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LA CALIDAD PERIODÍSTICA
TEORÍAS, INVESTIGACIONES Y SUGERENCIAS PROFESIONALES

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Jordi Xifra (Universitat Pompeu Fabra)
LA CALIDAD PERIODÍSTICA
TEORÍAS, INVESTIGACIONES Y SUGERENCIAS PROFESIONALES
Josep Lluís Gómez Mompart, Juan Francisco Gutiérrez Lozano y Dolors Palau Sampio (Eds.)
Universitat Autònoma de Barcelona. Servei de Publicacions
Publicacions de la Universitat Jaume I
Universitat Pompeu Fabra
Publicacions de la Universitat de València
Bellaterra; Castelló de la Plana; Barcelona; València
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni grabada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de los editores.
La edición del presente volumen cuenta con la colaboración de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (AE-IC) y del departamento de Teoría de los Lenguajes y Ciencias de la Comunicación de la Universitat de València.
Edición electrónica
http://dx.doi.org/10.7203/PUV-ALG26-9164-8
Universitat Autònoma de Barcelona
Servei de Publicacions
08193 Bellaterra (Barcelona)
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ISBN: 978-84-490-4453-3
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12071 Castelló de la Plana
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ISBN: 978-84-8021-953-2
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Publicacions de la Universitat de València
C/ Arts Gràfiques, 13
46010 València
publicacions@uv.es
ISBN 978-84-370-9164-8
Primera edición en papel: febrero 2013
Maquetación
Textual, IM
Corrección
Communico C.B.
Índice
Introducción: Diagnosis y tratamiento de la calidad en el periodismo
Josep Lluís Gómez Mompart
El reto de la excelencia. Indicadores para medir la calidad periodística
Josep Lluís Gómez Mompart y Dolors Palau Sampio
1. De la industria a los medios
2. ¿Qué se entiende por calidad periodística?
3. Entre la justificación económica, el profesionalismo y la garantía democrática
4. ¿Cómo se mide y a través de qué indicadores? Propuestas de estudio
5. Caminos para la investigación futura
Referencias bibliográficas
El Valor Agregado Periodístico, herramienta para el periodismo de calidad
María Del Mar García Gordillo, Ofa Bezunartea Valencia e Inés Rodríguez Cruz
1. ¿Cómo medir la calidad de un producto periodístico?
2. Los resultados de las investigaciones concluidas
3. Retos futuros para la medición de la calidad periodística
Referencias bibliográficas
La calidad de los periódicos de pago y gratuitos
Roberto De Miguel Pascual y Rosa Berganza Conde
1. Información a precio de saldo
2. ¿Se puede medir (y cómo) la excelencia periodística?
3. La calidad de la prensa a examen
4. El retorno a las fuentes y la buena praxis periodística
Referencias bibliográficas
La gestión de fuentes informativas como criterio de calidad profesional
Andreu Casero Ripollés y Pablo López Rabadán
1. El papel de las fuentes en el periodismo
2. Fuentes y calidad periodística
3. Uso de fuentes en el periodismo español
4. Hacia un periodismo multiperspectiva
Referencias bibliográficas
Cultura digital, agencias de noticias y credibilidad
Enric Marín Otto, Pablo Santcovsky Reschini y Adrián Crespo Ortiz
1. El cambio de paradigma
2. Retos para las agencias en el entorno digital
3. Aportaciones para una mayor calidad periodística
4. Las agencias como marca periodística de calidad
Referencias bibliográficas
La argumentación de los periodistas sobre la calidad del periodismo
Mònica Parreño Rabadán
1. Periodistas: entre la democracia y el mercado
2. Por qué estudiar la calidad periodística
3. Cómo abordar el estudio de la calidad
4. Los argumentos de los profesionales de la información
5. Heteronomía y declive del campo
Referencias bibliográficas
Parámetros de calidad del trabajo periodístico en red
Concepción Pérez Curiel, Inés Méndez Majuelos y José Luis Rojas Torrijos
1. El llamado periodismo ciudadano. Concepto y antecedentes
2. Delimitación conceptual del trabajo periodístico en Internet
3. Calidad y excelencia, marca registrada
4. Calidad en red, un reto posible
5. Periodismo ciudadano con certificado de calidad
Referencias bibliográficas
Participación de la audiencia en el periodismo 2.0
Carlos Ruiz, Pere Masip, David Domingo, Javier Díaz Noci y Josep Lluís Micó
1. Salones digitales
2. Las fronteras del diálogo
3. Las reglas del juego
4. Moderación y algoritmos
5. El contrapoder del contrapoder
6. Ciudadanos y periodistas
Referencias bibliográficas
Indicadores de calidad en los informativos de televisión
Estrella Israel Garzón y Ricardo Ángel Pomares Pastor
1. Servicio público-negocio privado
2. Más fuentes y mejores contenidos
3. Menos espectáculo y más información
4. Lo diverso es más real
5. Modelos y estándares
6. Dimensión territorial: estereotipo y desequilibrio
7. El caso de la Comunidad Valenciana (2004-2008)
8. Fútbol, emoción y anécdota
Referencias bibliográficas
La calidad del pluralismo interno en la TDT
María Luisa Humanes y María Dolores Montero
1. Pluralismo y sistemas de medios en España
2. El pluralismo interno y la calidad informativa
3. El análisis del pluralismo interno en los contenidos informativos
4. Propuesta metodológica para el análisis de la calidad del pluralismo interno
5. Recomendaciones
Referencias bibliográficas
La calidad de la información sobre medio ambiente
Inés Rodríguez Cruz
1. Los casos de El País, ABC y El Mundo
2. Radiografía de los resultados
3. Calificaciones
4. Claves para el futuro
Referencias bibliográficas
Bibliografía básica
Los autores
Títulos publicados
Introducción: Diagnosis y tratamiento de la calidad en el periodismo
Josep Lluís Gómez Mompart
La calidad periodística es un concepto complejo, pero no es indefinible ni tampoco imposible de elucidar y evaluar. Y precisamente por ello, a través de las investigaciones que se publican en este libro, con metodologías cuantitativas o cualitativas y con reflexiones teóricas críticas, se intenta conceptualizar, examinar, medir y valorar esta cuestión. Los estudios que aquí se presentan, en su mayoría aplicados, no solo ofrecen un panorama completo sobre este tema crucial en la sociedad de la información y del conocimiento, sino que de sus variados y ricos textos se desprenden interesantes sugerencias profesionales cuya aplicación no es utópica.
En este volumen hablamos preferentemente de «calidad periodística» más que de «calidad informativa», dado que nos interesa no solo el producto, sino todo el proceso de producción informativo-comunicativo. De calidad periodística no hay una definición única y difícilmente puede ser universal, pero sí hay bastantes elementos que permiten que profesionales honestos de cualquier parte del mundo y ciudadanos democráticos se pongan de acuerdo a la hora de decidir qué es buen periodismo y para qué sirve en una sociedad deliberativa de libertades y derechos iguales.
Muchos políticos que entienden teóricamente el tema, pero que sin embargo quieren que la información válida sea aquella que apenas cuestione sus acciones o, mejor aún, que los favorezca, conciben a los periodistas como simples empleados al servicio de sus intereses, que ellos suelen denominar el «bien general» o el «bien del país». Para esos gobernantes, el único periodismo bueno, correcto, necesario y de poca o ninguna calidad es el que sintoniza con su ideario.
Para aquellos periodistas que encajan en los parámetros que acabamos de señalar –ya sea porque se sienten gratificados por el señor que manda, están cómodos o son afines al statu quo imperante o actúan como servidores de alguna causa partidaria– la calidad periodística es relativa, interpretable, personal, empresarial o institucional, en definitiva, adaptable y acorde con su moral. Pero el periodismo de calidad, en tanto que objeto y acción social de la información cívica, no necesita moral, sino ética y deontología profesional, o sea actitud, además de talento y aptitud.
Asimismo, quienes profesan el pesimismo de la inoperancia, porque consideran que en un mundo de grandes intereses y poderes globales nada o muy poco se puede hacer para mejorarlo, niegan la posibilidad de un periodismo suficientemente autónomo, riguroso, socialmente útil y al servicio de la ciudadanía en el marco de una empresa (privada o pública), salvo aquel que a veces practican algunos medios alternativos al establishment, con viejas o nuevas tecnologías.
Un repaso a la historia del periodismo contemporáneo pone de manifiesto bastantes buenos ejemplos de periodistas y periodismos de calidad en diversas corporaciones, sobre todo en los países de mayor tradición democrática. Y, por supuesto, también encontramos periodismo de calidad en muchos medios o experiencias alternativas, colectivas o individuales. Gracias a todos esos profesionales y a sus procederes, en unos u otros medios, la democracia se ha desarrollado y beneficiado. Porque históricamente el buen periodismo ha sido un excelente medio de modernización y progreso, dado que no hay democracia sin periodismo, del mismo modo que no hay periodismo sin libertad.
Las empresas periodísticas que han sido consecuentes con unos principios sólidos de la información en tanto que un bien público –que las ha habido desde hace más de un siglo y las hay, a pesar de tantas dificultades– y los periodistas que han mantenido un comportamiento profesional honesto y ético, más allá de presiones, precariedad, tentaciones y rutinas, han contribuido –y afortunadamente algunos lo siguen haciendo– a que su trabajo y su comportamiento comprometidos con los valores derivados de los derechos humanos sean provechosos para la ciudadanía y para el avance político-cultural.
Sin embargo, aun estando claro y siendo bastante aceptado por la mayoría de los actores mediáticos –ya sean profesionales, corporaciones o medios no convencionales–, este preciado y necesario bien intangible que es la calidad periodística ha vivido y vive en permanente acoso y sometido a las sucesivas o simultáneas crisis.
Las diversas razones y causas por las que la calidad periodística está en riesgo constituyen el tema que en las últimas décadas preocupa a muchos protagonistas y estudiosos del mundo de la información. Y no solo porque su pérdida quebranta la democracia, sino porque con la excusa del nuevo ecosistema comunicativo, depredadores económicos, políticos y culturales, teóricos acríticos y periodistas sin escrúpulos se emplean a fondo para que el periodismo especulativo,[1] ausente de ética y de utilidad cívica, se imponga como único con eslóganes populares tales como «cualquiera puede ser periodista» y «cualquier información es periodismo».
El volumen que presentamos acoge a la mayoría de los especialistas que en España, principalmente en grupos o equipos de investigación consolidados y reconocidos, estudian la calidad periodística. Hasta ahora no habíamos contado con una selección tan experta y completa sobre este importante tema de la información y la opinión pública, salvo algunos artículos o alguna monografía parcial, a menudo de los mismos autores que aquí publican y que habían avanzado algunos de los resultados de sus rigurosos trabajos.
Juan Francisco Gutiérrez, Dolors Palau y quien esto escribe, como coordinador, secretaria y director, respectivamente, de la sección Producción y circulación de contenidos de la Asociación Española de Investigación en Comunicación (AE-IC), conscientes de la importancia y de la preocupación internacional que en la actualidad existe sobre la calidad periodística, tuvimos la iniciativa de solicitar a los equipos de investigación que desde hace unos años vienen trabajando sobre el tema que prepararan los capítulos especializados que aquí se publican. Y así lo han hecho a partir de sus investigaciones teórico-aplicadas, prácticamente todas ellas avaladas por proyectos de I+D+i concedidos en convocatorias competitivas públicas.
En consecuencia, gracias a este libro, el lector en lengua española cuenta por primera vez con una antología de las mejores investigaciones sobre la calidad periodística que, aunque parte de un contexto sociocomunicativo determinado, como debe ser, tiene una visión y un enfoque glocales, dado que los diversos escritos aluden frecuentemente a textos, autores y experiencias internacionales.
Este volumen se abre con un capítulo, a cargo de Dolors Palau y Josep Lluís Gómez, donde se da cuenta de manera amplia de los estudios que sobre la calidad periodística se han desarrollado en los continentes europeo y americano en los últimos cincuenta años. En él se explica cómo los especialistas han reflexionado críticamente sobre el asunto, elaborando teorías sobre la práctica periodística en su sentido más extenso y denunciando los inconvenientes y las desviaciones que sobre la producción informativa se han cernido, a la vez que proponen métodos para corregirla y mejorarla. Se constata también que la preocupación por un periodismo de calidad siempre contribuye al bienestar informativo-comunicativo, fundamento de una democracia real y que ahora ya puede ser considerado un nuevo derecho público.
Los capítulos siguientes se centran, en su mayoría, en las aplicaciones y los análisis de casos o temas, siempre desde la óptica de la calidad periodística, relacionados con los medios, desde la prensa en soporte de papel hasta la digital, pasando por la televisión. También abordan el proceso informativo, desde las fuentes a los periodistas, a través de las agencias de prensa o mediante la participación ciudadana en el denominado «periodismo 2.0». En la mayoría de dichos textos se parte de planteamientos teóricos sólidos para estudiar y analizar, con metodologías internacionalmente aceptadas, el porqué de cada cuestión planteada, deduciéndose a menudo los procedimientos oportunos o los protocolos positivos que podrían utilizarse para superar los déficits observados.
El Valor Agregado Periodístico (VAP), en tanto que método para comprobar la calidad periodística, desarrollado en Chile y Argentina pero aplicado también en otros países suramericanos, es explicado con sumo detalle por M.ª del Mar García, Ofa Bezunartea e Inés Rodríguez. Esta última, por su parte, lo empleará en otro capítulo para evaluar la información sobre el medio ambiente. El vap pretende medir la capacidad del periodista para procesar información sin distorsionar la realidad, partiendo por un lado de la selección de la noticia (gatekeeping) y, por otro, de la creación de esta (newsmaking). De los resultados obtenidos de distintas investigaciones, aplicando el VAP, estas investigadoras se detienen en algunas nuevas vías para constatar indicios de calidad con respecto a: la independencia y objetividad de los medios, las fuentes, las temáticas, los medios o los profesionales.
Desde otro planteamiento, Roberto de Miguel y Rosa Berganza investigan el influjo de la prensa gratuita sobre la denominada prensa de referencia dominante, yendo mucho más allá de los aspectos técnicos relativamente tópicos (como son el diseño y la extensión de las informaciones) y analizando minuciosamente un conjunto de parámetros morfológicos y de contenido. De este modo, comparan una muestra de los diarios de pago y gratuitos de mayor difusión, lo que les permite revelar que, si bien la prensa gratuita presenta unas características contrarias a los estándares de calidad tradicionalmente reconocidos, «cada vez es más complicado localizar medios de comunicación de masas a los que designar, por su pulcritud y precisión, “prensa de referencia”».
Sin fuentes y sin agencias de información, que para muchísimos medios y muchos temas son las grandes suministradoras de noticias, apenas se podría informar de tantos hechos. Por tanto, no hay duda de su centralidad en el proceso periodístico y de su valor estratégico. De la importancia de la gestión de las fuentes se ocupan Andreu Casero y Pablo López, dado que estas no son solo abastecedoras de información, sino que en muchos casos influyen en la cobertura periodística. Como advierten estos investigadores, «el empleo de unas u otras fuentes actúa como un control de calidad de la actividad profesional desarrollada por los periodistas». Y para ello, establecen unos indicadores vinculados al uso de las fuentes, interconectando el nivel interno (estatus profesional, verificación, transparencia, relevancia y reducción de la incertidumbre) y el externo (credibilidad, influencia, pluralismo y participación), y los aplican a la evolución de estas de 1980 al 2010.
Por su parte, Enric Marín, Pablo Santcovsky y Adrián Crespo, tras una lúcida explicación de las transformaciones que en las dos últimas décadas han afectado al sistema periodístico, las cuales están alterando los recursos, los dispositivos y las rutinas de la producción informativa, analizan cómo esta polimutación está provocando un cierto cambio de paradigma en las agencias informativas. En consecuencia, se cuestionan si la cultura digital está condenando a las agencias de noticias a la obsolescencia. A partir de un estudio en el que aplican un prototipo de índice de calidad a la citación de informaciones suministradas por agencias, afirman que «el nuevo paradigma digital requiere que la fiabilidad de las informaciones se base en un sello de calidad y en ello las agencias pueden jugar un papel determinante», si su intermediación habitual –de suministrar noticias a los medios– va también directa a las audiencias sin pasar por ellos.
Una vez delimitado el campo periodístico en el sentido «bourdieuano», en la actual coyuntura mediático-comunicativa, cabe preguntarse qué piensan los profesionales de la información sobre la calidad periodística. Al respecto, se trata de desentrañar las creencias de los periodistas («consciencia discursiva») enfrentándolas a sus rutinas («consciencia práctica»), porque ambas se suelen justificar con argumentos más o menos razonados, tales como la precariedad profesional, crisis económica, adaptación a las TIC, brecha generacional, inmediatez, pérdida de valores, etc. Para abordar esos planteamientos, Mónica Parreño explica los resultados de una muestra sociológicamente significativa de entrevistas en profundidad con los actores de la información bajo el prisma de la teoría de la argumentación y aplicando la pragmadialéctica a sus opiniones en relación con el campo periodístico.
El periodismo de la era digital permite no solo un mayor contacto entre periodistas y ciudadanos, sino también que estos participen en los procesos de producción de contenidos. Averiguar cuáles son los parámetros que determinan que unos contenidos publicados en la Red puedan considerarse periodísticos y asimismo cuáles resultan identificables con el periodismo de calidad son los objetivos que abordan Concepción Pérez, Inés Méndez y José Luis Rojas en su capítulo. Echando mano nuevamente del VAP, estos investigadores encaran el «periodismo ciudadano» o «periodismo participativo» y muestran cómo los estudios realizados al respecto confirman que las unidades desarrolladas por los ciudadanos no cumplen con los criterios o parámetros de calidad de dicha metodología. Admitiendo que
... la Red puede ser una herramienta que facilite la comunicación y la información ciudadana, esta nunca debería suplir el papel del profesional [...] [porque] la calidad exige no solo informar sino contrastar, señalar antecedentes, buscar, explicar y analizar las causas, proponer, diseñar una perspectiva de futuro...
Ahondando en el tema recién expuesto, el equipo destacado en ciberperiodismo, formado por Carlos Ruiz, Pere Masip, David Domingo, Javier Díaz y Josep Lluís Micó, reflexiona sobre el valor y el alcance de la participación de la audiencia en el llamado «periodismo 2.0». Aceptan la premisa de que la democracia es una conversación; sin embargo, estos investigadores advierten de que en una democracia no todas las ideas son respetables, lo que supone –según Claudio Magris– que existen unas fronteras del diálogo y que la ética discursiva –en palabras de Jürgen Habermas– no puede estar al margen de la conversación democrática. Para subsanar esas derivas, de forma parecida al anterior capítulo citado, los manuales de buenas prácticas y los protocolos de actuación y comportamiento adecuados son imprescindibles para asegurar la necesaria calidad periodística, demostrando –a través de estudios comparativos– que «las conversaciones del Nytimes.com y de Guardian.co.uk son las más respetuosas, las de mayor calidad y las más plurales».
«El pluralismo interno informativo, entendido como la presencia de diversidad de valores, intereses y presencia de actores políticos y sociales» en el seno de un medio o empresa periodística, «es un indicador de la calidad periodística, al mismo nivel –según María Luisa Humanes y M.ª Dolores Montero– que la objetividad o la imparcialidad, que incide en la credibilidad social del periodismo». Para estudiarlo en el caso de las televisiones digitales terrestres, dichas investigadoras parten de la tipología de los sistemas de medios en relación con los sistemas políticos propuestos por Hallin y Mancini. Y a tenor de los resultados, las autoras proponen «un protocolo de análisis de contenido de la información como un instrumento de verificación del grado de pluralismo existente en televisiones generalistas».
Los estándares de calidad para la televisión, que en España ya han sido estudiados teóricamente por José Alberto García y Eva Pujadas, aquí son aplicados a fondo por Estrella Israel y Ricardo Pomares al análisis de los informativos de televisión de mayor audiencia. Sobre la base de esa investigación, estos últimos investigadores concluyen que es necesario
... revisar los valores-noticia para destacar lo importante de lo interesante, volver a las fuentes directas y confirmar su autenticidad, investigar temas propios alejados de las agendas oficiales y previsibles, trabajar con originalidad [...], buscar la pluralidad y la diversidad, huir de los estereotipos, ser sensibles a la multiculturalidad y, ante todo, trabajar, desde criterios éticos, por el rigor, la imparcialidad, la integridad y la independencia, al servicio del interés público y la sociedad.
Josep Lluís Gómez Mompart
Catedrático de Periodismo en la Universitat de València
Director de la sección Producción y circulación de contenidos de la AE-IC
[1]. Como ya hemos explicado en otro lugar, entendemos por periodismo especulativo «la fase superior y sibilina del “periodismo amarillo” de nueva apariencia, pero ligado a medios de cierto prestigio paradójicamente no populistas sino de un relativo elitismo, la naturaleza del cual es sobre todo la propia de una misma matriz económica-financiera basada en la especulación; es decir, mover activos (noticias) de un lado a otro sin prestar demasiada atención al núcleo significante del sentido de la noticia, sino entendiendo ésta como un intangible en tanto que valor de cambio una vez anulado su valor de uso». J. Ll. Gómez Mompart (2009): «From quality journalism to speculative journalism», Transfer. Journal of Contemporary Culture 4, p. 57.
El reto de la excelencia. Indicadores para medir la calidad periodística
Josep Lluís Gómez Mompart y Dolors Palau Sampio
1. De la industria a los medios
La espectacularización de las noticias, la telebasura o el infoentretenimiento, por un lado, y la crisis de la prensa, así como la adaptación de los periódicos a las diversas aplicaciones digitales, por otro, han situado la calidad como uno de los temas clave del debate sobre los medios de comunicación en las últimas décadas. Su protagonismo, sin embargo, ha sido paradójico, especialmente en el contexto español, más para recalcar la ausencia o degradación progresiva, que para plantear cuáles son los criterios que rigen una información de calidad.
El concepto moderno de calidad surge en la década de los años veinte del siglo pasado en EE.UU., ligado a grandes industrias como la Ford, preocupadas por la producción de bienes y servicios, pero también al ámbito de la productividad agrícola. En las tres décadas siguientes se desarrolla la idea de «control de la calidad total», que persigue como fin último «la satisfacción plena de los clientes». La reconstrucción de Japón, destruido tras la II Guerra Mundial, sirvió como laboratorio de pruebas en un control de la calidad definido «como la aplicación de principios y técnicas estadísticas en todas las etapas de producción, para lograr una manufactura económica con máxima utilidad del producto por parte del usuario» (De la Torre y Téramo, 2007: 44). En las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX esta preocupación por asegurar la calidad creció y se extendió a los diferentes intermediarios y, de forma análoga, a la responsabilidad de los medios de comunicación, vinculada a los códigos éticos y de deontología profesional, pero también a manuales de estándares como los elaborados por las grandes cadenas estadounidenses de televisión.
Desde las reflexiones sobre la prensa de élite realizadas por J. Merrill en 1968, revisadas en 1999,[1] hasta la actualidad se han ido sucediendo diversos intentos de definir y caracterizar un concepto complejo, poliédrico, en el que confluyen tanto aspectos económicos y profesionales como implicaciones de responsabilidad democrática.
2. ¿Qué se entiende por calidad periodística?
La calidad o su ausencia ha sido un tema tan recurrente como resbaladizo en las reflexiones académicas y profesionales sobre periodismo de las últimas décadas. Las primeras investigaciones sobre esta cuestión, explica Gutiérrez Coba, «partieron de las teorías sobre gatekeeping y newsmaking, en las cuales se trazaron las pautas para establecer los criterios de noticiabilidad que hacen atractivo un hecho para el medio de comunicación, y la forma en que se realiza el proceso de construcción de la noticia que va a ser publicada». Sin embargo, la pregunta «¿qué se entiende por calidad periodística?» sigue a la espera de respuesta, pese a que, como señala la autora, «de manera intuitiva, cualquier periodista experimentado es capaz de reconocer el buen periodismo de uno de poca calidad» (2006: 31).
Gutiérrez Coba afirma que se trata de un concepto «complejo» –no solo por la dificultad para definirlo sino porque está compuesto de una gran variedad de elementos– y «polivalente», ya que puede aplicarse a bienes, servicios o procesos, y también al periodismo como profesión. Tanto es así que «no es posible hablar de manera exclusiva de calidad informativa sino más bien de calidad periodística, ya que los elementos que la componen no se encuentran solo en el producto como tal (la información publicada) sino en todo el proceso de su producción», desde periodistas y editores a los administradores de la empresa periodística (2006: 34).[2] Desde la perspectiva de la investigación, Handstein (2010) apela a la dificultad de encontrar unos criterios de calidad universales en el periodismo, teniendo en cuenta que estos dependen de las exigencias de calidad y esta, a su vez, del observador y del conjunto observado. También Hassemer y Rager (2006) apuntan a la diversidad de nociones que engloba el concepto de calidad como uno de los principales problemas a la hora de definirlo.
Pese a la existencia de un gran número de investigaciones sobre el tema de la calidad de la información, no es fácil encontrar un fundamento ampliamente aceptado. Si bien la definición de la American Society for Quality –calidad como «la totalidad de funciones y características de un producto que le permite satisfacer una determinada necesidad»– parece apropiada para referirse a empresas de bienes y servicios, resulta más problemática, en cambio, para un «bien intangible» como la información periodística (Gutiérrez Coba, 2006: 32).
Entre las propuestas que se han realizado destacan, por una parte, las que han incidido en el aspecto más de servicio o bien de consumo, frente a las que se decantan por cuestiones más inspiradas en el «interés público». Al primer grupo apunta L. Moses cuando señala que
... quienes se han dedicado a investigar sobre el tema se han concentrado en demostrar que la calidad trae grandes ganancias a las empresas periodísticas, en términos de mayor audiencia, pauta y prestigio, pero se han encontrado con el gran problema de que no existe un acuerdo en lo que significa calidad periodística (en Gutiérrez Coba, 2006: 32).
En el segundo grupo se integrarían las aportaciones de D. McQuail o de W. Schulz (2000: 1), quien parte de las reflexiones del primero para subrayar que el ideal de calidad periodística –entendido como independencia, diversidad y objetividad– se sustenta en los valores democráticos y en tres condiciones que garantizan el libre ejercicio del periodismo: los recursos, el orden político y legal y los estándares profesionales.
R. G. Picard sostiene que las presiones económicas han afectado de forma clara a la calidad periodística y que la respuesta de algunos gestores ha mermado el valor social de los contenidos del periódico (2004: 54). Sin embargo, la definición de este concepto «amorfo y problemático» no resulta fácil (2004: 60-63). Calidad periodística, sostiene, apela no solo a los contenidos (variedad y contextualización de las noticias) y métodos periodísticos (variedad de fuentes), sino también a las actividades operacionales, vinculadas a aspectos técnicos y de gestión. «Hay que reconocer que calidad y rendimiento de la compañía están relacionados», concluye.
Sobre estas cuestiones vinculadas a las condiciones de producción centra su atención el estudio The Quality and Independence of British Journalism (en Lewis et al., 2007), realizado por un grupo de profesores de la Universidad de Cardiff. Las conclusiones del informe muestran claramente cómo la degradación de las condiciones de trabajo –la producción de contenidos por periodista se ha triplicado en dos décadas– ha obligado a recurrir a gabinetes de prensa y agencias para cubrir el trabajo que recaía en manos de la redacción, hasta el punto de que «una significativa actividad periodística independiente es la excepción más que la regla» (2007: 11). Según el estudio, menos de uno de cada cinco artículos analizados (19%) se basa fundamentalmente en información propia (2007: 25), la mayor parte de los temas (87%) están respaldados con una sola fuente y en solo uno de cada cinco casos la voluntad de contextualizar o verificar la información se ha hecho de forma coherente y significativa (2007: 26).
C. Guyot señala que, si bien no existe una definición canónica, buena parte de los periodistas coincidirían a la hora de apuntar algunos de sus indicadores: «precisión, imparcialidad, profundidad, talento del staff» (2007: 67). La dificultad, sin embargo, crece cuando se ponen sobre la mesa otras variables: «¿Es lo mismo la calidad editorial para un medio de la India y uno de Suecia? ¿Lo mismo para un tabloide gratuito popular y un diario sábana metropolitano de referencia? ¿La concepción de la calidad ha variado en los últimos diez años a partir de la explosión de Internet?». Todo ello manifiesta hasta qué punto «cuando se habla de calidad editorial los distintos actores piensan en cuestiones, por lo menos, diversas» (2007: 67). En opinión de Sánchez-Tabernero, buena parte de la dificultad para definir este concepto reside en que «se basa en el equilibrio de factores subjetivos y objetivos, derivados de la percepción del público y los estándares profesionales» (2008: 37).
En La televisión de calidad. Contenidos y debates, E. Pujadas concluye que el concepto de «televisión de calidad» es «relacional», ya que «no se trata de una definición cerrada de conceptos o de condiciones previas sino que se trata de un concepto que evalúa la relación entre un conjunto de características de un objeto [...] y unos valores sociales y contextuales determinados» (2011: 228-229). Así, las aproximaciones a esta idea dependen, en buena medida, del ámbito de referencia de los discursos. Si la calidad se valora en términos de sistemas de televisión, los criterios varían respecto a cuando se tiene en cuenta la calidad de la programación, de las cadenas o de un determinado espacio televisivo. Mientras en los primeros pesan indicadores estructurales, el último nivel se acerca a un terreno más concreto, en el que, sin embargo, también es posible distinguir entre una evaluación externa (los objetivos atribuidos al medio que provienen de disciplinas como la política, la economía, la ética, la extática o la crítica televisiva) e interna, planteada en términos estéticos que incluyen referencias al contenido, los temas, el tipo de tratamiento o la forma del programa, entre otros (2011: 148).
El aspecto relacional al que apuntaba Pujadas en la definición de calidad televisiva está presente también en la aportación de Amado Suárez, que concluye que «la calidad informativa no puede entenderse solo mirando hacia adentro de la redacción, sino que depende en gran medida de las relaciones que se establecen con el entorno» (2007: 25). En su opinión, involucra por igual a periodistas y empresarios.
Gutiérrez Coba apela a la idea de que el periodismo «no es simplemente un negocio sino un servicio social» –aunque tal vez sería más riguroso hablar de «servicio público o cívico»–, ya que en la calidad informativa confluyen la capacidad comercial, el compromiso del medio de comunicación y su proyecto informativo, pero también las competencias profesionales de quien elabora la información.
Y, desde esta perspectiva, la calidad de la información es un producto en sí, pues aunque se trate de un bien intangible es este producto el que entra en relación directa con el público y no los complejos lazos que se establecen entre profesionales del periodismo y empresa informativa (2006: 32).
Pese a no constituir propiamente una definición, las normas profesionales dictadas por grandes cadenas norteamericanas como CBS, NBC o ABC representan, en la práctica, una explicitación del concepto de calidad o excelencia profesional, ya que, como recoge J. A. García Avilés, sirven «como punto de referencia para evaluar la calidad del producto informativo de acuerdo con criterios profesionales» (1996: 19). Uno de los pioneros fue E. Murrow –trabajó en la CBS entre 1935 y 1960–, que apostaba por una información más original (no copiada de agencia) y reflexiva, un estilo claro y directo, independencia editorial frente a los criterios comerciales, imparcialidad basada en criterios profesionales, veracidad, responsabilidad y distinción entre información y opinión (García Avilés, 1996: 41-46). En la década de los sesenta del siglo XX empezaron a introducirse y aplicarse estándares de forma sistemática y a ampliarse a medida que surgían temas polémicos a los que cabía hacer frente (recreación de acontecimientos, periodismo de investigación, cobertura de disturbios, Guerra de Vietnam), pero estos no se fijaron en forma de manual hasta los años setenta. Sin embargo, desde entonces, bastantes de esos estándares no siempre se han respetado por intereses y presiones diversas.
3. Entre la justificación económica, el profesionalismo y la garantía democrática
La necesidad de abordar la calidad periodística ha estado ligada, en general, a diferentes tradiciones y objetivos. Si la investigación en el ámbito norteamericano ha tenido una orientación comercial, enmarcada en la búsqueda de beneficios económicos, la realizada en Alemania[3] se ha desarrollado en torno al profesionalismo. La tercera línea, que tiene como motor principal –pero no exclusivo– algunos países latinoamericanos, ha centrado su atención en la responsabilidad social y la calidad democrática.
Tras revisar las investigaciones realizadas durante más de tres décadas, E. Thorson (2003) llegó a la conclusión de que existe una relación directa entre calidad e ingresos que confirmaría la tesis de que «la inversión en contenidos de calidad mejora los resultados».[4] La tónica, señala Thorson, se repite desde que estudios realizados en 1978 conectaron «mayor calidad de contenidos con aumento de la difusión y la penetración de mercado», tanto en trabajos de gran alcance como en otros más cualitativos. Una investigación de mediados de los ochenta del siglo pasado en EE.UU. –a partir de 114 diarios y tomando como base ocho indicadores de calidad– desveló que el 22% de la variación en difusión estaba vinculada a la calidad.
Asimismo, el impacto de la calidad en la difusión quedó reflejado en propuestas que partían de una metodología muy diferente. A través de entrevistas a una treintena de lectores, realizadas durante dos años, se llegó a la conclusión de que la principal razón para cancelar una suscripción era el descontento con los contenidos. En otra investigación de 1998, basada en el análisis de 64 de los 128 diarios de una compañía considerada por su propio director ejecutivo como de baja calidad, el resultado era similar: «una cadena de baja calidad tiene como promedio menos suscriptores que sus rivales, menor índice de penetración de mercado y sus ingresos se reducen en comparación con los de la competencia. Al final, la cadena acaba por vender sus periódicos». También Sánchez-Tabernero alude a esta relación nefasta:
La comercialización de productos de baja calidad puede producir alta rentabilidad a corto plazo, pero constituye una estrategia extraordinariamente arriesgada: supone apostar por los beneficios inmediatos, frente al logro de una ventaja competitiva sostenible, basada en el servicio a los lectores, oyentes y espectadores (2008: 47).
El director de The New York Times, Arthur Sulzberger Jr., incidía en una entrevista en el 2002 en este vínculo entre calidad y ventas:
Al aumentar la calidad, máxime cuando muchos periódicos se están apartando del periodismo de calidad porque estiman que los gastos son demasiado elevados, sobre todo a la hora de enviar reporteros al extranjero, aumenta la difusión. Nuestra difusión ha crecido a lo largo de los últimos cinco años en un momento en el que la mayoría de los periódicos han experimentado un bajón. Sí, la calidad vale la pena.[5]
Sin embargo, históricamente no faltan ejemplos de rotativos que han logrado elevar su difusión mediante informaciones espurias.
En sus conclusiones, Thorson señala que si los estudios de gran escala apuntan a la conexión entre «contenidos del periódico, difusión, penetración de mercado y salud financiera global», los más cualitativos refuerzan esta tesis. De este modo, mientras las ventajas del recorte de gastos son inmediatas y visibles, la deserción de lectores fieles es inevitable, aunque responde a un patrón de un proceso a más largo plazo.
Meyer ha profundizado en los tiempos y los procesos para señalar que la relación entre calidad periodística y rentabilidad probablemente no se representa con una línea recta, sino con una campana de Gauss, de manera similar a como ocurre entre tirada ideal de periódicos e ingresos de publicidad: «Partiendo de cero, los beneficios de aumentar la calidad se aceleran. La línea es claramente ascendente, pero luego los niveles bajan. A partir de cierto punto, el coste de aumentar la calidad es mayor que el beneficio» (2003). En otro trabajo conjunto insiste en que es fundamental conocer en qué punto de la curva se está para optimizar la inversión: en el momento de escalarla, una reducción de costes puede implicar una caída por la pendiente (Meyer y Kim, 2003: 2). El primer paso consiste en medir la calidad de los contenidos y sus efectos en el éxito del negocio, y para ello, como apuntaba Thorson, cabe determinar qué elementos se someten a juicio (Meyer, 2003).
La tradición de los estudios germanos sobre calidad arrancó a principios de la década de 1990 y puso su atención inicial en la audiencia, especialmente en la credibilidad y la confianza en los medios, como explica González (2011: 18-19). Los investigadores Schatz y Schulz (1992) –inspirados en las teorías de McQuail– pusieron las bases de un campo de análisis que ha tenido en el profesionalismo y en la búsqueda de unos indicadores de calidad en los medios –relativos tanto a los contenidos como al diseño– su columna vertebral. Las aportaciones de estos autores, que están en el origen de buena parte de los estudios empíricos que se han desarrollado en los últimos años en Alemania, han puesto su atención en cuestiones como la diversidad, la relevancia, el equilibrio y la precisión, pero han dejado de lado todo lo relativo al marco jurídico. Aunque, recalca González, los enfoques multimedia han incorporado no solo cuestiones de uso del lenguaje, sino también otras relativas a la interacción de texto e imagen. En su opinión, los investigadores alemanes han desarrollado el más amplio sistema de principios y criterios para evaluar la calidad informativa. Sin embargo, en buena medida han dejado de lado las cuestiones vinculadas a la responsabilidad social (2011: 218-242).
Más allá de los requisitos y beneficios económicos, o de las garantías profesionales, están los vinculados directamente a la calidad democrática. Kovach y Rosenstiel remiten a la historia para poner de manifiesto esta tendencia: «Cuanto más democrática es la sociedad, más noticias e información suele suministrar» (2003: 29), y destacan que «el propósito del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo» (2003: 18). En ello inciden también los impulsores –periodistas, directivos de medios y académicos– de la Propuesta de indicadores para un periodismo de calidad en México, al señalar que la preocupación por la calidad de la información no responde solo a una cuestión técnica, de estándares para la confección de un producto, sino que va más allá: «Aspirar a un “periodismo de calidad” es una necesidad para la consolidación de las democracias». Y el reto, dicen, está colocado a tres niveles: «mayores elementos para discriminar la multiplicación de informaciones, mayor profesionalismo en el manejo del contenido e información más atractiva para el ciudadano» (en VV.AA., 2006: 18-19).
El estudio realizado por Th. E. Patterson, Doing well and doing good (2000), establece una clara conexión entre información y participación política, tras advertir que noticias y políticos comparten un destino común:
El interés por la información y por la política están inextricablemente ligados. Existe poco interés en las noticias más allá de un sólido interés por la política. Las noticias son una ventana hacia el mundo de los asuntos públicos. Sin un interés por este mundo, son escasas las razones para seguir las noticias (2000: 9).
Y en esta suerte compartida, llama la atención sobre el hecho de que, si bien en las pasadas décadas de los sesenta y setenta del siglo XX el periodismo crítico despertó el interés por la política, en los últimos años, sin embargo, el tratamiento negativo de esta ha disminuido la confianza y el interés en ella, pero, de paso, en la propia información:
A medida que los políticos devienen menos atractivos para los ciudadanos, también las noticias. Las personas con gran interés en los temas políticos tienen tres veces y media más posibilidades (83 sobre 24%) de seguir las noticias que los que tienen escaso interés en ella (2000: 11).
Patterson apunta a la calidad y a la extraordinaria exigencia como factores indispensables del periodismo crítico. Sin embargo, las condiciones de trabajo y la presión cada vez mayor no han favorecido esto: «Cuando los políticos hacen una declaración o toman una decisión, los periodistas se convierten en una especie de adversarios. El elemento crítico se sustituye, no por una cuidada evaluación de la reivindicación o de la acción, sino por la inclusión de una reprimenda» (2000: 14). Solo desde un periodismo de calidad, que retome su papel investigador, será posible restituir la confianza de los ciudadanos, advierte (2000: 15).
Amado Suárez observa que el periodismo de calidad no es una tarea de periodistas o meramente empresarial, sino que «debe ser una cuestión de la sociedad en su conjunto».
Nadie se atrevería a objetar que una mejora en la calidad informativa redunda en una mejora en la democracia. Pero es fundamental para el periodismo y los medios mostrar una iniciativa clara en ese sentido como señal para la sociedad, porque solo su apoyo consolidará su lugar en los tiempos que vienen (2007: 36).
4. ¿Cómo se mide y a través de qué indicadores? Propuestas de estudio
La cuestión de si se puede medir la calidad periodística con métodos empíricos y cuantitativos ha centrado parte de la investigación en comunicación de las últimas décadas, pero también ha dado pie a distintas opciones de análisis, como recoge Schulz (2000), que tratan de dar respuesta a quién debe servir como punto de referencia:
Algunos estudios parten de entrevistas a profesionales y tratan de conocer cómo entienden la profesión a partir de su experiencia (Albers, 1992; Weber y Rager, 1994). Otros centran su investigación en las audiencias, para que evalúen la calidad de los medios (Tebert, 2000). Una tercera aproximación parte de las normas de los medios y extrae los estándares para una actuación de estos conforme a la norma y un periodismo de calidad (Schatz y Schulz, 1992). Otra aproximación obtiene estos estándares de una deducción teórica de las normas y valores sociales (McQuail, 1992).
La elección de una u otra perspectiva de análisis influye de manera importante, como subraya González, en la definición del concepto. Así, parece más probable, dice, que una investigación que parte de la audiencia centre su atención en evaluar la calidad en términos de satisfacción, mientras que la mirada profesional abordaría cuestiones técnicas y estéticas. El punto de vista normativo vincularía, en cambio, la calidad del ejercicio profesional con los requisitos legales vigentes y, desde una perspectiva comercial –como se ha visto en la mayoría de estudios norteamericanos–, se evaluaría la calidad en términos económicos (2011: 125).
Pese a que medir la calidad se antoja como algo conflictivo, Rosenstiel y Mitchell apuestan claramente por ello:
Para muchos periodistas, esto parece arriesgado. La calidad es en parte subjetiva, y tratando de crear normas lo que en realidad puede ocurrir es que se tienda a atenuar esto a través de la homogeneización. Los mejores periodistas son a menudo aquellos que aportan lo indefinible, lo intangible, a su trabajo.
Un posible camino, aunque controvertido, pasaría por definir calidad periodística y después medir si los diarios que responden a ella presentan las mejores condiciones financieras. Pero algunos casos de diarios internacionales de las dos últimas décadas presentan unas paradojas que permiten tildarlas de «periodismo especulativo» (Gómez Mompart, 2009: 55-61).
Más asequible parece, en cambio, valorar la inversión en redacción: «Examinar la inversión en la Redacción también tiene sentido. La investigación que se remonta a 1978 ha establecido que la inversión de recursos –capacitación, personal, déficit informativo o lo que sea que usted elija– crea potencial para la calidad» (Rosenstiel y Mitchell, 2004: 2). Sin embargo, destinar más recursos a la redacción solo garantiza un mejor producto si se cuenta con una buena gestión y liderazgo, de lo contrario contribuirá únicamente a dilapidar recursos. Sobre la base del análisis de los datos de Inland Press Association, Rosenstiel y Mitchell concluyen que «si un periódico invierte más en su Redacción, con el tiempo, aumentará los ingresos, la difusión y el beneficio sustancialmente –mucho más que el coste de invertir en el producto–. Por otro lado, si un periódico no invierte, es probable que con el tiempo el resultado sea significativamente menor» (2004: 5).
Los estudios de Meyer van en la misma línea a la hora de apuntar a los efectos de los recortes de plantilla. Tras comparar la fortaleza (robustness) –la difusión de un periódico en su área de referencia durante un periodo (1995-2000)– de medios que habían reducido, mantenido o incrementado su staff, el investigador concluyó que aquellos que optaron por las dos primeras estrategias perdieron capacidad de penetración en sus mercados locales (condados). «Así que la capacidad no importa», concluye. El otro elemento que es necesario tener en cuenta, en estrecha relación con la calidad y rentabilidad, es la credibilidad: «[A] mayor credibilidad, mayor fortaleza. La gente lee aquello en que cree y/o cree aquello que lee» (2003).
Una de las primeras referencias al concepto de calidad periodística se recoge en The Elite Press (1968). Como ya hemos avanzado, en esta obra J. Merrill establecía un ranking de los mejores periódicos basándose en cinco indicadores,[6] considerados como demasiado subjetivos, y que tres años después el autor revisó, en un trabajo conjunto con R. L. Lowenstein (Media, Messages and Men, 1971). La nueva propuesta, «más objetiva y operativa que las pautas anteriores», establecía una distinción entre criterios de evaluación internos, empleados por el periódico (buena tipografía y diseño, cuidada edición y revisión de textos, correcta puntuación y gramática, equilibrio en el material editorial/noticias, excelencia en la reproducción e impresión de imágenes, ortografía y externos, preocupación por la calidad del staff y la política editorial o por la autoevaluación y crítica externa), y externos o relativos a la audiencia (frecuencia de citas y alusiones, suscripciones de bibliotecas, reputación entre periodistas e historiadores, entre políticos, gobierno y diplomacia, y en círculos académicos) para evaluar la calidad (Meyer y Kim, 2003).
H. Borrat no solo se muestra crítico con la propuesta de ranking de Merrill y Fisher (1980) –que considera una entronización por parte de lectores «de calidad», con una clara proyección publicitaria–, sino que cuestiona los criterios elegidos, así como la identificación entre periódico de calidad y de élite o de referencia (2005: 7-9). En sus reflexiones en torno al Control de la Calidad Periodística (CCP), Borrat señala que «la calidad de un periódico nunca se ha de dar por supuesta ni, una vez reconocida, por irrevocable y definitiva. No es su manera de ser esencial sino un atributo contingente». En su opinión, «el ccp de mayor alcance es aquel que se despliega sincrónica y diacrónicamente, a lo largo de cada temario y de la secuencia de temarios de un periódico. La calidad de un periódico es inseparable de la calidad de sus textos y, por lo tanto, de sus autores, sus fuentes y sus lectores» (2005: 8). Asimismo, Borrat sugiere considerar también los conceptos de coherencia –«una afirmación es verdadera si es coherente con otras afirmaciones que ya se sabe que son verdaderas»– y de correspondencia –«una afirmación es verdadera si se corresponde con los hechos, con la realidad» (Fontcuberta y Borrat, 2006: 318).
Tras revisar distintos estudios realizados entre las décadas de 1970 y 1990 (Ghiglione, 1973; Becker, Beam y Russial, 1978; Gladney, 1990; Stone et al., 1981), Meyer y Kim concluyen que los indicadores propuestos en ellos no permiten un análisis a gran escala, y remiten a L. Bogart para concluir que «pese a que estos criterios de calidad subjetivos pueden ser utilizados con frecuencia por editores y profesores para evaluar la calidad de los periódicos, son difíciles de reproducir» en otros estudios (2003: 4). La superación de estos inconvenientes llegó de la mano de Bogart, quien en Press and public (1989) propuso 23 indicadores de calidad, ordenados por rango,[7] que podían ser aplicados a cualquier periódico.
Desde entonces, distintos autores (Lacy y Fico, 1990, 1991; Cole, 1995) han tomado los descriptores de Bogart para explorar la relación entre calidad y difusión, y constatar el vínculo entre ambas. Por su parte, S. Maier y Meyer han considerado también como elementos de calidad los errores ortográficos en el nombre, o en la profesión, dirección y edad de la fuente, u otros referidos a la fecha o localización del evento[8] (Meyer, 2003).
Pese a reconocer el exitoso uso de los indicadores de calidad propuestos por Bogart, que validan la noción de que existen instrumentos «relativamente objetivos y fiables», Meyer y Kim apuestan por una revisión que recoja los cambios experimentados en el competitivo mercado de la prensa de la mano de los editores actuales (2003: 5). De ahí que plantearan quince indicadores para evaluar la calidad –entre ellos algunos de los propuestos por Bogart–, a partir de las encuestas formuladas a miembros de la American Society of Newspaper Editors (ASNE),[9] editores y responsables directamente implicados en el desarrollo de contenidos de los periódicos (2003: 6). Una vez determinados, los autores agruparon los indicadores en cinco factores:
1. Facilidad de uso: número de tiras cómicas, legibilidad alta en Flesch o sistemas similares de puntuación, número de columnas de resúmenes, relación alta de calidad textual.
2. Localismo: número de personal por informaciones firmadas, relación alta de redactores respecto a los servicios por cable ajenos.
3. Vigor editorial: importancia de los editoriales, número de editoriales por edición, número de cartas al director por edición.
4. Cantidad de noticias: porcentaje alto de noticias por reportaje, proporción alta de contenido no publicitario, cantidad total de contenido publicitario, número de noticias de agencia publicadas.
5. Interpretación: diversidad de columnistas políticos, proporción alta a partir de interpretaciones de prensa y de material de referencia para detectar posibles noticias (2003: 9).
Los resultados obtenidos, concluyen Meyer y Kim, los sitúan en el camino de un sistema de medición que permita definir y localizar el punto óptimo (sweet spot) de calidad. Pero sus cuestionarios abiertos-cerrados a editores muestran también que «la exactitud de la información, el periodismo de investigación, las habilidades del personal y el civismo todavía son valores tradicionalmente apreciados en tanto que indicadores de calidad». En general, señalan, «el periodismo de calidad, en las mentes de algunos, es un coste no rentable», una opinión basada, en muchos casos, en la errónea percepción del coste de reducir la calidad: «Los beneficios netos son inmediatos, pero el coste de la disminución de lealtad de los lectores y el reemplazo de una cohorte reducida son más lentos en materializarse». En su opinión, es imprescindible «encontrar los recursos para ayudar a los directores de periódicos a posicionar sus productos con mayor precisión en tanto que servicio lucrativo. En ausencia de un buen posicionamiento, tanto su rentabilidad como su responsabilidad social pueden estar en riesgo» (2003: 9). Buena parte de los estudios, especialmente en el ámbito norteamericano –como mostraba el realizado por Thorson–, centran su atención en vincular calidad y productividad, es decir, en determinar la inversión que garantizará la máxima difusión. Quizá por ello autores como R. Edmonds, del Poynter Institute, se afanan en advertir que el suyo no es un estudio corporativo, destinado a animar a la reducción de costes y plantillas. El investigador plantea cómo influyen en la calidad factores como la propiedad, los cambios en la paginación, la lógica empresarial y, en especial, la desigualdad de recursos, que califica de extraordinariamente amplia. Tras observar que un mayor número de empleados no es una garantía de calidad –«algunos destacados periódicos parecen tener éxito con un número promedio de personal suficiente»–, apunta a que la clave es más bien una cuestión de liderazgo: «Doscientas personas, bien dirigidas, lograrán más que 225 que van a trabajar cada mañana mientras intentan averiguar lo que deberían estar haciendo [...] los números importan tanto como el nivel de habilidad del personal».
Tanto en el ámbito español como en el latinoamericano, las propuestas destinadas a medir la calidad no han tomado en cuenta, al menos de forma explícita, la relación entre calidad y beneficios empresariales, como han hecho algunos de los autores norteamericanos citados,[10] sino que, por el contrario, han abogado por aspectos más estrechamente ligados a la ética y la deontología, más en el terreno de la obligación moral que del negocio.[11]
Una de las primeras opciones de análisis procede de un equipo de investigadores de la Pontificia Universidad Católica de Chile (2001) que desarrolló un patrón de medición denominado «Valor Agregado Periodístico» (VAP), entendido como «la capacidad que tiene el periodista de entregar y procesar información sin distorsionar la realidad, seleccionando y jerarquizando profesionalmente lo que es noticia, y las fuentes involucradas en el hecho» (VV.AA., 2001: 114). Junto con una asignación de espacio adecuada, el sistema tiene en cuenta «las dos grandes dimensiones del proceso de elaboración periodística: la selección de la noticia (pauta) y la creación de las notas (mensaje)».
Si bien la mayor parte de los estudios apelan a los profesionales –editores y periodistas– para determinar el estándar de calidad, algunos apuestan por la percepción de la audiencia como elemento de referencia. En esta línea se involucran De la Torre y Téramo al proponer un indicador de Percepción de la Calidad Periodística (PCP). Esta propuesta –en estrecha relación con el vap– se estructura no sobre la idea de satisfacción o preferencias estéticas del cliente de un producto de consumo, sino sobre los requisitos de noticiabilidad que percibe el lector de diarios (2005: 176).
Gómez Mompart, tras un conjunto de reflexiones críticas sobre los problemas del periodismo en el tránsito de los siglos XX a XXI, derivados del nuevo ecosistema comunicativo en la era digital y de las diversas crisis de los medios convencionales, contrapone la elaboración de textos periodísticos desde dos orientaciones (forma épica y forma dramática de la noticia, en alusión a la distinción teatral que planteó Bertolt Brecht), reivindicando la calidad y el rigor de la primera frente a la manipulación de la segunda (2001: 33). A continuación y después de evaluar someramente las periodísticas de calidad de dos docenas de medios internacionales (de prensa, radio y televisión), extrae los principios sobre los que considerar un periodismo de calidad, los cuales agrupa en cuatro apartados: A. Cuestiones éticas y deontológicas; B. Fuentes y documentación para las informaciones; C. Tratamiento y desarrollo de las noticias; y D. Relación con la opinión pública (2001: 34). En un trabajo posterior más teórico, el mismo autor aborda los condicionantes que arrastra el periodismo actual a la hora de tratar la complejidad social, insistiendo sin embargo –mediante ciertas propuestas– en que, en la sociedad de la información y del conocimiento, es necesaria una información que no rehúya dicha complejidad si el periodismo quiere seguir siendo un bien social y contribuyendo a la democracia (2004: 13-30).
J. M. de Pablos y C. Mateos lanzaron en el 2004 una iniciativa destinada a evaluar la calidad periodística sobre la base de tres índices que unen aspectos a menudo considerados de modo separado y que resultan invisibles para los lectores. Así, el Índice de Calidad de las Noticias conjuga aspectos empresariales, periodísticos y –como nexo entre los dos anteriores– laborales. Los autores apuestan por la creación de un Consejo de Calidad Informativa[12] (CCI), un órgano plural que regularía «la calidad de lo que en el mercado editorial circula como periodismo» y asignaría etiquetas a cada publicación en función de su categoría (medio de referencia, medio de calidad, medio popular o medio sin clasificar):
Índice laboral. Mediría las condiciones de las plantillas de redacción:
1. Número suficiente.
2. Productividad adecuada.
3. Cualificación profesional actualizada.
4. Especialización acorde con los contenidos de la publicación.
5. Normas: libro de estilo, estatuto de redacción, defensor del lector.
6. Conflictividad laboral.
7. Salario justo.
8. Turnos y jornadas de dedicación racionales.
9. Vacaciones y tiempo libre del personal del medio homologables.
Índice periodístico. Mediría la calidad de las informaciones:
1. Pluralidad de fuentes utilizadas y citadas.
2. Frecuencia de uso de fuentes corporativas.
3. Uso de bases documentales primarias.
4. Porcentaje de temas propios.
5. Grado de cumplimiento normativo (códigos éticos y normas de autorregulación).
6. Porcentaje de periodismo de investigación.
7. Libertad de la redacción en sus cometidos.
8. Continuidad de las informaciones ofrecidas.
9. Grado de corrección lingüística.
Índice empresarial. Contabilizaría el papel del empresario ante la información:
1. Composición de intereses accionariales insertados en el diario.
2. Cuenta de resultados publicada y bien a la vista, no escondida.
3. Datos de distribución y ventas expuestos a los lectores en el propio periódico (2004: 19-20).
Por su parte, la Red de Periodismo de Calidad de México planteó en el 2006 una Propuesta de indicadores para un periodismo de calidad, en la que establecía ocho principios a partir de los cuales son definidos los indicadores para medir un periodismo de calidad. Estos se dividían en dos grupos:
1. Principios que dependen directamente del trabajo del periodista, de la formación, el compromiso, la ética:
a) Transparencia en los procesos de construcción y procesamiento de la información.
b) Verificación y contextualización de los datos e información.
c) Investigación periodística.
d) Derechos y obligaciones en la relación entre los periodistas y sus directivos.
2. Principios que dependen del entorno del periodista:
a) Códigos de ética.
b) Mecanismos de contrapeso a los medios: derecho a réplica, defensor del lector, veedurías ciudadanas, observatorios civiles.
c) Equidad en la asignación e publicidad. Comercialización y publicidad oficial.
d) Derecho y acceso a la información (VV.AA., 2006: 36-37).
Entre las iniciativas destinadas a mejorar los estándares de calidad, figura la ofrecida por D. Santoro. El autor realiza un diagnóstico de la situación para concluir con algunos de los problemas que lastran este concepto, como la tendencia a abusar del off the record, la declaracionitis frente al periodismo de investigación, la escasa transparencia de la propiedad de los medios y el uso retórico de la bandera de la calidad periodística. En su intervención en el foro celebrado en Monterrey en el 2008, ofrecía algunas de estas reglas a partir de la revisión de los protocolos de calidad de algunos periódicos de referencia, como The Washington Post, The New York Times y The Wall Street Journal, así como del Foro de Periodismo Argentino[13] (Fopea).
Aunque no desarrolla propiamente un método de análisis de la calidad periodística, es interesante hacer referencia al proyecto dirigido por S. Alsius, «Ética y excelencia informativa. La deontología periodística frente a las expectativas de los ciudadanos», que tiene como objetivo contrastar hasta qué punto los profesionales de la información comparten las normas existentes (Alsius y Salgado, 2010). En la medida en que la deontología implica una ética de actuación profesional y que las distintas propuestas de calidad apelan a ella, es interesante hacer referencia a los elementos que Alsius plantea en su tesaurus de la ética periodística, que se sustentan en cuatro principios básicos desglosados en una serie de modos de actuación: veracidad (rigor informativo, neutralidad valorativa, procedimientos discursivos, recreaciones y falseamientos, procedimientos engañosos, plagio), justicia (imparcialidad, tratamiento de grupos desfavorecidos, presunción de inocencia), libertad (condicionamientos externos, relación con las fuentes, conflictos de intereses) y responsabilidad (primacía de la vida y seguridad de las personas, privacidad, asuntos de especial sensibilidad social, cooperación con las autoridades e instituciones públicas). A ellos suma, a modo de apéndice, un anexo con cuestiones tangenciales, como los elementos estilísticos, la organización redaccional, el contexto sociolaboral o, entre otros, la cláusula de conciencia (Alsius, 2011: 38-50).
En su tesis doctoral, M. González ha optado por una propuesta integral, que engloba las dimensiones anteriores en torno a tres ejes: calidad formal, calidad de contenidos y calidad social, vinculada al marco legal y la deontología. Sin embargo, a la hora de desarrollar la metodología e indexar los indicadores, se ha centrado especialmente en los dos primeros. Así, plantea un análisis de los aspectos formales destinado a detectar posibles defectos y errores técnicos en la presentación y transmisión, y un análisis de los contenidos que centra su atención en tres aspectos: la diversidad (temas, protagonistas y ámbitos geográficos), la independencia (origen de la información, tipo de fuentes, grado de facticidad –a partir de la distinción entre hechos, afirmaciones y conjeturas–, adecuación al momento –currency o timeliness– y relevancia) y un tercer aspecto vinculado al proceso de elaboración (precisión, exhaustividad, número de perspectivas, adecuación de los elementos adicionales y uso apropiado del lenguaje) (2011: 258-345).
5. Caminos para la investigación futura
La revisión de las distintas aportaciones realizadas al estudio y la caracterización de la calidad periodística o informativa ponen de manifiesto la complejidad a la hora de abordar este concepto y, especialmente, de plantear una definición concluyente que pueda traducirse en una serie de indicadores mensurables. Ello contrasta, sin embargo, con aproximaciones intuitivas y con la frecuente apelación a una especie de saber común profesional capaz de detectar la calidad, pero escasamente operativo en términos analíticos.
De manera indirecta, distintos autores apuntan a la calidad periodística como un concepto «relacional» –como lo denomina E. Pujadas–, en el sentido de que no puede desligarse de una serie de elementos contextuales, un factor que contribuye a desdibujar sus fronteras, en el sentido de que pesan sobre él valores políticos, económicos, éticos o estéticos que actúan como condicionantes. Así pues, las producciones periodísticas no son meros productos de consumo, sino que cumplen un servicio público o cívico, por lo que los parámetros para medir su calidad van más allá de los de otros modelos de negocio en los que la respuesta a las necesidades del público, y la relación consumidor-producto, es más directa y evidente. No en vano, la referencia a los valores democráticos y la deontología son una constante en el análisis de numerosos autores sobre el concepto de calidad. Esta, por tanto, no puede ser entendida –ni analizada– sin tener en cuenta aspectos explícitos (de índole lingüística y expresiva, técnicos y de contenido), pero también otros asociados a su carácter intangible.
Es en la intersección entre la condición material, más fácilmente cuantificable, y la contextual donde radica la principal dificultad a la hora de definir este concepto. La calidad periodística es la expresión de distintos procesos de obtención y gestión de la información, fruto de la aplicación de los estándares de equilibrio e imparcialidad, de contraste y pluralidad –de acuerdo con los códigos éticos y las normas de autorregulación–, al tiempo que exige variedad y originalidad –en los temas y en su tratamiento–, investigación, profundización e independencia –respecto a los condicionantes políticos y las presiones económicas–. Todo ello impide que pueda desligarse de unas condiciones de producción y de un contexto de recepción, por más que la condición factual o material de un determinado relato informativo ofrezca condiciones para ser analizado como elemento de un corpus. Así pues, el reto consiste en identificar los parámetros que, en cada producción periodística, pueden reflejar y remitir, a través de indicadores textuales y contextuales, a los valores de excelencia.
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[1]. John Merrill elaboró en 1968 y 1999, respectivamente, sendas listas de los diez diarios mejor considerados por expertos, profesionales y editores del mundo, y cronológicamente eran estos:
1968: 1. The New York Times (EE.UU.); 2. Neue Zürcher Zeitung (Suiza); 3. Le Monde (Francia); 4. The Guardian (Reino Unido); 5. The Times (Reino Unido); 6. Pravda (URSS); 7. Renmin Ribao (República Popular de la China); 8. Borba (Yugoslavia); 9. L’Osservatore Romano (Ciudad del Vaticano); 10. ABC (España).
1999: 1. The New York Times (EE.UU.); 2. Neue Zürcher Zeitung (Suiza); 3. The Washington Post (EE.UU.); 4. The Independent (Reino Unido); 5. Süddeutsche Zeitung (Alemania); 6. Le Monde (Francia); 7. Asahi Shimbun (Japón); 8. Los Angeles Times (EE.UU.); 9. Frankfurter Allgemeine (Alemania); 10. El País (España).
La prensa de élite era para Merrill una dimensión mediática definida por una sólida estructura informativa, una fuerte implantación e influencia entre quienes toman decisiones políticas y económicas, el cosmopolitismo de su agenda y su apertura a las grandes corrientes culturales y científicas del momento. Pretensiones que en algunos casos no se cumplían plenamente, aunque sin duda se trataba de periódicos representativos de países o regímenes importantes entonces. De aquí a que finales de los años sesenta contaba más la influencia que la calidad; eso explica que aparezcan entre los diez diarios principales, rotativos claramente sesgados y fuertemente dependientes como Pravda, Renmin Ribao, Borba o L’Osservatore Romano. En cambio, los diez primeros de 1999, en general, lo eran sobre todo por su calidad, destacando como común denominador que eran periódicos preferentemente de centro izquierda y androcéntricos del hemisferio occidental «Norte» con la sola relativa excepción de Asahi Shimbun.
[2]. Prueba de ello es la tradicional clasificación –por parte de la patronal británica de prensa– entre Quality press y Mass press, cuando históricamente ambos productos son y pertenecen a la cultura y comunicación de masas. Sin obviar sus diferencias en el tratamiento de la información, desde principios de este siglo, la reducción del formato sábana de destacados rotativos como The Times o The Independent al estándar tabloide ha significado una transformación no solo formal en términos periodísticos (Coperías y Gómez Mompart, 2011). Por su parte, también M. González incide en los aspectos de gestión cuando se refiere al concepto de media quality y lo distingue de news quality (2011).
[3]. M. González (2011) presenta esta línea como la más destacada del contexto europeo, aunque concede a los países escandinavos el mérito de ser pioneros en los estudios de calidad, a partir de la noción de informatividad, una idea ligada a la cantidad de información y el espacio dedicado por un medio a un conjunto de hechos.
[4]. Siguiendo el modelo: «Gastos de redacción → Contenidos de calidad → Difusión/penetración → Ingresos» (2003).
[5]. La Vanguardia, 15 de diciembre del 2002, p. 47.
[6]. «Criterios internos y externos para la evaluación de la calidad del periódico: 1. Independencia, estabilidad financiera, integridad, preocupación social, buena escritura y edición. 2. Opinión fundamentada y énfasis interpretativo, conciencia del mundo, sin sensacionalismo ni maquillaje en los artículos. 3. Énfasis en la política, las relaciones internacionales, la economía, el bienestar social, la acción cultural, la educación y la ciencia. 4. La preocupación por conseguir, desarrollar y mantener una plantilla extensa, inteligente y bien formada, que esté articulada y preparada técnicamente. 5. La determinación de servir y ayudar a ampliar una buena formación intelectual para los lectores del país y del extranjero; así como el deseo de influir, en cualquier lugar, en los líderes de opinión» (en Meyer y Kim, 2003: 2).
[7]. «Indicadores de calidad del periódico: 1. Relación redactores por servicios de cable y de reportajes ajenos. 2. Contenido total sin la publicidad. 3. Relación de interpretaciones de prensa y de material de referencia para detectar posibles noticias. 4. Número de cartas al editor por edición. 5. Diversidad de los columnistas políticos. 6. Puntuación alta de legibilidad. 7. Relación de ilustraciones por texto. 8. Relación del contenido no publicitario en relación con el contenido de la publicidad. 9. Relación de las noticias con respecto a los reportajes. 10. Número de empleados por reportaje. 11. Relación de noticias y reportajes deportivos respecto al contenido total de noticias (CTN). 12. Presencia de resumen de noticias. 13. Presencia de un destacado por columna. 14. Número de editoriales por edición. 15. Número de agencias noticiosas. 16. Relación de las noticias culturales, informes y reportajes con respecto al CTN. 17. Relación de servicios de noticias periodísticas con respecto al CTN. 18. Proporción de noticias y reportajes de negocios en relación con el CTN. 19. Número de columnistas políticos. 20. Número de tiras cómicas. 21. Extensión promedio de las informaciones de primera página. 22. Presencia de una columna de astrología. 23. Relación de noticias estatales (regiones, autonomías), nacionales e internacionales en relación con las noticias locales» (Meyer y Kim, 2003: 4).
[8]. La investigación, centrada en consultar a las fuentes citadas en diez periódicos por los errores registrados en las informaciones, concluía que, en el mejor de los casos, un 7% de las informaciones incluía alguno, mientras que en los más descuidados este porcentaje crecía hasta el 14%.
[9]. Participaron un total de 285 editores, un 50,2% del total de profesionales que agrupa la asociación, 568 editores.
[10]. Entre las excepciones cabe destacar a Jay Rosen, que planteó una aproximación al concepto de calidad a partir de la suma de diversos elementos asociados al buen hacer periodístico. En una mesa redonda celebrada en el Encuentro anual de la aejmc (Baltimore, 1998) presentó su fórmula como una adición (A + B + C + D + E = F): A = precisión, B = equilibrio, C = juicio crítico, D = demostrabilidad o desapego, E = ética y F = equidad o calidad.
[11]. En este sentido es interesante recoger las palabras de T. Rosenstiel: «Para sobrevivir, el negocio de la información tiene que ir más allá de afirmar que la calidad es simplemente una obligación moral. O tiene que mantener a la gente de negocios al margen de la Redacción. Lo bueno es que, al parecer, hay una generación investigadora –y los datos actuales así lo confirman– que sugiere que la Redacción tiene mucho, mucho más que hacer a favor [de la calidad]. Ahora es necesario desarrollar la investigación para argumentarlo» (2003).
[12]. El Consejo de Calidad Informativa necesita ser un órgano independiente y contar con una composición equilibrada de profesionales de prestigio, representantes de los lectores, representantes sociales (gobierno, sindicatos, empresarios), y un porcentaje mínimo del 10% de miembros honoríficos vinculados a instituciones culturales y sociales defensoras o protectoras de la lengua, la ética, los derechos fundamentales, etc. También plantean la creación de observatorios de medios, asociaciones de especialistas, con intervención libre de lectores concienciados del valor primario de los medios informativos e interesados vivamente por la permanencia de la prensa de calidad, que se ocuparían de fiscalizar a los media.
[13]. Los miembros de esta entidad aprobaron en el 2006 un compromiso con la calidad periodística. En este apuestan por una política de contraste y verificación de datos, de fe de erratas claras, del uso de citas textuales; no abusar del off the record; apostar por el periodismo de investigación; crear la figura del defensor del lector; formación permanente para los periodistas; transparencia de la propiedad de los medios; indicar el lugar donde se recogió la información; citar a otros medios que tuvieron las primicias; nombrar a quienes ayudaron a buscar datos.
El Valor Agregado Periodístico, herramienta para el periodismo de calidad
María Del Mar García Gordillo, Ofa Bezunartea Valencia e Inés Rodríguez Cruz
La calidad de la información periodística está socialmente cuestionada. Los medios de comunicación están perdiendo credibilidad, pilar sobre el que se sostiene el contrato no escrito con sus audiencias. El reconocimiento de su importancia en el desenvolvimiento de los sistemas democráticos es lo que perfila su función social y las responsabilidades del periodista que de ella se derivan. Para ello es imprescindible que se cumplan ciertos parámetros que garanticen la calidad de sus contenidos, y la definición de la calidad periodística tropieza con condicionamientos económicos, ideológicos y laboral-profesionales. Cabe plantearse, pues, cómo reconocer el periodismo de calidad, qué indicadores lo determinan y cómo medirlos.
Para Schulz (2000), la calidad periodística depende principalmente de tres condiciones: la disponibilidad de recursos adecuados para efectuar un trabajo periodístico, un ordenamiento político y legal que proteja y garantice la libertad de los medios de comunicación y la adhesión del periodista al cumplimiento de unos estándares profesionales.
Pero medir un intangible es muy complicado, y la producción informativa de los medios de comunicación lo es. La medición de la calidad de lo intangible está ineludiblemente vinculada a valores y normas que no son aceptados universalmente como elementos de juicio (Pellegrini, 2006 y Gutiérrez, 2006). Cualquier profesional de la información experimentado puede reconocer un buen trabajo periodístico frente a otro de baja o poca calidad, pero si se quiere lograr que los medios de comunicación alcancen la excelencia informativa, será necesario pensar en un método que establezca parámetros medibles de calidad (Schulz, 2000). Además, la información es solo el resultado de todo un proceso (Gutiérrez, 2006), lo que no permite hablar de manera exclusiva de calidad informativa sino, más bien, de calidad periodística, ya que los elementos que la componen no se encuentran solo en el producto como tal (la información publicada), sino en todo el proceso de su producción, y envuelve tanto a periodistas y editores como a quienes administran la empresa periodística. Así pues, el análisis de uno solo de los componentes daría como resultado una definición incompleta de la calidad periodística. La estructura de la empresa informativa, las rutinas periodísticas, las condiciones laborales de los profesionales que construyen la información, el producto final y la manera en que están construidos y presentados los contenidos son elementos inseparables del concepto de calidad periodística. Una investigación sobre esta cuestión debería abordar todos estos temas.
1. ¿Cómo medir la calidad de un producto periodístico?
Se ha considerado que el método VAP (Valor Agregado Periodístico),[1] desarrollado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Argentina, es un verdadero hallazgo para evaluar de un modo objetivo la calidad del trabajo periodístico y así se ha puesto de manifiesto en múltiples investigaciones.[2] La metodología de análisis de la calidad periodística se ha aplicado hasta la fecha a prensa, televisión y nuevos formatos periodísticos incluidos dentro del denominado periodismo ciudadano. En el caso de la prensa y la televisión, se han llevado a cabo estudios en diversos países suramericanos, como Chile, Argentina, Colombia, Perú y Ecuador. En estos dos últimos casos se estudió la relación existente entre la selección de la fuente informativa y el conflicto bélico, cuando el interés nacional aparece muy presente (Alessandri, 1996). Es decir, cuando se aplica a un tema concreto. En la Universidad de Sevilla esta metodología se ha desarrollado en estudios sobre temáticas concretas dentro del periodismo especializado, como la información política, la ambiental y la aeronáutica (convergente entre la información técnica y la económica).
El concepto de Valor Agregado Periodístico se entiende como la capacidad que tiene el periodista de entregar y procesar información sin distorsionar la realidad, seleccionando qué es noticia y las fuentes involucradas en el hecho, y otorgando a estas el espacio que les corresponde. El VAP apunta a calificar la calidad del trabajo profesional realizado por el periodista sobre la base de lo que un determinado medio es capaz de hacer y, efectivamente, logra hacer. Ello considera la identificación de los hechos noticiables, la jerarquización de las noticias y la asignación de sentido respecto de los acontecimientos de los que ellas dan cuenta. A su vez, la investigación de los hechos a los que se atribuye importancia demanda unos acotados criterios de selección de fuentes que apunten a la diversidad, a la pluralidad y al pluralismo, así como a la necesaria verificación de los datos. Para poder ser definido en los términos precedentes, un periódico debe estar en condiciones de filtrar las iniciativas comunicacionales de las fuentes y de distinguir los intereses de estas respecto del interés real del público. En definitiva, debe ser capaz de desarrollar una pauta noticiosa independiente, que sume al rol de mero notario de los hechos el de controlador de las funciones públicas (Equipo de la Universidad Católica [UC] de Chile, 2001).
Este método diferencia entre proceso y producto periodístico, y establece que es posible analizar el proceso sobre la base del producto publicado (Pellegrini, 2011: 26). Para ello se centra en dos etapas: la selección de la noticia (gatekeeping) y su creación (newsmaking), basándose en la aplicación de fichas de análisis al trabajo periodístico en la fase de selección del acontecimiento y, posteriormente, en su proceso de elaboración y jerarquización. Se parte del hecho de que la información noticiosa es un producto que tiende a satisfacer las necesidades del público y, por tanto, los procesos productivos pueden mejorarse mediante la aplicación de parámetros preestablecidos, que no son otros que los que marca la práctica profesional, reforzada por las investigaciones ya hechas sobre gatekeeping y newsmaking.
Rastreando los indicadores (Alessandri, 2001; Téramo, 2004: 38-46 y 2006: 57-84; Pellegrini, 2011) de las dos etapas de concepción del texto periodístico se descubren cuáles son las variables en las que radica su calidad. La descripción detallada del modelo que aplicar quedaría como se detalla a continuación, destacando de forma fehaciente las dos fases de análisis:
A. Variables del proceso de selección:
A.1. Indicadores del nivel de selectividad de la noticia: dan cuenta de la capacidad del redactor para discriminar entre diferentes acontecimientos noticiosos y de la originalidad y diversidad de la pauta informativa de cada medio. Para ello se determina:
• Qué tipo de noticia es, distinguiendo entre noticias actuales[3] (duras)[4] y atemporales (blandas). Se entiende por noticia actual la que tiene impacto, repercusión y novedad en sí misma. Las atemporales son de interés para una minoría y no requieren ser publicadas de inmediato.
• Origen de la información: determina el grado de independencia del medio respecto de las fuentes. Se refiere al principio, nacimiento, raíz y causa de la noticia de la que arranca la información, destacando si ha sido iniciativa del medio, de la fuente, una reproducción o si tiene un origen indefinido.
• La relevancia en función de la proximidad emocional del hecho o el grado de interés de la noticia para el público al que se dirige, pudiendo ser alta, media o baja.
• La relevancia en función de la proximidad geográfica: se refiere al lugar físico donde ocurre el hecho. Se basa en las siguientes descripciones: área metropolitana, otros puntos del país y el extranjero, con y sin nacionales implicados en los hechos.
• La relevancia de las consecuencias de lo narrado, pudiendo ser nacional, regional, un segmento o sector social, y un grupo pequeño o especial.[5]
A.2. Indicadores del nivel de acceso: dan cuenta de la capacidad de llegada a los actores de los acontecimientos. Son los indicadores que estudian la presencia de fuentes en las noticias. Ahora bien, para clasificar las fuentes, previamente hay que precisar la presencia del protagonista de la noticia y del antagonista, si lo hubiera. Estos indicadores permiten evaluar la legitimidad, autoridad y diversidad de fuentes empleadas por el medio. La red de fuentes de los medios es definitoria del lugar que estas ocupan en la estructura de poder preexistente. Así, las fuentes más valoradas serán aquellas capaces de suministrar informaciones fiables. Para ello describen:
• Número de fuentes documentales. Consigna el número de fuentes documentales citadas, entre las que se incluye la documentación no preparada para los medios.
• Número de medios citados. Pueden ser nacionales o extranjeros.
• Número de fuentes personales.
• Tipo de fuentes. Hace referencia a la clasificación de las fuentes personales teniendo en cuenta su alineación con el protagonista de la noticia, con el antagonista o con ninguno de los dos (fuente neutra). Permite evaluar la representatividad social y la equidad de las informaciones, así como la habilidad del periodista para buscar informantes. Se aplica la siguiente tipología: gubernamental, oficial pública, oficial privada, experto, testimonial (testigo de un hecho) y no identificada.
A.3. Indicadores de equidad. El equilibrio informativo interno en la información difundida se analiza a través de los indicadores de equidad, que corresponden a:
• Presencia del protagonista. Se entiende por tal a la persona, fenómeno o proceso que realiza la acción narrada. No debe confundirse con las fuentes consultadas. Se indicará también si el protagonista es personificable o no personificable.
• Presencia del antagonista. Es la persona, fenómeno o proceso que entorpece el desarrollo de la acción y el logro de la meta del protagonista. Tampoco debe confundirse con las fuentes consultadas sobre el hecho. Se indicará también si es personificable, no personificable, o si no hay antagonista.
• Pauta informativa social. Se mide por la temática que cubren. Se establecen seis áreas: política, social, internacional, económica, tiempo libre y magacín.
B. Variables del proceso de creación. Por él se entiende el proceso de generar/crear información del hecho noticioso, estudiando tres tipos de indicadores: de estilo, de contenido y de énfasis.
B.1. Los indicadores de estilo agrupan aquellas acciones relacionadas con el dominio del lenguaje y la creatividad en la construcción de la noticia. El estilo es una manifestación de las competencias discursivas de los periodistas. La expresividad se basa en la riqueza de matices y la variación de decisiones. De esta forma agrupa:
• La estructura narrativa. Considera las diferentes maneras de presentar un hecho informativo. Se distingue entre: pirámide invertida, estructura cronológica, estructura mixta y entrevistas.
• El nivel narrativo. Define la presencia de la voz del narrador identificándolo a través de la figura de la transcripción (cuando el narrador se limita a repetir lo dicho por una o varias fuentes, ya sea en estilo directo o indirecto) y del procesamiento cuando el narrador proporciona antecedentes y explicaciones que dan una información más completa y elaborada. Las marcas formales de este tipo de texto están dadas no por la ausencia de citas en estilo directo o estilo indirecto, sino por el uso moderado de estas y por las traducciones que el periodista realice de las fuentes.
• Número de adjetivos calificativos. Se consideran solo los apreciativos, que califican a los sustantivos, ya sea en función predicativa o como determinante directo.
• Número de verbos de atribución. Se denominan verbos de atribución aquellos que indican que se ha introducido un discurso: decir, afirmar, agregar, etc.
• Número de fotos, infografías y gráficos.
B.2. A través de los indicadores de contenido se definen los rasgos informativos de contextualización realizados por el periodista al tratar el hecho.
• Antecedentes de la noticia. Se establece si el periodista incluye hechos anteriores, si son necesarios para la correcta comprensión de la noticia. Se indica si tiene, no tiene o no corresponde.
• Consecuencias de la noticia, cuando se incluyen resultados esperados o supuestos efectos de la noticia. Para determinar su presencia se debe hacer clara referencia al rango de personas afectadas y al tiempo de duración del efecto, impacto o resultados. Se indica si tiene, no tiene o no corresponde.
• Observación periodística. Se observa si en la noticia el periodista valora los hechos presentados. Se indica si tiene o no tiene observación periodística, o si no corresponde.
B.3. Los indicadores de énfasis recorren el punto de vista adoptado por el narrador para exponer los hechos, para ello se consideran como índices de medida:
• Núcleo de la información. Se considera si la noticia se basa en datos volcados por el periodista o en juicios, dichos u opiniones. Es decir, si es fáctico o especulativo.
• Enfoque. Se refiere al ángulo de la noticia que el periodista destaca en el titular y el lead de la información. Estas categorías se fijaron a partir del análisis del framing,[6] es decir, de los marcos referenciales que los periodistas utilizan para encuadrar sus textos. Se escoge una de estas categorías: costes/beneficios económicos (se evalúan en términos financieros), conflictivo (se destaca la pugna entre protagonista y antagonista, confrontación de voluntades), interés humano (se personalizan los contenidos, se acerca la información a la proximidad geográfica y emocional de las personas) y trascendencia (pone el acento en las implicaciones o las repercusiones sociales de la información que se ofrece).
• Indicador de balance de los distintos puntos de vista involucrados en un hecho.
Con el uso de este método se pretende hacer hablar a los textos sobre su creación, desde el momento en el que el hecho fue seleccionado como noticioso. Así se podrán trazar las líneas de condiciones y presupuestos con los que se ha realizado y de esta forma analizar la información desde su origen.
A través del análisis de la calidad periodística no solo se puede determinar qué textos pueden considerarse de calidad y cuáles no. También se pueden diagnosticar los males de la calidad periodística en la actualidad, partiendo de los propios textos y con la opción de modificar y mejorar las rutinas periodísticas, y con ello la formación de la conciencia crítica social. Esto se entendería como el segundo nivel VAP, es decir, el análisis de la calidad informativa a la luz, no de sus condicionantes internas, sino del rol que juega la información de calidad en el desarrollo social (Pellegrini et al., 2011: 13).
Avanzando en el estudio del VAP, la profesora M.ª Teresa Téramo (2006), tras aplicarlo a varias muestras y profundizar en los criterios de calidad de la prensa escrita y de la televisión, se marca el objetivo de fijar unos estándares de calidad para la información que contribuyan al fortalecimiento de los productos periodísticos en beneficio de una sociedad mejor informada. Esta es la tabla resumen:

2. Los resultados de las investigaciones concluidas
Teniendo en cuenta los resultados obtenidos de las distintas investigaciones realizadas aplicando el VAP, algunas abren nuevas vías para futuras búsquedas de indicios de calidad en los medios. Fijamos aquí algunas de las que se han considerado más destacables:
2.1 Respecto a la independencia y objetividad de los medios
Para Gutiérrez Coba (2006), resulta evidente el poco interés que los medios demuestran por aportar a la audiencia una agenda propia de temas, lo que se corrobora en el origen de la información. Solo el 30% de lo que publican los medios colombianos analizados corresponde a la iniciativa del medio por profundizar en un tema. Además, las propuestas originales, aquellas que requieren mayor esfuerzo periodístico pero que consolidan el prestigio del medio porque marcan la diferencia, son casi inexistentes. Lo que resulta más paradójico es que la mayor parte de estos temas apuntados desde la fuente se dan en la ciudad y en la región de origen del medio, que son precisamente los lugares en los cuales sería más fácil para los periodistas trabajar temas por iniciativa propia. Por tanto, podría determinarse que la proximidad de los hechos no favorece ni marca diferencias en cuanto a la calidad de lo presentado. Esto lleva a pensar en la necesidad de estudiar los criterios de noticiabilidad que se están aplicando y su intencionalidad en términos prácticos.
En este sentido, el resultado más claro obtenido es el referente a un periodo conflictivo (la Guerra del Cóndor). Gutiérrez Coba señala que los medios tienen serias dificultades para mantener su independencia y objetividad cuando el interés nacional del país al que pertenecen se considera amenazado. La objetividad informativa, la capacidad de evaluación y análisis y la autonomía del sistema informativo respecto del sistema político se ven menoscabadas por una tendencia de los medios a cerrar filas en defensa de cuestiones que se consideran vitales para el desarrollo nacional. La función de watchdog pocas veces se ve más amenazada que en enfrentamientos bélicos, donde el fervor nacional les exige parcialidad (Allesandri, 1996). Este proceso conlleva una falta de calidad del producto informativo.
2.2 Respecto a las fuentes
Parece claro que, en general, es deficiente el número de fuentes consultadas, su diversidad e independencia. Se observa una relación directa entre el uso de fuentes y las agendas informativas de los medios. Parece comprobarse que estos delegan en las fuentes la selección de los temas que van a entrar en sus agendas. Es decir, la función de gatekeeping no la realizan los medios, sino que se delega en aquellas. Este hecho supone una pérdida de autonomía, ya que los medios no tienen capacidad para generar agenda propia (Téramo, 2004). Esto se valida por el escaso número de fuentes, unido a una tendencia a usar las habituales, lo que impide la contextualización de los hechos. El exceso de fuentes oficiales tiene como contrapunto positivo que, generalmente, se trata de fuentes autorizadas e identificadas.
Podríamos añadir también (Equipo VAP, 2004) que los medios han perdido la iniciativa como generadores de información y que lo habitual es que sean las fuentes mismas las que destapen los temas. Esto conlleva que se reduzcan los puntos de vista en las noticias. Por lo general, la prensa escrita se caracteriza por una dicotomía entre notas que tienen solo una mira y las que combinan varias, con una división de ambos grupos bastante similar.
Además, cabe percibir (Téramo, 2004) un escasísimo uso de fuentes documentales, abusando de las personales. También hay un desequilibrio en el manejo de fuentes ante la presencia de la pareja protagonista/antagonista. Se recurre con frecuencia a los expertos y se minimiza el uso del off the record.
Sobre los tipos de fuentes, todas las investigaciones hacen hincapié en el uso abusivo de las institucionales: gubernamentales, oficiales públicas y oficiales privadas, lo cual contribuye a legitimar su poder. Es recurrente, además, que estas fuentes sean las protagonistas de los hechos noticiosos, y se da por descontado que también son las que introducen el tema en la agenda de los medios.
2.3 Respecto a las temáticas
También se han apreciado diferencias significativas en la elaboración de las noticias, y por tanto en su calidad periodística, según las secciones en las que se incluyan. Las principales características por sector son (Pellegrini, 1999):
• Política: número reducido de fuentes por medio y un claro privilegio al sector político más cercano al medio. Hay una buena selección de temas, pero demasiada vinculación a fuentes oficiales y abundantes conferencias de prensa.
• Economía: la mayor parte de la cobertura es superficial. La información se basa en fuentes identificadas de carácter oficial. No hay continuidad. No se busca contraparte. Normalmente no se cubre ni el cómo ni el porqué.
• Deportes: hay un enorme despliegue de cobertura, con un uso libre en el lenguaje que llega a caer en el conocido como «topicalismo abundante».
• Internacional: todas las noticias provienen de agencias. No hay contextualización de los hechos ni vinculación con el país. Es frecuente el uso de oraciones largas y de un estilo diferente al del resto de las secciones.
Podría apuntarse con respecto a las temáticas, según Téramo (2004), que los medios consideran más valiosas las noticias actuales (políticas y económicas) que las atemporales (sociales y de ocio). Sin embargo, la mayoría de las noticias publicadas no son altamente relevantes según estos criterios y las más extensas no se corresponden con el grado de relevancia asignada por el medio. También se aprecia una inclinación de la pauta (agenda) hacia las noticias de índole social y de tiempo libre.
La investigación de Gutiérrez Coba (2006) señala a este respecto que existe una cantidad de temas de importancia social, como la educación, el medio ambiente, la vivienda o la Iglesia, que son ignorados por los medios de comunicación. Por otra parte, en Colombia los medios dan prioridad a los temas tradicionales considerados como «duros», en especial los relacionados con la política, la economía, el gobierno y la justicia. Asimismo, es poco el interés demostrado por encontrar los obstáculos o antagonistas de los hechos, lo cual deja cerrada la posibilidad de plantear soluciones. En cuanto a la personificación, resulta interesante observar el predominio de protagonistas del gobierno o la política.
2.4 Respecto a los medios
Los distintos medios de comunicación (prensa, televisión e Internet) han arrojado también diferencias significativas en cuanto a los procesos de selección y procesamiento de la información. Cabría destacar los siguientes elementos comparativos por tipos de medios (Pellegrini, 1999 y 2010; Puente, Saavedra y Grassau, 2011; y Puente y Grassau, 2011):
• La prensa tiene una habilidad mayor para mantener abierto el abanico de temas que la televisión.
• El número de elementos noticiosos es bastante parejo en los distintos tipos de medios. En los que tienen una alta coherencia interna, los errores de lenguaje son escasos y hay una muy adecuada coincidencia entre la relevancia de los temas y la pertinencia de los enfoques.
• En la prensa escrita se percibe un buen complemento entre aspectos informativos y de opinión que no existe en la televisión.
• El excesivo predomino de noticias emocionales debilita a la prensa escrita y, en cambio, la espectacularización televisiva está más aceptada.
• Las nuevas fórmulas periodísticas en Internet (periodismo ciudadano) suponen la aparición de la información directa del testigo, lo que obliga a una mayor precisión. Pero el fenómeno está lejos de sustituir al periodismo tradicional.
• En los nuevos medios digitales se observa que el alcance de las noticias apunta a hechos de significancia local, por lo que el concepto de proximidad gana peso, pero se modifica el de relevancia tal cual se entiende en los medios impresos.
2.5 Respecto al papel de los profesionales
Teniendo en cuenta que los medios, y por ende los periodistas, han dejado de buscar información y de utilizar fuentes propias, cabría preguntarse ¿qué ofrecen en su trabajo diario? ¿Qué aportan a la información que publican? Según Téramo (2004) y Gutiérrez Coba (2006), los medios no procesan en exceso las informaciones recibidas de las fuentes, lo que conlleva un uso excesivo de la estructura de pirámide invertida (la predominante). Por otra parte, se aprecia una elevada tendencia a subjetivar los hechos y un alto promedio de verbos de atribución por texto, lo que da cuenta de una tendencia a transcribir lo dicho por la fuente sin procesarlo. Además, el uso de adjetivos y adverbios valorativos se observa en porcentajes elevados, lo que indica una peligrosa tendencia a dejar que los juicios del periodista entren a formar parte de la información.
Por último, se observa que los profesionales realizan una clara labor de contextualización (Gutiérrez Coba, 2006) de los antecedentes de los hechos relatados, pero no dimensionan los efectos que podrían tener sobre la realidad. Además, se suele incluir un único punto de vista, lo cual da cuenta de que no existe un certero contraste de la información y se refuerza una sola visión sobre el tema, sin dar participación a otras voces que difieren de este. Así, aunque se utilicen distintas fuentes, se sustenta solo una posición, lo cual es, a todas luces, sesgado e inequitativo. En general, la baja presencia de microindicadores de contextualización y observación, unida a la alta recurrencia a verbos de atribución, denota debilidad en la forma en que se entrega el producto periodístico.
3. Retos futuros para la medición de la calidad periodística
Hasta aquí se ha repasado la literatura sobre el VAP y la que ha resultado de su aplicación en distintos ámbitos geográficos y temáticos y en diversos medios. No obstante, aún quedan aspectos por cerrar para calibrar la calidad de la información.
Por una parte, cabría preguntarse cómo la proximidad puede mejorar el producto informativo, entendiendo el concepto de proximidad desde diversos puntos de vista: el físico, propiamente dicho, o el social, en cuanto a interés por lo próximo.
Otro aspecto susceptible de mejorar es el que permita apreciar las cualidades individuales de los periodistas en el resultado de su trabajo; esto es, qué aportan al producto informativo. Y aquí se podría optar por aplicar la ficha VAP no a medios o temáticas, sino a periodistas. Igual los resultados arrojan conclusiones sobre la calidad de algunas carreras profesionales o permiten avanzar en la definición de los ítems necesarios para evaluarlas.
Por otra parte, parece necesario mejorar la evaluación del proceso de selección y jerarquización de temas. Los mecanismos que determinan la agenda informativa, el lugar que ocupan los temas o cómo la agenda puede incidir en ellos no queda suficientemente reflejado en el modelo planteado. Como bien señala Pellegrini (2011), este método debe completarse con entrevistas a aquellas personas que determinan las líneas editoriales e informativas de los medios. No obstante, deberían establecerse herramientas que permitan vincular ambos elementos de la investigación y determinar cómo repercuten en el producto en sí.
Queda también por constituir la relación entre producto y consumidores con el fin de fijar semejanzas y diferencias entre los criterios de noticiabilidad registrados en el producto diario y las decisiones del lector así para reducir la brecha entre unos y otros.
Finalmente, una vez fijada la calidad de los medios y los textos, estos pueden autoevaluarse o autoexaminarse a partir de la puntuación o calificación que se otorgue a las piezas informativas, tomando como referencia variables que sirvan para comprobar tanto esas características que definen un producto de calidad como aquellas que lo definen como un producto de interés para el público.
Así, para los textos de información, se pueden tener en cuenta las siguientes variables: la presencia en la portada; la extensión en las páginas interiores; la comprensión del titular; el uso de géneros complementarios acompañando al texto principal; el origen de la información (si esta parte de las fuentes, de las agencias de noticias o del propio periodista, por ejemplo); el seguimiento que se le ha realizado al tema en cuestión (si es continuado o esporádico); la relevancia geográfica, emocional y temporal del acontecimiento; la contextualización del hecho, indicando sus antecedentes y consecuencias; el empleo de datos comprobables; la claridad expositiva; la atribución directa a fuentes informativas, y el uso de fuentes con un alto nivel de experiencia para el tema que se trata.
Respecto a los textos de opinión, se debe tener en cuenta, como mínimo, el perfil de quién firma (sobre todo por su experiencia en el tema), la llamada en primera página, la extensión en el interior de la publicación, el seguimiento que se hace del tema, la claridad del texto y la aportación de datos comprobables.
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