Читать книгу: «La jugada de mi vida»
CUBIERTA
Es un orgullo que un futbolista como él haya llegado a lo más alto.
Laudrup
Su forma de girar: eso lo hace realmente único.
Silva
Fíjate en Andrés, mira cómo es, mira cómo lleva la fama, mira su humildad.
Cazorla
Es una persona que me produce ternura y admiración.
Jessica
Se hace querer.
Carlos García
Te enseña a jugar la pelota.
Riquelme
Piensas que lo vas a atrapar, pero siempre se acaba yendo.
Messi
A veces parece brasileño, un jugador de los de antes.
Neymar
Se expresa con el balón. Tiene ojos en la nuca.
Luis Suárez
Nos entendemos con la mirada.
Busquets
Sabemos que al día siguiente volverá a hacer otro partidazo.
Alves
Te cimbrea con su cuerpo, ni siquiera necesita mover el balón.
Mascherano
No sabes por qué, pero tiene esa capacidad para calmarte.
Pedro
Te da una sensación que no se puede medir. Es el juego, es el fútbol.
Piqué
Ni grita ni echa broncas, es un líder diferente.
Jordi Alba
Su silencio me ayuda y sus rarezas me gustan.
Bartra
Todos vimos llorar a Andrés, llorar en silencio, pero se ha convertido en una roca.
Valdés
Siempre sabe salir del peor de los problemas.
Abidal
En el campo es un líder, un líder natural, un líder silencioso. Andrés tiene ángel.
Xavi
Cuando lo tienes enfrente, te toca sufrir.
Sergio Ramos
No se podría haber encontrado a nadie mejor para firmar el gol del Mundial.
Fernando Torres
Si alguien se porta bien con él, lo recordará siempre.
Sostres
Cuando se lo cree, tiene energía y fuerza, sabes que te va a responder.
Casillas
Andrés no corre, Andrés se desliza.
Pep Guardiola
No habla, pero no tiene un pelo de tonto. Cala enseguida a la gente.
Del Bosque
Es un ejemplo, un futbolista único, indiscutible.
Luis Enrique
Nadie le ha regalado nada. Se ha ganado los galones solito.
Pere Guardiola
Disfruta con el silencio, huye del alboroto, goza de su intimidad.
Borrás
Andrés es lo que se ve, es transparente.
Maribel Iniesta
Aquel día tuve la sensación de haberlo conocido desde siempre.
Anna Ortiz
Fue muy valiente, mucho. No sé cuántos niños habrían hecho algo así.
José Antonio Iniesta
No sé de dónde saca esa tranquilidad porque por dentro es como yo.
Mari
SOBRE MARCOS LÓPEZ Y RAMON BESA
Marcos López (Huércal-Overa, Almería, 1965), redactor de El Periódico, y Ramon Besa (Perafita, Barcelona, 1958), redactor jefe de El País, son dos periodistas que cubren con regularidad la información que genera el FC Barcelona. Ambos comparten una mirada similar sobre la vida del club y el juego del equipo, como se advierte en sus crónicas y, también, en sus análisis para medios audiovisuales, sobre todo la Cadena SER. El libro La jugada de mi vida y su admiración por Andrés Iniesta les ha permitido cumplir el sueño de trabajar juntos y ratificar que coinciden en su manera de entender y narrar el fútbol. Esta obra ha consolidado una vieja amistad forjada en el Camp Nou.
ANDRÉS INIESTA
LA JUGADA DE MI VIDA
MEMORIAS
CON LA COLABORACIÓN
DE RAMON BESA Y MARCOS LÓPEZ

BARCELONA MÉXICO BUENOS AIRES NUEVA YORK
DEDICATORIAS
A ANNA
Por ser como eres, por quererme como lo haces, por ser quien eres, ¡muchas gracias! Me devolviste la ilusión y diste sentido a mi vida. Conocerte es lo más mágico que me ha pasado. El destino nos unió para recorrer juntos nuestro camino. Me has dado la oportunidad de ser padre, de formar una familia increíble y de sentir la felicidad completa junto a vosotros. Ya hemos vivido muchas experiencias inolvidables y únicas, pero sé que a tu lado lo mejor siempre está por llegar.
No entendería mi vida sin ti, Mami.
A MAMÁ
Madre sólo hay una, y el mejor ejemplo eres tú. Te debo lo que ahora soy. Me has enseñado lo que me gustaría enseñar a mis hijos. Eres un modelo para mí. No puedo imaginarme el dolor que sentiste cuando me quedé en la Masía con doce años. Siempre te has colocado en un segundo plano, como a ti te gusta, pero sin ti no sería posible disfrutar de lo que hoy tenemos. Para mí eres imprescindible. Después de tanto sufrir y tanto llorar, cada momento que paso junto a ti es una alegría incomparable. Eternamente agradecido por todo y por tanto, mamá.
A PAPÁ
Has sido mi guía, mi entrenador, ese padre que uno quiere tener para sentirse protegido. Sería muy difícil entender mi vida, comprender hasta dónde he llegado, sin recordar que siempre estuviste junto a mí. No soñabas con ganar champions, ligas, eurocopas o mundiales. Sólo soñabas con que tu hijo fuese futbolista, y lo hemos conseguido. Llorando, sufriendo, resistiendo, pero lo hemos logrado y ahora podemos disfrutar el doble. Mi agradecimiento eterno por tanto como me has dado. Y, sobre todo, por las muchas cosas que me has enseñado, papá.
A MARIBEL
Siempre serás mi chica. Porque estar cinco años sin ti no fue fácil; porque nadie hace el papel de hermana mejor que tú. ¿Recuerdas cómo nos peleábamos de pequeños? Aún hoy me encanta hacerte rabiar de vez en cuando. Tienes un corazón enorme. Te quiero mucho, más de lo que piensas: llevamos la misma sangre y eso marca. Sé que si hace falta me darás lo que necesite y sé, además, que con Juanmi estás en buenas manos. Gracias por estar a mi lado, chica.
A VALERIA Y PAOLO ANDREA
Mis tesoros. Mi princesa y mi terremoto. ¡Qué maravillas nos ha dado la vida! ¡Qué felicidad tan inmensa! La princesa de la casa y el campeón de la casa: ¡menuda pareja! Algún día leeréis este libro y descubriréis muchas cosas.
¡Sois el motor de mi vida!
A ANDRÉS JR.
Jamás podré olvidarte. La gente no te conoció, yo sí. Te conocí y eras precioso. Aunque no estés físicamente, sé que eres un ángel. Luchamos por ti y eso quedará para siempre en nuestros corazones.
PRÓLOGO
Si pones mi nombre en Google tal vez llegues a creer que puedes averiguar todo lo esencial sobre mí, tú y miles de personas. Allí, al fin y al cabo, te saldrá mi vida al instante. Pero no lo sabrás todo, ni mucho menos. Hay hechos que no han trascendido, episodios que me gustaría contextualizar, experiencias que necesito ordenar… Más que una necesidad es una ilusión: la de ver mi verdadera historia reflejada en un libro, en una autobiografía. Yo también pienso que uno debe tener (al menos) un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Pues bien, tengo dos hijos maravillosos y el recuerdo del árbol que presidía la pista de Fuentealbilla me ha acompañado siempre. Ahora llega el libro. Su título es La jugada de mi vida.
Cuando emprendo un camino, me entrego en cuerpo y alma. Hago las cosas porque las siento, no porque sí o por quedar bien. Así que he relatado mi vida con la misma fe, ganas y determinación con que juego al fútbol o cuido a mi familia. Quería un texto a medida, y para escribirlo como yo lo veía precisaba la ayuda de quienes pudieran darle la forma y el tono adecuados con el fin de que no resultara una simple explosión sentimental o futbolística. Necesitaba a alguien que me conociera y fuese capaz de interpretar mis sensaciones, alguien que hubiera seguido mi carrera, alguien dispuesto a poner sobre papel las reflexiones que empecé a anotar el 12 de mayo de 2012, fecha en que se inicia la redacción de esta historia.
El libro ha llevado su tiempo porque no quise fijarme plazos ni supeditar su publicación a mi trayectoria con el Barça y la selección. No es una cuestión comercial, sino personal. Por otro lado, las vivencias que pensaba revelar requerían un laborioso trabajo de, digamos, «absorción» por parte de quienes me ayudarían a exponerlas. Me refiero, claro, a Marcos López y Ramon Besa. Quería contar con personas de confianza para armar el relato, con periodistas que conocieran bien mi vida deportiva y los entresijos del Barcelona o la selección, con expertos integrados en el entorno de la profesión. Ni escribientes ni empleados a sueldo, sino gente del oficio a quien pudiera revelar mis cosas sin pudor o miedo, profesionales honestos que hicieran un buen uso de esas revelaciones y, al mismo tiempo, fueran aceptados y reconocidos por los individuos cuyas opiniones yo quería recoger en el libro.
Para ese ingente trabajo de campo nadie mejor que Marcos López, magnífico periodista y mejor persona. Su carácter, además, sintoniza a la perfección con el de Ramon Besa, otro excelente periodista siempre empeñado en buscar el sentido de las cosas, en perfilar el tono de la historia, en hallar un estilo coherente con la personalidad del protagonista. Decidimos funcionar como un equipo y nos pusimos una única condición para realizar la tarea: trabajaríamos sin interferencias externas y sólo entregaríamos el libro cuando estuviera más o menos terminado. Las gestiones con las editoriales serían cosa de Pere Guardiola y Joel Borràs. Y así ha sido hasta casi el final, cuando supimos que Hachette y después Malpaso habían comprado los derechos de la obra. Después tuvimos la inmensa suerte de que los traductores del texto al inglés fueran Sid Lowe y Pete Jenson, dos buenos amigos, y de que los editores en castellano y catalán hayan sido Malcolm Otero y Julián Viñuales, cuyas indicaciones han sido decisivas para la revisión y la mejora del libro.
Marcos y Ramon no necesitaban presentaciones ante quienes yo deseaba que apareciesen en el libro. Quería, sobre todo, que por estas páginas desfilaran las personas a quienes valoro especialmente, las que mejor podían complementar lo que yo iría contando. Habrá seguramente olvidos involuntarios, puede que algunos lectores lamenten la ausencia de críticas y estoy convencido de que otros echarán en falta a determinados personajes. Quiero dejar claro, en cualquier caso, que éste es el libro que yo quería, que yo y nadie más soy el único responsable de su contenido. Estoy seguro de que mis colaboradores habrían modificado algunos aspectos del relato o lo habrían enfocado de forma diferente. Yo quería explicar cómo me veo (o, dicho de otro modo, cómo me he sentido) y cómo me ven quienes creo que me conocen. Luego he desgranado mi vida en capítulos a fin de facilitar la lectura sin que se perdiera el hilo de la historia. Pero no se trataba de escribir una novela, sino de articular un libro de forma periodística porque quienes me han ayudado son periodistas que han sabido recorrer las etapas principales de mi vida.
No tengo apenas nada que contar sobre hechos bien conocidos que, pese a ello, para algunos pueden ser interesantes. Hablo de mi día a día, de mis costumbres. Ya se sabe que me gusta estar con mi familia, con Anna, con Valeria y Paolo Andrea, también con mis padres y con Maribel, mi hermana. Me encanta llevar a Valeria al colegio o recogerla a la salida; tiene una sonrisa contagiosa. Me encanta estar con Paolo Andrea, que es un terremoto. Anna y yo acostumbramos a salir un día a la semana (aunque no siempre es posible); nos gusta cenar por ahí, probar restaurantes, dar una vuelta o ir al cine. Estopa sigue siendo mi grupo favorito: me gustan sus canciones y me gusta, además, cómo son. En el campo musical estoy en deuda con Àlex de Guirior, que me mezcla un poco de todo (reguetón, house, pop español…) y me monta estupendas selecciones. Y, naturalmente, como deportista que se cuida me gusta dormir un poco para descansar bien.
No era mi intención publicar un libro para revelar cosas tan comunes. Quiero hablarles de mi pasión por el fútbol. Marcos y Ramon sostienen a veces que fui un niño sin infancia y que ahora quiero recuperarla escribiendo. Yo intento convencerlos de que estoy muy orgulloso de cuanto hice siendo niño. Hay episodios de esa etapa que no fueron agradables ni fáciles de superar, como tampoco lo fueron, por ejemplo, los meses previos al Mundial de Sudáfrica: he intentado contar esos hechos de forma sincera, como los viví y sentí, sin ocultar nada y sin molestar a nadie.
No fue sencillo, ciertamente, pasar de Fuentealbilla a la Masía. Tardé un año en adaptarme, en construir mi vida dentro de aquella residencia, pero acabé teniendo un sitio en la biblioteca, disfrutando de mi habitación, de mis objetos, de mi espacio. Y de mis golosinas. Me encantaban las magdalenas que me llevaban mis padres y el bizcocho de la abuela de Jordi Mesalles que siempre mojábamos por la noche en la taza de leche con Cola Cao. Guardo recuerdos imborrables, alguno especialmente feliz para la familia como cuando el director Joan César Farrés me eligió para representar a los chicos de la Masía en la recepción que ofreció el papa Juan Pablo II en el Vaticano con motivo del centenario del F. C. Barcelona. Mi madre me compró un traje nuevo como si aquello fuese la primera comunión.
También necesito ir de vez en cuando a Fuentealbilla. Allí tengo casa, mi casa, allí sigue buena parte de la familia, allí me reúno con buenos amigos y allí está mi bodega. Me encanta estar con mis abuelos, comer con ellos y aprovechar el poco tiempo que tenemos juntos. En el pueblo veo a mis tíos y primos aunque algunos viven en Almería o Mallorca. Y no olvido las carreras con mi tío Andrés para ir preparando la temporada. Me gusta recordar de dónde vengo, que soy de allí, pero también afirmo que soy de aquí, de Barcelona. Esos vínculos son muy fuertes, sentimientos muy hondos… Sé que debo cuidar a las personas y las cosas que más quiero, ayudar a quienes me rodean, y no me siento solo por más que a veces nos guste aislarnos de los demás.
No estoy envuelto en silencio como piensan algunos. No es cierto que nunca he participado en broncas o chiquilladas. Quienes de verdad me conocen me acusan en ocasiones de abrumarlos con mis consejos o mis manías, de querer organizarles la vida. Me siento bien cuando me dicen que sé unir a la familia y encontrar a las personas más capaces para las cosas que preciso. Soy muy tauro, muy testarudo. Nunca acepto un no por respuesta.
Pero también soy agradecido, y quiero que se sepa. Estoy agradecido a mi familia, al Barça y a la selección. También a todo lo que viví durante mis inicios en Albacete. No voy a dar nombres de directivos o presidentes, prefiero expresar mi gratitud a la entidad en su conjunto porque en ella se reflejan todos los que han trabajado para el club. La mejor manera de mostrar mi afecto por el Barcelona es honrar su camiseta, ser un buen compañero, darlo todo en el campo y representar siempre con lealtad y dignidad a la institución. Así lo hice incluso cuando me tocaba hacer de recogepelotas detrás de aquellas vallas publicitarias que no nos dejaban ver a nuestros ídolos. Nada me motiva más que intentar hacer más grande a mi club y a la selección.
Siento un profundo respeto por mi profesión. También respeto a mis compañeros, a los rivales y, por supuesto, al público. Mi dedicación es plena y procuro no engañar a nadie. Me encanta que me aplaudan, pero no por cortesía: los aplausos sólo valen cuando salen de dentro. Es lo más bonito que puede sentir un jugador cuando su entrega es plena.
Este libro es una prueba más, la prueba diría, de que necesito expresarme, reafirmarme en mis decisiones, confirmar a diario la hermosa verdad de una frase guardada en la pequeña vitrina que hay a la entrada de nuestra casa: «Las piedras que nos encontramos en el camino nos ayudan a ver la vida desde otro punto de vista y a levantarnos con más fuerza». A veces necesitas desbloquearte, pero sólo es posible si antes eres consciente de que estás bloqueado.
A mí me mueve desde siempre la pasión por el fútbol, lo digo y lo repito ahora que tengo la suerte de ser capitán. Gracias a este libro, ahora también puedo gozar con los testimonios de quienes me han hecho disfrutar de la vida, las personas que se desvivieron para que yo pudiera dedicarme a lo que más me gusta, para que pudiera ser quien soy en el mejor equipo del mundo. Es un privilegio. No puede haber nada mejor que hacer tu trabajo y ser reconocido por ello: eso no tiene precio. Hemos ganado muchos títulos, hasta dos tripletes en seis años, y aspiramos a ganar muchos más trofeos. Competimos para el éxito.
Marcos y Ramon me piden a menudo que les explique cómo me veo, qué hago para salir del acoso de los contrarios, sobre todo cuando me rodean hasta seis o siete; me preguntan si mi manera de jugar es equiparable a la de Roger Federer; me recuerdan que mis movimientos son rápidos y sincronizados… Luego lo cuentan en sus artículos. Me ruborizan especialmente cuando describen que en una sola jugada mía se pueden plasmar todas las prestaciones exigidas a un jugador para que éste sea considerado completo: la rapidez en la toma de decisiones; la calidad del pase; la capacidad para frenar y acelerar; la habilidad para el control orientado y el cambio de orientación. Yo no sé qué decir, prefiero que lo digan otros. Sí creo que es necesario tener una buena técnica, ser intuitivo, hallar los espacios y lograr que el equipo te acompañe en la jugada cuando atacas, señal de que tiene confianza en ti y de que el adversario retrocede. Algunos afirman que mi secreto está en mis primeros diez metros de salida, otros sostienen que he sacrificado los goles de mi infancia a cambio de correr como nadie. No sé… Lo que hago, insisto, me sale de dentro. Si volviese a nacer haría lo mismo. Cuando entro en el campo ya intuyo cómo me voy a encontrar durante el partido, cómo va a fluir el fútbol, porque sé cómo me siento, porque noto si estoy rápido y despierto. A veces incluso percibo lo que va a pasar el día antes del encuentro, lo visualizo. Y desde luego hago cosas que no he pensado. Mi cabeza va muy rápido. Mi madre me dice que a veces parece estallar, como nos pasa a todos los Luján.
Los Iniesta-Luján somos gente tenaz y austera, trabajadores. A fin de cuentas, el deporte es como la vida. Se trata de no rendirse nunca, de demostrar cada día que puedes salirte con la tuya, de ser fiel a tus principios. Quería recordármelo. Quería ver pasar los años en las hojas de un libro y llevar a ellas las voces de los demás, de quienes me han ayudado. Ha sido posible gracias a Ramon y Marcos, los mejores jueces de mi trabajo y mi quehacer diario.
Quiero dar las gracias muy sinceramente a quienes se han prestado a hablar para esta obra durante los cuatro años que ha durado su redacción. No pretendo ser «patrimonio de la humanidad», como dijo el míster Luis Enrique, pero siempre le agradeceré esas palabras. No necesito los premios que no me han dado ni quiero entrar en las asociaciones o tribunas a las que no pertenezco. Tampoco tengo que reivindicar nada. Valoro lo que he logrado, me siento dichoso en Barcelona y en Fuentealbilla, en el Barça y en la selección, en Cataluña, en la Mancha, en España y en el mundo. Me considero un ser afortunado que cuenta con el cariño de la gente, y a esa gente quería ofrecerle la historia que no hallará en Google: la historia de mi vida contada por mí. Espero que todos la disfruten tanto como yo he disfrutado narrándola. Sería feliz si este relato gusta a los lectores tanto como mi juego porque al escribirlo he puesto el mismo empeño e interés que pongo en el campo cuando visto las hermosas camisetas del Barça o la selección. Ésa era mi meta.
ANDRÉS
NOTA DE RAMON BESA Y MARCOS LÓPEZ
Ésta no es una biografía normal, no es el tradicional relato de una vida. Ni siquiera es un libro sobre «Iniesta». Es, en realidad, el libro de Andrés. Su libro. Ni más ni menos. Quienes estén acostumbrados a las memorias donde el héroe registra uno tras otro los episodios más gloriosos o banales de su existencia (casi siempre ensalzando los éxitos y velando los fracasos o los miedos) tal vez se sorprendan al advertir que nuestro protagonista aparece menos de lo que, en principio, sería de rigor. Andrés hace aquí lo contrario. Asoma en todos los capítulos, interviene en las controversias, puntualiza, aclara, confirma o desmiente, está ahí, pero casi siempre lo vemos con los ojos de las personas que lo han acompañado. Está, pues, en cada línea de esta obra, un proyecto que arrancó en el año 2012. Si se lo preguntásemos a él, quizá nos diría que su presencia directa es excesiva. Quiso, eso sí, que se conocieran los hechos que han jalonado su largo y paciente camino hacia una cima que nunca pensó alcanzar. Ni en sus mejores sueños hubiera imaginado una trayectoria tan espectacular. Pero tampoco estaba previsto lo mucho que sufriría en la academia del Barça cuando sus padres lo dejaron allí siendo un niño de doce años. Nadie le avisó que el balón no lo libraría de todos los males. Se unió a la pelota en Fuentealbilla, un pueblo de Albacete que él puso en el mapa del mundo, y no se ha despegado de ella. Ahí sigue con el balón a sus pies.
Llegado a este punto, después de haber triunfado con los equipos de Rijkaard, Guardiola o Luis Enrique y las selecciones de Luis o de Del Bosque, convertido en el capitán del Barcelona y en el símbolo de un fútbol que ha conquistado el planeta, quiso detener el cronómetro. Paró el balón y miró atrás. Aceleró y frenó. Corrió y jugó. Tal cual. No, éste no es un libro autobiográfico convencional. Si esperaban algo así, lamentamos defraudarlos. Y no lo culpen a él porque la responsabilidad es nuestra. Como suele ocurrir cuando juega, Andrés pensó antes en los demás. Quería dar a conocer el camino que lo condujo desde el patio de un colegio manchego hasta el Camp Nou, el Soccer City, Wembley o Stamford Bridge… Y quiso que fueran otros (familiares, amigos, técnicos, compañeros o rivales) quienes tomaran la palabra.
Andrés quería desempeñar el mismo papel que en el césped: tomó la pelota entusiasmado y empezó a regalar pases: fue un partido asombroso porque, todo hay que decirlo, a medida que avanzaba iba descubriendo aspectos de su vida que ni siquiera él conocía. Jugó todos los minutos de un largo encuentro. No se tomó ni un respiro. Nadie lo sustituyó.
Guio nuestros pasos por una ruta nunca antes transitada buscando huecos entre torneos, entrenamientos y concentraciones. Y hablamos con mucha gente, todas las puertas se nos abrieron, incluso las más delicadas o complejas: «Si me lo pide Andrés, cuando queráis». No había agenda que se resistiera ni teléfono inaccesible. Viajes, correos, WhatsApps… cualquier medio servía para obtener testimonios exclusivos, para grabar horas y horas de conversaciones. Andrés era el personaje principal y, al mismo tiempo, el productor de la película que ahora por fin estrenamos.
El trabajo ha durado cuatro años, aunque si por él fuera aún no habría concluido. Siempre encontraba (y encuentra) una persona nueva a quien llamar, una historia distinta para compartir, una mirada desde otro ángulo. Hacían falta muchas miradas para desvelar las innumerables capas ocultas del singular astro manchego. Quitas una y aparece otra.
Este texto recorre, como es obvio, la historia reciente del Barça y la selección, pero no es, en lo fundamental, un libro sobre fútbol; ni siquiera es un libro sobre el futbolista a quien todos admiran: éste es un libro sobre Andrés y es, además, el libro de Andrés, un individuo perfeccionista hasta la última coma, minucioso hasta el más mínimo detalle. Todo lo ha examinado con lupa en el volumen que ustedes tienen entre sus manos: el tipo de letra, el color de la faja, la foto de cubierta… Le costó decidirse, pero finalmente se inclinó por el título La jugada de mi vida, palabras que no aluden al gol de Stamford Bridge o al del Soccer City. Su alcance es mucho mayor porque la jugada de la que hablamos es, sencillamente, un insólito periplo vital. Por eso, insistimos, este libro le pertenece. Tal vez nosotros habríamos hecho otro. Tal vez… En cualquier caso no era nuestra obra. Bastante hemos tenido con seguir el juego durante alguno de los lances más peliagudos. La pelota, como siempre, ha sido suya.
RAMON Y MARCOS
PRIMERA PARTE EN UN LUGAR DE LA CANCHA
1. EL PARAÍSO PERDIDO
«Sólo sé que era feliz, muy feliz.»
Apenas tenía ocho años y ahí andaba Andrés, pequeño y enjuto, tan blanco y delicado que parecía no tener sangre ni huesos, como si fuera de algodón, pura fibra que se tensaba inexorablemente en cuanto asomaba la pelota. Algunos aseguran que siempre ha tenido cara de niño bueno, pero otros intuyen otros perfiles, gestos que van y vienen según la forma de tejer cada jugada. Lo suyo es el balón en cualquier territorio, no un espacio, no un sector de la cancha: desde su añorada infancia en Fuentealbilla, el pueblo manchego donde nació en 1984, el reino de Iniesta es y ha sido todo el campo.
Un descampado de tierra vio sus primeros regates; después llevaría sus dominios al patio del colegio. Día tras día correteando en aquella explanada de cemento, sin descanso, sin tregua. La dicha del juego hasta la caída de la tarde.
«Me pasaba las horas jugando cuando acababan las clases – recuerda ahora—. Es una lástima que por aquel entonces no hubiera luz en la pista. Se hacía de noche y me tenía que ir, a veces mi madre o mi abuela tenían que venir a buscarme. Le habría sacado más provecho a esa pista si hubiese tenido luces como ahora.» Las farolas de la calle no bastaban para iluminar su avidez futbolística.
En aquel modesto patio de escuela, bastante cerca del bar Luján que regentaba la madre mientras su marido repartía cuadrillas de albañiles por la región, empezó a forjarse la leyenda de un jugador prodigioso.
«Yo era cuatro años mayor que él. Tenía diez y Andrés seis, pero ya jugaba como tres o cuatro veces mejor que yo – Abelardo, viejo amigo del pueblo apodado el Sastre, aún ve a la pequeña figura caminando hacia su casa—. ¿Nuestra relación? Fútbol, fútbol y más fútbol. No había otra cosa en nuestras vidas. Venía a mi casa con el balón bajo el brazo, un balón de goma blanca gastado por tantas patadas como le dábamos. No teníamos otra pelota. El balón hacía más bulto que él. O me venía a buscar o iba yo al bar Luján.» Fuera cual fuese el punto de encuentro, el ritual no cambiaba: «Luego nos íbamos peloteando a la pista de la escuela – cuenta Abelardo—. Allí pasábamos las horas hasta que venían a buscarlo, casi siempre aparecía su abuela. Yo, como era mayor, me iba solo a casa».
En Fuentealbilla no había campo de fútbol, sólo contaban con el patio «polideportivo» de la escuela solemnemente presidido por un árbol majestuoso. «Recuerdo ese árbol desde que tengo uso de razón. Según me contaron mis padres, en aquel sitio había antes una balsa y el árbol, claro. Luego hicieron la pista para los niños. Allí estábamos todo el santo día jugando al balón. Julián, Andrés y yo. No necesitábamos a nadie más. Tirábamos penaltis, hacíamos vaselinas, nos divertíamos de mil maneras – añade Abelardo, emocionándose con el recuerdo de la castigada pelota blanca que iba de pie en pie—. ¡Cómo me gustaría encontrar aquel balón de goma dura! ¡Ya no tenía ni color! – exclama sabiendo que el hallazgo de esa joya es una quimera—. ¿De verdad era blanco? Ya ni me acuerdo, pero sí tengo muy presente la imagen de Andrés viniendo por la calle con el bocadillo en una mano y el balón en la otra… o dándole patadas a la pelota. Cuando ahora lo veo jugar me viene siempre esa imagen a la memoria. Era como Oliver Atom,1 nunca se separaba del balón.»
El tercer amigo, Julián, también recuerda esa estampa cotidiana: «Después de clase llegaba a la puerta de mi casa con el balón y el bocadillo: “¿Bajamos a echar unos tiros?”. “Vale, Andrés”, le contestaba». Y los dos iban en busca de Abelardo para formar el primer tridente en la vida de Iniesta. Julián vivía (y vive) muy cerca del bar Luján, de modo que no perdían mucho tiempo en los preparativos. Reunidos los tres empezaba el festival de pelota. «No paraba de darle patadas al balón, chutaba contra los muros de las casas, nos hacía pases – cuenta Julián—. Nos inventábamos juegos, concursos de faltas, de penaltis… Pasábamos horas y horas en la pista. Si necesitábamos un portero, invitábamos a uno de los pequeños. Andrés era de los pequeños, pero siempre jugaba con nosotros. Era tan bueno que no podía jugar con los de su edad. Se aburría. Por eso le dijimos que se viniera con nosotros. Los demás eran porteros o los poníamos en la barrera cuando hacíamos el concurso de faltas.» Entre clases y juegos discurrían las vidas de Andrés, Julián y Abelardo en Fuentealbilla.
«Algunas noches también andábamos peloteando por las calles del pueblo. El problema surgía cuando “calábamos” la pelota (sí, aquí se usa esa palabra) en el patio de un vecino», cuenta Julián. Aquel tridente infantil perdía a veces el buen gobierno del balón y éste acababa en territorio hostil: más de un ciudadano estaba hasta las narices de los balonazos que sufría su vivienda. La gran duda era quién le ponía el cascabel a tan temible gato. Casi siempre era uno de los mayores, Abelardo o Julián. Andrés aguardaba expectante a que el emisario volviera con el preciado tesoro. «No veas las caras que ponían los vecinos, ¡ja, ja, ja! Pero al final, y aunque fuese de mala gana, solían decirnos: “Bueno, venga, ahí tenéis la pelota”.»
La maldita pelota para los pacientes hijos de Fuentealbilla; la bendita pelota para la incansable delantera. «El balón, por cierto, era casi siempre suyo. Ésa es la verdad, casi siempre lo traía él – explica Julián sin ocultar el orgullo de haber intervenido junto a Abelardo en los primeros pasos (y carreras) de un astro futbolístico—. Después de tanto jugar con él, acabamos aprendiendo. Nunca llegamos a su altura, por supuesto, pero teníamos más nivel que otros chicos del pueblo – dice Julián—. Andrés se enfrentaba a los mayores. Y os digo una cosa: no es lo mismo hablar de su juego que verlo jugar. Hacía lo que quería con gente que le doblaba la estatura. Lo prometo por mis hijos. Se giraba con la pelota y dejaba sentado al mejor del pueblo. Parecían de plástico. Lo llevaba en la sangre, no hay duda.»
«Andrés es puro fútbol», sentencia Abelardo.
Cuando el sol se ponía, los tres amigos empleaban a veces un «campo privado» para no atormentar a los sufridos vecinos. «En el Luján había una sala interior donde nos montábamos el último partidillo. Mientras nuestros padres cenaban en el bar, nosotros cogíamos una pelota de tenis o de papel e improvisábamos un juego. Uno, por ejemplo, se tumbaba en el suelo apoyado en la pared y hacía de portero. ¿Cómo paraba los goles? Pues arrastrándose por el suelo. Terminábamos sudando la gota gorda.» Los fines de semana aparecía Manu, un primo de Andrés que advirtió enseguida la importancia de lo que estaba ocurriendo en las calles de aquel pueblo.
«Andrés vino recomendado cuando todavía era muy niño. ¿Por quién? Por su primo Manuel, que jugaba entonces en el Albacete», recuerda Víctor Hernández, uno de sus primeros entrenadores en el club manchego. Después tampoco hubo muchos, porque su vida futbolística fue corta en aquella tierra.
La historia empieza con Pedro Camacho, hermano del exfutbolista y entrenador José Antonio Camacho. Pedro había entrenado en el Atlético Ibañés a un jugador con fama de exquisito en los campos de la Manchuela.2 Lo llamaban Dani en honor de Dani Ruiz Bazán, aquel delantero del Athletic, vizcaíno de Sopuerta, que brilló en el viejo San Mamés durante los años setenta y ochenta. El Dani albaceteño se llamaba en realidad José Antonio Iniesta, por aquel entonces era seguidor del Athletic y llegó a destacar en el modesto equipo de Pedro Camacho. «Tenía sus detalles, su manera de jugar; iba muy sobrado como centrocampista en Preferente y Tercera, pero, desde luego, no era como su hijo», señala Camacho.
– No, no puede, aún no tiene la edad – le respondieron a José Antonio Iniesta en el Albacete cuando quiso que vieran a su chico después de leer un anuncio en la prensa donde se informaba de que se abría el periodo de pruebas para niños—. Es demasiado pequeño.
Andrés tenía siete años y era demasiado joven. También era bajito. Pequeño ha sido toda la vida: su grandeza era otra.
El muy obstinado José Antonio nunca acepta un «no» por respuesta, así que recurrió a Pedro Camacho, su antiguo entrenador y hermano del célebre Camacho madridista (quien, por cierto, acuñaría la imborrable exclamación «¡Iniesta de mi vida!», tras el gol de Johannesburgo). Y, junto al Campo de la Federación, dieron con un arreglo. No era propiamente una cancha de fútbol, ni mucho menos, sino un terreno habilitado para la práctica del fútbol siete. De tierra y sin vestuarios. Bueno, había unos vestuarios, pero pertenecían al campo de hierba contiguo. Pedro dirigía allí una escuela de fútbol.
«Vino a verme Dani. ¿José Antonio? Bueno, para mí siempre será Dani, el jugador que tuve en el Atlético Ibañés. Aún recuerdo que el presidente del Atlético me dijo: “En septiembre llegará un jugador muy bueno”. No podía venir antes porque trabajaba en Mallorca durante el verano, pero volvamos al asunto – prosigue Camacho—. Dani me dijo: “¿Puedo traer a mi chiquillo? En el pueblo son cinco o seis niños de su edad y no tiene a nadie con quien jugar”. Y yo le dije que sí, claro, pero recuerdo que también comentamos los inconvenientes: “¡Estáis a cincuenta kilómetros!”. Y él contestó: “¿Crees que no lo sé? Los tengo contados, son cuarenta y seis. No pasa nada”.»
Dani no titubeaba y a Pedro le zumbaban ya los oídos con las noticias que le llegaban del chico a través de Manu. Era, en efecto, muy pequeño, apenas tenía siete años, y Pedro no quería saltarse las normas que establecían la edad mínima para los jóvenes futbolistas. Al final, sin embargo, Andrés entró en la escuela. Allí se formaría con Juanón y el propio Pedro, sus primeros técnicos, e incluso llegaría a jugar un torneo en Sants, un barrio de Barcelona próximo al Camp Nou.
– Tengo un primo muy pequeñajo que es buenísimo. En el pueblo juega de maravilla – contaba Manu a quien quisiera escucharlo—. Mi primo es bueno, muy bueno – sostenía una y otra vez—. Siempre destaca. Dímelo a mí, que he jugado de portero contra él. Hasta que no lo veas no te lo vas a creer – repetía.
La perseverancia familiar acabó imponiéndose a las reservas de Pedro Camacho.
Ya se sabe lo que ocurre con los críos: muchos padres creen ver en ciernes al mejor futbolista del mundo y José Antonio Iniesta, gran experto en la materia, no era precisamente una excepción. Una mañana cogió su Ford Orion azul y se presentó con su hijo en el campo, después de recorrer entusiasmado los cuarenta y seis kilómetros que separan Fuentealbilla de Albacete.
Quebrada la voluntad de Pedro Camacho, otro anuncio en el periódico le abrió las puertas que hacía un año se habían cerrado. El Albacete hacía nuevas pruebas y José Antonio volvió a la carga con Andrés, que ya tenía ocho años y cumplía así todos los requisitos. Una multitud de niños se sometía al veredicto de un jurado compuesto por Ginés Meléndez (coordinador del fútbol base en el club), Andrés Hernández (padre de Víctor), Balo (entrenador de los benjamines) y el uruguayo Víctor Espárrago (por aquel entonces entrenador del primer equipo).
«Vimos a Andrés en las pruebas y a los cinco minutos dijimos: “¡Saca al chiquillo de ahí, no hace falta más!” —recuerda Balo—. Igual no fueron ni cinco minutos, poco importa. Nos bastó con muy poco tiempo. Apenas estuvo en el campo, no había ninguna duda y aún teníamos que ver a muchos otros niños, debíamos aprovechar el tiempo observando a los demás. Entre las buenas referencias de su familia y lo que vimos nosotros era más que suficiente. Era una maravilla verlo con la pelota, tan chiquitajo como era… Parecía que el balón era más grande que él. Se ponía en el centro del campo y cogía el balón. No había forma de quitárselo, era imposible, pero imposible, vamos, como ahora», cuenta Balo, todavía asombrado por el prodigio diminuto que desplegaba tanta destreza frente a sus ojos aquella fría mañana. «No había nada más que ver, lo habíamos visto todo», dice Víctor. «Era distinto a todos los críos», subraya Pedro Camacho.
Y por allí andaba Andrés, el hijo de Dani, jugando en un equipo de niños y niñas, pateando el balón en un campito de tierra albaceteño.
– No te preocupes, Dani. Se quedará con los más chicos, estará conmigo – le dijo Camacho al padre de la criatura.
«En los primeros partidillos, tras unos quince minutos de calentamiento, cogía la pelota, regateaba a todos y marcaba. Así un día tras otro, hasta que me acerqué a él: “También tienes que buscar a los compañeros, tienes que pasar el balón a los demás, ¿vale?”.» Y aquel renacuajo – «le soplabas y se lo llevaba el aire, era muy chico; bueno tampoco es que haya crecido mucho desde entonces», bromea Pedro— se quedaba mirando al antiguo entrenador de su padre. «Sí, señor», balbuceaba el pequeño Andrés.
Así empezó a compartir la pelota con sus amigos, todos uniformados con un chándal que llevaba estampado en el pecho el escudo de la Federación Española de Fútbol. Sólo había un problema: «Cuando formábamos los equipos, todos querían ir con Andrés. Todos lo elegían. Sabían que ganaba los partidos. Él, mientras tanto, no despegaba los labios. Había peleas por jugar con él. Yo era de los peores. Si éramos doce, yo era el número diez y Andrés, claro, era el número uno, el capitán del equipo. En los entrenamientos, todos le pedían que fuera su pareja, pero él, tímido como es, se callaba. Hasta que al final decía: “Voy con Mario”. Buscaba a los más flojos para echarles una mano. Podía ir con niños mejores que yo, pero, no me preguntéis por qué, me escogía a mí». Esto cuenta Mario, que conoció a Andrés el día de la prueba. Entonces tejieron una gran amistad que aún perdura. «Él era de Fuentealbilla, yo de Albacete. No lo conocía, claro. ¿De qué iba a conocerlo? Hicimos la prueba y en el primer partidillo marcamos cuatro goles, dos él y dos yo. ¿Cómo? Muy fácil. Nos pusieron de delanteros y, cuando sacaba el portero contrario, nos colocábamos junto al área. Como no tenían fuerza para lanzarla lejos —éramos pequeñitos, ¡eh! – el balón se quedaba al borde del área. Estábamos cerca del portero y la pelota caía siempre a nuestros pies. La agarraba Andrés, hacíamos una pared y gol. ¡Sólo teníamos ocho años!», explica Mario, que no olvida el resultado de aquel partido (4–1). Tampoco una imagen grabada para siempre en su memoria:
– Nene, ¿te acuerdas de aquellos pantalones rojos que nos venían enormes por todos lados? – le pregunta aún ahora su viejo amigo Andrés.
A mediodía, cuando comenzaba el entrenamiento, una diminuta figura se presentaba en el último instante vestido ya de futbolista y con las botas puestas. Siempre con el tiempo justo. «¡Las que liaba el pobre para venir a entrenar! Su padre estaba en la obra y a menudo no podía traerlo. Nosotros no teníamos problemas porque vivíamos en Albacete. Salíamos del cole, nos íbamos a entrenar y después volvíamos a la escuela. Él, no. Por eso llegaba un pelín tarde», cuenta Mario. Se cambiaba en el trayecto de ida; a la vuelta, tras jugar con sus nuevos amigos, devoraba el bocadillo de chorizo y se bebía el zumo que le había preparado su madre. «¿Por qué entrenábamos a mediodía? Pues porque por la tarde no había campos disponibles. Estaban los alevines, los infantiles, los juveniles… Y porque Balo trabajaba en el casino de Albacete. Andrés llegaba con las botas puestas y con las botas puestas se iba.» Así, todos los martes y jueves se formaba el tándem Andrés-Mario en los entrenamientos, pero la pareja se deshacía cuando llegaba el fin de semana. Mario, por otra parte, no jugaba de titular. Nunca hablaban mucho fuera del campo, aunque tampoco es que contaran con tiempo para ello porque vivían en poblaciones distintas. Andrés, en cualquier caso, nunca se distinguió por su locuacidad.
«Era diferente de los otros críos – explica Pedro Camacho—. No hablaba nada, había que sacarle las palabras a codazos. Era muy atento, muy educado, se diría que sólo sabía decir “sí, señor”.»
Tenía razón Manu: quien veía jugar a aquel niño quedaba prendado de su extraordinaria habilidad. Aun así, era necesario desarrollar esa pericia y había un obstáculo: Albacete, como recuerda Víctor, «no tenía muchos campos por aquel entonces». La liga de los benjamines se jugaba siempre en una parcela donde cada fin de semana se disputaban entre diez y veinte partidos. «No teníamos vestuarios, nos cambiábamos en los coches. ¿Duchas? No, no había – continúa Víctor—. Casi todos los jugadores venían con la ropa de casa. ¿Andrés? Se quitaba el pantalón del chándal y a correr… A veces jugamos partidos en Almansa, en Hellín, en Caudete…»
Sea como fuere, aquel niño tan menudo nunca pasaba desapercibido.
–¡Joder con Andresito, qué barbaridad! – le decían a Víctor.
–¡Madre mía, qué maravilla de chiquillo! – oía su entrenador en cada partido.
«No, no era normal que destacara tanto. Hacía cosas increíbles con las dos piernas. ¿Eso se puede enseñar? Sería fácil decir que sí, pero no. Eso no se enseña, eso lo llevaba dentro. Y lo lleva. Era fantástico verlo jugar.»
Desde el día en que llegó de Fuentealbilla, los técnicos tuvieron una sensación extraña. «Nos rebasó a todos, a mí y a todos – confiesa Pedro Camacho—. El chiquillo se salía, pero nadie pensó que se saldría tanto. Para la edad que tenía era una bendición en esas categorías. No cuadraba en ningún sitio, no sabíamos de qué planeta había venido – cuenta aún desconcertado el exentrenador del Atlético Ibañés—. Era un extraterrestre.»
La voz corrió por toda la provincia. «No teníamos rival, ganábamos casi todos los partidos, nadie nos tosía», recuerda Víctor con indisimulada satisfacción. El equipo benjamín del Albacete empezó a ser conocido como «Andrés y sus compañeros»: Bruno, interior zurdo que rompía los espacios; José Carlos, portero; Mario, a quien Andrés elegía en los entrenamientos para que no se sintiera marginado; Carlitos Pérez, un delantero que llegaría a jugar en la Primera División eslovaca después de que Rafa Benítez lo fichara para el Valencia (aunque no logró debutar en Mestalla), y José David, alias Chapi, así apodado en honor a Chapi (Albert) Ferrer, el lateral derecho que cabalgaba por la banda del Camp Nou en aquella época.
«Todos me llamaban Chapi menos él. ¿Por qué? No lo sé, creo que le daba vergüenza; era el único que me llamaba José —cuenta aquel poderoso defensa que, si era necesario, se comía la tierra para salvar un balón—. Jugaba de lateral, aunque después terminé de central. Acabé en el Sporting La Gineta, un equipo de Tercera División, luego me casé y ya sabéis…», dice sin terminar la frase, tratando de explicar su desencuentro final con la pelota. Cuando vio por vez primera a Andrés, se quedó tan asombrado como Balo, Víctor o Mario: «El día de la prueba pensé: “¿Y éste de dónde ha salido?”. Llamaba la atención entre los doscientos chiquillos que nos reunimos aquel día», dice el lateral derecho de aquel gran equipo infantil. Al igual que Mario, es culé hasta la médula: «¡Si no lo hubiera sido no me habría dejado llamar así! —exclama al evocar aquellos tiempos—. Soy barcelonista de toda la vida. Además, me parecía a Albert Ferrer. Era rápido, agresivo, siempre jugaba con mucho nervio. Y ahora nos seguimos pareciendo: a los dos se nos ha caído el pelo», dice sonriendo José David. Su pasión por el Barcelona ha aumentado (si cabe un aumento) desde que su amigo Andrés triunfa con la camiseta azulgrana.
«Me acuerdo de tantas historias… De muchas. De cómo despuntó Andrés nada más llegar. De lo tímido que era, apenas hablaba, aunque, eso sí, te soltaba luego cuatro palabras y te reías a carcajadas. Le gustaba bromear con los compañeros, pero casi no hablaba. De blanquito no ha cambiado y era muy poquita cosa – cuenta Chapi—, poquita, poquita, ¡eh! Todas las camisetas le venían grandes. Parece mentira: con lo poco que hablaba y la personalidad que tenía en el campo. Era impresionante. Se echaba el equipo a la espalda. ¿Como ahora? Sí, igual que ahora. Tenía un carácter increíble con el balón en los pies. Lo veo jugar con el Barça y pienso: “Andrés juega igual que con nosotros”. Nada le daba miedo. Estaba encargado de tirar los penaltis. Él y Remi eran los capitanes, los dos muy serios. Y Andrés nunca protestaba a los árbitros. No se enfadaba nunca y ya desde niño tenía las cosas muy claras. Compartía habitación con él en el torneo de Brunete y empecé a montar una juerga saltando por las camas, jugando con los niños de los otros equipos, subiendo y bajando por las habitaciones, hasta que en una de ésas Andrés me dijo: “¡José, baja las persianas y apaga la luz, por favor! Mañana tenemos partido a las diez y media. ¡Ahora a dormir! Hay que descansar”. Se comportaba ya como un profesional», recuerda Chapi.
Aquellos chiquillos del 84 se lo pasaban bomba jugando al fútbol. Del cole al campo y del campo al cole. «Salían a las doce de la escuela. La jornada era entonces partida y en media hora estaban en la cancha ya cambiados. Andrés no, claro. Tenía que venir desde Fuentealbilla y la carretera no era como la autovía de ahora. Era más complicado. Lo traía su abuelo o su padre. Entrenábamos desde las doce y media o un poco más tarde hasta las dos. El horario era inalterable porque por la tarde no había hueco para ellos. Entrenaban los mayores y no había más campos», recuerda Víctor. Andrés se cambiaba a veces en casa de Manu.
«Tenía permiso del profesor para salir un poco antes – cuenta Balo— y por las tardes recuperaba el tiempo escolar perdido. ¡Qué sacrificio hizo esa familia, Dios mío! Llegaban aquí a la una menos cuarto o así, entrenaba y otra vez en coche para el pueblo.» Fuentealbilla-Albacete-Fuentealbilla: casi cien kilómetros en tres horas dos veces a la semana.
«Dani venía si había tenido tiempo para dejar a los albañiles en las obras. Si no, lo traía su abuelo», explica el tercer entrenador que tuvo en su tierra. Primero fue Pedro, luego Juanón, después Víctor, más tarde Balo y finalmente Catali.
«¿Hablar? Jamás hablaba. Era un niño muy callado. Calladísimo. Ni decía “hola” cuando llegaba ni decía “adiós” cuando se iba. Cada sábado jugábamos un partidillo, no de competición, sino para que ellos se divirtieran. Era un chiquillo pequeñito, habilidoso, muy habilidoso, sabía esconder el balón. No debía de pesar ni cuarenta kilos. Creo que no crucé una palabra con él», revela Juanón.
«Recuerdo uno de los días, seguramente era viernes, en que nos reuníamos por la noches para hacer balance del fútbol base – cuenta Balo—. Estaban Andrés Hernández, su hijo Víctor y Ginés, claro. “¡Madre mía! ¡Ya verás cuando te llegue Andrés el año que viene!”, me dijeron. Yo no lo había visto jugar después de la prueba porque entrenaba a los alevines y el horario coincidía con el de los benjamines.» Tanto elogiaron al primo de Manu que decidió comprobar por sí mismo las excelencias del muchacho. Aprovechó una rara ocasión en que alevines y benjamines no jugaban a la misma hora. «Llegué al campo y me puse en una esquina.» No quería molestar; ajeno al bullicio de los espectadores y a los gritos de su colega Víctor, sólo deseaba confirmar lo que había oído. «¡Santo Dios! ¡Qué suerte voy a tener el año que viene!», se repetía para sí mismo cada vez que el diminuto Andrés cogía la pelota. Cuando volvió a cruzarse con Ginés, le soltó entre risas:
–¡El año que viene no me echarás de aquí, Ginés!
Estaba claro que iba a contar con un diamante en bruto. Sólo había que pulirlo. Balo salió de aquella esquina conmocionado: sabía que lo mejor estaba por llegar. Y eso que Ginés le encomendó una ardua misión.
– Mira, Balo, tengo que pedirte un favor muy grande. Te encargarás de los dos alevines, el A y el B. Unos treinta chicos.
– Tranquilo, no pasa nada. En medio campo entreno a uno, en el otro medio a otro y yo en el centro mirando a ambos lados. Harán juntos el trabajo físico y al final jugarán un partidillo entre los dos.
Ginés, contento y Balo, también. Por primera vez en la historia del Albacete, el alevín B, el equipo más joven, ganó al alevín A, el equipo de los niños mayores. Andrés, naturalmente, pertenecía al grupo de los novatos.
«Claro que me acuerdo, ¡ja, ja, ja! Era una liga un poco extraña. El primero y el segundo se jugaban el campeonato a partido único. Y, además, los dos equipos estaban entrenados por Balo. ¡Menudo marrón! Fue un partido reñido, ganó el alevín B por 1–0.» Ganó el alevín del «liviano Andrés», según lo describe Bruno Moral, otro de sus primeros compinches en el campo. «Era muy ligero, muy bajito, muy pálido… muy delgado. Llevaba la raya en medio, como si le hubieran pegado un hachazo en el pelo. No tenía pinta de futbolista… ninguna pinta», cuenta Bruno. «¡Fue un año increíble! – exclama Balo—. A mí me conocía mucha gente porque había jugado en el Albacete. Iba por la calle y me preguntaban: “¿Cuándo jugáis? ¿El sábado? ¿El domingo? ¿A qué hora?”. El campo se llenaba cada fin de semana. Parecía el Carlos Belmonte.3 No te preguntaban nunca por el rival.»
– Balo lleva a un chiquillo que juega horrores – comentaban unos y otros.
El rumor circulaba por los campos de tierra o de hierba, por las escuelas y los bares, por toda la ciudad… Los árbitros le decían a Balo:
– Quítalo un rato y así el partido estará más igualado.
«Eso lo he vivido. “¡Venga, quítalo un ratito! ¡Sólo un poco, eh!” —Bruno Moral repite unas palabras que reflejan la abrumadora superioridad de su amigo Andrés con la pelota—. Lo veías jugar y pensabas: “¡Qué fácil es!”. Ése es su problema. Lo hace todo de un modo tan sencillo que los demás creemos que lo podemos hacer igual. ¡Y qué va! Es como si jugaras con la Play Station. Siempre encuentra la salida fácil con esa visión periférica que parece dominarlo todo. Es muy jodido, ¡eh! Es jodido estar ahí abajo y escoger siempre la salida adecuada. No sé cómo lo hacía porque desde la grada lo puedes ver, pero ahí abajo… Ahí abajo… Parece que va andando, tienes la sensación de que siempre hace lo mismo, pero no hay manera. A veces pensabas: “Ahora se le va el balón, ya no lo controla, ha tropezado…”. ¡Ni mucho menos! Te metía un cambio de ritmo y te dejaba tirado. Te engaña, te engaña siempre… Esa sensación cuando eres crío y te ves apurado porque no sabes qué hacer con la pelota – Bruno evoca los instantes angustiosos de un partido—. Te quema el balón. “¿Qué hago? Pues se la doy a Andrés y ya está solucionado todo.” Cuando nos quemaba el balón, todos se la dábamos. No la pierde, la controla, da el pase correcto… Era una delicia. A partir de él empezábamos cada jugada porque, además, martirizaba a los rivales. ¿Cómo? Lo presionaban todos, iban dos o tres a buscarlo, se giraba y, no sabías cómo, salía con el balón en los pies. ¡A la mierda la presión! Lo grande que tiene Andrés es que eso lo hacía con nosotros y lo hizo en la final de un Mundial y en las finales de la Champions.» El relato de Bruno va y viene de Albacete a Johannesburgo, Roma o París pasando siempre por Barcelona. Y no olvida las largas noches de soledad en la Masía.
«Todos hablan, y con razón, de su gol en la final del Mundial. Pero ved el partido. Fijaos, por favor. Vedlo entero. Se echaba cinco metros atrás, como hacía con nosotros, pedía la pelota, empezaba a tirar paredes y a divertirse. Andrés siempre te engaña. Parece enclenque, ¡pero ojo a su tren inferior! Parece lento, ¡pero ojo a esa arrancada en los primeros metros! Parece, parece… No, no te fíes cuando lo veas en el campo. No tenía pinta de futbolista cuando vino y mira dónde está», dice Bruno, el viejo compañero a quien le tocó vivir «la otra cara del fútbol». Terminó tan desengañado de la pelota que finalmente la abandonó. «Acabé un poco quemado. Con dieciséis años llegué a estar en el primer equipo del Albacete, pero no debuté. Hubo cambios de directiva, temas extradeportivos… Luego me fui a otro equipo y en los tres primeros meses no me pagaron… Jugaba de media punta, como Andrés. Antes le pasaba yo los balones, ahora se los dan Xavi, Busquets, Neymar, Messi… ¡Ja, ja, ja!», bromea, feliz con el éxito de un amigo que no ha cambiado el estilo futbolístico de sus primeros años.
«Me acuerdo de un torneo en Santander donde jugábamos, entre otros, contra el Racing de Jonatan Valle4 —continúa Bruno—. Cada viaje que hacíamos era una odisea para Andrés. Se ponía fatal, echaba de menos a su familia, vomitaba… El día que llegamos había un concurso de habilidades y él no pudo participar porque estaba malísimo. Llegó vomitando. Luego sí pudo jugar el torneo. Era de fútbol siete. Nos habían enviado una carta diciendo que no podíamos llevar tacos de aluminio o de goma. Debíamos usar botas multitacos. Andrés, si no recuerdo mal, se compró unas Umbro de color azul, pero le venían grandes. Se tuvo que poner algodón dentro para calzárselas mejor. Luego llegamos al campo y era de césped natural. Ellos salieron con taco largo. Nos la jugaron. Perdimos 5–4, y Andrés marcó los cuatro goles. Cuando llega el día clave siempre se echa el equipo a la espalda. Antes y ahora. Al año siguiente, ya como infantiles, volvimos a Santander y ganamos el torneo, pero él ya no estaba. “Ahora que te has ido al Barcelona ganamos nosotros”, le dijimos bromeando.» Pero ya nada fue igual para ellos. Ni, desde luego, para Andrés.
«Todavía guardo en mi casa las cartas que me enviaba Andrés desde la Masía. En aquella época no había WhatsApp como ahora. Y a él le encantaba escribir. No eran cartas cortas, de seis o siete folios cada una. A veces, yo también lo llamaba a la Masía: “Por favor, ¿me pone con Andrés?”. Y ahí nos tenías a los dos contándonos nuestras historias. De vez en cuando desempolvo esas cartas y me emociono.» José Carlos, portero del equipo de Andrés, Mario, Bruno, Chapi y Carlitos, conserva en su casa de Albacete el pequeño tesoro. «¿Qué me escribía? Pues me hablaba de su vida en Barcelona; por ejemplo: “Hoy hemos jugado contra el Castelldefels y hemos quedado 40-0. ¿Sabes una cosa, José? Aquí te lo ponen todo muy fácil. Cuando llegas al vestuario tienes toda la ropa preparada, no tienes que preocuparte de nada…”.» El portero, al igual que los otros amigos, descubría asombrado la nueva vida de Andrés lejos de Albacete, pero también compartía su dolor. «José, esto es muy duro. Echo mucho de menos a mi familia. Pero mucho. Es duro, muy duro», escribía la joven promesa.
«Claro que era muy duro. No sé si yo lo habría aguantado. Era un niño de doce años que se pasaba veintidós horas llorando por todos los rincones de la Masía, intentando además que no lo vieran, y sólo dos entrenando», cuenta José Carlos. Andrés se consumía en Barcelona y aquella congoja agrandaba la añoranza de su lejano patio manchego.
«Recuerdo mi infancia en el pueblo con muchísima alegría y, por supuesto, también con nostalgia. Pasaba las horas en la pista del colegio. Al acabar las clases de la mañana, si no tenía entrenamiento en Albacete, me quedaba con Julián y Abelardo. Casi siempre nos enfrentábamos a chicos que eran tres o cuatro años mayores que yo y jugábamos a tirar cinco penaltis, cinco faltas y cinco disparos desde el medio campo con el portero adelantado. Me encantaba. Jamás olvidaré aquellos veranos, las interminables tardes de fútbol sala con equipos de muchos niños, ni los torneos que organizábamos para las fiestas del pueblo en agosto. Uno debía asegurarse de tener un buen grupo, porque si te marcaban un gol tenías que salir y cuando volvías a entrar te habías enfriado. Recuperar el ritmo era entonces complicado. Me lo pasaba pipa. Solíamos jugar siempre los mismos. ¡Teníamos un equipazo! Nos lo tomábamos muy en serio. Incluso nos concentrábamos antes de jugar la final. ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya locuras! Mi primo y yo apuntábamos los partidos, los goles, nuestras historias… Es que hacíamos pretemporadas, fichábamos a jugadores y a los aspirantes hasta les hacíamos pasar unas pruebas. Todo muy profesional… ¡Nos divertíamos muchísimo! Esos momentos no me los quita nadie, estarán siempre ahí, guardados con mucho cariño, son muy entrañables, la verdad.»
Entre Manu y Andrés se estaba construyendo una historia singular paralela a la trayectoria del equipo. «El salón de mi casa era el estadio. A veces hacíamos la pelota con calcetines para no hacer ruido, para no molestar a los vecinos», recuerda Manu. Y, sobre todo, para no romper nada. «Había partido del Albacete y nosotros teníamos que ir, pero en aquel salón nos lo pasábamos tan bien que más de una vez fingimos que estábamos mal para no ir y poder seguir jugando los dos solos. ¿Cómo? “Me duele la barriga, mejor nos quedamos por si acaso…”.» Esa treta infantil solía tener éxito. Andrés y Manu seguían jugando, mano a mano, en su pequeño estadio familiar. Vivieron juntos experiencias maravillosas.
«Imagina el escenario – explica Andrés—. Un salón, de pared a pared la portería y, unos metros más allá, la bola de esponja para tirar el penalti. También teníamos una canasta que colgábamos en la puerta para hacer tandas de triples. Cada uno elegía a su equipo y luego apuntábamos todo; y cuando digo todo es todo. Estábamos tan obsesionados por nuestros jueguecitos que a veces no íbamos al partido: nos hacíamos los enfermos y nos quedábamos jugando todo el rato.»
«¡Qué días aquéllos, qué días! Lo teníamos todo anotado, montábamos campeonatos con los otros chicos del pueblo», cuenta Manu. Campeonatos reales en el patio del colegio, campeonatos imaginarios en sus cabezas. «Lo hacíamos todo. Éramos entrenadores, jugadores, presidentes… Fichábamos, dábamos bajas, levantábamos copas. Éramos un PC Fútbol,5 pero a lo grande», recuerda el hombre que a principios de los noventa anunció la llegada de un pequeño genio a Albacete.
«Yo era un loco de los juegos, de los piques y esas cosas. Mi primo y yo vivimos historias muy chulas, experiencias que nunca olvidaré. Él es de Albacete y, a veces, yo me quedaba a ver los partidos del Alba y luego me volvía a casa con Juan, un profesor que era socio del equipo – cuenta Andrés—. Me lo pasaba pipa con aquellos torneos de penaltis que montábamos en casa de mi primo. Y sinceramente creo que aquel niño sigue estando en mí.»
Ese niño iba una y otra vez a Albacete frente a las miradas sorprendidas, escépticas y escrutadoras de los más maliciosos o cotillas, siempre atentos a las familias que se salen de la rutina colectiva y desafían el orden cotidiano de las cosas. Vecinos extraños a ojos del tribunal popular que juzga las conductas, una santa y ridícula inquisición formada por hombres o mujeres de moral intachable. Todo el mundo está catalogado en pueblos como Fuentealbilla y, naturalmente, también los Iniesta y los Luján.
«Yo sólo sé que era feliz, muy feliz», dice Andrés, siempre apegado a su patria chica. Los hechos callaron finalmente a quienes ponían en duda su futuro y la sensatez de su familia. Él, ajeno a cualquier rencor, vuelve a las andanzas de su niñez para no perderlas, para retener su magia en la memoria: «El recuerdo de aquellos viajes con mi abuelo o mi padre, siempre con el bocadillo de chorizo y el zumo que me preparaba mi madre, me devuelve a una época fantástica. Ahora lo pienso y me digo: “¡Qué feliz era!”.
«Sí, quizá suene raro, pero para algunos éramos los tontos del pueblo – dice sin señalar a nadie—. A mi padre lo tachaban de loco por creer que su hijo podría llegar a ser futbolista. Sí, estaba loco… ¿Qué opinaban de mi madre? Se preguntaban por qué aquella mujer aguantaba tanto. ¿Y qué? ¿Acaso ocurre algo si uno se queda a medio camino? ¿Qué habría pasado si un día hubiese vuelto al pueblo por no haber tenido la suerte o la valía para alcanzar la meta? Cuando haces lo que crees que debes hacer, cuando hay ilusión, cuando tienes fe en ti mismo y, sobre todo, cuando lo haces con cariño, con todo el amor del mundo, todo eso no importa.»
Aquel chiquillo tenía una fe ciega en que llegaría a lo más alto sin adivinar siquiera la altura de la cima o la longitud del ascenso: la vida, al fin y al cabo, era para él un partido de fútbol sin fin. En cualquier caso, los reproches y habladurías se fueron apagando a medida que aumentaba la corte de aduladores. Tanto aumentó con su fama que a veces parecía la estrella de un circo ambulante.
«Yo era un medio centro de los de antes. Un cinco defensivo, un destructor, vamos – recuerda Catali, exjugador del Albacete y último entrenador de Iniesta en su tierra—. Cuando me daban el balón intentaba devolverlo lo antes posible. Un día, por fin, vi a Andrés… Lo sabía todo sin que yo le dijera nada. Antes de recibir la pelota ya sabía lo que pasaba a su alrededor. A los chiquillos les decía: “Al recibir la pelota, levantad la cabeza y mirad”. Con él no hacía falta. Todavía hoy me asombra verlo. Antes de que le llegue la pelota sabe quién está a su alrededor y, sobre todo, por dónde debe irse.
«Cuando juega con el Barça o con la selección no le pierdo ojo – prosigue Catali—. Por su color de piel, tan blanco, lo distingues enseguida. ¡Pero cómo es posible que haga esas cosas! Consigue ver lo que nadie intuye, su mirada llega más lejos.» Catali, al igual que Víctor, Juanón o Balo, sigue sorprendido por la humildad de aquel «minúsculo» jugador que, para la fantasía de los albaceteños, había convertido su modesto equipo infantil en el Brasil del gran Pelé.
«Lo ganábamos todo. En local, en provincial… Absolutamente todo. Había tanta diferencia con los demás equipos que no perdíamos ni un partido. “¡Qué equipazo tiene el Catali!”, decían. “Claro, ¡como él ha jugado en Primera!” ¡Qué va! Eran ellos. Contábamos con Andrés, pero también con cuatro o cinco chiquillos muy buenos. Unos tienen suerte y llegan, otros no se entregan… Es la vida.
«Sí, yo también puse a Andrés de capitán. Lo pones porque es el líder del equipo. El líder futbolístico. Ahora me gusta verlo de capitán, ver cómo le dice cosas al árbitro, algo que no hacía con nosotros. Ya nos costaba que hablara con sus compañeros y conmigo, ¡como para hablar con el árbitro!» El entrenador suministraba a aquellos bisoños jugadores las instructivas píldoras de su sabiduría. Por ejemplo: «Si vas de sobrao, no te comes un torrao». Así eran las frases «catalinas».
Ir de sobrao. Algo imposible en una familia modesta y trabajadora consagrada a la causa de Andrés. José Antonio estaba convencido de que Dani sería olvidado y de que su hijo brillaría con luz propia en el firmamento del fútbol. Y ningún Luján le llevaba la contraria, aunque sólo fuera porque el niño parecía más feliz que unas castañuelas.
«Mis padres no tenían ni para pagar las letras, pero se dejaron un pastón para comprarme unas Adidas Predator en cuanto salieron a la venta. Querían que su hijo jugase con las mejores botas del momento. ¿Crees que les importaba llegar justísimos a fin de mes si así podían ver a su hijo jugando con las botas nuevas?» Iniesta ya no calza unas Adidas porque ahora es bandera comercial de Nike: la multinacional estadounidense descubrió hace diez años lo que antes vieron Pedro, Víctor, Juanón, Balo y Catali. Un descubrimiento con consecuencias publicitarias.
«Mis padres se merecen lo mejor. Todo lo que hicieron por mí durante esos años en que uno no sabe si va a poder ser profesional tiene muchísimo valor. Eres muy joven y pueden pasar muchas cosas. Además, vives en un pueblo. Quienes nos hemos criado en un pueblo sabemos cómo funcionan las cosas. Mis padres han tenido que aguantar mucho, más de lo que nadie puede imaginar. No es fácil, nada fácil. Ni mucho menos. No fue fácil para ellos. No es fácil acostumbrarte a que hablen de ti o digan no sé qué bobadas. Por eso les doy las gracias, por eso agradezco su inmenso coraje. El tiempo nos ha dado la razón.»
El tiempo puso a cada uno en su sitio y, en efecto, acabó dándoles la razón a José Antonio, a Mari, al primo Manu… A aquel jovencito que cada día cantaba las excelencias del niño. «Mi primo es bueno, muy bueno, tenéis que verlo», repetía a diestro y siniestro. Eran los tiempos en que Johan Cruyff levantó la primera Copa de Europa ganada por el Barça. A buen seguro que Andrés vio al dream team en la televisión del bar Luján, allí donde driblaba a las sillas como si fuera la reencarnación de Laudrup y filtraba pases con la plasticidad de Guardiola.
–¡Venga! ahora hago lo de Laudrup – le decía a Mario, su fiel compañero en los entrenamientos—. Una croqueta de derecha a izquierda, ¿vale?
Andrés improvisaba regates en un pueblo de Albacete y Laudrup impartía doctrina en el dream team de Cruyff. Corría el año 1992, el año mágico de Barcelona y el barcelonismo. De Barcelona, futuro hogar de Iniesta, porque los Juegos Olímpicos despertaron a la ciudad de su letargo y la proyectaron al mundo. Del barcelonismo, porque en Wembley se derribó por fin una vieja barrera que parecía infranqueable. Aquella primera Copa de Europa fue el prólogo de una revolución futbolística, el primer anuncio del Barça que forjarían Rijkaard, Guardiola y Luis Enrique. Un Barça que ahora tiene en Messi a su estrella más visible y en aquel niño manchego al mejor guionista: suyo es el argumento de la obra.
«Los jugadores preferidos de Andrés eran Laudrup y Guardiola. Sí, sé que lo ha comentado después en varias ocasiones, pero yo ya lo sabía entonces – presume, y con razón, Mario—. Tenía dos jugadas: la croqueta de Laudrup y el gesto de Guardiola. ¿Qué gesto? Mirar a todos los lados antes de recibir el balón. Eso lo hacía siempre – revela su amigo—. Lo esperabas, pero luego no había manera de pillarlo. Siempre se iba.» Michael: su croqueta y su pase. Pep: su visión panorámica y su clarividencia. «Cuando lo veo pasarse el balón de una pierna a la otra, me recuerda a mí», admite Laudrup, sin duda orgulloso de su discípulo. «Tú, Xavi, me quitarás el puesto, pero este chico que ha venido hoy a entrenar nos lo quitará a los dos», cuenta Guardiola cuando recuerda el primer entrenamiento de Andrés. Apenas tenía dieciséis años y entró silenciosamente en el vestuario del Camp Nou. Con los años hablaría su fútbol y sería elocuente. Iniesta no llegó al estadio con un bocadillo y una pelota de goma: el nuevo balón ya estaba a sus pies.
2. CON LUZ PROPIA
«El cinco llegará a la selección.»
El gigantesco brazo de Albert Benaiges, representante del Barça, rodeaba el menudo cuerpo de Andrés Iniesta. Se jugaba el torneo de Brunete, hoy famoso por las muchas figuras que iniciaron allí su carrera. La presencia del Albacete fue una sorpresa: no le tocaba participar en la edición de 1996, pero el equipo se había colado por el descenso administrativo del Celta y el Sevilla, así que allí estaban los niños manchegos dispuestos a jugar el partido de su vida en el estadio de Los Arcos. Al finalizar, Benaiges, todo bondad, se acercó a Andrés. Quería felicitarlo por su debut, pero se limitó a abrazarlo porque el niño apenas hablaba: aquel chico era más huidizo que tímido, como si estuviera de incógnito en un torneo cada vez más mediático, ideado por Carmelo Zubiaur y José Ramón de la Morena, director a la sazón de El larguero en la Cadena Ser. El proyecto contó con el respaldo de Alfredo Relaño, entonces director de Canal+.
«Hable con mi padre, por favor, hable con mi padre», repetía Andrés cada vez que le preguntaban si le gustaría jugar en un gran equipo. De la Morena nunca olvidará la escena de Benaiges persiguiendo a Andrés después de cada partido. Aquélla era la tercera edición de un torneo que había arrancado en 1992 coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Barcelona y con el máximo esplendor del dream team liderado por Johan Cruyff. El torneo ya se había convertido en una fábrica de sueños para niños como Andrés y en un punto de encuentro para los sabios ojeadores de los clubs, entre ellos Benaiges, uno de los mejores cazatalentos del Barcelona.
«No, no hablé con su padre, era imposible. No podía plantarme frente a José Antonio vestido con el chándal del Barça, todo el mundo se habría dado cuenta de que lo quería fichar», recuerda Benaiges, el perseguidor perseguido por la vigilante mirada de sus colegas. Todos conocían su ojo clínico y si lo veían hablar con alguien hubieran sospechado que algo andaba tramando. Al principio no sabía ni siquiera el nombre de aquella promesa. «Me llamó mucho la atención un niño que llevaba el cinco en la camiseta. Me llamó la atención por su exquisita técnica y, especialmente, por su inteligencia futbolística. ¿Qué hice para contactar con él? Envié al señor Fàbregas, el delegado del Barcelona en aquel torneo, a hablar con su padre.» Como Fàbregas llevaba traje y corbata, nadie adivinó que aquel hombre representaba al club azulgrana: «Mira, ese señor que está ahí es su padre. Habla con él y dile que queremos fichar a su hijo. Es muy bueno». Dicho y hecho. Fàbregas fue el mensajero de Benaiges para abrir las puertas de la Masía.
El Albacete de Iniesta, unas veces vestido de blanco y otras de rojo, fue progresando en la competición hasta las semifinales, donde fue derrotado por el Racing de Santander de Jonatan Valle, una de las sensaciones en Brunete. «¿Brunete? ¡Uf… qué recuerdos! Ganamos en cuartos de final al Atlético de Madrid del Niño Torres por 3–1 y en semifinales derrotamos al Albacete de Andrés por 4–2. Yo metí tres goles, ¡debió de ser mi último hat-trick! – cuenta aún asombrado Jonatan Valle, el talento que parecía igualar a Andrés—. Me salió todo perfecto, yo era el centrocampista por detrás del delantero, tipo Bakero en el Barça de aquella época. Me lo pasé genial. Luego tuve ofertas del Barça, el Madrid, el Ajax, el Arsenal… pero me quedé en el Racing. Vivía con mi madre, no quería dejarla sola porque se había separado hacía poco de mi padre.» Todo fue muy deprisa para Jonatan: entrenaba en el primer equipo del Racing con apenas catorce años y debutó en la Copa del Rey con dieciséis. A los dieciocho ya se sentía jugador de Primera División.
La mirada de los expertos es a veces muy perspicaz y va más allá de los resultados: Radomir Antić, exentrenador del Real Madrid y el Barcelona, por aquel entonces técnico del Atlético, se fijó especialmente en Andrés a pesar de la calidad que exhibía Jonatan Valle en aquel Racing tan seductor.
La primera vez que participó en el torneo (1995), Andrés lucía el brazalete de capitán en el brazo izquierdo y llevaba el pelo rapado después de haber hecho una apuesta con su primo Manu. Quería parecerse a Iván de la Peña, el «pequeño Buda» que iluminaba el Camp Nou con sus pases. Pocos, sin embargo, repararon en ese llamativo look. Tampoco en su excelente fútbol. Cuando volvió al año siguiente no quedaba ni rastro de su pintoresco homenaje al gran futbolista cántabro hoy retirado. Andrés parecía más formal, pero el imán de su fútbol atrajo a todos sin excepción. El primer año los entrenaba Balo y quedaron cuartos. El segundo los entrenaba Víctor. Y el padre de éste siempre en la retaguardia.
«Creímos que podíamos ganar el torneo, estábamos muy ilusionados, pero tuvimos que conformarnos con el tercer puesto. Me nombraron mejor jugador. Así que para mí y para el Albacete aquel torneo fue muy importante», recuerda Iniesta.
«Sí, es verdad. Aquello estuvo entre Andrés y yo. Ganó por un voto y yo me quedé sin el viaje a Port Aventura. Ése era el premio. Si lo veis, decidle que me debe un viaje allí con mis hijos», comenta, sonriente, Jonatan. Algunos lo describieron como «el otro Iniesta» o «la cara B del fútbol». Aturdido por el destello de su potencial, desorientado por el errático curso que tomó su vida (quiso ser boxeador y subió incluso al cuadrilátero, pero esa aventura nunca fue culminada), la joven promesa acabaría entrenando en el equipo de jugadores desempleados organizado por la Asociación de Futbolistas Españoles. Jonatan y Andrés, unidos en Brunete, corrían juntos hacia las puertas del cielo, pero sólo uno cruzó el umbral.
«Sí, él se fue al Barcelona. Yo también pude irme, pero decidí quedarme en Santander. Andrés era mucho más sensato que yo. Desde niño marcaba la diferencia. Era un futbolista distinto. En cuanto tocaba el balón sabías que era diferente. Yo tengo ráfagas de buen fútbol, como casi todos, pero lo suyo no son ráfagas. Para mí es el mejor centrocampista español desde que tengo uso de razón. Diría que el mejor de todos los tiempos. Para mí, sí. Lo que más me sorprendía en Brunete es esa pausa que tenía. Igual que ahora. El resto de los futbolistas no tenemos eso. Recuerdo los años en que jugamos con las selecciones de las categorías inferiores. Le dabas la pelota y sabía perfectamente lo que debía hacer con ella. Y siempre tomaba la mejor decisión. Eso es lo asombroso. Si la tenía Andrés, decías “estoy tranquilo” —explica Jonatan—. Tiene esa habilidad. Andrés emana calma. Si tiene que hacer un control rápido, lo hace, pero en su interior lleva la pausa. Los demás sentimos la tensión y nos dejamos dominar por los nervios… Eso es lo que distingue a un buen jugador de un genio. Él nunca se pone nervioso y, además, siempre elige la mejor opción. Para mí es un orgullo formar parte de su historia. A veces, se lo digo a mis hijos: “Yo jugué con ese monstruo”», cuenta Jonatan saboreando aquellos lejanos tiempos junto al niño que conoció en Brunete.
«Mi madre se fue al torneo con lo puesto. Pensaban que nos iban a eliminar en el primer partido y viajaron sin equipaje ni hotel ni nada de nada – cuenta José Carlos, el portero reclutado una semana después de que el equipo de Andrés se pusiera en marcha—. Yo había ido con Mario al colegio y un día me dijo: “Nos hace falta un portero, ¿quieres venir?”. Y allí que fui. Ellos debían de llevar pocos días entrenando juntos, pero yo fui el último en llegar. No olvido los chicharros que me marcó Jonatan, el jugador del Racing, pero nada es comparable a lo que vivimos con el Madrid en cuartos de final», dice el guardameta, hoy policía nacional. No estaba ni mucho menos previsto que el Albacete alcanzara los cuartos de final, pero aquel club contaba con una de las mejores canteras del fútbol español.
«Disfruté como un enano. Por todo, pero especialmente por él. Andrés manejaba el equipo, era el que nos movía de arriba abajo. Y yo, el único zurdo del Alba, me lo pasaba pipa. Nos nutría de balones una y otra vez, nos hacía la vida más fácil. Lo veías jugar y, con lo pequeño que era, disfrutabas un montón. El campo era de dimensiones reducidas, pero él lo hacía todo tan sencillo… Estábamos dos o tres escalones por encima del resto. Y menudo día vivió el Madrid: en principio nos habían asignado un campo sin gradas, pero como era el Madrid y venía Lorenzo Sanz nos pusieron en el mejor campo, con gradas y todo», cuenta Carlitos (así lo llaman todos), el zurdo que más disfrutaba con Andrés. Y el Madrid fue el equipo que menos disfrutó durante aquel torneo.
«Sí, sí, también mis padres fueron a Brunete para pasar un solo día y tuvieron que quedarse todo el fin de semana. Hasta fueron a comprar ropa interior porque no pensaban que llegaríamos tan lejos – añade Carlitos, recreando en su mente aquellos días inolvidables—. Pasamos muy bien la fase de grupos, y entonces nos toca el Madrid. Nuestros padres estaban alucinando, ¡como para no estarlo! Éramos uno de los equipos que mejor jugaba colectivamente y, además, contábamos con un monstruo. Ni el Madrid nos asustaba. Llegamos a la tanda de penaltis. Tiraba primero Remi, otro de los capitanes, y luego Andrés. El tercero y último era mío. Yo estaba cagado de miedo al ir a lanzarlo. Los del Madrid habían fallado justo antes de que me tocara a mí», explica Carlitos. «Perdona, se lo paré yo al capitán del Madrid – lo interrumpe José Carlos—. Teníamos un equipazo y a un capitán que nos llevaba en volandas. Aquello no era un equipo de fútbol, aquello era una verdadera familia. Mira, todavía hoy seguimos en contacto, cada uno con su vida, claro, pero seguimos unidos por aquellos recuerdos. Aquello de Brunete es el fútbol puro. La inocencia del deporte. Es la experiencia más bonita que uno puede tener.» Dieciséis años más tarde, José Carlos recibió una llamada telefónica del presidente del Albacete: «Andrés quiere que des tú el discurso en la inauguración de la nueva ciudad deportiva». Unas instalaciones bautizadas en 2012 con el nombre de Andrés Iniesta. Mientras pronunciaba su discurso, el folio que sostenía José Carlos no dejó de temblar ni un instante. Aquel temblor se debía tanto a la emoción como a la maraña de periodistas arremolinada en torno a la persona que había a su derecha. Quien lo miraba atento a sus palabras no era el niño de Brunete, sino el gran Iniesta, el héroe del Mundial: «Andrés, ves a unos más que a otros, pero, como ves, no hemos cambiado mucho desde que éramos alevines. Bueno, unos han crecido a lo ancho, a algunos se nos nota más el cartón en la cabeza y otros, en vez de llegar en el Ford Orion de su padre, llegan ahora en un BMW, pero seguimos juntos. Todos, tanto los que han venido como los que no han podido estar hoy aquí, queremos darte un abrazo, pero un abrazo [en ese momento Andrés agachó la cabeza sacudido por los recuerdos] de los chicos de la piña blanca, de esos abrazos que nos dábamos cuando jugábamos en el campo de tierra de la Federación. Andrés, bienvenido a casa». Después, la foto con sus viejos amigos («vas a reventar el pantalón», bromeaba uno; «tengo las rodillas cascadas», decía otro) y un mensaje final de Iniesta. «Albacete tiene raíces, y las raíces están en su cantera, esa cantera en la que empecé yo», dijo recordando aquella lejana tanda de penaltis entre abrazos y sonrisas.
Todos saltaron de alegría con la parada de José Carlos, pero sólo sería decisiva si Carlitos marcaba luego su penalti. Y lo marcó. Tres tiros, tres goles. Aquella parada fue también decisiva porque con ella empezaba a cambiar la vida de Andrés. Éste también marcó su penalti, como haría años después en la semifinal de la Eurocopa 2012 contra Portugal. Fue un tiro suave, preciso, a la izquierda del portero. En 1996 no perdió los nervios frente a la portería; en 2012, tampoco. Dos penaltis para la historia.
«Es curioso, pero en aquel torneo nadie lo llamaba por su nombre – cuenta De la Morena—. “¿Os habéis fijado en el cinco del Albacete? ¡Mirad lo que hace con la pelota!” Ni siquiera era Andrés, mucho menos Iniesta, era, simplemente, el cinco del Albacete.» De la Morena guarda en su casa una prenda de coleccionista: la camiseta blanca del Albacete con el número cinco en la espalda. «En cuartos ganamos al Celta y en semifinales íbamos derrotando al Racing por 2–1 en el descanso, pero acabamos perdiendo por 4–2. El equipo iba para campeón», recuerda Víctor, el técnico del Albacete, pero aquel día se interpuso Jonatan Valle. «Jamás pensé que aquello me podría servir para ir a un equipo de Primera. Nunca pensé llegar siquiera a las semifinales. Sólo fui a Brunete a pasármelo bien, a disfrutar», cuenta Andrés.
«La figura de aquel torneo fue Jonatan Valle. Además, hasta que le tocó enfrentarse al Madrid, el Albacete siempre jugaba en el campo B. Jonatan hacía malabarismos con la pelota, era muy espectacular, tanto como Rabadán, un chico que vino con el Madrid en el 92. Buenísimo, pero no llegó a nada – explica De la Morena remontándose a los inicios—. Andrés llamaba la atención, aunque no tanto como Jonatan. La gente se encandilaba con aquel chico del Racing que marcaba goles maradonianos, pero en esto apareció Antić y, con esa autoridad tan propia de los serbios, nos dejó una de sus ya clásicas perlas. Todavía hoy la recuerdo casi de memoria: “¡No tenéis ni puta idea, ni puta idea! ¡El mejor de todos es el cinco del Albacete! ¡El cinco!”. Entonces, pensé: “Pues igual tiene razón Radomir”. Me fijé más en el cinco y acabé dándole la razón. Y le di la razón porque la tenía. “¡Sí señor, el cinco llegará a la selección! ¿El otro? No jugará ni en Primera.” Claro, lo decía tan convencido que pensabas que no se podía equivocar. “Miradlo, miradlo, no comete errores, no pierde un balón, lo hace todo bien.” Antić decía esto mientras Jonatan discutía con el árbitro por haber pitado no sé qué falta. ¡Le estaba montando un cristo, vamos! Al siguiente partido, el Albacete elimina al Madrid, y mira que ganar al Madrid era difícil porque todo el mundo quería que llegara el grande a la final. “Míralo, míralo. Ni protesta ni dice nada raro, ese chico es el mejor, sólo se dedica a jugar al fútbol. Es el mejor y con mucha diferencia”, me vuelve a decir Antić. Estaba fascinado con el cinco del Albacete. El Racing acaba siendo campeón y hay que elegir al mejor del torneo. Yo hice una cacicada: después de tanto escuchar a Antić, ya me había encaprichado con Andrés, pero, claro, no quería que se notara. Durante la reunión no paro de repetir las palabras que Antić ha dicho durante todo el torneo. Y todos coincidimos: ¡el cinco del Albacete! Entonces voy a buscarlo al hotel Alcalá de Madrid, donde se hospedaban los niños que habían participado en la competición. Llego y me lo encuentro sentado en un banco, con las piernecitas que no le llegaban al suelo. Estaba llorando.
–¿Pero qué te pasa Andrés? – le pregunto.
– El Albacete ha bajado a Segunda, el Albacete ha bajado – me responde.
No paraba de llorar. Lo subo al coche. A él y a Jonatan Valle. Me los llevo a la radio, a la SER, en Gran Vía, y empezamos la entrevista para El Larguero.
– Tu padre, Jonatan, ¿qué es?
– Mi padre es jefe de un ministerio.
–¿Pero es ministro?
– No, no, es jefe de un ministerio.
Ese año había jugado el torneo un hijo de Martín Toval, por aquel entonces ministro del gobierno socialista, y le digo a Jonatan:
– A ver si tenemos aquí al consejo de ministros.
– No, no sé, sólo digo que mi padre es jefe de un ministerio en Santander.
Luego le pregunto lo mismo a Andrés.
–¿Y tu padre?
– Mi padre es albañil, pero dejará de serlo cuando yo sea figura.
– Entonces será constructor.
– No sé, pero quiero bajarlo del andamio.
La charla no acabó ahí. Andrés no estaba solo, por ahí también andaba Víctor, entrenador de día, padre adoptivo de noche, guía en el Albacete.
– No te preocupes. Estaré todo el rato a tu lado. Tú contesta lo que puedas, no pasa nada.
Víctor trataba de animarlo para aliviar la tensión de aquella primera entrevista en un programa de radio: más de un millón de oyentes estarían conectados a su tímida voz.
– Oye, Jonatan, ¿cuánto crees que valdrías tú? —le preguntó De la Morena al descarado niño del Racing.
Frente a semejante desafío, ésta fue la respuesta de un chico que a los catorce años ascendería al primer equipo:
–¿Yo? Quinientos millones.
– Y tú, Andrés, ¿cuánto? – preguntó después De la Morena.
Se hizo el silencio. Joserra aguardaba impaciente. «Tenía una cara de susto increíble», recuerda. Víctor, temeroso de que el niño no abriera la boca, le susurró al oído:
– Tú di que vales mil millones. Sí, sí, dilo.
El niño de Fuentealbilla no respondió de inmediato, pero, siempre respetuoso con las jerarquías, obedeció a su entrenador.
– Yo, mil.
«Yo estaba escuchando la radio en Brunete. Allí conocí a Andrés. No había hablado con él, pero lo oí con atención en El Larguero. Yo jugaba entonces en el Oviedo, aunque tampoco jugaba mucho, todo hay que decirlo. No me querían por mi baja estatura. Todos los que fuimos a Brunete vimos algo diferente en Andrés. Entonces no sabía ni su nombre, pero nos fijamos en el pequeñito de Albacete, en Jonatan Valle, en Fernando Torres, en Diego León, un chico del Madrid», cuenta Santi Cazorla, ahora jugador del Arsenal, cuyo paso por aquel torneo apenas tuvo eco. No ha olvidado el vacilante relato radiofónico de aquel «pequeñito de Albacete».
Animado por los elogios de Antić, de los que enseguida tuvo noticia, y por las palabras de Benaiges acabada la final, Andrés, aunque siempre humilde, se sintió importante ante el micrófono. Benaiges había insistido: «Si quieres venir a la Masía, ya sabes». Pero Iniesta se volvió a escurrir del bondadoso técnico: «Hable con mi padre, por favor, hable con mi padre».
El destino, en cualquier caso, lo empujaba hacia la ciudad del Barça. «Aprovechando que al mejor jugador de Brunete le regalaban un viaje familiar a Port Aventura, nos fuimos todos a Barcelona y a la Masía. Queríamos saber cómo era, cómo se trabajaba, qué hacían allí. Fue una visita que pesó después para dar el paso definitivo», cuenta Andrés, a quien le costó mucho decidirse. Era feliz en Fuentealbilla.
Andrés no sabía entonces que el Barça no sólo lo había visto jugar en Brunete. Alguien avisó a Oriol Tort, sumo sacerdote de la Masía, de que en Albacete había un chico extraordinario y Tort llamó a Germán Vaya, ojeador del club en Andalucía: «Ve a ver, por favor, cómo juega ese niño que tiene tan buena pinta». Vaya viajó entonces a Plasencia, donde se jugaba el campeonato de España de fútbol-7.
«Yo hice el primer informe sobre Iniesta. Muchos se atribuyen su descubrimiento, pero lo cierto es que un holandés lo vio jugar en Albacete, habló con Tort y éste me envió a verlo en un torneo alevín que se celebraba en Plasencia – cuenta Vaya, que nada más ver al niño tuvo las mismas sensaciones que Balo, Víctor y Catali—. “¡Oriol, yo lo ficharía hoy mismo! Es pequeñito, no debe pesar ni treinta kilos, pero tiene una visión increíble del juego”.» Y eso que, como recuerda el ojeador, Andrés «no había empezado muy bien el torneo». Eso solía pasarle, pero, por la misma regla de tres, también terminaba siendo elegido el mejor de cada torneo. Así ocurrió en Plasencia y, semanas después, en Brunete. «Juega como entonces, ni mejor ni peor, idéntico», afirma Germán Vaya.
Idéntico físico, idéntica calidad, idéntica seducción. Todos quedaron hipnotizados por el juego de Andrés, conquistador de asombros en la tierra de los conquistadores. Castilla-La Mancha perdió finalmente frente a la anfitriona, Extremadura, que venció gracias a un gol de Jorge Troiteiro. Éste sería después uno de los mejores compañeros de Andrés en la Masía. El campeonato lo ganó Cataluña, que derrotó en la final a Castilla y León por 2–1. Los técnicos, sin embargo, se quedaron con el nombre de Andrés, un manchego que bailaba con el balón en los pies para lograr que su padre bajara del andamio. «Ojalá algún día pueda dejar de trabajar como albañil», solía decir Andrés, aquel niño bendecido por los técnicos del Albacete, atisbado por un holandés, observado por Germán Vaya en Plasencia, admirado por Benaiges en Brunete y tutelado siempre por su padre.
En el fútbol, como en cualquier otro ámbito, la clave del éxito radica en descubrir el talento (propio o ajeno). El Barcelona tuvo durante mucho tiempo a un experto en descubrir promesas que luego jugaron con Menotti, Venables o Cruyff (nunca se sabía quién iba a ser el entrenador del Camp Nou). El cazador de talentos en el Barça, el padre de la cantera azulgrana, llevaba por nombre Oriol Tort, pero todos lo llamaban Profesor. Fue el venerable maestro que transformó el fútbol juvenil: su legado es de tal calibre que con su nombre se bautizó la moderna masía levantada junto a la ciudad deportiva del club en Sant Joan Despí.
El buen ojo del Profesor funcionó de nuevo con Iniesta. En esta ocasión fue Germán Vaya quien le transmitió los primeros datos y Tort ni siquiera viajó a Albacete porque confiaba plenamente en el buen criterio de su ojeador. A Tort le bastaba con un vistazo, nada más. «El Profesor nos decía: “Sólo es válida la primera impresión porque después, cuanto más miras a un niño, más defectos le ves, pero entonces vuelves al principio y te dices ‘tiene algo, me gusta’”», cuenta Jaume Olivé, el responsable del fútbol base del Barça que mejor entendió a su colega.
Oriol observaba a los niños y los técnicos observaban a Oriol. Bastaba ver cómo consumía su cigarrillo para averiguar si la joven promesa le había gustado: cuando la punta se ponía muy roja, cuando la calada era intensa, todos entendían que en el campo de pruebas había una figura en ciernes. Y nadie lo entendía mejor que Olivé. La pareja formaba un gran tándem cuyos apuntes (siempre pasados a limpio en una vieja máquina de escribir) se leían con interés y respeto.
Tort (que en sus inicios se ganaba la vida como comercial de una farmacéutica) bromeaba cuando, en la época más amateur de la cantera, le preguntaba por su continuidad en el Barça.
– Profesor, ¿ya le han renovado el contrato?
– Veo que la silla y la máquina de escribir siguen en su sitio.
La silla y la máquina significaban una renovación verbal del contrato. Con ella también se daba por supuesta la continuidad de los entrenadores que alternaban sus trabajos con la formación de los jóvenes. Era un grupo de entusiastas, hombres voluntariosos como Pujol, Carmona o Ursicinio, cuya recompensa no era el magro sueldo, sino el descubrimiento de un jugador que con el tiempo podría convertirse en un buen futbolista o, con suerte, en un fuera de serie. Ahí están los casos de Guardiola, Xavi e Iniesta.
«Brunete me cambió la vida», cuenta Andrés. Tiene razón, pero el torneo no lo habría conducido a la Masía sin la llamada del Profesor a Germán Vaya.
«Ahora quisiera detenerme en una cosa. Aunque no me lo haya dicho, sé que lo ha pasado mal en algunos momentos. Mucha gente habla por hablar de De la Morena. No quiero entrar en la cuestión de los índices de audiencia, pero es cierto que es el número uno desde hace ya no sé cuántos años. Ojalá la gente no fuese tan hipócrita en su trabajo. Hay palabras que me duelen mucho. ¿Cuáles? Por ejemplo: “Siempre atiendes a De la Morena y a nosotros no”. Eso me revienta. Es una persona que lleva siguiéndome desde los doce años, cuando nadie sabía ni cómo me llamaba. Estaba en Brunete y nunca se olvidó de mí. Y lo fácil habría sido olvidarse de mí unos años después, cuando aquel niño ya era un adolescente de catorce, quince o dieciséis años. Joserra no me olvidó. Y cuando me daban palos por todos lados y él creía que eran injustos, apostaba por mí. Y cuando yo no jugaba y él pensaba que no era merecido, tampoco callaba. Hay personas que se rebelan ante situaciones que consideran injustas y se ganan tu respeto y tu cariño. Lo más fácil en determinadas situaciones era dar la razón a lo que soltaba la mayoría sobre mí, no complicarse la vida, no crear conflictos: no tenía necesidad alguna de defenderme, pero me defendió siempre. Y aquí nadie ha pedido nada a cambio. Ni él ni yo. Las cosas se hacen por convicción y él me ha demostrado muchas veces que la tiene. No digo que los demás me hayan tratado mal, ni mucho menos. De todas formas, siempre he intentado portarme lo mejor posible con todos porque es mi deber. Luego hablaré menos o más, aburriré más o menos, pero he procurado atender a todos con respeto y educación. Hablo ahora de hechos puntuales. Así lo siento y así lo expreso. Somos personas de sentimientos, de carne y hueso, aunque hay comentarios que uno se guarda para siempre. Y no olvido a Joserra: él estaba cuando nadie estaba.»
3. LA NOCHE MÁS TRISTE
«Papá, quiero ir. Llámalos, por favor.»
«Sí, parece absurdo, pero es cierto: el peor día de mi vida lo he pasado en la Masía. Así lo sentí entonces y así lo siento ahora, con tanta intensidad como si no hubiera pasado el tiempo. Tuve una sensación de abandono, de pérdida, como si me hubiesen arrancado algo de dentro, en lo más profundo de mí. Fue un momento durísimo. Yo quería estar allí, sabía que era lo mejor para mi futuro, por supuesto, pero pasé por un trago muy amargo, tuve que separarme de mi familia, no verlos todos los días, no sentirlos cerca… Es muy duro. Lo elegí yo, es verdad, pero se me hizo… se me hizo…»
Todavía ahora interrumpe su relato con un largo silencio cuando evoca aquella primera noche lejos de casa. Llegó finalmente a la Masía en septiembre de 1996 porque, tras varias semanas de dudas e incertidumbres, sorprendió a su padre con una petición inesperada: «Papá, quiero ir. Llámalos, por favor». «Habían pasado unos días del límite que nos habían fijado para ir a Barcelona. Pensaba que ya no sería posible, aunque el señor Tort nos había dicho que esperarían. Ese año o el siguiente. Y lo conseguimos… en el tiempo de descuento. Ni mi padre ni nadie de mi familia me dijo que debía irme a Barcelona. Recuerdo que el primer día fue un 16 de septiembre, llegamos con el cole prácticamente empezado; el fútbol, también. La decisión llegó tarde, pero fue acertada.»
De hecho, llegó en el último instante y sus consecuencias no fueron nada fáciles. Ni en casa ni fuera.
– Pero vamos a ver, chico, ¿por qué quieres ir ahora, justo ahora? – preguntó José Antonio Iniesta.
– He cambiado. Ya me he hecho el ánimo, papá. Lo he pensado bien y nos vamos – respondió Andrés.
«Cuando me dijo “papá, nos vamos” me dio algo por dentro», cuenta José Antonio.
–¿Por qué ahora, hijo?
– Porque sé que es lo que tú quieres. No te puedo dejar sin esa ilusión después de todo lo que has luchado por mí.
José Antonio se debatía entre la felicidad y la angustia: «Yo era quien más quería que se fuese a probar suerte y, al mismo tiempo, quien más sufría con la idea».
Andrés se decidió a dar el paso, a emprender un camino erizado de dificultades no siempre previsibles. Tanto en Barcelona como en Albacete. «Me gustaría aclarar, eso sí, sin voluntad de ofender a nadie ni de sacar trapos sucios, lo que sucedió entonces con el Alba [el Albacete]. Fue poco antes de irme. No guardo rencor a nadie, procuro ser una persona agradecida con quienes me han ayudado y con las entidades a las que he pertenecido, pero no me gustó cierta actitud. Tuve la sensación de que, dentro del club, algunos quisieron dejarnos a mí y, sobre todo a mi familia, como los malos de la película. Se dijeron verdaderas tonterías para confundir a la gente. Y estuve dos semanas sin poder jugar con el Barça porque no se tramitaba la ficha. De verdad que no estoy haciendo el más mínimo reproche. Es más, hasta cierto punto puedo llegar a entender la decepción si un jugador de tu cantera se marcha. Lo puedo entender. Pero en la vida no hace falta dañar a los demás… Simplemente hice lo que creí oportuno y lo que, en realidad, hubiese hecho el 99 % de la gente en la misma situación.»
Andrés acertó. Mari, su madre, también. Y, por supuesto, José Antonio, a pesar de que todos vivirían la peor noche de sus vidas.
Cuando la familia Iniesta llegó a la Masía, los padres conversaron con Juan César Farrés, director de la residencia, mientras Andrés, ajeno a lo que se le echaba encima, recorría las habitaciones de una academia, ahora vacía y sin uso definido, que albergó durante décadas los sueños de miles de niños. Andrés no iba a caminar solo.
«Recuerdo a José, que era entonces portero del juvenil. Un chico con una planta impresionante. Yo debía de llegarle por la cintura. Me iba enseñando la Masía poco a poco para que la fuera conociendo por dentro: “Aquí hay una cocina, allí está tu dormitorio; ahí tienes, Andrés, la biblioteca…”. Continuaba con las explicaciones, pero yo no dejaba de llorar. Lloraba y lloraba sin pausa. Mi cuerpo estaba allí dentro, pero mi cabeza y mi alma estaban con mi familia.»
Los padres seguían abajo, en la entrada, hablando con el señor Farrés y él iba de un lado a otro entre desconcertado y ausente: «José me enseñaba la casa como si a mí me importara», explica ahora evocando aquellos primeros minutos en su nuevo y extraño hogar.
– Ven, Andrés, mira esto…
El portero José Bermúdez trataba de consolar al niño recién llegado desde su imponente estatura: «Era muy pálido, bajito, tristón… Debía de estar pensando: “¡Pero dónde me meten mis padres!”. Aún hoy recuerdo ese episodio. No, no creo que él se acuerde de mi apellido, es normal», dice el guardameta. Para Andrés es simplemente José, el chico que le abrió las puertas. «Era supercanijo, muy pequeño, pero mucho… ¿Por la cintura? No creo ni que me llegara, ¡ja, ja, ja! Pero Jorge – dice en alusión a Jorge Troiteiro— era aún más bajo que Andrés. Estábamos todos en el vestíbulo cuando llegaron. Yo tenía diecisiete años; él, doce. Si fue duro para nosotros, imagínate para él. Pasabas muchos ratos de soledad, muchísimos. Andrés era supertímido; Jorge era mucho más extrovertido, más dicharachero, era el que tiraba siempre del carro. Andrés me cayó bien desde el principio. Era supereducado, muy dulce, afectuoso.»
«Lo dejamos allí y nos volvimos al hotel», recuerda José Antonio Iniesta. Tan cerca y tan lejos. Tal vez doscientos metros de distancia, trescientos como mucho. Sólo una calle, la calle Maternidad, separaba al niño de sus padres y su abuelo materno. Mientras José Bermúdez subía las escaleras de la Masía acompañado por un diminuto niño manchego y le mostraba la litera que compartiría con Jorge Troiteiro, la familia Iniesta-Luján vivía una noche dramática en su hotel barcelonés. Cuando cerraron las puertas de la Masía, los tres se dirigieron a sus habitaciones sin apenas cruzar palabra. Había poco que decir, muy poco. ¿De qué iban a hablar? El padre, sin embargo, no aguantó en su cuarto. La agobiante tensión no le daba tregua. Tomó el ascensor, bajó a la cafetería del hotel y allí se encontró con el abuelo.
«Creía que me iba a morir, me faltaba el aire en la habitación, era insufrible. Me dio un ataque de ansiedad – relata José Antonio, instalado en el volcán de las emociones pasadas—. Llegué a hacer la maleta para volvernos al pueblo. No podía abandonar a mi chiquillo. Si no hubiera sido por su madre… Yo me lo hubiese llevado al pueblo, pero ella tenía más capacidad de sacrificio. Mari siempre me decía: “Si se va y no triunfa, lo habré perdido seis o siete años. Si se va y triunfa, también lo habré perdido seis o siete años. O sea, yo siempre pierdo”.» Todos perdían algo en aquella arriesgada apuesta: perdían Mari, José Antonio y Maribel, la hermana del prometedor futbolista. También perdía Andrés, sin duda alguna. La incógnita era qué iban a ganar. Una incógnita tal vez demasiado cruel.
– Mañana voy a la Masía y me llevo al chiquillo. ¡No puedo soportarlo! – le dijo José Antonio a su suegro, convencido de que en él hallaría al cómplice perfecto para doblegar la férrea voluntad de su mujer.
El abuelo le tendió la mano; Mari permanecía ajena al plan que se tramaba abajo, pero pronto se enteraría.
–¡Mari, me lo llevo! Ahora mismo voy a la Masía, lo saco de allí y nos volvemos todos para casa.
La desgarrada voz de José Antonio resonaba en aquel cuarto dominado por la gigantesca mole del Camp Nou, pero Mari, la madre firme, poderosa y rotunda, replicó con frases breves e inapelables, habló a la manera «Luján». No había discusión, ni siquiera para su atribulado esposo:
– Si te lo llevas, serás un egoísta. Estás pensando en ti, en nosotros, pero tienes que pensar en él. Dale al menos la posibilidad de probarlo. Ha venido hasta aquí para eso y ahora no podemos acobardarnos.
Como habría dicho Catali (aquel último entrenador de Andrés en Albacete), la madre se armó de valor cuando en el fondo era incluso más endeble que el padre. La suerte estaba echada: habían cruzado el Rubicón y ya no podían retroceder. Ahora tocaba afrontar con calma las primeras turbulencias. Tanta calma como fuera posible. Allí estaban los cuatro, padeciendo los rigores de una noche aciaga en un rincón de Barcelona presidido por el gran templo del fútbol.
«Durante mi primera cena en la Masía no paraba de llorar. ¿Comer? Evidentemente, no comí nada», cuenta Andrés. El padre y el abuelo tampoco. ¿Y la madre? Nadie la vio derramar una sola lágrima, pero ella lloraba por dentro. De nuevo salió a la luz su inamovible entereza. Era el pilar de la familia, una anónima familia de Albacete que esa noche no tuvo ni cena ni reposo.
«No sé si fue peor aquella noche o lo que pasó al día siguiente. Yo sabía que mis padres estaban cerca, a pocos metros, en aquel hotel, pero también sabía que en algún momento cogerían el coche para volver al pueblo. Tenían que trabajar. No podían quedarse conmigo.» En realidad ya no estaban con él. Habían confiado su hijo al Barça. En cierto modo lo habían «cedido».
«A la mañana siguiente tenía que ir a clase. Ellos vinieron a la puerta de la Masía para acompañarme al colegio. Fuimos con Jorge Troiteiro, un chico de Mérida que tenía la misma edad que yo.» No hubo comentarios sobre la dura experiencia vivida (o sufrida). Se saludaron como si nada hubiera sucedido. Como si estuvieran en el pueblo y fueran juntos al cole. Estaban en Barcelona, pero intentaban aparentar que seguían en Fuentealbilla. «Llegamos al colegio y nos dimos dos besos de despedida.» Eso fue todo.
Andrés entró con Jorge en las aulas para iniciar una rutina que duraría años. Lo que no imaginaba es lo que ocurriría poco después: «Pensaba que a la salida de clase, ya por la tarde, me estarían esperando, pero cuando me asomé no había nadie». Ni José Antonio ni Mari ni el abuelo. De repente se vio solo, casi huérfano. Allí, junto a su nuevo amigo Jorge, veía desvanecerse el mundo donde se había criado.
«Ahora pienso que fue una decisión acertadísima porque nos ahorramos el mazazo de la despedida definitiva, que habría sido mortal.»
Ahora le parece bien; cuando sucedió, no. Ahora lo entiende; entonces sintió el dolor del desamparo. El latigazo de un abandono casi total.
«Parece mentira, pero yo ya me había acostumbrado. Quizá suene increíble, sólo llevaba una semana más que Andrés, pero ya me había adaptado a todo aquello – explica Jorge Troiteiro, el niño que cruzó la puerta del colegio Lluís Vives de Barcelona junto a Andrés—. Tenéis que entender todo lo que supone ese lugar. De pronto dejamos de ser niños. A mí, con diez u once años, me lo hacían todo en casa. Imagino que igual que a Andrés. Tus padres te visten, tus padres te llevan al colegio, tus padres te acompañan a todas partes, tus padres, siempre tus padres… Allí salíamos de clase y no te esperaba nadie. Absolutamente nadie. Teníamos doce años. Tuvimos que madurar en muy poco tiempo y no todos están preparados para algo así. De repente pasamos a vivir en una familia, la familia de la Masía, a la que horas antes ni siquiera conocíamos. De pronto tienes unos hermanos nuevos que, por cierto, a los más chicos nos ayudaban en todo. Nos mimaban, pero…» Al recordar aquellos días de soledad, Troiteiro no puede seguir hablando. Aun así, no olvida que la llegada de Andrés lo animó muchísimo.
A Andrés, en cambio, salir de la escuela y no ver a los suyos lo colocó de improviso, sin adaptación previa, frente a su nuevo mundo. Quizá sí hubo una fugaz adaptación durante aquellas horas en coche de Fuentealbilla a Barcelona. Tres adultos y un niño, tres generaciones y un silencio compartido.
«Recuerdo cuando paramos a comer en Tortosa. Nadie comió nada. Sabíamos que el “final” estaba acercándose.» Sí, el «final», así lo entendían todos. «Además, sabíamos que no había marcha atrás y aquella parada, ya en Cataluña, de alguna manera lo confirmaba. Cuando hablábamos era para decir algo que no tenía sentido o no venía a cuento. Nadie podía aguantar el dolor que se acercaba, pero tendríamos que soportarlo», cuenta Andrés.
No comió en Tortosa. Tampoco cenó en la Masía.
«Antes sólo pensaba en lo que tuve que vivir yo, en todo lo que pasé, en todo lo que sentí allí, en la Masía. Sí, claro que podía pensar cómo deberían de estar viviéndolo tanto mis padres como mi abuelo, pero hasta que no eres padre no te puedes imaginar de verdad lo que sintieron en aquel momento. Ni lo que sufrieron ellos y mi hermana. Yo, por ejemplo, me muero por dentro cuando estoy un día sin ver a Valeria o Paolo Andrea o cuando no puedo ver a Anna. Bueno, sin verlos cara a cara porque ahora, con las nuevas tecnologías, los puedo ver desde cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Pero no poder tocar a mi niña, a mi niño… No poder tocarlos un solo día… Imagino a mis padres haciéndose a la idea de dejarme en la Masía. No, ni siquiera ahora me gusta pensarlo.»
Se fueron para volver a su lado sólo una vez al mes. Y ni siquiera un fin de semana completo. La vida cambió para siempre para aquel niño de doce años.
«Hasta que acepté la situación o hasta que la situación se normalizó un poco, pasaron algunas semanas, tal vez meses.» Aún no puede afirmarlo con certeza.
«Al principio me costaba comer y no quería llamar por teléfono a mi familia porque empezaba a llorar y llorar, pero uno, al final, se acostumbra a lo que vive, a lo que quiere, a lo que persigue. Y yo quería estar allí. Y, por muy mal que lo pasara, no iba a volver a casa. Tenía que estar allí y mantener la decisión de estar en la Masía, de ser jugador del Barça.»
Esa obstinación es muy Luján. Terca fue su madre aquella noche dramática en que José Antonio amenazaba con derribar la puerta que conducía a los sueños. Terco fue el hijo sosteniéndose en pie mientras derramaba lágrimas por los rincones de una masía con más de tres siglos de historia.
«Cuando venían mis padres a verme me sabía a poco. A muy poco. Ellos salían los viernes porque tenían que esperar a que mi hermana acabara el colegio. Llegaban a Barcelona sobre las ocho o las nueve de la noche. Yo, naturalmente, tenía todo preparado. Los esperaba en la puerta para irnos lo antes posible. Cenábamos los cuatro en un bar al lado del hotel y nos metíamos los cuatro juntos en la misma cama, dormíamos juntos, lo hacíamos todo juntos. ¡Qué grande recordarlo! Luego, el sábado, después del partido (solíamos jugar por las mañanas), teníamos la tarde libre. Íbamos al cine, dábamos una vuelta por Barcelona, pero a medida que se acercaba la noche yo ya tenía mi cabeza en otro sitio.» ¿Por qué? Porque el tiempo se le escapaba con tanta rapidez que no lo podía controlar. Al principio lo veían una vez al mes. Luego, cada quince días.
«Sabía que tras la comida del domingo se tenían que marchar al pueblo. Tenían que estar allí para ayudar a mis tíos y mis abuelos en el bar. El domingo, en Fuentealbilla, la gente salía a cenar mucho y ellos, claro, tenían que llegar sobre las siete o las ocho de la tarde, así que tenían que irse de Barcelona hacia las dos como máximo. Ni que decir tiene que cada vez que llegaba ese momento era un drama. A mí me sabía a poco, a poquísimo, el tiempo que estaban conmigo. Se me pasaba todo volando. Y, después, a esperar otro mes para verlos.»
Días y días y días de interminable espera…
«En la agenda del colegio tachaba los días que faltaban. Contaba los días que quedaban para las vacaciones de Navidad, para las vacaciones de Semana Santa, para el verano… Y así, meses y meses, yo siempre he sido muy familiar y los años que pasé en la Masía marcarían el resto de mi vida. Tengo un vínculo fortísimo con mi familia y eso me encanta. Todavía recuerdo el primer viaje que hicieron mis padres a Barcelona. Tenían un Ford Orion azul. Me dijeron que llegarían hacia las ocho de la tarde y ahí estaba yo esperándolos desde las siete. ¿Dónde? Sentado en el muro que hay en la rampa de entrada a la Masía. Fijándome en cada coche que pasaba por allí para ver si eran ellos. ¡Y la mala suerte que tuvieron! Cuando faltaban pocos kilómetros se les paró el coche en la autopista, tuvieron que llamar a la grúa para llegar a Barcelona. Y yo perdí varias horas de la anhelada compañía. Creo que les cobraron unas treinta mil pesetas. Se las tuvieron que pedir al señor Farrés, el director de la Masía. Todo el mes estaban los pobres ahorrando para estar conmigo y, a la primera, con un palo en la frente… Al fin llegaron a la Masía. Horas después, eso sí. Y pudimos disfrutar juntos el fin de semana.»
Luego, cada uno a su sitio: el padre al andamio del que su hijo quería bajarlo, la madre, a la barra del bar Luján y él, a la Masía.
«Mira, papá. Yo un año lo aguanto. ¿Dos? No lo sé. Pero uno sí, papá. ¿Cómo? No lo sé. Uno lo aguanto como sea.» Aguantó y defendió esa tardía pero acertada decisión. «En el canal que hay en el pueblo no caben las lágrimas que derramó mi nieto – recuerda Andrés Luján, el abuelo, el cuarto pasajero de aquel Ford Orion azul que partió de la Mancha en dirección a Cataluña—. Aquello fue algo para verlo y no pasarlo. No cabe tanta lágrima, no cabe…» Andrés se quedó solo entre los doce y los diecisiete años. Cinco largos años, pero nada comparable a aquella primera noche, cuando lloraban hasta las piedras en la Masía de Can Planes.
4. NUEVA VIDA
«El día en que iba a debutar con el
Infantil B del Barça me quedé dormido.»
«El día en que iba a debutar con el Infantil B del Barça me quedé dormido. No sé qué me pasó. La víspera estuvimos charlando en la habitación de los mayores, no recuerdo hasta qué hora, pero sí sé que se nos hizo tarde, muy tarde. Cuando sonó el despertador ni me enteré, nada de nada. Menos mal que jugábamos en el Mini, que está cerca de la Masía, porque si no… Recuerdo, eso sí, que vinieron a llamarme y, sin desayunar, nos fuimos directamente al vestuario. Jugábamos contra la peña Cinco Copas. Ganamos 8–0 y metí cuatro goles, sí, ¡antes marcaba goles! Ése fue mi debut oficial con la cantera del Barça, no fue nada mal. Imaginad, mi primer partido y encima me quedo dormido. Con lo tímido que era, ¡menuda papeleta al entrar en el vestuario!»
Ursicinio López, entrenador y artesano del fútbol, no sabía qué pasaba. El partido estaba a punto de comenzar y Andrés no daba señales de vida. Podía imaginarse miles de razones, pero nunca que se hubiera dormido. Con el tiempo justo, aquel diminuto niño manchego apareció para enfundarse, por vez primera, la camiseta del Barça. Llegó y se puso a bailar con la pelota dejando su singular impronta grabada sobre el césped desde el primer día.
«Jugó con ese semblante serio y, a la vez, delicado que ha tenido siempre. No le gustaba presumir de nada, pero Andrés ya era un poquito la estrella. Sí, sí, desde el inicio. Era un chico de medio campo, un interior de enlace, tipo Luisito Suárez.» Ursicinio emparenta a Andrés con el único jugador español que ha ganado el Balón de Oro (1960). Aquel gallego triunfó en el Barça, pero no consiguió coronar su trayectoria con el premio que sin duda merecía: los palos de una final en Berna lo impidieron y le dieron el triunfo al Benfica de Bela Guttman (3–2). Con el Inter de Milán, en cambio, sí obtuvo el reconocimiento universal que proporcionan dos copas de Europa. Suárez fue un jugador elegantísimo formado con pelotas de trapo en las calles de La Coruña. Al igual que el no menos elegante Andrés en las calles de Fuentealbilla.
«Andrés tenía llegada, último pase, metía goles y, sobre todo, participaba de forma increíble en el juego. Como Luisito, vamos, o como Fusté», dice el viejo maestro aludiendo a Josep Maria Fusté, el Noi de Linyola, aquel exquisito cerebro que tuvo la desgracia de jugar en la década de los sesenta, cuando el Barça no ganaba nada. Por no ganar, no ganaba ni la Liga. Fusté no tiene ni un solo título liguero en su palmarés, donde, sin embargo, sobresale la Eurocopa de 1964 conquistada en el Bernabéu ante la Unión Soviética de Lev Yashin, la «araña negra». Y ante Franco. Una victoria que el aparato propagandístico del régimen vendió como una derrota futbolística del comunismo.
«Jugaba Andrés con el diez, pero lo cierto es que acababa de cuatro, de seis, de ocho…», cuenta Ursicinio recordando los dorsales empleados por Cruyff, que había llegado al Barça como entrenador ocho años antes (1988) que Andrés (1996). El diez era el interior zurdo (el Iniesta de ahora). El seis jugaba por detrás de los delanteros (Bakero en su día). El cuatro era el medio-centro (antes, Guardiola; después, Xavi; más tarde, Busquets) y el ocho era el número que le correspondía al interior derecho (Eusebio). Nunca se desvanece el modelo del dream team, el equipo que revolucionó el fútbol moderno. «Nosotros, en el Infantil B, jugábamos con el 3-4-3, o sea, en rombo, pero Andrés siempre iba a parar donde estaba la pelota. Yo, en realidad, creo que la pelota lo llamaba a él: “Ven, por favor, Andrés”.» Así sucedió aquel primer día, aún con los ojos enrojecidos por la falta de sueño y en el rostro la vergüenza de haber llegado tarde al vestuario.
«Tenía esa facilidad para recibir e irse. Superaba a un contrario, a dos, a tres. Lo hacía con tanta sencillez que muchos se imaginaban a sí mismos regateando del mismo modo. Ya entonces poseía una concepción muy clara del fútbol y, además, contaba con una técnica que lo ayudaba a desarrollar todo lo que pasaba por su cabecita. Mostraba una enorme superioridad sobre los contrarios. Si la tiene ahora, imaginad cuando era niño», explica Ursicinio. Tort ya le había anunciado que llegaba «una perla» de Albacete.
«Antes de que llegara vino un día el Profesor y me dijo: “Vendrá ese chico que hemos fichado tras el torneo de Brunete. Sí, el chico que vio Benaiges. El Madrid también lo quería fichar, pero ha querido venirse con nosotros”.» Escueto como era, el Profesor no quiso ser pródigo en palabras con Ursicinio, pero llevaba el entusiasmo por dentro. Sabio como era, no quiso levantar expectativas dudosas. Pero si los ojos de Benaiges y de Vaya, el amigo andaluz en quien tanto confiaba, habían visto lo mismo, no quedaba lugar para la duda.
– Ahí lo tienes – le dijo a Ursicinio.
«Y con él todo era fácil. Facilísimo, diría yo. Desbordaba precisión, veía los apoyos de los compañeros, veía las paredes… Si era capaz de hacer lo mismo con los mayores, no habría problemas: “Llegará”, eso era lo que nos decíamos cuando lo veíamos en el campo. ¿Qué problema había, pues? El físico. Sólo ése. Saber si su endeble cuerpo resistiría más adelante», admite Ursicinio, desconociendo entonces que ese problema ya había sido resuelto a quinientos kilómetros de Barcelona. Abelardo y Julián, los amigos de Andrés en Fuentealbilla, cuatro y cinco años mayores que él, habían descifrado el enigma hacía mucho tiempo. La edad no era ningún inconveniente, el físico tampoco. Si había «sobrevivido» a la agreste explanada del pueblo, ¿cómo no iba a triunfar sobre las verdes alfombras de los campos barceloneses?
«Es verdad. Hasta en eso sorprende Andrés. Incluso en el físico… Lo ves así, poca cosa, le sobra camiseta por todos lados, como si se lo fuera a llevar el viento, pero luego… Aparentemente es frágil, pero resistía de maravilla en todos los partidos. De principio a fin. Lo suyo era una contribución permanente al fútbol, como si no se cansara nunca de jugar. A veces, me decía a mí mismo: “¡Con lo que ha corrido en la primera parte, no aguantará en la segunda!”. ¡Pues aguantaba! No desfallecía nunca, jugaba siempre igual – asegura Ursicinio, sorprendido aún por la resistencia de aquel niño capaz incluso de saltar directamente de la cama al campo como le ocurrió en el primer partido—. Se colocaba en la posición de Luisito.» Otro recuerdo. El fútbol remite una y otra vez a las analogías con las glorias del pasado. «A veces, cuando estábamos en el campo de tierra que había entonces al lado del Camp Nou (ya no existe porque han hecho un aparcamiento), se acercaba Olivé y me preguntaba: “¿Cómo anda el sabio hoy?”. “Ya lo ves, Olivé, como siempre, haciendo de las suyas.” El sabio era Andrés. Hacía cosas increíbles en los entrenamientos. “¡Joaquín, somos nosotros los que tenemos que pagar por estar aquí, no deberíamos cobrar!”, bromeaba yo con mi ayudante.»
Dentro de un tiempo habrá otro jugador que recuerde a Iniesta, un futbolista que se vea reflejado en su manera de entender el fútbol. Cuando Ursicinio lo tenía en el Infantil B era como ver desfilar frente a él a sus ídolos de antaño. Andrés era un niño manchego y, al mismo tiempo, un niño gallego o un niño catalán: Iniesta, Suárez, Fusté… «También ocupaba mucho campo, como Luisito. Y sabía esconder la pelota donde quería, a veces ni se la veías… Practicábamos el toque de balón, sobre todo con la pierna izquierda, que es la más débil, pero con estos jugadores, no sabes cómo, al final la pelota siempre cae en la pierna buena. En el caso de Andrés, la derecha. ¿De cabeza? No creo que haya visto nunca cabecear a Andrés. Emplea la cabeza para otras cosas. Mirad, por ejemplo, cómo defiende. Lo hace posicionalmente y, cuando afronta el uno contra uno, casi siempre se sale con la suya y se lleva la pelota. No robará el balón en una carrera larga, pero tiene esa intuición que le permite robarlo cuando nadie se lo espera. Con nosotros, ya lo hacía», dice Ursicinio, un hombre que tenía «poco trato personal» con esa fusión moderna de Luisito y Fusté.
A Andrés sólo lo veía en el vestuario y, luego, en el campo. Mientras el técnico del Infantil B trabajaba de ocho a tres, el chiquillo iba al colegio Lluís Vives con Troiteiro. «Éramos los más pequeños y mimados de la Masía. Yo llegué una semana antes que Andrés. Fueron días muy duros para mí. Por eso su compañía me alegró mucho. Ya no era el más chico. Por ahí andaban Puyol, Reina, Motta, Arteta… Todos mayores que nosotros. Parece que no, pero una semana en la Masía era mucho tiempo. Ya estaba más habituado que Andrés; además, yo era más atrevido, más extrovertido, más hablador… Él, no. Él era tímido, como ahora. Dormíamos juntos en una litera, al principio nos pusieron en la habitación de los jugadores de baloncesto. Eran cinco o seis. Andrés dormía abajo y yo arriba. Lo pasamos mal, bueno, él lo pasó mucho peor que yo. Y eso que teníamos a Puyol, él siempre nos cuidaba. Puyol estaba pendiente de nosotros a todas horas. Puyol y Víctor Valdés. No dejaban que nadie nos tocara, nos cuidaban muchísimo, nos protegían», afirma Troiteiro.
«Lo veía pálido, casi siempre con los ojos enrojecidos, con la tez blanca, triste. Entonces no podía entender lo que estaba padeciendo por dentro – cuenta Puyol—. Yo era el tipo más feliz del mundo, me habían seleccionado para jugar en el Barça, estaba en la Masía… ¡Qué más podía pedir! Nada, absolutamente nada, pero Andrés era un niño aún, demasiado pequeño. No lograba comprender lo que sentía. Yo había llegado donde quería estar. Él también quería estar allí, por eso sufrió lo que sufrió. Lo que nadie sabe. Pero era distinto. Yo, por ejemplo, no llamaba a nadie por teléfono ni fui en cuatro meses a mi casa. Tampoco me visitaban. Era superfeliz allí dentro.» El excapitán del Barcelona trabajaba en silencio peleando contra la desconfianza que lo rodeaba desde que abandonó los campos de tierra de La Pobla de Segur: «Os voy a demostrar que puedo jugar en el Barça». No se lo decía a nadie, pero hablaba su fuerza interior. Sin presión alguna, convencido de que se impondría a todos. Para empezar, necesitó más de un mes («aquélla fue la prueba más larga del mundo», confiesa) para convencer a los técnicos de que le abrieran las puertas de la Masía. Todas las mañanas se levantaba en casa de Ramon Sostres, ahora agente suyo y de Andrés, con la infinita energía que lo caracteriza (y tan infinita: Puyol empezó siendo portero y terminó convertido en un central legendario). Un empuje que ha derribado muchos muros. La noche y el día: un chico tímido de doce años y otro de dieciocho, los dos en busca de El Dorado en el Barça; uno con la técnica, el otro con la fuerza. Uno con coraje y el otro con una tremenda firmeza emocional.
«Un día, mientras yo entrenaba el Juvenil B, se acercó Martínez Vilaseca, que llevaba el A, y me dijo: “Vamos a un colegio de Tarragona a jugar un partido, vendrá un chico al que estamos observando. Es de Lérida”», cuenta Ursicinio. Se trataba de Puyol. «Jugó de volante derecho, físicamente era un portento y, luego, con el paso del tiempo, adquirió esa técnica funcional tan necesaria para ser buen jugador. ¿Qué les dije? Lo vi aquel día, les di mi opinión y lo ficharon. Con el tiempo, acabaría uniendo esa técnica a sus grandes facultades físicas y evolucionó una barbaridad. A ello se añadía su férrea voluntad, su impresionante dedicación y su entusiasmo. Imposible que no acabara triunfando, pero también diría que Puyol fue la única excepción a la regla de Pujolet», afirma el técnico que entrenó por primera vez a Andrés en Barcelona y tuvo la posibilidad de ver al desconocido Puyol batiéndose el cobre en un colegio de Tarragona.
Cuando llegaban los niños a la Masía resonaba la frase de Pujolet,6 una regla no escrita. «Pujolet siempre nos decía: “Yo quiero jugadores que sepan jugar”. Andrés era uno de ellos. La llegada de Cruyff fue una auténtica bendición para esos niños. Quizá sin Johan no habrían llegado a nada. ¿Por qué? En esa época estaban de moda los jugadores fuertes, altos, potentes, pero llegó Cruyff y todo cambió. Véase el caso de Milla. Cuando el Barça lo quería fichar, decían: “Pero si es un tirillas, no tiene fuerza. Si le aflojas la cinta de las medias, se le caen”. En el club lo miraban con mucho recelo, pero Jaume Olivé, uno de los coordinadores de la cantera en aquella época, se puso serio con Josep Mussons, entonces vicepresidente: “Este chico vale un millón de pesetas, usted firme aquí y el niño se queda”.» Milla se quedó en el Barça, ascendió al primer equipo, se fue al Madrid en 1990 y dio pie a otra frase célebre de Cruyff. «¡Que se vaya! ¡No pasa nada! ¿Quién es el mejor de la cantera en esa posición?», preguntó el técnico holandés. «Guardiola», le respondieron. Johan fue a ver al mejor de la cantera en el Miniestadi. Llegó con el partido empezado para no despertar sospechas. Se sentó en el lugar más discreto posible, estudió lo que sucedía en el campo y descubrió que allí abajo no estaba Guardiola. «Si es el mejor, ¿por qué no juega?», preguntó enfadado. «No tiene físico, es muy flojo, muy débil», le dijeron. En diciembre de ese mismo año, y siguiendo la senda de Milla, Guardiola debutaba en el Camp Nou con el imborrable recuerdo de la frase que le había espetado Johan al final de un amistoso jugado en Bañolas en mayo de 1989: «Has jugado más lento que mi abuela». La misma senda que emprendió luego Xavi y, finalmente, Iniesta. Jugadores que parecían no hallar un lugar en el fútbol, y han terminado dominándolo.
«Andrés tenía una conducción de balón majestuosa. Como ahora. Siempre con la pelota pegada al pie, como si la llevara cosida, y con la cabeza arriba, oteando el panorama. Siempre se hablaba de él. Y, luego, de Messi. Ambos destacaban entre los jugadores de la cantera, todos lo sabíamos», explica Ursicinio. Andrés llegó en 1996; Leo, en 2000. Curiosamente, el primero apareció el 16 de septiembre y el segundo el 17. Cuatro años y un día de diferencia antes de coincidir, durante más de una década, en los equipos que han reescrito la historia del fútbol.
«No, nunca coincidí con Andrés en la Masía. Yo no vivía allí. Al principio viví con mis padres en un hotel de la Plaza de España, luego alquilamos un piso. Después, cuando mi madre y mis hermanos se volvieron a Rosario, yo me quedé con Jorge, mi padre. A veces sí que iba allí a comer o a charlar con algún amigo, y ya sabía quién era Andrés. En el Barça, todos lo sabíamos», recuerda Messi, un jugador que recorrió a velocidad supersónica las categorías inferiores del club hasta debutar con diecisiete años en el primer equipo. Como Andrés. Niños prodigio.
«“¿Cómo lo ves, Quique?”, le pregunté un día a Quique Costas – cuenta Ursicinio—. “Por fútbol no hay duda alguna, Ursi. No te preocupes. Si el físico le responde…”, contestó Costas, el último entrenador que tuvo Iniesta en el fútbol base antes de que Van Gaal lo colara en el Camp Nou, con apenas dieciocho años, sin pedir permiso a nadie. Ni siquiera a Riquelme, el último diez puro que ha dado Argentina en las últimas décadas.» Messi es otra cosa: Messi es nueve, Messi es diez, Messi es once.
«¡Trabajad los fundamentos, Ursi! Trabajad los fundamentos todos los días, por favor. Que se muevan en espacios cortos, en rondos a uno o dos toques como máximo, ¿vale?», repetía Olivé. Así, una tarde tras otra, después de acabar el cole (primero, el Lluís Vives y luego el Lleó XIII, al pie del Tibidabo), los chiquillos se sumergían en los «fundamentos». «Cuando apareció Cruyff, se revolucionó el método – recuerda Ursicinio—. Parecía más complicado, pero, en el fondo, era más sencillo. Vino un día Toni Bruins, su ayudante, puso una pizarra, empezó a dibujar rondos y nos dijo: “Esto es juego de posición, el fútbol es fácil, la esencia está en el pase al primer toque. Uno o dos como mucho, ¿vale?”. Nos quedamos mirándolo hasta que alguien, no recuerdo quién, preguntó: “¿Y eso es todo?”. Bruins, con el rudimentario castellano que usaba (acababa de llegar), dijo: “Sí, eso es todo”. El fútbol es sencillo. Se fragmenta el campo, se divide en triángulos y la clave es tener siempre el balón para obtener superioridad.»
Bruins y Cruyff llegaron al vestuario del Camp Nou en 1988 sin saber que el concepto de fútbol total importado del Ajax acabaría superado y destilado por el Barça. Ahora no se sabe si la paternidad de la idea es culé, holandesa o cántabra (algunos se la atribuyen a Laureano Ruiz, el técnico cántabro que en los años setenta promovía tácticas similares). Había que potenciar algunos «fundamentos», pero a Andrés no hubo que enseñarle demasiadas novedades.
«A veces pienso en el ojo clínico de Cruyff. Sí, también tenía otras virtudes, pero esa intuición, esa manera de adelantarse a los acontecimientos, sólo la he visto en Johan. Andrés, por ejemplo, estaba donde estaba por la manera como el Flaco entendía el juego. A otros debes enseñarles cosas; a Andrés, no. Él lo llevaba todo dentro. Llegó enseñado. Ya jugaba como Guillermo – Ursicinio se refiere a Guillermo Amor, otra leyenda del Barça, el infantil que sustituyó a Maradona con apenas catorce años durante la inauguración del Miniestadi en 1982—. Cuando vino de Benidorm, Guillermo era el amo de aquel equipo donde jugaban Roura, Sergi, Abadal… Era el amo y el alma. Como Andrés con nosotros. Guillermo tenía, eso sí, una apariencia más robusta, una constitución más atlética. Andrés te engañaba con ese cuerpecito que parecía que no iba a aguantar nada, pero al final de cada partido era quien más fresco estaba. Cuando salía al campo, Andrés daba la sensación de iluminar de repente todo. Pasa ahora. Pasaba antes. Jugó de todo con nosotros: de volante, de interior, de extremo izquierdo con Rijkaard en el primer equipo, de medio centro… – cuenta Ursicinio, emocionado por el incomparable viaje táctico de aquel diminuto jugador capaz de sepultar sus sentimientos tras un rostro de porcelana—. ¿Lo pasó mal en la Masía? ¿De verdad? No, no sabía nada. ¿Aquello fue un drama para la familia? Yo no lo noté, jamás. Me sorprende mucho tener noticia ahora de todo lo que ha vivido. Me entero años después, siempre estuve convencido de que la ilusión de estar en la Masía podía con todos esos problemas, creía que vivir tan cerca del Camp Nou, de su sueño, podía mitigar los contratiempos. Sí, Andrés era un crío. Quizá demasiado pequeño, pero no pensé nunca que lo afectaría tanto. Debió de guardárselo bien dentro. Jamás vino mustio a un entrenamiento ni con mala cara ni puso un mal gesto. Claro que le preguntaba cómo iba la vida en la Masía, pero él nunca me decía nada malo. “¿Estás bien?¿Necesitas algo? ¿Cómo andas en el cole?” Algunos me decían que iban bien y yo sabía que no era así. Con Andrés sí sabía que en el colegio le iba de maravilla. Me contaban que seguían los entrenamientos del primer equipo encaramándose a la valla de la Masía. Si entrenaba por la tarde podían ir a curiosear un rato para ver a algún crack.»
Aquel equipo ya no era el Barça de Cruyff. Cuando llegó Andrés (temporada 1996–1997), el cruyffismo, entendido como filosofía, se estaba diluyendo: sus rescoldos, no obstante, seguían vivos pese a los vaivenes que sacudían al club. Era el Barça de Robson, Mourinho (primero traductor, luego ayudante de campo) y un marciano llamado Ronaldo que llevaba su nave espacial a todos los campos del mundo. Andrés contemplaba con ojos inquietos ese Barça que lo ganó casi todo (perdió la Liga en el último suspiro porque la estrella estaba en Brasil reclamada por su selección). Al Barça de Ronaldo, Guardiola (su ídolo de la infancia junto con Laudrup, que ya había pasado por el Madrid), Figo, Luis Enrique, Stoichkov, Blanc y Popescu se asomaba el niño manchego volcando su mirada en un pequeño terreno de juego, un campo de entrenamiento situado entre el Camp Nou y la Masía que hoy ya no existe. Allí sigue la valla a la que se encaramaba Andrés, pero el césped fue aniquilado por el asfalto de un estacionamiento. En aquellas porterías luego arrancadas, el Barça de Cruyff marcó el rumbo al futuro Barça de Iniesta.
Cuando tenía días libres, cuando languidecía atrapado por la rutina de las lágrimas y devorado por la soledad, Andrés siempre escuchaba, así lo recuerda Ursicinio, una voz amiga: «Benaiges, un hombre enamorado del fútbol, se lo llevaba, por ejemplo, al cine junto a su hijo para sacarlo de la monotonía».
«Íbamos al cine, es verdad, pero también aprovechábamos algunas tardes libres para ir a un parque infantil, uno de esos parques que tienen piscina con bolas de espuma, para que se divirtiera – precisa Albert Benaiges, el técnico que fichó a Andrés tras el torneo de Brunete—. Y cuando sus padres no podían venir un fin de semana, me lo llevaba a casa con mi madre. Allí pasaba horas y horas con Samuel, mi hijo adoptado. No se parecen en nada. Samuel es negro, nació en Brasil, y Andrés, todo blanco, inteligentísimo. A mi hijo no le gusta nada el fútbol y Andrés no puede vivir sin fútbol. No se parecían, pero estaban todo el día juntos», recuerda Benaiges.
«Benaiges también nos invitaba a comer o nos llevaba a una horchatería que a él le gustaba mucho», cuenta Troiteiro sobre aquellas tardes en que Albert trataba de aliviar el aburrimiento de los chicos.
«Es curioso, pero no advertí ese sufrimiento – insiste Ursicinio—. Para nosotros siempre fue Andrés, nunca lo llamábamos Iniesta. Cuando llegaba Andrés, todo era muy normal. Además, tampoco me dijo nada al respecto el señor Farrés, el director de la Masía. Si hubiera visto algo extraño, me lo habría dicho.» Pero Juan César Farrés no había percibido nada diferente de lo que le ocurría a cualquier otro chico formado entre esas centenarias piedras, un escuela inaugurada en 1979 por nombres como Amor, Pedraza (que luego sería entrenador de Andrés), Fradera o Vinyals. Todos lloraron y Andrés no iba a ser menos.
«En la Masía, tu cama era tu casa. Bueno, tu cama y tu mesilla. Ahí tenías todo – José, el corpulento portero del juvenil que cuidó de Andrés en sus primeras horas, recuerda así la vida con sus compañeros—: Pasábamos muchas horas en casa, sí, en la cama. Íbamos de habitación en habitación, charlando unos con otros. Allí dentro no había edades. Eran conversaciones sin fin, casi siempre en la cama.» Quizá por eso se quedó dormido Andrés la víspera de su debut con Ursicinio.
«¿Qué hacíamos? Pues, andar de cama en cama. Aquél era nuestro microcosmos. Eso y el jardín trasero donde se montaban partidillos de fútbol. Si hacía buen tiempo, naturalmente. El balón corría por cualquier sitio. Nos regañaban, claro, sobre todo Juan, uno de los hombres de seguridad. Como era el más nuevo, llevaba todo a rajatabla, no dejaba pasar ni una. Ferri, el otro vigilante, se enrollaba más con nosotros. Además, tanto Andrés como Jorge, al ser los más pequeñitos, eran los mimados. Con ellos, tanto Juan como Ferri se ablandaban. A nosotros nos metían unas broncas de cojones, pero a ellos nada. Se lo permitían todo. La pelota rodaba por todos los rincones, jugar allí era divertido. Se me ponen los pelos de punta al recordar ahora esos momentos», cuenta José. «No nos separábamos nunca. Íbamos juntos a todos los lados, al colegio, al comedor, a la habitación, a la litera… Cuando decían que teníamos que ir a dormir, montábamos un último partido en el pasillo. ¿Cómo lo hacíamos? Muy fácil – explica Jorge Troiteiro—. Las puertas de las habitaciones eran las porterías y usábamos unas pelotas de tenis para no armar mucho barullo. Cuando subía alguno de seguridad, fuera Ferri o Juan, nos decía siempre lo mismo: “A dormir ya, por favor”.»
A la mañana siguiente, todos al colegio, y nadie los esperaba a la salida. Así día tras día. La única conexión con el mundo exterior era una cabina telefónica verde situada justo a la entrada de la Masía, a la derecha, frente a la barra de la cocina. Los padres a veces preferían no llamar a sus hijos para espantar así cualquier atisbo de nostalgia. Mejor llevar el dolor de la separación por dentro y evitar que se derramaran más lágrimas. «Cuando me llamaban, lloraba», recuerda Troiteiro. Él y todos. «Me sabía el número de memoria, todavía hoy podría decirlo, de las veces que llamaba a Andrés», dice Manu, el primo que anunció la existencia del genio manchego. Hasta que no pisaban el campo de entrenamiento, los días se hacían largos y en aquellas largas esperas se tejían amistades que aún hoy perduran.
«No, yo no lloraba. Ni tampoco lo veía llorar tanto, pero me lo han contado. Es verdad que llegué dos años más tarde que Andrés. Aparecí por allí en pleno mes de agosto – explica Jordi Mesalles, exjugador del Barcelona y amigo de Andrés desde entonces—. Yo venía de un pueblo de Lérida y para mí estar allí era lo más grande. Recuerdo que escribía con frecuencia a los míos. Me acuerdo de una carta con un dibujo que aún tiene mi madre: “Mi sueño es estar en la Masía”. Yo estaba de maravilla. Llegué y me puse a entrenar con el equipo de Andrés, Troiteiro, Rubén, Lanzarote… Luego, cuando los demás se fueron o vinieron sus padres a verlos, me quedé bastante solo. Entonces reparé en lo doloroso de la soledad. Y es duro, pero duro de cojones. A partir de la segunda semana ya empezamos a ir juntos. Caminábamos de la Masía al campo de entrenamiento, el campo de lija. Sí, lija. Lo bautizamos así porque cada vez que caías te hacías daño con aquella hierba artificial tan dura. En ese campo había cuatro equipos entrenando a la vez, cada uno en una esquina – añade Mesalles, el joven que inició su inmersión en la Masía de la mano de Andrés—. Éramos de costumbres parecidas. Muy tranquilos, de ver la tele, de estar cómodos en nuestras habitaciones y, además, de los pocos que usábamos la biblioteca. ¡Y mira que estaba bien, eh! Pero muchos ni la pisaban. Somos gente casera, sencilla, de los que con poca cosa ya tenemos bastante. Con hablar de fútbol ya tiramos.» El hermanamiento entre aquellos chicos iba más allá del balón.
«Un día vino Víctor Valdés a vernos y nos dijo: “Me voy de aquí”. Nos quedamos de piedra. Aquella noche lloré muchísimo. Víctor era como un hermano para Andrés y para mí. “Mira, Víctor – le dije—, quiero regalarte esta cadena con una cruz y, así, si no te vuelvo a ver, tendrás siempre un recuerdo mío.” Al final, todo se arregló y Víctor siguió con nosotros. ¿La cadena? No, no me la devolvió. Era suya, yo se la di para siempre», cuenta Troiteiro, compañero de litera, compañero de fútbol y compañero a secas.
«Un día me llamó su padre y me preguntó: “¿Sabes dónde está Andrés?”. “Pues, no, no tengo ni idea.” “Es que estoy llamando a la Masía y no está…” “No, no lo sé.” Yo estaba bastante sorprendido – recuerda el periodista De la Morena—. Poco después me vuelve a llamar: “¿Sabes dónde estaba? En las Ramblas, dando un paseo con Troiteiro”. No era muy tarde, debían de ser las siete o las ocho, pero José Antonio le dijo a Andrés: “¡A la Masía ahora mismo! ¿Qué hacéis por ahí?”.» Dicho y hecho. Juntos se fueron, juntos volvieron, juntos iban al colegio. Más que compañeros, parecían siameses.
«En el colegio tampoco dejábamos el fútbol – recuerda Troiteiro—. Durante el recreo nos juntábamos los dos con los amigos de clase y nos poníamos a jugar. Claro, los chavales casi ni tocaban la pelota. Hacíamos lo que queríamos con ellos. Luego, en los partidos, gritábamos “¡igual que en el patio, Jorge!”, “¡como en el recreo, Andrés, vamos, vamos!”.»
Así, pasándose la pelota, construían su mundo. «Poco a poco, nos fuimos contando más intimidades y compartimos los paquetes de comida que nos preparaban en casa. A mí, como era de Lérida, me lo traían directamente mis padres, pero a Andrés no. Aquellos paquetes tenían chucherías, ganchitos… Las cosas que nos gustaban. Teníamos un “desván” oculto en la taquilla. Había una taquilla y una mesita con dos cajones. El de arriba para quien dormía arriba y el de abajo para el que dormía abajo. La Masía era muy familiar y eso me encantaba: todos nos conocíamos, del mayor al más pequeño. No olvido, por ejemplo, las colas que hacíamos para llamar por teléfono. Había dos cabinas, pero una no funcionaba y, como te olvidaras de pedirle cambio a las cocineras o al de seguridad, te tocaba esperar una barbaridad. La Masía era como Gran Hermano, pero molaba más porque compartías todo. Si llegabas el último al comedor, te tocaba el último entrecot, el que tenía peor pinta, o te tocaba hacer las ensaladas para todos, pero guardo muy buen recuerdo de aquella época, fue genial: allí se forjaron grandes amistades; estábamos las veinticuatro horas del día juntos y al final, quieras o no, tu compañero de habitación acaba siendo tu confidente.» Jordi Mesalles sigue siendo amigo y a veces también confidente de Andrés.
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