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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca y Deseo, n.º 220 - octubre 2020
I.S.B.N.: 978-84-1375-240-2
Índice
Portada
Créditos
Íntimo paraíso
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Un baile de máscaras
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1
CORRÍA el rumor de que Dante Fiori podía destrozar a un hombre por el simple procedimiento de arquear una ceja. Era implacable, decidido, poderoso, mal enemigo para cualquiera. Había salido del arroyo con ayuda de su mentor, Robert King y, no contento con superar las expectativas de este, había aumentado su fortuna.
Dante era una fuerza de la naturaleza. Todas las mujeres querían estar con él y todos los hombres, ser como él; todos, menos su mejor amigo, Maximus King, quien además de considerarlo sobrevalorado en exceso, tenía el valor de decírselo.
En resumen, era el rey de todo reino que le interesara, aunque no tuviera sangre real. Y esa fue la razón de que se quedara atónito cuando el mundo cambió de repente en mitad del salón de los King.
Dante había ido a la ciudad para asistir a uno de sus animados encuentros, a los que siempre le invitaban. Esta vez, se trataba de celebrar el nuevo éxito de Violet King, la mayor de las hijas, quien iba a presentar su nueva gama de maquillaje en un acto retransmitido por televisión que, al parecer, llegaría a varios millones de espectadores.
Mientras miraban la pantalla, reparó en la ausencia de uno de los miembros de la familia. Robert estaba sentado junto a Elizabeth, su mujer, y Maximus descansaba en el sillón de enfrente, con un whisky en la mano; pero Min no les había honrado con su presencia.
Dan no sabía qué pensar sobre Minerva King, la más joven del clan. No se parecía nada a sus hermanos. No era como Maximus, un relaciones públicas que sabía manipular a los clientes más difíciles con su sonrisa encantadora y su mirada de acero; y tampoco era como Violet, la ambiciosa e impresionante mujer que había transformado su pequeño negocio en una empresa multinacional.
Sin embargo, el origen de su desconcierto estaba en otra parte. Sencillamente, no se hacía a la idea de que aquella niña que hablaba sin parar se hubiera convertido en una mujer y hubiera sido madre. Para él, Min seguía siendo la criatura que correteaba por los jardines como un ratoncillo de pelo castaño, siempre buscando animales y haciéndose daño en las rodillas.
Por lo que Dante sabía, Min se había ido al extranjero en viaje de estudios y había regresado con un bebé de apenas un mes, para sorpresa de sus padres. Pero ni Robert ni Elizabeth eran precisamente conservadores. Podían entender que una King hubiera tenido una hija sin decirles nada y que la hubiera tenido sin estar casada. Lo que no podían entender era otra cosa: que la King en cuestión fuera Minerva y no Violet.
En los cuatro meses transcurridos desde entonces, la situación se había calmado hasta el punto de que todos aceptaban la existencia de la pequeña con naturalidad. El único que tenía reparos era el propio Dante, quien se enfurecía cuando veía a Min con su hija. No le parecía bien que aquel ser indomable hubiera renunciado a su libertad. Desde su punto de vista, seguía siendo una niña; aunque tuviera veintiún años y fuera madre.
Madre.
Si hubiera podido, habría machacado al tipo que la había dejado embarazada, un extranjero del que ni siquiera sabían el nombre.
No lo podía evitar. Sentía debilidad por Minerva desde su infancia, cuando corría de un lado a otro como una exhalación que solía terminar en caídas de las que salía ilesa. Pero a veces no tenía tanta suerte. A sus dieciséis o diecisiete años, un chico que le gustaba la humilló durante un baile, y la intervención posterior de Robert, que se enfadó con el joven, solo sirvió para que se sintiera aún más avergonzada.
Al ver lo que sucedía, Dante se ofreció a bailar con ella y le dio un consejo:
–No dejes que te vean llorando.
Se lo dijo de corazón. Tal vez, de un modo excesivamente grave. Pero el truco funcionó, y Min dejó de llorar.
¿Por qué le importaba tanto Minerva King? Ni Dante lo sabía ni tenía la costumbre de interrogarse sobre sus propios motivos. Era un hombre de acción, que se limitaba a actuar cuando las circunstancias lo exigían. Y quizá fuera ese el problema: que ahora no exigían nada y, en consecuencia, no había nada que hacer.
Cansado de dar vueltas al asunto, se concentró en la pantalla del televisor. Si todo iba según lo previsto, vería la presentación de Violet y, cuando terminara, hablaría con Robert para intentar convencerle otra vez de que unieran fuerzas; en parte, porque pensaba que era lo mejor para sus dos empresas y, en parte, porque había contribuido al éxito de King Industries y le interesaba tanto como si fuera suya.
Por supuesto, Robert se resistía a que los King compartieran el control con él, pero ni Maximus ni Violet estaban interesados en mantener la fábrica. A fin de cuentas, los dos tenían sus propios negocios y, aunque la segunda usara la empresa de su padre para el proceso de fabricación, desarrollaba sus productos por su cuenta y contaba con su propia red de distribución y progreso.
Solo había otra persona que se podía interponer en su camino: Minerva, naturalmente. Sin embargo, estaba convencido de que no se opondría a la fusión. Y lo estaba porque no creía que aquella niña charlatana y juguetona tuviera ambiciones en ese campo, por mucho que hubiera crecido.
¿Quién le habría dicho que su seguridad saltaría por los aires unos segundos después, cuando Min apareció en la pantalla para sorpresa de todos?
–Sé que no están aquí para escuchar habladurías sobre mi familia, sino para asistir al lanzamiento de los nuevos productos de mi hermana –empezó la joven–. Pero, como su nueva gama se llama Rumores, me ha parecido que sería una ocasión excelente para aclarar las cosas sobre los rumores que he provocado.
Dante se quedó boquiabierto. La Minerva que hablaba no era su ratoncillo de pelo castaño, sino una mujer preciosa que tenía un bebé entre sus brazos.
–Se ha especulado mucho sobre el padre de mi hija, Isabella. Y, aunque estoy acostumbrada a ser el único miembro de mi familia que nunca sale en las noticias, he decidido poner fin al secreto –continuó Min, clavando sus brillantes ojos verdes en la cámara–. ¿Quieren saber quién es? Pues bien, el padre de mi hija es Dante Fiori.
Robert, Elizabeth y Maximus se giraron hacia él al mismo tiempo, perdiendo todo interés en la televisión.
Y no lo miraron precisamente con afecto.
Lo había hecho. Muerta de miedo, pero lo había hecho. Y Violet había estado encantada de permitírselo, porque a su hermana le gustaba tanto el espectáculo que no hizo ninguna pregunta sobre su sorprendente anuncio hasta que terminó la gala y se subieron a la limusina.
–¿Dante es el padre? –dijo.
–Sí –respondió ella, cada vez más asustada con su mentira.
–¿Dante se acostó contigo?
Min no supo a qué se debía la perplejidad de Violet. Quizá, a que Dante no se acostaba nunca con mujeres como ella; quizá, a que le molestaba que Dante la hubiera tocado o quizá, sencillamente, a que estaba un poco celosa. A fin de cuentas, Violet era la belleza de la familia, y Minerva nunca había llamado la atención; por lo menos, hasta que volvió del extranjero con un bebé, lo cual había desatado todo tipo de rumores.
Min no necesitaba ser muy lista para saber que su vida se podía complicar en cualquier momento. Cualquier idiota podía hacerle una foto con Isabella y vendérsela a la prensa, que la publicaría en todo el mundo. Y, si Carlo la veía, ataría cabos. Pero no tomó ninguna decisión hasta que recibió un SMS donde la amenazaban.
Isabella estaba en peligro. Ella estaba en peligro.
Min estaba convencida de que la sobredosis de Katie no había sido un accidente. Su difunta amiga había pasado sus últimos días entre la angustia y el terror. Sabía que Carlo era un hombre con muchos recursos, y sabía que las había descubierto.
Sin embargo, se habían sentido bastante seguras durante una temporada. Katie no era famosa y, aunque Min fuera una King, nadie la habría reconocido fuera de los Estados Unidos. Pero Carlo había conseguido localizarla y, al localizarla a ella, también localizó a Katie y a la propia Isabella.
Tenía que hacer algo. Katie había muerto y, si no encontraba una solución, Carlo le quitaría a la niña.
Fue entonces cuando se le ocurrió la idea. Solo tenía que decir que la niña era suya y de Dante. La gente se lo creería y, cuando la noticia llegara a la prensa, Carlo no sospecharía nada, porque solo la había visto un par de veces cuando estaban en Roma, y no le había prestado ninguna atención.
Por desgracia, el SMS demostraba que se había equivocado al respecto.
–A papá le va a dar un infarto –afirmó Violet.
–¿Tú crees?
Min no podía creer que su padre se lo tomara a la tremenda. Robert King era el no va más del aplomo, como había demostrado cuando se presentó de repente con un bebé. Naturalmente, ella le preguntó si le molestaba, y él contestó que no tenía ningún motivo para estar enfadado, porque era una mujer adulta con dinero de sobra para cuidar de Isabella y una mansión gigantesca a su disposición.
No, la reacción que le preocupaba a Min no era la de su padre, sino de Dante. Y cruzó los dedos para que el viejo amigo de su familia estuviera en Fráncfort, Milán o su despacho de Nueva York; en cualquier sitio menos en la casa de los King.
Pero no tuvo tanta suerte. Cuando la limusina llegó finalmente a su destino, las esperanzas de Minerva saltaron por los aires.
Dante estaba allí.
Tan alto, imponente y devastadoramente atractivo como de costumbre. Tan fuerte y seguro como la noche en que la sacó a bailar después de que su amigo Bradley le confesara que solo había salido con ella para poder entrar en la mansión de los King y contárselo después a sus amigos del instituto.
Había sido una de las experiencias más humillantes de Min. Y también la mejor de todas, porque la traición de Bradley la puso en brazos de Dante Fiori, un hombre que le habría gustado a cualquier mujer.
Desde entonces, se sentía tan atraída por él como si fuera un imán. Cada vez que lo veía, se estremecía por dentro. Y, por mucho que le disgustara, no lograba resistirse al deseo.
–Parece enfadado –dijo Violet en voz baja.
–Bueno, ya se le pasará.
Minerva alzó la barbilla en gesto orgulloso y miró al supuesto padre de su supuesta hija. Estaba en la entrada de la mansión, en compañía de Robert y Maximus, que parecían tan disgustados como él.
Sin esperar ni un momento, Dante caminó hacia la limusina, abrió la portezuela y clavó en ella sus insondables ojos negros.
Min tuvo la sensación de que podía ver hasta los rincones más oscuros de su alma, y recordó las cosas que le habían contado de él: que Robert King lo había conocido en Roma cuando Dante era un adolescente y que Dante le había intentado atracar; que Robert le había dado su reloj y que, creyendo ver algo en el chico, le dio también su tarjeta y le dijo que, si quería cambiar de vida, lo llamara.
Y sorprendentemente, Dante lo llamó.
Min conocía muchas historias sobre el hombre que la estaba mirando; casi todas, terribles. Pero nunca se las había creído, porque su padre tendía a adornar sus narraciones y porque algunos detalles no encajaban del todo. De hecho, habría apostado cualquier cosa a que la verdad sobre Dante era mucho menos dramática.
–Tenemos que hablar, ¿no crees? –dijo él.
Dante la tomó de la mano y la ayudó a salir del vehículo. Para entonces, Maximus y Robert ya estaban a su lado.
–Y cuando termines de hablar con él, hablarás conmigo –intervino Maximus.
–Acompáñame. Así te librarás del pelotón de fusilamiento –añadió Dante, irónico.
Min miró la mano que aún se cerraba sobre sus dedos y se acordó de un día lejano, cuando tenía doce años de edad. Se acababa de caer de un árbol y, al verla en tales circunstancias, Dante se acercó a ella y la tomó en brazos. Su contacto le gustó tanto que se estremeció; pero le dio miedo, y se apartó al instante.
–Eres un peligro para la humanidad –continuó él.
–Sí, bueno… Tengo que sacar a Isabella del coche.
–Adelante.
Ella se inclinó sobre la limusina, desabrochó el cinturón de seguridad de la sillita del bebé y lo alcanzó. A esas alturas, ya no importaba que Isabella fuera hija de la difunta Katie. Min la quería como si fuera suya, y estaba verdaderamente asustada con la posibilidad de que Carlo la encontrara; pero, aunque nunca se había considerado valiente, haría lo que fuera necesario por salvarla.
Dante la llevó al despacho de Robert y, una vez allí, cerró la puerta y dijo:
–Explícate. Sabes tan bien como yo que esa niña no es mía.
–¿Se lo has dicho a mi familia? –preguntó, acunando al bebé.
–No, no he dicho nada. Tendrás que decírselo tú porque, si se lo digo yo, no me creerán –respondió–. En la hora que has tardado en volver a casa, he tenido que dar cien razones a tu hermano para que no me asesinara. ¿Y sabes cuál era la más importante? Que si soy su padre, me necesitarás.
–Y es verdad. Te necesito.
Dante arqueó una ceja, pero no dijo nada.
–Lo siento. Tuve pánico –añadió ella.
–¿Pánico? ¿De qué? –se interesó–. ¿Qué ocurre?
–Fuiste el único hombre que me vino a la cabeza, el único que tenía el poder suficiente. Y tenía que protegerme, Dante. ¡Tenía que proteger a Isabella! Y, como siempre has sido amigo de la familia, pensé que todos creerían que tú y yo… en fin, que…
–Sí, ya, no hace falta que termines la frase. Pero pensaste mal. La idea de que yo pueda acostarme contigo es sencillamente ridícula.
Minerva no se había sentido tan pequeña y despreciable en toda su vida. Dante tenía razón. La idea de que un hombre como él la quisiera en su cama era absurda. Pero Robert y Maximus se lo habían creído y, si ellos lo creían, también podía engañar a los demás.
–Oh, vamos, los hombres tienden a mantener relaciones que, en principio, no tienen ni pies ni cabeza –declaró ella, intentando mantener su orgullo a salvo–. Son cosas de sus fantasías sexuales ocultas.
–¿Ah, sí? Pues las mías están tan a la vista de todos que las publican en los periódicos de medio mundo. Y tú no encajas en ellas.
Min se volvió a sentir insultada, aunque el comentario no le sorprendió en absoluto. A Dante le daba igual que las mujeres fueran rubias, morenas o pelirrojas; solo quería que fueran esbeltas y refinadas, es decir, como Violet.
–Me alegro de saberlo –replicó.
–¿Por qué lo has hecho, Minerva?
–Lo siento, no quería causarte problemas –se volvió a disculpar–. Alguien nos ha amenazado a Isabella y a mí, y tenía que inventarme una historia para protegernos… una paternidad alternativa, por así decirlo.
–¿Una paternidad alternativa?
Min tragó saliva.
–Sí, es que el padre de Isabella es el hombre que nos ha amenazado.
Dante la miró con escepticismo.
–Ah, pero ¿sabes quién es? Pensé que no lo sabías.
Minerva no supo si sentirse sorprendida, ofendida o encantada con su intento de zaherirla, porque implicaba que la creía capaz de mantener relaciones amorosas secretas; pero, a decir verdad, solo la habían besado una vez, estando en Roma en compañía de Katie.
Una noche, se fueron a una discoteca y, mientras bailaba con un joven del que ni siquiera conocía el nombre, él se inclinó y la besó sin previo aviso. Pero no le gustó nada, así que fingió que le dolía la cabeza, salió del local y tomó un taxi para volver al hostal donde su amiga y ella se alojaban.
–Por supuesto que sé quién es. Desgraciadamente, su identidad tiene implicaciones de las que no fui consciente hasta más tarde.
–¿Qué significa eso?
Min dudó; quizá, porque no podía decirle la verdad sin confesarle que Isabella no era hija suya. Pero, por otra parte, Dante era una de las pocas personas de las que confiaba. Siempre había cuidado de ella, desde que era una niña. Y, a fin de cuentas, sus vidas estaban en peligro.
–Su padre es miembro de una familia del crimen organizado –dijo, armándose de valor–. Huelga decir que yo no lo sabía cuando lo conocí. Y ahora la está buscando… bueno, nos está buscando.
–¿Insinúas que estás verdaderamente en peligro?
–Sí. Y la única forma de que nos deje en paz es convencerlo de que no es el padre de Isabella –contestó.
–¿Y crees que se lo tragará?
–Bueno, no tenía más opción que intentarlo –se defendió–. Necesito que me protejas.
Él la miró con intensidad, como si estuviera mirando a una niña que había hecho una travesura. Y, de repente, su expresión cambió.
–Si esa niña fuera hija mía, seríamos familia –afirmó Dante.
–Sí, supongo que sí.
–Y tendremos que hacernos fotografías, para que todo el mundo sepa que estamos juntos. De lo contrario, pensarán que soy un mal padre.
–Sí, imagino que sí…
–Pero, si Isabella fuera mi hija, tendríamos que hacer una cosa.
–¿Una cosa? –dijo ella, frunciendo el ceño.
Dante, que había empezado a caminar de un lado a otro como un tigre enjaulado, se detuvo súbitamente y respondió:
–Sí, la única salida que tenemos.
–¿Cuál?
–Casarnos.
Capítulo 2
DANTE supo dos cosas cuando clavó la mirada en los ojos verdes de Min; la primera, que si Minerva e Isabella estaban en peligro, debía protegerlas y la segunda, que casarse con ella era la mejor forma de conseguir sus objetivos con la empresa de Robert King. A fin de cuentas, sería esposo de su hija y supuesto padre de su nieta.
Además, no tenía la opción de destapar la mentira de Minerva y dejar que la policía se encargara del asunto, porque no podían hacer nada contra un hombre que, al parecer, formaba parte del crimen organizado.
Por mucho que le disgustara la situación, él era lo que se interponía entre ella y el verdadero padre de Isabella. Pero tenía recursos, tenía hombres a su disposición y, sobre todo, tenía dinero. Y si el plan de Min no funcionaba, encontraría otra forma de protegerlas.
En cuanto a la perspectiva de casarse, no le molestaba en absoluto. Siempre había querido tener un hijo, un heredero que continuara con su labor. Y, como no se creía capaz de amar a nadie, ¿qué diferencia había entre una mujer y otra? La delgaducha Minerva era tan buena como cualquiera. Ni siquiera importaba que tampoco se sintiera atraído por ella.
Lo único que le podría haber hecho dudar era la genética, porque sería padre de una niña que no era suya; pero su experiencia no decía nada bueno de la familia: el hombre con el que se había criado los había abandonado a él y a su madre, una pobre prostituta que eligió el camino de las drogas, se desentendió de su hijo poco después y falleció a continuación.
A los diez años de edad, ya se había quedado solo. Y lo había estado desde entonces.
Seguramente, esa era la razón de que se sintiera en la necesidad de proteger a Isabella. Pero, en cualquier caso, su plan no le obligaba a involucrarse sentimentalmente con ellas. Solo tenía que solventar el papeleo y conseguir los documentos necesarios, cosas que podía hacer sin el engorro de cambiar pañales o intentar dormir a un bebé.
–¿Casarnos? ¿Tú y yo? –dijo Minerva, horrorizada–. Es una broma, ¿verdad?
–No.
Dante se quedó perplejo con la reacción de Min. ¿Por qué le espantaba la idea? Él era quien tendría que atarse a una niña de la que no sabía nada. Él era quien tenía motivos para estar preocupado.
–Nos vamos a casar, Min –insistió.
–Eres demasiado viejo para mí…
Dante soltó una carcajada.
–Y tú, poco más que una niña –replicó–. Pero me has pedido que te proteja, y estoy dispuesto a concederte ese deseo si me das algo a cambio.
–¿El matrimonio?
–En efecto.
–¿Por qué? ¿Qué pretendes? Sé que no quieres llevarme a la cama.
–Desde luego que no. Pero quiero que tu padre apruebe la fusión de nuestras empresas y, como no soy de su familia, se niega –dijo, clavando en ella sus brillantes ojos verdes.
–Ah, solo estás dispuesto a ayudarme si sacas beneficio…
–Por Dios, Minerva. Si ser de tu familia me hubiera interesado de verdad, hace tiempo que habría buscado la forma de conseguirlo. Y la habría buscado con Violet, no contigo.
Ella se ruborizó.
–¿Lo dices en serio?
–Bueno, va mejor con mi imagen.
–¿Tu imagen?
–Aunque, si quieres que te sea completamente sincero, sé que te podría haber seducido hace años. No necesito tu pequeña farsa para eso. Si hubiera querido casarme contigo, me habría casado contigo.
Min estuvo a punto de gritar.
–Tú no me podrías seducir en toda tu vida, Dante Fiori. Ni siquiera me gustas. Nunca me has gustado.
–¿Ah, no? Entonces, ¿por qué me seguías a todas partes, como un perrito?
Dante no supo por qué se sentía en la necesidad de incordiar a Minerva. Quizá, por haberlo metido en esa situación y quejarse después por el beneficio económico que podía sacar de su matrimonio. Pero, en cualquier caso, él no era el monstruo que decía la prensa. Si lo hubiera sido, habría destruido su montaje. A fin de cuentas, solo tenía que pedir una prueba de paternidad.
–Me estás utilizando para salir de un lío, Minerva –le recordó–. Habría sido mejor que te sedujera en su momento. Yo te habría ofrecido el matrimonio directamente y, desde luego, no soy ninguna amenaza.
–Claro que lo eres.
–¿Para quién?
–Para la decencia.
Justo entonces, Robert King abrió la puerta y entró en el despacho.
–Tenemos que hablar –anunció.
–Si quieres hablar con Dante, puedes hablar delante de mí –dijo su hija.
–No, creo que no –replicó su padre.
–Y yo creo que sí.
Robert suspiró y cerró la puerta.
–Está bien, si te empeñas… ¿Cómo te atreves a abusar de mi hospitalidad, Dante? Min es una niña comparada contigo.
–¿Por qué te enfadas ahora? No te enfadaste cuando me presenté con la niña –declaró Minerva.
–¿De qué habría servido que me enfadara? Te fuiste a ver mundo sin molestarte en consultarlo conmigo, y luego volviste con esa criatura. Pero nadie puede cambiar el pasado –alegó su padre–. No, no estoy enfadado contigo, sino con él.
–Eso no tiene ni pies ni cabeza –dijo su hija.
Dante no dijo nada, pero pensó que el enfado de Robert era perfectamente lógico. En primer lugar, porque sacaba trece años a Minerva; en segundo, porque tenía más experiencia que ella en todos los sentidos y, en tercero, porque había traicionado a los King; al menos, teóricamente.
–Dime que no te aprovechaste de ella cuando era más joven –bramó Robert–. Dímelo.
–Nunca me habría aprovechado de Min –afirmó Dante–. Nunca abusaría de tu confianza.
–Pues los hechos dicen lo contrario.
–Estás equivocado, papá. Dante no me sedujo a mí. Fui yo quien lo seduje a él.
Los dos hombres se la quedaron mirando, y Dante estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿Quién habría creído que aquella chica de vaqueros anchos y jersey excesivamente grande podía seducirlo? Tenía aspecto de universitaria. Y, en cuanto a él, jamás habría seducido a una temblorosa virgen.
–Fue la noche de mi fiesta de despedida, antes de que me fuera al extranjero –continuó ella–. Estaba bastante borracho.
Dante la maldijo para sus adentros, ¿Borracho, él? Estaba absolutamente sobrio y, por si eso fuera poco, en compañía de una rica heredera.
–Dante me ha gustado siempre –prosiguió Min–. Y, como me gustaba, me metí en su habitación y… bueno, me aproveché de él.
–Deja de decir tonterías, Min –protestó Dante.
–¡Es la verdad! Te seduje –insistió–. Y me sentía tan mal por haberte seducido que, cuando descubrí que estaba embarazada, intenté ocultarlo.
–¿Y por qué lo has anunciado por televisión? –preguntó su padre.
–Bueno, es que… –empezó Minerva, buscando rápidamente una excusa–. Es que no he tenido más remedio. Intenté hablar con él, pero no respondía a mis llamadas. Imagino que estaba avergonzado.
–¿Avergonzado yo?
–Sí, de haber estado borracho y no haber podido reaccionar. Al fin y al cabo, no es propio de ti –respondió.
Robert, que no sabía dónde meterse, se giró hacia Dante y lo miró con incomodidad. Su enfado había desaparecido por completo.
–Supongo que harás lo correcto, ¿no? –dijo.
–Por supuesto.
–¿Qué es lo correcto? –preguntó Minerva.
–Casarse contigo, obviamente.
–Le he ofrecido matrimonio poco antes de que entraras en el despacho –le informó Dante–. Pero tu hija es muy obstinada. No parece consciente de las consecuencias de sus actos.
–Pues hazla entrar en razón.
–¡Deja de comportarte como un tirano, papá! No te pega.
–Quizás no le pegue a tu padre, pero me pega a mí, cara mía –dijo Dante.
Min le lanzó una mirada cargada de rabia, lo cual le sorprendió, porque siempre lo había mirado con timidez. Pero la persona que estaba ante él ya no era una niña, sino una mujer fuerte y desafiante que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por Isabella.
Al pensar en la niña, se preguntó cómo era posible que Minerva tuviera algo que ver con un tipo del crimen organizado. ¿La habría seducido? ¿Lo habría seducido ella? ¿Habría un fondo de verdad en la absurda historia de que se había metido en su cama para aprovecharse de él, aprovechando que estaba supuestamente borracho?
Minerva tenía veintiún años, pero no le daba la impresión de que su experiencia con los hombres fuera larga o intensa. Aunque, por otra parte, podía estar equivocado. A fin de cuentas, se había presentado con un bebé y había anunciado públicamente que él era su padre. Quizá no la conocía tan bien como creía.
–Tu madre quiere hablar contigo –dijo Robert.
–Y supongo que Maximus querrá hablar conmigo –intervino Dante.
Robert lo miró con intensidad.
–Sí, supongo que sí. Pero, si te vas a casar con ella… ¿Te has dado cuenta de que ese matrimonio pondrá King Industries en tus manos?
–Sí, ya lo había pensado –replicó, sin molestarse en disimular.
–Si las circunstancias fueran distintas, desconfiaría de ti –le confesó Robert–. Pero no preguntaste por el bebé, ni hiciste esfuerzo alguno por saber si era tuyo.
–Porque no pensé que fuera mío –declaró Dante–. Y no, huelga decir que yo no he tramado esto.
Dante sonrió.
–No, claro que no. Si lo hubieras tramado tú, habría sido más limpio y directo.
–Al menos, estamos de acuerdo en algo.
–En fin, os dejaré en paz un rato. Pero espero que os caséis tan pronto como sea posible, Dante. No quiero que la reputación de mi hija acabe por los suelos. Diremos que Minerva guardó en secreto a la niña porque tenía miedo de que no quisieras reconocerla, y que cuando tú descubriste la historia…
–No es una historia –lo interrumpió Dante–. Es la verdad.
Robert no se molestó en discutir. Salió del despacho, cerró la puerta y los dejó a solas.
–Eres tonta, Minerva. ¿No pensaste que tendrías que casarte conmigo?
–No, no creí que mi padre quisiera forzar el asunto. Reaccionó con tanta naturalidad cuando me presenté en casa con Isabella que ni siquiera se me pasó por la cabeza. Pensé que no le importaba, que le daba igual que hubiera tenido un bebé con un desconocido.
–Claro, porque no podía obligar a un desconocido a casarse con su hija. Pero yo no soy un desconocido, Min. Tendrías que haberlo imaginado.
–Sí, puede que tengas razón… pero, cuando Carlo me envió ese mensaje, me entró pánico e hice lo primero que se me ocurrió, es decir, ponerme delante de las cámaras. Y no me arrepiento. Ni siquiera ahora.
–Excelente. Me alegra que estés tan dispuesta a meterte en la trampa que tú misma has montado –replicó.
–¿Cuánto tiempo tendremos que estar casados? Supongo que tendremos que enfrentarnos a Carlo en algún momento; pero, aunque no sea así, debería ser un tiempo razonablemente largo, lo justo para que el asunto se olvide.
Dante la miró con sorna.
–Cara, olvidas que soy católico. No me divorciaré de ti.
Capítulo 3
DURANTE las dos semanas siguientes, Minerva no dejó de pensar en la súbita devoción católica de Dante. No podía hablar en serio. Su matrimonio debía tener fecha de caducidad, aunque solo fuera porque la idea de atarse a él hasta el final de sus días le parecía absurda. Al fin y al cabo, Dante jamás se habría casado con ella en otras circunstancias y, en cuanto a ella, querría estar con un hombre que la quisiera en algún momento.
Sin embargo, era verdad que no se arrepentía de haberse inventado una historia tan enrevesada. Podría haber llamado a la policía cuando supo lo de Katie. Podría haber dejado a la niña en manos de las autoridades. Podría haber regresado a los Estados Unidos y haber seguido con su vida, lejos del peligroso Carlo. Pero se había acostumbrado a Isabella, y la quería tanto como si fuera suya.
¿Quién iba a pensar que Robert y el propio Dante se empeñarían en formalizar la situación, obligándola a casarse?
De todas formas, el catolicismo de Dante dejó de preocuparle cuando se dio cuenta de que había una solución para su problema: que el matrimonio se declarara nulo. Por supuesto, eso implicaba que no se llegara a consumar, pero estaba convencida de que ninguno de los dos corría el peligro de dejarse caer en la tentación.
Cuando llegó el día de la fiesta oficial de su compromiso, estaba casi triunfante. Su familia tenía la impresión de que iba a ser una boda de verdad y, como el novio era Dante Fiori, se lo habían tomado como si fuera todo un acontecimiento; pero Minerva sabía que no era ninguna de las dos cosas, así que se lo tomó con tranquilidad y quedó con su hermana para arreglarse el pelo, maquillarse y vestirse.
–Necesitas dorado –dijo Violet con firmeza–. Sombra de ojos dorada, maquillaje dorado y un vestido dorado.
–Pareceré la estatuilla de los Oscar –protestó Minerva.
–Justo lo que debes parecer –comentó su hermana–. A fin de cuentas, eres el premio que Dante ha ganado.
–¿Por qué dices eso, si crees que he sido yo quien se ha llevado el premio? Desde tu punto de vista, el premio es Dante.
–Sí, reconozco que estuve encaprichada de él, pero ya lo he superado.
–¿Te encaprichaste de él? –preguntó, sorprendida–. Vaya, no lo sabía.
–Y tú también, según dice mamá.
Min suspiró.
–Está visto que las noticias vuelan en esta familia.
–Dice que te ha gustado siempre…
–Sí, es cierto –confesó Minerva–. Por eso lo seguía a todas partes.
A decir verdad, Min no habría sabido definir lo que sentía por Dante. Siempre había tenido la necesidad de estar cerca de él y de mirarlo, como si fuera un león encerrado en una jaula. Quizá, porque era emocionante y salvaje, es decir, lo que ella no era. Quizá, porque tenía el aire de un dragón escapado de un cuento de hadas. Quizá, porque despertaba la naturaleza romántica de su corazón.
Sin embargo, su romanticismo no tenía nada que ver con él y, desde luego, tampoco significaba que estuviera enamorada.
–Bueno, eso ya no importa –replicó Violet–. Hace tiempo que dejé de estar encaprichada de Dante. Pero es muy guapo, ¿verdad?
Minerva se ruborizó. De repente, se sentía culpable por casarse con un hombre que le gustaba a su hermana y, por si eso fuera poco, por casarse sin que le gustara de verdad.
–Qué cosas digo… –continuó Violet–. Tú lo sabrás mejor que nadie, porque es obvio que lo habrás visto desnudo.
El rubor de Minerva se volvió más intenso. No, nunca lo había visto desnudo, y no tenía ninguna intención de verlo.
–En fin, vamos a prepararte para la boda.
Violet se puso manos a la obra, y arregló a su hermana rápidamente.
Cuando Minerva se miró en el espejo, le sorprendió que le hubiera dejado el pelo suelto por la parte atrás, cayendo en ondas sobre su espalda. Pero el estilo parcialmente informal era todo un acierto; en parte, porque le había echado algo que daba más brillo a su cabello castaño y, en parte, porque le había puesto una diadema dorada que daba un aspecto intencionado al conjunto, evitando la impresión de que lo llevaba así porque no sabía qué hacer con su pelo.
En cuanto al vestido, no podía estar más contenta. Enfatizaba sus curvas al máximo y, como ella tenía poco pecho, el pronunciado escote resultaba de lo más elegante.
–Me encanta –dijo, llevándose una mano al pelo.
Violet alcanzó su mano, examinó sus dedos y declaró:
–Espero que Dante te regale un anillo.
–Oh. No lo había pensado.
Su hermana entrecerró los ojos.
–¿Quieres casarte con él, verdad?
–Necesito casarme con él. Lo necesito desesperadamente.
–Excelente.
Momentos después, Violet le dio el calzado que había elegido para ella. Y Min se alegró de que no fueran zapatos de tacón de aguja, sino unas sandalias tan cómodas como bonitas, que la hacían sentirse extrañamente grácil.
Concluidos los preparativos, dejó a su hermana con intención de bajar a la fiesta y, cuando ya había llegado a la escalera, se encontró con su madre.
–Vaya, me dirigía a tu habitación en este mismo momento…
Elizabeth King era una mujer extraordinariamente bella, aunque se parecía más a Violet y a Maximus que a Minerva. Por supuesto, nadie habría podido negar que eran de la misma familia, pero sus padres y sus hermanos tenían rasgos más clásicos que los suyos, y siempre se había sentido maltratada por la genética.
Por ejemplo, su nariz era como la de su madre, pero más larga. Y donde los demás tenían pómulos que parecían esculpidos en piedra, ella los tenía redondeados que le daban cierto aire rollizo a pesar de su complexión delgada y de que no le sobraba ni un gramo de grasa en todo el cuerpo.
–Pues estoy aquí –replicó Minerva.
–Y estás preciosa –dijo su madre–. ¿Preparada?
–Sí ¿Es que no lo parezco? –preguntó, sintiéndose horrorosamente insegura.
–Por supuesto que sí. No pretendía insinuar lo contrario… ¿Estás bien, Minerva? ¿Seguro que te quieres casar? Porque, si no quieres, hablaré con tu padre y suspenderemos la boda. Sé que se enfadará e insistirá en que Dante haga lo que considera correcto, pero no debes casarte si no estás enamorada de él.
Minerva sonrió para sus adentros, consciente de que su madre solo quería lo mejor para ella. Pero también fue consciente de que su felicidad era lo que menos importaba.
Siempre había sido así, y estaba tan acostumbrada que ya ni le dolía.
Su madre era una antigua modelo de pasarela; Violet se había convertido en una magnate de los negocios y Maximus había multiplicado la fortuna de su padre, uno de los empresarios más famosos del mundo. Todos brillaban con luz propia. Todos eran un diamante pulido. ¿Y qué era ella? Una privilegiada que disfrutaba de la vida con el dinero de su familia, una niña rica de quien nadie esperaba nada.
Sin embargo, Isabella y Carlo habían cambiado la opinión que tenía de sí misma. Gracias a ellos, había descubierto que era capaz de luchar cuando las cosas se ponían mal. Había aprendido que tenía el carácter necesario para afrontar los problemas.
–No te preocupes por mí –dijo a su madre–. Sé lo que estoy haciendo.
Minerva fue completamente sincera. Por primera vez en su vida, sabía lo que estaba haciendo. O, por lo menos, tenía un plan más importante que pasar desapercibida.
Momentos después, su madre la acompañó hasta el exquisito patio trasero de la mansión, que daba a una playa privada. El sol se estaba ocultando y, mientras Min miraba a los invitados, se dijo que todo saldría bien. Dante la ayudaría a librarse de Carlo y, cuando ya estuviera a salvo, se divorciaría de él.
Pero, al verse entre un montón de desconocidos, se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Allí no había amigos suyos. Los pocos que tenía, vivían lejos y, por supuesto, Katie se había ido para siempre.
Deprimida, tuvo que recordarse que se iba a casar por el bien de Isabella. Y seguramente se habría animado si no hubiera visto entonces al hombre con el que se iba a casar.
Estaba tan impresionante que se estremeció por dentro. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones oscuros que, por algún motivo, la hicieron ser muy consciente de la potencia de sus piernas.
–Me alegro de verte, cara mia –dijo él–. Empezaba a pensar que no aparecerías.
–Ya conoces a Violet. No habría permitido que saliera antes, porque cree que hay que llegar tarde a todas las fiestas.
–Sí, es una idea típica de tu hermana.
–En su opinión, hay que hacer una entrada que llame la atención, y no puedes llamar la atención si llegas pronto.
–Vaya, no sabía que he estado llegando mal todos estos años –ironizó él.
Min admiró brevemente sus anchos hombros, su imponente altura y su escultural mandíbula.
–Oh, vamos, tú creas espectáculo tanto si llegas pronto como si llegas tarde.
–Gracias –replicó Dante, inclinando la cabeza.
–No lo he dicho como cumplido.
–Pero me lo tomo como si lo fuera. Al fin y al cabo, debes de estar encantada de verme, ¿no? Te gustaba tanto que decidiste seducirme estando borracho y te aprovechaste de mí –volvió a ironizar.
–¿Qué querías que hiciera? Tenía que inventarme alguna historia –se defendió–. De lo contrario, mi padre te habría arrancado la piel.
–La oferta de matrimonio era suficiente, aunque agradezco que te tomaras tantas molestias para protegerme.
–Te necesitaba vivo, Dante.
–Eso no es del todo cierto. Si Carlo hubiera pensado que tu padre me mató por haberte dejado embarazada…
–Bueno, no te quiero muerto. Por lo menos, de momento –dijo ella–. Aunque he encontrado una solución para el problema del divorcio.
Él entrecerró los ojos.
–¿Ah, sí?
–Sí. Solo tendremos que conseguir una anulación.
–¿Una anulación?
–Sí, porque no habremos consumado el matrimonio.
Dante la miró de arriba abajo y dijo:
–¿En qué planeta vives? Nadie creería semejante historia.
–¿Cómo que no? Tú mismo dices que no te gustan las mujeres como yo. Y no me ofende que lo digas, porque a mí tampoco me gustan los hombres como tú –mintió ella, dándole una palmadita en el brazo–. Tus gustos en materia de mujeres son de conocimiento público. Nadie se llevaría una sorpresa.
–No, nadie salvo tu familia y toda la población del país, a los que has convencido de que Isabella es mía.
–Bueno, diremos que fue un desliz y que la pasión se apagó cuando nos casamos. Para entonces, Carlo ya no será un problema, y la prensa se olvidará de nosotros.
–Minerva, la prensa se olvidaría de nosotros si solo se tratara de ti. Pero, desgraciadamente, me metiste en este lío, y nunca se olvidarían de mí.
Minerva suspiró, preguntándose cómo era posible que un ego tan grande y pesado como el suyo no lo aplastara por completo.
–Funcionará –insistió.
–¿Crees que tu padre permitiría que nos divorciáramos?
–Si se lo explicamos bien…
–¿Explicárselo?
–Mi familia debería conocer la verdad cuando el peligro de Carlo haya desaparecido. Y, cuando lo sepan, mi padre te estará tan agradecido que hasta permitirá la fusión de las dos empresas –alegó.
–Bueno, eso no es algo de lo que debamos preocuparnos.
–No, solo debemos preocuparnos de no consumar el matrimonio.
Él la miró con pena.
–Intentaré refrenarme –se burló.
El comentario de Dante fue tan ofensivo que Min se enfadó, y siguió enfadada mientras lo seguía por todo el lugar. Pero, naturalmente, no podía parecer enfadada. Tenía que aparentar alegría, y eso hizo.
Fue una de las experiencias más extrañas de toda su vida. Se comportó como si estuviera en comunión con él, imitando su lenguaje físico y sus expresiones, para que diera la impresión de que estaban verdaderamente enamorados. Y salió bien. Pero, después de hablar con docenas de invitados, Minerva tenía tanta hambre que su humor era peor que al principio.
–Bueno, ha llegado la hora del espectáculo –dijo él, súbitamente.
–¿El espectáculo?
–Sí. Te he comprado un anillo.
–Oh.
–Pareces sorprendida.
–Claro que lo parezco. Es que lo estoy.
–Pues intenta parecer feliz.
Dante sacó el anillo y se giró hacia los invitados, que los miraron expectantes. Y Minerva no tuvo más remedio que poner la mejor de sus sonrisas.
–Todo ha pasado tan deprisa que había olvidado esta tradición –anunció él–. Minerva y yo hemos hecho muchas cosas poco tradicionales.
La gente rompió a reír, aunque tener hijos sin estar casados era completamente normal en el sur de California.
–Sin embargo, esto tiene fácil arreglo… –continuó.
Dante le puso el anillo sin ponerse de rodillas, pero ella ni siquiera lo notó, porque se había quedado perpleja ante la belleza y el tamaño de la joya, que le hizo sentirse vulgar en comparación.
Al verla, se acordó de algunas de sus amigas del instituto, quienes se reían de ella diciendo que no tenía manos, sino zarpas. Y ahora, en una de esas zarpas, estaba el anillo del gran Dante Fiori.
Min tragó saliva, alzó la cabeza y se encontró ante una mirada tan intensa que casi se quedó sin respiración. Sabía lo que iba a pasar. Estaba a punto de besarla. Y, en lugar de resistirse, le dejó hacer.
No era la primera vez que la besaban. Ya la había besado aquel desconocido de Roma. Pero aquello no tenía nada que ver. No era algo frío y desagradable, sino algo cálido, dulce y profundamente físico que la estremeció por dentro y la empujó a apretarse contra él, pidiendo más.
Cuando Dante rompió el contacto, Min se dio cuenta de que no había sido un beso tan largo como le había parecido, pero eso no impidió que su cuerpo temblara como una hoja. En cambio, él estaba tan impasible como de costumbre. Cualquiera habría dicho que no era un ser humano, sino una roca.
–¿Nos reunimos con los demás, cara mia? –le susurró Dante al oído.
Minerva tuvo que recordarse que su relación era una farsa, que solo estaban allí para que los demás los creyeran enamorados. Pero era tan alto y fuerte que le costó; sobre todo, porque siempre había fantaseado con la idea de despertar su interés.
Cuando era niña, lo seguía a todas partes y lo incordiaba a propósito con la esperanza de arrancarle algún tipo de reacción. Y ya no tenía ninguna duda de que Dante siempre tendría la mano ganadora. Siempre sería él quien le arrancaría reacciones a ella. Siempre tendría el control de la situación.
Era desmoralizador, desalentador y, delante de todas aquellas personas, humillante.
De repente, se sentía acalorada y desprotegida. Y ni siquiera sabía por qué.
–Sonríe –dijo él, nuevamente a su oído.
Minerva se estremeció de nuevo y, mientras sonreía sin poder evitarlo, se dijo que no estaba allí por él, sino por Isabella.
Además, no tenía ninguna posibilidad con Dante Fiori. Estaba tan acostumbrado a dirigir sus negocios como a dirigir mujeres, que caían seducidas por su poder y su atractivo físico. Hasta ella se había dejado hechizar en el pasado.
Sin embargo, eso carecía de importancia. Quizá fuera la persona menos famosa de su familia, la menos poderosa y, desde luego, la que tenía menor éxito profesional; pero era mucho más fuerte de lo que pensaban.
Y esa fuerza la ayudaría a salirse con la suya.
Capítulo 4
ERA EL día de la boda.
Su secretaria le había dicho el viernes que iba a ser el día más feliz de su vida, y Dante había refrenado la risa por dos motivos: porque no quería darle la impresión de que se estaba riendo de ella y porque, por mucho que no compartiera su edulcorada visión del mundo, tampoco quería destrozar sus ilusiones.
Pero, definitivamente, no iba a ser el día más feliz de su vida. Solo era un movimiento calculado, una inversión beneficiosa.
La organización del acto había sido bastante rápida. Minerva se había mantenido en segundo plano, viviendo en casa de sus padres y aparentemente encantada con la idea de dejar el asunto en sus manos, cosa que él agradeció. Quería que todo saliera bien. Nunca había sido un hombre que apreciara los riesgos innecesarios.
Al llegar a la catedral, se encontró entre su futuro suegro y su futuro cuñado, que le incomodaron un poco. Cualquiera habría dicho que no estaban allí para ofrecerle su apoyo, sino para asegurarse de que no saliera corriendo.
Había algo extrañamente familiar y cercano en su actitud. Algo demasiado cálido para el gusto de Dante.
Por supuesto, estaba agradecido a Robert King por todo lo que había hecho por él y, si hubiera creído en la amistad, habría admitido que Maximus King era su mejor amigo. Pero no estaba acostumbrado a que lo trataran como si fuera de la familia. De hecho, no estaba acostumbrado a que lo trataran como si fuera de ninguna familia, porque él no había tenido ninguna.
Su padre no había formado parte de su vida, su madre había fallecido antes de enseñarle el sentido del amor maternal y, si tenía más familiares, no los conocía.
Sin embargo, eso no le molestaba. La vida era así, sencillamente; algo injusto y arbitrario. La gente podía nacer en una familia como los King o en las calles de Roma, como en su caso; podía tener un padre como Robert o uno como el tal Carlo, capaz de amenazar a la madre de Isabella y de pretender llevarse a la niña a su mundo de crímenes y delincuencia.
Eran simples accidentes del destino, y no se podía luchar contra ellos. Solo se podía hacer una cosa: intentar salir adelante con lo que se tenía.
Dante creía firmemente en ello. Había sacado el máximo partido de todo y, cuando surgió la oportunidad de ser más, la aprovechó. Pero eso no significaba que se sintiera completamente a gusto con su situación.
Sí, había imaginado que Maximus sería su padrino si alguna vez se casaba, pero no había imaginado que se casaría con su hermana pequeña.
Justo entonces, el hombre en el que estaba pensando le puso una mano en el hombro y dijo, sonriendo:
–Como hagas daño a mi hermana, te mato.
Dante no subestimó la amenaza de Maximus; en primer lugar, porque era una de las pocas personas capaces de enfrentarse a él, una especie de vikingo de ojos azules y, en segundo, porque habían salido juntos muchas veces, y sabía de su apetito por las mujeres bellas. Si hubiera sabido que se iba a acostar con Min y a dejarla embarazada, le habría pegado un tiro en el acto.
–Te creo –replicó él.
Robert, que estaba junto a ellos, interrumpió súbitamente su conversación.
–Siempre has sido como un hijo para mí –afirmó.
Dante supo que lo decía en serio, pero también supo que no significaba nada. Por mucho que le quisiera, no era un King. Si lo hubiera sido, no le habría puesto tantos problemas con su plan de fundir las empresas.
–Bueno, será mejor que aceleremos las cosas –dijo Dante, cambiando de tema.
–Sería inútil. Hagamos lo que hagamos, se retrasarán –declaró Robert, mirando la hora–. Supongo que Violet es la encargada de peinarla y maquillarla, ¿verdad?
–Sí, y de asegurarse de que llegan tarde –ironizó Dante.
–¿Cómo?
–Nada, olvídalo.
Minerva y Violet aparecieron en ese momento, y todos ocuparon sus puestos. Robert se dirigió hacia su hija, y Dante pensó que se estaba tomando en serio su papel de padre de la novia y de padre emocional suyo. Pero, desgraciadamente, no se sintió capaz de apreciar el gesto.
De todas formas, él no era el único que no veía calidez alguna en aquella situación. La multitud que llenaba la catedral no estaba allí porque les importara su supuesta historia de amor con Minerva, sino porque esperaban ganarse el aprecio de Robert, Maximus, Violet o él mismo. Nadie había ido por la hija pequeña de los King.
Al pensarlo, se sintió extrañamente molesto. A diferencia de sus familiares, Minerva no tenía nada que dar. Minerva no podía hacer nada por ellos y, en consecuencia, carecía de interés para la mayoría.
¿Sería esa la razón de que hubiera caído bajo el influjo de un hombre como el padre de Isabella? ¿Se sentiría vulnerable por la posición que ocupaba en su familia? Fuera como fuera, había tenido un bebé con un hombre peligroso, y lo había tenido a sabiendas de lo que hacía.
Pero Isabella era inocente. Isabella no tenía la culpa de nada y, si su decisión de casarse hubiera sido magnánima en algún sentido, no la habría tomado por Minerva, sino por la pequeña. Al fin y al cabo, sabía lo que significaba ser hijo de unos padres que no estaban a la altura.
Sin embargo, no podía negar que Min le había sorprendido durante la fiesta con su exquisita belleza y con el sabor de sus labios, que había despertado algo en él. Pero, ¿qué había sentido ella? Su reacción había sido bastante extraña. Se puso tensa y siguió así toda la noche, como si estuviera enfadada con él.
¿Había sido por su falta de experiencia? ¿O acaso lo encontraba repugnante?
Dante no estaba acostumbrado a que las mujeres lo encontraran repugnante, porque solo las besaba cuando ellas lo deseaban. Pero aquel no había sido un beso de deseo, sino una farsa destinada a engañar a los demás, así que entraba dentro de lo posible.
En cualquier caso, la idea de que su contacto físico le hubiera disgustado no le molestaba tanto como el hecho de que a él le hubiera encantado. Y ni siquiera sabía por qué.
Minerva no era una mujer guapa en el sentido clásico del término. Era ciertamente bonita, pero algo corriente para su gusto. Carecía de refinamiento y, por si eso fuera poco, la encontraba demasiado joven para él.
Entonces, ¿por qué le había gustado tanto?
Mientras reflexionaba al respecto, Violet avanzó por el pasillo central con su hermano, que se puso junto a Dante.
–Te mataré –susurró Maximus sin dejar de sonreír–. Te juro que te mataré.
Esta vez, Dante no dijo nada; entre otras cosas, porque la visión de Minerva lo dejó sin habla.
Llevaba un vestido sencillo, de una tela tan suave y ligera que parecía posarse sobre sus formas como una fina niebla. Se había hecho un peinado de trenzas, con unos cuantos mechones sueltos y algún tipo de joyas que soltaban destellos a medida que avanzaba. Era un rayo de luz en plena oscuridad. Estaba aún más bella que la noche anterior, y había conseguido estarlo sin perder un ápice de su encanto natural.
Dante no lo podía creer. La jovencita supuestamente sosa se había convertido en un ser etéreo, mostrando un tesoro que había permanecido oculto hasta ese día.
Cuando lo miró, sus ojos verdes brillaron un momento, y él supo que no lo estaba soñando. Era ella, Minerva, «Min». Y también supo que, aunque regresara a su apariencia anterior, siempre la recordaría como aquella mañana.
–Me alegra que hayas venido –susurró ella.
–No te abandonaría jamás –replicó él, ofendido por el comentario.
–No –dijo Min, frunciendo el ceño–. Claro que no.
El sacerdote empezó a hablar, y Dante notó algo en Minerva que le encogió el corazón. Estaba incómoda, como si le desagradara la perspectiva de casarse por interés. Y era bastante probable, teniendo en cuenta que era mucho más blanda que él.
Dante tuvo que recordarse que se había metido sola en aquel embrollo. Ella era la causante de aquella situación. Había forzado las cosas de tal manera que no había tenido más remedio que casarse y, si estaba a disgusto con las consecuencias de sus actos, tendría que aprender a superarlo.
Lamentablemente, eso no impidió que se sintiera culpable, una emoción a la que tampoco estaba acostumbrado. Desde su punto de vista, el sentimiento de culpabilidad era una pérdida de tiempo y un ejercicio tan vano como haber nacido pobre y desear haber nacido rico, o como haber crecido en las calles de Roma y desear haber sido un King. No tenía ninguna utilidad. No resolvía ningún problema.
Justo entonces, llegó el momento de los votos. Él pronunció los suyos sin titubear, pero ella dudó más de la cuenta con las promesas, como si tuviera miedo de lo que pudiera ocurrir si las rompía.
Al verlo, Dante sonrió para sus adentros. Se había divertido mucho al decirle que no se podrían divorciar, y se había divertido aún más cuando le creyó. Pero llevaba toda una vida haciendo cosas que la Iglesia habría desaprobado y, si no se había preocupado antes por su salvación, no iba a empezar a preocuparse ahora.
Sin embargo, la duración de su matrimonio era un asunto de cierta importancia, porque podía dañar su relación con la King Corporation. No necesitaba ser muy listo para saber que Robert King se enfadaría si se divorciaba pronto de su hija. Salvo que Min les contara la verdad; en cuyo caso, le considerarían una especie de héroe y podría hacer lo que quisiera.
Además, tampoco quería estar casado con ella hasta el fin de sus días.
Pronunciados los votos, llegó el momento de besarse. Él le puso las manos en la cintura, y ella retrocedió como si le diera asco. Pero Dante no podía permitir que Minerva complicara las cosas, así que inclinó la cabeza y asaltó su boca sin contemplaciones, con más pasión de la que pretendía.
Hasta él mismo se sorprendió. ¿Por qué se sentía en la necesidad de conquistarla? ¿Porque le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir? ¿O porque no soportaba que fuera aparentemente inmune a sus encantos?
Fuera por el motivo que fuera, introdujo la lengua entre sus labios e insistió en sus atenciones.
Minerva sabía muy bien. Sabía a primavera, a la luz del sol, a algo indefinible, pero indiscutiblemente suyo.
Y, cuando rompió el contacto y clavó la vista en sus brillantes y verdes ojos, descubrió otra cosa: que ya no estaba frente a la niña que lo perseguía por todas partes, intentando llamar su atención, sino ante una mujer.
Ya no era un ratoncillo.
Era una tigresa dispuesta a todo para proteger a su hija.
Ya no era una adolescente, sino una persona adulta.
Dante se dio cuenta de que la había juzgado mal, y se maldijo a sí mismo por haber cometido un error tan imperdonable. Él no era de la clase de hombres que subestimaban a los adversarios o los enemigos en potencia. Pero había subestimado a Min, quien parecía tener muchas más caras de las que había imaginado.
¿Cuántas tendría? ¿Y cuál de ellas había mostrado al padre de Isabella?
¿También había sido una tigresa con él?
Dante odió a Carlo con toda su alma y, se quedó tan impactado por el descubrimiento que, cuando llegó el momento de saludar a los invitados, no fue consciente de nada de lo que se dijo y se hizo.
Al cabo de unos minutos interminables, los llevaron a una sala de espera, donde ella alcanzó su bolso y sacó el teléfono móvil.
–¿Qué pasa? ¿Estás ansiosa por ver las noticias de nuestra boda? –ironizó él.
Ella se puso pálida.
–No, no es eso, es que…
–¿Sí?
–Estoy preocupada. Carlo me ha enviado un mensaje.
Minerva le pasó el móvil y se lo enseñó. El mensaje decía así: Iré a vuestra fiesta. Así podré ver a la niña y saber si es mía.
–Pues no se va a acercar ni a Isabella ni a ti –bramó Dante–. Y llegados a este punto, creo que ha llegado el momento de hablar con la policía y decirles que nos están acosando.
–¿Tú crees? –preguntó, insegura.
–Ese hombre es un delincuente. Pero también es un extranjero y, en cuanto ponga un pie en nuestro país, estará sometido a las leyes de nuestro país –declaró él–. Tenemos que poner obstáculos en su camino. Y, hablando de obstáculos, nos iremos de luna de miel antes de lo previsto.
–¿En serio? ¿Adónde?
–Adonde no nos pueda encontrar.
–¿Y dónde está eso? Porque nos ha encontrado con mucha facilidad…
–No te ofendas, cara, pero los King sois muy conocidos, y todo el mundo sabe que vivís aquí. Sin mencionar el hecho de que tiene tu número de móvil.
–Yo no se lo he dado. Y cambié de número en cuanto llegué a los Estados Unidos.
Dante frunció el ceño.
–Pues lo ha conseguido de alguna manera… Pero eso carece de importancia. Tengo una isla privada de la que nadie sabe nada. No está a mi nombre, sino a nombre de una empresa tapadera, que no podrá relacionar con la mía –dijo–. Nos ocultaremos allí y, entre tanto, usaré detectives privados para asegurarnos de que no vuelva a ser un peligro para ti.
–¿Y cómo te vas a asegurar? –preguntó, temiéndose lo peor.
–Eso no es asunto tuyo.
–Dante, no quiero que hagas nada ilegal.
Él soltó una carcajada.
–Me temo que es un poco tarde para concederte ese deseo. ¿No te han contado cómo conocí a tu padre?
Ella entrecerró los ojos.
–Sí, pero pensé que era una invención, una simple historia.
–Es verdad. Aunque, con el paso del tiempo, la han diluido bastante.
Dante se vio a sí mismo a los catorce años, sosteniendo una pistola cuyo cañón estaba en la frente de un hombre.
Estaba temblando, y no dejaba de sudar. Estaba haciendo lo contrario de lo que le había dicho uno de los amigos de su madre, quien afirmó que, si alguna vez hacía alguna cosa parecida, no debía temblar ni sudar.
Y también le dijo otra cosa: que si apuntaba a alguien con un arma, tenía que estar dispuesto a disparar.
Pero no lo estaba.
En cuanto miró la cara del hombre al que pretendía robar, supo que sería incapaz de apretar el gatillo.
–Baja la pistola, hijo –dijo su víctima, en un italiano con marcado acento anglosajón.
Su actitud tranquila y el tono amable de su voz lo desarmaron definitivamente, porque siempre se dirigían a él con disgusto, enfado o piedad.
Hasta que conoció a Robert King.
–Entonces, ¿es cierto que apuntaste a mi padre con una pistola? –preguntó Min.
–Lo es. Y te aseguro que no me preocupa lo que le pueda pasar a un mafioso. Los tipos como él son… bueno, gente que destruye todo lo que toca –afirmó–. Destrozan mi país, mis calles. Destrozan a mujeres como mi madre. Forma parte de un sistema que funciona a base de miedo, y puedes estar segura de que ya habrá hecho con otros lo que quiere hacer contigo. Pero no lo permitiré. No consentiré que os haga daño a la niña y a ti.
Dante la tomó de la mano y la sacó al vestíbulo, donde estuvieron a punto de tropezarse con Robert y Elizabeth, quien sostenía a Isabella.
–Ha habido un cambio de planes –anunció Dante–. Por lo visto, un acosador está siguiendo a Isabella. La han amenazado.
–¿Quién? –preguntó Robert.
–Un tal Carlo Falcone, de una de las familias del crimen organizado de Roma –respondió–. Diga lo que diga, no le creáis. Está loco, y hará lo que sea por manipularos y salirse con la suya. Tenemos que informar a la policía de que pretende asistir a la fiesta.
Robert soltó un bufido.
–¿La policía? ¿Para qué? Me ocuparé yo mismo.
–¿Y también te ocuparás de sus amigos cuando vengan en busca de venganza? No, Robert. Tienes que pensar en el bien de la familia.
Robert suspiró, tranquilizándose un poco.
–Tienes razón, pero hay que hacer algo.
–Y lo haremos. Llamaremos a la policía para que envíen a un par de agentes y lo vigilen –contestó Dante–. Pero quiero que te asegures de que sepa que nos hemos marchado. Habla con Violet, y que lo diga en sus redes sociales.
–¿Violet? ¿Por qué?
–Porque sospecho que nos ha encontrado por sus redes.
–Comprendo.
–Y ya puestos, que añada que nos hemos ido de luna de miel a Italia.
–Pero no vais a Italia…
–No, claro que no. Iremos a un sitio donde no nos podrá encontrar, un sitio donde Isabella y tu hija estarán a salvo. Puedes confiar en mí.
–Confío en ti –replicó Robert–, y no es algo que pueda decir de mucha gente.
–Lo sé. Me salvaste la vida, y yo haré todo que sea necesario por salvar a Minerva.
Robert asintió y tomó de la mano a su hija.
Entonces, Elizabeth se giró hacia Dante y puso a la niña en sus brazos, dejándolo desconcertado.
Era la primera vez que sostenía a un bebé, y le sorprendió lo poco que pesaba, lo caliente que estaba y lo pequeño que era.
–Sí –sentenció–. Estarán a salvo conmigo.
Capítulo 5
MINERVA estaba mareada, y casi no podía respirar.
De hecho, no recuperó el aliento hasta que el avión privado de Dante despegó de la pista, cuando tuvo la seguridad de que ya estaban a salvo.
Solo entonces, se fijó en el precioso moisés donde descansaba Isabella, y se preguntó de dónde habría salido. Pero, mientras se lo preguntaba, cometió el error de preocuparse por las fotografías que la prensa había publicado.
A decir verdad, no habían sido especialmente crueles. Se habían limitado a incluir una foto de cuando ella tenía diecisiete años. Sin embargo, era una foto en la que estaba llorando y, por si eso fuera poco, la habían puesto junto a una de Dante en la que aparecía tan alto, fuerte y atractivo como de costumbre.
La intención del periódico era obvia: insinuar que Dante había estado saliendo con ella desde que era una menor. Pero estaba segura de que nadie lo creería, porque un hombre tan impresionante como Dante Fiori jamás habría salido con una criatura tan irrelevante como Minerva King.
A fin de cuentas, había sido la chica con la que ningún chico quería salir. Ninguno salvo Bradley, quien luego confesó que le había pedido una cita para poder ver su casa y mirar bajo las faldas de Violet.
Cuando Violet se enteró, soltó una carcajada seca y se puso mortalmente seria. Y Minerva supo que, si Violet le hubiera pillado in fraganti, le habría cortado sus partes con unas tijeras.
Esa era la cuestión.
La protagonista de aquella historia no era ella, sino Violet, la heroína capaz de reírse de un idiota mientras planeaba una venganza feroz.
Y también había un héroe, Dante.
El hombre que se había rebajado a bailar con ella a pesar de considerarla una delgaducha triste y poco atractiva.
Por lo visto, siempre le tocaba el papel más penoso. Y cualquiera sabía lo que dirían de ella cuando las fotografías de su reciente boda llegaran a las portadas. Quizá, que había echado el lazo a Dante Fiori gracias a un preservativo defectuoso.
–No te preocupes por nuestra estancia en la isla –dijo Dante, interrumpiendo sus pensamientos–. Cuando lleguemos, habrá de todo.
Minerva, que no sabía de lo que estaba hablando, se inclinó sobre el moisés para tapar mejor a Isabella.
–¿Y eso?
–Los empleados de la empresa que uso de tapadera se encargarán de ello, pero se habrán ido cuando lleguemos –explicó él–. Además, no saben quién ha dado las órdenes ni quién es el verdadero dueño del lugar.
–¿Por qué necesitas una tapadera?
–Por precaución, claro. Nunca sabes cuándo tendrás que huir.
Ella frunció el ceño.
–¿Estás involucrado en algo ilegal, Dante?
–No. Pero, cuando un hombre ha tenido un pasado tan duro como el mío, aprende a ser paranoico.
–Pues es una pena que yo no lo aprendiera antes.
Dante no dijo nada, y ella se preguntó si la sensación que había tenido en el altar sería cierta. Le había dado la impresión de que la había besado de verdad, como si le gustara. Pero no había tenido ocasión de analizarlo, porque estaba demasiado preocupada con la amenaza del padre de Isabella.
–No esperes gran cosa. Es una isla pequeña –volvió a hablar él–. No hay más edificio que la casa. El resto es selva y playas de arena blanca, aunque creo que te gustará.
–En este momento, me gustaría cualquier sitio donde me sienta a salvo.
Y Minerva se sentía a salvo.
De momento.
Durante el resto del viaje, Dante se dedicó a trabajar y ella, a dormir cuando Isabella se lo permitía, porque sus horarios dependían de las tomas de leche y los cambios de pañales de la pequeña.
Y, por fin, el avión empezó a descender.
–No sé si lo has pensado, pero el piloto conoce nuestro paradero –comentó en ella.
Dante se encogió de hombros.
–Confío en él.
–¿Hasta qué punto? –insistió.
Él arqueó una ceja.
–Hasta el punto de permitirle que nos lleve volando por encima del océano y a miles de metros de altura –ironizó.
–Ya… pero, en ese caso, su destino está ligado al nuestro.
–Su destino siempre está ligado al mío, Minerva. Sabe perfectamente que, si nos traicionara, se encontraría en una situación bastante difícil, por así decirlo.
–Últimamente, no dejas de amenazar a los demás.
–Porque tu vida está amenazada –le recordó–. En otras circunstancias, no sería tan tajante.
Minerva reflexionó al respecto mientras bajaban del avión. De repente, Dante le parecía un extraño. Siempre había sabido que era un hombre duro, pero se sentía a salvo cuando estaba con él. Y ahora, se había vuelto imprevisible.
Por un lado, la besaba con pasión y por otro, amenazaba a la gente con toda naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
¿Con qué clase de hombre estaba?
Hasta entonces, todo lo que sabía de él estaba relacionado de un modo u otro con su familia. Pero empezaba a pensar que Dante no era exactamente lo que parecía. Y, teniendo en cuenta que había amenazado a su padre con una pistola, se preguntó si Robert y Maximus lo conocerían mejor que ella.
¿Y qué decir de Elizabeth y Violet? ¿Serían conscientes de su lado más oscuro?
–Como sigas pensando tanto, te va a salir humo de las orejas –se burló Dante–. ¿Qué es lo que te preocupa?
Ella se frotó la barbilla.
–Tu crueldad –respondió.
Dante se volvió a encoger de hombros.
–Sí, suele ser motivo de preocupación.
–Pues yo no lo sabía. Siempre me pareciste una especie de hermano mayor. Severo, pero no peligroso.
–Bueno, supongo que es una confusión lógica. Aunque reconozco que eres la primera persona que la comete.
–Porque los demás no te conocen como yo –dijo, arrugando la nariz–. O, por lo menos, como yo te conocía.
Momentos después, se subieron al coche que les estaba esperando, donde pusieron a Isabella en una sillita. El vehículo se puso en marcha inmediatamente, y Min se dedicó a admirar el precioso paisaje de la isla, que se atenía a la descripción de Dante: selva densa a un lado y blancas playas al otro.
La casa resultó estar en lo alto de una colina, junto al mar. Era de planta moderna, con tabiques que imitaban el color de las playas y superficies de cristal por todas partes.
–Ya estamos en casa –anunció él.
–Pues tiene un aspecto bastante salvaje.
Él soltó una carcajada.
–¿Salvaje?
–¿Sabes a qué me recuerda? A Los robinsones de los mares del sur. Más a la película que al libro –afirmó–. Era una especie de casa moderna en mitad de la jungla.
–Sí, yo también lo pensé en su momento.
Min lo miró con sorpresa.
–¿En serio?
–Sí. Vi la película cuando era joven.
–¿En serio? –repitió.
–Estuve una temporada en un centro comunitario donde tenían vídeos de películas viejas. Los robinsones de los mares del sur era una de ellas, y siempre pensé que me gustaría vivir en un lugar así, una isla remota donde nadie pudiera encontrarte ni te vieras obligado a dar explicaciones. Un lugar donde construirías lo que te hiciera falta y harías lo que quisieras. Siempre que no te atacaran los piratas, claro.
–Es curioso, porque yo pensé lo mismo cuando la vi –le confesó–. Pero también pensé que quería vivir con un príncipe en una granja y tener una enorme mansión en Atlanta. Supongo que es por culpa de la literatura. Y, al cabo de un tiempo, decidí que quería dejar de soñar y viajar de verdad… Quise ser la heroína de mis propias historias.
–Y te encontraste con un monstruo.
–Sí, me temo que sí –admitió–. Quería un poco de aventura, pero no tanta.
–Bueno, aquí puedes vivir todas las aventuras que quieras, porque estarás a salvo –declaró–. Te lo prometo.
La promesa de Dante le provocó una sensación intensa y caliente, de la que intentó hacer caso omiso. Era desconcertante, pero sus palabras la afectaban más de la cuenta. Y no quería que la afectaran. No quería que su relación cambiara. Que se hubieran besado no debía tener más importancia que los falsos votos de la boda.
–Te has quedado muy callada.
–Pensaba que me preferías así.
–Pues no. Es inquietante. No es normal.
–Bueno, no recuerdo que me hayan llamado «normal» ninguna vez. Deberías saberlo mejor que nadie.
Sus miradas se encontraron un momento, y Min tuvo la sensación de que Dante veía algo en ella que ni ella misma sabía.
–¿Cómo es posible que ese hombre te gustara? –preguntó él, tan súbita como bruscamente.
–¿Qué quieres decir?
–Que no pareces la clase de mujer a la que se puede engañar con facilidad.
–¿Y quién ha dicho que le resultara fácil?
Él se puso tenso.
–No tuvo que forzarte, Min.
Ella respiró hondo. Katie le había contado muchas cosas sobre su relación con Carlo y sobre los motivos por los que le gustaba, pero no se sintió capaz de asumir el papel de su difunta amiga. No era ella a quien Carlo había seducido. No era ella quien había sufrido un verdadero trauma, así que salió del paso lo mejor que pudo.
–No puedo explicarte en qué consiste su atractivo –replicó, calculando sus palabras–. Pero, consista en lo que consista, lo pierde cuando lo conoces. No es una buena persona.
Dante guardó silencio.
–Es un hombre peligroso –insistió ella, pensando otra vez en Katie.
Las preocupaciones de Minerva se esfumaron cuando llegaron a la entrada de la casa. Le había parecido bonita en la distancia, pero de cerca se lo pareció mucho más. Acostumbrada a la opulencia de la mansión de los King, la sencillez y la elegancia de sus líneas la dejaron sin habla.
Era como su dueño, tan sólida como exquisita.
Era como su cuerpo, duro, sin un solo gramo de grasa, tonificado. Un cuerpo perfecto que cubría con trajes perfectos, hechos a medida.
Al salir del coche, Dante se inclinó sobre el asiento trasero y alcanzó la sillita de Isabella con sus habituales movimientos felinos. Min pensó que hasta la ropa que llevaba parecía formar parte de su ser, como si fuera un planeta gigante que atrapaba todo en su órbita.
–Se te da muy bien –dijo ella.
–Gracias.
Minerva no supo si su agradecimiento era sincero o si se estaba burlando. Con él, nunca se sabía.
Dante le enseñó las habitaciones de la casa y, cuando llegaron al dormitorio de la niña, Min soltó un gemido de admiración. Era una especie de oasis, un lugar cálido y seguro, donde Isabella estaría completamente a salvo.
En ese momento, Min supo que daba igual quién fuera la madre de la niña. Ni siquiera importaba que su padre fuera un hombre tan problemático como Carlo. Eso era del todo irrelevante.
Lo único que importaba era el amor.
Además, Isabella le había dado algo que nunca había tenido: una causa. Y, por muy culpable que se sintiera, por muy difíciles que fueran las circunstancias, no iba a renunciar a ella. Ahora tenía algo por lo que vivir.
A decir verdad, se había ido a Roma porque en casa se sentía perdida. No sabía ni lo que quería estudiar, y pasaba de disciplina en disciplina a una velocidad alarmante. Historia, Arte, Empresariales, lo que fuera. Empezaba una carrera y la abandonaba cuando se daba cuenta de que nunca podría competir con Violet y Maximus.
Pero con Isabella era distinto.
Isabella la llenaba por completo.
Tras dar el biberón a la niña, le cambió los pañales y, aprovechando que se había dormido, la dejó en la cuna y se fue a explorar la casa. Su dormitorio era una preciosidad de paredes blancas y suelos de mármol, con enormes ventanas correderas que daban al mar.
Min las abrió, y se encontró ante un camino que parecía llevar a la playa. Pero, aunque le apetecía caminar por la arena, decidió dejarlo para más tarde y darse un baño, porque lo necesitaba con urgencia.
Entró en el servicio y se encontró ante una bañera enorme y tan blanca como las paredes, que empezó a llenar inmediatamente. Luego, regresó a la habitación y empezó a rebuscar entre su ropa hasta que cayó en la cuenta de que ninguna de aquellas prendas era suya.
Pero, ¿cómo lo iban a ser?
Obviamente, Dante le había encargado un vestuario entero. Y, mientras lo admiraba, se preguntó qué clase de mujer lo habría elegido, porque estaba segura de que él no había tenido nada que ver.
A pesar de ello, coqueteó con la idea de que su flamante marido había estado imaginando su cuerpo y había llegado a la conclusión de que era la mujer adecuada para deambular por su casa con un top minúsculo, unos pantalones anchos y un caftán transparente. O para pasearse con aquellos vestidos de colores brillantes. O para llevar un bikini blanco.
A Minerva nunca le habían gustado los bañadores, y tampoco se sentía cómoda con los bikinis. Cada vez que se los ponía, pensaba en las exuberantes curvas de su hermana y se sentía manifiestamente inferior, porque las suyas eran tan leves que sus senos apenas llenaban el sostén.
Sin embargo, eso no significaba que no pudiera ser sexy. Si se metía en el agua y el bikini se transparentaba, el efecto sería de lo más interesante. Y hasta era posible que llamara la atención de Dante.
La idea la excitó un poco, y se puso tan tensa que volvió inmediatamente al cuarto de baño con el top, los pantalones y el caftán que se había probado. Luego, se los quitó, cerró el grifo de la bañera y se metió en el agua caliente.
Por desgracia, se puso a pensar en todo lo que había sucedido y, cuando llegó al beso, los pezones se le endurecieron al instante.
Irritada, se maldijo para sus adentros. No quería pensar en esas cosas. Era desconcertantemente abrumador. En todo caso, debía estar enfadada con él, porque la había besado con una pasión que nadie esperaba en una boda.
Y entonces, se acordó de lo que había dicho sobre Los robinsones de los mares del sur.
Y su excitación aumentó notablemente, porque las palabras de Dante habían despertado algo profundo en su interior, algo que la había emocionado.
Y, por supuesto, se enfadó un poco más.
Harta de no poder controlar sus propias emociones, salió de la bañera, se envolvió en una toalla y entró en el dormitorio, donde descubrió que Isabella había empezado a llorar. Asustada, buscó su ropa para vestirse rápidamente; pero, antes de que pudiera encontrarla, Dante abrió la puerta y alcanzó a la niña.
–Iba a hacerlo yo –dijo ella.
–Pues hazlo, porque no sé nada de bebés…
Dante le pasó a la niña, y ella se hizo cargo como pudo, porque no llevaba nada salvo la toalla de baño.
–Debería haberme vestido antes de tomarla en brazos –acertó a decir.
Dante la miró con cierta sorpresa, como si no hubiera reparado en ello hasta ese momento.
–Bueno, eso no es problema mío. Encárgate tú.
Él se marchó a toda prisa, y ella se preguntó qué habría sido del hombre encantador que había estado hablando sobre aquella película. ¿A qué venía tanta brusquedad? ¿Estaría enfadado con ella?
Min suspiró y puso el chupete a Isabella para que se tranquilizara. Después, la tumbó en la cama y le dijo:
–Solo me voy a vestir. Enseguida estoy contigo.
Min no quitó ojo a la niña en ningún momento y, tras tranquilizarla del todo, descubrió que no se podía tranquilizar a sí misma. A fin de cuentas, iba a estar con Dante durante un periodo indefinido. Y se preguntó si podría sobrevivir a la experiencia.
No se sentía físicamente en peligro. Esa no era la cuestión. Pero no sabía lo que estaba pasando en su interior y, para empeorar las cosas, tampoco sabía lo que estaba pasando en el interior de su esposo.
Además, los votos que había pronunciado le habían afectado más de lo que imaginaba. Habían cambiado algo en ella.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué podía hacer una mujer cuando se casaba a regañadientes con el mejor amigo de su hermano mayor y se marchaba con él a su isla privada?
La heroína de una novela romántica lo habría tenido claro.
Sin embargo, ella no era ninguna heroína, así que parpadeó y apartó la idea de su mente.
Sí, había soñado con ser como ese tipo de mujeres. Lo había soñado muchas veces. Pero no lo era, y estaba segura de que nunca lo sería.
Capítulo 6
LAS COSAS no estaban saliendo como Dante esperaba. Y no estaba acostumbrado a que las cosas le salieran mal. Para empezar, porque ni la vida ni el resto de las personas le planteaban verdaderos desafíos y, para continuar, porque nunca permitía que alguien entrara en su esfera personal y creara desorden.
O peor aún, caos.
Ya había tenido bastante caos cuando era un niño. Desde que nació, hasta que Robert King lo sacó de las calles y lo metió en un colegio privado.
Al principio, desconfió del patriarca de los King. Estaba convencido de que un hombre que se tomaba tantas molestias por un chico debía de tener malas intenciones. Pero tampoco le dio demasiada importancia. Ya había visto bastantes atrocidades. Y por otro lado, el hambre y la pobreza le habían dado una idea muy flexible de lo que estaba dispuesto a hacer a cambio de otra comida.
Con ello en mente, optó por aceptar la oferta de Robert y ver lo que pasaba. En función de lo que hiciera, completaría sus estudios, se llevaría el dinero que costaba o terminaría lo que había empezado, aprovechando que Robert le había devuelto la pistola.
Por supuesto, había pasado mucho tiempo desde entonces, y su situación actual no se parecía nada a la de aquellos años. Pero, al oír los gemidos de Isabella, había vuelto a experimentar la misma impotencia, y no había sabido qué hacer.
Y, de repente, vio a Minerva. Sin más ropa que una toalla.
Estaba tan sensual con el pelo mojado y los hombros al aire que se quedó atrapado entre el desconcierto y la ira. Desconcierto, porque lo había excitado e ira, porque los dos sabían que Isabella no era hija suya.
Y si lloraba, tampoco era asunto suyo.
Era responsabilidad de Minerva, exclusivamente.
Por eso había estado tan brusco. Por eso se había ido, había cenado rápidamente y se había puesto a trabajar, aunque tampoco se podía decir que tuviera mucho que hacer. Como no era un hombre que dejara nada para otro día, nunca se le acumulaba el trabajo.
Mientras intentaba concentrarse, se acordó de todas las veces que le habían recomendado que se tomara más tiempo libre. Y siempre se preguntaba lo mismo, para qué. Y siempre se quedaba sin respuesta.
Salía cuando le apetecía; generalmente, por cuestiones relacionadas con el trabajo. Y, cuando conocía a alguna mujer que le gustaba y estaba dispuesta a pasar la noche con él, aprovechaba la oportunidad. No necesitaba más diversiones.
Pero, ¿cómo iban a entenderlo los demás? No habían pasado hambre. No se habían visto obligados a aceptar la oferta de un desconocido como Robert con tal de llevarse algo a la boca, aunque existiera el riesgo de que fuera un abusador.
No, no podían entender que, para él, el dinero y el trabajo lo eran todo. Eran su tabla de salvación, y la pared que había construido a su alrededor para asegurarse de que nada ni nadie ponía en peligro su mundo.
–¿Hola?
La suave voz de Minerva lo sacó de sus pensamientos. Estaba bajando los últimos peldaños de la escalera, vestida con unos pantalones y un top que dejaba ver su estómago.
–Estoy hambrienta –dijo–. ¿Qué hay de cenar?
–Yo ya he cenado.
Ella frunció el ceño.
–¿Ya has cenado? ¿Sin mí?
–No sabía que tuviéramos que cenar juntos –se defendió él.
–¿Y qué se supone que debo hacer ahora? –preguntó Minerva, furiosa–. Pensé que cenaríamos juntos. Es nuestra noche de bodas.
Dante la miró con escepticismo.
–Oh, vamos, no me digas que esperabas una noche tradicional.
Ella abrió la boca, la volvió a cerrar y, por fin, replicó:
–Por supuesto que no. No debemos consumar el matrimonio, ¿recuerdas? Eres católico y, de lo contrario, no nos podríamos divorciar.
Él soltó una carcajada.
–Te agradezco que te preocupes por mi confesión religiosa, pero te aseguro que no lo he olvidado.
–Me alegro.
–Me tomo muy en serio la religión.
–Ya –dijo, clavando en él sus ojos verdes.
–Bueno, te buscaremos algo de comer. No queremos que pases hambre, ¿verdad?
Minerva lo siguió a la cocina, donde él abrió el frigorífico, que contenía una gran variedad de embutido y quesos, además de comida preparada. Dante sabía cocinar; pero no se le daba especialmente bien, así que siempre se encargaba de que la plantilla de la casa mantuviera un buen surtido de alimentos.
–Puedes empezar con queso –dijo él, dejándolo en la mesa de la cocina.
Minerva, que llevaba a Isabella en brazos, aceptó las cosas que le empezó a ofrecer.
–¿Prefieres carne? ¿O pescado?
–Carne –contestó ella–. El pescado no me gusta mucho.
–Supongo que eso significa que te comerás toda la carne que hay durante nuestra estancia.
–Si prefieres que te coma a ti…
–No, gracias.
Mientras él calentaba el guiso de carne, ella se sentó, se tomó un pedazo de queso y, a continuación, alcanzó un dátil. Estaba tan bueno que dejó escapar un gemido, y Dante apretó los dientes con desesperación.
–Qué delicia… –dijo ella.
–¿Ya no estás enfadada?
–Nadie podría estar enfadado con algo tan exquisito.
–Tú, sí.
–Vaya, me halagas.
Dante tuvo la extraña sensación de que lo había dicho en serio. Pero le sirvió la carne y le puso el plato en la mesa, dándose cuenta de que estaba acostumbrada a que la sirvieran.
–¿Puedes encargarte de Isabella mientras como?
La mente de Dante se llenó de dudas y, por primera vez en muchos años, se preguntó si no habría calculado mal la situación. Había supuesto que podría trazar una línea entre lo público y lo privado y, por supuesto, que no tendría que hacer nada con la pequeña. Sin embargo, Min no parecía ser de la misma opinión.
¿Qué sabía él de bebés? Nada en absoluto. Ni tenía experiencia al respecto ni quería tenerla. Y no iba a permitir que un simple bebé lo derrotara.
Pero Min no podía comer si no tenía las manos libres, lo cual significaba que se tendría que encargar de la pequeña.
–Sí, claro –respondió, brusco–. Pásamela.
–Deberías mejorar tu tono de voz –dijo ella, depositándola en sus brazos.
Minerva se puso a comer, y él reflexionó brevemente sobre la condición humana y la fragilidad de Isabella, que casi no pesaba nada. ¿Cómo era posible que algunos adultos fueran capaces de abandonar a criaturas tan desvalidas?
–Lo mataré –afirmó Dante–. Mataré a ese hombre por lo que te ha hecho.
–Me sorprendes. No esperaba que dijeras algo así.
–Pues es cierto. Te ha tratado muy mal. Pero, sobre todo, la ha tratado mal a ella.
–Vaya, muchas gracias.
–Somos adultos, Minerva, y debemos responder por nuestros actos. Esta niña no ha hecho nada, salvo nacer en un mundo terrible. No puede valerse por sí misma. Su supervivencia y su seguridad depende de las personas que la rodean.
–Lo sé. Por eso estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mantenerla a salvo.
Él asintió.
–Sí, sé que comprendes esas cosas.
–Desde luego que las comprendo. Y tenía que hacer algo, Dante. Tenía que asegurarme de que estaría protegida.
Minerva guardó silencio durante un rato. Pero, de repente, la niña eructó y vomitó sobre la camisa de Dante.
–¡Oh, no! –dijo Min, levantándose de la silla–. Cuánto lo siento.
Minerva alcanzó a la niña, y él se quitó la camisa por encima de la cabeza.
–Se la dejaré a los empleados, para que la lleven a la lavandería.
–¿Los empleados? –preguntó ella, clavando la vista en su fuerte pecho.
–Sí, pero no estaremos cuando vengan, así que no nos verán –explicó Dante–. Es un riesgo necesario. Necesitamos que alguien nos traiga comida y se encargue de la limpieza.
–Sí, supongo que sí –declaró, sin apartar la vista de su pecho.
–Minerva, mis ojos están más arriba…
Ella se ruborizó, y él se llevó una pequeña sorpresa. Por lo visto, se sentía atraída por él y, por lo visto, era incapaz de disimularlo.
–Sé dónde están tus ojos –dijo Min cuando recuperó el habla–. Y también sé que tus camisas están arriba… Lo digo por si quieres ponerte otra.
–No, estoy perfectamente cómodo. ¿Y tú?
Ella carraspeó.
–No, pero no es por ti, sino porque aquí hace calor –mintió–. Creo que voy a dar un paseo por la playa.
Él arqueó una ceja.
–¿En serio?
–Sí.
Dante jamás habría imaginado que una mujer adulta pudiera sentirse tan incómoda ante la visión del pecho de un hombre; pero, por mucho que le agradara su incomodidad, no supo cómo tomárselo. Estaba acostumbrado a las miradas coquetas, a las caricias y a los gemidos, no al miedo.
–Hay tarta –le dijo.
Min ladeó la cabeza.
–¿En la playa?
–No, aquí. Tarta de chocolate. Pero, si no te apetece…
Ella se sentó con Isabella en brazos.
–Acepto tu ofrecimiento.
Dante soltó una carcajada, cruzó la cocina y cortó un pedazo de tarta.
Estaba encantado con el súbito giro de los acontecimientos. La tortilla se había dado la vuelta, y ya no era él quien estaba preocupado por lo que sentía por ella, sino ella por lo que sentía por él. No podía ser más satisfactorio.
Había conseguido un triunfo sensual sobre la hermana pequeña de Maximus, una mujer que, hasta pocos días antes, le parecía una niña. Pero no era una niña. Y, si estaban condenados a quedarse en la isla por tiempo indefinido, aprovecharía sus victorias y aceptaría lo que el destino le ofreciera.
Dante le dio la tarta de chocolate. Y ella tuvo que hacer un esfuerzo para mirarlo a los ojos.
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