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El Alfabeto del Silencio
Una guía fabulada para despertar
El alfabeto del silencio
© de los textos: Raúl Miranda Carús, 2020
© de esta edición: Editorial Tequisté, 2020
Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu
Corrección: María Belén Lacentra
Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo
1º edición de este sello: mayo de 2020, Tequisté
Ediciones anteriores:
1ª edición: octubre de 2016, autoedición
2ª edición: diciembre de 2017, autoedición
Producción editorial: Tequisté
contacto@txtediciones.com.ar
www.tequiste.com
ISBN: 978-987-4935-29-8
Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
Miranda Carús, Raúl
El alfabeto del silencio / Raúl Miranda Carús. - 1a ed . - Pilar : Tequisté. TXT, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4935-29-8
1. Autoayuda. 2. Espiritualidad. 3. Ensayo Filosófico. I. Título.
CDD 158.1
A Jacobo, Diego y Gonzalo
Agradecimientos
Mi sincera gratitud a Belén, Max, Roberto, Mercedes y María por sus valiosísimos comentarios sobre el manuscrito original que tanto me han ayudado a mejorar. También a Amelia y a Fernanda, por sus minuciosos trabajos de revisión.
Por supuesto, a Concha y a mis padres y hermanos por tantas enseñanzas a través de los años.
Cuando el río recibe al Mar...
Prólogo de Jorge Lomar
Cuando el río recibe al Mar, el río no sabe exactamente qué está sucediendo en él. Surgen mil remolinos por todas partes. El color del río va perdiendo intensidad, pero mil nuevos colores brotan en cada brillo. La fuerza de la corriente casi ha llegado al punto de extinguirse, como si no hubiera ya que llegar a ninguna parte. Sin embargo, el movimiento permanece en todas partes. Los remolinos van suavizándose según se va haciendo más profunda la disolución de la corriente en la grandeza del horizonte. El agua es más dulce aquí o más salada allá, pareciera que aún las fuerzas de la tierra y la montaña hicieran divisiones. Pero la totalidad va limando dulcemente cada diferencia a medida que el agua se sabe Agua.
Y entonces, una vez pasado el tiempo de las medidas, el agua se sabe viento, montaña, nieve, hierba, aire, fuego, sal, hombre y planeta. La ignorancia es olvidada en la total vivencia del Presente.
El camino ineludible de tu vida desemboca en la expresión del amor. El amor es unidad, totalidad y plenitud que expresarás de maneras únicas, imprevisibles e incontrolables, de formas que aún no eres capaz de pensar, de modos que el mundo desconoce.
Ese mundo que ahora mismo parece estar ahí, fuera de ti, esperando a ver qué haces, se convertirá en un latido de tu corazón, un parpadeo de tu conciencia y ya no esperará ni un segundo más. El mundo entero se unirá a tu expresión de amor y todo será transformado eternamente.
Este mundo, que hoy parece un estorbo para tu despertar o una carrera de obstáculos, será el escenario de tu despertar. Anímate. Es el momento del desaprendizaje. Estamos de buena nueva, hay una totalidad por celebrar. Ya estamos preparados y el tiempo de vivir sin tiempo ha llegado.
Tal vez, sin embargo, aún veas lejanos los momentos para celebrar algo. Es tal la confusión en la mente ante el constante desafío de la personalidad, que el mundo es percibido como un nido de locura, caos y violencia. ¿Qué hay que celebrar ante tal despropósito?
En el mundo de la confusión, sean bienvenidos los caminos amables, las palabras claras y la belleza regalada. En el mundo de lo concreto, serán bien recibidos la abstracción sin distracción, la disolución del enfoque excluyente y el afloramiento de la atención abierta.
El regalo que nos ofrece Raúl es de aquellos que provienen de lo nuevo. No es novedoso, ni una nueva moda. Proviene de lo eternamente nuevo. Es por esto que armoniza con todo lo nuevo que siempre estuvo presente y brillando a través de todo el tiempo de lo viejo, a través de la historia y de cada historia, en cada lugar y en cada encuentro. El regalo de este libro es una invitación a dejar volar la mente entre los aromas del relato para después enfocarla decididamente en lo pleno de tu interior.
Las historias de cada día nos desplazan sutilmente del enfoque interior hasta que, a veces, nos perdemos del todo. Si observas bien, sabrás que en cada instante siempre hubo una lección y un regalo. Así es la vida en el delta del río. Hay mil historias pequeñas y grandes, clasificadas según tu momento, que te tientan a olvidarte de la perfecta corriente que te lleva al Mar. Y entre todas esas historias, de repente una perla, un brillo, un espejo de lo invisible haciéndose observable en tu corazón. Sea bien recibida una historia que nos ayuda a regresar a la verdad entre tanta historia de la misma historia. Sean bien recibidos todos los regalos.
Da la bienvenida en tu corazón a este regalo, El alfabeto del silencio. Una combinación de cuentos inspiradores, artículos de ensayo y guías prácticas de contemplación. Un regalo de quien se deja llevar por la corriente para quien se deja llevar por la corriente. Y entre la corriente, una experiencia, un brillo, una respiración profunda, una sonrisa, una perla. Te has visto de refilón. No lo puedes atrapar. Ya pasó. Un regalo corriente en el tiempo, pero imperecedero en tu corazón. Es de estos regalos de los que está forjado el curso del río.
Este libro es un regalo para tu corazón y para tu mente, para el lugar del abrazo en donde ambos se encuentran. Este libro es un regalo que recibes en el tiempo para concederte el regalo del no tiempo, que es tu reconocimiento de la paz y la verdad presentes en el ahora infinito. Cada capítulo está destinado a frenar la corriente de tu río, no porque no haya sentido para ser un río sino porque, una vez llegado el delta, la corriente se hace suave.
Siente. Déjate llevar. El sabor de la sal impregna ya tu avance. Es el momento de traducir el viejo sistema de pensamiento a lo nuevo. Es el momento de la paz.
Gracias. Vamos juntos siempre.
Jorge Lomar
El pescador de perlas
Prólogo fabulado
Carlos vivía al final de la playa, donde el manto grisáceo de la arena comenzaba a mezclarse con las piedrecitas del camino por el que pasaban cada semana los carros de bueyes a vender su mercancía en el mercado de Puerto Princesa, o para embarcarla allí hacia Manila. Su casa era grande y le gustaba encalarla todos los años para mantenerla bonita. Por dentro estaba prácticamente vacía, a excepción de una cama turca, una sólida mesa de ebanista con seis sillas, un aparador con los cristales opacos lleno de botellas polvorientas y una cocina de carbón algo inclinada. Su afán por mantener blancas las paredes no le dejaba tiempo para calafatear el techo, y algunos inviernos las goteras formaban charcos en el suelo entre la cama, la mesa y la cocina.
En el exterior, a la derecha de la puerta, junto a una contraventana verdosa, había una silla de mimbre. Al otro lado, entre dos de los pilares que sostenían la cubierta del porche, oscilaba una hamaca. Desde allí contemplaba al amanecer o a la hora del crepúsculo cómo las olas batían la cercana orilla o el acantilado al otro extremo de la gran playa levantando un estallido luminoso. Luego miraba mar adentro donde las ondas parecían dormir meciéndose unas contra otras para coger fuerzas antes de estrellarse contra las rocas. Entonces encontraba un parecido que no podía explicar entre el mar, el cielo estrellado y la luna, especialmente cuando esta emergía del horizonte como incubada por las aguas.
Sabía que los demonios habitan en las olas, dentro del debatir continuo de la espuma, mientras que en las profundidades, donde se originan las mareas, existe la calma y todo permanece inmutable. Había rechazado la pesca de altura porque la red se tira desde la superficie. Tampoco le atraía la caña apostada en la cala, ni quería ser un mariscador cuya faena transcurre cerca de la orilla. Se había hecho pescador de perlas para bucear cerca de la serena fuente del océano, complaciéndose en adentrarse cada día donde se percibe cómo el oleaje de la superficie es una porción mínima del mar.
Su trabajo le satisfizo durante muchos años. Su cuerpo maduró nervudo, sinuoso, bruñido y al mismo tiempo arrugado por el agua. Su pasión le hacía soltar la barca todas las mañanas, remar largamente, alcanzar las lejanas barreras de coral y sumergirse con la redecilla atada a una muñeca y una daga a la cintura para pasar gran parte del día buscando tesoros. Durante mucho tiempo disfrutó de cada inmersión y del hallazgo de cada dura esfera arrebujada entre la carne viscosa de las ostras.
Sin embargo, a medida que las arrugas de su piel comenzaron a acentuarse, empezó a sentir una necesidad nueva. Cuando se sentaba en la silla o se tumbaba en la hamaca del porche advertía una incompletitud, una carencia, un vacío royente. Sintió que le quedaba algo por hacer, una labor vital, un querer olvidado cuya ejecución era importante para encontrar sentido definitivo a su tarea. La idea surgió como los bancos de peces grisáceos suspendidos sobre la media mar en los atardeceres de otoño.
Un día bajo el cielo despejado, cuando almorzaba pescado seco en el vaivén del esquife con el sombrero pajizo calado, comprendió que debía hallar un tipo diferente de perla. No supo cómo había de ser, solo que debía ser diferente, con otro brillo, con otro nácar, de otro tamaño o dotada de una forma nueva: una perla única. Desde entonces, cada inmersión en las capas frías de la corriente se transformó en una búsqueda sin sentido. A medida que su deseo aumentaba, la satisfacción cuando desentrañaba una cuenta convencional del fondo de su concha se reducía. Eso le hizo trabajar más. Empezó a levantarse antes del amanecer, a desayunar someramente ya algo encorvado sobre la robusta mesa y a partir con su barca en el momento en el cual el brochazo ígneo del sol comenzaba a batir la superficie de las aguas. Trabajaba toda la mañana, sesteaba después de comer y continuaba cuando el sol abandonaba el mediodía hasta avanzada la tarde. Luego regresaba expectante con su cosecha remando sobre la superficie espejeante para explorar sentado en la playa las entrañas de cada valva.
Impelido por el cansancio comenzó a dormir más que antes. Se acostaba tan pronto el sol desaparecía por la garganta del mar, y descansaba profundamente hasta despertar espontáneamente justo antes de comenzar el día.
Al cabo de muchos meses de tarea frenética comenzó a oír una voz; era lenta, baja y profunda. Extrañamente le decía que lo que buscaba no se encontraba en el mar y le instaba a detenerse. Al principio no hizo caso por lo extraño de la situación y lo absurdo del mensaje. Sin embargo la voz se hizo incesante, cada vez más clara, más firme y también más atenta. El puro deseo de detenerla le llevó un día a obedecer, a no salir a pescar, a pausar su búsqueda.
Ese día no sucedió nada. Transcurrió tranquilo, nublado, mostrando el mar como una opaca masa de pizarra que reflejaba el color de las nubes. Durante esa jornada dejó de oír la voz y cesó de pensar en la perla única. Al día siguiente tornó a la faena, pero al cabo de una semana volvió a detenerse aconsejado de nuevo por un dictado todavía más cercano. El segundo descanso trajo una gran calma, y los pensamientos sobre su búsqueda se detuvieron por completo una vez más. Poco a poco, el número de jornadas sin salir fue aumentando, hasta llegar a ser más numeroso que el de días de trabajo. En los días varado se permitió levantarse cuando el sol ya se elevaba por el horizonte. Subía al pueblo a media mañana encaramándose en cualquier transporte para apalabrar el precio de la próxima recolecta, y pasaba las tardes en la terraza sintiendo la calma del seno oceánico latirle dentro.
Una noche, absorto en la escalera que bajaba al confín de la arena, notó cómo el ojo vacío de la luna le observaba desde el centro del horizonte. A su vez él lo miró algo turbado, y mientras posaba sus ojos sobre ella se dio cuenta de que era ella quien le hablaba.
Mientras escuchaba, se fijó con mayor claridad que nunca en cómo la luna guiaba la marea. Percibió las corrientes parecidas a miríadas de nadadores moviéndose en la misma dirección con la rotundidad de un inmenso cuadro móvil pintado por una mano descendida desde el cénit. Su reflejo inundaba las aguas, y las aguas, del mismo color que el astro, tintaban el interior de los cofres que él cosechaba. Entendió que lo que recogía cada día en el fondo del mar no era sino una densificación diminuta de ese reflejo nacarado, que cada perla no era sino una porción surgida de la gran perla lunar, madre de todas las perlas. Era el astro quien le hacía entender esto, y él comprendió ahora por qué le susurraba que no buscase la joya única en el mar.
Entendió también por qué encontraba tanta paz en el océano: cuando la luna se refleja en él, lo impregna de la calma que comparte con la cúpula estrellada. El agua a su vez trasladaba esa calma a la tierra cuando la bañaba en forma de lluvia. Era la luna quien traía el cielo al mar para que este lo portase a la tierra. Supo entonces que su trabajo consistía en ayudarla a diseminar trozos de calmo firmamento por el mundo, porque cada esfera plateada es una materialización del cielo.
Desde esa noche volvió a bucear sin descanso, pero con un sentido diferente. Ahora sabía realmente cuál era el motivo de su amor por el océano. Desde entonces, cuando vendía un puñado de luna recogido del fondo, estaba seguro de estar compartiendo aquello encontrado tanto en su interior, como en el cuenco del mar, como en la altura.
Prefacio
Hemos olvidado qué somos. Desde el comienzo del tiempo nos percibimos como entes perecederos, incompletos, desamparados, impotentes, aislados, sujetos a fuerzas extrañas. Al haber impuesto tales ideas de nosotros sobre nosotros mismos hemos caído en una suerte de avanzado alzhéimer espiritual.
El propósito de este libro es avivar tu naturaleza olvidada, facilitar el retorno a lo extraordinario latente en ti. Mas solo facilitarlo, porque nadie puede activar tal estado: solo tú puedes hacerlo. Aquí se proponen maneras para que, si quieres, las pongas en práctica utilizando tu voluntad y tu potencial, que es ilimitado y se encuentra insospechadamente a mano. Aun así, la vuelta hacia aquello en lo que consistes no es una tarea solitaria ni ardua, al contrario, está cuajada de tesoros y solo puede ser realizada en compañía.
Lo expuesto en las siguientes páginas no aporta información nueva. Ya lo conoces: está grabado en la profundidad de tu memoria. Simplemente lo exhuma, lo saca a la luz desde la penumbra donde reposa. No pretende añadir nada, sino más bien quitar, desbrozar, perfilar. Forma parte de la enseñanza Universal, del mensaje del Amor contenido en el núcleo de tradiciones como el hinduismo, el taoísmo, el budismo, el judaísmo, el sufismo, el advaita vedanta o la mística occidental, y se basa en especial en la práctica de Un Curso de Amor, Un Curso de Milagros y El Camino de la Maestría de los cuales puede considerarse una humilde introducción. Sobre todo, surge del hondo contacto con el Ser del que parte toda guía.
Solo hay dos sendas de regreso: la resonancia o la experiencia. La resonancia es conocimiento olvidado asomando de nuevo en la mente; la experiencia es la vivencia de tal conocimiento. Para llegar a nuestro objetivo recurriremos a ambas a través de ensayos, ejercicios y relatos.
Los ensayos prueban el camino de la resonancia. Son guijarros arrojados al estanque del recuerdo con la intención de hacerlo palpitar. No proponen verdades absolutas, ni siquiera verdades a medias, porque una idea ajena admitida sin más acaba convirtiéndose en un lastre inamovible para alcanzar cualquier verdad. Tal vez aportan saber, pero el saber en sí tampoco aporta nada por sí mismo. Si al leernos intuyes que algo implícito en ti aflora, esos ensayos habrán cumplido su cometido.
Los ejercicios proponen el de la experiencia. Son propuestas destinadas a la indagación práctica, puras meditaciones. Puedes corroborar el sentido de los ensayos por ti mismo realizándolas. Si no encuentras valor alguno en ellas, nada significará para ti. No tiene importancia, llegarás de alguna otra manera.
Los cuentos expresan a través de la metáfora mensajes difíciles de transmitir de otra forma. Nutren tanto a los ensayos como a los ejercicios de un modo no secuencial, no descriptivo, remotamente experiencial, intuitivo, aunque tal vez reconocible por la memoria esencial.
En el caso de que los ensayos te resulten pesados, contradictorios, desafiantes en exceso o demasiado densos, sáltatelos, ve al cuento o al ejercicio más cercano y luego, si lo deseas, prueba a acercarte de nuevo a ellos para ver si entonces muestran su significado.
Hay por lo tanto varias maneras de leer este libro. Una es la habitual, de la primera a la última página. Otra consiste en recorrer primero los cuentos y los ejercicios dejando el resto para el final. Otra es acercarse a los ensayos haciéndolos vibrar con la maza de la experiencia presente en las meditaciones y dejar los cuentos aparte como libro de ficción complementario. Otra más es alterar el orden de la lectura, recorriendo las partes que más te atraigan en cada momento. Cualquier método puede ser útil. Te animo a encontrar el idóneo para ti.
La velocidad de avance hacia la meta estará determinada solo por tu resistencia. Paradójicamente tenemos miedo a nuestra propia realidad, por maravillosa que sea. Lo que somos nos produce temor porque aceptarlo supondría renunciar a la seguridad de lo conocido, aunque resulte incómodo, y hacerlo nos llevaría a un lugar aparentemente ignoto, si bien muy familiar una vez se vislumbra. Por eso preferimos permanecer en un mundo percibido como hostil. Esta es la causa por la cual seguimos sumidos en él. Podría parecer que el motivo de ese recelo se encuentra en que nuestra naturaleza –aquello a lo que esta obra pretende contribuir a recordarte– es maliciosa o imperfecta. No obstante, sucede muy al contrario: es pura plenitud. Aun así, preferimos seguir inmersos en nuestras ilusiones, aturdidos, doloridos o insensibilizados, felices solo a veces. Lo real es una amenaza para el sueño en el cual estamos atrapados porque lo haría desaparecer. Cuando relajes por completo la oposición a tu realidad despertarás con rapidez.
¿A qué realidad me refiero? A una que no puede ser expresada. Es tan ilimitada, tan prodigiosa que no cabe en ninguna palabra. Sin embargo, puede ser vivida. Precisamente ese es el objetivo de esta obra. Ojalá sea de algún provecho.
Pechón, otoño de 2016
1
«Lo irreal no existe, lo real nunca deja de existir».
Bhagavad Gita. Canto II-16
«Fácilmente aceptamos la realidad, quizá porque intuimos que nada es real».
Borges «El inmortal»
I
La fábrica de la percepción
Un encuentro peculiar
Álex luce una cresta roja. Lleva el resto del cráneo rapado y un código de barras tatuado en la sien. De su nariz cuelga un amplio aro y se ha atravesado las orejas con pequeñas flechas. Viste camiseta negra de rejilla, pantalones de camuflaje agujereados y unas grandes botas con herrajes metálicos cuya suela debe medir unos cinco centímetros de grosor. Como va al gimnasio todos los días, sus brazos parecen dos columnas. El izquierdo está decorado con dragones rojos, el derecho con dragones verdes. Se ha sentado delante de ti en el autobús.
…
Recuerda la última vez en que te topaste con alguien como Álex, o con cualquier otro desconocido cuyo aspecto no te encajara. Quizá su físico no se correspondiera con los cánones de belleza, te chocara su atuendo, o tal vez te resultara extraña su manera de hablar o de mirar.
Recuerda si pensaste algo sobre el posible origen de esa persona, sobre su modo de pensar, sobre su actitud, si te imaginaste a qué se dedicaría, por qué se hallaría allí, qué iría a hacer después. Recuerda si te formaste alguna opinión acerca de sus defectos o virtudes, e incluso, aunque fuera la primera vez que le vieras, si supusiste qué cosas malas o buenas habría hecho antes.
Haz también recuento de qué emociones surgieron en ti.
Finalmente, recuerda cómo reaccionaste ante todo ello.
Recupera una experiencia similar.
…
Al mirar a esa persona, ¿qué estabas viendo?
…
La visión oceánica
Cuando miramos el mar y pensamos «estoy viendo el mar», lo que realmente estamos viendo no es el mar, sino su superficie. No vemos las corrientes, los fondos, las playas, la vida desbordante en su seno, la luz filtrada traspasando las aguas, los corales, las algas y el plancton, los médanos, las ensenadas, las innumerables orillas, las extensiones desconocidas, las fosas, las tempestades, las rías ni las grandes llanuras heladas.
Igualmente, cuando miramos lo que llamamos mundo no estamos viendo el mundo. Al observar el cielo, una silla, una roca o el libro que sostenemos entre las manos, lo que captamos es la capa externa de todas esas cosas. Si pudiéramos alcanzar más allá descubriríamos una infinita corriente vital. Repararíamos en las moléculas, en los átomos en movimiento y en las partículas elementales que conforman cada átomo interrelacionándose para engendrar algo intensamente vivo; oiríamos un fragor; sentiríamos una imperiosa corriente de energía; presenciaríamos un enorme espacio vacío entre todo ello. Y, aun así, no estaríamos asistiendo a lo que es si obviáramos la innombrable presencia de una realidad inasible más allá de la materia.
Por motivos similares, cuando miramos a una persona y pensamos «estoy viendo una persona» lo que vemos es un cuerpo, un rostro, una raza, un género, una expresión, una edad. No es por casualidad que la palabra persona provenga del griego máscara —«prósõpon»—. En la antigüedad los actores actuaban ocultándose el rostro con una careta a través de la cual hablaban. «Per» significa ‘a través’, «sona» significa ‘sonido’. La fuente del sonido no es la máscara, sino algo mucho más profundo e invisible oculto tras ella. La persona es la forma que cubre el indescifrable Ser existente detrás. La personalidad y el cuerpo son la máscara, la rígida expresión.
Mas lo que principalmente vemos al relacionarnos con un semejante es nuestra propia atracción, rechazo o indiferencia hacia él, nuestra reacción hacia su rostro, nuestro acuerdo o desacuerdo con lo que dice, nuestra opinión. Todo ello viene dado por una experiencia previa, por una educación, por un entorno, por una programación. En caso de que lo conozcamos, tendremos en mente una biografía parcial, una pequeña historia, consideraremos su manera de comportarse en el pasado y cómo creemos lo hará en el futuro. Probablemente, sea de manera consciente o inconsciente, juzguemos esos supuestos actos. En ese preciso instante hemos dejado de verlo, porque lo hemos sustituido por un cúmulo de impresiones. Sobre ese ser se ha superpuesto una proyección elaborada por quien lo mira. Una vez fabricada dicha proyección, no es raro que la apuntalemos con un nuevo conjunto de valoraciones y así acabemos creyendo en su verosimilitud. Inmediatamente la volvemos a proyectar, los ojos la confirman y así queda refrendada.
Cuando presenciamos el mar, un objeto o a un semejante, no estamos presenciando el mar, el objeto ni a ese semejante. Sin embargo, a la superficie del mar la llamamos «mar», a nuestras opiniones sobre alguien las llamamos «semejante», y a nuestra idea del mundo la llamamos «mundo». Cuando nos encontramos frente al océano, no estamos asistiendo al océano, sino a nuestra idea de océano. Cuando hablamos con un semejante, no estamos hablando con un semejante, sino con nuestra idea de él. Cuando afrontamos cualesquiera circunstancias, estamos afrontando nuestra interpretación de ellas. Cuando actuamos en el mundo estamos actuando sobre nuestra percepción.
Nunca actuamos sobre la realidad, sino sobre nuestra idea de la realidad. Cómo la hayamos forjado determinará nuestra noción del entorno y por ende nuestra manera de actuar sobre él.
Lo que llamamos mundo, pues, es el conjunto de nuestras ideas, un grupo de pequeños conceptos cerrados, una colección de objetos mentales, un ámbito infinito convertido en un esquema estático y severamente limitado. En ese trueque nos perdemos la maravillosa inmensidad, tanto material como incorpórea, oculta detrás. El mundo que percibimos no existe. Aquello que existe es algo mucho más vasto, mágico e insondable.
¿Cómo acceder a él? El primer paso es sencillo. Consiste en recordar que tras la superficie existe el fondo. Eso es suficiente para comenzar a ver. Haz la prueba, y observa si todo no comienza a conocerse de una manera asombrosamente distinta.
Comprender
Cuando el mar se agita aparece una ola. Algo destaca, salta y se desprende adquiriendo un color y una forma diferenciada. El razonamiento percibe el océano como una cosa y la ola como otra distinta. Para poder distinguirlas da a cada una un nombre diferente. Puede incluso llegar a analizar la masa de la ola, la velocidad a la cual se mueve, su aceleración, su amplitud, las fuerzas intrínsecas al desplazamiento, su constitución interna, el fenómeno por el cual se forma la espuma, el rozamiento que ejerce sobre el fondo marino. Así le es posible llegar a entender detalladamente la ola. Pero si soslayara el hecho de que la ola es realmente el océano manifestándose en una forma concreta, que ambos son el mismo elemento, que forman una unidad y que esencialmente no son diferentes, habría perdido completamente su significado. Habría entendido la ola aisladamente, pero no habría comprendido nada.
Podríamos equiparar la ola con lo físico y su realidad oceánica con lo etéreo; igualmente, los objetos de nuestro entorno son ondas surgidas de un gran mar impalpable tendido en su raíz.
Entender y comprender pueden parecer términos equivalentes. No obstante comprender posee un sentido adicional: también significa abarcar, unir.
Al empeñarnos en escudriñar independientemente cada elemento a nuestro alcance, dejamos de comprender el todo. El raciocinio y los sentidos captan la fachada del entorno desmembrándola en partes sueltas y considerando cada una por separado. Al hacerlo se pierde el sentido esencial de Unidad. Los objetos, los acontecimientos se perciben como olas desconectadas de un gran océano.
Para comprender no es necesario elaborar, sino simplemente advertir, notar lo que Es sin añadir ni quitar nada, presenciar cómo la ola se forma por un movimiento de la superficie oceánica y cómo, cuando pierde su forma, vuelve a disolverse en aquello de lo cual surgió y que nunca dejó de ser. A partir de ahí, subordinado a la comprensión, el estudio aislado de cualquier fenómeno es un maravilloso ejercicio intelectual capaz de añadir gran riqueza a la experiencia; por el contrario, cuando se antepone a ella, es motivo de una formidable confusión.
El cristal quebrado
Imagina que un día comenzaras a ver todo a tu alrededor con aspecto roto, como si alguien hubiese tomado fotografías de cada cosa, las hubiese despedazado y hubiese descolocado los recortes. Supón que al mirarte a ti mismo te vieses de la misma manera. Sin duda serías presa de un gran temor. En caso de que esa percepción se prolongara durante mucho tiempo, probablemente ese miedo se atenuaría, aunque quedaría latente en ti, y acabarías tomándolo como la manera normal de vivir.
Figúrate que al cabo de un tiempo advirtieses que, por algún motivo, frente a ti se había interpuesto un cristal quebrado en el cual no habías reparado anteriormente, y cayeras en la cuenta de que la fragmentación no se encontraba en lo que estabas viendo, sino en ese cristal. Al ver a su través habías atribuido erróneamente la rotura al entorno, porque cuando se mira por un cristal roto todo lo que hay detrás cobra esa misma apariencia.
El entorno roto es lo que llamaremos lo aparente. El cristal, la mente dividida. Lo que hay tras él, lo real. El sueño se da por fragmentación, por una percepción troceada, desintegrada, desmenuzada, inconexa, instalada sin culpa por nosotros en nosotros mismos.
Veamos a continuación cómo se construye el cristal quebrado.
El velo del pensamiento
El pensamiento es una pequeña porción de la mente cuya sobreutilización deriva en la racionalización de un mundo últimamente mágico. Cuando se utiliza de manera abusiva actúa como un denso cedazo, como una retícula cuyos hilos trocean la experiencia en piezas, prototipos, maquetas, pequeños objetos mentales inteligibles por mecanismos lógicos, secuenciales, memorísticos, cartesianos a través de los cuales nos complacemos en entender. Identificamos una forma como árbol, otra como edificio, otra como viento, otra como lápiz, otra como sabor, otra como nube, otra como música, otra como mujer. Para ello hemos de recortar cada input a fin de hacerlo inteligible y colocar cada uno en una casilla preconcebida por factores perceptivos, biográficos, emocionales, educativos, sociales, perfilando una silueta para cada elemento. Así, a través de un severo proceso reductivo, aislamos cada pieza. Una vez armadas las costillas de la percepción, las rellenamos adaptando la realidad a esa forma preconcebida, y al hacerlo, seguros de haberla abarcado, nos sentimos momentáneamente satisfechos. Mediante este proceso inconsciente de colosal reducción olvidamos la riqueza, la interconexión y el misterio de la creación.
Los hilos de esa retícula quedan cristalizados en palabras, formas rígidas cuya función es acuñar conceptos. Las palabras guardadas en la memoria llevan en sí una distorsión implícita. En el momento en que damos nombre a las cosas las sustituimos por conceptos y creemos entenderlas. Entonces nos alejamos de ellas. Sin darnos cuenta comenzamos a ver una realidad dominada por pequeños modelos a causa de los cuales el orbe queda inmensamente empobrecido. Consecuentemente comenzamos a percibir un entorno repetitivo, monótono, gris, mortecino, carente de interés.
Si alguien te dijera que esta mañana ha visto un pájaro, tú inmediatamente extraerías de la memoria tu concepto de pájaro —una imagen, un color, un sonido, una sensación— y pensarías «comprendo lo que has visto». Pero con certeza lo que el otro ha presenciado no ha sido la imagen ni el color ni la sensación que tú tienes en mente, sino una realidad diferente y mucho más honda, aunque tal vez tampoco la haya captado al haberla conceptualizado en su pensar. Fíjate: mientras el pensar siga cribando sin interrupción, el mundo percibido seguirá despojado de significado para ambos.
Esto no quiere decir que el lenguaje y la razón no sean herramientas maravillosas. Cuando se utilizan para apuntar hacia lo innombrable son instrumentos de riqueza inusitada. Sin embargo, cuando se usan para sustituirla por símbolos recortados constituyen una sutil pared entre nosotros y la infinita realidad. Solo darse cuenta de esto es ya una manera de volver a conectar con ella.
El velo de los sentidos
Los sentidos son incapaces de acceder a lo que Es por tres motivos. Por un lado, porque únicamente tienen acceso a parte de la envoltura física de las cosas. Solo ven superficie y una superficie transformada. Por otro, porque, aunque captar una porción mayor de la materia tal vez nos ayudaría a entender algo más de ella, aún nos faltaría acceder a un gran reino impalpable existente más allá de lo físico, a una parte sustancial de la totalidad que nada tiene que ver con lo tangible. La vista de las águilas es mucho más profunda que la nuestra y el oído de los perros es mucho más penetrante, pero en caso de que existiera un animal capaz de captar todo lo físico, solo se quedaría en el umbral. A medida que conocemos más del entorno, al igual que de nosotros mismos, nos damos cuenta de que la creación es un incontable mar donde se conjugan lo explícito y lo tácito. La forma es manifiesta y parcialmente captable por los sentidos, mientras que su origen es imperceptible. Como veremos más adelante, este último solo se puede alcanzar por la gran mente oculta tras el pensar obsesivo. Finalmente, porque los utilizamos principalmente para reafirmar nuestras ideas, una suma preestablecida antes de mirar, escuchar u oír. Entre esas preconcepciones existe una particularmente determinante en la captación de lo creado: la convicción de que somos seres separados tanto de todo lo demás como de nosotros mismos. Y al estar ciertos de ello, eso es exactamente lo que experimentamos.
La invención del miedo
La colonia se hallaba dormida. Solo Agu, tumbado sobre una rama con el cuerpo voluptuosamente aplastado por su propio peso, un brazo tendido hacia el vacío y el otro plegado bajo la enorme testa, permanecía despierto. Mientras, los ojos cerrados de los demás se movían eléctricamente tras los párpados en una ensoñación aguzada por la espesa canícula.
El sol se filtraba a través de la saturación acuosa suspendida en el ambiente. Las gotas residuales de la última lluvia iban cayendo desde las hojas al lejano suelo. Agu las veía desaparecer y poco después oía su chasquido sobre el substrato. Tras fijarse en ellas miró su garra derecha balancearse en el aire. Advirtió cómo el vaivén era producido por la corriente sanguínea. Cuando el corazón bombeaba, el brazo, inflándose sutilmente, se movía. Cuando se contraía, quería volver a su posición original, pero la inercia lo desplazaba un poco más allá. Al concentrarse en ese movimiento sintió la sensación hormigueante de la vida fluyendo por cada hueso, por cada célula, por cada miembro, y también por los árboles, por los otros cuerpos dormidos, por el rocío, por el liquen, extendiendo un profundo sosiego.
Se movió lentamente para desentumecerse. Los magnos hombros se reacomodaron para disponerla espalda en una postura escorzada. Flexionó las patas, giró la cadera, y los muslos quedaron semienredados en el frescor de las hojas. El bullir de la vida se le desbordó por todo el cuerpo acentuando la sensación elástica, abiertamente fluida, anegándole en un placer extático. Cuando su respiración salía cálida por las fosas nasales, los pulmones se desinflaban haciendo descender ligeramente el voluminoso abdomen. Luego, al inhalar el aire cargado de olor a clorofila y musgo, su tronco —robusto, musculado, algo rígido— se elevaba nuevamente hasta la posición inicial. Entonces notaba una punción en las costillas producida por una protuberancia en la rama, y disfrutaba de esa sensación cercana al dolor.
Volvió a dirigir la atención al entorno. La densa trama enramada formaba una constelación ilimitada, y una masa de ruidos hasta ahora desapercibidos emergió en su consciencia. Sonaban innumerables cantos de ave, unos en primer término, otros semienterrados en el trasfondo. Agu fue consciente de todos a la vez. También escuchó un intenso zumbido surgir desde los troncos, de entre las hojas y del interior del frondoso piso. Incontables insectos invisibles roían las entrañas de la floresta, carcomiéndola y alimentándola a la vez en un lento destruir y construir. El fragor del bosque húmedo elevaba en el ambiente una armonía entonada a mil voces desde el primer tiempo.
La inteligencia intuitiva, profunda, inocente de Agu, comprendía más el conjunto de la selva que cada uno de los detalles inscritos en ella. Al escucharla sintió un agradecimiento grande y puro.
Al notar cómo el caer de las gotas perforaba sin cesar esa nube sonora creando una criba de silencios redondos, ocupó su atención en una presencia sutil más allá del intenso sonido. Era una presencia callada cargada de un poder constante, inalcanzable para el oído o la vista aunque omnipresente. Cada vez que algún elemento germinaba —un nuevo brote sobre un tronco, un ápice de rocío en una hoja, una larva, una cría en la tribu— era alumbrado por ella, y al desaparecer a ella volvía. Lo notaba en el latir de su corazón, cada vez que posaba su mano sobre otro pecho, al observar hipnotizado la cara blanca de la luna; en el sol elevándose tras el confín de la noche; en las ingentes nubes henchidas de vegetación futura atravesando lentamente las ramas altas. De ese vacío fértil existente tras todo ello, brotaba la unidad de la selva, transformándola continuamente para que no cambiara nunca. Tal conocimiento no lo abandonaba y lo mantenía unido a ella.
Volvió a fijarse en su brazo pendulante. Escuchó tanto el pulso de la sangre como el silencio tendido detrás, reconociendo en sí mismo un fragmento callado de la gran armonía. Evitó el sueño comiendo algunas bayas, y siguió sintiéndose integrado en esa unidad.
Sin embargo, esa mañana sucedió algo, en apariencia. Algo que hizo retumbar la selva. No hubo causa, ni detonante, ni origen. Agu conjeturó inverosímilmente, con un candor pueril cuyo único propósito era explorar, la posibilidad de poder existir separado del gran todo. Era una posibilidad excéntrica, hilarante si por ventura hubiese recordado reír. La punta de ese pensamiento casi ajeno a él se le clavó en la boca del estómago abriendo un espacio no colmado, un hueco imposible. No había sentido nada parecido antes.
No quiso darle importancia, pero en vez de orillar la idea al igual que se bordea un tronco incómodo atravesado en una senda, se detuvo a contemplarla. La posibilidad de poder aislarse de toda la vida le produjo un oscuro atractivo y a la vez un gran rechazo, como cuando se topaba con un cuerpo descompuesto entre la hojarasca sin poder dejar de mirarlo mientras deseaba seguir camino. La extraña idea era un brote creciendo sin raíz, un miembro suyo seccionado medrando absurdamente por su cuenta, una fruta acorchada colgando baja, resplandeciente e insípida. Decidió considerarla para ver a dónde le llevaba. Tensó el hocico y giró la testuz. Su mirada quedó enajenada en una expresión perpleja similar a lo que notaba dentro.
Entonces sintió mucho sueño, un sopor al cual le era imposible resistirse, aun cuando aquel día estuviera lleno de luz. Sin darse cuenta, cayó en un profundo letargo que hizo que lo sucesivo transcurriera en una alucinación sorprendentemente real.
Vio un insecto de cuerpo metálico reptando por el suelo junto a él, y por primera vez no le encontró sentido. Lo concibió como un fragmento aislado. Atendió a los límites de ese cuerpo bruñido, dando más importancia a su frontera que al latir compartido albergado dentro. Advirtió entonces que, si el insecto no fuera parte del fértil vacío del cual surgía la selva, podría caer en la aniquilación. Su pálpito ya no estaría fundido con el conjunto, ni con su fuente, y podría perderse para siempre. Entornó la imponente testa hacia el contorno de su pecho mientras consideraba la misma posibilidad sobre sí mismo. Se debatió en una disyuntiva: por un lado, permanecer en la gran unión a través del núcleo callado señor del bosque; por otro, la fascinante perspectiva de vivir apartado. Esa contradicción se amplificó tanto, tan rápidamente, que tuvo la sensación de estar convirtiéndose en un ser demediado, pleno y desunido a la vez. Detenido entre ambas voluntades no advirtió lo extravagante de lo segundo. Aletargado, imaginó cómo sería olvidarse del invisible caudal fluyente entre los árboles y las rocas que les daba vida. Desunirse del origen de la selva equivalía a la posibilidad que había vislumbrado en el insecto, la de poder extinguirse para siempre. Esa figuración le hizo visualizar su cuerpo inerte, su mente extinta. En contrapartida, consideró cómo, si fuera independiente, quizá podría conseguir algo de lo que había carecido hasta entonces. Tal vez la autonomía le aportase algo valioso.
Mientras tanto, la corriente impalpable seguía presente generando vida, manifestándose y ocultándose como un río paralelo al canto selvático. Pero Agu no lo veía más. Lanzó un gemido doloroso seguido inmediatamente de uno placentero; luego uno perplejo a medio camino entre ambos. Miró sus dos manos: una seguía siendo parte de todo, la otra se había convertido en una pieza desgajada. Sin querer, las fue separando hasta no poder enfocarlas simultáneamente. De forma involuntaria fue orientando primero los ojos y después todo el torso hacia la mano desligada mientras olvidaba la otra. El sueño se hizo aún más denso. Elevó los ojos duros como dos obsidianas hacia el cielo en una mezcla de felicidad y zozobra. Llevó ese puño al pecho, lo golpeó rotundamente sin poder parar mientras seguía alborozándose y gimiendo.
Cuando miró a su alrededor se sintió solo por vez primera. Todo había cambiado. La selva ya no era una. Estaba formada por elementos desengranados. Los árboles habían dejado de formar un tejido. Los sonidos vibraban por separado en frecuencias distintas. El cauce callado desde el cual todo surgía había quedado oculto. La gran respiración había cesado. Las ramas a su alcance flotaban apáticas en un aire turbio. También su cuerpo se había convertido en un objeto carente de sentido. Al notarlo, su atención se siguió entreteniendo más en los límites que en el interior. No recordó cuando, tumbado, percibía el sutil germen de vida que era el origen del flujo sanguíneo y de la rotundidad ósea, de los músculos laxos y turgentes.
Quiso demostrar lo acertado de esa nueva sensación buscando alguna evidencia. La encontró en su propia piel. Acercó los dedos a la cara notando el roce en las yemas. Los alejó fijándose en el espacio entre el vello y la mano. La colocó frente a sí, enfocando las duras huellas, y confirmó estar presenciando un objeto desmarcado. Entonces se persuadió de ser solo un cuerpo, una forma concreta animada por una vida privada, desvinculada de cualquier origen, un fragmento encaminado al deterioro, sujeto a un principio y a un fin tajantes.
En el interior de ese sueño reconoció al resto de la manada. Llevaba dormida mucho tiempo, y su olvido era más profundo. En Agu aún quedaba una muy débil noción de sí mismo, pero los demás habían caído en un hondo desmayo donde el conocimiento había desaparecido totalmente, haciéndoles soñar ser ralladuras desprendidas.
Él fue avanzando hacia la misma oscuridad casi sin darse cuenta, y al hacerlo fue nutriendo el temor colectivo con el suyo propio. Comenzó a preocuparse por su propia existencia, a necesitar hacer cosas por sí mismo para asegurarla. Entonces algo acabó de dar absoluta verosimilitud al sueño: ideó que en algún momento, él volvería a ser completo. Al olvidar que ya lo era, imaginó un momento en el futuro en el cual llegaría a serlo. Para él, tal momento debía encontrarse más adelante, puesto que le era obvia su inexistencia en el preciso segundo en el cual se hallaba. Eso le llevó a mirar hacia un lugar invisible en el futuro. Así, el error se perpetuó en la temerosa esperanza de acabar algún día.
Mas el sueño de Agu solo duró un instante. Fue una cabezada que pareció extenderse ilimitadamente, como cuando un relámpago cruje sobrecogiendo el ánimo durante un largo segundo. Durante ese ápice el resplandor parece no acabar, pero inmediatamente todo vuelve a quedar como antes. Tal fue la duración del sueño, aunque nadie lo habría creído durante su transcurso. Nada podría haberle convencido de que, durante una ilusión tan contundente, seguía acostado en la pura seguridad de un abrazo en el cual se contenía todo.
Porque, a pesar de creerlo, Agu no había abandonado la selva. Continuaba irremisiblemente inmerso en el cálido lazo de la única realidad donde nada cesa jamás de existir.
La ilusión de separación
El cristal resquebrajado de la percepción nos lleva a confirmar ilusoria e inconscientemente la idea de ser entidades seccionadas de sí mismas y de todo lo demás. La ilusión de separación no está producida originalmente por los sentidos ni por el pensar enredado, sino por una concepción previa a la cual ambos sirven: el convencimiento de que somos seres aislados, desvinculados de todo lo demás, consecuentemente limitados y dependientes solo de nuestros propios y escasos recursos. Este es el origen de todo miedo, porque la separación genera desamparo, desprotección, amenaza y alienta la tesis de la muerte. También es la raíz de toda culpa, porque pensamos veladamente que al habernos separado de nuestro origen hemos cometido un acto terrible, y por tanto en algún momento seremos castigados.
Tal ilusión se hace patente mediante la acción de ambos filtros. Su efecto combinado arroja ante nosotros pruebas de la veracidad de la separación. A través de ellos damos crédito a lo elaborado en nuestro imaginario, puesto que tal convencimiento es refrendado tanto por sus emisarios, los sentidos, como por el pensamiento desintegrador. Ambos solo ven parcialmente. Utilizándolos anteponemos nuestras ideas al Mundo, reemplazamos la inmensidad por conceptos, vemos las fabricaciones del divagar aprisionado y fraguamos un sólido espejismo de aislamiento.
La separación es una idea errónea que provoca el hábito inconsciente de transformar y reducir la realidad, lo cual nos desconecta de ella.
¿Estamos entonces irremediablemente condenados a vivir en un sueño empobrecido, mutilado, esquemático, tomado por normal a base de pura costumbre? Muy al contrario, el acceso y la experiencia de Ser constituye nuestra manera natural de existir, una manera radicalmente distinta a la aparente; una manera plena, ilimitada, segura y dichosa, aunque olvidada.
Ahora vamos a regresar a ella.
II
Dentro del velo
Antes de seguir leyendo cierra los ojos. Permanece así al menos dos minutos.
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[ En la versión impresa, aquí hay páginas en blanco. Se recomienda tener algunas hojas para realizar los ejercicios. ]
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En las páginas en blanco anteriores haz un inventario de lo que has pensado durante este tiempo. Anota las ideas, las imágenes, los recuerdos o los pronósticos que han pasado por tu pensamiento.
Si no tienes a mano nada con qué escribir, hazlo mentalmente.
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Ahora repasa la lista.
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Tal vez al revisarla hayan surgido otras ideas derivadas de las anteriores. Añádelas a continuación.
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Si apuntaras todo lo que pasa por tu mente, no acabarías nunca. Surgirían cosas como obligaciones por cumplir; lo que has olvidado hacer y sus consecuencias; cuándo vas a llevarlo a cabo, su nivel de urgencia; qué harás cuando algo vuelva a pasar para evitarlo o aprovecharlo; lo que te ha dicho alguien justa o injustamente; el origen de una sensación física; un problema surgido hace tiempo cuya solución no encuentras y cuál podría ser su impacto en el porvenir; un inconveniente ya superado que ha resurgido sin saber cómo; lo fastidioso de algo venidero; cómo debería haberse comportado alguien; de qué careces y cómo conseguirlo; el último placer vivido o uno por llegar; lo inevitable de un acontecimiento futuro; lo virtuoso o lo defectuoso en ti o en otros…
Pensar es algo que hacemos interminablemente. Para advertirlo, tan solo vuelve a cerrar los ojos y permanece así un minuto más.
…
Habrás notado que gran parte de los pensamientos surgen sin saber de dónde, sin mediación de la voluntad, sin que parezca posible pararlos y sin que, en muchas más ocasiones de las que quizá creas, los elijas. Simplemente aparecen al cerrar los ojos.
Sucede lo mismo con los ojos abiertos, haz la prueba.
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Un buen sirviente y un mal amo
El cavilar incesante es un hábito profundamente arraigado en la mente humana. Tal fenómeno se produce cuando el pensamiento se separa de la voluntad, es decir, cuando uno1 comienza a pensar sin querer, literalmente sin darse cuenta, o cuando, acostumbrado a pensar de continuo, aun queriendo, no puede dejar de hacerlo.
En el punto en el cual el divagar y la voluntad de pensar se desligan sucede algo singular: el pensamiento se independiza y se desboca, las ideas brotan, se entrelazan, se ramifican, se extienden, proliferan, cunden, cobran volumen e inercia y discurren autónomamente con enorme e inadvertida fuerza.
Comprueba si te ha sucedido algo así realizando el ejercicio anterior.
Una querencia tan común y tan aparentemente inocua como la de pensar sin descanso tiene una relevancia mayor de lo que pueda parecer, porque la masa de especulaciones sueltas llega fácilmente a ocupar la totalidad del espacio interior creando una trama invisible cuyo tamiz filtra todo lo que se escucha, se ve o se siente.
Entonces, en vez de conducir a tu mente, tu mente te conduce a ti.
El espejo del mundo
Un hecho aparentemente trivial como encontrarse con un semejante —no hace falta que sea alguien tan característico como Álex, puede ser cualquier otro— constituye un acontecimiento realmente peculiar, no por lo que sucede fuera de ti, sino por lo que ocurre en tu interior. Es el encuentro con un espejo en cuya superficie se refleja una pequeña porción de la mente llamada pensamiento.
Al movernos por el mundo topamos con algo intrínseco, aunque lo tomemos por externo. Al mirar hacia el aparente exterior lo que vemos es el conjunto de nuestras ideas. El encuentro con lo que llamamos entorno es una confrontación extraordinaria e inadvertida con un orbe propio prefigurado antes de mirar.
Si es así, ¿cómo saber si lo que vemos es falso o no?
Antes de responder a esta pregunta, sopesa lo siguiente: cualquier cosa que permitas entrar en tu mente será real para ti2.
…
El mundo que ves es el conjunto de tus ideas
Cuando el pensamiento invade la consciencia adquiere un poder realmente notable, porque nos hace ver el entorno tal y como lo hemos concebido. Toda vez que predomina en la mente generamos experiencias tan reales en nuestro interior que seguimos percibiéndolas en todo lo circundante. Entonces actuamos como un cinematógrafo: nuestro devanar proyecta una película haciéndonos ver con terminante apariencia de realidad aquello prefigurado interiormente. Es la película de las ideas que nos colman. Creemos ver lo que pensamos plasmado frente a nosotros sin reconocer su origen como propio, sin reparar en que ha sido generado por nosotros en primera instancia. Al operar, ese proyector produce el ruido mental que a menudo nos aturde.
Tal fenómeno sucede porque el rumiar sin freno se obstina en confirmar su producto como cierto, encontrando, fabricando, modificando o añadiendo elementos que lo ratifiquen. Cuando se independiza por haberse suspendido toda atención sobre él, es fácil dar por válida cualquier abstracción, aceptar todo razonamiento y creer todo lo que se piensa. Así, se pierde la facultad de evaluar las ideas propias dándolas por válidas sistemáticamente. Como consecuencia, se produce una superioridad de lo que parece ser sobre lo que Es.
Como decíamos al principio, de todo lo que sucede hacemos una interpretación. Una vez construida, dejamos de actuar sobre lo sucedido y comenzamos a hacerlo sobre nuestra interpretación de lo sucedido. Cómo construyas dicha interpretación es crucial, pues determina tanto tu experiencia como tu comportamiento.
Cuando creemos actuar sobre lo que sucede en realidad estamos actuando sobre nuestra idea de lo que sucede. A veces producimos lo que vemos, pero siempre definimos cómo lo vemos. A través del cómo creamos percepciones tan sólidas que acaban constituyendo lo que creemos es el mundo, el conjunto de nuestras ideas.
Este proceso perceptivo sucede en décimas de segundo y se prolonga mecánicamente cuando miramos a través del filtro del pensamiento automatizado. Se trata de una supremacía callada, porque este proceso transcurre de forma inconsciente. Al no darnos cuenta de él, muchas veces no entendemos por qué sucede lo que parece suceder en lo percibido como exterior. También por eso a menudo ignoramos por qué nos sentimos de determinada manera, o por qué hacemos determinadas cosas. Cuando nos sumimos en la compulsividad del lucubrar, nuestras ideas toman posesión sobre nosotros sigilosamente y su curso nos lleva demasiadas veces, como la corriente de un gran río, a lugares a donde no queremos ir.
Un salto sin distancia
Cuando Álex se baje del autobús, sienta frente a ti tu enfermedad, tu situación de desempleo, tu relación difícil, tu pérdida, tu esperanza, la causa de tu dicha o tu posible futuro.
Mira... ¿qué ves?
…
El entorno que cada uno ve es la suma de sus propias ideas. Por eso, ante una misma circunstancia dos personas ven realidades diferentes; por eso, ante un mismo hecho, hay personas que reaccionan de manera distinta; por eso, cada uno de nosotros vive una realidad propia y dispar. Por eso también, ante situaciones como la pobreza, el dolor físico o la dificultad hay quien se desespera, mientras que hay quien es capaz de transformarlas en trabajo, salud o afecto. Por eso hay seres que, compartiendo el mismo entorno, viven unos en la oscuridad y otros en la luz.
Qué es el sueño
A la continua corriente de pensamientos le llamamos realidad. Mientras dormimos nuestra mente comienza a funcionar de una manera. Cuando durante la vigilia el pensamiento se separa de la voluntad y entra en proceso automático, opera de idéntico modo. El resultado es de la misma naturaleza que un sueño.
En el letargo nocturno cada situación, cada personaje y cada objeto parecen reales. Surgen ante nosotros figuras, personajes, situaciones. Si alguien nos dijese que lo sucedido es ilusorio le tomaríamos por loco, mas solo cuando despertamos nos damos cuenta de que lo creado por la mente dormida no existía.
De igual manera, el cavilar suelto filtra la experiencia transformándola, ocultándola a nuestra consciencia tal y como es. En consecuencia, construye un mundo imaginado de apariencia puramente real. Más allá, cuando su producto se convierte en lo único que vemos, creemos todo lo que pensamos, creemos ser lo que pensamos y creemos ser nuestros pensamientos.
El sueño consiste en la corriente desapercibida, continua, densa e hipnótica de ideas que surge cuando se desatiende el pensar, en el ruidoso tráfico producido por el uso descontrolado y abrumador de la mente.
Descuidarlo es como llevar una navaja abierta en el bolsillo. En su correcta utilización constituye una herramienta tremendamente útil, mas cuando se abre sola se convierte en un artilugio agudo y ciego.
Con todo, frente a la gran capacidad de confusión del pensar errático, tu potencial para disolverlo y ver a través de él es mayor.
Descorrer los velos
Al darse cuenta de cómo opera el velo del pensamiento, se queda en disposición de aflojar el de los sentidos. Sabiendo que lo esencial es invisible para ellos, y que la mente solo ve cuando trasciende el pensar, la atención del aparente exterior comienza a reenfocarse hacia la consciencia de lo interior. Entonces este otro filtro comienza a atenuarse.
Dicha disolución se acentúa cuando tal práctica se convierte en la manera habitual de aproximarse al Mundo. Esto no significa que los sentidos no sigan haciendo su trabajo, sino que así es posible ir más allá de ellos. Entonces se atraviesa la apariencia y el entorno pasa de ser percibido como un lugar formado por objetos deslavazados, un terreno monótono, lánguido o amenazante, a vivirse en pura fascinación.
Cruzar el espejo
La próxima vez que te halles con un desconocido no le mires a él, sino a ti. Adéntrate en las imágenes surgidas en tu pantalla interior, escucha tu diálogo interno, traza el camino entre todo ello y las emociones subsecuentes. Toma consciencia del pesado tamiz.
Investiga qué parte de lo que ves son tus prejuicios, tus miedos, tus deseos y tus ilusiones.
Si no te gusta lo que tienes delante, no intentes cambiarlo. Dirígete a lo que surge en tu mente y obsérvalo. Cuestiona qué parte de esa experiencia está constituida por tu interpretación de ella. Sigue observando tu pensar. Advierte si se aligera el mosaico tendido en tu entendimiento. No hace falta nada más. Es posible que durante ese tiempo tus emociones se transformen. En ese caso, haz lo mismo, obsérvalas.
Luego vuelve a mirar frente a ti y atisba qué cambia.
¿Por qué crees todo lo que ves? Porque crees todo lo que piensas.
Este es el punto clave: obsérvate y deja lo artificial desgajarse como el hueso se separa del fruto. Mientras mantengas la atención sobre tu filtro podrás ver a través de él, tal es el poder de la luz de la consciencia. Esto sucederá por sí solo si tú lo permites. Deja clarear tu ojo interior. Valora si así se ha descorrido algo cada velo.
…
Indaga en si sucede lo mismo cuando te relacionas con cualquier conocido, un amigo, un colega del trabajo o un familiar. Deja que, contemplándolo, lo perteneciente a tus ideas, tus prejuicios, tus deseos y tus miedos se disuelva.
Haz lo mismo al tropezarte con un suceso en la calle, en la familia, en la sociedad o cuando estés a solas.
Sobre todo, vigila tu pensamiento cuanto te enfrentes a un obstáculo: un difícil convivir, una dificultad económica, mala salud, una sombra en el ánimo o cualquier otro.
…
El juicio humano mora en la superficie cambiante, en el ámbito de los efectos. El Ser, aquello que Es y que Somos, habita en la permanente profundidad; mas existe primariamente en la hondura de nosotros mismos. Perder ese contacto es extraviar el sentido propio y por tanto de lo circundante, caer en la apariencia. En la superficie —en las olas, en el cuerpo, en las ideas, en el llamado mundo— habita el aparente cambio; en el fondo mora lo permanente, lo inmutable e infinitamente generador capaz de devolver sentido a todo.
2
«Es siempre lo falso lo que te hace sufrir, los falsos deseos y miedos, los falsos valores e ideas, las falsas relaciones entre la gente.
Abandona lo falso y te liberarás del dolor; la verdad hace feliz, la verdad libera».
Nisargadatta Maharaj
¿Estás triste, preocupado, irascible, te sientes perdida, deprimido?, ¿te abruman los problemas, te pesa el pasado, temes el futuro?, ¿sufres malestar, vives alterado o apesadumbrada?, ¿no encuentras alicientes?, ¿tu existencia es gris, monótona?, ¿sientes ira, odio o rencor?, ¿no disfrutas de la vida?
Si te sucede algo de esto, sin duda estás dormido3. Permíteme decirte con todo respeto y gran afecto que no te estás enterando de nada. Vives en un sueño y debes despertar cuanto antes. Esa es tu primera y única necesidad. Lo que realmente necesitas no es encontrar trabajo, ni hallar a la persona ideal, ni eliminar tu ansiedad, ni mejorar tu situación económica, ni recuperar la salud, ni romper la soledad, ni volver a hablar con tu hijo, ni olvidar el pasado, ni liberarte de la culpa, ni siquiera ayudar a los demás. Todo eso vendrá después y sucederá naturalmente. Lo principal es despertar, volver a ver.
¿Cómo hacerlo? Solo hay una manera: librándote de las ideas que están provocando tu desasosiego, porque lo único que puede hacerte daño es tu propio pensamiento4.
La sombra y la luz
Quizás hayas notado que gran parte de las ideas desatendidas que corretean por la cabeza son aciagas. Por lo general un buen número de ellas gira alrededor de cosas como qué habría sido mejor que sucediera en lugar de lo que ha pasado, por qué pasó, cuáles podrían ser sus consecuencias, qué podría ir mal, qué es necesario hacer para evitarlo, cómo ponerlo en práctica, los pros y los contras de ello, lo que alguien me ha hecho, la maldad o la estupidez de otros, cómo me afecta, el modo de sortearla, de lo que carezco, aquello que nunca tendré, lo defectuoso en mí o en los demás, los motivos de mi desdicha... y muchas otras cuestiones sombrías.
Este rodar continuo puede parecer necesario para sobrevivir, progresar o solucionar problemas, y a menudo esa es su intención, pero cuando se desborda se convierte en algo francamente contraproducente. Tal desbordamiento es muy habitual, porque ese tipo de diálogo interno tiene un gran poder magnético. De hecho, en el caso de muchas personas se convierte en un hábito continuo y por lo tanto en una manera de sentir y vivir. Porque una vez comienza, resulta difícil detenerlo; e incluso al querer hacerlo —si uno es consciente de ello, ya que a menudo transcurre sin que nos demos cuenta—, más que cesar se desborda hasta volverse casi incontrolable.
De esta manera de pensar muy a menudo brota la concepción de un mundo oscuro, en el que vivir es complicado, en el que la adversidad es inevitable y vida dolorosa o, al menos, incómoda. Cuando tal concepción es proyectada hacia el aparente exterior es percibida como cierta y acaba convirtiéndose en el entorno en el que creemos vivir. Se trata de una ilusión profundamente desasosegante porque nos separa de nuestra realidad y, cuando nos alejamos de lo que somos, sufrimos. La génesis de semejante concepción5 se encuentra en la ilusión de separación que describimos en el capítulo anterior, de la que deriva el convencimiento de que somos seres impotentes, frágiles, perecederos, desamparados, perdidos, sujetos a la merced de fuerzas externas, constreñidos por estrechos límites, abandonados a nuestros escasos recursos de los cuales dependemos.
Puede parecer así, pero nunca ha habido tesis más infundada. Aunque te pueda resultar inadmisible, muy al contrario, en nuestra esencia, somos seres plenos ajenos al dolor. Por ese mismo motivo estamos dotados de una cantidad ilimitada de recursos para disolver el delirio cuando aparece. Además, esos recursos están disponibles mucho más cerca de lo que piensas.
¿Dónde se encuentran? Existe algo primario, principal, algo por encima de todo en orden de importancia, del patrimonio, del mañana, de los deseos, de la personalidad, de las opiniones, los amigos, la familia, el poder y los valores: la Paz interior. ¿Por qué? Porque sin ella no te será posible llegar a la familia ni tendrá valor el patrimonio; el mañana será oscuro; cualquier inconveniente, un enorme problema; la personalidad, una prisión; las opiniones, un freno; los valores, un autoengaño; el entorno, un vórtice. Todas esas cosas son secundariamente importantes frente a la inmensa importancia de la Paz. En ella se encuentra cualquier recurso que puedas necesitar.
En nuestro interior existe un gran remanso de seguridad, dicha, Unión, Amor, belleza, sabiduría. Despertar consiste en llegar a él. Ese espacio es el nido de todo pensamiento luminoso, fecundo, cuerdo, sanador, productivo, reparador. Estos son los únicos pensamientos acertados porque solo a través de ellos es posible acceder al mundo que queremos y que nos pertenece por derecho propio; un mundo inconmoviblemente amplio, resplandeciente, dichoso, ilimitado, en el cual no existe lugar para el temor ni la sombra. Tal mundo está en nosotros y es nosotros: es nuestro estado original por más que permanezca momentáneamente olvidado. Su apertura se produce con la vuelta al conocimiento primordial de lo que somos. Por eso es vital despertar, recuperar la visión, recordar.
Aunque ocasionalmente accedemos a ese conocimiento, suele ser de manera efímera porque acostumbramos a recurrir a él únicamente para huir de la sombra fabricada. Cuando lo recuperamos, no le damos crédito y obviamos su inmensa importancia considerándolo irreal, secundario o fatuo. De hecho, es muy posible que lo anterior te haya parecido utópico, ingenuo, frívolo o irresponsable. Si es así, te invito a que lleves a la práctica los ejercicios que encontrarás más adelante, o que al seguir leyendo estas palabras pongas en marcha tu caja de resonancia, y que luego juzgues por ti mismo.
A causa de la mente obsesiva vivimos entre la ficticia sombra y la luz, entre el supuesto temor y la Paz, entre la aparente amenaza y la seguridad. La necesidad principal, la primera, la anterior a todo, la fundamental de cada uno de nosotros es salir de la ilusión que construye lo primero y oculta lo segundo para así retornar a nuestro radiante hogar, un hogar aparentemente oculto, aunque en realidad se halla en primer término, obvio y patente.
La única manera de recuperar la enorme riqueza subyacente en todos nosotros es acallar el fragor mental, soplar sobre esa cortina de humo. Así, el tesoro que hay detrás reaparece de manera natural porque nunca ha dejado de estar aquí.
El final 6
Ya me estaban acorralando otra vez. Apresurándome, entré en un callejón abierto a mi izquierda. Un muro cubierto por enormes pintadas cegaba el paso. Me di la vuelta mientras notaba mi respiración agitarse al ritmo enloquecido del corazón.
Los oí acercarse tras el recodo. Debían ser al menos cinco. Vi unos cuantos contenedores de basura renegridos, con las tapas abiertas, e instintivamente me oculté tras ellos quedando paralizado como una liebre deslumbrada por los faros de un coche. Una vez allí alcancé a pensar que era un escondite demasiado obvio. Un poco más lejos, en una esquina, vi la trampilla de una carbonera. Salté dentro y cerré la tapa. Durante un instante inverosímilmente largo mi respiración se suspendió. Pude escuchar las voces hoscas, las maldiciones, los insultos y las promesas vengativas mientras me buscaban bajo los coches aparcados, en los vanos de entrada a los almacenes, entre los cubos. Finalmente, oí el chasqueo de un escupitajo lanzado con rabia al suelo mientras se alejaban.
Recuperé el aliento poco a poco. Dejé pasar mucho tiempo. Salí con prudencia colocando un brazo en alto para protegerme la frente y los ojos como si algo fuera a caerme encima. El cielo ya clareaba en el rectángulo formado por las cimas de los rascacielos. Fui recorriendo los cuarenta metros de la callejuela, al principio lentamente, después a paso casi normal.
No había nadie en la avenida central como cualquier domingo a esas horas. Avancé sintiendo el cuerpo más ligero, con la sensación de haber hecho un gran esfuerzo. Cuando ya tomaba una respiración profunda de alivio noté un dolor punzante en el cuello. Me arrebataron un brazo y me lo doblaron sobre la espalda. Me llegó un aliento a tabaco y cerveza.
Pude elaborar una disculpa. Quise justificarme, pedir una tregua, proponer algo de tiempo. Un tirón más fuerte intensificó el dolor. De mi garganta salió un rezongo seco, el salvaje latido del corazón se detuvo bruscamente y un sudor frío me recorrió todo el cuerpo.
—Esta vez no te escapas. Estás perdido, no puedes hacer nada —oí.
Casi pude ver mi propio rostro paralizado en un gesto de pánico. Quedé suspendido ante la indudable perspectiva del final. Entonces, súbitamente, respiré tranquilo. Sonreí. La insoportable tensión en la espalda y la mandíbula se aflojaron al instante.
—Sí, puedo despertar —contesté, tras una pausa aliviada.
Entonces desperté.
Huir o acercarse
Cuando alguien se mueve de A a B, solo puede hacerlo por tres motivos: porque quiera alejarse de A, porque quiera acercarse a B, o por una combinación de ambos. En los tres casos el desplazamiento visto desde fuera es el mismo, pero desde dentro se vive de manera totalmente diferente. El movimiento de huida es arduo, improductivo y fatigoso, mientras que el de acercamiento es fácil, fructífero y placentero.
La gestión correcta del pensamiento se basa en esta segunda fuerza. Acallar el pensamiento incesante no significa huir, ni dejar de pensar para evitar responsabilidades, ni vendarse los ojos para no ver. Muy al contrario, consiste en retomar las riendas de uno mismo, acercarse a su substancia real, recuperar la Paz. Esa es tu principal responsabilidad. También es tu fundamental deseo, aunque quizá lo hayas relegado tanto que ya no lo sientas. Una vez el objetivo de volver a lo esencial es sólidamente establecido, el acercamiento se produce por sí solo, sin esfuerzo. B empieza a experimentarse y asoman sus efectos.
El primer despertar
Tal vez recuerdes haber tenido alguna vez un sueño lúcido. La diferencia entre un sueño convencional y uno lúcido consiste en que en el primer caso quien sueña desconoce estar soñando, mientras que en el segundo es plenamente consciente de ello.
Durante un sueño convencional no se tiene duda sobre la realidad de las situaciones, los lugares ni los personajes que aparecen en él. Por el contrario, el soñador lúcido no da credibilidad a nada surgido en el sueño. Esto hace que la vivencia en ambos casos sea radicalmente distinta. El sueño convencional tiene total poder sobre quien sueña: lo envuelve, lo engulle y lo transporta. El soñador cree ser parte del sueño, no duda estar afectado por él, e ignora ser su artífice. Opuestamente, el sueño lúcido no domina a quien lo produce. Cuando surge un peligro, el durmiente permanece seguro; cuando se cierne una amenaza, se mantiene tranquilo; cuando aparece un monstruo, no se atemoriza. Es más, el soñador consciente puede transformar cualquier elemento onírico, hacerlo desvanecer o permitir que siga apareciendo. El hecho de que se reconozca como el artífice de su propio sueño hace que pueda transformarlo a voluntad.
El proceso del despertar atiende a dos fases. La primera es progresiva y oscilante y pasa por estadios particulares en el camino de cada soñador. La segunda es definitiva e irreversible. Llegar a ella excede el propósito de este libro cuya humilde intención es sugerir un camino hacia el primer despertar, abrir un pasadizo de entrada al venturoso sueño consciente.
La primera fase del despertar es estrictamente análoga a la transición entre ambos tipos de sueño —el convencional y el consciente— y se produce con el final de la identificación con el pensamiento compulsivo que produce el trance en vigilia. En ella se opera un enorme cambio, porque el torrente de ideas deja de tener poder sobre quien las alumbra. Es el preámbulo al despertar definitivo. En la clarividencia del primer despertar, lo acontecido en la vida cotidiana, en la familia, en el trabajo, en las relaciones, cobra un sentido completamente diferente. El cavilar sin fin sigue produciendo artificios, las ideas circulares siguen urdiendo enredos, ofensas, dificultades, tramas, inventando héroes y villanos, pero ahora quien divaga es capaz de disociarse de todo ello otorgándole el mismo crédito que a un sueño.
En el sueño consciente se produce un alejamiento del mundo —el conjunto de errores perceptivos producidos por la oclusión mental— mientras se sigue viviendo en él. Paradójicamente, esa distancia permite ser mucho más efectivo sobre el sueño, porque desde la perspectiva del sueño consciente es posible cambiar su curso, facilitar que figuras y personajes adquieran lucidez, varíen su intención, su rol o incluso su forma. A esta capacidad se la ha denominado milagro7.
Desde un sueño lúcido
Recuerda un sueño consciente. Vuelve al estado disociado en que se produjo, es decir, a observar y escuchar la trama aparentemente verosímil de ese sueño mientras sabes que es una figuración, como quien ve una película en una pantalla.
Recuerda cómo era saber que lo sucedido en ese artificio era producido por ti. Recuerda cómo, por tanto, no te afectaba. Quizás era un miedo escenificado, la representación onírica de un deseo, un divertimento interesante o una trama sin sentido. Advierte cómo podías dirigir desde fuera lo que pasaba dentro sin verte afectado por ello y cómo podías amoldarlo a tu voluntad.
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Ahora deshaz ese recuerdo extendiendo una sábana blanca sobre él.
A continuación, piensa en una situación torcida, una dificultad laboral, un desencuentro sentimental o cualquier otra circunstancia que te esté perturbando actualmente.
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Toma esta situación y atiéndela desde la perspectiva del sueño lúcido.
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Contempla la posibilidad, al menos remota, de que la experiencia inofensiva del sueño consciente haya surgido de una mente clara, y que la experiencia atenazante de la situación problemática que has elegido esté siendo producto de una mente confusa.
Encuentra qué cambia en tu percepción cuando recuperas la capacidad de crear un espacio entre tú y tu pensamiento al poder ver en perspectiva.
Cuando algo te trastorne, pregúntate qué te está afectando más, si las supuestas circunstancias o tus pensamientos sobre ellas.
Mira qué ideas sobre ese conflicto se detienen, cuáles pierden sentido, cuáles se relativizan, cuáles afloran y cuáles se revelan productivas. Cuáles carecen de importancia, cuáles crecen, cuáles se tornan evidentes.
Observa también si tus emociones varían, si se desvanecen o si cambian de dirección. Finalmente, advierte si los enjuiciamientos y las acusaciones sobre otros o sobre ti se transforman, desaparecen o pierden sentido. Nota si al haber modificado tu posición frente a la dificultad, ha variado tu capacidad de actuación sobre ella.
Por favor, no fuerces una respuesta, encuéntrala.
Nota tu reposo. Esta es la clave: accede a la seguridad que hay en la Paz acostada tras el pensar exagerado y encuentra qué hay en ella. Para ello solamente es necesario observar desde la consciencia que demostraste durante el sueño fértil.
Advierte el enorme dominio del divagar. Fíjate: cuando los pensamientos corren desenfrenados ejercen un inmenso poder sobre nosotros. Un pensamiento así es capaz de tumbarte en tierra o de hacerte volar antes de que te des cuenta.
Un soñador solo se da cuenta de estar soñando cuando es capaz de mirar serenamente su propio sueño.
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Si durante el día te surge algún otro miedo, míralo así, con la mente segura en vez de con el pensamiento agitado conducido por su propia inercia.
No intentes cambiar nada y nota qué sucede.
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Wimbo wa ukweli 8
Cuando nací compusieron mi canción. En mi país, en el momento en que se tiene noticia de una nueva aparición en el mundo, los familiares de la madre localizan a uno de esos músicos cuya vida transcurre a la espera de algún alumbramiento.
En mi caso fue preciso aguardar porque nací antes de la fecha prevista y mi supervivencia fue incierta durante unos días. Cuando pareció confirmarse mi continuidad en la tierra, se formó a la puerta de casa un corro de hombres cargados con tambores, koras, mbelas y kalimbas. Entonces el compositor partero se colocó en el centro y comenzó a entonar una melodía a la que se fueron añadiendo los instrumentos. Era un aire suave con algo de nana y algo de himno en un ritmo creciente. Las mujeres comenzaron a bailar mansamente arrastradas por las notas. Dicen que yo entonces eché a reír y mi madre me cogió en brazos uniéndose descalza a la danza. Comenzó a surgir una letra que hablaba de mi pronta irrupción en la vida, del calor del verano, de la angustia ante mi dudosa supervivencia, de la propia música, del existir y del campo.
Wakati mtoto anapozaliwa/ joto hufanya mavazi/ mama hawezi kulia/ kwa sababu mtoto ni afya
Mimi kamwe kusahau mwanga/ kwamba amewapa maisha/ kumbuka nafsi yako/ hiyo ni mara zote kile ni9
La música se prolongó toda la mañana. Los hombres no querían abandonar sus instrumentos, pero con el calor excesivo del mediodía el grupo se disolvió para volver a juntarse al atardecer mezclando ese aire con otros, fundiendo ritmos hasta bien entrada la noche.
Fui creciendo y esa melodía se introdujo en mí. Permanecía latente si no era invocada, como la carraca de las cigarras mientras se duerme, e irrumpía en una tormenta mansa cuando era necesitada. La primera vez que fue repuesta a mi consciencia yo tendría dos años. Me encontraba jugando solo a la sombra del sicomoro clavado a la puerta de casa. Andaba fascinado por el bullir de las hormigas en un agujero al pie del árbol. Yo miraba cómo subían por el tronco hasta donde no me alcanzaba la vista, aunque levantaba la cabecita todo lo posible para poder llegar a ver el final de ese fino reguero vivo. Las que descendían desde la copa hacia el hormiguero sostenían en la mandíbula una porción de hoja o una gota de néctar y se lo cedían a otras que trepaban en sentido contrario. Entonces la dirección de estas cambiaba para encaminarse de nuevo hacia abajo. Luego observaba otra vez el continuo brotar de pequeños cuerpos resplandecientes en la boca del hervidero. Introduje una ramita en ella creando una gran agitación. El orden de una fila que iba por el suelo se deshizo porque muchas hormigas comenzaron a huir. Interesado por esa alteración, comencé a interponer obstáculos en la caravana: pequeñas piedras, ramas, barro. Finalmente tomé una piedra en la mano y quise machacar los cuerpecitos relucientes transformando parte del reguero negro en un amasijo pastoso. Mi madre, que deambulaba por allí ocupada en entrar cosas en la casa, se acercó al verme golpear el suelo con una piedra demasiado pesada para mí. Al descubrir la escaramuza se me quedó mirando con los ojos grandes, volviendo luego la vista a la tierra sin comprender. Vi un gesto enojado en su rostro. Hizo una pausa contenida seguida por un momento de rabia. A continuación observé con alivio cómo una sonrisa nacía de sus ojos y se extendía hacia toda la cara hasta alargarle los labios. Entonces murmuró:
Wakati mtoto anapozaliwa/ joto hufanya mavazi/ mama hawezi kulia/ kwa sababu mtoto ni afya
Mimi kamwe kusahau mwanga/ kwamba amewapa maisha/ kumbuka nafsi yako/ hiyo ni mara zote kile ni
La canción hizo surgir en mí una especie de comprensión del árbol, de la tierra, de los diminutos insectos refulgentes cuyos cuerpecitos acababa de moler. Me di cuenta de lo que había pasado, viéndome a mí mismo desde fuera y a la par mirando desde donde estaba. Me quedé durante unos instantes así, suspendido. Luego comencé a llorar al tiempo que extendía los brazos hacia mi madre. Ella me levantó del suelo sin dejar de sonreír y me acunó cantando. Apoyó su mejilla contra la mía mientras acompañaba la música con el compás del cuerpo. El efecto de la canción penetró en mí produciéndome una sensación dulce. Me sentí como cuando estaba gestándome en su seno, y también como si estuviera en el interior del árbol. Con la cabeza recostada en el hombro de mi madre mantuve los ojos muy abiertos. Ese momento quedó profundamente grabado en mí por niño que fuera, patente y borroso como un tatuaje antiguo.
La segunda ocasión fue en torno a los seis años. En verano solíamos ir a bañarnos al río. En el remanso donde solíamos nadar había un árbol cuya larga rama avanzaba ascendiendo sobre el agua. Cuando la superficie se serenaba creaba una imagen simétrica y cristalina. La luz de la tarde filtrada por las hojas evitaba toda sombra y pintaba el espacio con un pincel color hiedra. Los pequeños nos quedábamos chapoteando en la orilla, mientras los chicos mayores corrían en equilibrio por la rama con los brazos en cruz hasta alcanzar el último tramo donde la hacían cimbrear para darse impulso. Luego saltaban al agua haciendo cabriolas en el aire antes de sumergirse. Las mujeres y los hombres se recostaban en la orilla charlando, comiendo fruta y fumando largos cigarros liados con corteza.
Un día quise imitar a los muchachos y en un momento en el que los adultos no miraban, trepé por la horqueta del tronco sobre palmas y rodillas hacia la mitad de la rama. Una chica mayor pasó sobre mí hasta alcanzar el final a la carrera. Entonces comenzó a balancearse hacia arriba y abajo mientras yo, asustado, intentaba abrazar el tronco a fin de no perder el equilibrio. Cuando saltó al agua noté un tirón hacia arriba. Mis miembros se desasieron y caí. Al sumergirme noté un pánico punzante avanzar desde el final del esternón hasta la cabeza en el lento camino hacia lo hondo. En mi entendimiento se extendió una nebulosa vibrante. Luché por reflotar, pero cualquier movimiento me hundía más hacia el fondo enturbiado por el barro. Al mirar desesperadamente a mi alrededor buscando alguna ayuda, vi las piernas de la niña a cámara lenta acercarse hacia mí en una turba burbujeante mientras el agua comenzaba a entrarme por la nariz y la boca. Giré y vi otros miembros sumergidos aproximarse desde la orilla. Por fin, en un tiempo lentificado, un tirón me extrajo del brazo a la superficie donde pude respirar entre atragantos y bocanadas líquidas. Al reconocer a mi padre cambié de brazos mientras me transportaba a la orilla rodeado de gritos.
Allí me tendieron en el suelo. Una mujer me presionó firmemente el estómago haciendo salir más líquido a borbotones. Mientras me encontraba tumbado, oí el llanto de mi madre que me cogía una mano con fuerza acariciándome la palma con el pulgar. Entonces, del corro formado alrededor comenzó a surgir la canción, y reviví la experiencia temprana bajo el sicomoro. Desde entonces había transcurrido lo que para mí, en la alargada percepción del tiempo de los niños, habían sido eras.
Fui recorriendo con la vista a los cantores. Vi en todos ellos una misma faz andrógina, benevolente, pacífica, articular mudamente los gestos de la melodía. Tan solo existía una ligera discrepancia entre cada uno, quizá la posición de las cejas o el grosor de los labios o lo rizado del pelo, o tal vez la expresión de los ojos. Esta diferencia los hacía idénticos, como frutas en un cesto o peces pescados en la misma red. Al imaginar mi rostro lo dibujé igual a todos ellos. La enseñanza implícita en la canción me invadió como un licor, despertando el mismo estado revivido a los escasos dos años. Mi padre me subió a su espalda para llevarme de vuelta a casa mientras la canción seguía sonando. Desde allí vi el interior del mundo, como si lo invisible hubiese irrumpido repentinamente. Al recuperar la percepción habitual tuve la sensación de estar cayendo en un sueño que duró hasta la próxima ocasión.
En mi adolescencia tuve la primera oportunidad de cantar una canción perteneciente a otro. Fue durante la estación lluviosa, en el interior de una cabaña donde agonizaba un hombre. En esas ocasiones todo el pueblo se congregaba al atardecer en la casa del enfermo. Al caer la noche, la familia preparaba pan dulce para repartirlo junto con leche y quizá con algo de licor de caña entre los adultos. El desenlace parecía inminente. El hombre arrancaba estertores postrado en un jergón perfumado. Una mujer le daba una tisana que él bebía torpemente con los ojos cerrados. Otra le ayudaba a elevar la cabeza forzando suavemente la nuca hacia delante. La piel del agonizante tenía un tono arcilloso parecido a las gualdrapas colgadas de las ventanas. A la anochecida, el hombre comenzó a respirar con mayor dificultad doblando el cuerpo en un escorzo atormentado. En el clímax, alguien comenzó a murmurar un cántico. Las notas fluyeron dentro del bohío como el cabalgar de un potro, graves, rotundas, sueltas, avanzando al principio hacia el centro, luego colándose humeantes bajo las sillas y el lecho en un ectoplasma casi visible que acentuaba el espesor del ambiente. Los más ancianos se fueron uniendo al salmo repetido obstinadamente, creando armonías superpuestas. Todos fuimos aprendiendo la tonada y nos sumamos haciendo aumentar el volumen de la letanía. Yo reconocí en esa música escrita durante los días del nacimiento del enfermo un carácter similar al de la mía y reviví la experiencia de las otras dos ocasiones. El aire se volvió visible y los cuerpos de los asistentes parecieron tornarse translúcidos. Pude presenciar cómo entraba en los organismos fundiéndose con su interior, derritiéndose en sangre, órganos, carne. Al mismo tiempo salía por las fosas nasales y las pieles, permeando también los objetos inertes, las sillas, las paredes, el alimento. Luego se sutilizó revelando una especie de éter común a cuerpos y objetos. Era el éter hacia el cual retornaba el moribundo en una procesión que, en esa visión, se me antojó dichosa.
Poco a poco fue calmando sus respingos y relajó el cuerpo hasta quedar inmóvil sobre el camastro. El coro se prolongó durante horas. Al avanzar la noche algunas personas fueron abandonando la casa, mas los restantes no cejábamos en el canto. Mis padres me buscaron, pero yo les rogué que me permitiesen quedarme. Permanecí hasta la madrugada con otras cuatro o cinco almas. No nos marchamos hasta la salida del sol.
Tras esta ocasión, mis incursiones en ese ámbito se fueron repartiendo irregularmente entreverando años comunes con momentos luminosos.
En mi primera madurez llegó la sequía. Fue anunciada por unos años en los cuales las lluvias ralearon situándonos al borde de la hambruna. Empezamos a privarnos de más de una comida diaria para dársela a los niños. La tercera temporada fue menos benévola, y a principios de otoño nos quedamos casi sin qué comer. La situación se prolongó al año siguiente. Con la mortandad entre los más pequeños comenzaron a oírse los llantos de las madres sentadas como ovillos sueltos a la puerta de las chozas. Entonces decidimos partir hacia el norte, donde las lluvias eran más frecuentes. Nos reunimos una mañana en el centro del poblado formando un corro y luego una línea para atravesar la puerta de la empalizada. Yo me sentía profundamente fatigado, tanto por la desnutrición como por la responsabilidad de conducir a una porción de niños y ancianos hacia delante. También por el dolor de tener que azuzar a la recua famélica cuyos lomos debían soportar una montaña de objetos y al mismo tiempo arrastrar las camillas de los enfermos. Avanzado el viaje, cuando el cansancio se hizo insoportable, las mujeres comenzaron a entonar desde la retaguardia una canción nueva, colectiva, un estribillo cuyo repetir iba entrelazando las melodías compuestas para cada uno de nosotros en nuestro nacimiento. Tras devanar diferentes tonadas llegaron a la mía. Fatiga y canción mezcladas me hicieron caer en un éxtasis más vivo que los anteriores mientras arrastraba los pies sin sentir el cuerpo.
Escuché atentamente. Cerré los ojos para absorber el jugo. Entonces ingresé en un ámbito interior extendido entre respiración y pensamiento donde encontré el origen de esa música. En ese lugar noté el surgir no solo de la melodía desgranada por cada boca, sino del ruido de las pisadas sobre la tierra cuarteada, de los trinos procedentes del cielo donde las aves articulaban apoyaturas, del soplar tórrido del viento cuyo roce abrasaba la piel, del rumor de las cubiertas rozando el dorso de las bestias. Todo el pueblo había llegado a eso mismo. Entonces el miedo fue desapareciendo. Al esfumarse el temor, se deshizo también la fatiga creada por la incertidumbre. El tono del estribillo se modificó y cambió el sentir de la marcha.
A partir de semejante experiencia comencé a acceder cada vez más continuadamente al estado bienaventurado. En muchas ocasiones, solo con evocar la melodía, volvía a él sin necesidad de que nadie la cantara.
Tras unos años pasó la sequía y volvimos al poblado. Un día en el cual hubo un nuevo nacimiento no se pudo encontrar a ningún músico. Yo me había acercado a la casa familiar para ofrecer mis felicitaciones. La madre estaba intranquila. Decía: «cómo va a encontrar mi hija el camino si no tiene canción. Se perderá». Miré la carita del bebé aplastada ligeramente contra el jergón. Parecía un animalillo bondadoso. Sentí una gran felicidad y noté una canción arremolinárseme en la base del pecho. Mugió suavemente, pugnó por salir libre, y acabó desparramándose como un saco de trigo. Los demás se unieron. Como siempre, las mujeres comenzaron a bailar y algunos hombres cogieron sus instrumentos. Entonces todo, de nuevo, latió al unísono.
Supe que al haber transferido un canto mío a otro, no volvería a salir de él, y tuve la feliz certeza de haber quedado inmerso para siempre en la canción de la hermosa realidad.
Jinete y montura
«La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas,
aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre».
Santa Teresa de Jesús
La mente es una enorme inteligencia abierta más allá del pensamiento, un ámbito ilimitado de vasta sabiduría. Se halla en la raíz de toda idea. Es el ámbito del cual estas surgen y desde donde se pueden regir.
En ella reside el conocimiento original. Tiene acceso directo a la realidad y para ello no necesita del razonamiento, ni de la lógica, ni de la deducción, ni del entendimiento. Alcanza directamente a la totalidad, la comprende, la abarca y la contempla. Simplemente conoce. La realidad solo es accesible por la mente porque solo la realidad tiene contacto con la realidad. La mente es parte del océano y es el océano.
El pensamiento es una pequeña porción de la mente. Su función consiste en penetrar, analizar, indagar. Utiliza como herramientas la deducción, el silogismo, la pesquisa, la especulación10. Al hacerlo entiende aisladamente. La gran realidad es incognoscible por el intelecto, que solo ofrece racionalidad. Lo que Es está más allá de todo lo que pueda ser entendido; no obstante, puede ser experimentado.
La mente es el jinete, el pensamiento, el caballo. El sueño surge cuando el caballo corre desbocado. Entonces se produce una aparente división. Por una parte, queda la consciencia pura, intacta, plena, en contacto con la fuente de donde surge y en la cual reside dueña de total seguridad, plenamente tranquila, dichosa y pacífica. Por otra, el razonamiento corre perdido intentando encontrarse sentido dentro de su propia lógica.
Igual que aquello experimentado cuando se sueña parece real, lo percibido en el entramado del raciocinio cobra apariencia enteramente sólida porque emana del poder de la mente —el pensamiento es parte de ella— cuya capacidad no conoce límites.
Cuando el cimarrón corre enloquecido, el jinete se apea en un lugar permanentemente accesible. Allí permanece sosegado. No utiliza la fuerza para domarlo porque la mente no conoce la fuerza y no la necesita. Aun así, aunque la conociera, utilizarla extremaría la reacción del caballo.
Para despertar es necesario que la montura se serene, reconozca que se ha asilvestrado y deje guiarse voluntariamente. Solo entonces queda en disposición de ser conducida. Mientras, el caballero espera pacientemente. El trance acaba cuando la montura se aquieta y el jinete vuelve a guiarla.
A causa de esta escisión entre mente y pensamiento, entre conocimiento y raciocinio, entre consciente e inconsciente, vivimos entre la Paz y el temor, entre el Amor y el miedo. Cuando el jinete desmonta abandonamos el conocimiento y entramos en la turbación; cuando vuelve a cabalgar nos reencontramos. Ese es el origen de la dicotomía —tensión-reposo, desconsuelo-dicha, odio-afecto— en la cual nos debatimos continuamente.
Una parte de esos pares de opuestos es un artificio altisonante, enervado, escandaloso cuyo sostenimiento demanda atención constante. La otra refleja la realidad de lo que podríamos llamar Espíritu11, donde reside la memoria esencial.
Esto no significa que el pensamiento sea necesariamente pernicioso. Al contrario, cuando se utiliza acertadamente es un utensilio extraordinario. El aparente problema surge cuando se agiganta y obtura la mente. El abuso de la razón oculta el gran reino omnisciente abierto tras ella donde reside la consciencia pura.
Despertar consiste en retomar el contacto con la gran mente rectora, en alinear el pensamiento y la mente consubstancial al Espíritu dejando que lo segundo conduzca a lo primero. Así es posible reencontrar la Paz íntima de la cual emana la plenitud. Despertar consiste, pues, en volver a la Paz a través de la gran mente en calma.
Un freno de mano
Mantén la boca cerrada y empuja la lengua suavemente contra la cara posterior de los dientes incisivos. Si te resulta incómodo, apóyala contra el trozo de encía que hay encima. Si lo prefieres, haz vacío en la boca y mantén la lengua pegada al paladar. En caso de que también te sea difícil, retrae la lengua hacia la glotis y pósala en el suelo de la boca con cuidado de evitar cualquier tensión. Elige el método que te sea más cómodo.
…
Deja la lengua en posición normal y entra a propósito en un diálogo interno desatado, cuanto más furioso mejor. Piensa en lo que debiste hacer ayer y olvidaste, en algo apremiante que sucederá más tarde, en cómo solucionar un problema imposible, en un conflicto, en lo malo en ti o en otros o en cualquier otra cosa que te provoque un ruido mental clamoroso. Permanece así un minuto.
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Ahora, mientras sigues inmersa en ese fragor mental, coloca la lengua en una de las cuatro posiciones descritas al principio. Permanece así otro minuto.
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¿Qué has notado?
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Esta es una sencillísima herramienta que puedes utilizar cuando te sientas abrumado por el estruendo, te des cuenta y quieras salir de él. Simplemente bloquea la lengua y reposa, vuelve, descansa.
Notarás que al hacerlo el ritmo respiratorio se ralentiza. Quizá quieras acentuar esa relajación. Si es así, respira profundamente mientras bloqueas la lengua.
Prueba hacer esto tres o cuatro veces al día: justo después de despertarte, a media mañana, por la tarde, antes de dormir… Estas paradas ayudan a atenuar la inercia intelectual descontrolada. Con algo de práctica acaso notes cómo su intensidad media durante el día disminuye mientras tu Paz aumenta. No es posible recalcar suficientemente los beneficios asociados.
También es aconsejable realizar esta práctica al comenzar un periodo de meditación o al inicio de cada ejercicio propuesto en este libro.
…
Percepción frente a conocimiento
El proceso de percepción se realiza de afuera hacia adentro. Consiste en captar con los sentidos y luego procesar la información que ofrecen utilizando una porción mínima de la mente llamada pensamiento. El proceso del conocimiento es el inverso: consiste en primero mirar dentro certeramente y luego dirigirse hacia lo que llamamos exterior.
La comprensión —la vivencia producida al trascender las barreras perceptivas e intelectuales— se produce cuando se accede al interior sin alterarlo, sin realizar modificación alguna, presenciándolo, dejándolo Ser; así se extiende por sí solo con dicha y sin esfuerzo encontrando evidente la unión con todo lo demás. Por el contrario, la percepción —la distorsión de lo que Es— se origina al dar por válida la fragmentación percibida por la criba del raciocinio y de los sentidos.
Uno de los pasatiempos predilectos de la razón cuando está ofuscada es concebir cualquier experiencia a partir de ideas preconcebidas por ella misma. La realidad no necesita explicación para ser como Es. Aun así, la manipulamos a menudo aviniéndola a nuestra propia horma. Al tratarse este de un rodar continuo, las ideas barajadas por el intelecto son desintegradas, revueltas, desvirtuadas y luego recompuestas. Este es el mecanismo utilizado por el ego para aislarse, reafirmarse, y sustituirte12.
Un proceso semejante transforma el mundo en función de lo que se piensa: así es como se empieza a ver todo a través del opaco cristal del intelecto exagerado. Cualquier razonamiento urdido por el pensamiento incontenido se inclina a interpretar el entorno en función de falsas convicciones. De esta manera, el mundo externo comienza a percibirse como un reflejo del revolver interno.
La creación se manifiesta exactamente al contrario: cuando se advierte que lo externo es causa de lo interno, que no hay nada fuera de ti. Tu entorno, tus amistades, tus actividades, tus actitudes y todo lo demás aparecen en tu propio escenario tal y como lo concibes. Fíjate: cuando tu estado de partida es calmo, acogedor y consciente, lo que percibes alrededor comparte esa misma naturaleza. Si por el contrario es tenso, conflictivo y complicado, todo lo demás será exactamente igual para ti. Quien concibe miedo experimenta miedo. Quien concibe Amor experimenta Amor. Mas solo en este segundo caso reconoce su propio rostro en todas las cosas, y en ellas a su semejante.
Cuando el pensamiento se desliga de la voluntad de pensar se experimenta un entorno dominado por el miedo. Cuando está ligado a ella se conoce un entorno regido por el Amor. Solo uno de los dos es cierto. Una vez te percatas de ello, es decisión tuya abrazar uno u otro.
Esta es una proposición contraria al dictado de la percepción y al reino de los sentidos. Afirmar que todo aquello percibido con la tensión o el temor que generalmente produce el ruido mental es falso, y que solo lo captado con la seguridad y el sosiego de la gran mente es real puede ser difícil de aceptar. Aunque quizá sea algo que ya reconoces en tu propia experiencia. Si es así, no hace falta más. Si no es tu caso y quieres, te invito a que no rechaces esta posibilidad hasta darte la oportunidad de comprobar o rechazar su veracidad por ti misma a través de las meditaciones que siguen.
Extender o proyectar
Cierra los ojos, bloquea la lengua nuevamente y centra la atención en tu interior. En esta práctica, como en todas, es importante alcanzar un buen grado de interiorización.
Permanece así tres o cuatro minutos.
Luego ábrelos y mira con detenimiento a tu alrededor.
…
Es posible que dentro de ti, a ojos cerrados, hayas encontrado un gran espacio calmo lleno de algo inmediatamente reconocible llamado Paz. En caso de que hayas reconocido esa Paz como algo propio y unido indisolublemente a ti, estarás de acuerdo en que has alcanzado tu núcleo.
Quizá al abrirlos has observado cómo lo que te rodea se encuentra penetrado por lo que acabas de experimentar.
Si ha sucedido así es porque has reconocido alrededor tu realidad interior.
…
Es también probable que no hayas encontrado ese espacio. Hay tres posibles motivos para ello. Uno es que en esta ocasión el diálogo interno indeseado no haya remitido, que hayas permanecido atrapado en su malla y que su fragor te haya embarcado en un viaje vertiginoso. En ese viaje habrás creído encontrar desde inseguridad, hasta culpa, rabia, preocupación, rencor, extravío o cualquier otro derivado del miedo. Al abrir los ojos hacia el aparente exterior se habrá proyectado un escenario idéntico al recién percibido internamente.
Si ha sido así, prueba diferentes posiciones de la lengua, cambios sutiles en su colocación dentro de las cuatro posiciones sugeridas más arriba. A la vez respira profundamente. Mira si ahora distingues un seno interior común a ti y a mí.
Otro motivo probable es que efectivamente te hayas aproximado a la serenidad sin permanecer en ella lo suficiente como para detener totalmente la inercia del pensamiento.
En este caso, lo único que has de hacer la próxima vez es perseverar, reforzar tu voluntad de permanecer en la calma, reposar un poco más.
También puede que no hayas notado nada, tal vez porque el hastío provocado por el diálogo interno te haya hecho insensible a la calma y al interiorizar no la hayas reconocido. Entonces este te habrá parecido un ejercicio vano.
…
La captación del mundo derivada de estos dos últimos estados surge de una confusión esencial sobre nuestra propia naturaleza.
La diferencia entre extender realidad y proyectar ilusión radica en el estado de la mente al mirar. La mente es capaz de acceder al interior cuando no está velada. Entonces el interior se extiende alrededor a través de ella. Cuando se interpone el razonar bullicioso, desgobernado, este obstruye el acceso a la mente, el interior no es visible y el raciocinio ve una proyección de sí mismo.
Recuerda el cristal quebrado. En el primer caso estamos viendo a través de un vidrio intacto, cristalino, prístino. En el segundo estamos anteponiendo un prisma desfigurado, turbio, rayado.
…
Corrobora o rebate si en tu experiencia sucede esto mismo: el mundo aparece ante ti según tu estado interior. Podemos crear realidad o fabricar ilusión: cuando en nuestro interior hallamos miedo, resentimiento o culpa, nos estamos percibiendo erróneamente.
¿Cómo saber que esto es cierto? Porque si lo que quieres es bienestar, algún pensamiento te está separando de aquello que añoras, o dicho de otra manera, te está alejando de ti mismo.
Al alejarnos de nosotros mismos nos alejamos de todo lo demás y como consecuencia captamos una visión ilusoria de lo que nos rodea, manufacturamos un entorno ficticio.
Cuando en nuestro interior encontramos luz, nos estamos viendo acertadamente. Entonces tal visión se extiende alrededor contribuyendo a la expansión de la realidad intrínseca. ¿Por qué nos estamos viendo correctamente en este caso? Dime si cuando hallas Paz o Amor en ti no acabas de encontrar lo que más ansías, lo que más valoras, tu bien más preciado, a ti misma. Y dime si no sufres cuando lo extravías.
…
Cuando dentro de mí encuentro un inmenso remanso pacífico, una sensación plena de Unión, una inconmovible seguridad y plena dicha, he accedido a la realidad en mí. Al experimentar el mundo desde ese estado, atestiguo un mundo real, porque solo desde la realidad se puede captar la realidad. Si accedo a la profundidad del océano en mí, puedo ver la profundidad del océano frente a mí; desde aquí se alcanza el saber de que ambas profundidades son la misma. Se rompe la división entre dentro y fuera, haciéndose obvio que ambas esferas coinciden y entre sí se ensanchan.
Por el contrario, en cada ocasión en la que en mi interior encuentro miedo, inseguridad, rencor, culpa u odio, al mirar fuera experimento irrealidad. ¿Por qué? Porque parto de un error sobre mí mismo. Si percibo mi superficie como tormentosa, pensaré que la totalidad es tormentosa. No obstante, si me adentrara más allá descubriendo la calma que hay en el fondo y desde allí mirara la superficie, la reconocería como una capa infinitesimal dotada de un significado diferente. Entonces dejaría de llamar océano a la superficie y vería realidad tanto en el aparente dentro como en el aparente fuera.
En resumen, se puede decir que la realidad no es accesible por los sentidos ni por el intelecto. Al ser ambos limitados, únicamente tienen acceso a lo limitado. La realidad ilimitada es solo alcanzable por lo que podemos llamar la gran mente, que por carecer de fronteras tiene acceso a la totalidad.
Si al mirar la ola lo haces de fuera hacia dentro, percibirás algo acotado. Si lo haces de dentro hacia fuera, presenciarás algo inabarcable. ¿Por qué? Porque solo la inmensidad puede comprender la inmensidad. La infinitud que hay en ti comprenderá la infinitud del océano. Cuando accedes a la profundidad en ti, accedes a la profundidad en todo.
Darse cuenta de que un primer paso hacia el conocimiento consiste en descubrir realidad dentro para luego hallarla fuera es vital en el proceso del despertar13. La paradójica consecuencia natural está en percatarse de que no existe división entre interior y exterior, que ambos recintos son el mismo. En esto estriba la diferencia entre advertir Unión o inventar separación, entre percibir y conocer, entre coexistir con la realidad contribuyendo a desplegarla o urdir sueños.
Otros despertares
Existen otras maneras de despertar. En una de ellas, por lo general, después de un periodo de intenso sufrimiento, el soñador decide abandonar el sueño sin pasar por la etapa lúcida y despierta repentinamente. Esto puede parecer asunto de místicos, santos, bodhisattvas o maestros ascendidos y así es, pero también de seres cotidianos con los que nos cruzamos rara vez sin que reparemos en ellos; personas de sonrisa indeleble, poseedoras de cierto brillo en los ojos, de una frente despejada desprovista de preocupaciones y que parecen decir: «a qué esperas para darte cuenta y salir del malestar que te has provocado».
Pero también existe un camino sin dolor. No hace falta sufrir para despertar. ¡No esperes a que el desconsuelo decida por ti! Esta es una manera aun extremadamente inusual, aunque muy posible, de volver a la vida. La han experimentado personas que un buen día se han levantado, se han mirado a sí mismas, a un semejante o a un objeto aparentemente baladí y se han dado cuenta. ¿De qué? De todo.
Ese despertar consiste en recordar por inspiración. Es una vía que, como cualquier otra, no se puede emprender en solitario. Es necesario apelar a un guía, a un consejero. A un tutor que tienes mucho más cerca de lo que te imaginas14. Por favor, invócalo antes de sentirte perdido, o hazlo inmediatamente si ya te sientes así.
La noble y prescindible función del dolor
El sufrimiento ha sido hasta ahora el detonante más frecuente para despertar de las ilusiones. Ello no implica que sea deseable, ni necesario, ni mucho menos imprescindible, ni que se recomiende buscarlo para salir del sueño, ni que quien se lo inocula o lo espolea en otros no esté contribuyendo al caos del mundo sin pretenderlo.
El dolor no cura, solo produce más dolor y más ilusión. Hasta que se hace insoportable e impulsa al doliente a despertar. Quienes comienzan a ver, por lo general previamente pasan por un periodo oscuro. Cuando la confusión fabricada por el pensamiento circular se hace insoportable, el sufriente resuelve encontrar una vía de salida y no cesa hasta encontrarla.
Paradójicamente el sueño cuenta con un mecanismo autodestructivo instalado en su interior: cuando el dolor activa la determinación a renunciar a él, comienza el camino de vuelta, un camino diferente y adaptado a cada Ser. Por eso el sufrir cumple una noble, aunque muy prescindible función: empujar hacia la lucidez.
Cada vez que sufras, agradece tu dolor y descubre hacia dónde te guía, pero al mismo tiempo recuerda que no es necesario. Esas punzadas son evitables. No hace falta esperar a su aparición para despertar. Pueden ser utilizadas como alarmas una vez que rechinan, mas, por favor, no esperes a su aparición. Si lo haces antes, te ahorrarás a ti y a quienes te rodean una enorme cantidad de dolor innecesario.
He aquí una manera de comenzar a despertar sin dolor.
Deshilar la madeja
En los próximos minutos se contiene todo el tiempo. Si quieres, inviértelos en esta contemplación.
Vuelve a cerrar los ojos, bloquea la lengua y respira hondamente. Esta puede ser una excelente manera de profundizar con rapidez.
Visualiza una pared frente a ti. En esa pared hay un agujero. Detrás de él está tu pensamiento. Mira al orificio y espera a que por él salga la primera idea.
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Cuando asome, contémplala en caso de que se exprese como una imagen, escúchala si viene en palabras o en sonidos, siéntela o tócala si se manifiesta como una sensación o como un objeto. Sobre todo, permanece atento a no dejarte arrastrar por ella. Simplemente déjala ser. Eso se consigue observándola, presenciándola sin evaluar ni opinar, pero por encima de todo sin intentar detenerla.
Luego vuelve a enfocar la atención en la pared hasta que surja otro pensamiento.
Quédate así un par de minutos.
…
Quizás hayas notado que el primer pensamiento ha tardado en salir, aunque haya sido solo un instante. La duración no es importante por ahora, lo substancial es algo en apariencia insignificante, pero cuya trascendencia no es posible enfatizar suficientemente: se ha producido una separación entre tú y él.
Por tanto, quizá no seas tu pensamiento.
…
Además, han sucedido cuatro cosas:
Una: has sido capaz de detener por un momento la corriente mental. Si esta vez no has podido mantenerte observante mucho tiempo no te preocupes, lo conseguirás con algo de práctica.
Dos: tal vez hayas notado cómo, al poco de contemplar, el pensamiento se ha disuelto y ha desaparecido. Eso sucede cuando no se lo nutre con energía. Los pensamientos son cúmulos energéticos generados por uno mismo. Cuando se cesa de alimentarlos a través de opiniones, juicios, acuerdos u oposiciones, desaparecen. Sucede como cuando el viento amaina sobre un velero: este sigue avanzando un tanto hasta detenerse. Lo mismo pasa cuando se deja de soplar sobre la vela de la razón.
La tercera es especialmente relevante: durante ese intervalo, el divagar no ha tenido poder sobre ti, lo que hace sentir una enorme sensación de liberación.
Finalmente, la cuarta: desde esa posición tranquila y alerta es posible distinguir aquello que hay más allá. Verás que, con algo de práctica, observando el pensamiento y trascendiéndolo, es posible experimentar algo extraordinario largamente olvidado.
Con práctica ese intervalo crece. Al principio parece no consistir en nada sino en un vacío improductivo. Poco a poco se comienza a notar cómo allí se encuentra el origen de toda idea, de toda emoción, de toda creación. Es el vientre del Mundo: en él se gesta y de él surge. Desde ahí, es posible concebirlo sin filtros. También podrás atestiguar cómo lo que Es aflora. Tal vez, entonces comiences a experimentar de una manera esencialmente diferente.
…
Es fundamental aplicar estos ejercicios en la experiencia cotidiana. He aquí la utilidad inmediata de este: si en tu vuelta al fragor mundano te sientes arrastrado, considera tu propio cavilar. Para ello, visualiza la pared ante la cual se encuentra la cordura. Vuelve a ti.
Luego abre los ojos y mira de nuevo al torbellino. Nota si ha cambiado algo.
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Actuar sobre el pensamiento produce transformaciones radicales porque es incidir sobre la cepa, sobre el humus de lo percibido. Igual que el sueño de la razón se produce cuando lo que se piensa se desatiende y comienza a ser automático, el despertar surge al atenderlo, al no abandonarse a él notando qué efecto tienen las ideas propias sobre uno mismo. Se trata de abrir un espacio entre tú y ellas, para desde allí desentrañar cuáles te acercan y cuáles te alejan de lo que Eres, cuáles te ayudan y cuáles te frenan, cuáles parten de ti y cuáles de una conjetura sobre ti. Se trata de discernir realidad de invención.
La manera de despertar no es evitar el sueño, sino atravesarlo. El sueño desaparece al verlo como un sueño porque ante la hermosa luz de la consciencia toda ilusión se disuelve. El enorme poder de la consciencia es capaz de utilizar la propia ilusión como medio para despertar.
¿Cómo comprobar que lo que llamamos realidad tiene la naturaleza de un trance? Puedes hacerlo de dos maneras. Pregúntatelo dentro de cien años. Si puedes contestar, aunque nada de lo que conoces ahora permanezca, habrá sido así. Si no puedes hacerlo porque ya nada exista en absoluto, ni siquiera tú, así habrá sido. En caso de que no quieras esperar tanto, vuelve a la consciencia del ahora, elimina lo transitorio y mira qué queda.
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