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EL ACCIDENTE


EL ACCIDENTE

© Adolfo Pascual Mendoza

© De la ilustración de portada, Youngdoo via photopin Diseño de cubierta: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle

Iª edición

© Editorial La Calle, 2014.

Editado por: Editorial La Calle

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ISBN: 978-84-16164-08-0

Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.

ADOLFO PASCUAL MENDOZA


EL ACCIDENTE


Editorial La Calle

ANTEQUERA 2014

Índice

Portada

Título

Copyright

Índice

PARTE 1 - LA AMISTAD

LA CRISIS

LA ENTREVISTA

EL ACCIDENTE

EL DETONANTE

MI TRAGEDIA

CAMBIO DE HOSPITAL

PARTE 2 - EL AMOR

EL ENCUENTRO

LUÍS

CONVERSACIÓN ENTRE EL TÍO LUÍS Y JORGE

LA VISITA DEL PRIMO JOSITO

LA HABITACIÓN 212

LA DECEPCIÓN

EL REENCUENTRO

EL COMPROMISO

NUEVO PROYECTO DE VIDA

PLANIFICANDO EL FUTURO

JOSITO

LA MUDANZA

PARTE 3 - 20 DÍAS

EL MIÉRCOLES

EL VIERNES

EL JUEVES

LA SALA ROJA

LA PRIMERA NOCHE

UNA SEMANA DECISIVA

EL DÍA CLAVE

EL RITUAL

PARTE 4 - EL AMOR Y LA AMISTAD

EL ALTA

LA CELEBRACIÓN

PARTE 1
LA AMISTAD


LA CRISIS


Luís me acababa de abrir la puerta. Entre susurros me comenta que, en los últimos días, Raúl no se encuentra de muy buen humor. Me indica el salón y se aleja camino de la cocina. Antes de llegar a la puerta y desaparecer en su interior, se gira y me dice:

—Richard, tengo la esperanza de que tu visita le mejore el ánimo.

Le respondo con una sonrisa y me introduzco en el salón de manera sigilosa.

Al traspasar la puerta de la estancia, vislumbro al trasluz su silueta, sempiterna estampa sobre su silla de ruedas. Está de espaldas a la puerta, pero lo percibo difuminado entre los rayos de sol templados de finales de invierno e imbuido en la música, su música, esa música llena de tragedia y osadía de su autor favorito, Verdi. En esta ocasión es Nabuco, y mi entrada casi coincide con los primeros compases de los Coros de la Libertad. Sonrío, giro la cabeza y veo de nuevo a Luís saliendo de la cocina, le guiño un ojo. Con los impulsos renovados de la música, me encamino hacia la cristalera y, elevando la voz, me hago notar.

—¿Cómo está el gruñón hoy?

Raúl gira la cabeza al oír mi voz y, sin disimular su alegría, su cara se ilumina. Antes de contestarme nada, se abraza a mi cuello, un abrazo tenso, fuerte, casi desesperado, un abrazo como el de un nadador salvado a última hora, segundos antes de ser engullido por el agua.

Siento correr por sus mejillas sus lágrimas de agradecimiento. Mis ojos también se turban con mis primeras lágrimas, y callamos, nos dejamos llevar por nuestro silencio, me siento a su lado, nuestras manos aferradas, una sobre la otra.

Miro el horizonte como tratando de ver lo mismo que él y, aunque el paisaje es idílico, no me imagino que estemos apreciando lo mismo. Sé que no vemos lo mismo, pero del mismo modo valoro el momento, un momento especial, un momento esencial como este, con nuestras mentes evadidas, pero disfrutando del mismo instante, del mismo momento juntos aunque en espacios distintos. Él en su mundo, yo tratando de entrar en el de él.

Sé que es todo un ritual, que nos llevará tiempo comenzar a hablar, que tal vez pasen horas y nos tengamos que despedir sin tan siquiera haber cruzados unas frases, pero yo lo necesito, necesito visitarlo, necesito verlo, necesito compartir con él estos minutos, aunque sea compartirlos en silencio, y a la vez sé que cada visita mía le da nuevo bríos, le anima a seguir adelante, y a veces incluso a hacer cosas, esas cosas espontaneas, creativas, directas del corazón que tan solo él sabe hacer.

—¿Sabes? —lancé al aire, sin saber que me escucharía, unos segundos después de que la música se silenciara—. Pensaba en nosotros —me levanté y cogí el marco con la foto que siempre tiene en la mesita de al lado del ventanal.

En ella, dos niños. Él, alto y fuerte, yo desvalido y pequeño. A pesar de no tener ninguno de los dos aún los ocho años cumplidos, él estaba mucho más desarrollado que yo. Nuestras familias se conocían de tiempo atrás. Sus abuelos y los míos eran vecinos en la casa de la sierra y nuestros padres ya jugaban juntos de pequeños.

Esa fotografía era muy importante para explicar nuestra amistad. Nos habían preparado una merienda especial, pasteles y horchata. Esa misma mañana, jugando en la puerta de la casa, un coche que pasó a todo trapo había atropellado a Ros, su gatita.

Al principio del verano, la recogimos abandonada en la entrada del bosque de pinos. Mis padres no me autorizaron a quedarme con ella, pero los de Raúl eran más tolerantes, mucho más permisivos, y durante todo aquel verano Ros nos unió con mucha fortaleza. Aquella tarde, el sentimiento de orfandad que nos unía fue un juramento de hermandad.

A lo largo de los años, nuestra amistad se fue estrechando hasta el punto de sentirnos como hermanos; él por no tenerlos y yo por ser el más pequeño de una familia de tres hijos siendo las mayores dos chicas.

En la ciudad, aunque no se podía decir que fuéramos vecinos, solo unas calles nos separaban y, por supuesto, el colegio era el mismo. Al regreso de esas vacaciones, como si el destino quisiera premiarnos por el desgraciado incidente, coincidimos incluso en la misma clase, y los años sucesivos, el instituto e incluso la universidad, fueron años que compartimos y disfrutamos. Compartimos el inicio de la adolescencia, nuestras primeras juergas juveniles, nuestros primeros flirteos y nuestros primeros fracasos, nuestros amores frustrados y, por último, nuestro compromiso vital, ese que desde la aceptación entre adultos, nos unió de por vida, mediante un vínculo que, aunque no era de sangre, sí era un compromiso aceptado de mutuo acuerdo.

—¿Sabes, Richard?

Sus palabras, como un revulsivo, me sacan de mis propios pensamientos y, como un autómata, alejo mi mirada del infinito y le miro al tiempo que le contesto.

—Sí, Raúl, dime.

—Hay algo que desde el accidente me corroe, me quema, me deshumaniza y me destruye, algo como un parásito que vive dentro de mí y me inmoviliza, me anula y evita que vuelva a ser yo mismo.

—Sabes que te he dicho siempre que hablar es lo mejor, pero tú siempre te encierras en ti mismo, sin querer compartir, sin hacernos partícipes de ese mundo tuyo, de tu otro mundo, ese que solo tú conoces, que solo tu entiendes, y que sabemos que te hiere, te hace daño, te destruye, pero que es tan inaccesible para todos nosotros. Hace ya más de cinco años del fatídico accidente y, desde entonces, me cuesta trabajo reconocerte, y lo de menos es verte sentado en esa silla. Son tus ojos, tu mirada perdida, tu mente en otro mundo y, sin embargo, cuando hablamos del pasado, como hace un rato con la foto de cuando niños, veo que en lo más profundo de ese ser desconocido está Raúl, mi Raúl, y en cada visita, en cada encuentro, me llevo a casa la sensación de que algo no ha funcionado, algo me ha fallado, de que he estado a punto de sacarlo fuera pero siempre a última hora reculas y te vuelves a encerrar… ¿Qué te pasa? ¿Qué temes? ¿Qué nubla esa cabeza y te aleja de todos nosotros?

—Simplemente, Riki, no me reconozco. Me niego a aceptar que este es mi cuerpo, que esta es mi situación… Apenas tenemos cuarenta y cinco años. ¿Qué será dentro de cinco? ¿Cómo me encontraré a los cincuenta? ¿Cuáles serán mis limitaciones?

—Raúl. Sabes que es normal. Nos lo dijeron en Toledo cuando superaste aquella recaída tan fuerte, ¿recuerdas? La llamaste el pozo de la vida. Vendrán otras recaídas. Unas se pasarán solas, otras serán más retorcidas, algunas con los familiares y los amigos las superarás, otras tendrás que volver a recurrir a nosotros, te dijo Margarita.

—Lo sé, lo sé, pero no es eso.

Se produjo un largo silencio, me miró a la cara y continúo.

—En Toledo descarté de plano algo, pero ahora le estoy dando vueltas. Tal vez…

Le cogí de la mano, continué como pude. Las lágrimas resbalaban por mi cara y, cuando la emoción dejó de atenazar mi garganta, le dije:

—Raúl, deja pasar un tiempo, piénsalo bien y en unos días lo hablamos.

No obstante, de camino a casa, mi cabeza me traiciona, engaña a mi corazón y, de manera casi mágica, de forma espontánea, una extraña y compleja estratagema, se configura en mi mente.

LA ENTREVISTA


—¿Margarita?

—Sí, soy yo, dígame.

—Buenos días, espero que te acuerdes de mí. Soy Ricardo Ortiz, el amigo de Raúl Fernández.

—Hola Richard, ¿cómo va todo? ¿Cómo esta Raúl? Hace tiempo que no sabemos nada de él por aquí.

—Bueno, tirando, ese es el motivo de mi llamada.

—Cuéntame, ¿qué pasa?

—Está pasando un pequeña crisis, esta todo el día malhumorado, encerrado en sí mismo, hasta que ayer se me abrió un poco.

—Bueno que empiece a hablar ya es un avance, y que lo comparta con las personas que le queréis, más aún.

—Sí, pero la situación es algo más complicada. En los últimos meses se está planteando la alternativa que le ofrecisteis en su día y que descartó de plano. Creo que está decidido a explorar todas sus posibilidades y arriesgarse. Quiere mucho a Luís y le quiere ofrecer el máximo de sí mismo, y para ello está dispuesto a sufrir, a esforzarse y lo que sea necesario.

—Pero lo que me estás contando es muy positivo. Después de la crisis que pasó estando aquí con nosotros, esperábamos más recaídas y hace ya casi dos años que, todo va sobre ruedas y viene solo a las revisiones.

—Sí, ya sabes, Luís ha sido todo un revulsivo. Le ha dado las ganas de vivir necesarias, y ahora parece ser que esto es lo que le ha provocado la crisis actual, y el nuevo impulso que le quiere dar a su vida.

—Richard, no sabes lo que me alegro de oírte decir esto. Muy pocos casos se dan en estas circunstancias que reconsideren la situación. Déjame hablar con Fernando Chozas. Miraremos bien todo el expediente, lo estudiaremos y, cuando tengamos algo claro, yo te llamo.

—Marga, ¿realmente crees que hay posibilidades de que mejore?

—En todo esto Richard, nuestro trabajo es muy importante, pero la situación anímica del paciente y las ganas de colaborar tienen mucho más peso a la hora de llevarlo a buen término.


Llevaba algunos días esquivando a Raúl cuando trataba de sacar el tema. Hablábamos prácticamente todos los días, pero siempre dejaba la conversación para el domingo, confiando en que se lo pensara un poco más.

Estoy en la cafetería del hospital de Toledo. El miércoles me llamó Marga y quedamos para comer junto con el doctor Chozas y así poder tener información de primera mano antes de ir a ver a Raúl el domingo.

Al pasar por la galería, me ha sorprendido la alegría y el dinamismo de unos chicos en su silla jugando al baloncesto. Sus energías son inagotables, sus ganas de vivir, su alegría contagiosa me hace sentirme mezquino, mezquino por tener tanto, por ser un privilegiado al que, sin embargo, cualquier cosa le deprime. Me hace sentirme un desgraciado y no soy capaz de valorar todo aquello que tengo, todo aquello que soy, lo material, lo físico, lo espiritual.

Al pasar por la cristalera que da paso a esa especie de gran gimnasio, esa sala de tortura y esperanza, de esfuerzo y sacrifico para tantos, me siento equilibrado. La esperanza y la alegría, el esfuerzo y el sacrificio, y todo junto por una mayor calidad de vida, por una cierta independencia, por una mayor autonomía.

Durante la comida, el doctor Chozas y Margarita me dejan muy claro las ventajas y los riesgos. Habría que empezar con muchas pruebas, y esto nos llevaría muy probablemente a un trasplante de medula, y después, el postoperatorio y la temida rehabilitación, dura, disciplinada, cargada de esfuerzos y sacrificios. El final, si todo es positivo, defenderse sin silla de ruedas, con unas muletas e incluso, con suerte, se podría mover por la casa apoyándose simplemente en paredes y muebles.

En la parte negativa estaba lo del donante. Al no tener familiares directos, la cosa se complica. Yo me ofrezco para hacer las pruebas de compatibilidad. Por lo demás, el temor al rechazo. También, en nuestra contra, estos cuatro años largos, que le han debilitado el organismo, con lo que quizá no esté en las mismas circunstancias que cuando pasó todo, pero esto es una dificultad menor.

En el coche de vuelta a casa, alejándome de estos edificios modernos que conforman el hospital, tras cruzar el río y meterme en la circunvalación hacia la carretera de Madrid, empiezo a soñar, a dejarme llevar por mis ilusiones y ya veo a Raúl de pie en la cocina, mientras preparo la cena, hablando de nuestras cosas, y noto como la vista se me nubla. Me restriego con la mano para poder ver bien y pongo algo de música, mi viejo y muy usado CD de Café del Mar, me concentro en el tráfico y me dejo llevar, siento la carretera como una pista de patinaje y el coche se desliza por ella como su cauce natural, con toda suavidad.

Sin darme cuenta, estoy llegando a casa. Había un poco de tráfico pero, como no llego a meterme en Madrid, apenas lo he notado. Al entrar en casa, según dejo las llaves encima de mueblecito de la entrada, siento un cansancio agotador.

Una luz muy tamizada inunda el salón. Me descalzo y me dejo caer en el sofá. Un profundo sueño me impide incluso encender el televisor y noto como el mundo se me aleja, como se va poniendo sordina a todos los ruidos que me rodean y caigo en un profundo sueño.

Al despertarme, me encuentro relajado, feliz. Una sonrisa me cruza la cara y un regustillo me llena el alma. He descansado y he soñado, y ese es el motivo de mi relax, de mi dicha.

En mi sueño, retrocedíamos unos cuantos años. Las imágenes del partido de baloncesto en el hospital fueron el comienzo de este sueño. Después, las imágenes se difuminaban y allí estábamos los dos, jugando, sudando, dándolo todo en el campo. Después, Raúl me miraba y sonreía. Era un guiño de complicidad, como diciéndome:

—¡Mira! ¿Ves como puedo?

No soy supersticioso, pero esto me hace pensar que tal vez la idea de Raúl sea coherente, y la operación y el nuevo tratamiento le darán mejor calidad de vida.

EL ACCIDENTE


No sé ni cómo había llegado hasta aquí. Solo recuerdo la llamada telefónica. Al entrar al hospital, el olor raro a desinfectantes y medicinas me despertó de mi ensimismamiento.

La sala fría y aséptica del hospital, los corrillos de familiares, el susurro de las distintas conversaciones, recorrí toda la sala tratando de encontrar alguna cara conocida, alguna sonrisa amable en la que cobijarme de mis miedos.

Por parte de Raúl, no esperaba a nadie. Solo algunos primos, como mucho, se interesarían por teléfono y, si la cosa se prolongaba, igual hacían alguna visita furtiva. Sabía que con el único que contactarían sería conmigo, y no me equivoqué pero, de la familia de Pedro, esperaba encontrar a su hermana pequeña, Lucía, pero por más que recorría la estancia con la mirada, no reconocía a nadie.

Anduve por todo el corredor. La sala de espera era como un circuito que me llevaba a recorrerlo de extremo a extremo una y otra vez, hasta que olor a café, me llevó hasta la máquina y, de manera automática e instintiva, saqué uno. No recuerdo su sabor, no recuerdo si estaba frio o caliente, solo su olor y, en megafonía, una voz potente, clara, repetía un nombre sin cesar, una, dos, tres veces.

Debió de ser el efecto del café por lo que caí en la cuenta.

—Acompañantes de Raúl Vidal, pasen por información.

—Raúl Vidal, familiares, por favor, pasen por información.

Me costó reaccionar apenas unos segundos, pero segundos vividos a cámara lenta, segundos ralentizados, vividos con intensidad. Salí de mi aturdimiento y encaminé mis pasos a la puerta con el rotulo de información.

Tras la puerta, un doctor con rostro ajado y movimientos cansados.

—¿Es usted familiar de Raúl Fernández?

—Bueno, Raúl no tiene familia cercana. Soy un amigo, soy su amigo desde la infancia.

—Bien, como le habrán informado telefónicamente, ha tenido un accidente, iba con otra persona, que no tenemos identificada. Solo sabemos la matrícula del coche, facilitada por la Guardia Civil.

—¿Qué modelo era el coche?

—Según el atestado, un Mondeo de color negro.

—Bien, entonces iban en el coche de Pedro, su pareja.

—¿Conoce usted entonces al propietario del coche?

—Sí, claro, Pedro Pérez.

Un corto silencio, antes de descolgar el teléfono.

—Pilar, tengo a un amigo de Raúl Vidal en información. Creo que nos podrá ayudar en la identificación del acompañante.

Bien, ahora vendrá mi compañera Pilar, le pedirá que la acompañe. Igual nos puede ayudar.

En cuanto a Raúl, está en la UCI. Las próximas horas serán cruciales para su evolución. Está muy mal. La verdad, no esperamos, salvo un milagro, que salga de esta.

Sentí un puñetazo en la boca del estómago. Las bilis me subieron por el esófago y la boca se me llenó de un sabor amargo.

—¿Cómo? ¿Tan grave es? ¿Tan brutal ha sido el accidente?

—De momento no puedo decirle mucho más. Ahora vendrá mi compañera, acompáñela y ella la informará de todo lo relativo al accidente.

Unos golpes en la puerta me sacaron del shock. Mi corazón había tomado vida propia y pretendía salirse de mi pecho.

—Hola, soy Pilar. Si me acompaña, por favor.

Fui incapaz de reaccionar, quería levantarme de la silla, pero mis piernas se negaban a obedecerme, mi cerebro estaba en blanco y apenas era capaz de atender a orden alguna. En ese momento no existía.

Unas manos acariciándome los hombros y tirando de un brazo hacia arriba me hicieron reaccionar.

—Venga, acompáñame. ¿Cómo te llamas?

—Ricardo, —contesté de forma automática—. Richard, para todo el mundo.

—Bien, Richard, dime. ¿Raúl es pariente tuyo?

—No, es mi amigo, mi amigo de infancia, es mi hermano.

—Comprendo, lazos fuertes. Una ha visto tanto que sabe diferenciar, y a veces los lazos de sangre no tienen la más mínima importancia, y otras, una amistad como esta…

Y dejó la conversación colgada, como ensimismada en sus propios pensamientos.

Habíamos llegado a un despacho, algo más amplio y acogedor que el del doctor en la sala de información. Alguna foto encima de la mesa, sus hijos, pensé, una planta sobre el poyete de la ventana, creaban un clima cálido. Una luz fuerte del exterior, a pesar del día de nubes y llovizna, inundaba la habitación.

Esperó a que estuviera sentado en la silla de este lado de la mesa. Ella se acomodó de manera casi parsimoniosa, activó la pantalla del ordenador y esperó unos segundos antes de comenzar.

—Richard, me ha dicho el doctor Villa que conoces al acompañante de Raúl.

—Sí, iban en un Ford Mondeo de color negro. Es el de Pedro Pérez, su pareja.

—Sí, según consta en la copia del atestado de la DGT, es un Mondeo negro, matrícula CPY. Sí, llevaría en el espejo retrovisor unos estandartes de la Virgen del Rocío.

—No me consta.

—¿Podrías aportarnos algún dato de Pedro? Algún teléfono de sus familiares.

—Bueno, solo tengo el móvil de una de sus hermanas.

—Si eres tan amable, dánoslo para ponernos en contacto con ella.

Sin ser consciente de ello, casi de una manera automática, había marcado el teléfono.

Solo me di cuenta al oír cómo se iba marcando el número. La voz de Lucía sonó al otro lado.

—Richard, ¡qué sorpresa!

Tardé unos segundos en reaccionar.

—Richard. ¿Pasa algo?

—Sí, Lucía, espera. Te paso con alguien.

Como una hora después, Lucía y yo nos fundimos en un abrazo en la puerta de las malditas urgencias del hospital. Seguía lloviendo, y el estrépito de las sirenas y el trasiego de unos y otros rompieron la intimidad del abrazo, nuestras lágrimas compartidas.

Minutos atrás, cuando pasé el teléfono a Pilar, la psicóloga, me enteré de los detalles del trágico accidente, de las horas que llevó sacar los cuerpos del amasijo de chatarra, del barranco donde había ido a parar cerca de la urbanización donde viven, de cómo Raúl había quedado tan mal parado y de que Pedro, desgraciadamente, había fallecido.

Compartimos una tranquilizadora infusión, que nos calmó el ánimo, y acompañamos a un funcionario para reconocer el cadáver.

Solo vimos su cara, hinchada, en el comienzo de la deformación. El resto del cuerpo, nos aconsejaron, era mejor no verlo. Después me comentaron que solo eran pedazos unidos en una argamasa.

También me dijeron que, gracias a la lluvia, no se había incendiado. Si no, Raúl también estaría muerto.

Las semanas siguientes se me pasaron sin ser consciente del tiempo. Solicité mis vacaciones y esas seis semanas, reservadas para ese fantástico viaje por Turquía y Jordania, las utilicé para acompañarlos. Primero a Pedro, en su sepelio. En estos días, entre Lucía y yo nacía una nueva amistad. Pasamos de ser conocidos, unidos por el vínculo de Raúl y Pedro, a ser AMIGOS. Sí, amigos con mayúsculas, amigos de esos que nacen del sufrimiento, del dolor, de los peores momentos.

Después, cuando los primeros atisbos de esperanza indicaban que Raúl podría salir del coma, lo acompañé, en esos minutos que me dejaban cada dos horas, para hablarle y contarle la verdad, susurrarle que aquí me tenía, decirle lo mucho que le quería y lo mucho que echaríamos de menos a Pedro, pero que juntos los superaríamos.

El 9 de octubre, 13 días después de accidente, en una de estas charlas de corazón a corazón, con mis manos cogiéndole su mano derecha y las lágrimas resbalando por mis mejillas y nublándome la vista, Raúl abrió los ojos.

Los días transcurrían despacio en la soledad del hospital, salpicados por alguna visita de Lucía. Los otros hermanos de Pedro, después del sepelio, solo se interesaron por los bienes que dejaba, para reclamar lo suyo. Afortunadamente para Raúl, lo habían dejado todo bien atado, todo en regla. Nada más leer el testamento, como la niebla matutina de las mañanas de abril, Julio y Teresa desaparecieron. Lucía, sin embargo, no cejó en las visitas constantes al hospital, en las que alguna vez pasaba a verlo a la UCI, y en otras simplemente se tomaba un café conmigo y charlábamos un rato.

La primera planta del hospital llegó a no tener secretos para nosotros. El pasillo principal, ese pasillo cuyo recorrido suponía cientos de metros, lo atravesábamos una y otra vez en nuestras charlas. A veces me ayudaba simplemente acompañándome en silencio; otras, con una conversación amena y entretenida. No había tema tabú, no había censura previa en nada, de todo hablábamos, hasta el punto de casi no tener secretos el uno para el otro.

—Richard —me dijo aquella tarde fría de finales de noviembre—, todos pensamos que eres gay, ya que te conocemos a través de Raúl y Pedro —el nombre de Pedro afloro a su garganta como un mosquito inoportuno que se hubiera colado más allá de las amígdalas.

—¿Gay? ¿Por qué?

—No sé, no hemos conocido a ninguna pareja tuya y tal vez por eso pensábamos que igual eras de esos que no salen del armario.

—Jajaja —me salió espontáneamente una sonora carcajada—. No sé muy bien lo que soy, eso es cierto. A veces yo mismo lo dudo. A veces pienso que el amor no existe o que al menos está vetado para mí; otras, que aún no me he cruzado con la persona adecuada, o que quizá es el miedo lo que no me permite encontrarla. A veces pienso que el tiempo me la traerá. Lo que sí creo es que, antes de que esa persona llegue, debo saber cómo tiene que ser, hombre o mujer.

—Pero… ¿no me digas que no has tenido relaciones, que eres virgen?

—Bueno, espero que me guardes el secreto. Sí, lo soy, en el más amplio sentido de la palabra. Ni conozco el amor de verdad, el del corazón, ni tan siquiera el sexual, el más carnal.

—No me lo puedo creer —me decía Lucía, mientras me miraba con la más absoluta cara de incredulidad—. En pleno siglo XXI, un tío cercano a los cuarenta y ¡virgen! Te oigo y, si no te conociera como te estoy conociendo en las últimas semanas, diría que es mentira.

—Ya ves. Timidez, comodidad, vergüenza, no sé. La verdad, si algún día se presenta la oportunidad, igual salgo corriendo, o hago el ridículo más espantoso.

Aquella misma semana dejé de ser virgen. No sé cómo fue, ni tan siquiera me enteré de cómo llegué a aquella cama. Solo recuerdo la sensación de plenitud, y la charla de después, aún metidos en la cama Lucía y yo.

De aquella tarde tengo tres recuerdos imborrables que permanecen en mi retina. El primero, mi despertar al sexo, al sexo pleno, al sexo compartido, casi cuarenta años después de venir al mundo, que fue como un regalo inesperado.

El segundo, su rotunda aseveración:

—Ya sabes lo que es el sexo heterosexual. Ahora deberías de tener dos cojones y probar...

Me costó trabajo asimilar ese consejo, viniendo además de una mujer, viniendo de mi amiga, pero en el futuro lo iba a comprender, como tantas otras cosas con las que Lucía me obsequiaba.

—¿Sabes? —me dijo con rotundidad y mirándome a los ojos, y este es el tercer recuerdo que tengo de esa tarde—, me alegro de que Raúl y Pedro hubieran tenido tan claras las cosas a la hora de redactar el testamento. Sobre todo me alegro por Raúl, por que los buitres de mis…

—Sí, ya me imagino que habrán tratado de rapiñar algo, a ver si podían sacar tajada, pero ellos desde el principio lo tuvieron muy claro y, a pesar de que no les ha dado tiempo a casarse, los temas legales los tenían bien cerrados, y salvo que Raúl… —mis labios se negaron a terminar la frase, ya no me cabía en el pensamiento un desenlace trágico—. Bueno, salvo que en el futuro Raúl tenga algún percance, todo está atado y bien atado.

Alguna que otra tarde, mi hermana Ana me hacía compañía; otras, venían juntas.

María era más de interesarse por teléfono. Me acompaño en el funeral también y, en una ocasión, un sábado por la tarde, vino acompañando a Ana.

Para mí era suficiente. Son mi familia, las quiero y las respeto, y ellas también quieren mucho a Raúl, pero saben que parte del cariño que les corresponde por sangre se lo entregué a él hace muchos años.

—Oye —me soltó Lucía la tarde antes de que a Raúl le trasladaran a Toledo—, ¿no será que estás enamorado de Raúl?

Fue la nota alegre de la tarde. Después, con el paso del tiempo, lo he comprendido. Un amor entre hombres, un amor fraternal como el de Raúl y el mío, es difícil de entender.

—¿Cómo? Raúl es mi hermano, mi protector, mi hermano mayor, aunque solo sea unas semanas más viejo que yo.

—¿Tu protector?

—Bueno, hasta ahora así lo ha sido. Pero esto me ha hecho madurar, alcanzar la madurez. A partir de ahora, igual me toca a mí protegerle a él.

Efectivamente, tuve que coger la tutela legal de sus cosas. Aunque había salido del coma, su mejoría era lenta, casi inexistente. Los primos habían puesto en la balanza lo que podían sacar del asunto y el tiempo que les llevaría y habían renunciado a ello. Hablaron conmigo y, tras su discurso, vacío de contenido, opté por cuidarlo y protegerlo yo.

Mañana nos vamos a Toledo. Me han dicho que allí empezará una lenta rehabilitación, lenta y dolorosa, pero que le permitirá recuperar algo de fuerza en las piernas y, sobre todo, podrá potenciar la masa muscular de sus brazos, que será su arma de defensa en el futuro.

El accidente le había partido la médula, y se había quedado paralítico de cintura para abajo. El resto de las patologías las había superado.

Los pulmones habían recuperado su potencial, las costillas rotas se habían curado, el corazón se había recuperado y la analítica, después de muchos meses, daba prácticamente normal, dejando atrás la fortísima anemia por la pérdida de tanta sangre.

Ahora toca la etapa final, me dijeron los médicos.

Cuando hablé con Raúl y se lo comenté, se dio la vuelta en la cama y, ocultándome su rostro, lloró, lloró solo, en silencio.

Antes del traslado a Toledo, al despertar, me dijo lacónicamente:

—La etapa final. ¡Y solo! ¡Sin Pedro! ¿Para qué?... Este cuerpo, tullido y diezmado, solo me pide eso, una etapa final… y definitiva.


EL DETONANTE


Ese día amaneció triste y nublado. Me levanté de mal humor, como siempre me ocurría en este tipo de días, y Pedro al final terminó contagiándose.

Esa mañana la teníamos repleta. Compras, compromisos, etc., cuando lo que menos nos apetecía era salir de casa. A media mañana teníamos que pasar por la oficina de Pedro. Se había dejado allí unos papeles y el lunes, a primera hora de la mañana, tenía una presentación.

El recién estrenado otoño hacía gala de tiempo desapacible, habíamos tenido una noche de tormentas, y el descanso se había hecho difícil. Después, la lluvia, la impertinente y voraz lluvia, y ahora todo el día en el coche. Primero, las compras, después volver a casa y colocarlas y meternos en el centro de Madrid para recoger esa presentación y para que pudiera preparársela el fin de semana en casa. A mediodía, lo mejor, la comida con Riki, comida a la que le seguiría una larga sobremesa.

A Pedro le caía muy bien Richard, pero desde el principio siempre estuvo celoso de nuestra relación.

—Coño Raúl —me repetía montones de veces, —si Richard fuera tu hermano lo entendería, pero es solo un amigo.

—Pedro, ya lo hemos hablado muchas veces. Si fuera mi hermano de sangre, seguramente no sería tan importante para mí.

En esta ocasión, las palabras fueron más lejos. Estaba nervioso por la presentación y yo encima le había metido el mal humor en el cuerpo.

—A veces pienso que no sé qué haces conmigo. A veces me da la impresión de que, en esta relación a tres, sobro.

—¿Cómo? ¿Qué coño estás diciendo, Pedro?

—Sí, Raúl. A veces no lo entiendo, me cuesta mucho trabajo entenderte y entender tu relación con Richard. Oficialmente soy tu pareja y tengo la impresión de que me ocultas muchas cosas de tu vida que no le ocultas a él.

—Ya sabes que no tiene nada que ver lo uno con lo otro. A ti te amo y a él lo quiero, eso sí, como si fuera mi propia vida.

—Pues a mí esta relación me quema y me martiriza, ya lo sabes.

—Pedro, Richard y yo jamás hemos tenido nada sexual, ni te hemos dado motivos para que estés así.

—Odio vuestras largas conversaciones en la cocina, mientras ultima la comida, vuestras risas, vuestras confidencias, mientras a mí me entretenéis en el salón con otros invitados o simplemente escuchando esa colección de insoportable música clásica de la que tanto presume tu amigo.

—Nuestro amigo, Pedro, y bien que ha dado fe de ello con su comportamiento en más de una ocasión a lo largo de nuestra relación.

—Ya salió. Ya tardaban tus reproches.

—¿Reproches? ¿Quieres que haga un repaso de los favores y las ayudas que Richard nos ha dado?

—No, por favor, solo me faltaba eso. No gracias, no hace falta. Ya te encargas todos los días de ir recordándomelo.

—¿Recordártelo? Pedro, no sabes lo que dices. Mejor será dejarlo. Hoy no tienes un buen día, y mucho me temo que el mío no es mejor.

—Claro, cuando no te interesa la conversación prefieres callar, ¿no? Ya nos vamos conociendo.

—Pedro, tengamos el fin de semana en paz, ¿vale? Mira, si no te apetece, compramos, recogemos tu maldita presentación y volvemos a casa. Tú te quedas preparando tu presentación y yo te excuso con cualquier cosa delante de Richard.

—Claro, así todo perfecto. Los dos toda la tarde juntos, mientras yo preparo mi maldita presentación.

—Joder, otra vez los celos. Pero Pedro, que llevamos muchos años juntos, que sabes perfectamente…

—¿Qué es lo que sé perfectamente? ¿Que prefieres estar con él a estar conmigo?

—Sabes perfectamente que lo que estaba proponiéndote era otra cosa, pero claro, de lo que se trata es de sacar las cosas de quicio.

—No, si al final seré yo el que tiene ganas de montarla.

—Pues dime quién, entonces. Pero mira, hoy no te voy a seguir la corriente, no tengo ganas de discutir. Vamos a comprar, coge la lista de la puerta del frigorífico y en el mercado nos repartimos los puestos. Así será mejor y a ver si mientras piensas en lo que estabas diciendo y conseguimos tener un fin de semana como Dios manda.

Durante el trayecto al mercado, Pedro conducía nervioso. Tal vez tendría que haber sido yo el que llevara el coche pero por fastidiar le dije que no me apetecía conducir y que además tendríamos que parar a llenar el depósito de gasolina, cosa que era mentira, estaba prácticamente lleno.

En el mercado era la típica mañana de sábado. Los puestos estaban con más gente si cabe que otros sábados. Al estar el día nublado y lloviendo de vez en cuando, muchos en lugar de irse a pasear al parque se daban vueltas por el mercado para matar las horas muertas antes de comer. La compra se me hizo eterna y no mejoró ni mucho menos mi estado de mal humor.

Al volver al coche, preferí mantenerme en silencio. Pedro me observaba, pero también callaba. Llegamos a casa y colocamos la compra. Serían las once. Aún nos daba tiempo para ir a la oficina y volver, y en el trayecto volveríamos a las andadas y tendríamos que retomar el tema de la comida en casa de Richard.

A mí no me importaba ir solo, al revés. Ya en otras ocasiones, Pedro a última hora se había echado atrás y, la verdad, eran unas comidas más íntimas entre los dos. Las aprovechábamos para hablar, para ponernos al corriente de nuestras últimas cosas, para conmemorar los viejos tiempos, para, en el fondo, estrechar nuestra larga amistad.

Le acompañé en silencio, no cruzamos ni una sola palabra a lo largo de casi una hora, solo alguna que otra mirada, y el silencio, un silencio aplastante e hiriente.

De vez en cuando, la lluvia descargaba ferozmente sobre la calzada y la visibilidad se hacía difícil, aminorábamos la velocidad y vuelta a empezar cuando escampaba. En un par de ocasiones, a nuestra derecha habíamos dejado algún que otro coche impactado, accidentes de poca importancia, resbalón con la grasa de la carretera y chasis abollados, pero nada más.

La lluvia, la maldita lluvia, no cejaba. El trayecto cada vez se hacía más pesado y estaba empezando a plantearme llamar a Richard y cancelar la comida juntos. La mañana se había vuelto demasiado gris y anodina como para volver a salir y mi estado de ánimo se había retorcido demasiado para compartirlo con él.

Cuánto añoraba en estos momentos la primavera, los rayos de sol luminosos y cálidos, que invitan a viajar, que te elevan el espíritu y cambian el estado ánimo.

La lluvia arreció y la visibilidad disminuyó. El coche de delante era apenas dos puntos rojos y más allá no se divisaba nada.

—¡Ten cuidado! —fueron mis primeras palabras después de muchos minutos.

—Sí, cuesta trabajo conducir y seguir adelante, voy a tener que parar en el arcén a ver si esto se calma un poco.

—Sí, creo que será lo mejor. Además, estoy pensando en llamar a Richard y decirle que, con este tiempo, no vamos a ir a comer.

Por primera vez en la mañana, Pedro me miró como solo él me sabía mirar y, por unos instantes y solo para nosotros, la mañana se despejaba, el sol se abría camino entre las nubes e iluminaba nuestro trayecto.

Después, el golpe atroz, el chirrido de las ruedas, el deslizar del coche por ese terraplén, y mi grito, ¡Pedro, Pedro!, pero Pedro no se movía, no me contestaba. Y de golpe, la oscuridad.

MI TRAGEDIA


Recuerdo la oscuridad, el frío y la humedad. Esos fueron mis compañeros durante interminables minutos. En mi fuero interno los viví como horas, horas de soledad, de amargura, de inmovilidad.

Algo impedía que viera, y cuando mi cuerpo empezó a responder, con las manos buscaba desesperadamente su cuerpo. Solo hierro, amasijos de hierro a mi alrededor, no reconocía el chasis del coche, no palpaba nada reconocido y la desesperación me corroía durante minutos hasta que nuevamente perdía el conocimiento.

Trataba de gritar, pero de mi garganta no salía sonido ninguno, me aferraba a todo lo que estuviera a mi alcance, me destrocé las uñas en el intento y volví a caer en la oscuridad.

Después, las sirenas, el ruido, los gritos.

—¡Aquí están! —gritó alguien.

Más gritos, correr de gente, sirenas, más sirenas.

Unas manos cogieron mi muñeca. «Ya está», pensé.

—¡Vive!

Y de nuevo la oscuridad, la humedad, el frío. Mucho frío… Y la negra oscuridad.

De pronto, la luz, esa luz cegadora que me caldeaba y me renovaba por dentro, esa luz cálida y acogedora. Abrí los ojos y allí, a lo lejos, estaba él, radiante, sonriente.

Su mirada cálida, su sonrisa, esa sonrisa que él tenía solo para mí. Con un ligero movimiento de mano, me anunciaba su despedida.

Pedro se despedía de mí. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba ocurriendo?

Al final, con mucho esfuerzo, pude abrir los ojos, y allí estaba la luz, y yo en el suelo sobre una especie de camilla.

—¡Vámonos, está estabilizado!

Carreras, ruidos, a lo lejos una herramienta chirriaba cortando hierros. Una puertas cerrándose, más sirenas, me muevo y de nuevo la oscuridad. Tengo miedo, la oscuridad cada vez me asusta más, pero ahora ya no siento ese frío gélido que la acompañaba antes. Algo está entrando en mi cuerpo que me relaja, que me va dejando en paz según me invade, y un sueño profundo me va venciendo. Me siento muy cansado y los parpados se me cierran.

Por fin algo conocido, la voz de Richard. La escucho muy bajita, como muy lejana, trato de moverme, pero mi cuerpo no responde. Concentro mi esfuerzo en mis manos, pero apenas consigo que mis dedos se tambaleen ligeramente. ¿Estaré muerto?

—¿Raúl? ¿Raúl, me oyes?

Nuevamente es la voz de Riki, es su voz, ahora sí, más fuerte.

Su mano sobre la mía, hago un esfuerzo supremo, trato de aferrarme a ella, pero es él, como siempre, quien me rodea la mía con las suyas, mientras una voz casi imperceptible, emocionada, empieza en la puerta a llamar a gritos a la enfermera.

Sí, también la reconozco, es la voz de Lucía, la hermana pequeña de Pedro, mi cuñada.

Oigo unos sollozos, es Riki, se los enjuga y, aclarándose la voz, le oigo que tímidamente, pero cada vez de forma más nítida, empieza la melodía y canta en voz muy baja.

Tú eres mi hermano del alma,

realmente un amigo,

que en todo camino y jornada

está siempre conmigo.

Y aunque eres un hombre

aún tienes alma de niño,

aquel que me da su amistad,

respeto y cariño.

Recuerdo que juntos pasamos

muy duros momentos,

que tú no cambiaste por fuertes

que fueran los vientos.

Es tu corazón la casa

de puertas abiertas.

Tu eres realmente lo más cierto

en horas inciertas.

En ciertos momentos difíciles

que hay en la vida

buscamos a quien nos ayude

a encontrar la salida

Y aquella palabra de aliento

y de fe que me has dado

me da la certeza de que siempre

estuviste a mi lado.

Tú eres mi amigo del alma

en toda jornada,

sonrisa y abrazo festivo

en cada llegada.

Me dices verdades tan grandes

con frases abiertas.

Tu eres realmente lo más cierto

en horas inciertas.

Yo no preciso ni decir

todo eso que te digo

pero sí es bueno sentir

que eres tú mi hermano amigo.

Yo no preciso ni decir

todo eso que te digo

pero sí es bueno sentir

que eres tú mi hermano amigo.

Mis ojos se llenaron de líquido acuoso, que corrió por mis mejillas. Me hubiera gustado cantarla con él, como tantas veces desde niños habíamos hecho. Era el himno de nuestro juramento de sangre, era nuestro himno, nuestra canción de hermandad.

Al terminar sentí su cuerpo cálido encima del mío, abrazándome y, ahora sí, ahora pude mover mis brazos, pude darle ese abrazo y abrir los ojos.

Estaba en una fría sala de hospital, con montones de aparatos a mi alrededor, y allí estaba Richard y también Lucía. Instantes después, llegaron enfermeras, médicos y los echaron, y para mí… Y para mí comenzó la tortura.


CAMBIO DE HOSPITAL


Apenas había vuelto de comer cuando recibí la llamada. Esa misma tarde trasladaban a Raúl a Toledo.

Era un tema que se llevaba manejando semanas, por no decir meses, pero hasta hoy siempre habían surgido dificultades, descontroles de algunos niveles, que si unas décimas de fiebre, que si hay que investigar, pero por fin hoy comienza la nueva etapa. Hoy es un gran día, un día para celebrar.

En la oficina tengo una reunión media hora más tarde. Apenas puedo centrarme en preparármela y mucho menos en el contenido. Todo lo oigo desde la lejanía y apenas intervengo de una manera automática. En el receso para el café, algún compañero me comenta que ando algo distraído, pero me evado del tema, argumentando un pequeño dolor de cabeza. Mi pensamiento no está aquí, pero tengo que cubrir el expediente y nada más pasar las seis, apago el ordenador, recojo mis cosas y me marcho.

El tráfico es soportable incluso a la salida de Madrid. Era un martes entresemana, un martes de principio de primavera. Ya habían pasado casi cinco meses desde el trágico accidente. Raúl en el hospital era prácticamente el más veterano, exceptuando a algún que otro paciente de largo recorrido. Los vecinos de control eran enfermos de paso comparados con él, ya habíamos familiarizado con los médicos, con las enfermeras, con todo el personal en general. Y ahora todo serían cambios, llegábamos de nuevo y había que volver a comenzar.

Antes de escaparme de la oficina, había mirado la ubicación del hospital y me había imprimido el plano, aunque realmente el camino lo llevaba gravado en la mente. Tanta tecnología y hoy precisamente no encuentro el maldito navegador, seguro que en algún momento lo he sacado del coche y se ha quedado perdido en algún cajón de casa, ya que en la oficina lo he revuelto todo y no lo he encontrado.

Cuando me quiero dar cuenta, ya estoy en la carretera de Toledo. El túnel que lleva casi desde Atocha a la plaza Elíptica es una maravilla. Recordaba haber hecho este trayecto en alguna otra ocasión hace tiempo y era lento y pesado, pero hoy sin darme apenas cuenta ya estaba en las poblaciones limítrofes a Madrid. En los carteles ya se anunciaban los primeros pueblos de la provincia de Toledo.

Como cuando era niño, empiezo a jugar con ellos, lIlescas, Yuncos, Yuncler. Me vienen imágenes a la memoria y sonrío. Se me presenta mamá, cuando viajábamos en metro y me hacía memorizar las estaciones de metro de la línea uno: Plaza de castilla, Valdeacederas, Tetuán, Estrecho, Alvarado, Cuatro Caminos, Ríos Rosas, Iglesias, Bilbao. Siempre era el mismo trayecto, de casa a casa de los abuelos. Cogíamos el autobús hasta plaza de Castilla y luego el metro, un aventura completa para mis cortos años, tendría cinco más o menos por entonces, y en toda mi infancia, el transporte público de Madrid casi exclusivamente fue eso. Me fascinaba sobre todo meterme en las entrañas del subsuelo de Madrid y salir en el centro. A veces, la abuela esperaba en la misma boca del metro. Entonces yo ya conocía la rutina, iríamos a esa cafetería pastelería que tanto les gustaba y, mientras ellas hablaban de sus cosas, yo disfrutaba de ese milhojas gigante que mi abuela me compraba, no sin que antes mi madre me hubiera camuflado con ese eterno babero que guardaba en el bolso para estas ocasiones.

Yuncler, Villaluenga, Cabañas de la Sagra, Olías del Rey… Miro el reloj, son casi las siete y empiezo a sentir algo de nerviosismo. Esta mañana, cuando he hablado con Raúl, estaba muy tranquilo, pero no sé cómo le habrá afectado la noticia del traslado. Deja de sonar el CD que llevo puesto, miro el display y, de pronto suena el teléfono, llamada entrante, Raúl.

Al llegar a la habitación me lo encuentro dormido, su llamada era solo para avisarme de que ya estaba en la habitación y lo iban a sedar, para relajarle de lo estresante del viaje. Acerco la silla y me siento a su lado. Su sueño es placido, su rostro refleja ilusión y esperanza, su voz por teléfono me sonó a intranquilidad, pero con esa sensación del niño expectante ante lo desconocido, el niño temeroso ante una nueva andadura, esta nueva afrenta, en la que ya no tendría un papel tan pasivo como hasta ahora, si no que sería el protagonista y ese papel estaría lleno de esfuerzo y dolor, de aguante y constancia, de sufrimiento y esperanza.

Le cojo la mano, que tiene a mi lado encima de la sabana, y una mueca, que se transforma en una especie de sonrisa, llena su cara, la dulcifica y un pequeño gesto, como queriéndome decir que sabe que vigilo su sueño, me reconforta.

A los pocos minutos se abre sigilosamente la puerta.

—Hola, soy Rosa, la enfermera.

—¿Debes de ser Ricardo?

—Sí, así es.

—Ya nos han informado de que tú eres la persona más allegada a él.

—No, realmente tiene algunos primos, pero tuve que hacerme yo cargo, de facto y también legalmente. Después, Raúl, cuando fue consciente, me dio un poder notarial para estos asuntos.

—Bien, Ricardo.

—Richard, por favor. Richard es como me conoce todo el mundo. Ricardo es casi un desconocido para mí.

—Bueno sí, mejor. Richard, hemos estado estudiando el historial de Raúl y al doctor Fernando Chozas le parece oportuno tener una reunión contigo y presentarte el plan de recuperación que tenemos previsto. Raúl estará dormido como una hora, así que, si te parece…

—De acuerdo —contesto, mientras me levanto y la sigo.

—Este es Ricardo, bueno Richard, el doctor Fernando Rozas, que llevará a Raúl, la doctora Margarita Rivas, la psicóloga, y bueno, ya sabes, yo soy Rosa.

—Encantado —respondo a media voz.

—Bienvenido —me dice el doctor Chozas. Margarita asiente con la cabeza.

En pocos segundos, me sentí envuelto en una atmósfera amigable, en un ambiente acogedor, familiar.

Poco a poco, me presentan toda la problemática, las complicaciones, los riesgos y, por fin, el resultado final si se salvan todas las dificultades.

Los oigo hablar y las voces me suenan distantes, al mismo tiempo que mi mente memoriza cada frase, cada gesto, cada una de la muecas, de los movimientos de manos o de cabeza y, conforme los oigo, me encuentro cada vez más cómodo, más animado, más positivo, más cercano a Raúl.

De camino a casa, le doy vueltas y vueltas a la reunión, cada frase que he escuchado la repito mentalmente. En mi cerebro resuenan una y otra vez las complicaciones, y mi mente se evade, se aleja y me lleva a nuestra primera juventud. Hoy todo es esperanza, hoy todos son recuerdos, mi mente va por libre y a cada instante abre retazos de memoria olvidada, pedazos de mi vida, secuencias de nuestras vivencias compartidas que reposaban en recónditos escondites, y que especialmente hoy afloran al recuerdo. Estamos en aquel cañón del río Piedra, cercano al Monasterio de Piedra, y allí, contemplando en lo más alto de las rocas los buitres planeando, estas frases, estos problemas, estas complicaciones, las rocas me las devuelven una y otra vez.

Son como el eco de mi conciencia, que quisieran aturdir mi conformidad, y de forma aplastante, enumeran una y otra vez cada uno de los datos adversos con que nos encontramos.

«Hemos perdido mucho tiempo, mucho tiempo, tiempo, empo…»

«Esto hace cuatro meses hubiera sido mucho más fácil, más fácil, fácil…»

«Tendremos que buscar un donante válido, buscar un donante válido, donante válido, válido…»

«El riesgo al rechazo es grande, al rechazo es grande, es grande, ande.»

«Necesitará una monitorización constante, torización constante, constante, ante…»

«Para rebajar el sufrimiento en las pruebas deberíamos sedarle, pruebas deberíamos sedarle, deberíamos sedarle, sedarle, arle…»

De pronto, me sobresalto. Los coches de atrás me tocan insistentemente el claxon. El semáforo hace rato cambió a verde y yo, absorto en mis pensamientos, no me he dado cuenta. Entro en la rotonda y salgo a la izquierda. La circunvalación que pasa cerca del hotel Beatriz me lleva en pocos minutos a la carretera que une Toledo con Madrid. Una vez me incorporo a esta, vuelvo a sentirme relajado, ya es terreno conocido. Ahora de nuevo mi mente se aleja del tráfico y se concentra en cómo planteárselo a Raúl, y me sumerjo en una nueva espiral, en un nuevo laberinto, que no me abandonará durante todo el trayecto, y en la entrada de Madrid, ya tengo una estrategia marcada, una forma clara de planteárselo, una manera de enfocarlo.

Nuevamente, mi mente se apodera de mí y me controla. Ahora pone en on la conversación que ayer mantenía con Lucía.

«¿Sabes? ¿No será que estás enamorado de Raúl?»

Sonreí para mis adentro, y mi corazón, y solo él, sabía la verdad. En lo más profundo de su interior estaba la respuesta, y esa respuesta solo la conocemos Raúl yo.


PARTE 2
EL AMOR


EL ENCUENTRO


Llevaba meses en el hospital con mi hermano. Aquel pasillo lo había recorrido cientos de veces, y la habitación 212, desde hacía un par de días, ejercía una poderosa atracción sobre mí. En ella, una sola cama. Un hombre de mediana edad, del cual solo llegaba a ver el perfil de su cara, reclama mi presencia, pero tuve que pasar varias veces antes de entrar.

Creo que fue a la tercera, por aquello de que a la tercera va la vencida, cuando me decidí a entrar.

La habitación, orientada al este, a esta hora casi del mediodía me ofreció un trasluz casi mágico y su rostro era reflejo de una serenidad sublime, de una tranquilidad apaciguadora, de dignidad majestuosa.

Lo contemplé desde varios ángulos, lo observaba, y sentía mi mirada sobre ese cuerpo inerte tan potente, que me daba la impresión que, por esto mismo, en cualquier momento le vería abrir los ojos, mirarme y sonreírme.

A sus pies, un nombre solo. Un nombre y un epígrafe.

Raúl Fernández

Traumatismo medular

Absorto en el rótulo y retumbando su nombre en mi cabeza, percibo un roce próximo, una presencia conocida.

—Hombre Luís, me parece que te has equivocado de habitación.

—Hola Rosa –apenas atino a contestarle. —No, ya sé que esta no es la de mi hermano, pero al pasar ya varia veces por la puerta y verlo aquí, con la puerta abierta, tan solo, no pude resistir el impulso de entrar.

—Bueno, no creo que le vayas a molestar. Viene de un grave accidente de tráfico.

—¿Está en coma?

—No, no lo está.

—Como no responde a nada.

—Está fuertemente sedado, lo tendremos así durante algunos días. Tiene que sufrir unas pruebas muy fuertes y dolorosas, y los médicos han decidido tenerlo prácticamente dormido durante el calvario.

—¿Y cuándo…?

El taconeo de unos zuecos lejanos, el sonido cada vez más próximo, llegó como respuesta. Era el celador, el calvario comenzaba ya.

Salí en silencio de la habitación y, recorriendo casi todo el pasillo, llegué a la habitación de mi hermano, la 234.

—¿Cómo lo llevas? —le dije con mi mejor sonrisa.

—Bueno, solo regular— me contestó Jorge.

—¿Y eso? ¿Ha sido dura la rehabilitación?

—Joder, Luís, hoy Santi está de descanso, y aunque Pep es un buen profesional, no tiene el mismo tacto, ni me trata con el mismo mimo, ya sabes.

—Ya sabes, es la última fase, y desde el principio sabemos que sería la más dura, por ser la etapa final y por estar cansados. Llevamos aquí muchos meses, lo sé, pero piensa cómo entraste y cómo estás ahora mismo. Sabes que no se daba un duro por ti después de que te cayeras en la obra, y ahora mismo ya te mueves con toda libertad con las muletas. En el gimnasio ya eres capaz de tener cierta independencia y, cuando tus piernas cojan fuerzas, empezaremos a prescindir de ellas. Cambiando de tema, hoy me he atrevido y he pasado a ver al enfermo de 212.

—¿Ese que me dijiste que anda en coma?

—Sí, el mismo. Se llama Raúl, y estando en la habitación ha llegado Rosa.

—O sea, que la sargento te ha pillado in fraganti.

—No la llames así, sabes lo bien que se porta contigo, y conmigo no digamos. Si llega a enterarse, nuestra estancia aquí no sería ni la mitad de cómoda de lo que es.

—No te preocupes, no se me va a escapar delante de ella.

—Es un accidente de tráfico.

—Vaya novedad, todos los que estamos aquí, es por un accidente… y de tráfico la gran mayoría. El hospital está especializado en eso.

—Rosa me dijo que no está en coma, que está sedado.

—¿Sedado?

—Sí, parece ser que le esperan pruebas duras y antes de trasladarlo optaron por dormirle y, si todo va bien, se despertará, cuando el suplicio haya pasado.

—¿Y cuándo empezarán a torturarlo?, porque esto es una tortura, es padecer el infierno en la tierra, y todo para no se sabe muy bien qué. Hay días que sueño con el futuro, con volver a ser el de antes, pero otros… Otros caigo en la cuenta de que ese futuro no será nunca como el de antes y me hace volver a pensar si todo esto merece la pena. Hay días en que desearía que todo se acabara, que nada merece tanto esfuerzo, que la vida no es ningún camino de rosas que merezca tanto dolor y tanta penuria, para un futuro tan incierto.

—Pero somos conscientes de lo mucho que avanzas y ambos conocemos casos, desde que estamos aquí, de otros enfermos que han salido de aquí y su vida tiene un nivel de calidad similar al que tenía antes de la tragedia.

—Luís, ¿cuánto tiempo llevamos aquí?

—Sabes que llevamos 7 meses y 22 días.

—¿Cuántos pacientes tienes en mente, de los que hemos tratado más a fondo?

—No sé, quince, veinte.

—Y dime, ¿cuántos han salido llevando un nivel de vida similar a su vida anterior?

—Bueno, acuérdate de Andrés, el chico de Albacete, o de Basilio, el hombre de Cáceres, que se cayó desde la tercera planta de la obra, o de…

—O de quién. Sabes que, por mucho que trates de recordar, no hay muchos más, los demás seguimos estando aquí, jodidos y amargados, o se han marchado a casa desesperanzados, cansados de tanto pelear para nada.

—Ya veo que hoy no es tu día Jorge, lo ves hoy todo de una manera poco realista.

—Tal vez tengas razón, hoy no es mi día y estoy cansado y machacado.

—¿Quieres que te lea un poco la novela?

—No, pon la tele. Al menos me distraeré un rato, y con un poco de suerte, con el soniquete de fondo, me hecho un sueñecito.

Me acomodé en mi sillón, mirando la calle. Veía a la gente dirigirse hacia el parking del hospital y al fondo, el río. Volví la cara para mirar a Jorge y, tal como sospechaba, descansaba. Estaba con los ojos cerrados y parecía haber pillado ese sueño que tanto le gusta antes de comer. Seguramente al despertar, con el olor a comida que de golpe llena toda la planta, se comería el mundo y le cambiaría el ánimo.

Yo cierro los ojos, y vuelvo a la habitación 212. Se llama Raúl, y está prácticamente todo el día solo. Todo el día, salvo un par de horas por la tarde que viene un hombre de visita.

Entonces miro a Jorge y, sin levantar la voz, le digo.

—¡Eres un afortunado! Tú al menos me tienes a mí, que te cuido, te mimo y velo tu sueño.

Él está solo, no debe de tener a nadie, y lo siento tan desprotegido, tan indefenso, que me dan ganas de abrazarlo.

LUÍS


Mi nombre es Luís, me colé en esta historia de rondón, y por esas carambolas de la vida, terminé siendo uno de los protagonistas.

Soy un chico de provincias, y en mis 27 años de existencia apenas he salido del pueblo, un pequeño pueblo costero de Murcia.

Allí estudié hasta los catorce años y después he ido trabajando en lo que he podido. En principio, en los veranos aprovechando el tirón turístico, y después, buscando una mayor estabilidad, pero casi siempre en el sector turístico. Hace algunos meses pasé una mala racha y al final me fui a trabajar a la construcción con mi hermano Jorge.

Jorge es mi hermano mayor, tiene casi tres años más que yo, y para mí es lo único que tengo en la vida. Vivimos con mi padre, y cómo será nuestra relación con él que ni mencionar su nombre merece.

Jorge siempre ha sido mi protector, mi defensor, y muchas veces, por defenderme y sacar la cara por mí, se ha llevado las brocas y los palos que me tocaban.

Nuestra madre murió cuando apenas tenía diez años. Un maldito cáncer la alejó de nosotros. Bueno, la fatídica enfermedad y la mala vida que el malnacido de nuestro padre le daba.

Desde aquel momento, nuestra casa fue a la deriva durante meses. La falta de comida, de limpieza, de orden nos abarcó por completo.

El caos reinaba en nuestro hogar pero Jorge fue capaz de establecer un plan de acción y fue corrigiendo esta situación tan caótica.

Empezó a trabajar los fines de semana como reponedor en un supermercado de la zona, y así, con el poco dinero que cobraba, estableció un mínimo orden, organizó la casa y las comidas.

Eso nos dio una cierta estabilidad, pero los maltratos psíquicos y físicos no cesaron por ello. Afortunadamente, la casa era de la familia de mi madre, y tan pronto Jorge pudo, controló los gastos de la casa y desde entonces lo llevamos todo al día.

Aunque seamos tres, a la hora de organizar las cosas solo somos dos. Mi padre, con el tiempo, se fue distanciando y desapareciendo por temporadas, para volver cuando menos lo esperábamos en unas condiciones nada optimas, ni de salud ni por supuesto de higiene.

Cuando terminé el colegio, empecé a ocuparme en pequeñas cosas. Fui cajero en el mismo supermercado donde mi hermano trabajaba de reponedor, y esto nos permitió empezar a controlar nuestras vidas y permitirnos ciertos caprichos en la casa.

Con el tiempo, nos dimos cuenta del error, y esto nos llevó a la ruptura total con mi padre, a pesar de seguir viviendo bajo el mismo techo, salvo en sus escapadas.

Mi padre nunca ha tenido un trabajo fijo. Su sueldo siempre ha sido inestable y, de no ser por mi madre y el sueldecito que se sacaba matándose a trabajar limpiando casas de otros, hubiéramos carecido de lo más imprescindible.

En este momento nos encontramos solos los dos. Mi padre, a pesar de los meses que llevamos en el hospital, no ha dado señales de vida y, por instrucciones de Jorge, he cambiado las cerraduras de nuestra casa para que no vuelva a entrar allí mientras no estamos.

Nos consta que es conocedor del accidente de Jorge, pero es tan malnacido que ni siquiera hemos tenido una llamada telefónica de él. Aunque en el fondo creo que estábamos deseando algo así, para romper definitivamente y vivir nuestra vida.

Mientras vivía mi madre, Susana, la relación con la familia de mi padre era buena. No soportaban a mi padre y casi ninguno de sus hermanos se hablaba con él.

Al morir ella, trataron de cuidarnos, de hacerse cargo de nosotros, pero el cabronazo les cerró las puertas y poco a poco desistieron. En estos meses los hemos recuperado. Sus llamadas de apoyo no nos faltan, y mis tíos y algún primo se han desplazado desde Murcia hasta aquí, para animarnos.

Para Jorge ha sido la mejor terapia, y para mí ha sido toda una explosión de energía, que me ha dado las fuerzas necesarias para superar esto y poder arropar y ayudar a mi hermano.

Por mi tío Luís nos enteramos de que había sido mi propio padre el que lo había contado en un bar. En cuanto le informaron a mi tío del accidente, hicieron lo imposible por encontrar mi número de teléfono y el de Jorge y reanudar una comunicación rota años atrás.

Desde ese momento, no nos faltaron llamadas casi a diario. Daba la impresión de que se habían organizado tíos y primos para que no nos faltara su apoyo a diario, y aquel sábado que me avisaron desde recepción de que tenía allí a un familiar. Mis lágrimas rodaron por mis mejillas. Jorge me cogió de la mano, me la apretó y, a media voz, me dijo:

—Anda, baja. No le hagas esperar.

Mientras salía de la habitación, giré la cabeza y pude ver la emoción que atenazaba la garganta a mi hermano en la expresión de su cara, y en mi mente, solo una idea: «Después de todo, no estamos solos».

A pesar de los años, pude reconocer al tío Luís, jovial, simpático y dicharachero como siempre, e imaginé que la señora que estaba a su lado sería la tía Pepi, su mujer, tan callada y prudente como siempre.

Por primera vez, entre sus brazos, al calor de su cuerpo y su protección, se esfumaron mis temores y, a pesar de sentirme desvalido en ese momento, fue la recarga necesaria para que el hombre que soy saliera a flote y, desde ese momento, por el simple hecho de no estar solo, de reencontrarme con mi familia y de ser más consciente que nunca de que ahora era yo el que tendría que proteger a Jorge, me sentí maduro, me sentí un hombre total.

Camino de la habitación, la tía no dejó de acariciarme la cara, de mirarme a los ojos, de besarme una y otra vez. Las lagrima no afloraron a sus ojos, pero la emoción se notaba en su voz, en el brillo de sus ojos, en el temblor de sus manos.

Hablamos y hablamos, no como unos desconocidos, que en realidad es lo que éramos, sino como seres humanos obligados a la distancia y ansiosos por decirse todo lo que estos años nos habían negado. El carácter tranquilo y bonachón del tío me dio la tranquilidad que me faltaba, la sensación de que una persona mayor controlaba la situación, y me daba confianza.

Al entrar en la habitación, los tíos mantuvieron en un principio las distancias con Jorge, como tratando de evaluar la situación.

Fueron unos segundos, instantes vividos con intensidad, pero al acercarse a mi hermano y besarlo, todas la barreras cayeron, al fundirse en un generoso abrazo Jorge y el tío Luís. Fue como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si ese instante fuera el siguiente al último abrazo en el entierro de mi madre. Y sí, de los ojos del tío brotaron grandes goterones, que corrieron abundantemente por su cara. La tía Pepi estuvo presta a sacar el Kleenex y limpiarle mientras ella cogía la mano de Jorge y la acariciaba.

Después de las frases de rigor, y una vez vencida la cortesía, la tía casi me arrastró a la cafetería con ella, con la excusa de necesitar tomar una infusión.

Yo me dejé llevar inconscientemente. Después Jorge me contaría la conversación con el tío Luís.

Con la tía Pepi, en tan solo unos segundos, la nostalgia de mi madre me sobrecogió. Sentí tan profundamente su carácter protector, lo que la añoranza a la madre, a pesar de los años, llenó mi corazón.

Después, el temido interrogatorio.

—¿Cómo estáis, Luisito?

—Bueno, al menos nos tenemos el uno al otro. Ha sido un palo, ya te lo comenté por teléfono, pero pude alquilar una habitación aquí en un piso cercano, y en el hospital apenas gasto nada. En cuanto nos queremos dar cuenta, nos han dejado un par de bandejas de comida, en lugar de la de Jorge solo, sobre todo al mediodía. Flori siempre lo hace, y alguna otra compañera, también con la merienda. Después de la cena, con el cambio de turno, una de las enfermeras me acerca con el coche al piso, donde apenas voy a dormir y a asearme un poco. A primera hora de la mañana cojo el autobús y, después de desayunar aquí, en la cafetería, me paso todo el día en el hospital.

—¿Se te hará tremendo, tantas horas aquí encerrado?

—Sí, cuesta un poco, pero me gusta leer, y no me faltan revistas y libros que me dejan las enfermeras. Además, conozco a casi todo el mundo por aquí, y a veces, cuando se llevan a Jorge al gimnasio o a realizar pruebas, me dedico a visitar a otros enfermos y así se va matando el tiempo.

—¿Cómo andáis de dinero?

—Bueno, sin grandes alegrías, porque hasta que el seguro no pague, las cosas apenas se cubren con el sueldo de Jorge, ya que yo dejé el supermercado para venirme con él, y claro, tampoco es para desparramar mucho.

—¿Sabéis algo de tu padre?

Desde el principio estaba temiendo esa pregunta y, por más que me había tratado de concentrar para dar un tipo de respuesta coherente, fue imposible.

Un fuerte nudo atenazó mi garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas.

La tía me abrazó y nos levantamos para pagar las consumiciones y volver a la habitación.

Antes de guardarse el monedero, saco un billete de cien euros y me lo dio.

—No estáis solos y no quiero que te prives de un simple café, que te haga el tiempo más llevadero. El primo Luís vendrá a estudiar a Madrid, y vendrá a verte. Cualquier cosa que necesites, no dudes en decírselo, o comentármelo cuando hablemos por teléfono. Hemos estado muy alejados, pero somos familia y para tu tío sois su propia sangre y ya sabes lo que esto significa para él.

Un par de horas después, los tíos abandonaban el hospital. Yo los acompañé hasta el parking del hospital y les indiqué hacia dónde debían ir hasta salir de Toledo y coger la carretera, que les llevaría hasta el cruce de la nacional IV cerca de Ocaña.

Al volver a la habitación, nos acogió un gran silencio. Apenas teníamos ganas de hablar y, al coger a Jorge de la mano, nos fundimos en un fuerte abrazo y lloramos.

Lloramos de felicidad, lloramos al sentirnos arropados, lloramos por el tiempo perdido, por sentirnos queridos, por contar el uno con el otro y por saber que hay otras personas que nos quieren y que nos echan de menos.

Perdimos la noción del tiempo, y tan solo la camarera con la cena nos despertó de nuestro letargo.

CONVERSACIÓN ENTRE
EL TÍO LUÍS Y JORGE


Después de cenar y antes de marcharme a casa, hubo un largo silencio, entre Jorge y yo. Ambos sabíamos que teníamos un tema pendiente, y en su mirada vislumbraba preocupación y percibía cómo sufría, tratando de encontrar la fórmula más adecuada de planteármelo.

—Jorge, ¿qué te ha contado el tío Luís? En un principio, pensé que la tía quería salir de la habitación. Después no tardé en darme cuenta de que trataban de separarnos, y a mí no me ha contado nada del otro mundo, o sí, bueno, me ha dado cien euros para pasar unos días más desahogados. Pero creo que de lo que se trataba era de que el tío Luís hablara contigo. ¿Es algo importante de nuestro padre?

—Sí y no, veras. Nada más salir vosotros por la puerta, el tío se ha distanciado un poco de mí y ha comenzado diciendo:

—Veras Jorge, erais muy pequeños cuando murió tu madre —lo dejó unos segundos en suspenso y continuó—. Susana, tu madre, era una mujer en todo el sentido de la palabra. Sencilla, trabajadora, limpia y hasta el último momento os quería a cegar, tanto a vosotros como al desagradecido de tu padre, por el que bebía los vientos. A tu tía Pepi y a mí nos pidió que no os abandonáramos. Pese a que tu padre es mi hermano, no te voy a decir nada respecto a nuestra relación. Como bien sabes, nunca ha sido buena. En los últimos años en vida de tu madre, cada vez que nos veíamos era para echarle en cara a tu padre su actitud, su forma de tratarla y de trataros, y sobre todo, lo irresponsable que era a la hora de llevar una familia. Unas semanas antes de su fallecimiento, casi llegamos a las manos. Sabes que soy persona tranquila, pero me sacó de mis casillas y llegamos a niveles de agresividad muy altos. Creo que no me he puesto así en ninguna otra ocasión. Cuando tu madre nos pidió que os cuidáramos, la tía Pepi y yo lo hablamos y decidimos hacernos cargo de vosotros. Después del entierro, hablamos con tu padre. Mis hermanos Antonio y Dolores nos apoyaban y estaban de acuerdo con nosotros. Tu padre montó en cólera, nos llamó de todo, nos acusó de tratar de quitarle a su familia, lo único que tenía, y nos expulsó de la casa. Nos amenazó con llamar a la Guardia Civil, e incluso nos denunció a todos. La denuncia no llegó a ningún lado, pero consultamos a un abogado y nos aconsejó un distanciamiento, su conducta no era normal. De todas formas, en aquellos años tampoco hubiéramos podido hacer gran cosa. Hoy en día lo hubiéramos tenido más fácil, pero en aquellos tiempos… Al cumplir tú la mayoría de edad, estuvimos muchas veces tentados de llamarte, de contactar contigo, pero tampoco sabíamos muy bien cómo sería recibida la llamada. Preguntábamos por vosotros a los conocidos y, salvo que estabais bien, que tu trabajabas, que a veces Luís también trabajaba los fines de semana en el supermercado y que se os veía bien y arregladitos. Poco más conseguíamos saber. En una ocasión, después de ser mayores de edad los dos, hará cerca de nueve años, una tarde nos acercamos el tío Antonio y yo, aparcamos el coche y, cuando nos acercábamos a la casa, vimos a tu padre salir. No salía solo, una mujer lo acompañaba, y a pesar de no haber oído ningún comentario, dedujimos que había organizado su vida y entonces todo sería diferente para vosotros y no éramos quienes para inmiscuirnos en vuestras vidas. En todos estos años, hemos oído hablar de las borracheras de tu padre, de que si, además del alcohol, tomaba alguna cosa más. De vosotros, absolutamente nada, solo de que estabais bien, y que ibais tirando. Cuando le preguntaron a la tía Dolores en la calle que qué tal andabas del accidente, creo que le dio un mareo, pero en cuanto se repuso nos llamó y nos reunimos enseguida en su casa. Enseguida nos llegaron noticias de tu padre, de lo que iba diciendo de ti y de tu accidente, y la tía Pepi no tardó en averiguar tu número de teléfono.

—¿Qué va diciendo mi padre de nosotros, tío?

—Nada. Para nosotros fue suficiente saber que no os llevabais bien para hacer la llamada que debíamos haber hecho años atrás.

—Tío, ¿de qué os habéis enterado en estos meses?

—Poca cosa, solo eso, que prácticamente no os veis, que de vez en cuando aparece por la casa, pero cada vez menos. Jorge, no sabes lo pesarosos que estamos de no haber hecho algo más por vosotros. Ahora sabemos que estos años no han debido de ser nada fáciles para vosotros.

—No te preocupes tío, hace ya tiempo que las cosas cambiaron.

—¡Qué solos os dejamos, cuando más nos necesitabais!

—No le des más vueltas tío. Cuando más os necesitamos es ahora, sobre todo Luís, y cada llamada vuestra es una fiesta, y vuestra visita no te puedes hacer una idea de lo que significa para nosotros.

—¿Cómo os ha ido estos años? ¿Cómo habéis vivido? ¿De qué manera habéis conseguido salir adelante? ¿Cómo os ha tratado ese….?

—Al principio no nos enteramos de muchas cosas, solo notábamos las necesidades y las privaciones a las que nos vimos abocados, pero siempre hubo alguna vecina que en silencio nos ayudó, y cuando sabía que estábamos solos, acudía con algo de comida, o con algo de ropa que se le había quedado pequeña a sus hijos mayores. En la vida, tío, hay gente muy buena. Un día próximo a reyes, nos llevó una bolsa con ropa, también un roscón de reyes, el primero que tuvimos ocasión de probar en años. Entre la ropa había un par de prendas a las que se le había olvidado quitarle las etiquetas de la tienda. No te puedes imaginar lo que aquello significó para nosotros, lo que la señora Lucía representó en aquellos años en nuestra vida.

—¿Cómo fue la relación con tu padre en aquellos años?

—A las penurias se incorporó el estado de miedo, el pánico a las palizas, el terror a las sinrazones. Cuando cumplí los dieciséis años, mi cuerpo se había desarrollado bastante. El trabajo en el supermercado me había hecho fuerte, y al menos la comida no faltaba. Entonces tuvimos el primer enfrentamiento de hombre a hombre. Marqué mi autoridad y, desde entonces, para mí, las cosas se tranquilizaron. Semanas después descubrí que, a cambio, era en Luís en quien se empleaba, y aquel día que le pillé pegándole como a un animal. Le falté al respeto por primera vez y le pegué. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero tampoco me arrepiento. A partir de entonces, se estableció un equilibrio en la casa. Nosotros llevábamos nuestra vida y el la suya. A veces desaparecía por temporadas, para un día reaparecer borracho, en los huesos y lleno de mugre. Nos limitábamos a ponerle un plato más de comida en la mesa y un cambio de ropa limpia en la silla de su habitación. Durante años aprendimos a convivir de esa manera. Hará unos cinco años, ya llevaba más de tres meses sin dar señales de vida. En alguna ocasión anterior, y siendo ya mayor de edad, cuando desaparecía iba al cuartelillo y hablaba con la Guardia Civil, pero desde el primer momento nos dijeron que, siendo una persona adulta y en sus cabales, no se podía hacer nada. Cada vez que nos veían aparecer de nuevo, eran ellos quienes nos informaban de sus andanzas y de sus estancias en diversos cuartelillos hasta que se le pasaba la borrachera. Pero en esas ocasiones, ya no era solo el alcohol. Habíamos estado ahorrando. Tanto a Luís como a mí, nos encanta el futbol y, por fin, poco antes del mundial, logramos comprarnos una televisión. Al llegar Luís a casa un día, lo encontró saliendo con la tele en brazos. En la puerta, otro tío más colgado que él lo esperaba con un coche viejo y medio desvencijado. Lleno de impotencia, Luís se abalanzó sobre él mientras me llamaba por teléfono. Llegué a tiempo para impedir que se la llevara, pero en esa ocasión ya sacó una navaja, una navaja tío, contra sus propios hijos, que trataban de impedir que el muy cabrón les robara. No tuvimos problemas, estaba muy colocado. Conseguimos echarlo de casa y llamamos a la Guardia Civil, denunciando el intento de robo. Solo pudieron anotar el número de la matrícula, ya que no tenían vehículo disponible en ese momento para seguirles. Era un coche de desguace, estaba dado de baja y no conseguimos más información. Desde entonces, no ha vuelto a casa, aunque seguía teniendo las llaves. Cuando tuve el accidente, Luís dejó el trabajo y se vino conmigo. Con mi sueldo solo cubrimos gastos, pero nos defendemos. Al salir del coma, le pedí a Luís que volviera a casa y cambiara la cerradura. Habían pasado varias semanas y él no había dado señales de vida. Decidí que ya no formaba parte de nuestras vidas. Comprenderás, tío, que ya más daño no puede hacernos, sean cuales sean los comentarios que haga de nosotros. En el pueblo todo el mundo nos conoce y nos respeta…

—Has hecho muy bien, Jorge —le dije a mi hermano—. No tenemos de qué avergonzarnos. Hemos luchado por vivir, lo hemos conseguido dignamente y me siento muy orgulloso de nosotros.

Nos fundimos en un abrazo pero enseguida noté que había algo más.

—Veras, Luís, lo más impactante al terminarle de contar esto al tío fue mirarle. Nunca había sentido tanto dolor reflejado en un rostro. Su mandíbula apretada y desencajada, los dientes apretados y dos lagrimones que fluían desde sus ojos y recorrían su cara regordeta.

Lo he abrazado y hemos llorado juntos un buen rato, mientras solo sabía pedirme perdón. Más de cien veces ha salido de sus labios la palabra perdón, y dime tú, Luís, de qué les tenemos que perdonar a ellos, si han sido tan víctimas como nosotros de la sinrazón.

—Tranquilízate. Ha sido un día con la sensibilidad a flor de piel, pero en el fondo ha sido un gran día para nosotros.

Me despedí de Jorge como cada noche y, al salir por el control, hablé con Charo, la enfermera que le atendía, y le dio un tranquilizante.

Charo me esperó en la cafetería un buen rato. Volví a la habitación para asegurarme de que estaba durmiendo y, al verle plácidamente dormido, con una cara de serenidad desconocida para mí, pensé para mis adentros «sí, hoy ha sido un gran día para nosotros, hoy ha sido un día feliz».

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9788416164080
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