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CIENCIA Y VIDA. MI VERDAD

ANTONIO ALCAIDE GARCÍA
CIENCIA Y VIDA. MI VERDAD
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2019
CIENCIA Y VIDA. MI VERDAD
© Antonio Alcaide García
© de la imagen de cubiertas: Pilar Coello Hueso
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2019.
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ISBN: 978-84-17845-29-2
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
ANTONIO ALCAIDE GARCÍA
CIENCIA Y VIDA. MI VERDAD
Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
Prólogo
Prefacio
Capítulo 1 La humilde espinaca, Spinacia oleracea; sin flores ni aromas, pero con cloroplastos llenos de secretos y vida
Capítulo 2 Las plantas: un mundo de fantasía
Capítulo 3 Historias —pequeñas— de Filadelfia: semillas de plantas en germinación y un protozoo
Capítulo 4 De nuevo en Gif: plantas, microorganismos e invertebrados
Capítulo 5 Alcalá de Henares: su universidad, su cielo azul, sus cigüeñas
Capítulo 6 Y de nuevo, el mundo ¿a mis pies?
Capítulo 7 Nuevos sueños científicos: serendipity y el Phlebodium decumanum
Capítulo 8 ¿Más sueños o más realidades?
Capítulo 9 Más ilusiones y mucha serendipity: el científico también se asoma a otros mundos
Epílogo
Agradecimientos
PRÓLOGO
Estoy segura de que cuando el profesor Alcaide me propuso que prologase su nueva obra “Ciencia y Vida. Mi verdad”, no era consciente del compromiso en que me situaba. Su primer libro, “El último pescador romántico”, viene precedido de una presentación de su buena amiga y escritora de merecidísimo éxito -¡cuántas novelas suyas han hecho cortas tantas horas de muchos lectores!- Julia Navarro. Sin duda las comparaciones son odiosas, y en este caso sobre todo para mí. Pero vamos allá.
Estas memorias que ahora nos regala Antonio nos muestran otra faceta de su vida. En su primer libro relataba sus grandes momentos de ocio. Aquí describe con maestría su ingente y abrumador trabajo científico. Una vida entregada a la ciencia.
El prólogo de un libro debe introducir a su lectura. Pues bien, en esta obra vamos a encontrar algo parecido a un desnudo integral. El eje argumental es el trabajo del científico pero enhebrando el hilo argumental principal, el autor vierte sin tapujos, disimulos, ni reservas, sus reflexiones personales. Nos dona sus sentimientos, ideas, pesares y alegrías.
Si al lector le atrae la investigación, sin duda le van a atrapar estas páginas. Ese, ir y venir, luchar y finalmente llegar, o no llegar, como bien describe el autor. El profesor Olalla Marañón decía: “la investigación es un licor suave que acaba embriagando al que lo prueba”. ¡Qué bien describen esas palabras lo que yo misma sentí cuando puse fin a mis estudios de Farmacia! Había disfrutado de una beca de Iniciación a la Investigación y quedé prendada del mundo microbiano. No importaban las horas que pasaras en el laboratorio, la curiosidad por conocer los resultados era inagotable. Los microorganismos se convirtieron en mis mejores aliados, casi unos compañeros de juego. Con ellos he disfrutado de grandes momentos.
En esta narración autobiográfica se identifica a un investigador igualmente enamorado de su trabajo. Fascinado por su profesión nos conduce de la mano por sus investigaciones en el campo de la Bioquímica, la Inmunología y la nueva Biotecnología. La claridad de sus explicaciones, sazonadas con un anecdotario rico, y siempre adornadas con las últimas innovaciones convierten al profesor Alcaide en un gran comunicador de ciencia.
Genera en el lector una sana ansia por comprobar en que quedó tal hipótesis o dónde se aplicaron los resultados de aquel proyecto de investigación antes explicado. Ese es el sueño de todo investigador, el que me cautivó también a mí cuando me incorporé como alumna interna en el departamento de Microbiología: encontrar alguna utilidad para mejorar la vida de las personas. Llegar a buen puerto es la mayor satisfacción de un investigador y saber que el fruto de tu trabajo va a suponer una mejora en la sociedad, imagino que es casi como tocar el cielo. Eso es lo que mueve al autor a desentrañar cada uno de los planteamientos de sus proyectos de investigación, y explorar hasta el final todas las posibilidades, porque Antonio no se rinde nunca. Aunque todo se ponga en su contra.
He disfrutado sobremanera con el apartado de los polisacáridos. No en vano el grupo de Investigación al que pertenezco, “Exopolisacáridos Microbianos”, siempre ha tenido por objetivo no sólo su aplicación en tecnología alimentaria, sino también como agentes biológicos. El extenso espectro de posibilidades que ofrecen los polisacáridos es solo comparable con las especies productoras. Hay mucho publicado, pero queda mucho más por describir.
El relato pone de manifiesto un rasgo que nunca encontraremos en su carácter, la pereza. Todo lo contrario. Hay que hacerse a la idea de ese permanente ir y venir de los años 70, Jordania, Inglaterra, Estados Unidos, Israel, Alemania, Francia, Japón, Corea del Sur, Turquía, Honduras... Trabajo científico acompañado de una incesante inquietud por descubrir cómo son las costumbres y las personas de otras civilizaciones.
Su mundo ha estado marcado por la serendipia, ese descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado fruto de la casualidad. Con esos golpes de fortuna ha evolucionado en numerosas ocasiones la ciencia, avatares que normalmente sólo se presentan en el curso de un trabajo perseverante y abnegado de años. Efectivamente puede ser suerte, pero los investigadores sabemos que también hay que buscarla con tesón, esfuerzo y trabajo abnegado. Esto es precisamente lo que vemos reflejado en la trayectoria descrita. El autor advierte cómo en ocasiones ha obtenido excelentes resultados científicos fruto de la casualidad, pero lo más importante es saber interpretarlos. Un resultado siempre vendrá enmarcado entre una serie de conocimientos previos e inciertas posibilidades. Estas páginas revelan que el profesor Alcaide, tiene la paciencia y el deleite necesario para extraer esas potencialidades. Aunque otras veces, como todo científico sabe, no se alcanza el fin perseguido. En el discurso de agradecimiento de un conocido Físico, por la concesión del premio Nobel, apuntaba con acierto: “ustedes me conceden el galardón por este descubrimiento” (refiriéndose al que le había lanzado a la fama). “Yo en cambio, pienso que ese hallazgo vale tanto como las miles de ocasiones en que mis investigaciones acabaron en callejones sin salida”.
No me resisto a concluir este prólogo sin dedicar unas líneas a esa polipodiácea hondureña de nombre Phlebodium decumanum que le robó el corazón. Una valiente apuesta por su utilización en la lucha contra el SIDA y el Cáncer le ha llevado años de trabajo. Estoy segura de que estos extractos serán finalmente reconocidos como excelentes modificadores de la respuesta biológica.
Su carácter de científico no es puro, está contaminado, o mejor dicho adornado con grandes rasgos humanísticos: pensador, filósofo y escritor que comparte sus reflexiones a través de una narrativa entretenida, amena y cercana, haciendo incursiones, en el flamenco, la tauromaquia, las celebraciones de Semana Santa o el día de Andalucía. Sabe darle a todos los palos con idéntica brillantez, esa insaciable curiosidad por todo lo que le rodea.
El mundo está necesitado de personas que amen su trabajo, Antonio es uno de ellos. Es feliz y esa felicidad impregna sus relatos salpicados de dulces encuentros con personajes que van moldeando su vida, ya fuera un investigador brillante, una atractiva mujer o una joven portadora de VIH.
A través del texto no sólo descubrimos a una eminencia científica, se dibuja también ese hombre de bien, que nunca ha querido involucrarse en conflictos de intereses, en la política, que se ha hecho a sí mismo, sin deudas, y rodeado de excelentes equipos, magníficamente liderados por él. La historia de Antonio está plagada de valores, de todo eso que hace al hombre más hombre. El esfuerzo y tesón, el trabajo y la perseverancia del investigador; la generosidad y humildad para reconocer los errores; el compromiso y responsabilidad social; y la honestidad por encima de todo. Estos son los valores eternos que precisamos hoy y siempre. Sólo en esa atmósfera el científico progresa de verdad.
Gracias Antonio por esta pequeña joya narrativa donde te deslizas cómodamente por tus reflexiones y pensamientos, por ese mundo de silencios y aromas que describes con una pasión contagiosa.
Ana del Moral García
PREFACIO
Recuerdo los aromas y fragancias de mi niñez: una niñez en la que las flores olían. Aquellos claveles de intenso aroma dieron paso a esos otros claveles de hoy, homogéneos, bonitos, turgentes, frescos, pero sin olor. Afortunadamente, los nardos, los jazmines y la dama de noche han conservado su fragancia. Siempre. También la flor de azahar. Quizá la razón estribe en que estas pequeñas florecitas no sirven para adornar nada; solo tienen olor. ¡Pero qué aromas! Aromas de mi niñez que aparecen por sorpresa, sin buscarlos. Inconfundibles. Únicos. Aromas de vida. Aromas que esta sociedad globalizada no aprecia porque no los conoce. Los nardos siguen teniendo ese intenso aroma de nardo. La dama de noche, también. Un día, en un paseo nocturno por las proximidades del hotel Marriott, en Amán, capté el aroma cada vez más intenso a dama de noche; había una planta en el patio de una casita que se encontraba en mi camino. En otra ocasión, buscando nardos en Madrid, encontré una floristería que me prometió tenerlos en 48 horas; venían de Holanda y llegaron puntuales con su aroma embriagador. ¡De Holanda!, país especializado en cultivar fresones que no saben a nada y flores ornamentales inodoras. Decididamente, los nardos holandeses huelen a nardo porque no han entrado en el mundo de la «globalización ornamental».
Con frecuencia me gusta volver mi mente atrás y revivir situaciones que significaron algo en mi vida. Casi siempre ligadas a un aroma o a un sonido musical. Al pasar los años, mi corazón me suele decir si ese algo fue un algo profundo. Uno de esos días de sentimientos retrospectivos volví mi mente atrás, muchos años atrás, y me veía en el patio de aquel viejo Instituto Pedro Espinosa de mi pueblo, Antequera, con un esquema mental muy decidido, aunque algo cursi, de lo que debería hacer para, ya de mayor, comprender las bases científicas que explicaran el origen de los aromas; pura química y pura biología. También la salud y la enfermedad deberían tener sus bases científicas; de nuevo, pura química y biología. Lo tenía muy claro: era preciso que empezara a estudiar Química y Biología; de esta forma iría sentando las bases para, en un futuro, aprender Bioquímica, es decir, la química de la vida. Y después enriquecer día a día estos conocimientos iniciales, compartirlos y hacer algo para comprender los aromas de este mundo, incluido el aroma del sufrimiento, ese «aroma» asociado a la enfermedad. Todo un compendio de química de la vida: Bioquímica. Tenía entonces solo trece años y acababa de finalizar mis estudios de tercero de bachillerato. Recuerdo que aquel patio central de mi viejo instituto estaba contiguo al patio de acceso a la secretaría, en el que se enseñoreaba una gran planta de jazmín. Muy jovencito y algo pretencioso, debieron de pensar mis profesores. La Química y la Biología tendrían que esperar, me dijeron. Ya llegarían a su tiempo, en los cursos venideros… ¿A qué venía tanta prisa?
Pero yo no quería esperar. Y decidí ir aprendiendo estas cosas en los veranos. Y lo hice. De esta forma, a mi manera y con la extraordinaria ayuda de don Juan Hernández, hombre sabio que ejercía sus funciones de químico en la cercana fábrica de azúcar y que comprendió desde el principio lo que yo quería. Así fui adquiriendo conocimientos de química de la vida y puse las primeras piedras de lo que años más tarde se convertiría en una de mis pasiones: estudiar y tratar de comprender los mecanismos bioquímicos implicados en la vida y en la muerte o, dicho con más suavidad, en la salud y en la enfermedad. Con y sin aromas. De lo que fui aprendiendo en aquellos veranos quedé fascinado por ese laboratorio que se me antojaba perfecto: la vida. Así, me enfrenté a la Biología del curso preuniversitario «orgulloso de mis conocimientos». El primer capítulo del libro de texto trataba de los aminoácidos, y yo ya sabía aquello. Compartía este «orgullo» con mi otra pasión: la pesca y toda la belleza que había a su alrededor. Y no olvidaba los aromas que cada año empezaban a embriagarme aquellos meses de mayo con sus flores.
Pasaron muchos años. Y adquirí conocimientos. Y, sobre todo, aprendí a compartirlos. A mi modo, con arte, ya que estoy convencido de que enseñar es un arte: el arte de compartir lo que se sabe. Y enseñé. Y seguí pescando, al tiempo que otras pasiones se incorporaron a mi vida.
Hace unos pocos años cayó en mis manos el libro titulado Doctor Chekhov, escrito por John Coope en 1997, en su versión original inglesa. Estaba leyendo por aquel entonces el libro Antequera norte de mi pluma, de José Antonio Muñoz Rojas, nuestra gloria antequerana, Premio Nacional de Poesía en 1992, y pensaba en los motivos que me habían llevado e inspirado en mis trabajos de tantos años de investigación en Ciencias de la Salud. En la introducción del libro de John Coope se recogía el siguiente pensamiento de Chekhov:
«La medicina es mi esposa legal. La literatura, mi amante. Cuando me harto de una de ellas, paso la noche con la otra. No es esto lo más correcto, pero, al menos, evita la monotonía y nadie sufre mi infidelidad. Si no me hubiera dedicado a la medicina, nunca habría podido dedicar mi libertad de mente y mis pensamientos a la literatura».
No pensaba de la misma manera Tolstoi, quien aseguraba que Chekhov habría podido ser un mejor escritor si no hubiera dedicado parte de su tiempo a la medicina.
En mi caso, quizá el haberme dedicado a la Bioquímica y mi pasión por comprender el funcionamiento de un organismo vivo —sano y enfermo— han hecho posible que, como Chekhov, dirija mi libertad de mente y mis pensamientos hacia otro lado, hacia Andalucía, a través de Antequera. Esa Antequera que, en palabras de Muñoz Rojas, está «a caballo entre las varias Andalucías y participa en alguna medida de todas ellas, como equidistante de sus centros mayores, Córdoba, Sevilla, Granada y Málaga, sufriendo sus grandes tentaciones y como cayendo y librándose de ellas. Esa Antequera, recostada y extendida, que se asoma a su vega, con todos sus caminos llanos hacia Córdoba o Sevilla, y que mira al norte, levante y poniente; y más lejana de donde más cerca se halla: Málaga, traficante y marinera».
Esa Antequera, en fin, que se regodea en su belleza y que no necesita salir de sí misma, anclada en su hoyo privilegiado, con sus espaldas bien resguardadas por el Torcal, con todo el misterio de sus dólmenes, toda la belleza de su vega y con su Peña de los Enamorados siempre dominadora.
Mi espíritu investigador me ha enseñado a comprender, sentir y amar a esa Andalucía tan compleja, a través de Antequera. ¿Cómo lo he hecho? A diferencia de Chekhov, sin exclusiones. Nunca he tenido que dejar a un lado uno de mis mundos para caer en los brazos del otro. Mis dos pasiones, además de la pesca, mis dos mundos se han complementado siempre. He observado, pensado, interpretado, aprendido, comprendido, sentido y asociado todo lo que hay en sus aromas, sabores, colores y sonidos —cante, toque y baile— de esas y otras Andalucías en diversos momentos de mi larga trayectoria científica, en la que he encontrado ilusión, brillantez, entusiasmo y también decaimiento, dudas, decepciones y envidias ajenas —para mí incomprensibles— y, en más de una ocasión, «embustes, calles sucias y lodo eterno», tomando estas palabras de Lope de Vega. Mis mundos se han complementado: mi espíritu científico me ha ayudado a acercarme al reflejo de Andalucía y de Antequera en sus aromas —azahar, jazmín, nardo, dama de noche—, en sus sabores —especias, canela, adobos, membrillo—, en sus colores —el azul intenso e inmaculado de su cielo, el rojo rosado del crepúsculo en la Peña de los Enamorados, el perfil como dibujado a plumilla de sus montañas— y en sus sonidos —copla, flamenco popular, flamenco profundo, con sus esencias de guitarra, cante y baile—. ¿Por qué esos aromas, sabores y colores son así y por qué esas guitarras, esos cantes y esos bailes son así?
A veces, el recuerdo de un aroma de nardo —mi fragancia preferida— me ha guiado a la hora de diseñar un experimento o establecer una hipótesis científica; en otras ocasiones, una imaginaria guitarra tocando por aires de Cádiz me ha acompañado cuando un experimento ha dado los resultados para los que había sido programado y realizado; el recuerdo de unos fandangos de Huelva —de Alosno, Almonaster, Valverde o Santa Eulalia—, surgidos de esos pueblos que cantan a cosas tan simples como la luz del día, el nido de una alondra, el relincho de un caballo enamorado, la fidelidad de un perro, una liebre amamantando a su cría, la dulzura de un cariño o la decepción y rabia de un desengaño, ha conmocionado mis sentimientos en la soledad, a veces fría, de un laboratorio perdido en un amanecer nebuloso de la región parisina, en un anochecer solitario en Filadelfia o en interminables jornadas en un humilde laboratorio cercano a las montañas de la selva de La Tigra, en Honduras. El esplendor y la expresividad de la copla han despertado en lejanos lugares, como en el lago Yojoa, en Honduras, en el que aquel toro enamorado de la luna quiso estar un amanecer de luna llena conmigo y con José, mi guardián y guía hondureño, en el lago y sus alrededores, mientras yo escuchaba atento las historias acaecidas, según él, en aquellas misteriosas aguas.
He aplicado, en definitiva, el método científico a algo tan lejano y tan fuera de todos los cánones científicos como lo es todo en Andalucía y en Antequera. Así pues, coincido con Chekhov en que la investigación biomédica, en mi caso, como la medicina en el suyo, me ha proporcionado la libertad de mente para entender todo lo andaluz. ¡Hasta el flamenco! —la literatura, en su caso—. El flamenco me ha dado, por su parte, fuerza, sosiego, inspiración. Y me refiero al flamenco en sentido amplio, resumido en este fandango de Almonaster, que empieza:
De la mano siempre van
copla, folklore y flamenco
para hacernos disfrutar
del arte y del sentimiento
de esta tierra sin igual.
De un lado, copla, folklore, flamenco en una Andalucía rebosante de aromas, luz, colores y sabores; y de otro, investigación, hipótesis científicas demostradas en la práctica experimental, hallazgos científicos buscados y no buscados —serendipity— y siempre ilusión por aprender más.
Hablemos, pues, de mis dos mundos y recordemos la penetrabilidad de ambos, con ejemplos personales en esta larga vida de alguien que ha querido siempre aprender amando y que tiene intactas sus ilusiones de seguir aprendiendo amando.
En las páginas que siguen, amigo lector, encontrarás rigor científico y verdades científicas; todo con sabor, aroma, color y sonido andaluz.
El siglo XIX es el siglo de la Ciencia, porque es en esos años cuando se realizan los grandes descubrimientos científicos y la base de toda la ciencia moderna. Es natural que los jóvenes de esa época sientan una veneración hacia la ciencia, como algo nuevo que vendrá a paliar todas las desgracias del hombre.
El árbol de la ciencia, Pio Baroja, Edición de Pío Caro Baroja, 2008
Capítulo 1
La humilde espinaca, Spinacia oleracea; sin flores ni aromas, pero con cloroplastos llenos de secretos y vida
Y así empezó todo en mi carrera científica: con espinacas como fuente de vida encerrada en sus cloroplastos, esas partículas que, como las mitocondrias, son el motor energético de la célula de plantas superiores. Era el comienzo de los años 60 del siglo XX; unos tiempos difíciles y, al mismo tiempo, felices para el estudio de mecanismos bioquímicos. Casi todo estaba por hacer en España. La Bioquímica, como rama independiente de la ciencia, no existía en nuestro país.
Para mí, un simple muchacho de pueblo, procedente de una universidad de provincias —Granada— con larga historia y tradición universitaria, sin apenas medios para investigar, pero con unos profesores que, con su incesante dedicación, llenaban de vida aulas y laboratorios, llegar al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), cuna de la ciencia y de la investigación, con medios para investigar, era un sueño.
«Desembarqué» con mi llorado amigo Antonio Cortés en el mismo edificio de la calle Serrano, 119 de Madrid; construido con el apoyo de la Fundación Rockefeller en la década de los 40 del siglo pasado. Antonio se instaló en el Instituto de Química Física Rocasolano, que ocupaba las plantas baja y primera. Allí dio sus primeros pasos en catálisis hasta convertirse en un reputado investigador, un símbolo de dignidad personal, que tanto hizo en silencio por dignificar la ciencia española y que fue admirado y querido por todos hasta su fallecimiento hace tres años. ¡Qué gran investigador, qué gran inteligencia y qué extraordinaria persona se nos fue! Conviví con Antonio en los estudios de licenciatura en Granada y seguí conviviendo durante nuestros estudios de doctorado; él haciendo ciencia «dura» en Química Física; yo, investigación mucho más amable en química de la vida. Continué admirando a mi amigo Antonio, andaluz de Almería, serio, cabal y de comportamiento rectilíneo y ético en todos los sentidos. Él decía admirarme por mi inteligencia, mi ironía y la rapidez en retratar de forma sarcástica la mediocridad que nos rodeaba, achacándome que, a veces, aun admitiendo lo certero de mis análisis, me excedía algo en mis críticas. A esto le respondía que yo era de Antequera, un pueblo seco, pegado a la montaña, y no de un dulce lugar de naranjas bañado por el Mediterráneo como su tierra almeriense.
El Instituto Alonso Barba
Mi laboratorio —el 306— se encontraba en la tercera planta del citado edificio Rockefeller. En aquel reducto pretendíamos hacer bioquímica. El instituto era pequeño y, como todo en aquella época, estaba «inundado» por los proyectos de investigación en distintas ramas de la Química Orgánica, desde el estudio de mecanismos de reacción a la química de polímeros, pasando por la química médica. He empleado la palabra reducto más que departamento; en efecto, era un reducto. Estaba feliz por encontrarme tan cerca de mi amigo de siempre, Antonio Cortés. Nuestras conversaciones científicas eran muy frecuentes en los desayunos y comidas —todo barato— que compartíamos cada día. Me agradaba, además, la proximidad del Instituto de Enseñanza Media Ramiro de Maeztu. Su nombre, su prestigio, ser cuna del mejor baloncesto del momento, el murmullo y los gritos de alegría de aquellos jóvenes estudiantes de bachillerato me hacían recordar aquel, mi humilde instituto de pueblo. A veces me sentía solemne en mi interior: yo había sido como aquellos estudiantes que alborotaban felices, pero ahora trabajaba como joven investigador en el CSIC. Nos encontrábamos, además, en la proximidad de la famosa Residencia de Estudiantes.
Las actividades científicas del Alonso Barba fueron trasladadas en 1966 al nuevo Centro de Química Orgánica Juan de la Cierva. Tuve, pues, el honor de trabajar en el Alonso Barba los últimos años de su existencia. No podré olvidar mi aprendizaje de investigador en aquella planta tercera del edificio Rockefeller, dedicada al ilustre lepero Álvaro Alonso Barba, teólogo y gran metalúrgico, con dilatada vida de investigador en Perú, donde falleció en 1662 a los 93 años. Escribió en 1640 su gran obra Arte de los metales.
Fiel a mis ideas, quería iniciar mis investigaciones en química de la vida, Bioquímica. Mis conocimientos en esta rama de la ciencia eran escasos, ya que la asignatura de Bioquímica no existía como tal en la Facultad de Ciencias granadina, en la que estudié. Lo que había aprendido lo debía al apoyo y buena disposición del profesor Granados Jarque. En el desarrollo de su asignatura, Química Orgánica II, comprendió mi tendencia e interés hacia los estudios bioquímicos y recibí todo su apoyo para organizar dentro de su asignatura algunos seminarios en los que yo exponía algunos temas de Bioquímica. La bibliografía para el estudio y preparación de dichos seminarios la consultaba en la biblioteca de la sección granadina del CSIC. Ahí empezaron mis sueños y ahí se fraguó mi ilusión y respeto hacia lo pequeño: la célula, las partículas subcelulares y las pequeñas moléculas me fascinaron siempre.
Siempre quedará en mi recuerdo mi primer seminario sobre algo que no entendíamos bien en clase: el ácido glucurónico. Me estudié a fondo toda la bibliografía que cayó en mis manos en aquel fin de semana de la fiesta de la Inmaculada, en la que todo el mundo acudía a ver la fuente iluminada de la plaza del Triunfo… y yo estudiando cómo el organismo se las arreglaba para hacer esos ácidos urónicos vehículos para la eliminación de muchos fármacos en forma de glucorónidos, por ejemplo. Antonio —siempre él— supo el esfuerzo que hice aquellos días y, en tono jocoso, me dijo: «Espero que no nos “machaques”; sobre todo, no trates con tu tono de superioridad habitual a los profesores que piensan asistir a tu seminario». No podré nunca olvidar este seminario
Y comprendí que la vida dependía esencialmente de un reducido número de pequeñas moléculas y de la luz: el oxígeno (O2), para la respiración celular; el nitrógeno (N2), fuente inagotable de proteínas gracias a esas pequeñas bacterias fijadoras de nitrógeno atmosférico en leguminosas; el agua (H2O), con oxígeno e hidrógeno en su molécula, y el dióxido de carbono (CO2), con carbono (C). El esqueleto de la gran mayoría de las moléculas de la vida se forma y robustece con sus átomos fundamentales: C, H, O, N. La gran obra de la vida se completa con un reducido grupo de átomos minoritarios, como Mn, Mg, Fe, Cu, S… y con la energía oculta y silenciosa en los fotones de la luz. La pequeñita célula se las arregla para efectuar el gran ensamblaje y, partiendo de lo pequeñito, forma las grandes macromoléculas, en las que solo aparece el consabido grupo de átomos ya mencionado. Así pues, lo pequeño, manipulado por la pequeña célula y sus partículas subcelulares, se convierte a través de procesos metabólicos en moléculas grandes y pequeñas; unas —estructurales— destinadas a formar, revestir y apuntalar el edifico celular; otras —funcionales— encargadas de catalizar los procesos metabólicos; otras actuando en forma de reserva energética y otras cumpliendo su papel de señales químicas y mediadoras de muchos procesos. Aquí quedan encerradas las bases bioquímicas de la vida y, por ende, de la salud y la enfermedad.
Cuando llegué al CSIC, aconsejado por el profesor Granados Jarque, fui a la búsqueda de lo pequeño que estaba en el origen de la vida. Por sugerencia del profesor Municio, me fijé en la molécula de nitrógeno atmosférico (N2) y en cómo esta fuente de nitrógeno era aprovechada por bacterias del género Rhizobium para formar aminoácidos y proteínas en leguminosas. Otras bacterias, del género Clostridium, también eran fijadoras de N2. Y así intenté que Clostridium pasteurianum se convirtiera en mi fiel amiga: empecé mi trabajo experimental con ilusión y esperanza de que me iba a ser posible desgranar aquella vía tan compleja que iba desde el nitrógeno atmosférico (N2) hasta aminoácidos y proteínas. Visto desde ahora, creo que hice un buen trabajo, serio y metódico, logrando sintetizar algún posible intermedio nitrogenado, enriquecido con N15, isótopo no radiactivo del nitrógeno, único marcador para seguir la pista a los intermedios biosintéticos cuya formación yo había imaginado. Pero no debí de ser muy hábil a la hora de controlar el crecimiento anaerobio de aquella variedad de Clostridium; los sucesivos ensayos de crecimiento bacteriano no suministraron ningún resultado concluyente. La pequeña molécula de N2 y el vehículo bacteriano elegido, Clostridium pasteurianum, me «dieron la espalda». Todo quedó en alguna brillante y complicada síntesis de esos posibles intermedios marcados con el isótopo 15 del nitrógeno. No hubo esta vez ni música ni aromas de júbilo. ¡Adiós a una de mis ideas luminosas!
Recuerdo con tristeza el día en el que, fracaso tras fracaso, tomé una muestra del caldo de cultivo y fui a conocer la opinión de un experto microbiólogo. Tras estudiar minuciosamente con un potente microscopio la muestra que yo le había suministrado, fue duro y contundente: «Su cultivo bacteriano, Sr. Alcaide, está contaminado por cocos. Es normal que no obtenga resultado alguno. Abandone estos estudios y déjelos en manos de los microbiólogos». Me alejé, silencioso y convencido de que los microbiólogos no serían nunca capaces de comprender y demostrar la hipótesis que con tanto mimo había elaborado. ¡Ya habrá ocasiones que me darán motivos para celebrar mis hallazgos científicos con música y alguno de mis aromas preferidos!, me dije.
Por aquel entonces eran ya archiconocidas muchas cepas de Escherichia coli, fiel e inseparable amiga del bioquímico, bacteria fácil de manejar en el laboratorio, dócil de cultivar a 37ºC y motor para escudriñar y conocer muchos procesos metabólicos. También las preparaciones de hígado de rata eran fuente inagotable para el estudio de reacciones enzimáticas a 37ºC. Pero, una vez más en mi vida, elegí —o me dieron a elegir— un camino nuevo y difícil para mis primeros trabajos de investigación, tras esos intentos negativos en los cultivos anaerobios de Clostridium pasteurianum. No quise ser uno más trabajando con E. coli o con hígado de rata. Y me enfrenté al oxígeno y a la luz.
Volví la cara de nuevo hacia el oxígeno. En esencia, mi planteamiento era simple: todas las células necesitan energía para vivir. Todas contienen mitocondrias, pero no todas contienen cloroplastos. Solo las que hacen la fotosíntesis. La generación de energía y su conservación en forma de ATP tenía lugar en la mitocondria y se llevaba a cabo en la cadena respiratoria o de transporte de electrones, actuando de aceptor final de electrones la molécula de oxígeno. Este proceso de respiración celular genera energía, que se conserva en forma de ATP, molécula de elevada energía de hidrólisis cuando se desprende de uno de sus grupos fosfatos y se convierte en ADP.
Sí, me decanté por estudiar la otra vía de generación de energía: el proceso de la fotofosforilación con cloroplastos de espinaca; es decir, la formación de ATP acoplada a la liberación de O2 en un sistema de cloroplastos. La utilización de fosfato marcado con P32, isótopo radiactivo estable de P, emisor de partículas beta, me permitiría determinar el ATP formado. Un aceptor de electrones, NADP en mi caso, y de luz harían todo lo demás… si yo trabajaba bien.
El cloroplasto constituye el mejor ejemplo para comprender la interconversión de la energía: la luz, la energía de sus fotones, captada y almacenada como una molécula química, el ATP, de elevada energía de hidrólisis, en el proceso llamado fotofosforilación.
No traicioné con mi mirada hacia el cloroplasto a mi querida mitocondria. Mi cariño y admiración hacia esa pequeña partícula citoplásmica, auténtico motor energético de la célula viva, viene de lejos y no se ha torcido por la aparición —en mi opinión, forzada— de las llamadas enfermedades mitocondriales. He sido siempre un convencido de que las mitocondrias del músculo cardíaco cumplen una doble función: proporcionan energía al corazón (es decir, vida) y le enseñan a amar.
Me incliné por estudiar cómo los cloroplastos de espinaca, en presencia de luz y de un aceptor de electrones, liberan oxígeno (O2). ¡Vida! Estos inicios, basados en la liberación de O2 procedente de la molécula de agua (H2O) y no de la molécula de CO2, gran hallazgo de Hill en 1939, supusieron un gran avance en el descubrimiento de los mecanismos fotosintéticos y, años más tarde, impulsaron y alimentaron mis sueños de investigador. Yo no sabía nada de cloroplastos.
La fotosíntesis, escuetamente definida como la asimilación del dióxido de carbono atmosférico por las plantas verdes con el concurso indispensable de la luz, acababa de ser esclarecida gracias a los trabajos de Melvin Calvin en Berkeley. Veinte años de investigación sobre la fotosíntesis le valieron a Calvin su Premio Nobel en 1961, el mismo año en que yo me incorporé al Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Se acababa de recibir en el CSIC un respirómetro de Warburg para el estudio de reacciones enzimáticas convencionales, es decir, a 37ºC. Pero casi todo en mi vida —incluidos mis proyectos de investigación— ha sido no convencional. A pesar de mi escasa habilidad manual, me entregué a desembalar, explorar y adaptar ese equipo, que no estaba preparado para los estudios que yo quería realizar y que, tras muchos quebraderos de cabeza, me iba a proporcionar los resultados esperados. En esencia, consistía en un gran baño maría, con un control de temperatura dentro de muy estrechos límites, en el que se sumergía un número de matracitos de reacción, cuyo volumen había sido escrupulosamente calibrado con mercurio. Los cambios de presión detectados por los micromanómetros de cada matracito correspondían, en mi caso, exclusivamente al oxígeno producido en la ruptura de la molécula de agua. Pasé mis dos primeros años tratando de adaptar aquel equipo para los estudios que quería realizar. Y lo logré mediante la incorporación algo chapucera de lámparas de luz blanca de una determinada longitud de onda y de un sistema de refrigeración externa en circuito cerrado que mantenía el agua del baño en el que se sumergían aquellos pequeños matraces de reacción estrictamente a 15ºC. ¡Las reacciones enzimáticas que quería controlar y seguir tenían lugar a 15ºC y no a 37ºC! Pero aquello continuaba sin funcionar; algo seguía fallando. Y ese algo eran las espinacas de uso común que yo adquiría en cualquier lugar: sus cloroplastos no mostraban actividad alguna. ¿Qué hacer? ¡Encontrar espinacas frescas!
Hube de aprender a hacer cola en el puesto de verduras que el joven Mariano tenía en el mercado de Maravillas. Cada día, Mariano me traía un manojito fresco de espinacas recién cortadas en su huerta. ¡Esas espinacas sí tenían cloroplastos funcionales! Y me enseñaron que lo que decían los libros y las publicaciones científicas era verdad: los cloroplastos aislados tienen capacidad para llevar a cabo una parte significativa del proceso fotosintético. Y pude estudiarlo, reproducirlo y demostrar que era posible inhibir todo el proceso enzimático o desacoplarlo, en sus dos fases, por acción de las moléculas químicas que yo había sintetizado a tal fin en el laboratorio: unas actuaban como inhibidores de todo el proceso y otras lo hacían parcialmente, desacoplándolo.
En este punto, dediqué un tiempo a reflexionar sobre lo que empezaba a significar para mí el término investigación científica desde aquellos primeros pasos, auténticos peldaños hacia el conocimiento de los mecanismos bioquímicos en la salud y en la enfermedad. Esos inicios me llevaron a creer que aquellos resultados sobre los mecanismos enzimáticos de la fotofosforilación en un sistema de cloroplastos aislados de espinacas, bien acogidos por revistas científicas internacionales de prestigio, habían consagrado «mi sabiduría». Aprendí a hacer la cola en un mercado de los de antes con el fin de comprar espinacas frescas —las más frescas— para mis experimentos científicos, después de tantos meses sin resultado alguno y tras oír al profesor Losada explicar cómo, cuando trabajaba en Berkeley, también tenía que hacer la cola…

Lograr que me publicaran aquellos trabajos en la biblia científica del momento (¡año 1967!), Biochimica Biophisica Acta (BBA), era ciertamente algo que fue celebrado en mi interior. Aún hoy, en 2018, al repasar la bibliografía sobre cloroplastos en Internet encontré la referencia de mi trabajo «Inhibition and uncoupling of photophosphorylation». Debo reconocer que este hallazgo ha sido muy emotivo. ¡Mis investigaciones de 1965, inamovibles y guardadas como referencia en los modernos sistemas informáticos, con vigencia casi sesenta años después!
Buen momento para recordar que aquellos hallazgos científicos coincidieron con el revuelo levantado por las declaraciones de uno de los pontífices del flamenco, superior y dogmático —Antonio Mairena—, al mostrar su enojo declarando que la caña no tenía sitio en un festival flamenco de cante jondo como el de Granada. ¡Y yo era un amante de la caña! Mi primer trabajo científico importante coincidió, pues, con el ataque dogmático contra la caña. Lógicamente, decidí celebrar mi primer éxito científico emocionadamente, a ritmo de caña y como una forma de rebelarme contra cualquier dogmatismo.
He aquí una letra para el recuerdo, magistralmente cantada por Rafael Romero, que escuché varias veces en el silencio de mi soledad:
Cuando yo canto una caña
el alma pongo en el cante
porque me acuerdo de ella
y creo que la tengo delante.
O en ritmo de polo, palo muy afín a la caña:
Soy la ciencia en el saber,
lo tengo experimentao.
De lo que antes huía
undebé me ha castigao.
Quise acompañar los sones de estos cantes, considerados «no jondos» por el gran Antonio Mairena, con algún aroma. Nardo, pensé. Y fui al mercado de Maravillas. Recurrí a mi amigo Mariano, pero esta vez no tuve suerte. Mariano me aclaró que ¡no era tiempo de nardos! Esta vez me hube de contentar con imaginar mi aroma preferido, el aroma de nardo.
Mi vida de joven investigador en Madrid
Yo era feliz y mi vida, igualmente feliz. No tenía tiempo para hacer muchas cosas. Quería aprender, investigar, leer y… seguir escuchando y aprendiendo flamenco de «las fuentes». Se decía que el mejor flamenco estaba en los tablaos de Madrid. No reparaba en las pequeñas dificultades de cada día. Estaba un poquito justo de dinero; viví el primer mes en Madrid gracias al dinero que tenía ahorrado para pagar el título de licenciado y que no tuve que desembolsar por haber logrado, sin buscarlo ni prestar atención, el ansiado por otros premio extraordinario de licenciatura. Recuerdo la expresión de tristeza de nuestro profesor D. Ricardo Granados Jarque cuando nos despidió a mi amigo Antonio y a mí con un expresivo y sentido: «Se nos van de la facultad los dos premios extraordinarios».
En mi primer mes resolví la incógnita de mi subsistencia los meses siguientes logrando dar algunas clases particulares, tres días a la semana, en horario nocturno (20.00-21.00 h) y una vez finalizado mi trabajo de investigación. No podía permitirme aún el ir a las fuentes del flamenco, pero ya estuve indagando dónde podría «recluirme» para oír y vivir de cerca esos sones que tanto me gustaban y emocionaban. El tablao El Duende se convirtió en mi elegido por varias razones: pequeñito, íntimo y regentado por Pastora Imperio, bailaora sevillana de raza y de vida tumultuosa en su juventud; y por su yerno, Gitanillo de Triana, matador de toros, que acompañó a Manolete hasta el día de su mortal cogida en la plaza de toros de Linares.
En enero de 1962 fui premiado con una beca del PIO (Patronato de Igualdad de Oportunidades) que me permitió dedicarme aún más a mis trabajos de investigación. ¡Ya no tenía obligación de detener mis actividades de laboratorio a las 19.00 h tres días a la semana!
El primer curso, 1961-1962, encontré un alojamiento en familia en el barrio de Argüelles. Se trataba de un barrio amable; de hecho, todo Madrid era amable. ¡Hasta los de pueblo nos sentíamos en casa! Únicamente se me hacía dura la lejanía con mi centro de investigación a la hora de transportar libros de estudio y consulta los fines de semana en aquel destartalado e histórico autobús 16.
El segundo curso fue todo más cómodo. La beca del PIO nos dio más seguridad y, por iniciativa de Antonio Cortés, nos aventuramos (bueno, yo le acompañaba silencioso en sus gestiones) a explorar el lujoso barrio de El Viso, no por su elegancia, sino por su proximidad con el CSIC. Y encontramos alojamiento en un chalé acondicionado para recibir estudiantes en la calle Guadiana, 5. Éramos los dos únicos doctorandos y convivíamos con estudiantes de distintas licenciaturas. Convencí a Antonio de que deberíamos dar ejemplo en todo: limpieza en nuestro comportamiento, ahínco en nuestro trabajo diario, independencia de criterio, respeto al que lo merecía, afán de superación. Transmitíamos a aquellos jóvenes que iniciaban sus estudios universitarios la seguridad de que solo así podríamos contribuir a elevar el nivel de nuestro país. Nada nuevo para nosotros que, ya en nuestras conversaciones de estudiantes en Granada, tratábamos de todos estos temas: la libertad, el nivel de estudios de nuestra facultad y el nivel cultural de nuestra universidad. No se nos escapaba hablar de lo indefinible del atractivo femenino, conversación que solía iniciar yo. Siempre era muy seguro en mis juicios y Antonio no dejaba de llamarme la atención por mi forma clara, vehemente —y a veces autoritaria y sarcástica— de expresarme, sin vericuetos ni matices de suavidad, interpretada por mis interlocutores como una demostración y un convencimiento de superioridad por mi parte. No me importa confesar que este estilo, cargado de superioridad, traté de implantarlo en aquellos jóvenes estudiantes y en otros doctorandos que se unieron a nosotros en años venideros. No podía ser de otra manera. La lucha por estos principios y los logros de los dos últimos años de licenciatura en Granada me impulsaban a seguir por el camino de lo que yo consideraba: la rectitud sin fisuras. En Granada quedaron aquellos pequeños-grandes logros que se iniciaron con una separación ideológica del SEU, apoyada por el nuevo rector, el profesor Emilio Muñoz, catedrático de Farmacología en la Facultad de Medicina, quien mantenía que cada delegado de facultad debería ser el mejor estudiante y de más prestigio de cada facultad, independiente del aparato oficial del SEU. Recuerdo que, cuando esto se alcanzó, el profesor Muñoz respiraba feliz diciendo: «Me siento como el presidente Kennedy, rodeado de la juventud más brillante de esta universidad». Estábamos con él los delegados de las cinco facultades existentes en Granada.
Aquella independencia, vista con recelo por la autoridad gubernativa local y por el gran aparato del SEU de Madrid, gozaba del apoyo del rector y sobrevivió con éxito, pese a cierta vigilancia policial casi imperceptible y al envío por parte del SEU nacional de su «hombre de choque» para resolver conflictos, Equiagaray, a hablar conmigo y averiguar qué es lo que yo quería. Y yo quería algo muy simple: libertad, independencia, nivel de estudios y nivel cultural. Creo que aquella visita de Equiagaray a la díscola Facultad de Ciencias, identificada en mi persona, tranquilizó a las autoridades de Madrid.
Se sucedieron algunos acontecimientos curiosos, como la creación de la revista Gaceta Universitaria, cuyo primer editorial lo escribí yo, con un título y un contenido considerados algo «subidos de tono e insolentes». Iba dirigido al Sr. ministro de Educación, a la sazón Rubio y García Mina, y tenía por título: «¿Hasta cuándo, señor ministro?». En él desgranaba las carencias de mi facultad, la de Ciencias. Participé muy activamente en la implantación del cineclub universitario y en todos los días festivos para celebrar el patrón de cada facultad, prestando especial atención a la festividad de San Alberto Magno, patrón de Ciencias. Y, según mi decano, el temible profesor Rancaño, contribuí a la integración de los estudiantes en la estructura y funcionamiento de la facultad. Las autoridades gubernativas debieron de ver al cabo de un tiempo que aquellos cinco humildes delegados de facultad queríamos únicamente colaborar a que nuestra histórica universidad mejorara en todo. Antonio estaba un poco alejado de estos movimientos, pero yo no dejaba de comentar y consultar con él cada paso que daba. Y de esta forma culminamos nuestra licenciatura y aparecimos en Madrid a hacer nuestro doctorado. Yo llevaba una carta de recomendación que, según las autoridades granadinas, me abriría muchas puertas. No tuve tiempo de leer su contenido antes de llegar a Madrid. Iba dirigida a Rodolfo Martín Villa y firmada por el jefe provincial del SEU de Granada. Hablaba muy bien de mí. Una vez leída, la destruí. Comprendí muy joven algo que me persiguió durante toda mi vida: esta sociedad no concebía que se hiciera algo sin esperar nada a cambio.
Tras aquel primer año de despertar a los nuevos estudios de doctorado, estábamos en aquella residencia con una veintena de jóvenes estudiantes universitarios, a los que me había propuesto servirles de guía y modelo. Establecí un plan riguroso de estudio, incluyendo un día de descanso semanal con salida al centro de Madrid. Todo era voluntario, pero la gran mayoría se integró en aquel plan. Tengo grandes recuerdos de aquellas salidas semanales. Recalábamos en un bar llamado Sherry, cercano a la plaza de Callao; yo era el responsable de que todo se desarrollara con normalidad y de que todo el grupo volviera a Guadiana, 5 en orden y sin estridencias.
A veces recalábamos en Las Palmeras, sala espectáculo con señoritas que eran exhibidas en la pista central de baile por un personaje único, cojo, con una pata de palo, que bailaba su irrepetible tango de letra:
Pobre de mí, ¿qué voy a hacer?
Con las mujeres no me puedo contener.
Las casadas, las viudas, las solteras,
para mí todas son peras
en el árbol del amor.
Este baile nos indicaba que debíamos regresar ya a casa. Lograba siempre que mi grupo abandonara el local, a veces con dificultad. Alguno se había dejado llevar por los encantos femeninos y me costaba alguna discusión poner punto final a aquel «momentáneo embelesamiento».
La Residencia de Estudiantes
A espaldas de la sede oficial del CSIC, noble edificio con espectaculares columnas, se encontraba la inexpugnable Residencia de Estudiantes, otrora famosa por ser un faro cultural que alumbraba no solo a España, sino a muchos países cuyos intelectuales venían a este centro incomparable de intercambios culturales y científicos en la Europa de entreguerras. Sería interminable mencionar los grandes nombres que frecuentaban la residencia desde su fecha de fundación por la Junta de Ampliación de Estudios en 1910. Su emplazamiento definitivo en la Colina de los Chopos se estableció en 1915, tras un rápido paso por la calle Fortuny.
He utilizado la palabra inexpugnable refiriéndome a la época negra de esta ejemplar institución. Yo, becario de investigación que estaba el día y parte de la noche en mi laboratorio tan cercano, pasaba por ese edificio que me parecía inabordable. Contigua a la entrada principal existía una vivienda custodiada permanentemente por dos «grises». Se decía que era la vivienda del director, el profesor Lorenzo Vilas, catedrático de Microbiología y reputado personaje político en el régimen de Franco. Pretendía pedirle que algunas de las muchas habitaciones desocupadas en el edificio central de la residencia fueran asignadas a los doctorandos de los laboratorios cercanos del CSIC que lo solicitaran. Nunca pude realizar mi petición. Aquella residencia semivacía seguía siendo un bastión inexpugnable en los comienzos de aquel curso 1963-1964. Comprendí más tarde que los orígenes de la residencia, su estrecha relación con la Institución Libre de Enseñanza y sus principios básicos de «ser una casa abierta a la creación, el pensamiento y el diálogo pluridisciplinar» eran motivos más que suficientes para dejar sin oxígeno a esta institución en aquel mundo de pensamiento único en el que vivíamos. Cuando supe que por allí había pasado lo más granado de la intelectualidad me hacía cruces: Einstein, Marie Curie, Falla, García Lorca, Ramón y Cajal, Unamuno y muchos otros habían estado allí. ¡Algo había que hacer!
Era por entonces ministro de Educación el profesor Lora Tamayo, gran químico orgánico que supo enseñar y crear escuela de investigadores y profesores universitarios. Era don Manuel, como le llamábamos, director del instituto en el que yo trabajaba. Y bien, un día pasé a su despacho y le planteé mi petición: alojamiento de los doctorandos del edificio Rockefeller en la infrautilizada Residencia de Estudiantes. Tras una comprobación de mis informaciones, accedió a mi petición y los siete estudiantes de doctorado nos vimos instalados en cómodas habitaciones individuales. Pudimos comprobar que aquel inexpugnable edificio estaba casi vacío. Para mí fue un sueño. ¡Vivir en el mismo edificio en el que antaño se alojaba, convivía y daba brillo a España, a Europa y al mundo con su presencia, su altura intelectual y su creatividad lo más selecto de la vida científica y cultural de aquel período 1915-1936! ¿Cómo era posible que aquel esplendor hubiera desaparecido y aquel edificio, ahora vacío de ideas y contenido, vagara en silencio, consumiendo sus días como vetusto hotel-residencia de algunos altos funcionarios del Estado y de un reducido grupo de opositores que preparaban sus oposiciones para escalar a los puestos más altos de la Administración? Sí, aquel lugar de silencio mortecino se me antojaba triste, aunque lleno de ecos pasados de esplendor. Yo, gran lector de Unamuno, me imaginaba al gran don Miguel paseando por aquellos pasillos o recostado en uno de aquellos sillones del salón principal, pensando en las últimas esencias de la vida y de la muerte. Quizá por la noche, en su habitación, de pie frente a la pared, buscaba una y otra vez esas últimas esencias, como en su casa de Salamanca, según me explicó su hija Felisa un día que me aventuré a indagar su comportamiento en aquella, su casa rectoral de la universidad. Y la melancolía que me embargaba desaparecía cuando me instalaba en el salón principal, cerca del piano en el que acostumbraban a tocar Falla y García Lorca o dejaban libre su imaginación Buñuel y Dalí. No podía creerlo: ¡yo, viviendo en aquel lugar sagrado de la intelectualidad de otro tiempo! Y con mi llegada, acompañado de mi inseparable Antonio y otros cinco, a aquel templo de otros tiempos, hoy mustio, silencioso y ausente de todo; tranquilo, eso sí, pero también los cementerios son lugares muy tranquilos… Algo había que hacer.
El primer comentario «agradable» por parte de alguno de los privilegiados inquilinos instalados en la comodidad mortecina de aquel lugar surgió nítido al vernos pasar a los siete, que veníamos de jugar un partido de fútbol, y fue: «A este paso, esta residencia se va a convertir en West Side Story». Aquello fue un aldabonazo en mi amor propio. Y decidí, con el concurso de Antonio —siempre él—, llenar de vida la residencia. Primero, con nuestros coloquios internos en el salón principal. Luego, invitando a algún personaje del cual aprendiéramos algo y que no resultara sospechoso de ser «librepensador de izquierdas» —menos aún comunista— por parte de la “siempre vigilante en la oscuridad” dirección invisible de la residencia.
No había precedentes de esas actividades culturales. Según nos dijeron, el intento de algún residente de organizar alguna actividad cultural, antes de nuestra llegada, no tuvo mucho éxito: su invitado, el gran guitarrista Narciso Yepes, no fue muy bien recibido en aquel ambiente. No obstante, continué con mi idea e hice las primeras gestiones; logré traer de invitado a don Manuel Giménez Fernández, católico nada sospechoso, miembro que fue de la CEDA y antiguo ministro de Agricultura de la República Española. Don Manuel, con su quebrada y aguda vocecita, habló con su bondad de su experiencia de ministro de la República y de catedrático de Derecho Canónico en la Universidad de Sevilla. No fueron nada fáciles aquellos inicios, pero me sentí feliz. Había contribuido con mis acciones a empezar a devolver a aquella casa algo de su dignidad. Lástima que esa etapa de transición silenciosa haya quedado oculta en la historia de la residencia.
Todo lo que he leído sobre esta singular institución abarca el período que va desde su fundación en 1910 hasta 1936. Luego hay un período de silencio absoluto hasta que en 1986 se crea el Patronato de la Fundación Residencia de Estudiantes y se establece un amplio programa de actividades. El excelente trabajo de recopilación histórica de Álvaro Ribagorda La Residencia de Estudiantes. Pedagogía, cultura y proyecto social se refiere a dos grandes capítulos: «Los años míticos de la Colina de los Chopos, 1915-1926» y «Un horizonte ilustrado, 1926-1936». Ahí se acaba todo.
Siento que hayan quedado silenciados e ignorados cincuenta años en los que un embrión de cultura fue desarrollándose en silencio, sin apoyo alguno por parte de los estamentos oficiales, más atentos y preocupados por el fantasma de liberalismo cultural que pudiere resurgir en aquellos pasillos tras los intentos de aquel reducido grupo de estudiantes de doctorado que, quizá, «entramos por la puerta de servicio», menospreciados por la autoridad del momento, en lo que fue muchos años una fortaleza inabordable. Me siento orgulloso de haber contribuido a dar otro aire y haber abierto las puertas para la entrada de nuevo oxígeno y renovación de aquel viciado aire. Atrás quedan aquellas veladas algo furtivas, casi a media luz, en la entrada del salón principal de reuniones, desde la que contemplábamos el piano «de Falla y García Lorca». Allí, en la penumbra y en silencio, escuchaba el incomparable disco de 78 rpm Antología flamenca, de Hispavox, y me emocionaba a solas con los fandangos de Huelva de «Jarrito», los aires de Cádiz de «Pericón», la caña de Rafael Romero, el polo del Niño de Almadén o la soleá de Pepe el de la Matrona. Mi vida más independiente y sin la responsabilidad de aquellos jóvenes de mi antigua residencia de El Viso me permitía ir de vez en cuando a El Duende. Acabé convenciendo a algunos amigos que pasaban por Madrid de que ese era el lugar íntimo para escuchar flamenco.
El segundo tablao de mis emociones fue Los Canasteros, de Manolo Caracol, a quien saludé en más de una ocasión. No me cansaba de escuchar aquellos tanguillos de Cádiz, magistralmente cantados por un cantaor ya mayor, cuyo nombre no era jamás anunciado y que se limitaba a cantar con gran arte aquella letra de tanguillos que empezaba por:
Con el sombrero en la mano, como persona de diplomacia,
yo te saludo, Sevilla, tierra de sal y de gracia…
Grandes y emocionados recuerdos de esos dos tablaos. Erróneamente, consideraba El Corral de la Morería como un tablao internacional, frío y desprovisto de «duende». Pasaron muchos años —más de veinte— para conocer la esencia más pura del flamenco en este lugar.
Mi estancia en la residencia, bruscamente interrumpida por un error administrativo que me transportó como soldado de reemplazo al antiguo Sahara español, quedó grabada en mi vida de investigador. Volví y no olvidaré mis pequeños coloquios y mis conversaciones con ilustres profesores que se alojaban en la residencia, como aquel profesor de la Universidad de Chicago que en su juventud había frecuentado la residencia, había colaborado con Unamuno y me contaba, emocionado, cosas de don Miguel. ¡Y yo estaba viviendo mi época más unamuniana!
También frecuenté la residencia en mis visitas a Madrid desde mis diferentes lugares del extranjero, entre los años 1966 y 1975, y ya se vislumbraba una atmósfera más abierta. Siempre recomendaba a mis amigos investigadores y profesores universitarios en centros de otros países que se alojaran en la residencia. Seguían hospedados allí, ya en minoría, algunos de los personajes que conocí cuando, acompañado de mis amigos doctorandos, aparecimos en aquel «palacio prohibido». La prudencia me hace silenciar sus nombres. Simplemente diré que aquellos jóvenes investigadores que llegamos a la casa no éramos una emanación de West Side Story, sino un grupo inquieto por contribuir a impulsar un cambio en los estilos científico, cultural e intelectual que necesitaba nuestro país. Y así llegamos a 1986, con la creación del patronato que rige hoy las actividades de este gran centro. Nuestro paso por el mismo y nuestra humilde aportación quedaron silenciados en la «tierra de nadie» que cubre el período 1936-1986.
Algo más sobre mi vida de joven investigador en Madrid
Estudio y más estudio fue mi vida de doctorando en Madrid. No muy distinta de mi vida de estudiante universitario en Granada. Reconozco ahora que sobró algo de solemnidad y rigidez de principios en aquella vida y faltó algo de frivolidad. Aunque es cierto que el flamenco llenaba mis ratos libres, no solo con la belleza de sus sonidos, sino con el contenido de sus letras, el compás, la importancia de una guitarra, el ritmo de unas palmas bien dadas y el taconeo justo del bailaor o bailaora. En esos años empecé a aprender de forma autodidacta todos estos matices que completé con mis audiciones y seminarios de aprendizaje de flamenco en… París. En ellos, actuaba de profesor, junto con mi amigo Pepe López, físico nuclear y gran guitarrista. La vieja grabación de Hispavox me acompañó a todos los lugares.
Me interesé en esta época madrileña por los orígenes e historia del flamenco… y de la tauromaquia. ¡Quién me iba a decir que, pasados bastantes años, iba a ser invitado como conferenciante sobre estos dos temas en foros de postín! Mientras tanto, tomé estos dos temas, de gran contenido histórico y cultural y de gran belleza plástica, como objetos de estudio y como tales los incorporé a mi vida.
En aquel lúgubre rincón del salón principal de la Residencia de Estudiantes trataba yo de crear un clima de discusión cultural, quizá con la vehemencia «del que siempre está en posesión de la verdad». Una y otra vez explicaba que teníamos la obligación de «destacar como muy buenos» y servir de ejemplo, no solo en el laboratorio, sino en la residencia y en nuestra vida privada. Era inflexible en lo que yo consideraba postulados éticos, intransigente con los cantos de sirena de un sistema político que nos quería atraer y tener cerca con sus «golosinas». ¡No! Exhortaba a los que me oían a que tenían que hacer un brillante doctorado para salir al extranjero y continuar su formación en igualdad de condiciones con los investigadores del lugar. Y así lo hicimos los dos de siempre, los dos Antonios: Antonio Cortés a Escocia y yo a París. Así acabó nuestro deambular como doctorandos en el CSIC.
Con Antonio tenía algunas conversaciones más íntimas sobre «lo indefinible del atractivo femenino», expresión que he utilizado desde mi adolescencia. No me gustaba oír hablar de la mujer como un posible «objeto de deseo». Mantenía que el atractivo femenino era muy difícil de definir. Desde luego, no estribaba en la belleza física. Era eso, indefinible. Y era importante tener sumo cuidado con lo indefinible de la mujer atractiva: había que alejarse de ella para que no supusiera un obstáculo serio en nuestra carrera de investigador. Es el mismo principio que mantuve también en los años de licenciatura en Granada. Nunca llegué a convencer a mi amigo, por mucho que le explicara que, tanto en mi etapa universitaria como ya de joven investigador, había conocido a mujeres de «innegable e indefinible atractivo», lo suficientemente interesantes como para mantenerse lejos de ellas.
Resumamos, pues, aquí mi simple y solemne vida de estudioso estudiante en mi facultad granadina, completada con mi paso, también solemne, por el CSIC en mis años de doctorado. Vida llena de estudio y aprendizaje científico, creo que brillante; etapa unamuniana y de aproximación al flamenco y a la fiesta de los toros, fiesta nacional, término con una raíz histórica, analizado y estudiado precisamente por Unamuno. Y, ¡cómo no!, siempre enamorado en la lejanía de lo indefinible del atractivo femenino.
No olvidaré decir que el último año de mi trabajo de tesis doctoral, ya con cierta madurez científica y humana, empecé a comprender que en la vida hay golpes bajos y que el mundo de la investigación no era el paraíso que yo había imaginado. Pequeñas y grandes ambiciones, bajas y elevadas ambiciones; pero ambiciones, al fin y al cabo. Decidí hacer caso omiso a todo lo feo que me rodeaba y preferí seguir soñando.
…pero una vez que la primera planta se las arregló para abrirse paso hasta la tierra, bastaron unos pocos millones de años para que todos los continentes se volvieran verdes…
La memoria secreta de las hojas, Hope Jahren, 2017
Capítulo 2
Las plantas: un mundo de fantasía
Y de esta forma culminó sus estudios de doctorado y obtuvo el —ansiado para muchos— título de doctor aquel estudioso muchacho de pueblo que venía de una universidad de provincias y que, según sus profesores, tanto brilló en las asignaturas de doctorado y tan airoso salió de sus complicados proyectos de investigación. A decir verdad, me metí en aquellos berenjenales y pude salir de ellos con dignidad científica. Aquello no tenía nada que ver con el Escherichia Coli y nadie en el Instituto Alonso Barba tenía experiencia en el trabajo experimental con cloroplastos o Clostridium. Mis fracasos y mis éxitos fueron míos.
Y ¿qué hacer ahora? Tenía muy claro que ese doctorado que acababa de lograr era mi salvoconducto para ir a otros centros a seguir aprendiendo. Yo había hecho investigación bioquímica entrando por la «puerta de atrás». La Bioquímica no existía como tal disciplina. Todo lo que sonaba, olía o pretendía llevar incorporado el prefijo «bio» estaba condenado. Se decía que se trataba de un tic de índole ético-religiosa. Algo así como: «El término “bio” tiene que ver con vida y la vida solo puede ser estudiada bajo un prisma religioso católico. ¿Adonde nos llevarían estos científicos si empiezan a investigar y a hablar de la vida bajo un prisma materialista?». Ese razonamiento lo había oído a destacados miembros de la ciencia española en aquella época. No existían en mi época estudios de Biología como licenciatura independiente. Sí de Geología, quizá porque no era considerada «éticamente peligrosa»: estudiaba cosas inanimadas, sin vida. La Facultad de Ciencias de la Universidad Complutense se escindió en 1974 y tomó cuerpo propio la Facultad de Biológicas, junto con las de Geológicas, Matemáticas, Física y Química.
Los grandes grupos de Química Orgánica pujaban, por otra parte, por mantener los estudios de Bioquímica dentro de la Química Orgánica. El presidente de mi tribunal de tesis doctoral fue el profesor Manuel Lora Tamayo, químico orgánico de prestigio, pero químico orgánico. De hecho, mi director de tesis doctoral, Dr. Martín Municio, quien optó en varias ocasiones a una cátedra universitaria, debió hacerlo con mil argucias; por ejemplo, con una memoria de cátedra de «Química Fisiológica». Todo para evitar la palabra «Bioquímica». Y todo esto tenía lugar en 1966, año en el que obtuve mi título de doctor en Ciencias.
Este ambiente enrarecido sirvió para apoyar mi decisión de salir de España y seguir formándome. No podía permitir convertirme en un joven e inexperto catedrático por dos razones. Una, de índole profesional: necesitaba continuar mi formación científica y humana para así poder enseñar un día con rigor y mucha más base científica. Otra, de índole ideológica: no estaba dispuesto a acatar los principios fundamentales del Movimiento, por la simple razón de que siempre pensé en una enseñanza de calidad, absolutamente independiente de cualquier ideología. Cuando se intenta supeditar la ciencia a una determinada ideología, el fracaso es estrepitoso y el retraso en el conocimiento, letal para la sociedad. Hace unos años, un profesor amigo de la Facultad de Medicina de Moscú se quejaba del retraso de la Bioquímica rusa porque al principio de los años 60 se declaró oficialmente a la moderna Biología Molecular de Jacob, Monod y Lwoff como una ciencia burguesa. De nuevo un condicionante ideológico; una vez más el miedo a todo lo «bio» y un retraso monumental en el desarrollo científico.
Estos eran mis pensamientos en aquellos últimos meses en España. Leí mi tesis doctoral a mediados de octubre de 1966 y recuerdo que, horas después de ese acto y de haber obtenido el grado de doctor en Ciencias con la calificación cum laude, tomé el avión hacia París. ¡Sí, hacia París! Una auténtica sorpresa en mi vida, ya que nunca pensé en ir a Francia a continuar mi formación. Pero…
Siempre soñé en mi vida de joven investigador con dar el salto a Canadá, una vez hubiera obtenido mi título de doctor PhD. Tenía muy claro que para continuar enriqueciéndome como investigador en el extranjero debía hacerlo con la cara bien alta, y esa «altura de cara» la daba siempre el título de doctor PhD, especialmente en los países anglosajones. Mientras que en Francia y en países francófonos el tratamiento monsieur englobaba a todo el mundo, en los anglófonos se hacía un tratamiento casi reverencial a alguien en posesión de un PhD. Doctor, Dr., marcaba la diferencia frente al tratamiento normal Mr. Doctor o mister.
Quería perderme lejos, muy lejos, en los fríos de Alberta, una de cuyas universidades, la de Edmonton, gozaba de gran prestigio. Allí llegaría con mi flamante PhD y me tratarían como Doctor. ¡Y seguiría aprendiendo y, además, pescaría truchas y salmones! Y la música y canciones de mis discos sonarían de forma muy especial y nítida en la inmensidad de aquellas soledades heladas. No habría nardos, pero soñaría con su aroma. Leía todo sobre Canadá y llegué a estar obsesionado con el organismo canadiense que englobaba todas las actividades de investigación en biología marina: The Fisheries Research Board. Estaba seguro de aparecer por allí como doctor Alcaide y ser respetado como tal, con mi buen inglés, que me había encargado de aprender bien en mis ratos libres. Pero mi secreto proyecto canadiense se quedó en un sueño. Se interpuso París y aquel instituto de investigación, paraíso del estudio con plantas. Sí, París fue llenando mi vida, tanto que en mis momentos de desánimo rememoro la película Casablanca y susurro, como Humphrey Bogart: «Siempre me quedará París».
Un día, cercano ya a la fecha de defensa de mi tesis doctoral, mi director de tesis, el doctor Ángel Martín Municio, me aconsejó buscar otros aires fuera de España y me recomendó ir al centro de élite científica francés, modélico y referencia mundial en aquel año 1966, el Institut de Chimie des Substances Naturelles, en Gif sur Yvette, departamento de Essone (Seine et Oise), en las afueras de París y perteneciente al CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique). ¿Y por qué a este gran e inigualable centro? Porque la Chimie Biologique —tampoco se empleaba en Francia la terminología Biochimie— adquirió una nueva dimensión al incorporarse a los estudios de las transformaciones biológicas las técnicas modernas de estudios estructurales y mecanismos de reacción: cromatografía de gases, espectrometría de masas, resonancia nuclear magnética y difracción de rayos X. Me vi obligado a decir adiós a mis secretos sueños canadienses y a empezar a estudiar francés.
El Institut de Chimie des Substances Naturelles
Es uno de los centros de investigación pertenecientes al CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique). Construido en el valle de Chevreuse, en el dominio de 67 hectáreas que el CNRS adquirió en 1946. En este dominio se implantó el grupo de laboratorios de investigación de Gif sur Yvette, nombre del pequeño pueblo en el que se halla asentado este conjunto de centros de investigación. A él se llegaba en tren, la famosa ligne de Sceaux, rebautizada años más tarde como RER (Reseau Express Régional). ¡Nadie como los franceses para encontrar denominaciones imperiales para lo que sea!
El instituto comenzó a funcionar en diciembre de 1960. En 1965, el número de personas que trabajaban en el mismo era de 250, de las cuales 130 eran investigadores franceses y veinte de otros países. El resto estaba constituido por técnicos de laboratorio y personal auxiliar. El instituto fue creado con el objetivo de reunir en un mismo centro diferentes grupos de investigadores dedicados a la química de substancias naturales, dispersos en París en laboratorios de insuficiente capacidad hasta aquel momento. Un ala del edificio estaba dedicada al estudio de alcaloides de distintos tipos y orígenes. La otra ala estaba dedicada a las investigaciones en Química Biológica (Chimie Biologique): estructura y biogénesis de compuestos de origen microbiano, vegetal y animal. Esta ala, dirigida por el profesor Edgar Lederer, fue la que atrajo la atención del Dr. Municio. Era realmente una tentación y un honor ir a este gran centro de investigación. Lederer aceptó mi solicitud para proseguir mis trabajos de investigación en su centro. Aprendí todo el francés que pude, aprovechando las enseñanzas de Merche —más tarde mi mujer— y mi buen oído musical para los idiomas. Y salí para París con mi título de doctor en Ciencias; mi retrato de Unamuno pintado por el gran artista, gran amigo y mejor persona Ángel Calle; la confirmación de mi habitación reservada en la Casa de España, enclavada en la Cité Internationale Universitaire; una humilde beca francesa de investigación de seiscientos francos franceses y mi maleta llena de ilusiones científicas.
Todo iba a ser nuevo para mí: nuevo idioma y nuevas investigaciones en un centro de excelencia en el que iba a colaborar a desarrollar la nueva Bioquímica, muy apoyada en técnicas analíticas de vanguardia que iban a precisar un trabajo fino de aislamiento, purificación y determinación estructural con las técnicas más sofisticadas del momento. Adiós a la Bioquímica de las determinaciones espectrométricas indirectas —con y sin color— y bienvenida respetuosa y emocionada a la Bioquímica más directa, esa Bioquímica que obligaba a grandes esfuerzos de determinación estructural de cada intermedio postulado en cualquier proceso de biogénesis. Así pensaba en el vuelo a París, así pensé aquella primera noche en mi habitación del Colegio de España y así fui pensando todo el trayecto en el tren (metro) de París a Gif sur Yvette y en mi largo paseo desde la estación de Gif hasta el Institut de Chimie des Substances Naturelles para entrevistarme con el profesor Lederer.
¿Qué recuerdos tengo de aquel primer día en mi nuevo centro de investigación? Cuatro fundamentales: tres durante mi largo paseo desde la estación de Gif al instituto y uno de mi primera entrevista en el despacho del profesor Lederer. Era un primoroso día de octubre, típico del otoño de la región parisina, con la penetrante humedad de aquella neblina que se iba disipando bajo el influjo de los rayos de sol, bordeé la verja bien cerrada con doble candado que protegía unos bucólicos estanques, a mi izquierda. A mi derecha, unos caprichosos jardines franceses muy recortaditos que subían en leve pendiente hasta un imponente castillo, guardián del bosque, sobre una de cuyas laderas se asentaban los distintos centros de investigación ubicados en el parque. Mi instituto de investigación se encontraba al fondo de aquel terreno en forma de herradura. A mitad de camino, hacia la derecha, el phytotron. Estanques, castillo y phytotron me dejaron algo perplejo. ¡Qué bien sabían sacar provecho de la belleza de cualquier rincón estos franceses y qué arte para mostrar la belleza exterior de lugares y cosas! En aquel paseo dentro del recinto de los centros de investigación del CNRS había dejado ir mis sentidos paladeando los bucólicos estanques, el castillo y sus jardines y el phytotron. Me faltaba lo más importante: la reunión en el despacho del profesor Lederer para hablar de proyectos científicos. Aunque mi paso por las instalaciones del phytotron, con aquella exuberancia de luz y de plantas, me hizo pensar que aquello iba en serio, muy en serio, cuando supe qué era ese phytotron.
En aquel, mi primer paseo, quedé deslumbrado e intrigado por lo que veían mis ojos: un gran laboratorio compuesto por varios invernaderos en los que veía plantas cuyo crecimiento estaba en estudio. Mi visión quedó empequeñecida por la realidad, ya que se trataba de sofisticados invernaderos —superserres en francés— en los que el control de luz, temperatura, humedad, calidad del aire, intensidad del viento, pluviosidad y niebla eran estrictos. Esto era el phytotron, cuyo funcionamiento comenzó en 1961 con un primer superserre y llegó a convertirse en 1968-1969 en la instalación de más costoso funcionamiento del CNRS.
Aquella mañana luminosa de octubre, al pasar junto al phytotron[1] , me vi inmerso en ese mundo de fantasía que son las plantas. ¿Llegaría yo a usar aquellas instalaciones para crecer alguna planta en mis futuros trabajos de investigación? ¿Llegaría a conocer a los técnicos que, con todo escrúpulo y rigor, se ocupaban de los cuidados de esas plantas en crecimiento?
La respuesta a ambas preguntas es afirmativa, y por muy distintas razones, científicas y no científicas. Con estos pensamientos me fui acercando al Institut de Chimie des Substances Naturelles, en el que me esperaba el profesor Lederer.
Me recibió su secretaria, Nadine, mujer muy elegante, atractiva y con mucha personalidad, que me recordó a una de mis musas del cine francés, Michelle Morgan. Supe años más tarde que la bella Nadine puso fin a sus días. Triste final de una mujer tan inteligente y atractiva. Nadine me introdujo en el gran despacho de Lederer, lugar en el que tantas discusiones científicas tuve a lo largo de los años y en el que a tantos resultados discutí su sentido científico. ¡Cuánto aprendí del propio Lederer y de otros investigadores que sabían más que yo!
El profesor Lederer me explicó brevemente las líneas de investigación que se seguían en el instituto, suministrándome las publicaciones científicas más relevantes en varios dominios científicos: ácidos micólicos de paredes bacterianas (mycobacteria, por ejemplo), azúcares, ácidos de estructura próxima al ácido araquidónico, secuenciación de péptidos dirigida a la determinación estructural de proteínas, mecanismos de C-metilaciones por S-adenosilmetionina en serie esteroidea, estudios estructurales de intermedios en la biogénesis de esteroles en plantas, etc. Aprovechó el profesor Lederer para recalcarme que la Chimie Biologique tendría que apoyarse cada vez más en métodos físicos potentes que permitieran el aislamiento, purificación y determinación estructural de los productos intermedios de los procesos biogenéticos. Cromatografía de gases y en capa fina, espectrometría de masas, RMN y difracción de rayos X eran técnicas de uso común en el instituto. Cuando el material biológico de partida era una planta, podríamos contar con el phytotron, creado con el fin de «disponer de medios de cultivo experimental de plantas a cualquier dimensión y con previsión absoluta del control de factores físicos y químicos del medio». A medida que el profesor Lederer desgranaba los proyectos de investigación en los que podría incluirme como investigador, mi decisión estaba ya tomada: trabajaría en los mecanismos biogenéticos de fitoesteroles; es decir, esteroles de plantas, dentro del propio instituto, con todas las técnicas más avanzadas del momento.
Tendría acceso a las plantas provenientes de países africanos francófonos como Madagascar, Costa de Marfil y Camerún; podría contar con los servicios del phytotron, que llegó a superar en tecnología al del California Institute of Technology, y con las algas e invertebrados marinos de la estación marina de Roscoff, en Bretaña, lugar con un clima amable y aguas aún más amables para muchas especies por su proximidad con la corriente del Golfo. También estaban disponibles y dentro del propio instituto todas las técnicas más avanzadas del momento.
Partí con todas las publicaciones suministradas por Lederer a refugiarme en la biblioteca, las estudié y, a la mañana siguiente, le esbocé mi plan de trabajo, complejo y relacionado con el estudio de las vías de biosíntesis de fitoesteroles en plantas de muy diverso grado de evolución.
Me sería asignado un espacio amplio para mi trabajo experimental y un pequeño rincón para escribir mis notas de laboratorio y pensar en el laboratorio dirigido por Michel Barbier. Mi llegada a este laboratorio dio un impulso y un cambio de aire a todo. Venía con mi título de doctor en Chimie Biologique, con ganas de trabajar y de abrir una nueva línea de investigación original, briosa e ilusionante.
Y ¿por qué tanto entusiasmo? Quizá porque lo tenía todo para investigar, empezando por ese mundo de fantasía que constituyen las plantas. Pensaba que existían en aquel momento dos millones de especies vegetales —podíamos considerarnos viviendo en un mundo rodeados de plantas— e imaginaba las reacciones hacia ese mundo de muy diversas personas: el pintor se acercaría a él admirando la belleza plástica de lo que ve; el escritor inspirado podría dedicar unos párrafos poéticos; el cantante, esbozando una canción llena de ternura, resaltando la belleza que le rodea; el químico orgánico de productos naturales vería en ese mundo una fuente inagotable de estructuras químicas; el investigador que busca compuestos químicos con actividad farmacológica soñaría con aislar algún nuevo compuesto para ensayarlo en alguna enfermedad. En todos estos casos hay testimonios, ya sea de un cuadro con una planta o una flor (Monet con sus girasoles y amapolas); de un texto poético (Muñoz Rojas alabando la hoja fina y lujuriosa de la lila o resaltando los goterones de ternura de una encina floreciendo); de una canción como L’important c’est la rose, de Gilbert Becaud; de alguna estructura química como la de los alcaloides indólicos, sueño de Potier y sus colaboradores; o de un taxano como el docetaxel, gran aportación en quimioterapia para muchos enfermos de cáncer, también debida a Potier y su grupo.
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Imaginaba todo esto cuando yo, como bioquímico, también me acercaba a ese mundo. ¿En qué pensaba? Contemplaba las plantas como un universo de mecanismos bioquímicos inexplorados que había que estudiar. Y a ello me puse. Me atrajo desde el principio el mundo de los fitoesteroles por la complejidad de las rutas bioquímicas que imaginaba, y creo que llegué en el justo momento para contribuir a su esclarecimiento. Y me encontraba tan seguro de mí mismo y en un laboratorio de tan buen ambiente que proclamé al poco tiempo de mi llegada: «Desde hoy este será le laboratoire de la science et de l’amour».
Eran los años dorados de la investigación académica en torno al colesterol, molécula de 27 átomos de carbono con una estructura cíclica muy original, englobando diecinueve de esos átomos de C y una cadena lateral de ocho átomos de C. Un auténtico bello capricho de la naturaleza, convertido injustamente a lo largo de los años en «el malo de la película». La ruta completa de la biosíntesis del colesterol en mamíferos, partiendo de un fragmento de dos átomos de carbono (acetilCoA), había sido elucidada en aquellos años. Se trataba de una ruta biosintética limpia, sin sorpresas, sin recovecos, típica —al mismo tiempo— de la simplicidad y de la complejidad celular: un ejemplo de cómo la célula sana elabora sus moléculas poco a poco, con suavidad, siempre igual, sin equivocarse.
Poco se sabía del colesterol y otros esteroles en el mundo vegetal. Una vez más me encontré solo en ese mundo en el que los amantes del estudio de mecanismos bioquímicos preferían la comodidad de la utilización de otros materiales biológicos menos complicados que las plantas. Y en seguida comprendí la razón: las plantas contienen una fracción de esteroles de 27, 28 y 29 átomos de carbono con distintas insaturaciones y fragmentos de uno o dos carbonos en la posición 24 de la cadena lateral y cierta complejidad estructural en las etapas intermedias. Un arduo trabajo que obligaba a minuciosos experimentos de extracción, purificación, separación de cada componente, determinación de cada estructura química, previos a las etapas propias de demostración de las rutas de biosíntesis. Este ingente trabajo era posible gracias al apoyo combinado de la estación marina de Roscoff y los expertos científicos del phytotron, a la hora de suministrar las especies vegetales, y al arte que desplegábamos en el laboratoire de la science et de l’amour. Ciencia y arte combinados.
La estación marina de Roscoff me suministró bellas algas rojas que me permitieron demostrar la existencia de colesterol como esterol mayoritario en un vegetal. Recurrí al phytotron para los estudios que llevé a cabo con plantas de tabaco sobre las rutas de biosíntesis de fitoesteroles habituales y con los ramilletes de espinacas frescas —una vez más, espinacas— sobre los estudios de biosíntesis de un esterol de estructura caprichosa, el α-espinasterol. Mis pesquisas en mis solitarios paseos por el bosque de Gif (la fôret du chateua) y las búsquedas más organizadas en Fontainebleau me proporcionaron excelentes ejemplares del helecho común Polypodium vulgare, un filón para estudios de biosíntesis de nuevas estructuras. Igual que el polen del cactus gigante de Arizona. Un sinfín de vías metabólicas confirmando mis hipótesis.
De esta forma fue posible ir cercando ese pequeño y sorprendente mundo de los esteroles de plantas superiores e ir implicando en este proyecto de investigación a varios grupos franceses, ingleses y norteamericanos. El campo de estudio que había elegido era tan frondoso como el propio reino vegetal. A diferencia de la biosíntesis del colesterol animal —rectilínea, sin fisuras y sin regates desde sus inicios metabólicos—, las células vegetales tienen varios caminos para sintetizar sus esteroles en C27, C28 y C29: uno de ellos preferencial y los restantes posibles, en un sistema adaptable y adaptado a cada condición particular de la evolución. La filosofía del planteamiento de todas las hipótesis de trabajo resultó ser muy coherente y tan compleja como la propia naturaleza. El carbono número 24 de la cadena lateral fue objeto de uno de los brillantes capítulos de la Bioquímica: las metilaciones biológicas por el donador universal de metilos, la S-adenosilmetionina. Los estudios estructurales permitieron definir los requerimientos estructurales para que el proceso de la metilación en ese átomo de carbono tuviera lugar.
Fueron años de ilusión, de trabajar sin descanso, de dar rienda suelta a la imaginación y de disfrute con cada nuevo resultado. En más de una ocasión veía amanecer en el laboratorio, algo somnoliento pero siempre luchando por arañar la última posibilidad de una nueva purificación, la última interpretación de un nuevo pico en un registro de cromatografía de gases. Más de una madrugada se llenaba en sueños de música de mi tierra: alegres fandangos o tristes peteneras. Pero el avance de nuestro conocimiento era imparable y las posibles vías que conducían a esteroles con 27, 28 y 29 átomos de carbono iban siendo aclaradas paso a paso.
El curioso esterol con 26 átomos de carbono
Las rutas metabólicas que conducían a los esteroles habituales con 27, 28 y 29 átomos de carbono en plantas empezaban a estar bien asentadas. Nunca se había pensado en un esterol con 26 átomos de carbono, uno menos que el colesterol. Un día, analizando el perfil lipídico de una muestra de extracto de Halocynthia roretzi —invertebrado marino— recibida de la Universidad de Sendai (Japón), empezó a surgir la sorpresa. Al parecer, estos extractos poseían propiedades afrodisíacas y mis amigos de Sendai me pedían que les echara un vistazo por si identificaba algo a lo que atribuir esa propiedad. Vislumbré trazas de algo que podría contener menos de 27 átomos de carbono. Creí en la suerte de lo inesperado y me entregué a aislar aquello, convencido de que podría ser algo nuevo. Dediqué tres días con sus tres noches y madrugadas a aislar algunos cristalitos de aquel compuesto mediante repetidas inyecciones del extracto purificado en el cromatógrafo de gases, en cuya salida colocaba, a cada inyección, un pequeño tubo capilar para recoger las trazas de producto que era detectado antes del colesterol. En ese tiempo hice unas doscientas inyecciones. El lunes a primera hora, exhausto, obtuve la confirmación estructural de aquel extraño esterol con 26 átomos de carbono. Bastaron aquellos cristalitos que había guardado cuidadosamente en un pequeño tubo capilar. Aquel amanecer radiante en la verde ladera del bosque de Gif recordé a la Paquera de Jerez en su bravío fandango de Huelva de letra:
Colores.
Ya viene la luz del día
cubierta de mil colores.
¿Qué tendrá mi Andalucía
que se despiertan las flores
cantando por bulerías?
Aquella mañana, cansado y con sueño, esperaba impaciente el resultado de la espectrometría de masas. Tenía razón: el producto era, en efecto, un esterol con un átomo de carbono menos que el colesterol. Me imaginé los colores de mi Andalucía y las flores que se despertaron conmigo aquel lunes…
Nunca supe cómo se formaba aquel misterioso esterol con ٢٦ átomos de carbono, uno menos que el colesterol. Sabiendo que los invertebrados no tienen capacidad para sintetizar sus propios esteroles, mis esfuerzos se centraron en los estudios de biosíntesis llevados a cabo con fitoplancton, primer eslabón de la cadena alimenticia. Los esfuerzos y la profesionalidad de los técnicos del buque oceanográfico Pluteus, fondeado en las cercanías de la estación de biología marina de Roscoff, no nos permitieron avanzar en los estudios con muestras frescas de fitoplancton. Me queda el honor del aislamiento de una nueva entidad química cuyo origen biosintético no pude demostrar. Fue un Miércoles Santo cuando decidí abandonar mis estudios de biosíntesis del esterol en C26; recuerdo que era una tarde-noche fría, negra y triste cuando desembarqué del Pluteus en el pequeño puerto de Roscoff. Atrás quedaban unos ilusionantes días a la búsqueda de este esterol en algas unicelulares del lugar. Solo se me ocurría recordar la letra de la petenera que empieza:
Llorando y en penitencia…
Así terminé la aventura de aquel raro esterol. Era Semana Santa.
Mi segundo doctorado en Bioquímica —Chimie Biologique—
Desde mi llegada a Francia me fui familiarizando con la organización y estratificación de la enseñanza universitaria y la investigación. El Institut de Chimie des Substances Naturelles no era muy diferente en su funcionamiento de mi querido Alonso Barba español. Sí en dimensión y en medios técnicos: RMN, espectrometría de masas y difracción de rayos X eran técnicas de uso común en Gif. Cuando abandoné España se acababa de recibir el primer equipo de RMN y aún estaba sin desembalar. El número de investigadores y de estudiantes de doctorado era muy superior en Gif. Y estos estudiantes de doctorado hacían sus trabajos de investigación encaminados a la obtención de su doctorado de tercer ciclo, equivalente a nuestro doctorado español de siempre. Supe que había en Francia otros dos doctorados: uno, el «superdoctorado» de las élites, el famoso Doctorat d’État; otro, más «liviano», otorgaba el título de Docteur de l’Université. Estos tres tipos de doctorado coexistían. Nunca pensé en optar a ese superdoctorado, pero los acontecimientos me empujaron a obtenerlo para «no tener que envidiar nada a nadie». Tenía ya conseguido mi puesto de investigador en el CNRS, pero no admitiría comentario alguno displicente sobre mi doctorado español. Para los franceses era un doctorado de tercer ciclo, como el doctorado normal francés, pero… no dejaba de ser español.
Decidí, pues, confirmar mi brillantez —según los comentarios que oía a mi alrededor— con este nuevo «galardón» a mi carrera científica. Y obtuve el doctorado, tan envidiado y vanagloriado por muchos, Dr ès Sc., con la máxima calificación y honores. Me convertí sin desearlo en «bidoctor».
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