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ACOGER, ABASTECER Y FINANCIAR LA CORTE
LAS RELACIONES ENTRE LAS CORTES IBÉRICAS
Y LAS SOCIEDADES URBANAS
A FINALES DE LA EDAD MEDIA
ACOGER, ABASTECER
Y FINANCIAR LA CORTE
LAS RELACIONES ENTRE LAS CORTES
IBÉRICAS Y LAS SOCIEDADES URBANAS
A FINALES DE LA EDAD MEDIA
Alexandra Beauchamp, Antoni Furió,
Germán Gamero Igea, María Narbona Cárceles (eds.)
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© De los textos: los autores, 2019
© De esta edición: Universitat de València, 2019
Maquetación: María Aránzazu Pérez Herrero
Cubierta:
Ilustración: Pedro García de Benabarre, El banquete de Herodes, ca. 1470 Diseño: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-504-6
ÍNDICE
ACOGER, ABASTECER Y FINANCIAR LA CORTE (SIGLOS XIV-XV). UN PROYECTO EN LA ENCRUCIJADA DE LA HISTORIA CORTESANA, URBANA, ECONÓMICA Y MATERIAL Alexandra Beauchamp, María Narbona Cárceles
INSTALACIÓN DE LA CORTE EN LA CIUDAD
UNE COUR EN VILLE, AU QUOTIDIEN. ALPHONSE LE MAGNANIME ET NAPLES (1442-1458) Roxane Chilà
SEPARATION AND DISTINCTION: HOW THE COURT EXPERIENCED THE CITY Rita Costa Gomes
UN PROGETTO DI INSEDIAMENTO IN SICILIA DELLA CORTE DI BENEDETTO XIII Salvatore Fodale
CONECTAR DOS MUNDOS: EL APOSENTO DEL SÉQUITO DE FERNANDO EL CATÓLICO Germán Gamero Igea
LA CIUDAD DE MALLORCA RECIBE AL PRÍNCIPE DE VIANA EN AGOSTO DE 1459 Vera-Cruz Miranda Menacho
LOS REYES EN BURGOS: PROBLEMAS DEL APOSENTAMIENTO REGIO A FINALES DE LA EDAD MEDIA Alicia Inés Montero Málaga
ITINERANCIA Y PASO POR LAS CIUDADES DE LA CORTE REAL PORTUGUESA EN LA BAJA EDAD MEDIA. REINADOS DE FERNANDO I Y JUAN I (1367-1433) Manuela Santos Silva
CIUDADES Y ABASTECIMIENTO DE LA CORTE
IL PRINCIPATO DI TARANTO E LA SUA CORTE NEL XV SECOLO Amedeo Feniello
EL TRAJE NUEVO DEL REY. LOS PROVEEDORES ITALIANOS DE LA CORTE DE ALFONSO EL MAGNÁNIMO Juan Vicente García Marsilla
EL LUJO Y SUS PROVEEDORES EN LA CORTE NAVARRA DE CARLOS III EL NOBLE (1387-1425) Merche Osés Urricelqui
ABASTECIMIENTO Y PAUTAS DE CONSUMO ALIMENTARIO EN LA MESA DE LA REINA SIBILA DE FORTIÀ Lledó Ruiz Domingo
I CONSUMI DELLA CORTE NEL BILANCIO DELLA TESORERIA NAPOLETANA DI ALFONSO IL MAGNANIMO (1446-1447) Enza Russo
«TRIGO ET ÇEUADA, SPECIAS, POLALLA, TOÇINOS, PESCADO SALADO ET OTRAS COSAS MENUDAS QUE CONTINUADAMENT SON NESÇESSARIAS». MERCADO URBANO Y APROVISIONAMIENTO DE ALIMENTOS EN LOS HOSTALES REALES NAVARROS DURANTE LA BAJA EDAD MEDIA Fernando Serrano Larráyoz
FINANCIACIÓN E IMPACTO ECONÓMICO DE LA CORTE EN LA CIUDAD
CON PAGO LEAL Y VERDADERO. EXIGENCIAS Y SERVICIO A LA CORONA: OVIEDO, SIGLOS XIII-XVI María Álvarez Fernández
EL REY EN LA CIUDAD. LAS REPERCUSIONES ECONÓMICAS DE LA PRESENCIA DEL MONARCA Y DEL SÉQUITO REAL EN VALENCIA Antoni Furió
LOS PAGOS LIBRADOS A LA CORTE EN LOS DISTRITOS FISCALES RIOJANOS EN ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS Fco. Javier Goicolea Julián
VALLADOLID, RESIDENCIA REAL A FINES DE LA EDAD MEDIA: SIGNIFICADO Y CONSECUENCIAS DE LA PRESENCIA REGIA EN LA VILLA Beatriz Majo Tomé
EL DON: PULSO ENTRE EL SIGNIFICADO DEL GASTO Y LA SIMBOLOGÍA DEL PODER EN LA ENTRADA DE LA FAMILIA REAL A BURGOS EN 1441 Diana Pelaz Flores
EL IMPACTO ECONÓMICO DE LAS VISITAS REALES EN LAS FINANZAS DEL MUNICIPIO. LAS VILLAS DE CASTELLÓN Y VILA-REAL EN LOS SIGLOS XIV-XV Pau Viciano
ACOGER, ABASTECER Y FINANCIAR LA CORTE (SIGLOS XIV-XV). UN PROYECTO EN LA ENCRUCIJADA DE LA HISTORIA CORTESANA, URBANA, ECONÓMICA Y MATERIAL
Alexandra Beauchamp Université de Limoges
María Narbona Cárceles Universidad de Zaragoza
Las contribuciones reunidas en el presente volumen pretenden ahondar en el conocimiento de las relaciones materiales y económicas que mantuvieron las ciudades y las cortes cristianas –reales o nobiliarias– de las monarquías de la península ibérica entre los siglos XIV y XV. El ámbito geográfico del presente estudio abarca por tanto las Coronas de Aragón, Castilla, Navarra y Portugal, incluyendo los territorios insulares e italianos de la corona aragonesa, los reinos de Mallorca, Cerdeña, Nápoles y Sicilia. La dispar coyuntura institucional y económica que aquellos reinos experimentaron a lo largo del Medievo así como las enormes diferencias existentes en la herencia documental de cada uno de ellos, ofrecen un rico mirador a la historia de la Europa cristiana del sur en las últimas centurias de la Edad Media1.
Además, y considerando que el entorno cortesano bajomedieval se concibe como un microcosmos que sólo adquiere pleno sentido mediante su relación con otros ámbitos de la sociedad con los que está profundamente relacionado, en los trabajos contenidos en este volumen en todo momento se ha tenido en cuenta la naturaleza todavía itinerante de las cortes hispánicas a finales de la Edad Media2. Una circulación permanente de los séquitos áulicos que aumenta la proyección exterior del mundo curial y consolida las ocasiones de contacto en uno de sus principales escenarios: el mundo urbano.
Y es que, en efecto, a lo largo del período bajomedieval, en la mayor parte de los casos estas cortes fueron albergadas en las ciudades y, muchas veces, a costa de ellas. La corte y la ciudad se necesitaban mutuamente y, aunque experimentaron desencuentros constantes, también desarrollaron vínculos de dependencia e intercambios muy enriquecedores, una relación que pretendemos estudiar a nivel económico y material a través del diálogo entre la historia económica y urbana con la historia cortesana. De hecho, gracias a la renovación de los estudios de los últimos años, actualmente se conoce mejor la vida cotidiana, la organización y las lógicas políticas e institucionales de las cortes bajomedievales, tanto europeas en general como de la península ibérica en particular3. Pero, además del foco político y social, en los últimos años se ha empezado, aunque con bastante timidez, a tratar específicamente la vertiente económica y material de este mundo cortesano de fines de la Edad Media. Este último aspecto es uno de los principales puntos de interés de la obra que aquí presentamos. Por ello, antes de ahondar en las líneas de trabajo que se desarrollan en este libro, conviene realizar un repaso por las que consideramos que son las aportaciones más representativas del tema en la historiografía europea.
1. LA HISTORIA ECONÓMICA Y MATERIAL DE LAS CORTES BAJOMEDIEVALES: NUEVAS APORTACIONES
Por lo general, los trabajos dedicados a las finanzas de los príncipes suelen dedicar un apartado al gasto cortesano. Sin embargo, al estar centrados principalmente en la gestión financiera de la parte más doméstica de la corte del príncipe, la casa o el hôtel, su perspectiva suele ser más administrativa e institucional que puramente económica4. Así, en 2001, en uno de sus capítulos dedicado al consumo y a los gastos de las cortes bajomedievales de la Europa del Norte, Malcom Vale subrayaba cómo en muchos de estos trabajos se percibía la intención de conocer mejor las condiciones materiales de la vida cortesana, pero afirmaba que, a pesar de ello, estos estudios no permitían llegar a valorar el peso financiero de estas cortes ni las consecuencias económicas que su desarrollo podía tener en el conjunto de la sociedad5.
No obstante, ya en La cour comme institution économique de 1998 Maurice Aymard y Marzio Romani habían aplicado a las cortes bajomedievales y modernas categorías de análisis propias de la antropología económica, como «economía de prestigio», «gasto suntuario» y «destrucción ostensiva de riquezas»6. Siguiendo esta misma línea, Gerhard Fouquet, Jan Hirschbiegel y Werner Paravicini propusieron diez años después estudios acerca de la «Hofwirtschaft» («economía de la corte») y plantearon también los problemas de la necesidad del derroche y de la dinámica del despilfarro, así como del origen de los recursos financieros utilizados para poner en marcha el despliegue cortesano7.
Gracias a estas grandes publicaciones colectivas, así como a otros trabajos dispersos desarrollados de manera individual, se ha ido abriendo camino a un nuevo objeto de estudio que podríamos denominar, utilizando la afortunada expresión acuñada por Aymard y Romani, la «corte como institución económica». El objetivo principal de esta corriente de investigación es el estudio de las características institucionales y administrativas, burocráticas y contables, de la organización económica y financiera del entorno cortesano8. Y, además, también pretende analizar su importancia económica en el conjunto de las finanzas reales y nobiliarias y, muy especialmente, el impacto político de la redistribución económica (quitaciones, rentas, raciones, regalos y otros favores) entre los miembros de estas cortes9. Esta nueva corriente historiográfica pretende poner de relieve el endeudamiento crónico de los príncipes y la carga que ello supone para su poder10, así como examinar las razones económicas que pueden explicar la itinerancia de las cortes así como –por el contrario– las razones económicas de su sedentarización progresiva, mucho menos estudiadas que las justificaciones políticas11. Del mismo modo, considerar esta faceta económica de la corte requiere aplicar a este medio buena parte de los presupuestos de la Alltagsgeschichte («Historia de la vida cotidiana») y preocuparse por las necesidades materiales y logísticas del día a día en el ámbito de la corte, tal y como lo propuso en el 1995 el profesor Paravicini12. Todo ello conduce a subrayar el carácter de «sociedad con gran poder adquisitivo» del mundo cortesano.
El análisis detallado de estas cuestiones desemboca necesariamente en una puesta en común de la economía de corte con la economía del lujo y a poner de relieve la importancia de este tipo de consumo en una sociedad tan jerarquizada como la cortesana, en la que juegan un papel destacado la simbología y la representación del orden social y del poder13.
2. UN INTERÉS RENOVADO POR LA RELACIÓN ENTRE LAS CIUDADES Y LAS CORTES
Sobre el tema general de las relaciones corte-ciudad, cabe destacar la amplia reflexión proporcionada, principalmente en el ámbito germánico, en el marco de la Residenzenkommission der Akademie der Wissenschaften zu Göttingen, dirigido por Werner Paravicini14. Entre los trabajos realizados dentro de este ambicioso proyecto, resulta especialmente interesante para nuestro propósito el volumen Der Hof und die Stadt (2006) el cual, aunque se centra en las relaciones políticas, deja también espacio al tema de la topografía, el consumo y la influencia de la corte en el espacio urbano15. Por su parte, el volumen Städtisches Bürgertum und Hofgesellschaft (2012), vuelve a incidir sobre el tema de las relaciones entre ciudades y cortes, en cómo se influyen mutuamente; aquí nos interesa especialmente la primera parte de la obra, dedicada a las semejanzas y a los puntos de contacto entre economía urbana y economía cortesana («Stadtwirtschaft und Hofwirtschaft»)16.
En cuanto a la historiografía italiana, el carácter profundamente urbano del poder peninsular así como la identificación de cada uno de los príncipes del Quattrocento con su ciudad, y de cada corte con la totalidad de la sociedad política local, ha provocado una intensa reflexión sobre esta relación entre el ámbito cortesano y el urbano17. Como ya había destacado Jacques Heers en su clásico estudio La ville au Moyen Âge de 199018, en Italia cada ciudad se convierte en el coto privado de un príncipe, es decir, no existe una itinerancia tan acusada como en otras partes, ni la ausencia del poder central que se observa en otras ciudades europeas –muy especialmente en el amplio espacio de las monarquías ibéricas–, por lo que la relación del entorno del príncipe con los ciudadanos es más estrecha, siendo muy diferentes los mecanismos relacionales que se establecen, y diferentes también los conflictos que se crean19. En este sentido, en el caso italiano la problemática es distinta: los estudios que abordan el tema de la relación corte-ciudad no tratan el caso de la irrupción de un séquito en el medio urbano ni los problemas ocasionados por el alojamiento o el abastecimiento de éste, sino que se han ocupado más bien por las cuestiones urbanísticas y artísticas manifestadas en construcciones de una gran belleza, como se demuestra en numerosos estudios monográficos. El estudio de estas grandes obras, realizadas por maestros artesanos amparados por aquellos príncipes, que aumentaban notablemente el prestigio de aquellas cortes, ofrece una singular perspectiva de la relación entre el ámbito cortesano y el urbano, propia de la historiografía italiana20.
Por otro lado, sin embargo, la tardía sedentarización de las cortes del resto de Europa, y en particular la de los reyes de la península ibérica (sobre la cual volveremos más adelante), se traduce en un menor número de trabajos en lo que respecta al impacto de las mencionadas relaciones corte-ciudad. De esta manera, en su introducción al volumen La cour et la ville dans l’Europe du Moyen Âge et des Temps Modernes de 2015, Léonard Courbon subrayaba el provecho y mutua dependencia de las cortes y de las ciudades bajomedievales, tanto al nivel político, económico o material como cultural, pero reconocía el carácter «desmigajado» de los estudios sobre el tema21.
Así, por ejemplo, en lo que respecta a la relación de los entornos cortesanos con los gobernantes de los municipios y la nobleza residente en los núcleos urbanos, hay que destacar, por ejemplo, la importante aportación de Élodie Lecuppre-Desjardin en 2004 sobre las ceremonias organizadas tanto por los duques de Borgoña como por las ciudades de la zona norte de su principado. En particular, esta autora estudia el juego de comunicación y de dominación política desarrollado entre ellos y las consecuencias materiales de las ceremonias, entradas y estancias urbanas, de la corte borgoñona22. Por otro lado, también son relevantes los numerosos estudios acerca del origen ciudadano de buena parte de los servidores de los príncipes; muchos de estos personajes, pertenecientes al patriciado urbano, ofrecieron al medio cortesano prestigio y riqueza procedentes del entorno «extracurial»23. Sin embargo, siguiendo en esta línea de las relaciones corte-ciudad, a nivel monográfico hay pocas ciudades cuyas relaciones con las cortes hayan dado lugar a estudios; por esta razón, los numerosos estudios consagrados al caso parisino ofrecen ejemplo muy valioso24. Habría que destacar en este sentido la publicación de la obra Paris, ville de cour (XIIIe-XVIIIe siècle)25. Además, desde la perspectiva de la tradición científica de la historia cortesana y política, en 2014 Roxane Chilà examinó diversos aspectos de la relación corte-ciudad en su análisis sobre la corte de Alfonso el Magnánimo en Nápoles26. Y desde el punto de vista de la historia material, Juan Vicente García Marsilla ha indagado de manera más específica en el tema de las relaciones económicas entre la ciudad y la corte, principalmente en su estudio «El impacto de la corte en la ciudad: Alfonso el Magnánimo en Valencia (1425-1428)» de 2013, en el que subraya en particular la voluntad, por parte de la urbe, de «captar la ingente y variada demanda de todo tipo de bienes y servicios que generaba una corte real, encauzando de esa manera hacia Valencia una parte de los recursos que la monarquía drenaba del propio reino y de los otros estados de la Corona a través de la fiscalidad». De esta manera, además, «esa demanda interesaba también a la ciudad desde el punto de vista cualitativo, ya que al incluir, por la misma naturaleza de la institución hospedada, bienes de alta calidad y precio, podría servir como inductora del desarrollo de sectores artesanales dedicados a la producción de artículos de lujo, y generar corrientes comerciales con unas halagüefías expectativas de beneficio»27.
Nutrido por estas diferentes aportaciones, el presente volumen pretende centrarse en las relaciones económicas –materiales, comerciales, financieras– entre las ciudades y los ciudadanos, por una parte, y las cortes –como sociedad, como el grupo de cortesanos y servidores que viven en el entorno directo del rey o del señor– por otra, concentrando el análisis sobre todo en la contribución ciudadana al alojamiento, abastecimiento y financiación de las cortes hispánicas de finales de la Edad Media.
3. ACOGER, ABASTECER Y FINANCIAR EL ENTOURAGE DEL PRÍNCIPE: INFLUENCIA RECÍPROCA ENTRE CIUDAD Y CORTE
La agenda política, militar e incluso festiva, así como la voluntad propia de los príncipes y las necesidades de su itinerario hacían que lejos de instalarse solo en las grandes ciudades, las cortes peninsulares se aposentaran también frecuentemente en pequeños municipios28. Para los vecinos de cada población, y en particular para las pequeñas localidades, acoger a un séquito de decenas e incluso centenares de personas y bestias29 y con unas exigencias materiales muy específicas, suponía un enorme esfuerzo30. Por ello, tanto los gobiernos locales como los propios vecinos necesitaban organizarse para poder alojar, alimentar y proveer del bienestar material propio de la vida del medio curial, a toda aquella gente.
Por lo tanto, dejando al lado temas meramente políticos y culturales31, las páginas siguientes pretenden examinar cómo en los reinos hispánicos bajomedievales, los ciudadanos conseguían (o no) satisfacer las exigencias específicas –y costosas– de los séquitos cortesanos32. Se tratará también de detallar los mecanismos y estrategias locales o de amplio alcance que integran el mundo urbano en la red de los proveedores y financieros de la corte, recordando que Maurice Aymard y Marzio Romani en su introducción al volumen La cour comme institution économique consideraban necesario fijarse en:
l’organisation, autour de la cour, d’un flux assurant l’offre d’une large variété de produits et de services, qui vont des denrées alimentaires aux produits courants ou de luxe, et aux services rendus par des individus qui ne peuvent participer qu’à des “travaux” ou à des “tâches” symboliques. Les variables seront l’autosuffisance ou non de la cour, son entretien (ou non) aux frais du prince, son insertion éventuelle dans les circuits d’échange, la présence ou l’absence d’artisans spécialisés dans la production de certains biens, de marchands, de manufactures, la division du travail dans la ville etc.
Estos autores veían oportuno, así mismo, prestar una especial atención a:
l’organisation des flux financiers. Au crédit: les revenus fonciers (y compris les droits féodaux et seigneuriaux), les revenus d’Église, les impôts directs et indirects, les frappes monétaires. Au débit: la consommation, les investissements et les profits (pour qui?). Entre les deux, la redistribution gracieuse (la faveur du prince, imité ou non par ses courtisans) ou l’échange de services fournis33.
Así, en el presente trabajo se propone por tanto el análisis de las consecuencias de las relaciones corte-ciudad en la fisionomía y la economía urbana, a nivel de su logística, para medir el impacto de las necesidades curiales en el mercado local del alojamiento, de las vituallas, de los bienes, del dinero, así como en los circuitos comerciales y económicos interregionales e internacionales. Del mismo modo, también se pretende profundizar en el tema de las dinámicas y dificultades de las ciudades y de los ciudadanos para adaptarse a los flujos materiales, económicos y humanos generados por las cortes, así como el de la adaptación de éstas a los lugares y contextos de su aposento.
3.1. Instalación de la corte en el espacio urbano
Como se viene diciendo, a finales del período medieval en los reinos cristianos del ámbito ibérico, el espacio urbano fue el marco prioritario para la instalación del príncipe y de su séquito, que podía adoptar diferentes modalidades, atendiendo a diversos factores. Influía en primer lugar la duración de la estancia, desde una breve pernoctación hasta varios meses, el tipo de infraestructura que se ofreciera (palacios, castillos, conventos, casas particulares…), así como las condiciones y las posibilidades que tuviera –o no– esa localidad para que se pudiera mantener el tono y el aparato que exigía el ceremonial y la vida cortesana.
Tradicionalmente, por ser más visibles, pero también por ser lugares de poder, tanto los historiadores como los historiadores del arte han estudiado como objetos de interés en sí mismos los palacios –reales, nobiliarios, monásticos o episcopales–, más o menos acondicionados, que solían ser los lugares del aposento del príncipe34. Como se comentó anteriormente, los trabajos portugueses fueron los pioneros en estudiar la itinerancia de la corte y las lógicas de su aposento en el ámbito peninsular. Entre los más recientes, los de Rita Costa Gomes (2003, 2015a) establecen una tipología de los lugares de residencia del rey de Portugal, sin fijarse únicamente en los palacios y sedes reales, y analizando los diferentes tipos de alojamientos alternativos solicitados35.
En efecto, no es un tema que haya sido demasiado abordado por la historiografía hispánica hasta hace poco. Como lo subrayaban Patrick Boucheron y Jacques Chiffoleau en el volumen Les Palais dans la ville. Espaces urbains et lieux de la puissance publique dans la Méditerranée médiévale de 2004, hasta hace poco tiempo se analizaban estos lugares sin centrarse mucho en la relación del aposento de la corte con la ciudad que la albergaba y las consecuencias que esto podía traer en materia urbanística36. Sin embargo, hay trabajos recientes que plantean cuestiones relacionadas con estos aspectos. Así, cabe destacar, por ejemplo, el estudio de Concepción Lopezosa Aparicio de 2013 sobre las transformaciones de la villa de Madrid en las últimas décadas de la Edad Media, en relación con la adaptación del Viejo Alcázar como residencia palatina37. En relación con las obras realizadas por municipios ante la llegada del príncipe y de su corte, tanto Amadeo Serra Desfilis como Juan Vicente García Marsilla han examinado el caso valenciano38. Del mismo modo, suponen una buena contribución los dos volúmenes dedicados por Aymat Catafau y Olivier Passarius en 2014 a la inserción del palacio de los reyes de Mallorca en la ciudad de Perpiñán (Un palais dans la ville), aunque todavía se puede profundizar aún más en la influencia del palacio y, desde luego, en la presencia de la corte mallorquina –y, por tanto, aragonesa– en el desarrollo de la ciudad39. Es, por último, un aspecto central del análisis comparativo propuesto por Rita Costa Gomes (2015b) quien establece una tipología de las residencias curiales hispánicas, de las ciudades que las acogen y de sus consecuencias urbanísticas40.
En el presente volumen, los trabajos de Alicia Montero y Rita Costa Gomes tratan en particular del tema del aposento de la corte, y demuestran la manera cómo la presencia de la corte favorece la transformación o creación de lugares de aposento, en ciudades que se convierten en sede regia como Valladolid en Castilla o Lisboa en Portugal. También contribuciones como la de Manuela Santos Silva insisten en el aspecto de la itinerancia de las cortes hispánicas y las dificultades que ello conlleva para su aposentamiento y abastecimiento. Finalmente, trabajos como los de Amedeo Feniello, Salvatore Fodale y Roxane Chilà trasladan la problemática a algunas ciudades italianas de la Corona aragonesa, mientras que Vera Cruz Miranda Menacho lo hace para la capital del reino de Mallorca.
3.2. Ciudades y abastecimiento de la corte
Los historiadores de la economía urbana medieval han puesto de relieve la gran vitalidad del mundo urbano y, en particular, en lo que no dejaba de ser la principal preocupación de las autoridades municipales: abastecer a la ciudad. El proyecto de investigación Feeding the City, que se desarrolló inicialmente en Londres en los años 199041 y que se ha extendido más tarde a otras ciudades bajomedievales, entre ellas, Valencia, entre 2011 y 201442, ha demostrado que abastecer o alimentar a la ciudad no sólo era el principal problema de ciudades de miles y miles de habitantes dedicados a actividades no agrarias, a los que había que alimentar, sino también que se trataba de un negocio colosal para los mercaderes. En efecto, éstos se encargaban de asegurar los suministros, apoyándose en la capacidad de la urbe de almacenar los productos alimenticios, así como de transformarlos, desarrollando así una fuerte industria que fomentara la emergencia del artesanado local.
Por su parte, además de ser grandes mercados alimenticios, las grandes ciudades eran puntos nodales del mercado del lujo, y ofrecían gran parte de los recursos humanos y del savoir faire necesarios para sustentar el gusto de la cultura aristocrática tardomedieval por la ostentación y el consumo suntuario43.
No obstante, las relaciones materiales y económicas entre la sociedad urbana y la cortesana no se creaban solo a partir del momento de la llegada de esta última a la ciudad. Al contrario, las necesidades cotidianas de un séquito durante los desplazamientos44 favorecían las relaciones frecuentes entre el príncipe y sus oficiales, por un lado, y los artesanos y mercaderes por otro. En un artículo reciente en el que se analizan las técnicas administrativas de organización del abastecimiento de la corte real portuguesa, Rita Costa Gomes recuerda tanto la anticipación de las peticiones transmitidas a las ciudades, por parte de la corte, como la capacidad de adaptación de los ciudadanos a aquellas45. Además, cuando no era posible avituallar a su corte únicamente a partir de los productos que proporcionaba un único mercado, los príncipes echaban mano de varios mercados a la vez e incluso, dado que el comercio bajomedieval estaba organizado a escala internacional en muchos aspectos, el abastecimiento de las cortes se procuraba también más allá de los mercados locales46. Esto se percibe principalmente en los encargos de productos suntuarios y obras de arte que no se «confiaban a maestros locales, sino que las ejecutaba el selecto grupo de los artistas de corte», artistas llegados de todas partes y que circulaban de una corte a otra47.
Cabría plantearse la cuestión de las condiciones económicas previas que resultaban necesarias en una ciudad para que una corte pudiera asentarse allí de modo estable y satisfacer sus múltiples necesidades materiales (es decir, diversidad de actividades económicas y artesanales, dinamismo del mercado y un largo etcétera). También hay que presuponer un cierto interés económico de los habitantes de las ciudades que les llevara a atender las demandas de los miembros de los séquitos cortesanos que pretendían no sólo ya cubrir sus necesidades más básicas, sino también poner de manifiesto de forma material la superioridad social que les emplazaba en una posición dominante48.
Con las contribuciones de Juan Vicente García Marsilla, Lledó Ruiz Domingo, Merche Osés Urricelqui y Fernando Serrano Larráyoz, las páginas siguientes ahondan en el tema de la procedencia urbana de los productos de consumo diario, pero también de los productos suntuarios. Estos trabajos subrayan los límites de la adecuación de la producción urbana local al consumo de la corte, a sus gustos refinados y a veces exóticos, y la necesidad de apoyarse en redes mercantiles de otras ciudades, incluso en el extranjero, para importar productos cuyo abastecimiento supera a la producción y al mercado local.
3.3. Cuando la ciudad financia la vida cortesana
Es bien sabido que los monarcas bajomedievales no conseguían mantener su tren de vida únicamente a base de sus propias rentas. De hecho, las ciudades y las sociedades urbanas en general se cuentan entre las principales fuentes de financiación de la realeza en los reinos hispánicos, como lo demuestran una gran cantidad de trabajos recientes. Así, por ejemplo, se conocen muy bien los mecanismos fiscales –emisión de deuda pública, en concreto– que hicieron de las ciudades el principal motor económico de la política militar de los príncipes y de la construcción del estado49. Particularmente, los trabajos pioneros de Miguel Ángel Ladero Quesada sobre la hacienda castellana han sacado a la luz las diversas facetas de la fiscalidad real que gravaba a los municipios50. Además, gracias a numerosos estudios llevados a cabo estos últimos veinte años al amparo de importantes proyectos de investigación, actualmente se conoce mucho mejor el papel de los financieros y banqueros que rodeaban a los príncipes hispanos bajomedievales, muchas veces en calidad de prestamistas, personajes profundamente vinculados a estas ciudades y asentados en ellas51. Sin embargo, estos trabajos suelen prestar más atención a la financiación del régimen monárquico que a la financiación de la corte en sí misma, entendida como una pequeña sociedad con particularidades y necesidades propias.
Siendo todavía dos ámbitos tan dependientes el uno del otro –corte como lugar para el gobierno del reino y casa como espacio doméstico para el príncipe y su entorno familiar–, resulta difícil estudiar en qué medida los donativos y los recursos fiscales de las ciudades servían para financiar los gastos cortesanos. Sin embargo, Rafael Narbona Vizcaíno lo demostró recientemente para la financiación de la estancia y el avituallamiento de Alfonso el Magnánimo en Valencia entre 1425 y 143252, y Pablo Ortego determinó por su parte la procedencia de los recursos que financiaban la cámara real de Castilla y favorecían la vida diaria de la corte a fines de la Edad Media53.
En el presente volumen ofrecen una buena aportación al tema de la financiación de las cortes por parte de la urbe las contribuciones de Pau Viciano, Germán Gamero, Diana Pelaz, Enza Russo, María Álvarez y Javier Goicolea.
3.4. Impacto económico de la llegada e instalación de un séquito cortesano en un entorno urbano
En esta misma línea cabría preguntarse también cuál fue el impacto de estas cortes en la vida económica de las ciudades en las que se establecían.
No es fácil medir la responsabilidad del desarrollo de la vida cortesana en las variaciones de los precios urbanos54, las condiciones de producción y de la calidad de los productos55 o los flujos comerciales o financieros. Ni tampoco es fácil evaluar el peso del gasto cortesano en la actividad de la ciudad, pero son indicadores que permiten entender con más detalle las diversas facetas de sus relaciones económicas y materiales. Se trata, así, de valorar las consecuencias que tuvieron en la economía urbana la llegada e instalación de los sequitos cortesanos, su demanda alimenticia masiva, su consumo de bienes de lujo, sus altas necesidades financieras o incluso su necesidad de alojarse. Por lo tanto, cabe examinar no sólo el interés que las ciudades podían tener en acoger a aquellas muchedumbres heterogéneas, sino también el provecho económico o comercial que podían sacar, así como las dificultades que podían nacer de la presencia de la corte. De manera indirecta, para entenderlo todavía con mayor precisión, cabría hasta estudiar en qué medida el consumo de las cortes influye y estimula el propio consumo de los ciudadanos56, y cuando fuera posible, si existió competitividad a la hora de acoger a un séquito, o rivalidades a nivel económico para sacar provecho económico de la presencia de la corte entre ciudades o entre los ciudadanos entre sí.
Estos temas han dado lugar a debate entre los historiadores. Como ya lo hemos subrayado, Juan Vicente García Marsilla ha estudiado con gran detalle el impacto económico de la presencia de Alfonso el Magnánimo y de su corte sobre la ciudad de Valencia entre 1425 y 1442. Este historiador demuestra que la ciudad misma era consciente del provecho económico, en particular comercial y fiscal, que podía sacar de la estancia regia, aunque afirma que los gastos reales «se pueden considerar insignificantes si los comparamos con los préstamos que el rey pidió al municipio valenciano en estos años» y al consiguiente endeudamiento del mismo57. En 2015 Rafael Narbona Vizcaíno discute esta tesis y pone en tela de juicio las relaciones entre el crecimiento del endeudamiento valenciano y la estancia «ocasional y lúdica» aunque costosa de la corte regia, subrayando que los numerosos préstamos al rey enriquecieron a la oligarquía local; demuestra, además, que el abastecimiento de la ciudad no se debilitó por la presencia de la corte, a pesar del crecimiento de la demanda58.
A modo de comparación, se pueden citar las aportaciones de especialistas del principado borgoñón que han intentado aclarar en qué medida la corte del duque de Borgoña pudo haber contribuido a la prosperidad de sus ciudades. Así, Peter Stabel ha demostrado que, aunque la corte de Borgoña del siglo XV seguía asentándose en plazas comerciales modestas del norte de su principado, donde su demanda pesaba bastante al nivel económico, sus estancias y sus gastos enriquecían y reforzaban sobre todo otras ciudades con alto nivel de desarrollo económico. Según sus análisis, en estos grandes centros económicos, la demanda cortesana tenía, sin embargo, un peso probablemente inferior al 1% del producto bruto urbano anual, llegando tal vez hasta el 2,5% en ciudades secundarias59. Del mismo modo, Florence Berland ha estudiado la influencia de la corte borgofíona en París a nivel económico y ha confirmado que, aunque correspondía a una mínima parte de la población y del gasto de una ciudad tan grande como la capital francesa, la presencia del duque tuvo un verdadero impacto en el tejido económico. Esto se debió, por un lado, al gran volumen de la demanda alimentaria cotidiana y a la compra de objetos suntuarios –que se sumaban a las de las demás cortes reales y ducales– y por otro lado, a su fidelidad hacia sus poderosos mercaderes60.
Por su parte, Wim Blockmans y Antheun Janse consideran que en las grandes ciudades el consumo de la corte constituía un «factor adicional» de la dinámica local, y quizás la estimulaba pero no la perturbaba61. Así, sus análisis llevan a conclusiones totalmente opuestas a las de Jean-Pierre Barraqué quien, en 2009, aunque no lo demostraba con precisión, afirmaba que «la venue de la cour [a la ciudad de Zaragoza a finales de la Edad Media] conduit à la désorganisation complète des marchés et des produits»62.
De esta forma, en el volumen que ahora presentamos abordan el tema en esta misma línea autores como Beatriz Majo, Antoni Furió y Roxane Chilà, que estudian algunos aspectos del impacto económico de las cortes en las ciudades del ámbito hispánico de la Baja Edad Media.
* * *
Considerando los diferentes perfiles de las ciudades hispánicas bajomedievales, según su tamaño, su débil o fuerte especialización económica o comercial y las especificidades de cada corte, esperamos que el presente volumen permita enriquecer los análisis sobre las razones de la tardía sedentarización de las cortes medievales, y de la elección de ciertas ciudades como capitales a costa de otras. Esperamos también que esta publicación, con su enfoque económico, proporcione nuevos datos para reflexionar acerca de la influencia mutua entre las sociedades cortesanas y las urbanas, así como del fenómeno de aristocratización del mundo urbano63. Se pretende, por tanto, añadir un peldafío a la reflexión sobre la «urbanización» de los hábitos de las cortes hispánicas y la «curialización» de las sociedades urbanas que las acogen.
Para finalizar queremos agradecer el apoyo de la Casa de Velázquez y de las universidades de Limoges y Zaragoza que nos permitieron la organización del proyecto COURS entre 2012 y 2014, así como de las Universidades de Valencia y Valladolid, que acogieron los coloquios celebrados en 2014 y quienes participaron en ellos, cuya implicación y estimulantes debates científicos permitieron abrir el paso a esta publicación. Ésta ha sido posible, finalmente, gracias al soporte financiero del proyecto Una capital medieval y su área de influencia. El impacto económico y político de la ciudad de Valencia sobre el conjunto del reino en la Baja Edad Media (HAR2011-28718 de Ministerio de Economía y Competitividad), de la EA 4270 CRIHAM de la Universidad de Limoges, y de las Publicacions de la Universitat de València (PUV).
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1. Recientemente dedicamos una reflexión en profundidad al tema de las fuentes para el estudio de las cortes de la península ibérica en época medieval. BEAUCHAMP, NARBONA CÁRCELES (coord.), 2015.
2. Sobre la itinerancia de las cortes bajomedievales ver, en particular: COSTA GOMES, 2003, PARAVICINI BAGLIANI, 2003, LAINÉ, 2009.
3. Véase por ejemplo las publicaciones siguientes, cuyo proyecto comparativo ofrece un amplio terreno a la reflexión historiográfica: VISCEGLIA, 2004, pp. 7-48 (traducido al inglés en: EAD., 2012, pp. 107-133); DEL BO, 2011; GAUDE-FERRAGU, LAURIOUX, PAVIOT, 2011, pp. 11-24; PARAVICINI (ed.), 2013. GARCÍA VERA, 2000, pp. 207-268 ofrece un balance de las publicaciones sobre las cortes bajomedievales de la península ibérica hasta el año 2000; mientras que los estudios siguientes toman en cuenta los trabajos más recientes y enriquecen el conocimiento sobre aquellas cortes bajomedievales: NARBONA CÁRCELES, 2006, pp. 3-43; CAÑAS GÁLVEZ 2011, pp. 133-180; ID., 2015, pp. 133-157; GONZÁLEZ ARCE, 2016. El estudio más reciente y ambicioso sobre la definición de la corte bajomedieval y su extensión social, institucional, espacial y funcional es el de CHILÀ, 2014, pp. 27-79, al que nos referiremos más adelante.
4. Véase por ejemplo VAN NIEUWENHUYSEN, 1990, en particular el cap. XI «Les Chambres aux Deniers», pp. 126-137. La tesis ya clásica de GIVEN-WILSON, 1986, ofrece un modelo de estudio del consumo, de los gastos y de sus implicaciones sociales y políticas. Destacan para la península ibérica, los trabajos ya citados de NARBONA CÁRCELES, 2006 (sobre las finanzas de los hostales reales pp. 189-211, 474-479); y GONZÁLEZ ARCE, 2016 (sobre la organización interna de la casa para gestionar los ingresos y despensas del príncipe pp. 58-89).
5. VALE, 2001, pp. 69-135. Muchos trabajos tratan el tema de la remuneración de los miembros de la corte, sin centrarse o poder establecer el balance de sus gastos, cuyo coste queda difícil reconstituir, como lo explica CHILÀ, 2014, pp. 208-220.
6. AYMARD y ROMANI, 1998.
7. FOUQUET, HIRSCHBIEGEL y PARAVICINI, 2008.
8. Sobre la gestión económica de los recursos humanos ver por ejemplo el caso borgoñón estudiado por KRUSE, 1996. Para una aproximación colectiva al tema de la gestión administrativa y financiera de las cortes de la península ibérica a finales de la Edad Media ver BEAUCHAMP, NARBONA CÁRCELES, 2015.
9. Sobre el impacto político y social de la inversión de la realeza inglesa en su clientela cortesana ver GIVEN-WILSON, 1986; sobre la remuneración de los séquitos militares emanados de la corte véase SÁIZ SERRANO, 2006, en especial pp. 111-115. Además de ello, sobre el peso de los salarios en las finanzas de los príncipes ver RAUZIER, 1996, pp. 426-452, 477-500. Finalmente, sobre los beneficios del dono en el contexto cortesano véase HIRSCHBIEGEL, 2002.
10. Véanse ejemplos aragonés, borgoñón e inglés en NAVARRO ESPINACH, IGUAL LUIS, 2002; SCHNERB, 1999, pp. 110-112; BELL, BROOKS, MOORE, 2015.
11. Sobre el debate de las motivaciones económicas de la itinerancia de las cortes y su importancia historiográfica, remitimos a la contribución de Rita COSTA GOMES en este mismo volumen; sobre su sedentarización, véase STABEL, DUERLOO, 2015.
12. PARAVICINI, 1995.
13. Sobre las diversas facetas de aquella economía del lujo ver: OSÉS URRICELQUI (2015), así como BROUQUET, GARCÍA MARSILLA, 2015. Al margen de la economía de lujo en sí misma, sobre el consumo alimenticio en el contexto de la corte y las jerarquías simbólicas que implica véase, por ejemplo, GARCÍA MARSILLA, 2010, pp. 39-105; ID. 2015; y LAURIOUX, 2014.
14. Para más información ver: <http://resikom.adw-goettingen.gwdg.de/publ.php#Residenzenforschung>.
15. PARAVICINI, WETTLAUFER (eds.), 2006. Véase por ejemplo la contribución de SCHRÖDER, pp. 359-369.
16. HIRSCHBIEGEL, PARAVICINI, WETTLAUFER, 2012, pp. 43-122.
17. De hecho, una buena cantidad de publicaciones incluyen en el título las expresiones «corte» y «ciudad», pero se trata casi siempre de cuestiones artísticas o urbanísticas promovidas por los príncipes en las ciudades italianas del Renacimiento. Véase, por ejemplo: DEL BO, 2011; ROSENBERG, 2010; CASTELNUOVO, PAGELLA, ROSSETTI BREZZI, 2006.
18. HEERS, 1990, en particular el capítulo titulado «Les villes princières», pp. 450-491.
19. Véase también el análisis más reciente de BOUCHERON, 2004 y 2015, p. 248, quien habla de «curialisation totale de la ville et de l’État» en este contexto.
20. HEERS, 1990, p. 496: «Paris, aux alentours du Louvre et de Saint-Pol, voyait se multiplier les hôtels seigneuriaux, mais la ville ne changeait pas encore de visage. Au contraire, Rome, Parme, Ferrare et d’autres ‘villes de cour’ furent bien des cités prises de haute lutte, non seulement surveillées par de forteresses, mais traversées de part en part par de nouvelles ‘rues droites’, par des éventrements dictés par le maître. Là, également, l’aménagement du paysage, dès qu’il prend quelque ampleur, résulte inévitablement de l’affirmation d’un pouvoir». Sobre el caso de Milán, véase BOUCHERON, 1998.
21. COURBON, 2015, pp. 1-10.
22. LECUPPRE-DESJARDIN, 2016, pp. 299-311 sintetiza sus análisis sobre las relaciones entre el duque de Borgoña y las ciudades.
23. Para la Sicilia de finales de la Edad Media, véase CORRAO, 1991, pp. 400-414; ID., 1992. Para el reino de Chipre bajo la dinastía de los Lusignan, véase TRÉLAT, 2015, p.143, 146. Para el espacio bajomedieval francés y borgoñón véase, por ejemplo: BERLAND, 2009, LAMBERT, 2006, SCHNERB, 2007; Para la Corona de Aragón, NAVARRO ESPINACH, 2015.
24. PARAVICINI, SCHNERB, 2007; BERLAND, 2011. Para la península ibérica el caso que se conoce más, respecto a este tema, parece ser el de Valencia: GARCÍA MARSILLA, 2013, NARBONA VIZCAÍNO, 2015, RUIZ DOMINGO, 2015, como lo volveremos a ver en adelante.
25. BOVE, GAUDE-FERRAGU y MICHON (eds.), 2017.
26. CHILÀ, 2014.
27. GARCÍA MARSILLA, 2013, pp. 291-292.
28. El tema de la itinerancia de las cortes es un campo de investigación tradicional de la historiografía alemana (incluso las recientes publicaciones de la Residenzenforschung) muy influenciada por la antropología histórica. En el caso de la península ibérica, el tema de la itinerancia había sido abordado solamente para el reino portugués y, en algunos casos muy puntuales, para las cortes hispánicas. En este sentido, el coloquio organizado en Burdeos en 2008 por Françoise LAINÉ, publicado en el dossier monográfico L’itinérance des cours, e-Spania 8 (2009) supuso una gran aportación a esta cuestión para el conjunto de las cortes peninsulares. Véase en particular el balance historiográfico establecido en la introducción al dossier, por la mencionada Françoise LAINÉ. Además, recientemente Roxane CHILÀ ha realizado un estudio en profundidad para el caso de la corona aragonesa en el siglo XV (2014, pp. 352-387).
29. BEAUCHAMP, 2013.
30. VALE, 1995, pp. 37-39.
31. Como el tema de la emergencia de las ciudades capitales en relación con la corte, estudiado desde varios puntos de vista en COURBON, MENJOT (eds.), 2015.
32. Los ejemplos escogidos en nuestra introducción tendrán en cuenta de manera prioritaria la historiografía de las cortes hispánicas, aunque con más referencias para la Corona de Aragón que para los demás reinos.
33. AYMARD, ROMANI, 1998, pp. 10-11.
34. Para Castilla, véase, por ejemplo: CHUECA GOITA 1982; CASTILLO OREJA, 2001; DOMÍNGUEZ CASAS, 1993. Para Navarra, véase FORTÚN (dir.), 1991; ONGAY, 2011. Para Portugal, véase SILVA, 1995; COSTA GOMES, 2003, pp. 310-338. Entre los numerosos estudios sobre los palacios de la Corona de Aragón, véase: KERSCHER, 2000, centrado en las relaciones entre arquitectura palaciega y ceremonial cortesano; ESPANYOL, 2001, sobre el palacio como espacio de representación del poder; así como IBORRA BERNAD, 2013, pp. 469-485, para la evolución tipológica de los palacios valencianos en la Baja Edad Media.
35. Una primera síntesis y balance historiográfico en COSTA GOMES, 2003, pp. 291-356. Una nueva reflexión en COSTA GOMES, 2015a.
36. BOUCHERON, CHIFFOLEAU (eds.), 2004, pp. 9-12. Véase la aportación fundamental al tema de la tesis doctoral de BOUCHERON, 1998, en particular sobre las relaciones tumultuosas y el desafío de la ciudad de Milán a Francesco Sforza.
37. LOPEZOSA APARICIO, 2013, pp. 159-169.
38. SERRA DESFILIS, 1991, 1994; su estudio de 2013 indaga en las relaciones entre el palacio real de Valencia y la Casa de la Ciudad (Casa de la Ciutat o Sala del Consell); GARCÍA MARSILLA, 2013, pp. 294-295 estudia las obras llevadas a cabo para adaptar el Real de Valencia, y por lo tanto la ciudad, a la estancia de Alfonso el Magnánimo y su corte.
39. CATAFAU, PASSARRIUS, 2014.
40. COSTA GOMES, 2015b.
41. Los resultados del programa londinense se exponen en GALLOWAY, 1995, pp. 23-34.
42. Proyecto HAR2011-28718 de Ministerio de Economía y Competitividad de España, dirigido por Antoni FURIÓ «Una capital medieval y su área de influencia. El impacto económico y político de la ciudad de Valencia sobre el conjunto del reino en la Baja Edad Media». Véase también las actas por publicar del congreso internacional celebrado en Madrid, en la Casa de Velázquez en mayo de 2014 titulado Los carniceros y sus negocios entre las ciudades y el campo (España y Francia meridional, siglos XIII-XV), y organizado por Ramón BANEGAS LÓPEZ, Catherine VERNA, Sandrine VICTOR. Además de estos programas de investigación, numerosos trabajos se han centrado en el abastecimiento urbano en los últimos años; así, por ejemplo, los trabajos de ARÍZAGA BOLUMBURU y SOLÓRZANO TELECHEA 2009; RIERA MELIS, 2010, pp. 233-277; la tesis doctoral de BANEGAS LÓPEZ defendida en la Universidad de Barcelona en 2007, y su libro del 2012, en particular pp. 85-212; y la obra de ESCRIBANO ABAD, 2017 sobre la ciudad de Toledo. A modo de comparación véase también FAUGERON, 2014.
43. Véase por ejemplo las contribuciones del volumen BROUQUET, GARCÍA MARSILLA, 2015, en particular el artículo de DOMENGE I MESQUIDA.
44. SARASA SÁNCHEZ, 1982, pp. 223-231, e ID., 2013, profundiza en las condiciones del abastecimiento de las cortes aragonesas durante sus viajes. SERRANO LARRÁYOZ, 2000 analiza el caso del séquito de la reina Blanca de Navarra.
45. COSTA-GOMES, 2015a; sobre la organización del abastecimiento por parte de la corte inglesa, véase el estudio clásico de GIVEN-WILSON, 1983. Sobre «le droit de prise» del duque de Borgoña, privilegio de compra a precio preferencial, véase BERLAND, 2015, p. 190 y BERLAND, 2017.
46. A modo de comparación y sobre los «fournisseurs préférentiels» (proveedores principales) del duque de Borgofía quienes desafían la lógica geográfica y su localización, véase STABEL, 2006, p.115, STABEL, DUERLOO, 2015, pp. 46-51. La historiografía borgoñona suele distinguir los proveedores regulares («marchands suivant la cour»), los oficiales de la corte encargados de su abastecimiento y los proveedores del mercado urbano local: STABEL, DUERLOO, 2015, p. 47. Sobre el papel de los mercaderes genoveses en el abastecimiento de la corte de Saboya: CAESAR, 2015.
47. La cita es de GARCÍA MARSILLA, 2013, p. 297, hablando de los encargos de lujo por parte de Alfonso el Magnánimo; véase también DOMENGE I MESQUIDA, 2012. Para la corte real y las aristocráticas de la Castilla del siglo XV, bien lo demuestran los trabajos de CAÑAS GÁLVEZ, 2010, 2014, p. 103, 2016. Mientras que, para el caso navarro, OSÉS URRICELQUI, 2015, pp. 477-560 dedica la segunda parte de sus tesis a los «circuitos comerciales: proveedores, mercados, artesanos».
48. Sobre esta pretensión y sus manifestaciones en la mesa, véase RIERA MELIS, 2013, pp. 65-100, y sobre todo SERRANO LARRÁYOZ, 2002; GARCÍA MARSILLA, 1993; e ID., 2010; sobre el consumo suntuario de los cortesanos, véase por ejemplo el caso del privado castellano Álvaro de Luna: VILLASEÑOR SEBASTIÁN, 2014, pp. 611-628.
49. Entre numerosos ejemplos de la Corona de Aragón, véase: FURIÓ, 1999; VERDÉS PIJUAN, 2004; SÁNCHEZ MARTÍNEZ, 2009. Estudio comparativo del caso portugués en COSTA DOMINGUEZ, 2012; para el reino de Navarra, véase: CARRASCO PÉREZ, 1997; RAMÍREZ VAQUERO, 2006.
50. Desde sus primeros estudios hasta la síntesis más recién: LADERO QUESADA, 1973 y 2011; mientras que para el caso aragonés se podrían citar los numerosos estudios de Manuel SÁNCHEZ MARTÍNEZ, entre los cuales, 1995 y 2010. Para el ejemplo navarro, véase: RAMÍREZ VAQUERO, 1999; MUGUETA MORENO, 2008, 2014; y para el ejemplo portugués: DUARTE, 2006; CASTRO HENRIQUES, 2008; COSTA DOMINGUEZ, 2015.
51. Entre otros muchos estudios, véase por ejemplo sobre los casos castellano y navarro: GARCÍA FERNÁNDEZ, VÍTORES CASADO, 2012; ORTEGO RICO, 2015a. Para la Corona de Aragón, véase, por ejemplo: IGUAL LUIS, 2000; NAVARRO ESPINACH, IGUAL LUIS, 2002; NAVARRO ESPINACH, 2015; CATEURA, MAÍZ, TUDELA, 2015; REIXACH SALA, 2012; REIXACH SALA, TELLO HERNÁNDEZ, 2016. Es importante señalar también el dinamismo de la red de investigación Arca Comunis (<http://www.arcacomunis.uma.es>), y los varios proyectos de investigación dedicados recientemente a estos temas, tal como los proyectos del MICINN Financieros al servicio del poder en la Corona de Aragón (s. XIV-XV): métodos, agentes, redes (HAR2011-24839, Institució Milá i Fontanals, CSIC, Barcelona 2012-2015, investigador principal: Pere Verdés Pijuan) y Mercado financiero y pequenas ciudades en la Cataluna nororiental de los siglos XIV y XV (HAR2011-27121, Universitat de Girona 2012-2014, investigador principal: Pere Ortí Gost), o, anteriormente, Fiscalidad, Estado y poder feudal en el Occidente mediterráneo medieval (BHA2002-00964, Universitat de València 2002-2005, investigador principal: Antoni Furió).
52. NARBONA VIZCAÍNO, 2015, pp. 197, 198, 204.
53. ORTEGO RICO, 2015b.
54. Según GARCÍA MARSILLA, 2013, p. 299, los precios crecieron en Valencia al residir allí el rey Alfonso el Magnánimo. Parece por ejemplo que, en Roma, a finales de la Edad Media, los precios de los alquileres subían o bajaban según la presencia de la corte del papa: ESCH, 1989, p. 129, citado por PARAVICINI, 1995, p. 12, n. 21.
55. Sobre el derecho de la corte del duque de Borgoña de no someterse a las normas de los gremios parisinos, véase BERLAND, 2015, pp. 190-191.
56. STABEL, 2006, p. 116. Se tendría que estudiar este impacto económico indirecto, en relación con la influencia cultural de las cortes sobre los entornos urbanos.
57. Véase GARCÍA MARSILLA, 2013, p. 299.
58. NARBONA VIZCAÍNO, 2015, una primera versión de su estudio se presentó durante el congreso de Valencia Abastecer y financiar la corte (nov. 2014).
59. STABEL, 2006, STABEL, DUERLOO, 2105.
60. BERLAND, 2009; EAD., 2017.
61. BLOCKMANS, JANSE, 1998; BLOCKMANS, 2012, p. 72: «the economic impact depended very much of the size of the city, its social and economic structure: the larger and economically more diversified, the smaller the relative impact of the court as an additional factor on demand».
62. BARRAQUÉ, 2009, p. 40. Para él, eso se explica por el desequilibrio introducido por la demanda masiva de la corte en el sistema de precio justo.
63. Véase la defensa de esta tesis por AURELL, 1996; sobre la tesis de la «traición de la burguesía» y el debate sobre la imitación de usos aristocráticos o caballerescos por parte de las elites urbanas y sus consecuencias al nivel de ascenso social, véase Paulino IRADIEL MURUGARREN, 2001, pp.113-114.
INSTALACIÓN DE LA CORTE EN LA CIUDAD
UNE COUR EN VILLE, AU QUOTIDIEN. ALPHONSE LE MAGNANIME ET NAPLES (1442-1458)
Roxane Chilà Université Bordeaux Montaigne
Les études curiales qui fleurissent à l’heure actuelle bénéficient de la dynamique initiée par les travaux sur les spectacles offerts par la royauté française à ses sujets à l’occasion des entrées de ville, des funérailles, des lits de justice etc., qui ont souligné l’importance politique des fêtes et des cérémonies curiales1. Les villes qui abritent les cours et servent de décor à ces festivités se trouvent alors propulsées au premier plan de l’analyse; l’étude des fêtes et celle des palais urbains sont les domaines par excellence de la mise en relation de la cour et de la ville2. Le langage symbolique déployé dans l’architecture et lors des spectacles, ainsi que les messages politiques qu’il véhicule, permet de comprendre en profondeur l’idéologie royale. Christiane Klapisch-Zuber a souligné que le rituel contribue à la fois à établir, confirmer et parfois transformer les relations de pouvoir entre gouvernants et gouvernés3. Il «signifie et construit» des rapports de pouvoir.
Cependant, les critiques adressées par les historiens français (dont justement Christiane Klapisch-Zuber et Alain Boureau4) aux travaux «cérémonialistes» pointent le manque de prise en compte du religieux et de l’influence de la liturgie dans ces analyses, et encore l’importance cruciale d’une contextualisation fine pour faire émerger le sens des cérémonies ou des rites, termes auxquels Alain Boureau propose de substituer ceux de commémoration ou de célébration. Une autre démarche, complémentaire, susceptible d’enrichir les travaux sur les cours urbaines, consiste à prendre délibérément le contrepied de cette histoire de la présence curiale en ville faite au miroir des célébrations et des événements exceptionnels. Il s’agit alors de centrer l’enquête sur les lieux de vie et de sociabilité des curiaux au quotidien; les pratiques religieuses et de consommation; les rapports des hommes du roi et des habitants de la capitale. C’est aussi le projet de la présente contribution.
Une telle démarche est particulièrement salutaire dans le cas de la Naples d’Alphonse le Magnanime. Roi d’Aragon depuis 1416, Alphonse est l’héritier de Ferdinand Ier de Trastamare, élu en 1412 pour succéder à la maison de Barcelone sur le trône aragonais. En 1420, la reine de Naples Jeanne II d’Anjou, sans enfant, propose à Alphonse de l’adopter et de faire de lui son héritier5. La Sicile est déjà aragonaise depuis 1282 et, quand l’offre de la reine angevine arrive, Alphonse se trouve en Corse. D’horizon politique familier, l’Italie devient alors pour trente ans le champ de bataille du Magnanime. En effet, Jeanne de Naples, après avoir offert son royaume, suscite un concurrent à Alphonse en adoptant à sa place Louis d’Anjou en 1423. Les princes aragonais et angevins guerroient par intermittence jusqu’en juin 1442, date à laquelle Alphonse –bientôt célébré comme le «Magnanime» par les humanistes qu’il a réunis autour de lui, dont Lorenzo Valla et Antonio Beccadelli– fait la conquête définitive de Naples. La prise de la ville signe la défaite complète de son rival. Cette victoire, qui ajoute au patrimoine familial la couronne de Naples à celle d’Aragon, est célébrée seulement en février 1443, avec quelques mois de délai imposés par une campagne militaire dans les Marches (contre Francesco Sforza). Ce délai permet toutefois aux autorités municipales et aux humanistes de l’entourage royal, ainsi qu’aux communautés florentine et catalane de Naples, de mettre au point une entrée grandiose et une journée de festivités extraordinaires. Alphonse célèbre le premier triomphe urbain depuis l’antiquité impériale, et ses thuriféraires font en sorte que l’événement soit connu dans toute la péninsule italienne, où l’arrivée de ce roi étranger est accueillie avec circonspection.
C’est l’une des grandes entreprises du règne du Magnanime que de soigner son image de patron des lettres et des arts, mettant la cour au diapason de la floraison humaniste que connaît la péninsule italienne au milieu du XVe siècle. La destruction des archives de Naples en 1943 a privé les historiens des archives royales et les conséquences historiographiques de l’incendie sont sensibles: ne subsistent en Italie, pour faire l’histoire d’Alphonse le Magnanime, que les chroniques et la production humaniste commanditée par lui, ce qui introduit un biais méthodologique considérable. La légende dorée du «roi qui a fait la Renaissance à Naples» tend à déterminer l’analyse d’un règne souvent lu au prisme de l’acculturation réussie du conquérant au vent nouveau de l’humanisme, renouant avec les langues antiques et exhumant les textes des Anciens.
Pourtant, l’installation de la cour d’Alphonse le Magnanime à Naples ne saurait se réduire à cette réussite culturelle, ni l’histoire des relations entre la ville capitale et la société curiale s’arrêter à l’emblématique triomphe de 1443. D’ailleurs, une lecture précise des chroniques donne un autre son de cloche: entre la capitale méridionale et les officiers domestiques et administratifs venus de la péninsule ibérique, les relations sont complexes, teintées de xénophobie et de mauvais souvenirs laissés par l’incendie général de la ville basse et les violences des armées du Magnanime en 14236. C’est pourquoi il est utile de proposer une histoire des relations entre la ville et la cour qui s’écarte délibérément de ce qu’on pourrait qualifier d’ «histoire en mode majeur», dans laquelle la voix du pouvoir est assourdissante dans les fêtes et les célébrations monarchiques. Passons en «mode mineur», étudions la place de la cour et des curiaux dans la vie quotidienne à Naples, dans les rues, un jour banal7. Nous déambulerons des lieux institutionnels de la cour aux lieux de vie des curiaux en ville, avant de nous attacher au roi et à la manifestation de sa présence dans la capitale de son royaume italien.
FIG. 1. LA NAPLES MÉDIÉVALE DANS LES MURAILLES ANGEVINES, LES CHÂTEAUX ET LE LITTORAL ACTUEL

Source: SMURRA, 2001, p. 17.
1. LA COUR EN MIETTES: PLUSIEURS LIEUX CURIAUX EN VILLE
Naples dispose de deux résidences royales. La plus ancienne est Castel Capuano8. Édifiée sur ordre du roi normand Guillaume Ier, elle sert de 1160 à 1282, jusqu’à ce que Charles Ier d’Anjou décide la construction d’un autre château, Castelnuovo. Couramment désigné en italien par l’expression «maschio angioino» qui signifie «donjon angevin», ce château donnant sur la baie, hors des murs de la ville, manifeste par sa situation le caractère exogène de la domination politique du royaume. Une nette hiérarchisation se dessine en faveur de Castelnuovo, la plus grande et la plus récente de ces résidences, dès la période angevine précédant la conquête du Trastamare.
Pendant presque la totalité du règne d’Alphonse le Magnanime, Castelnuovo est un gigantesque chantier: Naples est conquise en 1442, mais c’est seulement en 1457 que les travaux de Castelnuovo semblent toucher à leur fin car le roi commence à y célébrer des banquets qu’il donnait jusqu’alors à proximité de l’église de l’Incoronata, près du château, dans la zone hors les murs nommée «le Correge», dont on sait qu’elle était régulièrement utilisée pour des joutes par le Magnanime comme par ses prédécesseurs9. Des considérations pratiques et stratégiques président aux travaux du château: déplacement de l’entrée, ajout de tours, adduction d’eau, creusement d’une citerne10. Il faut insister sur le fait que le château est la pièce maîtresse du dispositif de défense de la ville et sa principale garnison. En raison de l’ampleur des travaux, le nombre exact d’occupants permanents du château est impossible à établir, tant pour les civils que pour les gens d’armes. Mais il est évident qu’avec ces travaux et la double fonction du château, politique et militaire, la place a beaucoup manqué à Castelnuovo. Le châtelain lui-même, le Valencien Arnau Sanz, pourtant commandant en chef de la garnison, ne vivait pas dans le château. Il disposait à proximité immédiate d’une maison dont la location était prise en charge par le roi11. C’est un privilège très rare que celui de résider à Castelnuovo. Il est accordé en 1457 à l’humaniste lombard Pier Candido Decembrio, avec le titre honorifique de secrétaire royal et une pension viagere12. Le cas de Decembrio est unique et certainement une marque de considération extraordinaire.
Le manque de place, conjugué aux désagréments causés par les travaux, peut se lire en creux dans les nombreuses délocalisations dans Naples des organes de l’administration et des conseils, comme on le verra plus loin. Même les écuries sont concernées par cette logique d’externalisation, puisqu’en mai 1446 le trésorier Guillem Pujades note dans ses comptes qu’il retient 54 ducats pour le loyer de deux maisons de la rua catalana, où se trouvent une partie des chevaux du roi13. Cette «rue catalane» se trouve à proximité de Castelnuovo mais à l’intérieur des murailles, c’est la première à droite après avoir franchi la porte de la ville la plus proche du château. De nombreuses auberges s’y trouvent car c’est généralement par là qu’on entre dans Naples en arrivant de Rome. La zone devait regorger d’écuries.
L’externalisation concerne aussi les différentes administrations qui assurent le gouvernement des États du Magnanime, à commencer par les deux emblématiques institutions de la Vicaria et de la Sommaria. La Vicaria est la cour d’appel du royaume de Naples (Regno). Cette institution d’origine angevine est maintenue sous les Trastamare. En octobre 1453, les registres du trésorier Matteu Pujades mentionnent un paiement au majordome Alfonso d’Avalos pour une maison que le roi lui achète près de l’église San Gregorio (à la limite entre les sieges Capuano et Montagna, voir Figure 2) afin d’y installer la Vicaria14. L’importante activité de cet organe judiciaire essentiel du Regno est donc délocalisée au cœur de la ville, à l’instar de ce qui a eu lieu avec la Sommaria, au moins deux ans plus tôt. La Sommaria révise les comptes des officiers et ses attributions judiciaires lui permettent de poursuivre ceux qui rendent des comptes fautifs ou frauduleux. Elle juge aussi les litiges relatifs à l’administration des finances du Regno. Installée depuis 1451 dans une maison près de Santa Maria Maggiore15, elle est déplacée près du centre du siège Nido en mars 1456 (voir Figure 4). C’est l’enregistrement de son loyer de 80 ducats par an qui nous renseigne sur sa localisation dans la capitale à cette date. De plus, on apprend à cette occasion que la maison en question abrite le dépôt de draps de la garde-robe16. Le mois suivant, le roi achète la maison, pour 3000 ducats. Cet achat témoigne de la nécessité pérenne d’installer hors des murs des résidences royales des activités nécessitant de l’espace pour fonctionner ou des capacités de stockage.
FIG. 2. LES SIÈGES, CIRCONSCRIPTIONS MUNICIPALES DE NAPLES, ET LE TRACÉ DES MURAILLES ANGEVINES

Source: ã de l’auteur.
Pendant le règne du Magnanime, le principal pôle d’externalisation de fonctions politiques ou subalternes (stockage) est l’arsenal, à droite du môle qui se trouve au pied de Castelnuovo et que l’on distingue sur la Figure 2. Cet arsenal a d’ailleurs bénéficié de nombreux travaux et agrandissements. Sa proximité avec Castelnuovo et la rua catalana fait de ce vaste espace une sorte d’annexe du château, notamment un lieu de stockage: on y entrepose par exemple des tables utilisées pour un banquet à Castelnuovo en 145617. En 1466, le fils du Magnanime en fait sortir une centaine de lances à l’occasion d’une joute18. Mais l’arsenal n’est pas qu’un dépôt du château. Il est surtout un lieu fréquenté par les officiers curiaux et les membres de l’administration de la couronne. Il a abrité la scrivania de ració jusqu’en 1466, date à laquelle elle est déplacée en ville, vers une maison du secrétaire Diomede Carafa dans le siège Nido. Cette scrivania de ració est la structure de l’hôtel royal en charge des paiements des quitacions (salaires) de la totalité du personnel domestique ou assimilé, ordonnés par le biais d’ordres écrits, les albarans de quitació ou les albarans de vestir selon que le paiement a lieu en numéraire ou en nature19. Compte tenu de la centralité de l’administration financiere dans la vie curiale, en raison aussi des fréquentes allées et venues qu’elle génère, on peut considérer que l’arsenal est l’un des lieux essentiels du travail et de la sociabilité curiale. Il faut donc se représenter un va-et-vient permanent entre Castelnuovo et l’arsenal: un flux d’officiers de l’hôtel royal, d’objets encombrants, mais aussi les parcours des officiers vers le cœur de la ville et le siège Nido, après qu’on y a installé le dépôt d’étoffes de la garde-robe royale, pour les paiements sous forme de coupons de drap. De plus, sa localisation au débouché immédiat du môle assure à l’arsenal la fréquentation de tous les marchands et hommes d’affaires arrivant à Naples, dont beaucoup en provenance de la couronne d’Aragon ont des liens familiaux avec les officiers du trésor royal20.
En plus d’abriter la scrivania de ració, l’arsenal semble avoir servi de quartier de logements pour certains des officiers royaux, dont le trésorier Guillem Pujades. En 1456, les envoyés de la Generalitat de Catalogne Bernat Fiveller et Pere Joan de Sant-Climent, ainsi que l’envoyé à Naples des Corts de Catalogne, Pere Dusay, sont accueillis à l’arsenal par Guillem Pujades. Le trésorier est alors coordonnateur des préparatifs que le Magnanime ordonne pour la croisade contre les Turcs et il héberge à l’arsenal Pere Dusay21.
FIG. 3. LA ZONE DE L’ARSENAL À NAPLES

Il faut ajouter à ce dossier sur la dispersion des lieux curiaux dans Naples le fait que le roi quitte régulièrement la ville pour Torre del Greco, située à quelques kilomètres dans la baie. À partir de 1448, le roi a une maîtresse, la napolitaine Lucrèce d’Alagno, installée par ses soins dans la rocca (la forteresse) qui donne son nom à la petite agglomération maritime. Alphonse passe un temps considérable à Torre del Greco, entre un tiers et la moitié de l’année durant la décennie de liaison notoire des amants, de 1448 à la mort du roi en juin 1458. D’après les récits des ambassadeurs qui fréquentent alors la cour napolitaine, le roi fait de nombreux aller-retour entre Naples et Torre del Greco, souvent dans la journée22. On doit donc logiquement considérer qu’une partie du personnel domestique du Magnanime y était à demeure. De plus, les témoignages d’ambassadeurs permettent d’établir que des membres du conseil royal se rendent quotidiennement à Torre del Greco. En septembre 1451, l’ambassadeur catalan Antoni Vinyes note avec préoccupation que le gouverneur de Catalogne Bernat de Requesens, ennemi politique de sa faction, a même loué un logement à Torre del Greco:
Monseigneur Requesens a loué une baraque ou grange à Torre del Greco, et il n’en bouge ni le jour ni la nuit. Pour cette raison, je dois y aller plus souvent qu’autrement, afin de lutter contre son influence dans l’esprit du roi23.
En attribuant à Requesens une «baraque ou grange», il signale aussi que le gouverneur est prêt à s’avilir par un logement indigne pour faire le siège du roi. Cette observation donne également une idée de la pression foncière engendrée par la décision du Magnanime de faire de la demeure de Torre del Greco une résidence royale très fréquentée. Le moindre logement de la petite agglomération devait alors être investi par les officiers domestiques. Les répercussions des séjours royaux à Torre del Greco sont importantes pour les officiers et les membres de la société curiale contraints à de nombreux déplacements entre ce lieu et leurs lieux habituels de vie et de travail dans Naples.
La conjonction des contraintes matérielles subies par la cour aragonaise à Naples et des décisions du roi conduit à un émiettement autour de Castelnuovo, en ville et dans la baie de Naples, des lieux curiaux. Cette dispersion est une caractéristique essentielle des conditions de service des officiers domestiques ou administratifs.
2. LES CURIAUX EN VILLE
Une importante majorité des hommes au service d’Alphonse le Magnanime sont arrivés avec lui en Italie, pendant l’une ou l’autre des campagnes de conquête, entre 1432 et 1442. Entre les hommes d’armes, les officiers de l’hôtel, les membres des conseils et de l’administration royale, il s’agit de plusieurs milliers de personnes. La conquête est allée de pair avec l’arrivée dans la capitale de tous ces étrangers, les «Catalans», comme les Napolitains les nomment sans s’embarrasser de détails, qu’il a fallu loger alors que le conflit avec les Angevins avait ravagé la ville. Parmi les éléments cruciaux de la culture matérielle et de la vie quotidienne en ville, on compte le logement et la question de la citoyenneté urbaine –avec son incidence sur les impôts dont on est redevable. Dans la Naples du XVe siècle, l’espace enclos par les murailles (voir Figures 1 et 3) n’est pas totalement urbanisé, il reste des aires d’habitat moins dense dans la ville basse, c’est-à-dire en direction du littoral. Sur le plan administratif, la ville est découpée en cinq circonscriptions principales, les seggi, c’est-à-dire les sièges. Le mot seggio désigne à la fois l’ensemble du territoire et la loggia qui sert d’expression monumentale à son identité politique. Chaque siège envoie un représentant au conseil de gouvernement municipal de Naples, appelé Tribunale San Lorenzo, du nom de l’église où ce conseil se réunit. De la même façon que l’espace intramuros n’est pas entièrement bâti, il n’est pas non plus entièrement réparti entre les cinq sièges: deux zones hors sièges se trouvent dans la ville basse, l’une à proximité de Castelnuovo et l’autre correspondant au marché24. Les habitants de ces espaces sont, de fait, privés de toute représentation politique.
Dans ce contexte, il faut distinguer entre trois statuts politiques des résidents de la capitale:
• les simples résidents;
• les citoyens napolitains;
• les citoyens napolitains membres des sièges.
Ces trois statuts correspondent à trois degrés de privilèges:
• les simples résidents sont exclus de toute forme de privilèges urbains;
• les citoyens napolitains sont exemptés de toute la fiscalité directe et d’une partie de la fiscalité indirecte sur les denrées alimentaires. Ils ont cependant un représentant, l’élu du Peuple, au Tribunale San Lorenzo, qui compte donc six membres.
• Les citoyens membres des sieges, eux, cumulent cet avantage fiscal et la participation effective au gouvernement urbain. Ils sont susceptibles d’être choisis dans le cadre de leur siège pour y exercer annuellement des fonctions locales et peuvent être désignés comme représentants de leur siège au Tribunale San Lorenzo.
L’appartenance aux sièges peut être acquise de naissance si l’on appartient à une famille dont les hommes sont déjà membres. Sinon, la procédure d’agrégation à un siège conjugue, selon les statuts qui peuvent varier entre les sièges, une démarche de cooptation prenant en compte le statut matrimonial (il faut épouser une femme originaire d’une famille de membres du siège) et le critère résidentiel: il faut évidemment résider dans le territoire du seggio auquel on veut appartenir. Ce paysage administratif et social est complexifié par le fait que deux des cinq sieges sont réputés nobles, ceux de Nido et Capuano. Leurs territoires correspondent à une grande partie de la ville haute, qui est de fait un territoire aristocratique. L’accès à un logement ou à la propriété foncière à Naples détermine donc l’accès à la représentation politique et à une forme de noblesse urbaine caractéristique de certaines villes italiennes (le cas de Venise est mieux connu, quoique différent). L’organisation sociologique de Naples suit donc son profil topographique, avec les élites locales dans la ville haute et, au fur et à mesure qu’on descend vers le rivage, une proportion plus forte de peuplement de niveau socio-économique modeste, avec une large part d’étrangers simples résidents. De façon assez attendue, les hommes du roi peinent à accéder à la ville haute et particulièrement aux sièges nobles.
Les quelques officiers du Magnanime qui parviennent à acquérir des résidences dans la ville haute sont davantage des proches du roi que des individus qui se définiraient socialement par leur office dans l’hôtel royal. Le majordome Alfonso d’Avalos, dont la maison située près du siège noble de Capuano sert à installer la Vicaria, a déjà été évoqué. Alfonso est le frère cadet du grand sénéchal Iñigo d’Avalos qui avait réussi à acquérir la maison près de Santa Maria Maggiore ayant servi à l’installation de la Sommaria. Les freres d’Avalos sont les fils du connétable de Castille Ruy López d’Avalos (ou Dávalos selon la graphie castillane), fidele soutien de la politique de puissance de Ferdinand de Trastamare et de ses fils25. Le connétable est exilé sans remède en 1423 pour avoir soutenu le coup de Tordesillas, et à partir de cette date, ses fils sont de toutes les entreprises d’Alphonse le Magnanime. Les frères d’Avalos, omniprésents dans les récits des ambassadeurs, représentent ce qui s’approche le plus d’amis d’enfance pour lui. Leur service et dévouement constants leur valent d’ailleurs d’être les seuls officiers d’origine ibérique arrivés dans le royaume de Naples à recevoir des fiefs en Italie et des offices italiens de tres haut niveau (la fonction de grand connétable d’Ifíigo)26. Leur neveu, le grand sénéchal Iñigo de Guevara, semble également résider dans le ressort du siège Capuano: un ambassadeur qui assiste à la messe à San Giovanni a Carbonara, au Nord-Est de Naples, l’y rencontre27.
Le siège aristocratique Nido accueille en 1450 l’humaniste sicilien Antonio Beccadelli, dit le Panormitain, secrétaire du Magnanime. Beccadelli souhaite clairement accéder au statut social de membre d’un siège noble: il épouse en 1446 une femme issue d’un lignage du seggio Capuano, avant d’obtenir du roi la citoyenneté napolitaine en 1450 et d’être accepté dans le seggio Nido28. Autre Sicilien, le vice-chancelier Battista Platamone installe sa famille dans une maison de la place qui donne son nom au siège Nido, tout comme le juriste aragonais Valenti Claver, membre éminent du conseil royal29. Le secrétaire valencien Joan Olzina possède, lui, plusieurs maisons et terrains près du siège Nido, qu’il a obtenus sur ordre du roi: en 1455 le Magnanime a ordonné aux dominicains de San Domenico Maggiore de vendre ces parcelles à son secrétaire30. Ces efforts pour s’implanter dans la ville haute témoignent de l’importance symbolique de l’accession à la propriété dans cet espace aristocratique. Les interventions du roi en faveur de ses officiers traduisent aussi les résistances de la société locale à ces transactions et à ces implantations.
D’autres personnalités curiales, peut-être moins déterminées à s’implanter durablement et à faire souche à Naples, s’installent dans le ressort de sièges inférieurs en prestige. Antoni Olzina, neveu du secrétaire Joan Olzina et scrivà de ració de l’hôtel du Magnanime, est installé au siège Portanuova, et le chancelier Arnau Roger de Pallars au siège du port, près de San Giovanni Maggiore31. L’hypothèse logique pour l’écrasante majorité des officiers royaux issus de la couronne d’Aragon est qu’ils se sont installés dans la ville basse, hors des circonscriptions des sièges (cf. Figure 3): dans ces zones plus populaires, ils ne sont pas en butte à la résistance des élites accédant à la représentation politique municipale. En effet, l’espace enclos dans les murailles, mais hors de la juridiction des sièges, appartient au domaine royal. Il présente aussi l’avantage de se trouver à proximité du port, du château, de la zone de l’arsenal et de la rua catalana, déjà évoquée, avec ses auberges et ses écuries. D’ailleurs, le roi prend des initiatives pour urbaniser la zone du marché, puisqu’il y a les coudées franches. Le 16 octobre 1450, le châtelain de Castelnuovo, Arnau Sanz, reçoit un privilège l’autorisant à construire des bâtiments dotés de portiques sur la place du marché pour y installer des boutiques et des logements32.
On constate surtout, grâce aux listes de locataires des institutions monastiques que de nombreux Catalans ont colonisé les quartiers extérieurs au territoire des sièges à partir des années 144033. Les sœurs dominicaines de San Sebastiano e Pietro, elles, ont dix-sept locataires «catalans» entre 1442 et 1469, dont la plupart louent une maison et une boutique ou bien encore des auberges34. Les artisans qui leur louent des boutiques sont des maîtres travaillant le bois ou le métal, tous susceptibles d’être arrivés en Italie avec les armées du Magnanime. Les propriétés des sœurs sont toutes situées autour de la place de l’église San Pietro Martire, où le Magnanime décide d’installer la nécropole des Trastamare à Naples. Dans les registres locatifs des ermites de saint Augustin (Sant’Agostino Maggiore) on trouve douze «Catalans» entre 1452 et 1469, sur les quatre-vingt-deux locataires. Les propriétés des ermites sont dispersées entre la place du marché et la rua catalana. On observe, significativement, que pendant le règne du Magnanime, la totalité des auberges que possède Sant’Agostino Maggiore sont confiées à des Catalans35. Ils jouent logiquement un rôle de brokers, de facilitateurs, dans les affaires que les nouveaux arrivants à Naples veulent faire avec la cour ou le milieu commercial. La part des officiers royaux, du milieu curial à proprement parler, parmi les Catalans de la ville basse, est impossible à déterminer, mais ils devaient représenter, avec les marchands étrangers, l’élite de la société cosmopolite de la ville basse, entre la place du marché et ses chantiers de construction, et la rua catalana.
3. LA CONSTRUCTION D’UNE NOUVELLE GEOGRAPHIE SYMBOLIQUE DU POUVOIR A NAPLES
L’appartenance à l’hôtel royal est génératrice d’identité et de sociabilités qui participent de la sociologie urbaine. Par exemple, certains fournisseurs ou artisans agrégés à l’hôtel du roi reçoivent le privilège d’utiliser des enseignes les signalant comme tels. Le peintre Jacomart, à son retour de Naples à Valence en 1451, obtient le privilège d’utiliser à Valence une enseigne aux armes royales36. Sous le regne du fils du Magnanime, l’achat d’une enseigne de ce type est même pris en charge par le roi lui-même, pour son chausseur Pietro Catalano37. La manifestation des liens avec le roi et la cour construit un marquage visuel de l’espace urbain, et a évidemment des retombées économiques significatives pour ces artisans. Autre élément de repérage visuel de l’identité curiale et de sa présence en ville, l’usage de la livrée ou du moins des couleurs et de l’emblématique du roi dans le vêtement des officiers de l’hôtel. Aucun terme spécifique équivalant au français «livrée» n’apparaît dans la documentation, mais certaines commandes textiles d’Alphonse le Magnanime sont sans ambigüité. En 1441, il demande à son tailleur Anne de Clèves des tenues identiques pour ses pages «et d’autres de son hôtel38». Le libre de notaments du trésorier Matteu Pujades, pour la période d’août et septembre 1446, permet de suivre étape par étape, à travers les paiements, la réalisation de pourpoints et de tabards pour les pages du roi39. Le 21 août 1446, le trésorier achète pour 78 ducats de velours rouge à un marchand génois pour les tabards40; 25 ducats au brodeur Antonello dello Perrino le 27 août41; 15 ducats au brodeur Pere Daus le 31 août42; 20 ducats de drap blanc de Perpignan acheté à Coluccio d’Afflito le 4 septembre, pour faire des crevés aux tabards des pages43; le même jour, les tissus sont cardés par Pere Frances44; puis de nouveaux paiements sont faits aux brodeurs les 9 et 13 septembre45.
La présence dans l’espace urbain de signes marquant l’appartenance des hommes au roi est seulement l’un des facteurs de l’élaboration d’une géographie manifestant la présence du pouvoir royal en ville. Dans le cas de la Naples du Magnanime, le spectacle royal et les monuments monarchiques sont intrinsèquement liés à l’histoire de la présence de la communauté catalane à Naples. En effet, on a vu plus haut que la nécropole royale des Trastamare fondée par Alphonse le Magnanime dans la capitale italienne se trouve dans l’église dominicaine de San Pietro martire. Cette humble église est située dans la ville basse, et de nombreux locataires catalans évoqués précédemment sont installés à proximité immédiate. Son frère Pedro, tué en 1436 lors du siège de Naples, y est enseveli en grande pompe en 1445. Isabella di Chiaromonte, première épouse de son fils Ferrante, rejoint cette nécropole en 1465. C’est un lieu modeste, par rapport aux principaux lieux de culte de Naples précédemment liés à la monarchie angevine: l’église des franciscains de Santa Chiara, la cathédrale, l’église San Giovanni a Carbonara. Mais la petite église de San Pietro martire a retenu l’attention du Magnanime pour plusieurs raisons: depuis le XIIIe siècle au moins (ses origines ne sont pas documentées), elle abrite une chapelle des Catalans46. Comme dans les autres grandes escales marchandes méditerranéennes, les nations commerçantes disposent de ce type de fondations, gérées par la communauté, qui permettent de répondre aux besoins spirituels des voyageurs et de socialiser à toutes fins utiles avec des compatriotes. Malgré sa localisation dans un espace à la dignité relativement faible dans la socio-topographie napolitaine du XVe siècle, San Pietro martire ancre la royauté Trastamare dans un espace proche du château et permet aussi l’affirmation d’un lien fort avec la communauté marchande catalane de la ville et avec la couronne d’Aragon.
Par ailleurs, il s’agit d’une église associée à une fondation dominicaine, convenant particulièrement à la stratégie religieuse du Magnanime en Italie, qui met en avant ses liens avec les frères prêcheurs pour mieux se démarquer de la dynastie angevine revendiquant des liens étroits avec les franciscains et qui a exploité politiquement la figure familiale de saint Louis de Toulouse. Depuis l’élection de Ferdinand de Trastamare à la couronne d’Aragon, la dynastie est en quelque sorte débitrice de l’ordre des prêcheurs à travers l’un de ses plus fameux représentants, le Valencien Vincent Ferrier. Sa renommée de prédicateur lui a conféré une autorité morale se manifestant entre autres par le fait qu’il a voté le premier parmi les neuf membres de la commission. En se prononçant pour le Trastamare, le dominicain a pesé fortement sur l’élection, qu’il a d’ailleurs proclamée en personne. La canonisation de Vincent Ferrier, en 1455, est saluée à Naples par une procession et son culte est très clairement limité aux personnes originaires de la couronne d’Aragon car les chroniques napolitaines ignorent totalement l’événement célébré à la cour. Un retable représentant le saint est commandé à Colantonio; il ornait l’autel d’une chapelle qui lui était dédiée dans l’église San Pietro martire, précisément47. Dans la chapelle des Catalans se rejoignent la communication monarchique et l’une des principales structures de la sociabilité catalane à Naples.
FIG. 4. SAN PIETRO MARTIRE, ICONOGRAPHIE ET LOCALISATION

La zone comprise entre Castelnuovo et la place du marché, avec San Pietro martire entre les deux, est l’espace où la présence de la cour d’un souverain d’origine étrangère à Naples doit, selon toute logique, être la plus sensible: on y voit les couleurs et emblématique royales sur les tenues, les enseignes et les armes, on y entend parler catalan et aragonais. On pourrait d’ailleurs proposer de considérer la ville basse comme la ville curiale, par opposition avec la ville haute, espace aristocratique autochtone, lui tournant le dos. Malgré cette discontinuité essentielle qui organise l’expérience urbaine à Naples sous le règne du Magnanime, certaines des pratiques de ce roi contribuent cependant à faire en sorte qu’il parcoure sa capitale de façon relativement équitable. Ses sujets pouvaient le voir régulièrement en ville, circulant dans les rues et assistant aux offices. En effet, on peut reconstituer, grâce à la documentation financiere, les lieux ou le roi entend la messe. Son chambellan Pedro de Cardona procède systématiquement, à ces occasions, à des aumônes au nom du roi, qui sont reportées dans la documentation financiere. Pedro de Cardona avance les sommes, puis est défrayé. Les comptes montrent (pour les brèves périodes couvertes par les registres de Guillem Pujades en 1442 et 1446) que le roi fait environ tous les deux ou trois jours une offrande à l’une des églises de Naples ou il a assisté à l’office, souvent des monasteres48. Ainsi, entre le 28 juillet 1446 et le 4 septembre, Alphonse assiste à la messe à Castelnuovo, dans la chapelle Santa Barbara, à trois reprises, et quatorze fois dans des églises de la ville, d’après les remboursements effectués par le trésor au chambellan Pedro de Cardona49. Le roi visite, dans l’ordre: l’église Santa Marta, le monastère Santa Maria Egiziaca (deux fois de suite), le monastère San Domenico, le monastère Santo Gallucio, le monastère San Sebastiano, le monastère Sant’Eugerio, le monastère San Lorenzo, le monastère Santa Chiara, le monastère Santa Maria del Carmine, l’église Sant’Eligio, l’église Santa Maria donna Regina, l’église San Giorgio, l’église Sant’Agostino [alla Zecca]. Ces divers lieux de culte se répartissent dans toute la ville, sans exception. Le jour de la Saint-Dominique (le 5 août) il entend la messe à San Domenico Maggiore, de même le 10 août avec la Saint-Laurent, le 15 à Santa Maria del Carmine, le 25 à Sant’Eligio et 28 à Sant’Agostino. Les dates associées aux paiements dans les registres sont celles de leur enregistrement, et non celles des déplacements effectifs du prince, mais la comparaison de ces données avec un sanctoral permet de mettre en évidence que le roi assiste à la messe dans les églises consacrées aux saints dont c’est le jour de la fête. Ce choix lui permet d’honorer de sa présence et de ses offrandes la totalité des églises de la capitale, sans distinction ni préséance.
Par ailleurs, Alphonse met un point d’honneur à assister à la prise de voile des novices dans les monastères des lieux où il se trouve, quand il en a la possibilité. Cela s’ajoute aux déplacements dictés par le sanctoral et permet au roi de cultiver ses liens avec toutes les communautés, comme en témoigne l’enregistrement des sommes importantes offertes pour doter les novices50.
Malgré le faible nombre des témoignages documentaires de cette pratique, on peut être assuré de son caractère régulier par un passage des instructions données par le roi à ses envoyés à Rome, en mars 1444. Parmi les requêtes que les deux hommes doivent présenter au pape Eugene figure la demande suivante: Alphonse le Magnanime lui demande de renoncer à la sentence d’excommunication encourue par ses hommes et lui-même pour avoir enfreint la clôture de certaines communautés régulières du royaume de Naples (il cite notamment les clarisses napolitaines de Santa Chiara) pendant les événements de la guerre de conquête. Il demande à ses envoyés d’en appeler à sa clémence en soulignant que le roi se rend
[...] en personne pour entendre les offices divins dans tous les monasteres pour les fêtes et les célébrations en l’honneur des saints, pour les réceptions, les processions ou bénédictions de moines auxquelles il est souvent invité en raison des aumônes et des bénéfices qu’il donne à ces occasions aux dits monasteres51.
Ceci confirme que cette pratique est probablement une habitude de longue date d’Alphonse, qui doit honorer de sa présence les communautés régulières des lieux à proximité desquels il se trouve en fonction du calendrier sanctoral et des cérémonies de prononciation des vœux des moines et moniales. L’humaniste Antonio Beccadelli corrobore les dires du roi en rapportant dans son fameux recueil d’anecdotes sur le Magnanime qu’il a offert de doter toutes les femmes se destinant à devenir religieuses. D’après lui, elles arrivent chaque jour plus nombreuses, sans que le roi ne change son projet; au contraire, il se réjouit de ces vocations52.
* * *
Plusieurs phénomènes distincts et caractéristiques du règne du Magnanime émergent quand on centre l’enquête historique sur les non-événements, la banalité du quotidien. Il s’agit principalement de deux logiques, apparemment contradictoires. D’abord, une nette dynamique de requalification de la ville basse, offrant aux nouveaux venus de l’espace intramuros et des facilités juridiques pour s’installer, tend à modifier le profil socio-topographique de Naples. La ville basse n’est plus seulement un pôle économique autour du môle et des entrepôts des nations marchandes; elle accueille une partie du personnel curial et bénéficie d’un important investissement symbolique avec San Pietro martire, sa chapelle des Catalans et les sépultures des premiers Trastamare de Naples. Le roi participe pleinement à cette requalification sociale, en favorisant les chantiers dans les espaces appartenant au domaine royal et en investissant d’une dignité nouvelle la petite église dominicaine. Mais pour autant, cette évolution indéniable ne met pas un terme à la césure fondamentale entre la ville haute, aristocratique et autochtone, et une ville basse qui, malgré un prestige accru, voit son cosmopolitisme ancien se renforcer. En tout cas, l’accroissement démographique de Naples, et particulièrement le grand nombre de résidents étrangers ne bénéficiant d’aucune exemption fiscale, a assurément représenté une aubaine pour les finances municipales –ce n’est, bien súr, qu’une fraction des répercussions, en termes de consommation, de la présence de la cour en ville.
Par ailleurs, quand on s’attache à l’analyse du comportement individuel du roi, il est éclatant que l’attitude d’Alphonse le Magnanime tranche nettement avec celle des Trastamare de Castille, Jean II et Henri IV, «rois cachés». Certes, Alphonse s’absente longtemps de Naples et avec régularité, pour se rendre à Torre del Greco, à la guerre ou à la chasse. Mais quand il est dans sa capitale, il s’impose une discipline religieuse qui lui fait quitter plusieurs fois par semaine sa résidence et parcourir les rues de la ville pour se rendre à des offices ou il est visible, potentiellement, par tous ses sujets, sans afficher de préférence pour un lieu ou un ordre. Les fréquentes expéditions de chasse du roi, qui sont l’occasion de réunions nobiliaires importantes, jouent un rôle équivalent pour les élites aristocratiques du Regno: elles sont une occasion de voir le souverain, d’approcher sa personne, à défaut de lui parler. Bien sûr, les grandes festivités du règne, à commencer par le spectacle inédit du triomphe de 1443, n’ont pas été abordées ici, pour ménager de la place à ces aspects plus obscurs du règne, mais il me faut pointer que les itinéraires de ces festivités, qui parcourent Naples sans négliger aucun quartier, aucun siège, relèvent du même comportement que les visites régulières du roi dans toutes les églises, paroissiales et monastiques, de la ville. Alphonse le Magnanime, conquérant étranger en Italie, met en place une stratégie de publicité de son pouvoir fondée autant sur le spectacle régulier de sa personne que sur des célébrations fastueuses.
SOURCES EDITEES
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1. GUENÉE, LEHOUX, 1968; JACKSON, 1984; GIESEY, 1987; BRYANT, 1986; HANLEY, 1991.
2. BOUCHERON, CHIFFOLEAU, 2004; LECUPPRE DESJARDINS, 2004; CHILÀ, 2015.
3. KLAPISCH-ZUBER, 1985.
4. Ibid., p. 135; BOUREAU, 1991.
5. RYDER, 1976; ID., 1990.
6. GARZILI, Notar Giacomo, Cronica; GIANNONE, Storia civile; ANONYME, I diurnali del Duca; SUMMONTE, Storia della città e del Regno; CHILÀ, 2013.
7. Sur ce sujet, voir les propositions de CROUZET-PAVAN, 2013.
8. MANGONE, 2011.
9. Luca Amadei à la Balia de Sienne, 23 janvier 1457, F. SENATORE éd., Dispacci sforzeschi, 2007, p. 484.
10. F. DE BOFARULL Y SANTS, «Alfonso V de Aragón en Nápoles», 1899, pp. 615-635, p. 626; Archivo de la Corona de Aragón (ACA), Reg. 2736, f° 12v.º
11. C. MINIERI RICCIO, «Alcuni fatti», 1881, p. 459.
12. VITI, 1987, en ligne.
13. «se reté devers si per lo loguer de dues cases que té a la ruga cathalana en les quals han stat partida dels cavalls del Senyor Rey», NAVARRO ESPINACH, IGUAL LUIS, 2002, p. 202.
14. C. MINIERI-RICCIO, «Alcuni fatti», p. 425.
15. GENTILE, 1909, p. 46, p. 81.
16. C. MINIERI-RICCIO, «Alcuni fatti», 1884, p. 449.
17. A. M. COMPAGNA, Fonti aragonesi, 1979, p. 48.
18. N. BARONE, «Le cedole», 1881, p. 207.
19. GIMENO BLAY, GOZALBO GIMENO, TRENCHS ODENA, 2011, pp. 156-159.
20. Les Amigo ou Sellent de Catalogne par exemple.
21. «Mossen Civeller e en Pere Joan de Sant-Climent signiffiquen aturar, e pus lo seynor rey va anarsen ab e sperar fins lavors. Tots tres [Fiveller, Sant-Climent et Dusay] van, e a la Daraçana és lur major star ab en Puyades, e alii menya mossen Dusay qui nonch és sinó ab son fill e i bort, e possa a la Daraçana on en Pujades li ha feta una cambra de fust e alíi stà.» Pere Boquet aux conseillers de Barcelone, 5 mai 1456, J. M. MADURELL I MARIMON éd., Mensajeros barceloneses, p. 521.
22. Antoni Vinyes aux conseillers de Barcelone, 22 septembre et 7 octobre 1451, ibid., p. 388, p. 393.
23. «Item, lo dit mossèn de Requesens ha logada una barracha o pallar a la Torra del Grech, e nit, ni dia, no’s mou d’ella, e per ço me cové anarhi pus sovint, que no’s feria, per tenirli esment a les sues mans», Antoni Vinyes aux conseillers de Barcelone, 19 septembre 1451, ibid., p. 381.
24. SANTANGELO, 2009.
25. FORONDA, 2003, p. 46.
26. MIRANDA, 2011.
27. Alberico Maletta à Francesco Sforza, 29 août 1455, F. SENATORE éd., Dispacci sforzeschi, 2007, p. 242.
28. RYDER, 1976.
29. GENTILE, 1938, p. 11.
30. Archivio di Stato di Napoli (ASN), Corporazioni religiose soppresse, 452, San Domenico Maggiore, lettre C, f° 1r.
31. GENTILE, 1938, p. 11.
32. ACA, C, Reg. 2914, f0 102v.0: «[...] licenciam concessimus construendi seu construi faciendi aliquas domos ad latus muri dicte civitatis nostre Neapolis [...]; in dictis domibus per eum fabricandis ad latus dicti muri facere porticum sive porticos qui a recto limite parietis isparum domorum exeant versus et supra plateam dicti mercati ponitos supra columnas in dicta platea exigendas et constituendas qui portici a dicta pariete muri per palmos sexdecum parum plus vel minus se extendant super quosquidem porticos domos ipsas sublevare possit [...]».
33. ASN, Corporazioni religiose soppresse, 452, San Domenico Maggiore, lettre C, f° 1r.º
34. ASN, Corporazioni religiose soppresse, 1395-1, San Sebastiano e Pietro, f° 20r.º-131r.º
35. ASN, Corporazioni religiose sopresse, 13, Sant’Agostino Maggiore, f° 1r-76r.º
36. SANCHIS SIVERA, 1930, p. 3-64.
37. N. BARONE, «Le cedole», 1881, p. 633.
38. Archivo del Reino de Valencia (ARV), MR, 8790, f° 99r.º
39. ARV, MR, 4908, f° 35r.º-50v.º
40. Ibidem, f° 35r.º
41. Ibidem, f° 38v.º
42. Ibidem, f° 40v.º
43. Ibidem, f° 44r.º
44. Ibidem, f° 46v.º
45. Ibidem, f° 47v.º, f° 50v.º
46. ASN, Intendenza di Napoli, primo versamento, busta 744. C’est Gaetano Damiano, à l’Archivo di Stato di Napoli, qui m’a mise sur la piste de cette fondation; qu’il en soit ici chaleureusement remercié.
47. BARRETO, 2013, pp. 134-139.
48. ARV, MR, 9408, passim. La formule employée est: Item a […] del dit mes pos en data al magnifich don Pedro de Cardona camarlench del senyor rey per la offerta que feu lo dit senyor oyent missa lo present jorn que es sant […] en lo monestir / en la iglesia etc.
49. ARV, MR, 9408, f° 17v.º-57r.º
50. ARV, MR, 9408, f° 32r.º, Margarita de Sorrente et Francesca de Naples prennent le voile à San Sebastiano et reçoivent 67 ducats.
51. ACA, C, 2698 f° 47v.º-48r.º: «Item supplicaran al dit sant pare que le placia per sa bulla dispensar ab lo dit senyor que no incorrega sanciones [...] com se esdevinga lo dit S. anar personalment per hoyr los divinals officis en tos dits monastirs en les festes e solemnitats de les sants e recepcions processions o benediccions de monges a les quals sovin es invitat per les almoynes e beneficis que en tals casos fa als dits monastirs.»
52. «Virginibus vero omnibus Christi Dei verissimi sacris initiari capientibus dotem, sine qua haud recipi mos est, regem elargitum constat. Cumque essent fere innumerabiles, quae dotis spe proposita mundo renunciarent sacrasque nuptias adirent, nunquam tamen a tam liberali et religioso proposito destitisse. Immo vero quo plures ac plures sese quotidie ad sacerdotium offerrent, eo libentius atque benignius omnes excipere atque dotare consuesse.» BECCADELLI, Dels fets e dits, p. 94.
SEPARATION AND DISTINCTION: HOW THE COURT EXPERIENCED THE CITY
Rita Costa Gomes Towson University
Historical studies about the royal court in its relation to late medieval European cities tend to focus on the figure of the monarchs themselves. And rightly so, one might add, since it was the king’s presence that established the special kind of place that courts were according to the famous definition of the medieval Iberian legal tradition formulated in the thirteenth-century legal code of the Partidas. Yet we must consider also the royal court as a whole, not only the central figure of the king nor solely a small group of his closest followers. Did the stay of the monarch and the settlement of the royal court achieve an integration of the people that composed the king’s following into the city that hosted him? What would be the practical aspects of such integration? In the remarks that follow, I aim at answering these simple interrogations. Zooming out from the central figure of the ruler brings a change of perspective. We are forced to consider a larger human group, the variable configuration of men and women moving around with the king.
The logistics required by the transfer and settling of the numerous followers travelling with kings and queens certainly left an impact in local realities. Governance mechanisms had to be set in motion in order to lodge all the members of the court. How those mechanisms and decisions helped shape the lived experiences of the courtiers in urban environments is a subject far less discussed than, for instance, the solemn ceremonies and rituals associated to the royal visit. Yet it seems equally important to understand what happened to the king’s followers and the members of his court once the festivity or the entry ceremony, exceptionally breaking the day-to-day routine of both court and city, had taken its full course. Where would most members of the court be lodged? What places could they, at the end of the day, call home?
1. INITIAL REMARKS
These questions are not easily answered, because each city or stopping place of the royal itinerary had its own governance dynamics and its own urban characteristics. Sources available for the late medieval kingdom of Portugal, nonetheless, suggest a few directions of research that may be useful to the study of other contemporary Iberian courts1. By moving around in the territories of the kingdom, the medieval monarchs of Portugal were followed in their displacements by several hundreds of people of diverse social status and background. The dimensions of the court varied along the way. Once settled for longer periods, as famously observed by king Duarte (r. 1433-1438), the royal court could easily reach thousands of people. Such large human dimension included many newcomers because the court of Duarte would serve as a centre of attraction for princely and aristocratic households and retinues, including the household of the queen and that of the king’s brothers2. Many who did not live permanently within the king’s moving retinue would flock to the ruler’s presence. Besides the obvious impact of these numbers in the life of towns and cities of the kingdom, let us consider also what kind of human experiences they evoke for the courtiers themselves.
While analysing the displacement of the human entourage of the king, the concept of a «dislocation» of the court is most useful. The expression «the dislocation of troops», for instance, refers to the complex deployment operations by which the distribution of several entities composing an army is made into a number of different camps3. In spite of the scattering of its components in a particular terrain, a specific internal order is still kept when an army is in movement. This idea equally applies to the historical realities of the old itinerant courts. We should consider not only the movement of people, animals, or material resources that accompanied the ruler, that is, the logic of their displacement. The order of the court, not unlike that of an army, subsisted in the different locations and conditions of each town or city.
The argument goes against the grain of some often repeated generalizations. In the 1300s and the 1400s, a portrait of abuse and lack of respect of local privileges emerges from the complaints concerning the presence of the court, repeatedly presented by cities and towns in the meetings of the Portuguese cortes or parliaments. These texts propose a lawless and disruptive image of the king’s retinue which has been taken at face value by many historians4. Aristocratic abuse became consequently associated with an unruly presence of the king’s following in the cities of the kingdom. Those complaints generally referred, however, to the existence of an order to be respected, an order we have yet to reconstruct in all of its detail.
Because if it is true that the royal court was a place, it must be stressed that the court was also a distinctive spatial regime, a universe of rules to be respected5. These rules were especially important, as argued here, in matters of lodging. In that sense, the itinerant court of medieval and early modern times was a spatial reality that was not confined within locational parameters. It existed, tendentially, beyond and regardless of the characteristics and properties of the places themselves. In other words, the spatial arrangements that the royal court created or recreated in every locality, in every city, was subject to the same quite strict forms of order, and this had important consequences for the life of the courtiers.
For instance, we can easily hypothesize that the movements of the court had an uprooting effect on those who followed the ruler in his regular displacement. But since the royal court always brought to each locality a regimented ordering of space, this order represented a recognizable pattern in everyday life. This could originate a comforting setting for those who lead this type of travelling life as part of the king’s retinue, thus effectively counteracting that uprooting tendency. Such permanence, the existence of reliable forms and rhythms of courtly life, would therefore function as a fundamental stabilizing mechanism in the middle of the constant removal and change that court life entailed.
Late medieval courts, therefore, should not be considered only in their geographical displacements. Following the suggestions of Georg Simmel, the courts of monarchical rulers must be studied also in the «abstract stability» of their spatial regimes, as «pivotal points»6 around which revolved the lives of a few hundred individuals. A good example of this stability would be, for instance, the reproduction of the same set of physical distances around the ruler. Regardless of the variety in the physical layout of the numerous royal residences, daily activities in the royal household required such proxemic rules7. There would always be in the king’s place of residence a space of restricted access for the royal chamber, and this happened even within a tent or at an improvised temporary lodging. There would be an inner quarter of the wardrobe and treasure. There would be a royal chapel, even if the latter used a local church as a place of worship because the building of the king’s residence did not include a dedicated chapel room. All these entities, organized around the king’s body and physical presence, had a human as well as a spatial dimension. A determined number of servants and officers, carrying in a set number of horses and carts the material implements required by their duties, would «settle» those spaces as prescribed by written rule and custom.
As such, spatial rules were part of the very substance of daily life at court because they allowed for everybody to go about their respective duties and functions, in a way that was deemed appropriate to the king’s dignity and status. The distinctive spatial regime, in fact, also defined the court by clearly identifying, in a variety of possible settings, the presence of the monarch through all the activities surrounding that physical presence. If, as I suggested earlier, we zoom out from the figure of the ruler, this will allow us to realize how rules and spatial regimes also prevailed for the rest of the court. The different status, occupation, and gender groups inside the royal court would tend to reproduce their arrangement and hierarchies in each city where the monarch settled. I will argue in this essay that this was done, among other mechanisms, by regulating and controlling the distribution of the lodgings to the courtiers and royal followers.
2. LODGING THE COURTIERS IN URBAN ENVIRONMENTS
I do not want to suggest with these initial remarks that the characteristics of each city, its singularity in terms of urban landscape and layout, would be unimportant. Quite the contrary. Those realities also contributed to shape the lived experience of the men and women at court. In the case of late medieval Portugal, a few cities – among which Lisbon, Santarém, and Évora – were the most visited in the kingdom. They were also the preferred locations for longer stays of the royal court, a fact that must be taken into account if we want to understand the concrete forms of courtly life in Portugal8. The characteristics of these three localities imposed some specific solutions that the monarchs sought to replicate elsewhere.
The first characteristic is the existence of permanent residential structures for the king. At least two main royal residences existed in each of these cities. The presence of the king, however, was not only felt in the royal palace(s). Frequent and lasting stays of the monarch in those localities meant that other buildings were available providing a stable siege of activity for the different court departments, rooting them in the urban setting. Several families of the courtly nobility had their own residential buildings in those main cities of royal itinerancy, as did the great officers of the court9. All of these factors will be in the background, but not specifically considered in the discussion of our initial questions: was the court integrated into the city, and how did the courtiers experience such integration?
I will focus here, instead, mostly in the material structures and realities of the lodging of courtiers. Between the fourteenth and the sixteenth centuries the monarchs of Portugal found original solutions for a less daunting and disrupting settling of the court whenever they stayed in the major cities of the kingdom. The solutions were often found together with the local urban governments, a process that was especially relevant for Lisbon. What is striking about such arrangements is, on one hand, the way local markets were made to correspond to the sudden surges in demand for food and lodging associated with the royal visit and stay. On the other hand, courtly hierarchies would impose their stable logic on the ways the cities tried to cope with their obligations towards the monarch’s presence, which meant that the temporary settling of the king’s numerous followers soon originated local regulations and mechanisms of prevision and budgeting. The study of courtly lodgings in the late medieval period is a good point of observation of this general evolution. It is a historical process that runs parallel to the transformation then occurring in the traditional remunerations of the members of the court.
Without going into too much detail here, I would point out that the periodic remunerations of the official members of the royal court followed by the late fourteenth century a monetized system by which the «rations» corresponding to each quantity of bread, wine, fodder for the horses, and other individual payments in kind, had been transformed in the moradia, a word herein simply translated as «courtly wages»10. This remuneration was computed (and eventually paid) to each individual in money. I have argued together with other historians that by adopting these scales of payments rulers expressed their clear intent at controlling household expenses, but that the resulting dynamic also aimed at clarifying the internal status hierarchies of the court11. At the same time that this occurs with wages or liveries, monetized mechanisms were used to reinforce similar hierarchies for the lodgings of those who were part of the royal following.
The solutions found in the kingdom of Portugal for the lodging of the courtiers fully portray a logic of distinction and separation that the court brought within each city where the king settled. Royal courts were not meant to be unruly and unorganized bands of abusing individuals, as much as the local city governments would like to portray them as such, in condemning terms12. Inner separation and hierarchies between and within groups inside the court were kept when lodging was distributed according to the individual’s position, courtly function, or office. The inevitable accommodation of the realities of the king’s retinue to the profile and specific conditions of each city or town aimed first and foremost at keeping the courtly hierarchies in full force. Those hierarchies, as I have argued in several published works quoted above, had a fundamental role in ascribing and reinforcing personal status inside the Portuguese court.
The monarchs of Portugal promoted all through the 1300s the establishment of commercial lodgings (estalagens or estaus) in a multiplicity of places all around the kingdom, with special relevance to the cities where the royal court often travelled, and to those situated along the main roads. Commercial lodging was suited to deal not only with travellers and merchants, who moved around for their own reasons, but also with the dislocation of royal and princely retinues. Lisbon remained, nonetheless, a unique urban centre in the context of the kingdom due to the growth of its maritime trade and the related presence of many travellers and visitors, as well as communities of foreign merchants. It was one of the places in Portugal where commercial hospitality was arguably more developed in the late medieval period, something the monarch and the city government were interested in using in their search for practical solutions for the lodging of the royal retinues.
As stated earlier, courtly lodging was a persistent point of contention. In a well-known text of chronicler Fernão Lopes, a passage of his prologue to the history of king Fernando I (r. 1367-1383), he delineates with clarity what was at stake in Lisbon for the noble members of the king’s court:
the king ordered that no lord should be given lodging [pousentadoria] in Lisbon except when he himself was there. Otherwise, this should be done by using paid hostelries and lodging against money payments, and he also ordered that the prices be reasonable. So he told his judges that they should force the nobles to pay, as his wish was that it should not be done any other way [...] And to better arrange for all of this, he ordered to all the bishops, the masters [of the military orders] and his commanders, and anyone else who had the right to be lodged [pousentadoria] that they should fix and maintain their own houses at their own expense, so that they could reside in them13.
For the cities of the kingdom, as for the monarchs, lodging was only due as an obligation to those who received moradia or who served as officers and were regularly incorporated to the court. But the noblemen defended that the privilege was due to them as they moved around the kingdom, for instance, when they were summoned to come to court at the king’s service. And this would apply not only to them but to their own retinues, something the Portuguese monarchs of the late Middle Ages always contested. In this sense, the royal answer to the nobility at the different meetings of the Cortes was practically the same in the parliamentary meetings of king Fernando in the 1370s as it was a century later for king Afonso V in 1472: «you will not find that in the past lodging was given to noblemen, when they were on the road, without money being paid»14.
Who would be entitled to be lodged at the city’s expense, and what services that would encompass thus became fundamental questions at the centre of a long-lasting dispute in the Portuguese kingdom. The first reforms of the Portuguese court dating from the 1200s already refer to the need to regulate such matters, most notably by establishing the number of dependents or servants associated with each major office of the king’s household15. King João I (r. 1385-1433) in his long years of governance tried to simplify and regulate previous practice regarding the obligations of the main city of the kingdom. As a consequence of the support he had obtained from Lisbon in the revolutionary events of 1383-1385 which led to his election as king, João I continued to promote the aforementioned general principle of using commercial lodgings for hosting those courtiers of noble status who represented a significant proportion of the adults in his retinue16. This was to be understood, first and foremost, for those who did not own their own residences in the city, as suggested by the text of the chronicle of Fernão Lopes.
If, as a member of the royal court, you did not own a residence or could not be incorporated into the retinue of a nobleman or prelate of the king’s following who effectively had access to one, you would be depending on the solutions provided by the city. In the case of Lisbon, the scattering of the courtiers throughout the different sections of the city represented a difficult logistic and practical problem for the local municipal government to solve. I should highlight here that this whole complex of obligations applied to male courtiers only, the female component of the royal courts being the object of distinctive practices that, in the case of Portugal, still await careful reconstruction17.
The system of the lodgings or aposentadoria for male courtiers relied on the establishment of distinctions, and the careful regulation of the services provided according to three different status positions for each court member: knight, squire, page (cavaleiro, escudeiro, moço). Certain household and bureaucratic offices were entitled to a fixed amount of lodgings, as it occurred for instance with the Wardrobe (repostaria) or the Butlery (copa). The services themselves were carefully defined using a system similar to that of commercial lodgings, by using the unit denominated camas, i.e. beds. The material aspects of these «beds» were also distinct according to the courtly rank of each person: the quality of the sheets, for instance, would be higher for the knight (cavaleiro fidalgo) than it was for the squire (escudeiro) or the youngster (moço).
The city of Lisbon in the second half of the 1400s preferred to contract with local providers the furnishings and the «bed» services instead of enforcing the obligation of having those who were subject to the vexing duty of the aposentadoria receive the members of the court in their own houses. The commercial service was designated by the end of the fourteenth century as an estau: a half-estau (meio estau) was composed of five «beds», and a full estau corresponded to ten units. The «bed» encompassed a full set of material furnishings: not only bed covers and bed sheets, but also a bench and table to sit, and cooking utensils, similarly to what was provided in other forms of paid lodging by the commercial inns.
Using a system of purveyance contracts, since at least the decade of 1460s the main cities of royal itineraries in the Portuguese kingdom – Lisbon, Évora, and also the port-city of Setúbal – would have recourse to professional innkeepers for the bulk of court lodgings18. The surviving contracts suggest that the solution found in Lisbon was replicated in the other main places of courtly settling. This system required active collaboration between the aposentador or furrier of the court and the local municipal governments. The contracts establish that the supplier had be warned in advance of a fortnight to a month, so the city was to be provided by the court official with a rough estimate of how many people it would have to lodge. Since inevitable fluctuations would occur between the estimate and the reality in the terrain, the municipalities should have, simultaneously, a list of people who were obligated to the aposentadoria, so that in last resort (and it is unclear how frequently this was done in the late 1400s in each of those cities) the members of the court or moradores would be lodging in private houses.
But the originality of the solution found in Lisbon also had a physical impact in the city, dating from the reign of king Duarte (r.1433-1438). The king’s initiative lead to the construction of a special building as the centralized location where such lodging services could take place: the appropriately named Paço dos Estaus. Finished after 1438 during the regency of Pedro, Duke of Coimbra, this imposing building located in a main square next to the city walls (Rossio) became a well-known monument of Lisbon, often mentioned in contemporary descriptions and travel narratives. The influence of Duke Pedro, King Duarte’s brother, is generally mentioned as decisive in the adoption of this solution19. I would argue that his extensive travels may help explain the initiative, in particular his knowledge of the system of the famous Fondaco dei Tedeschi in Venice. Pedro visited Venice in March 1428 coming from the court of emperor Sigismund of Luxembourg, under which he had fought in Hungary and Romania20. The inspiration of Venice, in my view, comes not so much from the architecture of the building or its commercial functions as it comes from the fact that it exemplified a regimented purveyance of lodging and hospitality.
As Olivia Remie Constable established in her comparative study of such structures, the specialized facilities of the Italian fondacos were modeled on the Islamic funduk. These were places made to accommodate, but also to regulate and segregate the presence and activity of western merchants in Islamic ports. The Venetian Fondaco dei Tedeschi, for instance, seems to have been closely modelled upon that of Alexandria21. An important goal of these kinds of structures was to facilitate not only commercial exchange but also its inevitable corollary: taxation. In this regard, the Iberian cities were not in need of Italian inspiration because they were quite familiar with these practices. Constable noted, for instance, that similar buildings were owned in late medieval times by Aragonese and Castilian kings in major commercial cities and ports. Such facilities, she explained, «frequently served as depots where incoming merchants were required to bring their goods for storage, taxation, and sale. Though some royal facilities could also serve as paid hostelries, most of them increasingly focused on the control of the goods, not of the merchants»22. In Venice, the two aspects were indissociable for no active merchant from beyond the Alps, if he were to engage in trade, could stay in any other place within the city but the Fondaco. No excuses were accepted, such as claiming that one arrived too late and the building was closed23. Since the thirteenth century, the city of Venice strictly controlled the merchant’s arrival by assigning individual city officers to the task and making compulsory the lodging in the Fondaco, where the trading commodities were recorded both at the moment of the merchant’s admission and at his departure. Taxation was less easily avoided when the control of the trading goods coincided with the compulsory stay of the trader.
By establishing the Paço dos Estaus, the Portuguese monarchs became the proprietors of such an assigned place where, from the decade of 1440s until approximately 1537, lodging was provided to all of those who, as members of the court or hosts of the king, were entitled to have it. The changing uses of this structure in the sixteenth century will not be detailed here, although the complex history of the building is revealing of the city’s transformation, as noted by its use for lodging temporarily the expelled Jewish population in 1496, as the nearby Jewish quarters and synagogues of Lisbon were confiscated by royal order24. The date of 1537 marks the beginning of the activities of the Inquisition in the building, subsequently to become its Lisbon siege25. The «royal stables» followed the courtier’s lodgings in this same location, and although built outside the walls, they easily communicated with the Paço dos Estaus through a small city door (postigo)26.
The use of this building allowed for carefully regimented and centralized administration of court lodgings, either paid for by the city or by the king directly, as the case may be. While as the control of the lodging obligations and services was thus facilitated, the integration of the courtier in the city was transformed, his experience becoming ever more similar to the precarious settling of the traveller. The place of activity of court members (but also bureaucrats, notaries, and officers of the royal households), the Paço dos Estaus was also place of hospitality for foreign guests and even, on occasion, a place of residence for the king or members of the royal family in the 1500s. As a residential structure associated with the courtier’s experience of the city, the prevailing use of the Paço dos Estaus fully exemplifies, nonetheless, the logic of separation and internal distinction that the court hierarchies embodied.
What happened to a possible sense of continuity within the court’s dislocation, discussed earlier in this essay? How can we define the peculiar sociability that the courtly order would establish within the main cities of the kingdom? A glimpse of the courtier’s experience using this lodging system is available in the poetry produced in courtly environments of the late fifteenth century, most notably the compositions of João Rodrigues de Castelo Branco. This poet uses a well-established topos of opposition between court and countryside by evoking, as part of the courtier’s miserable experience in the city, the broken table, the fleece-infested sheets, the hunger endured while sharing lodgings with his companions. In these texts, the poet mentions exactly the same material implements described in the lodging contracts of Lisbon or Évora: the bed sheets, the furniture, the cooking utensils27. A lifelike image by the end of the 1400s, therefore, would be an image of discomfort and unalluring poverty, as the topic motif demanded, an image meant to provoke a knowing smile from those who were part of this world – in fact, the poet’s public. Distinction and separation from the lives of regular city dwellers reinforced the courtly hierarchies, but also set up the conditions for another aspect of life at court: its requirements of well-connected social relations and substantial expenditure.
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1. COSTA GOMES, 2015.
2. This aspect of Duarte’s court is discussed in COSTA GOMES, 2003, pp. 286-288; it is downplayed in VENTURA, 2013.
3. The Oxford English Dictionary, Oxford, Clarendon Press, 1969, s.v. “Dislocation”.
4. The texts of the petitions presented by the cities in parliamentary meetings (capítulos de Cortes) have traditionally been interpreted in such literal way. See the classical remarks by BARROS, 1945-54, Vol II, pp. 417-424.
5. See, for instance, the law of 1325 about the limits of the “peace of the court”: Ordenações del-Rei Dom Duarte, pp. 376-378.
6. SIMMEL, 1997, p. 147.
7. BERTELLI, GRIFÒ, 1985, pp. 88-92.
8. COSTA GOMES, 2003, pp. 291-309.
9. For Santarém: MATTOSO, 1983; for Évora: BEIRANTE, 1995, pp. 563-564; for Lisbon: COSTA GOMES, 2017.
10. COSTA GOMES, 2011, pp. 32-38.
11. VALE, 2001, pp. 93-99.
12. See for instance the petitions of the parliamentary meetings of 1439: Arquivo Nacional da Torre do Tombo, Suplemento de Cortes, Maço 2, n. 19, folios 5-8.
13. LOPES, Crónica de El-Rei Dom Fernando, pp. 8-9 (my translation).
14. «não achareis que antigamente aos fidalgos per caminho pousadas sem dinheiro se dessem»: Arquivo Nacional da Torre do Tombo, Cortes, Maço 2, 14, f°61r° (documents of the parliamentary meetings of 1472-1473).
15. COSTA GOMES, 2011, p. 33.
16. COELHO, 2013, pp. 137-138
17. In most contemporary courts, unmarried noble women following the court were lodged preferably in royal residences, and other female groups (such as a set number of prostitutes, for instance) had lodgings allocated for them. Both practices have been attested for Portugal: COSTA GOMES, 2011, pp. 76-77 and 328.
18. COSTA GOMES, 2015.
19. CASTILHO, 1937, pp. 32-49; FARINHA, 1994 (includes bibliography about this building).
20. MOROSINI, Il Codice Morosini, t. III, p. 1268.
21. CONSTABLE, 2003, pp. 137, 191.
22. CONSTABLE, 2003, pp. 186-187.
23. LUPPRIAN, 1978.
24. FRANÇA, 2009, p. 123.
25. More exactly the first inquisitorial audiences in the building started in September 3 1537 according to the recent research of GIEBELS, 2016, p. 45. We thank the author and also José Pedro Paiva for this communication.
26. SILVA, 1987, pp. 94-95 and Map V.
27. RESENDE, Cancioneiro Geral, vol. I, p. 342; MORAN CABANAS, 1999.
UN PROGETTO DI INSEDIAMENTO IN SICILIA DELLA CORTE DI BENEDETTO XIII
Salvatore Fodale Università di Palermo
Il 21 novembre 1412 il papa, o antipapa, Benedetto XIII dette al nuovo re d’Aragona Ferdinando I l’investitura per anulum aureum del Regno dell’isola di Sicilia, come fu denominato, stabilendo che fosse unito per unione personale al Regno d’Aragona1. Un anno dopo, nel settembre 1413, in Sicilia dal parlamento riunito a Catania fu nominata un’ambasceria, che giunse a Saragozza nell’aprile 1414. Sottopose a Ferdinando le aspirazioni siciliane all’autonomia, rappresentate dalla richiesta di avere nell’isola un re separato, un proprio re, che fosse figlio del re d’Aragona. Congiuntamente l’ambasceria siciliana si occupò del riordinamento della confusa situazione ecclesiastica determinata in Sicilia dal lungo scisma2.
L’intrecciarsi delle complesse vicende politiche e istituzionali dell’isola con quelle ecclesiastiche relative allo scisma aveva determinato, dopo lo sbarco catalano-aragonese del 1392, una serie di condizioni per le quali uomini di chiesa di diversa obbedienza pontificia si erano contrapposti, potenziando la normale conflittualità, soprattutto di natura economica, che aveva pervaso e pervadeva il mondo ecclesiastico. Alla diffusione di situazioni reciprocamente considerate scismatiche si era accompagnata una parziale, ma significativa, catalanizzazione della Chiesa siciliana. Precise ragioni di carattere politico e militare ed interessi economico-finanziari avevano determinato tutti gli interventi di Martino d’Aragona, e del figlio omonimo re di Sicilia, a lui sempre subordinato, senza alcun piano generale di obbedienza pontificia unitaria del Regno siciliano. Subito abbandonato il velleitario progetto di adesione al papa avignonese Clemente VII, col quale l’accordo si era arenato per la difficoltà di risolvere il rapporto con Luigi d’Angiò, pretendente al regno napoletano, fortemente sostenuto dal papa, Martino l’Umano aveva preferito adottare con realismo, nella Sicilia in rivolta contro i catalani, e poi mantenere dopo l’ascesa al trono aragonese, nonostante l’avvenuta e condizionante adesione di Giovanni I a Clemente, una vantaggiosa politica ecclesiastica che non apertamente e dichiaratamente, ma sostanzialmente, benché segretamente e confusamente, richiamava in Sicilia l’indifferenza, apertamente dichiarata e abilmente praticata da Pietro il Cerimonioso in tutta la Corona d’Aragona3.
Invece Ferdinando I, coerentemente con l’investitura feudale ricevuta da Benedetto XIII, che era in Sicilia l’unica fonte di legittimità per il suo regno, il 3 aprile 1414 rinnovò agli ambasciatori siciliani, perché fossero applicate anche nell’isola, le disposizioni emanate il 22 gennaio per i territori della Corona, che imponevano a tutti i prelati l’abiura nei confronti degli altri due papi, Gregorio XII (il papa della linea romana, risalente ad Urbano VI) e Giovanni XXIII (il papa della linea più breve e recente del Concilio di Pisa), e la sottomissione di tutta la Sicilia a papa Benedetto. Mentre il grande scisma d’Occidente si avviava a soluzione con la convocazione imperiale del Concilio di Costanza, la Sicilia, dove tutte e tre le obbedienze pontificie erano confusamente, ma liberamente presenti, venne tardivamente e forzatamente allineata agli altri possedimenti della Corona nell’obbedienza unitaria a Pietro de Luna. Il fondamento del provvedimento di Ferdinando era costituito dalle risultanze dell’inchiesta di legittimità che suo padre Giovanni I nel lontano 1381 aveva promosso come re di Castiglia.
Poco prima che re Ferdinando prendesse tali provvedimenti, il 20 gennaio 1414 Benedetto XIII aveva già delegato pieni poteri al vescovo di Barcellona per tutto quanto riguardasse l’abbandono dello scisma nel Regno di Trinacria, come aveva continuato a denominarlo nel rispetto della tradizione della sede apostolica4. Città e terre, vescovi ed abati siciliani, priori e provinciali degli ordini religiosi sottoscrissero gli atti di sottomissione a Benedetto e di abiura verso gli altri due pontefici5. Secondo una relazione proveniente dalla sua curia6, il 13 giugno il papa Luna poteva finalmente ritenere con soddisfazione di avere ormai assicurata la piena obbedienza di tutto il Regno dell’isola di Sicilia7. In realtà a quella data il progressivo allineamento della Sicilia non era completo, come incerto era ancora il potere del re sull’isola. La stessa fonte riporta del resto il quadro dei conferimenti o riconferimenti successivi di cattedrali, abbazie e benefici da parte di Benedetto XIII, il quale il 21 agosto nominò un nunzio apostolico nel Regno di Trinacria, affidandogli la riscossione dei diritti spettanti alla Camera apostolica, da esercitare con molta discrezione e cautela: «prudenter et dulciter, sine scandalo». La dolcezza, applicata all’esazione delle imposte, è certamente rivelatrice da parte di un’amministrazione finanziaria di una situazione di estrema delicatezza8. Per quanto riguardava prelazie e benefici ecclesiastici ricevuti in precedenza da pontefici di un’altra linea, e ora riconcessi da Benedetto, si trattava di riscuotere per la seconda volta tasse che erano già state versate, anche se ad una diversa amministrazione finanziaria. Fu necessario che la Camera apostolica di Benedetto XIII ricorresse ampiamente alle transazioni con gli ecclesiastici siciliani, riducendo notevolmente le somme da pagare.
Agli ambasciatori siciliani arrivati nella primavera del 1414 per discutere una materia dibattuta nell’isola dalla morte nel 1409 del re Martino il Giovane, che nella sostanza atteneva al governo del Regno: la richiesta, che sarà mantenuta negli anni seguenti, di avere di nuovo in Sicilia un proprio re, con la sua corte, il papa aragonese prospettò il proprio trasferimento nell’isola.
La portata dell’intenzione manifestata da Benedetto XIII e l’effetto in grado di produrre sui siciliani vanno compresi, non solo alla luce delle vicende e difficoltà attraversate dal suo pontificato, che lo spinsero alla ricerca di un rifugio sicuro, ma anche riflettendo sia sulla storia dell’isola, che a partire dalla rivolta del Vespro aveva vissuto in un clima di combattivo ghibellinismo, sia sulle pretese, ormai di lunga durata, della Sede apostolica, per la quale in Sicilia il papa era al di sopra del re, suo vassallo, era il dominus territoriale, essendo l’isola terra Ecclesie. Si poteva immaginare o pretendere che la presenza di Benedetto XIII con la sua corte, di un papa così fermo e ostinato, che era stato appena riconosciuto come il vero papa, ma che nessun altro più riconosceva, avrebbe soddisfatto le richieste di autogoverno dei siciliani, i quali invece della presenza del re avrebbero addirittura ottenuto quella del papa, che sul Regno aveva l’alto dominio, e della sua corte? Delle reazioni siciliane non troviamo notizia, ammesso che il progetto pontificio riuscisse a vivere abbastanza da pervenire nell’isola.
Compiti speciali furono affidati da Benedetto XIII verso la fine di settembre del 1414 a due vescovi siciliani che avevano fatto parte dell’ambasceria, affiancati dal collettore che il papa aveva nominato per riscuotere i diritti, anche passati, della Camera apostolica. Comprendevano la predicazione in tutto il Regno di Sicilia dell’obbedienza al papa, da delegare a quattro frati mendicanti, e la riduzione forzata all’obbedienza dei siciliani pertinaci nello scisma.
In questo quadro si colloca l’invio nell’isola di un ecclesiastico, Antoni Caldés, rettore nella diocesi di Valencia della chiesa parrocchiale de L’Ènova, lo stesso personaggio che all’inizio del 1406 in un registro della Camera apostolica9 figura come uno degli esecutori testamentari del defunto cardinale Pere Serra, già amministratore dell’arcivescovato di Monreale, poi vescovo di Catania, e cancelliere del re di Sicilia come primogenito del re d’Aragona. Il Caldés aveva avuto uno stretto rapporto personale col Serra, del quale era stato il camerlengo e dopo il 1402 vicario generale a Catania, e possedeva quindi un’esperienza approfondita e una conoscenza diretta della situazione siciliana. Chierico della diocesi valenciana, nel 1378 era a Roma studente nello studium urbis. Bacallarius in decretis, nel 1397 era stato incaricato di trattare con Benedetto XIII la spinosissima questione della consegna dell’anello e del cappello cardinalizio al Serra, che il re non voleva assolutamente accompagnare con la tradizionale cerimonia pubblica. E altri delicati incarichi aveva svolto in seguito per conto di Martino e del cardinale presso il papa avignonese, col quale i rapporti del re furono a volte assai conflittuali, prima di passare alla curia pontificia dopo la morte del Serra10.
Il Caldés fu incaricato da Benedetto XIII di accertare quali fossero state le reazioni dei siciliani alla notizia, che riteneva dovesse essere stata diffusa, della imminente venuta del papa nel Regno11. Avrebbe dovuto registrare soprattutto le reazioni nelle quattro principali città, che erano prese in considerazione, oltre Palermo e Catania, anche Siracusa e Trapani, alla quale in verità non spettava il titolo di città, perché non era sede episcopale. In particolare avrebbe dovuto accertare quale tipo di accoglienza sarebbe stata riservata a Benedetto XIII e alla corte pontificia, se egli avesse deciso di stabilirsi a Catania o a Palermo (è da considerare che a Catania, città fortemente catalanizzata, più a lungo che a Palermo avevano risieduto i re della Casa d’Aragona e la corte nel corso del Trecento) e indagare se la venuta del papa nell’una o nell’altra città avrebbe incontrato il favore generale o di una parte soltanto. Non era comunque escluso che Benedetto e la sua corte potessero stabilirsi in un’altra delle città siciliane. Il Caldés avrebbe dovuto valutare quale fosse la città più adatta e meglio disposta ad ospitare il pontefice e la curia. Catania o Palermo sembravano comunque le residenze più probabili e l’indagine doveva rivolgersi soprattutto ad esse.
A Catania il papa avrebbe potuto risiedere per una parte dell’anno nel castello (il castello Ursino, residenza reale, ma pure dell’Alagona, vicario generale e dominus cittadino) e ne andava quindi accertata l’idoneità: «si lo castell és dispost per a estar e reposar-y algun temps del any», ma specialmente d’estate il papa avrebbe preferito una residenza situata più in alto, lungo le pendici dell’Etna, da dove avere la vista della città, dei giardini, dei dintorni e della marina: «com vulla tostemps, maiorment en l’estiu, de estar en loch alt, per veure la ciutat, la orta e les circumstàncies e marítima». Per le esigenze della corte pontificia, il Caldés avrebbe dovuto verificare l’esistenza a Catania di palazzi idonei ad alloggiare prelati di curia e cardinali («quins alberchs y ha per als senyors cardenals e prelats de cort»), e accertarsi se vi fosse per il papa un altro palazzo, che fosse notevole e vicino alla cattedrale, per le frequenti celebrazioni solenni che Benedetto XIII vi avrebbe tenuto («e si n’i ha algun notable per a la sua santedat prope la esgleya maior, per lo celebrar que fa in pontificalibus diverses vegades»).
Analoga indagine circa l’accoglienza che la città avrebbe riservato al papa e l’esistenza di alloggi idonei per cardinali e prelati, sopratttutto vicini alla cattedrale («maiorment prope la seu»), Antoni Caldés avrebbe dovuto svolgere anche a Palermo, dove si pensava che Benedetto XIII potesse risiedere non nel palazzo reale, ma nello Steri, il palazzo che era stato della famiglia Chiaromonte, come gli Alagona vicari generali del Regno, che avevano esercitato sulla città demaniale la loro signoria. Avrebbe dovuto verificare l’adeguatezza dello Steri come residenza pontificia e di quali addobbi avesse bisogno («se deuen pendre esment del Ester, hon nostre senyor lo papa haurà a posar, si y ha bona disposició per a estar-y nostre senyor lo papa, o no, e quins adops y hauria mester»), ma doveva anche informarsi dell’eventuale esistenza nella città di altre possibili sedi per la residenza del papa («si ha altra habitació dins la ciutat per a nostre senyor lo papa, sens lo dit Esteri»).
Oltre alla questione degli alloggiamenti per cardinali e curiali, che in passato aveva visto episodi anche drammatici, come per il trasferimento di Urbano VI nel piccolo castello di Nocera in Campania12, Antoni Caldés doveva esaminare l’altra questione cruciale dell’approvvigionamento della corte. Lo doveva fare particolarmente per Palermo, esaminando prezzi e mercati («quin mercat y ha, ne quals coses y són pus cares»), specificamente per l’acquisto di frumento, vino, carni, volatili («com és fornida la dita ciutat de forment, de civada, de vi, de carn, de volateria»), ma anche per ogni altro genere alimentare, ed inoltre per l’avena da biada, e la possibilità di fare acquisti in mercati fuori dal luogo di residenza («si faent provisions d’altra part a quin for les hauria la cort posades en la ciutat»).
Di ogni cosa il papa, per poter decidere, desiderava ricevere una particolareggiata relazione («de totes e cascunes de les dites coses saber, veure e considerar los partits per extensum»), accompagnata da una regolare e costante informazione e consultazione della Camera apostolica, utilizzando il flusso delle imbarcazioni da e per la Sicilia13.
L’analisi delle condizioni richieste per il trasferimento in Sicilia di Benedetto XIII e della sua corte era collegata al progetto matrimoniale tra l’infante Giovanni, secondogenito di re Ferdinando, e la regina napoletana Giovanna II d’Angiò Durazzo14, il cui contratto fu concluso a Valencia il 4 gennaio 1415. Il Caldés avrebbe dovuto anche accertare le opinioni e gli umori dei siciliani in merito al matrimonio, e più in generale rispetto alla politica nei confronti del regno napoletano (l’altro Regno di Sicilia). Le informazioni da raccogliere e trasmettere al pontefice avrebbero dovuto riguardare anche lo stato interno di quel Regno e le reazioni dei napoletani al matrimonio, comunicando chi si opponesse. Una volta che l’infante fosse giunto a Napoli, il Caldés avrebbe dovuto trovare il modo per continuare a tenersi al corrente sugli sviluppi della situazione napoletana15.
L’obbedienza al papa aragonese in Sicilia non era tuttavia ancora pacifica, se nel febbraio 1415 Messina propose a tutto il Regno di rifiutargliela, sicché i messinesi furono minacciati di essere considerati dei traditori, perché ritenere Benedetto un antipapa significava considerare il re un eretico, mettere in dubbio la legittimità del suo potere proveniente dall’investitura e negare che l’individuazione del papa legittimo spettasse soltanto al re16. Nel marzo 1415 Benedetto XIII prese la decisione di trasferirsi in Sardegna, nel castello di Cagliari, o in un altro luogo fortificato. Già a Cagliari suoi emissari ne preparavano l’arrivo su una galea provenzale, quando ne fu informato il re Ferdinando I, il quale prese misure concrete per evitare lo sbarco del papa17. In novembre trovò definitivo rifugio nel castello di Peníscola. All’inizio del 1416, poco prima che il re morisse, la Corona d’Aragona tolse formalmente l’obbedienza a Benedetto XIII18.
Il progetto di stabilirsi in Sicilia, annunciato agli ambasciatori ripartiti per l’isola nel 1414 e delineato nelle istruzioni senza data ad Antoni Caldés, si colloca nell’arco temporale compreso tra l’adesione della Sicilia al papa o antipapa aragonese, imposta da Ferdinando I, e la decisione del re di abbandonare Pedro de Luna, già maturata nell’incontro di Perpignano del settembre 1415. Nello stesso periodo l’inizio del Concilio di Costanza e i suoi sviluppi segnavano il destino dell’antipapa Benedetto XIII. In questa fase decisiva Pedro de Luna esaminò la possibilità di trasferire in Sicilia la corte pontificia, nella speranza di rafforzare la sua traballante posizione politica. Il collegamento di questo progetto con quello matrimoniale tra l’infante aragonese e la regina napoletana non stabilisce soltanto un termine cronologico, ma anche una condizione di più favorevole contesto politico per la realizzazione del trasferimento. Tale condizione non si realizzò, perché Giovanna II d’Angiò Durazzo già all’inizio del 1415 aveva intrapreso altre trattative che l’avrebbero portata al matrimonio con Giacomo di Borbone conte de la Marche. D’altro canto la Sicilia, la cui adesione a Benedetto XIII era recentissima e imposta, e ancora in corso di completamento, reclamava la sua autonomia nell’ambito della Corona aragonese, e dopo avere a lungo obbedito al papa di Roma ed essere stata teatro di una lunga ribellione anticatalana, tinta di motivazioni religiose e nazionalistiche, non offriva al papa alcuna garanzia di sicuro rifugio.
Sul fallimento del progetto siciliano di Benedetto XIII non sappiamo nulla, ma non è necessario pensare ad un veto del sovrano, in analogia al parallelo e più o meno contemporaneo progetto di trasferimento in Sardegna. L’ipotesi siciliana non era segreta, se era stata comunicata ufficialmente tramite l’ambasceria inviata dall’isola al re, e inizialmente era certamente nota e forse condivisa da Ferdinando. Il proposito di stabilire la residenza in una città siciliana, e contemporaneamente di allargare al regno napoletano l’area di influenza aragonese e presumibilmente l’obbedienza pontificia, era un disegno politico, non ancora un progetto di fuga. Il peggioramento della situazione fece forse preferire al papa l’ipotesi sarda, in cerca di un rifugio sicuro. Alla fine, di fronte all’ostilità del sovrano, che aveva accettato la logica conciliare dell’elezione di un nuovo papa, e alla conseguente impossibilità di realizzazione di ogni altro progetto il papa Luna si ridusse a Peníscola, in un castello splendidamente a picco sul mare, quasi un’isola. Anche le altre residenze prese in considerazione dominavano il mare: così la città castello di Cagliari, così Catania e Palermo, così anche Trapani e Siracusa, città protese nelle acque. A Catania avrebbe voluto una seconda residenza sulle pendici dell’Etna per dominare la vista del mare. A Palermo aveva scelto lo Steri, il palazzo più vicino al mare, da cui avrebbe visto tutto il golfo. Il mare, vicino e visibile, agevolava la difesa e favoriva la fuga. Forse dà l’immagine, anche fisica, dell’altero isolamento del solo tra i tre papi del grande scisma che ostinatamente non volle mai abdicare.
BIBLIOGRAFIA
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3. ID., 2008, pp. 145-686.
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13. ASV, reg. Vat. 332, fos 49vo-50ro.
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15. ID., 1986, pp. 58-59.
16. Id., 2008, pp. 700 s.
17. BOSCOLO, 1954, pp. 143s.
18. Arxiu de la Corona d’Aragó, Canc., reg. 2400, f° 35r°.
CONECTAR DOS MUNDOS: EL APOSENTO DEL SÉQUITO DE FERNANDO EL CATÓLICO
Germán Gamero Igea Universidad de Valladolid1
«Odia encerrarse entre paredes y bajo techo. De aquí que ensimismado frecuente las selvas, alejado por completo de los negocios»2
«Corte es llamado el lugar do es el rey e sus vasallos e sus ofiziales»3. Esta definición alfonsina de lo que supone la Corte se antoja, gracias a los múltiples estudios sobre los séquitos regios, clásica y a su vez polémica. A partir de ella las comitivas principescas han sido estudiadas en múltiples sentidos en relación al espacio. Por un lado, se han reforzado los rasgos más característicos de los lugares regios desde el punto de vista artístico, religioso, o jurisdiccional4. De la misma manera, otra rama de la historiografía ha recordado que el cortesano no lo es por un accidente espacial. Su caracterización provendría de un vínculo mental mucho más fuerte en el que deben ponderarse tanto aspectos individuales (formación, idiosincrasia o cultura) como relacionales (sociabilidad, lazos de servicio o nexos de tipo político)5. La conjunción de estos estudios nos permite afirmar hoy que la Corte no es sólo un espacio. No se trata de una geografía singular, sino que es una realidad que se encuentra habitualmente dispersa. Podemos hablar así de la discontinuidad de la Corte en una villa o región en la que se asienta temporalmente. También es muy frecuente encontrar las cortes en polos que orgánicamente suponen grupos diferenciados (el del dey y la reina, por ejemplo) pero que comparten la voluntad y simbología del poder central o regio. En relación con esta última opción no cabe duda que, entre los mecanismos de poder informal, la historiografía debe incorporar los epistolarios y registros de cancillería que, con sus peculiaridades, amplían la red cortesana y recogen influencias mucho más allá del rastro. Todo ello supone un valor añadido para el estudio de lo político tanto en la Baja Edad Media como en los siglos posteriores, en los que destaca el carácter policéntrico de la Monarquía Hispánica.
A lo largo de estas páginas nos ocuparemos de mostrar estas peculiaridades en el entorno de Fernando el Católico. Este séquito resulta excepcional por la duración del reinado, por su carácter del rey consorte en la Corona de Castilla, por los intercambios culturales que en él se dieron cita, por el carácter expansivo del gobierno fernandino, así como por la marca que la guerra dejó en la propia experiencia cortesana. Todas estas características permiten hacer una reflexión propia sobre la Corte como espacio, sobre las conexiones entre las villas y los séquitos cortesanos, así como la importancia del espacio en la curia regia. Las fuentes de que disponemos para este propósito son múltiples, permitiendo una visión complementaria. Así, la documentación archivística (ya sea la producida por las oficinas aragonesas o castellanas) aporta una visión administrativa y normalizada del aposento regio6. Tanto los gastos como las innovaciones en el cambiante séquito regio son algunos rasgos que permiten conocer quiénes fueron los agentes encargados del contacto entre el rey y el reino, a la vez que ponderar esa misma actuación. Por otro lado, las fuentes literarias (cronísticas, epistolares, etc.) proporcionan una perspectiva más vivencial. En ellas los problemas y las maravillas de los séquitos regios se expresan con un carácter más directo, aportando los propios cortesanos su visión de esta realidad.
1. (DE) LIMITAR EL SÉQUITO: LA DIMENSIÓN SIMBÓLICA Y NORMATIVA DEL APOSENTO
Habitar, dotar de una organización, imprimir unas señas de identidad. Todos ellos son procesos de apropiación del espacio, de alejarlo de lo(s) otro(s), que bien puede ser la naturaleza en su estado “salvaje” o los propios congéneres. Son, además, hitos fundamentales en muchos procesos de aculturación y bien pudieron jugar un papel destacado en el criticado proceso de civilización que defendía Norbert Elias7. Así, no parece casualidad que en los momentos de disrupción de la dinámica del aposento regio que se dan cita en el siglo XV se emplee por los propios coetáneos la oposición entre lo salvaje y el gobierno. Nos referimos especialmente a las famosas críticas lanzadas por Alonso de Palencia a Enrique IV, pero también a las que el epistolario de Mártir de Anglería dedica a nuestro protagonista, Fernando II8. La Corte, entendida ante todo como un espacio ordenado, social y político, reclama su centro. Si quiera de manera teórica, requiere una figura sobre la que pivotar. Por ello en el proceso bajomedieval de exhibición regia, la ausencia de sus soberanos sólo se admite en contadas y excepcionales ocasiones. En este sentido no pasa desapercibido que sea precisamente en el carácter sacralizador de la Monarquía donde se pueda encontrar con mayor frecuencia este ocultamiento, en multitud de acepciones9.
Pero, además, desde el punto de vista cortesano la apropiación de un espacio, que nunca es estable, fue, ante todo, un signo de autoridad y de reconocimiento, tanto para sí como para el reino sobre el que se proyecta. El pensamiento medieval genera un lenguaje simbólico en el que se superponen significados, conectados siempre unos con otros, convirtiéndose en el «primer utillaje mental» del medioevo10. Por ello, la organización de un espacio que es a su vez estable y mutable refleja muy bien la cultura medieval11. Los numerosos matices que imprime nos permiten conocer un poco mejor la urdimbre de esa sociedad. Sin embargo, para el caso del aposentamiento bajomedieval quedan pocos testimonios que nos permitan reconstruir momentos concretos. Frente a ello debemos basarnos en la norma, fuertemente revitalizada en tiempos de los Reyes Católicos, para poder acercarnos a este proceso. Su visión ideal muestra, igualmente, algunos valores y conceptos fundamentales a los que la sociedad cortesana aspiraba en su anhelo por la belleza y el orden, que es precisamente uno de sus rasgos característicos. Entre las múltiples perspectivas de análisis que podríamos proponer, una de las que resulta más operativas es aquella que distingue la acción de la Corte hacia fuera y hacia sí misma. En cada uno de los casos se ofrece un rasgo diferente del límite que conviene valorar.
Comencemos por aquel conjunto de normas que procuran delimitar la práctica del aposento en el seno de la Corte. Ellas nos ayudan a atender a un proceso no siempre bien conocido12. Para el caso de Fernando II de Aragón, la tradición de sus reinos patrimoniales se dejó sentir con fuerza, a pesar de que desarrollara gran parte de su actividad en el solar castellano. La continuidad, en general, de la vigencia de las Ordinacions en el séquito del Rey Católico, nos conduce a ponderar este texto normativo. Pero además, disposiciones como una cédula de Juana I sobre el aposento de la Corte regia refuerzan esta misma perspectiva13. Caben pocas dudas sobre la autoría de este documento por parte del Rey Católico. No sólo conviene recordar la firme regencia que sobre su hija ejercía el aragonés14. También la propia realidad de los séquitos regios nos conduce hacia la relevancia de Fernando II, pues la reina ya había entrado por las puertas del palacio de Tordesillas, que debía ser su residencia permanente. En ambos textos, el aragonés y el castellano, se refuerza una idea capital. El aposentador (el portero aposentador, el aposentador mayor, o menor, el de los oficios, y cualquiera de sus variantes) no es sino la cabeza para una función15. Él tiene que coordinar a prácticamente todas las autoridades cortesanas (y otras extra-cortesanas) que a su vez se rigen por una estructura y organigrama propios. Así pues, no le caracteriza tanto su función como la autoridad que se le arroga sobre ella16.
Al igual que los alcaldes de Corte, los aposentadores se convierten en la personificación de la autoridad real en un momento de más que probable conflicto tanto en el seno del séquito regio como frente a las autoridades locales. Sería así matizable la percepción de que el aposentador precede a la Corte. Al menos en la tradición aragonesa éste es acompafíado de una pléyade de oficiales que garantizan el correcto asentamiento del séquito regio y que ya componen parte del propio cortejo17. Podemos decir que el aposentador es, ante todo, un delegado de la voluntad real que ha quedado plasmada por las listas o cédulas de aposentamiento y el oficial que encabeza el contacto entre el rey y el reino. De ahí se desprende su relevancia y las peculiaridades que le confiere el cargo.
Pero como demiurgo, es el encargado de materializar una realidad que combina el poder de la tradición de los reinos y la gracia regia: la planta de la Corte18. Así su labor material se fundamenta en la creación y significación de un espacio que también viene marcado por la norma. Es aquí donde tal vez encontremos algunos de los cambios más perceptibles en la labor del aposentador. La tradición aragonesa establece una serie de indicaciones en las que, partiendo de la Cámara, se forman círculos de proximidad hasta llegar a los departamentos de la administración pecuniaria o del Maestre Racional que ocupan los puestos periféricos. Esta idea, que expresa bien la centralidad del rey en las Ordinacions, es difícilmente aplicable a la realidad vivida por el Rey Católico. En primer lugar, porque, con un mismo carácter ideal o normativo, las nóminas de aposentamiento que han llegado hasta nosotros reflejan una realidad sustancialmente distinta. Considerablemente normalizadas, se establece siempre un aposentamiento descendente en función de la consideración del departamento, pero no de su cercanía al soberano. Así pues el orden se podría resumir de la siguiente manera: las personas reales (entre las que, si está presente, se incluye al Cardenal de Espafía); la Capilla; “los oficios”; los embajadores (siempre con el nuncio papal al frente); los grandes que siguen a la Corte (condestables y almirantes, duques, obispos, condes, marqueses); los miembros de los consejos; los secretarios; los alcaldes y escribanos de los consejos; y posteriormente una pléyade variable de oficiales que van, desde los mayores (caballerizo, despenseros, etc.) hasta los continos y oficiales de menor rango. Ahora bien, en cada caso estos aposentadores deben iniciar un diálogo no siempre fácil con las autoridades de cada localidad, pudiéndose establecer diferentes dinámicas que en muy pocas ocasiones han llegado hasta nosotros19. Entre ellos, por estar recogida en las normas cortesanas, puede destacarse la diferenciación entre los criterios referentes al aposento en un núcleo urbano frente a aquellos que se hacen de camino, pudiéndose destacar especialmente su diferenciación en términos cuantitativos. La dislocación de la Corte se convierte por tanto en una constante que debe ser controlada desde el punto de vista conceptual por la autoridad monárquica, y desde la materialidad por el aposentador.
Esta encrucijada es precisamente el último de los puntos en los que la norma puede ayudarnos a comprender un poco mejor la dimensión simbólica del aposento regio. Frente a cuestiones de tipo material, es precisamente la Corte en sí misma la que establece estos límites, en especial los referentes al palacio, por medio de los porteros20. De la misma manera, también las pragmáticas, delimitan qué supone el aposentamiento desde una visión diferente que también conviene tener en cuenta: las malas prácticas de estos oficiales. Así, es de destacar la labor legislativa que tanto los reyes de Castilla como los de Aragón habían impulsado en las décadas precedentes, así como el papel de los Reyes Católicos en su consolidación21.
Sin embargo, la práctica del aposentamiento podría ser todavía esbozada con una mayor precisión. (,Quiénes –y cómo- desempefían esta labor? (,Qué ayudas recibieron? (,Qué problemas tuvieron que afrontar? Precisamente este proceso de materialización ocupará buena parte de las restantes páginas.
2. LA CONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO: AGENTES Y PRÁCTICAS
¿Quiénes son, por tanto, los responsables de este complejo desplazamiento de la Corte? Ya los estudios precedentes han destacado la importancia del conocimiento del terreno y las villas en las que el séquito regio se aposenta. Por ello no resulta extraordinario que para el caso de la Corte de Fernando II muchos de estos oficiales procediesen del solar castellano, acorde con su prolongada permanencia en dicho territorio22. Incluso, si puntualizásemos esta afirmación, tampoco debe resultar sorprendente que dispongamos de quitaciones más continuadas para los castellanos que para los procedentes de la Corona de Aragón.
Se podría, por tanto, proyectar una división cronológica que caracterizase a estos oficiales en función del servicio. Parece lógico en una trayectoria como la de Fernando el Católico hacer una distinción entre la etapa anterior y posterior a su ascenso al trono castellano. Por haber sido menos atendidos por la historiografía nos parece importante destacar algunos de estos primeros oficiales. Cronológicamente la serie se inicia con mosén Jaume Pallarés, aposentador del príncipe y de la reina madre en 146123. Nombrado por Juan II, daría sobradas muestras de su fidelidad a la causa realista en el sitio de la Força Bella. Sin embargo a partir de ese escenario desaparece de los registros fernandinos hasta 146824. Sus pasos en el solar castellano nos son en buena medida desconocidos, pudiendo aportar tan sólo la noticia de la confirmación de su oficio en Cáceres en 1478 así como un pago de 540 sueldos jaqueses25. Sin embargo, será a partir de 1468, con el desarrollo de la Corte del joven príncipe, cuando podamos dar noticia de algunos otros servidores que se incorporan a este oficio. Se trata, por ejemplo, de Juan Gallar, cuyo nombramiento debe resultar honorífico pues se le asienta en los libros del Escribano de Ración bajo la condición de no percibir quitación26. Tampoco conocemos qué percepciones recibió Salvador Montanyes, habitante de Zaragoza, ni Gonzalo Calbo, natural de Tárrega, asentados el mismo día. Incluso el reino valenciano quedaría debidamente representado en esta etapa con dos aposentadores: Juan Pérez, de Orihuela, y Juan Torrozella, nombrado ya en Valladolid, en 146927. Tal y como comentábamos, tan sólo sus nombres nos han llegado debiendo esperar al reinado en Castilla para poder profundizar en el desarrollo de este oficio28.
Superado el reinado de Enrique IV de Castilla, aparecen diferentes aspectos a considerar con el nuevo régimen de los Reyes Católicos, y la cuestión de los oficiales regios no pasa desapercibida. Para el caso que nos ocupa es importante tener en cuenta que las disposiciones legales precedentes habían considerado el asunto de la preeminencia en el aposento, tanto en la organización como en el cobro, de los oficiales del rey frente a los de la reina y príncipe29. Cuestión marginal, debe ser entendida en el contexto del reinado y en la necesaria equiparación de las figuras regias en un nuevo sistema de equilibrio, innovador respecto al imperante hasta ese momento. Llegamos así a las famosas capitulaciones de Segovia en las que se establece la categoría compartida de los oficiales de los soberanos, que tantos problemas ha reportado a la historiografía30. Así, si bien debe seguir defendiéndose la separación de los séquitos regios, como autónomos y representativos de diferentes autoridades monárquicas, la conexión en la cuestión del aposento es especialmente sensible a este respecto.
En primer lugar, como se ha subrayado, la procedencia de muchos de los aposentadores era el solar castellano. A ello debería sumársele el hecho excepcional de que en un porcentaje elevado de los casos estos aposentadores son compartidos31. La documentación parece mostrar que esta situación fue especialmente frecuente a inicios del reinado. Las causas que podríamos aducir muy probablemente estén relacionadas con una frágil configuración del séquito regio, menos desarrollado, además, en términos cuantitativos. Así, por ejemplo, Sancho de Medina, Gómez Calderón y Pedro de Villareal, tres de los primeros aposentadores de quien será el Rey Católico32, comparten nóminas, denominaciones y funciones en la Corte de su esposa, la reina Isabel, por esas mismas fechas. Lo mismo ocurre con Juan de León, fiel aposentador del soberano cuyas vinculaciones con la casa real de Castilla ya han sido comentadas. Incluso, por alejar el análisis de lo coyuntural, resulta más interesante la posición que mantienen estos cortesanos en la gestión cortesana. Por un lado resulta interesante el hecho de que en la inmensa mayoría de los casos sus quitaciones fueran pagadas por el Escribano de Ración, pero en maravedíes33. Es algo que resulta significativo tanto por la posición de estos oficiales (dentro de la administración aragonesa) como por el destino que se concede a ese capital traspasado de una Corona a otra (administrado por el mencionado Escribano). De igual forma, si nos fijamos en la administración castellana, la posición que se concede a estos oficiales resulta también interesante. A pesar de contar con registros de quitaciones, en muchos casos las percepciones salariales de los aposentadores son libradas por vía de nómina. Con ello parece percibirse la exclusividad que se les concede en la administración de los Reyes Católicos en Castilla, pues esto significaba equipararles a oficiales tan relevantes como los físicos de la Corona o a los miembros del Consejo Real. Los tres conformaban un resumen de las obligaciones que el reino tenía para con el rey, resultando sumamente enriquecedora la combinación entre el cuidado físico y político del rey.
TABLA 1
EVOLUCIÓN DEL NÚMERO DE APOSENTADORES DE FERNANDO EL CATÓLICO

Fuente: Elaboración propia.
Resulta igualmente sugerente preguntarnos por el número y evolución de estos oficiales. Sus matices no son los mismos si nos situamos a principios o a finales del reinado. De su servicio pueden destacarse algunas conclusiones que caractericen este grupo. Una de las más evidentes son las cadencias que pueden describirse en el número y evolución de los mismos. Más allá de los años 1500-1502, cuyo vacío se debe al estado de conservación de las fuentes, es especialmente en 1505 (tras la muerte de Isabel I) cuando se produce un relevo más acusado entre los oficiales encargados del aposento del rey. En nuestra opinión, datos como estos nos ayudan a entender mejor la vinculación del servicio conjunto y su excepcionalidad en el caso del séquito fernandino. Gómez Calderón, Juan de León, Pedro Carrera y Gutierre Gudiel (éste último un poco antes) desaparecen de un servicio que en ocasiones podía retrotraerse al inicio del reinado34. De la misma manera, García Gurrea, Fernando Cevallos y Diego de Cáceres, comienzan una nueva etapa en el aposento regio, estable en la mayoría de los casos35. Por otro lado, algunos otros, cuyos inicios habían comenzado con el periodo de mayor vitalidad del séquito fernandino (a partir de la muerte del cardenal Mendoza y del príncipe Juan) continuarán una importante trayectoria que merece ser destacada sobre el resto. Nos referimos a Bartolomé de Briones, Antonio de Mondragón o Cristóbal Calderón que acompañarían al monarca prácticamente hasta Madrigalejo36. Ellos formaron parte, seguramente desde una posición principal o rectora, de un nuevo equipo nutrido por los azotes de la segunda regencia del Rey Católico37.
Sin embargo, no sólo la realidad castellana impondría su ritmo en las relaciones entre el rey y el reino en cuestiones de aposento. Si bien es cierto que con una menor casuística, pues el solar aragonés fue testigo en menos ocasiones de la presencia regia, la situación vivida en estos territorios puede ayudar a reconstruir estos procesos a un lado y otro de la frontera. Conociendo la obligación de pagar los aposentos de los cortesanos en sus viajes, la primera referencia de la que podemos dar noticia es el espectacular viaje de los reyes a Barcelona en 149238. Se trata de un registro de tesorería en el que se conceden determinadas ayudas de costa a sus cortesanos (y a los de sus vástagos). Su carácter excepcional, además de por tratarse de la casa de una reina castellana, proviene de la imagen que ofrece de lo circunspecto que podía ser el séquito regio en un viaje fuera de las fronteras y que se preveía costoso. En segundo lugar, otro de los ejemplos consiste en una ocasión no menos festiva como es la estancia de la Corte en Zaragoza en 149839. En este caso el séquito que se refleja es el del propio rey de Aragón. El documento resulta de incalculable valor tanto por mostrarnos una imagen fija del cortejo como por manifestar la consideración que se da a cada uno de ellos (algo que puede ser muy interesante para el conocimiento de la Corte en sí). También resulta reseñable la homogeneización de las prácticas cortesanas entre ambos monarcas (aun en fechas diferentes), así como la relativa unidad que la propia génesis documental confiere. Incluso sería interesante comentar cómo la propia evolución del reinado llevará a que este tipo de asimilaciones se extienda hacia otras direcciones. Ya se ha destacado la conservación de las nóminas de aposentamiento por parte de Fernando II durante su regencia en la documentación castellana. Precisamente este mecanismo, en un proceso de plena sincronización por no decir de apropiación, será otro de los testimonios a tener en cuenta. Así, resulta relativamente sorprendente encontrar cómo el soberano empleará los resortes castellanos (la Cámara de Castilla) como medio para confeccionar las listas de aposentamiento para eventos tan importantes como las Cortes de Monzón, a las que asistiría su segunda mujer. La autoridad de los secretarios, plenamente instaurada en ambas coronas, junto con la permanencia del soberano en el solar castellano, puede explicar situaciones como esta.
Esta colaboración y analogía entre las administraciones castellana y aragonesa, que no suele ser tan habitual como podría pensarse en un primer momento, debía solucionar, al menos, un último reto. ¿Cómo materializar y hospedar a un séquito cada vez más numeroso, con tradiciones diferentes y necesidades específicas? Es más, (,Cómo hacerlo en un contexto bélico, durante una regencia, o sin causar el malestar de los naturales? Como última cuestión, procuraremos dar cabida a las situaciones más extremas, y por ello mejor conocidas. Precisamente desde su carácter extraordinario, por su intento por perpetuar una situación ordinaria difícil de analizar, estos momentos resultan imprescindibles.
3. SOBREPONERSE A UN ESPACIO: ALGUNOS PROBLEMAS Y SOLUCIONES EN EL APOSENTO
A primera vista, las cuentas regias muestran una realidad innegable. El territorio sobre el que asienta la Corte en pocas ocasiones se encuentra en condiciones para asumir la presencia del séquito regio. Para el caso que nos ocupa, dada la pérdida de la tesorería fernandina, las cuentas de Isabel I nos permiten aproximarnos a una situación que debió ser pareja en el séquito de su marido. Ya los clásicos estudios de Rafael Domínguez Casas demostraron la constante necesidad de adaptar los espacios a la vida de la Corte40. Los trabajos realizados son tan frecuentes que incluso podemos llegar a preguntarnos si existió verdaderamente un espacio regio41. Así, las modificaciones, constantes incluso en grandes palacios como la Casa del Cordón en Burgos, nos hacen valorar el papel de los aposentadores, pero también de los reposteros y por supuesto de los obreros42. La materialización del espacio cambia conforme a las necesidades de los huéspedes, que aportaron la cultura material que decora (si no caracteriza) la estabilidad y majestad que tal espacio reclama. El análisis de la cultura material requería un trabajo de otras dimensiones, menos centradas en la figura del rey de Aragón, y cuyas conclusiones redundarían más en la comprensión de las situaciones ordinarias que las extraordinarias. No obstante resulta imprescindible mencionar, al menos, la importantísima labor de los constructores musulmanes y moriscos que establecieron con sus menudas labores un marco arquitectónico tan apreciado por la soberana43.
Precisamente esta relación de los soberanos con y frente a lo musulmán es uno de los aspectos más reseñables del reinado, siempre dentro de lo extraordinario, y uno de los que más afecta a Fernando el Católico. La guerra, y la Guerra de Granada en concreto, ha sido valorada en múltiples ocasiones como un elemento dinamizador del periodo. También lo es en esta ocasión, y por la conjunción de factores resulta interesante su caracterización. ¿Qué ocurre cuando un soberano no debe aposentarse en una villa sino frente a ella? En primer lugar, aparece un cambio en la faz de la Corte, que redunda en la dislocación que venimos comentando. Así, comprender la relación entre los séquitos de los Reyes Católicos pasa por asumir que, al menos en ciertas ocasiones, el eje de aquellos se divide entre la Corte que, sin participar en la guerra, acompaña a la reina y la cohorte que se adentra en los reales del reino nazarí.
Es allí, en los grandes campamentos militares, donde la cohorte muestra algunas de sus peculiaridades más sugerentes. En primer lugar, por el propio desplazamiento del séquito militar regio. Confiado a mariscales o alguaciles, invierte radicalmente los términos descritos. En apartados anteriores se hablaba de proximidad y representación. Ahora, sin abandonar el concepto de autoridad, se debe pensar más bien en el secreto como una de las principales herramientas para la ocupación del espacio. Siempre signo de privanza, resulta un arma de doble filo para la sorpresa de los enemigos y la exasperación de los soldados. Además, una vez instalados, los reales se convierten en las nuevas ciudades. Siendo creados ex novo, el uso social del espacio, resulta muy revelador. En su concepción macro-espacial podemos observar cómo la distribución de los campamentos refleja no sólo el devenir de la guerra sino de la política en todo el reino44. De la misma manera, en el aposento particular también podemos encontrar algunas proyecciones propias de tiempo de paz, con sus matices. Sin hablar de palacios, bien es cierto que las tiendas del real podían ser espléndidas. En su concepción, su uso y préstamo recrean espacios y comportamientos de tiempos de paz denotando relaciones políticas y de confianza, pero también de autoridad45. Incluso, puede ser de especial valor la recreación, desde parámetros básicos, del espacio regio en el real de Santa Cruz, y muy especialmente las casas o palacios que se levantaron para los soberanos. Hoy destruidas, fueron ejemplo, a muy pequeña escala, de una construcción palaciega ideal donde los espacios de los reyes y sus séquitos quedaban limpiamente definidos46. ¿Podemos hablar, entonces, de comportamientos semejantes en tiempos de paz y de guerra? En nuestra opinión esta situación llegaría a su momento culminante cuando la cohorte recibe a la Corte (de la reina), completando su tránsito entre séquito, ciudad-real y curia. No en balde resaltada por los cronistas castellanos, la llegada de su soberana junto con las damas del séquito transforma el espacio convirtiéndolo en cortesano y político a la vez. Salvo en casos aislados, la presencia de la Reina Católica viene precedida de músicas, danzas y regocijos en honor a los soldados. De la misma manera, es sucedida por la victoria y el fin del cerco militar. Así, la primera entrada real en estas ciudades musulmanas queda bajo el marco de la negociación conjunta de los dos soberanos, creando un lenguaje simbólico y ritual propio para cada situación, que no siempre ha llegado hasta nosotros.
De nuevo, el aposento, con más razón el primer aposento, se transforma en un evento político, para el séquito y para el núcleo urbano que lo alberga. Pero no sólo en el reino de Granada tuvo que hacerse frente a los problemas del hospedaje regio. Los conflictos y choques debieron de ser uno de los problemas más frecuentes en sus desplazamientos, pudiéndose destacar alguno de ellos. Por lo revelador del ejemplo, el aposento de Sevilla a principios del reinado resulta una referencia obligada de aquellos problemas47. Sin embargo, por su sistematicidad son las palabras de Mártir de Anglería las que tal vez nos ofrezcan una panorámica más completa de la vivencia del aposento, ya en los últimos años del reinado. La necesidad de la presencia del rey en la ciudad se hace cada vez más acusada y a su vez más distante. La Corte, esta Corte ya en franca decadencia, debe asumir un último problema que es la falta de voluntad del soberano por mostrarse y seguir sus pasos. El recurso a la caza, a pequeñas villas o a monasterios en los que es imposible acceder al soberano, produce una cambio en la morfología de la Corte y da sentido, de nuevo, a la privanza y al secreto. Destacarían en ese contexto secretarios como Almazán, «único y absoluto partícipe de las interioridades del Rey en quien el soberano depositaba todos sus grandes asuntos [...]»48.
Con ello el espacio de la Corte volvía a transformarse en una nueva dirección, menos atractiva para sus cortesanos, que lleva consigo una progresiva reducción de sus efectivos. En un viaje que terminó por convertirse en compulsión, el último de los problemas resultó ser la falta de destino, convertir el trasiego de la Corte en un periplo ansioso que duraría «hasta que el Rey, o sacuda sus enfermedades que lo atormentan o rinda su tributo a la naturaleza»49.
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Hemos podido observar la importancia que el aposentamiento tiene para la vida de la Corte, ya sea en tiempos de paz o de guerra. La relación con las ciudades supone un proceso que va mucho más allá del cambio de escenario. Desde la visión normativa hasta la concreción del aposento, el trasiego del séquito regio supone un constante refuerzo y pugna de diferentes autoridades, fuera y dentro de él. En función de las necesidades la Corte de Fernando II pudo reproducir en sí misma el esquema de una ciudad. Así, se ha destacado el tiempo de la guerra como hito fundamental, si bien una aproximación a la recreación de los aposentos en las ciudades, allí donde los archivos lo hagan posible, sería igualmente reveladora, y muy interesante de contrastar. Por otra parte, el mundo medieval es una sociedad que demanda con gran insistencia la presencia de su rey, como vemos que lo hacen tanto los cortesanos como los ciudadanos, generando en cada caso sinergias semejantes pero en ocasiones contrapuestas. Todo ello supone concebir el aposento real como un mecanismo que revela las importantes conexiones entre el control del espacio y el ejercicio del poder; como un lugar común donde diferentes poderes se dan cita; y como el último proceso de ósmosis entre el rey y los reinos en el que la Corte toma su posición preeminente.
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