Читать книгу: «Plan de fuga»

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Título original: Exit Strategy

© Cold Day Productions, LLC, 2017.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2019.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO114

ISBN: 9788491875703

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Agradecimientos

Notas

PARA JULIA, OTRA VEZ Y SIEMPRE

1

Matar a una persona te cambia.

Cuando matas a cinco... ya no se trata de cambiar.

Se trata de quién eres.

Quintero lo sabía. Lo había visto en otros hombres. Lo había visto en sí mismo. Estaba viéndolo ahora al observar a Nick Mason preparándose, y al recordar el día en que lo había recogido a la salida de la prisión federal de Terre Haute.

Al rememorar el primer trabajo de Mason en la habitación de un motel. Su mirada —inexpresiva, impertérrita— cuando llevó el Mustang al desguace.

Cuando dijo que no lo haría nunca más.

Hasta la siguiente llamada.

Nick Mason había firmado un contrato no escrito de por vida. Recuperaría veinte años de condena a cambio de prestar servicio a Darius Cole. Disponible las veinticuatro horas al día, los siete días a la semana, para hacer lo que le pidieran.

Sin importar lo que fuera.

Mason se quitó la camisa y quedaron a la vista unos músculos torneados y firmes y una piel blanca sin tatuajes.

Pese a haber pasado cinco años y medio entre rejas, había salido sin una sola gota de tinta en el cuerpo. Cole se había cerciorado de que así fuera. Mason se ciñó el chaleco táctico flexible, con grosor suficiente para frenar a una Magnum .44, y se puso encima un jersey negro de cuello alto. Con los pantalones a juego y los zapatos de suela de goma, era el uniforme de un profesional. Cogió el pasamontañas negro, lo dobló para hacerse un gorro y se cubrió la cabeza con él, que llevaba casi rapada. Después se lo ajustó a los ojos y se miró en el espejo. Una vez satisfecho, volvió a enrollarlo para quitárselo.

Quintero se descolgó del hombro la bolsa de lona negra y la dejó encima de la mesa. Mason abrió la cremallera y miró dentro.

—Todo lo que necesitas está aquí —dijo Quintero—. Recuerda que esa gente cuenta con la última tecnología. Están en plena forma y saben utilizar sus armas.

—¿Cuántos son?

—Entre diez y doce —dijo—. No son suficientes para pararte los pies.

Mason negó con la cabeza mientras se probaba los guantes de submarinista.

—¿Qué es lo más importante que te he dicho? —preguntó Quintero.

—Que ni me acerque a la planta veintiuno —respondió Mason—. A las diez en punto explotará.

—Cuando eso ocurra, podrás salir inmediatamente de allí.

Mason asintió.

—Explícame otra vez el plan —dijo Quintero—. Paso a paso.

—La furgoneta de reparto entra en el aparcamiento exactamente a las nueve y treinta y cinco de la noche...

Nick Mason vio cómo entraba la furgoneta en el aparcamiento desde Columbus Drive. Luego se detuvo frente a la gran puerta metálica y el conductor esperó a que la abriera el hombre situado al otro lado de la ventanilla. Eso le dio a Mason veinte segundos para deslizarse bajo el vehículo, asirse a las abrazaderas del tubo de escape y separar su cuerpo del asfalto con la bolsa de lona pegada a la espalda. Los guantes de submarinismo eran delgados y flexibles, lo cual le proporcionaba una buena adherencia y protegía de huellas cada superficie, incluso los bajos de la furgoneta.

El vehículo recorrió cien metros y se detuvo; luego, la puerta se cerró. Cuando se apagó el motor, Mason se descolgó y permaneció allí con la bolsa junto a él.

Eran las 21.37. La mayoría de las oficinas de la planta baja estaba cerrada y los comensales habían terminado de cenar en los restaurantes. Mason esperó a que el conductor bajara de la furgoneta y lo siguió a unos diez metros de distancia. Se metió dentro del Aqua.

Con sus ochenta y dos plantas, es uno de los edificios más singulares del centro de Chicago. Se encuentra en la zona norte del Loop, con balcones serpenteados que envuelven las cuatro fachadas como si fueran olas. En su interior, la decoración mantiene el mismo estilo, desde la combinación de la gama cromática azul y verde hasta la pecera de agua salada del vestíbulo.

Mason avanzó rápido pero sin precipitarse, ya que conocía la ubicación exacta del montacargas. El objetivo estaba en la planta cuarenta y tres, así que pulsó el botón del piso inferior y desactivó la alarma de incendios para llegar a su destino sin detenerse.

Cuando llegó a la planta cuarenta y dos, salió del ascensor y encontró el vestíbulo vacío. En el suelo vio una bandeja del servicio de habitaciones, la cogió y retiró su contenido, excepto la tapa de plata. Después se dirigió a las escaleras que había al fondo y subió al piso cuarenta y tres.

Mason abrió la puerta y escudriñó el pasillo. El alguacil estaba sentado en una silla siete u ocho puertas más adelante. Era joven, de unos treinta años, bajo y fornido. Parecía más aburrido que atento. Mason abrió la bolsa y sacó la escopeta Mossberg 500. Era un modelo con culata de pistola y cañón corto, y tenía capacidad para seis cartuchos. Iba cargada con lo que el fabricante denominaba muy ingeniosamente «munición de control de multitudes», unos tapones de silicona que, según él, podían provocar «un trauma no letal pero incapacitante».

Trauma incapacitante.

Dicho de otro modo, solo haría que desearas estar muerto.

«—Tienes que superar eso de matar a un hombre y dejar al resto con vida —le había dicho Quintero.

»Mason no respondió y cargó la escopeta con los tapones.

»—¿Crees que a esa arma que llevas en las manos le importa quién esté al otro lado?

»Mason se lo quedó mirando.

»—Tú tienes que ser igual —añadió Quintero—, o esas chorradas acabarán contigo».

Mason sacó la semiautomática H&K USP de la bolsa y se la metió en el cinturón. El cargador contenía quince balas de nueve milímetros, con una decimosexta en la recámara. Finalmente, sacó la porra aturdidora y se la adosó al cinturón. Cuarenta y cinco centímetros de longitud, un kilo y medio de aluminio reforzado y la misma potencia que las de la policía, doce millones de voltios que inutilizarían todo el sistema neuromuscular de una persona. Un seguro de vida más.

Mason tiró la bolsa vacía al suelo, se introdujo unos tapones en los oídos y se detuvo a respirar y concentrarse en lo que estaba a punto de acontecer, porque, cuando todo empezara, iría muy rápido, una sucesión de movimientos sin margen alguno para la vacilación.

Abrió la puerta de las escaleras y echó a andar por el pasillo. La bandeja del servicio de habitaciones ocultaba la semiautomática que llevaba en el cinturón —ubicada a las once en punto para desenfundar con la mano derecha—, además de la porra y buena parte de la escopeta.

El alguacil se levantó y dijo:

—¡Eh, usted no puede estar aquí!

Cuando se disponía a coger la radio, hubo un momento de indecisión. Mason soltó la bandeja y le apuntó al pecho con la escopeta. Solo tuvo tiempo para ver al joven abrir los ojos como platos y luego apretó el gatillo y el tapón de silicona le impactó en el abdomen, justo por debajo del chaleco táctico.

El alguacil se desplomó y quedó hecho un ovillo. No volvería a levantarse, al menos sin ayuda ni analgésicos para el dolor. Mason se tapó la cara con el pasamontañas al acercase a él. Desde allí, el hombre parecía aún más joven, un muchacho al que no tenía sentido dejar solo. Mason le metió la mano dentro de la chaqueta y le arrebató la pistola Glock y la radio. Después sacó el bolígrafo del bolsillo. La punta había sido sustituida por un adaptador DC y la caña contenía una placa base que leería el código de treinta y dos bits del hotel y lo retransmitiría al lector de tarjetas en menos de un segundo.

Sabía que el reloj no dejaba de correr. Alguien había oído el disparo y ya estaba llamando a recepción.

«El alguacil que hay en la habitación es el líder del equipo. Es un hombre de hierro. Trabaja ocho horas seguidas y no se separa de su cliente. Ni para dormir, ni para comer ni para utilizar el puto lavabo, a menos que arrastre a su custodiado con él.

»Se toma esto como algo personal y es buen tirador. Alguien consiguió una diana suya del campo de tiro, así que no hagas gilipolleces».

Mason introdujo el bolígrafo en el punto de carga situado debajo del mecanismo de cierre de la puerta y la luz verde se encendió. Entonces empujó la puerta con intención de derribarla de una patada cuando el pasador la dejara trabada, pero esta se abrió sin problemas.

Mason entró pegado a la pared y no detectó movimientos en la habitación. La única iluminación era el brillo ambiental que se colaba por la ventana. Dio unos pasos manteniendo el índice de la mano derecha sobre el gatillo y, después de mirar en la cocina, el dormitorio y el cuarto de baño, le asaltó la realidad:

Allí no había nadie.

Ni alguacil ni objetivo.

La habitación era un señuelo.

«—¿Cómo sabemos que el contable estará allí? Si forma parte del programa de protección de testigos...?

»—Tenemos a un alguacil infiltrado. McLaren ha sido trasladado a Chicago para prestar declaración antes del juicio.

»Ken McLaren, antiguo jefe de contabilidad de Darius Cole. Exagente del Servicio de Impuestos Internos, un genio enviando dinero al extranjero, “cambiándolo de domicilio” por medio de inversiones en empresas que, sobre el papel, parecían legales y trayéndolo de vuelta sin pagar impuestos.

»Durante casi una década, hizo ganar a Cole un montón de dinero.

»Entonces, el hijo de McLaren fue descubierto en el campus de la Universidad de Chicago con una bolsa llena de pastillas de éxtasis y presionaron a su padre hasta que aceptó testificar contra Cole.

»—Estás preparándote para la revisión del juicio —dijo Mason.

»—De eso no tienes que preocuparte. Tú solo debes preocuparte de...

»—Lo sé. Me lo cargo y me voy.

»—Ni te plantees lo segundo antes de concluir lo primero».

Mason volvió al pasillo y agarró al alguacil, todavía en posición fetal y cubriéndose el abdomen con las manos. Gritó de dolor cuando lo arrastró a la habitación y cerró la puerta.

—¿Dónde está?

El alguacil no contestó y Mason lo encañonó en la sien.

—Primera oportunidad... ¿Dónde está?

—Que te follen —dijo el alguacil.

Mason apartó el cañón de la sien y apuntó a la pierna, apretó el gatillo y lanzó un tapón de silicona a velocidad supersónica hacia el muslo. El hombre retrocedió por la sacudida y, medio segundo después, el trauma formó un mensaje coherente en su cerebro y se puso a gritar.

Mason le dio unos instantes para que se cansara y volvió a ponerle la pistola en la sien.

—Segunda oportunidad... ¿Dónde está?

—Arriba —respondió el hombre, escupiendo y tratando de recobrar el aliento.

—¿Arriba, dónde?

—Diez plantas. En la cincuenta y tres.

—¿Habitación?

—No lo sé.

Mason apuntó de nuevo a la sien.

—Cinco mil trescientos siete.

Mason le cogió las esposas que llevaba en el cinturón, le puso una en la muñeca derecha y lo arrastró hasta la barra, donde había una antigua barra apoyapiés de latón cerca del nivel del suelo. Una vez allí, sujetó la otra esposa a la barra apoya pies, tomó el teléfono que había en la encimera y lo lanzó al fregadero. Cuando se agachó para requisar el móvil del tipo, se le acercó a la oreja.

—Si no está ahí, desearás que te hubiera matado.

Al salir, Mason cogió la bandeja del servicio de habitaciones, volvió a la escalera, subió los diez tramos que lo separaban de la planta cincuenta y tres, y abrió la puerta del pasillo.

Estaba despejado.

«Que no haya nadie delante de la puerta es otra manera de mantener en secreto la habitación».

Mason avanzó rápidamente hasta la 5307, sacó el bolígrafo y abrió la cerradura. Una vez más, le sorprendió que no hubiera pasador y, cuando se abrió la puerta, apenas si tuvo tiempo de procesar que el alguacil le había tendido una trampa.

—¡Quieto!

Mason se dio la vuelta justo a tiempo para ver el fogonazo de la pistola y notar el impacto en el pecho. El chaleco detuvo la bala, pero su fuerza se propagó por todo el cuerpo como si lo hubiera golpeado un saco de cemento. Al caer apretó el gatillo de la escopeta, pero la bala salió desviada hacia arriba. El alguacil ya estaba acercándose, preparado para el segundo disparo, cuando Mason abrió fuego. Esta vez alcanzó al hombre en la ingle y cayó sobre las piernas de Mason, que se lo quitó de encima.

El hombre era mayor que el otro, con el pelo canoso y la tez castigada. Probablemente fuera alguacil desde hacía al menos treinta años. Había jurado proteger a los clientes con su vida. Se llevó las manos a la ingle, cerrando fuertemente los ojos, con la mandíbula apretada y respirando entrecortadamente. Mason le quitó la Glock y la radio y lo arrastró hacia el apartamento del otro lado del pasillo.

Apenas había muebles. Un sofá, un televisor, una mesita, mucho espacio vacío y ni un rincón donde esconderse. Fue a la cocina y después a la habitación, donde miró debajo de la cama y en el armario, que estaba vacío. Luego entró en el baño y apartó la cortina de la ducha.

«¿Dónde coño se ha metido McLaren?».

Mason volvió al salón principal, se quedó allí un momento y recordó dónde se encontraba y el rasgo más característico del Aqua: los balcones que llegaban hasta la última planta. Entonces se acercó a la cortina y la apartó.

El contable estaba fuera, pegado a la esquina del pasamanos de hierro. No era como esperaba, un cuervo con un bolígrafo en la mano, sino un hombre que obviamente iba al gimnasio, aunque el bíceps que tensaba la camisa fuese pura presunción. Mason abrió la puerta y notó el aire frío en la cara. Podía oír el tráfico en Columbus, cincuenta y tres pisos más abajo. A lo lejos aulló una sirena, que probablemente se dirigía hacia allí con un millón de luces de la ciudad centelleando a su alrededor. En otras circunstancias habría sido un lugar hermoso.

El contable se irguió y miró a Mason a los ojos mientras este sacaba la semiautomática del cinturón.

La hora de la fuerza no letal se había acabado.

Cuando levantó la semiautomática, vio algo en los ojos de McLaren, se volvió un segundo demasiado tarde y notó el impacto en el brazo derecho. La pistola repiqueteó en el suelo del balcón y alguien le dio una patada. En el instante en que Mason se daba la vuelta, vio al alguacil ya recuperado. «Debería haberme asegurado de que estaba inconsciente», pensó mientras hacía frente a un problema todavía mayor cuando el alguacil le propinó un puñetazo en la mandíbula. Mason se incorporó, le dio una patada en la ingle con el pie derecho y lo derribó.

Estaba intentando sacar la porra en el momento en que el contable lo agarró por detrás y, debido a la inercia, entraron de nuevo en la habitación. Mason, todavía inmovilizado, cayó sobre la mesita y rompió las patas. Después se dio la vuelta para agarrar al contable por el cuello, pero este estaba ejerciendo una presión de veinte kilos de peso sobre él y había empezado a sacudirle fuertemente la cabeza. Notó que el anillo de boda de McLaren le rasguñaba la cara, recibió otro golpe cerca del ojo y, cuando intentó asestarle un puñetazo en las costillas, soltó un grito de dolor y se llevó la mano al chaleco táctico. Mason, que sostenía aún la porra de metal, le golpeó en la cabeza.

Mason se lo quitó de encima justo a tiempo para ver al alguacil recogiendo la escopeta del suelo. Mason le agarró la mano y se la retorció. Le rompió al menos un dedo y, cuando el arma se disparó, notó el calor a través de los guantes y vio cómo estallaba el televisor. Mason pulsó el botón de la porra, la acercó al cuello del alguacil y descargó doce millones de voltios en su cuerpo. El hombre permaneció inmóvil hasta que Mason apartó la porra, y después le atizó con ella en la cabeza. Su oponente cayó al suelo por última vez.

Mason se levantó, buscó sus armas y se limpió la sangre de la mejilla.

«—Asegúrate de que se entere —le había dicho Quintero—. Que sepa quién te envía.

»—¿Crees que albergará alguna duda?».

—Te pagaré —dijo McLaren, que empezó a ponerse en pie con una mano en la zona de la cabeza donde había recibido el golpe—. Duplicaré lo que te haya ofrecido Cole.

—No siempre es un asunto de dinero —repuso Mason al mismo tiempo que levantaba la semiautomática.

Fue un paso que no tuvo que planear, que no quería planear ni meditar en modo alguno. Sabía que llegaría ese momento, sabía que todo lo demás se desvanecería, que tendría delante el objetivo y apretaría el gatillo y todo se reduciría a puro tecnicismo: concéntrate en la mira delantera, deja que el objetivo se convierta en un simple borrón. Una respiración más y luego un leve movimiento.

—Por favor —dijo el contable, y Mason apretó tres veces el gatillo.

Pecho, pecho, cabeza.

El cuerpo impactó en el suelo.

Mason consultó el reloj. Eran las 21.57. La habitación señuelo le había hecho perder un tiempo precioso.

Tenía tres minutos para salir de allí antes de que estallara la bomba de Quintero.

2

Mason dejó al contable muerto en un charco de sangre, pasó por encima del alguacil inconsciente y abrió la puerta. Oyó pasos y voces a su izquierda, así que fue en la dirección opuesta.

Luego abrió la puerta de la escalera y empezó a bajar, cargando con la escopeta y con la semiautomática metida en el cinturón. Aún llevaba puesto el pasamontañas, y lo levantó para poder respirar al descender a toda prisa por los escalones.

Bajó diez pisos. Después veinte. Los números pasaron volando cuando miró el reloj y vio que disponía de menos de dos minutos. Se encontraba en el descansillo de la planta veintisiete e hizo una pausa para recobrar el aliento.

Detrás de la puerta del pasillo oyó el crepitar de una radio, se detuvo unos instantes y, cuando estaba a punto de reanudar la marcha, se abrió la puerta y vio el rostro enmascarado de uno de los alguaciles, que se recuperó al instante de la conmoción y gritó: «¡No te muevas!».

Mason disparó al primer alguacil por debajo del chaleco. El tapón de silicona lo hizo doblegarse y soltar la pistola. Mason se protegió con la puerta, niveló la escopeta y con un movimiento fluido abatió al segundo alguacil. Después se escondió de nuevo y al balancear la escopeta reconoció la sutil sensación de un arma vacía.

«Mierda. He utilizado las seis balas».

Parapetado aún, dejó que se acercara el tercer alguacil hasta que pudo ver el cañón de la Glock. Entonces le golpeó los brazos con la puerta, le arrebató la pistola y le atizó con ella en la cara. Cuando consiguió inmovilizarlo, le presionó la garganta con el antebrazo y le pasó el otro por la nuca. Diez segundos de presión constante en la carótida cortaron el riego sanguíneo. Luego lo dejó caer al suelo y consultó el reloj.

Un minuto.

Volvió a oír voces más arriba. Más pasos. Siguió bajando tramos de escalera hasta que oyó otro grito y, medio segundo después, un disparo y el sonido metálico de una bala rebotando en la barandilla a escasos centímetros de su mano. Se pegó a la pared y sacó la semiautomática del cinturón. No tenía tiempo para pensar en fuerza letal contra fuerza no letal o contra cualquier otra cosa en el mundo, e imaginó qué sucedería a continuación si titubeaba: alguaciles arrinconándolo, ordenándole que soltara el arma, llevándoselo esposado, el primer paso de un proceso que ya había experimentado. Pero esta vez acabaría en una celda el resto de sus días.

No lo permitiría, al margen de lo que costara.

Ahora también oía voces más abajo, y eran cada vez más fuertes. Abrió la puerta y echó a correr por el pasillo. No tenía elección.

Había recorrido quince metros cuando se dio cuenta de dónde estaba.

La planta veintiuno.

«—¿Cómo se supone que voy a salir? —le había preguntado a Quintero—. Estas armas no son precisamente silenciosas.

»—Están reformando la planta veintiuno, así que por la noche estará vacía. Hay explosivos en una de las habitaciones y estallarán a las diez en punto. En punto. Asegúrate de que llevas el reloj bien sincronizado.

»—¿Y si me encuentro en esa planta?

»—Hay ochenta y dos en ese edificio, joder. Solo tienes que evitar una. Tú procura estar en movimiento a las diez en punto y podrás salir».

No se molestó en mirar el reloj. Sabía que le quedaban apenas unos segundos.

—¡Suelta el arma!

Mason se volvió y disparó la semiautomática para cubrirse. Pero entonces notó otro impacto, esta vez en el hombro derecho. El dolor era muy distinto del disparo que lo había alcanzado en el chaleco. Este era agudo en lugar de sordo, y se concentraba en un punto abrasador.

«Me han dado». En el cerebro de Mason, las palabras sonaron vacías y distantes. No era urgente, tan solo información, un problema que todavía no precisaba solucionar. Abrió fuego una vez más y vio al alguacil escondiéndose detrás de la puerta. Después se dio la vuelta justo a tiempo para divisar a otro alguacil que se acercaba en la dirección opuesta.

—¡Al suelo! ¡Al suelo!

Mason disparó al pomo que tenía más cerca, abrió la puerta de una patada y corrió por la habitación vacía. Sin fijarse en el panel de yeso y las latas de pintura, iba disparando a la ventana trasera, que quedó hecha un millón de añicos, salió al balcón y saltó por encima de la barandilla.

Después solo hubo calor, luz y sonido, que anularon todo lo demás. La fuerza de la explosión lo persiguió, tan repentina e inmediata como un animal gigante acechándolo bajo el frío aire nocturno. Se había agarrado a la barandilla con una mano y notó que empezaba a resbalar, la calle esperando a recibir su cuerpo veintiún pisos más abajo.

Una segunda onda expansiva lo golpeó con más fuerza que la primera y tuvo que soltarse. Sintió cómo caía y extendió los brazos por puro instinto hasta que otra barandilla le golpeó el izquierdo y la rodeó con él. Ahora se encontraba un piso por debajo de la explosión y el frío que sentía era como zambullirse en el océano, pero cuando se agarró a la barandilla notó que los dedos volvían a resbalar. Allí colgado, tratando de resistir, oyó el fuego propagándose por el piso de arriba. En ese momento estalló otra ventana. Las sirenas ululaban a lo lejos. Veinte pisos por debajo de él vio las luces azules de los coches patrulla.

Todo parecía muy lejano, excepto el dolor que le atenazaba el hombro derecho y los diez centímetros de frío metal que notaba a través del guante de la mano izquierda, el último anclaje que le impedía caer.

Mason se recompuso e intentó levantar el brazo derecho.

Nada. Era inútil.

Sintió la sangre cayéndole por el brazo. Tenía el guante derecho mojado y la sangre le chorreaba desde la punta de los dedos. La mano izquierda estaba más entumecida a cada segundo que pasaba. Cada vez le costaba más seguir agarrado. Resistiría un minuto más, tal vez dos.

Morir así después de todo lo que había pasado...

Pensó en su hija. Reprodujo mentalmente su rostro y la imaginó corriendo por el campo de fútbol. Dijo su nombre en voz alta —«Adriana»—, desafiando el viento que aullaba a su alrededor y, una vez más, trató de pasar el brazo derecho por encima de la barandilla.

«Ya está».

Ahora tenía la barandilla de hierro debajo de las axilas e intentó apoyar los pies en la repisa. Finalmente consiguió impulsarse y pasar por encima. Se desplomó en el balcón, tumbado boca arriba y respirando hondo. En la calle se oían más sirenas, las de los coches patrulla mezcladas con las notas graves de los camiones de bomberos. En un segundo, el Aqua se había convertido en el centro del mundo. Mason se puso en pie y se tocó el hombro derecho. Con el guante no notó la sangre, pero al quitárselo vio manchas de un rojo intenso.

Probó con la ventana, que estaba abierta. Entró en otro apartamento y hurgó en un cesto de la ropa sucia hasta que encontró una camisa roja. Era de manga corta y tres tallas grande, pero se la puso encima de la camisa negra, cuyo lado derecho estaba empapado en sangre. Se quedó allí quieto durante unos instantes. La cabeza le daba vueltas y tuvo que apoyarse en la pared para mantener el equilibrio. Después salió por la puerta y se mezcló con el caos que reinaba en el pasillo. La alarma contraincendios despedía un sonido atronador y las luces de emergencia parpadeaban a ambos lados. Una docena de personas se dirigía hacia la escalera. Mason se subió el pasamontañas para convertirlo de nuevo en un simple gorro y se unió a ellos, preguntándose si tendría posibilidades de mezclarse con la multitud.

En la escalera había al menos cien personas más, de todas las edades y razas pero con una cosa en común: el pánico ciego frente a algo real. Todos lo sentían. Aquello no era solo un simulacro de incendio. Unos pisos más arriba, la gente estaba pisoteando a los alguaciles incapacitados, probablemente ocasionando una nueva oleada de pánico que se sumaba a todo lo demás. Pero aquí abajo, en el piso vigésimo era una cuestión de simple supervivencia, de bajar las escaleras y salir a la calle.

Mason siguió a la muchedumbre hasta que tuvo que detenerse un momento y apoyarse en la pared. Cuando una anciana le tocó el brazo y le preguntó si se encontraba bien, él miró hacia otro lado y siguió avanzando. Cada vez había más gente saliendo a las escaleras como si fueran afluentes de un río, hasta que llegaron a la planta baja y ocuparon el vestíbulo.

Mason recordó las instrucciones de Quintero: «Hay una salida justo en frente de esa puerta. Quince metros y estarás fuera».

Mason se quedó quieto y observó la entrada principal a través de la misma. Había media docena de alguaciles, que no daban el alto a nadie pero escrutaban los rostros de todos los que abandonaban el edificio. Después hicieron detenerse a un joven de una edad y envergadura similares a las de Mason, lo cachearon y finalmente lo dejaron marchar.

«Si surge algún problema, tienes otra entrada a la derecha. A treinta metros».

Mason miró en esa dirección y vio a otro grupo de alguaciles vigilando la salida.

«Tu tercera posibilidad es el túnel. Pero, si bajas allí, no te quedarán más opciones».

Mason se volvió hacia las puertas de cristal que conducían a la pasarela subterránea, un enjambre de túneles que recorría casi todo el Loop. En la entrada había un policía local dirigiendo a la gente hacia la puerta principal.

«Utiliza el túnel solo si no queda más remedio».

Cuando Mason se abrió camino hacia el vestíbulo, se quedó pegado a la pared hasta que vio al policía hablando con una pareja de mediana edad. Entonces se puso el pasamontañas y avanzó presuroso hacia la entrada. El policía estaba volviéndose justo cuando Mason llegó hasta él. Apenas tuvo tiempo de levantar las manos en el momento en que el guardia recibía un gancho de su izquierda. Mason le pasó por encima, abrió la puerta de cristal y bajó al túnel por las escaleras.

«Vete en dirección norte y después oeste. Hay salidas a Water Street, Columbus y Stetson».

Mason notaba un ardor en el hombro y oyó a alguien bajando las escaleras detrás de él.

«Después, gira a la izquierda en cada intersección. Si las cosas se complican mucho, busca el túnel abandonado que hay justo antes de llegar a Michigan Avenue».

Se esforzó en recordar bien las instrucciones, pero la cabeza le daba vueltas y, con ella, también lo hacía el mapa.

Más voces y pisadas cuyo eco resonaba en las paredes de baldosas. Todo estaba teñido de azul por las estridentes luces artificiales y aquel laberinto parecía infestado de policías. Entonces, Mason echó a correr y su corazón empezó a bombear cada vez más sangre, que le empapaba la camisa.

«Me he perdido. No tengo ni puta idea de dónde...

»¡Allí!».

Vio unos tablones de contrachapado tapando la entrada del que en su día había sido un túnel para trenes de mercancías. En los tablones había una puerta cerrada con candado. Mason disparó, pero erró el tiro, así que enfocó la vista y abrió fuego una vez más. Luego empujó la puerta y avanzó entre la oscuridad. Había goteras, ratas merodeando cerca y olor a polvo de otra época. Sacó la porra aturdidora para poder utilizar la linterna que tenía en el extremo, pero se había agotado hacía mucho.

Fue tambaleándose y tropezando por la vieja vía hasta que divisó una tenue luz más adelante. Estaba a una manzana de distancia, pero parecía una estrella distante. Entonces oyó crujir la madera y más voces, y vio un delgado haz de luz buscándolo.

Mason se levantó de nuevo, vio que la intensidad de la luz iba en aumento y finalmente encontró la escalera de madera. Cuando llegó arriba y apoyó el hombro derecho sin pensar en lo que estaba haciendo, estuvo a punto de desmayarse y sintió náuseas. Después abrió la puerta y el brillo repentino de una farola casi lo ciega.

A partir de entonces, todo estaba borroso. Recorrió la calle, alejándose de las sirenas y las luces centelleantes. Sin saber cómo, encontró su coche, probablemente echando mano de la memoria muscular y de sus agallas. Se sentó al volante, puso en marcha el motor y cuando se incorporó al tráfico, pasó a solo unos centímetros de varios coches.

Y cometió el mayor error de la noche.

Se dirigió hacia el norte.

3

Cuando Lauren abrió la puerta vio sangre.

Intentó coger a Nick en el momento en que este se desplomaba en el umbral y golpeaba el suelo con fuerza. El perro, encerrado en otra habitación, se puso a ladrar.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?

Nick no respondió. Lauren notó que tenía la camisa empapada y vio las gotas de sangre en el suelo de madera. En uno de sus bolsillos sonaba un teléfono móvil. Lauren cerró la puerta, arrastró a Nick y lo apoyó en la pared. Entonces soltó un gemido y ella le quitó la camisa.

—¿Quién te ha hecho esto?

Lauren dejó de hablar al ver el chaleco táctico negro.

La sorpresa duró solo unos instantes antes de convertirse en otra cosa. Siempre supo que llegaría el momento en que Mason se iría y no podría contarle adónde se encaminaba ni qué debía hacer... Lo único que sabía era que Nick lo detestaba. Y ahora, fuera lo que fuera que hubiera hecho aquella noche, iba a morir allí mismo, tirado en el suelo.

—No es tan grave. Estás bien —dijo Lauren.

Sonó a mentira y ruego.

Le desabrochó las tiras de velcro del chaleco y lo apartó lentamente de su cuerpo. Nick gimió de nuevo y Lauren vio la herida en el hombro, un agujero desigual justo encima de la clavícula, cerca del cuello. La sangre volvió a brotar y le resbaló por el pecho. Lauren jadeó y las náuseas y el pánico estuvieron a punto de sobrepasarla, pero hizo de tripas corazón. Después fue corriendo a la cocina a buscar toallas y el teléfono inalámbrico. De camino resbaló con la sangre, pero no se cayó. Al regresar, presionó la herida con una mano y con la otra marcó el número.

Mason le dio un manotazo al teléfono, que derrapó por el suelo.

—No —dijo. Tenía la voz entrecortada, como si no pudiera respirar—. Nada de llamadas.

—Vas a morir desangrado.

—¡No llames a Urgencias! Déjame...

—¿Estás loco?

Mason la agarró de la muñeca.

—Nick, por favor...

Lauren intentó apartarse, pero Mason resistió. Estaba perdiendo el conocimiento.

Su móvil volvió a sonar. Esta vez, Lauren lo sacó del bolsillo y miró la pantalla.

«número privado».

—¡No lo cojas!

Mason arrastraba las palabras mientras se le cerraban los ojos.

No tocar jamás su teléfono: era una de las condiciones que Lauren le había prometido. Eso y que nunca le preguntaría dónde había estado ni qué había hecho.

—Tengo que contestar —dijo zafándose de él—. Si no lo hago, morirás, y no voy a permitir que eso ocurra.

Mason estaba flotando en un océano de oscuridad, más allá de la luz y del sonido. Cuando se acercó lentamente a la superficie, oyó palabras a lo lejos, palabras que todavía no significaban nada.

«Me llamo Lauren. A Nick le han disparado. Necesita ayuda y no me deja telefonear a Urgencias. ¿Qué hago?».

Mason se alejó de la superficie y se hundió de nuevo en la oscuridad. Se quedó allí un minuto, o una hora, o un día, hasta que notó que volvía a ascender. Unos sonidos —una llamada a la puerta, el ladrido amortiguado de un perro, una mujer gritando— lo atrajeron hacia la superficie. Entonces la atravesó y distinguió una cara.

Quintero estaba arrodillado frente a él con una botella de plástico marrón en la mano. Cuando echó el peróxido en la herida, el dolor volvió a recorrer todo el cuerpo de Mason y los músculos se contrajeron tanto que parecía que tuviese convulsiones.

—¿Qué... estás... haciendo? ¿Cómo... he... llegado... aquí? —preguntó Mason, incapaz de enfocar la vista.

—No lo sé, tío, pero la has cagado.

Quintero vertió un poco de líquido transparente en un cuenco de metal. Las cadenas de oro que llevaba al cuello oscilaban con cada movimiento y los músculos se flexionaban y animaban los tatuajes de ambos brazos.

—Lauren —dijo Mason cuando recobró el conocimiento.

—Estoy aquí.

Su voz llegaba desde atrás e intentó incorporarse para verla, pero Quintero se lo impidió poniéndole una mano en el pecho.

«¿Por qué he venido aquí? —se preguntó Mason—. Porque este lugar es mi refugio. Desde la primera noche que me trajo aquí, este se convirtió en el único lugar al que podía venir y al menos fingir que nadie más llegaría a encontrarme.

»Y ahora lo he destruido».

—Ven aquí. Sostenme esto —dijo Quintero a Lauren tendiéndole una gasa—. Haz presión en el hombro.

Lauren no se movió.

—Se desangrará si no me ayudas —dijo él levantando la voz pero tratando de mantener la calma.

Mason lo vio en los ojos de Lauren: conocía a aquel hombre. Era su pesadilla. El hombre que seguía a Nick, que le daba órdenes. El obstáculo que les impedía a Nick y a ella tener una vida.

Lauren no se movió.

—No pasa nada —le dijo Mason—. Puedes ayudarle.

Se concentró en su cara, en sus labios, en sus ojos marrones, ahora llenos de miedo y de preocupación. Fue su pelo castaño corto lo que primero le llamó la atención cuando entró en la tienda de animales a comprar a Max, la juventud e independencia que irradiaba. Una vida despreocupada. Pero fue su honestidad, su bondad natural, lo que acabó atrayendo a Nick; todas esas cosas de ella que parecían representar lo que él no podría alcanzar.

Quintero le ofreció la gasa de algodón.

—Cógela. Presiónala contra el hombro.

Lauren cogió la gasa pero no se agachó. Estaba concentrada en el bulto que sobresalía entre la espalda y la camisa de Quintero, que llevaba por fuera del pantalón. Mason intuyó cómo se formaba la idea en su mente. Lauren no sabía nada de armas. Las odiaba. Pero...

—Haz lo que te diga —insistió Mason.

«Y no intentes ninguna tontería».

El hechizo se había roto y cualquier idea de arrebatar la pistola a Quintero se esfumó. Lauren se arrodilló y presionó la herida con la gasa. El algodón blanco se tiñó de sangre al instante.

—Más fuerte —le indicó Quintero.

Mason miró por la ventana hacia la oscuridad y en dirección a la única farola encendida que brillaba sobre el pavimento. Una luz azul centelleó en la pared. Era un coche patrulla que circulaba por la calle. Siguiendo la luz, reconstruyó el trayecto desde el Aqua hasta el edificio de apartamentos, situado a la vuelta de la esquina de Wrigley Field.

—Mi coche —dijo Mason—. Seguramente estará destrozado.

Quintero negó con la cabeza.

—Se suponía que debías llevarlo al desguace.

Mason no tenía intención de discutir. Le apartó la mano a Lauren e intentó verse la herida, pero estaba demasiado cerca del cuello.

Lauren tiró al suelo la gasa empapada en sangre y Quintero se la quedó mirando con una expresión fría y amenazante.

—Coge más algodón y vuelve aquí.

—Me pondré bien —dijo Mason—. Tranquila, sabe lo que se trae entre manos.

Quintero vertió más peróxido en el cuenco metálico y hundió en él unas pinzas y un cuchillo X-Acto.

—Tú —dijo, apuntando a Lauren—. Olvídate de las vendas. Tráeme agujas de coser e hilo. Que sea fuerte.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Lauren se puso en pie.

—Esto es absurdo. Voy a llamar a Urgencias.

Se sacó del bolsillo el teléfono de Nick, pero antes de que pudiera pulsar el primer número, Quintero se había levantado.

—Mírame —dijo este, señalándose los ojos—. Puedes ayudar o dejarlo morir en el suelo de tu casa. Eso es cosa tuya. Pero lo que no harás es llamar a una ambulancia, ¿entendido?

Lauren asintió, aunque todavía sujetaba el teléfono en la mano. «Tres dígitos —pensó—. Podría marcarlos con el pulgar. 9-1-»...

Alguien chasqueó los dedos. Cuando Lauren levantó la vista, Quintero estaba apuntándola con una pistola y se le hizo un nudo en la garganta.

Quintero volvió a chasquear los dedos y extendió la mano que tenía libre.

—El teléfono.

—Dáselo —dijo Mason tratando de incorporarse.

Lauren le dio el aparato.

—Aguja e hilo. Ya.

—Nick...

Lauren miró a Mason conteniendo las lágrimas, negándose a ceder ante ellas.

—Dale el hilo —dijo Mason—. Todo saldrá bien.

Lauren negó con la cabeza y salió de la habitación. Cuando se fue, Quintero ayudó a Mason a sentarse y sacó las pinzas del peróxido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó a Mason.

—Llegué al objetivo, pero tuve problemas para salir.

—No deberías haber venido aquí.

—No te preocupes por ella. —Mason ni siquiera mencionó su nombre delante de él—. Sácame de aquí.

—Todavía no puedes moverte.

Quintero abrió los laterales de la herida e introdujo las pinzas en el hombro. El dolor volvió a sumir a Mason en la oscuridad. Quintero presionó el omoplato con la mano.

—No hay orificio de salida. La bala sigue ahí dentro. Debió de pararla el chaleco.

—Pues sácala.

—No me digas. ¿Crees que es la primera vez que lo hago? Tú cállate y no te muevas.

Quintero volvió a meter las pinzas en el cuenco.

—Esto te va a doler la hostia.

Mason cerró los ojos y esperó. Después notó el contacto del frío metal y la misma sacudida eléctrica de dolor, que primero se duplicó y luego triplicó. Un hierro de soldadura atravesándole las terminaciones nerviosas y lanzando una lluvia de chispas en todas direcciones.

—No te muevas —susurró Quintero.

Mason no podía oírlo. Mantuvo los ojos cerrados, contando los segundos hasta que el dolor amainó de repente y pudo respirar. Oyó la bala al caer en el cuenco y abrió los ojos.

—Calibre cuarenta —dijo Quintero.

—Necesito un chaleco mejor.

—O no recibir disparos.

—El objetivo no estaba en aquella habitación —dijo Mason. La ira había reemplazado al dolor más intenso—. La información de tu fuente era incorrecta.

—Y lo solucionaste —dijo Quintero, que cogió el cuchillo XActo.

—¿Qué haces?

—Tengo que limpiar los bordes para poder coserte.

Mason cerró los ojos con fuerza y volvió a sentir la oleada de electricidad mientras Quintero raspaba y cortaba.

Lauren entró en la habitación con un carrete de hilo y varias agujas y se lo dio todo a Quintero.

—Aquí tienes.

Quintero cogió una aguja y puso mala cara.

—¿No tienes nada mejor?

—Yo coso vaqueros rotos, no heridas de bala.

Quintero ignoró el comentario y cortó sesenta centímetros de hilo.

—Será mejor que no mires —le advirtió.

—No pienso irme —repuso Lauren.

Quintero negó con la cabeza, se metió la mano en el bolsillo de la camisa, sacó unas gafas de lectura plegables y se las puso en la punta de la nariz. Mientras enhebraba cuidadosamente la aguja hubo un extraño momento de calma. Allí estaba aquel antiguo pandillero con el tatuaje verde y blanco de «La Raza» en el brazo y tres aros en las orejas guiando el hilo por el ojo de una aguja con la destreza de una costurera.

Mason cerró los ojos una última vez al notar la aguja atravesándole la carne. Intentó no imaginar a Quintero horadando todas las capas de la piel, penetrando en la herida abierta y sacando de nuevo la aguja por el otro lado. Recto, después en diagonal para salir y, otra vez, recto. Sintió el tirón cuando Quintero tensó el hilo y la nueva punzada cuando paró para secar la sangre y rociar la herida con peróxido.

—Necesito que me ayudes otra vez —dijo Quintero a Lauren mientras empezaba a cubrir la herida con vendas—. Rompe ese esparadrapo en tiras de treinta centímetros.

—Lo siento —dijo Mason mirándola.

«Lo siento» nunca había sonado tan inadecuado.

A Mason le pareció ver mil cosas en la expresión de Lauren. Esperaba que el perdón fuera una de ellas.

Cuando Quintero hubo colocado el último trozo de esparadrapo, ayudó a Mason a ponerse en pie y luego pasó el brazo de este por encima de su hombro.

—Ahora, vámonos.

—Esperad —dijo Lauren, que se interpuso entre ellos y la puerta—. ¿Ir adónde?

—A un lugar más seguro.

—¿Más seguro para quién? —preguntó.

—Para todos nosotros. —Miró a Mason—. Andando.

Cuando salieron, Lauren cerró la puerta y observó el sangriento caos en que se había convertido su recibidor. Entonces se desplomó sobre sus rodillas y extendió fuertemente los brazos alrededor de sí misma. La descarga de adrenalina había remitido y se sentía débil. Pero eso no fue lo que la hizo sollozar, sino la idea de que, incluso si Nick Mason sobrevivía...

Tal vez no volviera a verlo nunca más.

Quintero condujo a Mason por el pasillo y bajaron las escaleras. Después echó una ojeada a la calle, abrió la puerta del edificio y fueron a buscar su Escalade negro, aparcado a media manzana de allí.

—Mi coche... —dijo Mason.

—Ya nos hemos ocupado de él.

Quintero se incorporó al tráfico. El todoterreno se detuvo en un semáforo y un coche de policía cruzó silenciosamente la intersección con la luz azul parpadeando.

—La has cagado bien —dijo Quintero al arrancar de nuevo—. Esto tendrá repercusiones para todos.

—¿A qué te refieres con «para todos»? —preguntó Mason.

—Ya conoces las reglas. Aquí todo el mundo se la juega.

Después de lo que había vivido aquella noche, Mason necesitó un momento para asimilarlo.

—Tu trabajo era cargarte al contable —dijo Quintero—. El mío ir a Elmhurst y esperar noticias tuyas... O no.

Mason se irguió en el asiento. Elmhurst significaba dos cosas:

Su exmujer Gina.

Su hija Adriana.

Era una amenaza que Mason había oído antes: si fallas, ellas mueren. La ecuación resultaba sencilla. Pero aquella noche, con la bala que acababan de extraerle del hombro y la sangre derramada por todo el apartamento de Lauren, la amenaza parecía más real. Aquella noche había estado a punto de perder algo más que unos centilitros de sangre.

«Sale de su vehículo —se dijo Mason, que reprodujo toda la escena de golpe—. Se acerca a la puerta principal. Está cerrada, pero eso no es impedimento para él. Le propina una patada justo al lado del cerrojo de seguridad. Cuando todos despiertan, él ya se halla en el piso de arriba. Puede que Brad tenga una pistola y puede que no. Da igual. Por más que quiera proteger a su mujer y su hijastra, no tiene ni idea de cómo defenderse de un hombre como Quintero.

»Recibe el primer disparo en la frente.

»Gina está gritando. En otra habitación, al fondo del pasillo, una habitación que Mason no ha visto nunca, su hija Adriana se ha sentado en la cama.

»¿Está llorando? ¿Intenta esconderse? ¿Salir corriendo?».

Paró la película mental antes de que llegara otro fotograma.

—No vuelvas a amenazar a mi familia —dijo Mason—. ¡Nunca!

—No me des motivos —repuso Quintero sin dejar de mirar al frente— y no me veré obligado a hacerlo.

Desde el momento en que Mason salió de la cárcel, había estado pensando acerca de lo que iba a necesitar para poder librarse de aquella segunda vida en la que se hallaba inmerso.

Había estado vigilando. Y esperando.

Pero, aquella noche, mientras Quintero lo conducía por las calles oscuras del North Side de Chicago, sabía que la vigilancia y la espera habían terminado.

«Voy a acabar contigo —pensó—. Contigo, con Darius Cole y con todos los que trabajen para él.

»Voy a acabar con todos vosotros».

4

Transcurridas menos de cinco horas desde que lo despertó una llamada en plena noche, Bruce Harper, miembro del USMS, el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos, se encontraba a mil cien kilómetros de casa contemplando el mayor fracaso de su vida.

Harper no solo llevaba veintisiete años de servicio, sino que los últimos diez había sido codirector del WITSEC, según lo llamaban en Arlington, el Programa de Protección de Testigos, mientras supervisaba a centenares de alguaciles rasos en noventa y cuatro distritos por todo el país. Antes había trabajado directamente para Gerald Shur, el verdadero fundador del WITSEC, y seguía hablando con él al menos una vez por semana. Ya temía la próxima llamada de Gerald, porque, en casi cincuenta años de existencia del programa, se había protegido a más de mil clientes y ninguno, al menos ninguno que respetara las normas, había sido asesinado.

Hasta ahora.

Su primer testigo asesinado.

Y había ocurrido mientras Harper vigilaba.

En el pasillo de la planta veintiuno del Aqua, que había sido destruida por una bomba incendiaria, la escena parecía salida de una zona de guerra, con las paredes ennegrecidas y tres puertas destrozadas y esparcidas anárquicamente por el suelo, e intentó atar cabos.

Harper entró en la habitación donde habían colocado los artefactos explosivos. Alguien había dejado una docena de latas de pintura cerradas herméticamente y con combustible diésel en su interior. Los alguaciles estaban cooperando con el FBI en la investigación, e indicaron a Harper que habían encontrado unas imágenes en las cámaras de seguridad en donde aparecían dos pintores llevando las latas. Estaban repasando la lista de subcontratas aprobadas que trabajaban en aquella planta y confeccionando una relación de todos los empleados, pero Harper no abrigaba muchas esperanzas.

Con independencia de quién las hubiera subido hasta allí, las latas se habían amontonado con sumo cuidado para que estallaran en rápida sucesión, con una mecha central activada por un temporizador digital. Harper fue al balcón cuya ventana había estallado veintiún pisos por encima de las calles de Chicago. El tráfico matinal en el Loop era denso. Todo el mundo iba camino del trabajo y ya había olvidado la gran noticia llegada desde el centro la noche anterior...

«Esta no es mi ciudad», pensó. Nunca había vivido allí, nunca había trabajado allí, nunca había pasado más de un día entero allí, aunque tenía la sensación de que eso estaba a punto de cambiar.

«¿Cómo había ocurrido?».

Esa fue la primera pregunta que formuló cuando recibió la llamada, y la pregunta que seguía formulándose desde entonces. Pero ahora que estaba allí para verlo en persona, fue sustituida por otra:

«¿Cómo era posible que ninguno de mis subalternos hubiera muerto?».

Tenía heridos suficientes para llenar todo un pabellón de hospital: cuatro alguaciles con quemaduras de gravedad —cuando se produjo la explosión, casi todos estaban protegidos por las puertas a prueba de incendios—, otros tres incapacitados en el hueco de la escalera, dos de ellos con traumatismo abdominal, y un tercero hallado inconsciente, aparentemente por falta de oxígeno. El joven alguacil de la planta cuarenta y tres, el que estaba apostado frente a la puerta trampa, también había sufrido lesiones abdominales y un traumatismo muscular en el muslo izquierdo. A esa edad, probablemente volviera a caminar en un par de semanas.

«—El tirador llevaba un pasamontañas negro —le había dicho el alguacil. Antes de ir allí, Harper había pasado por el hospital para entrevistarlo—. Ojos marrones, unos treinta y cinco años. Y era del South Side.

»—¿Cómo lo sabe?

»—He vivido allí toda la vida. Sé reconocer a alguien de la zona cuando lo oigo hablar».

Solo quedaba el alguacil apostado en la propia habitación: Greg Davis, un hombre que llevaba casi tantos años de servicio como Harper. Este le habría confiado sin miramientos el cuidado de sus hijos, además de su fondo de jubilación, pero Davis había sido alcanzado por uno de los seis tapones de silicona recuperados en el edificio. También había sufrido una conmoción y había recibido un golpe en la cabeza con la porra aturdidora que encontraron en el pasillo no muy lejos de la escopeta Mossberg 500.

«Ese tipo no puso reparos en asesinar a McLaren —se dijo Harper, contemplando la semiautomática HK USP de nueve milímetros ennegrecida por el fuego—. Pero se tomó muchas molestias para no matar a nadie más, aunque ello significara llevar armas extra.

»¿Qué clase de hombre hace algo así?».

Harper se moría por atraparlo y poder formularle esa pregunta él mismo. Y lo atraparía. Era solo cuestión de tiempo.

Subió a la planta cincuenta y tres, donde los alguaciles tenían uno de los dos apartamentos secretos. Aquel no lo conocía casi ningún alguacil de la oficina del distrito. A menos que estuvieses custodiando a un cliente muy valioso, no había motivo para que supieras de su existencia.

Entró en la estancia principal del apartamento. Apenas había muebles más allá de las necesidades funcionales inmediatas de un cliente que fuera a pasar una o dos noches allí, una semana a lo sumo. Una pequeña cocina y una mesa para comer. Un televisor conectado a un servicio básico por cable. Un sofá y una mesita, ahora reducida a fragmentos de madera. El alguacil Davis había sido hallado inconsciente cerca de ella. Al otro lado de la habitación, junto al televisor destrozado, encontraron a Ken McLaren. Le habían disparado tres veces, dos en el pecho y una en la cabeza, con la semiautomática.

A su llegada, Harper pasó junto a una docena de hombres que hacían su trabajo. Federales, investigadores de incendios y más alguaciles del Distrito Norte de Illinois. Pero ahora estaba solo, un oasis de calma en medio del caos de aquella jornada, contemplando el lugar exacto del cual se habían llevado el cuerpo. Una salpicadura de sangre describía un arco en la pared y también había manchas en la alfombra. Cuando se dio la vuelta, le sorprendió ver allí a un hombre. Era unos centímetros más bajo y varios años más joven que él. De tez oscura y ojos vivos. Desprendía una energía tensa aun estando quieto. No era alguacil ni uno de los hombres del FBI a los que Harper había encontrado de camino, pero los zapatos rasguñados y la americana informal de color azul oscuro, a la que le habría venido bien un planchado, denotaban que se trataba de un agente de la ley. A menos que sea un infiltrado de primer orden, un policía solo tiene pinta de una cosa: de policía.

Harper lo miró a los ojos.

—Espero que sea importante, agente...

El hombre sacó la placa.

—Frank Sandoval. Homicidios, zona centro.

—Si ha venido a regodearse en la cagada de los federales, ya ha tenido su oportunidad. La salida es por ahí.

—Le dejé un mensaje hace dos días. Debería haberme devuelto la llamada.

—¿De qué está hablando?

—Intentaba facilitarle una información.

—¿Sobre qué?

—Sobre esto —dijo Sandoval, que descascaró un fragmento de pared—. Este reloj se puso en marcha en cuanto empezó la revisión del juicio de Darius Cole. Me sorprende que hayan tardado tanto.

—Y una mierda. ¿Cómo lo sabe?

—Si hubiera atendido mi llamada, tendría su respuesta.

Harper esperó unos instantes para tranquilizarse.

—El señor McLaren llevaba casi veinte años en el programa. En todo ese tiempo no había mantenido contacto con antiguos socios o...

—Sí, ya sé cómo funciona. Si dejas tu vida atrás y vuelves a empezar de cero en un sitio nuevo nadie te encontrará, ¿verdad?

—Si cumples las normas, no.

Aquella mañana, en el avión, Harper había leído hasta la última palabra del informe sobre McLaren, un hombre que en su día trabajaba como contable forense del Servicio de Impuestos Internos y que más tarde ayudaría a Darius Cole a mover millones de dólares en dinero ilícito entre Estados Unidos y una docena de países sin pagar impuestos. Era el mismo hombre que fue trasladado de Chicago a Asheville, en Carolina del Norte, después de testificar contra Cole en el juicio original. Le consiguieron un apartamento de una habitación y un puesto de trabajo en un centro comercial, donde hacía declaraciones de la renta sin cita previa a gente que no podía esperar a recibir su devolución de doscientos dólares. Siempre había allí un agente de la condicional para cerciorarse de que eso era lo más creativo que hacía McLaren con el dinero ajeno.

—Tú tienes tus normas y Cole, las suyas —dijo Sandoval—. Daba igual dónde escondieras a tu testigo. Ya estaba desahuciado.

Harper había dedicado toda su vida al programa, a la idea de que cualquier testigo podía ser protegido de cualquiera excepto quizá del mismísimo Dios. «Si haces lo que te dicen, estarás a salvo». Llevaba décadas explicándoselo a los testigos y a sus familiares y siempre había creído en ello, porque siempre era verdad.

Siempre.

Pero, ahora, el cuerpo de McLaren representaba una prueba de que ese «siempre» y toda su carrera se había basado en una mentira. Hoy, Bruce Harper estaba experimentando el primer fracaso del programa mediante la sangre que impregnaba la alfombra que tenía bajo los pies.

—Si tienes todas las respuestas, compártelas con el resto de la clase —dijo Harper—. Darius Cole está en Terre Haute, una de las instalaciones más seguras del país.

—Podría haberlo organizado desde la puta Luna.

Harper negó con la cabeza.

—No es el primer delincuente con contactos en el exterior. ¿Cómo supo que custodiábamos a McLaren? Eso no ocurre jamás, agente.

—Pues es algo que tendrá que averiguar usted —repuso Sandoval—. Yo solo sé que si tienen un alguacil con un punto débil, Cole ya lo ha encontrado.

Harper estaba analizando todas las posibilidades, confeccionando una lista de todos los alguaciles, subalternos, administradores o cualquiera que pudiese tener acceso a aquella información.

La lista no era larga.

A menos que el infiltrado estuviera allí, en Chicago.

Detestaba el mero hecho de pensarlo, pero era inevitable: «Si tuvieras que elegir una ciudad donde buscar al alguacil corrupto, sinceramente, ¿cuál sería?».

—¿Y qué hay del tirador? —preguntó Harper—. ¿Tiene un nombre para mí o ha venido solo a decir «ya se lo advertí»?

—Puedo darle un nombre. O, mejor aún, llevarle hasta su casa.

Harper se lo quedó mirando.

—¿Habla en serio, agente? Porque no estoy para más...

—Sé que ha tenido un mal día —dijo Sandoval—. Pero cuando vea dónde vive ese tío, se le quitarán las ganas de desayunar.

5

El teléfono de prepago que utilizaría Darius Cole para llamar a Nick Mason aquella mañana había cambiado cinco veces de manos hasta llegar a su celda.

Había iniciado su viaje en un cartón de tabaco que fue depositado en la esquina noroeste del patio por un dron de cuatro hélices después de un vuelo de casi dos kilómetros desde su vehículo de lanzamiento, aparcado a orillas del río Wabash. El cartón contenía ciento setenta gramos de marihuana sin compactar; esa era la tapadera. El guardia que cubría el turno de noche en el puesto perimetral recogió el cartón, sacó la marihuana y la pesó y registró antes de entregársela al equipo de contrabando. Se quedó con el teléfono móvil, los diez billetes de cien dólares y la docena de parches de fentanilo también ocultos dentro del cartón. Metió debajo del asiento de su vehículo patrulla el teléfono, los parches y cinco billetes, y se guardó el resto del dinero en el bolsillo.

El guardia del turno de día encargado del mantenimiento de los coches patrulla cogió los otros cinco billetes de debajo del asiento. Luego metió el teléfono móvil y los parches de fentanilo en un sobre marrón y lo dejó en la caja blanca del correo.

Minutos después, un reo de confianza clasificó las cartas y colocó el sobre debajo del correo destinado a la Unidad de Confinamiento Especial. Pero, antes de abandonar la sala del correo, abrió el sobre y sacó dos parches de fentanilo, que se colocó en la parte interior de los muslos. Los parches le proporcionarían una doble dosis de felicidad opiácea sintética durante setenta y dos horas. Era un pago más que generoso por una entrega adicional.

El preso no podía sentirse mejor cuando llegó a la Unidad de Confinamiento Especial. Allí se encontraba la mayoría de los reos importantes de Terre Haute, y algunos incluso tenían «necesidades especiales» que eran atendidas: celdas más espaciosas, luz natural y mejor comida que el resto de los presidiarios; qué carajo, mejor que la de los guardias.

El agradecido preso que recibió el sobre sin distintivos sacó los parches restantes y, como etapa final del viaje, llevó el teléfono a la celda privada de Darius Cole. Este no quería los parches para nada, por supuesto. No necesitaba un colocón químico para escapar de aquella cárcel, al menos mentalmente. El teléfono era el pago del preso a Cole a cambio de su permiso para vender el fentanilo a otros compañeros de la Unidad de Confinamiento Especial.

Cole había utilizado dispositivos móviles en la penitenciaría de Terre Haute desde su llegada en 2005. Pero, cuando el presidente firmó la Ley de Contrabando de Teléfonos Móviles en 2010, algún burócrata consagró su vida a reducir el número de aparatos en la cárcel. Como en cualquier mercado abierto del mundo, lo único que consiguió fue disparar los precios. Ya se trate de las acciones de Wall Street, ya de las drogas en la calle, el principio era el mismo. Dificultando su obtención, no acabas con el problema; tan solo lo haces más rentable.

Cuando otro burócrata decidió centrar sus esfuerzos en la circulación de las drogas ilegales, el mercado se inundó de repente de teléfonos móviles. Cole calculaba que, ese año, la mitad de los hombres de la Unidad de Confinamiento Especial tenía uno. Aunque no fuera así, podías comprar llamadas a un dólar el minuto. Entonces, un pandillero encarcelado en Baltimore fue descubierto ordenando un asesinato con su móvil y, de repente, el mercado volvió a caer. Ni siquiera podía pedirle a un guardia de los que tenía sobornados que le trajera uno del exterior.

Cole inspeccionó el nuevo teléfono y se aseguró de que tuviera cobertura y de que fuera compatible con al menos uno de los cargadores que tenía en su celda. Entonces indicó al preso que se marchara y marcó diez dígitos de memoria.

Quinientos kilómetros más al norte, Diana Rivelli miró al hombre que vivía en su casa sin saber si estaba vivo. Lo encontró pasada la medianoche cuando volvió de trabajar. Estaba tumbado en el sofá, sin camisa y con el cuello y el hombro derecho vendados. Al margen de lo que le hubiera sucedido, su respiración era poco profunda y en la tela blanca se apreciaba una pequeña mancha de sangre.

Seguía allí cuando se levantó por la mañana; no se había movido ni un milímetro. Diana pasó casi dos horas observándolo, esperando a que despertara, preguntándose si podía hacer algo por él. En varias ocasiones, pensó en cómo había acabado allí aquel desconocido que dormía al otro lado de la casa, que cogía su teléfono móvil y luego desaparecía sin mediar palabra.

Diana llevaba su uniforme de trabajo, ya llegaba tarde y no sabía si el personal de Antonia’s estaría listo para el ajetreo de la hora del almuerzo. Pero Mason seguía sin moverse. Le puso una mano en el cuello, le buscó el pulso y presionó unos segundos la piel, notando el calor de su cuerpo.

«No quiero saber qué le ha ocurrido», se dijo a sí misma. Era una norma que cumplía, una de tantas que mantenían su vida en orden: «Nunca preguntes adónde va. Nunca preguntes qué hace».

Oyó el teléfono sonando debajo de Mason, que se sobresaltó. Pero, antes de que pudiera abrir los ojos, Diana ya se había ido.

En cuanto Mason levantó la cabeza notó la tirantez de los puntos en el hombro. Se estremeció de dolor, cogió el teléfono y pulsó el botón.

—¿Qué quieres, Quintero?

—¿Ayer noche fuiste igual de chapucero que ahora por teléfono? —preguntó Cole—. Utilizas un nombre y encima te equivocas.

La voz, reconocible al instante, hizo que Mason saltara como un resorte. Estaba en el sofá del comedor; ni siquiera había llegado a acostarse. Eran pasadas las nueve y había dormido unas siete horas.

—¿Qué pasó ayer por la noche? —preguntó Cole. Era la segunda vez que llamaba directamente a Mason—. No me gusta lo que estoy oyendo.

Mason se levantó poco a poco. Le daba vueltas la cabeza y fue al cuarto de baño con el teléfono pegado a la oreja. Se miró el hombro vendado y las tiras multicolores que le subían por el cuello.

—¿Me oyes?

—Estoy aquí.

Mason salió del lavabo y fue a la nevera. Se moría por un zumo de naranja, pero eligió una botella de Goose Island Ale.

—Encontré al objetivo —dijo Mason—. Luego salí. En cuanto me cure, estaré...

—Estás desviándote del problema que has creado.

—¿Te refieres al balazo que recibí? ¿A ese problema?

—¿Qué coño quieres? ¿Un Corazón Púrpura? —preguntó Cole—. A mí me han disparado cuatro veces.

Mason cerró la nevera de doble puerta y abrió la cerveza. La casa adosada estaba en silencio, como casi todas las mañanas. Su compañera Diana probablemente había ido al restaurante y estaría preparándose para la avalancha de clientes de mediodía. No recordaba la última vez que había hablado con ella.

—Hice lo que me pediste —dijo Mason—. ¿Qué quieres?

Salió a la terraza de la cocina y se situó junto a la barandilla. La cámara de vídeo estaba enfocándolo y la luz roja parpadeante era un recordatorio continuo de dónde se encontraba, aunque Mason raras veces pensara en ello. El suave viento que llegaba desde el lago formaba ondas en la superficie de la piscina.

—Te he llamado para explicarte qué debería ocurrir a continuación —dijo Cole.

Ese fue el momento en que Mason debería de haber sabido que algo estaba a punto de torcerse, pero se encontraba distraído mirando a la calle.

Justo debajo de la casa, se hallaba Lincoln Park West y más allá, el parque, con su zoo y sus jardines botánicos. Detrás se extendía el lago Michigan, refulgiendo bajo la luz del sol. Era una escena perfecta de cinco millones de dólares, pero hoy Mason solo veía una cosa:

Una berlina negra aparcada en la calle.

—He tenido bastantes mujeres en mi vida —dijo Cole—, pero solo me han importado de verdad una o dos.

Mason vio que se bajaba la ventanilla y alguien lo miraba sin disimulo.

El hombre que lo había enviado a Terre Haute, que cinco años antes estaba sentado delante de él en el restaurante de Diana y le prometió que volvería a encerrarlo. El mismo que le había arrebatado la memoria USB con información sobre los miembros corruptos de la Sección de Investigaciones Especiales, utilizada para acabar con el grupo al completo y que, aun así, le había jurado que nada cambiaría entre ellos.

El agente Frank Sandoval.

—Los negocios son lo primero, como debe ser.

Sandoval asintió. Estaba hablando con alguien en el coche, un hombre mayor con el rostro curtido de un veterano. Ambos lo observaron a través del parabrisas.

Mason alzó el botellín de cerveza a modo de saludo burlón.

—¿Estás ahí?

—Sí.

Mason dejó la botella y se alejó de la barandilla.

—Yo no te pedí que lo hicieras solo.

Mason se detuvo en seco.

—¿De qué estás hablando?

—Te hablo de un cabo suelto. Hay que eliminarlo.

Todo lo demás pasó a un segundo plano. Solo existía una voz que llegaba a través del aire desde una celda situada en otro estado.

—Ella no tiene nada que ver con esto —dijo Mason—. No va a...

—Fuiste a su apartamento. Le llenaste el suelo de sangre y hoy habrá leído lo que ocurrió en el centro.

Mason agarró el teléfono con más fuerza.

—Escúchame. Sabe que tengo otra vida...

—Si eso es cierto, entonces ya teníamos un problema.

—No sabe nada más —dijo Mason—. No hay razón para...

—Es culpa tuya —repuso Cole—. Lo provocaste tú yendo allí. No lo olvides.

Mason oyó un clic y después un vacío. Marcó rápidamente el número de Lauren. El teléfono sonó varias veces y saltó el contestador.

—Sal de donde estés —dijo Mason—. Ahora mismo. Vete a un lugar seguro. Y llámame.

Mason no sabía si viviría para escuchar el mensaje o si ya estaría muerta. Se vistió precipitadamente y apretó los dientes al pasarse la camisa por el hombro. Luego bajó corriendo al garaje, abrió la puerta y vio...

Nada.

«Mierda».

La noche antes había dejado su coche en casa de Lauren y, tal como prometió Quintero, ya lo habrían troceado en el desguace.

Salió a la calle. «Le pediré a Sandoval que me lleve hasta ella —pensó—. No me importa lo que diga».

Pero la plaza de aparcamiento estaba vacía y vio fugazmente a la berlina negra doblando la esquina. Rastreó la calle en busca de otro coche en movimiento.

Nada.

Mason echó a correr, sintiendo a cada paso el dolor punzante en el hombro. La tienda de animales se encontraba a casi dos kilómetros.

«Por favor, que estés allí —pensó—. Ojalá estés en esa tienda, detrás del mostrador. No has cogido el teléfono porque atendías a un cliente».

Corrió por Lincoln Park West y giró en la esquina. Dos manzanas más adelante vio la tienda de animales. Todo le daba vueltas cuando llegó a la puerta y la abrió.

Había una mujer en el mostrador, pero no era Lauren.

—¿Puedo ayudarlo en algo?

—¿Dónde está? ¿Dónde está Lauren?

—Hoy no ha venido. Me pidió que...

Mason volvió a salir. Vio un taxi acercándose, empezó a correr y estuvo a punto de ser arrollado por un coche que venía en sentido contrario. Ignoró la bocina, paró el taxi y se montó. Luego dio la dirección al conductor y sacó el teléfono móvil.

—Deprisa —indicó al taxista mientras esperaba que le contestaran—. No se pare por nada.

Volvió a saltar el contestador automático. Mason colgó y probó con Quintero. El teléfono sonó, pero no había buzón de voz.

«Mierda. Está allí ahora mismo».

Marcó el número del restaurante y preguntó por Diana, recalcando que se trataba de una emergencia.

—Necesito que vayas a un sitio —le dijo en cuanto se puso al teléfono.

—Nick, estoy trabajando.

—Es importante. Voy a darte una dirección.

Le facilitó el número de Addison Street y le pidió que fuera allí lo antes posible. Después colgó y llamó de nuevo a Lauren. Buzón de voz.

Se imaginó a Quintero en el apartamento. Al igual que la víspera, pero ahora estaba solo con ella.

«Es culpa mía —pensó—. Yo la metí en esta vida. Y ahora su vida ha terminado».

—Más rápido —dijo Mason al conductor—. Le pagaré lo que sea, pero lléveme ahí.

El taxista levantó las manos. Estaba atrapado en un semáforo sin escapatoria posible. Mason hizo el cálculo de cuánto tardaría en llegar corriendo, siempre y cuando no se desmayara. Pero entonces se puso en verde y el taxista reanudó la marcha. Encontraron un tramo despejado en Clark Street y avanzaron bastante hasta que llegó el momento de doblar por Addison. Cuando el coche tuvo que detenerse de nuevo en un semáforo, Mason echó el dinero por encima del asiento y se bajó del coche antes de que las ruedas dejaran de girar.

Corrió las últimas cuatro manzanas de Addison y atravesó las intersecciones evitando por poco un atropello.

Cuando llegó al edificio, vio el Escalade negro aparcado delante.

«Demasiado tarde».

Utilizó la llave para abrir la puerta principal y subió los escalones de dos en dos. La puerta del apartamento estaba entreabierta y oyó a Max ladrando dentro. Al entrar le llegó el olor a lejía. Mirando el suelo de madera del recibidor, se dio cuenta de que Lauren probablemente se había pasado media noche limpiando la sangre.

El perro no paraba de ladrar. Al mirar hacia el salón, vio que no había nadie.

«¿Dónde están?».

Cuando entró en el dormitorio vio a Quintero sentado en la cama de Lauren. Mason se quedó inmóvil y ambos cruzaron sus miradas. El perro volvió a ladrar y rompió el hechizo. Estaba en la habitación contigua, que Lauren utilizaba como despacho.

—No deberías estar aquí —dijo Quintero.

—No te lo permitiré —repuso Mason.

Era una obscenidad que aquel hombre estuviera en la habitación, tocando su cama.

—Esto no funciona así, Mason. Sabes que es mi obligación.

Mason oyó un ruido en el baño; Lauren había cerrado el grifo de la ducha. Quintero estaba esperándola.

—No mato a mujeres en la ducha —dijo, como si hubiera leído la mente de Mason.

—Hoy no vas a matar a nadie.

Al levantarse, Quintero cogió la pistola que tenía detrás. Era una Sig negra semiautomática con un silenciador enroscado al cañón.

—Ya está hecho —dijo Quintero apuntándole al pecho—. No lo empeores.

—Adelante —contestó Mason—. Mátame a mí también. Entonces podrás proponerle a Cole ocupar mi puesto.

En ese momento se abrió la puerta del baño. Quintero apartó la mirada por un instante, lo suficiente para que Mason agarrara el cañón y tirara de él. La pistola se disparó con un ruido atenuado por el silenciador y la bala atravesó la madera blanda de la puerta del armario. Cuando Quintero cayó hacia atrás, lo arrastró consigo. Mason echó a rodar hacia la cama y oyó el grito de Lauren. Quintero le hundió los dedos en la herida de bala, lo cual le hizo gemir de dolor, pero no soltó el arma.

Ambos siguieron forcejeando por la pistola, pero Mason sabía que no tendría fuerzas para resistir. Ese día, no. Tenía la cara de Quintero encima, el rostro que representaba todo lo que no controlaba en su vida y, ahora, al notar que el arma se le escurría de entre las manos, se preguntó si sería lo último que viera.

Entonces entró en su campo visual otro rostro. Era Lauren, que se había situado detrás de ambos. Llevaba un albornoz blanco y sujetaba algo en la mano, un palo plateado, que blandía como si fuera una espada. Lauren lo levantó por encima de la cabeza y golpeó con fuerza a Quintero, que abrió unos ojos como platos, y, cuando hizo oscilar de nuevo el palo y le alcanzó de lleno en la parte trasera de la cabeza, dejó de respirar.

Mason le arrebató la pistola y se disponía a darle la vuelta cuando el palo descendió una vez más y le dio en el hombro. Estuvo a punto de perder el conocimiento, soltar el arma y echarlo todo a perder, pero resistió y esperó a que se le aclarara la vista.

—Para —dijo a Lauren—. Está bien, lo tengo.

Mason se levantó poco a poco y siguió apuntando a Quintero. Cuando este se movió, le hundió el silenciador en el estómago.

—Te mataré si es necesario —le dijo Mason, e imaginó qué sucedería si apretaba el gatillo, los problemas que resolvería, pero también los que llegarían después.

—Nick... —dijo Lauren. Estaba hiperventilando y apenas podía hablar—. ¿Por qué está aquí otra vez?

La miró solo un instante, el tiempo justo para verla apoyada en la cómoda. Todavía sostenía en la mano izquierda la barra plateada del toallero, ahora doblada. Estaba pálida. Ya no era una guerrera, sino la mujer de la tienda de animales.

—Coge algo de ropa —le dijo Mason—. Todo lo que tengas de valor.

—¿De qué estás hablando? —respondió ella tratando de recuperar el resuello—. ¿Adónde vamos?

—Tú hazlo. Ahora mismo.

—Estás matando a toda la gente a la que quieres —dijo Quintero, que seguía sentado en el suelo. Se llevó una mano a la cabeza y miró si tenía sangre en las manos—. A ella. A tu mujer, a tu hija...

—Pero tú no estarás aquí para verlo.

Mason no apartó la mirada de Quintero mientras Lauren abría los cajones y sacaba su ropa. Cuando fue al baño a cambiarse, Mason continuó.

—Esta es la versión oficial —dijo a Quintero—: viniste aquí y te la llevaste. La mataste y te deshiciste del cuerpo. Nadie lo encontrará jamás. ¿Lo has entendido?

—¿Estás pidiéndome que mienta a Cole?

—No estoy pidiéndotelo.

Vio que Quintero intentaba asimilarlo, hacer cuentas.

—Si la ven en algún sitio...

—No ocurrirá —dijo Mason—. Me aseguraré de ello.

Quintero negó con la cabeza.

—Vas a jodernos a los dos.

Lauren volvió a entrar en la habitación.

—¿Adónde vamos, Nick?

—No tengo tiempo para discutir —dijo Mason—. Prepara la bolsa ahora mismo y coge el transportín de Max. Se va contigo.

—Nick, no iré a...

—Prepara la bolsa —repitió Mason con más firmeza, pero no se dio la vuelta para ver si había surtido efecto.

—No iré a ninguna parte sin ti.

—Prepara-la-bolsa-ahora-mismo.

Lauren tragó con fuerza, pero no se movió.

—Míralo —dijo Mason señalando con la cabeza a Quintero—. ¿A qué crees que ha venido?

—No voy a renunciar a nosotros —dijo ella— solo porque un...

—¿Me estás escuchando o no? —le espetó Mason con un tono amenazante que le sonó extraño incluso a él. Pero tenía que ser así. Había llegado el momento de quemar el puente y la carretera que se extendía a ambos lados de él.

—Nick...

Con la barra del toallero aún en la mano, se la veía desconcertada. Quintero los observó en silencio.

—Estoy salvándote la vida —dijo Mason—. Tienes que irte.

—¿Y nosotros?

—No existe un nosotros —respondió—. Ya, no.

Odiaba decirlo, aborrecía todo lo que estaba ocurriendo casi tanto como odiaba la idea de una bala en la cabeza de Lauren, porque era lo bastante estúpido como para pensar que podrían haber tenido algo, una vida, un futuro juntos.

Las lágrimas surcaron las mejillas de Lauren. Mason apartó la mirada, apuntando a Quintero mientras ella preparaba la bolsa. Minutos después, oyó el timbre de la puerta.

—Es Diana —dijo Mason—. Déjala entrar.

La oyó bajar las escaleras y, al momento, pasos subiendo de nuevo.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo Diana al entrar en la habitación y ver a Mason sentado en la cama y a Quintero en el suelo.

A Mason no le hizo falta ver la expresión de Diana. Sabía cuánto despreciaba a Quintero, cuánto le temía.

—Lleva a Lauren al aeropuerto —dijo Mason—. Pasa primero por el restaurante. Hay un sobre con diez mil dólares pegado debajo de tu mesa. Dáselo. Y cuando la hayas dejado, márchate. Cogerá un vuelo y se irá. Ninguno de los dos sabrá nunca adónde. ¿Entendido?

—No —terció Lauren—. Primero me rompes el corazón y ahora...

—Diana —dijo Mason ignorando a Lauren—. ¿Lo has entendido?

—Sí —respondió Diana tras un largo silencio.

—No iré a ninguna parte —dijo Lauren.

—No te muevas —dijo Mason a Quintero.

Luego se levantó y se acercó a Lauren, que aún tenía los ojos enrojecidos. Se enjugó la cara y lo miró.

—No puedes hacerme esto —dijo—. Hemos trabajado mucho para estar juntos.

—Fue un error.

—Escúchame. No soy tonta. Ya sabía que iba a pasar algo así, ¿de acuerdo? Lo asumí hace mucho tiempo, así que no me importa lo que digas. No pienso...

—Ayer por la noche maté a un hombre —confesó Mason.

Lauren se quedó muda, como si acabaran de darle una bofetada.

—Fui a ese edificio del centro —añadió—, donde hubo el incendio. Encontré al hombre que estaba buscando y lo maté.

Lauren siguió mirándolo sin mediar palabra.

—La última vez maté a un policía con una escopeta. Le destrocé el cuerpo. Diana estaba allí. Ella puede confirmarlo. Antes de eso, maté a un hombre con un cuchillo; le corté el cuello y vi cómo moría mientras aún lo tenía agarrado.

A Lauren empezaron a resbalarle de nuevo lágrimas por las mejillas.

—Despierta, Lauren. Me dedico a matar gente. Esa es mi vida. Si te quedas, tú también morirás.

Lauren negó con la cabeza, incapaz de decir nada.

—Diana te llevará. No vuelvas aquí. Jamás.

Lauren se quedó allí quieta hasta que Diana la agarró del brazo y la sacó de la habitación. Mason la vio recoger el resto de sus cosas, cerrar la maleta y abrir la habitación de invitados para dejar salir a Max. Le puso una correa, pero el perro tiró de ella al ver a Mason en el dormitorio. Estaba a un metro de él cuando Lauren lo obligó a retroceder.

Diana estaba haciendo equilibrios con el abultado transportín en una mano y la maleta en la otra. Lauren se detuvo para mirar a Mason a los ojos por última vez. Abrió la boca con intención de decir unas palabras, pero no le salieron. Luego, ambas se fueron.

Mason se sentó en el borde de la cama y Quintero se quedó en el suelo sin decir nada.

—Tendrás que llevarme a tu taller —dijo Mason a la postre—. Necesito un coche nuevo.

Lauren miró a la mujer que iba al volante. Diana Rivelli. Era la desconocida a la que encontró viviendo con Nick Mason. Tenía el pelo y los ojos oscuros y una belleza intemporal de la que ni siquiera parecía ser consciente. Ahora seguía siendo una desconocida, igual de misteriosa, pese a que Lauren había encontrado una vía de acceso a la vida de Mason.

«Tengo que irme —pensó—. Tengo que abandonar el único lugar que he conocido. ¿Por qué puede quedarse Diane y yo, no?».

—¿Todo eso era verdad? —dijo secándose las lágrimas otra vez—. ¿Lo que me ha contado Nick?

—Todos hacemos lo que tenemos que hacer —respondió Diane sin apartar la vista de la carretera.

—Y yo tengo que irme.

—Tú puedes irte, lo cual te convierte en afortunada.

—¿En qué soy afortunada, Diana? Mi vida entera se ha acabado.

—Tu vida sigue siendo tuya. Me cambiaría por ti sin pensármelo dos veces. El hombre que es propietario de la vida de Nick... también lo es de la mía.

—La gente no puede ser propietaria de otras personas.

—Eso díselo a mi dueño —repuso Diana—. Puede que viva en una jaula bonita, pero aun así soy una esclava.

—No entiendo nada —dijo Lauren.

—No querías verlo, pero tenías que sospechar algo. ¿Qué creías que hacía cuando te dejaba sola? ¿Repartir flores?

Lauren no contestó y siguieron en silencio hasta llegar a O’Hare.

—¿Dónde se supone que debo ir? —preguntó Lauren—. ¿A casa de mis padres?

—No, no vayas allí. Vete a algún sitio donde nadie pueda encontrarte, al menos por ahora.

Lauren se la quedó mirando y negó con la cabeza en señal de incredulidad.

Entonces llegaron a la terminal. El perro iba sentado en el asiento trasero curioseando por la ventanilla.

Lauren salió con la maleta y un agente se acercó para ayudarla con el transportín. Max forcejeó un momento con la correa, pero se rindió y se sentó en el asfalto.

—Prométeme que cuidarás de él —dijo Lauren antes de cerrar la puerta.

—Bastante trabajo tengo con cuidar de mí misma.

Diana la miró fijamente y el coche de atrás hizo sonar la bocina.

—Prométemelo —insistió Lauren.

Diana asintió y Lauren cerró la puerta y se fue.

No tenía ni idea de adónde iría ni tampoco sabía qué pensaba hacer cuando llegara a su destino.

Su única certeza era que no volvería jamás.

6

Bruce Harper recordaría durante el resto de su vida el rostro que tenía Nick Mason cuando los miró desde su lujosa casa adosada.

Daba igual que hubiera mancillado el historial intachable del programa WITSEC, tampoco importaba que hubiera abochornado a cuatro mil alguaciles de todo el país y que hubiera supuesto un borrón en sus veintisiete años de carrera. Nada de eso importaba.

Lo que importaba era que, si el agente Sandoval estaba en lo cierto, Nick Mason había asesinado a un testigo al que Harper había jurado proteger, además de herir a nueve de sus hombres.

Y Harper no podía hacer nada al respecto.

Al menos, por el momento.

Estaba sentado delante de Rachel Greenwood, una ayudante del fiscal del Distrito Norte de Illinois. De unos cuarenta y cinco años, atractiva y con aire de profesionalidad, el pelo recogido hacia atrás y gafas con montura al aire. Harper se reunía con ella por primera vez e intentó tomarle la medida. Miró la fotografía enmarcada que había encima de la mesa. Cuando se la hicieron, debía de tener unos cuantos años menos y, en ella, su marido lucía una sonrisa y un peinado típicos de abogado, probablemente privado. Con dos hijos adolescentes, chico y chica. Toda la familia llevaba camisa blanca y sonreía a la cámara en un día alegre que en nada se parecía al de hoy.

Harper ya se había personado en la oficina del Cuerpo de Alguaciles en la planta veinticuatro. Le dijeron que una ayudante del fiscal quería verlo enseguida, así que bajó él mismo al cuarto piso. No iba a poner a nadie a los pies de los caballos. Respondería del fracaso del Servicio.

Mientras bajaba en el ascensor, pensó en cuántos organismos estaban representados en aquella manzana de Dearborn Street —la DEA, el Servicio de Impuestos Internos, dos senadores estadounidenses y Correos—, una de las mayores concentraciones de poder federal fuera de Washington, D.C. La última vez que Harper estuvo allí, le sorprendió lo fácil que resultaría que otro Timothy McVeigh atacara al gobierno federal; solo hacía falta recorrer Dearborn Street en una furgoneta de alquiler cargada con una bomba fertilizante.

Pero ahora solo tenía una cosa en mente.

—Le agradezco que haya reservado tiempo para venir —dijo Greenwood desde el otro lado de la mesa—. Es un honor. El mismísimo subdirector del WITSEC.

Sus palabras rezumaban gentileza, aunque, aquel día, estar al mando del WITSEC era cualquier cosa menos un símbolo de honor, y ella lo sabía. Y sabía que él lo sabía.

—No es un buen día —dijo Harper—. Tengo a nueve alguaciles en el hospital.

—Y a un testigo muerto.

—Es culpa mía. Acepto toda la responsabilidad —se disculpó Harper.

—¿Y de qué me sirve a mí que se responsabilice, señor subdirector?

Harper empezaba a captar el mensaje. Greenwood no quería saldar cuentas. Quería respuestas.

—Nick Mason —respondió.

—¿Se supone que debe decirme algo ese nombre? —inquirió Rachel.

—Trabaja para Darius Cole.

Harper sabía que eso la frenaría, porque, ahora mismo, Darius Cole era la persona más importante en la vida de Greenwood. Fue ella quien ayudó a meterlo para siempre en la cárcel después de ofrecer acuerdos a las dos personas que acabaron testificando contra él. A Harper, que ahora estaba sentado en el despacho de la abogada, no le sorprendió. Había conocido a ayudantes del fiscal federal por todo el país. Algunos se veían superados por su trabajo; otros eran brillantes y ambiciosos, pero, sin duda, estaban destinados a otra cosa. Y aún los había que nacieron para representar a Estados Unidos en los tribunales, aunque eso significara llevar demasiados casos y trabajar demasiadas madrugadas por un salario insuficiente y ningún reconocimiento. Harper sabía que algunos de los mejores eran mujeres. Tenían un talento especial para exponer los cargos, llegar a un acuerdo y convertir a los condenados en testigos cooperadores sorteando las defensas de la gente, apelando a ella a un nivel primario que se remontaba a la cuna: «Estoy de tu lado. Quiero protegerte».

Había sido segunda abogada en el juicio original y ahora sería primera en la revisión, lo cual significaba que su vida estaba casi tan jodida como la de Harper.

—Mason cumplía condena con Cole en Terre Haute —dijo Harper—. Cole lo sacó de allí.

—Ahora lo recuerdo. Hubo problemas con el testigo original. El agente confesó que...

—Era mentira —repuso Harper—. Cole lo orquestó todo. Quería a Mason fuera a fin de que trabajara para él.

—¿Por trabajar entendemos «matar a testigos»?

—Entre otras cosas.

Greenwood hizo una pausa para procesarlo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó finalmente.

—Por el agente de homicidios que lo encerró. Frank Sandoval, compañero del policía que reconoció haber manipulado las pruebas. Hace una hora me ha llevado a casa de Mason. Me ayudará a pescarlo. O yo lo ayudaré a él. Francamente, me da igual quién se cuelgue la medalla esta vez.

—¿Sandoval puede relacionar a Mason con lo de ayer por la noche?

—Si pudiera, estaríamos poniéndole las esposas en este preciso instante.

Greenwood anotó el nombre en su cuaderno.

—Nick Mason —dijo—. ¿Es de por aquí?

—Sandoval dice que es de un lugar llamado Canaryville.

Greenwood suspiró y negó con la cabeza.

—No me sorprende.

—Debe de ser una zona pintoresca de la ciudad.

—Mi abuelo era policía en la época de la Prohibición y conoció a todos los gánsteres importantes: Al Capone, Bugs Moran. Cuando era niña, me contaba infinidad de historias sobre ellos. Pero decía que el peor de todos era un hombre llamado Gene Geary. Se trataba del asesino más despiadado que jamás había conocido.

—Déjeme adivinar —dijo Harper—. Canaryville.

—Allí estaban todos los corrales —respondió ella—. Mi abuelo decía que el aire olía a muerte cuando caminabas por la calle.

«Algunas cosas nunca cambian», pensó Harper, pero no iba a decirlo en voz alta, sobre todo a una mujer que había consagrado su vida a intentar cambiarlas.

—Fue un error traer a McLaren a declarar —dijo Greenwood.

El subtexto quedó implícito: «Fue un error dar por hecho que el Servicio podría protegerlo».

—No debería haber sido un error —dijo Harper—. Nada de esto debería haber ocurrido.

—Pero lo fue y ocurrió —repuso ella antes de cambiar de tema—. ¿Todo esto es obra de un solo hombre?

Más subtexto: «¿De un hombre contra cuántos?».

—Eso creemos, sí.

—¿Cómo averiguó dónde tenían escondido a McLaren?

—Todavía no lo sabemos.

Greenwood negó con la cabeza.

—Todo iba bien hasta ese momento.

—¿A qué se...?

Greenwood levantó las manos para interrumpirlo.

—Vamos, ya ha insinuado que Cole llegó a un acuerdo con un agente para sacar a Mason de la cárcel. Usted y yo sabemos que contactó con alguien del Cuerpo de Alguaciles.

Harper intentó recordar lo que le había dicho su difunta esposa sobre contar hasta tres antes de responder a una pregunta comprometida.

No llegó ni hasta uno.

—No —dijo—, eso no es posible. En mi oficina, no.

—Pues aparentemente, lo es.

Harper no quería decirlo: «La filtración tuvo que ser local. Ha sido la única vez que el Servicio se ha visto en peligro y, por supuesto, fue alguien de la ciudad que convirtió la corrupción en un arte».

—Mire —dijo Harper obligándose a respirar hondo—, estamos en el mismo bando.

—Si está usted más interesado en cubrirle las espaldas al Servicio, no, no lo estamos. Yo solo intento que nos quede al menos un testigo cuando lleguemos a la revisión del juicio.

—¿Cómo demonios consiguió Cole la revisión? Yo pensaba que era casi imposible.

—Debería haberlo sido —dijo Greenwood—, pero Cole hizo algo realmente brillante. Si recuerda el juicio original, solicitamos un jurado anónimo...

—Como en el de Nicky Barnes.

—Barnes fue el primero, sí. Pero los jurados anónimos presentan dos inconvenientes... El primero consiste en que a veces son contraproducentes. Como en el primer juicio de John Gotti...

—No llegó a un veredicto.

—El presidente del jurado mantenía vínculos con la familia. Si ese jurado no hubiera sido anónimo, se habría descubierto la relación y lo habrían echado. Pero el segundo problema es dónde presenta Cole sus alegaciones para la revisión... Porque el Tribunal de apelaciones ya tiene prejuicios contra los jurados anónimos basados en la presunción de culpabilidad, de modo que acaba imponiendo unos criterios de equidad absurdos para las deliberaciones. Son muy difíciles de cumplir. Es un punto débil que nadie ha explotado nunca, ni siquiera Gotti en esas peticiones de revisión del juicio.

—No lo entiendo —dijo Harper—. Ese juicio se celebró hace doce años. ¿Cómo pudo Cole...?

—De repente, doce años después, uno de los miembros anónimos del jurado original supuestamente da con el abogado de Cole y le cuenta que las deliberaciones fueron inadecuadas —dijo Greenwood—. Repasaron a conciencia todos los detalles del caso en el hotel y dijeron que Cole debía de ser culpable si los tenían encerrados en un lugar secreto. Era una bomba que no podían ignorar.

Harper la miró exasperado.

—No se creerá usted esa mierda...

—Yo no oí la moción —dijo Greenwood—. El Tribunal de apelaciones del Distrito Séptimo, sí.

—Por tanto, el primer paso es conseguir la revisión —apostilló Harper—. Y el segundo...

—Empezar a matar a los testigos clave.

Harper pensó en ello unos instantes.

—Y ahora solo nos queda uno.

«Isaiah Wallace. El amigo de infancia de Darius Cole y su confidente más leal. El hombre que contribuyó en mayor medida al encarcelamiento de Cole. Y el hombre al que más necesitamos si pretendemos que siga entre rejas.

»Suponiendo que podamos mantenerlo con vida».

Una reflexión que anteayer habría sido poco más que un chiste.

—En realidad teníamos un tercer testigo potencial para el juicio original —precisó Greenwood—. No sé si usted estaba al corriente.

—No lo estaba.

—No intentamos que cooperara. Podría haber relacionado a Cole con varios homicidios, pero...

Greenwood negó con la cabeza y su voz se fue apagando.

—¿No habría sido un buen testigo?

—Mi jefe de aquel entonces dijo que no recurriera a él a menos que no quedara más remedio. Desapareció años después y acabó en Nueva York. Lo mataron de un disparo no hace mucho. Si no recuerdo mal, estaba cumpliendo cadena perpetua en Dannemora. Así que quiero asegurarme de que el señor Wallace...

—Vamos a trasladar a Wallace a un lugar secreto del WITSEC —dijo Harper—. Será absolutamente intocable. Entre tanto, puede usted ayudarme a encerrar a Mason. Si necesitamos permiso para pinchar un teléfono o hay que autorizar horas extra...

Era un hecho corriente del orden público moderno: si el fiscal no quería investigar a un sospechoso, no podías acusarlo de un delito federal.

—Estaré encantada de ayudarlo —dijo Greenwood—. Pero, a cambio, necesitaré reunirme con el señor Wallace para prepararlo de cara a la revisión del juicio.

—Lo lamento, pero no.

Greenwood ladeó la cabeza.

—¿Acaba usted de decirme que «no»?

—Puedo organizar una videoconferencia —respondió Harper—. Si el juez accede a ello, Wallace también testificará por ese medio.

—No es suficiente.

—Pues tendrá que serlo.

—Necesito verlo en persona. Es la clave para el resto del proceso y debo tener la certeza de que está preparado.

—¿Quiere que proteja a ese hombre o no? —preguntó Harper—. Ni su propia madre podrá verlo en persona hasta que haya terminado el juicio.

—Yo soy la fiscal que procesará a Darius Cole, no la madre de Isaiah Wallace.

—Lo siento.

—«Lo siento» no me sirve para nada. Mi trabajo ya es bastante difícil, alguacil. Estaría tomando declaración a McLaren ahora mismo si...

«Si el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos al completo no le hubiera fallado».

Harper se encogió de hombros, negándose a ceder.

Greenwood se levantó, rodeó la mesa y se sentó en el borde.

—¿De verdad quiere que las agencias compitan entre sí por ver quién la tiene más larga, alguacil? —preguntó Greenwood—. Si cree que ganará solo porque no tengo eso entre las piernas... —Se inclinó hacia delante y cogió el auricular del teléfono—. ¿Qué opina?

—Veré qué puedo hacer —dijo Harper—. Siempre que no le importe desplazarse a donde esté...

—Iré a donde haga falta —respondió ella con una sonrisa forzada—. Incluso llevaré los ojos tapados todo el trayecto.

—Mason no lo encontrará —afirmó Harper—. Nadie lo hará, se lo prometo.

—Sé que han sido unas veinticuatro horas difíciles —dijo Greenwood con otra sonrisa—, así que le dejaré marcharse.

Cuando le estrechó la mano, Harper se alegró de no tener que enfrentarse nunca a ella en un tribunal.

7

Era un mal día para ser Nick Mason.

La mujer con la que había intentado construir una vida en común había estado a punto de convertirse en una estadística. Una bala en la cabeza, en su propio dormitorio. Uno entre mil casos por resolver en Chicago que apenas si merecerían unas líneas en el periódico matutino. Ahora se había ido con el perro que los uniera.

Y le dolían una barbaridad el cuello y el hombro.

Nick Mason iba conduciendo el coche que le habían dado después de que Quintero se llevara el Pontiac GTO y ordenara a sus hombres que lo destruyeran en el desguace. El sustituto, uno más dentro de la sucesión aparentemente interminable de vehículos que formaban parte de la colección de Darius Cole, era un Jaguar XK8 de 2004, el primero en no ser un modelo clásico. Pero era negro azabache, como todos los de Cole, y, cuando pensó en el año, tenía sentido: en su día, fue el coche personal de Cole, el que comprara nuevo justo antes de ingresar en la cárcel.

Mason salió del taller bajo las sombras vespertinas que proyectaba la prisión del condado de Cook, se saltó dos semáforos en rojo y enfiló California Avenue sintiendo la potencia del motor pero sin tener ni idea de hacia dónde se dirigía.

Hasta que supo adónde tenía que ir. Y quién era la única persona a la que tenía que ver. La única también capaz de recordarle por qué estaba allí, por qué había firmado este contrato y aceptado estas condiciones para obtener una segunda vida.

Mason condujo con cautela por el West Side, mirando con tanta frecuencia los retrovisores como la carretera. Aunque no lo siguiera nadie, se saltaba los semáforos en rojo, enfilaba calles oscuras y daba luego media vuelta, tratando de dejar la violencia y la amenaza que constituían su segunda vida en el límite de la ciudad, justo antes de entrar en Elmhurst, un barrio repleto de arces y césped recién cortado. Con campos de fútbol y un cine restaurado en la avenida principal. Otro mundo.

La hija de Mason tenía cuatro años cuando él se fue y nueve a su regreso. Todavía no había visto la habitación que tenía para ella sola en la segunda planta de aquella casa en Elmhurst. Se la imaginó: con distinciones y trofeos de fútbol en las estanterías, animales de peluche en la cama y pósteres en las paredes.

Estuvo delante de la casa. Una vez. Lo máximo que se había adentrado en su nuevo mundo fueron tres pasos en el vestíbulo.

Algunas noches pasaba por allí en coche, miraba hacia la ventana oscura e imaginaba a su hija durmiendo al otro lado del cristal. Durante la temporada de fútbol asistía a los partidos siempre que podía y la observaba correr detrás del balón. Era rápida, esbelta y alta como su madre. Entonces terminó la temporada y tuvo la sensación de que habían vuelto a arrebatarle a su niña, pues desapareció en la rutina del curso escolar mientras los fines de semana se iba con su madre y su padrastro. Y Mason pasaba otra vez por delante de la casa para cerciorarse de que estuvieran bien.

Hoy necesitaba algo más que distancia.

Mason recorrió North Avenue sabiendo que las clases terminarían pronto. Vio su colegio de primaria, situado junto a Charles Road, un edificio de cristal y ladrillo rodeado por varias hectáreas de césped impoluto. Delante de la escuela había una larga hilera de coches. Eran los padres que iban a recoger a sus hijos, que daban por sentada su vida normal. No tenían ni idea de lo que habría dado Mason por ser uno de ellos.

Dejó el coche en un aparcamiento situado en un lateral del edificio y se dirigió al patio vallado. Algunos padres se bajaron del coche y fueron a llamar a sus hijos. Mason observó la escena, que curiosamente le recordó a los ajetreados días en el patio de la prisión, cuando todo era igual de luminoso y soleado, y se oía multitud de voces a la vez.

Al verla un segundo después, el mundo entero enmudeció y quedó en un segundo plano.

«Adriana».

Ahora llevaba el pelo más largo, pero todavía aclarado por el sol, al igual que lo estaría el de su madre hasta bien entrado el otoño. Tenía las mejillas sonrosadas y estaba persiguiendo a alguien. Apareció y desapareció por entre la multitud de niños hasta que interceptó a uno agarrándolo del faldón de la camisa. Él se dio la vuelta y la tiró al suelo de un empujón. A Mason se le cortó la respiración y recordó que había tenido la misma reacción cuando la derribaron en el campo de fútbol, pero ahora le pareció algo más automático; estaba a punto de moverse, de proteger a su niña sin pensar en las consecuencias.

Siempre había convivido con la violencia. Era imposible evitarla habiéndose criado en las calles de Canaryville. Pero ahora...

La violencia era Mason.

Suspiró cuando Adriana se puso en pie desternillándose. El chico salió corriendo y ella fue tras él. Mason se volvía de vez en cuando hacia la entrada del colegio a la espera de que apareciese Gina. A menos que fuera a recogerla Brad, pero a aquellas horas de la tarde probablemente estuviera trabajando en un edificio de oficinas del centro.

«No, vendrá Gina. Estará bien verla igualmente a ella».

Por más que le doliera, quería ver su cara, recordar la mejor época de su vida.

Siguió mirando y esperando junto a la valla del patio hasta que cayó en la cuenta de que nadie estaba haciendo nada al respecto. Ningún vigilante de seguridad se le había acercado para preguntarle qué hacía allí. De hecho, no veía vigilantes por ninguna parte.

«Alguien podría ir a su encuentro —pensó—. Cualquiera podría agarrarla, meterla en el coche y llevársela. ¿Quién se lo impediría?».

Mason se dio la vuelta y estudió los vehículos estacionados delante del edificio y en el aparcamiento como si estuviera buscando al hombre que iba a perpetrar el secuestro. Vio un coche negro y clavó la mirada en él. Era una camioneta. Luego vio otro. Un todoterreno Nissan.

Entonces divisó el Escalade negro con las ventanas tintadas y recordó las palabras que había pronunciado Quintero la noche anterior: «Tu trabajo era cargarte al contable. El mío ir a Elmhurst y esperar noticias tuyas... O no».

Mason notó un pánico vivo y ardiente en la garganta. Solo hacía unas horas que se había despedido de Lauren para siempre. Tenía que protegerla.

Y, sin embargo, allí estaba su hija, en Chicago.

En peligro.

—Hola.

La voz de Adriana ahogó todos sus pensamientos, pero se dio cuenta de que la niña no sabía cómo dirigirse a él.

—Llámame Nick. ¿Te parece bien?

—¿Nick? Vale.

Bajó la cabeza y vio a Adriana apoyada en la valla y mirándolo con los ojos entornados para protegerse del sol.

Mason se acercó a la valla e hincó una rodilla en el suelo. Luego miró hacia atrás fugazmente y se volvió hacia su hija.

—Hola, cariño —le dijo con el corazón saliéndosele del pecho.

—¿Cómo es que has venido?

—Quería ver tu colegio.

—Es este —dijo ella señalando con grandilocuencia todo lo que se extendía detrás—. Y esa de ahí es mi profesora, la señora Martin.

Adriana ladeó la cabeza en dirección a la mujer situada junto a la puerta lateral de la escuela. Estaba vigilando a la niña, y también a Mason, un desconocido arrodillado frente a la valla del patio.

«Si quieres peligro de verdad, acércate a ese Escalade», pensó él.

—Echo de menos verte jugar al fútbol —dijo—. Eres muy buena.

—Me gusta más el softball —respondió Adriana—. Empezaré a jugar en primavera.

—Podrías jugar a las dos cosas.

Mason se imaginó a sí mismo sentado en las gradas en abril y mayo, otra oportunidad para verla cada semana.

—Sé golpear muy fuerte la bola. Mamá dice que lo he heredado de ti.

—¿Habla de mí? —preguntó Mason intentando ocultar su sorpresa.

—A veces.

Pasaron unos minutos más sin hablar de nada en particular. Mason le preguntó por el chico con el que estaba jugando. Ella también le preguntó por su vida, y Mason se vio obligado a mentir. Odiaba hacerlo, pero no tenía más opción.

Desde atrás, Mason oyó una voz de hombre.

—¿Es tu hija?

Cuando se levantó, ya estaba pensando en las consecuencias de que Quintero se hubiera bajado del coche y estuviera tan cerca de Adriana.

Al darse la vuelta vio que no era él, pero no se alegró tampoco al mirar en el interior de los ojos oscuros del agente Frank Sandoval.

—¿Ese Jaguar de ahí es tuyo? —Sandoval señaló el aparcamiento—. Supone un gran cambio para ti.

Mason no respondió. Regla número tres: «Ante la duda, mantén la boca cerrada».

—Cuesta llevar la cuenta de los coches que tienes.

Mason ignoró el comentario y se volvió hacia su hija.

—Tenemos que hablar, Mason.

Este negó con la cabeza.

—¿Quién eres? —preguntó Adriana, que miró alternativamente a ambos desde el otro lado de la valla.

—Soy amigo de tu padre —dijo Sandoval, que se agachó para hablar con ella—. Tú debes de ser Adriana. He oído hablar mucho de ti.

—No eres amigo suyo —dijo la niña mirándolo con los ojos entornados—. Eres policía.

Sandoval sonrió.

—¿Cómo lo sabes?

Adriana se dio unas palmadas en la cadera derecha y señaló.

—He visto la pistola.

Sandoval se abotonó la americana.

—Tu hija es inteligente —le dijo a Mason.

—Y tú estás interrumpiendo.

—No era mi intención entrometerme —dijo Sandoval—. Yo solo quería hacerte una pregunta sobre lo que me diste...

No hacía falta que concretara más. Mason solo le había dado una cosa: una memoria USB con información extraída del portátil de un traficante que bastó para acabar con el grupo de la Sección de Investigaciones Especiales al completo. No se lo había entregado a Sandoval porque quisiera ayudarlo profesionalmente, sino porque sabía que era el único policía lo bastante honrado y testarudo como para no echar tierra sobre el asunto.

—¿Qué pasa? —preguntó Mason.

—¿Se lo contaste a alguien más?

—Si otros policías desconfían de ti, no es mi problema.

Sandoval lo miró un buen rato, asintió e hizo ademán de darse la vuelta. Entonces esbozó una sonrisa.

—Sigue hablando con tu hija, pero no hemos terminado —señaló su coche y se despidió de Adriana—. Me alegro de haberte conocido.

Adriana no le correspondió.

Sandoval negó con la cabeza y volvió al coche. Mason lo vio sentarse al volante y se percató de que ahora estaba solo. Quienquiera que lo acompañara aquella mañana se había esfumado.

—Nos vamos a Denver —dijo Adriana.

Mason se arrodilló de nuevo.

—¿Cuándo?

—¡Pronto! Mamá dice que a lo mejor viviremos allí.

Mason tuvo que ocultar de nuevo su sorpresa, pero esta vez fue mucho más difícil.

—¿Y el colegio? —preguntó Mason—. ¿Y el fútbol? ¿Y...?

—Allí tienen todo eso —respondió Adriana—. Pero yo no quiero irme. ¡Quiero quedarme aquí!

«Yo también quiero que te quedes», pensó Mason, pero no podía decirlo en voz alta.

—¡Adriana!

En la voz de Gina se percibía cierto alarmismo. Su expresión era una mezcla de preocupación y enfado.

Mason la vio acercarse con excesiva rapidez para ser una mujer que iba solo a recoger a su hija a la escuela. Llevaba un corte de pelo caro, propio de las mujeres de Elmhurst, como también lo eran la ropa y los pendientes de diamantes, pero intuyó a la chica de Canaryville de la que se había enamorado, la chica por la que lo había dejado todo: primero, sus actividades como ladrón de coches y, más tarde, aniquilando a traficantes y perpetrando robos. Había renunciado a todo por ella y después reconstruyó una casa en la calle Cuarenta y siete. Reconstruyó su vida entera. E incluso cuando cometió el mayor error de su vida y acabó perdiéndolo todo...

Lo hizo por Gina y Adriana.

O, al menos, eso se decía a sí mismo.

Gina se encontraba al otro lado de la valla y, fuera ese el mensaje que quería transmitirle o no, la simple geometría de la situación expresaba algo importante: «Nosotras estamos a este lado y tú, al otro. Esta valla metálica nos mantiene a salvo de ti, con o sin el alambre de espino arriba».

—Pasaba por aquí y quería ver el colegio de Adriana —dijo Mason.

—¿Puede venir a casa? —preguntó la niña a su madre—. Quiero enseñarle la bicicleta nueva.

—Hoy no nos va bien —respondió Gina—. Tenemos que hacer la maleta, ¿recuerdas?

—¿Qué es eso de que os vais a Denver? —dijo Mason.

—Es por Brad... —dijo, y luego titubeó—. Ha recibido una oferta laboral que no puede rechazar.

—Eso está muy lejos de Chicago.

No quería demostrarle lo mucho que le dolía la idea de que su hija viviera a casi dos mil kilómetros de distancia. No quería discutir con ella. Allí, no. Delante de su hija, no.

—Todavía no lo hemos decidido, Nick. Te llamaremos para decirte algo.

«A mí me parece que ya está más que decidido», pensó Mason.

—¿Puedes venir con nosotros? —preguntó Adriana.

Gina le indicó a Mason con disimulo que no con la cabeza, mientras este volvía a apoyar una rodilla en el suelo.

—No puedo —dijo—. Pero, cuando vuelvas...

No encontraba las palabras adecuadas.

—Quiero venir a visitarte —dijo—. ¡Quiero ver dónde vives!

Mason miró a Gina.

—Ya lo hablaremos —dijo esta a la niña—. Ahora tenemos que irnos.

—Sé de sobra qué significa «ya lo hablaremos» —repuso Adriana—. Significa que no lo hablaremos.

Mason no quería poner a Adriana en contra de su madre, pero sí pasar tiempo con ella. Mientras existiera la posibilidad, deseaba pasar solo un día con ella.

Vio que Gina estaba meditándolo, la guerra interna entre la mujer con la que se había casado, que sabía lo que significaba Adriana para él, y la mamá osa que mataría a una docena de hombres y renunciaría a su vida por protegerla.

Cuando lo miró a través de la valla, por un instante todos los años y cuanto había ocurrido entre ellos se desvaneció de pronto y volvió a ser la Gina Sullivan Mason de Canaryville, una mujer que sabía lo mucho que Mason anhelaba pasar tiempo con la niña.

—Podemos hacer eso —dijo finalmente—. En cuanto volvamos, ¿de acuerdo? Ahora tenemos que irnos.

Adriana se puso a dar brincos y se despidió de Mason mientras se alejaba con su madre. Deseaba con todas sus fuerzas darle un abrazo, pero la valla se interponía entre ellos y no quería tentar a la suerte pasando al otro lado. Al final se conformó con la promesa de que Gina lo llamaría en cuanto volvieran de Denver.

Mason observó a Adriana montarse en la furgoneta y la despidió de nuevo justo antes de que se cerrara la puerta y el vehículo emprendiera la marcha. Mientras seguía la furgoneta con la mirada, intentó encontrarle un sentido a todo aquello.

«Incluso un día que debería ser bueno, un día en que consigo ver a mi hija, descubro que se irá a dos mil kilómetros de aquí».

No le apetecía enfrentarse a Sandoval en aquel momento, pero pensar que podría ignorarlo con la esperanza de que lo dejara en paz no iba a funcionar. Ya lo había intentado. Era como una mosca chocando contra una ventana, convencida de que la próxima vez el cristal no estaría allí.

Mason se apoyó en la puerta del conductor.

—¿Qué quieres?

Sandoval lo miró fijamente y señaló el esparadrapo blanco que le asomaba por el cuello de la camisa.

—¿Qué es eso?

—Me corté afeitándome.

—Adriana es una niña muy guapa. Y lista.

—¿Qué pretendes? —dijo Mason, que empezaba a perder la paciencia.

—Antes creía que tú también eras listo, pero ya no estoy tan seguro.

—Vas a herir mis sentimientos.

Sandoval sonrió.

—Has tenido una vida afortunada, Mason. Estuviste a punto de agotar tu suerte en el Aqua, pero esa no es la razón por la que he venido.

Nick no dijo nada y esperó a que continuara.

—Quiero a Cole.

Mason lo ignoró y dijo:

—Hemos terminado.

Luego dio unos pasos hacia el Jaguar.

—Intento salvarte la vida, Mason. Y puede que a tu hija, también.

Mason dio media vuelta y se acercó a él.

—Si tienes algo que decir, suéltalo.

—Ya te lo dije una vez —respondió Sandoval—. Cambiaría a doce de vosotros por llegar hasta tu jefe.

—¿Qué tiene que ver esto con mi hija?

—McLaren, el tipo al que te cargaste en el Aqua, no era un puto traficante ni un poli corrupto. Ahora tu jefe te envía a cazar testigos protegidos por los federales. —Mason se obligó a no reaccionar—. McLaren era el contable de Darius Cole y uno de los dos testigos estrella en su juicio.

Mason apartó la mirada. Él solo tenía ganas de montarse en el coche e irse de allí a toda velocidad.

—Si no te importa tu vida, es cosa tuya —añadió Sandoval—. Pero piensa en tu niña y en tu ex.

—¿Adónde quieres llegar, Sandoval?

—Si tu vida ahora te parece una mierda, ¿cómo será si Darius Cole sale a la calle? Ya sabes qué pasa con los cabos sueltos de Cole. En cuanto lo pongan en libertad, para él serás igual de peligroso que McLaren. Qué coño, aún más.

La cruda verdad, venga de quien venga, siempre hace mella. Pero, en el fondo, Mason lo sabía antes de que el policía dijera una palabra.

Sandoval siguió hablando.

—¿Crees que el tío que venga a limpiarlo todo después de ti utilizará cargas no letales contra transeúntes inocentes? No, Mason. Aquí la única pregunta es si te matará antes a ti que a tu familia.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
270 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788491875703
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Правообладатель:
Bookwire
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Вторая книга в серии "Nick Mason"
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