Читать книгу: «El brindis de Margarita»

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

El brindis de Margarita

© Ana Alcolea, 2020

© 2020, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Diseño de cubierta: CalderónStudio

Imágenes de cubierta: Shutterstock

ISBN: 978-84-9139-570-6

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100

Capítulo 101

Capítulo 102

Capítulo 103

Capítulo 104

Capítulo 105

Capítulo 106

Capítulo 107

Agradecimientos

1

De pequeña, yo siempre brindaba «por la salud de Franco». Bien alto, de pie, con toda la familia sentada a la mesa y mientras alzaba mi vaso lleno de quina Santa Catalina. Mi madre me miraba y acaso respondía con un gesto que era la variante silenciosa de «qué maja está la niña cuando está calladita». Mi padre se quedaba lívido.

—Pero ¿quién le ha enseñado a decir esas cosas a la criatura?

Eso lo decía solo a veces, cuando en la celebración no había ninguno de los miembros de la familia que eran complacientes con el régimen; en tal caso, callaba y sonreía la gracia de la criatura porque era lo mejor que podía hacer. Mi abuela se iba a la cocina a buscar la tarta que ella y mi madre habían hecho por la mañana; mientras recorría el largo pasillo pensaba en el día en que los falangistas habían registrado su casa durante la guerra, movía la cabeza de un lado a otro y pensaba: «¿De dónde habrá sacado la chica semejante brindis?».

Y no, nadie me lo había enseñado. Para la niña de ocho o nueve años que yo era entonces, aquel señor de pelo blanco, bigote fino y voz de tiple afónica era una especie de abuelo universal, sustituto de los dos abuelos que no había tenido o, por mejor decir, que nunca había conocido o tratado.

A través de la televisión, aquel hombre en blanco y negro era el único abuelo que entraba en mi casa, y yo brindaba por su salud con el vino quinado que nos daban a los niños. Un vino de unos quince grados que supuestamente hacía que estuviéramos fuertes y sanos. A mis primos se lo daban con un huevo crudo batido dentro. A mí eso me daba mucho asco, así que lo bebía solo, en las celebraciones familiares para brindar, o los sábados y los domingos por la mañana, mientras los mayores estaban en la cocina.

Mis padres lo guardaban en la parte baja de la librería, debajo de las cartas que mi madre recibía de lugares del mundo tan exóticos como San Francisco y una ciudad que se llamaba Cebú y que estaba en las islas Filipinas. Esas mañanas sin colegio, cuando me quedaba sola en el cuarto de estar y oía todas las voces que llegaban desde la lejanía de la cocina, abría la botella y bebía un buen trago de aquel elixir dulce, el mismo con el que en las fiestas brindaba por la salud de aquel abuelo en gris, de quien los niños no sabíamos que era un dictador y que tenía a sus espaldas centenares de miles de muertos.

Y no lo sabíamos porque en las casas no se hablaba de ello.

—Las paredes oyen —solía decir mi madre. Y debía de ser verdad, porque cuando la abuela contaba alguna cosa sobre la guerra, lo hacía en voz muy baja, por si acaso.

Lo mismo ocurría cuando mi padre narraba el episodio en el que él y los demás chapistas del parque de coches oficiales donde trabajaba por las mañanas habían hecho una bandera republicana con los trapos de limpiar. Alguien había visto la bandera roja, amarilla y morada sobre una mesa del taller y había ido corriendo a contárselo al jefe, un general en la reserva que había hecho la guerra y conservaba restos de metralla en la garganta. El general había bajado inmediatamente con el ánimo de arrestar a los tres incautos, que no lo fueron tanto y que lo engañaron diciéndole que los trapos habían caído así, por casualidad, que ellos ni siquiera sabían que había otra bandera que no fuera la rojigualda. Las tres mujeres de la casa reíamos cada vez que papá contaba la historia y nos sentíamos orgullosas de él, que había sido capaz de burlar a la autoridad. Aunque, a decir verdad, yo entonces no sabía ni qué era la autoridad, ni qué era la bandera republicana, ni qué había sido la República. Solo sabía que había habido una guerra de la que casi nadie hablaba. Según parecía, entre las hermanas de mi abuela las había de los dos bandos: mis abuelos habían sido republicanos, pero la hermana pequeña de mi abuela, falangista. Tampoco sabía yo muy bien lo que quería decir aquella palabra. La había oído por primera vez en el colegio, en primero de primaria: a las monjas les gustaba hacer una batería de preguntas sobre cultura general. En la misma clase estábamos las niñas de primero y de segundo grado. Una de las preguntas en el primer día del curso fue: «¿Quién fue el fundador de la Falange?». Ninguna de las niñas de primero conocíamos la respuesta. Y tampoco sabíamos sobre qué estaban preguntando. Solo una de las niñas de segundo supo responder: «José Antonio Primo de Rivera». Le dieron una estampa de la Virgen por haber sido tan lista. Me aprendí el nombre de aquel señor para preguntarle a mi madre en cuanto saliera del cole.

2

Hace poco que ha comenzado a llover. Mi paraguas de nubes blancas sobre cielo azul me protege de la lluvia, pero no de mí misma ni del aire que respiro. La calle con casas de ladrillo rojo me recibe como había hecho tantas veces cuando volvía del colegio, de la universidad, del parque. El mismo bar en la acera de enfrente, con otro nombre y con las mismas sillas de acero inoxidable. La misma peluquería con otras peluqueras. Las pequeñas manufacturas textiles desaparecieron tiempo atrás, y donde hubo una carnicería hay ahora un almacén en el que entran y salen hombres y mujeres con rasgos orientales cargados con cajas de cartón. El club de boxeo dejó paso a una tintorería. El taller mecánico donde trabajaba mi padre por las tardes, el mismo en el que pedía cigarrillos a escondidas un boxeador que llegó a ser campeón del mundo, es ahora una clínica dental, blanca y aséptica.

Llevo los pies mojados porque el agua ha empapado mis zapatillas de tela. Hace tiempo que ya no me calzo zapatos altos porque mis tobillos delgados me juegan malas pasadas, y hoy me he puesto unas deportivas viejas. No me voy a encontrar con nadie conocido. Solo con mis fantasmas.

Miro al balcón de la que fue mi casa durante más de veinte años. La pintura plateada de la barandilla ha perdido su brillo, y ya no hay macetas como cuando vivían mi madre y mi abuela. Desde la calle, los únicos vestigios del pasado son los visillos de ganchillo que había hecho mamá durante horas y horas vespertinas mientras escuchaba la radio en la mesa camilla del cuarto de estar.

Me cuesta decidirme a entrar en la casa. Si alguien me está contemplando desde una ventana, inmóvil, bajo el paraguas, mirando al segundo piso, pensará que estoy interesada en comprar el inmueble. Nada más lejos de la realidad; he demorado varios meses la más solitaria y dolorosa de las tareas: volver al piso de mis padres para vaciarlo. Despojarme de todo lo que hay allí dentro va a ser como quitarme cada una de las capas protectoras de la epidermis y quedarme desvalida, en carne viva, a merced de todos y de cada uno de mis pensamientos. A merced de mí misma, de mi propia soledad.

3

Miro el móvil que llevo en el bolsillo de la americana y compruebo que no tengo mensajes. Busco las páginas de los periódicos que leo habitualmente: nada nuevo que me llame la atención. No fumo, así que no puedo encender un cigarrillo y esperar hasta terminarlo. Se me han acabado las excusas y los pies están cada vez más mojados y más fríos. Por fin saco el llavero del bolso nuevo que me ha costado más de seiscientos euros y que he comprado por Internet. Precioso, pero pesado. Es lo que tiene comprar algo que no ves y no tocas, que no sabes realmente lo que te vas a encontrar. En el catálogo me pareció maravilloso, con un color vino de Borgoña realmente espectacular. Cuando lo saqué del paquete y lo tuve en mis manos, me siguió pareciendo precioso, pero a los pocos días me produjo una dolorosa contracción muscular en el hombro izquierdo. No obstante, lo he seguido llevando, tengo que amortizar lo que me he gastado. Conservo la mentalidad de clase obrera en la que me crie: las cosas cuestan dinero y no se tiran.

En el mismo momento de introducir la llave en la cerradura del portal, me acuerdo de otra adquisición fracasada que había hecho tiempo atrás; fue cuando salí por aquella misma puerta para comprar un polo de la marca Lacoste. Corría el año 1976, yo tenía catorce horrorosos años, con el pelo corto, mis primeras gafas, granos y un par de compañeras en el colegio del barrio que lucían ropa de las que empezábamos a llamar «niñas pijas». Yo también quería formar parte de aquella estética de zapatos castellanos con flecos y de jerséis con cuello de pico.

—Papá, quiero un polo como el de mis compañeras, de cuello de pico y con el cocodrilo.

Conseguí que mi padre me diera dinero para comprarme un Lacoste, con su cocodrilo verde sobre el lateral izquierdo. Fuimos los dos a una tienda del centro de la ciudad, y elegí uno de color beis, muy neutro, horrible y aburrido. Entonces pensé que lo podría combinar con cualquier falda y con cualquier pantalón. Desde el primer momento me pareció absurdo y feo, pero lo compré porque me había empeñado en ello. Por supuesto, se manchó enseguida y, por supuesto, lo lavó mi abuela con agua caliente: se encogió tanto que ya no me lo pude volver a poner. Ahí se acabó mi sueño de ser una adolescente estilosa y pija, de las que ligaban con los chicos más guapos del colegio.

Entro en el vestíbulo, que huele a humedad. Unas flores de plástico en un macetero ponen una nota de color que destaca entre las paredes del mismo tono marfileño de mi malhadado polo del cocodrilo. Miro el interruptor de la luz nocturna, alto por encima de la cabeza para que no llegáramos los niños ni las abuelas: la mía notó que su estatura había menguado cuando ya no podía encender ni apagar aquel piloto de la noche, que la avisaba de que el tiempo estaba pasando inexorablemente.

En el buzón siguen nuestros cuatro nombres, el de mi padre, el de mi madre, el de mi abuela y el mío, por ese extraño orden jerárquico que convertía a los hombres en cabeza de familia, y a las abuelas y a las niñas en los últimos monos de la casa. De los cuatro nombres solo queda vivo el mío. Los otros tres han desaparecido entre las cenizas de sus poseedores, como sus voces y sus silencios. Como sus prisas y sus deseos.

Solo hay un par de cartas en el buzón, a nombre aún de mi padre, que ha sido el último en marcharse. Una de la compañía eléctrica y otra del Ayuntamiento, con un recibo del agua. No tengo llave del buzón, así que las saco introduciendo mis dedos en la ranura. Me araño la piel como tantas veces al intentar extraer las cartas cuando venía del colegio y todavía no tenía edad para ser poseedora de llaves. Las llaves dan libertad y poder. Siempre fueron un símbolo de ambas cosas, tanto en el antiguo Egipto o en las aldeas vikingas, como en todas nuestras casas de barrio obrero. Hubo un tiempo en el que ya dueña de llaves, pero de nada más, esperaba con ansiedad la llegada del cartero. Fue cuando un chico me prometió que me escribiría desde la ciudad en la que estudiaba. Todos los días esperaba la hora, y todos los días la misma decepción: nunca llegaba la misiva deseada. Nunca llegó, y a pesar de ello nos hicimos novios. El patio había sido testigo de muchos momentos que dichosamente habían pasado al reino amable del olvido.

Meto las dos cartas en el bolso, y empiezo a subir las escaleras. Por el primer piso han pasado varias familias y unas estudiantes universitarias en los años en los que yo era adolescente. Una de ellas estudiaba Magisterio y la otra Filosofía y Letras. No tenían teléfono y sus madres las llamaban a mi casa cuando las llamadas de los pueblos aún se hacían a través de una centralita. Eran de una pequeña localidad en la que se hablaba una variedad del catalán, así que a veces mi madre y mi abuela no se entendían con la telefonista, y yo bajaba corriendo las escaleras para llamar a las chicas. Eran altas, guapas y delgadas, y una de ellas tenía un novio en la tuna de Medicina, así que de vez en cuando los tunos las rondaban debajo de la ventana. Cantaban rancheras y melodías portuguesas, y todos los vecinos de la calle nos asomábamos al balcón para verlos y oírlos cantar, ellos ataviados con sus capas y sus cintas de colores, nosotros con las ropas de dormir. Una noche, las chicas me invitaron a su casa mientras estaban los tunos. Como ya era púber y casi pertenecía al mundo de los mayores, me enseñaron una de sus canciones, una de esas que ahora me sonroja recordar porque contaba una historia de amor que acababa en homicidio. Pero lo más de lo más fue el día en el que se casó uno de mis muchos primos. A los postres llegaron los tunos, precisamente los de Medicina, que me reconocieron como la vecinita del piso de arriba del de sus pecados, y me dedicaron la susodicha canción. Aquel fue uno de los momentos más felices de mi adolescencia. Ya me había crecido el pelo, me había puesto lentillas y no tenía granos. Me sentí protagonista más de un pasodoble que de una ranchera, sobre todo cuando uno de los tunos me lanzó un clavel rojo que previamente había besado. Aquella noche me fui a la cama más feliz que una perdiz.

Sí, el primer piso había dado mucho juego.

4

Subo los siguientes tramos de escaleras y llego a mi casa. Respiro hondo antes de meter la llave en la cerradura. No he vuelto desde que papá murió hace unos meses y tuve que ir a recoger papeles y a tirar comida que aún se había quedado en la nevera. El felpudo está torcido, como siempre después de que la limpiadora lo vuelve a colocar cuando termina su trabajo. Lo pongo recto con el pie. Doy las dos vueltas de llave a la izquierda y abro la puerta. Está oscuro porque había bajado las persianas la última vez. Me parece que entro en un túnel sin fin, que vuelvo al mismo útero materno del que tantos años me había costado salir.

Estoy en el pasillo. En el largo pasillo por el que me daba miedo transitar de niña cuando llegaba la noche. Creía que monstruos terribles habitaban debajo de las camas y saldrían a comerme cuando pasara junto a los umbrales de los dormitorios. Por eso corría lo más rápido que podía para llegar cuanto antes desde la sala de estar hasta el cuarto de baño o viceversa.

Respiro profundamente para mantenerme en pie y no perderme en las galerías de la imaginación. Noto que aún quedan restos del olor a la colonia de mi padre.

El aroma me dice que estoy en mi casa y que algo de sus habitantes se ha quedado allí dentro para siempre. Enciendo el interruptor y se hace la luz.

El olor me conduce hasta la habitación de mi padre, la que había compartido con mamá hasta que ella murió diez años antes que él. Subo la persiana y veo el frasco de cristal sobre el tocador. Es el único objeto vivo sobre el mármol, el único que desprende un intento de comunicación. Es como las botellas de los cuentos orientales con un genio dentro, como la lámpara de Aladino. Cojo el frasco y le quito el tapón. Me lo acerco a la nariz y aspiro lo más intensamente que puedo. Quiero llenarme del olor de papá aunque sé que eso no lo va a traer a mi lado. Pulverizo la habitación y observo las minúsculas gotas que flotan en el aire. El genio de la botella no es nada más que polvo perfumado. No puedo ni siquiera pedirle un deseo. Me siento en la cama. Sobre la colcha todavía está la funda de la urna que contuvo sus cenizas y que no me había atrevido a tirar.

—Joder, papá. ¿Y qué hago con esto? —digo en voz alta. Seguro que él habría tenido alguna solución.

Me levanto y me voy al cuarto de estar.

Todo está como siempre. La mesa camilla con sus faldas de terciopelo rojo. El último tresillo que había sustituido al rojo, al verde, y al marrón de escay, que había sido el primero y mi favorito. Los cuadros que había pintado papá en los años de su depresión. Las decoraciones que había hecho mamá en los cursos del barrio para amas de casa. La orla de mi fin de carrera con las fotos de mis compañeros en blanco y negro. Y la mía, una imagen en la que no me reconocía, seria, grave, convencida de que había hecho algo muy importante al ser la primera de la familia que había conseguido ser universitaria. Recuerdo que hasta me hice unas tarjetas de visita inútiles en aquel momento con mi nombre y con la leyenda Filóloga, que casi nadie sabía lo que quería decir. Pero como todo el mundo estaba orgulloso de que por fin alguien de la familia hubiera ido a la universidad, la orla llena de caras más o menos sonrientes, más o menos antipáticas, ocupó siempre la pared principal del salón.

Me siento en uno de los sillones, el que está más cerca de la librería. La librería. Nunca supe por qué ese mueble tiene un nombre tan pretencioso, cuando en realidad es un armario con estanterías, aparador, televisión, vitrina, mueble bar y generalmente con muy pocos libros.

La contemplo y pienso que ahí está una parte de la historia de mi vida. Abro la puerta de la parte inferior. Ahí tenía mamá la vajilla de los días de fiesta. Y la botella de la quina Santa Catalina. La vajilla sigue en su sitio, ordenada por el tamaño de los platos y las fuentes. Y hay una botella de quina. La debió de comprar mi padre poco antes de enfermar. La abro. La huelo. Me la llevo a la boca y bebo un trago.

—Por vuestra memoria, ya que no puedo brindar por vuestra salud.

De repente, regresan los días en los que el cuarto de estar no estaba habitado por las sombras y el silencio. Los vinilos de 45 y los LP sonaban los fines de semana. Algún domingo incluso comíamos allí y no en la cocina como el resto de los días. Mi padre montaba el tren eléctrico, mamá cocinaba la paella cuyo olor llegaba hasta el salón, y la abuela tejía con aquellas largas agujas de acero con las que se podía cometer un homicidio con gran facilidad. Yo hacía los deberes al ritmo de la música de Los Brincos y de Los Tamara. A veces hasta venían a comer o a merendar mis tíos y mis primos.

5

—Mamá, ¿quién era José Antonio Primo de Rivera?

Mi madre palideció. Había otras madres alrededor esperando a sus hijas a la salida del colegio, e incluso una de las monjas que nos acompañaban hasta la puerta principal. Mamá no contestaba, así que insistí.

—Mami, que quién era José Antonio Primo de Rivera.

—Pues —titubeó por fin—, era el fundador de la Falange. Lo mataron en la guerra.

—¿Y qué es la Falange? ¿Y por qué lo mataron en la guerra?

Y ya esas preguntas se quedaron sin respuesta porque mi madre no sabía qué contestar. La Falange era un partido, pero no había otros partidos, porque estaban prohibidos. Si la palabra «partido» viene de «parte» y no había otras «partes» era muy complicado de explicar, sobre todo a una niña de seis años, y por una mujer que había vivido toda su vida inmersa en una realidad única, que no permitía que nadie preguntara ni se preguntara más de la cuenta.

Hicimos el camino a casa en silencio. Mi madre, seguramente, iba buscando una posible respuesta que no encontró. Y yo iba pensando que por primera vez me había quedado sin estampa de la Virgen porque la monja había hecho una pregunta que yo no había sabido contestar. Estábamos empatadas.

Cuando llegamos a casa, me fui directamente a mi cuarto. Oí que mi madre cuchicheaba algo con mi abuela. Probablemente le estaba hablando de mi pregunta. No entendí las palabras que intercambiaron porque hablaban en voz muy baja, como hacían siempre que no querían que yo, o las paredes, escucháramos su conversación. Mamá me había comprado una breva rellena de crema en la pastelería de la señora Nati, que estaba a medio camino entre la escuela y nuestra casa. No lo hacía todas las tardes, las brevas costaban dinero, pero sí de vez en cuando. Normalmente me la comía en la calle, antes de llegar al piso. Pero ese día masticaba tan despacio que la acabé en mi habitación, sentada en la silla que me había hecho mi padre para que pudiera hacer los deberes en el escritorio que había comprado para mí. Era un mueble articulado, con módulos que se podían subir y bajar a diversas alturas. La mesa para escribir estaba entonces a unos ochenta centímetros del suelo, y fue subiendo de posición conforme yo iba creciendo y sabiendo un poco más acerca de José Antonio, de la Falange y del abuelo en blanco y negro que salía mucho en la televisión.

6

Papá llegó a casa a las diez, como cada noche, después de trabajar por horas y en negro en el taller de enfrente. Se aseaba en el lavabo del taller para que no le viéramos las manos sucias de grasa. Luego en casa, se las volvía a lavar con unos polvos blancos con los que se las frotaba y frotaba hasta que no quedaba rastro de las seis horas en las que había estado dando martillazos a la chapa de algún coche accidentado. Nunca le vi las manos sucias a mi padre. Tenía la piel fina y las uñas siempre arregladas. Cualquiera que lo viera podía pensar que trabajaba en un banco o en una oficina, a pesar de que nunca ocultaba que era chapista, que arreglaba coches, por la mañana en el Parque Móvil Ministerial, y por la tarde en el taller de Soto, el mejor jefe que se podía tener: le pagaba bien, y además le daba un aguinaldo espectacular por Navidad.

Esa noche mi madre le contó algo mientras cenaban porque, cuando entró papá en mi habitación para darme las buenas noches, se sentó en mi cama, me removió el pelo y me dijo:

—Así que en el colegio os enseñan cosas de mayores.

—¿Cosas de mayores? —pregunté.

—Lo de la Falange y José Antonio son cosas de mayores.

—Sor Josefina preguntó y yo no sabía la respuesta. —En el fondo, lo único que me preocupaba era que por primera vez no había sido la más lista de la clase.

—No deberían hablaros de esas cosas. No —dijo, mientras movía la cabeza.

Yo sabía que a mi padre no le gustaba el colegio, pero ante el empeño de mi madre, que había sido alumna feliz allí durante la mayoría de sus años escolares, sus ideas y sus deseos no tenían nada que hacer. Mamá se había empecinado en que la niña tenía que ir al mismo colegio que ella. Estaba convencida de que allí me enseñarían a ser una buena chica, además de a bordar, a coser todos los puntos, la vainica, la sencilla y la doble, el nido de abeja y todas esas cosas que nunca aprendí, pero en las que ella era muy hábil. Mi padre hubiera preferido que me educara en un colegio diferente. Pero, según mi madre, no había muchas opciones: la única escuela pública del barrio no tenía buena fama porque a ella iban los niños más pobres y no llevaban uniforme. El otro colegio era del obispado y a él iban muchos gitanos. Y el único laico y con buena fama era el que estaba en medio del Parque, y eso estaba demasiado lejos para hacer cuatro viajes al día. No obstante, la razón principal era que mi padre no quería discutir con mi madre. Si ella deseaba llevarme a su colegio de monjas, mi padre aceptaba sin más. Ponía mala cara, pero callaba. Hacía años que había aprendido que no le quedaba más remedio que aceptar y aguantar: en el trabajo, en casa y en la vida en general.

—¿Por qué no deberían hablarnos de esas cosas? —le pregunté desde mi curiosidad infantil.

—Porque estáis en la edad de jugar.

—Pero al colegio vamos a aprender. Tú quieres que yo aprenda muchas cosas. Siempre me lo dices.

—Todo a su tiempo. Todo a su tiempo.

—¿Y por qué lo mataron a José Antonio? ¿Quién lo mató?

Mi padre no tenía ninguna gana de contarme lo que le había pasado a aquel hombre, así que me dejó con las ganas de saber lo que aprendería años después.

—Ahora toca dormir. Venga, que mañana hay que madrugar.

—Yo no tanto como tú.

Papá se levantaba a las seis cada mañana. A veces me despertaba cuando oía su despertador desde mi habitación. Conocía cada uno de sus sonidos: sus pasos por el pasillo, el motor de su afeitadora eléctrica, el borboteo de la cafetera italiana; de nuevo sus pasos por el pasillo, la puerta del piso que se abría y se cerraba con cuidado. Después de escuchar la rutina de mi padre, me volvía a dormir hasta que venía mamá para despertarme. Había que volver al colegio, a las lecciones de sor Josefina, que nos castigaba, no de rodillas y cara a la pared como era habitual en otros coles, sino a pasar el resto de la clase de pie y con la silla en la cabeza si nos portábamos mal, y que nos daba estampas de la Virgen María si nos sabíamos la lección como a ella le gustaba: de memoria y sin pensar demasiado.

7

De memoria y sin pensar demasiado. Así había sido la educación de las niñas durante décadas. Y así había sido la de mi madre, en aquel colegio y en otro al que fue becada durante un año. A ella no le habían enseñado a poner en tela de juicio nada de lo que había a su alrededor. Había nacido un año antes del alzamiento militar del 36, durante la guerra había sido un bebé y su infancia y adolescencia habían transcurrido durante los años más duros de la posguerra. Aquellos años en los que los perdedores no hablaban apenas de la contienda, y cuando lo hacían era en voz muy baja, por si acaso. Las paredes oían, claro que oían. Y las paredes se convertían fácilmente en paredones en los que se seguía fusilando a presos políticos.

Así es que ella se había criado con el silencio y con el miedo como coordenadas en las que se iba tejiendo su vida. Y en el centro, a modo de vector que señalaba el camino, la religión y la moral católica que no dejaba que se descarriaran sus apacibles ovejas.

Mamá había ido a dos colegios de monjas. Uno cerca de casa y otro en el centro. La becaron un año en el colegio de las Francesas del Sagrado Corazón. Recuerdo haber pasado junto al viejo edificio y verlo desde el tranvía cuando era pequeña. Lo demolieron en mi adolescencia para dejar paso a un bloque de pisos carísimos y a un centro comercial. Nunca lo vi por dentro, pero mamá tenía muchos recuerdos de aquel lugar. Tenía dos entradas, una para las niñas ricas y otra para las pobres, las que disfrutaban de una beca que les permitía estudiar sin pagar una peseta. Mi madre pertenecía al segundo grupo. Estudiaban en aulas separadas, comían en comedores separados y también jugaban en recreos separados. Las monjas no juntaban a sus niñas queridas con las becarias que podían contagiarles los piojos, la tiña e incluso la tuberculosis. Solo un día a la semana se producía contacto entre unas y otras, un rato, en el recreo. Además, como acto de sublime generosidad, cada niña pobre tenía una niña rica adscrita a modo de madrina, con la que podía hablar ese rato de recreo. Las niñas que disfrutaban de madrinas que vivían en la ciudad recibían regalos muy apetitosos: algo de comida, ropa vieja, jabón… Pero mi madre tuvo la mala suerte de que su rica fuera una interna, una chica de Logroño que no tenía nada que darle: acaso alguna estampa de la Virgen María, que mi madre guardaba en una caja de zapatos junto con recordatorios de primeras comuniones de otras niñas o de parientes. El caso es que las estampas de la Virgen se convirtieron en preciados tesoros para las niñas pobres de la posguerra durante al menos un par de generaciones. Casi tanto como lo fueron el azúcar o el chocolate.

Mi madre hablaba con rabia de su estancia en ese colegio en el que tomó conciencia por primera vez de que no pertenecía a la clase dominante. En cambio, con las Paulas había sido feliz, y con ellas volvió después de dejar a las Francesas. Sus tocados eran más discretos y modestos que los de las del Sagrado Corazón, aunque ambos de alas blancas, anchas y que apenas cabían por las puertas. Las Paulas vestían de azul y la trataban muy bien porque era sumisa, cantaba en la iglesia y bordaba divinamente. Eso sí, cuando no se sabía la lección de Historia Sagrada, o de Ciencias Naturales, le daban un bofetón que le dejaba marcados los dedos de sor Presentación, de sor Severiana, de sor Raquel o de sor Alicia, que eran las monjas dedicadas a la educación de las niñas. A mi madre no le gustaba estudiar, así que se distraía con facilidad y, sobre todo, se ponía muy nerviosa cuando tenía que salir y decir la lección en voz alta. Así que de vez en cuando llegaba el temido bofetón de sor Presentación, de sor Severiana, de sor Alicia o el de sor Raquel, que era el peor de todos porque era la que tenía las manos más grandes.

El miedo y la ansiedad acompañaron a mi madre durante toda su vida. Pero también las enseñanzas de moral católica que le habían inculcado las monjas, y en las que pretendía que yo también me educara. Ella no se daba cuenta de que le habían aniquilado el derecho a pensar, a desear, a darse cuenta de que había más realidades que la suya. Para mi madre, lo que se salía de la norma dictada por las monjas era inmoral, merecía los peores suplicios y quedaba encerrado en el cajón del ostracismo más oscuro.

Mi madre también era hija única, pero tenía lo que entonces llamaban una «hermana de leche». Mi abuela había amamantado a la hija de una vecina. La niña creció y se convirtió en una joven preciosa a la que su madre viuda mandó a estudiar ballet. Tenían poco dinero y la belleza de la adolescente las debió de sacar de algún que otro apuro. El caso es que tuvo una hija de soltera, y luego otra. Para mi madre, aquello era de tal inmoralidad que dejó de tratarla. Perder la virginidad antes del matrimonio era peor que lanzar una bomba atómica o que delatar a un vecino para quedarse con sus tierras. Las monjas le habían inculcado que ser virgen era el mayor de los tesoros, y que una mujer que se dejaba hacer antes de casarse era una puta, una perdida, una pecadora, alguien con quien no había que hablar.

Y es que para las monjas, los hombres eran seres puestos en el mundo por el demonio para tentar a las jóvenes inocentes. Había que mantenerse alejadas de ellos. Y si una mujer quería casarse, debía mantener a su prometido lo suficientemente alejado como para que no la tocara más allá de las puntas de los dedos.

Mi madre había escuchado las palabras de las monjas y las había introducido en su imaginario sin filtrar, sin preguntarse siquiera si tenían razón, si siempre había sido así, si todo el mundo pensaba lo mismo que ellas, si todos los hombres eran tan monstruosos como los pintaban aquellas mujeres.

Recuerdo que cuando yo era adolescente, y comenzaba a interesarme por los chicos, mi madre me contaba un hecho que me ponía los pelos de punta: a una lejana pariente suya, el novio le había pedido que se acostara con él justo la víspera de la boda. Ella, muy digna, le había dicho que no, que si había esperado hasta entonces, bien podía esperar un día más. El novio se había mostrado satisfecho porque la novia había pasado la prueba a la que la había sometido: tenía las maletas preparadas para marcharse y dejarla plantada en la iglesia si le decía que sí y sucumbía a sus requerimientos. Eso lo contaba mi madre como conducta ejemplar.

—Los hombres siempre prueban —decía—. Y hay que saber resistirse.

—¿Y ella se casó con él después de eso?

—Pues claro. Y bien orgullosa —reconocía mi madre y continuaba con otra frase lapidaria que le gustaba repetir—. Si tu padre me hubiera dejado en la puerta de la iglesia, me habría quedado tan tranquila, porque no me había tocado en los siete años que estuvimos festejando.

Y, claro, yo me quedaba atónita, e imaginaba la cara de satisfacción de mi madre, vestida con su blanco, inmaculado, puro y decente vestido de novia, pensando que era más importante su virginidad que una vida junto a mi padre, que para mí era el héroe más grande que había dado el universo mundo.

Pero para mí lo más tremendo no era que el tipo hubiera probado a la novia. Lo peor de todo es que se habían casado al día siguiente y ella no lo había mandado a hacer puñetas, que era lo que él se merecía por cabrón.

8

La melodía del teléfono me devuelve al presente. No recuerdo dónde he dejado el bolso. La música me lleva hasta el aparador de la entrada, bajo el gran espejo con marco de madera dorada. Miro la pantalla. El rostro inmóvil de mi hijo me sonríe a todo color. Toco el icono de descolgar.

—Hola, Roberto. ¿Pasa algo?

Siempre que me llama alguien de la familia, creo que pasa algo malo que va a requerir mi tiempo y mi atención.

—No pasa nada, mamá. Solo quería saber cómo estás.

—Estoy bien. He venido a casa de los abuelos. A recoger. Llegué ayer por la tarde en el tren.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Y papá?

—Papá está de viaje.

—Ya.

—Ambos tenéis la capacidad de dejarme sola en los momentos en los que más os necesito.

—Eso suena a reproche.

—Lo es.

Me arrepiento inmediatamente de haber dicho esas dos palabras tan breves, pero tan llenas de significado. No debería reprocharle nada a mi hijo. No me debe nada. No me pidió que lo trajera a este mundo.

—Pues vaya. Siento no estar ahí, mamá —me dice.

—No te preocupes, Roberto, hijo. No quería decir lo que he dicho.

—Ya. Habría estado bien que papá estuviera ahí contigo.

—No pasa nada. Puedo hacerlo yo sola. Me llevaré unas cuantas cosas. Tiraré muchas y regalaré algunas otras. En menos de una semana termino con la faena. Tú y tu padre estaríais de más aquí. Así que no te preocupes. ¿Cómo va todo por ahí?

«Ahí» es la ciudad de Génova, en Italia, donde mi hijo está cursando su año de Erasmus en la Facultad de Bellas Artes.

—Bien, mamá. Tutto bene.

Me río al escuchar su pronunciación de la lengua italiana, incapaz todavía de decir las consonantes dobles como se debe. Pienso que ya no aprenderá y que es tan torpe para las lenguas como su padre.

—Estupendo. Pásalo bien.

—Sí, mamá. Y tú no sufras demasiado en esa casa.

—A la orden. Va bene. Un beso —le digo, y cuelgo.

Dejo el móvil sobre el mármol del aparador de la entrada. Un mueble de madera color caoba, pretencioso y horrendo, que sustituyó a la consola de forja que formaba parte del conjunto que había estado en la familia desde que se casaron mis padres hasta que mi madre decidió cambiarlo por un mobiliario más moderno. Afortunadamente no regaló todas las piezas: quedaron la percha y una sillita que conseguí salvar y llevarme a mi casa. Porque mi madre regalaba todo. Y lo hacía sin preguntar. Regaló el espejo y la consola de la entrada, pero también la lámpara de techo de mi abuela, y el quinqué de mi mesilla, y mi primer coche…

Veo que hay agujeros de carcoma en el mueble. Un signo más del paso del tiempo. Imagino los gusanos que entran y salen del aparador alimentándose solamente de la madera. Pienso en su vida triste. Si al menos estuvieran comiendo un mueble hermoso, de madera noble, de algún árbol cortado en algún bosque tropical… Pero no, lo que comen es un aglomerado indigesto de celulosas barnizadas con alguna sustancia que es imposible que sea agradable al paladar de ningún ser vivo. Me pregunto si esos insectos tendrán paladar y serán capaces de distinguir los sabores de los diferentes tipos de madera, ¿habrá sumilleres entre las carcomas? No tengo respuesta, pero imagino que son bichos demasiado simples como para tener tanta sensibilidad cerebral.

9

Me miro en el espejo que hay sobre el mueble. Me devuelve la mirada y tantas otras cosas. La madera tallada a máquina está recubierta por pan de oro, lo que regala a mi imagen una especie de aureola como la que rodea las cabezas de las santas en los cuadros y en los iconos religiosos. Vuelvo a acordarme de las estampas de la Virgen, cuya cabeza siempre estaba rodeada por una circunferencia dorada. Me miro y no reconozco casi nada de la adolescente que se miraba en él cada vez que salía de casa para comprobar que cada pelo estaba en su sitio, que la camisa lucía bien colocada, y que el rímel no se había corrido. Me pregunto adónde han ido a parar las sucesivas imágenes que el espejo ha ido recogiendo. El rostro de mi padre, el de mi madre, el de mi abuela, el mío. Los míos. Los suyos. Todos y cada uno de los suyos, que fueron muchos, centenares, miles, a lo largo de los años. ¿Habrá una «rostroteca» más allá del espejo, al otro lado del azogue? ¿Una especie de país de las maravillas que nunca fueron? Todas las miradas, las sonrisas dedicadas al espejo, ¿qué habrá sido de ellas? Ubi sunt? ¿Qué se hizo de las miradas de esperanza, de desencanto, de miedo, de estupor, de convicción, de dudas que recogió el espejo en aquellos años de cambio, de transición? De nuestras propias transiciones como humanos conducidos por las aguas del río que nos lleva hacia mares de aguas siempre inciertas y turbulentas. De la Transición, así, con mayúsculas, que estaba habiendo en el país y de la que todo el mundo hablaba sin saber qué depararía. Sí, todos esos rostros que se miraban en el espejo le dejaban sus temores y sus deseos, guardados para siempre en el reino insomne en el que habita el olvido. Los olvidos.

Veo que se me ha corrido la máscara de pestañas, que es como se llama ahora el rímel de toda la vida. Alguna lágrima perdida ha formado un borrón en mi párpado. Me mojo un dedo con saliva y lo limpio. Pienso que el próximo que compre será waterproof. No es la primera vez que lo pienso, pero siempre desisto porque luego es mucho más difícil de desmaquillar y, por la noche, desmaquillarme durante más de dos minutos me despeja demasiado y me quita el sueño. Si uso rímel resistente a lágrimas, tengo que tomarme un Orfidal para dormir, y en estos momentos en los que he conseguido dejarlo no me compensa. Mejor un borrón de vez en cuando en el párpado que un ansiolítico. Cuando se aprende esa lección, la vida es mucho más fácil. ¡Pero cuesta tantos años y tantas pastillas aprenderla!

10

Mi abuela no tomó ni una sola pastilla para dormir en toda su vida. De hecho, apenas tomó medicinas, solo unas gotas para el riego durante más de treinta de los ciento tres que vivió. Había nacido en 1899 y pasado por todas las guerras. Cuando le preguntaba por la guerra, la nuestra, respondía en voz muy baja.

—De todo aquello es mejor no hablar.

—Pero ¿por qué, abuela? Yo quiero saber qué pasó.

—Ya te irás enterando. De momento, cómete esa sopa y calla.

Porque ella era muy de ordeno y mando. Había sacado adelante a mi madre a pesar del hambre y de los bombardeos. La envolvía en una mantita para bajar con ella al refugio en cuanto se oía la sirena. Una de las veces, cuando salieron a la superficie, su casa había sido destruida con la explosión del polvorín. Yo escuchaba siempre aquella narración en silencio y con lágrimas a punto de asomar a mis ojos. Imaginaba la angustia de aquella mujer con su niña en brazos, viendo que lo que había sido su hogar había quedado convertido en escombros. Solo el azucarero y la espumadera de aluminio quedaron de lo que había sido su ajuar, de la que había sido su cocina. El azucarero y la espumadera que ahora están en mi casa, símbolos de resistencia ante todas las adversidades.

Como ella.

—Abuela, ¿y qué pasará cuando se muera Franco? —le preguntaba alguna vez cuando veíamos en la televisión que el abuelo universal estaba enfermo. Siempre obtenía la misma respuesta.

—Vendrá otro 36.

Y yo me quedaba muy preocupada, no solo por las palabras, sino por la cara de angustia que ponía mi abuela, que era muy poco dada a las manifestaciones emocionales en general.

—No puede ser, abuela. Han pasado muchos años. Todo el mundo quiere que vuelva eso que llaman «la democracia» —decía yo, sin saber muy bien de qué estaba hablando, pero segura de que «democracia» y «36» no eran lo mismo.

—También queríamos democracia en el 36. La teníamos, y mira lo que vino después. Tres años de guerra, de muertos y de hambre. Y muchos más años de más muertos y de más hambre. Y sin poder decir ni palabra si no estás de acuerdo con lo que hacen los poderosos. La palabra «libertad» está proscrita, niña.

—Pero nada es como antes. Ahora ya todo el mundo empieza a hablar de libertad, abuela.

Yo decía eso porque en el colegio, en las horas de tutoría, estábamos aprendiendo canciones protesta, de las que aún estaban medio prohibidas, pero que hablaban de libertad, libertad, libertad. Afortunadamente, el colegio de monjas al que había asistido de pequeña se había hundido en 1970 y a mí me habían cambiado al colegio del obispado que había al lado de mi casa. El director era un señor de bigote y casi calvo que no se dignaba a mirar a las niñas más pequeñas, que se llamaba José Antonio Labordeta, y al que todo el mundo conocía ya como cantautor de canciones críticas con el régimen. Tenía seguidores y detractores entre los profesores. Algunas maestras pertenecían a la Sección Femenina y no veían con buenos ojos su influencia sobre los chicos y las chicas del barrio.

—Bueno, pues tú a ver, oír y a callar. ¿Has entendido? Que no se entere nadie de lo que estás pensando. En este país, las paredes oyen hasta los pensamientos.

Y entonces yo seguía haciendo los deberes en la mesa camilla del cuarto de estar, que es donde pasábamos las tardes de invierno las tres mujeres de la casa mientras papá trabajaba en el taller. No teníamos calefacción, así que convivíamos siempre donde estaba la estufa, que era americana, tenía ruedas y se alimentaba de petróleo. A mí me encantaba aquel artilugio porque era como un robot al que podías llevar de un sitio a otro, o sea, de la cocina al salón y del salón a la cocina.

La abuela también había aprendido a callar y nunca se sabía lo que estaba pensando. La casa en la que vivíamos era suya: el bloque de pisos se había edificado sobre el terreno en el que había estado su parcela, la casita que fue destruida en la guerra. Ya muerto mi abuelo, a ella le había correspondido uno de los pisos y en él vivíamos los cuatro. Aunque la propiedad era suya, mi abuela tenía claro que el cabeza de familia era mi padre, y que era él el que tenía que tomar todas las decisiones. Había sido educada en que el hombre era el que mandaba y había aceptado que era ella la que vivía con mis padres y no al revés. En realidad, éramos nosotros los que vivíamos con ella, en su casa. Si hubiera querido, nos habría dado una patada y nos habría echado. Pero nunca lo hizo. Se habría quedado sola y eso no le gustaba. Tampoco le dimos motivos jamás.

Desde su silencio nos dominaba a todos. A mi madre, que siempre echó de menos que su madre fuera más cariñosa con ella. A mi padre, que era consciente de que estaba viviendo en casa ajena y de que, a pesar de ser hombre, tenía que estarle agradecido por haberlo acogido entre sus fogones cuando él no tenía ni dónde caerse muerto, como le recordaba mi madre cuando se enfadaba con él. Y a mí: mi abuela no me dejaba jugar con las muñecas más bonitas que tenía. Las colocaba en las estanterías más altas para que no las cogiera. Como ella nunca había tenido muñecas de niña, tenía miedo de que yo las pudiera romper y no me dejaba jugar con ellas.

—Abuela, pero yo las voy a cuidar mucho. No las romperé.

—Se quedan ahí arriba. Tienes otras para jugar.

—Pero si nunca he roto ninguna muñeca.

—Estas son más delicadas. Juega con las otras.

Y yo las miraba desde abajo, pensaba «qué bonitas son» y me aguantaba. Supongo que esa es una de las razones por las que acepto fácilmente todo lo que llega a mi vida, protesto poco y casi todo me parece bien. Como los demás miembros de mi familia, aprendí pronto que en esta vida hay que aguantarse, sin más.

11

Vuelve a sonar el teléfono. No me he movido del pasillo y el sonido me sobresalta. Lo cojo. Número desconocido. Contesto.

—Sí.

—Buenos días, ¿es la propietaria de la línea? —me dice una voz que intenta ser amable, pero que está harta de repetir siempre lo mismo y se nota.

—¿Y a usted qué le importa quién soy?

—Ay, señora, no sea tan descortés.

—Y usted no entre en mi vida sin permiso.

—La llamo de Vodafone, quiero hacerle una oferta para que pague menos en su factura telefónica.

Siempre lo mismo, a las mismas horas, voces parecidas que cuentan la misma cantinela, que se meten en mi vida a través del aparato. Ya no soy amable con ellas. Sacan lo peor de mí. Les digo que voy a denunciar por acoso a la compañía. Les da igual, siguen llamando. Me apunto a la lista Robinson para que no me molesten. Pero insisten.

—No me interesa.

—Pero si no sabe lo que le voy a decir.

—No me interesa —repito. Y cuelgo el teléfono.

Al principio tenía mala conciencia por tratar mal a los desconocidos del otro lado del teléfono. Ahora ya no la tengo. Pasé muchos años cargando con el complejo de culpa que me habían grabado a fuego las monjas y mi madre. Cuando por fin me liberé de él, sentí que podía hacer casi lo que me diera la gana con mi vida, con mis palabras y con mis silencios.

Bajo el volumen del teléfono para que no me sobresalte el ruido de los mensajes y de las llamadas, y me voy al cuarto de baño. Huele a humedad. Tiro de la cadena varias veces, limpio la taza y el lavabo con el estropajo verde y con el líquido azul que mata a las bacterias. No lo limpio pensando en que esté presentable cuando vengan los de la inmobiliaria. Creo que esa es una tarea que deberían hacer ellos. Lo hago por mí misma, porque mientras esté en el piso tendré que usar el baño varias veces y quiero que esté limpio como siempre estuvo cuando vivíamos aquí. Mi madre era una maniática de la limpieza y mi padre también. Yo no.

Suena el timbre de la casa. Recorro el pasillo de nuevo. Miro por la mirilla. Es la vecina, que me ha oído y quiere saber cómo estoy. Le digo que bien, que gracias. Me disculpo por no haberla llamado para saludarla. Le digo que he venido muy temprano y que he pensado que todavía dormía. Me dice que no, que desde que murió mi padre no duerme bien. Me pregunto qué relación tiene una cosa con la otra, pero no le digo nada. La vecina está viuda desde hace más de veinte años y siempre ha sido muy cariñosa con nosotros.

—Ay, me acuerdo mucho de todos.

—Claro. Es normal. Toda una vida juntos.

—Y de lo bonita que eras cuando eras pequeña.

Sonrío. «Cuando era pequeña…». O sea, que ahora ya no me ve bonita. Claro. El tiempo ha pasado para todos los vivos. Para ella y para mí. Solo para los muertos no pasa el tiempo. Ellos se quedan en nuestra memoria con el rostro de las fotografías sonrientes o con la grotesca mueca del último suspiro. Imágenes estáticas por las que no navega la nave del tiempo.

—He venido a llevarme algunas cosas. Voy a poner en venta la casa.

—Podías haber esperado a que me hubiera muerto yo también —me dice—. A saber quién entrará ahora por esa puerta.

La verdad es que durante estas últimas semanas, cuando he tomado la decisión de vender el piso, he pensado en ella porque sabía que me lo iba a reprochar, pero he pensado más en mí. Esta casa y sus silencios son como una losa pesada que me aprisiona y no me deja respirar.

—Seguro que viene gente de bien —le contesto—. Casi todo el mundo es gente de bien.

—Nada será igual.

—Hace tiempo que ya nada es igual.

—¿Quieres tomar un café?

—No. Tengo mucho que hacer ahí dentro.

—¿Y tu marido? ¿Ha venido contigo?

—No, no ha podido. Está de viaje.

—Siempre está de viaje. Siempre te deja sola en los momentos más duros.

—No digas eso. Las cosas no son tan simples.

—Es la verdad.

¿La verdad?, me pregunto. Es una verdad. Pero no es la verdad. La verdad no existe.

—¿Y el chico? —insiste.

—Estudiando mucho.

—También te ha dejado sola.

—Tiene que estudiar. Está lejos. Además, esta es una tarea que tengo que hacer yo sola.

—Se te van a remover las tripas. Lo sabes, ¿verdad?

—Llevan años removidas.

—No es fácil vaciar armarios.

—No voy a hacerlo. Solo me voy a llevar unas cuantas cosas. El resto se lo dejo a la inmobiliaria. Que lo tiren ellos.

—Eso es esconder la cabeza, como hacen los avestruces.

—Soy experta en esa actitud.

—No deberías.

—No me importa.

—¿Seguro que no quieres un café?

—Un café es demasiado negro y amargo. Como lo que me espera ahí dentro —digo, señalando mi puerta con la cabeza.

—Como quieras.

—Gracias. Cuando me vaya te llamo.

Vuelvo a entrar en la casa. Me doy cuenta de que sigo con los pies mojados. No me he quitado las deportivas. Voy al que fue mi armario y busco unos calcetines secos y unas zapatillas. Siguen ahí las que me ponía cuando empezaron las enfermedades y me quedaba a dormir. Huelen mal. Las debí de guardar en el armario sin lavar. No obstante, me las pongo. Prefiero oler mal a coger un catarro si sigo con los pies mojados.

Vuelvo a la entrada a por el bolso. Como es un bolso grande, cabe hasta la pequeña botella de Veuve Clicquot que he traído. La saco, voy a la cocina y la meto en la nevera para que se refresque. Nunca bebo sola, pero hoy quiero brindar con mis fantasmas, con mi abuela, con mi madre, con mi padre. Hoy, uno de los últimos días en que voy a estar en su casa resulta que es el último día en que el dictador va a estar en la que ha sido su morada durante más de cuarenta años. Extraña coincidencia que exhumen a Franco justo en la misma semana en la que yo voy a «exhumar» mis recuerdos. No los voy a sacar de la tierra, pero sí de algún recóndito rincón de esta casa y de mi memoria.

12

—Vamos, niña, que parece que estás en Babia —me decía mi madre cuando me quedaba pensativa, mirando al infinito, pensando en todas las cosas que no entendía.

—Ya no soy una niña, mamá. Tengo trece años.

—Trece cerdos podía haber criado en ese tiempo.

Aquella era una frase que solía tener preparada cuando mencionaba mi edad. Yo quería creer que lo decía en broma, porque el comentario venía casi siempre enmarcado por risas y porque mi madre me quería y durante mucho tiempo lo único que hizo en la vida fue sufrir por mí. Tal vez por eso mencionaba lo de los cerdos y otras lindezas del tipo:

—Desde luego, si ahora fuera, no tendría hijos. Si no te hubiera tenido, tampoco te habría echado de menos.

Cuando mamá me decía esas cosas, me entraban muchas ganas de llorar. A veces me las aguantaba, a veces me encerraba en el baño y dejaba que salieran todas las lágrimas que se escondían detrás de mis ojos.

—Pues no creo que tengas mucha queja de mí —replicaba yo si no estaba llorando en el aseo.

—No he dicho que tenga queja. Pero si ahora fuera, no tendría hijos —repetía con un ligero cambio de matiz.

Y yo me quedaba sin saber qué decir. Ni qué pensar.

Era una niña dócil, como me habían enseñado. Obedecía sin rechistar todo lo que me decían mi madre, mi padre y mi abuela. Era cariñosa y querida en la familia. Pero a veces mi madre tenía aquellas salidas que me dejaban desarmada. Durante toda mi infancia, una de las cosas que más me importaba era que mi madre estuviera feliz. Por nada del mundo quería hacerla llorar. Ver las lágrimas de mi madre era la peor de las experiencias, sobre todo si la culpa la tenía yo. Esto ocurría sobre todo cuando papá me llevaba a visitar a escondidas a sus propios padres, a los que mi madre no podía ni ver por cosas que debieron de pasar antes de que yo naciera. Íbamos algún domingo por la mañana, le decíamos que habíamos estado viendo alguna exposición, y en cambio visitábamos a los abuelos. Yo después debía tener mucho cuidado de no meter la pata para que mi madre no se enterara, discutiera con mi padre y se echara a llorar. Las veces que se enteró, me hizo sentir tan culpable como cuando las monjas nos decían que éramos tan malas, tan malas, que por nuestra culpa se acabaría el mundo y se caerían las estrellas del cielo y nos aplastarían a nosotras y a nuestras madres cuando fuéramos al colegio. Así que mi culpa siempre estaba ligada a mi madre, bien fuera por el asunto de las estrellas caídas por mis pecados, bien por haber visitado a los abuelos a los que ella no quería ver ni en pintura.

Un día, mientras hacía los deberes de sexto de EGB que estaba cursando, el telediario anunció que el presidente del Gobierno había sido asesinado por ETA en Madrid. Su coche había volado por los aires a causa de una bomba que habían colocado en la calle, y había ido a parar a la terraza de un inmueble vecino. Mostraban las imágenes del coche y las fotos de los tres muertos: el presidente Carrero Blanco, su escolta y su chófer. Y decían que se iban a decretar varios días de luto nacional, y que cerrarían las escuelas y los institutos.

—Alabado sea Dios —dijo mi abuela—. Ya os digo que aquí va a venir otro 36. Esos terroristas la van a joder, como hicieron los anarquistas con la República.

—Hala, mamá, no exageres —contestó mi madre.

—Pues vaya —dije yo—. Nos quedaremos sin obra de teatro.

Llevábamos días y días ensayando la obra de Navidad en el colegio, que aunque no era de monjas, era religioso. El Auto de los Reyes Magos medieval adaptado para que pudiéramos participar la mayoría de las niñas de la clase. Yo era un pastorcillo, y mi madre y mi abuela habían estado trabajando para confeccionarme el traje. Habían comprado tela especial para hacerme un chaleco que imitaba a la piel de un cordero. Y hasta me habían cortado más el pelo para parecer un chico. Y si se decretaba el luto oficial, y no había colegio, tampoco habría teatro. Y eso que la directora había alquilado una sala de cine para representar la obra.

—Mañana no irás al colegio —sentenció mi madre.

—¿Y eso por qué? Tengo que ir.

—Han dicho que hay luto y que no habrá clases. Nos quedaremos todas en casa. Pueden pasar cosas en la calle.

—¿Y papá?

—A él no le pasará nada, que trabaja con la policía.

—Precisamente por eso, mamá. Si han matado al presidente del Gobierno, pueden matar a papá. Tengo miedo.

—No te preocupes. No le pasará nada. A ver lo que dice cuando venga del trabajo. Allí sabrán bien lo que ha pasado.

Mi padre era chapista en el Parque Móvil Ministerial, donde arreglaban los coches oficiales y los de la policía. Un coche como los que él solía arreglar había sufrido el atentado. Un conductor del mismo organismo había muerto con el almirante y con su escolta. ¿Y si los terroristas atentaban donde trabajaba mi padre? ¿Y si lo mataban? Aquel fue el primer momento en que sentí miedo por lo que pasaba a mi alrededor. Las caras de mi madre y de mi abuela tampoco ayudaban a tranquilizarme. Me fui a mi habitación y me eché a llorar. Por mi padre y por la obra de teatro que no podríamos hacer. Era 20 de diciembre, y solo quedaban de clase los dos días en los que íbamos a tener fiesta. Y como era una obra de Navidad, no tendría ningún sentido representarla después. Me había costado mucho trabajo aprenderme las frases que tenía que decir el pastorcillo, y ya nunca las podría recitar.

Aquella también fue la primera frustración importante que viví en los días en los que salí definitivamente de la infancia, incluso de la pubertad. Hasta entonces, el mundo exterior habitaba en los miedos de mi familia y en los telediarios en blanco y negro. Desde ese instante, el mundo empezaba a formar parte también de mi propia vida.

En mi cuarto hacía frío, así que dejé de llorar para regresar al comedor y al calor de la estufa de petróleo.

13

Entro de nuevo en el dormitorio de mis padres con una caja archivador donde tengo intención de meter, sin mirarlos, todos sus documentos, sus papeles, sus fotos, y las cartas que encuentre en sus mesillas de noche. Empiezo la tarea. No quiero leer las cartas escritas con la caligrafía de mi madre, no voy a hacerlo. Desde que murió, cada vez que me encuentro con su letra inglesa, tan bien trazada y cuidada, me pongo a llorar.

Me encuentro varios pasaportes anudados con una cinta roja. Ahí están los últimos, los penúltimos, los anteriores, y el primero. El primer pasaporte familiar, el que correspondía a mi padre y a mi madre conjuntamente. Lo sacaron para nuestro primer viaje al extranjero. Mi primer viaje en general. Yo tenía dos años y medio y fuimos a casa de mi madrina en Italia. Por aquel entonces, las mujeres casadas no podían tener pasaporte, no fuera a ser que dejaran al marido, se marcharan del país y no volvieran. Así que la foto y los datos de mi madre formaban parte del pasaporte de mi padre, donde también estaba incluida yo. Veo sus rostros en blanco y negro mirando a la cámara con miedo y con ilusión.

Con ilusión porque iban a salir del país por primera vez.

Con miedo porque iban a salir del país por primera vez.

Corría el año 1964 y casi nadie cruzaba la frontera a no ser que fuera a la vendimia a Francia, o a trabajar en Alemania, en Bélgica, en Suiza o en el país vecino. Apenas se salía del país de turismo, y eso por dos razones. La primera era que la gran mayoría de los trabajadores como mi padre no tenían dinero suficiente para viajar. En casa ahorrábamos porque papá tenía dos trabajos, vivíamos en casa de la abuela y no éramos gastadores. La otra razón era que mucha gente creía al pie de la letra lo que se estudiaba en los colegios, que era lo mismo que escuchábamos en el telediario y en el NO-DO hasta la saciedad, y que mi madre repetía una y otra vez.

—Como en España no se vive en ningún sitio.

La autarquía obligada de la España de posguerra provocaba que los gobernantes aseguraran que éramos la envidia del resto del mundo y que por eso nos habían dejado solos, y que con lo nuestro teníamos bastante. Según esa teoría que tanto arraigó, en España se comía mejor que en ningún sitio, teníamos el más amable de los climas, éramos la reserva espiritual católica del mundo… Y así se nos decía que éramos los mejores en todos y cada uno de los aspectos de la vida y de la historia. No nos contaban que éramos los más pobres de esta parte de Europa, y casi los únicos en la parte occidental del continente que no podíamos elegir a nuestros próceres. Tampoco nos contaban que las películas que llegaban de América estaban castradas por la férrea censura que prohibía todo lo que oliera a sexo y a crítica social o política. Ni nos decían que el resto del mundo nos miraba con desprecio por ser pobres y por seguir manteniendo una dictadura. Nos habían dejado solos. Los pactos de no intervención por parte de los aliados durante y después de la guerra nos habían aislado más que los Pirineos.

Mi abuela sabía que en España no vivíamos mejor. Cuando era joven había pasado varios veranos en San Sebastián, de doncella de una familia con posibles, y había ido con su señora alguna que otra vez a San Juan de Luz antes de la guerra, y ya entonces la habían deslumbrado los casinos, los coches y hasta las casetas de baño que jalonaban la playa, donde las señoras se bañaban con menos ropa que a este lado de la frontera.

Mi padre leía viejos libros que había conservado su padre, y miraba los que traían a escondidas de Alemania y de Francia algunos de sus amigos emigrados. Un par de veces trajo a casa libros extranjeros que le prestaban sus compañeros en alguna de las pocas ocasiones que volvían a la ciudad, donde habían dejado a sus mujeres y a sus hijos. Papá no sabía ni francés ni alemán, pero conservaba el diccionario francés de sus tiempos de estudiante, y guardaba uno pequeño de alemán que había encontrado entre los restos de un avión que se había estrellado durante la guerra cerca de su casa. Era un niño entonces, pero como no había ni chocolate ni galletas entre los despojos del aparato, aquel libro se convirtió en un tesoro que le sirvió muchos años después para entender algunas, pocas, de las frases de aquellos libros que pasaban clandestinamente la frontera en las viejas maletas de cartón de los que habían tenido la desgracia, según mi madre, o la suerte, según mi padre, de haberse ido a la emigración.

Pero mi madre seguía creyendo lo que le habían dicho las monjas. Las palabras de aquellas mujeres en los años de escuela seguían influyendo en ella más que las de mi abuela o las de mi padre. Ella sí estaba convencida de que vivía en el mejor país del mundo, aunque no pudiera comer carne de ternera más que dos veces al mes, y la carne de cordero o la merluza fueran un lujo exclusivo de la Navidad. Aunque no hubiera votado jamás ni siquiera a un alcalde. Aunque la única fiesta para señoritas que había en la ciudad le hubiera estado vedada durante toda su vida. Aunque no tuviera derecho ni a abrir una cuenta corriente con su nombre, ni a tener un pasaporte individual. Aunque su marido hubiera estado a punto de morir de tifus porque no había medicinas para curarlo. Aunque su mejor amiga hubiera muerto de tuberculosis a los quince años porque la comida a la que podían acceder los trabajadores en la posguerra no tenía apenas proteínas ni vitaminas. Aunque se escribiera con señoritas de medio mundo que le contaban lo que hacían en sus respectivos tiempos libres, y que nada tenía que ver con la vida que llevaba ella: su amiga de California le mandaba fotos de sus fines de semana en Las Vegas. Su amiga filipina le hablaba de las fiestas en el club español en el que su padre tocaba el piano y daba conferencias. La amiga de Italia le contaba sus viajes a esquiar en el valle de Aosta y sus cruceros en un barco turco. Mujeres que habían trabajado o trabajaban como había hecho ella antes de casarse, de secretarias en diferentes compañías importantes. Aunque hasta el primer viaje a Italia, solo había viajado a Madrid de viaje de novios y a Pamplona a una boda, seguía pensando que «como en España, en ningún sitio», que era lo que rezaba la propaganda del régimen.

14

Sentada en la cama en la que dormían mis padres, me pregunto por qué mi madre y tantos otros opinaban que aquí se vivía mejor que en ningún sitio. ¿Por qué lo sigue pensando tanta gente? ¿Por qué también lo piensan los habitantes de otros países sobre los suyos? ¿Por qué todo el mundo cree que su vida es la mejor, aunque no lo sea? Tal vez todos necesitamos creer que nuestra vida es la mejor. Sería insoportable vivir pensando que todo podía haber sido de otra manera, y que nuestra vida es una mierda. Justificamos nuestra propia existencia para seguir viviendo dentro de unos parámetros: los que hemos creado nosotros y los que nos han creado las circunstancias. Mi madre no soportaba pensar que lo que tenía ella no era lo mejor, al igual que la mayoría de la gente no admite que no siempre tiene la razón. Nos comportamos como si tuviéramos la verdad en la mano y la pudiéramos lanzar a los demás como si fuera una piedra extraída de la mismísima caverna de Platón.

En aquellos años, todo el mundo pensaba que tenía razón. Como ahora. Como antes de entonces. Los que incendiaban iglesias en nombre de sus ideas creían que era lo que tenían que hacer, y los que daban el paseo a los del otro bando también creían que era su deber para limpiar el país, o de fascistas, o de comunistas. ¡Cómo no iban a creerse que estaba bien lo que hacían! Si no lo hubieran creído, no habrían podido dormir ninguna noche después de su primer muerto. Hay algo en el ser humano que hace que tenga que creerse que le asiste la verdad. Por derecho divino o mundano, pero la verdad. Quizá sea parte del instinto de supervivencia de la especie humana.

—Tan imperfectos somos que necesitamos creer en nuestra perfección —me sorprendo diciendo esta frase en voz alta mientras me levanto a dejar la funda de la urna encima del tocador.

Vuelvo a contemplar las fotos del pasaporte del 64. Yo entonces era tan pequeña que apenas correteaba por el pasillo de casa. Pero sí recuerdo el vestido que luce mi madre en la fotografía del pasaporte, y su gesto de miedo, que siempre la acompañó. También recuerdo el viaje, el escuchar otro idioma en el que todo el mundo me hablaba y me decía bambina. Y la playa, y las ropas de colores, como las fotos que venían de allí. Y las casas también de colores, rosa y amarillo, con los postigos verdes. Todos los postigos verdes en todas las casas recién pintadas. Y el tren eléctrico que por fin se pudo comprar mi padre, aunque tenía ya treinta años. Y el largo viaje en tres trenes: uno hasta la frontera francesa. Otro desde Francia hasta Italia. Y otro desde Ventimiglia a nuestro destino. El tren. Las maletas de cartón que llevaba mi padre.

—Me gustaría viajar sin maletas —decía papá antes de que alguien inventara las maletas con ruedas.

Recuerdo el compartimento que olía a los pies desnudos y sucios de los que estaban ya dentro cuando llegamos nosotros. Y las ventanillas abiertas en la parte superior para que entrara aire. Aire y carbonilla negra que se me metía en los ojos, me hacía toser y me manchaba la ropa nueva que me había hecho mi madre para dar una buena impresión cuando llegáramos a Italia.

He llegado ayer a la ciudad en uno de esos viejos trenes que paran en todas las pequeñas estaciones de pueblos cuyos nombres ni siquiera conozco. Hacía años que no viajaba en un tren lento y tenía ganas de hacerlo para este mi último viaje a mi primera casa. No quería llegar rápidamente, sino despacio, al mismo ritmo que tenía la vida entonces, cuando era niña y el tiempo pasaba lentamente.

Desde sus ventanillas el mundo es muy diferente al de los AVE a los que estoy acostumbrada. ¿A los que estoy acostumbrada? Solo existen desde hace unos pocos años y nos montamos en ellos como si fueran parte inseparable de nuestra identidad. Parece que sean un símbolo de esta vida en alta velocidad que llevamos y en la que creemos como en un único y divino mandamiento. Ayer el paisaje pasaba despacio y casi podía contar los higos que colgaban de las higueras más próximas a la vía. No conté los puentes de hierro pintados de verde por los que pasaba el tren. Imagino que están ahí desde algún año del siglo XIX, que fue cuando se construyó la vía. A finales, en algún momento después de la Exposición Universal de París de 1889. Me gusta cuando el sonido que me llega desde las ruedas del convoy cambia por las vibraciones del hierro. Los puentes sortean los meandros del mismo río una y otra vez. Es un río que juega al escondite con el tren, que se desliza sobre su cauce de hierro.

«Me gustaría viajar sin maletas». Resuena en mis oídos la frase de papá mientras contemplo la funda azul sobre el tocador.

15

También son de hierro las grapas que sujetan las fotos al pasaporte de mis padres. Lo introduzco en el archivador, al igual que he hecho con los otros. En el cajón también hay entradas de cine. Detrás, con la caligrafía de mi padre, los dígitos correspondientes a las fechas: 1970, 1971, 1972, 1973, 1974, 1975. Dos hombres y un destino, Love Story, El violinista en el tejado, Cabaret, Jesucristo Superstar. Solo de esta última hay tres entradas. Mis padres iban al cine una vez al año. A mi abuela no le gustaba quedarse conmigo.

—Los hijos son para los padres —dijo la primera vez que me dejaron los míos con ella para ir al cine.

Argumentaba que ella ya había criado a una hija sin ayuda, y que mi cuidado no le correspondía si la razón era tan mundana como que mis padres salieran al cine o a un restaurante. Por eso, la norma solo se rompía una vez al año y a regañadientes. Y lo hacía siempre para ver alguna de las películas americanas de las que todo el mundo hablaba. La de Newman y Redford le había gustado mucho a mi padre, a mi madre no, porque terminaba mal. Love Story había hecho llorar tanto a mi madre que se habían salido de la sala antes del final, que se presagiaba trágico. Por eso, a partir de ese año decidieron asistir a proyecciones de películas musicales: la del violinista les gustó porque mi madre era adicta a Topol, y Cabaret les pareció horrenda, sobre todo a mamá, porque se comían huevos crudos y encima la protagonista abortaba voluntariamente.

—¿Cómo permiten cosas así en un cine al que acuden familias honradas? —le preguntó mamá aquella tarde al acomodador cuando salieron.

—Señora, nadie la ha obligado a ver la película —le había contestado él, cosa que había molestado a mi madre, según se vislumbraba de la conversación que tuvo con papá durante la cena.

Para todas aquellas películas yo era aún pequeña. No estaban toleradas para niños. Tenían dos rombos.

En cambio, me llevaron a ver Jesucristo Superstar. Aprovechando que había crecido mucho y que estaba «muy desarrollada para mi edad», frase que oí mil veces durante mi pubertad, entré con mis padres en la sala, abarrotada de adultos y de jóvenes mayores que yo. Estaba a punto de cumplir los trece años, y aquella era mi primera película de mayores. Hasta entonces, Tarzán en todas sus variedades, y Sor Citroën, Marcelino pan y vino y Fray Escoba habían sido las cintas que había visto en el cine, la mayor parte de las veces con otras niñas del colegio. Entonces, había que tener mucho cuidado en las salas de cine: si tenías la mala suerte de que se sentara a tu lado uno de aquellos hombres que iban a lo que iban, estabas perdida. Tenías que abandonar tu sitio, decirle al acomodador que no te encontrabas bien y que querías un sitio en una esquina, aguantar su sonrisa condescendiente con el tipejo que había intentado meterte mano en las tetas o en la entrepierna, dejar que tu corazón volviera a acompasarse, e intentar ver la película olvidándote del incidente. Y, por supuesto, no contárselo a tus padres bajo ningún concepto: si lo hacías no te dejarían volver jamás al cine con tus amigas.

—Vaya mierda —pienso en voz alta, mientras recuerdo una vez en la que un tipo puso su mano sobre mi pierna. Se lo dije a mi amiga y ambas nos levantamos y nos marchamos del cine sin decir nada—. Qué asco.

Me acerco a la nariz la entrada de Jesucristo Superstar. Todavía me parece que huele al ambientador del cine. Fuerte, intenso, rancio como el terciopelo rojo de las butacas. Cada vez que veo una silla tapizada en ese color me viene a la memoria el aroma cerrado y febril de aquellos años en los que todo olía a armario clausurado, atrancado por fuera y por dentro.

Me veo aquel día sentada entre mi padre y mi madre para mayor seguridad. Enseguida la pantalla y la sala se llenan de música. El desierto. Un autobús. Un grupo de hippies que se bajan de él. En una colina, un negro empieza a cantar «My mind is clearer now». Hay que ver las imágenes y al mismo tiempo leer los subtítulos. Es la primera vez que vemos una película así. Todas las demás habían sido dobladas, conveniente y falsamente dobladas en muchas ocasiones. Me recuerdo tan concentrada como nunca antes había estado. Al rato, una mujer de rasgos asiáticos lava los pies a un hippy rubio y de ojos azules que interpreta a Cristo. Me fascinan todos los personajes. El negro, la china y el americano. La historia la conocemos, así que me concentro en reconocer algunas de las palabras que cantan, en disfrutar de la música y en esperar a ver si el rubio y la oriental se besan, que es lo que estoy deseando ver: en el pobre concepto que tenía yo entonces del cine, una película sin beso no era una película. Pero no, esa vez no llegó. De lo contrario, la censura habría cortado la escena, y la Iglesia habría montado en una cólera aniquiladora.

—No he entendido el final —les dije a mis padres—. Parece que han dejado al pobre Jesucristo en la cruz, mientras que los demás se van.

—No, no. Uno de los que sube al autobús cuando terminan es él. Es como si un grupo de actores hubiera estado representando la obra. Es algo así como «teatro dentro del teatro» —me explicó mi padre.

—Un lío —exclamó mamá—. Yo prefiero que las películas sean claras, que no me hagan pensar. No me gustan las películas que me hacen pensar. Además de pagar por ellas, te hacen trabajar.

16

A mí sí que me gustó la película. Mucho. Muchísimo. Tanto que me pedí para mi cumpleaños el disco. Un disco que ponía una y otra vez en el tocadiscos. Me aprendí de memoria todas y cada una de las canciones, aunque aún no había estudiado inglés. Como estaba la traducción en la cubierta, iba leyendo y entendiendo lo que podía. Así que podría decirse que aprendí inglés con Jesucristo, con María Magdalena y sobre todo con Judas, que era mi favorito. Y supongo que también el del autor del musical.

Por eso no entendía la polémica que se había armado en revistas, periódicos, tertulias, e incluso en el colegio. Especialmente en la clase de Religión.

—Supongo que ya habréis ido a ver esa película moderna sobre la pasión de Nuestro Señor —nos dijo un día en clase don Rafael, el profesor de religión que era, además, cura.

La habíamos visto ya casi todas las chicas de la clase.

—Y ¿qué pensáis? Hay quienes consideran que es una herejía, otros dicen que es racista, otros que es una visión moderna de Cristo.

—Yo creo que es eso último que ha dicho, don Rafael —contesté yo.

—¿No te parece que es una herejía sugerir que Cristo tenía relaciones con la pecadora?

—Pues yo no vi que tuviera más relación que la de amistad con María Magdalena —apostillé. ¡Con las ganas que me había quedado yo del beso que nunca se dan!

—No hay que fijarse más que en las miradas que intercambian.

—En él solo hay mirada de piedad, de compasión, de cariño. Nada más.

—¿Y en ella? —insistía el cura, siempre vestido de negro, con el alzacuellos blanco y las hombreras brillantes y llenas de caspa.

—Ella está enamorada de él, pero eso no es ningún pecado. —«I don´t know how to love him», decía ella en su canción más importante.

—Las escrituras no dicen que la ramera esté enamorada de Jesús. Eso es una herejía.

—No es una herejía —me atreví— amar a alguien que es digno de ser amado. Además, ella no está casada con nadie, ¿por qué no va a querer a un hombre como él?

Don Rafael se quedó callado, al igual que lo estaban mis compañeras, que asistían impávidas a la discusión que estábamos teniendo el profesor y yo. La verdad era que estaban asombradas porque no se esperaban de mí, que era prudente, estudiosa y un tanto mojigata, que fuera capaz de discutir casi de teología con el reverendo.

—¿Y qué me decís del racismo que hay a lo largo de toda la película? —intentó don Rafael cambiar de tema.

—¿Racismo? —Todas nos mirábamos sin entender.

—Judas es representado por un actor de color —dijo el profesor.

—¿Y qué? —pregunté yo.

—¿Cómo que «y qué»? ¿Acaso no es un agravio a toda la raza negra que Judas sea negro? Es un caso de racismo flagrante.

—¿Racismo? —insistí—. Yo no veo racismo por ningún lado.

—A lo mejor es que eres una racista.

—¿Yo, racista yo? —Eso me ofendió sobremanera. Tenía amigos mulatos porque una amiga de mi madre se había casado con un militar americano negro como el tizón.

—Si te parece bien que Judas sea negro es que eres racista. Es como decir que los negros son traidores y malvados.

—Lo que me parece racista —dije en el tono más directo y a la vez respetuoso que encontré— es plantearlo. Si usted pensara de verdad que los negros son iguales que los blancos, no plantearía que el hecho de haber elegido un negro para el papel de Judas es un acto de racismo. Yo no me lo planteo. Es negro, ¿y qué más da? Es un hombre. María Magdalena es oriental. ¿Y qué? Es una mujer. Y Cristo es rubio y de ojos azules. ¿Y qué? Es otro hombre, y no creo que hubiera muchos palestinos de pelo y de ojos claros. ¿Nadie se ha planteado eso? El actor es ario, como le gustaban a Hitler. ¿Es por eso la película un alegato nazi? Pues no.

Don Rafael se quedó callado y se sentó. Se colocó las gafas y nos dijo que estudiáramos un rato. Mi compañera de pupitre me dio un codazo y me guiñó un ojo. Eso quería decir que aprobaba mis palabras, lo que para mí era más importante que si en ese momento me hubieran dicho que tenía poderes especiales para salir volando por la ventana.

—Mañana tendremos examen —anunció don Rafael.

—Pero si tenemos ya dos para mañana —replicó una de las chicas que se sentaban en la última fila.

—Pues así tendréis tres, como tres son las personas de la Santísima Trinidad.

Y don Rafael se levantó, cogió su maletín tan negro como sus ropas y como la piel del guapísimo Carl Anderson, que era el cantante que interpretaba a Judas, y salió de la clase.

17

Al día siguiente, tuvimos examen de religión como había dicho. Nos preguntó algo referente a la Santísima Trinidad y su misterio acerca de ser trino y uno, y esas cosas que nadie entendía. Y también nos pidió una reflexión acerca de la película. Yo volví a la carga con mis ideas acerca de lo que era o no herejía, y de lo que era o no era racismo.

A la semana siguiente nos dio las notas del examen: me había puesto un seis. Una nota malísima. Yo estaba acostumbrada a sacar nueve o diez en todas las asignaturas, menos en Matemáticas y en Educación Física. Pero un seis en Religión…

Me levanté y me acerqué a su mesa.

—Don Rafael, tengo un seis en el examen. Me extraña.

—¿Y por qué te extraña?

—Creo que me merezco más. Me parece que el examen está bien.

—Eso lo decido yo. Eres una insolente. Debes aprender a ser más humilde.

¿Más humilde? ¿Yo? ¿Que me creía casi todo lo que me decían, que hacía todo lo que me pedían?

—Eres muy soberbia. Y ese es un pecado muy grave.

Me dio tanta rabia que me entraron ganas de llorar. Le pedí permiso para ir al cuarto de baño y allí me desahogué. Me iba el corazón a toda velocidad y lloraba de impotencia ante lo que consideraba una injusticia. Cuando llegué a mi casa con la cara desencajada, mi madre me preguntó:

—¿Qué te pasa que traes mala cara?

—Que don Rafael me tiene manía.

—¿Cómo que te tiene manía?

—Sí. Por lo de la película de Jesucristo Superstar. Ya te conté ayer que le había dicho que no estaba de acuerdo con él. Y eso le ha molestado mucho. Así que solo me ha puesto un seis. Y de verdad, mamá, que el examen estaba por lo menos, por lo menos, para un nueve.

Era evidente que necesitaba un poco de humildad. Pero no ser tratada con injusticia.

—Mañana iré a hablar con él. No voy a tolerar que te tenga manía y que por eso te baje la nota.

—No, mamá, por favor. No vayas, que me va a dar mucha vergüenza.

—Por supuesto que voy a ir. Pero no le digas nada a tu padre.

Esta vez era al revés de lo habitual: era mi madre la que me pedía que no le contara algo a mi padre. En mis años de infancia y de pubertad me hice experta en ser guardiana de secretos, reina de silencios.

Lo dijo y lo hizo. Aquella fue la primera y única vez que mi madre fue al colegio para protestar por algo que me había ocurrido. Para ella y hasta ese instante, los profesores eran sagrados y siempre tenían razón. Si en Educación Física solo tenía como máximo cincos y por condescendencia de las maestras, si en Matemáticas tampoco pasaba del cinco porque se me daban fatal, la culpa nunca la tenían los profesores, sino yo, por torpe, por miedosa y por no trabajar lo suficiente. Pero si la nota era baja porque el profesor me tenía manía, no estaba dispuesta a tolerar tal injusticia.

Así que a la mañana siguiente, mientras estábamos en clase, llamaron a la puerta. Era la secretaria del centro que le pedía a don Rafael que saliera. Vi la silueta de mi madre en el pasillo y enrojecí. Deseé que se me tragara la tierra. Pero ahí estaba ella, como una mamá gallina defendiendo a su pollita, preguntándole al cura que por qué tenía manía a su hija, que lo único que había hecho la chica era decir su opinión. Que ella también había visto la película y que tampoco había visto nada que oscureciera la relación entre Cristo y la ramera, y que el hecho de que Judas fuera negro era por poner un toque de color, sin más, que todos somos hijos de Dios y que los negros pueden ser Judas, Cristo y san Pedro. Que en ningún lugar dice que Jesús o alguno de los apóstoles no fuera oscuro de piel; y que viniendo de donde venía, más fácil era que hubiera sido negro que blanco.

Todo esto me contó mi madre ya en casa mientras esperábamos a mi padre.

—Mamá, ¿cómo has podido decirle todo eso a don Rafael?

Tenía dobles sentimientos acerca de la presencia de mi madre en el colegio: por una parte, me sentía orgullosa de que mi madre me hubiera defendido. Pero, por otra, me daba vergüenza que mis compañeras pudieran pensar que era una niña mimada a la que mamá le sacaba las castañas del fuego. Afortunadamente, don Rafael no dio su brazo a torcer, y en esa evaluación me quedé con un seis, que se convirtió en un sobresaliente a final de curso, porque aprendí a estar calladita y a dejar en casa mis opiniones con respecto a la religión y a la sociedad. Al fin y al cabo, seguíamos en el primer semestre de 1975 y las paredes y las sotanas, incluso las que olían a orina rancia como la de don Rafael, seguían oyendo hasta los pensamientos más escondidos.

18

Voy a la cocina a beber un poco de agua. Los papeles y los recuerdos arañan y secan mi garganta y mi conciencia. Miro las noticias en el móvil: ya están introduciendo el féretro del dictador en el helicóptero. Los parlamentarios ingleses discuten sobre el Brexit por enésima vez, y el presidente de la Cámara de los Comunes lleva una corbata nueva. Todos los días lleva una corbata nueva. Me imagino su armario lleno de corbatas ordenadas por gamas de colores. Vuelvo al dormitorio y abro el armario de papá. No consigo ser ordenada ni siquiera para vaciar una casa. Voy de la mesilla al armario, de una habitación a otra, en vez de terminar con un mueble cada vez. En la puerta, en colgadores especiales, están sus corbatas. Dejo que las diferentes telas toquen mis manos. La seda, el poliéster, el algodón… Guardo dos, la de seda que le traje de alguno de mis muchos viajes a Italia, y la primera que le recuerdo, roja, con algún rombo suelto, como en un cuadro abstracto; miro la etiqueta, también es italiana, tal vez la compró él mismo durante aquel nuestro primer viaje. Están tan limpias y tan planchadas que tocarlas e introducirlas en una bolsa me parece una profanación. También conservan su olor. Doy gracias de que el tiempo y mi memoria hayan respetado el aroma y me sumerjo en él.

El silencio de mis pensamientos mientras aspiro el perfume de las corbatas se rompe cuando oigo ruido en la cocina. Vuelvo sobre mis pasos. Me he dejado el grifo abierto. Y el teléfono muestra todavía la página de El País que había abierto unos minutos antes. Siguen las mismas noticias. Y otra que no había leído antes: en Chile hay revueltas y el ejército está en la calle. Las imágenes de los tanques y los soldados cubiertos con cascos en Santiago me recuerdan a las imágenes en blanco y negro del golpe de Estado de Pinochet, el que acabó con la vida de Salvador Allende, con el disgusto mortal de Pablo Neruda, y con las manos cortadas de Víctor Jara en el estadio olímpico de Santiago en septiembre de 1973.

—«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada» —canturreo casi sin darme cuenta.

El disco de Jesucristo Superstar llegó a mi vida al mismo tiempo que el de Víctor Jara, aunque se había publicado seis años antes. Y es que en aquel año de 1975 pasaron muchas cosas en mi vida: descubrí que entre Cristo y Judas me quedaba con el segundo porque era el único que se preguntaba cosas y no aceptaba sin más lo que parecía estar escrito por el destino, o por las leyes de Dios y de los hombres. También supe que era estupendo bailar canciones lentas con chicos que no fueran mis primos, y que tenían los ojos como Ted Neeley, el cantante que daba vida a Jesucristo en la película. Fue en un hotel de Mallorca, en septiembre, durante las vacaciones, justo antes de que empezara el último curso en el colegio. Yo tenía trece años y quería ser mayor. Y como era alta y «estaba muy desarrollada para mi edad», pues di el pego y me dejaron entrar en la fiesta del hotel.

—No deberías querer crecer tan deprisa —me dijo alguien en el hotel. Pero no le hice caso. A mis trece años quería tener por lo menos dieciocho.

También fue entonces cuando supe que a un cantante chileno de nombre Víctor Jara lo habían asesinado dos años antes por cantar canciones que mostraban un mundo más cruel y gris que el que reconocían los que lo habían silenciado para siempre. Canciones que nos enseñaba nuestro profesor en unas clases extraescolares por la tarde. Él era poeta, además de matemático, y le gustaba enseñarnos cosas más útiles que las ecuaciones, aunque tenía que hacerlo fuera del horario escolar. Así que obtuvo permiso para utilizar un local de la parroquia y allí cantábamos el corrido de «un hombre que fue a la guerra», la balada del «pongo en tus manos abiertas mi guitarra de cantor», y esa delicia trágica que era «Te recuerdo Amanda, la calle mojada», todas ellas canciones de Víctor Jara, al que habían cortado las manos y que había muerto desangrado en el estadio olímpico de Santiago de Chile como tantos otros. Su delito, cantar lo que ahora cantábamos nosotros en una sala de la parroquia. Y escribo «nosotros» porque en aquellas actividades extraescolares estábamos juntos los chicos y las chicas. Apuntarme a guitarra era casi la única posibilidad que yo tenía de relacionarme con chicos. El colegio era mixto, pero las clases no. Los varones estaban en otros pabellones, y tenían otro recreo. Solo cuando se hicieron obras en el suyo, compartimos espacio y tiempo en nuestro patio. Aquellas semanas de promiscuidad no me trajeron nada especial. No hablé con ninguno de los chicos, más ocupados en charlar e intentar ligar con las más guapas y menos tímidas, entre las que desde luego no estaba yo.

A mí me gustaba un chico que se llamaba Víctor, como el cantante. No sé por qué me gustaba porque jamás había hablado con él ni había sido mirada por sus ojos; ni siquiera había oído nunca su voz. Soñaba con él y escribía su nombre en mi diario una y otra vez. Hasta escribí versos dedicados a sus ojos verdes y a su cabello rizado. Nunca hablé con él, «con él, con él»…, como en la canción, pero lo amé en secreto, como se ama a esos trece años en los que tu héroe es Víctor Jara, Robert Redford o Carl Anderson, aunque defenderlo me supusiera bajar en tres puntos la nota de Religión.

En aquel tiempo yo era muy tímida porque era muy insegura. Con eso de que «estaba muy desarrollada para mi edad» era demasiado alta y tenía las tetas demasiado grandes. Mis gafas, mis cejas gruesas y el hecho de sacar las mejores notas de la clase me condenaban. Me llevaba bien con casi todas las niñas de la clase, pero era invisible para los chicos. Me apunté a Confirmación para relacionarme más con los muchachos, pero ni aun así. Me llevaba mejor con los cantantes de los discos, que también me parecían guapísimos, tanto o más que aquel Víctor de los ojos verdes.

Ellos sí que hablaban conmigo. Me contaban y susurraban canciones de amor, de lluvia, de campesinos, de luchas. Y lo hacían directamente a mis oídos, sin intermediarios. Y me lo repetían tantas veces como yo quería. Hacía girar el disco una y otra vez bajo aquella aguja que tenía la punta de zafiro. Alfredo Kraus, Víctor Jara, Ted Neeley, Donny Osmond, los Jackson Five, Camilo Sesto y Paul Anka convivían los sábados por la mañana con las danzas del príncipe Igor de Borodin, y con los «Ojos negros» del disco de canciones tradicionales rusas que mi padre había comprado a escondidas en la trastienda de un local en el que se vendían discos prohibidos.

Me enamoré de Kraus cantando a Francisquita, de Víctor Jara recordando a Amanda, de Neeley preguntándole a Dios que «why, why I should die?», de Donny Osmond en aquel disco que alguien me compró en la base americana, del niño Michael Jackson en los tiempos en que era una tierna criatura que cantaba y no tenía castillos como el ciudadano Kane. Del regreso de Melina que cantaba Camilo, que también fue Jesucristo en el teatro, y de Paul Anka, en un disco americano de verdad que nos había regalado mi madrina en aquel nuestro primer viaje, el del único pasaporte, el de los tres trenes y la carbonilla en el ojo. Me enamoré de ellos y de todos los chicos que, aunque hubiera sido por una milésima de segundo, me habían mirado, haciéndome creer que estaban locos por mí.

19

Porque yo me lo creía todo. Mi rebelión en la clase de don Rafael había sido una excepción que incluso a mí me sorprendía. Era la prueba de que algo, no sabía el qué, estaba cambiando en mi pensamiento. Hasta la gente había empezado a hablar un poco más alto, como si las paredes hubieran dejado de oír. Incluso mi padre decía cosas que nunca antes se había atrevido a decir; y si lo había hecho, había sido en un volumen tan bajo que yo no lo había oído.

—Pues la chica quiere visitar a su abuela, y esta tarde vamos a ir, te guste o no —le dijo un día a mi madre, que empezó a llorar.

—Si hubiera sido por ella estarías muerto. Fue mi familia la que pagó las medicinas para que te curaras del tifus, que tu familia no movió ni un dedo y te habría dejado morir como a un perro.

—Sabes dónde duele más, ¿verdad?

—Es la verdad.

—No siempre hay que decir la verdad si haces daño con ella. A no ser que lo que pretendas sea precisamente eso, hacerme daño a mí. Y a tu hija.

—Mi hija tiene que saber las cosas.

—Las cosas desde tu punto de vista, que, según tú, es el único que cuenta.

—La verdad no tiene más que un camino —decía ella, en una de sus frases recurrentes.

—Eso es lo que te enseñaron las monjas.

—Las monjas tenían razón. Estaban asistidas por la Virgen María.

—Oh, vamos. Seguro que también hablaban de la caridad cristiana. ¿O es que el día que tocó esa lección tú estabas enferma y te perdiste la clase?

Yo escuchaba la conversación desde el otro lado de la puerta de su dormitorio. Mi abuela estaba en el pueblo con su hermana y en la soledad de la pareja se sentían más libres de decirse lo que pensaban, que no siempre era amable.

Mi madre se quedó callada por un momento. Pensé que estaba llorando y que no podía escuchar sus lágrimas. Discutían por mi culpa. Si yo no quisiera ver a mi abuela paterna, papá y mamá nunca habrían discutido. Ni mamá nunca le habría echado en cara a papá lo del tifus y lo de que no se olvidara de que estaba viviendo en casa de su suegra, que era otro de los temas que le refrotaba cuando estaba enfadada con él, siempre por mi culpa.

—Mi culpa, mi culpa, mi grandísima culpa —digo, mientras contemplo una de las fotos de mi madre, que sigue en la mesilla de papá, en un marco de plata.

Cuando ocurría esto, también me iba al cuarto de baño a llorar. Cerraba la puerta con el pestillo y tiraba de la cadena para que nadie me oyera. A veces cogía las tijeras y me las acercaba a las venas de la muñeca. Pensaba que si me las cortaba seguro que dejaban de discutir. Serían ellos quienes se sentirían culpables de mi muerte y llorarían mucho. Pero entonces me sentiría aún más culpable por haber provocado semejante torrente de lágrimas y de sufrimiento. Y, además, yo iría al infierno… Así que dejaba otra vez las tijeras en el armario y me sentía culpable incluso de haber tenido el pensamiento de clavármelas en las venas.

El resultado de la discusión era que papá y yo íbamos por fin a visitar a la abuela, y mamá estaba de morros durante una semana. Al final todo se pasaba y cada uno seguíamos con nuestra vida. Mamá haciendo sus tareas de ama de casa y escribiendo cartas a lejanos rincones del mundo porque de joven se había inscrito en una revista para mantener correspondencia con otras señoritas; papá arreglando coches ajenos mañana y tarde. Y yo estudiando, tocando la guitarra, y jugando al hockey para mejorar mis notas de Gimnasia y para intentar que algún chico se fijara en mí.

Pero eso tardaría mucho tiempo en pasar.

20

Estábamos viviendo un periodo histórico del que no éramos conscientes. El abuelo universal estaba enfermo, muy enfermo, y se iba a morir muy pronto. En el mundo había manifestaciones multitudinarias protestando contra nuestro país. Salían en la televisión como ejemplo de que España se mantenía firme a pesar de las críticas y del odio que una parte de los extranjeros nos seguía teniendo. Las protestas estaban causadas por las últimas sentencias a muerte que el moribundo había firmado. Cinco hombres iban a ser ejecutados cuando en el resto de Europa, salvo en Francia, hacía tiempo que no se mataba legalmente a nadie, aunque aún no se había abolido la pena de muerte ni en Francia ni en Gran Bretaña. Curiosamente, ambos países lo harían aún más tarde que España.

—Pues si ellos han matado, bien está que los maten —decía mi madre, para quien la justicia seguía dictada por la ley del talión.

—¿Pero es que no hemos tenido ya suficientes muertos en este país? —replicaba mi abuela.

A ella todos los fusilamientos le recordaban al de Galán y García Hernández, que había ocurrido antes de la República, en la época de la dictadura anterior. La ejecución de aquellos dos capitanes que se habían sublevado en Jaca por la libertad había provocado lágrimas en casi todo el pueblo, que ya entonces añoraba una libertad que vino en el 31, y que tampoco cumplió las expectativas de muchos.

—Franco está a punto de morir y quiere morir matando —continuaba—. Con dos cojones hasta el final. Rezo para que se muera antes e indulten a esos desgraciados.

—No los indultarán, abuela —intervenía mi padre—. Ya veréis como no los indultan. Quieren dejar claro ante el mundo que siguen siendo los vencedores.

—Pero estaría bien un poco de clemencia, ¿no? —me atreví —. Si se está muriendo, ¿qué más le da? Además, así pasaría al otro mundo habiendo hecho un acto de caridad cristiana. Eso seguro que le parece bien a san Pedro.

—¿A san Pedro? —me preguntó mi padre con la cuchara de la sopa en la mano.

—Es el que tiene las llaves para dejar entrar al cielo a los buenos, ¿no? Pues eso —repuse. A pesar de todo, en la clase de Religión había aprendido muchas cosas.

—No deberías ir a un colegio de curas —dijo mi padre después de tomar la cucharada de sopa—. Te cuentan cosas muy raras.

—Es el mejor colegio que queda en el barrio —contestó mi madre—. Está bien que la chica tenga una educación cristiana y no sea tan descreída como tú.

—De todas formas —continuó papá—, si san Pedro deja entrar a Franco en el paraíso, será la prueba evidente de que la injusticia no solo reina en el mundo de los vivos sino también en el de los muertos —contestó mi padre.

—No le digas esas cosas a la chica, que luego irá por ahí contando que a su padre no le gusta Franco —advirtió mi madre, siempre con el miedo en el cuerpo.

—Las cosas están cambiando. Ya se puede hablar. Y no tardará en llegar el día en el que podremos salir a la calle sin miedo a que nos pidan la documentación y sin temor a que nos detengan solo por pensar diferente.

—Pero esos cinco bien muertos van a estar. Que ellos han matado a unos inocentes —continuó mamá.

—Nadie tiene derecho a matar a nadie. Ni ellos ni la justicia.

—Solo Dios tiene derecho a llevarse a sus hijos con él —intervino de nuevo mi abuela con una voz afectada—. Eso dicen siempre los curas, pero muchos miraban hacia otro lado cuando tanto los milicianos como los falangistas sacaban de sus casas a inocentes para darles el paseo y liquidarlos. Cuando se muera ese, vendrá otro 36. Ya lo veréis. Si se meten los anarquistas otra vez, volverá la guerra, como entonces.

Porque mi abuela siempre le echaba la culpa de casi todo a los anarquistas. Según ella, fueron quienes trajeron el 36 porque iban por la calle pegando tiros, rompiendo figuras de santos y quemando iglesias. Mi abuela temía a los anarquistas casi tanto como a los falangistas.

—Ay, abuela, no digas eso. Que a mí me da mucho miedo la guerra.

—Pues cómete todas las lentejas, que no sabemos qué pasará. No sabes lo que es pasar hambre, niña. Ojalá nunca conozcas lo que es oír las sirenas y echar a correr para llegar al refugio antes que las bombas. Y no tener nada que llevarte a la boca, ni que darle a tu propia hija —sentenciaba la abuela con la mirada puesta en la pantalla de la tele en la que cientos y cientos de jóvenes se manifestaban contra Franco en París, en Londres, en Roma y en medio mundo menos en el nuestro.

—No asustes a la chica, mamá, que no pasará nada, ya veréis —intentaba consolarme mi madre—. A lo mejor hasta los indultan.

Pero no los indultaron. Los mataron cuando el nuevo y último curso del colegio estaba recién comenzado, y nosotros acabábamos de regresar de nuestras vacaciones en Mallorca, en aquel verano tardío en el que había bailado al ritmo de una canción que se llamaba Rosana, el mayor éxito del grupo Los Diablos de aquel año. El mundo entero volvió a protestar en las calles contra una dictadura que hasta en sus últimos coletazos moría matando, como había vaticinado mi abuela. Una dictadura que habían alimentado los mismos países que se rasgaban las vestiduras después de las ejecuciones sumarísimas de los últimos juicios. Durante la guerra, el tratado de no intervención y el «que se maten ellos»; después de la Segunda Guerra Mundial, mejor una dictadura de derechas que la posibilidad de que España se convirtiera en un satélite demasiado occidental de la Unión Soviética, así que mantuvieron al abuelo universal en el poder, con un Plan Marshall raquítico y a destiempo, y con una visita del mismísimo presidente de los Estados Unidos, el carismático Ike Eisenhower ya en 1959.

No vimos nunca imágenes de la ejecución, pero el ruido de los fusiles que no escuché se mezcla ahora en mis recuerdos con el vals de Rosana, y con otras canciones que cantábamos en las clases de guitarra. Eran temas que pretendían protestar contra el pequeño mundo que nos rodeaba: Un ramito de violetas, de Cecilia; La orilla blanca, la orilla negra, de Iva Zanicchi; y, por supuesto, El preso número 9, de Joan Baez.

21

Me empezó a gustar un chico de los que iban a guitarra. Era moreno, tenía gafas de metal, y era tan tímido como yo. No me acuerdo de su nombre y no oí su voz más que cuando cantaba aquella canción de Joan Baez que se había compuesto antes de que naciera yo, pero que se había hecho famosa en aquellos años primeros de la década de los setenta por lo que tenía de alegato contra la pena de muerte. Como él la cantaba, decidí aprenderla para a lo mejor hacer un dúo con él algún día, cosa que nunca llegó, por supuesto. Pero al menos me aprendí la canción y la cantaba en los recreos y en casa.

—¿Y esa canción? —me preguntó un día mi madre.

—Es un alegato contra la pena de muerte, mamá.

—Aquí no cantes esas cosas, que te pueden oír.

—Pero, mamá, si esta canción ha salido ya en la tele y todo. No está prohibida. Escucha, te la voy a cantar, fíjate bien en la letra, y en la música, que es muy bonita.

Yo tocaba los primeros acordes y me acordaba de los dedos del chico de las gafas plateadas, que se deslizaban por el diapasón con mucha más facilidad que los míos. Miraba la cara satisfecha de mi madre, complacida con lo bien que su niña tocaba la guitarra.

El preso número nueve ya lo van a confesar (…) / Porque mató a su mujer y a un amigo desleal (…) / Los maté, sí señor / Y si vuelvo a nacer / Yo los vuelvo a matar / Padre no me arrepiento / Ni me da miedo la eternidad / Yo sé que allá en el cielo / El que juzga nos juzgará…

—¿Y lo van a ejecutar por haber matado a una adúltera? Pobre hombre —decía mi madre.

Y yo seguía cantando aquellas palabras infames una y otra vez, sin pararme a pensar que la canción estaba defendiendo a un asesino. Era verdad que la cantábamos como protesta por la pena de muerte, y que en la España de aquellos juicios sumarísimos del 75 el texto tenía una significación muy clara. Pero tan claro nos debería haber parecido también que el preso número nueve era un villano que había acabado con la vida de su mujer y de su amante, y que además ni se arrepentía ni se iba a arrepentir. La solidez de su argumento era tal que cantábamos la canción con frenesí, empatizando con el asesino más que con sus víctimas.

Cada vez que pienso en mí misma, guitarra en mano, entonando aquella melodía, se me abren las carnes. Y si además pienso que copiábamos a Joan Baez, que se postulaba como hada madrina de la progresía, siento vergüenza de mí y de toda mi generación, y me siento en parte responsable de las muertes de tantas y tantas mujeres a manos de hombres que han creído y siguen creyendo que sus parejas son patrimonio propio, al mismo nivel que el coche o que el mechero con el que encienden sus malolientes cigarrillos.

—Menudo cabrón era el preso número nueve —me digo mientras recuerdo la emoción con que cantábamos aquellas palabras tan brutales.

22

Suena el teléfono. Esta vez lo tengo al lado y lo cojo antes del segundo compás de la melodía que Samsumg ha puesto por defecto. Acabo de cambiar de móvil y todavía no lo he personalizado. Es mi amiga Sara.

—Hola, guapa —me dice—. ¿Ya estás en la ciudad? ¿Quedamos a tomar un café? Hace mucho que no nos vemos. Tengo que contarte un cotilleo que te va a encantar.

Sara siempre ha sido así. Habla y no deja meter baza. Es amiga mía desde los tiempos del último curso del colegio, cuando su familia se trasladó desde el pueblo a vivir a casa de su abuela, en mi barrio.

—Llegué ayer y me fui directamente al hotel.

—¿Te has ido a dormir a un hotel teniendo casa y amigas que te podemos hospedar? ¡Qué disparate!

—Necesitaba estar sola antes de emprender la tarea. Esto es muy duro.

—Claro que es duro. Dímelo a mí, que he tenido que vaciar tres casas: padre, madre y marido. Por eso mismo, estarías mejor conmigo. Esta tarde te vienes a dormir a mi casa. Los chicos se alegrarán de verte. Eres una especie de hada madrina para ellos, sobre todo para Daniela.

—Los veré en otro momento, Sara. Hoy me voy a quedar aquí todo el día, y por la noche me iré al hotel. Se me remueven muchas cosas, muchos recuerdos. Prefiero no hablar con nadie.

—De eso nada. Iré a buscarte cuando salga de trabajar. A las dos me tienes ahí, charlamos, comemos y luego vuelves a tu tarea. Y por la noche puedes elegir: o duermes en una solitaria y triste habitación de hotel, o te quedas en mi casa.

Miro el reloj. Ya es casi la una de la tarde. He madrugado mucho para que me cunda la mañana, y no he vaciado nada más que dos cajones y una mínima parte del armario de papá.

—No sé si voy a ser capaz, Sara —le digo—. Hay tantos recuerdos… Cada objeto me lleva a momentos en los que yo también viví aquí. Vaciar esta casa es como vaciarme a mí misma.

—Vamos, vamos, no te pongas melodramática. A todos nos toca hacerlo. Y a los que no les toca es porque se han muerto antes, así que no te quejes tanto. Te recojo a las dos. Espérame en la puerta, que ya sabes que nunca hay sitio para aparcar.

Tiene razón Sara: nunca hay sitio para aparcar en mi calle. Tampoco lo había cuando estudiábamos ya en la universidad y ella me venía a recoger para ir juntas a la facultad con su 850 azul de cuatro puertas. Habían vuelto a vivir en el pueblo, que estaba a las afueras y en el que trabajaba los veranos. Con lo que ahorraba se había comprado un coche pequeño de tercera o cuarta mano. Lucía siempre limpísimo y el color hacía juego con sus ojos. O al menos eso me parecía a mí entonces. Su padre las había dejado con una mano delante y otra detrás y se había ido con una señora muy rubia a las islas Canarias.

Sara. Sara. Sarita. Ella cantaba mejor que nadie. Tenía el pelo largo y liso y vestía blusones anchos y bordados, como Cecilia, la cantante que más nos gustaba en aquellos años, más incluso que Camilo Sesto y que Cat Stevens.

Vuelvo al dormitorio, saco los cajones que me quedan de las mesillas y los vacío en la bolsa negra sin mirar siquiera su contenido. Saco del armario viejas y nuevas toallas, viejos y nuevos paños de cocina, viejos y nuevos zapatos. Arranco las ropas con furia del que ha sido su hogar durante años. De pequeña me preguntaba a veces si las cosas seguían estando dentro de los armarios y de los cajones cuando los cerrábamos, cuando nadie los veía. Las bragas ordenadas, los calcetines emparejados, ¿seguían allí cuando a su alrededor no había nada más que silencio y oscuridad? Pensaba que eran como los muertos dentro de los ataúdes, que se quedan un tiempo dentro para ir haciéndose más y más pequeños hasta que desaparecen casi por completo. Pero no. No era así con los habitantes de los armarios: todos y cada uno de los calcetines de papá siguen en el sitio donde él los dejó. Y sus corbatas, y sus calzoncillos. Hay algo de sacrílego en tocar los calzoncillos de un padre, aunque sea para meterlos en una bolsa negra, en el agujero negro de la nada. Tal vez sea esa la razón: tirar sus cosas es desprenderse de sus últimos vestigios. De sus últimos suspiros.

Miro de nuevo el reloj. Son las dos menos cinco. Ya debería estar abajo. Voy al cuarto de baño, me siento en la misma taza en la que tantas y tantas veces me senté para hacer mis necesidades y también para llorar en silencio. Tiro de la cadena. Me miro en el espejo mientras me lavo las manos, y vuelvo a preguntarme dónde está la chica que vivió en esta casa más de veinte años.

Bajo las escaleras tan deprisa que no llamo a la vecina para decirle que me voy. Me oye y abre la puerta. Oigo su voz cuando estoy en el rellano del primer piso.

—¿Te vas sin despedirte?

—Vuelvo después de comer. Me ha llamado una amiga y voy a comer con ella. Voy corriendo, que no puede aparcar.

—Que te diviertas.

23

Cuando llego abajo, hay un coche detrás del de Sarita que está pitando. Hago un gesto de disculpa con las manos, pero el tipo sigue pitando.

—¡Qué borde ese tío! —Es el saludo de mi amiga.

—Tendrá prisa —le contesto.

—Luego nos besamos y abrazamos como se debe. Ahora mejor que nos alejemos de ese energúmeno. Algunos no se han dado cuenta todavía de que ya hace años que estamos en un país civilizado. Venga, date prisa, que te estás mojando.

Me quedo callada. Ella siempre ha tenido más sentido patriótico que yo.

—Ya han sacado al tirano del valle —me dice.

—He visto algo en el móvil —le contesto.

—Yo lo he estado viendo en directo en la televisión.

—¿Pero no estabas trabajando?

—Lo he visto en la pantalla del ordenador del curro. Estábamos todos igual. Muy emocionados. Algunos hasta lloraban.

—¿De pena o de alegría? —le pregunto.

—De todo habrá habido. Pero nadie ha dicho ni una palabra.

—Eso sí que es raro.

—No creas. Todavía hay cosas de las que no se habla en mi oficina. No se te olvide que trabajo en un organismo público lleno de uniformes. En mi trabajo hay que callar sobre determinados asuntos.

—O sea, que estamos como cuando éramos pequeñas, y nos decían que había temas de los que no se hablaba porque las paredes oían.

—Querida, algunas paredes siguen deseando oír. Así que en mi trabajo nadie sabe de qué pie cojeo. O sea, que nadie sabe a qué partido voto, ni si hoy estaba contenta o no.

—Pues vaya.

—Así es la vida, amiga mía. En fin. Te voy a llevar a un restaurante nuevo que te va a gustar. Es un vegetariano.

—Buena idea. Cada vez como menos carne.

—¿Esa frase es recta o indirecta?

—¿Qué quieres decir?

—Que si te refieres a carne de vaca o de humano.

Me echo a reír. Casi se me había olvidado que Sara pensaba en el sexo constantemente. En su interpretación lingüística, toda frase tenía una razón sexual. Toda mirada iba con segundas intenciones. Según ella, cada acto humano estaba motivado por un deseo desenfrenado hacia el otro. O hacia la otra. Freud habría podido utilizarla de ejemplo para justificar la mayoría de sus teorías.

—Me refiero a la carne que se come —le aclaro.

—Toda la carne se come —me contesta mientras echa el freno de mano. Ha encontrado un sitio para estacionar justo al lado de nuestra vieja facultad.

—Ya me entiendes. Menos carne y más verdura. Esa es mi filosofía últimamente. Paso demasiadas horas sentada. Hago poco ejercicio, así es que intento comer lo más sano que puedo.

—Pues entonces he acertado al elegir este restaurante. Te va a encantar. Y ahora sí, ese abrazo y ese par de besos que aún no nos hemos dado.

Nos abrazamos y noto que ha cambiado de perfume. Antes llevaba un aroma muy fresco de cítricos, de Hermès. El de ahora es más empalagoso. No me gusta tanto, pero no se lo digo. No obstante, ella se da cuenta de que he notado la diferencia.

—Siempre tan sensible a los olores. Sí, me he pasado a La vie en rose de Lancôme.

—Es muy fuerte —le recuerdo—. Antes te gustaban más frescos.

—Pero todo cambia, querida. Ahora me gusta envolverme en aromas más aterciopelados.

—Hablas como en un anuncio —le reprocho.

—A lo mejor. Estamos en la edad en la que tenemos que anunciarnos bien.

Al mirarla de frente veo que hay algo diferente en su rostro.

—Ya te has dado cuenta. Has tardado, pero ya has visto la novedad.

—¿Te has puesto bótox en los labios?

—¡No! Qué barbaridad. Por supuesto que no.

—Pues …

—Es ácido hialurónico. Da volumen y corrige las arrugas.

—Pero si estás preciosa sin nada de eso. Siempre has sido la más guapa.

—El tiempo no pasa en balde. Ni para ti ni para mí.

—Yo nunca me voy a poner nada en la cara —afirmo tajante.

—Eso mismo decía yo.

—Eso decíamos hace años, cuando empezamos a ver mujeres a las que se les notaba de lejos que se habían operado.

—Yo no pienso lo mismo que hace treinta años. ¿Tú sí?

—Yo tampoco —le contesto y la vuelvo a abrazar.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
311 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788491395706
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