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EL HOTEL DE LAS PROMESAS

Arantxa García


Primera edición en ebook: Diciembre, 2020

Título Original: El hotel de las promesas

© Arantxa García

© Editorial Romantic Ediciones

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: Olalla Pons – Oindiedesign

ISBN: 9788418616020

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.


A David, mi mejor amigo y compañero de vida, y mi niña Lucía, que es, sin duda, mi mejor obra y me insta a superarme día tras día.

CAPÍTULO PRIMERO

Cristina recorrió con la mirada cada uno de los recovecos del amplio vestíbulo donde había penetrado. Deslizó lentamente sus ojos en las baldosas carmesí de inspiración oriental que cubrían las paredes del lugar; en el terciopelo de los sofás de la entrada, donde los clientes esperaban a sus familiares mientras leían con desgana uno de los periódicos que el hotel disponía en estantes dorados para su uso y disfrute; en el tul de las faldas de las damas, que se deslizaban como por medio de un sortilegio: bellas, etéreas, inefables…

Apenas había cruzado unos metros cuando le cerró el paso una mujer esbelta, de porte solemne, a la cual había visto detrás del mostrador de recepción al entrar.

―Si vienes por el trabajo de camarera de piso debes entrar por la puerta de servicio, al otro lado de la calle ―dijo, mientras contemplaba, con evidente disgusto, los sencillos ropajes de la muchacha, algo raídos y desgastados, enlodados y cubiertos por el polvo del viaje.

Cristina había tomado la diligencia dos días antes desde la periferia de aquella provincia. Vivía en un pueblecito pequeño, atorado en usos y costumbres de antaño, donde el progreso era tan solo una suerte de utopía que aquellas gentes sencillas, curtidas en la miseria y la adversidad, se obstinaban en ignorar, afanadas en sus quehaceres diarios, sin más objetivo que el de tratar de sobrevivir. Caminó presurosa desde su cabaña hasta la plaza del pueblo, donde la diligencia que la llevaría al centro de la ciudad se detenía puntual todos los martes a las doce del mediodía. Un sujeto encanecido, con el rostro corroído por las improntas de la viruela y una mirada lasciva que se posó en sus rodillas por más tiempo del que dictaminaban las normas de decoro, tomó de su mano los escasos ahorros de la muchacha y la ayudó a subir. La tormenta azotó los caminos que recorrió aquel carruaje durante unas horas azarosas en las que la joven llegó a temer por su vida. El conductor de la diligencia, para su alivio, no se dirigió a ella en todo el camino, ni siquiera cuando la muchacha rechazó su oferta de pasar la noche en una fonda cercana y se acurrucó con sus escasas pertenencias en el asiento, expuesta a la intemperie y a las inclemencias del tiempo.

Cristina, por lo tanto, había llegado a aquel hotel excesivamente agotada y famélica como para prestar atención a los dictados del protocolo. Iba a decirle a aquella mujer hostil que no deseaba ningún empleo y que, por tanto, no era ese el motivo de su presencia en el lugar, cuando sus ojos se posaron, accidentalmente, en la puerta del comedor donde los clientes del hotel disfrutaban de su almuerzo. Entonces lo vio… Miguel, con gesto adusto y servil, se inclinaba sobre una mesa y, sin mediar palabra, depositaba agua en el vaso de un caballero que, absorto en la conversación con su acompañante, ni siquiera se dignaba a dirigirle una mirada ni gesto alguno de reconocimiento. El corazón de la joven se detuvo en ese instante. Allí estaba su amigo de la infancia, el amor de su vida, el muchacho que a los quince años le había prometido matrimonio tras robarle un casto beso en la orilla del río donde solía acudir a lavar su ropa. Cristina siempre había pensado que pasaría el resto de su vida a su lado, que unirían sus destinos en la capilla del pueblo y compartirían una vida sencilla y rutinaria en la cabaña en la que, hasta hacía menos de dos días, ella vivía con su madre. Tenía esa idea tan enraizada en su fuero interno, que jamás había osado preguntarse si era lo que realmente deseaba. Ella creía amar a Miguel. Después de todo, era lo más natural, ¿verdad? Era una muchacha pobre, sin recursos. Sus aspiraciones, sus deseos… todo ello había sido sofocado mucho tiempo atrás, sesgado por el peso abrumador de la realidad. Miguel era su destino, el único camino que conocía.

Un año antes el muchacho había decidido partir a la ciudad.

―Pequeña ―así solía llamarla―, creo que es lo mejor para los dos. Ya sabes que en este pueblo inmundo escasea el trabajo y la temporada de siega está a punto de finalizar. Pero me he enterado de que en la ciudad han abierto un hotel de lujo y el sueldo es más que satisfactorio. He sopesado largamente las opciones y creo que en dos años ahorraría lo suficiente como para comprar una casa mejor en el centro del pueblo y casarnos. Es más, quizá en unos meses pueda llevarte conmigo y juntos podríamos empezar una nueva vida lejos de todo. Me aseguraría de que a tu madre no le faltara nada.

Cristina se sintió embargada por la emoción. Huir del lugar, asentarse donde nadie conociera sus orígenes y poder dar a su progenitora un futuro mejor… era, sin duda, su sueño más íntimo. Así que no se opuso a la marcha de su prometido. Se despidieron en la plaza del pueblo una semana después, sin lágrimas, sin que la tristeza les sobrecogiera. Un beso presuroso en los labios, un leve apretón de manos y Miguel se alejó de ella por tiempo indefinido.

El joven no tardó en enviarle una misiva anunciando que había logrado el tan ansiado trabajo. Los primeros meses solía escribir con regularidad. Cartas adustas, exentas de pasión, meros compendios de su día a día en la ciudad. Ni un recuerdo para ella, ni un atisbo de añoranza, ninguna referencia a su regreso. Muy poco tiempo después, Cristina había dejado de recibir noticias de Miguel. En un principio, temió que el muchacho hubiera sufrido algún daño, mas algo en su fuero interno le anunciaba que ese no era el motivo del silencio de su prometido. Pasó un largo mes en el que la impaciencia ante la espera la sobrecogió. La furia impulsaba su desazón. Su madre la contemplaba en silencio con gesto adusto. Una noche, sentadas una enfrente de la otra, la mujer tomó las manos de su hija entre las suyas y le habló sin afectación, tal como solía dirigirse a ella desde que era muy niña:

―Hija, debes ir a la ciudad. Sabes la dirección del trabajo de Miguel. Ve a buscarle y descubre qué ha pasado. Solo la verdad te devolverá el sosiego.

Ante estas palabras, Cristina se decidió a tomar la diligencia y encaminarse al hotel en el cual sabía que su prometido trabajaba. No estaba dispuesta a ser abandonada sin respuesta ni motivo. Aunque tuviera que increparle allí, en su trabajo, delante de sus jefes y los clientes del hotel, estaba resuelta a ello.

Por tanto, con voz ahogada, apenas perceptible al oído de su interlocutora, Cristina balbució una disculpa apresurada y se dispuso a encaminar sus pasos al lugar que le había sugerido.

―Y recuerda, niña. ―Oyó a su espalda―. No vuelvas a acercarte a los clientes del hotel con semejante descaro. Es indispensable que el personal de servicio se mantenga en el lugar que le corresponde.

Al percibir el veneno de su voz, Cristina se volvió lentamente y le dirigió una sonrisa torcida:

―Mis disculpas. Te agradezco mucho el consejo. Está claro que entre empleadas debemos ayudarnos.

Dicho esto, encaminó sus pasos con aire resuelto hacia la puerta de servicio. Cristina Martínez no permitía que nadie la agraviara. Ni Miguel ni esa joven altiva que se creía con derecho a menospreciarla tan solo por vestir un uniforme elegante.

La gobernanta del hotel resultó ser una anciana afable, pese a la severidad que denotaba el rictus de su rostro. Aquel gesto se veía curtido por la experiencia y las vicisitudes vividas; su mirada destilaba sabiduría, como si fuera capaz de penetrar en el alma de las gentes con solo posarse en ellas. Tal vez fue la franqueza en los ojos de Cristina lo que le hizo confiar en esa muchachita menuda de humildes ropajes y exiguas pertenencias.

―Efectivamente, precisamos una camarera de piso ―le dijo―. Tu labor consistirá en encargarte de las habitaciones del hotel. Deberás mantenerlas limpias, asegurarte de que la lumbre esté siempre dispuesta y llevar a los clientes a sus habitaciones lo que soliciten, ya sea alimento, correspondencia, enseres de higiene o cualquier otro servicio que puedan precisar. Debes levantarte al amanecer y recuerda lo que voy a decirte, niña: no tolero el retraso. En ninguna circunstancia. Deberás ser diligente en tus tareas y mostrarte como una sombra ante los clientes. Tu presencia no deberá perturbarles y no te dirigirás a ellos a no ser que así lo soliciten. Podrás retirarte a tus habitaciones después de la cena. Generalmente, los clientes descansan por la noche, por lo que el servicio de habitaciones se suspende. Si algún cliente precisa algo a esas horas, acudirá a la recepción. No obstante, tu labor no se limitará exclusivamente a los dormitorios. Si necesitamos tu ayuda en la cocina o el salón, acudirás sin tardanza y ello no repercutirá en ningún incremento salarial. Por lo demás, el hotel dispone en el piso inferior de habitaciones de servicio. De modo que, si así lo deseas, se te proporcionará comida y alojamiento. Tendrás un domingo libre al mes que podremos modificar a nuestro albedrío si las necesidades del hotel lo requieren. Dime, muchacha, ¿tienes referencias?

―No, señora ―reconoció la chica―. Nunca he abandonado mi pueblo hasta hoy y no hay nadie que pueda acreditarlo, pero, además de limpiar, sé de labores de costura y entiendo de cocina. Mi madre y yo trabajamos como lavanderas y tenemos un pequeño huerto.

―Entiendo. En ese caso tendremos que ponerte en periodo de prueba. Tu sueldo será de trescientas pesetas semanales. Si nos satisface tu trabajo, hablaremos de aumentarlo. En caso contrario, te marcharás sin premura y no percibirás el salario retrasado ni acreditación alguna.

Cristina sintió cómo su respiración se detenía. Aquella cantidad era el doble de lo que su madre y ella solían ganar en un mes lavando los exquisitos ropajes de las damas ricas de su comarca. Pensó en cómo podía aliviar con ese dinero la carga de la amorosa mujer y decidió aceptar el trabajo. Ya llegaría el momento de enfrentarse a Miguel y exigir una explicación a su comportamiento abyecto y cobarde. De repente, la posibilidad de un futuro mejor, sin necesidad del apoyo de Miguel, se abría ante ella lleno de esplendor y nuevas esperanzas.

―Me parece bien, señora ―afirmó bajando la mirada recatadamente, tal como dictaba la costumbre.

―¿Puedes incorporarte inmediatamente?

―Así es.

―En ese caso, acude a la lavandería sin tardanza y solicita un uniforme de tu talla. Cuando lo tengas, acude a las cocinas y se te indicará tu dormitorio y tus nuevas funciones. ―Sonriendo afectuosamente por vez primera desde que había empezado aquella reunión, la gobernanta estrechó, cortés, la mano de Cristina―. Bienvenida al hotel Bonanza, señorita Martínez.

Pablo de la Mora abrió los ojos cuando los rayos del sol despuntaban en todo su esplendor a través de las cortinas de su ventana, cerca del mediodía. La bella acompañante con quien había compartido aquel lecho la noche anterior ya había abandonado la estancia, posiblemente sofocada y avergonzada, cuidando de no alentar con el ruido de sus pasos a otros clientes. Pablo sonrió divertido imaginando la escena. Esas damas aburridas, vacías, sin más aliciente en la vida que gastar la renta de sus esposos en lujos irrisorios y superfluos, tan bellas, altivas y pudorosas, dibujaban una falsa apariencia de decoro a ojos ajenos para luego deshacerse entre sus brazos cuando, con una sonrisa seductora y un discurso bien ensayado y repetido hasta la saciedad, las llevaba a su cama sin hallar resistencia. Esas damas puritanas y altivas, eran expertas en burlar a sus maridos para robarle unas horas a sus insípidas rutinas y pasarlas junto a él. Era un juego sencillo donde no mediaba sentimiento alguno ni había lugar para el engaño. Jamás fingía amarlas y, en verdad, ellas tampoco parecían esperarlo. Nada le unía a ellas más allá de esas horas de deleite. Sin embargo, era capaz de hacerlas alcanzar el cielo a través de la lluvia de besos que intercambiaban. Al alba, ellas se alejaban, con el acuerdo tácito, sin necesidad de intercambiar palabras, de no volver a hablar jamás de esos apasionados encuentros.

Pablo se vistió lentamente y decidió bajar al bar del hotel en busca de un café. Después se sentaría en el vestíbulo a fumar su pipa y leer el periódico. Realmente, su vida también estaba vacía y él era plenamente consciente de ello. Es cierto que había recibido una educación exquisita en los mejores colegios, gélidos internados donde sus progenitores parecían olvidar su existencia durante meses. Cuando regresaba a su casa en el período vacacional, su padre no cesaba de repetirle cuán decepcionante le resultaba su mera presencia. Nunca le explicó los motivos. Tal vez se tratara del carácter apocado del muchacho, pues jamás osaba alzar los ojos de las baldosas del suelo ante la presencia del patriarca; quizá el problema residía en su amor por la lectura y su desinterés por todo tipo de deporte. No obstante, lo cierto es que Rafael de la Mora le había repetido tantas veces que era un pusilánime incapaz de valerse por sí mismo que Pablo acabó por creerlo. Respecto a su madre, era una dama gélida cuya presencia podía sobrecoger el aire de una estancia y cubrirla de una escarcha intangible que envolvía a cuantos la rodeaban. Todo su tiempo era consagrado a placeres banales que no le permitían dedicar a su hijo ni un solo instante. Los criados lo trataban con deferencia, pero eran distantes y los preceptores del internado se mostraban severos con él. Nadie lo trató jamás con afecto durante sus años de niñez. Debido a ello, Pablo se centró en sus estudios, aunque era tal su congoja que no lograba destacar en materia alguna, pese a que era un joven imaginativo y de inteligencia despierta.

No obstante, durante sus años de universidad, viajó por primera vez en el recién inaugurado ferrocarril. Fue tal su fascinación ante aquella máquina imponente capaz de alcanzar velocidades inauditas, que su mente empezó a trazar un plan que se convirtió en el centro de sus obsesiones. Fascinado por las nuevas tecnologías y ebrio de progreso, Pablo empezó a dedicar sus noches a un proyecto con el que pensaba traer la prosperidad al negocio de su padre. La base de la fortuna familiar era el transporte a gran escala de la materia prima que producían en su hacienda. Tenían tratados con las fábricas más importantes del país y el apellido De la Mora, aun cuando los años le habían arrebatado su abolengo aristocrático, era respetado por doquier. No obstante, en los últimos años los procedimientos de la empresa habían quedado un tanto obsoletos y las pérdidas eran cada vez más preocupantes. Pablo pensaba que podían aprovechar el ferrocarril para abaratar los costes y triplicar los beneficios. Si alquilaban un vagón y dejaban de utilizar un carruaje para trasladar su mercancía, era un hecho constatable que abarcarían más territorio en un espacio de tiempo mucho más breve. En el futuro, el barco de vapor les permitiría expandir su negocio allende los mares.

Trabajó en su proyecto durante meses y elaboró un informe sumamente detallado que pensaba presentar a su padre en cuanto tuviera oportunidad. Al finalizar sus estudios, acudió al despacho del patriarca familiar a fin de exponerle sus ideas. Su corazón palpitaba desbocado, sus esperanzas se agitaban, inquietas, en su estómago. El hombre le recibió con una mueca de desagrado.

―¿Qué quieres?

―Señor… yo… quería presentarle un proyecto que he elaborado para el negocio familiar.

El hombre clavó sus ojos, estupefacto, en el muchacho y sonrió con desprecio.

―¿De verdad pensabas, mequetrefe, que iba a permitirte arruinar el legado de mis ancestros con tus ideas absurdas? No entiendo cómo has osado siquiera intentarlo.

Solo el orgullo impidió que las lágrimas se agolparan en el rostro de Pablo, el cual veía cómo sus sueños quedaban abruptamente segados por la cerrazón de su progenitor. Incapaz de contener su desazón, el joven se dispuso a abandonar la estancia, pero un gesto enérgico de Rafael de la Mora le retuvo en su asiento:

―Escúchame, Pablo. Desde el mismo día en que naciste has sido una contrariedad continuada. Y, sin embargo, hace unos días descubrí que, pese a no ser más que un lastre para esta familia, aún puedes servirme de alguna utilidad. Quiroga, mi socio más estimado, me ha comunicado que desea que te cases con su bellísima hija, Ana. No pongas esa cara de lechuguino, yo tampoco entiendo cómo puede desearte como yerno. Y, sin embargo, así es. Vuestra unión traerá prosperidad y abolengo a nuestro apellido. Quiroga es dueño de la fábrica de textiles más importante de este país y me ha asegurado que nos permitirá tomar parte activa en sus negocios tras el matrimonio. Es una fortuna inesperada, muchacho. Mayor de la que jamás has merecido. Ana es una dama realmente exquisita.

Pablo, abrumado, fue incapaz de hallar palabras. Era menester correr a su dormitorio para asumir en soledad las novedades de las que acababan de hacerle partícipe. Con una leve inclinación de cabeza, el joven se dispuso a abandonar la estancia. Antes de salir, su padre dictó una sentencia que rememoraría reiteradamente en su memoria en lo sucesivo:

―Ten en cuenta, muchachito inútil, que solo yo decidiré quién será mi sucesor a mi muerte.

Tras esa conversación, Pablo abandonó sus ambiciones y se dedicó a gastar a manos llenas la fortuna familiar. Acabó convirtiéndose en lo que tantas veces le habían repetido: un joven pusilánime, ocioso y superficial. Pasaba largas temporadas alejado de su morada porque la convivencia con su padre era insostenible. Sabía que cualquier día el patriarca familiar le convocaría a su presencia y debería regresar para casarse con su hermosa y pérfida prometida. Tal vez, una vez que tomara esposa y la instalara en la vivienda familiar, pudiera regresar a la única vida que conocía, con aquellas amantes efímeras que le permitían burlar esa soledad incipiente que lo ahogaba, alejándose continuamente en largos viajes sin retorno, abocado a una infelicidad interna que no osaba reconocer, pese a estar allí, agazapada entre lujos y placeres tenues y difusos que sofocaban en su esplendor los deseos más profundos de su fuero interno. Solo él sabía que aún había noches en las que volvía a tomar el viejo informe entre sus manos y trabajaba en él durante horas. Sabía que su matrimonio con Ana Quiroga podía proporcionarle los contactos que precisaba para poder llevar a cabo su proyecto. Y, no obstante, algo en su interior se agitaba al comprender que el precio de sus sueños era la libertad.

Al cruzar el pasillo se topó con una muchachita rubia y diminuta que arrastraba, distraída, un carrito con enseres de limpieza. La cofia de su uniforme ocultaba parcialmente unos ojos fulgentes y perspicaces que la joven, ignorando su hermosura, posaba en las baldosas del suelo con timidez. Era la primera vez que la veía y llamó poderosamente su atención porque le pareció una jovencita excelsa que se hallaba en lucha perpetua contra su propia naturaleza. Con solo contemplarla, Pablo sentía refulgir su inteligencia y un espíritu rebelde que trataba de sofocar. Sus viajes le habían permitido conocer las vicisitudes de las clases más desfavorecidas por lo que el joven desarrolló cierto sentimiento de justicia social, completamente inusual en los hombres de su posición, que le permitía solidarizarse con aquellas gentes a las que la falta de oportunidades abocaba a la miseria sin posibilidad de remisión.

«Una víctima de las circunstancias ―pensó un tanto cabizbajo―. Sin duda, su pobreza no le ha permitido desarrollar todo su potencial».

Pablo vio salir a Rosa Sanabria de su habitación. La mujer comenzó a avanzar por el pasillo a gran velocidad, arrastrando la falda de su vestido. No fue consciente de la presencia de la joven camarera, pues para ella las gentes como esa muchacha no eran merecedoras de la más mínima atención. Debido a ello, al pasar por el lado de la asistenta, la empujó bruscamente a fin de apartarla. No obstante, fue tal su infortunio que en ese momento la chica sostenía en su mano un bote de detergente el cual, debido al impacto, resbaló y cayó sobre la presuntuosa mujer, derramando su contenido sobre su vestido. Rosa Sanabria, enfurecida, clavó sus ojos sobre la joven, al tiempo que tomaba su brazo con gran brusquedad.

―Maldita estúpida ―masculló―. Eres una completa inútil. Este vestido vale más que todo el salario que ganas en un año.

Normalmente, cualquier empleada hubiera bajado los ojos avergonzada, tratando de mascullar una disculpa. Pero aquella joven no se amedrantó. Sostuvo con decisión la gélida mirada de su interlocutora y, sin el menor atisbo de temblor en su voz, respondió resueltamente:

―Disculpe, señora, pero es usted la que ha avanzado por el pasillo sin mirar y ha chocado conmigo. No es mi culpa si no tengo ojos en la espalda.

Pablo no pudo evitar sonreírse ante aquella réplica. No así Rosa Sanabria, que no dudó en abofetear a la muchacha.

―Pequeña insolente. Vas a pagar cada céntimo de este vestido. Voy a hablar con el dueño del hotel ahora mismo. Pienso asegurarme de que nadie te dé trabajo en esta ciudad.

Tras estas palabras, la joven clavó sus ojos en el rostro de la clienta con tal furia y resolución que Pablo decidió que era el momento de intervenir.

―Rosa, querida. ¿Cómo estás? ―Con una sonrisa franca y seductora, el joven tomó las manos de la mujer, alzándolas por encima de su cabeza―. Pero fíjate, qué mancha tan fea. Deberías quitarte ese precioso vestido y llevarlo a la tintorería para que la saquen. Ayer gané unos céntimos en el casino y no sabía en qué gastarlos. Yo pagaré la factura de la limpieza. ―Dicho esto, Pablo acercó sus labios al oído de su interlocutora y bajó la voz, aunque no lo suficiente como para que la joven camarera pudiera evitar oír las siguientes palabras―. Venga, Rosita, dame el capricho. Desde que te he visto no he podido evitar imaginar lo bien que quedaría ese vestido en el suelo de mi habitación.

La mujer se sonrojó levemente y humedeció sus labios. A Pablo no le supuso esfuerzo alguno adivinar las imágenes que evocaba en ese momento la mente de la mujer. Sin fuerzas para emitir réplica alguna, Rosa Sanabria miró a la muchacha nuevamente. La furia había desaparecido de su rostro.

―Querida ―dijo Pablo, al tiempo que envolvía con su brazo los hombros de la mujer―, deja ya a la chica. Sin duda es inexperta y no merece que te sofoques así por su causa. Olvídate ya de ella y dime que cenarás conmigo esta noche. Ayer tu esposo me dijo que debía partir unos días por negocios. Puedo disponerlo todo en mi habitación a las ocho, si así lo deseas.

La mujer sonrió maliciosamente y susurró una frase inaudible al oído de su interlocutor. Acto seguido, contempló una última vez a la joven camarera y volvió sobre sus pasos sin más palabras.

La muchacha permaneció unos instantes en silencio, deliberando acerca de lo que acababa de suceder. Pero no tardó en sofocar toda su confusión y volver a tomar su carrito, resuelta a continuar con su labor.

―Disculpa, ¿cuál es tu nombre?

La camarera se volvió sorprendida. No esperaba que aquel joven se dirigiera a ella. Sin duda, había creído que la intervención de aquel cliente había sido motivada por sus intereses particulares. Desde que había empezado a trabajar en el hotel días atrás, había asumido que era invisible a ojos de las personas a las que servía.

―Cristina Martínez, señor.

En el rostro de Pablo había una afabilidad que la joven no había contemplado hasta ese momento. Todos los clientes del hotel la veían como un ser inferior cuya única finalidad era la de servirles. Las únicas palabras que le habían dirigido hasta el momento eran órdenes que pronunciaban en un tono áspero y distante.

―Hola, Cristina. Yo soy Pablo de la Mora y me alojo en la habitación 219. ¿Eres la nueva camarera de piso?

―Así es, señor.

El joven sonrió sin malevolencia alguna. Había simpatía en sus ojos al contemplarla.

―Rosa es una mujer ruin, créeme, la conozco. Pero he aplacado sus ánimos y dudo que vuelva a molestarte. Aun así, quiero que sepas que lo he visto todo y sé que no has tenido la culpa. Así se lo diré ante tu gobernanta si es preciso.

Algo en el fuero interno de la joven se rebeló al oír aquellas palabras, por lo que, obviando toda prudencia, espetó, furiosa, a su interlocutor las siguientes palabras:

―Y ¿de qué serviría, señor De la Mora? Si esa supuesta dama decide acusarme, de nada valdrá mi palabra o las nobles intenciones de usted.

Cristina se arrepintió al instante de aquellas afirmaciones. Desde niña había tenido problemas para someter su orgullo y, en ocasiones, olvidaba su lugar ante la gente poderosa. No obstante, para su sorpresa, Pablo se carcajeó al escucharla.

―Dime, ¿siempre dices lo primero que se te pasa por la cabeza?

La joven camarera enmudeció.

―Temo que sí, señor De la Mora.

Pablo depositó sus dedos sobre el mentón de la muchacha y la obligó a sostener su mirada.

―Cristina, ¿me dejas que te dé un consejo? ―Ella asintió―. Debes ser más lista que ellos. ―Ante la perplejidad que reflejó el rostro de la chica, Pablo la contempló seriamente―. Ella no es mejor que tú, eso lo sé sin conocerte. Pero tiene dinero y eso hace que su estatus sea superior al tuyo. Tú posiblemente estás aquí porque necesitas desesperadamente el salario que recibes. Ella lo sabe y se aprovecha de ello.

―Y dígame, señor, ¿qué se supone que debo hacer yo ante eso?

―Te lo he dicho, sé más lista que ellos. No les enfrentes abiertamente, no les des esa satisfacción. Debes esperar tu momento y fortalecerte, verás cómo el tiempo te dará la ocasión de poner las cosas en su sitio. Conserva este trabajo, trata de ahorrar y piensa en tu futuro. No sacarás ningún beneficio perdiendo este empleo, no encontrarías otro mejor en este momento. Pero si ahorras y te formas quizá logres cambiar tu destino. Y tal vez halles el modo de devolverle a esa arpía todas sus humillaciones.

Cristina sopesó en silencio esas palabras. Recordó sus sueños de infancia, la inquietud que la empujó a pedirle al sacerdote de la región que le enseñara a leer; su perseverancia cuando acudía a la biblioteca y trataba de ilustrarse en sus escasos momentos de ocio, su interés por ir todos los domingos en busca de un periódico que le permitiera conocer la realidad de su entorno. Pero la necesidad (y Miguel) la empujaron a abandonar sus ambiciones. Era pobre… y mujer. No tenía los medios para escapar de su realidad. Por primera vez en mucho tiempo aquel desconocido le hizo cuestionarse las ideas que había albergado durante los últimos años.

―Gracias, señor, le agradezco sus palabras y su ayuda, de verdad.

Pablo volvió a sonreír.

―Bien, voy a bajar a ver si puedo comer algo. Por lo visto, tengo una cita esta noche. ¡Y yo que tenía la esperanza de poder dormir unas horas!

Cristina no pudo evitar soltar una carcajada ante esas palabras. Pablo le guiñó un ojo y se alejó del lugar sin más dilación.

CAPÍTULO SEGUNDO

La primera vez que vio a Cristina, la noche de su llegada, la consternación había quedado reflejada en el rostro de Miguel.

―No has debido venir ―musitó―. No tenemos nada de qué hablar.

―Me debes por lo menos una explicación ―había susurrado ella quedamente. No podía reconocer en aquella mirada vacía a su amigo de la infancia.

―¿Sabes? Creí que serías más lista, que la ausencia de mis cartas te daría la respuesta que precisas.

Sin más palabras, le había dado la espalda, alejándose de ella. No volvieron a hablar en los días siguientes. Él trabajaba en el comedor y ella se encargaba de las habitaciones. En un lugar como aquel era difícil que coincidieran. Además, él, por motivos que la muchacha desconocía hasta ese momento, no se alojaba en el hotel. Los quehaceres de ambos los mantenían alejados. Cristina se sorprendió al notar más furia que desolación ante la actitud de Miguel. Sentía cómo la herida que hendía su fuero interno punzaba su orgullo, pero su corazón seguía intacto.

Había pasado tan solo una semana cuando la muchacha conoció por fin los motivos que habían llevado al que fuera su prometido a alejarse de ella. Era una mañana gélida de enero y la escarcha del camino empañaba los cristales de todas las estancias del hotel. Cristina se hallaba en la cocina, preparando el té para los clientes que habían solicitado almorzar en sus habitaciones. Ya había depositado algunas tazas en la bandeja y se disponía a llevarlas, cuando una joven morena, de tez pálida y ojos oscuros, entró en el lugar, estremeciéndose por las bajas temperaturas. Su vientre abultado y sus tobillos tumefactos denotaban un avanzado estado de gestación. La gobernanta, al verla, corrió a su encuentro y le ofreció una silla.

―Olga, muchacha, no deberías caminar en tu estado. ¿Vienes a ver a tu marido?

―Así es, señora ―respondió la joven―. Miguel ha olvidado la corbata de su uniforme en casa y, como sabe, las normas del hotel no le permiten servir en el comedor sin ella. Hágase cargo, desde que tuve que abandonar mi puesto de camarera debido a mi estado, nuestros ingresos escasean y dependemos de su trabajo para sustentarnos.

―Pero, chiquilla, no importaba que vinieras hasta aquí. Tenemos corbatas de sobra. Esta misma mañana le dimos una a tu marido y ahora mismo está sirviendo los desayunos. Descansa un momento aquí antes de volver a tu casa.

Cristina cruzó aquel pasillo, enervada por la furia. Aquella noticia la había atravesado como un vendaval, quebrantándola en mil pedazos. Olvidando en ese instante sus quehaceres, corrió a buscar a Miguel a fin de increparle su mezquindad. Evidentemente, Cristina había sopesado la posibilidad de que existiera una nueva pasión en el corazón de su viejo amigo, pero nunca imaginó que la engañara tan impunemente y después no fuera capaz de sincerarse con ella. Por fortuna, lo encontró a solas, ocupado en dar brillo a unas copas de cristal de bohemia que debían ser utilizadas en la cena de esa noche. Fuera de sí, corrió hacia él y le abofeteó sin mediar palabra:

―Maldito cobarde, malnacido. Llevabas engañándome desde que llegaste a esta ciudad. Y no tienes los arrestos para sostener mi mirada, para decirme la verdad. ¿Y tú te llamas hombre?

Para sorpresa de Cristina, los ojos de Miguel reflejaron una profunda tristeza cuando se posaron en ella.

―Nunca he dejado de amarte, pequeña, y voy a lamentar cada día de mi vida el haberte perdido. No debí meter a Olga en mi cama, lo sé, pero la soledad es mala compañera. Mis primeras semanas en la ciudad fueron terribles, el trabajo era una auténtica pesadilla. Ella me dio un refugio y yo me dejé arrastrar. Cuando me dijo que esperaba un hijo, yo… No fui capaz de afrontarlo. Al verte aquí el otro día sufrí una profunda conmoción. Tuve que controlar el impulso de abrazarte, sé que he perdido el derecho a sentir esto por ti.

―Has perdido el derecho a mirarme a la cara, Miguel. Si hubieras sido sincero tal vez podría perdonarte. Pero no has jugado limpio. Lo siento por esa chica, porque es obvio que no te merece. No nos mereces a ninguna de las dos… Al menos yo he podido liberarme y seguir con mi vida.

Miguel volvió su rostro hacia la pared, incapaz de sostener aquella mirada que, en un solo instante, había mudado toda su furia en desprecio. Ella se alejó de allí. Sintió cómo su corazón se desbocaba, sus latidos se precipitaban a su garganta… De pronto, notó cómo una mano se posaba en su hombro. Se volvió rabiosa, dispuesta a increpar a su antiguo prometido todo el odio que albergaba, cuando se topó con los ojos de Pablo de la Mora:

―¿Estás bien?

―Señor De la Mora, yo… sí, sí, discúlpeme.

―Por supuesto, Cristina.

Él se disponía a alejarse, cuando Cristina sintió cómo las lágrimas que había estado luchando por retener pugnaban por precipitarse hacia sus mejillas.

―Íbamos a casarnos, ¿sabe?

Pablo asintió comprensivo y tomó asiento frente a ella. Estaban en un pasadizo postrero, alejado de presencias inoportunas.

―Te refieres al camarero del comedor, ¿verdad? Le he visto alejarse furioso hace un momento.

―Nos conocíamos desde niños. Creí que estaríamos juntos toda nuestra vida, había trazado un plan... Pero él dejó embarazada a una chica y se casó con ella. Creyó que no era relevante comunicármelo.

Él la observó detenidamente durante unos segundos.

―Creo, sinceramente, que tienes miedo. No lloras por haberle perdido, muchacha. Lo que te ocurre es que ahora sientes un vacío y piensas que no podrás continuar con tu vida.

―Si usted supiera cómo fue mi infancia, señor De la Mora. Soy hija de madre soltera. No, ni siquiera fue seducida y engañada. Un tipo la violó cuando regresaba a su casa después de realizar algunas labores de lavandería para cierta familia de abolengo que vivía en la zona. Sus padres la echaron de casa, pero ella me sacó adelante, pese a las burlas y al desprecio de sus vecinos. Yo era una niña sin padre, marcada desde mi nacimiento. Miguel fue mi único amigo. Creía que nuestro matrimonio devolvería el honor a nuestra familia y que mi madre podría vivir sus años de madurez en una paz relativa.

No sabía por qué le estaba relatando todo aquello a un completo desconocido. Pero las palabras bullían en su garganta y salían embravecidas. Era su único desahogo en esos momentos. Necesitaba que alguien la escuchara.

―Pero no necesitas a un hombre para eso, chiquilla. Eres más fuerte de lo que crees ―dijo Pablo―. Mírate, llevas una semana aquí y yo te veo muy capaz de salir adelante. Recuerda lo que te dije el día que nos conocimos, ahorra, cambia tu futuro, trae a tu madre contigo.

―Señor, no es tan fácil.

―Mira, la gente ha sido cruel con vosotras porque en esta maldita sociedad los prejuicios pesan más que las buenas acciones. Tras la pesadilla vivida y con una niña en su haber, tu madre merecía comprensión y el apoyo de los suyos, pero solo obtuvo rechazo. Aun así, ella encontró fuerzas para salir adelante. Y tú, ¿vas a dejar que un mequetrefe cualquiera te hunda?

Al oír esas últimas palabras, Cristina sonrió. Aquel hombre podía parecer superficial y atolondrado, pero había más amabilidad en él que en todas las gentes con las que se había cruzado hasta el momento.

―Gracias, señor De la Mora.

Como respuesta, el joven depositó en manos de la chica la bandeja que esta, en su desesperación, había dejado olvidada en un rincón de aquel pasillo.

―No me las des. Ahora seca esas lágrimas y vuelve al trabajo antes de que la gobernanta note tu ausencia. Voy a permanecer en este hotel por tiempo indefinido y me gusta que seas tú quien sirva las habitaciones. Quizá algún día necesite de ti cuando mi compañía nocturna empiece a mostrarse difícil y se niegue a marcharse.

Entre lágrimas e hipidos, aquella última frase logró arrancar una carcajada a la desconsolada muchacha. Una vez más aquel caballero había conseguido restituir su ánimo sin más herramienta que la amabilidad.

Aquella mañana, la gobernanta ordenó a Cristina que acudiera a la habitación 219 a llevar una taza de té a su inquilino, pues este había manifestado su deseo de no bajar al comedor a desayunar. Cuando Cristina tocó a su puerta y anunció su presencia, una voz desde el interior le comunicó que estaba abierta y que podía pasar. La joven pensó que el cliente del hotel debía permanecer aún en su lecho, por eso enmudeció de sorpresa al ver que Pablo de la Mora se hallaba sentado en una de las butacas con una hermosa dama a su lado. Sosteniendo un libro en su mano, el joven departía alegremente con su acompañante.

―Es una heroína fascinante. Tiene una fuerza que la empuja más allá de los convencionalismos nimios de la sociedad y la hace buscar su propio camino. Anoche no pude evitar pensar en ti mientras leía en mi cama, ¿sabes?...

Al decir estas palabras, el joven acarició suavemente un mechón de cabello de la mujer y susurró algo en su oído. Aquella dama se sonrojó levemente y se levantó.

―Pablito, eres terrible. Debo irme ya ―susurró coqueta.

―Espero verte esta noche en el comedor, Cecilia. Recuerda que pienso guardarte un asiento a mi lado.

Cristina esperó a que la mujer hubiera abandonado la estancia para acercarse. Disimuladamente, la joven leyó el título de la obra que el joven De la Mora sostenía: Madame Bovary. Cristina no había leído esa obra, pero la conocía, pues su publicación suscitó tal escándalo en su día que el cura del pueblo se vio obligado a condenar la novela desde su púlpito. La madre de la joven camarera le había contado la historia entre carcajadas.

«Qué oportuno ―pensó divertida―, la historia de una dama que le es infiel a su marido».

―Por favor, señor De la Mora. ¿Realmente hay alguna mujer que se deja seducir con una frase tan fútil?

El joven se volvió hacia ella con una sonrisa en los labios:

―Sigues diciendo lo primero que se te pasa por la cabeza, ¿verdad, Cristina?

―Con usted es difícil evitarlo, señor.

«Ellas no le valoran ―hubiera querido decirle―. Usted es amable e inteligente y ellas no ven más allá de su atractivo y su cartera. No, esas damas que usted se esfuerza tanto en llevar a la cama no le merecen en absoluto».

Ignoraba que Pablo escogía esa compañía banal y superflua por miedo a comprometer su propio corazón… Aquella muchacha le agradaba, con ella podía expresarse con franqueza, sin medir sus palabras. Sentía que le comprendía mejor de lo que él se entendía a sí mismo. Le gustaba hablar con ella unos instantes cuando acudía a su habitación a avivar el fuego o a traerle algo. Siempre tenía una sonrisa franca, vivaz. Y Pablo sabía que era inteligente. Aquel día, mientras le servía la taza de té que había solicitado, el joven la sorprendió tratando de leer por encima de su cabeza el periódico que sostenía.

―¿Hay algo que te preocupa, Cristina?

Ella apartó los ojos, sonrojada, y musitó una disculpa, pero él la retuvo suavemente.

―No, por favor, habla. ¿Qué sucede?

―¿De verdad regresa el príncipe Alfonso a recuperar su Corona?

―Así es. Tras la disolución de las Cortes el pasado 3 de enero, Martínez Campos se dirigió a Sagunto, donde, con el apoyo del ejército Alfonsino, proclamó la Restauración de la monarquía borbónica. El Gobierno no ha podido hacer nada al respecto puesto que el ejército ha declinado oponerse al golpe y reconoce al joven Alfonso como jefe del Estado. Cánovas del Castillo ha salido de prisión y le espera en Madrid junto a Primo de Rivera.

―No puedo entenderlo, la verdad. Creí que odiaban a los Borbones.

―No, odian a su madre, la reina Isabel II. La acusaban de ser déspota y libidinosa, pero era tan solo una chiquilla cuando tomó el poder. Por ello, resultó ser fácilmente manipulable y no puede negarse que el suyo fue uno de los Gobiernos más corruptos de la historia de nuestro país. A tiempo que las prebendas a la clase política, así como las rebeliones y los golpes de Estado, se sucedían, el pueblo padecía hambre e inestabilidad. Cuando se autoproclamó presidente del Gobierno, los políticos comenzaron a temerla. El populacho, famélico y desesperado, la consideraba responsable de sus penalidades. Además, el sector más radical del Gobierno creía que una mujer no podía llevar sobre los hombros el peso de la Corona. Ya sabes que muchos consideraban que el líder Carlista era el heredero legítimo del trono.

―Carlos María de Borbón y Austria…

―Así es. Cuando doña Isabel nació, su padre, el abyecto traidor Fernando VII decretó la pragmática sanción para que ella pudiera reinar. Su hermano, Carlos María Isidro, quien se consideraba el heredero legítimo por el mero hecho de ser varón, inició la que se conocería como la primera Guerra Carlista. Ello trajo al país tal vorágine de violencia e inestabilidad que hizo a la reina impopular ante sus súbditos, ya desde la regencia de su madre, María Cristina. En esos años se inauguró el primer ferrocarril y parecía que el progreso traería bonaza. No fue así. La crisis económica y la corrupción fue de tales dimensiones que los políticos aprovecharon la situación para iniciar la revolución que la destituiría del trono, obligándola a abandonar el país.

―Yo era muy niña por aquel entonces, pero aún lo recuerdo vivamente.

―Se creyó que un líder extranjero, ajeno a aquellas guerras y desavenencias, podría calmar los ánimos, pero ni el pueblo ni la clase política quiso aceptar a un monarca forastero, sin lazos de sangre con la realeza que conocía.

―Siempre he creído que a Amadeo de Saboya no se le dio una oportunidad.

Pablo no pudo evitar arquear una ceja sorprendido. Normalmente, a las mujeres de su entorno no solían interesarse por la política. Su conversación era siempre insustancial. Y a aquella chiquilla, ávida de conocimiento, se le negaba el acceso a la educación por carecer de medios económicos.

―Es posible que así sea, muchacha.

―¿Puedo confesarle algo?, creía que la República cambiaría las cosas.

―Muchos lo creyeron. La gente al evocar el concepto de República piensa en la Revolución francesa, en las ideas de libertad, igualdad y fraternidad que se extendieron a lo largo de Europa de mano de los gabachos. Pero el paradigma de nuestra república no era ese. Los políticos no tomaron el poder para el pueblo, sino que lo hicieron para sí mismos.

―¿No es eso lo que pasó finalmente en Francia?

―Así es. Una vez que se alcanza el poder es difícil no convertirse en tirano, aunque no dudo que las ideas primigenias de aquella revolución fueran nobles. Es una lástima que gentes como Robespierre o Napoleón Bonaparte las manipularan. Lo más cerca que estuvimos en este país de alcanzar ese Gobierno idílico con el que soñaron en Francia fue en 1812. ¿Has oído hablar de la Constitución de las Cortes de Cádiz?

―La Pepa. ―Sonrió Cristina.

De repente, la joven fue consciente de que llevaba mucho tiempo hablando con aquel cliente y temió ser reprendida por su gobernanta.

―Debo irme, señor De la Mora. Su conversación es tan fascinante que me cuesta no perder la noción del tiempo, pero si no atiendo enseguida a los otros clientes del hotel me despedirán sin contemplación.

No obstante, cuando se hallaba junto a la puerta, con la mano puesta en el pomo, se volvió resueltamente hacia Pablo:

―¿Sabe, señor De la Mora? Creo que fueron injustos con Isabel II. No concibo que el mero hecho de ser mujer determine que la sociedad te considere incapaz o inferior a ningún hombre.

―Bueno, Cristina. En realidad, no es que la altanera Isabel fuera una gran reina. Se dejó influir demasiado y permitió que la corrupción campara a sus anchas sin tratar de evitarlo. Dicen las malas lenguas que llevó consigo una gran cantidad del caudal público al exilio, al igual que hiciera en su día su madre María Cristina. Aun así, tienes razón, una mujer no debería ser juzgada por el mero hecho de serlo.

Pablo sopesó sus propias palabras unos segundos antes de dirigirse a su escritorio y tomar un libro.

―En 1792 una escritora inglesa llamada Mary Wollstonecraff pensó exactamente lo mismo que tú. Consideraba que los preceptos de la Revolución francesa ignoraban a las mujeres y decidió darles voz. Defendió que una mujer no debía ser relegada a un mero plano doméstico, que era un ser capaz y totalmente válido para desempeñar cualquier actividad si se le daba oportunidad. Hace tiempo encontré una copia traducida al español en una pequeña librería clandestina y decidí comprarlo.

Con estas palabras, Pablo depositó el libro en manos de la joven camarera. Cristina contempló el tomo desgastado con curiosidad: Vindicación de los derechos de la mujer.

―Léelo ―dijo Pablo de la Mora―, creo que hallarás fascinante esta obra y resolverás muchas de tus dudas. Cuando lo hayas acabado, si lo deseas, puedes venir a mi dormitorio a comentarlo y te prestaré otros.

De pronto, el gesto de la muchacha mudó hasta volverse adusto y desconfiado. Con furia contenida, Cristina volvió a depositar el libro en la mano de su interlocutor y se dirigió hacia la puerta.

―No soy una de sus admiradoras, señor. Tampoco una joven ignorante a la que pueda impresionar fácilmente. A mí no me seducirá con su palabrería barata.

No obstante, cuando se disponía a cruzar la puerta y encaminarse al vestíbulo, Pablo le cerró el paso resueltamente.

―Creo que te equivocas conmigo. Nunca he seducido a una muchacha pobre ni a una joven casadera. No es que las menosprecie, pero soy muy consciente del concepto de moral que las aprisiona. Sé que vuestra honra, aun cuando se trata de una idea obtusa y cruel, es cuanto tenéis y llevar a una joven como tú a mi cama podría arruinarle la vida. No, chiquilla, créeme, no estás ante el típico señorito que cautiva a la doncella de su madre para después abandonarla al dejarla embarazada. No soy un sinvergüenza.

―Lo siento, señor De la Mora. No pretendía juzgarle…

―Es cierto, me gustan las mujeres, no es un secreto, pero jamás he engañado a ninguna. Todas saben muy bien lo que deseo de ellas y ninguna alberga sentimientos románticos hacia mí. Las mujeres de mi entorno suelen casarse con hombres inadecuados a los que no aman. Los matrimonios los determina nuestra renta y el abolengo de nuestros apellidos, no el amor. Esas mujeres están aburridas, se sienten vacías. Por eso acuden a mí.

«Al igual que yo las invito a mi lecho por el mismo motivo» pensó amargamente.

―Tú no eres como ellas, Cristina. Tú estás ávida de conocimiento y reniegas en tu fuero interno de los convencionalismos morales, quizá porque arruinaron la vida de tu madre. Mi intención es avivar el fuego que bulle en tu interior y que seas libre. No llevarte a la cama.

Cristina era consciente de que aquel discurso podía ser un mero pretexto para ocultar las verdaderas intenciones del señor De la Mora, pero algo en sus ojos le hizo ver que sus palabras eran sinceras. No había rastro de lujuria en aquella mirada franca. Ella intuía el brillo de tristeza que se ocultaba tras sus pupilas, por más que trataran de trasmitir alegría y despreocupación.

―Usted no es superficial ni un pusilánime, señor. Creo que también esconde su verdadero ser.

Con estas palabras tomó el libro entre sus manos y sonrió antes de dirigirse a la puerta.

―Muchas gracias, señor. Ahora debo esconder esto en mi delantal, pero le aseguro que lo leeré en cuanto acabe mi turno.

CAPÍTULO TERCERO

Aquella noche, Cristina fue incapaz de conciliar el sueño. Las palabras de Mary Wollstonecraff la envolvieron como una bruma de conocimiento que despertaba en ella sus emociones más recónditas. Era como si aquella mujer lograra dar nombre a las intuiciones que la habían sobrecogido desde niña. Ni ella ni su madre eran responsables de lo que había sucedido tiempo atrás con aquel indeseable que robó la virtud de su progenitora. Ellas no merecían el odio ni el desprecio del que habían sido víctimas desde que le alcanzaba la memoria. Tampoco debía casarse para sentirse realizada. Su sexo y su pobreza no tenían por qué definirla.

Pasó todo el día siguiente deseando acudir al dormitorio de Pablo de la Mora con cualquier pretexto. Cuando por fin tuvo ocasión de hallarse a solas ante él, no fue capaz de contener su entusiasmo. Pablo sonreía, complacido, mientras aquella muchacha le refería sus impresiones. Normalmente, era él quien llevaba el peso de la conversación, pero aquel día su exaltación parecía dar alas a sus palabras, las cuales fluían espontáneamente y envolvían la instancia de una bruma de vivacidad que sacudía todo su ser.

―¿Tiene más libros, señor De la Mora?

Él reconoció no poseer más bibliografía específica en torno a esa temática, pero prometió conseguirle los escritos de Concepción Arenal, una periodista española que denunciaba la situación de opresión que padecían las mujeres en el país. Asimismo, no dudo en hablarle de las sufragistas, mujeres anglosajonas que reivindicaban el derecho al voto femenino, idea que, por el momento, se había topado con la férrea oposición no solo del sector masculino más conservador, sino que contaba con el menosprecio de otras mujeres. El concepto de la supremacía del hombre estaba arraigado en la sociedad con tal intensidad que sus víctimas terminaban por convertirse en verdugos de aquellas que se atrevían a alzar su voz para defenderse.

Desde ese día, Pablo tomó la costumbre de prestarle libros a Cristina que la muchacha devoraba con avidez. De sus manos, la joven recibió numerosas novelas, tratados científicos y filosóficos, manuales de historia. Pablo le dio a conocer a Mary Shelley (hija de la autora de la primera obra que le había prestado) y su fascinante novela Frankenstein, donde se planteaba el conflicto de si el ser humano tenía derecho a enfrentarse a Dios y devolver la vida a sus semejantes; a las hermanas Bronte, jóvenes escritoras que tuvieron que ocultarse tras seudónimos masculinos para publicar sus obras; pero también a Pérez Galdós, a Voltaire, a Rousseau. Cristina conoció la teoría de la evolución de Charles Darwin. Desde muy niña, la joven había amado los libros, pero los volúmenes de la biblioteca de su pueblo eran muy escasos y jamás los restituían. Debido a ello, sentía que Pablo de la Mora estaba abriendo las puertas de un nuevo mundo ante ella. La joven adquiría con asombrosa premura nuevos conocimientos. Sus quehaceres no le dejaban demasiado tiempo para aquellos menesteres, pero ella se las ingeniaba para robarle horas al día. Sin apenas darse cuenta, aquellas breves conversaciones sobre literatura, filosofía e historia se convirtieron en el momento del día más esperado para ambos.

Tanto Cristina como Pablo podían discernir con precisión milimétrica el momento exacto en el que sus almas, ávidas de ternura y compañía, se abrieron la una a la otra, dejando entrever dos espíritus tan semejantes en sueños e inquietudes que era menester entrelazarlos. Fue la tarde en que la joven camarera sorprendió al muchacho ojeando un manuscrito ajado y ligeramente pajizo. Los ojos de Pablo irradiaban tanta congoja que la chica no pudo resistir la tentación de preguntarle al respecto. En pocas palabras, el joven le explicó su contenido y detalló, con pesar tácito, sus planes para la empresa familiar. Mientras le escuchaba, Cristina, con gesto adusto, comenzó a recoger los vasos de licor vacíos que yacían, desperdigados, por la sala, sintiendo una oleada de pesadumbre. Aquel hombre se veía tan desvalido enfrentando su mirada con un fulgor melancólico en las pupilas… desorientado como un niño que no recuerda el camino de retorno a su hogar. Súbitamente, la chica sintió el impulso de abrazarle a fin de reconfortarlo, notando cómo sus mejillas se encendían ante aquel pensamiento.

―Tardé meses en elaborarlo―le explicó.

―Es una buena idea ―reconoció ella.

Pablo había alcanzado aquel estado de embriaguez que no enturbia los sentidos, aunque, no obstante, arrastra hasta los labios las vicisitudes del alma. De este modo, sin apenas calibrarlo, De la Mora comenzó a desnudar ante ella la verdad que atesoraba su fuero interno.

―¿Tú crees? Pues mi padre no se dignó a dedicarle unos segundos.

―¿No fue usted quien me dijo que fuera más lista que ellos, señor De la Mora? Siga su propio consejo. No debería enfrentarse a su padre abiertamente. Comience a mostrar interés por el negocio familiar.

«Es que me interesa», pensó él amargamente.

―Si su padre no quiere escucharle ―continuó Cristina―, acuda a sus socios. Demuestre su valía ante ellos y después expóngales su idea. Imagino que estos aspectos empresariales se votan en consejo, ¿verdad?

―No lo entiendes. Solo me dejarían acercarme al consejo si desposo a la hija del socio mayoritario de mi padre. Y créeme cuando te digo que es una mujer realmente insufrible.

Ella caviló unos instantes aquella respuesta.

―¿Usted cree en el amor, señor?

―No ―reconoció.

―Yo tampoco. Todos los matrimonios del pueblo donde me crie eran desgraciados. Nunca vi a nadie sonreírse, dedicarse un minuto de atención. Era más frecuente oír a las mujeres quejarse de sus maridos cuando acudían al río a lavar sus ropas. Muchas veces oí relatar a esas señoras cómo su esposo regresaba borracho, tras arduas horas de trabajo, y las golpeaba.

Pablo asintió gravemente. Desgraciadamente, aquellos actos no sucedían exclusivamente entre las clases desfavorecidas. No obstante, en su círculo resultaba mucho más sencillo ocultar las evidencias.

―Esas mujeres no habían recibido ningún tipo de educación, no conocían otro tipo de vida. Por eso pedí al cura del pueblo que me enseñara a leer y escribir. La maestra se negó a recibirme en la escuela, ¿lo sabía?

―¿Qué estás tratando de decirme, niña?

―La idea del amor está sobrevalorada, señor De la Mora. Pero ese negocio… usted lo desea más que a cualquier otra cosa en este mundo. Esta vida vacía le hace infeliz. Anhela sentirse útil. Si para ello debe casarse, hágalo.

―Te he dicho…

―Usted me confió una vez que los matrimonios en su entorno son meros tratados comerciales. Las mujeres que frecuenta… cumplen a la perfección con su papel ante la sociedad, pero hacen lo que se les antoja. ¿Cree usted que es el único que las recibe en su cama, señor? No es eso lo que se comenta en las cocinas. ―Pablo sonrió―. Si usted y su esposa están de acuerdo en los términos no tienen por qué ser infelices.

Pablo la miró sorprendido. Aquella muchacha era demasiado joven para pensar tan fríamente. ¡Cuánto dolor debía haber soportado!

―No me mire así, señor De la Mora, en esta vida debemos ser prácticos. Respete a su esposa. No le exija más de lo que usted esté dispuesto a darle y todo irá bien.

Dicho esto, la joven se volvió para avivar la lumbre. Pablo la observaba en silencio mientras cumplía con su labor. Las palabras salieron de sus labios, abruptas, expectantes:

―Y tú, ¿tienes sueños?

―He seguido su consejo, señor. Creo que en unos meses habré ahorrado suficiente como para alquilar un pequeño piso de una habitación y traer aquí a mi madre. Ella sabe de costura y podrá trabajar en cualquier taller de la zona. En esta ciudad nadie conoce su pasado. Yo trataré de lograr que la gobernanta me dé buenas referencias y buscaré un empleo que me permita ir por las tardes a clases de mecanografía.

―¿Mecanografía? ―Inconscientemente, Pablo tomó suavemente las manos de la joven. Cristina sintió un leve temblor estremecer su piel, sin embargo, no rehuyó aquella caricia―. Tienes capacidad para mucho más, créeme.

―Lo sé ―respondió la joven tratando de ocultar su turbación―, pero carezco de los medios. He pensado que, si logro trabajo de secretaria en alguna empresa, quizá pueda mostrar mi valía y lograr más responsabilidades con el tiempo.

―No te pareces a nadie que haya conocido ―respondió el joven―. Si algún día sucedo a mi padre en los negocios, no dudes en pedirme trabajo.

Pablo sintió una agitación desconocida en su fuero interno cuando ella sonrió; esa muchachita era verdaderamente dulce, más que cualquiera de las mujeres con las que trataba de mitigar su soledad... Un momento… ¿Qué diantre le estaba sucediendo? Los latidos de su corazón se desbocaron al contemplar sus labios, sintiendo un clamor salvaje que le apremiaba a acariciarlos. Desde que la conoció se había mostrado un tanto paternalista con ella, pese a que aquella resuelta joven era tan solo tres años menor que él. Sin embargo, repentinamente, sus ojos recorrieron las formas de su cuerpo y comprendió cuán hermosa era. Cálida como una flor emergiendo en los albores de la mañana.

La risa bailó en la mirada de la joven camarera y Pablo pensó que esos ojos arrebatadores que se clavaban, punzantes, en su alma, serían capaces de arrebatar la voluntad de cualquier hombre que gozara la fortuna de contemplarlos.

―Cuando pueda materializar mis planes, señor, nuestros caminos se habrán separado mucho tiempo antes. Usted no tardará en abandonar este hotel y dudo que volvamos a vernos.

Cristina se perdió un instante en el iris de aquella mirada castaña, sintiendo cómo un fuego candente estremecía su cuerpo. Sus mejillas se prendieron y, sus manos, trémulas, tomaron el pomo de la puerta.

―Bien… debo irme, señor… Si… si precisa algo más no dude en acudir a la recepción del hotel.

Si Pablo percibió el estremecimiento que sacudió la voz de la muchacha, no manifestó extrañeza alguna. El joven se limitó a volver su rostro hacia la ventana al verla alejarse. Separar sus caminos… No era capaz de entender por qué aquella idea le resultaba tan desalentadora.

Cecilia Ballester estudió, visiblemente consternada, ambos tramos del angosto pasillo antes de decidirse a abandonar la habitación 219. Pablo fingía dormir a fin de evitar cruzar palabra alguna con ella. Normalmente, solía ser más caballeroso con las damas que compartían su cama. Una sonrisa ladina, una despedida afectada, un tenue beso en las manos… era parte de su juego. Solía divertirle la turbación de aquellas damas, su temor a ser descubiertas, la gota de sudor incipiente que borboteaba, intrépida, en la comisura de su frente. Y, sin embargo, aquella mañana tan solo era capaz de pensar en aquellos ojos verdes que desmadejaban su ánimo cada noche; aquellas esmeraldas radiantes que había anhelado contemplar tras cada beso que le ofrecía su efímera amante. Cristina… su sonrisa franca, sin florituras ni artificios, se había apoderado de su alma hasta convertirse en una obsesión ciega y apremiante. Trató de sofocar su anhelo en brazos de una mujer de la cual sabía que no podría ofrecerle más que un cuerpo cóncavo. De este modo, trazó sobre la piel de aquella mujer una pasión ilusoria que resultó ser insuficiente para mitigar sus ansias y abrigar el vacío que escarchaba cada tramo de su cuerpo. Porque su hermosa camarera, aun cuando percibía en ella a la compañera que anhelaba su alma, pese a saber que estaba grabada a fuego en su mente, era demasiado etérea, pura, inocente y sublime para desperdiciar su afecto en un ser abyecto y resquebrajado como él.

¿En qué momento se había adueñado aquella muchachita testaruda, inteligente y tierna de su voluntad? No podía precisarlo, pero Pablo era consciente de haber vivido los días previos anhelando que ella franqueara su puerta y que raramente podía alejarla de sus pensamientos. Era una sensación que le espeluznaba y magnetizaba a un mismo tiempo. Un sentimiento desconocido que poco a poco iba convirtiéndose en el eje de su existencia.

Cecilia dejó escapar un grito consternado cuando percibió unos pasos vacilantes aproximarse hasta ella. La mujer suspiró aliviada cuando se topó con el rostro de una de las camareras de piso. Para aquella dama altiva esa muchacha era un ser insignificante; poco importaba lo que aquella empleada pudiera pensar. El honor de Cecilia continuaba impoluto.

Cristina sintió una punzada de desazón corroer sus entrañas al contemplar a aquella hermosa mujer abandonar la estancia. Los celos se proyectaron en su piel, oprimiéndola despiadadamente. Pudo percibir cómo las lágrimas se precipitaban a sus ojos y luchó por contenerlas antes de adentrarse en la habitación con sus enseres de limpieza.

Pablo se hallaba de espaldas a la ventana, completamente vestido, sosteniendo un cigarro. Aquellos ojos castaños se clavaron en los suyos con tanta ternura que, muy a pesar de sí misma, Cristina sintió que un calor sofocante corroía cada tramo de su cuerpo. Pablo se aproximó hasta ella y acarició el rostro de la chica con la yema de los dedos, con la cara tan cerca de sus labios que la joven pensó, por un segundo, que iba a besarla. En ese instante, el tiempo se congeló y Cristina casi hubiera podido aseverar que los latidos del corazón de Pablo se precipitaban contra su pecho con el mismo ímpetu que los de ella. Sin embargo, el muchacho retiró su mano, saludó a la chica con gesto taciturno y se adentró en el baño, segando la magia abruptamente.

«Necia ―se dijo furiosa, al tiempo que se inclinaba sobre la chimenea para encenderla―. ¿Por qué has tenido que enamorarte de él?». En contra de sus convicciones y su buen juicio, Cristina estaba completamente prendada de un hombre al que sabía que jamás podría tener.

Y ¡diablo! Pablo habría querido tomar su boca y perderse en aquellos ojos sin pensar en nada más. Pero no osaba contaminar a aquella muchachita adorable con la ponzoña de sus miserias. Ella no lo merecía.

Exhausta, Cristina comenzó a recorrer el pasillo que conducía hacia las habitaciones de los empleados. Su compañera acababa de contraer matrimonio y, tal como dictaba la costumbre, había abandonado su empleo, con lo cual, por el momento, Cristina se hallaba exenta de compartir dormitorio. Esos eran sus pensamientos cuando contempló el reloj del pasillo: eran cerca de las diez de la noche y, por fin, había finalizado su turno. Su único deseo era caer en su lecho y dejarse abrazar por la inconsciencia del sueño, sin tener que soportar conversaciones insulsas que nunca lograban alimentar la inquietud de su espíritu. No obstante, sus esperanzas se vieron mermadas cuando la puerta de la habitación 219 se abrió abruptamente. Pablo la saludó sonriente. Con su bata de terciopelo y la pipa de fumar en la mano, la contempló con gesto travieso, como un niño a punto de realizar un acto por el que sabe, seguro, que será reprobado:

―Sé que es tarde, pero si pudieras entrar un momento y avivar mi lumbre, te aseguro que ganarías mi eterna gratitud.

La muchacha torció el gesto con hastío al ver frustradas sus expectativas de descanso. No obstante, era aquella una noche realmente gélida. La lluvia golpeaba los cristales de la ventana con tal furia que era imposible vislumbrar objeto alguno a través de ellos. Además, la muchacha no olvidaba que el señor De la Mora era el único cliente del hotel que merecía su deferencia. Ese hombre se había convertido para ella en una suerte de amigo y confidente que le brindaba consejo y apoyo. (No, era algo más. Ella sentía que necesitaba de él, que su piel clamaba por sentir el tacto de aquel hombre, que esos ojos la arrastraban a un abismo desconocido que le aterraba y fascinaba a un mismo tiempo, pero no podía sucumbir al delirio, ella jamás se dejaría arrastrar por una pasión ilícita como aquella). No quería imaginar cuán tediosa sería su existencia cuando aquel cliente gentil y locuaz abandonara para siempre aquel edificio. Llevaba días buscando en los recovecos de su mente un pretexto para pedirle sus señas a fin de poder retomar el contacto cuando él se fuera. «Estúpida soñadora ―se dijo, tratando de no perderse en el fulgor de aquella mirada que la estremecía―, ¿por qué iba a querer un hombre como él escribirte? Es seguro que olvidará tu nombre en cuanto traspase estos muros».

Cristina decidió desprenderse de su reticencia y entró en la habitación sin más preámbulo. La baja temperatura de la estancia le hizo estremecerse al penetrar en ella. Mientras la joven camarera iniciaba su labor, Pablo se volvió hacia su ventana.

―Si aprendiera a encender la chimenea, señor, no necesitaría robar horas a mi sueño. ―La cercanía de Pablo de la Mora la volvía temeraria. Nunca ocultaba sus pensamientos ante él.

―Olvidas que soy un niño rico consentido. En el internado no creyeron necesario enseñarnos a prender una lumbre. Dábamos por sentado que siempre habría un criado a nuestra disposición para realizar tan nimia tarea.

Ella sonrió divertida. Aquellas palabras, que en otra persona hubiera interpretado como suficiencia, en el señor De la Mora no era más que un juego inofensivo destinado a arrancar sus carcajadas. Cristina sabía que, al finalizar, el joven estrecharía su mano con sincero agradecimiento, acción que ella valoraba más que las monedas que otros clientes le entregaban ocasionalmente sin tan siquiera mirarla, como si fuera posible comprar su voluntad.

―¿No tiene compañía esta noche, señor? ―preguntó la chica, a sabiendas de cuán dolorosa podía resultarle la respuesta.

―No, Cristina. Hoy me apetecía ordenar mis pensamientos. Además, no siempre tengo la ocasión de invitar a una dama hermosa a mi alcoba.

Tras este breve diálogo, permanecieron unos instantes en silencio. Aquella noche, Pablo tenía la mirada perdida. Había recibido carta de su madre esa mañana y, como siempre, sus palabras habían sacudido el ánimo del joven. La mujer le increpaba su existencia vacía y libidinosa a costa de la fortuna familiar y le instaba a regresar inmediatamente a cumplir con sus obligaciones y casarse con la distinguida Ana Quiroga.

Debes perpetuar el nombre de esta familia, necesitamos un heredero, había escrito la mujer.

«Bien, madre ―pensó Pablo amargamente―, creo que aún deberás esperar un tiempo».

Aún no se sentía con fuerzas para regresar. Algo en su interior se rebelaba contra los planes que habían dispuesto en torno a su futuro y tenía intención de sortearlos mientras le fuera posible. Quizá por ello había buscado el pretexto más fútil para llamar a Cristina a su lado cuando escuchó pasos tras la puerta y supuso por la hora que solo podía tratarse de ella. Los breves instantes que pasaba junto a ella era lo más cercano a la felicidad que jamás había conocido.

Ensimismado, Pablo comenzó a pasear por la estancia y, sin darse cuenta, se situó a espaldas de Cristina, tan sigilosamente que la joven no se percató de su cercanía. Ello motivó que, al tratar de levantarse, la muchacha colisionara con él y se precipitara a sus brazos, los cuales se vieron obligados a sostenerla para evitar que se topara de bruces con el suelo. Las manos de Cristina quedaron, de este modo, enlazadas en torno al cuello de Pablo, el cual sujetaba a la muchacha por la cintura. Al sentir la cercanía de aquel cuerpo cálido tan próximo al suyo, De la Mora percibió cómo su ánimo se sublevaba, reclamando aquellos labios que se abrían ante él con promesas de deleite y abandono. Aquellos ojos verdes (los más hermosos que jamás hubiera contemplado) le emplazaban a tomar su boca sin dilación. Supo que ella también anhelaba su tacto. Ninguna palabra irrumpió en el silencio de la estancia, simplemente un cruce de miradas que segó, abruptamente, la resistencia de ambos… Horas después, ninguno de los dos sabría precisar quién había iniciado aquello, pero, súbitamente, sus labios quedaron enlazados en un beso prolongado y sosegado. Ambos escogieron el mismo momento para dejar de batallar contra sus impulsos y entregarse a los anhelos más recónditos de su fuero interno. Fue un gesto tan espontáneo que, al separarse, se miraron incrédulos. El corazón de Pablo se desbocó al contemplarla y sintió un estremecimiento que agitó sus entrañas. Notó el temblor de sus manos al enlazarlas en torno a la cintura de la muchacha y volver a precipitarse hacia su boca. Los besos se tornaron más apasionados y, al acariciar su espalda con la yema de los dedos, Pablo se sintió ávido de ella. El joven cerró sus manos en torno a sus caderas y la elevó en el aire para, sin abandonar en ningún momento sus labios, tenderla sobre la cama. La sintió estremecerse entre sus brazos cuando deslizó su boca por el cuello de ella y bajó hacia su pecho para comenzar a desabrochar su corpiño. Lentamente, la despojó de su ropa al tiempo que dejaba caer una tormenta de besos en cada centímetro de su piel. Ella acariciaba su espalda y buscó el cinturón de su bata para desabrocharla y dejarla caer al suelo. Cristina notaba el rubor que encendía sus mejillas. La mente de la muchacha no cesaba de indicarle que debía detener todo aquello y, sin embargo, notaba que el deseo inflamaba su cuerpo con tanta fuerza que ya no era dueña de sus movimientos. Las pieles desnudas de aquellos amantes casuales se rozaron en un abrazo tan íntimo que, por un instante, parecieron fundirse en un mismo cuerpo. Pablo la sentó en su regazo para contemplarla en silencio. Los ojos de ella refulgían voraces, sedientos de él. «Dios mío ―pensó mientras se inclinaba para volver a besarla―, ni en cien años podría quedar saciado de ella».

Pablo volvió a precipitarse hacia el cuello de la joven y deslizó la lengua en torno a su vientre, deleitándose en el sabor de aquella piel que se entregaba, sin reservas, a sus manos. Cristina arqueó la espalda y dejó escapar un gemido cuando la boca de él se internó entre sus muslos.

―Chssst ―susurró Pablo, tiernamente, al tiempo que masajeaba, muy dócilmente, los pliegues de su cintura―, déjate llevar.

Cristina sintió un ardor sofocante bajo el abdomen, una agitación que convulsionó cada fibra de su ser, un placer tan intenso que, al llegar a su cénit, le hizo prorrumpir un intenso alarido. Al oírlo, Pablo sonrió y acarició suavemente sus muslos mientras volvía a precipitarse hacia su boca. Ella le miró intensivamente y se preparó para recibirlo. Ya no podían contener su deseo. Cuando entró en ella, la joven ahogó una exclamación de dolor. Él no dejaba de besarla mientras sostenía, dulcemente, sus manos. Tierno. Cauteloso. El padecimiento de la muchacha remitió pronto y dio paso a una sensación tan intensa que Cristina pensó que nunca se había sentido tan viva como en ese instante.

Quince minutos después, permanecían tendidos en el lecho, cada uno sumido en sus propios pensamientos. No habían intercambiado todavía palabra alguna, ambos estaban centrados en asumir lo que acababa de suceder entre ellos. Pablo sentía un profundo desprecio hacia sí mismo. Había sido sincero con Cristina cuando le dijo que jamás había embaucado a una muchacha inocente, no cabía en su ánimo el engaño, no deseaba arruinar ninguna reputación. No obstante, lo que había sentido en aquel encuentro fortuito era muy diferente. Él no había seducido a aquella muchacha, jamás hubo un juego previo; aunque, ahora que su brazo aferraba con infinita ternura la cintura de la chica y esta apoyaba la cabeza en su regazo, supo que lo que había sucedido era tan ineludible como la tormenta que se precipitaba, furiosa, contra las persianas de la ventana. Al clavar sus ojos en los de su compañera, Pablo comprendió que esa no era como otras ocasiones, cuando tendía a alguna dama distinguida en su cama para burlar el tedio. Esta vez se había entregado con cada fibra de su ser. Ella adivinó en sus ojos aquellos pensamientos, lo que le hizo incorporarse y besarlo suavemente:

―En esta cama no ha ocurrido nada que yo no deseara, Pablo, y créeme si te digo que ha sido el momento más feliz de mi vida.

Era la primera vez que le tuteaba y se dirigía a él por su nombre de pila. Después de lo que acababan de compartir, no eran precisas las formalidades entre ellos. Cristina comenzó a vestirse pausadamente, parecía estudiar cada uno de sus movimientos. Se miró unos segundos en el espejo para colocar la cofia de su uniforme y se dirigió hacia la puerta. Iba a precipitarse hacia la salida, cuando pareció sopesarlo y se giró hacia Pablo, que la observaba desde la cama con gesto compungido:

―Ya me conoces. No soy una ingenua romántica, no voy a esperar nada que no quieras darme. Pero llevaré esta noche en mi fuero interno mientras viva. Cada vez que el hastío me devore, recordaré que me amaste por unos instantes. Posiblemente tú no vuelvas a pensar en ello, pero yo no voy a olvidarlo. Despidámonos en este momento para que toda la felicidad que siento ahora no se vea empañada por las lágrimas.

Con estas palabras, la joven se dispuso a abandonar la estancia, pero Pablo saltó de la cama y corrió hasta ella. Con un brazo empujó la puerta que ella había empezado a abrir, mientras que con la otra la atrajo hacia él y comenzó a devorar su boca con desasosiego. Cristina aún sonreía cuando se separaron. Depositó un beso en su mejilla y abrió la puerta. Pablo escuchó sus pasos alejarse a través del pasillo y se dejó caer en el suelo. Sentía que el cúmulo de emociones que le embargaba comenzaba a ahogarle. En su mente se agolparon, abruptas, todas las palabras que hubiera querido decir al despedirse. Él tampoco iba a olvidarla. De hecho, no creía ser capaz de continuar con su vida tal como la había conocido hasta entonces.

CAPÍTULO CUARTO

Decía Shakespeare en una de sus tragedias cumbre que su protagonista había asesinado al sueño. Así se sentía Pablo de la Mora aquellos días, pues no era capaz de albergar un solo instante de sosiego. Cada fibra de su ser, cada tramo de su piel y de su alma estaban impregnados de Cristina. El recuerdo de aquel breve instante de pasión que compartieron le acompañaba a cada paso. El roce de sus pieles, sus labios ardiendo, sedientos de ella, sus manos enlazadas mientras se fundían el uno en el otro como un solo cuerpo…

Ella no había vuelto a acudir a su habitación desde ese día. Sus conversaciones vespertinas fueron abruptamente segadas. Esos días era otra muchacha la que encendía su lumbre y traía a su dormitorio los víveres que solicitaba. Pablo supo que la joven trabajaba temporalmente en las cocinas del hotel. Ignoraba si era ella quien había solicitado aquel cambio de tareas a fin de evitarle o si únicamente era el infortunio lo que les separaba, pero no había vuelto a verla desde aquel encuentro fortuito. Y no había nada que deseara con más fervor que volver a contemplar aquellos ojos verdes cuyo fulgor envolvía su ser como una tenue caricia, algo desdeñosos en ocasiones, pero siempre capaces de penetrar en los abismos más recónditos de su espíritu; su sonrisa embriagadora que le envolvía en una madeja de ternura sin límites y restituía la paz de su ánimo; el arrebol de sus mejillas cuando el entusiasmo las encendía y dejaba entrever su verdadero ser… Sí, había comprendido que la amaba. Sin remisión, sin condiciones, sin posibilidad de evadirse. No podía escapar a ello y tampoco lo deseaba. Pablo sentía que nunca había necesitado a alguien con tanto ímpetu. Solo junto a ella podría continuar respirando.

Toda su vivacidad había desaparecido. Ahora se mostraba apesadumbrado y ceñudo. Raramente abandonaba su dormitorio. Lo único que le daba fuerzas para levantarse cada mañana era la vana esperanza de toparse con ella. Sus días eran desapacibles, ensombrecidos por la amargura y la desazón. Ninguna mujer había vuelto a cubrir su desnudez con aquellas sábanas. ¿Cómo besar una piel que no fuera la de ella? ¿Cómo abrigar entre sus manos el estremecimiento de otro cuerpo cuando aún sentía las caricias de su amada tan arraigadas a su ser?

No había transcurrido más de una semana cuando volvió a verla, aunque la nostalgia hacía que las horas se ralentizaran. Aquel día se hallaba de pie junto a la escalera que conducía a las habitaciones de los empleados, a fin de toparse con ella. Apoyado en la pared, trataba de eludir su ansiedad mientras sostenía un cigarrillo consumido entre los dedos. De repente, un grito airado, preludio evidente de una acalorada discusión, le hizo adentrarse a la zona de servicio, único lugar vedado a los clientes de aquel hotel. Había reconocido la voz que lo había emitido y los latidos de su corazón se desbocaron. Allí estaba Cristina. Su larga cabellera se había desprendido de la cofia del uniforme como consecuencia de un leve forcejeo y caía sobre sus hombros desordenadamente. En aquel momento, el rubor encendía sus mejillas, aunque su rostro traslucía una lividez casi mortuoria. Se hallaba apoyada en la pared y Miguel le cerraba el paso, asiéndola por el brazo. Pablo sintió cómo los celos desgarraban sus entrañas. ¿Era posible que la mujer que idolatraba hubiera olvidado todo lo vivido para entregarse a los brazos del patán que la había abandonado? No obstante, al posar sus ojos en los de ella percibió la ira que centellaba en ellos. La mano de Miguel trataba de introducirse por debajo del vestido de la joven.

―Pequeña, no puedo resistirme.

Ella, azorada, trataba de zafarse de aquel contacto. Al percatarse de lo que sucedía, Pablo se dispuso a intervenir. Mas no fue necesario. La rodilla de Cristina se clavó debajo del estómago del camarero. Dolorido, el muchacho se llevó las manos a la zona afectada, al tiempo que ella le empujaba a fin de apartarlo.

―Vuelve a tocarme y clavaré una navaja entre tus ojos.

Azorado, Miguel emprendió la huida, escaleras arriba. Cristina permaneció unos segundos apoyada en la pared, ahogando el gemido que pugnaba por proferir su garganta. Ya se disponía a alejarse, cuando aquella voz que había temido y anhelado durante días se alzó quedamente a su espalda:

―Cristina…

La joven había sostenido con arrojo y sin atisbo de vacilación la mirada de Miguel. No obstante, al percibir la presencia del único hombre capaz de arrebatarle el sosiego, sintió que llegaba al límite de sus fuerzas. Un escalofrío sobrecogió cada átomo de su cuerpo mientras se alejaba de él, sin volverse, sin pronunciar una palabra...

Pablo no la siguió. Volvió sobre sus pasos en silencio y se encaminó hacia su dormitorio. Al penetrar en la estancia se dejó caer sobre la cama y sollozó. Habían resquebrajado su corazón. Debía abandonar ese hotel sin más premura, era urgente alejarse de ella. No obstante, en su fuero interno no podía sino reconocer que había alcanzado un punto sin retorno.

Cristina no pudo evitar mascullar una maldición cuando se encaminaba hacia aquella estancia. No era excesivamente devota, no obstante, se sorprendió a sí misma alzando una plegaria en el aire, rogando a cualquier ente benévolo que quisiera escucharla que Pablo de la Mora no se percatara de su cercanía. Había logrado esquivarle durante días. Cuando la gobernanta comunicó al personal que necesitaban ayuda en las cocinas, ella no dudó en prestarse voluntaria. Sabía que, si volvía a ver a aquel hombre, si escuchaba su voz una única vez… entonces ya no habría atisbo para la cordura. No quedaría más camino que arrojarse a sus brazos y perderse en él. Por eso, cuando Pablo fue a buscarla el día anterior, en el momento que sus labios pronunciaron su nombre, cuando percibió en aquel murmullo acongojado su mismo anhelo… no pudo más que huir de él. No lamentaba ni por un instante haber sucumbido a aquel delirio… Sabía que había sido real. El modo en que sus caricias prendieron su piel hasta estremecerla, aquella ternura aflorando en sus ojos, la forma en que la abrazó cuando cayeron extenuados sobre la almohada. El beso de la despedida… Aún lo sentía arder en sus labios, arrastrando los ecos incandescentes de una pasión que se perpetuaría en los abismos insondables del tiempo; los brotes de un amor tan inquebrantable como las rocas que enfrentaban el ímpetu de las olas, amor que no debía ser alimentado. Si hubieran sido otras las circunstancias, no dudaría en abandonarse a aquellas emociones, pero Cristina no era dada a las fantasías románticas. Una joven provinciana nunca desposaba al galante caballero que la pretendía. Había visto perderse a muchas muchachas en la efervescencia de aquellas pasiones ilícitas. Siempre acababan abandonadas, repudiadas por la sociedad, prostituyéndose o mendigando para poder subsistir. Las que conservaban un atisbo de dignidad, como su madre, eran despreciadas y obligadas a realizar las tareas más tediosas. Nadie las empleaba honradamente, jamás recibían una palabra de aliento. Ella y su progenitora habían logrado subsistir gracias a las hierbas que cultivaban en su huerto y a sus trabajos esporádicos como tejedoras y lavanderas. Habitaban en una cabaña maltrecha, atestada de humedad y carcomida por el irreprimible vaivén de las estaciones, pues no tenían medios para repararla y nadie estaba dispuesta a ayudarlas. En ocasiones, Cristina se sonreía al pensar que, muy probablemente, dos siglos atrás ambas hubieran ardido en la hoguera, acusadas de perpetrar oscuros sortilegios al Diablo.

Aquella noche la gobernanta le ordenó acudir a una de las habitaciones. Su compañera de dormitorio aún no había sido sustituida y andaban algo escasos de personal. La habitación 218 había solicitado un servicio y todas las camareras de piso andaban atareadas.

―Llévales este té y después puedes retirarte a descansar. Mañana te necesitaré en la cocina a las cuatro y media para un servicio especial. Tenemos que preparar el desayuno a los nuevos huéspedes. Llegarán mañana a las seis y será preciso atenderlos adecuadamente.

Cristina se sintió desfallecer, era la habitación contigua a Pablo de la Mora. Corrió presurosa a cumplir con el mandato, azorada, deseando finalizar y alejarse de aquella dulce tentación cuanto antes. La mujer se mostró altiva con ella y no dudó en reprenderla al considerar que la temperatura de su bebida no era adecuada. Al salir de aquella cámara sus sienes palpitaban de furia, su ánimo se enardecía… Pero entonces, sus ojos se toparon con la habitación 219. Durante un leve instante se permitió soñar… Imaginó un refugio en los brazos del hombre que estaba detrás de aquella puerta. Pensó en trasponer el abismo que les separaba y besarle hasta arrebatarle todo atisbo de sosiego, así como ella percibía cómo se entrecortaba su respiración al saberle tan próximo y, sin embargo, sentirle tan fuera del alcance de su mano.

Pablo no podía conciliar el sueño. Se había levantado a fumar y trataba de sofocar sus emociones. Finalmente, no había tenido arrestos para marcharse. Se sentía encadenado a Cristina, embriagado por el más intenso de los opiáceos. Necesitaba su proximidad, aun cuando ella se obstinara en ignorarle.

El suave rumor de unos pasos le sobresaltó. A esas horas no solía haber movimiento en el vestíbulo, a no ser…

Exaltado como un infante la víspera de su cumpleaños, Pablo se levantó de un salto y alcanzó la puerta en un segundo. A través de la cerradura pudo ver a la causante de su desazón, de pie junto a su dormitorio. Su primer impulso fue el de no revelar su cercanía. Tenía la firme resolución de respetarla y no imponer a la joven una compañía que no deseaba. Pero entonces vio en los ojos de ella una tristeza tan profunda que olvidó toda cautela.

Cristina ya se disponía a encaminarse a su dormitorio, cuando la puerta de la habitación 219 se abrió abruptamente. Antes de poder tomar conciencia de lo que estaba sucediendo, sintió cómo un fornido brazo la arrastraba hacia el interior de la estancia al tiempo que una tormenta de besos se precipitaba sobre su piel y sus labios. Las caricias de Pablo eran impetuosas, desesperadas. La dejó caer suavemente sobre la cama y se abrazó a ella, enlazando su cintura con las manos.

―Dime que pare y lo haré, Cristina ―susurró contra su boca―. Pídeme que te deje marchar y no dudaré en apartarme, aunque te estés llevando mi vida contigo.

Ella no respondió con palabras, pero correspondió a sus besos con idéntico ardor. Pablo levantó las enaguas de la joven por encima de su rodilla y entró en ella con desesperación, con urgencia. Ella curvó la espalda y gimió. Sus bocas se buscaban hambrientas. Todo acabó en un breve instante. Tal era la intensidad del deseo de ambos.

Al finalizar, Cristina volteó el rostro y dejó escapar un sollozo. Apesadumbrado, Pablo trató de abrazarla.

―¿Por qué lloras?

Cuando ella se volvió para mirarle, había tal aversión en su mirada que Pablo se sobrecogió ante aquel furor inesperado. Sus pupilas se habían convertido en dos bloques de hielo que se clavaban en él cargados de odio. Y, sin embargo, no tardaron en fundirse cuando el llanto de la muchacha se tornó más violento y desosegado. Confundido, el joven trató de rodear los hombros de Cristina con su brazo, pero ella lo apartó violentamente y comenzó a golpearle furiosamente en el torso.

―¡No me toques! ―masculló soliviantada―. Eres un miserable, ¿lo sabías? Un maldito niño malcriado que se cree con derecho a someter al mundo entero a sus antojos. Seduces a la gente con tu sonrisa petulante y tu porte desenfadado. Tratas a los demás con amabilidad, pero lo único que persigues es alcanzar tus metas.

Pablo había enmudecido. Los puños de la joven se clavaban en su pecho con más ímpetu que fuerza física. No era capaz de rebatir sus palabras, pues el dolor de Cristina resquebrajaba su corazón y lo rompía en miles de pedazos que se expandían en torno a su piel hasta desgarrarla.

―Eres peor que los demás ―ahora los ojos de ella se filtraban en la nada, como si no hubiera más interlocutor que ella misma para sus palabras― porque me deslumbraste con tu deferencia. Pero tú únicamente buscabas perderme, someter mi voluntad. Yo deseaba que me dejaras preservar el recuerdo de la otra noche. Solo eso. Guarecer en mi interior cada uno de tus besos, conservar la ilusión del amor que me concediste durante una hora. Pero para ti no era suficiente, ¿verdad? Tú debías arrebatarme la cordura y volver a tenerme. ¿No hay suficientes damas dispuestas a compartir tu cama, Pablo? Sí, soy una mujer humilde. Pero ello no me convierte en presa de tus artimañas. No soy una marioneta que puedes manejar y desechar a tu capricho. Mírame, soy un ser humano. Siento, padezco y me he entregado a ti con cada fibra de mi ser.

Al oír aquellas palabras, Pablo asió a la joven por las muñecas y se posicionó encima de ella. Cristina se agitaba violentamente, tratando de zafarse de su contacto, pero él no le permitió rechazarle.

―No entiendes nada. Nunca pretendí utilizarte. Lo que ha sucedido entre nosotros no ha sido un juego para mí. Si estás aquí no es porque haya querido saciar mis apetitos contigo, sino porque te amo.

Los ojos de ella se abrieron, abrumados por el desconcierto. No, aquella mirada franca, rebosante de ternura, no parecía pretender engañarla. De repente había dejado de forcejear. Esas palabras convulsionaron su espíritu y rindieron su resistencia.

Pablo se inclinó sobre ella y besó suavemente sus labios.

―Estoy total, absoluta y desesperadamente enamorado de ti ―dijo mientras deslizaba su lengua por el cuello de ella y acariciaba lentamente su busto―. No he podido dejar de pensar en aquella noche ―mientras hablaba, iba depositando suaves besos en cada ángulo de su cuerpo―. Siento que cada paso que doy me arrastra hacia tus brazos; has impregnado mi piel de tu esencia, te has grabado a fuego en mi interior. No sé hacia dónde va a llevarnos todo esto, pero créeme, amor mío, si tú te pierdes yo me perderé contigo.

Esta vez fue ella quien buscó su boca. Fue un beso prolongado, despojado de la desesperación que había impregnado cada uno de sus movimientos hasta ese momento. Se desprendieron del resto de sus ropas y se abrieron el uno al otro con calma, abandonándose al deleite que los embargaba al comprender que se pertenecían el uno al otro.

Hicieron el amor pausadamente, memorizando cada tramo de sus pieles, impregnándose de su aroma, de su sabor. Se abrieron más allá de los límites de la carne, fundiendo sus almas en un único ser.

No podían precisar cuánto tiempo había pasado. La melena enmarañada de la muchacha caía, desordenadamente, sobre la almohada y los dedos de Pablo se entretenían acariciando sus mechones. Deleitándose en su aroma, el joven depositó un suave beso en la clavícula de la chica, haciendo que esta se estremeciera. Suspirando plácidamente, Cristina acurrucó la cabeza sobre el regazo de Pablo y decidió enfrentar su mirada:

―¿Sabes?, llevo semanas enamorada ti. Creo que prácticamente desde el primer día. Cada vez que cruzaba el umbral de tu puerta, mi corazón se agitaba; tus ojos me desarmaban, tu amabilidad deshacía todo atisbo de amargura en mi interior. Odiaba a las mujeres que compartían tu lecho porque no las creía dignas de ti… y, sin embargo, ¿acaso una camarera podía soñar con obtener tu amor? Creo que si me enfurecí tanto contigo la primera noche que me prestaste un libro, al creer que deseabas arrastrarme a tu cama, fue porque comprendí que la idea no me desagradaba en absoluto…

Pablo sonrió, sintiendo que, a sus oídos, aquellas palabras eran la más hermosa de las melodías.

―Oh, no, créeme, soy yo el que no se merece a alguien como tú. ―El chico se inclinó sobre los labios de Cristina para envolverlos suavemente con los suyos, mirando a la joven con tanta ternura que esta sintió cómo todo su cuerpo se estremecía―. Cuando venías por las tardes a hablar conmigo… aquel era el único momento alegre del día. Sabes que soy un auténtico desastre: fumo en exceso, he compartido mi cama con mujeres a las que desprecio únicamente por paliar mi soledad y, en ocasiones, amortiguo mis pesares con alcohol… Contigo todo es diferente. ―Tomó suavemente sus manos y la contempló embelesado―. ¡Haces que todo fluya con tanta naturalidad! A tu lado no es menester fingir, logras que desee convertirme en una mejor persona.

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