Читать книгу: «No eres tú, soy yo…»
Índice de contenido
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
Cuatro meses después
AGRADECIMIENTOS
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Título original: Ghosting: a Love Story
©2020 by Tash Skilton
First Published by Kensington Publishing Corp. Translation rights arranged by Sandra Bruna Agencia Literaria S. L.
Traducción de Xavier Beltrán Palomino
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
Fotografía de cubierta: Shutterstock
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1.ª edición: julio 2020
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2020: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
Para las cuatro hermanas (Haiden, Homa, Haleh y Hengameh)
que me proporcionaron mi historia de amor favorita.
S. T.
Para mis padres, Earl y Ros Hoover, que me enseñaron a amar los libros y hace tiempo que merecen una dedicatoria.
Nadie igualará vuestras citas a ciegas.
S. S.
«Cuando una persona te atrae, solo significa que tu subconsciente es atraído por su subconsciente. Y lo que llamamos destino solo son dos neurosis que hacen buena pareja».
Nora Ephron en Algo para recordar.
CAPÍTULO 1
De: Leanne Tsen
Para: Todos los trabajadores de Habla el Corazón
Asunto: Nuevas oficinas
Equipo:
Aunque los últimos meses hayan supuesto un auténtico reto, me gustaría felicitaros por ser tan abiertos y por haberos adaptado tan bien a nuestra nueva situación. Del mismo modo, espero que disfrutéis de la libertad y la independencia que proporciona trabajar desde casa. (En este artículo de la revista Wired se habla del futuro de las oficinas. ¡Somos unos pioneros!).
Por cierto, la persona que haya programado mi teléfono para que suene Habla el corazón cuando recibo un mensaje… La broma tiene su gracia. En la fiesta de despedida de las antiguas oficinas me pareció muy divertida. Pero es que nadie puede desactivarlo; ni siquiera los genios de la Apple Store. ¿Podrías dar la cara y venir un momento a cambiarlo, por favor? Por razones evidentes, si tengo que volver a escuchar esa canción, voy a matar a alguien sí o sí. Y nadie os va a pagar el sueldo si vuestra CEO está en la cárcel.
Saludos cordiales,
Leanne
Miles
No pasa nada. Nada de nada.
Qué más da que mi exnovia acabe de publicar una foto de su mano sin anillo sobre lo que sin ninguna duda es una barriga embarazada. Qué más da que hayamos roto hace seis semanas; y una cosa, yo no seré el mayor experto del mundo en reproducción, pero diría que esa barriga no se corresponde con un embarazo de seis semanas. Qué más da que, en un arrebato de confusión y de euforia, le haya enviado un mensaje de «¿vamos a tener un hijo?» con un emoticono de un bebé por si necesitaba una imagen que representara la palabra «hijo», y que ni siquiera me haya respondido, aunque el doble check azul me confirma que lo ha visto.
O sea, que o el bebé es mío y Jordan ha decidido que no me va a permitir formar parte de la vida del crío, o Jordan me engañó con otro antes de dejarme, de hacer añicos mi corazón y de robarme el piso.
No sé cuál de las dos opciones es peor.
De pronto suena mi portátil: un mensaje que acompaña a la imagen diminuta de una morena sonriente.
Jules478: Ey, ¿qué tal?
De puta madre. Y ahora tengo que trabajar. Ahora tengo que trabajar y hacer que la vida sentimental de los demás sea un éxito. Menuda broma del universo. Y no es solo eso, sino que ya no hay una oficina a la que ir, ni compañeros con los que charlar un poco, ni una máquina de café que me suministre toda la cafeína que necesito. Solo tengo una incomprensible cafetera idéntica a la cabina de un Boeing 747 y el rincón de un sofá que me han prestado y que me apuesto lo que quieras a que está hecho de esparto, porque mi amigo Dylan vive en un catálogo de Pottery Barn, la exclusiva tienda de muebles para el hogar. (Y tú me dirás que ocupar un sofá no te da derecho a elegirlo, y yo te diré que, en plena agonía melancólica y con los pelos siempre de punta por culpa de la electricidad estática, todo el mundo tiene derecho a criticar).
Cierro los ojos y, antes de responder, pruebo el ejercicio de respiración que, cómo no, me enseñó Jordan: inhalar durante cuatro segundos, aguantar la respiración durante siete y exhalar durante ocho.
PerseYo: Buenas. Muy bien. ¿Qué tal tú?
Está todo controlado. Soy capaz de mantener una conversación trivial como esta hasta dormido. Por algo me he pasado los últimos dos años convirtiéndome en el mejor ghostwriter[1] de Habla el Corazón. He pulido tanto mi talento que casi puedo poner el piloto automático. ¿Que no?
Jules478: Bien.
Vaya. Aunque acabo de romper la norma número uno de las citas por internet. No formular nunca una pregunta que se pueda responder con una sola palabra, como en una improvisación teatral.
Intento rectificar.
PerseYo: Por cierto, ¿has visto la programación de los conciertos de verano del estadio de Forest Hills? Este año es una pasada.
Se supone que soy… Busco su nombre entre los expedientes abiertos… Farhad. Eso es. Farhad es un gran aficionado a la música, y sé que para él esos conciertos son importantes.
Jules478: ¡Sí! Belle y Sebastian y Greta van Fleet. ¡Qué pasada!
PerseYo: Ya ves, ¿eh?
Escribo la respuesta en modo automático, y entonces paso a inspeccionar la programación para intentar adivinar qué otro de esos malditos grupos le podría gustar a Farhad. Ah, ya sé. En el cuestionario mencionó a LCD Soundsystem.
PerseYo: Me muero de ganas de ver a LCD.
Jules478: ¿Sí? También molan.
Vale, a ella no le gusta tanto ese grupo. Pero bueno, los dos pueden aportar diferentes gustos musicales a la relación. Es lo bonito del amor, ¿no? Cada cual contribuye con sus propios intereses, que después se juntan y se mezclan, y algún día aparece un pequeño embrión que ha unido genéticamente esas pasiones y las ha convertido en un ser que se puede acunar en una foto artística en blanco y negro para Instagram.
PerseYo: ¿Te gustan los niños?
Eh. ¡EH! ¿Qué coño haces, Miles? Como dice el Manual de estilo para los autónomos de Habla el Corazón en la página 22, hay ciertos temas que jamás de los jamases se mencionan en una primera conversación: política, religión, matrimonio, conocer a los padres y, por supuesto, tener hijos. De ninguna de las maneras. Y lo sé porque ese manual lo escribí yo, literalmente. Como fui el primer empleado de Leanne, tuve que describir con todo lujo de detalles de qué va mi trabajo (y la idiosincrasia de la empresa).
Hay una pausa de varios segundos antes de que el match de Farhad vuelva a escribir.
Jules478: Sí. Me gustan.
PerseYo: ¿Alguna idea de qué pinta tiene la barriga de una embarazada de seis semanas?
No sé qué está pasando. Mis dedos actúan totalmente ajenos a mi cerebro.
Jules478: Eh…
PerseYo: No es un embarazo visible, ¿no? O sea, que no se ve ningún bulto aún, ¿no?
A estas alturas, ¿qué más da todo ya? Seguro que Jules sabe más que yo, porque por lo menos ella tiene el aparato genital adecuado y porque, no sé, es probable que tenga amigas madres o algo así.
Jules478: No creo, ¿no?
PerseYo: Justo lo que pensaba.
La cuestión es que sé que el bebé no es mío. Lo he sabido desde el principio, pero mis mensajes sin respuesta y el puñetazo que sentí en el estómago al ver «leído a las 8:37» lo confirman. Jordan nunca criaría sola a un bebé, no si el padre quiere estar ahí para los dos. ¿Cuántas veces la rodeé con los brazos mientras ella me contaba los mil motivos por los que su padre era un gilipollas y cómo su ausencia había influido en su vida y en su personalidad?
Jules478: Oye…, una cosa. Me tengo que ir.
Mierda. En lugar de hacer mi trabajo y convencerla de que Farhad es perfecto para ella, y que por lo menos merece una cita en persona, me he dejado llevar por un agujero negro mental de lo más profundo.
Toca remediar la situación.
PerseYo: ¡Ja, ja! Perdona, no pretendía asustarte.
Me estoy estrujando el cerebro para dar con una excusa que justifique mis preguntas sobre embarazos.
PerseYo: Es que estoy escribiendo una canción. Investigando un poco.
Si hay canciones sobre curvas femeninas, también las puede haber sobre vientres femeninos, digo yo.
Jules478: Ah… ¿Eres músico?
PerseYo: Aficionado.
Echo otro vistazo al cuestionario de Farhad.
PerseYo: Trabajo en el mundo de las finanzas.
Bien, bien. He soltado sutilmente lo del trabajo estable. A lo mejor he vuelto a generarle interés y todo.
Jules478: ¿En qué clase de grupo tocas?
Echo un nuevo vistazo al cuestionario. Ah, mierda.
PerseYo: En un cuarteto de cuerda.
Le sigue otra pausa larga.
Jules478: Ya veo… Oye, lo siento, pero se me acaba la pausa para comer y me tengo que ir, de verdad.
Son las 8:52 de la mañana.
Jules478: ¿Hablamos luego?
Pero se desconecta antes de que le pueda responder.
¿Quieres que te sea sincero?
Seguro que les he hecho un favor a Farhad y a ella.
Al fin y al cabo, el amor no existe. No hay que ponerse en plan balada heavy metal, pero el amor es una ilusión. No es más que una cortina de humo que oculta el futuro desamor. ¿Por qué nos hacemos esto? ¿Por qué? O bien te deja a ti o bien la dejas tú, o (en el mejor de los casos) vivís felices y coméis perdices hasta que uno de los dos se muere y el otro se queda completamente destrozado, convertido en una sombra de su antiguo yo.
¿Por qué cojones los perseguimos?
Recibo un mensaje de Leanne.
Leanne T: Miles, quiero que te reúnas conmigo en mi despacho.
Me cago en todo lo cagable.
Miles I: En veinte minutos estoy ahí. ¿Va bien?
Leanne T: Sí.
Y entonces, es que no puedo evitarlo…
Miles I: Oye, Leanne. Una preguntita. ¿Tú sabes qué pinta tiene una barriga de embarazada de seis semanas?
***
El despacho de Leanne se encuentra en un edificio que claramente fue un almacén hasta hace tres minutos, cuando a algún magnate del sector inmobiliario se le ocurrió crear unos 450 despachos del tamaño de un armario y cobrarle a la gente un alquiler desorbitado por el privilegio de trabajar justo al lado de la Decimosegunda Avenida, a por lo menos quince minutos del metro, al que siempre tienes que llegar andando con el viento en contra.
Espero a que me abra la puerta y cojo uno de los ascensores de carga hasta la novena planta, y entonces llego frente al armario de Leanne.
Hace tan solo dos semanas, la sede de Habla el Corazón se ubicaba en unas oficinas modestas pero espaciosas del barrio de Meatpacking District. Unos enormes ventanales de cristal daban a las calles adoquinadas, desde los que podíamos ver caminar a mujeres con muchas ganas de gastar dinero, gafas de sol de marca y zapatos Jimmy Choo que se mezclaban con resacosas discoadictas con gafas de sol de marca y unos Jimmy Choo aún más altos. Me gustaba mirar a la calle y pensar que era muy probable que una de esas resacosas fuera clienta nuestra, que volvía de una cita triunfal que había terminado a las siete de la mañana, y se apresuraba a regresar a casa para cambiarse y llegar presentable al trabajo, pero incapaz de esconder la sonrisa que solo puede provocar una cita interesante con un desconocido. No caminaba avergonzada, sino orgullosa. ¿Quién no se sentiría orgulloso y eufórico tras una noche de pasión y conexión personal? Y quizá yo habría tenido algo que ver. Pensarlo me hacía sentir orgulloso y eufórico a mí también.
Ahora ya no.
Ahora sé que es probable que una noche interesante termine desembocando en un camino de agonía: ya sea por los mensajes de texto sin respuesta, por las discusiones sobre los padres controladores de tu pareja o porque hay que decidir quién se queda con las plantas cuando se termina la relación. No llevo la vida de mis clientes más que hacia la ruina y la perdición.
¿Que qué tal el despacho? Bueno, démosle las gracias a otra de las ideas brillantes y catastróficas de Clifford, el exmarido de Leanne.
Como dice Taylor Swift en una de sus canciones, hace muchos errores había una vez una pareja de dos idiotas, Leanne y Clifford, que creían que tenían una relación que iba a durar para siempre. Así que no solo intercambiaron votos, compraron un piso (nada menos que una multipropiedad, una pesadilla más) y adoptaron a un gato: decidieron dar un nuevo y estúpido paso y se convirtieron en copropietarios de una empresa.
Pues sí, Habla el Corazón empezó con los dos, aunque la idea original fue de Leanne, la escritora embelesada por el amor. Había sido testigo de cómo sus amigas solteras sufrían la tortura de las citas por internet, de construirse el perfil perfecto y decir lo más adecuado en correos electrónicos y en mensajes de texto. Y un día se dio cuenta: si se dedicaba a redactar el contenido adecuado, podría ayudar a sus amigas a darle forma a lo que ellas querían transmitir.
De ahí fue creciendo la idea de crear una agencia de ghostwriters que ayudaran a la gente a llegar hasta la mismísima puerta del verdadero amor.
—No somos escritores, somos cupidos —decía Clifford.
Esa era la tarea de Clifford: ocuparse del marketing y de las operaciones comerciales.
Es decir, que fue idea de Clifford llamar a la empresa Habla el Corazón (seguro que fue la última vez que Leanne y él estuvieron de acuerdo en algo). Y, a continuación, lo lógico habría sido hacerse con los derechos para utilizar la canción de Roxette en los anuncios.
En teoría no era mal plan, para nada. Pero resultó que Roxette y los compositores no querían que se los relacionara con una rara y desconocida agencia de citas online con ghostwriters, y a cambio exigieron una cifra desorbitada para ceder los derechos.
Una persona normal habría intentado negociar o se habría dado cuenta de que no merecía la pena gastar tantísimo dinero en una canción.
Pero es que Clifford no es normal.
Aceptó los términos del trato sin pensar y sin consultárselo ni a Leanne, ni a sus abogados ni a nadie.
Tras el divorcio, Leanne se quedó con el negocio, pero también con las consecuencias de las pésimas decisiones empresariales de Clifford.
En fin, disfrutad del placer de que se os pegue Habla el corazón al oír o ver alguno de nuestros anuncios en radio o televisión. Mientras tanto, los otros tres trabajadores a jornada completa y yo disfrutaremos del placer de no poder currar ya en una oficina.
Y la pobre Leanne, nuestra CEO, está desterrada en un armario polvoriento y sin ventanas en el que a duras penas caben su escritorio y dos sillas, y mucho menos las obras de arte eclécticas y las esculturas chulísimas que decoraban los rincones de su antiguo despacho.
Sin embargo, a pesar del entorno, se la ve tan impecable como siempre. Leanne es de origen chino, con una cabellera lacia, larga y negra, la pose de una primera bailarina y un fondo de armario que consiste casi en su totalidad en prendas tan estructuradas que, al verlas, te entran ganas de buscar los planos en las etiquetas. Aunque Leanne sabe llevarlas, estoy convencido de que cualquier otra mujer parecería ir disfrazada del Empire State Building.
—¿Te importaría explicarme lo que ha pasado hoy, Miles? —me pregunta con voz grave y tranquila, la clase de voz que sabes que tiene el potencial de soltar un tsunami de insultos demoledores si hace falta.
—¿A qué te refieres? —Carraspeo.
—Empecemos por el hecho de que no sabías que nuestro cliente toca en un cuarteto de cuerda. Y sigamos con el desastre de las preguntas sobre embarazadas.
—¿Cómo te has enterado de todo eso? —pregunto tímidamente.
—Miles, después del fiasco con los últimos tres clientes, te dije que iniciaría sesión en tu ordenador para ver tus chats. Y esta mañana has aceptado mi petición de acceso remoto.
—Ah, sí —digo. Mierda. Pues sí, la había aceptado. Y hoy tenía toda la intención del mundo de estar a la altura, pero eso fue antes de que Jordan anunciara al mundo (ah, y también a mí) que está embarazada.
—Mira. —Leanne suspira—. Sé que estás pasando por un mal momento. —No he entrado en detalles con ella, solo le he dicho que Jordan y yo hemos roto. Y que me he marchado de nuestro piso para vivir en el salón de Dylan. Y que Charles, el novio de Dylan, está cabreado y me deja notas con muy mala leche para recordarme la pésima influencia que tengo en sus vidas. Y que me hizo devolver a la tienda el papel higiénico de una sola capa que compré para darle las gracias por dejarme vivir en su piso porque, según me aseguró, ningún culo se merece la humillación de que lo limpien con papel de una sola capa, ni siquiera el mío.
Bueno, vale, a lo mejor sí que le he contado bastantes cosas a Leanne. El problema es que, durante los dieciocho meses que estuvimos juntos, terminé quedando solo con los amigos de Jordan, y ahora estoy atrapado, intentando formar una suerte de círculo social.
—Vamos a ver —dice Leanne—. No me puedo permitir estos fallos, Miles. No me los puedo permitir, en plan literal. Está claro que tenemos muchos problemas. —Mueve ligeramente los brazos para señalar el lamentable espectáculo de la pintura que se descascarilla y los muebles de oficina de formica que conforman su entorno—. Y perder a cuatro clientes en un solo mes… Es que es inaceptable.
Asiento con la cabeza y de repente me doy cuenta de que es muy posible que me despida (es más que probable). Parezco el episodio piloto de una serie sobre un hombre cuya vida se va al traste y entonces decide dar un giro de ciento ochenta grados y hacerse ganadero en el pueblecito extravagante en el que vive su abuela. Aunque todos mis abuelos están muertos y, en el mundo real, perder un trabajo no conduce a una epifanía tronchante pero conmovedora sobre el supuesto sentido de la vida. Que de repente tengas que añadir LinkedIn a tu ritual diario de redes sociales hace que te sientas como una mierda.
Leanne debe de haber visto el pánico reflejado en mi cara, porque intenta suavizar el terremoto.
—No es ningún secreto que siempre has sido mi mejor empleado, Miles. Se te daba genial. Nadie ha logrado tantos éxitos como tú. ¿A cuántas bodas te han invitado? ¿A tres?
—A cuatro —balbuceo. Siempre en calidad de viejo amigo del novio, porque está claro que ninguno de ellos se atrevería a contarle a su futura esposa que su relación se basa en (seamos sinceros) una especie de mentira.
—Es increíble —añade Leanne con amabilidad, antes de que su voz recupere el tono firme y justo que la convirtió en una directora creativa y brillante cuando trabajaba en una agencia de publicidad, y cuando yo curraba de redactor para ella—. Pero no puedo confiar en tu pasado, tengo que confiar en tu presente. Tengo que saber que cuento con alguien que va a escuchar los deseos y necesidades de nuestros clientes y que hará lo imposible por unirlos con su pareja perfecta.
—Claro —transijo, y me ahorro decirle que lo que ella necesita es alguien que de verdad crea que existen las parejas perfectas. En cierta ocasión, ese fui yo. Pero ya no.
—Te voy a contar lo que vamos a hacer —dice, y espero que saque del escritorio un sobre con el finiquito (si tengo suerte) y me lo dé. Pero lo que coge es su iPad—. Tienes otra oportunidad para hacerlo bien. Un nuevo cliente que necesita que reaparezca el viejo Miles y que le ofrezca una auténtica experiencia de Habla el Corazón.™ —Obviamente, no pronuncia el símbolo de marca comercial, pero casi lo oigo en su voz. Otra de las estupendas y caras ideas de Clifford—. Por tanto, decídete por uno. Hay tres entre los que escoger.
Cojo la tableta a regañadientes y ojeo los expedientes con el formato típico de nuestros clientes. Una foto sonriente y las respuestas al cuestionario inicial. Uno que desea con todas sus fuerzas casarse en menos de dos años. Otro que es nuevo en la ciudad y quiere conocer a alguien con quien experimentar «las maravillas gastronómicas de Nueva York». (Las palabras son suyas, no mías. Y es evidente que vamos a tener que hacer algo con su forma de hablar si al final lo elijo a él).
Y luego está Jude Campbell. En el perfil de Jude no hay nada demasiado especial. Es lo bastante guapo. Sus respuestas son lo bastante normales. O quizá debería decir que en el perfil de Jude «casi» no hay nada demasiado especial.
Por lo visto, se mudó a Nueva York hace un par de años: es escocés. Es decir, que tiene acento escocés. Y si me voy a jugar la carrera para encontrarle el amor a un tío…
Me quedo con el del acento escocés.
[1]. El ghostwriter o escritor fantasma es quien escribe los libros que firma otra persona, normalmente famosa. (N. del T.)
CAPÍTULO 2
De: Clifford Jenkins
Para: Mis estrellas
Asunto: ¡Ca-ca-cambios! (nuevo nombre de la empresa)
¡Qué pasa, chavales! Fue lo que dijo Justin Bieber al conocer a Barack Obama, según los testigos del momento. Pero no quisiera desmerecer el gran trabajo de nuestras chavalas, ¡faltaría más! En fin. Vayamos al grano. Se acabó lo de Bueno, Fácil, Feliz. Eliminadlo del disco duro y de vuestra firma electrónica, tachadlo de vuestro cerebro. Ha pasado a mejor vida. Hagamos como si nunca hubiera existido, ¿vale? Nueva URL, nuevo servidor de correo, nuevo comienzo, nuevo todo.
Ahora nuestro nombre oficial es Palabras de Amor, S. R. L., y seguro que con él lo vamos a petar.
SI OS SIGUEN LLEGANDO CORREOS DE BFF, NO CONTESTÉIS. Se los pasáis de inmediato al servicio de atención al cliente (¡yuju, Crystal!) y los borráis. Así de sencillo. Crystal se encarga.
Responderé encantado a todas las preguntas durante la reunión mensual, pero mientras tanto borrad todas las referencias a BFF (y a TMV para los veteranos) y sustituidlas por Palabras de Amor. En nuestra web aparecerán los cambios a lo largo de esta semana.
Nos vemos en los bares.
Clifford
CEO de Bueno, Fácil, Feliz (anteriormente, Tu Mejor Versión)
Zoey
Cruzar la calle. Es lo único que hay que hacer: cruzar la calle.
Pero no es tan sencillo, claro, porque no es una calle normal ni es una ciudad normal, y antes de cruzar la calle tengo que salir de mi piso. «Piso» es el graciosísimo nombre en clave para esta ratonera. Aunque creo que para las ratas de verdad sería un palacio. Las ratas de verdad están por ahí, por cierto, esperando para echar a correr entre mis zapatos y subir por mis piernas para contagiarme enfermedades, rechinando los dientes, envueltas por una nebulosa de gérmenes como la nube mortífera que rodea al Cochino de las historias de Carlitos y Snoopy.
Nada. No pasa nada. Que el «piso» sea en total media habitación, que el sofá haga las veces de cama, que la ducha esté en un rincón de la cocina y que tenga que trepar por los muebles para poder moverme no son motivos para alterarse. ¡Estoy viviendo una nueva experiencia! Pero como no me largue pronto, me volveré loca. Así está el tema.
Portátil, sí. Bolso, sí. Llaves, sí. Descorro el cerrojo normal y el de seguridad. Abro la puerta lentamente, tan solo un centímetro.
—Voy a salir —grito. El día que me mudé, una vecina a la que no he vuelto a ver me dijo que la avisara así. De vez en cuando la oigo, como supongo que ella me oye a mí, anunciar que sale al descansillo. Es tan pequeño que solo hay espacio para que lo ocupe una persona y, si no avisas y ya hay alguien ocupando el espacio, te arriesgas a sufrir o a provocar alguna lesión, así que uno de los dos tendría que retirarse para que el otro pudiera pasar.
Como no me responde nadie, abro la puerta de par en par, salgo rápidamente y la cierro detrás de mí.
—En el descansillo —grito para informar a alguien que quizá ni siquiera está ahí. Por alguna razón, mi voz se vuelve aflautada siempre que digo esa frase. Quiero asegurarme de que me oye. Mis botas militares garantizan que quien haya en el piso de abajo me oirá sí o sí.
Nuevo obstáculo: las escaleras. Cogería el ascensor, pero la última vez que me subí, había alguien durmiendo en el interior. (Mary, mi exjefa y actual casera, no mostró ninguna compasión: «En mi época, ya se habría ahogado en su propio vómito»). Tengo miedo a que haya alguien durmiendo dentro y que, en cuanto me meta en el ascensor, la persona en cuestión abra los ojos y me agarre del tobillo.
Cuando vivía en Los Ángeles, me preocupaba que alguien se escondiera debajo de mi coche y me rajara los tendones, así que no se trata de un miedo desconocido para mí. Nada más salir al aire «libre», sin embargo, todos los parecidos —reales o inventados— con la Ciudad de las Estrellas se evaporan.
¡Cláxones! ¡Frenazos! ¡Timbres! ¡Discusiones! ¡Gritos!
Me asaltan los ruidos. Y los olores. El de la basura acumulada fuera del portal flota en el aire. Y las cacofonías. Me toca lidiar con el ansia de taparme los oídos, cerrar los ojos y rezar por un dispositivo de teletransportación. ¿Por qué los ruidos son tan fuertes? ¿Por qué sale un humo no identificado de una rejilla mugrienta en plena acera? ¿Por qué todo el mundo avanza y me da codazos a un ritmo tan frenético? Al menos las botas me protegerán. Pero no me ayudarán a ir deprisa, eso seguro.
Llega a la esquina. Tú llega a la esquina, y así podrás cruzar la calle.
Entiendo el atractivo de los quioscos, de verdad que sí. Y de los puestos de comida, cómo no. El problema es que ahora tengo que moverme entre ellos sin chocarme con nadie por accidente, sin mancharme de grasa y sin oler algo que preferiría no oler a esta hora de la mañana.
Madre mía, solo he avanzado media manzana y ya me han fulminado con la mirada, comido con los ojos, pisado, empujado y rodeado. Lo que daría por recuperar la paz y la tranquilidad de mi coche de California. Lo sé, lo sé, allí hay el tráfico más horroroso del mundo, pero ¿sabes qué más hay? Espacio para mí. Control sobre la temperatura. Un lugar en el que respirar, la opción de escuchar la música, el podcast o la emisora que me dé la gana y la posibilidad de prestarle atención en la calma de mi coche, mientras me bebo un té helado o imagino hipotéticos diálogos.
Por fin llego a la intersección y el semáforo se pone en verde, pero ya he aprendido que todavía no hay que empezar a caminar. Los tres primeros coches no se paran. Dos patinan y el tercero pita, como si me insultara y me prohibiera siquiera pensar en él.
¿Sabes qué más tenemos en California?
Montañas. Árboles. Playa. Hierba (de los dos tipos).
Antes de que me dé cuenta, vuelve a iluminarse la funesta mano roja y he perdido la oportunidad de cruzar. Me echo hacia atrás, frustrada y avergonzada. ¿Por qué no consigo mover los pies? Se me acercan varias personas y me pongo tensa, preparada para recibir golpes a medida que me rodean. ¡Y entonces van y todos cruzan la calle! Aunque se vea claramente la advertencia de «No cruzar». Por lo visto, tienen tendencias suicidas. Me tendría que haber agarrado a la camisa de uno y dejar que me arrastrara consigo. Seguro que es la única manera que tengo de llegar al Café Crudité.
Dos nuevas luces verdes y reaparece la advertencia roja. Me obligo a echar a correr, lo más rápido posible, con la cabeza gacha y sin mirar atrás. ¡Chúpate esa, Nueva York! Paso por delante de una quesería y una farmacia y logro entrar en la cafetería. Hoy he llegado más tarde, pero nadie ha ocupado la gran mesa junto a la ventana, así que el día no pinta tan mal. Me prometo a mí misma que voy a ser productiva. Me pasaré las próximas seis u ocho horas alternando entre el guion que estoy escribiendo y el portal de Palabras de Amor, para ver si han entrado nuevos clientes al sistema y puedo pillar uno. Llevo cuatro días siendo muy lenta y mis facturas lo van a reflejar. Me gustaría saber si los demás autónomos se han instalado una especie de sistema de alarma y por eso siempre se me adelantan.
Me rugen las tripas. Ahora mismo, en la nevera no tengo más que unas bolsitas de kétchup y media botella de Riesling, y no puedo gastar el dinero para taxis en una carísima quiche para desayunar; será otra mañana de biscotti, pues. (El Café Crudité ofrece gratis «delicias horneadas ayer» en un plato a la vista en el mostrador). El establecimiento está prácticamente vacío: en la cola solo hay una persona delante de mí y nadie detrás. A cámara lenta, veo cómo el glotón que tengo delante mueve la mano hacia los biscotti gratuitos, es decir, hacia mi desayuno. Solo quedan dos, que bastarían para una triste semicomida. Tengo tanta hambre que noto la saliva que se me acumula en el interior de las mejillas.
Necesito los biscotti.
—¡Un momento! —chillo. He gritado con mi voz rara y resonante de «¡En el descansillo!». Vuelvo a empezar—. Es que… son míos y… —termino con voz normal.
La mano del tío se detiene en el aire y se gira para mirarme. Es alto y moreno, como mis ligues de California del pasado, pero en él no hay bondad, despreocupación ni gotas del océano sobre el rostro. Tiene el pelo negro, de punta, intenso y enfadado, lleva unas gafas de hípster que seguramente no necesita y un amago de barba que no sabe qué quiere ser de mayor. Se parece a Zayn Malik en una versión de estudiante de Odontología estresado.
—¿Cómo que son «tuyos»? —pregunta el dentista Zayn Malik, y hace el gesto de las comillas en el aire.
—Puedes quedarte con los muffins de ayer —digo, y se los señalo. (Je. Son vegetales, pero Gafas de Hípster quizá no lo sabe. Quizá tampoco sabe que las crudités son verduras)—. Son más grandes, llenan más y te hago el favor de dejar que te los quedes tú —añado con los dientes apretados.
—Qué gran generosidad la tuya. Están duros.
—¡Por eso son gratis!
—Y seguramente llevan calabacín o kale.
Vaya. Lo sabe.
—Los biscotti también están ya duros, no van a estar buenos —me espeta antes de dirigirse de nuevo hacia ellos—. Pero los muffins estarán malísimos. Además, yo he llegado primero.
Sus cabellos embravecidos y revueltos me sacan de quicio. Es evidente que alguien le tiró del pelo anoche en un momento de pasión y no se ha preocupado por arreglárselo. Se debe de ver a sí mismo como un tío despeinado y sexy, al día siguiente de triunfar; seguro que se ha levantado tarde y le ha preparado a su pareja huevos y tostadas para desayunar en la cama, y ¿ahora piensa que también se va a quedar con mis biscotti? Aunque todavía no los ha cogido…, a lo mejor atiende a razones y todo.
—Es que los biscotti siempre me los llevo yo —murmullo. Ya casi puedo saborearlos—. Me los guardan para mí.
La camarera hace acto de presencia y le entrega el café grande al tío. En su chapa se lee «Evelynn».
—¿Le estás guardando los biscotti de ayer a esta loca, Evelynn? —le pregunta.
—No la he visto en mi vida. Y no, va por orden de llegada.
—Vengo todos los días —protesto—. De lunes a domingo, siete días a la semana.
—No me acuerdo de ti. —Evelynn se encoge de hombros.
—Yo te doy más trabajo que él —digo a la desesperada—. Soy una clienta habitual, vengo todos los días desde que me mudé a Nueva York.
—¿Cuándo te mudaste? —pregunta Gafas de Hípster.
—Hace un mes.
—Ahí va, madre mía, sí, eres toda una leyenda —exclama—. ¡La chica de la cafetería! ¿Dices que hace un mes que vienes? Impresionante…, pero es que YO LLEVO VINIENDO DESDE HACE CASI QUINCE AÑOS.
Un completo desconocido me está gritando, ¡en público! En Los Ángeles, eso solo les pasa a los famosos. La parte reptiliana de mi cerebro chilla: «¡Retirada!», pero la parte hambrienta le responde: «Ni se te ocurra», así que levanto la cabeza.
—¿Cómo es posible que no te haya visto nunca, entonces? —exijo saber.
—Pues será porque dejo pasar un tiempo entre una visita y otra, como se supone que hace la gente normal.
—La próxima vez deja pasar más tiempo y más espacio —le contesto. Sé que suena a locura, pero él no necesita los biscotti como yo. Es neoyorquino, libre de moverse por la ciudad, mientras yo, por ahora, estoy atrapada en esta manzana.
—Un momento. —Evelynn chasquea los dedos hacia mí—. Sí que me acuerdo de ti. Café americano larguísimo, sin nada de comer.
—Eso no es darles trabajo —apunta Gafas de Hípster—. Es quitarles trabajo.
—Evelynn, te doy diez céntimos por los biscotti —espeto.
—Veinticinco —contraataca el tío.
Evelynn se nos queda mirando.
—Setenta y cinco —replico.
—La gracia es que son gratis —dice Evelynn lentamente—, porque no están demasiado buenos.
—Te los doy a ti, Evelynn —remarco—. Bajo mano. No se tiene que enterar nadie.
—Dos dólares —dice el ricachón con el dinero en la mano—. Es mi última oferta.
—La gracia es que son gratis —protesto. Ya no puedo competir. Necesito los dos dólares para mi café americano.
Evelynn coge el plato.
—Estupendo —se enfada el tío—. ¡Ahora nadie va a comer biscotti ni perdices!
—Vale, calma. ¿Perdices?
Con las manos enguantadas, Evelynn parte los dos biscotti por la mitad. Pone dos trocitos en mi mano y los otros dos, en la mano de él. Pero ¿por qué los ha partido por la mitad? ¿Porque era la única manera de mostrar la rabia que siente? ¿Porque así los dos tendremos dos trozos, cerraremos el pico y nos largaremos? ¿O es su manera de recordarnos quién ostenta el poder aquí? (Es irrelevante, ya lo sé. Pero es que son los detalles los que construyen una personalidad. Y yo siempre me fijo en los detalles).
Con los trocitos de biscotti y las migas bien apretados, pido un americano larguísimo y dejo setenta y cinco céntimos en el tarro de las propinas, porque es lo que he apostado en la subasta. Me arden las mejillas y evito la mirada de Evelynn cuando me entrega el pedido. Después de gritarme a la cara, el dramático semental se ha apartado a toda prisa con su triste botín, y yo me tengo que quedar allí y aceptar la irritación que emana de Evelynn como si fuera una ola de calor. Mascullo un «gracias» y me alejo. Noto sus ojos clavados en mí mientras me encamino hacia mi mesa junto a la ventana, mi amada y enorme mesa, y no la culpo. Dejo el café y…
¿Estás de coña? Hay una bolsa en el asiento de enfrente, en el largo y bonito banco que da a la ventana. A mi ventana.
Se trata de una mochila bandolera con cierre frontal de velcro, una de esas bolsas preciosas y exclusivas de material reciclado de Suiza o algo así, hecha con PVC y con una correa que cruza el hombro y se encaja en la clavícula. Es moralmente superior a cualquier otra bolsa, que es la única razón para comprarla, y ahora también ocupa mi mesa. El propietario no está allí, por lo que en teoría podría… deslizar la bandolera, dejarla en el suelo y fingir que no la he visto caer del banco. El que va a Sevilla pierde su silla. Miro a izquierda y a derecha y me inclino con las botas militares cuando…
—Ese asiento está ocupado —dice una voz masculina.
Me quedo paralizada, pillada in fraganti.
Y es el mismo imbécil de antes, qué raro. Para demostrar que lleva razón, rodea la mesa por el otro lado y se regodea alzando la mochila del banco y soltándola en medio de la mesa.
Cojo mi café.
—Muy bien, joder. Ya me voy.
Evelynn no nos quita ojo y, para no montar otra escenita, y con toda la dignidad que logro reunir, me dirijo a otra mesa. Espero que no se quede mucho rato. Seguro que ni siquiera necesita ese sitio: es uno de esos tíos que siempre quiere conseguir lo mejor de lo mejor. Esa mesa es obviamente la reina del Crudité, las demás son solo plebeyas. Y son tan pequeñas que no tengo espacio para el portátil y el bolso.
No estaría tan cabreada si no fuera otra mañana de mierda en esta ciudad de mierda, o si mi guion fuera bien, o si no tuviera tanta hambre de comida y de clientes, o si —lo admito— el tío fuera del montón. Con ese aspecto desaliñado, sus ojos marrón oscuro, su constitución delgada y su melena abundante, es absurdamente atractivo o, lo que es lo mismo, nunca ha tenido que preocuparse por su carácter, así que es probable que se pase la vida presentándose donde más le apetece para que la gente le dé lo que desea. Bueno, pues una servidora se niega. Vengo de la ciudad de los modelos barra actores: su físico no me impresiona.
Es la primera vez que alguien me roba la mesa grande, pero voy a tener que esperar a que se marche. Desde mi ratonera no puedo trabajar, y en mi perímetro de seguridad no hay ninguna otra cafetería.
***
Han pasado cuarenta minutos y el tío sigue ahí, perdiendo el tiempo, con las largas piernas extendidas para que cualquiera que se acerque tropiece con él. Me he terminado el café y tengo que ir a hacer pis.
«Vete», le ordeno telepáticamente. «¡Vete!». Me levanto para ir al servicio, con la esperanza de que cuando vuelva ese tío y su ridículo peinado se hayan largado.
Pero no. Al regresar, lo veo escribir en el portátil como un loco. Tiene pinta de haberse instalado ahí para un buen rato. Enciendo el ordenador —lo coloco sobre mi regazo, lo que seguro que me provoca cáncer de muslo—, y entro en el portal de Bueno, Fácil, Feliz, es decir, de Palabras de Amor, y leo el temido mensaje: «Por ahora no hay nuevos clientes disponibles. Nos estamos esforzando en atraer a más. Te agradecemos la paciencia. Mientras esperas, ¿por qué no añades algo a la base de datos desplegable? ¡Nos vemos en los bares!».
Debajo del mensaje aparece el conocido logo con las letras «BBF» rodeadas por un corazón rojo. Supongo que todavía no han terminado de eliminar todas las referencias al antiguo nombre de la empresa.
Seguro que, mientras esperaba con odio a que el ladrón de mesas se fuera, otros ghostwriters han pillado a todos los nuevos clientes. Ocurre muy a menudo: Clifford ha contratado a tanta gente que la ratio de trabajadores y clientes está descompensada. Dice que el negocio crece más cada día que pasa y me fío de él (creo), pero así es difícil ganar un sueldo estable. Hay unas bonificaciones —o eso dice él— para los que acompañan a los clientes hasta el final, aunque a mí todavía no me ha pasado. Suspiro y hago clic en la base de datos desplegable. Una de las ideas de Clifford es un paquete de autoservicio, por el que los clientes pagan a la empresa para acceder a una lista de temas de conversación y de mensajes adecuados y provocativos distribuidos en cuatro categorías: Coqueto, Pícaro, Sexy y Despreocupado, de manera que puedan reunir material que utilizar con sus posibles e incautos matches. Con cada frase que añado a la lista me llevo cinco dólares, y también la preocupante sospecha de que estoy acelerando mi fin como empleada al hacer que mi trabajo se vuelva innecesario.
Desde que llegué a la Gran Manzana infestada de gusanos, he mandado por lo menos treinta currículums, pero de momento todos mis ingresos provienen de Palabras de Amor. Tengo que conseguir que me vaya bien, aunque para ello deba entrar en la página web cincuenta mil veces al día.
Pip.
Me aparece un nuevo mensaje en la pantalla.
¡¿Por qué me ignoras?!
Mierda, ¿la he cagado? ¿He dejado un encargo a medias cuando me toca a mí meter baza? En la empresa, eso está prohibidísimo. Respondemos enseguida, a no ser que se dé la orden de seguir una estrategia y tardar en contestar. Tess, mi clienta, no lo ha pedido, así que me toca arreglarlo de inmediato.
Ostras, escribo. Lo siento mucho, llevo unos días de locos, pero en realidad…
Y entonces veo quién me manda el mensaje. Nick, no un cliente. Nick, el tío con el que medio salía en Los Ángeles. (Énfasis en lo de «medio». Era el camello de Mary, por lo que nuestros encuentros eran… irregulares).
No te ignoro, lo corrijo. Ya te dije que me mudaba.
¡No has respondido ni uno de mis mensajes! ESO ES IGNORAR.
No, es decir adiós. Ignorar es desconocer la existencia de algo.
PUES NADA, te deseo lo mejor. Tu jefa me debe dos mil pavos de maría.
Seguro que es verdad, pero ¿qué quiere que haga yo?
Pues háblalo con ella.
Bloqueado, sigamos.
Me paso las dos horas siguientes alternando entre el guion en el que estoy trabajando y la web de Palabras de Amor. En mi intento número dieciséis, hay tres nuevos clientes; muevo el cursor a toda prisa para hacer clic en uno de los recuadros, pero no soy lo bastante rápida, porque la página se actualiza y aparece el blablablá de siempre: «Por ahora no hay nuevos clientes disponibles». El diseño ha cambiado, al menos, y ha pasado de un corazoncito rojo a una persona que susurra al oído de otra. (Palabras de amor, se supone). Por lo menos los informáticos sí que hacen su trabajo. Ahora el portal es mucho más chulo. Ojalá me llevara una tajada del curro.
Vuelvo a fulminar con la mirada al ladrón de mesas. Si no me hubiera robado mi puesto de trabajo ni mi desayuno, fijo que habría sido más rápida.
Las dos de la tarde y el tío sigue ahí.
Me acerco al mostrador —por suerte, el turno de Evelynn ya ha acabado y tengo una oportunidad de parecer normal a la nueva camarera— y me relleno el café. Me quedo mirando el bol de judías negras con quinoa. Es lo más barato del menú, pero sigue siendo demasiado caro para mi economía basada en un solo cliente.
De vuelta a mi mesa de tamaño infantil, veo que me ha llegado un correo de Clifford. Seguro que no es más que otro contrato que firmar o una actualización del manual del autónomo (se rumorea que lo ha birlado de la empresa en la que trabajaba antes). Hago clic en el enlace de Dropbox del correo y de repente suena música por los altavoces del portátil: The Weeknd retumba por la cafetería y me canta la banda sonora de Cincuenta sombras de Grey.
Pero ¡esto qué es! Aprieto el botón para bajar el volumen hasta que silencio la canción. Las personas que hacen cola arquean las cejas. Una de ellas mueve la cabeza en mi dirección. Y sé que el ladrón de mesas también lo ha oído.
Roja como un tomate, me pongo los auriculares, los conecto al ordenador y, con cuidado, subo un poco el volumen, no sin antes asegurarme de que nadie más vaya a oírlo. Es un vídeo. Con el corazón a mil, pero esta vez convencida de que será algo privado, vuelvo a abrir el enlace. En una pantalla negra, The Weeknd me canta Earned It. Que me lo he ganado, vamos. Y en ese momento aparece Clifford. Camina hacia la cámara como si realmente se me estuviera acercando.
—¡Saludos, estrella! No te preocupes, mujer, la canción no nos ha costado ni un duro porque solo sirve para una bromilla. Pero es que te lo has ganado.
«¿Ha grabado un mensaje para las trabajadoras y otro para los trabajadores?», me pregunto, distraída. «Y de ser así, ¿les resultará ofensivo a los dos grupos?».
—Si estás viendo este mensaje es que ¡has estado brillante! Tu último cliente… —una pausa muy rara seguida de un añadido en posproducción—, Tess Riley… —y vuelve a su voz normal y corriente—, ha eliminado su perfil de la web. Es decir, ¡que has tenido éxito! ¡Sí! —Otra pausa de posproducción—. Tess Riley… ¡ha encontrado el verdadero amor! ¿Que qué significa? Significa que vas a recibir una bonificación de quinientos dólares. —Suena una musiquilla de monedas, que caen alrededor de Clifford—. Y también una celebración en tu honor. Echa un vistazo a tu correo, pantera, y descubrirás una fantástica sorpresa. Y lo que es más importante: se te va a asignar automáticamente el próximo cliente que se registre en la página. No hace falta que te pelees por él, es todo tuyo. Felicidades, y que pases un feliz día o noche.
Sigo impresionada por el comunicado inesperado de Clifford y por la canción de The Weeknd, pero no puedo negar que es una noticia buenísima. Quinientos pavos que me pagarán muchas carreras de taxis. Si me desplazara a algún sitio, iría superilusionada.
Y al fin entiendo por qué es tan difícil pescar a clientes en la web: la mayoría van directos a las cuentas de los empleados que han demostrado su valía. En lo que a motivación se refiere, Clifford es o un capullo o un genio. Los que no tengan aptitudes para el trabajo no van a necesitar que los echen: simplemente no conseguirán clientes nunca, sin saber el porqué. Serán ignorados por completo. No sé cómo me siento al respecto, pero en cualquier caso sí que me lo he ganado, joder. Tess Riley quería conocer a un arquitecto, de entre 28 y 37 años, con cuerpo de jugador de fútbol. Y cruzaba los dedos por que fuera un hombre de ascendencia suramericana u holandesa. ¿Que si me porté? ¡Apuesta lo que quieras y perderás!
Mateo van de Berg cumplía todos los requisitos.
Apago el ordenador y me preparo para irme, flotando en una ola de satisfacción. Se acaba la jornada por hoy, y por todo lo alto (bueno, un poco de maría me iría genial para calmarme en el camino de vuelta a casa). A lo lejos ruge una sirena, que se acerca más y más, y me estremezco al recordar lo que me espera ahí fuera. La ciudad, viva e implacable, dispuesta a zarandearme como si fuera un viejo balón de playa.
Al salir de la cafetería, paso cerca del ladrón de mesas. Me mira a los ojos y yo los aparto enseguida, pero no antes de que crucemos la mirada. Respiro hondo y empujo la puerta. Y entonces, a pesar del ruido y la muchedumbre que me amenazan, esbozo una leve sonrisa. Porque aunque él no lo sepa, hoy es el último día que se va a sentar ahí.
CAPÍTULO 3
De: Leanne Tseng
Para: Todos los trabajadores de Habla el Corazón
Asunto: La palabra del día
Equipo:
A riesgo de sonar como cierta persona a la que todos conocemos y odiamos, la palabra del día es «sobrevender». Esta semana, quiero que tengáis en mente que somos una tienda exclusiva que ofrece una gran variedad de servicios. Ayudemos a que nuestros clientes saquen partido a nuestro equipo de talentosos especialistas. Sumergíos en los expedientes de vuestros clientes para ver cómo echarles una mano para que encuentren su final feliz.
Por cierto, aunque todavía no hayamos tomado medidas legales, os informo de que estamos estudiando si alguna empresa que ofrece servicios parecidos (aunque claramente inferiores) ha violado la propiedad intelectual o la privacidad de información. En cuanto a nuestros trabajadores autónomos que estén colaborando con alguna de esas empresas, esperamos haber resuelto esta cuestión lo más pronto posible, sin que eso afecte a vuestras labores ni lealtades hacia ninguna de las dos.
Dicho lo cual, el objetivo número uno es levantar el negocio hasta que os pueda contratar a todos a jornada completa, para que así no tengáis que pasaros media semana borrando los últimos e inapropiados comentarios de vuestro otro jefe.
No olvidéis la palabra del día, chicos. La palabra del día.
Saludos cordiales,
Leanne
Miles
Evelynn no exageraba con lo del café larguísimo. La leyenda de la cafetería está ahí, sentada a una mesa del rincón; lleva casi todo el día encorvada sobre el portátil y, de vez en cuando, me lanza una mirada asesina. Pero como ya le he dicho, llevo quince años viviendo en Nueva York. Si no fuera capaz de soportar los rayos mortíferos que emite una morena con ojos de corderito degollado, me tendrían que quitar la MetroCard.
Por cierto, aunque no me lo hubiera dicho, me habría dado cuenta de que no es de Nueva York solo por su ropa. Estamos a finales de abril y lleva una camiseta sin mangas y pantalones cortos. Hace menos de un par de semanas cayó una buena nevada, que podría justificar lo de las botas militares (que en realidad no tienen justificación). Aunque quizá sea su manera de decirle al mundo que tiene cuerpazo pero que te va a pegar una patada en el culo como la mires demasiado rato. Y lo respeto. Lo que más me cuesta descifrar son los rarísimos guantes de punto sin dedos que lleva hasta los codos y que, sin lugar a dudas, los tejió alguien que o estaba borracho o buscaba con entusiasmo una manera de utilizar la etiqueta #UñasPerfectas. El lugar del que proviene seguro que está falto de estaciones y —no nos engañemos— de cultura. Seguro que es de un sitio superpredecible, como Florida.
Sea cual sea su historia, tengo que ignorarla. Igual que tengo que ignorar por qué llevo seis semanas sin venir al Café Crudité. No es que fuera uno de «nuestros sitios», de Jordan y mío; pero sí que lo visitábamos a veces en la época en la que ella compartía con tres personas un piso cerca de allí, antes de que diéramos el salto para cruzar el puente y nos mudáramos a un barrio que no empezara con «Man» y terminara con «da huevos, este zulo vale un pastizal, pero fíjate en ese balcón tan bonito, me cabrá una silla y podré decir que tengo una terraza, ¿dónde hay que firmar?».
A ver, que igualmente dimos el salto para irnos a vivir juntos, sí, pero entonces mudarse a Brooklyn nos pareció lo más. Nota: el año pasado, Miles era un auténtico idiota.
Y un tarado. Un puto romántico en los tiempos que corren, ¿y a su edad? Como si hubiera tardado treinta y un años en darse cuenta de que los finales felices solo aparecen en los cuentos. En los cuentos de niños. Como decía Gemma, la inglesa con la que salí antes de Jordan: «¡Qué capullo!».
En fin, que este capullo no ha visitado esta cafetería últimamente porque me asaltan demasiados recuerdos: de cuando me tomaba un café por la mañana tras haber pasado la noche con ella, o de cuando nos quedábamos vagueando después de comer porque no les importaba y no teníamos precisamente mucho dinero. Por esa razón, cuando las oficinas de Habla el Corazón desaparecieron en una columna de humo de lo que estuviera fumándose Clifford, la cafetería se convirtió en el lugar en el que dejarme caer y trabajar un poco. Aunque estuviera a un buen rato de Brooklyn, al desplazarme hasta allí seguía con mi rutina diaria de ir «a la oficina».
Y por eso estoy aquí ahora. Es el último sitio en el que recuerdo haberle dado cierta importancia a mi trabajo. Y si ahora me veo obligado —bajo amenaza de descrédito profesional y despido— a intentar parecerme al viejo Miles Ibrahim, el empleado del siglo, parece el lugar lógico al que acudir.
Abro el cuestionario de Jude Campbell y lo leo. Y lo releo, una y otra vez, hasta que me lo sé de memoria. Se acabaron las sorpresas de cuartetos de cuerda. Hago clic en los tres perfiles de las páginas en las que se ha registrado y los leo detenidamente. Empiezo a tomar notas sobre lo que hay que cambiar. No ha publicado demasiada información, un error de principiante. Tampoco es cuestión de escribir una tesis, pero es interesante incluir contenido suficiente para que vean que has invertido tiempo rellenando el perfil. Así dejas claro que quieres acabar lo que has empezado y que te vas a dedicar por completo a la causa. Hay una línea muy fina entre ser exhaustivo y pasarse de coñazo, claro, y ahí es donde entro yo. Se deben elegir las palabras con cuidado para reflejar la personalidad (mejorada y editada) de nuestros clientes; tienen que brillar… y dejarte con ganas de más.
Le mando un correo a Jude y me presento como su asesor de Habla el Corazón para preguntarle cuándo está libre para quedar, y le digo que yo podría hoy mismo. Nada más darle a «enviar», de la mesa del rincón brota una canción a toda pastilla que me permite mirar hacia esa dirección.
Se trata de la leyenda de la cafetería, cuyo rostro se ha teñido de un rosa intenso, pestañeando a lo Bambi mientras aporrea desesperada las teclas de su ordenador. Creo que es la banda sonora de ¡Cincuenta sombras de Grey. ¿Para eso ha venido al Crudité? ¿Engullir comida gratis mientras ve porno erótico en público hace que tenga un orgasmo o algo? Me quedo mirándola unos instantes y me pregunto si sería capaz de adivinar si está cachonda. Y entonces caigo en la cuenta. De ninguna de las maneras voy a volver a fijarme en una mujer, aunque sea por meros motivos antropológicos.
Un pitido me anuncia que me ha llegado un mensaje. Un correo de Jude, que me dice que puede quedar hoy a las cuatro. Estupendo. Que un cliente sea entusiasta y comunicativo es una buena señal. Le respondo con la ubicación del Café Crudité.
En ese momento, saco el móvil para comprobar si me he empapado bien del perfil de mi cliente.
Abro 24/7, una de las enésimas aplicaciones de citas que me he descargado (por trabajo, ¿eh?, porque es obvio que yo jamás volveré a tener una cita. Los perfiles que subo ni siquiera son míos, sino un batiburrillo de información inventada y de imágenes robadas del buscador de Google que seguro que son de un folleto de un instituto checo). Me fijo en los veinticuatro destacados, con sus imágenes en miniatura y breves fragmentos de los perfiles, que me aparecen como los matches diarios para «mí». Y escojo los cinco que creo que es más probable que seleccionara Jude. Dudo un poco, y al final me toca elegir entre una analista de finanzas que los fines de semana juega al softball y una coordinadora de marketing que es profesora de pilates. Me quedo con Doña Pilates: seguro que tiene más tiempo libre y es más flexible. Cuando nuestra reunión esté a punto de terminar, comprobaré con Jude si he acertado.
Y ahora debo hacer algo durante los cuarenta y cinco minutos que faltan para que llegue a la cafetería. Tengo un poco de hambre, pero ya no quedan biscotti (evidente) y cierta persona desesperada se ha adueñado de los muffins de kalell. Miro hacia la mesa del rincón y veo que la leyenda también se va a marchar, no sin fulminarme con la mirada antes de llegar a la puerta. Que te vaya bien, Miss Florida. Más vale que aprendas a ser más fuerte, o de lo contrario Nueva York te hará añicos en una semana y te mandará de vuelta a las marismas soleadas de las que saliste.
A pesar de los rugidos de mi estómago, opto por no comprar nada de comer. Aunque hoy haya sido la mar de eficiente, a saber si la semana que viene seguiré teniendo trabajo. Me daría de hostias si me veo obligado a quedarme sin cenar por haber caído en la tentación de una porción de tarta de cuatro dólares. Y ahora que se ha ido la leyenda, no hay nadie interesante a quien mirar/intimidar para que así experimente en sus carnes la Nueva York más real y auténtica.
Vuelvo a coger el móvil. Y antes de saber qué estoy haciendo, he abierto Instagram y he buscado la publicación del embarazo de Jordan. Esta vez, solo me paso un minuto o así mirando a la foto antes de acabar encerrado en el laberinto de comentarios.
Entre las felicitaciones y los mensajes de «madre mía» hay algunas joyitas.
«¡Os felicito, Miles y Jordan!», dice Greta, la estudiante alemana de intercambio que mis padres acogieron un verano. ¡Ja! Por lo menos no soy el único que ha pensado que el bebé es mío. Y aunque tendría que escribirle, no tengo ni idea de cómo sería el correo:
Hola, Greta:
Cuánto tiempo. Espero que estés bien. Una cosa, ¿podrías dejar de seguir a mi infiel exnovia en las redes sociales?
Danke,
Miles
A continuación, un breve «Enhorabuena» de… ¡¿En serio?! ¿De mi tía Fatma?
Y entonces, como si hubiera percibido mi inminente ataque de nervios y la incredulidad que siento al pensar en su madre, recibo un mensaje.
¿Cómo estás?
Es Aisha, mi prima.
¿Te ha avisado tu sexto sentido arácnido?, escribo. Aisha tiene un don (a mí me gusta pensar que ambos lo tenemos) para notar el momento preciso en el que alguien necesita que le hablen. Es probable que se deba a que somos hijos únicos. Aisha es lo más parecido a una hermana que tengo, y viceversa.
Espero que no estés mirando la foto de Jordan. Ni escribiéndole. Ni pensando en ella, me dice.
Pues claro que no, le respondo. ¿Por qué iba a escribirle? Lo de esta mañana no cuenta, porque es evidente que lo que guio mi mano fue la pura adrenalina. Pero hablando de escribir, quizá tendrías que hablar con tu madre.
Ay, Dios. ¿Qué ha hecho ahora?
No, nada, le digo. Solo ha felicitado a mi exprometida por el bebé que va a tener con otro. En Instagram. No pasa nada.
Hay una pausa considerable antes de que Aisha vuelva a escribir. ¿Sabes los controles parentales que capan los teléfonos de los hijos? Tendrían que poner unos que funcionaran al revés. Para controlar a los padres. Hablaré con ella. Lo siento.
Me echo a reír sin poder evitarlo. Si te soy sincero, es la primera vez que me río desde que Jordan me soltó lo de «tenemos que hablar». A lo mejor le tendrías que dar las gracias y todo.
¿Quieres que te diga que Jordan no te merece, que estás mejor sin ella y que lo superarás en un santiamén?
Empiezo a escribir: No, pero entonces, pensándolo mejor, sigo escribiendo y añado: No me iría mal…
Pues eso, que no te merece. Y que estás muchísimo mejor sin ella. Y lo habrás superado antes, mucho antes de lo que imaginas. Estar juntos no era vuestro destino.
Vuelvo a reír, pero ahora amargamente. Yo no creo en el destino.
Ya, claro, me contesta. El que ahora habla es Miles el Abandonado. Vuelve a escribirme dentro de dos meses, cuando vuelvas a ser Miles, el que se pirra en secreto por las comedias románticas.
Oye, le digo. Nunca ha sido un secreto.
Cierto, me responde. Miles, el libro abierto de par en par. Te estaré esperando.
Que sí, que sí.
Mientras tanto… Desinstálate Instagram, anda.
Me quedo mirando el móvil, dudando. ¿Podré hacerlo? O sea, ¿alguien puede hacerlo de verdad?
Sí que puedes. Aisha vuelve a responder a las señales de mi cerebro. Y me encargaré de que mi madre también, créeme.
Suspiro y hago clic en el botón de desinstalar la app. Vale. ¿Algo más?
Sí. Que tqm.
Yo también tqm.
Y si algún día me encuentro con Jordan, le daré una patada en el culo.
Me echo a reír. Aisha mide un metro y medio, pero va a clases de kick-boxing tres veces por semana. Yo nunca apostaría en su contra. Gracias, le respondo. Aunque en su estado mejor que no.
Tienes razón, me escribe. Le voy a dar una tregua de…, no sé…, ¿de ocho meses tras el parto?
Me parece justo.
Suena la puerta de la cafetería y, al levantar la mirada, veo que la cruza un rostro conocido. Me tengo que ir. Ha llegado mi cliente.
Uuh. ¿Miras a ver si me necesita? Este mes me iría genial trabajo extra.
Claro.
Me levanto, me guardo el teléfono y llamo a Jude para llamar su atención, ya que soy el que tiene ventaja por haberlo visto en foto. Lleva el pelo castaño rojizo peinado con maña y una barba bien cuidada. Tiene los ojos verdes y ha escogido el color de la camiseta ajustada que viste para resaltarlos, y para resaltar también sus bíceps, un claro beneficio de su trabajo como entrenador personal. Veinte años atrás, si este tío quisiera ligar con chicas en un bar…, no habría necesitado mi ayuda, ni de coña.
En fin, que no sería exagerado recomendarle los servicios fotográficos de Aisha. Teniendo en cuenta su aspecto, y la magia de Aisha para dar con la luz y la pose adecuadas y su filtro de frescura secreto, fijo que si quisiera lo haría parecerse a Jude Law.
—Hola. Miles, ¿verdad? —dice, y se dirige hacia mí con la mano extendida.
Pues sí, hice bien en escogerlo por su acento. Vale, sí, a lo mejor me cuesta un poco descifrar lo que dice, pero es que es difícil oírlo por encima del ruido de las bragas que se van cayendo a su paso.
—Sí. ¿Qué tal, Jude? Encantado de conocerte. Siéntate. —Nos estrechamos la mano y se sienta delante de mí—. ¿Quieres beber algo? ¿Un café?
—No, no, gracias —dice—. Llevo unos días sin tomar cafeína. —Me lo apunto. Tras pensar unos instantes, añade—: Pero ¿crees que me podrían preparar una taza de agua caliente con limón?
—Seguro que sí. Ahora mismo vuelvo. —Espero en la cola y se lo pido a la sustituta de Evelynn, que no dice nada sobre el hecho de que llevo horas aquí sentado y que ahora quiero algo que me va a tener que dar gratis. Meto un dólar en el tarro de las propinas para tener buen karma.
—Gracias —dice Jude cuando dejo la taza delante de él, y después se echa a reír—. Perdona, es que es un poco raro, ¿no? Lo de conocer a alguien que en teoría va a hacerse pasar por mí, digo.
—No lo veas así. —Levanto las manos—. Tú imagínate que soy un coach. O un editor. Te voy a ayudar a que des la mejor versión de ti mismo sobre el papel. Bueno, sobre la pantalla.
—Sí, ya me he dado cuenta de que necesito ayuda con eso —asiente Jude—. El problema es que nunca sé qué responder, y luego me olvido, y para cuando me acuerdo ya me han ignorado. En fin. Es lo que me han dicho un par de chicas.
—Saber escribir es vital —asiento—. En realidad, vas a contratar a un asistente que te ayude a llegar hasta la puerta. Es lo mismo que si contrataras…, no sé, a alguien para que te eche una mano con el currículum.
—Ya, ya. —Jude le da un sorbo la taza—. Oye, y ¿cómo funciona exactamente? ¿Los matches los elijo yo?
—A ver —empiezo, y me lanzo a soltarle el discurso—. Básicamente, ofrecemos paquetes de servicios. Con el paquete básico, vas a poder elegir a tus matches, y nuestro objetivo es conseguirte una primera cita en persona. Siempre podrás añadir servicios a la carta, como por ejemplo que una de nuestras celestinas especialistas —Georgie, también conocida como la asistente/diseñadora gráfica/gestora de redes sociales de Leanne— te ayude a seleccionar a tus posibles matches. Otro añadido es un paquete de fotografía. Nuestra fotógrafa, que por cierto es espléndida, te ayudaría a escoger y mejorar tus imágenes para el perfil —le digo, para así plantar la semilla de un hipotético encargo para Aisha—. Hasta tenemos coaches conversacionales para ayudarte con las citas en persona. —Se trata de Giles, el abogado de Leanne que, por razones que todos desconocemos, le debe un superfavor a Leanne.
—Ya veo —dice Jude.
—También ofrecemos otros paquetes. Nuestro paquete plateado te garantiza ayuda hasta la tercera cita e incluye retoques fotográficos para tres imágenes, así como una consulta telefónica con nuestro coach conversacional. Y en nuestro paquete dorado, que es la repera, trabajaremos contigo hasta la décima cita. Organizaremos una sesión de fotos y te daremos diez imágenes retocadas, diez opciones distintas para añadir a tu perfil. Nuestro asistente conversacional estará disponible siempre que lo necesites y hasta asistirá a escondidas a una cita para ayudarte con la retórica a través de un pinganillo. —Algo que ofrecemos solo porque nadie escoge nunca el paquete dorado. No disponemos del equipo necesario y pongo la mano en el fuego a que Giles ni siquiera sabe que es una opción.
—Ostras —dice Jude, que estruja, nervioso, el limón sobre la bebida—. Muy a lo James Bond.
Noto que está abrumado; ha llegado el momento de ganármelo con la perfecta combinación entre confianza en sí mismo y aumento del amor propio.
—Hemos tenido éxito con todos los paquetes. Pero en tu caso te recomiendo el básico. No creo que vayas a necesitar demasiada ayuda.
—¿En serio? —se sorprende y me mira esperanzado.
—Pues claro —lo tranquilizo. No estoy mintiendo. De reojo, veo que la camarera lo mira con melancolía. Antes de que acabe el año consigo una de dos: o que este tío se haya casado o que esté rodeado de un harén; todo dependerá del tipo de relaciones que ande buscando. Normalmente, sin embargo, si acuden a nosotros es porque tienden a querer algo más serio—. Y si resulta que necesitas algún servicio extra, podemos verlo sobre la marcha. —En nuestra próxima reunión le enseñaré las maravillas que hace Aisha.
—Vale —asiente.
—Hoy me voy a limitar a enseñarte un par de cosillas de tus perfiles que puedes mejorar. Para que veas cómo trabajamos y que sepas que no vamos a cambiar nada de tu personalidad.
—Me parece bien —responde.
—Genial. —Echo un vistazo a su perfil de la app Químika—. Vale, aquí. En «Cosas que me gustan», has puesto: «La cerveza». Que está bien que seas sincero, ¿eh? Pero ¿qué es lo que más te gusta de beber?
Jude se me queda mirando como si me hubieran salido tres cabezas.
—Pues… básicamente emborracharme, hombre.
—Claro. —Le sonrío—. Pero aparte de eso. ¿Hay alguna marca que te guste en particular? ¿Algún bar en especial?
—Ah —dice—. Bueno, a ver, estoy buscando algo raro y específico. En realidad, es una chorrada. —Le da otro sorbo al agua y aferra la taza como si le diera seguridad, como si el hecho de revelar una búsqueda extraña, pero seguro que encantadora, le diera mucha vergüenza. Madre mía, este tío es el prota perfecto de una comedia romántica.
—No, no. Cuéntamelo, anda. Está bien lo de buscar algo concreto. Es una manera de mostrar tu forma de ser —lo animo.
—Bueno… Estoy buscando una cerveza artesanal sin gluten y baja en calorías que sepa a una normal. He recorrido la ciudad de cabo a rabo y he probado todas las de barril. —¿Qué te había dicho?—. De momento no he tenido suerte. Aunque Brooklyn me da buena espina. —Normal.
—Muy bien —digo—. Podemos tirar por ahí.
—¿En serio? —me pregunta.
—Claro. Además, ¿no te gustaría que alguien te hiciera compañía en esta aventura por los bares?
—Joder, sería genial —dice con una risilla.
—Bueno, pues para eso estoy yo aquí. Venga, empecemos. ¿Te importaría abrir tu cuenta? —Giro el portátil para dejárselo y que introduzca la contraseña. Hecho esto, muevo el ordenador para que vea lo que escribo.
Cosas que me gustan: En busca de la cerveza artesanal perfecta y de la chica perfecta con la que encontrarla. ¿Te gustan las aventuras? ¿Explorar esta increíble ciudad con un reto en mente y sin otra razón que disfrutar de la compañía? Si es así, escríbeme.
Y termino con una floritura.
—Hala, qué guay —dice Jude—. Está muy guay.
—Gracias —digo—. Bueno, pues si quieres apuntarte, te puedo enviar por correo el contrato, en el que verás las instrucciones para cambiar las contraseñas de acceso de tus perfiles y que así podamos entrar. Que quede claro que no modificaremos nada sin tu consentimiento.
—Ajá —murmura Jude asintiendo antes de tomar el último sorbo de la taza—. ¡Qué coño! Hagámoslo, ¿no? —Me sonríe y me vuelve a tender la mano.
—Genial —respondo, y se la estrecho—. Oye, antes de que te vayas, hay un juego al que me gusta jugar. —Saco el móvil y abro otra vez la app 24/7—. Ya que te voy a ayudar a modelar tu discurso, me gusta comprobar cuánto sé de mis clientes nada más leer el cuestionario. Dime una cosa, de todas estas mujeres, ¿qué cinco elegirías?
—Mmm…, vale —dice Jude. Coge mi teléfono y estudia la pantalla.
—Apunta la respuesta —digo mientras le dejo mi bloc de notas y un bolígrafo.
Se pasa un buen rato con mi móvil. De hecho, me da tiempo a empezar una partida de KenKen en el portátil antes de oírlo carraspear.
—Vale. Creo que ya estoy.
Veo lo que ha anotado. Y entonces, con una sonrisa, giro la página para que vea las que yo había elegido antes por él. Quizá no le habría enseñado mis respuestas si el resultado no fuera tan bueno.
Pero es que normalmente lo es.
Cuatro de cinco. Miles Ibrahim, el Poeta del Amor, ha vuelto.
CAPÍTULO 4
De: Clifford Jenkins
Para: Todo quisqui
Asunto: LAS TARJETAS REGALO FUNCIONAN
Parece que los Beatles se equivocaban. ¿Que quéééé? ¡El amor SÍ que se puede comprar! Me entusiasma contaros que la opción de las tarjetas regalo ya funciona a la perfección. También la he programado para que, por defecto, empiece en 299 dólares. Tratad a sus compradores como los vips que son, porque van a esperar un match excelente ya. Y ya quiere decir YA, en menos de lo que canta un gallo.
(Dicho esto, si sus primeras opciones se van al garete, recordadles que la tarjeta regalo se puede recargar de manera ilimitada. Como la temporada de bodas está a la vuelta de la esquina, nos dirigimos DIRECTAMENTE a futuros novios. Es el perfecto regalo de agradecimiento a los invitados ahora que la tensión y la emoción andan por las nubes).
Ojalá hubiera podido comprar una tarjeta regalo en la víspera de cierto día marcado en mi calendario con antelación, pero en ese momento no existían, claro. Lo que es malo para mí es bueno para el mundo, en fin. #CuestiónDePerspectiva
Recordatorio: nuestra próxima reunión será el martes 12 de mayo y voy a reservar la zona vip del bar Porchlight, así que ¡preparaos para beberos hasta el agua de los floreros! Hasta entonces, disfrutad de abril, aguas mil.
Clifford
CEO de Palabras de Amor (ahora, AMANTE DE LAS TARJETAS REGALO).
Posdata: Si controláis lo de las cadenas de bloques, enviadme un mensaje.
Zoey
Mi alarma rompe el silencio a las cuatro de la madrugada, y mi mano ondea por los aires para desactivar el despertador y lanzarlo al suelo, como si me encontrara en la primera escena de una película. Llevo un mes viviendo aquí, pero sigo calculando la hora según el huso de la Costa Oeste (es decir, según el tiempo REAL). La una de la madrugada suena muchísimo mejor que las cuatro. La una de la madrugada supone diversión y frivolidad. Es cuando empieza la sesión nocturna de La habitación en el cine Sunset 5 de Los Ángeles. Cuando hay que ir a por un perrito caliente en Pink’s Hot Dogs o zambullirse en una piscina infinita que hace las veces de mirador de las colinas de Hollywood Hills. (Solo lo he hecho una vez, pero bueno. Podría haber ocurrido todas las noches sin problema). La una de la madrugada supone intentar no perderle el ritmo a la mente maravillosa de Mary: Frank y yo la perseguimos congelados mientras ella da vueltas por la cocina. Frank es su huroncillo, su gran apoyo emocional. Diría que también usó su magia conmigo. Se me subía al hombro cuando me ponía a traducir las ocurrencias de Mary en diálogos de guiones que había que retocar. Allí, contemplando la salida del sol a través de sus ventanales que van del suelo al techo y que ofrecen vistas del distrito de Studio City, es la última vez que recuerdo haberme sentido feliz con mi lugar en el mundo.
Trabajar para Mary no era precisamente un remanso de paz, para nada. Era como montarse en el ascensor de la mansión encantada: giros, sobresaltos y repentinos cambios de humor, seguidos por vientos huracanados de sonoras carcajadas. Mary era consciente de su ingenio y todas las mañanas me saludaba con una versión diferente de: «¡Démosle una vuelta a la ruleta de mi personalidad!». Aunque me doblara la edad, tenía alma de estudiante universitaria: se pasaba semanas perdiendo el tiempo y después se tiraba doce horas seguidas trabajando de noche hasta que terminaba lo que debía entregar. Prácticamente viví en su casa, a menudo como huésped de la habitación de invitados, que contaba con su propio balcón y mininevera. Había días en que lo único que me pedía era que le leyera los últimos cotilleos sobre famosos, tumbada en el sofá con rodajas de pepino sobre los ojos y Frank dormido a sus pies. La semana siguiente nos pasábamos diez horas al día en el Museo de Radio y Televisión, también conocido como el Paley Center de la avenida Beverly Drive, pegándonos un atracón de viejos premios de las últimas décadas en busca de inspiración (a veces la contrataban para escribir lo que un actor diría de otro durante una gala de los Globos de Oro, los Emmy o los Óscar).
Su productora se llamaba Mary, Fuck, Kill.[2] Cada vez que respondía al teléfono me ponía roja, y juntaba las palabras para que fuera ininteligible:
—Mary Fuckle, ¿en qué le puedo ayudar?
Mary me miraba por encima de las gafas para reprenderme.
—Se van a pensar que me he casado con un idiota que se apellida Fuckle. Dilo bien.
—Pues que lo piensen.
—Como no lo digas bien, cambiaré el nombre de la empresa por las siete palabras que nunca hay que decir en televisión —me advirtió—. Mira, ya estoy rellenando el formulario: mierda, coño…
Le lancé una mirada que evocaba a un dispensador de caramelos PEZ.
—Vale, vale.
El dispensador de caramelos PEZ representaba su vieja carrera como actriz. A mediados de los ochenta, antes de que yo naciera, Mary interpretó a la duquesa Quinnley en Bajo el mar, una película de ciencia ficción y fantasía sobre sirenas intergalácticas. La herida que se hizo en el plató durante la última semana de rodaje le arrebató todo el entusiasmo que sentía por la profesión; consiguió escabullirse del mundillo, impidiendo así la producción de futuras entregas de la saga. Desde entonces tuvo que soportar las consecuencias: los amantes de la película la culpaban por el final abrupto de lo que pretendía ser una trilogía, mientras que en otros círculos su marcha le dio un halo de culto a la única entrega que llegó a rodarse. Por lo menos, al no tener final no se la cargarían, como había ocurrido con otras franquicias interminables —decían—. La película de culto seguía viva gracias a las convenciones de fans y a los campeonatos de cosplay; las invitaciones para formar parte del jurado llenaban el buzón de Mary día sí y día también. Una de mis tareas era tirarlas a la basura, sin siquiera leerlas, cada mañana.
De la supuestamente infinita colección de objetos en eBay (juguetes, juegos y figuras de acción idénticas a ella), la única que guardaba era un dispensador de caramelos PEZ; porque, según ella, simbolizaba su ocupación actual como editora de guiones.
—La gente me paga para que estire el cuello y les dé una píldora dulce cuando me lo piden, y debajo de ese caramelo hay diez más de la misma calidad.
Hace siete semanas, me dijo que yo era la mejor asistente que había tenido, y que por eso tenía que despedirme. En lugar de vivir mi vida, estaba viviendo la suya. Me tenía que embarcar en nuevas situaciones si algún día pensaba crecer como escritora, como escritora con voz propia. Le rogué que me diera seis meses para decidir dónde quería ir y qué quería hacer, y me dijo que se lo pensaría. La mañana siguiente, cuando llamé a su puerta, me entregó un billete a Nueva York solo de ida y una nota con la dirección de un piso que había alquilado en mi nombre. (Más tarde descubrí que compró todo el edificio a mediados de los ochenta con el dinero de la duquesa Quinnley. Ahora valía una fortuna, pero prefería alquilar los pisos a artistas muertos de hambre y ofrecerles descuentos en función de los méritos que demostrasen).
Me lanzó un beso, cerró la puerta y le dio una vuelta a la llave. Vi a Frank en la ventana durante medio segundo antes de que también cerrara las cortinas.
Y aquí estoy ahora, a las cuatro de la madrugada, en esta manzana grande y podrida, obligándome a levantarme pronto en fin de semana para ser la primera clienta del único lugar al que iré en todo el día, que resulta que se encuentra al otro lado de la maldita calle.
Me da la impresión de que Mary no se refería a esto con «vivir». Pero hasta que Nueva York no deje de dar tanto miedo y de ser tan grotesca —si es que eso llega a suceder—, no veo cambios en el horizonte.
Ayer, cuando llegué a casa, había una cesta junto a la puerta de mi piso. Llevaba una tarjeta escrita a mano con letra a duras penas legible: «¡Champán para mi champeona! ¡Vales mucho! Clifford». La cesta estaba vacía. Alguien me había mangado la botella.
Es un buen resumen de cómo veo Manhattan: puedes coger lo que quieras, pero siempre te lo termina quitando otra persona.
Hago la croqueta en mi sofá cama y llego a la «cocina», es decir, al área en el que se encuentran el hornillo y la mininevera. Otro consejo de la vecina que solo he visto una vez:
—Utiliza el horno para guardar los abrigos de invierno.
Como no tengo armario y soy una pésima cocinera, me pareció muy buena idea. Para mi desgracia, no tengo horno. Por lo tanto, guardo los jerséis en la despensa vacía.
Al otro lado de la ventana, la ciudad se alza oscura y hostil. El ambiente se inunda del ruido de un camión que da marcha atrás (pi, pi, pi). ¿Hay alguna hora de silencio? ¿Ni una sola? Me preparo una taza de café tan largo como irónico para espabilarme y marcharme al Crudité, sin saber si voy a ser la primera en llegar y en pedir más café. Y entonces me dejo caer, con las piernas cruzadas, delante del espejo torcido que cuelga de la puerta y me miro. Ayer parecía una adicta con mono de Xanax que parpadeaba ante la luz, pero hoy no va a ser así. No me basta con ganarle al ladrón de mesas: quiero ganarle estando decente (aunque no es que intente adecentarme con todas mis fuerzas). Me aplico un poco de maquillaje, me delineo los ojos y me perfilo los labios. Me voy a volver a poner las botas y los calentadores de brazos que me tejió Mary, porque me niego a pasarlo fatal en un local con el aire acondicionado demasiado fuerte; calentadores aparte, ahora ya no parezco una zombi, sino una chica inocente ligeramente maquillada. Sonrío a mi reflejo, contenta con el resultado.
Ya fuera, en la oscura acera, me inunda la adrenalina. No hay demasiada gente, algo positivo, pero, por otro lado, no hay demasiada gente, así que si me pasa algo, o si necesito algún tipo de ayuda, no habrá nadie para oír mis gritos.
«Botitas, a caminar. Deprisa».
Consigo cruzar la calle al segundo intento. Vamos progresando. Y entonces, a las 5:01 de la mañana, Evelynn se acerca a la cafetería para abrir la puerta y pega un brinco al verme.
—¡Hola! Perdona. Hola. Supongo que hoy soy la primera, ja, ja, ja. ¿Soy la primera? —balbuceo.
—Sí —dice—. ¿Te puedes apartar mientras…?
—Por curiosidad, ¿los biscotti ya están ahí esperándome? ¿O vas a tener que sacarlos y prepararlos?
—Hemos dejado de ofrecerlos, por lo que ocurrió ayer.
—¿En serio? —Me quedo boquiabierta.
—No. —Me hace un gesto con la mano—. ¿Me dejas un poco de espacio, por favor?
Al cabo de cinco minutos, ya he dispuesto mi despacho móvil en la gloriosa y enorme mesa, he devorado los biscotti gratuitos, muchísimas gracias, y me he bebido la mitad de mi segunda taza de café. Diez minutos después, el lugar se llena de trabajadores, pero no hay ni rastro del ladrón de mesas. En plena discusión, dijo que dejaba pasar un tiempo entre una visita y otra, por lo que quizá hoy se va a la siguiente cafetería de su ronda. Me daría mucha rabia haber madrugado y hecho tantas cosas para nada: ¿soy mala persona por querer que venga, sea testigo de su derrota y sienta en sus carnes la pérdida de la mejor mesa antes de salir de la cafetería y de mi vida?
Mientras me bebo de un trago el café que me queda, adivina quién entra: Don Carácter. Barre el local con la mirada y la posa en mí.
—Hoy no, malvado —mascullo triunfante.
—¿Cómo dices? —Me clava los ojos marrones.
—Nada, que está ocupado.
—Ya lo veo. Porque estás tú sentada.
—Solo me quiero asegurar de que no haya malentendidos. Por cierto, me voy a pasar el día aquí, así que quítate de la cabeza la idea de esperar a que me vaya.
—Normal, las Cincuenta sombras no se ven solas —me dice con desdén.
—¿Perdona?
—Pasarse seis horas viendo porno para mamás es de una disciplina encomiable.
—No sé a qué te…, ah. The Weeknd. —¡Joder, Clifford!—. Era… era un vídeo parodia —tartamudeo.
—El porno paródico está infravalorado —dice, condescendiente.
—No he venido a ver porno —le espeto.
—Hazme un favor y baja el volumen, ¿vale? Algunos venimos aquí a trabajar.
¡Gilipollas!
—Miles, tu pedido está listo —interviene Evelynn.
Conque Miles, ¿eh? Nombre tiene; sitio para sentarse, no. Todas las mesas están ocupadas y todavía hay gente haciendo cola. Se toma su tiempo para ponerse leche y azúcar en el café, sin dejar de controlar la cafetería para apropiarse del próximo asiento libre. Por desgracia, el mostrador con la leche y el azúcar queda justo a mi lado. Noto su mirada penetrante y me fijo en que se vacía medio azucarero en la taza. (Y yo que pensaba que antes estaba tenso… Verás cuando le llegue el azúcar a la sangre, se convertirá en Hulk).
De pronto, suena Last Dance with Mary Jane de Tom Petty por mis altavoces. ¡Otra vez, no!
En la pantalla aparece el recuadro de una videollamada.
Intento hacer clic en «Rechazar» lo más rápido posible, pero me doy tanta prisa que termino apretando «Aceptar» por accidente.
—¿Crees que Frank debería tener una cuenta de Instagram propia? Y, de ser así, ¿qué descripción le podría poner? —grita Mary.
Procuro colgar, con decenas de ojos clavados en mí, la mar de molestos.
—En el centro YMCA darán clases de informática para principiantes —dice Miles mientras se lleva la taza (es decir, la montaña de azúcar con gotas de café) a los labios.
Pero antes de que yo procese su comentario malicioso, añade:
—Un momento. ¿Era… era Mary Clarkson la que te llamaba por FaceTime?
La imagen que acompaña su cuenta es una fotografía de hace años, de un viejo artículo de la revista Interview. Llevaba rulos en el pelo, los labios de un rojo intenso y un porro en la boca. La canción vuelve a empezar, ahora con una notificación: «Bloody Mary desea llamarte». Esta vez, silencio la llamada y cuelgo al instante.
—¿Eh? —Decido fingir ignorancia.
—Mary Clarkson. Bajo el mar. ¡Mary Clarkson!
—Quizá. —¿A que ahora te habría gustado ser más amable conmigo para poderme preguntarme cosas sobre ella?
—Y tú has… has… has colgado a Mary Clarkson.
—Ahora le voy a escribir. Hay que bajar el volumen, ¿recuerdas?
Siempre olvido que, para los tíos de «cierta edad» (como Clifford), Mary, la valiente y feminista duquesa Quinnley de Bajo el mar, y su breve y obligado sirenismo los retrotraen a la época dorada de su infancia. Fue su primer amor platónico y, para algunos, fue también su primer… amor «propio», ya me entiendes. Me pregunto si a Miles le pasó. Aunque parece más joven que Clifford. Y está en mucha mejor forma que él, es evidente. Los comentarios mordaces queman muchas calorías.
Te voy confesar algo: nunca he visto Bajo el mar. De hecho, es el motivo por el cual conseguí el trabajo de ayudante de Mary.
La agencia de trabajo temporal en la que me apunté tras graduarme en la universidad de Santa Mónica me envió a un misterioso encargo para una escritora anónima que vivía encima de Studio City, en la carretera de Mulholland. No sabía ni quién era ni lo que buscaba. La reconocí cuando me abrió la puerta (con Frank), pero no como la habría reconocido una seguidora de la peli. Tan solo pensé: «Anda. Es ella».
Y ahí empezó el típico análisis de mi CV y la entrevista sobre trabajos anteriores. Al final, me dijo:
—Y, ahora, la pregunta más importante. ¿Cómo se llama el planeta del que vienen los sworkas?
—Eh… —No era una respuesta que pudiera improvisar al momento. No dudaba de que los sworkas eran una parte odiada y cursi de la cultura cinematográfica. Me sonaba que se parecían a los delfines, pero no tenía ni idea de cómo se llamaba su planeta. De haber sabido que iba a encontrarme con Mary Clarkson, me habría descargado Bajo el mar y me habría preparado. Bueno, pues nada, ahí terminaba todo. La miré a los ojos y me encogí de hombros—. ¿El planeta Merchandising?
Me sonrió y, en un pestañeo, sucedió: mi vida cambió.
—Solamente hay dos normas —me dijo con ojos brillantes—. La primera: si algún día me convierto en una persona que le da importancia a que sepas o no la respuesta a esa pregunta, pégame un tiro. La segunda: no veas la película. Has llegado muy lejos, no la cagues ahora. ¿Te interesa el trabajo?
Más tarde me enteré de que solo contrataba a gente que no fuera fan. Le importaba un bledo que de pequeño la hubieras visto en forma de sirena una o dos veces, pero que citaras la película de manera habitual ya de adulto o que tuvieras, por ejemplo, un diccionario de sworka suponía una descalificación inmediata.
—¿Cómo me ibas a tomar en serio si la hubieras visto? —me dijo al cabo de unos días, con un parche en el ojo y unas zapatillas mullidas y desparejadas.
De vuelta a la cafetería, Miles sigue rondándome.
—¿Te importa? No me puedo concentrar si hay mirones cerca —digo.
—Es que no tengo dónde sentarme —observa—. ¿De verdad que has venido todos los días desde que te mudaste a Nueva York?
Se me crispa un ojo. Solté esa media verdad para reforzar mi credibilidad como clienta importante, no para echar leña a sus burlas.
—Sí —digo entre dientes.
—¿Y eso? Tienes a tu alrededor «la» ciudad, que resulta que es uno de los lugares más increíbles del planeta…
Durante unos brevísimos instantes de locura, se me ocurre decirle:
«A lo mejor me podrías enseñar por dónde empezar. Llevas quince años sobreviviendo aquí… Seguro que conoces todos los recovecos de Nueva York y, la verdad, me iría genial tener un amigo. Alguien que sepa qué hacer con su vida, porque yo no tengo ni pajolera idea».
Pero entonces me golpea la realidad y recuerdo que es un imbécil que no para de insultarme. Y que acaba de volver a hacerlo.
Le doy la espalda, me pongo los auriculares y abro un chat con Mary.
Zoey: Saludos desde el infierno.
Bloody Mary: ¿Explorando nuevos horizontes?
Zoey: Nada más llegar, me pisaron el pie y me rompieron el meñique.
Bloody Mary: ¿Y de qué te quejas? Ese dedo no sirve para nada.
Zoey: Fijo que se me cae.
Bloody Mary: Te voy a enviar un botiquín.
Zoey: ¿Para qué? Seguro que me lo roban. Por cierto, Nick dice que le debes, y cito textualmente, «2000 pavos de maría».
Bloody Mary: Qué mentira más gorda. Le debo 1999 pavos, no 2000. Pero ahora entiendo por qué lleva varios días triste, con mal de amores.
Zoey: ¿A qué te refieres?
Bloody Mary: Que estaba pilladísimo por ti.
Zoey: Incorrecto.
Bloody Mary: Hace poco me preguntó por qué no te daba ni un día libre. Se ve que consiguió entradas para un partido y le dijiste que ibas a pasarte todo el mes currando hasta tarde. ¿¿TODO EL MES??
Zoey: Nick no me gustaba tanto.
Bloody Mary: Haberme dicho que tenías planes. Podrías haber salido antes CUALQUIER DÍA.
Zoey: ÉL tenía planes. YO quería trabajar.
Bloody Mary: ¿Ya has probado el pollo frito de Momofuku?
Zoey: Todavía no.
Bloody Mary: No me vuelvas a hablar hasta que lo pruebes. Va en serio. Para mí estás medio muerta, a partir de… ya.
***
Tess Riley fue mi primera clienta, y su aventura en Bueno, Fácil, Feliz acabó en éxito. Aunque no fue sencillo llevarla por el buen camino; fueron necesarias varias sesiones telefónicas para que se diera cuenta de que no pasaba nada por concretar lo que buscaba en una pareja. No es que en Nueva York haya pocos solteros, pero es que a ella le daba pena eliminar a alguien antes de conocerlo. Le dije que ese miedo a perderse cosas la iba a paralizar, y luego trabajé como una mula para ayudarla a conseguir el match definitivo.
De mi segunda clienta solo sé su nombre (Bree Garrett), su edad (25) y que sus amigas le dieron una tarjeta regalo de Palabras de Amor para su cumpleaños. Algo habrá pasado entre ese día y ahora para que se haya decidido a utilizarla, aunque por el correo de Clifford es probable que las tarjetas regalo no funcionaran hasta hoy. He decidido que voy a leer su perfil cuando la haya conocido en persona. No quiero que me influyan sus respuestas reflexionadas; quiero material espontáneo para ayudarla a proyectar al mundo una versión auténtica, con defectos pero encantadora, de sí misma, con la esperanza de emparejarla con un hombre auténtico, con defectos pero encantador.
Como dice el Manual del autónomo: «No mostréis una imagen "perfecta". Nadie se la va a creer. (Y así tiene que ser). Acordaos de la típica y vieja pregunta de cualquier entrevista de trabajo: "¿Cuál es tu mayor defecto?", y el entrevistado responde: "Que soy demasiado organizado". No seáis el tío demasiado organizado. Añadid algún defectillo por aquí y por allá».
Justo cuando iba a levantarme para ir al servicio de la cafetería, suena mi móvil.
Un mensaje de Palabras de Amor: Llamada entrante. ¡Toca hacer de Cupido!
Al cabo de un segundo, me llega la llamada. Dejo que suene un par de veces, respiro hondo, me planto una sonrisa en la cara y emito mi voz serena y profesional.
—Hola, al habla Zoey, de Palabras de Amor. ¿En qué te puedo ayudar?
—Pues es que tengo un imán para los capullos, básicamente —dice Bree Garrett.
A pesar de los años que me he pasado al lado de Mary, la respuesta de Bree me deja descolocada.
—Vaya, lo siento —consigo responder mientras reprimo un ataque de tos—. Pero la buena noticia es que hoy empezaremos a arreglar ese imán.
—¿Cómo funciona este tinglado? —pregunta Bree—. ¿Vas a ser mi Yentl?
Me da a mí que se refiere a Yenta, la casamentera de El violinista en el tejado, pero bueno, ha confundido ese musical con el de Barbra Streisand.
—Eso es —digo con alegría—. Aunque soy un pelín más joven que las típicas celestinas. De hecho, es una de las cosas de las que más orgullosos estamos en Palabras de Amor: formamos una red de seguridad entre iguales, como una amiga en la que confías y que te organiza una cita después de ayudarte a desechar candidatos. Te ayudamos a expresarte mejor y (esperamos) de una manera fascinante, para que así consigas respuestas positivas de los tipos de hombres a los que querrías conocer. Y creo que te gustará saber que mi porcentaje de éxito es del 100 %.
Me pongo un poco roja. (Técnicamente, no es mentira. ¡Una clienta, un éxito!).
—Qué bien —responde—. O sea, que ¿eres una tiquismiquis con la gramática y tal?
—Exacto. Pero solo con la gramática.
—Genial, porque lo de poner comas no es lo mío.
—¿Qué disponibilidad tienes? ¿Quieres que quedemos hoy o mañana para actualizar tu perfil? —Noto enseguida que me afecta la presión del correo sobre tarjetas regalo. Aunque tampoco quiero presionarla demasiado y asustarla—. La semana que viene también me va bien, claro.
Pero ¡no es verdad! El tiempo va corriendo y el gallo ha empezado a cantar en cuanto le he cogido el teléfono.
—¿No puedo enviarte un perfil que ya haya completado? —me pregunta.
—Sí, pero tengo comprobado que en persona la gente se abre más de lo que cree, y así me formaré una mejor idea de tu personalidad, de lo que te gusta y lo que no, y también de lo que buscas físicamente. Porque eso cuenta tanto como la conexión mental.
—Cierto.
—Sincronizaremos nuestros ordenadores y buscaremos un puñado de candidatos a los que dirigirnos, y a partir de ahí ya veremos. ¿Cuál es tu página o aplicación de citas preferida?
—La semana pasada te habría dicho que Flirtville, pero es que allí hay demasiados tíos con ETS —dice.
Ah. Como me imaginaba, algo la ha llevado a activar la tarjeta regalo. De repente, me entra un escalofrío al imaginarme que Clifford está escuchando la llamada. No sé cómo, pero no quiero que Bree diga nada personal por teléfono, por si llega a manos de un tío que suele despedirse en los correos con un «nos vemos en los bares».
—Hay un par más que no están mal, aunque suelen ser para gente que busca algo más serio. ¿Te interesaría?
—Sí, sí. Quiero algo más serio, sí. ¿Quedamos en el Dominick’s para comer el sábado? —dice Bree.
Abro un mapa en el portátil y me estremezco. Está en la Octava Avenida. A dos paradas de metro, ni más ni menos.
—Por lo general me iría bien, pero es que tengo a mi gato enfermo —digo con una oleada de culpa. Está tan enfermo que está en el otro barrio; que no existe, vamos—. Y prefiero quedarme cerca de casa, lo siento. Vivo en el East Village. ¿Te gusta el queso?
—¿Es una coña porque me llamo Bree?
—No, perdona, es que… por aquí hay una quesería.
—¿Sirven algo que no sea queso?
—Diría que no. Si no te gusta el queso, pues buscamos otro sitio. —¿Qué te parece Duane Reade, la otra tienda de mi calle en la que se vende comida?
Miles me mira a los ojos.
—Que so-erá, so-erá —canturrea al pasar por mi lado.
Pongo los ojos en blanco. Pero ¿cómo me ha oído? He hablado superbajo para no molestar a nadie. O eso creía. Quizá hablar de quesos me ha emocionado. Al fin y al cabo, es comida que me puedo permitir.
—¿Con el queso sirven vino? —quiere saber Bree.
—Pues no estoy segura.
—Ya llevaré yo una botella.
—Vale, genial. ¿Por qué no?
Beber una copa de vino es una gran idea. Así seguro que se relaja. Además, parecerá que tengo una amiga en la ciudad y que hemos quedado para comer queso y beber vino, que es una situación completamente normal y corriente; algo sano, mucho más que, por ejemplo, ir a una quesería solo porque vivo y trabajo en esa misma calle y esta ciudad me da pavor.
Concretamos la hora para el sábado y le doy la dirección.
—¿Cómo eres físicamente? —me dice.
—Tengo el pelo bicolor. Pero no porque vaya de guay, sino porque soy un desastre. Oscuro en las raíces y más claro hacia las puntas.
—Yo tengo el pelo monocolor, rubio, y llevaré una camiseta de Bajo el mar, la peli de 1981. La compré el finde pasado en un rastrillo. ¡Me dio hasta lástima pagar cinco pavos! Estuve a punto de decir: «Seguro que vale cinco mil, peroooo…».
—¿Te gusta la película o es que te mola la cultura pop vintage —Siento verdadera curiosidad. Una nunca sabe dónde conocerá a una fan.
—Madre mía, me encaaaanta Bajo el mar. No te haces una idea. Es algo que nunca pongo en los perfiles, porque no quiero que me etiqueten de friki, pero es que me encanta llevar ropa de cine para que la gente la vea y tal, y esta vez quiero ser del todo sincera en mi perfil. Ser yo al 100%, ¿sabes? Es que, si no, ¿para qué?
Me muerdo la lengua. No será ella porque yo voy a ser ella, por lo menos al principio. Pero negarlo es la regla número uno del Manual del autónomo: «Nunca les recordéis que vais a hablar con sus hipotéticas citas como Cyrano de Bergerac. Es un pensamiento que socava la relación entre cliente y ghostwriter: quizá empiecen a preguntarse si en la cita en persona serán capaces de superar el vacío que queda entre lo que habéis escrito y lo que digan o hagan ellos. Más vale entrar y salir lo más rápido posible para que el cliente tome las riendas en cuanto hayáis llamado la atención de un buen match».
—La has visto, ¿no? —dice Bree, llevándome de vuelta al tema del que hablábamos—. Si vas a hacerte pasar por mí, al menos tendrás que poder citar Bajo el mar —añade.
No contesto enseguida. Ahora mismo le estoy haciendo un corte de mangas al universo. Me he pasado veintinueve años evitando esa absurda película. Y durante ocho, a petición de la mismísima duquesa.
—Claro que sí —asiento—. ¿Me la dejas para refrescarme la memoria?
Opto por echarme un farol y darle a entender que la vi hace mucho. (Si Palabras de Amor debe enfrentarse a una denuncia y Clifford se ve obligado a cambiarle el nombre a la empresa otra vez, le voy a sugerir Faroles de Amor).
—¿La versión original o el montaje del director? ¿La edición especial o…?
—Lo dejo en tus manos. La versión de la que te cueste menos desprenderte.
Intercambiamos nuestros números para que no tenga que llamar a la centralita cuando quiera hablar conmigo. Le digo que me apetece mucho conocerla y verla vestida con una camiseta vintage de Bajo el mar.
En algún lugar de California, Mary levanta una copa en mi dirección y se echa a reír.
[2]. Juego de palabras entre Fuck, Marry, Kill (el juego en que alguien debe decidir con quién se acostaría, con quién se casaría y a quién mataría) y el nombre de Mary, la propietaria. (N. del T.)
CAPÍTULO 5
De: Leanne Tseng
Para: Todos los trabajadores de Habla el Corazón
Asunto: Inteligentísimos
Equipo:
Os voy a decir algo: todos sois unos genios creativos y por culpa de circunstancias que escapan a nuestro control no necesariamente recibís la compensación económica que merecéis. Y os voy a decir otra cosa: creo que podemos aprovechar vuestra inteligencia y creatividad para intentar cambiar esa situación.
¿Se os ha ocurrido una campaña de publicidad buenísima? ¿Un acuerdo comercial excepcional? ¿Un anuncio pegadizo (sin música)? Me encantaría escucharlo. Las propuestas extrañas y originales también serán bienvenidas, pero, a menudo, la sencillez se lleva el gato al agua. Una idea tan simple y al mismo tiempo tan asombrosamente brillante como las tarjetas regalo —se me acaba de ocurrir a bote pronto— podría hacernos pasar de empresa en apuros a ser los número uno del mercado. No es ningún secreto que quiero que seamos la mejor, y espero que tampoco sea ningún secreto que quiero llevaros conmigo hasta la cima.
Ah, y además de gloria y ascensos, que sepáis que cualquier propuesta viable llevará consigo una bonificación de quinientos dólares.
Saludos cordiales,
Leanne
Miles
En las últimas seis semanas no he estado al 100 %. No me he sentido lo bastante motivado para mantenerme en forma, ni para que me dé el aire, y tampoco he tratado mi cuerpo como un templo, sino más bien como un mausoleo de cosas muertas, como mis emociones o mi autoestima. He dado alguna vuelta por Morningside Park, que se encuentra a unas manzanas del piso de Dylan y Charles, pero solo cuando la actitud agresiva del novio de mi amigo me ha empujado a salir de casa para correr, y no con la intención de mejorar la salud.
No sé por qué me he animado a ir hoy hasta Riverside Park. A lo mejor ha sido porque me he descargado en el móvil la canción principal de la banda sonora de Bajo el mar, y me he sentido inevitablemente empujado a escuchar la BSO completa en bucle. Y es una BSO que no se merece una irrisoria carrera de kilómetro y medio. Se merece una larga panorámica del maravilloso río Hudson, pasar cerca de lápidas de mármol dedicadas a generales del ejército legendarios y por debajo de majestuosas ramas de cerezos floridos que han perdido casi todas, pero no todas, sus flores. Y solo me he entretenido un ratito muy muy muy corto soñando con Mary Clarkson vestida de sirena. Y un rato aún más corto preguntándome si la ladrona de biscotti la conocerá de verdad. Esa chica es un misterio envuelto en un enigma revestido de calentadores de brazos deshilachados.
Cuando vuelvo a casa de Dylan y Charles; estoy sin aliento y hecho un desastre sudoroso. El reloj me dice que he corrido siete kilómetros. Yo solía correr regularmente por Prospect Park, pero ya hace mucho que no lo hago, concretamente desde que mi antigua compañera de deporte tuvo un «virus estomacal», que le duró un mes entero, justo antes de dejarme. (Visto en retrospectiva, mira que llego a ser poco perspicaz).
Llamo al interfono del piso. Por lo visto, Dylan y Charles han estado demasiado atareados —y yo, demasiado deprimido— para hacerme una copia de la llave. Además, seguro que hacerme una copia le daría a mi estancia un halo demasiado definitivo a ojos de Charles (y quizá también a los de Dylan).
—Madre mía —dice Charles cuando me abre la puerta—. ¿Estás llorando?
—Es sudor —respondo.
Me mira más de cerca para intentar confirmar que las gotas provienen, en efecto, de mi frente.
—Mmm. Ya veo —murmura al fin—. Cuidado con la alfombra. Es de Kermanshah. —Señala la tela oscura que cubre parte del recibidor, y que él pisa con sumo cuidado con sus pantuflas de pana.
—Juraría que la compramos en Zara Home. O a lo mejor en Amazon. —me susurra Dylan con complicidad mientras me quito las zapatillas de correr.
Le sonrío y, entonces, una gota de sudor me resbala por la nariz y cae sobre su oscuro suelo de parquet. Dylan coge un pañuelo de la caja de cartón que hay en la mesa del recibidor y la seca enseguida.
Dylan fue mi compañero de piso en la universidad, y fue un compañero fantástico. Era simpático y limpio; y nunca le daba demasiada importancia a si tú lo eras o no. Sigue siendo igual que antes, aunque ahora está con Charles. Y creo que eso solo es posible porque lo que más le atrae de él no es precisamente que sea agradable.
Tal vez esa afirmación sea injusta. Tal vez Charles sea superagradable con alguien que no lleva seis semanas invadiendo su espacio personal, arrojando sudor a una alfombra que quizá es de Kermanshah y que le llena la nevera con cajas de cartón de fideos chinos medio vacías. (Me gustan recién hechos y, si no me los termino, como no quiero tirar comida, las sobras terminan acumulándose. Es el nuevo dilema del milenio: tener conciencia medioambiental y, al mismo tiempo, pedirlo todo a domicilio).
—Me odia —le digo mientras dejo con cuidado las zapatillas junto a la puerta.
—No te odia —se apresura a responder Dylan, tan rápido que cuesta creerlo.
Bueno, a ver. Para serte sincero, no sé si a Charles le he caído bien alguna vez. A lo mejor no supe esconder la expresión de pasmo cuando Dylan me lo presentó. En cuanto Dylan, el paradigma de tío alto, moreno y guapo —el compañero perfecto, porque competíamos en ligas distintas—, entró en el bar, rojo como un tomate y radiante de felicidad al lado de Charles, automáticamente deduje que un señor mayor, medio calvo y con gafas se había interpuesto entre él y el novio que me iba a presentar. Alargué el cuello en busca del joven buenorro al que esperaba ver.
Hasta que Dylan cogió a Charles del brazo y me sonrió de oreja a oreja.
—Te presento a Charles.
Seguro que tardé demasiado en ocultar mi sorpresa, y Charles se dio cuenta. Charles se da cuenta de todo.
Como anoche, cuando me puse a pensar qué iba a pedir para cenar. Charles le echó un vistazo a la app que había abierto y soltó:
—Déjame adivinar. Fideos chinos.
Pedí sushi, solo para tocarle los huevos. (Y, ahora, en la nevera también hay media bandeja de sushi de aguacate y atún).
La semana pasada, debió de ver en la pantalla de mi portátil tres partidas de sudoku, una de KenKen y un crucigrama, porque cuando volví del lavabo me preguntó, como quien no quiere la cosa, qué tal me iba el trabajo.
—Estoy a tope —mentí ipso facto.
—¿En serio? —me dijo—. Por cierto, la segunda columna está mal.
Y hoy, nada más quitarme la camiseta para meterme en la ducha, se apoya en la pared y me dice:
—Así que hoy por fin has ido a correr de verdad, ¿eh?
Me muerdo la lengua para no espetarle que qué sabrá él lo que es correr de verdad, si tenemos en cuenta que el único ejercicio que hace es hablar por los codos. «Soy un invitado en su piso», me recuerdo. «En su piso de un solo dormitorio».
—Sí —decido responder—. Por Riverside.
Asiente.
—¿La joyita que descubriste en Tienes un e-mail? —Y me sonríe con maldad.
Cuando me da la espalda, le hago la peineta con el dedo. Vamos a ver: ¿cómo iba a saber él que Riverside Park es un elemento crucial de Tienes un e-mail si no hubiera visto también la película? ¿Cómo?
No se gira de nuevo, pero sí que me informa de algo:
—Fíjate en las ventanas. Te reflejan. —Y me mira a los ojos a través de una de ellas. Con cuidado, doblo el dedo corazón para que se una con los demás.
Para cuando salgo de la ducha, Charles y Dylan se han ido a una cena de negocios del bufete de abogados de Dylan. «Come algo de la nevera», me ha dejado escrito Charles en la pizarrita magnética del frigorífico. «Va en serio. Que te comas algo».
Abro la nevera y cuento seis cajas de cartón blancas y una bandeja de plástico de sushi. Aparte de una hilera de salsas, mermelada de frambuesa y una botella de kétchup en la puerta, es todo lo que hay. Ni Charles ni Dylan cocinan. Yo antes sí, si pedir que me traigan en una cajita todos los ingredientes y recetas una vez por semana cuenta como cocinar. Pero como ya no tengo una casa en la que recibir esa caja, pues es algo que ya no sucede.
Odio admitirlo, pero Charles tiene razón. Debería comerme las sobras. Tendría que calentarlas y comérmelas…, pero ¿verdad que ahora un bol de fideos con verduritas fantástico y recién hecho suena la mar de bien?
Gracias por recomendarme al bombón. Me siento como en un reportaje para Vanity Fair. Es un mensaje de Aisha. Como suponía, era superfácil que Jude aceptara sus servicios después de nuestra primera reunión.
Pero necesita tu ayuda, no te creas, le respondo. Las fotos que tiene no le hacen justicia.
He hablado un poco por teléfono con él, me escribe Aisha. Habla igual que Jamie Fraser.
Me estrujo el cerebro para adivinar a quién se refiere. Como no le respondo de inmediato, Aisha me resuelve las dudas.
El de Outlander, me informa.
Ah, vale, le digo. Hace tiempo que me desconecté de las series, y esa no la he visto.
¿Me recuerdas otra vez por qué ese tío necesita tu ayuda?, me escribe Aisha.
Nada más recibir ese mensaje, mi móvil anuncia la llegada de otro. Es Jude.
Hola. Oye, me ha mandado un mensaje una chica que me interesa. ¿Qué tengo que hacer ahora?
Le respondo rápido a Aisha. Creo que en breve lo vamos a descubrir. Te dejo. Me toca hacer de Cyrano.
Y entonces abro la conversación con Jude. Buenas. Perfecto. ¿Puedes hacer una videollamada? Será más fácil si esta primera conversación la llevamos entre los dos.
Al instante, me suena el móvil.
—Hola —dice Jude, cuyo rostro llena la pantalla.
—Hola. ¿En qué página estás?
—En A por Todas —me dice.
—Genial —respondo. De todas las apps y webs de citas con las que he trabajado, A por Todas es una de mis preferidas. La interfaz es bastante sencilla e intuitiva. Y los matches se agrupan en tres categorías: Juegos (revolcones), Partidos (un cajón de sastre para los que no saben qué diablos quieren) y Prórrogas (relaciones estables)—. ¿Te parece bien que entre en tu ordenador?
—Todo tuyo, jefe —contesta.
Hago clic en el programa de acceso remoto que ya le pedí a Jude que se instalara en el ordenador, espero que le dé a «aceptar» y entonces, voilà, en mi pantalla aparece la suya. Ya ha abierto la web de A por Todas en el navegador y veo la notificación de que tiene un mensaje nuevo. Lo abro.
Lo envía una tal RayaJack55, cuya foto de perfil muestra la enorme cruz que por lo visto lleva en el cuello, aunque, de hecho, lo que más se le ve es el escote.
RayaJack55: Hola. Creo que a lo mejor encajamos y quería decirte hola.
Veo que está en la categoría de Partidos. Bueno, mejor que en la de Juegos, porque Jude y yo ya hemos decidido que lo que él busca es algo más que eso.
—Vale —le digo a Jude—. Básicamente, está dejando la pelota en tu tejado. Que es bastante común. —A veces, la gente suelta un rollo de buenas a primeras, para que así el otro sepa todo lo que ellos quieren que sepa con un mensaje enrevesado y denso que, la mayoría de las veces, solo muestra desesperación. Lo único peor que eso es el «hola» simple y completamente exasperante. Raya por lo menos ha dicho algo más.
—¿Le tendría que responder… «hola»? —me pregunta Jude.
—Mmm, no —digo—. Piénsalo bien. ¿Qué estarías expresando exactamente con un «hola»?
—No sé. —Jude se encoge de hombros.
—Exacto —respondo—. Míralo así: todas las interacciones deben tener un objetivo, aunque sea pequeño. Ya sea querer conocer más a la persona, hacerla reír, ligar, contarle más sobre ti, etcétera. Todo el mundo está ocupado, ¿no? ¿Por qué ibas a perder el tiempo, o hacérselo perder a alguien, con algo que es obvio que no va a salir bien? Sé eficiente, haz las preguntas adecuadas y así te lo evitarás.
—Es lo más neoyorquino que le he oído decir a nadie —se ríe Jude.
—A lo mejor sí. —Me encojo de hombros—. Pero funciona.
Veo que Jude vuelve a mirar el mensaje de Raya antes de fijarse de nuevo en mí.
—Muy bien. Entonces, ¿qué le digo?
—Te lo escribo yo y, si te gusta, le das a «enviar», ¿vale? —Siempre se me ha dado mejor poner mis pensamientos por escrito.
—Hecho —me contesta.
—Dame un minuto para que estudie su perfil —le digo.
Jude asiente y hago clic en el perfil de Raya. Tiene veintitrés años, es ayudante de pastelería y, por lo visto, le gusta algo llamado «Cristiano Terror». (¿Se referirá a «terror cristiano», a pelis de miedo sobre curas y exorcistas? Me ha picado la curiosidad). Ah, y hace un par de meses que se ha mudado a la ciudad.
—Veamos, algo así… —digo antes de empezar a escribir.
DeEsc0: Muy buenas. Veo que eres nueva en Nueva York. Yo llegué hace dos años. ¿Ya has decidido si te gusta o si odias la ciudad?
—¿Qué te parece? —le pregunto a Jude.
—Estupendo —dice—. Me gusta.
—Genial —respondo—. La aprobación final es tuya con el botón de «enviar».
—Aprobado —dice antes de mandarle el mensaje a Raya—. Vale, ¿y ahora…? Ay. Está conectada.
Sí que lo está. Veo el icono que informa de que está escribiendo al momento. Esperamos su respuesta. No tarda en llegar.
RayaJack55: Todavía no lo he decidido.
Espero, por si Raya opta por dar un paso más y preguntarle algo a Jude. Pero rien de rien. Por lo visto, tampoco ha ido nunca a una clase de improvisación teatral.
DeEsc0: Tengo la teoría de que depende del lugar en el que te comes tu primera pizza. Si está buena, Nueva York y tú encajaréis. Si no está buena…, solo os vais a soportar.
El mensaje se queda flotando en el limbo y veo que Jude frunce un poco el ceño.
—¿No te gusta? —le pregunto.
—No, está bien —dice—. Es que… no como pizza. Llevo dos años con la dieta paleo.
—Ah, vale —digo mientras borro el mensaje, antes de reparar en lo que me acaba de soltar—. O sea…, ¡¿nunca has comido una pizza en Nueva York?!
Menea la cabeza de un lado a otro.
—¿Y sigues viviendo aquí? —le pregunto, incrédulo—. ¿Cómo coño vas a saber si te gusta la ciudad?
—Los perritos calientes no estaban mal. —Jude me sonríe—. Una vez me comí uno.
—Supongo que no, pero… un momento. ¿A que te lo comiste sin el pan?
—Sí —me responde, avergonzado.
Sacudo la cabeza.
—Hacerme pasar por ti va a ser más chungo de lo que pensaba. A ver, qué tal algo así…
DeEsc0: Tengo la teoría de que depende del lugar en el que corres por primera vez. Si eliges un buen escenario, como un día precioso de otoño o de primavera, Nueva York y tú encajaréis. Si resulta que acabas corriendo por el centro en pleno mes de febrero, solo os vais a soportar. Y esto con suerte.
—Mucho mejor —dice Jude, y le da a «enviar».
RayaJack55: Salir a correr mola.
Dios. Esta tía necesita nuestra ayuda todavía más que Jude.
—Venga, ahora en serio —le digo a Jude—. Basándote en su perfil y en esta breve interacción, ¿cuánto te gusta esta chica?
—Eh… —murmura Jude—. No lo sé. No hay mucho a lo que agarrarse.
—Exacto —digo—. ¿Recuerdas lo que te he dicho de ser eficiente? Si ves que hay algo en ella que te atrae mucho, una especie de química que te asalta de pronto, pues seguimos adelante. Pero si no es así… Te propongo que le demos una última oportunidad para que nos sorprenda o lo dejamos ahí. ¿Qué me dices?
Veo que Jude vuelve a visitar el perfil de la chica.
—Lo segundo —decide al final.
Gracias a Dios. Ya me he enfrentado más de una vez a la necesidad de conducir la conversación con matches reticentes, pero con esta tengo la sensación de no ir a ningún lado.
—Pero vamos a ponerle un tema en bandeja —digo—. Hablemos de algo que en teoría le interesa, ¿vale?
—Venga —accede Jude.
—¿Has visto El exorcismo de Emily Rose?
—Mmm… Sí, diría que sí —dice Jude.
Bien. Me sirve.
DeEsc0: Oye, seguro que has visto El exorcismo de Emily Rose, ¿verdad? ¿Sabías que al principio iban a utilizar a una muñeca para las contorsiones de la protagonista, pero que la actriz era tan flexible que al final es ella con unos pocos efectos especiales? Qué pasada, ¿no?
Jude envía el mensaje. Esperamos.
Esperamos un rato. Podría ser una buena señal. A lo mejor, por fin Raya tiene algo que decir.
—¿Es verdad? —me pregunta Jude.
—Sí —le contesto—. Creo que por eso le dieron el papel.
—Increíble —dice.
—Ya le daremos ocasión de explayarse con una pregunta más abierta —le aseguro—. Ahora es para que sepa que tienes nociones de algo que le gusta.
Por fin oímos el pitido.
RayaJack55: No la he visto.
Mmm…, vale. Se lo tengo que preguntar.
DeEsc0: ¿En serio? Como en tu perfil pone que te gusta el terror cristiano, me he imaginado que era un ejemplo perfecto del género.
Parece que Jude siente la misma curiosidad que yo, porque envía el mensaje de inmediato.
RayaJack55: Cristiano Terror. www.cincuenta-sombras-de-terror.net
Pincho en el enlace y de pronto mi mirada se encuentra con una página web negra con letras de un rosa fosforito. Entorno un poco los ojos para leerla.
Capítulo 1
Cristiano Terror era muchas cosas. Un CEO millonario. Un dios del BDSM. Un vampiro.
Y yo, Anastasia Plata, iba a ser su cruz. A lo mejor su cruz… de plata. O un diente de ajo.
Dejo de leer. Madre del amor hermoso, ¿es el fanfic de un fanfic? ¿Y regresa a los orígenes del género con el tema de los vampiros? Por cierto, ¡¿qué cojones pasa esta semana con las Cincuenta sombras de Grey?!
—Pues… creo que ya hemos visto lo suficiente para tomar una decisión sobre Raya, ¿no te parece? —Vuelvo a prestar atención a mi encargo e intento no mostrar ningún rastro de censura en la voz. Al fin y al cabo, no me dedico a comentar o criticar los gustos de nuestros clientes, sino a ayudarlos a encontrar lo que están buscando.
—Creo que he visto demasiado, tío —dice Jude con cara de absoluta confusión—. No creo que sea un buen match.
Así me gusta.
—Entendido. Pero hagámoslo bien, ¿vale? Nada de dejarla sin respuesta.
DeEsc0: Ah, vale. No lo había interpretado bien. Oye, me tengo que ir. Pero te deseo mucha suerte en la web. Me ha gustado charlar contigo.
No hay una buena manera de hacerlo. Un rechazo es un rechazo. Pero más vale uno que sea evidente que algo así: «¿Hablamos en otro momento?». Porque no. No vamos a hablar más.
RayaJack55 no responde, tan solo se desconecta.
—Siento que no haya salido bien —le digo a Jude—, pero a veces se tarda un poco en encontrar a alguien con quien valga la pena hablar.
—No pasa nada, hombre. Te lo agradezco —responde—. Eso de ser eficiente… Lo has dicho así, ¿no? —Se echa a reír—. Bueno, pues tenías razón. Me ha evitado perder el tiempo.
—Te sugiero que eches un vistazo a tus matches —le digo—. A ver si hay alguien que te llame la atención. Y así ya luego empezaremos la conversación con buen pie.
—Vale —dice—. Los miraré.
—Si puedes, concéntrate en la categoría de Partidos —le recomiendo.
—Vale. Ya te diré si encuentro a alguien.
—Genial —respondo. Nos despedimos y colgamos. A continuación utilizo de inmediato el móvil para pedirme los fideos.
Por lo visto, el repartidor llega al edificio al mismo tiempo que Dylan y Charles, porque, de hecho, es Charles quien me entrega la comida.
Durante unos instantes valoro la posibilidad de darle propina, pero en la app de comida a domicilio no hay una opción para darle propina al hombre agresivo cuya casa estás ocupando. Además, como cualquier neoyorquino de bien, no llevo dinero encima.
CAPÍTULO 6
De: Clifford Jenkins
Para: Los que prefieren la montaña
Asunto: Lanzamiento internacionallllllll
¡Ha llegado el momento! Para los que hayáis estado siguiendo nuestras notas de prensa (si no las seguís, deberíais hacerlo), no os va a sorprender que estemos a punto de lanzar nuestra iniciativa mundial. Muy pronto, los que sufran mal de amores en CUALQUIER ZONA HORARIA (¡mención especial para Rusia!) por fin podrán acceder a nuestros servicios.
Dicho lo cual, si recibís mensajes de una dirección terminada en .ru, reenviádselos a Crystal para que los investigue un poco. No vamos a currar para Svetlanas ni Alexeis hasta que sepamos que tienen lo que hay que tener, ¿no os parece?
Mientras tanto, aprovecho para avisaros: descargaos WhatsApp (si no lo tenéis ya), porque es lo que utiliza la gente en otros países para relacionarse. FaceTime y Skype son muy 2016.
Por otro lado: estoy buscando modelos para la web internacional. Personas del montón que sean un reclamo mundial. ¿Tienes la piel morena? ¿El pelo negro? ¿Los ojos de un bonito color avellana? ¿Todo lo anterior? ¡Manifiéstate! De lo contrario, voy a tener que utilizar viejas fotos de vacaciones de la Innombrable, ja, ja, ja.
Pero ahora en serio, si creéis contar con un atractivo internacional, pensáoslo. ¡Vais a tener la oportunidad de ser la cara visible de la empresa! El afortunado elegido tendrá opciones de compra de acciones y otros beneficios.
Clifford
CEO mundial de Palabras de Amor S. R. L.
Zoey
El sábado duermo hasta tarde y me raciono las dosis de café para beber una sola taza mientras me preparo para ir a comer con Bree. A las 10:45 h, Clifford activa mi móvil con la petición de una videollamada por WhatsApp. Podría alegar que falta muy poco para mi cita de las once, pero el sitio en el que hemos quedado está a un minuto de mi casa. Con el pálpito de una inminente desgracia, respondo a la videollamada.
—¿Qué pasa, estrellita? Estoy llamando a mis números uno para asegurarme de que se han instalado WhatsApp.
Es evidente que yo sí, o no hubiera podido llamarme por ahí.
—A sus órdenes, capitán —lo saludo, con la esperanza de poner fin a la llamada.
—Por cierto, ¿has visto el correo que he mandado hace un rato?
—Sí, sí. Qué guay lo de… —Sorprendida, leo el correo en diagonal—. Anda, una iniciativa internacional. No sabía que fuéramos a expandirnos.
—Pos sí, pos sí. Pero lo que necesitamos es una imagen que nos represente. De personas, para ser más concretos.
—Ah, claro. Con «atractivo internacional». Como las patatas fritas con sabor a pizza.
—¡Muy buena! Tienes una cara bastante exótica y me preguntaba si eres americana al 100 %, al 50 o casi del todo. Te lo pregunto porque mi exmujer es china.
—Eh… Diría que los jefes no pueden hacer esa pregunta.
(Dos meses atrás, mientras trabajaba para Mary, y después de haberla cagado con unas cuentas, le dije: «Espero que no me hayas contratado porque pensabas que era una crack en mates». Y me respondió: «No, no, te contraté porque pensaba que vendías crack. Madre mía, ¡qué idiota que soy!»).
—Volvamos al principio —dice Clifford enseguida—. Veámoslo desde otro ángulo.
—Cuando dices «bastante exótica», ¿te refieres a este «bonito color avellana»? —le pregunto, seca, mientras me señalo los ojos—. Son medio filipinos, por parte de mi familia paterna. —La madre de mi padre, la abuela Dalisay, me crio en un bungaló cerca de la playa de Santa Mónica desde que cumplí diez años.
Y hablando de playa, cuanto más habla Clifford, más ganas me entran de largarme a una y zambullirme en el agua. Despedirme de la abuela y de Mary en la orilla y sumergirme poco a poco. Mi último acto en la Tierra sería hacerle una peineta a Clifford con el dedo, justo cuando el agua me cubra la cabeza.
Qué poco probable es que eso ocurra. Ahora vivo en una ciudad atestada de paredes, también en el exterior. ¿Sigue el cielo ahí? ¿Quién lo sabe? Encima de mí hay edificios y ventanas; claustrofobia al aire libre.
Clifford sigue cavando una fosa:
—¿Y si finges que eres total o mayormente asiática? Solo para la foto. Tampoco se trata de que lo vayas diciendo por ahí, mujer. Después de todo, nuestro negocio va de fingir, ¿no? Es parte de un mismo todo.
—No. Lo siento. —Me niego a ser la imagen de su ineptitud.
Clifford se desanima, pero no duda en desenfundar los dedos en forma de pistola.
—Lo pillo. Vale. No pasa nada.
—Me tengo que ir. He quedado con una nueva clienta.
—Anda, ¿es extranjera? ¿Por qué no le sacas unas cuantas fotos de extranjis y se las envías a Aisha para que…?
Siempre estoy dispuesta a darle trabajo a Aisha, nuestra experta fotógrafa autónoma, pero no sin el permiso de los clientes, y menos para que, sin saberlo, aparezcan en un anuncio internacional.
Pulso la pantalla y pongo fin a la llamada. Si luego me pregunta, le diré que el wifi de mi piso va y viene. Clifford tiene a su alcance un millón de maneras de comunicarse conmigo, eso sí, y en este mismo instante se materializa un nuevo mensaje en mi móvil.
CliffBar: Se ha cortado la llamada. ¡Buena suerte con Bree! ¡A por ella, tigresa!
Espero y me pregunto si eso va a ser lo peor que me va a soltar o si me dirá algo más. En fin…
CliffBar: Pero no en plan tigresa sexual, ¡eh! XDD Como otro tipo de tigresa. Grrrr. Nos vemos en la reunión de la semana que viene.
Son solo las once de la mañana y ya necesito desesperadamente beber algo.
***
En la quesería, Bree está sentada en un reservado del fondo, con suficiente espacio para nuestros ordenadores, bebiendo una sanísima copa de pinot noir. La manera en que el líquido golpea el cristal me pone nerviosa. ¿Y si se mancha su camiseta especial? En el dibujo han reproducido el cartel de Bajo el mar. Está descolorido y la tela se ve desgastada. Ya veo por qué le gusta tanto. Como me dijo ayer por teléfono, tiene el pelo rubio, que se ha recogido en una trenza a un lado. Combinada con esos ojos azul intenso y labios de un rosa pálido, su melena le habría dado un aire a la Barbie, pero que sea contable de una consulta médica echa por tierra el estereotipo. De todos modos, desde aquí no la veo yo con demasiados problemas para atraer pretendientes. Me planteo un desafío personal: conseguirle una cita esta misma semana.
En cuanto me identifica, se levanta y, cuando se dirige a darme un abrazo, me sorprende lo afectada que me deja su gesto. Hace más de un mes que no me abrazan ni me tocan de un modo que no parezca el detonante de una pelea con navajas. «Pobre dedito mío, me lo han roto». Ya no me duele (no es para menos), pero si se me pusiera azul o se me cayera mientras duermo, tampoco me llevaría una gran sorpresa.
Bree es unos centímetros más alta que yo, por lo que me golpeo levemente la cabeza contra su clavícula antes de que me suelte. Su pelo huele a coco.
—¿Cómo estás? —le pregunto—. ¿Pinta bien el menú?
—¡Pinta genial! Pero… —Baja la voz cuando nos sentamos una frente a la otra—. No te dejan traer tu propia botella. Me han cobrado cincuenta y siete dólares por descorcharla. Lo siento mucho.
¿Se puede saber de qué vas, Nueva York? En el restaurante Bottega Louie de Los Ángeles te permiten llevar las botellas que quieras.
Y entonces recuerdo quién va a pagar la cuenta y sonrío.
—No te preocupes, en serio. Son gastos de empresa. —Nos vemos en los bares, Clifford.
Bree me devuelve la sonrisa, aliviada.
—Oye, ¿te importa que… que finjamos que no te estoy pagando? Me gustó lo de «entre iguales» que dijiste. Creo que me irá mejor si quedamos como si fuéramos amigas y quisieras ayudarme con las citas online y que me echas una mano para pasar el rato.
—Claro, ningún problema. Gracias por venir tan cerca de mi piso, te lo agradezco mucho. —No me preguntes por mi gato, porfa. Todavía no me he inventado su diagnóstico.
—¿Vives por la zona de Alphabet City o…?
—En realidad, justo aquí delante.
—¡Madre mía! ¿¿Vives ahí?? ¡Los pisos son enormes! ¿Te permiten tener mascota? ¿Te importa si te pregunto lo que pagas de alquiler?
Me deja tan patitiesa que crea que mi piso es espacioso que me quedo muda. Además de mi dedo roto, tengo las espinillas llenas de moratones por los golpes que me doy con las cosas, ya que no hay por dónde caminar. Por otro lado, no puedo contarle que mi antigua jefa es la propietaria del edificio y que me hace un descuento del 50 % en el alquiler, porque entonces quizá le termino diciendo quién es mi antigua jefa y le señalo a la mujer que aparece en su camiseta. Su nivel de admiración por Bajo el mar no se recuperaría de esa revelación, y hoy debemos dejar resueltas varias cosas. Por más que me encante la idea de fingir que somos amigas que comen juntas, lo cierto es que tenemos una misión entre manos.
Por suerte, aparece la camarera y se presenta antes de que mi silencio se prolongue. A todos los trabajadores, nos explica, se los llama por sus platos favoritos, no por sus nombres.
—Yo soy Palitos de Queso, y me voy a encargar de vuestra comanda. —Y sí, en su chapa se lee: «Palitos de Queso».
Palitos nos cuenta que la quesería es una franquicia experimental especializada en bocadillos de queso a la parrilla y en fondues. Como pagará mi «tarjeta de empresa», le digo a Bree que pida lo que le llame la atención. Las dos queremos tostadas con jalapeños y extra de cheddar y bolitas de queso frito para compartir. Bree también pide queso de cabra con miel y frambuesas.
Cuando Palitos se marcha, me sirve vino y brindamos.
—Tengo que dejar de beber —dice mientras bebe—. Creo que es la causa de todos mis problemas, la verdad. —Frunce el ceño—. Bueno, no de todos, pero sí de mis problemas con los tíos. No pasa nada si bebo contigo, con mis amigas al salir del trabajo y tal. Pero ¿con ellos? Buf. Es que si me siento relajada, mareadilla y desinhibida, todo termina pasando demasiado pronto, ¿me entiendes?
»Que no me arrepiento, no me malinterpretes —continúa—. Después de la uni salí mucho de fiesta, y me lo pasé genial, pero creo que me he cansado de esa fase. Es que ya he cumplido un cuarto de siglo, ¿eh? Y todo el mundo sabe que en Nueva York, si no has pillado marido antes de los veintinueve, te quedas para vestir santos. A ver, ¿por qué iban a salir con una que tiene casi treinta tacos cuando hay un porrón de tías de veintidós añitos zumbando por ahí y en la cumbre de la fertilidad? Necesito encontrar un tío de calidad. Porque tengo un imán de…
—De capullos. Ya. —Creo que voy a tardar en olvidar esa frase.
—Que con los capullos en sí no pasa nada, es por los seres a los que están pegados. Mira, te voy a enseñar…
Antes de que me oponga, me planta el teléfono a dos centímetros de la cara. Y va pasando fotos a toda velocidad: una polla, y otra, y otra.
—Vale —murmuro—. No hace falta que…
Y las pasa aún más rápido. Nunca había visto tanta variedad de genitales masculinos.
—Vaya —digo—. Menuda colección. ¿Cuánto has tardado en reunir…?
—¡No las he hecho yo! No he visto ni siquiera la mitad en persona. Son fotos que me han pasado tíos de Flirtville, sin añadir nada, ni un mensaje. No lo entiendo.
Ah. El comentario que hizo ayer sobre las ETS me recuerda que debe de haber pasado por un mal trago hace poco. Quiero reconducir su situación.
—Mmm. Abramos tu perfil de Flirtville, a ver si descubrimos el porqué —le sugiero.
Se sienta a mi lado y nuestros portátiles se alinean. Entra en la web e inclina la pantalla para que vea su perfil. Como respuesta a la pregunta «Algo que mis padres no saben de mí», ha escrito: «Me gusta mamar». Tal cual.
Creo que ya hemos resuelto el misterio.
—Dios. No recuerdo haber escrito eso —gime—. Seguro que estaba borracha. En fin, razón de más para dejar de beber.
Y brindamos por ello.
Bree borra las últimas letras y escribe otra palabra.
—Ya está. Me quiero pasear. Arreglado.
—No está… mal —digo. ¡Otro farol!—. También podríamos dar carpetazo a Flirtville y empezar de cero en una página distinta. ¿Qué te parece?
Bree se coloca el pelo detrás de las orejas, seria y decidida.
—Empecemos de cero.
Al cabo de veinte minutos, hemos sincronizado los ordenadores en su cuenta de A por Todas y hemos rellenado su cuestionario con comentarios breves y una declaración firme pero simpática de que su perfil no acepta «fotos de miembros».
A partir de lo que me ha contado, he presentado a Bree como un espíritu libre y abierto del barrio de Hell’s Kitchen que ha disfrutado de la soltería y que se lo ha pasado en grande, pero que se ha dado cuenta de que ahora busca algo más serio. Es una persona a la que le encantan las películas clásicas de fantasía con acción y aventuras, y también pasear por los distritos históricos, sobre todo por los que están embrujados. (Me ha parecido una idea genial, porque ofrece la oportunidad perfecta para abrazarse a sus citas). Trabaja de contable en la consulta de un pediatra, donde también se encarga de la sala de espera de los niños, llena de juguetes, DVD y con un colorido acuario.
Decidimos no incluir su manía de contar chistes de pedos. Tomo nota y lo clasifico como información reservada.
Del Manual del autónomo: «La información reservada no es algo de lo que uno deba avergonzarse. Más bien, pensad que es una recompensa, una especie de premio, que se le da a un match tras varias citas exitosas. Si se revela demasiado pronto, se corre el riesgo de sabotear la incipiente relación. Guardaos la información reservada y utilizadla solo con los que hayan demostrado que valen la pena».
Después de devorar las bolitas de queso y de regar los jalapeños picantes con más vino, nos lanzamos a por el queso de cabra con miel.
Y ya está: hemos activado los filtros para encontrar a hombres de entre veinticuatro y treinta años que vivan en Brooklyn o en Manhattan, que hagan deporte, sean amantes de los animales y se vean sentando la cabeza dentro de unos años. El cinco es nuestro número de la suerte, es decir, el número de personas a las que vamos a «servir» (la versión de A por Todas de «dar un toque»). Si alguien te devuelve el «servicio», se inicia una conversación privada. Si el objetivo del servicio no responde al cabo de un período de tiempo predeterminado, termina en la carpeta de «saque directo» (en tenis, un servicio que el receptor ni siquiera ha tocado) y ya no volverá a aparecer en tus búsquedas. Es una manera automática de despachar a los que no contestan.
—¿Cuánto tiempo les damos antes del saque directo? —le pregunto.
Bree va por la mitad de su segunda copa de vino.
—¿Una semana? —sugiere.
—Yo pensaba en cuarenta y ocho horas, pero ni para ti ni para mí: pongamos cuatro días.
—Vale, me parece bien. ¿A quién servimos primero? —pregunta Bree, algo ansiosa.
—Creo que habría que estrechar más la búsqueda. En la web hay miles de perfiles.
—¿Hay que acotar más el rango de edad?
—Se me ha ocurrido que podríamos acotar una de las categorías de estilo de vida. Me has dicho que por culpa de la bebida a veces te metes en líos. ¿Qué tal si filtramos eso y buscamos a tíos que no beban? A ver qué pasa.
—¿Te refieres a los que nunca van trifásicos?
—… Sí.
No sé si «ir trifásico» es un lapsus o una nueva expresión que utilizan los que tienen veinticinco años o menos. Los cuatro que me separan a mí de Bree son, para el caso, una generación entera. Me he pasado las dos últimas décadas con mujeres de cincuenta y sesenta; y la verdad es que, a estas alturas, creo que me identifico más con ellas. Aunque, a pesar de lo que piensa Miles, el borde de la cafetería, la informática se me da genial.
—Vale —acepta.
Me gusta que no se oponga. Es una prueba de que va en serio con lo de dejar de beber para así encontrar un compromiso a largo plazo.
Hago clic en las casillas correspondientes y actualizo la página.
El primer perfil es el de un tío esquelético con un triste bigote y mirada distraída. Me temo que he llevado a Bree por el mal camino. A ver si «abstemio» significa «heroinómano» en clave o algo.
—Perdona, deja que lo vuelva a ajustar…
Activo el filtro de «nada de drogas».
—Anda, ¿qué te parece este? —dice Bree al instante.
La foto del perfil de AdoroPerritos incluye (cómo no) a su perro, al que abraza por detrás y contempla con gran devoción. En su descripción se lee lo siguiente: «Busco a una chica que sea tan maravillosa y leal como Henrietta, mi labrador. Aunque no creo que encuentre a nadie tan perfecta como ella. XDD».
—Oooh —dice Bree—. ¡Qué mono!
Antes de que se lo impida, mueve el cursor por la pantalla y hace clic en «servir».
—¡Ay! Si es lo que quieres hacer, vale, pero yo no estaría tan segura. ¿Sabes que hay gente que llama «hijos» a sus mascotas?
—¿Y?
—Que creo que esa de ahí es su «mujer».
—Pero ha escrito «XDD». Está de coña.
—Mmm… Yo diría que no. Es una batalla en la que no vas a querer entrar.
—Pero ya he lanzado el servicio. ¿Lo puedo deshacer?
—No, pero no pasa nada. Quién sabe, a lo mejor me equivoco. Es que veo que Henrietta sale en más fotos que él. No se le ve bien, y sus únicos intereses están relacionados con su perra.
—¿Lo ves? —gruñe—. Ya te he dicho que tengo un imán de capullos.
—Lo estamos arreglando —le recuerdo. Hay que conseguir que deje de decir «imán de capullos». El ojo derecho se me crispa cada vez que lo dice.
AdoroPerritos nos devuelve el servicio enseguida; mala señal, sinceramente.
Bree entorna los ojos para leer su mensaje:
¡Mañana es el cumple de Henrietta! No gastes mucho con el regalo —menos de cien dólares, tranqui—, pero me gustaría que vinieras, nos encantaría conocerte. ¡Guau, guau! (¡Esta es Henrietta! ^^)
—¿Cien dólares? —escupe Bree.
—Contestemos y sigamos a lo nuestro.
—¡Ni de coña! Qué maleducado.
Reprimo la necesidad de recordarle a Bree que ha sido ella la que lo ha contactado a él. Lo correcto es finalizar la conversación como es debido.
—No cuenta —le digo—. Buscaremos a cinco más.
En el perfil de Bree, escribo:
¡Feliz cumpleaños a una perrita especial! Lo siento, pero no voy a poder. Espero que pases un buen día. Y le doy a «Saque directo» para que no nos vuelva a salir en las búsquedas. No me fío de la Bree alcoholizada, que puede mandarle otro servicio por error.
Miramos más perfiles.
—Este tío parece majo —dice—. Es abogado.
—Y también le gusta disfrazarse en ferias medievales. Es de tu rollo, ¿no?
—¡Puaj! —Hace una mueca de disgusto—. No.
¿Quién habría dicho que entre cosplayers hubiera esnobs?
—Pero solo una vez al año, al norte del estado. Y tiene una bonita sonrisa —señalo.
Bree me ignora y me señala a un cachitas con el pelo rapado. Su nombre de usuario es PastillaRoja.
—¿Qué te parece este?
Leo en voz alta el apartado «Sobre mí»:
—«Para ver si somos compatibles, responde a esta pregunta: ¿La cagó Sully en el vuelo? Sí / No».
—¿La cagó? —susurra Bree.
—¡No! —grito, antes de recomponerme—. No, Sully no la cagó. —La película Sully de Clint Eastwood es la única prueba que tengo de que en Nueva York se puede ser buena persona. Me niego a aceptar algo que sugiera lo contrario.
—Creo que quiere que digamos que sí.
—A lo mejor, pero…
Bree hace clic en «servir» y escribe:
Sí.
Al cabo de dos segundos, llega la respuesta de PastillaRoja:
Te acabas de suscribir para que te informe de mis ligues.
—Vaya mierda con los abstemios —manifiesta Bree.
No puedo llevarle la contraria.
—¿Qué tal si aceptamos que beban de vez en cuando? En plan, todo con moderación.
—Aleluya. Sí, por favor.
Pedimos una fondue, porque ¿por qué no? Ya hace dos horas que estamos aquí y apenas hemos avanzado. Tengo sueño y me duele la cabeza, y seguro que Palitos de Queso quiere que le demos una propina para poder irse a casa. De hecho, la fondue nos la trae otra camarera. En su placa se lee «Maravillas Mohosas».
—¿Qué quiere decir eso? —le pregunta Bree señalándoselo.
—El gorgonzola, el camembert, el cabrales y el roquefort. Todos esos quesos son básicamente moho, ¿verdad? En una bandeja, presentamos mis quesos mohosos preferidos —responde de modo automático.
—¿Los pedimos? —me pregunta Bree.
—Más vale que los dejemos para la próxima —respondo con amabilidad—. Y aprovecho para pedirte disculpas, porque creo que te he presionado demasiado. ¿Qué te parece si busco yo entre los perfiles, toqueteo los filtros y esta noche te mando una lista de cinco para que les eches un vistazo? ¿Te gustaría? No contactaré con ninguno de ellos sin tener tu aprobación.
—Ay, sí. Hazlo. Esto es agotador.
Pedimos la cuenta y, mientras esperamos, Bree se inclina hacia mí.
—¿Puedo preguntarte por tu pasado? —me dice.
¿En serio? ¿Por qué hoy todo el mundo está obsesionado con mi nacionalidad?
—¿Te refieres a de dónde vengo? —pregunto con cautela.
—No, quiero saber si estás casada, cómo son tus padres, lo que quieras contarme, vamos. Hemos hablado tanto de mí… Quiero oír tu historia.
—Ah, vale. —Bajo los hombros, relajada—. No me he casado nunca y mis padres son un matrimonio que quiere cambiar el mundo. Se conocieron en Filipinas, donde creció mi padre. Mi madre visitó el país como voluntaria de la Cruz Roja, para ayudar a reconstruir las casas tras el tifón Betty, y se enamoraron. Nueve meses después, ¡tachán! —digo, y me señalo con los dedos.
—Oooh, fuiste su nuevo proyecto.
—Más bien acabé pegada al antiguo. Me arrastraron de desastre natural en desastre natural hasta que cumplí diez años y mi abuela puso fin a la aventura. «Esa no es manera de que viva una niña», fueron sus palabras exactas.
—¿Consiguió que echaran raíces en algún lado?
Bebo un buen trago de vino.
—Qué va. Ellos querían seguir viajando. —Me encogí de hombros—. Que lo entiendo. Está en su ADN. Fíjate, acuñaron el término «volunturista» y todo. Al final, mi abuela y yo alquilamos un bungaló de una habitación en la playa de Santa Mónica.
Si cierro los ojos y me tapo los oídos con las manos, te juro que puedo oír cómo me llama el océano.
—Tuvo que ser un pedazo de cambio —opina Bree—. De ser libre y viajar por el mundo a terminar en un sitio con la yaya, digo.
—No, no, para nada. Fue un sueño hecho realidad. Se acabaron las interrupciones, las sorpresas, el tener que hacer y deshacer maletas… Me encantó. Despertarme e irme a dormir en el mismo lugar era lo que siempre había querido.
Mi abuela pensaba lo mismo que yo; llegamos, y ya no nos marchamos. Ni siquiera nos fuimos de vacaciones. (¿Para qué? Si ya vivíamos en el paraíso). Era un alivio enorme. Y para estudiar en la universidad no iba a tener que mudarme, porque la de Santa Mónica estaba ahí mismo. Me pasé los primeros diez años de vida siendo nómada, y los veinte siguientes con los pies en suelo firme, rodeada de comodidad y de rutina, y sé qué escenario prefiero.
—¿Por qué viniste a Nueva York, pues? —pregunta Bree.
«No fue mi elección, de eso puedes estar segura…».
Me obligo a sonreír. Me duelen los dientes y todo.
—En teoría, estoy escribiendo un guion. Bueno, basta ya de hablar de mí; me aburro hasta yo, así que imagino lo que debes de pensar tú.
—A mí no me aburres, ¡me fascinas! ¿Dónde están tus padres ahora?
Pago la cuenta.
—Muy buena pregunta.
***
En cuanto Bree y yo nos despedimos, con su DVD de Bajo el mar guardado con mimo en la funda de mi portátil, me pregunto si debería acercarme al Café Crudité para estudiar más perfiles. Sería lo más inteligente y productivo.
«Pero es sábado», protesta una vocecilla dentro de mi cabeza, «y ya vas a la cafetería todos los días. ¿Y si por una vez rompes los esquemas? ¿Y si finges ir a la cafetería pero después, en lugar de entrar, dejas atrás la puerta y das un paso más, y luego otro, y sigues caminando?».
Me recoloco el bolso y la mochila del ordenador y, al pasar por delante del Crudité, echo un vistazo al interior del local, intentando que no se note que estoy buscando a una persona en particular, a la única persona con la que he intercambiado más de dos palabras que no sean por trabajo desde que estoy aquí.
¿Cómo es posible que antes de la pelea de los biscotti no lo hubiera visto nunca y que últimamente lo vea todo el tiempo? ¿Está ahí ahora, aporreando las teclas para hacer lo que sea que haga?
Al mirar más allá de mi reflejo, veo que la mesa grande está vacía. Podría entrar y ocuparla ahora mismo, pero una victoria sin público a duras penas es una victoria. Si no está allí para verme disfrutar de la mesa a su costa, ¿para qué? «Y, por cierto, claro que no está en la cafetería», me riño. Que es fin de semana. Seguro que tiene una vida.
No hay razón por la que yo no pueda hacer lo mismo.
Mi valentía dura exactamente cinco manzanas. La boca del metro me hace señas, como si fuera la puerta al infierno.
Podría bajar la escaleras, pero ¿y si no vuelvo a salir?
Me paro en seco. Mis pies se niegan a dar otro paso. La gente me golpea por ambos lados al pasar cerca de mí: me dan codazos, me fulminan con la mirada, pero me he quedado clavada ahí, como la bifurcación de un río. Salvo que alguien me empuje a un lado o tire de mí para apartarme del camino, todo el mundo va a tener que rodearme. Me imagino la escalera de un pozo: estoy a media altura, inmóvil. No puedo subirla y tampoco bajarla. Me he quedado paralizada.
Debajo de mí, debajo de metros de tierra oscura, llega un tren, que trae consigo un chirrido y una bocanada de aire caliente y asqueroso que lleva siglos estancado en las profundidades de las calles de la ciudad. ¿Por qué clase de demencia la gente se mete ahí dentro, apretujada entre desconocidos, traqueteando por la ciudad y golpeándose cada pocos metros, como si la humanidad estuviera destinada a viajar así, como ratas subterráneas? Porque no nos equivoquemos: ahora estoy en territorio ratuno. O lo estaría si bajara las escaleras. ¿Por qué no dejo de sentirme así de asustada, de estúpida e impotente?
Una gota de sudor me recorre la nuca. Parezco una niña que se ha perdido. Pero nadie me va a encontrar, porque nadie me está buscando. Ni siquiera han reparado en que he desaparecido.
Respiro hondo, agacho la cabeza y me giro para marcharme a casa. Mi respiración se entrecorta, aterrorizada, y se me nubla la vista.
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