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Versión condensada
AGRADECIMIENTOS
DEDICATORIA
EPÍGRAFE
CONTENIDO
PREFACIO
GLOSARIO DE NUEVOS TÉRMINOS
DATOS DEL AUTOR

COVER
ARÚMEDEN
Versión condensada
© Roger Loza Tellería
Arúmeden
ISBN eBook en PDF: 078-9917-0-00983-2
ISBN eBook en ePub: 978-84-685-6468-5
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Todos los derechos están reservados. Sin el permiso previo y por escrito del autor, bajo las sanciones establecidas por ley, no se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste digital, analógico, por fotocopia, por grabación u otros medios.
AGRADECIMIENTOS
A la situación que provocó la pandemia Covid19, que me permitió estar más tiempo en casa, dedicado a revisar esta nueva versión con más detalle. Agradecimiento especial a mi editor Oswaldo Salcedo Rada, que tuvo la dura tarea de volver a corregir y finalmente editar esta versión en PDF, revisada, explicada y condensada, para que los lectores puedan llegar fácilmente al objetivo.
DEDICATORIA
A Dios que me dio a mis amados padres (+), cuya sangre literaria, les permitió inculcarme desde joven, en la lectura de grandes y pequeños literatos. A mi esposa Pochita, mis queridos hijos y a mi primer nieto Nataniel, por regalarme el tiempo familiar dedicado a su convivencia, por dejarme cavilar en esta nueva versión de Arúmeden.
EN MEMORIA DE DOS AMIGOS:
(+) Cnel. Carlos Unzueta Barrientos
(+) Físico Teórico: Mario Bravo Barbery
EPÍGRAFE
En tiempos de la cultura griega, Pitágoras afirmaba: "lo finito es perfecto y lo infinito es imperfecto", Aristóteles estaba de acuerdo y negaba ese atributo a Dios.
Para los matemáticos, infinito no es una cantidad, es más bien la ausencia de límites en una determinada dirección o a una posibilidad, una indeterminación forzada en cualquier ecuación, cuyo denominador sea una función que tiende a un límite no alcanzable, al cero.
Para la metafísica, el infinito es un concepto que no admite ningún tipo de limitación, o sea que la negación de un límite es propiamente la negación de una negación, es decir lógicamente y matemáticamente... una afirmación.
El universo es demasiado inmenso para ser medible, por eso los astrónomos han creado enormes medidores: como el año luz, parsec, etc. pero "NO ES INFINITO." (Ext. Wikipedia)
CONTENIDO
| Prefacio | |||
| Capítulo 1: | EXILIO AL NORTE AMAZÓNICO | ………………………… | 009 |
| Capítulo 2: | LLEGADA AL PUESTO CÓRLIGNI | ………………………… | 026 |
| Capítulo 3: | OCURRENCIAS DEL EXILIADO | ………………………… | 039 |
| Capítulo 4: | VISITA A LA TRIBU AMBORÍ | ………………………… | 057 |
| Capítulo 5: | CONOCE UN NUEVO AMOR | ………………………… | 071 |
| Capítulo 6: | DESTINOS CRUZADOS | ………………………… | 084 |
| Capítulo 7: | LA MISTERIOSA PANTURERE | ………………………… | 098 |
| Capítulo 8: | EN BUSCA DEL AVIÓN INTRUSO | ………………………… | 111 |
| Capítulo 9: | DESTINOS ENCONTRADOS | ………………………… | 125 |
| Capítulo 10: | EN EL CORAZON DE ARAMÍA | ………………………… | 138 |
| Capítulo 11: | PRIMERA INVASION MILITAR | ………………………… | 154 |
| Capítulo 12: | LA FALSA BATALLA AMBORÍ | ………………………… | 170 |
| Capítulo 13: | EN BUSCA DEL ILLÍRION | ………………………… | 182 |
| Capítulo 14: | REPARANDO EL HALO ADRIN1 | ………………………… | 198 |
| Capítulo 15: | SEGUNDA INVASIÓN MILITAR | ………………………… | 216 |
| Capítulo 16: | INCLUSIÓN DEL HALO/DOMBÚ | ………………………… | 236 |
| Capítulo 17: | ARÚMEDEN LXV | ………………………… | 246 |
| Glosario de términos | ………………………… | 259 | |
| Datos del autor | ………………………… | 262 | |
PREFACIO
El autor presenta su primera novela de la trilogía Arúmeden, edición 2020: revisada, explicada y condensada; atendiendo a una dilecta crítica de un renombrado escritor y experto ingeniero, quién le comentó su dificultad para entender los pormenores de la tecnología ficcional relatadas en la edición Arúmeden LXV/2016. La novela tenía que ser accesible a más lectores, debía ser ordenada y aclarada en el relato sobre los dos temas principales: el protagonista y los seres astrales.
En esta versión PDF 2020, el lector hallará explicada esta relación y hallará respuestas a preguntas, tales como: Porque el título Arúmeden LXV; ¿Quiénes son los Guardianes Astrales?; ¿Cómo llegaron al planeta?; ¿Cómo se mueven en el universo visible y no?; ¿Tienen poderes y debilidades? ¿Cuál es su misión universal?
Esta nueva edición 2020, es el resultado de un trabajo autocrítico del autor que, ha efectuado una revisión más directa a la trama para mostrarle al lector las bases técnicas, que permiten denominar a la obra como de “ciencia ficción”; porque en la primera edición, los seres energéticos astrales estaban ocultos por las vicisitudes de los actores y la investigación somera del origen de las tribus amazónicas de la zona.
El protagonista de la novela, Grenzio Moxela, es un ingeniero eléctrico jubilado, que es exiliado a la inhabitada selva amazónica del norte de La Paz, cerca de una misteriosa tribu Amborí, con características somáticas caucásicas, que mantenía por milenios, una estrecha relación con estos seres, que requerían la presencia de un experto ingeniero, para ayudarles a rearmar su nave y programar su salida al espacio sideral.
El autor, utiliza en la novela, la verídica caída de un meteorito en la zona, ocurrida entre 15.000 a 20.000 años atrás, cuyo impacto actual es apenas de 80 cm de altura y 8 km de diámetro, que es usado como sitio de impacto sesgado del aterrizaje de la nave. Cuando la nave, de forma saturnal en estado de trasmutación, efectúa el impacto sobre la zona, se parte en dos: El halo Adrin1 cae sobre un cerro cercano a la tribu Amborí y la esfera Dombú rueda hasta una cordillera cercana, donde ingresa a una cueva oculta por miles de años. Su condición de estar separados y enterrados, los torna inactivos, hasta que intensos rayos solares inciden en el halo y se activa un ciber cilíndrico multitarea, que se dedica infructuosamente a tratar de repararlo. Luego de milenios, logra construir un canal que interconecta ambas partes de la nave, pero no tienen suficiente energía y menos un extractor aéreo que alce el halo. Entonces los seres astrales preparan un plan para lograr ayuda técnica local.
Por esa razón, el protagonista, de alto nivel técnico, es ahora obligado a participar desde el primer capítulo de la novela, al recibir mensajes subliminales de estos seres, mediante sueños secuenciados, ocurrentes durante toda la travesía terrestre y fluvial, que soporta el exiliado desde las montañas andinas hasta la selva amazónica, donde le muestran cómo llegaron y el estado en que se encuentran.
El primer contacto se realiza con la llegada de Grenzio a la región, al rio Marube, que coincide con la aparición de misteriosas luces azules en la cordillera Panturere, investigados por un avión ruso MEG de última generación y despegue vertical, que desaparece misteriosamente.
La aparición del cadáver del piloto del MEG, en un cercano río a la tribu, con uniforme peruano, llevará al exiliado a conocer la tribu y tener una inesperada aventura científica y romántica.
La novela forma parte de una trilogía compuesta por relatos en tiempo pasado, presente y futuro de las visitas que estos seres a nuestro planeta, como Guardianes Siderales: Arúmeden es el relato de la llegada de estos seres y su primer contacto en el año 1975.
Transcurren 47 años y la trilogía continua bajo el título “Reliquias Acuáridas”, donde se narra el retorno de estos seres en el año 2022, cuando un joven campesino de origen aymara, (quién, no cree que sus ancestros construyeron las ruinas de Tihuanaco) descubre reliquias relacionadas con el paso de un asteroide junto a las estrellas fugaces Delta Acuáridas, cuya ruta impactará el sur del lago Titicaca. Los Guardianes preparan la defensa con la ayuda de los descendientes de Arúmeden y sus amigos, para evitar la inminente catástrofe, activando las ruinas de Pumapunku.
Transcurren otros 48 años y los Guardianes Astrales participaran, en el futuro año 2070, junto con los nietos de Arúmeden y sus amigos, en una aventura espacial bajo el título de “Genebacktone” o el Retorno del Tono Primordial, relato que se inicia con la aparición en nuestra galaxia, de un agujero negro que engullirá a la estrella Próxima Centauri y emitirá un haz concentrado de radiación XGT directamente a la Tierra.
Capítulo 1:
EXILIO AL NORTE AMAZÓNICO
La embarcación pluvial remontaba a toda máquina el inicio del navegable rio Marube; había salido temprano del puerto Gutriego, el más importante de la zona. La lancha se dirigía, cargada con alimentos, víveres y diez personas, hacia el norteño puerto Barquesi ubicado a más de 200 km del lugar, el último bastión humano residente en esa abandonada zona amazónica del norte de La Paz/Bolivia.
Un pasajero llamaba la atención entre los lugareños, era Grenzio Moxela, un caballero de unos 65 años que viajaba enmanillado y sentado en el piso, acompañado por un suboficial armado, algo normal en ese año dictatorial de 1975. Sólo el capitán del barco sabía su destino final y cuál era el tramo fluvial que tardaría entre doce a diez y ocho horas, dependiendo de las habituales paradas en poblados y haciendas ribereñas.
Grenzio no sabía dónde se encontraba, solo admiraba la ubérrima naturaleza amazónica del lugar, que le era vagamente conocida, pero no formaba parte en sus memorias como joven ingeniero electromecánico constructor de líneas de alta tensión. Sus recuerdos recientes le llevaban esa última semana en abril 1975, pasando una tranquila vida, como jubilado, en la ciudad sede de gobierno, La Paz/Bolivia; Luego, su vida se tornaba borrosa marcada por un hecho delictuoso que se entrometió en su vida transformándolo en preso político y posteriormente exiliado de la fría urbe paceña con destino desconocido en la selva amazónica que tenía ante sus ojos. El paisaje se hacía cada vez más tropical y no se veían poblaciones ribereñas, pero seguían navegando rumbo al norte.
Notó que tenía problemas para dormir, pese a la monotonía del sonido de las aguas del rio y el motor de la embarcación. Intentaba sacar de su mente una serie de sucesos fantásticos que le aparecían en sueños, donde se figuraba estar en contacto con extraños seres que moraban escondidos en cavernas en medio de una floresta impenetrable.
Pasaron horas en su tedioso viaje fluvial y cuando llegó la noche, se preparó para recostarse sobre el piso de la embarcación. Apenas se durmió, sintió una descarga eléctrica que lo tensó de pies a cabeza y le hizo vislumbrar una lluvia de luces mientras trataba de recobrar su lucidez.
En su sueño, era de día y estaba parado sobre una especie de mirador situado en un promontorio alto rodeado por una ubérrima selva tropical. Grenzio contemplaba la naturaleza sobre un antepuesto amplio alar hecho con hojas secas de palma, sostenidas por un dintel.
El promontorio rocoso, presentaba una forma tronco piramidal con su base rayada por arcilla y vetas minerales cubiertas en casi todo su alrededor, por una tupida maleza espinosa que lo hacía inexpugnable. Grenzio, notó que el lugar se hallaba descuidado, recubierto por desordenadas lianas y hierbas crecidas desde tiempo atrás.
La ropa que llevaba puesta, era un conjunto pantalón recortado y una camisa cerrada sin mangas sujetos por una tira en la cintura, era de hechura nativa y en tela parecida al algodón.
Entonces tomó la decisión de observar detalladamente el mirador: notó que el piso estaba bien nivelado, armado con listones de madera pulida; Alguien había trabajado la madera y no existían aserraderos en esa zona salvaje. Aunque soñaba, no se desesperaba por salir del lugar o volver a su realidad y siguió revisando el lugar, que finalmente no le llevada a nada. Repentinamente, algo brilló en el alejado rincón Norte, se acercó y divisó una abertura circular tapada por ramas secas; las sacó y llegó hasta el borde donde sobresalía una escalera de madera finamente diseñada; Se sobresaltó y no quiso despertar o huir del lugar.
Decidió ingresar por ese lugar, comprobando que la escalera era vertical y bajaba hacia el interior que estaba casi oscuro, cómo si esa entrada estuviera cuidadosamente colocada para no ser vista, a no ser que la luz solar llegara en pleno. Bajó por la escalera cuatro peldaños y el recinto se iluminó un poco, sorprendiendo a Grenzio.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la tenue luz pudo distinguir, una sala de comando en un ambiente cilíndrico, con paredes cubiertas por placas y bloques circuitales, que emitían una tenue luz azul en emergencia ¡no se veía una sola ventana!, las placas rodeaban todo el recinto. Le recordó a un centro de control y operación de turbinas, que había visto en centrales hidroeléctricas, pero notablemente ultramoderno formando: una completa cinta anular
Notó, que el piso ya no era de madera, al contrario, parecía un metal dorado suave pero traslúcido. Dio varias vueltas a su alrededor y entonces, sintió que pisó algún detector, porque apareció un extraño artilugio que lo bañó en profusa luz roja y en la sala se escuchó una monosilábica voz electrónica, que le anunció con firmeza:
“¡Identifíquese criatura humana!, ponga una mano sobre el escáner que tiene al frente —Grenzio obedeció y la sala tenue se iluminó completamente elevando tres veces su nivel. Las instrucciones prosiguieron hasta que se escuchó un resumen: Identificado hombre terrenal ACI5107-4, llamado Grenzio Moxela, tiene alta formación técnica, coeficiente intelectual 164. El nivel técnico extractado de su mente indica amplio conocimiento científico, mucho más elevado que el último visitante, que logró tener acceso al mirador —Entonces, rayos de luz rojiza le envolvieron y escanearon todo su cuerpo por cinco minutos.”
“¡No presenta enfermedades! Iniciaremos siguiente paso para enseñanza virtual del comando y control del halo, en fase operativa nivel uno. Saludos hombre terrenal, como has sido calificado y aceptado, mostraré en pantallas, grabaciones antiguas similares, en que se abrieron mis circuitos detectores de inteligencia humana, para buscar algún ejemplar que pudiera servirnos como asistente técnico”
Grenzio vio un calendario anual del año 957 y el ingreso a la sala de control de cuatro guerreros exploradores incaicos que, enloquecidos por el descubrimiento del dorado tesoro, tocaban ventanas y paredes para extraer alguna de las placas. Casualmente uno de ellos tocó por curiosidad el escáner, el análisis dio nivel mínimo en conocimiento técnico para un aborigen incaico. Entonces la sala giró y el grupo de intrusos fueron engullidos por un gusano cilíndrico metálico que los llevó a la terraza y los arrojó fuera del cerro mirador; el recinto se apagó.
Seguidamente, la pantalla mostró el año 1592, cuando llegó un caballero español de barba puntiaguda, un Adelantado que tenía la cabeza y el cuerpo cubierto con un caparazón metálico, venía acompañado por cinco lanceros. Todos gritaban exaltados al creer que había hallado el famoso tesoro de la leyenda de El Dorado.
Pronto apareció la consabida luz roja del escáner, que les pareció una aparición diabólica, mientras se escuchaba una gran voz que les decía, que su inteligencia y conocimientos técnicos eran míseros. Entonces, se abrió la compuerta del techo para que salgan los conquistadores, pero no lo hicieron; empezaron a punzar con sus lanzas el duro material del halo dorado hasta que la espada del Adelantado quedó partida en dos y apareció el gusano que aspiró a los seis hombres y les arrojó fuera de la sala y la compuerta circular se cerró.
Pasaron otros 260 años, entonces apareció a mediados del año 1852, un caballero que tenía la pinta de un barbudo explorador, ataviado con casco, pantalón corto y camisa caqui, botas de cuero con amarres varios. Éste, llegó acompañado, por tres aborígenes que portaban teas llameantes; le llamaban señor C’Orligni y éste despotricaba contra ellos en idioma francés y les pedía sacar pedazos dorados de pantallas y paredes. Cuando apareció el escáner, el explorador entendió que debía colocar su mano y colocó la izquierda, porque la derecha sostenía su punzante espada, lista para matar al intruso artilugio. Cuando consiguió acertar, salió la luz rojiza que felizmente no le asustó. El famoso explorador miraba hipnotizado al origen del rayo rojizo y así fue escaneado; el resultado, dio un buen nivel de conocimiento geográfico y literario, pero nada técnico, entonces se inició la salida programada para intrusos y estos fueron expulsados de la sala y de la terraza; la pantalla se apagó.
Las luces elevaron su nivel y apareció una especie de silla levitante, que se movió hasta llegar al lado de Grenzio y cuando éste se sentó, brazos tubulares emergieron y le cubrieron la cabeza con un casco y fue llevado al panel de control principal, donde se veía una serie de controles especiales que lo rodearon completamente. Al mismo tiempo una cara cuasi humana apareció en la pantalla y se abrió una horrenda boca digitalizada que mostraba dientes acerados para despedazarle y tragarle.
Grenzio quiso salir de esa situación y agitó los brazos desesperadamente para salir de la sala y ésta desapareció; se hallaba caído sobre cubierta, rodeado por un atardecer. La lancha estaba amarrada cerca de un puesto de control militar; todos los pasajeros bajaban a identificarse y luego volvían a la embarcación.
Su guardia le miró tristemente y le dijo que se estaba volviendo loco; le pidió bajar a tierra, donde vería un médico para que le dé alguna medicación y no tenga tantas pesadillas. Pasado el control, un médico le auscultó y lo encontró bien de salud, aunque su estado anímico muy agitado, producto de actividad cerebral extra; le hizo tragar dos pastillas y le puso otras dos en su bolsillo para otra ocasión similar.
No quería descansar, ni dormir, pese al calor y la fatiga del viaje, pero pudo más su ciclo circadiano descompuesto y se durmió nuevamente, para despertar en la misma sala de comando y ante la misma horrenda cara, que ahora se dirigía específicamente a él:
—“Hombre terrenal ACI5107-4, no se asuste, concéntrese en mi cara que es una expresión de su mente, me puede llamar Adrin1. ¿Cómo se encuentra? Iniciare una prueba, antes de instruirle con modos operativos básicos para activar esta sala de control. Necesito analizar si puede ayudarnos a reparar este halo, que es parte de nuestra nave brixiónica”
Entonces, Grenzio reaccionó cansado de tanta información desconocida y fantástica que soñaba y se atrevió a participar.
—No entiendo nada; me llamo Grenzio Moxela, estaba navegando por el gran rio Marube y ahora me hallo, nuevamente, en esta extraña sala hablando con una pantalla ¿Estoy o no estoy en medio de un sueño? Mi mente desvaría y mi memoria está alterada. ¿Cómo es que llegué aquí? ¿De qué prueba y ayuda me habla?
—“Todas sus preguntas, serán contestadas tan pronto logremos integrar su memoria a un nivel técnico aceptable. Pero puede estar seguro, que usted, Grenzio Moxela, está soñando y además está en el sitio y en el momento indicado; Ha llegado a tiempo para participar en la recuperación de nuestra nave para retornar al espacio.”
— ¿En el sitio y momento indicado? —Preguntó Grenzio— algo en mi interior, me dice que no tenga miedo ni temor a lo desconocido, menos a la aparición de seres extraños. Mi mente es puntual y sé que me encuentro ante algo inexplicable, que no pertenece a mi planeta.
—“Por eso será llamado Arúmeden, descubridor de lo oculto. Explico y le muestro en pantalla el sitio donde se encuentra”
-- “Se halla en este momento, dentro de un acelerador gluónico negro cuya técnica preliminar, ya está siendo pregrabada en su mente.”
—Pese a mi condición de ingeniero, no entiendo nada de lo que sucede —replicó Grenzio— aunque estén en mi mente grabando esta información, me niego a seguir sin antes saber ¿Quiénes son ustedes?
— “Respondo puntualmente: somos seres atemporales, arribados a su planeta hace miles de años, en una nave con forma del planeta que llaman Saturno: Una esfera energética donde yace nuestro Guardián Astral, rodeada por tres anillos aceleradores hadrónicos bajo mi comando. Hace 15.000 años terrenales, en medio de una batalla estelar contra fuerzas enemigas, cerca del cinturón de Orión, fuimos atingidos y para evitar nuestra destrucción, entramos automáticamente a un vector transmutador de escape, que dirigió nuestra nave para aterrizar en este planeta.”
—“Déjese llevar por sus instintos, lo colocaré en el pasado, como si estuviera en mi comando, al lado de nuestro Guardián en medio de la batalla estelar, empieza la visión mental para tras gnosis neurotrónica…”
Grenzio, sin que pudiera preguntar algo más detallado del suceso inicial, contempló una visión que parecía una batalla espacial entre naves cúbicas moradas de tamaños segregados, contra esferas azules anilladas que se movían por líneas luminosas en medio de un fondo entramado formado por una inmensa red cubical con planos entrecruzados por líneas doradas, verdes, rojas y azules, que se alejaban y se acercaban o se cruzaban formando ese sistema reticulado.
Las naves cúbicas con alas triangulares disparaban ráfagas de rayos morados, que desfiguraban el natural orden del entramado. Grenzio veía en respuesta, cómo rayos dorados lanzados por la nave esférica en que se hallaba y sus similares, volvían a ordenar lo destruido.
Grenzio, que estaba bajo los efectos de la droga ansiolítica, levantó la mano para preguntar y esta acción fue observada por Adrin1.
— En el inicio de la batalla espacial, no se ve nuestro universo 3D, más bien aparece sobre un fondo bidimensional blanco o marfil, formando un entramado cúbico de todo tipo y tamaño con cuadrículas lineadas en cuatro colores ¿Qué es y qué representa cada color?
La voz del halo Adrin1 respondió “Sucintamente: rojos son los caminos energéticos de transmutación que nos transportan miles de veces más rápido que su mentada velocidad lumínica. Los colores verdes son líneas energéticas para abastecimiento de nuestras esferas y los azules son medios de comunicación.”
— Y el color dorado ¿Que función tiene? Parecía muy importante, porque reconstruía las tramas, parecía vital…
—“¡No nos está permitido informar sobre ese color dorado! —estableció Adrin1. —es una ELP, Esencia de Luz Primigenia”.
— ¿Y esa red de fondo marfilado sin estrellas, que nunca hemos observado a simple vista ni con telescopios?
—“El entramado marfil, es un estado de materia observado por ustedes, pero no entendido, definido como masa y energía negra. Posteriormente le explicaré, ahora veamos qué pasó más tarde.”
La batalla continuaba y en ella aparecían otras naves moradas tetra planares, que atacaban a los reconfiguradores de tramas. Repentinamente, dos rayos morados atingieron directamente sobre la nave de Adrin1...
En medio del caos, escuchó ordenar al Guardián ¡Transmutación ebrixiónica! y vio desaparecer en las pantallas todas las tramas cubícales, que ahora se iban transformando en planos tri-dimensionales y veía como la nave se había transformado en una esfera azulina rodeada por tres halos anulares que se disgregaron en tres órbitas planares, mientras ingresaban contra un fondo negro alumbrado por miles de estrellas y nebulosas, sin curso alguno, inmersa en una alta rotación y en pocos minutos la nave se estabilizó mostrando la conocida figura de la Vía Láctea.
Grenzio observó que el Guardián junto al sillón de mando, fueron introducidos en un protector especial y la esfera azulina soltó una cinta que se adhirió al primer halo anular y Adrin1 tomó el comando de la nave para navegar por la galaxia hasta que entró al sistema solar, donde la nave pasaba a gran velocidad por Plutón, Neptuno, Urano y Júpiter, etc., hasta que reconoció la inminente llegada al planeta Tierra.
La alta velocidad había disminuido y Adrin1 trataba de establecer alguna trayectoria orbital. Los mandos no respondían, pero pudo cambiar el curso de la nave para evitar una colisión destructiva y empezó un descenso más elíptico, tangencial a la atmósfera terrestre y así penetraron el gran exo espacio, donde Grenzio veía pasar mares y continentes hasta que logró finalmente estabilizarse en una circunvalación orbital equilibrada, para entrar en la atmosfera superior.
Con la energía restante, la nave orbitó dos veces alineándose al ecuador terrenal y después más abajo del trópico de Capricornio, sólo se veían las aguas del océano Atlántico. Por lo visto, Adrin1 no tenía intención de tocar el océano, porque pudiendo amarizar suavemente, maniobró para rebotar y adentrarse al continente, donde Grenzio divisó varias llanuras selváticas cubiertas por pasto bajo y pequeñas lagunas.
La nave recibió el primer impacto en tierra formando un amplio cráter y después del rebote, a menor velocidad, aparecieron sombras puntiagudas parecidas a una cordillera, donde era inminente el choque final; Pero un minuto antes, Adrin1 desprendió a la esfera que energizaba sus controles y el tri halo, como un grueso anillo dorado fue a posarse suavemente sobre un montecito cercano a un río, que detuvo y ancló su aterrizaje.
Grenzio vio asombrado como la esfera azulina, seguía rodando hasta que chocó contra el segundo pico de la cordillera, donde produjo un pequeño temblor que hizo caer tierra acumulada en la cima y apareció el ingreso a una cueva; La esfera fue tragada íntegramente por ella.
La voz de Adrin1 en la pantalla prosiguió:
—“Mi control anular fue dañado en el primer choque a tierra, donde perdí varias partes y piezas y después, quedé sepultado y cubierto en este morro, por varios milenios; Según mis datos actuales, hace 2.000 años sucedió algún terremoto que sacudió la zona y parte de mis módulos brixiónicos quedaron expuestos a la incipiente luz energética de su sol y empecé a recuperar algo de energía.”
“Entonces, inicié un proceso automático que fabricó un pequeño ciber cilíndrico Mintrode, usado para apoyo y asistencia técnica. Con el último saldo energético grabé instrucciones precisas para repararme, encontrar y proteger a nuestro guardián galáctico, contenido dentro la esfera azul, que fue tragada por el segundo pico de la cordillera.”
—Esto es demasiado pesado, para mi buen conocimiento, me confunde la realidad y quiero despertar y volver a la lancha. Solo quiero descansar y pido que me deje dormir tranquilo —gritó desaforadamente.
Entonces, perdió el conocimiento y despertó tal como había estado horas antes, echado sobre la cubierta de la lancha que bogaba por el gran rio Marube, con destino al norte. Decidió sobreponerse a esta extraña sucesión de sueños y se puso a buscar entre varios periódicos viejos que pudo conseguir durante el viaje; finalmente halló lo que buscaba; era un artículo que estaba muy relacionado con sus sueños, sobre un hecho verídico, que informaba del impacto que dejó la caída de un meteorito Araona, ocurrida en la zona hace milenios. Aunque había despertado de un sueño, estaba seguro que había estado dentro del meteorito.

EL METEORITO ARAONA: La Paz- Bolivia, Artículo Por T. J. Killeen:
En la parte más remota y salvaje de las tierras tropicales de Bolivia, en una zona a cientos de kilómetros de la ciudad de La Paz, científicos de la NASA han identificado lo que ellos creen que es el cráter más joven de la Tierra, causado por el impacto de un meteorito. Basados en lo que se conoce acerca de la geología de la región, creen que el meteorito chocó contra la Tierra en algún momento entre hace 5.000 y 20.000 años, por lo que se trata del cráter de un meteoro "gigante" que impactó la Tierra. El cráter tiene aproximadamente 8 km de diámetro y fue producido por la colisión de un meteorito de 200 m de diámetro.
La figura 1 muestra un mapa con la posición del cráter y el sitio del impacto, Araona, Bolivia. El impacto liberó una energía de aproximadamente 500 a 1.000 megatones de TNT. En comparación, una bomba de hidrógeno es equivalente a sólo 1 megatón, mientras que la bomba atómica que explotó sobre Hiroshima lanzó sólo 20 kilotones. El cráter se identificó originalmente a mediados de la década de 1980 con imágenes de satélite. El objetivo de una segunda expedición fue comprobar la existencia del cráter (los científicos están 95 por ciento seguros de que lo es) y para recopilar datos suficientes se organizó esta expedición al sitio donde el meteorito impactó. La expedición fue organizada por Tim Killeen, ex empleado del Jardín Botánico de Missouri, y Compton Tucker, especialista en tecnología de teledetección por medio de vuelos espaciales Goddard del Centro de la NASA. Ambos trabajaron en Bolivia, hace algún tiempo, cartografiando los tipos de vegetación, como parte de un esfuerzo para comprender los procesos que conducen al desarrollo de diferentes hábitats. Junto a ellos, Pedro Wazelewski, especialista en cráteres causados por el impacto de meteoritos, interesado en visitar el único cráter que se sabe en existencia en sedimentos aluviales. La expedición llegó al lugar después de viajar en avión, avioneta, bote, canoa, y finalmente abriendo brecha a través de la jungla, por espacio de 15 Km A diferencia del cráter de meteorito que se encuentra en Arizona, la elevación en el Iturralde cambia a no más de la altura de un niño pequeño. Es difícil observarlo en un área que abarca 10 kilómetros. Un patrón circular casi perfecto, debido a las diferencias en la vegetación, resalta en las imágenes del satélite Landsat, tomadas desde el espacio. Las características sutiles del Iturralde pueden deberse a su ubicación...
…El suelo en los bosques lluviosos es muy profundo, existen alrededor de tres kilómetros de suelo que cubre el lecho de roca que está bajo el subsuelo boliviano. Un impacto habría catapultado ese material hacia la atmósfera, pero una parte de éste se habría hundido de nuevo hacia la salida del agujero de forma temporal con el tiempo. "Fue más que una gran salpicada" afirmó Tucker, en referencia a los otros impactos que gastaron la mayor parte de su energía, haciendo estallar el lecho de piedra...
Grenzio, no terminó de leer, pero le pareció muy interesante el artículo y se quedó analizando la ínfima profundidad del cráter, altura de un niño (70 a 80 cm) pero bastante extenso (10 Km); no parecía similar a otros impactos que dejaban un cráter mucho más profundo y con evidencias geotérmicas del choque; este artículo detallaba un impacto casi tangencial, como si el meteoroide hubiera tratado de aterrizar.
Su conclusión le provocó una risa abierta, que sobresalto a su guardia y recibió de este un culatazo para sosegarlo.
No puso reparos, estaba muy cansado, por el trajín de tres días de viaje terrestre: desde la puna andina, pasando por los yungas y ahora se hallaba plácidamente acunado por el fluir acuático del rio que atravesaba la selva oriental y trató de no dormir, sin embargo, fue reprimido por su autodefensa mental que, en medio de mensajes subliminales le advertía que se mantuviera despierto, pero se durmió.
Grenzio despertó sobresaltado, era de noche y la lancha estaba quieta porque se hallaba amarrada a un hechizo puerto de madera y todos dormían, hasta su guardia. Pensó en escapar y adentrarse al monte para ocultarse, después tomaría cualquier lancha de retorno a puerto Gutriego y de allí por vía terrestre llegaría hasta La Paz y huiría luego a Perú; pero concluyó que no tenía esa intención y se levantó a servirse restos de comida y algunas frutas del lugar, que saciaron su hambre.
Analizó que estaba más interesado en saber sobre su extraño sueño, era demasiado real y concuasaba con su presentido lugar de destino y el artículo sobre el meteorito Araona.
¿Qué diablos le estaba ocurriendo? nunca había tenido sueños seriados sobre el mismo tema; se lavó las manos y la cara, hacía calor y los mosquitos zumbaban por decenas. Hurgo las ropas del dormido guardia buscando un paquete de cigarrillos, prendió uno y se quedó fumando a contemplar la luna reflejada sobre el río.
Y así lo hizo, aunque recibía por instantes imágenes de una moderna sala de comando ultra avanzada, donde su cuerpo se hallaba conectado a múltiples artilugios. Estuvo aletargado por media hora y su mente descansaba bajo la recetada droga, había olvidado que lo llevaban preso y exiliado al norte amazónico, no se ubicaba en la realidad y luego se volvió a dormir, para encontrarse de nuevo en la sala de control del halo Adrin1.
“¡Su tiempo de viaje se agota! por eso muestro y relato al humano Grenzio 5107-4 los sucesos más importantes del último milenio medido en su tiempo, ocurridos a nuestro solitario asistente cibernético Mintrode en esta ignota zona aborigen, que nos sirvió de llegada al planeta Tierra.”
Grenzio observó en varias pantallas imágenes grabadas a nivel superficial y uno aéreo, que todo despertaba en la selva plagada por el bullicio de variados animales; En las cercanías, unos cuantos humanos casi todos desnudos habitaban bajo pequeños techos cubiertos por palma real. Vio cómo el ciber, salió por una abertura en el techo y subió a la cima del cerro mirador. Los visores indicaban que estaba amaneciendo y se veía el sol apareciendo por el oriente. Entonces, Adrin1 inicio el relato:
“Mintrode examinó detalladamente el lugar donde habían impactado hace milenios, como ente cibernético de asistencia operativa, efectuó varias veces la emisión de infra ondas azules para comunicarse con la esfera y el halo, pero no hubo respuesta; su memoria pregrabada le indicaba que estaba solo, en alguna parte del planeta Tierra. Su misión primaria era determinar el estado del halo, encontrar la esfera, buscar partes y piezas del halo tubular para iniciar reparaciones."
“Analizó y escaneó la vegetación que le rodeaba; retrató la topografía del sitio, ajustando obstáculos cercanos y lejanos; luego salió levitando entorno al morro grabando los destrozos causados durante las dos tentativas del aterrizaje; para ello, revertió su memoria grabada minutos antes de cada impacto, hasta que sus imágenes le dieron una visión exacta de la trayectoria seguida por la esfera, hacia la cordillera."
"Se dirigió por la misma ruta y en horas ascendió a una altitud de 2.200 metros, donde ubicó los restos de un derrumbe que distinguía al segundo pico de la serranía; reviso a detalle la constitución del material y escaneó con visión infrarroja hasta que logró dar con una caverna cuya visión se perdía en el oscuro fondo, donde yacía parcialmente incrustada, la esfera que emitía un brillo azul tenue."
"Se acercó cuidadosamente a la esfera, la escaneó y diagnosticó su estado externo determinando que estaba incólume, aunque yacía inerte; emitía débiles ondas azules que se perdían en la caverna, porque su fuerza brixiónica había mermado. Su sonda (antena) se había desprendido y se hallaba en el techo desde donde emitía tenues señales de comunicación espacial, insuficientes para atravesar la corteza de la caverna." Grenzio levantó, otra vez la mano y Adrin1 se dispuso a responder su pregunta:
—Entiendo que, la esfera y este gran anillo donde me encuentro, forman una nave espacial de tecnología extra terrestre que participaron hace 15.000 años en una batalla ocurrida en alguna parte no visible del universo, cercana a nuestra galaxia Vía Láctea. En la batalla fueron atingidos y averiados; por eso huyeron y casualmente se trasladaron a nuestro planeta. Desde hace 2.000 años terrenales han estado bajo el cuidado de un ciber robot multianular Mintrode, creado a propósito como auxilio, por orden de alguien que está contenido dentro de la esfera azulina.
—“Hasta aquí su apreciación mental es correcta Grenzio, años más, años menos, es solo un resumen y no hay preguntas. Por eso iniciaré la fase 2 de aprendizaje a mayor velocidad, porque su mente conectada al casco ha graficado el cerebro y está en sintonía; podrá asumir y registrar con facilidad, todo el sumun de conocimientos que podemos darle para que pueda ayudarnos a salir de este planeta. Sólo asuma y observe”
"Grenzio asimiló que Mintrode iba entre el halo y la cueva por varios meses, años y siglos, efectuando trabajos menores que requerían mínima energía y dentro del halo se dedicó a reparar e interconectar los módulos que en realidad componían tres anillos internos que no se distinguían claramente. Faltaban varios pedazos y componentes que se perdieron en el primer choque y al momento de aterrizar."
"Las noches pasaban, pero no había una secuencia de tiempo terrenal medida. Según calculó Grenzio, habían transcurrido decenas de años, desde que Mintrode empezó a dar vueltas cada vez más amplias por la selva a rastrear componentes y llevarlos al halo. Se topó varias veces con las caras asombradas de los aborígenes aproximándose a mirar atrevidamente, sin tocar el halo dorado inclinado que brillaba como oro puro, ante la intensa luz solar.”
“Pronto, años más o menos, se vio algo inesperado, Mintrode encontró en una de sus excursiones por la ribera Este del río Marube, varios pedazos del halo tri anular y un segmento que contenía una parte del transmutador brixiónico que les proveía energía. Retornó hacia el halo inclinado y comenzó la tarea para conectarlo con una paciencia robotizada. El tiempo pasó y en uno de esos intentos se vio una implosión cuya luz se extendió por el interior de los tres halos y su fuerza llego hasta la aldea y ahuyentó a los animales y aborígenes a la selva.”
“Dentro del halo, se veía que Adrin1 había recuperado algo de energía y Mintrode estaba frente a una pantalla comunicándose a alta velocidad, hasta que se redujo y Grenzio pudo ver y escuchar una síntesis:
—Diste con Illírion, una parte vital de mi recuperador energético que, aunque es una porción escasa, convierte la energía de esta estrella que está sobre nosotros, en energía brixiónica.
—La implosión ha causado una conmoción entre los aborígenes que habitan en la cercanía y no tenemos instrucciones del Guardián para acercarnos a ellos ni para evitar que entren al halo.
Pero la curiosidad aborigen fue mayor, porque Grenzio vio que un día vieron asomarse unas cabezas aborígenes por varios lugares del anillo externo. Varios de ellos se aventuraron a mirar dentro del artilugio y observaron quietamente cómo se movía el ciberdroide cilíndrico, pero este los detectó y activo sus anillos de defensa y se elevó.”
Y ante el asombro de Grenzio, Mintrode no les atacó, solo pasó a escanearlos, dando informe de lo hallado:
“Vida primitiva humana, no sedentaria, son aborígenes selváticos que viven de la caza y pesca natural. Nivel inteligencia menor a 50; no conocen tecnología, construyen simples techos con palma inclinados al piso para protegerse del ambiente. Son de raza pequeña, tienen los cabellos largos y están desnudos, su aspecto es desnutrido, mala alimentación, tasa de mortalidad alta, por contaminación con restos de animales y residuos dejados junto al río. Una revisión de todas las chozas cercanas estableció que los aborígenes eran unas 80 personas, de las cuales 32 podrían ser suficientes para esa tarea.”
“Entonces Adrin1 programó al ciberdroide para ejecutar la modificación biológica de fortalecimiento para que ejecuten la tarea de nivelar al halo. Si continuaba recibiendo luz solar consecutiva, podría obtener energía suficiente para elevarse un poco y con la fuerza combinada de los aborígenes, llegaría a nivelarse en la cima del cerro; de esa manera recibiría más energía solar y modificaría la posición de los dos halos exteriores, sobre el halo interior y así podría horadar la tierra para ocultarse dentro.”
Grenzio vio que, el visor holográfico cambiaba de fecha por añadas y al final mostró los resultados del plan.
Los aborígenes se veían robustecidos y divididos en dos grupos de ocho parejas, dispuestos para jalar la parte más alta del anillo exterior y nivelarlo. En la pantalla aparecieron varias tentativas que lograban reducir la inclinación unos grados, pero los aros no se movían. Sin embargo, los aborígenes procedían a ejecutar otras tentativas.”
Finalmente, la pantalla mostró un último intento, cuando Adrin1 logró iniciar la rotación del anillo interior y se elevó de un costado en tierra unos metros y los grupos aborígenes acudieron sin miedo a retenerlo horizontal y empujarlo hasta que el artefacto, efectuó, con su última energía, la unión de los anillos externos sobre el interno, y horadó un cráter en el morro y todos los indígenas del grupo de empuje gritaron a coro: ¡Uzumbí! (ha saltado). Los otros pares del grupo de jalado respondieron: ¡Azaeté! (se ha ocultado).
“Mintrode enchufó sus inyectores de comunicación y pasó toda la información a la única pantalla visible dentro del halo. Adrin1 trato de comunicarse con el módulo esférico y los intentos quedaron fallidos. Los meses y años pasaron por decenas, en un ajetrear robótico con varias tentativas para buscar partes del siniestrado halo, con pocos resultados."
“El ciclo de enseñanza y mejoramiento genético prosiguió, cambiándoles el aspecto feroz que tenían en la cara y elevando bastante su estatura. Por otra parte, introdujo energía briónica en el cerebro para cosecharla futuramente y reactivar a la esfera.”
"En menos tres generaciones, aparecieron imágenes con sorprendentes cambios en la anatomía de los aborígenes recién nacidos, que fueron adquiriendo características somáticas de otras razas que Adrin1 tenía en sus datos biogenéticos. Les dio el nombre Amborí (renacidos). "
"Mintrode prosiguió a cumplir la última instructiva dedicándose a la tribu, enseñando el proceso para talado, selección, cortado y armado de árboles madereros. Los Amborí adquirieron características palafiticas, aprendieron a edificar sobre ríos y lagunas, para aguantar los períodos de desborde e inundación. La tribu nómada se convirtió en sedentaria y aprendió: a fabricar arcos y flechas; agricultura tropical y el uso de hierbas naturales medicinales y mortíferas, como la fabricación de canoas movidas por remos."
"Un pequeño reino poderoso se estaba formando, gracias a la intervención biogenética imprevisible y difundida por un pequeño ciberdroide, sin supervisión. La aldea, que apenas contaba con unos 100 habitantes se había incrementado prolíficamente hasta 800; Los Amborí se volvieron expertos guerreros, labriegos, artesanos y proliferaron tanto que empezaron a buscar horizontes más extensos."
"Mintrode dedicado a deambular por la zona, se había entrampado en una rutina. Permitió que se tapara el morro piramidal con la maleza invasora. El techo del morro, se cubrió de verde y fue tapado en todos sus contornos, impidiendo la llegada de rayos solares, reduciendo al mínimo la actividad supervisora del halo Adrin1. "
"Con el avance tribal, llegó el ansia de guerra y expansión, la sangre guerrera, en estado latente, había despertado. Los caciques, habían formado un régimen de obediencia sumisa. Los prisioneros eran sacrificados en una ceremonia, donde eran sacrificados para comerlos, a excepción de la cabeza, que era arrojada a la poza Azaeté."
"Había llegado una costumbre antropófaga a la tribu guerrera Amborí, sin supervisión de su iniciador. Pronto las secuencias conquistadoras, subiendo y bajando el gran río, se hicieron periódicas y los retornos triunfales como un acontecimiento y gran fiesta en la aldea, transformada en una comarca de más de 1.000 personas, diseminadas a orillas del río Paramingú."
A Grenzio le parecía que todo transcurría normal, tratándose de un pueblo guerrero codicioso de sus vecinos, si no fuera por un pequeño, pero relevante acontecimiento que ocurrió una noche cerrada:
“La pantalla, mostraba un movimiento inusitado de Mintrode, que se dirigía a la cima del morro y empezaba a limpiar toda la maleza exterior acumulada por añadas e ingresaba a la sala donde el halo había activado varias pantallas y zumbaban sus tres aceleradores hadrónicos. El halo se hallaba más energético."
"Era un gran suceso y no provenía de alguna fuente espacial. Solo existía una explicación. ¡El Guardián había despertado! y enviaba su energía briónica a Adrin1, que intentó contactar a la esfera, y no pudo, así que ordenó al Ciber ir de inmediato a la serranía."
"Cuando Mintrode llegó al segundo pico, las imágenes que vio Grenzio, le produjeron intrigantes sensaciones. Se veía al ciberdroide tratando de ingresar a la cueva, pero ésta seguía cerrada, sin embargo, en el pico se distinguía claramente un fino rayo azul saliendo por la cima y a seguir se veía a Mintrode subir en forma zigzagueante, hasta que alcanzó el pico y empezó a cavar entorno al rayo y en poco tiempo vio salir un gran destello de luz azulina."
"El ciberdroide escaneó cuidadosamente hasta unos tres metros dentro el hueco y logró grabar una parte en que se veía la cueva; había abierto un hueco y podía detectar una buena parte de la baliza automática que estaba en el techo y esta brillaba emitiendo rayos azules de comunicación, pero la apertura no era lo suficientemente amplia para permitir salir integralmente de los rayos y enviar su ubicación, ni el ciberdroide podía ingresar por el pequeño hueco."
"Mintrode no estaba capacitado para efectuar trabajos de perforación, se requería tener energía de la esfera y programas específicos. El ciberdroide efectuó varios torpes intentos para mover algunas piedras que estaban en la cima y no pudo llegar a buen término. Entonces retornó hacia el halo, donde trato de comunicarse, sin éxito. Sin embargo, terminó de limpiar los ramajes superiores y el halo recibió por varios días luz solar plena, que le proporcionó más energía; esta vez, no para elevarse, para entregársela en su totalidad al ciberdroide."
"Los aborígenes, que veían absortos las idas y venidas de Mintrode, decidieron seguirle hasta la cordillera y se atrevieron a subir la alta serranía, aquejados por el esfuerzo de soportar la altura. La noche les cayó y contemplaron asombrados, como el ciberdroide trataba de horadar la cima del segundo pico y gritaron a voces Aramía (que buscas) y al poco tiempo, salió una pavorosa llama azul que se tragó al ciberdroide, provocando una estampida aborigen, rodando por las colinas."
"Este suceso quedó marcado, cuando a las tres horas de cada madrugada, salieron imágenes de un haz poderoso que irradiaba una secuencia de pequeños rayos azules, que contenían señales codificadas, dirigidas hacia un punto específico entre las estrellas; la sonda enviaba señales de posición y auxilio. Había sido activada la esfera azulina que, miraba en forma siniestra hacia la aldea."
"Posteriormente, tras varias semanas, Grenzio vio cómo la tierra fue horadada desde adentro la cueva, despejando también maleza y escombros que habían tapado el acceso. Mintrode apareció de nuevo y forjó una puerta con materiales provistos por la esfera, que parecía haber recuperado una parte de sus poderes a través de su antena."
"Mintrode desapareció y días después salió conformado por una docena de anillos, cada cual provisto de varios artilugios extraños con funciones múltiples que horadaban la tierra, como si fuera mantequilla, y empezaban a trazar y construir un túnel para un canal abierto, que salía de la cueva y bajaba con matemática precisión parabólica y atravesaba la aldea tribal hasta llegar dentro el cerro mirador, donde construyo una caverna. La obra le tomó varios días, pero no sólo terminó el curso de unión, se puso a trabajar en lo que parecía un nuevo techo para la caverna, sostenido por dos columnas, que en realidad soportaban la base interior del halo. Luego prosiguió construyendo otro ramal subterráneo hacia la desembocadura del río Paramingú con el gran río Marube."
"Volvió a Aramía y allí, abrió en la laguna, una salida, con puerta automatizada, para proveer con caudal suficiente el canal artificial, que los Amborí llamarían después, Dorimalda (aguas cristalinas) y bajo ellas, Mintrode había construido un canal tubular doble hermético de transporte neumático entre ambas cuevas. Cada canal poseía una cápsula calculada para comportar la forma y longitud de un humanoide.”
“Mintrode empezó a probar todas las partes del moderno sistema, con el envío y reenvío de las cápsulas herméticas por el canal hidro-neumático. Parecía, que todo el sistema funcionaba bien, pero al tercer envío, se produjo una gran explosión, que hizo desaparecer: la cueva, el morro, la aldea y el sueño estrambótico que le acompañó tenazmente, durante toda su travesía por el río."
Grenzio despertó sobresaltado, había tenido el más largo sueño de todos. Este último se había quedado grabado en su mente, recordaba nítidamente a un fabuloso ciber robot y su entretenida vivencia cerca de una misteriosa tribu. Se hallaba echado en el piso de la lancha, cuyo motor había bajado sus revoluciones; notó que el sol aparecía tímidamente porque era muy de madrugada y su guardia estaba dormido como siempre.
Entre la bruma matinal y cansado por no haber dormido toda la noche, pudo divisar su llegada a un precario puerto conformado por varias casuchas y un destacamento militar; sobre una plancha clavada a un árbol, vio el nombre del sitio: Puesto C’Orligni.
Había llegado a su destino final.
En ese mismo instante, parado sobre el amplio ventanal del mirador Uzumbí, el anciano brujo de la tribu, Archayutén, dirigía su vista hacia el puesto militar sintiendo en el aire una mescla de sensaciones psíquicas que emanaban de alguna persona, recientemente arribada al puesto militar, que también dirigía su mirada hacia la tribu.
La misión Arúmeden LXV había empezado.
Capítulo 2:
LLEGADA AL PUESTO CÓRLIGNI
El puesto militar fue construido a inicio de la década del 1950 tras varios fracasos en expediciones militares que trataron de civilizar a la tribu Amborí. Finalmente, se realizó en 1955 un convenio; los uniformados se establecerían en una zona cercana a la desembocadura del río Paramingú con el gran Marube, situado unos 15 km al sur oeste, donde construyeron, sobre una planicie natural elevada a 20 m del bajío orillado, un asentamiento portuario para protección a la zona ecológica del parque Amborí, al cual las autoridades denominaron “Puesto C’Orligni”, en honor a un aventurero con una mezcla bucanera francesa-italiana, que fue el primero en arribar a la zona y consignar la existencia de la tribu.
C’Orligni, era un puerto hechizo en madera cedrillo y el fortín militar colindaba a una plazuela principal parcelada a su alrededor, para construcción de casas, bienes gubernamentales, allá por 1950, cuando el progreso quiso llegar por vez primera a este norteño paraje olvidado por propios o extraños, a los supuestamente “atrasados” aborígenes Amborí.
En ese precario puesto, se construyeron las casas del escribano legal y del médico sanitario, rodeadas por diez chozas habitadas por residentes ocasionales llegados del alejado puerto Barquesi, que solían pescar y cazar río arriba, para comerciar en la zona. El puesto militar estaba construido sobre un terreno plano, alrededor de un patio con tierra, adoquinado en parte con piedras del río; Las oficinas del comandante estaban al Norte y en el segundo piso sus aposentos que terminaban en una terraza con vista a la serranía Panturere; más al Oeste, construyeron: dos dormitorios para la tropa y una cocina al aire libre. El patio terminaba al sur con una pequeña barda de ladrillos interpuestos y colindante a la orilla del río, donde sobresalían dos baños comunes con duchas alimentados por agua potable desde una plataforma que sostenía un tanque plástico de 5.000 litros, usado antiguamente para proveer diésel, durante la fallida fiebre del oro que azotó entre 1950 a 1960, el puerto Barquesi y sus alrededores.
Aquella fiebre no llegó al afluente Paramingú, que no era navegable por la existencia de varias cachuelas; además, las areniscas residuales extraídas por barcazas en la desembocadura del Marube, no mostraron ninguna señal del preciado elemento dorado.
Esa madrugada del lunes 30, se escuchó un triple pitazo, anunciando que los soldados harían el cambio de turno nocturno por el matutino, en la mal construida plazuela principal, en cuyo centro se levantaba un mástil donde izaban la bandera nacional al lado de un monumento, con placa recordatoria al explorador Alexandre C’Orligni.
Luego de la ceremonia, retornaron al puesto, que contaba con un amplio alar como antesala y comedor; más al Oeste, separadas lateralmente estaban dos habitaciones maltrechas para ser usadas como celdas, en casos locales: hurtos, borrachos y peleas callejeras; Poseía un camastro militar metálico, colchón recogido, mesita con candil y vela, puerta con una ventana “ranurada” por tubos de fierro que daban al patio trasero.
Los precarios caminos norteños de tierra no habían llegado ni a 300 km al sur del parque Amborí, el ingreso era sólo por el río Marube, colmado por embarcaciones que transportaban pasajeros, comestibles, combustibles y los infaltables tronqueros, que destrozaban la prodiga y virginal arboleda amazónica.
Como en C'Orligni no había nada para explotar, ni oro, ni piedras preciosas; el gobierno central las convirtió políticamente en Reserva Nacional, donde mandó a un sargento, un cabo, tres soldados, un notario escribano y un sanitario, para asistir a los aborígenes y a los residentes.
Ese destacamento y autoridades citadas, apenas sabían algo del dialecto local; contrariamente, los aborígenes Amborí sabían más del idioma español enseñado por algún cura católico ejemplar o por ocasionales misioneros evangélicos. Así, se comunicaban en sus visitas semanales, cuando llegaban en sus canoas trayendo: hamacas, utensilios de cerámica, las apreciadas nueces, cacao y el café cultivado en las faldas de la serranía.
La comunidad era realmente asombrosa, notable, porque la civilización usurera, bulliciosa y burda se había quedado a 100 km río abajo en el puerto Barquesi, población de unas tres mil almas donde vivían las únicas autoridades del tropical norte paceño. Olvidé mencionar, para completar el cuadro, que los Amborí no permitían uso de luz eléctrica, lanchas a motor, ni ruidos artificiales, sólo los provenientes de la madre naturaleza; imposición que debían cumplir estrictamente los residentes del Puesto C’Orligni, hasta la desembocadura del río Paramingú.
A las 07.30 horas, el cabo Antonio Mangure natural de Barquesi y brazo derecho del sargento se fue al puerto. El guardia nocturno, que apenas se mantenía despierto le informó que a la 6.00 llegó un señor de edad con su escolta, un cabo altiplánico, para entregarlo al puesto militar como preso político, con toda la documentación en una bolsa plástica. Mangure dio con el preso durmiendo en el piso, usando un bolsón como almohada. Ordenó de inmediato su traslado a una celda.
El Sargento Canilas, se había levantado de malhumor, a enfrentar su tediosa actividad diaria y fue a dar vueltas por el cuartel hasta que dieron las 08.00 horas. Los militares acantonados en ese “puesto militar” no pasaban de seis, fueron a desayunar en una parte del alero que servía de comedor abierto. En este mundillo verde amazónico no había nada más que hacer: solo mirar y anotar el paso de los lanchones tronqueros, botes comerciales, etc., pasando a diario por el rio; mantener al poblado aborigen tranquilo; documentar la muerte o vida de los residentes y los Amborí. Evitar que los comerciantes les abusen en el trueque quincenal. También reportaban al puerto principal la cantidad y el volumen al paso de los lanchones tronqueros por el puesto, especialmente con preciadas maderas explotadas legal e ilegalmente, aguas arriba y abajo del gran río Marube.
No tenían radio para comunicarse, sólo una pequeña lancha a motor, con capacidad para tres personas que patrullaba la zona. Así inició ese lunes en puesto C’Orligni y a menos de un guardia, todos se fueron a seguir su acostumbrada estúpida y tediosa rutina diaria. Estaban tan habituados a esa vida en mísero abandono, sin embargo, nadie sospechaba de los sorprendentes acontecimientos, que iban a suceder en los próximos días, porque justamente a Canilas, su corazón se aceleró al escuchar en el parte diario, la llegada del preso político Grenzio Moxela. Ordenó a Mangure que lo llevase a la comandancia.
Este lo despertó y lo trajo en persona, ingresándolo a la única oficina del sargento Buntre Canilas, compuesta apenas por un escritorio de madera, dos sillas y un sillón para el jefe. No podía faltar la ostentosa foto del presidente militar de turno. El preso no tenía pinta de criminal, menos de político; presentaba sucia vestimenta por la odisea del viaje, pero, aun así, se veía con porte señorial: llevaba puesta una fina camisa blanca, mangas arremangadas y un pantalón azul marino, corte inglés, con bota pie levantado hasta la rodilla, por el excesivo calor. Venía con un historial que fue leído rápidamente por el sargento.
Mientras el recién llegado intentaba mantenerse en pie. Estaba cansado, debido a la calurosa y fatigosa travesía terrestre-fluvial que recorrió sin descanso: por tres días y sus noches, desde La Paz, a 3600 m de altitud, hasta los llanos del norte paceño, a menos de 360 m. Sus glóbulos rojos en exceso, que se habían aglomerado en sus venas para oxigenar su organismo en la altura acostumbrada y ahora se quemaban a raudales, para equilibrar el excesivo oxígeno que se respiraba en el llano y esta batalla sistémica le producían dolor de cabeza, agotamiento e hinchazón en los pies. El comisario miró al preso, sin interés y volvió a leer el memo, esta vez en voz alta:
“Memorándum 27 de abril de 1975. Dirección de Control Político/central. Para: Comisario Sgto. Buntre Canilas. Enviamos adjunte con cargo al cabo Cipriano Cordero la persona del político Grenzio Moxela Aterllin, con 64 años de edad, nacido el 5 de mayo de 1910, natural del pueblo yungueño Coripata, hacienda Dorado Grande. Debe Cumplir una sentencia de tres años de exilio, por insultos “innombrables” sobre madre autoridad presidencial en la procesión del aniversario de la benefactora Santa Gertrudis, madre de las FUMB. Sigue sentencia del juez militar de turno. Destino: jurisdicción puerto Barquesi-puesto C’Orligni. Trato con trabajos forzados clase 3. Orden y Respeto. ¡Viva la Patria Progresista UMB! (Unión Militar Boliviana). Adjunto curriculum vitae.
El Sargento Canilas observó detenidamente al reo: su cara, con un mentón firme, mostraba unos ojos color marrón verdosos, cercados por una frente ancha arrugada, cejas aglutinadas sobre una mirada tranquila, pese a las circunstancias; su tez era más oscura que clara, sin llegar a mestizo, flaco, pálido y ojeroso —seguro que pasó varios días en dependencias del Control Político antes de ser enviado a esta alejada región—, pensó el sargento. Según el reporte militar, medía 1.75 m, estaba jubilado, tras una larga carrera exitosa plagada por trabajos efectuados a lo largo y ancho del país, en la profesión de ingeniería electromecánica.
A primera vista no aparentaba tener 64 años, más bien unos 55 años, o menos, calculó el mandamás. Los ojos con la expresión cansina del preso, cambiaron repentinamente, al ver la fotografía oficial con la imagen del presidente, estampada en un cuadro detrás del sillón y sin que nadie lo impidiera, se acercó, le dio un cabezazo frontal quebrando el vidrio protector, luego escupió dos veces en la mismísima cara del dictador, con saliva ya mezclada con sangre que brotaba de su frente. Al tercer salivazo, el cabo Mangure le propinó un puntapié en su pierna derecha haciéndole caer al suelo. Estaba por rematarlo, cuando escuchó la voz del Sargento:
— ¡Pare soldado! ¿Qué le pasa, está loco? Así no se recibe a nuestro primer preso político en este poblado de miércoles ¿me oye?
—Pero “misar” (mi sargento) —Replicó Toño— Mire cómo nos dejó la foto del presi (Presidente) ¿Mire cómo?
— ¡Santa Eufrasia me calme y a usted! ¿Quién manda aquí? ¿No ve lo flaco que está? ni se va a poder levantar solito, parece que estuviera durmiendo despierto. ¡Límpielo y llévelo a la celda Nª 1! Dele algo de comida y déjelo descansar.
—Si misar. —con una sonrisa en los labios respondió— ¡A la orden! y me llevo este primer preso de estrenito ¡Tenemos que challar con guarapo
entintao con alcolatum cuadratun misar!
—Luego, luego ¡Piérdase cabo Mangure! Tiene mucho trabajo con la tropa, debe reparar ese mirador en el puerto.
¡Qué situación tan rara! pensó Buntre cuando estuvo solo. ¿Cuándo se ha visto? que nos envíen a esta gente ¡No es un delincuente! Sólo es un político exiliado. Vamos a aumentar la ración de comida y cambiar los turnos para vigilar a este “peligroso delincuente”. Revisó algunos documentos sobre su escritorio y se dedicó a su rutina diaria.
Cuando llegó el final del día, se preparó para cenar y despachar a la tropa a dormir, se acordó del preso y concluyó que Mangure quedaría a su cargo. El día pasó si más problemas y se fue a dormir. En la mañana del martes, después del cambio de turno, el cabo Mangure estaba en el comedor del alar terminando su desayuno que había preparado para su jefe y la tropa, con su asistente Huiras. Tomó lo separado para el preso Nº 1: café caliente en tasa de plástico con seis galletas de agua, se dirigió a las dos llamadas “celdas” ubicadas bajo las gradas del alero en dirección hacia el patio.
Buscó sus llaves al llegar a la celda Nº 1 pero luego vio que no eran necesarias ¡la puerta estaba abierta! Entró despacio, para dejar el desayuno en la mesita de noche… súbitamente se sobresaltó, su corazón latía aceleradamente, vio que la cama estaba bien tendida a filo de navaja, pero el preso, el recién llegado ¡había desaparecido! Salió como un tornado septembrino al medio del patio tratando de no gritar a viva voz ¡alerta roja! En pausado silencio para no delatar la primera fuga, avistó sus ojos a lo largo y ancho del patio cuando repentinamente escuchó un sonido cantarino que provenía del agua en los baños al oeste del recinto. Tomó su arma reglamentaria, la amartilló y entró sigilosamente hasta el final del pasillo donde se escuchaba una voz melódica con registro tonal perfecto, entonando canciones escogidas.
Era el preso escapista, su primer instinto fue entrar a molerle a palos, pero esperó a que concluyese la hermosa melodía, no la conocía, aunque sonaba cual trinos de aves cantoras selváticas. Mangure supo que no estaba perdido y se le entró el alma al cuerpo, el preso no se había fugado solo se estaba bañando, esperó que acabara su aseo y entonces, sin miramientos, abrió la cortina de plástico plasmado con figuras de pececitos marinos y gritó enérgicamente:
—Preso de miércoles ¡Te me sales, así como estás, vuelves a tu celda, al segundo! ¿Me oís gallinazo vueltero? ¿Cómo te saliste?
—Calma oficial, no ve que estoy en pelotas ¿a dónde piensa que voy a ir? si me deja terminar de bañar le voy a agradecer mucho, además si me provee: tornillos, un desarmador y un alicate, le arreglaré chapa y puerta de las celdas para que no huyan sus presos.
— ¡No te voy a permitir! colla e mier…
Pero se calló al ver que el preso se dio la vuelta y siguió jabonando sus partes íntimas como si él no estuviera presente y siguió cantando a voz en cuello otra melodía conocida; Se calmó, su cólera se diluyó entre las suaves notas musicales. Mangure, como era joven nacido en puerto Barquesi, tenía un carácter bondadoso y asimiló la situación dejando pasar su arrebatadora furia y se calmó poco a poco.
Cerró la cortina, bajó su arma, atisbó hacia fuera del baño. No veía a nadie en el patio o sus alrededores, si se daba tiempo volvería a poner al preso en su celda, sin que nadie lo notara.
— ¡Apúrese flaco enjabonao! — le conminó ásperamente para recordar quien era el jefe.
—No se preocupe oficial, diga que usted ordenó sacarme la mugre acumulada en el viaje desde La Paz, porque olía a cerdo de monte.
— ¡Jochi pintao u Ocurí! colla tonto. Ahora sí nos entendemos. —Captó la solución propuesta— pero apure, pronto aparece misar y me pone de plantón al medio del patio ¡justo al mediodía mismo! Justito, si hablas del mono luego se asoma, ahí está el sarge Buntre listo para las matutinas ¡Salga inmediatamente! volvemos a la celda, mire que estoy armado, mire…
Buntre y sus dos ayudantes habían ido a refrescarse después del desayuno para dar inicio a la ceremonia matinal y leer los partes del día anterior. Estaba cansado por este monótono ajetreo, pero su cara cambió de pronto al sentir que entró adrenalina en su sangre y trató de no reírse, pero no pudo aguantar y contagió a todos. Una risa matinal había cambiado el inicio del tedioso día; saliendo por la puerta de los baños se veía un caballero flaco con el torso desnudo, cubriendo sus partes íntimas con una toalla blanca, en sus manos y hombros portaba su ropa recién lavada.
Detrás de él, con suma autoridad, se veía al cabo Mangure con su pistola en ristre apuntándole por la espalda y gritando órdenes mascullantes, la procesión llegó hasta el sargento. El cabo saludó militarmente y muy serio dio su parte:
—Buen día misar. Aquí reportándose el cabo Mangure. Llevé al preso a bañarse porque al entrar a su celda, olía como ocurí viejo.
—Buen día cabo —respondió y siguió riendo inconteniblemente— disculpe, parece que fue una gran idea, pero deje de mostrar su pistolón, ¿a dónde cree que va a huir el preso, desnudo cómo está?
Y mirando a sus ayudantes les paro la risa, contempló al preso quien, pese a su flacura lucía respetable bañado por el tibio sol mañanero, parecía un lugareño más del parque Barquesi.
—Cabo, lleve al preso a su celda que iniciaremos el parte del día.
— ¡A sus órdenes misar! ¡A sus órdenes misar! —respondió Mangure y llevó al preso hasta la celda haciendo ademanes de que le iba a dar una tunda más tarde, llegando a la puerta lo encerró y se dirigió al patio de ceremonias arreglándose el quepí y sus charreteras.
Pasada la ceremonia, Buntre había dispuesto los trabajos del día con dos salidas del cabo y su ayudante usando la pequeña lancha para recorridos de inspección: barrer el río 5 km a lo largo y ancho. Entro a su oficina para hacer el parte a pulso, pero luego debía mecanografiar en la máquina de escribir Burroughs, con cinta casi transparente por lo vieja. Su mayor sacrificio diario era colocar papel bond con dos papeles seda más livianos y sus carbónicos para copias.
Se dedicó a releer los antecedentes del preso. Un pensamiento le corroía en su interior; sospechaba que la llegada del preso, le iba a traer una serie de fortunios e infortunios, pero estaba seguro que cambiaría esta sosa vida en este puestucho militar. Se sentó frente al viejo escritorio y trató de usar la destartalada máquina, sin poder conseguirlo, entonces leyó el curriculum del preso y supo que era un académico, egresado en 1941 como ingeniero electromecánico, de una universidad limeña. Ejerció su profesión por 33 años en todo el país.
Por tanto, su experiencia era amplia. Era casado y tenía cuatro hijos que, en ese tiempo dictatorial, huyeron del país para no soportar los odiosos regímenes militares. Su esposa, siempre había permanecido a su lado, pero infelizmente, una rara enfermedad complicada con diabetes le quitó la vida en 1972. Así que, prácticamente era un hombre solitario, abandonado.
Como necesitaba caminar, dejó el escritorio, se ajustó la gorra, revisó su arma, vio que el guardia estaba en la puerta de ingreso y se adentró al patio en busca de las celdas. Al llegar encontró al preso fuera su celda; esta vez, con camisa blanca sin mangas, pantalones cortados como bermudas y llevaba en la cabeza, dos hojas de plátano secas para cubrirse del quemante sol.
Se acercó prudentemente, lo vio arrodillado sobre la puerta extraída de su celda hurgando la chapa. En el piso se veía una usada latita que contenía combustible diésel, un desarmador, un viejo alicate, clavos y tornillos herrumbrados. Hizo sonar fuertemente sus botas militares sobre el piso pedregoso que dieron el resultado buscado, el preso dio la vuelta, dejó el desarmador y un tornillo en el suelo, se levantó lentamente, se sacó sus hojas, se limpió el sudor y miró con respeto al recién llegado.
— ¿Qué hace el preso afuera su celda con todas estas herramientas no autorizadas?
—Cumplo órdenes para trabajos forzados, clase tres, del carcelero Mangure, mi oficial jefe. Debo arreglar chapas de las dos celdas porque ya no funcionan y alinear las puertas con sus bisagras.
—¡Santa Gertrudis me proteja! Esto se está volviendo más que interesante, el propio preso arreglando la cerradura de su celda, me olvidé asignarle trabajos forzados. Como ya tiene dos trabajos asignados por el cabo, señor (le dijo, en tono casual y respeto a sus 64 años) le doy la tercera orden, al terminar pasará a mi oficina, limpio y bien aseado a teclear en una máquina de escribir una carta con el parte diario.
Grenzio reparó la primera chapa, lubricándola con diésel, a seguir alzó la puerta entera para colocarla alineando los cuatro bordes en sus lugares debidos, de esa manera, la chapa calzaba perfectamente. Luego hizo lo propio con la segunda puerta y notó que esa habitación era más aireada y templada que la otra porque soplaba en el techo alto, una brisa directa del campo colindante a los bajíos ribereños del puerto. Decidió cambiarse de celda trasladando su pequeño bolsón, donde le habían permitido llevar ropa y algunas pertenencias. Luego se dirigió a la comandancia.
En la oficina del sargento, a eso de las 11.00 horas, radiaba en su entorno un calor infernal pese a estar abiertas todas las ventanas. El ventilador que colgaba del techo, paradójicamente era eléctrico, no tenía ningún uso al no disponerse de grupo electrógeno. Buntre agitaba frente a su cara un viejo periódico y trataba de concentrarse en el informe escrito a mano, el mismo que debía pasar a máquina y estar listo para las 15.00 horas, cuando pasaría el lanchón de correo fluvial retornando a puerto Barquesi. No notó que alguien tapaba la puerta abierta de par en par, sólo escuchó una voz varonil presentándose:
— ¡Preso Grenzio Moxela, reportándose al jefe!
— ¡Sonamos! —Saltó asustado— llegó a tiempo. Necesito su ayuda para redactar mi informe del día anterior, en esta horrorosa máquina de escribir Burroughs. Fíjese que he tenido tiempo de escribir el informe manuscrito a lápiz, para que lo lea y pase a máquina.
Moxela se impresionó ante la máquina, era realmente una antigua original Burroughs, en mal estado y sin ningún mantenimiento. La acarició como a la última muchacha que tuvo en sus manos, años atrás. Para él, en cuyo interior sentía una tendencia a escribir, sería un tesoro invaluable si sabía cómo tratarla, sin perder el respeto a esta ignorante pero bravía masa soldadesca que resguardaba el alejado territorio nacional.
Leyó las líneas bien dibujadas, con letra cursiva tipo Palmer del sargento. Le hizo unas preguntas sobre algunas ininteligibles líneas, sacó el rodillo por completo, revisó el teclado y lo alineó letra por letra, aceitó las partes móviles con diésel y volvió a colocar el rodillo. Limpio las partes para escribir, luego tomó una hoja blanca y su copia, comenzó a escribir varias palabras al azar, con una sutileza que enervó la impotencia del sargento.
Este se levantó a dar una vuelta, pero al ver al cabo de guardia le recomendó: “ojo con el preso” y salió en dirección al puerto, donde soplaba una brisa sureña que aliviaba el rotundo calor del medio día. El guardia no dio ninguna novedad, sólo anotaba el paso de los botes y lanchones ya conocidos por sus nombres rimbombantes pintados a babor y estribor tales como: “Gaviota sin rumbo”, “Nube negra”, “Tiburón blanco”, “Ají colorado”, “Vuelve mi dueña”, “Ruperta mía”, “Llévate ésta más”, “Sir titánico “y otras verborreas fluviales. Pasadas dos horas, decidió volver, más aliviado del húmedo calor y vio a la lancha que ya retornaba de su patrulla; Mangure mostraba en sus manos unos pescados dorados conseguidos de algún bote al pasar.
Volvió a su oficina, entró sacándose la gorra e iba a coger el periódico viejo para abanicarse cuando notó que estaba más fresca. Las ventanas estaban abiertas hacia fuera, pero no de lado, sino hacia arriba, resguardando la entrada de rayos solares, pero dejando entrar y salir una brisa refrescante. Su jarra de limonada estaba llena, sobre su escritorio estaban listas las dos hojas del informe del día anterior. Comprobó si era igual a lo que había escrito a mano y además noto un añadido con datos sobre la llegada del mentado preso.
Quedó conforme y fue a buscar al reo para agradecerle, pero no lo vio, tampoco estaba su máquina de escribir. Salió bufando como un toro al alero del patio interior, ahí, sobre las gradas cubiertas por un techo con calamina plástica verde, se hallaba el preso con un sinfín de partes y piezas de su máquina, distribuidas ordenadamente sobre los cuatro peldaños.
Se aproximó lentamente, se sentó a su lado y le comentó:
—Usted, caballero Moxela, tiene una endemoniada manera de desaparecer y aparecer como un mago, como el tal Houdini, creo que sabe de qué hablo ¿Le parece que eso esté bien?, tratándose de un preso común sentenciado a trabajos forzados.
—No me parece bien, pero no estoy acostumbrado a recibir órdenes militares y como usted se habrá dado cuenta, no tengo idea con los rangos militares, porque no fui a prestar servicio militar.
— ¿Qué pasó? ¿Cómo vivió de omiso en esa tormentosa década?
— Mi madre me consiguió una libreta de “sorteado”.
Buntre sonrió de buena gana por la natural disposición, honestidad del preso y le respondió.
— ¡Diantres! Usted es muy directo señor Moxela. Me alegro por ello y porque llegó a este lugar, perdido en el mapa, que ahora creo se va a poner muy interesante y le explicó los grados militares locales.
Él era el jefazo del puesto militar, para protección del asentamiento aborigen Amborí, Sargento Buntre Canilas, natural de La Paz; sigue en rango su brazo derecho y amigazo, cabo Antonio Mangure, nacido aquí cerca en Barquesi, a quien ya conoció y parece que ha hecho una buena amistad con él. Los restantes, son sólo cuatro soldados andinos, al mando del cabo Huiras, haciendo patria en estas tierras lejanas.
—Pero, si me permite sargento —hizo una pausa analítica— Usted no encaja en ese uniforme con grado de sargento, no tiene más que la voz y el cuerpo fuerte, hay más educación e inteligencia luchando por salir a la vista ¿qué pasó con su grado militar?
— ¡Miechica! ni quería acordarme otra vez, pero usted pide franqueza y aquí se la doy. Fui degradado de teniente a sargento, justo antes del examen para ascender a capitán y todo por defender el honor de una prima, abusada por un jefe. Degradación ilegal, por cierto, pero en estos tiempos de dictadura, todo se puede y además me destinaron, exiliado, a estas lejanas tierras, como usted ¿Qué le parece? O sea, somos dos exiliados, aunque por razones diferentes, ¿Qué más me puede comentar?
—Hay muchísimo por agregar a esta aberración dictatorial que se ha extendido como una epidemia en nuestra tierra latinoamericana gobernada, en esta década 1970, por los gringos del norte.
—Qué me cuenta de su familia —expresó interesado— parece un hombre solitario como delfín rosado perdido en manglares del río.
Moxela le hizo un resumen de su vida y cómo quedó sólo resguardando su querida vivencia en la sede de Gobierno, hasta que sucedió el problema. Buntre lo escuchó atentamente y muy pronto sintió empatía por el exiliado y le comentó.
— ¡Interesante! Vamos a tener muchas noches para seguir hablando de estos temas señor Grenzio y por favor ¿puede llamarme “misar”?… que es abreviado de “mi sargento”.
—Buena aclaración, misar, pensé que era por oficiar misas religiosas o por ser tan poderoso como mi zar de Rusia —bufó riendo Grenzio.
—Nada de eso, sólo confianzas que nos damos con los muchachos, pero ante los locales cambiamos automáticamente a régimen estricto y eso debo mantener con todos, especialmente con usted, preso Moxela. Pero no se sienta exiliado, disfrute, como yo, disfrute de esta naturaleza, eso sí, sin provocarle ataques cardiacos al cabo Mangure ¡Sin escapismos!
El preso sintió, por primera vez, que estaba en un buen lugar, alejado de ciudades, donde primaba el abuso militar y donde seguramente sus servicios no serían muy bien recibidos. Repentinamente alguna fuerza magnética le obligó a quedarse mirando al norte, hacia el asentamiento indígena, donde varias volutas humeantes se hacían visibles. Recordó sus sueños ocurridos en el viaje por el Marube, donde vivió la mayor aventura de su vida en esa región. Pero sus sueños solo eran el principio, porque Grenzio no sabía que las delicadas fauces del destino cambiarían la etapa final de su vida, en una grandiosa aventura jamás imaginada, ni por la gente del puesto militar. Al notar su dedicada fijación, el sargento le advirtió directamente.
—Señor Moxela, lo veo mirando al norte, a las tierras Amborí. Le informo que es prohibidísimo acercarse allí; es una zona de protección aborigen, no por ley nacional, más bien por imposición de la tribu, cuya fama feroz carnívora, lleva siglos, escrita y relatada en arcaicos documentos españoles coloniales. Son mortíferos con los visitantes no autorizados.
Esperó un instante y vio que el preso se quedó sin reacción alguna, estaba pálido y estático, mientras pronunciaba palabras aborígenes como: Azaeté, Uzumbí, Aramía, Arúmeden... intrigado, prosiguió.
—No pude creer este asunto atroz, carnívoros, hasta que fui llamado a retirar cadáveres de unos mineros buscadores de oro y además leí documentos de esta tribu, parece que ocultan algo muy misterioso.
Grenzio, recuperó sus cinco sentidos y analizó que estar cerca de la tribu Amborí, no era una mera coincidencia, estaba asociada con sus fantásticos sueños y con extraños entes cibernéticos, que todavía rondaban del viaje, estaban grabados en su mente y lo habían tornado suspicaz.
—Interesante misar Buntre. Gracias por evitarme un imposible plan de escape. Si fuera tan amable de proporcionarme documentos que posea sobre esta tribu, me sería bueno para pasar tiempo en mi celda nro. 2.
—Seguro, déjeme buscarle algo, en este armario.
Con un buen fajo de documentos Grenzio se dirigió a su celda. Apenas se echó en su camastro empezó a leer historias sobre la cercana aldea tribal, que le mostraban su vivencia:
“Al parque Amborí, bella zona ecológica, atraída por habladurías y mitos, ninguna expedición colonial o contemporánea se había acercado, por la fama de antropófagos, que cortaban cabezas, usaban dardos mortales. Las autoridades contemporáneas, enviaron varias expediciones militares y civiles, que fracasaron en sus intentos de sojuzgar a la misteriosa tribu.”
“Desde temprano se veían humaredas de cocinas a leña, con gente preparando la primera comida; algunas jóvenes cargaban cántaros de arcilla hacia una ensenada abierta que llegaba a las orillas de un río que pasaba por el asentamiento y vertía sus aguas cristalinas en una gran poza, formada por el recodo Oeste del morro Uzumbí.”
“Los Amborí creían en varios dioses naturales, sin embargo, una antigua tradición contaba la supremacía de Dombú, que ejercía el dominio total. Tradiciones contaban que llegó milenios atrás allende los cielos, desparramando hermosos colores sobre la naturaleza, justamente cuando sus antepasados llegaron a esa zona, huyendo de tribus ayoreas.”
“Sus chozas no eran las tradicionales medias aguas rectangulares o circulares con techo cónico, más bien eran grupos de cinco habitaciones cubicas colocadas en cruz, trenzadas con fuertes lianas abundantes en la zona, cubiertas, palmo a palmo por una amplia variedad de palmas, formando un techo central piramidal achatado, que servía para ventilación y se afianzaba sobre cuatro columnas cuadradas que subían hasta la cúpula principal, donde se anudaban. Estos, estaban construidos a 1.50 m del suelo, sobre una base firme de madera plana, estaqueada según costumbres que enseñaban sus ancianos, de generación en generación.”
“Este conjunto, lo constituían: tres dormitorios con una sala central interna común y una de ingreso o unión a las plataformas o caminos palafiticas; Era un sistema cubical habitacional, que se alineaba a lo largo con varias plataformas en varios ramales, donde se insertaban otros conjuntos habitacionales idénticos, que se unían a una vía central. Todo el conjunto, chozas en forma de cruz, terminaba en un costado adyacente a la poza Azaeté, formando un puerto sobre el Paramingú.”
“Su tez era oscura, aunque más clara que los Guarayos. Su aspecto era realmente sorprendente, si algún experto se hubiera acercado a compartir con los rostros sonrientes de los tribales Amborí ¡se habría llevado una gran sorpresa! En una misma sala comunitaria se veía una mezcla de razas, con tonos blancos, mulatos, morenos, ojos azules, marrones o negros, cabellos rubios, pelirrojos y negros, con diferentes tipos de barbas.”

“Su fuerza era extraordinaria; ellos disparaban flechas con sus arcos hasta llegar 80 metros, mientras que los Guarayos no llegan ni a 30 metros con las mismas armas.”
“Existía un cacique mayor y uno menor para gobernar la tribu, varios consejeros y un brujo añoso infaltable, para cuidar la salud de los pocos aborígenes y alejar a los espíritus malignos. El cacique mayor gobernaba dentro y fuera del territorio, en tanto que el menor lo hacía en el territorio exterior y el brujo añoso maldecía a los dos con sus buenos consejos”
“En los conjuntos habitacionales comunales, a ambos lados del río, con las chozas aledañas, se concentraban los miembros de la tribu, asignando tareas del día. En las chozas comunes se reunían mujeres para determinar labores domésticas y las dedicadas a la fabricación de enseres usando arcilla, cuyo material abundaba y las dedicadas a convertir la madera y lianas, en sus propios enseres domésticos, como sillas, mesas, hamacas, etc.”
“Solamente niños menores a diez años, participaban en la enseñanza tribal, que tenía lugar en un gran terreno acuadrillado donde habían construido un galpón cuadrado dividido en dos secciones de paredes cruzadas, tapadas con madera plana que servía como pizarrón. Este conjunto escolar estaba formado por cuatro aulas de enseñanza visual, con largas mesas.”
La documentación era extensa y Grenzio la dejó a buen recaudo, para terminar de leer en otra oportunidad; no sabía que el destino y sus sueños subliminales le habían preparado una aventura insospechada. Al puesto militar le llegó la noche y Grenzio se durmió y esta vez, no tuvo pesadillas, ni encuentros con seres extraños, solo sentía que había llegado a su destino.
Capítulo 3:
OCURRENCIAS DEL EXILIADO
En el puesto militar, un adormilado Buntre, recordaba sus anteriores visitas a la tribu, cuando despertó sobresaltado; se levantó de un salto y recordó la última frase del preso "celda Nª 2"... ¿Quién autorizó el traslado?
En las gradas donde se hallaba Grenzio, la calma desapareció, éste se asustó agachando instintivamente su cabeza, para evadir un palazo. Pero nada pasó, sólo escuchaba en la calle las voces alegres del cabo Mangure y sus asistentes, que traían unos pescados.
— ¡Cabo Mangure!, —gritó el sargento, apenas lo vio entrar, ¿Quién autorizó? cambiar al preso a la celda Nº 2, ¡Informe!
Toño Mangure al llegar, vio al preso rearmando con mucha delicadeza la vieja máquina de escribir del sargento. No podía estar enojado por eso pensó, miró de reojo a sus asistentes, captó la intención del oficial y le siguió el juego.
—Si misar, yo autoricé al preso cambiar de celda, por reparaciones que debemos hacer en la Nº 1.
—En otra, me informa enseguida ¡veinte flexiones y diez vueltas al patio! Preparen algo con esos dorados ¡Muévanse! Ya es hora del almuerzo.
Grenzio, miró de reojo al sargento salir y notó su cara amigable, pero demostraba, ante sus subalternos, autoridad que debía mantener en este sitio. Se demoró un tiempo adicional para armar la máquina mientras veía a Mangure terminar su castigo inmerecido. Cuando éste acabó, le dio un cachetazo medio fuerte, lo levantó y le gritó a voz en cuello:
— ¡Termine el trabajo forzado clase tres! ¡A instalar la máquina y vuelva a su celda 2 preso Nº 1!, —gritó Toño y en voz baja le dijo— me debe una, carajito, ya me la va a pagar; ahora, a ver si me acuerdo cómo se destripan estos pescados, a preparar los leños para cocinarlos a la parrilla. Soldados ¿dónde andan? ¡A preparar el almuerzo!
—Si mi cabo, ¡a la orden! —respondió Huiras, el más cercano.
La armonía reinó por unos instantes en el puesto, mientras preparaban el almuerzo. Habían traído cuatro pescados grandes, demasiado para seis personas; consultaron al sargento si ponían dos al asador y se guardaban dos para la noche, éste sugirió hablar con el preso Moxela. Cuando éste fue hallado y llevado al parrillero, casi se desmaya.
— ¡Párenle soldados! mi cabo, no soy cocinero, pero puedo dirigir. Los pescados son grandes, dos bastarán y sobrarán para nosotros. Los otros dos los guardamos para después. ¿Tienen algo de sal, pimienta, ajo, cebolla, tomate, limones, etc.?
— ¡Epa, preso ranchero! —Le contestó Mangure— ¿no quisiera una cervecita helada con una negra 90-60-90, como cocinera? negativo, porque aquí en medio de la selva, solo sal y harto limón, que ya es mucho lujo.
—Bueno, antes de todo, limpiemos esta parrilla oxidada. Antes de ponerlos sobre el fuego, vamos a salar y limonar los pescados, dejándolos así, por unos 10 minutos, luego los ponemos a fuego lento, dándoles vuelta minuto a minuto.
Enseguida el cabo ordenó a dos soldados atender la olla hirviente para echarle yuca bien raspada y plátano verde y a poner la mesa que era un largo tronco de algún viejo árbol partido en dos por un rayo, sujeto por dos soportes chatos en forma de horqueta, que encajaban y nivelaban. A ambos lados había dos bancos largos hechos con tablones de madera local sobre dos troncas pequeñas y en las cabeceras otras troncas usadas como asientos. Este comedor al aire libre estaba ubicado bajo el amplio alero, que les protegía de la lluvia como del tórrido sol.
Cuando la comida estuvo servida, los soldados que se habían quitado sus uniformes, por el calor, trataban de volvérselas a poner. El sargento al ver eso, ordenó a permanecer en camisetas sin las pesadas camisas color caqui; Todos comieron opíparamente, fuera de reglamento.
Grenzio compartió su primer almuerzo campechano, oliendo a sudor de axilas, pescado y mal aliento, redimido solo por una jarra con limonada y fragantes pedazos de limón sobre sus platos.
—Este bicho de Huiras, puso sal antes de hervir el agua y nos fregó las yucas, están duras y eso que dijo el preso, no echen sal antes sino después y en su momento, tenía razón el vejete.
—Nada de vejete. Ordeno a todos tener mucha consideración con el señor Moxela, es todo un caballero y a Toño, parece que le cayó bien, aproveche su conocimiento técnico, trate de estudiar algo con él. Buen provecho a todos, les felicito por el almuerzo.
—Gracias misar, no se olvide del preso, fue quien nos aconsejó para no trozarlo, solo abrirle para sacar sus tripas, luego limpiarlo y echarle sal y limón, finalmente cerrar el pescado y dorarlo lentamente hasta tostarlo.
— Y hablando de Moxela, ¿dónde está el preso, cabo Mangure?
Toño se levantó de un brinco, lo había dejado en la parrilla fritando una porción para el guardia de turno en el puerto; pero no lo encontraba, la parrilla estaba vacía. Un soldado fue a buscarle por el puesto y salió por el pasillo para ir al puerto; en pocos minutos volvió agotado, pero alegre; el preso estaba junto al guardia de turno, a quien llevó el almuerzo.
—Vamos a tener que ponerle una bola de metal con cadena, es un gallo escapista, busca su libertad ¿no le parece Misar?
—Déjenlo libre como el viento. Acostúmbrense soldados, a su presencia, porque este preso es de palabra, no va a huir, cumplirá su condena en este sitio. Confió en él.
Todos se alegraron al oír esta mención. Mangure vio que el sargento se iba a hamacar y a fumarse un buen puro, entonces se dirigió rápidamente hasta el puerto. Allí se encontraba el preso conversando animadamente con el guardia, anotando el paso de los botes.
—Qué hubo Señor Moxela, por lo visto, comió muy bien y se olvidó lavar los platos y guardar los otros pescados.
—Sólo trabajo clase 3, mi cabo, dos celdas y la máquina de escribir, ya van tres. Ahora estoy en mi descanso, mirando en este puerto para ver ¿dónde podríamos armar? un pequeño estanque natural, estaqueado y bien protegido con mallas usadas de pescar, para conservar los pescados por unos días.
—Me va a volver loco. Ya tengo bastante trabajo, no vamos a hacer una pocita para guardar pescados. Misar nos va a matar. ¡Ni lo piense!
— ¿Dónde piensa guardar los otros dos pescados dorados que le regalaron? ¿En el patio de la guardia? ¿O en las duchas? O los va a donar a alguien del poblado.
— ¡Buena pregunta! Pero me ayuda con misar ¿Qué necesita? algo debe servir en este puesto militar.
—Unas cuatro estacas grandes y varias de carrizo cortado a 60 cm, para hacer un muro bien tupido, para que entre el agua del rio y salga del estanque, pero no los pescados ¿me entendió?
Cuando llegaron al comando vieron que el sargento dormía plácidamente hamacado en el alero protegido del sol, el cabo hizo lo mismo, se tendió a su lado en otra hamaca. El preso se dirigió a la cocina, lavó los platos y se fue a tomar su siesta en la celda Nº 2.
No supo cuánto tiempo había pasado, un torbellino de gritos le despertó bruscamente, escuchó el trote de algún soldado dirigiéndose a su celda. Tocó su puerta y él le preguntó: ¿Qué pasa soldado? Sólo escuchó el cerrojo de la llave, luego el soldado volvió sobre sus pasos y retornó nuevamente. Se escucharon órdenes y la puerta de su celda se abrió. Allí estaban el sargento Canilas con el escribano Ricardo Lapezo, jefe civil del poblado, exigiendo ver al preso, según establecía ese derecho, que continuamente reclamaba al sargento Canilas:
—Verá Ud. sargento Canilas, en estos tiempos difíciles para nuestra patria debemos trabajar muy unidos, especialmente por estar tan alejados de la civilización. Estuve ayer en Barquesi haciendo compras y allí me enteré de la llegada del preso político.
—Bueno escribano Lapezo, está en su derecho, ya que tanto insiste, pase usted a la celda Nº 2, está abierta. — ¿Puedo entrar con alguna protección? —indagó Lapezo.
—No es necesario, ya comí, terminé la siesta, no estoy armado y no muerdo; puede pasar quién diablos sea —el sargento, entró y le saludó.
—Buenas tardes preso Moxela, ¿cómo está usted? aquí le traigo una visita, la primera autoridad civil de este poblado, quiere verlo.
Ricardo Lapezo entró como pisando huevos en un gallinero, pero no encontró ningún excremento, simplemente un piso bien limpio y un caballero de edad madura tendido en su camastro militar con un aspecto experimentado por la vida que, viendo al especial personaje en traje de rigor, se fue levantando lentamente hasta ponerse de pie.
—Preso Grenzio Moxela, —indagó el escribano—, va a tener que cumplir una alta pena política en esta región, por haber insultado a nuestra máxima autoridad constitucional del país.
—Señor desconocido, le saludo como autoridad civil, pero corrijo su término "constitucional", es un gobierno de facto, una dictadura militar.
— ¡Basta! —le coaccionó chillando fuerte, ocasionando que el preso se tapara los oídos —¡Usted no me va a enseñar mi oficio, si digo constitucional!
Soy el señor notario, Don Ricardo Lapezo, quien dará fe de su llegada a esta región.
Dígame sargento ¿qué lista de trabajos forzados tenemos por aquí?
—Ya le dimos tres trabajos hoy: el arreglo de dos puertas y la máquina para escribir del sargento, 2 + 1=3, —anunció el cabo Mangure, desde la puerta— como dice el memo clase 3.
— ¡Qué se abra la tierra si no entendí a su cabo!, —le espetó al sargento—. ¡Quiero ver, desde este minuto! al preso limpiando las calles del pueblo, cargando piedras, botando la basura, deshierbando huertas y el jardín de mi esposa.
—No se va a poder, —le dijo el cabo Mangure—, tiene que fabricar un estanque en la orilla del río, para guardar los pescados que compramos.
— ¡Santa Lucía me lance un rayo! —Bramó y dirigiéndose al sargento— ¿Es que su cabo, se está haciendo la burla de mí?
—No es así Señor Lapezo, le informo, que tareas clase 3 las damos nosotros, sus carceleros. El preso no es un empleado suyo. Sólo debe verificar que está preso en su celda y, además, confirmar su identidad. ¡Preso Moxela, muestre a nuestra autoridad civil su carnet! —ordenó en voz tan alta, que asustó al escribano.
Grenzio, entregó formalmente su documento; el notario lo leyó, tomó nota en un papel y le pidió que pusiera sus huellas digitales de los pulgares sobre una hoja ya escrita con los términos de su llegada. Al concluir su constancia, sin despedirse siquiera, hizo un ademán para volverse a la puerta, pero fue interrumpido por el preso, quien le recalcó:
—Señor Lapezo, como soy ingeniero eléctrico, sé que Santa Bárbara, es nuestra protectora contra rayos y truenos, no la tal Lucía, que no sé si protege del clima o es santa de lluvias.
El escribano se paró en seco, quiso replicar al considerar su metida de pata, pero no pudo, porque Canilas instruyó salir a la tropa, llevando al preso al puerto. La delegación pasó al lado del escribano y lo vio parar para llevar herramientas, junto a Mangure que le gritaba groseramente. Finalmente cargaron las maderas y cañas, así como varios rollos de pita trenzada y se fueron cantando hacia el puerto.
Ricardo Lapezo, meditó en su interior que apenas tuviera oportunidad, haría morder el polvo de la ignominia al preso y al sargento Canilas. Estaba furioso, porque su autoridad había sido vejada. Ya vendría otro oficial y les cambiaría su estancia, que parecía divertida.
Nunca había observado a los soldados correr de alegría, en medio del sol tardío ¿Qué se traían entre manos? se preguntó, ¿realmente era preso político? ¿Habría insultado a su presidente en plena procesión?
Esperó que el sargento le diera una copia de los documentos, los cuales leyó. Finalmente agradeció y salió hacia su casa con el aspecto de un hombre preocupado por el estado insolente que empezaba a gestarse en este rincón norteño, donde era la única autoridad civil.
Mientras tanto, esa tarde la actividad continuó en el puerto donde lo rutinario se había vuelto un trabajo útil, dirigido concienzudamente por el preso, que se metió en calzoncillos en medio de la corriente y mostro excelentes aptitudes como nadador. Luego dibujaba a detalle cómo se debe hacer un estanque provisional con cañas, para guardar los pescados o tener peces pequeños vivos, como en típicos criaderos.
El preso se turnaba entre la poza y el guardia del puerto para descansar y tomar nota de la hora en que pasaban los botes con pasajeros y comerciales; Luego volvía a entrelazar el conjunto con tupidas cañas amarradas a los cuatro pilotes, que se estaqueaban, usando grandes pedrones extraídos del mismo río, a falta de un buen martillo.
Construir el pequeño estanque les tomó toda la tarde. Pasaron horas divertidas por las ocurrencias del preso, que ajetreaba al cabo Mangure y siempre terminaba en carcajadas. La poza, simple y venial, fue terminada y guardaron los pescados amarrados con piedras para hundirlos en el agua.
—Sólo falta cubrirla con una red vieja para proteger el estanque de animales salvajes y pirañas orilleras exclamó Moxela, satisfecho de estar metido en el agua casi sin ropa, amarrando fuertemente los costados angulares del rectángulo formado con la orilla, ayudado tímidamente por los soldados andinos, que jugaban salpicándose en la orilla, mientras Mangure zambullía y revisaba fugas para peces pequeños, Grenzio les dijo:
—Soldados, ya va a ser hora del parte, prepárense para entrar a nadar al rio, luego a secarse y vestirse antes de ir a la comandancia. Como nadie quiso entrar al agua profunda, se dio cuenta de la burda adversidad andina ¡no sabían nadar! Entonces les preguntó:
— ¿Qué pasaría si alguien se cae al rio?
—Tenemos un chaleco y una llanta salvavidas señor.
Entonces Grenzio informó que se iniciaban clases de natación, y se dio modos para sujetar sus cinturas con pitas a los arboles cercanos y los echaba a la corriente, para flotar y perder el miedo al río, luego los ponía de dos en dos a patalear como perritos. Cuando la lección terminó, el preso y la tropa se secaron, se vistieron, luego fueron marchando al cuartel, precedidos por una canción colegial que aprendieron cuando jóvenes. La tropa bulliciosa que espantaba pajaritos, mosquitos, mariposas llegó corriendo al patio de formación y fueron a cambiarse para estar presentables.
El parte transcurrió con una nueva noticia, ¡la tropa no sabía nadar! Pero se habían iniciado clases de natación. Luego del parte, el sargento llamó al cocinero de turno para preguntarle ¿Qué tenemos para la cena?
—Sopa de gallina robusta, dura como madera, cocinada con añadido de plátano verde machacado, maní y varios vegetales.
— ¡Qué yo sepa no tenemos gallinero en la comandancia! ¿De dónde salió el bicho ese? ¿De algún lugar cercano?
—El cabo Mangure lo encontró vagabundeando al norte del poblao, sin ninguna identificación, cuando quiso detenerlo, se dio a la fuga. Lo persiguió y lo capturó en una chacra, torciéndole el cogote para que no alertara a su dueño.
Canilas sonrió de buena gana, luego se dirigió a su oficina e hizo llamar al preso Moxela. Éste llegó más limpio que una palmera en borrasca de verano y saludó al entrar a la oficina.
—Tome asiento y póngase cómodo que no vamos a tener una charla formal, me interesa conocer detalles de su encuentro, con la primera autoridad del país, si le parece señor Moxela.
Grenzio, estuvo de acuerdo y empezó su relato: "Le informó que no
se publicó nada por prensa oral ni escrita; el asunto sucedió a media tarde de un viernes, cuando estaba sentado en la plaza principal leyendo noticias del único periódico autorizado; Pedían al gobierno información sobre los políticos detenidos, exiliados o lista de muertos."
"Por la plaza pasaba una banda con música tristona, era una
procesión y ahí estaba el dictador, presumiendo de espiritual vida. Detrás, venía la virgen, protectora de las FFAA, llevada en andas por cadetes del Colegio Militar y al final el ejército pertrechado de gala con relucientes armas."
"En eso, apareció un joven rebelde que se paró sobre el banco, donde él estaba sentado y empezó a insultar al presidente: de dictador, asesino, gritando fuertemente: ¡Libertad a los presos políticos! ¡Abajo la dictadura militar!”
"Como también sentía bronca, me subí al banco y tan alto como soy, repetí lo mismo que había dicho el muchacho, pero mi voz barítona retumbó tan fuerte, que la multitud coreó los insultos y me aplaudió en medio de las bandas. Los guardias secretos dieron sólo conmigo, porque el muchacho huyó como un ratón descubierto y cuando estaba para sentarme a terminar de leer mi periódico, aparecieron varios agentes que me encañonaron, me quitaron el periódico y sin miramientos me llevaron en una vagoneta negra, hasta el Control Político, que, para colmo, estaba sólo a dos cuadras, ubicado frente a los tribunales de justicia."
"Me quitaron mis ropas y el sombrero, luego me metieron en un cuartucho oscuro que olía a guardado, bajo unas gradas antiguas de alguna antigua casona, lleno de escobas, basureros. Ahí me tuvieron sentado en el piso por unas horas, sin saber a qué atenerme."
"Nunca había estado en esta situación. Sería medianoche, cuando
alguien me dio un puntapié en la pierna izquierda y me ordenó que saliera. Dos hombretones cubiertos con capucha negra tipo pasamontañas me sacaron a empujones, luego me llevaron a un cuarto lúgubre donde brillaba una luz muy fuerte, me sentaron en una silla y me llamaron, repetidamente por mi nombre completo, presumí leyendo mi identificación."
"Más tarde se acercó uno de ellos, cuyo aliento olía a alcohol y dientes maltratados, que casi me hace vomitar, me dio un latigazo en el brazo hablando palabrotas irreproducibles, me dijo” Ahora vas a saber que no se debe insultar a mi Presi, conque viejito alzao, proclamando libertad de los revoltosos obreros y campesinos. ¿Qué tienes con ellos? ¿Eres terrateniente? Alguien revisó sus antecedentes, me los canta ahora mismo”.
“Nada mi jefazo, no hay nada. Es un ciudadano ejemplar, ex catedrático, empresario jubilado, por lo visto estaba sentado en la plaza, leyendo su periódico y se metió a defender a los políticos de oposición”.
” ¡Se debe hacer un escarmiento!, exclamó el jefazo, que a seguir me dio una bofetada y me hizo sangrar la nariz. ¡Hábleme de su compinche!, se fugó otra vez Trumerez. ¿Qué relación tiene con él? ¿Dónde vive?, ¿Con quién se reúne? ¡Hable o la pagará!"
"Así me tuvieron por una media hora, sin decir nada, porque no sabía nada. Me volvieron a golpear sin lastima.” En eso sentí que alguien entró a la habitación y otro personaje, hablaba en voz baja, murmurando a su oído, pero con autoridad firme y decidida. Luego escuché suavemente órdenes, contraordenes, hasta que alguien habló con bastante vehemencia:"
"A sus órdenes mi coronel, entendemos la situación. Iniciaremos de inmediato los trámites para su traslado. ¡Cabo de guardia! lleve al preso a mi oficina, llame al sanitarista para curarle sus heridas. Devuélvanle todas sus pertenencias. Parece que este preso tiene influencias. Sáquenlo de esta cueva y lo mandan a la sección exilios nacionales."
Al terminar el relato, Grenzio habló:
—Después de varios traslados en la ciudad, finalmente me pusieron un guardia y nos subieron a un camión al norte de La Paz-Alto Beni, que en dos días y noches nos trajo hasta un puerto beniano, cercano a la hacienda Gutriego, un gamonal vendido al gobierno. Allí tomamos una lancha comercial y por vía fluvial nos tomó dos días para arribar a puerto Barquesi. Luego de 8 horas, llegué a esta zona perdida en el norte amazónico.
Buntre agradeció por el relato detallado y le invitó un hervido hecho con cáscaras secas de café, llamado sultana, y a seguir le entregó un cigarro de tabaco negro, que había preparado con delicadeza, mientras escuchaba su relato, juntando hoja por hoja, usando el mejor tabaco Amborí que, aunque no estaba trabajado y tan apretado como los originales cubanos, servía para espantar mosquitos y matar el tiempo.
—Y usted, mi sargento Canilas, ¿cómo fue que le enviaron a esta zona?, premio o castigo.
—Mucho me temo que mi historia no será tan interesante como la suya. Ya le contaré a detalle, algún otro día. Tuve un problema con los mandos superiores por defender en una fiesta, a una pariente de abuso indebido y como castigo, me cambiaron de destino a esta zona, en calidad de exiliado. Somos compañeros de infortunio.
—Qué interesante —interrumpió un atento preso Moxela— pero cuando llegó ¿en qué estado halló? a este puesto militar perdido en la Amazonía, pero cerca de esa misteriosa tribu.
—Cuando llegué a puerto Barquesi, grande fue mi sorpresa, al encontrarme con un ex profesor del Colegio Militar, que cumplía exilio en tierras del norte paceño, como jefe militar regional; Mi mayor Marchelo Omontes, que pronto tendrá el gusto de conocerlo. Es una persona sensacional, equivalente suyo, pero en el ambiente militar ¿Me capta?
—Seguro misar Canilas, si usted lo dice, debe ser un gran personaje.
Canilas le relató que a Omontes le debían todas las mejoras en este puesto. Porque en C’Orligni, la única casa habitable era del escribano. Lo demás estaba abandonado, sucio y desmantelado. Omontes se dio cuenta del castigo que me infringían y durante dos meses me envió materiales de construcción y albañiles, además, agregó cuatro soldados con un sanitario, como corresponde a un puesto militar. Quienes pusieron este lugar, habitable. Después fueron llegando muebles usados, una máquina vieja de escribir, escritorio, sillas usadas, etc. Hasta enviaron media docena de camastros con colchones y frazadas, que, estaban destinadas más al norte, a Pando, una población frontera con Brasil.
—Según me comentó Omontes, la orden recibida del gobierno, mi lugar de destino sería un castigo, sin ningún soldado asistente. Sólo víveres para sobrevivencia quincenal, así decía el contundente memo militar.
Buntre, no pudo seguir hablando, porque alguien grito que estaba lista la cena y ambos salieron al alero que a esa hora 20.00, estaba bastante aireado por los vientos sureños, que presagiaban un cambio climático brusco, a inicios del pre invernal mes de mayo. Comieron opíparamente y se fueron a descansar.
El cabo Mangure condujo al preso a su celda y así terminó su otro día, como prisionero en el puesto militar C’Orligni, un miércoles, víspera de la festividad del primero de mayo prohibida por el régimen.
Ese amanecer del jueves, iba a ser muy entretenido para el cabo Mangure, porque se atrasó en llegar al parte de las 07.00 horas, el escuadrón había salido a buscar una tropa de ocuríes que invadió la aldea. Estaba solo, dando vueltas en el patio. Liberó al preso ordenándole salir sólo al patio, a tomar los frescos y matinales rayos solares y a preparar su desayuno.
Grenzio se llevó el desayuno a su camastro y esperó la señal de algún soldado para que le asignen su trabajo diario, pero no escuchó nada más, sólo silencio embrutecido por gallinas cloqueando junto un gran lamento de chanchos salvajes lejos del poblado.
Se encaminó al borde ribereño y vio por encima del muro a un par de tucanes haciendo sonar sus picos; Pasaron volando huchis, cuervos negros con cola amarilla y tejedores de nidos colgantes que ocultos en la frondosa arboleda, hacían vibrar el aire matinal con sus gargajosos sonidos. Levantó su vista fascinado porque en las alturas sonó el clásico y agudo silbido del Cernícalo, lugareño halconcito cazador, que hacía su nido en la copa de las palmeras. Entonces vio aparecer los primeros botes que subían río arriba para comerciar sus productos; Incumplió órdenes y saltó el pequeño muro y agachado por la orilla se fue acercando al exiguo puerto en medio de varias plantaciones de platanales.
Mientras tanto la tempranera tropa cazadora de jabalíes volvió al cuartel trayendo colgado de un palo un pequeño ocurí, capturado en las colinas. Estaban contentos por la presa capturada y sugerían como comerlo. Mangure pensaba cortarlo en partes, para asarlo, otros a cocer en olla. ¿Qué hacer? Se preguntaba. Entró por el pasillo al patio del comando y envió al soldado Huiras a buscar al preso y este retornó al vuelo, gritando.
—Soldado Huiras informando que no hay señales del preso ¡Parece que huyó de nuevo!
— ¡Sonamos soldados!, vamos los tres, hacia la guardia del puerto para cubrir su huida en bote... por la selva, no lo creo. Y todos salieron disparados.
La tropa corría despavorida hacia el puerto, donde el guardia estaba observando con sus binoculares buscando alguna señal en el gran río, al dar en el clavo, vio que iban a pasar los botes comerciales “Risas de sirenas”, “Esturión azul”, miro su registro… anotó 09.00 pasa por C’Orligni, retorna el otro río abajo. Sonrió y se dio vuelta para colgar los plátanos que hace poco, le había traído el preso y se encontró de golpe con la tropa alterada, agitada, llegando como una estampida. El cabo lo paró en seco, tiró la cabeza de plátanos, le agarró del cuello soplando en sus narices y le impetró:
— Soldado Aguiro, ¿ha visto pasar al preso de miér…coles?
—No mi cabo, al preso no lo vi, pero pasó el nuevo cocinero que me trajo esta cabeza de plátano y se fue a revisar su estanque hacia el bajío del puerto, lo estaba tapando con palma y un poco de achoró.
—Vayan al bajío, mientras yo observaré los botes, allí está el bajío y no lo veo Aguiro ¿Dónde está el preso? ¡Deme su larga vista!
A unos 200 m se hallaba un bañista nadando en el rio, como si fuera un delfín, de rato en rato volteaba la vista hacia el puerto y alzaba su brazo saludando. Cerca de él se veía un bote comercial que al verlo aminoró su marcha y el nadador se acercó con buenas brazadas. Mangure gritó.
— ¡Traigan mi rifle! Localicé al escapista y prepárense a salir con la lancha ¿Dónde están las llaves?
—Creo que las dejé en el comedor, se quedaron en mi camisa, voy al tiro —gritó Huiras.
— ¡Traigan mi rifle carajo! me va a matar el sargento si se escapa el preso, muévanse ¿Me oyen?
— ¡Claro que le oyen y lo voy a matar y al preso también! —respondió a sus espaldas el aludido sargento Buntre, que había llegado al escuchar el griterío y blandiendo su arma reglamentaria, la colocó en ristre.
Con el rifle en mano derecha y con el catalejo en la otra observó al bote “Risas de sirena” que había disminuido su marcha por unos momentos y se aprestaba a partir nuevamente. Observó alrededor del bote, que ya partía río arriba, vio al preso agarrado a una llanta ¡Se escapa, pensó!
Ya estaba por hacer sonar la sirena de parada obligatoria, cuando para su sorpresa, el reo se soltó aguas arriba y nadó hacia el puerto como un experto nadador en río, siguiendo y cortando la fuerza de la correntada.
Buntre, no notó la mirada angustiosa de Mangure, apuntó metódicamente con su arma, elevó unos milímetros la mira del rifle y disparó justo cuando llegaba Huiras cayéndose al suelo, pero con las llaves en la mano... y el cabo que se preparaba para zarpar, quedó petrificado.
El cabo Mangure miró a su jefe con indignación, su mirada le decía ¿Qué prisa tenía para disparar? y al caballeroso preso Nº 1. El cabo lloraba de rabia, pero el sargento estaba tranquilo, mirando la correntada, satisfecho por resolver esta inesperada situación.
Entonces Buntre se llegó a la lancha y mostró a Mangure la bahía donde llegaba el ajusticiado reo con sus últimas brazadas, luego vieron que subía a la plataforma de madera. El preso estaba bien ¡Qué susto les había dado el sargento y el señor Moxela!
El cabo se secó las lágrimas al ver cómo el preso Nº 1, llegaba a los maderos del puerto, se sujetaba y subía a la pasarela, chorreando agua, con una bolsa de plástico sujeta al cinto. Se abalanzó hacia él para darle un puntapié, pero algo detuvo su impulso, detrás, a unos 15 m, se veía la panza brillante de un peligroso caimán, muerto, pero todavía coleando.
— ¡Si están listos para partir! —gritó el sargento a los soldados en la lancha—, vayan a recoger al caimán. Vamos a tener comida esta semana. ¡Este señor Moxela tiene suerte! ¿No le parece cabo ranchero? —Éste se abalanzó hacia el preso, lo abrazó apretadamente, se fue a la lancha y partió raudamente en busca del apreciado manjar. Mientras tanto el sargento se dirigió a Grenzio para ayudarle a sacar la bolsa de plástico que traía adherida a su cinturón.
—Señor Houdini, va a tener que parar, ya le dije, con sus escapes súbitos, el corazón de Toño no va a aguantar. Por lo menos avise la
próxima, si va al baño o va a nadar al río o si va a escapar.
—Gracias sargento Buntre, realmente gracias. No me di cuenta del peligro y a mi edad ya no soy tan veloz para escapar de estos bichos, según veo, unos segundos más y me quedaba sin talón. Lo siento mucho; la próxima seré más cauto. Estaba acomodando los dos pescados sobrantes en el estanque, cuando vi el paso de una embarcación más lenta que otras, até la cola de un dorado a mi pierna y me lancé en busca del bote, para cambiarlo por algo más útil.
— ¡Me caigo sin levantarme! ¡Basta Grenzio, no me haga reír, con un dorado atado a la pierna! —Y soltó una risa cantarina ajetreando a varios pajaritos— ¡Sensacional mi estimado preso Nº 1! Es para registrarlo en el parte militar, pero sin nombres o apellidos.
—Cuando llegué cerca de la lancha, ellos disminuyeron su marcha y me halaron; les ofrecí el pescado que me cambiaron por varias cosas. Sobre la mesa del mirador se veían tres botellitas: una de singani ordinario, aceite y vinagre, junto a dos tomates, una cebolla y tres jaboncillos, además de varias bolsitas de pimienta y semillas.
Repentinamente, la amena conversación entre el preso y el sargento fue cortada por los ruidos del bote militar que traía el lagarto, amarrado a un lado. Ambos se levantaron y fueron a ayudar el desembarque. Algunos de los habitantes del poblado habían llegado, atraídos por el disparo del rifle.
El sanitario Ocopi Bustios y el escribano aparecieron asustados por la conmoción matutina y se dirigieron directamente al sargento:
— ¿Qué pasó, —indagó Lapezo— no respetan ni el desayuno ¿Qué sucedió sargento Buntre? explíquese ¿Qué sucedió, hay alguien herido?
—Hola Señores, nada importante, una embarcación pasaba lenta y fue seguida muy de cerca por un caimán; tuve que dispararle para eliminarlo
y tener un poco de carne fresca.
Cuando Ocopi dirigió la mirada a un semi desnudo caballero, con porte distinguido, que ayudaba a sacar el caimán, se acercó a Buntre y le preguntó: ¿Quién era este pintoresco extraño que estaba allí?
—Disculpe mi descortesía, es el preso que llegó de la capital hace tres días. Esperaba notificarle en la inspección sanitaria semanal. Se enterará por el memo, que podrá recoger más tarde.
El sanitario Ocopi se acercó a verlo y lo examinó de pies a cabeza y empezó a conversar con él. Grenzio, que estaba terminando de jalar la cola del lagarto y tenía sus manos embarradas con lodo arenisco sucio, agarró fuertemente la mano de Bustios, que no pudo evitar este contratiempo. Entonces, escuchó la voz pomposa del escribano, quién le ordenaba, revisarle clínicamente para ver si no había contaminado, las límpidas aguas del asentamiento.
El sargento, para evitar más comentarios, agarró del cuello al caballero mojado y lo llevó mostrando exageradamente su fuerza bruta y golpeándole con su fusil de rato en rato. Cuando entraron a la comandancia Grenzio lo abrazó fraternalmente, alegrándose por su puntería. Buntre le ordeno asearse y prepararse para la próxima visita del sanitario Bustios Ocopi.
Luego retornó al puerto a recoger el tesoro intercambiado por Grenzio y a ver ¿cómo su cabo lugareño? iba a dirigir el despedazamiento del caimán atrapado gracias a la tercera o cuarta huida del preso Moxela. El sanitario Ocopi, llegó como a las 11.00 horas, despertó al guardia dormido y le dijo que pasaría a la celda a revisar al prisionero. Entre rumores de: ¡no me jodan, dejen dormir, pase, váyase a la miér... Ocopi se sintió autorizado y pasó al patio interior con su maletín.
Pasó por la celda Nº 1 que estaba abierta y vacía y se fue a la celda Nº 2, donde el preso estaba sentado sobre su lecho esperando ser revisado, limpio, camiseta blanca con pantalón corto; Estaba bien peinado y sus ojos lucían algo enrojecidos por el jabón que había usado en la ducha.
—Señor Moxela, soy Ocopi Bustios, sanitario de este poblado y vengo a revisarle —le dijo un poco asustado, ya que no tenía protección alguna. El preso se hallaba sentado en su camastro, cortándose las uñas y como no respondía, pidió permiso para pasar.
—Pase a cumplir la orden Sanitario y no tenga miedo, además, estoy enterado que es amigo del sargento Buntre, pronto será también mi amigo —y una sonrisa afloró en la cara del preso Moxela.
El hielo de un primer encuentro se rompió, más tranquilo Ocopi inició el examen. Comenzó a revisar sus ojos, estaban sanos y el fondo de su retina estaba normal. El preso lo miraba paternalmente. Luego le tomó la presión, que resultó normal 125/85, para su edad —le puso el estetoscopio informándole— Latidos fuertes, sonoros y constantes.
—¿Usted es médico o algo parecido?
—Soy técnico sanitario. Aquí no pasa nada especial señor Moxela. Esta zona alejada es muy salubre, no tengo mucho trabajo.
Grenzio le preguntó. Debe tener muchos enfermos, más al norte tiene usted una tribu de aborígenes, que seguramente requieren su ayuda periódica o semanal. ¿Va a la aldea o ellos vienen a la posta médica?
—No me va creer Señor Moxela, pero esta gente Amborí, es muy sana, no se reporta ni para vacunarse contra la malaria y como están cerrados por naturaleza brava, no se contaminan. Si me permite relatarle: Tienen su propia vertiente de agua, que es muy limpia y llena de vitaminas A, D y otras. Desde que llegué sólo me permitieron ir tres veces en emergencia: Una vez, cuando un joven rubio de 20 años se había roto una pierna, la enderecé y luego le entablillé con madera y bastante crema antibiótica; la segunda...
—Espere Bustios, dijo que su paciente era un joven “rubio” de 20 años.
—Seguro señor Moxela, en esa tribu, cuyo origen es ignoto, he visto una variedad de razas, hasta tienen barba como la suya y algunos tienen ojos azules como el cielo de marzo. Casi todas las mujeres jóvenes o maduras son muy lindas y trabajan a la par que los varones.
—Qué buena noticia me ha dado, pensé que en este puesto viviría mi condena en una celda oscura y mugre, apaleado por militares dictatoriales, pero vislumbro más aventuras que un ciudadano libre en un país democrático de verdad. ¡Qué interesante! ¿Qué paso la segunda vez? Cuente sanitario Bustios, estoy atentísimo, fúmese un poco de este puro.
Ocopi le acercó la llama de su encendedor. Bustios pitó por unos segundos y tosió fuertemente, era tabaco negro, y prosiguió con su relato y lo que escuchó Grenzio, no le tomó de sorpresa:
"Serían las 17.00 horas. A Buntre y a mí, nos llevaron de emergencia en canoa. Me tocó atender un mal parto, un bebé mal colocado, estaba trancado y como usted sabe, eso casi siempre es mortal para la madre.”
“El brujo estaba ausente otra vez, seguro no sabría cómo tratarla y no soy ginecólogo, pero me parecía que debía salvar por lo menos a la criatura. Pedí permiso para cortar su vientre como un canal; Buntre asintió con su cabeza, pero felizmente el brujo apareció y tenía en la mano una roca que brillaba con tonos azulinos que se dispersaban por toda la choza. Me hicieron a un lado”.
“El brujo la puso sobre el vientre materno, comenzó a hablar, mover y girar en sentido contrario a las agujas del reloj y en el vientre se veía ¿cómo la criatura giraba? hasta que su cabecita se puso a la salida del útero. Entonces el parto se tornó sencillo, extraje a la criatura rolliza, y le entregué a su madre. Luego los guerreros nos sacaron hasta el puerto. Al partir, sentí escalofríos por la mirada oscura que me dirigió el brujo, había presenciado algo prohibido."
El preso tenía una cara tan absorta como inquietante y aunque seguía esperando que la historia continuase, le comentó.
— ¿Qué buena historia? tiene que darme detalles, si me permite, esta última parte de la roca brillante azul, ¿se la contó a alguien más del poblado o en Barquesi? —indagó preocupado.
—Negativo Señor Moxela, porque el sargento me conminó, delante de todos los Amborí, con su pistoleta en mi sien, a guardar silencio de lo ocurrido. No comenté esto hasta ahora. Usted me pareció una persona indicada para informarle o me volvía loco. Me despido y más tarde le visitaré para contarle de otros casos extraños que sucedieron en la cordillera Panturere. ¿Cómo se siente de salud, necesita algo más?
El corazón de Grenzio, se paró en seco y empezó a toser, atorado por el nombre que acababa de escuchar “Panturere”. La cordillera estaba allí, como en sus sueños, allí, los seres extraños tenían una cueva donde escondían una misteriosa esfera azulina. Esto, era demasiada coincidencia.
Como Grenzio no pudo contestar, solo le dio la mano y Bustios le dejó mentol y unas pastillas de vitamina B12.
Salió al patio donde los soldados ya habían retornado. Luego de saludarles, se fue a la oficina del sargento, a recoger una copia del informe médico y otros papeles para llevarle al escribano Lapezo. Entró a la oficina muy sonriente, con esa mirada natural de complicidad; el sargento le preguntó incisivamente curioso.
— ¿Cómo está el preso político Grenzio Moxela? ¿Está sano? ¿Qué opinión personal tiene de él, sanitario Bustios?, ¿Nos contaminará el puesto y cambiará la obtusa vida en esta olvidada aldea?
—Está sano sargento y me alegro haberle conocido, —miró a Canilas con expresión de haber conocido a alguien especial— Es toda una personalidad, aunque es ingeniero eléctrico, no será de mucha ayuda en este rincón, es risible e inaudito. Lo que es más importante, me ha llamado la atención su firme carácter y desbordante empatía.
—Seguro sanitario Bustios, váyase tranquilo donde su jefe, lleve esta copia del reporte, que ahora me toca disponer el parte de las 12.00 horas, ¿Quiere quedarse y asistir?
—Le agradezco, pero tengo que hacer una visita más, seguramente volveré a conversar con su preso, puede estar seguro.
Buntre acompañó al sanitario hasta la puerta y volvió a su oficina. Cuando estaba por dar las doce se arregló su camisa y gorra reglamentaria, se lustró las botas y asistió al parte; después se dirigió de inmediato a donde el preso Moxela, intrigado por la sonrisa del sanitario. Al entrar en la celda, éste se hallaba recostado, limpiando sus enseres personales, aprovechando todavía la abundante luz del día.
— ¿Cómo está preso Moxela? —Le saludó luego se sentó en la silla, se sacó el quepí y le dijo— menudo día que pasamos ¿Cómo se siente?
Conoció finalmente al sanitario Bustios en persona.
—Sargento, gracias por salvarme. Le agradezco y pido perdón por la situación incómoda en que lo puse. No quiero perturbar su autoridad ante esta gente. ¡Hay que tener cuidado en esta época de dictadura!
— ¿Cómo le cayó el examen médico de Bustios? Es buen profesional, pero medio hablador ¿no cree?
—Le tiene más respeto que miedo y lo aprecia verdaderamente, pero no tanto como los Amborí del norte. Me gustaría saber cómo son, cómo llegaron aquí; parece que hay varias historias, además de misteriosos y fantásticos cuentos. ¿Qué me dice misar?
—Aquí, solo tenemos la documentación que le entregué, salvo que el escribano tenga algo más. Cuando vaya a Barquesi, el domingo próximo, le conseguiré documentos históricos en la prefectura.
—Le agradezco misar, tengo interés en estudiar estas tribus amazónicas, mantenidas intactas, que tienen muchas mujeres jóvenes y lindas, buscando novios.
—La lengua de Bustios será cortada, por bocazas y se quedará sin dientes. Espero que le haya contado solo eso, lindas hembras ¡A ver, escupa lo que sabe!
— ¿Cómo se le ocurre? No me dijo nada más. — Mintió con alevosía notoria— los del bote “Risas de sirenas”, me comentaron cosas al pasar.
—Me place sea así, pero si le cayó bien Bustios, está bien que lo defienda, porque es de lo mejor que ha llegado por aquí. Hombre de buen temple—y fue interrumpido por Grenzio.
—Perdone, pero hay algo que me preocupa, podría informarme si usted presencio algunos hechos curiosos, ocurridos en la cordillera Panturere, quizás presencio algunos rayos azulinos.
Buntre se puso serio, se levantó y observó de cerca la real expresión preocupada que mostraba el rostro del preso y aunque sabía bastante sobre el tema, prefirió ignorar la pregunta.
—Tranquilo Grenzio, parece que está desvariando, allí no hay nada oculto, tampoco misteriosos rayos azules, vayamos a trotar y caminar.
Salieron juntos a dar una vuelta completa al patio para despabilar la mente. El cabo Mangure los vio llegar corriendo; después de saludar al sargento abrazó al preso en gesto innato de aprecio lugareño. Grenzio prometió no escapar y preguntó si tenían una huerta. Mangure soltó una carcajada y respondió.
—No sé mi amigo, ¿a quién se le va a ocurrir?, solo esperamos que pase alguna lancha comercial y compramos verduras, condimentos, o las sacamos del huerto del escribano.
—Con las semillas que traje, mi cabo Toño, vamos a tener nuestra propia huerta aquí, al lado del parrillero y vamos a techarlo. Ya me cuenta luego. Esta noche, vamos a preparar un cocido dorado, a la peruana.
—A la orden jefazo, pero no tengo limones, mejor me voy a robar, digo a traer unos cuantos a la huerta del escribano. Ya vuelvo en unos minutos y por favor, no se me escape.
Esta vez, durante el almuerzo, el sargento autorizó al preso, sentarse con ellos. La comida transcurrió sin problemas, regada por comentarios del caimán y la experta manera de nadar del preso.
Cayó la noche y encendieron tres lámparas a queroseno, una a la entrada, dos en el alar y dormitorios, bajo la atenta mirada del sargento, siguieron con juegos de cartas en los que participó el preso amenamente.
El sargento, encendió algo parecido a una pipa hechiza con madera rústica, le echó tabaco negro y empezó a fumar rodeado por volutas de humo para evitar picaduras de mosquitos, por la temida enfermedad del paludismo. Caviló Buntre sobre su situación actual y no tenía comparación con la semana anterior. Había cambiado en un dos por tres, que no daban seis. El producto resultante no era simple aritmético, porque la realidad era otra, que le inquietaba mucho más profundamente.
Muchos acontecimientos se habían suscitado desde la llegada del inesperado preso y presentía que eran positivas para su puesto militar, pero también, siendo un poco cauto, debía tomar ciertas precauciones, por la cercanía con la tribu.
A las 22.00 horas se fue a dormir, subiendo por las gradas abiertas hasta llegar a su dormitorio en el segundo piso, que poseía una terraza orientada hacia la cordillera Panturere que protegía a los Amborí, donde alguna vez las vio radiantes, llenas de rayos azules. El ambiente estaba inquietante, Buntre Canilas no pudo dormir esa noche, tal vez por la recargada comida, la exagerada condimentación y los avatares del preso recién llegado. No habían pasado ni cuatro horas, serían las 03.00 de la madrugada cuando su oído fino escuchó el sonido de un trueno seco. Medio dormido salió a la terraza y miró hacia territorio Amborí. Apenas se distinguían algunos fuegos de guardia en la oscuridad.
Repentinamente vio asombrado, que desde la sierra Aramía salían una serie de destellos azulados que atravesaban las densas nubes y se perdían en la oscuridad del cielo, luego escuchó otro estruendo seco. Aunque el cielo estaba nublado, no aparecía indicio de tormenta o lluvia. Él sabía la diferencia entre rayo y relámpago, pero nunca había observado destellos luminosos, saliendo de la tierra, con tal frecuencia repetitiva.
Recordó, que hace un mes el guardia de turno informó, haber visto algo parecido. Pero como no le creyó, no lo consignó en el parte y lo dejó en el olvido. Ahora que, en su mente, estaba grabada esa misma ocurrencia, se dijo que debería entrar a investigar la serranía, eso sí requería el permiso Amborí, algo muy difícil, pero no imposible de conseguir.
Bastante intrigado, recordó la inquisitiva pregunta del preso, ¿Cómo conocía el suceso? Estuvo así unos minutos; Como no apareció ningún otro rayo, relámpago o escuchó un trueno, pensó que lo observado era solo una jugarreta de la naturaleza.
Concluyó que esa madrugada sería otro día común; Retornó a su dormitorio sin sospechar que su vida ya no sería la misma a partir de ese suceso. ¡Qué lejos estaba de haber visto el inicio de una aventura!
Si hubiera esperado un poco más o vuelto a salir, hubiera notado que Grenzio, ocultó en la terraza, había observado incrédulo las silentes luces azules saliendo en serie desde la serranía, como disparos programados de rayos consecutivos, atravesando el cielo cubierto de nubes y finalmente llegó una calma, que casi siempre anuncia la llegada de alguna tempestad.
Capítulo 4:
VISITA A LA TRIBU AMBORÍ
El resto de la noche estuvo tranquila, pero cerca del amanecer Buntre tuvo variados sueños que mezclaban su injusta degradación, la separación obligada por su esposa al no poder seguirle a su exilio en parque Barquesi, luego vio el rostro del brujo Amborí lanzando maldiciones y lo ponía en una olla con agua hirviente, eso sí rodeado de jóvenes bellas con sinuosas formas, capullos virginales que se abrían atrayendo al macho a su nido.
Esa mañana del jueves 2 de mayo, despertó malhumorado por el intempestivo corte de su hermosa y ardiente visión. En su lugar noto que alguien estaba parado al lado de su camastro. Era el soldado Huiras haciendo gestos que le pedían silenciosamente para levantarse rápido. Vio su reloj de mesa y eran las 06.00. Como estaba en calzoncillos, se levantó aparatosamente tratando de abrir el clásico mosquitero, que logró abrirlo a medias y salió de la cama mirando duramente al soldado.
—Si no es algo urgente le meto al río colgado de la lancha para que le coman sus bolas los caimanes ¿Me oyó Huiras? ¿Qué quiere?
—Está en el puerto el cacique menor Umbalé y dice que es muy urgente, quiere llevarle de inmediato al poblao, acompañao del sanitario.
— ¡A la miér…! ¡Eso sí es muy urgente soldado, vaya y tráigame al sanitario rápidamente! que ya me visto para ir al puerto.
Se puso el pantalón, botas de reglamento y una camisa limpia, se peinó en un espejo colgado a un clavo, se puso la gorra militar y salió como un torpedo con rumbo preconocido. Cuando llegó al puerto, vio que el cacique estaba parado, con su figura y porte prominente, pero con cara de preocupación, comenzó a informarle en su dialecto tribal.
—Disculpe cacique Umbalé, usted sabe que apenas hablo su dialecto, pero ya viene el sanitario Ocopi que sí lo entiende.
—Buen día, saludo jefe amigo. Urgente requiero su presencia y del sanitario en poblao, tenemos problema médico.
Al poco rato, se veía la figura del soldado Huiras, que bajaba apresurado por el sendero de la plazuela corriendo y muy agitado con un maletín en la mano, pero sin el sanitario Bustios. Inclinándose ante el cacique como saludo, resopló casi con desmayo en la oreja de su sargento:
—El Ocopi está borracho, misar; ayer robó la botella de singani que intercambió el preso y se mamó solito, todita el desgraciao ¿Qué hacemos?
— ¡Vaya y me trae de inmediato al señor Moxela, así como esté! ¿Me oyó? ¡Déjeme el maletín y vaya pronto! —Se dio una vuelta y al ver la cara de indignación del cacique se acercó a explicarle:
—Ocopi enfermo. Vamos a ir con otro sanitario, si esperamos unos minutos cacique Umbalé.
El cacique se mostró enfadado porque no había más médico en ese puesto, supuso que el sargento le estaba engañando. Esperó unos minutos y se dispuso a partir solo, mientras ornaba que dos guerreros armados de flechas se pusieran a su lado.
Buntre no se quedó quieto, llevó instintivamente su mano a la cartuchera y notó que estaba vacía, retiró la mano y se dispuso a implorar, ante un gesto del cacique que indicaba atacarle.
Cerró los ojos para no ver las flechas clavándose en su pecho, pero nada pasó. Abrió los ojos lentamente y vio que a su lado estaba la esbelta figura del preso Moxela, bien vestido de camisa blanca, tenis y pantalón azul corto, con una serenidad tan fría como ese amanecer.
Revisó el maletín, sacó el estetoscopio, lo revisó y volvió a colocarlo en su lugar, se levantó y le dijo.
— ¡Listo para partir! cuando ordene mi sargento Buntre.
El cacique contempló intrigado al caballero de finas maneras y por el saludo inclinado que le hizo con su cabeza; No le conocía, tenía un aire de paisano, semblante firme con ojos de mirar indómito, pasaría fácilmente como un anciano de la tribu, con vestimenta, incluida su barba mal cortada.
—Jefe Buntre, pasemos canoa, vamos aldea con este sanitario nuevo, parece mucho mejor.
Tranquilizado por la aprobación del cacique, ambos subieron y se acomodaron al medio de la embarcación que partió silenciosamente como había llegado, rodeado por los aborígenes. La mirada del joven cacique era serena y no dejó de observar al preso ni por un instante.
Grenzio miraba el río grande a todo detalle y cuando llegaron a la desembocadura noto más guardias aborígenes a ambos lados del río Paramingú. Apenas ingresaron, la entrada cambió radicalmente; el paisaje mostraba una semioscuridad provista por una frondosa vegetación que se entrecruzaba de una orilla a la otra, como una cúpula continua. Los remos se apuraban al compás penetrando más y más el delta del río Paramingú.
Tardaron una media hora en subir, poco a poco se fue abriendo la vegetación para dar lugar a una hermosa visión de una plena naturaleza mayormente verde, que se presentaba en armonía con sus habitantes, ya que no se notaba descuido por ninguna parte. Cuando bordearon el último recodo apareció la primera cachuela (cascada pequeña) bañada por los primeros rayos solares, tenía unos 12 m de alto e impedía la navegación. Todos saltaron a un muelle formado por piedras arrejuntadas y ocultaron la canoa, luego caminaron sorteando un peñasco grande en forma de tronco de cono, en su base se había escarbado un pequeño sendero con gradas, donde cabía un solo pie a la vez.
La ascensión se hizo lenta entre la selva y el peñasco, con muchas piedras salientes de las que se sujetaban para no caer al río que corría furiosamente abajo. Caer significaba una muerte segura, aunque uno supiera nadar se figuró Grenzio sin mirar abajo. Aunque sólo tardaron diez minutos en circunvalar la roca pelada a Grenzio le pareció una hora.
Entonces apareció otro trecho del río navegable y un puerto hechizo donde les esperaba otra canoa con cuatro remeros, que les llevaron hasta torcer un recodo, donde la selva se abrió y podían percibir una bella llanura multicolor que terminaba en un caserío apenas visible por la coloración, una aldea mimetizada ¿naturalmente o a propósito? se preguntó Grenzio.
En esta parte, la corriente era suave y en sus orillas se veían árboles de cacao con sus frutos anaranjados pegados al tronco a la espera de la próxima cosecha. Más adentro bordeaban árboles frutales ordenados; platanales y caña de azúcar en huertos alejados del poblado. Más al sur se veían plantaciones de arroz bordeadas con palmeras reales apegadas a estos manglares naturales que regalaba la naturaleza pródiga. Estas plantaciones tenían que haber sido preparadas por expertos agrícolas, dictaminó Grenzio, había un orden en el desorden natural del asentamiento.
Bogaron por una hora y llegaron a lo que parecía un poblado con tinte palafítico, todo construido en madera, con diseño cubical formando grupos de cruces que se alineaban sobre una vía troncal que unía conjuntos y se alargaba en varios niveles hasta llegar al río, donde se formaba un puerto de madera, donde fondeaban varias canoas amarradas.
A esa hora de la mañana se veía a la gente de la tribu muy animada. Serían la 08.00 pensó Grenzio, y tal como le comentó el sanitario Bustios, aparecieron por un sendero que llegaba a una poza, los primeros retoños juveniles de belleza facial única con faldas cortitas marrones, bustos desnudos pequeños pero firmes, luciendo piernas finas que terminaban en rotundos muslos y caderas de gran porte. Grenzio se quedó tan embobado, que apenas sintió un agudo dolor en su costilla, debido al codazo que le propino el sargento, ante el ceño fruncido del cacique menor.
Pronto llegaron a lo que parecía el amarre principal, por sus cobertizos de palma y troncos con adornos naturales. Allá esperaba una comitiva con rostro sombrío, nada amistoso. Cuando subieron a la plataforma, fueron revisados inmediatamente por adustos guardias de seguridad que cubrían al gran cacique, hombre de edad madura, buen porte, ojos marrones claros y tez morena, cabellos largos y lacios sin trenzar, labios gruesos que protegían brillantes dientes blancos. Llevaba un gran bastón de madera negra coronado por una brillante piedra natural verde, que no poseía grabaciones o figuras artísticas.
Era gente práctica, determinó Grenzio. No se veían chucherías comunes de las tribus sudamericanas ni adornos coloridos con plumajes de aves silvestres o pieles de leopardos u otros animales predadores.
El cacique saludó afablemente a Buntre, poniéndole las manos sobre los hombros mirándole de frente y llamó a su lado a una intérprete, que se plasmó en la retina de Grenzio; era una hermosa joven con unos 25 años, tez blanca tostada por el sol, madura en forma y belleza, cabello pelirrojo, ojos verdes que destellaban en una linda cara expresiva, pero en su fina cintura llevaba un cuchillo y en la espalda una porta flechas. Se la veía preocupada cuando traducía el informe que le daba el cacique, al sargento.
Algunos nativos y nativas se acercaron a Grenzio sonriéndole, hablando en su dialecto, tocándole sus cabellos, las manos y su barba blanquinegra y todos comentaban sobre él, que correspondía afablemente con una sincera mirada de quien respeta y pide respeto. Algunas jóvenes púberes atrevidas trataron de quitarle su maletín o el pantalón corto azul, pero él siguió imperturbable, con la mirada puesta en la radiante pelirroja.
Finalmente, ella se desprendió del grupo que hablaba con el sargento y se acercó a Grenzio hablándole en buen castellano:
—Señor médico venga conmigo detrás de comitiva. No hable con nadie más, sólo sígame ahora.
Grenzio asintió y la siguió sin dejar de notar su gracioso andar símil a una pantera en medio de la selva profunda, contorneando su cintura, moviendo las piernas y caderas en una armonía natural, que pocas mujeres conseguían hacerlo en nuestras ciudades; por mirar embobado el magnético caminar ondulante, se golpeó la cabeza contra un bajo madero usado como dintel y gritó adolorido. Ella se dio vuelta y vio que estaba sonrojado y se sobaba fuerte la frente, mirando a todas partes menos a ella.
— ¡Sólo sígame! ¡Y mire por dónde pisa! —Le fustigó ácidamente.
La comitiva que estaba formada por tres jefes acompañados de seis guardias, llegó a un sector alejado del río y se detuvieron frente a una amplia choza donde esperaron la llegada de los recién llegados.
Antes de entrar, el sargento, que le había seguido cerca, se acercó hacia él seriamente y le habló muy quedamente:
—A partir de este momento, todo lo que vea, note, oiga, toque ¡Está restringido! No debe ser contado a nadie ¿Me entiende? Hablará sólo cuando le pregunten o alguna autoridad se dirija a usted ¿Me entendió?
— ¡Sí señor, entendí! —afirmó Grenzio, con plena convicción.
Guiado por el sargento penetraron a una choza de paredes medianas, abierta por todos lados, ventilada con cañas tejidas, que tenía algunos aborígenes en lechos comunes y llegaron a otra habitación que estaba cerrada con una tela translucida, como gasa; sobre una mesa de madera rústica se hallaba tendido el cuerpo inerte de un militar con tez blanca y cabellos rubios.
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