Читать книгу: «La muerte de la polilla»


Índice de contenido
Cubierta
Colección Zettel
Portada
Nota del editor
La muerte de la polilla
Atardecer sobre Sussex: reflexiones en un automóvil
Tres pinturas
La anciana señora Grey
Merodeo callejero: una aventura londinense
Jones y Wilkinson
Noche de Reyes en el Old Vic
Madame de Sévigné
El arte humano
Dos anticuarios: Walpole y Cole
El reverendo William Cole
El historiador y “el Gibbon”
Reflexiones en Sheffield Place
El hombre en el portón
Sara Coleridge
“No era uno de nosotros”
Henry James
George Moore
Las novelas de E.M. Forster
Middlebrow
El arte de la biografía
Gajes del oficio
Carta a un joven poeta
¿Por qué?
Profesiones para mujeres
Pensamientos de paz durante un ataque aéreo
Virginia Woolf
Copyright
NOTA DEL EDITOR
HAN PASADO DIEZ AÑOS desde que Virginia Woolf publicó el último volumen de su colección de ensayos, El lector común. En el momento de su muerte, ya estaba comprometida con la tarea de reunir ensayos para un volumen adicional, que se proponía publicar en el otoño de 1941 o en la primavera de 1942. Además, tenía intenciones de publicar un nuevo libro de cuentos en el que se incluyera total o parcialmente Lunes o martes, que hace tiempo está agotado.
Virginia Woolf dejó un considerable número de ensayos, borradores y cuentos, algunos sin publicar y otros publicados con anterioridad en periódicos; hay suficientes para llenar tres o cuatro volúmenes. Para este libro, hice una selección. Algunos se publican por primera vez; otros han aparecido en The Times Literary Supplement, New Statesman and Nation, Yale Review, The New York Herald Tribune, The Atlantic Monthly, The Listener, The New Republic y Lysistrata.
De haber vivido, no caben dudas de que ella hubiera hecho grandes modificaciones y revisiones en casi todos los ensayos antes de permitir que aparecieran en formato de libro. A sabiendas, uno vacila en el momento de publicarlos como quedaron. Yo decidí hacerlo, primero, porque me parecen dignos de ser publicados otra vez y, segundo, porque, de todas maneras, los que ya han aparecido en otras publicaciones habían sido escritos y revisados con inmenso cuidado. No creo que Virginia Woolf haya aportado a algún periódico o revista un artículo que no hubiera escrito y reescrito varias veces. La siguiente anécdota probará, tal vez, con qué seriedad se tomaba el arte de escribir, incluso para un periódico. Poco antes de su muerte, escribió un artículo en el que hacía la crítica de un libro. El autor del libro escribió al editor y le dijo que el artículo era tan bueno que le gustaría tener la copia mecanografiada, si era posible que el editor se la diera. El editor me envió la carta a mí. Me dijo que él no tenía la copia mecanografiada y me sugirió que, si podía encontrarla, tal vez quisiera enviársela al autor. Entre los papeles de mi esposa, encontré el borrador original del artículo escrito de puño y letra y no menos de ocho o nueve revisiones completas, que ella misma había mecanografiado.
Casi todos los ensayos críticos más extensos incluidos en este volumen han sido sometidos a este mismo tipo de revisión antes de ser publicados originalmente. Sin embargo, no es así en el caso de los otros, en especial de los primeros cuatro ensayos. Fueron escritos a mano por ella, como de costumbre, y luego pasados a máquina sin mucho cuidado. Los he impreso como estaban, con la salvedad de que coloqué los signos de puntuación y corregí los errores verbales evidentes. No dudé en hacerlo, dado que siempre revisé los manuscritos de sus libros y artículos de esta manera antes de que fueran publicados.
LEONARD WOOLF
LA MUERTE DE LA POLILLA
NO ES APROPIADO LLAMAR POLILLAS a las polillas que vuelan de día; no suscitan esa placentera sensación de noches oscuras de otoño y brotes de hiedra que la más común Noctua Pronuba dormida en la penumbra de la cortina siempre despierta en nosotros. Son criaturas híbridas, ni alegres como las mariposas ni sombrías como su propia especie. No obstante, el espécimen al que aludo, con sus alas angostas color heno, ornadas con una borla del mismo color, parecía estar contento con la vida. Era una mañana agradable de mediados de septiembre, templada, benigna y sin embargo con una brisa más insidiosa que la de los meses estivales. El arado ya marcaba los campos que se veían por la ventana, y allí donde había pasado la reja la tierra estaba aplanada y reluciente de humedad. Era tal la energía que llegaba de los campos y las cuestas lejanas, que era difícil mantener los ojos estrictamente clavados sobre el libro. Las cornejas también celebraban una de sus festividades anuales; sobrevolaban en círculos las copas de los árboles hasta dar la impresión de componer una vasta red con millares de nudos negros que había sido arrojada al aire y que, después de unos instantes, descendía lentamente sobre los árboles hasta que cada rama parecía tener un nudo en la punta. Luego, de improviso, la red volvía a ser arrojada al aire, esta vez formando un círculo más amplio, entre el clamor y la vocinglería más extremos, como si ser lanzada al aire y descender despacio sobre las copas de los árboles fuera una experiencia tremendamente excitante.
La misma energía que inspiraba a las cornejas, a los labradores, a los caballos e incluso, parecía, a las cuestas yermas y desnudas, impulsaba a revolotear a la polilla de un lado al otro de su cuadrado de vidrio de la ventana. Era inevitable observarla. Por cierto, al hacerlo se tomaba conciencia de una rara sensación de piedad hacia ella. Esa mañana las posibilidades de placer parecían tan inmensas y tan variadas que desempeñar solo la parte de una polilla en la vida —y, por si fuera poco, la de una polilla diurna— parecía un duro destino, y el fervor del insecto por disfrutar al máximo sus magras oportunidades resultaba conmovedor. Voló vigorosamente hacia un rincón de su compartimiento y, después de esperar allí un segundo, cruzó volando al otro. ¿Qué le quedaba, excepto volar a un tercer rincón y luego a un cuarto? Eso era todo lo que podía hacer, a pesar del tamaño de los cerros, de la vastedad del cielo, del humo lejano de las casas y de la romántica voz, de tanto en tanto, de algún vapor en altamar. Hacía lo que podía. Observándola, parecía que hubieran metido una fibra, muy delgada pero pura, de la enorme energía del mundo en su cuerpo frágil y diminuto. Cada vez que cruzaba el vidrio, yo imaginaba que un filamento de luz vital se volvía visible. No era ni más ni menos que la vida.
No obstante, como era tan pequeña, y una forma tan simple de la energía que entraba por la ventana abierta y se abría paso a través de los numerosos corredores estrechos e intrincados de mi propio cerebro y de los de otros seres humanos, había algo a la vez maravilloso y patético en ella. Era como si alguien hubiera tomado una partícula de vida pura y la hubiera adornado lo más levemente posible con plumón y plumas, y la hubiera puesto a danzar y zigzaguear para mostrarnos la verdadera naturaleza de la vida. Manifestada de ese modo, no podríamos pasar por alto su extrañeza. Somos hábiles para olvidarlo todo sobre la vida cuando la vemos encorvada y engalanada y ataviada y entorpecida de tal modo que debe moverse con la mayor circunspección y dignidad. Una vez más, la idea de todo lo que podría haber sido su vida si la polilla hubiera nacido bajo otra forma hizo que contempláramos sus simples actividades con una suerte de piedad.
Después de un rato, aparentemente cansada de su danza, se posó en el borde de la ventana, al sol; y una vez finalizado aquel raro espectáculo, me olvidé de ella. Luego, cuando levanté la vista, volvió a cautivar mis ojos. Intentaba retomar su danza, pero parecía tan rígida —o tan torpe— que solo podía revolotear en la parte inferior del panel de vidrio, y cuando trataba de cruzarlo volando, no podía. Dado que estaba concentrada en otros asuntos, observé durante un rato aquellos intentos inútiles sin pensar, esperando inconscientemente que retomara su vuelo, como esperamos que una máquina que se ha detenido momentáneamente retome su actividad sin considerar las razones por las que falla. Después de quizás el séptimo intento resbaló por el borde de madera y cayó, agitando las alas, de espaldas sobre el alféizar de la ventana. La indefensión de su actitud hizo que me despabilara. De pronto comprendí que estaba en dificultades; ya no podía levantarse sola; sus patas luchaban en vano. Pero cuando le acerqué un lápiz con el propósito de ayudarla a enderezarse, comprendí que el fracaso y la torpeza eran la cercanía de la muerte. Bajé el lápiz.
Las patas se agitaron una vez más. Miré a mi alrededor, como buscando al enemigo contra el cual peleaba. Miré hacia afuera. ¿Qué había ocurrido? Aparentemente ya era mediodía y el trabajo en los campos había cesado. La quietud y el silencio habían reemplazado la anterior animación. Los pájaros habían ido a buscar comida en los arroyos. Los caballos permanecían inmóviles. Sin embargo, el poder seguía acumulado allí afuera, indiferente, impersonal, sin atender a nada en particular. En cierto modo era lo opuesto a la pequeña polilla color heno. Era inútil intentar hacer algo. Solo podían observarse los extraordinarios esfuerzos que hacían aquellas pequeñas patas contra una condena que se avecinaba y que, de haberlo querido, podría haber sumergido una ciudad entera, y no solo una ciudad sino también masas de seres humanos; que yo supiera, nada tenía ninguna oportunidad contra la muerte. No obstante, después de una pausa exhausta, las patas volvieron a agitarse. Esta última protesta fue soberbia, y tan frenética que al fin consiguió enderezarse. Nuestras simpatías, por supuesto, estaban a favor de la vida. También, puesto que no había nadie a quien le importara o que lo supiera, aquel esfuerzo gigantesco de una pequeña polilla insignificante contra un poder de tamaña magnitud por retener algo que nadie más valoraba o deseaba conservar resultaba extrañamente conmovedor. Una vez más, de algún modo, se veía la vida: una partícula pura. Volví a levantar el lápiz, aun sabiendo que sería inútil. Pero, mientras lo hacía, las inconfundibles señales de la muerte hicieron su aparición. El cuerpo se aflojó y de inmediato se puso rígido. La batalla había terminado. La pequeña criatura insignificante ahora conocía la muerte. Mientras miraba la polilla muerta, aquel triunfo instantáneo de una fuerza tan grande sobre un antagonista tan ínfimo me llenó de asombro. Así como la vida había sido extraña unos minutos atrás, la muerte era ahora igualmente extraña. Como había logrado enderezarse, la polilla yacía más decente e impecablemente compuesta. Ay, sí, parecía decir, la muerte es más fuerte que yo.
ATARDECER SOBRE SUSSEX:
REFLEXIONES EN UN AUTOMÓVIL
EL ATARDECER ES AMABLE CON SUSSEX, porque Sussex ya no es joven y agradece el velo del ocaso, como una mujer entrada en años se alegra cuando se les ponen pantallas a las lámparas y solo puede atisbarse el contorno de su cara. El contorno de Sussex sigue siendo muy bello. Los acantilados enfrentan el mar, uno detrás de otro. Todo Eastbourne, todo Bexhill, todo St. Leonards, sus paseos y sus albergues, sus tiendas de abalorios y sus confiterías y sus carteles y sus inválidos y sus autobuses…, todo ha sido obliterado. Lo que queda es lo que había cuando Guillermo llegó de Francia hace diez siglos: una línea de acantilados que se adentra en el mar. También los campos son redimidos. Las villas rojas que motean la costa son bañadas por un delgado y diáfano lago de aire marrón en el que se ahogan, ellas y su rojez. Todavía era demasiado temprano para las lámparas, y demasiado temprano para las estrellas.
Pero, pensé, siempre queda algún sedimento de irritación cuando el instante es tan bello como lo es ahora. Los psicólogos deben explicarlo; una levanta la vista, se ve abrumada por una belleza de una extravagancia mayor de lo que cabía esperar —ahora hay nubes rosadas sobre Battle; los campos son veteados, marmóreos—, sus percepciones se expanden rápidamente como globos inflados por una corriente de aire, y luego, cuando todo parece elevado a su mayor plenitud y su máxima tensión, pura belleza y belleza y belleza, sobreviene el pinchazo de un alfiler, y colapsa. ¿Pero qué es el alfiler? Que yo sepa, el alfiler tuvo algo que ver con la propia impotencia. No puedo soportar esto; no puedo expresarlo; me supera; me domina por completo. En algún lugar de esa región yacía el propio descontento, y estaba aliado con la idea de que nuestra naturaleza exige dominio sobre todo lo que recibe, y el dominio en este caso significaba el poder de expresar lo que ahora veíamos en Sussex para que otra persona pudiera luego compartirlo. Y además había otro pinchazo de alfiler: estábamos desaprovechando nuestra oportunidad; porque la belleza se desplegaba a mano derecha y a mano izquierda, también a nuestras espaldas; se escapaba todo el tiempo; solo podíamos blandir un dedal frente a un torrente capaz de llenar piscinas, lagos.
Pero debes renunciar, dije (es bien sabido que en circunstancias como esta el yo se divide y que una de las mitades se muestra ansiosa e insatisfecha y la otra taciturna y filosófica), debes renunciar a estas aspiraciones imposibles; conténtate con la vista que tenemos delante, y créeme cuando te digo que es mejor sentarse y disfrutar; ser pasivo; aceptar; y no enfadarse porque la naturaleza te ha dado seis navajas pequeñas para cortar el cuerpo de una ballena.
Mientras estos dos yoes sostenían un coloquio sobre el curso más sabio que debía adoptarse en presencia de la belleza, yo (una tercera parte que acababa de anunciarse como tal) me dije cuán felices eran ellos por poder disfrutar de una ocupación tan simple. Allí estaban los dos, observándolo todo mientras el automóvil continuaba su marcha: una parva de heno; un techo rojo herrumbre; un estanque; un anciano que regresaba a su casa con el talego a la espalda; allí estaban, equiparando cada color del cielo y de la tierra con su caja de colores, construyendo pequeños modelos de los establos y las granjas de Sussex bajo la roja luz de la penumbra de enero. Pero yo, por ser un poco diferente, permanecía retraída y melancólica. Mientras ellos continuaban así ocupados, me dije: ido, ido; acabado, acabado; pasado y pisado, pasado y pisado. Siento que la vida es dejada atrás a medida que dejamos atrás el camino. Ya hemos pasado por ese trecho, y ya hemos sido olvidados. Nuestros faros alumbraron las ventanas por un instante; ahora la luz está apagada. Otros vienen detrás de nosotros.
Entonces, súbitamente un cuarto yo (un yo que está al acecho, en apariencia dormido, y nos toma desprevenidos por asalto. Sus observaciones a menudo son por completo ajenas a lo que ha estado ocurriendo, pero hay que prestarles atención justamente por su carácter abrupto) dijo: “Miren eso”. Era una luz; brillante, caprichosa; inexplicable. Por un segundo fui incapaz de nombrarla. “Una estrella”; y durante ese segundo mantuvo su raro titilar inesperable y danzó y refulgió. “Sé de qué me estás hablando —dije—. Tú, como el yo errático e impulsivo que eres, sientes que la luz que asoma sobre los cerros pende del futuro. Intentemos comprender eso. Razonémoslo. Repentinamente me siento vinculada, no al pasado, sino al futuro. Pienso en Sussex de aquí a quinientos años. Creo que muchas rudezas habrán desaparecido. Algunas cosas habrán sido abrasadas, eliminadas. Habrá puertas mágicas. Corrientes de aire impulsadas mediante energía eléctrica limpiarán las casas. Luces intensas y firmemente dirigidas cubrirán la tierra y harán el trabajo. Miren aquella luz que se mueve en el cerro: son los faroles delanteros de un automóvil. Sussex, dentro de quinientos años, de día y de noche estará llena de pensamientos encantadores, de rayos veloces y eficaces”.
El sol estaba ahora bajo la línea del horizonte. La oscuridad se propagó enseguida. Ninguno de mis yoes podía ver nada más allá del atenuado haz de luz de nuestros faroles en la banquina. Los llamé. “Ahora —dije— ha llegado el momento de revisar las cuentas. Ahora debemos volver a unirnos; debemos ser un solo yo. Ya nada se deja ver, excepto una arista de camino y orilla que nuestras luces repiten incesantemente. Estamos perfectamente bien provistos. Estamos bien abrigados y envueltos en una manta de viaje; estamos protegidos del viento y de la lluvia. Estamos solos. Ahora es el momento de los cálculos. Ahora yo, que presido la compañía, pondré en orden los trofeos que hemos reunido entre todos. Déjenme ver; hoy trajimos una gran cantidad de belleza: granjas; acantilados que se adentran en el mar; campos marmóreos; campos veteados; cielos rojos emplumados; todo eso. También hubo desaparición y muerte de lo individual. El camino que desaparecía y la luz en la ventana durante un segundo y luego la oscuridad. Y también la súbita luz danzante que iluminaba el futuro. Lo que hemos hecho hoy, entonces —dije—, es esto: esa belleza; la muerte de lo individual; y el futuro. Miren, trazaré una pequeña figura para complacerlos; aquí viene. Esta pequeña figura que avanza a través de la belleza, a través de la muerte hacia el económico, poderoso y eficiente futuro en que una ráfaga de viento caliente limpiará las casas, ¿no los complace acaso? Mírenla; aquí, sobre mis rodillas”. Nos quedamos mirando la figura que habíamos hecho ese día. Grandes planchas de roca y árboles frondosos la rodeaban. Por un segundo fue muy pero muy solemne. Por cierto, parecía que la realidad de las cosas se hubiera desplegado sobre la manta de viaje. Nos estremeció un violento escalofrío, como si nos hubiera penetrado una descarga eléctrica. Gritamos al unísono: “Sí, sí”, como afirmando algo, en un instante de reconocimiento.
Y entonces el cuerpo, que había guardado silencio hasta ahora, inició su canción, al principio casi tan baja como el susurro de las ruedas: “Huevos y tocino; tostadas y té; fuego y un baño; fuego y un baño; liebre cocida —prosiguió— y jalea de grosellas rojas; una copa de vino; seguida de un café, seguida de un café… y después a la cama; y después a la cama”.
“Ya váyanse —les dije a mis yoes reunidos—. Ya cumplieron su cometido. Llegó el momento de despedirnos. Buenas noches”.
Y el resto del viaje transcurrió en la deliciosa compañía de mi propio cuerpo.
TRES PINTURAS
PRIMERA PINTURA
SERÍA IMPOSIBLE NO VER PINTURAS; porque si mi padre fuera herrero y el del lector fuese par del reino, usted y yo necesariamente seríamos pinturas el uno para el otro. No es posible salirse del marco del cuadro, hablando con naturalidad. Usted me ve apoyada contra la puerta de la herrería, con una herradura en la mano, y cuando pasa junto a mí piensa: “¡Qué pintoresco!”. Yo, al verlo sentado tan a sus anchas en el coche, casi como si fuera a hacerle una reverencia al populacho, pienso: “¡Qué cuadro de la antigua y sibarita Inglaterra aristocrática!”. Sin duda, ambos nos equivocamos de plano en nuestras opiniones, pero eso es inevitable.
De modo que ahora, a la vuelta del camino, vi una de esas pinturas. Podría haberse llamado “El regreso del marinero” o algo por el estilo. Un joven y elegante marinero con un talego; una chica que lo toma del brazo; los vecinos reunidos alrededor de ambos; el jardín de una casa modesta colmado de flores; y al pasar pude leer en la parte inferior del cuadro que el marinero había vuelto de China; y que había un delicioso banquete esperándolo en el comedor de su casa; y que tenía un regalo para su joven esposa en el talego; y que ella pronto le daría su primer hijo. Todo era correcto y bueno y como debía ser, eso sentí al mirar el cuadro. Había algo pleno y satisfactorio en la visión de tamaña felicidad; la vida parecía más dulce y más envidiable que antes.
Con ese pensamiento pasé junto a ellos, tratando de absorber los detalles lo más plena y completamente que podía; noté el color del vestido de ella, el de los ojos de él; observé que un gato color arena se escabullía por la puerta de la casa.
Durante un tiempo la pintura estuvo flotando ante mis ojos e hizo que la mayoría de las cosas parecieran más luminosas, más cálidas y más simples que de costumbre; y también hizo que algunas cosas parecieran tontas; y otras erradas, y otras correctas y más llenas de sentido que antes. En raros momentos —durante ese día y el siguiente— el cuadro me vino a la mente y pensé con envidia, no exenta de amabilidad, en el marinero feliz y su esposa; me pregunté qué estarían haciendo, qué estarían diciendo ahora. La imaginación aportó otras imágenes, a su vez surgidas de la primera: el marinero cortaba leña, juntaba agua; y ellos hablaban de China; y la joven dejaba su regalo sobre la repisa de la chimenea, donde todos los que llegaran pudieran verlo; y cosía las ropas de su bebé; y todas las puertas y las ventanas estaban abiertas al jardín y los pájaros revoloteaban y las abejas zumbaban… y Rogers —así se llamaba el marinero— no podía expresar cuánto le gustaba todo aquello después de los mares de China. Mientras fumaba su pipa, con los pies en el jardín.
SEGUNDA PINTURA
En mitad de la noche un fuerte grito resonó en el pueblo. Después se oyó un forcejeo; y luego un silencio mortal. Lo único que se veía por la ventana era la rama del lilo, que pendía inmóvil y pesada sobre el camino. Era una noche calurosa y queda. No había luna. El grito hizo que todo pareciera ominoso. ¿Quién había gritado? ¿Por qué había gritado? Era una voz de mujer, que lo extremo del sentimiento había vuelto casi asexuada, casi inexpresiva. Como si la naturaleza humana hubiera gritado contra alguna iniquidad, contra un horror inexpresable. Reinaba un silencio de muerte. Las estrellas titilaban con regularidad perfecta. Los campos yacían quietos. Los árboles estaban inmóviles. No obstante todo parecía culpable, condenado, ominoso. Se tenía la sensación de que alguien debía hacer algo. Alguna lámpara tendría que aparecer de golpe, oscilando agitada. Alguien tendría que llegar corriendo por el camino. Tendrían que encenderse las luces en las ventanas de las casas. Y luego otro grito, esta vez menos asexuado, menos falto de palabras, aplacado, apaciguado. Pero la luz no llegó. No se oyeron pasos. No hubo un segundo grito. El primero había sido tragado y solo quedaba un silencio de muerte.
Acostada en la oscuridad, yo escuchaba con atención. Solo había sido una voz. No había nada con lo cual conectarla. Ninguna imagen de ninguna clase que ayudara a interpretarla, que la volviera inteligible para la mente. Pero cuando la oscuridad por fin lo cubrió todo, lo único que podía verse fue una oscura silueta humana, casi sin forma, que alzaba en vano un brazo gigantesco contra una iniquidad abrumadora.
TERCERA PINTURA
El buen tiempo continuó impertérrito. De no haber sido por aquel único grito en la noche, se habría tenido la sensación de que la tierra había llegado a buen puerto; de que la vida había dejado de avanzar contra el viento; de que había arribado a una ensenada tranquila y allí estaba anclada, casi sin moverse, sobre las aguas mansas. Pero el sonido persistía. Adondequiera que una fuese, quizás a dar una larga caminata por las colinas, algo parecía moverse incómodo bajo la superficie, haciendo que la paz y la estabilidad del entorno parecieran un poco irreales. Había ovejas arracimadas en la ladera de la colina; el valle descendía en largas ondas menguantes, que remedaban cascadas de aguas lentas. Me topé con una finca solitaria. Un cachorro se revolcaba en el jardín. Las mariposas revoloteaban sobre la aulaga. Todo era tan tranquilo y seguro como podía serlo. Sin embargo, no podía dejar de pensar que un grito lo había desgarrado; que toda esa belleza había sido cómplice aquella noche; había consentido; para continuar en calma, para seguir siendo bella; y que en cualquier momento podía ser desgarrada una vez más. Esta bondad, esta seguridad existían solo en la superficie.
Y luego, para despejar el ánimo aprensivo, volví al cuadro del marinero que regresaba a su hogar. Volví a verlo muchas veces y agregué pequeños detalles —el color azul del vestido de la esposa, la sombra que proyectaba el árbol de flores amarillas— en los que no había reparado antes. Ahora estaban de pie frente a la puerta de la casa, él con su talego a la espalda, ella rozándole apenas la manga de la chaqueta con la mano. Y un gato color arena se había escabullido por la puerta. Así, volviendo gradualmente sobre cada detalle de la pintura, poco a poco me convencí de que era mucho más probable que la calma y el contento y la buena voluntad —y no algo traicionero y siniestro— yacieran bajo la superficie de las cosas. Las ovejas pastando, las ondas del valle, la finca, el cachorro y las mariposas danzantes eran un reflejo de aquello. Y entonces regresé a casa, con la mente puesta en el marinero y su esposa, creando una pintura tras otra de ambos para poder superponer una pintura tras otra de felicidad y satisfacción sobre aquel grito desgarrador, espantoso, hasta que quedó aplastado y silenciado y suprimido por la presión misma que sobre él ejercían.
Y por fin llegué al pueblo, y al cementerio de la iglesia, por el que indefectiblemente debía pasar; y al entrar pensé, como de costumbre, en la paz que reinaba en aquel lugar con sus tejos frondosos, sus lápidas borrosas, sus tumbas sin nombre. Allí se sentía que la muerte era algo alegre. Por cierto, ¡miren ese cuadro! Un hombre cava una tumba y unos niños hacen un picnic al costado, mientras él trabaja. Mientras las paladas de tierra amarillenta se acumulan, los niños despatarrados comen pan con jalea y toman leche de enormes jarros. La esposa del sepulturero, una mujer gorda y bonita, estaba recostada contra una lápida y había desplegado su delantal sobre el pasto, junto a la tumba abierta, para que hiciera las veces de mantel. Habían caído algunos terrones de arcilla entre las cosas del té. Pregunté a quién iban a enterrar. ¿El anciano señor Dodson había muerto por fin? “¡Ay, no! Es para el joven Rogers, el marinero”, respondió la mujer, mirándome. “Murió hace dos noches, de una fiebre exótica. ¿No oyó a su esposa? Salió corriendo al camino y gritó… ¡Pero, Tommy, estás todo sucio de tierra!”.
¡Qué pintura se había creado!
JUNIO DE 1929
LA ANCIANA SEÑORA GREY
HAY MOMENTOS, INCLUSO EN INGLATERRA, incluso ahora, en los que hasta los individuos más atareados y más satisfechos dejan caer lo que tienen entre manos…, que bien puede ser la ropa recién lavada de la semana. Las sábanas y los pijamas se desmenuzan y se disuelven en sus manos porque, aunque ellos no lo expresen con tantas palabras, parece una tontería llevar a lavar la ropa a lo de la señora Peel cuando allá afuera, en los campos y en los cerros, no hay ropa lavada; no hay broches ni sogas donde tenderla; ni almidones ni planchas; nada de trabajo, solo un descanso ilimitado. Descanso inmaculado e ilimitado; espacio sin fronteras; pastos jamás hollados; aves salvajes en pleno vuelo; cerros cuyas suaves pendientes continúan ese vuelo salvaje.
De todo esto, sin embargo, solo podían verse dos metros por uno desde el rincón de la señora Grey. Ese era el tamaño de la puerta del frente, abierta de par en par, aunque estaba encendido el fuego en el hogar. El fuego parecía una pequeña mancha de luz crepuscular que intentaba fervientemente escapar de la embarazosa presión de la luz del sol, que todo lo inundaba.
La señora Grey estaba sentada en una silla dura en su rincón, mirando… pero ¿qué? Aparentemente, nada. No cambiaba el foco de sus ojos cuando llegaban visitas. Sus ojos habían dejado de enfocar; quizás habían perdido el poder de hacerlo. Eran ojos viejos, azules, sin gafas. Podían ver, pero sin mirar. La señora Grey jamás había posado los ojos sobre algo diminuto o difícil; solo sobre las caras, los platos y los campos. Y ahora, a los noventa y dos años, sus ojos ya no veían nada, excepto un zigzag de dolor agitándose en la puerta; un dolor que le retorcía las piernas mientras se agitaba; que sacudía su cuerpo adelante y atrás, como si fuera una marioneta. El dolor envolvía su cuerpo como una sábana húmeda plegada sobre un alambre. Del alambre tiraba espasmódicamente una mano cruel e invisible. Y la señora Grey extendía un pie, una mano. Después se detuvo. Se quedó quieta durante un segundo.
En esa pausa se vio a sí misma en el pasado, a los diez, a los veinte, a los veinticinco años. Entraba y salía corriendo de una casa con sus once hermanos y hermanas. El alambre pegó un tirón. La señora Grey cayó hacia delante en su silla.
—Todos muertos. Todos muertos —balbuceó—. Mis hermanos y mis hermanas. Y mi esposo se ha ido. Mi hija también. Pero yo sigo viva. Cada mañana le ruego a Dios que me deje morir.
La mañana era dos metros por uno, verde y soleada. Como un puñado de semillas arrojadas al viento, una bandada se posó sobre la tierra. Un nuevo tirón de la mano atormentadora volvió a sacudirla.
—Soy una vieja ignorante. No sé leer ni escribir, y todas las mañanas, cuando bajo las escaleras, arrastrándome, digo que ojalá fuera de noche; y todas las noches, cuando subo las escaleras arrastrándome hasta la cama, digo que ojalá fuera de día. No soy más que una vieja ignorante. Pero le ruego a Dios: Ay, déjame morir. Soy una vieja ignorante… no sé leer ni escribir.
Después, cuando el color desapareció del vano de la puerta, la señora Grey no pudo ver la página que se iluminó entonces; ni oír las voces que han discutido, cantado y hablado durante cientos de años.
Los miembros vapuleados volvieron a estar quietos.
—El médico viene todas las semanas. Ahora viene el médico de la parroquia. Desde que murió mi hija, no podemos pagarle al doctor Nicholls. Pero es un buen hombre. Dice que es un milagro que siga viva. Dice que mi corazón no es más que viento y agua. Pero parece que no puedo morir.
Nosotros —la humanidad— insistimos en que el cuerpo se aferre al alambre. Le sacamos los ojos y los oídos, pero lo dejamos maniatado, con un frasco de medicamento, una taza de té, un fuego moribundo, como un cuervo embalsamado sobre la puerta del granero; pero es un cuervo que todavía sigue vivo, incluso atravesado por un clavo.
MERODEO CALLEJERO:
UNA AVENTURA LONDINENSE
ES PROBABLE QUE NADIE haya sentido jamás pasión por un lápiz. Pero existen circunstancias en las que puede resultar supremamente deseable tener uno; momentos en los que nos es imprescindible tener un objeto, un pretexto para recorrer medio Londres a pie entre la hora del té y la cena. Como el cazador de zorros caza para preservar la casta de los zorros, y el golfista juega al golf para preservar los espacios abiertos de la avidez de los constructores, así, cuando nos sobreviene el deseo de vagar por las calles ir en busca de un lápiz sirve como pretexto, y nos levantamos y decimos: “Realmente debo ir a comprar un lápiz”, como si encubiertos tras esa excusa pudiéramos concedernos, sin correr riesgo alguno, el placer más grande de la vida urbana en invierno: vagabundear por las calles de Londres.
La hora adecuada es el atardecer y la estación, el invierno; porque en invierno el aire tiene el brillo alegre del champagne y la sociabilidad en las calles es grata. Entonces no nos acosa, como en verano, el anhelo de la sombra, la soledad y la dulce brisa de los campos de heno. Las horas del atardecer también nos otorgan esa irresponsabilidad característica de la oscuridad y la luz artificial. Ya no somos del todo nosotros mismos. Cuando salimos de nuestra casa una tarde agradable entre las cuatro y las seis, dejamos atrás el yo que conocen nuestros amigos y pasamos a formar parte de ese vasto ejército republicano de vagabundos anónimos, cuya compañía es tan agradable después de la soledad del cuarto propio. Porque allí vivimos rodeados de objetos que perpetuamente expresan la extrañeza de nuestro temperamento y nos obligan a recordar nuestra propia experiencia. Ese cuenco sobre la repisa de la chimenea, por ejemplo, fue comprado en Mantua en un día ventoso. Estábamos saliendo de la tienda cuando la anciana siniestra nos tironeó de la falda y dijo que seguramente terminaría muriendo de hambre, pero… “¡Lléveselo!”, gritó, y puso el cuenco de porcelana azul y blanca en nuestras manos, como si no quisiera que le recordaran su generosidad quijotesca. Entonces, abatidos por la culpa, pero no obstante sospechando que habíamos sido estafados en grande, nos llevamos el cuenco al pequeño hotel en donde, en mitad de la noche, el encargado tuvo una pelea tan violenta con su esposa que todos nos asomamos al patio a mirar, y vimos las vides entrelazadas en las columnas y las blancas estrellas en el cielo. El momento se estabilizó, acuñado como una moneda indeleble entre un millón que imperceptiblemente se escurrieron entre los dedos. También estaba allí el inglés melancólico, que se erguía entre los pocillos de café y las pequeñas mesas de hierro y revelaba los secretos de su alma, como hacen los viajeros. Todo esto —Italia, la mañana ventosa, las viñas enroscadas en las columnas, el inglés y los secretos de su alma— asciende como una nube desde el cuenco de porcelana sobre la repisa del hogar de leña. Y, cuando bajamos los ojos al suelo, allí está esa mancha marrón sobre la alfombra. Fue obra del señor Lloyd George. “¡Ese hombre es la encarnación del diablo!”, dijo el señor Cummings, apoyando la pava con la que estaba a punto de llenar la tetera y así dejó una quemadura como un anillo marrón sobre la alfombra.
Pero cuando cerramos la puerta al salir, todo eso desaparece. La cobertura parecida a una valva que nuestras almas han excretado para albergarse, para darse una forma distinta de la de los otros, se quiebra, y lo único que queda de todas esas arrugas y asperezas es una ostra central de percepción, un ojo enorme. ¡Qué linda es la calle en invierno! Es al mismo tiempo revelada y oscurecida. Aquí una puede vagamente trazar rectas avenidas simétricas de puertas y ventanas; aquí, bajo las lámparas, hay islas flotantes de luz pálida a través de las cuales pasan velozmente hombres y mujeres luminosos que, a pesar de toda su pobreza y sus harapos, tienen cierto aspecto de irrealidad, un aire de triunfo, como si le hubieran sacado el cuerpo a la vida y la vida, engañada por su presa, anduviera confundida sin ellos. Pero, después de todo, solo nos deslizamos suavemente por la superficie. El ojo no es minero, ni buceador, ni buscador de tesoros enterrados. Nos hace flotar mansamente sobre la corriente; descansa, se detiene, y el cerebro quizás duerme mientras mira.
Qué linda es una calle de Londres entonces, con sus islas de luz y sus largas arboledas de oscuridad y, a un costado, quizás algún espacio con árboles dispersos y pasto crecido en donde la noche se repliega naturalmente para dormir, y en donde, al pasar junto a la verja de hierro, oímos los pequeños crujidos y el alboroto de las hojas y las ramas que parecen suponer el silencio de los campos que las rodean, el ulular de un búho y el traqueteo del tren en el valle a lo lejos. Pero esto es Londres, recordamos; en lo alto, entre los árboles desnudos, penden marcos oblongos de luz rojiza amarillenta: ventanas; hay puntos brillantes que titilan constantemente como estrellas cercanas: lámparas; este terreno vacío, que contiene en sí el campo y su paz, no es más que una plaza de Londres, flanqueada por oficinas y casas donde a esta hora arden luces feroces sobre los mapas, sobre los documentos, sobre los escritorios en donde los empleados hojean con el índice húmedo los archivos de una correspondencia infinita; o más difusamente la luz del fuego oscila y la luz de la lámpara cae sobre la intimidad de una sala, sus sillones, sus papeles, sus porcelanas, su mesa taraceada y la silueta de una mujer que calcula con precisión la cantidad exacta de cucharadas de té que… Mira hacia la puerta, como si hubiera oído el timbre abajo y alguien preguntara: “¿Ella está en casa?”.
Pero aquí es perentorio detenernos. Corremos peligro de calar más hondo de lo que el ojo aprueba; estamos impidiendo nuestro suave deslizar por la corriente con este impulso de aferrarnos a una rama o a una raíz. En cualquier momento, el ejército dormido podría desperezarse y despertar en nosotros miles de violines y trompetas a manera de respuesta; el ejército de seres humanos podría levantarse y afirmar todas sus rarezas, sufrimientos y sordideces. Retocemos un poco más, sigamos contentándonos solo con las superficies: el brillo reluciente de los ómnibus; el esplendor carnal de las carnicerías con sus piezas veteadas de amarillo y sus cortes de color púrpura; los ramos de flores azules y rojas que resplandecen cegadores a través del vidrio plateado de los escaparates de las florerías.
Porque el ojo posee esta extraña propiedad: solo descansa en la belleza; como una mariposa, busca el color y medra en lo cálido. En las noches de invierno como esta, cuando la naturaleza se ha esforzado por acicalarse y lucirse, exhibe los más bellos trofeos, descubre pequeños montones de esmeralda y coral como si la tierra entera estuviera hecha de piedras preciosas. Lo que no puede hacer (estamos hablando del ojo promedio, no profesional) es componer esos trofeos de manera tal de exponer los ángulos más oscuros y las relaciones más ocultas. De allí que, después de una prolongada dieta de este plato simple y azucarado, de belleza pura sin composición, tomamos conciencia de nuestra saciedad. Hacemos un alto en la puerta de la zapatería e inventamos una pequeña excusa, que nada tiene que ver con el motivo verdadero, para rechazar la brillante parafernalia de las calles y retirarnos a alguna cámara más oscura del ser donde podamos preguntar, apoyando obedientemente nuestro pie izquierdo sobre el escabel: “Entonces, ¿cómo es ser una enana?”.
Entró escoltada por dos mujeres que, al ser de estatura normal, parecían a su lado gigantas benevolentes. Sonrieron a las vendedoras de la zapatería, con una sonrisa que pasaba por alto la deformidad y le garantizaba su protección. Ella tenía esa expresión malhumorada y como de pedir disculpas tan habitual en las caras de los deformes. Necesitaba la amabilidad ajena, pero la resentía. Sin embargo, cuando las gigantas llamaron a la vendedora y, sonriendo con indulgencia, pidieron zapatos “para la dama”, y la vendedora empujó el escabel hacia ella, la enana plantó el pie encima con tal ímpetu que parecía querer concitar toda nuestra atención. ¡Miren!, ¡miren!, parecía exigirnos, sacando a relucir su pie a la vista de todos, que por cierto era el pie bien formado y perfectamente proporcionado de una mujer adulta de estatura normal. Tenía el arco definido; era un pie aristocrático. Todo en ella cambió al contemplarlo, apoyado en el escabel. Parecía apaciguada y satisfecha. Llena de confianza en sí misma. Pidió un zapato tras otro; se probó un par tras otro. Se levantaba y hacía piruetas frente a un espejo que solo reflejaba los pies calzando zapatos amarillos, zapatos de ciervo, zapatos de cuero de lagarto. Alzaba su pequeña falda y exhibía sus pequeñas piernas. Pensaba que, después de todo, los pies son la parte más importante de una persona; las mujeres, decía para sus adentros, han sido amadas solo por sus pies. Al no ver nada más que sus pies, quizás imaginaba que el resto de su cuerpo coincidía con esas dos bellezas. Iba vestida casi con harapos, pero estaba dispuesta a gastar una fortuna en zapatos. Y, como aquella era la única ocasión en la que no sentía miedo de ser mirada sino que notablemente buscaba llamar la atención, estaba dispuesta a utilizar cualquier artilugio para prolongar la elección y la prueba. Miren mis pies, parecía decir, dando un paso en una dirección y otro paso en otra. La vendedora de la zapatería, una chica de buen talante, seguramente debió de hacerle un comentario halagador, porque de pronto su cara se iluminó en éxtasis. Pero, después de todo, las gigantas, aunque eran benévolas, tenían que ocuparse de sus propios asuntos; debía elegir; tenía que decidirse por un par. Finalmente eligió un par de zapatos y al salir escoltada por sus dos guardianas, con el paquete colgado de un dedo, el éxtasis se esfumó; volvieron el conocimiento, el viejo malhumor, la vieja disculpa, y para cuando llegó a la calle había vuelto a convertirse en nada más que una enana.
Pero había modificado el ambiente; había convocado una atmósfera que, mientras la seguíamos por la calle, parecía crear a los jorobados, los contrahechos, los deformes. Dos hombres barbudos, aparentemente hermanos, los dos ciegos, caminaban apoyando una mano sobre la cabeza de un niño pequeño que iba entre ambos. Tenían el andar inflexible aunque tembloroso de los ciegos, que presta a su cercanía algo del terror y la inevitabilidad del destino que les ha tocado. Cuando el pequeño convoy pasó, manteniendo un curso recto, hizo que los transeúntes se abrieran y se apartaran del camino con el ímpetu de su silencio, de su franqueza, de su desastre. La enana había iniciado una cojeante danza grotesca a la que todos en la calle se habían plegado; la dama fornida enfundada en refulgente piel de foca; el joven enfermizo que chupaba la empuñadura de plata de su bastón; el anciano acurrucado en el umbral como si, repentinamente abrumado por lo absurdo del espectáculo humano, se hubiera sentado a mirarlo pasar: todos se unieron en la cojera y el taconeo de la danza de la enana.
¿En qué grietas y hendeduras se alojaba esa contrahecha compañía de lisiados y de ciegos? Aquí, quizás, en las buhardillas de estas casas viejas y angostas entre Holborn y Soho, donde la gente tiene nombres tan raros y oficios tan curiosos: están los batihojas, los plegadores de acordeones, los que forran botones y los que se ganan la vida de una manera incluso más fantástica traficando tazas sin platos, mangos de paraguas de porcelana y pinturas de santos mártires de colores chillones. Residen aquí, y hasta parece que la dama enfundada en piel de foca debe de encontrar tolerable la vida pasando las horas del día con el plegador de acordeones o con el hombre que forra botones; una vida tan fantástica no puede ser del todo trágica. Y así llegamos a la conclusión de que ellos no envidian nuestra prosperidad; pero de repente, al doblar la esquina, nos topamos con un judío barbudo, desencajado, acuciado por el hambre, que exhibe furioso su miseria; o pasamos junto al cuerpo jorobado de una anciana que yace abandonada en el umbral de un edificio público cubierta con una capa, como la estraza que se arroja apresuradamente sobre un burro o un caballo muerto. Ante semejantes espectáculos los nervios de la espina dorsal se erizan; una llama súbita se agita ante nuestros ojos; se formula una pregunta que no tiene respuesta. Con frecuencia estos abandonados eligen yacer a menos de un tiro de piedra de los teatros, al alcance del oído de los organillos, y, a medida que la noche avanza, casi al borde de las capas de lentejuelas y las piernas brillosas de los comensales y los bailarines. Yacen cerca de esas vidrieras en las que el comercio ofrece a un mundo de ancianas abandonadas en umbrales, de ciegos, de enanas cojas, sillones sostenidos por los cuellos dorados de orgullosos cisnes; mesas tendidas con cestas de frutas diversas y coloridas; aparadores con tapa de mármol verde para soportar mejor el peso de las cabezas de jabalí; y alfombras tan suavizadas por los años que sus claveles casi han desaparecido en un mar verde pálido.
Al pasar, al mirar de reojo, todo parece accidental pero milagrosamente rociado de belleza, como si la marea del comercio que deposita su carga puntual y prosaicamente en las orillas de Oxford Street esta noche no hubiera dejado otra cosa que tesoros. Sin pensar en comprar, el ojo es juguetón y generoso: crea; adorna; amplía. De pie en la calle podemos construir todas las habitaciones de una casa imaginaria y amueblarlas a nuestro antojo con sofá, mesa y alfombra. Aquel felpudo quedará bien en el vestíbulo. Esa fuente de alabastro irá sobre una mesa tallada junto a la ventana. Nuestro regocijo se reflejará en ese grueso espejo redondo. Pero, tras haber construido y amueblado la casa, felizmente no nos vemos en la obligación de poseerla; podemos desmantelarla en un abrir y cerrar de ojos, y construir y amueblar otra casa con otras sillas y otros vasos. O démonos el placer de visitar las joyerías antiguas, entre bandejas de anillos y muestrarios de collares. Escojamos aquellas perlas, por ejemplo, e imaginemos cómo cambiaría nuestra vida si las lleváramos puestas. Instantáneamente se hacen las dos o las tres de la mañana; las lámparas arden muy blancas en las desiertas calles de Mayfair. Solo los automóviles circulan a esta hora, y se tiene una sensación de vacío, de ligereza, de alegría recluida. Con el collar de perlas y el vestido de seda nos asomamos a un balcón que mira a los jardines del durmiente Mayfair. Hay algunas luces encendidas en los dormitorios de los grandes pares del reino que regresan de la Corte, de los lacayos con medias de seda, de las viudas nobles que han estrechado las manos de los estadistas. Un gato se desliza por la pared del jardín. El amor se hace sibilante, seductoramente en los lugares más oscuros de la habitación, detrás de gruesas cortinas verdes. Con andar sereno, como si estuviera paseándose por una terraza bajo la cual los barones y los condes de Inglaterra toman baños de sol, el anciano Primer Ministro le relata a lady fulana de tal, la de los rizos y las esmeraldas, la verdadera historia de alguna gran crisis en los asuntos del país. Tenemos la sensación de estar montados en la punta del mástil más alto del barco más alto; y no obstante, al mismo tiempo sabemos que nada de esto importa; el amor no se prueba así, ni tampoco se alcanzan de esta manera los grandes logros; de modo que nos dejamos llevar por el instante y nos acomodamos un poco las plumas; parados en el balcón, vemos escabullirse por el muro del jardín de la princesa María al gato iluminado por la luna.
¿Pero podría haber algo más absurdo? De hecho, son casi las seis; es una tarde de invierno; vamos rumbo al Strand para comprar un lápiz. ¿Cómo estamos entonces también en un balcón, con un collar de perlas en junio? ¿Acaso existe algo más absurdo que esto? Pero la locura es de la naturaleza, no nuestra. Al poner manos a su principal obra maestra, la creación del hombre, tendría que haber pensado en una sola cosa. En cambio giró la cabeza, miró por encima del hombro y permitió que en cada uno de nosotros se deslizaran instintos y deseos claramente distintos de ese ser principal; por eso todos somos veteados, variegados, producto de una mezcla; los colores se han corrido. ¿El verdadero yo es el que está parado sobre el pavimento en enero o el que asoma por el balcón en junio? ¿Estoy aquí o estoy allí? ¿O acaso el verdadero yo no es este ni aquel, no está aquí ni tampoco allí, sino que es algo tan variado y errático que solo cuando damos rienda suelta a sus deseos y lo dejamos seguir su camino sin impedimentos somos en realidad nosotros mismos? Las circunstancias exigen unidad; el hombre debe ser un todo por conveniencia. El buen ciudadano, cuando abre la puerta de su casa al atardecer, debe ser banquero, golfista, esposo y padre; no un nómade errante en el desierto, no un místico que contempla el cielo, no un libertino en los barrios bajos de San Francisco, no un soldado que encabeza una revolución, no un paria que aúlla su escepticismo y su soledad. Cuando abre la puerta de su casa, nuestro hombre debe pasarse la mano por el cabello y poner su paraguas en el paragüero como cualquier mortal.
Pero aquí, por suerte, están las librerías de segunda mano. Aquí encontramos anclaje para las oscilantes corrientes del ser; aquí nos equilibramos después del esplendor y la miseria de las calles. La sola imagen de la esposa del librero con los pies apoyados sobre el guardafuegos de la estufa, sentada junto a una buena lumbre de carbón, vislumbrada desde la puerta, modera y alegra el espíritu. Nunca lee, o solo lee el periódico; su conversación, cuando no se trata de vender libros —tarea que abandona de buen grado—, versa sobre sombreros; le gusta que los sombreros sean prácticos, dice, además de ser bonitos. Ah, no, no viven en la librería; residen en Brixton; ella necesita tener un poco de verde para mirar. En verano coloca un jarrón de flores cultivadas en su propio jardín sobre una pila de libros polvorienta para darle un poco de vida al negocio. Hay libros por todas partes y siempre nos invade la misma sensación de aventura. Los libros de segunda mano son libros salvajes, libros sin hogar; llegaron a estar todos juntos en grandes rebaños de pelaje variado y poseen un encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca. Además, en esta azarosa y miscelánea compañía podemos toparnos con un completo extraño que, con un poco de suerte, se transformará en el mejor amigo que tenemos en el mundo. Cuando —convocados por su aire de abandono y desamparo— bajamos un libro grisáceo o blancuzco del estante más alto, siempre existe la esperanza de encontrarnos con un hombre que exploró a caballo el mercado lanar en las Midlands y Gales hace más de cien años; un viajero desconocido que se alojó en posadas, bebió su pinta de cerveza, tomó nota de las chicas bonitas y las costumbres serias, y lo escribió todo obstinada y laboriosamente por el solo placer de hacerlo (el libro se publicó a sus expensas); era un texto infinitamente prosaico, esforzado e insulso, y por eso mismo dejó entrar —sin que él lo supiera— el perfume de las malvas y el heno junto con un retrato suyo que le otorga un lugar eterno en el rincón más cálido del hogar a leña de la mente. Ahora puede comprarse por dieciocho peniques. Está marcado tres libras y seis peniques, pero la esposa del librero, viendo lo ajadas que están las tapas y el tiempo que ha pasado allí desde que fue adquirido en el remate de la biblioteca de un caballero de Suffolk, lo dejará ir a ese precio.
Así, echando un vistazo a la librería, entablamos repentinas y caprichosas amistades con desconocidos y desaparecidos cuyo único registro es, por ejemplo, este pequeño libro de poemas, tan bien impreso y tan finamente ilustrado con un retrato del autor. Era poeta y se ahogó prematuramente, y su verso, dócil como es, formal y sentencioso, no obstante evoca un sonido frágil y aflautado como el de un organillo a piano que un viejo organillero italiano con chaqueta de corderoy toca resignadamente en una calle de dudosa reputación. También hay viajeras: hilera sobre hilera de viajeras que testimonian, solteras indómitas, las incomodidades que padecieron y las puestas de sol que admiraron en Grecia cuando la reina Victoria era una niña. Se creía que un viaje a Cornwall, con visita a las minas de estaño incluida, ameritaba un voluminoso registro. Las viajeras subían por el Rin y mutuamente se retrataban con tinta china, sentadas en cubierta leyendo junto a un rollo de soga; medían las pirámides; se alejaban de la civilización durante años; convertían a los negros en pantanos pestilentes. Ese hacer las valijas y marcharse, explorar desiertos y pescar fiebres, establecerse en la India de por vida, penetrar incluso hasta China y luego regresar para llevar una vida provinciana en Edmonton, embiste y rompe sobre el piso polvoriento como un mar inquieto —tan inquietos son los ingleses—, con las olas en la propia puerta. Las aguas del viaje y la aventura parecen romper contra las pequeñas islas del esfuerzo serio y el trabajo de toda una vida apilados en columnas desprolijas sobre el suelo. En estas pilas de volúmenes de cubiertas moradas con monogramas dorados en la contratapa, los clérigos concienzudos exponen los evangelios; puede oírse a los eruditos con sus martillos y sus cinceles desglosando los antiguos textos de Eurípides y de Esquilo. Pensar, anotar y exponer continúan en prodigiosa escala a nuestro alrededor; baña el antiguo mar de la ficción como una marea puntual y sempiterna. Innumerables volúmenes relatan cuánto amaba Arturo a Laura y cómo fueron separados y fueron desdichados y luego se encontraron y fueron felices para siempre, porque así eran las cosas cuando Victoria gobernaba estas islas.
La cantidad de libros que hay en el mundo es infinita, y una se ve forzada a echar un vistazo, asentir y pasar a otra cosa después de un instante de conversación, de un fulgor de entendimiento; del mismo modo en que oímos una palabra en la calle, al pasar, y a partir de una frase casual imaginamos toda una vida. Están hablando de una mujer llamada Kate, de cómo “anoche le dije, sin pelos en la lengua… si crees que no valgo una estampilla de un penique, le dije…”. Pero nunca sabremos quién es Kate, ni a qué crisis en la amistad alude esa estampilla de un penique, porque Kate se hunde bajo el calor de su volubilidad; y aquí, en la esquina de esta calle, se abre otra página del volumen de la vida con la aparición de dos hombres que intentan descifrar algo bajo la luz del farol. Están analizando el último cable de Newmarket en las noticias de prensa. ¿Acaso piensan que la fortuna alguna vez convertirá sus harapos en pieles y paños finos, los adornará con relojes de cadena y plantará alfileres de diamante allí donde ahora se ve una camisa andrajosa y abierta? Pero, a esta hora, la implacable corriente de transeúntes pasa demasiado rápido para hacerles preguntas. Ahora que son libres del escritorio y sienten el aire fresco en las mejillas están inmersos, en este breve pasaje del trabajo a la casa, en algún sueño narcótico. Llevan puestas las ropas llamativas que deben colgar y guardar bajo llave durante el resto del día y son grandes jugadores de cricket, actrices famosas, soldados que han salvado a su país en la hora de necesidad. Soñando, gesticulando, a menudo mascullando unas palabras en voz alta, pasan veloces por el Strand y cruzan el puente de Waterloo para luego amontonarse en largos trenes traqueteantes rumbo a alguna casa modesta en Barnes o Surbiton, donde la visión del reloj en la pared y el olor de la cena en la planta baja hacen estallar el sueño.
Pero ya hemos llegado al Strand, y mientras vacilamos en el cordón de la vereda, una pequeña vara del largo aproximado de nuestro dedo comienza a medir la velocidad y la abundancia de la vida. “Realmente debo… realmente debo…”; eso es. Sin cuestionar la exigencia, la mente se aviene al tirano acostumbrado. Una debe, una siempre debe hacer una u otra cosa; simplemente no está permitido disfrutar sin más. ¿No fue por esa razón que, hace un rato, fabricamos la excusa e inventamos la necesidad de salir a comprar algo? ¿Pero qué era? Ah, sí, era un lápiz. Entonces vayamos a comprarlo. Pero justo cuando estamos a punto de obedecer la orden, otro yo disputa el derecho del tirano a insistir. Se produce el conflicto habitual. Tras la vara del deber vemos el río Támesis en toda su inmensidad: ancho, lúgubre, apacible. Y lo vemos a través de los ojos de alguien que se asoma sobre el Embankment una tarde de verano, sin ninguna preocupación en el mundo. Nos olvidamos de comprar el lápiz, vamos en busca de esa persona… y pronto se hace evidente que esa persona somos nosotros mismos. Porque, si pudiéramos pararnos donde nos paramos hace seis meses, ¿acaso no volveríamos a ser como éramos entonces… calmos, distantes, satisfechos? Entonces intentémoslo. Pero el río es más tempestuoso y más gris de lo que recordábamos. La corriente va hacia el mar. Trae con ella un remolcador y dos barcazas, cuyo cargamento de paja está fuertemente atado y cubierto con lienzo. Cerca de nosotros, una pareja se asoma sobre la balaustrada con esa curiosa falta de autoconciencia que tienen los amantes, como si la importancia de la aventura que comparten mereciera sin cuestionamiento alguno la indulgencia de la raza humana. Las imágenes que vemos y los sonidos que oímos ahora no tienen la calidad del pasado; tampoco compartimos la serenidad de la persona que, seis meses atrás, se paró precisamente aquí donde estamos parados ahora. Suya es la felicidad de la muerte; nuestra, la inseguridad de la vida. No tiene futuro; el futuro, incluso ahora, está invadiendo nuestra paz. Solo cuando miramos al pasado y le quitamos ese elemento de incertidumbre podemos disfrutar de una paz perfecta. Tal como están las cosas, debemos dar la vuelta, debemos cruzar nuevamente el Strand, debemos encontrar una tienda en la que, incluso a esta hora, estén dispuestos a vendernos un lápiz.
Siempre es una aventura entrar en un lugar nuevo; porque las vidas y las personalidades de sus dueños han destilado su atmósfera en él y apenas entramos nos encontramos con una nueva clase de emoción. Sin ninguna duda, aquí en la papelería han estado peleando. El enojo pesa en el aire. Ambos pararon de discutir; la anciana —evidentemente son marido y mujer— se retiró a la trastienda; el anciano, cuya frente comba y ojos globulares habrían causado impresión en el frontispicio de algún folio isabelino, se quedó para atendernos. “Un lápiz, un lápiz —repitió—, por supuesto, por supuesto”. Hablaba con la distracción característica y no obstante efusiva de alguien cuyas emociones habían sido provocadas y puestas bajo control en plena ebullición. Abría una caja tras otra, y volvía a cerrarlas. Decía que era muy difícil encontrar las cosas porque había muchos artículos diferentes. Se puso a contar la historia de un caballero legítimo que se había internado en aguas profundas debido a la conducta de su esposa. Era conocido suyo desde hacía ya muchos años; había estado conectado con el Templo durante medio siglo, dijo, como si quisiera que su esposa lo oyera en la trastienda. Vació sin querer una caja de bandas elásticas. Al fin, exasperado por su incompetencia, abrió de un empujón la puerta vaivén y dijo con aspereza: “¿Dónde metiste los lápices?”, como si su esposa los hubiera escondido. La anciana volvió a entrar. Sin mirar a nadie, apoyó una mano con aire de justa severidad sobre la caja correcta. Había lápices. ¿Cómo haría para arreglárselas sin ella? ¿Acaso no le resultaba indispensable? Para poder mantenerlos allí, parados uno junto al otro en forzada neutralidad, había que ser específico en la elección de los lápices: este era demasiado blando, aquel demasiado duro. Ellos miraban en silencio. Cuanto más tiempo permanecieran allí parados, más se tranquilizarían; el acaloramiento disminuyó, el enojo fue disipándose poco a poco. Sin que nadie dijera una palabra, la disputa estaba resuelta. El viejo —que no habría deshonrado la portada de Ben Jonson— volvió a poner la caja en su lugar, nos hizo una profunda reverencia para dar las buenas noches y desapareció junto con su mujer. Ella retomaría la costura; él leería el periódico; el canario los rociaría imparcialmente con alpiste. La pelea había terminado.
En el transcurso de aquellos minutos en que buscamos un fantasma, compusimos una pelea y compramos un lápiz, las calles se vaciaron por completo. La vida se había retirado al piso superior y las lámparas estaban encendidas. El pavimento estaba seco y duro; el camino parecía de plata fundida. Regresando a casa a través de la desolación podíamos contarnos la historia de la enana, de los ciegos, de la fiesta en la mansión de Mayfair, de la pelea en la papelería. En cierto modo podíamos penetrar en cada una de esas vidas, lo suficiente para alimentar la ilusión de que no estamos atados a una sola mente sino que, por unos breves instantes, podemos adoptar los cuerpos y las mentes de otros. Podríamos convertirnos en lavanderas, en taberneros, en cantantes callejeros. ¿Y acaso existe mayor deleite y maravilla que abandonar las líneas rectas de la personalidad y desviarse por esos senderos que conducen, entre zarzas y gruesos troncos de árboles, al corazón del bosque donde viven esas bestias salvajes, nuestros congéneres?
Es verdad: escapar es el más grande de los placeres; merodear por las calles en invierno, la mayor de las aventuras. No obstante, cuando nos acercamos nuevamente al umbral de nuestra puerta, es reconfortante sentir que nos envuelven las viejas pertenencias, los viejos prejuicios, y el yo, que ha sido expulsado en tantas esquinas, que se ha golpeado como una polilla en busca de las llamas de tantas lámparas inaccesibles, vuelve a estar refugiado y resguardado. Aquí, una vez más, está la puerta de siempre; aquí está la silla, en la misma posición en que la dejamos; y el cuenco de porcelana y la mancha marrón en forma de anillo sobre la alfombra. Y aquí —examinémoslo con ternura, toquémoslo con reverencia— está el único botín que hemos obtenido de todos los tesoros de la ciudad: un lápiz.
1930
JONES Y WILKINSON*
SI JONES DEBE FIGURAR ANTES QUE WILKINSON o Wilkinson antes que Jones no es probablemente un tema que vaya a preocupar a muchos en el presente, dado que les han pasado más de ciento cincuenta años a los caballeros en cuestión y atenuado un lustre que —incluso en su propia época, hacia 1750— no era demasiado reluciente. El reverendo doctor Wilkinson podría por cierto reclamar precedencia en virtud de su cargo. Era capellán de Su Majestad en el Savoy y también capellán de su difunta Alteza Real, Federico, príncipe de Gales. Pero cabe recordar que luego fue deportado. El capitán James Jones podría afirmar que, como capitán del Tercer Regimiento de Guardias de Su Majestad con residencia —en virtud de su puesto— en Savoy Square, su posición social era equiparable a la del doctor Wilkinson. Pero el capitán Jones tuvo luego que recluirse, lejos del largo brazo de la ley, en Mortlake. Sin embargo, lo que hace que estas comparaciones resulten peculiarmente odiosas es el hecho de que el capitán y el doctor eran compañeros de juerga cuyos gustos congeniaban, cuyos ingresos siempre eran insuficientes, cuyas esposas se juntaban a tomar el té y cuyas casas en el Savoy estaban a pocos metros de distancia. El doctor Wilkinson, a pesar de todos sus sagrados oficios (era rector de Coyty en Glamorgan, coadjutor de estipendio de Wise en Kent y, a través de lord Galway, tenía derecho a “abrir canteras de yeso en el señorío de Pontefract”), era un espíritu festivo que hacía gala de una espléndida figura en el púlpito, y predicaba y leía las plegarias con voz clara, alta y sonora —lo que hacía que más de una dama elegante jamás “perdiera su lugar en el reclinatorio más cercano al púlpito”—; quizás por eso las personas de renombre continuaban recordándolo muchos años después de que el infortunio hubiera apartado al apuesto predicador de su vista.
El capitán Jones compartía muchas de las cualidades de su amigo. Era vivaz, ingenioso y generoso; de buena figura y elegante en el vestir; y, si bien no era tan apuesto como el doctor, quizás era superior a él en intelecto. No obstante, más allá de las posibles comparaciones, es indudable que los talentos y los gustos de ambos caballeros eran más afines al ocio que al trabajo, a la sociabilidad que a la soledad, a los riesgos y los placeres de la buena mesa que a los rigores de la religión y de la guerra. Era la mesa de juego la que seducía al capitán Jones y allí, ay, de poco le servían sus dones y sus gracias. La situación se fue tornando cada vez más desesperada y difícil y poco tiempo después, en vez de dar sus largas caminatas, se vio obligado a limitarlas a las fronteras de St. James, donde, por una antigua prerrogativa, los desdichados como él podían eludir la persecución de los alguaciles.
El confinamiento era tedioso para un espíritu tan gregario. Por cierto, su único consuelo era conversar con otros “vagabundos de los parques” a los que algún infortunio semejante al suyo había llevado a deambular por allí o, cuando el clima lo permitía, se calentaba al sol, remoloneaba e intercambiaba chismes sentado en un banco. Por obra de la fortuna (y el capitán era un fiel devoto de esa diosa), un buen día se encontró descansando en el mismo banco con un anciano caballero de aspecto militar y austero semblante, cuyo mal genio presuntamente conquistaron la sagacidad y el humor que todos le reconocían al capitán Jones; por eso, cada vez que el capitán aparecía por el parque, el anciano caballero buscaba su compañía, y pasaban el tiempo conversando afablemente hasta la hora de la cena. Sin embargo, en ninguna oportunidad el general —porque, según parecía, aquel anciano malhumorado respondía al nombre de general Skelton— invitó al capitán Jones a su casa; la relación no iba más allá del banco que compartían en St. James Park; y cuando, como pronto ocurrió, las dificultades lo obligaron a recluirse en una cabaña en Mortlake, el capitán se olvidó por completo de aquel caballero militar que, era de presumir, todavía procuraba despertar el apetito o aliviar sus amarguras haraganeando e intercambiando chismes con los que merodeaban por St. James.
Pero entre las características encomiables del capitán Jones se destacaba el amor por su esposa y su hija; lo que no era para maravillarse, por cierto, considerando el carácter vivaz y divertido de la mujer y la extraordinaria promesa de esa niñita que llegaría a ser la esposa de lord Cornwallis. Sin importarle los riesgos que corría, el capitán Jones regresaba en secreto a visitar a su esposa y a escuchar a su hijita recitar el monólogo de Julieta, que, gracias a sus enseñanzas, sabía perfectamente de memoria. En una de esas escapadas secretas, cuando avanzaba a toda prisa para entrar en el refugio real de St. James, una voz le ordenó detenerse. Obsesionado por sus temores, apuró todavía más el paso; pero su perseguidor iba pisándole los talones. Comprendiendo que escapar era del todo imposible, Jones dio media vuelta, enfrentó a su enemigo —en quien reconoció al abogado Brown— y lo increpó para averiguar qué pretendía de él. Lejos de ser su enemigo, dijo Brown, era el mejor amigo que había tenido en su vida, cosa que le probaría si Jones se dignaba acompañarlo hasta la primera taberna que encontraran en el camino. Allí, en un gabinete privado junto al fuego, el señor Brown reveló la siguiente y asombrosa historia. Dijo que un amigo desconocido, que había vigilado atentamente la conducta de Jones y llegado a la conclusión de que sus méritos superaban con creces sus fechorías, estaba dispuesto a saldar todas sus deudas y a liberarlo de esos tormentos en el futuro. Al escuchar esas palabras, Jones sintió que le quitaban un peso de encima, y exclamó: “¡Santo Dios! ¿Quién será ese epítome de la amistad?”. No era otro, dijo Brown, que el general Skelton. “¿El general Skelton, el hombre con el que solo acostumbraba conversar en un banco de St. James Park?”, preguntó Jones maravillado. “Sí, ese mismo general”, le aseguró Brown. De ser así, ¡ahora mismo iría a agradecerle de rodillas a su benefactor! “No se apresure”, replicó Brown; “el general Skelton no volverá a hablar con usted. Murió anoche”.
La magnitud de la buena suerte del capitán Jones fue por cierto soberbia. El general lo había nombrado único heredero de todas sus posesiones, con la sola condición de que adoptara el apellido Skelton en vez de Jones. Atravesó a paso rápido las calles, que ya no lo amedrentaban, dado que ahora estaba en condiciones de saldar todas sus deudas de honor, para llevarle a su esposa la asombrosa noticia de su buena fortuna, y de inmediato fueron a ver la parte que estaba más a mano: la gran casa del general en Henrietta Street. Mirando a su alrededor, medio en sueños, medio en serio, la señora Jones se sintió tan abrumada por el tumulto de sus emociones que no pudo quedarse a contemplar la totalidad de las posesiones recién adquiridas y salió corriendo rumbo a Little Bedford Street, donde por entonces residía la señora Wilkinson, para compartir su alegría. En el ínterin se propagó la noticia de que el general Skelton yacía muerto en Henrietta Street sin un hijo que lo heredara, y aquellos que se creían legítimos herederos suyos se hicieron presentes para reclamar el legado; entre ellos se destacaba una hermosa gran dama cuya avaricia era su ruina y cuyos infortunios igualaban a sus pecados: Kitty Chudleigh, condesa de Bristol, duquesa de Kingston. La señorita Chudleigh, como entonces se hacía llamar, creía —y quién habría podido dudarlo ante su naturaleza apasionada, su anhelo de riquezas y propiedades, sus pistolas y su parsimonia—, creía con vehemencia, y afirmaba su fe con arrogancia, que había heredado legalmente todas las posesiones del general Skelton. Más tarde, cuando se leyó el testamento y se supo la verdad —que no solo la casa de Henrietta Street sino el castillo de Pap en Cumberland y las tierras y las minas de grafito que lo rodeaban habían sido legados sin excepción a un ignoto capitán Jones—, la dama se expresó en “términos que excedieron todos los límites de la delicadeza”. Gritó que su pariente el general era un viejo tonto en estado senil, que Jones y su esposa eran unos impúdicos advenedizos a quienes no se dignaría a mirar siquiera y se metió en su carruaje “con gesto altanero” para continuar con aquella vida de engaño, intriga y ambición, que más tarde la llevaría a errar de un lado a otro en la ignominia, expulsada de su país.
Lo que resta por decir sobre la fortuna del capitán Jones puede resumirse en pocas palabras. Tras haberse instalado en la casa de Henrietta Street, la familia Jones se dispuso a visitar sus propiedades en Cumberland cuando llegó el verano. La campiña era tan bella, el castillo tan señorial y la idea de que todo aquello les pertenecía tan gratificante, que durante tres semanas solo conocieron el placer ininterrumpido y llegaron a la conclusión de que el lugar en donde ahora vivían era el paraíso. Pero había cierta ansiedad, cierta impetuosidad en James Jones que hacían que incluso se impacientara por tener que aceptar pasivamente la sonrisa de la fortuna. Necesitaba estar activo: tenía que estar en perpetuo movimiento, haciendo algo. A pesar de todos los esfuerzos de sus amigos por disuadirlo, tuvieron que “dejarlo bajar” a ver cómo era una mina de grafito. Las consecuencias, como estaba previsto, fueron desastrosas. Lo trajeron de vuelta a la superficie, pero ya infectado por una enfermedad mortal que lo llevó a la tumba en cuestión de días. Murió en brazos de su esposa, en medio de ese paraíso que tanto había anhelado alcanzar y que moría sin haber disfrutado.
Mientras tanto los Wilkinson habían sufrido más desgracias que los propios Jones en manos del Destino. El doctor Wilkinson, como ya hemos dicho, se parecía a su amigo Jones en la jovialidad de sus hábitos y en su habilidad para gastar más de lo que ganaba. Por cierto, la dote de su esposa —de dos mil libras— había pagado sus deudas de juventud. ¿Pero con qué medios habría de pagar las deudas de su madurez? Tenía ya más de cincuenta años y, afecto como era a la buena compañía y la buena vida, rara vez se hallaba libre de acreedores y siempre andaba falto de dinero. La ayuda llegó repentinamente, y de un lugar inesperado. No fue otra cosa que la Ley de Matrimonio, votada en 1755, que establecía que todo aquel que formalizara un matrimonio sin publicar la correspondiente proclama —a menos que hubiera obtenido previamente una licencia— sería deportado por un período de catorce años. El doctor Wilkinson —que, como era de temer, había considerado el asunto desde su propia perspectiva y estaba atento solo a sus necesidades— arguyó que en su carácter de capellán del Savoy, que era extraparroquial y estaba exento por ser parte de la realeza, podía continuar otorgando licencias como de costumbre; un privilegio que de inmediato le trajo un aluvión de negocios: tan numerosa era la multitud de parejas que deseaban casarse enseguida, que el llamador de su puerta nunca dejaba de golpear y el dinero inundó el tesoro familiar de tal manera que hasta los bolsillos de su pequeño hijo estaban atiborrados de oro. Los acreedores recibieron su paga; la mesa era servida con suntuosidad. Pero el doctor Wilkinson compartía otro defecto con su amigo Jones: no aceptaba consejos. Sus amigos se lo advirtieron; el Gobierno había dejado entrever sin ambages que, si insistía en su actitud, se vería forzado a actuar. Convencido de lo que a su entender era su derecho, y disfrutando al máximo de la prosperidad que le brindaba, el doctor no prestó atención. El día de Pascua celebró matrimonios desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche. Por fin, un domingo, los mensajeros del rey hicieron su aparición. El doctor huyó por un camino secreto sobre las tejas de pizarra del Savoy y se abrió paso hasta la orilla del río, donde resbaló sobre unos troncos y cayó, pesado y viejo como era, en el lodo; no obstante llegó a las escalinatas de Somerset, tomó un barco y arribó sano y salvo a las costas de Kent. Incluso entonces tuvo el descaro de afirmar que la ley estaba de su lado y, cuatro semanas más tarde, regresó preparado para afrontar el juicio. Nuevamente, por última vez, sobraba compañía en la casa del Savoy: una horda de abogados que comían y bebían a pierna suelta le aseguraron al doctor Wilkinson que su caso estaba ganado de antemano. El juicio comenzó en julio de 1756. Pero ¿a qué otra conclusión se habría podido llegar? El delito había sido cometido, y el doctor Wilkinson había persistido abiertamente en él a pesar de las advertencias. Fue declarado culpable y sentenciado a catorce años de deportación.
Cuando tuvo que emprender el viaje a América, sus amigos se vieron en la obligación de proveerlo de todo lo necesario, como correspondía a un caballero. Le aseguraron que su capacidad de oratoria y su personalidad serían una excelente carta de presentación y que su esposa y su hijo podrían reunirse con él más adelante. Se despidió de ellos en las lóbregas inmediaciones de Newgate, en marzo de 1757. Pero los vientos contrarios obligaron al barco a regresar a la costa, la gota se apoderó de un cuerpo debilitado por el placer y la adversidad y el doctor Wilkinson fue deportado en Plymouth de una vez y para siempre. Una mina de grafito arruinó a Jones; la Ley de Matrimonio fue la ruina de Wilkinson. Ambos descansan en paz ahora: Jones, en Cumberland; Wilkinson, lejos de su amigo (y si sus defectos eran grandes, grandes eran también sus talentos y sus virtudes), en las costas del melancólico Atlántico.
* Tomado de Memoirs of Tate Wilkinson, 4 volúmenes, 1790.
NOCHE DE REYES EN EL OLD VIC
COMO ES BIEN SABIDO, los shakespeareanos se dividen en tres clases: aquellos que prefieren leer a Shakespeare en los libros, aquellos que prefieren verlo representado en el escenario y aquellos que van constantemente del libro al escenario reuniendo trofeos. Por cierto, mucho puede decirse a favor de leer Noche de Reyes si la lectura puede hacerse en un jardín, sin otro sonido que el golpe seco de una manzana que cae a tierra o el susurro del viento entre las ramas de los árboles. Para empezar, hay tiempo: tiempo no solo para oír “el dulce sonido que respira sobre una mata de violetas”, sino para descifrar las implicaciones del sutil discurso del duque cuando reflexiona sobre la naturaleza del amor. También hay tiempo para hacer anotaciones al margen; tiempo para asombrarse ante ciertas sonoridades extrañas como “… que la habitan; cuando el cerebro, el corazón y las vísceras”… “y del tonto caballero que alguna vez trajisteis a este alero” y preguntarse si de ellas habrá nacido el adorable: “¿Y qué haré yo en Illiria, si mi hermano está en el Elíseo?”. Porque, según parece, Shakespeare no escribe con la totalidad de su mente en movimiento y bajo control sino con una suerte de antenas sensitivas que juegan y se divierten con las palabras, capturando el rastro de un vocablo al azar y persiguiéndolo temerariamente. Del eco de una palabra nace otra, y es quizás por esa razón que la obra parece estar —mientras la leemos— continuamente al borde de la música. Siempre están pidiendo canciones en Noche de Reyes. “Ah, vamos, amigo; la canción que escuchamos anoche”. Sin embargo, Shakespeare no estaba tan profundamente enamorado de las palabras como para no darles la espalda y reírse de ellas. “Los que coquetean con las palabras muy pronto las vuelven libertinas”. Se oye un rugido de risa y allí mismo irrumpen sir Toby, sir Andrew y María. Las palabras, en sus labios, son cosas que tienen sentido; embisten y saltan impetuosas y pueden comprimir todo un personaje en una frase breve. Cuando Sir Andrew dice: “Alguna vez fui adorado”, sentimos que lo estamos sosteniendo en el hueco de nuestras manos; a un novelista le hubiera llevado tres volúmenes conducirnos a ese pico de intimidad. Y Viola, Malvolio, Olivia, el duque… La mente rebosa hasta tal punto con todo lo que sabemos y adivinamos de ellos cuando entran y salen entre las luces y las sombras del escenario mental, que nos preguntamos por qué habríamos de encarcelarlos en los cuerpos de hombres y mujeres de carne y hueso. ¿Por qué cambiar este jardín por el teatro? La respuesta es que Shakespeare escribió para el escenario, y presumiblemente con razón. Dado que están representando Noche de Reyes en el Old Vic, compararemos las dos versiones.
Muchas manzanas pueden caer en Waterloo Road sin ser oídas; y en cuanto a las sombras, la luz eléctrica las ha devorado todas. La primera impresión que se tiene al entrar en el Old Vic es abrumadoramente positiva y contundente. Parece que hemos salido de las sombras del jardín hacia el puente del Partenón. La metáfora es mixta, pero lo mismo puede decirse de la escenografía. Las columnas del puente en cierto modo sugieren un buque transatlántico combinado con el austero esplendor de un templo clásico. Pero el cuerpo humano es casi tan perturbador como la escenografía. Las personas reales de Malvolio, sir Toby, Olivia y el resto expanden a nuestros personajes entrevistos más allá de todo reconocimiento. Al principio tendemos a resentirlo. Usted no es Malvolio y usted tampoco es sir Toby, queremos decirles, sino meros impostores. Nos quedamos sofocados ante las ruinas de la obra, frente a la parodia de la obra. Y entonces, poco a poco, ese mismo cuerpo, o más bien todos esos cuerpos juntos, se adueñan de nuestra obra y vuelven a moldearla. La obra gana muchísimo en robustez, en solidez. La palabra impresa resulta imposible de reconocer cuando la escuchamos en boca de otros. La observamos encarnada en la reacción de un hombre o de una mujer; los vemos reírse, encogerse de hombros o darse vuelta para esconder la cara. A la palabra se le da un cuerpo, además de un alma. Y una vez más los actores se detienen o tropiezan o abren las manos y la llanura del texto impreso se resquebraja formando grietas y precipicios; todas las proporciones cambian. Quizás el efecto más impresionante de la puesta en escena sea producto de la prolongada pausa que hacen Sebastián y Viola cuando permanecen mirándose el uno al otro, en un mudo éxtasis de reconocimiento. El ojo del lector quizás haya pasado por alto ese momento. Pero aquí nos vemos obligados a hacer un alto y pensarlo; y eso nos recuerda que Shakespeare escribió simultáneamente para el cuerpo y para la mente.
Pero ahora que los actores han cumplido con la certera tarea de consolidar e intensificar nuestras impresiones, comenzamos a criticarlos con mayor detalle y a comparar su versión con la nuestra. Hacemos parar al Malvolio del señor Quartermaine junto a nuestro Malvolio. Y a decir verdad, más allá de en dónde radique la falla, tienen muy poco en común. El Malvolio del señor Quartermaine es un caballero espléndido, cortés, considerado, de buena cepa; un hombre dotado de talento y humor, que no está en guerra con el mundo. Jamás en su vida ha padecido una punzada de vanidad ni una pizca de envidia. Si sir Toby y María lo engañan, él se da perfecta cuenta —de eso podemos estar seguros— y lo sufre como cualquier caballero que se precie soportaría las travesuras de un par de niños tontos. Nuestro Malvolio, por su parte, era una criatura compleja y fantástica, acicateada por la vanidad, torturada por la ambición. Había crueldad en sus provocaciones y un atisbo de tragedia en su derrota; su amenaza final tenía un sesgo de terror momentáneo. Pero cuando el señor Quartermaine dice: “He de vengarme de todos ustedes, confabulados en mi contra…”, lo único que sentimos es que el poder de la ley será pronta y eficazmente invocado. ¿Y qué queda entonces del “Es cierto que abusaron de él en forma muy notoria” de Olivia? Y además está Olivia. Madame Lopokova posee por naturaleza esa rara cualidad que no se obtiene con pedirla ni se maneja a voluntad: el genio de la personalidad. Cuando pasa flotando sobre el escenario todo a su alrededor sufre, no un cambio mayúsculo sino un cambio hacia la luz, hacia la alegría. Los pájaros cantan, las ovejas son adornadas, vibran melodías en el aire, y los seres humanos danzan unos hacia otros en puntas de pie, imbuidos de una amigabilidad, una simpatía y un deleite exquisitos. Pero nuestra Olivia era una dama majestuosa, de gesto adusto, movimientos lentos y pocas simpatías. No podía amar al duque ni tampoco modificar sus sentimientos. Madame Lopokova ama a todo el mundo. Siempre está cambiando. Sus manos, su cara, sus pies, su cuerpo entero vibran en armonía con el instante. Puede crear el instante —como lo demostró al bajar las escaleras con Sebastián—, un instante de una belleza intensa y conmovedora; pero no es nuestra Olivia. Comparados con ella, los integrantes del grupo cómico —sir Toby, sir Andrew, María y el bufón— no eran sino ingleses comunes y corrientes. Vulgares, chistosos, robustos; canturreaban sus palabras, rodaban sobre sus barriles; actuaban magníficamente. Ningún lector —tenemos la audacia de decirlo— podría superar la rapidez, la inventiva ni la alegría de la María de la señorita Seyler; ni mucho menos agregar nada a los humores del sir Toby del señor Livesey. Y la señorita Jeans como Viola fue satisfactoria; y el señor Hare como Antonio, admirable; y el bufón del señor Morland fue un buen bufón. Entonces, ¿qué faltaba en la pieza entendida como un todo? Quizás, precisamente, que no era un todo. La falta podría provenir, en parte, de Shakespeare. Es más fácil actuar su comedia que su poesía —podríamos suponer—, porque cuando escribía como poeta tendía a escribir demasiado rápido para la lengua humana. El ojo puede vislumbrar la prodigalidad de sus metáforas, pero la voz hablada titubea a medio camino. De allí que las partes de comedia estuvieran fuera de proporción con el resto. Luego, quizás, los actores estaban demasiado cargados de individualidad y el reparto era demasiado incongruente. Dividieron la obra en piezas separadas: ahora estamos en los bosquecillos de Arcadia, ahora en una taberna en Blackfriars. Cuando leemos, la mente teje una red que va de una escena a otra, compone un trasfondo de manzanas que caen, y el tañido de la campana de la iglesia y el vuelo fantástico del búho otorgan cohesión a la obra. Esa continuidad fue sacrificada en la puesta en escena. Abandonamos el teatro llevándonos muchos fragmentos brillantes, pero sin esa sensación de que todas las cosas conspiran y armonizan entre sí, que puede ser la satisfactoria culminación de una representación menos brillante. No obstante, la puesta en escena ha cumplido su propósito. Nos ha hecho comparar nuestro Malvolio con el del señor Quartermaine, nuestra Olivia con la de madame Lopokova, nuestra lectura de la obra con la del señor Guthrie. Y dado que todo difiere, debemos volver a Shakespeare. Tendremos que releer Noche de Reyes. El señor Guthrie lo ha hecho necesario y ha estimulado nuestro apetito por El jardín de los cerezos, Medida por medida y Enrique VIII, todavía por venir.
1933
MADAME DE SÉVIGNÉ
ESTA GRAN DAMA, esta robusta y fértil escritora de cartas que probablemente habría sido una de las grandes novelistas de nuestra época, ocupa según parece más lugar en la conciencia de los lectores vivos que cualquier otra figura de su época ya olvidada. Pero fijar a esta figura dentro de un contorno es más difícil que definir a muchos de sus contemporáneos. Eso se debe en parte a que creó su ser, no en obras teatrales ni en poemas sino en cartas: trazo a trazo, con repeticiones, acumulando minucias cotidianas, escribiendo lo que le venía a la cabeza como si hablara. Así, los catorce volúmenes de sus cartas encierran un vasto espacio abierto, como uno de sus grandes bosques: las intrincadas sombras de los árboles cruzan los senderos en varias direcciones; las figuras deambulan por los claros, pasan del sol a la sombra, se pierden de vista, reaparecen, pero jamás adoptan posiciones fijas para componer un grupo.
Así vivimos en su presencia; y a menudo caemos, como también nos sucede con las personas vivas, en la inconciencia. Ella sigue hablando, nosotros la escuchamos a medias. Y de pronto dice algo que nos despierta. Incorporamos esa impresión a su personaje, de tal modo que el personaje crece y cambia y parece una persona viva, inextinguible.
Esta es, por supuesto, una de las cualidades características de todos los escritores de cartas; y madame de Sévigné —debido a su inconsciente naturalidad, su fluidez y su exuberancia— la posee aún en mayor medida que el brillante Walpole, por ejemplo, o que el reservado y recatado Gray. Quizás, a la larga, la conocemos de una manera más instintiva y más honda que a ellos. Nos sumergimos más profundamente en ella y sabemos, antes por el instinto que por la razón, cómo se sentirá: esto la divertirá, aquello cautivará su imaginación, ahora se hundirá en la melancolía. Su espectro es más amplio que el de ellos; tiene mayor alcance y diversidad. Todo parece darle su fruto —su diversión, su gozo— o alimentar sus meditaciones. Tiene un apetito robusto; nada la paraliza; se nutre de todo aquello que se le ofrece. Es una intelectual, ávida por disfrutar el ingenio de La Rochefoucauld y regocijarse en los sutiles discernimientos de madame de La Fayette. Tiene su morada natural en los libros, y por esa razón Josefo o Pascal o las novelas largas y absurdas de su época no son objeto de lectura sino que parecen engastados en su mente. Los versos y los relatos de esos autores suben a sus labios junto con sus propios pensamientos. Pero hay en ella una sensibilidad que intensifica ese gran apetito por innúmeras cosas. Sensibilidad que se muestra en su mayor extremo, en su mayor irracionalidad, en el amor por su hija. La amaba como un hombre viejo ama a la joven amante que lo tortura. Era una pasión retorcida y malsana, que le causó muchas humillaciones y a veces la hizo sentir vergüenza de sí misma. Porque, desde el punto de vista de su hija, era extenuante y vergonzoso ser objeto de una emoción tan intensa; y no siempre podía corresponderla. Temía que su madre la pusiera en ridículo delante de sus amigos. También sentía que ella no era así. Era diferente; más fría, más fastidiosa, menos robusta. Arrastrada por aquella corriente de adoración hacia una hija que no existía, su madre ignoraba a la hija real. Se vio forzada a ponerle límites; tuvo que afirmar su propia identidad. Era inevitable que madame de Sévigné, con su sensibilidad exacerbada, se sintiera herida.
Por consiguiente, en ciertas ocasiones madame de Sévigné llora. Su hija no la ama. Es un pensamiento tan amargo, y un miedo tan perpetuo y tan profundo, que la vida pierde su sabor; debe recurrir a los sabios, a los poetas en busca de consuelo; y reflexiona con tristeza sobre la vanidad de la vida y sobre la inminencia de la muerte. También se inquieta, más allá de lo que corresponde o es razonable, porque no ha recibido una carta. Luego reconoce que ha sido absurda y comprende que aburre a sus amigos con tanta obsesión. Lo que es peor, ha aburrido a su hija. Y entonces, una vez que ha caído la gota más amarga, las burbujas aceleran al máximo la ebullición de esa robusta vitalidad, de ese irreprimible goce ligero, de ese gusto natural por la vida, como si instintivamente compensara su fracaso agitando las plumas, haciendo brillar cada faceta. Se sacude todos los pesares; se burla de “les D’Hacquevilles”; colecciona montones de chismes; las últimas noticias del Rey y madame de Maintenon; cómo se enamoró Charles; cómo la ridícula mademoiselle du Plessis ha vuelto a cometer otra tontería —cuando necesitaba un pañuelo donde escupir, la tonta mujer se pellizcaba la nariz—; o describe cuánto la entretiene asombrar a la niña sencilla que vive en el fondo del parque —la petite personne—, con historias de reyes y países, de aquel gran mundo que ella conoce muy bien por haber vivido en su intimidad. Al fin, reconfortada, momentáneamente segura del amor de su hija, se permite relajarse, y, despojándose de todos los disfraces, le dice a su hija que nada le resulta más placentero en el mundo que la soledad. Se siente más feliz estando sola en el campo. Ama deambular sola por los bosques. Ama salir sola por las noches. Ama esconderse de las visitas. Ama caminar entre sus árboles y pensar. Ama la charla del jardinero; ama plantar. Ama a la niña gitana que baila, como su hija solía hacerlo, aunque no de una manera tan exquisita.
Es natural usar el tiempo presente, porque vivimos en su presencia. Somos muy poco conscientes del perturbador intermediario entre ambos; y es que, después de todo, ella vive por medio de las palabras escritas. Pero de vez en cuando, con el sonido de su voz en los oídos y su ritmo ascendente y descendente dentro de nosotros, tomamos conciencia —con alguna frase imprevista sobre la primavera, sobre un vecino del campo, sobre algo captado al pasar— de que quien nos está hablando es una de las grandes amantes del arte del discurso.
Entonces escuchamos por un tiempo, en forma consciente. ¿Cómo logra hacernos seguir, palabra por palabra, la historia del cocinero que se mató porque el pescado no llegó a tiempo para la cena de una fiesta real, o la escena de la recolección del heno, o la anécdota del sirviente al que despidió en un arrebato de furia? ¿Cómo alcanza ese orden, esa perfección en la composición? ¿Practicaba su arte? Parece que no. ¿Rompía y corregía? No hay registro alguno de que se haya tomado semejante molestia. No se cansa de repetir que escribe sus cartas como habla. Comienza una inmediatamente después de haber enviado otra; hay una página en blanco sobre su escritorio, y se ocupa de llenarla en los intervalos de todas sus otras ocupaciones. La gente interrumpe; los sirvientes se acercan a recibir órdenes. Es una gran anfitriona; está siempre dispuesta y al servicio de sus amigos. Todo indica que debe de haber estado imbuida de buen tino, por la época en que vivió, por las compañías que frecuentaba: por la sabiduría de La Rochefoucauld; por la conversación de madame de La Fayette; por haber asistido a alguna lectura de una pieza de Racine; por leer a Montaigne, a Rabelais o a Pascal; quizás por escuchar sermones, tal vez por alguna de esas canciones que Coulanges siempre cantaba; debe de haber absorbido inconscientemente tanto de todo aquello que era racional y equilibrado que, cuando tomaba la pluma, inconscientemente cumpliera las leyes aprendidas de memoria. Según parece, Marie de Rabutin nació dentro de un grupo cuyos elementos eran tan rica y felizmente mixtos que incentivaron su virtud en lugar de contrarrestarla. Fue ayudada, no contrariada. Nada la frustró, ni la restringió ni la subyugó. La oposición que encontró solo sirvió para confirmar su buen juicio. Porque era sumamente consciente de la estupidez, del vicio, de la pretensión. Había nacido crítica, y era una crítica de opiniones innatas, definitivas. Siempre refiere sus impresiones a un parámetro: de allí la incisividad, la profundidad y la comedia que vuelven tan esclarecedoras a esas afirmaciones espontáneas. No tiene nada de ingenua. No es, bajo ningún concepto, una simple espectadora. Las máximas fluyen de su pluma. Resume y juzga. Pero lo hace sin esfuerzo. Ha heredado el parámetro y lo acepta naturalmente. Es heredera de una tradición que permanece en guardia y establece las proporciones. La alegría, el color, la charla, los incontables movimientos de las figuras visibles tienen un trasfondo. En Les Rochers siempre están presentes París y la corte; en París y la corte está presente Les Rochers, con su soledad, sus árboles, sus campesinos. Y detrás de todo, siempre, están la virtud, la fe y la muerte misma. Pero este trasfondo, si bien da su escala al momento, es tan firme que ella se siente a salvo. Así anclada, es libre para explorar, para disfrutar, para ir por un camino o el otro, para entrar de lleno en la miríada de humores, placeres, rarezas y sabores de su nutrido, próspero y delicioso momento presente.
Así transcurre, con paso libre y majestuoso, de París a Bretaña; desde Bretaña en su carruaje por toda Francia. En el camino, se aloja en casas de amigos; una alegre comitiva de familiares le da la bienvenida. Allí donde llega atrae de inmediato el amor de un niño o de una niña, o la exigente admiración de un hombre de mundo como su desagradable primo Bussy Rabutin, que no puede tolerar su desaprobación y al que debe asegurarle su buena opinión a pesar de todas sus traiciones. Los famosos y los brillantes también desean su compañía, porque ella es parte de su mundo y puede compartir sus conversaciones sofisticadas. Hay en ella algo sabio y amplio y cuerdo que invita a las confidencias de su propio hijo. Fútil e impulsivo, víctima de su naturaleza débil y encantadora, Charles la atiende con infinita paciencia durante la fiebre reumática. Ella se ríe de sus flaquezas; conoce sus debilidades. Es tolerante y franca; no es necesario ocultarle nada; sabe todo lo que hay que saber acerca del hombre y sus pasiones.
Y así prosigue su camino en el mundo y envía sus cartas, radiantes y pletóricas de todo ese tráfico variado, de un extremo a otro de Francia, dos veces por semana. A medida que los catorce volúmenes despliegan a sus anchas una narrativa que abarca veinte años, parece que ese mundo es lo bastante grande para encerrarlo todo. Aquí está el jardín que Europa ha cavado durante tantos siglos, en el que tantas generaciones han derramado su sangre; aquí está, al fin fertilizado y lleno de flores. Y las flores no son raros y solitarios capullos, grandes hombres con sus poemas y sus conquistas. Las flores de este jardín son el conjunto de una sociedad de hombres y mujeres adultos que ya no padecen necesidades ni luchas; crecen juntos en armonía y cada uno aporta algo de lo que el otro carece. Para demostrarlo, las cartas de madame de Sévigné a menudo son compartidas por otras plumas; a veces es su hijo quien toma la pluma; el Abbé agrega sus párrafos; hasta la niña sencilla —la petite personne— no teme escribir en la misma página. En el mes de mayo de 1678 en Les Rochers, en Bretaña, reverberan diferentes voces. Los pájaros cantan; Pilois está plantando; madame de Sévigné recorre solitaria los bosques; su hija recibe a los políticos en Provenza; no muy lejos de allí, monsieur de La Rochefoucauld se afana en decir la verdad y madame de La Fayette poda sus palabras; Racine está terminando la obra que pronto escucharán todos juntos; y después discutirá con el Rey y esa dama a quien, en el lenguaje privado de su puesta en escena, llaman Quanto. Las voces se mezclan, se superponen en el jardín en 1678. ¿Pero qué está ocurriendo afuera?
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