manchas de quemaduras aquí y allá. Petrína introdujo en uno de los ceniceros el cigarrillo que acababa de terminar. Elínborg miró las quemaduras de la moqueta y supuso que la anciana habría dejado caer cigarrillos al suelo. Pensó si no debería ponerse en contacto con Servicios Sociales. Petrína podía ponerse en peligro con aquello, y poner en peligro a otras muchas personas.
—Si tienes siempre echadas las cortinas, ¿cómo puedes ver la calle? —preguntó Elínborg.
—Bueno, pues descorriéndolas —dijo Petrína, que miró a Elínborg como si fuera un poquitín tonta—. ¿A qué dijiste que habías venido?
—Soy de la policía —repitió Elínborg—. Quiero preguntarte por un hombre que dijiste que habías visto delante de la casa el domingo de madrugada. ¿Te acuerdas?
—Con esas ondas apenas puedo dormir, como comprenderás. De modo que me dedico a dar vueltas por la casa mientras espero. ¿Ves mis ojos? ¿Los ves?
Petrína se estiró la piel del rostro para enseñarle a Elínborg sus ojos inyectados de sangre.
—Son las ondas, esto es lo que le hacen a los ojos. Malditas ondas. Y además tengo un dolor de cabeza permanente.
—¿No será más bien por los cigarrillos? —preguntó Elínborg con sus mejores modales.
—Así que me siento al lado de la ventana a esperar —continuó Petrína sin prestar la más mínima atención a lo que le acababa de preguntar Elínborg—. Me pasé toda la noche, y también todo el domingo entero, esperando; y sigo esperando.
—¿Qué esperas?
—A los de la compañía eléctrica, faltaría más. Pensé que tú eras de la electricidad.
—De manera que estabas aquí sentada al lado de la ventana, mirando la calle. ¿Pensabas que iban a venir de noche?
—No tengo ni idea de cuándo piensan venir. Así que pude ver a esa persona de la que os hablé esta mañana. Al principio pensé que a lo mejor era de la compañía eléctrica y que había pasado de largo. Estuve pensando en asomarme y llamarlo a gritos.
—¿Habías visto alguna vez a esa persona por la calle?
—No, jamás.
—¿Puedes describírmela con más detalle?
—No hay nada que describir. ¿Por qué me preguntas por esa persona?
—Han cometido un delito muy cerca de aquí. Es posible que tengamos que localizar a esa persona.
—No vas a poder —dijo Petrína sin dudarlo.
—¿Por qué no?
—Porque no sabes quién es —dijo Petrína, molesta por la estulticia de Elínborg.
—No, por eso te pido que me ayudes. ¿Era un varón? Esta mañana dijiste que llevaba chaqueta oscura y gorra. ¿Era de cuero la chaqueta?
—No, no tengo ni idea. Llevaba como una especie de gorro en el coco. Supongo que de lana.
—¿Te fijaste en los pantalones que llevaba?
—No tenían nada de especial —dijo Petrína—. De esos de deporte, con las perneras abiertas hasta las rodillas. No tenían nada de especial.
—¿Iba en coche? ¿Lo viste?
—No. No vi ningún coche.
—¿Iba él solo?
—Sí, estaba solo. Solo lo vi un momento porque iba la mar de deprisa, aunque era cojo.
—¿Era cojo? —dijo Elínborg. No recordaba haber oído ese detalle en la descripción que le hizo el policía que había hablado con Petrína por la mañana.
—Sí, cojo. Pobre hombre. Llevaba una antena enrollada a la pierna.
—¿Te dio sensación de que fuera con prisa?
—Sí, desde luego. Pero de mí escapan todos a toda prisa. Son las ondas. No quería que se le metiesen las ondas en la pierna.
—¿Cómo era la antena esa que dices?
—No tengo ni idea de cómo era.
—¿Era clarísimo que estaba cojo?
—Sí.
—¿Y que no quería que se le metiesen las ondas en la piernas? ¿Qué quieres decir?
—Por eso cojeaba. Eran unas ondas tremendas. Tenía en la pierna unas ondas realmente tremendas.
—¿Tú sentiste esas ondas?
Petrína asintió con la cabeza.
—¿Quién dijiste que eras? —preguntó luego—. ¿No eres de la compañía eléctrica? ¿Sabes lo que creo yo que es? ¿Quieres saberlo? Es por culpa del uranio ese. Un montón de uranio, que cae con la lluvia.
Elínborg sonrió. Debería haber hecho caso al agente que dijo que probablemente no valdría la pena volver a hablar con aquella testigo. Le dio las gracias a Petrína, se disculpó por las molestias y prometió que llamaría a la compañía eléctrica para apremiarlos a que enviaran a alguien por las ondas electromagnéticas que le complicaban tanto la vida. Aunque no estaba muy segura de que los empleados de la compañía fueran las personas adecuadas para solucionar el dolor de cabeza de la pobre mujer.
Tampoco se sacó mucho en claro de los demás testigos. Un hombre de mediana edad que iba a pie por Þingholt, camino de su casa en la calle Njarðargata, se presentó a la policía. Todavía luchaba contra una seria resaca, pero quería declarar mientras aún tenía claro el recuerdo. De camino a su casa, esa noche, había visto a una mujer sola en un coche parado. Estaba en el asiento del pasajero, y el hombre tuvo la sensación de que intentaba pasar lo más desapercibida posible. No podía dar más detalles. Dijo el nombre de la calle donde estaba el coche. Era a cierta distancia del lugar de los hechos. El hombre no se veía capaz de proporcionar una descripción precisa de la mujer, aunque le pareció que rondaba los cincuenta y tantos años. Llevaba abrigo. No recordaba con claridad más detalles. El hombre no se acordaba del vehículo de la mujer, ni del color ni de la marca. Añadió que no entendía mucho de coches.
5
El vuelo fue breve y relajado por el ronroneo de las hélices. Elínborg iba sentada junto a una ventanilla, como siempre que volaba dentro de Islandia. Intentaba ver algo del país, pero esa tarde estaba nublado y lo único que podía ver en contadas ocasiones era un monte o un valle o un río serpenteando por la tierra blanca de nieve. Con la edad se le había acentuado el miedo a volar, cosa que no era capaz de explicar. Cuando era más joven, un viaje en avión no le parecía, en absoluto, más peligroso que un viaje en coche. Con los años se le fue metiendo en el cuerpo un miedo a volar que ella asociaba con el hecho de tener hijos y mayores responsabilidades en la vida. Por regla general aguantaba mejor los breves vuelos domésticos, aunque no en todos los casos. Recordaba un difícil vuelo a Ísafjörður en invierno, con un tiempo infernal. Fue como una película de terror, con la amenaza de un inminente accidente fatal. Pensó que sus días estaban contados, apretó los ojos y estuvo rezando hasta que las ruedas contactaron con la pista helada. Los pasajeros se abrazaban entre sí, aunque eran completos desconocidos. En los vuelos internacionales hacía lo posible por sentarse en el pasillo, e intentaba no pensar en cómo aquel pesado avión iba a ser capaz de alzar el vuelo y mantenerse en el aire, repleto de pasajeros y equipajes.
Unos miembros de la policía de la provincia fueron al aeródromo a recogerla y llevarla en coche a la aldea de pescadores en la que vivía la madre de Runólfur. El suelo estaba cubierto por una fina capa de nieve que reforzaba los ocres y amarillos de la vegetación otoñal. Elínborg estaba en el asiento trasero, silenciosa, mirando el esplendor de los colores sin poder fijar su mente en la belleza de la naturaleza. Pensaba en su hijo Valþór. Sentía remordimientos y no sabía qué hacer. Apenas hacía un mes que había descubierto, por casualidad, que su hijo llevaba un blog en internet. Elínborg estaba recogiendo la ropa del cuarto del chico y vio en la pantalla del ordenador que escribía sobre sí mismo y sobre su familia. Dio un respingo porque se llevó un buen susto al oír que se acercaba, y cuando se topó con él en la puerta hizo como si no hubiera visto nada. Había mirado la dirección del blog y la había memorizado, y tras una lucha considerable con su conciencia la tecleó en el ordenador familiar, en la sala de televisión. Se sentía como si estuviera hurgando en las cartas privadas de su hijo, hasta que se dio cuenta de que el blog estaba abierto a todo el que quisiera verlo. Tuvo sudores fríos al comprobar con qué desparpajo escribía sobre sí mismo. Nada de lo que estaba leyendo en el blog lo habían oído jamás ni Teddi ni ella en casa. Había enlaces a otros blogs y Elínborg echó un vistazo a algunos de ellos y comprobó que la franqueza del de Valþór no era un caso único. Parecía como si todo el mundo careciese del más mínimo escrúpulo a la hora de hablar de sí mismos, de sus amigos y familiares, de sus actos, deseos, sentimientos y opiniones, de todo lo que se les venía a la mente en el momento en que se sentaban delante del ordenador. No parecía existir censura alguna al escribir sobre ellos mismos. Todo estaba permitido. Elínborg nunca había visto más blogs que los relacionados directamente con su trabajo, y ni siquiera sospechaba que sus niños mantuvieran páginas como aquella.
Había leído varias veces algunas cosas en el blog de Valþór después de encontrar la página, y se enteró de la música que escuchaba, las películas que había visto, lo que hacía con sus amigos, lo que pasaba en la escuela, su postura ante los estudios, su opinión de ciertos profesores: todas las cosas que nunca comentaba en casa. La citaba a ella, en relación con ciertas discusiones de temas delicados que se habían producido en la sociedad. Hablaba de lo superdotada que era su hermana y lo complicado que se hacía adaptar los estudios a ella, porque las clases de apoyo solo estaban destinadas a los zoquetes: ¡Valþór utilizaba las palabras que le había oído a su madre!
Elínborg se puso furiosa al ver sus propias palabras en internet. El chico no tenía por qué ir exponiendo las opiniones de su madre a la vista de todos. En unos pocos sitios, Valþór también citaba a su padre, pero era sobre todo en relación con su campo común de interés, los coches, aparte de reproducir un chiste de dudoso gusto que había contado su padre.
—¿Está mal de la cabeza? —suspiró Elínborg.
Pero lo que más le llamaba la atención era su desvergüenza en otro terreno. El blog mostraba de manera inequívoca que Valþór estaba loco por las chicas. No fue ninguna casualidad que Elínborg encontrara un preservativo en el bolsillo de los pantalones del muchacho. No dejaba de mencionar a chicas que conocía y hablar de las fiestas, los bailes del colegio, las películas que veían en el cine y las acampadas a las que iba con ellas, y que Elínborg ignoraba por completo. En el «Da tu opinión» aparecían reacciones a lo que escribía Valþór, y Elínborg creyó ver que había por lo menos dos o tres amigas suyas que competían por él.
El coche pasó a buena velocidad por delante de un bellísimo bosquecillo otoñal, y Elínborg maldijo en voz baja ante el simple recuerdo del blog de Valþór.
—Perdona, ¿dices algo? —preguntó el policía que iba al volante. El otro iba en el otro asiento delantero y parecía dormir. La habían informado sobre la madre de Runólfur y la aldea en la que vivía, pero aparte de eso habían permanecido en silencio desde que se pusieron en camino.
—Nada, perdona, estoy un poco resfriada —dijo Elínborg, sacando un pañuelo de su bolso—. ¿Hay policía destinada en la aldea?
—No, no hay dinero para eso. Todo cuesta lo suyo. Pero allí no sucede nunca nada, nada importante.
—¿Falta mucho?
—Media hora —dijo el policía, y siguieron en silencio hasta llegar a su destino.
La madre de Runólfur vivía en una de las dos pequeñas hileras de adosados del pueblo. Esperaba la visita de la policía y recibió a Elínborg en la puerta, con aspecto cansado y mortecino. Dejó la puerta abierta y entró en la casa sin saludar. Elínborg cruzó el umbral y cerró. Quería hablar con la mujer a solas.
El día había empezado a declinar. La oficina meteorológica anunciaba nevadas intermitentes a última hora de la tarde. Brillantes rayos de sol se abrieron paso entre las densas nubes por un instante e iluminaron el salón, pero desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y empezó a oscurecer. La mujer se había sentado en un sillón que estaba vuelto hacia el televisor del salón. Elínborg se sentó en el sofá.
—No quiero saber detalles —dijo la mujer, que Elínborg sabía que se llamaba Kristjana—. El cura ya me contó algo, he dejado de ver las noticias. Y algo oí de un sangriento apuñalamiento. No quiero saber detalles.
—Te acompaño en el sentimiento —dijo Elínborg.
—Gracias.
—Como es lógico, estarás deshecha por lo sucedido.
—Ni siquiera sé cómo explicar lo que siento —dijo Kristjana—. La muerte de mi marido me pareció algo incomprensible, pero esto... esto es... esto...
—¿No tienes a nadie que pueda hacerte compañía? —preguntó Elínborg cuando la mujer se quedó en silencio a mitad de la frase.
—Lo tuvimos tarde —dijo Kristjana, como si no hubiera oído la pregunta—. Yo tenía casi los cuarenta. Baldur, mi marido, era cuatro años mayor que yo. Nos conocimos cuando los dos éramos mayores. Yo había vivido con un hombre varios años, Baldur había perdido a su mujer. Ninguno de los dos teníamos hijos. Así que Runólfur fue... No tuvimos más hijos.
—Sé que la policía ya te lo preguntó cuando te informaron del fallecimiento de Runólfur, pero querría volver a hacerlo: ¿sabes de alguien que hubiera querido hacerle daño?
—No, y ya se lo dije a la policía. No puedo ni imaginar que nadie hubiera querido hacerle un daño así. No puedo ni imaginar quién habría podido hacerle algo así. Prefiero pensar que Runólfur murió por casualidad, como en un accidente cualquiera, como en un accidente de tráfico. Es lo que le pasó a Baldur. Dijeron que probablemente se había quedado dormido al volante. El pobre conductor del camión dijo que le había parecido que Baldur daba una cabezada. Yo no sentí pena de mí aunque me había quedado sola. No hay que sentir pena por uno mismo.
Kristjana calló. Tenía en la mesa una caja de pañuelos de papel y cogió uno, y se lo enredó en los dedos.
—No hay que estar siempre sintiendo pena por uno mismo —dijo.
Elínborg miró las ajadas manos estrujando el pañuelo, el cabello recogido en una cola, los ojos vivos. Sabía que Kristjana tenía setenta años y llevaba toda la vida en aquel lugar alejado de cualquier lugar frecuentado. Los policías que llevaron a Elínborg le dijeron que se sabía que Kristjana nunca había ido a Reikiavik. Decía que no tenía nada que hacer allí, aunque su hijo llevara más de diez años viviendo en la capital. El interrogatorio permitió saber que el hijo no iba prácticamente nunca a visitarla. Era mucha la gente que había abandonado la comarca en las últimas décadas, igual que el hijo de Kristjana, y Elínborg tenía la sensación de que la mujer había sido abandonada, de alguna forma, tanto en el espacio como en el tiempo. Su mundo se había mantenido igual que siempre mientras Islandia sufría dramáticas transformaciones. Por eso mismo, Kristjana le hizo pensar en Erlendur, que nunca podía librarse de su pasado y tampoco quería hacerlo, viejo en sus ideas y antiquísimo en sus costumbres, aferrado a unos valores que quizás estaban desapareciendo ya a enorme velocidad sin que nadie se diera cuenta ni los echara de menos.
¿Cómo hablarle a aquella mujer de la droga de violaciones que tenía su hijo en el bolsillo?
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste noticias suyas? —preguntó Elínborg.
Kristjana titubeó, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para responder a una pregunta tan normal.
—Creo que hará como un año —dijo entonces.
—¿Un año? —repitió Elínborg.
—No tenía mucho contacto conmigo —dijo Kristjana.
—Ya, pero ¿un año entero sin saber nada de él?
—Así es.
—¿Cuándo fue la última vez que le viste?
—Vino por aquí hace tres años, se quedó muy poco, solo unas horas. No habló con nadie más que conmigo. Dijo que tenía que pasar por aquí, y que tenía mucha prisa. No tengo ni idea de adónde iba, tampoco se lo pregunté.
—¿De modo que vuestra relación era mala?
—No, de ninguna manera. Solo que nunca venía a verme —dijo Kristjana.
—¿Y tú? ¿Tampoco le llamabas tú?
—Siempre estaba cambiando de número de teléfono, así que renuncié. Y ya que él tampoco tenía demasiado interés, yo no quería importunarlo. Decidí dejarlo en paz.
Las dos callaron un buen rato.
—¿Sabéis quién lo hizo? —preguntó Kristjana entonces.
—No tenemos ni idea —respondió Elínborg—. La investigación está empezando y...
—¿Y podría durar mucho?
—Es posible. De manera que no sabías mucho de su vida privada, amigos, mujeres en su vida, o...
—No, no tengo ni la más remota idea. ¿Vivía con alguna mujer? Que yo sepa, nunca vivió con ninguna. Es una de las cosas de que hablé con él, si no pensaba en asentarse, formar una familia y demás. No respondió, no me hizo mucho caso, debió de pensar que no eran más que manías mías.
—Creemos que vivía solo —dijo Elínborg—. Su casero lo pensaba así. ¿Tenía amigos aquí en el pueblo?
—Todos se han marchado. Los jóvenes se van. No es ninguna novedad. Están hablando ahora de cerrar la escuela y llevarse a los niños en autobús todas las mañanas al pueblo más cercano. Aquí, todo está marcado por la muerte. Quizá yo también habría debido irme. A esa Reikiavik tan supermaravillosa. Nunca he ido y no pienso hacerlo. En los viejos tiempos no solíamos viajar mucho y, por una u otra causa, resulta que nunca fui a la capital. Cuando ya andaba por los cincuenta, no ir allí ni de visita era algo que se había convertido en una cosa muy importante para mí. Pero me da exactamente igual. Nunca he tenido nada que hacer allí. Nada. ¿Tú te criaste allí?
—Sí —respondió Elínborg—, y me entusiasma la ciudad y comprendo perfectamente a los que se han ido a vivir allí. ¿De modo que tu hijo no tenía relación con nadie que viviera en el pueblo?
—No —dijo Kristjana sin dudarlo—. No, que yo sepa.
—¿Anduvo metido en algún jaleo aquí, tuvo problemas con la ley, tenía enemigos?
—¿Aquí? No. Qué va. Sé menos de él desde que se marchó. Como te he dicho, yo no conocía su conducta por aquí lo bastante bien como para poder responder a esas preguntas. Lo siento. Él era como era.
Se quedó mirando a Elínborg.
—¿Cómo puede uno saber lo que será de sus hijos? ¿Tú tienes hijos?
Elínborg respondió con un movimiento de la cabeza.
—¿Qué sabes tú de las cosas en que puedan andar metidos? —dijo Kristjana, y Elínborg pensó en Valþór—. ¿Qué sabe uno lo que les espera? —continuó—. Sé que no queda bien decir lo que voy a decir. No conocía bien a mi hijo, no sabía a qué se dedicaba cada día ni lo que pensaba. En buena medida era para mí como un desconocido, y no conseguía entenderlo. Supongo que yo no seré un buen modelo que seguir. Los niños se van de casa y poco a poco se convierten en desconocidos, a menos que...
Kristjana había hecho pedazos el pañuelo de papel.
—Hay que hacer de tripas corazón —dijo—. Eso lo aprendí enseguida, en la infancia. No hay que sentir lástima de uno mismo. Así que supongo que en esta cuestión haré de tripas corazón, como en todo lo demás.
Elínborg pensó en el Rohypnol. Si se encontraba esa droga en el bolsillo de un hombre joven que había salido a divertirse y había vuelto a casa con una mujer, eso significaba algo bastante evidente.
—Mientras vivía aquí —dijo Elínborg, avanzando con gran cautela—, ¿tenía relaciones con mujeres?
—De eso no sé nada —dijo Kristjana—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Mujeres? ¡No sé nada de ninguna mujer! ¿Por qué preguntas por eso?
—¿Puedes indicarme gente del pueblo que le conociera, para hablar con ellos? —dijo Elínborg con calma.
—¡Respóndeme! ¿Por qué me preguntas por mujeres?
—No sabemos nada de él. Pero...
—¿Sí?
—Es posible que tuviera algunas costumbres poco habituales —dijo Elínborg—. En su relación con las mujeres.
—¿Costumbres poco habituales?
—Incluso que usara drogas.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué es eso de las drogas?
—A veces la llaman la droga de las violaciones —dijo Elínborg.
Kristjana clavó los ojos en ella.
—También es posible que se limitara a vender la droga, pero no podemos excluir la otra posibilidad. Aunque podríamos estar equivocados. En estos momentos no sabemos mucho. No sabemos por qué llevaba esa droga en el bolsillo cuando le encontramos muerto.
—¿La droga de las violaciones?
—Se llama Rohypnol. Causa entumecimiento, adormece y provoca pérdida de memoria. Pensamos que deberías saberlo. Porque aparecerá en los medios de comunicación.
La nevisca golpeó contra la casa con toda su fuerza. Por las ventanas solo se veía ya la nieve helada, y el salón se quedó aún más oscuro. Kristjana permaneció en silencio largo rato.
—No sé por qué iba a tener algo como eso —dijo al fin.
—No, claro que no.
—Esto es ya demasiado.
—Sé que tiene que ser muy difícil para ti.
—Ahora ya no sé qué es peor.
—¿Cómo?
Kristjana miró la nieve que golpeaba sobre la ventana del salón.
—Que lo hayan asesinado o que fuera un violador.
—No sabemos nada a ciencia cierta —la corrigió Elínborg.
Kristjana la miró.
—No, vosotros nunca sabéis nada.
6
Elínborg tuvo que pasar la noche en el pueblo. Encontró una buena habitación en un pequeño hostal situado en un altozano a escasa distancia de la aldea, llamó a Sigurður Óli y le informó de su reunión con Kristjana, y de que no le había sacado gran cosa. Llamó a Teddi, su marido, que había ido a un restaurante de comida rápida a comprar la cena, y también habló con Theodóra. La chica estaba loca por hablarle de una excursión con los scouts al lago de Úlfljótsvatn, que tendría lugar dentro de quince días. Estuvieron charlando un buen rato. Los chicos no estaban en casa, se habían ido al cine. Elínborg pensó que naturalmente se enteraría de todo enseguida en internet.
Cerca del hostal había un restaurante que, al mismo tiempo, hacía las veces de pub, de cafetería, de bar deportivo, de videoclub ¡y de lavandería! Cuando entró, un hombre estaba en la barra entregando su ropa para lavar y diciendo que sería estupendo que pudiera estar para el jueves. En la carta estaba todo lo que uno podía esperar en un sitio así: sándwiches y hamburguesas y patatas fritas y salsa cóctel, chuletas de cordero y pescado frito. Elínborg se decantó por el pescado. Había otras dos mesas ocupadas. A una de ellas estaban sentados tres hombres, entretenidos con sendas cervezas mientras miraban una pantalla de plasma sujeta a la pared; a la otra mesa estaba sentado un matrimonio mayor, viajeros como ella, comiendo pescado frito.
Echaba de menos a Theodóra, pues llevaba dos días sin verla. Elínborg sonrió al pensar en su hija. Solía pronunciar comentarios inesperados sobre la vida y la existencia. Hablaba en una lengua exquisita que resultaba algo anticuada, y a veces Elínborg sentía la preocupación de que sus compañeros de colegio se burlaran de ella por ese motivo, cosa que no sucedía nunca. «¿Por qué es tan desustanciado?», dijo una vez, refiriéndose a un presentador del telediario televisivo. «Qué chispa tiene esto», decía cuando leía algo divertido en el periódico. Elínborg suponía que aquel léxico lo sacaba de los libros.
El pescado no estaba mal, y el pan recién hecho que lo acompañaba era especialmente bueno. Elínborg pasó de las patatas fritas, nunca había sido demasiado aficionada a ellas, y cuando terminó el pescado preguntó si servían café expreso. La dueña, una mujer de edad indefinida que se ocupaba también de la cocina, de hacer el pan, de entregar las cintas en alquiler y de atender la lavandería, no tardó nada en sacar como por arte de magia un estupendo expreso que Elínborg saboreó lentamente mientras pensaba en el horno hindú que llaman tandur y en la mezcla de especias para preparar cocina tandoori. Se abrió la puerta del local. Alguien entró para elegir alguna cinta de vídeo.
La prenda que habían encontrado en el piso de Runólfur la confundía. Aquel chal no tenía por qué significar que el joven hubiera estado con una mujer cuando se produjo la agresión, que hubiera sido una mujer quien lo hubiera agredido. El chal podía llevar varios días debajo de la cama, en el mismo sitio donde lo encontraron. No tenía mucho sentido desechar la idea de que tal vez Runólfur había utilizado la droga de las violaciones esa misma noche, una mujer lo había acompañado a la casa, fuese o no por su propia voluntad, y podía haber sucedido entre ellos algo que provocara aquella terrible agresión. Tal vez se pasó el efecto de la droga, la mujer recuperó el conocimiento y echó mano de lo que tenía más cerca. El arma del crimen, un cuchillo, no había aparecido en la casa y el agresor no había dejado más huellas que las evidentes: furia y odio atroces dirigidos a la víctima.
Si Runólfur violó a la dueña del chal, y esta lo atacó y lo mató después, ¿en qué ayudaba eso a la policía? ¿Dónde habían comprado el chal? La policía lo iría enseñando por las tiendas, pero no parecía demasiado nuevo y no estaba claro que pudieran obtener ningún resultado. La dueña del chal utilizaba perfume. Aún no sabían de qué marca, pero eso era solo cuestión de tiempo. Preguntarían a los vendedores de esa marca. En el chal quedaba olor a cigarrillos, probablemente procedente de locales de diversión, probablemente la dueña era fumadora. Runólfur rondaba los treinta años de edad. Cabía suponer que había ligado con una mujer más o menos de su edad. Habían encontrado cabellos oscuros en el chal y en el piso. No estaban teñidos. La mujer era morena. Llevaba el pelo corto, los cabellos no eran demasiado largos.
Cabría pensar que trabajaba en algún restaurante que servía cocina tandoori. Elínborg conocía bastante bien esa forma de cocinar, había publicado un libro con varios platos de ese estilo, junto a otros muchos, y lo había titulado Hojas y lirios. Había aprendido a cocinar en tandur y se consideraba buena conocedora del método. Tenía dos hornos indios tandur, de cerámica, en los que cocinaba. En la India, el horno se enterraba y se calentaba con carbones de leña, lo que garantizaba que la carne se cocinara de manera uniforme por todos lados, a temperatura muy elevada. Elínborg había enterrado su tandur un par de veces en el jardín trasero de su casa, pero por regla general lo ponía en el horno de la casa o lo tapaba con carbón vegetal en una vieja barbacoa que tenían. Pero el aspecto más importante para obtener el sabor adecuado era la preparación de las especias. Elínborg utilizaba numerosas especias en determinadas proporciones, y las mezclaba al gusto con yogur natural: si quería que el plato adquiriese color rojo usaba semillas de achiote, y azafrán si lo prefería amarillo. Por regla general jugaba con mezclas de pimienta cayena, cilantro, jengibre y ajo, además del garam masala indio que elaboraba combinando cardamomo molido o tostado, comino, canela, ajo y pimienta negra, con un poquitín de nuez moscada. Se había atrevido a experimentar usando hierbas aromáticas islandesas, con buenos resultados; utilizó, por ejemplo, tomillo sanjuanero, angélica, hojas de diente de león y apio de monte. Frotaba la mezcla sobre la carne, casi siempre de pollo o cerdo, y la dejaba marinar varias horas antes de sacar la cazuela de barro.
A veces salpicaba el preparado de especias sobre la leña al rojo, lo que reforzaba más aún el fuerte aroma a tandoori que Elínborg había notado en el chal. Imaginaba que la mujer a quien pertenecía debía de trabajar preparando cocina india, pero también era posible que, igual que Elínborg, simplemente fuera aficionada a la comida oriental, o quizá sobre todo al tandoori. Por eso podía tener un tandur y las especias que hacían tan irresistibles aquellos platos.
La pareja mayor se había ido y los tres hombres que veían el fútbol se marcharon en cuanto terminó el partido. Elínborg se quedó sola en el local un ratito y después se levantó, pagó a la mujer en la barra y le dio las gracias por la estupenda comida. Estuvieron charlando un poco sobre el pan que tanto le había gustado a Elínborg, y la mujer se tomó la libertad de preguntarle el motivo de su viaje. Elínborg se lo dijo.
—Estuvo en la escuela primaria del pueblo a la vez que mi hijo —dijo la mujer desde detrás de la barra. Era un tanto regordeta y llevaba una camiseta negra sin mangas, los brazos eran bastante gruesos y por debajo del enorme delantal se notaba un pecho voluminoso—. Me he llevado un buen susto —añadió, y dijo que había visto en las noticias el hallazgo del cadáver. Runólfur era la comidilla del pueblo.
—¿Le conocías? —preguntó Elínborg, mirando hacia fuera. Había empezado a nevar otra vez.
—Aquí todo el mundo se conoce. Runólfur era un chico la mar de simpático, quizás un poco rebelde. Se fue de aquí en cuanto pudo. Como la mayor parte de los chicos. Yo no podría decir mucho de él. Sé que Kristjana era un poco dura con él. Enseguida se le disparaba un cachete si el chico hacía algo malo. Es una mujer muy estricta. Estuvo trabajando en la planta de congelación de pescado hasta que la cerraron.
—¿Queda algún amigo de Runólfur en el pueblo?
La mujer de los brazos gruesos pensó un momento.
—Todos se han largado, creo —dijo—. En diez años hemos perdido la mitad de la población.
—Comprendo —dijo Elínborg—. Bueno, muchas gracias.
Estaba saliendo del local cuando vio una estantería normal y corriente con cintas de vídeo y DVD, medio escondida detrás de la puerta. Elínborg no veía mucho cine, solo cuando los chicos llevaban a casa algo apetecible. Las películas policiacas no le gustaban nada, y no tenía paciencia para las de amor. Las comedias eran mucho más de su agrado. Theodóra compartía sus gustos y en ocasiones las dos alquilaban películas de risa mientras Teddi y los chicos se enfrascaban en cintas de intriga.
Elínborg pasó la mirada por la estantería y vio una o dos películas que le sonaban. Una chica como de veinte años estaba eligiendo una, la miró y saludó.
—¿Eres tú la poli de Reikiavik? —preguntó.
Elínborg se hizo idea de que su llegada habría circulado de boca en boca por toda la aldea.
—Sí —respondió.
—En el pueblo hay uno que le conocía —dijo la chica.
—¿A él? ¿Te refieres a...?
—A Runólfur. Se llama Valdimar y tiene un taller de coches en el pueblo.
—¿Y tú quién eres?
—Yo solo estoy mirando películas —dijo la chica y se escurrió por la puerta esquivando a Elínborg.
Elínborg recorrió el pueblo bajo la espesa y blanda nevada y encontró un pequeño taller de automóviles en la parte baja de la aldea. Una luz tenue surgía de la puerta corrediza, entreabierta, de una vieja nave industrial. El nombre del taller estaba casi borrado sobre un rótulo castigado por el clima encima de la entrada a la oficina. Elínborg tuvo la sensación de que le hubieran disparado alguna vez con una escopeta de perdigones. Entró por la oficina hasta el taller. Un hombre en torno a los treinta años apareció detrás de un gran tractor. Llevaba en la cabeza una gorra de béisbol medio destrozada, vestía un mono que en tiempos fue azul oscuro pero ahora era negro por la suciedad. Elínborg se presentó y dijo que era de la policía. El hombre, poniendo cierta cara de tonto, se restregó las manos con un trapo sucio antes de saludar a Elínborg, sin estar del todo seguro de si ofrecer su mano sucia, delgada y larguirucha. Dijo llamarse Valdimar.
—Me enteré de que estabas aquí. Por lo de Runólfur.
—Espero no ser una molestia —dijo Elínborg mirando su reloj. Ya eran las diez pasadas.
—Qué va, no molestas —dijo Valdimar—. Solo estoy con este tractor. No tengo nada más que hacer. ¿Querías hablar conmigo sobre Runólfur?
—Tengo entendido que erais amigos cuando vivía en la aldea. ¿Seguiste en contacto con él?
—No, prácticamente nada desde que se fue. Lo visité una vez que pasé por Reikiavik.
—¿No sabrás quién podía tenérsela jurada?
—No, qué va. Pero ya te digo, no tenía relación con él. Hace muchos años que no voy a Reikiavik. Leí en el periódico que le habían cortado el cuello.
—Así es.
—¿Sabéis por qué?
—No. Todavía sabemos poco. Vine aquí para hablar con su madre. ¿Cómo era Runólfur?
Valdimar dejó el trapo, abrió un termo y echó café caliente en una taza. Miró a Elínborg como invitándola, pero ello dijo que no con un gesto.
—Como es lógico, aquí se conoce todo el mundo —dijo—. Él era mayor que yo, de modo que no debimos de jugar mucho juntos cuando éramos críos. Era bastante tranquilo en comparación con los demás que crecimos en la aldea, porque tuvo una educación bastante más estricta.
—¿Pero erais amigos?
—No, eso sería demasiado decir; teníamos trato, y ya está. Él se largó cuando era aún muy joven. Las cosas cambian. Incluso en una aldea tan pequeña como esta.
—¿Se fue para estudiar en el instituto, o...?
—No, solo para trabajar en Reikiavik. Siempre le había apetecido ir allí, estaba siempre hablando de irse para allá a la primera oportunidad. E incluso viajar por el mundo. No estaba dispuesto a echar a perder su vida en este pueblucho. Lo llamaba pueblucho de mierda. A mí nunca me ha parecido que sea un pueblucho de mierda, siempre me he encontrado bien aquí.
—¿Era aficionado a las revistas o a las películas de cómics? ¿Tienes idea?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque en su casa encontramos algunas señales de esa posible afición —dijo Elínborg, sin describir los pósters ni las figuritas que había en el piso de Runólfur.
—Yo diría que no. Nunca pensé que tuviera esa afición mientras vivía aquí.
—Tengo entendido que su madre era una mujer muy rígida. Me hablaste de educación estricta.
—La buena mujer tiene la mecha un poco corta —dijo Valdimar tomando con mucho cuidado un sorbo de café. Sacó una galleta del bolsillo y la mojó en el café—. Tenía sus propios métodos para educarlo. Yo nunca vi que le pegara, pero, según él, sí que lo hacía. Pero no hablaba del tema nunca, solo una vez, que yo me enterase. Era cosa de timidez, creo que le daba vergüenza. Nunca se llevaron bien. La madre utilizaba con él una psicología bastante contraproducente. Era muy malhablada. Tenía la manía de humillarlo delante de los demás chicos.
—¿Y su padre?
—Era un don nadie, el tío. Pasaba totalmente desapercibido.
—Murió en un accidente.
—Eso fue hace pocos años, después de que Runólfur se largara a Reikiavik.
—¿Tienes idea de por qué pudo sucederle a Runólfur lo que le pasó?
—No, ni idea. Es de lo más trágico; es trágico que pueda pasar algo así.
—¿Sabías tú algo de mujeres en su vida?
—¿De mujeres?
—Sí.
—¿En Reikiavik?
—Sí, o en general.
—Yo no sabía nada de ese asunto. ¿Esto tiene que ver con las mujeres?
—No —dijo Elínborg—. Bueno, no lo sabemos. No tenemos ni idea de lo que sucedió.
Valdimar dejó el café y sacó una llave inglesa de la caja de herramientas. No se daba ninguna prisa, sus movimientos eran pausados y tranquilos. Buscó un tornillo en otra caja, y escarbó con la mano hasta que encontró el tamaño adecuado. Elínborg miró el tractor. Seguramente, en aquel taller no había motivo alguno para andar con prisas. Y sin embargo, ahí estaba, trabajando a esas horas tan tardías.
—Mi marido es mecánico de automóviles —dijo Elínborg. Lo soltó antes de darse ni cuenta. Por lo general no les contaba su vida a los desconocidos, pero el ambiente en aquel taller era de calidez, y el hombre se comportaba con mucha afabilidad, con confianza y simpatía, y fuera arreciaba la nieve. No conocía a nadie en la aldea y echaba de menos a su familia.
—Vaya —dijo Valdimar—. Andará siempre con las manos negras, ¿verdad?
—Se lo tengo prohibido —dijo Elínborg con una sonrisa—. Creo que debe de ser uno de los primeros mecánicos de automóviles de todo el país, si no del mundo, que trabaja con guantes.
Valdimar se miró las manos sucias. Elínborg pudo ver en el dorso y los dedos viejas heridas que, por su convivencia con Teddi, sabía que eran consecuencia de pelear con partes de motores. Nunca había puesto el cuidado necesario en lo que hacía: o trabajaba con demasiado afán o la herramienta estaba rota.
—Probablemente hará falta tener una mujer cerca —dijo Valdimar.
—Yo le compro una crema de manos que funciona bastante bien —dijo Elínborg—. ¿Tú no quisiste marcharte como los demás?
Vio que Valdimar luchaba para evitar una sonrisa.
—No sé qué tendrá eso que ver con el asunto.
—No, nada, se me ocurrió preguntártelo —dijo Elínborg, con cierto apuro. Era la influencia de aquel hombre, directo y sereno a la vez.
—Yo siempre he vivido aquí y nunca he tenido especial interés por irme a ningún otro sitio —dijo Valdimar—. No me van mucho los cambios. He ido unas cuantas veces a Reikiavik y no me gusta nada lo que veo. Tanto correr por nada, tanto gastar en cosas muertas, en casas más grandes y en coches más fabulosos. La gente ya casi ni habla islandés, y se atiborra en los sitios esos de comida rápida y engorda. No estoy muy seguro de que eso sea propio de los islandeses. Me parece que nos estamos ahogando en vicios importados.
—Un amigo mío piensa más o menos como tú.
—Me alegro por él.
—Y naturalmente, tendrás familia aquí —dijo Elínborg.
—No soy hombre de familia —dijo Valdimar, desapareciendo detrás del tractor—. No lo he sido nunca y no creo que vaya a empezar ahora.
—Nunca se sabe —se permitió decir Elínborg.
El hombre la miró desde detrás del tractor.
—¿Alguna otra cosa? —preguntó.
Elínborg sonrió y sacudió la cabeza, le pidió disculpas por la interrupción y salió a la nieve.
Cuando volvió al hostal se topó con la mujer que la había atendido en el restaurante. Seguía con el delantal puesto. En una plaquita ponía LAUGA. La mujer estaba saliendo del hostal, y Elínborg pensó que quizás era una de las personas que lo llevaban. La palabra «multitarea» acudió a su mente.
—Me enteré de que has estado hablando con Valdi —dijo Lauga, manteniendo la puerta abierta para que entrara Elínborg—. ¿Te fue de alguna utilidad?
—No demasiado —dijo Elínborg, extrañada de la velocidad con que circulaban por la aldea cada uno de sus movimientos.
—No, hablar no le gusta demasiado, pero es buen chico.
—Parece que trabaja mucho. Seguía en ello cuando me fui.
—No hay muchas más cosas que hacer —dijo Lauga—. Le tiene afición desde siempre. ¿Estaba trabajando en el tractor?
—Sí, estaba trabajando en un tractor.
—Creo que lleva diez años trasteando con él. Nunca he sabido de ninguna otra cosa que haya recibido tanta atención como ese tractor. Es como su animalito de compañía. Le han puesto al chico un mote por esa manía, lo llaman Valdi Ferguson.
—Ah, vaya —dijo Elínborg—. Tengo que regresar a la ciudad mañana temprano, así que...
—Sí, claro, perdona. No pensaba tenerte levantada toda la noche.
Elínborg sonrió y pasó la mirada por aquella aldea perdida que desaparecía poco a poco en la ventisca.
—Supongo que no tendréis mucha delincuencia en la aldea —dijo.
Lauga estaba cerrando la puerta.
—No, de eso puedes estar bien segura —dijo con una sonrisa—. Aquí nunca pasa nada.
Elínborg se habría dormido en el mismo momento en que puso la cabeza sobre la almohada de no haber sido por un detalle insignificante que no se le iba de la cabeza y que no sabía si tenía o no la menor importancia. La chica que se encontró por casualidad junto a la estantería de los vídeos le había hablado en un susurro, muy bajito, como si no quisiera que nadie oyera lo que estaban hablando.
7
Elínborg aterrizó en Reikiavik a mediodía del día siguiente y, acompañada por una psicóloga del servicio de atención a víctimas de violación, fue directamente a ver a la joven a quien habían encontrado en Nýbýlavegur y que probablemente había sido víctima de la droga de las violaciones. La psicóloga era una mujer de cuarenta años a quien Elínborg conocía muy bien por su trabajo, y que se llamaba Sólrún. Hablaron del aumento del número de violaciones que llegaban a la policía para su investigación. El número de delitos variaba de año en año: un año eran veinticinco, y al siguiente eran cuarenta y tres. Elínborg se conocía muy bien las estadísticas, y sabía que en torno al setenta por ciento de las violaciones se cometían en el hogar y que la mitad de las víctimas conocía a sus agresores. Sin embargo, las violaciones en las que hombres desconocidos agredían a mujeres sin previo aviso habían aumentado, aunque los casos eran aún pocos, entre cinco y diez al año. No obstante, no todos los casos se denunciaban a la policía, y era frecuente que no fuese un solo hombre quien participaba, sino varios. Cada año se producían de seis a ocho casos en los que se sospechaba que habían drogado a la víctima.
—¿Has hablado con ella? —preguntó Elínborg.
—Sí, nos está esperando —respondió Sólrún—. Todavía se siente muy mal. Se ha ido a vivir a casa de sus padres y no quiere ver a nadie ni hablar con nadie, se ha encerrado. Ve a un psicólogo dos veces por semanas, y también la puse en contacto con un psiquiatra. Va a necesitar un tiempo para recuperarse.
—Ese asunto le ha hecho un enorme daño psicológico.
—Sin duda alguna.
—Probablemente tampoco ayuda mucho la manera en que la autoridad judicial desprecia a esas mujeres —dijo Elínborg—. Los condenados por violación pasan en prisión menos de año y medio en este país. Es lamentable que los hombres puedan comportarse como animales sin recibir un castigo justo.
La madre de la joven las recibió y las hizo pasar al salón. El padre no estaba en casa, pero se esperaba que llegara en breve. La madre informó a su hija de la llegada de las dos mujeres, y oyeron una breve discusión entre ambas antes de que madre e hija fueran hacia el salón. Elínborg creyó oír a la hija diciendo que no quería, de ninguna manera, que no quería volver a hablar con la policía, que quería que la dejaran en paz.
Elínborg y Sólrún se pusieron de pie cuando las dos entraron en el salón. La joven, que se llamaba Unnur, ya había hablado con ambas y las conocía, pero no respondió a su saludo.
—Perdona que te importunemos tanto —dijo Sólrún—. Será solo un momento. Y puedes dejar de hablar en cuanto quieras.
Se sentaron y Elínborg procuró no malgastar tiempo en introducciones innecesarias. Se dio cuenta de que Unnur no se encontraba bien, aunque trataba de aparentar tranquilidad, sentada al lado de su madre. Intentaba aparentar seguridad en sí misma. Por su trabajo, Elínborg conocía las prolongadas consecuencias de las agresiones físicas y sabía perfectamente las cicatrices psicológicas que dejaban. Para ella, la violación era el género más brutal de agresión física, casi igual que el asesinato.
Sacó del bolsillo una foto de Runólfur. Era la de su carné de conducir.
—¿Te suena este hombre? —preguntó mientras le entregaba la foto a Unnur. Esta la cogió y le echó un breve vistazo.
—No —dijo—. He visto fotos suyas en las noticias. No sé quién es.
Elínborg volvió a coger la foto.
—¿Creéis que fue él quien me agredió? —preguntó Unnur.
—No lo sabemos —dijo Elínborg—. Sabemos que llevaba lo que llaman la droga de las violaciones cuando salió la noche misma en que lo asesinaron. Son datos que no se han hecho públicos y no podéis comentarlos con nadie. Yo quería decirte cómo están las cosas. Ahora sabes por qué necesitábamos hablar contigo.
—No sé si podría reconocerlo aunque lo tuviera delante de mí —dijo Unnur—. No recuerdo nada. Nada en absoluto. Recuerdo de una forma muy vaga al último hombre con el que estuve charlando en el bar. No tengo ni idea de quién es, pero no era este Runólfur.
—¿Sería posible que vinieras con nosotros a su casa a echar un vistazo? Si es que eso podría ayudarte a recordar.
—Yo... no, yo... yo no he vuelto a salir a la calle desde entonces —dijo Unnur.
—No quiere ir más allá de la puerta de casa —dijo su madre—. Quizá pudierais enseñarle fotos.
Elínborg asintió.
—Sería estupendo que te atrevieras a venir con nosotras. Ese hombre tenía un coche que nos gustaría que mirases.
—Me lo pensaré —dijo Unnur.
—Lo más llamativo que hay en su piso son unos grandes pósters en las paredes; de superhéroes del cine de Hollywood. Héroes de cómic como Superman y Batman. Es eso quizá...
—No recuerdo nada.
—Y otra cosa —dijo Elínborg, sacando el chal de su bolso. Estaba dentro de una bolsa de plástico de las usadas para los objetos que tenían que servir de prueba—. Esto es un chal que encontramos en el lugar del crimen. Querría saber si te suena de algo. Por desgracia no puedo sacarlo de la bolsa, pero puedes abrirla si quieres.
Le entregó la bolsa a la joven.
—Yo no uso chal —dijo esta—. Solo he tenido uno en toda mi vida, y no es este. ¿Este chal lo encontrasteis en casa de ese?
—Sí —dijo Elínborg—. Es otra cosa que tampoco se ha hecho pública.
Unnur empezaba a darse cuenta de hacia dónde se encaminaban las preguntas.
—¿Había una mujer con él cuando... cuando lo atacaron?
—Es posible —dijo Elínborg—. Hacía algo con las mujeres que entraban en su piso.
—¿Había drogado a esa mujer, o iba a hacerlo?
—No lo sabemos.
El silencio se extendió por el salón.
—¿Piensas que soy yo? —preguntó la joven al cabo de unos instantes.
La madre miró asombrada a su hija. Elínborg sacudió la cabeza.
—En absoluto —respondió—. Créeme. Ya te he dicho más cosas de las que deberías saber, y no debes malinterpretarlo.
—Piensas que fui yo quien lo agredió.
—No —dijo Elínborg con determinación.
—No podría aunque quisiera, yo no soy así —dijo Unnur.
—Pero ¿a qué vienen esas preguntas? —dijo la madre—. ¿Estás acusando a mi hija de haber asesinado a ese hombre? Ni siquiera sale de casa. ¡Pasó todo el fin de semana con nosotros!
—Lo sabemos. Estáis sacando de contexto mis palabras —dijo Elínborg a la madre.
Vaciló un instante. La madre y la hija tenían la mirada fija en ella.
—Pero vamos a necesitar una muestra tuya de cabello —dijo Elínborg—. Sólrún se la dará a la científica. Queremos saber si estuviste en casa de ese hombre la noche en que te atacaron. Si es posible que fuese él quien te envenenara y te llevara a su casa.
—Yo no he hecho nada —dijo Unnur.
—No, claro que no —dijo Sólrún—. La policía solo quiere excluir que hubieras estado en su piso.
—¿Y si hubiera estado allí?
Elínborg sintió un escalofrío al oír sus palabras. No era capaz de imaginarse cómo se sentiría ella al no saber lo que sucedió la noche en que la violaron.
—Entonces sabremos más de lo que te pasó la noche antes de que te encontraran en Nýbýlavegur. Sé que todo es difícil y doloroso, pero todas estamos buscando respuestas.
—Yo ni siquiera sé si quiero saberlo —dijo la joven—. Estoy intentando hacer como si eso no hubiera pasado nunca, como si no me hubiera pasado a mí. Como si le hubiera pasado a alguna otra.
—Ya hemos hablado de eso —dijo Sólrún—. No deberías guardártelo todo dentro. Si lo haces, necesitarás mucho más tiempo para comprender que no tienes la menor culpa de lo que te sucedió, que lo que provocó la agresión no fue nada que hubieras hecho, y que no tienes que disculparte por nada. Te agredieron de una manera muy brutal. No necesitas esconderte, no necesitas alejarte de la sociedad como si fueras impura. No lo eres, y nunca lo serás.
—Yo... tengo miedo —dijo Unnur.
—Por supuesto —respondió Elínborg—. Es perfectamente comprensible. He estado con mujeres como tú. Siempre les digo que se trata también de su actitud ante esos criminales. Piensa en la importancia que les das a esos miserables encerrándote en casa. No puedes dejarlos que te metan en una cárcel. Demuéstrales que puedes luchar contra el daño que quieren infligirte.
Unnur miró fijamente a Elínborg.
—Pero es tan... terrible saber... Una nunca va a volver a... Me han arrebatado algo que nunca podré volver a tener, nunca en toda mi vida, y nunca podrán ser las cosas como antes de...
—Pero así es la vida —dijo Sólrún—. La de todos. Nunca podemos recuperar nada de lo que hemos perdido. Por eso tenemos que mirar hacia delante.
—Sucedió —dijo Elínborg con ánimo de tranquilizarla—. No te quedes ahí. Entonces saldrán ganando esos miserables. No dejes que se salgan con la suya.
Unnur le devolvió el chal.
—Esa mujer fuma. Yo no fumo. Y hay otro olor, un perfume que yo no uso, y algo como si fueran hierbas de...
—Tandoori. —Elínborg terminó la frase.
—¿Pensáis que fue ella quien agredió a ese tío?
—Es posible.
—Bien por ella —murmuró Unnur entre dientes—. ¡Bravo por matarlo! ¡Bravo por matar a ese cerdo!
Elínborg miró de reojo a Sólrún.
Tenía la sensación de que la joven ya empezaba a mostrar signos de mejoría.
Cuando Elínborg volvió a casa, a una hora bastante tardía, los dos hermanos estaban en plena gresca. Aron, el mediano, que de una u otra forma estaba siempre al margen de todo, se había atrevido a mirar internet en el ordenador de Valþór, y el hermano mayor le estaba gritando con tales modos que Elínborg no tuvo más remedio que gritarle: «¡Por favor, vale ya, déjalo!». Theodóra estaba escuchando música en su iPod mientras estudiaba en la mesa del comedor, sin dejar que la pelea de sus hermanos le quitara la concentración. Teddi estaba retumbado en el sofá viendo la televisión. Había ido a un restaurante de pollo frito al volver a casa y las bolsas de trozos de pollo estaban repartidas por toda la cocina, junto a patatas fritas frías y sobrecitos vacíos de salsa de cóctel.
—¿Por qué no tiras toda esa basura? —le dijo, en voz bien fuerte, Elínborg a Teddi.
—Espera, espera —dijo él—. Luego recojo. Es que este episodio...
Elínborg no tenía ganas de insistir y se sentó con Theodóra. Pocos días antes, las dos habían asistido a una reunión con el maestro de la chica en torno a la posibilidad de que tomara cursos extra. Estaba esforzándose mucho por encontrarle algo que le viniera bien. Habían hablado de que podría hacer los tres cursos superiores de primaria en un solo año, si quería, a fin de entrar antes en el instituto.
—En las noticias contaron que le habéis encontrado drogas de las violaciones al hombre ese —dijo Theodóra, quitándose los auriculares.
—No sé cómo consiguen enterarse de esos datos —dijo Elínborg.
—¿Era un desalmado? —preguntó Theodóra.
—Probablemente —respondió Elínborg—. No me preguntes por este caso.
—Dijeron que estabais buscando a una mujer que estuvo con él esa noche.
—Es posible que quien lo mató fuera alguna persona con quien estuviera, pero ahora calla —dijo Elínborg con voz amistosa—. ¿Qué os dieron de comer hoy en el colegio?
—Sopa dulce de pan. Estaba muy mala.
—Eres muy caprichosa con la comida.
—La sopa de pan que haces tú sí que me la como.
—Pues así es como tiene que ser. La cocinera es maravillosa.
Elínborg le había hablado a Theodóra de lo caprichosa con la comida que era ella de pequeña. Creció acostumbrada a la cocina islandesa tradicional, en condiciones de vida islandesa tradicionales. Describírselo a Theodóra era como hablar de las formas de vida de los islandeses de tiempos antiguos. Su madre era ama de casa y trabajaba solo en el hogar, hacía la compra y preparaba la comida todos los días. Su padre, oficinista en una pesquería local, llegaba a casa a almorzar y se tumbaba en el sofá a oír las noticias, que empezaban a las doce y veinte en beneficio de trabajadores como él. La sintonía de las noticias solía estar empezando cuando él tomaba el último bocado y se acostaba.
Su madre preparaba pescado cocido y pan con mantequilla para el almuerzo, hacía albóndigas o pastel de carne, acompañado a veces de puré de patata o, las más de las veces, con las patatas cocidas que se servían en todas las comidas. Entre semana solían cenar un plato fijo cada día, y era su madre quien se ocupaba de todo lo relativo a la cocina. Los sábados había bacalao, que desalaba en un barreño, en el lavadero; el mismo barreño que su marido utilizaba para darse baños de pies. Elínborg no había vuelto a probar el bacalao. Los domingos había asado, pata de cordero o lomo, con salsa marrón hecha con caldo de carne. De acompañamiento, patatas asadas. A veces había chuletitas de cordero o filete. La col lombarda y los guisantes acompañaban a todos los platos de carne asada. La carne en salazón con colinabo hervido y salchichas de carne de caballo con salsa bechamel podían aparecer en la mesa cualquier día, aunque con poca frecuencia. Los lunes tocaba siempre pescado, excepto si había suficientes restos del domingo, en cuyo caso pasaba a los martes. Ese pescado solía estar frito: se empanaba y se acompañaba con margarina derretida y mayonesa. Los miércoles había pescado seco, que era especialmente incomible tal como lo recordaba Elínborg. Una cantidad enorme de sebo de oveja derretido no bastaba para disimular el pescado seco, que se cocía hasta que el vaho cubría por entero los cristales de la cocina. También servían huevas e hígado los miércoles. Aquello era un poco mejor, aunque la membrana que envolvía las huevas no ayudaba lo más mínimo, y Elínborg ni tocaba el hígado de bacalao. Su madre reservaba a veces los jueves para hacer experimentos. Fue un jueves memorable cuando Elínborg saboreó por primera vez en la vida unos espaguetis; demasiado cocidos y sin ningún sabor, aunque mejoraban un poco al ponerles salsa de tomate. Los viernes había chuletas empanadas, de cordero o de cerdo, acompañadas de margarina igual que el pescado empanado.
Así se sucedieron inmutables las semanas culinarias, durante meses y años, de la infancia de Elínborg. Rarísima vez se producía algún cambio en las costumbres. Si decidían comprar comida preparada, lo que quizá sucedía una vez cada dos años, su padre llegaba a casa con unos emparedados de pan negro con mantequilla y carne de cordero ahumada, o de pan blanco con gambas. Elínborg tenía diecinueve años cuando entró en su casa por primera vez un recipiente con una porción de pollo a la brasa, acompañado de patatas fritas. Aquel fue otro día memorable. Ninguno de los dos le pareció excesivamente sabroso, y sus padres no volvieron a comprarlo. Le gustaba mucho leer sobre comida en los libros, y con frecuencia lo único que recordaba de los libros infantiles o de las obras literarias eran las descripciones de comidas y su preparación; por ejemplo, cosas sobre mermelada y tocino. Aún se acordaba de que un día leyó algo sobre queso fundido. Necesitó cierto tiempo para hacerse a la idea de a qué podía referirse ese concepto. Nunca se le había pasado por la cabeza que el queso que guardaban en la nevera pudiera servir para cortarse una loncha y ponerla encima de una rebanada de pan.
Elínborg tenía serios problemas para preparar algunos platos y causaba constantes desilusiones a su madre. Esta creía firmemente en la santa cocción. Pensaba que las cosas no podían comerse a menos que se les quitara el espíritu vital a base de cocerlas, de modo que hervía el eglefino de veinticinco a treinta minutos. Elínborg luchaba permanentemente con las espinas, muerta de miedo ante la idea de ahogarse en la mesa de la cocina. No le gustaba nada la grasa empanada de las chuletas, y la carne, totalmente gris, se le antojaba carente de sabor. Las patatas caramelizadas le parecían incomibles. El hígado de cordero en salsa de cebolla, plato de los martes a menos que la madre se decantara por corazón y riñones, no era capaz de comérselo de ninguna de las maneras. Tampoco el corazón y los riñones eran, desde su punto de vista, comida para personas. La lista era inacabable.
De modo que a Elínborg no le sorprendió en absoluto que su padre sufriera un ataque al corazón nada más cumplir los sesenta años. Sobrevivió. Sus padres seguían viviendo en la misma casa, el hogar de infancia de Elínborg; los dos estaban jubilados, bien lúcidos y no necesitaban ayuda de ninguna clase. Su madre seguía cociendo el pescado seco hasta cegar toda la casa.
Una vez se comprobó que las manías de Elínborg con la comida eran incurables y que empezaba a sabérselas arreglar ella sola en la cocina, la dejaron que hiciera lo que quisiera. Así empezó a prepararse comida para ella sola, con los ingredientes que su madre solía comprar. Su madre le daba su porción de eglefino o parte de las chuletitas o del pastel de pescado, que solía tomarse los jueves, una vez se renunció al experimento de la cocina italiana, y ella misma se preparaba la comida de acuerdo con sus propias ideas. Fue aficionándose a la cocina. Siempre había alguien que le regalaba libros de cocina en navidades o en su cumpleaños; se inscribió en un club de cocina, y leía las recetas de los periódicos. No es que tuviera ningún deseo de hacerse cocinera profesional, tan solo se trataba de prepararse cosas de comer que no fueran incomibles.
En la época en que se marchó de casa, había alterado en cierta medida la cultura gastronómica de la familia, pero se habían producido otros cambios sin necesidad de su participación. Su padre había dejado de volver a casa después del trabajo, a mediodía, y de tumbarse en el sofá con las noticias. Su madre empezó a trabajar fuera de casa y volvía por las tardes hecha polvo, feliz de que Elínborg se dedicara a preparar la comida. Trabajaba en una tienda de alimentación que estaba todo el día llena de gente, y se daba un baño caliente cada tarde, con los pies enrojecidos e hinchados. Pero estaba más contenta que antes, siempre había sido muy sociable y le gustaba la gente. Elínborg terminó el bachillerato, se marchó de casa y alquiló un pequeño apartamento de sótano, trabajaba en la policía durante los veranos,1 trabajo que consiguió a través de un tío paterno, y decidió estudiar geología en la universidad. En sus años de instituto le cogió el gusto a viajar con sus amigos por todo el país, y una amiga suya, que estaba muy interesada por la geología, la animó a ir con ella a las clases de la especialidad. Al principio, Elínborg estaba interesadísima, pero cuando terminó los estudios tres años más tarde se dio cuenta de que nunca trabajaría en esa profesión.
Miraba a Theodóra estudiar y pensaba qué sería la chica cuando creciera. Le interesaban las ciencias, física y química, e incluso hablaba de estudiar esas materias en la universidad. También quería salir al extranjero a estudiar.
—¿Tienes un blog, Theodóra? —preguntó Elínborg.
—No.
—A lo mejor eres demasiado pequeña.
—No, es que me parece una bobería. Me parece absurdo contar todo lo que hago y digo y pienso. Eso no tiene por qué importarle a nadie. Yo no tengo ningún interés por poner esas cosas en internet.
—Es increíble hasta dónde llega la gente.
Theodóra levantó la vista de su libro.
—¿Estuviste leyendo el blog de Valþór?
—Ni siquiera sabía que lo tuviera. Lo encontré por casualidad.
—No escribe más que memeces —dijo Theodóra—. Le he dicho que no quiero ni que me nombre.
—¿Y?
—Dice que soy tonta.
—¿Conoces a las chicas esas de las que escribe?
—No. Él nunca me cuenta nada. Le cuenta al mundo entero todo lo relativo a él, pero a mí no me dice nada. Hace tiempo que dejé de intentar hablar con él.
—¿Debería decirle que leo su blog?
—Pues sí, dile que deje de escribir sobre nosotros. También escribe de ti, ¿lo sabes? Y de papá. Pensaba decírtelo, pero no quería chivarme.
—¿Cómo funciona eso...? ¿Si leo el blog es como si lo estuviera espiando?
—¿Piensas decírselo?
—No lo sé.
—Entonces, a lo mejor sí que lo estás espiando. Yo lo estuve leyendo muchos meses hasta que me cabreé con algo que escribía sobre nosotros y se lo dije. Fue y escribió que yo era una superdotada de mierda. No sé por qué anda poniendo esas cosas en internet, si una no puede leer una estupidez sin dar la sensación de estar espiándole.
—¿Muchos meses? ¿Cuánto tiempo lleva con el blog?
—Más de un año.
Elínborg no pensaba que estuviera espiando a su hijo al leer un blog que estaba abierto a todo el que quisiese verlo. No quería entrometerse en sus cosas porque pensaba que él mismo tenía que responsabilizarse de sus actos. Pero al mismo tiempo se sentía preocupada porque escribía con excesivo desparpajo sobre sus parientes más próximos y sus amigos.
—El chico a mí no me cuenta nada —dijo Elínborg—. Quizá debería hablar con él. O tu padre.
—Déjale en paz.
—Por supuesto, ya es casi adulto, está en la Escuela de Comercio... Tengo la sensación de haber perdido por completo la relación con él. Antes podíamos hablar los dos. Ahora, en realidad no lo hacemos nunca. Ahora me tengo que limitar a leer su blog.
—Valþór ya se ha ido de casa, aquí, en el coco —dijo Theodóra dándose unos golpecitos con el dedo índice sobre la sien.
Luego volvió a su libro.
—¿Tenía amigos? —preguntó Theodóra al poco, sin levantar la vista de lo que estaba leyendo.
—¿Quién? ¿Valþór?
—Ese al que mataron.
—Imagino que sí.
—¿Ya has hablado con ellos?
—No, yo no, otros están en ello. ¿Por qué... por qué motivo se te ha ocurrido preguntarme eso?
A veces, la niña decía cosas ininteligibles.
—¿Qué hacía ese hombre?
—Era técnico de teléfonos.
Theodóra la miró pensativa.
—Esos conocen gente —dijo.
—Sí, van a las casas.
—Van a las casas. —Theodóra repitió las palabras de su madre y siguió resolviendo unos problemas de matemáticas que eran un simple juego de niños.
El móvil de Elínborg sonó en el vestíbulo, donde estaba colgado el abrigo dentro de un armario. Era su móvil del trabajo. Fue hasta allí y respondió.
—Acaban de enviar los datos iniciales del estudio forense de Runólfur —dijo Sigurður Óli sin saludar.
—Vale —dijo Elínborg. La ponía de los nervios que la gente no saludara cuando llamaba por teléfono, aunque se tratara de los colegas más próximos. Miró su reloj—. ¿No puede esperar eso hasta mañana? —preguntó.
—¿Quieres saber lo que han encontrado, o no?
—Venga, relájate.
—Relájate tú.
—Sigurður...
—Han encontrado Rohypnol —dijo Sigurður Óli.
—Sí, eso ya lo sé. Estaba contigo cuando nos lo comunicaron.
—No, me refiero a que han encontrado Rohypnol en Runólfur. En el cuerpo de Runólfur. Tenía una cantidad considerable de droga en la boca y en la garganta.
—¡¿Qué estás diciendo?!
—¡Que estaba hasta los topes de esa mierda!
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