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Mujeres con poder

en la historia de España

Mujeres con poder

en la historia de España

VICENTA MÁRQUEZ DE LA PLATA


Colección: Historia Incógnita

www.historiaincognita.com

Título: Mujeres con poder en la historia de España

Autor: © Vicenta Márquez de la Plata

Copyright de la presente edición: © 2018 Ediciones Nowtilus, S. L.

Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos Rodríguez

Diseño y realización de cubierta: Universo Cultura y Ocio

Imagen de portada: Margarita de Parma de Antonio Moro (siglo XVI).

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital: 978-84-9967-942-6

Fecha de edición: abril 2018

Depósito legal: M-7884-2018

Índice

Validas

Capítulo 1.Doña Leonor López de Córdoba. La primera favorita de la historia

Capítulo 2. La monja de Ágreda, una valida en la sombra

Capítulo 3. Doña Anne Marie de la Trémouille. Princesa de los Ursinos. La mujer más inteligente de Europa

Reinas

Capítulo 4. Doña Toda Aznárez. Una reina fascinante y la más casamentera de la historia

Capítulo 5. Doña Urraca. Reina propietaria de Castilla

Capítulo 6. Doña Berenguela la Grande. La reina más generosa de la historia de España

Capítulo 7. Doña María de Molina. Una gran mujer que reinó tres veces

Gobernadoras

Capítulo 8. Doña Margarita de Parma. Gobernadora excepcional de los Países Bajos. Hermana bastarda de Felipe II

Capítulo 9. Doña Isabel Clara Eugenia. Hija de Felipe II y de Isabel de Valois. Reina y gobernadora de Flandes

Virreina

Capítulo 10. Doña María de Castilla. Lugarteniente y virreina en la corona de Aragón. Esposa de Alfonso V el Magnánimo. Reina abandonada

Bibliografía

VALIDAS

Capítulo I
Doña Leonor López de Córdoba. La primera favorita de la historia

En abril de 1368, Pedro I, a quien la historia llama el Cruel, se enteró de que su hermano bastardo, Enrique de Trastámara, ayudado por los refuerzos enviados por el rey de Francia y el duque de Anjou, había puesto sitio a Toledo. A comienzos del año 1369, el rey castellano se decidió a ir en socorro de esa ciudad, atravesando para ello el Campo de Calatrava. El 14 de marzo acampó Pedro I en Montiel. Cerca de allí estaban Enrique de Trastámara y su servidor Du Guesclin.

Las fuerzas que llevaba don Pedro eran muy reducidas, tres mil lanzas de los concejos de Sevilla, Carmona, Écija y Jerez, no había más. Esperaba el monarca apoyo de otros concejos que habrían de llegar en breve conducidos por su amigo y deudo el maestre de Calatrava, don Pedro López de Córdoba. A este había encomendado el rey la seguridad de sus tres hijas, habidas con doña María de Padilla, a las cuales había llevado don Pedro a Carmona, pensando que sería más seguro tenerlas en esa ciudad mientras don Pedro y él mismo iban a la guerra. Después de dejar a las hijas del rey debidamente aposentadas, junto con sus propios hijos, volvió para unirse a su señor, mejor dicho, volvía, pues los hechos se precipitaron antes de que él pudiere llegar.


Retablo de santa Hildegarda en su abadía de Rüdesheim

Desgraciadamente para el soberano, la batalla con el ejército de don Enrique llegó antes que los refuerzos que debería haber traído el maestre. El rey, con sus exiguas fuerzas, hubo de replegarse al castillo de Montiel. Este refugio resultó ser una trampa para las fuerzas reales, pues don Pedro, imposibilitado para hacer una salida o para huir se encontró atrapado en lo que había creído ser su refugio. En esta circunstancia, y sin poder escapar del cepo en que se había metido el rey de Castilla, envió, por medio de Men Rodríguez de Sanabria, una oferta secreta a Bertrand du Guesclin. La propuesta de don Pedro a Beltrán era la siguiente: si este lo dejaba escapar, el rey le recompensaría con 200 000 doblas de oro y los señoríos de Soria, Almazán, Atienza, Monteagudo, Deza y Serón. La respuesta del condestable francés fue noble: servía a don Enrique por orden del rey de Francia y no podía consentir en lo que se le pedía. No fue tan desprendida su acción como puede parecer, pues habiendo relatado la petición y oferta de Pedro I a su señor, don Enrique, este le concedió todo lo que su hermano le había ofrecido; es más, taimadamente, pidió don Enrique a su hombre que siguiese las conversaciones con don Pedro y que bajo el pretexto de hablar con él, le llevase a su posada. También le aconsejó que le diese toda suerte de seguridades, y que cuando estuviese allí el rey don Pedro, le llamase.

Por todos es sabido cómo se llevó a cabo la conjura que terminó con el reinado y la vida de Pedro I el Cruel. Es cierto que don Pedro se mereció con creces el apelativo de «el Cruel», pero no es menos cierto que don Enrique al principio de su reinado también pudiera haber merecido este epíteto. Si del vesánico Pedro se sabe hoy que era un degenerado con manía persecutoria y un irresponsable, de don Enrique nunca se ha oído que no fuese consciente de sus propias acciones y decisiones, por lo que la historia debería juzgarle con mayor rigor.

Aunque suspicaz y desconfiado como era, don Pedro no sospechó la celada alevosa que entre el francés y su hermano le estaban tendiendo, así que salió para entrevistarse con Bertrand du Guesclin acompañado de Men Rodríguez de Sanabria, Fernando de Castro y Diego Fernández de Oviedo. Entró confiadamente en la tienda de du Guesclin y al verla vacía sospechó una encerrona y quiso huir. Demasiado tarde. Fue detenido por Olivier de Manny. En ese momento llegó don Enrique provisto de todas sus armas. No entraremos en la descripción de los últimos momentos del rey don Pedro pues todo ello es archiconocido, solo diremos que el bastardo degolló a su hermano y con su daga le cortó la cabeza.

Una conmoción sacudió al reino. Muerto don Pedro, la mayoría de los lugares aceptaron al nuevo soberano incluso con un suspiro de alivio, no en vano tenían amarga memoria del gobierno del asesinado monarca. Sin embargo, hubo otros lugares que se negaron a reconocerlo por haber matado a su hermano, sobre todo porque creían que un parricidio no podía sustentar el derecho a una corona. Entre las ciudades rebeldes se hallaban Ciudad Rodrigo y Zamora, cerca de la frontera portuguesa; Vitoria, Salvatierra y Santa Cruz de Campez, próxima a la de Navarra; y Cañete, Molina y Requena, cerca de Aragón.

En Montiel, tras la desaparición de don Pedro, se rindieron los mejores amigos de este: Fernando de Castro, Garci Fernández de Villodre y Men Rodríguez de Sanabria. Mientras tanto, el maestre de Calatrava, Martín López de Córdoba, a cuyo cuidado estaban encomendadas las infantas, como ya adelantamos, se hizo fuerte en Carmona con las dichas princesas, su propia familia y el tesoro del rey. Entre los suyos, naturalmente, se hallaba su hija Leonor, que apenas tenía ocho años; su hijo don Lope, no mucho mayor que esta; y otras dos hijas con sus maridos. Al menos de estos sabemos seguro que existieron, pues doña Leonor los menciona en sus memorias aunque nada más se sabe de ellos.

Como lo que nos interesa es la figura de doña Leonor, nos detendremos un poco en sus memorias. Aunque este no es el lugar idóneo para hacer ninguna crítica literaria, por el interés que revisten debemos al menos mencionar que estas son altamente meritorias, hasta el punto de que se han celebrado encuentros históricos y literarios en torno a ellas, pues son el primer ejemplo de autobiografía en lengua castellana.

Doña Leonor, cuando tenía unos cuarenta años, y después de su privanza con doña Catalina de Láncaster, dictó sus memorias a un escribano de Córdoba, a las que intituló Esscriptura, para honrra y alabanza de mi Señor Jesu Christo e de la Virgen María, Su Madre. Durante mucho tiempo el manuscrito original estuvo depositado en el convento de los dominicos de Córdoba, desgraciadamente está hoy perdido. Existen dos copias tomadas del original: la del marqués de Fuensala del Valle y la de la Biblioteca Colombina.

Tuvo la dama una vida azarosa y puede decirse que desgraciada. Ella lo relata lamentándose de vez en cuando con un estilo literario que comparte la descripción de lo sucedido con el género epistolar, en un prototipo de lo que se ha dado en llamar el género de consolación, en el que el autor (o autora) habla de unos sucesos para ejemplo y consuelo de otros en la misma situación.

Era hija Leonor del mencionado maestre Martín López de Córdoba, que era sobrino de don Juan Manuel, y de doña Sancha Carrillo, sobrina de Alfonso XI, por lo que ambos progenitores procedían de la más acendrada nobleza. Nació doña Leonor en el palacio de Calatayud, se cree que en septiembre de 1362, y fueron sus madrinas de bautizo las señoras infantas, las tres hijas de Pedro I el Cruel, tal y como ella nos lo dice en sus propias palabras. Un tiempo después, doña Sancha Carrillo y su hija, junto con las señoras infantas se trasladaron a vivir en el Alcázar de Segovia junto con la familia real y allí falleció impensadamente la madre de nuestra protagonista. Doña Leonor era entonces aún muy niña, por lo que quedó la huérfana bajo la protección de una de sus madrinas reales.

No sabemos por qué (probablemente porque al no tener madre su padre se preocupó pronto de buscarle un buen acomodo para el futuro) el maestre don Pedro casó a su hija Leonor cuando tenía siete años. Le buscó un marido apropiado a su alcurnia y posición, aunque mucho mayor que ella, y lo encontró en Ruy Gutiérrez de Hinestrosa, que a la sazón desempeñaba el honroso cargo de camarero mayor del rey Pedro I.

En Castilla desde mediados del siglo XIII ya contamos con la reglamentación de los oficios de la corte, mediante la aplicación del Código de las Siete Partidas. Según estas, el camarero debía «guardar la Cámara do el rey albergare, é su lecho, é los pannos de su cuerpo, é las arcas, é los escritos del rey». Aunque con el transcurso del tiempo estos oficios se fueron tornando meramente honoríficos, no fue así al principio cuando en razón del oficio se tenía verdadera proximidad física con el monarca y por ello el cargo era muy codiciado entre los nobles.

Para demostrar que él también era un hombre poderoso, y que su poder de estirpe y nacimiento no eran inferiores a las del novio, don Pedro dotó a su hija con veinte mil doblas de oro, cantidad más que sobrada para asegurarle un futuro esplendoroso.

En sus memorias nos dice doña Leonor que su marido tenía infinidad de bienes, joyas y piedras preciosas, perlas y oro, y, aunque no nos dice a cuánto ascendía su fortuna, en conjunto parece que tenía bienes suficientes para que, junto con su dote, ambos gozasen de una vida muelle. Además, añade, podía armar al momento trescientas lanzas. Como cada lanza iba acompañada de seis peones y dos caballos (un corcel y un palafrén), trescientas lanzas significaban trescientos guerreros, mil ochocientos peones y seiscientos caballos. Durante la Edad Media, el precio de un caballo era equivalente a cien ovejas, así que seiscientos caballos, en moneda de cuenta era el precio de un rebaño de sesenta mil ovejas. Todo el equipo y armas, amén de la manutención de los caballos, los peones y las lanzas eran proporcionados por el señor, así que el marido de doña Leonor era un potentado, según se deduce de un cálculo apresurado de sus posibles bienes en virtud solo de los hombres que podía armar y alimentar a su costa.

Era el mencionado esposo de la joven Leonor, además, señor de vasallos y tenía bajo su poder y señoría no menos de quinientos moros y moras en calidad de esclavos.


Dobla de oro de 35 maravedíes de Pedro I. Siglo XIV. Sevilla. Dobla Cruzada.

Ya mencionamos que el fiel maestre de Calatrava, don Martín, había llevado a Carmona a su propia familia y a las tres señoras infantas, pues creía poder defenderlas mejor en esa fortaleza mientras se dirimían por la fuerza de las armas, lucha causada por las diferencias entre el rey y su hermano bastardo. Muerto el rey don Pedro, supo don Martín que el nuevo rey, don Enrique, vendría en pos de las infantas, pues en puridad ellas eran la encarnación de la legitimidad dinástica y cualquiera de ellas podría, ahora o en el futuro, disputarle la corona.

Esto era así en virtud del derecho de representación por el cual «los hijos —o hijas en este caso— representan la figura de sus padres, en todo tiempo y lugar, siempre», y podían reclamar cualquier cosa que les correspondiere a los dichos de sus padres, aunque esos padres hubieren desaparecido e incluso si hubiesen muerto antes de posesionarse del bien que reclamaba el hijo. En este caso, las hijas del rey muerto podían reclamar legítimamente el trono de su padre.

Efectivamente, acudió don Enrique de Trastámara a pedir la entrega de las hijas de don Pedro, pero el fiel maestre se negó a entregarlas; al contrario, se fortificó y resistió el asedio a que lo sometió el nuevo rey. Desalmado era el tiempo y desalmados sus protagonistas. Durante el asedio, una noche, cuarenta caballeros de don Enrique lograron escalar la muralla, pero fueron descubiertos y llevados a presencia de don Martín, el cual al saber que los infiltrados pretendían abrir la puerta al enemigo los hizo matar a todos a lanzadas. Gran enojo y consternación causó este hecho al rey don Enrique y quizá fue esa la razón de su inhumano proceder posterior.

Después de intentarlo repetidas veces, apreciando el Trastámara que le sería muy costoso en vidas tomar por la fuerza la villa, llegó a un trato con el defensor de la plaza fuerte: las hijas de don Pedro podrían abandonar Carmona con el tesoro de su padre e irse a Inglaterra, como solicitaba don Martín. En cuanto a los defensores de la villa, sus vidas y bienes serían respetadas; don Pedro y su familia tendrían carta salva y podrían salir sin ser molestados. Quizá el maestre de Calatrava no confiaba del todo en la palabra del rey, pues antes de abrir las puertas de Carmona (10 de mayo de 1371) hizo salir a las hijas de su difunto señor don Pedro, y de María de Padilla, acompañadas por el obispo de Jaén con el tesoro real. Todos juntos se hicieron a la mar rumbo a Inglaterra. Luego, siguiendo los pasos de lo pactado, se abrieron las puertas de Carmona para que entrase el nuevo rey.

Para deshonra de este, el soberano no cumplió nada de lo acordado y convenido; al contrario, nada más entrar en la villa, hizo tomar preso al fiel maestre de Calatrava, don Martín López de Córdoba, a su familia y a los defensores de Carmona. La matanza de los cuarenta hombres de Enrique fue vengada con un acto de crueldad que no desmerecía de lo que acostumbraba el difunto Pedro I el Cruel. Según la Crónica abreviada:

Mandó el rey arrastrar por toda Sevilla á Matheos Fernández, secretario del sello de la poridad del rey don Pedro, é cortáronle pies é manos, é degolláronle; é el lunes doce días de junio arrastraron á Martín López por toda Sevilla, é le cortaron pies é manos en la plaza de San Francisco, é le quemaron.

No se contentó el de Trastámara con tamaña felonía, pues en esos tiempos dar muerte ignominiosa a un noble era peor que la muerte misma, sino que tomó presos a todos sus servidores, parientes, hijos e hijas, yernos, sobrinos y encomendados y los hizo conducir a las Reales Atarazanas de Sevilla, en donde los sepultó para siempre, incomunicados en la más rigurosa prisión. Algunos de los hijos del infeliz maestre, como doña Leonor, tenían solo ocho años; el esposo que le había dado su padre, unos veintiséis; y su hermano Lope, diez. Además de condenarlos a la pena de prisión el rey se incautó de todos sus bienes, villas, propiedades y cualesquier otra posesión o pertenencia de la familia del que él consideraba un traidor a su causa.

Nos relata doña Leonor que estaban en prisión encadenados a los muros y, con gran crueldad, de vez en cuando se les retiraba la comida o la bebida. Las peores penas y castigos los sufría el esposo de doña Leonor, porque era pariente directo de don Pedro; a él se le encadenaba al brocal de un pozo durante ocho o más días, cargado de hierros en manos y pies, y según cuenta en sus memorias «se le negaba el agua durante todo ese tiempo, mientras podía ver el agua no podía tomarla. […] y mi hermano Lope, de trece años, murió y tenía sobre sí una cadena de más de setenta eslabones de hierro y era el niño más hermoso y bueno habían visto ojos».

Estando la infeliz familia encarcelada en las Atarazanas hubo un brote de peste y murieron todos, excepto la misma doña Leonor y su marido. Ella dice que sus hermanas presas y sus maridos murieron y que «los arrojaron fuera como si de moros se tratase». Quizá con los ojos de hoy no podamos ver lo que significaba en el siglo XIV tal proceder, pues todo cristiano aspiraba a un confesor en su lecho de muerte y a ser enterrado en sagrado. Esto, desde los más poderosos hasta los más humildes. Era impensable que nadie, en su sano juicio, negase los sacramentos y entierro en tierra sagrada a un cristiano. Pero quizá la venganza de don Enrique estipulaba y disponía que si moría alguno de los presos se le negasen todos estos consuelos, solo así se explica que los carceleros arrojasen los cuerpos a un foso sin misas, sin bendiciones, sin plegarias y lo que es peor, sin haber llamado a un confesor antes.

En esta rigurosa prisión permaneció doña Leonor durante años, años en los que no pudo educarse como a su alcurnia correspondía, por ello es de maravillarse cómo en el futuro ella sería capaz de escribir unas memorias que le dieron un puesto de honor en las letras españolas, y cómo su preparación e inteligencia la hicieron digna de la confianza de la reina doña Catalina de Láncaster, de quien fue amiga y valida, pero no adelantemos los hechos.

Nueve años permanecieron doña Leonor y su esposo en las Reales Atarazanas sin ninguna esperanza de poder salir de sus profundidades. La niña de ocho años ya tenía diecisiete y el esposo, de quien se dice tenía veintiséis años al ingresar en prisión, treinta y cinco. Toda una vida.

El rey don Enrique reinó desde 1369 hasta 1379. Ante la llegada de su muerte, por sorpresa, los cautivos fueron puestos en libertad. No se sabe si arrepentido de su dureza, y viéndose próximo a rendir cuentas de sus actos ante el tribunal de Dios, decidió, en lo posible, deshacer el mal cometido y no solo dispuso que se les soltase, sino que se les restituyese lo que se les había quitado.


Las Reales Atarazanas de Sevilla convertidas en almacén

Es cierto que recuperaron su libertad, aunque no pudieron recobrar absolutamente nada de lo que habían sido despojados. Otra larga condena les llegaba: la de la miseria, y ello, para una familia noble, entrañaba el deshonor. Como el deshonor de un miembro de la familia llegaba a todos por extensión, una altiva tía de doña Leonor, doña Mencía García de Carrillo, rica señora de Córdoba, tomó sobre sí el peso de su manutención y alojamiento, no por amor a ella, sino por no ver a su pariente, quizá, pidiendo por las calles. Se llevó a la joven a su casa, en donde no fue bien recibida ni por sus primos ni por la servidumbre, que veía en la presencia de doña Leonor más trabajo y ninguna recompensa. Servir a una pobretona no era privilegio. El marido, esperanzado en recuperar algo de su gran patrimonio, no se quedó con ella, sino que se fue a sus antiguos territorios por ver si podía rescatar algo de sus dineros y riquezas o reconstruir su posición; o al menos recobrar alguna propiedad o bienes con los que subvenir a su propia supervivencia y si había suficiente a la de su esposa, alojada por caridad en casa de una tía que ni la quería, ni tan siquiera la apreciaba. Abandonar a una esposa por no poder alimentarla era el colmo de la degradación y la ignominia y la desgracia para un caballero hijodalgo, y aun para un hombre cualquiera.

No tuvo don Ruy Gutiérrez de Finestrosa la menor suerte, igual que su mujer, todo lo que antaño poseyera parecía haberse disuelto en el aire, nadie sabía a dónde había ido a parar tanto esclavo, tanta perla, tanto moro y tanto poder. Avergonzado, no volvió a recoger a su consorte que, en vano, en casa ajena esperaba que el esposo la salvara de la humillación de recibir comida de la desabrida caridad de su señora tía. Años después, cuando su esposa doña Leonor contaba ya veinticinco años de edad, quebrantado el orgullo por la miseria, volvió don Ruy a Sevilla, en donde su mujer comía el amargo pan que le facilitaba su tía, a cuyo capricho estaba sometida. Apareció el marido con la cabeza gacha y hubo de acogerse también a la fría caridad de doña Mencía García de Carrillo.

Visto que su sobrina tenía esposo y que con él debía convivir, según estipulaba la Santa Madre Iglesia, doña Mencía les proporcionó una vivienda aparte, una casa colindante con la suya. Desde este momento, la máxima aspiración de doña Leonor fue que su tía le permitiese, en sus propias palabras, «abrir un postigo entre ambas casas, la de su tía y la suya», con fin de ocultar, en lo posible, la pobreza que le obligaba a comer con su marido en la mesa de su pariente, miseria que hacía pública al salir a la vía y entrar por la puerta de la calle en casa de su tía a las horas de desayunar, comer y cenar. La señora tía se resistió durante largo tiempo a los ruegos de doña Leonor, y ella, por mor de conseguir esa merced, iba diariamente a rezar largas oraciones a la Virgen, trescientas oraciones a la Santísima Virgen todos los días para obtener que ella ablandase el corazón de doña Mencía y la moviese a abrir entre ambas casas el ansiado postigo o puertecilla que ocultara su vergonzante indigencia y la de su esposo.

Finalmente consintió la tía y el día mismo en que habían de empezar las obras del mencionado postigo una criada convenció a la propietaria de la imprudencia de esta concesión, por lo que la señora se arrepintió y desautorizó la apertura de ese paso que ahorraría a doña Leonor y a su marido tanta humillación. Enfadada y frustrada al ver su sueño roto por una criada, entró en casa de su tía y con sus propias manos la estranguló, ella lo confiesa sencillamente, sin gloriarse ni arrepentirse: «Perdí la paciencia, é la que hizo más contradicción con mi Señora tía, se murió en mis manos comiéndose la lengua…».

Seguía doña Leonor con sus devociones para conseguir el postigo entre ambas casas o una casa independiente para ella y su marido y ahora, en vista del anterior fracaso, que ella achacaba a sus muchos pecados, redoblaba sus esfuerzos y acudía regularmente a maitines, yendo puntualmente todos los días a la iglesia antes del amanecer, hiciese frío o lloviese, todo con tal de demandar de su celestial veedora la propiedad de alguna casa en que poder independizarse de su señora tía. En sus memorias dice que además rezaba a la Santísima Virgen sesenta oraciones cada vez que iba a maitines. No sabemos si la Virgen se lo concedió por su piedad, o si su pariente después de diecisiete años de amargarle la vida se hartó de verla, lo cierto es que le compró unos corrales junto a la iglesia y le dio el dinero para que se construyese una vivienda propia para que allí pudiese vivir con su marido y los hijos habidos con este.

Durante un pogromo acaecido en 1392 en la judería de Córdoba, se halló un huérfano judío a quien Leonor adoptó como hijo para educarle en la fe que ella profesaba. Creía ella que la Virgen, vista su meritoria obra de caridad por haber adoptado al huérfano, finalmente le había dispensado la merced por la que tanto había rogado: la posesión de su propia casa para no sufrir las humillaciones que le infligía el vivir de la caridad y el menosprecio de su tía. Doña Leonor, por su parte, se dispuso a cumplir sus obligaciones y no desamparar al huérfano pasase lo que pasase.

Sucedió que entre los años 1400 y 1401 la peste bubónica azotó con dureza a Andalucía, lo que provocó una gran mortandad. Los que podían huyeron fuera de las ciudades, donde las campanas repicaban a muerto durante todo el día y las ruedas de las carretas chirriaban bajo el peso de los apestados que llevaban a enterrar en las fosas comunes. Así pues, Leonor se marchó con su familia a Santalla. Estando allí llegó también su tía, Leonor le cedió la casa que ella misma habitaba con su familia y marchó con los suyos a Aguilar a casa de otros parientes. Aunque lejos del principal foco de infección, no se libraron de la temida peste bubónica. El primero en contraer la terrible dolencia fue el niño judío. Ella lo encomendó al cuidado de unos sirvientes, quienes contrajeron el mal. La mortal enfermedad era tan contagiosa que aquellos que cuidaron del pequeño apestado murieron uno tras otro. Un día vino uno de los hijos de doña Leonor, que apenas había cumplido doce años, a comunicarle que todos los que podían haber cuidado del huérfano habían muerto; ella, entonces, envió a su propio hijo a cuidarlo, el joven también contrajo la peste y falleció igual que lo había hecho su hijo adoptivo el pequeño judío. Trece personas murieron cuidando al huérfano, incluyendo al hijo de Leonor. Ella nos cuenta en sus memorias cómo cuando iban a enterrar a su hijo, la gente, sabedora de que ella misma había enviado a su hijo a una muerte casi segura, la insultaba cuando se cruzaban con ella y cerraban sus ventanas y puertas cuando pasaba en señal de su desaprobación. Ella, como siempre, no cuestionaba la voluntad divina, y en su fe atribuye la muerte de su hijo a sus pecados y así lo dice explícitamente. En ningún momento sospechó que la muerte de los suyos se debió a su propia temeridad o imprudencia.


El doncel de don Enrique el Doliente, por Mariano José de Larra

Después de esta actuación, sus parientes la echaron de mala manera de Aguilar, no querían cobijar a esta mujer a quien todos culpaban de la muerte de su propio hijo, por lo que tuvo que volver a Córdoba.

La historia seguía su devenir. Mientras todo esto sucedía a doña Leonor, el rey don Juan I también había muerto y heredó el trono don Enrique el Doliente, el cual se había casado, por iniciativa de don Juan I, su padre, con la descendiente directa de don Pedro el Cruel, doña Catalina de Láncaster, hija de doña Constanza (hija esta de Pedro I y María de Padilla). Doña Constanza había sido una de las madrinas de bautizo de doña Leonor en el palacio de Calatayud, donde había nacido, y a cuyo cuidado directo había quedado cuando murió su madre en Segovia. Sabedor de esta historia y deseando congraciarse con su esposa mediante el desagravio de doña Leonor López de Córdoba, en 1406, don Enrique llamó a la hija del maestre de Calatrava. Acudió esta a la corte y allí, en memoria de su padre, el maestre de Calatrava y de su bautizo en el Palacio Real, se le dio el cargo de camarera de la reina.

A lo largo de la Edad Media el crecimiento de la cámara regia y su desarrollo como incipiente oficina administrativa llevó consigo el encumbramiento de la figura del camarero, en este caso camarera, ya que la casa del rey tenía su réplica en la casa de la reina, que tenía también sus equivalentes femeninos para el servicio de la señora.

La consolidación del sistema de sucesión hereditaria en las monarquías medievales acentuó el prestigio de la reina, que fue asumiendo las funciones regias por delegación de su esposo y, según explica el profesor don Álvaro Fernández de Córdoba, en determinados momentos lo suplía de manera natural. Esto tuvo luego su importancia cuando doña Constanza, por la muerte de su esposo Enrique el Doliente hubo de actuar como tutora de su hijo y en la práctica como reina, aunque con algunas cortapisas, como veremos luego. Al quedarse la reina viuda, con ella se encumbraron todos los cargos de su casa, ya que en la práctica ella ejercía el poder real.

Con el tiempo, la soberana tuvo su propia casa (hospitium) con su servicio personal que la custodiaba y servía siguiendo el modelo doméstico de la emperatriz bizantina. Simplificando mucho, los familiares solían dividirse en tres grupos: el cuerpo de oficiales con servidores a su cargo; el grupo de caballeros —tanto los que ayudaban a la reina como los que se criaban en su casa— y el de sus damas y doncellas. En primer lugar, en los cargos de la casa real de la reina hay que nombrar a las camareras, a las que se exigía una honra, lealtad y buenas costumbres, pues se sabía que tenían una privanza sobre la reina.

E sennaladamente deue catar que las sus camareras, quelas han de servir et saber todas sus privanças, sean buenas mugeres et cuerdas et de buena fama, et de buenas obras, et de buenos dichos, et de buenos gestos, et de buenas conçiençias, que teman a Dios et amen la vida et la onrra del enperador et de su muger et de toda su casa, et que no sean codiçiosas, ni muy mancebas, ni muy fermosas…

Obras de don Juan Manuel

Don Juan Manuel

Se puede ver claramente que el oficio de camarera era altamente honroso y se esperaba mucho de las cualidades y capacidades de la camarera, especialmente por el contacto tan estrecho que tenía esta con su alteza y porque disfrutaba de privança. Agraciada nuestra doña Leonor López de Córdoba con tal cargo en la casa de su madrina, allí supo ganarse la confianza primero y luego el afecto incondicional de la soberana.

Se había casado doña Catalina de Láncaster (heredera de la rama legitimista) con el hijo de don Juan (de la rama bastarda de los Trastámara) en 1390, cuando ella contaba dieciséis años y su esposo Enrique, doce. El joven monarca había sido declarado mayor de edad, pese a lo frágil de su salud y constitución, a los catorce años, que es cuando los reales esposos pudieron cohabitar. A partir de ese año ya fue la reina Catalina la verdadera soberana, de quien se esperaba un heredero al trono.

Pero la quebradiza salud del jovencísimo monarca hizo que el esperado embarazo tardase nada menos que ocho años en producirse. El lunes 14 de noviembre de 1401, la reina dio a luz en Segovia a una princesa a la que llamaron María. Aún tuvo la reina Catalina dos hijos más, el más pequeño fue precisamente el infante heredero, Juan II.

El rey don Juan I de Castilla, de su primera esposa, Leonor de Aragón, había tenido dos hijos, el hasta ahora mencionado Enrique el Doliente y don Fernando el de Antequera. El previsor monarca, que con tanto cuidado había planeado el matrimonio de su primogénito con la heredera de los legitimistas, había pensado que dada la mala salud de Enrique quizá no llegaría a la edad de casarse y que si llegaba, era posible que no tuviera hijos. En previsión de que cualquiera de estos supuestos tuviese lugar, dispuso que su segundo hijo, Fernando, no contrajese matrimonio hasta que Enrique no tuviese sucesión, cosa que don Fernando cumplió por sentido del deber a la corona.

Aunque el rey don Enrique III llegó a tener hijos e hijas, su vida no fue larga. Un sábado 25 de diciembre de 1406 pasó a mejor vida cuando no había cumplido veintisiete años y la reina apenas había doblado la esquina de los treinta. La camarera, doña Leonor López de Córdoba, por su parte, contaba para entonces unos cuarenta y cuatro años, pues parece que nació, como dijimos, en 1362. Viuda la reina, se acercó más a Leonor en quien veía a una persona fiel y con quien podía hablar de cosas que no comentaría ni diría a ningún hombre.

A la muerte de su real esposo, doña Catalina de Láncaster ejerció de tutora, junto con su cuñado, don Fernando (al que la historia apoda el de Antequera), ya que el heredero de la corona e infante-rey, Juan II, tenía solo dos años de edad. El rey don Enrique así lo había dispuesto antes de morir. La tutela del príncipe heredero, hasta su mayoría de edad, sería compartida por la madre y el tío. Tan pronto como las Cortes de Toledo reconocieron al nuevo rey, en cumplimiento del testamento, ambos se hicieron cargo de la regencia y, ante las Cortes de Segovia, juraron cumplir lealmente su oficio.

Para entonces, doña Leonor se había ganado totalmente la voluntad de la reina, que comentaba con ella los asuntos de Estado, y se dejaba llevar por su criterio, de modo que en la Chronica de Juan II se llega a decir que la reina «entregó de tal suerte la llave de su arbitrio, que nada se abría o se cerraba en palacio si no por el favor de aquella mano». Ello, naturalmente, le acarreó los odios de aquellos que hubieran deseado para sí el lugar privilegiado de doña Leonor cerca de la reina Catalina.

Temerosa de que la regencia compartida entre su señora, doña Catalina y el infante don Fernando pudiese resultar en menoscabo de su influencia sobre la reina, doña Leonor empezó a oponerse casi por sistema a las decisiones del corregente. Al sobrevenir la muerte de don Enrique el Doliente, el infante, que se encontraba embarcado en una dura campaña contra los moros, tan pronto supo la noticia de la muerte del Doliente decidió continuar con ella. Para ello hubo de solicitar financiación a fin de subvenir los costes de la guerra. La reina, comprendiendo la necesidad del momento, ya que era consciente del peligro que había en la frontera para la seguridad de los reinos, con toda presteza hizo reunir veinte cuentos de maravedís para ser gastados exclusivamente en la ofensiva contra los moros, y así lo juraron todos, incluso don Fernando. Con este motivo la favorita manifestó su desconfianza a la reina y de tal modo le contagió con sus aprensiones que los contactos entre ambos corregentes se fueron haciendo cada vez más fríos y tirantes.

Modesto Lafuente nos describe así las relaciones entre ambos:

Pronto nacieron desconfianzas entre los dos regentes, ya por obra de algunos malintencionados, que se complacían en turbar su armonía, sembrando entre ellos mutuos recelos y sospechas, ya por el carácter de la reina doña Catalina, la cual por otra parte se hallaba de todo punto supeditada a una dama de su corte llamada doña Leonor de López de Córdoba, sin cuyo consejo nada hacía, y que de tal manera dominaba en el ánimo de la reina, que nada servía cuanto se determinara en materia de gobierno, si no merecía la aprobación de la dama favorita; a tal punto que lo que un día se deliberaba, otro se revocaba o contradecía si no era del agrado de doña Leonor López, con mengua del reino y no poco disgusto del infante don Fernando.

A pesar de contar con la amistad y la confianza de doña Catalina, doña Leonor se tomó demasiado en serio su papel de dispensadora de gracias y prebendas e incluso se atrevió a contradecir en varias ocasiones las órdenes del infante, sembrando siempre la desconfianza en el ánimo de la reina contra su cuñado, don Fernando. A tal punto llegó la tirantez entre la reina y el infante-tutor que «fiábanse, pues, tan poco uno de otro que cada cual de los regentes tenía su guardia propia y cuando iban al consejo cada cual llevaba sus hombres de armas para su defensa».

Incapaces de gobernar juntos, finalmente, ambos decidieron dividirse el reino por zonas de obediencia para no intervenir uno en el mandato del otro, como venía sucediendo. Doña Leonor aprobó esta decisión por la que la reina tomó bajo su gobierno directo la zona que hay de los puertos allá por Segovia, es decir, Castilla la Vieja y León, y don Fernando la de los puertos acá, hacia Andalucía: Toledo, Extremadura, Murcia y Andalucía.

Aunque se tomó esta sabia decisión, continuaron los motivos de roce y desavenencia entre ambos tutores alentados por la actitud poco amistosa de doña Leonor hacia el infante, a quien en todo contradecía. Una de las razones de la discordia era la obediencia o no al papa Luna, Benedicto XIII, pues mientras don Fernando estaba a favor de sustraerse a su obediencia y acatar en todo la decisión del concilio de Constanza, la reina lo reconocía como papa legítimo y retrasaba el cumplimiento de las órdenes conciliares, lo que favorecía, indirectamente, los planes de Benedicto XIII. Doña Leonor, no sabemos si de corazón o por oponerse a don Fernando, apoyaba también al papa Luna. Esta circunstancia añadió roces y dificultades entre ambos tutores.

En febrero de 1410, don Fernando volvió a cruzar la frontera granadina. Era su objetivo tomar la ciudad de Antequera. Después de varios conatos y tentativas, se ordenó el asalto general el 16 de septiembre de 1410, quedando la ciudad en poder del infante, que se ganó allí el sobrenombre por el que le conoce la historia: don Fernando el de Antequera. La importante plaza quedó para siempre en poder de Castilla. Grandes fueron la alegría y la conmoción que produjo esta noticia en todo el reino. Con esta victoria el infante don Fernando contrastó una vez más su probidad y fidelidad a los reyes de Castilla y al reino cuyas fronteras defendía con peligro de su vida. Es posible que fuera, al menos en parte, esta acción guerrera la que hizo ver a doña Catalina que la actitud de la favorita, siempre opuesta a don Fernando, había sido injusta, y que sus consejos en contra de la acción del tutor habían sido más intrigas que opiniones leales; también le habían llegado a la soberana otras voces que se quejaban de la altivez de la dama. Como quiera que fuese, a partir de entonces, según Fernán Pérez de Guzmán, la reina «le tomó gran desamor».

Todo lo que había sido confianza y confidencias se trocó en disgusto, de modo que en 1412 terminó no solo por retirarle su favor, sino por expulsarla de la corte. Con orden terminante de volver a Andalucía, la favorita salió del palacio en donde había disfrutado de tanto poder y prestigio. La orgullosa y hasta entonces encumbrada doña Leonor no se creyó en ningún momento que la actitud de la reina fuese definitiva, sino que la achacó a un capricho o disgusto pasajero. Se alejó, sí, pero con ánimo de volver cuando cambiasen los aires que soplaban en su contra.

Mientras, el infante don Fernando, que había ganado un bien merecido prestigio como caballero honrado, leal tutor y gran guerrero, por el Compromiso de Caspe, fue nombrado rey de Aragón a la muerte sin sucesión legítima del rey Martín el Humano. Con este motivo, el nuevo rey hubo de abandonar Castilla y dejó en su lugar para desempeñar las funciones de tutor a los obispos don Juan de Sigüenza y don Pablo de Cartagena, a don Enrique Manuel, conde de Montealegre y a don Pere Afán de Ribera, adelantado de Andalucía, convirtiendo la regencia en un consejo, todo ello con gran disgusto de la reina doña Catalina de Láncaster, que al ver a su cuñado rey, deseaba ser la única tutora de su hijo, sin compartir el poder con nadie.

La antigua favorita, al oír en su forzado retiro que el odiado infante se había retirado del Gobierno, emprendió camino de vuelta hacia la corte de doña Catalina, pero esta ya la había reemplazado con otra favorita, doña Inés de Torres, quien, sin gozar de tanto poder como doña Leonor, al menos era la nueva confidente de la soberana. Al enterarse la reina de que doña Leonor iba en su búsqueda, le mandó un recado para que volviese a su casa en Andalucía y que por nada se atreviese a proseguir su camino. Caso de no obedecer su real orden —le mandó decir la reina— la mandaría quemar. Huelga decir que doña Leonor se volvió sobre sus pasos y ya jamás intentó regresar a la corte. Nunca recuperó el favor de la reina y poco tiempo después, a la edad de cincuenta años, falleció en Córdoba, y fue enterrada en Sevilla, en San Pablo.


Cubierta de Leonor López de Córdoba. Memorias de Leonor.

Como gobernante o favorita le perdieron su altivez y sus pocas luces para los asuntos de Gobierno, pero como escritora es una de las glorias de la literatura. A pesar de su escasa preparación previa, es la autora de las primeras memorias autobiográficas de la lengua española que se estudia en universidades y simposios, y más de una tesis doctoral tiene por motivo el estudio de esta enérgica y poderosa señora, la primera valida de nuestra historia.


Tumba de doña Leonor López de Córdoba

Capítulo 2
La monja de Ágreda, una valida en la sombra

María Coronel Arana nació en Ágreda (Soria) el 2 de abril de 1602 del matrimonio formado por Francisco Coronel y Catalina de Arana. Curiosamente para una mujer que se escribió durante largos años con el rey más poderoso de Europa, no salió nunca de esa villa en donde había nacido. Falleció el 24 de mayo de 1665.

Las mujeres del siglo XVII, como en los siglos anteriores y aún en los posteriores, no tuvieron en su tiempo biógrafos propiamente dichos. Si acaso se escribió acerca de algo muy puntual en relación con alguna de ellas o se relataba algo que habían hecho o padecido para ejemplo o escarmiento de otros, pero nunca en relación con ellas mismas. Es por ello que no contamos con biografías de doña María Coronel, especialmente, como desearíamos, por parte de algún coetáneo y lo que de ella podamos saber proviene de sus propios escritos, que si bien tendrán el mérito de venir de una fuente de primera mano, también adolecerán de la falta de datos que interesan en una biografía, ya que estos los recopiló una mujer dedicada a la vida religiosa y fue una mística cuyos intereses eran muy distintos de los que puedan atraer al estudioso de hoy en día. No obstante, con la ayuda de su correspondencia y sus propias notas, intentaremos rehacer su vida o al menos resaltar la importancia que esta monja tuvo en la historia de España.


María Coronel, la monja de Ágreda

En cierto modo se puede decir que lo maravilloso rodea y trasciende la vida de María Coronel, ella ve la mano de Dios en todo y él transforma ese todo de modo que lo divino se hace casero, diario. Ella conoce a un Dios personal que está atento a sus criaturas y escucha sus quejas y peticiones. Gracias a esta fe sencilla todo se diviniza y se transforma, cada suceso se convierte en una manifestación de la voluntad de ese a quien ella invoca, e incluso una respuesta directa a las oraciones de los fieles.


Detalle de La Creación. Capilla Sixtina. Vaticano.

Cuenta doña María Coronel que su padre, Francisco Coronel, cuando mozo, se acercaba a Yanguas para pedir a la Virgen de los Milagros «que le diera una mujer con quien tomar estado, virtuosa y temerosa de Dios y de buena sangre, aunque fuese pobre. También y al mismo tiempo puso en el corazón de mi madre los mismos pensamientos devotos de acudir a Nuestra Señora de los Milagros». Tenía la madre de María Coronel, doña Catalina de Arana, una hermana y tanto una como la otra estuvieron a punto de casarse con hombres ricos y de buena posición, aunque de «poca limpieza de sangre por intercesión de la Santísima Virgen terminaron casándose las dos hermanas (que eran huérfanas) con dos hermanos también huérfanos».

Un expediente de limpieza de sangre positivo exigía que, por lo menos, los padres, abuelos y bisabuelos no tuvieran sangre de moro, ni judío, aunque fuera converso; ni que alguno de aquellos antepasados hubiere estado sentenciado por el Santo Oficio. Se empezaron a exigir los expedientes de limpieza de sangre en los inicios del siglo XVI cuando el cardenal Silíceo los introdujo para evitar que la Iglesia se permease de falsos conversos, pues los grandes personajes (nobles) que ocupaban todos los oficios importantes dentro de las jerarquías eclesiásticas tenían casi siempre sangre judía o mora y llegaron a despreciar a Silíceo, que era de origen humilde. Él, en cambio, era de una familia en donde no habían existido moros ni judíos: en pocas palabras, era cristiano viejo, y exigió que todos los que quisiesen ocupar cargos en la Iglesia probasen ser, asimismo, cristianos viejos. Luego se extendió esta nueva práctica a otros oficios y cargos hasta hacerse general.

Del matrimonio de Catalina y Francisco nacieron once hijos, los cuales, según sucedía en la época, murieron casi todos en edad temprana. Tan solo sobrevivieron cuatro, todos devotos como sus padres, en una casa en donde incluso los criados rezaban varias horas al día. Aparte de esta piedad, la casa debió de haber sido tranquila y bien avenida, pues según María en ella jamás «ni riñas, ni discordias, ni alborotos, ni enojos se oyeron».

Así pues, por lo que sabemos, porque ella lo relata, nació en el seno de una familia noble (los Coronel, aunque pobres, lo fueron siempre a lo largo de la historia) y profundamente piadosa. Doña Catalina, la madre, debió de haber sido mujer de decisiones fuertes y carácter templado, pues sor María de Jesús dice que fue ella la que convenció a la familia de que se apartasen del mundo y viviesen una vida conventual. Adujo la piadosa señora haber tenido una revelación del Altísimo y por esa razón, el 13 de enero de 1619, se fundó en su misma casa un convento de la Concepción, de la rama recoleta o descalza. La joven María Coronel contaba a la sazón diecisiete años.

La figura de la madre es muy importante en la vida de María Coronel, tanto que los estudiosos de ella opinan que la figura del padre queda desdibujada por comparación con la de doña Catalina. No había tenido una educación demasiado esmerada, aunque su hija nos puntualiza que «sabía un poco leer, con lo que se consolaba». Suponemos que leería principalmente lecturas pías, vidas de santos y libros de meditación como lo hacían las personas piadosas de la época.

Estaba un día doña Catalina haciendo oración cuando el Señor le manifestó su voluntad de que ella fundase un monasterio en el que había de profesar. Quedó más convencida de la veracidad de su inspiración cuando al ir a comentar con su confesor lo que le había sucedido, él le manifestó que ya sabía de qué quería hablarle, pues el Señor también se lo había dicho a él. Convencida de la perfección de su voluntad, que para ella no era otra que la de Dios, se lo manifestó a su esposo. Él, al principio, se opuso, pues juzgó un disparate deshacerse de toda su herencia y patrimonio para fundar un monasterio, los cuales por otra parte ya sobraban en la sociedad del siglo XVII, tanto era así que la misma Iglesia había prohibido la fundación de ninguno nuevo, sobre todo de mujeres. Además, arguyó el bueno de don Francisco que él tenía ya sesenta años y que padecía de una enfermedad crónica que se le manifestaba con dolores de estómago que no le daban tregua ni de día ni de noche.

Pero Catalina era porfiada y al fin convenció a su esposo de la necesidad de cumplir el mandato divino e incluso, finalmente, contó con la aprobación eclesiástica de modo que el 13 de enero de 1619 profesaron en el convento de la Concepción —que había sido su propia casa— la madre y las dos hijas: María y Jerónima. En cuanto a los varones de la casa, los dos hijos mayores habían profesado ya en la orden franciscana y hasta el padre, don Francisco Coronel, lo hizo como simple hermano lego el 24 de enero de 1619 en el convento de San Antonio de Nalda.

Muy pronto la joven María se hizo notar en la vida conventual por su especial modo de vida austero y ascético. En 1620 tomó sus hábitos definitivos y empezó una vida de piedad que la llevaron a tener arrobos místicos.

Como era una mujer activa no se contentó con estas muestras piadosas que le hubiesen dado fama de santidad, al menos en su entorno, sino que se dedicó a fundar otras casas piadosas en donde se podía, y debía, servir y adorar al Señor. Quizá era la labor fundacional una de las pocas actividades más allá de las puramente domésticas y piadosas que se les permitía a las mujeres, y muchas mujeres con empuje se concentraron en esta labor, con gran éxito en la mejora de las costumbres. Sin educación especialmente esmerada, sor María de Jesús empezó a mostrar una altura mística que ella misma atribuía a inspiración divina: «se constituyó el Altísimo por mi maestro, norte y guía». Reconoce que todo su conocimiento le viene de Dios, gracias a él, confiesa, pudo escribir su obra máxima: La mística ciudad de Dios.


La mística ciudad de Dios de sor María de Jesús de Ágreda

En todo caso, sor María amaba la escritura. Empezó con su obra a los veintiún años, fue siempre fiel a la ortodoxia de la Contrarreforma teñida con un fuerte sentimiento inmaculista. En su libro reivindica la figura de María sobre todo bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, tema repetido y amado por las místicas y religiosas españolas, tales como Isabel de Villena y Beatriz de Silva, notable dama que fundó la orden concepcionista a principios del siglo XVI.

Para acceder al mundo de la creación, María Coronel recurre al tópico de presentarse ella misma como una pobre mujer a quien Dios le ha ordenado escribir. Atribuye su conocimiento a la ciencia infusa antes que confesar, o creer ella misma, que su obra es enteramente suya, fruto de sus meditaciones y de su fe. Aparece como una escritura por mandato y no fruto de su orgullo o de su sapiencia. No intenta, no debe intentar, irrumpir en un mundo exclusivamente masculino: el de la creación y el de la teología.

En su libro se alternan los capítulos dedicados a la vida de la Virgen con otros dedicados a la reflexión sobre la figura de María Inmaculada. Reivindica la figura de María como Corredentora del género humano por su participación en los misterios de la Encarnación y de la Redención. Trae a colación una puesta al día de la genealogía femenina de Cristo y la importancia de la Madre del Redentor, casi olvidada en el Nuevo Testamento.

Este libro reavivó la polémica sobre la Inmaculada Concepción y mereció la atención de la Inquisición, tanto es así que en 1681 fue incluido en el Índice de Libros Prohibidos. Ya por sus arrobamientos y misticismo había sido observada por la Inquisición desde 1635 y su producción escrita solo vino a añadir más leña al fuego.

En todo caso la fama de la monja creció rápidamente y en 1627 fue nombrada prelada de la comunidad, aunque para ello necesitó dispensa papal porque solo tenía veinticinco años y se pedía más edad y experiencia para ser la superiora de un monasterio concepcionista. Con gran ímpetu, María de Jesús emprendió la construcción de una nueva casa, la cual vio terminada seis años más tarde en 1633. De esta casa salieron monjas que a su vez fundaron otros establecimientos piadosos: el de la Concepción en Borja y el de Tafalla.

En general las paredes del convento significaban para la mujer un ámbito de independencia en donde podían dedicarse a menesteres que les satisfacían a ellas y no a la familia o la sociedad. En este ámbito se hallaba a gusto nuestra monja y ella dio rienda suelta a sus experiencias místicas, como ya hemos explicado, en forma literaria, la cual a su vez le llevó a una maduración espiritual.

Satisfizo su vocación literaria en variados modos, no solo mediante sus tratados espirituales, sino también en una copiosa correspondencia que la avalan como una escritora de primera línea. Por otro lado sus epístolas le permitieron influir en la sociedad de su tiempo, pues mantuvo activa correspondencia con personajes de la mayor importancia, como don Francisco y don Fernando de Borja, lo cual, a pesar de su encierro monacal, le permitió tener un gran campo de acción social, pero sin duda la correspondencia más interesante y la que más influyó en la vida de otros fue la que sostuvo durante largos años con el rey de las Españas, don Felipe IV. Esta relación epistolar se inició el 4 de octubre de 1643 y se mantuvo durante veintidós años, hasta la muerte de ambos.


La primera parte de La ciudad mística de Dios la escribió entre 1636 y 1643, y la segunda la comenzó el 8 de diciembre de 1655 y la acabó el 6 de mayo de 1660

Don Francisco de Borja y Aragón nació en 1582 probablemente en Italia. Descendiente de los reyes de Aragón, caballero de la Orden de Montesa, gentilhombre de cámara de Felipe III, amigo de los Argensola, poeta y príncipe de Esquilache él mismo por su matrimonio con doña Ana de Borja. En 1614 fue nombrado virrey del Perú. Durante su mandato fundó el Colegio del Príncipe para Indios Nobles y el de San Francisco de Borja para Hijos de Conquistadores, mejoró las defensas, reprimió los abusos de los corregidores e impulsó la vida cultural desde su palacio virreinal. Regresó a España en 1632. Fue una de las personas con las que sostuvo correspondencia la monja de Ágreda y uno de los que la mantuvieron informada de los sucesos y personajes de la Corte. Falleció en Madrid en 1658.

El 17 de enero de 1643 Felipe IV otorgó al conde-duque de Olivares el descanso que él le había pedido, pero se lo otorgó con la idea de volver a utilizar sus servicios si la real persona lo necesitase más adelante. De momento no pensaba llamar a ningún otro valido ni ayudarse de ningún favorito, más bien parece que su intención era gobernar por sí mismo con la cooperación normal de sus consejos. El 24 de enero se le comunicó al Consejo de la Cámara el cese del conde-duque y su salida de Madrid.

Si bien Felipe IV había sido sincero en su intención de gobernar por sí mismo, pronto llegó a la conclusión de que sin ayuda de otro u otros no le sería posible. Por ello, muy pronto, aunque sin reconocerlo como tal, tomó como valido al discreto don Luis de Haro, sobrino del conde-duque, y como este pareció no bastarle, buscó, quizá, ayuda divina en las palabras y consejos de una monja cuya fama de santa se extendía por el reino, pero que al ser monja era necesariamente inexperta. Primero decidió conocerla personalmente y luego se decidió a escribirla y le ordenó que le contestase por ver si su reconocida santidad podía ayudarle a él, cuyas culpas, sentía, eran la razón de las desgracias de la nación; sobre todo en relación con los pecados de la carne, ante los que se reconocía sumamente débil.


Retrato de Felipe IV, Velázquez. National Gallery of London.

El rey, como hijo de su tiempo, era intensamente piadoso y pensaba que la santa señora intercedería ante Dios por él y por la corona de España. «Os encargo que me ayudéis con vuestras oraciones a defenderme de mí mismo y de esta flaca naturaleza, pues sin duda la temo más que a todos los enemigos que aprietan a la Corona…». El profesor Aguado Bleye dice que sor María de Jesús fue no solo consejera espiritual, sino política, le aconsejaba en la corrección de costumbres, en la preparación de los ejércitos, en la designación de capitanes, y hasta en la misma táctica guerrera. Sor María daba al rey la certeza de que sus consejos se los revelaba Dios por medio de la Virgen, quien se le había aparecido en diversas ocasiones.

Sor María de Jesús recordaba así el inicio de su correspondencia: «Pasó por este lugar y entró en nuestro convento el Rey nuestro señor, a 10 de julio de 1643, y dejóme mandado que le escribiese; y obedecile, y en seis o siete cartas le dije que oyese a los siervos de Dios y atendiese a la Voluntad divina…».

Deseaba el rey que la correspondencia fuera, si no totalmente secreta, al menos confidencial, y así se lo manifestó a la monja de Ágreda. Y para asegurarse de ello le mandó sus instrucciones imperativas de cómo debía realizarse el intercambio de misivas «para hablar en la forma que puedo o hablar en la forma que lo permite la distancia». Hacía bien el rey en preocuparse, pues si sus cartas caían en manos interesadas, podían ser manipuladas con consecuencias impensables. «Escriboos en media margen porque la respuesta vuestra venga en este mismo papel y os encargo y mando que esto no pase de vos a nadie…». La correspondencia, en último término, no era de igual a igual, el rey escribía y preguntaba y ella debía responderle y no tomar iniciativa, aunque con el tiempo su contacto vía correo fue desembocando en una auténtica amistad. En 1647 el rey escribió, con cierta tristeza: «Espero que me habéis de hacer oficio de buena amiga…». Ella también, imperceptiblemente, cambió su tono y le habla con cariño: «Ea, señor mío de mi alma, dilate el ánimo Su Majestad…».

La correspondencia era privada pero no libre, había una gran ausencia de nombres propios, sobre todo cuando se hablaba de personajes de la Corte, como quien habla y teme que lo escuchen. Cuando era necesario enviar algún documento para entender un asunto en particular, ello se hacía por correo aparte, de modo que nadie pudiese tener todos los cabos del acertijo. Más de seiscientas cartas constituyen el cuerpo de la correspondencia entre la monja de Ágreda y Felipe IV.

Seguramente la monja quedó sobrecogida al serle pedida de parte del rey una correspondencia cuasisecreta en la que le pediría apoyo y oraciones: «Señor, agradecida quiero vencer el encogimiento y valerme del permiso de Vuestra Majestad…». En aquellos momentos era imprescindible que la Flota de Indias llegase incólume a puerto, pues las entradas de numerario dependían en gran parte de la feliz venida de los barcos con las remesas de oro y plata. ¿Había el soberano manifestado su preocupación sobre ese asunto? ¿Le había pedido sus oraciones en este sentido? Seguramente. Ella escribe en la misma carta: «Del buen suceso de la flota y todo lo demás de Vuestra Majestad me dejó mandado, quedo atenta, y puesta a los pies del Altísimo se lo pediré…».

La flota llegó bien, fuese por las súplicas de la buena monja o porque los piratas no se esmeraron en los ataques. Gracias a esta feliz llegada de los barcos pudieron ser pagados veinte mil hombres que eran necesarios en la frontera de Aragón y Cataluña, luego el rey partió para Aragón y dejó el Gobierno en manos de su esposa.

Hacía poco que había sucedido el desastre de Rocroi en donde se perdieron ocho mil hombres, se dejaron en manos enemigas seis mil prisioneros, veinticuatro piezas de artillería, doscientas banderas y sesenta estandartes. Con todo, lo peor había sido la pérdida de la fama de invencibles de la que gozaban en toda Europa los Tercios de España. Nuevamente optimista el rey partió al frente del norte de España, pero ello le obligaba a dejar sin respuesta el levantamiento en la frontera con Portugal.

El ejército de Cataluña estaba tan desmoralizado que se pudo comprobar su estado en la vergonzosa acción de Fli (1643), pero cuando tomó su mando don Felipe de Silva las cosas comenzaron a cambiar. El animoso Felipe IV marchó hasta Fraga, casi en la línea de fuego pues Silva había recuperado ya Monzón, estaba sitiando a Lérida (marzo, 1644). La plaza, estrechamente sitiada resistió durante cuatro meses hasta que capituló el 6 de agosto de 1644. Al día siguiente entró el rey en Lérida entre las aclamaciones del pueblo, don Felipe juró respetar los fueros catalanes, lo que indujo a que obedeciesen al rey pueblos tan importantes como Solsona, Ager y Agramunt.

Los franceses, buscando una compensación por las pérdidas de Monzón y Lérida, intentaron apoderarse de Tarragona, pero todo terminó favorablemente para los españoles. La campaña comenzó con poca fortuna para España. El virrey francés de Cataluña había llegado con tropas de refresco y su primer objetivo fue la plaza de Rosas, el defensor de la ciudad se rindió a los dos meses y medio, injustificadamente, y fue preso primero en Valencia y luego en Madrid. Entonces el virrey francés avanzó por tierras catalanas hasta cerca de Balaguer y las tropas españolas se dispersaron vergonzosamente.

El virrey catalán no siguió adelante porque fue informado de que una conspiración en Barcelona iba a entregar la ciudad a los españoles; todos los conspiradores fueron condenados a muerte. En vista de los malos resultados obtenidos, Felipe abandonó el frente y se dirigió a Zaragoza, pues las cortes aragonesas, valencianas y castellanas estaban convocadas. Estuvo en Zaragoza del 20 de septiembre al 3 de noviembre, en Valencia del 13 de noviembre hasta el 4 de diciembre y llegó a Madrid, donde se abrieron las Cortes el 22 de febrero de 1646.

No perdió tiempo en comunicar todos estos sucesos a la monja de Ágreda. En Aragón habían jurado al príncipe Baltasar Carlos y ella le contestó al recibir la noticia: «Prospérala el Altísimo y la del príncipe Nuestro Señor. Heme consolado de que le hayan jurado en Aragón, que deseaba se concluyese».

Pero entre guerra y guerra muchas otras cosas habían sucedido, las cuales habían generado mucha correspondencia entre don Felipe y doña María Coronel.

En el año de 1644 tuvo la monja noticias, a través de su amigo don Fernando de Borja, de la enfermedad de la reina doña Isabel de Borbón. Vista la gravedad de la señora, le suplicaba que rezase por ella, cosa que ella confiesa hizo de todo corazón:

Hice esta diligencia con todo cuidado […] y al fin, agravándose su enfermedad, llegó su dichosa muerte, que fue Jueves a seis de octubre.

El sábado siguiente, estando en maitines, a medianoche, vi como si la tierra se dividiera. Se me manifestó una profunda caverna y muy dilatada, llena de fuego en que estaban padeciendo muchas almas, y saliendo una de ellas se llegó a mí y me dijo:

—Madre María, vengo a pedirte limosna.

Conocí que era el alma de la Reina, de cuya muerte no había podido haber aviso desde Madrid, y nada sabía entonces.

—¿Pues cómo una tan gran Reina pide limosna a una pobre como yo? Respondióme diciendo

—Pídotela por que los poderosos y ricos del mundo somos de ordinario los más pobres en la otra vid y es gran dicha que lleguemos a las puertas de los que profesan la virtud y la religión…

Texto procedente de un documento

de Santo Domingo de la Calzada.

Notad que el alma de la reina tutea a la monja. El tuteo se hacía esencialmente entre iguales, mientras el vos era expresión de respeto y diferencia social. El mismo trato tiene la monja con el alma del príncipe Baltasar Carlos. Ya advertimos que este tipo de escritos no se confiaron a una correspondencia regular, por lo tanto no se hallan archivados con el resto de las cartas.

En el curso de los diez días siguientes, confesó la monja que la reina se le apareció varias veces insistiendo en que necesitaba plegarias. Ella no se atrevía a creer las visiones y como su confesor estaba ausente se abstuvo de decir nada a nadie. Por fin llegó el confesor y llegaron noticias ciertas de que la reina había muerto el día de la primera aparición.

Llegó el día de las ánimas, de este año de 1645, y estando aquella noche en los maitines […] se me manifestó el purgatorio con gran multitud de almas que estaban padeciendo […] conocí muchas y a la de la Reina. […] Conocí luego que el alma de la Reina estaba próxima a salir, pidióme que la ayudase para ver ese día dichoso para ella […] Ese día pedí a las religiosas una limosna (oraciones) para ella. Y llegada la noche al tiempo que me iba a recoger ví algunos ángeles en la celda, con grande hermosura y que iban como de paso. Pregúnteles a donde y a qué iban y me respondieron que iban al purgatorio a sacar de él el alma de la Reina…

Probablemente el rey fue informado por medio de documento aparte de estas nuevas, pero no figura en la correspondencia ordinaria noticia alguna sobre hecho tan singular. Ellos, con toda seguridad, comentaban estos hechos sobrenaturales, y el hombre piadoso que era don Felipe encontraría, de seguro, gran consuelo y aliento al saber que su esposa ya estaba en el Cielo. El 17 de junio de 1646, desde Zaragoza, escribió don Felipe a la monja: «Si no viera yo los trabajos que me envía Nuestro Señor son avisos Suyos […] para ir asegurando mi salvación, con dificultad se pudieran tolerar; particularmente este de la pérdida de mi hermana […]». Se refiere el soberano a la infanta María, nacida el 18 de agosto de 1606, la cual había contraído matrimonio con su primo Fernando y fue reina de Hungría y emperatriz de Alemania. Murió en Linz el 13 de mayo de 1646. Sigue la carta: «… y tengo casi por infalible que está gozando de Dios y que ha llegado a alcanzar el descanso eterno […]». Luego continúa su misiva comentando con su corresponsal las nuevas de índole política:

De Lérida no hay novedad, el enemigo se está quieto y los dentro están de buen ánimo, pero si Nuestro Señor no dispone el socorro de esta plaza como dispuso (antes) su conquista […] se vendrá a perder […] estoy muy cierto que vos apretaréis en la materia (que rezaréis) pues al parecer se puede tener la petición por justa […] Estas Cortes […] no han de conceder a tiempo el servicio (el dinero) que se les pide solo para su propia defensa. De la Armada tengo aviso de que partió de Mahón, […] tengo gran esperanza han de ser felices los sucesos. Vos se lo pedid así a Dios nuestro Señor. Mi hijo se ha holgado mucho con vuestra carta y yo os respondo lo que va aquí.

De todo ello respondió la monja de Ágreda, a vuelta de correo. Contaban con postas especiales entre ambos. Solo dos días más tarde salió la carta de sor María de Jesús: «Señor: Todos los trabajos que nos envía Dios de su mano son beneficiosos […] yo tengo grande confianza que la Señora Emperatriz y las demás prendas que S.M. tiene en el cielo […]».

La monja de Ágreda daba por supuesto que la reina (que ya había fallecido) estaba en el cielo, en sus sueños la veía gloriosa quizá para consolar al piadoso Felipe, cuya hermana, junto con otros parientes y deudos (prendas) está en el cielo, cosa que interesaba al rey sobre todas las otras cosas. En cuanto al asunto del cerco a Lérida:

Grande ansia tengo de que todo se ajuste y el ejército se anime para socorrer a Lérida antes de que el enemigo se fortifique más; […] lloraré por ella en la presencia del Señor.

De la Armada tengo gran memoria, quiera el Altísimo darle buen suceso, y al príncipe N. S. larga vida […]

Desgraciadamente para el infeliz padre y para España, no quiso Dios darle larga vida al príncipe.

Del Rey. Zaragoza, 7 de octubre de 1646:

Ayer recibí vuestra carta, pero os confieso que no me hallo en estado de poder responderos ahora a ella, pues me tiene Nuestro Señor en estado que hago mucho en estar vivo. Desde ayer acá tengo a mi hijo muy apretado de una gran calentura; empezóle con grandes dolores del cuerpo que le duraron todo ayer, y hoy está delirando todo el día, y llegamos a estar en estado que deseamos pare en viruelas esta borrasca, para lo cual dicen los médicos que hay algunas señales […].

Ahora es tiempo, Sor María, en que se luzga la amistad; espero que vuestras oraciones y peticiones me han de librar deste cuidado. Pero si acaso la divina justicia ha dado ya la sentencia, os pido que en este lance ayudéis a mijo para que acierte en lo que tanto le importa, y a mí para que tenga fuerzas para llevar este golpe. Yo, el Rey.

No hallamos la respuesta de la monja de Ágreda, seguramente ni le dio tiempo de responder cuando ya otra misiva real llegó a sus manos:

Zaragoza, 10 de octubre de 1646

Pues no movieron el ánimo de Nuestro Señor las peticiones que se le hicieron por la salud de mi hijo, que ya goza de Su gloria, no le debió convenir ni a él ni a nosotros […] Anoche, entre ocho y nueve, expiró, rendido en cuatro días a la más violenta enfermedad que dicen los médicos han visto nunca.

Como don Felipe era cristiano fervoroso le preocupaba sobre todas las cosas la salvación del alma de su hijo, por ello en medio de su tristeza añade en su carta:

Lo que me tiene con gran aliento en medio de la pena es que […] ayer por la mañana estuviese por más de una hora tan quieto y sosegado que pudo confesarse y reconciliarse tres o cuatro veces a satisfacción de su confesor […].

Yo quedo en el estado que podéis juzgar, pues he perdido un solo hijo que tenía [...] Todo lo que podía he hecho para ofrecer a Dios este golpe, que os confieso me tiene traspasado el corazón […] Sor María, encomendadme muy de veras a Nuestro Señor, que me veo muy afligido y he menester consuelo. Yo el Rey.

Sin duda todo este intercambio de intimidades y de tristezas del alma llevaron a ambos a una creciente amistad y a valorar al otro también en su lado humano. Llevado por su tragedia, el padre clama: «Os confieso que me tiene traspasado el corazón. [...] me veo muy afligido y he menester consuelo». Y María Coronel le contestó el 12 de octubre, apenas recibida la carta del rey:

… No considere S. M. a su hijo muerto o ausente para siempre, si no trasladado a aquella patria celestial donde no hay llanto, clamor, angustia, ni dolor. Ha ido a donde S.M. desea ir [...] Y luego añade en un impulso de su corazón y quisieran que todos los golpes de la pena dieran en mi y que no tocara a S. M.

—En la Concepción Descalza de Ágreda. Besa la Mano de V. M., su menor sierva. Sor María de Jesús.

Ya se había aparecido el espíritu de la reina Isabel de Borbón la cual le había pedido oraciones para salir del purgatorio. Entre tantas preocupaciones que tenía el rey en esos años, al menos tuvo el consuelo de que la monja le pudiera confirmar la salvación eterna de su hijo. Le había mandado el rey que pusiera por escrito la relación de la enfermedad y muerte del príncipe Baltasar Carlos, tal y como él se lo había contado, cosa que obedeció sor María de Jesús. Curiosamente en el relato de la muerte del heredero intercala unos comentarios acerca de que ella ya sabía que alguna terrible desgracia iba a acaecer en el reino:

[…] y por espacio de un mes que precedió a la muerte del príncipe, tuve conocimiento de que amenazaba a estos reinos y monarquía un nuevo azote y castigo muy sensible para todos sus vasallos… [con estas noticias] …quedé despavorida, contristada y llena de discursos temerosos… sin saber adonde caería o a quién heriría (el castigo divino). En esta ocasión se disponía el socorro de Lérida, que había cuatro o cinco meses que estaba sitiada por los franceses y discurría sobre la importancia de la pérdida (de esa ciudad) y llegué a temer que se perdiese y si ese era el castigo que nos amenazaba.

[Entonces clamaba] al Todopoderoso por que nos diese victoria y felices sucesos a las armas de Su Majestad y una paz universal […] y que nos castigase con otro azote que no fuese ocasión de perderse tantas almas… me manifestó el Señor muchos secretos del estado de estos reinos… que vendría por esto otro azote que tocaría en las personas reales porque así convenía.

Tuve ese aviso el 6 de octubre después de la comunión y fue ese mismo día que sobrevino al príncipe la enfermedad…

Al final de una larga disertación en que describe cómo tuvo múltiples visiones del príncipe y de su ángel de la guarda, llega al día en que se le manifestó el alma de Baltasar Carlos en la beatitud de la gloria, el cual le habló largo y tendido sobre muchos asuntos y sobre todo sobre la conveniencia de que el rey gobernase por sí mismo. En esto coincidía el alma del difunto con el parecer de la monja de Ágreda, parecer que ella ya había manifestado al rey desde luengo tiempo ha.

En todo momento, sor María de Jesús vio con malos ojos el valimiento de Haro. Incluso en los primeros tiempos, cuando el conde-duque aún vivía, aunque retirado en Loeches y ajeno a las responsabilidades que antes tuvo, supo la monja que la esposa de don Gaspar, doña Inés de Zúñiga, aún continuaba siendo dama de la reina y por ello escribió al soberano:

[…] y como tan apriesa no se ven los buenos sucesos y aciertos, paréceles que gobierna quien gobernó antes, pues han de favorecer los que están a la vista de Vuestra Majestad al que los puso en ella, y también la carne y la sangre hacen su oficio; y no fuese desacertado dar una prudente satisfacción al mundo que la pide, porque Su Majestad necesita de él.

Dicho en román paladino la monja aconsejaba a don Felipe que se retirase de la Corte a doña Inés de Zúñiga porque la gente creía que a través de ella seguía gobernando quien gobernó antes. Acertado sería, dice ella, dar satisfacción a los que la quieren lejos. Siguió don Felipe el consejo de su valida en la sombra y alejó a doña Inés a principios del mes siguiente con toda discreción, habiendo escrito a la monja respecto a ello que saldría la dama «apriesa, tan sin ruido y con tanto secreto…».

Ahora, el alma misma de Baltasar Carlos venía a incidir en esto, que su padre gobernase solo, conminando a la monja:

Adviértele pues, con instancia y cuidado, que vuelva sobre sí y se levante y desahogue, desembarazándose de estas cadenas… aunque sea a costa de grandes trabajos y sacudiendo de sí a todos…

De las emulaciones y envidias que tienen en palacio sobre quien alcanzará más la voluntad y gracia del Rey, se disgusta el Altísimo… porque buscan sus fines y comodidades ambiciosas y por conseguirlas y conservarlas proceden injustamente en la justicia distributiva y en la equidad del gobierno… Para atajar estos y otros males […] Dios dará a conocer a mi padre le conviene que con ninguno se particularice ni se señale para el gobierno, porque alzarse alguno con él es causa de muchos desórdenes.

Es en este tipo de manifestaciones cuando podemos ver la intención de la monja de Ágreda de influir en la voluntad del rey, bien que no lo hace motu proprio, sino que lo manifiesta por ser voluntad divina o haberle sido manifestado por las almas benditas. La monja no suele decir directamente qué se debería hacer o no respecto a asuntos de gobierno, sino que más bien manifiesta intereses de orden general como que reza constantemente a Dios para que «el ejército se aplique con toda diligencia en el rescate de Lérida» o cosas similares.

La situación en España era difícil y a veces crítica. Sin duda el rey no podía confesar sus dudas y temores a muchas personas, el mismo sentido de la dignidad real se lo prohibía, pero durante toda la correspondencia y a lo largo de más de veinte años, una y otra vez, con gran ingenuidad se permitía confesar sus penas y miedos a sor María de Jesús y pedirle sus oraciones para ayudarle, casi como si invocase a un cirineo. Con estas expansiones el soberano debió de hallar algún consuelo y desahogo, aunque una sombra de desconfianza no lo abandonó, pues una y otra vez le recomendaba todo sigilo y reserva. Ella no solo levanta el espíritu apocado de don Felipe, sino que le habla constantemente de perfección espiritual y con sentido común le hablaba a veces de arduos problemas de Estado. Ella no es aguda conocedora de la política y su mérito, si es que lo queremos buscar, es que su obra consiste en hacer llegar al rey la voz del pueblo o lo que cualquier persona con buen sentido y cordura opinaría. El rey no siempre hacía caso de lo que ella decía, aunque la escuchaba con paciencia y muchas veces atendió sus sugerencias. Por ejemplo, a las sugerencias de que «le conviene que con ninguno se particularice ni se señale para el gobierno» él contestó con cierto pesar y como disculpándose, aunque obviamente sin intención de seguir las indicaciones que le hacía el alma de su hijo:

Este modo de Gobierno ha corrido en todas cuantas Monarquías, así antiguas como modernas, ha habido en todos los tiempos, pues ninguno ha dejado de haber un ministro principal o criado confidente [y se excusa] porque ellos no pueden por sí solos obrar todo lo necesario […] no es lícito [a la dignidad real] andar de casa en casa de ministros y secretarios por ver si ejecutan con puntualidad lo que les mandan…

Carta CXIV del rey. Madrid, 30 de enero de 1647.

Cuando en la guerra de Cataluña a punto estuvo don Felipe de indisponerse con Aragón por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, la monja de Ágreda le aconsejó con gran prudencia que evitase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverlo con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». En todo caso, explica don Felipe a su destinataria que él, aunque tenga valido no por eso deja de trabajar todo lo que su cuerpo le permite:

Yo, Sor María, no rehúso trabajo alguno, pues, como todos pueden decir, estoy continuamente sentado en esta silla con los papeles y la pluma en la mano, viendo y pasando por ella todas cuantas consultas se me hacen en esta Corte y los Despachos que vienen de fuera, resolviéndolas más materias allí inmediatamente, procurando se ajuste el dictamen que tengo por más ajustado a la razón. Otros negocios de mayor peso me piden más inspección…

Sin querer otorgarle dotes de mujer sagaz en asuntos internacionales, la monja en política exterior estaba claramente a favor de la paz. Pero en realidad ello es solo muestra de su sentido común, de sabiduría popular, pues el pueblo siempre prefiere la paz a la guerra y ve más inconvenientes en las hostilidades que los dirigentes que a veces se ven literalmente obligados a defender algo. Durante las negociaciones de la paz en Münster y Osnabruck que habían de culminar en la Paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para concentrarse en el problema de Portugal. «En las materias generales no hay nada nuevo. El emperador y el Imperio han hecho la Paz con Francia, harto trabajosa, y al parecer poco durable, dejándome a mí fuera y con todos los enemigos a cuestas» (CCI. Del rey a sor María, 8 de diciembre de 1648). El rey se lo comunica a la monja, pues conoce su interés por la paz, aunque le advierte que parece «poco durable». La Paz de Westfalia significó el fin de la guerra de los Treinta Años, y España hubo de reconocer la independencia de Holanda.

Decidida como estaba a contribuir en la paz que tanto deseaba con el vecino país, optó por escribir al papa Alejandro VII para solicitar su mediación entre los príncipes cristianos. Esta petición se inscribe en la mejor tradición medieval, cuando las autoridades religiosas fueron imponiendo obligaciones tales como la tregua de Dios o respetar la sagrera (treinta pasos alrededor de las iglesias), en donde no se podía combatir ni tomar preso a nadie, aunque fuese un maleante. El papa no vio con malos ojos la recomendación de la monja, aunque tampoco se puede decir que actuase en consecuencia. En todo caso, la mayoría de los estudiosos de esta interesante mujer están de acuerdo en que no conviene suponer demasiado grande el alcance efectivo de su influencia; sus consejos, cuando no brotan del buen sentido popular, son lugares comunes, tanto en política, como en teología o moral y que el rey hubiese podido escuchar de cualquier otra persona, si hubiese escuchado a cualquier otra, pero el caso es que él oía (leía) con atención solo a sor María de Jesús, fuera de su valido, sus ministros y consejeros de oficio.

La guerra con Cataluña, que tanto había importado a la monja, después de varios años de batallas y asedios en que se perdían o ganaban plazas, terminó en el año 1659, año de la paz; pero ya desde 1648 el Gobierno decidió afrontar con decisión la lucha portuguesa. Al frente de los ejércitos estaba el marqués de Leganés, opción que resultó no muy acertada, quizá porque no había mucho en donde escoger en cuanto a generales, el 29 de julio de 1648, el rey escribió a sor María:

[…] cuando Dios quiere castigar a una monarquía le quita los medios humanos; estos son ministros, así militares como políticos que la gobiernen, pues el Rey, sin ellos, no puede acudir a todo, ni hay medios con que sustentar los ejércitos. Esto ha obrado con nosotros, pues hallamos con solas dos cabezas militares de primera clase en España…

El 8 de noviembre se desposó Felipe IV con su sobrina la archiduquesa de Austria y enseguida (el 29 de diciembre) se lo comunicó a la monja:

Ya he tenido aviso que se celebró mi desposorio a 8 del pasado y que a 13 partió mi sobrina, pero hasta abril no se podrá embarcar, por no aventurar tal prenda en el invierno y en el mar. Espero en Dios estará por mayo en mi compañía; vos le pedid que la de buen viaje y que se sirva bendecir este nuevo matrimonio, para que de él se vean los efectos que le pedimos y deseamos…

Era asunto de la mayor importancia que Felipe tuviese un heredero, pues no lo había varón y el rey ya no era joven.

De sor María, 8 de enero de 1649:

[…] doy a V.M. gozosísimas enhorabuenas de haberse efectuado su desposorio de V.M. con la Reina nuestra señora, buen día ha sido para mí que ha traído tan gran nueva. Suplicaré al Todopoderoso con veras y afecto que conceda muchas bendiciones a Su diestra a este matrimonio y dé feliz jornada a la Reina nuestra señora…

Es como un intercambio de felices noticias entre dos amigos más que de cumplidos entre un vasallo y su señor.

Las cosas no iban bien, en 1650 la peste se presentó sobre todo en Andalucía, lo que produjo gran mortandad, las grandes deudas y los gastos inherentes a todas las guerras llevaron al Estado al borde de la quiebra, se reselló la moneda de plata por varias veces su valor o se fundió añadiéndole cobre y luego se puso en circulación una enorme masa dineraria con poca plata, pero con el mismo valor que tenía antes. Naturalmente esto produjo un alza inmediata de precios y luego deflaciones catastróficas. Todo ello afectó violentamente a productos de subsistencia, como la sal, el pan y otros. En mayo de 1652 las revueltas fueron generales en Andalucía. En Córdoba estalló un motín popular y a los pocos días se repitió en Sevilla. Se pedía la baja de la moneda de vellón y de los tributos. El estado de las cosas se reflejó en una carta del rey a la monja:


Hospital de las Cinco Llagas en pleno brote de peste en el siglo XVII (Sevilla)

[…] el alboroto de Córdoba se sosegó por la infinita misericordia de Nuestro Señor, […] el miércoles 22 deste se alteró el pueblo de Sevilla con gran furia. Llegaron a innovar la moneda y a bajar los tributos […] el regente ordenó que se diera un pregón anunciando la baja de la moneda y la supresión de los millones…

Sor María, aun dentro del convento, comprendía a los alborotadores. El 1 de junio de 1652 escribió: «[…] Heme sosegado mucho de que el alboroto de Córdoba se sosegase […] Solo suplico a V.M. por amor de Dios, que lo menos que se pueda se innoven cosas y se evite la opresión de los pobres porque, afligidos, no se alboroten…». Y en esto quizá tenía razón doña María, los pobres no veían salida a tanta exacción y se rebelaban, no tenían nada que perder: «[…] Ya veo cuan pobre está el caudal desta Corona y que es preciso sacar algunos medios para sacarle, pero que sean los más ajustados y suaves, y de manera que concurran también los ricos y poderosos, que siendo la carga general no pesará ni molestará tanto…».

Las cosas no habían ido bien desde hacía tiempo, la gran fase inflacionista del vellón abarcó los años 1634-1656 y coincidió con los mayores esfuerzos en el despliegue de la política internacional de Olivares, la crisis de 1640 y la derrota militar y diplomática de Westfalia. A todo esto le siguió la continuación de la guerra en dos frentes: Portugal y Francia hicieron a la postre que las tensiones inflacionistas fuesen particularmente intensas y como remedio se acudió al resello de la moneda por el doble y el triple de su valor nominal, respectivamente, de las piezas de cuatro y de dos maravedís. Ello provocó un brusco tirón de los precios y la fabulosa subida del premio de plata del orden del 190 %. La consecuencia fue la casi inmediata deflación (que ayuda a explicar la caída de Olivares): las piezas de doce y ocho maravedís quedaron reducidas a dos maravedís, y las de seis y cuatro a uno. Obligado por el peso de la guerra, Felipe se vio obligado a recurrir de nuevo a la inflación en 1651. Las piezas de dos maravedís fueron reselladas por el cuádruple de su valor nominal, mientras se acuñaban cien mil ducados de cobre en piezas de dos maravedís, que pesaban la cuarta parte de las antiguas de ese valor que ahora se resellaron. Al año siguiente hubo una nueva deflación.

Entre 1656 y 1680 hubo una verdadera catástrofe monetaria. Firmada la paz con Francia en 1659 se intentó una deflación consistente en retirar el cobre que no hubiese circulado a la par en cuarenta años y reacuñarlo en vellón rico para poner fin al caos.

En cuanto a la sucesión, en 1654 seguía sin aparecer el ansiado varón; el 30 de julio de ese año la monja escribió a su señor: «clamaré al Señor por que desvanezca los designios del enemigo, nos defienda y asista, y por la sucesión de varón, que es lo que más vivamente deseo, trabajaré (rezaré) por ese fin con todas veras…».

Para entonces la correspondencia era mucho más cercana, ella le escribió: «señor mío carísimo, no he de tener secreto reservado para V. M. porque le amo y le estimo» y él, en una carta en relación con el duque de Híjar, le contesta a una petición que le hiciese la monja: «… y aseguroos que lo que vos habéis confiado en mí, ni ha salido ni saldrá jamás de mi corazón, que sé ser buen amigo de mis amigas».

En 1657 nació, entre el regocijo general, el príncipe Felipe Próspero. Desde Francia el cardenal Richelieu había hecho a España unas exigencias a cambio de firmar la paz, exigencias que habían sido imposibles de asumir durante años. Una de sus peticiones había sido que para asegurar esta paz la infanta María Teresa contrajese matrimonio con el joven Luis XIV, el Rey Sol; esto no era posible, pues por aquellos años la infanta era la heredera de la corona, sobre todo si el rey no llegaba a engendrar hijos varones, como parecía. Nacido Felipe Próspero este impedimento desaparecía, con un heredero varón el valor de la infanta pasaba a ser menor y se podía casar con el rey de Francia sin que este llegase a ser, eventualmente, el rey de España.

Doña María Teresa de Austria fue hija de Felipe IV y de su primera esposa doña Isabel de Borbón (fallecida esta en 1644). Nació la infanta en Madrid, el 20 de septiembre de 1638. La bautizó el cardenal de Borja y fueron sus padrinos el duque de Módena y la princesa de Carignan.

Con estos supuestos, en 1658, se reanudaron las conversaciones y al menos se firmó una tregua entre ambos reinos (París, 8 de mayo de 1658). El francés deseaba casarse con la infanta y para animar a la indecisa Corte española invitó a la duquesa de Saboya con sus hijas a que le hicieran una visita en Lyon. Sabedor de esto, el rey de España envió a Pimentel para que negociase el matrimonio de la princesa. La duquesa de Saboya se dio cuenta de que el rey de Francia le había reservado el papel de comparsa y de que nunca había considerado la idea de matrimoniar a ninguna de sus hijas, sumamente ofendida y, con razón, abandonó la corte del francés.

Don Luis de Haro con brillante comitiva se dirigió a la frontera con Francia, el punto de encuentro con la delegación francesa era la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa. Por Francia vino el mismo Mazarino y las sesiones y conversaciones duraron nada menos que tres meses (del 28 de agosto al 17 de noviembre de 1659). Francia obtuvo las mayores ventajas, a cambio de la paz España hubo de ceder importantes territorios.

Las sesiones fueron 24 y los artículos de la paz, 124. Quedó acordada la boda de la infanta y del rey Luis XIV, la princesa renunciaba a la corona de España pero indemnizaba al rey de Francia con quinientos mil escudos. España renunció a los condados de Rosellón y Conflent, todo el Artois, a excepción de algunas ciudades (Saint-Omer y Ayre); en Flandes las ciudades de Gravelinas, Bourgbourg y Saint Venaut, etc. Renunció también España a Rocroy, Chatelet y Limchamp, asimismo cedió Dunkerque (ocupado por los ingleses). En cuanto a Portugal, Francia prometió no ayudar a los rebeldes, cosa que por cierto, no cumplió.

Del rey. Madrid, 6 de julio de 1660:

Nuestro Señor […] ha oído vuestras oraciones, pues, como habéis entendido llegué a mi casa con buena salud a 26 del pasado, y con sumo gozo de hallar en ella las prendas que tanto deseaba ver, de lo que he dado infinitas gracias a Dios. Y nunca acabaré de dárselas de que haya permitido que se venciesen las nuevas dificultades que se habían ofrecido para la paz, y que quedase ajustada a nuestra entera satisfacción, jurada y ratificada personalmente por el Rey mi sobrino y por mi. […] Por bien empleadas dí las descomodidades del camino por el gusto que tuve cuando llegué a ver a mi hermana; hállela muy buena y harto entera y estuvimos muy contentos de vernos juntos tras cuarenta y cinco años de ausencia. También estuve con el Rey que me pareció muy gentil mozo.

Al fin de los tres días que nos vimos, llegó el plazo de entregarles a mi hija. Hízose con harta ternura de todos, aunque yo fui en el que menos se reconoció, pero en el interior bien lo padecí y bien tuve que ofrecer a Dios haciéndole sacrificio de tal prenda por alcanzar el bien de la paz […] .

Firmada la Paz de los Pirineos se vio libre España de todas sus guerras, y se dedicó a la reconquista de Portugal. Francia, enseguida olvidó su solemne promesa de no ayudar a los portugueses y envió un contingente de tropas al mando del General Schomberg.

En marzo de 1661 murió el cardenal Mazarino y poco después, el 17 de noviembre, también falleció don Luis de Haro, el Rey estaba vencido, once días antes había muerto Felipe Próspero y una vez más el trono de España quedaba descabezado.

Del rey. Madrid, 8 de noviembre de 1661:

Con la larga enfermedad de mi hijo y continua asistencia que tenía en su aposento, no me ha sido posible responder a vuestra carta del 7 del pasado, ni la ternura me ha dado lugar para hacerlo hasta ahora. Confiésoos Sor María, que ha sido grande, pues haber perdido tal prenda lo pide así […] Ayudadme como amiga con vuestras oraciones a aplacar la justa ira de Dios y a suplicar a Nuestro Señor que, ya que ha sido servido de quitarme este hijo, lo sea (también) de alumbrar con bien a la Reina, cuyo parto aguardamos cada hora.

El niño tan deseado nació con vida, pero fue enfermizo y nunca sano del todo. No hubiera vivido si no hubiera sido por los continuos cuidados de su madre que se alargaron durante su niñez y juventud. Fue a poco de la carta del rey cuando nació el que había de ser el último de la dinastía de los Austrias, al que la historia conoce como Carlos II el Hechizado.

De sor María, 25 de noviembre, 1661:

[…] con lágrimas y ternura me compadezco mucho de lo que V. M. padece. Suplícole, señor mío, carísimo, se anime y dilate en la consideración de que no hay mayor trabajo que el mal llevado y que a golpe de tribulaciones se labra la Corona del descanso eterno.

[…] Señor mío de mi alma, no hay duda si no que Dios está ofendido del pueblo porque hay muchos vicios y pecados que irritan a la justicia divina […] Señor mío, si en esta Corona hubiere enmienda, y se hiciere penitencia, los castigos severos que experimentamos se tornarían en misericordias, los rigores en beneficios, los azotes en regalos […] Mande V.M. expresamente a sus ministros que castiguen lo que los ricos y poderosos supeditan a los pobres, tomándoles y usurpándoles sus haciendas, que los ministros inferiores hagan justicia con igualdad y equidad; […] que el Gobierno de esta Corte tome buena forma [Acababa de fallecer don Luis de Haro, lo que dice la monja, es una alusión a que el rey no debe tomar nuevo valido. Ella siempre estuvo en contra del validado] y, por amor de Dios, que se moderen algunos tributos de los pobres, que me consta que han abandonado algunos lugares y que con pan de cebada y yerbas del campo se sustentan y se despechan mucho…

[…] Tantas mudanzas de monedas1 son dañosísimas, por que como es el tesoro de los hombres, que le granjean [que lo ganan] con el sudor de su rostro, le tienen muy asido, y se aíran [se enfadan] en tocándole en él, con que se inmutan o hay grandes peligros de que se inmuten [se rebelen].

La guerra de Portugal proseguía. El 6 de mayo de 1663, don Juan José de Austria llevaba al salir de Badajoz doce mil infantes, seis mil quinientos caballos, dieciocho cañones y tres morteros. Por Portugal, el conde de Peñaflor, don Sancho Manuel, tenía unas fuerzas análogas.

En un primer momento don Juan obtuvo una victoria y se pudo apoderar de Évora y Alcácer. El conde cambió su táctica y buscó una batalla campal, aun a riesgo de perderlo todo, don Juan no deseaba tal confrontación y empezó a retirarse pero fue perseguido por Sancho Manuel y al final hubo un encuentro que fue combate furioso entre ambos ejércitos. Allí luchó como uno más don Juan José de Austria y duró lo que la luz del día de esa fecha, 8 de mayo de 1663. Al día siguiente se hicieron cuentas de las bajas. De Portugal había cinco mil muertos, de España las bajas eran más de ocho mil entre muertos, heridos y prisioneros. En resumen: un gran triunfo para Portugal y una pérdida funesta para España.

Juan José de Austria fue el hijo bastardo más famoso de Felipe IV. Hijo del soberano y de la comediante María Calderón, nació en 1629 y falleció en 1679. Por un tiempo gozó de la confianza del monarca, pero la perdió por haberle insinuado un matrimonio entre él mismo y su hermana, por lo cual el rey no quiso verle más. A la muerte de don Felipe los españoles pusieron muchas esperanzas en la acción de Juan de Austria, pero la tarea que se impuso de ayudar a su hermano Carlos II fue superior a sus fuerzas y a sus capacidades.


Juan José de Austria. Anónimo madrileño del siglo XVII. Museo del Prado.

Pero lo peor estaba aún por llegar. En 1664 el resultado de las confrontaciones bélicas fue en su conjunto negativo para España y en 1665 se sostuvo la última campaña. Durante ella el marqués de Caracena, nuevo generalísimo de los ejércitos, fue derrotado en la batalla de Montes Claros. España perdió definitivamente Portugal y sus colonias. El rey, que había nacido en 1621, tenía ya cuarenta y cuatro años. No es que esta edad fuera excesiva, sino que estaba avejentado por los trabajos y disgustos y, seguramente, padecía alguna enfermedad venérea. Su salud hacía un año que había empezado a dar señales de un desenlace próximo. Tampoco la monja tenía la lozanía de antes.

Del rey. Madrid, 28 de mayo de 1664:

Por lo que estimo vuestras cartas y el consuelo que me causan he sentido la falta de ella, y más el que haya sido el motivo la poca salud con que habéis estado, como decís en la del 28 del pasado…

Estos días me ha maltratado un dolor de ijada [se refiere a un dolor renal, un cólico nefrítico] aunque no me veo obligado a hacer [guardar] cama de día; y a los 26 de este eché una piedra pequeña…

Hasta el 29 de enero de 1665 se le repitieron al rey los cólicos nefríticos y pasó algunas otras piedras, sor María, por su parte, espacia su correspondencia por no tener cumplida salud. A partir de enero de 1665 ya no hallamos correspondencia del rey a la monja, quizá es porque no sabía cómo justificar a esas alturas sus últimas aventuras amorosas.

Muchos bastardos tuvo el rey y desde muy pronto. En su mocedad tuvo un hijo del cual se ignora la identidad de la madre (los últimos estudios dicen que puede tratarse de una hija del conde de Chirel) y que llevó por nombre Francisco Fernando de Austria, nacido cuando el soberano estaba ya casado con su primera mujer, doña Isabel de Borbón. Murió el niño en la villa de Isasi a 12 de marzo de 1634, cuando apenas contaba ocho años. Cuando se supo su muerte unos días más tarde, se llevó su cuerpo al Escorial.

Otra hija tuvo, la cual generalmente no es mencionada por los autores. Se llamó Ana Margarita, tomó los hábitos a la edad de doce años como agustina en el convento de la Encarnación de Madrid. Esto era común entre las bastardas reales, pues se trataba de evitar la proliferación de personas de la real casa. Ingresándolas en un convento se les aseguraba una vida digna, incluso lujosa, y se evitaba que tuviesen hijos. Nuestra Ana Margarita falleció a los veintiséis años, siendo madre superiora de su convento.

Varias hijas solteras dejó Felipe IV a su muerte. Una se llamaba Margarita de Austria, la cual a la edad de seis años entró de religiosa en las Descalzas Reales y profesó a los dieciséis. En 1666 tomó el nombre de Margarita de la Cruz.

Una religiosa que profesó en las Agustinas de Madrigal se llamó Anne Marie Juana Ambrosia Vicenta, a la que suelen mencionar como hija de Felipe IV. Sin embargo, la interesada declaró el día de su profesión que era «hija del serenísimo señor D. Juan Joseph de Austria, hijo de nuestro señor D. Phelipe IV». Es decir, fue nieta, que no hija, de don Felipe.

Hija del soberano fue Catalina, que murió religiosa en Bruselas en donde falleció a los cincuenta y tres años en 1714.

En la obra Soberanos del Mundo se mencionan otros hijos de Felipe IV: don Alfonso, que profesó en la Orden de Santo Domingo y que llegó a obispo de Málaga; don Carlos y don Fernando, que se apellidaron Valdés; otro se llamó don Alfonso Antonio de San Martín (llamado así porque don Juan de Sanmartín lo crio y aprohijó) y llegó a ser obispo de Oviedo y de Cuenca. Este fue hijo de una dama de la reina, llamada Thomasa Aldana. Otro, poco conocido, fue un segundo don Juan, a quien crio don Francisco Cosío, cuyo apellido tomó. También ingresó en la vida religiosa y fue famoso predicador.

Al parecer, don Francisco de Borja en su correspondencia enviaba noticias a la monja de Ágreda sobre estas y otras ligerezas del rey. Los originales que se copiaron hace unos cincuenta años por don Eduardo Royo, capellán de las concepcionistas de Ágreda, guardan siete cuadernos con particulares sobre el asunto que interesa al lector curioso. Los manuscritos primitivos se hallan en las Descalzas Reales.

Poco se puede hallar tocante a críticas que haga la monja de una manera directa al rey ni a sus otros corresponsales en relación con la vida disipada y los galanteos de S. M. De manera harto hiperbólica, le ruega al rey una y otra vez «conversión, arrepentimiento, enmienda», etc. El rey deseaba no caer en tales tentaciones, pero lo hacía demasiado a menudo. Hasta sus últimos días escribió con pesar la monja a su amigo don Francisco: «me han dicho que el Rey está con sus mocedades antiguas». De esta manera dice que se ha enterado de que el rey tenía nueva amante. Pero esta vez ya era demasiado tarde para rogar arrepentimiento o arreglo.

Enfermo de alma y de cuerpo, el rey hizo su testamento. Tenía el ánimo aniquilado porque veía el difícil porvenir del reino, con un hijo enclenque y poco inteligente y una madre inexperta y demasiado devota. Murió cristianamente el 17 de septiembre de 1665.

Los consejos y consuelos de sor María de Ágreda levantaron, más de una vez, las suspicacias de la Santa Inquisición, que veía con gran recelo la proliferación del misticismo femenino, por lo que la interrogó en 1650, y aunque no halló motivo de enjuiciamiento, siguió cuidadosamente la evolución de sus escritos y su propia vida.

Falleció la monja de Ágreda, nacida María Coronel, el 24 de mayo de 1665, apenas unos meses antes que su amigo el rey de todas las Españas, Felipe IV, cuya vida, alegrías y desdichas había seguido paso a paso desde hacía muchísimos años.

Aparte de su correspondencia con el rey, cosa que nos ha interesado hasta ahora, esta notable mujer fue una mística relevante y una escritora de gran mérito. De su pluma salió La mística ciudad de Dios. Defensora de la figura de María y del dogma de la Purísima Concepción, no vio su libro editado, pues se publicó después de su muerte. No se había hecho hasta entonces ningún intento de ahondar en la genealogía femenina de Cristo y los teólogos vieron con recelo su obra al tiempo que la obra, desde su publicación, gozó de fama inmediata entre el pueblo por sus reflexiones de tipo espiritual. Muy pronto su libro fue perseguido por la Inquisición, bástenos saber que la orden franciscana a la que pertenecía la monja de Ágreda al año de su muerte inició su proceso de beatificación, pero con La mística ciudad de Dios se había reanudado la polémica en torno al dogma de la Concepción y en 1681 la Iglesia incluyó su obra en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición española y por ello a partir de entonces su proceso de beatificación se vio entorpecido. En 1695 el libro, tan apreciado por los devotos, fue prohibido por los teólogos de la Sorbona de París, aunque hay que decir que esto provocó que en la mayoría de las universidades católicas se desencadenase una ola de opiniones a favor de la obra de sor María de Jesús.

En todo caso, las cosas fueron de mal en peor y en el siglo XVIII, Benedicto XIV elaboró un documento en el que advertía a los papas del futuro sobre «el inconveniente de aprobar dicha obra» y para evitarlo promulgó un decreto de perpetuo silencio, con lo que la aprobación quedaba paralizada para siempre. Con ello también dejó de hablarse de una posible canonización de la mística.

Fue además una notabilísima escritora: de su pluma salió un gran número de nuevos términos lingüísticos, con lo que enriqueció el acervo común de todos los españoles de aquende y allende los océanos. En el siglo XVIII, mientras Benedicto condenaba su obra al silencio perpetuo, la Real Academia Española escogió La mística ciudad de Dios para documentar las voces del Diccionario de autoridades.


El papa Benedicto XIV, quien incluyó La mística ciudad de Dios en el Índice de libros prohibidos por la Inquisición española. Grabado original del siglo XVIII.

En cuanto a la discusión nunca resuelta de si fue o no una verdadera valida, dejaremos al lector que forme su propia opinión; ella no tenía ambiciones de poder, tal y como lo entendería una persona del mundo. Sí deseaba, en cambio, influir en el rey para realizar cambios morales y políticos. Nosotros nos contentamos con calificarla de cuasi valida o de valida en la sombra. Y en todo caso sirvió de soporte y apoyo a un rey afligido por sucesivas desgracias, por muertes y guerras, quiebras del Estado e insurrecciones, y además indeciso, tímido y pacato pero siempre deseoso de hacer lo mejor, al menos para su alma. Sin duda, ante ella, como ante un espejo, se permitía desnudar su alma: «tengo miedo… estoy afligido…», y olvidaba algunas veces su dignidad real por la que se sentía tan constreñido y obligado. Solo por eso la historia debe a la monja de Ágreda algún agradecimiento.

1 Una vez más alude a las continuas depreciaciones de la moneda, aunque el rey prometía que no se repetiría tal operación, se hizo hasta cuatro veces. Era la ruina de los particulares, de las ferias y del comercio. La pérdida de confianza en las finanzas del Estado y promesa segura de inflación en todos los órdenes.

Capítulo 3
Doña Anne Marie de la Trémouille. Princesa de los Ursinos. La mujer más inteligente de Europa

Esta influyente dama nació en París en 1642, hija primogénita de Louis de la Trémouille, duque de Noirmoutiers y de su esposa Renée Julie Aubery de Tilleport. A los diecisiete años, en 1659, se casó con Adrien Blaise de Talleyrand, príncipe de Chalais. En 1663 sostuvo este príncipe un oscuro duelo a resultas del cual sufrió persecución por la justicia de su país. Para evitar la prisión huyó de Francia, acompañado por su esposa, doña Anne Marie. El viaje los llevó primero a España y luego a Italia, a la ciudad de Venecia, donde falleció el príncipe de Chalais en 1670.

Una de las primeras pretensiones de Anne Marie de la Trémouille, mantenida con tenaz insistencia, fue alcanzar el título de princesa del Imperio, alegando su afecto por la casa de Austria y por España. Se sirvió para ello de su amistad e influencia con el cardenal Nithard, que a la sazón gozaba de un exilio dorado en Roma, el cual interesó en ella al embajador español en Viena, el marqués de los Balbases. Su petición no fue atendida y ella se vio desairada en sus pretensiones. Quizá de allí partió su interés por poner en España un rey que no fuese austriaco ni de la casa de Austria, de la que creía haber recibido gran humillación y menosprecio. Desde entonces su candidato para ocupar el trono de España sería siempre un francés.


Retrato de Marie de Rabutin-Chantals, marquesa de Sévigné. Claude Lefèbvre. Museo Carnavalet.

El marqués de San Simón, que conoció personalmente a Anne Marie de Trémouille hizo de ella el siguiente retrato en sus Memorias, tomo III:


Grabado en el que se representa al padre confesor Juan Everardo Nithard, valido de la reina regente doña Mariana de Austria

Era mujer más bien alta que baja, con ojos azules que decían lo que ella quería, torneada cintura, hermosa garganta, rostro encantador, aunque no bello, y aspecto noble. Tenía en su porte cierta majestad, y tanta gracia, que hasta en la cosa más insignificante, que nadie he visto que se pareciese ni en cuerpo ni en entendimiento. Agasajadora, cariñosa, comedida, agradable por solo el placer de agradar, y seductora hasta un punto que no era fácil resistir. Añadíase a esto cierto aire que al propio tiempo que anunciaba grandeza, atraía en vez de imponer; su conversación era inagotable, deliciosa y divertida, como quien ha visto muchos países y conocido muchos personajes; su tono de voz y manera de hablar, agradables y dulces. Había leído mucho y meditado bastante, y como había tratado tantas gentes, sabía recibir a toda clase de personas, por elevadas que fuesen… Como tenía mucha ambición, era también dispuesta a intrigas; pero una ambición elevada, muy superior a las de su sexo… etcétera.

Al quedar viuda en 1670, ingresó en un convento, parece ser que para buscar la paz y serenidad que necesitaba en aquellos momentos. En su retiro permaneció algunos años, no sabemos el momento exacto en que salió de él, pero lo cierto es que en 1675, recuperado ya su sosiego interior, abandonó la vida de encierro y se casó en segundas nupcias con un italiano de noble estirpe, Flavio de Orsini, cuyo apellido llevaría el resto de su vida.

A partir de esta boda los salones de Flavio Orsini, duque de Bracciano, empezaron a brillar con luz propia. La vida intelectual que la nueva duquesa insufló a esa vieja casa se hizo notable en toda Roma. Era, sin duda, el centro de la influencia francesa en Italia; las simpatías de Anne Marie terminaron por enemistarla con su esposo que defendía al papa en sus disputas contra Luis XIV, mientras que ella patrocinaba al rey de Francia. Quizá por este motivo la duquesa de Bracciano viajó a París en 1677, lugar en el que permaneció durante un año.

Al recuperar a la princesa de Orsini, Luis XIV recobró un súbdito temible como enemigo y formidable como amigo y aliado; ella, pensaba Louis XVI, le habría de ser útil en sus ulteriores planes. Anne Marie volvió a Roma en 1678, con la intención de inclinar el favor del pontífice hacia su causa. Eran momentos cruciales, pasaba el tiempo y en España el rey don Carlos II no lograba sucesión, y el inmenso Imperio español estaba en almoneda disputándose la posesión de sus potencias europeas.

En 1698 falleció el segundo esposo de Anne Marie. A la muerte de su marido, la princesa de Orsini no recibió otra herencia más que el palacio Pasquín en Roma, pero ya entonces recibía de Francia una pensión como agente político, pensión que le permitía llevar una vida, si no fastuosa, al menos notable, y sus salones eran más concurridos que los de la embajada francesa. En Roma trabó amistad con el cardenal Portocarrero, al que hizo entrever las grandes ventajas que, según ella, se derivarían de apoyar la causa de Francia en el asunto de la sucesión española.

Toda Roma se disputaba el honor de acceder a sus salones y tertulias. Viuda, hermosa y sin hijos, Anne Marie logró con su talento y encantos captar la admiración y simpatía de destacados personajes políticos. En sus saraos y veladas, decía ella, había más hombres de todas las naciones que en las recepciones de embajadores y cardenales, con la ventaja de que, libres de las ataduras del protocolo y de la actitud grave y circunspecta de esas reuniones, se expresaban con mayor libertad, sin que la expansión familiar fuera coartada por el temor o la rivalidad. En esas conversaciones distendidas ella sondeaba el sentir de los poderosos y de sus amos, las potencias europeas.


Flavio Orsini, esposo de Anne Marie de la Trémouille

Los días del hechizado Carlos II llegaron a su fin. Una cláusula en el testamento de don Carlos llamaba al duque de Anjou, nieto de Luis XIV, al trono de España. El joven Felipe, de diecisiete años, se hallaba aún soltero y era cuestión de Estado buscarle una esposa que sería no solo duquesa de Anjou, sino reina de España. Parecía que la candidata ideal sería una hija del emperador Leopoldo I de Alemania. Quizá así se podría sellar una paz entre Alemania, Francia y España. Pero el emperador no deseaba que su hija fuese reina consorte en España; deseaba, bien al contrario, que su hijo Carlos disputase por las armas el trono para la casa de Austria.

Aprovechando esta circunstancia, la princesa de Orsini también trabajó activamente cuando se trató de buscar una esposa para Felipe V a fin de que la elección recayese en María Luisa Gabriela de Saboya, lo que excluyó no solo a la archiduquesa de Austria, sino también a la viuda de Carlos II, que figuraba como posible esposa de don Felipe. Luis XIV había casado a su sobrina, la princesa Anne Marie de Orleans, con el duque Víctor Amadeo II de Saboya, y más tarde a su nieto mayor, primogénito del Gran Delfín, Louis, duque de Borgoña, con María Adelaida, la hija mayor de Anne Marie y Víctor Amadeo. Tenían estos duques otra hija, y la princesa de Orsini hizo ver a Luis XIV la conveniencia de reforzar los lazos con esta rama de la familia. La elegida fue la segunda hija de los de Saboya, María Luisa Gabriela, nacida el 17 de septiembre de 1688. Era casi una niña, pues solo tenía doce años cumplidos. Aceptó el rey francés la sugerencia de la princesa de Orsini y una vez que su candidata fue la elegida, Anne Marie de la Trémouille se sintió con suficientes títulos y merecimientos para demandar el puesto de camarera mayor de la nueva reina, y así lo hizo con suma habilidad.


Efigie de don Felipe V

Se sirvió de la influencia que ejercía sobre Luis XIV su amiga íntima, la famosa madame de Maintenon y de ella se valió hábilmente para venir a España acompañando a la joven reina en calidad de camarera mayor. Pero no solo contó con el apoyo de madame de Maintenon, sino también con el de la duquesa de Noailles y del cardenal Portocarrero, que aunaron sus esfuerzos para influir en el ánimo de Luis XIV. Este se oponía a ese proyecto dada su política de preferir a los españoles para el desempeño de los cargos públicos, pero el cardenal alegó ante Luis XIV que ella, la de Orsini, «no tenía ningún hijo, ni apoyo ni familia en España y por lo tanto no trabajaría más que para la reina, y no intentaría jamás lo que podría hacer una española instigada por sus parientes. Era […] perfecta para la alta misión de formar y conducir a una reina».


Retrato del cardenal Luis Manuel Fernández Portocarrero. Pintado por Juan Carreño de Miranda.

Seguramente los argumentos de Portocarrero terminaron por convencer al rey francés (si no estaba ya convencido), pues en 1701, la princesa de Orsini fue a España acompañando a María Luisa Gabriela como su camarera mayor. Pero el nombramiento de la princesa lo hizo Luis XIV sin el beneplácito o conocimiento de la joven reina, lo cual produjo a esta un gran disgusto, no porque le fuese desagradable la camarera, sino porque se sentía ultrajada en su dignidad de soberana. Por ello doña Anne Marie hubo de poner en juego todos sus innegables encantos y simpatía para ganarse a la adolescente esposa del rey de España.

Se habían casado los monarcas por poderes. El 8 de mayo de 1701, don Felipe fue jurado solemnemente rey en la iglesia madrileña de San Jerónimo el Real y ese mismo día se hizo público el compromiso entre él y María Luisa Gabriela. El 23 de agosto, se firmó el contrato matrimonial y el 11 de septiembre, seis días antes de que la joven cumpliese trece años, se celebró por poderes la boda en la Basílica de la Sábana Santa de Turín. Representaba al rey de España el príncipe de Saboya-Cargnan, tío de la novia. Al día siguiente salió la reina hacia España acompañada, entre otros, de su flamante camarera mayor.

En la última parte del viaje, se estropeó el tiempo y la nueva reina no pudo entrar en España por Barcelona como se había programado en un principio, sino que hubo de abandonar en Marsella los barcos en que venía con su comitiva. Y no solo a los barcos, sino también a los acompañantes. Luis XIV había dispuesto que al llegar a la frontera fuese despedida toda la comitiva de piamonteses, lo que se llevó a cabo con gran pesadumbre por parte de la soberana. Esta determinación la había tomado Luis XIV por miedo a la doblez y ambición del duque de Saboya y al influjo que los personajes saboyanos podrían ejercer sobre María Luisa Gabriela. Le quedó como única conocida en su compañía la de su camarera mayor, que actuaba también de aya, y la escolta.

Felipe V, que había acudido a Cataluña al encuentro de su joven esposa, se dirigió al punto en que sabía había de entrar en el reino. Ya desde ese momento tenemos testimonios del quehacer de la princesa de los Ursinos. Un folleto que se imprimió para relatar la entrada de la reina dice así:

El rey, Felipe V, que había llegado la víspera a Figueras, quiso salir a recibir a su esposa con el deseo de conocerla sin ser de ella conocido, y vistiendo un sencillo traje de caballero montó a caballo y fue al encuentro del coche real, que halló cerca de la Junquera. Acercóse al carruaje, y fue escoltándole, departiendo con la reina y con la princesa de los Ursinos, hasta llegar cerca de Figueras, en cuyo punto se separó de ellas, altamente prendado de la que venía a ser su esposa.

Es de suponer que en su charla en realidad el rey hablaría con la princesa de Orsini y a través de ella con su reina, pues los nuevos reyes no dominaban más que sus respectivos idiomas: ella italiano y él francés, y no podían sostener una mínima conversación en un idioma que ambos conocieran, por lo que deducimos que doña Anne Marie de la Trémouille actuó de intérprete en este primer encuentro entre los jóvenes, a partir del cual se sabe que quedaron prendados el uno del otro. Su amor debió de haber sido verdadero, pues les duró toda la vida.

Cuando a la joven se le pasó el disgusto que tenía por no haber sido consultada en el asunto del nombramiento de la camarera, hizo a esta depositaria de su confianza, igual que el rey. Fue siempre grande la influencia de madame de la Trémouille sobre ellos, pero en honor a la verdad hay que decir que se esforzó en todo momento por servirles fielmente. De su acción en el Gobierno, los historiadores están de acuerdo en que el rey Luis XIV falló si creía que la princesa de los Ursinos sería una correa de transmisión de sus consignas en cuanto a la política que en España habrían de realizar los reyes, pues ella les fue siempre leal y por ello se vio recompensada con la confianza de los reales esposos y el cariño del pueblo. Con razón pudo escribir que antes perdería la vida que dar un consejo a los reyes que no redundase en su gloria.

A pesar de su gran influencia, que era un verdadero valimiento, Anne Marie de Trémouille trató de pasar desapercibida, como si no fuese ella la que dictaba en muchas ocasiones las decisiones que, nominalmente, eran de la reina. Así lo refleja en las cartas que dirigía a madame de Maintenon y a la mariscala de Nouilles, tan bien escritas que dan derecho a su autora a un puesto distinguido entre las excelentes cultivadoras del género epistolar.

La actitud de la princesa de los Ursinos y su prudencia contribuyeron indudablemente a la transformación política y social que produjo en España el cambio de dinastía, por un proceso naturalmente lento. A esta transformación contribuyeron también D’Amelot y Macanz, hombres de ley, y Berwick y D’Asfel, generales y enemigos de consejos y juntas.

Una de las primeras decisiones que tomaron conjuntamente la reina y la princesa, a la que los españoles siempre llamaron «de los Ursinos», fue reformar las costumbres interiores de palacio. Para ello prohibieron los galanteos de las damas y camaristas, que estaban tan admitidos y que en los reinados anteriores habían dado motivo a muchas murmuraciones y descrédito. Desde que ambas llegaron, dicen las crónicas que «hicieron del regio alcázar una casa de virtud».

Las noticias que se recibían de Italia, por donde la guerra de sucesión había comenzado el mismo año 1701, eligieron a Felipe V para embarcar en Barcelona hacia Nápoles, el 8 de abril de 1702. Iba a jurar los fueros de Nápoles y de Sicilia y a tomar el mando de aquellos ejércitos. Después de algunas vacilaciones, decidió que su esposa, la reina, quedase en España como gobernadora y lugarteniente general. Valientemente, María Luisa Gabriela, a pesar de sus pocos años, aceptó la separación de su marido y la dura misión que se le confiaba con un sentido del deber que en todos causó admiración. Durante doce años, de 1702 a 1714, la reina gobernadora demostró una capacidad y una firmeza excepcionales, y todos los tratadistas están de acuerdo en que en su Gobierno se vio apoyada por una de las mujeres más inteligentes de Europa, la princesa de los Ursinos.

Anne Marie de la Trémouille principalmente tuvo a su cargo todos los asuntos relacionados con Francia, cuya actitud hacia España en esos momentos era esencial, para lo cual la princesa mantenía viva correspondencia con Luis XIV y con el marqués de Torcy (secretario de negocios extranjeros del rey francés), así como con madame de Maintenon y la duquesa de Borgoña (hermana de Luisa Gabriela, casada con el delfín). Tanto la de Maintenon como la de Borgoña, en la práctica, compartían el Secretariado de Asuntos Extranjeros con Torcy, y es curioso el constatar que durante unos años los asuntos importantes de Europa se dilucidaron, en gran parte, entre mujeres, en cuyas manos estaban, más o menos disimuladas, las riendas del poder.

En teoría, asistían a la reina gobernadora el cardenal Portocarrero, don Manuel Arias (arzobispo elector de Sevilla), el duque de Montalto, el marqués de Mancera (presidente del Consejo de Aragón y de Italia), el marqués de Villafranca (mayordomo mayor), el conde de Monterrey y don Manuel de Vadillo y Velasco, como secretario. Pero la reina María Luisa Gabriela y la princesa de los Ursinos fueron en realidad las que gobernaron, lo mismo que a la vuelta de Felipe V. Durante la ausencia de don Felipe, la princesa tomó sobre sí la responsabilidad del Ministerio de Hacienda y Guerra, con la anuencia de la reina.

Los intentos de intervención de los franceses en el Gobierno de España herían el amor propio de los españoles. La resistencia a las reformas venía principalmente de los cuerpos administrativos y muy especialmente de los consejos, acostumbrados como estaban a tutelar el poder. También se había levantado una cierta oposición entre los grandes y el clero de Aragón y Cataluña. La princesa medió inteligentemente más de una vez, conteniendo unas veces el ímpetu sobradamente enérgico de Luis XIV o estimulando e impulsando a los ministros españoles.

En las horas difíciles de la guerra de sucesión, Anne Marie reanimó al monarca español, no solo abrazando resueltamente su causa, sino influyendo en Luis XIV para que enviase a España al duque de Vendôme, cuyo triunfo en Villaviciosa afirmó la corona en las sienes del nieto de Luis XIV.

Al regreso del rey Felipe V, la reina se condujo con la mayor discreción, pero no por ello dejó de asistir a las reuniones diarias de los consejeros ni de examinar y leer cuidadosamente cuantas consultas y papeles de gobierno le eran presentados. La corte se hallaba minada por las intrigas de tres grupos: el alemán o austríaco, el grupo ultrafrancés y el español. En cada uno de estos grupos militaban personalidades de primera importancia. La reina y la princesa de los Ursinos se mantuvieron alejadas de todos ellos, aunque se sirvieron de sus personalidades según su conveniencia. Coincidía la de los Ursinos con el cardenal Portocarrero (militante del grupo español), en la conveniencia de rebajar a la nobleza mediante la supresión de algunos cargos muy pomposos, como el de almirante de Castilla, tradicionalmente vinculado a la familia de los Enríquez, y el de condestable, que se trasmitía en el linaje de los Velasco, etc. La princesa se sirvió del cardenal para procurar su desvinculación de los cargos, pero luego procuró su caída explotando contra él la acusación de nepotismo, lo cual era bien cierto.

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22 октября 2025
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364 стр. 107 иллюстраций
ISBN:
9788499679426
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