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Victoria Vilac

Sombras
Primera edición: marzo 2022
©De esta edición, Luna Nueva Ediciones. S.L
© Del texto 2020, Victoria Vilac
©Edición: Genessis
©Portada e ilustraciones: Magda Chonillo
©Maquetación: Gabriel Solórzano
©Ebook: New ebook moon
©Ilustración final: Santiago Cárdenas
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Luna Nueva Ediciones.
Guayas, Durán MZ G2 SL.13
ISBN: 978-9942-8841-7-6
ISBN DIGITAL: 978-9942-8846-8-8
Resolución N° 001-2019-DG-NI-SENADI
Certificado N° QUI-058973
Este libro está dedicado a las mujeres de mi familia.
Sus historias de vida me inspiraron a escribir sobre el amor y el valor.
Para ustedes estas líneas que he escrito, sin mayor ambición que el deleite, que brinda la creación literaria.
Prefacio
A inicios del siglo XX, el mundo experimentó uno de los más crueles capítulos de su historia; guerras absurdas que marcaron el devenir de la humanidad, cimentadas en teorías de supremacía racial, en diferencias étnicas, en la locura que el poder ejerce sobre los hombres. El deseo de muerte y destrucción se sentía en el aire. Alemania, con Adolfo Hitler a la cabeza, comandaba legiones de soldados cautivos de sus discursos, orgullosos de pertenecer a un nuevo orden que proclamaba una Alemania victoriosa, una Alemania unida, una Alemania superior, una Alemania blanca.
Atrás quedaban las imágenes de un país derrotado, quebrado, fracasado luego de la Primera Guerra Mundial, sin un norte hacia el cual mirar y poder dirigirse. Habían encontrado a su líder: “un orador vehemente, un brillante estadista que haría de su patria la más grande, para la mejor raza: la aria”. Pero Europa no era una sola, era un crisol de diferentes nacionalidades, pueblos, culturas, todas distintas y todas valiosas. Pero no para él.
Los fantasmas de Hitler no solo atormentaban a los judíos, a quienes veía como los causantes de la crisis alemana. Homosexuales, discapacitados mentales, comunistas y gitanos fueron considerados inferiores e indignos de vivir junto al pueblo alemán. Quizá porque no eran una mayoría o carecían de territorio, el exterminio de los romaníes o gitanos a manos de los nazis no tuvo la importancia que la historia le otorga al holocausto judío, aunque cerca de medio millón de romaníes murieron durante el triste intento de Hitler para concebir una raza pura, una raza aria.
Ciertamente, no fue el primero, ni el más cruel. En la memoria del pueblo romaní persisten otros tiranos y demonios con forma humana que los utilizaron y esclavizaron a su antojo, aunque no pudieron doblegar su esencia y por eso su legado permanece hasta el día de hoy, pues no hay lugar en la tierra en donde no se encuentre un gitano, así lo describen ellos “mientras haya una estrella en el cielo, habrá gitanos en el mundo”.
Estimado lector, es nuestro deber advertirle que los hechos que se narran en estas páginas han permanecido ocultos para evitar afectar la honra de quienes aquí se exponen, sin embargo, la verdad debe salir a luz aunque hiera susceptibilidades. Sumérjase en la lectura de estas líneas con los ojos del alma, pues la razón nubla los sentidos cuando lo oculto está por develarse.
¡Sea bienvenido!
Lea esta historia por su propia voluntad y no olvide las palabras de Bram Stoker: “Los muertos van de prisa”.
Capítulo 1
El Ángel de la Muerte
Leena era una joven gitana que vivía con su familia en un pequeño pueblo rural ubicado entre Alemania y Francia, cuando los nazis los tomaron prisioneros. El miedo se respiraba en el ambiente, la incertidumbre, la resignación se habían convertido en parte de su rutina. Eran pocos los gitanos que tenían una vida sedentaria como ellos, ya que la mayoría vivía en casas rodantes tiradas por caballos; viajando de una ciudad a otra, de un país a otro.
El cielo era gris y hacía frío aquel día en el campo, pero en la casa el ambiente era cálido. La familia estaba sentada en torno a la mesa y Leena ayudaba a su madre a servir el desayuno un poco de leche y pan de centeno, cuando observó por la ventana a varios soldados bajándose de camiones que los habían transportado. Se dispersaron en varias direcciones y uno de ellos avanzó hacia su casa.
El padre les ordenó quedarse adentro mientras salió e intentó dialogar con un joven soldado; no tendría más de veinte años pero sus facciones eran duras, inexpresivas ante la súplica del gitano. La joven seguía la escena consternada. Mientras tanto, su madre abrazaba a sus tres hermanas menores; la última tenía tan solo ocho años.
El sonido del disparo y la abrupta caída de su padre la paralizaron momentáneamente. Segundos después se precipitó hacia la puerta, abriéndola con fuerza, sin importarle que el militar apuntara su fusil directamente a su pecho.
Su madre y sus hermanas la siguieron y todas lo rodearon, gritando y llorando. Leena le levantó la cabeza y lo abrazó. Su padre las miró tratando de guardar sus rostros en su memoria por última vez. Poco después un estertor le recorría el cuerpo y el hombre fuerte, de tez canela y ojos turquesa, moría en sus brazos.
Como un rumor escuchó las órdenes del soldado; debía dejarlo y proseguir. Ella se despidió dándole un beso en la frente y se marchó junto a su madre y sus hermanas. Lo dejaron tendido en el suelo y avanzaron en silencio hacia el camión que las trasladaría junto a otros gitanos, hacia lo desconocido.
—También nos matarán —susurró en voz baja y su madre la miró con angustia, sabiendo que tal sentencia se haría realidad tarde o temprano.
—Deben prometerme que harán lo posible por mantenerse con vida —les conminó la mujer, tomando sus rostros entre sus manos, acariciándolos con dulzura como la primera vez que las tuvo en sus brazos. Jayah, Zita y Adrya, entre sollozos, asentían con la cabeza, sin estar muy seguras de qué quería decir su madre. Leena, sin embargo, lloraba en silencio, sin entender para qué seguir, si su padre ya no estaba con ellas—.
—¡Monshé! —era la palabra que su madre utilizaba para llamarla con cariño—. ¿Me lo prometes también?
La joven inclinó su rostro con suavidad, para contemplar en su mano un hermoso anillo de plata labrado, con una piedra de color liliáceo, que brillaba a la luz del sol. Su padre se lo había regalado no hacía mucho, al cumplir dieciocho años. De aquel emotivo día recordaba las palabras de su abuela al leer su mano: “¡martyia mule!”, había exclamado con temor la anciana, al ver en la línea de la vida que surcaba su palma, lo que el destino le tenía preparado.
Todos los presentes permanecieron en silencio y su madre repitió en lengua de los payos o no gitanos para que ella comprendiera, pues nunca había escuchado tal expresión:
—¡El Ángel de la Muerte, Espíritu de la Noche, te vigila!
Leena recordó el escalofrío que recorrió su cuerpo aquel día; una sensación parecida al despertar de una pesadilla. Nadie en la familia supo o quiso explicarle qué significaban aquellas palabras. No volvieron a hablar del tema y la joven prefirió olvidar el incidente, pero ahora, con la imagen de su padre muerto en sus brazos, le era imposible no pensar en ello.
No estaba segura de cuánto tiempo había pasado cuando el camión llegó a un campo de concentración en Dachau. Les obligaron a formarse en una línea mientras un oficial nazi junto a un hombre sin uniforme, pero vestido elegantemente con un traje oscuro, caminaban revisando minuciosamente a los recién llegados como si se tratase de objetos dispuestos a la venta en un almacén.
Un olor a muerte se respiraba en el ambiente y todavía se podía sentir la presencia de almas que vagaban desorientadas en aquel cementerio, estremeciendo a los que aún vivían cuando intentaban tocarlos, hablar con ellos y preguntar qué había sucedido o por qué, pero todo era en vano. La mayoría no podían verlos o sentirlos, únicamente un escalofrío recorría su espina dorsal cuando sentían un beso, una caricia o el abrazo de un ser querido que apenas había muerto.
El extraño caballero observó rápidamente a la madre de Leena y a sus hermanas, quienes eran muy parecidas físicamente: tez oscura, ojos claros y cabello castaño oscuro, rostros finos y delicados. Contempló por breves segundos a la joven gitana que era la última de la larga fila de recién llegados; de ojos tan claros que se confundían entre verdes o azules y contrastaban con el cálido tono de su piel morena. Sus largos cabellos oscuros caían en cascada desde sus hombros hasta la cintura; era la única que lo llevaba suelto a diferencia de las trenzas que lucían las otras mujeres. Su rostro era melancólico y su mirada estaba perdida en el firmamento. Quizá por el frío o para protegerse de los ávidos ojos de los soldados alemanes, trataba de ocultar bajo su chal las formas sinuosas de su cuerpo adolescente. El desconocido hizo el ademán de querer avanzar, pero una extraña fuerza le cortó el aliento. Se dirigió al oficial y le comentó algo en voz baja.
—¡Tú niña, acércate! —gritó el soldado mientras el hombre sin uniforme la miraba con curiosidad.
Muy consciente del temperamento de los soldados alemanes, apretó los dientes y tragó en seco, alejándose del resto de gitanos; entre ellos, vecinos, amigos, familia. Algunos la miraron expectantes. Su madre asintió con la cabeza y sus hermanas esbozaron una triste sonrisa, la misma que pretendió alegrar sus corazones fugazmente, negándose a aceptar que les aguardaba un trágico final. Mientras tanto, ella se acercaba con recelo al desconocido: un hombre en apariencia mayor, alto, de tez blanca. Tenía cabello largo ondulado y oscuro, del mismo color que la barba abundante sobre su rostro, una nariz larga y fina.
El oficial nazi, dio una orden y dos o tres soldados, que salieron de la nada, empezaron a disparar. Como flores que azota el viento, uno a uno, iban cayendo con el pecho destrozado, o quizá el rostro, las manos, los brazos. Leena intentó regresar al grupo, pero el hombre la atrajo hacia sí y la abrazó muy fuerte. Mientras ella luchaba con todas sus fuerzas para deshacer ese apretón, él le impedía ser parte del macabro espectáculo que los soldados alemanes parecían disfrutar.
Ahogó sus gritos en lo más profundo de su ser, cuando se dio cuenta que ese extraño aún la sostenía contra su pecho y se apartó de él. Quiso correr y abrazar a su familia por última vez, pero sabía que nada quedaba de las personas a las que había amado. Se quedó paralizada, ocultando su rostro con sus manos, experimentando un dolor tan profundo que la consumía. Sin embargo, por breves segundos, sintió una calidez inexplicable que abrasaba su ser, culminando con la sensación de una caricia en su rostro.
El hombre, quien la miraba sin emitir palabra alguna, se limitó a hacerle una señal con la mano para indicarle que lo siguiera y el oficial nazi asintió con la cabeza. Con los ojos llenos de lágrimas, sin entender qué sucedía, lo siguió hasta un auto. Un personaje con traje negro les abrió la puerta y, una vez que estuvieron dentro, se marcharon del lugar.
Leena estaba impactada, con el corazón destrozado observaba como seguían llegando camiones con gitanos y judíos; los reconocía fácilmente, a los unos por lo colorido de sus ropas y a los otros porque tenían cosida en sus ropas la estrella de David.
Mientras el vehículo se alejaba de aquel cementerio, volvió a la realidad. Sintió la mirada de ese extraño que la había salvado de la muerte, pero no se atrevía a enfrentarlo. Abundantes lágrimas brotaron de sus ojos, fijos en la ventana, y con un dolor espantoso en la garganta contenía su deseo de gritar.
Transcurrió bastante tiempo hasta que él finalmente habló, rompiendo el incómodo silencio.
—Te salvé la vida —dijo en un tono neutral, aunque debido a las circunstancias, sus palabras le sonaron a ironía.
—Mi familia acaba de morir. ¿Para qué seguir viviendo? —replicó sin levantar su mirada, la misma que estaba fija en sus manos, colocadas una sobre otra. Su voz era casi imperceptible, como un eco distante que se perdía en la inmensidad.
—Quizá tu destino debía ser diferente —respondió él sin inmutarse.
—¿Por qué me salvaste? ¿Por qué a mí? ¿Por qué no a mis hermanas o a mi madre?
Sus ojos inflamados y rojos, su rostro manchado y húmedo; tenía una expresión desafiante, de ira, de inconformidad. Era la primera vez que lo miraba directamente y sus ojos, de un color azul pálido, eran tristes, pero su mirada tan intensa, que no pudo sostenerla y apartó su rostro rápidamente.
—Tus ancestros me sirvieron en el pasado. Por eso estás viva hoy.
—¿Mis ancestros? —respondió molesta, deseando que aquel desconocido se callara.
El sonido de sus palabras la aturdía, la manera como las pronunciaba y el timbre de su voz era demasiado grave, profundo.
—No es necesario que lo entiendas ahora —concluyó el extraño sin dejar de mirarla, recorriéndola como quien contempla una reliquia en una cruz, una joya preciosa en el interior de un baúl viejo, una carta de amor olvidada en un cajón.
El silencio los acompañó durante el largo trayecto hasta que el auto se detuvo frente a una mansión cuyo encanto había quedado relegado a épocas pasadas; ahora era un viejo edificio gris con pocas flores en el frente y amplios ventanales.
Un anciano con pocos cabellos blancos en su cabeza y muy delgado, junto a una mujer de mediana edad, esperaba junto a la puerta principal, de madera sólida, con intrincados labrados. En la parte central se destacaba la efigie de un león con el hocico abierto del que sobresalía una manilla para tocar, todo aquello fundido en bronce. El día terminaba y había empezado a llover; grises nubarrones avanzaban lentamente sobre el cielo triste, mientras el hombre de cabello blanco, paraguas en mano se apresuró a abrir la puerta. No ocultó su asombro al ver a la joven que acompañaba a su patrón.
—¡Bienvenido conde!
Lo saludó respetuosamente mientras extendía su mano hacia la joven que aguardaba junto a su excéntrico jefe. La mujer también saludó al recién llegado haciendo una pequeña reverencia.
Ambos miraron a la chica con un poco de extrañeza, pues vestía una falda oscura que cubría sus piernas y solo dejaba ver sus pies, complementaban su atuendo una camisa blanca y un chal negro de rosas rojas. Debido a sus modestas ropas supusieron que no se trataba de alguien importante. El mayordomo se preguntó de dónde la habría sacado, aunque lo verdaderamente interesante sería saber para qué la quería.
Él solo inclinó su cabeza como señal de saludo y se apresuró a entrar con la joven, hacia el interior de la decadente residencia.
—Señor Wagner, señora Schmidt, asegúrense de que mi invitada se sienta cómoda.
Fueron sus primeras y últimas palabras antes de desaparecer en el interior de la mansión, algo que sucedía con frecuencia y, en cierta manera, asustaba al ama de llaves.
Mientras Leena admiraba el interior de aquel tétrico y decadente inmueble, ambos se miraron perplejos preguntándose qué era lo que su jefe esperaba de ellos, con respecto a su “invitada”. Había estado de viaje durante un largo tiempo y regresaba con una jovencita quien, por lo visto, únicamente tenía lo que traía puesto encima.
—Venga, acompáñeme —le dijo la mujer con una voz ronca y una mirada seria en su rostro.
Era una mujer de mediana edad, con el cabello rubio ensortijado sujeto por un moño muy fuertemente tensado, aunque dejaba ver varios mechones de cabellos blancos en toda su cabeza. El tono de su piel era casi rosado y sus diminutos ojos grises lucían cansados bajo los hinchados párpados y profundas ojeras. Sus facciones eran muy finas, y su nariz y su boca eran pequeñas y delgadas en comparación con su cuerpo, bastante grueso y un poco desproporcionado, debido quizá a su baja estatura.
Ingresaron por un gran arco de piedra y atravesaron una estancia con pocos muebles; varias luces ubicadas en el techo y en las paredes de la residencia alumbraban el lugar confiriéndole una visión tétrica. Leena observó que habían varias puertas cerradas y antes de perder de vista a la mujer, apresuró su paso para alcanzarla en la escalinata que subía al segundo piso. Caminaron unos pocos metros por un largo corredor que permitía observar el salón principal y se detuvieron frente a una puerta.
La señora Schmidt buscó en su llavero, que tenía quizá unas diez o quince llaves, la que abriera la puerta. Ingresaron a una alcoba muy amplia, con ventanales que permitían ver un bosque muy frondoso detrás de la propiedad y que se perdía en el horizonte. El aroma que se percibía en la estancia era muy tenue pero agradable: una fragancia que combinaba el olor de rosas, vainilla y algo más. Era tarde ya y la escasa luz natural se apagaba de a poco, sumiendo a la floresta circundante en una profunda oscuridad.
—Le pediré al señor Wagner que encienda el fuego para que su habitación se caliente. Encontrará ropa de mujer en el armario —dijo, señalando un enorme mueble de madera decorado con rosas en tonos pastel y pájaros azules y amarillos.— Le avisaré cuando la cena esté lista.
Leena la miró sin decir nada. Sentía en su voz el rechazo que últimamente todos los alemanes les prodigaban. Miró a su alrededor; en la habitación había una cama con dosel desde el cual colgaban cortinajes de tul color perla. También una peinadora y un escritorio de madera, todo finamente tallado con incrustaciones de concha y nácar, igual al mango del abanico de su abuela. El ama de llaves recordó las palabras de su señor y se dirigió a la muchacha de una manera más sutil.
—Descanse. El conde nunca cena y sin duda hoy no será la excepción. Si él pide verla, le avisaré. Con su permiso —dijo mientras se dirigía hacia la puerta.
—¡Espere, no se vaya! —le suplicó, tomándola del brazo— ¡No sé por qué él me trajo aquí, yo no lo conozco, nunca lo había visto! ¡Mi familia! ¡Todos están muertos! —exclamó mientras sollozaba y el dolor que sentía en el pecho se hacía más agudo.— ¿Qué quiere él de mí? ¿Por qué no me dejó morir?
Si Leena no lo entendía, menos aún la mujer que se sentía agredida por la extraña jovencita.
—¡Déjeme! ¡No sé de qué habla! —gritaba la señora Schmidt mientras soltaba su ropa de las manos de la muchacha y huía asustada de la habitación.
La amplitud y espacio de la alcoba le resultaban insuficientes para respirar. Llevó sus manos al rostro, mientras cerraba los ojos, tratando de recordar a sus padres y hermanas antes de esa trágica jornada. Buscó entre sus recuerdos los días felices cuando se reunía la familia alrededor del fuego y se contaban las historias de sus ancestros. Las mujeres bailaban al son de la música, moviendo sus cuerpos esbeltos, sus largos cabellos coqueteando con el viento, escuchando el maravilloso sonido de sus risas y las palmas de sus manos que acompañaban a las canciones que hablaban del amor, de la vida y también de la muerte. Ahora estaba sola en un lugar sombrío, en donde no conocía a nadie y todo le causaba duda.
Cuando abrió los ojos nuevamente, estaba sola. Se había acurrucado al pie de la cama, con sus brazos rodeando sus piernas y su mirada fija en la nada. De pronto, un aullido cercano lastimó sus oídos. Se levantó despacio y se acercó a la ventana con temor. La noche ya había caído y no se veía nada, pero el llanto del animal le erizó la piel. Apagó la luz de la habitación para poder ver en la penumbra un indicio de un perro o un lobo. La neblina cubría el jardín y solo se distinguían las copas de los árboles como siluetas que sobresalían en la oscuridad.
Otro aullido rompió el silencio cuando fue capaz de distinguir dos pequeñas luces rojas en el patio. Un rayo caía en ese instante develando la figura de un gran lobo gris en la tenebrosa noche. Leena se apartó de la ventana y se acurrucó bajo los cobertores de la cama. La macabra melodía de la bestia duró hasta las primeras luces del día cuando al fin se quedó dormida a pesar del miedo y el dolor.
Sintió una opresión en su pecho. Era como si algo o alguien se hubiera sentado sobre ella. Trató de incorporarse y abrir los ojos pero estaba sumergida en una especie de sopor que la inmovilizaba. Escuchó un gruñido, precedido por una respiración que humedecía su rostro y aunque paralizada por el miedo, abrió sus ojos para ver a centímetros de sí, las fauces de un animal.
Se incorporó sobresaltada, mirando a su alrededor, pero no había señales de ninguna bestia. La puerta y las ventanas estaban cerradas, ella estaba en la cama arropada con algunas mantas y la habitación estaba tal y como la había visto el día anterior. Volvió a respirar con normalidad y secó el sudor de su frente y su cuello.
—¡Habría jurado que era real! —se dijo, intrigada.
Minutos más tarde, la señora Schmidt entraba a su habitación, saludándola con una leve inclinación de su cabeza.
—Espero que haya descansado lo suficiente, señorita. El conde no ha solicitado su presencia pero considero que debe bañarse y cambiar su ropa. El desayuno se sirve en el salón principal.
La mujer se movía de un lado al otro, depositando la ropa que llevaba en sus brazos en un mueble al final de la cama. Inmediatamente abrió las cortinas y las ajustó a los lados del ventanal.
—¿Escuchó al lobo? —preguntó Leena con temor, pensando en que aquel animal podía salir de la nada.
—¿Lobo? —finalmente la mujer se detuvo a mirarla— ¡Nunca he escuchado aullar a un lobo! ¡Qué locura! —retomó sus actividades y la miró de nuevo— ¡Creo que le hace falta descansar! —vociferó, cerrando la puerta a sus espaldas.
La joven se levantó, sintiendo el frío de las losas de mármol en sus pies y se acercó a la ventana. El jardín estaba desolado y solo el pequeño bosque se divisaba a lo lejos. Cruzó sus brazos tratando de calentar con sus manos, su piel desnuda. No había dormido la noche anterior y hoy debía enfrentarse sola al mundo, un mundo totalmente desconocido y aterrador. Se despojó de sus ropas y lentamente se sumergió en la bañera que la mujer había preparado para ella. El agua era cálida y la cubría casi por completo. Se quedó dormida hasta que alguien entró a su habitación y la despertó.
En el patio, un automóvil negro en el que flameaba una pequeña bandera de color rojo con una cruz esvástica color negro en un fondo blanco, se detuvo frente al vetusto castillo. El mayordomo recibía al oficial nazi, quien, sin detenerse a mirarlo siquiera se apresuró a entrar en la mansión.
—¡Llame al conde, me urge verlo! —gritó mientras se paseaba nerviosamente en el salón principal con su pipa en la mano, aspirando lentamente el humo para dejarlo escapar con una larga exhalación.
El señor Wagner no sabía si ofrecerle al espigado caballero algo de beber o ir en busca de su amo, como lo había requerido Reinhard Heydrich, oficial bajo las órdenes de Heinrich Himmler, comandante en jefe de la S.S.; el Servicio Secreto de Adolfo Hitler.
El anciano desapareció de la vista de Heydrich, quien se paseaba admirando los cuadros que colgaban de las paredes del salón. Seguramente eran los retratos de los antepasados del aristócrata; reyes y reinas a decir por sus coronas y cetros. Un noble europeo venido a menos —pensó irónicamente, aunque no podía dejar de reconocerle cierto mérito, puesto que sin su ayuda, no podían haber llegado tan lejos…
La voz del mayordomo anunciando la presencia del conde, lo alejó de sus pensamientos.
—Reinhard, es un placer volver a verlo —se acercó a una distancia prudente, inclinando su cabeza como saludo. A pesar de lo cortés de sus palabras, su rostro denotaba que sentía lo contrario.
—¡Espero no importunarlo conde, el Führer está complacido con sus servicios pero usted comprende, hemos llegado muy lejos y es necesario asegurar que nuestra victoria sea irrevocable!
Hablaba despacio, como si necesitara asegurarse de emplear correctamente las palabras, mientras observaba el humo de su pipa que se desvanecía en el aire.
—¡Nuestro líder ha convocado a una reunión urgente de la Sociedad Thule y Heinrich me ha pedido que le invite personalmente! —aseveró el alemán con una mirada desafiante.
El noble Andrei Ardelean, vestía una amplia bata de seda negra sobre su ropa. Había estado trabajando en su estudio, quizá desde la noche anterior, ya que ni el ama de llave ni el mayordomo lo habían visto salir en la tarde, desde su arribo a la mansión. Una especie de túnica negra y un pantalón del mismo color completaban su vestimenta. Su cabello era largo y tan oscuro como la misma noche, con algunos mechones grises que salían de sus sienes, la frente amplia y su mirada penetrante.
—Nada dura eternamente comandante, ni siquiera la muerte —observó, con una fría expresión en el rostro—. Incluso los muertos pueden despertar de sus sueños, el Führer lo sabe bien —sentenció Ardelean, quien había compartido con Hitler algunos secretos, gracias a prácticas nigrománticas que entre otras cuestiones, se estudiaban en la Sociedad Thule.
El militar lo miró detenidamente y trató de esbozar una sonrisa, aunque sabía de lo que hablaba, el comentario le parecía fuera de lugar. Ardelean era una persona enigmática y a pesar de que lo conocía desde el inicio de la guerra, sentía que su frialdad al momento de comparecer a las reuniones de la Sociedad, lo distanciaban de los demás miembros, salvo de Hitler y de Himmler, con quienes parecía guardar una relación más cordial. Incluso, éste último, le había dispensado un favor especial —por supuesto con la aprobación del Führer— sobre la necesidad de conseguir una joven que fungiera como su acompañante.
El tema no le había llamado mucho la atención, puesto que no era un secreto que altos miembros del partido nazi, escogían jóvenes atractivas para sí, de entre algunas prisioneras que se encontraban en las zonas de acceso restringido. Entonces recordó la charla que había tenido con su primer oficial sobre la muchacha escogida por el conde Ardelean.
—Por cierto, me informaron que usted escogió a una gitana en Dachau —dijo con tono burlón.
Reinhard era un hombre alto, delgado, su cabello rubio y ojos azules eran propios de los caballeros arios que los nazis exaltaban. En su pecho exhibía orgulloso algunas distinciones que tanto, Heinrich Himmler, como el mismo Adolfo Hitler, le habían impuesto por sus actos de barbarie y brutalidad.
—Pues era parte del trato con Heinrich. Una compensación por mis servicios —respondió el conde mientras se arrimaba a una pared del gran salón, acariciando su barba con su mano izquierda, mientras cubría su cuerpo con el brazo derecho, intentando descifrar lo que el oficial quería, al traer el tema a discusión.
—¡Ciertamente, pero el oficial encargado me indicó que no se trataba de cualquier gitana! —miró al conde con una sonrisa sardónica y le guiñó un ojo, tratando de mostrarse simpático.
—No sabía que había algo inusual en ellos —respondió sin inmutarse en lo más mínimo.
—¡Bien, no diría que inusual pero él quedó gratamente sorprendido de que usted haya elegido a esa joven en particular!
Continuó fumando su pipa, absorto en las formas sinuosas que el humo iba trazando en el aire, recordando las palabras que utilizó el oficial para referirse a ella.
—¡No entiendo por qué, es una gitana como cualquier otra, y mi interés en ella, pues es meramente… cultural! —acertó a decir con firmeza, aunque ni él mismo estaba conforme con esa palabra.
—¿Cultural? —interrumpió Reinhard Heydrich pensando que el aristocrático caballero iba a colmar su paciencia.
—Durante siglos, los gitanos sirvieron a mi pueblo con lealtad y valentía, los conozco bien. A mis ojos son inofensivos —finalizó él, tratando de explicarle el punto al que quería llegar.
—¿Leales sirvientes o esclavos? —cuestionó con sorna el militar, dándole la espalda a Ardelean mientras se dirigía al ventanal, buscando a la joven en cuestión, determinado a no irse sin conocerla—. Bueno, ese tema no me incumbe como lo ha enfatizado muy bien, pero sí me gustaría verla, para matar la curiosidad. El Führer y Himmler estarán encantados al saber que su demanda ha sido, enteramente, satisfecha —finalizó con una irónica sonrisa.
—Tiene mi palabra de que así es —respondió cortante Andrei Ardelean—. La joven está un poco sensible, como usted entenderá, perdió a su familia, quizá no es el momento adecuado…
—¡No me iré sin verla conde!
Exclamó en un tono autoritario y clavó su mirada en él, de tal forma, que no tuvo más remedio que ceder. Sabía que era imposible oponerse a sus deseos. Llamó al mayordomo y le pidió que trajera a su invitada al salón.
La señora Schmidt había entrado a la habitación de la joven gitana y al verla encogida en la bañera con la mirada perdida en el vacío, lavó su cabello, la envolvió en una gran toalla y la ayudó a salir al dormitorio para que pudiera vestirse. Todo en un grave silencio que se vio interrumpido por unos leves golpes en la puerta. Mientras Leena se cambiaba tras un biombo de madera, el mayordomo advertía al ama de llave, que el conde había solicitado la presencia de la señorita.
Schmidt escogió un vestido de seda color blanco fruncido en la cintura con vuelos que dejaban ver sus delgadas piernas y pequeños pies, envueltos en lustrosos zapatos blancos. El escote del vestido tenía forma de media luna resaltando sus delicadas y generosas formas, sus hombros y brazos estaban descubiertos. Secó y peinó su cabello con delicadeza, colocando una fina diadema en su cabeza para que su rostro se pudiera apreciar en su totalidad. Con un poco de carmín rojo y rubor en las mejillas completó el maquillaje de la joven, que poco tenía que ver con la jovencita que había conocido ayer, con los cabellos alborotados y la cara manchada, aunque sus ojos todavía estaban hinchados y rojos, nada que un poco de polvo y lápiz negro no pudiera ocultar.
Leena se miró al espejo tratando de reconocerse. Esa joven no era ella. Las costumbres gitanas le impedían que vistiera de esa forma. Trató de expresar su descontento pero el ama de llaves se paró y mirándola muy seriamente, le increpó:
—¡Por alguna razón que desconozco, su señoría le ha traído aquí evitando que la maten!, ¡si es inteligente hará lo que se le dice! ¡No le queda otra opción jovencita, así que compórtese o todos terminaremos muertos!
Schmidt la tomó del brazo y las dos salieron de la habitación, escoltadas por el señor Wagner.
El silencio en la estancia se había tornado incómodo, cuando el mayordomo anunció la presencia de una señorita cuyo nombre desconocía. Ella lo miró y aclarando su garganta le dijo con voz firme: Leena.
Dio unos pocos pasos en el interior del amplio salón, ricamente decorado con inmensos tapices que colgaban de las paredes al igual que antiguos cuadros de hombres y mujeres de la nobleza. Una gran lámpara de cristal colgaba del techo y en el suelo, una alfombra color rojo sangre, con los más delicados dibujos en tonos dorados, negros y naranjas, cubría el brillante piso de mármol. A pesar de aquellos toques decorativos, la mansión era lúgubre, quizá por los amplios ventanales cubiertos con gruesas cortinas oscuras, que impedían el paso de la luz.
Los dos hombres se quedaron perplejos al contemplarla. Ni siquiera, Ardelean quien ya la conocía, pudo escapar de su asombro. Reinhard Heydrich se acercó a ella lentamente y la rodeó, mientras la joven trataba de cubrirse, cruzando torpemente los brazos frente a su pecho.
Leena no había visto a Andrei, ya que él se encontraba a un lado del salón, con su mano cubriendo su boca, descansando su cuerpo a un costado de la chimenea, impaciente por la espera. Se incorporó para apreciarla mejor; sus pálidos ojos azules se iluminaron y en su rostro serio, se dibujó una mueca parecida a una sonrisa. Cuando se dio cuenta que el oficial alemán la devoraba con su mirada, hizo un ruido con su garganta, tratando de llamar la atención tanto de Leena como la del militar.
—¡Ahí está! —exclamó él mientras se acercaba y, nuevamente, sus ojos y los de la gitana se encontraban. Ardelean inclinó su cabeza, en señal de saludo.
La joven sintió un estremecimiento en todo su cuerpo, la invadió una sensación de incomodidad, de incertidumbre, que recorría las fibras más íntimas de su ser, al mirar a aquel hombre, al desconocido que se había interpuesto entre ella y su destino.
Por su parte, Heydrich permanecía absorto en sus pensamientos. De haber estado él ahí, no le habría permitido llevársela. Habría esgrimido cualquier excusa para impedirlo. Una mujer como ella debía encontrarse bajo la custodia del Servicio Secreto alemán, pero ya no había marcha atrás. El mismísimo Hitler había consentido la solicitud de Ardelean y no podía contrariar a sus superiores. Suspiró anhelando, deseando y maldiciendo la suerte del conde.
—Conde, me retiro seguro de que esta joven le servirá, satisfactoriamente —afirmó haciendo énfasis en la última palabra—. En cuanto a usted jovencita, espero sepa agradecer que Ardelean le haya salvado la vida, con el permiso de nuestro líder, por su puesto.
Leena respiraba agitadamente. Sentía cómo las palabras del alemán le hervían la sangre. Habría querido matarlo con sus propias manos, pero sólo pudo contemplarle con rabia mientras se retiraba de la estancia. Una vez a solas con el conde, con sus ojos llenos de lágrimas, ya no de dolor pero si de furia, explotó.
—¿Por qué? ¿Por qué no me dejó en aquel cementerio? ¿Para qué me perdonó la vida? ¿Para satisfacerle? ¡Pues habría preferido la muerte! —gritó, mientras escapaba de su mirada.
Ya en la habitación, Leena sollozó de miedo, angustia y rabia. Se arrancó el vestido buscando sus ropas, pero no estaban. Rebuscó en el armario tratando de hallar algo más modesto, que no la hiciera sentir como un simple objeto. Encontró una blusa blanca de delicada y suave tela y una larga falda oscura, se vistió y arropó con su chal, quedándose dormida mientras transcurrían las horas. Despertó al escuchar la puerta abrirse; era la señora Schmidt con una bandeja de comida, la cual depositó en el escritorio junto al amplio ventanal. La noche había caído y tenía dolor de cabeza, quizá por la falta de alimento.
—Su señoría me pidió que le trajera algo de comer. Aunque sinceramente, no sé qué ve él en usted —prosiguió—, una muchachita más inteligente, se daría cuenta que parece interesado en su bienestar, algo que nadie hace por otros hoy en día.
—¡Pero yo no quiero estar aquí! No sé quién es él, o qué quiere —respondió ella molesta.
—Sí, ya sé que preferiría estar muerta con su familia. Pero déjeme decirle que en esta situación, todos debemos perder algo…—habló como en un susurro, su rostro se tornó sombrío, parecía que algún recuerdo doloroso venía a su mente—. Acepte las cosas como son o terminará muerta en vida.
Desde la cama, miraba el fuego consumirse lentamente en la chimenea. En su mente se confundían las imágenes la muerte de su padre, con la sonrisa triste de su madre y sus hermanas. Los sonidos de los disparos y el rostro serio del conde en el auto, diciéndole que le había salvado la vida. ¿Para qué? —se preguntó. Era un desconocido, jamás lo había visto y tenía miedo de que quisiera hacerle daño. Entonces, recordó las palabras del ama de llaves, ella parecía querer ayudarla ¿O sería cómplice de ese hombre para causarle algún mal?
La joven reconoció que él no había intentado propasarse, hasta ahora. Era distante, como si tuviera miedo de estar en su presencia. Leena empezó a darle vueltas al asunto, tratando de encontrarle lógica. Sintió escalofríos al recordar las palabras del alemán y su mirada atrevida le revolvió el estómago. ¿Cómo o por qué, él la tendría cerca y no trataría de satisfacerse con ella? Estaba sola, pero no indefensa, tenía sus manos, uñas y dientes y podía causarle daño si entraba a su habitación. Ahora entendía las palabras de su madre y su petición de mantenerse con vida, esperaba, con todo su ser, poder cumplir esa promesa.
Cerró los ojos buscando recuerdos alegres en su memoria. La calidez del fuego y el sonido de las palmas al son de los acordes de una guitarra; risas, su cuerpo dando vueltas en un vestido rojo entallado, con vuelos que caían graciosamente desde sus rodillas dejando ver sus piernas firmes mientras zapateaba y cantaba. Su padre estaba ahí mirándola, aplaudiendo y sonriendo. Su madre y sus hermanas también se divertían, todas vestían sus mejores ropas y bailaban mientras la música inundaba el ambiente.
Sintió que alguien la sostenía fuertemente de su talle por detrás, acariciando fugazmente su busto, su vientre y sus caderas. No podía ver su rostro, pero era una voz masculina que sensual y sutilmente le susurraba al oído su nombre: Leena, Leena, Leena. Su corazón latía rápidamente y una serie de extrañas sensaciones inundaban su cuerpo. Ella trataba de huir de su abrazo, pero se sentía impotente frente a esa presencia desconocida. Sintió cómo su mano acariciaba su rostro, luego su cuello y finalmente depositaba un cálido y húmedo beso cerca de su garganta.
La música se había detenido, no había nadie más que ella y sus latidos acelerados, su respiración exaltada, su cuerpo tembloroso, cuando un dolor agudo, como el de un puñal hundiéndose en su carne, la invadió por unos breves segundos, incorporándose enseguida. Estaba en la habitación, sola. Aún adormecida se levantó y se dirigió a la peinadora, para ver qué le había causado tanto dolor. Su mano apretaba su garganta cuando descubrió horrorizada que no tenía ninguna herida o laceración.
—¡Imposible! ¡Lo sentí tan real! ¡Cómo si una daga me hubiera atravesado! —Exclamó en voz alta, mirándose al espejo— ¡Me estoy volviendo loca! ¿Y mi familia? ¡Se veían tan contentos! ¿Qué está sucediendo? —se preguntaba una y otra vez.
Una fina capa de sudor cubría su cuerpo, mientras en su rostro un color rojo encendido coloreaba sus mejillas y se extendía en todo su pecho. Cruzó sus brazos sobre su torso tratando de confortarse, de entender qué había sucedido. Los primeros rayos de luz iluminaban la mañana. Atravesó la habitación y se percató de que la puerta que conducía al balcón, estaba entreabierta.
En su oficina, Ardelean ojeaba varios mapas y preparaba documentos. Repasó en su mente, todo lo que debía hacer para que a último momento no le faltara nada. La estancia estaba ubicada en el sótano de la vieja morada. La había adecuado de tal manera que era a la vez habitación y su área de trabajo. Como era noble, no necesitaba trabajar para ganarse la vida; recibía rentas de su familia que gobernaba en una remota región ubicada al este de Europa, por lo menos era lo que él argumentaba en las reuniones de la Sociedad Thule, en donde había conocido a Adolfo Hitler y a Heinrich Himmler, las cabezas del Tercer Imperio Alemán, en los albores de la guerra.
Sin embargo, Andrei Ardelean, no era un noble cualquiera. El enigmático caballero guardaba celosamente varios secretos que debían ver la luz en algún momento. Aparentaba tener unos 30 años. Sobre su frente surcaban varias líneas de expresión y su faz era casi siempre, sombría, triste, dura. Sin embargo, su sonrisa infrecuente, era franca e iluminaba su rostro. Sus ojos azul pálido eran pequeños pero sumamente expresivos, capaces de alentar o disminuir a una persona solo con su mirada.
Su nariz era larga y delgada. Cejas pobladas de color miel y una hilera de negras pestañas complementaban su faz. Una gruesa barba, perfectamente arreglada y pulcra que acariciaba cuando algún pensamiento no lo abandonaba, le hacía parecer mucho mayor de lo que en realidad era. Su presencia era imponente; alto y corpulento, su cabello largo y algo rizado, le daban un aspecto de guerrero de tiempos antiguos. Procedía de la enigmática región de los Cárpatos, cuna de mitos y leyendas sobre licántropos y no muertos. Las guerras habían azotado a su pueblo durante muchos siglos, dejando estelas de dolor y destrucción pero sobre todo inconformidad y deseos de venganza.
En el siglo XV, cuando Valaquia —actual Rumania— país ubicado al este de Europa, estaba amenazada por los turcos, el Rey de Hungría, Segismundo de Luxemburgo, quien controlaba el territorio, cedió bastas tierras a las familias de nobles valacos como los Báthory, Bocskai, Bethlen, Basarab, Draculea y otros, quienes habían defendido sus intereses. Todos ellos estaban emparentados entre sí por lazos de sangre y eran los posibles herederos al trono del Principado de Transilvania. Ese era el linaje del que Ardelean presumía descender.
Pero, en aquel entonces como ahora, la codicia de los hombres salía a relucir más temprano que tarde y los acuerdos de paz eran tan fugaces que pocos podían distinguir a sus amigos de sus enemigos. Muchos de los descendientes de los nobles, hastiados de las traiciones entre los propios miembros de sus familias, decidieron alejarse y vivir en una Europa más moderna, en donde los mitos sobre brujos, hechiceras, hombres y mujeres que vencen a la muerte y deambulan como lobos o vampiros, no eran más que eso; mitos.
Lejos de encontrarse con un mundo “avanzado”, las casualidades del destino le obligaron a cruzarse en el camino de uno de los hombres más perversos de la historia moderna en la Sociedad Thule, amalgama de sociedades secretas con integrantes que se hacían llamar a sí mismos brujos, maestros o magos y se interesaban en las prácticas ocultistas.
La Sociedad Thule era una orden esotérica fundada por el barón Rudolf von Sebottendorf. Su sede estaba en Munich y su nombre hacía referencia al reino de Thule, o Atlantis, del que se suponía provenía la raza aria, para ellos, “la raza primigenia de la humanidad”. Su ideal era hacer renacer a esta desaparecida civilización. Además, estaban inmersos en la búsqueda del Santo Grial y las fuerzas del Vril, un extraño rayo que poseerían los pobladores de Atlantis y que permitiría dominar el mundo, en consecuencia posibilitaría el dominio sobre la inmortalidad o la vida eterna.
Por su parte, Ardelean era un vasto conocedor de la historia antigua; aquellos que lo habían escuchado hablar se maravillaban de su memoria prodigiosa. Podía citar con asombrosa exactitud, fechas, nombres y lugares y más inexplicable resultaba su capacidad para narrar hechos del pasado como si hubiera sido protagonista de los mismos.
Esa característica excepcional, había llamado la atención de la condesa Heyla Von Westrap, una mujer de la nobleza alemana que formaba parte de la Sociedad Thule y que compartía con Adolfo Hitler su interés por las ciencias ocultas y la historia antigua. Ella los había presentado y en poco tiempo, el jefe supremo del gobierno alemán, le había comentado al conde Ardelean su deseo de fundar un milenario imperio, bajo el auspicio y el apoyo de la Sociedad Thule así como de otras sociedades secretas.
Si bien, en los documentos oficiales nunca se filtró su nombre, estaba presente en casi todas las reuniones a las que también asistía Adolfo Hitler y su mano derecha Heinrich Himmler. Hitler lo admiraba, puesto que reconocía en él no únicamente a un profundo conocedor de la historia del Imperio Austrohúngaro —el que Hitler anhelaba con delirio— sino al descendiente directo de un príncipe soberano o voivoda de las antiguas tierras rumanas, perteneciente a la Orden del Dragón.
Amante del esoterismo y ocultismo, Hitler se había interesado en el noble rumano, cuya figura le recordaba a los guerreros de las óperas de Wagner. No se sintió ofendido cuando Ardelean le solicitó una joven gitana a cambio de cierta información que poseía, sobre el futuro de su plan expansionista, al contrario, le había parecido una petición humilde frente a todo el conocimiento que su nuevo “amigo” le había compartido.
Pero si bien Hitler lo admiraba, muchas voces dentro de su gobierno le advertían de los peligros de aquel círculo de charlatanes y adivinos, frente a su inminente victoria sobre Europa. Los acusaban de espías y conspiradores. Muchos confiaban en que la suerte estaba echada a favor de Alemania; con la caída de Francia y el bombardeo a Inglaterra, las posibilidades de que algo saliera mal, eran casi nulas, pero Hitler quería estar seguro y para eso necesitaba al conde.
Habían descubierto los planes de los americanos de realizar un desembarco en las costas de Francia y su “amigo” debía revelar el lugar exacto, así como lo había hecho antes. La meta prácticamente estaba alcanzada. Solo necesitaba ese último favor, antes de terminar con todos ellos.
Cuando los últimos rayos de sol se desvanecían, Ardelean paseaba por el jardín y pudo ver a Leena sentada en una fuente de piedra. Sus ojos estaban cerrados y parecía sumergida en una especie de trance, su cabello se agitaba graciosamente a merced del viento. Podría adivinar lo que pensaba pero no quiso perturbar sus pensamientos.
Se veía tranquila, en paz. Su semblante era sereno y deseó acercarse a ella y hablar. Debía comunicarle lo que había decidido lo antes posible, sin embargo, permaneció observándola en silencio. Transcurrió mucho tiempo y no pudo evitar su deseo de tocarla; estaba a escasos centímetros de ella cuando su mano rozó un mechón de su cabello. Leena abrió los ojos y miró a su alrededor pero no había nadie. Al percatarse de que la noche empezaba a caer, la joven sintió miedo de los lobos y regresó a la mansión.
Subió a la recámara, pero con el estómago vacío, el sueño sería difícil de conciliar. Salió en busca de algún alimento que le permitiera reconfortarse, sabía en donde estaba la cocina y estaba segura de poder llegar a ella sin importunar a nadie.
Se percató de que la chimenea en el gran salón estaba encendida. La oscuridad abrazaba la mansión, mas la luz que provenía del fuego, dibujaba sombras tenebrosas en el antiguo edificio. La joven quiso entrar y sentarse frente a él, pero al percatarse de la presencia del conde, se contuvo. Se aprestaba a subir las escaleras cuando una fuerza desconocida le impulsó a regresar. Era tarde y los sirvientes se habían marchado a sus habitaciones. Se escondió en una esquina y lo observó. Él tenía su mirada fija en el fuego y ella permaneció contemplándolo en silencio.
—No somos diferentes, tú y yo —exclamó él, mientras la gitana trataba de disimular su turbación—. No tenemos hogar, ni familia. Yo dejé mi tierra mucho tiempo atrás, cansado de guerras y muerte, y hoy nuevamente, es lo único que tengo aquí —su voz, como un lamento, estaba cargada de melancolía y resignación.
Leena no sabía si escapar o quedarse, había sido descubierta, y no podía echarse para atrás. Caminó al interior de la sala, escasamente alumbrada y tratando de controlar su miedo se acercó a Ardelean.
—Eres amigo de los nazis —dijo ella con enojo. No era una pregunta, sino más bien una acusación.
Él permaneció en silencio, estático, aparentemente ajeno al comentario de aquella extraña.
Poco a poco la gitana tomó fuerza y le increpó indignada:
—¿Cómo puedes ayudarlos? ¡Están matando personas, a familias enteras, a niños…, nos tratan peor que a animales! ¿Y tú los ayudas? ¡No entiendo! —exclamó con rabia— sintiendo como las palabras brotaban de su garganta dolorosamente.
La miró. La jovencita tenía razón pero, ¿cómo explicarle que todo debía suceder así?
—Hitler es solo un peón en el tablero del destino —respondió lentamente, sin retirar sus ojos del fuego.
—¡No! ¡Hay gente como tú detrás de él, ayudándolo, dándole poder, creyendo sus mentiras sobre los judíos y otros a quienes llaman inferiores!
Leena se había alejado para admirar su sombría figura, tan solo su rostro se iluminaba frente al fuego chispeante, naranja y azul.
—¡No entiendes, esto es más de lo que aparenta! ¡Ellos ostentan un poder que no comprenderías! —respondió finalmente, cruzando sus manos y acercándolas a su rostro para ocultar su molestia.
—¿Y cómo sabes eso? ¿Cuál es tu papel en esta pesadilla? —Le enfrentó Leena, perdiendo el miedo de a poco.
—Conocí a alguien como él hace mucho tiempo…
Su mirada estaba perdida en épocas pasadas; en guerras, en muerte, sangre, dolor, amor.
Pero la joven no entendía de qué hablaba. Quiso encontrar una respuesta más satisfactoria en sus ojos, pero él no los apartaba del fuego, parecía perdido en la fuerza que ejerce el más poderoso de los elementos de la naturaleza. Aquella luz le confería un aspecto grotesco a su rostro, pero a la vez dejaba ver que era, en esencia, un hombre atormentado.
Se acercó a él muy despacio, siempre manteniendo un espacio prudente entre los dos.
—¿Por qué no salvaste a mi madre y hermanas? —le cuestionó con melancolía.
—Sólo podía salvar a una y te salvé a ti… porque me recuerdas a mi hogar —concluyó después de permanecer unos minutos en silencio sin atreverse a mirarla, con una voz tan profunda que parecía introducirse en los tímpanos de la joven y se esparcía por todo su ser.
Pero para la gitana, la respuesta no era satisfactoria, simplemente no la comprendía. Primero le había hablado de sus ancestros y ahora de su hogar. Era como si se burlara de ella. Le dio la espalda y lentamente se dirigió a la puerta.
—La guerra acabará en poco tiempo, los aliados piensan desembarcar en Francia y atacar Alemania, Hitler ordenará matar a todos cuantos pueda y yo estoy entre los más próximos —expresó sin emoción y casi en un susurro comentó: debo huir.
Un silencio sepulcral invadió el lugar. Solo el crujido de la leña quemándose se escuchaba por breves segundos, cuando una violenta ráfaga de viento sacudió los cortinajes del salón asustándolos.
Andrei se levantó de su asiento y al percatarse de que solo se trataba del viento, se acercó a la gitana para confortarla; tomó el chal que protegía sus brazos y espalda y delicadamente lo subió hasta cubrir sus hombros y su pecho. Ella levantó su rostro y sus ojos se encontraron. Leena sintió un estremecimiento en todo su cuerpo; el corazón le latía rápido y pronto sus mejillas se ruborizaron. La joven se alejó un poco del hombre, tratando de disimular su turbación. Pero él seguía mirándola con familiaridad.
—¿Vendrías conmigo? —Le preguntó suavemente, casi como si tratara de acariciarla con sus palabras.
Ella lo miró incrédula, confundida y luego le dio la espalda sin acertar a responder.
—¿A dónde iríamos?, toda Europa está bajo su poder —cuestionó ella, aunque sin reflexionar mucho en sus palabras, tratando de ocultar la ofuscación en su rostro.
—A América —respondió él sin titubear.— ¿Has escuchado hablar de ella?
—Sí, pero… no entiendo por qué quieren matarte, has trabajado con los nazis, con ese monstruo, el soldado lo dijo —expresó ella, recordando sus palabras con rabia. ¿Acaso tú eres un monstruo también? —Le preguntó sin miedo.
—No hay amigos en el campo de batalla. Todos en algún momento se convierten en potenciales enemigos y más si son extranjeros —respondió él con tristeza, pues había experimentado la traición en carne propia.
—Si te matan a ti, todos quienes viven en esta casa… también van a morir —reflexionó Leena con voz temerosa, recordando como los alemanes habían asesinado a gitanos y judíos sin importar su edad o su sexo en Dachau.
—Quizá les perdonen la vida, o no. No depende de mí —respondió Ardelean refiriéndose a la servidumbre pero lo hizo con tal frialdad que Leena no pudo evitar sentirse molesta.
—¿A mí me conoces tan poco y quieres salvarme pero te es indiferente la vida de los que te han servido?
No la dejó concluir, la tomó por un brazo y la puso frente a sí.
—¡Tú no sabes nada! ¡No hagas que me arrepienta de mi decisión! —Le susurró duramente, mientras la soltaba y se perdía en la oscuridad de la antigua residencia.
La joven se sintió desconcertada en aquel momento y tan sola, irremediablemente sola. Quiso llorar, gritar, correr. Pero el sonido de la madera consumiéndose y el calor del fuego la atrajeron. Se sentó en el piso y se apoyó en el asiento en donde aquel hombre descansaba minutos atrás.
Cerró los ojos y pensó en tantas cosas que abrumaban su mente y no lograba desentrañar. Se preguntaba incesantemente ¿Por qué ese desconocido quería salvarla? ¿Quién era ese hombre y cuál podía ser su interés en una huérfana gitana sin más posesiones que la ropa que llevaba puesta? Recorrió con su mirada la inmensidad de la lúgubre estancia, trayendo a su mente un nombre poco conocido: América, el país más allá de las aguas como le llamaban los gitanos.
Escuchó hablar de aquella tierra lejana cuando vivió en España, en Andalucía; antes de que su padre decidiera dejar la vida errante y establecerse en la zona rural de Baviera en Alemania. Había estado en tantos lugares que era difícil recordarlos a todos y a muchos era mejor olvidarlos. Andalucía era el hogar de muchos gitanos, en donde se respiraba con más intensidad la identidad gitana, expresada en cantos, bailes pero también en mitos y leyendas.
Fue ahí en donde aprendió a bailar la más hermosa de las danzas, cuya fuerza y pasión no se iguala a otra conocida: el flamenco andaluz. Quizá lo amaba porque le recordaba al primer chico que había llamado su atención; se llamaba Kilian. Era un gitano que había nacido y vivido en España toda su vida. Era parte de su clan materno, es decir parte de la familia de su madre y en tal virtud, solían encontrarse en las reuniones sociales y fiestas celebradas por los gitanos. Kilian era un joven muy atractivo; tenía diecisiete años, dos más que Leena en aquel entonces pero ya era un bailaor —un hombre que bailaba flamenco— extraordinario.
El día de la fiesta en honor a Santa Sara patrona de los gitanos, se organizaba un baile. Parecía que todos los gitanos andaluces se habían reunido; la algarabía y felicidad se respiraba en el ambiente. Sentados alrededor de una fogata, algunos hombres empezaron a entonar melodías con sus guitarras y violines, mientras que las mujeres los acompañaban con las palmas de las manos y el maravilloso instrumento de su voz, cuando un joven saltó al interior del círculo.
Vestía una camisa blanca y un pantalón oscuro, su cabello negro largo estaba recogido y sus ojos hermosos no apartaban la miraba de una gitana, casi una niña que tímidamente lo observaba junto a su familia y al resto de la concurrencia, todos extasiados con el sublime movimiento de sus manos, su cuerpo y la expresión desafiante de todo su ser.
La música, el sonido de los violines, las palmas y las voces graves de los cantores y cantoras, convertían el patio de una casa vetusta, en el sensual escenario de un cortejo de amor. Todos los gitanos podían intuir la intención del joven Kilian, casarse con ella a pesar de su corta edad.
Durante la cena, el tema de conversación fue el baile dedicado a Leena, la joven gitana tenía quince años recién cumplidos y ya valía la pena pensar en casarla. Cualquier familia se habría sentido halagada de contar con un bailador famoso como hijo, pero no era el caso del padre de Leena.
La familia del joven habló de formalizar un compromiso entre los chicos. La madre de la gitana estaba complacida, puesto que era un miembro de su familia y un gitano valioso dentro de su clan. Su padre, agradeció las buenas intenciones pero les dijo que Leena aún era demasiado insensata para asumir tal responsabilidad y que quizá en unos pocos años, podrían conversar nuevamente sobre el tema. Muy en su interior él deseaba para su hija, un hombre que pudiera protegerla y darle todo lo que ella necesitase, si su familia llegaba a faltar, como era costumbre entre los gitanos.
Kilian fue el primer chico que la hizo estremecer con su presencia, eran dos niños inocentes en aquel momento, ajenos a los horrores que vendrían poco tiempo después. Su corazón se alivianó un poco y deseó que él estuviera sano y salvo aunque sabía que en España con el gobierno de Franco, las cosas tampoco marchaban bien. En ese instante recordó en donde estaba y lo que había sucedido poco antes. Tras su desencuentro con el misterioso conde podía concluir que era una persona muy extraña y de carácter volátil, por decir lo menos.
Mil interrogantes daban vueltas en su cabeza: ¿Quería irse a un lugar tan lejano con un desconocido? Podía buscar a Kilian y al clan de su madre en España, esa era una opción, concluyó, pero si no hubiera sido por el conde Ardelean, estaría muerta, esa era la cruel realidad.
Muchos gitanos habían viajado a América, la mayoría se quedaba y emprendía mil aventuras en la inhóspita vastedad de aquella tierra indomable, otros extrañaban su itinerante vida en Europa y regresaban trayendo consigo recuerdos, historias que narraban al calor del fuego en las reuniones familiares y nada más.
Leena se enfrentaba a una encrucijada que no dejaba de atormentarla cuestionándose: ¿Quedarse y enfrentar a los nazis o irse en pos de lo desconocido de la mano de un extraño? Y recordó también al Ángel de la Muerte quién había paseado su tétrica figura cerca de ella pero no la había llevado consigo. ¿Por qué? Se preguntaba una y otra vez, sin hallar una respuesta satisfactoria.
Evocó la sensación de vergüenza e incertidumbre provocada por el ligero roce de las manos de aquel desconocido en su piel. Era la primera vez que experimentaba eso que no sabía cómo explicar. ¿Tendría un nombre? ¿Era miedo? ¿Sería un presentimiento? se cuestionaba ingenuamente. Nunca antes un hombre la había tocado. Recordar su extraña mirada le provocó un sacudón fuerte y se acurrucó frente al fuego como un gatito que había encontrado un lugar perfecto para dormir en medio del espacioso salón. Los ojos ya no le obedecían y una pesadez en su cuerpo tan grande la invadió, que se quedó acostada en el piso, cubierta por un lúgubre silencio y una absoluta soledad.
Capítulo 2
La huida
La fría mañana con sus fuertes vientos y nubes grises que impedían la salida del sol, fue un presagio del día por venir.
Andrei llamó al ama de llaves, le entregó un baúl de madera, pidiéndole que se lo diera a Leena y desapareció en su estudio sin decirle qué era o porqué se lo entregaba.
La señora Schmidt tocó la puerta de la habitación de la joven y entró.
Ella abrió los ojos lentamente y enseguida se dio cuenta que tenía un terrible dolor en todo su cuerpo. Parecía como si hubiera dormido en el piso, y además sentía que estaba helada, solo su chal la cubría apenas.
—Su señoría —era la forma en que el ama de llave siempre se refería al conde— le envía esto —dijo, depositando el pequeño baúl en la cama.
—¿Y qué es? —preguntó ella inocentemente tratando de estirarse para aliviar el dolor.
—Olvidé preguntarle —respondió con sarcasmo. Sin embargo, al ver su rostro apesadumbrado, sintió pena—. No lo sé. Él ordena y yo obedezco —se limitó a decir mientras buscaba ropa para Leena en el armario—. Le prepararé un baño, quizá le ayude a sentirse mejor. No cenó ayer, me imagino que tendrá hambre —indicó, tras escuchar ruidos que provenían del estómago de la joven.
Pero estaba más interesada en el baúl que en su pobre vientre. Una llave dorada estaba en la cerradura y la giró cuidadosamente. En su interior, había una tela de color rojo sangre, con decoraciones doradas. Ella miró con asombro aquel contenido y cuando al fin se decidió a sacarlo no pudo evitar sentirse consternada. Era un vestido, de tela tan suave al tacto, que tenía miedo de romperlo. En el fondo del baúl había joyas que complementaban el atuendo; pulseras, anillos y aretes dorados. Se quedó pensando en la noche de ayer, su conversación con el conde, aquel momento de incómoda intimidad y en su arrebato de ira.
Si se había quedado dormida en el salón, ¿quién la había traído al cuarto? ¿Él? —se cuestionó preocupada.
Schmidt había salido de la habitación y Leena cerró el baúl de madera. Se desnudó y fue al cuarto de baño en donde se sumergió en la bañera tratando de olvidar por un momento todo aquello que la perturbaba. ¡Cómo si fuera posible! —pensó.
Andrei estaba sentado frente a su escritorio, su semblante era de tensión, sus dedos se entrelazaban y luego los separaba para empezar nuevamente. Sabía que había perdido el control y la gitana debía estar asustada o molesta. Esperaba que el obsequio, surtiera el efecto deseado en ella y lo perdonase o al menos…
Unos gritos, seguidos de unos golpes precipitados en su puerta, interrumpieron sus pensamientos.
—¡Adelante! —Gritó molesto.
Una de las sirvientas estaba parada en la puerta tratando de hablar pero parecía que no encontraba las palabras adecuadas, entonces se levantó y salió de su estudio para ver qué o quién causaba tal conmoción en su residencia.
Una mujer daba vueltas por la habitación. Vestía una chaqueta y una falda, ambas de color gris, que entallaban perfectamente su delgada figura. Tacones altos negros, la estilizaban aún más. Su cabello rubio estaba oculto bajo un sombrero pequeño del mismo color que sus zapatos y para complementar su atuendo, una estola de pelo plateada, cubría su garganta. El mayordomo trataba de tranquilizarla, o al menos impedirle el paso a las habitaciones superiores, cuando Ardelean la vio.
—¡Andrei! — le increpó ella al verlo, corriendo a sus brazos, pero lejos de un cálido abrazo, dos frías manos agarraron sus muñecas apartándola de su lado.— ¿Es verdad? ¿Dime que no es cierto que has traído a tu casa a una sucia gitana? ¿Por qué? ¿Por qué me humillas así? ¡No he hecho nada más que amarte, todos estos años! ¡Te he puesto por encima de todo y de todos y tú solo me humillas!
Sus ojos azules lucían hinchados y manchados con sombra negra que se corría a medida que sus lágrimas resbalaban por su rostro de porcelana.
La condesa Heyla Von Westrap no podía siquiera imaginar que otra mujer osara poner sus pies en la mansión de Ardelean y peor aún, una “sucia gitana”. Así lo había expuesto a sus amistades, cuando le comentaron que el conde había salvado de la muerte a una joven en el campo de concentración de Dachau y que aparentemente, la tenía bajo su techo.
—¡Te estás extralimitando Heyla! —Andrei gruñó con ira, tratando de minimizar el incidente—. ¡Entre nosotros no hay compromisos, no puedes venir aquí y armar un escándalo!
—¡Dime que no has traído a esa mujer aquí! ¡Qué todo es mentira! —suplicaba ella, en medio de un llanto desconsolado aun sabiendo, muy en su interior, que era verdad.
Él no dijo nada, quizá buscaba que su silencio le hiciera entender el ridículo que hacía, pero la condesa Von Westrap no se daría por vencida tan fácilmente. Todos esos años amándolo, arriesgándolo todo por él, añorando el día en que pudieran estar juntos sin ocultar su relación y ahora la traicionaba.
—No me mires así Heyla —más que una súplica era una orden. No podía soportar sus ojos azules tristísimos desgarrándolo, acusándolo. Bellos ojos en los que muchas veces descubrió el deseo, la pasión y la lujuria, hoy solo escondían decepción, dolor, ira.
La mujer se apartó abruptamente, tratando de escabullirse a las habitaciones superiores, quería verla, necesitaba conocer por quién la cambiaba. Para ella no había una explicación lógica, debía saber qué había visto Andrei en un ser tan bajo, para cambiar a una noble alemana acaudalada, por una “vulgar gitana”.
Pero no fue necesario. Trató de agarrarla del brazo cuando escuchó un murmullo en el salón y sus miradas se dirigieron a la parte alta de la escalinata que conducía al segundo piso de la mansión.
Envuelta en un precioso sari rojo, un vestido hindú de seda ricamente bordado con exquisitos detalles dorados, una joven de piel canela y penetrantes ojos claros contemplaba la escena. Sobre su cabeza, un largo velo rojo con dorado, adornado con monedas que descansaban en su frente, ocultaba su largo cabello castaño. Sus mejillas estaban encendidas por los comentarios que había escuchado y miraba a la mujer alemana, desafiándola.
Todos se quedaron atónitos: la señora Schmidt, que había tratado de correr a la habitación de Leena para impedirle salir, el mayordomo que junto a las chicas de la servidumbre intentaban tranquilizar a la condesa, Andrei que la miraba extasiado y finalmente Heyla, para quien todo empezaba a cobrar sentido.
No era la gitana quien se lo había arrebatado, era bonita, sí; pero aparte de su juventud, estaba sola. Dependía enteramente de él y eso era lo que el conde Ardelean anhelaba. Como un niño en Navidad, había escogido el mejor regalo y ahora lo quería más que a nada o a nadie. Andrei no había apartado su mirada de la joven y Heyla sintió que nunca, en los años que llevaban juntos, la había mirado así.
Leena se quedó parada en la escalinata. No había sido su intención salir con el traje pero al escuchar el alboroto y los insultos, se escabulló de la habitación y fue tarde cuando se percató de que hablaban de ella. Aunque le ponía furiosa el que esa mujer la haya ofendido sin conocerla, creyó entender que se trataba de alguien con quien Ardelean había tenido o mantenía una relación y estaba celosa de su presencia.
No era su deber explicarle que entre los dos no había nada, así que, tras mirar al conde con resentimiento —aún no había olvidado la forma como la había tratado el día anterior— regresó a su cuarto y se despojó de las lujosas ropas.
Heyla empezó a reír, primero despacio y después a carcajadas ante la mirada de todos. Andrei despidió a los sirvientes y se quedaron solos en el salón.
—¡Sí que eres presuntuoso, Andrei Ardelean, es una buena adquisición! —comentó sarcástica—. ¡Pero no te olvides que hay hombres más poderosos que tú, que quisieran tenerla, y yo me encargaré de contarle al Führer lo hermosa que es! —hizo una breve pausa para limpiarse las lágrimas y sonriendo con ironía lanzó una velada amenaza— ¡creo que querrá conocerla!
Hablaba una mujer enamorada que había sido víctima de traición, ya que ella lo amaba, y no podría soportar la idea de ver a su hombre en brazos de otra.
—¡No te atreverías! —le gritó, tomándola por el brazo con violencia y dirigiéndose con ella, casi arrastrándola, a la puerta—. ¡Vete Heyla, y no regreses!
Con el poco orgullo que le quedaba, salió corriendo de la mansión, hacia su auto. El chofer arrancó el vehículo y desaparecieron en medio del bosque que rodeaba la propiedad.
En su interior, la condesa Westrap, lloraba como una niña. Su chofer y confidente la miraba por el espejo, sentía lástima por la condesa a quien conocía desde que era una chiquilla. La dejó desahogarse durante el largo trayecto, hasta que le pareció más tranquila y resignada. Ella sacó un cigarrillo de una cajita dorada, lo encendió y aspiró profundamente. Se dirigió al hombre mayor, cuyo rostro, lleno de arrugas pero de mirada dulce, la observaba con consternación.
—¿Nunca te cayó bien, verdad Heinz? —preguntó con voz débil.
Aunque él prefería no contestar, sabía que la condesa necesitaba desahogarse.
—No lo conocí bien señora, pero…
—¿Pero? Puedes hablar con confianza. Hoy he escuchado y visto todo lo que necesitaba para despertar de un sueño… o una pesadilla —reflexionó dolorosamente.
—Usted lo tiene todo en la vida señora, no le hace falta la compañía de nadie, mucho menos de un hombre como él.
Se calló de pronto, pensaba que sus pensamientos le habían traicionado. Pero Heyla sonrió.
—Solo somos personas comunes y corrientes, con gustos diferentes. Ya sé que piensas de la magia y el ocultismo pero para mí son temas interesantes —le confesó sin dejar de fumar.
—No señora. No me refiero a eso. El conde no es como usted o como yo, él es diferente.
—¿De qué hablas? —le cuestionó ella, inquieta.
—No lo sé, su presencia me daba escalofríos señora.
—¿Escalofríos?
—Sí, no lo puedo explicar, pero eso siempre me pasaba cuando él estaba con usted. Un frío me recorría desde la nuca a los pies.
—¿Por qué nunca lo mencionaste?
—Parecía que usted era feliz con él —respondió con honestidad.
Heyla esbozó una sonrisa.
—No me había sentido feliz en mucho tiempo, hasta que lo conocí. En la casa de la baronesa Christina Thyssen, ¿recuerdas? —él asintió con la cabeza y calló.
—Leopold estaba en Amsterdam por negocios y yo me sentía tan sola y desanimada con Isabel y el pequeño Leopold en la casa de sus abuelos. Christina había invitado a todos esos charlatanes para una sesión de espiritismo y él estaba ahí. Su sola presencia me intimidó, su mirada profunda y su vasto conocimiento me atraparon. Cuando lo invité a las reuniones de la Sociedad Thule, no imaginé… —una pausa incómoda interrumpió su monólogo— que se convertiría en mi amante —pensó en silencio.
—Su esposo y sus hijos la necesitan, señora —Heinz la hizo aterrizar a la realidad— el pasado no lo puede remediar, pero tiene el presente para compensarlos.
—Ellos no me necesitan ya.
A sus treinta y tantos, con sus dos hijos viviendo en Suiza para su protección, un esposo que era un reconocido banquero en Ámsterdam y al que casi nunca veía —así lo había decidido desde que se enamoró de Andrei— consideraba que ya nada en su vida tenía sentido.
¿Cómo sucumbió a la tentación que era Andrei en su vida? ¿Por qué unas simples palabras de admiración de sus labios, habían hecho hervir su sangre, a tal punto de entregarse en cuerpo y alma, a quien nunca le había prometido nada? —aquellas preguntas martilleaban su cabeza.
Miró las calles de la ciudad y por primera vez en mucho tiempo, vio los rostros de las personas que transitaban por ella. Sombríos, con miedo, mirando a sus espaldas, recelosos de quien caminaba a su lado. Nadie sonreía. Al verla pasar, solo una mueca de disgusto se dibujaba en sus caras.
La bandera nazi color rojo sangre con la cruz esvástica negra sobre un fondo blanco flameaba en todas partes: en las calles y en las casas, en los brazos de los niños y niñas de escuela, en adolescentes que formaban parte de las juventudes hitlerianas caminado en grupos junto a monitores nazis.
Los observaba con desidia cuando una escena llamó su atención: Un joven caminaba distraído cuando dos soldados salidos de la nada, lo lanzaron al piso y comenzaron a darle puntapiés en el rostro y cuerpo. Uno de ellos apunto su arma y sin darle una oportunidad para defenderse o hablar, descargaron su odio al grito de ¡“Un Pueblo, un Imperio, un Guía”! Como un eco, sus palabras resonaron en su cabeza.
La gente se apresuraba como si la velocidad de sus pasos borraba de su mente aquella escena sin sentido. ¿Había estado tan ciega? —se preguntó—. Todo este tiempo, aferrada a una ilusión y ahora que esta se había quebrado como un cristal, veía cómo era en realidad la situación. La brutalidad de la guerra se hallaba frente a sus ojos.
Una vez había escuchado decir a Hitler, que en una guerra no había amigos o enemigos, solo circunstancias ¿Algún momento las circunstancias le serían adversas? ¿Podría considerar a los miembros de la Sociedad como enemigos? Por primera vez sintió miedo. ¿Acaso los secretos que le habían revelado podrían ser la excusa perfecta para matarlos?
—Señora, hemos llegado —era la voz del chofer despertándola de la pesadilla.
La mujer corrió a su casa, un hermoso chalet ubicado en una zona exclusiva. Todo en su interior era lujo: lámparas de marca Tiffany, alfombras persas decoraban los pisos de las habitaciones, cortinas elaboradas en finos damascos cubrían los amplios ventanales. Los muebles de maderas brillantes y sobre ellos, jarrones chinos con fragantes rosas rojas. Las paredes cubiertas de cuadros; pero no había calor de hogar.
La soledad se sentía en todos los rincones de la casa. Heyla Von Westrap se recostó en el diván de la sala y lloró hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas.
Andrei, no había salido de su estudio. Estaba consternado. No habría querido que las cosas terminaran así con Heyla; no la amaba, pero estaba agradecido por todo lo que ella había llevado a su vida: ilusión, esperanza, pero también pasión, deseo y lujuria, no podía negarlo. Ella calmó sus noches de soledad y aplacó el fuego de su ser. Recordaba la sensación de placer que su cuerpo desnudo le había proporcionado en infinitas ocasiones, sus gemidos, sollozos, sus manos acariciando y arañando su piel en los momentos de éxtasis culminante. Se sintió perturbado, aunque su semblante era duro y se enfurecía al recordar sus amenazas, sabía en su interior que ella tenía razón.
Aunque él nunca le había prometido nada, tampoco le había dicho cuáles eran sus verdaderas intenciones: huir de Alemania hacía América y empezar una nueva vida, si podría llamarla así. Pero ella no estaba en sus planes, nunca lo había estado, principalmente, porque tenía familia y una posición social muy importante dentro de la nobleza alemana. Pero ya todo estaba decidido y su presencia en la mansión no había hecho sino precipitar la huida. No podía correr riesgos innecesarios. Pronto partirían y debía decirle a Leena.
Unos golpes débiles se escucharon en la puerta de la joven, quien aún contemplaba el bello atuendo, regalo del conde Ardelean y pensaba en los incidentes de la mañana.
—Señorita, la cena está servida —anunció el mayordomo casi sin mirarla y con prisa por retirarse, ya que la noche había caído.
—Gracias —respondió ella con honestidad y a la vez con preocupación, preguntándose qué sería de la vida de los habitantes de la mansión, una vez que el conde se marchara.
—¡Ah!, señorita, el conde la verá en su estudio, después de la cena.
—¿Él no estará presente? —Preguntó inquieta, puesto que después de la escena de la mañana, no lo había visto, pero el anciano ya le había dado la espalda y desaparecía lentamente escaleras abajo.
Después de una suculenta comida —quizá el ama de llaves había recordado que ella casi no había probado bocado desde su llegada a la mansión— sus nervios empezaron a traicionarla. Sabía que debía enfrentarse a él y no quería hacerlo.
El salón del comedor era muy grande, sin embargo carecía de calidez. El fogón en casa de su abuela era tan pequeño pero acogedor y congregaba a casi todo su clan en las noches de fiesta, aunque muchos debían permanecer afuera para poder respirar. Pero en ese lugar, todo era inmenso y sombrío —reflexionó ella—. Imaginó que los pocos detalles femeninos presentes los había puesto la mujer rubia, pero aún así, la mansión era bastante tenebrosa y oscura.
Iba a tocar la puerta del estudio, pero se percató de que estaba abierta. Andrei estaba de espaldas a ella, mirando hacia el jardín y al bosque circundante. La gitana entró en la habitación muy despacio, tratando de no interrumpir sus pensamientos.
—Lamento que hayas tenido que presenciar la escena de la mañana —dijo él, tratando de leer la expresión de la joven, reflejada en el vidrio del ventanal.
Ella permaneció en silencio pensando en que “no me importa” o “no es asunto mío” podrían ser buenas respuestas, pero prefirió callar.
—Quizá las amenazas de Heyla sean solo eso, pero si no, es mejor seguir adelante con el plan. Debemos partir lo antes posible —dijo él—. Están hechos los arreglos para trasladarnos a Francia, desde ahí, barcos con refugiados parten para América…
—Pero has colaborado con los alemanes y ahora ¿pretendes huir como refugiado? No te dejarán subir al barco —interrumpió ella molesta e incrédula, puesto que el plan le parecía descabellado.
—Pero a ti sí, y eso me basta por el momento —respondió parco—. Tengo documentos falsos, un pasaporte francés que te permitirá transitar por Francia, hasta llegar al puerto de El Havre, desde donde parten los barcos. Necesito que me prometas que nunca le dirás a nadie lo que te voy a revelar. ¡Debes prometerlo Leena!
Era la primera vez que él pronunciaba su nombre y escucharlo le produjo un estremecimiento que trató de disimular.
—No, no puedo prometer algo que no sé qué es. Necesito saber qué nos une a ambos. ¿Por qué me has elegido a mí para ser tu compañera en este viaje y no a la mujer rubia, por ejemplo?
A Andrei le causó asombro la pregunta. ¿Acaso estaba celosa de Heyla? ¿O era un cuestionamiento justificado? Trató de responder con honestidad aunque se sintió halagado por aquella duda y en sus delgados labios se esbozó una sonrisa.
—Ella es una amiga muy querida, pero tiene a su familia y debe velar por ellos. En cambio tú y yo, estamos solos.
Después de una breve pausa, prosiguió.
—Desciendo de una familia noble originaria del este de Europa, mi pueblo se llamaba Valaquia. Mis antepasados pelearon contra los turcos en el siglo XV y en aquella época las guerras y las pestes diezmaban pueblos enteros. Tu pueblo, antiguamente, no era libre como lo es hoy, o lo era antes del tercer Reich, y mi ancestro adquirió en Bulgaria a miles de gitanos para después trasladarlos a mi país. Supo tomar lo mejor de ellos y trabajaron juntos para que las tierras fueran prósperas. Desde entonces, los gitanos han prometido ser fieles a los descendientes del príncipe de Valaquia. Es por eso que te elegí a ti. Eres descendiente directa de los gitanos que nos juraron lealtad. ¿Serás capaz de mantener ese juramento? —preguntó él, notando la vacilación en su rostro, aún no se veía del todo convencida y continuó—, hoy estás viviendo una guerra y sabes la desolación, la agonía e incertidumbre que encierra. Mi pueblo experimentó eso y mucho más durante siglos, viviendo bajo el acecho de invasores que buscaban explotar nuestras riquezas y territorios.
Andrei caminaba por el estudio mientras rememoraba su vida y se la exponía abiertamente a aquella joven cuya mirada prefería eludir y prosiguió su emotiva disertación.
—La crueldad de sus actos nos hizo responder con más actos de odio y temeridad. A pesar de que amábamos la paz, luchamos con todos nuestros medios para poder sobrevivir, pero la victoria nos era esquiva; nos superaban en número y fuerza, mas no en valor —el rostro del noble brillaba al recordar las glorias pasadas de su pueblo y hablaba con una mezcla de orgullo y rabia—, en medio de nuestra lucha, fuimos gobernados por seres oscuros que abrieron nuestra mente a saberes profanos, según ellos, para defender a nuestras familias y a nuestras tierras, aunque sus preceptos estaban opuestos a las leyes divinas.
—¿Seres oscuros, saberes profanos? No comprendo de qué hablas —le interrumpió ella, tratando de entender aquella enmarañada historia que estaba obligada a escuchar.
Andrei se tapó el rostro con las manos y se frotó las sienes con las puntas de sus dedos.
—Sé que es difícil de creer, pero hay situaciones en este mundo que rebasan nuestro entendimiento. Quiero pensar que han quedado en el pasado y no considero oportuno hablar de ellos en este momento. No quiero justificar lo que hicieron, pero pienso que actuaron por desesperación. Esa “sabiduría” aunque creo que mejor debería llamarla “maldición” me fue transmitida por mis antepasados y no tuve más remedio que ponerla al servicio de Hitler. En algún momento entenderás mis razones, por ahora solo puedo decirte que en un principio, su deseo de acceder a un conocimiento superior parecía genuino pero con el tiempo y el auspicio de personajes sombríos, la naturaleza de sus propósitos dio un giro terrible.
Leena lo miraba con detenimiento, parecía verdaderamente afectado por todo aquello que le estaba revelando, pero también desconfiaba de las palabras de aquel extraño.
—Temo por mi vida ya que como sabrás, si no eres amigo del Führer, eres su enemigo y el de Alemania. Hoy estoy seguro que prepara la muerte de quienes una vez le servimos. Tus antepasados juraron fidelidad al príncipe de Valaquia, mi ancestro, incluso ofrendaron su vida por él. No espero menos de ti.
Andrei Ardelean concluyó así su disertación, mirándola con ansiedad pues necesitaba estar seguro de que contaba con su lealtad incondicional.
Sus palabras finales la estremecieron. Si tanto había exigido conocer por qué le había salvado la vida, ahora esa verdad le incomodaba, le aturdía y se encontraba más atemorizada que antes.
—Quizá tus padres o tus abuelos te contaron las historias de mi pueblo, de su juramento —le preguntó mirándola con recelo, tratando de descubrir si tenía conocimiento de los hechos que había narrado.
—No recuerdo que me hablaran de ningún juramento —dijo ella con desconfianza, al fin y al cabo, cómo podría saber si lo que él decía era cierto.
Sentía que su suerte estaba echada pero no era del todo claro, cuál sería su papel en la huida o en la vida del conde.
—No temas, las cosas se revelarán a su tiempo —dijo él intuyendo que seguía afligida— pero debemos partir lo más pronto posible Leena, me esperan en Berlín en menos de una semana para una reunión con Hitler. Pienso que deben estar vigilando nuestros movimientos, hay que ser cautos en todo momento —concluyó Andrei desviando rápidamente su mirada; verla le causaba una serie de sensaciones que no se sentía capaz de manejar, y temía perderse en sus recuerdos.
La atmósfera en la habitación era lúgubre, pero en el interior de cada uno, una pequeña llama se encendía cuando se miraban por breves segundos. Andrei se sentía conmovido por la presencia de la joven gitana y la recordó en el atuendo de la mañana, sonriendo complacido.
Leena, creyó adivinar sus pensamientos y algo ruborizada comentó:
—El obsequio que me hiciste esta mañana, es hermoso, pero no puedo aceptarlo.
Bajó la vista, sintiendo que las fuerzas le abandonaban mientras la penetrante contemplación de él la consumía.
—No creo que luciría bien en otra persona —susurró Ardelean mientras rodeaba su escritorio y se acercaba a ella— ¿Bailarías para mí? —Inquirió el conde con gentileza, frente a la joven que trataba desesperadamente de esquivar sus ojos.
—¿Bailar? No, no puedo —respondió tajante.
—¿Una gitana que no puede bailar? Me cuesta trabajo creerlo… —dijo mientras tomaba suavemente su barbilla para levantar su rostro y poder perderse dolorosamente en su mirada.
Mientras él la atraía hacia sí, ella fijaba sus ojos en su pecho, en la camisa azul que vestía y resaltaba su piel. No quería que la viese aturdida por su presencia.
—Quiero que te pongas el vestido y bailes para mí. Mis antepasados decían que los gitanos no vienen de Egipto como muchos piensan, en sus canciones hablaban de su tierra, de la India. Quizá por eso el vestido luce tan bien en ti. De ahí proviene tu familia Leena —dijo él, sin quitarle los ojos de encima, retirando un mechón travieso de cabello que cruzaba su mejilla, provocando que su inocente corazón latiera con locura.
La joven tuvo miedo de aquellas sensaciones jamás experimentadas y escabulléndose corrió a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Trató de asimilar todo lo que había escuchado y sentido, estaba muy nerviosa, no solo por la huida, sino por las emociones que él lograba despertar en su interior.
Buscó el pequeño baúl de madera y extrajo el vestido. Lo acarició con delicadeza, en efecto, era una bellísima pieza. Se desnudó y rápidamente se enfundó el precioso sari. El espejo de cuerpo entero de Heyla Von Westrap ahora era su cómplice y en él la joven admiraba su regalo. Nunca había recibido un obsequio de ese tipo y nunca se había sentido tan hermosa y admirada hasta ese día.
De pronto recordó a Kilian y su mirada en la fiesta de Santa Sara. ¿Si su padre hubiera aceptado que sea su esposo, las cosas serían diferentes? Ya no había tiempo para pensar en el pasado, pero un recuerdo que estaba vivo en su memoria la atormentaba: la mujer rubia. El dolor en sus ojos, su rostro rubicundo y la impotencia de verse abandonada, traicionada. ¿Ese era el futuro que le esperaba junto al conde? —se cuestionaba— Ya sabía por qué la había salvado de la muerte, pero no estaba claro qué quería de ella aparte de su lealtad…
—Me tienes miedo —dijo Andrei, contemplándola desde el umbral de la puerta.
Leena se asustó pero trató de disimular, estaba segura que había cerrado la puerta con seguro.
—¡No!, solo estoy cansada —respondió incómoda mientras fingía que alisaba los pliegues de su vestido.
Él se quedó mirándola. Sabía lo que pensaba y quería eliminar toda duda de su mente, entonces se acercó muy despacio. Ella quería apartarse, pero una fuerza extraña, le impedía realizar movimiento alguno. Andrei acarició su mejilla con suavidad mientras ella respiraba agitada y no se atrevía a mirarlo. Estaban tan cerca el uno del otro, que apenas unos centímetros separaban a sus cuerpos de tocarse. Leena tenía un nudo en su garganta, quería huir, quería quedarse, quería permanecer así para siempre.
—Sí, creo que debes dormir —dijo él, sin dejar de mirarla.
La calidez de su aliento la envolvía y podía percibir el aroma de su cuerpo.
—Tienes razón —respondió, la joven tratando de alejarse muy lentamente, hasta que pudo retroceder al fin.
Nuevamente sentía que la sangre le hervía y coloreaba su rostro. Andrei, se sintió complacido al verla así, totalmente aturdida ante su presencia y su proximidad.
—El baile está pendiente Leena, —susurró mientras se alejaba y al fin ella le permitía ver sus ojos brillantes.
Aquella noche, volvió a escuchar al lobo, su aullido era fuerte, como si le cantara a la luna, como si su alma salvaje se sintiera dichosa, era un aullido lastimero sí, pero ya no era solo uno, era una jauría de lobos aullando bajo su ventana. Leena pensó que se volvería loca. ¿Podría decir la señora Schmidt que no los había escuchado? Esta vez le preguntaría a Andrei. Cuando la siniestra orquesta dio fin a sus lamentos, Leena pudo dormir, pero el sueño se tornó en pesadilla.
Ella bailaba con su hermoso vestido rojo, la música al principio alegre, se tornó nostálgica y luego fúnebre. Observándola con una mirada triste estaba su abuela Rajna, la matriarca de su clan. Tras ella, miles de gitanos en harapos deambulaban en parajes devastados, muchos de ellos tropezaban con cadáveres ya que en sus pies y manos lucían gruesos grilletes, que les impedían caminar.
Había también hombres ricamente ataviados con armaduras brillantes y espadas que blandían al aire, peleaban contra feroces hombres barbados de tez morena y la pelea cada vez era más cruenta. Entre ellos estaba Andrei, quien brutalmente mataba y los desmembraba. La sangre de ellos en su rostro, parecía gustarle, sus ojos destellaban como los de un lobo, mientras limpiaba los rastros del líquido de su mejilla y lamía sus dedos manchados.
Rajna lo contempló sin inmutarse y luego se dirigió a Leena, le pidió su mano y cuando ella la hubo alcanzado, un certero corte con espada desprendió la cabeza del cuerpo de la anciana.
La joven despertó horrorizada. Como todo sueño, incompresible e ilógico, tenía piezas que calzaban dentro de la realidad, como el conde Ardelean con sus antepasados guerreros, su pueblo esclavizado pero Rajna estaba ahí queriendo decirle algo, quería su mano…
—¡Martyia Mule! —Recordó sus palabras y se sintió confundida.
Su abuela había hablado de “El Ángel de la Muerte” pero aún estaba viva. Cuando creyó que iba a morir, Andrei la había salvado. Entonces, ¿quién era el Ángel de la Muerte? ¿Hitler? ¿Los nazis? ¿Quién? —se preguntaba incesantemente.
En ese momento deseó haber aprendido más sobre quiromancia y cartomancia, pero ya era tarde. No todas las gitanas eran adivinas como Rajna, ni leían la suerte en la mano, en cartas o en el café. Por lo menos ella se consideraba demasiado común. Aún no entendía qué le deparaba el destino y porqué la gran matriarca se aparecía en sus sueños. Ella se había quedado en España y no habían tenido noticias suyas desde que la guerra había recrudecido. En su corazón deseaba que su abuela estuviera viva.
Aunque sus sueños no habían sido para nada placenteros, trató de mostrarse optimista. Se vistió y bajó al estudio para ver a Ardelean, pero la señora Schmidt le comentó que había salido. Aquello le pareció bastante extraño.
—¿Pero al menos le dijo a dónde iba? —preguntó ella, aunque ya conocía la respuesta.
—No, pero le dejó esto —respondió la malhumorada ama de llaves, mientras le entregaba una carta sellada.
—¿Una carta para mí? Leena la recibió atónita ¿Sería parte del plan? —se cuestionó mientras subía a la habitación y cerraba la puerta. Rápidamente abrió el sobre y extrajo su contenido.
Leena:
Mi amigo Adolfo, me requiere en Berlín, como te había comentado. Debo dejarte por unos días. Pronto me reuniré contigo.
A.
—Esto no tiene sentido —pensó ella— ¿Andreí se había ido por su voluntad o se lo habrían llevado? Salió de la habitación nuevamente y corrió en busca de Wagner o de la señora Schmidt.
—¿Dígame qué le pasó a Andrei… es decir, al conde? ¿Qué sucedió en la mañana? —inquirió ofuscada, mirando a la mujer con impaciencia.
—Pues, llegaron unos soldados y él salió con ellos, pero antes le dejaron escribir una nota para usted. Parecía tranquilo ¿Por qué está tan alterada? —la cuestionó Schmidt, ignorante de todo lo que Ardelean le había dicho sobre Hitler y su intención de matarlo.
Trató de mostrarse serena, pues de nada servía ponerlos sobre aviso de lo que podía o no suceder.
—Sí, tiene razón —dijo ella esbozando una sonrisa poco convincente mientras arrugaba el papel entre sus manos.
—Venga, coma algo —el ama de llave se dio la vuelta, segura de que Leena accedería con agrado.
—No, no tengo apetito —sonrió nuevamente y subió a la habitación para pensar mejor.
Las cosas no resultaban según lo planeado ¿Qué debía hacer ahora? ¿Preparase para esperar, para escapar o para morir? No dejaba de pensar en las palabras de su abuela: “Martyia Mule”, el Espíritu de la Noche, el Ángel de la Muerte, te vigila”.
No podía sentarse sin hacer nada; abrió los armarios y revolvió los cajones. No sabía qué buscaba exactamente, pero consideró que lo más acertado sería tener ropa cómoda para una caminata. Encontró varios vestidos muy hermosos y otros atuendos, seguramente de la condesa Westrap; trajes de amazona para montar, botas altas, pantalones oscuros y camisas, también un abrigo o chaqueta para el frío. Eso podía serle útil. Necesitaba un bolso para guardar aquellas cosas y quizá buscar provisiones en la cocina o alacena pero debía esperar a que cayera la noche. Pensó en Andrei y en la carta que el ama de llaves le había entregado; era como si quería asegurarle que volvería por ella.
Esperó a que todo estuviese oscuro y se deslizó por la cocina, guardando algunos embutidos, aceitunas y dátiles, cosas que le permitieran sobrevivir el viaje. Volvió a la estancia, consciente de que debía tomar una decisión, pues solo había dos opciones, irse o esperar. No quería dormir, no podía; tenía miedo, miedo de los nazis, miedo de que los atacaran por sorpresa, por lo menos les daría batalla.
Estaba determinada a sobrevivir, como su madre le había dicho, aunque aquello implicara ir contra las costumbres de su pueblo, ya que estaba prohibido para una mujer gitana hablar con un payo como ya lo había hecho con el conde, y peor aún, exhibirse públicamente sin la presencia de un familiar cercano, especialmente para una jovencita soltera como Leena.
¡El destino me ha separado de mis seres queridos!, ¿acaso debo entregarme a la muerte como una oveja al matadero?, ¿o tengo que luchar como una fiera para defender mi vida, mi única, verdadera y valiosa posesión?, se preguntaba mientras contemplaba como la tarde caía sin noticias del conde.
Había decidido enfrentarse a la muerte, sí, al Ángel de la Muerte que la vigilaba, a aquella idea sin rostro o forma alguna pero cuya presencia sentía a cada paso como una sombra que trataba de engullirla entre sus fauces.
El familiar aullido del lobo llamó su atención. Esta vez no pudo evitar ir a buscarlo, era como si la llamara, como si clamara por ayuda. Caminó hacia la ventana, y divisó en el cielo estrellado, la presencia de la luna que alumbraba el campo, como un inmenso faro. Los contornos de los árboles y la fuente de piedra se iluminaban con la tenue luz que se desprendía del lejano satélite. Leena pudo distinguir una sombra que salía del bosque circundante a la propiedad y se aproximaba rápidamente a la mansión.
Ella bajó por la escalera de caracol que conectaba directamente su habitación con el patio. Se detuvo a pocos pasos de aquella figura, emocionada y temerosa a la vez, hasta que pudo constatar que era Andrei. Su rostro apesadumbrado experimentaba un gran conflicto interno pero por breves segundos, se iluminó al ver que estaba preocupada por él.
—¡Debemos huir! ¡Logré escapar pero sin duda, mañana se notará mi ausencia y vendrán a matarnos!
—¡Estoy preparada! —dijo ella mientras le ayudaba a subir las gradas hacia su habitación. Con la luz pudo ver que su ropa estaba manchada de sangre, pero él lucía bien—. ¿Qué pasó? —le preguntó consternada, buscando en su cara o cuerpo alguna herida o rasguño, pero no había nada.
—¡Más tarde, no hay tiempo! —respondió él con firmeza.
Leena tomó su bolso y siguió a Andrei, se dirigieron a su estudio cobijados por el silencio y oscuridad nocturnal; entró en la recamara y minutos después salió con un morral, se había puesto un grueso abrigo y caminaba a grandes pasos.
Planear una huida en medio de una guerra, era arriesgado, pero llevarla a cabo, era un suicidio y así lo entendió Leena cuando empezaron la travesía. Cruzar la frontera entre Alemania y Francia no habría tomado más de unas horas en circunstancias normales, pero en medio de un campo de batalla y a pie, tal hazaña parecía imposible.
Avanzaban durante la noche y en el día se escondían en camposantos o en trincheras abandonadas, junto a ellos yacían cadáveres mutilados, algunos en avanzado estado de descomposición.
Aquella pesadilla apenas empezaba, pues, en cada pueblo, las patrullas nazis los acechaban y debían esconderse en árboles, en ríos o en cualquier lugar que pudiera ofrecerles refugio. Algunas noches Leena no podía avanzar; sus pies se habían ampollado y cada paso le causaba terribles dolores. Andrei, se encargaba de curarlos con algún ungüento que milagrosamente parecía calmar su intensa agonía.
Él siempre estaba de guardia cuando Leena pedía descansar por un momento y se quedaba dormida en un prado, un bosque o una tumba vacía. Ardelean parecía no cansarse nunca y aducía no tener hambre. Leena prácticamente se había comido todas las provisiones y cuando ya no quedaba nada para alimentarse, él se aparecía con un animal o fruta que había encontrado en el bosque, para que ella pudiera comerlo, al calor de una fogata, que eran escasas, debido a la presencia de cuadrillas nazis en toda la zona.
Había perdido la cuenta de los días que llevaban caminado, cuando al fin llegaron a Francia. Junto a ellos, cientos de personas deambulaban como fantasmas, buscando comida, un lugar de descanso o ayuda para los enfermos. En las esquinas, soldados heridos o mutilados pedían ayuda. Niños sin padres corrían de un lugar de otro, buscándolos, llorando desgarradoramente, esperando un mendrugo de pan o una taza de agua para no desmayar. Familias sin rumbo acarreaban maletas a lugares inexistentes. Se vivía un drama que no podían ignorar.
Leena tenía pocas fuerzas, la larga travesía había minado su capacidad física, pero el dolor, la muerte, la degradación humana que se vivía en cada rincón, habían debilitado su alma.
En esos días, su vínculo con Andrei se había fortalecido, aunque no hablaban mucho —debía guardar sus fuerzas para las largas caminatas— sus acciones, su preocupación constante y su aliento, la habían impulsado a continuar con aquella loca aventura. Pero estaba exhausta.
Debían llegar al puerto de El Havre, pero en esas condiciones no la dejarían abordar. Había un estricto control que impedía subir a bordo de los barcos a enfermos, por temor a contagios masivos durante el viaje.
La noche había caído y Andrei se resignó. Con más fuerzas que en la mañana, se dirigió con la joven en sus brazos a una casa muy modesta, en donde tocó la puerta, primero con fuerza y luego con rabia. Quizá ya no había nadie en ella, pues no obtuvo respuesta. Se sentó en las escalinatas de piedra con la joven desmayada en sus brazos, abatido, derrotado, cuando la puerta se abrió.
Un hombre joven lo miró con perplejidad por varios minutos; se percató de que no estaba solo y se apartó, dejándolo entrar. Cuando se cercioró que nadie los seguía, cerró el portón con cuidado.
Andrei recostó a Leena en un sofá de la sala. No era una estancia muy grande pero si acogedora y cálida, el fuego estaba encendido y no había nadie más en la habitación.
—¿Por qué has venido? —le cuestionó el joven con dureza.
Andrei no podía mirarlo a los ojos. Pero le contestó:
—Por ella. Necesita descansar.
—¿La trajiste caminando desde Alemania? —su voz denotaba enojo— ¡Es una simple mortal Andrei! ¡Es una crueldad! ¡Incluso para ti! —dijo sin inmutarse, sabiendo que sus palabras lo enojarían.
—Solo necesita descansar, se pondrá bien —respondió casi en un susurro, trataba de asegurarse a sí mismo que las cosas mejorarían, tenían que mejorar. Necesita un baño caliente —observó.
—No estamos en una mansión con sirvientes —le replicó arrogante el dueño de casa.
Andrei le dirigió una fría mirada
—No lo hagas por mí, hazlo por ella —dijo, pero su tono de voz no era muy amistoso.
—Lo haré por piedad, que es algo que tu no comprendes, hermano —expresó acentuando la última palabra y desapareció de la sala.
Leena respiraba con dificultad, su pulso era casi imperceptible y estaba helada. Andrei la contemplaba preocupado, parecía que su vida se extinguía. Tanto tiempo buscándola y ahora que la había encontrado, la sentía lejana.
—Solo una gota de tu sangre y volvería a la vida… —escuchó decir a su hermano que miraba la escena con desagrado.
—¡Basta Serge! ¡Si no quieres ayudarme, solo dime y nos marcharemos! —rugió Andrei, molesto por los comentarios del joven.
—El agua está lista —respondió, mientras se alejaba dándole la espalda.
Andrei estaba indeciso sobre cómo actuar. Debía desvestir a Leena para darle un baño caliente, pero se sentía incómodo. Removió sus botas y medias, sabía que debía sacarle el pantalón y la camisa. Serge, quien era su hermano menor, había llenado la bañera de metal y comprobaba que el agua estuviera caliente para reactivar la circulación sanguínea de la muchacha. Desde la cocina podía observar la indecisión de Andrei frente a Leena.
Parecía verdaderamente preocupado por ella. Aunque no se apresuraría a apostar que de verdad le interesaba. Había conocido a Heyla Von Westrap en la mansión antes de que empezara la guerra. A pesar de que le había advertido sobre compartir el conocimiento que poseían con ella y su círculo, la arrogancia de Andrei era más fuerte que su lógica.
Desconfiaba de los motivos de Hitler y de los otros miembros de la Sociedad Thule y ahora, muy a pesar suyo, había tenido razón, si no, él no estaría ahí, huyendo.
—¡Solo desvístela y ya! —le gritó molesto desde la cocina— ¡El agua se enfría!
Pero él estaba demasiado extasiado contemplándola. La había despojado de su pantalón, y miraba sus delgadas piernas, sus bragas, su diminuto ombligo. No se había atrevido a sacarle la camisa, pero la había desabotonado hasta la altura de su busto. La ropa estaba manchada, llena de tierra y sudor, su cabello lo había peinado con una trenza desde la parte superior de su cabeza, pero estaba suelto y sin brillo. Su rostro y sus manos tenían magulladuras y rastros de lodo, aun así, no podía dejar de mirarla.
La tomó entre sus brazos y la llevó a la cocina, en donde Serge había colocado la bañera, muy cerca de la estufa para que se mantuviera caliente. La sumergió en el agua y con una esponja empezó a frotar su cuerpo para que entrara en calor. Sus pies no tenían señales de ampollas, ni sus rodillas mostraban los golpes productos de sus caídas. Su cuerpo estaba muy delgado, por el sobre esfuerzo físico y la falta de alimentos; su corazón latía débilmente, cada segundo con más y más esfuerzo.
—Debes masajear el corazón —le dijo Serge mientras le extendía una toalla para que la cubriera.
Andrei la llevó en brazos a la habitación de su hermano, ubicada en la parte superior de la casa. El joven buscó en su armario y encontró un camisón de dormir, que le había pertenecido quizá a una amiga o una invitada fugaz. Lo puso en la cama junto a la joven. Andrei lo miró curioso, primero al vestido y luego a su hermano.
—¿Qué? También tengo una vida —le inquirió molesto.
Pero en realidad, Andrei esperaba que por lo menos se pusiera de espaldas al momento de desvestirla, aunque Serge ni siquiera había contemplado esa posibilidad.
—¡Serge! —murmuró Andrei, mientras desabotonaba la camisa de Leena; él mismo se sentía perturbado por la exquisita desnudez que estaban obligados a contemplar.
—¡Está bien! —exclamó con la picardía de un adolescente.
Andrei trató de no mirar, pero era imposible, ya que tuvo que sacarle la ropa mojada para poder vestirla y abrigarla. Su piel era suave y clara desde su cuello para abajo. Su busto era delicado pero provocativo. Mientras él la sostenía, Serge tomó el camisón y se lo enfundó por el cuello, tratando de no verla, por respeto a su hermano.
Una vez en la cama, con ropa limpia y seca, Andrei pensó en aquel comentario de masajear su corazón, pero en breves minutos, Serge entraba de nuevo en la habitación con una copa de brandy en la mano, tratando de calentar el licor con suaves movimientos envolventes.
—Dale esto, también la ayudará y te evitará sentirte un patán —comentó sonriendo mordaz.
Mientras Andrei lo miraba, trataba de no sonreír, ya que sabía que su hermano tenía razón.
Aunque ardía en deseos por tocarla, con lo que había visto sentía que tenía suficiente, al menos por esa noche. Mojó sus dedos en el líquido y suavemente los frotó en los labios de Leena, también en sus muñecas y en su cuello. Parecía que poco a poco iba volviendo a la vida, ya no tenía un color blanco de muerte en su rostro, sino que poco a poco este se tornaba luminoso.
Capítulo 3
Viejos amigos, nuevos enemigos
La atmósfera en Berlín era insostenible. La paranoia se sentía en cada casa, en cada calle y en efecto, en la fortaleza de Adolfo Hitler. Se escuchaba que el ejército ruso —aliado suyo en el inicio de la guerra— se acercaba peligrosamente a posiciones alemanas.
Un alto oficial de la Gestapo hizo su entrada en la oficina del jefe del Tercer Reino de Alemania. Trataba de conservar su compostura, puesto que no era nada bueno llevarle malas noticias al Führer, pero era su deber como jefe al mando del operativo que debía presentar a un informante extranjero, a su excelentísimo comandante en jefe.
Para aumentar su ansiedad, lo hicieron esperar. Hitler estaba reunido con todos sus lugartenientes, analizando un inminente ataque por parte de los aliados en Francia, pero aún no era del todo cierto en dónde sería ¿Calais? ¿Normandía?
La inteligencia alemana había descubierto un puesto de ataque en Inglaterra, sus fotos no eran muy legibles pero se observaban batallones listos para una incursión terrestre.
Cuando lo hicieron pasar, la tensión que se vivía en el ambiente era espantosa. El Führer estaba exaltado ya que ninguno de sus comandantes apoyaba su deseo de establecer bases en Inglaterra para hacer frente a los aliados, no les parecía factible que el enfrentamiento se produciría ahí, pero eso no parecía importarle a Hitler. Estaba seguro que su “amigo” el conde, le revelaría el lugar exacto donde la batalla se llevaría a cabo y estaba muy seguro de que sería frente a las tropas del general americano George Patton.
—¿Y bien Heydrich, en dónde está nuestro hombre? —le cuestionó el Führer, extendiendo sus brazos delante de sí, para asentar con fuerza, sus manos convertidas en puños, encima de los mapas que había estado revisando minutos antes.
Su voz era áspera y en su rostro no había más que una mirada fulminante.
—¡Heil Hitler!
El soldado extendió su brazo izquierdo como señal de respetuoso saludo a su líder y continuó:
—Mi señor, el conde Ardelean, ha escapado. Los soldados a cargo de su custodia, fueron localizados en unos matorrales con el cuello desgarrado. El médico forense indicó que… —tuvo que hacer una pausa para recobrar el aliento— algo había succionado la sangre de sus cuerpos. ¡Quedaron irreconocibles señor! Solo sus uniformes permitieron identificar quiénes eran. Sus heridas corresponden a las encontradas en muchos hombres y mujeres que se reportaron como desaparecidos en una comunidad cercana a la residencia de Ardelean. Las autoridades policiales habían indicado que las muertes parecían provocadas por ataques de lobos, aunque no se los ha reportado por la zona, señor.
El rostro de Hitler permanecía inmutable. Había escuchado en silencio el informe del jefe de la Gestapo y de todos los detalles que había escuchado, solo el de la huida del conde había llamado su atención.
—¡No me importan los campesinos muertos por lobos! ¡Quiero que me traiga a ese bastardo ahora! ¡Búsquelo debajo de las piedras, dé aviso a todos los puestos de mando! ¡No es un prisionero cualquiera! Si no cree que puede cumplir con su deber, es mejor que no regrese…
Antes de que abandonara la sala, escuchó la voz del Führer
—Heydrich, espero que el asunto de la condesa Westrap esté solucionado.
—¡Sí mi señor! Lo está.
Los dos hombres sonrieron maliciosamente, sabían que la condesa, así como los otros miembros de la Sociedad Thule, ya no serían una molestia, pues los habían asesinado.
La mañana era gris y fría, parecía que el sol se había escondido tras grandes nubarrones que cubrían el cielo francés. Andrei descansaba en un sillón, junto a la cama en donde yacía Leena. No había querido dejarla sola ni un instante, pero se dio cuenta de que sus ropas estaban sucias y rotas. Buscó a Serge para pedirle, quizá, un último favor. Necesitaba bañarse y cambiarse, buscó algo de ropa limpia en su morral pero ya había agotado todo lo que traía desde Alemania.
Quizá no será un favor sino dos, pensó mientras bajaba por las escaleras de madera a la sala poco iluminada y bastante sobria —para pertenecer a un noble— se dijo Andrei, un tanto consternado al comprobar que su hermano no tenía ningún reparo, al momento de vivir como la gente común.
—¿Te importaría si tomo un baño y algo de tu ropa? —le preguntó, dirigiendo su atención a la copa de brandy que parecía estar degustando su hermano frente al cálido fuego de la chimenea.
—Te lo iba a sugerir —le contestó divertido e irónico, adivinando sus pensamientos—. A veces me gusta saborearlo un poco —hizo una pausa mientras miraba el líquido ámbar cuyo brillo se magnificaba gracias al cristal—. Trato de recordar cómo se sentía…
—¿Cuándo estábamos vivos? —Andrei le inquirió con fuerza, tragando en seco, como si le costara hablar del tema.
—Cuando podíamos disfrutar de las elementales cosas de la vida —respondió con ironía—. ¡Estamos vivos hermano, aún lo estamos! —exclamó sonriendo, incorporándose de su asiento, para ofrecerle un trago.
—No por gracia divina —dijo Andrei—, quitándole la copa de la mano para sorber el tibio líquido que resbalaba por su garganta, sin producirle el menor cosquilleo. Puso la copa en la mesa enérgicamente, causando que se rompiera y los pedazos de vidrio cortaron su mano. Pronto empezó a sangrar pero extrañamente, la sangre y las heridas desaparecieron, dejando unos cuantos diminutos y brillantes pedazos de cristal en su palma abierta.
—“El toque de Midas” —acotó Serge mirando lo que acababa de suceder sin inmutarse, como si aquello lo hubiera visto suceder tantas veces, que ya no podía maravillarse ante tan extraordinario acontecimiento.
—Midas y nuestro padre eran unos imbéciles —repuso Andrei con ira, tornando su rostro oscuro, provocando que varias arrugas aparecieran en su frente, confiriéndole un aspecto lúgubre. Se sentó junto a su hermano en el sillón contiguo.
—Seguro que en ese momento parecía una buena decisión —razonó el joven—, que todo lo que toques se convierta en oro, es definitivamente, una buena apuesta. Yo lo hubiera aceptado —concluyó en voz baja.
—¡Pero vivir eternamente! ¿A quién se le puede ocurrir? Solo un tonto lo aceptaría —reflexionó en un tono de reproche, mirando a su alrededor, tratando de encontrar una respuesta en algún lugar de la sencilla habitación, mientras apoyaba su espalda en el incómodo asiento.
—No lo juzgues tan duramente Andrei, solo tomó una decisión incorrecta en el momento apropiado —repuso con tristeza, aunque sabía que de esa manera los había condenado, no podía seguir guardándole rencor como su hermano, no después de tanto tiempo.
Sus rostros se tornaron sombríos. Había muchas cosas que querían olvidar, pero eran tan duras que ni mil años las podrían borrar de su memoria.
—¿Le has contado quién eres? —preguntó Serge consternado.
—Sabe que soy descendiente de nobles valacos y de nuestro encuentro con la oscuridad, por así decirlo.
—Se asustará… —se limitó a decirle mirándole un poco divertido nuevamente—. ¿Y a dónde piensan ir?
—América —respondió sin pensarlo mucho.
—¿Estás loco? Podrías quedarte y luchar…
—¿En la resistencia francesa como tú? Yo estaba con el bando contrario ¿recuerdas?
—Pero falta poco ya, los rusos casi toman Polonia…
—Y los aliados desembarcarán en Normandía —dijo Andrei sin inmutarse pero Serge lo miró atónito.
—¿Acaso te lo dijeron los muertos? —le preguntó, recordando que su hermano practicaba la nigromancia.
—Solo lo sé y por eso Hitler me persigue —concluyó él, mirando las sombras que se proyectaban en las paredes de la sala.
—No entiendo —señaló Serge, abriendo sus ojos negros y arqueando sus cejas espesas, esperando una respuesta por parte de su hermano.
—Me busca para decirle el lugar en donde los aliados planean iniciar un ataque, claro que después de eso, querrá matarme.
—Por eso estás huyendo —replicó en tono neutral, ahora lo entendía todo—. ¿Y Heyla? —inquirió, aunque en su interior conocía la respuesta.
Andrei lo miró sin pronunciar una palabra pero el sentimiento de culpa era evidente en su rostro.
—¡Los matará a todos…! —Más que una interrogante era una cruel certeza.
—Si no lo ha hecho ya —respondió Andrei con voz casi imperceptible, apretando sus manos en puños.
—¿Pero le advertiste? —preguntó Serge casi como un susurro.
Andrei no apartó su mirada del piso y un silencio se apoderó del lugar.
—Sigues siendo el mismo egoísta de siempre, actuando sin pensar en las consecuencias —le enfrentó mientras se incorporaba de su asiento, como si le incomodara estar en su presencia.
—¿Cómo te atreves a juzgarme?
A pesar del remordimiento, no podía entender cómo su propio hermano lo acusaba.
—¿Todo debe girar en torno a ti siempre? ¿Por qué? ¡Ahora ya tienes a esta chica y Heyla dejó de importarte! ¡Eso siempre pasará hermano! ¡Una reemplazará a otra pero a la gitana nunca la harás volver a la vida! —le gritó colérico, como si se tratara de un padre reprochándole a su hijo por una travesura.
Andrei se levantó de un brinco, se acercó a él con rabia y lo tomó de la camisa. Su rostro se deformó a tal punto que no había rasgos humanos en él sino solo la aterradora expresión de un animal rabioso. Sus ojos parecían arder en llamas y su piel era de un color ceniza, su boca se abría dejando ver afilados dientes clavados en encías blanquecinas, que contrastaban con el pelo negro e hirsuto que le cubría la cara. La nariz era casi inexistente, solo dos pequeños orificios por donde exhalaba e inhalaba profusamente. Amplias arrugas surcaban su frente confiriéndole un aspecto demoníaco.
Un grito los distrajo, provenía de las gradas que conducían a la habitación superior. Era Leena, se había despertado al escuchar la pelea de los hermanos y miraba aterrada en lo que Andrei se había convertido. Su cuerpo estaba aún muy débil y su mente reaccionó al impacto de ver a la monstruosa criatura, colapsando su sistema nervioso. Cayó por las escaleras, estrellando su cabeza contra el piso. Atónitos se lanzaron al lugar en donde la joven yacía boca abajo. Andrei le dio la vuelta y la tomó en sus brazos. Una gran herida cruzaba su frente y de ella brotaba un líquido rosáceo espeso y mucha sangre.
Serge retrocedió. Sabía lo que significaba. Se arrodilló junto a su hermano que lloraba desconsolado, tanto tiempo esperándola, tantas vidas buscándola y ahora que la había encontrado, la perdía.
—Hazlo, hermano, tienes que hacerlo, —dijo desesperado, pues aún sentía que la joven estaba con vida.
Andrei no lo escuchaba. Solo venía a su mente la visión de una joven arrodillada, llorando, implorando perdón y mirándolo con ojos vacíos, sin esperanza. Sus manos estaban atadas tras su espalda y vestía un hermoso atuendo rojo con adornos dorados. Era una hermosa gitana, la primera mujer que había amado, la había hecho suya horas antes y su cuerpo se había estremecido bajo el suyo. Pero ahí estaba la diabólica imagen de su padre, sosteniéndola por el largo cabello oscuro y en un segundo, el brillo de una espada cortándole la cabeza, le obligó a cerrar los ojos con fuerza.
—Andrei, Andrei —escuchó nuevamente la voz de su hermano como un susurro— ¡Vas a despertarla! —acotó mientras le sacudía el hombro.
Este poco a poco abría los ojos para darse cuenta de que estaba en la casa de Serge. Miró a la cama, en donde Leena dormía ajena a la conmoción que había causado el mayor de los Ardelean.
—No pensé que podías dormir, aunque más parecía que tenías una pesadilla y no un sueño— le comentó su hermano.
Andrei abrió bien los ojos y empezó a respirar con tranquilidad. Todo había sido un sueño ¡Gracias Dios!, —pensó, aunque sabía que él no escucharía sus plegarias.
—Quizá es el agotamiento —le dijo a Serge—. No he descansado en semanas y….
—Te entiendo hermano, ven. Hay ropa limpia y agua caliente para que te des un baño. Lo necesitas, —le dijo sonriendo.
Cuando Leena despertó, se encontró con un desconocido mirándola fijamente. Su rostro era sereno aunque varias líneas de expresión marcaban su rostro. Tenía la frente amplia como la de Andrei, pero sus ojos eran negros al igual que su cabello.
—¡Hola! —le dijo simplemente, tratando de mostrarse simpático o por lo menos, tratando de no asustarla—. Soy Serge.
—¿Y Andrei? —preguntó ella con desconfianza, al verse recostada en una cama, sintiendo como cada parte de su cuerpo le dolía al moverse.
—Está refrescándose un poco —respondió el joven sin dejar de mirarla, tratando de comprender por qué su hermano se había arriesgado tanto y lo seguiría haciendo.
La habitación se tornó silenciosa, y los penetrantes e inquisidores ojos de Serge estaban empezando a incomodar a Leena, cuando Andrei entró en la habitación. Su cabello estaba mojado y vestía una camisa blanca, que se notaba no era suya, ya que le quedaba un poco apretada en el pecho. Pantalones negros y botas complementaban su atuendo y parecía más renovado, con un semblante de paz.
Leena se incorporó al verlo, le sonrió, aunque no se sentía recuperada del todo, el verlo le inyectó fuerza y sintió que sus latidos se aceleraban. Andrei se detuvo a su lado. Los dos se miraban complacidos aunque no pronunciaban palabra alguna; parecía que nada podía describir la emoción que experimentaban, salvo el brillo que se vislumbraba en los ojos de la pareja.
Serge los contemplaba en silencio, no obstante era evidente —muy evidente— que el sentimiento entre los dos era mutuo. Aunque no podría decir qué clase de emoción compartían, sus miradas le hacían pensar que se gustaban. Pero conociendo a Andrei, no estaba muy seguro de sus intenciones, aunque debía reconocer que Leena era muy bella e incluso sintió un poco de celos, no por primera vez.
—¿Lo logramos? —preguntó ella al fin.
—Sí. Estamos en Francia —respondió Andrei con calma.
Sabía que lejos de terminar, la aventura recién comenzaba y no con pocos inconvenientes. Ahora estaba indeciso sobre qué acciones tomar, sabiendo que la vida de la joven podría estar nuevamente en peligro, hecho que lo preocupaba sobremanera.
—Debemos partir al puerto cuanto antes —dijo mientras se daba cuenta que la presencia de Serge parecía incomodar a Leena.
Había olvidado que él estaba en la habitación y en seguida se incorporó para ubicarse junto al joven y darle un abrazo.
—¡Leena, este es mi hermano Serge! —dijo conmovido, recordando su hospitalidad, a pesar de sus diferencias.
—Pensé que no tenías familia —respondió ella confundida, lo que avergonzó a Andrei. Bajó su rostro y miró al suelo apretando los puños.
—Andrei es muy temperamental y no siempre estamos de acuerdo —replicó el joven sin dejar de mirar a su hermano mayor—. Pero es mi familia, es sangre de mi sangre.
Parecía no sentir rencor o al menos lo disimulaba. En ese momento los dos hombres se dieron un abrazo queriendo borrar rencillas pasadas.
Leena dormía nuevamente, pues su cuerpo necesitaba descanso. Los dos hermanos estaban sentados en los pequeños sillones contemplando el fuego, cuando Serge rompió el silencio.
—¿Es la gitana verdad? ¡La has encontrado! ¿Cómo puede ser, después de tanto tiempo? ¡No lo creo! —el joven estaba emocionado y preocupado, trataba de hablar en voz baja pero la excitación se sentía en sus palabras.
Andrei lo miró, compartiendo la misma emoción de incertidumbre y alegría. Pensar en Leena y ver a su hermano eran situaciones que le causaban una serie de sentimientos difíciles de explicar.
—¿Le has dicho? —preguntó Serge casi en un sollozo.
—¿Cómo podría? —le inquirió después de meditarlo mucho.
La cuestión no era fácil, ni siquiera él, que era el centro de todo ese embrollo podía entenderlo, mucho menos ella.
—Pero debes hacerlo. Tarde o temprano se enterará. Será mejor que sea por tu boca, caso contrario todo podría salirse de tus manos.
—Lo sé, pero no quiero pensar en ello ahora. Trato de no pensar en todo lo que sucedió, quiero borrar el pasado de mi mente, solo así podré seguir Serge. ¿No estás de acuerdo? —le respondió más tranquilo, después de constatar que su pesadilla había sido solo eso, un sueño.
—Sí, pero no se puede simplemente olvidar todo hermano. No sé si te ha sucedido, pero últimamente he sentido muy cercana la presencia de nuestro padre —le dijo él consternado.
—Espero que te equivoques, que jamás lo volvamos a ver —finalizó, levantándose de su asiento y caminando hacia la ventana, buscando la luz, anhelando que algún día su sufrimiento llegara a su fin.
—Andrei, si estuviera muerto en realidad, ¡no seríamos esto! —replicó Serge, señalándose despectivamente.
Capítulo 4
Rumbo a América
Cuando subieron a bordo del Aurigny, un buque de transporte de pasajeros de la Compagnie de Charguers Reunis, un gélido viento decidió despedir a los viajeros que subían en el gran barco de bandera francesa en silencio. Nadie miraba atrás, no había familiares despidiéndolos, ni pañuelos agitándose en el viento. Solo algunos curiosos se habían apostado en el puerto, para observar a aquellos hombres y mujeres expulsados de la tierra que los había visto nacer y los había cobijado hasta el ascenso de los tiranos al poder.
No solo había judíos, sino también españoles, franceses, alemanes, austríacos, polacos y de muchas otras nacionalidades que huían de la persecución nazi y del franquismo español. Huían de la intolerancia y de la irracionalidad, de la muerte y del sufrimiento.
Un pañuelo oscuro cubría la cabeza de Leena pues trataba de proteger su rostro del frío y de posibles espías nazis. Vestía la blusa blanca y la falda negra que había encontrado en la mansión y para evitar la cruda ventisca que la congelaba inmisericorde, la chaqueta de amazona de la condesa Westrap y su chal negro con flores de brillantes colores. Junto a ella, un hombre que vestía de terno gris sobre un chaleco oscuro, camisa blanca y sombrero del mismo color, la tomaba del brazo y avanzaban juntos al puesto de control migratorio.
Junto a los encargados de revisar los pasaportes y demás documentos de los pasajeros, había un par de hombres que se paseaban fumando y conversando cerca de los pasajeros. Eran hombres de la Gestapo, la policía secreta de Hitler, indagando, analizando, observando a los hombres y mujeres decididos a abandonar Europa, entre ellos, buscaban a una pareja bastante singular.
Pero no todos los que viajaban lo hacían en calidad de refugiados. Había gente acaudalada que viajaba en primera clase y se dirigía a América por motivos de negocios o placer y para los cuales había más comodidades comparadas con la mayoría de gente que realizaba la travesía en segunda y tercera clase. El boleto de viaje hacía la diferencia entre una entrevista exhaustiva por parte de los funcionarios de migración o el simple sellado de un pasaporte.
—Documentos de viaje por favor —le solicitó uno de los funcionarios de migración a la joven que inútilmente trataba de ocultar su rostro del álgido viento costero.
—Evangeline Berthier, Montpellier, 20 de mayo de 1925 —leyó lentamente en sus documentos, escudriñando la foto del pasaporte y el rostro de la joven mujer parada frente a él—. ¿Motivo de su viaje?
—Turismo —respondió cortante en francés, mientras el funcionario, la miraba una vez más y estampaba un sello en el mismo.
—Señor, ¿me permite sus documentos? —se dirigía al hombre que acompañaba a la joven del pañuelo. Mientras le extendía sus papeles, el espía nazi se había parado muy cerca de él pero a sus espaldas, tratando de escuchar la conversación con el funcionario.
—Etienne Berthier, Paris, 2 de diciembre de 1920 —nuevamente, efectuó el mismo ritual: comparar la foto del documento y el rostro del hombre. Durante unos segundos, guardó silencio. Esta vez no le preguntó el motivo de su viaje pero se disponía a estampar su sello en el documento, cuando escucharon una voz.
—¡Alto! ¡Estas personas son enemigas de Alemania, no pueden abandonar el continente! —el otro agente se acercó y entre los dos apartaron al hombre con rudeza, pero fue grande su sorpresa al ver a un joven que en nada se parecía a la descripción de Andrei Ardelean; ojos azules, barba y cabello castaño largo, aunque tenían la misma estatura y contextura física, sus características eran disímiles.
Este hombre tenía ojos negros y bajo su sombrero, un cabello negro intenso que le llegaba hasta los hombros. Su rostro no denotaba asombro pero sus labios dibujaban una sonrisa irónica. Algunas arrugas se asomaban en medio de sus cejas y apretaba su quijada tratando de disimular su rabia. Habló pausadamente, mirando a los agentes alemanes y fijó sus ojos en el funcionario de aduanas.
—Me parece que los señores están confundidos, mi nombre es Etienne Berthier y vivo y trabajo aquí desde hace mucho tiempo. No creo ser enemigo de Alemania —respondió tratando de disimular su molestia.
Quienes hacían fila para ingresar al barco se quedaron atónitos. Casi todos huían de los nazis y en consecuencia también eran enemigos de Alemania. Un murmullo se extendió entre la concurrencia. Los agentes intercambiaron miradas, comprendiendo que habían cometido un error, o por lo menos, que ese hombre no era el individuo que buscaban. Permanecieron en silencio por breves minutos.
Leena miraba la escena paralizada del miedo, sintiendo que su corazón latía a mil y un fuerte dolor le martilleaba la cabeza. Por su mente pasaron los recuerdos de los nazis asesinando a su padre, a su familia, asesinando a los otros gitanos, solo por el hecho de ser diferentes. Sentía que sus piernas empezaban a flaquear y un desvanecimiento de su cuerpo empezaba a apoderarse de ella. Serge, se dio cuenta de que Leena no estaba bien. Su rostro tenía un semblante blanquecino y parecía que de un momento a otro se desmayaría.
Por su parte, el funcionario de aduanas blandía el sello en el aire, sin saber si estampar o no en el documento de viaje, el permiso de salida del país. Pero al mirar que la fila de personas pugnando por ingresar se hacía interminable, miraba tanto a los agentes de la Gestapo como al hombre parado frente a sí en busca de una respuesta.
—La chica, ¿seguro es francesa? —el agente recordó brevemente su descripción, una gitana joven y bonita.
—¡Es mi esposa, y claro que es francesa! —respondió Serge iracundo, cuando se percató de que el espía nazi la tomaba del brazo.
—Soy francesa y viajo con mi esposo a América, ¿o hay algún problema con mi pasaporte señor delegado? —exclamó Leena en francés, tomando la mano de Serge, quien la miraba atónito.
—Los documentos de los dos están en regla —anunció el hombre mientras esperaba el beneplácito de los nazis para sellar el pasaporte de Etienne Berthier y proceder con la fila interminable de hombres, mujeres y niños que deseaban partir en el barco. La mayoría, ataviados con gruesos abrigos en su mayoría de tonos oscuros, gorras, pañuelos, bufandas y sombreros para protegerse del frío, mientras acarreaban cajas de madera o maletas de cuero con las pocas pertenencias que podían llevar. Sus miradas eran tristes pero algunas estaban cargadas de esperanza, pensando en que escapaban de la muerte hacia un futuro diferente.
—Adelante —pronunció molesto uno de ellos mientras se alejaba indignado y el otro se le acercaba para iniciar una discusión.
Mientras el delegado del gobierno francés, sellaba el pasaporte de Serge y la pareja entregaba los boletos para poder abordar el barco, los agentes de la Gestapo discutían, sobre la imposibilidad de encontrar al dichoso conde en el puerto, que era casi como buscar una aguja en un pajar, ya que en el barco habían cientos de migrantes y aún faltaba por registrarse y abordar, una fila interminable de personas.
Leena asió fuertemente el brazo del joven, ya que presentía que en cualquier momento sus piernas no podrían sostenerla. Una pesadez del cuerpo le invadía y sus pensamientos empezaban a disiparse como imágenes que aparecían y se desvanecían sin alguna lógica.
—¡Resiste un poco más! —le susurró al oído, ya que sabía que los agentes aún los tenían en la mira y al interior del barco, doctores vestidos de civil observaban con atención a los pasajeros que presentasen la mínima señal de enfermedad para bajarlos del barco o restringirles la entrada a puertos americanos. Pero una vez en el navío, el panorama no era nada alentador; la cantidad de viajeros hacía que luciera atestado, y cualquier intento de acceder a los camarotes por los estrechos pasillos del gran buque, era imposible.
—¡No puedo, necesito descansar! —le rogó ella con su semblante pálido y ojeroso, a punto de desmayarse. Tomó las valijas en donde habían guardado algunas pertenencias necesarias para su travesía y la sentó. Él permaneció de pie sosteniéndola por la espalda, simulando un abrazo cariñoso, situación común para una pareja de esposos. Sabía que los agentes abordarían el barco y escudriñarían el último agujero en busca de Andrei.
La sola sospecha de su presencia en el navío, ponía en riesgo la vida de todos los pasajeros que buscaban escapar de la guerra; muchos barcos de inmigrantes habían sido hundidos por los aviones de combate alemanes como una advertencia a los enemigos del Reich.
El joven reconoció a un mozo del barco y le preguntó por la ubicación de los camarotes de segunda clase. El muchacho ya estaba cargado de maletas, así que se limitó a pedirle que lo siguiera si quería su ubicación exacta, pero él no quería dejar sola a Leena en ese estado.
—Ve con él —respondió ella tratando de recuperar sus fuerzas y añadió—, yo te esperaré aquí, lo prometo —continuó, tratando de sonreír para no preocuparlo más.
El mozo estaba impaciente y Serge se perdió entre la multitud, tras el joven que cargaba el equipaje de afortunados hombres de negocios, herederos de grandes fortunas, políticos importantes o gente con suerte que podía costearse un boleto en primera clase.
Transcurrido algún tiempo, Leena sintiéndose completamente recuperada del desvanecimiento, trató de buscar a Serge o por lo menos mirar el puerto francés por última vez, antes de abandonar la tierra que la había cobijado y que ahora debía dejar atrás si quería seguir con vida. Pero cuando se incorporó y pudo admirar el puerto desde otra perspectiva, se conmovió.
El barco estaba lleno y aún mucha gente hacía fila para abordarlo, la tarde caía y con ella los tibios destellos de luz del sol se perdían en el horizonte. Una marea de gente caminaba de un lado para otro, esperando que se le asigne un lugar para descansar, para convertir un espacio pequeñísimo en su hogar por lo menos por una semana, si todo marchaba bien.
—¿Cómo van a alimentar a tanta gente? —se cuestionaba mientras trataba de que no la lastimaran con las maletas, aunque la mayoría viajaba con tan pocas pertenencias que era una incógnita cómo podrían sobrevivir a las condiciones precarias en las que se llevaría a cabo el viaje.
Un niño de escasos seis años con el cabello cortísimo y el rostro sucio, al igual que sus ropas, la miraba desconcertado preguntándole si había visto a su mamá. Su corazón le dio un vuelco al ver a aquella pobre criatura con los enormes ojos negros llenos de lágrimas, buscando a su madre. Se incorporó para atraerlo hacía sí y reconfortarlo, pero bruscamente una mujer salió de la nada y agarró al muchachito del brazo perdiéndose en la multitud. La joven solo pudo hacerle un ademán de despedida con la mano y retomó su asiento, en espera de su compañero de viaje.
Cuando los últimos rayos del sol se desvanecieron, la imponente figura de Serge se abría paso entre los viajeros. Muchos aún esperaban un lugar para acomodarse y poder pasar la noche, la misma que se presentaba fría y miserable, en la cubierta del inmenso barco que debía atravesar el Atlántico. Leena había escuchado a algunos tripulantes indicar que el Aurigny debía partir con la luz del alba y eso significaba que Andrei tendría tiempo suficiente para abordar el barco. ¿Cómo lo haría? Era algo que no podía entender ya que los últimos pasajeros habían ingresado y no se permitía a nadie abordar el navío; caso contrario corría el riesgo de hundirse. Sólo un pájaro podría acceder al buque y eso si los guardias se lo permitían. ¿Volvería a ver a Andrei? ¿Podría abordar el Aurigny?—se preguntaba inquieta.
—¡Leena, ven, sígueme! —Serge, disipó sus pensamientos y avanzó con las maletas hacia el camarote, al cual llegaron tras un largo peregrinaje. El espacio para circular era tan reducido y únicamente disponían de una cama, como corresponde a una pareja. La joven se sentó tímidamente en el filo de la misma, tratando de recobrar sus fuerzas, pensando también en lo que les depararía el viaje.
—¿Crees que Andrei tenga problemas para subir? —preguntó consternada.
—No te preocupes por él, lo importante es que los alemanes crean que ustedes no están en este barco y lo dejen llegar a un puerto seguro, solo así todos estaremos a salvo.
Las palabras de Serge, lejos de tranquilizarla la asustaron y se sentía aún más incómoda debido a su mirada inquisidora.
—¿Cómo es que hablas francés? —la interrogó con perspicacia, tratando de conocer un poco más de ella.
—Soy gitana —respondió ella levantando sus ojos hacia donde se encontraba él, apoyado junto a la puerta del camarote—. He vivido en muchos lugares aunque a ninguno lo siento como propio. Mi tierra es en dónde está mi gente, mi familia, mis tradiciones.
Leena se entristeció y tragó en seco al darse cuenta de que sus palabras solo reafirmaban lo que había perdido y que parecía que no recuperaría jamás. Su mirada estaba fija en sus manos, en especial en su anillo y jugaba con el dándole vueltas como si estuviera hipnotizada por el fulgor de la plata.
—¿Por qué tú y Andrei estaban distanciados? —indagó la joven con timidez sin atreverse a mirarlo.
—Me opuse a que revela sus conocimientos a los alemanes —contestó él tajante.
—¿Sus conocimientos?
—¿Andrei no te habló de nuestros antepasados?
—Ah sí, creo que habló de seres oscuros y maldiciones…pero no entendí muy bien a qué se refería.
—Guardamos saberes que no están al alcance de la mayoría de personas, primero porque se asustarían y segundo porque no sabrían qué hacer con ellos. Andrei reveló algunos de estos secretos a Hitler y a los miembros de la Sociedad Thule aunque le exigí que no lo hiciera.
—Me parece lógico —señaló ella con preocupación—. ¿Cómo es que él no lo vio venir?
—Hay algo que no conoces de mi hermano, ¡el gran princi!… —cortó en seco y aclaró su garganta—. Andrei es bastante terco y tiene un ego del tamaño del mundo. Pero es mi hermano y haría cualquier cosa en el mundo por verlo feliz.
Nuevamente tenía esa mirada en el rostro, cómo tratando de descubrir en Leena, sus más profundos sentimientos.
—¿Puedo preguntar qué sientes por él? —le espetó sin más.
Leena entendió que la sutilidad no era una de sus fortalezas. Permaneció en silencio por unos minutos, tratando de ordenar sus ideas, ya que ni ella mismo estaba segura de las emociones que la embargaban.
—Gratitud —dijo sin levantar su mirada—. Me salvó la vida…
Serge la observaba detenidamente, de todos los sentimientos que la unían con su hermano, el que ella había nombrado, era el que menos se le había cruzado por la cabeza. ¿Cómo podía ser que se pareciera tanto a aquella joven? ¿En realidad era la misma gitana?, se preguntaba sin dejar de mirarla.
Leena no se sentía a gusto con Serge; su constante observación la incomodaba. Parecía estar escuchando los comentarios del joven pero en realidad pensaba en Andrei. Habían pasado tan poco tiempo juntos, sin embargo sentía su ausencia como un vacío en el alma, experimentaba una ansiedad y un deseo de verlo tan fuerte, como si extrañara su vida misma.
Un ruido sonó y Leena se sintió avergonzada, era su estómago. No había comido nada en todo el día, y Serge, la miró divertido.
—Bueno, creo que tengo algo por aquí para ti —dijo, mientras sacaba una manzana de su bolsillo. Leena se abalanzó y se la quitó de las manos.
—¡Gracias! —exclamó emocionada mientras la devoraba a grandes bocados—. ¿No quieres un poco? —le preguntó ante la mirada del joven, un poco repulsiva y a la vez anhelando la fruta y la sensación que parecía causar en Leena, el comerla.
—No tengo hambre —contestó sin dejar de observarla, frunciendo su ceño, provocando que pronunciadas arrugas cubrieran su frente.
—¿Por lo menos puedes sentarte? —le cuestionó ella, no tanto preocupada por su bienestar, sino porque su penetrante observación le causaba molestia.
—No estoy cansado —volvió a contestar de forma seca y cortante, sin apartar su mirada de la manzana y la boca de Leena, como si tratara de aprender el arte de alimentarse.
—Es extraño —dijo ella, mientras saboreaba la fruta— no te he visto comer y no estoy segura de que hayas descansado desde que llegamos a tu casa. A Andrei tampoco lo he visto alimentarse o descansar. No sientes hambre, ni cansancio. ¿Acaso sientes miedo? —le preguntó divertida, pero su respuesta le causó sorpresa.
—Todo el tiempo —expresó con una voz triste y seria a la vez. En ese momento sintió que ya no podía disfrutar el sabor de la fruta y lo miró con asombro. El silencio y la expresión de gravedad en la cara del joven, la obligaron a callar. Acabó lentamente su manzana y pensó que le esperaba un largo viaje a América.
En la casa de Serge, Andrei estaba desesperado por emprender aquella arriesgada empresa que lo introduciría en el Aurigny. Recordó los instantes que habían compartido antes de la partida de Leena, ella negándose a abordar el barco con Serge; confesándole que no se sentía a gusto con su hermano.
Él por su parte, estaba hechizado recordando la pequeña abertura en su camisa de dormir que le permitía apreciar las redondeadas formas de sus senos y tragó en seco recordando su cuerpo desnudo, frágil y el roce casi imperceptible de sus manos en la piel húmeda de la joven gitana, cuando parecía que la vida se le escapaba inmisericorde.
Cuando la tarde había caído y el último resquicio del día moría, tomó de la cama el camisón de dormir que hora antes había abrigado el cuerpo de Leena. Delicadamente lo acercó a su rostro, el aroma de su cuerpo se había impregnado en la suave tela. Aspiró profundamente y por minutos sintió que ella estaba con él, en la misma habitación, anhelando su presencia, llenando con su recuerdo su corazón vacío.
Abandonó la casa sigilosamente, vestía ropas oscuras para poder perderse en la oscuridad. Había que flanquear una distancia considerable de la casa de Serge al puerto de El Havre, pero no mucha gente se atrevía a transitar por la calle debido al toque de queda. A partir de las seis de la tarde, nadie podía abandonar su hogar, caso contrario corrían el riesgo de ser arrestado o peor aún, de morir a manos de los soldados nazis.
Dos jóvenes de las juventudes hitlerianas, un comando de adolescentes al servicio del régimen nazi, hacían una ronda cerca de donde se encontraba Andrei. La noche era fría y transcurría sin contratiempos, cuando uno de ellos se sobresaltó al ver un lobo enorme en una esquina; con sus ojos destellantes y los afilados dientes, de pelo oscuro brillante y de gran contextura. Pensó que sus sentidos le jugaban una mala pasada y prefirió no decir a su compañero de guardia nada sobre el incidente.
Cuando cubrieron las cinco manzanas que les habían sido asignadas por su superior, una bestia se abalanzó sobre ellos. El más joven se aturdió y no pudo rastrillar su fusil; un grito de horror se ahogó en su garganta al ser testigo del macabro espectáculo de la bestia, desgarrando con violencia el cuello de su compañero. Cuando trató de correr, el lobo se acercó a él dando grandes zancadas hasta que lo atacó por la espalda, despedazando su nuca y arrojándolo al suelo. Una vez saciado su deseo de sangre, el animal se alejó lentamente del lugar, rodeado por una espesa neblina que se extendía hasta el puerto.
Los marineros se admiraron de que una noche clara y estrellada de pronto se cubriera con el manto gris de la bruma. Lo que desconocían era que este fenómeno, lejos de ser natural, era provocado por un ente que tenía poder sobre los elementos de la naturaleza; la tormenta, la lluvia, los truenos. También podía convertirse en un ser de la noche como un lobo, murciélago, rata y de igual forma, tenía control sobre ellos como un líder con su manada.
Era la madrugada cuando una figura fantasmal se había parado sobre el mástil del Aurigny para admirar, desde un lugar privilegiado, a la que sería su residencia durante una semana o más, según como se presentasen los acontecimientos. Su rostro era el de un murciélago con facciones humanas, con pelo cubriéndole el cuerpo monstruoso cuyos brazos extendidos dejaban ver sus alas como membranas de tono rojizo. El espectáculo que veía era de hombres, mujeres y niños tratando de cobijarse entre ellos para hacer frente al gélido viento del alba. Miró a su alrededor buscando un escondite seguro, pues sabía que lo buscaban. En segundos su cuerpo se transformó en cientos de ratas que deslizándose silenciosamente, se ocultaron en uno de los botes salvavidas.
Mientras, en el camarote, Leena dormía profundamente cuando le despertó el aullido lastimero de un animal. Se sobresaltó y tratando de acostumbrar sus ojos a la débil luz de una pequeña lámpara, miró a su alrededor para preguntar a Serge si lo había escuchado, pero él no estaba. Debía ser la madrugada porque el frío calaba los huesos y el silencio y la oscuridad rodeaban el barco. Leena se acurrucó en la cama, pensando en los acontecimientos que habían cambiado su vida repentinamente en tan poco tiempo. En lo que le depararía el viaje y el futuro con Andrei en América. La presencia de Serge que la incomodaba y tantas cosas que le daban vueltas en su cabeza y ahora, nuevamente, el sonido perturbador del lobo. En el bosque era comprensible, pero ¿en altamar?
Algo no estaba bien, pero no podía decir qué era o si ganaría algo con descubrirlo. ¿Serge habría ido a buscar a su hermano? Ese había sido su plan original; de alguna manera abordaría el barco en la madrugada para evitar ser visto por la tripulación. Pero para la gitana eso no parecía posible, solo un fantasma podría meterse en este barco sin que lo vean, pensó la joven, sin embargo, aquella idea no era del todo descabellada, porque tanto Serge como Andrei no eran seres comunes y eso Leena lo descubriría, quizá demasiado tarde.
—¡Él está aquí! —una voz conocida sonó desde la puerta.
—¿Andrei? —preguntó ella emocionada.
—¡Sí, lo he visto! —respondió complacido mientras se sentaba a su lado.
—¿En dónde está? ¡Quiero verlo! —exclamó Leena con genuino entusiasmo.
—Debes ser paciente, el barco ha emprendido el viaje y aún hay gente en los pasillos. Esperaremos hasta que los hayan acomodado.
—Claro… y hasta mientras ¿qué haremos? —le cuestionó la joven.
—Evitar que los de la Gestapo sepan quienes somos…
—¿La Gestapo?
—La policía secreta de Hitler. Los hombres que no querían que abordáramos.
—¿Es decir?
—Es decir que no debes salir de aquí, ni interactuar con otros pasajeros. Debemos tratar de pasar inadvertidos, solo así no intentarán regresar el barco o peor aún bombardearlo —le señaló el joven con dureza.
—Entiendo —vaciló.
—¿Estás segura de que entiendes lo que digo? —le cuestionó nuevamente.
—¡Sí, no tienes que hablarme en ese tono! —expresó ella indignada, mirándolo con asombro.
Serge estaba a punto de perder la cabeza. Se sentía responsable por ella y por todos los pasajeros del Aurigny. Leena por su parte, se preguntaba porqué había accedido a subir al barco con aquel insoportable y de lo único que estaba segura, era de que no podría permanecer escondida en el camarote durante todo el viaje.
En la mañana, con el barco en movimiento, la joven se preguntaba si los iban a alimentar o los dejarían morir de hambre. Le parecía imposible poder alimentar a tanta gente, pero por lo menos podía tratar de conseguir algo caliente para llevarse al estómago, además tenía otras necesidades como ir al baño, estirar las piernas, respirar algo de aire, y si era posible, ver el sol y sentir la brisa del mar en su rostro.
Serge había desaparecido nuevamente y Leena no pudo evitar salir del camarote. Nunca había estado en un barco y quería conocer su funcionamiento. Avanzó lentamente, tratando de abrirse paso entre la muchedumbre que se había acomodado en los pasillos del navío, ya que no tenían cabida en tercera clase. Había caminado unos cuantos pasos, cuando escuchó que servirían sopa y pan a los viajeros, y no podía perder la oportunidad de llevarse algo a su estómago.
Pero la misma idea la tuvieron madres con pequeños en brazos, hombres de familia que quería alimentar a los suyos, y casi se produjo una estampida que la dejó adolorida y desconcertada. Cuando había perdido la esperanza de procurarse un mendrugo de pan, un rostro familiar pasó frente a ella y sus ojos se encontraron por segundos con los de aquel hombre.
—¿Dante? —pronunció el nombre en voz baja, pero no obtuvo respuesta—. No, no era él, se dijo mirando al piso perturbada.
Pero el hombre la había escuchado y regresó para observarla bien. Se paró frente a ella, la observó detenidamente y cuando la reconoció la abrazó muy fuerte. Fue un momento muy emotivo para Leena.
—¿Niña, qué haces aquí? —le preguntó con una amplia sonrisa.
—¡Es, es una larga historia! —balbuceó emocionada. Había encontrado al padre de Kilian.
—¿Estás bien? —le preguntó, porque su semblante no era el mejor. Leena solo sonreía, aún estaba pálida y débil pero verlo le alegró el corazón. Las palabras se negaban a salir de su boca, solo algunas lágrimas de felicidad resbalaron por sus mejillas.
—!Vas a América! ¿Y tu familia? —la joven se entristeció, pero no pudo hablar ni contarle lo sucedido, un nudo en la garganta le impedía narrar los dolorosos sucesos y prefirió callar—. ¡Ven conmigo Leena! —le dijo sin darle tiempo a responder— ¡Sé de alguien que se alegrará de verte!
Ella se quedó paralizada, sin saber qué hacer pues le había prometido a Serge que no abandonaría el camarote y que no conversaría con los pasajeros y había hecho exactamente lo contrario.
—No puedo —murmuró tímida, casi imperceptiblemente.
—¡Vendrás conmigo! —respondió él sin darle tiempo a nada. La tomó del brazo y se la llevó por una serie de intrincados pasillos y puertas, abriéndose paso entre la multitud. Mientras seguía a Dante, quien se paraba de cuando en cuando para constatar que no los estuvieran siguiendo, el corazón de la chiquilla latía a mil por hora, quería hacerle muchas preguntas pero no se atrevía.
Cuando llegaron a un lugar apartado del barco, cercano al cuarto de máquinas en donde el calor era insoportable, Leena pudo ver a un grupo de gitanos congregados en torno a una figura que no podía distinguir. Ellos, al verlos, se fueron apartando poco a poco hasta que tuvo frente a si a una mujer de edad avanzada. Leena se arrojó a sus brazos sin darle tiempo a mirarla bien. La anciana se sintió desconcertada. Cuando logró apartar un poco a la joven que la abrazaba y al ver su cabello castaño oscuro, supo de quién se trataba. Sintió en su alma, tanto felicidad como tristeza infinita.
—¡Monshé! —gritó mientras la abrazaba y besaba pronunciando bendiciones en idioma romaní—. ¿Y tu familia?—inquirió sonriendo con angustia.
Leena permaneció en silencio y sus ojos turquesa se llenaron de lágrimas, despejando las dudas sobre la suerte que habían corrido.
—¡Estás viva! —le dijo mientras la bendecía y limpiaba sus lágrimas con una amarga sonrisa. La abrazó fuertemente y de inmediato sintió una extraña presencia cerca, una opresión en su pecho que no la dejaba respirar con tranquilidad.
—¡No creí que volvería a verte, aunque mi corazón lo anhelaba tanto!—confió con emoción Leena a su abuela— ¿Cómo llegaron aquí? —preguntó en referencia al grupo de gitanos que acompañaban a la mujer.
—Pedimos refugio en este barco porque nuestras vidas corrían peligro y gracias a Dios, nos permitieron subir. Dante conoció al jefe de máquinas en su juventud y él abogó por nosotros ante el capitán.
El padre de Kilian se acercó a la joven y acarició su cabello.
—¡Cuando esta locura termine, buscaremos a mi hijo para que puedan casarse! —exclamó decidido—. ¡Ahora nosotros seremos tu familia! —añadió el hombre alto y delgado de ojos pardos y largo cabello oscuro, que terminaba en una cola. Vestía ropas muy modestas pero no aparentaba ser gitano. La miraba con dulzura, recordando a Kilian y rogando en su interior que su hijo estuviera a salvo.
En aquel momento, Leena se sintió feliz porque había encontrado a Rajna y ya no estaba sola si tenía a otros gitanos a su lado. Podría rehacer su vida en el interior de un clan y eso la llenó de emoción, pero súbitamente un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar a Andrei y su promesa de lealtad. Su semblante se ensombreció y Rajna pudo percibir su vacilación, intuyendo que algo no estaba bien con su joven nieta.
—¿Y tú, monshé? ¡Cuéntame qué pasó con tus padres y hermanas, debo saber! —le cuestionó, pues había visto a muchos de los suyos ser llevados como prisioneros y a otros, morir a manos de los soldados franquistas en España. Verla viva a pesar de todo el horror que se vivía en Alemania, era un verdadero milagro.
—Es una larga historia… —titubeó Leena sin saber cómo comenzar.
—Tenemos mucho tiempo hasta llegar a América —le dijo mientras la tomaba de la mano y se la llevaba a un lugar apartado, lejos de la mirada curiosa de los otros gitanos.
—Abuela y ¿Kilian? —preguntó con inocencia.
—Está en la resistencia española hija, luchando contra Franco. No hemos sabido nada de él, solo Dios sabe si está vivo, pero Dante siente que sí, y eso es suficiente. Yo tenía la misma sensación respecto a ti, y no me equivoqué —le señaló con ternura.
—Últimamente me he preguntado qué habría pasado si mi padre nos hubiera permitido casarnos… —le confió Leena con tristeza.
—Kilian es un buen muchacho y siempre te recordaba y hablaba de ti, pero no está en tu destino —dijo la anciana con seguridad. La joven se quedó mirándola atónita pero no dijo nada—. ¿Me contarás como has subido en este barco? —le averiguó una vez que estaban alejadas del resto.
Leena estaba indecisa por dónde empezar. Con la cabeza baja, mirando el piso empezó a narrar sin prisa los episodios que había vivido hace poco.
—Sabíamos que los nazis vendrían pero nunca imaginé que asesinarían a papá frente a nosotras, sin motivo alguno. Los soldados nos llevaron a un lugar en donde había demasiadas personas; niños, adultos, ancianos. Todos nos mirábamos atemorizados porque no era difícil saber qué harían con nosotros. Pensé que moriría, pero de la nada, un hombre me escogió y me apartaron del grupo —sentía un nudo doloroso en la garganta y sus ojos se humedecieron pero continuó hablando con voz entrecortada— entonces dispararon a mamá, a las pequeñas y los demás.
Hizo una larga pausa que le permitió ordenar sus ideas, secar sus lágrimas y continuó hablando sin mirarla.
—Él me llevó a su casa. Dijo que yo descendía de un pueblo que había sido fiel a un antepasado suyo. Tuvimos que huir porque los nazis querían matarlo. En Francia nos encontramos con su hermano y él y yo subimos al barco como esposos. Andrei también está aquí, escondido para que los nazis no lo encuentren.
Rajna la miraba consternada, se llevó una mano a la frente y otra descansaba en su cintura, mientras trataba de analizar las palabras de Leena.
—¿Conoces esa historia abuela? ¿Es cierto que los nuestros fueron esclavos en un país lejano y le prometieron fidelidad a un noble? —en su voz había ambigüedad, como si una parte de ella quería creer en las palabras de Andrei y otra quería verse liberada de su promesa.
La anciana calló, estaba indecisa, no lograba recordar, su memoria era frágil y había escuchado tantas historias y vivido muchas otras, que no podía distinguir lo real de la fantasía. Tomó el rostro de Leena entre sus manos arrugadas y manchadas por el paso del tiempo y con sus ojos húmedos y brillantes, le dijo suavemente:
—¡No importa cómo has llegado aquí! ¡Ni quién te ha traído! ¡Por fin estamos juntas monshé! —exclamó con su voz ahogada por la emoción y la apretó fuertemente entre sus delgados brazos.
Por un momento la soledad y la tristeza la habían abandonado. Estaba en paz, en su hogar. Permanecieron así, abrazadas por mucho tiempo. No pronunciaron palabra alguna; no era necesario.
El espacio en donde estaban escondidos los gitanos era muy reducido y el calor agobiante. Parecía ser un cuarto en donde guardaban herramientas, aceite y objetos para el mantenimiento de los motores del barco, habían acomodado un catre para la anciana y el resto se había ubicado en el piso. Tres niños, cuatro mujeres y dos hombres más el padre de Kilian, conformaban el grupo. Las condiciones de vida en el lugar eran precarias pero no estaban atestados de gente como ocurría en tercera clase, en donde el hacinamiento era terrible, las condiciones de higiene casi nulas y los lugares destinados para dormir eran literas que estaban ocupados por familias enteras, si era el caso, pero ninguna de ellas albergaba a una persona, pese sus medidas limitadas.
La anciana de largo cabello blanco oculto bajo un pañuelo de seda de vivos colores y complicados diseños, aparentaba tener unos setenta años. Tanto ella como los otros, vestían ropas oscuras y si alguien los hubiera visto, no podrían haber pensado que se trataba de gitanos. El paso de los años no había mermado la gracia y belleza de Rajna. Tenía ojos color miel y piel tostada. Largas y profundas arrugas surcaban su delgado rostro. Sus labios eran delgados y de color rosa, pero lo que más llamaba la atención de ella, eran sus manos; gráciles, expresivas que hablaban por sí mismas y le conferían a todo su aspecto, un toque dramático.
Desde muy joven había aprendido el arte de la adivinación. Las cartas, la bola de cristal, la mano, el café; decía que podía leer el futuro en aquellos objetos pero siempre le dejaba al interesado en conocer qué le deparaba el destino la última opción: “El futuro no es sino lo que tú haces por él” les decía con una sonrisa a quienes acudían desesperados a ella en busca de un consejo sobre el trabajo, el amor o el dinero y ella lograba tranquilizarlos.“Mira el as de espadas, este es el de la suerte” explicaba siempre tratando de ver el lado positivo que los arcanos le ponían frente a sí, aunque muchas veces cuando veía la carta que simbolizaba la muerte les decía: “Ándate con cuidado que la vida es muy corta”.
Cuando leyó en la mano de Leena que el “Ángel de la Muerte” estaba en su destino, permaneció muchos días consternada, tratando de entender aquel mensaje. No era del todo claro, puesto que se trataba de una antigua leyenda sobre un ser que no era de este mundo. Un ente cuya maldad sobrepasaba los límites del entendimiento humano, pero ¿cómo podía afectarle a Leena? No lograba comprender. Cuando llegó la guerra pensó que se trataba de Hitler y su amenaza pero ahora que la tenía frente a sí, supo que la joven había escapado de la muerte, no así su familia, aunque todavía no era seguro que podrían arribar a un puerto en América.
Mientras acariciaba el cabello de la joven sentía inquietud en su alma. Su corazón no era ya el de una niña sino el de una mujer que latía con fuerza y pasión. El hombre del que le había hablado su nieta, ¿tendría algo que ver con este nuevo ímpetu que sentía en ella? ¿Sería una persona en la cual podían confiar? Se preguntaba una y mil veces pero no encontraba una respuesta.
Desde que había visto a Leena, le embargaba una sensación contradictoria de felicidad y temor, pero no por ella, eso era claro, sino por lo que estaba a su alrededor. Había una presencia cercana que no era “natural”, por así decirlo. Tenía que desentrañar el misterio que se tejía en torno a su nieta y al hombre que la había salvado. Buscaba los indicios de aquella historia en su cabeza, pero le era difícil recordar, necesitaba un poco de tiempo y valor pues si era lo que ella presentía, nada podría salvar a Leena de la desgracia.
—¡Abuela! —exclamó la joven separándose despacio del abrazo de la matriarca.
—Dime monshé —respondió la mujer con voz cariñosa y ojos llenos de ternura.
—¡No puedo quedarme; ellos me esperan, ni siquiera debía salir del camarote! Deben estar preocupados. Tengo que contarles que te he visto, ¡seguro se alegrarán por mí! —dijo con entusiasmo, como si lo creyera posible.
—Está bien, vete hija. Pero prométeme que regresarás —respondió sonriendo, para tratar de ocultar la tristeza por su partida.
—¡Lo haré! —exclamó mientras volvía a abrazarla muy fuerte. Estaba segura que solo sería un alejamiento temporal.
Al ver que Leena se marchaba, Dante se incorporó del piso en donde descansaba con los otros gitanos y trató de detenerla. Pero Rajna le indicó que debía dejarla ir. ¡Es su destino!, murmuró dolorosamente, mientras elevaba una plegaria al cielo para que la protegiera de todo mal.
Capítulo 5
Hostilidad
La joven gitana abandonó la habitación en donde estaban escondidos los suyos con mucho pesar. Se preguntaba si no estaría cometiendo una equivocación al abandonarlos para encontrarse con Serge y Andrei. Atravesaba los pasillos que ya no lucían tan atestados pues las mujeres, niños y ancianos habían sido reubicados en tercera clase. Los hombres habían sido instalados en otros salones al interior del barco porque se preveían tormentas en alta mar y por seguridad, nadie a excepción de los tripulantes, podía estar a la intemperie.
Cuando trató de cruzar en medio de un grupo de hombres, estos le cerraron el paso. Descansaban en un pasillo del barco reservado a la gente de segunda clase. Estaban ataviados con camisas blancas, abrigos oscuros y sombreros que protegían sus cabezas de las inclemencias del tiempo. Las ropas de todos estaban roídas y sucias, posiblemente eran las únicas prendas que poseían. Sus rostros estaban demacrados, sus barbas sin afeitar y a Leena le pareció que ninguno había tomado una ducha en mucho tiempo.
—¡Miren, qué señorita tan bonita! —dijo uno de ellos divertido.
—¡Y tan sola!—le secundó otro, que se acercaba a ella con demasiada confianza.
La joven no tuvo más remedio que repartir codazos y pisotones para poder seguir su camino. No era muy seguro que una mujer sola deambulara por el barco, ahora lo sabía. Entre los que escapaban, no solo había familias, sino hombres que habían sido separados de sus hogares para pelear en la guerra y lo habían perdido todo, sus casas, sus familias, hasta la decencia.
Cuando Leena pensó que se había librado del acoso, una mano agarró su brazo con fuerza y prácticamente la arrastró hasta un espacio abierto.
—¿En dónde diablos te habías metido? —le increpó Serge tratando de no elevar la voz, pero visiblemente molesto. Su rostro se llenaba de arrugas, en especial en su frente y sus ojos cuando estaba irritado por algo.
—Salí a buscar algo de comer y a respirar… —alcanzó a decir antes de que nuevamente la tomara bruscamente del brazo y avanzara con ella hasta el camarote. Una vez ahí le dio una reprimenda como si se tratara de una mocosa desobediente.
—¡Te pedí que no salieras e hiciste exactamente lo contrario! ¿Te das cuenta de que nos pones en peligro? ¡Hay espías nazis en todo el barco y tienen sus ojos puestos en nosotros! —el joven hablaba en voz baja pero estaba muy consternado, puesto que se había dado cuenta de que había por lo menos cuatro hombres de la Gestapo dando vueltas por ahí, esperando el momento propicio para detener a todos los que consideraran potenciales enemigos de Alemania, en el mejor de los casos. Otra opción era hundir el barco, aun con los espías en él o que los mataran en el acto y devolvieran el buque a Francia, poniendo en riesgo la vida de los refugiados que eran víctimas inocentes de todo el problema.
Leena se quedó callada. Impactada por la revelación y aún más porque podían haberla seguido hasta el lugar en donde se ocultaban los suyos, que en definitiva, viajaban como polizontes. No sabía qué hacer, o cómo ayudarlos y decidió contarle a Serge lo que había ocurrido.
—Cuando salí de la habitación me encontré con un familiar —hablaba en voz baja temiendo que alguien pudiera estar escuchando la conversación—. Él me reconoció y me llevó a un lugar en donde está escondido un grupo de gitanos, entre ellos mi abuela. ¡Debo volver, son mi familia! —dijo lentamente mientras que, por primera vez, desde el inicio de la discusión, miraba a Serge a los ojos.
El joven se quedó contemplándola, pero ya no había ira en su expresión, sino preocupación. Sin duda, esta revelación cambiaba el plan de su hermano. La gitana había encontrado lo que quedaba de su familia. ¿Podían ellos negarle ser feliz junto a sus semejantes? No estaba en manos de Serge decidir eso, ni siquiera de Andrei. La única que podía decidir qué hacer con su vida era Leena.
—Debo hablar con Andrei —le dijo mientras le daba la espalda y se marchaba nuevamente.
Cuando estuvo sola en la habitación, pudo darse cuenta de que en una pequeña mesa había un plato de sopa fría y un pedazo de pan. La joven se sintió miserable. Se sentó en la cama con la espalda apoyada en la pared y abrazó fuertemente sus piernas, tratando de formar una barrera imaginaria entre ella y el mundo, entre los deseos de su corazón y ese sentimiento absurdo que la abrumaba cuando pensaba en Andrei Ardelean.
La noche había caído y se fundía con la inmensidad del océano. Parecía que las estrellas acompañarían a los viajeros pero una neblina misteriosa, tan blanca como las nubes, se esparció sobre el barco. No se podía ver a más de un metro de distancia y así, Andrei y Serge en sus formas humanas podían pasar inadvertidos, por lo menos mientras duraba el fenómeno.
Los hermanos se habían reunido cerca de los botes salvavidas. Con tanta gente en los pasillos a inicios del viaje, había sido imposible para Andrei, encontrarse con Leena aunque lo deseaba con intensidad. Había permanecido oculto en el bote y solo salía cuando sentía la presencia de Serge. Pero las noticias que traía su hermano esta vez lo sumieron en una profunda incertidumbre.
—Debes hablar con ella Andrei, parecía decidida a quedarse con su familia y si es así, no puedes obligarla…
—¡Nunca la obligaría a nada! —gritó exaltado— Tengo que verla —concluyó.
—¡Te cubriré las espaldas! —le dijo el joven tratando de animarlo.
—Lo sé hermano —afirmó mientras le daba un fuerte abrazo y minutos después se fundía con la espesa niebla que cubría el Aurigny hasta llegar al camarote de la gitana.
Leena se había quedado dormida después de haber alimentado a su pobre estómago con un pedazo de pan duro y una sopa fría de coles, pero estaba agradecida con Serge. Se inquietó al pensar en que quizá su abuela y los otros gitanos no podían alimentarse ni siquiera con aquella comida. Pero sus preocupaciones, lejos de quitarle el sueño, habían exacerbado su mente y esta necesitaba descansar.
Aquella noche soñó que bailaba para Andrei con su vestido rojo. No había música ni público, únicamente los dos mirándose con deseo. Ella movía sensualmente sus caderas y hombros, con sus manos le invitaba a acompañarle en la danza mientras él sonreía devorando sus graciosas formas con su profunda mirada que la hacía desfallecer.
Cuando se había acercado lo suficiente a ella, con sus rostros a breves centímetros de distancia, sintiendo su cálido aliento en la boca, a la espera de sentir por primera vez aquella sensación desconocida de placer que provoca un beso; un sobresalto inexplicado la despertó de su apasionado sueño para ver a Andrei sentado en una pequeña silla, que junto a la mesa de noche y a la cama, completaban el mobiliario de su camarote de segunda clase.
Se frotó los ojos pensando que aún dormía, pero él estaba ahí, vestido de negro con su cabello largo y sus ojos azules contemplándola ¿Desde cuándo? ¿Serían horas o minutos? ¿Se habría dado cuenta de que él era el protagonista de sus sueños prohibidos? Le asaltaban muchas preguntas mientras trataba de acicalarse un poco, procurando ocultar sus mejillas ruborizadas y contener su respiración agitada.
—¡Andrei! —exclamó tímidamente, pero su mirada la desconcertó. Él permanecía en silencio, sentado con las piernas abiertas y una mano descansando en su rodilla, con su cuerpo hacia adelante—. ¡Lograste abordar el barco, parecía imposible! —comentó Leena tratando de romper el incómodo silencio entre los dos.
Él asintió con la cabeza.
—Sí, lo hice —respondió con voz profunda—. Serge me ha comentado lo de tu familia.
—¡Mi abuela está aquí! No creí que estuviera viva —hablaba pero no podía mirarlo aunque los dos estaban sentados, él en la silla y ella en la cama; si alzaba su rostro estaría a la misma altura que el suyo y por eso, mantuvo su vista en el piso, pensaba que así no vería que seguía ruborizada.
Nuevamente un silencio incómodo se sentía en el pequeño espacio que compartían.
—Bien —dijo él levantándose de la silla para dirigirse a la puerta y terminar con aquel momento aciago—, solo deseo tu bienestar y si es estar con tu gente, te libero de tu promesa.
—¡Espera! —exclamó Leena, tratando de hablar aunque un nudo en la garganta se lo impedía. Había sido tan fácil decírselo a Serge, pero ahora no estaba segura de poder repetirlo.
La joven se incorporó interponiéndose en su camino, aunque no tenía valor para mirarlo aún. Fijó su vista en su pecho cubierto por una camisa oscura que dejaba ver parte de su definido torso oculto por delicados vellos castaños. Andrei cerró sus ojos y apretó sus puños pues sentir a Leena tan cerca suyo y no poder tocarla, lo enloquecía. Sin embargo, no podía forzarla a cumplir una promesa cuando la joven tenía la posibilidad de reunirse nuevamente con los suyos y rehacer su vida junto a ellos, aunque eso significaba para él soledad y amargura.
Los dos se mantuvieron firmes en sus sitios sin mover un músculo por varios minutos, disfrutando silenciosamente de la presencia del otro, cuando Leena, armándose de valor levantó su rostro. Parecía que retomaba el sueño que había tenido hace poco tiempo, pues su cuerpo y el de Andrei estaban tan cerca, separados por un breve espacio y él también había bajado su cabeza para poder apreciar a la pequeña gitana, quizá por última vez, si ese era su deseo.
Aunque las palabras sobraban en ese momento, los ojos de ambos hablaban el idioma que solo aquellos que han sentido el certero golpe del enamoramiento pueden entender. Muy despacio, Andrei seguía inclinando su cabeza hasta que su frente descansó en la de Leena y pudo sentir su respiración agitada, ver su pecho que se elevaba y descansaba al compás de su inhalación y exhalación, tragando en seco y apretando su quijada, pues ella sabía lo que su cuerpo anhelaba y a la vez que se dejaba llevar, también recordaba que una mujer gitana representaba la honra de la familia y que tenía prohibido tener contacto con un payo.
No hubo abrazos, ni dedos entrelazados, ni siquiera sus cuerpos rompieron la barrera de los escasos centímetros que los separaban, solo se miraron profundamente y sintieron un cosquilleo al percibir el roce de sus mejillas, las de Leena ardientes y de un rojo carmín mientras la piel de Andrei era fría, pero con un leve brillo, producto de la apasionada situación. Cuando solo les faltaba sentir el suave aroma de sus labios, un sonido fuerte les despertó de aquel momento de ensueño.
Serge había abierto la puerta violentamente y desde ahí les dio las malas noticias.
—¡Aviones alemanes! —fueron sus únicas palabras mientras fijaba su vista en su hermano, quien asintió con la cabeza y se disponía a seguirle cuando una vocecita casi infantil le paralizó el corazón.
—¡Andrei! —gritó ella sin poder emitir otro sonido— ¡cuídate! —le exhortó en voz baja, anhelando el beso, el primer beso que debía recibir y se lo habían arrebatado.
Su primer impulso fue tomarla en sus brazos pero si hacía eso, ya no podría dejarla ir de su lado, aunque todos los gitanos del mundo se lo exigiesen. Así que solo se detuvo por breves segundos para retomar su partida, no sin antes advertirle que no abandonara la habitación, aunque conociendo el temperamento de la joven, no estaba seguro si le haría caso.
—¡No salgas de aquí Leena! —dijo él seriamente.
Solo el sonido de la puerta cerrándose y una llave girando, se quedaron con ella en la diminuta habitación.
Se dejó caer lenta y pesadamente en la cama, su vista estaba fija en el techo blanco del camarote y sin más, se echó a llorar como una niña asustada porque aquello que estaba sintiendo la atemorizaba más que la muerte. Se sentía dichosa, optimista, contenta. Había sentido el amor de su familia siempre y era feliz, pero esto, era algo que no podía explicar con palabras. Era anhelar algo tan fervientemente que el resto de cosas parecían triviales. Se sentía en el cielo, pero también sufría, pues no podría alejarse de Rajna ahora que la había encontrado y también sabía que como gitana no podía unirse a alguien que no llevara su sangre, ya que según sus leyes eso no estaba permitido. Cubrió su rostro con sus finas manos y trató de limpiar sus lágrimas, no quería llorar, al menos, no después de haber vivido tan hermoso sueño.
—¡Qué emotiva despedida! —comentó con ironía Serge, pues la escena que había visto estaba lejos de ser un adiós.
—Nada está dicho aún hermano —le respondió sonriendo, sintiendo en su interior, el fuego que aquella joven había encendido en él.
Los dos hombres avanzaron por los pasillos sumidos en la más absoluta oscuridad ya que el capitán había ordenado apagar las luces del barco y disminuir su marcha para despistar a los pilotos alemanes.
—¡Malditos nazis! —murmuró Serge al escuchar nuevamente el sonido de los bombarderos zumbando sobre sus cabezas.
—¡Sólo una tormenta puede detenerlos! —dijo Andrei invocando la fuerza de los elementos desde la popa del barco para evitar la mirada de curiosos.
El viento que era apacible, repentinamente empezó a soplar con fuerza y la neblina que cubría el barco se tornó más espesa y lúgubre. Los dos hombres se aferraron a las barandas del barco pues el mar se agitaba y con él, el gigante de ocho mil toneladas de capacidad. Todo en el Aurigny era oscuridad y silencio. En la distancia, un par de descargas eléctricas como las raíces de un gran árbol iluminaron el cielo y los truenos ensordecedores no tardaron en quebrar la tensa calma que se vivía en el navío.
Pocos minutos después, grandes nubes blancas, grises y negras se unían con otras y empezaba un tétrico concierto de truenos. Los pilotos de las aeronaves miraban incrédulos el tenebroso espectáculo que se había formado ante sus ojos y de los cuatro aviones que habían sido enviados para hundir al Aurigny solo dos decidieron acatar las órdenes de permanecer en el perímetro y finalizar la misión.
Pero la tormenta no cesaría, sino que se tornaría más hostil, ya que no era producto de la naturaleza sino de una invocación a los más oscuros y tenebrosos poderes del mundo de los muertos. Su intención era destruir, aniquilar, acabar con el enemigo. El rostro de Andrei estaba fijo en el cielo, pero no en su apariencia humana sino en la de un vampiro.
Debía desprenderse de su humanidad para convocar a las fuerzas del mal y que estas actuaran a su favor. Serge lo miraba con lástima, pues sabía que su hermano odiaba en lo que su padre los había convertido, en esclavos de la noche, en inmortales guerreros que habían caído de la gracia divina, eran nobles, sí, o lo habían sido en una época remota. Ahora eran príncipes de la oscuridad.
Ante la persistencia de los ataques, Andrei no tuvo otra opción que dirigir una descarga eléctrica que iluminó el cielo como si se tratase de un rayo de sol, averiando el instrumental de los dos aviones, los mismos que se vieron obligados a regresar a su base en tierra.
Andrei y Serge observaron cómo los aviones se alejaban y podían respirar tranquilos, al menos momentáneamente. Pero sabían que los alemanes volverían y la única manera de debilitarlos era utilizando la inclemencia del tiempo hasta alejarse de la costa francesa y adentrarse en el océano. La tormenta no se disipó por varios días y lluvia y vientos fuertes los acompañaron. Por una parte lograron evadir a los aviones nazis, pero las tormentas y las marejadas estaban afectando tanto al barco como a los pasajeros que sufrían mareos, náuseas y otras enfermedades producto de las bajas temperaturas.
Leena no estaba ajena a desmoralizarse por la situación. Debía permanecer encerrada en el camarote mientras Serge seguía tras la pista de los policías de la Gestapo y Andrei no había querido presionar a la joven con su presencia, sino que deseaba darle el suficiente tiempo y espacio para que tomara una decisión.
Una vez que los hermanos consideraron que estaban lejos del alcance de los alemanes, el clima mejoró notablemente, pero estaba el otro problema, el de los espías nazis. Serge había dejado a Leena encerrada en el camarote para evitar que la siguieran o le hicieran daño, a pesar de los cuestionamientos de ella. Permaneció confinada mientras duraba la tormenta y cuando esta pasó, ya que estaban seguros que los alemanes la tomarían como señuelo para atrapar a Andrei. Aquello la estaba volviendo loca y sentía que necesitaba la compañía de su abuela y de los suyos en aquel momento de incertidumbre.
El confinamiento le había dado suficiente tiempo para reflexionar sobre los repentinos acontecimientos que debió sobrellevar durante las últimas semanas. Antes de conocer a Andrei, no había tenido sueños tan extraños como los que había experimentado desde su llegada a la mansión. El amor era un sentimiento que ella anhelaba experimentar como cualquier jovencita de su edad, pero en sus sueños había deseo, pasión, lujuria; emociones que nunca antes había sentido.
Había fantaseado con Kilian pero nada más allá de caminar de la mano o recibir su primer beso, pero ahora sentía como su cuerpo ardía cuando veía a Andrei, o pensaba en él.
¿Sería normal sentir eso por alguien a quien apenas conocía? ¿Quién era Andrei Ardelean en realidad? ¿Y si satisfacerse era lo único que él buscaba en ella?, se cuestionaba a cada minuto.
En ese momento sintió que extrañaba más que nunca, el consejo de su madre. Sin duda ella sabría sus intenciones tan solo con verlo. Posiblemente le diría que un payo nunca podría darle un hogar como un gitano, nunca la entendería ni le halagaría como alguien de su misma sangre. ¿Lo haría? Se preguntaba ella mientras miraba las cuatro paredes blancas que se habían convertido en su prisión y sintió que necesitaba salir, debía ir con su abuela y contarle lo que estaba sintiendo o por lo menos quería preguntarle: ¿Qué era el amor? ¿Cómo se sentía? Sus pensamientos se disiparon cuando escuchó fuertes golpes en la puerta.
—¿Madame Berthier o debo llamarla Leena? —le preguntó una voz desconocida y amenazadora—. ¡Sé que está ahí adentro, quiero hablar con usted! —continuó.
Ella estaba sentada en la cama y escuchaba en silencio, ni siquiera se atrevía a respirar.
—Sé quién es usted en realidad, una vagabunda que huye con un enemigo de Alemania ¿sabe lo que eso significa? Si me dice en dónde está el conde Ardelean, el Führer le perdonará la vida, si no, todos en este barco morirán. ¿Nuestros aviones les dieron un pequeño escarmiento verdad? Piénselo, podrán llegar a salvo a América si me dice en dónde está él —la voz se cortó en seco.
Era uno de los hombres que habían tratado de impedirles abordar el barco. Se había percatado de que Serge salía y su “esposa francesa” se quedaba encerrada en el camarote, lo cual era bastante sospechoso. Aprovechando que la noche se cernía sobre el Aurigny, el agente nazi quiso presionar a la joven para que traicionara a sus compañeros.
El miedo se apoderaba de Leena, quien se tapaba la boca con la mano para no gritarle lo que se merecía. Afuera una figura como un espectro se acercaba al hombre que estaba parado frente a la puerta de su camarote. Era Serge.
—¿Está importunando a la señora? ¿No le enseñaron modales? —le dijo él en tono amenazante.
Debido a que todo estaba oscuro y no había gente cerca, Serge no pudo resistir su deseo de sangre. Convertido en vampiro, le desgarró la garganta y bebió antes de que el corazón del hombre dejara de latir, para procurarse una ración cálida y nutritiva antes de lanzarlo por la borda al mar. No les quedaba otra opción sino acabar con los demás agentes y espías, pues al darse cuenta de que faltaba uno de ellos, no dudarían en matar gente inocente.
Cuando entró en la habitación, vio a Leena con sus ojos llenos de lágrimas mordiendo sus uñas, estaba muy asustada pensando en que en cualquier momento los nazis derrumbarían su puerta para matarla.
—¡No lo soporto, no soporto más! ¡Déjame ir donde mi abuela! —gritaba y lloraba desconsolada —¡No quiero estar aquí! ¡No quiero!
Serge sintió lástima por la joven pero sabía que aquella misma noche empezaría una cacería para acabar con los otros miembros de la Gestapo.
—¡Mañana todo estará más tranquilo, te lo prometo! ¡Te llevaré con tu gente! Estamos cerca de llegar a América, ¡pero hoy necesito que te quedes aquí y no salgas!
—¡No puedes obligarme! ¡No soy nada tuyo! ¡No eres mi dueño! ¡Quiero irme! —gritó la joven sin importarle ya nada a su alrededor ni los nazis, o Serge ni siquiera Andrei.
El sol apenas había salido cuando Leena tomó su maleta de cuero y salió del camarote en una loca carrera hacia el cuarto de máquinas. Algunos la miraban desconcertados, pues sus ojos estaban rojos y llorosos. Atravesó el barco y cuando llegó al lugar donde sabía que estaban los gitanos, tocó la puerta despacio, una, dos, tres veces y se sentó afuera de ella, en el piso, esperando que algún ser compasivo permitiera ingresar. Serge la había seguido y estaba seguro de que cuando las aguas se calmaran, la encontrarían ahí.
Dante había estado de guardia y observó a la joven pasar por su lado, cuando constató que estaba sola —pues Serge se había quedado observando tras una pared— la ayudó a pararse y a entrar en la habitación.
—¡Ven Leena! —exclamó Dante con alegría, pues sentía un cariño especial por la jovencita. Cuando su hijo le había dicho que quería casarse con ella, no había dudado en hablar con sus padres para pedir su mano. Desgraciadamente, el padre de ella no aceptó pero siempre la quiso por ser parte de su familia—. ¡Miren quién ha venido a quedarse! —comentó el hombre, enseñando la maleta que cargaba la chica al resto de gitanos, quienes se acercaron a saludarla cariñosamente.
—¡Monshé! —Rajna se levantó del catre en donde descansaba para fundirse un cálido abrazo con su nieta— ¡Te extrañé mucho hija! —añadió en un tono de sutil reproche, pues habían pasado algunos días sin verla.
—¡Y yo a ti, abuela, pero estamos juntas ahora y no nos separaremos más! —le respondió ella sonriendo feliz porque ya no se encontraba encerrada en aquellas cuatro paredes devanándose el cerebro con pensamientos sobre Andrei, el futuro y los gitanos. Sentía que debía resolver una cosa a la vez o se volvería loca.
—¡Ven hija! —la atrajo hacia sí, permaneciendo abrazadas en silencio por algún tiempo.
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