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SÉNECA

CONSOLACIONES

DIÁLOGOS

APOCOLOCINTOSIS

EPÍSTOLAS MORALES A LUCILIO

ESTUDIO INTRODUCTORIO

por

JUAN MANUEL DÍAZ TORRES


EDITORIAL GREDOS

MADRID

CONTENIDO

ESTUDIO INTRODUCTORIO

CONSOLACIONES

DIÁLOGOS

APOCOLOCINTOSIS

EPÍSTOLAS MORALES A LUCILIO


Busto de mármol de Lucio Anneo Séneca, destacado pensador, intelectual y político hispanorromano, que se conserva en el Museo Arqueológico de Nápoles.

ESTUDIO INTRODUCTORIO

por

JUAN MANUEL DÍAZ TORRES

LUCIO ANNEO SÉNECA,

EL FILÓSOFO DE LA SERENIDAD

Tanto la vida como la obra de Séneca muestran hoy un excepcional vigor. Su vida, tan tempestuosa como serena y tan compleja como simple, sigue irradiando amor por lo más excelso y afán de sacrificio por lo que de verdad merece la pena. Esfuerzo y firmeza, valentía y honor, claridad y decisión, brío y autodominio, milicia y fe, aunque también misericordia y piedad, comprensión de la debilidad y consuelo ante el infortunio, son notas asociadas a la vida y a la imagen del que fuera el filósofo más relevante de todos los estoicos.

Por lo que se refiere a sus escritos, destaca el ímpetu de perfeccionamiento moral que infunden a quien se acerca a ellos con ánimo de mejora, con verdadero espíritu filosófico y amor por la verdad. En efecto, los Diálogos , las Consolaciones y las Epístolas morales a Lucilio [Epíst. ] forman un conjunto ardoroso de reflexiones y de consejos que nunca dejan indiferente ni a la razón del entendimiento ni a las razones de los sentimientos.

Por ello, la filosofía de Séneca no quedó encerrada en sí misma. El ansiado asentamiento de la dignidad humana sobre la naturaleza racional se instalaba en una época en la que se había dejado de creer en los dioses y aún no había llegado la creencia en Dios. Pero dicho emplazamiento no la hace menos fecunda, sino todo lo contrario. Las dificultades aparentemente insalvables en las que Séneca vivió, y por las que también fue obligado a dar la propia vida, se han hecho presentes en todo momento histórico posterior como loable esfuerzo del hombre por superar lo azaroso y alcanzar la altura que le es debida.

La pervivencia de Séneca, la huella de su filosofía en el pensamiento posterior, ha sido dilatada y profunda. Sus influjos se perciben con notoria claridad desde las obras de los autores cristianos antiguos o de los primeros siglos. Se constata la influencia filosófica en Lactancio y en Tertuliano tanto como en san Jerónimo, mientras que la literaria se deja ver en Prudencio y en san Martín de Braga.

Siguió un paréntesis de más de siete siglos en el que las doctrinas de Séneca quedaron eclipsadas ante la pujanza permanente del platonismo y la renovada del aristotelismo. Hubo que esperar al Renacimiento para que su pensamiento recobrara el vigor, como protocristiano o humanista puro; entonces lo hizo de la mano de Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio y, posteriormente, por obra de Juan Luis Vives, Michel de Montaigne, René Descartes, Pierre Corneille, Jean Racine, Jean de La Bruyère, Francisco de Quevedo, Baltasar Gracián, Denis Diderot, Ángel Ganivet, Marcelino Menéndez Pelayo y José María Pemán, entre otros de una lista casi interminable. La influencia del pensamiento de Séneca también puede hallarse en Arthur Schopenhauer, Edmund Husserl y María Zambrano, al menos como motivo para la reflexión sobre temas históricos o propiamente filosóficos.

Como escribió esta última en El pensamiento vivo de Séneca , merece la pena acercarse a la figura seductora del filósofo, ya que penetrar en su imagen

[…] es sorprender al mismo tiempo la fe antigua a la que se vuelve de la aventura de la razón y sorprender lo que hace la razón cuando quiere suplir a la religión, cuando se convierte en medicinal y consoladora, penetrada de caridad. Será también sorprender un poco a una especie de sabio, de intelectual diríamos hoy, que se ve a la cabecera del hombre desahuciado, cuando a solas ha renunciado a todo, a todo lo que puede renunciar una razón, una filosofía, a todo menos a aquello que empezó siendo su punto de partida en Grecia: resignarnos a aceptar nuestra condición humana.

VIDA

Los orígenes y la familia

Lucio Anneo Séneca tenía sesenta y cuatro años cuando se arrebató la vida. Corría el año 75 de nuestra era, y tuvo que ser el emperador Nerón quien ordenase cercenar la existencia temporal de quien había sido su propio preceptor y, más tarde, el hombre más importante del Impe rio después del mismo Nerón. Séneca había alcanzado ante Nerón la condición de amigo autorizado, favorito o íntimo consejero en lo privado, y de asesor oficial en lo público. Esta circunstancia, unida a la gran sensatez y a la rectitud moral de Séneca, vino a determinar su muerte.

Las vidas de Séneca y de Nerón convergieron durante quince años. Sin embargo, todo este tiempo no había sido suficiente para conseguir de Séneca el acatamiento servil que Nerón exigía a quienes deseaban seguir a su lado. Séneca, que siempre actuó con lealtad hacia Nerón, a quien había tenido por educando reflexivo y persona desapasionada, intentó mantenerse recto, al margen de todo servilismo, ante los oscuros avatares de una política marcada por las inveteradas desavenencias entre el Senado y los césares.

De origen cordobés y alta cuna, Séneca nació en la Hispania del siglo i, y fue uno de los primeros ciudadanos romanos de provincias que alcanzó el honor de ser cónsul. Los ascendientes de Séneca por parte paterna y materna procedían del valle del Guadalquivir y de Córdoba, ciudad romana desde hacía un siglo y medio, y donde residía el gobernador. Dicha zona de Hispania estaba habitada por nativos con ciudadanía romana y matrimonios constituidos entre oriundos e itálicos; entre sus pobladores se contaban también los descendientes de soldados y de libertos, así como los inmigrantes itálicos en busca de las riquezas mineras de Linares, antaño Cástulo. Queda claro que entre los ancestros de Séneca debió haber una rica diversidad de orígenes y una variada extracción social.

Marco Anneo Séneca, padre de Séneca, ha pasado a la posteridad con los sobrenombres de Séneca el Viejo o el Rétor. Nació en el año 55 a.C. y fue un ilustre ciudadano romano perteneciente a la nobleza ecuestre. Apasionado por la cultura en general, y en concreto por la retórica y la oratoria, viajaba con frecuencia a la ciudad de Roma. Bien formado intelectualmente, llegó a escribir un trabajo sobre la historia de su época, estudio que se ha perdido. También realizó otros estudios sobre controversias y suasorias, en forma de guías educativas dedicadas a sus hijos, en los que exponía fórmulas, procedimientos y argumentos para la discusión y la persuasión. Su pasión por las bellas letras, y en especial por el arte de la oratoria le abrió las puertas de la distinción social, de la nobleza gobernante y de la carrera pública, que siempre quiso virtuosa. Su propia valía personal, unida a la disponibilidad de un gran poder económico y también al disfrute de amistades influyentes, le permitió introducirse en la clase gobernante romana.

Helvia, la madre de Séneca, era bastante más joven que su marido y procedía de un ilustre linaje de la Bética. El matrimonio se celebró cuando ella tenía catorce años y, al igual que su esposo, era una iniciada en el cultivo de las bellas letras. Tuvieron tres hijos. El mayor de ellos, Lucio Anneo Novato, tomaría posteriormente el nombre de Junio Galión al ser adoptado por un amigo de su padre, que era también un conocido retórico. El segundo fue Lucio Anneo Séneca, el filósofo, y Lucio Anneo Mela, padre del poeta épico Lucano, fue el tercero.

Novato, el mayor de los tres hermanos, fue muy estimado por su pragmático padre. Le atribuía más inteligencia que al segundo de sus hijos, Séneca, más inclinado a la filosofía. Séneca el Viejo detestaba la filosofía por su inutilidad para los asuntos de la administración pública y su poca eficacia por lo que respecta al éxito político. En aquella época, la retórica era considerada una actividad sublime y una herramienta intelectual muy valorada que, además, favorecía el ascenso en la escala pública. Pues bien, Séneca el Viejo, que vivió hasta el año 39, quiso que sus hijos hicieran carrera pública aunque nunca a costa de una vida virtuosa o, cuanto menos, de la honestidad, lo cual no resultaba nada sencillo en medio de una estructura gubernamental como la de la época que nos ocupa. Así, Galión, Séneca y Mela fueron enviados a Roma por su padre para que aprendieran de aquellos a los que se atribuía la excelencia de la oratoria magisterial. Allí tuvieron ocasión de escuchar a los mejores oradores y de estudiar con los mejores maestros.

Galión llegó a ser senador y procónsul de Acaya en el año 52, durante el mandato del emperador Claudio. Tuvo a Pablo de Tarso (san Pablo) bajo su tribunal por actuar contra la ley, y falló a favor de él. Por el parentesco y por la gran proximidad emocional con Séneca, Galión se vio arrastrado por la caída del filósofo: tras la muerte de éste se suicidó en el año 65, durante el mandato de Nerón y a consecuencia de la purga neroniana. Por su parte, Mela, el más joven de los hermanos, llegó a ser un alto funcionario que optó por no sobrepasar el orden ecuestre, para atender los negocios de sus ascendientes. Mela también siguió a Séneca en su muerte, pues se suicidó ese mismo año, víctima de idénticas acusaciones. Incluso Lucano, poeta, senador y comensal del emperador Nerón, hijo de Mela y sobrino de Séneca, fue sacrificado el mismo año en esta espiral de frenesí.

Roma: formación y vida activa

Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón fueron los emperadores que marcaron la vida del Imperio durante la época en que le tocó vivir a Séneca. Tiberio, que había nacido en el año 42 a.C., fue adoptado y designado sucesor por Augusto cuando éste perdió a sus nietos Gayo y Lucio; fue emperador desde la muerte de Augusto (14 d.C.) hasta el año 37. Por su parte, Calígula, emperador desde el año 37 de nuestra era, fue adoptado por Tiberio como sucesor. Calígula fue una persona mentalmente inestable: extravagante en exceso, despótico y cruel. Tras su asesinato, en el año 41, le sucedió Claudio, su tío, hasta el 54. Claudio, débil de cuerpo y endeble de espíritu, fue esposo de Mesalina primero y de Agripina después, y adoptó al hijo del matrimonio anterior de ésta, Nerón, a quien nombró sucesor, privando a Británico, hijo de su primer matrimonio, de tal honor.

Se sabe que Séneca viajó a Roma cuando era muy joven, hacia el final del reinado de Augusto. Estaba muy familiarizado con las obras de Cicerón y de Virgilio, e influido por ellas. En Roma conoció las doctrinas de Pitágoras y de Sextio a través de Soción de Alejandría, y hasta los dieciocho años estuvo bajo la influencia directa del cínico Papirio Fabiano. Pero el influjo de Átalo, griego y estoico, muy admirado por el padre de Séneca, fue mucho más intenso. Acudía con extraordinaria inquietud y docilidad a recibir las enseñanzas del austero Átalo, movido sólo por la búsqueda de lo honesto y de lo justo.

Átalo fue considerado por Séneca un filósofo sublime, por encima de todos, casi más que un rey, pues no podía ser menos quien tenía la facultad de censurar a los reyes. Cuando aquél ensalzaba y recomendaba la pobreza, a la vez que mostraba lo superfluo y molesto que resultaba lo que no era necesario, Séneca advertía la grandeza de tal virtud. Y cuando Átalo estigmatizaba los placeres, el joven Séneca acababa deseando la sobriedad como norma de vida. Así pues, a los veinte años, Séneca quedó definitivamente convertido a la filosofía estoica, que cuidó y profesó durante quince años más, hasta su entrada en la carrera pública, en la que tuvo que conciliar una con otra. Como él mismo manifestó, había aprendido de sus maestros a vivir, y no tanto a discutir. De hecho, Séneca se reconoce en sus escritos como un joven que anheló siempre cultivar su espíritu mucho más que nutrir su inteligencia.

En la Roma que cien años antes había conocido a Cicerón en su esplendor intelectual, Séneca respondía a la idea de plenitud humana. Ser literato, filósofo y además senador representaba la síntesis ideal a la que cualquier mortal romano podía aspirar en aquella época. Su dedicación a la política del más alto nivel le permitió convertirse en heredero y representante de una tradición romana gloriosa y acrecentar su fortuna económica hasta cotas insospechadas. Su disciplinada, espiritual, lujosa, influyente y respetada forma de vivir conforme a su modo estoico de pensar le granjeó el laurel de la filosofía y el privilegio de su digna muerte. Además, su conocida producción literaria le hacía valedor, frente a lo griego, de lo genuinamente romano.

En aquellos tiempos no era fácil compaginar la vida política activa con las ansias de perfeccionamiento moral. Responder a la exigente y realzada figura del filósofo y dedicarse a una aventura política entretejida habitualmente por los hilos de la maledicencia, la lisonja y la inhabilitación más dramática suponía granjearse fama de hipócrita en la realidad social. Séneca pudo experimentarlo e incluso sufrirlo en su nada precoz pero exitosa carrera pública. Sin embargo, su fecunda capacidad para lo diverso hizo que pudiese armonizar la actividad filosófica y el modo de vida espiritual con la vida política, de apariencias, poder y prebendas, con total honestidad y al margen de las acostumbradas, consentidas y sostenidas corruptelas.

Vinculado estrechamente a la familia imperante y refractario a la oposición senatorial de la casi totalidad de los estoicos, Séneca siempre se mantuvo fiel a su convicciones monárquicas. Y si bien fue leal al compromiso político adquirido, también lo fue a su pensamiento, ámbito en el que nunca realizó concesión alguna ni se halló en él, estrictamente, doblez censurable. Su ascenso tardío pero fulgurante se debe en parte a sus propias virtudes, aun cuando no resulte nada desdeñable su explícita amistad y profunda admiración por el cónsul Crispo Pasieno, a quien Séneca tenía por el mayor experto en la distinción y en la curación de los vicios.

Como consecuencia de su siempre delicada salud, Séneca, aquejado desde joven por una bronquitis crónica que terminó derivando en tuberculosis pulmonar, buscó un clima mejor y vivió unos años con su tía Helvia, esposa de Gayo Galerio, prefecto de Egipto. Séneca llegó a tierras egipcias en el año 25, y allí permaneció seis años e inició su labor de escritor. Regresó a Roma en el año 31, acompañado por Helvia y Gayo Galerio, que murió durante la travesía. A su llegada a la ciudad imperial —Sejano, el favorito de Tiberio, había muerto—, inició su ascenso político y funcionarial, su gran carrera política, que le llevó a ser cuestor hacia el año 33 y edil unos cuatro años después. Le esperaba aún su puesto definitivo en el Senado.

Destierro y plenitud

Con el trasfondo del complejo y tortuoso mundo de celos, envidias y traiciones de la familia imperial, sería el emperador Claudio, instigado por su primera esposa, Mesalina, quien pronto truncó —aunque sólo de forma provisional— la prometedora carrera pública de Séneca. El odio de Mesalina hacia Julia Livila, sobrina de Claudio y hermana de un Calígula que no dudaba en recelar de la brillantez de Séneca, propició la desgracia del filósofo. Acusado de haber mantenido relaciones adúlteras con Julia Livila, Séneca fue condenado a sufrir destierro en Córcega desde el año 41 hasta la boda de Claudio con Agripina, su segunda esposa, en el año 49. Tras ocho años de exilio —una pena que legalmente podría haber sido de muerte, por ser Livila miembro de la familia imperial, si no hubiese sido conmutada por Claudio—, Séneca regresó a Roma a los cuarenta y nueve años.

Agripina, esposa del emperador Claudio, obtuvo la gracia del perdón para Séneca cuatro años antes de la muerte de éste. Veía en él un magnífico consejero potencial, un maestro de prestigio y una celebridad reconocida. En él buscaba un poderoso cómplice que con seguridad odiaba a Claudio, y también un magnífico preceptor para educar a Nerón, su propio hijo e hijo adoptivo de Claudio. Pero hay más. Agripina, al perdonar oficialmente a Séneca, ansiaba ganarse no sólo el reconocimiento y la gratitud populares, sino también asegurarse de que el futuro emperador, el sucesor de Claudio, fuese Nerón y no el joven Británico, hijo del matrimonio anterior de Claudio con Mesalina.

Con estos precedentes, un Séneca ya célebre retornó a Roma cubierto de gloria, amparado por una Agripina que preparó su nombramiento como pretor de manera inmediata, y dispuesto a vivir definitivamente como filósofo pleno y rico hacendado. Ambas pretensiones se verían cumplidas, si bien Séneca sería humillado a consecuencia de la segunda.

Nerón, tan presuntuoso como original, accedió al trono a los diecisiete años. Corría el año 54, el de la muerte de Claudio, y Británico, excluido del trono, murió envenenado al mes del ascenso de su hermanastro. El nuevo emperador, que había tenido a Séneca como preceptor desde el año 49, cuando contaba doce años, disfrutó siempre de la confianza del filósofo, pero nunca de su adulación. La lealtad de Séneca se basaba en su convencimiento de que Nerón sabría poner fin al trágico ciclo político en que se hallaba Roma.

Con Nerón como emperador, Séneca reunió una de las mayores fortunas de la época, cifrada en más de setenta millones de denarios, un capital que podía constituir entre una quinta y una décima parte de la recaudación total del Estado romano. Esta fortuna dio origen a muchas críticas: resultaba fácil satirizar sobre alguien que pretendía una vida plena y feliz, asentada en el desinterés más puro, y al mismo tiempo llevaba una existencia descomunalmente rica en términos patrimoniales. Pero las críticas no afectaron en exceso a Séneca, ya que su promoción a tan elevada función pública como la senatorial suponía un notable enriquecimiento gracias a los regalos irrecusables provenientes del mismo César o a herencias de amigos en posición igualmente noble. Cabe afirmar, pues, que la riqueza y la moral estoica nunca se vieron enfrentadas en la persona de Séneca.

En el año 58, Séneca no sólo se hallaba en el cenit de su celebridad, sino que también había alcanzado el momento álgido de su capacidad de influencia tanto pública como privada sobre Nerón. A todo ello hay que añadir que su riqueza presentaba ya cotas insospechadas. Esta circunstancia era digna de admiración por parte de la inmensa mayoría de sus desiguales inferiores, pero generó un recio movimiento de recelo, crítica y sátira, no siempre soterrado, entre los miembros del reducido grupo de familias aristocráticas que lo consideraban un farsante —por el hecho de amalgamar tesis estoicas con la posesión y el disfrute de riquezas materiales–, un codicioso —por su extraordinaria fortuna— y un adulador del emperador; por tanto, un mal ejemplo moral y un enemigo que convenía derribar.

Ese mismo año, Séneca reaccionó contra tales acusaciones con su breve tratado Sobre la vida feliz . En él muestra conocer la distancia entre la propiedad material de riquezas y el aferramiento moral a ellas, o entre su tenencia y su consideración como fin último de la vida. Sostiene que la pobreza no garantiza nada por sí misma, porque la enfermedad que supone el vicio radica en el alma y no en la mucha o escasa posesión de las cosas. Está convencido de que el austero desprendimiento hace que la posesión de riquezas no degenere en vicio del alma. La pobreza material, considerada en sí misma, no es virtud, como tampoco lo es la riqueza. Se puede vivir contrariado en la pobreza, o vivir en ella de buen grado. El afán excesivo de bienes mate riales, el deseo vehemente y desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas es defecto del alma, y se instala en ella con independencia de lo que pueda poseerse o adquirirse.

Séneca, al igual que los epicúreos, apreciaba la pobreza, pero a diferencia de éstos no consideraba pertinente la ostentación de la indigencia con el fin de dotarse de mayor credibilidad. Además, sostuvo que la decisión libremente tomada de vivir en la pobreza era un acto virtuoso, lo cual está muy alejado de una vida circunstancialmente forzada a la pobreza, en la que ésta ha de aceptarse por necesidad. Cabe recordar que «desdeñar» significa «tratar con desdén», esto es, con la indiferencia y el desapego que denotan menosprecio; por tanto, el menosprecio no supone en absoluto abandono, sino sólo alejamiento o falta de interés desmedido. En definitiva, Séneca defendía que es de gran mérito permanecer pobre entre las riquezas, no corrompiéndose entre ellas; que la calidad del hombre no radica en lo que tiene sino en su manera real de ser, en su forma de vivir, es decir, en su conformidad con la naturaleza y en su desprecio interior de la fortuna, sea ésta capital o encadenamiento fortuito de sucesos que procura algún bien o algún mal.

Confianza y frustración

Para Séneca, el advenimiento de Nerón como nuevo emperador trajo nuevas esperanzas. Para el filósofo fue un tiempo de ilusionada aunque tensa expectación, pues dada la personalidad y la formación del joven Nerón, parecía advertirse la cercanía de un período político y social de mejora. Y no tardaría mucho en expresarlo. Así, en el año 56, escribió un tratado político dirigido al propio emperador y titulado Ad Neronem Caesarem de clementia. En Sobre la clemencia expuso no sólo su absoluta confianza en Nerón —lo cual, viniendo de una autoridad como Séneca, suponía apuntalar aún más la legitimidad del nuevo emperador—, sino que además presentó la manera de rectificar la inercia de errores que provenía del pasado y cómo proceder a un saneamiento del cesarismo, que Séneca nunca creyó injusto en sí mismo.

En el tratado adopta la forma de consejo público, pidiendo la práctica de la clemencia a un Nerón al que aún consideraba capaz de controlar el potencial de poder despótico de que gozaba como emperador, y de ser lo suficientemente sensato para comprender la complejidad política y ética de tal forma de proceder. De modo simultá neo, Séneca expone en Sobre la clemencia lo razonable de la moderación al aplicar la justicia, a la vez que solicita a Nerón la erradicación de la tiranía mediante la práctica de la atenuación de los rigores del castigo de los súbditos; por último, presentaba al propio Nerón como un príncipe justo, capaz de practicar la clemencia, con la altura intelectual y moral necesarias para iniciar una nueva y diferente singladura, más recta y más ecuánime, del cesarismo.

Al escribir a Nerón sobre la clemencia, Séneca distingue entre esta virtud y la misericordia: si bien ésta supone, en general, la inclinación del ánimo a compadecerse de las miserias ajenas, la virtud de la clemencia es —como se ha indicado— moderación al aplicar la justicia. Según Séneca, los varones mejor formados y justos deberían ejercer la clemencia y la mansedumbre, evitando la misericordia, al ser ésta un vicio del ánimo débil que sucumbe ante los males ajenos, por lo que resulta común incluso entre los malvados.

Séneca se cuida mucho de señalar que la clemencia va unida a la razón. No así la misericordia, que no toma en consideración la causa sino sólo el infortunio. La conclusión que cabría obtener de todo ello es coherente: si la misericordia es, en el fondo, tristeza o dolor del ánimo ocasionados por la presencia de las miserias de otro o por unos males ajenos que imagina inmerecidos, aquélla no debe alcanzar al sabio, ni tampoco al emperador.

Estas precisiones sobre el marco general en el que se inscribe el magisterio de Séneca sobre la clemencia ayudan a comprender mejor algunos de sus consejos y consideraciones. Séneca le recuerda a Nerón cinco verdades de capital importancia para su labor de gobierno. En primer lugar, que es uno mismo el que se perdona cuando perdona a otros, y que el más reacio para otorgar perdón suele ser quien con más frecuencia necesita implorarlo. En segundo lugar, que debería contener la mano al proceder a derramar sangre, pues tal medida suele provocar una herida excesivamente profunda. Por lo que se refiere a la tercera, que los vicios son enfermedades del alma que exigen tratamiento suave y médicos cordiales. En cuarto lugar, que es conveniente juzgar inocente a una ciudad para que llegue a serlo, y que es peligroso demostrarle en cuánta mayoría están los malvados. Por último, que la verdadera felicidad no consiste en el ejercicio despótico del poder, sino en asegurar la suerte de muchos y merecer la corona cívica por el ejercicio de la clemencia.

A Séneca le quedaban sólo nueve años para ver frustradas sus expectativas, para comprobar que nada había cambiado ni iba a cambiar, que no se había tomado un rumbo nuevo: justo el tiempo que le quedaba de vida. Así, cuatro años antes de su muerte, un Séneca casi sexagenario y toda Roma conocieron el fin del período de cinco años de felicidad que Nerón les había otorgado; se preparaba el advenimiento de un matricidio, el asesinato de Agripina, que marcaría un antes y un después.

En efecto, corría el año 59 cuando un frenético Nerón convocó de urgencia a Séneca y a Burro, a la sazón prefecto pretorial y buen amigo del filósofo. El emperador, que entonces contaba veintiún años, quería informarles de tres asuntos de máxima importancia. Primero, que había fracasado en su intento de acabar con la vida de su madre, Agripina. Segundo, que el intento de asesinato obedecía a que le habían llegado noticias, para él creíbles, de que Agripina preparaba una sublevación popular a la vez que tramaba su asesinato; la guardia pretoriana, el Senado, los sirvientes e incluso amplios sectores del pueblo estarían siendo dirigidos hacia tales objetivos por la hábil Agripina. La tercera de las razones que motivaba la reunión era que debía evitarse a toda costa y para siempre la más que previsible venganza de una Agripina enfurecida, y si se pretendía que tal amenaza dejara definitivamente de serlo, no quedaba más opción que el asesinato.

Nerón no pudo contar con la anuencia práctica de Burro. El prefecto pretorial evitó inmiscuir a la guardia pretoriana en tales acontecimientos basándose en que se trataba de arrebatar la vida a una princesa de sangre, cosa que dicha guardia nunca admitiría. A pesar de tal oposición, Agripina fue degollada, y al apesadumbrado Burro le correspondió el amargo cometido de encarnar la versión oficial y justificar los hechos ante la guardia pretoriana. Burro moriría en el año 62. Por su parte, Séneca apareció como la voz del joven Nerón, lo que suponía convertirse en expresión de legitimación política y de acreditación moral, pues al haber redactado el discurso imperial en el que se justificaba la muerte de Agripina, Séneca entraba en connivencia con el luctuoso suceso.

Se acerca el final

A partir de aquí se abrió un único escenario con dos actores que tomaron direcciones opuestas: un Nerón cada vez más altivo, neurótico y déspota, y un Séneca que, desalentado y cada vez menos comprometido interiormente, intentaba batirse en retirada con gran discreción. El filósofo, que nunca podría olvidar lo acontecido a Agripina y tampoco dejar de observar el rumbo tiránico de Nerón, no abandonó de forma inmediata sus funciones, y tampoco se convirtió en la figura opositora que podría combatir al emperador. Guardó silencio e inició la marcha hacia el «exilio interior».

Al cumplir sesenta años, Séneca, acogiéndose a las normas que lo permitían, abandonó el cargo de senador, aunque no podía dimitir de sus obligaciones de amigo de Nerón sin una causa razonable y sin la aprobación expresa de éste. Hubiera sido un acto osado pero suicida decirle al emperador que el motivo de la petición de su relevo al frente de tales obligaciones eran sus consideraciones sobre el matricidio y el ejercicio de su poder; y por las peculiaridades de tal vínculo, una renuncia a él entrañaría siempre el abandono y el alejamiento, aparte de la acusación soterrada contra el emperador.

A pesar de ello, y tras su cese como senador, Séneca lo intentó en junio del año 62 esgrimiendo su deseo de consagrarse por entero y con tranquilidad inalterable a la reflexión filosófica, a un retiro fecundo; pero Nerón desestimó la petición. En efecto, en esta fecha Séneca escribió la epístola moral número 73 de las dirigidas a Lucilio. Con la intención de solicitar a Nerón ser relevado de su cargo, en ella intentó mostrar su nula peligrosidad personal y lo inocuo que debía resultar su retiro para el emperador. Séneca sostuvo en la citada epístola que los filósofos, lejos de ser insumisos y desdeñosos con las autoridades, saben agradecer a los gobernantes la dádiva que supone el beneficio de un retiro tranquilo.

Tras el incendio de Roma del año 64, un Séneca comprometido en el plano formal, pero con el ánimo de quien anhela el retiro y la soledad más absolutos, intentó llevar una vida apartada de todo reconocimiento y lujo. Ahondar en la sabiduría, llenarse de ésta vaciándose de todo otro compromiso, es justamente lo que expresa en sus Epístolas morales a Lucilio , escritas entre el comienzo del verano del año 62 y los últimos días de noviembre del año 64. Séneca quería dejar de ser fiel seguidor de Nerón y al mismo tiempo precisar que ello no le convertiría en adversario o enemigo declarado del emperador; quiso decir la verdad sin que ésta provocara una reacción negativa. Séneca buscaba calma, disponer de tiempo y de una quietud que no se viese alterada por los cargos públicos. Necesitaba prepararse por dentro, disponerse de manera íntima, regresar al hontanar de sí mismo.

A principios del verano del año 64 ya era pública la noticia del suicidio del senador Silano, que tras ser acusado de sedición contra Nerón se había abierto las venas. Séneca, en esa época, escribió la epís tola 70. En ella, anticipando y defendiendo su más que probable sacrificio, expuso las causas que pueden justificar el suicidio, alabando más la calidad de la vida que su duración. Si la cuestión era morir bien, debía plantearse cómo se podía morir bien tras haber evitado el riesgo de vivir mal. Morir bien exigiría erradicar del ánimo la necedad del temor a la muerte y, por tanto, de morir por causa de dicho temor. Asimismo, la muerte rápida sería preferible a la lenta, y más agradable la muerte apacible que la dolorosa. Se anticipaba así algo importante: que la cicuta era preferible al verdugo, ya que aquélla no sólo asegura mayor dignidad, sino también el derecho a la sepultura y el respeto de las últimas voluntades, que evitaba la confiscación de bienes.

El año 65 fue definitivo. A Nerón le llegó el rumor de una grave conspiración contra su persona, integrada por oficiales de la guardia, nobles y senadores. El conocimiento de las intenciones y de las acciones que preparaban su inminente asesinato desató la furia del emperador, que hasta ese momento se había mostrado déspota y ávido de confiscaciones, pero no brutal en exceso. Séneca no estuvo involucrado en la conjura, encabezada por Pisón, sino que se mantuvo al margen, pero el emperador no lo vio así. La inminente represión le señalaría como culpable destacado entre los culpables y le convertiría en víctima inocente.

Tácito relata los acontecimientos. El nombre de Séneca apareció durante los interrogatorios a los que fueron sometidos los conjurados. Lo interrogaron al caer la tarde. Se hallaba en su casa de campo, a poco más de seis kilómetros de Roma. Séneca cenaba rodeado de sus amigos y en compañía de su esposa, Pompeya Paulina, con la que había contraído matrimonio tras regresar de su destierro en Córcega, cuando ella era muy joven. Con serenidad exquisita, seguro de sí, negó al tribuno su implicación en el complot. Pero su distante templanza iba a ser interpretada como arrogancia, y ello contribuiría a su final.

El tribuno testimonió ante Nerón no haber observado en Séneca ningún signo de temor, y que ninguna señal de tristeza apareció en sus palabras ni se expresó en su semblante. Entonces, un Nerón convencido de la culpabilidad de su antiguo preceptor decidió poner en conocimiento de Séneca la orden de acabar con su vida. Al recibirla, sin signo alguno de turbación, en perfecta calma, Séneca pidió permiso para redactar su testamento, lo que no le fue concedido por el oficial ante el temor de que injuriara en él a Nerón o le negara a éste los legados habituales. Ante tal negativa, y privado de la posibilidad de hacer ciertas correcciones testamentarias a fin de legar algunos de sus bienes a sus amigos, declaró en voz alta que les dejaba al menos el único bien que le restaba, el más hermoso de todos: su propia manera de vivir y sus enseñanzas; en definitiva, el bien más valioso: la imagen de su vida.

Si sus amigos —que lloraban ante tal espectáculo— eran capaces de conservar su recuerdo, hallarían en la fama de la virtud la recompensa de su inquebrantable y devota amistad. Séneca les aconsejó firmeza y que se comportasen conforme a sus lecciones de prudencia y sus principios. Tras tales exhortaciones y con la serenidad que sólo un sabio sabe exhibir, Séneca, debilitado por la edad, disminuido por la enfermedad que nunca le abandonó y excesivamente delgado por la abstinencia voluntaria, abrazó con ternura a su esposa y la exhortó a moderar su sufrimiento en intensidad y en tiempo, a fin de que en la consagración a la virtud pudiera encontrar el consuelo necesario ante tanto dolor. En respuesta a su marido, Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir, y pidió reiteradamente que le diesen muerte. Séneca respetó la decisión de Paulina, pues oponerse hubiera supuesto resistirse a su gloria, al honor de morir, a su generoso y valiente ejemplo y, además, abandonarla a los más que previsibles oprobios posteriores.

Después, ambos se abrieron las venas de los brazos al mismo tiempo. La sangre de Séneca fluía tan lentamente que se abrió también las venas de muslos y pantorrillas. Fatigado por el padecimiento de dolores espantosos y temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa o que el de ella le hiciese flaquear a él, persuadió a Paulina para que abandonase la estancia y se retirase a otro aposento. En pleno uso de sus facultades, con toda la elocuencia y el talento que atesoraba, Séneca hizo venir a sus secretarios para dictarles un texto, que se ha perdido.

Viendo Séneca que la lentitud con que se desangraba prolongaba el dolor de la agonía, rogó a Estacio Anneo, médico y amigo fiel, que le trajera el veneno que ya tenía preparado. Bebió la cicuta, pero el efecto esperado no se produjo: sus miembros estaban fríos y el veneno no se esparcía por su cuerpo. Ordenó entonces que le introdujesen en un baño caliente. Por fin, el vapor lo ahogó y puso fin a su vida.

Nerón, que sobrevivió tres años a Séneca antes de cumplir los treinta, de ser derrocado y hallar la muerte tras hacerse atravesar el cuello por la hoja de un puñal, volvió a actuar. Sin albergar resentimiento alguno contra Paulina y temiendo hacer más odiosa su propia crueldad y hacerse más impopular por ello, ordenó impedir la muerte de aquélla haciendo que sus libertos y esclavos detuvieran la hemorragia y le vendaran las heridas de los brazos. El mismo Tácito señala que nunca se supo si ella fue consciente de todo esto, si bien entre el pueblo no faltó el rumor malicioso de quienes creyeron que Paulina ambicionó la gloria de acompañar a su marido en la muerte, pero posteriormente, ante mejores perspectivas, cedió y se dejó vencer por la dulzura de la vida. Lo cierto es que la esposa de Séneca vivió algunos años más, en los que conservó viva la memoria de su marido. Tácito añade que los restos mortales de Séneca fueron incinerados sin ceremonia alguna, tal como había ordenado al disponer sus últimos momentos.

OBRA

Lucio Anneo Séneca pervive en sus escritos, que fueron numerosos. Su producción literaria la integran, además de algunos epigramas, sus nueve tragedias, de las que se ignora dónde y cuándo fueron compuestas: Hércules loco (Hercules furens), Las troyanas (Troades), Las fenicias (Phoenissae), Medea (Medea), Edipo (Oedipus), Fedra (Phaedra), Agamenón (Agamemnon), Tiestes (Thyestes) y Hércules en el Eta (Hercules Oetaeus). A ello hay que añadir el mordaz escrito contra el fallecido emperador Claudio, sátira conocida con el título de Apocolocintosis (Apokolokynthosis) , del año 54.

La obra filosófica de Séneca que ha llegado hasta nosotros, generalmente escritos breves de carácter moral y en forma dialogada o epistolar, comprende, además de las seductoras y directas Epístolas morales a Lucilio (Epistulae morales ad Lucilium) , escritas durante sus tres últimos años de vida, del año 62 al 64, las Cuestiones naturales (Naturalium quaestionum libri septem ad Lucilium) , escritas entre el año 62 y el 63, así como las Consolaciones y las conversaciones sobre diversos temas conocidas como Diálogos.

Su producción filosófica vertida en forma de consolaciones y diálogos comprende las siguientes obras: Consolación a Marcia (Ad Marciam de Consolatione) , escrita entre los años 37 y 41; Sobre la ira (Ad Novatum de Ira) , escrita el año 41; Consolación a su madre Helvia (Ad Helviam matrem de consolatione) , escrita entre los años 41 y 42; Consolación a Polibio (Ad Polybium de consolatione) , escrita entre los años 42 y 43; Sobre la brevedad de la vida (Ad Paulinum de brevitate vitae) , escrita entre los años 48 y 49; Sobre la tranquilidad del espíritu (Ad Sere num de tranquillitate animi) , escrita entre los años 53 y 54; Sobre la firmeza del sabio (Ad Serenum de constantia sapientis) , escrita entre los años 55 y 56; Sobre la clemencia (Ad Neronem Caesarem de clementia) , escrita entre los años 55 y 56; Sobre la vida feliz (Ad Gallionem de vita beata) , escrita entre los años 58 y 59; Sobre los beneficios (Ad Aebutium liberalem de beneficiis) , escrita entre los años 59 y 62; Sobre el ocio (Ad Serenum de otio) , escrita en el año 62, y Sobre la providencia (Ad Lucilium de providentia) , escrita en el año 63.

La «consolación» es un género creado por los filósofos griegos y posteriormente adaptado por los romanos. El propósito de la consolación era transformar el estado interior de abatimiento de las personas que se habían visto sacudidas por el infortunio mediante la exposición reflexiva, intimista en ocasiones y siempre persuasiva, de ejemplos moralizantes, normas de conducta y principios morales elevados que debían servir de remedio. Así, entre los propósitos de este género se contaba serenar el ánimo de quienes sienten aflicción, infelicidad o tristeza; atenuar el disgusto de los que padecen sufrimiento, fracaso o desdicha, y conseguir la resignación de los que, desolados, padecen desgracia grave.

Enfermedad, muerte y destierro, en el seno de una fortuna o destino circundante tan próximo como imprevisible y caprichoso, serían pues los principales temas sobre los que giraban las consolaciones y su afán de sensatez confortadora, de moderación de la pena y de serenidad frente a lo ineluctable. De manera más específica, puede afirmarse que las consolaciones de Séneca a Marcia, a su madre Helvia y a Polibio no son escritos especulativos, ni metafísicos, ni tampoco sistemáticos y dogmáticos, sino que más bien muestran su espíritu pragmático y moralizador.

PENSAMIENTO

El estoicismo de Séneca

Mucho se ha escrito sobre el particular estoicismo de Séneca. Como los estoicos, fue defensor del cosmopolitismo y fustigador de las pasiones por ser éstas indicio de una razón disminuida, pero sus preocupaciones e intereses no se ajustan al molde estoico en sentido estricto. Su autonomía le permitió verter más luz sobre aquello que consideraba de mayor importancia —la ética, la búsqueda de la virtud y, sobre todas las cosas, la práctica de la libertad—, dejando en penumbra aspectos que, como la filosofía de la naturaleza, la dialéctica o la gramática, eran cuestiones estoicas de menor rango para él. La física, las causas, el hado o el panteísmo no tienen cabida en Séneca.

La filosofía de Séneca posee un indudable espíritu estoico, aunque su propia consistencia y su característico dinamismo rompen con todo anquilosamiento estoico. Basado en la búsqueda de la conciliación sincrética de las grandes verdades dispersas en sistemas teoréticos distintos y sin admitir adscripción servil a ninguna doctrina de escuela o secta, Séneca pone impedimentos insalvables a su integración sin más en el esquema intelectual del estoicismo.

Séneca siempre quiso mantener un pensamiento libre e independiente. Su asistematismo general, sus llamativas contradicciones y sus notorias imprecisiones se deben a que quiso elaborar su propia filosofía sin someterse a ninguna autoridad reconocida, fuera o no estoica. Incluso afirma sentirse acostumbrado a pasar al campamento enemigo como explorador y no como tránsfuga, en clara referencia al pensamiento de Epicuro. En general, Séneca sostiene que las mejores cosas de Catón de Útica o de Lelio el Sabio, Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Zenón de Citio, Crisipo, Cleantes, Panecio y Posidonio pertenecen al patrimonio común, por lo que es importante considerar qué se dice y no quién lo dice. Ninguno de ellos ha de ser considerado dueño de nuestra mente, sino sólo gloriosos guías de nuestro entendimiento y voluntad. La verdad, no acaparada por nadie, está permanentemente a disposición de todos.

Séneca sostuvo ser deudor de sus predecesores, aunque su seguimiento no le esclavizaba en absoluto. Heredero de la Stoa antigua, de Zenón y de Crisipo, Séneca se abre a los bienes externos y a la realidad sociopolítica en su conjunto, rompiendo la áspera polarización de razón y virtud clausurada en la interioridad del hombre, pero sin desprenderse nunca de la centralidad de la vida virtuosa. Heredero también del estoicismo de Panecio y de Posidonio —es decir, de la Stoa media o grecorromana—, Séneca acepta la apertura de ésta por lo que se refiere a la ampliación de las dimensiones nucleares del hombre, que ahora se abre al mundo como a una realidad propia. La virtud comienza a adquirir rango político y el bien común a situarse como bien primordial.

Además, Séneca sabe que la realidad política en la que se halla inmerso ha cambiado con respecto a la que vivieron sus antecesores estoicos. También es consciente de que no es posible buscar cobijo en el sujeto y proceder a negar el mundo, a la manera de los epicúreos. Por ello, la filosofía de Séneca es una muestra tanto de hallazgos o innovaciones como de asentimientos, modificaciones o renuncias de tesis y concepciones antecedentes. Tan seguro está de su planteamiento vital y filosófico que, en referencia a los maestros del pensamiento o grandes filósofos, destaca que en ellos hay lagunas o carencias que no supieron o no quisieron afrontar. No deja, por ello, de otorgarles gran crédito, aunque afirma que sólo pudieron legarnos vías por descubrir, pero no verdades definitivas. Seguir las huellas de los antiguos, tomando el camino ya trillado, no supone renunciar a buscar, a seguir y a potenciar otros distintos.

En efecto, Séneca piensa que los grandes pensadores legan ciertas verdades como un patrimonio que sus sucesores han de incrementar para que pasen a la posteridad. Y como considera que es vergonzoso repetir la doctrina de otro sin aportar nada nuevo, sostiene que dicho patrimonio espiritual no debe ser fijado nunca, pues entonces se convertiría en letra muerta; por el contrario, los herederos del pensamiento han de engrandecerlo y aplicarlo en las nuevas e incesantes circunstancias que se vayan sucediendo. Dilapidan la herencia recibida quienes la inmovilizan. De donde se sigue que Séneca niegue nobleza de espíritu a quienes, tutelados, se limitan a ejercitar su memoria sobre pensamientos ajenos.

Séneca, pues, emprende su itinerario particular con un equipaje incontenible en los estrictos márgenes del estoicismo anterior, pero con el aroma inconfundible de éste. La oposición al placer y a las riquezas de los cínicos, a los excesos hedonistas de los cirenaicos y a la antropología platónica, están tan presentes como la ética aristotélica y la epicúrea, muchas veces para polemizar y avanzar así en la confrontación. Mantener la entereza ante el infortunio, coronar todo acto humano con la joya de la libertad, hallar y cultivar la riqueza que sólo radica en la interioridad, hacer de la virtud el camino hacia la felicidad, moderar los deseos, tomar conciencia de la espiritualidad del alma, confiar en los dioses, cultivar la humanidad compartida y la solidaridad de los hombres entre sí, procurar el bien común como una necesidad que se deriva de la naturaleza social del ser humano y la preparación para la muerte son, pues, los ejes de todo el pensamiento de Séneca, compartidos en esencia por la deriva religiosa de Epicteto y de Marco Aurelio.

Pedagogía y mejoramiento

Hacia el fin último

Por lo general, se entiende que educar supone dirigir a alguien hacia el desarrollo de sus facultades intelectuales; también, que dicha instrucción abarca no sólo el aspecto cognitivo, sino también la dimensión moral y volitiva o caracterial de la persona que precisa o requiere tal instrucción. La relación intencionalmente educativa busca encaminar a la persona hacia una optimización de sus propios recursos espirituales, y también puede tener como cometido inducir al sujeto a quien se dirige a su propio perfeccionamiento como tal.

Así, el cambio promovido por la educación puede ser de orden cuantitativo o cualitativo. El primero se da cuando sólo se proporcionan conocimientos sobre algún aspecto de la realidad o enseñanzas concretas de una doctrina determinada, mientras que el segundo, de orden cualitativo, surge cuando con tal conocimiento o enseñanzas se busca o intenta provocar en el destinatario un cambio interior de visión del mundo o de concepción de la moralidad.

Cuando Séneca indaga los motivos de la persistencia de la insensatez en el hombre, llega a la conclusión de que se debe a la falta de ímpetu para rechazarla y a la poca o nula confianza en las verdades mostradas por los sabios. En otras palabras, lo que provoca tal pertinacia es tanto el insuficiente esfuerzo por alcanzar la virtud como el escaso o nulo aprovechamiento de las verdades conocidas. Fijémonos bien en que en esta respuesta se supera la fase del mero conocimiento de las cosas que convienen al alma. En efecto, ni el conocimiento de la naturaleza de la sensatez ni la comprensión de las verdades de orden moral garantizan la mejora del alma.

En Séneca, vivir no es la suma del cultivo del entendimiento y de una limitada duración vital, dos fenómenos que se dan de forma simultánea. Según su pensamiento, vivir no se desdobla en pensar y en durar, sino que es el esfuerzo perfeccionador que se nutre de un elemento interior —la voluntad guiada por el entendimiento— y de otro exterior —las verdades que impregnan el alma— que se unen de manera indisoluble a fin de que el vivir sea uno solo, sin discrepancia, en pensamiento y en obra.

En los procesos educativos concretos resulta relevante que el receptor sea niño, joven o adulto para adaptar métodos y contenidos, pero no es así en lo que se refiere a la esencia misma de la educación, ya que ésta puede dirigirse a cualquier persona en cualquier momento de su vida. Si el mejoramiento personal no es exclusivo de edad o período alguno, tampoco lo es la educación. De ahí que la dirección de almas —o de conciencias— y la pedagogía compartan mucho más que una fina arista.

Este preámbulo sobre la educación ayuda a comprender que toda la obra moral de Séneca, que es la que más cuidó, en la que se destacó y por la que ha pasado a la posteridad, tiene una finalidad profundamente perfeccionadora de la persona humana. Séneca no expone un sistema jerarquizado y completo de conceptos e ideas con la finalidad de describir el mundo en su realidad, ni intenta sistematizar un programa moral tomando como base una ontología determinada y nítida que pueda proporcionarle un sustento antropológico perfectamente acabado: es un estoico que, apoyándose en el sistema especulativo de la secta, busca insistir más en los aspectos prácticos de la moralidad. De ahí que, lejos de un estoicismo primitivo profundamente teorético como el que caracterizaba el pensamiento de Zenón, Cleantes y Crisipo, Séneca busca con intensa pasión convencer y prescribir.

En sus obras morales se muestra honesto y quiere ser útil para quien pudiera necesitarlo, y de ahí su intención de educar y reeducar moralmente con la mira siempre puesta en la elevación moral de la persona. Tal intencionalidad, nunca disimulada, fue vertida no en razonamientos complejos y áridos, sino en sentencias tan eficaces como seductoras, en exhortaciones ágiles y brillantes, y en argumentos o razonamientos edificantes y de fácil comprensión que, además de ser persuasivos y vigorosos, debían resultar alentadores y realizables. Ello es lo que impulsó a Marcelino Menéndez Pelayo a afirmar, en su Historia de las ideas estéticas en España , que Séneca destaca más por las bellas y nobles sentencias que por el plan, el método, el rigor y la consecuencia.

Esfuerzo y perseverancia

Séneca no desconoce las limitaciones propias del ser humano, ni tampoco las concretas de cada individuo. Sabe muy bien que ninguna sabiduría puede suprimir los defectos naturales del cuerpo o del espíritu, y que a lo único a que puede aspirar aquélla es a moderar lo que es ineludible por ser congénito. La educación, pues, mitiga, pero no tiene el poder de corregir de un modo absoluto.

Con todo, cualquier cuerpo cobra belleza por efecto de la sabiduría, de la hermosura del alma, y su deformidad nunca puede manci llar el alma. Séneca sabe también que en los hombres existen limitaciones insalvables, y no precisamente debidas a su corporalidad. En efecto, la mayor sordera la presenta quien no está dispuesto a escuchar, quien se niega a tomar conciencia de algo, y de ahí que sólo deban recibir lecciones quienes estén dispuestos a atender. En este sentido, Séneca sostiene que no debe hacerse como Diógenes y los demás cínicos, que amonestaban a cuantos podían. Y es que Séneca creía que la sabiduría debe dirigirse sólo a quienes ha de aprovechar.

Para Séneca, el castigo de la mala acción se halla menos en el miedo a ser sancionado por la norma jurídica que en la conciencia misma; es la misma naturaleza racional del ser humano la que le hace rechazar la mala acción criminal. De ahí que disienta de Epicuro cuando éste afirma que no hay nada justo por naturaleza y que los crímenes han de evitarse sólo porque no se puede evitar el temor que ocasionan.

Por tanto, sólo quienes aún no han visto afectada por completo su conciencia moral presentan indicios claros de curación espiritual. La conciencia de la culpa es el principio de la salud del alma, y de ahí que Séneca ponga de manifiesto que poco interesa ese estado espiritual a quienes se vanaglorian de sus vicios y cuentan sus defectos como virtudes, porque quien ignora con malicia su falta no desea ser corregido.

Séneca afirma que el hecho de avergonzarse ante la comisión de faltas morales es buena señal, por lo que este pudor debe fomentarse a fin de prolongar la expectativa. Sin embargo, no priva de esperanza a quienes se obstinan en permanecer esclavos de sus pasiones y de la fortuna: está convencido de que la virtud puede aprenderse, y de que una vez conseguida no puede perderse, si bien ello supone desaprender las pasiones, los temores, las supersticiones; en definitiva, el vicio. También cree que el trabajo persistente y el cuidado atento y diligente consiguen cambiar a quienes se resisten, que sólo están provisionalmente infectados pero no echados a perder de modo definitivo.

Séneca había experimentado que el camino de la virtud es duro y áspero. Así lo intenta transmitir, sin necesidad de soslayarlo, sin ocultar ningún obstáculo y sin intentar dejarlo expedito, si bien insistiendo en que la sabiduría es luz frente a las demás cosas de la vida humana que atan a los hombres.

El mal se halla dentro de cada uno y no procede del exterior; radica en la misma interioridad y su desconocimiento o desprecio es causa de la enfermedad del alma y un obstáculo para alcanzar la virtud. Séneca sabe que ni la tristeza ni la ansiedad del espíritu se desvanecen por que el cuerpo se traslade a otro lugar.

Tras reconocer el mal, la sabiduría sólo se alcanza con tenso y persistente esfuerzo. Séneca niega, pues, que se alcance por azar. Consciente de que la vía del esforzado ascenso moral no sólo se opone a lo más bajo sino que, por encima de cualquier otra actividad humana, descuella, aventaja y distingue, expresa lo difícil que resulta no sólo aprestarse para recorrer la distancia que nos separa de la cumbre de la dignidad, sino también alcanzarla. La medicina que procura la salud puede ser amarga pero cura, deleitando cuando consigue el fin al que se destina.

En efecto, Séneca insta a preguntarse si uno quiere vivir indignamente en un mercado —o sea, en un lugar habitado por quienes al margen de todo esfuerzo llevan una vida encogida, de seguridad deshonrosa, sin provecho ni sustancia— o, por el contrario, desea vivir donde se vive de verdad la auténtica vida humana, en un campamento, como soldados. Estos últimos, guerreros impasibles, conocen su propósito, perseveran en su avance contra el infortunio y, a través de él, viven superando debilidades, afrontando riesgos, soportando peligros y fortaleciéndose tras cada embate de la adversidad. Los ociosos estériles, sin embargo, incapaces de reflexionar con miras a poner orden en sí mismos y en sus cosas, son arrastrados al igual que los despojos en el río, porque quien no es capaz de sacar partido de sí mismo, quien vegeta, se adelanta a su propia muerte y convierte su morada en sepulcro.

Séneca proclama más feliz a quien, por estar bien dispuesto, no ha tenido problema alguno consigo mismo, pero considera que ha alcanzado mayores merecimientos quien se encaminó con esfuerzo hacia la sabiduría sobreponiéndose a la mezquindad de su propia forma de ser. De ahí que asevere que el proficiente —o aspirante a sabio— que sobrelleve una privación voluntaria en el dormir y en el comer durante varios días debe, en todo caso, alegrarse por hacerlo sin disgusto, pero nunca envanecerse por el simple hecho de hacerlo, pues lejos de estar realizando proeza alguna, se limita a hacer lo que cotidianamente hacen quienes viven en la más pura indigencia material.

Y si hay quienes necesitan ayuda para progresar, también hay que saber a quién acudir, a quién pedir auxilio. Séneca recomienda, en primer lugar, dirigirse a los antiguos, a quienes ya no están entre nosotros; y en segundo, invita a acudir a los coetáneos, pero a los mejores entre ellos, que son los que aleccionan con su vida y muestran lo que debe hacerse con sus propias obras. Séneca pone así de relieve, al igual que lo había hecho Epicuro, la importancia tanto del testimonio de los más avezados en la virtud como del ejemplo que dan. El alma requiere ejemplos o modelos concretos que sean dignos de seguimiento, a fin de tenerlos presentes siempre como protectores, colaboradores o correctores; pues los defectos no pueden corregirse si no es conforme a un determinado patrón. Por tanto, para evitar la desolación interior y el decaimiento, resulta muy beneficioso tener a quien dirigir la mirada y a quien se juzgue que está presente en los pensamientos propios, y realizar cuanto se tenga que hacer como si tal persona nos contemplase.

Muerte e inmortalidad

Muerte, miedo y preparación

El tema de la muerte en la obra de Séneca no sólo es relevante, sino esencial, medular, puesto que la anticipación imaginativa de la misma supone serios impedimentos o inconvenientes graves para la mejora moral de la persona. Cada instante vital pone de manifiesto lo quebradizo que es cada ser humano, la experiencia más cotidiana nos revela la profunda vulnerabilidad de nuestro ser. Es ahí, en cada instante de vida, donde comienza a gestarse la toma en consideración de la limitación y de la muerte.

Séneca sabe que son muchas más las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan, de lo que se desprende que sufrimos más a menudo por lo que imaginamos que por lo que en realidad sucede. Por eso se debe rehuir todo temor y aceptar lo inevitable, pues tal es la clave de la serenidad. No hay necesidad de ser desventurado antes de tiempo; no hay que aumentar el dolor, anticiparlo o imaginarlo. Por eso lanza duras críticas a la sorpresa que causan los asaltos por parte de los diversos males y al apocamiento que producen en el ánimo. Además, sabe que los males imaginados y ficticios que causan gran turbación son muy perniciosos porque, al ser producto de la incertidumbre, carecen de medida exacta. De nada sirve adelantarse con la imaginación al propio dolor, haciendo presente lo que de momento no es o no ha llegado, lo que puede no llegar o llegar de otro modo; el dolor que brota de la imaginación no sólo no puede detener mal alguno que pueda llegar, sino que se añade como mal actual. Además, los males, cuando llegan, son inevitables. Sufrir imaginándolos es, pues, un defecto.

«Aprender a morir» es de una importancia primordial en la vida de cada persona. El aprendizaje para la muerte no resulta nada su perfluo, pues aunque se muera sólo una vez, la ocasión es tan relevante que debe llevar a cada uno a meditar sobre ella, esto es, a aprender de forma continua la enseñanza acerca de la cual nunca podemos estar seguros de haberla aprendido definitivamente. Meditar sobre la muerte supone meditar sobre la libertad, pues quien aprende a morir se libera de las ataduras mundanas que arruinan el alma. El amor a la vida es un sentimiento estimable, pero ha de ser rectamente limitado y puesto al servicio de exigencias superiores.

Los motivos de aflicción que Séneca halla en toda alteración grave de la salud espiritual son tres: el miedo a la muerte, el dolor corporal y la interrupción de los placeres. El remedio que prescribe para poner fin a la enfermedad del alma —y, por tanto, a sus síntomas en la vida cotidiana— es el desprecio de la muerte. Ahora bien, aprender a morir exige hacer presente día a día el momento del encuentro con la muerte; para no temerla nunca es preciso acostumbrarse a pensar siempre en ella. Tal educación está muy lejos de ser un ejercicio permanente de persuasiones o de demostraciones con hechos o con palabras. Los diálogos, las charlas, los debates o la recitación reflexiva de máximas sobre la muerte son importantes, pero carecen del poder efectivo para desvelar la auténtica fortaleza del alma.

El autoengaño y la simulación son algo cotidiano. Por experiencia sabemos que la timidez real de una persona no es obstáculo para mostrar osadía verbal, y que ambas, timidez y osadía, se dan la mano en no pocas ocasiones y la segunda obra como disfraz de la primera. La calidad del alma, según Séneca, no es algo que pueda ser simplemente enunciado; es algo que debe ser probado, lo cual supone, frente a la muerte, estar dispuesto a entregar el alma sin que el juicio sobre su aprovechamiento pueda asustar. Toda frivolidad, toda vaciedad, todo fingimiento, todo ardid y toda bastardía del alma se desgajan trágicamente de ella ante el rompiente de la verdad que supone lo insoslayable de la muerte.

Séneca insiste repetidamente en algo que él considera sumamente saludable: saber aguardar la muerte en todo momento y en cualquier lugar, al margen de toda ansiedad y sin impaciencia alguna. La actualización incesante de la realidad de la muerte en el presente de cada uno permite ir abandonando, de forma progresiva pero acelerada, la excesiva preocupación por la vida. Es imposible tener una vida tranquila si se piensa demasiado en prolongarla, si se anhela vivir durante mucho tiempo. Nada hay más insensato que asombrarse de que un día acontezca lo que puede acontecer todos los días.

En efecto, Séneca cree que la mayor imperfección de una vida radica en permanecer inacabada y, por ello, reservarse quehaceres vitales para el futuro. Ahora bien, sólo quien cotidianamente sabe despedirse de su vida deja de sentir la necesidad del tiempo, de la cual brotan el temor y el ansia del futuro que tanto consumen al espíritu. No son los años ni los días los que consiguen que hayamos vivido lo suficiente: el alma sólo consigue la suficiencia en sí misma. Así pues, no es al ansia de vivir a lo que hay que conceder un papel rector en la vida, sino que, por el contrario, debe aprenderse que nada importa en qué momento se sufra lo que en algún momento, antes o después, se ha de sufrir; que lo verdaderamente importante no es vivir mucho tiempo, sino vivir bien.

Séneca expresa en varios lugares su desprecio respecto de la duración del tiempo vital. Así, en la epístola 32 a Lucilio le exhorta a pensar en lo hermosa que es la empresa de consumar la vida antes de que llegue la muerte. De ahí que Séneca desee para Lucilio el dominio de sí mismo, que su espíritu se mantenga firme y permanezca seguro, que encuentre la satisfacción en sí mismo y que, tras reconocer y poseer los bienes verdaderos, no tenga necesidad de ver prolongada la existencia.

Y es que el ser humano, que suele despreciar la vida por motivos fútiles, que la dilapida en instantes y en períodos anodinos, y que la desmenuza en la persecución de medios sin eficacia, tiene miedo a morir. Suele oscilar, infeliz y mezquino, entre el miedo a las penas de la vida y el miedo a la muerte, agitándose entre un no querer vivir así y un no saber morir. Según Séneca, el hombre ha de disponerse para la muerte antes que para la vida, pues ésta nos viene dada y suficientemente abastecida, así como también viene dada nuestra permanente insatisfacción ante ella. Procurarse una vida digna abandonando toda preocupación por la vida misma es, por tanto, uno de los mandatos más característicos y notables del pensamiento de Séneca, pues si la tranquilidad presente es tan inestable como fugaz, es temerario confiarse uno a lo que tan poca solidez presenta y tan pronto se pierde. Además, la inevitable muerte no puede ser imaginada como un gran mal, puesto que en caso de ser un mal sería el último, y además cuando se alcanza o se consuma no se queda, no se perpetúa.

Lo único que en el fondo debe temerse es sentir temor ante la muerte. De hecho, gracias a ella nada debería ser temido por el ser humano. Lo terrible que parece haber en la muerte es el temor que inspira, temor que brota de la imaginación. Nada hay en su verdade ro rostro que pueda atemorizarnos; el espanto que causa la muerte se debe, en realidad, a toda la serie de artificios con que ha sido desfigurada por una aprensión falsa, por un juicio carente de todo fundamento. Solemos temer al pensamiento de la muerte, ya que ella en sí misma no causa dolor, porque la muerte, como tal, no se siente. Ahora bien, dado que sólo tendemos a considerar el aspecto terrible de la muerte, y que ello es lo que causa el miedo en las impresionables almas de los humanos, se impone una preparación específica que robustezca sus ánimos ante tal temor. En este sentido, Séneca estima que aunque la muerte considerada en sí misma sea una cosa indiferente, el ser humano ha de ejercitarse con intensidad en el desprecio a la muerte, un desprecio que le otorga protección suficiente contra los daños de la imaginación y contra toda otra clase de perjuicios.

El ser humano es consciente de que la vida le es dada con una limitación infranqueable, hacia la que se dirige a cada instante; no hay ningún segundo que quede sustraído a su acción, y de ahí que siempre nos encontremos a igual distancia de ella. La muerte es, pues, segura, y esperarla con seguridad hace que temerla sea una insensatez. Y puesto que nada tiene de glorioso el acto que uno realiza forzado y buscando escapatorias, el mayor mérito corresponde a quien va a la muerte sin odio a la vida, aceptándola con alegría y sin atraerla hacia sí. El mismo Séneca se esforzó en que cada día fuese para él como la vida entera. Considerar cada día como el último de la vida le garantizaba no aferrarse a él; sentirse cada día emplazado por la muerte le hacía estar en permanente disposición a salir de este mundo, a dejar la vida. De ahí que sugiriese que cada día nuevo debía ser recibido con júbilo, por ser un don que no debe esperarse.

Según Séneca, ante la muerte sólo puede plantearse un dilema: o nos libera o nos destruye; o es un tránsito o es un final. Si nos libera, nos desembaraza de la carga del cuerpo y sólo nos queda el componente más noble, el alma; por el contrario, si la muerte nos destruye, si es un final absoluto, entonces nos arrebata por igual tanto los bienes como los males y no nos deja nada, lo que equivale a no haber comenzado jamás. Ante tal dilema Séneca cree que la muerte es liberadora, pero añade algo más: quien ha logrado despreciarla deja atrás el temor que la muerte le infundía y sustituye tal molestia paralizante y negativa por una espera serena de ella; quien ha aprendido a padecer el dolor y a esperar la muerte no aguarda ansiosamente a que la muerte ponga fin a su dolor ni siente dolor ante la muerte: sencillamente, ni sufre por morir ni huye del dolor.

Pero estar preparado para la muerte exige que los proyectos se limiten en el tiempo hasta el extremo del día a día. Así, quien llega a no sentir aflicción ante la muerte aunque le agrade la vida, sabe que aquélla no puede arrojarle fuera de ésta; quien ha alcanzado la sabiduría necesaria no realiza nada forzado, y como no es voluntad del sabio aferrarse a la vida, éste impide que la muerte obre contra su voluntad. En el fondo, es él quien escapa a la necesidad porque, aceptando lo que esté por venir, desea lo que la muerte ha de imponerle.

En este sentido, Séneca afirma que morir con dignidad es morir de buen grado, pues todo lo que necesariamente ha de acontecer no constituye una necesidad para el que lo acepta gustoso; sólo es una necesidad para quien se resiste. Quien es capaz de recibir de buen grado las órdenes consigue escapar a la exigencia más penosa de la servidumbre, la de hacer lo que no quisiera. Así pues, no es desgraciado quien hace lo que le mandan, sino quien lo hace en contra de su voluntad. De ahí que Séneca proponga disponer el alma en orden a querer todo cuanto cualquier situación le exija. La fortuna tiene poder omnímodo sobre el que se desvive por vivir, pero ninguno sobre quien no se aferra a la vida ni tampoco teme a la muerte.

Séneca enseña que el acto de morir con entereza es glorioso. En el fondo, para Séneca nada hay glorioso si no está en relación con las cosas indiferentes o neutras, es decir, con las que no son ni buenas ni malas. Así, ni la enfermedad, ni el dolor, ni la pobreza, ni el destierro, ni la muerte son de suyo gloriosas, pero sin ellas tampoco se alcanza gloria alguna. Enfermedad, fuerza, dolor, hermosura, poder, pobreza, riqueza, destierro, honores y muerte no son honestas ni gloriosas en sí mismas, sino que es la virtud lo que las acaba transfigurando. Tales cosas, indiferentes, están a disposición de todos, y la diferencia viene marcada por si son la virtud o la maldad las que las emplean; la virtud o la maldad son lo que las hace buenas o malas. Así, la muerte sólo puede resultar honesta por la eficacia de la virtud. De ahí que poco o ningún progreso conocerá el alma si continúa creyendo que las cosas que nos asustan en mayor o en menor grado son malas.

Lo cierto es que la muerte no destruye por completo al ser humano, pero la vida sí se escapa poco a poco, proceso que se acelera cuanto más se rehúye la muerte, pues el bien de la vida, lejos de hallarse en su duración, se cifra en su aprovechamiento. No vive mucho quien sólo ha vivido mucho tiempo; es muy frecuente lo contrario. De ahí que Séneca sostenga lo saludable que resulta tener presente que la muerte en todas partes está igualmente cercana, que en cualquier situación la distancia entre la vida y la muerte es mínima. Recordarse uno a sí mismo que puede no despertar nunca más tras irse a dormir, que es posible que no se duerma nunca más cuando se está despierto, que puede no regresar nunca más cuando haya salido de un lugar y que puede no salir nunca más cuando haya regresado, supone perfeccionar la razón y, por tanto, mejorar la vida. Así es como puede vivirse con plenitud ante la permanente inminencia de la muerte.

Relacionados con el tratamiento de la muerte están los temas del suicidio y de la inmortalidad del alma, relevantes en el pensamiento de Séneca aunque sin alcanzar la importancia del de la muerte. En efecto, el lugar moral que Séneca reserva a la preparación para la muerte hace que el suicidio y la inmortalidad ocupen un puesto periférico respecto de aquél. Ninguno de estos dos temas, ninguna de estas dos realidades, puede rivalizar en extensión o intensidad con la realidad de la muerte, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que el acto de quitarse voluntariamente la vida supone enfrentarse a la muerte, y que la inmortalidad del alma sólo puede ser verificada por la persona tras la separación de cuerpo y alma. Ni el suicidio ni la inmortalidad representan en la filosofía de Séneca núcleos temáticos vertebradores del mejoramiento de la vida presente, pero ello no impide que ocupen un sitio importante en su pensamiento y en su propia vida.

Por lo que se refiere al suicidio, Séneca estima que es muy importante para la vida presente saber si es la propia vida lo que uno prolonga o si, por el contrario, es la propia muerte lo que se dilata. Así, se pregunta qué necesidad hay de no provocar la salida de un alma agotada en un cuerpo que es incapaz de sus funciones. Séneca cree que es un insensato quien, viviendo mal, pretende alargar su vida un poco más cada día, y llega a declarar que no abandonaría la vejez si se conservara íntegro para sí mismo, sin perturbación o desquiciamiento de su inteligencia. Escapar de la ruina vital mediante el suicidio es para Séneca no sólo lícito, sino obligatorio en términos morales. Sólo a condición de que la enfermedad fuese curable y no resultase perjudicial para el alma, se debería permanecer unido al cuerpo y no proceder a reclamar la propia muerte. Como otro límite al suicidio esgrime, además, la utilidad a los seres queridos.

Lo que Séneca de ninguna forma considera admisible es arrebatarse la vida a causa del sufrimiento, pues morir de tal modo supone ser vencido. El dolor nunca podría ser causa justificativa del suicidio, aunque sí los obstáculos insalvables que para la vida feliz se puedan derivar de él. Así las cosas, vivir para sufrir es necedad; darse un tipo determinado de muerte por temor a ella es insensatez, y decidir la propia muerte a causa del sufrimiento es debilidad e indolencia. Séneca considera que vivir con rectitud es un bien, pero no cree que sea un bien el simple hecho de vivir. Ello le lleva a sostener que el sabio debe despreocuparse por la duración de la vida a fin de dedicarse sólo a acrecentar su calidad.

Así, la cuestión no ha de ser morir antes o después, sino morir bien o mal. Recibir la muerte o darse muerte tampoco ha de ser relevante para quien no considera la muerte como una gran pérdida y, por ello, no se acobarda ante su llegada. Por tanto, quien ha sabido arrebatar a la fortuna el poder que ejerce sobre quien se aferra a la vida debe vivir no mientras pueda sino mientras deba hacerlo; y debe hacerlo mientras pueda evitar el riesgo de vivir mal.

El alma y la inmortalidad

Por lo que se refiere a la inmortalidad, el pensamiento de Séneca presenta aspectos controvertidos incluso para los estudiosos actuales. El hecho de no poder rastrear en él huella alguna del pensamiento cristiano no es obstáculo para pensar que, contando con las aportaciones más esclarecedoras de Platón y de Aristóteles sobre la causalidad, Dios y la inmortalidad del alma, pudo haber salvado determinadas limitaciones del pensamiento filosófico griego y romano.

La inmortalidad puede presentarse bajo dos ropajes distintos. El primero y el más notable es el de la cualidad de inmortal que se atribuye al alma de los seres humanos; el segundo, de miras limitadas, metafórico y más psicosociológico que metafísico, hace referencia a la duración indefinida de algo en la memoria de los hombres. Y si bien Séneca se refirió a la inmortalidad en ambos sentidos, debemos restringirla a su primera acepción, que es precisamente a la que él se dedicó con más provecho.

En Séneca hay textos lo suficientemente notables para afirmar que vislumbró la naturaleza espiritual del alma humana, que él consideraba realidad grande y noble orientada y abierta hacia el infinito. Así, llega a afirmar que si el alma sobrevive al cuerpo no puede resultar aniquilada de ningún modo, pues ninguna inmortalidad lo es con reservas, ni lo que es eterno puede sufrir menoscabo alguno.

Dicho condicional parece desvanecerse con el establecimiento por parte del mismo Séneca de cierta semejanza entre el alma, la llama y el aire. Enseña que así como la llama se dispersa en torno al cuerpo que la oprime evitando ser ahogada, así el alma no puede ser apresa da por el cuerpo ni dañada en su naturaleza por éste, pues su sutileza le permite abrirse camino a través de cosas que la oprimen. Como el rayo que encuentra la salida por una estrecha abertura tras haber invadido con sus fulgurosas sacudidas un amplio espacio, así el alma, mucho más sutil que el mismo fuego, escapa a través del cuerpo, que sólo la contiene de forma temporal.

Como tal, el alma humana no está dispuesta a admitir más límites que los que tiene en común con la divinidad. Por ello, ni su patria es la patria temporal, ni su existencia es caduca. La patria propia del alma es la patria celestial, esto es, el cielo, la totalidad sobrenatural en la que mora lo divino y en la que se inscribe el universo entero. Y por lo que se refiere a la inmortalidad, Séneca afirma que, llegado el momento de la separación entre su alma y su cuerpo, del fin de la mezcla de lo humano y lo divino, dejará en la tierra la envoltura pesada y terrenal que es el cuerpo. Despojada de todo lo corpóreo y, como tal, perecedero, el alma procederá a restituirse plenamente en el seno de la divinidad con una vida mejor e imperecedera, y el último día en el tiempo es el que da paso a la eternidad.

Tal como el mismo Séneca escribe, ese día al que se suele temer como el último, al que suele concebirse como una amenaza que impulsa al temor, no es otro que el del nacimiento para la eternidad, el del instante en el que el alma empieza a contemplar por siempre la luz divina en su propia sede. También aquí su doctrina se distancia de las enseñanzas de Epicuro, pues si bien ambos coinciden en que se debe aprender a morir, Séneca no cree que la muerte sea un final definitivo, un final que destruye a la persona humana de manera absoluta. En efecto, el alma ha sido modelada por la naturaleza para querer lo mismo que los dioses, de donde se sigue que, si escapa a la acción envilecedora de los vicios, alcanza la capacidad para remontar el vuelo y elevarse hasta Dios.

Estrechamente conectado con el tema de la inmortalidad real del alma o de la supervivencia personal está el de la reencarnación. Sabemos que Séneca recibió la influencia pitagórica y que, fruto de ella, sus escritos presentan elementos importantes que inducen a pensar que creía en la transformación incesante. Así, llega a sostener que quienes ven interrumpida su vida por la muerte retornan al lugar que les es propio, lugar del que han salido y del que de nuevo habrán de salir. Así, Séneca afirma que por encima de la aparente destrucción en conflagraciones universales que se repiten con periodicidad, se da una colosal y perpetua mutación renovadora de carácter, también, universal.

La filosofía, la sabiduría y el sabio

La diferencia entre la sabiduría y la filosofía

Al igual que los filósofos griegos y romanos que le precedieron, Séneca acepta la diferencia que media entre sabiduría y filosofía. Así, siendo la sabiduría el bien consumado de la mente humana, la filosofía es el anhelo amoroso de tal bien, esto es, de la sabiduría misma, sumo bien y fin último. La filosofía, pues, como medio para alcanzar tal bien, tiene como único cometido poner al descubierto la verdad sobre las cosas divinas y humanas; de donde se deduce que no se puede proceder a separar la filosofía de la religiosidad, de la piedad, de la justicia ni de ninguna otra virtud.

La sabiduría es accesible a todos. La filosofía no rechaza a nadie, ni a nadie elige; brilla igualmente para todos, aunque el número de quienes alcanzan la perfección resulte exiguo. La filosofía proporciona salud al alma. Sin esta actividad interior el alma enferma y se resiente el cuerpo, pues lejos de transformar sus energías en vigor, las disipa en frenesí. Si bien una vida feliz es imposible sin la sabiduría perfecta, una vida soportable es imposible sin la sabiduría incoada. Porque la virtud es una actitud del alma y no puede limitarse a ser un mero conocimiento teórico.

Con respecto a la sabiduría, ciencia de las cosas humanas y divinas, Séneca la concibe como maestra de las almas. Lejos de rebajarla al mero conocimiento y aplicación de instrumentos útiles para las necesidades humanas, la sitúa en la sede más noble a la que puede aspirar el hombre. La sabiduría, que no construye artificios bélicos sino que impulsa la paz y exhorta a la concordia, y a la que se subordinan las demás artes, despeja el camino hacia la felicidad y conduce al logro de la misma. En este contexto, la sabiduría consiste en saber lo que se quiere; en querer siempre las mismas cosas, en razón de su honestidad; y en tercer lugar, en no querer siempre las mismas cosas, en razón de su deshonestidad. De ahí que Séneca afirme que nada debe ser confiado a uno mismo si no puede ser confiado incluso al enemigo.

El cultivo de la filosofía, sagrada y venerable según Séneca, no sólo ha de impedir el debilitamiento y la extinción del impulso del alma hacia la virtud sino que, además, debe conservar y afianzar dicho impulso hasta que se convierta en hábito. Pues la disipación del alma no es descanso ni sana relajación, sino rebajamiento moral y disolución de su fuerza y eficacia. Son numerosas las llamadas que Séneca hace a la dedicación a la actividad filosófica. No podía ser, ciertamente, de otro modo, dado que es situada por el filósofo como el medio que posibilita el acceso a la sabiduría y, como consecuencia, a la vida plenamente buena y feliz. De ahí que solicite de modo vibrante alejar todos los obstáculos y consagrarse por entero a la salud del alma, para lo cual hace falta dejar de estar atareado, adueñarse del propio tiempo y ponerlo a disposición de la filosofía, consagrándose por entero a ella.

Venerar la filosofía y concentrar en ella toda la atención asegura cobrar una gran distancia frente a quienes no lo hacen y reducirla respecto de la divinidad. Séneca sostiene que el sabio no puede considerarse inferior a Dios por el hecho de que sus virtudes se circunscriban a un tiempo más reducido que las de la divinidad.

El sabio que ha muerto más viejo no es más dichoso que el que ha muerto más joven, viendo el ejercicio de su virtud reducida a unos pocos años. Así, también, la virtud no es superior porque dure más. Por tanto, según Séneca, Dios no aventaja al sabio en felicidad por más que le aventaje en años. En otras palabras, quien consigue alcanzar la sabiduría tiene cierta semejanza con Dios, pues si bien éste dispone de todas las edades, el sabio dispone de sí mismo, de su vida; aunque a diferencia de Dios, que no teme por privilegio de su naturaleza, el sabio no teme gracias a su esfuerzo, lo que supone para él una ventaja sobre Dios. En definitiva, Séneca alaba la noble condición del sabio, que aúna en sí la flaqueza del hombre y la firmeza de Dios.

Por otra parte, afirma que no pueden considerarse bienes ni la sensualidad, ni el lujo en los festines, ni las riquezas, ni nada de todos aquellos placeres que apresan al hombre y le seducen con vil deleite. En caso de ser bienes, el hombre sería más feliz que Dios, dado que tales supuestos bienes no le resultan necesarios a éste, ni los disfruta, ni le cautivan. Extraordinario es, pues, el poder de la filosofía para reprimir todos los embates de la fortuna. Nada subordinado a ella puede dañarla; segura y protegida, ampara a quienes inspira y desarma a quienes la deshonran. El alma que ha sabido renunciar a lo que tiene por bienes externos se sitúa en un lugar infranqueable, pues la fortuna no posee poder alguno sobre quien por ella no se deja atrapar.

La teoría de la moderación de las pasiones por parte de la razón de la que ya hablara Aristóteles resulta inaceptable para Séneca, pues el hecho mismo de tener que moderarlas supone haber aceptado su previa instalación y fortificación en el alma, lo cual es indicio de debilidad de la razón. Y Séneca no acepta el hecho de que una razón debilitada pueda hacer frente a las pasiones ya enraizadas.

Por lo que se refiere a la filosofía de su tiempo, Séneca señala que ha experimentado cierto menoscabo tras haberse corrompido en espectáculos transformistas de verbosidad, dialéctica y sutileza. De tal descrédito puede recuperarse, a condición de restaurarla como filosofía y de alejarla de los hábiles traficantes que comercian con anémicos despojos de apariencia filosófica. En efecto, Séneca destaca la cantidad de doctrina desprovista de utilidad que contienen los filósofos. Afirma que muchos de los así llamados, y que dan muestras de saber hablar más cuidadosamente que de enseñar a vivir, se ocuparon de distinciones superfluas, llegando incluso a rivalizar en ámbitos que no les son propios.

De ahí que solicite encarecidamente arrojar todas estas enseñanzas en el complejo inútil de los estudios liberales, los cuales o no transmiten un saber aprovechable para el alma o quitan la esperanza de todo saber. En efecto, escuchar y leer a los filósofos debe ser aprovechado, según Séneca, para alcanzar la felicidad, para aprender preceptos útiles y máximas espléndidas y estimulantes que más tarde se traduzcan en actos, en obras, y no para aprender metáforas más o menos ingeniosas o atrevidas ni para detenerse en la utilización de meras palabras, arcaicas o nuevas. Lo que el filósofo ha de evitar, en todo caso, es hacer las veces del filólogo o del gramático.

No deja de señalar Séneca que su propósito, como el de todo aquel que anhela la virtud, no debe ser discutir sobre sutilezas, pues ello rebaja la majestad de la filosofía a estas angosturas. El camino de la filosofía no es el de la curiosidad baldía y desmedida, ni el de los entretenimientos vacuos, ni el de los sofismas ingeniosos. Tampoco el de las preguntas, argumentaciones o sugerencias capciosas, ni el de los vagabundeos afectadamente refinados que atienden más a los términos de la exposición que al asunto en sí.

Lejos de todo ello, la filosofía transita por un camino abierto y directo a la felicidad que sólo la virtud proporciona. Según Séneca, la filosofía no acepta otro bien que la honestidad, esto es, que lo justo, lo razonable, lo recto y lo decoroso, ni puede ser motivo de donación o de compraventa, pues no se puede ganar con las dádivas de los hombres o de la fortuna ni tiene precio por el que pueda pujarse. La filosofía, para él, no es una actividad agradable al público, por lo que se ha de estar seguro de que si se llama «filosofía» a algo que llegue a hacerse con el agrado del vulgo se ha de estar seguro de que es cualquier cosa menos filosofía. De ahí que ponga de relieve tanto la necedad del orador que se alegra tras haber recibido aplausos y elogios de un público que, por ignorante, él mismo no puede elogiar, como la incompostura que supone alardear de frívolo entusiasmo ante lo que merece ser reverenciado con sumo respeto.

Séneca se refiere en numerosas ocasiones a la inconveniencia que supone dedicar mucho esfuerzo a las palabras. No afirma con ello que las enseñanzas filosóficas deban caracterizarse por la escasez semántica y la aridez retórica; no lo piensa en absoluto, pues los temas elevados precisan en ocasiones de elocuencia natural y de ciertas finuras del ingenio que enaltezcan la belleza y bondad de los asuntos importantes. Lo que en realidad quiere evitar es que el alma se deleite más en la forma, en lo ornamental, que en el fondo; que se pierda en lo superfluo y frívolo un tiempo que es escaso. No debe ocurrir que la elocuencia se baste a sí misma y no se ponga al servicio de la enseñanza, brillando más que alumbrando; en otras palabras, que se diga por el placer de decir y se escuche por la mera satisfacción de hacerlo, con un discurso que soslaye el asunto para darse a conocer más a sí mismo.

Lo que debe evitarse, en definitiva, es que quien enseña el camino de la sabiduría y quien se acerca a la filosofía para aprender lo hagan desde la delectación, pues allí donde se trata de la virtud y del alma las palabras no deben buscar deleite sino provecho. En efecto, quien se acerca con el alma enferma al galeno que puede curarle no desea hallar en él a un especialista en elocuencia. Si además éste reuniese en su persona el conocimiento preciso tanto del mal como del remedio, y también gracia en las formas y bondad en el trato, tanto mejor; pero no son éstas cualidades que curen por virtud propia.

No olvida Séneca la importancia negativa que tiene la agitación causada por una búsqueda incesante y sin final. Considera este desequilibrio una enfermedad del alma, pues es justamente uno de los estados que se opone al equilibrio espiritual; pues un espíritu equilibrado es aquel que puede mantenerse firme y morar en sí. Cuando lo aplica a la lectura y al estudio, insiste en que la avidez por consultar muchos autores y muchas clases de obras es un indicativo de tal inestabilidad. Como es natural, considera conveniente nutrirse intelectualmente de algunos grandes escritores a fin de obtener buenos frutos para el alma; pero insta a recordar que «no está en ningún lugar quien está en todas partes» (Epíst. , 1, 2, 2). El cuerpo que expulsa el alimento tan pronto como lo ingiere no puede asimilarlo; el cambio frecuente de remedios impide la curación; no llega a cicatrizar una herida en la que se ensayan múltiples medicamen tos, y no arraiga la planta que es sometida a un incesante traslado de sitio.

Quien carezca de objetivos y de perseverancia, quien tenga contradicciones entre acciones y propósitos, o reincida en defectos pasados, espera aprender pero no entretenerse. Quien necesita las enseñanzas del sabio, quien acude a la escuela de un filósofo, busca corregirse y avanzar, no divertirse. En el filósofo hallará cauterización y dieta, extirpación y privación, orden interior y autorregulación, enseñanza y vida. Pues no basta el aprendizaje si su calidad y valía no son sometidas a duras pruebas; tampoco la memoria si sólo es continente atiborrado de experiencias y de conocimientos. Lo único que vale es el saber que se plasma en obras. Pues no alcanza la felicidad quien tiene el saber, sino quien lo realiza.

Los impulsos primeros de los principiantes para todo noble ideal necesitan de alguien que los estimule, de un maestro que enseñe no a discutir sino a vivir, y que sepa transmitir la absoluta superioridad del cultivo del espíritu sobre el cultivo de la inteligencia. No aprovechan lo que deben quienes frecuentan a un filósofo, quienes acuden a su testimonio y palabra, para escuchar y no para aprender, para deleitarse y no para adoptar alguna norma de vida con que perfeccionar sus costumbres o despojarse de algún vicio.

Tampoco aprovechan lo suficiente los que acuden a su presencia no para recoger ideas fértiles, sino para buscar palabras inútiles y estériles; ni quienes se exaltan o enardecen con facilidad pero se ven enseguida traicionados por una constitutiva veleidad que les hace ceder ante los obstáculos puestos por su propio ánimo o la mayoría de las personas que les rodean. En tal sentido, Séneca afirma que, si bien debe tolerarse en alguna ocasión a los jóvenes que exterioricen cierto entusiasmo ante la oratoria filosófica, la juventud debe saber que son las ideas las que deben conmover y no el estilo de las palabras, pues siempre resulta perjudicial la elocuencia que, lejos de despertar interés por el tema, lo hace por ella misma.

La filosofía se funda, pues, en las obras, no en las palabras; modela el espíritu, ordena la vida, gobierna las acciones, enseña lo que debe hacerse y lo que es preciso omitir. La filosofía no se emplea para eliminar el hastío que produce el ocio inactivo. Sin ella, que nos exhorta a obedecer de buen grado a Dios y a soportar con entereza al azar que da la fortuna, sobrevienen el temor y la inseguridad.

Séneca piensa que la divinidad no es altanera ni envidiosa, sino que, de forma hospitalaria, alarga la mano a quienes se empeñan en ascender; aunque también sostiene que ningún alma es virtuosa sin Dios, quien desciende a los hombres penetrando en su interior. En el mismo sentido, en sus textos se hallan una serie de consideraciones acerca de la naturaleza del alma humana y de los recursos que la elevan a una altura divina. Para dar alcance a la virtud perfecta se requieren esfuerzo constante, sabiduría, equilibrio y una vida conforme consigo misma. Tal es el supremo bien que permite al hombre dejar de ser suplicante para llegar a ser compañero de los dioses.

Unidad de pensamiento y vida. El sabio

Séneca declara su desprecio hacia quienes, haciéndose llamar «filósofos», viven de modo distinto a como enseñan que se debe vivir, y que no pocas veces obran en contradicción con lo que dicen. Por ello, repiten las sentencias que otros pronunciaron sin llegar jamás a hacerlas suyas. Para Séneca, tales usurpadores son modelos de una disciplina inútil que se agitan de acá para allá, esclavos de todos los vicios que fustigan. Le resulta inconcebible que un filósofo presente algún tipo de doblez o fingimiento. Quien se dedica al asunto del alma no puede albergar otro propósito que no sea ajustar su vida y sus palabras.

En efecto, su cometido no puede ser otro que expresar lo que siente y sentir lo que expresa, mostrando su unidad y coherencia en todo momento. Pues quien habla, escribe y vive es una misma persona que ha de lograr que su forma de hablar concuerde con la vida que lleva. La filosofía, pues, ha de ser asumida por la persona entera, y el progreso personal se demuestra no por lo que se dice o se escribe, sino por la firmeza del alma y por la disminución de los deseos.

Séneca llama a demostrar las palabras con los hechos. Se traiciona el filósofo cuando trata de ganar el asentimiento de la concurrencia, o cuando pretende recrear los oídos de jóvenes y desocupados con elegantes disertaciones. Lejos de todo ello, la filosofía enseña a obrar y no a decir, reclamando que cada cual viva conforme a la ley que se impuso, que la propia vida no esté en desacuerdo con las palabras de uno y exigiendo que sea única la impronta de todos los actos personales, para así poder llegar al estado en que la vida de uno mismo esté de acuerdo consigo misma.

La figura y el ideal del sabio nos ayudarán a perfilar las cuestiones sobre la filosofía y la sabiduría. En efecto, el sabio sabe vivir, porque es el único que sabe vivir para sí. No es sabio quien ha emprendido la huida ante los problemas y los hombres, ni quien ensalza lo que elige y teme lo que rechaza; tampoco quien ha fracasado en sus ambiciones y se ha visto relegado contra su voluntad. El sabio no se oculta, y mucho menos por miedo; no vive para el placer ni para el descanso. Ciertamente, no es sabio quien no vive para nadie.

El sabio es poseedor de un alma noble, y es propio de un alma así preferir la moderación y menospreciar lo grandioso y la desmesura. Y es que el comedimiento resulta reconfortante siempre, a diferencia de la intemperancia, cuyo exceso y desbordamiento siempre causan perjuicio a quien es poseído por ella. El sabio no usa la filosofía para hacer ostentación; la practica al margen de toda insolencia y obstinación, y se cuida de levantar recelo alguno por causa de su vida. El sabio no utiliza la filosofía para desdeñar las costumbres de la mayoría, ni tampoco la esgrime para ensañarse con los vicios de los demás, sino que la ha empleado para liberarse de los suyos. Tampoco se preocupa por agradar, pues quien ama la virtud, sólo con malas artes podría alcanzar el favor popular, lo cual le impediría ser lo que es.

Séneca sostiene, pues, que el camino hacia la virtud va más allá de hacerse aceptar o rechazar por el vulgo. Lo que importa verdaderamente es la opinión que uno tiene de sí mismo y no la que otros tienen de uno. De ahí que se deba vivir de tal manera que se dé preferencia a la propia decisión por encima de la del pueblo; que se tomen en consideración las opiniones sin que importe su número; que se rechacen la popularidad y los honores; que se viva sin temor a los dioses y a los hombres, y, en definitiva, que se superen los males o que se les ponga fin.

Según el pensamiento de Séneca, el sabio es alguien que ha investigado la verdad y la naturaleza, percibiendo en ello el orden y en éste lo divino. Por tanto, es alguien que ha aprendido a conocer el valor de cada cosa. El sabio, que ha rechazado vanidades, que incluso ha renunciado a las cosas lícitas si constituían para él obstáculo o impedimento, y que ha sabido encaminarse hacia la rectitud del alma, enseña y muestra con su propia vida que no debe haber sometimiento a los placeres, y que nunca debe subordinarse el juicio, la decisión o el afecto a las opiniones falsas.

Quien ha alcanzado la sabiduría elogia los bienes que siempre han de complacer y sabe que el que considera bienes otras cosas cae en poder de la fortuna, lo que le lleva a someterse a una voluntad ajena. Por ello, el sabio declara que es más feliz quien no ansía nada, quien halla la felicidad dentro de sí y reduce todo bien a lo honesto, y afirma que quien es dueño de sí mismo más poderoso es. Por ello, ninguna posesión juzga más propia y suya que aquella de la que toma parte conjuntamente con toda la humanidad. El sabio es coherente e igual a sí mismo en todas partes y camina siempre por la misma ruta, aunque no lo haga siempre al mismo paso.

La verdadera libertad, la más absoluta, consiste en la sabiduría, en someterse a la razón. Quien así procede somete todas las demás cosas, conoce los proyectos que debe acometer y la forma de hacerlo, y jamás resulta sorprendido por los avatares de la fortuna. Para Séneca resulta extremadamente vergonzoso no el que uno vaya a su propio ritmo en el camino hacia la virtud, sino permitir que la fortuna coja desprevenida al alma y la sacuda con aquello para lo que ella misma debía estar preparada, pues si la aptitud, la potencia o la ocasión para ser o existir algo se realiza de manera cotidiana, resulta de necios pensar que la fortuna pueda ocultarnos algo.

Asimismo, para él, la virtud se halla ubicada en la razón, que es la parte más noble de nuestro ser. La virtud consiste en un juicio verdadero y estable, juicio que debe iluminar toda idea y motivar el impulso de la voluntad. Y, a diferencia de lo que ocurre con los bienes del cuerpo, que ni son todos bienes por entero ni tienen todos el mismo valor ni entidad, todas las cosas en conexión con la virtud son bienes de forma absoluta, por lo que todos son bienes iguales entre sí.

Pues bien, el sabio vive conforme a la naturaleza, que es la actividad providencial de Dios. Al igual que la naturaleza, el sabio ambiciona poco y nunca se extravía. Sabe que la codicia y la vanidad de ningún modo tocan fondo, y que una perpetua insatisfacción produce infiernos interiores sin fin. Del sabio puede decirse que jamás se pierde, pues ha encontrado el camino. A diferencia del extravío, que no tiene fin, quien va por buen camino encuentra un final. Pues lo que se quiere, si puede detenerse en algún punto, responde a un deseo natural; si no lo hace, si lo que se consigue tras haberlo deseado parece insignificante siempre, si el propio querer parece siempre a medio camino, entonces lo que se quiere no es fruto del deseo natural ni, por tanto, honesto.

Quien, como Séneca, considera deshonestos tanto el azoramiento como la inquietud y la desgana en cualquier actividad, sólo puede pensar que la honestidad supone tanta seguridad y prontitud como intrepidez y disponibilidad para el combate. De ahí que Séneca afirme que ni la pérdida de los hijos ni la de los amigos puedan causarle aflicción alguna al sabio, que vive en perpetua calma. Quien ha aprendido a no temer por su vida más de lo que se duele por esas pérdidas no se abate por el duelo y la añoranza, sino que sabe soportar la muerte de sus seres queridos con la misma entereza con que aguarda la suya.

Aunque el sabio pueda llegar a experimentar algún amago de turbación o de desgarro emocional, por encima del asalto de dichas alteraciones persistirá en él la convicción de que ninguna de tales sensaciones es un mal, ni merece que frente a ellas pierda aliento y fuerzas un alma virtuosa y, por ello, sana. Ante la cuestión de si el sabio experimenta miedo ante aquello que le causa dolor corporal, Séneca responde que puede padecer dolor, pues no hay virtud que suprima la facultad de sentir, pero nunca miedo.

Por lo demás, el sabio estoico sabe superar las molestias que siente, bastándose a sí mismo para vivir felizmente. Sin necesitar amigo alguno, desea sin embargo tener una amistad desinteresada, esto es, no oportunista ni utilitaria. Pues tal persona quiere ejercitar la amistad con la finalidad de que tan gran virtud no quede inactiva. Anhela, pues, un amigo para, si es preciso, sacrificarse por él, morir por él o poder acompañarle al destierro. En otras palabras, si bien el sabio precisa amigos, no lo hace para vivir felizmente, pues a falta de amigos se contenta consigo mismo, se concentra en sí mismo, vive para sí, pudiéndolo hacer porque lleva todos sus bienes consigo, y tales bienes son la justicia, el valor, la prudencia y el desapego. Quien sabe complacerse en tales bienes queda libre del hastío, y el sabio, en su soledad gozosa, resulta inmune a la desolación interior.

Para vivir, el sabio necesita de muchos recursos, pero para vivir felizmente sólo tiene necesidad de ser él mismo un alma sana, noble y que desdeñe los giros de la fortuna. Al contrario que el necio, que no tiene necesidad de nada pero carece de todo, el sabio tiene necesidad de muchas cosas sin carecer de nada, pues para él nada hay que sea estrictamente necesario. Por ello, el necio, quejumbroso, soporta su mala fortuna y solloza en su falsa resignación, a diferencia del sabio que, siempre combativo, reta con decisión a la fortuna cuando no la desestima con esa indiferencia y desapego que denotan menosprecio.

El sabio sabe cómo someter los males, dominando y mitigando tanto el dolor y la pobreza como la infamia, la cárcel o el destierro. Las contrariedades de la vida no le perjudican, pues lejos de impedir su actividad de ayudarse y ayudar a todos, le ponen a prueba y le permiten demostrar su eficacia ante sí y ante los demás. El sabio está siempre preparado para cualquier contingencia, de modo que sabe regular los bienes y vencer los males tras administrarlos y servirse de ellos. De ahí que Séneca, recordando que el filósofo cínico Demetrio calificó de «mar muerto» la vida tranquila de quien no acusa embate alguno de la fortuna, afirme en la epístola 67 a Lucilio que:

[…] no contar con motivación alguna que te mantenga despierto, que te estimule, cuyos presagios y acometidas pongan a prueba la firmeza de tu alma, sino abandonarse a una quietud inalterable, eso no es sosiego, antes bien flojedad. (Epíst. , VII , 67, 14.)

Como se ha dicho, el alma libre de error y de vicio, que goza de perfecta salud, se basta a sí misma, confía en sí misma y sabe que todos los favores que se otorgan carecen de importancia para la vida feliz. La perfección del alma virtuosa impide que pueda carecer de algo o que algo pueda arrebatárselo. En efecto, es imperfecto el ser que todavía puede aumentar o acrecentarse en algo, mientras que aquel que puede sufrir menoscabo no es perpetuo. Por tanto, sólo aquel cuya alegría es estable y permanente puede gozarse en su propio bien, mientras que todo lo que se adhiere a la fortuna es fluctuante y temporal. La virtud no tiene necesidad alguna porque nada le falta. Así, también el que vive conforme a ella goza con lo que tiene a mano y no codicia lo que echa en falta porque, pareciéndole suficiente incluso lo que es pequeño, en el fondo nada echa de menos.

Para Séneca, la felicidad consiste en tener una razón perfecta, pues sólo ésta no doblega el ánimo, se enfrenta a la fortuna y siempre se mantiene segura de sí misma. Es feliz, pues, quien no puede sufrir menoscabo, quien en la cima no tiene necesidad de apoyo alguno que no sea él mismo. La felicidad consiste, pues, en el sosiego y la tranquilidad perennes que sólo otorga la grandeza de alma, esto es, la perseverancia en seguir el recto juicio. Lo principal de la virtud es que llega a la plenitud de los bienes eternos sin necesidad del futuro y sin necesidad de echar la vista atrás. El tiempo, siempre fugaz, está en nuestras manos sólo cuando lo usamos debidamente, es decir si lo dedicamos con suma eficacia y ardor a la enmienda del alma.

Para Séneca, la diferencia entre quien ha alcanzado la sabiduría y quien va aprovechando algo y avanza con su propio ritmo es la que existe entre la persona sana y la que, por causa de padecimiento físico y corporal, se halla bajo atención médica y mejora lentamente. Sin embargo, el autor de los Diálogos pone fin a la analogía cuando afirma que el «proficiente», o aspirante a la sabiduría, como paciente que es, corre siempre el riesgo de empeorar de la dolencia, mientras que el sabio no puede recaer y ni siquiera caer en modo alguno, pues el alma que sana lo hace de una vez, de manera total y para siempre.

Séneca intenta poner de manifiesto que cualquier vicio que se tenga es causa de enfermedad del alma entera, mientras que cuando se ha vencido tal enfermedad, nunca más sobreviene. De ahí que quienes han realizado los mayores progresos en la sabiduría y están cerca de la perfección todavía sientan las pasiones, ocasionales y leves, si bien se hallan exentos de las enfermedades que son los vicios inveterados.

La principal clave del retiro activo o fecundo del sabio es que, lejos de ser muestra de indolencia, tal retiro resulta siempre fructífero, no sólo para quien lo vive sino también para todos los demás, y tanto en el presente como para la posteridad. El sabio sabe domeñar al cuerpo, dándole sólo lo necesario para que no domine al espíritu; sabe, además, que sólo el sometimiento a la filosofía le hace libre, y que lo que se adecua a su deseo le debilita. Asimismo, vive desconfiando de la buena fortuna. Pero a todo ello hay que añadir que el retiro del sabio exige que evite todas aquellas aficiones que complacen al vulgo. En efecto, se ha de perseverar en el esfuerzo de hacerse cada día mejor, de mejorar el alma. Ahora bien, el progreso espiritual está reñido con la búsqueda de la admiración.

Si alguien se persuade de ser un hombre bueno es que está muy lejos de serlo. De ahí que, en el camino del mejoramiento, la ostentación debe ser evitada; ningún alarde ha de atraer hacia sí el odio o la codicia de los demás. De donde se sigue que no hay que hacer alarde alguno de la vida retirada, y es una nefasta forma de exhibición ocultarse en exceso y alejarse demasiado del trato humano. El único camino tendrá que ser el de la discreción, el de la distinción interior sin distinción exterior. Al respecto, Séneca recomienda seguir una vida mejor que la del vulgo, pero no la contraria, a fin de no ahuyentar a nadie y de no incentivar una mera imitación de lo exteriorizado. Conforme a esta doctrina, cuando uno esté retirado debe buscar hablar consigo mismo para detectar y analizar las propias debilidades, y en la propia intimidad juzgarse mal, pues así se acostumbra uno no sólo a decir la verdad sino también a escucharla. En el fondo, se trata de evitar conocerse a sí mismo a través de lo que la gente diga de uno, para entablar una continua reflexión a solas, un soliloquio permanente, íntimo y crítico.

El sabio no ha de desear verse admirado. Este deseo supondría una imperfección, ya que sería un signo de carencia de perfección. Séneca, pues, aconseja no sólo ocultarse en el retiro sino también ocultar el propio retiro. Por lo que respecta al retiro, ocio fecundo o estado contemplativo del sabio, hay que decir que cuando éste se dedica a someter a examen los asuntos divinos y humanos es cuando está más ocupado. Queda claro que, en lo que se refiere a hacer que el retiro propio pase inadvertido ante los demás, Séneca subraya que vanagloriarse del retiro es inútil ostentación, por lo que tal opción de vida o decisión personal deberá hacerse pasar ante los demás como necesaria en atención a la salud, como fruto de la debilidad o incluso de la desidia, pero nunca darle el lucido título de estudio de la sabiduría o aspiración a la tranquilidad. A fin de progresar en la virtud, la multitud debe ser evitada, pues el contacto con ella resulta hostil para el filósofo. La asistencia a un espectáculo multitudinario es aún peor, pues la multitud estimula el vicio, con gran acompañamiento, en el alma que quiere mejorar. No se trata aquí ni de imitar ni de odiar al vulgo, sino de recogerse en el interior cuando y cuanto a uno le sea posible. Tratar con los que le han de hacer mejor será suficiente; acoger a quienes uno pueda mejorar, adecuado. Y como con todos no se puede tratar provechosamente, bastaría con uno solo.

Si bien coincide con Epicuro por lo que se refiere al retiro y a la independencia del sabio, Séneca se distancia de aquél cuando admite la licitud del sabio para dedicarse a los asuntos públicos. Y, contra los cínicos, Séneca sostiene que la vía de la sabiduría exige ser sociable y afable en el trato, y que la tortura del propio cuerpo va contra una vida conforme a la naturaleza, así como desdeñar el aseo, buscar el desaliño o servirse de alimentos impropios. Pues si bien el apetito de cosas refinadas supone voluptuosidad, es desatinado rehuir las que son corrientes y asequibles. Moderando la vida y siguiendo las buenas costumbres se facilita que todos aprueben la vida del sabio y, en su caso, del proficiente. El filósofo, pues, ha de ser distinto sólo por dentro.

Cada hombre está llamado a la plenitud, que no es otra cosa que cumplir con el fin que le es propio como hombre. Vivir conforme a su naturaleza es lo que la razón exige de él. Por ello la razón ha de ser impulsada hacia su perfección, haciéndola crecer todo lo posible. Quien necesita ir a la búsqueda del placer no puede experimentar gozo. El intemperante, el débil o el injusto no pueden gozar por más que saboreen todos los placeres. Uno sólo puede considerarse feliz cuando todo gozo nazca para uno desde su mismo interior, desde el sentimiento íntimo de la posesión de las virtudes, y se sabe que ello llega cuando, tras contemplar las cosas que los hombres codician y guardan, no se encuentre nada en ellas que se desee conseguir.

Obras de esta edición

Consolación a Marcia

Esta obra fue destinada a Marcia, matrona, para que abandonara el largo luto por la muerte prematura de su prometedor hijo Metilio acaecida tres años atrás. Marcia, madre de dos mujeres y dos varones ya fallecidos, era hija del historiador Aulo Cremucio Cordo. La muerte de éste, instigada por Sejano, fue decretada por el emperador Tiberio a causa de la incomodidad política que sus ideas republicanas le generaban. El padre de Marcia, que optó por morir de hambre, sería rehabilitado posteriormente por Calígula.

Numerosas investigaciones consideran a Marcia destinataria fingida de la consolación. En opinión de algunos investigadores, los motivos reales habrían sido, tras el cambio de tiempos y de emperador, alcanzar mayor notoriedad, granjearse la amistad de Calígula y distanciarse de las actitudes y acciones políticas del entorno próximo al ya fallecido emperador Tiberio, a quien responsabiliza de haber llevado a la muerte al historiador Cordo.

En la Consolación a Marcia , ésta es esbozada como una mujer cuya fortaleza de espíritu le ha permitido superar las duras pruebas a las que la vida la ha sometido. De ahí que Séneca quiera detener su llanto, que considera anclado a una rutina que parece incesante, y poner fin a su dolor por Metilio, al que Marcia ha permitido ocupar el lugar que correspondía al noble recuerdo de su segundo hijo muerto, que a su vez tuvo dos hijas. Séneca enseña en esta consolación que se debe vivir con el recuerdo del ser querido, sin convertirlo en algo penoso ni tampoco convertirse uno mismo en alguien atormentado y consumido. Se ha de valorar al hijo perdido, que vivió intacto y puro, por sus cualidades y no por el tiempo que vivió. Ello es, en definitiva, lo que Séneca recomienda hacer a Marcia, que llora en exceso y de forma inconveniente a su hijo Metilio. No ha de alargarse, pues, la tristeza melancólica, que el ser humano suele dilatar de manera antinatural sólo por convenciones sociales. Debe uno moderarse en el dolor, dominarlo, pues de nada sirve ya, porque el dolor nada nos devuelve. No hay que agravar la propia desgracia ahuyentando la serenidad.

Consolación a su madre Helvia

Séneca dedicó esta obra a su madre con el propósito de atenuar el sufrimiento que su destierro a Córcega —acusado de adulterio con Julia Livila y, como consecuencia de ello, pobre, deshonrado y menospreciado— había provocado en ella. Ésta debía poner fin a su desconsuelo si quería evitar la indignidad que supondría que la muerte fuese la única que tuviese el poder de poner fin a su pena.

Mucho se ha escrito acerca de las auténticas razones que llevaron al filósofo a escribir esta consolación. Entre ellas destacan las de hacer más tolerable su destierro, seguir haciéndose presente para no caer en el olvido o conseguir su rehabilitación para poder regresar a Roma.

Con la finalidad de acabar con su dolor, el filósofo revive y enumera los asuntos más dolientes que su madre debió encajar. El recuerdo de todas estas desgracias debía conseguir que una vencedora de tantas desdichas como Helvia, que derrama lágrimas sin moderación pero no debe hacerlo sin límite, se avergonzara de la posibilidad de ceder al quebranto sin fin de su espíritu ante la última de ellas, esto es, el destierro de su hijo, el propio Séneca, que éste considera la prueba más dura.

Para tranquilizarla y proceder a la cura del sufrimiento materno, Séneca comunica a su madre no padecer nada por lo que pueda llamarse desdichado, pues la naturaleza ha dispuesto que la vida buena y dichosa no requiera grandes preparativos ni medios excepcionales.

Séneca analiza qué amarguras ocasiona en sí mismo el cambio de lugar al que llamamos destierro. Concluye que en cualquier lugar físico se está a idéntica distancia de lo mejor y de lo más excelso, que se muestra resplandeciente en todas partes. Por tanto, todo lo mejor que tiene el ser humano es una propiedad suya que no puede serle arrancada desde el exterior o arrebatada por los semejantes. De ahí que el cambio de lugar no suponga —ni deba hacerlo— un cambio en el espíritu.

Consolación a Polibio

Esta consolación pretende confortar a Polibio por la muerte de su hermano, de quien no se cita el nombre. Destacado liberto de Claudio, Polibio era asesor de su corte y encargado de los suplicatorios y memoriales dirigidos al emperador.

Como ha sido apuntado por algunos estudiosos, resulta creíble que Séneca albergara otro propósito con esta consolación. Así, desde su destierro en Córcega solicita, como mínimo, el perdón que le permitiría su regreso a la añorada Roma. De ahí que al dirigir su escrito a Claudio, de quien alaba su clemencia, se deshaga en alabanzas afectadas hacia el César tales como la de llamarle «consuelo común de todos los hombres» o «la más grande y brillante divinidad».

Séneca comienza la Consolación a Polibio destacando la naturaleza perecedera de toda cosa contingente, destinada a descomponerse y sucumbir, conforme a la inexorable ley de la naturaleza. La muerte de un ser querido no es más que una anticipación de lo que necesariamente está también por llegar a quien, vivo aún, llora su pérdida. Por eso, quien fallece no nos abandona sino que nos precede.

El filósofo, además, le recuerda a Polibio que siendo su dolor inútil, más lo es prolongarlo. Séneca demanda de Polibio sensatez, no insensibilidad; solicita de él la actitud de una mente sensible, no la de una mente perturbada. Es previsible que todo ser humano pase por numerosas penalidades a lo largo de su vida, por lo que Séneca recomienda moderarse en las lágrimas. La segura frecuencia de lo doliente en nuestras vidas nos exige contener en cada caso la reacción emotiva desorbitada; esto es, una aflicción desmedida, un llanto sin fin.

Polibio no sólo debería ser ejemplo para sus otros hermanos vivos, sometidos a la misma adversidad, lo que le exige dar testimonio de la entereza que alivia y de la fortaleza que consuela; debería serlo también para su propia esposa e hijo. Por otra parte, Séneca también le recuerda que debe estar a la altura de su capacidad, de su formación y de su rango público. En especial su elevado servicio al César (Claudio), gracia extremadamente exigente tanto en lo público como en lo personal y privado, ha de impedir a Polibio abandonarse al dolor.

Sobre la providencia

El destinatario de Sobre la providencia es Lucilio, el mismo al que Séneca dirige las Cuestiones naturales y las Epístolas morales.

De lo que se trata en Sobre la providencia es de saber el motivo por el que, a pesar de estar presidido el mundo por la divina providencia, los hombres de bien se ven afectados por contrariedades y desgracias. Es innegable que al hombre bueno no siempre le es favorable la suerte, y que muchas veces se ve retardado o impedido en el logro de un deseo o de algo que juzgaba conveniente, y todo ello podría motivar su aflicción. Ahora bien, al tratarse de contrariedades o desgracias, lo cierto es que no son males; al contrario, son reveses provechosos, pues gracias a ellos el hombre bueno —y por tanto fuerte y feliz— es puesto a prueba en numerosas ocasiones con la finalidad de robustecerle y prepararle para sí.

Los males son, efectivamente, males para quien los sobrelleva mal. De ahí que las contrariedades —y, en general, las circunstancias adversas—, lejos de causar trastorno alguno al hombre virtuoso, son sometidas por éste, que consigue así asumirlas e integrarlas en su vida. Una gran desgracia es una coyuntura para probarse y dar prueba; un suceso infeliz y lamentable es una oportunidad para el arrojo. Lo propio de un hombre bueno es ofrecerse al destino.

La virtud es de tal naturaleza que ha de superar duras pruebas que la fuercen a demostrar su poder y su grandeza. La reciedumbre no se conquista con molicie, ni con pereza, ni con la tranquila infelicidad que provoca el no verse en peligro ni tener adversarios de altura; tampoco con cobardía, gimoteos y llanto. De ahí que la virtud languidece cuando no halla oponentes trabajosos cuya dureza y dificultad provocan en ella una digna resistencia. En el fondo, lo que importa no es lo que el hombre bueno soporta sino de qué manera lo hace, es decir, de qué modo afronta el espíritu las contrariedades y los perjuicios.

Sobre la firmeza del sabio

Séneca dirigió Sobre la firmeza del sabio a Anneo Sereno, el mismo a quien destinó otras dos de sus obras, concretamente Sobre la tranquilidad del espíritu y Sobre el ocio , si bien debe señalarse que cabe dudar de que Sereno fuera el destinatario de esta última.

Séneca defiende en este escrito que el sabio, por serlo, está a salvo de todo daño moral exterior. Inexpugnable, resguardado de lo fortuito, no le lastiman los golpes que le llegan, por muchos e intensos que sean. Por otra parte, quien aspira a la sabiduría debe esperar y sobrellevar los embates del destino, resistiendo para avanzar y avanzando para fortalecerse; en definitiva, debe soportarlos como oportunidades que son para el ascenso que transfigura su propia interioridad.

El sabio es alguien que se apoya en la razón y que avanza con espíritu divino entre los infortunios. No es alguien que calcule lo que puede hacer, ni tampoco alguien que ponga límites a lo intolerable que pueda padecer. Para el sabio estoico no hay ultrajes tolerables y otros intolerables. Sobre su persona, sencillamente, no puede haber ultrajes. Mientras que los sabios no estoicos actúan con melifluidad y según lo que les dejan hacer, el sabio estoico hace con valentía lo que debe, lo mejor y lo más rápido, resulte agradable o no. De ahí que, despejado y paciente, nunca tenga necesidad, entre otras cosas, de dramatizar con respecto a los enojosos intentos de oprobio de sus bajos, incapaces y banales oponentes y detractores.

El sabio lleva todo lo suyo —que es lo más valioso— consigo; esto es, en su misma interioridad. Por ello, ni puede crecer más ni puede menguar. El que está en posesión de la virtud, el espíritu recto e incó lume cimentado en el bien, resulta inasequible tanto a las ofensas como a los ultrajes, pues lo circunstancial y cambiante no afecta a lo esencial y estable.

Sobre la ira

Séneca dirigió el tratado Sobre la ira a su hermano mayor Lucio Anneo Novato. Éste, que por adopción cambiaría el nombre por el de Junio Galión, sería también el destinatario del diálogo Sobre la vida feliz .

En este tratado, Séneca plantea el problema de cómo dominar la ira, que él considera el sentimiento más abominable y vehemente de todos. En efecto, la ira excluye cualquier resquicio de serenidad interior, arrojando al ser humano a despreocuparse de sí mismo para entregarse por entero al deseo de venganza. Apartada de todo decoro, racionalidad y sensatez, la pasión humana de la ira, causa de tanto daño, se presenta como un sentimiento tan patente en quien la experimenta como degradante para quien, de forma grotesca y desagradable, la exhibe en su rostro, a través de sus síntomas o manifestaciones externas. A lo que debe añadirse que, en caso de oponérsele la verdad, sacrifica ésta en aras de su propia excitación.

La ira es un vicio voluntario del espíritu y, por tanto, una pasión eludible y refrenable. Su acometida puede ser apaciguada y vencida por el conocimiento de su perniciosa naturaleza, así como por medio de la calma y de la dilación en la reacción. A diferencia de la fortaleza o de la justicia, la ira no es un bien; y no lo es porque, a diferencia de lo que ocurre con las virtudes citadas, con su acrecentamiento no se hace un bien sino todo lo contrario, se hace un mal y convierte en detestable a quien se deja dominar por ella. Así, por ejemplo, nadie en su sano juicio pediría aumentar la ira de quien ama, o de quien tiene muy cerca y podría recibir sus efectos.

Por tanto, además de no ser razonable ni honesta, la ira, tan precipitada y caprichosa como pueril, cruel, obstinada e impresionable, no se ajusta a la naturaleza del hombre ni resulta necesaria ni útil a la razón en ningún sentido y bajo ninguna circunstancia.

Sobre la vida feliz

El motivo del diálogo es definir la felicidad y aclarar los medios que conducen a ella, el fin anhelado por los hombres. La vida feliz es una vida conforme a la naturaleza; es estable siempre y, además, perenne; se halla en la cercanía de uno mismo y se resiste a mostrar su parte más hermosa. Descubrirla exige sabiduría, una virtud que se desva nece si uno se aparta de la naturaleza. La vida feliz es la que se fundamenta y afianza en un inconmovible juicio recto y certero de la razón, siempre a la luz de la verdad. Proporciona, pues, libertad plena, indiferencia ante la suerte, tranquilidad inquebrantable, paz, armonía interior, magnanimidad y mansedumbre.

La virtud y el placer no pueden identificarse ni tampoco reunirse en una misma cosa. El goce bueno que resulta de la virtud nace de ésta como de su hontanar, se deriva de ella, sin contribuir en nada a la virtud misma. Aspirar a la virtud es algo valioso. No haber culminado la vía de la sabiduría no es negativo, ni un fracaso; significa que se está en proceso de mejoramiento moral, que se hacen esfuerzos por ser virtuoso, lo cual supone que se ha mejorado con respecto a un estado y momento anteriores.

Para quien está en el camino de la virtud, ni las riquezas materiales son motivo de envanecimiento ni la pobreza causa del desprecio de sí mismo. Quienes odian la virtud o no la practican son los únicos que, en estado de convulsa agitación, se atreven, en primer lugar, a negar que la conciencia que el hombre tiene de sus propias limitaciones es lo que hace de él un ser llamado a mirar a lo alto para mejorar; y, en segundo, a mostrar antipatía y aversión hacia quien, con sosiego y orden, se esfuerza en la práctica de la virtud.

Sobre el ocio

Se admite, no sin reservas, que el destinatario de Sobre el ocio es Anneo Sereno, a quien Séneca ya había dedicado Sobre la tranquilidad del espíritu y Sobre la firmeza del sabio.

En este diálogo, el autor sostiene la conveniencia de llevar una vida retirada, de ocio activo, pues sólo ella puede asegurar a los mejores hombres mantener firme y constante su rumbo vital sin tener que verse interrumpidos e inquietados por las innumerables y cambiantes distracciones con que la vida social intenta seducirles.

El ocio, como entrega a la contemplación de la verdad, no es una práctica que necesite testigos, y es innegable que la vida contemplativa es tan provechosa como lícita. Tanto la vida activa como la vida contemplativa están en conformidad con la naturaleza. Lo que no es conforme a ella es la separación de acción y contemplación. La actividad por la actividad misma, al margen de la virtud, es algo imperfecto y censurable; de igual forma lo es una virtud abocada a un ocio sin actividad, una virtud rebajada que nunca muestra lo que ha aprendido, que jamás lleva a la realidad sus avances.

Lo importante y exigido de cada hombre es que sirva para el provecho de los demás hombres, sean todos, muchos o algunos. Como mínimo, cada hombre ha de servirse a sí mismo. La decisión que instala al sabio en el ocio no lo sitúa en la indolencia, por lo que no queda eximido de hacer lo que debe, que consiste en legar cosas útiles para la posteridad del género humano.

Sobre la tranquilidad del espíritu

El destinatario de Sobre la tranquilidad del espíritu es Anneo Sereno. En sus páginas Séneca sostiene que es laudable la búsqueda de la tranquilidad, la pretensión de sosiego al margen de nerviosismos o ambición por no dejarse agitar por los comportamientos o las opiniones de los demás, sean favorables o no. La tranquilidad, o disposición inmutable del espíritu, es cosa excelente, admirable y sublime, a cuya búsqueda siempre debe propenderse y cuyo restablecimiento siempre debe ambicionarse.

El vicio que se opone a la tranquilidad, si bien se manifiesta bajo diversos rostros, tiene siempre como consecuencia provocar el descontento consigo mismo. La inestabilidad de quienes vacilan largamente, ya sea por falta de moderación, de sobriedad o de continencia, induce a disgustarse con uno mismo. Quien no puede dominar unos deseos que, al mismo tiempo, no puede satisfacer, vive una existencia frustrada, llena de envidia y de enojo, colmada de tedio y profundamente desdichada.

Diversos son los medios existentes para alcanzar la tranquilidad, aunque, como norma general, no debe prestarse demasiada atención a la fortuna, ni maravillarse uno ante las riquezas; tampoco hay que aferrarse por entero a aquello de lo que uno pueda ser desposeído, y mucho menos estar desprevenido ante los zarpazos del azar. También es conveniente la práctica de la resignación, de la conformidad valiente ante las adversidades, por la cual uno sabe adaptarse a la propia condición y circunstancias.

Sobre la brevedad de la vida

Séneca destinó el diálogo Sobre la brevedad de la vida a Paulino, si bien no se han despejado las dudas acerca de si se trata de su suegro Paulino Pompeyo, padre de Paulina Pompeya, la esposa de Séneca, o del hijo de aquél y, por tanto, hermano de Paulina y cuñado del filósofo.

Este diálogo comienza constatando que a la mayor parte de los hombres, sean ilustres o pertenezcan al vulgo, les parece que el tiempo de la vida es un tiempo muy breve, por lo que resulta escaso. Sin embargo, lo verdadero es justamente lo contrario. El tiempo de la vida es suficientemente largo para la realización de los cometidos más altos.

El hombre eminente en términos morales sabe vivir, porque no extravía su tiempo ni permite que se lo hurten. Su tiempo, libre de todo estorbo, hace que su vida sea suficiente: ni corta ni larga. Atento siempre, recuerda su pasado sin atribularse, sabe vivir sin dejarse zarandear y se conduce sin fatiga alguna. Previsor, aunque dejando que la suerte disponga lo que quiera, no desperdicia el hoy, no desea con ansia el mañana y no teme al incierto porvenir.

Apocolocintosis

Este texto, de corta extensión y carácter satírico, fue redactado en el año 54, tras la muerte por envenenamiento del emperador Claudio, acaecida el 13 de octubre de ese mismo año.

Llevado por el odio hacia Claudio y con claro afán de desahogo, Séneca escribe esta «apoteosis de un tonto», un libelo que tiene por objeto criticar al finado hasta cebarse con él. De ahí que en el escrito se hallen tanto la sutileza de una burla cargada de refinamiento como la crueldad de una acusación feroz y de una censura extremadamente mordaz.

Tras un prólogo engañoso, en el que Séneca promete escribir una obra rigurosa y seria de historia, pasa directamente a describir los episodios más grotescos que rodearon la muerte del emperador Claudio. Tras la muerte en la tierra, Claudio asciende al cielo a fin de conseguir la glorificación, pero su candidatura es rechazada.

La negativa divina ante tal pretensión acaba con la expulsión celestial de Claudio y con su traslado al infierno, lugar en el que sí es aceptado tras su juicio y condena. En su tránsito desde el cielo al averno, Claudio vislumbra su propio funeral en la tierra y sólo entonces comprende, tonto como es, que ya está muerto. Incluso cuando se encuentra en el lugar del castigo eterno, Claudio es despreciado, degradado y ridiculizado. Sin merecer siquiera un castigo digno, acaba siendo esclavo y hazmerreír que pasa de mano en mano para no dejar nunca más de ser servidor de un liberto por toda la eternidad.

Epístolas morales a Lucilio

Constituyen una colección unitaria compuesta por veintidós libros que reúnen ciento veinticinco epístolas. Escritas por Séneca entre el verano del año 62 y finales del mes de noviembre del año 64, y dirigidas al parecer al procurador romano Lucilio, revelan la intención del filósofo de divulgar ampliamente no sólo su pensamiento, sino también sus inquietudes.

Ordenadas cronológicamente, conforme fueron escritas, las Epístolas dan la impresión de mantener una conversación con el confidente ausente. Sin embargo, están construidas como un monólogo en el que no falta el papel de Lucilio en la figura del objetor simulado.

De estilo sentencioso y vivaz, en ellas se enseña cómo ha de vivirse, y se vierten, fundamentalmente, las doctrinas morales, ontológicas, lógico-dialécticas y teológicas propias del estoicismo, junto a sugerencias generales, vivencias personales de Séneca y otras contingencias de carácter cultural y cotidiano.

La selección de epístolas que se presenta pretende recoger lo esencial del pensamiento de Séneca contenido en esta obra. Los temas nucleares de tal selección giran en torno a la necesidad de emplear bien el tiempo de nuestra vida buscando la rectitud (Epíst. , 1, 4, 101); de vivir teniendo a la vista la inminencia de la muerte (Epíst. , 61), y de soportar los infortunios sin temer a la muerte ni a ningún otro mal; pues el solo temor es ya un obstáculo grave y perturbador que imposibilita el camino hacia la felicidad (Epíst. , 4, 13, 24, 26, 36, 74, 78, 107).

Así, dado que la cantidad de tiempo vivido no guarda proporción con el valor de la vida, la duración de ésta es suficiente si se aprovecha para hacerla plena (Epíst. , 49, 93), si bien hay causas que pueden justificar el hecho de arrebatarse la vida (Epíst. , 70). Como lo importante es la rectitud del alma y la virtud es el bien supremo, tanto los bienes exteriores como los deseos deben ser menospreciados (Epíst. , 5, 17, 31, 60, 71, 80, 85, 95). Ser plenamente dueño de uno mismo produce serenidad, posesión de sí en la que consiste la libertad (Epíst. , 32, 42).

Sabio es quien se ha despojado de la servidumbre de las pasiones: de ahí su felicidad plena, su estabilidad en el gozo perfecto, su apertura a la amistad desinteresada y la utilidad de sus enseñanzas (Epíst. , 8, 9, 59, 92). La vida plenamente humana exige vivir bien, para lo que se requiere disciplina y firmeza frente a lo pasajero y secundario (Epíst. , 44, 50, 96, 98), buena conciencia y disposición interior, discreción y meditación retirada (Epíst. , 28, 43, 68). De ahí la importancia y la necesidad de tomar no sólo un guía o modelo de vida ejemplar ( Epíst. , 11, 42), sino de conocer el valor de la razón —y por ende de la filosofía— para alcanzar la felicidad (Epíst. , 16, 21, 124).

SOBRE LA PRESENTE EDICIÓN

La tradición textual ha dado la denominación de Diálogos a la compilación de algunas obras en prosa de Séneca. Una denominación transmitida y perpetuada por el Códice Ambrosiano C 90 inf., de finales del siglo XI , que se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán bajo el título L. Annaei Senecae Dialogorum Libri Duodecim.

De manera estricta, las obras contenidas bajo tal denominación no son diálogos, sino soliloquios en los que, ocasionalmente, Séneca introduce un interlocutor fingido o adversario.

Bajo el título Diálogos el códice mencionado incluye las siguientes obras: Sobre la providencia; Sobre la firmeza del sabio; Sobre la ira; Consolación a Marcia; Sobre la vida feliz; Sobre el ocio; Sobre la tranquilidad del espíritu; Sobre la brevedad de la vida; Consolación a Polibio y, por último, Consolación a su madre Helvia. Sin embargo, no incluye otras obras tales como las Cuestiones naturales, Sobre la clemencia, Sobre los beneficios y las Epístolas morales a Lucilio. El hecho de recibir este título no se debe a la afinidad literaria de la colección, ni a la extensión de las obras agrupadas, ni tampoco a las características formales de tales tratados. De hecho, la ordenación de tales obras no corresponde a criterios temáticos ni tampoco cronológicos; tal selección y orden ni siquiera se basa en los destinatarios. Resulta, pues, una colección meramente convencional.

En la presente edición se ha optado por mantener lo dispuesto en el códice tanto en la agrupación de las obras como en su orden interno, excepción hecha de las tres Consolaciones , que, por razón de su particular composición, se agrupan bajo ese epígrafe.

CRONOLOGÍA


4 d.C.Fecha probable del nacimiento de Lucio Anneo Séneca.
14Séneca se halla en Roma cuando muere el emperador Augusto y Tiberio sube al trono.
19Séneca se hace estoico.
25Por motivos de salud, Séneca emprende viaje hacia Egipto.
31Regreso a Roma tras su estancia en Egipto.
33Obtención de la cuestura.
37Séneca es nombrado edil en el año que muere Tiberio y comienza el reinado de Calígula. En este momento escribe la Consolación a Marcia.
39Muerte de Séneca el Viejo, padre del filósofo.
41Séneca escribe Sobre la ira y comienza la Consolación a su madre Helvia. Es el año del asesinato del emperador Calígula, y del acceso al poder de Claudio. Séneca es desterrado a la isla de Córcega.
42Comienza a escribir la Consolación a Polibio.
48Inicia Sobre la brevedad de la vida.
49Agripina, recién casada con Claudio, obtiene el indulto de Séneca. Final del exilio de Séneca en Córcega. Es nombrado pretor y preceptor de Nerón, de apenas doce años.
52Galión, hermano mayor de Séneca, llega a ser senador y procónsul de Acaya.
53Escribe Sobre la tranquilidad del espíritu.
54Séneca escribe la Apocolocintosis. Es el año de la muerte de Claudio y de Británico, hermanastro de Nerón. Comienzo del reinado de Nerón, que tiene diecisiete años.
55Escribe Sobre la firmeza del sabio y Sobre la clemencia.
58Momento álgido de su capacidad de influencia, tanto pública como privada, sobre Nerón. Escribe Sobre la vida feliz.
59Comienza a escribir Sobre los beneficios. Tras el asesinato de Agripina, Séneca hace la primera tentativa de retiro.
61Se retira del Senado (a los sesenta años). Solicita su definitivo y completo retiro político.
62Séneca termina de escribir Sobre los beneficios. Comienza a escribir las Epístolas morales a Lucilio . Escribe Sobre el ocio. Comienza a escribir las Cuestiones naturales.
63Concluye Naturalium quaestionum libri septem ad Lucilium. Escribe Sobre la providencia.
64Termina sus Epístolas morales a Lucilio. Suicidio de Silano. Incendio de Roma.
65Conjura de Pisón. Muerte de Séneca, a los sesenta y cuatro años. Este mismo año mueren sus hermanos Galión y Mela, y el hijo de éste, Lucano.

GLOSARIO

ALMA (anima)

Partícula divina, parte del soplo vital o espíritu sobrehumano inmersa en el hombre. Al igual que todo lo real, el alma es corpórea, pero está compuesta de una materia sutilísima y se distingue del cuerpo. Tras la muerte, el alma se separa del cuerpo y retorna al cielo, de donde procede.

DIOS (deus)

Principio activo del mundo, razón o providencia que todo lo penetra y en todo está presente. Es la mente del universo, alma universal inmanente de la cual todas las cosas han surgido.

FELICIDAD (felicitas)

Consiste en la práctica de la virtud, y ésta radica en la sabiduría. Si bien la práctica de la virtud produce deleite, éste ha de ser tomado siempre como consecuencia y nunca como fin en sí mismo. De igual forma, hay que recordar que el placer y el gozo se contraponen, pues el primero es sensación agradable, fruto directo de las pasiones, mientras que el segundo es delectación espiritual, que se asocia a la vida virtuosa.

FILOSOFÍA (philosophia)

Ciencia de las cosas divinas y humanas, los estoicos la dividen en tres partes: Física, Lógica y Ética, de las que la última es la principal. De forma específica, en Séneca la filosofía no es mero conocimiento de realidades, sino que es la actividad teorética que enseña a vivir bien, esto es, a vivir conforme a la naturaleza. La filosofía, que es un bien universal que debe extenderse a todos, ha de servir para la vida, con vistas a lograr su perfeccionamiento.

NATURALEZA (natura)

Es el orden bueno y perfecto y rigurosamente regido que el Logos o la Razón divina han establecido en el mundo. La naturaleza es la ordenación necesaria e inexorable de todas las cosas hacia lo mejor, hacia un fin de perfección. Tal Razón divina, Dios, Providencia divina, Destino o Razón universal es subsistente y eterna. La naturaleza, que exige al hombre realizarse como tal en conformidad con ella, es principio que pone orden en todas las cosas y en todas está presente. Entendida de este modo, nada hay en la naturaleza que sea malo o desordenado.

PASIONES (passionis)

Enfermedades del alma, las pasiones constituyen un desorden de la razón y, por tanto, son desviaciones de la rectitud. Caracterizadas por ser movimientos contrarios a la naturaleza, son siempre perturbaciones procedentes de erróneas representaciones y causantes de opiniones equivocadas, de actos desacertados y de juicios falsos. De ahí que sea preciso extirparlas en su totalidad y de raíz, y no sólo dominarlas hasta someterlas a la razón.

Las pasiones, que siempre llevan aparejado sufrimiento, se manifiestan en forma de placer que se refiere a un bien actual, de dolor o abatimiento referidos a un mal presente, de deseo desordenado de un bien futuro y de temor ante un mal previsible.

PROFICIENTE (proficiens)

Aspirante a alcanzar la sabiduría. El proficiente, por su afán de mejora, se halla en un estado interior intermedio, aunque no equidistante, entre el ignorante y el sabio. En general, proficiente es la persona que sigue aprovechando algo. Frente a la división estricta entre hombres sabios y hombres necios del estoicismo antiguo, Séneca introduce la categoría intermedia del proficiente, que corresponde al aspirante a la sabiduría, a quien ha dejado de ser necio por su aspiración electiva al estado perfecto y se deja guiar en su itinerario por un sabio en el papel de preceptor.

El proficiente, a diferencia del sabio que, por serlo, ya ha sido confirmado en la imperturbabilidad, debe soportar todavía las arremetidas de la fortuna como sus oportunidades para mejorar, sin que sus vacilaciones puedan traducirse fácilmente en ningún tipo de deserción.

RAZÓN (ratio)

Parte divina en el hombre, común a éstos y a los dioses, que es garantía de seguridad y de estabilidad. El hombre, mediante la razón, ha de adecuarse a la naturaleza a fin de alcanzarse y respetarse.

SABIDURÍA (sapientia)

Participación del logos divino que posee el alma perfecta. Por ser participada, ningún hombre puede llegar a poseer la sabiduría de un modo pleno.

SABIO (sapidus)

Es quien tiene la razón recta, fruto de un alma perfecta. Dicho de otra forma, el sabio es quien ha logrado vivir definitivamente en conformidad perfecta con la Naturaleza o la Razón y, por tanto, también consigo mismo. Quien ha alcanzado la perfección humana nunca se deja dominar por la ira, ni por el odio ni tampoco por la envidia. Impasible ante la enfermedad, ante el dolor, ante las riquezas materiales, ante las injurias, ante las alabanzas y ante la muerte, se basta a sí mismo con serenidad imperturbable. Aun pudiendo experimentar las pasiones y el dolor, pues es sensible y no puede vivir sin el cuerpo, no vive para el cuerpo; de donde se sigue que sabe sobreponerse a las pasiones y al dolor mediante el sometimiento de éstos a la razón y su posterior erradicación. El sabio, que a nada se apega y por nada se altera, nunca se deja impresionar, pues traspasa las apariencias hasta llegar al fondo de las cosas.

SERENIDAD (serenitas)

Cualidad del sabio que le exime de padecimiento insoportable para él; es condición indispensable para lograr la felicidad y la libertad. La impasibilidad no debe ser entendida como incapacidad de sentir o de padecer; tampoco como dejadez, indolencia o falta de vigor, sino como desdeño activo, imperturbabilidad vivaz, tranquilidad estable o autodominio gozoso que se deriva de la supresión de las pasiones. De ahí que la serenidad sea virtud de espíritus fuertes en actitud triunfante.

STOA POIKILÉ

Pórtico de Peisianactos, primera sede de la escuela estoica en Atenas, cerca del ágora, en la que Zenón impartía sus enseñanzas. Tal expresión significa pórtico pintado. De ahí procede el nombre de la escuela, «Stoa», «Estoa» o «Escuela del Pórtico», siendo Polignoto la persona que ejercitó el arte de la pintura sobre tal pórtico. El estoicismo es una escuela filosófica helenística fundada en Atenas por Zenón de Citio hacia el año 300 a.C. Se trata de una síntesis filosófica original, griega y romana, que utiliza o se inspira en doctrinas heracliteanas, cínicas, platónicas y aristotélicas entre otras. Por su diversidad y amplitud en el tiempo, el estoicismo puede ser considerado también como un conjunto de doctrinas filosóficas de la antigüedad grecorromana que tienen en común una concepción del mundo y ponen especial énfasis en los temas éticos. El estoicismo propone acatar el orden universal y vivir en conformidad con la naturaleza mediante la vigorosa y serena indiferencia con respecto a lo externo, a los vaivenes de la fortuna y a todo lo que no depende de uno mismo. La meta de la posesión de sí mismo es el pleno autodominio y la felicidad virtuosa. El estoicismo antiguo o primer estoicismo tuvo como representantes más destacados a Cleantes, segundo escolarca, y a Crisipo, tercer escolarca tras el maestro Zenón. Tras este período, toma el relevo el estoicismo medio. Esta etapa ecléctica del estoicismo se desarrolló entre los siglos II y I a.C., con influencias del platonismo, del aristotelismo, del epicureismo, del escepticismo y del pitagorismo. Con clara tendencia al panteísmo, al sincretismo en lo doctrinal y al universalismo en lo intelectual, se ocupó más de cuestiones morales acentuando su moderación respecto del estoicismo antiguo. Sus figuras principales son los griegos Panecio de Rodas y Posidonio, así como el romano Catón de Útica. Por último, se encuentra el estoicismo nuevo, también llamado tardío, que se desarrolló entre los siglos I y III d.C. Con influencia de los cínicos y de epicúreos, y con predominio de los temas con marcado carácter moral, espiritualista y hasta trascendente, fue expuesto más en forma de regla para la acción que como sistema doctrinal. Su principal representante es Séneca, si bien resulta relevante en esta etapa la aportación de Epicteto y de Marco Aurelio.

VIRTUD (virtus)

Único, verdadero y supremo bien, deseable por sí mismo, que consiste en vivir conforme a la naturaleza y a la razón. La virtud, que lleva aparejada la felicidad plena, es una unidad que no admite grados por ser indivisible. Así, no es posible poseer unas virtudes y no otras. La virtud es una sola y sólo puede poseerse entera, de donde se sigue que una vez adquirida ya no se puede perder. El bien, la virtud, se distingue de las pasiones y vicios, que son el mal por ser movimientos contrarios a la naturaleza y, por tanto, a la razón. También se distin gue entre el bien que es la virtud y las cosas indiferentes, pues mientras que la virtud constituye el fin de las acciones, las cosas indiferentes nunca deben ser tomadas como fines en sí mismos. Indiferentes son, así, la vida, la riqueza, el placer, la salud o la reputación tanto como la muerte, la pobreza, el dolor, la enfermedad o el desprestigio. Lo indiferente, que nunca debe constituir el fin de las acciones, puede ser, a su vez, preferible, útil o conveniente; o todo lo contrario, no preferible, inútil o inconveniente.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA

EDICIONES CRÍTICAS

Annaei Senecae opera quae supersunt [ed. de L. F. Hasse], Leipzig, Teubner, 1852-1853, vols. I-III .

Annaei Senecae ad Lucilium Epistulae Morales [ed. de L. D. Reynolds], Oxford, University Press, 1965, 2 vols.

TRADUCCIONES

Diálogos (Consolaciones a Marcia, a su Madre Helvia y a Polibio), Apocolocintosis [trad. de Juan Mariné Isidro], Madrid, Gredos, 1996.

Diálogos (Sobre la providencia. Sobre la firmeza del sabio. Sobre la ira. Sobre la vida feliz. Sobre el ocio. Sobre la tranquilidad del espíritu. Sobre la brevedad de la vida) [trad. de Juan Mariné Isidro], Madrid, Gredos, 2000.

Epístolas morales a Lucilio I (Libros I -IX , Epístolas 1-80) [trad. de Ismael Roca Meliá], Madrid, Gredos, 1986.

Epístolas morales a Lucilio II (Libros X -XX y XII [frs.], Epístolas 81-125) [trad. de Ismael Roca Meliá], Madrid, Gredos, 1989.

Medea [trad. de Valentín García Yebra], Madrid, Gredos, 1982.

Naturales quaestiones [trad. de Carmen Codoñer], Madrid, CSIC, 1979.

Sobre la clemencia [trad. de Carmen Codoñer], Madrid, Tecnos, 1988.

Tragedias I (Hércules loco. Las troyanas. Las fenicias. Medea) [trad. de Jesús Luque Moreno], Madrid, Gredos, 1979.

Tragedias II (Fedra. Edipo. Agamenón. Tiestes. Hércules en el Eta. Octavia) [trad. de Jesús Luque Moreno], Madrid, Gredos, 1979.

OBRAS SOBRE SÉNECA

ANDRÉ, J. M., La philosophie à Rome , París, Presses Universitaires de France, 1977.

ELORDUY, E., El estoicismo , Madrid, Gredos, 1972.

GARCÍA BORRÓN, J. C., Séneca y los estoicos: Una contribución al estudio del senequismo , Barcelona, CSIC, 1956.

GRIFFIN, M., Seneca: A Philosopher in Politics , Oxford, Clarendon Press, 1976.

GRIMAL, P., Sénèque ou la conscience de l’Empire , París, Les Belles Lettres, 1978.

____ , Sénèque, sa vie, son oeuvre, avec un exposé de sa philosophie , París, Presses Universitaires de France, 1948.

INWOOD, B., Reading Seneca: Stoic Philosophy at Rome , Oxford, Clarendon Press, 2005.

MALASPINA, E., ( ED .), Bibliografia senecana del xx secolo , Bolonia, Patron, 2005.

MOTTO, A. L. , J. R. CLARK, Essays on Seneca , Frankfurt-Nueva York, P. Lang, 1993.

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YELA, J. F., Séneca , Barcelona, 1947.

ZAMBRANO, M., El pensamiento vivo de Séneca , 2.a ed., Madrid, Cátedra, 1992.

CONSOLACIONES

Traducción y notas de

JUAN MARINÉ ISIDRO

NOTA DE TRADUCCIÓN

El texto sobre el que se basa la presente traducción es el establecido por L. D. Reynolds en su edición de los doce Diálogos [L . Annaei Senecae Dialogorum libri duodecim] , Oxford, 1977, y reeditada posteriormente en 1983 y 1985. Pero en algunas ocasiones, y casi todas en Consolación a Marcia , se han preferido otras lecturas, presentes en los manuscritos o fruto de las conjeturas de alguno de los estudiosos que ha tenido el texto de Séneca.

CONSOLACIÓN A MARCIA

Si no te supiera, Marcia, tan alejada de la debilidad del carácter femenino [1 ] como de sus demás defectos, 1 y que tus costumbres se tienen como un ejemplo antiguo, no me atrevería a enfrentarme a tu dolor, en el que incluso los hombres de buen grado se estancan y languidecen, ni habría esperado, en una ocasión tan desaconsejable, ante un juez tan desfavorable, frente a una acusación tan desagradable, poder conseguir que absolvieras a tu suerte. Me dieron seguridad tu fortaleza de espíritu, ya puesta a prueba, y tu valor, que demostraste en una dura experiencia.

No es ningún secreto cómo te portaste con tu padre, al que quisiste [2] no menos que a tus hijos, salvo que no deseabas que les sobreviviera. Y no sé si lo llegaste a desear, pues un gran afecto se permite algunas licencias contrarias a las buenas costumbres. Demoraste todo lo que fuiste capaz la muerte de tu padre, Aulo Cremucio Cordo. Cuando se te hizo evidente que, asediado por los secuaces de Sejano, sólo le quedaba esa forma de escapar a la esclavitud, no aprobaste su decisión sino que la acataste, derrotada, y derramaste lágrimas en público y reprimiste gemidos, sin duda, pero no los disimulaste bajo un rostro risueño; y esto en aquella época en que era signo de gran piedad no hacer nada impío.

De hecho, en cuanto el cambio de los tiempos te ha dado la menor [3] oportunidad, has puesto de nuevo a disposición de los hombres el talento de tu padre, que había sido condenado, y lo has rescatado de la muerte auténtica y has devuelto al recuerdo de las gentes los libros que aquel valerosísimo varón había escrito con su sangre. Has prestado un inmenso servicio a la ciencia romana: en su mayoría habían sido pasto de las llamas; inmenso a la posteridad, a la que la verdad de los hechos, que tan cara costó a su autor, llegará incontaminada; inmenso a él mismo, cuyo recuerdo se mantiene y se mantendrá mientras se valore el conocimiento de lo romano, mientras haya alguien que quiera volver a los hechos de sus antepasados, alguien que quiera saber qué es un varón romano, qué uno insumiso cuando ya todas las cabezas estaban rendidas y uncidas al yugo de Sejano, qué es un hombre independiente [4] por su forma de ser, por sus ideas, por sus obras. Un enorme perjuicio, por Hércules, habría sufrido ya la República si no hubieras sacado a la luz al que estaba condenado al olvido por dos excelentes cualidades, el don de palabra y la independencia: ahora se ve leído, está en su plenitud, no teme en absoluto el paso del tiempo, pues se ve acogido en manos de los hombres, en sus corazones; en cambio, de sus verdugos, incluso sus crímenes, lo único por lo que se han ganado el recuerdo, serán pronto pasados en silencio.

[5] Esta grandeza de tu espíritu me ha impedido tener en consideración tu sexo, tu rostro, del que se enseñorea una tristeza ininterrumpida por tantos años, desde que lo ensombreció por vez primera. Y advierte hasta qué punto no quiero yo cogerte a traición ni fabricar un fraude contra tus sentimientos: he traído de nuevo al recuerdo desgracias pasadas y, para que te dieras cuenta de que también va a curarse el golpe de ahora, te he mostrado la cicatriz de una herida igual de profunda.

Así pues, que otros se anden con miramientos y lisonjas: yo he determinado batirme con tu aflicción, y a tus ojos agotados y cansados que, a decir verdad, derraman lágrimas ya más por rutina que por añoranza, les pondré freno sólo con que te prestes a los remedios, si es posible, y si no, incluso mal de tu grado, por más que retengas y te [6] aferres a tu dolor, que te has hecho perdurar en lugar de tu hijo. Pues ¿cuándo va a cesar? Todo se ha intentado en vano: las reiteradas recomendaciones de tus amigos, los ejemplos de varones insignes y parientes tuyos, tu afición a los estudios, virtud que heredaste de tu padre, atraviesan tus oídos sordos con un consuelo ineficaz y que apenas sirve para una distracción fugaz. Incluso el remedio natural del tiempo, que arregla aun las peores tribulaciones, ha perdido su fuerza [7] sólo contigo. Ya han transcurrido tres años y entre tanto no ha cedido un ápice de su primer impulso: el luto se renueva y reafirma día a día, ya ha adquirido derechos con su permanencia y se ha prolongado hasta el punto de que le parece vergonzoso concluir. Al igual que todos los vicios quedan profundamente enraizados si no se reprimen en cuanto se insinúan, así estas penas y desdichas, ensañándose consigo mismas, acaban alimentándose de la propia amargura, y el dolor se convierte en malsano placer del espíritu desventurado. Así pues, yo habría deseado encargarme de tu curación en los primeros momentos; [8] con una medicina más suave se habría tenido que debilitar una virulencia que aún estaba incubándose: con más empeño hay que luchar contra los males ya arraigados. En efecto, también la curación de las heridas es sencilla mientras la sangre está aún fresca; cuando, al gangrenarse, han derivado en una úlcera maligna, entonces se cauterizan, se abren hasta el fondo y acogen los dedos de los que las escudriñan. Ahora ya no puedo tratar con cortesías ni delicadezas un dolor tan endurecido: hay que amputarlo. 2

Sé que todos los que pretenden aconsejar a alguien empiezan por [2 ] las normas y terminan con los ejemplos. Conviene a veces cambiar esta costumbre, pues con cada uno hay que obrar de manera distinta: a unos los convencen los razonamientos, a otros, que se quedan fascinados ante hechos espectaculares, hay que presentarles unos nombres ilustres y una autoridad tal que no les dejen libre el espíritu. A ti te [2] pondré delante de los ojos dos ejemplos preclaros de tu mismo sexo y época: el de una mujer que se dejó arrastrar por el dolor y el de otra que, aun alcanzada por un infortunio similar, pero por una pérdida más grave, no permitió, con todo, que sus desgracias la dominaran mucho tiempo, sino que prontamente restableció su espíritu a su estado normal. Octavia y Livia, la una hermana de Augusto, la segunda [3] su mujer, perdieron un hijo en plena juventud, cuando cada una tenía fundadas esperanzas de que llegaran a príncipes: Octavia a Marcelo, 3 en quien su tío y a la vez suegro empezaba a apoyarse, a descargar en él el peso del poder, un joven de espíritu despierto y gran talento, pero de una sobriedad y moderación no poco admirables, considerando tanto su edad como sus riquezas, trabajador, desafecto a los placeres, capaz de soportar todo lo que su tío hubiera querido imponerle y, por así decirlo, edificar sobre él: había escogido atinadamente unos cimientos [4] que no cederían bajo peso alguno. Ella durante toda su vida no dejó de llorar y lamentarse, y no admitió palabra alguna que le ofreciera algún consuelo, ni siquiera permitió que la distrajeran; pendiente de una sola cosa y completamente obsesionada, estuvo toda su vida como en un funeral: no digo que no se atreviera a rehacerse, sino [5] que rehusó ser ayudada y consideró una segunda pérdida el privarse de las lágrimas. No quiso tener ningún retrato de su hijo amadísimo ni que se lo mencionaran. Aborrecía a todas las madres y sobre todo dirigía su furor contra Livia, puesto que le parecía que había pasado al hijo de ésta la ventura que se había prometido para sí. Se habituó completamente a las tinieblas y a la soledad, sin atender siquiera a su hermano, rechazó unos poemas escritos en honor de Marcelo 4 y otras honras a sus obras, y cerró sus oídos a todo consuelo. Tras alejarse de sus tareas propias y desdeñar hasta la buena estrella, que tanto resplandencía entonces, del poder de su hermano, se enterró en vida y no se dejó ver más. En una ocasión en que estaban sentados con ella sus hijos y nietos no se quitó el vestido de luto, no sin agravio de todos los suyos, pues teniéndolos vivos aparentaba estar sola en la vida.

[3 ] Livia había perdido a su hijo Druso, 5 destinado a ser un gran príncipe y ya un gran general: había penetrado hasta el interior de la Germania y los romanos habían plantado su enseña allí donde apenas se tenían noticias de que hubiera romanos. Había muerto en campaña, mientras sus propios enemigos lo honraban durante su enfermedad con un respetuoso armisticio, sin atreverse a desear lo que más les convenía. A esta muerte, que él había afrontado en defensa del Estado, se sumaba la inmensa pena de los ciudadanos y las provincias, y de Italia entera, a través de la cual había discurrido, entre municipios y colonias volcados sobre su triste deber, el cortejo fúnebre, tal cual un triunfo, hasta la Ciudad. A su madre no le había sido posible alcanzar los últimos [2] besos de su hijo ni las palabras imborrables de su aliento postrero. Largo trecho fue acompañando los restos de su Druso, molesta con tantas piras que ardían por toda Italia, como si otras tantas veces lo perdiera; pero, en cuanto lo dejó en su tumba, a la vez lo enterró a él y a su dolor, y no se dolió más de lo que era correcto o justo considerando que César seguía con vida. En fin, no dejó de mencionar el nombre de su Druso, de evocarlo en todo lugar, privado o público, de hablar gustosamente sobre él, de oír sobre él: vivió con el recuerdo, que no puede conservar ni frecuentar nadie que se lo haya hecho penoso.

Decide pues cuál de los dos ejemplos consideras más adecuado. Si [3] quieres seguir el primero, te borrarás del número de los vivos, ignorarás a los hijos de otros, pero también a los tuyos e incluso al mismo que añoras; aparecerás ante las madres como un presagio funesto, rechazarás las diversiones decentes y admitidas como poco convenientes a tu suerte; te verás encadenada a una luz que aborrecerás y te ensañarás con tu propia vida, acusándola de no arrebatarte y concluir lo antes posible; y lo que es más vergonzoso y extraño a tu espíritu, tenido en mejor consideración: mostrarás que no quieres vivir pero no eres capaz de morir.

Si te acoges a este ejemplo más prudente, más apacible, de la otra [4] noble mujer, no vivirás en medio de sufrimientos ni te consumirás atormentándote. ¡Pues sí que es locura castigarse uno mismo por su desventura y agravarse sus desgracias! También en estas circunstancias demostrarás la rectitud y moderación de tus costumbres que has observado siempre en tu vida: pues incluso para el dolor hay un límite. Y al muchacho mismo, tan merecedor de causarte alegría siempre que se le nombre o recuerde, lo pondrás en posición más favorable si, tal como solía en vida, se presenta ante su madre risueño y con gozo.

Y no te voy a inducir a normas tan estrictas que te aconseje sobrellevar [4 ] lo humano de manera sobrehumana y quiera secar los ojos de una madre el día mismo del funeral. No, sino que me someteré contigo a un arbitraje: la cuestión que vamos a dirimir es si el dolor debe ser profundo o interminable. No me cabe duda de que el ejemplo de Julia [2] Augusta, 6 a quien trataste íntimamente, te complace más: ella te invi ta a seguir su decisión. Ella, en el primer acceso, cuando las desdichas se muestran más impetuosas y desgobernadas, se dejó consolar por Areo, 7 filósofo de su marido, y reconoció que esta acción le fue de gran provecho: más que el pueblo romano, al que no quería entristecer con su tristeza, más que Augusto, quien, con la desaparición de uno de sus dos puntales, se tambaleaba y no era cuestión de hacerlo caer con el dolor de los suyos; más que su hijo Tiberio, cuyo afecto conseguía que en aquel funeral tan amargo y deplorable para todos ella sintiera que no le faltaba nada más que el número.

[3] Así fue, pienso yo, el planteamiento de Areo, así el comienzo de sus conversaciones con esa mujer celosísima guardiana de su reputación: «Hasta este día, Julia, al menos en cuanto sepa yo, compañero asiduo de tu marido, que conozco no sólo lo que se deja traslucir en público sino también todas las más íntimas inquietudes de vuestros espíritus, te esforzaste para que no hubiera nada que alguien te pudiera reprochar; y no lo cumpliste sólo en cosas de importancia, sino en las más triviales, no fueras a hacer algo que luego quisieras que te [4] perdonara la fama, el más independiente juez de príncipes. Y nada hay que considere yo más hermoso que quienes están situados en el más alto rango concedan el perdón en muchas ocasiones y no lo pidan en ninguna. Así pues, también en esta circunstancia debes mantener tu costumbre, no vayas a empezar algo que luego quieras haber hecho de otro modo o de ninguno.

[5 ] »Te solicito y suplico, además, que no te muestres huraña e intratable con tus amigos; pues nada hay que te impida advertir que todos ellos no saben cómo comportarse, si deben o no hablar de Druso en tu presencia, no sea que el olvido de tan notable joven resulte ofensivo [2] para él, o su mención para ti. Cuando nos apartamos de ti y nos reunimos, comentamos sus actos y sus palabras con la admiración a que se hizo acreedor; en tu presencia guardamos sobre él un profundo silencio. Así te privas de tu mayor satisfacción, las alabanzas a tu hijo, que, estoy seguro, prolongarías hasta el fin de los tiempos, si tuvieras posibilidad, [3] aun a costa de tu vida. Por tanto, tolera o, mejor dicho, provoca conversaciones que traten de él y presta atento oído al nombre o al recuerdo de tu hijo; y no lo lleves a mal, según la costumbre de otros que en un infortunio similar consideran que escuchar palabras de con suelo forma parte de su desgracia. Ahora te has inclinado completamente [4] al otro lado y contemplas tu suerte por el peor, sin acordarte de otros mejores. No te vuelves a mirar la convivencia con tu hijo y vuestros gozosos encuentros, ni sus tiernas caricias de niño, ni sus progresos en los estudios: te aferras al aspecto final de los hechos; como si no fuera bastante espantoso en sí, le añades todo lo que puedes. No anheles, te lo suplico, la gloria más depravada: la de parecer la más desventurada. Al mismo tiempo piensa que no tiene mérito mostrarse valiente [5] en la prosperidad, cuando la vida transcurre con rumbo favorable: tampoco una mar calmada y un viento complaciente demuestran la habilidad del timonel, es preciso que sobrevenga alguna contrariedad para poner a prueba su ánimo. Por consiguiente, no te abatas, antes bien asienta firmemente tus pies y aguanta toda la carga que te ha caído encima, por más aterrada que estés con el estruendo primero. Con nada se le hace mayor desplante a la suerte que con un espíritu ecuánime». Tras esto le hizo ver al hijo sano y salvo, le hizo ver a los nietos del que había perdido. 8

Fue tu problema, Marcia, el que allí se trató, Areo estuvo sentado [6 ] a tu lado. Cambia un personaje: te consoló a ti. Pero supón, Marcia, que te ha sido arrebatado más de lo que una madre alguna vez haya perdido: no te halago ni rebajo el quebranto que has sufrido. Si los [2] hados se dejan derrotar por las lágrimas, derramémoslas; que se pase entre lamentos entero el día, que la noche sin sueño la tristeza la consuma; que las manos se lancen sobre el pecho desgarrado e incluso ataquen el rostro y que esta aflicción tan provechosa se ejercite con todo tipo de crueldades. Pero si ningún llanto resucita a los muertos, si el destino inmutable y fijado para siempre no se altera ante la angustia y la muerte retiene todo lo que se ha llevado, que concluya el dolor que de nada sirve. Dominémonos, por tanto, y que no nos saque [3] de quicio esa violencia. Deshonrado está el piloto de un barco a quien el oleaje arrebata el gobernalle, que descuida las velas tremolantes al viento y abandona su nave a la tormenta; en cambio, es de alabar aun en el naufragio aquel al que la mar ha sepultado mientras se aferraba al timón obstinadamente.

«De todos modos la añoranza de los seres queridos es natural.» [7 ] ¿Quién lo niega, mientras que es mesurada? En efecto, con el alejamiento, no sólo con la pérdida, de los seres más queridos se produce una dentellada ineludible, un encogimiento aun de los más firmes espíritus. Pero lo que la imaginación le ha añadido es más de lo que la [2] naturaleza ha ordenado. Mira qué violentas son las añoranzas de los animales y, sin embargo, qué efímeras: el mugido de las vacas se oye un día o dos y no duran más esos correteos sin rumbo ni razón de las yeguas: las fieras, cuando ya han rastreado las huellas de sus crías y recorrido completamente los bosques, cuando ya han vuelto varias veces a sus guaridas saqueadas, apagan su rabia en corto tiempo; los pájaros, aunque han estado haciendo un terrible estrépito alrededor de sus nidos vacíos, al momento reemprenden, ya calmados, sus vuelos. Ningún animal padece una larga añoranza de su cría, excepto el hombre, que colabora con su dolor y sufre no en la medida de sus sentimientos sino en la de sus convenciones.

[3] Y para que veas que no es natural consumirse en lamentos, en primer lugar la misma pérdida hiere más a las mujeres que a los hombres, más a los bárbaros que a los de nación pacífica y sabia, más a los incultos que a los cultos. Ahora bien, lo que ha recibido su fuerza de la naturaleza la mantiene invariable en todos los individuos: está claro [4] que no es natural lo que cambia. El fuego quemará a personas de todas las edades, a ciudadanos de todas las poblaciones, tanto hombres como mujeres; el hierro manifestará su poder para cortar en cualquier cuerpo. ¿Por qué? Porque sus fuerzas se las dio la naturaleza, que no ha determinado nada respecto a las personas. Cada cual es sensible en distinto grado a la pobreza, el luto o la ambición, en la medida en que le influye la costumbre y lo dejan débil e indefenso sus miedosos prejuicios sobre cosas nada temibles.

[8 ] En segundo lugar, lo que es natural no mengua con el paso del tiempo: un largo plazo acaba con el dolor; aun el más empecinado, el que resurge cada día y se rebulle contra los remedios, a pesar de todo lo [2] mitiga el tiempo, tan efectivo para apaciguar su violencia. Sin duda persiste aún en ti, Marcia, una inmensa tristeza y ya parece que ha encallecido: no desenfrenada como fue al principio sino terca y obstinada; sin embargo, también ésta la vida te la irá borrando poco a poco: siempre [3] que te dediques a otra cosa se distraerá tu espíritu. Ahora te vigilas a ti misma, pero hay mucha diferencia entre permitirte estar afligida y obligarte a ello. ¡Cuánto más adecuado a la corrección de tus costumbres es que pongas fin al luto, antes que estarlo esperando, y que no aguardes el día en que a pesar tuyo desaparezca el dolor! Renuncia tú a él.

[9 ] «¿De dónde nos viene entonces tanto empeño en llorar a los nuestros, si no sucede por imposición de la naturaleza?» De que no nos fi guramos ninguna desgracia antes de que nos suceda, al contrario, como si sólo nosotros estuviéramos exentos y emprendiéramos un viaje más sosegado que los demás, no permitimos que los infortunios ajenos nos adviertan que son comunes a todos. Pasan ante nuestra casa tantos entierros: [2] no pensamos en la muerte; tantos funerales de niños: nosotros tenemos en mente la toga de nuestros hijos, su servicio militar, su sucesión a la herencia paterna; 9 se ofrece a nuestros ojos el repentino empobrecimiento de tantos ricos y a nosotros no nos pasa por las mientes que también nuestras riquezas están igualmente en peligro. Así pues, es inevitable que nos derrumbemos enseguida: nos vemos golpeados como de improviso; los sucesos previstos de mucho antes nos acometen más débilmente. ¿Quieres tú darte cuenta de que estás expuesto 10 a todos [3] los golpes y de que los dardos que han traspasado a otros zumbaron a tu alrededor? Igual que si atacaras a medio armar una muralla o una posición tomada por muchos enemigos y de difícil ascenso, aguarda el golpe y piensa que las piedras que pasan volando sobre tu cabeza mezcladas con flechas y lanzas han sido arrojadas contra tu cuerpo. Cada vez que caiga uno a tu lado o a tu espalda, exclama: «No me engañarás, fortuna, ni me sorprenderás confiado o descuidado. Sé qué andas maquinando: has golpeado a otro, sí, pero me buscabas a mí».

¿Quién ha contemplado alguna vez sus bienes con ojos de mortal? [4] ¿Quién de nosotros se ha atrevido alguna vez a pensar en el exilio, la pobreza o el luto? ¿Quién, si le aconsejan pensar, no lo rechazará como un agüero siniestro y no deseará que caiga sobre la cabeza de sus enemigos o del propio consejero inoportuno? «No creí que llegara a suceder.» [5] ¿Crees tú que no va a sucederte algo que sabes que puede pasar, que ves que les ha ocurrido a muchos? ¡Excelente, ese verso que merecía no provenir del escenario!:

A cualquiera puede acontecerle lo que a uno puede. 11

Éste ha perdido a sus hijos: también tú puedes perderlos; aquél ha sido condenado: también tu inocencia está expuesta a ese golpe. Éste es el error que nos engaña y debilita, cuando sufrimos lo que nunca hemos supuesto que podríamos sufrir. Quita fuerza a sus desgracias presentes quien ha previsto que llegarían.

[10 ] Sea lo que sea, Marcia, lo que por casualidad brilla a nuestro alrededor, hijos, dignidades, riquezas, amplios atrios y vestíbulos rebosantes de la multitud de clientes que no hemos podido recibir, «un nombre» ilustre, una esposa noble o bella, y lo demás expuesto a una suerte incierta y variable, son pompas que otros nos han dejado: nada de esto se da de regalo. La escena se embellece con objetos prestados y retornables a sus dueños: unos se devolverán el primer día, otros el [2] segundo, pocos permanecerán hasta el final. Así pues, no hay por qué envanecerse, como si estuviéramos situados entre posesiones nuestras: las hemos recibido en depósito. Nuestro es el usufructo, por un tiempo que regula el autor de la donación; nos conviene tener a punto lo que nos dieron hasta una fecha imprecisa y devolverlo sin quejas cuando [3] nos citen: es de pésimo deudor organizar un escándalo a su acreedor. Luego a todos los nuestros, tanto los que por razón de su nacimiento deseamos que nos sobrevivan, como los que tienen el justísimo deseo de precedernos, debemos amarlos tal como si no se nos hubiera prometido nada sobre su perpetuidad, mejor dicho, nada sobre su longevidad. A menudo hay que recordar al espíritu que ame las cosas tal como si fueran a desaparecer, mejor dicho, como ya desapareciendo. Todo cuanto la suerte te ha dado poséelo como algo carente de garantía. [4] Apoderaos al vuelo de las satisfacciones que os proporcionen los hijos, dejad que a su vez disfruten de vosotros y apurad sin tardanza todas las alegrías: nada hay prometido sobre la noche de hoy; aun he dado un plazo demasiado largo: nada sobre la hora presente. Hay que apresurarse, nos van pisando los talones: pronto se separará esta compañía, pronto estos vínculos se desharán levantando gran revuelo. Todo es pura rapiña: vosotros, desdichados, no sabéis vivir en plena fuga.

[5] Si te dueles por la muerte de tu hijo, la culpa es del día en que nació: en efecto, la muerte le fue anunciada al nacer. Con esta condición te fue otorgado, este destino le iba detrás en cuanto salió de tu vientre. [6] Venimos a caer bajo el imperio de la suerte, por demás férreo e invencible, para soportar a su capricho cosas merecidas e inmerecidas. Abusará de nuestros cuerpos sin tasa, insolentemente y sin piedad: a unos abrasará con los fuegos que les aplique, por castigo o por remedio; a otros cargará de cadenas (se lo podrá hacer unas veces a un extranjero, otras a un ciudadano); a otros arrojará desnudos por mares desconocidos y, después de que hayan luchado contra las olas, ni siquiera los echará sobre un banco de arena o una playa, sino que los sepultará en el estómago de algún monstruo desmesurado; a otros, consumidos por diversos tipos de enfermedades, los mantendrá largo tiempo suspensos entre la vida y la muerte. Como ama veleidosa y antojadiza e indiferente con sus esclavos, se equivocará tanto en los castigos como en las recompensas.

¿Qué necesidad hay de llorar cada parte? La vida entera es digna [11 ] de llanto: te asaltarán nuevos inconvenientes antes de haber solucionado los anteriores. Por tanto, debéis moderaros sobre todo vosotras, que sufrís sin moderación, y distribuir entre los muchos dolores 〈la fuerza〉 del corazón humano.

¿A qué viene entonces este olvido de su condición, 12 que es la de todos? Has nacido mortal, has parido mortales. Tú, un cuerpo enfermizo y deleznable, presa constante de achaques, ¿esperaste con una materia tan endeble engendrar algo resistente y perdurable? Tu hijo ha muerto, esto es, ha llegado corriendo a la meta a la que se precipitan [2] aquellos que consideras más afortunados que tu prole. Allí se dirige con paso distinto toda esa muchedumbre que pleitea en el foro, 〈aplaude〉 en el teatro y reza en los templos: una única ceniza igualará tanto lo que estimas como lo que desprecias.

Esto, ya se sabe, 〈aconseja〉 aquel 〈dicho〉 atribuido al oráculo pítico: [3] «Conócete». 13 ¿Qué es el hombre? Un recipiente quebradizo a cualquier golpe y a cualquier sacudida. No hay necesidad de un violento temporal para destrozarte: en cuanto te des un golpe, te desharás. ¿Qué es el hombre? Un cuerpo endeble y frágil, desvalido, indefenso por su misma naturaleza, necesitado de la ayuda ajena, abandonado a todas las insolencias de la suerte, cuando ha fortalecido bien sus brazos, alimento de cualquier fiera, víctima de cualquiera; fabricado con materiales flojos y deleznables, elegante en sus rasgos externos; nada resistente al frío, al calor, a la fatiga y, en cambio, destinado a caer en la consunción por la misma inactividad y ocio; temeroso de su alimento, unas veces por falta de él 〈perece, otras por exceso〉 estalla; precisa una vigilancia ansiosa y atenta, su aliento es precario e inestable, le sobresalta un susto repentino o bien oír de pronto un ruido desagradable; motivo [4] constante de preocupación para sí mismo, defectuoso e inútil. ¿Y en este ser nos extraña su muerte, que es cuestión de un mero hipido? ¿Acaso derribarlo es, pues, tarea de mucho empeño? Para él el olor y el sabor, el cansancio y el insomnio, la bebida y la comida, y todo aquello sin lo que no puede vivir, son mortíferos; adondequiera que vaya, al punto es consciente de su propia debilidad, pues no soporta todos los climas, pierde la salud por la novedad de las aguas y por el soplo de una brisa desacostumbrada, por ligerísimos accidentes y molestias; enfermizo, achacoso, inicia su vida con lágrimas; y mientras ¡qué tremendos altercados provoca este animal tan despreciado, a qué fantasías se entrega [5] sin acordarse de su condición! En su mente revuelve proyectos inmortales, sin término, y toma disposiciones para nietos y biznietos, mientras la muerte le sorprende haciendo planes a largo plazo y lo que llama vejez se le reduce a un período de muy pocos años.

[12 ] Tu dolor, si tiene al menos algún motivo, ¿toma en cuenta su propio perjuicio o el del que murió? ¿Te conmueve, en la pérdida de tu hijo, no haber alcanzado de él ninguna satisfacción o el haber podido, [2] si hubiera vivido más, obtenerlas mayores? Si afirmas que no obtuviste ninguna, harás más soportable tu pérdida: los hombres, en efecto, añoran menos aquello de lo que no han obtenido ninguna alegría ni deleite. Si reconoces que obtuviste grandes satisfacciones, conviene que no te quejes de lo que te han quitado, sino que estés agradecida de lo que te tocó en suerte. Pues de su crianza misma surgieron las recompensas bastante considerables de tus esfuerzos, a no ser, quizá, que quienes con el mayor afán alimentan perritos y pájaros y otros frívolos pasatiempos, disfruten de una cierta satisfacción con la vista, el tacto y las tiernas caricias de los irracionales y, en cambio, para los que alimentan hijos no sea la propia crianza la recompensa de la crianza. Por lo tanto, aunque su actividad no te haya beneficiado en nada, su cuidado no te haya protegido en nada, su sensatez no te haya bien aconsejado en nada, el mero hecho de haberlo tenido, de haberlo amado, [3] es la recompensa. «Pero pudo ser más duradera, más grande.» Sin embargo, te han tratado mejor que si no te hubiese correspondido en absoluto, ya que, si se plantea la alternativa de si es preferible ser dichoso no mucho tiempo o nunca, es mejor que nuestros bienes sean perecederos antes que no nos corresponda ninguno. ¿Acaso preferirías haber tenido un degenerado que tan sólo ocupara la plaza y el título de hijo, a uno de tanto carácter como fue el tuyo, un joven pronto sensato, pronto afectuoso, pronto marido, pronto padre, pronto cumplidor de todas sus tareas, pronto sacerdote, 14 como si lo adelantara todo? A casi nadie le corresponden grandes bienes y a la vez duraderos: no se mantiene ni alcanza el final más que la felicidad moderada; los dioses inmortales, que no estaban dispuestos a dártelo por mucho tiempo, te dieron inmediatamente un hijo tal como 〈apenas〉 puede conseguirse tras mucho tiempo.

Y tampoco puedes alegar que los dioses te escogieran para que te [4] fuera imposible disfrutar de tu hijo: pasea tus ojos por toda la multitud de conocidos y desconocidos, por todas partes se te presentará gente que ha padecido cosas peores. Las sufrieron los generales insignes, las sufrieron los príncipes; ni siquiera a los dioses dejaron salvos las leyendas, con el fin, creo yo, de que fuera un alivio en nuestros funerales el hecho de que incluso lo divino sucumbe. Mira, digo, a todos a tu alrededor: no podrás citar ninguna familia tan desdichada que no halle consuelo en otra más desdichada aún. No tengo, por Hércules, [5] una opinión tan mala de tus costumbres para creer que puedas sufrir mejor tu infortunio si te presento una enorme cantidad de gente de luto: una muchedumbre de desdichados es un género odioso de consuelo. De todos modos, te contaré de algunos, no ya para que sepas que esto suele suceder a los hombres (pues es ridículo reunir ejemplos de nuestra mortalidad), sino para que sepas que hubo muchos que mitigaron sus pesadumbres sobrellevándolas con calma.

Empezaré por el más afortunado. Lucio Sila 15 perdió un hijo y este [6] hecho no refrenó su maldad ni su violentísima saña contra extranjeros y ciudadanos, ni hizo que pareciera que había adoptado sin razón el apodo que tomó tras perder a su hijo, sin temer el rencor de los hombres, en cuya desgracia se sustentaba aquella exagerada prosperidad, ni la malquerencia de los dioses, para quienes era una acusación un Sila tan afortunado. Pero quede entre las cosas pendientes de juicio cómo fue Sila (incluso sus enemigos reconocerán que tomó las armas a tiempo y a tiempo las depuso); subsistirá el hecho de que se trata: no es la desgracia mayor la que alcanza incluso a los más afortunados.

[ 13] Que no admire tanto Grecia a aquel padre que, al anunciarle en medio de un sacrificio la muerte de su hijo, simplemente hizo callar al flautista y se quitó la corona de la cabeza, el resto lo terminó siguiendo el rito: 16 lo mismo hizo el pontífice Pulvilo, 17 a quien le anunciaron la muerte de su hijo cuando asía la jamba de la puerta y consagraba el Capitolio. Fingió que no lo había oído y pronunció las solemnes palabras de la fórmula pontifical, sin que gemido alguno interrumpiera el [2] rezo ni el nombre de su hijo el ritual propiciatorio de Júpiter. ¿Crees que se debía fijar un límite a ese duelo cuyo primer día y primer ímpetu no distrajeron al padre de los altares públicos y de la venturosa dedicación? Por Hércules que fue digno de esa consagración memorable, digno del excelso sacerdocio quien no desistió de venerar a los dioses aun airados. Sin embargo, cuando regresó a casa dejó rebosar sus ojos y asimismo profirió algunas palabras lastimeras; pero, tras cumplir con lo que era costumbre hacer en honor de los muertos, recompuso su expresión del Capitolio.

[3] Paulo, 18 por los días de su notabilísimo triunfo, en el que llevó a Perseo encadenado delante del carro, dio dos hijos en adopción y enterró los 〈dos〉 que se había reservado. ¿Cómo crees que serían los que retuvo, cuando entre los que cedió estaba Escipión? No sin emoción contempló el pueblo romano el carro vacío de Paulo. A pesar de todo pronunció su discurso y dio gracias a los dioses porque vio realizado su deseo: había suplicado, en efecto, que, si había que sacrificar algo a la envidia a causa de su inmensa victoria, el pago se hiciera en detrimento suyo antes que del pueblo. ¿Ves con qué grandeza de ánimo lo sufrió?: dio gracias por su pérdida. ¿Y a quién podía afectar más ta maño revés? Perdió sus consuelos al mismo tiempo que sus apoyos. Con todo, no le cupo a Perseo ver triste a Paulo.

¿A cuenta de qué voy ahora a guiarte a través de incontables ejemplos [14 ] de grandes varones y a buscar a los desdichados, como si no fuera más difícil hallar a los dichosos? ¿Cuántas, en efecto, y cuáles familias se han mantenido hasta el final con todos sus componentes, sin que haya habido en ellas ninguna perturbación? Toma un año cualquiera y menciona sus magistrados: por ejemplo, Lucio Bíbulo y Gayo César; verás, en unos colegas incompatibles, una suerte pareja. 19 A Lucio Bíbulo, [2] varón más honrado que valiente, le mataron dos hijos a un tiempo, 20 tras haber sido sometidos además a ultrajes por parte de la soldadesca egipcia, de manera que la pérdida no era menos deplorable que el causante de ella. No obstante, Bíbulo, que durante todo el año de su cargo se había refugiado en su casa de la malquerencia de su colega, al día siguiente de anunciársele la doble muerte acudió a sus tareas habituales de gobernador. ¿Quién puede dedicar menos de un solo día a dos hijos suyos? Tan pronto concluyó el luto por sus vástagos regresó a sus tareas quien había deplorado durante un año su consulado.

Gayo César, cuando recorría Bretaña y ni siquiera con el Océano [3] podía apagar su buena estrella, oyó que había muerto su hija, 21 llevándose consigo el destino del Estado: saltaba a la vista que Gneo Pompeyo ya no iba a tolerar de buena gana que hubiese otro grande 22 en la República y se disponía a poner límite a unos progresos que le parecían perjudiciales a pesar de que se incrementaran en beneficio de todos. César, sin embargo, reasumió al tercer día sus deberes de general y derrotó el dolor tan rápidamente como solía hacerlo con todo.

¿A qué relatarte los funerales de otros Césares? Me parece que [15 ] algunas veces los maltrata la suerte precisamente para que también en este aspecto sean útiles al género humano, al mostrarle que ni siquiera ellos, que pueden decirse engendrados por dioses y engendradores de dioses, 23 disponen de su suerte del mismo modo que tampoco de la [2] ajena. El divino Augusto, tras haber perdido hijos y nietos y quedar agotada la multitud de los Césares, apuntaló con la adopción su casa deshabitada: 24 no obstante, lo sobrellevó con tanta entereza como le correspondía, al estar en juego sus intereses e importarle por encima [3] de todo que nadie estuviese quejoso de los dioses. Tiberio César perdió al hijo que había engendrado y también al que había adoptado; 25 sin embargo, hizo personalmente en la tribuna pública el elogio de su hijo y estuvo de pie a la vista de todos mientras enterraban el cuerpo, con sólo un velo que se interponía para evitar a los ojos del pontífice 26 la vista del cadáver, y no inclinó su cabeza durante el llanto del pueblo romano; dio ocasión a Sejano, que estaba a su lado, de comprobar con cuánta resignación podía perder a los suyos.

[4] ¿Ves qué grande es el número de varones nobilísimos a quienes este infortunio que todo lo arrasa no pasó por alto, después de que en ellos se habían acumulado tantos bienes del espíritu, tantas distinciones públicas y privadas? Pero esta tormenta se abate, sin duda, sobre el mundo entero y todo lo devasta sin distinción y lo trata como suyo. Haz que cada uno eche cuentas: a nadie le ha tocado nacer impunemente.

[16 ] Ya sé qué me vas a decir: «Te has olvidado de que consuelas a una mujer, me pones ejemplos de varones». ¿Pero quién ha dicho que la naturaleza haya actuado malintencionadamente con los temperamentos femeninos y haya reducido sus cualidades a un estrecho límite? 27 Créeme, ellas tienen el mismo vigor que los hombres, la misma capacidad para las empresas elevadas, cuando quieren; del mismo modo soportan, si se han acostumbrado, el dolor y la fatiga. ¿En qué ciudad, dioses bondadosos, decimos esto? En aquella en que Lucrecia y Bruto 28 [2] derribaron al rey que subyugaba a los romanos; la libertad se la debemos a Bruto, Bruto a Lucrecia; en aquella en que a Clelia, 29 que desafió tanto al enemigo como al río, por poco la incluimos entre los varones, en vista de su notable arrojo: instalada en su estatua ecuestre en la vía Sacra, un paraje frecuentadísimo, Clelia reprocha a nuestros jóvenes, encaramados a la litera, que entren de tal guisa en la ciudad en que incluso a las mujeres hemos premiado con un caballo. Ahora [3] bien, si quieres que te cuente ejemplos de mujeres que hayan sufrido con entereza la pérdida de los suyos, no iré buscándolos de puerta en puerta. Sólo de una familia te presentaré dos Cornelias: la primera, la hija de Escipión y madre de los Gracos. 30 A sus doce hijos los contempló ella en otros tantos funerales; le fue sencillo con los demás, que no afectaron a la Ciudad ni al nacer ni al morir: a Tiberio y a Gayo, a quienes incluso el que les niegue su hombría de bien les reconocerá su grandeza, los vio asesinados y además insepultos. Sin embargo, a los que la consolaban y la llamaban desdichada, les dijo: «Nunca diré que no soy feliz, puesto que he engendrado a los Gracos». Cornea, la esposa [4] de Livio Druso, había perdido a un nobilísimo joven 31 de brillante talento que seguía los pasos de los Gracos, quedando así inconclusos numerosos proyectos de ley, al caer asesinado dentro de su propio hogar a manos de un homicida desconocido. Sin embargo, se mantuvo firme ante la muerte cruel y además impune de su hijo con tanta grandeza de ánimo como él se había mantenido firme por sus leyes. [5] ¿Te congraciarás por fin, Marcia, con la suerte, si los dardos que lanzó contra los Escipiones y las madres e hijas de los Escipiones, con los que apuntó a los Césares, no los mantuvo tampoco lejos de ti?

La vida está colmada y amenazada de diversos infortunios, de los que a nadie alcanza una paz prolongada, apenas si una tregua. Tú, Marcia, habías criado cuatro hijos. Dicen que no cae en vano ningún dardo que se ha disparado contra una columna apiñada: ¿es extraño que un tropel tan numeroso no haya podido pasar sin malquerencia o [6] perjuicio? «Pero la suerte fue más injusta, puesto que no sólo me arrebató hijos sino que los seleccionó.» Pero no califiques nunca de injusticia el reparto por igual con uno más poderoso: te dejó dos hijas y los nietos que te han dado; e incluso al que más lloras, olvidándote del primero, no te lo quitó del todo: de él tienes dos hijas, grandes cargas [7] si lo llevas a mal, grandes consuelos, si a bien. El campesino, si han quedado derribados los árboles que arrancó de raíz el viento o quebró un torbellino lanzado en súbita embestida, mima la descendencia que haya quedado de ellos y sin tardanza distribuye semillas y plantones en sustitución de los árboles que perdió, y al momento (pues el tiempo es tan rápido y ligero para las ganancias como para los perjuicios) crecen más lozanos que los perdidos. Pon ahora estas dos hijas de tu Metilio en su lugar, llena su sitio vacante y mitiga un único dolor con un doble consuelo. Así es, ciertamente, la naturaleza de los mortales: nada gusta más que lo que se ha perdido; somos demasiado injustos con lo que nos queda, por la añoranza de lo que nos han arrebatado. Pero, si te paras a considerar hasta qué extremo te ha respetado la suerte, aun cuando se ensañaba, advertirás que posees algo más que meros consuelos: mira tus muchos nietos, tus dos hijas. Di, Marcia, también esto: «Me molestaría si cada cual tuviera una suerte acorde con sus costumbres y las desgracias no persiguieran nunca a los honrados: pero veo que malvados y honrados sin discriminación se ven zarandeados de idéntica manera».

[17 ] «Sin embargo, es duro perder al muchacho que has criado, que ya era salvaguardia y honra de su madre y de su padre.» ¿Quién niega que es duro? Pero es humano. Para esto fuiste engendrado, para perder, para perecer, para tener esperanza y temores, inquietar a otros y a ti mismo, para tener miedo a la muerte y a la vez desearla y, lo peor de todo, no saber nunca en qué situación te hallas.

[2] Si alguien le dijera a uno que quiere viajar a Siracusa: «Primero entérate de todos los inconvenientes y de todas las satisfacciones de tu inminente viaje, y luego hazte a la mar. Éstas son las cosas que podrás admirar: en primer lugar, verás, separada de Italia por un estrecho brazo de mar, la propia isla, que, según consta, estuvo antaño unida al continente; de improviso irrumpió en él el mar y

arrancó el flanco hesperio del siciliano. 32

»Luego verás (pues te será posible sortear de cerca ese voracísimo remolino del mar) la legendaria Caribdis 33 calmada, mientras se ve libre del austro, pero que, en cuanto sopla un poco más fuerte, engulle las naves con su inmensa y profunda garganta. Verás la fuente Aretusa 34 tan celebrada en los poemas, con su estanque límpido y transparente [3] hasta el fondo, y derramando un agua fresquísima, ya sea que la encuentra allí en su primer nacimiento, ya sea que un río, que había penetrado en la tierra, regresa a la superficie tras pasar bajo tantos mares y preservado de mezcla con un agua peor. Verás el puerto más abrigado de cuantos ha dispuesto la naturaleza para proteger las flotas, o ha [4] perfeccionado la mano del hombre, tan resguardado que no hay lugar ni siquiera para la furia de las más violentas tempestades. Verás dónde se quebrantó el poderío de Atenas, dónde aquella cárcel natural, agrandada con la excavación de la roca hasta una profundidad sin fin, 35 había encerrado a tantos miles de prisioneros; la propia ciudad, inmensa, y su término, más extenso que los territorios juntos de muchas ciudades; sus templados inviernos y ningún día en que no se muestre el sol. Pero cuando ya conozcas todo esto, un agobiante y malsano [5] estío echará a perder las ventajas del clima invernal. Allí estará el tirano Dionisio, 36 azote de la libertad, la justicia y las leyes, ávido de poder, incluso después de Platón, y de vida, incluso después de su exilio: quemará a unos, flagelará a otros, y hará decapitar a otros por una falta leve; reclamará para su placer a hombres y mujeres y entre los rebaños repugnantes al servicio de los excesos regios será cuestión de poca monta unirse con dos a la vez. Ya has oído qué puede atraerte y [6] qué espantarte: por consiguiente, hazte a la mar o quédate». Si, después de esta advertencia, dijera alguien que quería entrar en Siracusa, ¿podría presentar una queja suficientemente fundada contra nadie más que contra sí mismo, pues no habría ido a parar allí por casualidad, sino que habría acudido prevenido y a sabiendas?

A todos nosotros nos dice la naturaleza: «A nadie engaño. Si tú engendras hijos, podrás tenerlos bien formados y tenerlos deformes. Quizá te nacerán muchos: cualquiera de ellos podrá resultar para su [7] patria tanto un salvador como un traidor. No tienes por qué desconfiar de que vayan a alcanzar tal consideración que nadie ose agraviarte, por temor a ellos; sin embargo, imagina que van a ser de una vileza tal que ellos mismos sean un agravio para ti. Nada impide que ellos te presten los últimos auxilios y que tus hijos te hagan el elogio fúnebre; pero estate preparado para ser tú quien lo ponga en la pira, sea niño, joven o anciano: nada, en efecto, tienen que ver en esto los años, puesto que no deja de ser prematuro todo funeral al que asiste el padre». Si después de proponerte estas condiciones engendras hijos, eximes de toda aversión a los dioses, que no te prometieron nada seguro.

[18 ] Venga pues, aplica esta comparación al inicio de la vida. Te he explicado, cuando meditabas si visitarías Siracusa, todo lo que te podía gustar y lo que te podía molestar; imagina que acudo a aconsejarte en tu nacimiento: [2] «Vas a entrar a una ciudad compartida por dioses y hombres, que todo lo abarca, vinculada por leyes inmutables y eternas, que hace girar a los cuerpos celestes en sus inagotables obligaciones. Verás allí brillar incontables estrellas, verás que un solo astro lo llena todo, el sol, que señala la duración del día y de la noche con su carrera diaria y distribuye, aún con mayor exactitud, la de veranos e inviernos con la anual. Verás la sucesión nocturna de la luna, que de los encuentros con su hermano toma prestada una luz delicada y apacible, a veces escondida, a veces dominando las tierras con su rostro al completo, variable en sus [3] crecidas y menguas, siempre distinta a la siguiente. Verás cinco astros 37 que llevan trayectorias distintas y que se afanan en dirección contraria a la carrera del firmamento: de sus más ligeros movimientos dependen los destinos de los pueblos y por tanto las cosas más grandes y las más pequeñas toman forma según un astro se haya presentado favorable o desfavorable. Admirarás las nubes amontonadas y las aguas al caer y los sesgados rayos y el estruendo del cielo. Cuando, satisfecho del espectáculo [4] celeste, bajes los ojos a la tierra, te atraerá un aspecto de las cosas diferente y diferentemente admirable: aquí una dilatada llanura de campos que se extienden hasta el infinito, allí las cimas elevadas hasta el cielo de los montes que se alzan con sus altas y nevadas cumbres; los descensos de los arroyos, y los ríos que se vierten a oriente y occidente desde una sola fuente, y las arboledas que balancean los extremos de las copas, y tanta cantidad de bosques con sus animales y el discordante concierto de los pájaros; los variados emplazamientos de las ciudades y [5] las razas aisladas por las dificultades de sus territorios, de las cuales unas se retiran a unos montes elevados y otras se rodean [temerosas, de orillas, lagos, valles]; la mies favorecida por los cuidados y los arbustos sin cuidador de su feracidad, y el manso fluir de los riachuelos por los prados, y las bahías agradables y las costas que se repliegan en un puerto; las islas desparramadas en gran número por la inmensidad, que dan con su presencia variedad a los mares. ¿Qué decirte del brillo de las piedras y [6] las gemas, y del oro que corre entre las arenas de los impetuosos torrentes, y de las antorchas llameantes que se elevan al cielo en medio de las tierras e incluso en medio del mar, y del Océano, cinturón de las tierras, que con sus tres repliegues rompe la continuidad de los pueblos 38 y que se agita con una libertad ilimitada? Verás aquí nadar sobre las aguas [7] encrespadas y revueltas, sin que haya viento, animales de tamaño superior a los terrestres, lentos unos, que se mueven según las instrucciones de otros, 39 ágiles otros, más veloces que unos remeros lanzados a la carrera, otros que se tragan las olas y las expelen con grave riesgo de los que cerca navegan; verás aquí naves a la busca de tierras que no conocen. No verás nada que no haya intentado la osadía del hombre y serás espectador y también parte principal de los aventureros; estudiarás y enseñarás distintas artes, unas para facilitar la vida, otras para hermosearla, otras para regirla. Pero allí habrá mil plagas del cuerpo, del espíritu, [8] y guerras y robos y ponzoñas y naufragios y destemplanza del clima y del cuerpo, y amargas añoranzas de los seres más queridos, y muerte, sin saber si será llevadera o con penas y sufrimientos. Reflexiona y sopesa bien qué quieres: para llegar a lo de antes tienes que pasar por esto». Contestarás que quieres vivir. ¿Y cómo no? Es más, no rechazarás, creo, algo de lo que lamentas que te quiten un poco. Vive, entonces, tal como es conveniente. —Nadie nos consultó —dices—. Respecto a nosotros fueron consultados nuestros padres, quienes, aun sabiendo la condición impuesta a la vida, nos engendraron a ella.

[19 ] Pero —y así entro ya en los consuelos—, veamos primero qué hay que curar y luego cómo. Al desolado le conmueve la añoranza del que amó. Ésta parece en sí misma tolerable; pues no lloramos a los ausentes o a los que se van a ausentar mientras viven, por más que nos veamos privados, al mismo tiempo que de su vista, de todo trato con ellos. Luego son nuestras ideas las que nos atormentan y cualquier desgracia adquiere la importancia que le hemos atribuido. Tenemos la solución en nuestras manos: pensemos que están ausentes y engañémonos a nosotros mismos; los hemos dejado ir, mejor dicho, los hemos enviado por delante con intención de irles luego detrás.

[2] También le conmueve al desolado esto: «No habrá quien me defienda, quien me vengue de alguna humillación». Por emplear un consuelo muy poco recomendable, pero auténtico: en nuestra tierra la privación de los hijos proporciona más consideración que quita, y a la vejez la soledad, que solía aniquilarla, la eleva a un punto tal de prestigio que algunos llegan a fingir odio a sus hijos y a renegar de sus vástagos, a provocar la privación con su propia mano.

[3] Sé qué vas a decirme: «No me conmueven mis perjuicios; ciertamente no es digno de consuelo quien lleva a mal que se le haya muerto un hijo como si de un esclavo se tratara, quien se permite ver en su hijo cualquier cosa menos al hijo mismo». Pues entonces ¿qué te conmueve, Marcia? ¿Que haya muerto tu hijo o que no haya vivido más tiempo? Si es que haya muerto, debiste estar siempre doliéndote por él: siempre, en [4] efecto, supiste que iba a morir. Piensa que un difunto no se ve afectado por ninguna desgracia, que lo que nos hace espantosos los infiernos es leyenda, que a los muertos no les amenaza ninguna oscuridad ni cárcel ni corrientes que abrasan con su fuego ni el río del Olvido, ni tribunales y condenados, ni más tiranos en esa libertad tan amplia: 40 estas cosas son bromas de los poetas, que nos han inquietado con espantos infundados. La muerte es la liberación de todos los dolores y el límite más [5] allá del cual no pasan nuestras desgracias, la que nos restituye al reposo en que estábamos antes de nacer. Si alguien se compadece de los muertos, que se compadezca también de los que no han nacido. La muerte no es ni un bien ni un mal; en efecto, puede ser un bien o un mal aquello que es algo; en cambio, lo que en sí mismo no es nada y todo lo reduce a nada, no nos abandona a ninguna clase de suerte. Lo malo y lo bueno, en efecto, se desarrolla alrededor de alguna materia: la suerte no puede retener lo que la naturaleza dejó ir, ni puede ser desdichado quien no es nadie. Tu hijo ha traspasado las fronteras dentro de las que [6] sólo hay esclavitud, lo ha acogido una paz profunda y duradera: no le asaltan el miedo a la pobreza ni la preocupación por las riquezas ni los aguijones de la lujuria que debilita los ánimos mediante el placer, no le afecta la envidia de la dicha ajena, no le agobia la que pudiera provocar la suya; tampoco ningún escándalo hiere sus castos oídos. No tiene a la vista ninguna calamidad pública ni particular; despreocupándose del porvenir, no depende de los acontecimientos, que siempre retribuyen mayores incertidumbres. Por fin permanece en un lugar del que nada puede expulsarlo, en que nada puede atemorizarlo.

¡Qué ignorantes de sus propias desgracias aquellos para quienes la [20 ] muerte no merece ser alabada ni deseada como el mejor hallazgo de la naturaleza, bien sea que culmina la dicha, bien que aleja los quebrantos, bien que pone término al hastío y al cansancio del anciano, bien que se lleva en flor una vida juvenil, mientras se esperan cosas aún mejores, bien que reclama a la infancia antes de otros pasos más decisivos: final para todos, remedio para muchos, deseo para unos cuantos, por nadie más agradecida que por aquellos a quienes acude antes de ser invocada! Ella suprime la esclavitud a despecho del amo, [2] ella alza las cadenas de los cautivos, ella saca de la cárcel a quienes un poder despótico había prohibido salir, ella enseña a los desterrados, que tienen siempre el espíritu y los ojos vueltos a su patria, que no tiene ninguna importancia bajo quiénes uno ha de yacer; ella, cuando la suerte ha repartido mal los bienes comunes y a los nacidos con los mismos derechos los pone a unos bajo el poder de otros, lo iguala todo; después de ella es cuando nadie hace nada por orden de otro, en ella es en donde nadie advierte su baja condición; ella es la que no ha dejado de ser accesible a nadie; ella es, Marcia, la que anheló tu padre; ella es, digo, la que hace que nacer no sea un tormento, la que hace que no me abata ante las amenazas de los infortunios, que pueda mantener mi [3] espíritu a salvo y dueño de sí: tengo a qué apelar. Aquí veo cruces, no de una clase sola sino fabricadas de distinta manera para cada uno: algunos cuelgan a sus víctimas cabeza abajo, otros hacen pasar un palo por su entrepierna, otros les hacen extender sus brazos en el patíbulo; veo los potros, veo los azotes, aparatos correspondientes a cada miembro, incluso a cada articulación: pero también veo la muerte. Hay aquí enemigos sanguinarios, ciudadanos insolentes: pero también veo la muerte. No es penoso ser esclavo cuando, en caso de estar hastiado de la sumisión, es posible alcanzar la libertad con sólo dar un paso. Te aprecio, vida, gracias a la muerte.

[4] Piensa qué ventajas tiene una muerte a tiempo, cuánto perjudicó a muchos el haber vivido demasiado. Si a Gneo Pompeyo, 41 honra y sostén del Estado, se lo hubiera llevado una enfermedad en Nápoles, habría muerto como jefe incuestionable del pueblo romano. Ahora bien, la adición de un tiempo escaso lo precipitó de su elevada posición. Vio que las legiones eran exterminadas ante sus ojos y que de aquel combate en que el Senado formó la primera línea sólo salió con vida (¡qué desventurados supervivientes son éstos!) el general; vio al verdugo egipcio y ofreció a un sirviente su cuerpo, inviolable para sus vencedores: aunque hubiera salido indemne, habría arrastrado el remordimiento por su salvación: ¿qué había, pues, más vergonzoso que vivir Pompeyo por gracia de un rey?

[5] Si Marco Cicerón, en la época en que esquivó las dagas de Catilina que se dirigieron contra él al igual que contra la patria, hubiese muerto tras librar del peligro a la República, como su salvador, si, en suma, se hubiese ido después del funeral de su hija, aún entonces habría podido morir feliz. 42 No habría visto los puñales desenvainados sobre las cabezas de los ciudadanos ni distribuidos entre los asesinos los bienes de los asesinados, de modo que morían a costa suya, ni la subasta que ponía a la venta los despojos de los cónsules, ni los asesinatos contratados a expensas del Estado, ni los robos, las guerras, las rapiñas, tanta cantidad de Catilinas.

Si a Marco Catón 43 lo hubiese engullido el mar cuando regresaba [6] de Chipre de gestionar la herencia real, incluso con el dinero mismo que llevaba, soldada para una guerra civil, ¿no le habría estado bien merecido? Sin duda alguna se habría llevado consigo esta verdad: nadie podía atreverse a obrar mal en presencia de Catón; en cambio, la adición de unos poquísimos años obligó a ese hombre, nacido no sólo para defender su libertad sino también la del pueblo, a huir de César y seguir los pasos de Pompeyo.

Luego a tu hijo no le ha reportado ningún mal su muerte prematura: le ha evitado incluso el padecimiento de todos los males.

«Sin embargo, murió demasiado pronto y a destiempo.» En primer [21 ] lugar, supón que le hubiera quedado más: calcula cuánto es el máximo que puede perdurar un hombre. ¿Cuánto es? Engendrados para un tiempo cortísimo, obligados a ceder rápidamente la plaza al siguiente, contemplamos este albergue provisional. Estoy hablando de nuestras vidas, que es cosa sabida que se desarrollan a increíble velocidad. Cuenta los siglos de las ciudades: verás qué poco tiempo llevan alzadas incluso las que se envanecen de su antigüedad. Todo lo humano es fugaz y perecedero, ocupante de una ínfima porción del tiempo sin fin. Esta tierra con sus ciudades y países, sus ríos y el cerco [2] del mar, 44 la consideramos como un punto si la comparamos con el universo: nuestra vida ocupa menos espacio que un punto si se con fronta con todo el tiempo, cuya dimensión es mayor que la del mundo, en vista de que éste se mide repetidas veces dentro del espacio de aquél. ¿Qué importa entonces prolongar algo cuyo aumento, sea del tamaño que sea, no distará mucho de nada? Únicamente de una forma [3] es mucho lo que vivimos: si es suficiente. Ya puedes citarme varones longevos y de ancianidad transmitida en la tradición, y echarme la cuenta de los ciento diez años de cada uno: cuando pongas tu atención en todo el tiempo se quedará en nada la diferencia entre la vida más corta y la más prolongada, si consideras cuánto vivió uno cualquiera y [4] lo comparas con cuánto dejó de vivir. Por ende, tu hijo murió en su sazón; vivió, en efecto, cuanto debía vivir, no le quedaba ya nada más. No es para los hombres única la vejez, como tampoco para los animales: a algunos los agota en catorce años y para ellos es una edad avanzadísima esta que para el hombre sería la primera. A cada uno se le ha otorgado una distinta capacidad para vivir. Nadie muere demasiado [5] pronto, porque no iba a vivir más de lo que vivió. Para cada uno hay marcada una linde: siempre permanecerá donde fue colocada y no la moverán más adelante ni el empeño ni el favor. Tómalo así: tú perdiste a tu hijo según lo que estaba previsto; tuvo lo suyo y

alcanzó la meta del tiempo otorgado. 45

[6] Así pues, no hay razón para que te apesadumbres diciéndote: «Pudo vivir más». Su vida no quedó truncada, ni el azar se ha entremetido nunca con los años. Se entrega lo que se prometió a cada uno: los hados andan su camino y no añaden nada ni quitan a lo prometido una vez. Inútiles son los deseos y los afanes: cada cual tendrá lo que su primer día le asignó. Desde aquel en que vio la luz por vez primera, emprendió el viaje hacia la muerte y se acercó más a su destino, y los [7] mismos días que se añadían a su adolescencia se restaban a su vida. Todos nos movemos en este error de no creer, si no es cuando somos ancianos y caducos, que nos dirigimos ya hacia la muerte, cuando lo cierto es que nos llevan a ella la infancia y la juventud, cualquier edad. Los hados realizan su tarea: nos privan de la conciencia de nuestra muerte y ésta, para sorprendernos con más facilidad, se esconde bajo el nombre mismo de la vida; la niñez se lleva la infancia, la pubertad la niñez y el viejo hace desaparecer al joven que fue. Los progresos mismos, si los contabilizas bien, son pérdidas.

Te quejas, Marcia, de que tu hijo no haya vivido tanto como habría [22 ] podido. ¿Y cómo sabes si le hubiera convenido vivir más o si con su muerte se buscó su bien? ¿Puedes hoy en día encontrar a alguien cuyos asuntos estén tan bien establecidos y afianzados que no deba temer nada mientras transcurre el tiempo? Los bienes humanos se tambalean y desaparecen, y no hay en nuestra vida una época tan expuesta y delicada como la que más nos gusta y por esto la muerte es de desear incluso para los más dichosos, porque en tan gran mudanza y confusión de todo nada hay seguro si no es lo que ya ha pasado. ¿Quién te garantiza [2] que el cuerpo de tu hijo, espléndido y mantenido con la mayor observancia del pudor en medio de las miradas de esta disoluta ciudad, hubiera podido evitar tantas enfermedades hasta el punto de hacer llegar intacto a su vejez el esplendor de su hermosura? Piensa en las mil taras del espíritu: tampoco las personas de temperamento recto han conservado hasta su vejez las esperanzas que sobre ellas habían hecho concebir en su adolescencia, sino que, por lo general, se han malogrado: o bien una lujuria tardía y por ello más repugnante las ha atacado y se ha puesto a mancillar unos espléndidos comienzos, o bien se han entregado por entero a la taberna y al estómago y su mayor preocupación ha sido qué van a comer, qué van a beber. Añade los incendios, los derrumbamientos, [3] los naufragios y las incisiones de los médicos, que les examinan los huesos a personas vivas e introducen toda la mano en sus entrañas y curan con un dolor fuera de lo común sus partes pudendas; y después de esto, el destierro —tu hijo no fue más inocente que Rutilio—, 46 la cárcel —no fue más sabio que Sócrates—, el pecho traspasado por una herida voluntaria —no fue más virtuoso que Catón—. Cuando hayas examinado bien todo esto, te darás cuenta de que se les da un trato inmejorable a aquellos a quienes la naturaleza, puesto que tenían pendiente este pago a la vida, puso rápidamente a buen recaudo. Nada hay tan engañoso como la vida del hombre, nada tan traicionero: nadie, por Hércules, la hubiera aceptado si no fuera que se otorga a quienes la desconocen. Así pues, si la dicha mayor es no nacer, la más parecida, creo yo, es ser devueltos rápidamente a nuestro primitivo estado tras cumplir con una vida corta.

[ 4] Acuérdate de aquella época penosísima para ti, en que Sejano entregó a tu padre a su cliente Satrio Segundo, como regalo. 47 Estaba irritado contra él por tal o cual palabra dicha con excesiva franqueza, ya que no había podido soportar sin decir nada que Sejano no sólo fuera impuesto sobre nuestras cabezas, sino que se subiera él. Le decretaban una estatua que habría que erigir en el teatro de Pompeyo, que César estaba reconstruyendo tras el incendio que lo había devastado; Cordo exclamó que entonces sí que desaparecía de verdad el [5] teatro. ¿Pues qué? ¿No le iba a hacer estallar que Sejano se alzara sobre las cenizas de Gneo Pompeyo 48 y que un soldado desleal quedara inmortalizado en el monumento del más grande general? Se suscribe la acusación y los perros rabiosos que Sejano, para tenerlos dóciles sólo con él y feroces con todos, alimentaba con sangre humana, empiezan a ladrar alrededor del hombre y a amenazarle con sus acometidas.

[6] ¿Qué podía hacer? Si quería vivir, debía suplicar a Sejano, si morir, a su hija, ambos inflexibles: decidió engañar a la hija. Así pues, tras tomar un baño para perder más fuerzas, se metió en su habitación como si fuera a comer y luego que hizo salir a los esclavos, tiró algunos restos por la ventana, para aparentar que había comido; después se abstuvo de cenar, como si ya hubiese comido bastante en su habitación. Lo mismo hizo también al segundo día y al tercero; el cuarto lo acusaba por la debilidad misma de su cuerpo. Así que, abrazándote, te dijo: «Hija queridísima, en toda mi vida sólo te he ocultado esto: he emprendido el camino de la muerte y casi lo tengo medio recorrido ya: ni debes ni puedes hacerme volver». Y así mandó impedir del todo [7] el paso a la luz y se recluyó en las tinieblas. Al conocerse su decisión, era motivo de satisfacción general que la presa se quitara de las fauces de esos lobos voraces. Sus acusadores, instigados por Sejano, acuden al tribunal de los cónsules, se quejan de que Cordo se moría para que ellos tuvieran que interrumpir lo que habían empezado: hasta tal punto les parecía que Cordo se les iba de las manos. Una importante cuestión estaba en debate: si iban a perder (el derecho) a la muerte del acusado; mientras se discute, mientras los acusadores comparecen de nuevo, él ya había sentenciado a su favor. ¿No ves, Marcia, qué tremendas vicisitudes nos acometen de improviso en épocas de iniqui dad? ¿Lloras porque a uno de los tuyos le fue preciso morir? ¡Si por poco no le fue posible!

Además de que todo lo por venir es incierto y sólo un poco más [23 ] cierto para lo peor, el viaje hasta los dioses es comodísimo para los espíritus que se han alejado pronto del trato con los hombres: en efecto, arrastran el mínimo de escoria y de lastre. Liberados antes de haberse endurecido e impregnado a fondo de los defectos terrenales, vuelan más ligeros de regreso a su origen y con mayor facilidad se desprenden de lo que tengan gastado y raído. Y nunca a los grandes temperamentos [2] les es grato demorarse en el cuerpo: porfían por salir y precipitarse fuera, soportan penosamente estas estrecheces, pues están habituados a deambular por encima de todo y a despreciar desde su altura los asuntos humanos. De ahí lo que proclama Platón: el espíritu del sabio está totalmente inclinado a la muerte: esto quiere, esto medita, por este anhelo se ve arrastrado constantemente, pues tiende al más allá. 49

¿Y entonces? Tú, Marcia, cuando veías en ese joven una cordura [3] propia de un anciano, un espíritu vencedor de toda clase de placeres, irreprochable, carente de vicios, que apetecía riquezas sin codicia, cargos sin ambición y placeres sin desenfreno, ¿creías que podía corresponderte mucho tiempo sano y salvo? Todo lo que ha alcanzado su culminación está cerca de su fin: la virtud perfecta se aparta y se sustrae a las miradas, y no esperan al último instante las cosas que llegaron a su sazón en los comienzos. El fuego, cuanto más resplandeciente [4] brilla, más pronto se apaga; es más duradero el que se ha iniciado en una materia inactiva y poco adecuada, y produce, envuelto en humo, una llama mezquina, pues le estorba la misma causa que avariciosamente lo alimenta. Así los ingenios, cuanto más brillantes, más fugaces son; pues cuando no hay lugar para el progreso, está próxima la decadencia. Fabiano 50 refiere un suceso que alcanzaron a ver nuestros padres: [5] hubo un niño en Roma de estatura propia de un hombre enorme, pero murió pronto y toda persona sensata predijo que moriría en poco tiempo; no podía, en efecto, alcanzar la edad que ya había anticipado. Así es: la madurez excesiva es señal de ruina inminente: el final se acerca cuando los progresos han concluido.

[ 24] Empieza a valorar a tu hijo por sus cualidades, no por sus años: vivió el tiempo suficiente. Huérfano bien pronto, estuvo hasta los catorce años al cargo de sus tutores, siempre bajo la tutela de su madre. Aunque tenía sus propios penates 51 no quiso abandonar los tuyos y prolongó la convivencia con su madre, cuando los hijos a duras penas la toleran con el padre. Él, un joven nacido para el campamento por [2] su talla, su buena planta y su notable fuerza física, rechazó la carrera militar para no separarse de ti. Calcula, Marcia, qué pocas veces ven a sus hijos las que viven en casas distintas; piensa que para las madres todos los años que tienen a sus hijos en el ejército son desperdiciados y se pasan con ansiedad: te darás cuenta de que fue muy amplio este tiempo del que tú nada perdiste. Nunca se alejó de tu vista: bajo tu mirada realizó los estudios adecuados a su talento sobresaliente y capaz de emular a su abuelo si no se lo hubiera impedido la modestia, [3] que hunde en el silencio los progresos de tantos. Él, un joven de singular belleza en medio de tan enorme tropel de mujeres seductoras de hombres, no se prestó a los planes de ninguna y, cuando la desvergüenza de algunas llegó hasta la provocación, se avergonzó como si fuera él el culpable por haberles gustado. Con esta integridad moral consiguió, aún muchacho, ser considerado digno del sacerdocio, contando, claro está, con el apoyo de su madre; pero ni siquiera una madre [4] habría valido si no fuera en favor de un buen candidato. Contemplando sus cualidades, lleva a tu hijo como en tu regazo. Ahora él está más libre para ti, ahora no tiene nada que lo reclame: nunca será para ti motivo de ansiedad, nunca de aflicción. Lo único que en un hijo tan bueno podías lamentar, 52 lo has lamentado ya; el resto está libre de infortunios y lleno de satisfacciones, sólo con que sepas disfrutar de tu hijo, sólo con que comprendas qué ha habido más valioso en él.

[5] De tu hijo nada más ha desaparecido una sombra y una imagen no muy fiel; en cambio, él mismo es ahora eterno y de mejor condición, pues ha sido despojado de las cargas extrañas a él y dejado a sí mismo. Esto que ves que nos envuelve, huesos, nervios y piel por encima, y el rostro y las útiles manos y lo demás que nos recubre, son ataduras y tinieblas para el espíritu, lo aplastan, lo ahogan, lo emponzoñan, lo desvían de la verdad tan propia de él, precipitándolo a la mentira. Para él toda su lucha es contra esta pesada carne, para no dejarse arrastrar y quedar encallado; porfía por llegar al lugar de donde bajó. Allí le aguarda un eterno reposo, viendo las cosas sencillas y diáfanas, en vez de revueltas y oscuras.

Por consiguiente, no hay razón para que corras a la tumba de tu [25 ] hijo: allí está lo peor de él y lo que más le estorbaba, huesos y cenizas, partes suyas no más que los vestidos y otras coberturas del cuerpo. Él ha escapado íntegro, sin dejar en la tierra nada de sí mismo, y todo él se ha ido; se ha detenido un instante por encima de nosotros mientras se limpia y sacude los defectos que llevaba adheridos, y toda la suciedad de su vida mortal, se ha elevado luego a las alturas y ahora corre entre los espíritus bienaventurados. Lo ha acogido la asamblea honorable [2] de los Escipiones y Catones y, entre los menospreciadores de la vida y libres gracias a la muerte, tu padre, Marcia. Él toma a su cargo al nieto (aunque allí todos son parientes), que goza de una luz nueva, y le enseña los cursos de los cercanos astros; conocedor de todo no por suposiciones sino por realidades, lo inicia de buen grado en los misterios de la naturaleza y, tal como el forastero agradece al que lo guía en ciudades desconocidas, así tu hijo a su intérprete y además pariente, cuando le pregunta por las causas de los fenómenos celestes. Él le 〈recomienda〉 dirigir su mirada hasta las profundidades de la tierra: es grato, en efecto, contemplar desde lo alto lo que se ha dejado atrás. Por tanto, Marcia, compórtate como expuesta que estás a las miradas [3] de tu padre y de tu hijo, no los que conociste, sino mucho más sublimes y en lo más alto situados. Avergüénzate de 〈pensar〉 nada vil o banal, y de llorar a los tuyos, cuando han cambiado a mejor. 〈Adueñándose〉 de la eternidad, se han dispersado por los espacios libres y amplios: no los aíslan los mares interpuestos, ni la altura de las montañas o los valles infranqueables o los bajíos de las Sirtes traicioneras: 53 todo lo recorren a pie llano, ágiles, sin esfuerzo y ligeros, pasando unos a través de otros y mezclados con los astros.

Así pues, supón que desde esa ciudadela celeste tu padre, Marcia, [26 ] que tenía tanta autoridad sobre ti como tú sobre tu hijo, te dice, no con la inspiración con que deploró las guerras civiles, con que para siempre proscribió él a los autores de las proscripciones, sino con una tanto más elevada cuanto más excelso es él mismo: «¿Por qué, hija mía, te [2] posee una angustia tan prolongada? ¿Por qué vives en una ignorancia de la verdad tan enorme que consideras que se ha obrado injustamente con tu hijo porque se ha retirado, dejando intacta la situación familiar, al lado de sus antepasados, también él intacto? ¿No sabes con qué violentos temporales lo deshace todo la suerte, cómo a nadie se le ha ofrecido favorable y benévola sino a quienes han tenido con ella el menor trato posible? ¿Te tendré que nombrar a los reyes que hubieran sido sobremanera dichosos si la muerte los hubiera sustraído a tiempo a las desgracias que les amenazaban, o a los generales romanos cuya grandeza no disminuirá nada si acortas algo su vida, o a los muy insignes y célebres varones que se hicieron fuertes sólo para acabar [3] ofreciendo el cuello al golpe de la espada de algún soldado? Fíjate en tu padre y en tu abuelo: éste quedó a merced de un homicida otro que él; yo a nadie permití hacer nada conmigo y privándome del alimento demostré que había escrito mis obras con la grandeza de ánimo con que vivía. ¿Por qué en nuestra familia se llora tantísimo tiempo a quien muere con tantísima dicha? Nos reunimos todos y, como en absoluto nos rodea una noche profunda, vemos que no hay entre vosotros nada deseable, según creéis, nada excelso, nada deslumbrante, sino que todo es despreciable, pesado, angustioso, y apenas capta una [4] ínfima porción de nuestra luz. ¿A qué decir que aquí las armas no enloquecen en ataques recíprocos ni las flotas aniquilan a las flotas, ni se urden o se plantean parricidios, ni los foros retumban con las querellas todo el día sin cesar, que nada hay incierto, sino unas intenciones manifiestas, unos sentimientos francos, una vida en público y ante todos, [5] una visión de todo el tiempo pasado y de los venideros? Antes disfrutaba yo poniendo por escrito los sucesos de un solo siglo, ocurridos en el último rincón del mundo y entre poquísima gente: ahora me es posible ver tantos siglos, el encadenamiento y la sucesión de tantas edades, todos los años que han sido; me es posible ver con antelación los reinos que van a surgir, los que van a hundirse, los derrumbamientos [6] de grandes ciudades y los nuevos recorridos del mar. Pues —si es que el destino de todos puede serte consuelo de tu nostalgia— nada permanecerá donde está ahora, todo lo derribará y llevará consigo la vejez. Y no jugará sólo con los hombres (¿qué es pues esta pequeña porción para el poder de la suerte?), sino con los lugares, las comarcas y los continentes. Arrasará montañas enteras y en otra parte empujará a lo alto nuevos riscos; resecará los mares, desviará los ríos y, una vez que rompa las comunicaciones entre los pueblos, deshará la sociedad y la unión del género humano; en otra parte hará desaparecer ciudades por unas grietas inmensas, las sacudirá con terremotos, y enviará desde las profundidades emanaciones nauseabundas y cubrirá de inundaciones todo el mundo habitado y matará a todos los seres vivos cuando la tierra quede sumergida, y con inmensos incendios abrasará y quemará todo lo perecedero. Y cuando llegue el tiempo en que el mundo se extinga para renovarse, todo se exterminará con sus propias fuerzas, los astros chocarán con los astros y, cuando toda la materia esté en llamas, todo lo que ahora brilla en buen orden arderá en un solo fuego. También nosotros, espíritus dichosos y agraciados con la [7] eternidad, cuando le parezca bien a la divinidad reconstruir todo esto, durante el derrumbamiento universal, como una porción minúscula añadida a la desmesurada catástrofe, nos convertiremos en los elementos primeros». 54

¡Dichoso tu hijo, Marcia, que ya sabe esto!

1 Es conocida la pobre opinión que tiene Séneca de la mujer («un animal sin seso», como la califica en Sobre la firmeza del sabio , 14, 1), común, por otro lado, en la Antigüedad; cf . Ch. Favez, «Les opinions de Sénèque sur la femme», Revue des Études Latines 1 (1938), págs. 335-345.

2 A causa de sus enfermedades crónicas Séneca domina ampliamente, como se ve, la terminología médica, cf . P. Rodríguez Fernández, Séneca enfermo , Mieres del Camino, 1976, págs. 163-182.

3 Sobrino de Augusto, que le dio en matrimonio a su hija Julia (26 a.C.), por lo que era considerado su sucesor, hasta el momento de su muerte temprana, tres años más tarde, en Bayas, supuestamente envenenado por Livia (cf . Dion Casio, Historia romana , III , 33), la cual empezaba así a despejar para sus hijos el camino hacia el trono. Otras noticias sobre el personaje en Tácito, Anales , I , 3, y Veleyo Patérculo, Historia romana , II , 93.

4 Virgilio incluyó en la Eneida un elogio de Marcelo (VI , 855-886). Oyendo recitar esos versos, Octavia se desmayó, según cuenta Donato, Vida de Virgilio , 32.

5 Cuando Livia se divorció de su primer marido, Tiberio Claudio Nerón, para casarse con Octavio, luego Augusto, ya tenía un hijo, Tiberio, y estaba encinta de otro (Dion Casio, op . cit ., XLVIII , 44, 1, y Suetonio, Augusto , 62, 2). Éste se llamó Claudio Nerón Druso, y andando el tiempo se ganó el sobrenombre de Germánico por sus campañas contra esas gentes, en una de las cuales halló la muerte (9 a.C.), tan lamentada porque Druso no había ocultado su intención, si alcanzaba el poder, de restaurar la República (cf . Tácito, Anales , I , 33, y Suetonio, ibid ., 1, 4).

6 Séneca comete un anacronismo al denominar así a Livia en vida de Augusto, pues fue el testamento de éste el que le otorgó el derecho a tomar este nombre (Tácito, Anales , I , 8).

7 Areo Didimo de Alejandría, estoico con tendencias platónicas, ejercía en la familia de Augusto el papel de consejero, tal como era costumbre en la aristocracia de la época.

8 Druso tuvo con Antonia, hija menor de Marco Antonio, dos hijos y una hija: Germánico, Claudio y Livia, más conocida como Livila.

9 Esto es, el futuro normal de un niño romano desde que deja de serlo y asume la condición de adulto y ciudadano; este cambio de niño a hombre se simbolizaba con el de la toga que había vestido hasta entonces (la praetexta , orlada de púrpura) por la viril, totalmente blanca; esta ceremonia se celebraba en medio de una señalada fiesta familiar.

10 Séneca a veces no «dialoga» con Marcia sino con un interlocutor anónimo y difuso, una o varias segundas personas.

11 Verso de Publilio Siro, autor de mimos del siglo I a.C., recogido en una colección de sententiae extraídas de sus obras, una de tantas empleadas en las escuelas (cf . Séneca, Epístolas morales a Lucilio , [en adelante Epíst .,], 33, 6-7); al filósofo le complacía, pues lo cita en otra obra (Sobre la tranquilidad del espíritu , 11, 8).

12 La de Metilio.

13 Famosísima máxima atribuida a uno u otro de los Siete Sabios de Grecia; estaba grabada en el frontón del templo de Apolo en Delfos, lo que explica la referencia a los oráculos que allí emitía la Pitia.

14 Gracias a que, por no dejar sola a Marcia, renunció al servicio militar (Consolación a Marcia , 24, 1), Metilio pudo acceder tempranamente al sacerdocio.

15 Lucio Cornelio Sila (138-78 a.C.) encabezó el partido aristocrático enfrentado en guerra al popular; tras su victoria, asumió el poder y se hizo nombrar dictador, cargo del que abdicó un año antes de su muerte, a lo que hace referencia Séneca. Favorecido toda su vida por la fortuna, le dedicó un templo en Preneste y adoptó el sobrenombre de Felix [afortunado], en el que tanto insiste Séneca.

16 El padre era Jenofonte; su hijo Grilo murió en la batalla de Mantinea (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables , V , 10, 2).

17 Marco Horacio Pulvilo, en realidad cónsul en el año primero después de la expulsión de los reyes (508 a.C.); en calidad de tal le correspondió oficiar la ceremonia de dedicación del templo de Júpiter en el Capitolio (cf . Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación , II , 8, 6-8). El dedicante sujetaba con las manos las jambas de la puerta mientras recitaba la plegaria; cualquier titubeo, error o interrupción invalidaba la ceremonia (Plinio, Historia natural , XI , 37).

18 Lucio Emilio Paulo tuvo dos hijos en cada uno de sus dos matrimonios: los del primero fueron adoptados, uno por la familia Fabia y el otro por la Cornelia, que en adelante se llamó Publio Cornelio Escipión Emiliano, conquistador de Numancia y de Cartago; los habidos en el segundo murieron uno pocos días antes y otro pocos después de celebrarse el triunfo de Paulo por su victoria sobre Perseo, rey de Macedonia; éste iba, según la costumbre, encadenado al carro del vencedor, en el que quizás habrían ido acompañándolo sus hijos (cf . Plutarco, Paulo Emilio , 35, 2).

19 No es ni mucho menos casual la elección del año, el 59 a.C., en que compartieron el consulado dos adversarios políticos, Julio César y Marco (no Lucio, como Séneca repite erróneamente) Bíbulo, cada uno apoyado por su partido con turbias maniobras (cf . Suetonio, Julio César , 19, 1); el enfrentamiento entre ambos concluyó con la reclusión, voluntaria o impuesta, de Bíbulo en su casa mientras duró su mandato (cf . Suetonio, ibid ., 20, 1; Cicerón, Cartas a los familiares , I , 9, 7; Dion Casio, op . cit ., XXXVIII , 6, 4).

20 Bíbulo era procónsul en Siria cuando supo de la muerte de sus hijos, en Egipto y a manos de unas tropas mixtas de veteranos pompeyanos y forajidos de toda laya; cf . César, Guerra civil , III , 110, 2-6; Valerio Máximo, op . cit ., IV , 1, 15.

21 Julia, a la que casó con Pompeyo para reforzar su alianza con él; murió en el año 54 a.C.

22 Séneca parece jugar con el vocablo, pues el cognomen de Pompeyo era precisamente Magnus , «Grande».

23 La gens Julia proclamaba descender de Venus y contaba con algunos miembros deificados (César y Augusto). La expresión que emplea Séneca imita un verso del cantor del origen divino de los Césares, Virgilio (Eneida , IX , 642).

24 Ya había adoptado a sus tres nietos varones, pero los dos mayores murieron sucesivamente (Lucio en el 2 d.C. y Gayo en 4 d.C.), y al menor, Póstumo, lo desterró (7 d.C.); igualmente había condenado al exilio a la madre, su única hija Julia, en el año 2 d.C., veintiún años después de la muerte del primer marido de ésta, el ya mencionado Marcelo (cf . nota 3); de sus dos hijastros y también hijos adoptivos, el menor, Druso, murió en campaña (cf . nota 5), y el mayor, Tiberio, por cálculo o por azar, quedó como su único heredero.

25 Respectivamente, Druso, habido de su matrimonio con Vipsania, y su sobrino Germánico, fallecidos éste en el 19 d.C. y el primero en el 23 d.C.

26 Cuando murió Druso hacía ocho años que Tiberio ocupaba el cargo de Pontífice Máximo.

27 Ahora le conviene a Séneca no mostrarse tan duro con las mujeres como al principio, donde presenta halagadoramente a Marcia como una excepción a los defectos femeninos (cf . nota 1).

28 La violación de la castísima Lucrecia por Sexto Tarquinio y su suicidio inmediato fueron el definitivo impulso que necesitaba Bruto para iniciar la revuelta contra el rey último de Roma, Lucio Tarquinio el Soberbio (cf . Tito Livio, op . cit ., I , 57, 6-69).

29 Una de las doncellas que se hallaban en poder de Porsena como rehenes; a la cabeza de sus compañeras escapó del campamento etrusco y nadando cruzó el Tíber para volver a Roma. Los ciudadanos le votaron una estatua ecuestre, un honor sin precedentes (Tito Livio, op . cit ., II , 13, 6-11).

30 Hija de Escipión Africano, casada con Tiberio Sempronio Graco; entre sus numerosos hijos se contaban Tiberio y Gayo Graco, los célebres impulsores de la reforma agraria en permanente enfrentamiento con la nobleza a la que pertenecían; Tiberio fue muerto en el año 133 a.C. y Gayo se suicidó en el 121 a.C. Séneca generaliza el final de ambos.

31 Su hijo Marco Livio Druso, tribuno de la plebe como los Gracos y también como ellos reformador de las leyes.

32 Parte de un verso de Virgilio (Eneida , III , 418).

33 Torbellino en el mar Tirreno, personificado en un ávido monstruo que habitaba en el estrecho de Mesina, frente a Escila, otro monstruo igual. Caribdis se encrespa cuando sopla el austro, el viento del sur.

34 La ninfa Aretusa, requerida de amores por el río Alfeo, fue transformada por Diana a su vez en río; Alfeo mezcló sus aguas con ella y ambos discurrieron bajo el mar hasta aflorar de nuevo en Ortigia, la isla del puerto de Siracusa (Ovidio, Metamorfosis , V , 577-641).

35 Las famosas Latomías (propiamente, «canteras»), cuya característica más notable era su profundidad: Séneca se refiere a ellas empleando casi las mismas palabras que Cicerón (Contra Verres , V , 62). En las Latomías trabajaron como forzados los prisioneros atenienses capturados en la batalla naval de Siracusa (413 a.C.).

36 Dionisio el Joven, tirano de Siracusa (367-346 a.C.), cuyo despotismo no pudo refrenar Platón, llamado al efecto por Dion, su amigo y seguidor, y tío de Dionisio; éste, tras una serie de disturbios, se exilió en Corinto.

37 Los cinco planetas conocidos en la época: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.

38 El Océano que rodea la Tierra penetra en ella formando el mar Mediterráneo, el mar Rojo y el Caspio (los antiguos lo creían comunicado con el Océano), y separando así los continentes.

39 Según Plinio, op . cit ., IX , 186, y X , 165, las ballenas se hacen guiar por un pez llamado musculus , cuya inexistencia no impidió, por supuesto, su descripción minuciosa (cf . Claudio Eliano, Historia de los animales , II , 13).

40 Séneca enumera sin nombrarlos algunos de los componentes más característicos de los infiernos clásicos: el Érebo, que es la oscuridad misma, los ríos Flegetonte, de aguas ardientes, y Leteo, que borra los recuerdos al que bebe de las suyas, los jueces infernales Éaco, Minos y Radamanto, los pocos que penan una falta imperdonable, Sísifo, Ixión, Tántalo y las Danaides, y el señor de todo, Plutón.

41 El caso de Pompeyo era ejemplo típico de cuánto puede a uno ahorrarle una muerte a tiempo (cf . Cicerón, Disputaciones tusculanas , 186, y Veleyo Patérculo, op . cit ., II , 48, 2): Pompeyo se habría evitado la derrota definitiva en la batalla de Farsalia (de la que no fue, como exagera Séneca, el único superviviente: cf . César, Guerra civil , III , 96, 4), la huida a uña de caballo y velas desplegadas hacia Egipto y la muerte por orden del rey Ptolomeo XIV, ejecutada por su prefecto Aquilas; muerte doblemente humillante para un romano que era además defensor de las libertades del pueblo.

42 Cicerón fue cónsul en el 63 a.C., cuando sofocó la conocida conjuración de Lucio Sergio Catilina; la hija de Cicerón, Tulia, murió en el 45 a.C. Si su padre hubiera muerto poco después, no habría sido testigo y víctima de las proscripciones desatadas por el segundo triunvirato, de la proliferación de delatores y sicarios tan sanguinarios como Catilina.

43 Marco Porcio Catón, llamado de Útica para distinguirlo de su bisabuelo, el Censor. Esta gestión que se le encomendó consistía en realidad en despojar a Ptolomeo XIII Auletes (padre del que mandó matar a Pompeyo) de su posesión de Chipre. Con este fin fue nombrado quaestor pro praetore en la isla (58 a.C.), que quedó convertida en provincia romana (cf . Plutarco, Catón el Joven , 34, 4-38). Más tarde, en la guerra civil tomó partido por Pompeyo y acabó su vida suicidándose en Útica (45 a.C.).

44 Cf . nota 38.

45 Parte de otro verso de Virgilio (Eneida , X , 472).

46 Publio Rutilio Rufo, condenado al exilio por las presiones de los recaudadores de impuestos cuyos manejos había denunciado y que a su vez la acusación y los perros rabiosos que Sejano, para tenerlos dóciles sólo con él y feroces con todos, alimentaba con sangre humana, le acusaron del mismo delito que él les imputaba. No quiso regresar a Roma, pese a que Sila se lo solicitó.

47 Tácito menciona un segundo cliente, Pinario Nata (Anales , IV , 34).

48 No se trata de otro error de Séneca (Pompeyo, ya se ha dicho, fue muerto en Egipto y enterrado allí), sino de un empleo figurado de «cenizas» por «recuerdo».

49 Concepto reiterado en el diálogo Fedón (64a y 67d).

50 Papirio Fabiano, filósofo y declamador en la primera mitad del siglo I d.C., admirado por sus descripciones y sententiae (cf . Séneca el Viejo, Controversias , II , pref., 1-3), y maestro de Séneca, que lo cita repetidas veces en sus epístolas (11, 4; 49, 12; 52, 11; etc.).

51 Dioses domésticos similares a los lares; su nombre, como el de éstos, se utiliza en metonimia con el significado de «hogar, casa, familia».

52 La pena que involuntariamente le ha causado con su muerte.

53 Los escollos por antonomasia, situados en la costa entre Cartago y Cirene: la Gran Sirte al este y la Pequeña Sirte al oeste, actualmente conocidas como los golfos de Sidra y de Gabes.

54 Ha concluido la grandiosa exposición de un concepto de la más estricta ortodoxia estoica: el mundo se renueva periódicamente mediante cataclismos universales.

CONSOLACIÓN A SU MADRE HELVIA

A menudo, madre excelente, he sentido el impulso de consolarte, a menudo [1 ] lo he reprimido. Muchas razones me inducían a atreverme: en primer lugar, me parecía que podría librarme del peso de todas mis contrariedades cuando, aunque no hubiera podido contener tus lágrimas, las hubiera al menos, entre tanto, enjugado; después, no dudaba que tendría más autoridad a la hora de animarte si antes me hubiera rehecho yo; además, temía que un golpe de suerte superado por mí superara a alguno de los míos. Así pues, como podía, intentaba arrastrarme, tapándome la desgarradura con la mano, para vendar vuestras heridas. En [2] cambio, había otras para retrasar mi proyecto: sabía que no debía enfrentar tu dolor mientras se desencadenara con su primera violencia, no fuera a ser que los propios consuelos lo avivaran y encendieran, pues también en la enfermedad no hay nada más perjudicial que un medicamento intempestivo; estaba por tanto a la espera de que quebrantara él mismo sus fuerzas y, una vez que el paso del tiempo lo hubiera aplacado para poder resistir los remedios, consintiera en ser palpado y sometido a tratamiento. Además, cuando ojeaba todos los tratados de los más esclarecidos ingenios, escritos con el propósito de mitigar y moderar los duelos, no encontraba ejemplo de uno que hubiera consolado a los suyos cuando él mismo era llorado por ellos; estaba así dudoso ante esta situación insólita y me daba miedo de que resultara no una consolación sino una inflamación. ¿Y cómo no, si hacían falta palabras nunca dichas y no [3] sacadas de las exhortaciones normales y corrientes, para un hombre que, por consolar a los suyos, alzaba la cabeza de su propia pira? Al contrario, es inevitable que la intensidad de todo dolor que sobrepasa el límite impida la elección de las palabras, puesto que a menudo priva incluso de la propia habla. Como pueda, lo intentaré, no por confianza en mi talento, [4] sino porque puedo ser una suerte de consuelo eficacísimo yo mismo, el que ahora consuela. A quien no le negarías nada, seguramente no le irás a negar ahora, espero, por más que toda aflicción sea persistente, tu consentimiento a que se fije por mi parte un límite a tu añoranza.

[2 ] Advierte qué grandes esperanzas me he hecho de tu complacencia: no dudo que voy a tener sobre ti más dominio que tu dolor, que es lo que tiene mayor dominio sobre los desdichados. Así pues, para no enfrentarme enseguida con él, previamente lo secundaré y lanzaré sobre él materia que lo avive: todo lo extraeré y volveré a abrir lo que ya está [2] cicatrizado. Alguien dirá: «¿Qué manera de consolar es ésta, revivir desgracias ya borradas y poner al espíritu ante la visión de todas sus tribulaciones, cuando apenas soporta la de una sola?». Pues piense ese que todo lo que es maligno hasta el punto de recrudecerse, contra los remedios las más de las veces se cura con otros contrarios. Así pues, le aplicaré todos los duelos, todos sus dolores: esto va a ser no medicar con miramientos, sino cauterizar y amputar. ¿Qué voy a conseguir? Que un espíritu vencedor de tantas desdichas se avergüence de aguantar [3] mal un solo golpe en un cuerpo tan marcado de cicatrices. 55 Así pues, que lloren largo tiempo y giman aquellos cuyos corazones melindrosos ha enervado una prolongada prosperidad y que se derrumban por la sacudida de los más ligeros contratiempos; aquellos, en cambio, cuyos años han transcurrido enteramente en medio de quebrantos, que soporten también lo más penoso con firme e inquebrantable serenidad. Una única ventaja tiene la desventura constante: a los que atormenta siempre, al final los acaba curtiendo.

[4] La suerte no te concedió ningún momento libre de los más penosos duelos, ni siquiera exceptuó el día de tu nacimiento: perdiste a tu madre en cuanto naciste, mejor dicho, mientras nacías, y fuiste en cierto modo abandonada a la vida. Creciste con una madrastra, a la que de cierto obligaste a convertirse en madre con toda la obediencia y el afecto como se pueden hallar en una hija; de todos modos, a nadie le ha dejado de salir cara una madrastra, incluso bondadosa.

A un tío materno, 56 el hombre más cariñoso, excelente y valeroso, lo perdiste cuando aguardabas su llegada; y, para que la suerte no mitigara su saña con dilaciones, a los treinta días enterraste a tu queridísimo esposo, 57 del que eras madre de tres hijos. Estando de luto te notificaron este luto, con todos tus hijos ausentes, además, como si tus desgracias se hubieran acumulado adrede para esa ocasión, a fin de que no hubiera donde pudiera recostarse tu dolor. Paso por alto tantos [5] peligros, tantos temores que soportaste cuando sin pausa arremetían contra ti; hace bien poco, en el mismo seno del que habías hecho salir a tres nietos acogiste los restos de tres nietos. 58 A los veinte días de haber enterrado tú a mi hijo, 59 muerto entre tus brazos y tus caricias, te enteraste de que te había sido arrebatado yo. Esto te faltaba aún, llevar luto por los vivos.

Este último golpe, lo reconozco, es el más duro de cuantos alguna [3 ] vez se han abatido sobre tu cuerpo: no ha desgarrado superficialmente la piel, ha atravesado el pecho y las entrañas mismas. Pero, al igual que los bisoños levemente heridos gritan sin embargo y sienten más horror de las manos de los médicos que de la espada, y en cambio los veteranos, aun traspasados de lado a lado, permiten pacientemente y sin gemidos que les limpien las heridas como si no se tratara de sus cuerpos, así debes tú ahora prestarte valerosamente al tratamiento. Los lamentos, [2] los gritos y demás con que habitualmente se alborota el dolor de las mujeres, recházalos de plano: has desaprovechado, en efecto, tus numerosas desgracias si aún no has aprendido a ser desdichada. ¿No te parece que te he tratado sin remilgos? Nada te he ocultado de tus desgracias, sino que las he puesto todas amontonadas ante ti.

Lo he hecho con un propósito ambicioso: he decidido, en efecto, [4 ] derrotar tu dolor, no confinarlo. Y lo derrotaré, creo, si en primer lugar te hago ver que no padezco nada por lo que pueda ser llamado yo desdichado, y menos aún por lo que haga desdichados también a los que me tocan de cerca; y segundo, si paso a tu caso y te demuestro que en absoluto es penosa tu suerte, que depende completamente de la mía. 60

[2] Empezaré lo primero por esto que tu amor está impaciente por oír: no me ocurre nada malo. Si puedo, te haré evidente que las circunstancias mismas que piensas que me agobian no son insoportables; y si esto es imposible de creer, al menos yo estaré satisfecho conmigo mismo, puesto que seré feliz en unas circunstancias que suelen hacer desdichados [3] a los demás. No hay razón para que te fíes de otros en lo que a mí toca: yo mismo, para que no te veas inquietada en absoluto por suposiciones infundadas, te aclaro que no soy desdichado. Añadiré, para que estés más segura, que ni siquiera puedo llegar a ser desdichado.

[5 ] Hemos sido engendrados en condiciones favorables mientras no nos apartemos de ellas. La naturaleza ha hecho que para vivir bien no haya necesidad de grandes preparativos: cada cual puede hacerse feliz a sí mismo. La importancia de las circunstancias externas es poca y tal que no tiene gran influencia en ninguno de los dos sentidos: ni las favorables encumbran al sabio ni las adversas lo abaten. En efecto, siempre se ha esforzado por depender lo más posible de sí mismo, por esperar [2] de sí mismo todas las satisfacciones. ¿Qué, pues? ¿Estoy diciendo que soy un sabio? En absoluto; pues si realmente pudiera afirmarlo, no sólo negaría ser un desdichado, sino que proclamaría que soy el más afortunado de todos y que he sido trasladado a la vecindad con el dios. En realidad, cosa que es bastante para mitigar todos los pesares, me he puesto en manos de los sabios y, no estando aún repuesto para socorrerme a mí mismo, me he refugiado en campamento ajeno, esto es, el de [3] los que sin dificultad se defienden a sí mismos y a los suyos. 61 Ellos me han aconsejado estar constantemente en pie, como haciendo de centinela, y avistar todas las intentonas de la suerte, todos los ataques, mucho antes de que arremetan. Es penosa para quienes es imprevista; fácilmente la resiste quien siempre la aguarda. Pues también la llegada del enemigo arrolla a los que ha cogido desprevenidos; en cambio, quienes se han preparado antes de la guerra para la guerra venidera, bien dispuestos y aprestados, aguantan fácilmente la primera embestida, que es la más violenta.

Nunca me fié yo de la suerte, incluso cuando parecía proponerme [4] la paz. Todas las cosas que iba acumulando tan bondadosamente sobre mí, dinero, cargos, influencia, las puse en un lugar del que pudiera ella recuperarlas sin molestarme a mí. Mantuve una gran distancia entre ellas y yo; por lo tanto, me las ha quitado, no arrancado. A nadie ha aplastado la suerte adversa sino al que engañó mostrándosele favorable. Los que se han encariñado con los regalos de ella como suyos para siempre, [5] los que por ellos han querido ser admirados, quedan postrados y afligidos cuando los engañosos y tornadizos deleites dejan plantados a sus espíritus frívolos e infantiles, por completo desconocedores del placer estable; en cambio, el que no se ha inflado en circunstancias prósperas tampoco se encoge cuando cambian. Frente a ambas situaciones mantiene incólume su espíritu, de entereza ya puesta a prueba, pues en la ventura misma ha aprendido qué poder tenía contra la desventura. [6] Así pues, yo consideré siempre que en aquellas cosas que todos desean no hay ningún verdadero bien, las hallé entonces hueras y maquilladas con afeites aparentes y engañosos, sin tener en su interior nada que correspondiera a su aspecto; ahora, en las que llaman desgracias no hallo nada tan terrible y riguroso como presagiaba la opinión de la gente. La palabra misma, sin duda, en virtud de una cierta convicción y acuerdo ya suena a nuestros oídos bastante desagradable y al oírla nos golpea como algo funesto y abominable: así lo dictamina el pueblo, pero las sentencias del pueblo en gran parte las derogan los sabios.

Dejando a un lado, entonces, el juicio de la mayoría, a la que arrastra [6 ] la apariencia externa de las cosas, como quiera que la consideren, veamos qué es el destierro. Por supuesto, un cambio de lugar. Que no parezca que le resto importancia y escamoteo lo que contiene de malo: a este cambio de lugar le sigue una serie de contrariedades: la pobreza, la deshonra, el menosprecio. Contra éstas argumentaré más tarde; por el momento quiero considerar primero qué amarguras aporta el cambio de lugar en sí mismo.

«Estar lejos de la patria es intolerable.» Pues bien, contempla esta [2] aglomeración para la que apenas bastan las casas de una ciudad inmensa: la mayor parte de esa muchedumbre está lejos de su patria. Han acudido en masa desde sus municipios y colonias, del orbe entero, en suma. A unos les ha empujado la ambición, a otros las exigencias de una misión oficial, a otros la encomienda de alguna embajada, a otros el desenfreno, que busca un lugar conveniente y copioso en vicios, a otros la afición a los estudios liberales, a otros los espectáculos; a algunos les ha atraído la amistad, a otros el ingenio, que encontró amplio campo para mostrar sus cualidades; algunos han traído una belleza en [3] venta, otros una elocuencia en venta. Ninguna clase de hombres deja de acudir a una ciudad que concede gran valor tanto a sus virtudes como a sus vicios. Haz llamar a todos ésos por su nombre y pregunta de qué tierra es cada uno: verás que son mayoría los que, tras abandonar su país, han venido a la ciudad más grande y hermosa, ciertamente, [4] pero no suya. Después márchate de esta urbe que casi puede decirse perteneciente a todos, recorre todas las ciudades: ninguna deja de tener una gran proporción de gente forastera. No te detengas en aquellas cuya amena situación y favorable entorno seducen a los demás; examina los parajes desiertos y las islas inhóspitas, Escíato y Serifo, Gíaro y Cosura: 62 no hallarás ningún destierro en el que no viva alguien por propio deseo. ¿Qué se puede hallar tan desnudo, tan escarpado [5] por todas partes como esta roca? ¿Qué más yermo en cuanto a los recursos? ¿Qué más agreste en cuanto a los hombres? ¿Qué más horrible en cuanto a la situación misma? ¿Qué más extremado en cuanto al clima? 63 Y sin embargo hay aquí más forasteros que naturales del país. Luego el cambio de lugares no es en sí penoso, hasta el punto de que incluso este lugar ha separado a algunos de su patria. [6] Encuentro autores que afirman que hay en nuestro espíritu un cierto prurito natural por cambiar la residencia y trasladar el domicilio; en efecto, al hombre le ha sido dada una mente vivaz e incansable: en ningún lado se detiene, se dispersa y desparrama sus pensamientos sobre todo lo conocido y lo desconocido, errática, renuente al descanso y [7] satisfecha con las novedades. De lo cual no te extrañarás si tienes en cuenta su origen primero: no está formada de una sustancia terrena y pesada, proviene del espíritu celeste; ahora bien, la naturaleza de los fenómenos celestes siempre está en movimiento, huye y se precipita en velocísima carrera. Contempla los astros que iluminan el firmamento: ninguno de ellos está inmóvil. 〈El sol〉 se desliza constantemente y cambia un lugar por otro y, aunque gira junto con el universo, se mueve no obstante en dirección contraria al propio firmamento, 64 discurre por todas las partes de los signos, nunca se para: son permanentes su avance y su andar de acá para allá. Todos están siempre girando y [8] trasladándose tal como dispusieron la ley y la exigencia de la naturaleza, se dirigen de acá para allá; cuando hayan completado sus órbitas durante un determinado número de años se irán de nuevo por donde habían venido. Ve ahora tú y piensa que el espíritu humano, formado con los mismos elementos de que está constituido lo divino, lleva a mal el traslado y la mudanza, siendo así que la naturaleza divina se complace o incluso se sustenta en un cambio constante y apresurado.

Pues bien, pasa ahora de lo celeste a lo humano: verás que pueblos [7 ] y naciones en masa han cambiado su lugar de residencia. ¿Qué significan en medio de países bárbaros las ciudades griegas? ¿Y entre indios y persas la lengua macedónica? 65 La Escitia y toda aquella extensión de pueblos salvajes e ingobernables ostentan poblaciones aqueas establecidas en las costas del Ponto: 66 ni la crudeza de un invierno permanente, ni el temperamento de sus hombres, temible al igual que su clima, los detuvieron a la hora de trasladar sus casas. En Asia hay una [2] multitud de atenienses; 67 Mileto ha diseminado por todas partes población suficiente para setenta y cinco ciudades; todo el flanco de Italia que baña el mar Inferior fue la Magna Grecia. 68 Asia reclama como suyos a los etruscos; 69 los tirios habitan África, Hispania los cartagineses; 70 los griegos se introdujeron en la Galia, en Grecia los [3] galos; 71 los Pirineos no impidieron el paso de los germanos. 72 Por parajes inaccesibles y desconocidos se ha desenvuelto la movilidad de los hombres. Arrastraron consigo a sus hijos y mujeres y a sus padres impedidos por la vejez. Unos, tras verse zarandeados en un largo errabundeo, no escogieron el lugar con buen criterio, sino que ocuparon el más cercano, a causa del cansancio; otros se ganaron con las armas el derecho sobre la tierra ajena; a algunos pueblos se los tragó el mar cuando se dirigían a tierras desconocidas, otros se asentaron allí donde los [4] arrojó la más completa penuria. Y la razón de abandonar su patria y buscar otra no fue la misma para todos: a unos la destrucción de sus ciudades los empujó, escapando de las armas enemigas, a los dominios de otros, al verse despojados de los suyos; a otros los alejó una revuelta civil; a otros la excesiva aglomeración de gente sobrante los obligó a marcharse a fin de disminuir la población; a otros los expulsaron las epidemias o unos agrietamientos frecuentes de la tierra o algún defecto insoportable de un suelo estéril; a algunos los sedujo la fama de una [5] región feraz y exageradamente alabada. Distintas razones hicieron salir de su patria a unos y a otros: en todo caso, es evidente que nada ha permanecido en el mismo lugar en que fue engendrado. El ir y venir del género humano es constante; algo se muda cada día en un mundo tan vasto: se echan nuevos cimientos de ciudades, surgen nuevos nombres de pueblos en tanto que los anteriores han desaparecido o se han anexionado a otro más poderoso. Ahora bien, todas estas emigraciones [6] de pueblos ¿qué otra cosa son sino destierros en masa? ¿A qué hacerte dar tantos rodeos? ¿Qué interés tiene enumerar a Anténor, fundador de Padua, 73 y a Evandro, que emplazó a orillas del Tíber el reino de los árcades? 74 ¿A Diomedes y a los demás, vencidos lo mismo que vencedores, a quienes la guerra de Troya dispersó por tierras de otros? 75 El [7] imperio romano, es bien sabido, contempla como su fundador a un desterrado a quien, fugitivo de su patria sometida, llevando consigo unos pocos despojos, la necesidad y el miedo al vencedor trajeron hasta Italia, en su busca de tierras lejanas. Este pueblo, después, ¡cuántas colonias ha enviado a cada provincia! Dondequiera que el romano ha vencido, allí reside. Daban sus nombres de buen grado para estos cambios de lugar y el anciano abandonaba sus altares y seguía a los colonos allende el mar.

Realmente el asunto no requiere enumerar más casos: añadiré uno, [8] sin embargo, que tengo bien a la vista: esta isla misma ya ha cambiado a menudo de habitantes. Pasando por alto los hechos más antiguos que el paso del tiempo ha velado, los griegos que ahora habitan Marsella, tras abandonar la Fócide, 76 se asentaron primero en esta isla; no está claro qué los ahuyentó de ella, si el rigor del clima o la proximidad de la prepotente Italia o la naturaleza de un mar sin puertos; pues es evidente que no contó entre los motivos la fiereza de los habitantes, porque entonces precisamente se mezclaron con los feroces y toscos pueblos de la Galia. Después pasaron a ella los ligures, pasaron también los [9] hispanos, lo que es evidente por la semejanza de las costumbres: tienen los mismos tocados y el mismo tipo de calzado que los cántabros, incluso algunas palabras, pues en conjunto su lengua, por el trato con griegos y ligures, se ha alejado de la materna. Después fueron traídas dos colonias de ciudadanos romanos, una por Mario y la otra por Sila: 77 ¡tantas veces ha cambiado la población de esta roca yerma y erizada de [10] espinas! En suma, apenas encontrarás una tierra que todavía la habiten los nativos; todo está revuelto y mezclado. El uno ha sustituido al otro: éste ha deseado lo que a aquél aburrió; aquél ha sido arrojado de donde él había expulsado a otro. Así plugo al hado, que no se mantenga siempre en el mismo lugar la suerte de cosa alguna.

[8 ] Contra el cambio de lugares en sí, excluyendo las demás contrariedades que son inherentes al destierro, Varrón, el más erudito de los romanos, 78 cree que es suficiente este remedio: dondequiera que vamos hemos de disfrutar de una misma naturaleza; Marco Bruto 79 cree suficiente que les sea posible a quienes van al destierro llevarse consigo [2] sus virtudes. Incluso si estos argumentos por separado los juzga alguien poco eficaces para consolar al desterrado, reconocerá que ambos en unión tienen mucha más fuerza. ¡Qué poquito es, en efecto, lo que hemos perdido! Las dos cosas que son las más excelentes nos seguirán adondequiera que nos traslademos: la naturaleza universal y la virtud [3] particular. Así, puedes creerme, quedó determinado por quienquiera que haya sido el configurador del universo, bien sea él un dios omnipotente, bien una inteligencia incorpórea creadora de obras inmensas, bien un soplo esparcido por todo lo más grande y lo más pequeño con igual intensidad, bien el hado y la invariable sucesión de causas vinculadas unas con otras; 80 así, digo, quedó determinado que no cayera bajo el dominio de otro sino lo más prescindible. Todo lo mejor que [4] hay para el hombre está más allá del poder humano: no se puede dar ni quitar. Este mundo, mayor y mejor provisto que ninguna otra cosa creada por la naturaleza, y el espíritu, espectador y admirador del mundo del que es la parte más espléndida, son propiedad nuestra perpetua y van a durar con nosotros tanto tiempo como nosotros duremos. Así pues, dirijámonos con paso firme adondequiera que las circunstancias [5] nos lleven, alegres y confiados, recorramos las tierras que sean; dentro del mundo no se 〈puede〉 encontrar ningún destierro 〈pues nada de lo que〉 está 〈dentro del mundo〉 es ajeno al hombre. 81 Desde cualquier sitio la mirada se alza al cielo a igual distancia, por intervalos similares todo lo divino está separado de todo lo humano. [6] Por consiguiente, mientras mis ojos no se vean apartados del espectáculo que nunca les cansa, mientras me sea posible contemplar el sol y la luna, seguir con la vista los demás astros, investigar sus ortos y ocasos, los intervalos y los motivos de que se muevan más rápido o más despacio, observar tantas estrellas que resplandecen por la noche, unas fijas y otras que se alejan no mucho trecho sino que describen círculos sobre sus propias huellas, algunas que estallan de repente, otras que deslumbran la vista con el fuego que esparcen, como si estuvieran cayendo o que pasan volando largo trecho con su potente luz; mientras esto me acompañe y, en la medida en que le está permitido al hombre, me entremezcle con los fenómenos celestes, mientras tenga siempre mi espíritu en lo más alto propenso a la observación de cosas que le son afines, 82 ¿qué me importa el suelo que pise?

«Pero esta tierra no es rica en árboles frutales o frondosos, no está [9 ] regada por cauces de ríos grandes ni navegables; no produce nada que deseen otras gentes, apenas bastante fértil para el mantenimiento de los que la habitan; aquí no se extrae el valioso mármol, no se explotan filones de oro ni de plata.» Es mezquino el espíritu al que gustan las [2] cosas terrenas: hay que guiarlo hacia aquellas que en todas partes se muestran igual, en todas partes resplandecen igual. Y hay que pensar que las primeras estorban los bienes verdaderos, mediante falsedades y creencias sin fundamento. Cuanto más largas dispongan sus galerías cubiertas, cuanto más arriba levanten sus torres, cuanto más ampliamente agranden sus fincas, cuanto más hondo excaven sus subterráneos para el verano, cuanto más grande sea la carga con que eleven los [3] tejados de sus cenadores, tanto más será lo que les oculte el cielo. El azar te ha arrojado a una región en la que una cabaña es el más suntuoso cobijo: en verdad que eres de espíritu menguado y que mezquinamente se consuela si lo soportas valerosamente sólo porque conoces la cabaña de Rómulo. 83 Di más bien así: «¿No es cierto que esta humilde choza da acogida a la virtud? Entonces será más bella que cualquier templo cuando en ella se haga ver la justicia, la moderación, la prudencia, la piedad, el buen sentido para distribuir con equidad los quehaceres, el conocimiento de lo humano y lo divino. No es estrecho ningún lugar en que cabe este tropel de virtudes tan grandes, no es penoso ningún destierro al que es posible ir con esta compañía».

[4] Bruto, en el libro que escribió sobre la virtud, 84 cuenta que vio a Marcelo 85 desterrado en Mitilene y, al menos en la medida en que a los hombres se lo permite su naturaleza, viviendo con la mayor felicidad y nunca más aficionado a las buenas artes que en aquella época. Y así añade que más le pareció marchar al destierro él, que iba a regresar sin [5] el otro, que dejar a éste en el destierro. ¡Marcelo, más afortunado en la época en que su destierro pareció bien a Bruto que cuando a la República su consulado! ¡Qué grande fue el hombre que hizo que alguien se considerara desterrado porque se alejaba de un desterrado! ¡Qué gran hombre, el que causó la admiración de un personaje admirable [6] incluso para su Catón! 86 El mismo Bruto cuenta que Gayo César pasó de largo por Mitilene porque no aguantaba ver caído en desgracia a ese hombre. Es verdad que con peticiones oficiales el Senado le consiguió el permiso para regresar, tan inquieto y afligido que aquel día todos parecían tener los sentimientos de Bruto, y pedir no por Marcelo sino por ellos mismos, no fueran a estar desterrados si estaban sin él; pero logró mucho más el día en que Bruto no pudo dejarlo como desterrado ni César verlo. En efecto, se ganó el testimonio de ambos: a Bruto le dolió regresar sin él, a César le avergonzó. ¿Dudas acaso que aquel [7] hombre excelente, para sobrellevar pacientemente el destierro, se haya dado ánimos así a menudo?: «Que estés lejos de la patria no es ninguna desdicha. Estás tan impregnado de estudios filosóficos que sabes que el sabio tiene su patria en cualquier lugar. Y además, este que te ha expulsado ¿no estuvo él mismo lejos de la patria durante diez años seguidos? 87 Para acrecentar el imperio, sin duda, pero lo cierto es que estuvo lejos. Ve ahora cómo se lo lleva África llena de amenazas por la [8] guerra que resurge, se lo lleva Hispania, que está restaurando el partido quebrantado y maltratado, se lo lleva el desleal Egipto, 88 el mundo entero, en fin, que está atento a la oportunidad ofrecida por la convulsión del imperio. ¿A qué problema hará frente primero? ¿A qué partido se opondrá? Por todas las tierras lo arrastrarán sus victorias. A él, que lo ensalcen y veneren las naciones: tú vive contento con la admiración de Bruto».

Marcelo, entonces, soportó bien su destierro y nada cambió en su [10 ] espíritu el cambio de lugar, por más que lo siguiera la pobreza. Que en ésta no hay nada malo lo entiende cualquiera que no haya dado aún en la locura de la avaricia y el lujo, que todo lo vuelven del revés. ¡Qué poco es, en efecto, lo que es necesario para el mantenimiento del hombre! ¿Y a quién le puede faltar eso siempre que tenga alguna virtud? En lo que a mí respecta, concretamente, entiendo que no he [2] perdido riquezas sino preocupaciones. Las exigencias del cuerpo son reducidas: quiere mantener lejos el frío y calmar con alimentos el hambre y la sed; lo que se desea de más es trabajo para los vicios, no para las necesidades. No es preciso escudriñar entero el abismo ni abrumar el estómago con una matanza de animales, ni desenterrar ostras en una playa desconocida del último mar. ¡Que dioses y diosas destruyan a esos cuyos lujos traspasan las fronteras de un imperio tan [3] envidiado! Más allá del Fasis 89 quieren que se cace para proveer su pretenciosa cocina y no les avergüenza obtener aves de los partos, de quienes aún no hemos tenido venganza. 90 De todas partes acarrean cualquier cosa para su glotonería, que aborrece las ya conocidas; lo que su estómago, estropeado por las exquisiteces, apenas admite, se les trae desde el confin del océano; vomitan para comer, comen para vomitar, y ni siquiera se dignan digerir los manjares que buscan por todo el mundo. Si uno desprecia estas cosas, ¿en qué le perjudica la pobreza? Y si uno las desea, también le es provechosa la pobreza, pues, a pesar suyo, recobra la salud y, aunque ni siquiera por obligación acepta los remedios, ciertamente entre tanto, mientras no puede quererlas, es semejante al que no las quiere.

[4] Gayo César, 91 a quien me parece que la naturaleza engendró para mostrar de qué eran capaces unos vicios extremados en medio de una suerte extremada, se cenó diez millones de sestercios en un solo día y aunque en ello se vio ayudado por la imaginación de todos, a duras penas encontró la manera de transformar en una sola cena el tributo de [5] tres provincias. ¡Qué dignos de lástima aquellos cuyo apetito no se estimula más que ante costosos manjares! Además, no los hace costosos un sabor exquisito o algún otro atractivo para el paladar, sino la escasez y la dificultad para conseguirlos. Por otra parte, si deciden recobrar su sano juicio, ¿qué necesidad hay de tantos recursos al servicio del estómago, de tanto comercio, de asolar los bosques, de escudriñar el abismo? Por todas partes están los alimentos que la naturaleza dispuso en cualquier lugar; pero los pasan por alto, como ciegos, y recorren todos los países, atraviesan los mares y, aunque pueden aplacar su hambre con [6] escaso gasto, la excitan con mucho. Dan ganas de decirles: «¿Por qué fletáis barcos? ¿Por qué armáis vuestras manos contra las bestias y con tra los hombres también? ¿Por qué corréis de un lado a otro con tanta agitación? ¿Por qué acumuláis riquezas sobre riquezas? ¿No queréis pensar qué pequeños son vuestros cuerpos? ¿No es locura y extravío mental insuperable desear mucho cuando abarca uno tan poco? Así pues, por más que acrecentéis vuestros patrimonios y extendáis vuestras posesiones, nunca ensancharéis vuestros cuerpos. Cuando os hayan ido bien los negocios y las campañas militares os hayan procurado mucho, cuando se hayan amontonado los manjares rastreados por todas partes, no tendréis donde almacenar vuestras provisiones. ¿Por qué acaparáis tantas cosas? Está claro que nuestros antepasados, cuyo valor sustenta [7] aún ahora nuestros vicios, eran unos desventurados que se procuraban el alimento con sus propias manos, que tenían la tierra por lecho, cuyas casas aún no refulgían con el oro, cuyos templos aún no resplandecían con las piedras preciosas; pues entonces se prestaba piadosamente juramento por unos dioses de arcilla: pero quienes los habían invocado, con tal de no defraudarles, volvían a enfrentarse al enemigo dispuestos a morir. 92 Está claro que nuestro dictador, 93 que atendió a los legados samnitas [8] mientras daba vueltas en el fuego a su humildísima comida con su propia mano, aquella con la que ya había golpeado a menudo al enemigo y había restituido la corona de laurel en el regazo de Júpiter Capitolino, vivía menos feliz que vivió en nuestra época Apicio, 94 quien en la ciudad de la que una vez se ordenó salir a los filósofos como corruptores de la juventud, envenenó, dedicándose al arte culinario, a su generación con su ciencia. Vale la pena conocer su final. Cuando había dilapidado [9] en su cocina cien millones de sestercios, cuando había engullido tantas donaciones de príncipes y las inmensas rentas del Capitolio en sucesivos festines, abrumado por las deudas revisó entonces por primera vez sus cuentas, pues se vio obligado; calculó que le quedarían diez millones de sestercios y, como si fuera a vivir con la más extrema estrechez si vivía [10] con diez millones de sestercios, puso fin a su vida con veneno. ¡Cuánta ansia de lujo poseía a ese al que parecieron una miseria diez millones de sestercios! Ahora ve y piensa que lo que hace al caso es la moderación en el dinero, no en el deseo. Uno ha habido que se espantó ante diez millones de sestercios y lo que otros buscan con vehemencia él lo rehuyó con veneno. No obstante, para aquel hombre de mente tan depravada su última bebida fue la más saludable: entonces sí que comía y bebía venenos, cuando no sólo disfrutaba sino que presumía de sus desaforados banquetes, cuando hacía ostentación de sus vicios, cuando atraía a los ciudadanos a sus excesos, cuando incitaba a los jóvenes, maleables [11] por sí mismos aun sin malos ejemplos, a imitarlo. Cosas así suceden a los que no ajustan sus riquezas a la razón, cuyos límites son precisos, sino a una conducta licenciosa, cuyo capricho es inmenso e incontenible. Para la codicia nada es bastante, para la naturaleza incluso un poco es bastante. Luego la pobreza no acarrea ninguna contrariedad a los desterrados: en efecto, ningún destierro es tan mísero que no sea fértil de sobra para alimentar a un hombre.

[11 ] «De todos modos el desterrado tiene que echar de menos sus vestidos y su casa.» Esto también lo echará de menos sólo para su uso: no le faltarán ni un techo ni con qué cubrirse, pues el cuerpo se protege con tan poco como se alimenta; la naturaleza no le hizo complicado al hombre nada de lo que le iba haciendo necesario. Pero echa de menos [2] la púrpura impregnada de abundante múrice, 95 bordada en oro y adornada con colores y artificios variados: ése no es pobre por culpa de la suerte, sino por la suya propia. Incluso si le devuelves lo que ha perdido, no conseguirás nada, pues cuando esté rehabilitado le faltarán de [3] sus deseos más cosas que cuando desterrado de sus posesiones. Pero echa de menos la vajilla resplandeciente de vasos de oro y la plata ennoblecida por los nombres antiguos de sus artífices, el bronce valioso por la extravagancia de unos cuantos 96 y el tropel de esclavos capaz de hacer estrecha la casa por amplia que sea, los animales de tiro ya ahítos y obligados a engordar, y los mármoles de todas partes: por más que estas cosas se acumulen, nunca saciarán su insaciable deseo, al igual que ningún líquido bastará para satisfacer a uno cuya necesidad no proviene de la falta sino del ardor de sus entrañas abrasadas: pues no es eso sed sino enfermedad. Y esto no sucede sólo con el dinero o los [4] alimentos; la misma condición hay en toda necesidad que no nace simplemente de la falta sino del vicio: lo que acumules para ella no supondrá el fin de su avidez sino un paso más. Así pues, quien se mantiene dentro de los límites naturales no notará la pobreza; a quien sobrepasa los límites naturales lo perseguirá la pobreza en medio incluso de la opulencia más absoluta. Para lo necesario hasta los destierros bastan, para lo superfluo ni tan siquiera los reinos. El espíritu es el que nos [5] hace ricos: él nos sigue a los destierros y en la más rigurosa soledad, en cuanto encuentra lo suficiente para sustentar el cuerpo, disfruta en abundancia de sus propios bienes: el dinero no toca en nada al espíritu, no más que a los dioses inmortales. Todo esto que ensalzan los temperamentos [6] toscos y excesivamente apegados a sus cuerpos, los mármoles, el oro, la plata y los tableros de mesa grandes y bruñidos, 97 son lastres terrenales que un espíritu íntegro y consciente de su condición no puede estimar, él que es ligero y despejado y, cuando quiera que se vea libre, dispuesto a elevarse a lo más alto; entre tanto, en la medida en que le es posible a través del obstáculo de los miembros y de esta pesada carga que lo rodea, recorre las regiones divinas con el pensamiento veloz y alado. Por esto nunca puede padecer destierro, libre [7] como es y pariente de los dioses, comparable al universo entero y a la eternidad. En efecto, su pensamiento vaga por todo el cielo, se proyecta a cualquier tiempo pasado y por venir. Este pobre cuerpo, guardia y cadena del espíritu, se ve zarandeado aquí y allí; en él se ensañan las torturas, los pillajes, las enfermedades; el espíritu es ciertamente inviolable, eterno y no se le puede poner encima la mano.

Porque no creas que, a fin de rebajar las contrariedades de la pobreza, [12 ] que nadie siente como penosa sino quien así la considera, me valgo sólo de enseñanzas de los sabios, fíjate primero en cuánto mayor es la proporción de pobres a los que en absoluto notarás más apenados ni más preocupados que los ricos; es más, no sé si están tanto más felices [2] cuanto en menos cosas se distrae su espíritu. Pasemos a los pudientes: ¡qué numerosas son las ocasiones en que son semejantes a los pobres! El equipaje de los que se ponen en camino se ha restrigindo y siempre que la urgencia del viaje exige premura se renuncia al tropel de acompañantes. Los que están en el ejército ¿qué parte de sus bienes llevan [3] consigo, cuando la disciplina militar excluye todo lo superfluo? Y no sólo las condiciones del momento o las estrecheces del lugar los igualan a los pobres: eligen algunos días, cuando ya les ha atrapado el hastío de las riquezas, para comer en el suelo y usar platos de arcilla, rechazando el oro y la plata. ¡Insensatos! Eso que de vez en cuando desean lo temen siempre. ¡Oh, qué ofuscación de las mentes, qué ignorancia de la verdad 〈ciega a quienes〉 atormenta 〈el miedo a una pobreza〉 que simulan [4] por gusto! Por mi parte, siempre que me vuelvo a mirar los ejemplos del pasado, me avergüenza emplear consuelos para la pobreza puesto que el lujo de estos tiempos ha degenerado hasta tal punto que el dinero para el viaje de los desterrados es superior al patrimonio de los próceres de antaño. Es bien sabido que Homero tuvo un esclavo, Platón tres, ninguno Zenón, con quien comenzó la doctrina austera y viril de los estoicos. ¿Podrá alguien entonces afirmar que vivieron miserablemente [5] sin que por ello él parezca a todos el más miserable? Menenio Agripa, 98 que fue mediador en la reconciliación oficial entre los patricios y la plebe, fue enterrado gracias al dinero reunido en colecta. Atilio Régulo, 99 cuando estaba desbaratando a los cartagineses en África, escribió al Senado que su jornalero se había marchado y abandonado su finca: el Senado decretó que fuera cultivada a expensas del Estado, mientras Régulo estuviera ausente. ¿Tan gravoso le fue carecer de un esclavo, como [6] para que el pueblo romano fuera su aparcero? Las hijas de Escipión 100 recibieron su dote del erario, porque su padre no les había dejado nada: era justo, por Hércules, que el pueblo romano pagara una vez tributo a Escipión, puesto que tantas otras se lo exigía a Cartago. ¡Dichosos los maridos de las muchachas para quienes el pueblo romano hizo las veces de suegro! ¿Consideras más felices a esos cuyas hijas, actrices de pantomima, 101 se casan con un millón de sestercios, que a Escipión, cuyas hijas recibieron del Senado, su tutor, un as libral 102 en dote? ¿Puede alguien menospreciar la pobreza, de la que hay precedentes tan notorios? ¿Puede el desterrado [7] irritarse porque le falta algo, cuando a Escipión le faltó la dote, a Régulo el jornalero, a Menenio el funeral, cuando a todos ellos les fue compensado lo que les faltaba con mayor honra precisamente porque les había faltado? Con estos abogados, pues, la pobreza no sólo resulta segura sino también beneficiosa.

Se puede replicar: «¿Por qué hábilmente separas estos hechos que [13 ] de uno en uno se pueden soportar, pero juntos no? El cambio de lugar es tolerable si sólo cambias el lugar; la pobreza es tolerable si no la acompaña la deshonra, que aun por sí sola suele agobiar al espíritu». [2] Contra éste, quien sea que venga a atemorizarme acumulando desgracias, habrá que emplear estas palabras: «Si para enfrentarte a una parte cualquiera de tu suerte tienes fortaleza suficiente, lo mismo te sucederá con todas. Una vez que el valor ha fortalecido el espíritu, lo hace invulnerable por todos lados. Si te ha abandonado la codicia, la plaga más violenta del género humano, la ambición no te supondrá un obstáculo; si contemplas tu día último no como un castigo sino como una ley natural, en tu corazón, del que habrás expulsado el miedo a la muerte, no osará entrar ningún otro temor; si piensas que el apetito [3] sexual le ha sido dado al hombre no para su placer sino para propagar la especie, como no te habrá corrompido esta oculta perdición clavada en las entrañas mismas, cualquier otro deseo pasará por tu lado sin tocarte. La razón derriba los vicios no uno a uno, sino todos al mismo tiempo: de un golpe se obtiene la victoria sobre el conjunto». 103 ¿Crees [4] tú que la deshonra puede inquietar a un sabio que todo lo ha fundado en sí mismo, que se ha alejado de las opiniones del pueblo? Peor incluso que la deshonra es una muerte deshonrosa: Sócrates, sin embargo, con el mismo rostro con que en otras ocasiones había puesto en su sitio él solo a los treinta tiranos, 104 entró en la cárcel, para redimir de la deshonra al lugar mismo, pues no podía parecer cárcel aquel en que estaba [5] Sócrates. ¿Quién hay hasta tal punto ciego para discernir la verdad que crea que fue una deshonra la doble derrota de Marco Catón en sus aspiraciones a la pretura y al consulado? 105 Deshonra fue la de la pretura [6] y el consulado, que ganaban honor gracias a Catón. Nadie es menospreciado por otro si antes no se ha menospreciado él mismo. Bajo y vil es el espíritu vulnerable a esta afrenta; por el contrario, el que se levanta contra los más crueles infortunios y abate las desgracias que aplastan a otros, lleva sus pesares como distintivos, ya que estamos hechos de tal manera que nada provoca en nosotros una admiración tan [7] viva como un hombre valerosamente desdichado. En Atenas era conducido Aristides 106 al suplicio: todos cuantos le salían al paso bajaban los ojos y se lamentaban como si se castigara no a un hombre justo sino a la justicia misma. Uno hubo, sin embargo, que fue capaz de escupirle en la cara. Podía incomodarse porque sabía que nadie de boca pura se atrevería a eso; en cambio, él se limpió la cara y con una sonrisa le dijo al magistrado que lo acompañaba: «Advierte a ese que no vuelva a bostezar con tanto descaro». Eso sí que fue hacer afrenta a la afrenta [8] misma. Sé que algunos afirman que nada hay más penoso que el menosprecio, que les parece preferible la muerte. A éstos replicaré yo que también muchas veces el destierro está del todo desprovisto de desprecio: si un hombre grande ha caído, grande yace por tierra, no es él menospreciado más de lo que son pisoteadas las ruinas de los edificios sagrados que la gente piadosa venera igual que si estuvieran en pie.

[14 ] Como por mi parte no tienes nada, madre queridísima, que te arrastre a un llanto sin fin, se deduce que te incitan tus motivos. Ahora bien, son dos: pues o bien te trastorna el hecho de que pareces haber perdido un amparo o bien el hecho de que no sabes soportar en sí misma la propia nostalgia.

La primera posibilidad la he de tratar muy por encima, pues conozco [2] tu carácter, que no aprecia en los suyos otra cosa más que a ellos mismos. Allá se las compongan las madres que abusan de la capacidad de sus vástagos con femenina incapacidad, que, como a las mujeres no les es posible ejercer cargos públicos, son ambiciosas por medio de ellos, que consumen e incluso tratan de heredar los patrimonios de sus hijos, que agotan su elocuencia alquilándola a otros. Tú has gozado [3] muchísimo con los bienes de tus vástagos, te has beneficiado poquísimo; tú siempre has impuesto un límite a nuestra generosidad, cuando a la tuya no se lo imponías; tú, hija de familia, 107 has contribuido de buena gana a enriquecer a tus hijos; tú has administrado de tal manera nuestros patrimonios que te afanabas en ellos como tuyos, te abstenías de ellos como ajenos; tú te has escatimado nuestra influencia, como si manejaras bienes ajenos, y de nuestros cargos no te ha correspondido nada más que satisfacciones y gastos. 108 Nunca tu cariño ha mirado por tu provecho; así pues, no puedes echar de menos en el hijo que te han arrebatado aquello que nunca creíste que te correspondiera cuando estaba indemne.

Toda mi consolación debo dirigirla allí donde nace la verdadera [15 ] violencia del dolor de una madre: «Entonces me veo apartada de los brazos de mi amadísimo hijo. No puedo disfrutar de su presencia, de su conversación. ¿Dónde está aquel a cuya vista relajé mi apenado rostro, a quien confié todas mis inquietudes? ¿Dónde sus charlas de las que nunca me cansaba? ¿Dónde sus estudios en los que yo participaba más gustosamente que cualquier mujer, más íntimamente que cualquier madre? ¿Dónde aquellos encuentros? ¿Dónde su alegría siempre infantil en cuanto veía a su madre?». Añades a esto los lugares [2] mismos de una convivencia llena de momentos jubilosos y, forzosamente, las huellas de un trato reciente, tan eficaces a la hora de atormentar los espíritus. Pues también esto tramó contra ti cruelmente la suerte: quiso que te marcharas sólo dos días antes de caer yo golpeado, tranquila y sin temerte nada semejante. Bien nos había separado la lejanía [3] de los lugares, bien te había preparado para esta desgracia la ausencia de unos cuantos años: regresaste no a obtener satisfacciones de tu hijo, sino a perder tu costumbre de echarlo de menos. Si te hubieras ausentado mucho antes, lo habrías soportado con más entereza, pues el tiempo transcurrido habría debilitado tu nostalgia; si no te hubieras ido, habrías logrado tu recompensa postrera de ver a tu hijo dos días más: de hecho, el cruel hado lo combinó de manera que ni pudieras [4] presenciar mi suerte ni habituarte a mi ausencia. Pero cuanto más angustiosas son estas circunstancias, tanto más debes apelar al valor y combatir con más denuedo, como contra un enemigo conocido y ya derrotado a menudo. Esta sangre no mana de tu cuerpo ileso: has sido herida entre las cicatrices mismas.

[16 ] No hay razón para que utilices el pretexto de tu condición femenina, a la que prácticamente se ha concedido un derecho a las lágrimas sin moderación, pero no sin límite; y por esto nuestros antepasados concedieron un plazo de diez meses a las que lloraban a sus maridos, 109 a fin de transigir con la tenacidad de la aflicción femenina mediante una disposición legal. No prohibieron los lutos sino que les pusieron un término; pues sentir un dolor interminable por haber perdido a alguien de los más queridos es necia ternura, y ninguno, inhumana dureza; el equilibrio ideal entre el cariño y la razón es sentir y a la vez [2] contener la añoranza. No hay razón para que te fijes en algunas mujeres a cuya pena, que habían asumido para siempre, puso término la muerte (tú conoces a algunas que no se quitaron nunca el luto que se habían impuesto al perder a sus hijos); a ti te exige más tu vida más esforzada desde el principio: un pretexto femenino no puede corresponder [3] a la que ha estado apartada de todos los defectos femeninos. No te llevó a sumarte a la mayoría la más grave desgracia del siglo, la desvergüenza; no te doblegaron las piedras preciosas ni las perlas; no te deslumbraron las riquezas como el mayor bien del género humano; no te torció, educada como fuiste en una familia tradicional y estricta, la imitación de los peores, peligrosa también para las personas decentes; nunca te avergonzaste de tu fecundidad, como si te reprochara tu edad; nunca, a la manera de otras cuya reputación procede sólo de su belleza, disimulaste tu vientre hinchado como si fuera una carga indecorosa [4] ni destruiste en tus entrañas las esperanzas concebidas de hijos; 110 no te manchaste la cara con afeites ni coqueterías; nunca te gustó un vestido que no descubriera nada nuevo al quitárselo: el único ornato, la belleza más hermosa e independiente de una edad concreta, el mayor atractivo, te pareció que era el pudor. Así pues, para ganarte [5] tu derecho al dolor no puedes alegar tu condición femenina, de la que tus méritos te han alejado: debes mantenerte tan apartada de las lágrimas femeninas como de sus demás defectos. Y ni siquiera las mujeres dejarán que te consumas en tu herida, sino que te aconsejarán recobrarte rápidamente, una vez que hayas cumplido con una aflicción breve e inevitable: basta con que te propongas fijarte en las mujeres a las que su probado mérito situó entre los grandes varones. A Cornelia 111 [6] la suerte le había reducido sus hijos de doce a dos. Si quieres contar los funerales de Cornelia, había perdido diez; si valorarlos, había perdido a los Gracos. Sin embargo, a los que lloraban a su alrededor y maldecían de su destino les prohibió que acusaran a una suerte que le había dado como hijos a los Gracos. De tal mujer tuvo que nacer uno capaz de decir en la asamblea: «¿Vas a hablar tú mal de la madre que me trajo al mundo?». Me parecen mucho más valerosas las palabras de la madre: el hijo valoró en mucho el nacimiento de los Gracos; la madre, también sus funerales.

Rutilia siguió a su hijo Cota 112 al destierro y a tal punto estuvo [7] atada a él por el cariño que más quiso sufrir el destierro que la añoranza, y no volvió a la patria antes de poder hacerlo con su hijo. Cuando ya estaba él de regreso y en el apogeo de su carrera política, lo perdió con tanta entereza como lo había seguido y nadie observó sus lágrimas después de enterrado el hijo. En la expulsión mostró su valor; en la pérdida, su sensatez. Pues por un lado nada le hizo desistir de su afecto y por otro nada la retuvo en una tristeza superflua y sin sentido. Entre estas mujeres quiero que te cuentes; harás muy bien en seguir el ejemplo de aquellas cuya vida siempre has imitado, a la hora de reprimir y refrenar tu angustia.

[17 ] Sé que la cuestión no está en nuestras manos y que ningún sentimiento se deja someter, menos aún el que nace del dolor, pues es fiero y rebelde a cualquier remedio. A veces queremos sofocarlo y tragarnos los gemidos; sin embargo, por nuestro rostro compuesto y arreglado se derraman las lágrimas. Otras veces con los juegos o con los combates de gladiadores mantenemos ocupado el espíritu; con todo, lo van minando, en medio de los espectáculos que lo entretienen, las leves punzadas [2] de la añoranza. Por eso es mejor vencer ese sentimiento que engañarlo; en efecto, el que ha sido burlado o distraído con placeres o quehaceres, al punto se recobra y gracias al descanso toma fuerzas para ensañarse; en cambio, todo el que cede a la razón queda apaciguado para siempre. Así pues, no tengo intención de prescribirte lo que sé que muchos han utilizado, que te distraigas con un largo viaje o disfrutes con uno placentero, que ocupes mucho tiempo en hacer que salgan bien las cuentas o en administrar tu patrimonio, que continuamente te metas en algún asunto nuevo: todas estas cosas son útiles por corto tiempo y no son remedios sino trabas para el dolor; por mi parte, yo [3] prefiero darle fin a darle largas. Por tanto, te guío allí donde deben refugiarse todos los fugitivos de su suerte, a los estudios liberales: ellos curarán tu herida, ellos arrancarán de raíz tu tristeza. Aun cuando no estuvieras familiarizada con ellos deberías ahora utilizarlos; pero, en cuanto te lo permitió la severidad a la antigua de mi padre, no abarcaste [4] ciertamente todos los buenos conocimientos, pero sí los abordaste. ¡Ojalá mi padre, sin duda el mejor de los hombres, menos aferrado al uso de los antepasados, hubiera querido que te instruyeras en los preceptos de la sabiduría mejor que te iniciaras sólo! No tendrías ahora que procurarte defensas contra la suerte, sino sacar las tuyas. Por culpa de esas que no utilizan las letras por saber sino que se instruyen en ellas por ostentación, apenas consintió que te dedicaras a los estudios. Sin embargo, gracias a tu ávida inteligencia sacaste de ellos más de lo que permitía el tiempo: están echados los cimientos de todas las ciencias; regresa a ellas [5] ahora; te prestarán protección. Ellas te consolarán, ellas te deleitarán, si ellas penetran de buena fe en tu espíritu, nunca más penetrará el dolor, nunca la inquietud, nunca el vano tormento de una desolación inútil. A ninguno de éstos dará paso tu pecho; pues a los demás defectos ya hace tiempo que está cerrado. Éstas son sin duda las defensas más seguras y las únicas que pueden llegar a sustraerte a la suerte.

[18 ] Pero como, mientras llegas al puerto que te prometen los estudios, tienes menester de puntales en que apoyarte, quiero entre tanto señalarte los consuelos que ya tienes. Mira a mis hermanos: 113 estando ellos [2] a salvo no te es lícito acusar a la suerte; en ambos tienes en qué complacerte, según sus distintas cualidades: uno ha alcanzado cargos con su dedicación, el otro los ha menospreciado sabiamente. Busca alivio en el prestigio de un hijo, en el sosiego del otro, en el afecto de ambos. Conozco los sentimientos íntimos de mis hermanos: uno ha cultivado su prestigio para serte ornato, el otro se ha retirado a una vida calma y apacible para dedicarse a ti. Bien ha distribuido la suerte a tus hijos, [3] tanto para tu remedio como para tu solaz: puedes protegerte con el prestigio de uno y disfrutar con el ocio del otro. Rivalizarán en atenciones contigo y con el afecto de dos se suplirá la añoranza de uno. Puedo prometértelo sin temor: nada te faltará excepto el número.

Después de ellos, mira también a tus nietos: a Marco, 114 el niño más [4] cariñoso, en cuya presencia no puede perdurar ninguna tristeza; nada se agita en el pecho de nadie tan grave ni tan reciente que él no apacigüe con sus caricias. ¿A quién no le hará contener las lágrimas su alegría? [5] ¿A quién no le harán ensanchar el corazón encogido de angustia sus ocurrencias? ¿A quién no inducirá a jugar esa vivacidad? ¿A quién, aun sumido en sus pensamientos, no llamará la atención y distraerá ese parloteo que a nadie llega a cansar? ¡A los dioses se lo ruego, que tenga la suerte de vivir más que nosotros! Que en mí se detenga [6] agotada toda la crueldad de los hados; todo cuanto tenga que lamentar su madre, que caiga sobre mí, todo cuanto su abuela, sobre mí. Que prospere el resto de mi gente, cada cual en su sitio. No me quejaré nada de mi pérdida, 115 nada de mi situación, sólo con que sea yo expiación suficiente para que mi familia no tenga que lamentar nunca nada más.

Acoge en tu regazo a Novatila, 116 que pronto te va a dar biznietos, [7] a la que yo tanto había tomado bajo mi cargo; tanto me la había adjudicado que, aun estando vivo su padre, puede parecer huérfana, puesto que me ha perdido; ámala también por mí. Hace poco la suerte le ha arrebatado a su madre: tu cariño puede conseguir que simplemente [ 8] lamente haber perdido a su madre, no que lo note también. Moldea ahora sus costumbres, edúcala ahora: los preceptos que se inculcan a tierna edad penetran más a fondo. Que se habitúe a tus recomendaciones, que se vaya formando a tu gusto: le darás mucho aunque no le des nada más que tu ejemplo. Este deber tan sagrado será para ti como un remedio; pues nada puede apartar de la angustia a un espíritu que se duele por amor, a no ser la razón o una honesta ocupación.

[9] Entre tus grandes consuelos contaría también a tu padre si no estuviera ausente. Ahora, sin embargo, según tu cariño por él, piensa cómo es el suyo por ti: comprenderás cuánto más justo es reservarte para él que consagrarte a mí. Siempre que te acometa incontrolada la violencia del dolor y te ordene seguirla, piensa en tu padre. Cierto es que, al darle tantos nietos y biznietos, has hecho que no le quedaras tú sola; pero la conclusión de su tiempo transcurrido felizmente te corresponde a ti. Estando él vivo no te es lícito quejarte porque hayas vivido.

[19 ] Y aún me había callado tu mayor consuelo, tu hermana, ese corazón tan apegado a ti, al que se trasladan todas tus preocupaciones para ser compartidas, ese espíritu maternal para todos nosotros. Con ella has mezclado tú tus lágrimas, en su regazo has tenido el primer respiro. [2] Cierto es que ella se guía siempre por tus sentimientos; en mi persona, sin embargo, no se lamenta sólo por ti. En sus manos fui traído a la Ciudad, gracias a sus cuidados afectuosos y maternales me restablecí tras un largo tiempo de enfermedad; 117 ella desplegó su influencia en apoyo de mi cuestura 118 y ella, que no soportaba siquiera la osadía de conversar o saludar en voz alta, por amor a mí venció su vergüenza. Ni su estilo de vida retirada ni su modestia, ingenua en medio de tanta insolencia de las mujeres, ni su tranquilidad ni sus costumbres reservadas y consagradas al sosiego le impidieron en absoluto hacerse incluso [3] ambiciosa por mí. Éste es, queridísima madre, el consuelo con el que puedes reponerte: únete a ella lo más que puedas, átate a ella en apretado abrazo. Suelen los afligidos rehuir aquello que más quieren y buscar libertad para su dolor: tú refúgiate en ella, sean cuales sean tus in tenciones; tanto si quieres mantener tu actitud como abandonarla, en ella encontrarás el término de tu dolor o una compañera. Pero, si algo [4] conozco la prudencia de tan perfecta mujer, no permitirá que te dejes consumir por una aflicción nada provechosa y te contará su caso, del que yo fui también testigo.

Había perdido en plena travesía a su queridísimo esposo, nuestro tío, 119 con quien se había casado siendo doncella. Sin embargo, resistió al mismo tiempo el dolor tanto como el temor y, triunfando del temporal, en medio del naufragio transportó su cadáver. ¡Ah, de cuántas [5] yacen en el olvido sus hechos extraordinarios! Si le hubiera correspondido aquella antigua época sencilla en su admiración de las virtudes, con cuánta competencia de los ingenios sería elogiada la esposa que, olvidándose de su debilidad, olvidándose del mar terrible incluso para los más templados, expuso su cabeza a los peligros por una sepultura y, mientras se preocupaba por el funeral de su esposo, no tuvo miedo por el suyo. Es celebrada en los poemas de todos aquella que se ofreció como sustituta de su marido: 120 más grandioso es esto, buscar a riesgo de la vida una tumba para el esposo; es mayor el amor que, con parecido peligro, sale ganando menos.

Después de esto nadie puede extrañarse de que durante los dieciséis [6] años que su marido tuvo Egipto a su cargo nunca se la viera en público, no admitiera en su casa a ningún natural de la provincia, no pidiera nada a su esposo, no permitiera que le pidieran nada a ella. Y así, esa provincia habladora y ocurrente para ofender a sus prefectos, en la que incluso los que evitaron la culpa no escaparon a la maledicencia, la contempló como modelo sin igual de integridad y, lo que es más dificil para quien gusta incluso de las chanzas peligrosas, contuvo todos sus excesos verbales, y aún hoy está deseando, aunque ya no la espere, una semejante a ella. Mucho era que la provincia le hubiera dado su apro bación durante dieciséis años: más es que no dio muestras de conocerla. [7] Esto no lo menciono con intención de realizar su elogio (más bien es reducirlo el pasarlo tan someramente), sino para que comprendas que es una mujer de gran espíritu, a la que no han dominado la ambición ni la codicia, compañeras a la vez que lacras de todo tipo de poder, ni el miedo a la muerte, cuando aguardaba, con la nave ya desarbolada, su naufragio, le impidió, no que buscara, aferrándose a su esposo exámine, cómo salir de allí, sino cómo dar con él en tierra. 121 Es preciso que le des muestras de un valor igual a éste, y rescates tu espíritu del luto y hagas por que nadie piense que te pesa haberme parido.

[20 ] Por lo demás, como es inevitable que, por más que hagas, tus pensamientos vuelvan a mí una y otra vez, y que ninguno de tus hijos te venga a la memoria con más frecuencia, no porque ellos te sean menos queridos, sino porque es natural llevar la mano más a menudo allí donde duele, escucha cómo debes imaginarme: contento y alegre como en las mejores circunstancias. Son, en efecto, las mejores, puesto que mi espíritu, exento de todo cuidado, tiene tiempo para sus actividades y tan pronto se recrea en estudios más superficiales como se remonta, [2] ávido de la verdad, a indagar su naturaleza y la del universo. Primero examina las tierras y su situación, luego la condición del mar y sus flujos y reflujos alternantes; entonces estudia todo lo que se extiende, plagado de espantos, entre el cielo y la tierra, y este espacio agitado por truenos, rayos, vendavales y aguaceros, nieve y granizo; en ese momento, cuando ya ha recorrido las partes más bajas, se lanza a las más altas y disfruta del hermosísimo espectáculo de las cosas divinas: acordándose de su propia eternidad, alcanza a todo lo que ha sido y ha de ser a través de todas las épocas.

55 Es el tratamiento enérgico propugnado por los estoicos para curar los males del espíritu, un método viril opuesto al blando y complaciente de las demás escuelas (cf . Sobre la firmeza del sabio , 1, 1), que Séneca ya ha justificado en Consolación a Marcia , 1, 5-8, también por medio de unas comparaciones y un léxico referidos a la medicina.

56 Desconocido, pues no se trata del que menciona más tarde (19, 4): éste murió en el año 31 d.C. (cf . nota 119); el primero, un mes antes que el padre de Séneca, según dice, que murió en el 39 d.C.

57 Lucio Anneo Séneca (ca . 55 a.C.-39 d.C.), a veces inadecuadamente conocido como «el Rétor», porque reunió sus vastos y curiosos recuerdos de los ejercicios escolares de declamación en dos obras para el uso de sus hijos, que así se lo habían solicitado; fueron éstos tres: Lucio Anneo Novato (más tarde, L. Junio Galión, porque fue adoptado por el rétor de este nombre), L. Anneo Séneca y L. Anneo Mela (padre de Lucano).

58 No sabemos ni sus nombres ni sus padres; uno de los tres podría ser el hijo de Séneca del que habla luego.

59 Séneca se refiere con cierta indiferencia a este hijo suyo; quizás había extendido a él el desapego que tenía a su primera mujer, sobre la que guarda en sus obras un silencio casi absoluto: sólo alude a ella una vez y despectivamente (Sobre la ira , III , 36, 3), siendo así que esta consolación le daba pie para mencionarla, ya estuviera viva o muerta.

60 Por una vez el autor anuncia el plan de una obra y lo cumple luego, sin dejarse llevar, como suele, por el desorden que surge del desarrollo irregular de los aspectos distintos de un tema; Consolación a su madre Helvia es su obra mejor estructurada y compuesta, si no la única.

61 El primer estoicismo es radical al clasificar a los hombres: o sabios o necios. Séneca propone una categoría intermedia, la de los que no siendo sabios tampoco son necios, pues se dejan guiar por los primeros: los llamados proficientes .

62 Lugares tradicionales de destierro, estos islotes, más que islas, se hallan en el mar Egeo los tres primeros, y entre Sicilia y Túnez el último, llamado Pantelaria actualmente.

63 Arrastrado por la corriente de las preguntas retóricas en su afán de remachar el argumento, Séneca deja traslucir lo que realmente piensa de Córcega; su descripción recuerda la que hace Ovidio de Tomos, cf . J. J. Gahan, «Seneca, Ovide and exile», Classical World 58 (1985), págs. 145-147.

64 Movimiento contrario sólo en apariencia (cf . Consolación a Marcia , 18, 3).

65 Introducida por los ejércitos de Alejandro Magno a finales del siglo IV a. C.

66 Escitia es el nombre dado a la región comprendida entre el Danubio y el Don, al norte del mar Negro. Desde el siglo VIII hasta el VI a.C. todo el litoral de este mar quedó salpicado de numerosas colonias y factorías de los griegos, que lo llamaron póntos Eúxeinos , «mar Hospitalario», y más tarde fue el Ponto por excelencia.

67 Según la tradición, entre los siglos XII y IX a.C. sucesivas migraciones desde diversos puntos de Grecia tuvieron como objetivo la costa de Asia Menor, una región que se llamó Jonia y en la que se fundaron doce ciudades principales; éstas a su vez se convirtieron en metrópolis de nuevas colonias: Mileto fue una de las más activas, con un número de fundaciones superior incluso al que da Séneca, según Plinio, op . cit ., V , 112.

68 El mar Inferior es el Tirreno («etrusco», cf . nota siguiente), por contraposición al Superior, el Adriático. La zona que baña es el sur de Italia y Sicilia, colonizadas en los siglos VIII y VII a.C. por jonios, eolios y aqueos.

69 Los historiadores antiguos, excepto Dionisio de Halicarnaso, que los considera autóctonos (I , 25-30), proclaman el origen oriental de los etruscos, siguiendo con más o menos fidelidad el relato de Heródoto, Historia , I , 94, según el cual la mitad de la población de Lidia, en el siglo XIII a.C. y bajo la guía de Tirreno, se hizo a la mar hasta arribar a la costa occidental de Italia, donde se estableció definitivamente.

70 Los fenicios también se extendieron por todo el Mediterráneo, procedentes de ciudades-estado como Tiro, que en el siglo IX fundó Cartago; ésta a su vez estableció varias colonias importantes en Hispania, desde el 660 (Ibiza) hasta el 226 a.C. (Cartagena).

71 Los griegos de Focea, una de las doce ciudades jonias, llegaron a la Galia y fundaron Marsella en el siglo VI ; tres siglos después, pueblos galos se desplazaron por el sur de Europa y penetraron por el interior de Grecia hasta Delfos (279 a.C.).

72 Séneca comete con toda seguridad un error al confundir los germanos con los celtas que invadieron Hispania en el siglo VII a.C., pues es muy poco probable que se refiera al paso fugaz (unos pocos meses) de los cimbrios, una tribu germana, después de la batalla de Arausio, en la que, aliados a los teutones, derrotaron a Roma (105 a.C.).

73 Anténor, amigo y consejero del rey Príamo, huyó de Troya junto con sus hijos y llegó al norte de Italia, al valle del Po. Allí fundó la ciudad de Padua y el linaje de los vénetos.

74 Evandro, príncipe de Arcadia (la montañosa región del Peloponeso idealizada por la poesía bucólica), marchó de su patria por razones oscuras y alcanzó Italia, concretamente la zona cercana a la desembocadura del Tíber; en su orilla izquierda fundó la ciudad de Palanteo, sobre una colina que con el tiempo se llamaría Palatino.

75 A la caída de Troya le siguió la desbandada de los pocos troyanos supervivientes (Eneas entre ellos, al que luego se alude), pero también el regreso azaroso a sus patrias de muchos héroes griegos; Diomedes, fiel compañero de Ulises en numerosas empresas, hizo como él un largo viaje hasta llegar a Italia, donde fundó la ciudad de Argiripa; en ello estaba cuando rechazó la petición de ayuda de los latinos, para no enfrentarse de nuevo a su enemigo Eneas (Virgilio, Eneida , XI , 225-280).

76 Séneca confunde la Fócide (la comarca griega donde están el Parnaso y Delfos) con Focea (cf . nota 71). Por otra parte, la relación que hace de los sucesivos colonizadores de Córcega no se atiene a un orden cronológico (cf . J. Cosini, «Sénèque et la langue des Corses», Revue des Études Latines 32 (1954), págs. 111-115). Para la posible fuente que utilizó, cf . A. La Penna, «Sallustio e Seneca sulla Corsica», Parola del Passato 31 (1976), págs. 143-147.

77 Mariana y Aleria, respectivamente, a corta distancia una de otra (cf . Pomponio Mela, De Chorographia , 11, 122).

78 Marco Terencio Varrón (116-27 a.C.) se ganó merecidamente esta fama por su vastísima producción sobre los temas más variados, de la que sólo nos han llegado fragmentos y dos tratados casi completos; no se halla entre ellos este argumento que le atribuye Séneca.

79 Marco Junio Bruto (85-42 a.C.) fue junto con Casio el más destacado entre los asesinos de César, pese al afecto que éste siempre le mostró (cf . Plutarco, Bruto , 5, 1, y la nota 86), por su arraigado republicanismo, prácticamente familiar (descendía de aquel Bruto que expulsó a los reyes, cf . Consolación a Marcia , nota 27). La cita de Séneca seguramente está extraída de su tratado Sobre la virtud (Cicerón, Bruto , 249-250). Cf . nota 84.

80 El filósofo no se decanta claramente por ninguna de las posibilidades que le ofrecen las principales escuelas: la anánkē epicúrea, el pnéuma de los estoicos y el noûs aristotélico. Queda fuera el demiourgós de la Academia, pues difícilmente, a no ser que se exageren las capacidades que le atribuye Platón, puede ser descrito como un dios todopoderoso, un concepto extraño a la filosofía grecorromana: Séneca pudo tomarlo de alguna religión oriental introducida en Roma.

81 Variante ampliada del «nada de lo humano considero ajeno a mí», el celebérrimo verso de Terencio (Heautontimorúmenos , 77), que, según testimonios antiguos, el público acogía invariablemente con aplausos.

82 Puesto que el soplo ígneo que anima el universo es también el que alienta el espíritu del hombre, según la doctrina estoica.

83 Construcción de madera (por lo que hubo de sufrir algún incendio, cf . Dion Casio, op . cit ., XLVIII , 43, 4) en el Palatino, que pasaba por ser la vivienda del fundador.

84 Es muy probable que Séneca resuma aquí un pasaje de Sobre la virtud que Bruto dedicó a Cicerón, un auténtico libro, como dice Séneca, y no una mera carta, como quieren algunos (cf . H. Bardon, La littérature latine inconnue , París, 1952, I , págs. 210-211).

85 Marco Claudio Marcelo, cónsul en el 51 a.C., formó parte del ejército pompeyano derrotado por César en Farsalia, y tuvo que retirarse a Mitilene, una isla en el Egeo, hasta que el Senado obtuvo de César el perdón para él; cuando regresaba a Roma fue asesinado en el Pireo.

86 Cf . Consolación a Marcia , nota 43. La amistad y la admiración mutua entre los tres se fundaba en sus comunes ideales republicanos; entre Catón y Bruto estaban además reforzadas por el parentesco: Bruto era hijo de la hermana de Catón, Servilia, que fue largo tiempo la amante favorita de César (cf . Suetonio, Julio César , 50, 2; Plutarco, Bruto , 5); cuando quedó huérfano, Catón se encargó de educarlo.

87 Las campañas de César en conquista de la Galia se prolongaron desde el año 58 al 49 a.C.

88 Séneca, como en otras ocasiones, no tiene en cuenta la cronología de los hechos que relata: César tuvo que combatir primero en Alejandría precisamente contra aquellos que, por congraciarse con él, habían asesinado traidoramente a Pompeyo; luego tuvo lugar la batalla de Tapso en África y por último la de Munda en Hispania.

89 Río de la Cólquide (antigua región de Asia, al este del mar Negro y sur del Cáucaso), de cuyo nombre procede el de las aves que allí se cazaban, los faisanes.

90 Los partos, un pueblo de Escitia, sometieron toda la región a su imperio (250 a.C.-226 d.C.). A ellos se enfrentó un tanto temerariamente Craso, triunviro y gobernador de Siria; su estrepitosa derrota en Carras (53 a.C.) y su muerte a traición, mientras negociaba con los vencedores, constituyeron una grave afrenta que los romanos siempre ansiaron vengar (cf . Horacio, Odas , 1, 2, 51-52), aunque nunca lo lograron.

91 Conocido como Calígula, el apodo que le pusieron los soldados de su padre Germánico, entre quienes se había criado (Suetonio, Calígula , 9).

92 Sin duda Séneca tiene en mente el célebre caso de Marco Atilio Régulo: capturado por los cartagineses durante la primera guerra púnica, fue enviado a Roma, bajo palabra de volver a su prisión, para negociar las condiciones de la paz; sin embargo, convenció al Senado de que rechazara las propuestas por Cartago y, aun sabiendo seguro que iba a morir por ello, regresó y fue torturado hasta la muerte.

93 Manio Curio Dentato, cónsul, no dictador, en cuatro ocasiones; en la primera (290 a.C.) derrotó a los samnitas, después de que éstos intentaran sobornarle; cuando se lo propusieron estaba guisándose unos nabos.

94 Marco Gavio Apicio (ca . 25 a.C.-ca . 39 d.C.), poseedor de una inmensa fortuna que le permitió dedicarse sin tasa a la gastronomía más refinada y satisfacer sus caprichos culinarios más extravagantes (cf . Tácito, Anales , IV , 1, 3; Plinio, op . cit ., IX , 66, X , 3). Revolucionó la austera cocina romana inventando nuevas técnicas (cf . Plinio, op . cit ., VIII , 209) y recolectando recetas en su Libro de cocina ; su ejemplo, según Séneca, fue más pernicioso que las doctrinas de los filósofos, expulsados de Roma en el 98 a.C. por un decreto censorial (cf . Cicerón, El orador , III , 24, 8).

95 El múrice o conchil, principal representante de una familia de moluscos que poseen glándulas segregadoras de una sustancia colorante rojiza que da tonalidades púrpuras a las telas. Un tejido así teñido adquiría enorme valor, pues el procedimiento de obtención del tinte era costosísimo.

96 Los tres metales más apreciados, en orden: el oro […], la plata y el bronce, a los que dan más valor la antigüedad o la escasez, como era el caso del bronce de Corinto, buscado con afán por los coleccionistas (Plinio el Joven, Cartas , III , 6, 1-5).

97 En latín orbes [círculos], confeccionados con madera de cedro (Plinio, op . cit ., XIII , 29) o de limonero (Dion Casio, op . cit ., LXI , 10, 3), muy apreciados y valiosos, signo seguro de riqueza (Séneca llegó a poseer más de quinientos, según Dion Casio).

98 Se decía que había mediado en las negociaciones entre patricios y plebeyos, cuanto éstos se retiraron al Aventino (494 a.C., la primera secesión de la plebe), dejando la ciudad desprovista de comerciantes, artesanos, inquilinos, etc., con el fin de presionar a los dirigentes.

99 Cf . nota 92.

100 Séneca se equivoca, pues según el testimonio de Valerio Máximo, op . cit ., IV , 4, 10, y de Apuleyo, Apología , 18, 9, la que fue dotada a expensas del Estado fue la hija de Gneo Cornelio Escipión, no las dos de su sobrino Publio.

101 Representación por medio de gestos de un texto cantado por un coro. Este género de teatro se creó en Roma en el siglo I a.C. y se mantuvo con éxito hasta el final del imperio.

102 Esto es, una moneda de cobre que pesaba una libra (unos 326 gramos), peso considerable al que alude su nombre en latín, aes graue .

103 Argumento obtenido del estoicismo ortodoxo que, como ya se ha visto, no es partidario de los términos medios: vicios o virtudes se poseen en bloque, si se tiene uno se tienen todos y para siempre; si una vez se ha superado un contratiempo, han de superarse igualmente todos los que vengan después

104 Los llamados treinta tiranos formaron un consejo oligárquico que gobernó Atenas, sustituyendo a las instituciones democráticas y cometiendo arbitrariedades, en 404-403 a.C. Socrátes, como cuenta Platón, Apología de Sócrates , 32c-d, se enfrentó abiertamente a ellos.

105 En los años 54 y 51 a.C. No logró la pretura debido a las maniobras violentas y sobornos que desplegaron los partidarios de su rival, Vatinio, un arribista (cf . Cicerón, Epístolas a Quinto , II , 4, 1); en el consulado fue relegado en el favor popular por su carácter excesivamente severo y derrotado limpiamente por los otros candidatos, lo que no dejó de dolerle (César, Guerra civil , I , 4, 1); para cada caso, cf . también Plutarco, Catón el Joven , 42, 1-5, y 49, 2-6.

106 General ateniense en Maratón, Salamina y Platea, y también político de una integridad tan rara que le llamaban el Justo. Sin embargo, no fue él protagonista de esta anécdota, sino Foción, otro distinguido militar y orador ateniense (Plutarco, Foción , 36, 1-2).

107 Pues aún vivía su pater familias (cf . 18, 9) y seguía dependiendo de él, sin independencia económica.

108 Antes de su exilio, Séneca había sido ya cuestor (cf . 19, 2) y quizás edil; Novato, su hermano mayor, probablemente debía de haber alcanzado algún grado más del cursus honorum . Estos cargos acarreaban unos gastos (financiación de los juegos, mejoras en las calles, etc.) a los que contribuían familiares y allegados.

109 Cf . sin embargo la epístola 63, 13, donde habla de un año para las mujeres en general, no necesariamente viudas.

110 La práctica del aborto era habitual en la Roma de Séneca, libre e independiente de cualquier consideración sobre el derecho del feto a la vida; años más tarde, siendo emperador Septimio Severo (193-211 a.C.), fue prohibido como un crimen contra el padre y la patria (cf . AA. VV., Historia de la vida privada , Madrid, 1988, 1, págs. 26 y 166).

111 Cf . Consolación a Marcia , nota 30. Séneca se contradice respecto al número de hijos que perdió Cornelia: en Consolación a Marcia , 16, 3, afirma que murieron los doce en vida de ella.

112 Gayo Aurelio Cota, que se exilió voluntariamente en el año 90 a.C. tras haber sido acusado de incitar a los aliados de Roma a rebelarse contra su hegemonía (Cicerón, Bruto , 201-202). Más tarde regresó y obtuvo el consulado.

113 Cf . nota 57. El mayor fue el que se dedicó a la política; el menor, Mela, rehuyó toda actividad pública.

114 Diversas razones (cf . C. Cardó, Consolacions , Barcelona, 1925, págs. 51-52) invitan a identificar a este Marco con el hijo de Mela, Marco Anneo Lucano, el autor de la Farsalia ; no sobrevivió a su tío, pues murió el mismo año que él (65 d.C.) bajo la misma acusación.

115 Del hijo al que ya ha aludido (2, 5; cf . nota 59).

116 Hija de Novato; la filiación en este caso no deja lugar a duda.

117 Séneca padeció durante toda su adolescencia una tuberculosis pulmonar derivada de la bronquitis crónica de su infancia (cf . P. Rodríguez Fernández, op . cit ., 1976, págs. 32-45).

118 Cf . nota 108. Es dudoso en qué año alcanzó la cuestura, pero con certeza fue posterior al 31, cuando tía y sobrino ya estaban de nuevo en Roma.

119 La hermana de Helvia estaba casada con Gayo Galerio, prefecto de Egipto. Durante su mandato, Séneca acudió allí buscando un clima adecuado para su afección pulmonar. En el año 31 Galeno cesó en su cargo y regresaba con su mujer y su sobrino a Roma cuando murió, unos días antes de que la nave en que viajaban estuviera a punto de naufragar.

120 Fue Alcestis, casada con Admeto, rey de Feras. Su leyenda nos ha llegado sobre todo a través de Eurípides, que la llevó al teatro, pero también son numerosísimas las veces en que los poetas aluden, aun sin nombrarla (como el propio Séneca en Medea , 662-663), a esta mujer modelo de amor y abnegación: accedió a morir en lugar de su marido, que tenía la posibilidad de seguir viviendo si alguien lo sustituía el día marcado para su muerte. Hércules la rescató luego de los infiernos y la devolvió a la vida, más joven y hermosa que antes.

121 Intento, quizás en vano, reproducir la ambigüedad del verbo que emplea Séneca, effero , propiamente «sacar» (aquí, del mar) y específicamente «sacar de casa a un difunto», esto es, «enterrar».

CONSOLACIÓN A POLIBIO

***122 nuestra los comparas, son perdurables; si los reduces a la condición [1 ] de la naturaleza, que todo lo destruye y lo hace regresar al mismo lugar de donde lo engendró, son perecederos. En efecto, ¿qué cosa inmortal han hecho unas manos mortales? Las célebres siete maravillas 123 y otras mucho más admirables que ha levantado la ambición de los años posteriores, algún día las irán a ver arrasadas. Así es: nada es eterno y pocas cosas duraderas; cada una es frágil a su manera, sus finales varían; por lo demás, todo lo que ha empezado acabará también. Algunos amenazan [2] al mundo con su aniquilamiento y este universo que abarca todo lo divino y lo humano, un día cualquiera, si consideras lícito creerlo, lo descompondrá y lo hundirá en el antiguo caos y en las tinieblas: que venga alguien ahora y llore por las vidas individuales, que se lamente por las cenizas de Cartago, de Numancia y de Corinto 124 o cualquier otra que de más alto haya caído, cuando incluso este universo que no tiene dónde caer va a desaparecer; que venga alguien y se queje de que no le han perdonado unos hados que algún día se han de atrever a tan [3] grande abominación. ¿Quién hay de una soberbia tan arrogante y desmedida que, ante esta ley inexorable de la naturaleza que hace regresar todo a una misma conclusión, quiera salvarse él solo y los suyos y sustraer [4] una casa a la ruina que pende incluso sobre el mundo mismo? El mayor consuelo, por tanto, es pensar que le ha sucedido lo que todos antes que él han sufrido y todos van a sufrir; y por esto me parece que la naturaleza hizo común lo que había hecho más penoso, para que la igualdad consolara de la crueldad del hado.

[2 ] Te será también de no poca ayuda pensar que tu dolor no va a servir de nada, ciertamente, a aquel que añoras ni a ti; no querrás, pues, que sea prolongado lo que es inútil. Porque si vamos a conseguir algo con la tristeza, no rehúso derramar por tu suerte las lágrimas que me han sobrado de la mía; aún ahora encontraré en estos ojos que el llanto por mi casa ha apurado ya algo que mane, si al menos va a ser [2] en beneficio tuyo. ¿A qué esperas? Quejémonos, o mejor yo mismo haré mía esta reclamación: «Oh suerte injustísima a juicio de todos, hasta aquí parecías haber preservado a este hombre que por merced tuya había alcanzado tanta consideración que su prosperidad había escapado a la envidia, cosa que raras veces ha sucedido a alguien. Y ahora le has infligido el mayor dolor que podía sufrir, en vida de César, y después de haberle acosado bien por todas partes, comprendiste que [3] tan sólo este flanco era accesible a tus golpes. ¿Qué otra cosa, pues, podrías hacerle? ¿Quitarle el dinero? Nunca ha dependido de él; incluso ahora lo aparta de sí mismo todo cuanto puede y con tanta facilidad para ganarlo no saca de él otro beneficio más que el menospreciarlo. [4] ¿Quitarle los amigos? Sabías que es tan amable que fácilmente podría poner a otros en el puesto de los perdidos; en efecto, me parece que, de todos los que he visto con influencia en la casa del príncipe, sólo conozco a este al que tener de amigo, aunque a todos les conviene, [5] más todavía les agrada. ¿Quitarle la buena fama? Es en él demasiado consistente para que la pudieras arruinar ni siquiera tú misma. ¿Quitarle la buena salud? Sabías que su espíritu está de tal manera afianzado en los estudios liberales, en los que no se nutrió sólo sino que nació, que se sobrepondría a todos los dolores del cuerpo. ¿Quitarle [6] la vida? ¡Qué poquito le habrías perjudicado! La fama le ha garantizado la vida eterna de su talento: él ha procurado que perdure lo mejor de sí mismo y escapar a su condición de mortal con la composición de esclarecidas obras de elocuencia. En tanto que haya algún aprecio por las letras, en tanto que se mantenga la fuerza de la lengua latina o la gracia de la griega, 125 prevalecerá junto con los hombres insignes 126 a cuyo talento se ha igualado o, si su modestia rechaza esto, se ha asociado. Sólo has estado pensando, entonces, en cómo le podrías [7] perjudicar más; cuanto mejor es uno, en efecto, tanto más a menudo suele soportarte siempre que enloqueces sin criterio alguno y te haces temible en medio incluso de tus favores. ¡Qué poquito te suponía preservar de esta afrenta a un hombre al que tu benevolencia parecía haber alcanzado a ciencia cierta y no haberle llegado por casualidad, según tu costumbre!».

Añadamos, si quieres, a estas quejas las inclinaciones del joven interrumpidas [3 ] en sus interesantes inicios. Fue digno de tenerte como hermano: tú ciertamente eras muy digno de no tener que lamentar nada ni siquiera de un hermano indigno. Se le rinde un testimonio invariable por parte de todos los hombres: es añorado en honor tuyo, es elogiado en el suyo. Nada hubo en él que no hicieras tuyo gustosamente; [2] es cierto que tú habrías sido bueno también con un hermano menos bueno, pero en él tu afecto halló materia apropiada y se empleó mucho más generosamente. Nadie sintió su poder por haberte ofendido, nunca amenazó él a nadie con que tú eras su hermano; se había formado en el ejemplo de tu discreción y tenía presente qué gran honra y a la vez carga eras tú para los tuyos: él supo soportar este peso. [3] ¡Hados despiadados e injustos con toda virtud! Antes de conocer la felicidad que le estaba reservada, tu hermano fue excluido. Bien veo que me indigno poco; nada hay, en efecto, más difícil que encontrar las palabras adecuadas a un dolor profundo. Sin embargo, si podemos conseguir algo, quejémonos más todavía: «¿Qué pretendías, suerte [4] tan inicua y tan violenta? ¿Tan pronto te has avergonzado de tu benevolencia? ¿Qué crueldad es ésta, irrumpir en medio de unos hermanos y mermar con tan sanguinaria rapiña un grupo tan bien avenido? ¿Quisiste perturbar y menoscabar sin motivo alguno una familia tan unida de jóvenes excelentes, que no desmerecía en ninguno de los hermanos? ¿De nada sirve, entonces, una integridad observada ante cualquier [5] ley, de nada una sobriedad a la antigua, de nada 〈una mesura〉 en la prosperidad, 〈de nada〉 un desinterés absoluto practicado desde el poder absoluto, de nada un sincero y discreto amor por las letras, de nada una mente libre de toda mancilla? Llora Polibio y, como en un hermano ya está advertido de lo que puede temer en los demás, tiene miedo incluso por los consuelos mismos de su dolor. ¡Qué hazaña indigna! Llora Polibio y se lamenta de algo, aun siéndole César propicio. Sin duda, esto ambicionabas, suerte insolente, demostrar que nadie puede ser protegido contra ti ni siquiera por César».

[4 ] Acusar por más tiempo a los hados, podemos, cambiarlos, no podemos: se mantienen firmes e implacables; nadie los hace vacilar ni con insultos ni con llantos ni con razones; nunca le ahorran ni le rebajan nada a nadie. Por consiguiente, ahorremos unas lágrimas que no consiguen nada; pues más fácilmente este dolor nos agregará a ellos que nos los devolverá: si nos atormenta y no nos ayuda, hay que abandonarlo desde el primer momento y apartar el espíritu de unos consuelos vanos y de una suerte de amarga ansia por sufrir. Pues a nuestras lágrimas, si la sensatez no les señala un límite, la suerte no se lo [2] señalará. Venga, mira a tu entorno a todos los mortales, hay por todas partes materia abundante y frecuente para llorar: a uno lo reclama a su trabajo cotidiano la pobreza laboriosa, a otro le inquieta la ambición que jamás descansa, otro ha sentido miedo de las riquezas que había anhelado y por ese deseo suyo pasa fatigas, a otro lo atormentan las preocupaciones, a otro los quehaceres, a otro el gentío que asedia constantemente su vestíbulo; 127 éste se lamenta de tener hijos, este otro de haberlos perdido: antes nos faltarán lágrimas que razones para lamentarnos. [3] ¿No ves qué clase de vida nos ha prometido la naturaleza, que ha querido que lo primero de los hombres al nacer sea el llanto? Con este comienzo somos engendrados, a él se conforma toda la sucesión de los años que siguen. Así pasamos la vida y por eso debemos hacer con moderación lo que hay que hacer con frecuencia y, considerando cuántas penalidades se ciernen sobre nuestras espaldas, debemos, si no acabar con las lágrimas, sí al menos reservarlas. Ninguna otra cosa hay que ahorrar más que ésta, cuyo uso es tan frecuente.

[5 ] También te será de no poca ayuda pensar que a nadie le es menos agradable tu dolor que a aquel a quien parece ofrecerse: él o no quiere o no comprende que tú te atormentes. Así pues, no hay ningún motivo para esta demostración, que es superflua para aquel a quien se [2] ofrece, si nada siente, y desagradable, si siente. Me atrevería a decir que nadie hay en el orbe entero de la tierra que se complazca con tus lágrimas. ¿Entonces, qué? ¿Una intención que nadie tiene contra ti crees que es la de tu hermano, causarte daño con tu propio suplicio, intentar apartarte de tus ocupaciones, esto es, del estudio y de César? No es verosímil esto; él, en efecto, te ofreció su cariño como a un hermano, su veneración como a un padre, su respeto como a un superior. Quiere ser para ti motivo de añoranza, no quiere serlo de tormento. Así pues, ¿qué utilidad tiene languidecer en un dolor que, en caso de que a los muertos les quede alguna percepción, tu hermano desea que se termine? Todo esto, si se tratara de otro hermano cuyos sentimientos [3] pudieran parecer ambiguos, lo pondría en duda y te diría: «Si tu hermano desea que tú te atormentes con lágrimas incesantes, es indigno de este cariño tuyo; si no quiere, deja este dolor que os abruma a ambos; ni el hermano desafecto debe ser añorado así ni el afectuoso lo querría así». Mas tratándose de éste, cuyo afecto está tan comprobado, hay que tener por seguro que nada puede serle más penoso que el hecho de serte penoso su infortunio, el hecho de atormentarte él de alguna manera, el hecho de perturbar él y también agotar tus ojos, del todo indignos de este castigo, con un llanto sin fin.

Sin embargo, nada alejará tanto tu afecto de unas lágrimas tan [4] inútiles como el pensar que para tus hermanos tú debes ser ejemplo de cómo sobrellevar con entereza esta afrenta de la suerte. Lo que los grandes generales hacen cuando las cosas van mal, fingir deliberadamente buen humor y ocultar las adversidades con una alegría aparente, para que los ánimos de los soldados, si ven quebrantado el espíritu de su general, no se derrumben a la vez, eso tienes que hacer tú también ahora: adopta una expresión distinta a tu ánimo y, si puedes, [5] abandona completamente todo tu dolor; si no, escóndelo en tu interior y reprímelo para que no se manifieste, y procura que te imiten tus hermanos, que considerarán decoroso todo lo que te vean hacer y cobrarán ánimos según tu rostro. Debes ser tanto su alivio como su consolador; ahora bien, no podrás oponerte a su aflicción si condesciendes con la tuya.

Puede también disuadirte de un luto extremado tener bien presente [6 ] que nada de lo que haces puede pasar inadvertido. El acuerdo de los hombres te ha impuesto un papel destacado: tienes que mantenerte en él. Te rodea todo este tropel de quienes pretenden consolarte, y sondea tu ánimo y examina cuánta fortaleza posee frente al dolor y si tú tan sólo sabes aprovechar diestramente las circunstancias favorables o si también puedes soportar virilmente las adversas: tus ojos están bajo vigilancia. Tienen en todo mayor libertad aquellos cuyos sentimientos [2] se pueden encubrir: tú no tienes libertad para secretos. Bajo una fuer te luz te puso la suerte: todos sabrán cómo te has portado en este golpe que has recibido, si al momento de ser herido has arrojado las armas o bien te has mantenido en tu posición. Hace tiempo el amor de César te elevó, y también tus estudios te alzaron, al más alto rango; nada plebeyo te cuadra, nada humilde; ahora bien, ¿qué hay tan humilde y [3] mujeril como el dejarse consumir por el dolor? No te está permitido, en un luto igual, lo mismo que a tus hermanos; muchas cosas no te las consiente la opinión formada sobre tus estudios y tus costumbres, mucho exigen de ti los hombres, mucho esperan. Si querías que todo te estuviera permitido, no tendrías que haber atraído sobre ti las miradas de todos: ahora tú tienes que cumplir todo cuanto prometías. Todos los que alaban las obras de tu ingenio, que las hacen copiar, a los que, aun cuando no les haga falta tu suerte, tu ingenio sí les hace falta, son vigilantes de tu espíritu. Nunca puedes hacer nada indigno de tu condición de hombre cabal y erudito sin que muchos se avergüencen de [4] su admiración por ti. No te está permitido llorar sin medida, y no sólo esto no te está permitido: tampoco prolongar el sueño a parte del día te está permitido, o escapar de la agitación de los negocios al descanso del campo apacible, o restablecer tu cuerpo agotado por la continua asistencia a tus fatigosas tareas con un viaje de placer, o entretener tu ánimo con la variedad de los espectáculos, o disponer del día a tu gusto. No te están permitidas muchas cosas que incluso a los más humildes y a los que yacen en su rincón les están permitidas: una gran suerte [5] es una gran servidumbre. No te está permitido hacer nada a tu gusto: hay que escuchar a tantos miles de hombres, clasificar tantas solicitudes; hay que examinar tan gran cúmulo de asuntos procedentes del mundo entero, para que pueda ser presentado en buen orden a la atención del príncipe máximo. No te está permitido, digo, llorar: para que puedas escuchar a los muchos que lloran y las súplicas de los que están en peligro y anhelan alcanzar la misericordia del benignísimo César, tienes tú que enjugar tus lágrimas.

[7 ] Esto, sin embargo, te ayudará con remedios aún más llevaderos: cuando quieras olvidarte de todo, piensa en César. Mira cuánta lealtad, cuánta dedicación le debes por su benevolencia contigo: comprenderás que doblegarte no te está más permitido a ti que a aquel en cuyos hombros, si es que damos algún crédito a las leyendas, se apoya [2] el mundo. 128 Incluso al propio César, a quien todo está permitido, por esto mismo muchas cosas no le están permitidas: su desvelo protege el sueño de todos; su trabajo, el ocio de todos; su dedicación, las distracciones de todos; su actividad, el descanso de todos. Desde el día en que César se consagró al mundo se sustrajo a sí mismo y, a la manera de los astros que sin reposo efectúan constantemente su recorrido, nunca le está permitido detenerse ni ocuparse de lo suyo. Así pues, a [3] ti también en cierto modo se te impone la misma exigencia: no te está permitido mirar por tus intereses, por tus aficiones. Mientras sea César dueño del mundo no puedes entregarte al placer ni al dolor ni a ninguna otra cosa: te debes todo entero a César. Añade ahora que, como siempre proclamas que César te es más querido que tu propia [4] vida, no te es lícito, mientras César está a salvo, quejarte de tu suerte: si se halla bien él, están a salvo los tuyos, nada has perdido; tus ojos conviene que estén no sólo secos sino incluso alegres. En él lo tienes todo, él te vale por todo. Eres poco agradecido a tu prosperidad, lo cual es bien impropio de tus sentimientos tan razonables y respetuosos, si te permites llorar por algo estando él a salvo.

Aún te indicaré un remedio, ciertamente no más seguro, pero sí [8 ] más íntimo. En las ocasiones en que te retiras a tu casa es cuando más tendrás que temer la tristeza. En efecto, en tanto que contemples a tu divinidad particular, no encontrará la aflicción manera de entrar en ti: César ocupará toda tu persona; cuando te alejes de él, entonces, como si se le hubiera concedido una oportunidad, el dolor acechará tu soledad y poco a poco se infiltrará en tu espíritu despreocupado. Así pues, [2] no hay razón para que consientas que haya ningún momento libre de tus aficiones; entonces tus letras, tanto tiempo y tan lealmente amadas, te devolverán el favor, entonces te defenderán como su superior y su cultivador, entonces Homero y Virgilio, que han merecido del género humano tanto agradecimiento como tú has merecido de todos y también de ellos, que has querido que fueran conocidos para más gente que para la que habían escrito, permanecerán largo tiempo a tu lado: libre de peligros estará todo el tiempo que confíes a su protección. Redacta entonces, tan bien como eres capaz, los hechos de tu César, a fin de que se transmitan a través de todos los siglos gracias a la publicación de un íntimo suyo; él, en efecto, te proporcionará material y a la vez ejemplo en cuanto a ordenar y describir perfectamente sus hazañas. 129 No me atrevo a llevarte más lejos, a que compongas cuentos [3] y fábulas al estilo de Esopo, empresa aún no intentada por los ingenios romanos, 130 con la gracia en ti habitual. Es realmente difícil que tu ánimo golpeado tan violentamente pueda dedicarse tan pronto a estas tareas más alegres. Sin embargo, ten como prueba de que ya se ha restablecido y vuelto en sí el que pueda pasar de los escritos más serios [4] a estos más superficiales. Pues en los primeros, por enfermo que esté todavía y en lucha consigo mismo, lo distraerá la propia gravedad de los asuntos de que se ocupe; los segundos, que se tienen que componer con el ceño desfruncido, no los tolerará hasta tanto no vuelva a ser el mismo de siempre en todo punto. Así pues, deberás ocuparlo primero con un material más serio, luego templarlo con otro más alegre.

[9 ] También te será de gran alivio preguntarte a menudo: «¿Me lamento por mí o por el que ha muerto? Si es por mí, desaparece el pretexto del cariño, y el dolor, sólo justificado porque es desinteresado, empieza a apartarse del afecto cuando mira a la propia conveniencia. Ahora bien, nada es más impropio de un hombre de bien que hacer [2] cálculos con el luto por un hermano. Si me lamento por él, es preciso que uno u otro de estos dos razonamientos sea decisivo. Pues si a los difuntos no les queda ninguna percepción, mi hermano ha escapado a todas las contrariedades de la vida y ha sido restituido al lugar donde estaba antes de nacer y, a salvo de todo mal, nada teme, nada desea, nada padece: 131 ¿qué locura es ésta, no dejar nunca de lamentarme por [3] él, que nunca va a lamentar ya nada? Si los difuntos conservan alguna percepción, ahora el espíritu de mi hermano, como liberado de una prolongada prisión, al fin dueño y señor de sí mismo, se regocija y disfruta del espectáculo de la naturaleza y contempla todo lo humano desde su posición superior, mientras que observa más de cerca lo divino, cuya explicación había buscado tanto tiempo en vano.

»Así pues, ¿por qué me dejo atormentar por la añoranza del que o es dichoso o no es nada? Llorar al dichoso es envidia, a nadie, insensatez».

¿Quizá lo que te conmueve es que parece haber sido privado de [4] unos bienes extraordinarios y precisamente cuando estaban a su alrededor? Cuando pienses que es mucho lo que ha perdido, piensa que es más lo que no teme: no lo atormentará la cólera, no lo afligirá la enfermedad, no le angustiará la sospecha, no lo perseguirá la envidia devoradora y enemiga siempre de los progresos de otros, no le inquietará el miedo, no le preocupará la veleidad de la suerte que pronto muda sus favores. Si cuentas bien, más es lo que se le ha condonado que lo que se le ha arrebatado. No disfrutará de las riquezas, de tu influencia ni [5] tampoco de la suya; no recibirá favores, no los hará: ¿lo crees desdichado por haber perdido eso o dichoso por no echarlo de menos? Créeme, es más dichoso aquel a quien la suerte le es innecesaria que aquel para quien está bien dispuesta. Todos estos bienes que nos seducen con un placer atractivo pero engañoso, dinero, prestigio, poder, y otros muchos ante los que se queda atónita la ciega codicia del género humano, se obtienen con fatigas, se miran con envidia: en suma, a los mismos a los que realzan a la vez los agobian; amenazan más que benefician: son escurridizos e inseguros, nunca están bien sujetos; en efecto, aunque nada se tema del tiempo por venir, la propia conservación de una gran prosperidad es motivo de inquietud. Si quieres creer [6] a los que penetran más a fondo la verdad, la vida toda es un suplicio. Arrojados a este mar profundo y turbulento que va y viene con sus flujos y reflujos y tan pronto nos eleva con repentinas crecidas, como nos precipita con mayores perjuicios y nos zarandea sin cesar, nunca hacemos pie en tierra firme, entre dos aguas flotamos a merced de las olas y chocamos unos contra otros y sufrimos naufragios a veces, lo estamos temiendo siempre; en este mar tan borrascoso y expuesto a todos los temporales no hay para los navegantes ningún puerto salvo el de la muerte. Por tanto, no quieras mal a tu hermano: está descansando. [7] Al fin es libre, al fin está a salvo, al fin es eterno. Deja con vida a César y a toda su descendencia, 132 con vida a ti junto con vuestros hermanos. Antes de que la suerte variara en algo sus favores, la abandonó cuando aún se mantenía constante y lo colmaba de dones a manos llenas. Ahora disfruta de un cielo abierto y despejado; de un lugar [8] bajo y hundido ha saltado a ese otro, cualquiera que sea, que acoge en su dichoso seno a las almas liberadas de sus ataduras, y ahora allí va libremente de un lado a otro y contempla con el mayor placer todos los bienes de la naturaleza. Estás equivocado: tu hermano no ha perdido [9] la luz, sino que le ha correspondido otra más pura. A todos nos es común el camino hasta allí: ¿a qué lloramos por los hados? Él no nos ha abandonado, sino que nos ha precedido. Créeme, hay una gran felicidad en la propia obligación de morir. Nada hay seguro ni siquiera para un día entero: ¿quién, en esta realidad tan incierta y confusa, es capaz de decir si la muerte ha querido mal a tu hermano o ha procurado su bien?

[10 ] También esto, la equidad que muestras en toda circunstancia, es seguro que te ayudará, al pensar que no se te ha hecho injusticia porque has perdido a un tal hermano, sino que se te ha otorgado un favor, porque [2] has podido gozar y disfrutar tanto tiempo de su afecto. Es injusto quien no deja al donante el derecho a disponer de su regalo, codicioso quien no tiene por ganancia lo que ha recibido, sino por pérdida lo que ha devuelto. Es desagradecido quien llama injusticia a la conclusión del disfrute, necio quien considera que no se saca ningún provecho de los bienes excepto de los presentes, quien no se complace también con los pasados ni juzga más seguros los que se han ido, puesto [3] que de ellos ya no hay que temer que se acaben. Reduce demasiado sus goces quien considera que disfruta tan sólo de lo que tiene y ve, y no valora en nada haber tenido eso mismo; pues pronto nos abandona cualquier placer, que se escapa y desaparece y se aleja casi antes de llegar. Así pues, hay que proyectar el espíritu al pasado y evocar cualquier cosa que nos deleitó en alguna ocasión y examinarla una y otra vez con el pensamiento; el recuerdo de los placeres es más duradero y [4] más constante que su presencia. Incluye, por tanto, entre tus mayores bienes el haber tenido un hermano excelente: no hay razón para que pienses cuánto tiempo más hubieras podido tenerlo, sino cuánto tiempo lo has tenido. La naturaleza no te lo dio en propiedad, como tampoco a los demás sus hermanos, sino que te lo prestó. Cuando le ha parecido, te lo ha reclamado al punto y en esto no se ha guiado por tu hartazgo [5] sino por su criterio. Si alguien se disgusta por haber devuelto un dinero prestado, es más, uno cuyo uso recibió sin intereses, ¿no se le tendrá por un hombre injusto? La naturaleza le dio la vida a tu hermano, te la dio a ti también: si ella, haciendo uso de su derecho, ha reclamado más pronto su deuda a quien quiso, no es culpable ella, cuyas condiciones estaban bien claras, sino la codiciosa esperanza del espíritu mortal, que tantas veces olvida qué es la naturaleza y nunca se acuerda de su [6] destino más que cuando recibe una advertencia. Así pues, alégrate de haber tenido un hermano tan bueno y su usufructo; a pesar de que haya sido más corto que tu deseo, dalo por bueno. Piensa que ha sido agradabilísimo haberlo tenido, humano, haberlo perdido; pues nada hay más incongruente que trastornarse uno porque un hermano así le haya correspondido por poco tiempo y no alegrarse porque, con todo, le ha correspondido.

»Pero me ha sido arrebatado cuando menos lo esperaba.» A cada [11 ] uno lo engaña su credulidad y su voluntario olvido de la mortalidad de aquello que aprecia. La naturaleza no ha manifestado a nadie que esté dispuesta a hacerle gracia de su ley inexorable. Cada día pasan ante nuestros ojos los funerales de conocidos y desconocidos y sin embargo nosotros nos dedicamos a otras cosas y consideramos repentino lo que toda la vida se nos anuncia como venidero. Por lo tanto, no hay tal iniquidad de los hados, sino vicio del todo insaciable de la mente humana, que se irrita por salir de donde había sido admitida transitoriamente. [2] Cuánto más justo aquel que, al serle anunciada la muerte de su hijo, pronunció estas palabras dignas de un gran varón:

Yo, cuando lo engendré, sabía ya que tenía que morir. 133

En absoluto te extrañes de que de este hombre naciera quien supiera morir valientemente. No recibió la muerte de su hijo como una noticia sorprendente. Pues ¿qué hay de sorprendente en que se muera un hombre, cuya vida entera no es otra cosa que un viaje hacia la muerte?

Yo, cuando lo engendré, sabía ya que tenía que morir. [3]

Luego añadió algo que demostraba aún mayor sensatez y entereza:

y para esto lo crié. 134

A todos nos crían para esto; quienquiera que es engendrado a la vida está destinado a la muerte. Alegrémonos por lo que nos den y devolvámoslo cuando nos lo reclamen. A cada uno en su momento lo atraparán los hados, a nadie pasarán por alto: que permanezca en guardia el espíritu y no sienta nunca temor por lo que es inevitable, que aguarde [4] siempre lo que es inseguro. ¿A qué voy a mencionar a los generales y a los descendientes de generales, y a los personajes ilustres por sus numerosos consulados o triunfos, que cumplieron con su destino inexorable? Reinos enteros con sus reyes y naciones con sus gentes sufrieron su destino: todos, mejor dicho, todo tiene como meta su último día. El final no es el mismo para todo el mundo: a uno lo abandona la vida en mitad de la carrera, a otro lo deja en la salida misma, a otro a duras penas le permite irse en la vejez más extrema, ya cansado y deseando retirarse; en uno u otro momento, es cierto, pero todos nos encaminamos al mismo lugar. No sé si es más estúpido ignorar la ley de la mortalidad [5] o más desvergonzado rechazarla. Venga, toma en tus manos las poesías de uno cualquiera de los dos autores que se han visto difundidos gracias a la intensa labor de tu talento y que tú has puesto en prosa de tal manera que, aunque haya desaparecido su estructura, permanece su encanto (pues los has traducido de una lengua a otra de tal modo que, cosa por demás difícil, todas sus virtudes te han seguido a un lenguaje extraño a ellas): entre esos escritos no habrá ningún libro que no te proporcione múltiples ejemplos de la inconstancia humana y de calamidades imprevistas y de lágrimas derramadas por un motivo [6] u otro. Lee con cuánto aliento has hecho estremecer el aire con magníficas palabras: te avergonzará desfallecer de repente y desmentir tanta grandeza como hay en tu prosa. No des lugar a que alguien que admire sin medida tus escritos se pregunte cómo ha concebido un espíritu tan frágil pensamientos tan grandiosos y tan consistentes.

[12 ] Es mejor que, de esas circunstancias que te atormentan, te vuelvas a éstas, tan numerosas e importantes, que te consuelan, y mires a tus excelentes hermanos, mires a tu esposa, a tu hijo mires: la salvación de todos éstos la ha acordado contigo la suerte, a cambio de esta parte. Tienes muchos en quienes hallar alivio: guárdate de esta vergüenza, que no les parezca a todos que un solo dolor tiene más dominio sobre [2] ti que estos consuelos tan numerosos. Ves que todos ellos han sido golpeados al tiempo que tú y que no pueden acudir en tu ayuda, más aún, comprendes que incluso esperan ser socorridos por ti; y por eso, en la medida en que poseen menos instrucción y talento, más preciso es que hagas frente tú a la desgracia común. Por otro lado, también sirve de consuelo repartir entre muchos el dolor de uno; el mal, como se distribuye entre varios, tiene que reducirse en ti a una mínima parte.

[3] No dejaré de hacerte presente constantemente a César: mientras gobierne él las tierras y muestre cuánto mejor se guarda el poder con favores que con armas, mientras esté él al frente de los destinos de los hombres, no hay peligro de que sientas que has perdido algo: en él solo tienes protección suficiente, consuelo suficiente. Álzate y cuantas veces acudan las lágrimas a tus ojos, otras tantas dirígelos a César: se secarán con la contemplación de la más grande y más brillante divinidad; su resplandor los deslumbrará de manera que no puedan mirar ninguna otra cosa, y los mantendrá clavados en él. En éste tienes que pensar, a [4] quien contemplas día y noche, de quien nunca desvías tu atención, a él tienes que recurrir contra la suerte. Y, puesto que muestra tanta bondad y tanta benevolencia hacia todos los suyos, no dudo que ya habrá restañado esta herida tuya con numerosos consuelos y habrá hecho acopio de todo lo que pudiera hacer frente a tu dolor. Por otra parte, aunque no haya hecho nada de esto, ¿acaso tan sólo la propia contemplación y el pensar en César no son por sí mismos el mayor consuelo para ti? Que los dioses y las diosas lo tengan largo tiempo prestado a la tierra. [5] Que iguale los hechos del divino Augusto, que sobrepase sus años. Que mientras esté entre los mortales no sienta que haya nada mortal en su familia. Que por largo tiempo con su autoridad acredite a su hijo como dirigente del imperio romano y que lo vea como colega de su padre antes que como sucesor. Que sea lejano y conocido únicamente por nuestros nietos el día en que su linaje lo reivindique para el cielo.

Aparta de él tus manos, fortuna, y no hagas en él ostentación de tu [13 ] poder, salvo en lo que le seas de provecho. Permite que cure al género humano ya tanto tiempo enfermo y exhausto, permite que restaure y restablezca a su estado natural todo lo que arruinó la locura del príncipe precedente. 135 Que este astro, que brilla para un mundo arrojado al abismo y hundido en las tinieblas, resplandezca por siempre. Que [2] pacifique Germania y abra el camino a Britania, 136 que celebre los triunfos de su padre y además otros nuevos; 137 de éstos yo también voy a ser espectador, eso me lo garantiza su clemencia, que ocupa el primer lugar entre sus virtudes. En efecto, no me hizo caer como si no quisiera él volverme a levantar, es más, ni siquiera me hizo caer, sino que me sostuvo cuando me empujó la fortuna y estaba tambaleándome, y haciendo uso del poder de su divina mano me depositó suavemente en tierra cuando me desplomaba al precipicio. Intercedió por mí ante el [3] Senado y no sólo me dio la vida sino que la pidió. Él decidirá: que juzgue mi causa como él quiera que sea; que su equidad la reconozca como buena o la haga buena su clemencia: una u otra cosa la recibiré por igual como un favor suyo, ya sea que me sepa inocente, ya sea que lo quiera. Entre tanto, es eficaz consuelo de mis desdichas ver su misericordia extendiéndose por el orbe entero; puesto que ella ha desenterrado de este rincón mismo en que estoy hundido a bastantes que ya estaban sepultados bajo los escombros de muchos años y los ha devuelto a la luz, no temo que me pase por alto a mí. Ahora bien, él sabe perfectamente el momento en que debe acudir en auxilio de cada uno; yo pondré todo mi empeño para que no se avergüence de llegar hasta [4] mí. ¡Bienaventurada tu clemencia, César, pues hace que los desterrados lleven bajo tu gobierno una vida más tranquila que la que llevaron hace poco los notables bajo Gayo! 138 No tiemblan ni aguardan la espada a cada hora, ni se aterrorizan a la vista de cualquier nave; gracias a ti obtienen la moderación de la suerte rigurosa tanto como la esperanza de otra mejor y la tranquilidad de la presente. Que sepas, en fin, que son muy justos los rayos que veneran incluso los heridos por ellos.

[14 ] Así pues, este príncipe que es consuelo común de todos los hombres, o mucho me equivoco o ya ha reconfortado tu espíritu y procurado, para una herida tan grande, remedios mayores. Ya te ha restablecido por todos los medios, ya, merced a su infalible memoria, te ha referido todos los ejemplos que pudieran inducirte a la serenidad, ya te ha expuesto con la elocuencia en él habitual los preceptos de todos [2] los sabios. Así pues, nadie habrá desempeñado mejor este papel de consejero: si las dice él, las palabras tendrán otro peso, como emitidas por un oráculo; su autoridad divina quebrantará toda la violencia de tu dolor. Supón, por tanto, que te dice: «No te ha escogido a ti solo la suerte para infligir una afrenta tan penosa. Ninguna casa en el orbe entero hay ni ha habido sin algún motivo para llorar. Pasaré por alto los ejemplos corrientes que, aunque de menor importancia, son sin [3] embargo incontables, y te llevaré a los fastos y a los anales públicos. ¿Ves todas estas estatuas que han acabado llenando el atrio de los Césares? Ninguna de ellas deja de ser notable por algún perjuicio de los suyos; ninguno de estos varones que brillaron para ornato de los siglos ha dejado de verse atormentado por la añoranza de los suyos o añorado por los suyos en medio del más hondo sufrimiento.

»¿A qué hablarte de Escipión Africano, 139 a quien notificaron en el [4] exilio la muerte de su hermano? El hermano que había sustraído a su hermano a la cárcel no pudo sustraerlo al hado; y para todo el mundo fue evidente qué rebelde a la legalidad se mostró el cariño del Africano; el mismo día, en efecto, en que arrancó a su hermano de las manos del alguacil, llegó incluso a oponerse, siendo un particular, a un tribuno de la plebe. 140 Sin embargo, añoró a su hermano con tanta entereza como lo había defendido. ¿A qué hablar de Escipión Emiliano, 141 que [5] casi al mismo tiempo contempló el triunfo de su padre y los funerales de dos hermanos? Jovencito, prácticamente un niño, soportó sin embargo aquella repentina ruina de su familia, que se derrumbaba encima mismo del triunfo de Paulo, con tanta entereza como debía soportarla el hombre nacido justamente para que a la ciudad de los romanos le perviviera un Escipión y no le sobreviviera Cartago.

»¿A qué hablar de la buena armonía entre los dos Luculos, 142 interrumpida [15 ] por la muerte? ¿A qué, de los dos Pompeyos? 143 A éstos la suerte en su saña ni siquiera les concedió derrumbarse por fin en una misma caída. Sexto Pompeyo sobrevivió primero a su hermana, 144 a cuya muerte quedaron desligadas las ataduras de la paz romana, per fectamente amarrada, y también él sobrevivió a su excelente hermano, al que la suerte había elevado sólo para que no cayera de una altura menor de la que cayó su padre; y sin embargo, tras esta desgracia Sexto Pompeyo fue capaz de enfrentarse no sólo al dolor sino también a la [2] guerra. Por todas partes se nos ofrecen innumerables ejemplos de hermanos separados por la muerte, más bien al contrario, a duras penas alguna vez se ha visto una pareja de ellos envejeciendo juntos. Pero me contentaré con los ejemplos de nuestra casa; nadie habrá, en efecto, tan falto de sentimientos y de sensatez que se queje de que la suerte ha hecho caer el luto sobre alguien, una vez que sepa que ella ha codiciado incluso las lágrimas de los Césares.

[3] »El divino Augusto perdió a su queridísima hermana Octavia 145 y la naturaleza no lo eximió de la obligación de llorar ni siquiera a él, a quien tenía destinado el cielo. Más aún, también él, después de verse maltratado por toda clase de quebrantos familiares, perdió al hijo de su hermana, 146 al que había dispuesto para sucederle; en fin, por no enumerar uno a uno sus lutos, perdió a sus yernos, a sus hijos y además a sus nietos, 147 y nadie entre todos los mortales sintió más que era hombre, mientras estuvo entre los hombres. Con todo, a tantos y tan hondos lutos dio cabida en su corazón, en el que todo cabía, y el divino Augusto resultó vencedor no tan sólo de los pueblos extranjeros sino también de sus penas.

[4] »Gayo César, hijo y nieto del divino Augusto, mi tío abuelo, 148 en los primeros años de su juventud, en plenos preparativos de la guerra contra los partos, perdió a su queridísimo hermano Lucio, un príncipe de la juventud a otro príncipe de la juventud, y fue herido en su espíritu con un golpe mucho más duro que el que luego recibió en el cuerpo; ambos los soportó por igual, muy pacientemente y muy valerosamente.

[5] »Tiberio César, mi tío, a Druso Germánico, mi padre y hermano menor suyo, cuando estaba abriéndose paso por el interior de Germania y sometiendo al poder de Roma a pueblos belicosísimos, lo vio morir entre sus abrazos y sus besos; 149 sin embargo, fijó un límite al duelo, no únicamente para sí mismo, sino también para los demás e hizo regresar a los usos de un luto romano al ejército entero, no sólo afligido sino también aturdido, que reclamaba el cuerpo de su Druso, y declaró que había que mantener la disciplina no únicamente en su oficio de soldados, sino también en sus muestras de dolor. No habría él podido contener las lágrimas de otros si antes no hubiera reprimido las suyas.

»Marco Antonio, mi abuelo, 150 no inferior a nadie más que a aquel [16 ] por quien fue derrotado, en la época en que estaba consolidando la República e, investido de la potestad triunviral, no veía nada por encima de él, sino que todo, excepto a sus dos colegas, lo contemplaba a sus pies, supo de oídas que su hermano había sido asesinado. 151 ¡Tiránica [2] suerte, qué burlas te gastas con las desgracias de los hombres! Precisamente al tiempo que Marco Antonio actuaba como árbitro de la vida y de la muerte de sus conciudadanos, se daba la orden de que el hermano de Marco Antonio fuera ejecutado. Sin embargo, Marco Antonio soportó este golpe tan amargo con la misma grandeza de ánimo con que había sobrellevado todas las demás contrariedades, y su duelo consistió en vengar a su hermano con la sangre de veinte legiones. 152

»Pero, por omitir todos los demás ejemplos y no mencionar otras [3] muertes que también me afectaron, dos veces me acometió la suerte con un luto por un hermano, 153 dos veces comprendió que se me podía malherir pero no se me podía derrotar: perdí a mi hermano Germánico; cuánto lo quise lo comprende enseguida cualquiera que piense cuánto quieren a sus hermanos los hermanos afectuosos; sin embargo, ajusté mis sentimientos de manera que ni descuidé nada que se debiera exigir a un buen hermano ni hice nada que se pudiera censurar en un príncipe». 154

[4] Supón entonces que el padre del pueblo te cita estos ejemplos y que a la vez te muestra hasta qué punto nada hay sagrado ni intocable para la suerte, que ha osado sacar cortejos fúnebres de estos penates de los que luego iba a requerir dioses. 155 Así pues, no se extrañe nadie de que ella haga algo con crueldad o inicuamente: ¿puede, en efecto, conocer algún tipo de equidad o de moderación respecto a las casas particulares ella, cuya saña implacable ha mancillado los sitiales mismos [5] de los dioses? 156 Por más que le hagamos reproches no por boca nuestra únicamente, sino también por la de todos, no cambiará; se erguirá frente a todas las súplicas y todas las quejas. Así ha sido la fortuna en los asuntos de los hombres, así será: nada ha dejado sin intentar, nada dejará sin tocar; marchará arrebatada por todas partes, tal como ha acostumbrado siempre, atreviéndose a entrar a cometer injusticias incluso en las casas a las que se accede a través de templos, 157 y a las [6] puertas coronadas de laurel 158 les impondrá negros velos. Contentémonos con alcanzar de ella, mediante ofrendas y peticiones públicas, si aún no le ha parecido bien aniquilar al género humano, si todavía contempla favorable el nombre de Roma, únicamente que a este príncipe, que nos ha sido concedido en plena decadencia de la humanidad, lo considere intocable para ella tal como para todos los mortales; que aprenda clemencia de él y se muestre benigna con el más benigno de los príncipes.

Así pues, debes fijarte en todos aquellos que hace poco he citado, [17 ] admitidos al cielo o muy cercanos, y soportar con serenidad la suerte, que también hacia ti tiende sus manos, que no mantiene alejadas ni siquiera de aquellos por quienes juramos; 159 debes imitar su firmeza en sobrellevar y superar sus penalidades, al menos en la medida en que le es posible a un hombre seguir los pasos de los dioses. A pesar [2] de que en otros aspectos 〈haya〉 profundas diferencias en cuanto a honores y títulos, la virtud está situada al alcance de todos: no rechaza a nadie que al menos se considere digno de ella. Ciertamente, harás muy bien en imitar a los que, aunque podían indignarse por no estar exentos de esta desgracia, sin embargo no juzgaron una injusticia, sino justicia de la naturaleza mortal, el verse igualados sólo en esto al resto de los hombres, y soportaron lo que les había ocurrido no con aspereza y amargura excesivas ni tampoco blanda y afeminadamente: en efecto, no sentir las desgracias es impropio de las personas, del mismo modo que no soportarlas es impropio del varón.

Sin embargo, al repasar los Césares a quienes la suerte arrebató hermanos [3] y hermanas, no puedo pasar por alto a ese que se debe excluir radicalmente del número de los Césares, a quien engendró la naturaleza para perdición y oprobio del género humano; cuyo imperio, por él mismo asolado y destruido de raíz, restaura la benevolencia de un benignísimo príncipe. Cuando perdió a su hermana Drusila, 160 Gayo César, [4] ese hombre que no era más capaz de penar que de gozar como un príncipe, rehuyó el contacto y la conversación de sus conciudadanos, no asistió a las exequias de su hermana, no le rindió los honores debidos a una hermana, sino que en su villa de Alba aliviaba las tristezas de esa muerte tan prematura con tableros, dados y otras triviales actividades de esta índole. ¡Qué vergüenza para el imperio! ¡El juego fue el consuelo de un príncipe romano de luto por su hermana! Ese mismo Gayo, [5] con volubilidad de demente, que tan pronto se dejaba crecer barba y cabello como recorría sin rumbo fijo las costas de Italia y Sicilia, sin estar nunca bastante seguro de si quería que su hermana fuera llorada o venerada, al mismo tiempo que le erigía templos y tronos, imponía crudelísimos castigos a quienes se habían mostrado poco afligidos; pues con la misma turbulencia de espíritu soportaba los golpes de la adversidad como, exaltado por la llegada de la prosperidad, se engreía por [6] encima de la condición humana. Lejos de todo varón romano esté un ejemplo tal: distraer el luto con pasatiempos inoportunos, o avivarlo con una repugnante suciedad y sordidez, o entretenerlo con los sufrimientos de otros, un consuelo absolutamente inhumano.

[18 ] Por tu parte, no tienes que variar en nada tus costumbres, puesto que determinaste consagrarte a los estudios que aumentan perfectamente la felicidad tanto como fácilmente aminoran la adversidad, los mismos que son para el hombre la mayor distinción y también el mayor consuelo. Sumérgete ahora, por tanto, más profundamente en tus estudios, ponlos ahora a tu alrededor como defensas de tu espíritu, [2] para que el dolor no encuentre acceso a ti por parte alguna. Haz perdurar también la memoria de tu hermano con algún recuerdo en tus escritos: pues esta obra es la única entre las humanas a la que ningún contratiempo puede perjudicar, que no puede consumir ninguna vejez. Las restantes, que consisten en estructuras de piedra y masas de mármol o túmulos de tierra alzados a inmensa altura, no subsisten largo tiempo, ya que también ellas desaparecen: la memoria del ingenio es inmortal. Ésta es la que debes prodigar a tu hermano, en ésta debes darle un lugar; harás mejor en eternizarlo con un ingenio por siempre duradero, que en llorarlo con un dolor inútil.

[3] En lo que se refiere a la suerte en sí, aunque por ahora no se puede defender su causa ante ti (pues todo lo que nos ha dado, precisamente por habernos privado de una parte, nos resulta aborrecible), habrá que defenderla tan pronto como el tiempo te haya hecho juez más imparcial respecto a ella, pues entonces podrás reconciliarte con ella. En efecto, te dio por anticipado muchas cosas con que compensar esta injusticia, te concederá aún muchas con que repararla; y por último, [4] eso mismo que te ha sustraído, ella misma te lo había dado. Por consiguiente, no emplees contra ti tu ingenio, no colabores con tu dolor. Sin duda tu elocuencia es capaz de hacer pasar por importante lo que es intrascendente y, al contrario, de rebajar lo importante y reducirlo a nimiedad; pero que guarde para otra ocasión estas facultades, ahora que se dedique enteramente a tu consuelo. Y, de todos modos, fíjate, no vaya a ser esto superfluo también; pues la naturaleza nos exige muy [5] poco y por culpa de las apariencias se acumula más. Ahora bien, yo nunca te exigiré que no te aflijas en absoluto. Ya sé que se encuentran algunos hombres de sabiduría más insensible que valerosa, que llegan a afirmar que el sabio no debe sufrir: éstos me parece que nunca se han topado con una desgracia así; de lo contrario, la suerte les habría sacudido su ciencia pretenciosa y les habría obligado, aunque no quisieran, a admitir la verdad. Bastante hará la razón si suprime sólo lo que es [6] superfluo y excesivo en el dolor; mas que admita que éste no existe en absoluto, nadie debe ni esperarlo ni desearlo. Guarde más bien estos límites, de modo que ni dé muestras de insensibilidad ni de insensatez, y nos mantenga dentro de la actitud propia de una mente sensible, no de una perturbada: que corran las lágrimas, pero que también ellas terminen; que se profieran quejidos desde lo hondo del corazón, pero que también ellos se concluyan; gobierna tus sentimientos de manera que puedas ganarte tanto la aprobación de los sabios como de tus hermanos. Debes conseguir desear que la memoria de tu hermano se [7] te presente a cada paso, mencionarlo en tus conversaciones y también evocarlo en repetidos recuerdos, cosa que podrás lograr sólo si te haces su memoria alegre antes que deplorable; pues es natural que la mente rehúya siempre aquello a lo que regresa con tristeza. Piensa en su discreción, [8] piensa en su habilidad al emprender sus cosas, en su laboriosidad al realizarlas, en su seriedad al prometerlas. Todos sus dichos y sus hechos cuéntaselos a los demás y también recuérdatelos a ti mismo. Piensa cómo fue y cómo se podía esperar que fuera; pues ¿qué no se podría garantizar con total seguridad de aquel hermano?

Esto lo he escrito tal como he podido, con mi espíritu debilitado y [9] embotado por esta ya prolongada inactividad. Si te parece que no corresponde a tu talento o que no remedia tu dolor, piensa hasta qué punto no puede tener tiempo para consuelos ajenos uno al que tienen preocupado sus propias desdichas, y qué difícilmente se le ocurren palabras en buen latín a un hombre a cuyo alrededor resuena sólo el griterío inarticulado de los bárbaros, insoportable incluso para unos bárbaros más civilizados. 161

122 Pudiera ser que este principio perdido contuviera el elogio adulador que Séneca dirigió a Mesalina, como afirma Dion Casio en el pasaje que analiza Giancotti, «La consolazione di Seneca a Polibio in Cassio Dione LXI 10, 2», Rivista di Filologia e Istruzione Classica 34 (1956), págs. 30-44. En cuanto a las palabras que faltan a la primera frase conservada para tener sentido completo, podrían perfectamente parecerse a las que imaginó Gertz, L. Annaei Senecae Dialogorum libri XII , Copenhague, 1886 (cf . Reynolds, L . Annaei Senecae Dialogorum libri duodecim , 3.a ed., Oxford, 1985, pág. 266): «“las ciudades y los monumentos erigidos en piedra, si con la vida” nuestra…».

123 Desde muy antiguo se agrupaban bajo esta denominación las pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el templo de Ártemis en Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría.

124 Tres ciudades destruidas por el fuego: Cartago y Corinto el mismo año, 146 a.C.; Numancia en el 134 a.C.

125 Cada lengua caracterizada por su cualidad esencial, cf . Quintiliano, Institutione oratoria , XII , 10, 35.

126 Homero y Virgilio (cf . 8, 2), a los que había traducido en prosa latina y griega respectivamente (cf . 11, 5).

127 Cf . Consolación a Marcia , 10, 1.

128 Atlante, uno de los gigantes que se alzaron contra los dioses y sufrieron la derrota, fue condenado a sostener sobre sus hombros la bóveda celeste.

129 Séneca exagera aduladoramente el material: Claudio sólo estuvo dieciséis días en campaña durante la única expedición militar que emprendió, contra Britania (Tácito, Anales , 13, 3; Dion Casio, op . cit ., LX , 19-23; Suetonio, Claudio , 17); sí es cierto, en cambio, que Claudio se dedicó con afán a escribir, principalmente de historia, aunque parece ser que sus obras adolecían de mucha erudición y poca calidad literaria (Suetonio, ibid ., 41).

130 Es inverosímil que Séneca desconociera las fábulas de Fedro, precisamente esópicas y publicadas durante los reinados de Tiberio y Calígula; Séneca simula ignorancia para poder halagar aún más a Polibio, indicándole una empresa que sólo él podría acometer.

131 Séneca toma este argumento del materialismo epicúreo; cf . Lucrecio, La naturaleza , III 972-977.

132 De los cinco hijos que tuvo Claudio con sus tres primeras esposas vivían por entonces Antonia (de Elia Petina), Británico y Octavia (de Mesalina).

133 Séneca cita un verso del Telamón de Ennio (cf . Q. Ennio, Fragmentos [ed. de M. Segura], Madrid, 1984, pág. 29), modificándolo ligeramente, pues en la versión original Telamón se refiere a sus dos hijos, Áyax y Teucro.

134 Ennio, y Séneca acto seguido, emplea el verbo tollere , que significa «levantar»: el padre alzaba al recién nacido en sus brazos, simbolizando así su reconocimiento y su intención de criarlo.

135 Como es sabido, Claudio sucedió a su sobrino Calígula, cuya demencia era proclamada por todos, una vez muerto, claro está.

136 Esta pomposa pacificación de Germania se reduce a una victoria sobre la tribu de los caucos por parte de Gabinio Segundo (cf . Suetonio, Claudio , 24, 3). La expedición contra Britania ya nos es conocida (cf . nota 129); el problema es que de la expresión de Séneca no se puede deducir si era aún un proyecto o ya una realidad, ni sacar en consecuencia conclusiones sobre una fecha más precisa de composición para esta obra.

137 Los triunfos de Druso Germánico (cf . Consolación a Marcia , nota 5) y el de Claudio sobre Britania; de hecho, permitió regresar a algunos desterrados para que pudieran contemplarlo (Suetonio, Claudio , 17, 3); ya antes había rehabilitado a unos pocos exiliados, como recuerda el propio Séneca más adelante, pero siempre siguiendo las propuestas del Senado (Suetonio, ibid ., 12, 1).

138 Calígula (cf . Consolación a su madre Helvia , nota 71).

139 No podían hallarse las imagines de los Escipiones en el atrio del palacio imperial, pues no formaban parte de la familia; este Africano fue el primero en ganarse este cognomen , Publio Cornelio Escipión, que intentó defender a su hermano, Lucio Cornelio Escipión Asiático, y librarlo de la cárcel, a la que lo había condenado un decreto de los tribunos de la plebe (cf . Tito Livio, op . cit ., XXXVIII , 54-56).

140 Llamado Augurino; fue el promotor de la orden de prisión contra el Asiático (Aulo Gelio, Noches áticas , VI , 19, 2).

141 Cf . Consolación a Marcia , nota 18.

142 Lucio Licinio Luculo (ca . 117-ca . 57 a.C.) fue el vencedor de Mitrídates en Ténedos, y posteriormente se hizo famoso por sus riquezas y sus banquetes suntuosos; de su hermano Marco se sabe que fue cónsul en el año 73 a.C.

143 Los hijos de Pompeyo Magno: Gneo, muerto tras la batalla de Munda (45 a.C.), y Sexto, que continuó la lucha contra el segundo triunvirato hasta ser derrotado por Agripa en el año 36 a.C. y muerto en Mileto uno después.

144 Séneca confunde a Pompeya, la hermana de Sexto, con la madrastra de ambos, Julia, la hija de César casada por conveniencia política con Pompeyo (cf . Consolación a Marcia , 14, 3, y nota 21; también K. Abel, «Exegetisches zu Senecas Dialogen, XI , 15, 1», Rheinisches Museum für Philologie 105 (1962), págs. 376-377).

145 De nuevo una especie de histerología: Octavia murió en el año 11 a.C., doce después que su hijo.

146 Marcelo (cf . Consolación a Marcia , nota 3).

147 Los yernos, Marcelo, ya mencionado, y Marco Vipsanio Agripa (muerto en el 12 a.C.), maridos sucesivos de su única hija Julia; el plural «hijos» se explica porque adoptó a sus nietos y a sus hijastros (cf . Consolación a Marcia , nota 24); esto aclara el que a continuación Séneca llame «hijo y nieto de Augusto» a Gayo César; éste y su hermano Lucio habían sido distinguidos con el título honorífico al que hace alusión Séneca.

148 Dado que Augusto adoptó a Tiberio, tío de Claudio.

149 Druso cayó enfermo en Germania, adonde acudió Tiberio a marchas tan forzadas que aún halló a su hermano con vida (Dion Casio, op . cit ., LV , 2, I; Suetonio, Tiberio , 7, 3; Consolación a Livia , 89-94). Una vez muerto Druso, Tiberio impidió que sus soldados incineraran allí mismo su cadáver, que fue transportado hasta Roma para ser enterrado (Consolación a Marcia , 2, 1-2).

150 Cf . Consolación a Marcia , nota 8. Marco Antonio fue derrotado por Augusto (aún Octavio) en Accio en el año 31 a.C.

151 Gayo Antonio, pretor en el año 44 a.C., fue condenado y ejecutado por orden de Bruto en Macedonia el año 43 a.C., precisamente el mismo en que su hermano Marco, Octavio y Lépido se asociaban para constituir el segundo triunvirato.

152 Hipérbole evidente: el ejército de Bruto y Casio (cf . Consolación a su madre Helvia , nota 79) derrotado por Marco Antonio y Octavio en Filipos (42 a.C.) no contaba con tantas legiones ni fue aniquilado hasta el último soldado.

153 Claudio tuvo efectivamente dos hermanos (cf . Consolación a Marcia , nota 8), que murieron antes que él; sin embargo, aunque insiste en el número, sólo menciona luego a uno, Germánico, padre de Calígula, muerto, como su padre Druso, de una enfermedad repentina y casi sospechosa (Suetonio, Calígula , 1, 3); sería humillante para Claudio recordar que su hermana Livila, casada con Druso, hijo de Tiberio, había sido condenada por éste como adúltera y asesina de su esposo en el año 31 d.C.

154 Cuando murió Germánico Claudio no era, evidentemente, emperador, ni podía nadie sospechar siquiera que llegara a serlo.

155 Cf . Consolación a Marcia , notas 23 y 51.

156 Traducción aproximada de puluinaria , propiamente los almohadones en que se recostaban las imágenes de los dioses en la celebración de un lectisternium o festín sagrado.

157 Quizá se refiere a los muchos templos que rodeaban el palacio en el Palatino, o más probablemente a la reforma de Calígula, que lo amplió, prolongando un ala hasta el foro; el templo de Cástor y Pólux quedó convertido en vestíbulo del palacio (Suetonio, Calígula , 22, 2).

158 Desde que Octavio tomó el sobrenombre de Augusto (Suetonio, Augusto , 7, 2), las puertas del palacio se adornaban con coronas de laurel, símbolo de ese carácter «sagrado».

159 No era raro jurar por César o por Augusto, como dioses que eran (cf . Horacio, Epístolas , II , 1, 6). El propio Claudio usaba el nombre de Augusto para sus más solemnes juramentos (Suetonio, Claudio , II , 2).

160 Calígula tuvo relaciones incestuosas con sus tres hermanas, pero la favorita con mucho fue Drusila, a la que rindió honores divinos tras su muerte (cf . Suetonio, Calígula , 24, 1-2).

161 A pesar de su cosmopolitismo teórico y del igualitarismo que pretendía en sus escritos, Séneca menospreciaba en realidad a los no grecorromanos, a los bárbaros (cf . M. Coccia, «Seneca e i barbari», Romanobarbaria 5 (1980), págs. 61-87). Por su contacto con ellos Séneca ha olvidado el buen latín, como le sucedió a Ovidio (Tristes , III , 1, 17-18; V , 12, 55-58). Cf . R. degl ‘Innocenti, «Echi delle elegie ovidiane dall’esilio nelle Consolationes ad Helviam e ad Polybium », Studi italiani di filologia classica 52 (1980), págs. 109-143.

DIÁLOGOS

Traducción y notas de

JUAN MARINÉ ISIDRO

NOTA DE TRADUCCIÓN

Esta traducción se basa en el texto establecido por L. D Reynolds en su edición de los Diálogos para la Oxford Clasical Texts [L . Annaei Senecae Dialogorum libri duodecim] , Oxford, 1977, y reeditada posteriormente en 1983 y 1985. En ocasiones, sin embargo, se ha preferido una lectura distinta, procedente de los códices o conjeturada por algún erudito.

SOBRE LA PROVIDENCIA

POR QUÉ SUCEDEN ALGUNOS INCOVENIENTES A LOS

HOMBRES DE BIEN, AUN CUANDO HAY UNA PROVIDENCIA 1

Me preguntaste, Lucilio, 2 por qué, si el mundo está dirigido por una [1 ] providencia, les suceden tantas desgracias a los hombres de bien. A esto se contestaría con mayor propiedad a lo largo de un tratado, al probar que una providencia preside el universo y que un dios se interesa por nosotros; pero como es conveniente extraer una pequeña parte del todo y solventar una sola cuestión, en tanto que el litigio permanece intacto, haré una cosa nada complicada: defenderé la causa de los dioses.

Por el momento es inútil exponer que una fábrica tan grande no [2] perdura sin ningún guardián y que toda esta reunión y agitación de los astros no son propias de un ímpetu casual, que las cosas que el azar impulsa se ven a menudo alborotadas y chocan en seguida, que esta velocidad sin trabas regulada por una ley eterna continúa moviendo gran cantidad de cosas por tierra y mar, gran cantidad de luces brillantísimas que refulgen según lo establecido; que este orden no es propio de una materia inestable ni lo que se ha juntado por azar se caracteriza por una capacidad bastante para hacer que la pesadísima masa de las tierras permanezca inmutable y contemple a su alrededor la huida a la carrera del cielo, para que los mares esparcidos por las cavidades ablanden las tierras y no experimenten ningún incremento por los ríos, para que de elementos [3] minúsculos surjan seres colosales. Ni siquiera los fenómenos que parecen confusos e imprecisos (me refiero a las lluvias, nublados, caídas de destructores rayos y los fuegos arrojados por las cumbres reventadas de los montes, temblores de un suelo inestable y otros que provoca la región turbulenta del cielo alrededor de las tierras) suceden, aunque sean imprevistos, sin razón, sino que incluso ellos tienen sus causas, no menos que aquellos que, observados en lugares impropios prodigiosamente, causan maravilla, como unas aguas cálidas entre las olas y unas extensiones nuevas de islas alzándose en el ancho mar. 3

[4] Es más, si alguien se fija en que el mar, retirándose sobre sí mismo, deja las playas al descubierto y que al poco tiempo las vuelve a tapar, ¿creerá que las olas, a causa de una ciega agitación, tan pronto se encogen y se repliegan al interior, tan pronto irrumpen y recuperan en veloz carrera su sitio, cuando en realidad crecen poco a poco y avanzan a su día y hora, más altas o más pequeñas según las atrae el astro lunar, a cuyo arbitrio se desborda el océano? 4 Reservemos estas cuestiones para el momento adecuado, 5 sobre todo porque tú de la providencia no dudas sino que te quejas.

[5] Volveré a congraciarte con los dioses, excelentes para con los excelentes. Pues la naturaleza no tolera que nunca lo bueno perjudique a lo bueno; entre los hombres buenos y los dioses hay amistad, pues la virtud la facilita. ¿Amistad digo? Más aún, confianza y semejanza, puesto que en realidad el hombre bueno sólo por su duración es distinto al dios, discípulo como es suyo e imitador y legítima descendencia, a la que aquel progenitor espléndido, recaudador nada blando de virtudes, [6] educa con gran rigor, tal como los padres severos. Así pues, cuando veas que los hombres buenos trabajan, sudan, suben por lugares escarpados, que, en cambio, los malvados se divierten y nadan en placeres, piensa que nosotros disfrutamos con la modestia de los hijos, con la insolencia de los esclavos, que aquéllos se ven reprimidos por una disciplina más que severa, que se fomenta la osadía de éstos. Que eso mismo te quede claro con respecto al dios: no tiene al hombre bueno en la molicie, lo pone a prueba, lo endurece, lo prepara para sí.

«¿Por qué a los hombres buenos les ocurren innumerables contrariedades?» [2 ] A un hombre bueno ningún mal puede sucederle: no se mezclan los contrarios. Del mismo modo que tantos ríos, tantas lluvias caídas del cielo, tanta abundancia de fuentes medicinales no cambian el sabor del mar, ni siquiera lo mitigan, así el ataque de las contrariedades no trastorna el espíritu del hombre fuerte: se mantiene en su posición y cuanto le sucede lo acomoda a su estilo de vida, pues es más poderoso que sus circunstancias. Y no digo «no las siente» sino «las vence» e incluso [2] se alza, por lo demás tranquilo y calmo, contra las que lo acometen. Todas las adversidades las toma como entrenamientos. De otro lado, ¿quién, con tal que sea un hombre dispuesto a la honradez, no está deseando un trabajo adecuado, y preparado para tareas peligrosas? ¿Para qué persona industriosa no es el ocio un castigo? Vemos que los [3] atletas, a quienes toca ocuparse de su fuerza, luchan con los más vigorosos y exigen a los que los entrenan para la competición que empleen contra ellos todas sus fuerzas; toleran que los golpeen y maltraten y, si no encuentran contrincante de su categoría, se arrojan contra varios a la vez. Se marchita sin oponente la virtud: se ve cuánta es su grandeza y [4] cuánto su poder en el momento en que muestra de qué es capaz con su resistencia. Conviene que sepas que los hombres buenos deben hacer lo mismo, de modo que no se espanten ante circunstancias duras y difíciles y no se quejen del destino, sino que den por bueno cuanto les ocurra, lo vuelvan bueno. Lo importante no es qué soportas, sino de qué manera.

¿No ves hasta qué punto los padres son complacientes de una forma [5] y las madres de otra? Ellos ordenan que sus hijos se despierten temprano para dedicarse a los estudios, incluso en días festivos no toleran que estén ociosos y los hacen sudar y a las veces llorar; las madres, en cambio, quieren estrecharlos en su regazo, conservarlos a su sombra, que nunca se vean afligidos, nunca lloren, nunca trabajen. El dios tiene con los [6] hombres una actitud de padre y los ama virilmente, y dice: «Que se vean acosados por quehaceres, penalidades y perjuicios, para que adquieran la auténtica fortaleza». Los que engordan debido a su indolencia languidecen y desfallecen no sólo con el esfuerzo, sino con el movimiento y con su propio peso. Una prosperidad incólume no soporta ningún golpe; en cambio, cuando ha mantenido un enfrentamiento continuo contra los inconvenientes, ha encallecido a fuerza de injusticias y no cede [7] ante desgracia alguna sino que, si cae, pelea incluso de rodillas. ¿Tú te extrañas si el dios tan amante de los buenos, que quiere que sean los mejores y más excelentes, les asigna una suerte con que puedan ejercitarse? Yo por mi parte no me extraño si de vez en cuando 〈los dioses〉 conciben el deseo de contemplar a grandes hombres luchando contra [8] algún desastre. A veces nos causa placer que un joven de espíritu firme afronte con la lanza a la fiera que lo acomete, que resista impasible la arremetida de un león, y este espectáculo es tanto más agradable cuanto más honorable es quien lo proporciona. 6 Cosas así no son dignas de atraer sobre ellas la atención de los dioses, pasatiempos infantiles y de una ligereza [9] típica del hombre: he aquí un espectáculo digno de que lo mire el dios, atento a su obra, he aquí un duelo digno del dios, un hombre esforzado que afronta su mala suerte, sobre todo si también la provocó. No veo, digo, qué puede tener Júpiter en la tierra más bello, si es que quiere poner su atención en ella, que contemplar a Catón, 7 con su partido ya destrozado no una sola vez, manteniéndose no obstante erguido [10] entre las ruinas del Estado. Y dice: «Aunque todo caiga en manos de uno solo, las legiones vigilen las tierras; las escuadras, los mares, y los soldados de César asedien las puertas, Catón tiene por dónde escapar: con una mano abrirá a la libertad un ancho camino. Este hierro, limpio e inocente incluso en una guerra civil, por fin producirá obras buenas y nobles: dará a Catón la libertad que no pudo dar a la patria. Emprende, espíritu, esta acción tanto tiempo meditada, líbrate de las cuestiones de los hombres. Petreyo 8 y Juba 9 ya se han trabado en combate y yacen muertos el uno a manos del otro, un pacto del destino valiente e insigne, pero que no conviene a nuestra grandeza: para Catón tan vergonzoso es suplicar a alguien la muerte como la vida». Para mí está claro que los [11] dioses miraron con gran gozo, mientras aquel hombre, encarnizado libertador de sí mismo, se preocupa de la salvación de los otros y organiza la fuga de los que se van, mientras se afana en sus estudios incluso en su última noche, mientras hunde la espada en su pecho venerable, mientras esparce sus entrañas y aquella su alma purísima e indigna de ser contaminada con el hierro la hace salir con su mano. 10 Por eso creo yo que su golpe fue poco certero y eficaz: a los dioses inmortales no les fue [12] suficiente contemplar a Catón una sola vez; su valor fue retenido y reclamado para que se mostrara en un papel más difícil; pues uno no encara la muerte con ánimo tan firme como cuando la intenta de nuevo. ¿Cómo no iban a contemplar gustosamente a su discípulo evadiéndose en un final tan magnífico y memorable? La muerte consagra a aquellos cuyo final alaban incluso quienes los temían.

Pero ya cuando avance mi discurso mostraré hasta qué punto no [3 ] son desgracias las que lo parecen: ahora afirmo que esas que tú llamas amargas, adversas y abominables son provechosas primero a quienes les suceden y luego a la totalidad, de la que los dioses se cuidan más que de cada uno; tras esto, que suceden a quienes las desean y serían malditos si las rechazaran. A esto añadiré que transcurren así por el destino y ocurren a los buenos por la misma regla por la que son buenos. Luego te convenceré de que nunca compadezcas a un hombre bueno: pues puede ser llamado infeliz, pero no puede serlo.

La más difícil de las cuestiones que he planteado parece ser la que [2] he dicho primero, esto es, que son provechosos a quienes les ocurren esos hechos que nos horrorizan y hacen temblar. «¿Les es provechoso —dices— ser arrojados al destierro, ser arrastrados a la necesidad, enterrar a los hijos, a la esposa, sufrir una deshonra, padecer una mutilación?» Si te extraña que esto sea provechoso para alguien, te extrañará que algunos queden curados por el hierro y el fuego, no menos que por el hambre y la sed. Pero si piensas que a algunos, para curarlos, les raspan los huesos y se los extraen y les extirpan las venas y les amputan algunos miembros que no podían continuar unidos sin echar a perder el cuerpo entero, 11 convendrás que también te queda probado que algunos inconvenientes son provechosos a quienes les suceden, tanto, por Hércules, como ciertos trances que son alabados y apetecidos resultan perjudiciales a quienes deleitaron, trances muy parecidos a las indigestiones, [3] las borracheras y otros que matan a través del placer. Entre muchas expresiones espléndidas de nuestro Demetrio 12 está también ésta, que tengo reciente (aún suena y vibra en mis oídos): «Nada —dice— me parece más desdichado que uno al que nunca le ha ocurrido ninguna contrariedad». Pues no ha tenido ocasión de ponerse a prueba. Aunque todo le haya salido según sus deseos, incluso antes de sus deseos, los dioses lo han juzgado desfavorablemente: les ha parecido indigno de derrotar alguna vez a la suerte, que rehúye a los más cobardes, como diciendo: «¿Qué, pues? ¿Voy a tomar a ése de adversario? Depondrá en seguida las armas; contra él no hay necesidad de todo mi poder, una ligera amenaza lo ahuyentará, no puede sostener mi mirada. Habrá que acechar a otro con el que pueda llegar a las manos: da vergüenza [4] enzarzarse con un hombre dispuesto a ser vencido». El gladiador considera una deshonra verse enfrentado a un inferior y sabe que es vencido sin gloria aquel que es vencido sin peligro. Igual suele la suerte: se busca a los más esforzados como oponentes, a otros los da de lado con aversión. Ataca a los más tenaces e íntegros, contra los cuales puede dirigir su fuerza: ensaya el fuego en Mucio, 13 la pobreza en Fabricio, 14 el destierro en Rutilio, 15 la tortura en Régulo, 16 el veneno en Sócrates, 17 la muerte en Catón. Un ejemplo magnífico no lo encuentra más que la mala suerte.

¿Es desdichado Mucio porque pone su diestra sobre el fuego de [5] los enemigos y él mismo se exige el castigo de su error, porque con la mano abrasada hace huir al rey al que no pudo con ella armada? ¿Qué, pues? ¿Sería más dichoso si calentara su mano en el seno de su amiga?

¿Es desdichado Fabricio porque cavó su campo en cuanto se libró [6] de la política? ¿Porque emprendió una guerra tanto contra Pirro como contra la riqueza? ¿Porque junto al fuego cena las mismas raíces que desbrozando su campo arrancó ese anciano honrado con un triunfo? ¿Qué, pues? ¿Sería más feliz si acumulara en su vientre pescados de lejanos litorales y extraños volátiles, si estimulara la desgana de su estómago hastiado con marisco del mar Superior e Inferior, 18 si con un enorme montón de frutas guarneciera una salvajina de primera calidad, capturada con gran mortandad de los cazadores?

¿Es desdichado Rutilio porque quienes lo condenaron han de defender [7] su causa generación tras generación? ¿Porque toleró ser arrebatado a su patria con mayor serenidad que quedarse privado del des tierro? ¿Porque fue el único que no cedió en algo ante el dictador Sila 19 e, invitado a regresar, simplemente no se echó para atrás y huyó más lejos? «Ya verán —dijo— esos a quienes tu buena fortuna sorprende en Roma: que vean sangre abundante en el foro y en la superficie del lago Servilio 20 (pues es el espoliario de la proscripción de Sila) las cabezas de los senadores y en todas partes manadas de sicarios vagando por la ciudad y muchos miles de ciudadanos romanos pasados a cuchillo en un solo lugar, tras promesa de inmunidad, es más, a causa de la promesa misma; que vean esas cosas los que no pueden desterrarse.» ¿Qué, pues? ¿Es dichoso Lucio Sila porque, cuando baja al foro, le abren paso con la espada, porque tolera que le muestren cabezas de varones consulares y fija el precio de la muerte a través del cuestor y de los registros públicos? Y todo esto lo hace él, que promulgó la Ley Cornelia. 21

[8] Pasemos a Régulo. ¿En qué lo perjudicó la suerte al hacerlo modelo de lealtad, modelo de resistencia? Los clavos penetran su piel y, dondequiera que reclina su cuerpo exhausto, se recuesta sobre una herida; sus ojos están sometidos a una perpetua vigilia: cuanto más tormentos, más gloria alcanzará. ¿Quieres saber hasta qué punto no se arrepiente de haber fijado este precio a la virtud? Reanímalo y mándalo al Senado: expresará la misma opinión. ¿Consideras tú por tanto más dichoso a Mecenas, 22 a quien, apurado de amores y deplorando los desplantes cotidianos de su displicente esposa, le procuran el sueño mediante la melodía de orquestinas que resuenan levemente a lo lejos? Por más que se amodorre con el vino y se distraiga con el fragor del agua y engañe con mil placeres su mente apurada, tan insomne estará en su lecho de plumas como aquél en su cruz; pero para aquél es un consuelo padecer crueldades por un punto de honor y del sufrimiento pasa a considerar su causa, a éste, ajado por los placeres y penando por una dicha exagerada, más que lo que sufre lo atormenta la causa de su sufrir. No han alcanzado los vicios un dominio tal del género humano [9] que sea dudoso si, en caso de darse la posibilidad de elegir el destino, más querrían nacer Régulos que Mecenas; o, si hay alguien que se atreva a decir que hubiera preferido nacer Mecenas a Régulo, ese mismo, por más que se lo calle, ha preferido nacer Terencia.

¿Juzgas que Sócrates fue maltratado porque engulló aquel bebedizo [10] mixturado por el pueblo no de otra forma que si fuera el medicamento de la inmortalidad y debatió sobre la muerte hasta su propia muerte? ¿Se portaron mal con él porque se heló su sangre y poco a poco, según se iba extendiendo el frío, se detuvo el vigor de sus venas? ¡Cuánto más hay que envidiar a este que a aquellos a quienes les sirven [11] en una gema, a quienes un invertido enseñado a pasar por todo, de virilidad cercenada o dudosa, les licua en el oro nieve filtrada! Éstos devolverán en un vómito cuanto bebieron, tristes y con el regusto de su bilis, aquél, por el contrario, apurará el veneno con gusto y ganas.

En lo que a Catón toca, se ha dicho suficiente y el acuerdo común [12] de los hombres reconocerá que le correspondió la dicha mayor a él, a quien la naturaleza escogió para con él andar a golpes contra trances terribles. «Las enemigas de los poderosos son penosas: que se enfrente a la vez con Pompeyo, 23 con César, con Cra so. 24 Es penoso ser superado por las peores personas en los cargos públicos: que se vea pospuesto a Vatinio. 25 Es penoso implicarse en guerras civiles: que sea soldado por el orbe entero en pro de una buena causa, con tanta desventura como tesón. Es penoso atentar contra uno mismo: que lo haga. ¿Qué conseguiré con esto? Que todos sepan que no son desgracias éstas de las cuales consideré yo digno a Catón.»

[4 ] La felicidad va a parar a la plebe y a los de natural despreciable: por el contrario, subyugar desatres y terrores humanos es propio del grande hombre. Ser siempre dichoso y pasar la vida sin dentelladas en el espíritu [2] es, de cierto, desconocer el otro lado de la naturaleza. Eres un gran hombre: pero ¿cómo lo sé, si la suerte no te da ocasión de demostrar tu valor? Has bajado a los juegos olímpicos, pero nadie más que tú: tienes una corona, no tienes una victoria; no te felicito como hombre esforzado, sino como uno que ha alcanzado el consulado o la pretura: has salido [3] ganando en honra. Lo mismo puedo decir también a un hombre bueno, si ninguna circunstancia comprometida le ha dado oportunidad en que mostrar la fuerza de su ánimo: «Te tengo por un infeliz porque nunca has sido infeliz. Has pasado la vida sin un adversario; nadie sabrá de qué has sido capaz, ni tú mismo siquiera». Pues para el conocimiento de uno mismo es preciso pasar alguna prueba: nadie ha advertido de qué era capaz si no es intentándolo. Así pues, algunos se han ofrecido espontáneamente a las desgracias que ya tardaban y han buscado para [4] su valor, que iba a caer en el olvido, una oportunidad para brillar. Disfrutan, digo, a veces los grandes hombres con la adversidad, no de otra forma que los soldados esforzados con la guerra; al mirmilón Triunfo 26 yo, durante el reinado de Tiberio César, lo oí quejándose de la escasez de combates: «¡Qué bonita época —decía— desaparece!».

El valor está ansioso de peligros y piensa adónde dirigirse, no qué va a sufrir, puesto que incluso lo que va a sufrir forma parte de su gloria. Los hombres aguerridos se vanaglorian de sus heridas, alardean contentos de su sangre que mana por una causa honorable: por más que los que regresan ilesos del combate hayan realizado las mismas hazañas, se mira más al que vuelve herido. El dios, digo, mira por [5] quienes desea que sean honrados lo más posible cada vez que les procura ocasión de hacer algo animosa y esforzadamente, para lo cual es preciso cierta complicación: apreciarás al piloto en la tempestad, en el combate al soldado. ¿Cómo puedo saber qué grande es tu ánimo frente a la pobreza, si rebosas de riquezas? ¿Cómo puedo saber cuánta firmeza muestras frente a la deshonra y el descrédito y la inquina de la gente, si envejeces entre aplausos, si te persigue su favor insobornable, propicio por alguna propensión de sus mentes? ¿Cómo sé con cuánta ecuanimidad vas a soportar la pérdida de tus hijos, si tienes ante tus ojos a cuantos has criado? Te he oído cuando consolabas a otros: me habría hecho idea de ti si te hubieras consolado a ti mismo, si a ti mismo te hubieras prohibido afligirte. Os lo ruego, no os espantéis [6] de esas circunstancias que los dioses inmortales aplican a los ánimos como aguijones: un desastre es una oportunidad para el valor. Con razón uno llamaría infelices a los que se embotan en una prosperidad exagerada, a los que una calma chicha detiene como en un mar apacible: cuanto les sobrevenga les vendrá de nuevas. Las situaciones [7] violentas abruman más a los inexpertos, pesado es el yugo para una cerviz joven; el novato palidece ante la suposición de una herida, contempla con audacia su propia sangre el veterano que sabe que a menudo ha resultado vencedor después de derramarla. Así pues, el dios endurece, ejercita a los que pone a prueba, a los que ama; en cambio, a los que parece mirar con indulgencia, a los que parece perdonar, los conserva flojos para las desgracias venideras. Pues os equivocáis si creéis que alguno está exento: también al largo tiempo dichoso le llegará su parte; quienquiera que parece haber sido emancipado ha sido emplazado.

¿Por qué el dios molesta a los mejores con una mala salud o con un [8] luto o con otros inconvenientes? Porque en el campamento también las misiones peligrosas se encargan a los más esforzados: el comandante envía a los más selectos a que acometan al enemigo en una emboscada nocturna o exploren el camino o desalojen de su posición a una guarni ción. Ninguno de los que salen dice: «Mal me ha considerado el general», sino «Bien me ha juzgado». Que digan lo mismo cuantos reciben la orden de sufrir casos que hacen llorar a los miedosos y cobardes: «Hemos parecido al dios dignos de ser en quienes se experimentara cuánto sabía sufrir la naturaleza humana».

[9] Rehuid los deleites, rehuid la enervante prosperidad, de la que se empapan los espíritus y, si no interviene algo que les recuerde su condición humana, se embotan como amodorrados en una borrachera sin final. A quien han defendido siempre del viento las vidrieras, cuyos pies se han calentado entre fomentos renovados de continuo, cuyos comedores ha templado un calor subterráneo y repartido por las paredes, 27 [10] a éste una ligera brisa no lo acariciará sin peligro. Aun cuando todo lo que ha sobrepasado su medida es perjudicial, la desmesura más peligrosa es la de la prosperidad: perturba el cerebro, incita a la mente a ensueños vanos, esparce gran cantidad de niebla ambigua entre lo falso y lo verdadero. ¿Cómo no va a ser mejor sobrellevar una desdicha sin fin con ayuda del valor, que reventar de bienes infinitos e inmoderados? La muerte por inanición es más llevadera, por una indigestión explotan.

[11] Así pues, los dioses siguen con los hombres buenos el mismo sistema que con sus alumnos los maestros, que exigen más trabajo a aquellos en quienes tienen puestas mayores esperanzas. ¿Acaso crees tú que a los espartanos les son odiosos sus hijos, cuyo temple prueban con azotes administrados en público? Sus mismos padres los animan a que aguanten valientemente los golpes de los látigos y les ruegan, ya desgarrados [12] y exánimes, que perseveren en ofrecer las heridas a otras heridas. 28 ¿Qué tiene de sorprendente que el dios tantee los ánimos generosos con dureza? Un modelo de valor nunca es blando. Nos azota y desgarra la suerte: sufrámoslo. No es saña, es una competición: cuanto más a menudo la entablemos, más esforzados seremos: la parte más firme del cuerpo es aquella que ha hecho mover un uso reiterado. Debemos ofre cernos a la suerte, para que ella nos endurezca contra ella misma: poco a poco nos hará iguales a ella, la frecuencia de los riesgos nos dará el desprecio de los peligros. Así tienen los marineros los cuerpos duros [13] para soportar la mar, los campesinos las manos callosas, los músculos de los soldados son vigorosos para arrojar venablos, tienen miembros ágiles los corredores: en cada uno lo más firme es lo que ha ejercitado. El espíritu llega a despreciar el sufrimiento de las desgracias gracias al sufrimiento; que sabrás qué puede lograr en nosotros si miras cuánto le consigue el trabajo a los pueblos pobres y por esa indigencia más esforzados. Considera todas las naciones en las que tiene su término la paz [14] romana, los germanos digo y cuantas naciones nómadas se hallan cerca del Histro: 29 un invierno sin fin, un cielo sombrío los oprime, mal los sustenta un suelo sin frutos, rechazan la lluvia con techumbres de paja y hojarasca, saltan sobre lagos solidificados por el hielo, cazan alimañas para su alimento. ¿Te parecen infelices? No es infeliz nada que la costumbre [15] ha introducido en el orden natural; pues poco a poco acaba causando placer lo que empezó por necesidad. Para ellos no hay domicilio alguno ni morada alguna más que los que la fatiga dispone para cada día; su comida es vulgar y aun deben procurársela con sus propias manos, la inclemencia del cielo horrorosa, sus cuerpos desprotegidos: esto que te parece un desastre es la vida de tanta cantidad de gentes. [16] ¿Por qué te extraña que los hombres buenos, para que se fortalezcan, se vean zarandeados? No hay árbol firme ni fuerte sino aquél sobre el que se abate un viento constante, pues por el maltrato mismo se ve obligado a sujetarse y hunde sus raíces con más resolución: son quebradizos los que han crecido en un soleado valle. Luego también es provechoso a los hombres buenos, para que puedan mantenerse impasibles, meterse mucho en situaciones pavorosas y soportar con ecuanimidad lo que no son males sino para quien mal los sobrelleva.

Añade ahora el hecho de que es provechoso para todos que los [5 ] mejores, por así decir, estén de servicio y lleven acciones a cabo. Tiene el dios la misma intención que el sabio, mostrar que lo que el vulgo apetece, lo que lo aterra, no es ni bueno ni malo; será, en cambio, evidente que es bueno si no lo aplica más que a los buenos, y que es malo si tan sólo lo destina a los malos. La ceguera será detestable si no pierde [2] los ojos nadie más que aquel a quien deben arrancárselos; así pues, que queden privados de la luz Apio 30 y Metelo. 31 La riquezas no son un bien; así pues, que las posea también el alcahuete Elio, 32 para que los hombres vean el dinero, aun cuando lo consagran en los templos, también en un burdel. De ningún modo puede el dios alejar lo deseado mejor que si lo desvía hacia los más ruines y se lo hurta a los mejores. [3] «Pero es injusto que un hombre bueno se vea mutilado o crucificado o encadenado, que los malvados se pavoneen con sus cuerpos intactos, despreocupados y consentidos.» ¿Entonces, qué? ¿No es injusto que los hombres esforzados tomen las armas y pernocten en el campamento y estén de pie ante la empalizada tras vendarse las heridas, y que entre tanto estén a salvo en la ciudad los afeminados y los que presumen de su indecencia? ¿Entonces, qué? ¿No es injusto que doncellas de noble linaje se despierten por las noches para realizar sus tareas sagradas, 33 [4] que las disolutas disfruten del sueño más profundo? El trabajo incita a los mejores: el Senado a menudo delibera el día entero, mientras durante ese tiempo los más despreciables o distraen su ocio en el Campo 34 o se esconden en la taberna o malgastan su tiempo en alguna tertulia. Lo mismo pasa en esta gran República: los hombres buenos trabajan, gastan, se gastan, y de buena gana, por cierto; no se ven arrastrados por la suerte, le van detrás e igualan sus pasos; si hubieran [5] podido, la hubieran adelantado. Recuerdo haber oído esta expresión, también animosa, de Demetrio, hombre el más esforzado: «Sólo de esto —dijo— puedo quejarme de vosotros, dioses inmortales, de que habéis hecho vuestra voluntad sin que me fuera conocida de antemano; pues hubiera llegado primero a estas situaciones en las que me hallo ahora requerido. ¿Queréis tomar mis hijos? Para vosotros los crié. ¿Queréis alguna parte de mi cuerpo? Tomadla: no os prometo gran cosa, en seguida lo abandonaré por entero. ¿Queréis mi vida? ¿Cómo voy a pretender aplazar que recuperéis lo que me disteis? De buena gana os llevaréis de mí cuanto pidáis ¿Qué hay, entonces? Habría preferido ofrecer a entregar. ¿Por qué era preciso arrebatármelo? Pudisteis recibirlo; pero ni siquiera ahora me lo arrebataréis, porque no se quita nada sino al que pretende conservarlo».

Nada se me impone, nada sufro mal de mi grado, ni soy esclavo del [6] dios, sino que me pongo de acuerdo con él, tanto mas, por cierto, cuanto que sé que todo transcurre según una ley precisa y dictada para la eternidad. El destino nos guía y la primera hora de los nacidos ha [7] determinado cuánto tiempo le queda a cada cual. Una causa depende de otra causa, el interminable encadenamiento de los hechos arrastra consigo asuntos privados y públicos: por lo tanto, hay que sufrir cualquier cosa esforzadamente, porque todas ellas no se precipitan, como pensamos, sino que van llegando. Hace tiempo quedó establecido de qué disfrutas, de qué te lamentas y, a pesar de que las vidas de los individuos parezcan ser variadas con grandes diferencias, el total viene a ser sólo esto: perecederos nosotros, recibimos bienes perecederos. Así [8] pues, ¿por qué nos irritamos? ¿Por qué nos quejamos? Para esto hemos sido preparados. Que la naturaleza se sirva a su gusto de los cuerpos, que son suyos; nosotros, contentos con todo, esforzados, pensemos que nada perece de lo nuestro. ¿Qué es propio de un hombre bueno? Ofrecerse al destino. Es un profundo alivio ser arrebatado junto con el universo: sea lo que sea lo que ha decretado que vivamos así, que muramos así, obliga también a los dioses en la misma necesidad. Una carrera irrevocable transporta lo humano igual que lo divino: el mismo fundador y conductor de todo escribió de cierto el destino, pero se ciñe a él: siempre obedece, sólo una vez ordenó. «¿Por qué, sin embargo, el [9] dios en la adjudicación del destino fue tan injusto que a los hombre buenos les asignó la pobreza y los golpes y las muertes prematuras?» El artesano no puede modificar la materia: no lo ha consentido ella nunca. Algunas cosas no se pueden separar de otras, forman un conjunto, son indivisibles. Los temperamentos lánguidos y proclives al sueño o a un duermevela muy similar al sueño están entramados con elementos inactivos: para que se produzca un hombre del que se deba hablar con consideración hace falta una índole más fuerte. No le será llano el camino: es preciso que vaya arriba y abajo, que quede a merced de las olas y guíe su navío entre remolinos. Contra su suerte debe él mantener el rumbo; tendrá muchos tropiezos duros, amargos, pero que podrá ablandar y dulcificar él mismo. El fuego contrasta el oro; la [10] desventura, a los hombres esforzados. Mira qué alto ha de trepar la virtud: sabrás que no ha de avanzar por lugares seguros.

Es empinado primero el camino, el cual los caballos

frescos al alba apenas ascienden; la parte más alta,

en medio del cielo, de donde incluso a mí me da miedo

mares y tierras mirar y tiembla mi pecho con grande

pánico; al fin el camino es pendiente y precisa de guía

firme; entonces también la que abajo me acoge en sus olas,

Tetis la honda, suele temer que me caiga al abismo. 35

[11] Al oír esto, el animoso joven dice: 36 «Me gusta el camino, subo; vale la pena ir por él, aunque me pueda caer». No deja de amedrentar con temores su ánimo ardiente:

Y aunque mantengas el rumbo y ningún desvío te arrastre,

has de marchar sin embargo a través de los cuernos del toro

hostil, de los arcos de Hemonia y la faz del león sanguinario. 37

Tras esto dice: «Engancha el carro que me has prometido: lo que piensas que me arredra me anima; me agrada estar allí donde el sol mismo tiembla». Es propio del humilde y débil perseguir la seguridad: el valor marcha por las alturas.

[6 ] «¿Por qué, sin embargo, consiente el dios que pase a los hombres buenos alguna desgracia?» Él, de cierto, no lo consiente. Aleja de ellos todas las desgracias, crímenes y escándalos y pensamientos deshonestos y ambiciosos proyectos y pasión ciega y avidez espía de lo ajeno; los cuida y defiende: ¿acaso alguien exige al dios que también vigile el bagaje de los hombres buenos? Ellos mismos alejan del dios esta preocupación: menosprecian las apariencias. Demócrito 38 rechazó las riquezas, [2] pues las consideraba un lastre para una mente pura: ¿por qué te extrañas entonces, si el dios consiente que al hombre bueno le suceda lo que el hombre bueno a las veces quiere que le suceda? Los hombres buenos pierden hijos: ¿cómo no, cuando a las veces también los matan? Son enviados al destierro: ¿cómo no, si a veces ellos mismos dejan la patria dispuestos a no regresar? Son asesinados: ¿cómo no, cuando a veces atentan contra sí mismos? ¿Por qué razón sufren duros tropiezos? [3] Para que enseñen a otros a sufrir: han nacido para ser ejemplo. Así pues, imagina que el dios dice: «¿Qué tenéis que podáis reprocharme vosotros que os complacéis en la rectitud? A los otros los he rodeado de bienes falsos y he burlado sus espíritus frívolos con una suerte de sueño largo y engañoso: los he decorado con oro, plata y marfil, dentro no hay nada bueno. Esos que consideras dichosos, si los miras no por [4] donde se ofrecen a la vista sino por donde se ocultan, son infelices, sucios, repugnantes, enlucidos por fuera a semejanza de sus paredes; ésa no es una dicha sólida y simple: es un revestimiento y fino por demás. Así pues, mientras les es posible estar de pie y mostrarse a su capricho, deslumbran y engañan; cuando les cae encima algo que los descompone y destapa, se hace entonces evidente cuánta profunda y verdadera fealdad ocultaba ese esplendor prestado. A vosotros os he dado bienes [5] seguros, perdurables, mejores y mayores cuanto más les dé uno vueltas y los examine por todos lados: os he concedido menospreciar lo temible, sentir aversión por las pasiones; no brilláis por fuera, vuestros bienes aparecen por dentro. Así el mundo ha menospreciado las apariencias, contento con su propia contemplación. Dentro he puesto todos los bienes: no necesitar la dicha es vuestra dicha».

“Pero nos caen encima muchas penalidades horrorosas, difíciles de [6] tolerar.” «Puesto que no podía yo sustraeros a ellas, armé vuestros ánimos contra todas ellas: soportadlas serenamente. Esto es en lo que aventajáis al dios: él está más allá del sufrimiento de las desgracias, vosotros por encima del sufrimiento. Menospreciad la pobreza: nadie vive tan pobre como ha nacido. Menospreciad el dolor: o se destruye o destruye. Menospreciad la muerte: o bien os da fin o bien os cambia de lugar. Menospreciad la suerte: no le he dado ningún venablo con el que [7] pudiera malherir el espíritu. Ante todo he procurado que nadie os retuviera sin quererlo vosotros; la salida está expedita: si no queréis pelear, os es posible huir. Por lo tanto, de todas las cosas que he querido que os fueran inevitables, nada he hecho más hacedero que el morir. He puesto la vida cuesta abajo: avanza por sí misma. Tan sólo fijaos y veréis qué corto y despejado camino lleva a la libertad. No os he impuesto a la salida unas dilaciones tan largas como a los que entran; de otro modo, la suerte habría detentado un gran poder sobre vosotros, si [8] el hombre muriera tan despacio como nace. Cualquier momento, cualquier lugar os puede enseñar qué fácil es renunciar a la naturaleza y arrojarle a la cara su regalo; entre los altares mismos y los ritos solemnes de los sacrificantes, mientras se desea la vida, habituaos a la muerte. Los robustos cuerpos de los toros se derrumban por una pequeña herida y el puñetazo de una persona hace tambalear animales de enorme fuerza; un delgado hierro desgarra la coyuntura de la testuz y cuando la articulación que une la cabeza y el cuello se corta, aquella mole inmensa se [9] desploma. No se esconde el espíritu en lo hondo ni ciertamente hay que extraerlo con el hierro; no hay que registrar las entrañas con una herida profundamente infligida: la muerte está ahí cerca. No he destinado un lugar concreto para estos golpes: por donde quieras es accesible. Eso mismo que se llama morir, con lo que el alma se separa del cuerpo, es tan breve que no se puede percibir tamaña velocidad: bien sea que un lazo estrangule la garganta, bien sea que el agua impida la respiración, bien sea que la dureza del suelo que está debajo despedace a los que se arrojan de cabeza, bien sea que la absorción del fuego corte la entrada al aire al regresar, sea lo que sea, va rápido. ¿Es que te ruborizas? ¡Teméis tanto tiempo algo que pasa tan pronto!». 39

1 Aunque es evidentemente un añadido posterior, parece bien mantener este subtítulo (y el que aparece en Sobre la firmeza del sabio ) en el que, a la moda medieval, se plantea escuetamente la cuestión que se va a tratar.

2 Como es lógico, el nombre del destinatario aparece al principio mismo de todos los diálogos, excepto únicamente en el de Sobre la tranquilidad del espíritu , debido a su original comienzo. La falta de éste en Sobre el ocio y en una de las Consolaciones , la destinada a Polibio, no nos permite saber si se atenían o no a esta costumbre.

3 El fenómeno de las corrientes marinas cálidas era ya conocido en la Antigüedad, cf . Plinio, op . cit ., II , 227. El mismo autor (ibid ., 202) proporciona una lista de islas surgidas en el mar, comenzando por las míticas (Delos y otras) y concluyendo con una aparecida en su época, Thia , que quizá sea la misma que menciona, sin nombrarla, Séneca aquí y en sus Cuestiones Naturales , VI , 21, 1 (cf . M. Henry, «L’apparition d’une île. Sénèque et Philostrate, un même temoignage», L’Antiquité Classicque Lovain 51 (1982), págs. 174-192).

4 El propio Séneca, en las Cuestiones Naturales , III , 14, 3, propone otra explicación para las mareas, atribuyéndola, eso sí, a los pensadores egipcios: según ellos, son unas corrientes subterráneas las que producen los flujos y reflujos del mar.

5 A lo que parece Séneca se proponía escribir este tratado más amplio al que alude nada más iniciarse el diálogo. Que no lo tenía hecho es indudable, pues «el litigio permanece intacto»; que llegara a hacerlo es, en cambio, muy discutible, aun aduciendo otras posibles referencias (en Epístolas morales a Lucilio [en adelante, Epíst .,], 65, 1, por ejemplo).

6 Ver nobles en lucha contra fieras o como gladiadores no era un espectáculo raro; Nerón ofreció uno en el que incluso los encargados de las tareas serviles eran senadores y caballeros (cf . Suetonio, Nerón , 12, 1) obligados a fuerza de regalos (cf . Tácito, Anales , XIV , 14).

7 Marco Porcio Catón, llamado, para distinguirlo de su bisabuelo, de Útica, ciudad del norte de África en la que resistió un asedio de las tropas de César en el curso de la guerra de éste contra Pompeyo, y en la que acabó sus días suicidándose (año 45 a.C.). Es uno de los modelos favoritos de Séneca (cf . W. H. Alexander, «Cato of Utica in the works of Seneca Philosophus», Proceedings and Transactions of the Royal Society of Canada III , 2, 40 (1946), págs. 59-74), y lo cita frecuentemente, como se verá.

8 Marco Petreyo, lugarteniente de Pompeyo y uno de los principales en los distintos escenarios de la guerra: a su cargo estuvo la campaña en Hispania (año 49 a.C.) y participó en las batallas de Farsalia (año 48) y de Tapso (año 46).

9 Juba, rey de Numidia, intervino en la guerra civil por agradecimiento a Pompeyo, que había asentado a su padre Jénsal en el trono. Tras la derrota de Tapso, concertó con Petreyo un duelo para entrematarse y morir honrosamente (cf . [César], Guerra de África , 94; según este autor, Catón ya se había suicidado).

10 Séneca sigue la versión común en todos los autores (cf ., entre otros, Plutarco, Catón el Joven , 70, 8-10; Dion Casio, op . cit ., XLIII , 12, 1; Valerio Máximo, op . cit ., V , 1, 10), según la cual Catón fue curado de la herida que se había infligido, pero, al recuperar el sentido, desgarró el vendaje y se la volvió a abrir con sus propias manos.

11 Séneca fue un enfermo crónico (cf . P. Rodríguez Fernández, 1976, págs. 35-74) y por ello domina la terminología y usa las comparaciones médicas con profusión, equiparando en numerosas ocasiones al sabio con el médico y las dolencias físicas con las morales (cf . Sobre la firmeza del sabio , 13, 2; Sobre la ira , I , 6, 2; 16, 4; Sobre la tranquilidad del espíritu , 1, 2, etc., dentro de estos diálogos; en otras obras, Sobre la clemencia , I , 2, 1; Sobre los beneficios , V , 22, 3, etc.). Con ello no hace sino seguir un símil muy utilizado, incluso en exceso, por Crisipo y los estoicos en general (cf . Cicerón, Disputaciones tusculanas , IV , 23 y 27); a Séneca le es muy útil, lo mismo que las comparaciones militares, para dar consistencia y claridad a sus argumentos, cf . M. Albamonte, «Su alcuni tipi di similitudine nelle opere filosofiche de Seneca», Quaderni di Cultura e Tradizione classica 1 (1983), págs. 105-114.

12 Demetrio el Cínico, contemporáneo de Séneca, que lo cita en repetidas ocasiones tanto en los Diálogos como en otras obras (cf . Epíst ., 20, 9; 62, 3, etc.); fue seguidor de la escuela de Antístenes y tenemos otros detalles sobre él en Tácito, Anales , XVI , 34-35; Historias , IV , 40, y en Suetonio, Vespasiano , 13, 4.

13 Gayo Mucio protagonizó una de esas anécdotas heroicas que exaltan el valor individual tan del gusto de los romanos: estando Roma asediada por un ejército etrusco, Mucio se infiltró en el campamento enemigo dispuesto a matar al Larte (título etrusco del rey) Porsena; falló en su intento y se castigó abrasándose la mano derecha, con lo que adquirió el cognomen de Escévola, esto es, el Zurdo. Relata este hecho más amplia y bellamente Tito Livio, op . cit ., II , 12-13, 1.

14 Gayo Fabricio Luscinio tomó parte en la guerra contra Pirro (rey de Epiro que en el siglo II a.C. intentó la conquista de Italia). Fue tan pobre que a su muerte el Senado hubo de dotar a sus hijas (cf . Valerio Máximo, op . cit ., IV , 4).

15 Publio Rutilio Rufo, cónsul en el año 105 a.C., contemporáneo y amigo de Cicerón; fue condenado al destierro debido a las presiones de los recaudadores de impuestos, cuyos abusos y malversaciones había denunciado. Nunca regresó a Roma, pese a que se lo solicitó Sila (cf . Valerio Máximo, op . cit ., II , 10, 5).

16 Marco Atilio Régulo, prisionero de los cartagineses en la primera guerra púnica (siglo III a.C.), fue enviado a Roma, bajo palabra de regresar a Cartago, para negociar la paz; sin embargo, abogó ante el Senado por todo lo contrario y, a sabiendas de lo que le esperaba, volvió a su prisión y murió en el tormento (cf . Cicerón, Sobre los deberes , III , 99-100). Más adelante (9) dice Séneca que fue en una cruz, pero él mismo, en otra ocasión en que ofrece una serie idéntica de personajes (excepto los dos primeros, Epíst ., 67, 7), afirma que fue en un arca, especie de doncella de hierro, lo que se corresponde mejor con los numerosos clavos y las múltiples heridas que describe.

17 Sócrates, es sabido, fue condenado a ingerir cicuta. No sólo su muerte serena, rodeado de amigos con los que debatía sobre el trance (cf . más abajo, 12), sino su vida también, despertaron la admiración de Séneca, que lo menciona repetidamente de modelo, en los Diálogos como en todas sus obras, e incluso a las veces le hace trascender ese papel pasivo y le cede la palabra (cf . Sobre la vida feliz , 25, 4-8; 26, 4-8; 27-28).

18 El mar Superior se corresponde con el Adriático, y el Inferior se corresponde con el Tirreno.

19 Lucio Cornelio Sila (138-78 a.C.) adoptó el sobrenombre Feliz , el Afortunado, por su buena estrella en cuantas acciones participó, ya fueran guerras exteriores como civiles: así, en la que enfrentó al partido popular, acaudillado por su antiguo superior Mario (cf . Sobre la brevedad de la vida , nota 512), contra el aristocrático, cuyo jefe era él mismo, consiguió la derrota total de sus enemigos y utilizó sus poderes absolutos como dictador para proscribirlos, lo que implicaba ejecución sumaria y requisa de bienes, dándose lugar a innumerables abusos y atropellos (las cabezas de los proscritos tenían precio puesto, cf . Plutarco, Catón el Joven , 17, 5); además, esa persecución implacable alcanzaba también a los parientes y allegados de sus adversarios (cf . Sobre la ira , II , 34, 3).

20 A orillas del lago Servilio (en realidad, un manantial que estancaba sus aguas cerca del Campo de Marte), y no flotando en él, quedaron expuestas las cabezas de los proscritos asesinados, según Cicerón, Defensa de Roscio de Ameria , 89; sus bienes fueron subastados oficialmente, por eso Séneca llama al lugar «espoliario», esto es, lo identifica con la dependencia del anfiteatro donde los gladiadores moribundos eran rematados (estrangulándolos, según el propio filósofo, cf . Epíst ., 93, 12) y, junto con los ya cadáveres, eran despojados de sus armas y vestidos.

21 El uso romano era designar las leyes con el nombre de quien las hubiera promovido o promulgado; eso hace que las leyes que publicó Sila se llamen todas Cornelia, pero parece evidente que Séneca alude a la de sicariis et ueneficiis , que castigaba asesinatos, envenenamientos y las condenas capitales contra derecho.

22 Gayo Cilnio Mecenas (ca . 69-8 a.C.), íntimo de Augusto, le ayudó a alcanzar el poder y a mantenerse en él, abortando algunas conjuras contra el emperador (cf . Sobre la brevedad de la vida , 4, 5), sustituyéndolo en ocasiones y, sobre todo, colaborando en el renacimiento literario que Augusto pretendía, no sólo como protector de poetas y prosistas, sino como escritor él mismo (cf . Bardon, op . cit ., págs. 13-19); su estilo, rebuscado y efectista, lo critica duramente Séneca (cf . Epíst ., 19, 9; 114, 4-8) como reflejo de sus costumbres decadentes y su vida agitada, entre otros motivos, por los sucesivos repudios y reconciliaciones con su mujer, Terencia, que le robaban el sueño. Cf ., sin embargo, Plinio, op . cit ., VII , 172, que da como causa de ese prolongado insomnio unas fiebres persistentes.

23 Evidentemente, Gneo Pompeyo Magno, primero aliado y luego rival de César; a su política hegemonista se oponía Catón, aunque más tarde en la guerra civil tomó partido por él como mal menor. Séneca suele citarlo para usar su muerte de ejemplo (cf . Sobre la ira , II , nota 137) y jugar con el significado de su cognomen , el Grande (cf . Sobre la brevedad de la vida , 13, 7; Consolación a Marcia , 14, 3).

24 Con este tercer miembro queda completo el llamado primer triunvirato: Gayo Licinio Craso (ca . 115-53 a.C.), célebre tristemente por su derrota en Carras frente a los partos y la posterior muerte a traición que éstos le procuraron. Cónsul con Pompeyo en el año 54, ambos lograron, a fuerza de sobornos y maniobras arteras, que Catón no resultara elegido pretor (cf . Plutarco, Catón el Joven , 40, 1-6).

25 Publio Vatinio, un deshonesto arribista (cf . Cicerón, Cartas a su hermano Quinto , II , 4, 1), precisamente el rival de Catón en las elecciones mencionadas en la nota anterior.

26 Este Triunfo era, a lo que dice Séneca, pues por otra fuente no es conocido, un gladiador de los que iban armados con espada, escudo y casco al estilo galo, rematado por la figura de un pez conocido en griego como mórmylos , de donde el latín murmillo para designarlos. Su queja la provocan las reducciones en las partidas destinadas a los espectáculos impuestas por el ahorrador Tiberio (cf . Suetonio, Tiberio , 34, 1).

27 Dos medidas contra el frío en las casas de los pudientes: ventanas cerradas con delgadas planchas de vidrio, y calefacción obtenida por el sistema llamado hipocausto; el vapor producido en una caldera de agua hirviendo se repartía por debajo del piso, que era doble, y mediante tubos por las paredes. El propio Séneca asegura que tanto el cristal como la calefacción empezaron a usarse en su época (cf . Epíst ., 90, 25).

28 Se trata de la diamastígosis [flagelación], de la que habla Plutarco, Antiguas costumbres de los espartanos , 40: una ceremonia anual en la que los niños competían por ver quién aguantaba más latigazos (cf . también Cicerón, Disputaciones tusculanas , II , 34 y 77).

29 El Danubio, frontera natural con los pueblos germanos cuyas rudas y austeras costumbres sirven a Séneca de parangón con frecuencia (cf . Sobre la ira , I , 11, 2-4; II , 15, 1).

30 Apio Claudio (finales del siglo IV -principios del III a.C.) perdió la vista al final de su intensa vida como reformista y promotor de obras publicas (entre otras, la vía que lleva su nombre, Apia), lo que le valió el cognomen Caecus , el Ciego.

31 De Lucio Cecilio Metelo (siglo III a.C.) había una estatua en el Capitolio tanto por sus victorias sobre los cartagineses (cf . Sobre la brevedad de la vida , 13, 8) y los altos cargos que ocupó, como por haber salvado el Paladio (la imagen de Palas Atenea que protegía Troya y que Eneas llevó a Italia) del templo de Vesta incendiado, hazaña en la que perdió la vista (cf . Plinio, op . cit ., VII , 141).

32 Quizá no se trate de una persona en concreto; si lo fuera, no sería conocida por otras referencias.

33 Son las Vestales, sacerdotisas de Vesta, para cuyo culto eran seleccionadas muy jóvenes entre las familias patricias y obligadas a mantenerse castas durante los treinta años que permanecían al servicio del templo; éste básicamente consistía en conservar siempre encendido el fuego sagrado, símbolo de la diosa; en el aprendizaje de estos ritos y otras funciones pasaban diez años, los practicaban otros diez y los últimos se dedicaban a enseñarlos a las novicias (cf . Sobre el ocio , 2, 2).

34 Séneca no ha de precisar más para que se entienda que es el Campo de Marte, una explanada más allá del pomerio (cf . Sobre la brevedad de la vida , nota 503) empleada desde antiguo para fines militares, electorales (cf . Sobre la ira , II , nota 149) y religiosos; a partir de Pompeyo se levantaron en el Campo teatros, jardines porticados, monumentos y estadios (el de Domiciano, actualmente la plaza Navona).

35 Cita de Ovidio, Metamorfosis , II , 63-69: el Sol describe las dificultades que halla en el trayecto diario con su carro tirado por caballos de fuego, para disuadir a su hijo: le había concedido sin pensar el deseo que quisiera, y fue guiar el carro, desde la salida hasta que alcanza el mar, aquí personificado en Tetis, la titánide esposa de Océano y madre de todos los ríos.

36 El animoso joven es Faetón, el hijo del Sol; esta intervención suya y la siguiente son de cosecha de Séneca, pues no se encuentra en el texto de Ovidio la réplica de Faetón en estilo directo, sino resumida en dos versos (103-104), cuando su padre ha terminado de hablar.

37 Ovidio, op . cit ., 79-81. En su recorrido por las constelaciones del Zodiaco el Sol ha de enfrentarse al toro, al león y al centauro armado con un arco que, como él, es de Tesalia, llamada por su nombre antiguo, Hemonia.

38 Demócrito de Abdera, en Tracia, filósofo materialista contemporáneo y rival de Platón; al final de su prolongadísima vida se sacó los ojos y descuidó lo poco que conservaba de su hacienda (cf . Cicerón, Del supremo bien y del supremo mal , V , 29, 87), que había gastado casi enteramente en sus numerosos viajes (cf . Diógenes Laercio, IX , 35).

39 El suicidio por imperativo moral es piedra angular de la ética estoica; Séneca pone de relieve las ventajas que supone repetidas veces en sus escritos: cf ., sólo en los Diálogos , 2, 10-12; Sobre la ira , III , 15, 3-4; Sobre la tranquilidad del espíritu , 16, 1-4; y Sobre la vida feliz , 19, 1. No obstante, se ha llegado, curiosamente, a sostener todo lo contrario, es decir, que el filósofo desaconsejaba en realidad el suicidio: cf . N. Tadic-Gilloteaux, «Sénèque face au suicide», L’Antiquité Classique Lovain 32 (1963), págs. 541-551.

SOBRE LA FIRMEZA DEL SABIO

EL SABIO NO RECIBE ULTRAJE NI OFENSA 40

No sin razón, Sereno, diría yo que hay tanta diferencia entre los estoicos [1 ] y los demás consagrados a la sabiduría como entre las hembras y los machos, aun cuando ambos grupos contribuyan por igual a la vida de la comunidad, pero una parte ha nacido para obedecer, la otra para el mando. Los demás sabios blanda y suavemente, casi como los médicos de cabecera y particulares a sus enfermos, curan no según lo mejor y más rápido sino según les permiten: los estoicos, que han acometido una vía viril, no se cuidan de que parezca agradable a los que la emprenden, sino de que nos arrebate cuanto antes y nos alce a la alta cumbre que se yergue fuera del alcance de cualquier proyectil, al punto de que descuella sobre la suerte. «Pero por donde nos llaman está [2] empinado y pedregoso.» ¿Cómo no? ¿A pie llano se llega a las alturas? Y ni siquiera es tan escabroso como pretenden algunos. Tan sólo la primera parte tiene rocas y piedras y aspecto de impracticable, tal como los más lugares suelen parecer abruptos y macizos a quienes los otean de lejos, puesto que la lejanía engaña la vista, luego, a medida que se van acercando, poco a poco se distinguen las cosas que la confusión de los ojos había juntado en montón, entonces se les vuelve ligera pendiente lo que se les hacía precipicio por culpa de la distancia.

Recientemente, al hacerse mención de Marco Catón, 41 hablabas [3] con indignación, intolerante como eres con la injusticia, de que a Catón lo había comprendido poco su época, porque a él, que descollaba por sobre los Pompeyos y los Césares, lo había puesto por debajo de los Vatinios, y te parecía indigno que, en una ocasión en que iba a oponerse a una ley, 42 le hubieran arrebatado la toga en el foro y que, obligado a pasar desde la tribuna de los oradores hasta el Arco de Fabio 43 a través de los grupos del partido sedicioso, hubiera soportado hasta el final palabras insolentes, salivazos y todas las demás ofensas propias de una multitud enloquecida.

[2 ] Yo te respondí entonces que tenías motivo para inquietarte en nombre del Estado, que ponían en venta Publio Clodio 44 por su lado, Vatinio y los personajes más detestables por el suyo, y, acometidos de alucinada ambición, no comprendían que ellos, mientras lo vendían, también eran vendidos: en lo que respecta a Catón en sí, te aconsejé que estuvieras tranquilo, haciéndote pues ver que el sabio no puede recibir ningún ultraje ni ofensa y que, además, los dioses inmortales nos han dado a Catón como un modelo de hombre sabio más claro que lo fueron para las generaciones anteriores Ulises y Hércules. 45 A éstos nuestros estoicos los proclamaron sabios, invictos en sus trabajos, menospreciadores del placer y victoriosos en toda suerte de espantos. [2] Catón no trabó pelea con fieras, cuyo acoso es propio del cazador y del labriego, ni persiguió monstruos a sangre y fuego ni coincidió con aquellos tiempos en los que uno podía creer que el cielo se apoya en los hombros de un hombre solo: 46 una vez desterrada la antigua credulidad y conducido el siglo a la cima de la ciencia, él, enfrentado a la ambición, mal multiforme, y al ansia desmesurada de poder, que todo el orbe dividido en tres 47 no podía saciar, se alzó en solitario contra los vicios de una ciudad decadente y que tocaba fondo por su mole misma, y detuvo al Estado en su caída, en la medida en que podía sujetarlo una sola mano, hasta que, relegado a la fuerza, se ofreció como compañero a una ruina tanto tiempo diferida y a la vez se extinguió lo que era ilícito dividir; pues ni Catón vivió después de la libertad ni la libertad después de Catón. ¿A éste piensas tú que pudo el pueblo hacerle [3] ultraje porque lo despojó de la pretura o de la toga, porque salpicó con las inmundicias de su boca aquella cabeza venerable? El sabio está a salvo y no puede verse afectado por el ultraje o la ofensa.

Me parece ver tu espíritu enardecerse y en ebullición, te dispones a [3 ] gritar: «Cosas así son las que quitan autoridad a vuestras normas. Prometéis grandes cosas que uno ni siquiera puede desear y mucho menos creer. Luego decís cosas extraordinarias, pero cuando habéis negado que el sabio es pobre, no negáis que suelen faltarle esclavo, techo y comida; cuando negáis que el sabio puede enloquecer, no negáis que se enajena y profiere palabras poco juiciosas y se atreve a cuanto lo obliga la fuerza de su enfermedad; cuando habéis negado que el sabio es un esclavo, igualmente no intentáis impugnar que puede ser vendido y ha de hacer lo que le mandan y prestar a su dueño servicios serviles: así, arqueando bien alto las cejas, caéis en lo mismo que los demás, aunque cambiéis los nombres de las cosas. Así pues, sospecho [2] que algo así hay también en esto que a primera vista es hermoso y estupendo: el sabio no va a recibir ultraje ni ofensa. Pero lo que más importa es si lo sitúas fuera del alcance de la irritación o fuera del alcance del ultraje. Pues si dices que lo soportará con ecuanimidad, no tiene ningún privilegio, lo ha alcanzado algo común y que se aprende con la frecuencia de los ultrajes, el sufrimiento; si niegas que puede recibir ultrajes, esto es, que nadie ha de intentar hacérselos, dejo todos mis asuntos y me hago estoico».

[ 3] Yo, de cierto, no me he propuesto adornar al sabio con el honor ficticio de las palabras, sino situarlo en un lugar en que no se permita ningún ultraje. «¿Entonces, qué? ¿No habrá nadie que lo maltrate, que lo ponga a prueba?» Nada en la naturaleza es tan sagrado que no encuentre su sacrílego, pero lo divino no está menos en lo alto en caso de que haya quienes apetezcan una grandeza situada fuera de su alcance, que no van a tocar; invulnerable es no lo que no recibe golpes, sino [4] lo que no puede ser herido: por este indicio te haré conocer al sabio. ¿Acaso es dudoso que es más consistente el vigor que no es vencido que el que no es agredido, cuando son dudosas las fuerzas no experimentadas, y, por el contrario, con razón se tiene por la más consistente firmeza la que rechaza todas las embestidas? Sábete así que el sabio es de mejor natural si no lo perjudica ningún ultraje que si no se le hace ninguno; y llamaré esforzado al hombre al que no someten las guerras ni arredra una fuerza enemiga puesta en marcha, no al que disfruta de [5] un ocio apacible entre gentes apáticas. En consecuencia, lo que digo es que el sabio no está expuesto a ningún ultraje; así pues, no viene a cuenta cuántos dardos le arrojan, cuando a todos es impenetrable. Igual que la dureza de algunas piedras es inexpugnable al hierro, y el diamante no se puede cortar o agrietar o desgastar, 48 sino que por añadidura mella lo que lo golpea, del mismo modo que algunos materiales no pueden ser consumidos por el fuego, sino que conservan, aun rodeados de llamas, su rigidez y su aspecto, del mismo modo que algunos escollos, proyectándose a lo alto, rompen las olas y no muestran huella alguna de violencia, a pesar de haber sido azotados tantos siglos, así el espíritu del sabio es firme y acumula tanto vigor que está tan a salvo del menoscabo como las cosas que he mencionado.

[4 ] «¿Entonces, qué? ¿No habrá nadie que intente hacer ultraje al sabio?» Lo intentará, pero el ultraje no lo alcanzará; pues está alejado del contacto con sus inferiores por una distancia demasiado grande para que ninguna fuerza perjudicial haga llegar hasta él sus fuerzas. Incluso cuando los poderosos, nacidos para el mando y fuertes por el consentimiento de sus siervos, pretenden perjudicarlo, todos sus ataques fallarán más acá de la sabiduría tanto como los proyectiles que se arrojan a lo alto con arco o catapultas, aun cuando hayan saltado más allá del alcance de la vista, tuercen su trayectoria más acá del cielo. ¿Qué? ¿Piensas tú que, cuando aquel necio rey oscurecía el día con [2] multitud de flechas, alguna saeta chocó con el sol, o que pudo tocar a Neptuno echando cadenas a las profundidades? 49 Así como lo celeste escapa a la mano del hombree y la divinidad no se ve en nada perjudicada por los que derriban templos y funden estatuas, cuanto se comete contra el sabio con malicia, desfachatez y arrogancia, en vano se intenta. «No obstante, sería preferible que no hubiera nadie que quisiera [3] hacerlo.» Deseas para el género humano una rara cualidad, la inocencia; que no se cometa importa a quienes planean hacerlo, no a quien no puede sufrirlo incluso aunque se cometa. Más aún, no sé si la calma en medio de las provocaciones no demuestra más la fuerza de la sabiduría, tal como la más clara prueba en favor de un general poderoso en armas y en hombres es una despreocupada indiferencia en tierra de enemigos.

Distingamos, si te parece, Sereno, el ultraje de la ofensa. El primero [5 ] es por naturaleza más penoso, ésta, más ligera y grave tan sólo para los remilgados, con la que los hombres no quedan malheridos sino agraviados. Tan grande es, sin embargo, la debilidad y ligereza de los espíritus, que algunos piensan que nada hay más amargo; así, encontrarás un esclavo que prefiera recibir azotes a bofetadas y que considere la muerte y los latigazos más tolerables que una palabras ofensivas. A tal extremo de estupidez se ha llegado que nos angustia no sólo [2] el dolor sino la idea del dolor, a la manera de los niños, a quienes infunde miedo una sombra y la deformidad de las máscaras y un rostro desfigurado; provocan sus lágrimas los nombres poco agradables al oído y los movimientos de los dedos y otras cosas que rehúyen súbitamente con el ímpetu propio de su confusión.

El ultraje tiene esta intención: afectar a alguien con una desgracia; [3] ahora bien, la sabiduría no deja lugar a la desgracia (pues para ella la única desgracia es la indecencia, que no puede entrar en donde están ya la virtud y la honradez); luego, si no hay ningún ultraje sin desgracia y no hay ninguna desgracia sino lo indecente, pero lo indecente no puede alcanzar a quien está dedicado a tareas honrosas, entonces el ultraje no alcanza al sabio. En efecto, si el ultraje es el sufrimiento de alguna desgracia, pero el sabio no sufre ninguna desgracia, entonces [4] ningún ultraje afecta al sabio. Cualquier ultraje supone un menoscabo para aquel contra quien arremete, y nadie puede recibir un ultraje sin detrimento ninguno, bien de su dignidad, bien de su cuerpo, bien de las cosas situadas en nuestro exterior. Ahora bien, el sabio nada puede perder: todo lo ha basado en sí mismo, no confía nada a la suerte, tiene sus bienes en un lugar seguro, contento con su virtud, que no tiene necesidad de lo fortuito y por tanto no puede aumentar ni menguar; en efecto, lo que ha sido llevado hasta su perfección no tiene posibilidad de incrementarse y la suerte no arrebata nada más que lo que ha dado; ahora bien, no da virtud, por tanto tampoco la quita: es libre, inviolable, inmutable, inquebrantable, tan inflexible frente al azar que ni siquiera puede inclinarse y mucho menos vencerse; mantiene sin desviar sus ojos ante el aspecto de los acontecimientos terribles, nada [5] cambia en su rostro, bien se le presenten duros, bien favorables. Así pues, no perderá nada que vaya a notar que ha desaparecido, pues está en posesión de la virtud sin más, de la que no se le puede apartar, lo demás lo tiene en precario y ¿quién se trastorna por la pérdida de lo que no es suyo? Y si el ultraje no puede causar daño a nada de lo que es propiedad del sabio, puesto que si su virtud está a salvo, sus bienes están a salvo, no se puede hacer ultraje al sabio.

[6] Había tomado Megara Demetrio, 50 el que recibió el sobrenombre de Poliorcetes; el filósofo Estilpón, 51 al que preguntó si había perdido algo, le dijo: «Nada, todo lo mío lo llevo conmigo». Y sin embargo su hacienda había ido a parar al botín y a sus hijos los había raptado el enemigo y su patria había caído en manos extranjeras y el rey en persona, rodeado de las armas de su victorioso ejército, lo interrogaba [7] desde su posición superior. Pero él le echó por tierra su victoria y demostró que él, a pesar de haber sido tomada su ciudad, quedaba no sólo invicto sino indemne; pues tenía consigo sus verdaderos bienes, de los que otro no puede tomar posesión; por el contrario, los que se llevaban desbaratados y despedazados no los consideraba suyos, sino accidentales y sujetos al imperio de la suerte. Por eso no los había apreciado como propios; pues la posesión de todo lo que se concentra en nosotros desde fuera es escurridiza e insegura.

Piensa ahora si un ladrón o un difamador, un vecino insolente o [6 ] algún rico que ejerza el dominio propio de una vejez sin hijos, pueden hacer ultraje a éste, a quien la guerra, el enemigo y aquel experto en el egregio arte de asolar ciudades no pudieron arrebatarle nada. En [2] medio de las espadas que centelleaban por todas partes, y el tumulto de la soldadesca en el saqueo, en medio de las llamas, la sangre y los escombros de la ciudad devastada, en medio del estruendo de los templos que se derrumbaban sobre sus dioses, hubo paz sólo para ese hombre. Así pues, no tienes por qué considerar arriesgada mi promesa, de la que, si te merezco poca confianza, te daré un fiador. Pues apenas crees que recaiga en un hombre tanta reciedumbre o tanta grandeza de ánimo; pero él sale al centro y dice: «No tienes por qué [3] dudar de que quien ha nacido hombre pueda elevarse por encima de lo humano, de que pueda contemplar sereno dolores y daños, erosiones y heridas, la abundante agitación de las circunstancias que vibran a su alrededor y soporte tanto las duras tranquilamente como las favorables moderadamente y, sin ceder a aquéllas ni confiarse en éstas, sea uno solo y el mismo en medio de esta variación y no considere suyo nada más que a él mismo y él también sólo en la parte en que es mejor. Mirad, aquí estoy yo dispuesto a probaros esto: que bajo este [4] aniquilador de tantas ciudades las fortificaciones se derrumban al golpe del ariete, y la altura de las torres de repente cae a tierra por culpa de las minas y las excavaciones secretas, y el terraplén se acrecienta hasta alcanzar los baluartes más altos, que, por el contrario, no puede hallarse ninguna máquina capaz de remover un espíritu bien cimentado. Hace poco a rastras he escapado de las ruinas de mi casa y, [5] mientras los incendios brillaban por todas partes, he huido de las llamas a través de la sangre; no sé qué azar atenaza a mis hijas o si es peor que el común; solo y senil y viendo a mi alrededor sólo enemigos, reconozco sin embargo que mi hacienda está íntegra e intacta: poseo, tengo cuanto de mío he tenido. No tienes por qué creerme a mí vencido [6] y vencedor a ti: ha vencido tu suerte a mi suerte. Aquellos bienes caducos, que cambian de dueño, no sé dónde están; en lo que toca a mis pertenencias, conmigo están, conmigo estarán. Han perdido esos [7] ricos sus patrimonios, los libertinos sus amores y sus prostitutas ama das con gran dispendio de su reputación, los arribistas la curia, el foro y los lugares destinados a practicar sus vicios en público; los usureros han perdido sus registros, en los que la avaricia, alegre sin razón, sueña riquezas: yo de cierto todo lo tengo íntegro e incólume. Así que pregunta a esos que lloran y se lamentan, que en defensa de su dinero exponen sus cuerpos desnudos a las espadas desenvainadas, que huyen del enemigo con la bolsa repleta».

[8] Luego ten por cierto, Sereno, que el hombre perfecto, colmado de virtudes humanas y divinas, nada pierde. Sus bienes están rodeados de fortificaciones sólidas e infranqueables. No quieras comparar con ellas los muros de Babilonia, por los que penetró Alejandro, 52 ni las murallas de Cartago o de Numancia, tomadas por una misma mano, 53 ni el Capitolio ni la ciudadela 54 (conservan señales del enemigo): las que defienden al sabio están a salvo del fuego y del asalto, no ofrecen ninguna entrada, altas, inexpugnables, iguales a los dioses.

[7 ] No tienes por qué decir, como sueles, que este sabio nuestro no se halla en parte alguna. No simulamos ese vano ornamento de la condición humana ni concebimos una imagen inmensa de una falsedad, sino que, tal cual lo describimos, lo hemos exhibido, lo exhibiremos, quizá raras veces y uno solo a grandes intervalos de tiempo; pues las cosas grandes y que sobrepasan la medida vulgar y corriente no se producen frecuentemente. Por lo demás, me temo que este mismo Marco Catón, con cuya mención ha empezado este debate, está por encima de nuestro modelo.

En suma, más potente debe ser lo que hiere que lo que es herido; [2] ahora bien, no es más fuerte la maldad que la virtud; luego el sabio no puede ser herido. Un ultraje contra los buenos no lo intentan sino los malvados: para los buenos hay paz entre ellos, los malvados son para los buenos tan perniciosos como entre ellos. Y si no puede ser herido sino el más endeble y de otro lado el malvado es más endeble que el bueno y los buenos no deben temer un ultraje más que por parte de sus contrarios, el ultraje no cae sobre el hombre sabio. Pues ya no tengo que recordarte que nadie hay bueno sino el sabio. «Si Sócrates —dice— fue [3] condenado injustamente, recibió un ultraje.» En esta cuestión conviene darnos cuenta de que puede ocurrir que alguien me haga un ultraje y yo no lo reciba: igual que si uno pusiera en mi casa de la ciudad algo que hubiera robado de mi villa: él habrá cometido un hurto, yo no habré perdido nada. Puede alguien hacerse dañino por más que no haya [4] causado ningún daño. Si uno se acuesta con su esposa igual que con la de otro, será adúltero, por más que ella no sea adúltera. Alguien me ha administrado veneno, pero al mezclarse con la comida ha perdido su poder: él se ha comprometido con el crimen por administrarme el veneno, aunque no me ha causado daño. No es menos asesino aquel cuya puñalada se evitó porque se interpuso la ropa. Todos los crímenes, incluso antes de su ejecución, quedan consumados por cuanto hay culpabilidad suficiente. Ciertas cosas son de esta naturaleza y se relacionan [5] según la alternativa siguiente: la una puede existir sin la otra, la otra no puede sin la una. Intentaré dejar claro lo que digo. Puedo mover los pies aunque no corra: correr no puedo sin que mueva los pies; puedo, por más que esté en el agua, no nadar: si nado, no puedo no estar en el agua. De la misma suerte es también esto de que se trata: si he recibido [6] un ultraje, es preciso que se me haya hecho; si me ha sido hecho, no es preciso que yo lo haya recibido. Pues pueden sobrevenir muchos accidentes que rechacen el ultraje: como alguna casualidad puede abatir la mano amenazadora y desviar los dardos arrojados, igual alguna circunstancia puede repeler cualquier ultraje y eliminarlo en pleno curso, de modo que haya sido hecho tanto como no recibido.

Además, la justicia no puede padecer nada injusto, puesto que los [8 ] contrarios no casan; ahora bien, una injusticia no se puede hacer más que injustamente; luego al sabio no se le puede hacer ultraje: no puede uno ni siquiera favorecerlo. De un lado, al sabio no le falta nada que pueda recibir como regalo, de otro el malvado no puede otorgar nada digno del sabio. Pues debe tener antes de dar, por el contrario, nada tiene que el sabio se complazca en que se transfiera a él.

[ 2] Luego uno no puede dañar al sabio o favorecerlo, ya que lo divino ni desea ser ayudado ni puede ser herido y por su parte el sabio se sitúa próximo y cercano a los dioses, semejante a un dios, exceptuando su condición mortal. En tanto aspira y se dirige a aquel estado excelso, ordenado, imperturbable, que discurre con un curso igual y concorde, tranquilo, benévolo, creado para el bien común, beneficioso para él mismo y para los demás, no anhelará nada rastrero, no llorará por nada. [3] El que, apoyándose en la razón, avanza a través de los infortunios humanos con espíritu divino, no tiene dónde recibir un ultraje. ¿Piensas que digo tan sólo de parte del hombre? Ni siquiera de parte de la suerte, que cada vez que ha ido a enzarzarse con la virtud, nunca se ha retirado empatada. Si lo supremo, más allá de lo cual no tienen nada con que amenazar las leyes airadas y los déspotas más crueles, en lo que la suerte malgasta su poder, lo aceptamos con ánimo apacible e imparcial y reconocemos que la muerte no es una desgracia y por ende ni siquiera un ultraje, mucho más fácilmente toleraremos lo otro, daños y dolores, deshonras, cambios de lugar, pérdidas de familiares, separaciones, cosas que al sabio, aunque lo rodeen todas al tiempo, no lo hunden, y con más motivo no se aflige ante la arremetida de cada una por separado. Y si soporta resignadamente los ultrajes de la suerte, ¡cuánto más los de los hombres poderosos, que sabe que son agentes de la suerte!

[9 ] Así pues, todo lo sufre del mismo modo que el rigor del invierno y la inclemencia del clima, que las fiebres y enfermedades, y lo demás que sucede al azar, y de nadie tiene tan buena opinión que piense que ha hecho algo con reflexión, caso que sólo se da en el sabio. Lo propio de todos los otros no son las reflexiones, sino los engaños, las trampas, los arrebatos desordenados de los espíritus, cosas que cuenta entre los imprevistos. Ahora bien, todo lo fortuito se ensaña a nuestro alrededor y contra nuestros inferiores.

[2] Piensa también que para los ultrajes se abre un amplio campo 〈en〉 aquellas ocasiones en que se busca un riesgo para nosotros, como con un acusador sobornado o con una delación calumniosa o con el encono de los poderosos azuzado contra nosotros, y otras insidias que se dan entre los togados. 55 Es frecuente también el ultraje cuando se han sus traído las ganancias de alguien o la recompensa largo tiempo perseguida, cuando se le ha arrebatado una herencia alcanzada con mucho trabajo y se le ha desposeído del favor de una familia gananciosa: esto lo evita el sabio, que no sabe ni vivir para la esperanza ni para la aprensión. Añade ahora que nadie recibe un ultraje sin que se altere su espíritu, [3] sino que se trastorna al percibirlos, que, por el contrario, está libre de trastornos el hombre que ha evitado los extravíos, dueño de sí, de una tranquilidad profunda y apacible. En efecto, si lo toca un ultraje, lo mueve y lo empuja; ahora bien, el sabio está libre de la ira que enciende la impresión de ultraje, y no estaría libre de ira de ningún modo más que estando libre de ultraje, que sabe que no se le puede hacer. De ahí que está tan erguido y alegre, de ahí que se deja llevar por un continuo júbilo; al contrario, no se arruga ante las aprensiones de las circunstancias de los hombres, a tal punto que le resulta útil el propio ultraje, mediante el cual consigue experiencia de sí mismo y pone a prueba su virtud.

Respetemos, os lo ruego, esta intención y asistamos con ánimo y [4] atención amistosos, mientras el sabio se libra del ultraje. Y no por esto se hace ninguna merma a vuestra prepotencia, a vuestros deseos avidísimos, ciega temeridad y arrogancia: a salvo vuestros vicios, se busca esta libertad para el sabio. No bregamos para que no os sea lícito hacer ultrajes, sino para que él pueda mandar al fondo todos los ultrajes y defenderse con su resistencia y grandeza de ánimo. Del mismo modo [5] en las competiciones sagradas 56 muchos vencieron agotando con su obstinada resistencia los puños de quienes los golpeaban. Considera al sabio como de esta clase, la de los que, gracias a un entrenamiento prolongado y constante, han logrado un vigor capaz de resistir y fatigar toda fuerza hostil.

Puesto que hemos recorrido la primera parte, pasemos a la segunda, [10 ] en la que, con argumentos algunos particulares pero comunes los más, refutaremos la ofensa. Es menos importante que el ultraje: por ella podemos quejarnos más que querellarnos, a ella tampoco las leyes la consideraron digna de una reclamación. Este sentimiento lo provoca [2] la debilidad del espíritu que se arruga ante un dicho o hecho deshonroso: «No me ha recibido hoy, aun cuando recibía a otros», y «Mis palabras o las ha desatendido con arrogancia o las ha puesto abiertamente en ridículo» y «Me ha colocado no en el centro del triclinio sino en el extremo», 57 y otras circunstancias de este tenor, que ¿cómo llamaré sino quejas de un espíritu hastiado? En ellas inciden normalmente los refinados y los despreocupados, pues no tiene tiempo de [3] advertir estas cosas uno al que apremian otras peores. Por culpa de un ocio excesivo los temperamentos débiles por naturaleza y afeminados y los que han degenerado por falta de auténticos ultrajes, se inquietan por incidentes cuya mayor parte resulta de un error del que los interpreta. Así pues, muestra que no hay en él nada de sensatez ni de aplomo quien se siente afectado por una ofensa. Pues sin duda se considera menospreciado, y esta comezón no se da sin cierta humillación del espíritu que se deprime y se rebaja. Por contra, el sabio no es menospreciado por nadie, conoce su grandeza y se hace saber a sí mismo que nadie tiene tantos derechos sobre él y todas estas que yo no llamaría miserias del espíritu sino molestias, no las vence sino que ni siquiera las siente.

[4] Otras cosas hay que golpean al sabio aunque no lo derriban, como el dolor corporal y la debilidad, o la pérdida de amigos e hijos y el quebranto de una patria que arde en guerra. No niego que el sabio sienta esto, pues tampoco le atribuimos la dureza de la piedra o del hierro. La virtud no consiste en resistir lo que no sientes. ¿Qué hay, entonces? Algunos golpes recibe, pero, una vez recibidos, los supera, los cura y los mitiga, mas estas pequeñeces ni siquiera las siente y no emplea contra ellas su habitual virtud de aguantar las adversidades, sino que o no las tiene en cuenta o las considera ridículas.

[11 ] Además, como gran parte de las ofensas la infieren los arrogantes e insolentes y los que mal soportan la suerte ajena, tiene con qué rechazar esa disposición engreída, la virtud más hermosa de todas, la magnanimidad: todo cuanto es de ese tipo ella lo pasa de largo como las apariciones sin sustancia de los sueños y las visiones nocturnas, que no [2] tienen nada de consistente o de real. Al mismo tiempo piensa que todos son demasiado inferiores para tener el atrevimiento de despreciar a los muy superiores. Contumelia se dice a partir de contemptus , 58 porque nadie señala con tal ultraje más que al que ha menospreciado; ahora bien, nadie menosprecia al mayor y mejor, aunque haga algo de lo que suelen los menospreciadores. En efecto, los niños golpean en la cara a sus padres y el crío enreda y arranca los cabellos de su madre y los rocía de saliva, o descubre a la vista de los suyos lo que debe tener tapado y no escatima las palabras más soeces, y nada de esto llamamos ofensa. [3] ¿Por qué razón? Porque quien lo hace no puede menospreciar. Es el mismo motivo por el que nos hace gracia el ingenio, ofensivo para sus dueños, de nuestros esclavos, cuyo atrevimiento se arroga finalmente el derecho sobre los invitados, una vez ha empezado con el dueño; y cuanto más despreciable es uno, más suelta tiene la lengua. Con esta intención algunos compran muchachitos descarados y afilan su audacia y les ponen un maestro, para que lancen sus pullas con precisión, y a éstas no las llamamos ofensas sino agudezas: ¡qué tremendo despropósito es con las mismas cosas unas veces divertirse y otras ofenderse y llamar a aquello con lo que un amigo salta insulto, agudeza si viene de un esclavo graciosillo! 59

La misma disposición que tenemos nosotros con los niños la tiene [12 ] el sabio con todos los que continúan en la infancia aun pasada su juventud y ya canosos. ¿Han hecho algún progreso esos que manifiestan miserias del espíritu y unos extravíos cada vez más graves, que sólo se distinguen de los niños por el tamaño y conformación del cuerpo, por lo demás no menos caprichosos e inseguros, ansiosos de placeres sin distinción, inquietos y apaciguados no por inspiración propia sino por miedo? Por eso nadie diría que hay alguna diferencia entre [2] ellos y los niños, porque éstos tienen codicia de tabas, nueces y calderilla, aquéllos, de oro y plata y tableros de mesa, porque éstos hacen entre ellos de magistrados e imitan la pretexta, los haces y el tribunal, 60 aquéllos juegan con circunspección a lo mismo en el Campo 61 y el foro y en la curia; éstos en las playas con un montón de arena levantan remedos de casas, aquéllos, como si hicieran algo importante afanándose en remover piedras, paredes y techos, han convertido en un peligro lo que se inventó para amparar los cuerpos. 62 Luego los niños padecen un extravío igual que quienes han avanzado más en edad, pero el de [3] éstos es en otro sentido y más grave. Así pues, no sin razón el sabio recibe sus ofensas como bromas y a las veces los amonesta como a niños con castigos y correctivos, no porque ha recibido un ultraje, sino porque lo han hecho y para que dejen de hacerlos; pues igual se doman también las caballerías con la fusta, y no nos enfadamos con ellas cuando han rechazado a su jinete, sino que tiramos del bocado para que el dolor venza su terquedad. Reconocerás entonces que está resuelta también aquella objeción que nos hacen: «¿Por qué razón el sabio, si no recibe ultrajes ni ofensas, castiga a los que los hicieron?» Pues es que no se venga, sino que los enmienda.

[13 ] Además, ¿qué razón hay para que no creas que esta firmeza de ánimo se corresponde con el hombre sabio, cuando en otros te es posible advertir lo mismo pero no por el mismo motivo? Pues ¿qué médico se enfada con un demente? ¿Quién toma a mal los insultos de un enfermo [2] febril al que han prohibido el agua fría? El sabio tiene para con todos el mismo sentimiento que el médico para con sus enfermos, cuyas partes pudendas, si necesitan una cura, no desdeña tocar ni examinar sus heces y vómitos ni aguantar los improperios de los locos furiosos. El sabio se percata de que todos los que andan vestidos con toga y púrpura, saludables, atezados, están poco sanos y no los ve de otra forma sino como enfermos indisciplinados. Así pues, ni siquiera se excitará si [3] durante su enfermedad se han atrevido a una excesiva insolencia contra él, que los está tratando, y con la misma disposición con que no aprecia en absoluto sus muestras de respeto, tampoco lo que se le hace poco respetuosamente. Así como no le gustará que un mendigo le tenga veneración ni considerará un ultraje que un hombre de la más baja plebe, al saludarlo, no le devuelva a su vez el saludo, igualmente tampoco se engreirá si muchos ricos lo engríen (pues sabe que no se distinguen en nada de los mendigos, es más, que son más infelices, pues tienen muchas necesidades y aquéllos muy pocas) y, a la inversa, no se alterará si el rey de los medos o Átalo de Asia 63 le dan de lado, al saludarlos, en silencio y con gesto arrogante. Sabe que su situación no tiene nada envidiable, no más que la de aquel que en una numerosa familia 64 tiene a su cargo el tratamiento de los enfermos y los enajenados. ¿Es [4] que voy a molestarme si no me corresponde con mi nombre uno de esos que cerca del Templo de Cástor 65 comercian comprando y vendiendo siervos inútiles, cuyas tiendas están repletas de un tropel de esclavos de la peor clase? No, pienso yo, pues ¿qué tiene de bueno ese en cuyo poder no hay nadie que no sea malo? Luego, del mismo modo que no hace caso de la cortesía o la descortesía de éste, así tampoco de la del rey: «Tienes bajo tu poder a partos, medos y bactrianos, 66 pero los retienes por el miedo, pero por su culpa no tienes ocasión de destensar el arco, pero son los enemigos más odiosos, pero son sobornables, pero están al acecho de un nuevo dueño». Luego no se alterará por las ofensas [5] de nadie. Pues ya pueden ser distintos todos entre sí, que el sabio de seguro los considera a todos parejos, en virtud de su idéntica necedad. Porque si sólo se rebaja una vez al punto de alterarse por un ultraje o una ofensa, nunca podrá sentirse sereno; la serenidad, por el contrario, es un bien exclusivo del sabio. Y se guardará de mostrar respeto al que le ha hecho una ofensa con la mera suposición de que se la ha hecho; pues es inevitable que se alegre de verse tenido en consideración uno cuyo menosprecio molesta a todo el mundo.

[14 ] A algunos los posee una locura tan grande que piensan que una mujer puede hacerles ofensa. 67 ¿Qué importa cuán hermosa es la suya, cuántos porteadores tiene, cuán recargadas sus orejas, cuán ancha su litera? De todos modos es un animal sin seso y, si no acceden a ella el conocimiento y una vasta erudición, violento, inmoderado en sus pasiones. Algunos se molestan por verse zarandeados por el peluquero y llaman ofensa a los impedimentos del guardián de la entrada, a la arrogancia del encargado de los nombres, al ceño fruncido del ayuda de cámara. 68 ¡Oh, cuántas carcajadas ha de lanzar en esas circunstancias, con cuánto placer ha de colmar su ánimo el que, desde la agitación de los extravíos de los otros, contempla su propia calma! «¿Entonces, [2] qué? ¿No va a acercarse el sabio a las puertas que tenga bloqueadas un portero inflexible?» Él, de cierto, si lo reclama un asunto ineludible, lo intentará y al portero, sea quien sea, lo amansará como a un perro fiero, echándole comida, y no le disgustará desembolsar algo para cruzar el umbral, pensando que en algunos puentes también se abona un peaje. Así pues, también le pagará al que administre este impuesto sobre las visitas, sea quien sea: sabe que con dinero se compra lo que está en venta. Es un pusilánime aquel que está satisfecho de sí mismo porque ha replicado sin reprimirse al de la entrada, porque le ha roto su bas tón, porque se ha acercado al dueño y le ha pedido que le zurren la badana. Se convierte en adversario quien entra en liza y, para vencer, se ha hecho parejo al otro.

«Pero el sabio ¿qué hará si lo golpean con el puño?» Lo que Catón [3] cuando lo golpearon en la boca: no se encolerizó, no vengó el ultraje, ni siquiera lo devolvió, simplemente negó que se le hubiera hecho. 69 Más entereza mostró no acusándolo que excusándolo. En este punto no nos [4] detendremos mucho tiempo: pues ¿quién no sabe que nada de lo que se cree malo o bueno le parece al sabio lo mismo que a todos? No mira qué consideran vergonzoso o miserable los hombres, no va por donde la gente sino que, como los astros que recorren una ruta en sentido opuesto al firmamento, 70 así avanza él contra la común opinión.

Así pues, dejad de decir: «¿El sabio, entonces, no recibirá ultraje si [15 ] le pegan, si le arrancan los ojos? ¿No recibirá una ofensa si lo acosan por el foro los gritos insolentes de unos sinvergüenzas? ¿Si en el convite de un rey le mandan recostarse en un extremo de la mesa y comer con los esclavos encargados por sorteo de tareas deshonrosas? ¿Si le obligan a soportar alguna otra de las situaciones que se pueden imaginar desagradables para un pundonor innato?». Por más que ésas [2] aumenten cuanto sea en cantidad o en magnitud, serán de naturaleza invariable: si no lo alcanzan las nimias, tampoco las más graves. Pero a partir de vuestra debilidad hacéis suposiciones sobre el espíritu grande y cuando calculáis cuánto pensáis que podéis padecer, le ponéis al padecimiento del sabio un límite un poco más allá, pero a él su virtud lo ha colocado en otra zona del universo, sin que tenga nada en común con vosotros. Búscale condiciones difíciles y todas las que son duras de [3] tolerar y repulsivas al oído y a la vista: un montón de ellas no lo abrumará y lo mismo las afrontará una por una que todas juntas. Quien califica de tolerable para el sabio esto y de intolerable aquello y reduce su grandeza de ánimo a unos límites fijos, hace mal: la suerte nos vence si no se la vence por entero.

No pienses que es estoico este vigor, Epicuro: a quien os arrogáis [4] como valedor de vuestra indolencia y consideráis que hace recomendaciones delicadas y negligentes e inductoras al placer, dice: «Rara vez la suerte se entromete con el sabio». 71 ¡Qué cerca estuvo de pronunciar unas palabras propias de un varón! ¿Quieres tú hablar más [5] esforzadamente y desplazarlas del todo? Esta casa del sabio estrecha, sin lujos, sin ruidos, sin mobiliario, no está custodiada por ningún portero que distribuya la multitud con su desgana venal, pero por este umbral vacío y libre de guardián no pasa la suerte: sabe que no tiene sitio allí donde no hay nada suyo.

[16 ] Y si también Epicuro, que fue sobremanera condescendiente con el cuerpo, se alza contra los ultrajes, ¿qué podrá en nosotros parecer increíble o por encima de la capacidad de la condición humana? Dice él que hay ultrajes tolerables para el sabio; nosotros, que no hay ultrajes. [2] Pues no tienes por qué decir que esto es incompatible con la naturaleza: no negamos que sea un asunto enojoso verse golpeado y zarandeado y privado de algún miembro, pero negamos que todo eso sea ultraje: no los despojamos de la sensación de dolor sino del nombre de ultraje, que no se puede admitir mientras la virtud esté a salvo. Veremos quién de los dos dice más la verdad: uno y otro coinciden respecto al menosprecio del ultraje. ¿Quieres saber qué diferencia hay entre los dos? La que hay entre dos gladiadores de los más esforzados, uno de los cuales se aprieta la herida y se mantiene en pie, el otro, mirando al público que grita, le hace señas de que no es nada y no consiente [3] que se interceda por él. No tienes por qué pensar que es mucho en lo que disentimos: ambos ejemplos recomiendan aquello de lo que se trata, que es lo único que os concierne: menospreciar los ultrajes y las que yo llamaría sombras y sospechas de ultrajes, las ofensas, para despreciar las cuales no hace falta un hombre sabio, sino simplemente cuerdo, que pueda decirse a sí mismo: «¿Eso me sucede merecida o inmerecidamente? Si merecidamente, ofensa no es, es juicio justo; si inmerecidamente, [4] debe avergonzarse el que cometió la injusticia». ¿Y qué es eso que se llama ofensa? Uno ha bromeado con el brillo de mi cabeza y con el mal estado de mis ojos y con la delgadez de mis piernas y con mi estatura: ¿qué ofensa hay en oír lo que es evidente? Delante de uno solo reímos un dicho, delante de muchos nos enfadamos y no dejamos a los otros el derecho de decir cosas que nosotros mismos solemos decir de nosotros: con las bromas mesuradas nos complacemos, con las inmoderadas nos irritamos.

Crisipo 72 cuenta que uno se enfadó porque alguien lo había llamado [17 ] borrego de mar. 73 Hemos visto llorando en el Senado a Cornelio Fido, yerno de Ovidio Nasón, cuando Corbulón 74 le llamó avestruz desplumado; ante otros insultos que zaherían sus costumbres y su vida se le mantuvo sereno el semblante, ante éste tan absurdo se le saltaron las lágrimas: tan grande es la debilidad de los espíritus cuando la razón los ha abandonado. ¿Qué hay de que nos ofendemos si alguien [2] imita nuestra habla, nuestros andares, si remeda algún defecto de nuestro cuerpo o nuestra lengua? ¡Como si esos detalles se hicieran más evidentes al imitarlos otros que al realizarlos nosotros! Unos con disgusto oyen hablar de su vejez y de sus canas y de otras cosas a las que se llega con ganas: el insulto de la pobreza, que cualquiera que la oculte se echa a sí mismo en cara, ha exacerbado a otros: así pues, a los insolentes e ingeniosos en ofender se les quitan ocasiones si espontáneamente las anticipas tú primero: no da lugar a reír nadie que se ría de sí mismo. Confiado está a la memoria que Vatinio, 75 hombre nacido [3] tanto para la risa como para el odio, fue un truhán gracioso y decidor. Él mismo decía muchísimas ocurrencias sobre sus pies y los costurones de su cuello: así evitaba las ingeniosidades de sus enemigos, que los tenía en más cantidad que achaques, y sobre todo las de Cicerón. Si con su descaro fue capaz de esto él, que había desaprendido la decencia con sus constantes improperios, ¿por qué no ha de poder uno que haya sacado algún provecho de los estudios liberales y del cultivo de la sabiduría? Añade que es una clase de venganza privar del placer de [4] la ofensa hecha al que la hizo; suelen decir: «¡Ay, pobre de mí! No lo ha entendido, creo!»; hasta tal punto el éxito de la ofensa estriba en el sentimiento e indignación del que la sufre. Además, no le faltará a veces un congénere: ya habrá quien te vengue a ti también.

[18 ] Gayo César, 76 grosero entre los demás defectos que tenía en abundancia, se dejaba llevar por la singular manía de mortificar a todo el mundo con algún comentario, y eso que él mismo ofrecía ocasión bien favorable para reír: tan grande era la fealdad de su tez pálida, testimonio de su vesania, tan grande la hosquedad de sus ojos agazapados bajo una frente llena de arrugas, tan grande la deformidad de su cabeza desolada y salpicada de cabellos teñidos; añade una nuca rodeada de cerdas y la exigüidad de sus piernas y la enormidad de sus pies. Resulta inacabable, si es que pretendo referir una por una las palabras con las que se mostró grosero con sus padres y abuelos, con los dos órdenes juntos: 77 referiré las que le acarrearon su perdición.

[2] Tenía entre sus principales amigos a Valerio Asiático, 78 hombre violento y que apenas estaba dispuesto a soportar con espíritu ecuánime las ofensas hechas a otros: a éste en un banquete, esto es, en una reunión pública, con voz bien clara le echó en cara cómo se comportaba su esposa durante el coito. ¡Bondad divina, que esto oiga un hombre, que lo sepa el príncipe y llegue a tal grado de desenfreno que, siendo príncipe, le cuente tanto sus adulterios como sus aversiones, no digo a un consular, no digo a un amigo, sino sencillamente al marido! Por el contrario, [3] Quérea, 79 tribuno militar, tenía una voz en discordancia con su energía, de tono lánguido y, si no conocieras sus obras, más que sospechosa. A éste Gayo, cuando le pedía el santo y seña, una veces le daba «Venus», otras «Príapo», censurándole de mil maneras esa blandura en un hombre armado. Y esto él, que iba vestido con gasas, calzado con sandalias y adornado con oro. 80 Así pues, le obligó a servirse del hierro para no pedirle más el santo y seña: él fue el primero entre los conjurados en levantar la mano, él le cercenó el cuello por la mitad de un solo golpe; después se acumularon de todas partes muchas más espadas que vengaban ultrajes públicos y particulares, pero el primer hombre fue el que menos lo parecía. En cambio, ese mismo Gayo todo lo consideraba ofensa, según [4] son de incapaces para aguantarlas los aficionados a hacerlas: se irritó con Herennio Macro 81 porque al saludarlo lo había llamado Gayo, y no hubo impunidad para un primipilo que lo había denominado Calígula. Pues a él, nacido en el campamento y criado por las legiones, lo solían llamar así, por ningún otro nombre se hizo nunca más familiar a los soldados, pero eso de Calígula lo juzgaba una afrenta y una ignominia desde que usaba coturnos. 82 Luego también nos servirá de consuelo, aunque nuestra [5] afabilidad descuide la venganza, el hecho de que vaya a haber alguien que le dé su merecido al desvergonzado, arrogante e injurioso, defectos que no se agotan en un solo hombre ni en una sola ofensa.

Fijémonos en el ejemplo de aquellos cuya paciencia alabamos, [6] como el de Sócrates, que tomó por el lado bueno las chanzas contra él publicadas y contempladas en las comedias, y se rió no menos que cuando su esposa Jantipa lo empapó de agua sucia. 83 A Antístenes84 le echaban en cara su madre extranjera y tracia; 84 replicó él que también la madre de los dioses era del Monte Ida. 85

[19 ] No hay que llegar a la riña ni al cuerpo a cuerpo. Hay que apartar lejos los pies y desdeñar cuantas cosas de éstas hagan los ignorantes (por otro lado, no pueden hacerlas más que los ignorantes) y no hacer distinciones entre las muestras de consideración y los ultrajes del pueblo. [2] Ni hay que dolerse por éstos ni alegrarse por aquéllas; de otra forma descuidaremos muchas obligaciones a causa de nuestra aprensión o nuestra aversión por las ofensas, no haremos frente a nuestras tareas públicas y particulares, productivas incluso a las veces, mientras nos atormenta la afeminada angustia de oír algo contrario a nuestro ánimo. A veces incluso, indignados con los poderosos, manifestaremos este sentimiento con inmoderada libertad. Ahora bien, la libertad no es no sufrir nada, estamos equivocados: la libertad es sobreponer el ánimo a los ultrajes y hacerse a sí mismo tal que sólo de sí mismo provengan los motivos de alegrarse, separar de sí mismo las apariencias, para que no haya de llevar una vida agitada si teme las risas de todos, las lenguas de todos. Pues ¿quién hay que no pueda hacer una ofensa, si cualquiera [3] puede? Ahora bien, el sabio y el aspirante a la sabiduría emplearán remedios distintos. A los que no han alcanzado la perfección y aún se orientan según las opiniones del pueblo hay que explicarles que deben vivir en medio de ultrajes y ofensas: todo les será más llevadero si se lo esperan. Cuanto más respetado es alguien por su linaje, renombre o patrimonio, que se comporte tanto más esforzadamente, recordando que los grados superiores se mantienen en primera línea de combate. Que soporte ofensas y palabras desvergonzadas y deshonras y demás bajezas como si fuera el griterío de los enemigos y tiros lejanos y piedras que restallan alrededor de los cascos sin herir a nadie; que resista los ultrajes como las heridas, hundidas unas en las armas, otras en el pecho, sin dejarse caer, sin ni siquiera dejarse desalojar de su puesto. Aunque te veas cercado y acosado por el ímpetu enemigo, es vergonzoso ceder: defiende la posición que te asignó la naturaleza. ¿Quieres saber cuál es esa posición? La del hombre. Otra ayuda hay para el sabio, [4] opuesta a ésta; pues vosotros estáis en plena lucha, para él ya se ha producido la victoria. No os opongáis a vuestro propio bien, alimentad en vuestro ánimo esta esperanza, mientras llegáis a la verdad, y acoged gustosos lo mejor y asistíos con vuestra reflexión y vuestros deseos: para la república del género humano es beneficioso que haya algo invicto, que haya alguien contra quien nada pueda la suerte.

40 Cf . Sobre la providencia , nota 1.

41 Ibid. , notas 7 y 25.

42 Fueron varias las veces en que Catón se opuso a una ley, siempre propuesta para favorecer los intereses de Pompeyo y de César (cf . Plutarco, Catón el Joven , 26, 2-29, 2; 31, 1-5). Aquí, como en Epíst ., 14, 13, Séneca parece referirse concretamente a la presentada por César para distribuir Campania en lotes entre los ciudadanos indigentes (cf . Plutarco, ibid ., 33, 1-2; Dion Casio, op . cit ., XXXVIII , 3, 2-3; Suetonio, Julio César , 20, 4).

43 La tribuna de los oradores se alzaba en el extremo oeste del foro Romano, adornada con los espolones de las naves capturadas al enemigo: de ahí su nombre en latín, Rostra [los espolones]; el Arco de Fabio, situado en la parte opuesta, lo había erigido Quinto Fabio Máximo en recuerdo de su victoria sobre los alóbroges (año 121 a.C.), conservado asimismo en su cognomen , Alobrógico.

44 Publio Clodio, decidido partidario de César, se entregó a toda clase de manejos, legales o no, con tal de lograr la victoria del partido de la plebe, clase a la que había descendido voluntariamente para poder ser nombrado tribuno de ella; como tal, hizo desterrar a Cicerón, basándose en la ilegalidad de las condenas capitales con que éste había sofocado la conjuración de Catilina (cf . Sobre la ira , III , nota 238). Agitador y demagogo, murió asesinado por sus rivales.

45 Para los estoicos Hércules era modelo del hombre tan esforzado como prudente, comparable nada menos que con el ingenioso y tenaz Ulises; lejos, pues, esta imagen de la de las comedias, que lo presentaban como un bruto sin seso (versión que Séneca no tiene escrúpulos para explotar en su Apocolocintosis , ofreciéndonos un personaje bien distinto al de las dos tragedias que le hizo protagonizar, Hércules loco y Hércules en el Eta ).

46 Como Hércules, precisamente, que en uno de sus trabajos (a los que quizás alude superficialmente Séneca), yendo en busca de las manzanas de las Hespérides, se ayudó del padre de éstas, Atlas, el gigante hijo de Jápeto condenado a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste en castigo por la revuelta que con sus hermanos intentó contra los dioses.

47 Se refiere el autor al pacto secreto (año 60 a.C.) que regulaba la alianza entre Pompeyo, César y Craso (cf . Sobre la providencia , 5, 14 y notas correspondientes).

48 A esta notable cualidad apunta su nombre en griego, transcrito por vía culta al latín, adámas [indomable]; el término se aplicaba en principio y en general a cualquier materia sólida y dura (cf . Lucrecio, op . cit ., II , 447).

49 Alude Séneca a dos conocidos episodios de la invasión de Grecia por Jerjes (durante la llamada segunda guerra médica, en el primer cuarto del siglo V a.C.); según asegura Heródoto, op . cit ., VII , 34-35, ordenó dar latigazos al Helesponto y aherrojarlo con grilletes porque el mar había destruido los dos puentes de barcas tendidos sobre él. El mismo historiador (ibid ., 226, 1-2) cuenta cómo los arqueros persas lanzaban tal cantidad de flechas contra los espartanos defensores de las Termópilas, que llegaban a tapar el sol.

50 Hijo de Antígono, fue rey de Macedonia desde el año 306 al 282 a.C. En el curso de la incesante guerra que fue su reinado se ganó el sobrenombre de Poliorkētḗs [Conquistador de ciudades] que Séneca glosa más abajo (6, 1): una de ellas fue Megara, en el Ática, centro comercial y cultural, cuna de una corriente filosófica.

51 Uno de los representantes de la escuela de Megara, discípulo de Diógenes y maestro a su vez de Zenón (cf . Diógenes Laercio, VII , 24), el fundador del estoicismo a quien sin duda inculcó su teoría de que el bien supremo radica en la impasibilidad del espíritu, la tan estoica apáteia . En su calidad de precursor, pues, Séneca le concede incluso la palabra (6, 3-7), después de referir esta anécdota suya bien conocida (cf . Diógenes Laercio, II , 115).

52 Séneca utiliza los hechos de Alejandro Magno como ejemplos normalmente negativos, de falta de dominio y de crueldad (cf . Ch. Favez, «Alexandre le Grand vu par Sénèque», Palaeologia 7 (1958), págs. 107-110; pero quizás oculten un velado ataque a Nerón, cf . M. Coccia («Seneca e Alessandro Magno», Vichiana 13 (1984), págs. 12-25); positivos, raras veces (cf . Sobre la ira , II , 23, 2-3). En ésta lo nombra como conquistador de una ciudad cuyas gigantescas murallas fueron famosas no sólo por sus jardines colgantes: Babilonia, capital de la antigua Caldea.

53 La de Publio Cornelio Escipión Emiliano, el hijo de Lucio Emilio Paulo adoptado por la familia Cornelia (circunstancia que recuerda su segundo cognomen ) que representó un papel protagonista en la Roma republicana, no sólo por haber acabado con Cartago (año 146 a.C.) y tomado Numancia doce años más tarde, sino por los nuevos aires helenizantes que insufló en las artes y las letras romanas.

54 Roma fue conquistada y saqueada en el año 387 a.C. por los senones, una de las tribus galas que se habían asentado en las llanuras del Po; como casi toda la población había huido de la ciudad, fue fácil para ellos tomarla, incluyendo la fortaleza del Capitolio, digan lo que digan las anécdotas con las que los romanos quisieron velar este desagradable episodio de su historia (cf . Tito Livio, op . cit ., V , 47-49, 7).

55 Vale por decir los ciudadanos romanos, caracterizados por el vestido nacional, la toga. En cuanto a las zancadillas entre ellos mutuas, no será la única ocasión en que Séneca aluda a los testimonios falsos, los juicios amañados y otras lindezas propias del foro (cf ., por ejemplo, Sobre la ira , II , 7, 3; 8, 2; III , 2, 1, etc.), así como a los estafadores y los cazadores de herencias (cf . Sobre la brevedad de la vida , nota 476).

56 Ya que todos los certámenes atléticos se celebraban en honor de algún dios; precisamente uno de ellos, aunque menor, Pólux, era experto en el arte que menciona Séneca, el pugilato, practicado a las veces con los puños protegidos por guanteletes metálicos.

57 Los divanes sobre los que los romanos comían recostados tenían capacidad para tres personas, de las que la de más rango o por cualquier causa más destacada ocupaba la posición central.

58 Las etimologías antiguas no se fundamentaban habitualmente sobre criterios científicos, sino más bien en la semejanza de los significantes, cuyos significados se ponían luego en relación de maneras incluso ingeniosas; en esta ocasión Séneca hace derivar contumelia [injuria] de contemptus [menosprecio] erróneamente, pues, por discutibles que sean las etimologías respectivas, lo cierto es que temno , verbo del que deriva contemptus , es una palabra de origen no latino (cf . A. Ernout y A. Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine , París, 1959).

59 Esta traducción «salta/insulto» intenta reflejar el juego original dictam /maledictam . Por otro lado, es notorio que ese travieso descaro no sólo se toleraba, sino que se instigaba también en los jóvenes esclavos favoritos (cf . Petronio, El Satiricón , 64, 5-12), que no hay que confundir con los auténticos bufones (los scurrae o copreae ), que solían ser enanos o bobos (cf ., respectivamente, Suetonio, Tiberio , 61, 6, y Séneca, Epíst ., 50, 2).

60 Las comparaciones con los niños, en tanto que inconscientes o no responsables de sus actos, son muy habituales en otros autores (cf . E. Otón, Séneca . De la cólera , Madrid, 1986, pág. 37, nota 14) y no menos en Séneca (cf . 5, 2; Sobre la ira , I , 2, 5; 12, 4; II , 11, 2, 6; Sobre la firmeza del sabio , 9, 1, etc.), para censurar las obras de los adultos: tan baladí es lo que desean poseer los niños (algunos frutos secos o monedas para fichas de sus juegos) como los mayores, que ansían tener metales valiosos y también los apreciados orbes, tableros circulares para las mesas, de madera de cedro o de limonero (cf . Plinio, op . cit ., XIII , 29; Dion Casio, op . cit ., LXI , 10, 3, según el cual Séneca llegó a poseer más de quinientos). Por otra parte, cuando los niños fingen ser magistrados remedan sus atavíos (la toga praetexta , blanca y orlada con una franja púrpura) y sus insignias (las fasces , haces de varas con un hacha en medio portados por unos subalternos llamados lictores ).

61 Cf . Sobre la providencia , nota 34.

62 Recuerda Séneca una sentencia de su maestro Papirio Fabiano (la recoge Séneca el Viejo, op . cit ., II , 1, 11) que contraponía también la protección teórica al peligro real: en efecto, las pésimas condiciones de construcción de las casas de vecinos, las insulae que tanto abundaban en la populosa Roma, hacían que los desprendimientos y derrumbamientos fueran un riesgo constante para moradores y transeúntes (cf . Sobre la tranquilidad del espíritu , 11, 7). Esta inseguridad exclusiva de los edificios romanos era un lugar común en las sátiras (cf . Juvenal, Sátiras , 3, 190-196).

63 Átalo III, rey de Pérgamo, dueño de unas riquezas fabulosas y ya proverbiales entre los romanos (cf . Horacio, Odas , I , 1, 11-13), a quienes las había legado a su muerte en el año 133 a.C.

64 Hay que tener presente que la familia incluía también la servidumbre; de hecho, la palabra designaba en sus orígenes sólo el conjunto de esclavos de una casa (de famulus , «esclavo doméstico»), que podían ser numerosísimos (cf . Sobre la tranquilidad del espíritu , 8, 6).

65 Situado al sudeste del Foro, el antiguo Templo de los Dioscuros, Cástor y Pólux, había sido completamente restaurado y nuevamente dedicado por Tiberio (cf . Suetonio, Tiberio , 20); durante un tiempo formó parte del palacio imperial, pues Calígula lo incluyó en su ampliación, convirtiéndolo en vestíbulo para poder colocarse entre los dos dioses, como si fueran sus hermanos (cf . Suetonio, Calígula , 22, 2).

66 Bactriana, región que corresponde actualmente al norte de Afganistán, constituyó junto con Sogdiana una satrapía del imperio persa desde los tiempos de Ciro (siglo VI a.C.), que también anexionó al suyo el imperio de los medos, en el actual Irán (cf . Sobre la ira , III , nota 248); en cambio, los partos mantuvieron la independencia de su poderoso reino en Escitia (sur de Ucrania) desde el año 250 a.C. hasta el 226 d.C., en que se instaló en el trono un monarca sasánida.

67 Séneca no fue una excepción a la poca cuenta que de la mujer se hacía en la Antigüedad, según demuestra aquí y en otras ocasiones (cf . 1, 1; Sobre la ira , II , 30, 2; III , 24, 3, etc.). Sobre la cuestión, cf . Ch. Favez, «Les opinions de Sénèque sur la femme», Revue des Études Latines 1 (1938), págs. 335-345; pero también A. L. Motto y J. R. Clark, «Seneca on women’s liberation», Classical World 65 (1972), págs. 155-157, y C. E. Manning, «Seneca and the Stoics on the equality of the sexes», Mnemosyne 26 (1973), págs. 170-177, en cuya opinión Séneca creía, aun a nivel primario, en la igualdad entre hombres y mujeres.

68 Cuatro clases de esclavos cuyas tareas los situaban, aun transitoriamente, en una posición de superioridad respecto de sus dueños (obviamente, el peluquero, en latín cinerarius por las cenizas en que calentaba las tenacillas de rizar), o de otros hombres libres cuando pretendían entrar en la casa y hacerse anunciar al señor de ella (lo que hacía el nomenclator ), o entrar en sus aposentos: entonces ejercían su pequeño poder, molesto a las veces (cf . Sobre la ira , III , 37, 2), pero siempre venal.

69 La misma anécdota, pero con más detalles escénicos, en Sobre la ira , II , 32, 2.

70 Los astros (el sol y los planetas conocidos en la época, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) aparentemente se desplazan en dirección contraria al movimiento de las estrellas fijas en la bóveda celeste (cf . Consolación a Marcia , 18, 3 y Consolación a su madre Helvia , 6, 7).

71 Séneca proporciona en sus Diálogos bastantes citas directas o indirectas de Epicuro, que contribuyen a la edición, aunque fragmentada, de su obra perdida; ahora bien, precisamente esta sentencia (recogida con el n.° 16 en la ed. Usener) nos es suficientemente conocida por otras fuentes (Cicerón, por ejemplo, la aduce con frecuencia, cf . Del supremo bien y del supremo mal , 19, 63; II 27, 89; Disputaciones tusculanas , v, 26).

72 Filósofo estoico del siglo III a.C., discípulo de Zenón, quien fundó la escuela.

73 Es en cualquier habla un recurso corriente usar el nombre de ciertos animales como insulto, considerándolos paradigmas de algún defecto o vicio; así, la estolidez achacada al borrego hace de su nombre un sinónimo de «estúpido», tal como aparece en Plauto, El mercader , 567; Petronio, op . cit ., 57, 2, y Juvenal, op . cit ., 10, 50; el improperio que, según Séneca, testimonia Crisipo lleva el muy original añadido «de mar», quizá refiriéndose a algún animal realmente marino.

74 Sobre Cornelio Fido no tenemos más datos que los aquí proporcionados por Séneca, todo lo contrario de lo que ocurre con su celebérrimo suegro, el poeta Ovidio. Gneo Domicio Corbulón fue un afamado general bajo Claudio y Nerón, procónsul de Asia, de Armenia y de Siria. Su renombre despertó la envidia de Nerón, que lo condenó a suicidarse en el año 67.

75 Cf . Sobre la providencia , nota 25.

76 Sobrino nieto del emperador Tiberio, a quien sucedió, era y es más conocido como Calígula desde su niñez entre los soldados de su padre Germánico (cf . nota 82). Séneca sentía una profunda aversión contra él, con buenas razones (cf . Dion Casio, op . cit ., LIX , 19, 7), y lo demuestra en estos tratados (sobre todo en Ira ) a la menor ocasión, como ahora que lo describe, aunque no parece exagerar lo risible de su aspecto, que nos confirman otras fuentes (cf . Suetonio, Calígula , 50, 1-3). Séneca, sin embargo y según su doctrina, no debería ridiculizar defectos físicos, pues, aunque no constituya ofensa (cf . 16, 4), la burla no tiene justificación ninguna (cf . Sobre la ira , III , 26, 4).

77 La nobleza romana se dividía en dos clases o estamentos, el orden de los senadores (ordo senatorius) y el orden de los caballeros (ordo equester) .

78 Personaje relevante (fue cónsul ordinario en el año 46) cuya mujer, a lo que dice Séneca, fue víctima de la costumbre que tenía Calígula de escoger durante el banquete a la esposa de algún convidado, ausentarse con ella y, a su regreso, comentar sus impresiones (cf . Suetonio, Calígula , 36, 5). Movido o no por esta afrenta, cierto es que Asiático fue instigador del asesinato de Calígula, según él mismo se jactaba (cf . Tácito, Anales , XI , 1, 2).

79 Casio Quérea era un oficial de alto rango, tribuno militar (había seis por legión y la comandaban sucesivamente durante dos meses); un soldado valiente y leal (cf . su actuación en la revuelta de Germania en Tácito, Anales , I , 32, 4), pero que pidió incluso el privilegio de dar él el primer golpe de los conjurados contra el emperador y lo logró (cf . Suetonio, Calígula , 56, 2; 58, 3), irritado por las humillaciones de que le hacía objeto, dándole consignas absurdas pero malintencionadas: Venus, sobradamente conocida, o Príapo, hijo suyo y de Júpiter, el dios de la fecundidad de miembro enorme y erecto permanentemente por venganza de Juno celosa.

80 Las extravagancias de Calígula en su atavío fueron muchas (cf . Suetonio, Calígula , 52), incluyendo en ellas la variedad y uso irregular que hacía del calzado: se presentaba, por ejemplo, en público con unas hogareñas sandalias (cf . Sobre la ira , III , 18, 5).

81 Este personaje, por otra parte desconocido, debía de tenerse por íntimo de Calígula cuando lo saludó por su praenomen solo.

82 El apodo de Calígula le venía de las botas militares (caligae) que desde pequeño le fueron confeccionando a medida los soldados de su padre (cf . Tácito, Anales , I , 41; Suetonio, Calígula , 9); con razón, pues, lo llama así un veterano centurión (primipilo, esto es, el de mayor antigüedad y rango en una legión); por otra parte, aunque Calígula efectivamente usaba a las veces coturnos (el calzado de los actores trágicos, de alza exagerada), aún le duraba su vieja afición a las caligae (cf . Suetonio, loc . cit . en nota 80).

83 Sócrates fue ferozmente ridiculizado por su contemporéneo Aristófanes en la comedia Las nubes , y aparecía en las de otros comediógrafos (cf . Sobre la vida feliz , 27, 2) rivales de Aristófanes, como Amipsias y Éupolis, aunque no haya total certeza sobre cómo era tratado en ellas su personaje (cf . A. Lesky, Historia de la literatura griega , Madrid, 1976, págs. 452-453, y 462). Aún mucho más incierta es la realidad de la tradición sobre el carácter insufrible de Jantipa, esposa de Sócrates y madre de sus tres hijos, tradición plagada de anécdotas como esta que menciona Séneca (cf . P. Grimal, Sénèque . De constantia sapientes . Commentaire , París, 1953, pág. 99).

84 Filósofo discípulo primero de Gorgias, luego de Sócrates, y a su vez maestro de Diógenes, con lo que pasa por fundador o precursor de la escuela cínica.

85 Cibeles, la Gran Madre, era efectivamente una diosa importada del Asia Menor, donde se le rendía culto en ciertos lugares como el Monte Ida, en Frigia (al noroeste del Asia Menor). Esta respuesta de Antístenes está recogida por Diógenes Laercio, VI , 1.

SOBRE LA IRA

LIBRO I

Solicitaste de mí, Novato, 86 que escribiera de qué manera podía amansarse [1 ] la ira, y me parece que no sin razón has temido mucho este sentimiento en particular, el más abominable y violento de todos. Pues en los demás hay algo de calma y placidez, éste está totalmente lanzado y en plena acometida, rabiando del bien poco humano deseo de dolor, de armas, de sangre y de suplicios, despreocupado de sí mismo mientras haga daño a otro, arrojándose incluso sobre las propias lanzas y ávido de una venganza que va a arrastrar consigo al vengador.

Así pues, algunos de los hombres sabios calificaron la ira de locura [2] transitoria; 87 pues al igual que ella no tiene dominio de sí misma, olvidada del decoro, desmemoriada de sus obligaciones, tenaz y obstinada en lo que ha empezado, cerrada a la razón y a los consejos, exasperada por motivos banales, incapaz de discernir lo justo y lo verdadero, del todo parecida a las ruinas que caen destrozadas sobre aquello que aplastaron. Además, para saber que no están cuerdos aquellos a quienes [3] posee la ira, atiende a su aspecto: en efecto, lo mismo que son in dicios ciertos de los enajenados el rostro provocador y amenazador, el ceño sombrío, la expresión siniestra, el andar acelerado, las manos inquietas, el color demudado, los suspiros frecuentes y exhalados con excesiva vehemencia, los mismos síntomas son los de los airados: arden [4] y centellean sus ojos, un intenso rubor se extiende por todo su rostro cuando les sube hirviente la sangre desde lo hondo de las entrañas, sus labios se mueven, sus dientes se aprietan, se erizan y levantan sus cabellos, su respiración forzada y jadeante, el chasquido de sus articulaciones al retorcerse, los gemidos y los bramidos, y un habla entrecortada de palabras incomprensibles, y las manos golpeadas una con otra con frecuencia excesiva, el pataleo de sus pies sobre el suelo, el cuerpo todo agitado, que exhala las arrogantes amenazas de la ira, 88 la expresión repelente a la vista y horrenda de los que se descomponen y se hinchan (no puedes saber qué es más este vicio, detestable o degradante).

[5] Los demás es posible esconderlos y alimentarlos en secreto: la ira se revela y se exterioriza en la expresión y cuanto más profunda es, tanto más manifiestamente bulle. ¿No ves que en todos los animales, al tiempo que se alzan para hacer daño, hay señales precursoras y sus cuerpos se alejan totalmente de su aspecto normal y pacífico, y estimulan [6] su ferocidad? Espumean las mandíbulas del jabalí, sus dientes se afilan refrotándose, los cuernos de los toros embisten al vacío y la arena se esparce con el golpeteo de sus pezuñas, los leones rugen, a las serpientes irritadas se les hincha el cuello, la mirada de los perros rabiosos es sombría: ningún animal es tan horrendo y tan pernicioso por naturaleza para que no se manifieste en él, en cuanto lo invade la ira, [7] un acceso de ferocidad renovada. Y no ignoro que también los demás sentimientos a duras penas se ocultan, que la lujuria, el miedo y la temeridad ofrecen síntomas propios y pueden preverse; pues ninguna agitación nos penetra con tanta violencia que no altere nada en nuestro rostro. ¿Cuál es, entonces, la diferencia? Que los demás sentimientos surgen, éste sobresale.

[2 ] Y si ahora quieres atender a sus efectos y estragos, ninguna otra calamidad ha costado más cara al género humano. Verás asesinatos y venenos e incriminaciones mutuas de los reos, y descalabros de ciuda des y exterminios de naciones enteras y cabezas de príncipes a la venta en subasta pública, antorchas lanzadas dentro de los edificios e incendios no restringidos al interior de las murallas, sino inmensas zonas de las comarcas reluciendo por la llama enemiga. Observa los cimientos [2] a duras penas visibles de ciudades celebérrimas: las arrasó la ira. Observa los desiertos abandonados sin habitantes en un radio de muchas millas: los despobló la ira. Observa a tantos caudillos conservados en el recuerdo como ejemplos de un mal hado: a uno la ira lo pasó a cuchillo en su alcoba, a otro lo golpeó aun amparado por los derechos inviolables del huésped, a otro lo despedazó aun amparado por los tribunales y por la mirada del foro abarrotado, a otro lo obligó a derramar su sangre en el parricidio de su hijo, a otro a desnudar para una mano esclava su cuello real, a otro a descoyuntar sus miembros en una cruz. Y hasta aquí te estoy refiriendo suplicios individuales: ¿qué sería si, [3] dejando a aquéllos contra los que se inflamó la ira por separado, te apeteciera observar asambleas aniquiladas por la espada y la plebe pasada a cuchillo por la soldadesca azuzada contra ella, y poblaciones enteras condenadas a muerte en una catástrofe común ***? 89

*** como rehusando nuestros cuidados o menospreciando nuestra [4] autoridad. ¿Qué? ¿Por qué razón la gente se aíra con los gladiadores, y tan injustamente que considera un ultraje el hecho de que no mueran de buen grado? Cree que la menosprecian y, con sus rostros, gestos y pasiones, de espectadora se convierte en adversaria. 90 Todo lo que [5] es así no es ira, sino casi ira, tal como la de los niños que, si se han caído, quieren que el suelo reciba azotes, y a menudo ni siquiera saben por qué se aíran, sino que sencillamente se aíran, sin motivo y sin ultraje, pero no sin cierta suerte de ultraje ni sin cierto deseo de castigo. Así pues, los engañan con la simulación de los golpes y los aplacan con las lágrimas fingidas de quienes les suplican y con una venganza falsa acaban con un dolor falso.

[3 ] «Nos airamos a menudo —dice— no con aquellos que nos han perjudicado, sino con los que se disponen a perjudicamos: para que sepas que la ira no nace del ultraje.» Es cierto que nos airamos con los que proyectan perjudicarnos, pero con el mero pensamiento nos perjudican [2] y quien se dispone a hacer un ultraje ya lo está haciendo. «Para que sepas —dice— que la ira no es un deseo de castigar, los más débiles a menudo se aíran con los más poderosos y no ansían un castigo que no esperan». En primer lugar, hemos dicho que es deseo de aplicar el castigo, no facultad; ahora bien, los hombres también ansían lo que no pueden. En segundo lugar, nadie hay tan humilde que no pueda esperar el castigo del hombre más encumbrado: 〈todos〉 somos capaces de hacer daño.

[3] La definición de Aristóteles no se aparta mucho de la nuestra, pues afirma que la ira es el deseo de devolver el dolor. 91 Resulta inacabable exponer con detalle qué diferencia hay entre esta definición y la nuestra. En contra de ambas se arguye que las fieras se aíran sin estar irritadas por un ultraje ni con vistas al castigo o al dolor de otros; en [4] efecto, aunque los logren, no los pretenden. Pero hay que aclarar que las fieras carecen de ira, y todos los seres salvo el hombre; en efecto, aun cuando es enemiga de la razón, no nace en ninguna otra parte más que donde está el asiento de la razón. Las fieras tienen impulsos, rabia, fiereza, impetuosidad, no ira, de hecho, como tampoco lujuria, [5] y respecto a ciertos placeres son más inmoderadas que el hombre. No tienes por qué creer a ese que dice:

Ya el jabalí no sabe airarse ni fiarse la cierva

de su carrera ni el oso atacar a las reses robustas. 92

Airarse lo dice por arrojarse, abalanzarse; airarse, de hecho, no saben [6] más que perdonar. Los animales irracionales carecen de sentimientos humanos, pero sí tienen algunos impulsos similares; de otra forma, si en ellos cupieran el amor y el odio, cabría también la amistad y el rencor, la discordia y la buena armonía; de éstos también quedan en ellos algunos vestigios, por lo demás son bienes y males exclusivos de los corazones humanos. A nadie más que al hombre se le ha concedido la [7] precaución, la previsión, la atención, el pensamiento, y no sólo de las virtudes humanas están excluidos los animales, sino también de los vicios. Toda su configuración, tanto por fuera como por dentro, es distinta de la humana. La facultad regente y principal 93 está organizada de otra manera. Así como ciertamente tienen voz, pero ininteligible y confusa e incapaz de la palabra, así como tienen lengua, pero trabada y nada suelta para los diversos movimientos, igual tienen la propia facultad principal poco sutil, poco desarrollada. Luego capta las figuras y las formas de las cosas que lo incitan al ataque, pero turbias e imprecisas. De ahí que sus acometidas y enfados sean violentos, por el contrario [8] no hay en ellos miedos ni preocupaciones, tristeza ni ira, sino algo similar a eso; por ello, en seguida se calman y pasan al extremo contrario y, cuando ya se han enfurecido o asustado violentísimamente, dan en pacer, y a los bramidos y carreras alocadas les siguen de súbito la calma y el sopor.

Ha quedado bastante explicado qué es la ira. Está claro en qué [4 ] difiere de la iracundia: en lo mismo que el beodo del bebedor y el temeroso del tímido. El airado puede no ser iracundo; el iracundo puede a las veces no estar airado. Los demás matices que entre los griegos [2] distinguen la ira en clases con numerosos nombres, como entre nosotros no tienen un término adecuado, los omitiré, aunque nosotros decimos amargado y agrio, no menos que bilioso, rabioso, quejoso, insufrible, áspero, calificativos que son en conjunto las variedades de la ira; entre ellos puedes incluir puntilloso, una refinada especie de iracundia. 94 Pues algunas iras hay que se quedan en los gritos, otras no [3] menos porfiadas que frecuentes, otras sañudas en sus obras, en sus palabras, más moderadas, otras desahogadas con la amargura de las palabras insultantes; algunas no pasan más allá de las quejas y las envidias, otras son profundas y enconadas y reconcentradas en las entrañas. Otras mil clases hay de este mal multiforme.

[ 5] Hemos indagado qué es la ira, si corresponde a algún animal otro que el hombre, en qué difiere de la iracundia, cuántas son sus clases; indaguemos ahora si la ira es conforme con la naturaleza, 95 si es útil y aprovechable en alguna medida.

[2] Se hará evidente si es conforme con la naturaleza, si examinamos al hombre. ¿Qué hay más amable, mientras se mantiene en su estado de ánimo normal? En cambio, ¿qué hay más cruel que su ira? ¿Qué, más amante de sus semejantes que el hombre? ¿Qué, más hostil que su ira? El hombre ha nacido para la ayuda mutua; la ira, para el exterminio; él quiere agruparse, ella separar; él beneficiar, ella perjudicar; él socorrer incluso a los desconocidos, ella acometer incluso a los más queridos; él está dispuesto a desvivirse por la conveniencia de otros, ella a arrojarse [3] al peligro, con tal que los arrastre consigo. Luego ¿quién desconoce más la naturaleza que quien a su obra óptima y más perfeccionada le atribuye este vicio fiero y pernicioso? La ira, como hemos dicho, es ávida de castigo: que este deseo sea innato en el muy pacífico pecho del hombre no es en absoluto conforme con su naturaleza. Pues la vida humana está fundada en los favores y en la armonía, y no por el terror, sino por el mutuo amor se obliga a la alianza y a la ayuda recíproca.

[6 ] «¿Entonces, qué? ¿No es preciso a veces un correctivo?» ¿Cómo no? Pero sin ira, con lógica, pues no daña, sino que cura bajo la apariencia de dañar. De la misma manera que ponemos al fuego, para enderezarlas, unas varas retorcidas y, clavándoles cuñas no para quebrarlas sino para ensancharlas, las machacamos, así los temperamentos pervertidos por el vicio los enderezamos con el dolor del cuerpo y del [2] espíritu. Sin duda, el médico en los achaques leves primero intenta no modificar mucho de las costumbres cotidianas y poner orden a las comidas, bebidas y ejercicios, y fortalecer la salud cambiando un poco el régimen de vida. Lo siguiente es que la moderación sea eficaz. Si la moderación y el orden no son eficaces, elimina y recorta algunos extremos; si tampoco responde a esto, prohíbe los alimentos y aligera el cuerpo con el ayuno; si los métodos más blandos resultan un fracaso, saja las venas y pone la mano en los miembros, si por mantenerse unidos perjudican y propagan la enfermedad; y no le parece duro ningún [3] tratamiento cuyos efectos sean saludables. De este modo conviene que el guardián de las leyes y gobernador de la ciudad se cuide de las mentes con palabras, y éstas bien suaves todo el tiempo que pueda, de manera que las convenza de lo que han de hacer y despierte en sus espíritus el deseo de honradez y justicia y les inspire la aversión por los vicios, el aprecio por las virtudes; que pase luego a un discurso más severo, con el que pueda aún advertir y reprender; por último, que recurra a los castigos, y éstos aún leves y revocables; que imponga la máxima pena a los máximos crímenes, de modo que no muera nadie sino el que sea conveniente que muera, incluso para él, que muere. Sólo será diferente [4] a los que medican en que ellos proporcionan un final fácil a quienes no han podido otorgar la vida, éste expulsa de la vida con deshonor y humillación pública a los condenados, no porque se complazca con el castigo de nadie (pues está lejos del sabio una fiereza tan inhumana), sino para que sean escarmiento de todos y, puesto que en vida no quisieron ser útiles, el Estado saque provecho al menos de su muerte.

Luego la naturaleza del hombre no es amante del castigo; por eso tampoco es conforme con la naturaleza del hombre la ira, porque es amante del castigo. Y aduciré un argumento de Platón (pues ¿en qué [5] perjudica servirse de lo ajeno en la parte en que es nuestro?). «El hombre bueno —dice— no causa daño.» 96 El castigo causa daño; luego con el bueno no concuerda el castigo y por lo mismo tampoco la ira, porque el castigo concuerda con la ira. Si el hombre no se alegra con el castigo, no se alegrará tampoco con ese sentimiento para el que el castigo es motivo de placer; luego la ira no es natural.

¿Es que, por más que la ira no sea natural, hay que asumirla, puesto [7 ] que a menudo ha sido útil? Levanta los ánimos y los estimula, y sin ella la bravura no hace nada extraordinario en la guerra, si no se ha infiltrado una llama procedente de ella ni este acicate ha sobreexcitado y enviado a los peligros a los audaces. Así pues, algunos piensan que lo mejor es entibiar la ira, no erradicarla, y, una vez eliminado lo superfluo, limitarla a una medida saludable, para conservar aquello sin lo cual decaerá la acción y el poder y la pujanza del espíritu se desvanecerán. En primer lugar, cerrar el paso a lo pernicioso es más fácil que [2] gobernarlo, y no admitirlo, más que regularlo una vez admitido; en efecto, cuando ya se ha plantado en sus posesiones, es más poderoso [ 3] que su gobernador y no consiente verse recortado ni disminuido. Después, la propia razón, a la que se encomiendan las riendas, es poderosa tanto tiempo como se está apartada de los sentimientos; 97 si se mezcla con ellos y se corrompe, no puede contenerlos, y los habría podido rechazar. Pues la mente, sólo con una vez que se vea trastornada y [4] removida, se hace esclava de lo que la empuja. Los inicios de algunas cosas están bajo nuestro dominio, su continuación nos arrastra con su fuerza y no deja que nos hagamos atrás. Como los cuerpos arrojados a una sima no tienen ningún control sobre sí mismos y, tras ser despeñados, no han podido detenerse o frenarse, sino que la imparable caída ha truncado cualquier decisión y arrepentimiento, y no les es posible no ir allí a donde no acudir les habría sido posible, igualmente al espíritu, si se precipita a la ira, al amor y a otros sentimientos, no se le permite refrenar su impulso; es natural que lo arrastren y lleven al fondo su peso y la condición torcida de sus vicios. 98

[8 ] Lo mejor es despreciar sin rodeos el primer incentivo de la ira y combatir sus propios gérmenes y hacer un esfuerzo para no caer en la ira. En efecto, si empieza a llevarnos de través, resulta difícil el regreso al estado normal, puesto que no queda razón ninguna allí donde sólo una vez un sentimiento se ha introducido y nuestra voluntad le ha otorgado algún derecho: hará del resto lo que quiera, no lo que le permitas. [2] En los puestos fronterizos hay que hacer retroceder al enemigo; en efecto, cuando ha penetrado y se ha metido por las puertas, no admite reglas de parte de sus prisioneros. Pues el espíritu no está desapegado y no otea desde fuera los sentimientos, para no consentirles avanzar más allá de lo conveniente, sino que él mismo se convierte en sentimiento y por eso no puede restablecer aquella fuerza suya útil y [3] eficaz, tras ser rendida y después debilitada. Pues, como he dicho, éstos no tienen sus sedes separadas y apartadas, sino que sentimiento y razón son mutaciones del espíritu a mejor o a peor. Entonces ¿cómo la razón que ha cedido a la ira resurgirá, si está ocupada y oprimida por los vicios? ¿O de qué manera se liberará de la confusión en la que predomina una [4] mezcolanza de lo peor? «Pero algunos —dice— se reprimen en medio de su ira.» ¿De tal manera que entonces no hacen nada de lo que les dicta la ira, o sí hacen algo? Si no hacen nada, es evidente que no es necesaria para sus actividades la ira, a la que vosotros, como si tuviera algo más fuerte que la razón, invocabais. Pregunto yo, en fin: ¿es más [5] vigorosa que la razón o más débil? Si más vigorosa, ¿cómo podrá imponerle la razón un límite, cuando no suelen obedecer más que los seres desvalidos? Si es más débil, sin ella se basta por sí misma la razón para el logro de sus fines y no echa de menos la ayuda de otro más desvalido. «De todos modos, algunos airados mantienen el equilibrio y se [6] reprimen.» ¿En qué momento? Cuando ya la ira se ha disipado y ha decaído espontáneamente, no cuando está en plena ebullición, pues entonces es más poderosa. «¿Pues qué? ¿Es que incluso en medio de su [7] ira no dejan marchar incólumes e indemnes a quienes odian, y además se abstienen de perjudicarlos?» Lo hacen: ¿en qué momento? Cuando otro sentimiento ha contraatacado a este sentimiento y bien el miedo, bien el ansia, han logrado algo. No se ha calmado en ese instante por influjo de la razón, sino por el inestable y perverso pacto entre los sentimientos.

Además, no tiene en sí misma nada útil ni estimula el espíritu [9 ] para las hazañas bélicas; pues nunca debe ser asistido por el vicio el valor, satisfecho consigo mismo. Cada vez que le hace falta un empuje, no se aíra sino que se yergue y, según piensa que le hace falta, se excita y se relaja, no de otra forma que los proyectiles que son disparados mediante catapultas están bajo el dominio del que los lanza en lo referente a la distancia a que son catapultados. «La ira [2] —dice Aristóteles— es necesaria y sin ella nada se puede conquistar, si no llena ella el ánimo y el espíritu enardece; ahora bien, hay que servirse de ella no como general sino como soldado.» 99 Lo cual es falso; en efecto, si escucha a la razón y sigue por donde la conduce, ya no es ira, cuya característica es la obstinación; si por el contrario planta cara y no se aquieta cuando se le ha ordenado, sino que avanza según su capricho y su ferocidad, es un asistente del espíritu tan inútil como el soldado que desoye la señal de retirada. Así pues, [3] si consiente que le impongan un límite, hay que llamarla con otro nombre, ha dejado de ser ira, que yo entiendo desenfrenada e indomable; si no lo consiente, es perniciosa e indigna de ser contada entre [4] los auxiliares: así, o no es ira, o es inútil. En efecto, si alguien exige un castigo sin mostrarse ávido del castigo en sí, sino porque es conveniente, no hay que contarlo entre los airados. Éste será el soldado útil, el que sabe obedecer una consigna; los sentimientos, de hecho, son tan malos asistentes como generales.

[10 ] Por esto la razón nunca aceptará para socorrerse los impulsos imprudentes y violentos sobre los que no tenga ella ninguna autoridad, a los que nunca pueda reprimir si no les opone unos parecidos y similares a ellos, como a la ira el miedo, a la indolencia la ira, al temor el [2] ansia. ¡Manténgase lejos de la virtud esta desgracia, de modo que la razón nunca se refugie en los vicios! Un espíritu así no puede conseguir un reposo duradero, es inevitable que se vea zarandeado y agitado el que está protegido por sus desgracias, el que no puede mostrarse esforzado si no se aíra, activo si no desea, tranquilo si no teme: bajo una tiranía ha de vivir si cae en la servidumbre de algún sentimiento. [3] ¿No le avergüenza enterrar las virtudes en la clientela de los vicios? Después, deja de poder algo la razón si no puede nada sin el sentimiento, y comienza a ser parecida y similar a él. Pues ¿qué diferencia hay, si el sentimiento es un accidente irreflexivo sin la razón igual que ineficaz la razón sin sentimiento? Dos cosas son afines cuando una no puede existir sin la otra. Ahora bien, ¿quién puede sostener que el [4] sentimiento equivale a la razón? «Así —afirma—, el sentimiento es útil si es moderado.» Mejor dicho, si su naturaleza es útil. Pero si es rebelde al gobierno de la razón, con la mesura nada más conseguirá esto: perjudicar menos cuanto menor sea; luego un moderado sentimiento no es otra cosa que un mal moderado.

[11 ] «Pero contra los enemigos —dice— es necesaria la ira.» En ninguna otra ocasión menos: cuando conviene que los impulsos no sean desenfrenados, sino templados y obedientes. Pues ¿qué otra cosa hay que quebrante a los bárbaros, tan robustos de cuerpo, tan resistentes a las fatigas, sino la ira, su peor enemiga? También a los gladiadores los protege [2] su técnica, los desarma su ira. Además, ¿qué falta hace la ira, cuando lo mismo sirve la razón? ¿Piensas tú que el cazador se aíra con las fieras? Pues no: las captura cuando se le vienen encima y las persigue cuando le huyen, y todo esto lo hace la razón sin la ira. ¿Qué exterminó a tantos miles de cimbrios y teutones esparcidos por los Alpes, de tal forma que la noticia de tamaño descalabro no la llevó a los suyos un mensajero sino el eco, 100 más que el hecho de que en ellos había ira en vez de valor? Ella, tal como a las veces embiste y aplasta lo que se le pone por delante, así mucho más a menudo provoca su propia perdición. ¿Qué hay más animoso que los germanos? ¿Qué, más impetuoso [3] en la acometida? ¿Qué, más deseoso de armas, entre las cuales nacen y se nutren, que son para ellos su única preocupación, desdeñando lo demás? ¿Qué, más endurecido ante cualquier sufrimiento, hasta el punto de que, en gran parte, ellos no se han procurado algo que cubra sus cuerpos ni refugios contra el permanente rigor del clima? 101 A éstos, [4] sin embargo, los hispanos y los galos, y los hombres de Asia y de Siria, blandos para la guerra, antes de que se divise la legión 102 los aniquilan, vulnerables como son no por otra causa que su iracundia. Venga, a esos cuerpos, a esos espíritus ignorantes de los refinamientos del lujo, de la opulencia, dales reflexión, dales disciplina: por no decir nada más, nos será preciso remontarnos a las costumbres romanas. ¿Por qué [5] otro medio restauró Fabio 103 las fuerzas quebrantadas del Estado, sino porque supo contemporizar, diferir y retrasar, recursos todos que los airados ignoran? Habría perecido el Estado, que entonces se hallaba en las últimas, si Fabio se hubiera atrevido a todo cuanto le inducía su ira: tuvo en consideración la suerte común y, tras evaluar sus fuerzas, de las cuales ni una mínima parte se podía perder sin que a la vez lo arrastrara todo consigo, dejó a un lado el resquemor y la venganza, atento a un único interés y a las ocasiones: triunfó sobre su ira antes que sobre Aníbal. ¿Qué hay de Escipión? 104 ¿No dejó atrás a Aníbal y al ejército [6] cartaginés y todos los motivos para airarse, y trasladó la guerra a África, tan calmoso que daba a los maliciosos una impresión de molicie y [7] apatía? ¿Qué hay del otro Escipión? 105 ¿No estuvo asentado en torno a Numancia más y más tiempo y soportó con ecuanimidad este resquemor suyo y del Estado: que la derrota de Numancia se llevase más tiempo que la de Cartago? 106 Mientras cerca y encierra al enemigo, los [8] obligó a caer por su propio hierro. Así pues, no es la ira útil ni siquiera en las batallas o las guerras; pues es proclive a la temeridad y no se guarda de los peligros, mientras intenta provocárselos a otros. El valor más seguro es aquel que ha examinado su entorno más y más tiempo y se ha dominado y ha avanzado con precaución y determinación.

[12 ] «¿Entonces, qué? —dice—. ¿El hombre bueno no se aíra si ve golpear a su padre o raptar a su madre?» No se airará, sino que los vengará, los defenderá. ¿Es que temes que no le sea acicate suficiente el afecto, incluso sin ira? O di de la misma forma: «¿Entonces, qué? ¿Cuando vea despedazar a su padre o a su hijo, el hombre bueno no llorará ni perderá el sentido?». Estos accidentes vemos que les suceden a las [2] mujeres, cada vez que la sospecha de un ligero peligro las perturba. El hombre bueno prosigue con sus tareas impertérrito, intrépido; y hará cosas dignas de un hombre bueno, de forma que no hace nada indigno de un hombre sin más. Van a golpear a mi padre: lo protegeré; lo han golpeado: los perseguiré en los tribunales, porque es lógico, no [3] porque me duele. «Se aíran los hombres buenos por los ultrajes a los suyos.» Cuando dices esto, Teofrasto, 107 buscas el aborrecimiento contra unas normas más esforzadas 108 y, prescindiendo del juez, acudes al auditorio: como cada cual se aíra en un infortunio así de los suyos, piensas que los hombres van a juzgar que se debe hacer lo que hacen: pues por lo general cada uno juzga justo el sentimiento que ve en él. Pero [4] hacen lo mismo si no les sirven bien el agua caliente, si se ha roto un vaso, si el barro ha salpicado su calzado. El afecto no provoca esa ira, sino la inestabilidad, tal como en los niños, que llorarán tanto por la pérdida de sus padres como por la de sus nueces. Airarse por los suyos [5] no es propio de un espíritu afectuoso, sino de uno inestable; hermoso y digno es salir, guiado por el propio dolor, como defensor de padres, hijos, amigos, conciudadanos, con decisión, resolución y reflexión, no con arrebato y rabia. Pues ningún sentimiento está más deseoso de vengarse que la ira, y por eso precisamente es incapaz de vengarse. Desasosegada e insensata, como prácticamente toda ansiedad, se obstaculiza a sí misma en aquello que anhela. Así pues, ni en la paz ni en la guerra nunca fue para nada bueno: pues la paz la hace similar a la guerra, en los hechos de armas ciertamente se olvida de que Marte es de todos y cae bajo el poder de otros en tanto no está bajo el suyo propio.

Además, no hay que admitir los vicios en la práctica porque a veces [6] algo han conseguido; en efecto, también las fiebres alivian ciertas clases de indisposición y no por eso deja de ser mejor estar del todo libre de ellas: es una clase abominable de remedio el deber la salud a la enfermedad. De manera similar la ira, aunque a veces ha sido provechosa sorprendentemente, como un veneno, una caída, un naufragio, no por eso ha de juzgarse saludable, pues a menudo han sido funestos para la salud.

Además, las cualidades que hay que tener, cuanto más grandes, [13 ] tanto más buenas y apetecibles son. Si la justicia es un bien, nadie dirá que ha de ser mejor si se la despoja de algo; si la fortaleza es un bien, nadie deseará que disminuya en parte alguna. Luego también la ira [2] cuanto mayor, tanto mejor; pues ¿quién rehusará el incremento de algún bien? No obstante, es inútil que ella se acreciente; luego también que exista: no es un bien el que con su aumento se hace un mal. «Es útil [3] —dice— la ira porque hace más combativos a los hombres.» De esa forma, también la embriaguez, pues los hace descarados y atrevidos, y muchos resultaron mejores con el hierro cuando estaban poco sobrios. De esta forma di también que el frenesí y la demencia son necesarios para las fuerzas, puesto que a menudo el furor las vuelve más vigorosas. ¿Qué? ¿No ha hecho algunas veces el miedo, contradictoriamente, [4] atrevido a uno, y el temor a la muerte ha animado al combate incluso a los más apáticos? Pero la ira, la embriaguez, el miedo y otras cosas así son incentivos vergonzosos y fugaces, y no proveen de nada al valor, que no necesita nada de los vicios, sino que en cierta forma elevan un [5] poco el espíritu abúlico e indolente. Airándose no se hace más esforzado nadie salvo quien sin la ira no habría sido esforzado; así, no viene en socorro del valor, sino en su lugar. ¿Qué hay de que, si la ira fuera un bien, seguiría a los más perfectos? No obstante, los más iracundos son las criaturas y los ancianos y los enfermos, y cualquier inválido es por naturaleza quejoso.

[14 ] «No puede ser —dice Teofrasto— que un hombre bueno no se aíre con los malos.» De esa forma, cuanto más bueno, más iracundo será cada cual: mira si, al contrario, no será más pacífico y libre de sentimientos [2] y de tal índole que no tenga odio a nadie. Realmente, ¿qué motivo tiene para odiar a los malhechores, cuando su error los empuja a esos delitos? Sucede que no es propio del prudente odiar a los que yerran: de otra forma se tendría odio a sí mismo. Que medite cuántas cosas hace contra las buenas costumbres, cuántas de las que ha realizado requieren el perdón: al momento se airará también consigo mismo. Pues tampoco un juez imparcial dicta una sentencia para su propia causa [3] y otra para la ajena. No se descubrirá, digo, nadie que pueda absolverse a sí mismo y cada cual se dice inocente mirando al testigo, no a su conciencia. ¡Cuánto más humano, mostrar a los malhechores un ánimo amable y paternal, y no perseguirlos, sino redimirlos! Al que yerra por los campos por no conocer la calzada es mejor acercarlo al camino bueno, no alejarlo.

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13 ноября 2024
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1311 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788424930356
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