Читать книгу: «E-Pack Placer marzo 2021»
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Harlequin Internacional y Harlequin pasión, n.º 230 - marzo 2021
I.S.B.N.: 978-84-1375-311-9
Índice
El mercenario
Portadilla
Créditos
Presentación
Nota de la autora
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Contraportada
Oculta tras un disfraz
Portadilla
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Nota de la autora
Promoción
Sesiones privadas
Dedicatoria
Prólogo
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
Epílogo
Promoción
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En todo tiempo y lugar, por muy adversas que sean las circunstancias, hay un sitio para el amor. Y en esta novela que nos complace presentaros, ambientada en los turbulentos tiempos de la Inglaterra medival, donde la lealtad hacia un rey u otro determinaba el destino y la vida misma de hombres y mujeres, dos enemigos podían vivir una apasionante y bella historia de amor... y éste es el caso de la novela de Terri Brisbin que tenéis en vuestras manos. Deseamos que os guste tanto como a nosotros.
Los editores
Nota de la autora
Aunque la invasión de 1066 del duque Guillermo de Normandía trajo consigo grandes cambios en la política y la sociedad inglesas, algunos de esos cambios ya estaban en camino. Los normandos se habían convertido en una parte integral de Inglaterra durante el reinado de Eduardo el Confesor; muchos de los que habían obtenido tierras y títulos mucho antes del Conquistador se establecieron allí. Así que los sajones ya habían tenido cierta experiencia con los normandos antes de que aquel gran ejército invasor desembarcase en Pevensey en octubre de 1066.
Muchos sajones mantuvieron sus tierras tras la llegada de Guillermo; a aquéllos que juraron lealtad al nuevo gobernante se les permitió conservarlas, pero muchos fueron suplantados por los que habían luchado por Guillermo. Muchos nobles normandos importantes ganaron propiedades y, con frecuencia, herederas sajonas.
Con fama de despiadado y decidido a la hora de usar la fuerza para gobernar, Guillermo no la empleó por completo tras la batalla de Hastings hasta la revolución tres años después en el norte de Inglaterra. Ahí desencadenó su ira en lo que aún se conoce como «la angustia del norte», destrozando todo a su paso y borrando lo poco que quedaba del estilo de vida sajón.
En mi historia, uno de los hijos de Harold, Edmund, aparece como líder de rebeldes. Mi Edmund es en realidad una mezcla de varias personas reales que sobrevivieron a la batalla de Hastings y que continuaron luchando contra los normandos mientras avanzaban hacia el norte y el oeste para tomar el control de todo el país.
Se cree que al menos dos de los hijos de Harold evitaron o sobrevivieron a la batalla que mató a su padre, y que su madre y ellos se unieron a los esfuerzos de algunos de los que luchaban contra los normandos. Los condes de Mercia y de Northumbria, cuñados de Harold, cambiaron de bando varias veces durante el conflicto, e incluso fueron llevados a Normandía junto con el heredero sajón designado, Edgar Atheling. Más tarde formaron parte de la lucha que desencadenaría «la angustia del norte» llevada a cabo por Guillermo.
De modo que cualquier parecido de mi Edmund con los protagonistas reales de la historia es intencionada.
Prólogo
Mansión Taerford, Wessex, Inglaterra
Diciembre 1066
El obispo Obert convocó una reunión con el segundo de los caballeros de la lista que había preparado meses atrás con aquéllos que se beneficiarían de la generosidad del rey. Llevaba consigo los papeles que convertirían al caballero en un barón, a un bastardo sin dinero en un lord rico; si lograba quitarles a los rebeldes sajones las tierras que le correspondían.
Obert daba vueltas de un lado a otro frente a la mesa, esperando a que llegase Brice Fitzwilliam, el caballero de Bretaña. Si quería regresar a Londres antes de la coronación del rey, debería marcharse al día siguiente, y aquélla era su última misión allí en Taerford. A pesar de que el invierno ya hubiese llegado, a pesar de las revueltas populares y a pesar de sus propios deseos y necesidades, era el leal sirviente del duque Guillermo. Después de Dios, por supuesto, pensó mientras se giraba hacia el grupo de hombres que se acercaban.
Como parecía ser su costumbre, el nuevo señor de Taerford, Giles Fitzhenry, caminaba junto al hombre a quien Obert esperaba. Pensando en las semanas que había pasado allí, apenas los había visto separados, ya fuera en el salón o en los jardines, en cualquier tarea que hubiese que realizar en Taerford. Entraron seguidos de los hombres de Giles, que acababan de practicar sus habilidades de lucha en el patio. Fueron calmándose a cada paso que daban e hicieron una reverencia como si fueran uno solo.
—Milord —le dijo a Giles primero. Luego se volvió hacia el otro con intención de proceder con su misión—. Milord —le dijo a Fitzwilliam.
Las implicaciones fueron evidentes para todos los demás, que se quedaron callados y aguardaron las palabras de Obert. El guerrero puso cara de sorpresa, hasta que estalló en una carcajada. Si resultó inapropiado, Obert podía entenderlo; como bastardo complacido por el éxito de otro. Las risas y gritos cesaron rápidamente y todo el salón los observó, esperando la declaración.
Obert le hizo gestos al caballero para que se acercara y se arrodillara frente a él. Aunque aquello debería haber sido más ceremonioso y formal, y ante el duque en persona, los peligros de la zona instaban a la celeridad. Lord Giles se puso en pie, de nuevo junto a su amigo, y le colocó a Brice la mano en el hombro mientras Obert continuaba.
—En el nombre del duque, os declaro, Brice Fitzwilliam, barón y lord de Thaxted, y vasallo del propio duque —entonó Obert. El compromiso de lealtad al duque, que pronto sería rey, aseguraba una red de guerreros que le debían sus tierras, sus títulos y sus riquezas sólo a él, sin otros lores de por medio. Obert no pudo contener la sonrisa, pues había sido idea suya hacerlo—. Como tal, tenéis el derecho a reclamar todas las tierras, el ganado, los aldeanos y demás propiedades que tuviera en su poder el traidor Eoforwic de Thaxted antes de su muerte.
Aunque los normandos y los bretones presentes aplaudieron, los campesinos que habían vivido allí y que reclamaban su herencia sajona no se alegraron. Él comprendía que los vencedores en cualquier conflicto merecían todo aquello por lo que habían luchado tan duramente, pero su parte compasiva también comprendía la vergüenza de ser derrotado. Sin embargo, aquel día le pertenecía al caballero bretón victorioso que tenía ante sí.
—El duque declara que deberéis casaros con la hija de Eoforwic, si es posible, o buscar otra esposa apropiada de los alrededores si no lo es.
Obert le entregó al nuevo lord el paquete de pergaminos doblados que le garantizaban la concesión de las tierras y de los títulos. Extendió los brazos y esperó a que Brice hiciera su promesa. Con voz profunda, Brice repitió las palabras mientras el ayudante de Obert se las susurraba.
—Por el señor ante el que yo, Brice Fitzwilliam de Thaxted, hago este juramento y en el nombre de todo lo sagrado, juró fidelidad a Guillermo de Normandía, duque y ahora rey de Inglaterra, y prometo amar todo lo que él ame y rechazar todo lo que él rechace, de acuerdo con las leyes de Dios y con el orden del mundo. Juro que jamás, por palabra, acto u omisión, haré nada que le desagrade, a condición de que me trate como merezco, y que haga todo según lo establecido en nuestro acuerdo, cuando me sometí a él y a su misericordia y elegí su voluntad por encima de la mía. Me ofrezco incondicionalmente, sin esperar nada más que su fe y su favor como mi señor feudal.
Obert alzó la voz para que todos pudieran oírlo.
—Yo, Obert de Caen, hablando en nombre y con la autoridad de Guillermo, duque de Normandía y rey de Inglaterra, acepto este juramento de lealtad pronunciado ante estos testigos y ante Dios, y prometo que Guillermo, como lord y rey, protegerá y defenderá la persona y las propiedades de Brice Fitzwilliam de Thaxted, que aquí jura sobre su honor que será gobernado por la palabra y la voluntad del rey. En nombre del rey, acepto las promesas contenidas en este juramento de manera incondicional, y sin mayor expectativa que su fe y su servicio como leal vasallo del rey.
Obert permitió que las palabras retumbaran por el salón y luego soltó al nuevo lord Thaxted para que se pusiera en pie frente a él.
—Por lord Thaxted —gritó—. ¡Thaxted!
Todos corearon, vitorearon y aplaudieron durante varios minutos. Lord Giles le dio una palmada en la espalda a su amigo y luego lo abrazó con cariño. Pero, cuando Obert vio a lady Fayth entrar en la sala, se dio cuenta de que debía hablar con Brice sobre la otra mujer implicada en el acuerdo. Al contemplar cómo la expresión de la dama cambiaba varias veces mientras se aproximaba tras haber oído la noticia del nombramiento de Brice, supo que a aquella mujer le gustaba ponerles las cosas difíciles a los hombres elegidos o designados para gobernarlos.
Obert advirtió la reticencia en el saludo de la dama y en sus palabras de felicitación, aunque nadie más lo hiciera. Los sentimientos pasionales de las mujeres siempre hacían que las cosas fueran más difíciles para los hombres. Pero cuando lord Giles le tomó la mano a lady Fayth y se colocó a su lado, Obert comprendió la gran diferencia entre la suerte de los dos caballeros.
Lord Giles no había tenido que perseguir a una esposa tras hacerse con sus tierras por la fuerza.
No podría decirse lo mismo de lord Brice.
Uno
Bosque de Thaxted, noreste de Inglaterra
Marzo 1067
El suelo bajo sus pies comenzó a temblar y Gillian buscó una causa. Era un día agradable, teniendo en cuenta que el invierno aún lo cubría todo, pero no había nubes en el cielo azul y brillante. Miró hacia arriba y no vio señales de tormenta inminente que pudiera causar el estruendo que inundaba la zona.
Se quitó la capucha, entró en el camino y miró hacia delante y hacia atrás. Inmediatamente se dio cuenta de cuál era la razón del ruido y volvió a esconderse en la maleza que bordeaba el sendero. Dio gracias a Dios de haber robado una capa marrón oscuro en su huida, se envolvió con ella y se quedó tumbada, muy quieta, mientras los caballeros y guerreros a caballo pasaban velozmente por delante de su escondite. Cuando se detuvieron a poca distancia de ella, Gillian ni siquiera se atrevió a respirar por miedo a ser detectada y capturada por aquellos merodeadores desconocidos.
Demasiado lejanas para oírlas y demasiado bajas para comprenderlas, sus palabras eran una mezcla de francés normando e inglés también. Gillian mantuvo la cabeza gacha y aguardó a que siguieran su camino. Cuando oyó que bajaban de los caballos y caminaban por el sendero, su cuerpo comenzó a temblar. Ser descubierta sola en aquellos tiempos tan peligrosos era una invitación a la muerte o algo peor, y algo que Gillian había tratado por todos los medios de evitar.
Su decisión de marcharse de casa y huir al convento no había sido tomada de manera precipitada, o sin pensar en las consecuencias, pero sus opciones eran limitadas y no muy atractivas: el matrimonio que su hermano Oremund había acordado con un anciano asqueroso o el que había acordado el duque invasor con un guerrero normando vicioso en su intento por destruir todo lo que a ella le era preciado. Lo único que podía hacer era mantenerse escondida y rezar para que aquellos soldados siguieran y ella pudiera continuar su viaje hacia el convento.
Gillian aguardó mientras los soldados discutían sobre algo y aguantó la respiración una vez más, intentando no llamar su atención cuando las voces se acercaron al lugar donde estaba escondida. Reconoció el nombre de su casa y el de su hermano también. Si al menos hablaran su idioma, o si al menos hablasen más despacio para que pudiera intentar entender alguna de sus palabras.
Tras lo que le parecieron unos minutos interminables, los hombres comenzaron a alejarse y a decirles a los demás que no habían visto nada. Gillian levantó la cabeza con cuidado y lentitud, y observó cómo se retiraban. Pero un caballero permaneció en el camino, a pocos metros de donde ella estaba. En vez de seguir a los demás, se quitó el casco, se lo colocó debajo del brazo y se dio la vuelta.
Gillian suspiró sin poder evitarlo.
Era alto y musculoso, el hombre más atractiva que jamás había visto, incluso teniendo en cuenta a su primo, que estaba considerado como el sueño de toda mujer. Su pelo rubio no era corto, al estilo normando; en vez de eso le caía libremente alrededor de la cara. Desde la distancia no podía ver el color de sus ojos, pero su cara era angulosa y masculina, así como interesante a pesar de ser normando.
¡Un normando! ¡Y un normando con armadura de batalla!
¡Santa madre de Dios! ¡Que el señor se apiadase de ella!
Y el normando miraba hacia los árboles en su dirección. Gillian no se atrevía a moverse, ni siquiera a buscar cobijo entre las ramas tiradas en el suelo, pues él ladeó la cabeza, entornó los ojos y esperó. Ella sabía que estaba esperando a oír cualquier señal de que alguien estuviera allí escondido, y apenas dejó escapar el aliento mientras permanecía tendida y quieta.
Gillian pensó que el soldado se metería entre los árboles para inspeccionar, pero en vez de eso se dio la vuelta hacia los demás antes de ponerse el casco y alejarse hacia ellos. Mientras caminaba iba maldiciendo, a veces de manera tan blasfema que Gillian se sonrojó. No podía ser el lord a quien el Conquistador le había cedido Thaxted, pues ningún noble actuaría de un modo tan vulgar, usando palabras como las que había usado y comparando a uno de sus hombres con una bestia de carga.
¿Entonces quién era? ¿Y cuál era su misión allí?
Uno de los otros soldados dio órdenes de seguir adelante y ella rezó para que por fin se marcharan. Gillian no se movió hasta que el polvo volvió a posarse sobre la superficie seca del camino y ya no podía oírse nada. Incluso entonces, se arrastró por el suelo hasta incorporarse y se tapó con la capa. No se movería de aquel sitio hasta estar completamente segura de que había una distancia de seguridad entre los soldados y ella.
Sacó el odre de cerveza aguada de entre los pliegues de su capa y dio un buen trago para refrescarse la garganta. El cansancio de caminar varios kilómetros, el polvo del camino y el miedo que aún palpitaba en sus venas le cerraban la garganta, y la cerveza la calmaba. Tentada de hacer uso de la comida que llevaba envuelta en un paño, Gillian decidió esperar, pues sólo se había llevado alimento suficiente para dos días de viaje desde su casa al convento, y tenía pocas monedas para comprar más.
Si acaso había alimento disponible para comprar durante el camino.
El invierno había llegado temprano y la última cosecha había sido mala, alterada por los planes de guerra y sus consecuencias. Cualquier excedente, incluso el necesario para alimentar a las muchas personas que vivían en las tierras de su padre, había ido destinado a alimentar al ejército del rey Harold a su paso. Habían pasado primero de camino al norte para enfrentarse a las tropas de Harald Hardrada, y luego de camino al sur para combatir al usurpador Guillermo de Normandía.
Las tropas del rey Harold tenían pocas posibilidades de reagruparse tras combatir a los nórdicos antes de dirigirse al sur a recibir a las tropas normandas junto a la costa. En un único día de mediados de septiembre, las esperanzas de Inglaterra se habían visto sacudidas cuando su rey y varios de sus aliados más cercanos fueron asesinados.
Peor, en los meses posteriores a aquella batalla junto a Hastings, los rebeldes y forasteros poblaban las tierras en busca de algo que avivara sus esfuerzos contra el ejército normando. Gillian suspiró. Se le revolvió el estómago al recordar los acontecimientos de los últimos meses, y ya le resultaba imposible la idea de comer. Decidió que ya había pasado suficiente tiempo y se puso en pie, se sacudió la tierra de la capa y del vestido y regresó al borde del camino.
Miró hacia el sol y se dio cuenta de que probablemente hubiese perdido una preciada hora de luz con aquel encuentro. Salió al camino e incrementó la velocidad de sus pasos. Tenía que llegar al convento a la caída del sol o pasaría otra noche sola en el bosque, idea que le asustaba más ahora que sabía que aquellos normandos compartían el camino con ella.
Pasó una hora, luego otra, y Gillian continuó andando, siempre mirando al frente y atenta a cualquier sonido de peligro, viajando en la misma dirección que los soldados, pero con cuidado de no alcanzarlos. A medida que el sol iba acercándose al horizonte, se dio cuenta de que no llegaría al convento antes de que las hermanas cerraran las puertas. Mientras se secaba el sudor de la frente con la manga, pensó que dormir oculta entre las sombras junto a los muros del convento sería casi tan seguro como dormir dentro.
De modo que se apresuró y decidió comerse los pedazos de pan y de queso que llevaba en la bolsa. Aminoró la velocidad sólo cuando llegó a la pendiente del camino que indicaba que estaba cerca de su destino. Sólo unos pocos kilómetros la separaban de la seguridad. La respiración se le aceleró a medida que ascendía por la pendiente hacia la cima, y tuvo que detenerse en varias ocasiones para tomar aliento antes de llegar.
Entonces perdió la habilidad de respirar por completo cuando contempló una visión terrorífica; la misma tropa de guerreros, más ahora, acampada a un lado del camino. Gillian miró hacia delante y se preguntó si podría continuar su camino como si fuera una simple campesina. Tal vez no le prestaran atención. Controlando su necesidad de correr, pues salir corriendo sería una invitación a seguirla, decidió que lo mejor sería caminar despacio.
Se cubrió la cara mejor con la capucha, agachó la cabeza y fue poniendo un pie delante del otro, obligándose a ir despacio y a medir sus pasos. Por el rabillo del ojo miró a los soldados y aceleró el paso. Aunque varios se acercaron al camino, nadie la detuvo. Sintió cómo crecía su esperanza a medida que avanzaba. Ya casi había dejado atrás el campamento cuando un hombre grande se puso en su camino y le bloqueó el paso.
Ella lo esquivó, o lo intentó, pero él se movió al mismo tiempo. Obviamente se trataba de un hombre fuerte, así que Gillian sopesó sus opciones. Se dio la vuelta con la intención de regresar por la misma dirección por donde había llegado, pero entonces se encontró con otro guerrero. Luego un tercero y un cuarto bloquearon los laterales, de modo que no le quedó sitio al que ir. Respiró profundamente y esperó a que actuaran.
—¿Señorita, qué estáis haciendo sola por estos caminos? —preguntó uno de ellos con un inglés muy acentuado—. ¿Qué os proponéis?
Aunque había esperado no tener que usarla, Gillian llevaba preparada una historia para responder a esa pregunta. Sin mirarlo a la cara, se dio la vuelta hacia el que había hablado.
—Mi señora me envía al convento, milord —respondió con una reverencia de cabeza.
—Ya casi es de noche —dijo el que tenía detrás—. Venid, estaréis más segura en nuestro campamento esta noche.
¿Estaba a salvo una oveja cuando la protegía un lobo? Creía que no. Negó con la cabeza y rechazó la invitación.
—Las hermanas me esperan, milord. Debo darme prisa. Mi señora se enfadará si no llego a tiempo.
Intentó abrirse paso empujando al que tenía delante, pero éste apenas se movió. Gillian lo intentó una vez más, sin éxito. Antes de que pudiera probar suerte una vez más, dos de ellos la agarraron de los brazos y la arrastraron hacia los demás. Forcejeó, pero no consiguió zafarse de ellos, y el corazón comenzó a acelerársele en el pecho, haciendo que la cabeza le diese vueltas.
Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaban en mitad del campamento, lo suficientemente lejos para que no pudiera escaparse con facilidad. No se lo puso fácil, pero aquello tampoco ralentizó ni impidió su progreso. Simplemente la arrastraban entre ellos. Estaban haciéndole daño en los brazos y sabía que por la mañana tendría hematomas; si sobrevivía hasta entonces.
A juzgar por sus susurros furiosos, supo que algo pasaba. Decidió aprovecharse de la situación. Pisó con todo su peso el empeine del soldado que tenía detrás y lo empujó con las caderas en un intento por hacerle perder el equilibrio.
No funcionó.
Al contrario, pues ahora le dolía el pie y tuvo que ir cojeando el resto del camino. Finalmente se detuvieron y ella aprovechó el momento para soltarse y huir. Un soldado le agarró la capa, que cedió cuando los nudos se soltaron. Gillian no había dado ni dos pasos, dos pasos dolorosos, antes de que un brazo con cota de malla le rodeara la cintura y la arrastrara contra la superficie más dura que jamás había sentido. Tan dura era que le dejó los pulmones sin aire y a punto estuvo de dejarla inconsciente cuando golpeó con la cabeza la lámina del pecho.
—¿Adónde vais, señorita? ¿Habéis decidido no honrarnos con vuestra presencia esta noche?
Cuando reconoció la voz del guerrero que la tenía prisionera, se sintió aterrorizada. Sin posibilidad de escape y con la sospecha de que aquellos hombres planeaban todo tipo de actos ilícitos e inmorales contra ella, escuchó las risas de los que presenciaban la escena y quiso desmayarse. Pero en vez de eso emitió un grito ahogado cuando aquel gigante la rodeó con su otro brazo y la atrapó en un abrazo indecente contra su pecho. Luego apoyó la cabeza contra la suya hasta hacerle sentir su aliento caliente sobre la piel del cuello.
—Dime lo que buscas, cariño —le susurró en inglés—, y trataré de complacerte en todo lo que pueda.
