Читать книгу: «No eres tú, soy yo…»

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CA­PÍ­TU­LO 27

CA­PÍ­TU­LO 28

CA­PÍ­TU­LO 29

CA­PÍ­TU­LO 30

CA­PÍ­TU­LO 31

CA­PÍ­TU­LO 32

CA­PÍ­TU­LO 33

CA­PÍ­TU­LO 34

CA­PÍ­TU­LO 35

CA­PÍ­TU­LO 36

Cua­tro me­ses des­pués

AGRA­DE­CI­MIEN­TOS

«Cual­quier for­ma de re­pro­duc­ción, dis­tri­bu­ción, co­mu­ni­ca­ción pú­bli­ca o trans­for­ma­ción de esta obra solo pue­de ser rea­li­za­da con la au­to­ri­za­ción de sus ti­tu­la­res, sal­vo ex­cep­ción pre­vis­ta por la ley. Di­rí­ja­se a CE­DRO (Cen­tro Es­pa­ñol de De­re­chos Re­pro­grá­fi­cos). Si ne­ce­si­ta fo­to­co­piar o es­ca­near al­gún frag­men­to de esta obra (www.con­li­cen­cia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Tí­tu­lo ori­gi­nal: Ghos­ting: a Love Story

©2020 by Tash Skil­ton

First Pu­blis­hed by Ken­sing­ton Pu­blis­hing Corp. Trans­la­tion rights arran­ged by San­dra Bru­na Agen­cia Li­te­ra­ria S. L.

Tra­duc­ción de Xa­vier Bel­trán Pa­lo­mino

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Di­se­ño de cu­bier­ta: Eva Ola­ya

Fo­to­gra­fía de cu­bier­ta: Shut­ters­tock

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1.ª edi­ción: ju­lio 2020

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mun­do:

© 2020: Edi­cio­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 plan­ta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na par­te de esta pu­bli­ca­ción, in­clui­do el di­se­ño de la cu­bier­ta, pue­de ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en ma­ne­ra al­gu­na ni por nin­gún me­dio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óp­ti­co, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del edi­tor.

Para las cua­tro her­ma­nas (Hai­den, Homa, Ha­leh y Hen­ga­meh)

que me pro­por­cio­na­ron mi his­to­ria de amor fa­vo­ri­ta.

S. T.

Para mis pa­dres, Earl y Ros Hoo­ver, que me en­se­ña­ron a amar los li­bros y hace tiem­po que me­re­cen una de­di­ca­to­ria.

Na­die igua­la­rá vues­tras ci­tas a cie­gas.

S. S.

«Cuan­do una per­so­na te atrae, solo sig­ni­fi­ca que tu sub­cons­cien­te es atraí­do por su sub­cons­cien­te. Y lo que lla­ma­mos des­tino solo son dos neu­ro­sis que ha­cen bue­na pa­re­ja».

Nora Eph­ron en Algo para re­cor­dar.

CAPÍTULO 1

De: Lean­ne Tsen

Para: To­dos los tra­ba­ja­do­res de Ha­bla el Co­ra­zón

Asun­to: Nue­vas ofi­ci­nas

Equi­po:

Aun­que los úl­ti­mos me­ses ha­yan su­pues­to un au­tén­ti­co reto, me gus­ta­ría fe­li­ci­ta­ros por ser tan abier­tos y por ha­be­ros adap­ta­do tan bien a nues­tra nue­va si­tua­ción. Del mis­mo modo, es­pe­ro que dis­fru­téis de la li­ber­tad y la in­de­pen­den­cia que pro­por­cio­na tra­ba­jar des­de casa. (En este ar­tícu­lo de la re­vis­ta Wi­red se ha­bla del fu­tu­ro de las ofi­ci­nas. ¡So­mos unos pio­ne­ros!).

Por cier­to, la per­so­na que haya pro­gra­ma­do mi te­lé­fono para que sue­ne Ha­bla el co­ra­zón cuan­do re­ci­bo un men­sa­je… La bro­ma tie­ne su gra­cia. En la fies­ta de des­pe­di­da de las an­ti­guas ofi­ci­nas me pa­re­ció muy di­ver­ti­da. Pero es que na­die pue­de des­ac­ti­var­lo; ni si­quie­ra los ge­nios de la Ap­ple Sto­re. ¿Po­drías dar la cara y ve­nir un mo­men­to a cam­biar­lo, por fa­vor? Por ra­zo­nes evi­den­tes, si ten­go que vol­ver a es­cu­char esa can­ción, voy a ma­tar a al­guien sí o sí. Y na­die os va a pa­gar el suel­do si vues­tra CEO está en la cár­cel.

Sa­lu­dos cor­dia­les,

Lean­ne

Miles

No pasa nada. Nada de nada.

Qué más da que mi ex­no­via aca­be de pu­bli­car una foto de su mano sin ani­llo so­bre lo que sin nin­gu­na duda es una ba­rri­ga em­ba­ra­za­da. Qué más da que ha­ya­mos roto hace seis se­ma­nas; y una cosa, yo no seré el ma­yor ex­per­to del mun­do en re­pro­duc­ción, pero di­ría que esa ba­rri­ga no se co­rres­pon­de con un em­ba­ra­zo de seis se­ma­nas. Qué más da que, en un arre­ba­to de con­fu­sión y de eu­fo­ria, le haya en­via­do un men­sa­je de «¿va­mos a te­ner un hijo?» con un emo­ti­cono de un bebé por si ne­ce­si­ta­ba una ima­gen que re­pre­sen­ta­ra la pa­la­bra «hijo», y que ni si­quie­ra me haya res­pon­di­do, aun­que el do­ble check azul me con­fir­ma que lo ha vis­to.

O sea, que o el bebé es mío y Jor­dan ha de­ci­di­do que no me va a per­mi­tir for­mar par­te de la vida del crío, o Jor­dan me en­ga­ñó con otro an­tes de de­jar­me, de ha­cer añi­cos mi co­ra­zón y de ro­bar­me el piso.

No sé cuál de las dos op­cio­nes es peor.

De pron­to sue­na mi por­tá­til: un men­sa­je que acom­pa­ña a la ima­gen di­mi­nu­ta de una mo­re­na son­rien­te.

Ju­le­s478: Ey, ¿qué tal?

De puta ma­dre. Y aho­ra ten­go que tra­ba­jar. Aho­ra ten­go que tra­ba­jar y ha­cer que la vida sen­ti­men­tal de los de­más sea un éxi­to. Me­nu­da bro­ma del uni­ver­so. Y no es solo eso, sino que ya no hay una ofi­ci­na a la que ir, ni com­pa­ñe­ros con los que char­lar un poco, ni una má­qui­na de café que me su­mi­nis­tre toda la ca­feí­na que ne­ce­si­to. Solo ten­go una in­com­pren­si­ble ca­fe­te­ra idén­ti­ca a la ca­bi­na de un Boeing 747 y el rin­cón de un sofá que me han pres­ta­do y que me apues­to lo que quie­ras a que está he­cho de es­par­to, por­que mi ami­go Dy­lan vive en un ca­tá­lo­go de Pot­tery Barn, la ex­clu­si­va tien­da de mue­bles para el ho­gar. (Y tú me di­rás que ocu­par un sofá no te da de­re­cho a ele­gir­lo, y yo te diré que, en ple­na ago­nía me­lan­có­li­ca y con los pe­los siem­pre de pun­ta por cul­pa de la elec­tri­ci­dad es­tá­ti­ca, todo el mun­do tie­ne de­re­cho a cri­ti­car).

Cie­rro los ojos y, an­tes de res­pon­der, prue­bo el ejer­ci­cio de res­pi­ra­ción que, cómo no, me en­se­ñó Jor­dan: in­ha­lar du­ran­te cua­tro se­gun­dos, aguan­tar la res­pi­ra­ción du­ran­te sie­te y ex­ha­lar du­ran­te ocho.

Per­se­Yo: Bue­nas. Muy bien. ¿Qué tal tú?

Está todo con­tro­la­do. Soy ca­paz de man­te­ner una con­ver­sa­ción tri­vial como esta has­ta dor­mi­do. Por algo me he pa­sa­do los úl­ti­mos dos años con­vir­tién­do­me en el me­jor ghostw­ri­ter[1] de Ha­bla el Co­ra­zón. He pu­li­do tan­to mi ta­len­to que casi pue­do po­ner el pi­lo­to au­to­má­ti­co. ¿Que no?

Ju­le­s478: Bien.

Vaya. Aun­que aca­bo de rom­per la nor­ma nú­me­ro uno de las ci­tas por in­ter­net. No for­mu­lar nun­ca una pre­gun­ta que se pue­da res­pon­der con una sola pa­la­bra, como en una im­pro­vi­sa­ción tea­tral.

In­ten­to rec­ti­fi­car.

Per­se­Yo: Por cier­to, ¿has vis­to la pro­gra­ma­ción de los con­cier­tos de ve­rano del es­ta­dio de Fo­rest Hills? Este año es una pa­sa­da.

Se su­po­ne que soy… Bus­co su nom­bre en­tre los ex­pe­dien­tes abier­tos… Far­had. Eso es. Far­had es un gran afi­cio­na­do a la mú­si­ca, y sé que para él esos con­cier­tos son im­por­tan­tes.

Ju­le­s478: ¡Sí! Be­lle y Se­bas­tian y Gre­ta van Fleet. ¡Qué pa­sa­da!

Per­se­Yo: Ya ves, ¿eh?

Es­cri­bo la res­pues­ta en modo au­to­má­ti­co, y en­ton­ces paso a ins­pec­cio­nar la pro­gra­ma­ción para in­ten­tar adi­vi­nar qué otro de esos mal­di­tos gru­pos le po­dría gus­tar a Far­had. Ah, ya sé. En el cues­tio­na­rio men­cio­nó a LCD Soundsys­tem.

Per­se­Yo: Me mue­ro de ga­nas de ver a LCD.

Ju­le­s478: ¿Sí? Tam­bién mo­lan.

Vale, a ella no le gus­ta tan­to ese gru­po. Pero bueno, los dos pue­den apor­tar di­fe­ren­tes gus­tos mu­si­ca­les a la re­la­ción. Es lo bo­ni­to del amor, ¿no? Cada cual con­tri­bu­ye con sus pro­pios in­tere­ses, que des­pués se jun­tan y se mez­clan, y al­gún día apa­re­ce un pe­que­ño em­brión que ha uni­do ge­né­ti­ca­men­te esas pa­sio­nes y las ha con­ver­ti­do en un ser que se pue­de acu­nar en una foto ar­tís­ti­ca en blan­co y ne­gro para Ins­ta­gram.

Per­se­Yo: ¿Te gus­tan los ni­ños?

Eh. ¡EH! ¿Qué coño ha­ces, Mi­les? Como dice el Ma­nual de es­ti­lo para los au­tó­no­mos de Ha­bla el Co­ra­zón en la pá­gi­na 22, hay cier­tos te­mas que ja­más de los ja­ma­ses se men­cio­nan en una pri­me­ra con­ver­sa­ción: po­lí­ti­ca, re­li­gión, ma­tri­mo­nio, co­no­cer a los pa­dres y, por su­pues­to, te­ner hi­jos. De nin­gu­na de las ma­ne­ras. Y lo sé por­que ese ma­nual lo es­cri­bí yo, li­te­ral­men­te. Como fui el pri­mer em­plea­do de Lean­ne, tuve que des­cri­bir con todo lujo de de­ta­lles de qué va mi tra­ba­jo (y la idio­sin­cra­sia de la em­pre­sa).

Hay una pau­sa de va­rios se­gun­dos an­tes de que el match de Far­had vuel­va a es­cri­bir.

Ju­le­s478: Sí. Me gus­tan.

Per­se­Yo: ¿Al­gu­na idea de qué pin­ta tie­ne la ba­rri­ga de una em­ba­ra­za­da de seis se­ma­nas?

No sé qué está pa­san­do. Mis de­dos ac­túan to­tal­men­te aje­nos a mi ce­re­bro.

Ju­le­s478: Eh…

Per­se­Yo: No es un em­ba­ra­zo vi­si­ble, ¿no? O sea, que no se ve nin­gún bul­to aún, ¿no?

A es­tas al­tu­ras, ¿qué más da todo ya? Se­gu­ro que Ju­les sabe más que yo, por­que por lo me­nos ella tie­ne el apa­ra­to ge­ni­tal ade­cua­do y por­que, no sé, es pro­ba­ble que ten­ga ami­gas ma­dres o algo así.

Ju­le­s478: No creo, ¿no?

Per­se­Yo: Jus­to lo que pen­sa­ba.

La cues­tión es que sé que el bebé no es mío. Lo he sa­bi­do des­de el prin­ci­pio, pero mis men­sa­jes sin res­pues­ta y el pu­ñe­ta­zo que sen­tí en el es­tó­ma­go al ver «leí­do a las 8:37» lo con­fir­man. Jor­dan nun­ca cria­ría sola a un bebé, no si el pa­dre quie­re es­tar ahí para los dos. ¿Cuán­tas ve­ces la ro­deé con los bra­zos mien­tras ella me con­ta­ba los mil mo­ti­vos por los que su pa­dre era un gi­li­po­llas y cómo su au­sen­cia ha­bía in­flui­do en su vida y en su per­so­na­li­dad?

Ju­le­s478: Oye…, una cosa. Me ten­go que ir.

Mier­da. En lu­gar de ha­cer mi tra­ba­jo y con­ven­cer­la de que Far­had es per­fec­to para ella, y que por lo me­nos me­re­ce una cita en per­so­na, me he de­ja­do lle­var por un agu­je­ro ne­gro men­tal de lo más pro­fun­do.

Toca re­me­diar la si­tua­ción.

Per­se­Yo: ¡Ja, ja! Per­do­na, no pre­ten­día asus­tar­te.

Me es­toy es­tru­jan­do el ce­re­bro para dar con una ex­cu­sa que jus­ti­fi­que mis pre­gun­tas so­bre em­ba­ra­zos.

Per­se­Yo: Es que es­toy es­cri­bien­do una can­ción. In­ves­ti­gan­do un poco.

Si hay can­cio­nes so­bre cur­vas fe­me­ni­nas, tam­bién las pue­de ha­ber so­bre vien­tres fe­me­ni­nos, digo yo.

Ju­le­s478: Ah… ¿Eres mú­si­co?

Per­se­Yo: Afi­cio­na­do.

Echo otro vis­ta­zo al cues­tio­na­rio de Far­had.

Per­se­Yo: Tra­ba­jo en el mun­do de las fi­nan­zas.

Bien, bien. He sol­ta­do su­til­men­te lo del tra­ba­jo es­ta­ble. A lo me­jor he vuel­to a ge­ne­rar­le in­te­rés y todo.

Ju­le­s478: ¿En qué cla­se de gru­po to­cas?

Echo un nue­vo vis­ta­zo al cues­tio­na­rio. Ah, mier­da.

Per­se­Yo: En un cuar­te­to de cuer­da.

Le si­gue otra pau­sa lar­ga.

Ju­le­s478: Ya veo… Oye, lo sien­to, pero se me aca­ba la pau­sa para co­mer y me ten­go que ir, de ver­dad.

Son las 8:52 de la ma­ña­na.

Ju­le­s478: ¿Ha­bla­mos lue­go?

Pero se des­co­nec­ta an­tes de que le pue­da res­pon­der.

¿Quie­res que te sea sin­ce­ro?

Se­gu­ro que les he he­cho un fa­vor a Far­had y a ella.

Al fin y al cabo, el amor no exis­te. No hay que po­ner­se en plan ba­la­da heavy me­tal, pero el amor es una ilu­sión. No es más que una cor­ti­na de humo que ocul­ta el fu­tu­ro desamor. ¿Por qué nos ha­ce­mos esto? ¿Por qué? O bien te deja a ti o bien la de­jas tú, o (en el me­jor de los ca­sos) vi­vís fe­li­ces y co­méis per­di­ces has­ta que uno de los dos se mue­re y el otro se que­da com­ple­ta­men­te des­tro­za­do, con­ver­ti­do en una som­bra de su an­ti­guo yo.

¿Por qué co­jo­nes los per­se­gui­mos?

Re­ci­bo un men­sa­je de Lean­ne.

Lean­ne T: Mi­les, quie­ro que te reúnas con­mi­go en mi des­pa­cho.

Me cago en todo lo ca­gable.

Mi­les I: En vein­te mi­nu­tos es­toy ahí. ¿Va bien?

Lean­ne T: Sí.

Y en­ton­ces, es que no pue­do evi­tar­lo…

Mi­les I: Oye, Lean­ne. Una pre­gun­ti­ta. ¿Tú sa­bes qué pin­ta tie­ne una ba­rri­ga de em­ba­ra­za­da de seis se­ma­nas?

***

El des­pa­cho de Lean­ne se en­cuen­tra en un edi­fi­cio que cla­ra­men­te fue un al­ma­cén has­ta hace tres mi­nu­tos, cuan­do a al­gún mag­na­te del sec­tor in­mo­bi­lia­rio se le ocu­rrió crear unos 450 des­pa­chos del ta­ma­ño de un ar­ma­rio y co­brar­le a la gen­te un al­qui­ler desor­bi­ta­do por el pri­vi­le­gio de tra­ba­jar jus­to al lado de la De­ci­mo­se­gun­da Ave­ni­da, a por lo me­nos quin­ce mi­nu­tos del me­tro, al que siem­pre tie­nes que lle­gar an­dan­do con el vien­to en con­tra.

Es­pe­ro a que me abra la puer­ta y cojo uno de los as­cen­so­res de car­ga has­ta la no­ve­na plan­ta, y en­ton­ces lle­go fren­te al ar­ma­rio de Lean­ne.

Hace tan solo dos se­ma­nas, la sede de Ha­bla el Co­ra­zón se ubi­ca­ba en unas ofi­ci­nas mo­des­tas pero es­pa­cio­sas del ba­rrio de Meat­pac­king Dis­trict. Unos enor­mes ven­ta­na­les de cris­tal da­ban a las ca­lles ado­qui­na­das, des­de los que po­día­mos ver ca­mi­nar a mu­je­res con mu­chas ga­nas de gas­tar di­ne­ro, ga­fas de sol de mar­ca y za­pa­tos Jimmy Choo que se mez­cla­ban con re­sa­co­sas dis­coa­dic­tas con ga­fas de sol de mar­ca y unos Jimmy Choo aún más al­tos. Me gus­ta­ba mi­rar a la ca­lle y pen­sar que era muy pro­ba­ble que una de esas re­sa­co­sas fue­ra clien­ta nues­tra, que vol­vía de una cita triun­fal que ha­bía ter­mi­na­do a las sie­te de la ma­ña­na, y se apre­su­ra­ba a re­gre­sar a casa para cam­biar­se y lle­gar pre­sen­ta­ble al tra­ba­jo, pero in­ca­paz de es­con­der la son­ri­sa que solo pue­de pro­vo­car una cita in­tere­san­te con un des­co­no­ci­do. No ca­mi­na­ba aver­gon­za­da, sino or­gu­llo­sa. ¿Quién no se sen­ti­ría or­gu­llo­so y eu­fó­ri­co tras una no­che de pa­sión y co­ne­xión per­so­nal? Y qui­zá yo ha­bría te­ni­do algo que ver. Pen­sar­lo me ha­cía sen­tir or­gu­llo­so y eu­fó­ri­co a mí tam­bién.

Aho­ra ya no.

Aho­ra sé que es pro­ba­ble que una no­che in­tere­san­te ter­mi­ne desem­bo­can­do en un ca­mino de ago­nía: ya sea por los men­sa­jes de tex­to sin res­pues­ta, por las dis­cu­sio­nes so­bre los pa­dres con­tro­la­do­res de tu pa­re­ja o por­que hay que de­ci­dir quién se que­da con las plan­tas cuan­do se ter­mi­na la re­la­ción. No lle­vo la vida de mis clien­tes más que ha­cia la rui­na y la per­di­ción.

¿Que qué tal el des­pa­cho? Bueno, dé­mos­le las gra­cias a otra de las ideas bri­llan­tes y ca­tas­tró­fi­cas de Clif­ford, el ex­ma­ri­do de Lean­ne.

Como dice Tay­lor Swift en una de sus can­cio­nes, hace mu­chos erro­res ha­bía una vez una pa­re­ja de dos idio­tas, Lean­ne y Clif­ford, que creían que te­nían una re­la­ción que iba a du­rar para siem­pre. Así que no solo in­ter­cam­bia­ron vo­tos, com­pra­ron un piso (nada me­nos que una mul­ti­pro­pie­dad, una pe­sa­di­lla más) y adop­ta­ron a un gato: de­ci­die­ron dar un nue­vo y es­tú­pi­do paso y se con­vir­tie­ron en co­pro­pie­ta­rios de una em­pre­sa.

Pues sí, Ha­bla el Co­ra­zón em­pe­zó con los dos, aun­que la idea ori­gi­nal fue de Lean­ne, la es­cri­to­ra em­be­le­sa­da por el amor. Ha­bía sido tes­ti­go de cómo sus ami­gas sol­te­ras su­frían la tor­tu­ra de las ci­tas por in­ter­net, de cons­truir­se el per­fil per­fec­to y de­cir lo más ade­cua­do en co­rreos elec­tró­ni­cos y en men­sa­jes de tex­to. Y un día se dio cuen­ta: si se de­di­ca­ba a re­dac­tar el con­te­ni­do ade­cua­do, po­dría ayu­dar a sus ami­gas a dar­le for­ma a lo que ellas que­rían trans­mi­tir.

De ahí fue cre­cien­do la idea de crear una agen­cia de ghostw­ri­ters que ayu­da­ran a la gen­te a lle­gar has­ta la mis­mí­si­ma puer­ta del ver­da­de­ro amor.

—No so­mos es­cri­to­res, so­mos cu­pi­dos —de­cía Clif­ford.

Esa era la ta­rea de Clif­ford: ocu­par­se del mar­ke­ting y de las ope­ra­cio­nes co­mer­cia­les.

Es de­cir, que fue idea de Clif­ford lla­mar a la em­pre­sa Ha­bla el Co­ra­zón (se­gu­ro que fue la úl­ti­ma vez que Lean­ne y él es­tu­vie­ron de acuer­do en algo). Y, a con­ti­nua­ción, lo ló­gi­co ha­bría sido ha­cer­se con los de­re­chos para uti­li­zar la can­ción de Ro­xet­te en los anun­cios.

En teo­ría no era mal plan, para nada. Pero re­sul­tó que Ro­xet­te y los com­po­si­to­res no que­rían que se los re­la­cio­na­ra con una rara y des­co­no­ci­da agen­cia de ci­tas on­li­ne con ghostw­ri­ters, y a cam­bio exi­gie­ron una ci­fra desor­bi­ta­da para ce­der los de­re­chos.

Una per­so­na nor­mal ha­bría in­ten­ta­do ne­go­ciar o se ha­bría dado cuen­ta de que no me­re­cía la pena gas­tar tan­tí­si­mo di­ne­ro en una can­ción.

Pero es que Clif­ford no es nor­mal.

Acep­tó los tér­mi­nos del tra­to sin pen­sar y sin con­sul­tár­se­lo ni a Lean­ne, ni a sus abo­ga­dos ni a na­die.

Tras el di­vor­cio, Lean­ne se que­dó con el ne­go­cio, pero tam­bién con las con­se­cuen­cias de las pé­si­mas de­ci­sio­nes em­pre­sa­ria­les de Clif­ford.

En fin, dis­fru­tad del pla­cer de que se os pe­gue Ha­bla el co­ra­zón al oír o ver al­guno de nues­tros anun­cios en ra­dio o te­le­vi­sión. Mien­tras tan­to, los otros tres tra­ba­ja­do­res a jor­na­da com­ple­ta y yo dis­fru­ta­re­mos del pla­cer de no po­der cu­rrar ya en una ofi­ci­na.

Y la po­bre Lean­ne, nues­tra CEO, está des­te­rra­da en un ar­ma­rio pol­vo­rien­to y sin ven­ta­nas en el que a du­ras pe­nas ca­ben su es­cri­to­rio y dos si­llas, y mu­cho me­nos las obras de arte ecléc­ti­cas y las es­cul­tu­ras chu­lí­si­mas que de­co­ra­ban los rin­co­nes de su an­ti­guo des­pa­cho.

Sin em­bar­go, a pe­sar del en­torno, se la ve tan im­pe­ca­ble como siem­pre. Lean­ne es de ori­gen chino, con una ca­be­lle­ra la­cia, lar­ga y ne­gra, la pose de una pri­me­ra bai­la­ri­na y un fon­do de ar­ma­rio que con­sis­te casi en su to­ta­li­dad en pren­das tan es­truc­tu­ra­das que, al ver­las, te en­tran ga­nas de bus­car los pla­nos en las eti­que­tas. Aun­que Lean­ne sabe lle­var­las, es­toy con­ven­ci­do de que cual­quier otra mu­jer pa­re­ce­ría ir dis­fra­za­da del Em­pi­re Sta­te Buil­ding.

—¿Te im­por­ta­ría ex­pli­car­me lo que ha pa­sa­do hoy, Mi­les? —me pre­gun­ta con voz gra­ve y tran­qui­la, la cla­se de voz que sa­bes que tie­ne el po­ten­cial de sol­tar un tsu­na­mi de in­sul­tos de­mo­le­do­res si hace fal­ta.

—¿A qué te re­fie­res? —Ca­rras­peo.

—Em­pe­ce­mos por el he­cho de que no sa­bías que nues­tro clien­te toca en un cuar­te­to de cuer­da. Y si­ga­mos con el desas­tre de las pre­gun­tas so­bre em­ba­ra­za­das.

—¿Cómo te has en­te­ra­do de todo eso? —pre­gun­to tí­mi­da­men­te.

—Mi­les, des­pués del fias­co con los úl­ti­mos tres clien­tes, te dije que ini­cia­ría se­sión en tu or­de­na­dor para ver tus chats. Y esta ma­ña­na has acep­ta­do mi pe­ti­ción de ac­ce­so re­mo­to.

—Ah, sí —digo. Mier­da. Pues sí, la ha­bía acep­ta­do. Y hoy te­nía toda la in­ten­ción del mun­do de es­tar a la al­tu­ra, pero eso fue an­tes de que Jor­dan anun­cia­ra al mun­do (ah, y tam­bién a mí) que está em­ba­ra­za­da.

—Mira. —Lean­ne sus­pi­ra—. Sé que es­tás pa­san­do por un mal mo­men­to. —No he en­tra­do en de­ta­lles con ella, solo le he di­cho que Jor­dan y yo he­mos roto. Y que me he mar­cha­do de nues­tro piso para vi­vir en el sa­lón de Dy­lan. Y que Char­les, el no­vio de Dy­lan, está ca­brea­do y me deja no­tas con muy mala le­che para re­cor­dar­me la pé­si­ma in­fluen­cia que ten­go en sus vi­das. Y que me hizo de­vol­ver a la tien­da el pa­pel hi­gié­ni­co de una sola capa que com­pré para dar­le las gra­cias por de­jar­me vi­vir en su piso por­que, se­gún me ase­gu­ró, nin­gún culo se me­re­ce la hu­mi­lla­ción de que lo lim­pien con pa­pel de una sola capa, ni si­quie­ra el mío.

Bueno, vale, a lo me­jor sí que le he con­ta­do bas­tan­tes co­sas a Lean­ne. El pro­ble­ma es que, du­ran­te los die­ci­ocho me­ses que es­tu­vi­mos jun­tos, ter­mi­né que­dan­do solo con los ami­gos de Jor­dan, y aho­ra es­toy atra­pa­do, in­ten­tan­do for­mar una suer­te de círcu­lo so­cial.

—Va­mos a ver —dice Lean­ne—. No me pue­do per­mi­tir es­tos fa­llos, Mi­les. No me los pue­do per­mi­tir, en plan li­te­ral. Está cla­ro que te­ne­mos mu­chos pro­ble­mas. —Mue­ve li­ge­ra­men­te los bra­zos para se­ña­lar el la­men­ta­ble es­pec­tácu­lo de la pin­tu­ra que se des­cas­ca­ri­lla y los mue­bles de ofi­ci­na de for­mi­ca que con­for­man su en­torno—. Y per­der a cua­tro clien­tes en un solo mes… Es que es inacep­ta­ble.

Asien­to con la ca­be­za y de re­pen­te me doy cuen­ta de que es muy po­si­ble que me des­pi­da (es más que pro­ba­ble). Pa­rez­co el epi­so­dio pi­lo­to de una se­rie so­bre un hom­bre cuya vida se va al tras­te y en­ton­ces de­ci­de dar un giro de cien­to ochen­ta gra­dos y ha­cer­se ga­na­de­ro en el pue­ble­ci­to ex­tra­va­gan­te en el que vive su abue­la. Aun­que to­dos mis abue­los es­tán muer­tos y, en el mun­do real, per­der un tra­ba­jo no con­du­ce a una epi­fa­nía tron­chan­te pero con­mo­ve­do­ra so­bre el su­pues­to sen­ti­do de la vida. Que de re­pen­te ten­gas que aña­dir Lin­ke­dIn a tu ri­tual dia­rio de re­des so­cia­les hace que te sien­tas como una mier­da.

Lean­ne debe de ha­ber vis­to el pá­ni­co re­fle­ja­do en mi cara, por­que in­ten­ta sua­vi­zar el te­rre­mo­to.

—No es nin­gún se­cre­to que siem­pre has sido mi me­jor em­plea­do, Mi­les. Se te daba ge­nial. Na­die ha lo­gra­do tan­tos éxi­tos como tú. ¿A cuán­tas bo­das te han in­vi­ta­do? ¿A tres?

—A cua­tro —bal­bu­ceo. Siem­pre en ca­li­dad de vie­jo ami­go del no­vio, por­que está cla­ro que nin­guno de ellos se atre­ve­ría a con­tar­le a su fu­tu­ra es­po­sa que su re­la­ción se basa en (sea­mos sin­ce­ros) una es­pe­cie de men­ti­ra.

—Es in­creí­ble —aña­de Lean­ne con ama­bi­li­dad, an­tes de que su voz re­cu­pe­re el tono fir­me y jus­to que la con­vir­tió en una di­rec­to­ra crea­ti­va y bri­llan­te cuan­do tra­ba­ja­ba en una agen­cia de pu­bli­ci­dad, y cuan­do yo cu­rra­ba de re­dac­tor para ella—. Pero no pue­do con­fiar en tu pa­sa­do, ten­go que con­fiar en tu pre­sen­te. Ten­go que sa­ber que cuen­to con al­guien que va a es­cu­char los de­seos y ne­ce­si­da­des de nues­tros clien­tes y que hará lo im­po­si­ble por unir­los con su pa­re­ja per­fec­ta.

—Cla­ro —tran­si­jo, y me aho­rro de­cir­le que lo que ella ne­ce­si­ta es al­guien que de ver­dad crea que exis­ten las pa­re­jas per­fec­tas. En cier­ta oca­sión, ese fui yo. Pero ya no.

—Te voy a con­tar lo que va­mos a ha­cer —dice, y es­pe­ro que sa­que del es­cri­to­rio un so­bre con el fi­ni­qui­to (si ten­go suer­te) y me lo dé. Pero lo que coge es su iPad—. Tie­nes otra opor­tu­ni­dad para ha­cer­lo bien. Un nue­vo clien­te que ne­ce­si­ta que reapa­rez­ca el vie­jo Mi­les y que le ofrez­ca una au­tén­ti­ca ex­pe­rien­cia de Ha­bla el Co­ra­zón.™ —Ob­via­men­te, no pro­nun­cia el sím­bo­lo de mar­ca co­mer­cial, pero casi lo oigo en su voz. Otra de las es­tu­pen­das y ca­ras ideas de Clif­ford—. Por tan­to, de­cí­de­te por uno. Hay tres en­tre los que es­co­ger.

Cojo la ta­ble­ta a re­ga­ña­dien­tes y ojeo los ex­pe­dien­tes con el for­ma­to tí­pi­co de nues­tros clien­tes. Una foto son­rien­te y las res­pues­tas al cues­tio­na­rio ini­cial. Uno que desea con to­das sus fuer­zas ca­sar­se en me­nos de dos años. Otro que es nue­vo en la ciu­dad y quie­re co­no­cer a al­guien con quien ex­pe­ri­men­tar «las ma­ra­vi­llas gas­tro­nó­mi­cas de Nue­va York». (Las pa­la­bras son su­yas, no mías. Y es evi­den­te que va­mos a te­ner que ha­cer algo con su for­ma de ha­blar si al fi­nal lo eli­jo a él).

Y lue­go está Jude Camp­bell. En el per­fil de Jude no hay nada de­ma­sia­do es­pe­cial. Es lo bas­tan­te gua­po. Sus res­pues­tas son lo bas­tan­te nor­ma­les. O qui­zá de­be­ría de­cir que en el per­fil de Jude «casi» no hay nada de­ma­sia­do es­pe­cial.

Por lo vis­to, se mudó a Nue­va York hace un par de años: es es­co­cés. Es de­cir, que tie­ne acen­to es­co­cés. Y si me voy a ju­gar la ca­rre­ra para en­con­trar­le el amor a un tío…

Me que­do con el del acen­to es­co­cés.

[1]. El ghostw­ri­ter o es­cri­tor fan­tas­ma es quien es­cri­be los li­bros que fir­ma otra per­so­na, nor­mal­men­te fa­mo­sa. (N. del T.)

CAPÍTULO 2

De: Clif­ford Jen­kins

Para: Mis es­tre­llas

Asun­to: ¡Ca-ca-cam­bios! (nue­vo nom­bre de la em­pre­sa)

¡Qué pasa, cha­va­les! Fue lo que dijo Jus­tin Bie­ber al co­no­cer a Ba­rack Oba­ma, se­gún los tes­ti­gos del mo­men­to. Pero no qui­sie­ra des­me­re­cer el gran tra­ba­jo de nues­tras cha­va­las, ¡fal­ta­ría más! En fin. Va­ya­mos al grano. Se aca­bó lo de Bueno, Fá­cil, Fe­liz. Eli­mi­nad­lo del dis­co duro y de vues­tra fir­ma elec­tró­ni­ca, ta­chad­lo de vues­tro ce­re­bro. Ha pa­sa­do a me­jor vida. Ha­ga­mos como si nun­ca hu­bie­ra exis­ti­do, ¿vale? Nue­va URL, nue­vo ser­vi­dor de co­rreo, nue­vo co­mien­zo, nue­vo todo.

Aho­ra nues­tro nom­bre ofi­cial es Pa­la­bras de Amor, S. R. L., y se­gu­ro que con él lo va­mos a pe­tar.

SI OS SI­GUEN LLE­GAN­DO CO­RREOS DE BFF, NO CON­TES­TÉIS. Se los pa­sáis de in­me­dia­to al ser­vi­cio de aten­ción al clien­te (¡yuju, Crys­tal!) y los bo­rráis. Así de sen­ci­llo. Crys­tal se en­car­ga.

Res­pon­de­ré en­can­ta­do a to­das las pre­gun­tas du­ran­te la reunión men­sual, pero mien­tras tan­to bo­rrad to­das las re­fe­ren­cias a BFF (y a TMV para los ve­te­ra­nos) y sus­ti­tuid­las por Pa­la­bras de Amor. En nues­tra web apa­re­ce­rán los cam­bios a lo lar­go de esta se­ma­na.

Nos ve­mos en los ba­res.

Clif­ford

CEO de Bueno, Fá­cil, Fe­liz (an­te­rior­men­te, Tu Me­jor Ver­sión)

Zoey

Cru­zar la ca­lle. Es lo úni­co que hay que ha­cer: cru­zar la ca­lle.

Pero no es tan sen­ci­llo, cla­ro, por­que no es una ca­lle nor­mal ni es una ciu­dad nor­mal, y an­tes de cru­zar la ca­lle ten­go que sa­lir de mi piso. «Piso» es el gra­cio­sí­si­mo nom­bre en cla­ve para esta ra­to­ne­ra. Aun­que creo que para las ra­tas de ver­dad se­ría un pa­la­cio. Las ra­tas de ver­dad es­tán por ahí, por cier­to, es­pe­ran­do para echar a co­rrer en­tre mis za­pa­tos y su­bir por mis pier­nas para con­ta­giar­me en­fer­me­da­des, re­chi­nan­do los dien­tes, en­vuel­tas por una ne­bu­lo­sa de gér­me­nes como la nube mor­tí­fe­ra que ro­dea al Co­chino de las his­to­rias de Car­li­tos y Snoopy.

Nada. No pasa nada. Que el «piso» sea en to­tal me­dia ha­bi­ta­ción, que el sofá haga las ve­ces de cama, que la du­cha esté en un rin­cón de la co­ci­na y que ten­ga que tre­par por los mue­bles para po­der mo­ver­me no son mo­ti­vos para al­te­rar­se. ¡Es­toy vi­vien­do una nue­va ex­pe­rien­cia! Pero como no me lar­gue pron­to, me vol­ve­ré loca. Así está el tema.

Por­tá­til, sí. Bol­so, sí. Lla­ves, sí. Des­co­rro el ce­rro­jo nor­mal y el de se­gu­ri­dad. Abro la puer­ta len­ta­men­te, tan solo un cen­tí­me­tro.

—Voy a sa­lir —gri­to. El día que me mudé, una ve­ci­na a la que no he vuel­to a ver me dijo que la avi­sa­ra así. De vez en cuan­do la oigo, como su­pon­go que ella me oye a mí, anun­ciar que sale al des­can­si­llo. Es tan pe­que­ño que solo hay es­pa­cio para que lo ocu­pe una per­so­na y, si no avi­sas y ya hay al­guien ocu­pan­do el es­pa­cio, te arries­gas a su­frir o a pro­vo­car al­gu­na le­sión, así que uno de los dos ten­dría que re­ti­rar­se para que el otro pu­die­ra pa­sar.

Como no me res­pon­de na­die, abro la puer­ta de par en par, sal­go rá­pi­da­men­te y la cie­rro de­trás de mí.

—En el des­can­si­llo —gri­to para in­for­mar a al­guien que qui­zá ni si­quie­ra está ahí. Por al­gu­na ra­zón, mi voz se vuel­ve aflau­ta­da siem­pre que digo esa fra­se. Quie­ro ase­gu­rar­me de que me oye. Mis bo­tas mi­li­ta­res ga­ran­ti­zan que quien haya en el piso de aba­jo me oirá sí o sí.

Nue­vo obs­tácu­lo: las es­ca­le­ras. Co­ge­ría el as­cen­sor, pero la úl­ti­ma vez que me subí, ha­bía al­guien dur­mien­do en el in­te­rior. (Mary, mi ex­je­fa y ac­tual ca­se­ra, no mos­tró nin­gu­na com­pa­sión: «En mi épo­ca, ya se ha­bría aho­ga­do en su pro­pio vó­mi­to»). Ten­go mie­do a que haya al­guien dur­mien­do den­tro y que, en cuan­to me meta en el as­cen­sor, la per­so­na en cues­tión abra los ojos y me aga­rre del to­bi­llo.

Cuan­do vi­vía en Los Án­ge­les, me preo­cu­pa­ba que al­guien se es­con­die­ra de­ba­jo de mi co­che y me ra­ja­ra los ten­do­nes, así que no se tra­ta de un mie­do des­co­no­ci­do para mí. Nada más sa­lir al aire «li­bre», sin em­bar­go, to­dos los pa­re­ci­dos —reales o in­ven­ta­dos— con la Ciu­dad de las Es­tre­llas se eva­po­ran.

¡Clá­xo­nes! ¡Fre­na­zos! ¡Tim­bres! ¡Dis­cu­sio­nes! ¡Gri­tos!

Me asal­tan los rui­dos. Y los olo­res. El de la ba­su­ra acu­mu­la­da fue­ra del por­tal flo­ta en el aire. Y las ca­co­fo­nías. Me toca li­diar con el an­sia de ta­par­me los oí­dos, ce­rrar los ojos y re­zar por un dis­po­si­ti­vo de te­le­trans­por­ta­ción. ¿Por qué los rui­dos son tan fuer­tes? ¿Por qué sale un humo no iden­ti­fi­ca­do de una re­ji­lla mu­grien­ta en ple­na ace­ra? ¿Por qué todo el mun­do avan­za y me da co­da­zos a un rit­mo tan fre­né­ti­co? Al me­nos las bo­tas me pro­te­ge­rán. Pero no me ayu­da­rán a ir de­pri­sa, eso se­gu­ro.

Lle­ga a la es­qui­na. Tú lle­ga a la es­qui­na, y así po­drás cru­zar la ca­lle.

En­tien­do el atrac­ti­vo de los quios­cos, de ver­dad que sí. Y de los pues­tos de co­mi­da, cómo no. El pro­ble­ma es que aho­ra ten­go que mo­ver­me en­tre ellos sin cho­car­me con na­die por ac­ci­den­te, sin man­char­me de gra­sa y sin oler algo que pre­fe­ri­ría no oler a esta hora de la ma­ña­na.

Ma­dre mía, solo he avan­za­do me­dia man­za­na y ya me han ful­mi­na­do con la mi­ra­da, co­mi­do con los ojos, pi­sa­do, em­pu­ja­do y ro­dea­do. Lo que da­ría por re­cu­pe­rar la paz y la tran­qui­li­dad de mi co­che de Ca­li­for­nia. Lo sé, lo sé, allí hay el trá­fi­co más ho­rro­ro­so del mun­do, pero ¿sa­bes qué más hay? Es­pa­cio para mí. Con­trol so­bre la tem­pe­ra­tu­ra. Un lu­gar en el que res­pi­rar, la op­ción de es­cu­char la mú­si­ca, el pod­cast o la emi­so­ra que me dé la gana y la po­si­bi­li­dad de pres­tar­le aten­ción en la cal­ma de mi co­che, mien­tras me bebo un té he­la­do o ima­gino hi­po­té­ti­cos diá­lo­gos.

Por fin lle­go a la in­ter­sec­ción y el se­má­fo­ro se pone en ver­de, pero ya he apren­di­do que to­da­vía no hay que em­pe­zar a ca­mi­nar. Los tres pri­me­ros co­ches no se pa­ran. Dos pa­ti­nan y el ter­ce­ro pita, como si me in­sul­ta­ra y me prohi­bie­ra si­quie­ra pen­sar en él.

¿Sa­bes qué más te­ne­mos en Ca­li­for­nia?

Mon­ta­ñas. Ár­bo­les. Pla­ya. Hier­ba (de los dos ti­pos).

An­tes de que me dé cuen­ta, vuel­ve a ilu­mi­nar­se la fu­nes­ta mano roja y he per­di­do la opor­tu­ni­dad de cru­zar. Me echo ha­cia atrás, frus­tra­da y aver­gon­za­da. ¿Por qué no con­si­go mo­ver los pies? Se me acer­can va­rias per­so­nas y me pon­go ten­sa, pre­pa­ra­da para re­ci­bir gol­pes a me­di­da que me ro­dean. ¡Y en­ton­ces van y to­dos cru­zan la ca­lle! Aun­que se vea cla­ra­men­te la ad­ver­ten­cia de «No cru­zar». Por lo vis­to, tie­nen ten­den­cias sui­ci­das. Me ten­dría que ha­ber aga­rra­do a la ca­mi­sa de uno y de­jar que me arras­tra­ra con­si­go. Se­gu­ro que es la úni­ca ma­ne­ra que ten­go de lle­gar al Café Cru­di­té.

Dos nue­vas lu­ces ver­des y re­apa­re­ce la ad­ver­ten­cia roja. Me obli­go a echar a co­rrer, lo más rá­pi­do po­si­ble, con la ca­be­za ga­cha y sin mi­rar atrás. ¡Chú­pa­te esa, Nue­va York! Paso por de­lan­te de una que­se­ría y una far­ma­cia y lo­gro en­trar en la ca­fe­te­ría. Hoy he lle­ga­do más tar­de, pero na­die ha ocu­pa­do la gran mesa jun­to a la ven­ta­na, así que el día no pin­ta tan mal. Me pro­me­to a mí mis­ma que voy a ser pro­duc­ti­va. Me pa­sa­ré las pró­xi­mas seis u ocho ho­ras al­ter­nan­do en­tre el guion que es­toy es­cri­bien­do y el por­tal de Pa­la­bras de Amor, para ver si han en­tra­do nue­vos clien­tes al sis­te­ma y pue­do pi­llar uno. Lle­vo cua­tro días sien­do muy len­ta y mis fac­tu­ras lo van a re­fle­jar. Me gus­ta­ría sa­ber si los de­más au­tó­no­mos se han ins­ta­la­do una es­pe­cie de sis­te­ma de alar­ma y por eso siem­pre se me ade­lan­tan.

Me ru­gen las tri­pas. Aho­ra mis­mo, en la ne­ve­ra no ten­go más que unas bol­si­tas de két­chup y me­dia bo­te­lla de Ries­ling, y no pue­do gas­tar el di­ne­ro para ta­xis en una ca­rí­si­ma qui­che para desa­yu­nar; será otra ma­ña­na de bis­cot­ti, pues. (El Café Cru­di­té ofre­ce gra­tis «de­li­cias hor­nea­das ayer» en un pla­to a la vis­ta en el mos­tra­dor). El es­ta­ble­ci­mien­to está prác­ti­ca­men­te va­cío: en la cola solo hay una per­so­na de­lan­te de mí y na­die de­trás. A cá­ma­ra len­ta, veo cómo el glo­tón que ten­go de­lan­te mue­ve la mano ha­cia los bis­cot­ti gra­tui­tos, es de­cir, ha­cia mi desa­yuno. Solo que­dan dos, que bas­ta­rían para una tris­te se­mi­co­mi­da. Ten­go tan­ta ham­bre que noto la sa­li­va que se me acu­mu­la en el in­te­rior de las me­ji­llas.

Ne­ce­si­to los bis­cot­ti.

—¡Un mo­men­to! —chi­llo. He gri­ta­do con mi voz rara y re­so­nan­te de «¡En el des­can­si­llo!». Vuel­vo a em­pe­zar—. Es que… son míos y… —ter­mino con voz nor­mal.

La mano del tío se de­tie­ne en el aire y se gira para mi­rar­me. Es alto y mo­reno, como mis li­gues de Ca­li­for­nia del pa­sa­do, pero en él no hay bon­dad, des­preo­cu­pa­ción ni go­tas del océano so­bre el ros­tro. Tie­ne el pelo ne­gro, de pun­ta, in­ten­so y en­fa­da­do, lle­va unas ga­fas de híps­ter que se­gu­ra­men­te no ne­ce­si­ta y un ama­go de bar­ba que no sabe qué quie­re ser de ma­yor. Se pa­re­ce a Zayn Ma­lik en una ver­sión de es­tu­dian­te de Odon­to­lo­gía es­tre­sa­do.

—¿Cómo que son «tu­yos»? —pre­gun­ta el den­tis­ta Zayn Ma­lik, y hace el ges­to de las co­mi­llas en el aire.

—Pue­des que­dar­te con los muf­fins de ayer —digo, y se los se­ña­lo. (Je. Son ve­ge­ta­les, pero Ga­fas de Híps­ter qui­zá no lo sabe. Qui­zá tam­po­co sabe que las cru­di­tés son ver­du­ras)—. Son más gran­des, lle­nan más y te hago el fa­vor de de­jar que te los que­des tú —aña­do con los dien­tes apre­ta­dos.

—Qué gran ge­ne­ro­si­dad la tuya. Es­tán du­ros.

—¡Por eso son gra­tis!

—Y se­gu­ra­men­te lle­van ca­la­ba­cín o kale.

Vaya. Lo sabe.

—Los bis­cot­ti tam­bién es­tán ya du­ros, no van a es­tar bue­nos —me es­pe­ta an­tes de di­ri­gir­se de nue­vo ha­cia ellos—. Pero los muf­fins es­ta­rán ma­lí­si­mos. Ade­más, yo he lle­ga­do pri­me­ro.

Sus ca­be­llos em­bra­ve­ci­dos y re­vuel­tos me sa­can de qui­cio. Es evi­den­te que al­guien le tiró del pelo ano­che en un mo­men­to de pa­sión y no se ha preo­cu­pa­do por arre­glár­se­lo. Se debe de ver a sí mis­mo como un tío des­pei­na­do y sexy, al día si­guien­te de triun­far; se­gu­ro que se ha le­van­ta­do tar­de y le ha pre­pa­ra­do a su pa­re­ja hue­vos y tos­ta­das para desa­yu­nar en la cama, y ¿aho­ra pien­sa que tam­bién se va a que­dar con mis bis­cot­ti? Aun­que to­da­vía no los ha co­gi­do…, a lo me­jor atien­de a ra­zo­nes y todo.

—Es que los bis­cot­ti siem­pre me los lle­vo yo —mur­mu­llo. Ya casi pue­do sa­bo­rear­los—. Me los guar­dan para mí.

La ca­ma­re­ra hace acto de pre­sen­cia y le en­tre­ga el café gran­de al tío. En su cha­pa se lee «Evelynn».

—¿Le es­tás guar­dan­do los bis­cot­ti de ayer a esta loca, Evelynn? —le pre­gun­ta.

—No la he vis­to en mi vida. Y no, va por or­den de lle­ga­da.

—Ven­go to­dos los días —pro­tes­to—. De lu­nes a do­min­go, sie­te días a la se­ma­na.

—No me acuer­do de ti. —Evelynn se en­co­ge de hom­bros.

—Yo te doy más tra­ba­jo que él —digo a la de­ses­pe­ra­da—. Soy una clien­ta ha­bi­tual, ven­go to­dos los días des­de que me mudé a Nue­va York.

—¿Cuán­do te mu­das­te? —pre­gun­ta Ga­fas de Híps­ter.

—Hace un mes.

—Ahí va, ma­dre mía, sí, eres toda una le­yen­da —ex­cla­ma—. ¡La chi­ca de la ca­fe­te­ría! ¿Di­ces que hace un mes que vie­nes? Im­pre­sio­nan­te…, pero es que YO LLE­VO VI­NIEN­DO DES­DE HACE CASI QUIN­CE AÑOS.

Un com­ple­to des­co­no­ci­do me está gri­tan­do, ¡en pú­bli­co! En Los Án­ge­les, eso solo les pasa a los fa­mo­sos. La par­te rep­ti­lia­na de mi ce­re­bro chi­lla: «¡Re­ti­ra­da!», pero la par­te ham­brien­ta le res­pon­de: «Ni se te ocu­rra», así que le­van­to la ca­be­za.

—¿Cómo es po­si­ble que no te haya vis­to nun­ca, en­ton­ces? —exi­jo sa­ber.

—Pues será por­que dejo pa­sar un tiem­po en­tre una vi­si­ta y otra, como se su­po­ne que hace la gen­te nor­mal.

—La pró­xi­ma vez deja pa­sar más tiem­po y más es­pa­cio —le con­tes­to. Sé que sue­na a lo­cu­ra, pero él no ne­ce­si­ta los bis­cot­ti como yo. Es neo­yor­quino, li­bre de mo­ver­se por la ciu­dad, mien­tras yo, por aho­ra, es­toy atra­pa­da en esta man­za­na.

—Un mo­men­to. —Evelynn chas­quea los de­dos ha­cia mí—. Sí que me acuer­do de ti. Café ame­ri­cano lar­guí­si­mo, sin nada de co­mer.

—Eso no es dar­les tra­ba­jo —apun­ta Ga­fas de Híps­ter—. Es qui­tar­les tra­ba­jo.

—Evelynn, te doy diez cén­ti­mos por los bis­cot­ti —es­pe­to.

—Vein­ti­cin­co —con­tra­ata­ca el tío.

Evelynn se nos que­da mi­ran­do.

—Se­ten­ta y cin­co —re­pli­co.

—La gra­cia es que son gra­tis —dice Evelynn len­ta­men­te—, por­que no es­tán de­ma­sia­do bue­nos.

—Te los doy a ti, Evelynn —re­mar­co—. Bajo mano. No se tie­ne que en­te­rar na­die.

—Dos dó­la­res —dice el ri­ca­chón con el di­ne­ro en la mano—. Es mi úl­ti­ma ofer­ta.

—La gra­cia es que son gra­tis —pro­tes­to. Ya no pue­do com­pe­tir. Ne­ce­si­to los dos dó­la­res para mi café ame­ri­cano.

Evelynn coge el pla­to.

—Es­tu­pen­do —se en­fa­da el tío—. ¡Aho­ra na­die va a co­mer bis­cot­ti ni per­di­ces!

—Vale, cal­ma. ¿Per­di­ces?

Con las ma­nos en­guan­ta­das, Evelynn par­te los dos bis­cot­ti por la mi­tad. Pone dos tro­ci­tos en mi mano y los otros dos, en la mano de él. Pero ¿por qué los ha par­ti­do por la mi­tad? ¿Por­que era la úni­ca ma­ne­ra de mos­trar la ra­bia que sien­te? ¿Por­que así los dos ten­dre­mos dos tro­zos, ce­rra­re­mos el pico y nos lar­ga­re­mos? ¿O es su ma­ne­ra de re­cor­dar­nos quién os­ten­ta el po­der aquí? (Es irre­le­van­te, ya lo sé. Pero es que son los de­ta­lles los que cons­tru­yen una per­so­na­li­dad. Y yo siem­pre me fijo en los de­ta­lles).

Con los tro­ci­tos de bis­cot­ti y las mi­gas bien apre­ta­dos, pido un ame­ri­cano lar­guí­si­mo y dejo se­ten­ta y cin­co cén­ti­mos en el ta­rro de las pro­pi­nas, por­que es lo que he apos­ta­do en la subas­ta. Me ar­den las me­ji­llas y evi­to la mi­ra­da de Evelynn cuan­do me en­tre­ga el pe­di­do. Des­pués de gri­tar­me a la cara, el dra­má­ti­co se­men­tal se ha apar­ta­do a toda pri­sa con su tris­te bo­tín, y yo me ten­go que que­dar allí y acep­tar la irri­ta­ción que ema­na de Evelynn como si fue­ra una ola de ca­lor. Mas­cu­llo un «gra­cias» y me ale­jo. Noto sus ojos cla­va­dos en mí mien­tras me en­ca­mino ha­cia mi mesa jun­to a la ven­ta­na, mi ama­da y enor­me mesa, y no la cul­po. Dejo el café y…

¿Es­tás de coña? Hay una bol­sa en el asien­to de en­fren­te, en el lar­go y bo­ni­to ban­co que da a la ven­ta­na. A mi ven­ta­na.

Se tra­ta de una mo­chi­la ban­do­le­ra con cie­rre fron­tal de vel­cro, una de esas bol­sas pre­cio­sas y ex­clu­si­vas de ma­te­rial re­ci­cla­do de Sui­za o algo así, he­cha con PVC y con una co­rrea que cru­za el hom­bro y se en­ca­ja en la cla­ví­cu­la. Es mo­ral­men­te su­pe­rior a cual­quier otra bol­sa, que es la úni­ca ra­zón para com­prar­la, y aho­ra tam­bién ocu­pa mi mesa. El pro­pie­ta­rio no está allí, por lo que en teo­ría po­dría… des­li­zar la ban­do­le­ra, de­jar­la en el sue­lo y fin­gir que no la he vis­to caer del ban­co. El que va a Se­vi­lla pier­de su si­lla. Miro a iz­quier­da y a de­re­cha y me in­clino con las bo­tas mi­li­ta­res cuan­do…

—Ese asien­to está ocu­pa­do —dice una voz mas­cu­li­na.

Me que­do pa­ra­li­za­da, pi­lla­da in fra­gan­ti.

Y es el mis­mo im­bé­cil de an­tes, qué raro. Para de­mos­trar que lle­va ra­zón, ro­dea la mesa por el otro lado y se re­go­dea al­zan­do la mo­chi­la del ban­co y sol­tán­do­la en me­dio de la mesa.

Cojo mi café.

—Muy bien, jo­der. Ya me voy.

Evelynn no nos qui­ta ojo y, para no mon­tar otra es­ce­ni­ta, y con toda la dig­ni­dad que lo­gro re­unir, me di­ri­jo a otra mesa. Es­pe­ro que no se que­de mu­cho rato. Se­gu­ro que ni si­quie­ra ne­ce­si­ta ese si­tio: es uno de esos tíos que siem­pre quie­re con­se­guir lo me­jor de lo me­jor. Esa mesa es ob­via­men­te la rei­na del Cru­di­té, las de­más son solo ple­be­yas. Y son tan pe­que­ñas que no ten­go es­pa­cio para el por­tá­til y el bol­so.

No es­ta­ría tan ca­brea­da si no fue­ra otra ma­ña­na de mier­da en esta ciu­dad de mier­da, o si mi guion fue­ra bien, o si no tu­vie­ra tan­ta ham­bre de co­mi­da y de clien­tes, o si —lo ad­mi­to— el tío fue­ra del mon­tón. Con ese as­pec­to des­ali­ña­do, sus ojos ma­rrón os­cu­ro, su cons­ti­tu­ción del­ga­da y su me­le­na abun­dan­te, es ab­sur­da­men­te atrac­ti­vo o, lo que es lo mis­mo, nun­ca ha te­ni­do que preo­cu­par­se por su ca­rác­ter, así que es pro­ba­ble que se pase la vida pre­sen­tán­do­se don­de más le ape­te­ce para que la gen­te le dé lo que desea. Bueno, pues una ser­vi­do­ra se nie­ga. Ven­go de la ciu­dad de los mo­de­los ba­rra ac­to­res: su fí­si­co no me im­pre­sio­na.

Es la pri­me­ra vez que al­guien me roba la mesa gran­de, pero voy a te­ner que es­pe­rar a que se mar­che. Des­de mi ra­to­ne­ra no pue­do tra­ba­jar, y en mi pe­rí­me­tro de se­gu­ri­dad no hay nin­gu­na otra ca­fe­te­ría.

***

Han pa­sa­do cua­ren­ta mi­nu­tos y el tío si­gue ahí, per­dien­do el tiem­po, con las lar­gas pier­nas ex­ten­di­das para que cual­quie­ra que se acer­que tro­pie­ce con él. Me he ter­mi­na­do el café y ten­go que ir a ha­cer pis.

«Vete», le or­deno te­le­pá­ti­ca­men­te. «¡Vete!». Me le­van­to para ir al ser­vi­cio, con la es­pe­ran­za de que cuan­do vuel­va ese tío y su ri­dícu­lo pei­na­do se ha­yan lar­ga­do.

Pero no. Al re­gre­sar, lo veo es­cri­bir en el por­tá­til como un loco. Tie­ne pin­ta de ha­ber­se ins­ta­la­do ahí para un buen rato. En­cien­do el or­de­na­dor —lo co­lo­co so­bre mi re­ga­zo, lo que se­gu­ro que me pro­vo­ca cán­cer de mus­lo—, y en­tro en el por­tal de Bueno, Fá­cil, Fe­liz, es de­cir, de Pa­la­bras de Amor, y leo el te­mi­do men­sa­je: «Por aho­ra no hay nue­vos clien­tes dis­po­ni­bles. Nos es­ta­mos es­for­zan­do en atraer a más. Te agra­de­ce­mos la pa­cien­cia. Mien­tras es­pe­ras, ¿por qué no aña­des algo a la base de da­tos des­ple­ga­ble? ¡Nos ve­mos en los ba­res!».

De­ba­jo del men­sa­je apa­re­ce el co­no­ci­do logo con las le­tras «BBF» ro­dea­das por un co­ra­zón rojo. Su­pon­go que to­da­vía no han ter­mi­na­do de eli­mi­nar to­das las re­fe­ren­cias al an­ti­guo nom­bre de la em­pre­sa.

Se­gu­ro que, mien­tras es­pe­ra­ba con odio a que el la­drón de me­sas se fue­ra, otros ghostw­ri­ters han pi­lla­do a to­dos los nue­vos clien­tes. Ocu­rre muy a me­nu­do: Clif­ford ha con­tra­ta­do a tan­ta gen­te que la ra­tio de tra­ba­ja­do­res y clien­tes está des­com­pen­sa­da. Dice que el ne­go­cio cre­ce más cada día que pasa y me fío de él (creo), pero así es di­fí­cil ga­nar un suel­do es­ta­ble. Hay unas bo­ni­fi­ca­cio­nes —o eso dice él— para los que acom­pa­ñan a los clien­tes has­ta el fi­nal, aun­que a mí to­da­vía no me ha pa­sa­do. Sus­pi­ro y hago clic en la base de da­tos des­ple­ga­ble. Una de las ideas de Clif­ford es un pa­que­te de au­to­ser­vi­cio, por el que los clien­tes pa­gan a la em­pre­sa para ac­ce­der a una lis­ta de te­mas de con­ver­sa­ción y de men­sa­jes ade­cua­dos y pro­vo­ca­ti­vos dis­tri­bui­dos en cua­tro ca­te­go­rías: Co­que­to, Pí­ca­ro, Sexy y Des­preo­cu­pa­do, de ma­ne­ra que pue­dan re­unir ma­te­rial que uti­li­zar con sus po­si­bles e in­cau­tos mat­ches. Con cada fra­se que aña­do a la lis­ta me lle­vo cin­co dó­la­res, y tam­bién la preo­cu­pan­te sos­pe­cha de que es­toy ace­le­ran­do mi fin como em­plea­da al ha­cer que mi tra­ba­jo se vuel­va in­ne­ce­sa­rio.

Des­de que lle­gué a la Gran Man­za­na in­fes­ta­da de gu­sa­nos, he man­da­do por lo me­nos trein­ta cu­rrí­cu­lums, pero de mo­men­to to­dos mis in­gre­sos pro­vie­nen de Pa­la­bras de Amor. Ten­go que con­se­guir que me vaya bien, aun­que para ello deba en­trar en la pá­gi­na web cin­cuen­ta mil ve­ces al día.

Pip.

Me apa­re­ce un nue­vo men­sa­je en la pan­ta­lla.

¡¿Por qué me ig­no­ras?!

Mier­da, ¿la he ca­gado? ¿He de­ja­do un en­car­go a me­dias cuan­do me toca a mí me­ter baza? En la em­pre­sa, eso está prohi­bi­dí­si­mo. Res­pon­de­mos en­se­gui­da, a no ser que se dé la or­den de se­guir una es­tra­te­gia y tar­dar en con­tes­tar. Tess, mi clien­ta, no lo ha pe­di­do, así que me toca arre­glar­lo de in­me­dia­to.

Os­tras, es­cri­bo. Lo sien­to mu­cho, lle­vo unos días de lo­cos, pero en reali­dad…

Y en­ton­ces veo quién me man­da el men­sa­je. Nick, no un clien­te. Nick, el tío con el que me­dio sa­lía en Los Án­ge­les. (Én­fa­sis en lo de «me­dio». Era el ca­me­llo de Mary, por lo que nues­tros en­cuen­tros eran… irre­gu­la­res).

No te ig­no­ro, lo co­rri­jo. Ya te dije que me mu­da­ba.

¡No has res­pon­di­do ni uno de mis men­sa­jes! ESO ES IG­NO­RAR.

No, es de­cir adiós. Ig­no­rar es des­co­no­cer la exis­ten­cia de algo.

PUES NADA, te de­seo lo me­jor. Tu jefa me debe dos mil pa­vos de ma­ría.

Se­gu­ro que es ver­dad, pero ¿qué quie­re que haga yo?

Pues há­bla­lo con ella.

Blo­quea­do, si­ga­mos.

Me paso las dos ho­ras si­guien­tes al­ter­nan­do en­tre el guion en el que es­toy tra­ba­jan­do y la web de Pa­la­bras de Amor. En mi in­ten­to nú­me­ro die­ci­séis, hay tres nue­vos clien­tes; mue­vo el cur­sor a toda pri­sa para ha­cer clic en uno de los re­cua­dros, pero no soy lo bas­tan­te rá­pi­da, por­que la pá­gi­na se ac­tua­li­za y apa­re­ce el bla­bla­blá de siem­pre: «Por aho­ra no hay nue­vos clien­tes dis­po­ni­bles». El di­se­ño ha cam­bia­do, al me­nos, y ha pa­sa­do de un co­ra­zon­ci­to rojo a una per­so­na que su­su­rra al oído de otra. (Pa­la­bras de amor, se su­po­ne). Por lo me­nos los in­for­má­ti­cos sí que ha­cen su tra­ba­jo. Aho­ra el por­tal es mu­cho más chu­lo. Oja­lá me lle­va­ra una ta­ja­da del cu­rro.

Vuel­vo a ful­mi­nar con la mi­ra­da al la­drón de me­sas. Si no me hu­bie­ra ro­ba­do mi pues­to de tra­ba­jo ni mi desa­yuno, fijo que ha­bría sido más rá­pi­da.

Las dos de la tar­de y el tío si­gue ahí.

Me acer­co al mos­tra­dor —por suer­te, el turno de Evelynn ya ha aca­ba­do y ten­go una opor­tu­ni­dad de pa­re­cer nor­mal a la nue­va ca­ma­re­ra— y me re­lleno el café. Me que­do mi­ran­do el bol de ju­días ne­gras con qui­noa. Es lo más ba­ra­to del menú, pero si­gue sien­do de­ma­sia­do caro para mi eco­no­mía ba­sa­da en un solo clien­te.

De vuel­ta a mi mesa de ta­ma­ño in­fan­til, veo que me ha lle­ga­do un co­rreo de Clif­ford. Se­gu­ro que no es más que otro con­tra­to que fir­mar o una ac­tua­li­za­ción del ma­nual del au­tó­no­mo (se ru­mo­rea que lo ha bir­la­do de la em­pre­sa en la que tra­ba­ja­ba an­tes). Hago clic en el en­la­ce de Drop­box del co­rreo y de re­pen­te sue­na mú­si­ca por los al­ta­vo­ces del por­tá­til: The Weeknd re­tum­ba por la ca­fe­te­ría y me can­ta la ban­da so­no­ra de Cin­cuen­ta som­bras de Grey.

Pero ¡esto qué es! Aprie­to el bo­tón para ba­jar el vo­lu­men has­ta que si­len­cio la can­ción. Las per­so­nas que ha­cen cola ar­quean las ce­jas. Una de ellas mue­ve la ca­be­za en mi di­rec­ción. Y sé que el la­drón de me­sas tam­bién lo ha oído.

Roja como un to­ma­te, me pon­go los au­ri­cu­la­res, los co­nec­to al or­de­na­dor y, con cui­da­do, subo un poco el vo­lu­men, no sin an­tes ase­gu­rar­me de que na­die más vaya a oír­lo. Es un ví­deo. Con el co­ra­zón a mil, pero esta vez con­ven­ci­da de que será algo pri­va­do, vuel­vo a abrir el en­la­ce. En una pan­ta­lla ne­gra, The Weeknd me can­ta Ear­ned It. Que me lo he ga­na­do, va­mos. Y en ese mo­men­to apa­re­ce Clif­ford. Ca­mi­na ha­cia la cá­ma­ra como si real­men­te se me es­tu­vie­ra acer­can­do.

—¡Sa­lu­dos, es­tre­lla! No te preo­cu­pes, mu­jer, la can­ción no nos ha cos­ta­do ni un duro por­que solo sir­ve para una bro­mi­lla. Pero es que te lo has ga­na­do.

«¿Ha gra­ba­do un men­sa­je para las tra­ba­ja­do­ras y otro para los tra­ba­ja­do­res?», me pre­gun­to, dis­traí­da. «Y de ser así, ¿les re­sul­ta­rá ofen­si­vo a los dos gru­pos?».

—Si es­tás vien­do este men­sa­je es que ¡has es­ta­do bri­llan­te! Tu úl­ti­mo clien­te… —una pau­sa muy rara se­gui­da de un aña­di­do en pos­pro­duc­ción—, Tess Ri­ley… —y vuel­ve a su voz nor­mal y co­rrien­te—, ha eli­mi­na­do su per­fil de la web. Es de­cir, ¡que has te­ni­do éxi­to! ¡Sí! —Otra pau­sa de pos­pro­duc­ción—. Tess Ri­ley… ¡ha en­con­tra­do el ver­da­de­ro amor! ¿Que qué sig­ni­fi­ca? Sig­ni­fi­ca que vas a re­ci­bir una bo­ni­fi­ca­ción de qui­nien­tos dó­la­res. —Sue­na una mu­si­qui­lla de mo­ne­das, que caen al­re­de­dor de Clif­ford—. Y tam­bién una ce­le­bra­ción en tu ho­nor. Echa un vis­ta­zo a tu co­rreo, pan­te­ra, y des­cu­bri­rás una fan­tás­ti­ca sor­pre­sa. Y lo que es más im­por­tan­te: se te va a asig­nar au­to­má­ti­ca­men­te el pró­xi­mo clien­te que se re­gis­tre en la pá­gi­na. No hace fal­ta que te pe­lees por él, es todo tuyo. Fe­li­ci­da­des, y que pa­ses un fe­liz día o no­che.

Sigo im­pre­sio­na­da por el co­mu­ni­ca­do ines­pe­ra­do de Clif­ford y por la can­ción de The Weeknd, pero no pue­do ne­gar que es una no­ti­cia bue­ní­si­ma. Qui­nien­tos pa­vos que me pa­ga­rán mu­chas ca­rre­ras de ta­xis. Si me des­pla­za­ra a al­gún si­tio, iría su­per­ilu­sio­na­da.

Y al fin en­tien­do por qué es tan di­fí­cil pes­car a clien­tes en la web: la ma­yo­ría van di­rec­tos a las cuen­tas de los em­plea­dos que han de­mos­tra­do su va­lía. En lo que a mo­ti­va­ción se re­fie­re, Clif­ford es o un ca­pu­llo o un ge­nio. Los que no ten­gan ap­ti­tu­des para el tra­ba­jo no van a ne­ce­si­tar que los echen: sim­ple­men­te no con­se­gui­rán clien­tes nun­ca, sin sa­ber el por­qué. Se­rán ig­no­ra­dos por com­ple­to. No sé cómo me sien­to al res­pec­to, pero en cual­quier caso sí que me lo he ga­na­do, jo­der. Tess Ri­ley que­ría co­no­cer a un ar­qui­tec­to, de en­tre 28 y 37 años, con cuer­po de ju­ga­dor de fút­bol. Y cru­za­ba los de­dos por que fue­ra un hom­bre de as­cen­den­cia su­r­ame­ri­ca­na u ho­lan­de­sa. ¿Que si me por­té? ¡Apues­ta lo que quie­ras y per­de­rás!

Ma­teo van de Berg cum­plía to­dos los re­qui­si­tos.

Apa­go el or­de­na­dor y me pre­pa­ro para irme, flo­tan­do en una ola de sa­tis­fac­ción. Se aca­ba la jor­na­da por hoy, y por todo lo alto (bueno, un poco de ma­ría me iría ge­nial para cal­mar­me en el ca­mino de vuel­ta a casa). A lo le­jos ruge una si­re­na, que se acer­ca más y más, y me es­tre­mez­co al re­cor­dar lo que me es­pe­ra ahí fue­ra. La ciu­dad, viva e im­pla­ca­ble, dis­pues­ta a za­ran­dear­me como si fue­ra un vie­jo ba­lón de pla­ya.

Al sa­lir de la ca­fe­te­ría, paso cer­ca del la­drón de me­sas. Me mira a los ojos y yo los apar­to en­se­gui­da, pero no an­tes de que cru­ce­mos la mi­ra­da. Res­pi­ro hon­do y em­pu­jo la puer­ta. Y en­ton­ces, a pe­sar del rui­do y la mu­che­dum­bre que me ame­na­zan, es­bo­zo una leve son­ri­sa. Por­que aun­que él no lo sepa, hoy es el úl­ti­mo día que se va a sen­tar ahí.

CAPÍTULO 3

De: Lean­ne Tseng

Para: To­dos los tra­ba­ja­do­res de Ha­bla el Co­ra­zón

Asun­to: La pa­la­bra del día

Equi­po:

A ries­go de so­nar como cier­ta per­so­na a la que to­dos co­no­ce­mos y odia­mos, la pa­la­bra del día es «so­bre­ven­der». Esta se­ma­na, quie­ro que ten­gáis en men­te que so­mos una tien­da ex­clu­si­va que ofre­ce una gran va­rie­dad de ser­vi­cios. Ayu­de­mos a que nues­tros clien­tes sa­quen par­ti­do a nues­tro equi­po de ta­len­to­sos es­pe­cia­lis­tas. Su­mer­gíos en los ex­pe­dien­tes de vues­tros clien­tes para ver cómo echar­les una mano para que en­cuen­tren su fi­nal fe­liz.

Por cier­to, aun­que to­da­vía no ha­ya­mos to­ma­do me­di­das le­ga­les, os in­for­mo de que es­ta­mos es­tu­dian­do si al­gu­na em­pre­sa que ofre­ce ser­vi­cios pa­re­ci­dos (aun­que cla­ra­men­te in­fe­rio­res) ha vio­la­do la pro­pie­dad in­te­lec­tual o la pri­va­ci­dad de in­for­ma­ción. En cuan­to a nues­tros tra­ba­ja­do­res au­tó­no­mos que es­tén co­la­bo­ran­do con al­gu­na de esas em­pre­sas, es­pe­ra­mos ha­ber re­suel­to esta cues­tión lo más pron­to po­si­ble, sin que eso afec­te a vues­tras la­bo­res ni leal­ta­des ha­cia nin­gu­na de las dos.

Di­cho lo cual, el ob­je­ti­vo nú­me­ro uno es le­van­tar el ne­go­cio has­ta que os pue­da con­tra­tar a to­dos a jor­na­da com­ple­ta, para que así no ten­gáis que pa­sa­ros me­dia se­ma­na bo­rran­do los úl­ti­mos e inapro­pia­dos co­men­ta­rios de vues­tro otro jefe.

No ol­vi­déis la pa­la­bra del día, chi­cos. La pa­la­bra del día.

Sa­lu­dos cor­dia­les,

Lean­ne

Miles

Evelynn no exa­ge­ra­ba con lo del café lar­guí­si­mo. La le­yen­da de la ca­fe­te­ría está ahí, sen­ta­da a una mesa del rin­cón; lle­va casi todo el día en­cor­va­da so­bre el por­tá­til y, de vez en cuan­do, me lan­za una mi­ra­da ase­si­na. Pero como ya le he di­cho, lle­vo quin­ce años vi­vien­do en Nue­va York. Si no fue­ra ca­paz de so­por­tar los ra­yos mor­tí­fe­ros que emi­te una mo­re­na con ojos de cor­de­ri­to de­go­lla­do, me ten­drían que qui­tar la Me­tro­Card.

Por cier­to, aun­que no me lo hu­bie­ra di­cho, me ha­bría dado cuen­ta de que no es de Nue­va York solo por su ropa. Es­ta­mos a fi­na­les de abril y lle­va una ca­mi­se­ta sin man­gas y pan­ta­lo­nes cor­tos. Hace me­nos de un par de se­ma­nas cayó una bue­na ne­va­da, que po­dría jus­ti­fi­car lo de las bo­tas mi­li­ta­res (que en reali­dad no tie­nen jus­ti­fi­ca­ción). Aun­que qui­zá sea su ma­ne­ra de de­cir­le al mun­do que tie­ne cuer­pa­zo pero que te va a pe­gar una pa­ta­da en el culo como la mi­res de­ma­sia­do rato. Y lo res­pe­to. Lo que más me cues­ta des­ci­frar son los ra­rí­si­mos guan­tes de pun­to sin de­dos que lle­va has­ta los co­dos y que, sin lu­gar a du­das, los te­jió al­guien que o es­ta­ba bo­rra­cho o bus­ca­ba con en­tu­sias­mo una ma­ne­ra de uti­li­zar la eti­que­ta #Uñas­Per­fec­tas. El lu­gar del que pro­vie­ne se­gu­ro que está fal­to de es­ta­cio­nes y —no nos en­ga­ñe­mos— de cul­tu­ra. Se­gu­ro que es de un si­tio su­per­pre­de­ci­ble, como Flo­ri­da.

Sea cual sea su his­to­ria, ten­go que ig­no­rar­la. Igual que ten­go que ig­no­rar por qué lle­vo seis se­ma­nas sin ve­nir al Café Cru­di­té. No es que fue­ra uno de «nues­tros si­tios», de Jor­dan y mío; pero sí que lo vi­si­tá­ba­mos a ve­ces en la épo­ca en la que ella com­par­tía con tres per­so­nas un piso cer­ca de allí, an­tes de que dié­ra­mos el sal­to para cru­zar el puen­te y nos mu­dá­ra­mos a un ba­rrio que no em­pe­za­ra con «Man» y ter­mi­na­ra con «da hue­vos, este zulo vale un pas­ti­zal, pero fí­ja­te en ese bal­cón tan bo­ni­to, me ca­brá una si­lla y po­dré de­cir que ten­go una te­rra­za, ¿dón­de hay que fir­mar?».

A ver, que igual­men­te di­mos el sal­to para ir­nos a vi­vir jun­tos, sí, pero en­ton­ces mu­dar­se a Brooklyn nos pa­re­ció lo más. Nota: el año pa­sa­do, Mi­les era un au­tén­ti­co idio­ta.

Y un ta­ra­do. Un puto ro­mán­ti­co en los tiem­pos que co­rren, ¿y a su edad? Como si hu­bie­ra tar­da­do trein­ta y un años en dar­se cuen­ta de que los fi­na­les fe­li­ces solo apa­re­cen en los cuen­tos. En los cuen­tos de ni­ños. Como de­cía Gem­ma, la in­gle­sa con la que salí an­tes de Jor­dan: «¡Qué ca­pu­llo!».

En fin, que este ca­pu­llo no ha vi­si­ta­do esta ca­fe­te­ría úl­ti­ma­men­te por­que me asal­tan de­ma­sia­dos re­cuer­dos: de cuan­do me to­ma­ba un café por la ma­ña­na tras ha­ber pa­sa­do la no­che con ella, o de cuan­do nos que­dá­ba­mos va­guean­do des­pués de co­mer por­que no les im­por­ta­ba y no te­nía­mos pre­ci­sa­men­te mu­cho di­ne­ro. Por esa ra­zón, cuan­do las ofi­ci­nas de Ha­bla el Co­ra­zón des­apa­re­cie­ron en una co­lum­na de humo de lo que es­tu­vie­ra fu­mán­do­se Clif­ford, la ca­fe­te­ría se con­vir­tió en el lu­gar en el que de­jar­me caer y tra­ba­jar un poco. Aun­que es­tu­vie­ra a un buen rato de Brooklyn, al des­pla­zar­me has­ta allí se­guía con mi ru­ti­na dia­ria de ir «a la ofi­ci­na».

Y por eso es­toy aquí aho­ra. Es el úl­ti­mo si­tio en el que re­cuer­do ha­ber­le dado cier­ta im­por­tan­cia a mi tra­ba­jo. Y si aho­ra me veo obli­ga­do —bajo ame­na­za de des­cré­di­to pro­fe­sio­nal y des­pi­do— a in­ten­tar pa­re­cer­me al vie­jo Mi­les Ibrahim, el em­plea­do del si­glo, pa­re­ce el lu­gar ló­gi­co al que acu­dir.

Abro el cues­tio­na­rio de Jude Camp­bell y lo leo. Y lo re­leo, una y otra vez, has­ta que me lo sé de me­mo­ria. Se aca­ba­ron las sor­pre­sas de cuar­te­tos de cuer­da. Hago clic en los tres per­fi­les de las pá­gi­nas en las que se ha re­gis­tra­do y los leo de­te­ni­da­men­te. Em­pie­zo a to­mar no­tas so­bre lo que hay que cam­biar. No ha pu­bli­ca­do de­ma­sia­da in­for­ma­ción, un error de prin­ci­pian­te. Tam­po­co es cues­tión de es­cri­bir una te­sis, pero es in­tere­san­te in­cluir con­te­ni­do su­fi­cien­te para que vean que has in­ver­ti­do tiem­po re­lle­nan­do el per­fil. Así de­jas cla­ro que quie­res aca­bar lo que has em­pe­za­do y que te vas a de­di­car por com­ple­to a la cau­sa. Hay una lí­nea muy fina en­tre ser ex­haus­ti­vo y pa­sar­se de co­ña­zo, cla­ro, y ahí es don­de en­tro yo. Se de­ben ele­gir las pa­la­bras con cui­da­do para re­fle­jar la per­so­na­li­dad (me­jo­ra­da y edi­ta­da) de nues­tros clien­tes; tie­nen que bri­llar… y de­jar­te con ga­nas de más.

Le man­do un co­rreo a Jude y me pre­sen­to como su ase­sor de Ha­bla el Co­ra­zón para pre­gun­tar­le cuán­do está li­bre para que­dar, y le digo que yo po­dría hoy mis­mo. Nada más dar­le a «en­viar», de la mesa del rin­cón bro­ta una can­ción a toda pas­ti­lla que me per­mi­te mi­rar ha­cia esa di­rec­ción.

Se tra­ta de la le­yen­da de la ca­fe­te­ría, cuyo ros­tro se ha te­ñi­do de un rosa in­ten­so, pes­ta­ñean­do a lo Bam­bi mien­tras apo­rrea de­ses­pe­ra­da las te­clas de su or­de­na­dor. Creo que es la ban­da so­no­ra de ¡Cin­cuen­ta som­bras de Grey. ¿Para eso ha ve­ni­do al Cru­di­té? ¿En­gu­llir co­mi­da gra­tis mien­tras ve porno eró­ti­co en pú­bli­co hace que ten­ga un or­gas­mo o algo? Me que­do mi­rán­do­la unos ins­tan­tes y me pre­gun­to si se­ría ca­paz de adi­vi­nar si está ca­chon­da. Y en­ton­ces cai­go en la cuen­ta. De nin­gu­na de las ma­ne­ras voy a vol­ver a fi­jar­me en una mu­jer, aun­que sea por me­ros mo­ti­vos an­tro­po­ló­gi­cos.

Un pi­ti­do me anun­cia que me ha lle­ga­do un men­sa­je. Un co­rreo de Jude, que me dice que pue­de que­dar hoy a las cua­tro. Es­tu­pen­do. Que un clien­te sea en­tu­sias­ta y co­mu­ni­ca­ti­vo es una bue­na se­ñal. Le res­pon­do con la ubi­ca­ción del Café Cru­di­té.

En ese mo­men­to, saco el mó­vil para com­pro­bar si me he em­pa­pa­do bien del per­fil de mi clien­te.

Abro 24/7, una de las enési­mas apli­ca­cio­nes de ci­tas que me he des­car­ga­do (por tra­ba­jo, ¿eh?, por­que es ob­vio que yo ja­más vol­ve­ré a te­ner una cita. Los per­fi­les que subo ni si­quie­ra son míos, sino un ba­ti­bu­rri­llo de in­for­ma­ción in­ven­ta­da y de imá­ge­nes ro­ba­das del bus­ca­dor de Goo­gle que se­gu­ro que son de un fo­lle­to de un ins­ti­tu­to che­co). Me fijo en los vein­ti­cua­tro des­ta­ca­dos, con sus imá­ge­nes en mi­nia­tu­ra y bre­ves frag­men­tos de los per­fi­les, que me apa­re­cen como los mat­ches dia­rios para «mí». Y es­co­jo los cin­co que creo que es más pro­ba­ble que se­lec­cio­na­ra Jude. Dudo un poco, y al fi­nal me toca ele­gir en­tre una ana­lis­ta de fi­nan­zas que los fi­nes de se­ma­na jue­ga al soft­ball y una coor­di­na­do­ra de mar­ke­ting que es pro­fe­so­ra de pi­la­tes. Me que­do con Doña Pi­la­tes: se­gu­ro que tie­ne más tiem­po li­bre y es más fle­xi­ble. Cuan­do nues­tra reunión esté a pun­to de ter­mi­nar, com­pro­ba­ré con Jude si he acer­ta­do.

Y aho­ra debo ha­cer algo du­ran­te los cua­ren­ta y cin­co mi­nu­tos que fal­tan para que lle­gue a la ca­fe­te­ría. Ten­go un poco de ham­bre, pero ya no que­dan bis­cot­ti (evi­den­te) y cier­ta per­so­na de­ses­pe­ra­da se ha adue­ña­do de los muf­fins de ka­lell. Miro ha­cia la mesa del rin­cón y veo que la le­yen­da tam­bién se va a mar­char, no sin ful­mi­nar­me con la mi­ra­da an­tes de lle­gar a la puer­ta. Que te vaya bien, Miss Flo­ri­da. Más vale que apren­das a ser más fuer­te, o de lo con­tra­rio Nue­va York te hará añi­cos en una se­ma­na y te man­da­rá de vuel­ta a las ma­ris­mas so­lea­das de las que sa­lis­te.

A pe­sar de los ru­gi­dos de mi es­tó­ma­go, opto por no com­prar nada de co­mer. Aun­que hoy haya sido la mar de efi­cien­te, a sa­ber si la se­ma­na que vie­ne se­gui­ré te­nien­do tra­ba­jo. Me da­ría de hos­tias si me veo obli­ga­do a que­dar­me sin ce­nar por ha­ber caí­do en la ten­ta­ción de una por­ción de tar­ta de cua­tro dó­la­res. Y aho­ra que se ha ido la le­yen­da, no hay na­die in­tere­san­te a quien mi­rar/in­ti­mi­dar para que así ex­pe­ri­men­te en sus car­nes la Nue­va York más real y au­tén­ti­ca.

Vuel­vo a co­ger el mó­vil. Y an­tes de sa­ber qué es­toy ha­cien­do, he abier­to Ins­ta­gram y he bus­ca­do la pu­bli­ca­ción del em­ba­ra­zo de Jor­dan. Esta vez, solo me paso un mi­nu­to o así mi­ran­do a la foto an­tes de aca­bar en­ce­rra­do en el la­be­rin­to de co­men­ta­rios.

En­tre las fe­li­ci­ta­cio­nes y los men­sa­jes de «ma­dre mía» hay al­gu­nas jo­yi­tas.

«¡Os fe­li­ci­to, Mi­les y Jor­dan!», dice Gre­ta, la es­tu­dian­te ale­ma­na de in­ter­cam­bio que mis pa­dres aco­gie­ron un ve­rano. ¡Ja! Por lo me­nos no soy el úni­co que ha pen­sa­do que el bebé es mío. Y aun­que ten­dría que es­cri­bir­le, no ten­go ni idea de cómo se­ría el co­rreo:

Hola, Gre­ta:

Cuán­to tiem­po. Es­pe­ro que es­tés bien. Una cosa, ¿po­drías de­jar de se­guir a mi in­fiel ex­no­via en las re­des so­cia­les?

Dan­ke,

Mi­les

A con­ti­nua­ción, un bre­ve «En­ho­ra­bue­na» de… ¡¿En se­rio?! ¿De mi tía Fat­ma?

Y en­ton­ces, como si hu­bie­ra per­ci­bi­do mi in­mi­nen­te ata­que de ner­vios y la in­cre­du­li­dad que sien­to al pen­sar en su ma­dre, re­ci­bo un men­sa­je.

¿Cómo es­tás?

Es Ais­ha, mi pri­ma.

¿Te ha avi­sa­do tu sex­to sen­ti­do arác­ni­do?, es­cri­bo. Ais­ha tie­ne un don (a mí me gus­ta pen­sar que am­bos lo te­ne­mos) para no­tar el mo­men­to pre­ci­so en el que al­guien ne­ce­si­ta que le ha­blen. Es pro­ba­ble que se deba a que so­mos hi­jos úni­cos. Ais­ha es lo más pa­re­ci­do a una her­ma­na que ten­go, y vi­ce­ver­sa.

Es­pe­ro que no es­tés mi­ran­do la foto de Jor­dan. Ni es­cri­bién­do­le. Ni pen­san­do en ella, me dice.

Pues cla­ro que no, le res­pon­do. ¿Por qué iba a es­cri­bir­le? Lo de esta ma­ña­na no cuen­ta, por­que es evi­den­te que lo que guio mi mano fue la pura adre­na­li­na. Pero ha­blan­do de es­cri­bir, qui­zá ten­drías que ha­blar con tu ma­dre.

Ay, Dios. ¿Qué ha he­cho aho­ra?

No, nada, le digo. Solo ha fe­li­ci­ta­do a mi ex­pro­me­ti­da por el bebé que va a te­ner con otro. En Ins­ta­gram. No pasa nada.

Hay una pau­sa con­si­de­ra­ble an­tes de que Ais­ha vuel­va a es­cri­bir. ¿Sa­bes los con­tro­les pa­ren­ta­les que ca­pan los te­lé­fo­nos de los hi­jos? Ten­drían que po­ner unos que fun­cio­na­ran al re­vés. Para con­tro­lar a los pa­dres. Ha­bla­ré con ella. Lo sien­to.

Me echo a reír sin po­der evi­tar­lo. Si te soy sin­ce­ro, es la pri­me­ra vez que me río des­de que Jor­dan me sol­tó lo de «te­ne­mos que ha­blar». A lo me­jor le ten­drías que dar las gra­cias y todo.

¿Quie­res que te diga que Jor­dan no te me­re­ce, que es­tás me­jor sin ella y que lo su­pe­rarás en un san­tia­mén?

Em­pie­zo a es­cri­bir: No, pero en­ton­ces, pen­sán­do­lo me­jor, sigo es­cri­bien­do y aña­do: No me iría mal…

Pues eso, que no te me­re­ce. Y que es­tás mu­chí­si­mo me­jor sin ella. Y lo ha­brás su­pe­ra­do an­tes, mu­cho an­tes de lo que ima­gi­nas. Es­tar jun­tos no era vues­tro des­tino.

Vuel­vo a reír, pero aho­ra amar­ga­men­te. Yo no creo en el des­tino.

Ya, cla­ro, me con­tes­ta. El que aho­ra ha­bla es Mi­les el Aban­do­na­do. Vuel­ve a es­cri­bir­me den­tro de dos me­ses, cuan­do vuel­vas a ser Mi­les, el que se pi­rra en se­cre­to por las co­me­dias ro­mán­ti­cas.

Oye, le digo. Nun­ca ha sido un se­cre­to.

Cier­to, me res­pon­de. Mi­les, el li­bro abier­to de par en par. Te es­ta­ré es­pe­ran­do.

Que sí, que sí.

Mien­tras tan­to… Desins­tá­la­te Ins­ta­gram, anda.

Me que­do mi­ran­do el mó­vil, du­dan­do. ¿Po­dré ha­cer­lo? O sea, ¿al­guien pue­de ha­cer­lo de ver­dad?

Sí que pue­des. Ais­ha vuel­ve a res­pon­der a las se­ña­les de mi ce­re­bro. Y me en­car­ga­ré de que mi ma­dre tam­bién, crée­me.

Sus­pi­ro y hago clic en el bo­tón de des­ins­ta­lar la app. Vale. ¿Algo más?

Sí. Que tqm.

Yo tam­bién tqm.

Y si al­gún día me en­cuen­tro con Jor­dan, le daré una pa­ta­da en el culo.

Me echo a reír. Ais­ha mide un me­tro y me­dio, pero va a cla­ses de kick-bo­xing tres ve­ces por se­ma­na. Yo nun­ca apos­ta­ría en su con­tra. Gra­cias, le res­pon­do. Aun­que en su es­ta­do me­jor que no.

Tie­nes ra­zón, me es­cri­be. Le voy a dar una tre­gua de…, no sé…, ¿de ocho me­ses tras el par­to?

Me pa­re­ce jus­to.

Sue­na la puer­ta de la ca­fe­te­ría y, al le­van­tar la mi­ra­da, veo que la cru­za un ros­tro co­no­ci­do. Me ten­go que ir. Ha lle­ga­do mi clien­te.

Uuh. ¿Mi­ras a ver si me ne­ce­si­ta? Este mes me iría ge­nial tra­ba­jo ex­tra.

Cla­ro.

Me le­van­to, me guar­do el te­lé­fono y lla­mo a Jude para lla­mar su aten­ción, ya que soy el que tie­ne ven­ta­ja por ha­ber­lo vis­to en foto. Lle­va el pelo cas­ta­ño ro­ji­zo pei­na­do con maña y una bar­ba bien cui­da­da. Tie­ne los ojos ver­des y ha es­co­gi­do el co­lor de la ca­mi­se­ta ajus­ta­da que vis­te para re­sal­tar­los, y para re­sal­tar tam­bién sus bí­ceps, un cla­ro be­ne­fi­cio de su tra­ba­jo como en­tre­na­dor per­so­nal. Vein­te años atrás, si este tío qui­sie­ra li­gar con chi­cas en un bar…, no ha­bría ne­ce­si­ta­do mi ayu­da, ni de coña.

En fin, que no se­ría exa­ge­ra­do re­co­men­dar­le los ser­vi­cios fo­to­grá­fi­cos de Ais­ha. Te­nien­do en cuen­ta su as­pec­to, y la ma­gia de Ais­ha para dar con la luz y la pose ade­cua­das y su fil­tro de fres­cu­ra se­cre­to, fijo que si qui­sie­ra lo ha­ría pa­re­cer­se a Jude Law.

—Hola. Mi­les, ¿ver­dad? —dice, y se di­ri­ge ha­cia mí con la mano ex­ten­di­da.

Pues sí, hice bien en es­co­ger­lo por su acen­to. Vale, sí, a lo me­jor me cues­ta un poco des­ci­frar lo que dice, pero es que es di­fí­cil oír­lo por en­ci­ma del rui­do de las bra­gas que se van ca­yen­do a su paso.

—Sí. ¿Qué tal, Jude? En­can­ta­do de co­no­cer­te. Sién­ta­te. —Nos es­tre­cha­mos la mano y se sien­ta de­lan­te de mí—. ¿Quie­res be­ber algo? ¿Un café?

—No, no, gra­cias —dice—. Lle­vo unos días sin to­mar ca­feí­na. —Me lo apun­to. Tras pen­sar unos ins­tan­tes, aña­de—: Pero ¿crees que me po­drían pre­pa­rar una taza de agua ca­lien­te con li­món?

—Se­gu­ro que sí. Aho­ra mis­mo vuel­vo. —Es­pe­ro en la cola y se lo pido a la sus­ti­tu­ta de Evelynn, que no dice nada so­bre el he­cho de que lle­vo ho­ras aquí sen­ta­do y que aho­ra quie­ro algo que me va a te­ner que dar gra­tis. Meto un dó­lar en el ta­rro de las pro­pi­nas para te­ner buen kar­ma.

—Gra­cias —dice Jude cuan­do dejo la taza de­lan­te de él, y des­pués se echa a reír—. Per­do­na, es que es un poco raro, ¿no? Lo de co­no­cer a al­guien que en teo­ría va a ha­cer­se pa­sar por mí, digo.

—No lo veas así. —Le­van­to las ma­nos—. Tú ima­gí­na­te que soy un coach. O un edi­tor. Te voy a ayu­dar a que des la me­jor ver­sión de ti mis­mo so­bre el pa­pel. Bueno, so­bre la pan­ta­lla.

—Sí, ya me he dado cuen­ta de que ne­ce­si­to ayu­da con eso —asien­te Jude—. El pro­ble­ma es que nun­ca sé qué res­pon­der, y lue­go me ol­vi­do, y para cuan­do me acuer­do ya me han ig­no­ra­do. En fin. Es lo que me han di­cho un par de chi­cas.

—Sa­ber es­cri­bir es vi­tal —asien­to—. En reali­dad, vas a con­tra­tar a un asis­ten­te que te ayu­de a lle­gar has­ta la puer­ta. Es lo mis­mo que si con­tra­ta­ras…, no sé, a al­guien para que te eche una mano con el cu­rrí­cu­lum.

—Ya, ya. —Jude le da un sor­bo la taza—. Oye, y ¿cómo fun­cio­na exac­ta­men­te? ¿Los mat­ches los eli­jo yo?

—A ver —em­pie­zo, y me lan­zo a sol­tar­le el dis­cur­so—. Bá­si­ca­men­te, ofre­ce­mos pa­que­tes de ser­vi­cios. Con el pa­que­te bá­si­co, vas a po­der ele­gir a tus mat­ches, y nues­tro ob­je­ti­vo es con­se­guir­te una pri­me­ra cita en per­so­na. Siem­pre po­drás aña­dir ser­vi­cios a la car­ta, como por ejem­plo que una de nues­tras ce­les­ti­nas es­pe­cia­lis­tas —Geor­gie, tam­bién co­no­ci­da como la asis­ten­te/di­se­ña­do­ra grá­fi­ca/ges­to­ra de re­des so­cia­les de Lean­ne— te ayu­de a se­lec­cio­nar a tus po­si­bles mat­ches. Otro aña­di­do es un pa­que­te de fo­to­gra­fía. Nues­tra fo­tó­gra­fa, que por cier­to es es­plén­di­da, te ayu­da­ría a es­co­ger y me­jo­rar tus imá­ge­nes para el per­fil —le digo, para así plan­tar la se­mi­lla de un hi­po­té­ti­co en­car­go para Ais­ha—. Has­ta te­ne­mos coaches con­ver­sa­cio­na­les para ayu­dar­te con las ci­tas en per­so­na. —Se tra­ta de Gi­les, el abo­ga­do de Lean­ne que, por ra­zo­nes que to­dos des­co­no­ce­mos, le debe un su­per­fa­vor a Lean­ne.

—Ya veo —dice Jude.

—Tam­bién ofre­ce­mos otros pa­que­tes. Nues­tro pa­que­te pla­tea­do te ga­ran­ti­za ayu­da has­ta la ter­ce­ra cita e in­clu­ye re­to­ques fo­to­grá­fi­cos para tres imá­ge­nes, así como una con­sul­ta te­le­fó­ni­ca con nues­tro coach con­ver­sa­cio­nal. Y en nues­tro pa­que­te do­ra­do, que es la re­pe­ra, tra­ba­ja­re­mos con­ti­go has­ta la dé­ci­ma cita. Or­ga­ni­za­re­mos una se­sión de fo­tos y te da­re­mos diez imá­ge­nes re­to­ca­das, diez op­cio­nes dis­tin­tas para aña­dir a tu per­fil. Nues­tro asis­ten­te con­ver­sa­cio­nal es­ta­rá dis­po­ni­ble siem­pre que lo ne­ce­si­tes y has­ta asis­ti­rá a es­con­di­das a una cita para ayu­dar­te con la re­tó­ri­ca a tra­vés de un pin­ga­ni­llo. —Algo que ofre­ce­mos solo por­que na­die es­co­ge nun­ca el pa­que­te do­ra­do. No dis­po­ne­mos del equi­po ne­ce­sa­rio y pon­go la mano en el fue­go a que Gi­les ni si­quie­ra sabe que es una op­ción.

—Os­tras —dice Jude, que es­tru­ja, ner­vio­so, el li­món so­bre la be­bi­da—. Muy a lo Ja­mes Bond.

Noto que está abru­ma­do; ha lle­ga­do el mo­men­to de ga­nár­me­lo con la per­fec­ta com­bi­na­ción en­tre con­fian­za en sí mis­mo y au­men­to del amor pro­pio.

—He­mos te­ni­do éxi­to con to­dos los pa­que­tes. Pero en tu caso te re­co­mien­do el bá­si­co. No creo que va­yas a ne­ce­si­tar de­ma­sia­da ayu­da.

—¿En se­rio? —se sor­pren­de y me mira es­pe­ran­za­do.

—Pues cla­ro —lo tran­qui­li­zo. No es­toy min­tien­do. De reojo, veo que la ca­ma­re­ra lo mira con me­lan­co­lía. An­tes de que aca­be el año con­si­go una de dos: o que este tío se haya ca­sa­do o que esté ro­dea­do de un ha­rén; todo de­pen­de­rá del tipo de re­la­cio­nes que ande bus­can­do. Nor­mal­men­te, sin em­bar­go, si acu­den a no­so­tros es por­que tien­den a que­rer algo más se­rio—. Y si re­sul­ta que ne­ce­si­tas al­gún ser­vi­cio ex­tra, po­de­mos ver­lo so­bre la mar­cha. —En nues­tra pró­xi­ma reunión le en­se­ña­ré las ma­ra­vi­llas que hace Ais­ha.

—Vale —asien­te.

—Hoy me voy a li­mi­tar a en­se­ñar­te un par de co­si­llas de tus per­fi­les que pue­des me­jo­rar. Para que veas cómo tra­ba­ja­mos y que se­pas que no va­mos a cam­biar nada de tu per­so­na­li­dad.

—Me pa­re­ce bien —res­pon­de.

—Ge­nial. —Echo un vis­ta­zo a su per­fil de la app Quí­mi­ka—. Vale, aquí. En «Co­sas que me gus­tan», has pues­to: «La cer­ve­za». Que está bien que seas sin­ce­ro, ¿eh? Pero ¿qué es lo que más te gus­ta de be­ber?

Jude se me que­da mi­ran­do como si me hu­bie­ran sa­li­do tres ca­be­zas.

—Pues… bá­si­ca­men­te em­bo­rra­char­me, hom­bre.

—Cla­ro. —Le son­río—. Pero apar­te de eso. ¿Hay al­gu­na mar­ca que te gus­te en par­ti­cu­lar? ¿Al­gún bar en es­pe­cial?

—Ah —dice—. Bueno, a ver, es­toy bus­can­do algo raro y es­pe­cí­fi­co. En reali­dad, es una cho­rra­da. —Le da otro sor­bo al agua y afe­rra la taza como si le die­ra se­gu­ri­dad, como si el he­cho de re­ve­lar una bús­que­da ex­tra­ña, pero se­gu­ro que en­can­ta­do­ra, le die­ra mu­cha ver­güen­za. Ma­dre mía, este tío es el pro­ta per­fec­to de una co­me­dia ro­mán­ti­ca.

—No, no. Cuén­ta­me­lo, anda. Está bien lo de bus­car algo con­cre­to. Es una ma­ne­ra de mos­trar tu for­ma de ser —lo ani­mo.

—Bueno… Es­toy bus­can­do una cer­ve­za ar­te­sa­nal sin glu­ten y baja en ca­lo­rías que sepa a una nor­mal. He re­co­rri­do la ciu­dad de cabo a rabo y he pro­ba­do to­das las de ba­rril. —¿Qué te ha­bía di­cho?—. De mo­men­to no he te­ni­do suer­te. Aun­que Brooklyn me da bue­na es­pi­na. —Nor­mal.

—Muy bien —digo—. Po­de­mos ti­rar por ahí.

—¿En se­rio? —me pre­gun­ta.

—Cla­ro. Ade­más, ¿no te gus­ta­ría que al­guien te hi­cie­ra com­pa­ñía en esta aven­tu­ra por los ba­res?

—Jo­der, se­ría ge­nial —dice con una ri­si­lla.

—Bueno, pues para eso es­toy yo aquí. Ven­ga, em­pe­ce­mos. ¿Te im­por­ta­ría abrir tu cuen­ta? —Giro el por­tá­til para de­jár­se­lo y que in­tro­duz­ca la con­tra­se­ña. He­cho esto, mue­vo el or­de­na­dor para que vea lo que es­cri­bo.

Co­sas que me gus­tan: En bus­ca de la cer­ve­za ar­te­sa­nal per­fec­ta y de la chi­ca per­fec­ta con la que en­con­trar­la. ¿Te gus­tan las aven­tu­ras? ¿Ex­plo­rar esta in­creí­ble ciu­dad con un reto en men­te y sin otra ra­zón que dis­fru­tar de la com­pa­ñía? Si es así, es­crí­be­me.

Y ter­mino con una flo­ri­tu­ra.

—Hala, qué guay —dice Jude—. Está muy guay.

—Gra­cias —digo—. Bueno, pues si quie­res apun­tar­te, te pue­do en­viar por co­rreo el con­tra­to, en el que ve­rás las ins­truc­cio­nes para cam­biar las con­tra­se­ñas de ac­ce­so de tus per­fi­les y que así po­da­mos en­trar. Que que­de cla­ro que no mo­di­fi­ca­re­mos nada sin tu con­sen­ti­mien­to.

—Ajá —mur­mu­ra Jude asin­tien­do an­tes de to­mar el úl­ti­mo sor­bo de la taza—. ¡Qué coño! Ha­gá­mos­lo, ¿no? —Me son­ríe y me vuel­ve a ten­der la mano.

—Ge­nial —res­pon­do, y se la es­tre­cho—. Oye, an­tes de que te va­yas, hay un jue­go al que me gus­ta ju­gar. —Saco el mó­vil y abro otra vez la app 24/7—. Ya que te voy a ayu­dar a mo­de­lar tu dis­cur­so, me gus­ta com­pro­bar cuán­to sé de mis clien­tes nada más leer el cues­tio­na­rio. Dime una cosa, de to­das es­tas mu­je­res, ¿qué cin­co ele­gi­rías?

—Mmm…, vale —dice Jude. Coge mi te­lé­fono y es­tu­dia la pan­ta­lla.

—Apun­ta la res­pues­ta —digo mien­tras le dejo mi bloc de no­tas y un bo­lí­gra­fo.

Se pasa un buen rato con mi mó­vil. De he­cho, me da tiem­po a em­pe­zar una par­ti­da de Ken­Ken en el por­tá­til an­tes de oír­lo ca­rras­pear.

—Vale. Creo que ya es­toy.

Veo lo que ha ano­ta­do. Y en­ton­ces, con una son­ri­sa, giro la pá­gi­na para que vea las que yo ha­bía ele­gi­do an­tes por él. Qui­zá no le ha­bría en­se­ña­do mis res­pues­tas si el re­sul­ta­do no fue­ra tan bueno.

Pero es que nor­mal­men­te lo es.

Cua­tro de cin­co. Mi­les Ibrahim, el Poe­ta del Amor, ha vuel­to.

CAPÍTULO 4

De: Clif­ford Jen­kins

Para: Todo quis­qui

Asun­to: LAS TAR­JE­TAS RE­GA­LO FUN­CIO­NAN

Pa­re­ce que los Beatles se equi­vo­ca­ban. ¿Que quéééé? ¡El amor SÍ que se pue­de com­prar! Me en­tu­sias­ma con­ta­ros que la op­ción de las tar­je­tas re­ga­lo ya fun­cio­na a la per­fec­ción. Tam­bién la he pro­gra­ma­do para que, por de­fec­to, em­pie­ce en 299 dó­la­res. Tra­tad a sus com­pra­do­res como los vips que son, por­que van a es­pe­rar un match ex­ce­len­te ya. Y ya quie­re de­cir YA, en me­nos de lo que can­ta un ga­llo.

(Di­cho esto, si sus pri­me­ras op­cio­nes se van al ga­re­te, re­cor­dad­les que la tar­je­ta re­ga­lo se pue­de re­car­gar de ma­ne­ra ili­mi­ta­da. Como la tem­po­ra­da de bo­das está a la vuel­ta de la es­qui­na, nos di­ri­gi­mos DI­REC­TA­MEN­TE a fu­tu­ros no­vios. Es el per­fec­to re­ga­lo de agra­de­ci­mien­to a los in­vi­ta­dos aho­ra que la ten­sión y la emo­ción an­dan por las nu­bes).

Oja­lá hu­bie­ra po­di­do com­prar una tar­je­ta re­ga­lo en la vís­pe­ra de cier­to día mar­ca­do en mi ca­len­da­rio con an­te­la­ción, pero en ese mo­men­to no exis­tían, cla­ro. Lo que es malo para mí es bueno para el mun­do, en fin. #Cues­tión­De­Pers­pec­ti­va

Re­cor­da­to­rio: nues­tra pró­xi­ma reunión será el mar­tes 12 de mayo y voy a re­ser­var la zona vip del bar Por­chlight, así que ¡pre­pa­raos para be­be­ros has­ta el agua de los flo­re­ros! Has­ta en­ton­ces, dis­fru­tad de abril, aguas mil.

Clif­ford

CEO de Pa­la­bras de Amor (aho­ra, AMAN­TE DE LAS TAR­JE­TAS RE­GA­LO).

Pos­da­ta: Si con­tro­láis lo de las ca­de­nas de blo­ques, en­viad­me un men­sa­je.

Zoey

Mi alar­ma rom­pe el si­len­cio a las cua­tro de la ma­dru­ga­da, y mi mano on­dea por los ai­res para des­ac­ti­var el des­per­ta­dor y lan­zar­lo al sue­lo, como si me en­con­tra­ra en la pri­me­ra es­ce­na de una pe­lí­cu­la. Lle­vo un mes vi­vien­do aquí, pero sigo cal­cu­lan­do la hora se­gún el huso de la Cos­ta Oes­te (es de­cir, se­gún el tiem­po REAL). La una de la ma­dru­ga­da sue­na mu­chí­si­mo me­jor que las cua­tro. La una de la ma­dru­ga­da su­po­ne di­ver­sión y fri­vo­li­dad. Es cuan­do em­pie­za la se­sión noc­tur­na de La ha­bi­ta­ción en el cine Sun­set 5 de Los Án­ge­les. Cuan­do hay que ir a por un pe­rri­to ca­lien­te en Pink’s Hot Dogs o zam­bu­llir­se en una pis­ci­na in­fi­ni­ta que hace las ve­ces de mi­ra­dor de las co­li­nas de Holly­wood Hills. (Solo lo he he­cho una vez, pero bueno. Po­dría ha­ber ocu­rri­do to­das las no­ches sin pro­ble­ma). La una de la ma­dru­ga­da su­po­ne in­ten­tar no per­der­le el rit­mo a la men­te ma­ra­vi­llo­sa de Mary: Frank y yo la per­se­gui­mos con­ge­la­dos mien­tras ella da vuel­tas por la co­ci­na. Frank es su hu­ron­ci­llo, su gran apo­yo emo­cio­nal. Di­ría que tam­bién usó su ma­gia con­mi­go. Se me subía al hom­bro cuan­do me po­nía a tra­du­cir las ocu­rren­cias de Mary en diá­lo­gos de guio­nes que ha­bía que re­to­car. Allí, con­tem­plan­do la sa­li­da del sol a tra­vés de sus ven­ta­na­les que van del sue­lo al te­cho y que ofre­cen vis­tas del dis­tri­to de Stu­dio City, es la úl­ti­ma vez que re­cuer­do ha­ber­me sen­ti­do fe­liz con mi lu­gar en el mun­do.

Tra­ba­jar para Mary no era pre­ci­sa­men­te un re­man­so de paz, para nada. Era como mon­tar­se en el as­cen­sor de la man­sión en­can­ta­da: gi­ros, so­bre­sal­tos y re­pen­ti­nos cam­bios de hu­mor, se­gui­dos por vien­tos hu­ra­ca­na­dos de so­no­ras car­ca­ja­das. Mary era cons­cien­te de su in­ge­nio y to­das las ma­ña­nas me sa­lu­da­ba con una ver­sión di­fe­ren­te de: «¡Dé­mos­le una vuel­ta a la ru­le­ta de mi per­so­na­li­dad!». Aun­que me do­bla­ra la edad, te­nía alma de es­tu­dian­te uni­ver­si­ta­ria: se pa­sa­ba se­ma­nas per­dien­do el tiem­po y des­pués se ti­ra­ba doce ho­ras se­gui­das tra­ba­jan­do de no­che has­ta que ter­mi­na­ba lo que de­bía en­tre­gar. Prác­ti­ca­men­te viví en su casa, a me­nu­do como hués­ped de la ha­bi­ta­ción de in­vi­ta­dos, que con­ta­ba con su pro­pio bal­cón y mi­ni­ne­ve­ra. Ha­bía días en que lo úni­co que me pe­día era que le le­ye­ra los úl­ti­mos co­ti­lleos so­bre fa­mo­sos, tum­ba­da en el sofá con ro­da­jas de pe­pino so­bre los ojos y Frank dor­mi­do a sus pies. La se­ma­na si­guien­te nos pa­sá­ba­mos diez ho­ras al día en el Mu­seo de Ra­dio y Te­le­vi­sión, tam­bién co­no­ci­do como el Pa­ley Cen­ter de la ave­ni­da Be­verly Dri­ve, pe­gán­do­nos un atra­cón de vie­jos pre­mios de las úl­ti­mas dé­ca­das en bus­ca de ins­pi­ra­ción (a ve­ces la con­tra­ta­ban para es­cri­bir lo que un ac­tor di­ría de otro du­ran­te una gala de los Glo­bos de Oro, los Emmy o los Ós­car).

Su pro­duc­to­ra se lla­ma­ba Mary, Fuck, Kill.[2] Cada vez que res­pon­día al te­lé­fono me po­nía roja, y jun­ta­ba las pa­la­bras para que fue­ra inin­te­li­gi­ble:

—Mary Fuc­kle, ¿en qué le pue­do ayu­dar?

Mary me mi­ra­ba por en­ci­ma de las ga­fas para re­pren­der­me.

—Se van a pen­sar que me he ca­sa­do con un idio­ta que se ape­lli­da Fuc­kle. Dilo bien.

—Pues que lo pien­sen.

—Como no lo di­gas bien, cam­bia­ré el nom­bre de la em­pre­sa por las sie­te pa­la­bras que nun­ca hay que de­cir en te­le­vi­sión —me ad­vir­tió—. Mira, ya es­toy re­lle­nan­do el for­mu­la­rio: mier­da, coño…

Le lan­cé una mi­ra­da que evo­ca­ba a un dis­pen­sa­dor de ca­ra­me­los PEZ.

—Vale, vale.

El dis­pen­sa­dor de ca­ra­me­los PEZ re­pre­sen­ta­ba su vie­ja ca­rre­ra como ac­triz. A me­dia­dos de los ochen­ta, an­tes de que yo na­cie­ra, Mary in­ter­pre­tó a la du­que­sa Quinn­ley en Bajo el mar, una pe­lí­cu­la de cien­cia fic­ción y fan­ta­sía so­bre si­re­nas in­ter­ga­lác­ti­cas. La he­ri­da que se hizo en el pla­tó du­ran­te la úl­ti­ma se­ma­na de ro­da­je le arre­ba­tó todo el en­tu­sias­mo que sen­tía por la pro­fe­sión; con­si­guió es­ca­bu­llir­se del mun­di­llo, im­pi­dien­do así la pro­duc­ción de fu­tu­ras en­tre­gas de la saga. Des­de en­ton­ces tuvo que so­por­tar las con­se­cuen­cias: los aman­tes de la pe­lí­cu­la la cul­pa­ban por el fi­nal abrup­to de lo que pre­ten­día ser una tri­lo­gía, mien­tras que en otros círcu­los su mar­cha le dio un halo de cul­to a la úni­ca en­tre­ga que lle­gó a ro­dar­se. Por lo me­nos, al no te­ner fi­nal no se la car­ga­rían, como ha­bía ocu­rri­do con otras fran­qui­cias in­ter­mi­na­bles —de­cían—. La pe­lí­cu­la de cul­to se­guía viva gra­cias a las con­ven­cio­nes de fans y a los cam­peo­na­tos de cos­play; las in­vi­ta­cio­nes para for­mar par­te del ju­ra­do lle­na­ban el bu­zón de Mary día sí y día tam­bién. Una de mis ta­reas era ti­rar­las a la ba­su­ra, sin si­quie­ra leer­las, cada ma­ña­na.

De la su­pues­ta­men­te in­fi­ni­ta co­lec­ción de ob­je­tos en eBay (ju­gue­tes, jue­gos y fi­gu­ras de ac­ción idén­ti­cas a ella), la úni­ca que guar­da­ba era un dis­pen­sa­dor de ca­ra­me­los PEZ; por­que, se­gún ella, sim­bo­li­za­ba su ocu­pa­ción ac­tual como edi­to­ra de guio­nes.

—La gen­te me paga para que es­ti­re el cue­llo y les dé una píl­do­ra dul­ce cuan­do me lo pi­den, y de­ba­jo de ese ca­ra­me­lo hay diez más de la mis­ma ca­li­dad.

Hace sie­te se­ma­nas, me dijo que yo era la me­jor asis­ten­te que ha­bía te­ni­do, y que por eso te­nía que des­pe­dir­me. En lu­gar de vi­vir mi vida, es­ta­ba vi­vien­do la suya. Me te­nía que em­bar­car en nue­vas si­tua­cio­nes si al­gún día pen­sa­ba cre­cer como es­cri­to­ra, como es­cri­to­ra con voz pro­pia. Le ro­gué que me die­ra seis me­ses para de­ci­dir dón­de que­ría ir y qué que­ría ha­cer, y me dijo que se lo pen­sa­ría. La ma­ña­na si­guien­te, cuan­do lla­mé a su puer­ta, me en­tre­gó un bi­lle­te a Nue­va York solo de ida y una nota con la di­rec­ción de un piso que ha­bía al­qui­la­do en mi nom­bre. (Más tar­de des­cu­brí que com­pró todo el edi­fi­cio a me­dia­dos de los ochen­ta con el di­ne­ro de la du­que­sa Quinn­ley. Aho­ra va­lía una for­tu­na, pero pre­fe­ría al­qui­lar los pi­sos a ar­tis­tas muer­tos de ham­bre y ofre­cer­les des­cuen­tos en fun­ción de los mé­ri­tos que de­mos­tra­sen).

Me lan­zó un beso, ce­rró la puer­ta y le dio una vuel­ta a la lla­ve. Vi a Frank en la ven­ta­na du­ran­te me­dio se­gun­do an­tes de que tam­bién ce­rra­ra las cor­ti­nas.

Y aquí es­toy aho­ra, a las cua­tro de la ma­dru­ga­da, en esta man­za­na gran­de y po­dri­da, obli­gán­do­me a le­van­tar­me pron­to en fin de se­ma­na para ser la pri­me­ra clien­ta del úni­co lu­gar al que iré en todo el día, que re­sul­ta que se en­cuen­tra al otro lado de la mal­di­ta ca­lle.

Me da la im­pre­sión de que Mary no se re­fe­ría a esto con «vi­vir». Pero has­ta que Nue­va York no deje de dar tan­to mie­do y de ser tan gro­tes­ca —si es que eso lle­ga a su­ce­der—, no veo cam­bios en el ho­ri­zon­te.

Ayer, cuan­do lle­gué a casa, ha­bía una ces­ta jun­to a la puer­ta de mi piso. Lle­va­ba una tar­je­ta es­cri­ta a mano con le­tra a du­ras pe­nas le­gi­ble: «¡Cham­pán para mi cham­peo­na! ¡Va­les mu­cho! Clif­ford». La ces­ta es­ta­ba va­cía. Al­guien me ha­bía man­ga­do la bo­te­lla.

Es un buen re­su­men de cómo veo Man­hat­tan: pue­des co­ger lo que quie­ras, pero siem­pre te lo ter­mi­na qui­tan­do otra per­so­na.

Hago la cro­que­ta en mi sofá cama y lle­go a la «co­ci­na», es de­cir, al área en el que se en­cuen­tran el hor­ni­llo y la mi­ni­ne­ve­ra. Otro con­se­jo de la ve­ci­na que solo he vis­to una vez:

—Uti­li­za el horno para guar­dar los abri­gos de in­vierno.

Como no ten­go ar­ma­rio y soy una pé­si­ma co­ci­ne­ra, me pa­re­ció muy bue­na idea. Para mi des­gra­cia, no ten­go horno. Por lo tan­to, guar­do los jer­séis en la des­pen­sa va­cía.

Al otro lado de la ven­ta­na, la ciu­dad se alza os­cu­ra y hos­til. El am­bien­te se inun­da del rui­do de un ca­mión que da mar­cha atrás (pi, pi, pi). ¿Hay al­gu­na hora de si­len­cio? ¿Ni una sola? Me pre­pa­ro una taza de café tan lar­go como iró­ni­co para es­pa­bi­lar­me y mar­char­me al Cru­di­té, sin sa­ber si voy a ser la pri­me­ra en lle­gar y en pe­dir más café. Y en­ton­ces me dejo caer, con las pier­nas cru­za­das, de­lan­te del es­pe­jo tor­ci­do que cuel­ga de la puer­ta y me miro. Ayer pa­re­cía una adic­ta con mono de Xa­nax que par­pa­dea­ba ante la luz, pero hoy no va a ser así. No me bas­ta con ga­nar­le al la­drón de me­sas: quie­ro ga­nar­le es­tan­do de­cen­te (aun­que no es que in­ten­te ade­cen­tar­me con to­das mis fuer­zas). Me apli­co un poco de ma­qui­lla­je, me de­li­neo los ojos y me per­fi­lo los la­bios. Me voy a vol­ver a po­ner las bo­tas y los ca­len­ta­do­res de bra­zos que me te­jió Mary, por­que me nie­go a pa­sar­lo fa­tal en un lo­cal con el aire acon­di­cio­na­do de­ma­sia­do fuer­te; ca­len­ta­do­res apar­te, aho­ra ya no pa­rez­co una zom­bi, sino una chi­ca inocen­te li­ge­ra­men­te ma­qui­lla­da. Son­río a mi re­fle­jo, con­ten­ta con el re­sul­ta­do.

Ya fue­ra, en la os­cu­ra ace­ra, me inun­da la adre­na­li­na. No hay de­ma­sia­da gen­te, algo po­si­ti­vo, pero, por otro lado, no hay de­ma­sia­da gen­te, así que si me pasa algo, o si ne­ce­si­to al­gún tipo de ayu­da, no ha­brá na­die para oír mis gri­tos.

«Bo­ti­tas, a ca­mi­nar. De­pri­sa».

Con­si­go cru­zar la ca­lle al se­gun­do in­ten­to. Va­mos pro­gre­san­do. Y en­ton­ces, a las 5:01 de la ma­ña­na, Evelynn se acer­ca a la ca­fe­te­ría para abrir la puer­ta y pega un brin­co al ver­me.

—¡Hola! Per­do­na. Hola. Su­pon­go que hoy soy la pri­me­ra, ja, ja, ja. ¿Soy la pri­me­ra? —bal­bu­ceo.

—Sí —dice—. ¿Te pue­des apar­tar mien­tras…?

—Por cu­rio­si­dad, ¿los bis­cot­ti ya es­tán ahí es­pe­rán­do­me? ¿O vas a te­ner que sa­car­los y pre­pa­rar­los?

—He­mos de­ja­do de ofre­cer­los, por lo que ocu­rrió ayer.

—¿En se­rio? —Me que­do bo­quia­bier­ta.

—No. —Me hace un ges­to con la mano—. ¿Me de­jas un poco de es­pa­cio, por fa­vor?

Al cabo de cin­co mi­nu­tos, ya he dis­pues­to mi des­pa­cho mó­vil en la glo­rio­sa y enor­me mesa, he de­vo­ra­do los bis­cot­ti gra­tui­tos, mu­chí­si­mas gra­cias, y me he be­bi­do la mi­tad de mi se­gun­da taza de café. Diez mi­nu­tos des­pués, el lu­gar se lle­na de tra­ba­ja­do­res, pero no hay ni ras­tro del la­drón de me­sas. En ple­na dis­cu­sión, dijo que de­ja­ba pa­sar un tiem­po en­tre una vi­si­ta y otra, por lo que qui­zá hoy se va a la si­guien­te ca­fe­te­ría de su ron­da. Me da­ría mu­cha ra­bia ha­ber ma­dru­ga­do y he­cho tan­tas co­sas para nada: ¿soy mala per­so­na por que­rer que ven­ga, sea tes­ti­go de su de­rro­ta y sien­ta en sus car­nes la pér­di­da de la me­jor mesa an­tes de sa­lir de la ca­fe­te­ría y de mi vida?

Mien­tras me bebo de un tra­go el café que me que­da, adi­vi­na quién en­tra: Don Ca­rác­ter. Ba­rre el lo­cal con la mi­ra­da y la posa en mí.

—Hoy no, mal­va­do —mas­cu­llo triun­fan­te.

—¿Cómo di­ces? —Me cla­va los ojos ma­rro­nes.

—Nada, que está ocu­pa­do.

—Ya lo veo. Por­que es­tás tú sen­ta­da.

—Solo me quie­ro ase­gu­rar de que no haya ma­len­ten­di­dos. Por cier­to, me voy a pa­sar el día aquí, así que quí­ta­te de la ca­be­za la idea de es­pe­rar a que me vaya.

—Nor­mal, las Cin­cuen­ta som­bras no se ven so­las —me dice con des­dén.

—¿Per­do­na?

—Pa­sar­se seis ho­ras vien­do porno para ma­más es de una dis­ci­pli­na en­co­mia­ble.

—No sé a qué te…, ah. The Weeknd. —¡Jo­der, Clif­ford!—. Era… era un ví­deo pa­ro­dia —tar­ta­mu­deo.

—El porno pa­ró­di­co está in­fra­va­lo­ra­do —dice, con­des­cen­dien­te.

—No he ve­ni­do a ver porno —le es­pe­to.

—Haz­me un fa­vor y baja el vo­lu­men, ¿vale? Al­gu­nos ve­ni­mos aquí a tra­ba­jar.

¡Gi­li­po­llas!

—Mi­les, tu pe­di­do está lis­to —in­ter­vie­ne Evelynn.

Con­que Mi­les, ¿eh? Nom­bre tie­ne; si­tio para sen­tar­se, no. To­das las me­sas es­tán ocu­pa­das y to­da­vía hay gen­te ha­cien­do cola. Se toma su tiem­po para po­ner­se le­che y azú­car en el café, sin de­jar de con­tro­lar la ca­fe­te­ría para apro­piar­se del pró­xi­mo asien­to li­bre. Por des­gra­cia, el mos­tra­dor con la le­che y el azú­car que­da jus­to a mi lado. Noto su mi­ra­da pe­ne­tran­te y me fijo en que se va­cía me­dio azu­ca­re­ro en la taza. (Y yo que pen­sa­ba que an­tes es­ta­ba ten­so… Ve­rás cuan­do le lle­gue el azú­car a la san­gre, se con­ver­ti­rá en Hulk).

De pron­to, sue­na Last Dan­ce with Mary Jane de Tom Petty por mis al­ta­vo­ces. ¡Otra vez, no!

En la pan­ta­lla apa­re­ce el re­cua­dro de una vi­deo­lla­ma­da.

In­ten­to ha­cer clic en «Re­cha­zar» lo más rá­pi­do po­si­ble, pero me doy tan­ta pri­sa que ter­mino apre­tan­do «Acep­tar» por ac­ci­den­te.

—¿Crees que Frank de­be­ría te­ner una cuen­ta de Ins­ta­gram pro­pia? Y, de ser así, ¿qué des­crip­ción le po­dría po­ner? —gri­ta Mary.

Pro­cu­ro col­gar, con de­ce­nas de ojos cla­va­dos en mí, la mar de mo­les­tos.

—En el cen­tro YMCA da­rán cla­ses de in­for­má­ti­ca para prin­ci­pian­tes —dice Mi­les mien­tras se lle­va la taza (es de­cir, la mon­ta­ña de azú­car con go­tas de café) a los la­bios.

Pero an­tes de que yo pro­ce­se su co­men­ta­rio ma­li­cio­so, aña­de:

—Un mo­men­to. ¿Era… era Mary Clark­son la que te lla­ma­ba por Fa­ce­Ti­me?

La ima­gen que acom­pa­ña su cuen­ta es una fo­to­gra­fía de hace años, de un vie­jo ar­tícu­lo de la re­vis­ta In­ter­view. Lle­va­ba ru­los en el pelo, los la­bios de un rojo in­ten­so y un po­rro en la boca. La can­ción vuel­ve a em­pe­zar, aho­ra con una no­ti­fi­ca­ción: «Bloody Mary desea lla­mar­te». Esta vez, si­len­cio la lla­ma­da y cuel­go al ins­tan­te.

—¿Eh? —De­ci­do fin­gir ig­no­ran­cia.

—Mary Clark­son. Bajo el mar. ¡Mary Clark­son!

—Qui­zá. —¿A que aho­ra te ha­bría gus­ta­do ser más ama­ble con­mi­go para po­der­me pre­gun­tar­me co­sas so­bre ella?

—Y tú has… has… has col­ga­do a Mary Clark­son.

—Aho­ra le voy a es­cri­bir. Hay que ba­jar el vo­lu­men, ¿re­cuer­das?

Siem­pre ol­vi­do que, para los tíos de «cier­ta edad» (como Clif­ford), Mary, la va­lien­te y fe­mi­nis­ta du­que­sa Quinn­ley de Bajo el mar, y su bre­ve y obli­ga­do si­re­nis­mo los re­tro­traen a la épo­ca do­ra­da de su in­fan­cia. Fue su pri­mer amor pla­tó­ni­co y, para al­gu­nos, fue tam­bién su pri­mer… amor «pro­pio», ya me en­tien­des. Me pre­gun­to si a Mi­les le pasó. Aun­que pa­re­ce más jo­ven que Clif­ford. Y está en mu­cha me­jor for­ma que él, es evi­den­te. Los co­men­ta­rios mor­da­ces que­man mu­chas ca­lo­rías.

Te voy con­fe­sar algo: nun­ca he vis­to Bajo el mar. De he­cho, es el mo­ti­vo por el cual con­se­guí el tra­ba­jo de ayu­dan­te de Mary.

La agen­cia de tra­ba­jo tem­po­ral en la que me apun­té tras gra­duar­me en la uni­ver­si­dad de San­ta Mó­ni­ca me en­vió a un mis­te­rio­so en­car­go para una es­cri­to­ra anó­ni­ma que vi­vía en­ci­ma de Stu­dio City, en la ca­rre­te­ra de Mul­ho­lland. No sa­bía ni quién era ni lo que bus­ca­ba. La re­co­no­cí cuan­do me abrió la puer­ta (con Frank), pero no como la ha­bría re­co­no­ci­do una se­gui­do­ra de la peli. Tan solo pen­sé: «Anda. Es ella».

Y ahí em­pe­zó el tí­pi­co aná­li­sis de mi CV y la en­tre­vis­ta so­bre tra­ba­jos an­te­rio­res. Al fi­nal, me dijo:

—Y, aho­ra, la pre­gun­ta más im­por­tan­te. ¿Cómo se lla­ma el pla­ne­ta del que vie­nen los swor­kas?

—Eh… —No era una res­pues­ta que pu­die­ra im­pro­vi­sar al mo­men­to. No du­da­ba de que los swor­kas eran una par­te odia­da y cur­si de la cul­tu­ra ci­ne­ma­to­grá­fi­ca. Me so­na­ba que se pa­re­cían a los del­fi­nes, pero no te­nía ni idea de cómo se lla­ma­ba su pla­ne­ta. De ha­ber sa­bi­do que iba a en­con­trar­me con Mary Clark­son, me ha­bría des­car­ga­do Bajo el mar y me ha­bría pre­pa­ra­do. Bueno, pues nada, ahí ter­mi­na­ba todo. La miré a los ojos y me en­co­gí de hom­bros—. ¿El pla­ne­ta Mer­chan­di­sing?

Me son­rió y, en un pes­ta­ñeo, su­ce­dió: mi vida cam­bió.

—So­la­men­te hay dos nor­mas —me dijo con ojos bri­llan­tes—. La pri­me­ra: si al­gún día me con­vier­to en una per­so­na que le da im­por­tan­cia a que se­pas o no la res­pues­ta a esa pre­gun­ta, pé­ga­me un tiro. La se­gun­da: no veas la pe­lí­cu­la. Has lle­ga­do muy le­jos, no la ca­gues aho­ra. ¿Te in­tere­sa el tra­ba­jo?

Más tar­de me en­te­ré de que solo con­tra­ta­ba a gen­te que no fue­ra fan. Le im­por­ta­ba un ble­do que de pe­que­ño la hu­bie­ras vis­to en for­ma de si­re­na una o dos ve­ces, pero que ci­ta­ras la pe­lí­cu­la de ma­ne­ra ha­bi­tual ya de adul­to o que tu­vie­ras, por ejem­plo, un dic­cio­na­rio de swor­ka su­po­nía una des­ca­li­fi­ca­ción in­me­dia­ta.

—¿Cómo me ibas a to­mar en se­rio si la hu­bie­ras vis­to? —me dijo al cabo de unos días, con un par­che en el ojo y unas za­pa­ti­llas mu­lli­das y des­pa­re­ja­das.

De vuel­ta a la ca­fe­te­ría, Mi­les si­gue ron­dán­do­me.

—¿Te im­por­ta? No me pue­do con­cen­trar si hay mi­ro­nes cer­ca —digo.

—Es que no ten­go dón­de sen­tar­me —ob­ser­va—. ¿De ver­dad que has ve­ni­do to­dos los días des­de que te mu­das­te a Nue­va York?

Se me cris­pa un ojo. Sol­té esa me­dia ver­dad para re­for­zar mi cre­di­bi­li­dad como clien­ta im­por­tan­te, no para echar leña a sus bur­las.

—Sí —digo en­tre dien­tes.

—¿Y eso? Tie­nes a tu al­re­de­dor «la» ciu­dad, que re­sul­ta que es uno de los lu­ga­res más in­creí­bles del pla­ne­ta…

Du­ran­te unos bre­ví­si­mos ins­tan­tes de lo­cu­ra, se me ocu­rre de­cir­le:

«A lo me­jor me po­drías en­se­ñar por dón­de em­pe­zar. Lle­vas quin­ce años so­bre­vi­vien­do aquí… Se­gu­ro que co­no­ces to­dos los re­co­ve­cos de Nue­va York y, la ver­dad, me iría ge­nial te­ner un ami­go. Al­guien que sepa qué ha­cer con su vida, por­que yo no ten­go ni pa­jo­le­ra idea».

Pero en­ton­ces me gol­pea la reali­dad y re­cuer­do que es un im­bé­cil que no para de in­sul­tar­me. Y que aca­ba de vol­ver a ha­cer­lo.

Le doy la es­pal­da, me pon­go los au­ri­cu­la­res y abro un chat con Mary.

Zoey: Sa­lu­dos des­de el in­fierno.

Bloody Mary: ¿Ex­plo­ran­do nue­vos ho­ri­zon­tes?

Zoey: Nada más lle­gar, me pi­sa­ron el pie y me rom­pie­ron el me­ñi­que.

Bloody Mary: ¿Y de qué te que­jas? Ese dedo no sir­ve para nada.

Zoey: Fijo que se me cae.

Bloody Mary: Te voy a en­viar un bo­ti­quín.

Zoey: ¿Para qué? Se­gu­ro que me lo ro­ban. Por cier­to, Nick dice que le de­bes, y cito tex­tual­men­te, «2000 pa­vos de ma­ría».

Bloody Mary: Qué men­ti­ra más gor­da. Le debo 1999 pa­vos, no 2000. Pero aho­ra en­tien­do por qué lle­va va­rios días tris­te, con mal de amo­res.

Zoey: ¿A qué te re­fie­res?

Bloody Mary: Que es­ta­ba pi­lla­dí­si­mo por ti.

Zoey: In­co­rrec­to.

Bloody Mary: Hace poco me pre­gun­tó por qué no te daba ni un día li­bre. Se ve que con­si­guió en­tra­das para un par­ti­do y le di­jis­te que ibas a pa­sar­te todo el mes cu­rran­do has­ta tar­de. ¿¿TODO EL MES??

Zoey: Nick no me gus­ta­ba tan­to.

Bloody Mary: Ha­ber­me di­cho que te­nías pla­nes. Po­drías ha­ber sa­li­do an­tes CUAL­QUIER DÍA.

Zoey: ÉL te­nía pla­nes. YO que­ría tra­ba­jar.

Bloody Mary: ¿Ya has pro­ba­do el po­llo fri­to de Mo­mo­fu­ku?

Zoey: To­da­vía no.

Bloody Mary: No me vuel­vas a ha­blar has­ta que lo prue­bes. Va en se­rio. Para mí es­tás me­dio muer­ta, a par­tir de… ya.

***

Tess Ri­ley fue mi pri­me­ra clien­ta, y su aven­tu­ra en Bueno, Fá­cil, Fe­liz aca­bó en éxi­to. Aun­que no fue sen­ci­llo lle­var­la por el buen ca­mino; fue­ron ne­ce­sa­rias va­rias se­sio­nes te­le­fó­ni­cas para que se die­ra cuen­ta de que no pa­sa­ba nada por con­cre­tar lo que bus­ca­ba en una pa­re­ja. No es que en Nue­va York haya po­cos sol­te­ros, pero es que a ella le daba pena eli­mi­nar a al­guien an­tes de co­no­cer­lo. Le dije que ese mie­do a per­der­se co­sas la iba a pa­ra­li­zar, y lue­go tra­ba­jé como una mula para ayu­dar­la a con­se­guir el match de­fi­ni­ti­vo.

De mi se­gun­da clien­ta solo sé su nom­bre (Bree Ga­rrett), su edad (25) y que sus ami­gas le die­ron una tar­je­ta re­ga­lo de Pa­la­bras de Amor para su cum­plea­ños. Algo ha­brá pa­sa­do en­tre ese día y aho­ra para que se haya de­ci­di­do a uti­li­zar­la, aun­que por el co­rreo de Clif­ford es pro­ba­ble que las tar­je­tas re­ga­lo no fun­cio­na­ran has­ta hoy. He de­ci­di­do que voy a leer su per­fil cuan­do la haya co­no­ci­do en per­so­na. No quie­ro que me in­flu­yan sus res­pues­tas re­fle­xio­na­das; quie­ro ma­te­rial es­pon­tá­neo para ayu­dar­la a pro­yec­tar al mun­do una ver­sión au­tén­ti­ca, con de­fec­tos pero en­can­ta­do­ra, de sí mis­ma, con la es­pe­ran­za de em­pa­re­jar­la con un hom­bre au­tén­ti­co, con de­fec­tos pero en­can­ta­dor.

Como dice el Ma­nual del au­tó­no­mo: «No mos­tréis una ima­gen "per­fec­ta". Na­die se la va a creer. (Y así tie­ne que ser). Acor­daos de la tí­pi­ca y vie­ja pre­gun­ta de cual­quier en­tre­vis­ta de tra­ba­jo: "¿Cuál es tu ma­yor de­fec­to?", y el en­tre­vis­ta­do res­pon­de: "Que soy de­ma­sia­do or­ga­ni­za­do". No seáis el tío de­ma­sia­do or­ga­ni­za­do. Aña­did al­gún de­fec­ti­llo por aquí y por allá».

Jus­to cuan­do iba a le­van­tar­me para ir al ser­vi­cio de la ca­fe­te­ría, sue­na mi mó­vil.

Un men­sa­je de Pa­la­bras de Amor: Lla­ma­da en­tran­te. ¡Toca ha­cer de Cu­pi­do!

Al cabo de un se­gun­do, me lle­ga la lla­ma­da. Dejo que sue­ne un par de ve­ces, res­pi­ro hon­do, me plan­to una son­ri­sa en la cara y emi­to mi voz se­re­na y pro­fe­sio­nal.

—Hola, al ha­bla Zoey, de Pa­la­bras de Amor. ¿En qué te pue­do ayu­dar?

—Pues es que ten­go un imán para los ca­pu­llos, bá­si­ca­men­te —dice Bree Ga­rrett.

A pe­sar de los años que me he pa­sa­do al lado de Mary, la res­pues­ta de Bree me deja des­co­lo­ca­da.

—Vaya, lo sien­to —con­si­go res­pon­der mien­tras re­pri­mo un ata­que de tos—. Pero la bue­na no­ti­cia es que hoy em­pe­za­re­mos a arre­glar ese imán.

—¿Cómo fun­cio­na este tin­gla­do? —pre­gun­ta Bree—. ¿Vas a ser mi Yentl?

Me da a mí que se re­fie­re a Yen­ta, la ca­sa­men­te­ra de El vio­li­nis­ta en el te­ja­do, pero bueno, ha con­fun­di­do ese mu­si­cal con el de Bar­bra Strei­sand.

—Eso es —digo con ale­gría—. Aun­que soy un pe­lín más jo­ven que las tí­pi­cas ce­les­ti­nas. De he­cho, es una de las co­sas de las que más or­gu­llo­sos es­ta­mos en Pa­la­bras de Amor: for­ma­mos una red de se­gu­ri­dad en­tre igua­les, como una ami­ga en la que con­fías y que te or­ga­ni­za una cita des­pués de ayu­dar­te a desechar can­di­da­tos. Te ayu­da­mos a ex­pre­sar­te me­jor y (es­pe­ra­mos) de una ma­ne­ra fas­ci­nan­te, para que así con­si­gas res­pues­tas po­si­ti­vas de los ti­pos de hom­bres a los que que­rrías co­no­cer. Y creo que te gus­ta­rá sa­ber que mi por­cen­ta­je de éxi­to es del 100 %.

Me pon­go un poco roja. (Téc­ni­ca­men­te, no es men­ti­ra. ¡Una clien­ta, un éxi­to!).

—Qué bien —res­pon­de—. O sea, que ¿eres una ti­quis­mi­quis con la gra­má­ti­ca y tal?

—Exac­to. Pero solo con la gra­má­ti­ca.

—Ge­nial, por­que lo de po­ner co­mas no es lo mío.

—¿Qué dis­po­ni­bi­li­dad tie­nes? ¿Quie­res que que­de­mos hoy o ma­ña­na para ac­tua­li­zar tu per­fil? —Noto en­se­gui­da que me afec­ta la pre­sión del co­rreo so­bre tar­je­tas re­ga­lo. Aun­que tam­po­co quie­ro pre­sio­nar­la de­ma­sia­do y asus­tar­la—. La se­ma­na que vie­ne tam­bién me va bien, cla­ro.

Pero ¡no es ver­dad! El tiem­po va co­rrien­do y el ga­llo ha em­pe­za­do a can­tar en cuan­to le he co­gi­do el te­lé­fono.

—¿No pue­do en­viar­te un per­fil que ya haya com­ple­ta­do? —me pre­gun­ta.

—Sí, pero ten­go com­pro­ba­do que en per­so­na la gen­te se abre más de lo que cree, y así me for­ma­ré una me­jor idea de tu per­so­na­li­dad, de lo que te gus­ta y lo que no, y tam­bién de lo que bus­cas fí­si­ca­men­te. Por­que eso cuen­ta tan­to como la co­ne­xión men­tal.

—Cier­to.

—Sin­cro­ni­za­re­mos nues­tros or­de­na­do­res y bus­ca­re­mos un pu­ña­do de can­di­da­tos a los que di­ri­gir­nos, y a par­tir de ahí ya ve­re­mos. ¿Cuál es tu pá­gi­na o apli­ca­ción de ci­tas pre­fe­ri­da?

—La se­ma­na pa­sa­da te ha­bría di­cho que Flirt­vi­lle, pero es que allí hay de­ma­sia­dos tíos con ETS —dice.

Ah. Como me ima­gi­na­ba, algo la ha lle­va­do a ac­ti­var la tar­je­ta re­ga­lo. De re­pen­te, me en­tra un es­ca­lo­frío al ima­gi­nar­me que Clif­ford está es­cu­chan­do la lla­ma­da. No sé cómo, pero no quie­ro que Bree diga nada per­so­nal por te­lé­fono, por si lle­ga a ma­nos de un tío que sue­le des­pe­dir­se en los co­rreos con un «nos ve­mos en los ba­res».

—Hay un par más que no es­tán mal, aun­que sue­len ser para gen­te que bus­ca algo más se­rio. ¿Te in­tere­sa­ría?

—Sí, sí. Quie­ro algo más se­rio, sí. ¿Que­da­mos en el Do­mi­nick’s para co­mer el sá­ba­do? —dice Bree.

Abro un mapa en el por­tá­til y me es­tre­mez­co. Está en la Oc­ta­va Ave­ni­da. A dos pa­ra­das de me­tro, ni más ni me­nos.

—Por lo ge­ne­ral me iría bien, pero es que ten­go a mi gato en­fer­mo —digo con una olea­da de cul­pa. Está tan en­fer­mo que está en el otro ba­rrio; que no exis­te, va­mos—. Y pre­fie­ro que­dar­me cer­ca de casa, lo sien­to. Vivo en el East Vi­lla­ge. ¿Te gus­ta el que­so?

—¿Es una coña por­que me lla­mo Bree?

—No, per­do­na, es que… por aquí hay una que­se­ría.

—¿Sir­ven algo que no sea que­so?

—Di­ría que no. Si no te gus­ta el que­so, pues bus­ca­mos otro si­tio. —¿Qué te pa­re­ce Dua­ne Reade, la otra tien­da de mi ca­lle en la que se ven­de co­mi­da?

Mi­les me mira a los ojos.

—Que so-erá, so-erá —can­tu­rrea al pa­sar por mi lado.

Pon­go los ojos en blan­co. Pero ¿cómo me ha oído? He ha­bla­do su­per­ba­jo para no mo­les­tar a na­die. O eso creía. Qui­zá ha­blar de que­sos me ha emo­cio­na­do. Al fin y al cabo, es co­mi­da que me pue­do per­mi­tir.

—¿Con el que­so sir­ven vino? —quie­re sa­ber Bree.

—Pues no es­toy se­gu­ra.

—Ya lle­va­ré yo una bo­te­lla.

—Vale, ge­nial. ¿Por qué no?

Be­ber una copa de vino es una gran idea. Así se­gu­ro que se re­la­ja. Ade­más, pa­re­ce­rá que ten­go una ami­ga en la ciu­dad y que he­mos que­da­do para co­mer que­so y be­ber vino, que es una si­tua­ción com­ple­ta­men­te nor­mal y co­rrien­te; algo sano, mu­cho más que, por ejem­plo, ir a una que­se­ría solo por­que vivo y tra­ba­jo en esa mis­ma ca­lle y esta ciu­dad me da pa­vor.

Con­cre­ta­mos la hora para el sá­ba­do y le doy la di­rec­ción.

—¿Cómo eres fí­si­ca­men­te? —me dice.

—Ten­go el pelo bi­co­lor. Pero no por­que vaya de guay, sino por­que soy un desas­tre. Os­cu­ro en las raí­ces y más cla­ro ha­cia las pun­tas.

—Yo ten­go el pelo mo­no­co­lor, ru­bio, y lle­va­ré una ca­mi­se­ta de Bajo el mar, la peli de 1981. La com­pré el fin­de pa­sa­do en un ras­tri­llo. ¡Me dio has­ta lás­ti­ma pa­gar cin­co pa­vos! Es­tu­ve a pun­to de de­cir: «Se­gu­ro que vale cin­co mil, pe­roooo…».

—¿Te gus­ta la pe­lí­cu­la o es que te mola la cul­tu­ra pop vin­ta­ge —Sien­to ver­da­de­ra cu­rio­si­dad. Una nun­ca sabe dón­de co­no­ce­rá a una fan.

—Ma­dre mía, me en­caaaan­ta Bajo el mar. No te ha­ces una idea. Es algo que nun­ca pon­go en los per­fi­les, por­que no quie­ro que me eti­que­ten de fri­ki, pero es que me en­can­ta lle­var ropa de cine para que la gen­te la vea y tal, y esta vez quie­ro ser del todo sin­ce­ra en mi per­fil. Ser yo al 100%, ¿sa­bes? Es que, si no, ¿para qué?

Me muer­do la len­gua. No será ella por­que yo voy a ser ella, por lo me­nos al prin­ci­pio. Pero ne­gar­lo es la re­gla nú­me­ro uno del Ma­nual del au­tó­no­mo: «Nun­ca les re­cor­déis que vais a ha­blar con sus hi­po­té­ti­cas ci­tas como Cy­rano de Ber­ge­rac. Es un pen­sa­mien­to que so­ca­va la re­la­ción en­tre clien­te y ghostw­ri­ter: qui­zá em­pie­cen a pre­gun­tar­se si en la cita en per­so­na se­rán ca­pa­ces de su­pe­rar el va­cío que que­da en­tre lo que ha­béis es­cri­to y lo que di­gan o ha­gan ellos. Más vale en­trar y sa­lir lo más rá­pi­do po­si­ble para que el clien­te tome las rien­das en cuan­to ha­yáis lla­ma­do la aten­ción de un buen match».

—La has vis­to, ¿no? —dice Bree, lle­ván­do­me de vuel­ta al tema del que ha­blá­ba­mos—. Si vas a ha­cer­te pa­sar por mí, al me­nos ten­drás que po­der ci­tar Bajo el mar —aña­de.

No con­tes­to en­se­gui­da. Aho­ra mis­mo le es­toy ha­cien­do un cor­te de man­gas al uni­ver­so. Me he pa­sa­do vein­ti­nue­ve años evi­tan­do esa ab­sur­da pe­lí­cu­la. Y du­ran­te ocho, a pe­ti­ción de la mis­mí­si­ma du­que­sa.

—Cla­ro que sí —asien­to—. ¿Me la de­jas para re­fres­car­me la me­mo­ria?

Opto por echar­me un fa­rol y dar­le a en­ten­der que la vi hace mu­cho. (Si Pa­la­bras de Amor debe en­fren­tar­se a una de­nun­cia y Clif­ford se ve obli­ga­do a cam­biar­le el nom­bre a la em­pre­sa otra vez, le voy a su­ge­rir Fa­ro­les de Amor).

—¿La ver­sión ori­gi­nal o el mon­ta­je del di­rec­tor? ¿La edi­ción es­pe­cial o…?

—Lo dejo en tus ma­nos. La ver­sión de la que te cues­te me­nos des­pren­der­te.

In­ter­cam­bia­mos nues­tros nú­me­ros para que no ten­ga que lla­mar a la cen­tra­li­ta cuan­do quie­ra ha­blar con­mi­go. Le digo que me ape­te­ce mu­cho co­no­cer­la y ver­la ves­ti­da con una ca­mi­se­ta vin­ta­ge de Bajo el mar.

En al­gún lu­gar de Ca­li­for­nia, Mary le­van­ta una copa en mi di­rec­ción y se echa a reír.

[2]. Jue­go de pa­la­bras en­tre Fuck, Marry, Kill (el jue­go en que al­guien debe de­ci­dir con quién se acos­ta­ría, con quién se ca­sa­ría y a quién ma­ta­ría) y el nom­bre de Mary, la pro­pie­ta­ria. (N. del T.)

CAPÍTULO 5

De: Lean­ne Tseng

Para: To­dos los tra­ba­ja­do­res de Ha­bla el Co­ra­zón

Asun­to: In­te­li­gen­tí­si­mos

Equi­po:

Os voy a de­cir algo: to­dos sois unos ge­nios crea­ti­vos y por cul­pa de cir­cuns­tan­cias que es­ca­pan a nues­tro con­trol no ne­ce­sa­ria­men­te re­ci­bís la com­pen­sa­ción eco­nó­mi­ca que me­re­céis. Y os voy a de­cir otra cosa: creo que po­de­mos apro­ve­char vues­tra in­te­li­gen­cia y crea­ti­vi­dad para in­ten­tar cam­biar esa si­tua­ción.

¿Se os ha ocu­rri­do una cam­pa­ña de pu­bli­ci­dad bue­ní­si­ma? ¿Un acuer­do co­mer­cial ex­cep­cio­nal? ¿Un anun­cio pe­ga­di­zo (sin mú­si­ca)? Me en­can­ta­ría es­cu­char­lo. Las pro­pues­tas ex­tra­ñas y ori­gi­na­les tam­bién se­rán bien­ve­ni­das, pero, a me­nu­do, la sen­ci­llez se lle­va el gato al agua. Una idea tan sim­ple y al mis­mo tiem­po tan asom­bro­sa­men­te bri­llan­te como las tar­je­tas re­ga­lo —se me aca­ba de ocu­rrir a bote pron­to— po­dría ha­cer­nos pa­sar de em­pre­sa en apu­ros a ser los nú­me­ro uno del mer­ca­do. No es nin­gún se­cre­to que quie­ro que sea­mos la me­jor, y es­pe­ro que tam­po­co sea nin­gún se­cre­to que quie­ro lle­va­ros con­mi­go has­ta la cima.

Ah, y ade­más de glo­ria y as­cen­sos, que se­páis que cual­quier pro­pues­ta via­ble lle­va­rá con­si­go una bo­ni­fi­ca­ción de qui­nien­tos dó­la­res.

Sa­lu­dos cor­dia­les,

Lean­ne

Miles

En las úl­ti­mas seis se­ma­nas no he es­ta­do al 100 %. No me he sen­ti­do lo bas­tan­te mo­ti­va­do para man­te­ner­me en for­ma, ni para que me dé el aire, y tam­po­co he tra­ta­do mi cuer­po como un tem­plo, sino más bien como un mau­so­leo de co­sas muer­tas, como mis emo­cio­nes o mi au­to­es­ti­ma. He dado al­gu­na vuel­ta por Mor­ning­si­de Park, que se en­cuen­tra a unas man­za­nas del piso de Dy­lan y Char­les, pero solo cuan­do la ac­ti­tud agre­si­va del no­vio de mi ami­go me ha em­pu­ja­do a sa­lir de casa para co­rrer, y no con la in­ten­ción de me­jo­rar la sa­lud.

No sé por qué me he ani­ma­do a ir hoy has­ta Ri­ver­si­de Park. A lo me­jor ha sido por­que me he des­car­ga­do en el mó­vil la can­ción prin­ci­pal de la ban­da so­no­ra de Bajo el mar, y me he sen­ti­do inevi­ta­ble­men­te em­pu­ja­do a es­cu­char la BSO com­ple­ta en bu­cle. Y es una BSO que no se me­re­ce una irri­so­ria ca­rre­ra de ki­ló­me­tro y me­dio. Se me­re­ce una lar­ga pa­no­rá­mi­ca del ma­ra­vi­llo­so río Hud­son, pa­sar cer­ca de lá­pi­das de már­mol de­di­ca­das a ge­ne­ra­les del ejér­ci­to le­gen­da­rios y por de­ba­jo de ma­jes­tuo­sas ra­mas de ce­re­zos flo­ri­dos que han per­di­do casi to­das, pero no to­das, sus flo­res. Y solo me he en­tre­te­ni­do un ra­ti­to muy muy muy cor­to so­ñan­do con Mary Clark­son ves­ti­da de si­re­na. Y un rato aún más cor­to pre­gun­tán­do­me si la la­dro­na de bis­cot­ti la co­no­ce­rá de ver­dad. Esa chi­ca es un mis­te­rio en­vuel­to en un enig­ma re­ves­ti­do de ca­len­ta­do­res de bra­zos des­hi­la­cha­dos.

Cuan­do vuel­vo a casa de Dy­lan y Char­les; es­toy sin alien­to y he­cho un desas­tre su­do­ro­so. El re­loj me dice que he co­rri­do sie­te ki­ló­me­tros. Yo so­lía co­rrer re­gu­lar­men­te por Pros­pect Park, pero ya hace mu­cho que no lo hago, con­cre­ta­men­te des­de que mi an­ti­gua com­pa­ñe­ra de de­por­te tuvo un «vi­rus es­to­ma­cal», que le duró un mes en­te­ro, jus­to an­tes de de­jar­me. (Vis­to en re­tros­pec­ti­va, mira que lle­go a ser poco pers­pi­caz).

Lla­mo al in­ter­fono del piso. Por lo vis­to, Dy­lan y Char­les han es­ta­do de­ma­sia­do ata­rea­dos —y yo, de­ma­sia­do de­pri­mi­do— para ha­cer­me una co­pia de la lla­ve. Ade­más, se­gu­ro que ha­cer­me una co­pia le da­ría a mi es­tan­cia un halo de­ma­sia­do de­fi­ni­ti­vo a ojos de Char­les (y qui­zá tam­bién a los de Dy­lan).

—Ma­dre mía —dice Char­les cuan­do me abre la puer­ta—. ¿Es­tás llo­ran­do?

—Es su­dor —res­pon­do.

Me mira más de cer­ca para in­ten­tar con­fir­mar que las go­tas pro­vie­nen, en efec­to, de mi fren­te.

—Mmm. Ya veo —mur­mu­ra al fin—. Cui­da­do con la al­fom­bra. Es de Ker­mans­hah. —Se­ña­la la tela os­cu­ra que cu­bre par­te del re­ci­bi­dor, y que él pisa con sumo cui­da­do con sus pan­tu­flas de pana.

—Ju­ra­ría que la com­pra­mos en Zara Home. O a lo me­jor en Ama­zon. —me su­su­rra Dy­lan con com­pli­ci­dad mien­tras me qui­to las za­pa­ti­llas de co­rrer.

Le son­río y, en­ton­ces, una gota de su­dor me res­ba­la por la na­riz y cae so­bre su os­cu­ro sue­lo de par­quet. Dy­lan coge un pa­ñue­lo de la caja de car­tón que hay en la mesa del re­ci­bi­dor y la seca en­se­gui­da.

Dy­lan fue mi com­pa­ñe­ro de piso en la uni­ver­si­dad, y fue un com­pa­ñe­ro fan­tás­ti­co. Era sim­pá­ti­co y lim­pio; y nun­ca le daba de­ma­sia­da im­por­tan­cia a si tú lo eras o no. Si­gue sien­do igual que an­tes, aun­que aho­ra está con Char­les. Y creo que eso solo es po­si­ble por­que lo que más le atrae de él no es pre­ci­sa­men­te que sea agra­da­ble.

Tal vez esa afir­ma­ción sea in­jus­ta. Tal vez Char­les sea su­per­agra­da­ble con al­guien que no lle­va seis se­ma­nas in­va­dien­do su es­pa­cio per­so­nal, arro­jan­do su­dor a una al­fom­bra que qui­zá es de Ker­mans­hah y que le lle­na la ne­ve­ra con ca­jas de car­tón de fi­deos chi­nos me­dio va­cías. (Me gus­tan re­cién he­chos y, si no me los ter­mino, como no quie­ro ti­rar co­mi­da, las so­bras ter­mi­nan acu­mu­lán­do­se. Es el nue­vo di­le­ma del mi­le­nio: te­ner con­cien­cia me­dioam­bien­tal y, al mis­mo tiem­po, pe­dir­lo todo a do­mi­ci­lio).

—Me odia —le digo mien­tras dejo con cui­da­do las za­pa­ti­llas jun­to a la puer­ta.

—No te odia —se apre­su­ra a res­pon­der Dy­lan, tan rá­pi­do que cues­ta creer­lo.

Bueno, a ver. Para ser­te sin­ce­ro, no sé si a Char­les le he caí­do bien al­gu­na vez. A lo me­jor no supe es­con­der la ex­pre­sión de pas­mo cuan­do Dy­lan me lo pre­sen­tó. En cuan­to Dy­lan, el pa­ra­dig­ma de tío alto, mo­reno y gua­po —el com­pa­ñe­ro per­fec­to, por­que com­pe­tía­mos en li­gas dis­tin­tas—, en­tró en el bar, rojo como un to­ma­te y ra­dian­te de fe­li­ci­dad al lado de Char­les, au­to­má­ti­ca­men­te de­du­je que un se­ñor ma­yor, me­dio cal­vo y con ga­fas se ha­bía in­ter­pues­to en­tre él y el no­vio que me iba a pre­sen­tar. Alar­gué el cue­llo en bus­ca del jo­ven bue­no­rro al que es­pe­ra­ba ver.

Has­ta que Dy­lan co­gió a Char­les del bra­zo y me son­rió de ore­ja a ore­ja.

—Te pre­sen­to a Char­les.

Se­gu­ro que tar­dé de­ma­sia­do en ocul­tar mi sor­pre­sa, y Char­les se dio cuen­ta. Char­les se da cuen­ta de todo.

Como ano­che, cuan­do me puse a pen­sar qué iba a pe­dir para ce­nar. Char­les le echó un vis­ta­zo a la app que ha­bía abier­to y sol­tó:

—Dé­ja­me adi­vi­nar. Fi­deos chi­nos.

Pedí sus­hi, solo para to­car­le los hue­vos. (Y, aho­ra, en la ne­ve­ra tam­bién hay me­dia ban­de­ja de sus­hi de agua­ca­te y atún).

La se­ma­na pa­sa­da, de­bió de ver en la pan­ta­lla de mi por­tá­til tres par­ti­das de su­do­ku, una de Ken­Ken y un cru­ci­gra­ma, por­que cuan­do vol­ví del la­va­bo me pre­gun­tó, como quien no quie­re la cosa, qué tal me iba el tra­ba­jo.

—Es­toy a tope —men­tí ipso fac­to.

—¿En se­rio? —me dijo—. Por cier­to, la se­gun­da co­lum­na está mal.

Y hoy, nada más qui­tar­me la ca­mi­se­ta para me­ter­me en la du­cha, se apo­ya en la pa­red y me dice:

—Así que hoy por fin has ido a co­rrer de ver­dad, ¿eh?

Me muer­do la len­gua para no es­pe­tar­le que qué sa­brá él lo que es co­rrer de ver­dad, si te­ne­mos en cuen­ta que el úni­co ejer­ci­cio que hace es ha­blar por los co­dos. «Soy un in­vi­ta­do en su piso», me re­cuer­do. «En su piso de un solo dor­mi­to­rio».

—Sí —de­ci­do res­pon­der—. Por Ri­ver­si­de.

Asien­te.

—¿La jo­yi­ta que des­cu­bris­te en Tie­nes un e-mail? —Y me son­ríe con mal­dad.

Cuan­do me da la es­pal­da, le hago la pei­ne­ta con el dedo. Va­mos a ver: ¿cómo iba a sa­ber él que Ri­ver­si­de Park es un ele­men­to cru­cial de Tie­nes un e-mail si no hu­bie­ra vis­to tam­bién la pe­lí­cu­la? ¿Cómo?

No se gira de nue­vo, pero sí que me in­for­ma de algo:

—Fí­ja­te en las ven­ta­nas. Te re­fle­jan. —Y me mira a los ojos a tra­vés de una de ellas. Con cui­da­do, do­blo el dedo co­ra­zón para que se una con los de­más.

Para cuan­do sal­go de la du­cha, Char­les y Dy­lan se han ido a una cena de ne­go­cios del bu­fe­te de abo­ga­dos de Dy­lan. «Come algo de la ne­ve­ra», me ha de­ja­do es­cri­to Char­les en la pi­za­rri­ta mag­né­ti­ca del fri­go­rí­fi­co. «Va en se­rio. Que te co­mas algo».

Abro la ne­ve­ra y cuen­to seis ca­jas de car­tón blan­cas y una ban­de­ja de plás­ti­co de sus­hi. Apar­te de una hi­le­ra de sal­sas, mer­me­la­da de fram­bue­sa y una bo­te­lla de két­chup en la puer­ta, es todo lo que hay. Ni Char­les ni Dy­lan co­ci­nan. Yo an­tes sí, si pe­dir que me trai­gan en una ca­ji­ta to­dos los in­gre­dien­tes y re­ce­tas una vez por se­ma­na cuen­ta como co­ci­nar. Pero como ya no ten­go una casa en la que re­ci­bir esa caja, pues es algo que ya no su­ce­de.

Odio ad­mi­tir­lo, pero Char­les tie­ne ra­zón. De­be­ría co­mer­me las so­bras. Ten­dría que ca­len­tar­las y co­mér­me­las…, pero ¿ver­dad que aho­ra un bol de fi­deos con ver­du­ri­tas fan­tás­ti­co y re­cién he­cho sue­na la mar de bien?

Gra­cias por re­co­men­dar­me al bom­bón. Me sien­to como en un re­por­ta­je para Va­nity Fair. Es un men­sa­je de Ais­ha. Como su­po­nía, era su­per­fá­cil que Jude acep­ta­ra sus ser­vi­cios des­pués de nues­tra pri­me­ra reunión.

Pero ne­ce­si­ta tu ayu­da, no te creas, le res­pon­do. Las fo­tos que tie­ne no le ha­cen jus­ti­cia.

He ha­bla­do un poco por te­lé­fono con él, me es­cri­be Ais­ha. Ha­bla igual que Ja­mie Fra­ser.

Me es­tru­jo el ce­re­bro para adi­vi­nar a quién se re­fie­re. Como no le res­pon­do de in­me­dia­to, Ais­ha me re­suel­ve las du­das.

El de Outlan­der, me in­for­ma.

Ah, vale, le digo. Hace tiem­po que me des­co­nec­té de las se­ries, y esa no la he vis­to.

¿Me re­cuer­das otra vez por qué ese tío ne­ce­si­ta tu ayu­da?, me es­cri­be Ais­ha.

Nada más re­ci­bir ese men­sa­je, mi mó­vil anun­cia la lle­ga­da de otro. Es Jude.

Hola. Oye, me ha man­da­do un men­sa­je una chi­ca que me in­tere­sa. ¿Qué ten­go que ha­cer aho­ra?

Le res­pon­do rá­pi­do a Ais­ha. Creo que en bre­ve lo va­mos a des­cu­brir. Te dejo. Me toca ha­cer de Cy­rano.

Y en­ton­ces abro la con­ver­sa­ción con Jude. Bue­nas. Per­fec­to. ¿Pue­des ha­cer una vi­deo­lla­ma­da? Será más fá­cil si esta pri­me­ra con­ver­sa­ción la lle­va­mos en­tre los dos.

Al ins­tan­te, me sue­na el mó­vil.

—Hola —dice Jude, cuyo ros­tro lle­na la pan­ta­lla.

—Hola. ¿En qué pá­gi­na es­tás?

—En A por To­das —me dice.

—Ge­nial —res­pon­do. De to­das las apps y webs de ci­tas con las que he tra­ba­ja­do, A por To­das es una de mis pre­fe­ri­das. La in­ter­faz es bas­tan­te sen­ci­lla e in­tui­ti­va. Y los mat­ches se agru­pan en tres ca­te­go­rías: Jue­gos (re­vol­co­nes), Par­ti­dos (un ca­jón de sas­tre para los que no sa­ben qué dia­blos quie­ren) y Pró­rro­gas (re­la­cio­nes es­ta­bles)—. ¿Te pa­re­ce bien que en­tre en tu or­de­na­dor?

—Todo tuyo, jefe —con­tes­ta.

Hago clic en el pro­gra­ma de ac­ce­so re­mo­to que ya le pedí a Jude que se ins­ta­la­ra en el or­de­na­dor, es­pe­ro que le dé a «acep­tar» y en­ton­ces, voi­là, en mi pan­ta­lla apa­re­ce la suya. Ya ha abier­to la web de A por To­das en el na­ve­ga­dor y veo la no­ti­fi­ca­ción de que tie­ne un men­sa­je nue­vo. Lo abro.

Lo en­vía una tal Ra­ya­Jac­k55, cuya foto de per­fil mues­tra la enor­me cruz que por lo vis­to lle­va en el cue­llo, aun­que, de he­cho, lo que más se le ve es el es­co­te.

Ra­ya­Jac­k55: Hola. Creo que a lo me­jor en­ca­ja­mos y que­ría de­cir­te hola.

Veo que está en la ca­te­go­ría de Par­ti­dos. Bueno, me­jor que en la de Jue­gos, por­que Jude y yo ya he­mos de­ci­di­do que lo que él bus­ca es algo más que eso.

—Vale —le digo a Jude—. Bá­si­ca­men­te, está de­jan­do la pe­lo­ta en tu te­ja­do. Que es bas­tan­te co­mún. —A ve­ces, la gen­te suel­ta un ro­llo de bue­nas a pri­me­ras, para que así el otro sepa todo lo que ellos quie­ren que sepa con un men­sa­je en­re­ve­sa­do y den­so que, la ma­yo­ría de las ve­ces, solo mues­tra de­ses­pe­ra­ción. Lo úni­co peor que eso es el «hola» sim­ple y com­ple­ta­men­te exas­pe­ran­te. Raya por lo me­nos ha di­cho algo más.

—¿Le ten­dría que res­pon­der… «hola»? —me pre­gun­ta Jude.

—Mmm, no —digo—. Pién­sa­lo bien. ¿Qué es­ta­rías ex­pre­san­do exac­ta­men­te con un «hola»?

—No sé. —Jude se en­co­ge de hom­bros.

—Exac­to —res­pon­do—. Mí­ra­lo así: to­das las in­ter­ac­cio­nes de­ben te­ner un ob­je­ti­vo, aun­que sea pe­que­ño. Ya sea que­rer co­no­cer más a la per­so­na, ha­cer­la reír, li­gar, con­tar­le más so­bre ti, et­cé­te­ra. Todo el mun­do está ocu­pa­do, ¿no? ¿Por qué ibas a per­der el tiem­po, o ha­cér­se­lo per­der a al­guien, con algo que es ob­vio que no va a sa­lir bien? Sé efi­cien­te, haz las pre­gun­tas ade­cua­das y así te lo evi­ta­rás.

—Es lo más neo­yor­quino que le he oído de­cir a na­die —se ríe Jude.

—A lo me­jor sí. —Me en­co­jo de hom­bros—. Pero fun­cio­na.

Veo que Jude vuel­ve a mi­rar el men­sa­je de Raya an­tes de fi­jar­se de nue­vo en mí.

—Muy bien. En­ton­ces, ¿qué le digo?

—Te lo es­cri­bo yo y, si te gus­ta, le das a «en­viar», ¿vale? —Siem­pre se me ha dado me­jor po­ner mis pen­sa­mien­tos por es­cri­to.

—He­cho —me con­tes­ta.

—Dame un mi­nu­to para que es­tu­die su per­fil —le digo.

Jude asien­te y hago clic en el per­fil de Raya. Tie­ne vein­ti­trés años, es ayu­dan­te de pas­te­le­ría y, por lo vis­to, le gus­ta algo lla­ma­do «Cris­tiano Te­rror». (¿Se re­fe­ri­rá a «te­rror cris­tiano», a pe­lis de mie­do so­bre cu­ras y exor­cis­tas? Me ha pi­ca­do la cu­rio­si­dad). Ah, y hace un par de me­ses que se ha mu­da­do a la ciu­dad.

—Vea­mos, algo así… —digo an­tes de em­pe­zar a es­cri­bir.

DeEs­c0: Muy bue­nas. Veo que eres nue­va en Nue­va York. Yo lle­gué hace dos años. ¿Ya has de­ci­di­do si te gus­ta o si odias la ciu­dad?

—¿Qué te pa­re­ce? —le pre­gun­to a Jude.

—Es­tu­pen­do —dice—. Me gus­ta.

—Ge­nial —res­pon­do—. La apro­ba­ción fi­nal es tuya con el bo­tón de «en­viar».

—Apro­ba­do —dice an­tes de man­dar­le el men­sa­je a Raya—. Vale, ¿y aho­ra…? Ay. Está co­nec­ta­da.

Sí que lo está. Veo el icono que in­for­ma de que está es­cri­bien­do al mo­men­to. Es­pe­ra­mos su res­pues­ta. No tar­da en lle­gar.

Ra­ya­Jac­k55: To­da­vía no lo he de­ci­di­do.

Es­pe­ro, por si Raya opta por dar un paso más y pre­gun­tar­le algo a Jude. Pero rien de rien. Por lo vis­to, tam­po­co ha ido nun­ca a una cla­se de im­pro­vi­sa­ción tea­tral.

DeEs­c0: Ten­go la teo­ría de que de­pen­de del lu­gar en el que te co­mes tu pri­me­ra piz­za. Si está bue­na, Nue­va York y tú en­ca­ja­réis. Si no está bue­na…, solo os vais a so­por­tar.

El men­sa­je se que­da flo­tan­do en el lim­bo y veo que Jude frun­ce un poco el ceño.

—¿No te gus­ta? —le pre­gun­to.

—No, está bien —dice—. Es que… no como piz­za. Lle­vo dos años con la die­ta pa­leo.

—Ah, vale —digo mien­tras bo­rro el men­sa­je, an­tes de re­pa­rar en lo que me aca­ba de sol­tar—. O sea…, ¡¿nun­ca has co­mi­do una piz­za en Nue­va York?!

Me­nea la ca­be­za de un lado a otro.

—¿Y si­gues vi­vien­do aquí? —le pre­gun­to, in­cré­du­lo—. ¿Cómo coño vas a sa­ber si te gus­ta la ciu­dad?

—Los pe­rri­tos ca­lien­tes no es­ta­ban mal. —Jude me son­ríe—. Una vez me comí uno.

—Su­pon­go que no, pero… un mo­men­to. ¿A que te lo co­mis­te sin el pan?

—Sí —me res­pon­de, aver­gon­za­do.

Sa­cu­do la ca­be­za.

—Ha­cer­me pa­sar por ti va a ser más chun­go de lo que pen­sa­ba. A ver, qué tal algo así…

DeEs­c0: Ten­go la teo­ría de que de­pen­de del lu­gar en el que co­rres por pri­me­ra vez. Si eli­ges un buen es­ce­na­rio, como un día pre­cio­so de oto­ño o de pri­ma­ve­ra, Nue­va York y tú en­ca­ja­réis. Si re­sul­ta que aca­bas co­rrien­do por el cen­tro en pleno mes de fe­bre­ro, solo os vais a so­por­tar. Y esto con suer­te.

—Mu­cho me­jor —dice Jude, y le da a «en­viar».

Ra­ya­Jac­k55: Sa­lir a co­rrer mola.

Dios. Esta tía ne­ce­si­ta nues­tra ayu­da to­da­vía más que Jude.

—Ven­ga, aho­ra en se­rio —le digo a Jude—. Ba­sán­do­te en su per­fil y en esta bre­ve in­ter­ac­ción, ¿cuán­to te gus­ta esta chi­ca?

—Eh… —mur­mu­ra Jude—. No lo sé. No hay mu­cho a lo que aga­rrar­se.

—Exac­to —digo—. ¿Re­cuer­das lo que te he di­cho de ser efi­cien­te? Si ves que hay algo en ella que te atrae mu­cho, una es­pe­cie de quí­mi­ca que te asal­ta de pron­to, pues se­gui­mos ade­lan­te. Pero si no es así… Te pro­pon­go que le de­mos una úl­ti­ma opor­tu­ni­dad para que nos sor­pren­da o lo de­ja­mos ahí. ¿Qué me di­ces?

Veo que Jude vuel­ve a vi­si­tar el per­fil de la chi­ca.

—Lo se­gun­do —de­ci­de al fi­nal.

Gra­cias a Dios. Ya me he en­fren­ta­do más de una vez a la ne­ce­si­dad de con­du­cir la con­ver­sa­ción con mat­ches re­ti­cen­tes, pero con esta ten­go la sen­sa­ción de no ir a nin­gún lado.

—Pero va­mos a po­ner­le un tema en ban­de­ja —digo—. Ha­ble­mos de algo que en teo­ría le in­tere­sa, ¿vale?

—Ven­ga —ac­ce­de Jude.

—¿Has vis­to El exor­cis­mo de Emily Rose?

—Mmm… Sí, di­ría que sí —dice Jude.

Bien. Me sir­ve.

DeEs­c0: Oye, se­gu­ro que has vis­to El exor­cis­mo de Emily Rose, ¿ver­dad? ¿Sa­bías que al prin­ci­pio iban a uti­li­zar a una mu­ñe­ca para las con­tor­sio­nes de la pro­ta­go­nis­ta, pero que la ac­triz era tan fle­xi­ble que al fi­nal es ella con unos po­cos efec­tos es­pe­cia­les? Qué pa­sa­da, ¿no?

Jude en­vía el men­sa­je. Es­pe­ra­mos.

Es­pe­ra­mos un rato. Po­dría ser una bue­na se­ñal. A lo me­jor, por fin Raya tie­ne algo que de­cir.

—¿Es ver­dad? —me pre­gun­ta Jude.

—Sí —le con­tes­to—. Creo que por eso le die­ron el pa­pel.

—In­creí­ble —dice.

—Ya le da­re­mos oca­sión de ex­pla­yar­se con una pre­gun­ta más abier­ta —le ase­gu­ro—. Aho­ra es para que sepa que tie­nes no­cio­nes de algo que le gus­ta.

Por fin oí­mos el pi­ti­do.

Ra­ya­Jac­k55: No la he vis­to.

Mmm…, vale. Se lo ten­go que pre­gun­tar.

DeEs­c0: ¿En se­rio? Como en tu per­fil pone que te gus­ta el te­rror cris­tiano, me he ima­gi­na­do que era un ejem­plo per­fec­to del gé­ne­ro.

Pa­re­ce que Jude sien­te la mis­ma cu­rio­si­dad que yo, por­que en­vía el men­sa­je de in­me­dia­to.

Ra­ya­Jac­k55: Cris­tiano Te­rror. www.cin­cuen­ta-som­bras-de-te­rror.net

Pin­cho en el en­la­ce y de pron­to mi mi­ra­da se en­cuen­tra con una pá­gi­na web ne­gra con le­tras de un rosa fos­fo­ri­to. En­torno un poco los ojos para leer­la.

Ca­pí­tu­lo 1

Cris­tiano Te­rror era mu­chas co­sas. Un CEO mi­llo­na­rio. Un dios del BDSM. Un vam­pi­ro.

Y yo, Anas­ta­sia Pla­ta, iba a ser su cruz. A lo me­jor su cruz… de pla­ta. O un dien­te de ajo.

Dejo de leer. Ma­dre del amor her­mo­so, ¿es el fan­fic de un fan­fic? ¿Y re­gre­sa a los orí­ge­nes del gé­ne­ro con el tema de los vam­pi­ros? Por cier­to, ¡¿qué co­jo­nes pasa esta se­ma­na con las Cin­cuen­ta som­bras de Grey?!

—Pues… creo que ya he­mos vis­to lo su­fi­cien­te para to­mar una de­ci­sión so­bre Raya, ¿no te pa­re­ce? —Vuel­vo a pres­tar aten­ción a mi en­car­go e in­ten­to no mos­trar nin­gún ras­tro de cen­su­ra en la voz. Al fin y al cabo, no me de­di­co a co­men­tar o cri­ti­car los gus­tos de nues­tros clien­tes, sino a ayu­dar­los a en­con­trar lo que es­tán bus­can­do.

—Creo que he vis­to de­ma­sia­do, tío —dice Jude con cara de ab­so­lu­ta con­fu­sión—. No creo que sea un buen match.

Así me gus­ta.

—En­ten­di­do. Pero ha­gá­mos­lo bien, ¿vale? Nada de de­jar­la sin res­pues­ta.

DeEs­c0: Ah, vale. No lo ha­bía in­ter­pre­ta­do bien. Oye, me ten­go que ir. Pero te de­seo mu­cha suer­te en la web. Me ha gus­ta­do char­lar con­ti­go.

No hay una bue­na ma­ne­ra de ha­cer­lo. Un re­cha­zo es un re­cha­zo. Pero más vale uno que sea evi­den­te que algo así: «¿Ha­bla­mos en otro mo­men­to?». Por­que no. No va­mos a ha­blar más.

Ra­ya­Jac­k55 no res­pon­de, tan solo se des­co­nec­ta.

—Sien­to que no haya sa­li­do bien —le digo a Jude—, pero a ve­ces se tar­da un poco en en­con­trar a al­guien con quien val­ga la pena ha­blar.

—No pasa nada, hom­bre. Te lo agra­dez­co —res­pon­de—. Eso de ser efi­cien­te… Lo has di­cho así, ¿no? —Se echa a reír—. Bueno, pues te­nías ra­zón. Me ha evi­ta­do per­der el tiem­po.

—Te su­gie­ro que eches un vis­ta­zo a tus mat­ches —le digo—. A ver si hay al­guien que te lla­me la aten­ción. Y así ya lue­go em­pe­za­re­mos la con­ver­sa­ción con buen pie.

—Vale —dice—. Los mi­ra­ré.

—Si pue­des, con­cén­tra­te en la ca­te­go­ría de Par­ti­dos —le re­co­mien­do.

—Vale. Ya te diré si en­cuen­tro a al­guien.

—Ge­nial —res­pon­do. Nos des­pe­di­mos y col­ga­mos. A con­ti­nua­ción uti­li­zo de in­me­dia­to el mó­vil para pe­dir­me los fi­deos.

Por lo vis­to, el re­par­ti­dor lle­ga al edi­fi­cio al mis­mo tiem­po que Dy­lan y Char­les, por­que, de he­cho, es Char­les quien me en­tre­ga la co­mi­da.

Du­ran­te unos ins­tan­tes va­lo­ro la po­si­bi­li­dad de dar­le pro­pi­na, pero en la app de co­mi­da a do­mi­ci­lio no hay una op­ción para dar­le pro­pi­na al hom­bre agre­si­vo cuya casa es­tás ocu­pan­do. Ade­más, como cual­quier neo­yor­quino de bien, no lle­vo di­ne­ro en­ci­ma.

CAPÍTULO 6

De: Clif­ford Jen­kins

Para: Los que pre­fie­ren la mon­ta­ña

Asun­to: Lan­za­mien­to in­ter­na­cio­nallllllll

¡Ha lle­ga­do el mo­men­to! Para los que ha­yáis es­ta­do si­guien­do nues­tras no­tas de pren­sa (si no las se­guís, de­be­ríais ha­cer­lo), no os va a sor­pren­der que es­te­mos a pun­to de lan­zar nues­tra ini­cia­ti­va mun­dial. Muy pron­to, los que su­fran mal de amo­res en CUAL­QUIER ZONA HO­RA­RIA (¡men­ción es­pe­cial para Ru­sia!) por fin po­drán ac­ce­der a nues­tros ser­vi­cios.

Di­cho lo cual, si re­ci­bís men­sa­jes de una di­rec­ción ter­mi­na­da en .ru, re­en­viád­se­los a Crys­tal para que los in­ves­ti­gue un poco. No va­mos a cu­rrar para Svetla­nas ni Ale­xeis has­ta que se­pa­mos que tie­nen lo que hay que te­ner, ¿no os pa­re­ce?

Mien­tras tan­to, apro­ve­cho para avi­sa­ros: des­car­gaos What­sApp (si no lo te­néis ya), por­que es lo que uti­li­za la gen­te en otros paí­ses para re­la­cio­nar­se. Fa­ce­Ti­me y Sky­pe son muy 2016.

Por otro lado: es­toy bus­can­do mo­de­los para la web in­ter­na­cio­nal. Per­so­nas del mon­tón que sean un re­cla­mo mun­dial. ¿Tie­nes la piel mo­re­na? ¿El pelo ne­gro? ¿Los ojos de un bo­ni­to co­lor ave­lla­na? ¿Todo lo an­te­rior? ¡Ma­ni­fiés­ta­te! De lo con­tra­rio, voy a te­ner que uti­li­zar vie­jas fo­tos de va­ca­cio­nes de la In­nom­bra­ble, ja, ja, ja.

Pero aho­ra en se­rio, si creéis con­tar con un atrac­ti­vo in­ter­na­cio­nal, pen­sáos­lo. ¡Vais a te­ner la opor­tu­ni­dad de ser la cara vi­si­ble de la em­pre­sa! El afor­tu­na­do ele­gi­do ten­drá op­cio­nes de com­pra de ac­cio­nes y otros be­ne­fi­cios.

Clif­ford

CEO mun­dial de Pa­la­bras de Amor S. R. L.

Zoey

El sá­ba­do duer­mo has­ta tar­de y me ra­ciono las do­sis de café para be­ber una sola taza mien­tras me pre­pa­ro para ir a co­mer con Bree. A las 10:45 h, Clif­ford ac­ti­va mi mó­vil con la pe­ti­ción de una vi­deo­lla­ma­da por What­sApp. Po­dría ale­gar que fal­ta muy poco para mi cita de las once, pero el si­tio en el que he­mos que­da­do está a un mi­nu­to de mi casa. Con el pál­pi­to de una in­mi­nen­te des­gra­cia, res­pon­do a la vi­deo­lla­ma­da.

—¿Qué pasa, es­tre­lli­ta? Es­toy lla­man­do a mis nú­me­ros uno para ase­gu­rar­me de que se han ins­ta­la­do What­sApp.

Es evi­den­te que yo sí, o no hu­bie­ra po­di­do lla­mar­me por ahí.

—A sus ór­de­nes, ca­pi­tán —lo sa­lu­do, con la es­pe­ran­za de po­ner fin a la lla­ma­da.

—Por cier­to, ¿has vis­to el co­rreo que he man­da­do hace un rato?

—Sí, sí. Qué guay lo de… —Sor­pren­di­da, leo el co­rreo en dia­go­nal—. Anda, una ini­cia­ti­va in­ter­na­cio­nal. No sa­bía que fué­ra­mos a ex­pan­dir­nos.

—Pos sí, pos sí. Pero lo que ne­ce­si­ta­mos es una ima­gen que nos re­pre­sen­te. De per­so­nas, para ser más con­cre­tos.

—Ah, cla­ro. Con «atrac­ti­vo in­ter­na­cio­nal». Como las pa­ta­tas fri­tas con sa­bor a piz­za.

—¡Muy bue­na! Tie­nes una cara bas­tan­te exó­ti­ca y me pre­gun­ta­ba si eres ame­ri­ca­na al 100 %, al 50 o casi del todo. Te lo pre­gun­to por­que mi ex­mu­jer es chi­na.

—Eh… Di­ría que los je­fes no pue­den ha­cer esa pre­gun­ta.

(Dos me­ses atrás, mien­tras tra­ba­ja­ba para Mary, y des­pués de ha­ber­la ca­gado con unas cuen­tas, le dije: «Es­pe­ro que no me ha­yas con­tra­ta­do por­que pen­sa­bas que era una crack en ma­tes». Y me res­pon­dió: «No, no, te con­tra­té por­que pen­sa­ba que ven­días crack. Ma­dre mía, ¡qué idio­ta que soy!»).

—Vol­va­mos al prin­ci­pio —dice Clif­ford en­se­gui­da—. Veá­mos­lo des­de otro án­gu­lo.

—Cuan­do di­ces «bas­tan­te exó­ti­ca», ¿te re­fie­res a este «bo­ni­to co­lor ave­lla­na»? —le pre­gun­to, seca, mien­tras me se­ña­lo los ojos—. Son me­dio fi­li­pi­nos, por par­te de mi fa­mi­lia pa­ter­na. —La ma­dre de mi pa­dre, la abue­la Da­li­say, me crio en un bun­ga­ló cer­ca de la pla­ya de San­ta Mó­ni­ca des­de que cum­plí diez años.

Y ha­blan­do de pla­ya, cuan­to más ha­bla Clif­ford, más ga­nas me en­tran de lar­gar­me a una y zam­bu­llir­me en el agua. Des­pe­dir­me de la abue­la y de Mary en la ori­lla y su­mer­gir­me poco a poco. Mi úl­ti­mo acto en la Tie­rra se­ría ha­cer­le una pei­ne­ta a Clif­ford con el dedo, jus­to cuan­do el agua me cu­bra la ca­be­za.

Qué poco pro­ba­ble es que eso ocu­rra. Aho­ra vivo en una ciu­dad ates­ta­da de pa­re­des, tam­bién en el ex­te­rior. ¿Si­gue el cie­lo ahí? ¿Quién lo sabe? En­ci­ma de mí hay edi­fi­cios y ven­ta­nas; claus­tro­fo­bia al aire li­bre.

Clif­ford si­gue ca­van­do una fosa:

—¿Y si fin­ges que eres to­tal o ma­yor­men­te asiá­ti­ca? Solo para la foto. Tam­po­co se tra­ta de que lo va­yas di­cien­do por ahí, mu­jer. Des­pués de todo, nues­tro ne­go­cio va de fin­gir, ¿no? Es par­te de un mis­mo todo.

—No. Lo sien­to. —Me nie­go a ser la ima­gen de su inep­ti­tud.

Clif­ford se des­ani­ma, pero no duda en des­en­fun­dar los de­dos en for­ma de pis­to­la.

—Lo pi­llo. Vale. No pasa nada.

—Me ten­go que ir. He que­da­do con una nue­va clien­ta.

—Anda, ¿es ex­tran­je­ra? ¿Por qué no le sa­cas unas cuan­tas fo­tos de ex­tran­jis y se las en­vías a Ais­ha para que…?

Siem­pre es­toy dis­pues­ta a dar­le tra­ba­jo a Ais­ha, nues­tra ex­per­ta fo­tó­gra­fa au­tó­no­ma, pero no sin el per­mi­so de los clien­tes, y me­nos para que, sin sa­ber­lo, apa­rez­can en un anun­cio in­ter­na­cio­nal.

Pul­so la pan­ta­lla y pon­go fin a la lla­ma­da. Si lue­go me pre­gun­ta, le diré que el wifi de mi piso va y vie­ne. Clif­ford tie­ne a su al­can­ce un mi­llón de ma­ne­ras de co­mu­ni­car­se con­mi­go, eso sí, y en este mis­mo ins­tan­te se ma­te­ria­li­za un nue­vo men­sa­je en mi mó­vil.

Cliff­Bar: Se ha cor­ta­do la lla­ma­da. ¡Bue­na suer­te con Bree! ¡A por ella, ti­gre­sa!

Es­pe­ro y me pre­gun­to si eso va a ser lo peor que me va a sol­tar o si me dirá algo más. En fin…

Cliff­Bar: Pero no en plan ti­gre­sa se­xual, ¡eh! XDD Como otro tipo de ti­gre­sa. Grrrr. Nos ve­mos en la reunión de la se­ma­na que vie­ne.

Son solo las once de la ma­ña­na y ya ne­ce­si­to de­ses­pe­ra­da­men­te be­ber algo.

***

En la que­se­ría, Bree está sen­ta­da en un re­ser­va­do del fon­do, con su­fi­cien­te es­pa­cio para nues­tros or­de­na­do­res, be­bien­do una sa­ní­si­ma copa de pi­not noir. La ma­ne­ra en que el lí­qui­do gol­pea el cris­tal me pone ner­vio­sa. ¿Y si se man­cha su ca­mi­se­ta es­pe­cial? En el di­bu­jo han re­pro­du­ci­do el car­tel de Bajo el mar. Está des­co­lo­ri­do y la tela se ve des­gas­ta­da. Ya veo por qué le gus­ta tan­to. Como me dijo ayer por te­lé­fono, tie­ne el pelo ru­bio, que se ha re­co­gi­do en una tren­za a un lado. Com­bi­na­da con esos ojos azul in­ten­so y la­bios de un rosa pá­li­do, su me­le­na le ha­bría dado un aire a la Bar­bie, pero que sea con­ta­ble de una con­sul­ta mé­di­ca echa por tie­rra el es­te­reo­ti­po. De to­dos mo­dos, des­de aquí no la veo yo con de­ma­sia­dos pro­ble­mas para atraer pre­ten­dien­tes. Me plan­teo un desafío per­so­nal: con­se­guir­le una cita esta mis­ma se­ma­na.

En cuan­to me iden­ti­fi­ca, se le­van­ta y, cuan­do se di­ri­ge a dar­me un abra­zo, me sor­pren­de lo afec­ta­da que me deja su ges­to. Hace más de un mes que no me abra­zan ni me to­can de un modo que no pa­rez­ca el de­to­nan­te de una pe­lea con na­va­jas. «Po­bre de­di­to mío, me lo han roto». Ya no me due­le (no es para me­nos), pero si se me pu­sie­ra azul o se me ca­ye­ra mien­tras duer­mo, tam­po­co me lle­va­ría una gran sor­pre­sa.

Bree es unos cen­tí­me­tros más alta que yo, por lo que me gol­peo le­ve­men­te la ca­be­za con­tra su cla­ví­cu­la an­tes de que me suel­te. Su pelo hue­le a coco.

—¿Cómo es­tás? —le pre­gun­to—. ¿Pin­ta bien el menú?

—¡Pin­ta ge­nial! Pero… —Baja la voz cuan­do nos sen­ta­mos una fren­te a la otra—. No te de­jan traer tu pro­pia bo­te­lla. Me han co­bra­do cin­cuen­ta y sie­te dó­la­res por des­cor­char­la. Lo sien­to mu­cho.

¿Se pue­de sa­ber de qué vas, Nue­va York? En el res­tau­ran­te Bot­te­ga Louie de Los Án­ge­les te per­mi­ten lle­var las bo­te­llas que quie­ras.

Y en­ton­ces re­cuer­do quién va a pa­gar la cuen­ta y son­río.

—No te preo­cu­pes, en se­rio. Son gas­tos de em­pre­sa. —Nos ve­mos en los ba­res, Clif­ford.

Bree me de­vuel­ve la son­ri­sa, ali­via­da.

—Oye, ¿te im­por­ta que… que fin­ja­mos que no te es­toy pa­gan­do? Me gus­tó lo de «en­tre igua­les» que di­jis­te. Creo que me irá me­jor si que­da­mos como si fué­ra­mos ami­gas y qui­sie­ras ayu­dar­me con las ci­tas on­li­ne y que me echas una mano para pa­sar el rato.

—Cla­ro, nin­gún pro­ble­ma. Gra­cias por ve­nir tan cer­ca de mi piso, te lo agra­dez­co mu­cho. —No me pre­gun­tes por mi gato, por­fa. To­da­vía no me he in­ven­ta­do su diag­nós­ti­co.

—¿Vi­ves por la zona de Alp­ha­bet City o…?

—En reali­dad, jus­to aquí de­lan­te.

—¡Ma­dre mía! ¿¿Vi­ves ahí?? ¡Los pi­sos son enor­mes! ¿Te per­mi­ten te­ner mas­co­ta? ¿Te im­por­ta si te pre­gun­to lo que pa­gas de al­qui­ler?

Me deja tan pa­ti­tie­sa que crea que mi piso es es­pa­cio­so que me que­do muda. Ade­más de mi dedo roto, ten­go las es­pi­ni­llas lle­nas de mo­ra­to­nes por los gol­pes que me doy con las co­sas, ya que no hay por dón­de ca­mi­nar. Por otro lado, no pue­do con­tar­le que mi an­ti­gua jefa es la pro­pie­ta­ria del edi­fi­cio y que me hace un des­cuen­to del 50 % en el al­qui­ler, por­que en­ton­ces qui­zá le ter­mino di­cien­do quién es mi an­ti­gua jefa y le se­ña­lo a la mu­jer que apa­re­ce en su ca­mi­se­ta. Su ni­vel de ad­mi­ra­ción por Bajo el mar no se re­cu­pe­ra­ría de esa re­ve­la­ción, y hoy de­be­mos de­jar re­suel­tas va­rias co­sas. Por más que me en­can­te la idea de fin­gir que so­mos ami­gas que co­men jun­tas, lo cier­to es que te­ne­mos una mi­sión en­tre ma­nos.

Por suer­te, apa­re­ce la ca­ma­re­ra y se pre­sen­ta an­tes de que mi si­len­cio se pro­lon­gue. A to­dos los tra­ba­ja­do­res, nos ex­pli­ca, se los lla­ma por sus pla­tos fa­vo­ri­tos, no por sus nom­bres.

—Yo soy Pa­li­tos de Que­so, y me voy a en­car­gar de vues­tra co­man­da. —Y sí, en su cha­pa se lee: «Pa­li­tos de Que­so».

Pa­li­tos nos cuen­ta que la que­se­ría es una fran­qui­cia ex­pe­ri­men­tal es­pe­cia­li­za­da en bo­ca­di­llos de que­so a la pa­rri­lla y en fon­dues. Como pa­ga­rá mi «tar­je­ta de em­pre­sa», le digo a Bree que pida lo que le lla­me la aten­ción. Las dos que­re­mos tos­ta­das con ja­la­pe­ños y ex­tra de ched­dar y bo­li­tas de que­so fri­to para com­par­tir. Bree tam­bién pide que­so de ca­bra con miel y fram­bue­sas.

Cuan­do Pa­li­tos se mar­cha, me sir­ve vino y brin­da­mos.

—Ten­go que de­jar de be­ber —dice mien­tras bebe—. Creo que es la cau­sa de to­dos mis pro­ble­mas, la ver­dad. —Frun­ce el ceño—. Bueno, no de to­dos, pero sí de mis pro­ble­mas con los tíos. No pasa nada si bebo con­ti­go, con mis ami­gas al sa­lir del tra­ba­jo y tal. Pero ¿con ellos? Buf. Es que si me sien­to re­la­ja­da, ma­rea­di­lla y des­in­hi­bi­da, todo ter­mi­na pa­san­do de­ma­sia­do pron­to, ¿me en­tien­des?

»Que no me arre­pien­to, no me ma­lin­ter­pre­tes —con­ti­núa—. Des­pués de la uni salí mu­cho de fies­ta, y me lo pasé ge­nial, pero creo que me he can­sa­do de esa fase. Es que ya he cum­pli­do un cuar­to de si­glo, ¿eh? Y todo el mun­do sabe que en Nue­va York, si no has pi­lla­do ma­ri­do an­tes de los vein­ti­nue­ve, te que­das para ves­tir san­tos. A ver, ¿por qué iban a sa­lir con una que tie­ne casi trein­ta ta­cos cuan­do hay un po­rrón de tías de vein­ti­dós añi­tos zum­ban­do por ahí y en la cum­bre de la fer­ti­li­dad? Ne­ce­si­to en­con­trar un tío de ca­li­dad. Por­que ten­go un imán de…

—De ca­pu­llos. Ya. —Creo que voy a tar­dar en ol­vi­dar esa fra­se.

—Que con los ca­pu­llos en sí no pasa nada, es por los se­res a los que es­tán pe­ga­dos. Mira, te voy a en­se­ñar…

An­tes de que me opon­ga, me plan­ta el te­lé­fono a dos cen­tí­me­tros de la cara. Y va pa­san­do fo­tos a toda ve­lo­ci­dad: una po­lla, y otra, y otra.

—Vale —mur­mu­ro—. No hace fal­ta que…

Y las pasa aún más rá­pi­do. Nun­ca ha­bía vis­to tan­ta va­rie­dad de ge­ni­ta­les mas­cu­li­nos.

—Vaya —digo—. Me­nu­da co­lec­ción. ¿Cuán­to has tar­da­do en re­unir…?

—¡No las he he­cho yo! No he vis­to ni si­quie­ra la mi­tad en per­so­na. Son fo­tos que me han pa­sa­do tíos de Flirt­vi­lle, sin aña­dir nada, ni un men­sa­je. No lo en­tien­do.

Ah. El co­men­ta­rio que hizo ayer so­bre las ETS me re­cuer­da que debe de ha­ber pa­sa­do por un mal tra­go hace poco. Quie­ro re­con­du­cir su si­tua­ción.

—Mmm. Abra­mos tu per­fil de Flirt­vi­lle, a ver si des­cu­bri­mos el por­qué —le su­gie­ro.

Se sien­ta a mi lado y nues­tros por­tá­ti­les se ali­nean. En­tra en la web e in­cli­na la pan­ta­lla para que vea su per­fil. Como res­pues­ta a la pre­gun­ta «Algo que mis pa­dres no sa­ben de mí», ha es­cri­to: «Me gus­ta ma­mar». Tal cual.

Creo que ya he­mos re­suel­to el mis­te­rio.

—Dios. No re­cuer­do ha­ber es­cri­to eso —gime—. Se­gu­ro que es­ta­ba bo­rra­cha. En fin, ra­zón de más para de­jar de be­ber.

Y brin­da­mos por ello.

Bree bo­rra las úl­ti­mas le­tras y es­cri­be otra pa­la­bra.

—Ya está. Me quie­ro pa­sear. Arre­gla­do.

—No está… mal —digo. ¡Otro fa­rol!—. Tam­bién po­dría­mos dar car­pe­ta­zo a Flirt­vi­lle y em­pe­zar de cero en una pá­gi­na dis­tin­ta. ¿Qué te pa­re­ce?

Bree se co­lo­ca el pelo de­trás de las ore­jas, se­ria y de­ci­di­da.

—Em­pe­ce­mos de cero.

Al cabo de vein­te mi­nu­tos, he­mos sin­cro­ni­za­do los or­de­na­do­res en su cuen­ta de A por To­das y he­mos re­lle­na­do su cues­tio­na­rio con co­men­ta­rios bre­ves y una de­cla­ra­ción fir­me pero sim­pá­ti­ca de que su per­fil no acep­ta «fo­tos de miem­bros».

A par­tir de lo que me ha con­ta­do, he pre­sen­ta­do a Bree como un es­pí­ri­tu li­bre y abier­to del ba­rrio de Hell’s Kit­chen que ha dis­fru­ta­do de la sol­te­ría y que se lo ha pa­sa­do en gran­de, pero que se ha dado cuen­ta de que aho­ra bus­ca algo más se­rio. Es una per­so­na a la que le en­can­tan las pe­lí­cu­las clá­si­cas de fan­ta­sía con ac­ción y aven­tu­ras, y tam­bién pa­sear por los dis­tri­tos his­tó­ri­cos, so­bre todo por los que es­tán em­bru­ja­dos. (Me ha pa­re­ci­do una idea ge­nial, por­que ofre­ce la opor­tu­ni­dad per­fec­ta para abra­zar­se a sus ci­tas). Tra­ba­ja de con­ta­ble en la con­sul­ta de un pe­dia­tra, don­de tam­bién se en­car­ga de la sala de es­pe­ra de los ni­ños, lle­na de ju­gue­tes, DVD y con un co­lo­ri­do acua­rio.

De­ci­di­mos no in­cluir su ma­nía de con­tar chis­tes de pe­dos. Tomo nota y lo cla­si­fi­co como in­for­ma­ción re­ser­va­da.

Del Ma­nual del au­tó­no­mo: «La in­for­ma­ción re­ser­va­da no es algo de lo que uno deba aver­gon­zar­se. Más bien, pen­sad que es una re­com­pen­sa, una es­pe­cie de pre­mio, que se le da a un match tras va­rias ci­tas exi­to­sas. Si se re­ve­la de­ma­sia­do pron­to, se co­rre el ries­go de sa­bo­tear la in­ci­pien­te re­la­ción. Guar­daos la in­for­ma­ción re­ser­va­da y uti­li­zad­la solo con los que ha­yan de­mos­tra­do que va­len la pena».

Des­pués de de­vo­rar las bo­li­tas de que­so y de re­gar los ja­la­pe­ños pi­can­tes con más vino, nos lan­za­mos a por el que­so de ca­bra con miel.

Y ya está: he­mos ac­ti­va­do los fil­tros para en­con­trar a hom­bres de en­tre vein­ti­cua­tro y trein­ta años que vi­van en Brooklyn o en Man­hat­tan, que ha­gan de­por­te, sean aman­tes de los ani­ma­les y se vean sen­tan­do la ca­be­za den­tro de unos años. El cin­co es nues­tro nú­me­ro de la suer­te, es de­cir, el nú­me­ro de per­so­nas a las que va­mos a «ser­vir» (la ver­sión de A por To­das de «dar un to­que»). Si al­guien te de­vuel­ve el «ser­vi­cio», se ini­cia una con­ver­sa­ción pri­va­da. Si el ob­je­ti­vo del ser­vi­cio no res­pon­de al cabo de un pe­río­do de tiem­po pre­de­ter­mi­na­do, ter­mi­na en la car­pe­ta de «sa­que di­rec­to» (en te­nis, un ser­vi­cio que el re­cep­tor ni si­quie­ra ha to­ca­do) y ya no vol­ve­rá a apa­re­cer en tus bús­que­das. Es una ma­ne­ra au­to­má­ti­ca de des­pa­char a los que no con­tes­tan.

—¿Cuán­to tiem­po les da­mos an­tes del sa­que di­rec­to? —le pre­gun­to.

Bree va por la mi­tad de su se­gun­da copa de vino.

—¿Una se­ma­na? —su­gie­re.

—Yo pen­sa­ba en cua­ren­ta y ocho ho­ras, pero ni para ti ni para mí: pon­ga­mos cua­tro días.

—Vale, me pa­re­ce bien. ¿A quién ser­vi­mos pri­me­ro? —pre­gun­ta Bree, algo an­sio­sa.

—Creo que ha­bría que es­tre­char más la bús­que­da. En la web hay mi­les de per­fi­les.

—¿Hay que aco­tar más el ran­go de edad?

—Se me ha ocu­rri­do que po­dría­mos aco­tar una de las ca­te­go­rías de es­ti­lo de vida. Me has di­cho que por cul­pa de la be­bi­da a ve­ces te me­tes en líos. ¿Qué tal si fil­tra­mos eso y bus­ca­mos a tíos que no be­ban? A ver qué pasa.

—¿Te re­fie­res a los que nun­ca van tri­fá­si­cos?

—… Sí.

No sé si «ir tri­fá­si­co» es un lap­sus o una nue­va ex­pre­sión que uti­li­zan los que tie­nen vein­ti­cin­co años o me­nos. Los cua­tro que me se­pa­ran a mí de Bree son, para el caso, una ge­ne­ra­ción en­te­ra. Me he pa­sa­do las dos úl­ti­mas dé­ca­das con mu­je­res de cin­cuen­ta y se­sen­ta; y la ver­dad es que, a es­tas al­tu­ras, creo que me iden­ti­fi­co más con ellas. Aun­que, a pe­sar de lo que pien­sa Mi­les, el bor­de de la ca­fe­te­ría, la in­for­má­ti­ca se me da ge­nial.

—Vale —acep­ta.

Me gus­ta que no se opon­ga. Es una prue­ba de que va en se­rio con lo de de­jar de be­ber para así en­con­trar un com­pro­mi­so a lar­go pla­zo.

Hago clic en las ca­si­llas co­rres­pon­dien­tes y ac­tua­li­zo la pá­gi­na.

El pri­mer per­fil es el de un tío es­que­lé­ti­co con un tris­te bi­go­te y mi­ra­da dis­traí­da. Me temo que he lle­va­do a Bree por el mal ca­mino. A ver si «abs­te­mio» sig­ni­fi­ca «he­roi­nó­mano» en cla­ve o algo.

—Per­do­na, deja que lo vuel­va a ajus­tar…

Ac­ti­vo el fil­tro de «nada de dro­gas».

—Anda, ¿qué te pa­re­ce este? —dice Bree al ins­tan­te.

La foto del per­fil de Ado­ro­Pe­rri­tos in­clu­ye (cómo no) a su pe­rro, al que abra­za por de­trás y con­tem­pla con gran de­vo­ción. En su des­crip­ción se lee lo si­guien­te: «Bus­co a una chi­ca que sea tan ma­ra­vi­llo­sa y leal como Hen­riet­ta, mi la­bra­dor. Aun­que no creo que en­cuen­tre a na­die tan per­fec­ta como ella. XDD».

—Oooh —dice Bree—. ¡Qué mono!

An­tes de que se lo im­pi­da, mue­ve el cur­sor por la pan­ta­lla y hace clic en «ser­vir».

—¡Ay! Si es lo que quie­res ha­cer, vale, pero yo no es­ta­ría tan se­gu­ra. ¿Sa­bes que hay gen­te que lla­ma «hi­jos» a sus mas­co­tas?

—¿Y?

—Que creo que esa de ahí es su «mu­jer».

—Pero ha es­cri­to «XDD». Está de coña.

—Mmm… Yo di­ría que no. Es una ba­ta­lla en la que no vas a que­rer en­trar.

—Pero ya he lan­za­do el ser­vi­cio. ¿Lo pue­do des­ha­cer?

—No, pero no pasa nada. Quién sabe, a lo me­jor me equi­vo­co. Es que veo que Hen­riet­ta sale en más fo­tos que él. No se le ve bien, y sus úni­cos in­tere­ses es­tán re­la­cio­na­dos con su pe­rra.

—¿Lo ves? —gru­ñe—. Ya te he di­cho que ten­go un imán de ca­pu­llos.

—Lo es­ta­mos arre­glan­do —le re­cuer­do. Hay que con­se­guir que deje de de­cir «imán de ca­pu­llos». El ojo de­re­cho se me cris­pa cada vez que lo dice.

Ado­ro­Pe­rri­tos nos de­vuel­ve el ser­vi­cio en­se­gui­da; mala se­ñal, sin­ce­ra­men­te.

Bree en­tor­na los ojos para leer su men­sa­je:

¡Ma­ña­na es el cum­ple de Hen­riet­ta! No gas­tes mu­cho con el re­ga­lo —me­nos de cien dó­la­res, tran­qui—, pero me gus­ta­ría que vi­nie­ras, nos en­can­ta­ría co­no­cer­te. ¡Guau, guau! (¡Esta es Hen­riet­ta! ^^)

—¿Cien dó­la­res? —es­cu­pe Bree.

—Con­tes­te­mos y si­ga­mos a lo nues­tro.

—¡Ni de coña! Qué mal­edu­ca­do.

Re­pri­mo la ne­ce­si­dad de re­cor­dar­le a Bree que ha sido ella la que lo ha con­tac­ta­do a él. Lo co­rrec­to es fi­na­li­zar la con­ver­sa­ción como es de­bi­do.

—No cuen­ta —le digo—. Bus­ca­re­mos a cin­co más.

En el per­fil de Bree, es­cri­bo:

¡Fe­liz cum­plea­ños a una pe­rri­ta es­pe­cial! Lo sien­to, pero no voy a po­der. Es­pe­ro que pa­ses un buen día. Y le doy a «Sa­que di­rec­to» para que no nos vuel­va a sa­lir en las bús­que­das. No me fío de la Bree al­coho­li­za­da, que pue­de man­dar­le otro ser­vi­cio por error.

Mi­ra­mos más per­fi­les.

—Este tío pa­re­ce majo —dice—. Es abo­ga­do.

—Y tam­bién le gus­ta dis­fra­zar­se en fe­rias me­die­va­les. Es de tu ro­llo, ¿no?

—¡Puaj! —Hace una mue­ca de dis­gus­to—. No.

¿Quién ha­bría di­cho que en­tre cos­pla­yers hu­bie­ra es­nobs?

—Pero solo una vez al año, al nor­te del es­ta­do. Y tie­ne una bo­ni­ta son­ri­sa —se­ña­lo.

Bree me ig­no­ra y me se­ña­la a un ca­chi­tas con el pelo ra­pa­do. Su nom­bre de usua­rio es Pas­ti­lla­Ro­ja.

—¿Qué te pa­re­ce este?

Leo en voz alta el apar­ta­do «So­bre mí»:

—«Para ver si so­mos com­pa­ti­bles, res­pon­de a esta pre­gun­ta: ¿La cagó Sully en el vue­lo? Sí / No».

—¿La cagó? —su­su­rra Bree.

—¡No! —gri­to, an­tes de re­com­po­ner­me—. No, Sully no la cagó. —La pe­lí­cu­la Sully de Clint East­wood es la úni­ca prue­ba que ten­go de que en Nue­va York se pue­de ser bue­na per­so­na. Me nie­go a acep­tar algo que su­gie­ra lo con­tra­rio.

—Creo que quie­re que di­ga­mos que sí.

—A lo me­jor, pero…

Bree hace clic en «ser­vir» y es­cri­be:

Sí.

Al cabo de dos se­gun­dos, lle­ga la res­pues­ta de Pas­ti­lla­Ro­ja:

Te aca­bas de sus­cri­bir para que te in­for­me de mis li­gues.

—Vaya mier­da con los abs­te­mios —ma­ni­fies­ta Bree.

No pue­do lle­var­le la con­tra­ria.

—¿Qué tal si acep­ta­mos que be­ban de vez en cuan­do? En plan, todo con mo­de­ra­ción.

—Ale­lu­ya. Sí, por fa­vor.

Pe­di­mos una fon­due, por­que ¿por qué no? Ya hace dos ho­ras que es­ta­mos aquí y ape­nas he­mos avan­za­do. Ten­go sue­ño y me due­le la ca­be­za, y se­gu­ro que Pa­li­tos de Que­so quie­re que le de­mos una pro­pi­na para po­der irse a casa. De he­cho, la fon­due nos la trae otra ca­ma­re­ra. En su pla­ca se lee «Ma­ra­vi­llas Moho­sas».

—¿Qué quie­re de­cir eso? —le pre­gun­ta Bree se­ña­lán­do­se­lo.

—El gor­gon­zo­la, el ca­mem­bert, el ca­bra­les y el ro­que­fort. To­dos esos que­sos son bá­si­ca­men­te moho, ¿ver­dad? En una ban­de­ja, pre­sen­ta­mos mis que­sos moho­sos pre­fe­ri­dos —res­pon­de de modo au­to­má­ti­co.

—¿Los pe­di­mos? —me pre­gun­ta Bree.

—Más vale que los de­je­mos para la pró­xi­ma —res­pon­do con ama­bi­li­dad—. Y apro­ve­cho para pe­dir­te dis­cul­pas, por­que creo que te he pre­sio­na­do de­ma­sia­do. ¿Qué te pa­re­ce si bus­co yo en­tre los per­fi­les, to­que­teo los fil­tros y esta no­che te man­do una lis­ta de cin­co para que les eches un vis­ta­zo? ¿Te gus­ta­ría? No con­tac­ta­ré con nin­guno de ellos sin te­ner tu apro­ba­ción.

—Ay, sí. Haz­lo. Esto es ago­ta­dor.

Pe­di­mos la cuen­ta y, mien­tras es­pe­ra­mos, Bree se in­cli­na ha­cia mí.

—¿Pue­do pre­gun­tar­te por tu pa­sa­do? —me dice.

¿En se­rio? ¿Por qué hoy todo el mun­do está ob­se­sio­na­do con mi na­cio­na­li­dad?

—¿Te re­fie­res a de dón­de ven­go? —pre­gun­to con cau­te­la.

—No, quie­ro sa­ber si es­tás ca­sa­da, cómo son tus pa­dres, lo que quie­ras con­tar­me, va­mos. He­mos ha­bla­do tan­to de mí… Quie­ro oír tu his­to­ria.

—Ah, vale. —Bajo los hom­bros, re­la­ja­da—. No me he ca­sa­do nun­ca y mis pa­dres son un ma­tri­mo­nio que quie­re cam­biar el mun­do. Se co­no­cie­ron en Fi­li­pi­nas, don­de cre­ció mi pa­dre. Mi ma­dre vi­si­tó el país como vo­lun­ta­ria de la Cruz Roja, para ayu­dar a re­cons­truir las ca­sas tras el ti­fón Betty, y se enamo­ra­ron. Nue­ve me­ses des­pués, ¡ta­chán! —digo, y me se­ña­lo con los de­dos.

—Oooh, fuis­te su nue­vo pro­yec­to.

—Más bien aca­bé pe­ga­da al an­ti­guo. Me arras­tra­ron de desas­tre na­tu­ral en desas­tre na­tu­ral has­ta que cum­plí diez años y mi abue­la puso fin a la aven­tu­ra. «Esa no es ma­ne­ra de que viva una niña», fue­ron sus pa­la­bras exac­tas.

—¿Con­si­guió que echa­ran raí­ces en al­gún lado?

Bebo un buen tra­go de vino.

—Qué va. Ellos que­rían se­guir via­jan­do. —Me en­co­gí de hom­bros—. Que lo en­tien­do. Está en su ADN. Fí­ja­te, acu­ña­ron el tér­mino «vo­lun­tu­ris­ta» y todo. Al fi­nal, mi abue­la y yo al­qui­la­mos un bun­ga­ló de una ha­bi­ta­ción en la pla­ya de San­ta Mó­ni­ca.

Si cie­rro los ojos y me tapo los oí­dos con las ma­nos, te juro que pue­do oír cómo me lla­ma el océano.

—Tuvo que ser un pe­da­zo de cam­bio —opi­na Bree—. De ser li­bre y via­jar por el mun­do a ter­mi­nar en un si­tio con la yaya, digo.

—No, no, para nada. Fue un sue­ño he­cho reali­dad. Se aca­ba­ron las in­te­rrup­cio­nes, las sor­pre­sas, el te­ner que ha­cer y des­ha­cer ma­le­tas… Me en­can­tó. Des­per­tar­me e irme a dor­mir en el mis­mo lu­gar era lo que siem­pre ha­bía que­ri­do.

Mi abue­la pen­sa­ba lo mis­mo que yo; lle­ga­mos, y ya no nos mar­cha­mos. Ni si­quie­ra nos fui­mos de va­ca­cio­nes. (¿Para qué? Si ya vi­vía­mos en el pa­raí­so). Era un ali­vio enor­me. Y para es­tu­diar en la uni­ver­si­dad no iba a te­ner que mu­dar­me, por­que la de San­ta Mó­ni­ca es­ta­ba ahí mis­mo. Me pasé los pri­me­ros diez años de vida sien­do nó­ma­da, y los vein­te si­guien­tes con los pies en sue­lo fir­me, ro­dea­da de co­mo­di­dad y de ru­ti­na, y sé qué es­ce­na­rio pre­fie­ro.

—¿Por qué vi­nis­te a Nue­va York, pues? —pre­gun­ta Bree.

«No fue mi elec­ción, de eso pue­des es­tar se­gu­ra…».

Me obli­go a son­reír. Me due­len los dien­tes y todo.

—En teo­ría, es­toy es­cri­bien­do un guion. Bueno, bas­ta ya de ha­blar de mí; me abu­rro has­ta yo, así que ima­gino lo que de­bes de pen­sar tú.

—A mí no me abu­rres, ¡me fas­ci­nas! ¿Dón­de es­tán tus pa­dres aho­ra?

Pago la cuen­ta.

—Muy bue­na pre­gun­ta.

***

En cuan­to Bree y yo nos des­pe­di­mos, con su DVD de Bajo el mar guar­da­do con mimo en la fun­da de mi por­tá­til, me pre­gun­to si de­be­ría acer­car­me al Café Cru­di­té para es­tu­diar más per­fi­les. Se­ría lo más in­te­li­gen­te y pro­duc­ti­vo.

«Pero es sá­ba­do», pro­tes­ta una vo­ce­ci­lla den­tro de mi ca­be­za, «y ya vas a la ca­fe­te­ría to­dos los días. ¿Y si por una vez rom­pes los es­que­mas? ¿Y si fin­ges ir a la ca­fe­te­ría pero des­pués, en lu­gar de en­trar, de­jas atrás la puer­ta y das un paso más, y lue­go otro, y si­gues ca­mi­nan­do?».

Me re­co­lo­co el bol­so y la mo­chi­la del or­de­na­dor y, al pa­sar por de­lan­te del Cru­di­té, echo un vis­ta­zo al in­te­rior del lo­cal, in­ten­tan­do que no se note que es­toy bus­can­do a una per­so­na en par­ti­cu­lar, a la úni­ca per­so­na con la que he in­ter­cam­bia­do más de dos pa­la­bras que no sean por tra­ba­jo des­de que es­toy aquí.

¿Cómo es po­si­ble que an­tes de la pe­lea de los bis­cot­ti no lo hu­bie­ra vis­to nun­ca y que úl­ti­ma­men­te lo vea todo el tiem­po? ¿Está ahí aho­ra, apo­rrean­do las te­clas para ha­cer lo que sea que haga?

Al mi­rar más allá de mi re­fle­jo, veo que la mesa gran­de está va­cía. Po­dría en­trar y ocu­par­la aho­ra mis­mo, pero una vic­to­ria sin pú­bli­co a du­ras pe­nas es una vic­to­ria. Si no está allí para ver­me dis­fru­tar de la mesa a su cos­ta, ¿para qué? «Y, por cier­to, cla­ro que no está en la ca­fe­te­ría», me riño. Que es fin de se­ma­na. Se­gu­ro que tie­ne una vida.

No hay ra­zón por la que yo no pue­da ha­cer lo mis­mo.

Mi va­len­tía dura exac­ta­men­te cin­co man­za­nas. La boca del me­tro me hace se­ñas, como si fue­ra la puer­ta al in­fierno.

Po­dría ba­jar la es­ca­le­ras, pero ¿y si no vuel­vo a sa­lir?

Me paro en seco. Mis pies se nie­gan a dar otro paso. La gen­te me gol­pea por am­bos la­dos al pa­sar cer­ca de mí: me dan co­da­zos, me ful­mi­nan con la mi­ra­da, pero me he que­da­do cla­va­da ahí, como la bi­fur­ca­ción de un río. Sal­vo que al­guien me em­pu­je a un lado o tire de mí para apar­tar­me del ca­mino, todo el mun­do va a te­ner que ro­dear­me. Me ima­gino la es­ca­le­ra de un pozo: es­toy a me­dia al­tu­ra, in­mó­vil. No pue­do su­bir­la y tam­po­co ba­jar­la. Me he que­da­do pa­ra­li­za­da.

De­ba­jo de mí, de­ba­jo de me­tros de tie­rra os­cu­ra, lle­ga un tren, que trae con­si­go un chi­rri­do y una bo­ca­na­da de aire ca­lien­te y as­que­ro­so que lle­va si­glos es­tan­ca­do en las pro­fun­di­da­des de las ca­lles de la ciu­dad. ¿Por qué cla­se de de­men­cia la gen­te se mete ahí den­tro, apre­tu­ja­da en­tre des­co­no­ci­dos, tra­que­tean­do por la ciu­dad y gol­peán­do­se cada po­cos me­tros, como si la hu­ma­ni­dad es­tu­vie­ra des­ti­na­da a via­jar así, como ra­tas sub­te­rrá­neas? Por­que no nos equi­vo­que­mos: aho­ra es­toy en te­rri­to­rio ra­tuno. O lo es­ta­ría si ba­ja­ra las es­ca­le­ras. ¿Por qué no dejo de sen­tir­me así de asus­ta­da, de es­tú­pi­da e im­po­ten­te?

Una gota de su­dor me re­co­rre la nuca. Pa­rez­co una niña que se ha per­di­do. Pero na­die me va a en­con­trar, por­que na­die me está bus­can­do. Ni si­quie­ra han re­pa­ra­do en que he des­apa­re­ci­do.

Res­pi­ro hon­do, aga­cho la ca­be­za y me giro para mar­char­me a casa. Mi res­pi­ra­ción se en­tre­cor­ta, ate­rro­ri­za­da, y se me nu­bla la vis­ta.

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400 стр.
ISBN:
9788417451974
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