Читать книгу: «La segunda vida de Nick Mason»
Título original: The Second Life of Nick Mason
© Cold Day Productions LLC, 2016.
© de la traducción: Ismael Attrache, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO204
ISBN: 9788491870289
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
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Epílogo
Agradecimientos
Notas
PARA SHANE,
QUE VEÍA UNA VIDA MEJOR,
INCLUSO CUANDO YO NO PODÍA HACERLO
Ningún hombre, durante un período prolongado, es capaz de mostrar para sí un rostro y otro distinto a los demás, sin acabar por no saber muy bien cuál de los dos es el verdadero.
NATHANIEL HAWTHORNE,
La letra escarlata
Everybody’s got a secret, Sonny
Something that they just can’t face
Some folks spend their whole lives trying to keep it
They carry it with them every step that they take
BRUCE SPRINGSTEEN,
Darkness on the Edge of Town
1
La libertad de Nick Mason duró menos de un minuto.
Él no se dio cuenta en aquel momento, pero al recordar ese día se fijaría especialmente en esos tres primeros pasos con los que franqueó la puerta, al cabo de cinco años y veintiocho días dentro. No había nadie a su lado, nadie lo vigilaba, nadie le ordenaba adónde ir ni cuándo. En ese momento podría haberse dirigido a cualquier sitio. Podría haber elegido cualquier dirección y seguirla. Pero el Escalade negro lo estaba esperando fuera, y, en cuanto recorrió los treinta pasos que lo separaban de él y abrió la puerta del copiloto, ya había vuelto a perder la libertad.
A efectos prácticos, Mason había firmado un contrato. Cuando la mayoría de los hombres hacen algo así, saben lo que se espera de ellos. Pueden leer las condiciones del acuerdo, entienden en qué consiste el trabajo, están perfectamente al tanto de lo que se les pedirá. Pero Mason no pudo leer nada, porque este contrato no figuraba en ningún papel, y, en vez de firmar, él se había limitado a dar su palabra, sin tener la menor idea de lo que sucedería a continuación.
Estaba a punto de acabar la tarde; la mayor parte del día la había dedicado a preparar la salida del centro por la que diariamente se liberaba a presos de esa Institución Penitenciaria de Terre Haute. Una de esas típicas operaciones de las cárceles en las que hay que hacerlo todo deprisa y, después, esperar a que los carceleros concluyan con suma lentitud su parte. A Mason lo acompañaban otros dos reclusos, ambos muy impacientes por salir. A uno de ellos nunca lo había visto, algo que no era infrecuente en una prisión con tantos módulos separados. El segundo le sonaba vagamente. Era alguien del primer módulo en el que había estado antes de su traslado.
«Ah, vas a salir hoy», le dijo el último individuo con gesto de sorpresa. En aquel sitio no comentabas con casi nadie cuánto duraba tu condena, pero tampoco hacía ninguna falta abordar aquel tema como si fuera un gran secreto. Era evidente que aquel tipo había supuesto que Mason iba a cumplir una pena larga. O, a lo mejor, se lo había contado otro. A él le daba igual. Sin decir nada, le dirigió un gesto de indiferencia y siguió rellenando los últimos formularios para poder salir.
Cuando terminó, el empleado le pasó una bandeja de plástico desde el otro lado del mostrador; en ella estaba la ropa con la que había ingresado en la cárcel. Le daba la sensación de que hubiera transcurrido toda una vida desde entonces. Al entrar, había llegado a la misma sala y le habían pedido que dejara sus prendas en la bandeja. Los vaqueros negros y la camisa blanca. Ahora se le hacía raro quitarse el pantalón caqui, como si ese color ya formara parte de él. Pero las prendas antiguas todavía eran de su talla.
Los tres hombres salieron juntos. Las paredes de hormigón, las puertas de acero, las dos hileras de vallas metálicas coronadas por un alambre de cuchillas, todo aquello quedó atrás cuando pisaron el pavimento caliente y esperaron a que la verja se abriera. Al otro lado había dos familias. Dos esposas, cinco niños; todos ellos con aspecto de haber pasado varias horas de pie. Los críos sujetaban unos carteles hechos a mano con letras coloreadas para dar la bienvenida a sus padres.
Ninguna familia esperaba a Nick Mason. Tampoco ningún cartel.
Se quedó parpadeando unos segundos, sintiendo en la nuca el sol caliente de Indiana. Nick no llevaba barba y era de piel clara; medía poco más de un metro ochenta. Estaba en forma y tenía el cuerpo musculado pero esbelto, como un boxeador de peso medio. Una antigua cicatriz le recorría toda la ceja derecha.
Vio el Escalade negro con el motor al ralentí cerca de la acera. El vehículo no se movió, así que se acercó a él.
Las ventanillas eran de cristales tintados. No distinguió quién ocupaba el interior hasta que abrió la puerta del copiloto. Cuando lo hizo, comprobó que el conductor era hispano y que unas gafas de sol oscuras le tapaban los ojos. Apoyaba un brazo en el volante, mientras el otro lo mantenía inmóvil sobre la palanca de cambios. Llevaba una sencilla camiseta blanca sin mangas, vaqueros y botas de trabajo, y una gruesa cadena de oro al cuello; el cabello oscuro, peinado hacia atrás, recogido con una cinta negra. Cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad, Mason le vio algunas canas y también arrugas en el rostro. Ese hombre le sacaba al menos diez años, quizás algunos más. Pero era un tipo recio. Llevaba los brazos completamente tatuados hasta los dedos y tres pendientes en la oreja derecha. Mason no pudo fijarse en el otro lóbulo porque el desconocido no se dio la vuelta al hablar con él.
—Mason —le dijo. Una afirmación, no una pregunta.
—Sí.
—Suba.
«Llevo cinco minutos en libertad —se dijo Mason— y ya estoy a punto de romper mis reglas. La número uno: “Nunca trabajes con desconocidos. Por su culpa, acabas en chirona o bajo tierra”. Por culpa de un extraño acabé en la cárcel. No necesito ahora que otro me empuje a la segunda posibilidad».
Ese día Mason no tenía otra opción. Subió y cerró la puerta. El hispano todavía no se había dado la vuelta para encararlo cuando arrancó el coche, aceleró suavemente y salió del aparcamiento de la cárcel.
Mason recorrió el vehículo con la mirada. El interior estaba limpio. Los asientos de piel, la moqueta, las ventanillas. Eso debía reconocerlo: daba la impresión de que acabaran de sacar el coche del concesionario.
Volvió a fijarse en los tatuajes del conductor. No se los había hecho en la cárcel. No se había dibujado telarañas ni relojes sin manecillas. Aquel tipo le había dedicado mucho tiempo y dinero a la actividad de sentarse en la silla de un verdadero profesional, pese a que ciertos colores se habían apagado con el paso del tiempo. Por el brazo derecho le subían unos dibujos geométricos aztecas en los que pudo distinguir una serpiente, un jaguar, una lápida y unas palabras garabateadas en español que a saber qué diablos significaban. Lo que resultaba inconfundible eran las tres letras en verde, blanco y rojo del hombro: lrz, La Raza, la banda mexicana que dominaba el West Side de Chicago.
«Otra regla que rompo», pensó Nick. La número nueve era la siguiente: «Nunca trabajes con los miembros de una banda». «Han hecho un juramento de sangre que los obliga a ser leales. Pero no contigo».
Transcurrió una hora en silencio. El conductor ni siquiera lo miró de refilón. Mason no pudo evitar plantearse qué pasaría si encendía la radio. O si pronunciaba una palabra en voz alta. Algo le hizo permanecer callado. Regla número tres: «Ante la duda, mantén la boca cerrada».
Tras ignorar todas las salidas de la autopista Cuarenta y uno, finalmente se detuvieron. Durante unos instantes, Mason pensó que quizá todo aquello había sido una trampa, lo que suponía un acto reflejo inevitable que adquirió en la cárcel: estar siempre preparado para lo peor. A dos horas en coche de la prisión, en algún lugar ubicado en medio del oeste de Indiana, el conductor podía coger la salida más abandonada que encontrase, internarse unos cuantos kilómetros por entre las tierras de cultivo y pegarle un tiro en la cabeza. Dejar su cuerpo ahí mismo, tirado en la cuneta. Pero no tenía sentido que se tomarse tantas molestias para hacer algo que, a estas alturas, ya podía haber llevado a cabo, incluso un día cualquiera en el patio de la cárcel. Así las cosas, Mason notó cómo se le tensaba el cuerpo cuando el vehículo redujo la marcha.
El conductor entró en una gasolinera. Bajó y llenó el depósito. Mason se quedó en el asiento del copiloto, observando un pequeño supermercado. Una joven salió por la puerta de cristal. Unos veinte años. Pantalones cortos y camiseta sin mangas, con chancletas. Mason llevaba cinco años sin ver a una mujer de carne y hueso vestida de ese modo.
El conductor regresó y arrancó el motor. Salió y volvió a la autopista. Mientras se dirigía al norte, puso el cuentakilómetros a ciento diez por hora. Unas nubes oscuras empezaban a formarse en el cielo. Cuando llegaron a la frontera con Illinois, ya llovía. El hispano puso en marcha el limpiaparabrisas. El tráfico se hizo más denso; los faros de los demás coches se reflejaban en la carretera resbaladiza por la lluvia.
Los edificios altos se perdían entre las nubes, pero Mason habría reconocido aquel lugar por muy oscuro que estuviera el cielo y por muy bajas que planearan las nubes sobre las calles de la ciudad.
Ya casi había llegado a casa.
Aunque antes había que atravesar el extenso paso que cruzaba el río Calumet, avanzar por donde estaban las grúas, los puentes levadizos y los cables de alta tensión. El puerto se encontraba en esa zona. El puerto y el espacio en que tuvo lugar la noche de su vida que lo había cambiado todo. La noche que lo acabó llevando a Terre Haute ante un hombre llamado Cole. Y después, de un modo u otro, Mason había regresado al punto de partida mucho antes de lo que él esperaba.
Fue contando las calles. La calle Ochenta y siete. La Setenta y uno. Ya habían llegado al South Side. No dejaba de llover. El conductor seguía avanzando. Garfield Boulevard. Calle Cincuenta y uno. Si uno tenía ganas de pelea, bastaba con entrar en cualquier bar de los alrededores y preguntar a los clientes habituales si Canaryville empezaba en la Cincuenta y uno o, más bien, en la Cuarenta y nueve. Luego podía dar un paso atrás y limitarse a contemplar cómo las palabras salían disparadas, después los puños, siempre que fuera lo bastante tarde.
Pasaron junto a las grandes cocheras del ferrocarril, donde mil vagones aguardaban un motor. Luego aparecieron las vías elevadas que discurrían por el límite oriental de su antiguo barrio. Mason respiró profundamente cuando pasaron junto a la calle Cuarenta y tres. De repente, le vino a la cabeza su vida entera, un torrente de recuerdos casi aleatorios, buenos y malos, entremezclados: cuando el padre de Eddie los llevó al viejo estadio de Comiskey Park, el único partido en el que vio jugar en persona a Michael Jordan, el primer coche que robó en su vida, la primera vez que pasó la noche en la cárcel, la fiesta en la que conoció a una chica de Canaryville que se llamaba Gina Sullivan, el día en que compró la casa de ambos, el único sitio que llegó a considerar como su hogar... Todo aquello lo tenía asociado a la ciudad de Chicago. Corrían por su interior las calles y las callejuelas de aquel lugar, al igual que las venas del cuerpo.
Los focos estaban encendidos en el nuevo estadio de los Sox, pero todavía llovía demasiado para que se pudiera jugar. El Escalade llegó al centro de la ciudad tras cruzar el río Chicago. La Torre Sears (que sería la Torre Sears por siempre, con independencia del nombre que quisieran darle) dominaba el perfil urbano y los contemplaba desde lo alto a través de un repentino claro que se había abierto en las nubes, con sus dos antenas erguidas como cuernos de diablo.
Al fin el conductor salió de la autopista, entró en North Avenue y la recorrió hasta el North Side; entonces, Nick pudo distinguir la orilla del lago Michigan. El agua se extendía hasta el infinito con tonalidades azules y grises mientras se fundía con las nubes de lluvia. Cuando giraron y se metieron por Clark Street, Mason estuvo a punto de hablar. «Colega, ¿para qué me traes hasta el North Side? ¿Para un partido de los Cubs? Pues qué idea tan tonta».
Mason odiaba a los Cubs. Odiaba todo lo relacionado con el North Side. Todo cuanto representaba. Durante su infancia y adolescencia, esta zona significó todo lo que él no tenía. Lo que nunca tendría.
El conductor giró por última vez y se adentraron por la última calle que Mason pensaba que iba a ver ese día. Lincoln Park West: cuatro manzanas de edificios con apartamentos de lujo desde los que se veía los jardines, el jardín botánico y, detrás, el lago. Entre los inmuebles había algunas casas independientes, todavía lo bastante altas como para alzarse sobre la calle y sobre todo aquel que transitara por allí. El conductor redujo la velocidad y se detuvo delante de una de las casas que se encontraban al final de la manzana; tres pisos se erigían por encima de la maciza puerta de entrada y de la puerta automática del garaje; una celosía de hierro cubría todas las ventanas del piso superior. En uno de los lados habían construido otra planta, en cuya parte superior se extendía una terraza desde la que se divisaba la calle de enfrente, el parque y el lago de atrás. ¿Costaría aquel edificio unos cinco millones de dólares? Buf, seguramente más.
El conductor rompió el silencio.
—Me llamo Quintero.
Lo dijo como si el nombre emergiera de las profundidades de una botella de tequila.
—¿Trabajas para Cole?
—Escúchame —le pidió el hispano—, porque todo lo que te voy a decir es importante.
Mason lo miró.
—Si necesitas algo —añadió el hombre—, me llamas. Si te metes en un apuro, me llamas. Que no te dé por ponerte creativo. No intentes arreglar nada por ti mismo. Me llamas. ¿Lo has entendido?
Mason asintió con la cabeza.
—Aparte de eso, me suda la polla lo que hagas con tu tiempo. Has pasado cinco años encerrado en la cárcel, así que sal por ahí a tomarte una copa o a echar un polvo, me da igual. Pero ten en cuenta que no deberás meterte en líos. Si te arrestan por cualquier cosa, tienes dos problemas. Aquel por el que te han pillado... y yo.
Mason se volvió y miró por la ventanilla.
—¿Por qué estamos aquí?
—Ahora vives en esta casa.
—Los tipos como yo no viven en Lincoln Park.
—Te voy a dar un móvil. Cuando te llame, lo coges. Sea cuando sea. De día o de noche. No puedes estar ocupado. Siempre te encontrarás disponible. Solo tú lo coges. Y después, haces exactamente lo que yo te pida.
Mason se quedó pensando en esto último sin moverse.
—El móvil está aquí —añadió Quintero, mientras metía la mano detrás del asiento y sacaba un sobre de grandes dimensiones—. Junto con las llaves de la puerta principal y de la trasera. Y el código de seguridad.
Nick lo cogió. Pesaba más de lo que esperaba.
—Diez mil dólares en efectivo y la llave de una caja fuerte que está en el First Chicago de Western. Te llegarán otros diez mil el primer día de cada mes.
Mason volvió a fijarse en el hombre.
—Eso es todo —dijo Quintero—. No apagues nunca el móvil.
Nick abrió la puerta del copiloto. Antes de que pudiera salir, el tipo lo agarró por el brazo. Mason se puso tenso, otro acto reflejo de la época en la cárcel: cuando alguien te coge, tu primera reacción consiste en decidir qué dedo le vas a romper primero.
—Otra cosa —dijo el tipo asiéndolo con fuerza—. Ahora ya no eres libre, tan solo tienes libertad de movimientos. No lo confundas.
Lo soltó. Mason salió y cerró la puerta. Había dejado de llover.
Nick se quedó en la acera y contempló cómo el vehículo se alejaba del bordillo y después se perdía en la noche. Sacó la llave del sobre. Luego abrió la puerta y entró.
El vestíbulo de la casa tenía techos altos; la lámpara que colgaba encima de su cabeza era una pieza de arte moderno con mil lágrimas de cristal. El suelo aparecía cubierto de baldosas enormes, dispuestas en diagonal y formando diamantes. Las escaleras estaban pulidas y eran de color cereza. Se quedó inmóvil unos instantes hasta que percibió un silbido. Vio el panel de seguridad en la pared, sacó el código del sobre y lo tecleó. El pitido cesó.
La puerta de la derecha daba a un garaje para dos coches. En una plaza vio un Mustang. Supo exactamente cuál. Un 390 GT Fastback de 1968, una versión negrísima del mismo que conducía Steve McQueen en Bullitt. Jamás había robado un vehículo semejante, porque no se roba una obra maestra para llevarla después al desguace. No se roba un coche como ese para salir después con él de paseo, por muchas ganas que tengas. Así es como pillan a los aficionados.
La otra plaza estaba vacía. Distinguió el leve dibujo de unas huellas de neumático. Ahí se aparcaba otro coche.
Abrió otra puerta y vio un gimnasio completo. Una hilera de mancuernas, bien ordenadas en parejas, que empezaban por un peso ínfimo y acababan en otras enormes de veinte kilos por extremo. Un banco con soporte, una cinta de correr, una elíptica. En lo alto de una esquina de la sala había un televisor fijado a la pared. Un saco pesado colgaba de otra esquina. Cubría toda la pared del fondo un espejo. Mason se fijó en su cara a cinco metros de distancia. Cole le había dicho que con ese rostro podría llegar a cualquier parte, pero él nunca pensó que acabaría en una casa de Lincoln Park.
Subió una escalera larga que llevaba a lo que evidentemente era la planta principal. La cocina moderna y de líneas depuradas tenía encimeras de granito pulido y una isla con unos fogones de la marca Viking sobre la que pendía un extractor de humos. Desde la barra se veía una gran zona abierta, dominada por la mayor pantalla de televisión que Mason hubiera visto en su vida. Estaba seguro de que tenía más centímetros cuadrados que la celda en la que él se había despertado esa mañana. Delante del televisor había una extensión de piel en forma de U, en cuyo centro destacaba una mesita baja de roble. Allí podían sentarse fácilmente doce personas. Por eso, la soledad y el silencio de la vivienda le parecieron ofensivos.
El comedor formal contaba con una mesa lo bastante grande como para acoger a las doce personas que podrían ver la televisión en el cuarto de estar. Mason salió de esa estancia y entró en lo que resultó ser la sala de billar, para jugar de verdad, con una mesa de fieltro rojo y una red tejida debajo de cada agujero. En las paredes había paneles de madera. Sobre la mesa colgaba un par de lámparas de cristal en varios colores. La esquina más alejada estaba dispuesta para jugar a los dardos; en otra había dos butacas de piel, demasiado mullidas, con un humidificador de un metro de altura entre ambas. Al revisar la selección de puros desde el otro lado del cristal, recordó que por un solo cigarrillo llegaba a pagarse diez dólares en Terre Haute. Por un cartón se podría matar a alguien.
Subió otras escaleras por las que se accedía al último piso. Había dormitorios a ambos lados de un largo pasillo. Cuando llegó a la última puerta, trató de girar el pomo. Estaba cerrada.
Volvió al piso inferior y distinguió una puerta al otro lado de la cocina. La cruzó y descubrió otro dormitorio con baño. Había una cama con estructura de hierro y sábanas de lino negro, encima de la cual reconoció varias bolsas de distintas tiendas, que repasó rápidamente. Pantalones, camisas, zapatos, calcetines, ropa interior, cinturones, una cartera: todo lo que un hombre podía necesitar. Las bolsas eran casi por entero de Nordstrom y Armani. Había otra de Balani, un establecimiento de ropa a medida en Monroe Street. Se fijó unos instantes en las etiquetas. Eran de su talla.
«No me imagino a Quintero, mi nuevo amigo, comprando esto», pensó.
Mason regresó a la cocina y abrió la nevera. Después de haber estado cinco años comiendo en la cárcel, se quedó absorto contemplando el salmón, la langosta cocida y enfriada, los filetes añejos. No sabía por dónde empezar. Luego distinguió unas botellas de cerveza en el estante inferior. Les echó un vistazo: eran sobre todo de fábricas muy pequeñas de las que nunca había oído hablar. Entonces encontró una botella de Goose Island.
La abrió y dio un largo trago, que le recordó las lejanas noches de verano transcurridas en el porche, mientras escuchaba la retransmisión de un partido de béisbol con Eddie y Finn. O cuando oía hablar a su mujer y miraba cómo la hija de ambos trataba de atrapar luciérnagas.
Encontró una bandeja de comida preparada en la que había un solomillo de ternera con una salsa de shiitake y pasta finísima. Rebuscó en los cajones hasta encontrar los cubiertos, cogió un tenedor y se lo comió todo sin calentar y de pie, en medio de la cocina. Se preguntó qué cenarían aquella noche los reclusos de Terre Haute.
Recordó que era miércoles; normalmente ese día tocaba hamburguesas. O, al menos, algo a lo que le daban ese nombre.
Cuando acabó de comer se dirigió al sofá de piel negra, encontró el mando a distancia y encendió el televisor. Se recostó, apoyó los pies en la mesa, le dio otro trago largo a la cerveza, encontró el partido de los Sox que la lluvia había retrasado y vio la última entrada. Ganaron los Sox. Luego se dedicó varios minutos a zapear solo porque podía hacerlo. Si intentas hacer algo así en el televisor de la sala común, se arma una buena. Apagó el aparato.
Volvió a la nevera y sacó otra Goose Island; después salió al exterior por la cocina, a través de una enorme puerta corredera de cristal. Seguía estando muy por encima del nivel de la calle; había una piscina dentro del enorme bloque de hormigón que se extendía a lo largo del patio; el agua quedaba rodeada por basalto azul, iluminada por unos faros sumergidos que lanzaban destellos de color esmeralda en la oscuridad. Al lado se veía una mesa, unas sillas y una barbacoa con un mueble bar, listas para celebrar una fiesta al aire libre.
Mason se acercó a la barandilla, contempló el parque y, por detrás de él, el horizonte infinito del lago Michigan. Distinguió las luces de media docena de barcos en el agua. Oyó el ruido sordo de un coche que avanzaba por la calle. Una perfecta noche estival para dar una vuelta por el centro, aunque fuera sin rumbo fijo.
Del lago llegó una brisa que le produjo un leve escalofrío. Dieciséis horas antes, se había despertado en la celda de una cárcel de máxima seguridad. Ahora estaba en una casa adosada de Lincoln Park, bebiéndose una botella de Goose Island mientras divisaba el lago.
«Ya sabía que este hombre tenía poder —pensó—, pero ¡joder!, es que hoy he salido de una cárcel federal. ¿Cómo puede alguien lograr algo así?».
«A menos que haya cosas de él que ignore...».
Cuando estaba a punto de darse la vuelta, alzó la vista y vio la cámara de seguridad, con un pequeño piloto rojo que parpadeaba. Había una igual en los tres postes de las esquinas. Alguien, en algún sitio, lo vigilaba.
Ahora esta era su vida. Le daba la impresión de estar conteniendo la respiración, a la espera de descubrir lo que todo aquello le costaría de veras. ¿Cuánto tiempo iba a emplear en averiguarlo?
¿Cuánto tardaría en sonar el teléfono?
Cuando al fin volvió a su dormitorio y se tumbó en la cama, permaneció un buen rato contemplando el techo. Estaba cansado. Pero su cuerpo parecía esperar a que el guardia ordenase que apagaran las luces. Y después, a oír la sirena, ese zumbido lejano y solitario con el que se había ido a la cama todas las noches durante los últimos cinco años.
Se quedó despierto, a la espera. Esos sonidos no llegaron.
2
La primera vez que Nick Mason oyó hablar de Darius Cole ya había cumplido cuatro años en la cárcel de Terre Haute de una condena cuya duración podía oscilar entre los veinticinco y la cadena perpetua.
Era un centro de máxima seguridad, con seis módulos de alojamiento estrictamente separados, pabellones laberínticos que se sucedían uno tras otro, y muros grises y anodinos que daban la impresión de extenderse hasta el infinito. Todo el complejo lo rodeaba una valla alta coronada por un alambre de cuchillas. Más allá, tierra de nadie. Y luego, otra valla con más alambre de cuchillas. En cada esquina había un torreón de vigilancia.
En aquel sitio vivían otros mil quinientos hombres, entre ellos algunos de los presos más célebres del país. Asesinos en serie, terroristas islámicos. Un hombre que había violado y asesinado a cuatro niños. A todos los habían enviado a aquel lugar; estaba previsto que los hombres que ocupaban uno de los módulos murieran en él, como lo había hecho Timothy McVeigh, atados a una camilla y tras recibir una inyección de cloruro de potasio, porque Terre Haute era ahora el único centro donde se llevaban a cabo las ejecuciones federales.
Los guardias te ordenaban cuándo debías levantarte y cuándo acostarte. Te decían en qué momento podías salir de tu celda o en cuál disponías de treinta segundos para volver a ella. Tenían derecho a cachearte en cualquier instante. Podían registrarte la celda, entrar, darle la vuelta a tu cama y revisar todo cuanto poseías, mientras tú esperabas afuera, en el pasillo, con la cara contra la pared.
Así era la vida de Nick Mason.
Aquel día estaba en el exterior (el día en que conoció a Darius Cole), sentado sobre una mesa de pícnic y viendo cómo unos latinos jugaban al béisbol. Una de esas jornadas perfectas de verano que te podían machacar de verdad si se lo permitías. Mason siempre había observado una serie de reglas cuidadosamente creadas, perfeccionadas a lo largo de los años para que le sirviesen en cualquier situación, con las que poder mantenerse con vida, a salvo de la cárcel. Pero ahora estaba encerrado, y esas reglas habían quedado reducidas a la mínima expresión. El único objetivo de Nick era la supervivencia, superar cada día, no perder la cordura, no pensar en lo estupenda que sería la vida al otro lado de la valla. No acordarse del pasado ni de la gente que había dejado atrás. Ni tampoco de aquella noche en el puerto, ni de cómo lo había conducido a donde estaba. No pensar siquiera en el futuro, en la cantidad de días infinitos como aquel que le quedaban por delante.
De hecho, ahora esa era la regla número uno (en la versión carcelaria): «Ocúpate del ahora. El mañana no existe».
Llevaban a cabo el recuento a las seis de la mañana. Se oía un sonoro zumbido al final del pasillo y entonces aparecían los guardias para cerciorarse de que había dos hombres por celda. Tenías hasta las siete para levantarte y vestirte. A continuación, se abría la puerta.
Ibas en fila a desayunar. Si te encontrabas hacia el final de la hilera, tenías que comer rápido porque la asignación de tareas se realizaba a las ocho. A Mason le tocó la lavandería. Teóricamente era uno de los trabajos más sencillos, aunque él odiaba hurgar la ropa sucia de otros reclusos. El período de trabajo de la mañana duraba cuatro horas. Después comían a mediodía, de nuevo a toda prisa si te tocaba marchar al final de la cola. A continuación, había una hora de clase, de sesiones de terapia o de estar solo en la celda. A las dos te dejaban salir por fin.
Ese era el momento por el que diariamente se desvivía Mason, en que podía huir de las paredes grises y de la luz artificial, salir y sentir el sol en la cara. Ver los árboles a lo lejos, detrás de la valla. Era entonces cuando tenía ocasión de estirar las piernas y pasear por el césped, recordar esas cosas sencillas que antes había dado por supuestas, o sentarse a una de las mesas y respirar.
A menudo, otros presos sacaban su correspondencia al exterior. Se sentaban a leer las cartas de los suyos; a veces incluso se las leían a otros hombres que los rodeaban. Solo era otra forma más de pasar el rato.
Nick no sacaba su correspondencia al exterior ni tampoco le interesaba conocer la de los demás. Después de haber estado observando durante cuatro años cómo llegaba la furgoneta de correos, seis días por semana, había aprendido a no esperar nada. A no sentir nada en absoluto cuando los otros recogían sus cartas y las abrían.
Esa era otra de las duras lecciones de la vida en la cárcel. Si no albergas ninguna esperanza, tampoco van a poder defraudarte.
Aquella tarde oyó que un hombre leía algo en voz alta, una anécdota graciosa que le contaba su mujer. Mason estaba lo bastante cerca de la cancha para ver el partido de béisbol, pero no lo bastante lejos del resto de hombres blancos de las mesas que había detrás de él. Era algo en lo que ya no tenía que pensar, el patio siempre se dividía en tres mundos distintos: a esa hora del día, los blancos ocupaban las mesas; los negros, la zona de ejercicios; los latinos, la cancha; y cada cual se juntaba con los suyos. La primera vez que te saltabas esos límites, recibías un aviso. La segunda, te merecías cuanto te pasara, fuera lo que fuera.
Un guardia se le acercó. Era uno de esos tipos que se paseaban por ahí esforzándose demasiado por aparentar ser los dueños del lugar. Quizá porque medía en torno a un metro sesenta y cinco, se viera obligado a adoptar esa actitud justo después de vestirse el uniforme.
—Mason —dijo el guardia.
Nick lo miró.
—Vamos, preso. En pie.
—Dígame a quién vamos a ver.
El hombre dio un paso hacia él, con los brazos cruzados sobre el pecho. Como Nick estaba sentado encima de la mesa de pícnic, ambos podían mirarse a los ojos.
—Vamos a ver al señor Cole —le anunció el empleado—. Levántese y póngase en marcha.
—¿El señor Cole trabaja aquí?
—No, es otro recluso.
Fuera lo que fuese lo que estuviera pasando, aquello no tenía nada que ver con los asuntos oficiales de la cárcel.
—Prefiero no ir —contestó Mason—. Dígale que no pretendo faltarle al respeto.
El guardia se quedó donde estaba, dándole vueltas al asunto. Era evidente que no tenía un plan alternativo para el no.
—No le conviene actuar de esta manera —aseguró mientras se subía los pantalones. Luego se marchó.
Mason sabía que seguramente la cosa no iba a quedar así. Por eso no le sorprendió distinguir una sombra en el pasillo ese mismo día, justo delante de la puerta de su celda. Lo que sí le sorprendió fue que tras la sombra no apareciera el mismo tipo que medía poco más de metro sesenta, sino dos reclusos a los que no había visto hasta entonces. Ambos eran negros y parecían defensas interiores de los Chicago Bears: entre los dos, casi trescientos kilos de carne vestidos con ropa carcelaria de color caqui ocupaban toda la puerta y tapaban la luz como si fueran un puto eclipse de sol.
Mason estaba decidido a no perder los nervios. Era su regla número dos (en la versión carcelaria): «No les muestres debilidad. No les muestres miedo. No les muestres ni una mierda».
—Qué, tíos, ¿os puedo ayudar en algo? —Estaba sentado en su cama y no se levantó—. Parece que os habéis perdido.
—Mason —dijo el de la izquierda—, el señor Cole quiere hablar contigo. No es una petición.
Nick se puso en pie. Los dos hombres mantuvieron la educación y la compostura.
Cuando echaron a andar, uno se situó a su izquierda y otro a su derecha; todos los reclusos por delante de los que pasaron se quedaron mirándolos. Cuando los tres llegaron al final del módulo, el guardia les echó un vistazo y los dejó acceder al pasillo de conexión. Mason se sintió vulnerable durante los pocos segundos que estuvieron solos en él. Los dos se podían haber detenido en cualquier momento y haberlo destrozado. Pero siguieron avanzando, y Mason continuó su marcha entre ellos, sin abrir la boca. Era la única de sus reglas del exterior que también le servía aquí dentro, la número tres: «Ante la duda, no digas nada».
Se cruzaron con otro guardia. Mason se hallaba ahora en el módulo de seguridad, un pabellón separado para aquellos que denominaban delincuentes de perfil alto. Hombres a los que convenía no mezclar con el grupo general, pero a quienes no hacía falta aislar una vez que ya estaban allí. En ese sitio, todo ofrecía un aspecto algo más nuevo: en las celdas había cristales en vez de barrotes, y una garita central de vigilancia en la segunda planta desde la que se divisaba toda la zona común. En las mesas, algunos hombres jugaban a las cartas. Otros veían la televisión. A Mason le pareció raro que allí los reclusos no fueran segregados automáticamente por razas.
Vio a tipos blancos, negros y latinos sentados juntos, algo que jamás sucedía en el grupo general.
Lo llevaron a una celda situada al fondo del segundo piso. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo primero que le llamó la atención fue la cantidad de libros que había en ese calabozo. En una de las camas sobresalían montones de ellos; la otra estaba bien hecha, cubierta con una manta roja más agradable al tacto que cualquiera de las que había visto en la cárcel.
Primero distinguió la cabeza calva. El tipo se encontraba de espaldas a la puerta, mirándose al espejo. Era uno de esos hombres que podía tener tanto cincuenta como sesenta y cinco años. En la cabeza no se le veía ningún cabello que diese pista alguna de su edad; su rostro era igual de lampiño. Ni una arruga. Pero eso mismo les pasaba a unos cuantos de entre los que cumplían cadena perpetua. Tantos años en el interior, sin que les diera la luz... Solo sus ojos mostraban el paso del tiempo. Llevaba unas gafitas sin montura para la vista cansada, apoyadas en la punta de la nariz.
Es posible que la edad de Darius Cole no quedase muy clara, pero una cosa sí resultaba evidente: que era negro. Negrísimo, a decir verdad; tan oscuro como un gancho izquierdo de Mohamed Ali o un riff de Muddy Waters que sonara en el Checkerboard Lounge en una cálida noche estival.
—Nick Mason —dijo; su voz era tranquila, sin estridencias. En cualquier otro sitio, habría sido la de un hombre de paz.
Mason siguió recorriendo con la mirada aquella celda, encontrando cada vez más infracciones. Una lámpara con cable y una bombilla incandescente. Un ordenador portátil. Una tetera en un hornillo.
—Me llamo Darius Cole —añadió—. ¿Me conoces?
Mason contestó que no con la cabeza.
—Eres de Chicago, ¿verdad?
Nick asintió.
—¿Y mi nombre sigue sin sonarte?
Volvió a contestar que no con un ademán.
—En teoría, no sabes cómo me llamo —dijo Cole—. No sabes nada de mí. Esa es tu primera lección, Nick. El ego de un hombre lo mata mucho antes que cualquier bala.
—No quiero faltarte al respeto —intervino Mason—, pero no recuerdo haberme apuntado hoy a ninguna clase para que me dieran lecciones.
Mason esperaba que los dos hombres lo agarraran. Ya estaba imaginando lo que sentiría, dos brazos rodeándole de pronto los hombros. Pero Cole se limitó a esbozar una sonrisa y a alzar la mano.
—Aquí dentro tienes que actuar de esa manera —continuó—. Lo entiendo. Pero conmigo no hace falta.
Cole apartó la silla de la mesa y la colocó en medio de la sala. Se sentó y escudriñó largo rato a Mason.
—A ese guardia le pago todas las semanas, solo tiene que cumplir con su cometido. Ahora, por tu culpa parece gilipollas. ¿Crees que se le va a olvidar eso?
—A los guardias nunca se les olvida nada —contestó Mason con un gesto de indiferencia.
—La situación te ha debido de parecer rara. A lo mejor por eso te has negado a venir. ¿No te ha picado ni un poco la curiosidad?
Mason respiró profundamente mientras ordenaba en su interior las palabras.
—Si accedía a reunirme contigo —respondió—, había grandes posibilidades de que me pidieras algo. Si no me muestro dispuesto a ayudarte, no solo te habré ofendido, sino que te habré dicho que no ante tus propias narices, convirtiéndote de golpe en mi enemigo.
Cole se inclinó en la silla hacia delante, escuchando con atención.
—Si accedo a lo que pides, es muy probable que sea algo malo, algo que yo no quisiera hacer. Aunque es posible que crea que deba hacerlo de todos modos, granjeándome así nuevos enemigos. Muchos, a lo mejor.
Cole empezó a asentir con la cabeza.
—Por eso, en mi caso —añadió Mason—, la única respuesta correcta cuando me ofrecen una reunión contigo...
—La única respuesta correcta —lo interrumpió Cole— es no acceder a reunirte conmigo. —Siguió asintiendo con la cabeza—. Teóricamente ibas a ir a Marion, pero yo pedí que te trajeran aquí.
Mason se quedó inmóvil, tratando de entender lo que le comunicaba aquel hombre. Marion era otra cárcel federal. Si la justicia te impone una condena, la cumples en Marion o en Terre Haute.
—Ya os lo podéis llevar —ordenó mientras les dirigía un gesto a los dos hombres—. Ya no lo necesito. Por ahora.
Cole seguía sonriendo mientras sacaban a Nick de allí.
3
Mason se despertó temprano; su cuerpo aún observaba el horario de la cárcel. Se levantó, salió, se situó frente a la barandilla, contempló el parque tranquilo y vio cómo el sol empezaba a asomar por encima del agua. Se fijó en la cámara de seguridad más cercana. Ese ojo que no parpadeaba, que lo vigilaba.
Volvió al dormitorio principal y pasó al baño. Del suelo al techo, las baldosas de la ducha eran de piedra natural procedente de la orilla del lago. Abrió el grifo, entró y se colocó bajo el chorro. Por primera vez en cinco años, tenía para sí toda el agua caliente que quisiera. Podía quedarse ahí debajo hasta hartarse. Podía dejar que saliera a presión hasta que se le pusiera la piel roja y no pudiera distinguir nada entre nubes de vapor. Notó que los nudos de los músculos se le destensaban. Pero, de pronto, otro acto reflejo adquirido en la cárcel le sobrevino para romper el hechizo. Una repentina sensación de malestar, algo de lo que imaginaba que jamás se desprendería: el instinto de cubrirse las espaldas, incluso en la ducha.
Sobre todo en la ducha.
Cerró el grifo y se quedó chorreando. Abrió la puerta de cristal y extendió el brazo en medio del vapor para encontrar una toalla a tientas.
—Creo que te hace falta esto —dijo una voz. Era de una mujer que le alargaba, en ese momento, una toalla sin mirarlo directamente.
Mason la cogió y se la enrolló a la cintura. La mujer era de su misma edad, alta y esbelta; llevaba un traje de chaqueta negro y una camisa de color coral. Llevaba recogido el cabello oscuro. No se había maquillado mucho. La primera impresión de Nick fue que no le hacía falta.
Nick se secó el pelo con otra toalla.
—Y tú, ¿quién eres?
—Me llamo Diana Rivelli. ¿Nadie te ha hablado de mí?
—No.
Ella sacudió la cabeza mientras alargaba el brazo para encender el ventilador del techo y comentó:
—No puedo decir que me sorprenda.
—La habitación que queda al final del pasillo... está cerrada.
—Sí —dijo la mujer con un gesto vago que bien podía indicar que no le hacía gracia que él hubiera intentado acceder a ella—. Es mi dormitorio.
«Ah, comparto esta casa», pensó él.
—La ropa que había en la cama —dijo Nick— me la habrás comprado tú. No hacía falta.
—Sí, he sido yo. De nada, en cualquier caso.
Mason tenía más preguntas, pero ella ya estaba saliendo del baño. Se secó, se vistió y se puso algunas de las prendas nuevas. Unos vaqueros y una sencilla camisa blanca.
Al llegar a la cocina le echó otro vistazo a la estancia y distinguió el cuarto de la despensa, en cuyo fondo se veía otra puerta. Notó que la temperatura bajaba cuando la abrió y la franqueó. Encendió la luz y vio una celosía de madera que se extendía a lo largo de toda la pared, con una botella de vino en cada hueco. Ahí dentro debía de haber trescientas botellas al menos, junto con otra docena de champán guardada en una pequeña nevera de puerta de cristal que había en una mesa, al lado de los sacacorchos y los decantadores de vidrio.
Su primer compañero de celda fabricaba vino con fruta que robaba él mismo mientras trabajaba en la cocina, con azúcar y algo de pan tostado, todo ello debidamente mezclado y machacado en una bolsa de plástico que mantenía templada durante una semana. De aquel mundo a este en apenas veinticuatro horas. Nick esbozó un gesto de incredulidad, apagó la luz y volvió a la cocina.
Encontró una sartén en el armario de debajo de la isla, sacó unos huevos y queso de la nevera, y después cortó un poco de cebolla y pimientos. Diana bajó por las escaleras.
—¿Te apetece una tortilla? —le preguntó Nick.
Ella se sentó al otro lado de la isla y paseó la vista por todo aquel caos.
—Te has equivocado de sartén. Si vas a hacer una tortilla, hay una especial para eso. Y la has calentado demasiado.
Mason pasó la espátula por el borde de la tortilla y se percató de que ya se estaba quemando.
—Llevaba tiempo sin hacer una.
Ella apartó la mirada y se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿En qué trabajas? —le preguntó él.
—Soy gerente en un restaurante de Rush Street. Antonia’s. Pásate esta misma noche, cena y vemos dónde vas a trabajar.
Mason se quedó inmóvil de pronto.
—¿Dónde voy a trabajar?
—Eres ayudante de gerente. Saca la tortilla de la sartén..., o los huevos revueltos..., o como quieras llamarlo.
Él la echó en un plato.
—No te vas a dedicar a la cocina —añadió ella—. No te ofendas.
—Cocinero, ayudante de gerente; ¡qué más da, coño! ¡Yo no sé nada de restaurantes!
Pensó que Eddie habría sabido fingir para salir airoso de aquello. Siempre se le había dado muy bien improvisar desde que eran pequeños. ¿Cuántas veces habían dado un golpe juntos, en el que Eddie actuaba como si de verdad estuviera en su salsa, y nadie se enteraba?
—Tendrás a mano un recibo de la nómina, por si alguien quisiera verlo. Hacienda, quien sea. Al margen de eso, tu cometido oficial como ayudante de gerente consistirá en que nadie te vea el pelo.
Mason probó la tortilla y preguntó:
—¿Y qué me puedes contar de Quintero?
—Creo que nunca he pasado con él más de un minuto en la misma habitación. No me importaría que esto siguiera así.
Mason la miró de arriba abajo. Le dejaba perplejo que aquella mujer lo comentara todo como si tal cosa, que no le impresionara en absoluto que él fuera un preso liberado el día anterior y que hoy justo estuviera en su cocina.
«A lo mejor no soy el primero —pensó—. Es posible que otros hayan pasado por aquí antes, como en un cambio de guardia regular».
—Y tu historia, ¿cuál es? —inquirió Nick—. ¿Por qué estás en esta casa?
—Ya te lo he dicho: soy la encargada de un restaurante.
—¿Es Cole el dueño?
—De forma oficial sobre el papel, no —contestó tras unos titubeos.
—¿Hace cuánto que lo conoces?
Volvió a titubear. «A lo mejor es otra fiel seguidora de mi regla número siete —pensó Mason—: “Nunca mezcles la vida personal con la profesional. Mantenlas tan alejadas como el uranio enriquecido de los mulás de Irán”».
—Conozco a Darius desde hace mucho —reveló ella al fin—. Mi padre fue uno de sus primeros socios empresariales. El restaurante era de mi padre.
—Y ahora, ¿dónde está?
—Murió —contestó ella apartando la mirada—. Le dijo lo que no debía a quien no debía. Darius se ocupó de esa persona. Y de todos los implicados en el asunto.
Mason la escudriñó. Diana estaba refiriéndose a otra cosa, a un asunto que iba más allá del tema del restaurante o de comprarle ropa. Ella vivía en la casa de Cole y resultaba evidente que se conocían desde hacía tiempo; hablaba de él sin recurrir al apellido.
—Y tú has estado viviendo aquí —añadió él, ni siquiera en tono de pregunta— desde que lo metieron en Terre Haute.
Mason pensó que aquella mujer tenía clase; que era lo bastante inteligente para saber lo atractiva que resultaba, lo bastante inteligente para saber que, con su cuerpo y su cabeza, podía hacer prácticamente lo que quisiera y conseguir prácticamente a quien se le antojara.
Pero no se había movido de aquella casa.
Las miradas de ambos se encontraron y ella dijo:
—De eso no hace falta que hablemos. Me tengo que ir a trabajar.
Mason entendía esa necesidad de compartimentar las cosas. De olvidarte de todo lo demás para centrarte en lo único que debías hacer. Para él, eso equivalía a robar un coche, derribar de un golpe a un narcotraficante, o, en una última fase, conseguir entrar en un edificio y abrir la caja fuerte con un taladro. Pero al acabar, volvía a casa y dejaba de pensar en esas tareas. Tenía dinero, disponía de tiempo y contaba con los medios suficientes para seguir subsistiendo hasta que le llegara el momento de volver a trabajar.
Notaba lo mismo en Diana. La misma necesidad de centrarse en el trabajo, de apartarlo de todo lo demás. «Matan a su padre y Cole se “ocupa” del asunto —pensó—. Ella vive aquí con él y posteriormente se queda, durante años, después de que él se marche. Se levanta por las mañanas y se va a trabajar».
«Va a lo suyo».
En cambio, Mason no tenía la menor idea de cuál iba a ser su trabajo...
—¿Qué me puedes decir acerca de lo que está previsto que haga aquí? —le preguntó—. Aparte de no incordiarte en el restaurante.
—Eso queda entre Darius y tú.
—Odiaba la cárcel, pero ahí al menos sabía a qué atenerme en cada momento. Aquí, en cambio, no tengo la menor idea de lo que va a pasar dentro de unos instantes.
Mason se acordó del «contrato» de veinte años que había firmado con Cole, y de que este era el único que sabía de veras lo que estaba escrito en él.
—Cuando llegue el momento —dijo Diana—, harás exactamente lo que se te pida. Ni más, ni menos. Fíate de mí, es la única manera de sobrellevarlo.
—Y las cámaras de ahí fuera —añadió Mason señalando la piscina con la cabeza—, ¿no te molestan?
Ella dirigió la vista al exterior y se encogió de hombros.
—Ya ni siquiera me fijo en ellas.
—Me podrían haber llevado a cualquier otro lugar. ¿Por qué aquí? ¿Para que puedas vigilarme? ¿Forma parte eso de tu trabajo?
—A lo mejor forma parte de tu trabajo que tú me vigiles a mí.
Cogió el bolso, sacó las llaves y bajó por las escaleras.
4
Después de estar cinco años sin recibir una sola visita, ni tampoco una llamada de teléfono, Nick Mason no sabía si la vida que había dejado atrás seguía existiendo, pero debía averiguarlo.
Revisó la ropa de su dormitorio y se puso una cazadora negra por encima de los vaqueros y la camisa blanca. Al bajar al garaje, vio que las llaves del Mustang estaban puestas en el contacto. Llevaba cinco años sin conducir un coche. Abrió el garaje, metió la marcha atrás y salió a la calle. Entonces se dirigió al sur.
Si te crías en Chicago, sabes que se trata de una ciudad obtenida de la suma de los barrios, un gran rompecabezas de comunidades separadas que se extienden en tres direcciones distintas desde la orilla del lago Michigan. Cada barrio posee un ritmo propio, un estilo de vida que le es característico, su particular comida: desde las pizzas de base gruesa de Streeterville hasta las empanadillas polacas de Avondale, pasando por las serpientes de cascabel fritas de La Villita.
Si creces en lo que oficialmente se denomina New City, como lo había hecho Nick Mason, sabes que en realidad se trata de dos vecindarios distintos amalgamados en uno solo: Back of the Yards y Canaryville. En Back of the Yards viven los chavales de apellido polaco, los nietos de los hombres que trabajaron en las fábricas de empaquetado de productos cárnicos en los Union Stock Yards. Al otro lado se encuentra Canaryville. Ahí es donde están los irlandeses. Como Eddie Callahan. O Finn O’Malley. O un chico —medio irlandés, medio de cualquier parte— llamado Nick Mason.
De los tres, Eddie era el más inteligente. Un chaval bajo, pelirrojo y pecoso, de constitución tan recia como la de un zaguero. Increíblemente rápido cuando tenía que serlo. No siempre hablaba como los de Canaryville. A decir verdad, ya se tratara de su padre o de su madre, la mayor parte de las veces había alguno en casa.
Finn era alto y estaba algo desnutrido; lucía una mirada atormentada que lo hacía irresistible para algunas chicas e inquietante para todos los demás. Su madre trabajaba en la tienda de alimentación de la esquina, y su padre solía estar desaparecido o en uno de los bares de Halsted Street.
Por su parte, la madre de Nick había ido sobreviviendo en una serie de minúsculos apartamentos y, a veces, recurría a la beneficencia de la iglesia de Saint Gabriel. Él se acordaba vagamente de ciertos hombres que pasaban por casa a verla, pero no recordaba que ninguno de ellos fuera el padre, por mucho que lo intentase. Esto le molestaba a veces, pero luego pensaba: «¡Qué demonios!, seguramente se trató de algún fracasado de la zona que a lo mejor sigue por ahí vivito y coleando». A veces incluso se preguntaba qué pasaría si conociera a un hombre maduro en un bar y le encontrara en el rostro el parecido físico suficiente como para establecer un vínculo. La verdad es que no sabía qué podría suceder entonces, pero seguramente nada bueno.
Un año mayor, Finn fue el primero de los tres en emborracharse, el primero en echar un polvo, en robar un coche. El primero también en ser arrestado por la policía, ocasión aquella en la que tuvo que quedarse en una celda hasta que su madre pudo salir del trabajo e ir a buscarlo.
Cuando Nick y Eddie siguieron los pasos de Finn y empezaron a dedicarse al robo de coches, ambos descubrieron que contaban con un talento natural para dicha actividad. Cosa que Finn jamás tendría. Los dos se mostraban mucho más cuidadosos, para empezar. Eran más pacientes. Sabían que debían marcharse si algún detalle fallaba. En cuanto lo entendieron, el resto fue fácil. Aquello no era como entrar por la fuerza en casa de la gente. No se producía ningún allanamiento de morada semejante. Solo se trataba de frío metal sobre ruedas.
A Eddie, en particular, se le empezó a dar muy bien el aspecto técnico en el robo de coches. Estudió los diagramas eléctricos de ciertos modelos para saber dónde se hallaban los cables conectados con el fusible principal, el circuito de ignición y el motor de arranque. Cuando sacabas esos tres cables del haz general y los cortabas, ya estaba todo hecho.
Nick y Eddie no tardaron mucho en encontrar a personas que les compraran los coches. Si trabajabas bien, y te mostrabas dispuesto a salir a la calle a encontrar justo lo que querían, siempre había gente dispuesta a pagar.
A eso se dedicó Mason en vez de cursar los dos últimos años de instituto. Y también fue lo que hizo en lugar de ir a la universidad. Sería su ocupación durante seis años. Bien es cierto que lo detuvieron unas cuantas veces, pero nunca lo denunciaron. Le inspiraba orgullo contar que jamás había pasado dos noches seguidas entre rejas. La primera vez que a Mason y a Eddie los arrestaron juntos, los padres de este lo convencieron para que ingresara en el Ejército. A Nick le sorprendió que su amigo accediera. Pero no que regresara al cabo tan solo de dos años.
—Pues resulta que sé disparar un arma —le contó Eddie la primera vez que Mason lo volvió a ver—. Me refiero a que se me da bien de verdad. Y me encantaba. Pero lo demás era insufrible, como que un gilipollas se dedicara a golpear la tapa de un cubo de basura mientras ordenaba que me levantase de la cama.
—Entonces, dos años de tu vida... —dijo Mason.
—Sí, dos años y ya me he hartado. Pero sigo siendo capaz de darle a un blanco en un radio de mil metros.
Hasta entonces, Nick nunca había recurrido a un arma para realizar sus apaños. No hace falta cuando robas coches. Pero ahora que Eddie había vuelto, idearon un nuevo plan.
Robarles a los narcotraficantes.
Se tardaba menos tiempo que en pillar un coche, se ganaba el doble y a ninguno de los implicados en la transacción le interesaba llamar a la policía. La rutina básica consistía en encontrar a un camello, observar sus costumbres y atraparlo cuando llevara encima la mayor cantidad de dinero. Hacerlo rápido, con decisión, y enseguida salir por patas. El riesgo era mucho mayor, lo que implicaba adoptar nuevas reglas. En lo referente a las armas, debían instaurar una norma muy pensada, para cerciorarse de que no muriera nadie, ni siquiera los camellos. A un verdadero forajido como Finn se le habría ocurrido algo sencillo y claro como «No saques las pistolas si no vas a usarlas». Pero eso era una gilipollez. Una gilipollez absoluta, además de un suicidio. Porque no te conviene en absoluto usar el arma. Solamente pretendes que el otro crea que lo vas a hacer. La regla que se les ocurrió, entonces, fue la siguiente: «Actúa como si quisieras pegarle un tiro al otro. Actúa como si fuera lo que más te apetece en esta vida».
Era una norma que funcionaba, porque si eras capaz de creértelo por dentro, aquel a quien robabas también se lo creía. Ningún traficante quería morir por unos pocos miles de dólares. Era una cantidad que podía volver a ganar al día siguiente.
Evidentemente, un atraco de este tipo solo se podía hacer con una determinada frecuencia. No era como lo de robar coches, donde todos los días te suministraban material nuevo, perfectamente alineado en las calles. Si desplumabas a traficantes, estos empezaban a colocar a un mayor número de hombres en las esquinas. Así que te retirabas y dejabas que las aguas volvieran a su cauce. Luego volvías al ataque.
El negocio fue provechoso durante dos años. Entonces, una noche, identificaron una casa que había en Roseland. Llevaba meses abandonada y era un sitio en el que los adictos iban a meterse, aunque al cabo de un par de días trasladaran todo el tinglado a otro sitio. Les bastaba con esperar el momento adecuado, entrar por la puerta delantera y trasera, llevarse la pasta y despedirse.
Estaban a punto de ponerse en marcha cuando otro vehículo se detuvo al otro lado de la calle. Un Ford Bronco grande. De él salieron tres hombres blancos. Uno de ellos se dirigió a la parte posterior. Los otros dos, a la de delante. Sacaron las pistolas antes incluso de llegar a la puerta. Parecía que les hubieran copiado el plan y que lo estuviesen ejecutando justo como lo habrían hecho Nick, Eddie y Finn.
Volvieron a salir por detrás al cabo de dos minutos. Uno de ellos llevaba una bolsa de la compra. Subieron al Bronco y se marcharon.
—¿Sabéis quiénes eran? —preguntó Eddie.
Ninguno contestó. El aspecto que tenían, cómo se movían, el hecho de que no les importase ser reconocidos... Esa fue la primera vez que Nick vio a unos polis corruptos. No sería la última. Sin embargo, por el momento, aquello implicaba una cosa: cuando la poli te pisa el negocio, es hora de buscarse otro.
Después de estar seis años robando coches y otros dos asaltando a traficantes de droga, Nick Mason ascendió de categoría y pasó a dedicarse a los robos de altos vuelos. Dio su primer golpe a través de uno de sus antiguos contactos en un desguace ilegal, quien le habló de un negocio que consistía en el suministro y el mantenimiento de unos videojuegos de póquer que se instalaban en los bares. En teoría, los clientes del establecimiento no debían apostar dinero de verdad, pero había oído que el dueño se quejaba de que ese dinero «irreal» se le estaba acumulando, pues el tipo no quería meterlo en el banco ni tampoco incluirlo en los libros de contabilidad. Así que tenía fajos de billetes que apenas le cabían repartidos en varios escondites por todo el local. El hombre ni siquiera se había gastado una parte en comprarse una caja fuerte.
En cuanto Mason se lo contó a Eddie y a Finn, este último quiso irrumpir directamente en el establecimiento, ponerle una pistola en la cabeza al dueño y preguntarle dónde tenía escondida la pasta. Pero Mason supo que se le había presentado la ocasión para aprender cómo dar bien un golpe de este tipo. Como un profesional.
Nick pasó varios días vigilando el lugar. Allí no solo había videojuegos de póquer; era una «empresa de suministros de máquinas expendedoras y de entretenimiento» que también ofrecía máquinas de tabaco, pinballs, otros videojuegos, de todo. En el edificio siempre había alguien, de las ocho de la mañana a las seis de la tarde, momento en el cual echaban el cierre y ponían la alarma. Había una ventana lateral con unos gruesos barrotes de hierro, pero Nick pudo distinguir, al otro lado, la zona de trabajo en la parte posterior. Tomó notas muy precisas para cerciorarse de contar con un buen plan después de haber entrado, pertrechado de las herramientas oportunas.
Entretanto, Eddie aprendía todo lo que podía sobre el sistema de alarma. Él sabía bien cómo hacer un puente en un coche, de modo que era lógico que se ocupara de este asunto. Gracias a la pegatina del escaparate, el joven supo de qué sistema se trataba. Solo tuvo que averiguar cómo desactivarlo durante el lapso de treinta segundos disponibles después de que se abriera la puerta principal.
Cuando se hizo de noche, los tres hombres rompieron el cristal de la puerta de atrás y al cabo de unos segundos ya estaban dentro. Eddie se dirigió enseguida al panel de seguridad situado en la parte delantera y lo desactivó, lo que en ese modelo en concreto implicaba cogerlo y arrancar de cuajo de la pared todo el viejo trasto, junto con la línea telefónica. Mason empezó a registrar los armarios de metal que estaban cerrados, utilizando una cizalla enorme que había traído. En ninguno encontró nada. Eddie se puso a ayudarlo y a revisar las consolas vacías de las máquinas expendedoras, así como de los videojuegos. Finn se limitó a deambular por allí, angustiándose cada vez más.
—Ya te había dicho cómo teníamos que haber hecho esto —soltó justo cuando Mason movía las placas del techo y sacaba un fardo de billetes.
Los tres pasaron los siguientes minutos empujando hacia arriba todas las placas del techo del almacén. Al terminar, tenían una bolsa de basura llena de efectivo, más de doce mil dólares por una noche de trabajo. Una semana si se contaba los preparativos. Habían aprendido ciertas lecciones de provecho que les fueron útiles en el siguiente golpe. Y en el de después. El objetivo ideal era asaltar cualquier sitio en el que se guardase de noche una gran cantidad de dinero en efectivo. Después de cada golpe, Eddie iba conociendo cada vez más detalles sobre los sistemas de alarma. Mason, sobre las cajas fuertes baratas y acerca de cómo abrirlas con un taladro.
El último robo que llevaron a cabo los tres juntos, años antes de volverse a juntar de nuevo en el puerto, fue con otra caja fuerte que podía taladrarse. A esas alturas, Mason ya no dejaba la organización en manos de nadie más. Sabía cómo reconocer los blancos fáciles. En este caso, se trataba de una tienda de equipos de música para coches; desde el mostrador pudo distinguir la caja en la trastienda, un modelo que Nick sabía que podía abrir en diez minutos; casi estaba rogando que alguien lo hiciera.
Mason pasó una hora observando a los clientes. La mitad llevaba cadenas de oro colgadas al cuello y todos querían que sus bugas tuvieran los mayores subwoofers de la carretera. Entraba mucha pasta en la caja registradora. No, en cambio, demasiados recibos de tarjetas de crédito.
Siguió vigilando el lugar. Empleó varios días más para conocer las rutinas, para descubrir cada cuándo metían el dinero en bolsas y lo llevaban al banco. Eddie se enteró de cómo funcionaba la alarma, y una noche de sábado entraron forzando la puerta de atrás. Eddie desactivó la alarma, Mason enchufó su taladro industrial de punta de diamante, y Finn se quedó en el escaparate para vigilar la calle.
Nick traspasó la superficie de la cerradura hasta llegar al mecanismo de leva y seguidor. Luego empleó una barra maciza para quitarlo. Abrió la caja y lo metió todo en una bolsa de basura.
Mientras se levantaba, vio que Finn se acercaba. «La poli», anunció, aunque su gesto ya lo había dejado clarísimo, por no hablar de los destellos de las luces rojas que de pronto se reflejaron en el escaparate.
Mason les dijo que se agacharan y que no hicieran ruido. Se acercó lo bastante al vestíbulo de la tienda para poder ver a través del escaparate y distinguió la mitad posterior de un coche patrulla, que estaba aparcado a cinco metros de la puerta.
—Tenemos que salir de aquí a toda leche —dijo Eddie detrás de él. Solo había otro camino, el de la puerta de atrás.
Mason calculó mentalmente las probabilidades. Salir por detrás, subir al coche, rodear el otro lado del edificio, llegar a la calle...
En ese momento sintió que toda su vida se le escapaba. La alarma se encontraba desactivada; la caja fuerte, taladrada; el dinero, metido en una bolsa. Esa iba a ser la redada más fácil del año para aquellos tipos. El único interrogante consistía en averiguar qué clase de trato podrían llegar a acordar tres hombres con ciertos antecedentes aunque nunca fueran condenados por ningún delito, y que ahora se enfrentaban a una acusación de allanamiento y seguramente a un robo de clase 3, en función de la cantidad de dinero que hubiera en la bolsa.
—Ya os dije que tendríamos que haber venido con pistolas —dijo Finn, mientras le temblaban las manos, con los ojos tan abiertos como los de un yonqui—. ¡Os lo había dicho, coño!
A Mason le entraron ganas de darle una bofetada. A pesar de todas sus reglas, Nick tenía un punto débil: Finn, que había sido para él como un hermano desde que tenía uso de razón. Verlo así lo llevó, no obstante, a replantearse la situación. A lo mejor le hacía falta otra norma: la de no trabajar con tipos que se pongan histéricos y que empiecen a hablar de armas cuando se ven reducidos contra la espada y la pared.
Respiró profundamente y se acercó a la pequeña ventana lateral, desde la que se divisaba el aparcamiento. Vio la parte delantera del coche patrulla. Después, otro vehículo. Una tartana del año de la polca ocupada por cuatro hombres, que habían metido en el aparcamiento y estacionado justo delante del coche patrulla.
Aquello era un control de tráfico.
Mason siguió viendo por la ventana cómo obligaban a salir a los cuatro pardillos estudiantes de secundaria, cómo les pedían el carné y les quitaban las botellas de cerveza mientras alineaban las vacías en el techo del vehículo. Al cabo, suspiró y les anunció a Eddie y a Finn, entre susurros, que después de todo no los iban a arrestar ni de coña.
Pero ahora tenían que esperar para poder salir.
Llamaron a los padres de los estudiantes, que acudieron al lugar de los hechos. Llegó otro coche patrulla para echar una mano. Pasaron treinta minutos; los tres hombres seguían atrapados en el interior del establecimiento. Luego pasó una hora. Finn empezó a angustiarse otra vez.
En un determinado momento, uno de los patrulleros decidió acercarse a la tienda y atisbar el interior a través del escaparate. Proyectó una sombra alargada que llegaba hasta el mostrador y la trastienda. Mason, Eddie y Finn contuvieron la respiración y se cercioraron de no ser vistos. La sombra se marchó y los vehículos empezaron a salir del aparcamiento.
Menos el coche patrulla.
Mason podía imaginar a los dos polis hablando por radio y pidiendo refuerzos. Pensó que, después de tanto esperar, a lo mejor les bastaría con huir por la puerta trasera y tratar de alejarse de los agentes.
El coche al fin salió a la calle y se marchó.
En cuanto dejaron de verlo, franquearon la puerta trasera y subieron a su coche. Eddie llevaba la bolsa de basura.
—Vámonos de aquí de una vez, joder —dijo Eddie mientras Mason arrancaba el motor y pisaba el acelerador.
Cuando contaron el dinero al cabo de una hora, resultó que solo había un poco más de nueve mil dólares. Tres mil por barba. Ni de lejos ascendía a lo suficiente por todos los riesgos que habían corrido.
Había llegado la hora de hacer un parón. Y después, cuando volvieran a reunirse, tomar una decisión. Actuar a mayor escala o bien dejarlo.
Pero entonces Finn cometió una estupidez, más gorda incluso que las habituales. Llevó a una chica a un bar de McKinley Park y se metió en una pelea con uno de los clientes, que le soltó a la joven algo que no debía. Ya había sido un error lo bastante grande salir con ella de Canaryville, con la cantidad de bares estupendos de los que ya disponía Finn en su propio territorio, donde nadie va a llamar a la poli siempre que la pelea sea justa. Pero en McKinley Park nadie lo conocía, así que, efectivamente, se presentó un coche patrulla y Finn acabó soltándole un puñetazo al primer agente que le puso la mano encima. Este salió contusionado de la refriega y Finn, con dieciocho meses de condena por agresión con agravantes y obstrucción a la justicia. Cuando lo soltaron, ni siquiera se molestó en volver a Canaryville para no encontrarse con Mason o con Eddie, sino que se instaló en Florida.
Aquello parecía ser otra señal. Entonces, Eddie conoció a Sandra. Mason volvió con Gina, y, si quedaba alguna duda en el aire, ella se la resolvió.
Había llegado el momento de irse.
Mason cumplió treinta años; intentó sentar la cabeza y no meterse en líos. Para entonces, ya estaba casado con Gina. Adriana tenía cuatro años. Finn llevaba varios en Florida y acababa de volver a Chicago. En su primera noche en la ciudad lo volvieron a detener. Dos días después encontró a Nick Mason.
—Tengo un golpe para nosotros —le dijo.
—Yo ya no me dedico a estas cosas, Finn. Ni de coña.
Nick había comprado una casa en la calle Cuarenta y tres y se dedicaba a cualquier ocupación legal que le fuera saliendo al paso. Como mano de obra, en el sector de la construcción, conduciendo una furgoneta de reparto. El mismo tipo de empleos poco interesantes que tenían todos los habitantes del barrio.
—A mí no me parece que lo hayas dejado. Estás más ocupado que nunca, madrugas todas las mañanas para llevar esa furgoneta.
—A eso se le llama trabajar para ganarse la vida. Deberías probarlo. Por una vez.
—Deja que te lo explique —insistió Finn—. Es una oportunidad única y, después, no tendrías que hacer nada más.
—No.
—Cuidas a tu familia. Te compras una casa mejor. Cambias tu vida de arriba abajo.
—He dicho que no.
—Nickie, ¿es que no lo pillas? Sería pan comido. Medio millón de dólares por un día de trabajo.
Eso hizo que Mason se quedara helado.
—Medio millón que se divide en cuatro —añadió Finn—. Va a llegar un cargamento al puerto.
—¿Un cargamento de qué?
—No lo sé, ni me importa. Esa no es la cuestión. La cuestión es que alguien necesita a cuatro hombres que lo descarguen y que después lo lleven en dos camiones a Detroit. Es lo único que vamos a hacer, y nos llevamos medio millón por las molestias. Cogemos un autobús, volvemos a casa y montamos una fiesta de tres pares de cojones.
—¿Quiénes son los cuatro?
—Tú, Eddie y yo. Y otro tío.
—¿Qué otro tío?
—Uno al que conocí cuando estaba detenido.
—Un antiguo preso.
—No estuvo preso. No lo llegaron a meter en la cárcel. Se hallaba en la celda de prisión preventiva cuando me arrestaron de nuevo. A la mañana siguiente nos tuvieron que soltar a los dos. Pero nos pusimos a hablar y me preguntó si conocía a otros dos hombres de confianza.
—La respuesta sigue siendo no —insistió Mason—. Tengo demasiado que perder.
—Ya lo sé, Nickie. Hazlo por ellos. Por tu familia. Piensa en lo que esa pasta podría significar para vosotros.
—Búscate a otro.
—Reúnete con él, nada más —dijo Finn—. Eso no tiene nada de malo. Conoce al tío y escucha lo que te cuente. Si no te convence, te vas.
Mason se lo pensó y añadió:
—Y el tipo, ¿cómo se llama?
—McManus. Jimmy McManus.
El puto Jimmy McManus. Ese fue el momento. Hacía cinco años. Mason podría haberse desentendido justo entonces. Ni siquiera habría conocido a aquel tipo. Se habría librado de cometer el mayor error de su vida.
No habría acabado en la cárcel. Y Finn no habría terminado dentro de un ataúd barato de madera de pino.
Mientras atravesaba su antiguo barrio, Mason iba recordando ese día y otros mil. Reconocía cada árbol y cada boca de riego. Todas las estrechas parcelas donde las casas cabían a duras penas, a escasos centímetros unas de otras. En aquel sitio todos vivían amontonados, no había secretos, los desconocidos llamaban la atención enseguida y eran vigilados hasta que se iban.
Mason avanzó por una manzana entre los coches que bordeaban ambos lados de la calle. Vio una señal de stop, luego avanzó junto a otro bloque de edificios. Ya había llegado.
Cinco años después de marcharse de esa casa, Nick Mason había vuelto al volante de un Mustang de 1968 restaurado: un coche más caro que cualquiera de los que había robado. Su precio era más elevado que la suma de lo que costaban todos los que había tenido. Coño, a lo mejor incluso mucho más de lo que había pagado por aquella casa cuando aún vivía en ella.
Mason se quedó sentado observando cómo transcurría ese día de verano en su antigua manzana. Una mujer paseaba un perro. Al otro lado de la calle, una niña montaba en bicicleta; debía de tener unos cinco o seis años. Lo hacía bien. Eso le llevó a acordarse de la semana en que Adriana había aprendido a montar sin ruedines. Divisó por la ventanilla del coche el sitio exacto en que su hija se había caído. «Justo ahí», pensó. La pequeña se levantó y volvió a caerse en el mismo punto. Después se levantó de nuevo y en esa ocasión logró seguir avanzando.
Tenía el fantasma de su vida anterior justo delante de él y lo veía desplegarse a lo largo de las cuatro estaciones del año. El día en que colgaban las luces navideñas, o cuando fabricaron un muñeco de nieve. Ese porche de entrada, casi al mismo nivel que la calle, que él había construido con sus propias manos.
Bueno, el porche no formaba parte de su ensoñación. Antes tenía un tono natural, ahora lo habían pintado de un blanco brillante.
La puerta principal de la casa se abrió. Salió un hombre al porche. Un desconocido. Durante unos instantes, Mason estuvo a punto de abrir la puerta del vehículo y de encararse con él. «¿Qué demonios hace usted en mi casa? ¿Dónde están mi mujer y mi hija?».
Pero entonces el hombre llamó a la niña que montaba en bici. El tipo que había reparado su porche y luego lo había pintado. A saber qué otras cosas habría hecho en la vivienda. «Pero tiene todo el derecho —se dijo Mason—, porque vive aquí. Esta es su casa».
A Nick lo sobresaltaron unos golpecitos repentinos en la ventanilla. Alzó la vista y vio a un hombre detrás de la puerta del copiloto. Mason bajó la ventanilla con la manivela de 1968, de las de antes. Entonces distinguió un rostro conocido.
Quintero.
—¿Qué coño haces tú aquí? —le preguntó Mason—. ¿Me estás siguiendo?
Quintero no contestó. Le tendió un papel. Nick lo cogió y preguntó:
—Y esto, ¿qué es?
—Lo que estás buscando.
Detrás de ellos, un coche empezó a tocar el claxon. El Escalade de Quintero estaba aparcado en doble fila y bloqueaba toda la calle. Este le dirigió una mirada al conductor y los bocinazos cesaron. Solo entonces volvió a su vehículo. Subió a él y se marchó.
Mason desdobló el papel en el que había una dirección escrita. En Elmhurst, precisamente.
¿Elmhurst?
Luego distinguió por el parabrisas las luces de freno del Escalade cuando el coche redujo la velocidad en una señal de stop, y después desapareció calle abajo.
«Sabéis dónde viven —pensó—. No debería sorprenderme tanto, pero sabéis dónde vive Gina. Sabéis dónde vive mi hija».
El hombre que estaba en su porche ahora lo observaba. Mason no podía culparle por ello. Un extraño en un coche desconocido había aparcado en su calle. Luego va un pandillero y se sitúa detrás de él en un Escalade propio de un delincuente, bloqueando toda la calle. Si Mason hubiera estado en ese mismo porche, ya habría bajado a la calle a mantener una pequeña charla. «Amigo, ¿te puedo ayudar en algo? ¿Tal vez te has perdido, colega?».
Mason arrancó y se alejó del bordillo. Al llegar a la señal de stop, vio que dos chavales que iban en un coche destartalado reducían la velocidad en el cruce para fijarse en el Mustang negro y vintage. Andarían por los dieciocho o los diecinueve años. Chicos duros irlandeses, como tantísimos otros con los que Mason había crecido. Como Eddie, como Finn. Como él mismo. Mason notó que recorrían con la vista las líneas depuradas del vehículo; después alzaron la mirada y se encontraron con la suya.
Sabía lo que estaban pensando. «Este tío ha debido de equivocarse al salir de la autovía y ha acabado en una calle que no le conviene. “A usted no se le ha perdido nada en esta calle —le decían esos ojos—. Este es nuestro barrio. No es su lugar”».
Mientras los observaba, Nick se preguntó cuál de los dos se jodería la vida tanto como él se había jodido la suya. A lo mejor, ambos.
Pisó el acelerador y se dirigió a Elmhurst.
5
El agente Frank Sandoval había investigado cien brutales homicidios junto a su antiguo compañero Gary Higgins, pero jamás había visto el miedo dibujado en el rostro de la víctima. Ni una sola vez.
Hasta hoy.
Sandoval se había dirigido a un pequeño lago interior situado al oeste de la localidad de Kenosha, en Wisconsin, sin saber si había llegado al sitio indicado, hasta que se situó al lado de la casa que daba al lago, y se encontró con el viejo Crown Vic aparcado en la parte de atrás para no ser visto desde la carretera. El sol ya se estaba poniendo. Sandoval levantó la mano para que le hiciera de visera y distinguió la silueta en el muelle. Recorrió rápidamente el sendero. Era un hombre bajo y recio, de rasgos latinos, con una mirada oscura y penetrante que captaba los detalles de todo cuanto lo rodeaba. Se dedicaba al único trabajo del mundo que podía consumir toda su energía.
Cuando estuvo lo bastante cerca, la silueta resultó ser la de un hombre al que habría reconocido en cualquier sitio. De cincuenta y muchos años, espaldas anchas y poco pelo en la cabeza. Uno de los agentes de Homicidios más condecorados de la ciudad, con una lista de detenciones de criminales destacados casi inabarcable.
Sandoval se acordó de la primera vez en que lo había visto: en su primer día como agente en el Departamento de Homicidios del Área Central. El comandante le había asignado como compañero a Gary Higgins. Lo primero que este le dijo fue que se dedicara a mantener la boca cerrada y a observar. «Ten los ojos bien abiertos y fíjate en mí. Aprende cómo funciona esto de verdad antes de creer que sabes algo».
El equipo lo componían seis hombres, dirigidos por un sargento. Sandoval no tardó mucho en darse cuenta de que los otros tipos seguían el ejemplo de Higgins. Era siempre el primero en cruzar la puerta. Sabía cuándo presionar a la gente y cuándo dar un paso atrás. Sabía qué preguntas necesitaba hacer y cuándo. Si Higgins no hubiera sido poli, seguramente habría sido profesor universitario de Psicología.
Trabajaba con ganas. Trabajaba bien. Pero, sobre todo, lo hacía de forma legal.
Todo lo que Sandoval sabía de cómo ser un buen agente de Homicidios, un buen poli, lo había aprendido de Gary Higgins. Pero ahora, mientras miraba el muelle, vio a su antiguo compañero sentado e inmóvil en una silla plegable, entre los dos últimos pilotes. El agua estaba lisa y quieta como un espejo. Cuando Sandoval pisó el muelle, Higgins se dio la vuelta enseguida. Su gesto de sorpresa se convirtió en otro de rabia.
—En relación con las respuestas que pensabas obtener mientras venías aquí... —le dijo Higgins—, ya te puedes olvidar de ellas. No te pienso contar nada.
—Gary, tenemos que hablar.
Higgins se levantó y avanzó por el muelle en dirección a Sandoval. Había visto a aquel hombre semanas antes. ¿Cómo podía haber adelgazado tanto? Daba la impresión de que había envejecido diez años.
—¿Con quién estoy hablando? —preguntó Higgins mientras cogía a Sandoval por los hombros y empezaba a cachearle el cuerpo—. ¿Quién más está escuchando?
—¡Quítame las manos de encima, coño! —dijo Sandoval apartándose—. ¿Crees que iba a venir con micrófonos ocultos?
Escudriñó el rostro de Higgins. Las arrugas en torno a la boca, las ojeras. A medio metro de distancia, le olía el aliento a alcohol.
—Levanta los brazos —le pidió Higgins.
—Que te den. No llevo micrófono.
—¿Cómo me has encontrado?
—Recordé que me habías hablado de este sitio —respondió Sandoval—. Sigue a nombre de tu suegro, así que decidí acercarme por si acaso.
—¿Quién más sabe que estás aquí?
—Nadie. He venido solo.
—Tendrías que haberte quedado en Chicago, Frank. Es posible que te hayan seguido; también, que ahora nos estén vigilando.
Sandoval recorrió el lago vacío con la mirada. Había otras casas a lo largo de la orilla, pero no se veía ni un alma.
—¡Por Dios! —soltó—, ¿se puede saber qué te pasa?
Sandoval observó a Higgins, mientras esperaba que su antiguo compañero volviera a ser el de antes. El hombre que nunca dejaba de hablar mientras estaban de servicio.
—Trabajamos juntos durante seis años —añadió Sandoval al fin—. Tú nunca aceptaste dinero, jamás cruzaste la línea. Sé que no se te olvidan las cosas, así que dime a qué trato llegaste para que Nick Mason saliera de la cárcel.
—No te voy a contar nada, Frank. Aquí pierdes el tiempo.
—Treinta años —insistió Sandoval—. ¡Joder! ¿Esperas que me quede mirando cómo los tiras a la basura sin que diga nada? Dame un nombre, deja que empiece a ayudarte.
—No me puedes ayudar.
—Un nombre.
—No puedo.
—Vale, pues te lo doy yo. Darius Cole.
Higgins apartó la mirada, solo durante una milésima de segundo, pero era todo lo que Sandoval necesitaba ver.
—Vale, veo que vamos llegando a algún sitio. Darius Cole, que casualmente estaba en el mismo pabellón que Nick Mason en Terre Haute. Aunque eso tú ya lo sabías, ¿no? Y a Mason, ¿cuánto le cayeron?: ¿veinte años antes de la primera vista judicial para considerar su libertad condicional? Al cabo, dos décadas antes de eso ya está en la calle, Gary. ¿Sabes dónde se encuentra ahora?
Higgins no contestó.
—En una casa de cinco millones de dólares, situada en Lincoln Park. A cuyo dueño seguramente conozco. Eso todavía no lo he investigado, pero no me hace falta, porque estarás al corriente de que tiene una empresa pantalla con la que protege a las demás: una para el restaurante, otra para la casa, y quién sabe cuántas otras. Sin embargo, si sigues el rastro del dinero, todo acaba desembocando en Darius Cole. Así que Nick Mason ha salido de la cárcel y anda remojándose en un jacuzzi y preparándose para hacer... ¿qué? Cole lo sabe. A lo mejor tú también. Gary, ha salido para cometer algo terrible, pero ¿qué? Sea lo que sea, también tú podrás considerarte responsable. ¿Cómo vas a asumir eso?
Higgins lo miró.
—Mató a un agente federal, Gary. Y ahora está en la calle.
—No nos llegamos a enterar de si la pistola la llevaba él.
—Y eso, ¿qué coño importa? —repuso Sandoval—. Si estaba presente, hubo delito de asesinato. ¿Qué más da quién apretara el gatillo?
Higgins puso la mano en el pecho de Sandoval y lo empujó hacia atrás, hacia los pilotes. Este notó cómo la tosca madera se le clavaba en la espalda.
—¿Crees que no soy consciente de ello? —le preguntó Higgins con su rostro a tan solo cinco centímetros de distancia—. ¿De todo? Sé lo que hice, Frank. Lo sé, joder. Todas las noches debo emborracharme para dormir, para no pegarme un tiro en la cabeza.
—Podemos salir de esta. Juntos.
—No conoces a esos tipos. No sabes de lo que son capaces. ¿Merece la pena que arriesgues la vida por esto, Frank? ¿La de tu familia? Ese es el peligro que corres si no te olvidas de esto. Aseguras que quieres respuestas, pero no es así. Créeme, coño, es mejor que no las descubras.
Sandoval había presenciado bastante dolor a lo largo de su vida. ¿Cuántas veces había atendido una llamada por homicidio, había conocido a la esposa o a los padres, había visto todos los detalles, más de los que se le podía exigir a una persona que contemplase? Nadie se insensibiliza ante una cosa así. Siempre resulta algo nuevo.
Ahora distinguía lo mismo, esa clase de dolor, en la mirada que su compañero clavaba en él.
—Yo me desentiendo —dijo Higgins—. Estoy acabado. A ti no tiene por qué pasarte lo mismo. Vuelve a Chicago y olvida que me has visto.
Higgins soltó a su amigo. Se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos al extremo del muelle.
—No voy a olvidarme del asunto —afirmó Sandoval dirigiéndose a la espalda del otro.
Higgins no se inmutó. Continuó alejándose.
—Digas lo que digas, Gary, no pienso abandonar.
6
Nick Mason contemplaba la casa en la que estaban su mujer, su hija y otro hombre que, por lo visto, desempeñaba el papel de padre y marido.
Estaba en Elmhurst, un barrio residencial situado al oeste de Chicago. Había aparcado en la calle y ahora observaba una gran vivienda de estilo colonial, de un tono beis, marrón topo, arena del desierto o lo que pusiera en la puñetera tapa de la lata de pintura. Contraventanas negras, molduras blancas. Todo de aspecto perfecto. Seguramente de unos doscientos ochenta metros cuadrados, con dormitorios grandes. El tipo de casa que le habría dado risa cuando él buscaba una para comprar. Una residencia tan ostentosa. Sin embargo, si en esa época alguien le hubiera administrado el suero de la verdad, habría terminado confesando su anhelo secreto por vivir en un lugar semejante. Ver cómo su hija crecía en él.
El gran jardín de entrada, en cuesta, lo formaban dos mil metros de césped perfecto. Se tardaría una hora en arreglarlo con un cortacésped de empuje, pero Mason sabía que el tipo aquel tendría uno de asiento, con un quitanieves que se podía poner en la parte delantera durante los fríos inviernos de Chicago.
La puerta del garaje con capacidad para tres coches estaba abierta. En el interior distinguió una bicicleta. También una portería de fútbol y un balón. En la esquina más lejana de la casa, en el jardín trasero, asomaban unos columpios. No de metal barato, sino de cedro, y, al lado, una casita de juegos, en cuyo techo se alzaban unas banderas verdes y de cuya pared salía un tobogán.
Mason desdobló el papel y revisó la dirección. No pudo evitar preguntarse si Quintero habría acudido allí en persona. Si se habría quedado en el Escalade, en el mismo sitio que él, vigilando cómo la hija de Mason cruzaba el jardín de entrada. Con los ojos ocultos tras las gafas de sol, un fantasma sentado tras los cristales tintados de su enorme vehículo negro.
Entonces, como si lo hubiera invocado con su imaginación, vio que el susodicho coche pasaba de largo por su lado. Quintero lo había seguido hasta allí. El Escalade no se detuvo, siguió avanzando por las calles tranquilas de Elmhurst y, después, desapareció tras un giro a la izquierda en la siguiente esquina.
Mason se agarró con más fuerza al volante. Cerró los ojos unos instantes. Se dijo que todo aquello era un error. Que todos los motivos por los que había salido de la cárcel, por los que había firmado ese contrato invisible con Darius Cole, estaban quedando hechos añicos ante él en aquel preciso momento.
Esperó a que el corazón le latiera con menor fuerza. Entonces salió del Mustang y recorrió a pie el camino que llevaba hasta la casa. Se acercó a la puerta de entrada y se detuvo delante de ella por unos instantes. A continuación, tocó el timbre. Sonaron cuatro notas en algún lugar de las profundidades de la casa.
Cuando la conoció, ella se llamaba Gina Sullivan. Tenía el pelo de color rubio oscuro y los ojos verdes. En esa época eran apenas unos niños. Gina, de dieciocho años, acababa de terminar el instituto. Nick, de diecinueve, ya pasaba solo la mayor parte del tiempo, a veces dormía en casa de Eddie, otras en la de Finn. A menudo, donde lo pillara el momento.
Hubo una fiesta a la que todos fueron, a la que había acudido una docena de chicas, y esta en concreto. La joven Gina le preguntó al joven Nick que a qué se dedicaba; ya adivinaba que no formaba parte de ninguna asociación de estudiantes universitarios como la Sigma Phi Epsilon. Mason le contó que se dedicaba a robar coches. Ella creyó que lo decía en broma, así que él le pidió que eligiera uno, pues él se lo robaría. Ella lo hizo, y él también. Acabaron en el asiento de atrás al cabo de unas horas. Poco después, Gina le confesó que el coche que había sustraído era el de su padre.
Ese invierno, ella se marchó para ingresar en la Universidad de Purdue. Cuando volvió, lo retomaron justo donde lo habían dejado. Ella volvió a irse al otoño siguiente, pero solo aguantó un semestre; regresó al hogar familiar, ubicado en el extremo septentrional de Canaryville. Después de que la echaran de casa, estuvo una temporada viviendo con unos parientes y, en medio de todo aquello, rompió con Nick; más tarde volvieron; a continuación lo dejaron de nuevo. Él ya había superado la etapa del robo de coches y había ido tirando a base de dar golpes de altos vuelos. Nick escribió sus reglas, toda una serie de ellas, que fue perfeccionando mediante la experiencia y al ir aprendiendo de los errores de Finn.
Gina le impuso una norma. La única que necesitaba de él. «Una vida conmigo dentro de la legalidad, o la que quieras llevar sin mí».
Nick eligió la vida al lado de Gina Sullivan. Porque no había nadie más en el mundo que lo conmoviera como esa mujer. Nadie podía hacerlo más feliz. Nadie conseguía enloquecerlo más. Incluso mientras Mason trataba de sentar la cabeza, de ser un tío normal y trabajador. Es posible que ya entonces hubiera entre ellos más locura que normalidad la mayor parte del tiempo.
Pero cuando la cosa iba bien..., era una puta pasada.
Se casaron. Se compraron la casa de la calle Cuarenta y tres. Tuvieron una hija. Nick cumplió su promesa.
Hasta que llegó el golpe del puerto.
Cinco años y un mes después, Nick estaba ante la puerta de Gina, esperando a que alguien la abriera. Empezó a pensar que no había nadie en casa.
Entonces se abrió y ella lo escudriñó desde el interior.
Gina no había cambiado realmente. El mismo cabello rubio oscuro, aunque se lo hubiera cortado en una peluquería cara. Los mismos ojos verdes. Mason detectó en ellos un destello de reconocimiento durante un segundo. Esa antigua llama que con tanta intensidad había ardido entre ambos. Pero luego se apagó con la misma rapidez.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
Ella salió al porche y recorrió la calle con la mirada, como si los vecinos hubieran salido al jardín y los estuvieran observando.
Mason tendría siete u ocho preguntas que plantearle; no sabía muy bien por cuál empezar.
—Deberías estar en la cárcel —añadió Gina. En cuanto la mencionó, se tapó la boca—. ¡Dios mío, te has escapado! ¿Y luego vienes precisamente aquí?
—No —dijo Mason acercándole una mano.
—Aléjate de mí —le pidió ella, mientras daba un paso atrás.
—No me he escapado —intentó explicar él—. ¡Escúchame, joder! Salí ayer.
—Eso es imposible. Tienes una condena de veinte años por lo menos.
—Han anulado mi sentencia y me han tenido que soltar. Te lo juro, Gina. Es la verdad.
Nick la iba observando mientras hablaba. Le miraba los movimientos de la boca. Prácticamente le notaba el calor del cuerpo. Quiso agarrarla, abrazarla.
Por Dios, qué ganas tenía de hacerlo.
—Eso no te lo crees ni tú, Nick. Nadie me ha contado que fueran a dejarte en libertad.
—No tenían por qué hacerlo. No me han concedido la condicional. Salí de allí como hombre libre. Me aseguraron que, si alguna persona necesitaba saber lo ocurrido, que dependía de mí contárselo o no.
—Entonces ¿a mí por qué no me lo has dicho?
—Aquí estoy. Ahora ya lo sabes.
Ella apartó la vista mientras se frotaba la frente y añadió:
—No lo entiendo. Un segundo, a ver. Esto no está pasando. Es imposible que hayan anulado tu condena.
—Ya no tengo antecedentes —afirmó Nick—. Es como si nunca hubiera pasado nada. Incluso tengo una carta de disculpa del fiscal. ¿La quieres ver?
Ella volvió a clavar la mirada en él.
—Nick, si esto es cierto de veras...
—Tú no viniste. Ni una sola vez.
—Nick...
«Cinco años —pensó—. He tardado cinco putos años en decírselo».
A un recluso de Terre Haute le permiten siete visitas al mes. Le conceden trescientos minutos para hablar por teléfono. Es decir: de unas cuatrocientas veinte visitas posibles, Gina no había aprovechado ni una sola. De los dieciocho mil minutos posibles, ninguno.
Mason había intentado llamarla. Le había escrito. A ella no le habría costado tanto acercarse en coche. Traerle a Adriana, pasar un rato juntos en la sala de visitas. Dejar que él les viera la cara, decirles algunas palabras.
Por lo menos, una llamada rápida. Cinco putos minutos.
Para él habría sido muy importante. Pero eso no llegó a suceder.
—Ni una sola vez, Gina. Ni visitas, ni llamadas, ni cartas. Nada de nada. Como si yo ya no existiera.
—Hice lo que me parecía que tenía que hacer, Nick. Por Adriana.
—¿Dónde está?
—En un ensayo. Con Brad.
Mason se detuvo mentalmente en el nombre unos segundos. Brad. Bradley. No sabía cuál de los dos sonaba peor.
—¿Y estáis...?
—Sí, nos casamos.
Mason notó que esas palabras lo dejaban noqueado. Sabía que Gina se había divorciado de él. El único contacto mantenido con ella (más bien, a través de su abogado) fue el momento en que le habían llegado los documentos, cuando Nick tuvo que firmarlos desde su celda en la cárcel.
«Pero ahora —se dijo— ella vive en este edificio. Y se ha vuelto a casar, cómo no. Acudió ante un juez y pronunció aquellas palabras y ahora vive aquí con su nuevo marido y se acuesta con él todas las putas noches».
Por algún motivo, esa situación no se había vuelto real hasta ese instante. Cuando ella le soltó aquello.
«Cole tenía que saberlo —pensó—. Cerró el acuerdo conmigo mientras sabía que yo trataría de recuperar esta parte de mi vida. Algo que nunca iba a conseguir».
—Vale —dijo Mason midiendo las palabras—, así que mi hija está en un ensayo con tu nuevo marido, Brad. Pero un ensayo, ¿de qué?
—Nick...
—¿Cuándo va a volver?
—¿Por qué me lo preguntas?
—Porque quiero verla.
—Escúchame —le espetó ella—. Piensa en lo que me estás pidiendo. Por favor, Nick, reflexiona sobre ello. Tu hija atraviesa un buen momento. Va a un colegio estupendo. Tiene una vida maravillosa. La que los dos queríamos que llevase, ¿no te acuerdas? Ya la ha conseguido. Y ¿vas a venir tú ahora, recién salido de la cárcel, a estropear todo eso?
—Uno no elige a sus padres, Gina. Yo soy el suyo. Y no me voy a ir hasta que la haya visto.
—Y ¿cómo crees que va a funcionar exactamente la cosa? ¿Vas a venir de visita todos los fines de semana? ¿A hacer barbacoas con nosotros en el jardín de atrás? ¿Tienes pensado acompañarnos a las reuniones de padres y alumnos? ¿O tal vez a las jornadas de orientación laboral? «Hola, este es mi padre. Te va a contar cómo se roba un coche». ¿Crees que así va a ir la cosa, Nick?
Mason la estuvo escuchando mientras se contenía, tratando de no perder los nervios. Sabía que montar una escena tremenda no iba a servir de nada. Pero ella todavía era capaz de sacarlo de quicio, por Dios.
—No me la trajiste para que la viera. A mi propia hija. Ni una sola vez en cinco años.
—Porque rompiste tu promesa —contestó ella en voz baja, casi entre susurros—. Porque eres un delincuente y siempre lo serás. Diga lo que diga tu documento.
Calló brevemente para enjugarse las lágrimas.
—Aposté por ti —añadió—. Aposté por ti todo lo que tenía. Y mira lo que conseguí a cambio. Lo mejor que puedes hacer por mí, y por tu hija, es no acercarte a nosotras.
Le dolió oír eso. Notó que a ella también le dolía decirlo. Nick trató de que se le ocurriera una réplica en ese momento, algo para convencerla de que se equivocaba de medio a medio. De que él era inocente de verdad, de que ni siquiera tendría que haber acabado en la cárcel. Pero la verdad era que otro hombre había logrado que su condena se esfumase, y, sin él, Mason aún seguiría encarcelado.
Así que no había nada que Mason pudiera decirle. Ni una sola palabra.
Gina lloraba. Ya ni siquiera podía mirarlo.
Ella extendió un brazo para tocarle el pecho. Solo un roce. Un segundo. Todos los años que habían pasado juntos, las peleas, las reconciliaciones, cuando se sentaban en el porche por la noche... Todos aquellos años en que habían tratado de construir una vida. Después de todo eso, aquel roce era lo único que ella podía darle.
Gina se apartó de él, volvió a entrar en la casa y cerró la puerta.
7
Darius Cole había nacido en las calles de Englewood. En los barrios residenciales heredas riqueza. En Englewood, en función de la manzana en la que vivas, y en qué lado de la calle, heredas los colores de una banda. Con trece años, él ya ocupaba una esquina. Corría la década de 1970, cuando en la ciudad se producían mil homicidios al año.
Un día, al joven Darius le entregaron una bolsa de dinero. Le dijeron que había que lavarlo. Que si faltaba un dólar, se enterarían al cabo de dos minutos. Y que él estaría muerto al cabo de tres.
Llevó el dinero donde se iba a realizar la operación de lavado (que resultó ser en un autoservicio de lavandería, precisamente), y fue ahí donde conoció a un hombre que ocupaba una pequeña oficina al fondo del local: se trataba de uno de entre varios negocios en los que se pagaba en efectivo y que el hombre tenía repartidos por toda la ciudad. Lavanderías, túneles de lavado de coches, restaurantes. Cualquier sitio por el que pasaran muchos billetes, incluso calderilla. El tipo cogía el dinero que le entregaban personajes como Darius Cole, lo mezclaba con el efectivo que se obtenía en el negocio y, como si aquello fuera un truco de magia, lograba que saliera de allí limpio.
Un hombre de la lavandería le contó a Cole que ese truco se lo había inventado Al Capone en Chicago, en la época de la Ley Seca. Después, Cole supo quién era Meyer Lansky, el cabecilla criminal y genio de los números que era muchísimo más inteligente que Capone. Lansky financiaba el Sindicato Nacional del Crimen, tenía delegaciones en todos los casinos, de Las Vegas a Londres, y transfería cada dólar que ganaba a su cuenta de banco personal en Suiza. No había pasado ni un solo día en la cárcel.
Cole no quería limitarse a ser otro más de los chavales que operaba en una esquina. Quería ser el Meyer Lansky negro. Se había cansado de los drogadictos, de los tiroteos en las calles. Si te dedicas a lavar dinero, tú mismo acabas limpio. Llevas traje, como un hombre de negocios de verdad. Qué coño, es que eres un hombre de negocios de verdad.
Con veinte años, Cole ya tenía una participación minoritaria en varios restaurantes. En peluquerías masculinas. En túneles de lavado. Incluso en algunos autoservicios de lavandería. En cualquier negocio en que se manejase efectivo con una contabilidad muy escasa, Cole quería estar presente. Mezclaba el dinero de la droga con lo recogido en la caja registradora y lo ingresaba todo como si aquello fueran ingresos legítimos.
Durante esa época se hizo muy poco de notar. Nada de ostentaciones. Pagaba a los agentes federales para que no lo incluyeran en los archivos. El FBI, la DEA, la ATF, Hacienda, incluso la Interpol. Cole logró mantenerse invisible.
Compró más negocios por todo el país. Mejores restaurantes, locales nocturnos. Si el camarero aceptaba un billete de cien dólares sin pestañear, Cole le pedía conocer al dueño.
Aquello se le daba tan bien que empezó a gestionar el dinero de otras personas. No de bandas rivales, desde luego. Hay líneas que no se cruzan. Pero había otras muchas actividades delictivas cuyo dinero necesitaba lavarse. A él no le ponía nervioso obtenerlo de hombres blancos trajeados y luego devolvérselo casi todo. De hecho, aprovechó la oportunidad para aprender todo lo posible sobre esas operaciones, todos los detalles, hasta que pudiera asumir el control desde dentro, como un soldado griego en un caballo de Troya, y eliminar a todo aquel que se interpusiera en su camino.
Cuando llegó a los treinta años, Cole había adquirido mayor inteligencia y un poder aún mayor. Expandió el negocio al extranjero, primero a las islas Caimán, después a México, Brasil, Rusia, Bielorrusia: cualquier país en el que hubiera leyes bancarias poco exigentes. No dejaba de mover el dinero, en cantidades cada vez mayores, a una velocidad cada vez más elevada, primero en cuantías pequeñas para evitar sospechas, pero de cien pasó después a mil, recurriendo a cuentas a nombre de otras personas. Personas en las que podía confiar. Que sabían cuál era el castigo si lo traicionaban. El dinero iba pasando de una cuenta opaca a otra, de Cracovia a Río y después a Yakarta, para después volver a Chicago.
Cuando el momento fue propicio, volvió a dedicarse al narcotráfico, pero con inteligencia, al por mayor. Ya existía una línea directa entre los cárteles mexicanos y Chicago; Cole se hizo cargo de ella y les hizo la vida más fácil a los mexicanos al darles un único contacto con el que trabajar. Luego les pasaba el producto a los traficantes importantes, que lo movían por todo el Medio Oeste. Por eso, en vez de tener mil clientes, contaba con veinte o treinta, todos ellos hombres de confianza. Así gestionaba el riesgo y maximizaba los ingresos. Después iba traspasando ese dinero a negocios cada vez más legales.
Contrató a los mejores contables. A los mejores abogados. Y pagaba a los polis más corruptos. Su negocio se convirtió en un imperio.
La mayoría de los agentes de la ley sabe cómo seguir a un delincuente. Pero a poquísimos de ellos se les da bien seguir el rastro del dinero. Cole siempre fue un paso por delante, hasta que al fin lo atraparon por culpa de un caso federal basado en la Ley RICO. Llevaba en Terre Haute desde entonces.
Aquella era una historia que Mason no esperaba oír. Ni tampoco que se la contase el propio Darius Cole. Jamás pensó que fuese a visitar por segunda vez el módulo de seguridad. Ni que la tercera visita la haría para quedarse.
Aquel día fueron a buscarlo los mismos hombres. Mason hizo caso omiso de sus miradas y los siguió hacia el exterior de la celda. Mientras avanzaba, con cada uno de ellos a ambos lados, tuvo tiempo de replantearse la situación. La primera conversación tenía que haber sido todo un éxito; de lo contrario, no se habría producido una segunda. Pero ¿qué quería Cole de él realmente? Si pretendía que se lo cargasen, eso ya habría podido suceder. En el patio o en la cantina. No era necesario llevar al tipo en cuestión hasta tu celda.
Cuando llegó, Cole estaba sentado ante la mesa dándole la espalda. Se dio la vuelta y dirigió a Mason un ademán de cabeza. Llevaba las mismas gafas sin montura de vista cansada que le daban el aspecto de un bibliotecario de la cárcel.
—¿Por qué he vuelto? —preguntó Mason.
Cole giró la silla y se quitó las gafas. Ya no parecía un bibliotecario.
—Has vuelto —contestó— porque posees algo de lo que quiero conocer más detalles.
—Señor Cole...
—Me he informado sobre ti. Tengo algunas preguntas.
Cole extendió el brazo hacia atrás y cogió una carpeta de la mesa. Cuando la abrió, Nick distinguió su foto policial de cuatro años antes en la primera página. Aquello era su historial delictivo.
—Usted puede acceder a los ordenadores —dijo Mason—, y cuenta con micrófonos por todas partes. ¿Hay algo que los guardias no le concedan?
—Procedes de Canaryville —añadió Cole, mientras se volvía a poner las gafas y empezaba a pasar las páginas—. «Padre desconocido».
Mason no reaccionó a esas palabras. No le gustaba ver cómo aquel hombre leía su carpeta, pero también pensó que seguramente era un buen momento para mantener la boca cerrada.
—Una forma complicada de empezar en la vida —prosiguió Cole—. A veces no aprendes a ser un hombre hasta que resulta demasiado tarde. Has estado trabajando en las calles durante más de quince años, pero no has pasado más de una noche entre rejas.
Mason observó cómo Cole volvía a la primera página.
—«Posesión de vehículo robado» —prosiguió mientras leía el papel—. Tenemos a unos cuantos de esos por aquí. ¿Trabajabas en un taller? ¿Por tu cuenta? ¿Cómo lo hacías?
—Con quien me pagase. Me iba moviendo.
—¿«Posesión de herramientas de robo»? Mira por dónde, ampliaste el negocio. Pero también te retiraron esta acusación. Siempre te libras de todo.
Cole siguió leyendo el archivo.
—A veces trabajas solo —comentó mientras pasaba a la página siguiente—. A veces, en grupo. Por toda la ciudad. En algunas ocasiones, con métodos agresivos. En otras, algo más solapados.
Volvió a la primera hoja.
—Treinta años sin que te pillen. Pero entonces va y lo haces y no solo te pillan, sino que te cae una gorda. Hay hombres que lo llevarían mucho peor.
—Esto empieza a parecer una entrevista de trabajo —replicó Mason.
—Eso es justo lo que es.
Los dos hombres se miraron a los ojos. Cole esperó a que el otro dijera algo.
—Lo sobrellevé —adujo Mason—. No tenía otra elección.
—Nick, siempre hay otra elección. Incluso aquí, siempre puedes elegir. Por ejemplo, cuando quise conocerte.
—Oiga, si vamos a empezar con lo mismo...
—¿Cómo es que no los delataste? Te enfrentas a una pena de entre veinticinco años y cadena perpetua. Mucho tiempo en una cárcel federal, Nick. Pero no contaste nada.
Se produjo un largo silencio, que finalmente se rompió cuando dos reclusos pasaron por el pasillo, por delante de la celda de Cole. La conversación terminó en seco cuando esos hombres vieron el gesto de los guardaespaldas, y ambos se alejaron con rapidez.
—A uno de tus hombres lo mataron esa noche —prosiguió Cole, fijándose de nuevo en los documentos—. Finn O’Malley. ¿Era amigo tuyo?
—Sí.
—Los otros dos se escaparon. ¿También amigos tuyos?
—Uno, sí. El otro era gilipollas.
—Pero no delataste a ninguno de los dos.
—Si hubiera incriminado al gilipollas, él habría hecho lo mismo con mi amigo. Yo iba a acabar aquí en cualquier caso. Hiciera lo que hiciera.
—Tenías mujer —observó Cole fijándose de nuevo en el papel—. Y una hija.
—Me voy.
—No quieres hablar de ellas. Este no es su sitio, ¿eh? —Cole se inclinó y escudriñó largo rato el rostro de Mason—. ¿Qué pasa cuando vienen a verte?
Nick apartó la mirada sin contestar. Cole revisó de nuevo los documentos y encontró algo interesante en una de las últimas páginas.
—Ah, no vienen. Nunca. Por eso no hablas de ellas. Es una regla que has creado, o algo así. Para no volverte loco.
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